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-Project Gutenberg's Lo prohibido (novela completa), by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Lo prohibido (novela completa)
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: October 9, 2020 [EBook #63412]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) ***
-
-
-
-
-Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han
- puesto tildes a las mayúsculas salvo para deshacer ambigüedades.
-
- * Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se
- espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas
- más recientes.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- * En el título del capítulo III y en el Índice, «tío Raimundo» se
- cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores
- para manterner la coherencia en el relato.
-
- * Se añade, en el texto y en el Índice, un título al capítulo VIII,
- que aparece sin él, tomado de ediciones posteriores.
-
-
-
-
-LO PROHIBIDO
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho
- el depósito que marca la ley.
- Serán furtivos los ejemplares
- que no lleven el sello del
- autor.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
-
- LO PROHIBIDO
-
- Novela completa.
-
- 13.000
-
- [Ilustración]
-
- =MADRID=
- PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
- (Sucesores de Hernando)
- Arenal, 11
- 1906
-
-
-
-
- EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
- IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
- C. de San Francisco, 4.
-
-
-
-
-LO PROHIBIDO
-
-
-
-
-I
-
-Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y
-de mis primas María Juana, Eloísa y Camila.
-
-
-I
-
-En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi
-padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa
-extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos
-que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias,
-y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
-Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo
-me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar
-un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el
-hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su
-vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando
-quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester.
-Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha
-construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un
-principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy
-holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el
-principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con
-lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi
-fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso.
-
-Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente
-al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de
-González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las
-nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente
-mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las
-personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas
-plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y
-aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á
-las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para
-todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé
-después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que
-nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á
-saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á
-dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba
-en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de
-riqueza y trabajo.
-
-Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros
-tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué
-primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio
-le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda,
-protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su
-familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por
-las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición,
-rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á
-agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes
-se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De
-ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos,
-impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como
-podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle
-sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que
-tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada
-para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían
-el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban
-las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas
-épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados
-expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida
-honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid,
-su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes.
-No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco
-lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba
-al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno
-perdido.
-
-Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre
-como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba
-toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación
-anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el
-fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente
-ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito
-y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase
-vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus
-relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos
-con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios
-que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el
-cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el
-momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo
-distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano
-susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del
-aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los
-ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba.
-No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos
-de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco
-lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz,
-zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la
-Verónica_.
-
-Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en
-Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi
-instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia
-y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi
-padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo
-febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de
-Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no
-tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino
-de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un
-chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas
-demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial
-de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada
-en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este
-descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual
-si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un
-desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con
-una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas
-¡ay, dolor! estaban ya casadas.
-
-
-II
-
-En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos
-con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso,
-el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta
-las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación
-en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora
-indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del
-enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer
-hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser
-que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al
-primer novio que les deparó la ilusión juvenil.
-
-No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo.
-Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes
-nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad.
-Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una
-perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo
-principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en
-presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso
-melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso
-que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo
-semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no
-pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á
-pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas
-me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo
-menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta
-razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este
-flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca.
-Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con
-mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi
-gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos
-la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez
-de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera
-distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle
-meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos
-espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome
-primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el
-cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática
-constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto
-Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin
-entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié
-mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un
-mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el
-herpetismo ó la tisis hereditaria.
-
---Todos padecemos en mayor ó menor grado --me dijo amplificando mucho
-la relación que voy á extractar--, los efectos de una imperfeccioncilla
-nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros
-Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido
-individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento
-y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres,
-chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida,
-bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les
-ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se
-ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba,
-como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra
-familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en
-ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias
-lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han
-carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las
-mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas;
-pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más
-vale no hablar de ellas.
-
-Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno,
-que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con
-materiales de invención.
-
---Usted hubiera sido un gran novelador --le dije; y él, acercándose más
-á mí, prosiguió de este modo:
-
---Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos,
-y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene
-reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero
-sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy
-_célebres_. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses.
-Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor
-se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda
-haciendo de fantasma para asustar al pueblo.
-
-»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico
-para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se
-había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran
-poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran
-en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más
-de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños
-ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza
-humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo.
-
-»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar
-gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía
-libros con ellas.
-
-»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el
-hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato
-en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás
-puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas
-encontraba algún _incitativo melindre_, que dijo el otro. Cuando se
-casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá!
-tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.
-
-»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el _Quijote_ de memoria, y
-hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había
-refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á
-relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como
-ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque
-también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y
-compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.
-
-»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias.
-Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú,
-esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De
-pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y
-visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más
-remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza
-cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó
-con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía
-más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su
-mujer paría siempre gemelos.
-
-»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad
-mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas.
-Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el
-puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero
-repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena
-familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero
-de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le
-acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades
-varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del
-54.
-
-»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que
-el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver,
-y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado,
-y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un
-sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo.
-
-»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el
-más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer
-alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y
-su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la
-cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió
-por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera
-ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa,
-en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no
-hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía
-en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en
-él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado
-á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates
-más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el
-tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente
-y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta
-que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da
-vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me
-atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual
-objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y
-llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo
-explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace
-y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración
-cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una
-librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos,
-agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del _carrik_, y abur. En
-varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner
-sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas,
-tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en
-esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé
-yo... mil desatinos que no entiendo.
-
-Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente
-fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los
-grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y
-agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas
-se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á
-dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba
-aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio
-tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura
-se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando
-cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo:
-
-
-III
-
---Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán,
-el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de
-mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del
-espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin
-embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones
-críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido...
-así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo
-entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo
-el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo
-experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero
-ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es
-que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó
-cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como
-si tal cosa.
-
-»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene
-indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de
-relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo
-tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para
-todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni
-supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso
-talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de
-flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa.
-Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos
-de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo
-de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le
-sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro
-de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape
-de todos los demonios.
-
-»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia
-tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se
-extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en
-opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión)
-las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres
-ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en
-cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en
-el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus
-encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas.
-¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias
-y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le
-entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de
-cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede
-vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único
-que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño
-entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su
-voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse
-la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se
-casó, estos ataques son poco frecuentes.
-
-»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor.
-Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la
-menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus
-afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo,
-que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa
-con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto
-cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía
-trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer
-alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio.
-Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se
-pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una
-simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva
-compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las
-de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre
-esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días
-más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la
-garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se
-pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien
-la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con
-que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las
-destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces
-la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en
-confianza) no merece tal joya.
-
-»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos
-favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no
-la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado
-más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece
-más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran
-fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo
-decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal
-dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas
-extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal
-gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad.
-Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo
-prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me
-espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma
-de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso
-que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no
-encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto...
-
-Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la
-sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió
-con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo
-luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era,
-según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes
-físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en
-limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste
-habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija
-única suya hubiera sido mi mujer.
-
-Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden
-de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío
-aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad
-que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí
-aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y
-este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba
-completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el
-viento.
-
-
-IV
-
-Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba
-animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la
-misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María
-Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas
-á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su
-madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre
-cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras,
-si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.
-
-Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza
-estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles
-admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la
-conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura
-á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado.
-Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su
-engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después.
-Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud,
-veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz
-que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy
-principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños
-que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que
-ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso;
-que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos
-de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió,
-pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida
-obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban
-dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero
-siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban
-los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como
-otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que
-su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los
-transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el
-pintoresco traje de Astorga.
-
-Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una
-pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid,
-y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido
-tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y
-método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su
-generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito
-de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si
-era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás
-desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los
-que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué
-compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha
-trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte
-no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando
-que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el
-ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana
-_la ordinaria de Medina_.
-
-En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco
-para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más
-valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos
-éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna
-bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas
-ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un
-tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales,
-guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo
-que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho
-amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir,
-que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno
-atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento
-y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si
-no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto
-abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...»
-Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en
-algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y
-literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que
-su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y
-acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en
-todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones.
-¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y
-humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver
-su miseria en el paño negro de una levita?
-
-
-V
-
-Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero
-mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa
-parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física
-creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento,
-piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve
-por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien
-que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta
-inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía
-ya en la mano y le había hincado el diente.
-
-Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé
-en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste
-de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su
-cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo
-por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo
-con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo
-hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto
-exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las
-cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como
-cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me
-produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones
-y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer
-que Eloísa tenía siempre razón.
-
-La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la
-apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que
-iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su
-carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en
-una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes,
-de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al
-enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar
-entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos
-sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El
-«si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los
-labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma
-la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación
-tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos
-hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las
-acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la
-virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso
-por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado,
-criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran
-por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura
-mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado
-interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su
-carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la
-enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en
-otro sér.
-
-Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al
-despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á
-luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo
-también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal
-y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna.
-
-El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata.
-Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios
-de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo
-de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que
-ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no
-formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios
-más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo
-el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros
-y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la
-herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero,
-que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de
-presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante
-á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido
-veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un
-triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la
-herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura.
-
-Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas;
-pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la
-mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral,
-debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables.
-Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda
-honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena
-de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir,
-aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer
-esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la
-Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine
-May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del
-conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura
-comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas
-propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas.
-
-Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una
-de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba
-simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad
-de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases
-históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo,
-aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo
-verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo
-el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que,
-aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción,
-siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen
-Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en
-morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría
-cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había
-podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.
-
-
-VI
-
-Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que
-la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en
-la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio,
-á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces,
-pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no
-es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal
-educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me
-hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía
-lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor
-del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del
-otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos.
-No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos
-de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día
-se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo
-hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces,
-después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias
-de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones
-francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía
-como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía
-un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su
-mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era
-aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces
-dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á
-su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que
-no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose
-al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los
-nervios, los pícaros nervios.
-
-Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la
-casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa
-de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente
-la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos
-y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las
-beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.
-
-Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima,
-vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un
-médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como
-aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada,
-indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente
-negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos
-un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba
-muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca
-están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que
-era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La
-discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto
-de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad
-de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale
-por el más infeliz de los seres nacidos.
-
-El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado
-Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis,
-médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de
-todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que
-pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía
-ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le
-daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera
-existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían
-de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme
-su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta
-del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi
-tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al
-oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué
-encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era
-feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero,
-brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de
-que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la
-de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos
-de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas
-gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía
-de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar
-á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de
-la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo
-sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la
-inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va
-por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos
-se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el
-resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que
-los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar
-al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:
-
---Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste
-de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para
-distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?
-
-Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
-
---Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
-
-Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido
-alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A
-su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales
-chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le
-decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
-
---Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
-
-Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban
-pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco
-decentes á mi ver.
-
-El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar
-muy atrasado en su carrera.
-
---Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de
-guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
-
-Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable
-y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar
-una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del
-ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda
-sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de
-sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal
-contenida ira:
-
---Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.
-
-
-
-
-II
-
-Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades
-acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa.
-
-
-I
-
-Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando
-me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos
-y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para
-desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico
-acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía
-de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística
-de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes,
-Murgas y Urquijos de Madrid.
-
-Vais á ver lo que yo tenía.
-
-Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma,
-celebré un convenio con los _Hijos de Nefas_, que se hicieron cargo de
-todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando
-además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta,
-la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los
-referidos _Hijos de Nefas_ se reservarían, puesto que yo entraba á
-formar parte de la casa como socio comanditario.
-
-Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros.
-Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes
-casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría
-recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en
-letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera
-cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.
-
-Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo
-en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred
-Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos
-setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos
-cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder
-de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100,
-con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de
-reales.
-
-Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100
-Consolidado, _Ferros_, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al
-portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros
-efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre,
-y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación
-que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me
-producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus
-valores.
-
-Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había
-comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á
-fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital
-efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios
-créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían,
-en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien
-manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de
-renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos,
-especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar
-con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto
-de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado
-siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones
-en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen
-llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio
-optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase
-de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo
-lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho
-más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente
-buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas
-de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no
-quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron
-pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la
-familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor,
-así por el parentesco que mi tía Pilar tenía con familias ilustres,
-como por el roce constante de su marido con personas y personajes de
-todas las clases sociales.
-
-
-II
-
-En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No
-pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á
-escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera
-una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación
-simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía
-sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del
-motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila,
-que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome
-al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana,
-Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria
-sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero
-el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras
-razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres.
-Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en
-ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos
-hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava
-Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...»
-«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran
-revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran
-nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa,
-menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía
-rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho
-haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado,
-y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la
-sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo
-entre sollozos:
-
---Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para
-ver patas arriba á tanto... idiota.
-
-En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla,
-el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida
-con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado
-pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un
-poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar
-por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies
-inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la
-urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de
-una vez para siempre con los... me parece que dijo «los _mamalones_ que
-viven á costa del prójimo.»
-
---Pero, señoras --dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á
-otro para ponerlas en paz--, ¿qué piropos son esos y qué furor de
-revoluciones ha entrado en esta casa?...
-
-Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos
-demagógicos, les dije:
-
---Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy.
-
-(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un
-velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)
-
-Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro
-día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á
-chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en
-aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones
-que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío,
-al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos,
-distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de
-donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna,
-como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas
-altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por
-ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más
-bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba
-ciegamente el partido de María Juana.
-
---Un padre debe querer á sus hijos por igual --decía Camila aquel
-día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel
-alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces
-la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba
-leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú»,
-ó cosa por el estilo.
-
-Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras
-sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y
-yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis
-tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera,
-una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una
-excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los
-criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se
-cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un
-palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el
-día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en
-sociedad con varios amigos tenía arrendado.
-
-Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa
-paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos
-domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas
-preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como
-se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus
-hermanas para aprovecharlas mejor.
-
-
-III
-
-He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que
-tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la
-familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones
-de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los
-procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á
-todos los de casa.
-
-A las inocentes brutalidades de aquel cachorro de hombre se les
-daba la importancia de verdaderas acciones humanas. No hay para qué
-hablar de la fama que tenía. Había corrido la voz de que era _un rollo
-de manteca_, y además muy mala persona, es decir, que ya tenía sus
-malicias, y se valía de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos
-los recién nacidos gozan de esta opinión desde que respiran; todos son
-guapos, robustos y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo:
-feos, flácidos, colorados, más torpes que los niños de los animales y
-siempre mucho menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas.
-Era un granuja. A los dos meses ya protestaba contra las horas
-metódicas á que le daba el pecho el ama, y quería atracarse sin orden
-ni tasa. Era, pues, un gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses
-mostraba su desagrado á algunas personas, y pataleaba cuando quería que
-le paseasen. Tenía la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le
-ponían un reloj en la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya,
-ya sé lo que es eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era
-realmente una preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de
-Guzmán en la figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y
-malicias que indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había
-conciertos, á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera
-de día, le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la
-mía, y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de
-colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los puños
-cerrados, que parecían dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba
-con una sonata de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis
-brazos y le paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante,
-objeto al cual repetidas veces consagraba una atención profunda como
-de persona inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las
-cosas que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos
-se tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa
-estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura,
-mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las
-babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía
-sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á
-ser muy buenos amigos.»
-
-Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza y
-consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba los
-sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo en
-las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me gustaba
-vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus agradables
-cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano de aquel
-hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, bastante
-lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los maridos de mis
-primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran necesarios en
-cierto grado á mi existencia.
-
-Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se llevaba
-la mejor parte de mis afectos. Solía consultarme sobre cosas de su
-exclusivo interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme
-bien y cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los
-muebles, le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su
-gusto supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba
-mi casa con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba
-en las tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París
-y Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto
-de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi
-posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando
-siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al
-parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que
-antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella
-gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar,
-yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.
-
-Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que gozaba
-oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:
-
---El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los amigos
-de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le
-acobardan mucho.
-
-Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de
-vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa,
-le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente
-tener su casa, casa propia, _sus cuatro paredes_, para vivir solita con
-su marido y con su hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para
-este propósito tan honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio
-y el producto de unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran
-suficientes para vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.
-
---Oye lo que ocurre --me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa
-para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras--. A ver qué
-opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche
-comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un
-buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un
-par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros
-han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En
-toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado
-quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no
-me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo
-á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo
-que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos
-climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa
-acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es
-verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué
-opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?
-
-Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen
-juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena
-de rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No: Pepe no debía
-exponerse á los peligros de la fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué
-sería de su pobrecita mujer, sola y muerta de pena en Madrid!... Por
-ningún caso. Estaría siempre en un puro afán, pensando si le daba ó no
-le daba el vómito, y de correo en correo su vida sería un martirio de
-incertidumbre... ¿Y todo por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era
-decente y honrado, y no sabría centuplicar, como otros, los gajes de su
-empleo.
-
---Ríete --le dije-- de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se
-volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los
-bolsillos más limpios aún...
-
-Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto mejor
-que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita Caballero
-no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su
-carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las
-rodillas... Paciencia, paciencia y calma.
-
-Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella
-conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á
-ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes
-consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados
-con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me
-sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que
-yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese
-aquellas _cuatro paredes suyas_ que la traían tan desazonada. Pero esto
-era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, que no
-era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de pura fórmula,
-de esos que previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa
-habría sido imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo
-para mi sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la
-propia Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la
-tierra están muy mal repartidos.
-
-
-
-
-III
-
-Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.
-
-
-I
-
-Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber
-pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas
-poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar
-de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal
-caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar
-ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que
-lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo
-su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En
-Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que,
-abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones,
-lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso.
-Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un
-rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer
-lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el
-hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor
-dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que
-seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable.
-
-En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase que son
-producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la raza los
-talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, aunque en
-pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo brillante con
-lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy incompleta;
-había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas las cosas,
-desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con una
-facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le oían
-y no le conocían, se quedaban turulatos.
-
-A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. Hablaba
-francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo hablaba, pero
-lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía las lenguas con
-facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su memoria estupenda
-descollaba también en la música. Repetía las óperas del repertorio
-moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos difíciles de música
-sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que Tamberlick y declamaba
-como Rossi, imitando también á los actores cómicos más en boga. En esto
-de remedar voces y de asimilarse todos los acentos humanos, superaba
-con mucho á su hermana Camila, que igualmente tenía dotes de actriz y
-habría lucido en las tablas si á ello se dedicara.
-
-Mi primo no era pintor porque no se había puesto á pintar; pero
-buena prueba era de su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando
-por entretenimiento dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas
-deliciosas, frescas, fáciles, y á veces le ví trazar en serio,
-observando el natural, contornos de una verdad y elegancia que me
-pasmaban. «¿Por qué no te has dedicado á la pintura?» le preguntaba
-yo á veces; y él alzaba los hombros, como diciendo: «Si me hubiera
-dedicado á todo aquello para que tengo disposición, no me habrían
-bastado la vida ni el tiempo.»
-
-Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro cualquiera.
-Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, según
-le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas
-las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre,
-declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la
-pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo
-que parecía arrancado de _Los Miserables_. Otras veces imitaba á los
-clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su
-cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas
-muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de
-vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra
-aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.
-
-Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras de
-molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara
-un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo
-imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril
-entusiasmo, se quedaban sin concluir. Cuando se le reprendía por su
-inconstancia, disculpábase con la carencia de estímulo, que es la
-asfixia del escritor en nuestro país; con la falta de editores. ¡Oh!
-si aquí se cobrara por escribir... Esta era su muletilla, que iba
-siempre acompañada de la amarguísima exclamación de Larra: «El genio ha
-menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.»
-
-Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido
-y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro
-alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender
-que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás
-poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni
-crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes,
-porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión
-moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística
-como para las obras de la voluntad.
-
-Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria de la
-familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar partido
-de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero en el
-primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, Minas,
-Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y para no sé
-qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios era como hojear
-una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de recomendaciones.
-«Mi camino al través de la Universidad --decía--, ha sido una senda de
-tarjetas.»
-
-En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años
-(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su
-naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo,
-madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por
-huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por
-adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las
-energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como
-si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias
-de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria
-flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco
-aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente;
-pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su
-cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado,
-muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz
-cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día
-que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca,
-estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor
-y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los
-ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió
-levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos
-á la espalda y la barba sobre el pecho.
-
---La inacción es lo que me mata --decía sin detenerse--. Me estoy
-atrofiando, me estoy enmoheciendo...
-
-Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían
-muertos, díjome entre carraspeos:
-
---Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es?
-Reblandecimiento de la médula.
-
---¿Has consultado algún médico?
-
---No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su
-proceso, sus síntomas y su tratamiento.
-
-Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la _pía mater_,
-del _canal raquídeo_, de la _substancia gris_, de las perturbaciones
-_vasomotoras_, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser
-su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el
-aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como
-yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en
-afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja
-y con precipitación maniática sílabas obscuras.
-
---¿Sabes --me dijo de súbito, contestando á mis preguntas-- cuál es
-uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La _afasia_,
-ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza
-en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser
-pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de _r_ líquida después de
-_t_, es decir, las sílabas _tra_, _tre_, _tri_, _tro_, _tru_...
-
-Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se
-expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De
-súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé
-qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á
-sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi
-cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su
-semblante tenía mucha animación.
-
---Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo --me dijo--. Mira, para
-probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de
-que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico.
-Recitándolo, puedo sintomatizar la _afasia_ y también prevenirla,
-porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con
-dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.
-
-Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y
-seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una
-rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello,
-este incalificable trozo literario:
-
---_Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente
-trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados
-contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo
-Tetrarca trapense_.
-
-Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que
-cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por
-Dios que se callara.
-
-Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi
-primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo
-del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un
-poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos
-agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por
-lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar
-la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba
-anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal
-transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la
-murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar.
-Así, desde que empezaba con el _triple trapecio de Trípoli_, ya estaba
-yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto.
-
-No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se
-bajó á dormir á mi casa.
-
---Arriba no se cabe --me dijo un día--. Me han ido acorralando poco
-á poco, y por fin me han metido en un _triclinio_ en que estoy
-_trigonométricamente trastrocado_. Si quieres, puesto que tienes casa
-de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más
-acompañado.
-
-Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y
-en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le
-tenía siempre junto á mí como mi sombra.
-
-Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le
-proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los
-gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á
-mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo
---decía-- no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del
-mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al
-punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los
-_triunviros trogloditas_.
-
---No me marees --le decía yo--. Si no tienes dinero, pídelo en
-castellano.
-
-A él se le encendían los espíritus con esto.
-
---¿Es verdad ó no que no hay _guita_?... ¡Oh! si tengo yo un ojo
-médico...
-
---Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese
---exclamaba con solemnidad cómica--, cierto es.
-
---¿Por qué no te clareabas?
-
---¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de
-verdades, no las soltaría sino una á una.
-
-
-II
-
-De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que
-más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el
-primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos
-excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A
-Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le
-conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de
-oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que
-en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del
-Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una
-misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el
-uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando
-de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en
-los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil
-comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de
-decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir
-carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la
-gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la
-provincia era feliz bajo su combinado feudalismo.
-
-Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse
-á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin
-saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito
-de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada,
-ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo
-arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el
-Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.
-
-Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis
-íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con
-motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués
-de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más
-de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día
-que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo.
-Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el
-marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía
-palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.
-
-No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín,
-brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era
-un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas
-infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de
-Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia
-la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del
-reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á
-almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde,
-después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas
-en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó
-doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba
-al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía
-invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.
-
-Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de
-un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva
-admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y
-tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes
-con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las
-malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La
-moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y
-pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda
-espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella
-hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si
-el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le
-hubiera deformado el pescuezo.
-
-Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos
-modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad,
-que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé
-á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba
-tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de
-aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que
-le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que
-él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un
-fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda
-idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba
-yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero,
-arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera
-yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle
-y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado,
-no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así
-se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la
-vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un
-hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre
-el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con
-palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser
-propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un
-galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas,
-ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones
-del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales
-y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre
-infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al
-anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos
-á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que
-el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses
-bravas que perseguía.
-
-
-
-
-IV
-
-Debilidad.
-
-
-I
-
-Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. Estuve
-en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas de
-tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien
-el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas
-de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península.
-En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que
-veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces,
-ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran
-muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba
-alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de
-importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco
-lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz
---decía--. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta
-de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades
-en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como
-una especial manera suya de admirarle. A la semana siguiente me decía
-en una postdata: «¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron.
-Reventó la tía Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.
-
-Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á mediados
-de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con motivo
-de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, y
-francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al
-cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en
-la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la
-hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su
-sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores
-del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena
-señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado,
-en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos
-años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo
-estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su
-mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he
-dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la
-riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo
-en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en
-aumentar el de los demás.
-
-En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre
-de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia no
-era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en esto se aferraba
-más que en ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía;
-la plata labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores
-públicos suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un
-capital de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa
-ser felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez.
-Tal fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto,
-apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros
-de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á
-disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la
-sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan
-solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.
-
-Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el
-semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas
-comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis
-propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter.
-Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el
-hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.
-
-Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril
-diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita
-Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido
-en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo no
-trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, he de
-traerle á este relato, agarrado por sus grandes bigotes, cuando sea
-ocasión de hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe,
-según el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero.
-Eloísa no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si
-tenía pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.
-
-Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la faena
-deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios aquellas
-cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la calle del
-Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué importaba?
-Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada alcurnia,
-y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo ponía mi
-prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, aquel
-altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. Diariamente
-se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre la forma
-de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de tal ó
-cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si me
-es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los
-hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había
-enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba,
-distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle
-límites prudentes á los gastos que hacía.
-
-
-II
-
-Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí
-enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi
-mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la
-fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo
-de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura
-normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de
-alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba
-tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en
-todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran,
-lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado _adinámico_,
-carácter patológico del siglo XIX en las grandes poblaciones. Poca
-fuerza febril primero, poca fuerza reparatriz después, debilidad
-siempre: tal era mi naturaleza en la enfermedad y en la convalecencia.
-Molestábame sobre todo, al recobrar á sorbos la salud, mi lamentable
-estado nervioso, la pícara desazón crónica, que apareció con sus
-síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel terror inexplicable, aquel
-azoramiento, aquella previsión fatigosa de peligros irremediables! ¡Qué
-esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón para vencer esta tontería!
-«¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos á ver», me decía tratando
-de corregirme y aun de avergonzarme como si hablara con un chiquillo.
-Nada conseguía con este sermoneo de maestro de escuela. No era la
-razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme.
-No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal;
-mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo
-que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me
-mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me
-sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era
-un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía
-á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo
-no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar
-del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin
-causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y
-traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación
-de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me
-siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego
-tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que
-necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no
-cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de
-la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin
-descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto
-volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta
-tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces
-era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde
-están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes piezas
-de acero, en cierto modo semejante al vértigo acústico que produce
-en nuestros oídos una racha de Nordeste frío, continuo y penetrante.
-Creía librarme de aquel martirio poniéndome un turbante á lo moro y
-rodeándome de almohadas; pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio
-era la consecuencia de semejante estado, y pasaba unas noches crueles,
-oyendo, oyendo sin cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos
-del profundo mar, sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual
-nada podía sacar en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y
-expresivo, que llegaba á producirme alucinación de la realidad.
-
-Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia
-me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil
-habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos
-de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos;
-quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me
-eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí
-vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba
-mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo
-mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo
-me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era
-Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó
-enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente
-interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi
-benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía,
-era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba.
-Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los
-fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y
-el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante.
-
-Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades
-graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á
-Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos
-contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de
-la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio
-se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva.
-
---Cada noche --nos decía-- me acuesto pensando en una cosa con tanta
-energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es
-verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil
-disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del
-Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso,
-charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á
-docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con
-el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de
-Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos
-á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando
-por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una
-sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del
-Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los
-oboes comenzando detrás de mí el preludio de _Los Hugonotes_, el gran
-_coral_ protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha
-los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... _Ñi, ñi_...
-¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota...
-En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme
-en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el
-telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl,
-que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la
-romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo
-era Marcello, y estaba cantando el _pif-paf_... El director era el
-señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme
-cantar...
-
-Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!
-
-
-III
-
-Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían;
-pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra
-consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y
-criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora
-estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron
-menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la
-sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía
-yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en
-la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella
-el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de
-un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que
-no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la
-mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer,
-dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una
-casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era
-quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina,
-todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la
-casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la
-compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más
-altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.
-
---El día en que yo falte de aquí --me decía--, ya se conocerá mi
-ausencia.
-
-La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal,
-érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos
-estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran
-y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi
-prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su
-sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial
-me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también
-á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á
-poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo
-puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza
-de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del
-principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas,
-de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido,
-de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi
-propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa
-tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí
-me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo
-servía.
-
-Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo.
-No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no
-tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos
-de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente
-de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el
-tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de
-gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el
-viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios
-de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban
-los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros,
-aquel incomprensible _¡ues... que!_ de extraño acento y significación
-desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por
-las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos,
-alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos
-observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio,
-compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se
-forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los
-_evonymus_ del paseo. Observaba también las conjunciones de personas
-diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de
-la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento
-y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de
-difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban
-por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que
-trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba
-su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos,
-sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de
-tintillo aragonés.
-
-Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo
-esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los
-mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco
-se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo
-lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran
-menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación
-sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor,
-con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina
-instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica.
-Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este
-uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías,
-que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que
-pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía
-pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos.
-
-Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón
-y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la
-suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el
-_barbián_ (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro
-á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara),
-y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas
-las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar.
-Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que
-obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición
-primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á
-saludar con la mano, á repetir los _cinco lobitos_ y la pandereta.
-No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de
-saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y
-echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda,
-gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar
-esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues
-_duelen cuando nacen y después se come con ellos_.
-
-
-IV
-
-El _barbián_ solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á
-veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño
-en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues
-todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que
-respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de
-despertar parecía que iba á dar la hora.
-
-Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su
-nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de
-sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden.
-Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar
-nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los
-trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba
-superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de
-cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen
-doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de
-cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez,
-sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando
-quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de
-la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia.
-Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general;
-no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus
-ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles,
-tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento
-tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir.
-Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales
-hablaré á su tiempo.
-
-Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes
-bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que
-aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de
-su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía
-á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor
-propio.
-
---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no
-un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann.
-Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía
-de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está
-reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho
-en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del
-Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares.
-Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la
-de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle
-de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice
-otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca
-cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil
-obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba
-abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle
-del Ave-María hasta el Hospicio...
-
-Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con
-otra semejante.
-
---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del
-teatro, de verlo representar...
-
-O bien:
-
---Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos...
-
-En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos
-de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se
-me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien
-nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo,
-_trigonométricamente trastrocado_; quiero decir, que mi imaginación no
-iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar
-era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica,
-fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa
-necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que
-forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas
-más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de
-contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso
-de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta
-eminente, trabajando sin cesar en el _triple trapecio_ del vacío.
-
-Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después
-creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi
-gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á
-la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama
-y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres
-como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que
-estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el _barbián_, y alguna
-de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en
-que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame
-comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo.
-
-Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de
-matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito
-como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos
-del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le
-atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo
-y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se
-presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle
-ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había
-ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero.
-Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación
-afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía
-pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y
-yo también en el mío.
-
-Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí
-pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía
-de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de
-un rumorcillo muy bonito, de un _tin-tin_ gracioso que me daba en el
-corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda
-una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el
-líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan
-linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba,
-como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose
-para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome
-tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí
-firmemente que Eloísa era mi mujer.
-
-Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo
-en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se
-reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del
-contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna
-tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de
-la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta,
-sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres
-palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia
-discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba
-la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi
-prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía
-reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:
-
---¿Pero he dicho algo, he dicho algo?
-
---¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando
-suponemos que tiene sueño.
-
---No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?...
-Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez
-hace un momento, cuando...
-
---No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo
-se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la
-majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la
-has dicho.
-
-
-V
-
-A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme,
-peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de
-ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en
-la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era
-bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra.
-Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que
-parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema
-de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena,
-esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha
-de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos
-de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande,
-fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja
-de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante
-y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que,
-rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero,
-empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo
-flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á
-cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento
-expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la
-contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería
-que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla
-descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el _Testamento_, el _Vorrei
-morir_ de Tosti, los _couplets_ de _Bocaccio_ y del _Petit Duc_.» Todos
-los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque
-en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin
-poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía
-mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda
-mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes
-no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia
-nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios.
-Cuando se ponía á jugar á la _besigue_ con Carrillo y con mi tía Pilar
-y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía
-tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo
-de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me
-enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar,
-aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener
-que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía
-votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era
-que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música
-lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el _tin-tin_ de
-Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas
-maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el
-atril.
-
-A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos
-esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba,
-cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de
-cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había
-hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como
-una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán
-tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los
-recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme
-de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba
-unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda
-de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en
-la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la
-multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles
-me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme
-por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos
-llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos
-al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos
-del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo
-en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales,
-y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el
-ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros
-valores. El 3 por 100 y los _Ferros_ se convertirían en un 4 por 100
-Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los
-segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo.
-Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto
-tan vasto... Las _Cubas_ no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear
-en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés
-sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme,
-pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente
-que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo
-oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla,
-exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y
-unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al
-fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles,
-viendo cómo los viejos _Ferros_ y las Obligaciones de Aduanas se
-despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser
-absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito
-Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus
-cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de
-aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola
-cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban
-orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían
-á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no
-me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no
-subieran tanto.
-
-
-
-
-V
-
-Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty.
-
-
-I
-
-Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños,
-vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid _buena castaña, buena
-nuez_. No estuve en situación de salir de casa hasta los días
-precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y
-andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la
-familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos
-discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y
-vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha
-de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer
-emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á
-todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos
-dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos
-de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa
-estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi
-endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente;
-pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día
-siguiente de la _abundancia ordinaria_ que reinaba en la mesa y de
-las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien
-ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra
-en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la
-cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo
-su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el
-infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía
-de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó
-cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando
-fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la
-feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad,
-como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo
-parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado
-en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas
-vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar
-y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los
-que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las
-vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un
-gallo.
-
-Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días
-antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al
-tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba
-á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me
-hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado
-á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las
-ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que
-tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica
-facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su
-conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado
-que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío
-era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba
-un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía
-tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las
-lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que
-á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente,
-tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no
-valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi
-mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así:
-«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella
-sin merecerla.»
-
-Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba
-enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella
-enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi
-flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que
-no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de
-mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad
-contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del
-objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor.
-Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de
-gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era
-un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada
-del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no
-se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de
-razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero
-de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.
-
-Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el
-objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo
-más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando,
-movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado
-de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados,
-los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que
-enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión!
-
-Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime
-en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había
-llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos
-del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero.
-Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas
-inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la
-quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo:
-
---Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la
-endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.
-
-Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender
-varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento
-de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos
-desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y
-Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más
-explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En
-resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era
-siempre la mía.
-
-Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una
-vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante
-que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de
-cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno
-para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas
-inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que
-vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en
-la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea
-de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este
-modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la
-ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis
-amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de
-mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan
-contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión
-era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera,
-tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se
-verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral
-en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo
-somos.
-
-Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los
-principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular,
-pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías
-iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado
-sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien
-el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión
-vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando
-menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería
-quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el
-símil, qué realidad tenían mis convicciones.
-
-Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad,
-quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que
-esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no
-me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y
-tiempos.
-
-
-II
-
-Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de
-esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos,
-de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de
-mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza
-inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden,
-aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la
-pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar
-dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las
-inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años,
-tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente.
-Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de
-ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia
-de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy
-rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de
-la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de
-intachable rectitud, la _propiedad_ más pura en todas las acciones,
-la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en
-religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto.
-Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me
-vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.
-
-Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que había
-visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los
-escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo,
-cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las
-costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto
-mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que
-era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada
-por hipocresía.
-
-Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad,
-indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él
-llamaba los _remilgos británicos_. Se reía de las perífrasis de la
-conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas
-del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces
-sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas.
-Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho
-de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia
-vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad
-y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir
-que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en
-sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no
-fueron extremados.
-
-Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos
-desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos
-conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer que vivía en
-casa se trasladó á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo
-demás lo trajeron la vejez del delincuente y su invalidez para la
-galantería. En tanto yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida
-de soltero por espacio de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por
-semana iba á comer á Forest Hill, donde seguían viviendo las hermanas y
-sobrinas de mi madre, y el resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre
-los amigos que tenía en la City y en el West. Me alojaba en Langham
-Hotel y pasaba los días y las noches muy entretenido. Frecuentaba la
-sociedad ligera sin abandonar la regular, y al volver á mi patria,
-notaba en mí síntomas de decadencia física que me alarmaban. Puesto que
-mis ideas eran siempre buenas, hacía propósito firme de practicarlas
-fundando una familia y volviendo la hoja á aquella soltería estéril,
-infructuosa y malsana.
-
-Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, mis
-viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince
-días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa.
-Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus
-funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez,
-sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un
-período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho
-al principio, y me establecí en Madrid.
-
-Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para
-lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por
-cansancio de mi padre, estaba yo al frente de la casa. Era también de
-raza mestiza, como yo; española por el lado materno, inglesa católica
-por su padre, el cual había tenido comercio en Tánger y á la sazón
-era dueño de los grandes depósitos de carbón de Gibraltar. Además
-recibía órdenes de casas de Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase
-mi novia Catalina. Le decían _Kitty_. Habíase criado en Inglaterra,
-con lo cual dicho se está que su educación era perfecta, sus maneras
-distinguidísimas. Prendéme de ella rápida y calurosamente un día en
-que, hallándome de paso en Gibraltar, me convidó á comer su padre. Su
-belleza no era notable; pero tenía una dulzura, una tristeza angelical
-que me enamoraban. La pedí y me la concedieron. Mi padre y el suyo se
-congratulaban de nuestra unión...
-
-¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su padre
-de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. La
-pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia
-disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre
-la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba
-todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba,
-porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama
-alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando
-me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al
-encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro,
-me dijo con mucho cariño y tono muy lúgubre que no fuera á Gibraltar.
-Comprendí que la pobre Kitty había muerto. Se me representó fría y
-marmórea, su mirar triste apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso.
-Tuve horribles tristezas, dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos
-que me enloquecieron. El tiempo me fué curando con la pausada sucesión
-de los días, con el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando
-vine á Madrid habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó
-mis soberbios planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi
-conciencia direcciones nuevas.
-
-Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era
-graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que
-revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa,
-tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban.
-No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma
-de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos
-de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva
-manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por
-mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina
-ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como
-las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la
-vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de
-Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien
-los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales;
-y asomada á la expresión de aquel semblante y de aquellos ojos, me
-decía: «Aquí estoy otra vez: soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora
-tampoco me tendrás. Antes te lo vedó la muerte; ahora la ley.»
-
-
-
-
-VI
-
-Las cuatro paredes de Eloísa.
-
-
-I
-
-De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella inclinación,
-que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á cualquiera
-en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable era tan
-difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que
-entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida
-con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en
-principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de
-mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era
-el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me
-escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre
-los dedos.
-
-La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso
-domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero
-y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios me
-iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país era muy
-alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la _Mano negra_ y me
-degollaran. ¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol
-como una oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la
-necesidad de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente
-indicada por la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á
-poco, sin darme cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de
-quedarme. Aquí de mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se
-me presentaba la ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no
-los tenía.
-
-Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada vez
-lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo lo
-posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con
-Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que
-nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados
-había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y
-burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad
-hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y
-sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron
-palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y
-entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba
-el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al _barbián_ y se puso á
-saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.»
-Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.
-
-Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque estaban
-casi terminadas las reformas de la suya, como habían derribado
-tabiques y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba
-á inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para
-esta excursión el hermoso _landó_ de cinco luces que había adquirido;
-mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el
-Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.
-
-La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era grandísima,
-tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y antipático. Su
-aspecto exterior era muy feo; pero interiormente revelaba ya el
-soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que lo primero
-que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de aquellas
-horribles sillerías _botón de oro_, y esconder los _biscuits_ y los
-_entredoses_ de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde nadie
-los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad de su
-gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no tenía en
-su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, de la
-época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación francesa
-de la peor calidad. «Calcula --me dijo Eloísa-- si habrá sido difícil
-el despejo.» La transformación del palacio era en verdad grandiosa.
-Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra
-cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito de Palmaroli;
-una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de Villegas,
-también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me
-parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, de De Nittis;
-otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas
-granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado
-aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por
-haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de
-desmoronarse.
-
-Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de valor. En
-la antesala ví dos enormes vasos japoneses de _Imaris_, hermosísimos,
-los mejores que había visto en mi vida. Las parejas de platos _Hissen_
-y _Kiotto_ no valían menos. Ví también tapices franceses, imitación de
-gobelinos viejos, que debían haber costado bastante. Dos _terracottas_,
-firmadas la una Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme.
-Bronces parisienses no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho
-que sirven para hacer exhibición de preciosas chucherías, y que tienen
-algo de los antiguos chineros y de los modernos aparadores. Eloísa
-gozaba con mi sorpresa y con mis alabanzas tanto como con la posesión
-de aquellas preciosidades. Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus
-ojos brillaban; entrábale inquietud espasmódica, y su charlar rápido,
-sus observaciones, los términos atropellados con que encomiaba todo,
-señalándolo á mi admiración, decíanme bien claro el dominio que tales
-cosas tenían en su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía
-sentir amenazas de la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta
-producido por la interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha
-saliva, procuraba serenarse.
-
-Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba en el comedor los montones
-de manteles y servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón
-primero, el segundo, la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la
-alcoba, el despacho, el cuarto del niño y todas las piezas de la casa.
-Aquí, colgándose de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan
-á prisa, y me incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más
-atentamente. Allí me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido
-entre las vitrinas. En otra parte me oprimía el cuello suavemente para
-que me inclinara y pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy
-concluído. A veces su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo
-contemplando un delicado estantillo japonés, de esos que no parecen
-hechos por manos de hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba
-su pañuelo y me lo pasaba por la boca.
-
---¿Qué? --decía yo, sorprendido de este movimiento.
-
---Es que se te cae la baba.
-
-Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.
-
---Una casa bien puesta --me decía-- es para mí la mayor delicia del
-mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que las
-muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los tenía,
-me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había de colocar
-al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba delante de
-los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á paseo con
-papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se empañaba
-con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo para poder
-mirar. Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias
-á Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña
-me parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y
-que tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero
-no vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable.
-Dios ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha
-valido de mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los
-cuartitos y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la
-que se entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque
-yo lo he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos...
-¡Qué lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que
-me gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el
-pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón
-_Capo di Monte_, y sentir dentro de mí una verdadera batalla por si lo
-compraba ó no lo compraba... Gracias á Dios, he sabido refrenarme, ir
-despacito, hacer muchos números, y decir al fin: «no, no más; bastante
-tengo ya...» Los números son la mejor agua bendita para exorcisar estas
-tentaciones; convéncete... Yo sumaba, restaba y... vencía. No vayas á
-figurarte: también he pasado malos ratos. Después de comprar en casa
-de Bach un bronce, veía otro en casa de Eguía que me gustaba más...
-¡Qué marimorena entonces en mi cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no...
-sí otra vez... pues no... que dale, que torna, que vira. Nada, hijo,
-que he tenido que vencerme. A poco más me doy disciplinazos. Por las
-noches me acostaba pensando en la soberbia pieza. ¿Qué crees? he
-pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con un cofrecito
-de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... Pero me decía
-yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno fuera que... Me
-conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, elegante, rico hasta
-cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo mismo?
-
-Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar
-á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría
-comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo
-mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás,
-mixtificándome el valor de las cifras.
-
---Yo te dirigiré --añadí--. Prométeme no entrar en una tienda sin
-previa consulta conmigo, y marcharás bien.
-
-Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre
-ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban
-ciertas extravagancias del espíritu.
-
---Porque verás --me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como
-quien se pone en oración--, yo sé contenerme, sé consolarme cuando
-esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes
-lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación.
-Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque
-todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba
-por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo
-que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que
-es Presidente del Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto
-pensando que soy la señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un
-cuadrito cualquiera, antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo
-llego á persuadirme de que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz
-de imitación? Pues lo miro como si fuera un ejemplar sustraído á las
-colecciones de Palacio... ¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio
-Palissy... ¿Tal mueble? Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy
-engañando, así me voy entreteniendo, así voy narcotizando el vicio...
-el vicio, sí: ¿para qué darle otro nombre?
-
-
-II
-
-Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo
-en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente
-las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las
-cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían
-gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que
-habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó
-menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada
-primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya
-económica, sino cicatera... «Vas á ver...»
-
-Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa
-hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un
-busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el
-de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna
-parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino
-con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del
-palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos
-la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se
-le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.
-
---Hay aquí una cosa --me dijo después mi prima en voz baja, tapándose
-la boca con el manguito-- que la semana pasada me produjo dos noches
-de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y
-cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía
-en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.
-
-Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda.
-Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.
-
---No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No
-es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores
-ingleses y trae cosas que no venderá nunca.
-
-Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con
-soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de
-flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan
-bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores,
-interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de
-la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían
-de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos;
-ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan
-en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa
-y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal.
-Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los
-monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que
-parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas
-como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...
-
---Vamos --ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar
-de ver aquello.
-
-Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo:
-
---¿Has tomado el _Séspir_?...
-
---La vajilla es preciosa --declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo
-me convenciera de ello por mis propios ojos.
-
-Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:
-
---Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del
-Infierno.
-
-A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día
-siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas,
-espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco
-mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en
-caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente
-recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si
-incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo
-para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa,
-pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre
-por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi
-gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel
-presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella
-misma me diese cuenta de la impresión que le causaba.
-
-Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana
-Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se
-mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo
-derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin
-conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía
-su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había
-ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada.
-Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer
-inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar
-la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto
-noticias mías.
-
-A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de
-Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme:
-
---¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se
-han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De
-veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir
-la palabra.
-
-Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza.
-
---Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas
---manifesté á Camila, que me respondió á gritos:
-
---Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal,
-te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.
-
-Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le
-dije:
-
---¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la
-cuenta.
-
-Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:
-
---Toma... cochino.
-
-Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa
-de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba
-decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de
-un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las
-sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de
-atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos.
-Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos.
-Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero,
-doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante.
-
-Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y
-burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios.
-Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me
-llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su
-incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una
-salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para
-ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene.
-Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete
-en honor mío y como inauguración del comedor...
-
---Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más
-_chic_... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún
-ministro, toda la _jilife_... Mi cuñado Augusto, el primo de
-Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo
-más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de
-camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos
-nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí
-en su tinta y _Chateau-Peleón_.
-
-Nunca oí más disparates.
-
-Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco
-antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado
-aún.
-
-
-
-
-VII
-
-La comida en casa de Camila.
-
-
-La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella
-reinaba. _Sicut domus homo_, se podía decir allí con más razón que en
-parte alguna. Todas las cosas, en aquella vivienda, estaban fuera de
-su sitio; todo revelaba manos locas, entendimientos caprichosos. Para
-honrar mis muebles habían hecho de la sala comedor; en la alcoba, á
-más de la cama de matrimonio, había una pajarera, y lo que antes había
-sido comedor estaba convertido en balneario, pues Camila, que aun en
-invierno tenía calor, se chapuzaba todos los días. La sala había sido
-llevada á un cuartucho insignificante, próximo á la entrada, arreglo
-que por excepción me parecía laudable, pues contravenía la mala
-costumbre de adornar suntuosamente para visitas lo mejor de la casa,
-reservando para vivir lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este
-rasgo de buen sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni
-cabeza. Lo más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que
-llaman de ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado
-de su tía doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba,
-creyérase que por su pie, pues no se concebía que ninguna ama de casa
-dispusiera los muebles tan mal.
-
-En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes
-y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San
-Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de
-esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada
-de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por
-allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la
-testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas
-las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles
-regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad
-y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el
-comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar
-por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era
-la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas
-de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví
-una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba
-saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos,
-así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones
-de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran
-triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos
-que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin
-reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al óleo,
-al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera artístico.
-
-Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, una
-buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los que
-presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo á
-lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para
-que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del
-tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila
-estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina
-violentando su temperamento para _salir formal_; de modo que, á más de
-salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.
-
---Habías de ver esta casa --me dijo Raimundo al oído-- cuando mi
-hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo
-de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.
-
-Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos.
-
-Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla
-ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba
-la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas
-bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa,
-diciéndonos:
-
---Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.
-
---Esta hermana mía --indicó Raimundo tiritando-- siempre tiene calor.
-Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea,
-y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la
-casa es una sorbetera... ¡Que me voy!
-
-Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la
-sazón estábamos, y dijo á su marido:
-
---Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.
-
-Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros:
-el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos
-hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba
-en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también
-el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como
-exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la
-criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su
-marido con gritos que atronaban la casa.
-
---Será para que le alcance algo... --decía él sin mostrar mal humor--.
-Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera
-yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!
-
-Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun
-así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida.
-Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada;
-pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos
-la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento
-trágico:
-
---Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?
-
-El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en el
-desempeño de aquella obligación doméstica.
-
---Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se case...
-
-Risueño y compadecido, le ayudé de buena gana. Antes había solicitado
-Constantino el auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío,
-no se apartaba del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto
-quedó puesta la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas
-iguales. Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria
-cerámica dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas,
-regalo de la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio
-de unidad. No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que
-cada uno procedía de fábrica distinta.
-
-No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla,
-díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de
-que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:
-
---Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que
-no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.
-
---Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no se
-encienden chimeneas --dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en
-ella.
-
---No viene Pepe --repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar en
-mi ocupación, echóse á reir--. Eso, eso te conviene... ¿Y esa loca...?
-
---Su Majestad está en sus habitaciones --dijo el manchego-- con la
-camarera mayor, que es ella misma.
-
---Constantino --gritó Camila asomándose á la puerta--, traidor, ¿en
-dónde me has puesto mi alfiler?
-
---¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te enfades.
-
---¡Que siempre has de ser loca! --dijo Eloísa pasando al cuarto de su
-hermana para dejar abrigo y sombrero.
-
-Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con
-elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa
-garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura
-delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer
-bella; pero nunca parecería una señora.
-
---¡Mujer, cómo te pones!... --exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la
-escasez de tela en la región torácica--. ¿Pero estás tonta? ¿A qué
-viene ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es
-hoy no llorarás por polvos.
-
-Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el
-mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire
-gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa
-en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de
-yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.
-
---Pero, Camila... pareces una tahonera.
-
---¿Sí? --replicó ella riendo con nosotros--. Ahora veréis.
-
-Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez naturales.
-Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.
-
---Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.
-
-Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr
-otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á
-su marido:
-
---Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano
-Augusto, de paso que vas por el postre?
-
---Yo no... Ya sabes que no puede venir --replicó el marido tomando su
-capa para salir.
-
---Pues déjalo: así tocaremos á más.
-
-Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con la
-girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un
-papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la
-puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:
-
---Váyanse sentando... Allá va la sopa.
-
-El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser
-almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por
-la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que
-reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un
-asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el
-fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía
-Camila. En cambio, el pescado _al gratin_ se había tostado y estaba
-seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no
-se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé
-no tenía ni pizca...
-
---Pero, hija --dijo Eloísa riendo--, tu cocinera es una alhaja.
-
---Dispensa por hoy... --replicaba la hermana--. Se hace lo que se
-puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.
-
---Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la red
-otra vez --le contestó Raimundo.
-
-Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un frío
-mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no volvería
-á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de leña.
-Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había vino
-en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre
-Constantino y su mujer.
-
---Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así
-salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de
-chorlito!
-
---¡Ni fuego ni vino! --exclamó mi primo subiéndose el embozo y poniendo
-una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.
-
---Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.
-
---No, ve tú.
-
---Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.
-
---¡Ay! qué hombre tan inútil...
-
---¡Qué tempestad de mujer!
-
---Lo mejor --dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar
-un rato-- es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos
-botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las
-negarán.
-
-Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo mi
-primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.
-
-Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, todo
-lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba un
-velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio.
-Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la
-que servía, que era una chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera.
-Había venido aquel día con tal objeto, y más valiera que se quedara en
-su casa, pues no hacía más que disparates. En los breves intervalos de
-sosiego, Camila nos hablaba de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz
-en aquel desbarajuste, en compañía del más inútil de los hombres!
-Indudablemente Dios hace milagros todavía. Para ponderarnos su dicha,
-mi primita no cesaba de hacer alusiones á un cierto estado en que ella
-creía encontrarse, y por cierto que sus indicaciones traspasaban á
-veces los límites de la decencia. Ya nos contaba que pronto tendría
-que ensanchar los vestidos; ya que había sentido pataditas... Luego
-rompía á reir con carcajadas locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi
-opinión. No tenía seso, ni tampoco decoro.
-
-Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco
-reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus
-superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando
-le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había
-sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se
-avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer
-le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase
-de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La
-Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y
-beneficien mutuamente.
-
-Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro lo
-denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino la
-verbosidad alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser
-menos, se había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba
-anécdotas, pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba
-penosamente las sílabas _tra_, _tro_, _tru_, mientras el otro decía
-cosas saladas y amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese
-lenguaje flamenco que tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La
-discreción relativa, de que hablé antes, se la había llevado la trampa.
-Tal espectáculo empezaba á disgustarme.
-
-El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió mandarlo
-traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo á
-cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y
-Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse.
-La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á
-la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que
-llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la
-mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y
-vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía
-por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.
-
---Ahora sí que va de veras --nos decía--. ¡Y este bruto se ríe, y no lo
-quiere creer!
-
-De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de
-tonterías, y cruzando las manos gritaba:
-
---¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, más,
-más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes tú lo
-que es esto, egoísta! Si fueras padre, verías. Y dí, ¿por qué no te
-casas? ¿Para qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier
-querindanga... ¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da
-tu dinero á las tías. Me alegraré de que te desplumen.
-
-De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. Hasta
-me parecía que lloraba de satisfacción.
-
---Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?
-
---Sí que te lo prometo.
-
-Y se rompía las manos en un aplauso.
-
---¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo
-quiera en casa de _Capdeville_?
-
---Sí: puedes empezar.
-
---Bien, bien... ¡Currí... Currí!
-
-El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso
-las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno
-hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él.
-
---Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.
-
---Yo no puedo ver esto --decía Eloísa con enfado, levantándose para
-retirarse--. Me voy.
-
---No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y
-no parezcas más por aquí.
-
---No, no me beses --chillaba Eloísa, apartando su cara--; no pongas
-sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca,
-¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte
-hacer tonterías.
-
---José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué
-no me convidas esta noche al teatro?
-
---Otra más fresca...
-
---¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana
-para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí,
-dile que sí. José María, esta noche...
-
---Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.
-
---Constantino --gritó Camila, cantando la marcha real--, esta noche
-vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los
-cuartitos.
-
-Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza
-tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al
-tercer día me enterraban.»
-
-Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué
-á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido
-profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le
-cubrió con la capa para que no se enfriase.
-
---Ve pronto por el palco --decía la señora de Miquis á su marido-- que
-es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas
-zancas. ¿A qué aguardas?
-
-El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera,
-saltando los escalones de cuatro en cuatro.
-
---Iré luego á casa de mamá --dijo Camila, poniendo á su hermana el
-sombrero y el abrigo--. Adiós, _comparito_.
-
-Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.
-
-
-
-
-VIII
-
-En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.
-
-
-Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:
-
---¿Vas á venir á acompañarme?
-
-En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la
-acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no
-aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos,
-revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de
-nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del
-Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á
-casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima.
-Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á
-mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para
-verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á
-todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del
-misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente.
-Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante
-y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos
-en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales...
-La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando que
-estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto para
-colarse dentro. El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de
-compras.
-
-Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos con
-ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada aún
-más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de
-ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que
-nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé
-de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso
-patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en
-buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos
-catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una
-ensalada inglesa. Hablé de los _whigs_ y los _torys_, de la reforma
-electoral de 1834, del _Habeas corpus_, de la Liga de Manchester y del
-_bill_ de cereales. Sir Roberto Peel quedó hecho trizas de tanto como
-le manoseamos Carrillo y yo, y no salieron mejor librados lord Chatam,
-Cobden, Russell, Palmerston y los modernos Disraeli y Gladstone. Nos
-volvíamos ingleses sin saberlo, y esto precisamente cuando mi sangre
-andaluza, la savia paterna, obscurecía y anonadaba en mí lo que yo
-había recibido del sér británico de mi madre.
-
-Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme en
-pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi casa,
-_in mente_; la robaba como hacía mi tío Serafín con las baratijas
-de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, como en un bolsillo,
-reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para
-darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las
-noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes
-alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de
-mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque
-Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico
-y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para
-que un hombre se ponga en semejante estado.
-
-Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle.
-Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar
-turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que
-temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo
-hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin
-darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á
-esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún,
-nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo.
-Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que
-equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más
-graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando
-entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No
-tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la
-entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y
-al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que,
-sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me
-introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y
-callados tubos.
-
-Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla
-como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa
-de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en
-voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á
-dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:
-
---Sí, ya te siento; no creas que me asustas...
-
-
-
-
-IX
-
-Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las
-cuentas de vidrio.
-
-
-I
-
-A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día
-antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo
-me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las
-dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía
-muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el
-amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también
-escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con
-los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En
-ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás
-á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la
-equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de
-ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella,
-no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo
-antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de
-casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de
-hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa...
-Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había
-unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible
-luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación,
-el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando
-creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben
-serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única
-eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué
-dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la
-sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal.
-
-Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar
-que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la
-eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con
-cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron
-de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en
-un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...»
-«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual
-parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»
-
-La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor,
-idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para
-que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el
-escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que
-debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi
-ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la
-vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados
-laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso
-á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada
-como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida.
-Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba
-los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada;
-sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues,
-todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél
-su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo
-hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que
-poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es
-animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad
-que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una
-ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.
-
-Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había
-dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían
-guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con
-la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra,
-mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en
-mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino
-aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien
-que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza
-irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con
-exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el
-corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva.
-Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo
-perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa
-era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer
-valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios
-que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y
-primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado
-de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las
-seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me
-puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto,
-no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado
-con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero,
-criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás.
-
-Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como
-gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la
-familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado,
-ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la
-cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado
-mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas
-ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí
-mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me
-habían hecho reir mucho.
-
-Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase,
-que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa
-en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido.
-O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco
-chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no
-hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el
-mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia
-natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos
-mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su
-tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de
-hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y
-dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba
-ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó
-butacas en los principales teatros.
-
-Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien
-constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos
-diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble,
-antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo
-cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía,
-ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia.
-Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada
-pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de
-lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos
-de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta
-exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto.
-Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina
-antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de
-sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano
-y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano
-media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de
-alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una
-pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé
-en casa de Marabini quince mil duritos.
-
-
-II
-
-Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de
-Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á
-consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve
-tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El
-pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que
-en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á
-tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir
-de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la
-calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil
-nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad
-parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones.
-En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un
-camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una
-independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á
-mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo
-que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin
-peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono;
-ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más
-autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios,
-amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas
-parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su
-modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de
-amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos
-dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras
-anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y
-nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por
-el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas
-tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en
-las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse
-de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna
-_bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto
-desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad
-que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como
-nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar
-con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes
-divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado;
-mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á
-Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la
-originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos,
-que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la
-estación próxima.
-
-Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más
-depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la
-mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla
-Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa
-quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de
-costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes
-y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También
-solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á
-los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés
-abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al
-alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido
-de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta
-las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso
-sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la
-clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya
-que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse
-para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas
-en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser
-la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde
-quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa,
-y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una
-quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo
-mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que
-mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.
-
-Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar
-numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había
-ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½
-por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos
-ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España
-aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en
-los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había
-hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de
-la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría
-para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras
-sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á
-aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil
-francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi
-desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas
-cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los
-bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos
-para poder volver á España.
-
-Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida
-que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la
-Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción
-tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había
-percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo
-¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable
-ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco
-desatino podían destruir los efectos de mi educación económica?
-No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad,
-resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de
-la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un
-narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa,
-con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no
-naufragase.
-
-Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso,
-sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en
-nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre
-de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también
-en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los
-placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el
-_tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número,
-sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al
-verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y
-dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.»
-
-
-III
-
-En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre,
-pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas
-me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del
-año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con
-la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez
-varias letras y algún papel de Londres.
-
-Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de
-la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á
-consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo
-á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre
-de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había
-disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular!
-Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de
-esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir
-de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira
-que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de
-París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme
-cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del
-espíritu que llamamos sumar, y atento sólo á los aguijonazos de la
-voluptuosidad y del amor propio.
-
-A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al _tanto_,
-reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado concupiscente,
-por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había mermado en lo más
-mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en llevar procedimientos
-de regularidad económica á lo que moralmente era tan irregular. El
-orden parecíame digno de ser implantado en los dominios del vicio,
-y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía la dulce ilusión
-de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían mis noches y mis
-mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa hacíame ver
-nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. En cuanto á mi
-fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida y muy saneada,
-hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance de los lazos que
-mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del propósito, vivas
-inquietudes me atormentaban en presencia de aquel querido edificio
-económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy profundas.
-
-Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el
-presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella
-exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había
-importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de
-Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la
-casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de
-verano, menudencias é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la
-cifra de veinte mil duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas
-de números, y no, no salía. El pasivo del primer año era enorme,
-abrumador, y unido á la instalación me daba el resultado tristísimo
-de que los señores de Carrillo se habían comido ya la cuarta parte
-del capital heredado. Por mucho que estirara yo los ingresos sobre
-el papel, forzando los productos de las dehesas de Navalagamella y
-Barco de Avila, engrosando los alquileres de las tres casas de Madrid
-y añadiendo á todo el cupón de las obligaciones de Banco y Tesoro, no
-podía pasar de tristes siete mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que
-lloraban por los míos, y me los querían llevar.
-
-Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más
-lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que
-iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente
-y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en
-nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números.
-¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y
-resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró
-conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas.
-Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde
-en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos.
-A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude
-obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre
-embrollaba las cifras y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso
-de la aplicación de los ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones
-mías, me confesó que tenía algunas deudas.
-
---Te las pago todas --le dije con efusión-- si me juras que no volverás
-á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.
-
-Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba el
-convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se volvían á
-contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más se le poda.
-
---Ahora no me echarás la culpa á mí --me dijo una tarde--. Es Pepe el
-que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo
-lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la
-calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror...
-Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no
-ha vuelto á poner los pies en el _Veloz_. No tiene ningún vicio, no
-juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan
-ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á
-contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso _órgano
-del partido_, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe,
-que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la
-Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se
-han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse
-á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que
-no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la _Sociedad de
-niños_... Te aseguro que es un dolor...
-
-Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, me
-dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella
-señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.
-
-Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras lucubraciones
-económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. Como el líquido
-puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las altas temperaturas
-del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el de los poetas,
-visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más bien una
-fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. Las cifras
-de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en quince años,
-volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas columnas de
-los libros de partida doble, separándose y revolviéndose como las
-cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer millones
-de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras esterlinas de la
-noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan junto á las unidades
-formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha el alma! «Entonces,
-gata bonita, tendrías un palacio mejor que el de Fernán-Núñez y el de
-Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, como el de la esposa de
-un _rajah_; tendrías un _yacht_ para viajar por el Mediterráneo y un
-tren _Pullmann_ para recorrer el Continente. Te compraría el Rembrandt,
-el Murillo, el Veronés que salieran á la venta al deshacerse la
-galería de algún principote alemán; y para tí trabajarían Meissonier,
-Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo más granadito de Europa.
-Aprovechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de las
-grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada de
-Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el _Tanto Monta_, y
-los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en
-forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten
-en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene
-Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la
-biblia de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más
-sublime, la industria más hábil y los objetos de valor histórico,
-despojos que se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú
-jugaras con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más
-rica que la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina
-Victoria, emperatriz de las Indias.»
-
-Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, para
-hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener nada;
-vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades sociales, en
-un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera frío, ni calor, ni
-ciudades, ni civilización... No tener más que un albergue rústico, y
-que nuestra despensa estuviera colgada de los árboles... No beber más
-que agua clara... Vestirse sencillamente, tan sencillamente, que todo
-el guardarropa quedara reducido á un simple túnico talar... Nada de
-calzado, nada de sombrero, nada de esos horrores que llaman guantes,
-corbatas y alfileres... No gozar de más espectáculos que los del
-cielo y la vegetación; no oir más música que la de los pájaros; no
-ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que
-es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación,
-ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y
-en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de
-cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de
-la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo
-amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca
-cansados de mirarnos y de querernos...
-
-Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de Eloísa,
-que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que ella se
-apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.
-
---Calla, tonto... No escandalices.
-
-No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa
-en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país
-de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su
-túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No
-conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus
-diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los
-lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora
-Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en
-aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta
-tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático que
-viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las miradas de la
-señora Eva en forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél
-de la manzana. ¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar
-á aquellas playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra
-una sarta de cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas
-desarrollan en su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca,
-se vuelve toda nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la
-chaveta, y adiós idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz
-sabrosa, adiós festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor...
-Cae mi Eva en la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el
-demonio carga con ella.
-
-
-
-
-X
-
-Carrillo valía más que yo.
-
-
-Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor
-supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado,
-valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi
-pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija
-era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía
-echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta
-me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha
-luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un
-vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las
-personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á
-sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho
-que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y
-su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase
-por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su
-vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría
-sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del
-jefe de familia.
-
-Carrillo era presidente de una _Sociedad_ formada para amparar niños
-desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la
-mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan
-humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los
-eficaces triunfos alcanzados por la _Sociedad_. Más de quinientas
-criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado
-de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las
-precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce
-al presidio. La _Sociedad_ hacía ya mucho; pero su ilustre presidente
-aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los
-párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso
-ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el
-crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan
-ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo
-á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su
-despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes,
-extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo
-cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer
-Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para
-allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se
-desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había
-que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar
-los fondos de la _Sociedad_. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de
-empresarios y concertistas y cómicos! No se eximían de esta febril
-contradanza los poetas, á los cuales se les rogaba que leyeran versos;
-ni los oradores, á quienes se pedía el óbolo de sus floreados discursos.
-
-Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su inteligencia,
-yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de escándalo y
-dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la comparación
-siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me cuidaba ni
-poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás hablaba en
-las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte de ninguna
-Comisión de importancia, no servía más que para sumarme con la mayoría
-en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas muy incompletas
-acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis electores que de
-los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme cartas llenas de
-quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los papeles rotos, diciendo:
-«A mí me ha hecho diputado el ministro de la Gobernación, nadie más.
-Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente, el Congreso me parecía
-una comedia, y no tenía ganas de mezclarme en ella. En cambio, Pepe,
-que era senador, tomaba muy en serio su cargo, se debía al país,
-miraba á la patria con ojos paternales, considerándola como uno de
-aquellos infelices niños que la _Sociedad_ recogía en las calles.
-Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba en muchas Comisiones.
-Con frecuencia se levantaba de su banco, sin aliento, ahogándose, y
-pronunciaba pequeños discursos discretísimos en pro de los intereses
-generales. La enseñanza primaria, la extinción de la langosta, la
-necesidad de dar salida á _nuestros caldos_, el establecimiento de
-gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la
-Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión,
-la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios
-y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque
-asmático, en los rojos asientos del Senado. El _Diario de las Sesiones_
-estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que
-se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos
-aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un
-salto grande hacia la cultura.
-
-Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado,
-con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo
-que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién
-cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse,
-echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á
-muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien
-si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al
-sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y
-juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de
-la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad,
-y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo
-bien político.
-
-Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas
-de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma.
-Así, desde que ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el
-sentimiento general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á
-buscar auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos
-de nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera
-que sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre
-resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con
-tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de
-la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras
-cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del
-_Otroísmo_ y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente
-en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el _quid_
-del defecto que en parte obscurecía aquellas prendas eminentes,
-pues siempre se cuidaba mucho más de lo ajeno que de lo propio, y
-poniendo desmedida atención en la humanidad y en la patria, apartaba
-sus ojos de la familia y del gobierno de su casa. Dueña y directora
-de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los detalles más importantes del
-régimen doméstico, y no daba jamás una disposición. Tanto celo fuera
-y tanta indolencia y descuido dentro, eran indudablemente falta muy
-grande. Cuánto me complacía yo en considerarlo así, no hay para qué
-decirlo. Aquella superioridad que me mortificaba no era quizás más que
-figuración mía, y el pobre Carrillo, al remontarse á lo que yo estimaba
-perfecciones, caía por tierra poniéndose al nivel mío, que era el de la
-vulgar muchedumbre.
-
-Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males se
-repetían y se complicaban, presentando cada año nuevos y temibles
-aspectos, ofreciendo como un campo clínico á los ensayos de la
-medicina. Para los médicos era ya, más que un enfermo, un tratado
-de Patología interna escrito en lengua que no podían traducir. Los
-síntomas de hoy desmentían los de ayer, y los tratamientos variaban
-cada mes. Ya, suponiendo desórdenes en la nutrición, se combatían en
-él los principios de una diabetes; ya, observando graves fenómenos
-cardiacos, se atacaba el mal en el terreno de la circulación. Declaróse
-luego la nefritis, y más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con
-lesión grave en el vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa
-fuese, ello es que Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era
-terroso, sus fuerzas inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las
-manos le temblaban, y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él
-sólo tenía vigor el espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en
-las varias faenas á que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo
-entusiasmo de que se poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y
-enderezando su cansado organismo, como si le embalsamaran en vida.
-
-Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo en
-el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración
-moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza
-y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que me
-alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión que
-esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé si
-agradecía su estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella
-como una salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los
-dos, y como si á entrambos nos degradara de la misma manera.
-
-Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía
-encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola
-con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas
-parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes,
-el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella
-gente; hablándole de la peluca del _speaker_, del modo de votar, del
-familiar tono que usan, y haciéndole, por fin, semblanzas tan exactas
-como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros afamados oradores.
-¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores horribles, extenuado
-de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el infeliz otro consuelo
-que conversar conmigo de aquellas cosas tan de su gusto! Su mano en
-mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas, y jamás se hartaba
-de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de tiempo y de humor
-por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla que te charla,
-viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la verdad se me iba
-agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias! El banquete del
-lord Corregidor fué de las cosas que le conté con todos sus pelos y
-señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877. Y después, ¡cuánto
-detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes, se sonaba con
-estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no cesaba de meterse
-pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y
-sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país
-aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una
-y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los
-normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos
-casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de
-tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que
-hacía propósito de marcharme.
-
-Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé lo
-que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos
-obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala
-por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa
-y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos
-encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre
-ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en
-busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos
-habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le
-compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera
-estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos
-dado.
-
-Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido
-estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo
-declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos de
-alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más de
-una vez se le escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose
-á días venideros, iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi
-mujer. Hablando una noche de reformas en la casa, se dejó decir:
-
---Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso bajo,
-comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de nogal,
-como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del duque
-y á la famosa estufa.
-
-
-
-
-XI
-
-Los jueves de Eloísa.
-
-
-I
-
-Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían diez
-y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres
-nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias
-hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la
-hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta
-que en los llamados _jueves de Eloísa_ reinaba, era un eclecticismo,
-una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza
-nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más
-distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía
-en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba
-á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con
-respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de
-propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas,
-exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no
-adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos
-de la confianza castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas
-que le dan carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza
-de poetas, oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos
-ha sido hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de
-ideas que anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las
-nacionalidades maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en
-aquel instrumento armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.
-
-Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan
-distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de
-estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis
-castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes
-frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el
-populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las
-redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan
-ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De
-este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la
-cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco
-ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.
-
-Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, que bien
-podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por no aburrir á
-mis lectores con lo que no les importa, seré breve, escogiendo, entre
-todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á la inteligencia
-de los casos que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa
-frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual
-fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el
-timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se
-prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz.
-Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las
-luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y
-faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su
-reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina
-suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.
-
---Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede
-tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su
-suegra.
-
-Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba fácilmente
-á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el marqués de
-Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va del primer
-salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica ésta con la
-antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara de cristales
-con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás el cuerpo
-contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién entra.
-
-Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al
-poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad
-los guantes de hilo, el maestresala M. Petit --aquel ingenioso francés
-que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos
-los establecimientos balnearios y de haber lucido su estampa en
-el mostrador de algún comedero de ferrocarril, se pasa el invierno
-sirviendo temporalmente en las grandes comidas de las casas ricas de
-Madrid, ó que lo aparentan--, y pronunciando el sacramental _madame est
-servie_, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de
-Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...
-
-Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de sillas
-rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados
-ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos
-nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como
-un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho
-de la sopa _bisque_, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios
-traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la
-conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada
-instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los
-ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal
-flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo
-aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi
-espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me
-mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas,
-de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas
-en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y
-ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo
-todavía en su inquietud discreta, ojos que nos miran y se vuelven
-y llevan la idea de una persona á otra, el hilo de la conversación
-rompiéndose y anudándose á cada instante, las sonrisas disimulando
-las contracciones de la gula. Respecto á los dichos, yo no cesaba de
-recordar la rigidez de las comidas inglesas, en las cuales todo lo que
-se habla podría figurar en el Catecismo. En los festines que refiero,
-mi primo Raimundo hallaba medio de contar cuentos indecentes, con una
-delicadeza de forma y unas perífrasis que hacen de él un verdadero
-maestro en arte tan difícil.
-
-En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las
-señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable.
-Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir,
-en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre
-que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La
-originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos
-con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría
-imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un
-gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida
-totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso,
-medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada
-faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de
-esas que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante
-de tal prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué
-general la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella
-misma mañana me había dicho que no pensaba estrenar más vestidos ni
-inventar rarezas. Dejando á un lado esta contradicción, diré que Eloísa
-deslumbraba: no se la podía mirar sin plegar ligeramente los ojos.
-Su hermosura, sometida á la prueba de aquella calcinación en crisol
-ardiente, triunfaba de las llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y
-purificada. Su mirar era como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que
-se subía á la cabeza y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir
-nada del escote, á quien la coloración chillona del rojo daba más
-realce. En su ridículo entusiasmo, un revistero de salones me decía
-que aquella carne de Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y
-que Fidias y el Hacedor Supremo habrían disputado sobre cuál de los
-dos lo había hecho. Vamos, que reñían y se tiraban á la cabeza los
-trastos de crear... Yo, como dueño de aquella carnicería marmórea, no
-la veía con gusto tan publicada. Pero el maldito revistero no cesaba
-de hacer paradojas, que al día siguiente ponía en los periódicos. «Era
-un demonio celestial, el _ángel del asesinato_, serafín que había
-encargado á Worth un vestido hecho con brasas del Infierno... ¿Para
-qué? Para divertir á los Santos en el Carnaval del Cielo... Su cuello
-ostentaba una constelación...» A esto de la constelación démosle
-su nombre verdadero. Era una hermosa _rivière_ de treinta y seis
-_chatones_ que yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se
-ha de decir) una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente
-del Banco de España.
-
-Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. Todos
-los amigos de la casa admiraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban
-por ella. La atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y
-mujeres, respiran en tal género de vida; el constante incitativo del
-mucho y refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el
-espíritu van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas
-estas causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte
-suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para
-apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal
-ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de
-que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre
-los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía
-de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de
-pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró
-delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto
-general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de
-mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien
-ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de
-que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.
-
-Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre aquella
-turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una fidelidad que
-habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no viniera á ser
-una medalla en cuyo reverso estaba la traición.
-
-Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa,
-empleando reservas delicadas que olían á virtud, imitándola, como
-los artículos de perfumería imitan la fragancia de las flores. Para
-todos tenía una palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos;
-compadecía al enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando
-constantemente cierta dignidad y señorío que me encantaban.
-
-
-II
-
-Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna
-novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche
-(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo
-rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio.
-Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las
-había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme
-la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos
-lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante
-cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las
-figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño
-natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre,
-quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados
-los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista,
-y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro
-asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara
-á la Naturaleza con más gallardía. El toque era allí perfecto símil
-de la superficie de las cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno,
-el pincel, convertido en poder fisiológico, había hecho la carne, la
-epidermis, el músculo, los cañones de la mal rapada barba, el pelo
-inerte, y, por fin, el destello y la intención de la mirada. Aquel
-mismo toque habilísimo era luego la lana y el algodón de la ropa, la
-seda mugrienta del fondo.
-
---Esto ya no es pintar --decía Eloísa, sacando las cosas de quicio--:
-es hacer milagros.
-
-La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, y
-á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un
-sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y
-llena, significando con ella un _atrévanse ustedes_. Su tez pura, su
-entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada.
-El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían
-suponerse antojo de un momento para _encaprichar_ la hermosura noble
-revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida
-misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su
-sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos.
-¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa
-no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:
-
---¡Qué alma tiene!
-
-La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves,
-como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones de
-Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que parecían
-personas, y vamos á las personas que parecían cosas. Uno de los
-principales devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de
-la chimenea del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales
-ocupaba Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando
-este derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía
-en cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien
-de los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado,
-patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por su
-tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y como
-los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una calva
-pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como adhesión
-caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo bastante
-para convertir aquella devoción en una especie de cariño paternal,
-traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. Muy á
-menudo y cuando parecían más interesados en una conversación frívola,
-trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho en los
-fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su capital en
-poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel terreno.
-
---Diga usted, marqués, ¿venderé las _Cubas_ para comprar ese
-Amortizable que ha inventado Camacho?
-
-Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al acercarme
-al grupo.
-
-Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que creía
-más conveniente.
-
---Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme _dobles_ por cinco ó
-seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto
-(dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes
-iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco
-tiempo si fueras otro.
-
-El marqués echábase á reir, y mirándome...
-
---Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos
-mayores.
-
---Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su
-socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga
-en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?
-
---¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--.
-Eloísa, me compromete usted...
-
---O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.
-
---Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra
-guerra civil.
-
---Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?
-
---Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando
-entre las bromas y las veras.
-
---No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo
-con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de
-ella es multiplicar.
-
---Sí: las contratas dan muchos millones.
-
---¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--.
-Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño,
-aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á
-usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted
-que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_.
-
-La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que
-decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de
-ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían.
-Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un
-corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para
-decirme en secreto:
-
---_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para
-tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora
-tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es
-_comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una
-lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio...
-Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca
-usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le
-desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan
-casos...
-
-Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera
-enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta
-nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano:
-recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y
-parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante
-del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez,
-y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques
-geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios
-políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de
-Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas
-trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le
-había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las
-dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le
-suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía.
-Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número
-de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si
-no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en
-la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el
-maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España.
-Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa
-alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso
-y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se
-excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor.
-En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar
-cuando escriben.
-
-Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los
-primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves
-soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de
-juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más
-sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada,
-como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad
-idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un
-Diccionario de Medicina.
-
-La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez
-despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la
-casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne
-viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez
-le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones
-crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general,
-bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería
-exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura,
-y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un
-busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su
-bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio
-ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar
-en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y
-admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de
-desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su
-falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación,
-y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de
-cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería
-debía sumas fabulosas.
-
-Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección
-horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte
-pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría?
-Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca
-distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la
-mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada
-con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el
-que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en
-la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían
-desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho
-el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con
-declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas
-no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho
-le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose
-con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar,
-dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy
-mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano
-ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud
-displicente, respondía, inflándose mucho:
-
---Es que yo me he vuelto ya antidinástico.
-
-¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente
-acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima
-á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala
-imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las
-pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal,
-aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado
-y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos!
-¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos
-días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi
-espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.
-
-He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos
-dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece
-preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí,
-atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable,
-jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de
-la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre
-enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa,
-tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta,
-que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en
-todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida
-era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves
-precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía.
-Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar
-con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con
-una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias
-aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del
-pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la
-_Sociedad de niños_.
-
-Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles
-por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le
-hacía mimos de mamá, incitándole al descanso.
-
---Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no
-puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te
-marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por
-qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José
-María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.
-
-Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni
-nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se
-empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era
-como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas
-las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su
-puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente
-á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida
-de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias
-sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el
-mundo huía como de la peste.
-
-Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de
-costumbre, contra la pared, me dijo:
-
---Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el
-pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á
-otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de
-lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado
-dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa
-finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha
-podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple
-de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid,
-que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del
-oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que
-se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas
-_juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al
-paso que vamos, la _débâcle_ no tardará.
-
-Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía;
-pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad,
-no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos
-afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto),
-absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me
-hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era
-preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.
-
-
-III
-
-Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de
-estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una
-colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y
-mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía
-que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía
-en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón
-espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación
-de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia
-de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio,
-lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas,
-araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y
-para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar
-en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales.
-Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental,
-una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría
-imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El
-día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor,
-escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una
-procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del
-mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética
-y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación
-física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la
-Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el
-acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...
-
-Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque
-equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró
-que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y...
-pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba
-en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no
-habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que
-el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico.
-
---Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y
-pico de noches_.
-
-Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su
-mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán,
-y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque
-sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas,
-que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo
-Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más
-alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados.
-Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado
-en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse
-platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que
-no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba
-resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había
-reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más
-encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se
-trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales
-que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su
-conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él
-preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_.
-
-El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta
-años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me
-apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos;
-entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en
-1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba
-fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo,
-caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy
-buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por
-culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no
-eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo
-como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con
-delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas
-no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro
-y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones
-que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é
-hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su
-vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á
-la marquesita de Casa-Bojío.
-
-El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún
-jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á
-sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir
-á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su
-espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general,
-la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo.
-Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente
-de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las
-paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de
-aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo
-de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social,
-lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia
-despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero
-con ella se veía siempre algo, á veces mucho.
-
-Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente
-general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el
-sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el
-panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe
-II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una
-buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una
-noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y
-vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero.
-¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde
-los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia!
-Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso
-de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas
-tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario
-de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los
-poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador
-pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que
-tienen cuartos, ensalzando á los pobres.
-
---Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian
-las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia
-en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por
-herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que
-el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por
-eso no la quiero escribir...
-
-Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo
-con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro
-decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las
-cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que
-es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable,
-la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago
-es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre
-base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII
-viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el
-comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido
-la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya
-tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los
-principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen
-_la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les
-falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en
-no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es
-ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y
-por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba
-el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios
-acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda
-satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre
-la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males.
-Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por
-arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está
-en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen
-como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y
-la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber
-cambiado el oro por las chinches.
-
---Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!
-
-(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)
-
---Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos,
-los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la
-suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber
-agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra,
-comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y
-á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio
-y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben
-quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio,
-conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el
-Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y
-algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido
-á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin
-energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable...
-Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos
-de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros
-tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo
-á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y
-prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de
-fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos
-visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno
-siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos
-con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien,
-nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que
-el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no
-es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de
-la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer
-también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la
-fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras
-encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y
-digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige
-largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la
-dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué
-llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil
-de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas»,
-que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una
-torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué
-aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la
-mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de
-repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á
-probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...
-
-Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.
-
---Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!
-
---¡Naturalismo!
-
---Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con
-tenazas lo que dice.
-
-Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía
-con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol,
-vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él
-protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué
-naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas
-sirven para todo.
-
-
-IV
-
-Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque
-haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla,
-que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba.
-Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso
-ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno
-las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su
-contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío
-Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba
-dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí
-el amparo de su _carrik_, no podía hacer de las suyas. Como había
-adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la
-guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase
-casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes,
-vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de
-la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su
-intimidad doméstica.
-
-Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona
-antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que
-no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la
-semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros.
-De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en
-los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces,
-jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al
-levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose
-así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más
-estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la
-mesa era verdadera _Misa_, el holocausto del estómago. Llegaba en esto
-hasta la mayor grosería, y cuando no ponían _menú_ escrito, preguntaba
-á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su
-gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad,
-diciéndole con afectada importancia:
-
---Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso _poulard à la Régence_
-y las _bouchées à la Montglass_.
-
-Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie,
-de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía
-separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había
-desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media
-isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará
-hasta la última gota de su sangre en defensa, _etcétera_...»
-
-Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le
-hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas.
-Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me
-ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto
-tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo
-con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de
-comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes,
-muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía
-con cristales de número muy alto, decían que allí no había más
-que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo
-resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no
-entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra.
-
-Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. Su
-indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las
-ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse
-zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas,
-dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien
-la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba
-en la inmediata calle de Olózaga.
-
-María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su hermana.
-No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan diferentes. A
-Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en la recepción.
-Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez Botín de cosas
-de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero que iba quedando
-en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se le hacía poco
-caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, que más parecía
-agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una noche en confianza,
-en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy alzada para que las
-palabras franquearan mejor el gran espacio entre su pequeñez y mi
-buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac,
-y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el
-buen _ordinario de Medina_ me dijo que no tenía palabras para hacerme
-comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas
-simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir
-para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía
-que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de
-personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer
-se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira;
-aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar
-seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que
-se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo
-contrario. Nunca le gustó á él _darse pisto_, ni aparecer como sabio ó
-como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están
-sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les
-corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si
-quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se
-daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa.
-Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó
-tercer jueves.
-
-La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias
-razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía
-uno; pero no era cosa de presentarse todos los jueves con los mismos
-trapitos de cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los
-vaticinios que indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida,
-allá por Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino,
-y que tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué
-dos ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de
-su centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él
-solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote
-que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía
-más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en
-el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por
-ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los
-perdigones que el de las ideas.
-
---¿Y tu mujer? --le preguntaba yo todas las noches.
-
---Bien --me respondía--. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella
-misma.
-
-Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio loca,
-Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado en
-su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para
-socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en
-medio del desamparo y la desnudez.
-
-Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de
-Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la
-cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos.
-Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don
-Antonio Alvarez Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real
-mozo. Mas se podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía
-un sér humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á
-quien jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía
-era repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre
-sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al
-_Saca-mantecas_ en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para
-gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los
-del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca
-una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las
-fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano
-Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, _le
-crugía el cerebro_: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas
-épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á
-los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de
-caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un
-lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta
-iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce
-varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies.
-No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un
-ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo
-conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero león
-á los pies, hasta que tuve la suerte de que mi tío Serafín me librara
-de ella. Fué la única expoliación de que me he felicitado siempre.
-
-Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es que no
-se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de monterías
-antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces una
-insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el
-Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre
-y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una
-oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni
-meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados.
-Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas,
-á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de
-vestirse bien, cazar y retratarse.
-
-Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba.
-¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas,
-aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á
-quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo
-contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento
-de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los
-lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular,
-forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto
-jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su
-partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería
-ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le oyera,
-y se sabía al dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente
-al _Parlamento largo_, al _Bill de derechos_, á las picardías que hizo
-Titus Oates y á otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los
-anglómanos.
-
-Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á contarlos.
-Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, de cola entera
-como los pianos, de media cola y _piccolos_. Ví académicos que habían
-escrito cosas bellas, y otros que no habían escrito maldita cosa;
-militares en diferentes situaciones, varios artistas, algún diplomático
-extranjero, ministros en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y
-paisano mío; ví á Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el
-marqués de Fúcar, y resignádose á que su mujer viviera maritalmente
-en Pau con León Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era
-aquello un museo matritense, mejor para apreciado en conjunto que para
-reproducido en sus múltiples, varias y pintorescas partes.
-
-
-V
-
-Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de tanto
-y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con
-franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo
-de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de
-una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba el
-trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos de mi
-corazón, la sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y
-de un poco también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las
-buenas formas; pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso
-en el altar del mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento,
-humo y la estéril satisfacción de que se hablara de la casa y del trato
-de ella. En fin, á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves
-atravesados en el gaznate sin poderlos pasar.
-
-Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al
-maldito _qué dirán_ impedíale suspender repentinamente las grandes
-comidas. La idea de que se susurrase _que estaba tronada_ la ponía en
-ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por
-la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor,
-de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de
-sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo
-mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á
-un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de
-un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio
-de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre.
-Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la
-disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de
-majaderías.
-
-Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara
-á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de
-lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Desgraciadamente,
-no podía apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en
-mi auxilio á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían
-luchar solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos
-de la casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos.
-La colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que
-me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces
-á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el
-sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar
-mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo
-verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa
-de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria
-de Chapa, la osadía del _Saca-mantecas_, la fealdad misma de Botín,
-la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría
-deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se
-asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por
-despedirla.
-
-Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante
-que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los
-malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta
-quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me
-he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza!
-«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me
-costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil
-y agradablemente firmando paces que debían de ser eternas por lo
-apasionadas. ¡Qué mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado
-y sin fondo! Nuestras entrevistas nos parecían siempre cortas, y
-expresábamos el afán de no separarnos nunca, de empalmar las horas
-felices, pues cada fracción del tiempo que pasaba, marcando una
-pausa en nuestros goces, nos parecía algo que se nos había robado.
-La publicidad escandalosa de aquel enredo y la ausencia de todo
-peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos recatábamos; ya se nos
-importaba un bledo la opinión de la gente, que, por otra parte, no era
-severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, nadie extrañaba nuestra
-conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia que nos acusase. Se nos
-veía juntos en público; dábamos paseos matinales; yo iba á su casa
-por mañana, tarde y noche, y entraba y salía y andaba por todos los
-aposentos de ella como si fuera mi propia vivienda.
-
-En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. Zumbáronme
-los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, y esta
-mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, siempre
-llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y
-cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que
-era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el
-cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío.
-Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos;
-pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.
-
-Excuso decir que en esta temporada, que no sé si fué dicha ó tormento,
-ó ambas cosas combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en
-mí. Mi dualismo estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre
-andaluza de mi padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro
-vicio había acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía
-educatriz de mis quince años de escritorio.
-
-De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de la tal
-aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del entumecimiento
-cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones mentales acerca
-de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa y la gala de
-sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que en la casa de
-Carrillo se gastaba más del triple de la renta del capital. Varias
-noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; pero la excitación
-me impedía pensarlo con claridad y energía, y la sedación venía luego
-á adormecerlo todo, números y alarmas. Había además otra circunstancia
-digna de tenerse en cuenta para explicar mi pereza aritmética.
-Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y Eloísa no me pedía
-nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna clase de dificultades
-monetarias. Fuera del desembolso mensual de los regalitos, yo no tenía
-que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta corriente.
-
-Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás en
-ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de nuestras
-almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de los jueves,
-criticarlos bajo el doble aspecto moral y económico, y pedir que
-desaparecieran de la serie del tiempo.
-
---Pienso como tú --me dijo la muy mona--; pero yo digo lo que el
-Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y
-porrazo, podría ser inconveniente.
-
---Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma --le respondí--,
-dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en
-establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía...
-Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos
-modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te
-esclavices.
-
-Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida.
-Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría.
-Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo
-por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito
-violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda
-de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo
-derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que
-principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa
-aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los
-invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena
-gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un
-esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á
-cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!
-
-No tardaron en entrar Chapa, el _Saca-mantecas_, Peña, el secretario
-de la Legación de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín
-y el general Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el
-deber de poner una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición
-del amo de la casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en
-lo que llamaré el terreno aflictivo era bastante delicada; pues si
-aparecía muy afligida, podrían dudar de su sinceridad, y si, por el
-contrario, se presentaba serena, las críticas serían más acerbas.
-Comprendí, oyéndola hablar del enfermo con los convidados, que hacía
-esfuerzos por hallar el justo medio sin poderlo conseguir. A veces
-iba muy lejos en el camino del dolor, y conociéndolo, la reacción en
-sentido de la calma era demasiado fuerte. Nunca ví lucha más horrible
-con las conveniencias sociales; y si las palabras de los amigos eran
-perfectamente discretas, sus miradas, al menos á mí me lo parecía,
-revelaban una ironía despiadada. Y Eloísa estaba triste en realidad.
-Sólo que á veces se le antojaba que debía estar más triste, y á veces
-que debía estarlo menos, resultando de aquí que nunca acertaba con el
-tono exacto de la nota que quería afinar.
-
-La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que teníamos
-aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas
-fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se
-hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en
-rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora.
-Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa,
-y todos hacíamos el papel de que se nos transmitía por arte mágico su
-contento. Pepe estaba en su habitación acompañado del médico y de su
-ayuda de cámara. Sólo el marqués de Cícero, como de la familia, había
-entrado á verle. Después ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo
-correspondía, y entreveraba los bocados con suspiros. El general Morla
-me tocó al lado, y hablamos de la enfermedad de Pepe con la misma calma
-que si se tratara de lo buenas que estaban las codornices trufadas.
-
---Este hombre se va --me dijo--. He visto morir á muchos de ese mismo
-mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se
-queda viuda. Tal vez esta misma noche.
-
-Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del
-general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama.
-Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo
-interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos
-nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el
-pedazo de _fond d’artichauts au suprême_, aguardaban que se aclarase
-el angustioso misterio para seguir hacia su destino. Sólo Botín oía
-mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á la puerta antes que
-entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir á la carrera. Oímos
-cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió hacia adentro, Celedonio
-también.
-
-
-VI
-
-Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras:
-
---Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.
-
-Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa
-del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de
-platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema
-traidora) fué que mi hombre se atracó de _roastbeef_ á la inglesa, y
-cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo
-el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades
-lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus
-gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros
-cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal
-_restaurant_», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos
-inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de
-odio contra el pobre M. Petit.
-
-Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la
-porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de
-la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino
-sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella
-mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación
-verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas.
-Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las
-circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese
-lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora
-muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por
-uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al
-espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco
-ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:
-
---Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me
-gusta ver entierros...
-
---Es que no tiene usted la conciencia tranquila --dijo no sé quién,
-derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas.
-
---Me parece que les estoy viendo á todos ustedes --dijo Pilar-- bajando
-de patitas al Infierno...
-
---Como la llevemos á usted por delante...
-
---¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...
-
---Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida
-exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro
-departamento...
-
---¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!
-
-Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es
-verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el
-Purgatorio.
-
-Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó,
-fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de
-cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al
-señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad,
-muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té
-y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi
-cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por
-el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y
-de secreteo, hablóme así:
-
---¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se
-esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.
-
---Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante.
-
---¿Y está mejor, es cierto? --me preguntó mirándome de un modo que era
-nueva apelación á mi confianza.
-
---Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre
-Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...
-
---Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es
-para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más
-triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder
-aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...
-
---Sin duda alguna --le contesté, por contestar algo.
-
---Dígame usted --añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de
-confianza--, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la
-marquesa de Cícero?...
-
---Señora, habla usted como si ya... --respondí espantado.
-
---¡Qué tonta!... Quiero decir, _dejará_... Es verdad que todavía no ha
-concluído... ¡pobrecillo!
-
---Creo que sí --contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como
-mandar un comunicado á la prensa--. Sí: su capital permanece intacto.
-
---¿Sí?... ¿de veras? --dijo sonriendo y dando al _de veras_ ese dejo
-de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular--. O usted se ha
-caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de
-té para que se le aclaren las ideas.
-
---Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es
-un hombre prudente.
-
---Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que
-usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números.
-
---Algunos he hecho.
-
---Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase
-el luto, seguirán los grandes jueves?
-
-Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la
-situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más
-natural del mundo:
-
---¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es
-el último de los jueves habidos y por haber.
-
---Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero
-el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y
-si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué
-disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría
-esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...
-
-En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer,
-ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la
-corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases
-apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa,
-pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la
-casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un
-cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla
-de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la
-moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba
-Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso
-acento y expresivo arquear de cejas un _Sea lo que Dios quiera_.
-
-Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego,
-que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera
-libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo
-de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:
-
---En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la
-mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.
-
-De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe.
-Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y
-tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le
-sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño
-Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables
-excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba
-mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por
-la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el
-coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel.
-La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado
-consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído:
-
---Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.
-
-Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y
-al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo
-supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla
-entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el
-médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví
-en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco
-de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo
-de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas
-un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos
-de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no
-tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca,
-inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio.
-Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con
-natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el
-aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En
-mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba,
-como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas
-y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo,
-sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba
-la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al
-través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico,
-con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un
-tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida.
-
---Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.
-
-Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.
-
---Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted
-á su vida habitual.
-
-Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á
-entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no
-había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.
-
-
-VII
-
-Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la
-puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza,
-hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que
-el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar.
-Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda
-huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía
-ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó
-mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo
-mortal.
-
---¿Qué tal vamos? --le dije inclinándome para verle mejor.
-
---Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á
-echarle un vistazo.
-
---No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?
-
---He pasado un rato muy malo --replicó sacando difícilmente las
-palabras del pecho--. Pero después del baño me encuentro muy bien.
-Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién
-ha venido?
-
-Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.
-
---Que no parezca que estoy enfermo --añadió con brío--; que se
-diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente
-no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las
-arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en
-fin, nada más... Todavía...
-
-Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo
-un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:
-
---Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no
-sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido
-vómitos de sangre.
-
---¿Sí?... ¿te lo dijo?
-
-Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy
-malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como
-se consuela á los niños.
-
---Y que todos los días tenías fiebre.
-
---Es verdad --afirmé--. No estoy bueno, ni mucho menos.
-
---Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad...
-
---Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.
-
---Yo estaré en pie la semana que entra --añadió, galvanizándose con su
-espiritual fuerza--, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un
-gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos
-pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica,
-consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de
-reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se
-encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales
-teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú
-harás lo que puedas entre tus amigos...
-
-No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no
-entrara mi prima.
-
---¡Eh... basta de conversación! --dijo, poniendo su mano derecha en
-mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo--. Lo
-primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.
-
---Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando
-de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.
-
---Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos
-un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos...
-¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya,
-basta de conversación. José María, aquí estás ya de más.
-
-En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me
-habló así:
-
---¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La
-convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan!
-¿Vendrás mañana á acompañarme?
-
---¡Qué pregunta!
-
---¿Y no has visto al pequeño? Pasa --me dijo cariñosamente, empujándome
-hacia una puerta--. El pobrecito se despertó con los gritos de su
-padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al
-instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!
-
-El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me
-pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer
-otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero
-Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba,
-dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy
-espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas
-blandas palabras:
-
---Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí.
-El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la
-noche.
-
-Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de
-tristeza, diciéndome con severidad dulce:
-
---Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un
-momento.
-
---¿Pero eres tan tonta que...?
-
-Celos tan inoportunos me causaban hastío.
-
---Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho--
-replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.
-
-En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían,
-contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de
-frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones.
-La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre,
-al general, que vivía cerca de su casa.
-
---¿Usted se queda aquí? --me dijo--. Velará usted. Cada cual á su
-puesto de honor.
-
-A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió
-al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y
-puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí
-ver á _lady_ Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas.
-Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y
-en palabras muy quedas me dijo:
-
---Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá
-de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no
-podré dormir.
-
-Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo
-quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...
-
---Necesitas descansar --me dijo con el mayor cariño--. Duerme
-ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos
-entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.
-
-Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto:
-
---¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No
-me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados.
-Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil
-disparates.
-
-Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán:
-
---Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay
-ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que
-arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...
-
-Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.
-
-
-
-
-XII
-
-Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor.
-
-
-I
-
-Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada se
-sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse á
-sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de
-la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las
-ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella
-esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia
-con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles
-martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme
-ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido
-que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias,
-para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los ocho
-días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su alcoba,
-con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila en lo
-concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros motivos
-parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una mañana me la
-encontré en su gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano,
-haciendo números y fijando alternativamente los ojos en el papel y en
-el techo, que era un cielo azul con sus indispensables ninfas en paños
-menores.
-
---¿Estás contando las estrellas? --le pregunté, sospechando lo que en
-realidad contaba.
-
---No: es que estoy calculando... --replicó algo turbada--. Me vuelvo
-loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no
-disgustarte; pero me pasan cosas graves.
-
-Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres aritméticos
-que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, que la
-mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad de la
-mía.
-
---¿A ver ese papel? --dije, tomándole la mano en que lo mostraba.
-
-Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no se
-podía sacar nada en claro.
-
---¿Y quién entiende este _maremagnum_? --indiqué con desabrimiento.
-
-El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa
-boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos
-erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez,
-tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando
-el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á
-las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á
-presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora,
-porque desfigurarlo era impedir su solución.
-
---Claridad, completa claridad es lo que quiero --le dije--. Muéstrame
-hasta el fondo del cántaro vacío.
-
-Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el
-panorama completo de su situación económica, el cual era para poner
-miedo en el ánimo más esforzado.
-
-Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las frecuentes
-compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de arte, y,
-por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en sus obras
-humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa ruina.
-El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda se
-les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar los
-brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes á
-un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había
-necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se
-diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me
-lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No
-me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir
-dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir
-trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que
-pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe...
-Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo
-estaba sofocadísimo.
-
-Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. A
-sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance,
-contesté con retahila de números despiadados. Erame forzoso ser
-cruel para evitar mayores males. Yo la sacaría del pantano; pero
-estableciendo un nuevo plan y presupuesto rigurosísimo, de modo que no
-se repitiera el conflicto.
-
-Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de asegurar
-el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. A esto
-me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba decidida
-á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo creía
-necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba sus
-últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á concluir?
-¿Cómo cercenarle los fondos para la _Sociedad de niños_ y otras
-empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas calamidades?
-
---No enredes las cosas --le dije--: tus gastos son los que te hunden,
-no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el
-entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos
-los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han
-costado. No será difícil encontrar compradores.
-
-Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, ví
-sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran
-reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales,
-escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil
-pedazos.
-
---Mira qué pronto se ha hecho la obra --exclamé--: te he regalado cinco
-mil duros.
-
-Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró
-Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más
-tranquila. Raimundo, hablando del completo hundimiento de la casa
-de Tellería, hubo de contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió
-mucho su hermana, aunque á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi
-primo, en los últimos años la familia se mantenía con lo que Gustavo
-sacaba de las queridas ricas: ¡abominación! Leopoldito, marqués de
-Casa-Bojío, estaba también en las últimas, porque las fortunas cubanas
-habían bajado á cero. León Roch había suspendido la pensión que pasaba
-á Milagros. Esta y el pobre marqués vivían separados y en la mayor
-miseria; cada cual dando sablazos y explotando al pobre que cogían
-debajo. Don Agustín de Sudre había dado en la flor de ir á contarle
-al Rey mismo sus miserias, logrando algunas veces pingües limosnas.
-Pero la regia munificencia se había agotado ya, y... «la semana pasada
---concluyó Raimundo-- fué el pobre señor á Palacio con el cuento de
-siempre. El Rey sacó cinco duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió
-la espalda. ¡Y luego se espantan de que haya antidinásticos!»
-
-Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, oyendo
-no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en las cuentas
-de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la función, y me
-acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre que me abrumaba.
-Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban horriblemente los
-oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. La apreciación
-de los números despertaba en mí con fiera energía, proporcionada al
-largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí renacía de súbito el
-hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna,
-gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica
-del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el
-diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas
-temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban
-de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté
-de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un
-mueble _secreter_ que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir
-cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba,
-sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había
-dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa
-en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No
-resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había
-consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio
-que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más
-guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento,
-semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que
-vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas
-cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.
-
-
-II
-
-Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se
-circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía
-doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí
-me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un
-rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas
-del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo
-moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa
-perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y
-amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No,
-esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el
-enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi
-perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que
-Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se
-quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado
-ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á
-la que me había dado á mí su vida y su honor. El _todo por la dama_
-se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez
-dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas
-calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla,
-cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no
-era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los
-demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No,
-¡_todo por la dama_! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía,
-superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un
-_puñado de monedas_?
-
-Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser
-una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era
-un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la
-caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa
-todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas,
-y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar
-intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes
-y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en
-medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían
-devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso!
-Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto
-horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía
-menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con
-el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves
-famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante,
-ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para
-gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil
-reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro
-lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían
-el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble
-suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del
-material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general
-y adelante.
-
-Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado
-á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me
-dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la
-senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar
-de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de
-todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el
-arreglo.
-
-Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir
-del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco
-de España ó de las _Cubas_? Mi tío me decía que no me deshiciera del
-Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio
-nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á
-65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban
-alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando
-con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de
-pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las _Cubas_. Este
-papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente
-pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso
-que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser
-de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con
-Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía
-en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era
-jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus
-operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me
-faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho
-seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz
-para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces.
-
-El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó
-mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa.
-Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se
-vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes
-y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas
-y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido
-una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el
-producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior
-á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha
-de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré
-la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me
-daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si
-he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la
-inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada
-operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado
-sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos
-valores, comprometía quizás un poco su porvenir.
-
-El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna
-y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de
-propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho,
-el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de
-terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis
-frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le
-entró por coleccionar _ojos de gato_ de todos los matices, sino otras
-obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué
-la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome
-brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula
-farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por
-Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos
-celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado
-perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal
-mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de
-nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que
-darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin
-de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos
-derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia,
-y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le
-pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había
-muerto en Madrid algunos años antes.
-
-Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima,
-ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían
-sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban
-en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las
-cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad
-aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto
-á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar,
-aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la
-pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó
-á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello,
-cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta
-cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la
-cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas
-riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y
-las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras
-cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir
-en zumbidos insoportables.
-
-Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más
-sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino,
-y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á
-mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su
-espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y
-diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.
-
---¿Qué mujer no haría locuras por tí? --añadió luego--. Por tí, no digo
-locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.
-
-Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos
-celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera
-iniciativa y flexibilidad, me dijo:
-
---No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien
-aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré
-desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos
-días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las
-muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de
-enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer
-en esto del gastar poco.
-
---Por Dios --indiqué asustado--, nada de celo excesivo.
-
---Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de
-comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna
-de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo
-que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo
-el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan
-agradables y que han estado á punto de perderme...!
-
-Tanto entusiasmo me alarmaba.
-
---No creas --prosiguió--, también hay algo de sacrificio; pero estos
-sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median...
-lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.
-
-Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías
-que había de realizar.
-
---Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera
-M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el
-presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he
-estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados,
-que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la
-doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta
-parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo
-todos los zafiros, todos... Vendo la _rivière_, los cuadros de Sala y
-Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc.,
-etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima
-expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la
-_Sociedad de niños_...
-
---¡Alto allá! --dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda
-hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos--. Eso me
-parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo
-le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos
-privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio.
-Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo
-ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque
-subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.
-
-Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y
-asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al
-triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como
-con el de sus caricias.
-
-
-III
-
-Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa,
-quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo
-que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama.
-Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero
-arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.
-
---¿Y cómo está hoy Pepe? --le pregunté.
-
---Está muy animadito --replicó--. Tiene compañía para todo el día. No
-pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?
-
-Díjele que no tenía ganas de salir.
-
---Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo con
-mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que
-usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.
-
-Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió
-órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al
-lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:
-
---¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos,
-solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera
-guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer
-pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de
-incógnito, de riguroso _inepto_, como dijo el del cuento, al Puente de
-Vallecas, y ponernos á retozar allí con las criadas y los artilleros,
-almorzando en un merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo,
-muchas vueltas, muchas vueltas...
-
---No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay
-inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana...
-Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi
-coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y
-veremos representar un disparatón...
-
---Sí, sí --gritó, dando palmadas con júbilo infantil--. ¡Y cómo me
-gustan á mí los disparatones! Echarán _Candelas_, ó quizá _El Terremoto
-de la Martinica_.
-
---O _El Pastor de Florencia_, ó _Los Perros del Monte de San Bernardo_.
-
-Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y
-darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal
-para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su
-marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto
-á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las
-órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el _Sursum
-corda_... Felizmente, mi tío y Raimundo, con quien no rezaban nunca
-estas pragmáticas, estaban aquel día fuera de Madrid en una partida de
-caza.
-
-Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel.
-Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante
-de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos
-seguros de su fiscalización, y veíamos en la débil pared de la casa
-una muralla chinesca que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué
-desprecio oíamos, desde mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de
-personas y el rodar de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera
-se posesionó de la acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre
-aquella considerable porción del mundo que nos parecía cursi, frases de
-burla y de desdén. ¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente
-viniera á rondarnos! Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos,
-voces y ruedas era arrullarnos en nuestro nido.
-
-Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á muchos
-conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de mi casa
-vimos grupos de amigos: el general Morla, el _Saca-mantecas_ y Jacinto
-Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el Hipódromo.
-
---Mira _la ordinaria de Medina_ --me dijo Eloísa, llamándome la
-atención hacia su hermana, que pasó con su marido--. ¡Qué gorda se está
-poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más
-allá de la Biblioteca.
-
-Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una
-araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de
-nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible,
-grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á
-caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora
-de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos
-desde aquella escondida atalaya, que nos reíamos de ellos y que les
-compadecíamos por no ser libres y felices como lo éramos nosotros!
-
-La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en donde
-estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de los
-teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el
-nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban,
-dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos
-diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.
-
-En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en cuando,
-haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la idea de que
-el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; pues aquel
-ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada año, y con
-su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse las caricias
-de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo otros. Todo
-estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya no me sentía tan
-entusiasmado como al principio, la idea de que no fuese exclusiva para
-mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. Pero ya, ya lo sería,
-porque en un plazo que pudiera ser breve nos casaríamos y... ¿Y si
-después, cuando estuviese bien pertrechado de derechos, algún mortal,
-tan afortunado como yo lo era entonces, me robaba lo que yo robaba?...
-¡Ah, buen cuidado tendría yo!... ¿Para qué servían la energía y la
-autoridad?... Estos recelos no se calmaban ni aun con el juramento,
-dado entre mil ternezas y tonterías, de una lealtad á prueba del
-tiempo, de una fidelidad que rayaba en el romanticismo pedantesco por
-su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro cuchicheo variaba
-de asunto y de tono. No tratábamos de cosas exclusivamente ideales y
-voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa trajo al altar de Cupido
-expresiones que no encajaban bien entre las medias palabras del amor,
-y prosaísmos que no se entreveraban bien con las rosas; pero todo
-cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto en mi corazón, me
-entretenía, me seducía, me deleitaba.
-
---Si tú quisieras --me dijo, después de un largo silencio--, lograrías
-ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu
-experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir,
-que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no
-quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No
-es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es
-que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la
-guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de
-años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de
-genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si
-me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes
-manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer _dobles_? ¿Por qué no te haces
-amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de
-Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de
-Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de
-comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha
-ganado Sánchez Botín muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí
-que eres un perezoso, que no quieres molestarte. Eres diputado y no
-sabes sacar partido de tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea
-de ferrocarril, la construyes y después la traspasas á algún primo que
-cargue con la explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me
-gustan estas cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la
-mejor flor con que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y
-decirme cómo se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello,
-Fúcar te daría participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que
-no hubiera guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista
-de víveres ó perdíamos las amistades.
-
-Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata,
-quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la
-primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no
-comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por
-cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo
-yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos
-de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes
-resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.
-
---¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte --proseguía ella con
-vehemencia humorística--. Fúcar me ha contado cosas que pasman.
-Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo.
-Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba
-al Ministerio de la Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del
-Gobierno dos mil carros, en tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego
-no ponía más que mil quinientos, y cuando se moría una mula vieja, ó
-veinte ó doscientas (y no valía cada una diez duros), el veterinario
-certificaba... «mula de primera», lo que quiere decir cuatro mil reales
-por cadáver de mula. Después la Administración militar liquidaba, y
-allá te van millones... Si digo que tú eres simple. Yo, á ser tú, me
-daría mis trazas para saber cuándo iba á subir el Amortizable y...
-¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera seguir en mi tren de antes,
-invitaría al ministro de Hacienda, á todos los ministros, y les
-embobaría con cuatro palabras amables, y me haría dueña de todos los
-secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, que no podrías tú
-correr con el pago del cupón en Londres, negociando letras?... También
-se procuraría que el Gobierno comprara acorazados para que tú, como
-quien hace un favor, te encargaras de hacer los pagos... Porque sí, hay
-que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, búscate comisiones en
-Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga sus trampas sino con
-lo que va sacando de las compras de máquinas en Inglaterra? ¡Oh! yo sé
-mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de capa caída como está, una
-verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! se me ocurre ahora que lo
-que debe hacer España es venderla. Y mira, nadie mejor que tú se podría
-encargar de las negociaciones en los Estados Unidos, en Alemania ó en
-el Infierno. Conque te dieran el medio por ciento de corretaje...
-
-Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin
-substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la
-adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de _Romeo y
-Julieta_.
-
---Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del
-crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor
-las exequias del día. Es la _pseudo aurora_ que este año da tanto que
-hablar á la gente supersticiosa...
-
---No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de
-farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas
-de los árboles...
-
---Te digo que es la tarde...
-
---Te digo que es la noche...
-
---Un rato más...
-
---¡Horror de los horrores: las siete!
-
-La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su
-coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su
-casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del
-sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba
-súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco
-espiritual que en mí iba quedando.
-
---Abur, abur: ¡qué tarde!...
-
---¡Que se te olvida el libro de misa!
-
---¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El mejor
-negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que me
-mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...
-
---Así, así...
-
---Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece que
-los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no faltes.
-Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra vez. Se me
-figura que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el
-otro guante?...
-
---Aquí está, sobre la silla...
-
---¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos
-delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré
-de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes
-fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me
-haré servir la comida... Caballero...
-
---Señora...
-
---Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se
-decide...
-
---Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia
-corpórea, sin realidad física...
-
---¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...
-
---¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.
-
---Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á otra.
-Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...
-
---Tengo que vestirme...
-
---Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás malito?...
-
---Abur, abur... Largo de aquí...
-
---Feo, apunte, mamarracho, adiós.
-
-
-
-
-XIII
-
-Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible.
-
-
-I
-
-Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola
-propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me
-disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia
-empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á
-dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque
-por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática,
-lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del
-reblandecimiento no le permitía pronunciar la _tr_, se ponía el tal
-primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba
-yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su
-mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien
-amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las
-sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de _Dies iræ_ y con
-una cara patibularia que daba compasión. Si estaba yo en mi gabinete
-escribiendo cartas, él allí, arrojado sobre el sofá, como un perro
-vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba
-algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias
-partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo
-su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más
-que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos
-espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez
-el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su
-lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho
-por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo
-que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del
-viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos
-molesta más que el ruido mismo.
-
-En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se refería
-siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había condensado
-en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea fija, que al
-mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran éstos: ¡si en
-Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad matritense
-está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se verifica
-una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de Bolsa á la
-insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha transacción
-haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas bastante
-originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que escondían
-algo de verdad.
-
---Sostengo --decía-- que no existen, contantes y sonantes, más que
-veinte mil reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero.
-Pasan de mano en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al
-otro, al de más allá. Lo que llaman _un buen año_, es aquél en que
-los tales mil duros corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á
-una larguísima serie de personas. Cuando se habla de paralización,
-de crisis metálica; cuando los tenderos se quejan y los industriales
-chillan y los bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los
-milagrosos mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola
-caja. La sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles
-andar de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase
-que es el gracioso juego del _corre, corre, vivito te lo doy_. Viendo
-pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un
-momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el
-agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el
-habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase
-también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la
-entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas
-apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete en
-la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; la
-arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de festín;
-vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide para juntarse
-al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el propietario
-hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un afortunado
-bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; va á parar
-luego á un contratista; le echa el guante uno que suministra postes de
-telégrafos ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en
-la Caja de Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una
-pelota las distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda,
-y en este movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen.
-¡Venturosos los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el
-guante!... Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido
-que en el actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus
-manos, haz el favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos
-mil reales.
-
-Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en
-Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y la
-verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. Mi buen
-primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla que su
-padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á mi fortuna,
-con los ataques de aquella divertida mendicidad. La compasión, el
-parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, obraban en mí para
-determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al tomar el dinero, y
-me parecía que echaba combustible á su temperamento para encenderlo
-y verle despedir las chispas de gracia con que me divertía tanto.
-¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, en mí eran medio
-indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de pagarle la
-tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi vanidad.
-
-Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la calle
-de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán fácilmente,
-la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya los golpes
-duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á dolerme.
-Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, no vió la
-indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.
-
---Toma mil reales --le dije arrojándoselos desde lejos--; lárgate á la
-calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en gastarlos.
-
-Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con
-maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz,
-porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita
-y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba
-en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas
-y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban,
-aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud
-medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como
-planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le
-entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo,
-hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría
-de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la
-sanguijuela y el médico se la ponía.
-
-Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse cansados
-bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo vistiéndome, cuando
-entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba
-mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había
-alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de
-tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba
-para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre
-establecen para ocupar una casa ajena.
-
---No me he atrevido á decirle nada --manifestó el portero,
-sofocadísimo--. Arriba está colocando los muebles con una bulla de
-cien mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo
-hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se ha
-hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella se
-entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á ver...
-
-No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima
-ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las
-obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más
-tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:
-
---Perdona, primito, _comparito_, que hayamos tomado tu casa por asalto.
-La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase el
-día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente,
-te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En
-fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles,
-porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea
-pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir. Tienes
-razón, esto es un abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los
-Buenos de Guzmán tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que
-dar una mamada á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición.
-Puedes subir cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy
-solito, y te aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos
-á ninguna parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo.
-Sube y lo verás.
-
-Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en mi
-presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era
-bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca,
-estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable
-solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un
-paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino
-no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel,
-descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse
-propuesto destrozarme todos los tabiques.
-
---La casa me gusta --díjome Camila obligándome á sentarme en una silla
-á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja de su
-feo muñeco para que la besase--, me gusta mucho; pero tiene grandes
-defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir inmediatamente.
-
---Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!
-
---Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... Pues
-sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. Necesito
-que me abras una puerta de comunicación en este tabique que está á mi
-espalda. No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la
-casa. No se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una
-crujía deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto
-de la muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una
-vidriera alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de
-lo que se te dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería
-desde el grifo de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente
-la tina. Y de paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho
-cuartito del baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en
-todas las piezas, pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero
-chimenea. Voy á hacer de la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío,
-las visitas... ya ves. Voy á dar _tés danzantes_.
-
---Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca --repuse tomando
-á broma sus reformas.
-
---No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto
-tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas
-más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si
-no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el
-cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.
-
-Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan exigente y
-que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero en aquel instante
-mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me miró ¡pobrecillo! con una
-singular expresión de súplica. Parecía que impetraba mi indulgencia
-en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz niño, tan
-gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. Con
-su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento y
-pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En
-Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado
-y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este
-fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por
-esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los
-caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces
-y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más
-distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda
-de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las
-vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El
-tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría
-después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin,
-después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de
-reforma en la casa.
-
-¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino,
-entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe
-de un mes adelantado y dos meses de fianza!
-
---Dispense usted, señor casero --me dijo--, la demora. Esperaba yo que
-mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas,
-y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer
-Camila que usted creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos
-metido en su casa para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo
-pensó así?
-
---No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois las
-personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. Seré
-con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos más
-considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre aburrido
-en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco de calor
-en el fuego de vuestra felicidad.
-
-Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente
-tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta
-y el cuidado del _crío_, que no parecía estar bueno, la retenían
-constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á
-fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas,
-otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al
-café.
-
---Como somos pobres --añadió--, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su
-mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la
-brisca, al burro y á las _siete y media_, que son los únicos juegos que
-Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna
-cosa bonita de las muchas que sabe.
-
-Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse
-domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito
-de no despreciar su invitación.
-
-
-II
-
-Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el
-mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible
-anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo
-satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa
-y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó
-políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas
-casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas,
-pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer,
-pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de
-pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con
-rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba
-allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un
-desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle
-al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una
-mujer bastante hábil, asistida de una _pincha_, se encargó de hacer de
-comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de
-muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase _Quiquina_ y había
-venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que
-había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros
-y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos.
-Semejante trapisondista no debía seguir allí, y salió pitando, aunque
-Eloísa lo sintió porque la servía muy bien. De los mozos que lucían
-frac ó librea en los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado
-mío muy leal, á quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía
-estar en honestas relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito.
-Eloísa me aseguró que se casaban y que seguirían sirviéndola después de
-la boda. Agradábame que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un
-modo absoluto su adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un
-vigilante, un espía dentro de aquellos muros.
-
-Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. Los
-lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se quedaría
-con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera los
-zafiros para que los _corriera_, y todo iba bien, perfectamente bien.
-Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos ratos
-con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría imaginarse.
-Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca me encantaban
-más que todas las cosas admirables que han dicho los poetas desde que
-hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia humana, eran mi
-mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente de una vida,
-provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su naciente carácter;
-le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya riendo como un
-loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las marrullerías, las
-astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas muertas me pasaba á
-su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces tan hombre él como yo.
-Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos roto.
-
-También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que
-apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda
-enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas.
-Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema
-de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa.
-Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de
-propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en
-olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de
-los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros
-el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me
-causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la
-Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y
-esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo,
-y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa,
-producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad
-era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos
-ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor
-en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder
-ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día
-con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó
-en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño no
-me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo de volver
-por los fueros de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir.
-El chiquillo me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los
-brazos de su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le
-habría dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el
-daño. Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos
-á otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel
-resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo,
-flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas
-y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día.
-Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla
-imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.
-
-En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes de
-almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos
-antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir
-cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de
-aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que
-parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas
-más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de
-sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad,
-también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que
-no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las
-pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era
-con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado cachorro que mamaba leche
-en el mundo. Muchas veces tuve que huir de la casa porque su clarinete
-me volvía loco. Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón,
-amoratado. No había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre,
-quizás viciada, se manifestaba en la epidermis con florescencias
-alarmantes. En vano Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y
-otros depurativos. El pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones
-que parecían retoños vegetales. No debía de estar sano, porque su
-inquietud crecía con su sospechosa robustez. Lo peor de todo era que
-Camila bajaba con él á mi casa cuando menos falta tenía yo de música,
-y la una con sus cantos y el otro con sus chillidos me daban unos
-conciertos matutinos y nocturnos que me aburrían.
-
-Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en
-el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí.
-Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que
-por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros,
-fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la
-Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él
-y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos
-puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al
-punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves.
-Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar á
-Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de la
-muerte, tuvo una palabra para oponerse á mi deseo, diciendo:
-
---No, no: déjala que se divierta la pobre.
-
-En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me
-equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á
-lo último.
-
-El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico se presentaba
-más espantoso que nunca, complicado con un gran aplanamiento. El médico
-auguró mal, y se negó á administrar como inútiles las inyecciones
-hipodérmicas. El marqués de Cícero, á quien avisé, vino prontamente
-acompañado de su respetable y también insignificante hermana, y después
-de echar un vistazo al enfermo, salió de la alcoba, porque, según
-dijo, no tenía corazón para ver padecer. Fuése á las habitaciones
-más distantes, donde estuvo largo rato hablando con los criados, y
-después pasó al despacho. Le ví luego vagar por la antesala, echando
-ojeadas de admiración á los espejos y azotándose la pierna derecha con
-un bastoncillo. Cuando me tropezaba con él, pedíame noticias de su
-sobrino. Después se pasaba la mano por aquella frente hermosa digna de
-encerrar talento; se la frotaba como quien acaricia una gran idea que
-le cosquillea debajo del cráneo, y decía con el tono misterioso que se
-da á los descubrimientos:
-
---¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las
-cinco, era completamente claro.
-
-Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que
-solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y
-chicheos para decirme al oído:
-
---La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. Estoy
-muy fuerte. Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los
-sábados para volver los lunes, no se vería como se ve.
-
-Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana
-advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me
-disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez
-y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No
-se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados
-la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la
-alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas
-palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el
-vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí
-tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en
-palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que
-se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían
-escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el
-público de butacas protestaba con murmullos.
-
---Figúrate que el autor ha sacado allí unas _tías_ elegantes,
-caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una
-desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los
-trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad
-de telas, y qué cortes tan admirables!
-
-La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más pormenores.
-
---Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! --exclamó abrochándose la
-bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo--. ¡Si le pudiéramos
-aliviar! Maldita medicina que para nada sirve. Esta noche no nos
-abandonarás. ¡Me espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que
-pases estos malos ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí,
-por él, por todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo
-que vamos á tener una noche muy mala, muy mala.
-
-Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de
-espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse
-en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban
-horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación
-de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que
-distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él
-no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con
-mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa,
-se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato.
-Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se
-sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando
-un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero
-tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las
-arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de
-la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón
-por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión
-del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con
-ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche
-el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo
-fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos
-para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de
-los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y
-recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.
-
---Debe de haber en esto una complicación grave --le dije, razonando con
-el sentido común--. ¿Habrá derrame cerebral?
-
---Quizás --replicó lleno de dudas--. Lo indudable es la completa atonía
-del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos.
-Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el
-desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las
-fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente
-irregular.
-
-Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años
-estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con
-ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no
-molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba
-profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua,
-entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi
-prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde
-enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos:
-no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y
-confundiéndome con Celedonio, decía:
-
---Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren
-y me cuidan en esta casa.
-
-Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra.
-
---¿Se ha ido José María? --preguntaba después el infeliz.
-
---Aquí estoy, ¿no me ves?...
-
---¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De
-cuándo acá...?
-
-De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi
-prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin,
-y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin
-el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta
-la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero,
-que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de
-Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres
-ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á
-su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza
-de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no
-tomé nada.
-
-
-III
-
-A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía
-todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis,
-un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas.
-Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella
-también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella
-espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El
-marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella
-rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y
-yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del
-lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo
-del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de
-tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre.
-Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido
-que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto
-y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la
-solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el
-infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de
-quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba
-completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas
-palabras:
-
---Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.
-
-Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo
-era con tal energía, que no quisimos contrariarle.
-
---Esta noche me moriré --exclamó con una serenidad que nos dejó
-pasmados--. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese
-útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero
-resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada
-más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más
-pronto se nos borre, mejor.
-
-Le respondimos á _duo_ las primeras simplezas que se nos ocurrieron.
-
---¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...
-
---Que se te quite eso de la cabeza.
-
-Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!,
-repitió su demanda:
-
---José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura.
-Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera
-dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno,
-carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José
-María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.
-
-Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle,
-atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí
-que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A
-su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos
-conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La
-ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y
-el marido, notando esta emoción, le dijo:
-
---Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale
-que os retiréis.
-
-Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día
-siguiente, y él contestó con cierto énfasis:
-
---No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.
-
-Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo.
-
-El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió
-en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba
-alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos
-á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no
-he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se
-verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se
-celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la
-familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve
-discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería
-la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella
-como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento.
-Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por
-mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se
-podía conseguir, costara lo que costase.
-
-Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba
-dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa
-á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos
-sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas
-palabras que me parecieron impertinentes:
-
---Ese buen señor es un mártir.
-
---¡Un mártir, sí! --repetí yo como si dijera _amén_.
-
-Aún me parecía poco, y lo remaché:
-
---¡Es un santo!
-
-Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si
-me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:
-
---¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!
-
-Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir
-nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa,
-los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda
-ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:
-
---¿Es usted hermano de la señora?
-
-De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín,
-que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la
-señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.
-
---No, señor --le respondí, tragándome el humo--. Soy... de la familia.
-
-Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de
-las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo
-muchas ganas de perderle de vista.
-
-Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y
-tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía
-á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y
-el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que
-durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido
-habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no.
-La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor
-religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar,
-habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta
-de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.
-
-Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno;
-sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco
-obscuro, muy obscuro.
-
---Si vieras qué tranquilo estoy ahora --me dijo con cariño--. Tú no lo
-creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no
-me cambiaría por tí.
-
-Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto,
-la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre
-uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más
-que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme,
-aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que
-descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente;
-pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se
-encontraba.
-
---Créeme, José María --me dijo dos ó tres veces--, te tengo lástima
-como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete.
-No des importancia á lo que no la tiene.
-
-Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible
-júbilo:
-
---¡Qué gusto poder decir ahora: _no he hecho mal á nadie_!
-
-No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro.
-Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si
-intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad
-hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al
-sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí
-mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér,
-fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se
-redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo
-de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al
-pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las
-cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me
-parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No --decía yo
-para mí, inquieto y trastornado--, no te hagas el santo. No lo eres,
-porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de
-energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar
-la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres
-salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos
-habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención
-de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable
-cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué
-casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...»
-
-Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de
-marearme, Carrillo me dijo:
-
---Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como
-yo ahora.
-
-No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero
-las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó
-por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que
-yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el
-pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la
-quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir
-sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo
-de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»
-
-Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de
-Eloísa.
-
-Esa pobre --murmuró con afabilidad que me causaba pena-- está pasando
-sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala,
-consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.
-
-Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba
-en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran
-inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el
-lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos
-roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus
-lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre;
-después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía
-experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como
-el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación
-en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan
-rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se
-impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.
-
---Vete --le dije--, vete de aquí.
-
-Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y
-le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura
-con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose
-los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó
-despavorido, con las manos en la cabeza.
-
-Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste
-me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y
-apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza
-era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse
-la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas
-volantes por el cielo. «¡Ah! --pensé--, aquí está al fin ese odio que
-te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se
-desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...»
-Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido
-fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí
-sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó
-su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví
-cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había
-mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo
-desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme
-consigo al Limbo.
-
-
-IV
-
-¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme
-pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la
-claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí
-un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino,
-un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella
-de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé;
-preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En
-tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que
-volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de
-su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba
-un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible
-con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de
-abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa,
-mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.
-
-Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca
-de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el
-cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida
-de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya
-terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que
-creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la
-garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para
-oprimírsela.
-
---La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo
-pasar!
-
-Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos
-acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría
-y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.
-
---No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad
-del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote
-malos ratos.
-
-Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva
-aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara
-para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un
-reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó
-á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo
-nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la
-cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón
-é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la
-mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación.
-En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de
-la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas
-eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme
-que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no
-tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su
-descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo
-agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta
-que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de
-azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz
-del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase
-si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí,
-no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para
-que Eloísa se tranquilizara...
-
---Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada
-voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa...
-
-Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de
-encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha.
-A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el
-marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias
-del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando.
-En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y
-los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de
-intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del
-mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que
-pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio
-y dormía con los dedos clavados en el cuello.
-
-Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino;
-mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el
-lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de
-Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos
-encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y
-poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo
-al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las
-cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví
-estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando
-auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de
-víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad
-de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la
-papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las
-que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo
-señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de
-Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su
-desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó
-nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres,
-ninguna de nuestras amistades pudo escaparse.
-
-La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados
-se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si
-lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que
-ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por
-haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía.
-Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad,
-llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la
-excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y
-cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por
-lenta gradación nos parecen naturales.
-
-Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el
-entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas
-salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á
-ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones
-indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún
-servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no
-recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y
-hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva
-al pobre difunto.
-
-Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual
-si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No
-quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza
-esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle
-el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á
-la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre
-que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo
-como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus
-sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su
-idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje
-recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable
-del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de
-brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer
-hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar,
-desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie
-enteramente plana.
-
-¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía
-á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me
-permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión,
-ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará
-delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que
-me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que
-encerrada en una fórmula la debilidad humana.
-
-A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado
-en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare.
-El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía
-apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja
-el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que
-piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas
-la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos
-rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me
-agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.
-
-Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron
-á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y
-hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender
-que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al
-niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío
-Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando
-este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como
-el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no
-oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos
-alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del
-pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí
-unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba
-por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le
-cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso
-al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello.
-Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa
-reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos
-negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero
-que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión
-humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle
-por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era
-de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y
-que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para
-satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas
-de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la
-suya. Lo que me tenía que comunicar era esto:
-
---Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te
-quedas aquí.
-
-Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su
-tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.
-
---Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_...
-
-Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente
-á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás
-de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante,
-palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos
-labios de rosa.
-
-Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La
-casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme
-de nadie me marché á la mía.
-
-
-
-
-XIV
-
-Hielo.
-
-
-I
-
-Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo
-mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un
-ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su
-tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que
-había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para
-que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de
-aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo,
-cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba,
-era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le
-sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan
-consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal
-obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era
-querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas
-de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró
-siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme
-estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y
-sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y
-venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo
-me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á
-veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.
-
-Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi
-clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó
-Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo
-lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco
-á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con
-ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en
-el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu
-era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las
-paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que
-entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era
-horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de
-tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso
-que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí.
-No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El
-recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en
-gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el
-pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me
-llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los
-sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años.
-A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de
-ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor
-certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de
-Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo
-encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me
-enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del
-amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza.
-Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La
-idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión,
-agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío
-espantoso. No era posible engañarme sobre esto.
-
-Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta
-comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza.
-Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo
-hasta el fin de mi vida.»
-
-Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días.
-Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no
-salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme.
-Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida
-con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al
-verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el
-que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron
-yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión,
-pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la
-anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que
-sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me
-parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico
-lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no
-lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--.
-Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me
-interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la
-quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene
-que pasar.
-
-Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra
-conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en
-cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral
-de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos
-cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse
-resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité,
-corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y,
-palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones
-por su afán de gastar lo que no tenía.
-
---Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo.
-Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á
-mimarte, te equivocas... No puedo más...
-
-Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta
-dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras,
-pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas
-espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado
-ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una
-ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos
-llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo:
-
---¿Yo qué he hecho para que me trates así?
-
-Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable
-anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía
-que era negro.
-
---Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes
-alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré
-apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba
-encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un
-ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que
-he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por
-tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me
-habrá calumniado alguien...?
-
-Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó
-ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:
-
---Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado
-triste.
-
-Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice
-esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que
-no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de
-familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella
-convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta
-que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente,
-para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos
-con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos
-de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo
-que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso
-las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se
-me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos,
-pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo
-por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se
-debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la
-naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que
-le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios,
-me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y
-á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que
-fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.
-
-
-II
-
-Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.
-Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con
-el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que
-me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para
-penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa
-enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos
-que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la
-casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos
-de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á
-poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que
-era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme
-Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de
-la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,
-por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado
-dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que
-había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que
-se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos
-pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos.
-
-Sin rodeos pinté á mi prima la situación.
-
---Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que
-aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como
-alguien no se la dé por caridad.
-
-Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda
-propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,
-díjome entre suspiros:
-
---Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú
-lo que quieras.
-
-Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se
-despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría
-alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna
-Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas
-las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque
-fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como
-fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó
-setenta mil reales todo lo más.
-
---¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el
-suelo.
-
-No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí,
-pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un
-período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.
-Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.
-¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y
-pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza
-entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos
-salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila
-y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que
-los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo
-fuera su difunto amo.
-
-Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta
-horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar
-en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese
-resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de
-un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre
-de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los
-Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso
-con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho
-mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para
-que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar
-cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de
-adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la
-testamentaría.
-
-Y Eloísa me decía con efusión:
-
---En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.
-
-¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su
-honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios
-administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto
-al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no
-estuviese de por medio su madre.
-
-Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que
-verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y
-rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio;
-pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara
-que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era
-que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose;
-pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre
-dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa,
-ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el
-cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta,
-resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.
-Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras
-suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me
-haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,
-todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_...
-Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la
-casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á
-la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se
-vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría
-perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella
-me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se
-quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré
-obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no
-lo creía.
-
-Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un
-poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual
-concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos
-se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era
-obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones
-más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de
-estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de
-aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á
-creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La
-viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir
-en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más
-ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto
-me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro
-casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos
-concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay
-de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa
-aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra.
-Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba
-nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis
-apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo
-la prohibición... ¡jamás!
-
-
-
-
-XV
-
-Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después.
-
-
-I
-
-Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en
-llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito,
-que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo
-él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la
-naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no
-podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de
-Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella,
-el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones
-pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería
-capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un
-epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna
-como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan
-imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete
-noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre
-su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de
-su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen
-temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación,
-temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo.
-Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico
-no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no
-se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y
-no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á
-sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser
-heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer grande. «O sacarle
-adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no quiso que ninguno de
-los términos de este dilema se cumpliese, y al sexto día Alejandrito
-fué atacado de horribles convulsiones, que le repitieron á menudo,
-hasta que el séptimo, una más fuerte que las demás se lo llevó. Aquel
-día funesto, Camila me pareció más madre que nunca. La flexibilidad
-pasmosa de su carácter y su desenvoltura quedaban obscurecidas bajo
-aquel tesón grave. No creí, no, que entre tal hojarasca existiese joya
-tan hermosa. A ratos se le conocía el genio por la rapidez febril con
-que tomaba las resoluciones y por la inconstancia de sus juicios.
-Sólo el sentimiento era en ella duradero y profundo. Añadiré una
-circunstancia que me llegaba al alma, y era que consultaba conmigo
-toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que yo no entendía una
-palabra. Por corresponder á esta noble confianza, daba yo mi parecer
-al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan
-atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes
-de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de
-jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no
-dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me
-ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación
-muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía,
-de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en todo.
-
-Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele,
-abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que
-el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el
-regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la
-vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por
-avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva,
-dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola
-á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha
-sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la
-privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló
-de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su
-niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca,
-que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin en
-la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, sin
-espasmos ni alboroto, tenía el valor de la resignación, más meritorio
-que el del combate.
-
-Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al niño,
-yo dije á Constantino:
-
---Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no
-tenéis que ocuparos de nada.
-
-En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis caballos
-hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando de la
-carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. Llevamos
-el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía cierto
-orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de mi
-coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos de
-los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si
-los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería
-que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de
-cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada
-en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando
-fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido
-hasta la saciedad todas las variantes posibles del _angelitos al
-cielo_. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su
-gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros,
-estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por
-un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y
-así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.
-
-En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el
-consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila
-era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío
-no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más
-grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro
-lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su
-efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa,
-y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este
-síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su
-gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de
-sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos,
-volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la
-parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos
-enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas
-cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé
-qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos.
-
-Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La
-afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la
-comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó
-malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato
-conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna
-mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído
-hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que
-nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía
-mayor pureza en nuestras relaciones.
-
-Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios;
-pero ella nunca aceptaba.
-
---No quiero abusar --decía--: bastante es que no te hayamos pagado
-la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el
-próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará
-dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto
-haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un
-vestidillo.
-
-Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando
-en una hoja de la _Agenda de la cocinera_, destinada á los cálculos.
-Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni
-Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas
-cuentas, me reí más... Noté que los _treses_ que hacía parecían
-_nueves_, y los infelices _cuatros_ no tenían figura de números
-corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo
-examen, que Camila no sabía sumar.
-
---¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?
-
-Y ella me contestaba candorosamente:
-
---Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.
-
-A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y
-rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas
-después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando
-era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como
-los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.
-
---Ya, ya me voy _jaciendo_ --decía con gracia.
-
-Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo
-el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era
-poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas
-sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me
-quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una
-unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en
-cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo
-de madera negra que apenas tenía punta.
-
---Ya me podías regalar un lápiz --me dijo un día.
-
-Le llevé un lapicero de oro.
-
-Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos
-indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se
-había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran
-escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no
-suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada
-conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de
-causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que
-se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla
-aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello.
-Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó
-á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro
-el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía
-creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:
-
---José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos.
-
-Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego
-soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su
-temperamento normal.
-
---Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va
-á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.
-
-Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una
-fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí,
-entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un
-abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien
-duros, me pide mil, se los entrego en el acto.
-
-
-II
-
-Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba
-ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien
-quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que
-tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le
-gustaba, solía responderme:
-
---Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.
-
-Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes
-después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista
-era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel
-ausente.
-
---¡Ay mi nene! --exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los ojos.
-
-Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se le
-iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que
-echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le despejaba
-la cabeza. Otras veces decía con íntima convicción:
-
---Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, lo
-tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes
-por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de
-Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que
-se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga
-le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de
-Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un
-gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que
-tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?
-
---No hagas caso de ese majadero --le respondí con toda mi alma--. ¿Pues
-no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos,
-según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.
-
---Llegaremos siquiera á la M --afirmó ella dándome á conocer en el
-brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al
-que no puedo dar otro nombre que el de _fanatismo de la maternidad_--.
-Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino
-que se ha de llamar Napoleón.
-
---¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así,
-más guapa, más saludable, más libre de cuidados.
-
---Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos gemelos.
-
---¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla --respondí--. Parece
-que consideras á los hijos como juguetes... Si tuvieras tantos como
-deseas, puede que no fueras tan buena madre como lo has sido en este
-primer ensayo. Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy
-te enloquece de amor, mañana te hastía.
-
---¿Te quieres callar? --gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los
-ojos con una aguja de media--. Tú no me conoces.
-
---¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que
-declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay
-casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino
-parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira
-ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse
-un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...
-
---Todo eso es obra mía, caballero --observó Camila con acento de
-inmenso orgullo--. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento.
-
-Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo
-arriba.
-
-«¿Pero no te da vergüenza --le dije-- de que la gente entre aquí y
-vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú
-sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese
-zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo
-de cordel, y esa cabeza de bruto.
-
---¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene
-de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi
-marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque
-no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en
-figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo
-pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida.
-Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo.
-
---¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.
-
---Pues no es tan bruto como crees --declaró enojándose--. Yo podría
-probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel
-de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que
-se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.
-
---Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila;
-pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner
-fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.
-
---Pues sí que los tendré --dijo poniendo una cara monísima de niña mal
-criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra--;
-los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á
-Napoleón... y toma, toma, toma hijos!
-
-A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de gloriosos
-capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos piedras en
-la mano.
-
---¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa?
-Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.
-
-Después se abrazaron y se besaron delante de mí.
-
---Ea, señores, divertirse, --dije tomando mi sombrero.
-
---Espera, tontín, y comerás con nosotros. No tenemos principio; pero
-en obsequio á tí, abriremos una lata de langosta.
-
-Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, embelesado
-con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia pastoril.
-De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la preocupaba, y
-riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres de capitanes
-herejes, sino de santos cristianos.
-
---Nada, nada --decía Miquis--: el primero que venga se ha de llamar
-Belisario.
-
-Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán
-de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la
-Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan
-pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más
-dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la
-indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté,
-ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en
-casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la
-cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto
-en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me
-fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían
-lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de
-amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo,
-y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa
-salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión
-de hierro, aquel gallardo desprecio de la intemperie, aquella
-incansable actividad, aquella resistencia al agua fría en todo tiempo,
-su coloración sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito
-mismo, emblema de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la
-fecundidad, me enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego
-y la gracia picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la
-dentadura, de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol,
-blancas como leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños,
-mordiéndome el corazón.
-
-La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba
-terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto
-débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las
-notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera
-del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel
-hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y
-que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso!
-¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á la
-iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa hecha.
-
-Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de armas.
-Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no lo había
-hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para contrarrestar
-los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al poco tiempo, el
-recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me daba disposición
-para todo. ¡Bendita salud, que es la única felicidad positiva, ó el
-fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del
-lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por
-las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más
-destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad
-y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la
-mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo
-que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á
-tí.»
-
-
-
-
-XVI
-
-De cómo al fin nos peleamos de verdad.
-
-
-I
-
-Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme propósito
-de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no sé
-qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía
-filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en
-compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la
-inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que
-lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo,
-sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel.
-También inventaba rifas ó _tómbolas_ que producían mucho dinero. Se
-me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del
-desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de
-señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que
-aliviar la suerte de las pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude
-ver: de tarde porque estaba en el petitorio, de noche porque había
-junta, y francamente, no tenía yo maldita gana de asistir á un femenino
-congreso ni de oir á las oradoras. La junta terminaba á las doce, y de
-esta hora en adelante bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar
-allí la noche, y me iba con más gusto á la soledad de mi casa.
-
-Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré.
-Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de
-resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!...
-«Tengo que hablarte», le dije de buenas á primeras, encerrándome con
-ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna.
-Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto
-caso de la disminución de mi capital.
-
-Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las
-firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con
-sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban
-en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la
-cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera
-no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y
-objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que
-el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel
-pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la
-fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema
-pronto, no quedarían más que los escombros, y el inocente niño,
-destinado más adelante á poseer el título de marqués de Cícero, no
-tendría que comer. Si ella se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y
-no tratara de arrastrarme en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había
-perdido una parte de mi fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No
-me cegaba la pasión hasta ese punto.
-
-Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente:
-
---Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor
-de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier
-clase que sean.
-
-Y luego, echándolo á broma:
-
---Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te
-pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de
-dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de
-huéspedes...
-
---Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que te
-trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.
-
---Si lo que debes hacer es no quererme --respondió, sin abandonar las
-bromas--, _humilla la cerviz_... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me
-gustan: tu _individuo_ y mucho _parné_; tu señor _individuo_ y mi casa
-tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que
-quedarme contigo. Dispón tú.
-
---Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las
-cuestiones, la de amor y las de intereses.
-
-Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso
-fogoso, me estrujó la cara con la suya, me hizo mil monerías, y luego,
-sujetándome por los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis
-ojos, increpándome así:
-
---¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que
-es el _caballo de batalla_, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que
-dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.
-
-No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo que
-yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á la
-razón.
-
---¡Ah! --exclamó seriamente, leyendo en mí--, tú no me quieres como
-antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El _santo yugo_
-te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer
-marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme
-sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la
-enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.
-
-Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una
-garra. La obligué á sentarse á mi lado.
-
---Yo leo en tí --prosiguió--; me meto en tu interior, y veo lo que en
-él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre
-honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo
-que yo quiero. Esta _tía_... porque así me llamarás, lo sé, caballero;
-esta _tía_ no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta
-la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.
-
-La verdad que ella descubría, desbordándose en mí, salió caudalosa á
-mis labios. No la pude contener, y le dije:
-
---Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.
-
---¿Ves, ves cómo acerté?
-
-Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo me
-esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella
-adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de
-gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas
-de toda confianza.
-
---¿Quieres que nos arreglemos? Pues _escucha_ y _tiembla_. Dame palabra
-de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es hora.
-Prométeme que habrá _coyunda_ en cuanto pase el luto, y yo empezaré
-mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya lo estoy
-deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; yo señora
-que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te conviene?
-¿Aceptas?
-
---¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en
-disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría
-aunque me trajeras un potosí en cada dedo.
-
-Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la
-región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de
-sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:
-
---¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún
-vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme,
-_tomador_!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer muequecitas.
-Aquí donde usted me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde
-usted no llegaría con sus miramientos ridículos de última hora. Soy
-capaz de rayar en el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su
-cordón y todo, de vivir en un sotabanco y de coser para fuera.
-
-Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento,
-á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la
-enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento.
-¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas
-hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era
-un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la
-superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación
-de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida.
-Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer
-aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas y
-de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro tiempo
-y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en mí, en
-ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en vez de ser
-personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener en cuenta la
-complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la miraba, diciendo
-para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué cosas vemos los
-hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué verdad tan grande
-dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de equivocaciones!»
-
-Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del Carmen,
-el sotabanco y otras tonterías.
-
---Como no es eso lo que te pido --observé al fin--; como eso es un
-disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo.
-Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que
-seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.
-
---¡Ah! --exclamó sosegada--, si no fuera este pícaro luto, pronto se
-resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo
-día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te
-lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar
-por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un
-lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo
-está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á
-mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo?
-¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro
-porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?
-
-No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á cantar la
-tonadilla de la _Mascotte_, con aquello de _yo tus pavos cuidaré_. Pasó
-la música, y sin saber cómo, nos hallamos frente á frente hablando con
-completa seriedad. Repitió entonces lo de «matrimonio es lo primero», y
-yo dije: «no, lo primero es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en
-la mía, y mirándome con aquella dulzura que me había esclavizado por
-tanto tiempo, hablóme con el tono sincero y un poco doliente que había
-sido la música más cara á mi alma.
-
---Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; quiéreme
-y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. Estoy
-muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para que en
-un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome delante
-un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien los
-inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No pongas
-esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los placeres
-de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco que yo
-tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... los
-amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el _apóstol_... Sí:
-eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números,
-que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que
-yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de
-que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir
-mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan
-economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se
-me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede
-dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son
-más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una
-pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que
-si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no,
-no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.
-
-Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi contestación,
-dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al guardarropa á probarse
-un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con sorpresa en la persona
-de la sirviente la misma Quiquina, la italiana trapisondista á quien
-yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la había admitido otra vez,
-contrariándome de un modo tan notorio! Era burlarse de mí, como cuando
-compraba perlas con el producto de los zafiros.
-
-
-II
-
-Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el
-proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese
-suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos
-verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba
-que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le
-cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida,
-reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó
-la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después
-el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con
-ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta
-falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades
-ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á
-todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por
-mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.
-
-Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el
-sermón interrumpido:
-
---No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las
-cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á
-esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á
-dar tu _blanca mano_? ¿Te _arrancas_ al fin, te _arrancas_?
-
---¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! --exclamé sin poder
-contenerme--. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de
-hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros
-te apasionan más que yo!
-
---Déjame concluir... Eres un egoísta.
-
---Egoísta tú.
-
---¿Sabes lo que pienso? --dijo poniéndose grave, pues colérica no se
-ponía nunca--. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya...
-¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber
-quién es el _pendoncito_ que me ha robado el corazón que era todo
-mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir.
-Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más
-objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi
-casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor,
-un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta
-salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y
-después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás.
-Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!
-
---Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles --le dije.
-
-Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que
-estallé en frases de ira.
-
---Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía?
-Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente
-papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima
-infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes
-inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por
-el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de
-brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú
-misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una
-parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal
-por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces
-mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no
-estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes
-quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que
-los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel
-santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme.
-Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me
-felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo
-dicho, para siempre (_cogiendo mi sombrero_). En la vida más vuelvo á
-poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.
-
-Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció
-muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica
-para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como
-yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos
-hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me
-llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de
-palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir
-sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría
-llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante
-sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de
-la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero
-de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su
-hermana:
-
---Quédate á almorzar.
-
-Y á mí también me dijo con acento firme:
-
---José María, quédate. Espero al _Saca-mantecas_ y nos reiremos mucho.
-
-La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi
-debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza
-inglesa; pero venció ésta y rehusé.
-
-Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á
-Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé
-con ardor.
-
---¡Pobre niño! --dije mientras él, apeándose, subía la silla que se
-había corrido á la barriga del caballo--. Aunque no nos hemos de ver
-más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este
-clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera
-cuando su desdichada mamá esté en la miseria.
-
-Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta
-presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces
-su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y
-poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:
-
---Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que
-te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos
-vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con
-profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un
-tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué
-te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de
-ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas
-á ir: ¿con José María ó conmigo?
-
-Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello,
-hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como
-en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó
-la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al
-pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la
-calle con vivísima opresión en el pecho.
-
-
-
-
-XVII
-
-Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta verdadera historia.
-
-
-I
-
-Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi primer
-pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para hacerme
-el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La ingenuidad
-guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me favorezca
-poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome hasta la
-Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera manzana de la
-calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de pasarme. La
-verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si bien el
-rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban á primera
-vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en rigor yo era
-tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin propósito de
-enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores de mi vida;
-mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. «Está muy bueno
---me decía yo-- que le exija virtudes que estoy muy lejos de tener...
-Pero los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que
-las mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros
-hacemos siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería
-que yo siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente
-la disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á
-poco de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo
-digno, lo decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no,
-yo me planto y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana,
-porque yo lo mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar
-dinero; y yo en tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque
-sigo haciendo contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi
-alma te desprecio.»
-
-¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria
-todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien
-veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos
-y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades,
-los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en
-el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo
-no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el
-tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué
-cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío de la
-calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo sordo que
-me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las olas. Siento
-desengañar á los que quisieran ver en mí algo que me diferencie de la
-multitud. Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos,
-un cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de
-las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia
-ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje
-retórico se llama un _héroe_, y que en calidad de tal estoy llamado á
-hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar
-resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo
-no soy _héroe_; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en
-fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que
-corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres
-de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué
-un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad,
-propensión á lo que mi tío Serafín llama _entusiasmos faldamentarios_.
-Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi
-largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de
-Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen.
-Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé;
-por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la
-arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior
-y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me
-ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto,
-tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan
-_interesantes_ estas memorias mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua
-literatura novelesca, y sobre todo la literatura dramática, han dado
-vida á un tipo especial de hombres y mujeres, los llamados _héroes_
-y las llamadas _heroínas_, que justifican su gallarda existencia
-realizando actos morales de grandísimo poder y eficacia, inspirados en
-una lógica de encargo: la lógica del mecanismo teatral en la Comedia,
-la lógica del mecanismo narrativo en la Novela. Nada de esto reza
-conmigo. Yo no soy personaje _esencialmente activo_, como, al decir
-de los retóricos, han de ser todos los que se encarnan en las figuras
-del arte; yo soy pasivo: las olas de la vida no se estrellan en mí,
-sacudiéndome sin arrancarme de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy
-madera de naufragio que sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las
-pasiones pueden más que yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más
-que ellas y meterlas en un puño!
-
-
-II
-
-¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su
-falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.
-
---¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...
-
---¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?
-
---No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!
-
-De fijo, los que quieren que yo sea _héroe_ se asombrarán de que
-viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando
-me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas
-é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de
-lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, _previéndolo_.
-Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del
-genuino, de aquél que tiene á la Providencia por _propio cosechero._
-Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios
-estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía
-tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba
-yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba,
-permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos,
-pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el
-misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y
-un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar
-bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos
-desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce
-se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática
-que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En
-fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista,
-á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba
-cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir
-los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda,
-entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de
-que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después
-pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me
-llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho
-y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la
-calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San
-Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto,
-que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había
-equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la
-multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la
-que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos
-iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas,
-me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.
-
-De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre
-los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á
-la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular
-la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle...
-¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me
-mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me
-aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar
-cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de
-Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de
-la esquina.
-
-Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de
-retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo.
-Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si
-precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de
-Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de
-aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta
-á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando
-toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el
-piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los
-coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin
-esperanza de encontrar _casualmente_ á Camila, me marcho...
-
-Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón
-de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada
-junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil
-tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he
-visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro
-y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes;
-decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho
-viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada
-con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes
-y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el
-capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada.
-¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho
-para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino
-inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de
-prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía
-á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y
-galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que
-no encontraba la tostada de tales sandeces.
-
-Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de
-Santa Isabel, la invité á dar un paseo.
-
---A pie, en coche, como quieras --le dije--. Siento que hayas
-almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas,
-donde gustes. Está un día delicioso...
-
---Quita allá, _tísico_. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant!
-Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio...
-¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café,
-lo adquiriera yo!
-
-Y seguimos hablando.
-
---¿Vas de tiendas? Te acompañaré.
-
---Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero
-cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces...
-No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.
-
-Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un
-billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.
-
---Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!
-
---Tengo para prestarte, si te ves en un apuro --me dijo cerrándolo de
-golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso
-de su hociquillo--. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más _guita_...! Si te hace
-falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.
-
---Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta --dije con un candor que me
-habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las
-cataratas de la chifladura amorosa--. Y te quiero pagar la tela. Déjame
-á mí, tonta.
-
---No, que no... ¡por Dios!
-
---Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos
-más tela, y me harás á mí media docena de camisas.
-
---¡Oh! sí, sí --exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela de
-Matute--. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no
-sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un
-candilón. ¡Ya verá él si sé!
-
---Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?
-
---Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.
-
---De cornisa.
-
---No te rías.
-
---Si no me río.
-
---Me quiere muchísimo, me idolatra...
-
---Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres tú.
-
---Es que tú eres un _tísico_, y no comprendes esto. Por muy alta idea
-que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino.
-Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y
-tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.
-
-Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos avanzando
-hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos en la
-tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías preciosas
-y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, metal y
-hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. Camila
-pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo estaba
-mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima se puso á mi
-lado para ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban
-los ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo
-encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos
-de paquetitos.
-
---Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar
-contigo en una tienda.
-
-Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de veras.
-
---¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.
-
-Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en _La Palma_ á comprar unas
-cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos pronto.
-
---¿Quieres que tomemos un simón?
-
---No --me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo
-enojada--. Los de _La Palma_ te han mirado mucho y me miraban á mí.
-Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino
-piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero
-que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada
-contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las
-querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.
-
---Vaya si las tomarás.
-
-Entramos en la calle de Sevilla.
-
---Es que... --me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa--.
-Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.
-
---¿Y qué?
-
---Cualquiera diría que te has enamorado de mí --dijo columpiando su
-mirada entre la gravedad y la risa.
-
---Pues diría la verdad.
-
---¡Vaya con lo que sales ahora! --exclamó decidiéndose por la risa--.
-Tú estás chocho.
-
-Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su
-suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el
-Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto
-llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba.
-Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había
-almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás,
-y se lo manifesté con franqueza.
-
---Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...
-
---¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...
-
---Pues ya estás sentado...
-
-Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal
-blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más
-arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa
-de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella
-perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo
-esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como
-el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo
-que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía.
-
---No, no acepto tus regalos --me dijo bruscamente como si reanudara
-la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se
-había fijado en ella--. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la
-raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor?
-
-Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me
-escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad
-expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba
-abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía
-caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.
-
---Pues sí, Camila... tú lo has dicho.
-
-Y vuelta á reir.
-
---Me alegro, me alegro --dijo cuando yo creía que se enfadaba--. Para
-que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto
-valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.
-
---Pero no me dejas concluir... --observé, tartamudeando y abrasándome
-vivo--. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes
-fa... natizado.
-
-Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco
-rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:
-
---Pues no te queda más recurso que éste.
-
-Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:
-
---No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión
-con una píldora.
-
---No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer,
-aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese
-chisme. No me gusta ver armas cargadas.
-
-Poco tardó en reaparecer desarmada.
-
---¿Conque apasionadísimo... ísimo?... --declamó con afectación
-burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí--. En
-cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.
-
---Mira, más vale que no le digas nada.
-
---Pero tú eres memo --dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo
-de toros--. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo
-decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo
-faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas
-de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses
-en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es
-para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que
-piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te
-carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...
-
-Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en
-contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la
-sazón el propio Constantino.
-
---Mira si será tonta tu mujer --le dije--. Nos encontramos en una
-tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate:
-esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?
-
---¿Acepto? --preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada
-las miradas de él.
-
---Sí: ¿por qué no? --contestó Miquis, acariciándole la barba--.
-Acéptalo, chiquilla.
-
-Ella le dió un abrazo.
-
---¡Patrona! --gritó el muy bruto en seguida, sentándose frente á mí--.
-Háganos café... al momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la
-botella de ron de Jamáica.
-
---No me da la gana --fué la réplica de ella.
-
---¿Cómo es eso?
-
---No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan vicios.
-
---Si es en obsequio al primo de la patrona...
-
---No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se
-vaya á la taberna.
-
---¡Patrona, el ron! --repetí yo.
-
---No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y
-desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.
-
---Bueno, mujer, no te enfades --gruñó Miquis, desocupando la mesa--: lo
-tomaremos en el café.
-
---Lo tomará él si quiere --declaró Camila con autoridad--. ¡Usted,
-señor mío, aquí!
-
---Vaya, ¿tampoco me dejas salir?
-
---Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.
-
---Es que vamos á la sala de armas.
-
---Aquí, y chitito callando.
-
---¿Ha visto usted qué tarasca?
-
---A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones
-nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los
-coditos sobre la mesa.
-
---Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? --preguntó él,
-mirando embobado á su mujer.
-
---Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos
-como un confite, ¿vamos á enojarla por no escribirle? Desde el domingo
-te estoy diciendo: «Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»
-
---Bueno: ¿y qué más?
-
---Ayudarme á cortar.
-
---Yo ¿qué sé de cortes?
-
---Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.
-
---¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?
-
---Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.
-
---¿Y yo qué tengo que hacer? --le pregunté á mi vez.
-
---Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora mismo
-en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos llenado
-ya la tripa?
-
---Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los amigos!
-No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras
-Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo
-ponga clavos en mi finca.
-
---¡A ponerse la ropa vieja! --gritó Camila á su marido--, y tú...
-
---Los clavos, hija, los clavos. Déjame...
-
---Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.
-
-Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y
-roñosas.
-
---Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.
-
---Enderézalos con los dientes.
-
-Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de hierro
-del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo fuéramos á
-consultar con la patrona.
-
---¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? --preguntaba él, ya
-vestido con los trapitos más usados que tenía.
-
---¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.
-
---Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no tienen
-punta.
-
---Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar.
-Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos
-que están por el suelo.
-
---Bueno, bueno. También las argollas.
-
---Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.
-
-Era aquello una comedia.
-
---Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo
-has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa
-gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un
-papamoscas?
-
---Esperando á que me digas dónde van los clavos.
-
---¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más
-talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...
-
-Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé á
-golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi
-casa y hacerla polvo.
-
---¿Y yo, qué hago ahora?
-
---Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?
-
---Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones
-viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda
-para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después,
-Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las
-canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea!
-mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.
-
-Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y me
-pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón el
-delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual yo
-quería hacer el papel de culebra.
-
-
-
-
-XVIII
-
-De los diferentes procedimientos usados por los madrileños para salir á
-veranear.
-
-
-I
-
-Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi
-casa á pedirme perdón y á buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda, su
-ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y
-la viuda no iba á verme. Dos ó tres veces, en la calle, la ví pasar en
-su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me
-guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería
-evitarla á todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas:
-el hastío de ella, y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de
-todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con
-lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen
-mi firme propósito.
-
-Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las
-arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues
-de una manera ú otra, empeñando sus muebles ó vendiendo sus alhajas,
-ella no se había de quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causóme
-viva pena, sin que la pudiera calmar apelando á mi razón. Súpelo por
-un amigo oficioso, el que designé antes por el _Saca-mantecas_, por
-no decir su verdadero nombre. Aquel condenado fué á verme una mañana,
-y se convidó á almorzar conmigo so pretexto de hablarme de un asunto
-que tenía en Fomento, aguardando la resolución del Ministro. Pero
-su verdadero objeto era llevarme un cuento, un cuento horrible que
-adiviné desde las primeras reticencias con que lo anunció. Tenía aquel
-hombre el entusiasmo de la difamación, y, sin embargo, lo que me iba
-á decir era, no sólo verosímil, sino verdadero, y las palabras del
-infame arrojaban de cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia
-estaban las pruebas auténticas de aquella delación, y yo no tenía que
-hacer esfuerzo alguno para admitirla como el Evangelio. No se valió el
-_Saca-mantecas_ de parábolas, sino que de buenas á primeras me dijo:
-
---Mucho dinero tiene Fúcar, querido; pero como se descuide, se quedará
-por puertas... En buenas manos ha caído... Supongo que estará usted al
-tanto de lo que pasa, y que esta observación no es un trabucazo á boca
-de jarro.
-
---Enterado, enterado... --dije con no sé qué niebla parda delante de
-mis ojos.
-
-Yo no había oído nada, no lo _sabía_, en el rigor de la palabra;
-pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente
-en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte
-curiosidad de saber más, y fingiendo estar enterado de lo esencial,
-hice por sacarle más concretos informes.
-
---Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted,
-yo, dos ó tres más --añadió--; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta
-ayer tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no
-me gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo
-soy así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse
-los puntos sobre las _íes_. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él
-se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se
-inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en
-su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer
-locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón;
-en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la
-prójima.
-
-Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta desconsideración.
-Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé poner correctivo
-á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando el aserto, y
-me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la fragilidad
-humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que me causaba
-extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la noticia.
-¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella _prójima_, si yo no la
-quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, lo
-que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al
-propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me
-fué tan cara, y alguna parte debieron tener también en mi pena los
-remordimientos por haberla puesto yo en semejante sendero.
-
-Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial que
-es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas
-por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener
-con ella ya ningún trato; y el maldito _Saca-mantecas_ se entusiasmó
-tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo
-más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo
-de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del
-corazón.
-
---Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va
-allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra
-noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los
-tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á
-Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que
-somos mortales...»
-
-¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no
-con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello
-era historia vieja.
-
---Es monísima --volvió á decir el _Saca-mantecas_ echando una ojeada á
-las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...-- pero ¡ay
-del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de
-tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos
-estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio
-me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí:
-es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan
-frescos cuando un Fúcar nos desbanca.
-
-El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como
-víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era
-una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla
-era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera
-hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí
-contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar.
-
---No he conocido mujer de más imaginación --prosiguió-- para discurrir
-modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero
-con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso
-una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías;
-de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales;
-de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas
-de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de
-verdadero _chic_. «Este lujo, _al alcance de todas las fortunas_ --nos
-dijo--, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan
-los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar
-á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si
-se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para
-comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando
-se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En
-fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para
-ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se
-pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo,
-las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería,
-los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la _Flora_ de Casado.
-Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros
-no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo
-es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas
-buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas
-por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay
-convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que
-sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres
-jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la
-fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio,
-cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se
-marcharon porque no les daban de comer.
-
---Eso sí que es falso --dije, sin poderme contener--. ¡Hambre! eso no
-lo ha habido allí nunca.
-
---Perdone usted, querido --replicó muy serio--: me lo ha contado
-Quiquina.
-
---¿Esa italiana...?
-
---Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la
-Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió
-en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á
-París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le
-gustan los _merecotones_ en vino. Dice también que su padre murió de
-una _heroísma_. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito
-y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es
-la primera _medio-mundana_ que hemos tenido. Se precian ellos de la
-incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo
-me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la
-Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted
-cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos
-de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo
-sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba
-también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las
-carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.
-
-Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias
-del _Saca-mantecas_ me revolvían de tal modo el estómago, que poco
-me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de
-conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió
-la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga,
-y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de
-Fomento, y tomamos café á prisa.
-
-
-II
-
-Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía
-apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador,
-las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que
-íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al _Saca-mantecas_
-unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico,
-interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios
-oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en
-una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para
-estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas,
-ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una
-finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.
-
-El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su
-temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y
-de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia.
-Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes,
-añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me
-dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en
-broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente,
-con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en
-descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos
-comedidos, me reprendió amistosamente por mi apatía política. Yo no me
-cuidaba de nada; no hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos
-tenían que valerse de otros diputados para impetrar el favor oficial.
-Yo era, en suma, un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría
-gustoso un cargo que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto
-de mi fastidio político; pero durante aquella misma conversación, en
-que intervino también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás
-me convenía variar de conducta, mirar á la política con ojos más
-amantes, pues con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando
-mi agrietada fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al _Saca-mantecas_
-con Villalonga en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por
-qué capítulo cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía
-mucha falta.
-
-Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa.
-Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba
-compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que
-podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me
-había dicho el _Saca-mantecas_ me hería en lo vivo, y ansiaba tener
-la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado
-antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo.
-Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores
-á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba
-nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche muy
-aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve con
-quién entretener la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la
-sociedad. «Mañana --pensé--, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro
-cosas, ó reviento.» No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta;
-pero se las pedía porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar
-se me había atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me
-sacaba de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para
-que no estallara dentro. «La voy á poner buena --pensaba--. ¡Venderse
-por dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»
-
-Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi
-ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío
-al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo
-fué quien me dijo:
-
---La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la
-tarde.
-
-¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que le
-iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el
-honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!
-
-A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia de
-Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un
-departamento del _sleeping-car_.
-
---Hola, traviatito --me dijo abrazándome--. ¿Manda usted algo para
-París?
-
---Que usted se divierta --le respondí, afectando, no sólo serenidad,
-sino contento hasta donde me fué posible.
-
-Algo más hablé, dándole á entender que no me inspiraba envidia, sino
-compasión, y nos despedimos hasta la vuelta.
-
---Yo no pienso salir de España --añadí--. No quiero hacer gastos.
-Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...
-
-Y como él se riera, concluí con esto:
-
---Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós...
-Deje usted mandado... Divertirse.
-
-
-III
-
-Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear y
-nos quedamos en Madrid», sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas
-me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije
-sencillamente á mi prima:
-
---Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?
-
-Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias graciosas.
-Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á donde
-quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella sola;
-pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de su
-maridillo, les invité á los dos.
-
---Gracias --me dijo Constantino--. Si mi mamá Piedad me manda lo que me
-ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el
-tren de recreo.
-
---¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?
-
---Sí: en el tren de botijos --afirmó Camila batiendo palmas--. Así nos
-divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de
-Augusto vendrá también.
-
---¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una
-cursi...
-
---Dí que somos pobres.
-
---Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San
-Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis,
-aunque sea en un tren de mercancías.
-
-Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. «Allí
-caerás --pensé--; no tienes más remedio que caer.»
-
-A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo que irían
-á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer discutieron, y
-yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. Por fin apelé
-á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las corridas de
-San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! Vaciló, cayó al
-fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero ellos no podían
-ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado por los calores
-de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes de Junio, viendo
-defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella dichosa mujer era
-una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme á la perdición.
-Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, casi nunca salía
-de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á Camila, convertíase
-para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba tocar, suspiraba por su
-marido ausente y acababa de helarme hablándome de aquel Belisario que
-no venía, que no quería venir, que se empeñaba en seguir en la mente de
-Dios.
-
---Si no vas á tener más chiquillos... --decíale yo--; y da gracias á
-Dios para que no se perpetúe la raza de ese animal manchego.
-
-Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y no se
-crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un cardenal
-en la muñeca que me dolió muchos días.
-
---Si sigues haciéndome el amor --me chilló una tarde--, le canto todo
-al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.
-
---Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le
-quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?
-
---¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más
-que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.
-
-Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me
-quiere, que es mi marido!»
-
-Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y
-dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:
-
---Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.
-
---En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda esa
-porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos primos.
-
---No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y ahí
-lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono de
-la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado porque
-no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he tenido que
-dejar de comprarme algunas cosillas que me hacían falta, y no comer
-postre en muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas
-no me faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa
-más cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí
-quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se
-aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.
-
---Que no lo tomo. Quita allá.
-
---Te echaré de mi casa.
-
---No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando
-estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta.
-
---Eso, ¿á mí qué?...
-
-¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que no
-tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de
-veras.
-
---Bien --le dije--, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu
-caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición.
-No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan
-feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra, loba.
-
-Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo
-miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa.
-
---Si no te callas, tísico pasado --gritó--, te tiro este plato á la
-cabeza. Mira que te lo tiro...
-
---Tíralo y descalábrame --le contesté fuera de mí--; pero descalabrado
-y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es
-para tí, para esa bocaza, para la lumbre que tienes en esos ojos; todo
-para tí, fiera con más alma que Dios.
-
-Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo poniéndolo
-en solfa y apabullándome con estas palabras:
-
---Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro. ¿Ves
-estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos. Emborráchate tú
-con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este cuerpecito? Es para que
-nazcan de él los hijos que voy á tener, para agasajarlos, para darles
-de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete y requémate!
-
-Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le habría
-dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches, decía
-siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no tiene más
-remedio que caer.»
-
-Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. Ella,
-que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. Él
-andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre,
-respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia.
-Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se
-bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía
-del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan
-aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad,
-otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole al
-modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más graciosa!...
-Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa, daba á su marido
-una lección de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando
-aquella potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas,
-inclinado delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del
-reo que se inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El
-verdugo era ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre
-las piernas para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era
-una regadera. Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino;
-frótate bien; toma el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra;
-que me hielo; que se me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que
-se te sube es la mugre; ráspate bien, hasta que te despellejes.
-Grandísimo gorrino, lávate bien las orejas, que parecen... no sé qué.»
-Y no teniendo paciencia para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la
-regadera, y con sus flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con
-tanta fuerza como si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele,
-mujer...» «Lo que duele es la porquería», respondía ella pegándole un
-sopapo. Parecía meterle los dedos hasta el cerebro.
-
-Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, y
-él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los
-chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar
-la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar
-ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban
-lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que
-presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á
-saltos.
-
---Hija --dijo mi tía--, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas.
-Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.
-
---Para eso la pago.
-
-Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba
-zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á
-lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los
-fríos ladrillos.
-
-Su mamá se reía como yo. Díjome después:
-
---Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su
-marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino
-uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué
-orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece
-un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el
-trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la
-casa.
-
-Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor,
-colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y
-abrochándose los botones de la camisa.
-
---Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué
-hiena es mi mujer?
-
-Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que
-por economizar.
-
---Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae
-pronto el rancho.
-
-Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir
-de huevos.
-
---Ahora --me dijo Miquis con beatitud--, nos pasamos con una tortillita
-y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. Y tan
-ricamente... A todo se _jace_ uno. Esta Camila es el mismo demonio.
-¿Pues no dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No
-sé qué me da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...
-
-Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. O yo
-no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus ojos.
-«Dios mío, Dios mío --pensé en un paroxismo de aflicción--, ¿por qué no
-he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de fieras?»
-
-
-IV
-
---Aquí tienes el pienso --dijo Camila trayendo la tortilla de jamón--.
-Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella
-de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera
-rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.
-
-¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me
-iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella
-se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla.
-Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto
-para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que
-ninguno de los dos quería tomar.
-
---Para tí, hija...
-
---No: para tí, nenito.
-
---Vamos --decía yo--, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar
-suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.
-
-Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el
-café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción
-y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo,
-la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario
-vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en
-una silla alta, con su babero al pescuezo.
-
---Vendrá, vendrá el señor de Belisario --decía ella encendiendo el
-alcohol--. Verán ustedes cómo con los baños de mar...
-
---Eso, eso: los baños de mar.
-
-Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.
-
---Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos --les decía yo.
-
-Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por
-ningún caso.
-
-¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban y lo
-gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos dineros
-de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, estaban
-los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de viaje,
-comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por un modelo
-que le prestó Eloísa. El vestido y el _pardessus_ eran desechos de su
-hermana, arreglados por la misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella
-imponderable virtud con los despojos del vicio.
-
-Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el
-aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado
-de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia.
-Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de
-Junio metido en casa, muy aplanado, con cierta propensión al silencio,
-síntoma funesto en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo
-de hilo no se apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar
-producíale una especie de hipo. Pensando que se había metido en algún
-mal negocio, le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio,
-pues hacía tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no
-podía; le faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa
-de su trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un
-fenómeno de _suspensión_. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se
-iba á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque
-fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del
-síntoma nervioso de la _suspensión_ había otra causa. Estos jaleos
-espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil
-es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío
-con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre
-señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero
-con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido
-pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula
-valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar
-de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su
-yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.
-
---Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca agua?
-¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!
-
-Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel excelente sujeto tan
-curado de su _ruinera_, como si en su vida la hubiera padecido.
-
-A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que agradecí
-mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me habría sabido
-muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que iba decidido á
-emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, y en el sosiego
-y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con ahinco. ¡Ya vería
-yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No quiso decirme lo que
-era para darme la sorpresa _hache_. Francamente, experimenté vivísima
-satisfacción al perderle de vista.
-
-Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más en
-Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas mías,
-respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á las
-cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. Eran
-las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la otra
-Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas y
-ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba
-bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo
-en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome
-los mocos y dándome cucharadas de _maizena_. La Pastor, su sobrina,
-era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus
-ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas.
-La concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que
-á veces parecía que la una movía las manos de la otra, y que la
-Morris estornudaba ó tosía con la boca de la Pastor. La tía leía
-mucho, así en inglés como en español, y tenía sus puntas de literata:
-trataba á Spencer y á George Elliot. La sobrina pintaba, como pintan
-las inglesas, haciendo habilidades más bien que obras artísticas,
-embadurnando placas de porcelana, trozos de papel de arroz, y ahumando
-platos para rascarlos con un punzón. Sus acuarelas tenían frescura
-sosa, y siempre expresaba en ellas alguna idea moral. Aunque no pintara
-más que un riachuelo reflejando un álamo, yo no sé cómo se las componía
-que siempre salía la moral. Eran ambas las personas más agradables, más
-buenas, más finas, más delicadas que se podían ver en el mundo.
-
-La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez.
-Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía.
-Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia:
-se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra
-del _Scotland Bank_. Total, que acordaron acabar sus nobles días en la
-tierra de María Santísima.
-
-Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, me
-besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.
-
---Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien.
-Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se
-asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya
-grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa.
-Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.
-
-Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y servirles
-de cicerone. _Mary_ (la pintora) tenía locos deseos de verlo. ¡Había
-oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé yo aquella noble
-misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en Madrid, y había
-que verme á mí con mis dos _Pastoras_ (Camila dió en llamarlas así)
-siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y severos sobretodos
-de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes no muy conformes
-con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados hacia dentro y con mucha
-espiga, mucha amapola y otras silvestres florecillas. Camila decía
-que no podían haber escogido sombreros más propios unas damas que se
-llamaban las _Pastoras_. Guardéme bien de presentarlas á mi prima, pues
-de seguro habría oído en boca de personas tan recatadas el terrible
-_shoking_.
-
-Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que me hiciera
-cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. Endosáronme
-varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta suya ciertas
-sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. Despedílas en la
-estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á Cádiz para que
-las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron de mí.
-
-Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me
-dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio.
-Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12
-de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan
-majadero, que dije muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en
-términos sombríos y románticos, porque me salía de dentro así. Le
-decía: «me mato, te juro que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo
-al principio, me miraba luego con un poco de lástima, exhortábame á
-ser razonable, y reía, reía siempre. También ella, en la _edad del
-pavo_, había querido matarse, y nada menos que con fósforos. ¡Cuánto
-se había reído de esto después!... ¿Acaso estaba yo en la _edad del
-pavo_? Seguramente así lo pensaba ella. Por fin vine á comprender que
-esta táctica era mala, porque no me daba buen resultado. En Camila no
-aparecían ni ligeros indicios de ser contaminada de mi romanticismo;
-al contrario, lo repelía, como rechaza el organismo las substancias de
-imposible asimilación.
-
-La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino y yo
-de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de _sport_
-me entretenían, y á él le entusiasmaban. De repente se me ocurrió decir:
-
---Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen
-caballo de paseo.
-
-Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños á sus
-madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un juguete.
-
---¡Un caballo! --repitió el manchego con éxtasis.
-
---¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?
-
---No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...
-
-La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego
-se dejó decir:
-
---Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...
-
---Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.
-
-Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba.
-
---Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa,
-de mucha cabezada, y que ande así... así...
-
-Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos
-petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo.
-Luego imitaba el galope: _tra-ca-trán_, _tra-ca-trán_.
-
-Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud por
-mi ofrecimiento del caballo.
-
---¡Qué bueno eres! --me dijo, dejándose besar las manos, favor que
-hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola,
-¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice
-ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho:
-«Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil
-duros de renta», y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome
-ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi
-encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su
-marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un
-caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una
-hucha en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo
-del caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del
-tiempo, porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además,
-Camila se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A
-veces, por donde menos se piensa se abre una brecha. ¿Sería aquélla
-la brecha de la inexpugnable plaza, la juntura invisible de una cota
-que parecía milagrosa?... Lo veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á
-San Sebastián, diciendo para mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te
-escapas.»
-
-
-
-
-XIX
-
-Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y trapístico. -- Mala
-sombra de todos los idilios, de cualquier clase que sean.
-
-
-I
-
-Sin desconocer los encantos de la capital veraniega de las Españas, no
-me inspiraba simpatías aquel pueblo, que me parecía Madrid trasplantado
-al Norte. En él, los madrileños no buscan descanso, aire, rusticación,
-sino el mismo ajetreo de su bulliciosa metrópoli, y los mismos goces
-urbanos, remojados y refrescados por el agua y brisa cantábricas. Me
-fastidiaba ver por todas partes las mismas caras de Madrid, la propia
-vida de paseo y café, los mismos grupos de políticos hablando del tema
-de siempre. El paseo de la Zurriola, en que dábamos vueltas de noria,
-me aburría y me mareaba. Si no hubiera sido porque esperaba á Camila,
-habría echado á correr de aquella tierra. Y como Camila tardaría aún
-quince días ó más en ir, dime á buscar un entretenimiento para ir
-conllevando las lentitudes del plantón.
-
-¿A que no aciertan lo que se me ocurrió para pasar el rato? Pues
-emprender un trabajo que á la vez me entretuviera y aleccionara. Sí:
-de aquel anhelo de distracción nacieron estas Memorias, que empezadas
-como pasatiempo, pararon pronto en verdadera lección que me daba á mí
-mismo. Quise, pues, consignar por escrito todo lo que me había sucedido
-desde que me establecí en Madrid en Septiembre del 80; y pensarlo y dar
-principio á la tarea, fué todo uno. Proponíame hacer un esfuerzo de
-sinceridad y contar todo como realmente era, sin esconder ni disimular
-lo desfavorable, ni omitir nada, pues así podía ser mi confesión, no
-sólo provechosa para mí, sino también para los demás, de modo que
-los reflejos de mi conciencia á mí me iluminaran, y algo de claridad
-echasen también sobre los que se vieran en situación semejante á la
-mía. Empecé con bríos: tuve especial empeño en describir las falsas
-apreciaciones que hice de Eloísa, alucinado por la criminal pasión que
-me inspiró; dí á conocer el pueril entusiasmo, el desatino con que me
-representaba todas las cosas, viéndolas distintas de como efectivamente
-eran; y poco á poco las fuí trayendo á su sér natural, descubriendo
-su formación íntima conforme los hechos las iban descarnando. Nada se
-me escapó: describí mi enfermedad, las gracias del niño de Eloísa, la
-caída de ésta, la casa, los jueves famosos y aborrecidos. Ya entraba
-á ocuparme de la muerte del bendito Carrillo, cuando llegaron Camila
-y su marido. Dí carpetazo á mis cuartillas, dejando la continuación
-del trabajo para otros días. Con la llegada de mis amigos tenía yo
-distracción de sobra, y materia abundantísima para sentir y pensar más
-de lo que quisiera.
-
-No he visto persona más dispuesta que Camila á gozar de los encantos
-lícitos de la vida y á apurarlos hasta el fondo. Su marido le hacía
-pareja en esto. Ambos tortoleaban en mis barbas, haciéndome rabiar
-interiormente y exclamar desesperado: «Pero, señor, ¿será posible que
-yo me muera sin conocer y saborear esta alegría inocente, esta puericia
-de la edad madura, estos respingos candorosos del amor legitimado y
-estas zapatetas de la conciencia tranquila, que salta y brinca como los
-niños?»
-
-Todos los días inventaba yo alguna cosa para que ellos se divirtieran,
-para divertirme yo si podía y para alcanzar mi objeto. Unas veces
-era expedición á Pasajes; otras caminata por el campo, excursión en
-coche á Loyola, pesca en bote, etc... Por todas partes y en todos
-los terrenos buscaba yo el idilio, y se me figuraba que lo había de
-encontrar si no estuviera pegado siempre á nosotros aquel odioso
-monigote de Constantino. Pero su bendita mujer no se divertía sin
-él, y él era, sin duda, quien daba la nota delirante de la alegría
-en nuestros paseos. Cuando salíamos al campo, Camila se embriagaba
-de aire puro y de luz, corría por las praderas como una loca, se
-tendía en el césped, saltaba zanjas, apaleaba los bardales, hacía
-pinitos para coger madreselvas, hablaba con todos los labriegos que
-encontraba, quería que yo me subiera á un árbol á ver si había nidos
-de pájaros, perseguía mariposas, aplastaba babosas, reunía caracoles
-para apedrearnos con ellos y se ponía guirnaldas de flores silvestres.
-He dicho que se embriagaba y es poco. Era más: se emborrachaba, perdía
-completamente el tino con la irradiación de su dicha. Si la única
-felicidad verdadera consiste en contemplar felices á los que amamos, yo
-no debía cambiarme por ningún mortal; pero la felicidad no es tal cosa,
-y el filósofo que lo dijo debió de ser un majadero de esos que fabrican
-frases para vendérnoslas por verdades.
-
-Nunca había visto á mi borriquita dar tanto y tanto brinco. En su
-frenesí llegó á decir, tirándose al suelo: «me dan ganas de comer
-hierba.» Por su parte Constantino hacía los mismos disparates,
-acomodándolos á su natural rudo y atlético. Daba vueltas de carnero y
-saltos mortales, hacía flexiones y planchas en la rama de un roble,
-andaba con las palmas de las manos, cantaba á gritos, relinchaba. Ambos
-concluían por abrazarse en medio del campo, y jurarse amor eterno ante
-el altar azul del cielo.
-
-Cuando iba con nosotros Augusto Miquis, éste y yo filosofábamos
-mientras los otros se hacían caricias, ó nos reíamos de ellos; pero yo
-rabiaba.
-
-Nuestros recreos marítimos no eran menos deliciosos para aquella
-pareja de enamorados, que más parecían niños que personas mayores. Nos
-embarcábamos en segura y cómoda lancha, y emprendíamos nuestra pesca.
-La primera paletada de remos era una declaración de guerra sin cuartel
-á toda alimaña habitante en la mar salada. Un marinerillo nos ponía la
-carnada en los anzuelos para no ensuciarnos las manos. ¡Qué ansiedades
-las de los primeros momentos, cuando los aparejos entraban en el agua!
-¿Habría ó no habría pesca en aquel sitio? ¿Sería mejor ir más allá,
-donde no hubiera tantas algas? Por fin nos fijábamos, y aquí de las
-emociones. ¿Quién sería el primero que sacaría algo? En nada como en
-esto se manifiesta el humano egoísmo. Ninguno quiere ser el segundo.
-Yo, sin embargo, deseaba que fuese Camila la preferida del destino para
-gozar viendo su triunfo y los extremos que hacía.
-
---Cómo pican, cómo pican...
-
-Pero muchas veces picaban y se iban, llevándose el cebo. Es que en las
-profundidades hay mucha pillería, y van aprendiendo, sí. Camila se
-impacientaba, estaba nerviosa: cuando sentía picar tiraba con tanta
-fuerza, que el pez se largaba dejándola chasqueada. Entonces á la
-pescadora se le iba la lengua, y se le ponía la cara encendida, los
-ojos echando lumbre. Pero si al fin, al tirar de la cuerda, sentía
-peso y estremecimiento, ¡María Santísima, qué alboroto, qué gritos! Su
-imaginación le abultaba la pesca.
-
---Es grandísimo... ¡cómo pesa...! Es una merluza lo que traigo. Mirad,
-mirad.
-
-Por fin brillaba el agua con fulgores de plata, y salía un triste
-pancho enganchado por la mandíbula. El botín de julias, porredanas,
-cabras, monjas y chaparrudos aumentaba, y los íbamos echando en un
-balde, donde su horrible agonía les hacía dar saltos repentinos.
-Poníase mi prima febril cuando pasaba mucho tiempo sin pescar nada;
-nos hacía variar de sitio, cambiaba de aparejo, lo metía y lo sacaba,
-sacudiéndolo. Insultaba á los peces invisibles que no querían picar,
-llamándoles _tísicos_, _petroleros_, _carcundas_, y no sé cuánto
-disparate más. Cuando sacábamos algún pancho muy pequeño, un tierno
-infante que había sido robado por el anzuelo al volver del colegio,
-Camila imploraba la clemencia de todos los expedicionarios, y, reunidos
-en consejo, votábamos unánimemente que se le diera libertad. Ella misma
-le sacaba el anzuelo, procurando no lastimarle, y devolvía el pez al
-agua, riéndose mucho de la prontitud y del meneo con que el muy pillo
-se iba á lo profundo.
-
---Este ya va enseñado --decía--. No se dejará coger otra vez.
-
-¡Qué horas tan dulces para todos, porque yo también me divertía, y
-además el contento de aquellos seres se me comunicaba, reflejándose
-en mi alma! Pero por más vueltas que daba, la tostada del idilio no
-parecía para mí. Apenas pude deslizar en el oído de Camila alguna
-palabra, frase ó símil de la pesca aplicado á mi situación y á mis
-pretensiones. Ella se hacía la desentendida y aprovechaba las ocasiones
-para hacerme cualquier perrería, como salpicarme de agua, pasarme por
-la cara la barriga viscosa ó el cerro punzante de algún pez.
-
-Mi fantasía enferma, mi contrariada pasión buscaban refugio en la
-idealidad. Lo que los hechos reales me negaban, asimilábamelo yo con
-el pensamiento. En otra forma, yo era también chiquillo como ellos. Dí
-en pensar que la mar traidora nos podía jugar repentinamente una mala
-pasada. La embarcación se anegaba, se hundía. ¡Naufragio! En este caso
-yo, que sabía nadar muy bien, salvaba á mi heroína, disputándola á las
-olas y á la horrorosa muerte... Vamos, que el triunfito no era malo. ¡Y
-qué placer tan grande! Dominado por esta idea, una tarde que se levantó
-un poco de Noroeste y que volvíamos á la vela, dando unos tumbos muy
-regulares, le dije, señalando las imponentes masas de agua verdosa:
-
---Oye, borriquita: si se nos volcara la lancha y te cayeras al agua...
-¿no te aterra pensar que te ahogarías?
-
---¿Yo? No tengo miedo --me respondió serena, contemplando las olas--.
-Al contrario, me gustaría que se levantara ahora una tempestad de padre
-y muy señor mío. Quiero ver eso...
-
---¿Y si te cayeras al agua?
-
---No me ahogaría.
-
---Claro que no, porque te sacaría yo, con riesgo de mi propia vida.
-
---¡Qué me habías de sacar, hombre! Me sacaría Constantino. ¿No es
-verdad, asno de mi corazón, que me salvarías tú?
-
---Si éste apenas sabe nadar...
-
---¡Que me sacaría, digo; que me sacaría, vaya! --gritaba con fe ciega.
-
-
-II
-
-Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni
-en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo
-soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que
-nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de
-esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para
-hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase
-el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa
-andadura de cuatro nudos por hora. No servía para nada; pero era
-novedad estupenda para estos pobres madrileños que nada saben de las
-cosas del mar. Toda la colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de
-lanchas que iban hacia donde estaba fondeada la _petaca_. Los _gatos_
-de Madrid se quedaban con medio palmo de boca abierta, admirando la
-limpieza y el orden de á bordo, la gallarda arboladura, que no es más
-que un adorno, la presteza con que los marineros suben como ratones
-por la jarcia, la comodidad de las cámaras, el reluciente y limpio
-acero de la artillería, la abundancia de los pañoles de galleta. Era
-un jubileo. Nosotros fuimos también. ¡Pues no habíamos de ir...!
-Tomé un bote y nos metimos en él los tres, con más Augusto Miquis,
-su mujer y su cuñada. Más de una hora estuvimos á bordo, subiendo y
-bajando escaleras, registrando todo, acompañados de un oficial. Cuando,
-terminada la visita, volvimos á nuestro bote, nos sucedió un percance.
-El mar estaba algo picado. Con los balances que hacía el bote al entrar
-las personas, por poco zozobramos; después el marinero encargado
-de que aquél arrimara bien á la escala del vapor se descuidó, y la
-pequeña embarcación, ya llena de gente, metióse debajo de la escala.
-El vapor entonces, en un balance, dió un fuerte golpe en nuestra proa
-con el pico de la escala. Fué como si levantara el pie y nos diera una
-patada. Por pronto que quisimos desatracar no pudimos, y al siguiente
-balance, el pico de la escala entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos
-hundíamos!... Fué un momento de pánico horrible. Grito de espanto salió
-de todas las bocas... Nada, que nos íbamos á pique. Un bulto, una
-mujer estuvo casi dentro del agua por el costado de estribor. Ciego,
-me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví nada: duró aquello
-lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza la idea de que yo
-iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos, agua!... La humana
-forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la cuñadita de Augusto
-Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al bote con la izquierda,
-que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña se me pegaron al
-pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que me habría
-sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada fué
-Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro, cogió á
-su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba la zarpa
-derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una agilidad y
-una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos; y auxiliados
-por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro bote. ¡Ni
-siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido á unas
-cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero convinimos
-en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos serenamos,
-y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor, y no
-hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando cada cual
-sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se había mojado
-nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería cómo le cogió
-el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se vieron suspendidos
-un instante á la escala, mientras el bote se iba á lo hondo. En toda
-la noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en
-San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo
-con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la
-escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más
-que _agárrate bien_... El vapor se los quería llevar... vió los picos
-de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde
-causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...»
-
-Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde jamás
-se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella hubiera
-querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba por
-todos los medios, de nada me valía que yo las buscase.
-
-Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos
-íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy
-saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre
-para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien
-era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones
-los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete,
-ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una
-cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas.
-Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable.
-Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en realidad.
-
-Pero sí: era un gañán, sin género alguno de duda. Si no lo probaran
-otras cosas, lo probaría su maldita maña de divertirse con los
-juegos de fuerza ó de manos, que, según dice el refrán, son juegos de
-villanos. Sí: villanía es dar puñetazos sin venir á cuento, agarrarle
-á uno la mano y apretársela hasta hacerle dar un grito, cogerle á uno
-descuidado por la cintura y suspenderle en el aire, con otras gansadas
-sin maldita la gracia. Tales juegos me cargaban. Yo le decía: «estate
-quieto, no me busques.» (La confianza en que vivíamos nos había
-llevado á tutearnos sin saber cómo.) Le tenía ganas: habría gozado
-mucho dándole un buen porrazo, ya que el matarle no estaba en mis
-sentimientos ni en las costumbres suaves de la época. A ratos eché yo
-de menos las edades románticas en que se destripaba á cualquier rival
-por un quítame allá esas pajas.
-
-Un día concluímos nuestro asalto, yo rendido de fatiga, él tan campante
-como si nada hubiera hecho. De repente empezó con las gracias villanas
-que antes mencioné.
-
---Constantino, que te estés quieto.
-
-Yo estaba nervioso, de muy mal humor, y con ganas de darle una zurra.
-
---Que no me busques, Constantino; que no quiero bromas...
-
-Pero él dale que dale, tan pesadote que no se le podía aguantar. De
-improviso, viéndome sobado y golpeado estúpidamente, nació en mí un
-ardiente apetito de brutalidad; cegué, perdí el tino, no supe lo que
-me pasaba, y echándole ambas manos á su pescuezo robusto, caímos,
-rodamos... Él tenía más fuerza muscular que yo; pero el odio, según
-creo, centuplicó las mías. La verdad es que le tuve un instante
-acogotado, y gocé ferozmente en la extinción de su aliento. Recordando
-después aquella escena, heme avergonzado y espantado de que los hombres
-más pacíficos se conviertan tan fácilmente en fieras.
-
---Es demasiado --dijo Augusto, que empezaba á alarmarse--. Para juego
-basta.
-
-Mi fuerza, puramente nerviosa, por lo mismo que fué tan grande, duró
-poco. El manchego se repuso, y desasiéndose, ganó pronto ventaja. No
-tardé en estar debajo. Cogióme las manos, sujetándome los brazos con
-el peso de su cuerpo; dejóme sin movimiento ni respiración, hecho un
-lío, una momia. ¡Cómo ostentaba su poder ante mi debilidad! Así me tuvo
-un rato, dueño de mí, mirándome y escarneciéndome como si yo fuera un
-muñeco con apariencias de hombre.
-
---Muévete ahora --me decía, apretando más las argollas de hierro de sus
-dedos.
-
-Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas no
-rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni
-para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo
-franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso.
-
---Bromas pesadas --repitió Augusto.
-
---Eres un bruto, Constantino...
-
-Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono, figurando
-tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego, gimnasia
-de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía con gozosa
-esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.»
-
-Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien, y
-Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos
-juntos; era yo su maestro: enseñábale á mover los brazos; jugábamos
-y saltábamos, cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el
-baño, hacía yo más, ¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso
-de aquella habilidad que aprendí en la niñez, alumno de la marítima
-Inglaterra, esperaba á que mi borriquita estuviese presente para irme
-muy afuera, muy afuera, hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al
-volver, que perdieron de vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba
-de satisfacción. Todas las personas reunidas en la playa estaban con
-gran ansiedad y corrían murmullos de alarma. A mi triunfal regreso,
-dando brazadas á las olas y abofeteando la espuma, era recibido con
-vítores y plácemes. Yo me ponía muy hueco si Camila estaba presente;
-si no, no. No veía más que á ella, saliendo de su caseta ya vestida,
-colorada, fresca; y me decía con amable reprensión:
-
---¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas
-de gracias.
-
-Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos
-bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus
-pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome un
-rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra vez,
-y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre dientes:
-
---Traga agua, perro; trágala.
-
-Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí
-la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en
-los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un
-momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila,
-que estaba lejos, empezó á chillar. Pero su marido salió de repente,
-atontado, pataleteando, escupiendo agua, vomitándola... Su aparición
-fué acogida con carcajadas por los circunstantes. Yo me reí también, y
-braceando agujereé una ola. Creí que no me seguiría; pero impávido me
-siguió, haciendo gestos de ira cómica, la única ira que en él cabía. Y
-me acometió, saltóme á los hombros, y sus poderosas manos me hundieron
-á su vez. Dentro del agua, oí una voz que llegaba á mis oídos con esa
-vibración penetrante con que el mar transmite los sonidos. Camila
-gritaba:
-
---Constantino, ahógale.
-
-Estas palabras, rasgando la masa verde y movible del mar, parecían el
-ras del diamante al cortar el vidrio... Y en verdad que al oirlas tuve
-miedo, y creí que en efecto me ahogaba. Por suerte, ambos volvimos
-pronto á la superficie, y nos acogieron las mismas carcajadas de antes.
-Tuve que reportarme y disimular. Augusto decía:
-
---Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos.
-
-Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel
-_ahógale_, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de
-los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer,
-ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con
-despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal.
-
-Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato procurando
-serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y recogiendo
-conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan hermosa.
-Los baños de mar habían puesto el sello á su robustez gallarda.
-Hablando de su apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas.
-«Se desayunaría con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que
-las chuletas no tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos
-veces... Por punto no devoraba una langosta entera.» Su asnito no le
-iba en zaga en esto. Ambos tenían coloración tostada y encendida, por
-efecto del sol, del agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro.
-Ambos revelaban el apogeo de la salud y del vigor físico, así como el
-grado culminante de la alegría, que es consecuencia de aquel feliz
-estado. El indiferente que les veía y les escuchaba no podía menos
-de alabar á Dios ante una pareja tan bien dispuesta para los goces y
-los trabajos humanos, ante aquel admirable tronco que arrastraba sin
-esfuerzo alguno, relinchando de gusto, el carro de la vida.
-
-
-III
-
-¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que
-habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me
-contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería
-ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante
-Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra,
-pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que
-ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir
-inefable y aquella santa salud. ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde!
-La interposición del marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada
-de mi destino. ¡Dios me quería mal, me estaba trasteando y _quedándose
-conmigo_! ¡Cuánto disparate! También pensaba mucho en la primera
-impresión que me causó la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué
-me fué antipática? ¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en
-aquellos días yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor
-majadero del mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila
-la tuve con respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes
-sin adivinar su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y
-poseer á Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado
-una vez, equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna
-chispa del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría,
-alma del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad...
-Tenía que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable
-que el marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para
-legitimar mi victoria.
-
-Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el
-campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues,
-á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada
-vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no
-aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las
-tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía,
-y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de
-tentaciones. Cuando íbamos en ferrocarril camino de la frontera, dije
-á mi borriquita que se comprara lo que quisiese, un par de abrigos de
-invierno, tres sombreros, media docena de corbatas, dos ó tres vestidos
-de alta novedad; en fin, que aprovechara la ocasión surtiéndose para
-todo el año.
-
---No me lo digas dos veces --contestaba entre carcajadas--: mira que te
-arruino.
-
-¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que
-el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y
-con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre
-lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger
-nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas
-considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su
-manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas
-tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí.
-Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo
-general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.
-
---Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo te
-adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no es
-verdad?
-
-Constantino decía que nones.
-
---Y este sombrero... ¿ves qué bonito?
-
---Vamos, vamos --decía Camila muy seca--. Me carga este pueblo. Esto es
-una _farsantería_.
-
---Al menos --insistía yo--, que acepte tu marido este paraguas, y tú...
-No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este _pardessus_.
-
---Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no quiero.
-
-Fuimos á Biarritz y almorzamos en el _Hotel de Embajadores_.
-Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una
-partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los
-alrededores de la _Villa Eugenia_, por las playas de los Locos, de
-los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer
-y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya
-con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca
-del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con
-ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle
-directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría
-que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo
-decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi
-vida. De pronto dijo:
-
---Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino es
-una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le
-pervierta.
-
-Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona más
-formal del mundo.
-
---Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre
-al _baccarat_ que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en
-la tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene
-miedo, y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito
-es muy bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los
-vicios. Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café
-diciendo gansadas, hablaba de sus jefes con poco respeto, contaba los
-grados que iba á ganar sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y
-ordinariote. Pues ya ves: poco á poco le he ido quitando todos esos
-vicios. No te creas... unas veces con blandura, otras con porrazos. Un
-día le hice sangre... porque yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que
-le mandé apartar un baúl, y se escupió las manos para agarrarlo y hacer
-fuerza. ¡Ay, cómo me puse! ¡me volé...!
-
-Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su
-intimidad doméstica.
-
---Poquito á poco --prosiguió--. Le he hecho romper con todos sus
-amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un
-angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que
-por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los
-dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo
-en el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era
-martes, nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos
-cuatro sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en
-la Comedia; el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos
-volvimos á hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo
-almorzar fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso
-de mamá. Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña
-Piedad, se puso hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una
-sinvergüenza, que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron
-hasta decir que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había
-tenido un chiquillo. Ya ves que no me muerdo la lengua. Constantino
-me ha contado después todas estas tonterías de pueblo, y nos hemos
-reído. Su madre tenía el proyecto de casarle con una paleta rica, y
-él dejó todo, palurda y millones, por mí. Ya ves qué mérito tengo.
-Después mi suegra se ha querido reconciliar conmigo, y yo le he escrito
-varias cartas. Soy yo muy cuca. ¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene
-ganas de conocerme. Pero yo me estoy dando lustre, y no quiero ir á la
-Mancha. Iremos más adelante... Y aquí termina la presente historia.
-Nos queremos como Adán y Eva. Le domino y me tiene dominada. No te
-creas... si Constantino no hubiera tenido tantos vicios, y no me
-hubiese yo calentado tanto los cascos para quitárselos, á estas horas
-nos habríamos tirado los platos á la cabeza.
-
-No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se
-explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de
-nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.
-
---¿Has jugado? --le preguntó ella, impaciente.
-
---Jugar, ¿á qué?
-
---Al _baccarat_.
-
---¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.
-
---Lo creo, lo creo --dijo ella, rebosando de confianza--. No hay
-más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese
-lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira,
-mira qué bonito te has puesto.
-
---Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.
-
---No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde
-cogerte.
-
-Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San Sebastián,
-ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente creí notar en
-Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los vestidos y adornos
-de mujer que había visto. La esposa de Augusto y ella discutían con
-desusado calor sobre manteletas, _pardessus_, capotas y faralaes. ¡Si
-habría hecho el idilio trapístico más efecto que los otros! Porque yo
-la notaba un poco menos alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se
-conmovería al fin aquella torre? «Quizás, quizás --pensaba yo--. Al
-fin tiene que ser de una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo
-pienses.»
-
-
-IV
-
-Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les pude
-detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi
-querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su
-disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en
-que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!»
-Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al
-céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con
-ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á
-un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las
-vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí!
-dejándome en espantosa soledad.
-
-De buenas á primeras, encontréme un día con María Juana y su marido,
-que después de pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos
-semanas en San Sebastián antes de la _rentrée_. Dígolo así, porque
-noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas en
-francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban por
-tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por haber
-decretado la extinción de _los ordinarios de Medina_ por los siglos de
-los siglos.
-
-Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo.
-De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien
-puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era
-un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la
-vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á
-dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del
-lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de
-la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo
-conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no
-se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el
-negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer
-propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran
-peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había
-patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo á
-Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, en
-momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como yo,
-de buena figura (movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que
-hubiera mujer capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso
-del marqués de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que
-había sido negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que,
-por añadidura, se teñía la barba.
-
-En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le habían
-llegado al alma.
-
---¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos
-estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.
-
-El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal había
-sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el mulo
-que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!
-
---Dios salve al país --exclamaba Medina con olozaguista concisión,
-juntando las manos.
-
-El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los
-círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos
-de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya
-circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos
-famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid.
-Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su casa
-de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el mueblaje,
-y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto me
-pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme que yo
-debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía casarme.
-
---Déjalo de mi cuenta --me dijo con cierto entusiasmo--. Yo te buscaré
-la novia.
-
-Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.
-
-Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien
-hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en
-la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer,
-que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo.
-Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo.
-Constantino elegiría á su gusto.
-
-Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya
-veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme
-las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con
-la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van
-á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba
-y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer
-existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal cosa.
-
-¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y echar
-á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase á cien
-leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado aquélla,
-y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, conocía yo,
-que se habrían dado con un canto en los dientes por que las requiriera
-de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para casarme,
-algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, ninguna me
-gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita que ya estaba
-uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente aquélla, era la que se
-me antojaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de
-amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de
-ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.
-
-Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella vendría
-al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en casa.
-Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar lo que
-hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan formal
-como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me alegraría
-seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente tomar acta
-y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas tardes y
-noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el mío! Me
-habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero tal como
-yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la cosa
-más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente
-verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido
-de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi
-desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía
-sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos
-tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por
-la solapa, y con afectado enojo le decía:
-
---¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos pardos.
-
-Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su conciencia,
-que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y tranquila.
-
---¡Parece mentira --insistía yo-- que teniendo una mujer como la que
-tienes...! No te la mereces.
-
-Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me
-declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga:
-
---Se lo contaré á Camila.
-
-Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves palabras,
-con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á los
-labios:
-
---No te creerá.
-
-Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa,
-aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila
-se reía y bromeaba un poco también, diciendo:
-
---¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que
-andaba en malos pasos eras tú.
-
-¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la
-mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila
-le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por
-la costura, y estrujándosela decía:
-
---Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más que
-á mí.
-
-Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me
-desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía
-evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con
-él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás
-no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de
-algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare
-llama _eternal joya_... Pero ya no hay diablos que presten estos
-servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.
-
-
-
-
-XX
-
-Doy cuenta de la agravación de mis males y del remedio que les aplico.
--- Gonzalo Torres.
-
-
-I
-
-Una mañana... ¡plaf! Raimundo. Caía sobre mí cuando menos le esperaba,
-y muy comúnmente cuando menos ganas tenía de oirle. Entró aquel día con
-cara risueña y un rollo de papeles en la mano. «Veremos por dónde la
-toma hoy --pensé--, aunque bien sé á dónde ha de ir á parar.» Díjome
-que estaba muy mejorado de su reblandecimiento; que las palabras se
-le salían de la boca fáciles y correctas, sin que la lengua tuviera
-que hacer contorsiones, y que se sentía dispuesto, ágil y con el
-entendimiento lleno de claridad y hasta de inspiración.
-
---Hombre, ¡cuánto me alegro! --exclamé echando ojeadas de inquietud
-al rollo de papeles--. ¿Y qué traes ahí? ¿Esa es la obra de que me
-hablaste? ¿Has hecho algo en Asturias?
-
---¡Ah! no... aquello fué una tontería... un drama, una idea nueva...
-Hice dos ó tres escenas; pero lo abandoné pronto. La cosa no salía.
-Después se me ocurrió esta gran obra.
-
-Con sonrisa triunfal mostróme el rollo de papeles, que yo miré como se
-puede mirar el cañón de escopeta del cual ha de salir la bala que nos
-ha de herir.
-
---Algún dibujillo --indiqué deseando que acabase pronto, pues tenía que
-hacer--. Dispara, dispara de una vez.
-
-Desenvolviendo lentamente el rollo, dijo:
-
-A tí solo te lo enseño, porque no quiero que se divulgue la idea. Me
-la podrían robar. Es muy original. Figúrate: esto se llama _Mapa moral
-gráfico de España_; va acompañado de una Memoria, y su objeto es...
-
-Cortó la frase para extender el papel sobre una mesa, sujetándolo por
-los bordes con objetos de peso. Ví muy bien dibujado el contorno de
-nuestra Península, con indicaciones de cordilleras, ríos y ciudades.
-Los nombres de éstas se hallaban encerrados dentro de círculos
-concéntricos de colores de muy diverso matiz.
-
---¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado.
-
---Pues esto --afirmó con exaltación de artista-- es una representación
-gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los
-colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido
-en cinco grandes categorías: _Inmoralidad matrimonial_, _adulterio_,
-_belenes_, color rojo. _Inmoralidad política y administrativa_,
-_ilegalidad_, _arbitrariedad_, _cohechos_, color azul. _Inmoralidad
-pecuniaria_, _usura_, _disipación_, color amarillo. _Inmoralidad
-física_, _embriaguez_, verde. _Inmoralidad religiosa_, _descreimiento_,
-violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la
-prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos elementos no
-se pueden buscar en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de
-conocimientos generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones
-son á ojo de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico
-con razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí
-en aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás
-ver de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país
-de cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar
-mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más
-moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como
-tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid
-á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido.
-En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son
-corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más
-concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento
-de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color
-rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península.
-Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en
-inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se
-conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí:
-es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj
-del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de
-misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos
-veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada diez
-y seis. El tanto por ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima,
-de dos y medio, mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete
-carcas por cada cien personas.
-
-Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á
-entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á
-reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto
-le daría.
-
---Tú estás reblandecido --le dije--. Las cosas que á tí se te ocurren,
-ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor
-esa monserga. Y por de pronto...
-
-Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me comprendió
-al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y enrollando con
-nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se dejó decir:
-
---Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo en
-limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi Mecenas.
-Te dedico la obra...
-
---No, no... hazme el favor de dedicársela á otro.
-
---Bueno, bueno: como quieras.
-
-Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y conceder
-alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez sí y otra
-no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad. Aquella vez
-no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya porque me
-inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí á partido y
-le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se le alegraron
-los ojos y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me
-alegraría mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer
-_hasta en sus menores detalles_ la gran obra de estadística moral,
-conseguí alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa.
-
-Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las
-cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había
-hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo _á voluntad_, cuando sentí
-abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el
-borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón.
-Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí,
-parecióme que no venía sola.
-
---Buenos días, tísico --me dijo sin entrar y retirándose otra vez.
-
---¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? --le pregunté.
-
-Y desde la sala gritó:
-
---No, estoy sola.
-
-Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la
-cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.
-
---¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.
-
---Es que --me dijo después de vacilar un rato-- tienes ahí una visita.
-
---Pues que pase --repliqué levantándome.
-
---Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...
-
-Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo
-instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.
-
-Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohibida, tan turbada, que yo
-también me turbé. Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí
-sin saber qué cara ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el
-llanto luchaban por prevalecer en la expresión de su cara. Por último,
-lloró sonriendo y me echó los brazos al cuello.
-
---Haces mal en estar enfadado conmigo --me dijo hociqueándome--. Yo
-siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día.
-
-Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo se
-me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era peor
-que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello de _la
-primera piedra_; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que estaba
-vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba en ella,
-entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de _señora
-española_, á pesar de la asimilación de la moda parisiense. Eloísa
-adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y sabía
-imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido antes y
-así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío; quiero
-decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué ni por
-las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por esa
-elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las tijeras
-de las modistas.
-
-Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando
-acerca de su cariz de señora española:
-
---Estás hecha una francesa.
-
-Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas
-sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo:
-
---¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No,
-no parezco una francesa. No me lo digas otra vez.
-
-Sentándose de nuevo, prosiguió así:
-
---Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á
-Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es
-muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he
-divertido nada.
-
-Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse ir
-hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos de
-reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba ilusión,
-como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á la
-superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de cariño,
-y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada, y
-pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo:
-
---Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme
-de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras
-decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con
-palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote...
-Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras,
-ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas
-necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo
-que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar
-con él. Conque ya estás enterado, y lo mejor es que te tragues la
-píldora y seamos amigos.
-
-El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa,
-sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían
-deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.
-
---¡Ah! --exclamé de pronto--, no me has dicho nada de lo único tuyo que
-me interesa. ¿Y tu hijo?
-
---Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le
-mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo
-que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome
-de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene
-que ver el corazón con... lo demás.
-
---Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver las
-cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me vengas
-con historias...
-
---Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar
-con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.
-
---La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he
-querido...
-
---¡Ah!... ¡tiempo pasado! --murmuró, retirando el cuerpo para mirarme
-en actitud un poquito teatral.
-
---¡Y tan pasado...!
-
---Mira, canalla --gritó con repentino calor, tirándome del pelo--, no
-me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.
-
---Estás tú á propósito para que yo te quiera --respondí, esforzándome
-en mostrarle menos desdén del que sentía--. Ciertas locuras no se hacen
-más que una vez en la vida.
-
-
-II
-
-Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad de
-la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más
-que esto:
-
---¿Y qué me cuentas de tu...?
-
-Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su
-vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto
-que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias
-vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades
-que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el
-terreno en que ella tácitamente la ponía.
-
---Dime, habrás traído de París maravillas.
-
---Algunas chucherías, poca cosa --replicó, mirándome otra vez y
-serenándose--. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído
-para tí.
-
---Gracias.
-
---Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para que
-tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me decía:
-«¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de gustar,
-ni regalado lo quería.
-
-Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un cubo de
-agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de mucho para
-echar discursos y de muy poco para regular las acciones, le dije que
-no se acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los
-pies en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con
-toda la _Doctrina_, el _Juanito_ y el _Fleury_ metidos en la cabeza, se
-habría expresado mejor.
-
---Eso lo veremos --replicó Eloísa, en pie delante de mí--. Vamos, no
-hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen
-fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo
-ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras;
-pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré.
-¿Serás capaz de echarme de tu casa?
-
---¡Quién sabe...!
-
---¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.
-
---¿Qué?
-
---Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?
-
---A que no.
-
---A que sí.
-
---Apuesto todo lo que quieras.
-
-Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen
-los chicos con los curas que encuentran en la calle.
-
---Quedamos en que mañana te mando á Rafael --me dijo, arreglándose la
-cabeza delante del espejo.
-
---Sí: tengo muchos deseos de verle.
-
---Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras?
-
---Según lo que quieras decir. Distingo.
-
---Sin distinciones.
-
---Te encuentro muy francesa --repetí, faltando á la verdad por
-molestarla.
-
---¡Dale!... Me enfada eso más que si me dijeras una mala palabra. Si
-quieres decir la mala palabra, suéltala, ten valor, ponme la cara como
-un tomate; pero no me insultes con rodeos.
-
---Como quiera que sea, estás hermosísima --declaré, mostrándome más
-sensible á sus pruebas de cariño--. Las locuras que yo hice las hacen
-otros; mejor dicho, otros harán locuras más locas... ¡Qué dramas leo en
-tu cara, hija, y también tragedias, que ahora están en borrador! Te voy
-á llamar _Madame Catastrophe_. ¡Pobrecito del que...! En fin, hemos de
-ver horrores.
-
---¡Ah! tengo que contarte --dijo, tras una explosión de risa--: tengo
-que contarte... ¿Sabes que Pepito Trastamara está loco por mí y quiere
-casarse conmigo?
-
---Péscale, no seas tonta. Hazte cargo de que tienes por marido á un
-galguito ó á un _King Charles_. Serás duquesa, y libre como el aire.
-Pero la cuestión de cuartos creo que no anda bien en esa casa. La Peri
-está liquidando lo poco que resta. Mucho ojo, Eloísa.
-
---¿Ves? Sin querer te estás tomando interés por mí; me estás dando
-consejos --replicó con mucha monería--. Si no puedes, hombre, si no
-puedes desligarte de mí; si te intereso sin que lo eches de ver...
-¿Conque no me conviene Pepito Trastamara...? ¿Y ser duquesa? Pepito
-heredará al marqués de Armada-Invencible: fíjate en esto.
-
---También Manolo Armada-Invencible está á la cuarta pregunta. No
-tienes idea de lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á
-tu cuñado Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo.
-
---Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil
-duros, que un día los tiene éste y después el otro...
-
---Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco
-dinero.
-
---Y muchos á gastar, lo sé.
-
-Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y procurando
-yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella, de nuestros
-pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos volveríamos á ver
-pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que realmente era para
-deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí sentimiento alguno de
-cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome en paz el fondo.
-
-El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño
-preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía
-delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me
-encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy
-formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni
-á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me
-pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera
-cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por su
-deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su media
-lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de los que
-esperaba tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un
-lápiz en la mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el
-pañuelo, con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del
-mundo era andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto
-en París un aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma.
-Hícele varias preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto
-á Fúcar; pero nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á
-distancia del marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de
-aquel humano globo.
-
-A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba á
-mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y
-credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre
-ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como
-un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la
-yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas,
-y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando
-yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los
-llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su
-corazón palpitaba como si se quisiera romper.
-
-Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo, que
-le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si su
-mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba
-de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con
-los recados solían ir cartitas rogándome que pasara á su casa. Viendo
-que yo no me daba á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por
-fin, una mañana me envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que
-estaba mala y deseaba «verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de
-la enfermedad era un ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza
-humana en general y de la mía en particular me impulsaron á acudir á la
-cita. Toda aquella moral mía se la llevó la trampa.
-
-Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía
-quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un
-entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida
-amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin
-interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi
-pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba
-y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual
-era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas,
-inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á
-todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían
-salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me
-apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía
-cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado
-de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en
-la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de
-que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de
-familia me engañaba tan sólo breves momentos.
-
-Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva
-que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa,
-quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado
-más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos.
-Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero
-un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas
-entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte
-más alta de su cabello en desorden, se dejó decir:
-
---Estoy... de viejo pintado... hasta aquí.
-
-No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me
-enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y
-de _Barbotine_ tenía maravillas; jarrones inmensos sobre columnas, un
-grifo con una cartela enroscada que _daba el opio_, y mil chucherías
-de todos tamaños, en tal número, que apenas había ya en la casa sitio
-donde ponerlas. Enseñóme también ricos encajes de Malinas, Bruselas y
-Alençon, comprados por ella misma á las _Beguinas_ de Gante, y otras
-mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te gusta?» y si respondía que
-sí, poníase muy alegre. En aquella época jamás me pidió dinero, ni lo
-necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el contrario, advertía yo en ella
-un tácito deseo de que se le presentase ocasión de sacarme de un apuro.
-Un día, no sé si de los últimos de Octubre ó Noviembre, que me oyó
-hablar de ciertas dificultades para la liquidación, sacóme una cajita
-llena de billetes de Banco, de la cual aparté con horror la vista.
-
-Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había
-desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de
-Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un
-malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado.
-Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo,
-sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo,
-la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan
-mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron
-los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado.
-Díjome el _Saca-mantecas_ que se jugaba descaradamente. No iba ninguna
-señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha.
-Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas
-costumbres irregulares del año anterior.
-
-Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora
-distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de
-sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más
-selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído
-el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por
-la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien
-me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna
-era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo
-lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima,
-interés nominal y desdén efectivo.
-
-
-III
-
-De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó súbitamente
-la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente reparadora
-y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud fué la idea
-del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía en Jerez, y
-además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido todo el año,
-y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría salud y buen
-humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino la resolución
-de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme de pronto varias
-clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me había hablado la
-noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé qué belenes en
-Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos agrícolas para
-que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. Se presentaba
-á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de obras de reforma
-en los Museos, bien de impresión de Memorias ó de los revocos que
-constantemente se están haciendo en el vetusto edificio de la Trinidad.
-Luego Villalonga cedía el negocio con prima, si había quien se lo
-tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos que en el Ministerio
-traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo libramientos y órdenes
-de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado y lleno de líos estaba,
-que sin duda por sus desordenados gastos y vicios no había mes que no
-necesitase dinero. A mí me debía más de ocho mil duros, y esta deuda
-empezaba á inquietarme.
-
-Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios
-que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados
-Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el
-descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno
-la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París
-por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía
-bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me
-alcanzaba á mí.
-
-Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una vuelta
-por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros de
-producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada:
-más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar.
-El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy
-acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la
-Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella _hasta la cintura_. La
-persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento
-de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo
-serenidad y empuje.
-
-Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y recobré la
-alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, obtendría yo
-dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, y restablecer
-mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día siguiente me puse
-al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien he hablado antes un
-poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este
-tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en
-los años que en la Corte estuve. Aquel _gato_ se había enriquecido en
-pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una
-casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran
-boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana,
-la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra.
-Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la
-calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En
-este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas,
-no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un
-pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había
-dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á
-adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas
-eran unas... tales.
-
-En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se
-descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados
-buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el
-ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de
-cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más
-ideal que _hacer dinero_, y hacia él marcha con los ojos cerrados,
-digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa
-y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes
-episodios de su vida. Esta me pareció digna de estudio, como ejemplo
-de constancia y temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por
-otra. Según me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle
-de la Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico
-y despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género
-en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre
-con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento.
-Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del
-espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y
-Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se
-le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á
-hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de
-los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos
-su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de
-los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante,
-escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose
-después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo
-limpio las manadas de transeuntes.
-
-Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía
-una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera
-que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos
-ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el
-sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que
-dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda España
-en segunda, con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de
-Soldevilla y otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y
-se fijó en Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes
-de venta y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció
-á un tal Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba
-víctimas, y las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios
-_facilitando_ dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo
-que les dan sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo,
-las ponían en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el
-tal Torres con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una
-prima de cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables.
-Él apandaba las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor,
-encontrándose siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito
-en virtud de una ficción legal en que él (Torres) pasaba por _inglés_
-del tendero, se ponía en combinación con Torquemada, que era curial
-y tocaba pito en todos los Juzgados, y apretando á la víctima con
-citaciones y embargos, por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos
-lo que debía.
-
-Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de
-trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada
-y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor
-insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se
-le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de
-suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial.
-Puso la puntería en la Diputación, y aquel año hubo locas ganancias.
-Los moribundos les hicieron á ellos el caldo gordo.
-
-Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos.
-Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que
-tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos
-_carne á la inglesa_, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho,
-pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó
-de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del
-señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil
-reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El
-del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la
-puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo
-que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos
-III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los _ingleses_ de
-acuerdo, quisieron hacer un _Trafalgar_ en la infeliz familia; pero
-nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio,
-dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres,
-que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos,
-olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas
-ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había,
-obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que
-tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...
-
---De esta adquisición inesperada --me dijo-- arranca el negocio
-de alquiler y compostura de pianos que tuve durante tres años y
-medio. ¡Cómo se enlazan las cosas de la vida! De carnicero á músico.
-Torquemada siguió con el arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén
-de pianos. Llegué á tener más de trescientas matracas, que alquilaba
-por tres, cuatro ó cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio
-que soñaban con ser la Patti; á los compositores jóvenes que se creían
-unos _Meyerbes_, y para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las
-familias honradas y buenas parroquianas que querían educar á las pollas
-para señoritas finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar,
-como todas, en ser unas... tales.
-
-Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil duros,
-dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que era su
-ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de papel. A
-los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto el
-golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente las
-operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, cuando
-la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años de
-guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible.
-Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe
-que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes
-tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle
-de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban
-ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa.
-Todos observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía
-diariamente despachos telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y
-París, para jugar en combinación con aquellas plazas.
-
---Y aquí me tiene usted --añadía--: hoy soy rico; pero me gusta vivir
-á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta,
-que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso
-para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se
-pasee.
-
-Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no sabía
-leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro estas
-indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido le dió
-títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante en casa
-de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y sencilla.
-Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba también no
-poca ventaja.
-
-Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo
-bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle
-los puntos sobre las _íes_. Yo no haría ninguna operación grande ni
-chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería
-meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un
-desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por
-sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por
-el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan
-peligroso, daba y tomaba mis _dobles_, compraba y vendía _en voluntad_
-ó _á fin de mes_, siempre con la garantía de la publicación y de
-la firma del agente en la póliza, el cual agente era persona de
-respetabilidad, amigo de mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no
-me faltaba trastienda para aquel negocio, y en todo Diciembre, así
-como en Enero y Febrero del año siguiente, ví coronados mis esfuerzos
-con éxitos no despreciables. Así me satisfacían más, teniendo por
-mejor sistema aquel _tole-tole_, que los atropellos en que se metía el
-hortera y carnicero y músico y bolsista Gonzalo Torres.
-
-
-
-
-XXI
-
-Los lunes de María Juana.
-
-
-I
-
-Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar.
-
-María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su
-mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba
-ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual
-contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y
-enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale
-á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en
-el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su
-mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor,
-componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio, y
-en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa era
-un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á la greña.
-Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa de Ruiz de
-Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros barnizados,
-papeles horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de
-los que se empeñan en que todo se ha de adornar con _medias cañas_;
-tenía fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría
-las tales _medias cañas_ hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando
-poco á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles
-de arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á
-ella triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el
-esposo se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que
-llevaba veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al
-decir de Cristóbal, _no se pagaba con dinero_. Pero aquel espejo de los
-porteros tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba.
-¡Era que usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y
-despeinadas, que caían tan mal con la librea...! La señora les había
-declarado la guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera
-aquellos pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo
-á la de su leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente.
-Pero Medina se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse.
-Le parecía un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad
-humana. Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le
-parecía farsa, comedia, «moda francesa, hija; _mariconadas_ que me
-revientan.» Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa
-tan hirsuto como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio
-de Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de
-echarle mil remiendos y composturas, porque estaba tan derrengada como
-todas las de su tanda, la pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo
-descubierto, con ménsulas y jambas, figurando piedra de Novelda, y en
-el portal y escalera púsole cuantas _medias cañas_ cupieron. Arregló
-para sí el principal, que era hermosísimo, con vistas á la calle de
-Serrano y al jardín interior de la manzana. Las tales casas, mal
-construídas, tienen una distribución admirable, un ancho de crujía y un
-puntal de techos que me gusta mucho. Su única imperfección, para mí,
-es la curva de las escaleras; defecto que también tenía mi finca de la
-calle de Zurbano.
-
-María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La
-gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio
-tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de
-mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una
-vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo
-más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía
-escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes
-se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la
-francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci;
-apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y
-algo se le alcanzaba de Spencer, traducido.
-
-Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla _ordinaria_),
-desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima consideración. Fuí el
-primero con quien contó para sus comidas; iba también algunas tardes y
-hablábamos largamente. Descubrí á poco, tras un tejido de subterfugios
-muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo ardentísimo de
-conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un servidor de ustedes.
-Se trataba poco con su hermana; sus relaciones eran pura etiqueta de
-familia en casos de enfermedad; de modo que yo solo podía ponerla al
-tanto de lo que saber quería. Dirigíame pregunta tras pregunta. Y yo
-no me paraba en barras: ¿para qué? Si saciando aquella curiosidad
-sedienta y mal disimulada la hacía feliz, ¿por qué privarla de un gusto
-tan arraigado en su naturaleza? Preguntábame asimismo mil pormenores
-de la casa que ella tenía por el _non plus ultra_ de la elegancia.
-¿Cómo era el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos _menús_ de
-las comidas? ¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por
-completo, de ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas
-camisas de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo
-eran abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas
-de pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba?
-¿Era cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la
-tersura terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves,
-¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner
-etiquetas de la _Viuda Cliquot_? ¿Era cierto que debía á Prats más de
-seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al _whist_, á la _besigue_
-ó al monte limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era
-cierto que anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el
-día de su santo para que fueran preparando los regalos?... A este
-bombardeo contestaba yo como Dios me daba á entender, unas veces
-categórica, otras ambiguamente, cuidando de no poner en ridículo á la
-que me había sido tan cara... en todos los terrenos.
-
-Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la
-más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque
-yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que
-si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía
-en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á
-menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella
-las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los
-enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones
-cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y
-hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias
-veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no
-vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los
-hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más
-pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento
-hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una _cualquier cosa_... Tú,
-que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme, ¿cómo
-es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del hombre
-de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.» Por fin,
-una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me espetó
-la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba desquiciado.
-Para ponerme bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual
-se combinaran dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo.
-Agradecí mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero
-no podía mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas
-por ella. El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él;
-¡pero el matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una
-hilacha, ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella.
-
-Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que Camila
-me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo hacer
-constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta
-indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin
-mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar
-y casarme, la _ordinaria_ (sin querer se me escapa este mote) me dijo
-aquella misma noche con gracia mezclada de protección:
-
---Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te la
-tengo buscada. Verás qué joya.
-
---No, prima, no te molestes --repliqué--. No hay mujer para mí. Es
-una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he
-pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo
-media naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con
-una educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la
-bonita y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si
-es pobre, me parece que me quiere por el dinero; si es rica, tiene un
-orgullo que no hay quien la aguante. Por más vueltas que le des, la
-tostada no parece... Y por fin, si quieres que te diga la verdad, en
-mí hay un vicio fisiológico, una aberración del gusto, que no puedo
-vencer, porque ha echado ya sus raíces muy adentro, confabulándose
-con estos pícaros nervios para atormentarme. Es, te reirás, es que no
-me agradan más que las cosas prohibidas, las que no debieran ser para
-mí. Si alguna que no esté en estas condiciones me gusta, al punto la
-idea de que sea yo quien la prohiba á ella me quita toda la ilusión.
-Ríete todo lo que quieras; llámame loco, enfermo, despreciable y hasta
-ridículo; pero no me digas que me case.
-
-Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía
-tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me
-decía:
-
---Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos,
-mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un
-vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la _candidata_...
-
-
-II
-
-Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de
-negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes
-eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego,
-nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los
-cambios, de si se haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y
-de otros particulares relacionados con la economía social. De cuanto
-hablaba Medina se desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento
-del arreglo, la devoción de la solidez económica. No comprendía él que
-nadie gastase más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que
-no existe, y el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un
-buen pasar, la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no
-deber nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase
-que jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo
-se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan
-tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no.
-
-Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para el
-día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá
-por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción
-de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el
-mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía
-financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo
-sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo
-estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en
-ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades
-pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres,
-como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina,
-como prestamista hipotecario de algunas casas grandes; Arnáiz, en su
-calidad de patriarca del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo
-banquero, conocían al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas
-las trapisondas económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban
-á contar casos y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles.
-
-¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella
-verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los
-conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de
-cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales.
-
---La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito
-diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros
-diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera.
-Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo
-quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las
-tenía empeñadas el anémico prócer...
-
---El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés millones
-de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve, comprendido
-el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico, valdría mucho
-para solares. Se susurraba que los cuadros y las armaduras habían
-salido para París con objeto de venderse en el Hotel Drouot. Que el
-duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el hecho de haberse
-dejado protestar una letra de Burdeos por valor de veintitantas mil
-pesetas...
-
---Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían llegado
-á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero de la
-esquina, y, sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por
-esas calles desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo
-perdidos de barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la
-levita que llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal
-manera de vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada,
-que este Madrid es muy particular...
-
---Arnáiz sabía que _Sobrino Hermanos_ tenían una cartera de sesenta
-mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de
-los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara
-estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir
-surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les
-desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es
-que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con
-los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el _fondo del
-cofre_, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen
-con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que
-pagan algo...
-
---Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el cambio
-político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir mucho
-tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se animan
-las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo; algunas
-echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse algún
-crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto...
-
---Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas,
-en cambio, desde que se regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de
-trampear, se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general.
-Es una vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del
-país y se regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta
-pregunta, unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de
-Contabilidad les tiene metidos en un puño. Haylos también que son
-honrados á macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia,
-que se veía perseguido por los acreedores poco después de haber estado
-en situación de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así.
-Algunos, arruinados con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que
-les daba mucho dinero, tenían que buscar en la misma política socorros
-de momento, consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el
-agraciado les mandase algo de sus ahorros.
-
-Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad para
-dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de la
-exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que
-en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una
-noche, solos él y yo:
-
---No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las
-cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos
-de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el
-otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace
-así... _aliquis chupatur_, y se va tragando todo.
-
-Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y
-hojeándolo añadió:
-
---Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que
-tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí
-con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que
-650.
-
-
-III
-
---¿Qué te enseñaba Torres? --me preguntó María Juana un momento después.
-
---La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...
-
---Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo
-gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y
-compara.
-
-Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y
-comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa
-y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido
-obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de
-oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de
-valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle
-las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por
-Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las
-teorías de _castellano viejo_ preconizadas por su marido. Muy santo y
-muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen
-en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor
-de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á _la
-Granullaque_ de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una
-religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen
-nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en
-la casa _boato estúpido_, ni se diera de comer á troche y moche á
-tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los
-pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la
-casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo,
-mucho platillo y mucho de _high-life_, quejábanse los criados de que
-les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la
-señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico
-y elegante, viniera ó no _de extranjis_ la moda, y trajera ó no entre
-sus pliegues el pecado de la farsa y de las _mariconadas_ francesas.
-
-Nada más injusto que el dictado de _ordinaria de Medina_ que la de San
-Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy
-bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena.
-Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.
-
---Si viene esta noche tu amigo Severiano --indicó mi prima--, le diré
-que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La
-otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve
-éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme
-formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis
-el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente
-sujeto. Sus dos chicas son muy monas.
-
-Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:
-
---Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es
-la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque
-Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada,
-que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus
-acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones
-que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de _No Cabe Más_
-excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.
-
---Cállate la boca, tonto --me contestó riendo también--. No es esa, no,
-la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía,
-al menos en casa...
-
-La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á
-mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema.
-
---Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde --dijo
-Barragán dando resoplidos.
-
---¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?
-
---Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen bien...
-Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la Iglesia,
-y yo le digo: «_Partiendo del principio_ de que sea santidad eso de
-comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, en fin, lo
-admito; _parto del principio_ de que... Yo digo: las personas delicadas
-¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? Y no crea usted,
-tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del estómago, vómitos.
-Al fin, _paulativamente_ se han ido serenando. Bien merecido les está.
-Yo, como no creo en esas teologías, comí en casa del amigo Lhardy
-buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas
-de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el
-Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias?
-Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza.
-Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo
-fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha.
-Porque vea usted --añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar
-un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima--,
-si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos
-_compatos_, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo la
-política de personas, y arriba la de los grandes intereses del país...»
-
---Seguramente que...
-
---Porque vea usted --prosiguió él sin dejarme meter baza--. Yo, que
-tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene
-quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto
-y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y
-cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos
-y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil
-que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, _partiendo del
-principio_ de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de
-frente, sostengo...
-
---No tiene duda...
-
-Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se divertía
-con semejante mostrenco; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo
-de bárbaro, que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la
-mañana, se lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su
-opinión, se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y
-más caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura
-humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La
-fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid.
-Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una
-tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué
-contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma.
-El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80
-eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy
-ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la
-presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una
-construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros;
-si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si
-de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes.
-Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto
-encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas
-con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran el
-providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle erigido.
-
-Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando
-con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy
-sublime. Barragán manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los
-oradores, escupiendo á la faz del cielo los mayores disparates que
-de humana boca pueden salir. El otro se reía, y le hacía el honor
-increíble de contestar á sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro
-dijo á Villalonga:
-
---Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de
-las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con
-razones...
-
-En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la
-muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera
-la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú.
-Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con
-la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran
-pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán
-oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha,
-y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido
-que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él
-se limpiaba y mugía.
-
-María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los
-solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva
-que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos
-acercó Severiano.
-
---¿Qué barbaridades ha dicho? --le preguntó María Juana.
-
---Muchísimas. _Ha partido del principio_ como unas cincuenta veces en
-quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió _fiambre
-frío_, y que ha puesto una _pipa_ en Flandes. Tengo que apuntarlo,
-porque es oro molido. He de hacer un Diccionario de este hombre, como
-el que Paco Morla hizo de las barbaridades del general Minio.
-
---Ayer --refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su
-abanico-- estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso
-decir que me habían dado un _timo_; pero no pareciéndole fina la
-palabra, dijo que me habían dado un _mito_...
-
---Es divino ese hombre...
-
---No se paga con dinero.
-
---Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que dice.
-
---Severiano --añadió mi prima-- no conoce todavía á la señora de
-Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. Verá
-usted... Yo la llamo _No Cabe Más_, porque esta frase no se le cae de
-la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no habla sino
-para ponderar sus cosas. _No cabe nada más_ rico que las cortinas de su
-sala; _no cabe nada más_ ligero que su berlina de doble suspensión; _no
-cabe nada más_ elegante que el vestido que le ha hecho á Esperancita...
-
-Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi
-amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido,
-y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase de
-un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, de unos
-ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener aquellos
-pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista _no cabía más_:
-estaba todo lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á
-reventar como una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes.
-Como era de pequeña estatura, y además se había tragado el palo del
-molinillo, el mote que le había puesto mi prima no podía ser más
-adecuado, porque, en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido
-angustioso: «_No cabe más_, y este palo del molinillo es excesivamente
-largo y lo voy á vomitar.»
-
-¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin
-de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen
-finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y
-bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire
-_reventativo_ de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha
-broma, y ella se pirraba por que se la diera.
-
---Me parece --dije en secreto á María Juana-- que limitas mucho
-tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres.
-Esperancita y su hermana, _No Cabe Más_, la señora de Mompous, la de
-Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso
-que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por
-qué no traes á Camila?
-
---Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A Medina
-no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice que
-si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate
-tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo
-preparada!...
-
---¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?
-
---Vente mañana por la tarde. La convidaré á pasear conmigo, y antes de
-que salgamos la verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros:
-traga el anzuelo y dame las gracias.
-
-
-IV
-
-Por fin aquel misterio se aclaró. La joven que me proponía mi prima
-era la hija segunda de Trujillo. Yo la había visto alguna vez no
-sé si en la calle ó en el teatro; pero no me había fijado en ella.
-Llamábase Victoria. El nombre parecía simbólico. Era, para decirlo de
-una vez, una de las chicas más bonitas de Madrid. ¡Oh! ¡qué Victoria
-aquélla, y cuán feliz yo si hubiera sabido ganarla dejándome vencer!
-Fuí presentado á ella el jueves, y nos vimos y hablamos en casa de
-María Juana los días siguientes, sin que sus gracias, que reconocí, ni
-sus buenas prendas, que me parecían indudables, lograran triunfar de
-mi desamor. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y rizoso, un corte
-de cara de los más simpáticos y agradables, boca fresca, un metal de
-voz que parecía música, un cierto aire de timidez y candor que no
-excluía la soltura de lengua y modales. Encontrábale parecido remoto
-con aquella pobre Kitty que aún vivía como sombra mal borrada en mis
-recuerdos; pero le ganaba en hermosura. Aun con esta ventaja y con
-aquel parecido, no lograba penetrar en mi corazón enfermo. Un lunes por
-la noche, después de haber bromeado mucho, noté un fenómeno extraño:
-Victoria empezaba á interesarme. Sentí en mi corazón algo semejante al
-primer picotazo que da el pollo al huevo para abrirlo y echarse fuera.
-Sólo que en aquel caso el pollo no picaba para salir, sino para entrar.
-Repetíle las mismas tonterías de siempre; pero con un poquito más de
-intención, y con cierto acento de verdad que antes no había dado yo á
-mis palabras. Respondíame la pobrecita con ecos de dulcísima simpatía.
-A poco que yo me cayera de aquel lado, vendría ella sobre mí de golpe.
-
-Pero cuando menos lo esperaba yo, me veo entrar á Camila, y adiós
-mi formalidad. La miré de lejos, y su presencia, como á Macbeth las
-manchas de las manos, me _arrancaba los ojos_. Estaba yo hablando con
-Victoria, y Victoria se borraba delante de mí. Las palabras salían
-de mí como de una máquina. Mi vida toda estaba en Camila, y no veía
-nada que á ésta no perteneciese. ¡Y cuidado que estaba elegante la
-borriquita! Yo la había visto confeccionando por sí propia aquel
-vestidillo de color metálico con adornos azules, y me admiraba de lo
-bien que le caía. Su hermana mirábala con cierta envidia. Debió írseme
-el santo al Cielo, porque la otra me puso unos hociquitos muy mimosos,
-y sin darse cuenta del motivo de mi distracción, me dió á entender que
-se sentía humillada. Aún había de ocurrir algo que me desconcertaría
-más. María Juana significó á Camila sus planes de casarme. Poco
-después, en un ratito en que Victoria no estaba presente, llegóse
-á mí Camila para darme broma sobre el particular. «¡Qué calladito
-me lo tenía!» Creí notar en su acento algo como despecho, algo que
-transcendía á recriminación. Esto, que tal vez era un nuevo desvarío
-de mis ideas, levantó en mi pecho grandísimo tumulto. Díjele que no
-hiciera caso de su hermana; que Victoria me era indiferente; que yo no
-podía mirar á ninguna mujer, ni tenía alma y ojos más que para comerme
-á mi gitana, á mi negra, á mi borriquita de mis entretelas. Pagóme
-este ardor con las burlas de siempre, y me dejó. Volví al lado de mi
-_candidata_, á quien ví como la criatura más vulgar y sosa del mundo.
-¡Injusticia mayor...! Pero no lo podía remediar. Yo era más bruto que
-Constantino, más tonto que Barragán, más simple que _No Cabe Más_; pero
-Dios me había hecho así y no podía ser de otro modo.
-
-Al otro día hice presente á María Juana lo inútil de sus esfuerzos y
-de los míos. Victoria no me gustaba; mejor dicho, lo que no me gustaba
-era casarme. Vamos, que no había que pensar en tal cosa. La chica de
-Trujillo valía mucho; yo no era sin duda digno de ella; la pobre niña
-merecía un hombre sano y virtuoso, no un desquiciado como yo.
-
-Después de meditar buen rato, díjome mi prima que yo era más tonto
-de lo que ella se había figurado. Sin duda Trujillo y su mujer me
-recibirían con palio si fuera á pedirles la chica; y en cuanto á ésta,
-á la legua se le conocía que estaba hecha un merengue por mí.
-
---Cásate, hombre, y ya la irás queriendo poco á poco. Si te conviene
-por todos conceptos...
-
-Defendíme como pude de aquellas lógicas, ocultando la verdadera causa
-de mi distracción. María Juana la adivinaba, sin darse cuenta del
-sujeto.
-
---Tú tienes algo por ahí; tú estas chiflado por alguna... Y puede que
-sea una buena pieza, en cuyo caso no me tomaría yo interés por tí,
-dejándote entregado á las miserias de tu temperamento.
-
-Otras veces, mostrándome una piedad que yo no merecía sin duda,
-se manifestaba dispuesta á hacer generosos esfuerzos en pro de mi
-regeneración moral y física.
-
---Es preciso curarte á todo trance --me decía--: estás muy malito, muy
-malito. Si fueras ingenuo conmigo, y empezaras por hacerme confesión
-general de tus culpas... pero eres arca cerrada y todo te lo tragas.
-Que á tí te pasa algo, que no estás en tu centro, se conoce á la legua.
-
-Y á mí se me venía la verdad á la boca; mas la volvía á echar para
-dentro, temeroso de que mi ilustre consejera me tirara los trastos á
-la cabeza. En otros terrenos que no eran los de la moral, mostrábame
-mi prima una benevolencia digna de la mayor gratitud. Muchas noches,
-aprovechando un momento favorable, me obsequiaba con éstas ó parecidas
-palabras:
-
---No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy
-malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal.
-
-Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo
-Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones
-como si protegieran una sonrisa aleve.
-
-Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera iba
-desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á las
-etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á
-conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado
-paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas y
-otros platos castizos, y, por fin, introdujo en la casa, con carácter
-de temporero, mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los
-mejores mozos de comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á
-instancia suya, é hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á
-un honrado padre de familia.
-
---Ahora --me susurró-- estoy batallando con Medina para que me ponga
-gas en el comedor.
-
---No hagas tal --le respondí--: el gas ha pasado de moda. Ahora
-el _chic_ es que en los comedores haya poca luz, pues así se come
-mejor sin que se sofoque la gente. La _jilife_, como dice Camila, ha
-inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde.
-Parecen escritorios de casa de banca.
-
-Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla verde;
-pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que acortase las
-luminarias.
-
---Es preciso --me indicó una noche-- que me traigas á otros amigos
-tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido.
-
-Y llevé al general, y habría llevado también al propio _Saca-mantecas_,
-si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez demasiado gordo
-para que Medina lo tragase.
-
-
-V
-
-Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las
-noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que
-otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres. Mi coche me esperaba
-á la salida para llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y
-Severiano cuando ellos no paseaban á caballo. El general Morla me
-acompañaba á veces, para lo cual yo le recogía en su casa de la calle
-del Prado, y otros días almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien
-en la suya, siendo para mí muy grata tal amistad. Tenía colecciones
-preciosísimas y mil rarezas que me mostraba con amor, amenizando la
-exhibición con la sal de sus incomparables cuentos.
-
-Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi borriquita,
-porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame el interesante
-y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome ante ella menos
-triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué tan grande mi
-desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de mi cerebro. Me
-acostaba pensando en ella y con ella me levantaba, espiritualizándola y
-suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A veces no me era fácil
-mi papel, y me clareaba demasiado con ella.
-
---Si enviudaras, Camila, si enviudaras --le decía--, al año eras mi
-parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser
-muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes,
-llegará: el corazón me lo dice.
-
---Pues lo que á mí me dice --replicaba ella impávida-- es que si
-Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando
-quiero, quiero de verdad.
-
---Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y
-consuela.
-
---Mira, mira, no me hables á mí de enviudar --respondía poniéndose
-colérica-- porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está
-bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á
-él.
-
---¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el
-terreno físico...
-
---Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el
-señorito éste...!
-
-A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía feliz.
-
---Me parece --decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría
-de los dos braseros de sus ojos--, que ahora va de veras... Tenemos
-aquello.
-
-¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su
-segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa
-concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia
-se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá.
-
-Poco á poco me había apartado de Eloísa. Mis visitas á ella fueron
-muy raras en Enero, y en todo Febrero no fuí una sola vez. Enviábame
-cartas y recados que también iban escaseando lentamente. Creíme
-desprendido para siempre de aquella amistad que ya era para mí tediosa
-y repulsiva; mas ocurrieron sucesos que la resucitaron de improviso
-en mi pensamiento, dándome muy malos ratos. Un lunes de aquéllos de
-María Juana; un lunes, sí, no recuerdo cuál, me enteré del caso, que
-era gravísimo, aunque no inesperado. La discreta _ordinaria de Medina_
-estaba aquella noche disgustadísima. Desde que entré, conocí el trago
-amargo que acababa de pasar.
-
---Ahora mismo me han dado una noticia funesta --me dijo--. ¿No sabes
-nada? La pobre Eloísa... trueno completo. Está la infeliz en medio
-del arroyo. Bien sabía yo que esto tenía que venir; y lo siento, más
-que por ella, pues bien merecido lo tiene, por la vergüenza que cae
-sobre toda la familia. En una palabra, Fúcar --añadió, deslizando las
-palabras con muchísima cautela--, Fúcar, hace un mes, se declaró huído.
-
---Eso ya lo sabía.
-
---Después, uno de esos malagueños ricos, no sé cuál...
-
---También lo sabía.
-
---Pero el malagueño se ha cansado también, y estos días la pobre se ha
-visto acometida de toda la _Inglaterra_ con verdadera furia. Parece
-que tomó dinero empeñando el mobiliario, y si no hay quien lo remedie,
-la dejarán sin una astilla. Los cuadros, tapices y cacharros también
-se los llevan. Bien sé que es muy mala, que apenas merece compasión;
-pero estoy disgustadísima, no lo puedo remediar. ¡Pobre mujer! ¡Si
-pudiéramos hacer algo por evitarle esta vergüenza...! He consultado con
-Cristóbal, y él, como es tan bueno, no tiene inconveniente en facilitar
-alguna cantidad para evitar el embargo. Nos quedaríamos con algunos
-muebles. Me gusta el espejo horizontal que tú le compraste, y no me
-parece mal la sillería de raso del gabinete. Tú podías encargarte de
-arreglar esto.
-
-Respondí que no quería meterme en tales enredos, y que allá se
-entendieran como quisiesen; que si los prenderos le vendían hasta la
-última silla, ella tenía la culpa; que si se la sacaba del atolladero,
-inmediatamente se metería en otro, porque era mujer para quien nada
-valía la experiencia. María Juana convino en esto, y no hablamos más
-del asunto, aunque bien se le conocía á mi prima que no podía pensar en
-otra cosa. A última hora díjome que se sentía afectada de su dolencia
-constitucional; aquella insufrible sensación de tener entre los dientes
-un pedazo de paño y verse obligada á mascarlo y tragarse los pedazos.
-Debía de ser cosa horrible. Estaba pálida y se quejaba de un fuerte
-dolor de cabeza, por lo cual su cariñoso marido la obligó á retirarse.
-
-Medina, Torres y yo hablamos luego del triste asunto con más
-conocimiento de causa, pues Torres tenía algunos datos numéricos sobre
-el desastre de la Carrillo, y nos contó horrores. Medina se llevaba las
-manos á la cabeza, diciendo:
-
---¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el
-malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me
-aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto
-á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente
-desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he
-dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que
-me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa
-un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad
-con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por
-la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida
-ni por cocer, no quiero cacharrería...
-
-También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir
-al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció
-encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose
-en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de
-mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi
-tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella.
-Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo,
-con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella
-noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas
-hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían
-el alma.
-
---Usted debiera irse al monte por dos ó tres días --le dije.
-
-Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con
-montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la
-humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el
-pañuelo de la mano.
-
-Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no
-completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes
-y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento
-en los ojos.
-
---Por supuesto --decía de improviso--, he comprendido que Cristóbal
-tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa.
-Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos
-otro tanto.
-
-Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, me
-dijo con desabrimiento:
-
---Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el
-cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque
-esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años,
-cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales
-preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va
-apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.
-
-Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad
-no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión:
-con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una
-pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que _No
-Cabe Más_, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones
-y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que
-María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no
-aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían
-pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación
-de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de
-un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural
-derecho á las personas bien nacidas.
-
-
-VI
-
-Aquel buen _ordinario de Medina_, en quien yo descubría poco á poco,
-dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre
-que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza,
-sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á
-inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se
-la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me
-impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba,
-y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy
-claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser
-tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones
-mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta
-los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su
-malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace,
-intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque
-defendiese el criterio más puro y diáfano; yo _estaba ido_; veía las
-cosas _bajo el prisma_ de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos
-_bajo la base_ de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se
-abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles
-miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz
-alta y no se mordía la lengua para decir:
-
---Pero, hijo, usted está en Babia: valiente _plancha_ se ha _tirado_
-usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.
-
-No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos chubascos.
-Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, pues su
-malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para que
-yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin pizca
-de ironía: Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas
-ridiculeces de las _medias cañas_, de su infame gusto literario y
-artístico y de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros
-elogios y la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya
-lengua venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que
-Medina absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les
-quedaba á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que
-esto era una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho
-con hipoteca eran con moderado interés. Además, el buen _ordinario_
-no sofocaba á sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les
-perdonaba picos, renunciando á algunas ganancias por no exponerles á
-la vergüenza pública. Era también hombre capaz de tener generosidades
-de esas tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha
-visto su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno,
-puso á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de
-préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y
-negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero
-se acreditó de hombre recto y compasivo.
-
-Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos los
-que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer caso
-de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que se
-gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el
-propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina?
-Pues entre otros, el pillete de Raimundo, que nunca pudo dar más
-que un sablazo á su cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando
-intentó descargarle el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le
-cogiese de primo; era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más
-práctico. Mi tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa
-opinión de avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro
-por cuestión parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo
-tenía á su cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío
-de un gran apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal
-llevaba en su escudo económico el lema de _non bis in idem_. Cristóbal
-era generoso cuando veía una lástima y el lastimado no le pedía nada.
-Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, hacíalo por una
-vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. He oído contar
-esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José Salamanca, y
-me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada en un sólido
-principio de moral financiera.
-
-Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este
-hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á
-serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos
-María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á
-interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante
-agrias.
-
---Se empeña en ser desgraciado --decía la taimada de mi prima-- y en
-despreciar á la Trujillita, que es su salvación.
-
---Déjale, mujer, déjale --replicaba él con desabrimiento, sin dignarse
-mirarme--. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe
-saber cuántas son cinco.
-
-Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había
-inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el
-comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en
-aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas
-de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto
-á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la
-Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y
-obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros
-para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni
-menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras
-por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de
-estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las
-noches á regalarse con un _Henry Clay_ ó un _predilecto_ de Julián
-Alvarez.
-
-Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que
-parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos
-como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si
-es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz
-de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en
-risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la _sala
-de contratación_, pues venía á ser en cierto modo nuestro Bolsín.
-Sobre la mesa estaba el Boletín con las cotizaciones del día, y entre
-chupada y chupada solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una
-operación formal.
-
---Mañana --decía Torres-- tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.
-
---Doy á 95.
-
---Guárdeselo usted...
-
-Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:
-
---Hechas.
-
-Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos
-lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil
-demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo,
-y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de
-París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero
-interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista
-temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque
-confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra
-Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi
-liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en
-favor de Cristóbal, éste me decía:
-
---Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.
-
-Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era
-costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de
-veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo
-vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana
-y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina,
-movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este
-sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por
-sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes
-á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de
-la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces,
-concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se
-la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia
-mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la
-mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría
-juntas todas sus groserías.
-
-
-
-
-XXII
-
-Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de
-Eloísa.
-
-
-I
-
-Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme
-en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos
-acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta
-no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque
-la mañana estaba hermosa.
-
---¿Y las camisas? --me preguntó desde la puerta del gabinete--. ¿Te has
-puesto alguna?
-
-Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente
-la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que
-estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy
-bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar
-aquel arte.
-
---Pues te diré... Siéntate primero.
-
---Salud, --refunfuñó Miquis entrando.
-
---Te diré... Las camisas...
-
---¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? --gritó la autora
-con la prontitud de su genio impetuoso.
-
---No, mujer... escucha...
-
---Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar
-mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay
-qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con
-cualquier mamarracho que venga de Francia.
-
---¿Pero á dónde vas á parar?
-
---Sí, sí --añadió alzando más la voz y manoteando--. Si hubiera hecho
-las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las
-he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?
-
---Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...
-
---No están sino muy mal --declaró María Juana con la seriedad de quien
-acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.
-
---¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?
-
---Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.
-
---No te enfades, Camila --indiqué yo, tratando de templar aquellas
-gaitas--. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...
-
---Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja.
-¿Verdad, tú?
-
-Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y
-no hizo caso de la pregunta.
-
---En rigor no están mal --añadí--. El cuello no encaja bien, se sube un
-poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así
-como delantera de un ama de cría...
-
-Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas
-pataditas.
-
---La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita
-allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada
-que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te
-vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.
-
---¡Jesús, qué barbaridad! --exclamó la hermana mayor.
-
---Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que
-le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una
-arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!
-
---Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer
-ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.
-
---¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por
-tí. Te desprecio... altamente.
-
---Y nada menos que altamente.
-
---Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!
-
-Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:
-
---No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!
-
-Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz
-diciendo:
-
---Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.
-
---¡Qué torbellino! --murmuró María Juana--. No sé cómo la aguantas.
-
-Pronto apareció Camila con las camisas.
-
---Falta una.
-
---Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á
-quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el
-pescuezo lleno de pulgas.
-
---Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco
-camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté
-lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma,
-ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este
-animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve
-por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal
-agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué
-has de poner?
-
-Él se reía, diciéndonos:
-
---No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro
-del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.
-
-Cuando salieron, díjome la otra:
-
---¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.
-
---No lo creas: me divierto con esas tonterías.
-
---¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...
-
---No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea muy
-equivocada.
-
---Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la
-pega. No hay fondo en ella.
-
---Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza
-geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro.
-Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que
-estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara
-la vista encima.
-
---Vaya, que te remontas.
-
---Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que
-se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y...
-
---Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda --me
-dijo echándose á reir--. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que
-irme en seguida.
-
---Soy todo oídos.
-
---Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver si
-entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta del
-salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer pucheros.
-
-Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. Yo
-debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.
-
---Mira, prima: ya te he demostrado...
-
---Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran
-míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan
-sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que
-Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero
-ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la
-bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta;
-pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento
-femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento
-de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa
-divinidad, ese milagro, ¿dónde está?
-
---¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descubrir esa maravilla, si no
-ha de ser para mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy
-volteando por el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo
-siempre lo que no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley
-que me dice: _¡alto!_ Mi dicha está siempre en manos ajenas.
-
---No alambiques, no alambiques --dijo un poco turbada; y se levantó de
-su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.
-
-No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.
-
---Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde han
-ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que
-llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo
-llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de
-Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor
-ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y
-ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas
-talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna parte?
-
---Como que las tengo en mi casa.
-
---¿Aquí?
-
---Sí: en mi segundo --afirmé señalando al techo-- vive la querida
-del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la
-_Chocolatera_... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es
-guapa, un poquito ajada.
-
---¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las
-credencias?...
-
---Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que
-las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles
-que fueron míos... ¡Volteretas del mundo!
-
---¡Saltos mortales!
-
---Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por
-la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de
-la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin
-reparar el precio.
-
---Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!
-
-Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me
-miró fijamente, diciendo:
-
---Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.
-
-La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.
-
---Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.
-
---No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo
-prohibo terminantemente.
-
-De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo
-importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.
-
---Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me
-iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?
-
---¿Sí? ¿me tenías que decir...?
-
---Una cosa, sí... lo que más presente tenía.
-
-Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.
-
---Pero no --indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y
-volviéndose á levantar--. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge
-el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.
-
-Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú
-resollarás.»
-
-Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de
-Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la
-frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia
-en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más
-inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una
-persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como
-María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin
-dejar de exponer alguna bonita doctrina.
-
---Nada hay tan sabroso para el alma --declaró-- como obligarse á hacer
-cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en
-ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.
-
-Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más
-que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche;
-yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla
-de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño...
-¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos
-esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su
-virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en
-mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía
-que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con
-respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador
-del desprecio que me inspiraba.
-
-Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole
-_el mejor de los hombres_. Con cien vidas de abnegación no le pagaría
-ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer
-todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas
-capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar
-atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo
-estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre
-capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de
-Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría;
-al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas
-tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y
-nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.
-
---Piensa mucho en Victoria --me dijo en el último apretón de manos-- y
-decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso
-es lo que yo quiero.
-
-«Lo que tú quieres, bien lo veo --me dije para mi sayo al volverme á
-mi casa--. Pues te saldrás con la tuya.»
-
-
-II
-
-Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era
-cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de
-la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me
-entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido
-recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de
-ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las
-puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de
-escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas
-hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza
-caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil
-herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por
-épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos
-tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas.
-
-Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre
-intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus
-economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta
-que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de
-papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas
-de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me
-gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y
-por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario.
-
-Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me
-propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas
-debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal
-género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que
-el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación
-de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían.
-Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión
-Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba
-un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo.
-De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en
-ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á
-Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora
-de liquidar, llamada propiamente _de Bolsín_. Aquel círculo me era muy
-antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación
-no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las
-noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo
-en las mismas mesas donde por el día se _mataban_ y se _casaban_ las
-diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del
-mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín
-era el centro de las palpitaciones comerciales, el _gran simpático_ que
-reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches
-normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito
-de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con
-su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre
-marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos
-daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de
-saberlo traducir.
-
-A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer
-algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego.
-Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre
-cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con _Partiendo
-del Principio_, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud
-de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que
-yo era un inocente, y que la humanidad toda _pasaba desapercibida_
-para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día,
-y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha,
-conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes
-á Samaniego, que bajaba del _parquet_ con frecuencia, y se ponía de
-acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho
-para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente
-de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo
-indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una
-colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas
-al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las
-horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una
-operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre
-arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros
-pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á
-mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con
-mediación de Samaniego, pero sin publicar.
-
-Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo
-cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando
-cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar
-mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz
-mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En
-esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala
-de retirarse siempre á pie. _Partiendo del Principio_, después de
-espatarrarse un momento delante del _parquet_, limpiarse el sudor de la
-frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir
-cuatro sandeces, se iba en su _victoria_ camino del Retiro, donde le
-esperaba _No Cabe Más_, siempre de tiros largos, siempre estrenando,
-siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y
-nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba.
-
-Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que
-dejarme ir con él:
-
---¿Sabe usted que Eloísa está mal?
-
---¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.
-
---No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.
-
-Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la
-liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y
-su mal.
-
---Esta liquidación va á dar algunos disgustos --gruñó Medina--. Sáinz
-me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil.
-¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo
-hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á
-usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor
-de usted.
-
-Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y
-matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo
-quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas
-_dobles_, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía
-que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa
-mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras
-de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la
-operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no
-tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo
-Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con
-una partida de _Cubas_ y otra de Obligaciones de Osuna.
-
---Si usted no quiere las Osunas --me dijo Medina--, yo las tomo todas.
-
---Me es igual --respondí.
-
-Y concertamos que Cristóbal tomaría las _Cubas_ y yo todas las Osunas.
-Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz
-gangosa que me dijo:
-
---Doña Eloísa está muy mal.
-
-Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.
-
---Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya
-estaba bien...
-
-Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.
-
---La señorita --me dijo la criada-- ha ido á casa de su hermana, que
-está muy malita...
-
---¿Y el señorito Constantino?...
-
---Ha salido á caballo, como todas las tardes.
-
-«Conque sigue mal la infeliz... --pensé al retirarme--. Bueno: mañana
-iré á verla.»
-
-Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para
-decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme
-á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente,
-en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las
-americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas
-no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de
-ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más
-bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los
-_Aguadores_, ó sea los que operan en Cubas. Del de los _Negritos_, que
-es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:
-
---Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si
-había venido usted.
-
-Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de
-reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba
-en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el
-_cuarenta de Mayo_ lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un
-buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con
-gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.
-
-Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la
-derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo,
-joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde
-el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola
-gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del
-todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara
-pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía
-la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela
-por completo.
-
---¿Qué tal, Manolo?...
-
---Mejor, mejor --respondía infaliblemente, pasándose una mano por
-delante de los ojos--. Principia á aclarar el derecho... Me veo
-perfectamente los dedos.
-
-Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía
-correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y
-cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á
-las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven,
-se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad,
-y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera
-picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de
-humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay
-gustos muy raros.
-
-Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando
-un gran suspiro, me disparó estas palabras:
-
---¿Conque Eloísa se muere?...
-
-Dejóme frío la noticia y la puse en duda.
-
---No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la
-pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está
-horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la _veo_
-hermosa.
-
-Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más
-fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa.
-Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de
-una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy
-propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á
-que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del
-Olmo.
-
-
-III
-
-Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación,
-ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en
-el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo.
-Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo
-Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por
-su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La
-escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me
-entró aquella indignación que no pude reprimir.
-
---Evaristo --grité--, ¿no os da vergüenza de que las personas que
-entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué
-estáis pensando?
-
-Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y que
-la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que
-limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...
-
-Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara de
-cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas.
-Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las
-llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo.
-La primera persona que me encontré fué Micaela, que estaba en el
-gabinete de Eloísa, partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo
-le preguntara, la doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me
-dijo:
-
---Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...
-
-Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las admirables
-porcelanas de Sevres, Sajonia y _Barbotine_ que antes lo adornaban,
-conservando sólo dos ó tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos
-indicaban dónde estuvieron las obras superiores. Agujeros horribles
-en la pared, mostrando el yeso y la tapicería desgarrada, marcaban el
-sitio del espejo biselado que había ido á parar á casa de Torres. En
-cambio, quedaban begonias de trapo caídas de sus jardineras y llenas
-de polvo, fotografías apiladas sobre la chimenea, un caballete de
-nogal y oro sirviendo de percha para colgar cajas de sombreros, ropas
-y corsés de raso negro pendientes de sus cordones. Camila no tardó en
-entrar. Traía su delantalillo azul, y un puchero del cual salía vaho
-repugnante. Agitaba el contenido con una cuchara, y lo hacía caer de
-alto para que se enfriase.
-
---¿Ya estás aquí? --me dijo en voz baja, sin mirarme.
-
---No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.
-
---Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.
-
---Pero creí que era alguna desazón ligera.
-
---No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y
-siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que
-vinieras tú por tí mismo.
-
---Hija, no sabía...
-
---Francamente --afirmó mirándome cara á cara--, lo que has hecho es una
-_indecentada_... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso
-no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has
-querido, tú la has hecho pecar...
-
---Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? --le
-pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.
-
---Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya
-no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón
-que anoche me quedé aquí?
-
---No me ha dicho nada.
-
-Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso,
-almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.
-
---Esto es una cataplasma... --me dijo Camila bajando más la voz--.
-¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer
-la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la
-conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más
-que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha
-puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que
-dejarla así.
-
-Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela
-empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la
-vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la
-cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí
-lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces
-cariñosas de las dos enfermeras.
-
---Si no te lastimamos; si es aprensión tuya...
-
---No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la
-vamos sacando poquito á poco...
-
-Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen
-y á toda la corte celestial.
-
-Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras:
-
---Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres
-todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre
-ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.
-
-Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral,
-haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía
-absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante;
-ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no
-lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me
-tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme
-al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije
-palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz
-aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas
-palabras:
-
---Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un
-perro...»
-
-Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.
-
---¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás
-mejor.
-
---¡Ay, mejor! --exclamó la voz con desaliento--. Si me muero, si estoy
-hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy
-horrible.
-
---No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como
-crees.
-
---¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te
-parecería mentira que me quisieras.
-
-Me incliné hacia ella.
-
---No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase
-el morirse; pero morirse así, apestando...
-
---No te agites. Me marcho, si no eres razonable.
-
---No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré
-á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No
-quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra
-manera.
-
---¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.
-
-Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento
-de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con
-fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No
-podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello...
-un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el
-cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin,
-cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué
-hablar más de aquello? Era un horror.
-
---¿Qué tal de calentura? --le pregunté--. Dame acá una mano.
-
-Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh!
-ardía.
-
---Tienes muy poca fiebre --le dije, observando que tenía mucha y que
-las pulsaciones eran muy irregulares.
-
-Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba
-con ello.
-
---Puedes besarla sin cuidado --afirmó con acento de cariño, que era
-como un alfilerazo en mi corazón--. Cuando supe que estabas aquí, hice
-que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en
-medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que
-me mata más que el dolor.
-
---Esto no es nada, hija --repetí traspasado de lástima--. Dentro de
-ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te
-acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues
-pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te
-vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.
-
---¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han
-dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.
-
-Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá,
-en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la
-quejumbrosa voz decía:
-
---¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.
-
-Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio
-del caso.
-
---¡Oh! no, no, no me pondré bien --exclamó ella con amargura
-hondísima--. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por
-mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse
-así en los huesos...
-
---No te apures por las carnes, hija --le respondí haciendo un esfuerzo
-por reirme--. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.
-
---¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello,
-Dios mío; esta monstruosidad...!
-
---Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te
-perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.
-
---He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver,
-por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro
-y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo
-rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses
-mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...
-
-En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis
-ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las
-rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De
-la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos
-fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos
-tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de
-las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y
-causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad
-era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura.
-Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que
-declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la
-deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas
-más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que
-sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más.
-Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la
-olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías
-humanas.
-
---Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de
-la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te
-sacaremos adelante.
-
---Bueno, hijito --replicó declarando en el tono su alegría--. Me haré
-la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco.
-
-Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien
-los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan
-pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á
-quienes no se ama.
-
-
-IV
-
-Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar
-una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía
-verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba
-menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver
-allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de
-su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando
-suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear
-mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y
-callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo
-decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces,
-bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto
-platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como
-un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus
-eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en
-tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me
-había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera
-de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de
-otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos
-ó filósofos, según los casos.
-
-Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo
-sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no
-estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul,
-aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba
-mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan
-buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia,
-escarbando mucho en ella para buscarlo.
-
-Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después
-que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había
-iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con
-todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible,
-el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso
-contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente
-por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores
-tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que
-somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de
-haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra
-podredumbre son los gusanos.
-
-Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las
-diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía
-Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las
-nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar
-como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía
-que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la
-obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta
-le oí decir, llorando:
-
---Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este
-muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo
-que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las
-arreglaré sola con Dios.
-
-La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.
-
---No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me
-quieren mortificar? --gritó moviendo mucho los brazos.
-
-La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera
-el termómetro y le observara la temperatura.
-
---Constantino me engaña siempre --me dijo--. Para él nunca paso de 39,
-y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42,
-50...
-
-María Santísima, ¡qué volcán!
-
-Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la
-cama.
-
---¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me
-va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando
-dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan
-fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío,
-yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te
-hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y
-me dejaste en medio del arroyo.
-
-Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba
-de decirle:
-
---Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de
-los nervios, y nada más.
-
---Mira ya el termómetro y no me engañes.
-
-Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas.
-¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!
-
---¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes --declaré volviendo á su
-lado y guardando el termómetro--. Tienes 38 y unas décimas.
-
---¿Es de veras?
-
---¿Quieres verlo?
-
---¿No me engañas?
-
---Ya sabes que yo...
-
-Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que
-siguieron.
-
---Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento que me desquicio, que la
-vida se me quiere escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío:
-yo no me quiero morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma
-te lo he dicho, rezando: es que me he calumniado.
-
-Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles como
-si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.
-
---No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo
-corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres
-tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en
-este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves
-que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te
-voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.
-
-Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril
-que de un vigoroso móvil de conciencia.
-
---Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me marcharé.
-
---No, eso nunca --exclamó rompiendo á llorar--. Quiero que estés aquí,
-que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.
-
---Pero, mujer... ¡qué tonterías...!
-
---Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.
-
---Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.
-
---¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... Se
-me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero
-acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me
-harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!
-
-Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las
-sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos.
-
---Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.
-
---Es que no me quiero morir, es que no me da la gana --clamó,
-ahogándose en llanto copioso--. ¿Pues por qué me pongo así sino por el
-miedo que tengo...?
-
---No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes
-fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más
-de muerte.
-
---¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?
-
---Patrañas, hija; aprensión...
-
---¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en miserias
-y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas
-partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno
-que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y
-asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen.
-Así estoy yo, así me muero yo.
-
-Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la
-seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor
-posible, le dije:
-
---¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la _Traviata_, con mucho amor,
-tosecitas y besuqueo? Si eso pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de
-quedar.
-
-Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel camino.
-
---Bien sabes tú que no va de veras; que si lo sospecharas, no estarías
-tan charlatana. Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo
-que los franceses llaman una _pose_, y la _postura_ no parece.
-
---¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas
-ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico.
-Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo
-estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran
-lejía en la cual me voy á chapuzar...
-
-Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de
-consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:
-
---Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?
-
---¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin
-motivo.
-
---Agua; me muero de sed.
-
-Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se
-sentía mejor. Su piel estaba húmeda.
-
---Ahora te vas á dormir.
-
---Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.
-
-Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel
-momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero
-no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si
-bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me
-encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta,
-aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién
-había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué
-breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron
-más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole
-hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé
-un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y
-desapacible.
-
-Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la
-de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la
-figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.
-
---¿Cómo está Eloísa? --le pregunté con susto, sospechando que me iba á
-dar una mala noticia.
-
---Ahora duerme --replicó de muy mal talante, paseándose en la
-habitación con las manos en los bolsillos--. Va mejor.
-
-«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» --me dije para
-mi sayo.
-
-Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente,
-incapaz de guardar secretos.
-
---¿Has visto á Camila? --me preguntó.
-
---Anoche, sí.
-
---¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un
-soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos
-pardos...
-
---¿Qué me cuentas?
-
---Todo es paparrucha --añadió, dando un gran suspiro y alargando más el
-hocico--. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos
-hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa
-tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no,
-que se había ido con otro, y...
-
---Eres un _bebé_... ¡ja, ja, ja!
-
---Créelo... por poco me echo á llorar...
-
---¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta...
-
---Y ahora --prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir--
-he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que
-no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el
-cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta
-y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete
-á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»
-
---Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... --le
-dije, sintiéndome inspirado y locuaz--. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el
-matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa,
-la institución más respetable, más augusta, más...!
-
---¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!
-
---Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la
-santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable
-esposa...
-
---¿Te quieres callar?...
-
---No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te
-levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de
-la paz del hogar?»
-
---¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?
-
---¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy
-indignado.
-
---Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo --juró con
-vehemencia salvaje-- si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey
-ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía.
-¡Mírala, por ésta!
-
---Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas
-inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena
-estará.
-
---Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de Cícero...
-¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago tragar...
-¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... el muy
-monigote, pinturero...!
-
-
-V
-
-Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise
-lavarme; pero no encontré agua.
-
---Yo te la traigo --me dijo Constantino cogiendo el jarro.
-
-A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más
-cordial:
-
---Quítale eso de la cabeza.
-
---¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has puesto?
-
---No, hombre: la idea...
-
---¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.
-
-Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á
-freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y
-pegarle fuego...
-
---¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten
-la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.
-
-No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta.
-Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda
-mojada, y no ví quién entró.
-
---Déjelo usted ahí --dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver
-á Camila poniendo el café sobre la mesa.
-
---Hola, borriquita --exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que
-la llenaba--. Dí una cosa: ¿y tu hermana?
-
---Durmiendo. Me parece que va bien.
-
---¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás
-que más valgas? Oye...
-
-Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía
-culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi
-lengua.
-
---Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del
-marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no
-seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la _Perfecta casada_, que
-dice...?
-
---Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas --exclamó á
-gritos, hecha una leona.
-
---Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el
-marido de hoy puede ser un formalito de éstos de _aquí me ponen, aquí
-me quedo_. Sería hasta ridículo, sería...
-
-No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la
-cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar:
-
---No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.
-
-«Ya te irás domando», pensé al quedarme solo, y un instante después
-pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo,
-entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró
-otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras
-vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí _pa
-siempre_. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué
-interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa,
-adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada,
-cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal
-perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza,
-las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el
-cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies;
-el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta
-visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay!
-Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido
-y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso
-arenal.
-
-Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la
-casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me
-dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla,
-porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis
-correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba
-la _congestión espiritual_ de Camila en mayor grado que nunca. La
-llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis
-operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví
-en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos
-corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á
-operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido.
-Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen
-la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están
-peneques.
-
-Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y
-á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.»
-Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con
-amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo
-desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...!
-Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y
-sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de
-ella:
-
---Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.
-
-Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués
-de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola.
-Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran
-mejor.
-
---No se harta de dormir la pobrecita --me dijo Camila sentándose junto
-á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se
-entretenía.
-
-Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á
-Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí,
-de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de
-Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la
-amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella
-faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría
-tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo
-esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no
-pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío,
-enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á
-relucir también lo del _armiño_, que es de reglamento; pero de fijo no
-se me quedó por decir lo del _altar en mi corazón_ y otras imágenes muy
-al caso.
-
-Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el
-injurioso dicterio de _papas_, no la alborotaron aquel día como otras
-veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter
-y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba
-números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas,
-papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad
-mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo?
-Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre
-el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por
-diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que,
-oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico,
-indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy
-pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico
-de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente
-Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar
-con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al
-retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí,
-junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á
-medio hacer. «Piensa volver, y volverá.»
-
-Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí
-la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita.
-Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal
-instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina,
-que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos
-y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de
-verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco.
-
---Ya sé que está mejor --me dijo--, y completamente fuera de peligro.
-
-No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un
-brazo diciéndome:
-
---Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa
-estufa, ese techo de cristales?
-
-Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al
-patio hícele la descripción del proyecto.
-
---Pues de fijo habría sido muy bonito... --observó mi prima--. Y lo que
-es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa.
-¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores?
-
---Ahí, á los dos lados de esa puerta.
-
---Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! qué
-ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y en
-este hueco, qué hubo?
-
---Un mueble inglés lleno de preciosidades.
-
---¿Es ésta la puerta del comedor? --preguntó abriéndola--. ¡Ah! sí,
-comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas.
-¿Estaban aquí los tapices?...
-
---Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y
-ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces
-no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto
-bonitísimo.
-
---¡Sí que lo sería!... --exclamó _la ordinaria_ permitiendo á su cara
-expresar un interés inmenso--. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los
-criados á servir?
-
---Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta
-estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de
-éste. La puerta no se veía.
-
---¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas.
-¡Qué elegantes!
-
---En mi tiempo se encendían. Después...
-
---Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto.
-
-En esto vimos pasar á Micaela.
-
---Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene
-visita?
-
---Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese
-caballero ciego...
-
---¡Ah! el pobre Trujillo.
-
---Pues yo no paso hasta que no se vayan --indicó María Juana,
-haciéndome señas de que la siguiera--. Dime otra cosa. El salón de
-baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?
-
---Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar.
-Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.
-
---Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero
-que me saques de otra duda.
-
-A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba
-la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las
-costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este
-interés diciendo con solapado menosprecio:
-
---¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene
-Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo.
-
-Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto
-mareado, y con ganas de sentarme.
-
---Es un laberinto este caserón --dijo mi prima--. Jamás lo he podido
-entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?
-
---Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.
-
-Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y
-entramos.
-
---Esta pieza la conozco --manifestó la de Medina, entrando con aire
-regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la
-estantería de roble--. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á
-Eloísa esta tanda de roperos?
-
---Vete á saber... Más costaría lo que está dentro --respondí sin
-hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto
-merece párrafo aparte.
-
-
-VI
-
-Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie
-descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba
-sacando de uno de los armarios.
-
---Mirad, mirad --gritaba Camila, riendo y muy excitada--. Hay aquí
-quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto
-más que una vez...
-
---¡Dios mío! --exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más
-enfáticos de la justicia--. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está
-todo nuevo...
-
---Mira qué par --decía la otra--. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué
-pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo
-el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía
-para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No
-te parece, José María, que debo llevármelas?
-
---Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con
-velar aquí noche y día.
-
-Y seguía probándose botas...
-
---¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. Lo
-que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también á
-mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, chico.
-
-Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo, arrumbado,
-tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada perdida en el
-vacío de la habitación, como asombrándose de que se le tuviera en menos
-que una persona.
-
---Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos --observó María Juana,
-echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba tener.
-
---Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela --dijo Camila
-viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato
-suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro.
-
-De uno de los armarios sacó un vestido.
-
---Mira esta falda con delantera de encajes...
-
---Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner
-alguna vez?
-
---Creo que no --indiqué--: lo reservaba para el gran baile.
-
---Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una
-parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina.
-
---Obsérvala: fíjate mucho y podrás imitarla.
-
---¿Y este traje negro? --prosiguió Camila sacándolo--. Mira el sello de
-Worth... Es uno de los dos que recibió hace poco. Pues espérate, que te
-voy á enseñar más. A mí no me tientan estas cosas; pero me gusta verlas
-y apandarlas si puedo.
-
-Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes.
-
---¡Pero esa loca vivía como una princesa! --exclamaba María Juana,
-confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y la
-admiración--. Claro... pronto tenía que venir el batacazo.
-
---Hay aquí un sombrero --dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y
-mirándose en el gran espejo de pivotes-- que me está haciendo tilín.
-¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal?
-
-Con los ojos le decía yo que estaba monísima.
-
---¿No es verdad que está diciendo: _cógeme_?
-
---Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente --le dijo
-su hermana--. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día!
-
---Para mí, para mí el sombrerito --repitió mi adorada, quitándoselo y
-acariciándolo--. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar
-siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá!
-no... No me volverá á pasar lo de las camisas.
-
-Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían
-alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras.
-
---¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa más
-elegante, qué _chic_! Da gozo ver esto...
-
---Micaela --dijo Camila apartando su botín--, haz el favor de ver si se
-han ido ya esos moscones.
-
-Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba
-despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos
-juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con
-disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.
-
---¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! --me dijo la
-señora de Medina poniéndose la careta filosófica que había adoptado
-casi como una prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba
-mal--. Esto enseña más que libros, más que sermones, más que nada.
-Mírate, mirémonos todos en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta
-mujer, gastando siempre lo que no tiene, y dándose vida de princesa?...
-¡Ah! lo que yo dije. Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos
-mi hermana tenía que perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un
-hombre como Medina, que es la prudencia, la rectitud andando...
-
-Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas sabidurías.
-
---¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes?
-Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una
-inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece
-como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no
-quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te
-descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil;
-tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de
-cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.
-
-La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración que
-aquella excelsa virtud me producía.
-
---No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles que
-nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. ¡Nosotras
-sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese _Shakespeare_, era
-de mi misma opinión. Lee el _Macbeth_... aunque supongo que lo habrás
-leído. Fíjate en aquel personaje, _hecho de la miel del cariño humano_;
-en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando
-la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady
-Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama
-de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser
-heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco
-que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la
-hacemos.
-
-Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, expresé
-mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos,
-ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi prima.
-
---Eres una mujer excepcional --le dije, haciendo como que me
-entusiasmaba--; una mujer de cuya posesión...
-
-Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla
-para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de
-verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro
-sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»
-
---No seas tonto, no veas en mí nada superior --replicó aventándose con
-modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire--.
-Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de
-una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...
-
-No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque me
-distraje viendo á Camila que pasó por la habitación como buscando
-algo, y miraba debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé
-sino estos ecos:
-
---Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me
-mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí...
-Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea
-de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás
-la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar
-en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les
-sacude...
-
---Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas y...
-
---No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no
-hay peligro... te juro que no hay peligro --declaró, tomando con
-más presunción la actitud de heroína...--. No pienses más en esas
-locurillas que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar
-de la cabeza esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad
-después de haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero
-se consigue, créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á
-una cosa muy sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un
-refresco...
-
---Ya...
-
---Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro.
-Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad.
-Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que
-se disipaba la ojeriza que te tiene.
-
---Yo no me caso --manifesté con énfasis.
-
---Lo veremos, lo veremos --respondió acalorándose--. Cuando á mí se me
-pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades.
-Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que
-no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para
-tí.
-
---Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.
-
---Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien para
-tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se acabó esa
-tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las fuerzas de
-mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... ¿Piensas que
-todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por dentro, cuando
-más vivo se repica?
-
---Pues si tú eres fuerte --le dije con fingido arrebato--, yo soy
-débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en
-ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los
-encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras;
-pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque
-no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me
-gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero
-no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad.
-Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa
-tan grande...
-
-No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras
-confitadas y artificiosas, semejantes á esos castillos de caramelo y
-guirlache que se regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con
-pavor; pero en realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me
-habría contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo,
-porque entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:
-
---¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he dejado.
-
---Si la tengo en el bolsillo --grité yo, sacándola, y tirándole el
-ovillo y lo demás.
-
-¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí para
-volver á sentárseme al lado!
-
-Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, ni yo
-tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro ratito,
-díjome sin venir á cuento:
-
---No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes,
-tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto
-perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien...
-¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que
-le apesta esta casa. Es su manía: la llama la _antesala del infierno_.
-Aquí está, según él, _toda la podredumbre de extranjis_... Pero siente
-lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto.
-«Ahora --dice-- los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos
-socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es
-así, ¿qué mérito hay?»
-
-Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con
-elástico, y abriéndola me mostró un manojillo de billetes de Banco, y
-me dijo:
-
---Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... Son
-cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no le
-diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene
-el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin
-estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro
-chico á un pobre...
-
---El rasgo me ha gustado --afirmé con sinceridad--; pero hay una
-cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es
-en mí un deber, y lo cumpliré.
-
-Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había
-acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me
-echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el
-primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.
-
---Te digo que haré lo que mi marido me manda.
-
---Te digo que no lo harás.
-
---¿Y tú qué tienes que ver...?
-
---Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.
-
---No seas majadero.
-
---Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.
-
---¡Qué pensará Medina!
-
---Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.
-
---Claro... una mentira.
-
---Es venial.
-
---Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?
-
---Pues arréglate como quieras...
-
---Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia
---exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética--. Contigo
-no valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes
-cuanto se te acerca.
-
-
-VII
-
-Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano
-hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con
-tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera
-señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice
-señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería
-entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María
-pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla
-me dijo:
-
---Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para
-los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.
-
-Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer
-gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era
-esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo.
-Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la criada
-que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de que
-Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta en
-la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado, diciendo:
-
---Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche,
-voy y me tiro por el viaducto.
-
-Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy temprano
-mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las once fuí
-á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de darme
-los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan
-bromísticos», pensé.
-
-Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.
-
---Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.
-
-Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.
-
---¿Qué es eso?
-
---La mortaja --respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.
-
---¡Vaya unas bromitas de mal gusto!
-
-Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que le
-traía.
-
---Ya puede usted pasar, caballero --me dijo la de Miquis saliendo de la
-alcoba.
-
-Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad,
-y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba
-de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver
-la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa
-muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos
-inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda,
-como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En
-vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima
-de raso azul bordado de oro, que se había salvado no sé cómo del
-desastre de la viuda de Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la
-cabeza en aquel tul de seda que yo había visto poco antes, dispuesto
-con graciosos y elegantes pliegues. Al través de la diáfana tela, se
-veía y no se veía el rostro de la enferma. Los ojos lucían; pero las
-deformidades de la garganta quedaban disfuminadas y como perdidas en
-los cambiantes y tornasoles de la tela. Así de pronto, se veía la cara
-como si estuviera cristalizada en el fondo de uno de esos feldespatos
-que tienen reflejos de ópalo y ráfagas de nácar. Alrededor de la
-cabeza, Camila y Micaela habían puesto flores, muchas flores, sacadas
-del ramo mío y de otro que mandó Manolo Trujillo, esparcidas con arte
-y gracia, afectando lo que los retóricos llamaban _un bello desorden_.
-Bajo la colcha, se modelaba como un bosquejo de escultura el cuerpo de
-Eloísa, recto, y sobre el raso azul aparecían los brazos con mangas de
-finísima y olorosa batista, y luego las manos blancas y sedosas con
-ricos anillos en los dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros
-más lindos de la casa ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta
-entonces, de la coquetería mortuoria.
-
---¡Famoso cuadro! --exclamé pasada la primera sorpresa--. Está bien
-ideado y bien compuesto.
-
-Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del tul.
-
---Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro.
-
---Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro.
-
-Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella extraña apariencia
-de su madre bajo el velo, que rompió á llorar espantado. Logramos
-tranquilizarle, sacándole de la alcoba y dándole dulces.
-
-La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho Moreno,
-el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba ella ver
-luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel artificio
-del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad.
-
---Tenía ya unas ganas --me dijo-- de ver claridad, de oler flores, de
-estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia,
-que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores
-por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No
-es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de
-parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á
-una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy
-vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de
-que viniese también María Juana.
-
---En nombrando al ruin... --dijo ésta apareciendo en la puerta.
-
-Sorpresa y risas. La _ordinaria de Medina_ no celebró la ocurrencia
-menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle
-excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci,
-Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de
-un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen
-apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por su buen
-diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron bromas, y
-adelante. Después de las doce, cuando Raimundo se hubo marchado con
-el pesar de no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos
-hermanas y yo acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa
-aquélla del velo. Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á
-lo moro sobre la cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies
-de Eloísa. Atenta al mete y saca del gancho, con el hocico un tanto
-alargado, ceñudilla y triste, parecía abstraída de la conversación
-general.
-
---Camila, ¿cuándo te divorcias? --le preguntó Eloísa.
-
---Déjame á mí... No tengo gana de bromas.
-
-Y volviéndose á mí Eloísa:
-
---¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome, y,
-sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo
-el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á
-mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su
-marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué
-cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía
-la cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no
-me lo niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo
-ó el _bouquet_ podrido... Lárgate, quítate de delante de mí, no me
-pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me emancipo, me
-adulterizo...»
-
-Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar
-los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las
-contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir
-que broten lágrimas.
-
---Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía
---prosiguió la otra--. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si
-no huelo...»
-
-Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de
-Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido.
-
---Vaya, cállate ya --dijo á su hermana--. No me hables más de ese pillo.
-
---¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres!
-
---Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal
-pensamiento?
-
---¿Pero tú estás segura de que olía? --apuntó María Juana.
-
-Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente culpable;
-pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; nos dijo
-que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y que ella se
-oponía si el destino era fuera de Madrid.
-
---Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya
-con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy
-una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo
-cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo;
-yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á
-su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y
-contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que
-no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir
-cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un
-niño y dejar de comer para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya
-con mil demonios!
-
---Pues, hija --dije yo prontamente--, si le conviene Burgos, dalo por
-hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío.
-
---Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio
---replicó la de Miquis.
-
---No tan fuerte, mujer.
-
---Piénsalo...
-
---Siempre eres así. ¡Qué prontitudes!
-
-Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy satisfecho
-del giro que aquello tomaba.
-
-Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando
-volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya
-sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la
-habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido
-esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona
-y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía
-del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me
-contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo:
-
---¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de
-domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche?
-
-Este _vendrás_ me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido de
-las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro,
-quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya
-lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la
-cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve
-eran cuando entré en la casa. «Si hay gente me luzco», pensaba.
-Afortunadamente, no había nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco
-antes que yo. Iba allí á dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal,
-porque Eloísa estaba muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome
-entrar y rogóme que me sentara á su lado.
-
---Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, y
-en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que
-estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay!
-lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma
-cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es
-cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación;
-cuéntame algo...
-
-¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más
-remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente
-que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me
-aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios,
-de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero
-se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera
-como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme
-al _secreter_ que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas
-tenía ella el dinero para su gasto diario.
-
---Estará la patria oprimida --indiqué abriendo el cajoncillo y viendo
-muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles--. Chica, qué arrancada
-estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de Bracamonte... ¿Y billetes?
-Ni medio. Son las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!
-
-Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de
-veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de
-ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:
-
---Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar
-á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el
-interesantito.
-
-Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. Yo
-no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en el
-gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría
-dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y
-marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba
-hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el
-alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle
-á mi interlocutora.
-
---Me parece --dije al fin-- que tanto hablar ha de hacerte daño á la
-garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que
-nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.
-
-Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.
-
---¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por
-punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome
-enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te
-soy antipática?
-
-Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento la
-odiaba. Parecíame un sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante
-mujer, y que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de
-delicadeza llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de
-hacerlo muy mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo
-resistir más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué
-pretexto. Pilar dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de
-Camila en la pieza inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y...
-el vocerrón de Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí,
-su odiosa voz que decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el
-pájaro salta de la rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de
-las rodillas de su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo,
-pues no habiendo malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á
-sentar sobre él y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta
-apretura se abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera
-arrancar, y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la
-mordía, gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se
-volvió hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»
-
---Ya podríais --repliqué, disimulando mi mal humor-- dejar esas cosas
-para cuando estuviérais solos en vuestra casa...
-
---¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa
-natural...
-
---¡Digo... y tan natural...!
-
---Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira
-tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...
-
---Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?
-
---Porque me asustaste.
-
---Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro?
-
---Los dos.
-
---¿Y cuál era el ofendido?
-
---Los dos.
-
---¿Y quién tenía razón?
-
---Él y yo.
-
---¿Y era verdad ó era mentira lo de...?
-
---Mentira, mentira.
-
---Pues sí... idos á vuestra casa.
-
---Ahora mismo --dijo Camila, inquieta, levantándose--. Aquí no hago
-falta ya. ¡A nuestra casita!... ¿Nos prestas tu coche, esperpento?
-
---Sí: abajo está; podéis tomarlo.
-
-Constantino me daba abrazos sofocantes, demostrándome su leal cariño
-y su corazón de angelote. No recuerdo bien lo que hice después: tan
-aturdido estaba y tan requemada tenía la sangre. Creo que volví al lado
-de la pobre enferma, y que estuve charlando con ella como una máquina,
-diciendo mil vaciedades, hasta altas horas de la noche en que se quedó
-dormida.
-
-
-
-
-XXIII
-
-De la más ruidosa y desagradable trapisonda que en mi vida ví.
-
-
-I
-
-¡Qué mal concluyó para mí aquel condenado mes de Marzo! Todos los días
-que siguieron al de mi santo fueron aciagos. Ya era un disgusto con
-Villalonga; ya que se me perdía un billete de Banco en el Bolsín; ya
-que me machacaba un dedo en una puerta, ó se me volcaba la botella de
-tinta sobre la mesa. Añadid á esto que se me despidió la cocinera;
-que se me desalquilaron dos pisos; que el inquilino del tercero de
-la derecha por poco me pega fuego á la casa; que la hija del portero
-cayó mala con viruelas; que _Partiendo del Principio_ me dijo que yo
-no sabía de la misa la media; que cogí un fuerte constipado; que el
-espadista Raimundo halló medio de sacarme dinero; que la liquidación
-de fin de Marzo no fué muy buena para mí, y comprenderéis que yo tenía
-razón para quejarme de la Providencia y poner el grito en el Cielo.
-Pero aún falta lo mejor, es decir, lo peor, y vais á saberlo: ni mi
-liquidación ni aquellas otras contrariedades me afectaron tanto como
-el golpe que recibí el 1.º de Abril. La casa _Hijos de Nefas_, de que
-yo era socio comanditario, había suspendido sus pagos. Los negocios de
-Jerez iban de mal en peor; la crisis se agravaba, y tener dinero allí
-principiaba á ser peligroso. De la quiebra de los Nefas esperaba yo
-salvar algo; mas me inquietaba el no haber cobrado aún el trimestre
-vencido de mis arrendamientos. En fin, que aquello se ponía feo.
-
-Viendo caer sobre mí tantos males, uno tras otro, sin darme respiro,
-me decía: «por fuerza tiene que caerme ahora algún bien muy grande.»
-Y recordando la preciosa sentencia _sperate miseri, cavete felices_,
-añadía: «¡Si será que ahora me va á querer Camila...!» Porque con tal
-resarcimiento, ya daba yo por buenas todas las calamidades de fin de
-Marzo. Habíame vuelto muy supersticioso; creía en las compensaciones,
-en el ten con ten de los sucesos para formar este equilibrio que
-llamamos vida, y ved aquí cómo se me metió en la cabeza que Camila me
-iba á pagar al fin el grande amor, ó mejor dicho, la demencia que yo
-sentía por ella.
-
-Durante los días de Semana Santa, me entretuve, no sabiendo qué hacer,
-en continuar las Memorias principiadas en San Sebastián. Como desde el
-verano no había puesto la mano en ellas, costóme algún trabajo coger la
-hebra del relato y avivar los fuegos interiores, que llamo inspiración
-por no saber qué nombre darles, y sin los cuales fuegos no es posible
-llevar adelante ningún trabajo literario, aunque en él, como sucede
-aquí, no tenga parte la invención. Tan buena traza me dí, que en cuatro
-ó cinco noches y otras tantas mañanas despaché todo lo de la temporada
-en la capital de Guipúzcoa, mis trabajos bursátiles en Madrid, la
-pintura de las cosas y personas que observé en casa de María Juana,
-las filosofías de ésta, y, por último, la enfermedad de Eloísa. Aquí
-dí punto, esperando los nuevos sucesos para calcarlos en el papel en
-cuanto ellos salieran de las nieblas del tiempo.
-
-Poco ó nada adelanté con Camila en aquellos santos días, porque á
-ella le dió por ir mucho á las iglesias y asistir al _Miserere_ de
-la Capilla Real, visitar todos los sagrarios y andar las estaciones.
-Ella y su marido se pusieron de tiros largos, y no quedó monumento que
-no vieran. El viernes, de vuelta de aquellas correrías, estuvieron
-en casa, y la exploré por ver si se le había desarrollado la manía
-religiosa, para, en caso afirmativo, volverme yo beato también.
-Pero no: sus ideas no habían variado, y aun me pareció hallarla más
-librepensadora que antes. Tomaban ambos aquello como distracción
-gratuita, ó como un medio de lucir los trapitos de cristianar.
-
---¿Estás escribiendo tus Memorias? --me dijo viendo las cuartillas
-sobre la mesa--. Estarán buenas. Habrá ahí mucha papa... Y dí, ¿me
-sacas á mí? ¿sacas á Constantino? Entonces ¡qué gusto! nos haremos
-célebres. Y á propósito, me vas á hacer el favor de prestarme algunos
-libros. Nosotros no tenemos dinero para comprarlos. Mi marido, cuando
-nos casamos, no llevó á casa más que el _Bertoldo_, el _Arte de torear_
-de Francisco Montes, las _Mil y una barbaridades_, dos ó tres libros de
-su carrera, _El Mago de los salones_ y los _Oráculos de Napoleón_; en
-fin, cuatro porquerías. El otro día se los vendí todos á un prendero
-por cinco reales...
-
-Díjele que mi biblioteca, escasa y desordenada, pero superior á la de
-todos los españoles ricos, estaba á su disposición. Contestóme que no
-quería los libros para leerlos ella, pues no tenía tiempo de ocuparse
-en boberías, sino para que Constantino se entretuviera en sus ratos
-de ocio, que eran los más del año. Así se iría poco á poco desasnando
-y aprendiendo cosas, y no diría tantos disparates en la conversación.
-Miquis, recorriendo con vivo interés los rótulos de mi estante,
-demostraba sentir en su alma un gran apetito literario. ¡Qué bien le
-venía darse un verde! Su ignorancia era rasa.
-
---Mi hombre --dijo Camila mirando la librería-- está más limpio que
-yo. Figúrate que soy una sabia á su lado. Ayer me disputaba que la
-Australia es una isla del Asia. ¿No es verdad que está en la Oceanía, y
-que no es isla, sino continente, donde hay mucho salvaje? Y decía que
-Federico el Grande era Emperador y que lo llamaban Barbarroja, y que se
-debe decir _carnecería_ y no _carnicería_... En fin, préstanos libros,
-y yo te respondo de que se le pegará algo, pues aunque tenga que
-abrirle algún agujero en la cabeza, él ha de aprender ó no soy quien
-soy. No quiero más burros en mi casa. A ver, querido Cacaseno, echa
-un vistazo á estos letreros y escoge lo que mejor suene en tus orejas
-para que te civilices... ¿Qué es esto? _Muller... Historia Universal._
-¡Hala! te conviene. A ver si te lo tragas todo. _Chaskepire_...
-¡inglés! Nos estorba lo negro, chico; y aunque estuviera en castellano,
-éstas son muchas mieles para tu boca... Sigue mirando. No, no me cojas
-un verso porque te divido. Prosa, hijito; prosas claras que enseñen
-lo que se debe saber. Historia, y alguna novela para que me la leas á
-mí de noche. ¿Qué es esto? _Life of_... Esto es cosa de la _jilife_.
-Déjalo ahí. No va con nosotros. _Don Quijote_... ¡Hala! tu paisano:
-llévalo. ¿Y esto? _Padre Rivadeneyra_... Esto de padre me huele á
-religión... No te metas con eso. _La Revolución francesa_... Cógelo,
-cógelo...
-
-Constantino apartó muchas obras. Después cayó su esposa en la cuenta
-de que en vez de llevarse un quintal de papel, era mejor que fuesen
-tomando los libros conforme los necesitasen.
-
---¡Hala! carga con el _Muller_, y vete subiendo, ¡arre! --dijo á su
-marido, que obedeció.
-
-Quedóse ella detrás, y cuando el otro estaba ya en la escalera,
-volvióse hacia mí y me dijo con secreteo:
-
---No quería hablarte de esto delante de mi cara mitad; pero en dos
-palabras, ahora que él no nos oye...
-
---¿Qué? --preguntéle con afán.
-
---Que me vas á dar toda la ropa que deseches. Yo veo que tú te haces
-muchos trajes muy buenos y que sólo te los pones un mes. Es un
-despilfarro. Yo aprovecharé para mi pobre Bertoldo lo que me quieras
-dar. Es una lástima que lo des todo á tus criados.
-
---Pero, mujer, es humillarle...
-
---Déjate de monsergas... Me das unos pantaloncitos, ó dos, ó tres, y yo
-se los arreglo á él... Lo mismo te digo de algún chaqué ó americana.
-
---Me parece que...
-
---Él no chista si yo se lo dispongo así. ¡Que es humillante...! Ríete
-de tonterías. Lo que yo quiero es no gastar dinero.
-
-Pensé decirle que se encargara, por cuenta mía, toda la ropa nueva
-que quisiese; pero esto no habría pasado seguramente. Despedíla en la
-puerta, y subiendo á escape la escalera, me saludó desde el segundo
-tramo con un gesto y una cabezada. No cerré mi puerta hasta que no
-sentí el golpe de la suya, cerrándose tras ella.
-
-
-II
-
-En Abril se me recrudeció de un modo espantoso aquel desatinado cariño
-que le puse á mi borriquita, y me dejé dominar y vencer de mi desvarío
-hasta llegar á un punto cercano á la imbecilidad. Ya no había fuerzas
-de la razón ni de la voluntad que me contuvieran. El no poseer lo que
-con tanto ardor deseaba poníame como tonto y en situación de hacer
-verdaderas sandeces. Mi amor propio, herido también, se daba á los
-demonios. Mi saber de negocios se obscureció, y el gusto de ganar
-dinero quedó reducido á muy secundario lugar. Desde que abría los ojos
-hasta que los cerraba, aquella maldita hembra salvaje, feliz, burlona y
-siempre incomprensible para mi ceguera intelectual, no se me apartaba
-del pensamiento. Iba conmigo al Bolsín y á la Bolsa, y la veía en las
-figuras estampadas en talla dulce sobre el sobado papel de los billetes
-de Banco; y formaba parte de mí mismo, como un instinto, cual una idea
-innata que no se puede desechar. ¡Ay, qué borriquita aquélla! ¿Qué le
-había dado Dios para enamorarme así, con delirio y afanes de muerte?
-¿Sería simplemente la falta de éxito lo que me arrebataba? ¿Se me
-quitaría aquel vértigo si viera satisfechas mis insensatas ansias?
-
-Ultimamente no hacía yo extremos delante de ella, porque solía
-enfadarse y ya tenía morros para muchos días. Díjome seriamente una
-vez que si continuaba con mis tonterías de la _edad del pavo_, se
-mudaría de casa, se marcharía de Madrid en caso necesario, pues no
-le era posible aguantarme más. Tuve que recoger vela, mucha vela; no
-menudear tanto mis visitas, y éstas acortarlas todo lo que me era
-posible. Hallábame en su presencia algo cohibido, no sabiendo á veces
-qué decirle, pues de no vaciar lo que dentro tenía, mi estupidez era
-absoluta. ¿Hablar? ¿y de qué? Yo no sabía hablarle más que de una cosa,
-y esto me estaba vedado. Por lo cual valíame de mil subterfugios para
-decirle siempre lo mismo aparentando decirle otra cosa. ¡Maldita pasión
-aquélla que no tenía ni el consuelo de ser sincera!
-
-A solas me despachaba yo á mi gusto, caldeando el horno de mi
-pensamiento y haciendo vivir allí mi ilusión como si la incubara. Y
-tenía particular gusto en suponer siempre á Camila refractaria á mis
-sugestiones de amor ilícito. Mi fantasía me arreglaba las cosas de otra
-manera más gallarda. Ved aquí cómo. La borriquita no quería por ningún
-caso _adulterizarse_, como graciosamente había dicho á su hermana.
-Pero Constantino se moría, y muerto el obstáculo, casábame yo con ella
-y vivíamos en paz y en gracia de Dios. De este modo venía á mí con
-el prestigio inmenso de una gran virtud, y yo me relamía de gusto
-pensando en la dicha de hacer pareja y familia con aquella encarnación
-de la alegría humana, con aquella siempre pura, picante y sabrosísima
-sal de la vida. Por este camino íbame siempre más contento y
-encandilado que por ningún otro de los que la imaginación me mostraba.
-¡Sí: Camila viuda, Camila mi mujer, por la ley, por la Iglesia, con la
-mar de bendiciones sobre nuestras cabezas! Este era mi ardiente anhelo.
-Si al fin Dios me concedía tanta ventura, hallábame dispuesto á ser el
-hombre más religioso del mundo y á darme todos los golpes de pecho que
-fueran compatibles con la solidez de mi caja torácica.
-
-Las consecuencias de este delirio no tardaban en sacarse por sí
-mismas, y se me aguaba la boca pensando en que de Camila y de mí había
-de nacer aquella serie de héroes por orden alfabético, sin parar lo
-menos hasta la N. Tendríamos á Belisario; después á César, Darío,
-Epaminondas... hasta el mismísimo Napoleón. Pero ¡qué demonio! He aquí
-que una contrariedad grave surgía inesperadamente. Y si eran hembras,
-¿qué nombres de heroínas les pondríamos? En fin, todo se arreglaría.
-Lo que importaba era que ella fuese mi mujer, y verla á mi lado para
-siempre, amándome con aquella constancia incomparable con que amaba
-á su burro. Y entonces yo me estaría á su lado todo el santo día,
-reiríamos, jugaríamos, constantemente ocupados en los dulces quehaceres
-domésticos, y encaminando y dirigiendo la heróica y alfabética prole.
-
-Fijóseme entonces la idea de que todos los males nerviosos, fueran ó
-no provenientes de la diátesis de familia, se me quitarían cuando me
-casara con ella. No más ruido de oídos, no más debilidad anémica. Mi
-mujer me infundiría su potente salud y hasta su hermosísimo apetito.
-Lo llamo así, porque una de las cosas, podéis creerlo, que más me
-encantaban en ella, era sus envidiables ganas de comer. No sé si
-los idealistas dirán, como ella, que esto es _papa_; pero tómenlo
-como quieran. El apetito de Camila, rayano en la voracidad (si bien
-comía siempre con compostura y buenos modos), era para mí uno de
-sus principales hechizos. Lo he dicho antes y lo repito ahora para
-que nadie lo dude. Aquel buen diente me entusiasmaba; era algo tan
-resplandeciente en el orden físico como su conciencia en el orden
-moral; era el contrapeso de la misma conciencia, fenómeno que,
-armonizado con la paz interior, establecía en aquel privilegiado sér un
-hermoso y fecundo equilibrio.
-
-Pues todos estos sueños míos venían á tierra en cuanto caía en la
-cuenta de que Miquis no se moría ni llevaba camino de eso. ¡Si estaba
-hecho un acebuche y no padecía la más ligera dolencia!... ¡Qué chasco
-me llevé un día! Subí, y la misma Camila me abrió la puerta.
-
---No hagas ruido --me dijo--, que hoy no he dejado levantar á
-Constantino, porque ha pasado mala noche. Debe de ser un pasmo. Estuvo
-inquieto y con una punzadita en el costado que me alarmó.
-
---¿Qué me cuentas, hija, qué me cuentas?
-
---Pienso que le pasará. Le he dado mucha flor de malva, y he mandado
-llamar á Augusto.
-
-Pensé que de aquel modo suelen empezar algunas pulmonías graves, de
-esas que despachan en tres días al hombre más robusto. «Si será, si
-será al fin...» ¡Ira de Dios! Al día siguiente estaba el manchego como
-si tal cosa, comiendo como un animal y rebosando vida.
-
-No he vuelto á decir nada de aquel proyecto suyo de servir en un
-escuadrón de reserva. Como mi prima me dijo que ella también se iría
-á Burgos cosida á los faldones de su esposo, resolví no pedir el
-destino; pero deseando colocarle, solicité una plaza en la Dirección de
-Caballería, y entre el Ministro, que quería servirme, y Morla, que lo
-tomó casi como suyo, la cosa se hizo á principios de Abril. Marido y
-mujer me estaban muy agradecidos, y yo muy esperanzado con la seguridad
-de que mi hombre se pasaría en el Ministerio la mayor parte del día.
-Temí que en vista de su inutilidad le pusieran en la calle; mas no
-fué así. Él era naturalmente torpe; pero se aplicaba, ponía sus cinco
-sentidos en el trabajo y concluía por vencer su rudeza. Cuando estaba
-en casa, su mujer le ponía los libros en la mano; le mandaba leer y
-estudiar, tratándole como una madre vigilante y cariñosa trataría á un
-niño que está en vísperas de exámenes.
-
---Cacaseno, lee: mira que no has de ser un podenco toda la vida. Es
-preciso saber algo, aunque no mucho, porque si fueras sabio, hijo, me
-apestarías.
-
---Pues te respondo de que no lo seré --solía él contestarle--. Estate
-tranquila.
-
-Por el general Morla, que á petición mía tomó informes en la Dirección,
-supe ¡oh sorpresa! que estaban contentos con él. Dejóme esto turulato.
-El chico era trabajador, aplicadillo, y no tan torpe como yo creía. Su
-propia conversación revelábame á veces no sé qué progresos de cultura.
-Ya no decía tantísimo disparate; ya había aprendido á callarse cuando
-ignoraba una cosa, lo que no es mal principio de sabiduría, y aun
-de vez en cuando se atrevía á manifestar, poniéndose muy colorado,
-opiniones que encerraban, no diré que talento, pero sí buen sentido y
-una apreciación clara de las cosas.
-
---Hija, tu borrico se va volviendo una lumbrera --decía yo á Camila.
-
-Y ella, reventando de vanidad, callaba.
-
---Constantino es un chico que vale. Durante algún tiempo su mérito ha
-estado obscurecido por falta de pulimento. En manos de una mujer de
-inteligencia, ese muchacho sería otra cosa.
-
-Esto lo decía (habréislo comprendido) la pomposa María Juana con cierto
-aplomo pedantesco y doctrinal. Aquel día había ido á ver á su hermana.
-La costumbre de esas visitas era reciente en ella, pues antes se
-pasaban meses sin que asomara las narices por allí. No una vez sola,
-sino dos ó tres, expuso el generoso móvil que la guiaba al personarse
-en la humilde vivienda de su hermana menor, el cual no era otro que
-enseñar á ésta algo de lo mucho que no sabía, infundiéndole ideas de
-orden y gobierno.
-
---¿Pues sabes --le dijo Camila con buena sombra-- que si hubiera estado
-esperando por tí para aprender á gobernar mi casa, ya estaría fresca?
-
-No dándose por vencida, María Juana afirmó que aunque su hermanita
-había aprendido bastantes cosas por sí, aún le faltaba mucho que
-saber. No era esto simple jarabe de pico, pues la sabia solía enviar
-en aquellos días, cuando no los traía ella misma, regalos de poca
-importancia, pero muy de agradecer. A veces era un cacharrito para
-adornar la consola, piezas sueltas de ropa blanca y mantelería,
-cuchillos y tenedores, una cortina que á ella no le servía, una lámpara
-que le sobraba.
-
---Estoy asombrada --me dijo Camila-- de ver cómo se corre mi señora
-hermana.
-
-Y casi nunca dejaba la ilustre señora de Medina de hacer escala en mi
-casa, al entrar en la de su hermana ó al salir de ella. Siempre estaba
-de prisa, y todavía no se había sentado, cuando ya se quería marchar ó
-al menos manifestaba intenciones de ello. ¡Y qué interés demostraba por
-mí!
-
---Tú estás malo; á tí te pasa algo muy grave. Si no tienes absoluta
-franqueza conmigo, no podré acudir en tu socorro.
-
-Y mirándome con ojos dulces, no se hartaba de incitarme á la confianza.
-Quería una confesión total de mis belenes y aventuras; ansiaba saber
-hasta lo que nunca se dice, y érame forzoso obsequiarla con algunas
-mentiras para que me dejase en paz. Un día su vivo afecto resplandeció
-más desinteresado que nunca, llegando á decirme, no sin emplear bonitas
-circunlocuciones y perífrasis, que yo estaba en el caso de que se me
-aplicara el benéfico tratamiento que Madama Warens empleó con el pobre
-Juan Jacobo para apartarle del vicio.
-
---¿Y quién es capaz de comprobar --añadió-- el inmenso sacrificio
-que esto entrañaba para la bondadosa Madama Warens? Nadie. Ni el
-mismo Rousseau juzga á aquella excelente señora con la benevolencia
-que se merece. ¡Qué difícil es penetrar el móvil de las acciones
-humanas! Ni las que parecen buenas ni las que parecen malas se pueden
-justipreciar por lo que resulta. Si la conciencia tuviera una cara
-suya, exclusivamente suya, veríamos cosas muy singulares. ¡Cuántos que
-pasan por grandes delincuentes ó por monstruos de egoísmo serían vistos
-de otra manera!
-
-Otras veces su tono era muy distinto, tirando á lacrimoso y pesimista.
-
---No debo hacerme la ilusión de que pueda existir en el fondo de mi
-alma algo que me disculpe; ni menos dar á este algo un saborete de
-idealismo humanitario para que pase mejor. No pasa; es moneda falsa,
-y la suenan y miran allá arriba, y me la tiran á la cara diciendo:
-_¡señora, usted es una!_... Me desprecio yo misma; tengo ratos de
-secreta tribulación, y hasta me parece que soy peor que Eloísa, que es
-cuanto hay que decir.
-
-Contestábale yo con frases tan rebuscadas como las suyas, que de
-antemano preparaba, disimulando con palabrotas y epifonemas de las de
-repertorio el arrepentimiento que, al poco tiempo de haberme metido
-en tal fregado, empezaba á sentir. Porque hay cargas que se hacen más
-ligeras cada día, y otras que empiezan livianas y son al poco tiempo
-insoportables. En cierto terreno, las filosofías, el discretismo y
-la tendencia á sacar las cosas de quicio, son lluvia importuna que
-ahoga la ilusión sin lavar el pecado. Y declaro ingenuamente que
-sobre todas las cosas que inquietaban mi espíritu en aquellos días,
-vino á molestarme y aburrirme la tenaz idea de hallar un modo hábil
-y delicado de romper lazos que me eran odiosos apenas establecidos.
-¡Buena tenía yo la cabeza para sacar virutas de amor filantrópico y
-de psicologías enrevesadas que ni el Verbo las entendía! Ni qué otra
-cosa sino mareos podía producirme aquello de amarme por salvarme, y el
-sacrificio del honor pequeño al honor grande. A más de esto, aquéllos
-en mal hora nacidos tratos se desvirtuaban á sí mismos por el sinnúmero
-de precauciones, llevadas á un extremo ridículo, que inventaba mi
-prima como para expresar en forma práctica y visible sus escrúpulos
-de conciencia. Exageraba los peligros y aun parecía que los buscaba;
-creíase perseguida por fantasmas, y hablaba de sus terrores con cierta
-afectación dramática. ¡Y vuelta á insistir en lo de que su conciencia
-valía más que sus actos, en que quizás llevaba en su espíritu gérmenes
-de redención!
-
-Para remate de todo este jaleo, hacía paralelos entre su marido y
-yo. ¡Ah! Por más que la personalidad física me diera á primera vista
-alguna ventaja, el otro valía más. ¡Qué diferencia entre el sér moral
-de uno y otro! Aquél sí que era hombre. Ella no le merecía. ¿Qué le
-había de merecer? Pero ya que no otra cosa, elevábase en cierto modo
-hasta muy cerca de él por la admiración que le inspiraba. Por fin, este
-sacro respeto sería la medicina que debía volver la perdida salud á
-su conciencia. ¡Y que yo no entendiera una palabra de estas cosas tan
-sabias! Declaraba, eso sí, con la mayor humildad, que me reconocía muy
-inferior moralmente al señor de Medina, y el secreto y maligno gozo de
-haberle jugado tan bonitamente la mala pasada no excluía la sinceridad
-de aquella declaración.
-
---Me alegro que lo conozcas --decía ella--. Eso prueba que tu
-entendimiento no se ha extraviado. Esto pasará pronto, tiene que pasar.
-Ha sido uno de esos desvaríos que nacen de una buena intención, y son
-como una línea recta que se tuerce por querer ser demasiado recta. (El
-demonio me lleve si lo entendía yo.) Desaparecerá seguramente este
-repliegue de nuestra vida sin dejar señal, y entonces haz por querer
-y reverenciar á Medina; ponle cariño, penétrate de su mérito colosal,
-tómale por modelo si puedes, constitúyete en su imitador hasta donde
-alcancen tus débiles fuerzas. Yo te alentaré, no te dejaré de la mano.
-¡Feliz tú si consigues asimilarte aquellas virtudes...!
-
-Y por aquí seguía. No me fiara yo de ciertas ventajas personales,
-que en rigor para nada valen. ¿Qué significan las prendas físicas?
-Absolutamente nada, pues son cosa que se deslustra y pierde con el
-tiempo. Lo que importa es la belleza del alma, ¡oh, el alma!... ¡Pues
-no faltaba más sino que un buen palmito...! En fin, señores, que
-aquella sabia me tenía frita la sangre. Aquello no era vivir ni Cristo
-que lo fundó.
-
-
-III
-
-Todos los días veía á Medina en la Bolsa, paseándose de largo á largo,
-ó arrimado al grupo de Ortueta, Barragán y otros. Hallábale ya más
-complaciente conmigo, dándome lugar á suponer desvanecidas ciertas
-prevenciones que contra mí nacieron en su alma. Como yo iba poco por
-su casa, siempre teníamos algo que hablar. «Me ha dicho mi mujer que
-poco á poco va metiendo en cintura á la pobre Camila y enseñándola á
-ser mujer de gobierno. Trabajillo le costará; pero como se le ponga en
-la cabeza... Ya, ya sé que ha colocado usted á Constantino en Guerra.
-Yo siempre lo he dicho: no es tan zoquete como han dado todos en
-creer... Pero vamos á lo que importa. ¿Toma usted á noventa y cinco,
-fin de mes?»
-
-Mis negociaciones de aquellos días, y no fueron pocas, hícelas con
-cierto aturdimiento, jugando por rutina ó por querencia del oficio,
-muchas veces sin darme cuenta clara de la operación. Y es que mi
-chifladura por una parte, y por otra mi gran debilidad física,
-pusiéronme en un estado tal que sólo me faltaba hacer eses, andando
-por la calle, para parecerme á los borrachos. Por lo demás, el mismo
-entumecimiento cerebral, la misma obscuridad en las ideas, y sobre todo
-esto, una apatía y una desgana que me abrumaban. Cansado del bullicio
-del local y de su pesada atmósfera, íbame al rincón á hacer compañía
-al pobre Trujillo ó á que me la hiciera él á mí. Hablábamos algo de
-negocios, aunque sin saber cómo salía á relucir la conversación de
-mujeres. Él no ponía en sus labios el nombre de Eloísa sin acompañarlo
-de grandes encomios y de acaloradas expresiones de desconsuelo.
-Indudablemente no era una santa; pero ¡qué ideal mujer! Gozaba
-mucho visitándola, y departiendo un rato con ella, oyéndola no más,
-_viéndole_ el metal de voz, como decía el infeliz. La contemplaba en
-su interior tal como había sido en mis tiempos, y no podía hacerse
-cargo de la desfiguración de su rostro. Para consolarle, díjele que
-Eloísa había recobrado por completo su hermosura, y era la misma de
-siempre. Arrojaba él entonces un suspiro muy grande á la atmósfera
-turbia y humosa del local, y parpadeaba mucho, como si quisieran sus
-ojos romper la niebla que los envolvía.
-
-A la otra tarde hablamos de lo mismo; pero me dijo una cosa que me puso
-en ascuas y me llenó de confusión.
-
---Ya sé --murmuró Trujillo, aplicando sus labios á mi oído-- que se ha
-enredado usted con Camila. Debe de ser cosa antigua; pero hasta hace
-pocos días no ha salido en la Gaceta. Ya sabe usted que la Gaceta es la
-boca de la de San Salomó.
-
-Faltóme tiempo para negar aquello, que era una falsedad calumniosa.
-¡Demasiado lo sabía yo! Mi corazón podría echarse fuera y publicar á
-chorros de sangre la inocencia de la pobre Camila. Por más que hice,
-no pude convencer á Trujillo. Creo que si llega á tener vista, me
-conoce en la cara que decía la verdad: con tanta fe, con tanto calor me
-expresaba yo.
-
---Puesto que usted no lo quiere confesar --me dijo--, volvamos la hoja.
-
-Mas yo no la quise volver, y otra vez hice el panegírico de la pobre
-calumniada, de aquella virtud que yo quería que no lo fuese en el
-momento mismo de tomar tan á pechos su defensa. ¡Sabe Dios que me
-hubiera sido muy grato mentir en tal ocasión! Tuve un rasgo de maldad,
-de esos que nacen del amor propio ó de la miseria que llevamos dentro,
-como por fuera nuestra sombra, y eché á perder aquel ardiente elogio de
-la calumniada, diciendo esta gran tontería:
-
---Créame usted, Manolo: mi prima Camila es una virtud intachable. Puede
-que no lo sea mañana; pero hoy por hoy lo es.
-
-Y él, incrédulo siempre. ¿Es que aquella opinión era de las cosas
-que se caen de su peso? ¡Triste cargo de conciencia, sin comerlo ni
-beberlo, como se suele decir! Tal golpe me faltaba para llevarme al
-último grado de la confusión y del trastorno físico y moral. Con
-verdadero terror hallé en mi estado no sé qué semejanza con el de
-Raimundo en sus días de crisis. El furor imaginativo era síntoma de
-mi desorden como del suyo, porque últimamente dí en la flor de forjar
-historias como las de él, y aún más extravagantes y pueriles todavía.
-Cáusame cierta vergüenza el tener que confesarme del pecado infantil
-de suponer lances que jamás pasan en la vida, y que ni aun en la
-literatura se ven ya, como no sea en romances de ciego, en aleluyas ó
-en algún inocente libraco de los que leen las porteras en sus ratos
-de ocio. Figurábame ser príncipe disfrazado que salvaba á una joven
-desconocida. La joven me tomaba por pastor, y yo me volvía loco de
-amores por ella. Otras veces era ella mi salvadora asistiéndome en
-una grave enfermedad, y adiós disfraces y tapujos... Cuando la chica
-descubría que yo era príncipe, se le caían las alas del corazón
-pensando que no me había de casar con ella. Mucho lloro, pataleo y
-sofoquinas. Yo le guardaba la gran sorpresa para el final; y cuando
-se enteraba la pobre de que habría casorio, me quería comer á besos.
-Excuso decir que la tal soñada mujer mía era Camila. Y tras esta
-historia, la misma empezada por segunda y tercera vez, ó bien otra
-nueva tan tonta, ridícula y disparatada como la anterior.
-
-No puedo comparar mi espíritu sino á una cuerda muy estirada y vibrante
-que al menor choque ó rozamiento respondía con ecos intensos, ó bien
-con un son repentino que hacía saltar mi sér todo cual si estuviera
-montado sobre muelles. Para producir estas vibraciones en mí, no eran
-necesarias causas mayores. Cualquier incidente sin importancia, la
-vista de un objeto que no tenía maldita relación con mi estado, un
-libro, una estampa, un árbol, el semblante de cualquier transeunte,
-el oir una frase dicha al lado mío, heríanme y pulsábanme haciéndome
-sonar. Era una sacudida que me producía brevísimo rapto de júbilo,
-y en seguida sensación de tristeza, harto más larga y de variable
-intensidad, según los casos.
-
-No me hice cargo de mi semejanza con Raimundo hasta un día que me
-tropecé con él en la calle de Alcalá, y me dijo, paseando juntos:
-
---Anoche me acosté pensando que me había casado... mujer ideal, cosa
-rica... Imaginar un día de bodas con todos sus incidentes, es cosa
-que le doy yo á cualquiera... Pues nada, que me lo creí. No pienses:
-todo era un delirar casto y platónico, la cosa más ideal que puedes
-figurarte. El relieve que las cosas tomaban en mi mente era tal, que
-llegué á coger miedo y encendí la luz. Porque en la obscuridad veía
-yo á mi novia como te estoy viendo ahora á tí. Era una criatura tan
-sumamente superfirolítica y angelical, que la idea sólo de poner las
-manos en ella me parecía una profanación.
-
-¡Y yo que imaginaba algo semejante!
-
---Dí --le pregunté--, ¿cómo estás del reblandecimiento?
-
---Muy mal, chico, muy mal. Me parece que ya no escapo. ¿Por qué lo
-decías? ¿Acaso tú?...
-
---Pudiera ser.
-
---Prueba á ejercitarte en el _triple trapecio_... Es la mejor manera de
-conocer...
-
---¿Cómo es ese triquitraque que tú dices?...
-
-Me lo espetó dos ó tres veces, tropezando mucho; y fuí tan necio que
-puse atención en aquella carraca, y cuando me quedé solo en casa
-la repetí para observar si los músculos de la lengua me anunciaban
-desquiciamientos de mi sistema nervioso. Aquel día me inspiró tanta
-lástima Raimundo, pintóme con tintas tan fúnebres la situación
-angustiosa de su erario, sin pedirme nada explícitamente, que le dí
-una limosna. En mi furor imaginativo, llegué á figurarme que besaba el
-billete como los chiquillos mendigos besan el ochavo que se les arroja.
-Fuése contento y muy mejorado.
-
-A casa de Camila subía yo muy poco. Habíame propuesto no asediarla más,
-y aguardar circunstancias que me fueran favorables. Alentaba yo la
-secreta convicción de que el día menos pensado todo había de variar;
-de que ocurriría una de esas repentinas vueltas del destino que nos
-sorprenden y nos dan hecho lo que poco antes nos pareciera imposible.
-Este presentimiento no se me quitaba de la cabeza. «Esperar, esperar
---me decía--. En tanto, la Providencia ó Satán trabajarán secretamente
-en favor mío.»
-
-Una mañana recibí en caja facturada en gran velocidad un regalo de
-mis amigas las Pastoras. Era una obra de arte, acuarela como de tres
-cuartas de ancho por dos de alto, pintada por _Mary_ y dedicada á mí.
-Representaba un remanso, un molinito, sauces, chimenea humeante, y creo
-que había también unos niños y algún corderillo ó dos. La cosa, ignoro
-por qué resultaba de una moralidad edificante. Yo no sé cómo era; pero
-de allí se desprendía que debemos ser buenos. «Corro á enseñarle estas
-papas», dije; y cargando yo mismo la lámina, subí.
-
-La propia Camila me abrió la puerta. Estaba sola. Había despedido á la
-criada, y se veía en el caso de tener que hacer ella misma la comida.
-Otro quizás no la hubiera encontrado bella en aquella facha; pero á
-mí me pareció encantadora, ideal. Tenía puesta una falda vieja y el
-delantal blanco y azul; pañuelo liado á la cabeza á estilo vizcaíno;
-las mangas arremangadas; el cuerpo con chambra no muy justa; sin corsé,
-porque el calor y la agitación del trabajo no se lo permitían; el seno
-bien tapadito, pero acusándose en toda la redondez gallarda de su
-sólida arquitectura. Tal figura se completaba con el calzado, que era
-un par de botas viejas de Constantino.
-
---Mira qué patas tan elegantes tengo --me dijo adelantando un pie--.
-Como hoy estoy de faena, me pongo estas lanchas para no estropear mis
-botas ni ensuciar mis zapatillas.
-
-En el pasillo vimos el cuadro, pero á escape, porque ella no podía
-ausentarse de la cocina.
-
---Una de dos --me dijo--, ó te _recopilas_ ó vienes para acá. No puedo
-recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas
-patatitas, no creas que me he de oponer.
-
-Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el fondo
-hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que estaba
-á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes vasares
-no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y Sevres,
-sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel picado con
-figuras de toreros.
-
-
-IV
-
-No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza,
-diciendo:
-
---Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!
-
-Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el
-agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al
-compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su
-cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con
-palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como
-si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear,
-como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella,
-llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero,
-todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente
-que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué
-lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa.
-Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras
-fueron éstas:
-
---Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?
-
-Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó
-á retirarme.
-
---¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea!
-déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.
-
-Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una
-puntera, se puso en jarras y me dijo:
-
---Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome
-así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los
-sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de
-bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide...
-y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á
-tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te
-habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú
-estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un
-libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya
-usted noramala... ¡Que te estés quieto!
-
-Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á
-expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.
-
---Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que
-estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño
-por tí... --exclamé defendiéndome como podía de las tenazas--. Ya que
-no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también
-que me entusiasmas, porque eres la mujer sublime, la mujer grande,
-Camililla. Mereces ser puesta en los altares; mereces que se te eche
-incienso, que los hombres se den golpes de pecho delante de tí, borrica
-del Cielo, con toda el alma y toda la sal de Dios.
-
-Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas
-desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con
-ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la
-abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que
-nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que
-encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que
-hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que
-llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.
-
-Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre
-la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando
-guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta.
-Después me miró.
-
---¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi
-idolatrado Cacaseno.
-
-Y variando súbitamente de tono:
-
---Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le doy
-sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy á
-contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla que le
-regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... en fin,
-que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro reloj, y
-Constantino se desvivía por tener un _remontoir_ bonito, ligero...
-Yo le decía que más adelante; pero él no tenía paciencia, ¡pobrecito!
-Todos los días me traía un cuento. «Camila, hoy los he visto á doce
-duros, muy lindos, en los _Diamantes Americanos_...» «¿Pero, hijo, y
-dónde están los doce duros?» Pues nos poníamos á juntar, peseta por
-aquí, dos perros por allá. Yo le quitaba á él, y él me quitaba á mí,
-y poco á poco se iba reuniendo el dinero. Yo soy siempre la cajera.
-«Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» «¡No me marees, ya se completará!...»
-Por fin le digo un día: «Ya pasa de diez duros; la semana que entra
-te compro el _remontoir_.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego
-con él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana:
-«Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy
-indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más
-remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no
-había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete
-por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.»
-Él refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa
-el enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no
-se acuerda del dichoso _remontoir_ sino cuando saca la cebolla para
-ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo entre tanto, ¿qué
-crees que he hecho? He salido por la tarde, y más pronto que la vista,
-me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me lo traigo á casa, y
-mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con el viejo, diciéndole:
-«Hijo, no tienes más remedio que apencar con tu patata.» Cenamos, nos
-acostamos. Yo no sé cómo aguantar la risa, porque he cogido el reloj,
-y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. Apenas
-recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien la
-cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y
-le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo
-callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué
-anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me
-pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido
-la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo
-ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas...
-¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y...
-«Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su
-sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á
-apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.
-
-Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no podía reir
-con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía dispuesta una
-nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:
-
---Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando
-tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le
-da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro.
-No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos
-príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene
-dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua
-plateada. Me costó seiscientos veinte reales, y lo tengo escondido
-para que no lo vea. ¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he
-inventado. Pongo en el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres
-ó cuatro sillas unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio,
-la cual cuerda pasa por un agujerito de la puerta, y va á parar á la
-cabecera de nuestra cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la
-luz. De repente tiro de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito.
-Yo me pongo á gritar: ¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un
-demonio, enciende luz... ¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger
-el revólver, y yo digo: «Ahí, ahí, en el gabinete están.»
-
---Pero no veo la sorpresa.
-
---Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del
-picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio
-que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él
-comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después
-gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas:
-él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar
-cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido;
-pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga
-la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto
-no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada,
-y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te
-callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.»
-Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo,
-de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato...
-
-No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela
-á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el
-contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido
-de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo
-innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en
-poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me
-pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me
-dió momentáneo poder.
-
---¡Quiéreme ó te mato --le dije con desazón epiléptica, fuera de mí,
-atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes
-suyas me cayeran delante de la cara--; quiéreme ó te mato! Que todo no
-sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú nada...
-
-Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa
-se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura,
-templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo
-se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me
-faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de
-los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior,
-que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella
-sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla.
-Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como
-argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba
-como á un cordero!
-
---¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no
-tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No
-sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan
-fulastres como tú... perdido.
-
-La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias,
-aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en
-la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por
-primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La
-ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres
-palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento
-una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me
-sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco
-fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté.
-Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...
-
---¡Ay --exclamé--, si me mataras á zapatazos como se mata una
-cucaracha, qué favor me harías!...
-
-La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada
-gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y
-se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista
-cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa
-le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de
-haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me
-llevaba las manos á la cara.
-
---¿Qué tal, escuece? --me dijo--. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo
-las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro: vuelve por otra. Así,
-así: quiero que lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.
-
-Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un
-ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí.
-Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y
-un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía
-curándome.
-
---No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han sacado
-todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á atreverte
-conmigo? ¿Te das por vencido?
-
---No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco, saliendo á
-gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he conocido...
-
---¡Claro!... como que me van á poner en la _Biblia_... ¡Ea! se acabaron
-las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. Tengo mucho
-que hacer y no estoy para espantajos.
-
---No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al menos...
-
---¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar
-la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de
-gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más;
-no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el
-terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he
-sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que
-me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar
-hasta el techo.
-
---Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier
-disparate...
-
---¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...
-
-Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de
-Pascua á cierto ruido en la escalera.
-
---Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los
-escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que
-cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la
-vida alegre...
-
-Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la oficina.
-Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos fuertemente
-estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las beatas,
-echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace muchos
-milagros. El burro entró en la cocina.
-
---Hola, chico, ¿tú por aquí?
-
---¿Qué me traes? --le dijo Camila.
-
---Nada más que estos jacintos.
-
---¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto.
-Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba
-ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima
-el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes
-de lo que hablábamos ahora?...
-
-Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á decir?»
-pensé yo; y ella dijo:
-
---¿Quién será?
-
-Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:
-
---¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?
-
-No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada se
-acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y fuera
-de la palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado
-arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta
-sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado,
-serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí
---pensé--, trae hoy alguna historia... Me las guillo.»
-
-A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala gana
-y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor con
-Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando.
-
---¿Qué hay de nuevo? --preguntó el manchego á su cuñada.
-
---¿Qué ha de haber? Que son ciertos los toros... --replicó mirándole
-con sorna.
-
-Después se puso á decir chuscadas, que aparentemente no tenían malicia.
-Creí que me había equivocado y que Eloísa no llevaba el escándalo en
-su intención. No obstante, parecióme notar cierto dejo irónico en
-su alegría. Pero como pasaba tiempo sin que la conversación tomara
-mal sesgo, dije para mí: «Vaya, es manía. No hay nada de lo que
-sospechaba.» Poco después, despedíme de todos y me retiré.
-
-
-V
-
-Pero en la soledad de mi gabinete, paseándome de un ángulo á otro, con
-las manos en los bolsillos, la cabeza sobre el pecho, no podía apartar
-de mí la idea de que en el tercero pasaba ó iba á pasar algo...
-
-Y como mi espíritu, adiestrado en el imaginar, no se paraba en barras,
-ved aquí las historias que me forjé en menos tiempo del que empleo en
-contarlas: «María Juana es la que ha echado á volar la especie de que
-yo tengo relaciones con Camila. Ella ha sido: me lo dice el corazón.
-Lo ha hecho por espíritu de hipocresía, por evitar que se sospeche
-de ella. Tal vez lo crea, en cuyo caso... Pero no, ¡qué disparate
-digo! Esto es un delirio; María no es capaz... Lo que hay es que se
-ha corrido esa voz, como se corren otras muchas, y Eloísa... ¡Ah!
-ya sé quién ha llevado el cuento á Eloísa. Ha sido Manolo Trujillo,
-ese bendito ciego... Y la prójima se ha puesto fuera de sí, ha
-sentido celos... ¡celos de hermana, que son los peores! Pero quiá...
-imposible... Subiré á cerciorarme... No, no subo: allá se entiendan.
-Si no fuera por Camila, me importaría poco que la prójima armara
-cuantos escándalos quisiera... ¿Subiré? No, no subo. Tal vez sea todo
-figuración mía.»
-
-Mi inquietud creció de tal modo, que creí oir voces que se transmitían
-por el patio. Escuché... nada. Llamé á mi criado y le dije:
-
---Mira, Ramón, te vas al cuarto tercero y dices que me he dejado allí
-un cuadro... Ya sabes, el que trajeron de la estación esta mañana en
-esa caja. Te lo bajas... Oye, oye: de paso observa si ocurre algo en la
-casa... Anda, anda.
-
-A poco volvió Ramón, y me dijo:
-
---Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil diablos.
-
---¿Qué dices?
-
---Lo que oye. La señorita Camila y la señorita Eloísa están hablando
-como rabaneras, y el señorito Constantino también hipa por su lado. No
-he podido traer el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale
-que te dale á las lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del
-patio se oye. La vecindad está escandalizada.
-
-Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto ó
-gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado
-una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar
-mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de
-aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla
-echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era
-esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que
-evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi
-intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar
-también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.
-
-La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte campanillazo
-anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en mi gabinete en
-un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer en un sillón,
-como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á causa de la
-ira y de la prisa con que había bajado.
-
-Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un fuelle.
-Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se condensara
-en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían de punta. Viendo
-que á ella todo se le volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho con
-las manos, me planté delante y le dije:
-
---Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...
-
---Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado
-mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á
-esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me
-fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó...
-es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí,
-queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que
-me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.
-
---No entiendo una palabra de lo que estás hablando --le dije
-abanicándola con el papel--. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre
-Camila, que es un ángel?
-
-Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un
-arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española,
-y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza.
-No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando
-como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma
-reventó así:
-
---¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero
-con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que
-tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué
-serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería
-más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas...
-Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora que has tenido buen gusto...
-Vas bajando, bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas
-le dije... cómo la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el
-furor me cegaba, por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque
-me duela; pero á mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele
-horriblemente... No te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah!
-Camila te conviene porque es barata... Y como nos hace el papel de la
-niña honradita, y á todos engaña con la comedia de estar enamorada de
-su pollino... como si esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas
-tan farsantes has echado al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada
-mi hermana, la hermana que más quiero, la que tengo metida en mi
-corazón!... ¡Y que me haya puesto en el caso de decirle las perrerías,
-las atrocidades que le he dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada
-soy!...
-
-Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se
-resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas
-que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible
-una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:
-
---Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te cegó.
-Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana por el
-escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; porque
-sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que Camila es
-tan querida mía como del Papa.
-
-Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de piedad
-que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y echando
-lumbre por los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y
-me echó esta rociada:
-
---No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo me
-mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace
-tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha
-encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada
-podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no
-me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he
-vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he
-calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para
-que vea aquella cornamenta que llega al techo...
-
-Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi prudencia,
-porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba procaz, de
-esta manera:
-
---Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te
-defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el
-colmo... de la amistad, de la...
-
-Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con pensadora
-atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi chimenea. Era
-el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la vista de
-aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á cosas y
-sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.
-
---Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo,
-asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les
-das algún filtro...
-
-Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud
-acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á
-aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y
-con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:
-
---Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque ni
-es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un
-miserable.
-
---Pues yo lo digo --gritó ella con brío.
-
---Pues aplícate el cuento.
-
---Explícame eso, hombre... Da razones.
-
---No doy razones --exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que
-el fulgor y el estallido de mi rabia--; ni tengo que añadir una palabra
-más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones
-en la calle.
-
---No me da la gana. Se va usted á donde quiera --vociferó ronca,
-mugiente--. ¿Me echarás tú?
-
---Lo vas á ver --dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y
-llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.
-
-En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que
-estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»
-
-Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de haberlo
-dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí la puerta
-de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la puerta,
-haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera unido á
-aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La idea de mi
-brutalidad vino al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para
-adentro. La campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más
-fuerte que todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad
-juntas. Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las
-manos. Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí
-otra vez:
-
---¡Tío, más que tío, canalla!
-
---¿Abro? --me dijo Ramón alarmado.
-
-No supe qué determinar.
-
---Abre, sí --respondí al fin--. Peor es que dé un escándalo en la
-escalera.
-
---La señorita María Juana --añadió mi criado-- ha subido hace un rato.
-
---Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de
-una vez.
-
-Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos
-y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.
-
---Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala
-también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no
-pase... Allá se las componga.
-
-Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía
-síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho.
-
---Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo
-trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.
-
---La señorita tiene abajo su coche.
-
---Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos
-los que suben y bajan.
-
-Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía ser
-menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y desapacible
-sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se han dicho y de
-las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de la sala espié yo
-los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta lo que pensaba. La
-ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte palpándose y oprimiéndose
-el pecho como si el corazón se le hubiera salido de su sitio y quisiera
-ponérselo donde debe estar. Vaciló entre pasar á la sala y marcharse;
-pero se decidió al fin por esto. ¡Qué alivio noté cuando la sentí
-bajar, apoyándose en el barandal y mirando mucho los pasos que daba!
-«La lección ha sido un poco fuerte --pensé--; pero es preciso, es
-preciso...»
-
-¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo de
-saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La oía
-sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio,
-hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es
-María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la
-convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era
-ella, no podía ser otra.
-
-Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, qué
-mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel Angel
-para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se enfadan
-y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio de aquel
-rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería producir...
-Por poco suelto la risa.
-
---¿Qué hay? --le pregunté afectando calma.
-
---¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un
-zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu
-temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible
-curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza,
-y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de
-lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras
-más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí
-como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero
-tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida.
-Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo
-veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído
-á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su
-inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un
-alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde,
-hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de
-pudor, de dignidad, de cristianismo...
-
-Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su
-hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame tan
-irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando por
-lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más que
-Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal que
-ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había cogido á
-la prójima, diciendo con la ronquera de mi ira:
-
---¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de estupideces?
-¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque no puedo
-aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu hermana?
-
-Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que se dejó
-llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos trágicos,
-muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y cerré de
-golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. Con decoro
-aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy sabia y muy
-prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, haciéndose
-la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si encontraría.
-Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera ella la razón
-desterrada y yo el error triunfante...
-
---¡Ramón!
-
---¿Qué, señor?
-
---Te nombro mastín --dije delirando--: ponte en la puerta, y al primer
-Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.
-
-Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis
-enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi
-gabinete, y me dijo muy apurado:
-
---Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?
-
---Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta.
-Que entre; veremos por dónde tira.
-
-Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si
-me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.
-
---¡Hola! ¿qué hay? --le pregunté, resuelto á afrontar la situación,
-cualquiera que fuese.
-
-Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente
-las palabras con que debía empezar.
-
---Tú traes algo --le dije--. Vomita esa bilis... franqueza, amigo.
-Luego me tocará hablar á mí.
-
-Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su
-mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas:
-
---Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que
-mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que
-me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me
-dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus
-hermanas...
-
---No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.
-
---Porque yo vengo aquí --gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y
-manoteando fuerte--, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya
-sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó
-yo te la rompo á tí.
-
-Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? tampoco.
-Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y justicieras;
-y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me pareció un
-disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me sacudiera
-á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno que él, me
-puse á gritar:
-
---Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, ó
-que me lo rompas tú á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me
-carga en el mundo... para que lo sepas.
-
---Pues cuanto más pronto, mejor --gritó él haciéndome el duo con furia
-igual á la mía.
-
---Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos
-ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y
-á la suerte.
-
---Como quieras.
-
---Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno que
-dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, es
-la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque te tengo
-ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has ofendido.
-¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? ¿Lo ves, lo
-ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las suelas de tus
-botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que esto habría
-sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, tú, tú me lo
-has de pagar.
-
-
-
-
-XXIV
-
-Las liquidaciones de Mayo y Junio.
-
-
-I
-
-No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas
-sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato
-pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino
-se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él
-estuviera presente.
-
-Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me
-conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de
-las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras
-peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no
-faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio
-una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos.
-Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo
-aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase
-el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante.
-Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el
-señor de Medina, y que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde
-á informarse de mi salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía
-más grata para mí? Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me
-divertían. Vais á saber dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes
-horas.
-
-Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que estaba
-también allí mi zapatero, le dije:
-
---Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.
-
-Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el maestro,
-con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran finísimas, de
-charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso casualmente sobre
-una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me apartaban de ellas.
-¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, y era que no teniendo
-huellas de uso, carecían de la impresión de la persona. Pero hablaban
-bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil cositas elocuentes y
-cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, durante aquellos
-fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, una junto á otra,
-haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas hacia mí, como si
-fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las cogió una mañana
-para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con viveza:
-
---Deja eso ahí...
-
-El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. Porque
-Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre mis
-propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado por
-loco ó tonto.
-
-Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu la injusticia y
-brutalidad de mi conducta con mis dos primas mayores el día de la
-jarana. Cierto que debí apresurarme á desvanecer el error en que
-estaban con respecto á la pobre borriquita, cuya culpa no tenía
-realidad más que en la grosera intención de las otras. ¿Y cómo
-convencerlas de la inocencia de Camila? ¿Cómo hacerles comprender que
-tanto la una como la otra debían besar la tierra que la borriquita
-pisaba y confesarse inferiores á ella? Eloísa y María Juana tenían
-cierto interés moral en no creerme, porque la idea de que su hermana
-les aventajara en conducta debía herirlas muy en lo vivo. «No me
-creerán, no me creerán --era el pensamiento que me atormentaba--.
-Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque convenciéndose se
-acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que perdonar para que
-se las perdone.»
-
-Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había
-que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si
-Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar.
-Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y
-á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal
-propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban
-apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas
-al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó
-Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la
-sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso
-en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa
-de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que
-después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que
-le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones,
-porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el
-mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa
-de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles
-parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y
-algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había
-bonitísimas: un _Carnaval en Roma_, de Enrique Mélida; un hermoso país
-de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto
-vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza
-y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que
-hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que
-Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre
-ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que
-la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy
-por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones
-posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del
-Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer.
-
-Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos.
-Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada
-de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por
-ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina
-afabilidad del insigne _ordinario_. Sus prevenciones contra mí se
-habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi
-pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de
-otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel
-día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos
-juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se
-alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena.
-
---Si el alza sigue acentuándose --me dijo--, y yo creo que seguirá,
-porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que
-saldremos muy bien usted y yo.
-
-Y variando de tono y asunto:
-
---Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena
-de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los
-negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de
-la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han
-salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil
-para trabajar.
-
-Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que
-me manifestó poco después, y que á la letra copio:
-
---Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las
-pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más
-que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre,
-un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su
-zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra
-que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de
-la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo
-que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre
-calumnia: por ahí se sale...
-
---Pues sí que lo es --exclamé, sin poder contener la indignación que me
-salió á la cara--. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona
-tan recta como usted se haga eco de ella.
-
-Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser
-la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para
-sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las
-intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las
-malas, que no hay después quien las separe.
-
---Es usted una mala persona --me dijo al fin sonriendo--; pero para que
-vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más
-pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.
-
-Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado
-propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras
-personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no
-se nos interponía el guarda-cantón de carne de _No Cabe Más_, advertí
-cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había
-perdonado mis brutalidades del día famoso.
-
---Para que comprendas lo irritado que estaba --le dije--, y puedas
-explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría
-hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila,
-esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta,
-tan clara como la luz.
-
-La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á
-entender que esperaba las pruebas.
-
---¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que
-hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en
-que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.
-
-No pude decir más, porque _Partiendo del Principio_ se nos vino encima.
-
-Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la
-acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.
-
---¡Yo! --exclamó, poniéndose pálida--. ¿Me crees capaz...? Si han sido
-tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y
-luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las
-cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá
-que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis
-sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...
-
-¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero
-no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón
-en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la
-verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en
-la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba
-bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la
-insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa
-esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran
-confusión.
-
-Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me
-hizo esta pregunta:
-
---¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con
-respecto á Camila?
-
-Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la afirmación.
-Mentira tan gorda hizo en la _ordinaria_ un efecto contraproducente, y
-tratándome con tanta lástima como desdén, me dijo:
-
---Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son
-Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.
-
-Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos de
-lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba dentro con
-esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil de contener.
-Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, ardiendo en
-apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de _pe_ á _pa_... En
-mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. Todavía
-me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver aún
-las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora
-patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto,
-angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco,
-me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas
-hace muchos días, como si fueran su retrato», ví que la sabia luchaba
-entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de
-través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas!
-
---¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna,
-habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido?
-
-Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y soltó una carcajada
-que me heló la sangre. Todavía estoy oyendo aquel _ja, ja, ja_, que
-continuó con ella hasta la habitación inmediata, pues iba ya en
-retirada. Volvió para decirme desde la puerta:
-
---Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que se
-cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como
-los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada.
-Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...!
-Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo
-como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á
-las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen
-acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado...
-¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las
-mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras
-veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué
-expresarte lo despreciable que eres.
-
-Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me senté,
-agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis manos
-la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni ella se
-iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan abrumado
-estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío infernal de
-contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba la salida.
-Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba las falsas,
-habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir. Era, como
-ella dijo, despreciable y monstruoso.
-
-Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos
-dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo
-no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo
-que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la
-sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca
-la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí
-más ternura que rigor:
-
---Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo
-merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios
-y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita,
-infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien
-que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí
-mismo.
-
-Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y oyéndolas
-como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho. Así se lo
-manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco adormecida.
-
---No llevarás tu maldad --prosiguió, pasándome la mano por la cabeza--
-hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para
-salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo
-y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo
-aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses,
-pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.
-
-Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre á
-cuento, se me figuraba á mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de
-ópera, pues todos los libretos están fundados en el _quid_ de salvar el
-tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de _salvarmi non potrai_... ó
-_corro á salvarti_. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en
-las salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu
-de fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.
-
-La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de
-amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un
-pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á
-masticarlo! ¡Pobrecita!
-
-
-II
-
-Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa,
-observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel
-tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado
-como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de
-espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en
-este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de
-asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque
-nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que
-se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones
-nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos
-productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la
-edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de
-pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y
-lo expresaba de una manera gráfica diciendo:
-
---El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la
-absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.
-
-Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo
-y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas
-del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba
-yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer
-alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa
-con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no
-correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba
-ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver
-un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.
-
-Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:
-
---La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico
-parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha
-vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la
-inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se
-discuten y se temen.
-
-Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como
-un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar
-varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba,
-haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser
-alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice
-caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa
-que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos
-dijimos adiós.
-
-¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la
-travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y
-había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del
-propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe
-tenía gracia.
-
-Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni
-á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa.
-Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la
-finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi
-amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras
-me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en
-poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme
-su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar
-regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan
-retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á
-ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles y
-alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en las
-mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las alcobas;
-gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría á una
-soberbia estufa, sostenida sobre pilares de hierro en el patio grande;
-la cocina era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían
-de París unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era
-casa; lo demás... basura.
-
-Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los
-Miquis le habían pedido uno de los terceros.
-
---Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos
-pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra
-parte.
-
-En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:
-
---Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.
-
---Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo
-blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su
-armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?
-
-Y rompió en una risa estúpida.
-
---No sea usted grosero --le dije sin disimular la cólera, y decidido á
-pegarle.
-
-Recogió velas al momento, diciendo:
-
---No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y
-que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre
-las creo.
-
---Pues cree usted mil desatinos.
-
---Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.
-
-No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de
-romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos
-con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á
-pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho
-este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la
-mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían
-recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente
-ó á que me despidiesen.
-
-Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero
-ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo:
-
---No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo
-que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero
-no puedo vivir sin vosotros.
-
-Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro
-pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del
-gabinete, diciendo:
-
---¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...
-
---Vengo á pediros excusas... --les dije, turbado como no lo estuve
-en mi vida--. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo
-consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de
-balde.
-
-Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir
-con ironía:
-
---Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere
-hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A
-dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...
-
---Este señor y yo --repliqué sentándome y buscando el sendero de las
-bromas para salir de aquella situación-- tenemos concertado un lance.
-Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.
-
---¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se
-bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público...
-Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la
-cabeza.
-
---¿Es verdad esto, Constantino?
-
---Es verdad --replicó él con su sincera honradez.
-
-La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que
-tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con
-susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía
-ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de
-aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les
-dije:
-
---Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con
-vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.
-
---No queremos amistades --aseguró Miquis con brutal energía.
-
---¿Pues qué queréis?
-
---Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.
-
-Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de su
-ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué
-cobardía...
-
---Eso, eso --clamó mi prima con fiereza--. Que se plante de la puerta
-afuera.
-
---¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?
-
---Yo la primera.
-
---Usted no puede ser nunca mi amigo --declaró el manchego, como se dice
-una frase aprendida--, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me
-pida perdón...
-
-Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de
-la frase. Ella se la había enseñado.
-
---¡Qué atrocidades dices! --exclamé con afán.
-
---Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.
-
---¿Y si lo hiciera...?
-
---Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi
-amigo para poner varas á mi mujer.
-
---Bien, bien --gritó Camila, dando palmadas.
-
-Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio
-de la esposa maestra un mérito mayor.
-
---¿De modo que no os dais á partido?
-
---Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me
-parece que hablo castellano.
-
---¡Y tan castellano!
-
---Nada, hombre, que te quites de en medio --decía la ingrata,
-señalándome la puerta--. Que aquí estás de más.
-
-Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible,
-porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y
-adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz.
-Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí
-mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de
-un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y
-marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula
-y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo
-bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí
-acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en
-momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas;
-vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y
-con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y
-escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las
-puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí,
-me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las
-plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta
-negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi
-rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media
-voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no
-podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!»
-
-
-III
-
-Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados
-instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame
-yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel
-día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras
-que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran
-razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos
-en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento
-y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria;
-olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras
-que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del
-pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame
-un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas
-de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin
-poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había
-financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada
-pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las
-barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en
-un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por
-la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos
-que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el
-más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces,
-ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la
-compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi
-casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por
-las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de
-ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse
-en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert.
-
-Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan
-ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas
-por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para
-consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban
-profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para
-Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal,
-que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado
-la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis
-solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el
-genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su
-marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.
-
---Constantino es un inocentón macizo --me dijo Miquis--; no tiene idea
-del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era
-ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A
-golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su
-propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios
-que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia.
-Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero
-fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos
-ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones
-radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias
-tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no
-es superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto:
-¿no es ésta la moral de los tiempos en que los hombres supieron hacer
-cosas grandes, que no se hacen ahora?... Usted era antes para él el
-mejor de los amigos; ahora es una víbora, un animal venenoso. Mi
-hermano no transige: su tosquedad le mantiene un tanto alejado de la
-región de las ideas, y me alegro, porque si se le antojara tenerlas
-políticas, sería ó el socialista más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo
-procuro traerle á los términos medios; pero es inútil. Es que no sabe,
-no puede; su inteligencia no percibe sino lo gordo, lo elemental, la
-pepita nativa de las ideas. Sus sentimientos son lo mismo: siente mucho
-y fuerte, como los niños y los poetas primitivos.
-
-Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila
-no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una
-pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin
-castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo
-no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba
-disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué
-la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto
-seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo
-varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto
-cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor.
-
-Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para
-estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por los
-medios más adecuados, haciéndome acompañar de un buen revólver. En
-cuanto le viera venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas
-en el cuerpo, y á vivir.
-
-Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó en
-la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? Por
-María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera mi
-inquilino.
-
---¡Qué delicados están los tiempos! --dije--. ¿Y por qué no se muda de
-una vez?
-
-Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á
-Julio. «Pues si tan largo me lo fías --pensé, metiendo el revólver en
-un cajón de la mesa--, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y
-no volví á sacarlo.
-
-También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre ellos
-les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos desaires
-las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, tratándose de
-invitarla á una comida, que no quería prójimas en su casa... Por
-consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de nubes los cielos
-de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba á ratos, sola ó
-delante de Constantino, y á éste le entraban tales furores de venganza,
-que Camila se violentaba por restablecer la paz. Eran sin duda menos
-felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían algo más de la
-malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las amarguras de la
-sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de buenas á primeras
-se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. Creyeron que el
-mundo era esencialmente bueno, y de pronto salíamos con la patochada
-de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas
-entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que
-andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras,
-y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir
-ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y
-despótico imperio de la opinión.
-
-Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad
-cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi
-pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me
-preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada.
-Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria
-de su finca _las Mezquitillas_, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo
-lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil
-dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa
-pronunciaba los sacramentales _doy_ y _tomo_, sin saber ni lo que daba
-ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador,
-y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido
-favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en
-combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas,
-porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar
-considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en
-otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los
-aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué? De nada
-me servía ya el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía
-hijos ni herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero
-el perder, que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que
-indiferente.
-
-Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la memoria
-padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en nieblas, la
-palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado Raimundo para
-ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un día. No sé pintar
-lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los esfuerzos que hice
-para traer á mi mente aquellas palabras que se me habían ido, como
-pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que llamar á Raimundo
-y rogarle que me lo repitiera.
-
---¿Qué, hombre?...
-
---La matraca, hijo; la recetita aquélla del _triple trapecio_.
-
-Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera
-á olvidar.
-
-Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi correo
-con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. Gran
-violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una de las
-Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no había más
-remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había presentado
-ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy buen interés,
-el dinero que habían depositado en mí para que yo lo incorporara á mis
-negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una responsabilidad
-más, y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría
-á su orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á
-mi cargo desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás
-de la Calzada se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo.
-Me pareció muy bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles
-extracto de la cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los
-añadiera á la suma por que se había de hacer el giro.
-
-A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había
-entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme
-cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros,
-le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo
-mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi
-vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome
-con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes
-nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más
-desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba,
-ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas,
-y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con
-manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él
-en aquella evolución postrera. Estaba _suspendido_ todo el día, y no se
-atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él.
-A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los
-italianos de _santi boniti barati_, y creía ser llevado por la calle
-en el borde de una tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en
-marcha, y él quieto, siempre en la orilla de la tabla, inclinado para
-caerse y sin caerse nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas
-veces; pero otras le reñía, enfadándose de verle dominado por una
-tontuna tan contraria á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de
-mi tío nada secreto para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació
-todo, sintiendo no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y
-atormentador era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco
-que él tenía para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen
-interés y devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había
-logrado arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.
-
---Aquí me tienes --añadió á lágrima viva--, en el fin de mi vida,
-expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir
-un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de
-haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho
-Madrid éste!...
-
-Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse del
-asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que nadie
-nos oía, me dijo con voz cautelosa:
-
---Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la jornada
-nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no me ha
-ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba
-yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y
-conforme me veía apretando, saltaba ella á los dos mil. De este modo,
-¿qué quieres que resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan
-á uno sus yernos poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde
-han ido á parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los
-teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y
-desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de
-mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el
-_quid_. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación que nos
-lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como
-económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no nos falte
-el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito
-para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos
-de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las llamen
-_elegantes y distinguidas_, y aquí paro de contar, porque no acabaría.
-
-
-IV
-
-Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento
-algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en
-mal hora abiertos portillos se le iban las _efes_, las _zetas_ y otras
-letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación.
-Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería coger
-al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación. Hechas las
-confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en barras mi lacrimoso
-tío.
-
---¿La ves, la ves? --me dijo aplicando sus labios á mi oído, á
-punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy
-emperejilada--. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si
-se _llevan_ ó no se _llevan_ tales cosas... Ya te llevaría yo derecha,
-si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué
-me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus
-tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces _dandy_, y te
-lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi
-sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de
-bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por
-negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla...
-¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero
-y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar,
-sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado
-á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no
-ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella
-continúa tan topo como siempre.
-
-Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos
-habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía
-de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados
-ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que
-esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras
-personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar
-pestes de su matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre
-Pilar. Además de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún
-más desgraciado que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo
-decir, entre paréntesis, que los principios morales de mi tío eran
-harto endebles, y bastábame esto para comprender las consecuencias
-dolorosas de su falta de carácter y para hallar justificadísimas las
-desventuras de que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero
-vislumbre de indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija.
-Esto sólo nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar
-la pintura, hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella
-enervación moral que habían sido los contornos más expresivos de su
-carácter durante una larga vida matrimonial y matritense.
-
-Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre,
-por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de
-los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas
-del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos tan
-chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De esta
-compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas caídas
-que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él contara me
-tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca para verle
-reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos de paseo, á
-ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer vivísimo en
-la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes labios.
-Enlazados nuestros brazos, porque mi buen tío tembliqueaba un poco
-y yo no estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles
-principales, ó bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para
-meternos en él cuando nos cansáramos. Por las noches nos metíamos
-en los teatros de funciones por horas, porque los dramas y comedias
-serias nos apestaban. Lo que don Rafael se divertía con las piezas
-cómicas no es para contado. Reía á carcajadas, y los chistes menos
-agudos le hacían impresión atroz. Sus sensaciones eran completamente
-infantiles; sentía como los seres que empiezan á vivir. Noté una noche
-que á mí también me hacían gracia los sainetes, pero mucha gracia, y
-que me daban ganas de alborotar como un chico. «¡Si estaré yo tan lelo
-como este pobre hombre!» me decía. Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y
-me metía en mi casa, entrábame una tristeza tal, que hacía proyectos
-absurdos de aislamiento y hasta de suicidio.
-
-En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y desde
-aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente fuimos
-los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un regimiento
-al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con encantadora
-ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante de las
-cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. No paraban
-aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los tres en los puestos
-del Prado á beber un vaso de agua con anises, y cuando en cualquier
-calle pasábamos por junto á una obra en que estuvieran subiendo un
-sillar, nos deteníamos y no abandonábamos el plantón hasta ver la
-piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y
-nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como
-particulares.
-
-Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en
-la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león.
-Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por
-arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores
-que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los
-_tres tristes triunviros trogloditas_ de la cencerrada de Raimundo.
-Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín
-_guipaba_ á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado,
-avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.
-
---¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me echó?
-
-Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.
-
---¡Buen par de pillos sois! --decía mi tío Rafael, dejándose llevar,
-renqueando--; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del
-Diablo... No perdona casada ni doncella...
-
-Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos
-á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con
-más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los
-incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más
-que _guipar_ á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la
-Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que
-el Marqués de Flandes se había declarado también huído.
-
---¿A qué me vienes á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...
-
-Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. No
-era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con su
-homónimo _Lagartijo_, no oía lo que en el palco se hablaba.
-
---Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la
-cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra
-otra vez en las uñas de los _ingleses_, y me temo que de esta vez me
-la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de
-nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros
-antipáticos...
-
-Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á
-Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era
-un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué,
-pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito
-de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad
-con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien
-probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole
-y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía
-_darwinista_, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego
-nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal,
-pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más
-soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección,
-hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas no
-acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos niños, y nos
-fuimos á un _restaurant_, donde estuvimos hasta la hora de irnos á
-Lara. Mi tío Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano
-también tenía sueño; pero con aquello del _guipar_ se despabilaba...
-
---Nada, nada --les dije, al fin de la pieza--: un huevecito y á la cama.
-
-
-V
-
-Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho
-tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes.
-Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal
-y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una
-mañana, me dijo:
-
---Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos
-admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una
-_pipa_ en Flandes, como dice Barragán.
-
-Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación
-del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El
-Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en
-59,75, con tendencias á ponerse en 60. _Partiendo del Principio_
-aseguraba que _le veía_ en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia
-con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30
-se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin
-resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra.
-Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando al
-lucero del alba, echando el brazo por encima del hombro á sus amigos
-de éste y el otro corro. El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente
-se secreteaban. Este había hecho con Torres una gran jugada, de la que
-resultó que habiendo quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo
-tenía que abonarle, por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo
-perdía con el mismo Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres
-me había de dar á mí doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo
-había tenido entre mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.
-
-El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde me
-encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto
-misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les
-oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal
-Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego,
-nuestro agente.
-
---¿Quién liquida por Torres? --gritó Llorente con todo el registro de
-su gruesa voz.
-
-Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por
-más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó.
-Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había
-mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.
-
---Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes --aseguró al cabo--. Lo
-tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de reales,
-y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para prepararse.
-
-Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de
-Torres y que había observado allí algo de tapujo. El criado no quiso
-abrirle, diciendo por el ventanillo que su señor había salido. Por fin
-abrieron, y la señora tampoco estaba en casa.
-
---Es raro --observó Cristóbal pensativo--, porque en ocasiones
-semejantes Gonzalete ha sabido dar la cara y pedir las prórrogas con la
-frente alta.
-
-Acordéme de que mi operación no había sido publicada (era la primera
-que hacía en estas condiciones de informalidad), y me corrió un poco de
-frío por el espinazo. Mis distracciones, mis chocheces, la exaltación
-enfermiza de mis pensamientos amorosos, tenían la culpa de aquel lance.
-«Esto sólo le pasa á un anémico», fué lo primero que se me ocurrió.
-Pero aún esperaba una solución feliz, pues si en asuntos del corazón
-dominaba en mí el más negro pesimismo, en negocios era cada vez más
-optimista y todo lo veía transparente y rosado. Tranquilicé á Medina;
-pero él no las tenía todas consigo.
-
-Y por fin saliste de la serie tenebrosa del tiempo, día 2 de Julio,
-el más horrible y ceñudo de los días nacidos, á pesar de decorarte
-con toda la gala de la luz y cielo de Madrid. Me acuerdo que fué uno
-de esos días en que esta Corte parece que despide centellas de sus
-techos, de sus agudos pararrayos, de las regadas berroqueñas de su
-suelo, de los faroles de sus calles, de las vitrinas de sus tiendas,
-y de los siempre alegres ojos de sus habitantes. Salí de mañana á dar
-una vuelta por el Retiro y á ver el vigoroso claro-obscuro de aquellos
-árboles cuyo verde intenso parece que azulea, á mirar este cielo que
-de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme en aquella placidez
-matutina, oyendo los toques de misa, que suenan como altercado aéreo
-entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo á las devotas
-madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una mano y en
-otra las violetas ó rosas que han comprado en la puerta; atendiendo
-al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes. Cuando
-regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que son la más
-bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan á Madrid la animación
-de una tertulia ó baile de cursis, en que todo es bulla, confianza,
-ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que falten tactos
-atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque de las esquilas
-eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos atruenan; el
-ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros mil perfiles
-característicos de un pueblo en que toda la semana es domingo, eran
-para mí la expresión externa del vivir al día y de esa bendita
-ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea verdadera.
-
-Y en aquel caso el mañana era para mí de importancia grandísima. A
-pesar de los pesares, no estaba yo muy inquieto y confiaba en que
-liquidaríamos pronto sin dificultad. Habíame sentado tan bien el paseo,
-que hasta apetito tenía, cosa muy rara en mí. Pero cuando entré en mi
-casa, ¡Dios mío lo que me esperaba! Era María Juana, desconcertada,
-impaciente. Encontrémela en mi gabinete, y desde que la ví, entróme
-un miedo que no sé definir. Echóme los brazos al cuello, y me apretó
-mucho. Sus labios estaban secos, su frente parecía una placa de bruñido
-marfil, su voz temblaba al decirme:
-
---Me vas á probar ahora que eres valiente.
-
---¿Y cómo? --le pregunté sin serlo, pues se me abatieron los ánimos.
-
---Soportando la mala noticia que te voy á dar. No he querido que lo
-supieras por otro conducto... Quería yo darte esta prueba de amistad,
-y que me vieras compartiendo tu desgracia... Aún hay esperanzas; aún
-puede ser...
-
---Dímelo de una vez... No me mates á fuego lento. Ese...
-
---Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo
-escrito: _Torres_... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid.
-
-Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía natural.
-Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente perdida.
-
---Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas...
-
---¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí. ¿En
-qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él
-espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos.
-
-Al oir esta palabra fatídica, _pleito_, fué cuando me sentí realmente
-acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro por delante
-de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en la frente, y
-se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran consuelo.
-
---Hay que llevarlo con paciencia --dije besándole la mano--. Estas son
-las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el
-amor es muy mal negociante.
-
---Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto --dijo
-ella interesándose vivamente por mí--. ¿Cuánto das tú por diferencias?
-
---Unos ciento cuarenta mil duros.
-
---¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí?
-
---Espelúznate... ¡Doscientos mil!
-
-Después que estas dos cifras vibraron en el aire, hubo un largo y
-lúgubre silencio, durante el cual las cifras parecían seguir vibrando.
-¡Oh, Dios! todas mis aritméticas habían venido á parar en aquel
-cataclismo... y los números ¡ay! eran el alfanje que me segaba el
-cuello.
-
-María Juana, compadecida, no quería dejarme entregado á la
-desesperación, y acompañando sus palabras de entrañables caricias, me
-dijo:
-
---Ahora vendrás conmigo... no quiero dejarte solo. Cristóbal te espera;
-él me mandó que viniera á darte la noticia, y que te llevara á casa
-para acordar entre los dos lo que debéis hacer. También irá Cecilio
-Llorente, que coge el cielo con las manos.
-
---¿Pero estás tú segura de que Torres ha desaparecido, ó es
-suposición...?
-
---¡Ah! hijo mío, sobre ese particular no tengas duda. La pobre Paca ha
-estado en casa llorando como una Magdalena. ¡Infeliz mujer! Gonzalete
-escribió una carta en que dice que no puede pagar. Sólo ha dejado unas
-pocas _Cubas_, un talonario del Banco y lo que había en la casa...
-
---No le dejaremos ni una astilla...
-
---¡Oh! --exclamó María sin poder evitar que una chispa de júbilo
-cruzara por su rostro--, lo que es ahora el espejo biselado irá _pian
-pianino_ caminito de mi sala... Vámonos, vámonos; serénate, y se
-procurará que el mal, ya que no pueda evitarse, sea la menor cantidad
-de mal posible. La vida humana tiene estas caídas; pero también ofrece
-grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy pesimista; creo en
-las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo por una sombra.
-¿Existiría si no existiera luz?
-
-Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión. En
-aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una lluvia
-importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy bien
-vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin
-paraguas.
-
-
-VI
-
-Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en
-mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo
-puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas
-desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible
-discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba
-Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones
-publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se
-presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la
-mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en
-bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á
-la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.
-
-Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera que al día siguiente
-vendería mis obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose
-pasmados y con la boca abierta.
-
---¿Pero no vendió usted sus Osunas? --gritó Medina persignándose--.
-Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.
-
-Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.
-
---Pero usted está ido, amigo mío --observó Llorente--; permítame que se
-lo diga.
-
---Esta es la más negra --murmuró Medina, rascándose la oreja--. ¿Pero
-no le dije á usted?...
-
---Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.
-
---Perdone usted...
-
---Hombre, que no.
-
---¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en
-mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le
-encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano
-Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un
-momento las Osunas... corren malos vientos.»
-
-En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había
-dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro
-como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de
-mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.
-
---¿Pero qué hay con las Osunas?... --pregunté ansioso.
-
---Ahí es nada: un bajón horrible.
-
---Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.
-
---Mañana las darán á 30, y será lo mismo.
-
---¿Pero qué hay?
-
---Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana
-la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se
-empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted
-esta semana al escritorio de Trujillo?
-
---No.
-
---¿Ni al Bolsín?
-
---Tampoco.
-
---¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?
-
---Tampoco.
-
---Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido
-de su vida?
-
-Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en la
-Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y
-por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El
-maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un
-berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación
-poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí,
-deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia,
-para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana
-salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:
-
---Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos
-vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías...
-Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras
-cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?
-
---No sé... déjame... creo que estoy loco.
-
---¿Pero no lo recuerdas?
-
---Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí me
-sucede!...
-
-Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la
-mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza,
-miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella
-noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama,
-vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora
-nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los
-encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á
-dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación
-de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el
-piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué
-atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por
-poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á
-que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito
-calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré
-juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado
-y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me
-entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre,
-con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre
-amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi
-alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo
-hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en
-el mundo.
-
-Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo á hacer la liquidación de
-mi fortuna, paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis
-nueve millones de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las
-ganancias de Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco
-más. Pero luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por
-fin, la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de
-un truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por
-mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba,
-esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de
-Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de
-narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50,
-y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo
-quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de
-Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi
-amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.
-
-Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los ojos,
-mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó en acudir
-á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con aspereza.
-Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. Pintéle
-mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí
-conminándole de este modo:
-
---Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido
-imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil
-duros que te presté sobre las _Mezquitillas_. Pero búscame y facilítame
-lo que puedas en esta semana. Echando mano de cuanto tengo disponible,
-no me basta para saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras
-de Tomás de la Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los
-quince días. Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto
-me puedes dar?
-
---Nada --replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.
-
---¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de
-juego. ¿No me ves con el agua al cuello?
-
---A mí me llega á la coronilla --díjome con la misma pachorra,
-señalando lo más alto de su cabeza.
-
---¿No tienes quien te preste?
-
---¡Yo! --exclamó con el acento que se da á lo inverosímil--. ¡Yo quien
-me preste!...
-
---Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la
-camisa.
-
---La tengo empeñada --replicóme con cierto estoicismo de buena sombra.
-
---Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.
-
---Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de
-Villamejor.
-
---Pues vende las _Mezquitillas_... Véndelas. Yo necesito mi dinero.
-
---Estás turulato. Tratamos por cinco años.
-
---Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este
-atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.
-
---Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No
-pienses por ahora en eso.
-
---Pues tú verás lo que tienes que hacer --chillé exaltándome--. Es
-forzoso que vengas en mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir
-doce, quince, diez y ocho mil duros?
-
-Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y
-echarle á puntapiés.
-
---Pero ven acá, perdido, ladrón --le dije cogiéndole por las solapas--.
-¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es
-que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?
-
-Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy
-natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de
-mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra,
-encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de
-su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los
-hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la
-causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la
-_señora_, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas
-las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose
-dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué _señora_ aquélla! Su
-colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes
-sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla
-y Jerez, y su participación en la mina _Excelsa_ de Linares. Para que
-se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su
-ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía
-la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía
-que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba
-dinero, poníase tan pesado que su mujer se veía en el caso de pedir
-billetes á Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos
-con mozas del partido en el _Cielo de Andalucía_.
-
---¿Pero es posible --le dije clamando como si tuviera en mí la
-autoridad de la religión y la justicia--, que hayas sido tan
-imbécil...? ¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?
-
---¡Y tú me predicas... tú!... --objetó echándose á reir.
-
---Hombre --repliqué algo desconcertado--, yo he hecho tonterías... pero
-no tantas...
-
---Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he salvado
-y tú no.
-
---¿Qué quieres decir?
-
---Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he tropezado
-con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú...
-
-No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla.
-
---No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las _Mezquitillas_.
-Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro...
-
---¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica.
-
-Echóse á reir y me dijo:
-
---Es un secreto. No me hagas preguntas.
-
---Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo?
-
---¿Y qué remedio tiene?... --me dijo alzando los hombros y riéndose
-tanto, tanto, que yo también me reí un poco.
-
---La verdad es --observé con sinceridad que me salía de lo mejor del
-alma--, la verdad es que somos unos grandes majaderos.
-
---Lo somos tanto --afirmó él entusiasmándose-- que nos debían vestir
-con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos
-á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los
-bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres
-el que no quiere abrir los ojos.
-
-
-VII
-
-Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, para
-ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que me buscase
-dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, dándome algunos
-detalles que me lo probaron bien. La complicación de sus trampas y la
-menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo el _Saca-mantecas_
-podía ponérsele en parangón por aquel importante concepto.
-
---Con decirte --me susurró al oído con cierta vergüenza-- que estoy
-dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto...
-cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién
-creerás? Tu primo Raimundo.
-
-No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi
-situación.
-
---Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no
-me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los
-tribunales.
-
---Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.
-
---Que la busque...
-
---Ese es otro que tal... También la _señora_...
-
---Más bien _las_... Ese las tiene por gruesas...
-
-Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para
-todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por
-cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes,
-incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban
-pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes.
-Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar
-unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que
-tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los
-compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros.
-Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo
-herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular,
-odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como
-un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me
-habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres
-se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los
-demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban!
-Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame
-el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta
-para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré
-en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con
-grosería, y eché á correr diciendo:
-
---Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.
-
-Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo
-le puse en la calle, gritando:
-
---Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí
-ni á ninguno de tu pícara casta.
-
-A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de
-Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el
-mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían
-caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir
-del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo
-Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento
-se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para
-darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy
-hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:
-
---Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva,
-donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme
-delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres
-divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu
-conocimiento y satisfacción...
-
-Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia
-él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan
-solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor de
-vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo que
-quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por las
-escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este negro
-vacío en mi alma y este afán de que alguien me quiera.»
-
-Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber por
-qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! no
-me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa
-ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de
-creer? Lo intentaría al menos.
-
-Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no
-tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus
-amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al
-pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:
-
---Cierre usted la puerta.
-
-La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué haría?
-¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media vuelta;
-pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta y me entró
-un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó simplemente
-brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en semejante
-estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de pedir
-hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La
-ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi
-cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los
-labios á la rejilla y me puse á dar voces:
-
---Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me
-queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño?
-¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y
-sois... cualquier cosa.
-
-Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi
-demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro
-giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido.
-Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre,
-porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.
-
---Camila --grité--, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida...
-Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te
-pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él,
-burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...
-
-Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, notando
-en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba haciendo.
-Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, me la mojé.
-La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, donde la
-pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al mismo tiempo
-que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... ¡Oh, Dios
-mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y también
-las risas del bruto...
-
-Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la escalera,
-creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos adelante; el
-barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, y ¡brum!... me
-desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de toda la espiral
-de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de vida.
-
-
-
-
-XXV
-
-Nabucodonosor.
-
-
-I
-
-Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo
-tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que
-estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta
-el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron
-el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió
-á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en
-cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego,
-me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba
-muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas,
-mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda
-la noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala
-cara... Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de
-recobrada eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me
-quedaba por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos
-de la muerte, en que tantas horas estuve, revolcándome en tenebroso
-espasmo, del cual apenas quedaban vagas sensaciones musculares cuando
-desperté. Lo primero que hice fué moverme, quiero decir, intentarlo.
-De este reconocimiento resultó un fenómeno que al pronto no me hizo
-impresión; pero que poco después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto.
-Yo no podía mover las extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay,
-Dios! estaba como muerto. Ramón debió leer en mi rostro la congoja
-de los esfuerzos que hacía, y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que
-me dejara. Quería seguir en reposo para pensar en aquel fenómeno
-tristísimo. A mi mente vino una idea, con ella una palabra. Sí, me lo
-dije en griego para mayor claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea
-de la justicia, que rara vez deja de abrirse paso en nuestras crisis
-para alumbrarnos la conciencia, apareció muy luego: «Bien ganada me la
-tengo.»
-
-Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia
-física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la
-sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no
-sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con
-toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise
-hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban
-pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban el
-entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida tal
-vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije sino
-¡_mah, mah, mah_! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que resolví
-enmudecer. Me daba vergüenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la
-mitad de lo que fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que
-echarse á cuestas á la izquierda cadáver, y por añadidura pensar como
-un hombre y expresarse como los animales, es cosa bien triste...!
-
-Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas
-cuando oyó mi espeluznante _mah, mah, mah_, no le fué posible fingir
-tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á
-la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de
-Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba...
-Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces
-tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me
-atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado.
-Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas
-tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa
-erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa
-presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me
-martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la
-fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres...
-Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la
-carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré
-hasta por la mañana.
-
-Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no saber
-quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche, en
-fila delante de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de
-aquellos letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto
-en alguna parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior
-de mi cama, grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo
-arriba, los brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á
-un balcón... La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que
-brillaban en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que
-hacen en la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra
-que me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á
-los ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella
-buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza
-observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy
-acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y
-aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en
-un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran
-ni cómo se llamaban.
-
-Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer
-cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda
-de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas
-y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin
-par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento
-y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María Juana,
-la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo. Pero tuve
-espanto y vergüenza de que mis tres primas me oyeran. No, antes
-reventar que darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico.
-Eloísa fué la primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en
-que las tres estaban cual aves posadas en una rama.
-
-Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas.
-Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no
-dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro
-del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen
-rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio
-á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado
-y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión
-casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la
-conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba,
-y yo... mutis. «No oirás este _mu_ del buey herido, prenda de mi
-corazón», pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí,
-porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi
-vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado.
-
-
-II
-
-Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas (no
-sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, y
-él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron.
-Camila vino hacia mí, dejando la costura, y me dijo: «¿Qué tal?»
-En mi sensibilidad fuertemente perturbada hizo aquel _qué tal_ el
-efecto de un intenso olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A
-punto estuve de hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El
-silencio había venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad
-bastante para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé
-pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que
-fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero
-y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por
-la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué
-culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades
-más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta.
-Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita,
-entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy
-grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun
-venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á
-los locos», pensé.
-
-Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome
-al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos
-dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un
-apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted
-pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz,
-inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es
-el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez
-de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón.
-Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal
-oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre
-la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole
-tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la
-tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me
-estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué
-no hablas?» me dijo al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano.
-Dile á entender que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un
-libro para que escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor», escribí, no
-sin trabajo. Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te
-curamos.» «Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las
-tres me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por
-quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un
-garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel,
-guardándose los pedazos.
-
-¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme
-medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser
-el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía
-á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las
-medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos
-derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame
-la estricnina. Pensé decirle por escrito que me diera de una vez
-la morcilla, para hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta
-miseria, rodeado de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo
-valerme sin ajeno auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí
-para allí, cargándome como á un leño, y haciendo conmigo lo que las
-madres de más abnegación hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é
-irresponsable. Admiraba yo la caridad de entrambos, y mayormente la de
-Constantino, que no tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura
-lástima de mí. Dios se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en
-plena inmundicia, sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable
-á nada. Era la conciencia física que me acusaba en aquella forma tan
-grosera como expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido
-gravemente, hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con
-más gallardía cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese
-valor de sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor
-llamado bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro
-sin duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba
-también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les
-deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal
-moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría,
-á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de
-gracia.
-
-¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta
-asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad y
-de sus esfuerzos por buscar _postura_ bonita en su muladar! ¿Qué
-discurriría yo para hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué
-arbitrios de coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético
-giro á mi situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul,
-que referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é
-inmunda no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había
-torcido la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á
-pedir un espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil
-pegar la punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no
-pudiera pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo
-difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré
-para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!
-
-Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, donde
-estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado me
-vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de mantas
-y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de esas
-figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo
-infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi
-boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre.
-Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos
-hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.
-
-Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido de
-Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no
-sé qué habría sido de mí, porque se constituyó en guardián de mis
-intereses, y tomó muy á pechos todo lo concerniente á los negocios
-míos, que habían quedado en suspenso el día de mi enfermedad. Él y
-Medina llevaban adelante con la mayor energía la acción judicial contra
-Torres y Samaniego. Ignorábase el paradero de Torres. El agente daba
-la cara, ofreciéndose también como víctima, y se prestaba á remediar
-el daño hasta donde alcanzaran sus fuerzas. Halléme en las peores
-condiciones para alcanzar justicia, pues antes que yo habían de cobrar
-los que, como Cristóbal, tenían la garantía legal de la publicación.
-Severiano consiguió que el Juzgado embargase la casa de la Ronda; pero
-he aquí que el contratista de la obra se echó encima de la finca,
-probando que no se le había pagado más que uno de los plazos de la
-construcción. En fin, que primero cobraría el contratista; después
-Medina, y luego Llorente, yo y los demás, si algo quedaba. De todo esto
-me informaba Severiano, atenuando lo desagradable, y dándome esperanzas
-que yo no podía tener. Todo iba mal, muy mal para mí, como veréis por
-lo que sigue.
-
-A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la
-preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y
-algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la _te_ y la
-_erre_, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el
-proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como la
-educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á los
-que me oyeran. Tal era mi estado, cuando Severiano vino á manifestarme
-que las letras que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían
-sido protestadas, y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de
-resaca. Él hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que
-las tenía; pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas,
-y no tenía más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito
-porvenir! --pensé--. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos
-sobre mí: uno contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el
-tercero contra mis arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder
-mañana mismo para exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta
-la última bota de vino.»
-
---No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta
-casa --me dijo Severiano--. Ten presente otra cosa, y es que el día 12
-te vencen las letras de Tomás de la Calzada.
-
-Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal
-estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de
-Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo?
-¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando
-quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía
-yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras
-de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de
-ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora
-de estas últimas era el _Crédito Lyonés_; y no teniendo amistad con
-el gerente ni con ningún consejero de ella, no podía esperar que me
-diesen la prórroga ó respiro que habría sido tal vez mi salvación.
-En estos casos las determinaciones acudían pronto á mi mente, aun
-hallándose, como se hallaba, enteramente desquiciada.
-
---Vete corriendo á ver á Medina --dije á Severiano, parte por señas,
-parte escribiendo y algo también con ladridos--. Es el único que
-puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta
-casa...
-
-
-III
-
-Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha.
-«¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina
-estúpida!... --pensaba--. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que
-cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?»
-Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que
-me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras
-de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de
-aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba
-al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado
-yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel
-caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que á
-las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de mí!
-Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no será,
-aunque tenga que vender la camisa. Aún puedo negociar los créditos
-á mi favor, aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento.
-Me quedaré sin un real y en situación de pedir limosna como esos
-infelices lisiados que se arrastran por los caminos; pero las Pastoras
-cobrarán... ¡pues no han de cobrar!...»
-
-Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome
-la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán
-los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días.
-Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y
-como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las
-_Mezquitillas_... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de
-su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona
-formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han
-puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar
-consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás
-á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz
-señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás
-á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre
-la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos
-reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán
-con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu
-padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en
-la artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás
-comer con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda
-que se te ponga al pescuezo para que no te escapes; porque sábete
-que vas á ser animal dañino que correrás tras las mujeres y los niños
-para morderles... Y cortarán hojas verdes y frescas para ponértelas
-en el lomo y defenderte de las moscas... Porque ellas, en su pobreza,
-seguirán siendo las personas más cristianas del mundo, y vencerán su
-asco para compadecerte, y se impondrán el sacrificio de mirarte, como
-una penitencia de la falta enorme de haber confiado en tí.»
-
-Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo.
-Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para
-nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á
-la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien
-me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único
-apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los
-alimentos.
-
-Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme
-una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor
-con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto
-imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero
-que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no
-comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho
-cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía
-siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en
-él lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima
-tan profunda se pintaba en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos
-expresasen lo contrario de lo que se desprendía de aquella bestialidad
-grosera, y no sé si lo pude conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían
-expresar más que el estupor del idiota y los anhelos de una gula
-repugnante. «Acuérdate, Camila --le decía yo con el pensamiento--, de
-cómo te quiso este cerdo cuando era hombre.»
-
-No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara le
-conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo
---me dijo--, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del
-millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas
-con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero
-descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las
-letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no
-es tan perra como dicen.»
-
-Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que
-palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió;
-la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo,
-dijo:
-
---¿Se habrá puesto mala?
-
-Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:
-
---Camila está... vomitando.
-
-«Es que le he dado asco --pensé sintiendo un nudo horrible en mi
-pecho--. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta
-estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la
-borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le
-pregunté como pude lo que tenía, y no quiso contestar. Pero no debía
-ser lo que yo me figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad;
-y en un momento en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose
-ambas manos á su esbeltísimo talle:
-
---Es que estoy...
-
-Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar
-inspiración, escribí: «¿Belisario?»
-
-Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su
-rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del
-sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me
-alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que
-era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses», sacando del
-puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor.
-
-Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces.
-Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el
-placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por
-esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me
-faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la
-mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque
-desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía
-con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la
-bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella
-chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido,
-cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he
-dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado
-Petrarca era un sátiro ante Laura, y el espiritado _Quijote_ un
-verdadero mico ante Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante
-Camila. No cabía más pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme
-aquí hecho un santo, de esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún
-interés de la carne ni cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza
-corporal que guarda los encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel
-puerco de que os hablo no era todo escoria: yo reconocía en mí el
-conjunto extraño de bestia y ángel que caracteriza á los niños; pero
-nada de lo que constituye el hombre.
-
-Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo:
-
---Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta
-de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero
-yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y
-Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal
-hablará mañana con los del _Crédito Lyonés_, encargándose de recoger
-las letras protestadas.
-
-Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor era
-completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima
-prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones
-posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento...
-Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta mil
-duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando otro
-tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero pasar
-de aquí érale punto menos que imposible.
-
---No hay que soñar --añadió--, con que mi marido se corra más. Ya sabes
-que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no
-repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole
-más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo
-gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le
-perdamos por querer hacerle mejor.
-
-Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar á
-ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan
-bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que
-lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no
-hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis
-importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto
-de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo
-estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había
-escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en
-Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el
-Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada.
-
-Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el espíritu
-las dificultades para salir del compromiso de las letras, si algún
-inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos lo pensara.
-Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué aquella
-noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su mujer, se
-puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay! que mi
-buen tío estaba en situación de que le pusieran niñera, y no servía
-absolutamente para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande,
-pues si disponía de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al
-andar, y ya se había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba
-como dormido y costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya
-enteramente difusa, incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con
-unas sandeces tan primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo
-le miraba desde mi sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo
-el mismo aspecto de niño bobo!... Debo de tenerlo.»
-
-
-IV
-
-Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano infantil
-podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular.
-Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil
-proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un
-puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo,
-don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo:
-
---Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó
-no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la
-disposición de José María mil reales... ni más ni menos.
-
-Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de
-sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches
-iba un rato tan _trigonométricamente trastrocado_ como siempre, se
-me sentaba al lado y empezaba á hacer chistes para distraerme. Pero
-ocurría una cosa muy rara, y era que ya no me hacían gracia maldita las
-ingeniosidades de aquel juglar de la frase. Sabíanme todas las suyas á
-fiambre pasado, ó manjar sin sazón. Era un amaneramiento y un repetir
-de fórmulas que se me sentaban en la boca del estómago. Yo no me reía
-ni pizca, para que se marchase pronto y me dejara en paz.
-
-Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á
-Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro
-de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del
-tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho,
-inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos
-siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije
-nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos
-con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró
-en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y
-pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me
-contestó:
-
---Nada, tonterías; no me acuerdo...
-
-Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero afán.
-
---Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos
---me dijo--. Pasado mañana vencen las _Pastoriles_ letras. No te ocupes
-de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas.
-Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.
-
-Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita y
-prudente María Juana venir á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos,
-en un lío de billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando
-el don de estas palabras:
-
---No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que te
-hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á Medina,
-y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir al
-cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de
-la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes
-suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación
-de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con
-practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que
-la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido.
-Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me
-hicieras un recibo...
-
-Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que
-rechazó escandalizada.
-
---Por ningún caso --me dijo--, y ni el reintegro de la suma aceptaría
-si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si
-algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte
-de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de
-lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras
-cosillas.
-
-Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve
-noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera
-que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi
-alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos!
-Cuando Severiano me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi
-sensibilidad lacrimal era muy grande, y á la menor emoción me corrían
-ríos por la cara. Si esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de
-debilidad nerviosa, lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía
-un ovillo cuando Severiano me contó lo que á la letra copio:
-
---Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu
-socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin,
-el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de
-devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico.
-
---¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... --exclamé
-rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa--. Te juro que
-van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del
-naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no
-admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma...
-
---Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con su
-_glóbulo_, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios, don
-Isidro Barragán.
-
-Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso
-admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el
-lápiz y por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por
-mí hacíanlo de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado
-con mis malas intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi
-situación lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de
-mi ataque, cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado
-con mi pesadez, que en un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en
-la escalera. Cuando me sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro
-pensaron que yo me moría aquella noche, y les acometió remordimiento
-de conciencia y estuvieron muy intranquilos hasta el día siguiente.
-Dios había querido que yo viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me
-tenían se les disipó al verme como me veían. Camila y él hablaron de
-perdonarme. Ambos lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de
-este cristiano pensamiento.
-
---Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga --había
-dicho Camila con inocencia de niña de escuela--. No seamos más papistas
-que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos
-bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste
-es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo
-que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y
-con su pan se lo coma.
-
-Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las más
-cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo había
-oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y de
-socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel bruto
-me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio, que le
-dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría hecho con
-su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos; serían mis
-herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi fortuna.
-
-
-V
-
-Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban con
-las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto. «¿Pero
-cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á Villalonga
-unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco. ¿Y qué
-hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que sigue:
-
---No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad
-está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro
-salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima
-Eloísa.
-
-La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte que,
-valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la cama. Con
-gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la resolución de
-no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por calmarme. Ramón
-y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como un muñeco, y allí
-aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me echó Severiano.
-
---Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con
-escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle
-la cara... Después pagarás y _pax Christi_... Cuando ví la cosa fea,
-me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy afligida, pensando en tí, en
-tu ruina corporal más que en tu pobreza, y me obsequió con la mar de
-lágrimas y suspiros. «Venderé todo lo que tengo, por sacarle de su
-compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que en la casa
-ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de liquidación.
-Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el día anterior y
-otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me preguntó con aquella
-vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si me buscaba diez mil
-duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato al suelo, el ceño
-fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando miradas de amor á
-sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con rodeos?... ¿te lo
-digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me trajo ayer los diez
-mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín.
-
-Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No puedo
-pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de la
-prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda la
-saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me
-caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso
-que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó
-en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma
-destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa,
-Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que
-formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos
-por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal
-Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una
-vez: «Si me ponen en la alternativa de querer á todos los soldados de
-un regimiento uno tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto
-por lo primero.» Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo
-tenía en su alma: puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones
-de trapos y arte decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el
-aborrecible, asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo:
-si me hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como
-sentí aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se
-puede agradecer.
-
-Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:
-
---Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis mil
-duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se
-me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y
-tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle
-reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada
-más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando
-al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me
-lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la
-repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado...
-Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere
-interés. «No es préstamo --me dijo lo menos veinte veces--: es regalo,
-es restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase
-que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.
-
-Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. Mi
-conciencia se sublevaba; se me venían á la boca expresiones airadas
-y terribles. Mi honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias
-y asechanzas que le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en
-mis acciones. Antes todos los males que aquel arrimo ó protección
-indecorosa de una mujer que pagaba mis deudas con el dinero de sus
-queridos. Creo que en aquel trance me expresé sin dificultad; al menos
-yo dije á Severiano todo lo que quería decirle.
-
---Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de
-devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le
-digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita.
-Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira que
-esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto de las
-letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se pueda.
-Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te lo
-pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios nos
-recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado del
-mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por haber.
-
-En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras
-conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.
-
---Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar,
-no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo
-que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo
-el mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un
-tajo á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya
-hipotecada la casa... En cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que
-traiga á los prenderos? Pues vendrán, y verás cómo no te dan arriba
-de dos ó tres mil duros... por lo que vale siete ú ocho mil. No hay
-solución por ese lado... Pero pues tú lo quieres, devolveré los diez
-mil á Eloísa, con tal que te sosiegues, que no te excites... Mira que
-te vas á poner peor.
-
-Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo
-que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas
-y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos.
-Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando
-verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve
-muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo
-decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba
-el presagio de mi fin desgraciado.
-
-Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar al
-despacho.
-
---¿Qué has hecho? --le pregunté cuando volvió á mi lado.
-
---¿Qué había de hacer? Pagar las letras --me respondió
-mostrándomelas--. Aquí las tienes, con el _recibí_ de Lafitte... Y
-no me preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para
-boberías de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como
-vienen, como resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos.
-Todo lo demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las
-regiones etéreas.
-
-Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna
-opinión. Yo temblaba al pensar que Eloísa iría á verme como en
-solicitud de mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto,
-ocurrió este desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando
-no había ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla,
-mi conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo
-hacer. Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre
-él la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara
-desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era.
-Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por
-ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues,
-que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya;
-y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de
-mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con
-ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á
-dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería,
-á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban,
-transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que
-tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que
-saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de
-hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay
-más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro
-muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.
-
-
-VI
-
---A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me
-dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido
-que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy
-amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una
-charada. _La solución en el próximo número._
-
-No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra,
-no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo
-claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme
-á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz
-que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz
-atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de
-capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco
-de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el
-no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras
-sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero
-hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia
-Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me
-asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.
-
---¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que
-ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo
-expresarte bien?
-
---No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente
-mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.
-
---De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con
-admirable sentido.
-
-¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo
-que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una
-mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si
-por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un
-segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo
-que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A
-mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:
-
---Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se
-evitaría?
-
---No me ocurre ninguna.
-
---¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á
-tener Camila?
-
---¡Claro, tu nene...!
-
-Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba.
-Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.
-
---Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la
-atrocidad que has dicho...?
-
-Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia
-mayor! Yo me daba á los demonios.
-
---Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba --aseguró mi amigo
-con su calma habitual--. La otra noche, á eso de las doce, dormías,
-y en sueños dijiste: ¡_Belisario... hijo mío_! y con una expresión
-de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que
-estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá
-hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá.
-
---¿De veras que pronuncié yo esas palabras? --dije, quedándome como
-lelo--. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una
-bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis
-absurdos por verdades.
-
-No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso silencio.
-Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos en defensa
-de Camila, que al fin me parece quedó convencido.
-
-Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía
-disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me
-salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal
-vez? ¿La frase suya de los _disparates pensados_ provenía de haberme
-oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no
-recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de
-actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia
-de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no
-estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun
-así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me
-sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:
-
---Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna
-barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.
-
-Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas
-misteriosas, obscuras y siempre veladas regiones del sueño; pero
-despierto era yo la persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas
-las virtudes, toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de
-aquel cariño paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna
-pasión. No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna
-casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en
-aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud,
-debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza,
-haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la
-contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen
-en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía
-con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo
-deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba
-mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones
-humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la
-cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á
-los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno
-de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al
-fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí,
-infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que
-llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo
-de la familia humana las perniciosas semillas...
-
-No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban en
-mis sanas ideas. Ambos estaban tan arrumbados físicamente como yo,
-igualándome en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas
-que decían en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo.
-Eramos tres sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el _triple
-trapecio_ de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca
-famosa á Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo
-como buenos amigos, el demonio me lleve.
-
-
-
-
-XXVI
-
-Final.
-
-
-I
-
-Ya es tiempo. Voy á concluir.
-
-La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en los
-meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme,
-pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida
-y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la
-proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar
-del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó
-cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que
-tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación
-completa.
-
-Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he
-dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria,
-quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres,
-y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando primero
-y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal primera de
-la vida, me fué concedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo
-á gatas hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los
-seres que deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de
-cobrar el barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano.
-Resistíame á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto
-insistió Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que
-exponer mi lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas
-ó quizás burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio
-no es para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me
-miraba, me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña
-figura. Si no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo
-herido del mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado
-el cuerpo, la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro
-encendido, la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto
-necesitaba media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante,
-me sentaron tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era
-otro hombre, y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte
-bastón. El espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la
-imbecilidad, y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que
-hice para componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal.
-
-Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y además,
-¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y el estorbo
-de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los comienzos de
-Julio, dióme Severiano la solución de su charada. Yo había comprendido
-que la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna
-joven rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo
-habría adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto.
-Creo que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean
-aquí que la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don
-Isidro Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba
-_familia reventativa_, y tendría por papás á _Partiendo del Principio_
-y _No Cabe Más_, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me
-quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande
-en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias,
-la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba
-tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras
-herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y
-buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como
-me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla,
-modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos
-apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda
-sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas
-tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo
-no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad
-de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones,
-añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes
-de que yo me metiese á predicador. En cuanto á la desagradable
-circunstancia de ingresar en la _familia reventativa_, Severiano
-sostenía estóicamente que el sér humano tiene el don de acomodarse á
-todo; es animal de costumbre que sabe atemperarse á los más extremados
-y contrapuestos climas, á las civilizaciones más refinadas como á las
-absolutamente negativas. _Partiendo de este principio_, no le sería
-imposible ser yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto
-esta parentela le había de ser menos grata que una camisa de fuerza,
-poco á poco se iría _jaciendo_ y concluiría por encontrarse allí como
-el pez en el agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe
-que Victoria, de quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un
-sobrino de Arnáiz. Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil
-felicidades.
-
-Habiéndome quedado casi solo en Julio y Agosto, sin más compañía que
-la de aquellos pedazos de mi corazón, Camila y Constantino, pensé en
-continuar mis Memorias, interrumpidas en la parte de mi vida que, á
-mi modo de ver, merecía más los honores de la narración. No me era
-difícil escribir, pues mi mano derecha conservábase expedita; pero se
-cansaba pronto, y los trazos no eran muy correctos. La inteligencia y
-la memoria me ayudaban bien; púseme á la obra, y con lentitud proseguí
-aquel trabajo. Pronto hube de valerme, para andar más á prisa, de un
-amanuense que me depararon Dios y mi tía Pilar, hombre que me venía
-como anillo al dedo para el caso. Llamábase José Ido del Sagrario, y
-tenía una letra clara, hermosa, si bien un poco floreada y como con
-tendencias á criar pelo por los infinitos rasgos que por arriba y
-por abajo salían de los renglones. Pero era miel sobre hojuelas aquel
-hombre, y con sólo mirarme adivinábame los pensamientos. Tal traza al
-fin se daba, que contándole yo un caso en dos docenas de palabras,
-lo ponía en escritura con tanta propiedad, exactitud y colorido, que
-no lo hiciera mejor yo mismo, narrador y agente al propio tiempo de
-los sucesos. Con ayuda de tal hombre, los diferentes lances de mi
-ruina y mi enfermedad salieron _como una seda_. Decíame Ido que él
-era del oficio; que si yo le dejara meter su cucharada, añadiría á
-mi relato algunos perfiles y toques de maestro que él sabía dar muy
-bien; pero no se lo permití. Por ningún caso introduciría yo en mis
-Memorias invención alguna, ni aun siendo tan llamativa como todas las
-que brotaban del fecundísimo cacumen de mi escribiente. Yo ponía mis
-cinco sentidos en el manuscrito, temeroso siempre de que él se dejara
-arrastrar de su desbocada fantasía, y puedo asegurar que nada hay aquí
-que no sea escrupuloso traslado de la verdad. La única reforma que
-consentí fué variar los nombres de todas las personas que menciono,
-empezando por el mío; variación que realizamos con pena, pues me
-gustaría llevar la sinceridad á sus últimos límites.
-
-Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad
-é interés á las personas que buscan en la lectura entretenimiento y
-emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el
-principio me impuse, y fué contar llanamente mis prosáicas aventuras en
-Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, sucesos que en nada se
-diferencian de los que llenan y constituyen la vida de otros hombres,
-y no aspirar á producir más efectos que los que la emisión fácil y
-sincera de la verdad produce, sin propósito de mover el ánimo del
-lector con rebuscados espantos, sorpresas y burladeros de pensamientos
-y de frase, haciendo que las cosas parezcan de un modo y luego resulten
-de otro. Y no me habría sido difícil, sobre todo contando con la
-experta mano de mi inteligente pendolista, alterar la verdad dentro de
-lo verosímil en beneficio del interés. Porque ¿qué cosa más hacedera
-que suponer á Camila vencida de mis gracias personales, ó figurarla
-al menos vacilante, fluctuando entre el deber y la pasión, jugando al
-_hoy te quiero, mañana no_? ¿Pues qué diré de un buen golpe de escenas
-en que mi borriquita se me entregara, y en el momento de la entrega se
-me muriera en los brazos, sin saber por qué ni por qué no, quedando
-así burlados mis apetitos... ó bien que Cacaseno y yo nos diéramos una
-buena comida de sablazos ó espadazos en el llamado _campo del honor_
-y que yo le matase á él, enredándome después con su viuda, de lo que
-resultaría pronto el hastío de ambos y una buena ración de dramáticos
-remordimientos? En tal caso haríamos la moral de la fábula tirándonos
-los platos á la cabeza; y luego vendría Eloísa, que de la noche á la
-mañana se había vuelto virtuosa y estaba en camino de hacerse Magdalena
-de pechos al aire y melenas largas, y nos echaba un sermón diciéndonos
-que allí teníamos las resultas de nuestro crimen, que nos miráramos en
-su espejo y pensáramos en arrepentirnos é irnos á un yermo á darnos de
-zurriagazos, como pensaba hacer ella si el Señor le daba vida... Bien
-quisiera, repito, que en este campo de la fresca verdad nacieran todas
-estas hierbas, que son el forraje de que se apacientan los necios; pero
-no puede ser, y lo escrito, escrito está.
-
-
-II
-
-Con la inmensa dote que le llevó Esperancita, desempeñó Severiano su
-propiedad inmueble, y me entregó religiosamente los ochenta mil duros
-que le presté en Mayo con hipoteca de las _Mezquitillas_. De los Hijos
-de Nefas y de los Hermanos Roldán logré, en virtud de un arreglo, la
-mitad del valor de mis créditos, con lo cual pagué á Medina, á Eloísa,
-á María Juana y otros picos. En el reparto de los despojos de Torres,
-Medina no salió mal, y mi excelsa prima vió entrar por la puerta de su
-casa el famoso espejo biselado. ¡En él se miraría!... A mí tocáronme
-sólo unos diez y siete mil duros. Reuní, amasé y consolidé estos
-míseros restos de mi fortuna, y con ellos y la casa quedóme un capital
-limpio y sano de tres millones de reales, de los cuales, por testamento
-que otorgué en Madrid en Septiembre de 1884 ante el notario don
-Francisco Muñoz y Nones, serían únicos herederos Camila y Constantino.
-Nombré albaceas á Severiano, á Trujillo, á Arnáiz y al general Morla,
-y me quedé tranquilo, diciendo: «Gracias á Dios que he hecho una cosa
-buena en mi vida.»
-
-Aún me bullían en la conciencia los escrúpulos de herir la delicadeza
-de mis queridos amigos transmitiéndoles mis bienes. Consulté el caso
-con la propia Camila, quien, con noble sinceridad, me dijo:
-
---No hables de morirte; yo no quiero que te mueras. Pero si te
-empeñas en ello y me nombras tu heredera, no haremos la gazmoñería
-de rechazarlo por una papa ó calumnia de más ó de menos. Nuestra
-conciencia está en paz. ¿Qué nos importa lo demás? Si algún estúpido
-sin vergüenza cree que me dejas tu fortuna por haber sido tu querida,
-Dios, tú y yo sabemos que me la dejas por haberme portado bien.
-
-Me entusiasmó. Le cogí la cara por la barba y le dí un beso, el primero
-que le había dado en mi vida, tan casto y puro que no lo sería más si
-hubiera sido ella mi nieta, es decir, dos veces hija. Y lo parecía.
-Yo estaba viejo, caduco, sin vislumbres de nada varonil en mí; no
-tenía en mi sér sino la discreción, la gravedad senil, y un desmedido
-apetito de aplaudir sin tasa los actos de virtud. En esto iba cada día
-más lejos, y á todo el que me parecía honrado y prudente en cualquier
-respecto, le manifestaba mi admiración, le aplaudía y le alentaba con
-aires patriarcales á seguir por aquel saludable camino, único que á la
-Bienaventuranza eterna conduce.
-
-Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella en
-meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas con
-tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos mis
-asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y mi
-hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de menos;
-pero tuve que resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que
-me tuvo durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo
-Ramón que la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato
-pasé, temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme
-daba derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par
-hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía
-de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino
-bajó desalado á darme la noticia.
-
---¿Conque ya tenemos á Belisario? --le dije, abrazándole, sin esperar á
-que contara el caso.
-
---Sí; pero no sabes lo mejor...
-
---¿Qué?
-
---Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance
-concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.»
-
---¿Otro?
-
---Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan
-mal genio como su hermano.
-
---¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z...
-
-
-III
-
-Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque,
-cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había
-deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos
-bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á
-la exactitud de los casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el
-manuscrito, puesto ya en limpio y con los nombres bien disimulados,
-á un amigo suyo y mío que se ocupa de estas cosas, y aun vive de
-ellas, para que lo viese y examinara, disponiendo su publicación si
-conceptuaba digno del público mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á
-verme; hablamos; le invito á escribir la historia de _la Prójima_, de
-la cual yo no he hecho más que el prólogo, á lo que me contesta que
-aunque ya no le hace caso Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser
-Duquesa, bien vale la pena de intentar lo que yo le propongo. De otras
-muchas cosas hablamos, extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la
-forma y manera de imprimir estas obscuras páginas. La primera condición
-que pongo es que no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi
-muerte, puede darse mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en
-letras de molde, y así la publicación del libro será la fúnebre esquela
-que vaya diciendo por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el
-infelicísimo autor de estas confesiones habrá dejado de padecer.
-
-
-FIN DE LA NOVELA
-
-
-Madrid, Noviembre de 1884-Marzo de 1885.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- I.--Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi
- tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y Camila. I-5
-
- II.--Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas
- particularidades acerca de la familia de mi tío y de las
- cuatro paredes de Eloísa. I-35
-
- III.--Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos. I-49
-
- IV.--Debilidad. I-63
-
- V.--Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre
- Kitty. I-85
-
- VI.--Las cuatro paredes de Eloísa. I-97
-
- VII.--La comida en casa de Camila. I-111
-
- VIII.--En que se aclaran cosas expuestas en el anterior. I-123
-
- IX.--Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la
- leyenda de las cuentas de vidrio. I-127
-
- X.--Carrillo valía más que yo. I-145
-
- XI.--Los jueves de Eloísa. I-155
-
- XII.--Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor. I-209
-
- XIII.--Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible. I-233
-
- XIV.--Hielo. I-269
-
- XV.--Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que
- pasaron después. I-281
-
- XVI.--De cómo al fin nos peleamos de verdad. II-5
-
- XVII.--Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta
- verdadera historia. II-19
-
- XVIII.--De los diferentes procedimientos usados por los
- madrileños para salir á veranear. II-37
-
- XIX.--Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y
- trapístico. -- Mala sombra de todos los idilios de cualquier
- clase que sean. II-63
-
- XX.--Doy cuenta de la agravación de mis males y del remedio
- que les aplico. -- Gonzalo Torres. II-89
-
- XXI.--Los lunes de María Juana. II-115
-
- XXII.--Varias cosillas que no debo dejar en el tintero, y la
- enfermedad de Eloísa. II-151
-
- XXIII.--De la más ruidosa y desagradable trapisonda que en mi
- vida ví. II-211
-
- XXIV.--Las liquidaciones de Mayo y Junio. II-255
-
- XXV.--Nabucodonosor. II-307
-
- XXVI.--Final. II-341
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Lo prohibido (novela completa), by
-Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) ***
-
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-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
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-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
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-collection are in the public domain in the United States. If an
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- Lo prohibido (novela completa), by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<pre>
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-Project Gutenberg's Lo prohibido (novela completa), by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Lo prohibido (novela completa)
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: October 9, 2020 [EBook #63412]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) ***
-
-
-
-
-Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
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- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
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-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-1">p. I-1</span></p>
- <h1>LO PROHIBIDO</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-2">p. I-2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares
- que no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-3">p. I-3</span></p>
- <p class="fs120 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="ws1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs300 ws1 mt1">LO PROHIBIDO</p>
- <p class="fs130 ws1 mt1">Novela completa.</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="fs110 mt1">13.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
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- </div>
-
- <p class="fs110 lh150 g0 mt3"><b>MADRID</b></p>
- <p class="lh150 g1 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p>
- <p class="fs90 lh130 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p>
- <p class="lh130 g1 ws1">Arenal, 11</p>
- <p class="fs110">1906</p>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-4">p. I-4</span></p>
- <p class="lh200 ws1 g0">EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO</p>
- <p class="fs90 lh200 ws1 g0">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p>
- <p class="fs90 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-5">p. I-5</span></p>
- <p class="centra fs200">LO PROHIBIDO</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
- <p class="subh2h">Refiero mi aparición en Madrid, y hablo
- largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y
- Camila.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi
-padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa
-extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos
-que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias,
-y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
-Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo
-me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar
-un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el
-hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su
-vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando
-quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menes<span
-class="pagenum" id="Page_I-6">p. I-6</span>ter. Vivía el buen señor, quiero
-decir, vivíamos en el barrio que se ha construído donde antes estuvo el
-Pósito. El cuarto de mi tío era un principal de diez y ocho mil reales,
-hermoso y alegre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé el
-bajo, poco menos grande que el principal, pero sobradamente espacioso
-para mí solo, y lo decoré con lujo y puse en él todas las comodidades á
-que estaba acostumbrado. Mi fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con
-exceso.</p>
-
-<p>Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente
-al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de
-González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las
-nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente
-mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las
-personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas
-plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y
-aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á
-las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para
-todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé
-después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que
-nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á
-saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á
-dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba
-en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de
-riqueza y trabajo.</p>
-
-<p>Mi tío es un agente de negocios muy conocido<span class="pagenum"
-id="Page_I-7">p. I-7</span> en Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos
-de importancia en la Administración: fué primero cónsul; después
-agregado de embajada; más tarde el matrimonio le obligó á fijarse en
-la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, protegido y alentado por
-Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su familia le estimularon
-á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por las aventuras y
-esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, rectitud,
-actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á agenciar asuntos
-diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes se felicitaba de
-ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De ellos vivía, no
-obstante, despertando los que dormían en los archivos, impulsando á
-los que se estacionaban en las mesas, enderezando como podía el camino
-de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades con
-gente de éste y el otro partido, y la vara alta que tenía en todas
-las dependencias del Estado. No había puerta cerrada para él. Podría
-creerse que los porteros de los ministerios le debían el destino, pues
-le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban las entradas
-considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas épocas había
-ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados expedientes
-de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida honradez le
-había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, su posición
-debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. No carecía
-de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco lisonjero
-para un hombre que, después de trabajar tanto,<span class="pagenum"
-id="Page_I-8">p. I-8</span> se acercaba al término de la vida y apenas
-tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.</p>
-
-<p>Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre
-como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba
-toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación
-anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el
-fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente
-ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito
-y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase
-vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus
-relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos
-con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios
-que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el
-cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el
-momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo
-distrayéndose del asunto, y en sonando el <i>pum</i>, llevábase un mediano
-susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del
-aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los
-ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba.
-No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos
-de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco
-lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz,
-zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío <i>la
-Verónica</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-9">p. I-9</span></p>
-
-<p>Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia
-en Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á
-mi instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia
-y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi
-padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo
-febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de
-Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no
-tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino
-de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un
-chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas
-demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial
-de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada
-en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este
-descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual
-si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un
-desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con
-una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas
-¡ay, dolor! estaban ya casadas.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus
-tres yernos con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro
-pobre y vanidoso, el tercero una mala persona. De confiden<span
-class="pagenum" id="Page_I-10">p. I-10</span>cia en confidencia llegó hasta
-las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación
-en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora
-indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del
-enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer
-hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser
-que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al
-primer novio que les deparó la ilusión juvenil.</p>
-
-<p>No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo.
-Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes
-nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad.
-Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una
-perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo
-principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en
-presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso
-melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso
-que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo
-semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no
-pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á
-pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas
-me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo
-menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta
-razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este
-flaco mío y otros, no dejaba que<span class="pagenum" id="Page_I_11">p.
-I-11</span> llegase á mi presencia ni una mosca. Difícil era en Madrid
-extremar la consigna. Ni valían estos rigores con mi tío, el cual,
-atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi gabinete. Y era que
-creía de buena fe llevarme en sus largos discursos la mejor medicina de
-mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez de hablarme de cosas
-que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera distinta de mi padecer,
-estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle meter la cabeza
-en él valientemente, como se corrige á los caballos espantadizos,
-acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome primero en su
-festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el cual, forzando
-la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática constitutiva
-en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto Miquis la noche
-antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin entender una
-jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié mi tío
-Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un mal
-de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el
-herpetismo ó la tisis hereditaria.</p>
-
-<p>—Todos padecemos en mayor ó menor grado —me dijo amplificando mucho
-la relación que voy á extractar—, los efectos de una imperfeccioncilla
-nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros
-Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido
-individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento
-y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres,
-chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida,
-bien manía más ó menos rara<span class="pagenum" id="Page_I-12">p.
-I-12</span> que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño
-en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que
-tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele
-decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las
-altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos
-hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas,
-ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en
-sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha
-habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las
-hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de
-ellas.</p>
-
-<p>Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador
-sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su
-facundia con materiales de invención.</p>
-
-<p>—Usted hubiera sido un gran novelador —le dije; y él, acercándose
-más á mí, prosiguió de este modo:</p>
-
-<p>—Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos,
-y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene
-reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero
-sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy
-<i>célebres</i>. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses.
-Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor
-se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda
-haciendo de fantasma para asustar al pueblo.</p>
-
-<p>»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón
-magnífico para él solo, quiero<span class="pagenum" id="Page_I-13">p.
-I-13</span> decir, que ninguna otra persona de la familia se había de
-enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al
-lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y
-así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos
-cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos.
-Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues
-fué el primer galanteador de su tiempo.</p>
-
-<p>»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que
-criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y
-hacía libros con ellas.</p>
-
-<p>»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el
-hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato
-en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás
-puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas
-encontraba algún <i>incitativo melindre</i>, que dijo el otro. Cuando se
-casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá!
-tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.</p>
-
-<p>»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el <i>Quijote</i> de memoria,
-y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había
-refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á
-relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como
-ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque
-también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y
-compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.</p>
-
-<p>»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir<span
-class="pagenum" id="Page_I-14">p. I-14</span> á tus noticias. Javier
-fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas
-melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le
-entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones.
-Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio
-que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro
-años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una
-aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que
-unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer
-paría siempre gemelos.</p>
-
-<p>»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad
-mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas.
-Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el
-puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero
-repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena
-familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero
-de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le
-acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades
-varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del
-54.</p>
-
-<p>»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria
-que el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía
-ver, y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con
-Delgado, y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto.
-Es un sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí
-mismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-15">p. I-15</span></p>
-
-<p>»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre
-el más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer
-alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y
-su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la
-cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió
-por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera
-ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa,
-en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no
-hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía
-en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en
-él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado
-á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates
-más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el
-tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente
-y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta
-que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da
-vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me
-atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual
-objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y
-llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo
-explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace
-y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración
-cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una
-librería,<span class="pagenum" id="Page_I-16">p. I-16</span> acecha el
-momento en que los dependientes están distraídos, agarra un libro,
-se lo guarda en el bolsillo del <i>carrik</i>, y abur. En varias casas
-ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner sobre los
-muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, tapones de
-botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en esto; que
-no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé yo... mil
-desatinos que no entiendo.</p>
-
-<p>Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes,
-puramente fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el
-numen de los grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me
-entretenía y agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía
-yo que éstas se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores
-referentes á dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame
-que faltaba aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban
-mi propio tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por
-ventura se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir
-llorando cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este
-modo:</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>—Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán,
-el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de
-mi vida, el afán diario de los negocios, la apli<span class="pagenum"
-id="Page_I-17">p. I-17</span>cación constante del espíritu á cosas reales,
-me han preservado de graves desórdenes. Sin embargo, sin embargo, no ha
-sido todo rosas. En ciertas ocasiones críticas, á raíz de un trabajo
-excesivo ó de un disgusto, he sentido... así como si me suspendieran
-en el aire. No lo entenderás, ni lo entiende nadie más que yo. Voy por
-la calle, y se me figura que no veo el suelo por donde ando: pongo los
-pies en el vacío... Al mismo tiempo experimento la ansiedad del que
-busca una base sin encontrarla... Pero ando, ando, y aunque creo á cada
-instante que me voy á caer, ello es que no me caigo. La <i>suspensión</i>,
-como yo llamo á esto, me dura tres ó cuatro días, durante los cuales no
-como ni duermo; luego pasa, y como si tal cosa.</p>
-
-<p>»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene
-indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos
-de relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que
-habiendo tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica
-para todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita
-cosa ni supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un
-pasmoso talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha
-de flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la
-casa. Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos
-más altos de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con
-un enfermo de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo
-que le sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros
-dentro de un cráneo no pueden fun<span class="pagenum" id="Page_I-18">p.
-I-18</span>cionar sin estorbarse y producir un zipizape de todos los
-demonios.</p>
-
-<p>»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia
-tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se
-extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en
-opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión)
-las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres
-ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en
-cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en
-el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus
-encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas.
-¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias
-y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le
-entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de
-cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede
-vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único
-que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño
-entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su
-voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse
-la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se
-casó, estos ataques son poco frecuentes.</p>
-
-<p>»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana
-mayor. Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más,
-por la menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia,
-y en sus afectos no hay nun<span class="pagenum" id="Page_I-19">p.
-I-19</span>ca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, que
-no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa
-con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto
-cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía
-trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer
-alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio.
-Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se
-pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una
-simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva
-compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las
-de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre
-esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días
-más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la
-garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se
-pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien
-la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con
-que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las
-destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces
-la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en
-confianza) no merece tal joya.</p>
-
-<p>»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos
-favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no,
-no la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos
-mimado más de la cuenta y nos ha<span class="pagenum" id="Page_I-20">p.
-I-20</span> salido mal educada. Parece una loca, parece más bien
-casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran fondo de
-rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo decir
-que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal
-dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas
-extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal
-gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad.
-Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo
-prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me
-espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma
-de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso
-que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis,
-no encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese
-bruto...</p>
-
-<p>Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por
-la sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió
-con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo
-luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era,
-según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes
-físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en
-limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste
-habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija
-única suya hubiera sido mi mujer.</p>
-
-<p>Fenómeno singular, que recomiendo á los mé<span class="pagenum"
-id="Page_I-21">p. I-21</span>dicos para que se acuerden de él cuando les
-caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío aquel prolijo
-cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad que te aflige,
-¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí aliviadísimo de
-la parte que me correspondía por fuero de familia, y este alivio fué
-creciendo en términos que un rato después me encontraba completamente
-bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el viento.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba
-animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la
-misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María
-Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas
-á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su
-madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre
-cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras,
-si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.</p>
-
-<p>Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una
-belleza estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los
-mármoles admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas.
-Desde que la conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo
-va de escultura á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca
-de mi agrado. Por aquellos días no había<span class="pagenum"
-id="Page_I-22">p. I-22</span> empezado á engordar todavía, y así su
-engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después.
-Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud,
-veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz
-que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy
-principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños
-que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que
-ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso;
-que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos
-de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió,
-pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida
-obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban
-dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero
-siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban
-los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como
-otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que
-su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los
-transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el
-pintoresco traje de Astorga.</p>
-
-<p>Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos
-una pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á
-Madrid, y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han
-tenido tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era<span
-class="pagenum" id="Page_I-23">p. I-23</span> orden y método. Gastaban
-mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su generosidad. Así
-llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito de alambicar,
-apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si era ésta ú otra
-la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás desgobernada y
-maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los que no tiran
-el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué compañera
-de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha trocado
-su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte no ha
-prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando que al
-padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por <i>el ordinario
-de Astorga</i>, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana <i>la
-ordinaria de Medina</i>.</p>
-
-<p>En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco
-para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más
-valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos
-éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna
-bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas
-ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un
-tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales,
-guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo
-que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho
-amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir,
-que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno<span
-class="pagenum" id="Page_I-24">p. I-24</span> atmosférico, porque las
-hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento y en las ondas sonoras
-que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si no hubiera tanto vago,
-tanto noble arruinado que vive del juego, tanto abogadillo cesante
-ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» Debo añadir que
-María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en algún periódico,
-ciertas menudencias de saber político, religioso y literario, que eran
-la admiración mayor de todas las admiraciones que su marido tenía por
-ella. El amor de Medina principiaba en ternura y acababa en veneración,
-motivada sin duda por la superioridad de ella en todos los terrenos.
-Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. ¿Cómo no tenerlas si
-eran ricos, cuando hasta los más necesitados y humildes se codean aquí
-con los poderosos, con tal que sepan envolver su miseria en el paño
-negro de una levita?</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero
-mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa
-parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física
-creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento,
-piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve
-por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien
-que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta
-inesperada del<span class="pagenum" id="Page_I-25">p. I-25</span> camino.
-Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía ya en la mano y le había
-hincado el diente.</p>
-
-<p>Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé
-en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste
-de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su
-cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo
-por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo
-con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo
-hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto
-exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las
-cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como
-cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me
-produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones
-y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer
-que Eloísa tenía siempre razón.</p>
-
-<p>La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la
-apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida
-que iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas
-de su carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su
-ropero y en una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas
-de encajes, de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito
-artístico. Al enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados,
-solía dejar entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no
-tener objetos sobresalientes por la riqueza del material y el primor
-de<span class="pagenum" id="Page_I-26">p. I-26</span> la obra. El «si yo
-fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los labios
-de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma la
-atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación
-tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos
-hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las
-acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la
-virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso
-por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado,
-criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran
-por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura
-mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado
-interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su
-carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la
-enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en
-otro sér.</p>
-
-<p>Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al
-despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado
-á luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa.
-Yo también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño
-leal y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad
-alguna.</p>
-
-<p>El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata.
-Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios
-de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carri<span
-class="pagenum" id="Page_I-27">p. I-27</span>llo (Carrillo de Albornoz)
-había venido haciendo monos á mi primita desde que ella estaba en el
-colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no formalmente, no
-lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios más ó menos
-entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo el programa
-de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros y paseos.
-Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la herencia de
-su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, que era muy
-anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de presunto
-heredero de un título y de un capital le hizo interesante á los ojos de
-mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido veinticuatro años.
-Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un triste sueldo en el
-ministerio de Estado; pero la esperanza de la herencia le daba alientos
-para conllevar su vida obscura.</p>
-
-<p>Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas;
-pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la
-mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral,
-debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables.
-Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda
-honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena
-de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir,
-aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer
-esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la
-Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine
-May y á Macaulay, deseando sa<span class="pagenum" id="Page_I-28">p.
-I-28</span>ciar en tan ricas fuentes su sed del conocimiento de un
-sistema admirable, que entre nosotros es pura comedia. Su conversación
-me declaraba un juicio claro, con pocas ideas propias, pero con
-aprovechada asimilación de las ajenas.</p>
-
-<p>Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de
-una de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este
-mostraba simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la
-humildad de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las
-clases históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo,
-aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo
-verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo
-el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que,
-aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción,
-siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen
-Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en
-morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría
-cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había
-podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.</p>
-
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p>Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que
-la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en
-la misma moneda. A veces parecía una chiquilla<span class="pagenum"
-id="Page_I-29">p. I-29</span> sin pizca de juicio, á veces una mala mujer.
-Serían tal vez inocentes sus desfachateces, pero no lo parecían, y el
-parecer dicen que en achaque de moral no es menos importante que la
-moral misma. Era una escandalosa, una mal educada, llena de mimos y
-resabios. No debo ocultar que á veces me hacía reir, no sólo porque
-tenía gracia, sino porque todo lo que sentía lo expresaba con la
-sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor del espíritu, era
-para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del otro pudor, venían
-á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. No podré pintar el
-asombro que me causó verla correr por los pasillos de su casa con el
-más ligero vestido que es posible imaginar. Un día se llegó á mí en
-paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo hablando de su marido
-en los términos más irrespetuosos. A veces, después de correr tras las
-criadas y hacer mil travesuras, impropias de una mujer casada, se ponía
-á tocar el piano y á cantar canciones francesas y españolas, algunas
-tan picantes, que, la verdad, yo hacía como que no las entendía. A lo
-mejor, cuando parecía sosegada, se oía un gran estrépito. Estaba en
-la cocina jugando con las criadas. Su mamá la reñía sin enfadarse,
-consintiéndole todo, y aseguraba que era aquello pura inocencia y
-desconocimiento absoluto del mal. Otras veces dábale por ponerse triste
-y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á su marido, á sus padres
-mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que no la queríamos, de
-que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose al verla así, mandaba
-preparar abundante ración<span class="pagenum" id="Page_I-30">p.
-I-30</span> de tila. Eran los nervios, los pícaros nervios.</p>
-
-<p>Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la
-casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa
-de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente
-la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos
-y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como
-las beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia
-oirla.</p>
-
-<p>Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena,
-esbeltísima, vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de
-que jamás un médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan
-notable como aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia
-y tostada, indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes,
-profundamente negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando
-visitamos un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le
-faltaba muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias
-que nunca están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel
-carácter, que era la negación de todo lo que constituye el encanto de
-la mujer. La discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del
-ánimo, el culto de las formas, éranle extraños. Considerábala como
-la mayor calamidad de una familia, y al hombre condenado á cargar
-semejante cruz, teníale por el más infeliz de los seres nacidos.</p>
-
-<p>El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería,
-llamado Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de
-Augusto Miquis, médico de fama. Al tal le consideré, desde<span
-class="pagenum" id="Page_I-31">p. I-31</span> que le ví, destituído de
-todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que
-pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía
-ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le
-daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera
-existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían
-de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme
-su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta
-del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi
-tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al
-oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué
-encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino
-era feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso,
-pendenciero, brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo,
-dudando mucho de que fuese un mérito, era su constitución, no menos
-vigorosa que la de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos
-los caprichos de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer
-planchas gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo
-que yo tenía de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila,
-llevábame á dar á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen
-como adorno de la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y
-gandules de circo sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar
-razonablemente la inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño
-humano, que á menudo va por sendas tan contrarias á las de la razón!
-Contá<span class="pagenum" id="Page_I-32">p. I-32</span>ronme que mis tíos
-se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el
-resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que
-los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar
-al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:</p>
-
-<p>—Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste
-de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para
-distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?</p>
-
-<p>Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:</p>
-
-<p>—Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.</p>
-
-<p>Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían
-tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba
-yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y
-modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente;
-otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba,
-gritando:</p>
-
-<p>—Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...</p>
-
-<p>Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban
-pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco
-decentes á mi ver.</p>
-
-<p>El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de
-estar muy atrasado en su carrera.</p>
-
-<p>—Pero usted —le preguntaba yo—, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de
-guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?</p>
-
-<p>Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el
-sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar
-una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del<span
-class="pagenum" id="Page_I-33">p. I-33</span> ejército. Francamente, me
-daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía
-merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que
-estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:</p>
-
-<p>—Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-35">p. I-35</span></p>
- <h2 class="nobreak">II</h2>
- <p class="subh2h">Indispensables noticias de mi fortuna, con
- algunas particularidades acerca de la familia de mi tío y de las
- cuatro paredes de Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía
-cuando me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos
-conceptos y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino
-para desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico
-acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía
-de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística
-de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes,
-Murgas y Urquijos de Madrid.</p>
-
-<p>Vais á ver lo que yo tenía.</p>
-
-<p>Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma,
-celebré un convenio con los <i>Hijos de Nefas</i>, que se hicieron cargo de
-todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando
-además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta,
-la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros<span class="pagenum"
-id="Page_I-36">p. I-36</span> á mi favor, que los referidos <i>Hijos de
-Nefas</i> se reservarían, puesto que yo entraba á formar parte de la casa
-como socio comanditario.</p>
-
-<p>Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil
-duros. Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á
-diferentes casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que
-iría recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en
-letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera
-cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.</p>
-
-<p>Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo
-en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred
-Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos
-setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos
-cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder
-de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100,
-con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de
-reales.</p>
-
-<p>Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100
-Consolidado, <i>Ferros</i>, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al
-portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros
-efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre,
-y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación
-que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me
-producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus
-valores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-37">p. I-37</span></p>
-
-<p>Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había
-comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á
-fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital
-efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios
-créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían,
-en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien
-manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de
-renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos,
-especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar
-con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto
-de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado
-siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones
-en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen
-llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio
-optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase
-de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo
-lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho
-más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente
-buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas
-de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no
-quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron
-pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la
-familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor,
-así por el parentesco<span class="pagenum" id="Page_I-38">p. I-38</span>
-que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, como por el roce
-constante de su marido con personas y personajes de todas las clases
-sociales.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta.
-No pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á
-escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera
-una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación
-simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía
-sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del
-motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila,
-que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome
-al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana,
-Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria
-sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero
-el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras
-razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres.
-Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en
-ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos
-hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava
-Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...»
-«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran
-revolucionarios<span class="pagenum" id="Page_I-39">p. I-39</span> porque
-no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran nada porque no tenían
-entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, menos fuerte que su
-hermana en la polémica, se embarullaba, tenía rasgos de ira infantil,
-concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho haber perdido la escena,
-pues llegué cuando la tempestad había pasado, y sólo se oían truenos
-lejanos. En el gabinete de la derecha de la sala, la pobre Eloísa daba
-respiro á su corazón oprimido, diciendo entre sollozos:</p>
-
-<p>—Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para
-ver patas arriba á tanto... idiota.</p>
-
-<p>En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una
-silla, el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira
-cogida con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien
-formado pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la
-nariz un poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á
-usar por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los
-pies inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar
-la urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara
-de una vez para siempre con los... me parece que dijo «los <i>mamalones</i>
-que viven á costa del prójimo.»</p>
-
-<p>—Pero, señoras —dije yo interviniendo y pasando de un gabinete
-á otro para ponerlas en paz—, ¿qué piropos son esos y qué furor de
-revoluciones ha entrado en esta casa?...</p>
-
-<p>Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos
-demagógicos, les dije:</p>
-
-<p>—Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en
-Lhardy.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-40">p. I-40</span></p>
-
-<p>(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras
-un velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)</p>
-
-<p>Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos.
-Otro día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió
-á chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en
-aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones
-que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío,
-al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos,
-distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de
-donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna,
-como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas
-altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por
-ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más
-bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba
-ciegamente el partido de María Juana.</p>
-
-<p>—Un padre debe querer á sus hijos por igual —decía Camila aquel
-día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel
-alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces
-la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba
-leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú»,
-ó cosa por el estilo.</p>
-
-<p>Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas
-enteras sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos,
-hermanas y yernos, en aparente concordia. Siempre habría<span
-class="pagenum" id="Page_I-41">p. I-41</span> sido lo mismo si mis tíos
-hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, una
-estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una
-excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los
-criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se
-cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un
-palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el
-día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en
-sociedad con varios amigos tenía arrendado.</p>
-
-<p>Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa
-paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos
-domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas
-preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como
-se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus
-hermanas para aprovecharlas mejor.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que
-tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la
-familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones
-de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los
-procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á
-todos los de casa.</p>
-
-<p>A las inocentes brutalidades de aquel cacho<span class="pagenum"
-id="Page_I-42">p. I-42</span>rro de hombre se les daba la importancia de
-verdaderas acciones humanas. No hay para qué hablar de la fama que
-tenía. Había corrido la voz de que era <i>un rollo de manteca</i>, y además
-muy mala persona, es decir, que ya tenía sus malicias, y se valía
-de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos los recién nacidos
-gozan de esta opinión desde que respiran; todos son guapos, robustos
-y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: feos, flácidos,
-colorados, más torpes que los niños de los animales y siempre mucho
-menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. Era un granuja.
-A los dos meses ya protestaba contra las horas metódicas á que le daba
-el pecho el ama, y quería atracarse sin orden ni tasa. Era, pues, un
-gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses mostraba su desagrado
-á algunas personas, y pataleaba cuando quería que le paseasen. Tenía
-la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le ponían un reloj en
-la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, ya sé lo que es
-eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era realmente una
-preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de Guzmán en la
-figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y malicias que
-indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había conciertos,
-á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera de día,
-le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la mía,
-y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de
-colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los
-puños cerrados, que parecían<span class="pagenum" id="Page_I-43">p.
-I-43</span> dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba con una sonata
-de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis brazos y le
-paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, objeto al
-cual repetidas veces consagraba una atención profunda como de persona
-inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las cosas
-que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos se
-tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa
-estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura,
-mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las
-babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía
-sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á
-ser muy buenos amigos.»</p>
-
-<p>Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza
-y consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba
-los sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo
-en las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me
-gustaba vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus
-agradables cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano
-de aquel hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío,
-bastante lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los
-maridos de mis primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran
-necesarios en cierto grado á mi existencia.</p>
-
-<p>Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se
-llevaba la mejor parte de mis<span class="pagenum" id="Page_I-44">p.
-I-44</span> afectos. Solía consultarme sobre cosas de su exclusivo
-interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme bien y
-cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los muebles,
-le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su gusto
-supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba mi casa
-con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba en las
-tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París y
-Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto
-de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi
-posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando
-siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al
-parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que
-antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella
-gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar,
-yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.</p>
-
-<p>Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que
-gozaba oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:</p>
-
-<p>—El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los
-amigos de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le
-acobardan mucho.</p>
-
-<p>Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de
-vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa,
-le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente
-tener su casa, casa propia, <i>sus cuatro paredes</i>, para vivir solita
-con su marido y con su<span class="pagenum" id="Page_I-45">p. I-45</span>
-hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para este propósito tan
-honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio y el producto de
-unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran suficientes para
-vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.</p>
-
-<p>—Oye lo que ocurre —me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa
-para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras—. A ver qué
-opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche
-comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un
-buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un
-par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros
-han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En
-toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado
-quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no
-me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo
-á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo
-que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos
-climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa
-acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es
-verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué
-opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?</p>
-
-<p>Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen
-juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena de
-rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No:<span class="pagenum"
-id="Page_I-46">p. I-46</span> Pepe no debía exponerse á los peligros de la
-fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué sería de su pobrecita mujer,
-sola y muerta de pena en Madrid!... Por ningún caso. Estaría siempre
-en un puro afán, pensando si le daba ó no le daba el vómito, y de
-correo en correo su vida sería un martirio de incertidumbre... ¿Y todo
-por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era decente y honrado, y no
-sabría centuplicar, como otros, los gajes de su empleo.</p>
-
-<p>—Ríete —le dije— de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se
-volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los
-bolsillos más limpios aún...</p>
-
-<p>Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto
-mejor que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita
-Caballero no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su
-carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las
-rodillas... Paciencia, paciencia y calma.</p>
-
-<p>Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella
-conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á
-ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes
-consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados
-con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me
-sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que
-yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese
-aquellas <i>cuatro paredes suyas</i> que la traían tan desazonada. Pero
-esto era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales,
-que no era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de<span
-class="pagenum" id="Page_I-47">p. I-47</span> pura fórmula, de esos que
-previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa habría sido
-imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo para mi
-sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la propia
-Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la tierra
-están muy mal repartidos.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-49">p. I-49</span></p>
- <h2 class="nobreak">III</h2>
- <p class="subh2">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente,
-por haber pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz.
-Pocas personas poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de
-cautivar y agradar de primera intención, porque á pocos seres concedió
-Naturaleza tal caudal de prendas brillantes, calidades de esas que
-podríamos llamar ornamentales, porque no dan valor positivo á la
-persona, sino que lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba
-Raimundo en todo su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora
-originalidad. En Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á
-los artistas que, abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento.
-En ocasiones, lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser
-enfadoso. Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio
-eran para un rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y
-á padecer lamentables descuidos en su conducta social y privada. No
-era ya el hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos;
-me<span class="pagenum" id="Page_I-50">p. I-50</span>jor dicho, tenía
-temporadas, días muy buenos, horas felices á las que seguían períodos
-en que se hacía de todo punto insoportable.</p>
-
-<p>En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase
-que son producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la
-raza los talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen,
-aunque en pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo
-brillante con lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy
-incompleta; había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas
-las cosas, desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con
-una facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le
-oían y no le conocían, se quedaban turulatos.</p>
-
-<p>A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos.
-Hablaba francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo
-hablaba, pero lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía
-las lenguas con facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su
-memoria estupenda descollaba también en la música. Repetía las óperas
-del repertorio moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos
-difíciles de música sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que
-Tamberlick y declamaba como Rossi, imitando también á los actores
-cómicos más en boga. En esto de remedar voces y de asimilarse todos los
-acentos humanos, superaba con mucho á su hermana Camila, que igualmente
-tenía dotes de actriz y habría lucido en las tablas si á ello se
-dedicara.</p>
-
-<p>Mi primo no era pintor porque no se había<span class="pagenum"
-id="Page_I-51">p. I-51</span> puesto á pintar; pero buena prueba era de
-su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando por entretenimiento
-dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas deliciosas, frescas,
-fáciles, y á veces le ví trazar en serio, observando el natural,
-contornos de una verdad y elegancia que me pasmaban. «¿Por qué no te
-has dedicado á la pintura?» le preguntaba yo á veces; y él alzaba los
-hombros, como diciendo: «Si me hubiera dedicado á todo aquello para que
-tengo disposición, no me habrían bastado la vida ni el tiempo.»</p>
-
-<p>Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro
-cualquiera. Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos,
-según le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas
-las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre,
-declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la
-pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo
-que parecía arrancado de <i>Los Miserables</i>. Otras veces imitaba á los
-clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su
-cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas
-muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de
-vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra
-aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.</p>
-
-<p>Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras
-de molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara
-un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo
-imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril
-entusiasmo, se<span class="pagenum" id="Page_I-52">p. I-52</span> quedaban
-sin concluir. Cuando se le reprendía por su inconstancia, disculpábase
-con la carencia de estímulo, que es la asfixia del escritor en nuestro
-país; con la falta de editores. ¡Oh! si aquí se cobrara por escribir...
-Esta era su muletilla, que iba siempre acompañada de la amarguísima
-exclamación de Larra: «El genio ha menester del eco, y no se produce
-eco entre las tumbas.»</p>
-
-<p>Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido
-y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro
-alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender
-que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás
-poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni
-crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes,
-porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión
-moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística
-como para las obras de la voluntad.</p>
-
-<p>Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria
-de la familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar
-partido de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero
-en el primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor,
-Minas, Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y
-para no sé qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios
-era como hojear una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de
-recomendaciones. «Mi camino al través de la Universidad —decía—, ha
-sido una senda de tarjetas.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-53">p. I-53</span></p>
-
-<p>En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años
-(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su
-naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo,
-madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por
-huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por
-adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las
-energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como
-si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias
-de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria
-flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco
-aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente;
-pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su
-cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado,
-muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz
-cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día
-que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca,
-estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor
-y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los
-ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió
-levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos
-á la espalda y la barba sobre el pecho.</p>
-
-<p>—La inacción es lo que me mata —decía sin detenerse—. Me estoy
-atrofiando, me estoy enmoheciendo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-54">p. I-54</span></p>
-
-<p>Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían
-muertos, díjome entre carraspeos:</p>
-
-<p>—Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es?
-Reblandecimiento de la médula.</p>
-
-<p>—¿Has consultado algún médico?</p>
-
-<p>—No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su
-proceso, sus síntomas y su tratamiento.</p>
-
-<p>Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la <i>pía mater</i>,
-del <i>canal raquídeo</i>, de la <i>substancia gris</i>, de las perturbaciones
-<i>vasomotoras</i>, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser
-su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el
-aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como
-yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en
-afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja
-y con precipitación maniática sílabas obscuras.</p>
-
-<p>—¿Sabes —me dijo de súbito, contestando á mis preguntas— cuál es
-uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La <i>afasia</i>,
-ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza
-en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser
-pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de <i>r</i> líquida después de
-<i>t</i>, es decir, las sílabas <i>tra</i>, <i>tre</i>, <i>tri</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>...</p>
-
-<p>Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se
-expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De
-sú<span class="pagenum" id="Page_I-55">p. I-55</span>bito se marchó sin
-decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros
-de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no
-me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia
-de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha
-animación.</p>
-
-<p>—Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo —me dijo—. Mira, para
-probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de
-que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico.
-Recitándolo, puedo sintomatizar la <i>afasia</i> y también prevenirla,
-porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con
-dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.</p>
-
-<p>Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y
-seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una
-rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello,
-este incalificable trozo literario:</p>
-
-<p>—<i>Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente
-trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados
-contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo
-Tetrarca trapense</i>.</p>
-
-<p>Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta
-que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por
-Dios que se callara.</p>
-
-<p>Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi
-primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del
-parásito, que adula á los ricos por recoger<span class="pagenum"
-id="Page_I-56">p. I-56</span> sus sobras, y un poquillo del bufón que
-divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando
-de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía
-la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes;
-remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas
-y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden
-á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del
-reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que
-empezaba con el <i>triple trapecio de Trípoli</i>, ya estaba yo tomando mis
-medidas para echarle de mi cuarto.</p>
-
-<p>No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa
-se bajó á dormir á mi casa.</p>
-
-<p>—Arriba no se cabe —me dijo un día—. Me han ido acorralando poco
-á poco, y por fin me han metido en un <i>triclinio</i> en que estoy
-<i>trigonométricamente trastrocado</i>. Si quieres, puesto que tienes casa
-de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más
-acompañado.</p>
-
-<p>Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba,
-y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana,
-le tenía siempre junto á mí como mi sombra.</p>
-
-<p>Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le
-proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los
-gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba
-á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar.
-«Yo —decía— no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20
-del mes, ó antes, se le acaba<span class="pagenum" id="Page_I-57">p.
-I-57</span>ban los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas
-de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los <i>triunviros
-trogloditas</i>.</p>
-
-<p>—No me marees —le decía yo—. Si no tienes dinero, pídelo en
-castellano.</p>
-
-<p>A él se le encendían los espíritus con esto.</p>
-
-<p>—¿Es verdad ó no que no hay <i>guita</i>?... ¡Oh! si tengo yo un ojo
-médico...</p>
-
-<p>—Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese
-—exclamaba con solemnidad cómica—, cierto es.</p>
-
-<p>—¿Por qué no te clareabas?</p>
-
-<p>—¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena
-de verdades, no las soltaría sino una á una.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los
-que más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga,
-el primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía,
-ambos excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo.
-A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le
-conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de
-oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que
-en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del
-Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una
-misma provincia, habían celebrado<span class="pagenum" id="Page_I-58">p.
-I-58</span> un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición,
-el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y
-perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad
-política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener
-por suya la provincia, que, si se ha de decir verdad, no salía mal
-librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien
-los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había
-otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su
-combinado feudalismo.</p>
-
-<p>Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía
-encomendarse á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado,
-y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro
-distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de
-nada, ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos
-lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir <i>sí</i> ó <i>no</i> en el
-Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.</p>
-
-<p>Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno
-de mis íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle
-tratado con motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi
-amigo el marqués de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y
-reverdecerse más de lo que consentían sus años y su respetabilidad.
-Raro era el día que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi
-primo Raimundo. Los domingos almorzaban los que he citado y también
-Pepe Carrillo, el marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los
-toros, don<span class="pagenum" id="Page_I-59">p. I-59</span>de yo tenía
-palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.</p>
-
-<p>No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío
-Serafín, brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia.
-Era un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas
-infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de
-Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia la
-calle de Sevilla para arreglar su <i xml:lang="fr" lang="fr">remontoir</i>
-por la hora del reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta
-del Sol, iba á almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y
-por la tarde, después de andar un poco á pie inspeccionando las obras
-de las casas en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido
-de diez ó doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las
-noches iba al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se
-le veía invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.</p>
-
-<p>Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín,
-de un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva
-admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y
-tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes
-con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las malas
-formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La moda
-no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y pesado
-<i>carrik</i> que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda espesa
-que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aque<span
-class="pagenum" id="Page_I-60">p. I-60</span>lla hermosísima cabeza de
-Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si el hábito de mirar al
-cielo, para tomar alturas con el sextante, le hubiera deformado el
-pescuezo.</p>
-
-<p>Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos
-modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad,
-que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé
-á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba
-tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de
-aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que
-le gustaban y guardárselos en los bolsillos del <i>carrik</i>. Creo que
-él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un
-fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda
-idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba
-yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero,
-arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera
-yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle
-y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado,
-no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así
-se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la
-vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un
-hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre
-el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con
-palabras! Otras <i>chifladuras</i> de mi tío no me maravillaban por ser
-propias de solterones viejos. El que en edad ma<span class="pagenum"
-id="Page_I-61">p. I-61</span>dura había sido un galanteador de alto vuelo,
-en la vejez perseguía las criadas bonitas, ó que á él le parecían
-tales, pues debemos creer que las aberraciones del gusto andarían á la
-par con la afición senil. Sus paseos matinales y crepusculares eran una
-cacería activa, febril, casi siempre infructuosa. Decía Raimundo que
-cuando se lo encontraba en la calle al anochecer, camino de su casa,
-tarareando entre dientes y con las manos á la espalda, era señal de
-que la jornada había sido mala y de que el incansable ojeador no había
-descubierto ninguna de aquellas reses bravas que perseguía.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-63">p. I-63</span></p>
- <h2 class="nobreak">IV</h2>
- <p class="subh2">Debilidad.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero.
-Estuve en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas
-de tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien
-el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas
-de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península.
-En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que
-veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces,
-ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran
-muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba
-alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de
-importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco
-lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz
-—decía—. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta
-de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades
-en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como
-una<span class="pagenum" id="Page_I-64">p. I-64</span> especial manera
-suya de admirarle. A la semana siguiente me decía en una postdata:
-«¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. Reventó la tía
-Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.</p>
-
-<p>Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á
-mediados de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con
-motivo de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa,
-y francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al
-cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en
-la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la
-hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su
-sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores
-del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena
-señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado,
-en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos
-años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo
-estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su
-mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he
-dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la
-riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo
-en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en
-aumentar el de los demás.</p>
-
-<p>En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre
-de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia
-no era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en<span
-class="pagenum" id="Page_I-65">p. I-65</span> esto se aferraba más que en
-ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; la plata
-labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores públicos
-suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un capital
-de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa ser
-felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. Tal
-fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto,
-apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros
-de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á
-disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la
-sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan
-solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.</p>
-
-<p>Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el
-semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas
-comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis
-propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter.
-Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el
-hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.</p>
-
-<p>Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril
-diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita
-Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido
-en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo
-no trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante,
-he de traerle á este relato, agarrado por sus<span class="pagenum"
-id="Page_I-66">p. I-66</span> grandes bigotes, cuando sea ocasión de
-hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, según
-el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. Eloísa
-no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si tenía
-pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.</p>
-
-<p>Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la
-faena deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios
-aquellas cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la
-calle del Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué
-importaba? Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada
-alcurnia, y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo
-ponía mi prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora,
-aquel altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía.
-Diariamente se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre
-la forma de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de
-tal ó cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si
-me es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los
-hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había
-enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba,
-distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle
-límites prudentes á los gastos que hacía.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-67">p. I-67</span>II</h3>
-
-<p>Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí
-enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi
-mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la
-fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo
-de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura
-normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de
-alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba
-tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en
-todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran,
-lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado <i>adinámico</i>,
-carácter patológico del siglo <span class="allsmcap">XIX</span> en
-las grandes poblaciones. Poca fuerza febril primero, poca fuerza
-reparatriz después, debilidad siempre: tal era mi naturaleza en la
-enfermedad y en la convalecencia. Molestábame sobre todo, al recobrar
-á sorbos la salud, mi lamentable estado nervioso, la pícara desazón
-crónica, que apareció con sus síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel
-terror inexplicable, aquel azoramiento, aquella previsión fatigosa de
-peligros irremediables! ¡Qué esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón
-para vencer esta tontería! «¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos
-á ver», me decía tratando de corregirme y aun de avergonzarme como si
-hablara con un chiquillo. Nada conseguía con este sermoneo de maestro
-de escuela. No era la<span class="pagenum" id="Page_I-68">p. I-68</span>
-razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme.
-No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal;
-mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo
-que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me
-mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me
-sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era
-un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía
-á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo
-no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar
-del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin
-causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y
-traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación
-de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me
-siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego
-tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que
-necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no
-cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de
-la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin
-descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto
-volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta
-tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces
-era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde
-están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes<span
-class="pagenum" id="Page_I-69">p. I-69</span> piezas de acero, en cierto
-modo semejante al vértigo acústico que produce en nuestros oídos una
-racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. Creía librarme de aquel
-martirio poniéndome un turbante á lo moro y rodeándome de almohadas;
-pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio era la consecuencia de
-semejante estado, y pasaba unas noches crueles, oyendo, oyendo sin
-cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos del profundo mar,
-sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual nada podía sacar
-en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y expresivo, que
-llegaba á producirme alucinación de la realidad.</p>
-
-<p>Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia
-me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil
-habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos
-de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos;
-quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me
-eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí
-vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba
-mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo
-mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo
-me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era
-Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó
-enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente
-interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á
-mi benevolencia. Y, sin em<span class="pagenum" id="Page_I-70">p.
-I-70</span>bargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más:
-era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era
-verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi
-dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de
-mi tímpano crecía de un modo desesperante.</p>
-
-<p>Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome
-realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio.
-Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más.
-Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que
-obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por
-este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida
-afectiva.</p>
-
-<p>—Cada noche —nos decía— me acuesto pensando en una cosa con tanta
-energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es
-verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil
-disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del
-Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso,
-charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á
-docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con
-el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de
-Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos
-á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando
-por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una
-sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del
-Teatro Real. Cuando me quitaba la<span class="pagenum" id="Page_I-71">p.
-I-71</span> ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás
-de mí el preludio de <i>Los Hugonotes</i>, el gran <i>coral</i> protestante. A
-mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un
-extremo el metal, á otro las arpas... <i>Ñi, ñi</i>... ¡Qué bien! En aquel
-rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron
-el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré
-del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el
-coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante,
-venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde,
-cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba
-cantando el <i>pif-paf</i>... El director era el señor de Meyerbeer, buena
-persona, que había resucitado para oirme cantar...</p>
-
-<p>Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían;
-pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra
-consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa
-y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre
-señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas
-fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija
-Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente
-agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba
-viviendo en la<span class="pagenum" id="Page_I-72">p. I-72</span> de sus
-padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y
-la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero
-enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se
-convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con
-el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes
-singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en
-las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien
-gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo
-estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa,
-la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra
-y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas
-determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.</p>
-
-<p>—El día en que yo falte de aquí —me decía—, ya se conocerá mi
-ausencia.</p>
-
-<p>La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo
-mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis
-amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se
-fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por
-mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con
-su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial
-me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á
-su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco
-entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede
-usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de
-pa<span class="pagenum" id="Page_I-73">p. I-73</span>ladar para entender
-el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas
-raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz
-el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las
-frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones
-de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos
-en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún
-si era ella quien me lo servía.</p>
-
-<p>Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo.
-No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando
-no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle,
-lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música
-doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos
-el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas
-de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles
-por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los
-operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me
-acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los
-carreteros, aquel incomprensible <i>¡ues... que!</i> de extraño acento
-y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente
-dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de
-ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos
-buenos observando el público especial de los puestos de agua; público
-sobrio, compuesto de los bebedores más inofen<span class="pagenum"
-id="Page_I-74">p. I-74</span>sivos, y las tertulias que se forman en
-aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los <i>evonymus</i>
-del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en
-las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa,
-el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama
-de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil
-clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las
-tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban
-en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito,
-y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado
-al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo
-aragonés.</p>
-
-<p>Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba
-yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los
-mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á
-poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo
-hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los
-ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos,
-trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo
-de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la
-máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz
-eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas
-este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras,
-frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre
-hombre que pregonaba café hasta muy tarde con pe<span class="pagenum"
-id="Page_I-75">p. I-75</span>rezosa y obscura voz, me hacía pensar en la
-enormísima diversidad de los destinos humanos.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un
-sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra
-la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el
-<i>barbián</i> (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro
-á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara),
-y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas
-las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar.
-Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que
-obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición
-primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á
-saludar con la mano, á repetir los <i>cinco lobitos</i> y la pandereta.
-No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de
-saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y
-echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda,
-gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar
-esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues
-<i>duelen cuando nacen y después se come con ellos</i>.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>El <i>barbián</i> solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle
-á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan
-pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que lle<span
-class="pagenum" id="Page_I-76">p. I-76</span>naba la casa, pues todas las
-miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se
-le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía
-que iba á dar la hora.</p>
-
-<p>Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su
-nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de
-sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden.
-Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar
-nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los
-trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba
-superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de
-cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen
-doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de
-cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez,
-sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando
-quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de
-la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia.
-Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general;
-no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus
-ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles,
-tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento
-tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir.
-Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales
-hablaré á su tiempo.</p>
-
-<p>Una noche me pasó una cosa muy rara, digo<span class="pagenum"
-id="Page_I-77">p. I-77</span> mal, no fué cosa rara; antes bien lo
-considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel
-maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su
-imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía
-á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor
-propio.</p>
-
-<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid,
-no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann.
-Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía
-de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está
-reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho
-en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del
-Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares.
-Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la
-de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle
-de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice
-otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca
-cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil
-obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba
-abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle
-del Ave-María hasta el Hospicio...</p>
-
-<p>Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con
-otra semejante.</p>
-
-<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía
-del teatro, de verlo representar...</p>
-
-<p>O bien:</p>
-
-<p>—Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los
-globos...</p>
-
-<p>En mi<span class="pagenum" id="Page_I-78">p. I-78</span> estado de
-debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos de la mente, este
-vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se me pegó la maña de
-pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien nunca completamente
-absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, <i>trigonométricamente
-trastrocado</i>; quiero decir, que mi imaginación no iba ni con mucho
-tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar era una especie
-de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, fomentado por la
-holganza y convertido por la costumbre en imperiosa necesidad. Las
-tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que forjaba en mi
-mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas más sosas,
-aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de contarlas
-aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso de realidad
-que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta eminente,
-trabajando sin cesar en el <i>triple trapecio</i> del vacío.</p>
-
-<p>Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa.
-Después creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en
-mi gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara
-á la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del
-ama y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres
-como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que
-estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el <i>barbián</i>, y alguna
-de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en
-que reposaba. A mi lado, una respiración arras<span class="pagenum"
-id="Page_I-79">p. I-79</span>trada y penosa hacíame comprender que mi tía
-Pilar estaba más profundamente dormida que yo.</p>
-
-<p>Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de
-matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito
-como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos
-del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le
-atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo
-y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se
-presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle
-ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había
-ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero.
-Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación
-afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía
-pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y
-yo también en el mío.</p>
-
-<p>Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero
-resurgí pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba.
-Vestía de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada
-de un rumorcillo muy bonito, de un <i>tin-tin</i> gracioso que me daba en el
-corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda
-una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el
-líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan
-linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, como
-he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose para
-ver si dormía... Pues bien: en<span class="pagenum" id="Page_I-80">p.
-I-80</span> aquel instante, hallándome tan despierto como ahora y en
-el pleno uso de mis facultades, creí firmemente que Eloísa era mi
-mujer.</p>
-
-<p>Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo
-en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se
-reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del
-contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna
-tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de
-la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta,
-sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres
-palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia
-discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba
-la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi
-prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía
-reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:</p>
-
-<p>—¿Pero he dicho algo, he dicho algo?</p>
-
-<p>—¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando
-suponemos que tiene sueño.</p>
-
-<p>—No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?...
-Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez
-hace un momento, cuando...</p>
-
-<p>—No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo
-se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la
-majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la
-has dicho.</p>
-
-
-<h3 title="V"><span class="pagenum" id="Page_I-81">p. I-81</span>V</h3>
-
-<p>A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme,
-peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos
-de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable
-en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su
-voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la
-guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas
-y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España
-convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos
-populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna
-de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos
-epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil
-visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En
-el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple),
-Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una
-concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta
-y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los
-mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre
-piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante,
-hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones
-de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba
-embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna
-ha<span class="pagenum" id="Page_I-82">p. I-82</span>bilidad de su mujer
-fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla,
-tócanos el <i>Testamento</i>, el <i xml:lang="it" lang="it">Vorrei morir</i>
-de Tosti, los <i xml:lang="fr" lang="fr">couplets</i> de <i>Bocaccio</i> y del
-<i xml:lang="fr" lang="fr">Petit Duc</i>.» Todos los presentes estaban
-admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se
-hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar.
-No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena
-intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma
-que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la
-hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra
-al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando
-se ponía á jugar á la <i>besigue</i> con Carrillo y con mi tía Pilar y
-Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía
-tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo
-de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me
-enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar,
-aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener
-que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía
-votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era
-que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música
-lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el <i>tin-tin</i> de
-Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas
-maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el
-atril.</p>
-
-<p>A última hora, cuando las mujeres se retira<span class="pagenum"
-id="Page_I-83">p. I-83</span>ban con sus respectivos esposos, entraba mi
-tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba
-yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por
-decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había
-dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar...
-Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por
-aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su
-locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de
-nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían.
-Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al
-fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de
-Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica
-de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de
-aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los
-negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones
-del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la
-Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100
-amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por
-100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido
-al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los
-comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El
-3 por 100 y los <i>Ferros</i> se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El
-tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de
-87,50, y los nuevos títulos saldrían al merca<span class="pagenum"
-id="Page_I-84">p. I-84</span>do en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro
-español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las <i>Cubas</i> no se
-convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España
-el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido
-2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor
-de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual
-no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés
-al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis
-oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen
-señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas
-de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos <i>Ferros</i> y las
-Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas
-y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo
-al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números,
-para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del
-Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr.
-Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de
-España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir
-que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y
-subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los
-pies para que no subieran tanto.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-85">p. I-85</span></p>
- <h2 class="nobreak">V</h2>
- <p class="subh2">Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la
- pobre Kitty.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños,
-vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid <i>buena castaña, buena
-nuez</i>. No estuve en situación de salir de casa hasta los días
-precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y
-andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la
-familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos
-discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y
-vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha
-de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer
-emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á
-todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana
-nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince,
-todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la
-casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que
-mi endeble estómago exigía. Todo lo que sir<span class="pagenum"
-id="Page_I-86">p. I-86</span>vieron parecióme excelente; pero Eloísa,
-que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente
-de la <i>abundancia ordinaria</i> que reinaba en la mesa y de las maneras
-excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía
-menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus
-admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de
-contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que
-llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de
-una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser
-alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa
-tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí
-á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz
-aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad,
-como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo
-parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado
-en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas
-vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar
-y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los
-que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las
-vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un
-gallo.</p>
-
-<p>Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto
-pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á
-su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un
-periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto<span class="pagenum"
-id="Page_I-87">p. I-87</span> una tontería? Las cosas que Carrillo me
-hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado
-á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las
-ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que
-tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica
-facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su
-conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado
-que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío
-era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba
-un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía
-tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las
-lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que
-á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente,
-tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no
-valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi
-mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así:
-«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella
-sin merecerla.»</p>
-
-<p>Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba
-enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella
-enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi
-flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que
-no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis
-pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad<span
-class="pagenum" id="Page_I-88">p. I-88</span> contra mal tan grande. Lo
-hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen.
-Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba
-tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente
-la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación
-de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine
-yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho
-atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi
-criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando
-de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.</p>
-
-<p>Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el
-objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo
-más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando,
-movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado
-de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados,
-los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba
-que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa
-confusión!</p>
-
-<p>Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime
-en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había
-llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos
-del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero.
-Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas
-inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la
-quinta<span class="pagenum" id="Page_I-89">p. I-89</span> esencia de la
-seriedad, Eloísa me dijo:</p>
-
-<p>—Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la
-endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender
-varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento
-de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos
-desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y
-Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más
-explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En
-resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era
-siempre la mía.</p>
-
-<p>Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una
-vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante
-que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de
-cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno
-para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas
-inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que
-vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en
-la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea
-de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este
-modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación
-la ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de
-mis amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo
-de mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo
-tan<span class="pagenum" id="Page_I-90">p. I-90</span> contrario á mi
-época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión era vivir con
-ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, tanto ella
-como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se verá que
-yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral en
-principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo
-somos.</p>
-
-<p>Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los
-principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular,
-pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías
-iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado
-sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien
-el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión
-vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando
-menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería
-quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el
-símil, qué realidad tenían mis convicciones.</p>
-
-<p>Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la
-sinceridad, quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno
-de los que esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga
-que no me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes
-y tiempos.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-91">p. I-91</span>II</h3>
-
-<p>Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de
-esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos,
-de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de
-mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza
-inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden,
-aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la
-pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar
-dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las
-inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años,
-tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente.
-Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de
-ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia
-de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy
-rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de
-la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de
-intachable rectitud, la <i>propiedad</i> más pura en todas las acciones,
-la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en
-religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto.
-Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me
-vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-92">p. I-92</span></p>
-
-<p>Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que
-había visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los
-escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo,
-cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las
-costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto
-mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que
-era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada
-por hipocresía.</p>
-
-<p>Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad,
-indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él
-llamaba los <i>remilgos británicos</i>. Se reía de las perífrasis de la
-conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas
-del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces
-sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas.
-Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho
-de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia
-vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad
-y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir
-que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en
-sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no
-fueron extremados.</p>
-
-<p>Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos
-desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos
-conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer<span
-class="pagenum" id="Page_I-93">p. I-93</span> que vivía en casa se trasladó
-á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo demás lo trajeron
-la vejez del delincuente y su invalidez para la galantería. En tanto
-yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida de soltero por espacio
-de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por semana iba á comer á Forest
-Hill, donde seguían viviendo las hermanas y sobrinas de mi madre, y el
-resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre los amigos que tenía en la
-City y en el West. Me alojaba en Langham Hotel y pasaba los días y las
-noches muy entretenido. Frecuentaba la sociedad ligera sin abandonar la
-regular, y al volver á mi patria, notaba en mí síntomas de decadencia
-física que me alarmaban. Puesto que mis ideas eran siempre buenas,
-hacía propósito firme de practicarlas fundando una familia y volviendo
-la hoja á aquella soltería estéril, infructuosa y malsana.</p>
-
-<p>Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo,
-mis viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince
-días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa.
-Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus
-funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez,
-sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un
-período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho
-al principio, y me establecí en Madrid.</p>
-
-<p>Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para
-lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por
-can<span class="pagenum" id="Page_I-94">p. I-94</span>sancio de mi padre,
-estaba yo al frente de la casa. Era también de raza mestiza, como yo;
-española por el lado materno, inglesa católica por su padre, el cual
-había tenido comercio en Tánger y á la sazón era dueño de los grandes
-depósitos de carbón de Gibraltar. Además recibía órdenes de casas de
-Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase mi novia Catalina. Le decían
-<i>Kitty</i>. Habíase criado en Inglaterra, con lo cual dicho se está que su
-educación era perfecta, sus maneras distinguidísimas. Prendéme de ella
-rápida y calurosamente un día en que, hallándome de paso en Gibraltar,
-me convidó á comer su padre. Su belleza no era notable; pero tenía una
-dulzura, una tristeza angelical que me enamoraban. La pedí y me la
-concedieron. Mi padre y el suyo se congratulaban de nuestra unión...</p>
-
-<p>¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su
-padre de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada.
-La pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia
-disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre
-la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba
-todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba,
-porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama
-alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando
-me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al
-encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro,
-me dijo con mucho cariño y tono<span class="pagenum" id="Page_95">p.
-95</span> muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. Comprendí que la pobre
-Kitty había muerto. Se me representó fría y marmórea, su mirar triste
-apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. Tuve horribles tristezas,
-dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos que me enloquecieron.
-El tiempo me fué curando con la pausada sucesión de los días, con
-el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando vine á Madrid
-habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó mis soberbios
-planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi conciencia
-direcciones nuevas.</p>
-
-<p>Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era
-graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que
-revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa,
-tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban.
-No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma
-de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos
-de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva
-manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por
-mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina
-ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como
-las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la
-vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de
-Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien
-los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; y
-asomada<span class="pagenum" id="Page_I-96">p. I-96</span> á la expresión
-de aquel semblante y de aquellos ojos, me decía: «Aquí estoy otra vez:
-soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora tampoco me tendrás. Antes te lo
-vedó la muerte; ahora la ley.»</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-97">p. I-97</span></p>
- <h2 class="nobreak">VI</h2>
- <p class="subh2">Las cuatro paredes de Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella
-inclinación, que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á
-cualquiera en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable
-era tan difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que
-entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida
-con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en
-principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de
-mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era
-el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me
-escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre
-los dedos.</p>
-
-<p>La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso
-domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero
-y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios
-me iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país
-era muy alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la<span
-class="pagenum" id="Page_I-98">p. I-98</span> <i>Mano negra</i> y me degollaran.
-¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol como una
-oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la necesidad
-de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente indicada por
-la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á poco, sin darme
-cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de quedarme. Aquí de
-mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se me presentaba la
-ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no los tenía.</p>
-
-<p>Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada
-vez lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo
-lo posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con
-Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que
-nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados
-había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y
-burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad
-hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y
-sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron
-palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y
-entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba
-el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al <i>barbián</i> y se puso á
-saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.»
-Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.</p>
-
-<p>Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque
-estaban casi terminadas las reformas de la suya, como habían
-derribado<span class="pagenum" id="Page_I-99">p. I-99</span> tabiques
-y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba á
-inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para
-esta excursión el hermoso <i>landó</i> de cinco luces que había adquirido;
-mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el
-Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.</p>
-
-<p>La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era
-grandísima, tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y
-antipático. Su aspecto exterior era muy feo; pero interiormente
-revelaba ya el soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que
-lo primero que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de
-aquellas horribles sillerías <i>botón de oro</i>, y esconder los <i>biscuits</i>
-y los <i>entredoses</i> de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde
-nadie los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad
-de su gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no
-tenía en su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno,
-de la época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación
-francesa de la peor calidad. «Calcula —me dijo Eloísa— si habrá sido
-difícil el despejo.» La transformación del palacio era en verdad
-grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que
-acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito
-de Palmaroli; una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de
-Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres
-lienzos que me parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa,
-de De<span class="pagenum" id="Page_I-100">p. I-100</span> Nittis;
-otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas
-granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado
-aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por
-haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de
-desmoronarse.</p>
-
-<p>Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de
-valor. En la antesala ví dos enormes vasos japoneses de <i>Imaris</i>,
-hermosísimos, los mejores que había visto en mi vida. Las parejas
-de platos <i>Hissen</i> y <i>Kiotto</i> no valían menos. Ví también tapices
-franceses, imitación de gobelinos viejos, que debían haber costado
-bastante. Dos <i xml:lang="it" lang="it">terracottas</i>, firmadas la una
-Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. Bronces parisienses
-no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho que sirven para hacer
-exhibición de preciosas chucherías, y que tienen algo de los antiguos
-chineros y de los modernos aparadores. Eloísa gozaba con mi sorpresa y
-con mis alabanzas tanto como con la posesión de aquellas preciosidades.
-Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus ojos brillaban; entrábale
-inquietud espasmódica, y su charlar rápido, sus observaciones, los
-términos atropellados con que encomiaba todo, señalándolo á mi
-admiración, decíanme bien claro el dominio que tales cosas tenían en
-su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía sentir amenazas de
-la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta producido por la
-interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha saliva, procuraba
-serenarse.</p>
-
-<p>Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba<span class="pagenum"
-id="Page_I-101">p. I-101</span> en el comedor los montones de manteles y
-servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón primero, el segundo,
-la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la alcoba, el despacho,
-el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. Aquí, colgándose
-de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan á prisa, y me
-incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más atentamente. Allí
-me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido entre las vitrinas.
-En otra parte me oprimía el cuello suavemente para que me inclinara y
-pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy concluído. A veces
-su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo contemplando un
-delicado estantillo japonés, de esos que no parecen hechos por manos de
-hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba su pañuelo y me lo
-pasaba por la boca.</p>
-
-<p>—¿Qué? —decía yo, sorprendido de este movimiento.</p>
-
-<p>—Es que se te cae la baba.</p>
-
-<p>Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.</p>
-
-<p>—Una casa bien puesta —me decía— es para mí la mayor delicia del
-mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que
-las muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los
-tenía, me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había
-de colocar al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba
-delante de los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á
-paseo con papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se
-empañaba con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo
-para poder<span class="pagenum" id="Page_I-102">p. I-102</span> mirar.
-Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias á
-Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña me
-parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y que
-tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero no
-vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. Dios
-ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha valido de
-mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los cuartitos
-y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la que se
-entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque yo lo
-he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... ¡Qué
-lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que me
-gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el
-pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón
-<i xml:lang="it" lang="it">Capo di Monte</i>, y sentir dentro de mí una
-verdadera batalla por si lo compraba ó no lo compraba... Gracias á
-Dios, he sabido refrenarme, ir despacito, hacer muchos números, y
-decir al fin: «no, no más; bastante tengo ya...» Los números son la
-mejor agua bendita para exorcisar estas tentaciones; convéncete... Yo
-sumaba, restaba y... vencía. No vayas á figurarte: también he pasado
-malos ratos. Después de comprar en casa de Bach un bronce, veía otro
-en casa de Eguía que me gustaba más... ¡Qué marimorena entonces en mi
-cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... sí otra vez... pues no... que
-dale, que torna, que vira. Nada, hijo, que he tenido que vencerme. A
-poco más me doy disciplinazos. Por las noches me<span class="pagenum"
-id="Page_I-103">p. I-103</span> acostaba pensando en la soberbia pieza.
-¿Qué crees? he pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con
-un cofrecito de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas...
-Pero me decía yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno
-fuera que... Me conformo con lo que poseo, que es bonito, variado,
-elegante, rico hasta cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo
-mismo?</p>
-
-<p>Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no
-aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras,
-podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía
-yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba
-jamás, mixtificándome el valor de las cifras.</p>
-
-<p>—Yo te dirigiré —añadí—. Prométeme no entrar en una tienda sin
-previa consulta conmigo, y marcharás bien.</p>
-
-<p>Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y
-entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que
-revelaban ciertas extravagancias del espíritu.</p>
-
-<p>—Porque verás —me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como
-quien se pone en oración—, yo sé contenerme, sé consolarme cuando
-esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes
-lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación.
-Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque
-todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba
-por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo
-que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que
-es Presi<span class="pagenum" id="Page_I-104">p. I-104</span>dente del
-Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto pensando que soy la
-señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un cuadrito cualquiera,
-antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo llego á persuadirme de
-que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz de imitación? Pues lo miro
-como si fuera un ejemplar sustraído á las colecciones de Palacio...
-¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio Palissy... ¿Tal mueble?
-Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy engañando, así me voy
-entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... el vicio, sí: ¿para qué
-darle otro nombre?</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo
-en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente
-las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las
-cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían
-gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que
-habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó
-menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada
-primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya
-económica, sino cicatera... «Vas á ver...»</p>
-
-<p>Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á
-casa hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato
-un busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no<span
-class="pagenum" id="Page_I-105">p. I-105</span> encontrar el de Macaulay!
-Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna parte lo
-había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino con un
-velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del
-palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos
-la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se
-le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.</p>
-
-<p>—Hay aquí una cosa —me dijo después mi prima en voz baja, tapándose
-la boca con el manguito— que la semana pasada me produjo dos noches
-de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y
-cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía
-en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.</p>
-
-<p>Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la
-tienda. Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.</p>
-
-<p>—No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No
-es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores
-ingleses y trae cosas que no venderá nunca.</p>
-
-<p>Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio,
-con soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de
-flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan
-bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores,
-interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia
-de la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas
-que salían de los tallos, perdiendo sus brazos en retorcedu<span
-class="pagenum" id="Page_I-106">p. I-106</span>ras de mariscos; ramilletes
-que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan en rejos
-de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa y verde
-nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. Hacían
-juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los monstruos
-más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que parecían
-producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas como
-pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...</p>
-
-<p>—Vamos —ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar
-de ver aquello.</p>
-
-<p>Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche,
-diciendo:</p>
-
-<p>—¿Has tomado el <i>Séspir</i>?...</p>
-
-<p>—La vajilla es preciosa —declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo
-me convenciera de ello por mis propios ojos.</p>
-
-<p>Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:</p>
-
-<p>—Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del
-Infierno.</p>
-
-<p>A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al
-día siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas,
-espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco
-mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en
-caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente
-recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si
-incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo
-para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en
-casa,<span class="pagenum" id="Page_I-107">p. I-107</span> pues la cuenta
-corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre por excesivos
-que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi gusto. Pensaba en
-la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel presente. Mandé que se
-lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella misma me diese cuenta de
-la impresión que le causaba.</p>
-
-<p>Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con
-su hermana Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con
-reservas, se mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y
-tenía el mismo derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo
-era un ricacho sin conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los
-pobres. Ella tenía su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario,
-no se me había ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de
-madera encorvada. Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba
-siempre aquella mujer inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo
-en reconocer y lamentar la preterición, y prometí que los señores de
-Miquis tendrían pronto noticias mías.</p>
-
-<p>A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara
-de Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para
-decirme:</p>
-
-<p>—¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se
-han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De
-veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir
-la palabra.</p>
-
-<p>Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con
-tristeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-108">p. I-108</span></p>
-
-<p>—Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas
-—manifesté á Camila, que me respondió á gritos:</p>
-
-<p>—Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal,
-te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.</p>
-
-<p>Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío,
-le dije:</p>
-
-<p>—¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden
-la cuenta.</p>
-
-<p>Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:</p>
-
-<p>—Toma... cochino.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más
-lastimosa de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular,
-alcoba decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima
-de un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar
-las sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas
-de atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más
-que dos. Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos
-caritativos. Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con
-aparador, trinchero, doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo,
-sólido y elegante.</p>
-
-<p>Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa
-y burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios.
-Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me
-llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su
-incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada,
-una salvaje, una fierecilla<span class="pagenum" id="Page_I-109">p.
-I-109</span> indócil criada dentro de la sociedad como para ofrecernos
-una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. Concluyó
-diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete en honor
-mío y como inauguración del comedor...</p>
-
-<p>—Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más
-<i>chic</i>... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún
-ministro, toda la <i>jilife</i>... Mi cuñado Augusto, el primo de
-Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo
-más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de
-camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos
-nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí
-en su tinta y <i>Chateau-Peleón</i>.</p>
-
-<p>Nunca oí más disparates.</p>
-
-<p>Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco
-antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado
-aún.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-111">p. I-111</span></p>
- <h2 class="nobreak">VII</h2>
- <p class="subh2">La comida en casa de Camila.</p>
-</div>
-
-<p>La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella
-reinaba. <i xml:lang="la" lang="la">Sicut domus homo</i>, se podía decir
-allí con más razón que en parte alguna. Todas las cosas, en aquella
-vivienda, estaban fuera de su sitio; todo revelaba manos locas,
-entendimientos caprichosos. Para honrar mis muebles habían hecho de
-la sala comedor; en la alcoba, á más de la cama de matrimonio, había
-una pajarera, y lo que antes había sido comedor estaba convertido
-en balneario, pues Camila, que aun en invierno tenía calor, se
-chapuzaba todos los días. La sala había sido llevada á un cuartucho
-insignificante, próximo á la entrada, arreglo que por excepción me
-parecía laudable, pues contravenía la mala costumbre de adornar
-suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, reservando para vivir
-lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este rasgo de buen
-sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni cabeza. Lo
-más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que llaman de
-ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado de su tía
-doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, creyérase que
-por<span class="pagenum" id="Page_I-112">p. I-112</span> su pie, pues no
-se concebía que ninguna ama de casa dispusiera los muebles tan mal.</p>
-
-<p>En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes
-y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San
-Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de
-esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada
-de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por
-allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la
-testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas
-las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles
-regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad
-y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el
-comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar
-por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era
-la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas
-de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví
-una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba
-saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos,
-así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones
-de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran
-triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos
-que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin
-reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al
-óleo, al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera
-artístico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-113">p. I-113</span></p>
-
-<p>Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde,
-una buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los
-que presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo
-á lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para
-que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del
-tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila
-estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina
-violentando su temperamento para <i>salir formal</i>; de modo que, á más de
-salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.</p>
-
-<p>—Habías de ver esta casa —me dijo Raimundo al oído— cuando mi
-hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo
-de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.</p>
-
-<p>Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los
-efectos.</p>
-
-<p>Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla
-ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba
-la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas
-bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa,
-diciéndonos:</p>
-
-<p>—Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.</p>
-
-<p>—Esta hermana mía —indicó Raimundo tiritando— siempre tiene calor.
-Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea,
-y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la
-casa es una sorbetera... ¡Que me voy!</p>
-
-<p>Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera<span class="pagenum"
-id="Page_I-114">p. I-114</span> de la alcoba, donde á la sazón estábamos, y
-dijo á su marido:</p>
-
-<p>—Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.</p>
-
-<p>Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos
-perros: el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo.
-Ambos hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que
-marchaba en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía
-también el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida,
-como exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con
-la criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su
-marido con gritos que atronaban la casa.</p>
-
-<p>—Será para que le alcance algo... —decía él sin mostrar mal humor—.
-Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera
-yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!</p>
-
-<p>Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun
-así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida.
-Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada;
-pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos
-la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento
-trágico:</p>
-
-<p>—Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?</p>
-
-<p>El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en
-el desempeño de aquella obligación doméstica.</p>
-
-<p>—Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se
-case...</p>
-
-<p>Risueño y compadecido, le ayudé de buena<span class="pagenum"
-id="Page_I-115">p. I-115</span> gana. Antes había solicitado Constantino el
-auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, no se apartaba
-del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto quedó puesta
-la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas iguales.
-Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria cerámica
-dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, regalo de
-la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio de unidad.
-No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que cada uno
-procedía de fábrica distinta.</p>
-
-<p>No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla,
-díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de
-que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:</p>
-
-<p>—Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que
-no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.</p>
-
-<p>—Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no
-se encienden chimeneas —dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en
-ella.</p>
-
-<p>—No viene Pepe —repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar
-en mi ocupación, echóse á reir—. Eso, eso te conviene... ¿Y esa
-loca...?</p>
-
-<p>—Su Majestad está en sus habitaciones —dijo el manchego— con la
-camarera mayor, que es ella misma.</p>
-
-<p>—Constantino —gritó Camila asomándose á la puerta—, traidor, ¿en
-dónde me has puesto mi alfiler?</p>
-
-<p>—¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te
-enfades.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-116">p. I-116</span></p>
-
-<p>—¡Que siempre has de ser loca! —dijo Eloísa pasando al cuarto de su
-hermana para dejar abrigo y sombrero.</p>
-
-<p>Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con
-elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa
-garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura
-delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer
-bella; pero nunca parecería una señora.</p>
-
-<p>—¡Mujer, cómo te pones!... —exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la
-escasez de tela en la región torácica—. ¿Pero estás tonta? ¿A qué viene
-ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es hoy no
-llorarás por polvos.</p>
-
-<p>Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el
-mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire
-gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa
-en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de
-yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.</p>
-
-<p>—Pero, Camila... pareces una tahonera.</p>
-
-<p>—¿Sí? —replicó ella riendo con nosotros—. Ahora veréis.</p>
-
-<p>Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez
-naturales. Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.</p>
-
-<p>—Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.</p>
-
-<p>Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr
-otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á
-su marido:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-117">p. I-117</span></p>
-
-<p>—Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano
-Augusto, de paso que vas por el postre?</p>
-
-<p>—Yo no... Ya sabes que no puede venir —replicó el marido tomando su
-capa para salir.</p>
-
-<p>—Pues déjalo: así tocaremos á más.</p>
-
-<p>Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con
-la girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un
-papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la
-puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:</p>
-
-<p>—Váyanse sentando... Allá va la sopa.</p>
-
-<p>El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser
-almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por
-la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que
-reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un
-asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el
-fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía
-Camila. En cambio, el pescado <i>al gratin</i> se había tostado y estaba
-seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no
-se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé
-no tenía ni pizca...</p>
-
-<p>—Pero, hija —dijo Eloísa riendo—, tu cocinera es una alhaja.</p>
-
-<p>—Dispensa por hoy... —replicaba la hermana—. Se hace lo que se
-puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.</p>
-
-<p>—Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la
-red otra vez —le contestó Raimundo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-118">p. I-118</span></p>
-
-<p>Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un
-frío mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no
-volvería á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de
-leña. Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había
-vino en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre
-Constantino y su mujer.</p>
-
-<p>—Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así
-salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de
-chorlito!</p>
-
-<p>—¡Ni fuego ni vino! —exclamó mi primo subiéndose el embozo y
-poniendo una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.</p>
-
-<p>—Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.</p>
-
-<p>—No, ve tú.</p>
-
-<p>—Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.</p>
-
-<p>—¡Ay! qué hombre tan inútil...</p>
-
-<p>—¡Qué tempestad de mujer!</p>
-
-<p>—Lo mejor —dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar
-un rato— es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos
-botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las
-negarán.</p>
-
-<p>Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo
-mi primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.</p>
-
-<p>Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad,
-todo lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba
-un velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio.
-Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la que
-ser<span class="pagenum" id="Page_I-119">p. I-119</span>vía, que era una
-chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. Había venido aquel día con
-tal objeto, y más valiera que se quedara en su casa, pues no hacía más
-que disparates. En los breves intervalos de sosiego, Camila nos hablaba
-de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz en aquel desbarajuste,
-en compañía del más inútil de los hombres! Indudablemente Dios hace
-milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, mi primita no cesaba de
-hacer alusiones á un cierto estado en que ella creía encontrarse, y
-por cierto que sus indicaciones traspasaban á veces los límites de la
-decencia. Ya nos contaba que pronto tendría que ensanchar los vestidos;
-ya que había sentido pataditas... Luego rompía á reir con carcajadas
-locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi opinión. No tenía seso, ni
-tampoco decoro.</p>
-
-<p>Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco
-reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus
-superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando
-le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había
-sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se
-avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer
-le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase
-de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La
-Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y
-beneficien mutuamente.</p>
-
-<p>Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro
-lo denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino
-la verbosi<span class="pagenum" id="Page_I-120">p. I-120</span>dad
-alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser menos, se
-había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba anécdotas,
-pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba penosamente las
-sílabas <i>tra</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>, mientras el otro decía cosas saladas y
-amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese lenguaje flamenco que
-tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La discreción relativa, de que
-hablé antes, se la había llevado la trampa. Tal espectáculo empezaba á
-disgustarme.</p>
-
-<p>El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió
-mandarlo traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo
-á cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y
-Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse.
-La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á
-la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que
-llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la
-mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y
-vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía
-por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.</p>
-
-<p>—Ahora sí que va de veras —nos decía—. ¡Y este bruto se ríe, y no lo
-quiere creer!</p>
-
-<p>De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de
-tonterías, y cruzando las manos gritaba:</p>
-
-<p>—¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo,
-más, más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes
-tú lo que es esto, egoísta! Si fueras padre,<span class="pagenum"
-id="Page_I-121">p. I-121</span> verías. Y dí, ¿por qué no te casas? ¿Para
-qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier querindanga...
-¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da tu dinero á las
-tías. Me alegraré de que te desplumen.</p>
-
-<p>De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas.
-Hasta me parecía que lloraba de satisfacción.</p>
-
-<p>—Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?</p>
-
-<p>—Sí que te lo prometo.</p>
-
-<p>Y se rompía las manos en un aplauso.</p>
-
-<p>—¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que
-yo quiera en casa de <i>Capdeville</i>?</p>
-
-<p>—Sí: puedes empezar.</p>
-
-<p>—Bien, bien... ¡Currí... Currí!</p>
-
-<p>El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso
-las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno
-hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por
-él.</p>
-
-<p>—Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.</p>
-
-<p>—Yo no puedo ver esto —decía Eloísa con enfado, levantándose para
-retirarse—. Me voy.</p>
-
-<p>—No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y
-no parezcas más por aquí.</p>
-
-<p>—No, no me beses —chillaba Eloísa, apartando su cara—; no pongas
-sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca,
-¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte
-hacer tonterías.</p>
-
-<p>—José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por
-qué no me convidas esta noche al teatro?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-122">p. I-122</span></p>
-
-<p>—Otra más fresca...</p>
-
-<p>—¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana
-para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí,
-dile que sí. José María, esta noche...</p>
-
-<p>—Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.</p>
-
-<p>—Constantino —gritó Camila, cantando la marcha real—, esta noche
-vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los
-cuartitos.</p>
-
-<p>Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza
-tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al
-tercer día me enterraban.»</p>
-
-<p>Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué
-á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido
-profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le
-cubrió con la capa para que no se enfriase.</p>
-
-<p>—Ve pronto por el palco —decía la señora de Miquis á su marido— que
-es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas
-zancas. ¿A qué aguardas?</p>
-
-<p>El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la
-escalera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.</p>
-
-<p>—Iré luego á casa de mamá —dijo Camila, poniendo á su hermana el
-sombrero y el abrigo—. Adiós, <i>comparito</i>.</p>
-
-<p>Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-123">p. I-123</span></p>
- <h2 class="nobreak">VIII</h2>
- <p class="subh2">En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.</p>
-</div>
-
-<p>Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:</p>
-
-<p>—¿Vas á venir á acompañarme?</p>
-
-<p>En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la
-acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no
-aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos,
-revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de
-nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del
-Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á
-casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima.
-Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á
-mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para
-verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á
-todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del
-misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente.
-Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante
-y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos
-en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales...
-La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando
-que estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto
-para<span class="pagenum" id="Page_I-124">p. I-124</span> colarse dentro.
-El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de compras.</p>
-
-<p>Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos
-con ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada
-aún más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de
-ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que
-nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé
-de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso
-patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en
-buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos
-catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una
-ensalada inglesa. Hablé de los <i xml:lang="en" lang="en">whigs</i> y los
-<i xml:lang="en" lang="en">torys</i>, de la reforma electoral de 1834, del
-<i xml:lang="la" lang="la">Habeas corpus</i>, de la Liga de Manchester
-y del <i xml:lang="en" lang="en">bill</i> de cereales. Sir Roberto Peel
-quedó hecho trizas de tanto como le manoseamos Carrillo y yo, y no
-salieron mejor librados lord Chatam, Cobden, Russell, Palmerston y los
-modernos Disraeli y Gladstone. Nos volvíamos ingleses sin saberlo,
-y esto precisamente cuando mi sangre andaluza, la savia paterna,
-obscurecía y anonadaba en mí lo que yo había recibido del sér británico
-de mi madre.</p>
-
-<p>Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme
-en pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi
-casa, <i xml:lang="la" lang="la">in mente</i>; la robaba como hacía mi tío
-Serafín con las baratijas de su gusto, y me la guardaba en mi corazón,
-como en un bolsillo, reducida á impalpable esencia, cuando no la subía
-al entre<span class="pagenum" id="Page_I-125">p. I-125</span>cejo para
-darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las
-noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes
-alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de
-mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque
-Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico
-y <i>wertheriano</i>, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para
-que un hombre se ponga en semejante estado.</p>
-
-<p>Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle.
-Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar
-turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que
-temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo
-hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin
-darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á
-esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún,
-nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo.
-Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que
-equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más
-graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando
-entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No
-tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la
-entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y
-al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que,
-sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras.<span class="pagenum"
-id="Page_I-126">p. I-126</span> Parecióme que yo me introducía invisible,
-como el gas, pasando por escondidos, angostos y callados tubos.</p>
-
-<p>Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla
-como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa
-de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en
-voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á
-dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:</p>
-
-<p>—Sí, ya te siento; no creas que me asustas...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-127">p. I-127</span></p>
- <h2 class="nobreak">IX</h2>
- <p class="subh2h">Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y
- la leyenda de las cuentas de vidrio.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un
-día antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que
-yo me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las
-dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía
-muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el
-amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también
-escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con
-los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En
-ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás
-á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la
-equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de
-ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella,
-no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo
-antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión
-de casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme<span
-class="pagenum" id="Page_I-128">p. I-128</span> la había de hacer tan
-desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... Pero ya,
-¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había unido era más
-fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible luchar contra
-ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, el murmullo
-de la gente, su hijo... el pobre <i>barbián</i>, que cuando creciera oiría
-decir que su mamita no había sido buena, como deben serlo todas las
-mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única eran acibaradas
-por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al <i>qué dirán</i>, por el
-presentimiento de catástrofes y desventuras que es la sombra fatídica
-que se hace á sí misma la vida ilegal.</p>
-
-<p>Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar
-que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la
-eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con
-cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron
-de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en
-un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...»
-«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual
-parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»</p>
-
-<p>La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor,
-idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para
-que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el
-escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que
-debemos al decoro; la publicidad érame antipáti<span class="pagenum"
-id="Page_I-129">p. I-129</span>ca; pero, con todo, mi ventura me ahogaba
-hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la vanidad tenía en
-ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados laureles; yo
-buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso á la secreta
-aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada como con
-Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. Conocía
-su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba los
-suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; sólo
-que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, todo,
-y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél su
-estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo
-hacer el <i>niño del mérito</i>, guardando una reserva que era lo mismo que
-poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es
-animal de mucho <i>quinqué</i>, y, por fin, que los tiempos de notoriedad
-que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una
-ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.</p>
-
-<p>Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto
-había dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias
-seguían guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte,
-con la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra,
-mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en
-mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino
-aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien
-que consi<span class="pagenum" id="Page_I-130">p. I-130</span>deraba
-eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza irresistible. Su
-tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con exaltada pasión, con
-estimación, hasta con respeto, con todo lo que el corazón humano puede
-dar de sí en su variada florescencia afectiva. Y en cierto modo me
-recreaba en ella como si fuera algo, no sólo perteneciente á mí, sino
-hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa era más hermosa desde
-que estaba en relaciones conmigo; como mujer valía más, mucho más
-que antes. Su elegancia superaba á los encomios que hacía de ella la
-lisonja. Desde que se instaló en su nueva y primorosa vivienda, parecía
-que había subido de golpe al último grado de esa nobleza del vestir,
-que no tiene nombre en castellano. Todas las seducciones se reunían
-en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me puse!... la miraba
-como miraría el artista su obra maestra. No es esto, no, lo que quiero
-decir: mirábala como una planta que yo había regado con mi aliento,
-abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, criándola para goce
-mío y recreo de la vista de los demás.</p>
-
-<p>Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto,
-como gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de
-la familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado,
-ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la
-cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado
-mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas
-ridículas, era porque conservaba muy vivo el<span class="pagenum"
-id="Page_I-131">p. I-131</span> respeto exterior de mí mismo; pero decía
-majaderías, como las que antes, en boca de otros, me habían hecho reir
-mucho.</p>
-
-<p>Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se
-enfadase, que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco
-decorosa en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por
-entendido. O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana
-tampoco chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de
-que no hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con
-el mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia
-natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos
-mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su
-tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de
-hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y
-dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba
-ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó
-butacas en los principales teatros.</p>
-
-<p>Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien
-constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos
-diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble,
-antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo
-cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía,
-ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia.
-Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada
-pensando en algún objeto re<span class="pagenum" id="Page_I-132">p.
-I-132</span>cientemente exhibido en las tiendas de lujo. Tenía momentos
-de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos de tristeza
-considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta exaltación
-con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. Este era
-bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina antigua,
-ó un par de tibores de <i>Sachsuma</i>. Era á veces el motivo de sus ansias
-una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano y marfil. A
-esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano media-cola de
-Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de alhajas, pues por el
-collar de perlas, la <i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de brillantes,
-una pulsera de <i>ojos de gato</i>, una rosa suelta y varias chucherías, me
-dejé en casa de Marabini quince mil duritos.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan
-de Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París
-á consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no
-tuve tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita.
-El pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más
-que en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse
-á tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de
-salir de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de
-la calle de <i>Scribe</i>. Yo estaba, como siempre, en el de <i>Helder</i><span
-class="pagenum" id="Page_I-133">p. I-133</span>. Fácil nos era á mi prima
-y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad parisiense y aun
-hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. En los cuatro
-días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un camarero, en los
-baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una independencia que
-hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á mi hotel. Estábamos
-como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo que se nos antojaba,
-almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin peinarse, á medio
-vestir; yo vestido también con el mayor abandono; ambos irreflexivos,
-indolentes, gozando de la vida como los seres más autónomos y más
-enamorados de la creación. En nuestros coloquios, amenizados por
-constante reir, nos comparábamos con las dichosas parejas del barrio
-latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su modelo, viviendo al
-día con dos ó tres francos y una ración inmensa de amor sin cuidados.
-Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos dinero y podríamos
-paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras anchas de la libertad
-parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y nos íbamos á San Germán,
-almorzábamos en la Terraza, paseábamos por el bosque, corríamos, nos
-acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas tan dulces! Como quien se
-contempla en un espejo, nos recreábamos en las muchas parejas que
-veíamos semejantes á nosotros. Componíanse de algún extranjero, ávido
-de echar una cana al aire, y de alguna <i>bulevardista</i>, por lo general
-de buen parecer y modales un tanto desenvueltos. En otras parejas se
-advertía una confianza, una intimidad que no son<span class="pagenum"
-id="Page_I-134">p. I-134</span> propias de las relaciones de un día. Eran
-amantes, como nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra,
-para burlar con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de
-las leyes divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y
-fatigado; mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que
-cautivaba á Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella
-gente, y en la originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de
-los modistos, que por tal procedimiento hacían público reclamo de las
-novedades de la estación próxima.</p>
-
-<p>Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más
-depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la
-mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la <i>Capilla
-Expiatoria</i>... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa
-quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de
-costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes
-y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También
-solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real,
-y á los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo
-japonés abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París
-estaba al alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á
-llevar un surtido de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos,
-lacas, y hasta las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran
-el maravilloso sentimiento artístico de aquella gente asiática,
-sólo igualada por la clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de
-Carrillo no podía, ya que felizmente estaba en la capital de<span
-class="pagenum" id="Page_I-135">p. I-135</span> la moda, dejar de equiparse
-para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas
-en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser
-la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde
-quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa,
-y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una
-quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo
-mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que
-mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.</p>
-
-<p>Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar
-numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior
-había ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos
-de 4½ por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente
-á unos ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer
-á España aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles
-urbanos ó en los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París,
-Mitjans había hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el
-líquido de la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo
-tomaría para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en
-letras sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías
-dí á aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban
-siete mil francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró
-aquí mi desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué
-olvidadas cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que<span class="pagenum"
-id="Page_I-136">p. I-136</span> ir á última hora, echando los bofes, á
-casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos para poder
-volver á España.</p>
-
-<p>Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en
-mi vida que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas
-leyes de la Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una
-distracción tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera
-había percibido siempre la salvadora claridad de los números; que
-de algo ¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el
-saludable ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de
-loco desatino podían destruir los efectos de mi educación económica?
-No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad,
-resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de
-la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un
-narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa,
-con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no
-naufragase.</p>
-
-<p>Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso,
-sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en
-nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre
-de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también
-en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los
-placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el
-<i>tanto</i>, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número,
-sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al
-verificarse en mí aquel des<span class="pagenum" id="Page_I-137">p.
-I-137</span>pertamiento, halléme en terreno firme y dije con resolución:
-«No, niña mía, esto no puede seguir así.»</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre,
-pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas
-me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del
-año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con
-la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez
-varias letras y algún papel de Londres.</p>
-
-<p>Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de
-la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á
-consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo
-á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre
-de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había
-disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular!
-Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de
-esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir de
-la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira que
-tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de París
-y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme cuenta de
-ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del espíritu
-que llamamos sumar, y aten<span class="pagenum" id="Page_I-138">p.
-I-138</span>to sólo á los aguijonazos de la voluptuosidad y del amor
-propio.</p>
-
-<p>A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al
-<i>tanto</i>, reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado
-concupiscente, por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había
-mermado en lo más mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en
-llevar procedimientos de regularidad económica á lo que moralmente
-era tan irregular. El orden parecíame digno de ser implantado en los
-dominios del vicio, y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía
-la dulce ilusión de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían
-mis noches y mis mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa
-hacíame ver nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo.
-En cuanto á mi fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida
-y muy saneada, hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance
-de los lazos que mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del
-propósito, vivas inquietudes me atormentaban en presencia de aquel
-querido edificio económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy
-profundas.</p>
-
-<p>Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el
-presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella
-exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había
-importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de
-Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la
-casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de
-verano,<span class="pagenum" id="Page_I-139">p. I-139</span> menudencias
-é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la cifra de veinte mil
-duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas de números, y no,
-no salía. El pasivo del primer año era enorme, abrumador, y unido á
-la instalación me daba el resultado tristísimo de que los señores de
-Carrillo se habían comido ya la cuarta parte del capital heredado.
-Por mucho que estirara yo los ingresos sobre el papel, forzando los
-productos de las dehesas de Navalagamella y Barco de Avila, engrosando
-los alquileres de las tres casas de Madrid y añadiendo á todo el cupón
-de las obligaciones de Banco y Tesoro, no podía pasar de tristes siete
-mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que lloraban por los míos, y me los
-querían llevar.</p>
-
-<p>Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más
-lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que
-iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente
-y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en
-nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números.
-¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y
-resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró
-conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas.
-Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde
-en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos.
-A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude
-obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre
-embrollaba las ci<span class="pagenum" id="Page_I-140">p. I-140</span>fras
-y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso de la aplicación de los
-ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones mías, me confesó que tenía
-algunas deudas.</p>
-
-<p>—Te las pago todas —le dije con efusión— si me juras que no volverás
-á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.</p>
-
-<p>Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba
-el convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se
-volvían á contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más
-se le poda.</p>
-
-<p>—Ahora no me echarás la culpa á mí —me dijo una tarde—. Es Pepe el
-que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo
-lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la
-calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror...
-Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no
-ha vuelto á poner los pies en el <i>Veloz</i>. No tiene ningún vicio, no
-juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan
-ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á
-contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso <i>órgano
-del partido</i>, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe,
-que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la
-Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se
-han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse
-á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que
-no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la <i>Sociedad de
-niños</i>... Te aseguro que es un dolor...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-141">p. I-141</span></p>
-
-<p>Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas,
-me dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella
-señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.</p>
-
-<p>Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras
-lucubraciones económicas tomaban un giro fantástico y extravagante.
-Como el líquido puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las
-altas temperaturas del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el
-de los poetas, visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más
-bien una fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza.
-Las cifras de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en
-quince años, volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas
-columnas de los libros de partida doble, separándose y revolviéndose
-como las cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer
-millones de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras
-esterlinas de la noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan
-junto á las unidades formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha
-el alma! «Entonces, gata bonita, tendrías un palacio mejor que el
-de Fernán-Núñez y el de Anglada juntos; tendrías un lecho de plata,
-como el de la esposa de un <i>rajah</i>; tendrías un <i>yacht</i> para viajar
-por el Mediterráneo y un tren <i>Pullmann</i> para recorrer el Continente.
-Te compraría el Rembrandt, el Murillo, el Veronés que salieran á la
-venta al deshacerse la galería de algún principote alemán; y para tí
-trabajarían Meissonier, Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo
-más granadito de Europa. Apro<span class="pagenum" id="Page_I-142">p.
-I-142</span>vechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de
-las grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada
-de Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el <i>Tanto Monta</i>,
-y los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en
-forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten
-en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene
-Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la biblia
-de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más sublime,
-la industria más hábil y los objetos de valor histórico, despojos que
-se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú jugaras
-con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más rica que
-la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina Victoria,
-emperatriz de las Indias.»</p>
-
-<p>Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa,
-para hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener
-nada; vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades
-sociales, en un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera
-frío, ni calor, ni ciudades, ni civilización... No tener más que un
-albergue rústico, y que nuestra despensa estuviera colgada de los
-árboles... No beber más que agua clara... Vestirse sencillamente, tan
-sencillamente, que todo el guardarropa quedara reducido á un simple
-túnico talar... Nada de calzado, nada de sombrero, nada de esos
-horrores que llaman guantes, corbatas y alfileres... No gozar de más
-espectáculos que los del cielo y la vegetación; no oir más música que
-la de los pájaros;<span class="pagenum" id="Page_I-143">p. I-143</span> no
-ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que
-es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación,
-ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y
-en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de
-cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de
-la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo
-amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca
-cansados de mirarnos y de querernos...</p>
-
-<p>Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de
-Eloísa, que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que
-ella se apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.</p>
-
-<p>—Calla, tonto... No escandalices.</p>
-
-<p>No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa
-en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país
-de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su
-túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No
-conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus
-diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los
-lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora
-Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en
-aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta
-tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático
-que viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las mi<span
-class="pagenum" id="Page_I-144">p. I-144</span>radas de la señora Eva en
-forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél de la manzana.
-¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar á aquellas
-playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra una sarta de
-cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas desarrollan en
-su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, se vuelve toda
-nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la chaveta, y adiós
-idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz sabrosa, adiós
-festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... Cae mi Eva en
-la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el demonio carga
-con ella.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-145">p. I-145</span></p>
- <h2 class="nobreak">X</h2>
- <p class="subh2">Carrillo valía más que yo.</p>
-</div>
-
-<p>Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor
-supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado,
-valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi
-pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija
-era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía
-echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta
-me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha
-luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un
-vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las
-personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á
-sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho
-que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y
-su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase
-por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su
-vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría
-sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del
-jefe de familia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-146">p. I-146</span></p>
-
-<p>Carrillo era presidente de una <i>Sociedad</i> formada para amparar
-niños desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la
-mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan
-humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los
-eficaces triunfos alcanzados por la <i>Sociedad</i>. Más de quinientas
-criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado
-de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las
-precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce
-al presidio. La <i>Sociedad</i> hacía ya mucho; pero su ilustre presidente
-aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los
-párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso
-ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el
-crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan
-ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo
-á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su
-despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes,
-extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo
-cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer
-Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para
-allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se
-desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había
-que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar
-los fondos de la <i>Sociedad</i>. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de
-empresarios y concertistas y có<span class="pagenum" id="Page_I-147">p.
-I-147</span>micos! No se eximían de esta febril contradanza los poetas, á
-los cuales se les rogaba que leyeran versos; ni los oradores, á quienes
-se pedía el óbolo de sus floreados discursos.</p>
-
-<p>Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su
-inteligencia, yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de
-escándalo y dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la
-comparación siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me
-cuidaba ni poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás
-hablaba en las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte
-de ninguna Comisión de importancia, no servía más que para sumarme
-con la mayoría en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas
-muy incompletas acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis
-electores que de los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme
-cartas llenas de quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los
-papeles rotos, diciendo: «A mí me ha hecho diputado el ministro de la
-Gobernación, nadie más. Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente,
-el Congreso me parecía una comedia, y no tenía ganas de mezclarme
-en ella. En cambio, Pepe, que era senador, tomaba muy en serio su
-cargo, se debía al país, miraba á la patria con ojos paternales,
-considerándola como uno de aquellos infelices niños que la <i>Sociedad</i>
-recogía en las calles. Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba
-en muchas Comisiones. Con frecuencia se levantaba de su banco, sin
-aliento, ahogándose, y pronunciaba pequeños discursos discretísimos
-en pro de los intereses generales. La enseñanza primaria, la<span
-class="pagenum" id="Page_I-148">p. I-148</span> extinción de la langosta,
-la necesidad de dar salida á <i>nuestros caldos</i>, el establecimiento de
-gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la
-Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión,
-la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios
-y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque
-asmático, en los rojos asientos del Senado. El <i>Diario de las Sesiones</i>
-estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que
-se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos
-aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un
-salto grande hacia la cultura.</p>
-
-<p>Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado,
-con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo
-que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién
-cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse,
-echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á
-muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien
-si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al
-sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y
-juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de
-la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad,
-y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo
-bien político.</p>
-
-<p>Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas
-de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma.
-Así,<span class="pagenum" id="Page_I-149">p. I-149</span> desde que
-ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el sentimiento
-general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á buscar
-auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos de
-nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera que
-sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre
-resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con
-tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de
-la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras
-cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del
-<i>Otroísmo</i> y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente
-en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el <i
-xml:lang="la" lang="la">quid</i> del defecto que en parte obscurecía
-aquellas prendas eminentes, pues siempre se cuidaba mucho más de lo
-ajeno que de lo propio, y poniendo desmedida atención en la humanidad
-y en la patria, apartaba sus ojos de la familia y del gobierno de
-su casa. Dueña y directora de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los
-detalles más importantes del régimen doméstico, y no daba jamás una
-disposición. Tanto celo fuera y tanta indolencia y descuido dentro,
-eran indudablemente falta muy grande. Cuánto me complacía yo en
-considerarlo así, no hay para qué decirlo. Aquella superioridad que me
-mortificaba no era quizás más que figuración mía, y el pobre Carrillo,
-al remontarse á lo que yo estimaba perfecciones, caía por tierra
-poniéndose al nivel mío, que era el de la vulgar muchedumbre.</p>
-
-<p>Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males
-se repetían y se complicaban,<span class="pagenum" id="Page_I-150">p.
-I-150</span> presentando cada año nuevos y temibles aspectos, ofreciendo
-como un campo clínico á los ensayos de la medicina. Para los médicos
-era ya, más que un enfermo, un tratado de Patología interna escrito
-en lengua que no podían traducir. Los síntomas de hoy desmentían
-los de ayer, y los tratamientos variaban cada mes. Ya, suponiendo
-desórdenes en la nutrición, se combatían en él los principios de una
-diabetes; ya, observando graves fenómenos cardiacos, se atacaba el
-mal en el terreno de la circulación. Declaróse luego la nefritis, y
-más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con lesión grave en el
-vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa fuese, ello es que
-Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era terroso, sus fuerzas
-inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las manos le temblaban,
-y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él sólo tenía vigor el
-espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en las varias faenas á
-que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo entusiasmo de que se
-poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y enderezando su cansado
-organismo, como si le embalsamaran en vida.</p>
-
-<p>Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo
-en el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración
-moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza
-y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que
-me alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión
-que esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé
-si agrade<span class="pagenum" id="Page_I-151">p. I-151</span>cía su
-estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella como una
-salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los dos, y
-como si á entrambos nos degradara de la misma manera.</p>
-
-<p>Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía
-encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola
-con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas
-parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes,
-el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella
-gente; hablándole de la peluca del <i xml:lang="en" lang="en">speaker</i>,
-del modo de votar, del familiar tono que usan, y haciéndole, por fin,
-semblanzas tan exactas como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros
-afamados oradores. ¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores
-horribles, extenuado de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el
-infeliz otro consuelo que conversar conmigo de aquellas cosas tan de
-su gusto! Su mano en mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas,
-y jamás se hartaba de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de
-tiempo y de humor por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla
-que te charla, viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la
-verdad se me iba agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias!
-El banquete del lord Corregidor fué de las cosas que le conté con
-todos sus pelos y señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877.
-Y después, ¡cuánto detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes,
-se sonaba con estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no
-cesaba de meter<span class="pagenum" id="Page_I-152">p. I-152</span>se
-pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y
-sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país
-aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una
-y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los
-normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos
-casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de
-tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que
-hacía propósito de marcharme.</p>
-
-<p>Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé
-lo que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos
-obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala
-por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa
-y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos
-encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre
-ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en
-busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos
-habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le
-compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera
-estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos
-dado.</p>
-
-<p>Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido
-estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo
-declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos
-de alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más
-de<span class="pagenum" id="Page_I-153">p. I-153</span> una vez se le
-escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose á días venideros,
-iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi mujer. Hablando una
-noche de reformas en la casa, se dejó decir:</p>
-
-<p>—Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso
-bajo, comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de
-nogal, como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del
-duque y á la famosa estufa.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-155">p. I-155</span></p>
- <h2 class="nobreak">XI</h2>
- <p class="subh2">Los jueves de Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían
-diez y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres
-nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias
-hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la
-hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta
-que en los llamados <i>jueves de Eloísa</i> reinaba, era un eclecticismo,
-una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza
-nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más
-distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía
-en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba
-á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con
-respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de
-propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas,
-exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no
-adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos
-de la<span class="pagenum" id="Page_I-156">p. I-156</span> confianza
-castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas que le dan
-carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza de poetas,
-oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos ha sido
-hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de ideas que
-anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las nacionalidades
-maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en aquel instrumento
-armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.</p>
-
-<p>Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan
-distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de
-estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis
-castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes
-frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el
-populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las
-redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan
-ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De
-este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la
-cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco
-ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.</p>
-
-<p>Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones,
-que bien podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por
-no aburrir á mis lectores con lo que no les importa, seré breve,
-escogiendo, entre todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á
-la inteligencia de los casos<span class="pagenum" id="Page_I-157">p.
-I-157</span> que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa
-frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual
-fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el
-timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se
-prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz.
-Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las
-luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y
-faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su
-reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina
-suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.</p>
-
-<p>—Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede
-tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su
-suegra.</p>
-
-<p>Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba
-fácilmente á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el
-marqués de Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va
-del primer salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica
-ésta con la antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara
-de cristales con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás
-el cuerpo contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién
-entra.</p>
-
-<p>Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al
-poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad
-los guantes de hilo, el maestresala M. Petit —aquel ingenioso francés
-que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos
-los<span class="pagenum" id="Page_I-158">p. I-158</span> establecimientos
-balnearios y de haber lucido su estampa en el mostrador de algún
-comedero de ferrocarril, se pasa el invierno sirviendo temporalmente en
-las grandes comidas de las casas ricas de Madrid, ó que lo aparentan—,
-y pronunciando el sacramental <i xml:lang="fr" lang="fr">madame est
-servie</i>, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de
-Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...</p>
-
-<p>Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de
-sillas rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados
-ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos
-nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como
-un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho
-de la sopa <i>bisque</i>, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios
-traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la
-conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada
-instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los
-ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal
-flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo
-aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi
-espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me
-mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas,
-de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas
-en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y
-ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo
-todavía en su inquietud discreta, ojos que nos<span class="pagenum"
-id="Page_I-159">p. I-159</span> miran y se vuelven y llevan la idea de una
-persona á otra, el hilo de la conversación rompiéndose y anudándose á
-cada instante, las sonrisas disimulando las contracciones de la gula.
-Respecto á los dichos, yo no cesaba de recordar la rigidez de las
-comidas inglesas, en las cuales todo lo que se habla podría figurar en
-el Catecismo. En los festines que refiero, mi primo Raimundo hallaba
-medio de contar cuentos indecentes, con una delicadeza de forma y unas
-perífrasis que hacen de él un verdadero maestro en arte tan difícil.</p>
-
-<p>En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las
-señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable.
-Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir,
-en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre
-que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La
-originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos
-con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría
-imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un
-gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida
-totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso,
-medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada
-faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de esas
-que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante de tal
-prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué general
-la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella misma
-mañana me<span class="pagenum" id="Page_I-160">p. I-160</span> había dicho
-que no pensaba estrenar más vestidos ni inventar rarezas. Dejando á un
-lado esta contradicción, diré que Eloísa deslumbraba: no se la podía
-mirar sin plegar ligeramente los ojos. Su hermosura, sometida á la
-prueba de aquella calcinación en crisol ardiente, triunfaba de las
-llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y purificada. Su mirar era
-como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que se subía á la cabeza
-y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir nada del escote, á
-quien la coloración chillona del rojo daba más realce. En su ridículo
-entusiasmo, un revistero de salones me decía que aquella carne de
-Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y que Fidias y el Hacedor
-Supremo habrían disputado sobre cuál de los dos lo había hecho. Vamos,
-que reñían y se tiraban á la cabeza los trastos de crear... Yo,
-como dueño de aquella carnicería marmórea, no la veía con gusto tan
-publicada. Pero el maldito revistero no cesaba de hacer paradojas, que
-al día siguiente ponía en los periódicos. «Era un demonio celestial, el
-<i>ángel del asesinato</i>, serafín que había encargado á Worth un vestido
-hecho con brasas del Infierno... ¿Para qué? Para divertir á los Santos
-en el Carnaval del Cielo... Su cuello ostentaba una constelación...» A
-esto de la constelación démosle su nombre verdadero. Era una hermosa
-<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de treinta y seis <i>chatones</i> que
-yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se ha de decir)
-una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente del Banco de
-España.</p>
-
-<p>Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra.
-Todos los amigos de la casa ad<span class="pagenum" id="Page_I-161">p.
-I-161</span>miraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban por ella. La
-atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y mujeres,
-respiran en tal género de vida; el constante incitativo del mucho y
-refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el espíritu
-van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas estas
-causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte
-suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para
-apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal
-ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de
-que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre
-los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía
-de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de
-pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró
-delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto
-general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de
-mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien
-ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de
-que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.</p>
-
-<p>Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre
-aquella turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una
-fidelidad que habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no
-viniera á ser una medalla en cuyo reverso estaba la traición.</p>
-
-<p>Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa,
-empleando reservas delicadas<span class="pagenum" id="Page_I-162">p.
-I-162</span> que olían á virtud, imitándola, como los artículos de
-perfumería imitan la fragancia de las flores. Para todos tenía una
-palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; compadecía al
-enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando constantemente cierta
-dignidad y señorío que me encantaban.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna
-novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche
-(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo
-rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio.
-Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las
-había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme
-la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos
-lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante
-cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las
-figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño
-natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre,
-quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados
-los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista,
-y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro
-asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara
-á la Naturaleza con<span class="pagenum" id="Page_I-163">p. I-163</span>
-más gallardía. El toque era allí perfecto símil de la superficie de las
-cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, el pincel, convertido en
-poder fisiológico, había hecho la carne, la epidermis, el músculo, los
-cañones de la mal rapada barba, el pelo inerte, y, por fin, el destello
-y la intención de la mirada. Aquel mismo toque habilísimo era luego la
-lana y el algodón de la ropa, la seda mugrienta del fondo.</p>
-
-<p>—Esto ya no es pintar —decía Eloísa, sacando las cosas de quicio—:
-es hacer milagros.</p>
-
-<p>La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos,
-y á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un
-sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y
-llena, significando con ella un <i>atrévanse ustedes</i>. Su tez pura, su
-entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada.
-El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían
-suponerse antojo de un momento para <i>encaprichar</i> la hermosura noble
-revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida
-misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su
-sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos.
-¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa
-no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:</p>
-
-<p>—¡Qué alma tiene!</p>
-
-<p>La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves,
-como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones
-de Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que
-parecían personas, y vamos<span class="pagenum" id="Page_I-164">p.
-I-164</span> á las personas que parecían cosas. Uno de los principales
-devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de la chimenea
-del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales ocupaba
-Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando este
-derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía en
-cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien de
-los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado,
-patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por
-su tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y
-como los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una
-calva pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como
-adhesión caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo
-bastante para convertir aquella devoción en una especie de cariño
-paternal, traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías.
-Muy á menudo y cuando parecían más interesados en una conversación
-frívola, trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho
-en los fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su
-capital en poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel
-terreno.</p>
-
-<p>—Diga usted, marqués, ¿venderé las <i>Cubas</i> para comprar ese
-Amortizable que ha inventado Camacho?</p>
-
-<p>Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al
-acercarme al grupo.</p>
-
-<p>Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que
-creía más conveniente.</p>
-
-<p>—Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme<span class="pagenum"
-id="Page_I-165">p. I-165</span> <i>dobles</i> por cinco ó seis millones
-nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto (dirigiéndose
-á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes iniciativa, no
-tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco tiempo si fueras
-otro.</p>
-
-<p>El marqués echábase á reir, y mirándome...</p>
-
-<p>—Aprenda usted, niño —me decía—. Esto se llama navegar en golfos
-mayores.</p>
-
-<p>—Marqués —proseguía ella—, me voy á tomar la libertad de hacerme su
-socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga
-en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?</p>
-
-<p>—¡María Santísima! ¡qué mujer! —exclamaba Fúcar con alarma jocosa—.
-Eloísa, me compromete usted...</p>
-
-<p>—O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.</p>
-
-<p>—Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos
-otra guerra civil.</p>
-
-<p>—Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?</p>
-
-<p>—Creerá usted que las contratas... —gruñía el marqués fluctuando
-entre las bromas y las veras.</p>
-
-<p>—No haga usted caso, marqués —indiqué yo—. Estas mujeres ven todo
-con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de
-ella es multiplicar.</p>
-
-<p>—Sí: las contratas dan muchos millones.</p>
-
-<p>—¿Qué le parece á usted? —decíame Fúcar sin poder contener la risa—.
-Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted,<span
-class="pagenum" id="Page_I-166">p. I-166</span> niño, aprenda. ¡Contratas
-de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á usted los diez mil
-duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted que con ese dinero
-fundará un <i>Hospital para fumadores desahuciados</i>.</p>
-
-<p>La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir
-lo que decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y
-envanecido de ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando
-le contradecían. Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche,
-apartándome de un corrillo de los que allí se formaban, me acorraló
-contra un mueble para decirme en secreto:</p>
-
-<p>—<i>Traviatito</i>, es preciso que se dedique usted á los negocios
-para tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La
-señora tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es
-<i>comprar á plazo</i>, en <i>voluntad</i> y en <i>firme</i>. He tenido que darle una
-lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio...
-Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca
-usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le
-desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan
-casos...</p>
-
-<p>Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno,
-verdadera enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34
-hasta nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo
-humano: recordaba la primera guerra civil, toda la historia política
-y parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante
-del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez,
-y<span class="pagenum" id="Page_I-167">p. I-167</span> por fin inseparable
-amigo de don José Salamanca, cuyos arranques geniales elogiaba á cada
-instante. Los motivos secretos de los cambios políticos en el anterior
-reinado los sabía al dedillo, y las paredes de Palacio eran para él
-de una transparencia absoluta. De las infinitas trapisondas privadas
-que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le había escapado. No
-necesitaba esforzarse para satisfacer todas las dudas, pues el archivo
-de su memoria, admirablemente catalogado, le suministraba sin demora
-el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. Cuando nos contaba algún
-lío, hacía mención de la calle, el número de la casa, el piso; nombraba
-las personas todas de la familia, y si no le cortaban el hilo, refería
-los belenes del padre ó la madre en la generación anterior. Este
-narrador entretenidísimo era quizás el maestro más grande del arte de
-la conversación que he visto en España. Cuando se muera no quedará nada
-de él, pues jamás ha escrito cosa alguna. Le incitamos á escribir sus
-memorias, que serían el más sabroso y quizás el más instructivo libro
-de la época presente; pero él se excusa de hacerlo con la pereza y con
-su poca habilidad de escritor. En efecto: los grandes conversacionistas
-rara vez aciertan á interesar cuando escriben.</p>
-
-<p>Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los
-primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves
-soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de
-juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la
-más sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulce<span
-class="pagenum" id="Page_I-168">p. I-168</span>mente mareada, como cuando
-se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad idea
-semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un
-Diccionario de Medicina.</p>
-
-<p>La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez
-despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la
-casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne
-viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez
-le llamaba el <i>Saca-mantecas</i>, porque se sorbía las reputaciones
-crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general,
-bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería
-exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura,
-y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un
-busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su
-bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio
-ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar
-en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y
-admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de
-desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su
-falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación,
-y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de
-cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería
-debía sumas fabulosas.</p>
-
-<p>Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo
-disección horrorosa de la<span class="pagenum" id="Page_I-169">p.
-I-169</span> pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte pasos
-del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? Severiano
-me contaba horrores, vomitados por el <i>Saca-mantecas</i> á poca distancia
-de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la mentira que
-entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada con palabras
-ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el que pagaba;
-que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en la plaza de
-amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían desprecio. Lo
-más gracioso era que el <i>Saca-mantecas</i> había hecho el amor á Eloísa;
-habíala acosado, durante una temporadilla, con declaraciones ardientes,
-en las cuales lo rebuscado de las cláusulas no ocultaba lo repugnante
-del desvarío senil. Ultimamente, el despecho le había vuelto un tanto
-fosco. Se hacía el interesante, presentándose con cara de hastío.
-Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, dándole la mano con
-brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy mamarracho. Bien
-lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano ó algún otro
-amigo interrogaban al <i>Saca-mantecas</i> sobre su actitud displicente,
-respondía, inflándose mucho:</p>
-
-<p>—Es que yo me he vuelto ya antidinástico.</p>
-
-<p>¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente
-acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima
-á una etiqueta que no vacilo en llamar <i>cursi</i>, pues era una mala
-imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las
-pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su<span
-class="pagenum" id="Page_I-170">p. I-170</span> caudal, aparentando un
-bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado y mentiroso! ¡Y
-todo por tener una corte de aduladores y parásitos! ¡Comedia, ó mejor,
-aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos días, y aún no me
-daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi espíritu, de lo
-absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.</p>
-
-<p>He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos
-dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece
-preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí,
-atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable,
-jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de
-la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre
-enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa,
-tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta,
-que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en
-todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida
-era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves
-precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía.
-Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar
-con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con
-una indicación literaria, á aquél con un tema de <i>sport</i>. Sus propias
-aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del
-pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la
-<i>Sociedad de niños</i>.</p>
-
-<p>Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito!<span class="pagenum"
-id="Page_I-171">p. I-171</span> haciendo los imposibles por sostenerse en
-su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le hacía mimos de mamá,
-incitándole al descanso.</p>
-
-<p>—Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no
-puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te
-marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por
-qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José
-María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.</p>
-
-<p>Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer
-ni nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que
-se empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco.
-Era como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan
-todas las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar
-en su puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse
-enérgicamente á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á
-hacer la partida de <i>whist</i> ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo
-de ciencias sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de
-quien todo el mundo huía como de la peste.</p>
-
-<p>Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de
-costumbre, contra la pared, me dijo:</p>
-
-<p>—Hola, <i>Traviatito</i>: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el
-pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á
-otra cosa. Temo mucho que el <i>crac</i> de esta casa venga más pronto de lo
-que creíamos... Lo he<span class="pagenum" id="Page_I-172">p. I-172</span>
-sabido hoy por una casualidad. Han tomado dinero, no sé bien la cifra,
-hipotecando la <i>Encomienda</i>, esa hermosa finca del Barco de Avila.
-No podía ser de otra manera. Esta gente no ha podido apartarse de la
-corriente general, y gasta el doble ó el triple de lo que tiene. Es el
-eterno <i>quiero y no puedo</i>, el lema de Madrid, que no sé cómo no lo
-graban en el escudo, para explicar la postura del oso, sí, del pobre
-oso que <i>quiere</i> comerse los madroños, y por más que se estira, no
-<i>puede</i>, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas <i>juergas</i> de los
-jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al paso que vamos,
-la <i xml:lang="fr" lang="fr">débâcle</i> no tardará.</p>
-
-<p>Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo
-sabía; pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la
-vanidad, no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más
-ó menos afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré
-pronto), absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara
-no me hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la <i>Encomienda</i>.
-Era preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno
-de estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una
-colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y
-mejorarlo. Por los planos que<span class="pagenum" id="Page_I-173">p.
-I-173</span> enseñaba á todos los amigos, se veía que la obra era tan
-sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía en poner al patio
-una cubierta de cristales, haciendo de él un salón espléndido, algo
-como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación de las grandes
-casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia de mi prima...
-Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, lo llenaría
-de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, araucarias,
-helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y para
-remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar en su
-auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. Sí:
-Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, una obra
-no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría imaginar.
-Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El día anterior
-había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, escultor y
-dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una procesión de
-figuras helénicas representando todos los ideales del mundo antiguo y
-los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética y el Teléfono de
-Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación física de Spencer,
-el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la Geografía de Herodoto y el
-Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el acorazado de Zamuda, los
-Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...</p>
-
-<p>Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque
-equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró
-que echaba chispas como un cuerpo electrizado.<span class="pagenum"
-id="Page_I-174">p. I-174</span> Le tomé el pulso, y... pueden creerme,
-tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba en la garganta,
-haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no habló de otra cosa.
-Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que el gran artista se la
-pintara en unas cuantas horas por arte mágico.</p>
-
-<p>—Será una maravilla —dijo Manolito Peña—. Veremos aquí las <i>Mil y
-pico de noches</i>.</p>
-
-<p>Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su
-mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán,
-y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque
-sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas,
-que entusiasman á las señoras de la tribuna de <i>idem</i>. Él y Gustavo
-Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más
-alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados.
-Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado
-en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse
-platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que
-no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba
-resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había
-reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y
-más encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico;
-pero se trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más
-radicales que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba
-en su conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con
-él preferen<span class="pagenum" id="Page_I-175">p. I-175</span>cias que
-hacían poner el paño en el púlpito al <i>Saca-mantecas</i>.</p>
-
-<p>El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los
-cuarenta años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar,
-me apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos;
-entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en
-1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba
-fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo,
-caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy
-buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por
-culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no
-eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo
-como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con
-delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas
-no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro
-y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones
-que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é
-hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su
-vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á
-la marquesita de Casa-Bojío.</p>
-
-<p>El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba
-ningún jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á
-veces á sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para
-divertir á la gente;<span class="pagenum" id="Page_I-176">p. I-176</span>
-y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su espíritu, no
-había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, la vanidad
-y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. Sus teorías
-ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente de su escogido
-público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las paradojas
-salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de aquel fárrago
-de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo de perspicacia
-que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, lo esclarecía
-con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia despedía una
-claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero con ella se
-veía siempre algo, á veces mucho.</p>
-
-<p>Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente
-general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el
-sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el
-panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe
-II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una
-buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una
-noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y
-vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero.
-¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde
-los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia!
-Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso
-de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas
-tenían al dinero una ojeriza especial de raza.<span class="pagenum"
-id="Page_I-177">p. I-177</span> ¡Ah! sí: al contrario de ciertos perros,
-que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los poetas ladran
-siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador pasó revista á
-las comedias en que se pone de vuelta y media á los que tienen cuartos,
-ensalzando á los pobres.</p>
-
-<p>—Porque, fijarse bien —decía—: en la conciencia general se asocian
-las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia
-en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por
-herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que
-el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por
-eso no la quiero escribir...</p>
-
-<p>Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su
-antojo con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de
-nuestro decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de
-las cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que
-es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable,
-la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago
-es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre
-base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo
-<span class="allsmcap">XIII</span> viene haciéndose entre nosotros
-una propaganda cargantísima contra el comer. La caballería andante
-primero y el misticismo después han sido la religión del ayuno, el
-desprecio de los intereses materiales. Ya tenéis aquí un principio de
-muerte; ya tenéis atrofiado uno de los principales nervios del poder
-de una nación: la propiedad. No dicen <i>la propiedad es un robo</i>, como
-los socialistas modernos; pero<span class="pagenum" id="Page_I-178">p.
-I-178</span> les falta poco para decir que es pecado. La caballería funda
-la gloria en no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La
-mayor riqueza es ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En
-fin, estupideces, y por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que
-entonces se llamaba el <i>Demonio</i>, es lo que nosotros llamamos <i>jabón</i>.
-Todos los desprecios acumulados sobre la propiedad, sobre el buen
-comer y la cómoda satisfacción de las necesidades de la vida, vienen
-á reunirse sobre la infeliz moneda, á quien se mira como el origen
-de todos los males. Los que durante una vida de trabajo se han hecho
-ricos, concluyen por arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones
-pías. El orgullo está en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir
-limosna. Jamás se ofrecen como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo,
-sino la miseria, el desaseo y la sarna. No hay un santo en los altares
-que no haya ido allí por haber cambiado el oro por las chinches.</p>
-
-<p>—Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!</p>
-
-<p>(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)</p>
-
-<p>—Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos,
-los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la
-suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber
-agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra,
-comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y
-á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio
-y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones...<span class="pagenum"
-id="Page_I-179">p. I-179</span> ¿Ustedes no saben quiénes son estos
-caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, conocen la vida de San
-Pedro Regalado y de otros tales que están en el Cielo por predicar que
-no debíamos comer más que tronchos de berza y algún pedazo de suela
-mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido á ser una raza de
-médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin energía moral,
-ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... Claro, con la tan
-ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos de pie. Nuestro
-imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros tan frescos.
-Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo á los ricos y
-arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y prosa, hemos dejado
-perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de fantasmas, perversa
-hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos visto la extinción
-de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno siglo <span
-class="allsmcap">XIX</span>, después de haber dormido la mona mística,
-nos encontramos con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos
-viven bien, nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la
-cuenta de que el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de
-que el lavarse no es malo, de que el comer es excelente, y de que las
-materialidades de la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras
-ellos, queremos comer también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes,
-si hemos perdido la fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad
-han despoblado nuestras encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto
-empeño tenemos en mascar y digerir como los demás, que al fin y al
-cabo...<span class="pagenum" id="Page_I-180">p. I-180</span> como esto no
-exige largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la
-dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué
-llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil
-de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas»,
-que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una
-torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué
-aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la
-mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de
-repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á
-probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...</p>
-
-<p>Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.</p>
-
-<p>—Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!</p>
-
-<p>—¡Naturalismo!</p>
-
-<p>—Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con
-tenazas lo que dice.</p>
-
-<p>Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo
-esclarecía con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de
-alcohol, vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara
-contra él protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo!
-Por Dios, ¡qué naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos
-socorridos anatemas sirven para todo.</p>
-
-
-<h3 title="IV"><span class="pagenum" id="Page_I-181">p. I-181</span>IV</h3>
-
-<p>Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas,
-porque haciendo gala de conversacionista, la competencia del general
-Morla, que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba.
-Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso
-ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno
-las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su
-contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío
-Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba
-dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí
-el amparo de su <i>carrik</i>, no podía hacer de las suyas. Como había
-adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la
-guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase
-casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes,
-vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de
-la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su
-intimidad doméstica.</p>
-
-<p>Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona
-antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que
-no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la
-semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros.
-De este gastrónomo se contaban mil historias<span class="pagenum"
-id="Page_I-182">p. I-182</span> ridículas. Llevaba en los faldones del frac
-bolsillos de hule para almacenar allí dulces, jamón, fiambre y otras
-golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al levantarse se tomaba un
-gran tazón de agua de malvas, preparándose así para el gran hartazgo de
-la noche. A nadie he visto comer con más estudio, ni poner en la comida
-una atención más respetuosa. Para él, la mesa era verdadera <i>Misa</i>,
-el holocausto del estómago. Llegaba en esto hasta la mayor grosería,
-y cuando no ponían <i>menú</i> escrito, preguntaba á los criados qué había
-con objeto de reservarse para lo más de su gusto. Muchas veces que le
-tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, diciéndole con afectada
-importancia:</p>
-
-<p>—Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso <i xml:lang="fr"
-lang="fr">poulard à la Régence</i> y las <i>bouchées à la Montglass</i>.</p>
-
-<p>Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie,
-de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía
-separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había
-desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media
-isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará
-hasta la última gota de su sangre en defensa, <i>etcétera</i>...»</p>
-
-<p>Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que
-le hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas.
-Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me
-ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto
-tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo con
-sus pretensiones de<span class="pagenum" id="Page_I-183">p. I-183</span>
-guapeza. Era un viejo verde, que después de comer aparecía abotagado,
-pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, muy parecidos á los de los
-besugos, y tan miopes que los corregía con cristales de número muy
-alto, decían que allí no había más que apetitos, usurpando el lugar del
-alma. Lo mismo Eloísa que yo resolvimos echarle, eliminándole con maña
-de las reuniones; pero él no entendía de indirectas, y se pegaba á la
-casa como una ostra.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija.
-Su indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las
-ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse
-zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas,
-dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien
-la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba
-en la inmediata calle de Olózaga.</p>
-
-<p>María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su
-hermana. No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan
-diferentes. A Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en
-la recepción. Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez
-Botín de cosas de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero
-que iba quedando en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se
-le hacía poco caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales,
-que más parecía agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una
-noche en confianza, en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy
-alzada para que las palabras franquearan mejor<span class="pagenum"
-id="Page_I-184">p. I-184</span> el gran espacio entre su pequeñez y mi
-buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac,
-y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el
-buen <i>ordinario de Medina</i> me dijo que no tenía palabras para hacerme
-comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas
-simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir
-para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía
-que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de
-personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer
-se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira;
-aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar
-seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que
-se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo
-contrario. Nunca le gustó á él <i>darse pisto</i>, ni aparecer como sabio ó
-como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están
-sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les
-corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si
-quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se
-daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa.
-Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó
-tercer jueves.</p>
-
-<p>La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias
-razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía
-uno; pero no era cosa de presentarse todos los<span class="pagenum"
-id="Page_I-185">p. I-185</span> jueves con los mismos trapitos de
-cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los vaticinios que
-indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, allá por
-Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, y que
-tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué dos
-ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de su
-centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él
-solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote
-que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía
-más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en
-el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por
-ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los
-perdigones que el de las ideas.</p>
-
-<p>—¿Y tu mujer? —le preguntaba yo todas las noches.</p>
-
-<p>—Bien —me respondía—. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella
-misma.</p>
-
-<p>Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio
-loca, Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado
-en su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para
-socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en
-medio del desamparo y la desnudez.</p>
-
-<p>Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de
-Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la
-cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos.
-Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don
-An<span class="pagenum" id="Page_I-186">p. I-186</span>tonio Alvarez
-Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real mozo. Mas se
-podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía un sér
-humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á quien
-jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía era
-repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre
-sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al
-<i>Saca-mantecas</i> en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para
-gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los
-del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca
-una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las
-fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano
-Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, <i>le
-crugía el cerebro</i>: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas
-épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á
-los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de
-caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un
-lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta
-iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce
-varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies.
-No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un
-ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo
-conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero
-león á los pies, hasta que tuve la suerte de que<span class="pagenum"
-id="Page_I-187">p. I-187</span> mi tío Serafín me librara de ella. Fué la
-única expoliación de que me he felicitado siempre.</p>
-
-<p>Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es
-que no se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de
-monterías antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces
-una insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el
-Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre
-y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una
-oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni
-meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados.
-Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas,
-á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de
-vestirse bien, cazar y retratarse.</p>
-
-<p>Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba.
-¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas,
-aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á
-quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo
-contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento
-de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los
-lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular,
-forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto
-jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su
-partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería
-ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le<span
-class="pagenum" id="Page_I-188">p. I-188</span> oyera, y se sabía al
-dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente al <i>Parlamento
-largo</i>, al <i>Bill de derechos</i>, á las picardías que hizo Titus Oates y á
-otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los anglómanos.</p>
-
-<p>Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á
-contarlos. Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes,
-de cola entera como los pianos, de media cola y <i xml:lang="it"
-lang="it">piccolos</i>. Ví académicos que habían escrito cosas bellas,
-y otros que no habían escrito maldita cosa; militares en diferentes
-situaciones, varios artistas, algún diplomático extranjero, ministros
-en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y paisano mío; ví á
-Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el marqués de Fúcar,
-y resignádose á que su mujer viviera maritalmente en Pau con León
-Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era aquello un museo
-matritense, mejor para apreciado en conjunto que para reproducido en
-sus múltiples, varias y pintorescas partes.</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de
-tanto y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con
-franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo
-de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de
-una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba
-el trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos
-de mi<span class="pagenum" id="Page_I-189">p. I-189</span> corazón, la
-sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y de un poco
-también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las buenas formas;
-pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso en el altar del
-mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, humo y la estéril
-satisfacción de que se hablara de la casa y del trato de ella. En fin,
-á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves atravesados en el
-gaznate sin poderlos pasar.</p>
-
-<p>Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al
-maldito <i>qué dirán</i> impedíale suspender repentinamente las grandes
-comidas. La idea de que se susurrase <i>que estaba tronada</i> la ponía en
-ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por
-la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor,
-de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de
-sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo
-mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á
-un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de
-un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio
-de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre.
-Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la
-disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de
-majaderías.</p>
-
-<p>Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara
-á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de
-lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Des<span
-class="pagenum" id="Page_I-190">p. I-190</span>graciadamente, no podía
-apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en mi auxilio
-á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían luchar
-solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos de la
-casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. La
-colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que
-me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces
-á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el
-sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar
-mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo
-verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa
-de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria
-de Chapa, la osadía del <i>Saca-mantecas</i>, la fealdad misma de Botín,
-la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría
-deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se
-asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por
-despedirla.</p>
-
-<p>Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante
-que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los
-malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta
-quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me
-he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza!
-«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me
-costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil
-y agradablemente firmando<span class="pagenum" id="Page_I-191">p.
-I-191</span> paces que debían de ser eternas por lo apasionadas. ¡Qué
-mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado y sin fondo! Nuestras
-entrevistas nos parecían siempre cortas, y expresábamos el afán de no
-separarnos nunca, de empalmar las horas felices, pues cada fracción del
-tiempo que pasaba, marcando una pausa en nuestros goces, nos parecía
-algo que se nos había robado. La publicidad escandalosa de aquel enredo
-y la ausencia de todo peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos
-recatábamos; ya se nos importaba un bledo la opinión de la gente, que,
-por otra parte, no era severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal,
-nadie extrañaba nuestra conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia
-que nos acusase. Se nos veía juntos en público; dábamos paseos
-matinales; yo iba á su casa por mañana, tarde y noche, y entraba y
-salía y andaba por todos los aposentos de ella como si fuera mi propia
-vivienda.</p>
-
-<p>En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo.
-Zumbáronme los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban,
-y esta mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa,
-siempre llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y
-cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que
-era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el
-cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío.
-Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos;
-pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.</p>
-
-<p>Excuso decir que en esta temporada, que no<span class="pagenum"
-id="Page_I-192">p. I-192</span> sé si fué dicha ó tormento, ó ambas cosas
-combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en mí. Mi dualismo
-estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre andaluza de mi
-padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro vicio había
-acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía educatriz de mis
-quince años de escritorio.</p>
-
-<p>De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de
-la tal aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del
-entumecimiento cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones
-mentales acerca de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa
-y la gala de sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que
-en la casa de Carrillo se gastaba más del triple de la renta del
-capital. Varias noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto;
-pero la excitación me impedía pensarlo con claridad y energía, y la
-sedación venía luego á adormecerlo todo, números y alarmas. Había
-además otra circunstancia digna de tenerse en cuenta para explicar mi
-pereza aritmética. Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y
-Eloísa no me pedía nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna
-clase de dificultades monetarias. Fuera del desembolso mensual de los
-regalitos, yo no tenía que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta
-corriente.</p>
-
-<p>Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás
-en ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de
-nuestras almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de
-los jueves, criticarlos bajo el<span class="pagenum" id="Page_I-193">p.
-I-193</span> doble aspecto moral y económico, y pedir que desaparecieran
-de la serie del tiempo.</p>
-
-<p>—Pienso como tú —me dijo la muy mona—; pero yo digo lo que el
-Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y
-porrazo, podría ser inconveniente.</p>
-
-<p>—Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma —le respondí—,
-dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en
-establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía...
-Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos
-modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te
-esclavices.</p>
-
-<p>Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida.
-Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría.
-Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo
-por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito
-violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda
-de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo
-derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que
-principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa
-aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los
-invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena
-gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un
-esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á
-cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!</p>
-
-<p>No tardaron en entrar Chapa, el <i>Saca-mante<span class="pagenum"
-id="Page_I-194">p. I-194</span>cas</i>, Peña, el secretario de la Legación
-de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín y el general
-Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el deber de poner
-una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición del amo de la
-casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en lo que llamaré el
-terreno aflictivo era bastante delicada; pues si aparecía muy afligida,
-podrían dudar de su sinceridad, y si, por el contrario, se presentaba
-serena, las críticas serían más acerbas. Comprendí, oyéndola hablar del
-enfermo con los convidados, que hacía esfuerzos por hallar el justo
-medio sin poderlo conseguir. A veces iba muy lejos en el camino del
-dolor, y conociéndolo, la reacción en sentido de la calma era demasiado
-fuerte. Nunca ví lucha más horrible con las conveniencias sociales;
-y si las palabras de los amigos eran perfectamente discretas, sus
-miradas, al menos á mí me lo parecía, revelaban una ironía despiadada.
-Y Eloísa estaba triste en realidad. Sólo que á veces se le antojaba que
-debía estar más triste, y á veces que debía estarlo menos, resultando
-de aquí que nunca acertaba con el tono exacto de la nota que quería
-afinar.</p>
-
-<p>La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que
-teníamos aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas
-fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se
-hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en
-rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora.
-Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa,
-y todos ha<span class="pagenum" id="Page_I-195">p. I-195</span>cíamos el
-papel de que se nos transmitía por arte mágico su contento. Pepe estaba
-en su habitación acompañado del médico y de su ayuda de cámara. Sólo el
-marqués de Cícero, como de la familia, había entrado á verle. Después
-ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo correspondía, y entreveraba
-los bocados con suspiros. El general Morla me tocó al lado, y hablamos
-de la enfermedad de Pepe con la misma calma que si se tratara de lo
-buenas que estaban las codornices trufadas.</p>
-
-<p>—Este hombre se va —me dijo—. He visto morir á muchos de ese mismo
-mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se
-queda viuda. Tal vez esta misma noche.</p>
-
-<p>Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del
-general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama.
-Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo
-interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos
-nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el
-pedazo de <i xml:lang="fr" lang="fr">fond d’artichauts au suprême</i>,
-aguardaban que se aclarase el angustioso misterio para seguir hacia su
-destino. Sólo Botín oía mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á
-la puerta antes que entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir
-á la carrera. Oímos cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió
-hacia adentro, Celedonio también.</p>
-
-
-<div class="section">
- <h3 title="VI"><span class="pagenum" id="Page_I-196">p. I-196</span>VI</h3>
-</div>
-
-<p>Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.</p>
-
-<p>Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por
-causa del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la
-lista de platos. Resultado de esta preterición (que parecía una
-estratagema traidora) fué que mi hombre se atracó de <i xml:lang="en"
-lang="en">roastbeef</i> á la inglesa, y cuando aparecieron las codornices
-ya no le quedaba para ellas todo el hueco estomacal que merecían. Se
-podían leer en las serosidades lobulosas de su frente sus irritados
-pensamientos. Estaba verde, y sus gruesos labios engrasados se
-estremecían como los labios de los perros cuando van á ladrar.
-«Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal <i xml:lang="fr"
-lang="fr">restaurant</i>», de seguro diría. Al través de las gafas de
-oro, sus ojos inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban
-destellos de odio contra el pobre M. Petit.</p>
-
-<p>Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores
-sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una
-punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual
-comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en
-alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido.
-Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como
-la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de
-los<span class="pagenum" id="Page_I-197">p. I-197</span> comensales. Las
-circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese
-lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora
-muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por
-uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al
-espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco
-ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:</p>
-
-<p>—Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me
-gusta ver entierros...</p>
-
-<p>—Es que no tiene usted la conciencia tranquila —dijo no sé quién,
-derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas
-risas.</p>
-
-<p>—Me parece que les estoy viendo á todos ustedes —dijo Pilar— bajando
-de patitas al Infierno...</p>
-
-<p>—Como la llevemos á usted por delante...</p>
-
-<p>—¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...</p>
-
-<p>—Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una
-sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro
-departamento...</p>
-
-<p>—¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!</p>
-
-<p>Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo
-es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el
-Purgatorio.</p>
-
-<p>Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando
-acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda
-de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al
-señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad,
-muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té
-y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer<span
-class="pagenum" id="Page_I-198">p. I-198</span> en mi cara que llevaba
-noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele
-lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme
-así:</p>
-
-<p>—¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que
-se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.</p>
-
-<p>—Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado
-semejante.</p>
-
-<p>—¿Y está mejor, es cierto? —me preguntó mirándome de un modo que era
-nueva apelación á mi confianza.</p>
-
-<p>—Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre
-Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...</p>
-
-<p>—Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no
-es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más
-triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder
-aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...</p>
-
-<p>—Sin duda alguna —le contesté, por contestar algo.</p>
-
-<p>—Dígame usted —añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de
-confianza—, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la
-marquesa de Cícero?...</p>
-
-<p>—Señora, habla usted como si ya... —respondí espantado.</p>
-
-<p>—¡Qué tonta!... Quiero decir, <i>dejará</i>... Es verdad que todavía no
-ha concluído... ¡pobrecillo!</p>
-
-<p>—Creo que sí —contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como
-mandar un comuni<span class="pagenum" id="Page_I-199">p. I-199</span>cado
-á la prensa—. Sí: su capital permanece intacto.</p>
-
-<p>—¿Sí?... ¿de veras? —dijo sonriendo y dando al <i>de veras</i> ese dejo
-de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular—. O usted se ha
-caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de
-té para que se le aclaren las ideas.</p>
-
-<p>—Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo
-es un hombre prudente.</p>
-
-<p>—Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo
-que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos
-números.</p>
-
-<p>—Algunos he hecho.</p>
-
-<p>—Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando
-pase el luto, seguirán los grandes jueves?</p>
-
-<p>Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la
-situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más
-natural del mundo:</p>
-
-<p>—¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es
-el último de los jueves habidos y por haber.</p>
-
-<p>—Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter...
-Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta
-esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves...
-¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me
-cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...</p>
-
-<p>En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á
-comer, ocupó su puesto frente<span class="pagenum" id="Page_I-200">p.
-I-200</span> á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de
-ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas
-al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando
-con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su
-voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y
-cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima
-y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de
-compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y
-daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento
-y expresivo arquear de cejas un <i>Sea lo que Dios quiera</i>.</p>
-
-<p>Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego,
-que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera
-libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo
-de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:</p>
-
-<p>—En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en
-la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.</p>
-
-<p>De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de
-Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad
-y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le
-sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño
-Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables
-excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba
-mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitacio<span
-class="pagenum" id="Page_I-201">p. I-201</span>nes por la mejoría demostró
-cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de
-actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor
-de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una
-ocasión propicia, me dijo al oído:</p>
-
-<p>—Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.</p>
-
-<p>Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y
-al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo
-supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla
-entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el
-médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví
-en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco
-de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo
-de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas
-un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos
-de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no
-tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca,
-inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio.
-Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con
-natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el
-aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En
-mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba,
-como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas
-y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo,
-so<span class="pagenum" id="Page_I-202">p. I-202</span>bre el velador
-decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida
-lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de
-la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el
-sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas,
-pronunciando las fórmulas de despedida.</p>
-
-<p>—Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.</p>
-
-<p>Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.</p>
-
-<p>—Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá
-usted á su vida habitual.</p>
-
-<p>Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á
-entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no
-había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.</p>
-
-
-<h3>VII</h3>
-
-<p>Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos
-en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la
-cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza
-cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja
-como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su
-mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo
-intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía.
-Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el
-cuerpo un hielo mortal.</p>
-
-<p>—¿Qué tal vamos? —le dije inclinándome para verle mejor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-203">p. I-203</span></p>
-
-<p>—Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á
-echarle un vistazo.</p>
-
-<p>—No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?</p>
-
-<p>—He pasado un rato muy malo —replicó sacando difícilmente las
-palabras del pecho—. Pero después del baño me encuentro muy bien.
-Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién
-ha venido?</p>
-
-<p>Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.</p>
-
-<p>—Que no parezca que estoy enfermo —añadió con brío—; que se
-diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente
-no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las
-arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en
-fin, nada más... Todavía...</p>
-
-<p>Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y
-haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:</p>
-
-<p>—Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no
-sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido
-vómitos de sangre.</p>
-
-<p>—¿Sí?... ¿te lo dijo?</p>
-
-<p>Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía
-muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba
-como se consuela á los niños.</p>
-
-<p>—Y que todos los días tenías fiebre.</p>
-
-<p>—Es verdad —afirmé—. No estoy bueno, ni mucho menos.</p>
-
-<p>—Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la
-edad...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-204">p. I-204</span></p>
-
-<p>—Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.</p>
-
-<p>—Yo estaré en pie la semana que entra —añadió, galvanizándose con
-su espiritual fuerza—, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un
-gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos
-pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica,
-consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de
-reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se
-encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales
-teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú
-harás lo que puedas entre tus amigos...</p>
-
-<p>No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no
-entrara mi prima.</p>
-
-<p>—¡Eh... basta de conversación! —dijo, poniendo su mano derecha en mi
-hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo—. Lo primero
-que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.</p>
-
-<p>—Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos
-hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.</p>
-
-<p>—Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya
-haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te
-ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde
-mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de
-más.</p>
-
-<p>En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que
-me habló así:</p>
-
-<p>—¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La
-convalecencia de este ataque<span class="pagenum" id="Page_I-205">p.
-I-205</span> será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á
-acompañarme?</p>
-
-<p>—¡Qué pregunta!</p>
-
-<p>—¿Y no has visto al pequeño? Pasa —me dijo cariñosamente,
-empujándome hacia una puerta—. El pobrecito se despertó con los gritos
-de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al
-instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!</p>
-
-<p>El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que
-me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin
-hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero
-Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba,
-dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy
-espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas
-blandas palabras:</p>
-
-<p>—Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí.
-El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la
-noche.</p>
-
-<p>Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de
-tristeza, diciéndome con severidad dulce:</p>
-
-<p>—Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme
-un momento.</p>
-
-<p>—¿Pero eres tan tonta que...?</p>
-
-<p>Celos tan inoportunos me causaban hastío.</p>
-
-<p>—Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho—
-replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.</p>
-
-<p>En la reunión tuve que sostener conversacio<span class="pagenum"
-id="Page_I-206">p. I-206</span>nes que me aburrían, contestar á preguntas
-que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido.
-Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de
-las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca
-de su casa.</p>
-
-<p>—¿Usted se queda aquí? —me dijo—. Velará usted. Cada cual á su
-puesto de honor.</p>
-
-<p>A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me
-salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de
-sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una
-luz, creí ver á <i xml:lang="en" lang="en">lady</i> Macbeth cuando el paso
-aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á
-entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:</p>
-
-<p>—Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá
-de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no
-podré dormir.</p>
-
-<p>Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo
-quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...</p>
-
-<p>—Necesitas descansar —me dijo con el mayor cariño—. Duerme
-ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos
-entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.</p>
-
-<p>Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme
-esto:</p>
-
-<p>—¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero?
-No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete
-recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar
-veinte mil disparates.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-207">p. I-207</span></p>
-
-<p>Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del
-gabán:</p>
-
-<p>—Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora.
-¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe,
-que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...</p>
-
-<p>Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-209">p. I-209</span></p>
- <h2 class="nobreak">XII</h2>
- <p class="subh2">Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de
- amor.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada
-se sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse
-á sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de
-la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las
-ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella
-esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia
-con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles
-martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme
-ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido
-que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias,
-para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los
-ocho días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su
-alcoba, con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila
-en lo concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros
-motivos parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una<span
-class="pagenum" id="Page_I-210">p. I-210</span> mañana me la encontré en su
-gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, haciendo números y
-fijando alternativamente los ojos en el papel y en el techo, que era un
-cielo azul con sus indispensables ninfas en paños menores.</p>
-
-<p>—¿Estás contando las estrellas? —le pregunté, sospechando lo que en
-realidad contaba.</p>
-
-<p>—No: es que estoy calculando... —replicó algo turbada—. Me vuelvo
-loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no
-disgustarte; pero me pasan cosas graves.</p>
-
-<p>Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres
-aritméticos que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí,
-que la mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad
-de la mía.</p>
-
-<p>—¿A ver ese papel? —dije, tomándole la mano en que lo mostraba.</p>
-
-<p>Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no
-se podía sacar nada en claro.</p>
-
-<p>—¿Y quién entiende este <i>maremagnum</i>? —indiqué con desabrimiento.</p>
-
-<p>El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa
-boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos
-erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez,
-tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando
-el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á
-las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á
-presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora,
-porque desfigurarlo era impedir su solución.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-211">p. I-211</span></p>
-
-<p>—Claridad, completa claridad es lo que quiero —le dije—. Muéstrame
-hasta el fondo del cántaro vacío.</p>
-
-<p>Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el
-panorama completo de su situación económica, el cual era para poner
-miedo en el ánimo más esforzado.</p>
-
-<p>Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las
-frecuentes compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de
-arte, y, por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en
-sus obras humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa
-ruina. El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda
-se les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar
-los brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes
-á un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había
-necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se
-diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me
-lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No
-me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir
-dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir
-trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que
-pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe...
-Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo
-estaba sofocadísimo.</p>
-
-<p>Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico.
-A sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance,
-contesté con retahila de números despiadados.<span class="pagenum"
-id="Page_I-212">p. I-212</span> Erame forzoso ser cruel para evitar mayores
-males. Yo la sacaría del pantano; pero estableciendo un nuevo plan y
-presupuesto rigurosísimo, de modo que no se repitiera el conflicto.</p>
-
-<p>Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de
-asegurar el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos.
-A esto me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba
-decidida á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo
-creía necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba
-sus últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á
-concluir? ¿Cómo cercenarle los fondos para la <i>Sociedad de niños</i>
-y otras empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas
-calamidades?</p>
-
-<p>—No enredes las cosas —le dije—: tus gastos son los que te hunden,
-no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el
-entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos
-los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han
-costado. No será difícil encontrar compradores.</p>
-
-<p>Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista,
-ví sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran
-reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales,
-escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil
-pedazos.</p>
-
-<p>—Mira qué pronto se ha hecho la obra —exclamé—: te he regalado cinco
-mil duros.</p>
-
-<p>Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró
-Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más
-tranquila. Raimundo,<span class="pagenum" id="Page_I-213">p. I-213</span>
-hablando del completo hundimiento de la casa de Tellería, hubo de
-contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió mucho su hermana, aunque
-á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi primo, en los últimos años la
-familia se mantenía con lo que Gustavo sacaba de las queridas ricas:
-¡abominación! Leopoldito, marqués de Casa-Bojío, estaba también en
-las últimas, porque las fortunas cubanas habían bajado á cero. León
-Roch había suspendido la pensión que pasaba á Milagros. Esta y el
-pobre marqués vivían separados y en la mayor miseria; cada cual dando
-sablazos y explotando al pobre que cogían debajo. Don Agustín de Sudre
-había dado en la flor de ir á contarle al Rey mismo sus miserias,
-logrando algunas veces pingües limosnas. Pero la regia munificencia
-se había agotado ya, y... «la semana pasada —concluyó Raimundo— fué
-el pobre señor á Palacio con el cuento de siempre. El Rey sacó cinco
-duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió la espalda. ¡Y luego se
-espantan de que haya antidinásticos!»</p>
-
-<p>Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real,
-oyendo no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en
-las cuentas de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la
-función, y me acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre
-que me abrumaba. Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban
-horriblemente los oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla.
-La apreciación de los números despertaba en mí con fiera energía,
-proporcionada al largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí
-renacía de sú<span class="pagenum" id="Page_I-214">p. I-214</span>bito el
-hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna,
-gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica
-del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el
-diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas
-temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban
-de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté
-de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un
-mueble <i>secreter</i> que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir
-cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba,
-sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había
-dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa
-en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No
-resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había
-consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio
-que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más
-guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento,
-semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que
-vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas
-cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-215">p. I-215</span>II</h3>
-
-<p>Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se
-circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía
-doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí
-me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un
-rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas
-del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo
-moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa
-perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y
-amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No,
-esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el
-enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi
-perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que
-Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se
-quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado
-ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á
-la que me había dado á mí su vida y su honor. El <i>todo por la dama</i>
-se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez
-dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas
-calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla,
-cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo
-no era quizás otra cosa que<span class="pagenum" id="Page_I-216">p.
-I-216</span> el afán de hacerme más envidiable á los demás, y de dorar
-y engalanar el trono en que me había puesto! No, ¡<i>todo por la dama</i>!
-Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, superior y anterior á
-todas las contingencias, ¿qué significaba un <i>puñado de monedas</i>?</p>
-
-<p>Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba
-ser una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos.
-Era un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate
-de la caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase
-á casa todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y
-cuentas, y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos
-para pagar intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas
-pendientes y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable
-quitar de en medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco
-tiempo habrían devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios
-misericordioso! Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda.
-¡Oh, con cuánto horror se me representaron entonces las superfluidades
-que no podía menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de
-vidrio! Con el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de
-los jueves famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M.
-Petit, farsante, ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil
-reales para gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban
-veinte mil reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches,
-los cuatro lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué
-cuento venían el portero de es<span class="pagenum" id="Page_I-217">p.
-I-217</span>trados, la doncella extranjera, la berlina de doble
-suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del
-material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general
-y adelante.</p>
-
-<p>Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco
-dado á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún
-me dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por
-la senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar
-de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de
-todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el
-arreglo.</p>
-
-<p>Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir
-del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco
-de España ó de las <i>Cubas</i>? Mi tío me decía que no me deshiciera del
-Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio
-nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á
-65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban
-alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando
-con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de
-pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las <i>Cubas</i>. Este
-papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente
-pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso
-que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser
-de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con
-Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda<span class="pagenum"
-id="Page_I-218">p. I-218</span> la familia. Vivía en el tercero de mi casa,
-en el cuarto inmediato al de Camila. Era jugador afortunadísimo, y á
-menudo me proponía que me asociara á sus operaciones. Hícelo algunas
-veces, y siempre con tal éxito, que no me faltaban ganas de tomar más
-á pechos aquel negocio, y lo habría hecho seguramente si el amor no
-me tuviera preso y como secuestrado, incapaz para todo lo que fuese
-extraño á sus ardientes goces.</p>
-
-<p>El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que
-realizó mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una
-casa. Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que
-se vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de
-bienes y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis
-cuentas y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en
-sólido una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable,
-y el producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no
-inferior á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote
-la concha de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte
-compré la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita.
-Me daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero
-si he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme
-por la inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la
-anunciada operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo
-tomado sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los
-nuevos valores, comprometía quizás un poco su porvenir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-219">p. I-219</span></p>
-
-<p>El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna
-y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de
-propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho,
-el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de
-terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis
-frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le
-entró por coleccionar <i>ojos de gato</i> de todos los matices, sino otras
-obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué
-la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome
-brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula
-farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por
-Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos
-celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado
-perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal
-mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de
-nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que
-darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin
-de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos
-derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia,
-y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le
-pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había
-muerto en Madrid algunos años antes.</p>
-
-<p>Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima,
-ésta se presentó en mi casa<span class="pagenum" id="Page_I-220">p.
-I-220</span> á las once de la mañana. Ya habían sido pagadas las cuentas;
-habíanse recogido los pagarés que estaban en poder de Torquemada.
-Sólo faltaban algunas menudencias para las cuales destiné cierta suma
-que recogería la propia Eloísa. La cantidad aguardaba sobre la mesa
-en un paquete de billetes pequeños, y junto á la misma mesa estaba
-yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, aunque sin otra molestia,
-gracias á Dios. Aún tenía en la mano la pluma, plectro infeliz de aquel
-poema de garabatos, cuando Eloísa llegó á mí pasito á pasito por la
-espalda, echóme los brazos al cuello, cruzó sus manos sobre mi corbata,
-oprimiéndome la garganta hasta cortarme la respiración, alborotándome
-el pelo y echándome atrás la cabeza para lavarme la frente con
-sus labios húmedos; á todas éstas riendo, diciendo mil tonterías,
-llenándome de saliva los párpados y las mejillas, y vertiendo en mi
-oído un filtro, un veneno de palabras cariñosas, que después, por
-maldita ley física, se había de convertir en zumbidos insoportables.</p>
-
-<p>Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más
-sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino,
-y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á
-mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su
-espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y
-diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.</p>
-
-<p>—¿Qué mujer no haría locuras por tí? —añadió luego—. Por tí, no digo
-locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-221">p. I-221</span></p>
-
-<p>Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos
-celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera
-iniciativa y flexibilidad, me dijo:</p>
-
-<p>—No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien
-aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré
-desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos
-días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las
-muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de
-enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer
-en esto del gastar poco.</p>
-
-<p>—Por Dios —indiqué asustado—, nada de celo excesivo.</p>
-
-<p>—Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de
-comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna
-de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo
-que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo
-el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan
-agradables y que han estado á punto de perderme...!</p>
-
-<p>Tanto entusiasmo me alarmaba.</p>
-
-<p>—No creas —prosiguió—, también hay algo de sacrificio; pero estos
-sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median...
-lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.</p>
-
-<p>Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas
-economías que había de realizar.</p>
-
-<p>—Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer<span class="pagenum"
-id="Page_I-222">p. I-222</span> á su casa... Fuera M. Petit, fuera el jefe
-de cocina, que son capaces de tragarse el presupuesto de una nación...
-Fuera todos los criados, á quienes he estado dando doce duros y dos
-trajes... Abajo el portero de estrados, que no sirve más que para
-enamorar á las doncellas... Abajo la doncella-costurera... Las cocheras
-y cuadras quedan en la cuarta parte... El ramo de vestidos y novedades
-suprimido por ahora... Vendo todos los zafiros, todos... Vendo la
-<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i>, los cuadros de Sala y Domingo,
-el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., etc...
-Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima expresión
-las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la <i>Sociedad
-de niños</i>...</p>
-
-<p>—¡Alto allá! —dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda
-hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos—. Eso me
-parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo
-le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos
-privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio.
-Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo
-ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque
-subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.</p>
-
-<p>Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza
-y asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al
-triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como
-con el de sus caricias.</p>
-
-
-<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_I-223">p. I-223</span>III</h3>
-
-<p>Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa,
-quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo
-que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama.
-Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero
-arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.</p>
-
-<p>—¿Y cómo está hoy Pepe? —le pregunté.</p>
-
-<p>—Está muy animadito —replicó—. Tiene compañía para todo el día. No
-pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?</p>
-
-<p>Díjele que no tenía ganas de salir.</p>
-
-<p>—Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo
-con mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que
-usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.</p>
-
-<p>Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió
-órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al
-lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos,
-solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera
-guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer
-pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de
-incógnito, de riguroso <i>inepto</i>, como dijo el del cuento, al Puente
-de Vallecas, y ponernos á re<span class="pagenum" id="Page_I-224">p.
-I-224</span>tozar allí con las criadas y los artilleros, almorzando en un
-merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, muchas vueltas, muchas
-vueltas...</p>
-
-<p>—No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay
-inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana...
-Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi
-coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y
-veremos representar un disparatón...</p>
-
-<p>—Sí, sí —gritó, dando palmadas con júbilo infantil—. ¡Y cómo me
-gustan á mí los disparatones! Echarán <i>Candelas</i>, ó quizá <i>El Terremoto
-de la Martinica</i>.</p>
-
-<p>—O <i>El Pastor de Florencia</i>, ó <i>Los Perros del Monte de San
-Bernardo</i>.</p>
-
-<p>Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y
-darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal
-para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su
-marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto
-á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las
-órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el <i
-xml:lang="la" lang="la">Sursum corda</i>... Felizmente, mi tío y Raimundo,
-con quien no rezaban nunca estas pragmáticas, estaban aquel día fuera
-de Madrid en una partida de caza.</p>
-
-<p>Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel.
-Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante
-de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos
-seguros de su fiscalización, y<span class="pagenum" id="Page_I-225">p.
-I-225</span> veíamos en la débil pared de la casa una muralla chinesca
-que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué desprecio oíamos, desde
-mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de personas y el rodar
-de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera se posesionó de la
-acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre aquella considerable
-porción del mundo que nos parecía cursi, frases de burla y de desdén.
-¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente viniera á rondarnos!
-Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, voces y ruedas era
-arrullarnos en nuestro nido.</p>
-
-<p>Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á
-muchos conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de
-mi casa vimos grupos de amigos: el general Morla, el <i>Saca-mantecas</i>
-y Jacinto Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el
-Hipódromo.</p>
-
-<p>—Mira <i>la ordinaria de Medina</i> —me dijo Eloísa, llamándome la
-atención hacia su hermana, que pasó con su marido—. ¡Qué gorda se está
-poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más
-allá de la Biblioteca.</p>
-
-<p>Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una
-araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de
-nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible,
-grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á
-caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora
-de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos desde
-aquella escondida atalaya, que nos reíamos<span class="pagenum"
-id="Page_I-226">p. I-226</span> de ellos y que les compadecíamos por no ser
-libres y felices como lo éramos nosotros!</p>
-
-<p>La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en
-donde estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de
-los teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el
-nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban,
-dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos
-diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.</p>
-
-<p>En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en
-cuando, haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la
-idea de que el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona;
-pues aquel ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada
-año, y con su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse
-las caricias de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo
-otros. Todo estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya
-no me sentía tan entusiasmado como al principio, la idea de que no
-fuese exclusiva para mí y sagrada para los demás, helábame la sangre.
-Pero ya, ya lo sería, porque en un plazo que pudiera ser breve nos
-casaríamos y... ¿Y si después, cuando estuviese bien pertrechado
-de derechos, algún mortal, tan afortunado como yo lo era entonces,
-me robaba lo que yo robaba?... ¡Ah, buen cuidado tendría yo!...
-¿Para qué servían la energía y la autoridad?... Estos recelos no se
-calmaban ni aun con el juramento, dado entre mil ternezas y tonterías,
-de una lealtad á prueba del tiempo, de una<span class="pagenum"
-id="Page_I-227">p. I-227</span> fidelidad que rayaba en el romanticismo
-pedantesco por su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro
-cuchicheo variaba de asunto y de tono. No tratábamos de cosas
-exclusivamente ideales y voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa
-trajo al altar de Cupido expresiones que no encajaban bien entre las
-medias palabras del amor, y prosaísmos que no se entreveraban bien con
-las rosas; pero todo cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto
-en mi corazón, me entretenía, me seducía, me deleitaba.</p>
-
-<p>—Si tú quisieras —me dijo, después de un largo silencio—, lograrías
-ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu
-experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir,
-que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no
-quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No
-es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es
-que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la
-guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de
-años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de
-genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si
-me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes
-manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer <i>dobles</i>? ¿Por qué no te haces
-amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de
-Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de
-Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de
-comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha
-ganado<span class="pagenum" id="Page_I-228">p. I-228</span> Sánchez Botín
-muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí que eres un perezoso,
-que no quieres molestarte. Eres diputado y no sabes sacar partido de
-tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea de ferrocarril, la
-construyes y después la traspasas á algún primo que cargue con la
-explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me gustan estas
-cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la mejor flor con
-que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y decirme cómo
-se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, Fúcar te daría
-participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que no hubiera
-guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista de víveres ó
-perdíamos las amistades.</p>
-
-<p>Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata,
-quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la
-primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no
-comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por
-cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo
-yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos
-de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes
-resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.</p>
-
-<p>—¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte —proseguía ella con
-vehemencia humorística—. Fúcar me ha contado cosas que pasman.
-Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo.
-Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba al
-Ministerio<span class="pagenum" id="Page_I-229">p. I-229</span> de la
-Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del Gobierno dos mil carros, en
-tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego no ponía más que mil quinientos,
-y cuando se moría una mula vieja, ó veinte ó doscientas (y no valía
-cada una diez duros), el veterinario certificaba... «mula de primera»,
-lo que quiere decir cuatro mil reales por cadáver de mula. Después la
-Administración militar liquidaba, y allá te van millones... Si digo que
-tú eres simple. Yo, á ser tú, me daría mis trazas para saber cuándo
-iba á subir el Amortizable y... ¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera
-seguir en mi tren de antes, invitaría al ministro de Hacienda, á todos
-los ministros, y les embobaría con cuatro palabras amables, y me haría
-dueña de todos los secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo,
-que no podrías tú correr con el pago del cupón en Londres, negociando
-letras?... También se procuraría que el Gobierno comprara acorazados
-para que tú, como quien hace un favor, te encargaras de hacer los
-pagos... Porque sí, hay que fomentar nuestra marina de guerra. O si no,
-búscate comisiones en Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga
-sus trampas sino con lo que va sacando de las compras de máquinas en
-Inglaterra? ¡Oh! yo sé mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de
-capa caída como está, una verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah!
-se me ocurre ahora que lo que debe hacer España es venderla. Y mira,
-nadie mejor que tú se podría encargar de las negociaciones en los
-Estados Unidos, en Alemania ó en el Infierno. Conque te dieran el medio
-por ciento de corretaje...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-230">p. I-230</span></p>
-
-<p>Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin
-substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la
-adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de <i>Romeo y
-Julieta</i>.</p>
-
-<p>—Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del
-crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor
-las exequias del día. Es la <i>pseudo aurora</i> que este año da tanto que
-hablar á la gente supersticiosa...</p>
-
-<p>—No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de
-farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas
-de los árboles...</p>
-
-<p>—Te digo que es la tarde...</p>
-
-<p>—Te digo que es la noche...</p>
-
-<p>—Un rato más...</p>
-
-<p>—¡Horror de los horrores: las siete!</p>
-
-<p>La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su
-coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su
-casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del
-sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba
-súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco
-espiritual que en mí iba quedando.</p>
-
-<p>—Abur, abur: ¡qué tarde!...</p>
-
-<p>—¡Que se te olvida el libro de misa!</p>
-
-<p>—¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El
-mejor negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que
-me mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...</p>
-
-<p>—Así, así...</p>
-
-<p>—Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece
-que los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no
-faltes. Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra
-vez. Se me figu<span class="pagenum" id="Page_I-231">p. I-231</span>ra
-que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el otro
-guante?...</p>
-
-<p>—Aquí está, sobre la silla...</p>
-
-<p>—¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos
-delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré
-de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes
-fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me
-haré servir la comida... Caballero...</p>
-
-<p>—Señora...</p>
-
-<p>—Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se
-decide...</p>
-
-<p>—Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia
-corpórea, sin realidad física...</p>
-
-<p>—¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...</p>
-
-<p>—¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.</p>
-
-<p>—Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á
-otra. Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...</p>
-
-<p>—Tengo que vestirme...</p>
-
-<p>—Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás
-malito?...</p>
-
-<p>—Abur, abur... Largo de aquí...</p>
-
-<p>—Feo, apunte, mamarracho, adiós.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-233">p. I-233</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIII</h2>
- <p class="subh2">Ventajas de vivir en casa propia. — La noche
- terrible.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola
-propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me
-disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia
-empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á
-dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque
-por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática,
-lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del
-reblandecimiento no le permitía pronunciar la <i>tr</i>, se ponía el tal
-primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba
-yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su
-mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien
-amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las
-sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de <i xml:lang="la"
-lang="la">Dies iræ</i> y con una cara patibularia que daba compasión. Si
-estaba yo en mi gabinete escribiendo cartas, él<span class="pagenum"
-id="Page_I-234">p. I-234</span> allí, arrojado sobre el sofá, como un perro
-vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba
-algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias
-partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo
-su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más
-que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos
-espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez
-el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su
-lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho
-por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo
-que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del
-viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos
-molesta más que el ruido mismo.</p>
-
-<p>En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se
-refería siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había
-condensado en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea
-fija, que al mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran
-éstos: ¡si en Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad
-matritense está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se
-verifica una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de
-Bolsa á la insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha
-transacción haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas
-bastante originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que
-escondían algo de verdad.</p>
-
-<p>—Sostengo —decía— que no existen, contantes y sonan<span
-class="pagenum" id="Page_I-235">p. I-235</span>tes, más que veinte mil
-reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero. Pasan de mano
-en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al otro, al de más
-allá. Lo que llaman <i>un buen año</i>, es aquél en que los tales mil duros
-corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á una larguísima serie
-de personas. Cuando se habla de paralización, de crisis metálica;
-cuando los tenderos se quejan y los industriales chillan y los
-bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los milagrosos
-mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola caja. La
-sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles andar
-de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase que
-es el gracioso juego del <i>corre, corre, vivito te lo doy</i>. Viendo
-pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un
-momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el
-agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el
-habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase
-también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la
-entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas
-apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete
-en la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro;
-la arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de
-festín; vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide
-para juntarse al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el
-propietario hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un
-afortunado bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino;
-va á<span class="pagenum" id="Page_I-236">p. I-236</span> parar luego á un
-contratista; le echa el guante uno que suministra postes de telégrafos
-ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en la Caja de
-Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una pelota las
-distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda, y en este
-movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen. ¡Venturosos
-los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el guante!...
-Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido que en el
-actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus manos, haz el
-favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos mil reales.</p>
-
-<p>Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en
-Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y
-la verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave.
-Mi buen primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla
-que su padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á
-mi fortuna, con los ataques de aquella divertida mendicidad. La
-compasión, el parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo,
-obraban en mí para determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al
-tomar el dinero, y me parecía que echaba combustible á su temperamento
-para encenderlo y verle despedir las chispas de gracia con que me
-divertía tanto. ¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos,
-en mí eran medio indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de
-pagarle la tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi
-vanidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-237">p. I-237</span></p>
-
-<p>Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la
-calle de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán
-fácilmente, la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya
-los golpes duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á
-dolerme. Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna,
-no vió la indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.</p>
-
-<p>—Toma mil reales —le dije arrojándoselos desde lejos—; lárgate
-á la calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en
-gastarlos.</p>
-
-<p>Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con
-maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz,
-porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita
-y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba
-en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas
-y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban,
-aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud
-medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como
-planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le
-entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo,
-hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría
-de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la
-sanguijuela y el médico se la ponía.</p>
-
-<p>Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse
-cansados bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo
-vistiéndome,<span class="pagenum" id="Page_I-238">p. I-238</span> cuando
-entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba
-mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había
-alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de
-tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba
-para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre
-establecen para ocupar una casa ajena.</p>
-
-<p>—No me he atrevido á decirle nada —manifestó el portero,
-sofocadísimo—. Arriba está colocando los muebles con una bulla de cien
-mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo
-hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se
-ha hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella
-se entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á
-ver...</p>
-
-<p>No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima
-ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las
-obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más
-tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:</p>
-
-<p>—Perdona, primito, <i>comparito</i>, que hayamos tomado tu casa por
-asalto. La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase
-el día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente,
-te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En
-fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles,
-porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea
-pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir.<span
-class="pagenum" id="Page_I-239">p. I-239</span> Tienes razón, esto es un
-abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los Buenos de Guzmán
-tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que dar una mamada
-á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. Puedes subir
-cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy solito, y te
-aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos á ninguna
-parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. Sube y lo
-verás.</p>
-
-<p>Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en
-mi presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era
-bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca,
-estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable
-solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un
-paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino
-no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel,
-descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse
-propuesto destrozarme todos los tabiques.</p>
-
-<p>—La casa me gusta —díjome Camila obligándome á sentarme en una
-silla á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja
-de su feo muñeco para que la besase—, me gusta mucho; pero tiene
-grandes defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir
-inmediatamente.</p>
-
-<p>—Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!</p>
-
-<p>—Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas...
-Pues sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo.
-Necesito<span class="pagenum" id="Page_I-240">p. I-240</span> que me abras
-una puerta de comunicación en este tabique que está á mi espalda.
-No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la casa. No
-se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una crujía
-deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto de la
-muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una vidriera
-alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de lo que se te
-dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería desde el grifo
-de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente la tina. Y de
-paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho cuartito del
-baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en todas las piezas,
-pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero chimenea. Voy á hacer de
-la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, las visitas... ya ves. Voy
-á dar <i>tés danzantes</i>.</p>
-
-<p>—Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca —repuse tomando
-á broma sus reformas.</p>
-
-<p>—No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto
-tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas
-más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si
-no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el
-cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.</p>
-
-<p>Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan
-exigente y que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero
-en aquel instante mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me
-miró ¡pobrecillo! con una singular expresión<span class="pagenum"
-id="Page_I-241">p. I-241</span> de súplica. Parecía que impetraba mi
-indulgencia en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz
-niño, tan gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima.
-Con su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento
-y pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En
-Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado
-y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este
-fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por
-esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los
-caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces
-y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más
-distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda
-de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las
-vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El
-tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría
-después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin,
-después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de
-reforma en la casa.</p>
-
-<p>¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino,
-entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe
-de un mes adelantado y dos meses de fianza!</p>
-
-<p>—Dispense usted, señor casero —me dijo—, la demora. Esperaba yo que
-mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas,
-y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer
-Camila que us<span class="pagenum" id="Page_I-242">p. I-242</span>ted
-creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos metido en su casa
-para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo pensó así?</p>
-
-<p>—No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois
-las personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho.
-Seré con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos
-más considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre
-aburrido en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco
-de calor en el fuego de vuestra felicidad.</p>
-
-<p>Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente
-tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta
-y el cuidado del <i>crío</i>, que no parecía estar bueno, la retenían
-constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á
-fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas,
-otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al
-café.</p>
-
-<p>—Como somos pobres —añadió—, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su
-mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la
-brisca, al burro y á las <i>siete y media</i>, que son los únicos juegos que
-Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna
-cosa bonita de las muchas que sabe.</p>
-
-<p>Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse
-domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito
-de no despreciar su invitación.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-243">p. I-243</span>II</h3>
-
-<p>Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el
-mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible
-anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo
-satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa
-y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó
-políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas
-casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas,
-pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer,
-pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de
-pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con
-rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba
-allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un
-desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle
-al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una
-mujer bastante hábil, asistida de una <i>pincha</i>, se encargó de hacer de
-comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de
-muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase <i>Quiquina</i> y había
-venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que
-había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros
-y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos.
-Semejante trapisondista no debía seguir allí,<span class="pagenum"
-id="Page_I-244">p. I-244</span> y salió pitando, aunque Eloísa lo sintió
-porque la servía muy bien. De los mozos que lucían frac ó librea en
-los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado mío muy leal, á
-quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía estar en honestas
-relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito. Eloísa me aseguró que
-se casaban y que seguirían sirviéndola después de la boda. Agradábame
-que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un modo absoluto su
-adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un vigilante, un espía
-dentro de aquellos muros.</p>
-
-<p>Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más.
-Los lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se
-quedaría con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera
-los zafiros para que los <i>corriera</i>, y todo iba bien, perfectamente
-bien. Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos
-ratos con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría
-imaginarse. Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca
-me encantaban más que todas las cosas admirables que han dicho los
-poetas desde que hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia
-humana, eran mi mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente
-de una vida, provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su
-naciente carácter; le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya
-riendo como un loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las
-marrullerías, las astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas
-muertas me pasaba á su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces
-tan hombre él como<span class="pagenum" id="Page_I-245">p. I-245</span>
-yo. Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos
-roto.</p>
-
-<p>También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que
-apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda
-enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas.
-Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema
-de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa.
-Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de
-propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en
-olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de
-los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros
-el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me
-causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la
-Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y
-esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo,
-y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa,
-producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad
-era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos
-ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor
-en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder
-ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día
-con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó
-en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño
-no me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo<span
-class="pagenum" id="Page_I-246">p. I-246</span> de volver por los fueros
-de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir. El chiquillo
-me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los brazos de
-su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le habría
-dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el daño.
-Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos á
-otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel
-resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo,
-flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas
-y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día.
-Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla
-imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.</p>
-
-<p>En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes
-de almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos
-antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir
-cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de
-aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que
-parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas
-más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de
-sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad,
-también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que
-no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las
-pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era
-con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado ca<span class="pagenum"
-id="Page_I-247">p. I-247</span>chorro que mamaba leche en el mundo. Muchas
-veces tuve que huir de la casa porque su clarinete me volvía loco.
-Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón, amoratado. No
-había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre, quizás viciada,
-se manifestaba en la epidermis con florescencias alarmantes. En vano
-Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y otros depurativos. El
-pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones que parecían retoños
-vegetales. No debía de estar sano, porque su inquietud crecía con su
-sospechosa robustez. Lo peor de todo era que Camila bajaba con él á mi
-casa cuando menos falta tenía yo de música, y la una con sus cantos
-y el otro con sus chillidos me daban unos conciertos matutinos y
-nocturnos que me aburrían.</p>
-
-<p>Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en
-el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí.
-Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que
-por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros,
-fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la
-Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él
-y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos
-puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al
-punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves.
-Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar
-á Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de
-la muerte, tuvo una palabra<span class="pagenum" id="Page_I-248">p.
-I-248</span> para oponerse á mi deseo, diciendo:</p>
-
-<p>—No, no: déjala que se divierta la pobre.</p>
-
-<p>En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me
-equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á
-lo último.</p>
-
-<p>El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico
-se presentaba más espantoso que nunca, complicado con un gran
-aplanamiento. El médico auguró mal, y se negó á administrar como
-inútiles las inyecciones hipodérmicas. El marqués de Cícero, á
-quien avisé, vino prontamente acompañado de su respetable y también
-insignificante hermana, y después de echar un vistazo al enfermo,
-salió de la alcoba, porque, según dijo, no tenía corazón para ver
-padecer. Fuése á las habitaciones más distantes, donde estuvo largo
-rato hablando con los criados, y después pasó al despacho. Le ví luego
-vagar por la antesala, echando ojeadas de admiración á los espejos y
-azotándose la pierna derecha con un bastoncillo. Cuando me tropezaba
-con él, pedíame noticias de su sobrino. Después se pasaba la mano por
-aquella frente hermosa digna de encerrar talento; se la frotaba como
-quien acaricia una gran idea que le cosquillea debajo del cráneo, y
-decía con el tono misterioso que se da á los descubrimientos:</p>
-
-<p>—¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las
-cinco, era completamente claro.</p>
-
-<p>Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que
-solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y
-chicheos para decirme al oído:</p>
-
-<p>—La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo.
-Estoy muy fuerte.<span class="pagenum" id="Page_I-249">p. I-249</span>
-Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los sábados para
-volver los lunes, no se vería como se ve.</p>
-
-<p>Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana
-advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me
-disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez
-y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No
-se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados
-la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la
-alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas
-palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el
-vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí
-tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en
-palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que
-se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían
-escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el
-público de butacas protestaba con murmullos.</p>
-
-<p>—Figúrate que el autor ha sacado allí unas <i>tías</i> elegantes,
-caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una
-desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los
-trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad
-de telas, y qué cortes tan admirables!</p>
-
-<p>La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más
-pormenores.</p>
-
-<p>—Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! —exclamó abrochándose la
-bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo—. ¡Si le pudiéramos
-ali<span class="pagenum" id="Page_I-250">p. I-250</span>viar! Maldita
-medicina que para nada sirve. Esta noche no nos abandonarás. ¡Me
-espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que pases estos malos
-ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, por él, por
-todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo que vamos á
-tener una noche muy mala, muy mala.</p>
-
-<p>Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido
-de espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera
-partirse en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que
-causaban horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la
-exclamación de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada
-de lo que distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado,
-pero él no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello
-con mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa,
-se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato.
-Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se
-sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando
-un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero
-tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las
-arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de
-la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón
-por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión
-del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu
-con ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tie<span
-class="pagenum" id="Page_I-251">p. I-251</span>ne quien le eche el pie
-adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo fundó.
-Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos para el
-día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de los más
-ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y recetó
-otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.</p>
-
-<p>—Debe de haber en esto una complicación grave —le dije, razonando
-con el sentido común—. ¿Habrá derrame cerebral?</p>
-
-<p>—Quizás —replicó lleno de dudas—. Lo indudable es la completa atonía
-del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos.
-Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el
-desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las
-fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente
-irregular.</p>
-
-<p>Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años
-estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con
-ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no
-molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba
-profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua,
-entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi
-prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde
-enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos:
-no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y
-confundiéndome con Celedonio, decía:</p>
-
-<p>—Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas<span
-class="pagenum" id="Page_I-252">p. I-252</span> que me quieren y me cuidan
-en esta casa.</p>
-
-<p>Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar
-palabra.</p>
-
-<p>—¿Se ha ido José María? —preguntaba después el infeliz.</p>
-
-<p>—Aquí estoy, ¿no me ves?...</p>
-
-<p>—¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido...
-¿De cuándo acá...?</p>
-
-<p>De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de
-mi prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al
-fin, y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador.
-Por fin el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se
-despidió hasta la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El
-marqués de Cícero, que estaba en el despacho leyendo periódicos delante
-del busto de Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría
-hasta las tres ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa
-invitaba á él y á su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de
-Burdeos y una taza de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando
-silenciosos. Yo no tomé nada.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las
-tenía todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de
-nefritis, un brusco estallido de las complicaciones vasculares y
-encefálicas. Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise
-hacerlo. Ella también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando
-juntos aquella espantosa cruz, como nos lo<span class="pagenum"
-id="Page_I-253">p. I-253</span> ordenaba la fatalidad de los hechos. El
-marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella
-rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y
-yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del
-lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo
-del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de
-tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre.
-Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido
-que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto
-y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la
-solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el
-infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de
-quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba
-completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.</p>
-
-<p>Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí
-lo era con tal energía, que no quisimos contrariarle.</p>
-
-<p>—Esta noche me moriré —exclamó con una serenidad que nos dejó
-pasmados—. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese útil,
-sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero
-resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada
-más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más
-pronto se nos borre, mejor.</p>
-
-<p>Le respondimos á <i>duo</i> las primeras simplezas que se nos
-ocurrieron.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-254">p. I-254</span></p>
-
-<p>—¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...</p>
-
-<p>—Que se te quite eso de la cabeza.</p>
-
-<p>Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!,
-repitió su demanda:</p>
-
-<p>—José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un
-cura. Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que
-quisiera dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me
-condeno, carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir.
-José María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.</p>
-
-<p>Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle,
-atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí
-que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A
-su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos
-conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La
-ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y
-el marido, notando esta emoción, le dijo:</p>
-
-<p>—Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale
-que os retiréis.</p>
-
-<p>Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al
-día siguiente, y él contestó con cierto énfasis:</p>
-
-<p>—No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.</p>
-
-<p>Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San
-Lorenzo.</p>
-
-<p>El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo
-siguió en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría.
-Hablaba alternativamente con su mujer, con Celedonio y con<span
-class="pagenum" id="Page_I-255">p. I-255</span>migo, mostrándonos á los
-tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no he podido
-explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se verificaba,
-Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se celebraría al
-día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la familia y de
-los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve discusión algunos
-detalles. Se haría un bonito altar y se traería la mayor cantidad
-posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella como yo queríamos que
-este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. Ocurriónos también
-impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por mediación de mi tío
-y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se podía conseguir,
-costara lo que costase.</p>
-
-<p>Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde
-estaba dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir
-misa á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos
-sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas
-palabras que me parecieron impertinentes:</p>
-
-<p>—Ese buen señor es un mártir.</p>
-
-<p>—¡Un mártir, sí! —repetí yo como si dijera <i>amén</i>.</p>
-
-<p>Aún me parecía poco, y lo remaché:</p>
-
-<p>—¡Es un santo!</p>
-
-<p>Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como
-si me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!</p>
-
-<p>Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero<span class="pagenum"
-id="Page_I-256">p. I-256</span> creí más correcto no decir nada, y le
-devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, los ojuelos
-volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda ironía en
-aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:</p>
-
-<p>—¿Es usted hermano de la señora?</p>
-
-<p>De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín,
-que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la
-señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.</p>
-
-<p>—No, señor —le respondí, tragándome el humo—. Soy... de la
-familia.</p>
-
-<p>Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de
-las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo
-muchas ganas de perderle de vista.</p>
-
-<p>Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado,
-y tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía
-á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y
-el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que
-durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido
-habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no.
-La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor
-religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar,
-habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta
-de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.</p>
-
-<p>Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno;
-sólo que tenía la voz<span class="pagenum" id="Page_I-257">p. I-257</span>
-tomada, y alrededor de los ojos un cerco obscuro, muy obscuro.</p>
-
-<p>—Si vieras qué tranquilo estoy ahora —me dijo con cariño—. Tú no lo
-creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no
-me cambiaría por tí.</p>
-
-<p>Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto,
-la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre
-uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más
-que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme,
-aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que
-descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente;
-pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se
-encontraba.</p>
-
-<p>—Créeme, José María —me dijo dos ó tres veces—, te tengo lástima
-como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete.
-No des importancia á lo que no la tiene.</p>
-
-<p>Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible
-júbilo:</p>
-
-<p>—¡Qué gusto poder decir ahora: <i>no he hecho mal á nadie</i>!</p>
-
-<p>No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro.
-Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si
-intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad
-hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al
-sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí
-mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér,
-fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se
-redimía, no, echándoselas de místico á última<span class="pagenum"
-id="Page_I-258">p. I-258</span> hora. Protestaba yo de aquel estado de
-perfección en que se suponía, y me venían al pensamiento ideas crueles,
-despiadadas, absurdas quizás, en las cuales algo había de envidia, algo
-de venganza; pero que entonces me parecían fundadas en el criterio de
-la eterna justicia. «No —decía yo para mí, inquieto y trastornado—, no
-te hagas el santo. No lo eres, porque no has combatido, porque no es
-virtud la falta absoluta de energía, tanto para el mal como para el
-bien. No nos hables de gozar la bienaventuranza eterna. Sí: para tí
-estaba el Cielo. Si quieres salvarte, dí que me has aborrecido y que
-me perdonas... Matándome, nos habríamos condenado juntos. Pero no has
-tenido ni siquiera la intención de ello, y me estrechas la mano y me
-llamas amigo... ¡Ah! miserable cero: no me llevarás contigo al Limbo,
-que va á ser tu morada... ¿Qué casta de hombre eres? ¿Son así los
-ángeles? Pues reniego de ellos...»</p>
-
-<p>Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de
-marearme, Carrillo me dijo:</p>
-
-<p>—Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo
-como yo ahora.</p>
-
-<p>No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero
-las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó
-por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que
-yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el
-pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la
-quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir
-sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar,<span
-class="pagenum" id="Page_I-259">p. I-259</span> algo de que arrepentirse!
-¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»</p>
-
-<p>Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de
-Eloísa.</p>
-
-<p>Esa pobre —murmuró con afabilidad que me causaba pena— está pasando
-sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala,
-consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.</p>
-
-<p>Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y
-continuaba en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar
-gran inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el
-lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos
-roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus
-lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre;
-después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía
-experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como
-el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación
-en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan
-rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se
-impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.</p>
-
-<p>—Vete —le dije—, vete de aquí.</p>
-
-<p>Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró
-Micaela y le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó
-la cintura con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió,
-tapándose los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de
-puntillas, huyó despavorido, con las manos en la cabeza.</p>
-
-<p>Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos<span class="pagenum"
-id="Page_I-260">p. I-260</span> con el moribundo, éste me echó los brazos,
-uno al cuello, otro por delante del pecho, y apretóme tan fuertemente
-que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza era aquélla que le entraba
-en el instante último, al extinguirse la vida?... Pasó por mi mente una
-idea, como pasan las estrellas volantes por el cielo. «¡Ah! —pensé—,
-aquí está al fin ese odio que te rehabilita á mis ojos. La última
-contracción del organismo que se desploma es para expresarme que eres,
-que debes ser mi enemigo...» Luego oprimió su rostro contra mí, y de su
-boca salió un bramido fuerte, profundo, que parecía tener filo como una
-espada... Creí sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel
-gemido se acabó su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos
-vidriosos ví cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal
-que me había mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba...
-Costóme trabajo desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin
-duda llevarme consigo al Limbo.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando
-quitarme pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo
-me ví á la claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio,
-y sentí un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un
-asesino, un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la
-doncella de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La
-llamé; pre<span class="pagenum" id="Page_I-261">p. I-261</span>guntéle por
-su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En tanto Celedonio,
-los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que volviese al
-gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de su amo
-para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba un
-sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible
-con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de
-abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa,
-mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.</p>
-
-<p>Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí
-en busca de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la
-encontré en el cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el
-suyo, acometida de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya
-sentimiento, ya terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan
-mal, que creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos
-en la garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para
-oprimírsela.</p>
-
-<p>—La pluma, la pluma —murmuraba con cierto desvarío—. ¡No la puedo
-pasar!</p>
-
-<p>Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo
-quisimos acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba
-convulsa, fría y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.</p>
-
-<p>—No vayas tú á ponerte mala también —dije con la mayor naturalidad
-del mundo—. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote
-malos ratos.</p>
-
-<p>Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva
-aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acosta<span
-class="pagenum" id="Page_I-262">p. I-262</span>ra para que se decidiera
-á hacerlo. Noté en su obediencia como un reconocimiento tácito de
-la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó á quitarle la ropa; la
-ayudé, porque mi prima, después del traqueteo nervioso, hallábase como
-exánime y sin movimiento. La metimos en la cama y la arropamos. ¡Ay!
-sentíame tan fatigado, que caí en un sillón é incliné mi cabeza sobre
-el lecho. Allí me hubiera quedado toda la mañana, si no tuviera deberes
-que cumplir fuera de aquella habitación. En tal postura, y hallándome
-postrado y como aturdido, sentí la voz de la viuda que me llamaba. Alcé
-la cabeza. Sus palabras y sus miradas eran tan afectuosas como siempre.
-Sin nombrar al muerto, suplicóme que atendiese á las obligaciones que
-traía el suceso, pues ella no tenía fuerzas para nada. Díjele que no
-se ocupara más que de su descanso, y le prometí que todo se haría de
-un modo conveniente. Vivo agradecimiento se pintaba en su rostro, y
-además la confianza absoluta que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la
-cama, le dí á beber agua de azahar, le entorné las maderas, corrí las
-cortinas para atenuar la luz del día, y poniendo á Micaela de centinela
-de vista para que me avisase si la señora se sentía muy molestada por
-la pluma en la garganta, salí, no sin promesa de volver pronto, pues
-ésta fué condición precisa para que Eloísa se tranquilizara...</p>
-
-<p>—Por Dios, no tardes: tengo miedo —díjome al despedirme, con ahogada
-voz—, mucho miedo, y la pluma no pasa...</p>
-
-<p>Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó
-de encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo
-estrecha.<span class="pagenum" id="Page_I-263">p. I-263</span> A eso
-de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el
-marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias
-del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando.
-En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y
-los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de
-intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del
-mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que
-pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio
-y dormía con los dedos clavados en el cuello.</p>
-
-<p>Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino;
-mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el
-lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de
-Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos
-encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y
-poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo
-al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las
-cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví
-estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando
-auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de
-víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad
-de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la
-papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las
-que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo
-señor don José Carri<span class="pagenum" id="Page_I-264">p.
-I-264</span>llo de Albornoz y Caballero, Maestrante de Sevilla, Caballero
-de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su desconsolada viuda, la
-excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó nada en el tintero; y en
-las direcciones que pusimos á los sobres, ninguna de nuestras amistades
-pudo escaparse.</p>
-
-<p>La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los
-criados se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo,
-como si lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las
-dudas que ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos
-que, por haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo
-parecía. Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la
-sociedad, llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro,
-la excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla.
-Y cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas
-por lenta gradación nos parecen naturales.</p>
-
-<p>Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara
-el entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las
-cosas salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente
-á ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones
-indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún
-servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no
-recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y
-hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva
-al pobre difunto.</p>
-
-<p>Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual
-si me hubiera quitado de enci<span class="pagenum" id="Page_I-265">p.
-I-265</span>ma del corazón un peso horrible. No quise ir al entierro, y
-Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza esta resolución mía. Cuando
-se extinguió en las piedras de la calle el ruido del último coche, mis
-trastornados sentidos querían volver á la apreciación clara de las
-cosas. Pero la imagen del infeliz hombre que había despedido su último
-aliento sobre mi pecho, clavándomelo como un puñal, no se me apartaba
-del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus sentimientos respecto á mí? ¿Qué
-noción moral era la suya, cuál su idea del honor y del derecho? Ni
-aun viendo en él lo que en lenguaje recto se llama <i>un santo</i>, podía
-yo entenderle. ¡Misterio insondable del alma humana! Ante él no hay
-que hacer otra cosa que cruzarse de brazos y contemplar la confusión
-como se contempla el mar. Querer hallar el sentido de ciertas cosas
-es como pretender que ese mismo mar, desmintiendo la ley de su eterna
-inquietud, nos muestre una superficie enteramente plana.</p>
-
-<p>¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me
-resistía á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí
-que no me permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de
-mi compasión, ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi
-vida, ¡ay!, estará delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de
-Carrillo, sin que me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio
-infinito, que encerrada en una fórmula la debilidad humana.</p>
-
-<p>A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado
-en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. El
-gran dramático me miraba con sus ojos de bron<span class="pagenum"
-id="Page_I-266">p. I-266</span>ce, y yo no podía apartar los míos de
-aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja el molde de un
-mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que piensa; de
-aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas la emisión
-de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos rezan
-delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me
-agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.</p>
-
-<p>Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que
-fueron á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban
-su madre y hermanas. En los susurros de su conversación queda, me
-pareció entender que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su
-regazo, dormido, al niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más
-tarde, cuando mi tío Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del
-cementerio, ostentando este último una aflicción decorativa, que tenía
-tanta propiedad como el león disecado con que se retrataba, me alejé
-del gabinete para no oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí,
-como los tiroteos alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera
-la muerte del pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí
-tras de mí unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me
-llamaba por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de
-mí. Le cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él
-se puso al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al
-cuello. Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en
-la casa<span class="pagenum" id="Page_I-267">p. I-267</span> reinaba, y
-en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos negros advertí
-una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero que anunciaba la
-formación del hombre y los rudimentos de la reflexión humana. Después
-de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle por lo muy
-conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era de éstos que
-quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y que se incomodan
-cuando no se les presta una atención absoluta. Para satisfacer su
-egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas de un caballo,
-para que les pongáis la cara bien recta delante de la suya. Lo que me
-tenía que comunicar era esto:</p>
-
-<p>—Dice <i>Quela</i> que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te
-quedas aquí.</p>
-
-<p>Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su
-tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.</p>
-
-<p>—Dice <i>Quela</i> que tú... vas á ser mi <i>papa</i>...</p>
-
-<p>Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar
-categóricamente á las cosas más graves que yo había oído en mi vida.
-Porque sí: jamás de labios humanos brotaron, para venir sobre mí,
-como espada cortante, palabras que entrañaran problemas como el que
-formulaban aquellos labios de rosa.</p>
-
-<p>Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La
-casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme
-de nadie me marché á la mía.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-269">p. I-269</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIV</h2>
- <p class="subh2">Hielo.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba
-todo mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre
-mí un ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba
-su tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo
-que había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo
-para que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la
-soledad de aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero,
-Carrillo, cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me
-martirizaba, era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación,
-su persona. Le sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el
-temor que llevan consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía,
-y creo que sin tal obsesión habría estado más melancólico. Mi afán
-mayor, mi idea fija era querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo,
-las propiedades íntimas de aquel carácter, y descifrar la increíble
-amistad que me mostró siempre, mayormente en sus últimos ins<span
-class="pagenum" id="Page_I-270">p. I-270</span>tantes. ¡Era para volverme
-estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y
-sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y
-venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo
-me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á
-veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.</p>
-
-<p>Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi
-clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó
-Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo
-lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco
-á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con
-ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en
-el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu
-era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las
-paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que
-entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era
-horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de
-tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso
-que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. No:
-yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El recuerdo
-sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en gran
-turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el pulso
-y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me llenaba
-de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los<span
-class="pagenum" id="Page_I-271">p. I-271</span> sentimientos que fueron la
-base de mi vida toda en los últimos años. A veces creía que era ficción
-de mi cerebro, y para cerciorarme de ello, ahondaba, ahondaba en mí.
-Mientras más iba á lo profundo, mayor certidumbre adquiría de aquel
-increíble cambio. Sí, sí: la muerte de Pepe había sido como uno de esos
-giros de teatro que destruyen todo encanto y trastornan la magia de la
-escena. Lo que en vida de él me enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que
-en vida de él era plenitud del amor propio, era ya recelos, suspicacia
-con vagos asomos de vergüenza. Si robarle fué mi vanidad y mi placer,
-heredarle era mi martirio. La idea de ser otro Carrillo me envenenaba
-la sangre. La desilusión, agrandándose y abriéndose como una caverna,
-hizo en mi alma un vacío espantoso. No era posible engañarme sobre
-esto.</p>
-
-<p>Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta
-comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza.
-Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo
-hasta el fin de mi vida.»</p>
-
-<p>Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los
-días. Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para
-no salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme.
-Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida
-con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al
-verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como
-el que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me
-dejaron yerto. Observé enton<span class="pagenum" id="Page_I-272">p.
-I-272</span>ces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, pues mi
-alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la anonadaba. La
-miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que sus encantos
-me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me parecieran
-vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico lo que se
-había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no lo podía
-explicar. «Será la enfermedad —me decía para consolarme—. Esto pasará.»
-Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me interesaba al
-corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la quería yo? ¿Qué
-casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene que pasar.</p>
-
-<p>Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra
-conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en
-cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral
-de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos
-cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse
-resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité,
-corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y,
-palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones
-por su afán de gastar lo que no tenía.</p>
-
-<p>—Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes
-conmigo. Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y
-á mimarte, te equivocas... No puedo más...</p>
-
-<p>Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con
-tanta dureza. En vez de con<span class="pagenum" id="Page_I-273">p.
-I-273</span>testarme con otras palabras igualmente duras, pidióme perdón;
-le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas espontáneas hicieron
-efecto en mí. Reconocí que había estado ridículamente brutal. Pero no
-me excusé, pues en mi interior había una ira secreta que me aconsejaba
-no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos llenos de lágrimas, y en tono
-de víctima me dijo:</p>
-
-<p>—¿Yo qué he hecho para que me trates así?</p>
-
-<p>Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo,
-inexplicable anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo
-que ella decía que era negro.</p>
-
-<p>—Es que estoy notando en tí una cosa rara —prosiguió—. ¿Tienes
-alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré
-apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba
-encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un
-ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que
-he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por
-tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me
-habrá calumniado alguien...?</p>
-
-<p>Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó
-ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:</p>
-
-<p>—Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré
-estado triste.</p>
-
-<p>Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice
-esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que
-no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de
-familia. Insistí, no obstante,<span class="pagenum" id="Page_I-274">p.
-I-274</span> en que el funeral fuera modesto, y ella convino
-razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta que
-no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, para
-arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos con
-que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos de
-amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo que
-antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso
-las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se
-me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos,
-pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo
-por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se
-debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la
-naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que
-le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios,
-me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y
-á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que
-fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.
-Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con
-el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que
-me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para
-penetrar hasta don<span class="pagenum" id="Page_I-275">p. I-275</span>de
-estaba lo importante, tuve que desmontar una capa enorme de apuntes
-y notas sobre la <i>Sociedad de niños</i> y otros asuntos que no venían
-al caso. Todo lo que había sobre la administración de la casa era
-incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos de su
-antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á poco
-fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que era
-ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme
-Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de
-la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,
-por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado
-dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que
-había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que
-se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos
-pertenecientes á la <i>Sociedad de niños</i>, y era forzoso restituirlos.</p>
-
-<p>Sin rodeos pinté á mi prima la situación.</p>
-
-<p>—Estás arruinada —dije—. Si no se acude pronto á salvar lo poco que
-aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como
-alguien no se la dé por caridad.</p>
-
-<p>Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda
-propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,
-díjome entre suspiros:</p>
-
-<p>—Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón
-tú lo que quieras.</p>
-
-<p>Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se
-despedirían casi todos los<span class="pagenum" id="Page_I-276">p.
-I-276</span> criados que quedaban; se procuraría alquilar la casa, lo
-cual era difícil como no la tomase alguna Embajada. Se venderían los
-cuadros de primera, los de segunda, y todas las porcelanas y objetos
-de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque fuera por el tercio de
-su valor, ó por lo que quisieran dar; y como fin de fiesta, la familia
-se sometería á un presupuesto de sesenta ó setenta mil reales todo lo
-más.</p>
-
-<p>—¡Almoneda total! —exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el
-suelo.</p>
-
-<p>No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre
-mí, pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en
-un período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.
-Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.
-¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y
-pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza
-entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos
-salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila
-y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que
-los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo
-fuera su difunto amo.</p>
-
-<p>Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta
-horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar
-en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese
-resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia
-de un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en<span
-class="pagenum" id="Page_I-277">p. I-277</span> nombre de Eloísa negándome
-á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los Tribunales. Por fin,
-después de pensarlo mucho y de consultar el caso con personas
-prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho mil duros
-y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para que
-la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar
-cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de
-adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la
-testamentaría.</p>
-
-<p>Y Eloísa me decía con efusión:</p>
-
-<p>—En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.</p>
-
-<p>¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su
-honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios
-administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto
-al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no
-estuviese de por medio su madre.</p>
-
-<p>Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad
-que verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones
-y rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en
-principio; pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces
-ví más clara que nunca una de las notas fundamentales del carácter
-de Eloísa, y era que cuando se le proponía algo, contestaba con
-dulzura conformándose; pero después hacía lo que le daba la gana.
-Sus palabras eran siempre dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer
-nunca resistencia directa, ni dar la cara en su sistemática autonomía,
-llevaba adelante el cumplimiento de su voluntad con acción<span
-class="pagenum" id="Page_I-278">p. I-278</span> lenta, sorda, astuta,
-resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.
-Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras
-suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me
-haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,
-todo esto era un mito, y las economías se quedaban en <i>veremos</i>...
-Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la
-casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á
-la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se
-vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría
-perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella
-me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se
-quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré
-obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no
-lo creía.</p>
-
-<p>Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un
-poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual
-concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos
-se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era
-obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones
-más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de
-estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos
-de aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué
-á creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así.
-La viudita me mostraba el cariño de siempre;<span class="pagenum"
-id="Page_I-279">p. I-279</span> hasta se me figuró advertir en aquel cariño
-pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más ideal, por lo
-mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto me daba pena.
-Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro casamiento,
-dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos concretos,
-como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay de mí!
-pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa aludía
-al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. Me
-entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba nada;
-quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis apetitos
-y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo la
-prohibición... ¡jamás!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_I-281">p. I-281</span></p>
- <h2 class="nobreak">XV</h2>
- <p class="subh2h">Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas
- que pasaron después.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en
-llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito,
-que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo
-él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la
-naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no
-podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno
-de Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en
-ella, el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las
-acciones pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que
-no sería capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen
-debajo de un epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas;
-pero ninguna como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me
-pareció tan imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales
-dotes. Siete noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con
-el<span class="pagenum" id="Page_I-282">p. I-282</span> pequeñuelo sobre
-su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones
-de su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres
-de buen temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta
-abnegación, temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba
-de todo. Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que
-el chico no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era
-voraz y no se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre
-este punto, y no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida
-á salvarle ó á sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía
-el capricho de ser heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer
-grande. «O sacarle adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no
-quiso que ninguno de los términos de este dilema se cumpliese, y al
-sexto día Alejandrito fué atacado de horribles convulsiones, que le
-repitieron á menudo, hasta que el séptimo, una más fuerte que las
-demás se lo llevó. Aquel día funesto, Camila me pareció más madre
-que nunca. La flexibilidad pasmosa de su carácter y su desenvoltura
-quedaban obscurecidas bajo aquel tesón grave. No creí, no, que entre
-tal hojarasca existiese joya tan hermosa. A ratos se le conocía el
-genio por la rapidez febril con que tomaba las resoluciones y por la
-inconstancia de sus juicios. Sólo el sentimiento era en ella duradero y
-profundo. Añadiré una circunstancia que me llegaba al alma, y era que
-consultaba conmigo toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que
-yo no entendía una palabra. Por corresponder á esta noble confianza,
-daba<span class="pagenum" id="Page_I-283">p. I-283</span> yo mi parecer
-al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan
-atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes
-de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de
-jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no
-dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me
-ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación
-muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía,
-de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en
-todo.</p>
-
-<p>Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele,
-abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que
-el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el
-regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la
-vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por
-avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva,
-dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola
-á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha
-sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la
-privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló
-de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su
-niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca,
-que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin
-en la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo,
-sin espasmos ni alboroto, te<span class="pagenum" id="Page_I-284">p.
-I-284</span>nía el valor de la resignación, más meritorio que el del
-combate.</p>
-
-<p>Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al
-niño, yo dije á Constantino:</p>
-
-<p>—Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no
-tenéis que ocuparos de nada.</p>
-
-<p>En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis
-caballos hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando
-de la carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid.
-Llevamos el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía
-cierto orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de
-mi coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos
-de los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si
-los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería
-que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de
-cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada
-en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando
-fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido
-hasta la saciedad todas las variantes posibles del <i>angelitos al
-cielo</i>. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su
-gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros,
-estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por
-un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y
-así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.</p>
-
-<p>En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco,
-y el consuelo introducién<span class="pagenum" id="Page_I-285">p.
-I-285</span>dose lentamente en el espíritu de todos. Camila era la más
-rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío no se quería
-llenar. La soledad misma en que había quedado érale más grata que la
-compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro lado para
-volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su efecto.
-La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, y al
-cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este síntoma
-anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su gallardía,
-su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de sus mejillas.
-La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, volviendo
-acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la parte más
-característica de su persona. Resucitaba con sus defectos enormes; pero
-se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas cualidades que, á más
-de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé qué fulgor de gracia
-sobre aquellos defectos.</p>
-
-<p>Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La
-afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la
-comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó
-malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato
-conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna
-mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído
-hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que
-nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía
-mayor pureza en nuestras relaciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_I-286">p. I-286</span></p>
-
-<p>Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios;
-pero ella nunca aceptaba.</p>
-
-<p>—No quiero abusar —decía—: bastante es que no te hayamos pagado
-la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el
-próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará
-dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto
-haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un
-vestidillo.</p>
-
-<p>Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado
-garabateando en una hoja de la <i>Agenda de la cocinera</i>, destinada
-á los cálculos. Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no
-las entendía ni Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz.
-Examinando aquellas cuentas, me reí más... Noté que los <i>treses</i> que
-hacía parecían <i>nueves</i>, y los infelices <i>cuatros</i> no tenían figura
-de números corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras
-brevísimo examen, que Camila no sabía sumar.</p>
-
-<p>—¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?</p>
-
-<p>Y ella me contestaba candorosamente:</p>
-
-<p>—Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.</p>
-
-<p>A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y
-rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas
-después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando
-era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como
-los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.</p>
-
-<p>—Ya, ya me voy <i>jaciendo</i> —decía con gracia.</p>
-
-<p>Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos,
-bajo el espoleo de la necesidad,<span class="pagenum" id="Page_I-287">p.
-I-287</span> eran rápidos y seguros. Eloísa también era poco fuerte
-en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas sumas
-disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me quedé
-absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una unidad.
-Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en cambio, no
-daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo de madera
-negra que apenas tenía punta.</p>
-
-<p>—Ya me podías regalar un lápiz —me dijo un día.</p>
-
-<p>Le llevé un lapicero de oro.</p>
-
-<p>Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por
-ciertos indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra,
-se había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran
-escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no
-suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada
-conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de
-causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que
-se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla
-aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello.
-Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó
-á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro
-el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía
-creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:</p>
-
-<p>—José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil
-realitos.</p>
-
-<p>Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba.
-Luego soltó una carcajada, re<span class="pagenum" id="Page_I-288">p.
-I-288</span>pitiendo la petición en tono más adecuado á su temperamento
-normal.</p>
-
-<p>—Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se
-va á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.</p>
-
-<p>Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una
-fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí,
-entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un
-abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien
-duros, me pide mil, se los entrego en el acto.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la
-encontraba ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando
-cristales, bien quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la
-poca plata que tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía
-algo que no le gustaba, solía responderme:</p>
-
-<p>—Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.</p>
-
-<p>Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes
-después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista
-era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel
-ausente.</p>
-
-<p>—¡Ay mi nene! —exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los
-ojos.</p>
-
-<p>Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se
-le iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que
-echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le des<span
-class="pagenum" id="Page_I-289">p. I-289</span>pejaba la cabeza. Otras
-veces decía con íntima convicción:</p>
-
-<p>—Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré,
-lo tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes
-por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de
-Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que
-se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga
-le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de
-Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un
-gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que
-tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?</p>
-
-<p>—No hagas caso de ese majadero —le respondí con toda mi alma—. ¿Pues
-no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos,
-según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.</p>
-
-<p>—Llegaremos siquiera á la M —afirmó ella dándome á conocer en el
-brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al
-que no puedo dar otro nombre que el de <i>fanatismo de la maternidad</i>—.
-Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino
-que se ha de llamar Napoleón.</p>
-
-<p>—¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así,
-más guapa, más saludable, más libre de cuidados.</p>
-
-<p>—Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos
-gemelos.</p>
-
-<p>—¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla —respondí—. Parece
-que consideras á los hijos<span class="pagenum" id="Page_I-290">p.
-I-290</span> como juguetes... Si tuvieras tantos como deseas, puede que
-no fueras tan buena madre como lo has sido en este primer ensayo.
-Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy te enloquece
-de amor, mañana te hastía.</p>
-
-<p>—¿Te quieres callar? —gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los
-ojos con una aguja de media—. Tú no me conoces.</p>
-
-<p>—¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que
-declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay
-casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino
-parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira
-ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse
-un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...</p>
-
-<p>—Todo eso es obra mía, caballero —observó Camila con acento de
-inmenso orgullo—. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho
-talento.</p>
-
-<p>Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo
-arriba.</p>
-
-<p>«¿Pero no te da vergüenza —le dije— de que la gente entre aquí y
-vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú
-sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese
-zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo
-de cordel, y esa cabeza de bruto.</p>
-
-<p>—¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué
-tiene de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi
-marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque
-no tienen fuerzas para andar?...<span class="pagenum" id="Page_I-291">p.
-I-291</span> ¿como esos palillos de dientes en figura de personas?
-Francamente, no me gustaría un marido á quien yo pudiera retorcer el
-pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. Constantino es hombre
-para cogerte como una pluma y tirarte al techo.</p>
-
-<p>—¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.</p>
-
-<p>—Pues no es tan bruto como crees —declaró enojándose—. Yo podría
-probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel
-de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que
-se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.</p>
-
-<p>—Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila;
-pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner
-fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.</p>
-
-<p>—Pues sí que los tendré —dijo poniendo una cara monísima de niña mal
-criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra—;
-los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á
-Napoleón... y toma, toma, toma hijos!</p>
-
-<p>A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de
-gloriosos capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos
-piedras en la mano.</p>
-
-<p>—¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa?
-Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.</p>
-
-<p>Después se abrazaron y se besaron delante de mí.</p>
-
-<p>—Ea, señores, divertirse, —dije tomando mi sombrero.</p>
-
-<p>—Espera, tontín, y comerás con nosotros. No<span class="pagenum"
-id="Page_I-292">p. I-292</span> tenemos principio; pero en obsequio á tí,
-abriremos una lata de langosta.</p>
-
-<p>Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos,
-embelesado con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia
-pastoril. De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la
-preocupaba, y riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres
-de capitanes herejes, sino de santos cristianos.</p>
-
-<p>—Nada, nada —decía Miquis—: el primero que venga se ha de llamar
-Belisario.</p>
-
-<p>Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán
-de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la
-Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan
-pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más
-dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la
-indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté,
-ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en
-casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la
-cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto
-en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me
-fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían
-lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de
-amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo,
-y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa
-salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión
-de hierro, aquel gallardo desprecio de la<span class="pagenum"
-id="Page_I-293">p. I-293</span> intemperie, aquella incansable actividad,
-aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, su coloración
-sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito mismo, emblema
-de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la fecundidad, me
-enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego y la gracia
-picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la dentadura,
-de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, blancas como
-leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, mordiéndome
-el corazón.</p>
-
-<p>La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba
-terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto
-débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las
-notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera
-del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel
-hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y
-que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso!
-¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á
-la iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa
-hecha.</p>
-
-<p>Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de
-armas. Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no
-lo había hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para
-contrarrestar los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al
-poco tiempo, el recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me
-daba disposición para todo. ¡Ben<span class="pagenum" id="Page_I-294">p.
-I-294</span>dita salud, que es la única felicidad positiva, ó el
-fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del
-lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por
-las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más
-destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad
-y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la
-mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo
-que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á
-tí.»</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_16">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-5">p. II-5</span></p>
- <h2 class="nobreak">XVI</h2>
- <p class="subh2">De cómo al fin nos peleamos de verdad.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme
-propósito de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no
-sé qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía
-filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en
-compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la
-inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que
-lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo,
-sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel.
-También inventaba rifas ó <i>tómbolas</i> que producían mucho dinero. Se
-me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del
-desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de
-señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que
-aliviar la suer<span class="pagenum" id="Page_II-6">p. II-6</span>te de las
-pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude ver: de tarde porque
-estaba en el petitorio, de noche porque había junta, y francamente, no
-tenía yo maldita gana de asistir á un femenino congreso ni de oir á las
-oradoras. La junta terminaba á las doce, y de esta hora en adelante
-bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar allí la noche, y me
-iba con más gusto á la soledad de mi casa.</p>
-
-<p>Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré.
-Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de
-resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!...
-«Tengo que hablarte», le dije de buenas á primeras, encerrándome con
-ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna.
-Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto
-caso de la disminución de mi capital.</p>
-
-<p>Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las
-firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con
-sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban
-en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la
-cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera
-no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y
-objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que
-el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel
-pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la
-fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema
-pronto, no<span class="pagenum" id="Page_II-7">p. II-7</span> quedarían
-más que los escombros, y el inocente niño, destinado más adelante á
-poseer el título de marqués de Cícero, no tendría que comer. Si ella
-se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y no tratara de arrastrarme
-en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había perdido una parte de mi
-fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No me cegaba la pasión
-hasta ese punto.</p>
-
-<p>Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente:</p>
-
-<p>—Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor
-de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier
-clase que sean.</p>
-
-<p>Y luego, echándolo á broma:</p>
-
-<p>—Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te
-pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de
-dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de
-huéspedes...</p>
-
-<p>—Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que
-te trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.</p>
-
-<p>—Si lo que debes hacer es no quererme —respondió, sin abandonar las
-bromas—, <i>humilla la cerviz</i>... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me
-gustan: tu <i>individuo</i> y mucho <i>parné</i>; tu señor <i>individuo</i> y mi casa
-tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que
-quedarme contigo. Dispón tú.</p>
-
-<p>—Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las
-cuestiones, la de amor y las de intereses.</p>
-
-<p>Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso
-fogoso, me estrujó la cara<span class="pagenum" id="Page_II-8">p.
-II-8</span> con la suya, me hizo mil monerías, y luego, sujetándome por
-los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis ojos, increpándome
-así:</p>
-
-<p>—¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que
-es el <i>caballo de batalla</i>, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que
-dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.</p>
-
-<p>No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo
-que yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á
-la razón.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó seriamente, leyendo en mí—, tú no me quieres como
-antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El <i>santo yugo</i>
-te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer
-marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme
-sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la
-enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.</p>
-
-<p>Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una
-garra. La obligué á sentarse á mi lado.</p>
-
-<p>—Yo leo en tí —prosiguió—; me meto en tu interior, y veo lo que en
-él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre
-honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo
-que yo quiero. Esta <i>tía</i>... porque así me llamarás, lo sé, caballero;
-esta <i>tía</i> no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta
-la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.</p>
-
-<p>La verdad que ella descubría, desbordándose<span class="pagenum"
-id="Page_II-9">p. II-9</span> en mí, salió caudalosa á mis labios. No la pude
-contener, y le dije:</p>
-
-<p>—Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.</p>
-
-<p>—¿Ves, ves cómo acerté?</p>
-
-<p>Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo
-me esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella
-adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de
-gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas
-de toda confianza.</p>
-
-<p>—¿Quieres que nos arreglemos? Pues <i>escucha</i> y <i>tiembla</i>. Dame
-palabra de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es
-hora. Prométeme que habrá <i>coyunda</i> en cuanto pase el luto, y yo
-empezaré mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya
-lo estoy deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable;
-yo señora que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te
-conviene? ¿Aceptas?</p>
-
-<p>—¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en
-disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría
-aunque me trajeras un potosí en cada dedo.</p>
-
-<p>Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la
-región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de
-sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:</p>
-
-<p>—¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún
-vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme,
-<i>tomador</i>!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer<span
-class="pagenum" id="Page_II-10">p. II-10</span> muequecitas. Aquí donde usted
-me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde usted no llegaría
-con sus miramientos ridículos de última hora. Soy capaz de rayar en
-el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su cordón y todo, de
-vivir en un sotabanco y de coser para fuera.</p>
-
-<p>Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento,
-á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la
-enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento.
-¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas
-hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era
-un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la
-superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación
-de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida.
-Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer
-aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas
-y de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro
-tiempo y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en
-mí, en ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en
-vez de ser personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener
-en cuenta la complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la
-miraba, diciendo para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué
-cosas vemos los hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué
-verdad tan grande dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de
-equivocaciones!»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-11">p. II-11</span></p>
-
-<p>Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del
-Carmen, el sotabanco y otras tonterías.</p>
-
-<p>—Como no es eso lo que te pido —observé al fin—; como eso es un
-disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo.
-Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que
-seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó sosegada—, si no fuera este pícaro luto, pronto se
-resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo
-día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te
-lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar
-por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un
-lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo
-está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á
-mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo?
-¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro
-porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?</p>
-
-<p>No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á
-cantar la tonadilla de la <i xml:lang="fr" lang="fr">Mascotte</i>, con
-aquello de <i>yo tus pavos cuidaré</i>. Pasó la música, y sin saber cómo,
-nos hallamos frente á frente hablando con completa seriedad. Repitió
-entonces lo de «matrimonio es lo primero», y yo dije: «no, lo primero
-es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en la mía, y mirándome con
-aquella dulzura que me había esclavizado por tanto tiempo, hablóme con
-el<span class="pagenum" id="Page_II-12">p. II-12</span> tono sincero y un
-poco doliente que había sido la música más cara á mi alma.</p>
-
-<p>—Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña;
-quiéreme y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú.
-Estoy muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para
-que en un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome
-delante un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien
-los inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No
-pongas esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los
-placeres de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco
-que yo tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado...
-los amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el <i>apóstol</i>... Sí:
-eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números,
-que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que
-yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de
-que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir
-mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan
-economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se
-me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede
-dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son
-más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una
-pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que
-si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no,
-no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-13">p. II-13</span></p>
-
-<p>Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi
-contestación, dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al
-guardarropa á probarse un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con
-sorpresa en la persona de la sirviente la misma Quiquina, la italiana
-trapisondista á quien yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la
-había admitido otra vez, contrariándome de un modo tan notorio! Era
-burlarse de mí, como cuando compraba perlas con el producto de los
-zafiros.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el
-proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese
-suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos
-verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba
-que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le
-cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida,
-reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó
-la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después
-el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni
-con ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí
-esta falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis
-facultades ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el
-rompimiento<span class="pagenum" id="Page_II-14">p. II-14</span> á todo
-trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por mí,
-gustábame verla en el camino de la obstinación.</p>
-
-<p>Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el
-sermón interrumpido:</p>
-
-<p>—No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las
-cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á
-esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á
-dar tu <i>blanca mano</i>? ¿Te <i>arrancas</i> al fin, te <i>arrancas</i>?</p>
-
-<p>—¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! —exclamé sin
-poder contenerme—. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de
-hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros
-te apasionan más que yo!</p>
-
-<p>—Déjame concluir... Eres un egoísta.</p>
-
-<p>—Egoísta tú.</p>
-
-<p>—¿Sabes lo que pienso? —dijo poniéndose grave, pues colérica no se
-ponía nunca—. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya...
-¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber
-quién es el <i>pendoncito</i> que me ha robado el corazón que era todo
-mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir.
-Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás
-más objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de
-mi casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí,
-señor, un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con
-la venta salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de
-gusto, y después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y<span
-class="pagenum" id="Page_II-15">p. II-15</span> me abandonarás. Podrá esto no
-ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!</p>
-
-<p>—Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles —le dije.</p>
-
-<p>Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que
-estallé en frases de ira.</p>
-
-<p>—Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía?
-Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente
-papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima
-infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes
-inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por
-el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de
-brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú
-misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una
-parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal
-por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces
-mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no
-estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes
-quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que
-los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel
-santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme.
-Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me
-felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo
-dicho, para siempre (<i>cogiendo mi sombrero</i>). En la vida más vuelvo á
-poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-16">p. II-16</span></p>
-
-<p>Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció
-muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica
-para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como
-yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos
-hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me
-llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de
-palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir
-sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría
-llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante
-sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de
-la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero
-de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su
-hermana:</p>
-
-<p>—Quédate á almorzar.</p>
-
-<p>Y á mí también me dijo con acento firme:</p>
-
-<p>—José María, quédate. Espero al <i>Saca-mantecas</i> y nos reiremos
-mucho.</p>
-
-<p>La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi
-debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza
-inglesa; pero venció ésta y rehusé.</p>
-
-<p>Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado
-á Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé
-con ardor.</p>
-
-<p>—¡Pobre niño! —dije mientras él, apeándose, subía la silla que
-se había corrido á la barriga del caballo—. Aunque no nos hemos de
-ver más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de
-este clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una
-carrera<span class="pagenum" id="Page_II-17">p. II-17</span> cuando su
-desdichada mamá esté en la miseria.</p>
-
-<p>Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta
-presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces
-su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él,
-y poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le
-dijo:</p>
-
-<p>—Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo
-que te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid,
-nos vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre
-con profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un
-tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué
-te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de
-ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas
-á ir: ¿con José María ó conmigo?</p>
-
-<p>Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello,
-hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como
-en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó
-la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al
-pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la
-calle con vivísima opresión en el pecho.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_17">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-19">p. II-19</span></p>
- <h2 class="nobreak">XVII</h2>
- <p class="subh2">Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en
- esta verdadera&nbsp;historia.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi
-primer pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para
-hacerme el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La
-ingenuidad guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me
-favorezca poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome
-hasta la Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera
-manzana de la calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de
-pasarme. La verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si
-bien el rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban
-á primera vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en
-rigor yo era tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin
-propósito de enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores
-de mi vida; mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio.
-«Está muy bueno —me decía yo— que le exija virtudes que estoy muy
-lejos de tener...<span class="pagenum" id="Page_II-20">p. II-20</span> Pero
-los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que las
-mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros hacemos
-siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería que yo
-siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente la
-disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á poco
-de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo digno, lo
-decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no, yo me planto
-y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana, porque yo lo
-mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar dinero; y yo en
-tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque sigo haciendo
-contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi alma te
-desprecio.»</p>
-
-<p>¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria
-todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien
-veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos
-y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades,
-los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en
-el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo
-no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el
-tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué
-cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío
-de la calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo
-sordo que me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las
-olas. Siento desengañar á los que quisieran ver<span class="pagenum"
-id="Page_II-21">p. II-21</span> en mí algo que me diferencie de la multitud.
-Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos, un
-cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de
-las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia
-ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje
-retórico se llama un <i>héroe</i>, y que en calidad de tal estoy llamado á
-hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar
-resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo
-no soy <i>héroe</i>; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en
-fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que
-corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres
-de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué
-un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad,
-propensión á lo que mi tío Serafín llama <i>entusiasmos faldamentarios</i>.
-Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi
-largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de
-Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen.
-Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé;
-por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la
-arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior
-y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me
-ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto,
-tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan
-<i>interesantes</i> estas memorias<span class="pagenum" id="Page_II-22">p.
-II-22</span> mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua literatura novelesca,
-y sobre todo la literatura dramática, han dado vida á un tipo especial
-de hombres y mujeres, los llamados <i>héroes</i> y las llamadas <i>heroínas</i>,
-que justifican su gallarda existencia realizando actos morales de
-grandísimo poder y eficacia, inspirados en una lógica de encargo: la
-lógica del mecanismo teatral en la Comedia, la lógica del mecanismo
-narrativo en la Novela. Nada de esto reza conmigo. Yo no soy personaje
-<i>esencialmente activo</i>, como, al decir de los retóricos, han de ser
-todos los que se encarnan en las figuras del arte; yo soy pasivo: las
-olas de la vida no se estrellan en mí, sacudiéndome sin arrancarme
-de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy madera de naufragio que
-sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las pasiones pueden más que
-yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más que ellas y meterlas en
-un puño!</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco
-su falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.</p>
-
-<p>—¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...</p>
-
-<p>—¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?</p>
-
-<p>—No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!</p>
-
-<p>De fijo, los que quieren que yo sea <i>héroe</i> se asombrarán de que
-viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando
-me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas
-é inconsecuencias están llenos el<span class="pagenum" id="Page_II-23">p.
-II-23</span> mundo y el alma humana. Tenía sed de lo imprevisto, y me lo
-procuraba como podía, es decir, <i>previéndolo</i>. Era, pues, un imprevisto
-artificial, ya que no podía ser del genuino, de aquél que tiene á la
-Providencia por <i>propio cosechero.</i> Porque aquella condenada pasión
-nueva nacía en mí con rebullicios estudiantiles, haciéndome cosquilleos
-románticos. La vanidad no tenía tanta parte en ella como en la que
-me inspiró Eloísa. Ya me estaba yo recreando con la idea de que mi
-triunfo, si al fin lo lograba, permaneciese en dulce secreto, y que
-sólo ella y yo lo paladeáramos, pues si en otra ocasión el escándalo
-me había sido grato, en ésta el misterio era mi ilusión. Púseme en
-aquellos días un tanto novelesco y un si es no es tonto, y mi fantasía
-no se ocupaba más que en imaginar bonitos encuentros con la mujer de
-Miquis, peligros vencidos, líos desenredados, tapujos, sorpresas,
-escenas teatrales en que el goce se sazonara con la salsa de lo
-furtivo y con esa pimienta dramática que rara vez aparece fuera de los
-bastidores de lienzo pintado. En fin, válgame la franqueza, yo estaba
-hecho un cadete, un seminarista, á quien acaban de quitar la sotana
-para lanzarle al mundo. Pensaba cosas que luego he reconocido eran
-puras boberías. ¿Qué más que seguir los pasos de Camila en la calle,
-ver que entraba en alguna tienda, entrar yo también, fingir sorpresa
-por verla allí, hacer el papel de que iba á comprar cualquier cosa,
-comprarla efectivamente, y después pagarle á ella su gasto? Y cuando
-creía encontrarla en un sitio y me llevaba chasco, ¡María Santísima,
-la que se me armaba entre pe<span class="pagenum" id="Page_II-24">p.
-II-24</span>cho y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las
-medidas á la calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la
-Red de San Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado
-Augusto, que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo
-me había equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado
-afán la multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras
-fuera la que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á
-trechos iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en
-tinieblas, me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.</p>
-
-<p>De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura
-entre los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo...
-¡zas! á la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente
-disimular la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la
-calle... ¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar
-me mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto,
-me aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar
-cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de
-Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de
-la esquina.</p>
-
-<p>Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de
-retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo.
-Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si
-precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de
-Augusto?...»<span class="pagenum" id="Page_II-25">p. II-25</span> Vuelta á
-la centinela; vuelta á engancharme al árbol de aquella noria estúpida,
-de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta á pasear, á ver caras
-antipáticas, á ver los aparatos de gas echando toda su luz sobre las
-tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el piso lustroso y húmedo
-de la calle; vuelta á oir el estrépito de los coches sobre las cuñas
-de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin esperanza de encontrar
-<i>casualmente</i> á Camila, me marcho...</p>
-
-<p>Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón
-de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada
-junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil
-tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he
-visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro
-y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes;
-decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho
-viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada
-con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes
-y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el
-capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada.
-¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho
-para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino
-inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de
-prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía
-á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y
-galanteos gatunos, con lo que to<span class="pagenum" id="Page_II-26">p.
-II-26</span>dos se morían de risa, menos yo, que no encontraba la tostada
-de tales sandeces.</p>
-
-<p>Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de
-Santa Isabel, la invité á dar un paseo.</p>
-
-<p>—A pie, en coche, como quieras —le dije—. Siento que hayas
-almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas,
-donde gustes. Está un día delicioso...</p>
-
-<p>—Quita allá, <i>tísico</i>. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant!
-Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio...
-¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café,
-lo adquiriera yo!</p>
-
-<p>Y seguimos hablando.</p>
-
-<p>—¿Vas de tiendas? Te acompañaré.</p>
-
-<p>—Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero
-cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces...
-No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.</p>
-
-<p>Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un
-billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.</p>
-
-<p>—Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!</p>
-
-<p>—Tengo para prestarte, si te ves en un apuro —me dijo cerrándolo de
-golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso
-de su hociquillo—. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más <i>guita</i>...! Si te hace
-falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.</p>
-
-<p>—Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta —dije con un candor que me
-habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las
-cataratas de la chifladura amorosa—. Y te quiero pagar la tela. Déjame
-á mí, tonta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-27">p. II-27</span></p>
-
-<p>—No, que no... ¡por Dios!</p>
-
-<p>—Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos
-más tela, y me harás á mí media docena de camisas.</p>
-
-<p>—¡Oh! sí, sí —exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela
-de Matute—. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no
-sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un
-candilón. ¡Ya verá él si sé!</p>
-
-<p>—Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?</p>
-
-<p>—Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.</p>
-
-<p>—De cornisa.</p>
-
-<p>—No te rías.</p>
-
-<p>—Si no me río.</p>
-
-<p>—Me quiere muchísimo, me idolatra...</p>
-
-<p>—Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres
-tú.</p>
-
-<p>—Es que tú eres un <i>tísico</i>, y no comprendes esto. Por muy alta idea
-que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino.
-Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y
-tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.</p>
-
-<p>Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos
-avanzando hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos
-en la tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías
-preciosas y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica,
-metal y hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios.
-Camila pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo
-estaba mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima<span
-class="pagenum" id="Page_II-28">p. II-28</span> se puso á mi lado para
-ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban los
-ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo
-encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos
-de paquetitos.</p>
-
-<p>—Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar
-contigo en una tienda.</p>
-
-<p>Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de
-veras.</p>
-
-<p>—¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.</p>
-
-<p>Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en <i>La Palma</i> á comprar
-unas cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos
-pronto.</p>
-
-<p>—¿Quieres que tomemos un simón?</p>
-
-<p>—No —me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo
-enojada—. Los de <i>La Palma</i> te han mirado mucho y me miraban á mí.
-Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino
-piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero
-que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada
-contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las
-querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.</p>
-
-<p>—Vaya si las tomarás.</p>
-
-<p>Entramos en la calle de Sevilla.</p>
-
-<p>—Es que... —me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa—.
-Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.</p>
-
-<p>—¿Y qué?</p>
-
-<p>—Cualquiera diría que te has enamorado de mí —dijo columpiando su
-mirada entre la gravedad y la risa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-29">p. II-29</span></p>
-
-<p>—Pues diría la verdad.</p>
-
-<p>—¡Vaya con lo que sales ahora! —exclamó decidiéndose por la risa—.
-Tú estás chocho.</p>
-
-<p>Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con
-su suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería
-el Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto
-llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba.
-Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había
-almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás,
-y se lo manifesté con franqueza.</p>
-
-<p>—Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...</p>
-
-<p>—¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...</p>
-
-<p>—Pues ya estás sentado...</p>
-
-<p>Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un
-delantal blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes.
-Había más arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad
-tumultuosa de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había
-en ella perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila,
-si lo esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy
-feas, como el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso
-educativo que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no
-conocía.</p>
-
-<p>—No, no acepto tus regalos —me dijo bruscamente como si reanudara
-la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea
-que se había fijado en ella—. ¡Vaya con tus regalitos...!<span
-class="pagenum" id="Page_II-30">p. II-30</span> Ya pasan de la raya. Dilo con
-toda tu alma: ¿es que me haces el amor?</p>
-
-<p>Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se
-me escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad
-expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba
-abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía
-caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.</p>
-
-<p>—Pues sí, Camila... tú lo has dicho.</p>
-
-<p>Y vuelta á reir.</p>
-
-<p>—Me alegro, me alegro —dijo cuando yo creía que se enfadaba—. Para
-que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto
-valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.</p>
-
-<p>—Pero no me dejas concluir... —observé, tartamudeando y abrasándome
-vivo—. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes
-fa... natizado.</p>
-
-<p>Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco
-rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:</p>
-
-<p>—Pues no te queda más recurso que éste.</p>
-
-<p>Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:</p>
-
-<p>—No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión
-con una píldora.</p>
-
-<p>—No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer,
-aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese
-chisme. No me gusta ver armas cargadas.</p>
-
-<p>Poco tardó en reaparecer desarmada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-31">p. II-31</span></p>
-
-<p>—¿Conque apasionadísimo... ísimo?... —declamó con afectación
-burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí—. En
-cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.</p>
-
-<p>—Mira, más vale que no le digas nada.</p>
-
-<p>—Pero tú eres memo —dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo
-de toros—. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo
-decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo
-faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas
-de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses
-en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es
-para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que
-piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te
-carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...</p>
-
-<p>Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en
-contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la
-sazón el propio Constantino.</p>
-
-<p>—Mira si será tonta tu mujer —le dije—. Nos encontramos en una
-tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate:
-esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?</p>
-
-<p>—¿Acepto? —preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada
-las miradas de él.</p>
-
-<p>—Sí: ¿por qué no? —contestó Miquis, acariciándole la barba—.
-Acéptalo, chiquilla.</p>
-
-<p>Ella le dió un abrazo.</p>
-
-<p>—¡Patrona! —gritó el muy bruto en seguida,<span class="pagenum"
-id="Page_II-32">p. II-32</span> sentándose frente á mí—. Háganos café... al
-momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la botella de ron de
-Jamáica.</p>
-
-<p>—No me da la gana —fué la réplica de ella.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso?</p>
-
-<p>—No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan
-vicios.</p>
-
-<p>—Si es en obsequio al primo de la patrona...</p>
-
-<p>—No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se
-vaya á la taberna.</p>
-
-<p>—¡Patrona, el ron! —repetí yo.</p>
-
-<p>—No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y
-desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.</p>
-
-<p>—Bueno, mujer, no te enfades —gruñó Miquis, desocupando la mesa—: lo
-tomaremos en el café.</p>
-
-<p>—Lo tomará él si quiere —declaró Camila con autoridad—. ¡Usted,
-señor mío, aquí!</p>
-
-<p>—Vaya, ¿tampoco me dejas salir?</p>
-
-<p>—Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.</p>
-
-<p>—Es que vamos á la sala de armas.</p>
-
-<p>—Aquí, y chitito callando.</p>
-
-<p>—¿Ha visto usted qué tarasca?</p>
-
-<p>—A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones
-nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los
-coditos sobre la mesa.</p>
-
-<p>—Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? —preguntó él,
-mirando embobado á su mujer.</p>
-
-<p>—Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos
-como un confite,<span class="pagenum" id="Page_II-33">p. II-33</span> ¿vamos
-á enojarla por no escribirle? Desde el domingo te estoy diciendo:
-«Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»</p>
-
-<p>—Bueno: ¿y qué más?</p>
-
-<p>—Ayudarme á cortar.</p>
-
-<p>—Yo ¿qué sé de cortes?</p>
-
-<p>—Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.</p>
-
-<p>—¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?</p>
-
-<p>—Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.</p>
-
-<p>—¿Y yo qué tengo que hacer? —le pregunté á mi vez.</p>
-
-<p>—Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora
-mismo en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos
-llenado ya la tripa?</p>
-
-<p>—Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los
-amigos! No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras
-Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo
-ponga clavos en mi finca.</p>
-
-<p>—¡A ponerse la ropa vieja! —gritó Camila á su marido—, y tú...</p>
-
-<p>—Los clavos, hija, los clavos. Déjame...</p>
-
-<p>—Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.</p>
-
-<p>Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y
-roñosas.</p>
-
-<p>—Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.</p>
-
-<p>—Enderézalos con los dientes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-34">p. II-34</span></p>
-
-<p>Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de
-hierro del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo
-fuéramos á consultar con la patrona.</p>
-
-<p>—¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? —preguntaba él, ya
-vestido con los trapitos más usados que tenía.</p>
-
-<p>—¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.</p>
-
-<p>—Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no
-tienen punta.</p>
-
-<p>—Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar.
-Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos
-que están por el suelo.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno. También las argollas.</p>
-
-<p>—Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.</p>
-
-<p>Era aquello una comedia.</p>
-
-<p>—Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo
-has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa
-gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un
-papamoscas?</p>
-
-<p>—Esperando á que me digas dónde van los clavos.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más
-talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...</p>
-
-<p>Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé
-á golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi
-casa y hacerla polvo.</p>
-
-<p>—¿Y yo, qué hago ahora?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-35">p. II-35</span></p>
-
-<p>—Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?</p>
-
-<p>—Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones
-viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda
-para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después,
-Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las
-canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea!
-mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.</p>
-
-<p>Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y
-me pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón
-el delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual
-yo quería hacer el papel de culebra.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_18">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-37">p. II-37</span></p>
- <h2 class="nobreak">XVIII</h2>
- <p class="subh2h">De los diferentes procedimientos usados por los
- madrileños para salir á veranear.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi
-casa á pedirme perdón y á buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda, su
-ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y
-la viuda no iba á verme. Dos ó tres veces, en la calle, la ví pasar en
-su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me
-guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería
-evitarla á todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas:
-el hastío de ella, y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de
-todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con
-lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen
-mi firme propósito.</p>
-
-<p>Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las
-arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues
-de una manera ú otra, empeñando sus muebles<span class="pagenum"
-id="Page_II-38">p. II-38</span> ó vendiendo sus alhajas, ella no se había de
-quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causóme viva pena, sin que la
-pudiera calmar apelando á mi razón. Súpelo por un amigo oficioso, el
-que designé antes por el <i>Saca-mantecas</i>, por no decir su verdadero
-nombre. Aquel condenado fué á verme una mañana, y se convidó á almorzar
-conmigo so pretexto de hablarme de un asunto que tenía en Fomento,
-aguardando la resolución del Ministro. Pero su verdadero objeto era
-llevarme un cuento, un cuento horrible que adiviné desde las primeras
-reticencias con que lo anunció. Tenía aquel hombre el entusiasmo de
-la difamación, y, sin embargo, lo que me iba á decir era, no sólo
-verosímil, sino verdadero, y las palabras del infame arrojaban de
-cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia estaban las pruebas
-auténticas de aquella delación, y yo no tenía que hacer esfuerzo alguno
-para admitirla como el Evangelio. No se valió el <i>Saca-mantecas</i> de
-parábolas, sino que de buenas á primeras me dijo:</p>
-
-<p>—Mucho dinero tiene Fúcar, querido; pero como se descuide, se
-quedará por puertas... En buenas manos ha caído... Supongo que estará
-usted al tanto de lo que pasa, y que esta observación no es un
-trabucazo á boca de jarro.</p>
-
-<p>—Enterado, enterado... —dije con no sé qué niebla parda delante de
-mis ojos.</p>
-
-<p>Yo no había oído nada, no lo <i>sabía</i>, en el rigor de la palabra;
-pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente
-en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte
-curiosidad de saber más, y fin<span class="pagenum" id="Page_II-39">p.
-II-39</span>giendo estar enterado de lo esencial, hice por sacarle más
-concretos informes.</p>
-
-<p>—Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted,
-yo, dos ó tres más —añadió—; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta ayer
-tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no me
-gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo soy
-así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse
-los puntos sobre las <i>íes</i>. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él
-se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se
-inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en
-su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer
-locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón;
-en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la
-prójima.</p>
-
-<p>Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta
-desconsideración. Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé
-poner correctivo á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando
-el aserto, y me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la
-fragilidad humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que
-me causaba extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la
-noticia. ¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella <i>prójima</i>, si yo
-no la quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio,
-lo que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al
-propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me
-fué tan<span class="pagenum" id="Page_II-40">p. II-40</span> cara, y alguna
-parte debieron tener también en mi pena los remordimientos por haberla
-puesto yo en semejante sendero.</p>
-
-<p>Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial
-que es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas
-por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener
-con ella ya ningún trato; y el maldito <i>Saca-mantecas</i> se entusiasmó
-tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo
-más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo
-de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del
-corazón.</p>
-
-<p>—Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va
-allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra
-noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los
-tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á
-Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que
-somos mortales...»</p>
-
-<p>¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que
-no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello
-era historia vieja.</p>
-
-<p>—Es monísima —volvió á decir el <i>Saca-mantecas</i> echando una ojeada
-á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...— pero
-¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja
-mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas
-mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al
-principio me pareció que la consa<span class="pagenum" id="Page_II-41">p.
-II-41</span>bida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas.
-Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un
-Fúcar nos desbanca.</p>
-
-<p>El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también
-como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero
-esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna.
-Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo
-hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho.
-Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar,
-cepillar.</p>
-
-<p>—No he conocido mujer de más imaginación —prosiguió— para discurrir
-modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero
-con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso
-una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías;
-de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales;
-de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas
-de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de
-verdadero <i>chic</i>. «Este lujo, <i>al alcance de todas las fortunas</i> —nos
-dijo—, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan
-los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar
-á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si
-se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para
-comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando
-se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.»
-En fin, que quiere más, más<span class="pagenum" id="Page_II-42">p.
-II-42</span> todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más
-que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando
-la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias
-plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros
-y tapices, la montura de Almanzor y la <i>Flora</i> de Casado. Patrañas,
-querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos
-cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una
-figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas.
-La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los
-prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados.
-Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M.
-Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó
-más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los
-baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted
-implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon
-porque no les daban de comer.</p>
-
-<p>—Eso sí que es falso —dije, sin poderme contener—. ¡Hambre! eso no
-lo ha habido allí nunca.</p>
-
-<p>—Perdone usted, querido —replicó muy serio—: me lo ha contado
-Quiquina.</p>
-
-<p>—¿Esa italiana...?</p>
-
-<p>—Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con
-la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara
-recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara
-la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril.
-Dice que le gustan<span class="pagenum" id="Page_II-43">p. II-43</span>
-los <i>merecotones</i> en vino. Dice también que su padre murió de una
-<i>heroísma</i>. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y
-sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es
-la primera <i>medio-mundana</i> que hemos tenido. Se precian ellos de la
-incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo
-me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la
-Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted
-cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos
-de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo
-sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba
-también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las
-carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.</p>
-
-<p>Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias
-del <i>Saca-mantecas</i> me revolvían de tal modo el estómago, que poco
-me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de
-conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió
-la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga,
-y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de
-Fomento, y tomamos café á prisa.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_II-44">p. II-44</span>II</h3>
-
-<p>Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía
-apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador,
-las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que
-íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al <i>Saca-mantecas</i>
-unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico,
-interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios
-oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en
-una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para
-estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas,
-ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una
-finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.</p>
-
-<p>El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su
-temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y
-de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia.
-Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes,
-añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me
-dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en
-broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente,
-con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en
-descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos
-comedidos, me reprendió amis<span class="pagenum" id="Page_II-45">p.
-II-45</span>tosamente por mi apatía política. Yo no me cuidaba de nada; no
-hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos tenían que valerse
-de otros diputados para impetrar el favor oficial. Yo era, en suma,
-un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría gustoso un cargo
-que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto de mi fastidio
-político; pero durante aquella misma conversación, en que intervino
-también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás me convenía
-variar de conducta, mirar á la política con ojos más amantes, pues
-con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando mi agrietada
-fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al <i>Saca-mantecas</i> con Villalonga
-en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por qué capítulo
-cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía mucha
-falta.</p>
-
-<p>Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa.
-Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba
-compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que
-podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me
-había dicho el <i>Saca-mantecas</i> me hería en lo vivo, y ansiaba tener
-la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado
-antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo.
-Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores
-á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba
-nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche
-muy aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve
-con quién<span class="pagenum" id="Page_II-46">p. II-46</span> entretener
-la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la sociedad. «Mañana
-—pensé—, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro cosas, ó reviento.»
-No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; pero se las pedía
-porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar se me había
-atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me sacaba
-de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para que
-no estallara dentro. «La voy á poner buena —pensaba—. ¡Venderse por
-dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»</p>
-
-<p>Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi
-ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío
-al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo
-fué quien me dijo:</p>
-
-<p>—La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la
-tarde.</p>
-
-<p>¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que
-le iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el
-honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!</p>
-
-<p>A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia
-de Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un
-departamento del <i xml:lang="en" lang="en">sleeping-car</i>.</p>
-
-<p>—Hola, traviatito —me dijo abrazándome—. ¿Manda usted algo para
-París?</p>
-
-<p>—Que usted se divierta —le respondí, afectando, no sólo serenidad,
-sino contento hasta donde me fué posible.</p>
-
-<p>Algo más hablé, dándole á entender que no<span class="pagenum"
-id="Page_II-47">p. II-47</span> me inspiraba envidia, sino compasión, y nos
-despedimos hasta la vuelta.</p>
-
-<p>—Yo no pienso salir de España —añadí—. No quiero hacer gastos.
-Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...</p>
-
-<p>Y como él se riera, concluí con esto:</p>
-
-<p>—Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós...
-Deje usted mandado... Divertirse.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear
-y nos quedamos en Madrid», sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas
-me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije
-sencillamente á mi prima:</p>
-
-<p>—Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?</p>
-
-<p>Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias
-graciosas. Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á
-donde quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella
-sola; pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de
-su maridillo, les invité á los dos.</p>
-
-<p>—Gracias —me dijo Constantino—. Si mi mamá Piedad me manda lo que me
-ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el
-tren de recreo.</p>
-
-<p>—¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?</p>
-
-<p>—Sí: en el tren de botijos —afirmó Camila batiendo palmas—. Así nos
-divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de
-Augusto vendrá también.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-48">p. II-48</span></p>
-
-<p>—¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una
-cursi...</p>
-
-<p>—Dí que somos pobres.</p>
-
-<p>—Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San
-Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis,
-aunque sea en un tren de mercancías.</p>
-
-<p>Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje.
-«Allí caerás —pensé—; no tienes más remedio que caer.»</p>
-
-<p>A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo
-que irían á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer
-discutieron, y yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia.
-Por fin apelé á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las
-corridas de San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación!
-Vaciló, cayó al fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero
-ellos no podían ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado
-por los calores de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes
-de Junio, viendo defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella
-dichosa mujer era una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme
-á la perdición. Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo,
-casi nunca salía de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á
-Camila, convertíase para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba
-tocar, suspiraba por su marido ausente y acababa de helarme hablándome
-de aquel Belisario que no venía, que no quería venir, que se empeñaba
-en seguir en la mente de Dios.</p>
-
-<p>—Si no vas á tener más chiquillos... —decíale<span class="pagenum"
-id="Page_II-49">p. II-49</span> yo—; y da gracias á Dios para que no se
-perpetúe la raza de ese animal manchego.</p>
-
-<p>Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y
-no se crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un
-cardenal en la muñeca que me dolió muchos días.</p>
-
-<p>—Si sigues haciéndome el amor —me chilló una tarde—, le canto todo
-al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.</p>
-
-<p>—Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le
-quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?</p>
-
-<p>—¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más
-que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.</p>
-
-<p>Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me
-quiere, que es mi marido!»</p>
-
-<p>Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y
-dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:</p>
-
-<p>—Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.</p>
-
-<p>—En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda
-esa porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos
-primos.</p>
-
-<p>—No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y
-ahí lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono
-de la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado
-porque no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he
-tenido que dejar de comprarme algunas cosillas<span class="pagenum"
-id="Page_II-50">p. II-50</span> que me hacían falta, y no comer postre en
-muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas no me
-faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa más
-cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí
-quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se
-aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.</p>
-
-<p>—Que no lo tomo. Quita allá.</p>
-
-<p>—Te echaré de mi casa.</p>
-
-<p>—No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando
-estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta.</p>
-
-<p>—Eso, ¿á mí qué?...</p>
-
-<p>¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que
-no tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de
-veras.</p>
-
-<p>—Bien —le dije—, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu
-caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición.
-No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan
-feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra,
-loba.</p>
-
-<p>Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo
-miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa.</p>
-
-<p>—Si no te callas, tísico pasado —gritó—, te tiro este plato á la
-cabeza. Mira que te lo tiro...</p>
-
-<p>—Tíralo y descalábrame —le contesté fuera de mí—; pero descalabrado
-y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es
-para tí, para esa bocaza, para la lumbre que<span class="pagenum"
-id="Page_II-51">p. II-51</span> tienes en esos ojos; todo para tí, fiera con
-más alma que Dios.</p>
-
-<p>Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo
-poniéndolo en solfa y apabullándome con estas palabras:</p>
-
-<p>—Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro.
-¿Ves estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos.
-Emborráchate tú con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este
-cuerpecito? Es para que nazcan de él los hijos que voy á tener, para
-agasajarlos, para darles de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete
-y requémate!</p>
-
-<p>Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le
-habría dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches,
-decía siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no
-tiene más remedio que caer.»</p>
-
-<p>Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril.
-Ella, que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega.
-Él andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre,
-respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia.
-Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se
-bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía
-del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan
-aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad,
-otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole
-al modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más
-graciosa!... Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa,<span
-class="pagenum" id="Page_II-52">p. II-52</span> daba á su marido una lección
-de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando aquella
-potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, inclinado
-delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del reo que se
-inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El verdugo era
-ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre las piernas
-para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era una regadera.
-Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; frótate bien; toma
-el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; que me hielo; que se
-me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que se te sube es la mugre;
-ráspate bien, hasta que te despellejes. Grandísimo gorrino, lávate
-bien las orejas, que parecen... no sé qué.» Y no teniendo paciencia
-para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la regadera, y con sus
-flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con tanta fuerza como
-si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, mujer...» «Lo que
-duele es la porquería», respondía ella pegándole un sopapo. Parecía
-meterle los dedos hasta el cerebro.</p>
-
-<p>Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo,
-y él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los
-chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar
-la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar
-ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban
-lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que
-presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á
-saltos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-53">p. II-53</span></p>
-
-<p>—Hija —dijo mi tía—, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas.
-Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.</p>
-
-<p>—Para eso la pago.</p>
-
-<p>Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua.
-Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores;
-pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre
-los fríos ladrillos.</p>
-
-<p>Su mamá se reía como yo. Díjome después:</p>
-
-<p>—Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su
-marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino
-uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué
-orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece
-un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el
-trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la
-casa.</p>
-
-<p>Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al
-comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño
-grande y abrochándose los botones de la camisa.</p>
-
-<p>—Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué
-hiena es mi mujer?</p>
-
-<p>Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso
-que por economizar.</p>
-
-<p>—Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me
-trae pronto el rancho.</p>
-
-<p>Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y
-batir de huevos.</p>
-
-<p>—Ahora —me dijo Miquis con beatitud—, nos pasamos con una
-tortillita y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo.
-Y tan ricamente... A todo se <i>jace</i> uno.<span class="pagenum"
-id="Page_II-54">p. II-54</span> Esta Camila es el mismo demonio. ¿Pues no
-dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No sé qué me
-da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...</p>
-
-<p>Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular.
-O yo no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus
-ojos. «Dios mío, Dios mío —pensé en un paroxismo de aflicción—, ¿por
-qué no he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de
-fieras?»</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>—Aquí tienes el pienso —dijo Camila trayendo la tortilla de jamón—.
-Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella
-de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera
-rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.</p>
-
-<p>¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me
-iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella
-se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla.
-Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto
-para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que
-ninguno de los dos quería tomar.</p>
-
-<p>—Para tí, hija...</p>
-
-<p>—No: para tí, nenito.</p>
-
-<p>—Vamos —decía yo—, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar
-suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.</p>
-
-<p>Y echándose á reir, se lo comía, y él se mos<span class="pagenum"
-id="Page_II-55">p. II-55</span>traba más feliz. Hacían el café en una
-maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción y queso
-manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, la
-conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario
-vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en
-una silla alta, con su babero al pescuezo.</p>
-
-<p>—Vendrá, vendrá el señor de Belisario —decía ella encendiendo el
-alcohol—. Verán ustedes cómo con los baños de mar...</p>
-
-<p>—Eso, eso: los baños de mar.</p>
-
-<p>Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.</p>
-
-<p>—Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos —les decía yo.</p>
-
-<p>Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por
-ningún caso.</p>
-
-<p>¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban
-y lo gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos
-dineros de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo,
-estaban los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de
-viaje, comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por
-un modelo que le prestó Eloísa. El vestido y el <i xml:lang="fr"
-lang="fr">pardessus</i> eran desechos de su hermana, arreglados por la
-misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella imponderable virtud con los
-despojos del vicio.</p>
-
-<p>Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el
-aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado
-de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia.
-Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de
-Junio<span class="pagenum" id="Page_II-56">p. II-56</span> metido en casa,
-muy aplanado, con cierta propensión al silencio, síntoma funesto
-en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo de hilo no se
-apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar producíale una
-especie de hipo. Pensando que se había metido en algún mal negocio,
-le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio, pues hacía
-tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no podía; le
-faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa de su
-trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un fenómeno
-de <i>suspensión</i>. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se iba
-á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque
-fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del
-síntoma nervioso de la <i>suspensión</i> había otra causa. Estos jaleos
-espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil
-es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío
-con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre
-señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero
-con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido
-pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula
-valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar
-de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su
-yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.</p>
-
-<p>—Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca
-agua? ¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!</p>
-
-<p>Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel<span class="pagenum"
-id="Page_II-57">p. II-57</span> excelente sujeto tan curado de su <i>ruinera</i>,
-como si en su vida la hubiera padecido.</p>
-
-<p>A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que
-agradecí mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me
-habría sabido muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que
-iba decidido á emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra,
-y en el sosiego y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con
-ahinco. ¡Ya vería yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No
-quiso decirme lo que era para darme la sorpresa <i>hache</i>. Francamente,
-experimenté vivísima satisfacción al perderle de vista.</p>
-
-<p>Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más
-en Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas
-mías, respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á
-las cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones.
-Eran las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la
-otra Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas
-y ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba
-bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo
-en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome
-los mocos y dándome cucharadas de <i>maizena</i>. La Pastor, su sobrina,
-era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus
-ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas. La
-concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que á veces
-parecía que la<span class="pagenum" id="Page_II-58">p. II-58</span> una
-movía las manos de la otra, y que la Morris estornudaba ó tosía con la
-boca de la Pastor. La tía leía mucho, así en inglés como en español,
-y tenía sus puntas de literata: trataba á Spencer y á George Elliot.
-La sobrina pintaba, como pintan las inglesas, haciendo habilidades más
-bien que obras artísticas, embadurnando placas de porcelana, trozos de
-papel de arroz, y ahumando platos para rascarlos con un punzón. Sus
-acuarelas tenían frescura sosa, y siempre expresaba en ellas alguna
-idea moral. Aunque no pintara más que un riachuelo reflejando un álamo,
-yo no sé cómo se las componía que siempre salía la moral. Eran ambas
-las personas más agradables, más buenas, más finas, más delicadas que
-se podían ver en el mundo.</p>
-
-<p>La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez.
-Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía.
-Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia:
-se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra del
-<i xml:lang="en" lang="en">Scotland Bank</i>. Total, que acordaron acabar
-sus nobles días en la tierra de María Santísima.</p>
-
-<p>Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho,
-me besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.</p>
-
-<p>—Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien.
-Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se
-asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya
-grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa.
-Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-59">p. II-59</span></p>
-
-<p>Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y
-servirles de cicerone. <i>Mary</i> (la pintora) tenía locos deseos de
-verlo. ¡Había oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé
-yo aquella noble misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en
-Madrid, y había que verme á mí con mis dos <i>Pastoras</i> (Camila dió en
-llamarlas así) siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y
-severos sobretodos de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes
-no muy conformes con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados
-hacia dentro y con mucha espiga, mucha amapola y otras silvestres
-florecillas. Camila decía que no podían haber escogido sombreros más
-propios unas damas que se llamaban las <i>Pastoras</i>. Guardéme bien de
-presentarlas á mi prima, pues de seguro habría oído en boca de personas
-tan recatadas el terrible <i xml:lang="en" lang="en">shoking</i>.</p>
-
-<p>Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que
-me hiciera cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí.
-Endosáronme varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta
-suya ciertas sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron.
-Despedílas en la estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á
-Cádiz para que las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron
-de mí.</p>
-
-<p>Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me
-dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio.
-Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12
-de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan
-majadero, que<span class="pagenum" id="Page_II-60">p. II-60</span> dije
-muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en términos sombríos y
-románticos, porque me salía de dentro así. Le decía: «me mato, te juro
-que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo al principio, me miraba
-luego con un poco de lástima, exhortábame á ser razonable, y reía, reía
-siempre. También ella, en la <i>edad del pavo</i>, había querido matarse, y
-nada menos que con fósforos. ¡Cuánto se había reído de esto después!...
-¿Acaso estaba yo en la <i>edad del pavo</i>? Seguramente así lo pensaba
-ella. Por fin vine á comprender que esta táctica era mala, porque no me
-daba buen resultado. En Camila no aparecían ni ligeros indicios de ser
-contaminada de mi romanticismo; al contrario, lo repelía, como rechaza
-el organismo las substancias de imposible asimilación.</p>
-
-<p>La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino
-y yo de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de <i
-xml:lang="en" lang="en">sport</i> me entretenían, y á él le entusiasmaban.
-De repente se me ocurrió decir:</p>
-
-<p>—Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen
-caballo de paseo.</p>
-
-<p>Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños
-á sus madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un
-juguete.</p>
-
-<p>—¡Un caballo! —repitió el manchego con éxtasis.</p>
-
-<p>—¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?</p>
-
-<p>—No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...</p>
-
-<p>La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y
-luego se dejó decir:</p>
-
-<p>—Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-61">p. II-61</span></p>
-
-<p>—Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.</p>
-
-<p>Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me
-ahogaba.</p>
-
-<p>—Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa,
-de mucha cabezada, y que ande así... así...</p>
-
-<p>Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos
-caballos petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un
-espejo. Luego imitaba el galope: <i>tra-ca-trán</i>, <i>tra-ca-trán</i>.</p>
-
-<p>Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud
-por mi ofrecimiento del caballo.</p>
-
-<p>—¡Qué bueno eres! —me dijo, dejándose besar las manos, favor que
-hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola,
-¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice
-ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho:
-«Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil
-duros de renta», y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome
-ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi
-encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su
-marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un
-caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una hucha
-en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo del
-caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del tiempo,
-porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además, Camila
-se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A veces,
-por donde menos se piensa se<span class="pagenum" id="Page_II-62">p.
-II-62</span> abre una brecha. ¿Sería aquélla la brecha de la inexpugnable
-plaza, la juntura invisible de una cota que parecía milagrosa?... Lo
-veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á San Sebastián, diciendo para
-mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te escapas.»</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_19">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-63">p. II-63</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIX</h2>
- <p class="subh2h">Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y
- trapístico. — Mala sombra de todos los idilios, de cualquier clase
- que sean.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Sin desconocer los encantos de la capital veraniega de las Españas,
-no me inspiraba simpatías aquel pueblo, que me parecía Madrid
-trasplantado al Norte. En él, los madrileños no buscan descanso,
-aire, rusticación, sino el mismo ajetreo de su bulliciosa metrópoli,
-y los mismos goces urbanos, remojados y refrescados por el agua y
-brisa cantábricas. Me fastidiaba ver por todas partes las mismas
-caras de Madrid, la propia vida de paseo y café, los mismos grupos de
-políticos hablando del tema de siempre. El paseo de la Zurriola, en que
-dábamos vueltas de noria, me aburría y me mareaba. Si no hubiera sido
-porque esperaba á Camila, habría echado á correr de aquella tierra.
-Y como Camila tardaría aún quince días ó más en ir, dime á buscar un
-entretenimiento para ir conllevando las lentitudes del plantón.</p>
-
-<p>¿A que no aciertan lo que se me ocurrió para pasar el rato? Pues
-emprender un trabajo que á<span class="pagenum" id="Page_II-64">p.
-II-64</span> la vez me entretuviera y aleccionara. Sí: de aquel anhelo de
-distracción nacieron estas Memorias, que empezadas como pasatiempo,
-pararon pronto en verdadera lección que me daba á mí mismo. Quise,
-pues, consignar por escrito todo lo que me había sucedido desde
-que me establecí en Madrid en Septiembre del 80; y pensarlo y dar
-principio á la tarea, fué todo uno. Proponíame hacer un esfuerzo de
-sinceridad y contar todo como realmente era, sin esconder ni disimular
-lo desfavorable, ni omitir nada, pues así podía ser mi confesión, no
-sólo provechosa para mí, sino también para los demás, de modo que
-los reflejos de mi conciencia á mí me iluminaran, y algo de claridad
-echasen también sobre los que se vieran en situación semejante á la
-mía. Empecé con bríos: tuve especial empeño en describir las falsas
-apreciaciones que hice de Eloísa, alucinado por la criminal pasión que
-me inspiró; dí á conocer el pueril entusiasmo, el desatino con que me
-representaba todas las cosas, viéndolas distintas de como efectivamente
-eran; y poco á poco las fuí trayendo á su sér natural, descubriendo
-su formación íntima conforme los hechos las iban descarnando. Nada se
-me escapó: describí mi enfermedad, las gracias del niño de Eloísa, la
-caída de ésta, la casa, los jueves famosos y aborrecidos. Ya entraba
-á ocuparme de la muerte del bendito Carrillo, cuando llegaron Camila
-y su marido. Dí carpetazo á mis cuartillas, dejando la continuación
-del trabajo para otros días. Con la llegada de mis amigos tenía yo
-distracción de sobra, y materia abundantísima para sentir y pensar más
-de lo que quisiera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-65">p. II-65</span></p>
-
-<p>No he visto persona más dispuesta que Camila á gozar de los encantos
-lícitos de la vida y á apurarlos hasta el fondo. Su marido le hacía
-pareja en esto. Ambos tortoleaban en mis barbas, haciéndome rabiar
-interiormente y exclamar desesperado: «Pero, señor, ¿será posible que
-yo me muera sin conocer y saborear esta alegría inocente, esta puericia
-de la edad madura, estos respingos candorosos del amor legitimado y
-estas zapatetas de la conciencia tranquila, que salta y brinca como los
-niños?»</p>
-
-<p>Todos los días inventaba yo alguna cosa para que ellos se
-divirtieran, para divertirme yo si podía y para alcanzar mi objeto.
-Unas veces era expedición á Pasajes; otras caminata por el campo,
-excursión en coche á Loyola, pesca en bote, etc... Por todas partes y
-en todos los terrenos buscaba yo el idilio, y se me figuraba que lo
-había de encontrar si no estuviera pegado siempre á nosotros aquel
-odioso monigote de Constantino. Pero su bendita mujer no se divertía
-sin él, y él era, sin duda, quien daba la nota delirante de la alegría
-en nuestros paseos. Cuando salíamos al campo, Camila se embriagaba
-de aire puro y de luz, corría por las praderas como una loca, se
-tendía en el césped, saltaba zanjas, apaleaba los bardales, hacía
-pinitos para coger madreselvas, hablaba con todos los labriegos que
-encontraba, quería que yo me subiera á un árbol á ver si había nidos
-de pájaros, perseguía mariposas, aplastaba babosas, reunía caracoles
-para apedrearnos con ellos y se ponía guirnaldas de flores silvestres.
-He dicho que se embriagaba y es poco. Era más: se emborrachaba, perdía
-completamente el<span class="pagenum" id="Page_II-66">p. II-66</span>
-tino con la irradiación de su dicha. Si la única felicidad verdadera
-consiste en contemplar felices á los que amamos, yo no debía cambiarme
-por ningún mortal; pero la felicidad no es tal cosa, y el filósofo
-que lo dijo debió de ser un majadero de esos que fabrican frases para
-vendérnoslas por verdades.</p>
-
-<p>Nunca había visto á mi borriquita dar tanto y tanto brinco. En su
-frenesí llegó á decir, tirándose al suelo: «me dan ganas de comer
-hierba.» Por su parte Constantino hacía los mismos disparates,
-acomodándolos á su natural rudo y atlético. Daba vueltas de carnero y
-saltos mortales, hacía flexiones y planchas en la rama de un roble,
-andaba con las palmas de las manos, cantaba á gritos, relinchaba. Ambos
-concluían por abrazarse en medio del campo, y jurarse amor eterno ante
-el altar azul del cielo.</p>
-
-<p>Cuando iba con nosotros Augusto Miquis, éste y yo filosofábamos
-mientras los otros se hacían caricias, ó nos reíamos de ellos; pero yo
-rabiaba.</p>
-
-<p>Nuestros recreos marítimos no eran menos deliciosos para aquella
-pareja de enamorados, que más parecían niños que personas mayores.
-Nos embarcábamos en segura y cómoda lancha, y emprendíamos nuestra
-pesca. La primera paletada de remos era una declaración de guerra sin
-cuartel á toda alimaña habitante en la mar salada. Un marinerillo nos
-ponía la carnada en los anzuelos para no ensuciarnos las manos. ¡Qué
-ansiedades las de los primeros momentos, cuando los aparejos entraban
-en el agua! ¿Habría ó no habría pesca en aquel sitio? ¿Sería mejor ir
-más allá, donde no hubiera tantas algas? Por<span class="pagenum"
-id="Page_II-67">p. II-67</span> fin nos fijábamos, y aquí de las emociones.
-¿Quién sería el primero que sacaría algo? En nada como en esto se
-manifiesta el humano egoísmo. Ninguno quiere ser el segundo. Yo, sin
-embargo, deseaba que fuese Camila la preferida del destino para gozar
-viendo su triunfo y los extremos que hacía.</p>
-
-<p>—Cómo pican, cómo pican...</p>
-
-<p>Pero muchas veces picaban y se iban, llevándose el cebo. Es que en
-las profundidades hay mucha pillería, y van aprendiendo, sí. Camila se
-impacientaba, estaba nerviosa: cuando sentía picar tiraba con tanta
-fuerza, que el pez se largaba dejándola chasqueada. Entonces á la
-pescadora se le iba la lengua, y se le ponía la cara encendida, los
-ojos echando lumbre. Pero si al fin, al tirar de la cuerda, sentía
-peso y estremecimiento, ¡María Santísima, qué alboroto, qué gritos! Su
-imaginación le abultaba la pesca.</p>
-
-<p>—Es grandísimo... ¡cómo pesa...! Es una merluza lo que traigo.
-Mirad, mirad.</p>
-
-<p>Por fin brillaba el agua con fulgores de plata, y salía un triste
-pancho enganchado por la mandíbula. El botín de julias, porredanas,
-cabras, monjas y chaparrudos aumentaba, y los íbamos echando en un
-balde, donde su horrible agonía les hacía dar saltos repentinos.
-Poníase mi prima febril cuando pasaba mucho tiempo sin pescar nada;
-nos hacía variar de sitio, cambiaba de aparejo, lo metía y lo sacaba,
-sacudiéndolo. Insultaba á los peces invisibles que no querían picar,
-llamándoles <i>tísicos</i>, <i>petroleros</i>, <i>carcundas</i>, y no sé cuánto
-disparate más. Cuando sacábamos algún pancho muy pequeño, un tierno
-infante que había sido robado por<span class="pagenum" id="Page_II-68">p.
-II-68</span> el anzuelo al volver del colegio, Camila imploraba la
-clemencia de todos los expedicionarios, y, reunidos en consejo,
-votábamos unánimemente que se le diera libertad. Ella misma le sacaba
-el anzuelo, procurando no lastimarle, y devolvía el pez al agua,
-riéndose mucho de la prontitud y del meneo con que el muy pillo se iba
-á lo profundo.</p>
-
-<p>—Este ya va enseñado —decía—. No se dejará coger otra vez.</p>
-
-<p>¡Qué horas tan dulces para todos, porque yo también me divertía, y
-además el contento de aquellos seres se me comunicaba, reflejándose
-en mi alma! Pero por más vueltas que daba, la tostada del idilio no
-parecía para mí. Apenas pude deslizar en el oído de Camila alguna
-palabra, frase ó símil de la pesca aplicado á mi situación y á mis
-pretensiones. Ella se hacía la desentendida y aprovechaba las ocasiones
-para hacerme cualquier perrería, como salpicarme de agua, pasarme por
-la cara la barriga viscosa ó el cerro punzante de algún pez.</p>
-
-<p>Mi fantasía enferma, mi contrariada pasión buscaban refugio en la
-idealidad. Lo que los hechos reales me negaban, asimilábamelo yo con
-el pensamiento. En otra forma, yo era también chiquillo como ellos. Dí
-en pensar que la mar traidora nos podía jugar repentinamente una mala
-pasada. La embarcación se anegaba, se hundía. ¡Naufragio! En este caso
-yo, que sabía nadar muy bien, salvaba á mi heroína, disputándola á las
-olas y á la horrorosa muerte... Vamos, que el triunfito no era malo.
-¡Y qué placer tan grande! Dominado por esta idea, una tarde que se
-levantó un poco de Noroeste y que<span class="pagenum" id="Page_II-69">p.
-II-69</span> volvíamos á la vela, dando unos tumbos muy regulares, le
-dije, señalando las imponentes masas de agua verdosa:</p>
-
-<p>—Oye, borriquita: si se nos volcara la lancha y te cayeras al
-agua... ¿no te aterra pensar que te ahogarías?</p>
-
-<p>—¿Yo? No tengo miedo —me respondió serena, contemplando las olas—.
-Al contrario, me gustaría que se levantara ahora una tempestad de padre
-y muy señor mío. Quiero ver eso...</p>
-
-<p>—¿Y si te cayeras al agua?</p>
-
-<p>—No me ahogaría.</p>
-
-<p>—Claro que no, porque te sacaría yo, con riesgo de mi propia
-vida.</p>
-
-<p>—¡Qué me habías de sacar, hombre! Me sacaría Constantino. ¿No es
-verdad, asno de mi corazón, que me salvarías tú?</p>
-
-<p>—Si éste apenas sabe nadar...</p>
-
-<p>—¡Que me sacaría, digo; que me sacaría, vaya! —gritaba con fe
-ciega.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni
-en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo
-soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que
-nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de
-esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para
-hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase
-el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa
-andadura de cuatro nudos por<span class="pagenum" id="Page_II-70">p.
-II-70</span> hora. No servía para nada; pero era novedad estupenda para
-estos pobres madrileños que nada saben de las cosas del mar. Toda la
-colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de lanchas que iban hacia
-donde estaba fondeada la <i>petaca</i>. Los <i>gatos</i> de Madrid se quedaban
-con medio palmo de boca abierta, admirando la limpieza y el orden de á
-bordo, la gallarda arboladura, que no es más que un adorno, la presteza
-con que los marineros suben como ratones por la jarcia, la comodidad
-de las cámaras, el reluciente y limpio acero de la artillería, la
-abundancia de los pañoles de galleta. Era un jubileo. Nosotros fuimos
-también. ¡Pues no habíamos de ir...! Tomé un bote y nos metimos en él
-los tres, con más Augusto Miquis, su mujer y su cuñada. Más de una
-hora estuvimos á bordo, subiendo y bajando escaleras, registrando
-todo, acompañados de un oficial. Cuando, terminada la visita, volvimos
-á nuestro bote, nos sucedió un percance. El mar estaba algo picado.
-Con los balances que hacía el bote al entrar las personas, por poco
-zozobramos; después el marinero encargado de que aquél arrimara bien á
-la escala del vapor se descuidó, y la pequeña embarcación, ya llena de
-gente, metióse debajo de la escala. El vapor entonces, en un balance,
-dió un fuerte golpe en nuestra proa con el pico de la escala. Fué como
-si levantara el pie y nos diera una patada. Por pronto que quisimos
-desatracar no pudimos, y al siguiente balance, el pico de la escala
-entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos hundíamos!... Fué un momento
-de pánico horrible. Grito de espanto salió de todas las bocas... Nada,
-que nos íbamos<span class="pagenum" id="Page_II-71">p. II-71</span> á
-pique. Un bulto, una mujer estuvo casi dentro del agua por el costado
-de estribor. Ciego, me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví
-nada: duró aquello lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza
-la idea de que yo iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos,
-agua!... La humana forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la
-cuñadita de Augusto Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al
-bote con la izquierda, que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña
-se me pegaron al pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que
-me habría sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada
-fué Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro,
-cogió á su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba
-la zarpa derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una
-agilidad y una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos;
-y auxiliados por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro
-bote. ¡Ni siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido
-á unas cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero
-convinimos en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos
-serenamos, y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor,
-y no hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando
-cada cual sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se
-había mojado nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería
-cómo le cogió el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se
-vieron suspendidos un instante á la escala, mien<span class="pagenum"
-id="Page_II-72">p. II-72</span>tras el bote se iba á lo hondo. En toda la
-noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en
-San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo
-con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la
-escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más
-que <i>agárrate bien</i>... El vapor se los quería llevar... vió los picos
-de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde
-causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...»</p>
-
-<p>Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde
-jamás se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella
-hubiera querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba
-por todos los medios, de nada me valía que yo las buscase.</p>
-
-<p>Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos
-íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy
-saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre
-para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien
-era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones
-los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete,
-ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una
-cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas.
-Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable.
-Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en
-realidad.</p>
-
-<p>Pero sí: era un gañán, sin género alguno de duda. Si no lo probaran
-otras cosas, lo probaría<span class="pagenum" id="Page_II-73">p.
-II-73</span> su maldita maña de divertirse con los juegos de fuerza ó
-de manos, que, según dice el refrán, son juegos de villanos. Sí:
-villanía es dar puñetazos sin venir á cuento, agarrarle á uno la mano
-y apretársela hasta hacerle dar un grito, cogerle á uno descuidado por
-la cintura y suspenderle en el aire, con otras gansadas sin maldita la
-gracia. Tales juegos me cargaban. Yo le decía: «estate quieto, no me
-busques.» (La confianza en que vivíamos nos había llevado á tutearnos
-sin saber cómo.) Le tenía ganas: habría gozado mucho dándole un buen
-porrazo, ya que el matarle no estaba en mis sentimientos ni en las
-costumbres suaves de la época. A ratos eché yo de menos las edades
-románticas en que se destripaba á cualquier rival por un quítame allá
-esas pajas.</p>
-
-<p>Un día concluímos nuestro asalto, yo rendido de fatiga, él tan
-campante como si nada hubiera hecho. De repente empezó con las gracias
-villanas que antes mencioné.</p>
-
-<p>—Constantino, que te estés quieto.</p>
-
-<p>Yo estaba nervioso, de muy mal humor, y con ganas de darle una
-zurra.</p>
-
-<p>—Que no me busques, Constantino; que no quiero bromas...</p>
-
-<p>Pero él dale que dale, tan pesadote que no se le podía aguantar.
-De improviso, viéndome sobado y golpeado estúpidamente, nació en mí
-un ardiente apetito de brutalidad; cegué, perdí el tino, no supe lo
-que me pasaba, y echándole ambas manos á su pescuezo robusto, caímos,
-rodamos... Él tenía más fuerza muscular que yo; pero el odio, según
-creo, centuplicó las mías. La verdad es que le tuve un instante
-acogotado, y gocé ferozmente en la extinción de su aliento.<span
-class="pagenum" id="Page_II-74">p. II-74</span> Recordando después aquella
-escena, heme avergonzado y espantado de que los hombres más pacíficos
-se conviertan tan fácilmente en fieras.</p>
-
-<p>—Es demasiado —dijo Augusto, que empezaba á alarmarse—. Para juego
-basta.</p>
-
-<p>Mi fuerza, puramente nerviosa, por lo mismo que fué tan grande, duró
-poco. El manchego se repuso, y desasiéndose, ganó pronto ventaja. No
-tardé en estar debajo. Cogióme las manos, sujetándome los brazos con
-el peso de su cuerpo; dejóme sin movimiento ni respiración, hecho un
-lío, una momia. ¡Cómo ostentaba su poder ante mi debilidad! Así me tuvo
-un rato, dueño de mí, mirándome y escarneciéndome como si yo fuera un
-muñeco con apariencias de hombre.</p>
-
-<p>—Muévete ahora —me decía, apretando más las argollas de hierro de
-sus dedos.</p>
-
-<p>Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas
-no rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni
-para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo
-franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso.</p>
-
-<p>—Bromas pesadas —repitió Augusto.</p>
-
-<p>—Eres un bruto, Constantino...</p>
-
-<p>Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono,
-figurando tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego,
-gimnasia de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía
-con gozosa esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.»</p>
-
-<p>Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien,
-y Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos
-juntos; era yo su maestro: enseñábale á mo<span class="pagenum"
-id="Page_II-75">p. II-75</span>ver los brazos; jugábamos y saltábamos,
-cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el baño, hacía yo más,
-¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso de aquella habilidad
-que aprendí en la niñez, alumno de la marítima Inglaterra, esperaba á
-que mi borriquita estuviese presente para irme muy afuera, muy afuera,
-hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al volver, que perdieron de
-vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba de satisfacción. Todas
-las personas reunidas en la playa estaban con gran ansiedad y corrían
-murmullos de alarma. A mi triunfal regreso, dando brazadas á las olas
-y abofeteando la espuma, era recibido con vítores y plácemes. Yo me
-ponía muy hueco si Camila estaba presente; si no, no. No veía más que
-á ella, saliendo de su caseta ya vestida, colorada, fresca; y me decía
-con amable reprensión:</p>
-
-<p>—¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas
-de gracias.</p>
-
-<p>Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos
-bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus
-pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome
-un rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra
-vez, y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre
-dientes:</p>
-
-<p>—Traga agua, perro; trágala.</p>
-
-<p>Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí
-la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en
-los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un
-momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila,<span
-class="pagenum" id="Page_II-76">p. II-76</span> que estaba lejos, empezó
-á chillar. Pero su marido salió de repente, atontado, pataleteando,
-escupiendo agua, vomitándola... Su aparición fué acogida con carcajadas
-por los circunstantes. Yo me reí también, y braceando agujereé una ola.
-Creí que no me seguiría; pero impávido me siguió, haciendo gestos de
-ira cómica, la única ira que en él cabía. Y me acometió, saltóme á los
-hombros, y sus poderosas manos me hundieron á su vez. Dentro del agua,
-oí una voz que llegaba á mis oídos con esa vibración penetrante con que
-el mar transmite los sonidos. Camila gritaba:</p>
-
-<p>—Constantino, ahógale.</p>
-
-<p>Estas palabras, rasgando la masa verde y movible del mar, parecían
-el ras del diamante al cortar el vidrio... Y en verdad que al oirlas
-tuve miedo, y creí que en efecto me ahogaba. Por suerte, ambos volvimos
-pronto á la superficie, y nos acogieron las mismas carcajadas de antes.
-Tuve que reportarme y disimular. Augusto decía:</p>
-
-<p>—Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos.</p>
-
-<p>Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel
-<i>ahógale</i>, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de
-los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer,
-ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con
-despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal.</p>
-
-<p>Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato
-procurando serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y
-recogiendo conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan
-hermosa. Los baños de<span class="pagenum" id="Page_II-77">p. II-77</span>
-mar habían puesto el sello á su robustez gallarda. Hablando de su
-apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas. «Se desayunaría
-con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que las chuletas no
-tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos veces... Por punto no
-devoraba una langosta entera.» Su asnito no le iba en zaga en esto.
-Ambos tenían coloración tostada y encendida, por efecto del sol, del
-agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro. Ambos revelaban el
-apogeo de la salud y del vigor físico, así como el grado culminante de
-la alegría, que es consecuencia de aquel feliz estado. El indiferente
-que les veía y les escuchaba no podía menos de alabar á Dios ante una
-pareja tan bien dispuesta para los goces y los trabajos humanos, ante
-aquel admirable tronco que arrastraba sin esfuerzo alguno, relinchando
-de gusto, el carro de la vida.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que
-habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me
-contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería
-ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante
-Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra,
-pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que
-ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir
-inefable y aquella santa salud.<span class="pagenum" id="Page_II-78">p.
-II-78</span> ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde! La interposición del
-marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada de mi destino. ¡Dios
-me quería mal, me estaba trasteando y <i>quedándose conmigo</i>! ¡Cuánto
-disparate! También pensaba mucho en la primera impresión que me causó
-la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué me fué antipática?
-¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en aquellos días
-yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor majadero del
-mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila la tuve con
-respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes sin adivinar
-su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y poseer á
-Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado una vez,
-equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna chispa
-del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría, alma
-del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad... Tenía
-que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable que el
-marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para legitimar
-mi victoria.</p>
-
-<p>Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el
-campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues,
-á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada
-vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no
-aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las
-tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía,
-y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de<span
-class="pagenum" id="Page_II-79">p. II-79</span> tentaciones. Cuando íbamos en
-ferrocarril camino de la frontera, dije á mi borriquita que se comprara
-lo que quisiese, un par de abrigos de invierno, tres sombreros, media
-docena de corbatas, dos ó tres vestidos de alta novedad; en fin, que
-aprovechara la ocasión surtiéndose para todo el año.</p>
-
-<p>—No me lo digas dos veces —contestaba entre carcajadas—: mira que te
-arruino.</p>
-
-<p>¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que
-el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y
-con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre
-lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger
-nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas
-considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su
-manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas
-tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí.
-Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo
-general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.</p>
-
-<p>—Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo
-te adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no
-es verdad?</p>
-
-<p>Constantino decía que nones.</p>
-
-<p>—Y este sombrero... ¿ves qué bonito?</p>
-
-<p>—Vamos, vamos —decía Camila muy seca—. Me carga este pueblo. Esto es
-una <i>farsantería</i>.</p>
-
-<p>—Al menos —insistía yo—, que acepte tu marido este paraguas, y
-tú... No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este <i xml:lang="fr"
-lang="fr">pardessus</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-80">p. II-80</span></p>
-
-<p>—Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no
-quiero.</p>
-
-<p>Fuimos á Biarritz y almorzamos en el <i>Hotel de Embajadores</i>.
-Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una
-partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los
-alrededores de la <i>Villa Eugenia</i>, por las playas de los Locos, de
-los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer
-y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya
-con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca
-del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con
-ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle
-directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría
-que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo
-decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi
-vida. De pronto dijo:</p>
-
-<p>—Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino
-es una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le
-pervierta.</p>
-
-<p>Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona
-más formal del mundo.</p>
-
-<p>—Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre
-al <i>baccarat</i> que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en la
-tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene miedo,
-y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito es muy
-bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los vicios.
-Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café diciendo
-gansadas,<span class="pagenum" id="Page_II-81">p. II-81</span> hablaba
-de sus jefes con poco respeto, contaba los grados que iba á ganar
-sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y ordinariote. Pues ya ves:
-poco á poco le he ido quitando todos esos vicios. No te creas... unas
-veces con blandura, otras con porrazos. Un día le hice sangre... porque
-yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que le mandé apartar un baúl, y
-se escupió las manos para agarrarlo y hacer fuerza. ¡Ay, cómo me puse!
-¡me volé...!</p>
-
-<p>Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su
-intimidad doméstica.</p>
-
-<p>—Poquito á poco —prosiguió—. Le he hecho romper con todos sus
-amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un
-angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que
-por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los
-dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo en
-el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era martes,
-nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos cuatro
-sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en la Comedia;
-el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos volvimos á
-hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo almorzar
-fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso de mamá.
-Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña Piedad, se puso
-hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una sinvergüenza,
-que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron hasta decir
-que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había tenido un
-chiquillo.<span class="pagenum" id="Page_II-82">p. II-82</span> Ya ves que
-no me muerdo la lengua. Constantino me ha contado después todas estas
-tonterías de pueblo, y nos hemos reído. Su madre tenía el proyecto
-de casarle con una paleta rica, y él dejó todo, palurda y millones,
-por mí. Ya ves qué mérito tengo. Después mi suegra se ha querido
-reconciliar conmigo, y yo le he escrito varias cartas. Soy yo muy cuca.
-¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene ganas de conocerme. Pero yo me
-estoy dando lustre, y no quiero ir á la Mancha. Iremos más adelante...
-Y aquí termina la presente historia. Nos queremos como Adán y Eva. Le
-domino y me tiene dominada. No te creas... si Constantino no hubiera
-tenido tantos vicios, y no me hubiese yo calentado tanto los cascos
-para quitárselos, á estas horas nos habríamos tirado los platos á la
-cabeza.</p>
-
-<p>No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se
-explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de
-nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.</p>
-
-<p>—¿Has jugado? —le preguntó ella, impaciente.</p>
-
-<p>—Jugar, ¿á qué?</p>
-
-<p>—Al <i>baccarat</i>.</p>
-
-<p>—¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.</p>
-
-<p>—Lo creo, lo creo —dijo ella, rebosando de confianza—. No hay
-más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese
-lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira,
-mira qué bonito te has puesto.</p>
-
-<p>—Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.</p>
-
-<p>—No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por
-dónde cogerte.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-83">p. II-83</span></p>
-
-<p>Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San
-Sebastián, ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente
-creí notar en Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los
-vestidos y adornos de mujer que había visto. La esposa de Augusto y
-ella discutían con desusado calor sobre manteletas, <i xml:lang="fr"
-lang="fr">pardessus</i>, capotas y faralaes. ¡Si habría hecho el idilio
-trapístico más efecto que los otros! Porque yo la notaba un poco menos
-alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se conmovería al fin
-aquella torre? «Quizás, quizás —pensaba yo—. Al fin tiene que ser de
-una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo pienses.»</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les
-pude detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi
-querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su
-disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en
-que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!»
-Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al
-céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con
-ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á
-un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las
-vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí!
-dejándome en espantosa soledad.</p>
-
-<p>De buenas á primeras, encontréme un día con<span class="pagenum"
-id="Page_II-84">p. II-84</span> María Juana y su marido, que después de
-pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos semanas en San
-Sebastián antes de la <i xml:lang="fr" lang="fr">rentrée</i>. Dígolo así,
-porque noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas
-en francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban
-por tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por
-haber decretado la extinción de <i>los ordinarios de Medina</i> por los
-siglos de los siglos.</p>
-
-<p>Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo.
-De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien
-puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era
-un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la
-vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á
-dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del
-lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de
-la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo
-conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no
-se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el
-negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer
-propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran
-peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había
-patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo
-á Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer,
-en momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como
-yo, de buena figura<span class="pagenum" id="Page_II-85">p. II-85</span>
-(movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que hubiera mujer
-capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso del marqués
-de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que había sido
-negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que, por
-añadidura, se teñía la barba.</p>
-
-<p>En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le
-habían llegado al alma.</p>
-
-<p>—¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos
-estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.</p>
-
-<p>El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal
-había sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el
-mulo que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!</p>
-
-<p>—Dios salve al país —exclamaba Medina con olozaguista concisión,
-juntando las manos.</p>
-
-<p>El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los
-círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos
-de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya
-circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos
-famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid.
-Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su
-casa de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el
-mueblaje, y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto
-me pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme
-que yo debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía
-casarme.</p>
-
-<p>—Déjalo de mi cuenta —me dijo con cierto entusiasmo—.<span
-class="pagenum" id="Page_II-86">p. II-86</span> Yo te buscaré la novia.</p>
-
-<p>Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.</p>
-
-<p>Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien
-hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en
-la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer,
-que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo.
-Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo.
-Constantino elegiría á su gusto.</p>
-
-<p>Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya
-veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme
-las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con
-la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van
-á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba
-y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer
-existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal
-cosa.</p>
-
-<p>¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y
-echar á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase
-á cien leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado
-aquélla, y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias,
-conocía yo, que se habrían dado con un canto en los dientes por que las
-requiriera de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para
-casarme, algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante,
-ninguna me gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita
-que ya estaba uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente
-aquélla, era la que se me anto<span class="pagenum" id="Page_II-87">p.
-II-87</span>jaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de
-amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de
-ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.</p>
-
-<p>Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella
-vendría al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en
-casa. Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar
-lo que hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan
-formal como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me
-alegraría seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente
-tomar acta y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas
-tardes y noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el
-mío! Me habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero
-tal como yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la
-cosa más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente
-verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido
-de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi
-desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía
-sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos
-tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por
-la solapa, y con afectado enojo le decía:</p>
-
-<p>—¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos
-pardos.</p>
-
-<p>Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su
-conciencia, que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y
-tranquila.</p>
-
-<p>—¡Parece mentira —insistía yo— que teniendo una mujer como la<span
-class="pagenum" id="Page_II-88">p. II-88</span> que tienes...! No te la
-mereces.</p>
-
-<p>Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me
-declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga:</p>
-
-<p>—Se lo contaré á Camila.</p>
-
-<p>Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves
-palabras, con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á
-los labios:</p>
-
-<p>—No te creerá.</p>
-
-<p>Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa,
-aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila
-se reía y bromeaba un poco también, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que
-andaba en malos pasos eras tú.</p>
-
-<p>¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la
-mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila
-le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por
-la costura, y estrujándosela decía:</p>
-
-<p>—Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más
-que á mí.</p>
-
-<p>Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me
-desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía
-evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con
-él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás
-no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de
-algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare
-llama <i>eternal joya</i>... Pero ya no hay diablos que presten estos
-servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_20">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-89">p. II-89</span></p>
- <h2 class="nobreak">XX</h2>
- <p class="subh2h">Doy cuenta de la agravación de mis males y del
- remedio que les aplico. — Gonzalo Torres.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Una mañana... ¡plaf! Raimundo. Caía sobre mí cuando menos le
-esperaba, y muy comúnmente cuando menos ganas tenía de oirle. Entró
-aquel día con cara risueña y un rollo de papeles en la mano. «Veremos
-por dónde la toma hoy —pensé—, aunque bien sé á dónde ha de ir á
-parar.» Díjome que estaba muy mejorado de su reblandecimiento; que las
-palabras se le salían de la boca fáciles y correctas, sin que la lengua
-tuviera que hacer contorsiones, y que se sentía dispuesto, ágil y con
-el entendimiento lleno de claridad y hasta de inspiración.</p>
-
-<p>—Hombre, ¡cuánto me alegro! —exclamé echando ojeadas de inquietud
-al rollo de papeles—. ¿Y qué traes ahí? ¿Esa es la obra de que me
-hablaste? ¿Has hecho algo en Asturias?</p>
-
-<p>—¡Ah! no... aquello fué una tontería... un drama, una idea nueva...
-Hice dos ó tres escenas; pero lo abandoné pronto. La cosa no salía.
-Después se me ocurrió esta gran obra.</p>
-
-<p>Con sonrisa triunfal mostróme el rollo de pa<span class="pagenum"
-id="Page_II-90">p. II-90</span>peles, que yo miré como se puede mirar el
-cañón de escopeta del cual ha de salir la bala que nos ha de herir.</p>
-
-<p>—Algún dibujillo —indiqué deseando que acabase pronto, pues tenía
-que hacer—. Dispara, dispara de una vez.</p>
-
-<p>Desenvolviendo lentamente el rollo, dijo:</p>
-
-<p>A tí solo te lo enseño, porque no quiero que se divulgue la idea. Me
-la podrían robar. Es muy original. Figúrate: esto se llama <i>Mapa moral
-gráfico de España</i>; va acompañado de una Memoria, y su objeto es...</p>
-
-<p>Cortó la frase para extender el papel sobre una mesa, sujetándolo
-por los bordes con objetos de peso. Ví muy bien dibujado el contorno de
-nuestra Península, con indicaciones de cordilleras, ríos y ciudades.
-Los nombres de éstas se hallaban encerrados dentro de círculos
-concéntricos de colores de muy diverso matiz.</p>
-
-<p>—¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado.</p>
-
-<p>—Pues esto —afirmó con exaltación de artista— es una representación
-gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los
-colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido
-en cinco grandes categorías: <i>Inmoralidad matrimonial</i>, <i>adulterio</i>,
-<i>belenes</i>, color rojo. <i>Inmoralidad política y administrativa</i>,
-<i>ilegalidad</i>, <i>arbitrariedad</i>, <i>cohechos</i>, color azul. <i>Inmoralidad
-pecuniaria</i>, <i>usura</i>, <i>disipación</i>, color amarillo. <i>Inmoralidad
-física</i>, <i>embriaguez</i>, verde. <i>Inmoralidad religiosa</i>, <i>descreimiento</i>,
-violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la
-prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos<span
-class="pagenum" id="Page_II-91">p. II-91</span> elementos no se pueden buscar
-en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de conocimientos
-generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones son á ojo
-de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico con
-razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí en
-aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás ver
-de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país de
-cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar
-mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más
-moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como
-tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid
-á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido.
-En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son
-corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más
-concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento
-de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color
-rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península.
-Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en
-inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se
-conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí:
-es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj
-del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de
-misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos
-veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada<span
-class="pagenum" id="Page_II-92">p. II-92</span> diez y seis. El tanto por
-ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima, de dos y medio,
-mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete carcas por cada
-cien personas.</p>
-
-<p>Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á
-entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á
-reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto
-le daría.</p>
-
-<p>—Tú estás reblandecido —le dije—. Las cosas que á tí se te ocurren,
-ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor
-esa monserga. Y por de pronto...</p>
-
-<p>Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me
-comprendió al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y
-enrollando con nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se
-dejó decir:</p>
-
-<p>—Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo
-en limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi
-Mecenas. Te dedico la obra...</p>
-
-<p>—No, no... hazme el favor de dedicársela á otro.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno: como quieras.</p>
-
-<p>Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y
-conceder alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez
-sí y otra no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad.
-Aquella vez no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya
-porque me inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí
-á partido y le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se
-le alegraron<span class="pagenum" id="Page_II-93">p. II-93</span> los ojos
-y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me alegraría
-mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer <i>hasta
-en sus menores detalles</i> la gran obra de estadística moral, conseguí
-alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa.</p>
-
-<p>Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las
-cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había
-hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo <i>á voluntad</i>, cuando sentí
-abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el
-borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón.
-Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí,
-parecióme que no venía sola.</p>
-
-<p>—Buenos días, tísico —me dijo sin entrar y retirándose otra vez.</p>
-
-<p>—¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? —le pregunté.</p>
-
-<p>Y desde la sala gritó:</p>
-
-<p>—No, estoy sola.</p>
-
-<p>Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la
-cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.</p>
-
-<p>—¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.</p>
-
-<p>—Es que —me dijo después de vacilar un rato— tienes ahí una
-visita.</p>
-
-<p>—Pues que pase —repliqué levantándome.</p>
-
-<p>—Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...</p>
-
-<p>Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo
-instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.</p>
-
-<p>Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohi<span class="pagenum"
-id="Page_II-94">p. II-94</span>bida, tan turbada, que yo también me turbé.
-Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí sin saber qué cara
-ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el llanto luchaban por
-prevalecer en la expresión de su cara. Por último, lloró sonriendo y me
-echó los brazos al cuello.</p>
-
-<p>—Haces mal en estar enfadado conmigo —me dijo hociqueándome—. Yo
-siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día.</p>
-
-<p>Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo
-se me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era
-peor que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello
-de <i>la primera piedra</i>; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que
-estaba vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba
-en ella, entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de
-<i>señora española</i>, á pesar de la asimilación de la moda parisiense.
-Eloísa adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y
-sabía imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido
-antes y así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío;
-quiero decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué
-ni por las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por
-esa elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las
-tijeras de las modistas.</p>
-
-<p>Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando
-acerca de su cariz de señora española:</p>
-
-<p>—Estás hecha una francesa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-95">p. II-95</span></p>
-
-<p>Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas
-sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo:</p>
-
-<p>—¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No,
-no parezco una francesa. No me lo digas otra vez.</p>
-
-<p>Sentándose de nuevo, prosiguió así:</p>
-
-<p>—Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á
-Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es
-muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he
-divertido nada.</p>
-
-<p>Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse
-ir hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos
-de reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba
-ilusión, como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á
-la superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de
-cariño, y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada,
-y pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo:</p>
-
-<p>—Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme
-de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras
-decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con
-palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote...
-Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras,
-ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas
-necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo
-que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar
-con él. Con<span class="pagenum" id="Page_II-96">p. II-96</span>que ya estás
-enterado, y lo mejor es que te tragues la píldora y seamos amigos.</p>
-
-<p>El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa,
-sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían
-deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamé de pronto—, no me has dicho nada de lo único tuyo que
-me interesa. ¿Y tu hijo?</p>
-
-<p>—Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le
-mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo
-que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome
-de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene
-que ver el corazón con... lo demás.</p>
-
-<p>—Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver
-las cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me
-vengas con historias...</p>
-
-<p>—Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar
-con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.</p>
-
-<p>—La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he
-querido...</p>
-
-<p>—¡Ah!... ¡tiempo pasado! —murmuró, retirando el cuerpo para mirarme
-en actitud un poquito teatral.</p>
-
-<p>—¡Y tan pasado...!</p>
-
-<p>—Mira, canalla —gritó con repentino calor, tirándome del pelo—, no
-me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.</p>
-
-<p>—Estás tú á propósito para que yo te quiera<span class="pagenum"
-id="Page_II-97">p. II-97</span> —respondí, esforzándome en mostrarle menos
-desdén del que sentía—. Ciertas locuras no se hacen más que una vez en
-la vida.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad
-de la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más
-que esto:</p>
-
-<p>—¿Y qué me cuentas de tu...?</p>
-
-<p>Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su
-vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto
-que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias
-vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades
-que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el
-terreno en que ella tácitamente la ponía.</p>
-
-<p>—Dime, habrás traído de París maravillas.</p>
-
-<p>—Algunas chucherías, poca cosa —replicó, mirándome otra vez y
-serenándose—. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído para
-tí.</p>
-
-<p>—Gracias.</p>
-
-<p>—Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para
-que tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me
-decía: «¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de
-gustar, ni regalado lo quería.</p>
-
-<p>Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un
-cubo de agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de
-mucho para echar discursos y de muy poco para<span class="pagenum"
-id="Page_II-98">p. II-98</span> regular las acciones, le dije que no se
-acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los pies
-en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con toda la
-<i>Doctrina</i>, el <i>Juanito</i> y el <i>Fleury</i> metidos en la cabeza, se habría
-expresado mejor.</p>
-
-<p>—Eso lo veremos —replicó Eloísa, en pie delante de mí—. Vamos, no
-hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen
-fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo
-ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras;
-pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré.
-¿Serás capaz de echarme de tu casa?</p>
-
-<p>—¡Quién sabe...!</p>
-
-<p>—¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?</p>
-
-<p>—A que no.</p>
-
-<p>—A que sí.</p>
-
-<p>—Apuesto todo lo que quieras.</p>
-
-<p>Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen
-los chicos con los curas que encuentran en la calle.</p>
-
-<p>—Quedamos en que mañana te mando á Rafael —me dijo, arreglándose la
-cabeza delante del espejo.</p>
-
-<p>—Sí: tengo muchos deseos de verle.</p>
-
-<p>—Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras?</p>
-
-<p>—Según lo que quieras decir. Distingo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-99">p. II-99</span></p>
-
-<p>—Sin distinciones.</p>
-
-<p>—Te encuentro muy francesa —repetí, faltando á la verdad por
-molestarla.</p>
-
-<p>—¡Dale!... Me enfada eso más que si me dijeras una mala palabra. Si
-quieres decir la mala palabra, suéltala, ten valor, ponme la cara como
-un tomate; pero no me insultes con rodeos.</p>
-
-<p>—Como quiera que sea, estás hermosísima —declaré, mostrándome más
-sensible á sus pruebas de cariño—. Las locuras que yo hice las hacen
-otros; mejor dicho, otros harán locuras más locas... ¡Qué dramas leo en
-tu cara, hija, y también tragedias, que ahora están en borrador! Te voy
-á llamar <i xml:lang="fr" lang="fr">Madame Catastrophe</i>. ¡Pobrecito del
-que...! En fin, hemos de ver horrores.</p>
-
-<p>—¡Ah! tengo que contarte —dijo, tras una explosión de risa—: tengo
-que contarte... ¿Sabes que Pepito Trastamara está loco por mí y quiere
-casarse conmigo?</p>
-
-<p>—Péscale, no seas tonta. Hazte cargo de que tienes por marido á
-un galguito ó á un <i xml:lang="en" lang="en">King Charles</i>. Serás
-duquesa, y libre como el aire. Pero la cuestión de cuartos creo que no
-anda bien en esa casa. La Peri está liquidando lo poco que resta. Mucho
-ojo, Eloísa.</p>
-
-<p>—¿Ves? Sin querer te estás tomando interés por mí; me estás dando
-consejos —replicó con mucha monería—. Si no puedes, hombre, si no
-puedes desligarte de mí; si te intereso sin que lo eches de ver...
-¿Conque no me conviene Pepito Trastamara...? ¿Y ser duquesa? Pepito
-heredará al marqués de Armada-Invencible: fíjate en esto.</p>
-
-<p>—También Manolo Armada-Invencible está á<span class="pagenum"
-id="Page_II-100">p. II-100</span> la cuarta pregunta. No tienes idea de
-lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á tu cuñado
-Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo.</p>
-
-<p>—Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil
-duros, que un día los tiene éste y después el otro...</p>
-
-<p>—Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco
-dinero.</p>
-
-<p>—Y muchos á gastar, lo sé.</p>
-
-<p>Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y
-procurando yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella,
-de nuestros pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos
-volveríamos á ver pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que
-realmente era para deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí
-sentimiento alguno de cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome
-en paz el fondo.</p>
-
-<p>El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño
-preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía
-delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me
-encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy
-formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni
-á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me
-pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera
-cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por
-su deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su
-media lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de
-los que esperaba<span class="pagenum" id="Page_II-101">p. II-101</span>
-tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un lápiz en la
-mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el pañuelo,
-con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del mundo era
-andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto en París un
-aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma. Hícele varias
-preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto á Fúcar; pero
-nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á distancia del
-marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de aquel humano
-globo.</p>
-
-<p>A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba
-á mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y
-credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre
-ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como
-un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la
-yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas,
-y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando
-yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los
-llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su
-corazón palpitaba como si se quisiera romper.</p>
-
-<p>Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo,
-que le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si
-su mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba
-de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con
-los recados solían ir cartitas rogándome que<span class="pagenum"
-id="Page_II-102">p. II-102</span> pasara á su casa. Viendo que yo no me daba
-á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por fin, una mañana me
-envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que estaba mala y deseaba
-«verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de la enfermedad era un
-ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza humana en general y
-de la mía en particular me impulsaron á acudir á la cita. Toda aquella
-moral mía se la llevó la trampa.</p>
-
-<p>Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía
-quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un
-entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida
-amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin
-interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi
-pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba
-y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual
-era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas,
-inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á
-todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían
-salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me
-apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía
-cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado
-de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en
-la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de
-que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de
-familia me engañaba tan sólo breves momentos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-103">p. II-103</span></p>
-
-<p>Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva
-que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa,
-quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado
-más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos.
-Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero
-un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas
-entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte
-más alta de su cabello en desorden, se dejó decir:</p>
-
-<p>—Estoy... de viejo pintado... hasta aquí.</p>
-
-<p>No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me
-enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y
-de <i xml:lang="fr" lang="fr">Barbotine</i> tenía maravillas; jarrones
-inmensos sobre columnas, un grifo con una cartela enroscada que <i>daba
-el opio</i>, y mil chucherías de todos tamaños, en tal número, que apenas
-había ya en la casa sitio donde ponerlas. Enseñóme también ricos
-encajes de Malinas, Bruselas y Alençon, comprados por ella misma á las
-<i>Beguinas</i> de Gante, y otras mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te
-gusta?» y si respondía que sí, poníase muy alegre. En aquella época
-jamás me pidió dinero, ni lo necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el
-contrario, advertía yo en ella un tácito deseo de que se le presentase
-ocasión de sacarme de un apuro. Un día, no sé si de los últimos de
-Octubre ó Noviembre, que me oyó hablar de ciertas dificultades para la
-liquidación, sacóme una cajita llena de billetes de Banco, de la cual
-aparté con horror la vista.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-104">p. II-104</span></p>
-
-<p>Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había
-desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de
-Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un
-malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado.
-Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo,
-sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo,
-la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan
-mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron
-los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado.
-Díjome el <i>Saca-mantecas</i> que se jugaba descaradamente. No iba ninguna
-señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha.
-Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas
-costumbres irregulares del año anterior.</p>
-
-<p>Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora
-distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de
-sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más
-selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído
-el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por
-la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien
-me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna
-era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo
-lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima,
-interés nominal y desdén efectivo.</p>
-
-
-<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_II-105">p. II-105</span>III</h3>
-
-<p>De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó
-súbitamente la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente
-reparadora y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud
-fué la idea del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía
-en Jerez, y además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido
-todo el año, y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría
-salud y buen humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino
-la resolución de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme
-de pronto varias clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me
-había hablado la noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé
-qué belenes en Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos
-agrícolas para que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos.
-Se presentaba á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de
-obras de reforma en los Museos, bien de impresión de Memorias ó
-de los revocos que constantemente se están haciendo en el vetusto
-edificio de la Trinidad. Luego Villalonga cedía el negocio con prima,
-si había quien se lo tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos
-que en el Ministerio traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo
-libramientos y órdenes de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado
-y lleno de líos estaba, que sin duda por sus desordenados gastos y
-vicios no había mes que no necesitase dinero. A<span class="pagenum"
-id="Page_II-106">p. II-106</span> mí me debía más de ocho mil duros, y esta
-deuda empezaba á inquietarme.</p>
-
-<p>Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios
-que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados
-Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el
-descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno
-la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París
-por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía
-bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me
-alcanzaba á mí.</p>
-
-<p>Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una
-vuelta por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros
-de producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada:
-más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar.
-El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy
-acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la
-Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella <i>hasta la cintura</i>. La
-persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento
-de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo
-serenidad y empuje.</p>
-
-<p>Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y
-recobré la alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos,
-obtendría yo dos beneficios: evitar los males que causa la holganza,
-y restablecer mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día
-siguiente me puse al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien
-he<span class="pagenum" id="Page_II-107">p. II-107</span> hablado antes un
-poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este
-tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en
-los años que en la Corte estuve. Aquel <i>gato</i> se había enriquecido en
-pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una
-casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran
-boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana,
-la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra.
-Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la
-calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En
-este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas,
-no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un
-pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había
-dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á
-adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas
-eran unas... tales.</p>
-
-<p>En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se
-descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados
-buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el
-ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de
-cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más
-ideal que <i>hacer dinero</i>, y hacia él marcha con los ojos cerrados,
-digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa
-y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes
-episodios de su vida. Esta me<span class="pagenum" id="Page_II-108">p.
-II-108</span> pareció digna de estudio, como ejemplo de constancia y
-temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por otra. Según
-me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle de la
-Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico y
-despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género
-en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre
-con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento.
-Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del
-espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y
-Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se
-le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á
-hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de
-los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos
-su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de
-los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante,
-escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose
-después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo
-limpio las manadas de transeuntes.</p>
-
-<p>Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía
-una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera
-que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos
-ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el
-sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que
-dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda
-España en segunda,<span class="pagenum" id="Page_II-109">p. II-109</span>
-con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de Soldevilla y
-otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y se fijó en
-Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes de venta
-y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció á un tal
-Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba víctimas, y
-las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios <i>facilitando</i>
-dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo que les dan
-sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo, las ponían
-en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el tal Torres
-con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una prima de
-cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables. Él apandaba
-las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor, encontrándose
-siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito en virtud de
-una ficción legal en que él (Torres) pasaba por <i>inglés</i> del tendero,
-se ponía en combinación con Torquemada, que era curial y tocaba pito en
-todos los Juzgados, y apretando á la víctima con citaciones y embargos,
-por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos lo que debía.</p>
-
-<p>Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de
-trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada
-y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor
-insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se
-le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de
-suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial.
-Puso la puntería en la<span class="pagenum" id="Page_II-110">p.
-II-110</span> Diputación, y aquel año hubo locas ganancias. Los moribundos
-les hicieron á ellos el caldo gordo.</p>
-
-<p>Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos.
-Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que
-tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos
-<i>carne á la inglesa</i>, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho,
-pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó
-de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del
-señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil
-reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El
-del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la
-puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo
-que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos
-III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los <i>ingleses</i> de
-acuerdo, quisieron hacer un <i>Trafalgar</i> en la infeliz familia; pero
-nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio,
-dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres,
-que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos,
-olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas
-ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había,
-obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que
-tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...</p>
-
-<p>—De esta adquisición inesperada —me dijo— arranca el negocio de
-alquiler y compostura de<span class="pagenum" id="Page_II-111">p.
-II-111</span> pianos que tuve durante tres años y medio. ¡Cómo se enlazan
-las cosas de la vida! De carnicero á músico. Torquemada siguió con el
-arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén de pianos. Llegué á
-tener más de trescientas matracas, que alquilaba por tres, cuatro ó
-cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio que soñaban con ser
-la Patti; á los compositores jóvenes que se creían unos <i>Meyerbes</i>, y
-para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las familias honradas
-y buenas parroquianas que querían educar á las pollas para señoritas
-finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar, como todas, en ser
-unas... tales.</p>
-
-<p>Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil
-duros, dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que
-era su ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de
-papel. A los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto
-el golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente
-las operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73,
-cuando la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años
-de guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible.
-Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe
-que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes
-tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle
-de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban
-ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa. Todos
-observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía<span
-class="pagenum" id="Page_II-112">p. II-112</span> diariamente despachos
-telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y París, para jugar en
-combinación con aquellas plazas.</p>
-
-<p>—Y aquí me tiene usted —añadía—: hoy soy rico; pero me gusta vivir
-á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta,
-que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso
-para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se
-pasee.</p>
-
-<p>Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no
-sabía leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro
-estas indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido
-le dió títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante
-en casa de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y
-sencilla. Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba
-también no poca ventaja.</p>
-
-<p>Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo
-bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle
-los puntos sobre las <i>íes</i>. Yo no haría ninguna operación grande ni
-chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería
-meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un
-desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por
-sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por
-el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan
-peligroso, daba y tomaba mis <i>dobles</i>, compraba y vendía <i>en voluntad</i>
-ó <i>á fin de mes</i>, siempre con la garantía de la publicación y de la
-firma del agente en la póliza, el cual agen<span class="pagenum"
-id="Page_II-113">p. II-113</span>te era persona de respetabilidad, amigo de
-mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no me faltaba trastienda para
-aquel negocio, y en todo Diciembre, así como en Enero y Febrero del
-año siguiente, ví coronados mis esfuerzos con éxitos no despreciables.
-Así me satisfacían más, teniendo por mejor sistema aquel <i>tole-tole</i>,
-que los atropellos en que se metía el hortera y carnicero y músico y
-bolsista Gonzalo Torres.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_21">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-115">p. II-115</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXI</h2>
- <p class="subh2">Los lunes de María Juana.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar.</p>
-
-<p>María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su
-mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba
-ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual
-contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y
-enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale
-á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en
-el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su
-mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor,
-componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio,
-y en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa
-era un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á
-la greña. Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa
-de Ruiz de Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros
-barnizados,<span class="pagenum" id="Page_II-116">p. II-116</span> papeles
-horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de los que
-se empeñan en que todo se ha de adornar con <i>medias cañas</i>; tenía
-fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría las
-tales <i>medias cañas</i> hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando poco
-á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles de
-arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á ella
-triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el esposo
-se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que llevaba
-veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al decir de
-Cristóbal, <i>no se pagaba con dinero</i>. Pero aquel espejo de los porteros
-tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba. ¡Era que
-usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y despeinadas,
-que caían tan mal con la librea...! La señora les había declarado la
-guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera aquellos
-pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo á la de su
-leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente. Pero Medina
-se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse. Le parecía
-un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad humana.
-Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le parecía
-farsa, comedia, «moda francesa, hija; <i>mariconadas</i> que me revientan.»
-Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa tan hirsuto
-como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio de
-Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de echarle
-mil remiendos y composturas,<span class="pagenum" id="Page_II-117">p.
-II-117</span> porque estaba tan derrengada como todas las de su tanda, la
-pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo descubierto, con ménsulas y
-jambas, figurando piedra de Novelda, y en el portal y escalera púsole
-cuantas <i>medias cañas</i> cupieron. Arregló para sí el principal, que era
-hermosísimo, con vistas á la calle de Serrano y al jardín interior de
-la manzana. Las tales casas, mal construídas, tienen una distribución
-admirable, un ancho de crujía y un puntal de techos que me gusta mucho.
-Su única imperfección, para mí, es la curva de las escaleras; defecto
-que también tenía mi finca de la calle de Zurbano.</p>
-
-<p>María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La
-gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio
-tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de
-mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una
-vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo
-más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía
-escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes
-se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la
-francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci;
-apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y
-algo se le alcanzaba de Spencer, traducido.</p>
-
-<p>Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla
-<i>ordinaria</i>), desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima
-consideración. Fuí el primero con quien contó para sus comidas; iba
-también algunas tardes y hablábamos largamen<span class="pagenum"
-id="Page_II-118">p. II-118</span>te. Descubrí á poco, tras un tejido de
-subterfugios muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo
-ardentísimo de conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un
-servidor de ustedes. Se trataba poco con su hermana; sus relaciones
-eran pura etiqueta de familia en casos de enfermedad; de modo que
-yo solo podía ponerla al tanto de lo que saber quería. Dirigíame
-pregunta tras pregunta. Y yo no me paraba en barras: ¿para qué?
-Si saciando aquella curiosidad sedienta y mal disimulada la hacía
-feliz, ¿por qué privarla de un gusto tan arraigado en su naturaleza?
-Preguntábame asimismo mil pormenores de la casa que ella tenía por el
-<i xml:lang="la" lang="la">non plus ultra</i> de la elegancia. ¿Cómo era
-el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos <i>menús</i> de las comidas?
-¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por completo, de
-ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas camisas
-de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo eran
-abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas de
-pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba? ¿Era
-cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la tersura
-terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves,
-¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner
-etiquetas de la <i>Viuda Cliquot</i>? ¿Era cierto que debía á Prats más
-de seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al <i xml:lang="en"
-lang="en">whist</i>, á la <i xml:lang="fr" lang="fr">besigue</i> ó al monte
-limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era cierto que
-anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el día de su
-santo para que fueran<span class="pagenum" id="Page_II-119">p. II-119</span>
-preparando los regalos?... A este bombardeo contestaba yo como Dios me
-daba á entender, unas veces categórica, otras ambiguamente, cuidando de
-no poner en ridículo á la que me había sido tan cara... en todos los
-terrenos.</p>
-
-<p>Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la
-más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque
-yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que
-si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía
-en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á
-menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella
-las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los
-enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones
-cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y
-hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias
-veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no
-vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los
-hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más
-pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento
-hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una <i>cualquier cosa</i>...
-Tú, que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme,
-¿cómo es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del
-hombre de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.»
-Por fin, una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me
-espetó la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba<span
-class="pagenum" id="Page_II-120">p. II-120</span> desquiciado. Para ponerme
-bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual se combinaran
-dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo. Agradecí
-mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero no podía
-mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas por ella.
-El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él; ¡pero el
-matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una hilacha,
-ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella.</p>
-
-<p>Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que
-Camila me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo
-hacer constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta
-indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin
-mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar
-y casarme, la <i>ordinaria</i> (sin querer se me escapa este mote) me dijo
-aquella misma noche con gracia mezclada de protección:</p>
-
-<p>—Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te
-la tengo buscada. Verás qué joya.</p>
-
-<p>—No, prima, no te molestes —repliqué—. No hay mujer para mí. Es
-una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he
-pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo media
-naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con una
-educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la bonita
-y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si es
-pobre, me<span class="pagenum" id="Page_II-121">p. II-121</span> parece que
-me quiere por el dinero; si es rica, tiene un orgullo que no hay quien
-la aguante. Por más vueltas que le des, la tostada no parece... Y por
-fin, si quieres que te diga la verdad, en mí hay un vicio fisiológico,
-una aberración del gusto, que no puedo vencer, porque ha echado ya
-sus raíces muy adentro, confabulándose con estos pícaros nervios para
-atormentarme. Es, te reirás, es que no me agradan más que las cosas
-prohibidas, las que no debieran ser para mí. Si alguna que no esté en
-estas condiciones me gusta, al punto la idea de que sea yo quien la
-prohiba á ella me quita toda la ilusión. Ríete todo lo que quieras;
-llámame loco, enfermo, despreciable y hasta ridículo; pero no me digas
-que me case.</p>
-
-<p>Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía
-tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me
-decía:</p>
-
-<p>—Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos,
-mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un
-vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la <i>candidata</i>...</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de
-negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes
-eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego,
-nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los
-cambios,<span class="pagenum" id="Page_II-122">p. II-122</span> de si se
-haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y de otros particulares
-relacionados con la economía social. De cuanto hablaba Medina se
-desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento del arreglo, la
-devoción de la solidez económica. No comprendía él que nadie gastase
-más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que no existe, y
-el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un buen pasar,
-la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no deber
-nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase que
-jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo
-se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan
-tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no.</p>
-
-<p>Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para
-el día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá
-por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción
-de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el
-mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía
-financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo
-sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo
-estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en
-ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades
-pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres,
-como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina,
-como prestamista hipotecario<span class="pagenum" id="Page_II-123">p.
-II-123</span> de algunas casas grandes; Arnáiz, en su calidad de patriarca
-del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo banquero, conocían
-al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas las trapisondas
-económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban á contar casos
-y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles.</p>
-
-<p>¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella
-verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los
-conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de
-cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales.</p>
-
-<p>—La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito
-diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros
-diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera.
-Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo
-quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las
-tenía empeñadas el anémico prócer...</p>
-
-<p>—El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés
-millones de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve,
-comprendido el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico,
-valdría mucho para solares. Se susurraba que los cuadros y las
-armaduras habían salido para París con objeto de venderse en el Hotel
-Drouot. Que el duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el
-hecho de haberse dejado protestar una letra de Burdeos por valor de
-veintitantas mil pesetas...</p>
-
-<p>—Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían
-llegado á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero
-de la<span class="pagenum" id="Page_II-124">p. II-124</span> esquina, y,
-sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por esas calles
-desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo perdidos de
-barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la levita que
-llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal manera de
-vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada, que este
-Madrid es muy particular...</p>
-
-<p>—Arnáiz sabía que <i>Sobrino Hermanos</i> tenían una cartera de sesenta
-mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de
-los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara
-estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir
-surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les
-desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es
-que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con
-los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el <i>fondo del
-cofre</i>, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen
-con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que
-pagan algo...</p>
-
-<p>—Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el
-cambio político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir
-mucho tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se
-animan las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo;
-algunas echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse
-algún crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto...</p>
-
-<p>—Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas,
-en cambio, desde que se<span class="pagenum" id="Page_II-125">p.
-II-125</span> regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de trampear,
-se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general. Es una
-vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del país y se
-regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta pregunta,
-unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de Contabilidad
-les tiene metidos en un puño. Haylos también que son honrados á
-macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia, que se veía
-perseguido por los acreedores poco después de haber estado en situación
-de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así. Algunos, arruinados
-con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que les daba mucho
-dinero, tenían que buscar en la misma política socorros de momento,
-consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el agraciado
-les mandase algo de sus ahorros.</p>
-
-<p>Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad
-para dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de
-la exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que
-en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una
-noche, solos él y yo:</p>
-
-<p>—No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las
-cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos
-de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el
-otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace
-así... <i xml:lang="la" lang="la">aliquis chupatur</i>, y se va tragando
-todo.</p>
-
-<p>Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y
-hojeándolo añadió:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-126">p. II-126</span></p>
-
-<p>—Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que
-tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí
-con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que
-650.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>—¿Qué te enseñaba Torres? —me preguntó María Juana un momento
-después.</p>
-
-<p>—La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...</p>
-
-<p>—Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo
-gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y
-compara.</p>
-
-<p>Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y
-comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa
-y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido
-obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de
-oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de
-valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle
-las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por
-Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta
-las teorías de <i>castellano viejo</i> preconizadas por su marido. Muy
-santo y muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se
-conservasen en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando
-el amor de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito
-asado á <i>la Granullaque</i> de Toledo; muy santo<span class="pagenum"
-id="Page_II-127">p. II-127</span> y muy bueno que se hiciese una religión
-del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen nunca de
-los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en la casa
-<i>boato estúpido</i>, ni se diera de comer á troche y moche á tanto y
-tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los pies
-Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la casa
-se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo, mucho
-platillo y mucho de <i xml:lang="en" lang="en">high-life</i>, quejábanse
-los criados de que les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo
-esto; pero ella, la señora de la casa, se vestiría siempre á la última,
-y del modo más rico y elegante, viniera ó no <i>de extranjis</i> la moda,
-y trajera ó no entre sus pliegues el pecado de la farsa y de las
-<i>mariconadas</i> francesas.</p>
-
-<p>Nada más injusto que el dictado de <i>ordinaria de Medina</i> que la de
-San Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba
-muy bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla
-buena. Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.</p>
-
-<p>—Si viene esta noche tu amigo Severiano —indicó mi prima—, le diré
-que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La
-otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve
-éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme
-formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis
-el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente
-sujeto. Sus dos chicas son muy monas.</p>
-
-<p>Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-128">p. II-128</span></p>
-
-<p>—Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada
-es la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana.
-Aunque Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien
-educada, que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas
-sus acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las
-razones que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de <i>No Cabe
-Más</i> excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.</p>
-
-<p>—Cállate la boca, tonto —me contestó riendo también—. No es esa, no,
-la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía,
-al menos en casa...</p>
-
-<p>La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de
-saludar á mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió
-apurar el tema.</p>
-
-<p>—Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde —dijo
-Barragán dando resoplidos.</p>
-
-<p>—¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?</p>
-
-<p>—Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen
-bien... Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la
-Iglesia, y yo le digo: «<i>Partiendo del principio</i> de que sea santidad
-eso de comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero,
-en fin, lo admito; <i>parto del principio</i> de que... Yo digo: las
-personas delicadas ¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas?
-Y no crea usted, tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del
-estómago, vómitos. Al fin, <i>paulativamente</i> se han ido serenando. Bien
-merecido les está. Yo, como no creo en esas<span class="pagenum"
-id="Page_II-129">p. II-129</span> teologías, comí en casa del amigo Lhardy
-buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas
-de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el
-Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias?
-Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza.
-Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo
-fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha.
-Porque vea usted —añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar
-un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima—,
-si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos
-<i>compatos</i>, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo
-la política de personas, y arriba la de los grandes intereses del
-país...»</p>
-
-<p>—Seguramente que...</p>
-
-<p>—Porque vea usted —prosiguió él sin dejarme meter baza—. Yo, que
-tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene
-quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto
-y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y
-cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos
-y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil
-que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, <i>partiendo del
-principio</i> de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de
-frente, sostengo...</p>
-
-<p>—No tiene duda...</p>
-
-<p>Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se
-divertía con semejante mostren<span class="pagenum" id="Page_II-130">p.
-II-130</span>co; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo de bárbaro,
-que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la mañana, se
-lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su opinión,
-se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y más
-caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura
-humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La
-fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid.
-Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una
-tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué
-contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma.
-El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80
-eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy
-ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la
-presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una
-construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros;
-si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si
-de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes.
-Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto
-encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas
-con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran
-el providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle
-erigido.</p>
-
-<p>Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando
-con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy
-sublime.<span class="pagenum" id="Page_II-131">p. II-131</span> Barragán
-manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los oradores, escupiendo
-á la faz del cielo los mayores disparates que de humana boca pueden
-salir. El otro se reía, y le hacía el honor increíble de contestar á
-sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro dijo á Villalonga:</p>
-
-<p>—Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de
-las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con
-razones...</p>
-
-<p>En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la
-muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera
-la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú.
-Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con
-la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran
-pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán
-oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha,
-y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido
-que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él
-se limpiaba y mugía.</p>
-
-<p>María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los
-solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva
-que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos
-acercó Severiano.</p>
-
-<p>—¿Qué barbaridades ha dicho? —le preguntó María Juana.</p>
-
-<p>—Muchísimas. <i>Ha partido del principio</i> como unas cincuenta veces
-en quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió <i>fiambre
-frío</i>, y que ha puesto una <i>pipa</i> en Flandes. Ten<span class="pagenum"
-id="Page_II-132">p. II-132</span>go que apuntarlo, porque es oro molido. He
-de hacer un Diccionario de este hombre, como el que Paco Morla hizo de
-las barbaridades del general Minio.</p>
-
-<p>—Ayer —refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su
-abanico— estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso decir
-que me habían dado un <i>timo</i>; pero no pareciéndole fina la palabra,
-dijo que me habían dado un <i>mito</i>...</p>
-
-<p>—Es divino ese hombre...</p>
-
-<p>—No se paga con dinero.</p>
-
-<p>—Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que
-dice.</p>
-
-<p>—Severiano —añadió mi prima— no conoce todavía á la señora de
-Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana.
-Verá usted... Yo la llamo <i>No Cabe Más</i>, porque esta frase no se le
-cae de la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no
-habla sino para ponderar sus cosas. <i>No cabe nada más</i> rico que las
-cortinas de su sala; <i>no cabe nada más</i> ligero que su berlina de doble
-suspensión; <i>no cabe nada más</i> elegante que el vestido que le ha hecho
-á Esperancita...</p>
-
-<p>Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi
-amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido,
-y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase
-de un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme,
-de unos ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener
-aquellos pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista <i>no<span
-class="pagenum" id="Page_II-133">p. II-133</span> cabía más</i>: estaba todo
-lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á reventar como
-una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes. Como era de
-pequeña estatura, y además se había tragado el palo del molinillo, el
-mote que le había puesto mi prima no podía ser más adecuado, porque,
-en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido angustioso: «<i>No
-cabe más</i>, y este palo del molinillo es excesivamente largo y lo voy á
-vomitar.»</p>
-
-<p>¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin
-de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen
-finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y
-bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire
-<i>reventativo</i> de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha
-broma, y ella se pirraba por que se la diera.</p>
-
-<p>—Me parece —dije en secreto á María Juana— que limitas mucho
-tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres.
-Esperancita y su hermana, <i>No Cabe Más</i>, la señora de Mompous, la de
-Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso
-que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por
-qué no traes á Camila?</p>
-
-<p>—Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A
-Medina no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice
-que si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate
-tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo
-preparada!...</p>
-
-<p>—¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?</p>
-
-<p>—Vente mañana por la tarde. La convidaré á<span class="pagenum"
-id="Page_II-134">p. II-134</span> pasear conmigo, y antes de que salgamos la
-verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros: traga el anzuelo y
-dame las gracias.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Por fin aquel misterio se aclaró. La joven que me proponía mi
-prima era la hija segunda de Trujillo. Yo la había visto alguna vez
-no sé si en la calle ó en el teatro; pero no me había fijado en ella.
-Llamábase Victoria. El nombre parecía simbólico. Era, para decirlo de
-una vez, una de las chicas más bonitas de Madrid. ¡Oh! ¡qué Victoria
-aquélla, y cuán feliz yo si hubiera sabido ganarla dejándome vencer!
-Fuí presentado á ella el jueves, y nos vimos y hablamos en casa de
-María Juana los días siguientes, sin que sus gracias, que reconocí, ni
-sus buenas prendas, que me parecían indudables, lograran triunfar de
-mi desamor. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y rizoso, un corte
-de cara de los más simpáticos y agradables, boca fresca, un metal de
-voz que parecía música, un cierto aire de timidez y candor que no
-excluía la soltura de lengua y modales. Encontrábale parecido remoto
-con aquella pobre Kitty que aún vivía como sombra mal borrada en mis
-recuerdos; pero le ganaba en hermosura. Aun con esta ventaja y con
-aquel parecido, no lograba penetrar en mi corazón enfermo. Un lunes por
-la noche, después de haber bromeado mucho, noté un fenómeno extraño:
-Victoria empezaba á interesarme. Sentí en mi corazón algo semejante al
-primer picotazo que<span class="pagenum" id="Page_II-135">p. II-135</span>
-da el pollo al huevo para abrirlo y echarse fuera. Sólo que en aquel
-caso el pollo no picaba para salir, sino para entrar. Repetíle las
-mismas tonterías de siempre; pero con un poquito más de intención, y
-con cierto acento de verdad que antes no había dado yo á mis palabras.
-Respondíame la pobrecita con ecos de dulcísima simpatía. A poco que yo
-me cayera de aquel lado, vendría ella sobre mí de golpe.</p>
-
-<p>Pero cuando menos lo esperaba yo, me veo entrar á Camila, y adiós
-mi formalidad. La miré de lejos, y su presencia, como á Macbeth las
-manchas de las manos, me <i>arrancaba los ojos</i>. Estaba yo hablando con
-Victoria, y Victoria se borraba delante de mí. Las palabras salían
-de mí como de una máquina. Mi vida toda estaba en Camila, y no veía
-nada que á ésta no perteneciese. ¡Y cuidado que estaba elegante la
-borriquita! Yo la había visto confeccionando por sí propia aquel
-vestidillo de color metálico con adornos azules, y me admiraba de lo
-bien que le caía. Su hermana mirábala con cierta envidia. Debió írseme
-el santo al Cielo, porque la otra me puso unos hociquitos muy mimosos,
-y sin darse cuenta del motivo de mi distracción, me dió á entender que
-se sentía humillada. Aún había de ocurrir algo que me desconcertaría
-más. María Juana significó á Camila sus planes de casarme. Poco
-después, en un ratito en que Victoria no estaba presente, llegóse
-á mí Camila para darme broma sobre el particular. «¡Qué calladito
-me lo tenía!» Creí notar en su acento algo como despecho, algo que
-transcendía á recriminación. Esto, que tal vez era un nuevo desvarío de
-mis ideas, le<span class="pagenum" id="Page_II-136">p. II-136</span>vantó en
-mi pecho grandísimo tumulto. Díjele que no hiciera caso de su hermana;
-que Victoria me era indiferente; que yo no podía mirar á ninguna mujer,
-ni tenía alma y ojos más que para comerme á mi gitana, á mi negra, á
-mi borriquita de mis entretelas. Pagóme este ardor con las burlas de
-siempre, y me dejó. Volví al lado de mi <i>candidata</i>, á quien ví como
-la criatura más vulgar y sosa del mundo. ¡Injusticia mayor...! Pero
-no lo podía remediar. Yo era más bruto que Constantino, más tonto que
-Barragán, más simple que <i>No Cabe Más</i>; pero Dios me había hecho así y
-no podía ser de otro modo.</p>
-
-<p>Al otro día hice presente á María Juana lo inútil de sus esfuerzos y
-de los míos. Victoria no me gustaba; mejor dicho, lo que no me gustaba
-era casarme. Vamos, que no había que pensar en tal cosa. La chica de
-Trujillo valía mucho; yo no era sin duda digno de ella; la pobre niña
-merecía un hombre sano y virtuoso, no un desquiciado como yo.</p>
-
-<p>Después de meditar buen rato, díjome mi prima que yo era más tonto
-de lo que ella se había figurado. Sin duda Trujillo y su mujer me
-recibirían con palio si fuera á pedirles la chica; y en cuanto á ésta,
-á la legua se le conocía que estaba hecha un merengue por mí.</p>
-
-<p>—Cásate, hombre, y ya la irás queriendo poco á poco. Si te conviene
-por todos conceptos...</p>
-
-<p>Defendíme como pude de aquellas lógicas, ocultando la verdadera
-causa de mi distracción. María Juana la adivinaba, sin darse cuenta del
-sujeto.</p>
-
-<p>—Tú tienes algo por ahí; tú estas chiflado por alguna... Y puede
-que sea una buena pieza, en cuyo caso no me toma<span class="pagenum"
-id="Page_II-137">p. II-137</span>ría yo interés por tí, dejándote entregado á
-las miserias de tu temperamento.</p>
-
-<p>Otras veces, mostrándome una piedad que yo no merecía sin duda,
-se manifestaba dispuesta á hacer generosos esfuerzos en pro de mi
-regeneración moral y física.</p>
-
-<p>—Es preciso curarte á todo trance —me decía—: estás muy malito, muy
-malito. Si fueras ingenuo conmigo, y empezaras por hacerme confesión
-general de tus culpas... pero eres arca cerrada y todo te lo tragas.
-Que á tí te pasa algo, que no estás en tu centro, se conoce á la
-legua.</p>
-
-<p>Y á mí se me venía la verdad á la boca; mas la volvía á echar para
-dentro, temeroso de que mi ilustre consejera me tirara los trastos á
-la cabeza. En otros terrenos que no eran los de la moral, mostrábame
-mi prima una benevolencia digna de la mayor gratitud. Muchas noches,
-aprovechando un momento favorable, me obsequiaba con éstas ó parecidas
-palabras:</p>
-
-<p>—No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy
-malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal.</p>
-
-<p>Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo
-Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones
-como si protegieran una sonrisa aleve.</p>
-
-<p>Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera
-iba desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á
-las etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á
-conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado
-paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas
-y otros platos castizos, y, por fin, intro<span class="pagenum"
-id="Page_II-138">p. II-138</span>dujo en la casa, con carácter de temporero,
-mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los mejores mozos de
-comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á instancia suya, é
-hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á un honrado padre
-de familia.</p>
-
-<p>—Ahora —me susurró— estoy batallando con Medina para que me ponga
-gas en el comedor.</p>
-
-<p>—No hagas tal —le respondí—: el gas ha pasado de moda. Ahora
-el <i>chic</i> es que en los comedores haya poca luz, pues así se come
-mejor sin que se sofoque la gente. La <i>jilife</i>, como dice Camila, ha
-inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde.
-Parecen escritorios de casa de banca.</p>
-
-<p>Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla
-verde; pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que
-acortase las luminarias.</p>
-
-<p>—Es preciso —me indicó una noche— que me traigas á otros amigos
-tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido.</p>
-
-<p>Y llevé al general, y habría llevado también al propio
-<i>Saca-mantecas</i>, si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez
-demasiado gordo para que Medina lo tragase.</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las
-noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que
-otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres.<span class="pagenum"
-id="Page_II-139">p. II-139</span> Mi coche me esperaba á la salida para
-llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y Severiano cuando ellos
-no paseaban á caballo. El general Morla me acompañaba á veces, para
-lo cual yo le recogía en su casa de la calle del Prado, y otros días
-almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien en la suya, siendo para mí
-muy grata tal amistad. Tenía colecciones preciosísimas y mil rarezas
-que me mostraba con amor, amenizando la exhibición con la sal de sus
-incomparables cuentos.</p>
-
-<p>Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi
-borriquita, porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame
-el interesante y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome
-ante ella menos triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué
-tan grande mi desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de
-mi cerebro. Me acostaba pensando en ella y con ella me levantaba,
-espiritualizándola y suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A
-veces no me era fácil mi papel, y me clareaba demasiado con ella.</p>
-
-<p>—Si enviudaras, Camila, si enviudaras —le decía—, al año eras mi
-parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser
-muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes,
-llegará: el corazón me lo dice.</p>
-
-<p>—Pues lo que á mí me dice —replicaba ella impávida— es que si
-Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando
-quiero, quiero de verdad.</p>
-
-<p>—Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y
-consuela.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-140">p. II-140</span></p>
-
-<p>—Mira, mira, no me hables á mí de enviudar —respondía poniéndose
-colérica— porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está
-bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á
-él.</p>
-
-<p>—¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el
-terreno físico...</p>
-
-<p>—Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el
-señorito éste...!</p>
-
-<p>A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía
-feliz.</p>
-
-<p>—Me parece —decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría
-de los dos braseros de sus ojos—, que ahora va de veras... Tenemos
-aquello.</p>
-
-<p>¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su
-segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa
-concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia
-se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá.</p>
-
-<p>Poco á poco me había apartado de Eloísa. Mis visitas á ella fueron
-muy raras en Enero, y en todo Febrero no fuí una sola vez. Enviábame
-cartas y recados que también iban escaseando lentamente. Creíme
-desprendido para siempre de aquella amistad que ya era para mí tediosa
-y repulsiva; mas ocurrieron sucesos que la resucitaron de improviso
-en mi pensamiento, dándome muy malos ratos. Un lunes de aquéllos de
-María Juana; un lunes, sí, no recuerdo cuál, me enteré del caso, que
-era gravísimo, aunque no inesperado. La discreta <i>ordinaria de Medina</i>
-estaba aquella noche disgustadísima. Desde que entré, conocí el trago
-amargo que acababa de pasar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-141">p. II-141</span></p>
-
-<p>—Ahora mismo me han dado una noticia funesta —me dijo—. ¿No sabes
-nada? La pobre Eloísa... trueno completo. Está la infeliz en medio del
-arroyo. Bien sabía yo que esto tenía que venir; y lo siento, más que
-por ella, pues bien merecido lo tiene, por la vergüenza que cae sobre
-toda la familia. En una palabra, Fúcar —añadió, deslizando las palabras
-con muchísima cautela—, Fúcar, hace un mes, se declaró huído.</p>
-
-<p>—Eso ya lo sabía.</p>
-
-<p>—Después, uno de esos malagueños ricos, no sé cuál...</p>
-
-<p>—También lo sabía.</p>
-
-<p>—Pero el malagueño se ha cansado también, y estos días la pobre se
-ha visto acometida de toda la <i>Inglaterra</i> con verdadera furia. Parece
-que tomó dinero empeñando el mobiliario, y si no hay quien lo remedie,
-la dejarán sin una astilla. Los cuadros, tapices y cacharros también
-se los llevan. Bien sé que es muy mala, que apenas merece compasión;
-pero estoy disgustadísima, no lo puedo remediar. ¡Pobre mujer! ¡Si
-pudiéramos hacer algo por evitarle esta vergüenza...! He consultado con
-Cristóbal, y él, como es tan bueno, no tiene inconveniente en facilitar
-alguna cantidad para evitar el embargo. Nos quedaríamos con algunos
-muebles. Me gusta el espejo horizontal que tú le compraste, y no me
-parece mal la sillería de raso del gabinete. Tú podías encargarte de
-arreglar esto.</p>
-
-<p>Respondí que no quería meterme en tales enredos, y que allá se
-entendieran como quisiesen; que si los prenderos le vendían hasta
-la última silla, ella tenía la culpa; que si se la sacaba del<span
-class="pagenum" id="Page_II-142">p. II-142</span> atolladero, inmediatamente
-se metería en otro, porque era mujer para quien nada valía la
-experiencia. María Juana convino en esto, y no hablamos más del
-asunto, aunque bien se le conocía á mi prima que no podía pensar en
-otra cosa. A última hora díjome que se sentía afectada de su dolencia
-constitucional; aquella insufrible sensación de tener entre los
-dientes un pedazo de paño y verse obligada á mascarlo y tragarse los
-pedazos. Debía de ser cosa horrible. Estaba pálida y se quejaba de un
-fuerte dolor de cabeza, por lo cual su cariñoso marido la obligó á
-retirarse.</p>
-
-<p>Medina, Torres y yo hablamos luego del triste asunto con más
-conocimiento de causa, pues Torres tenía algunos datos numéricos sobre
-el desastre de la Carrillo, y nos contó horrores. Medina se llevaba las
-manos á la cabeza, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el
-malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me
-aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto
-á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente
-desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he
-dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que
-me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa
-un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad
-con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por
-la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida
-ni por cocer, no quiero cacharrería...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-143">p. II-143</span></p>
-
-<p>También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir
-al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció
-encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose
-en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de
-mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi
-tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella.
-Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo,
-con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella
-noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas
-hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían
-el alma.</p>
-
-<p>—Usted debiera irse al monte por dos ó tres días —le dije.</p>
-
-<p>Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con
-montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la
-humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el
-pañuelo de la mano.</p>
-
-<p>Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no
-completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes
-y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento
-en los ojos.</p>
-
-<p>—Por supuesto —decía de improviso—, he comprendido que Cristóbal
-tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa.
-Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos
-otro tanto.</p>
-
-<p>Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios,
-me dijo con desabrimien<span class="pagenum" id="Page_II-144">p.
-II-144</span>to:</p>
-
-<p>—Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el
-cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque
-esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años,
-cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales
-preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va
-apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.</p>
-
-<p>Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad
-no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión:
-con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una
-pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que <i>No
-Cabe Más</i>, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones
-y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que
-María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no
-aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían
-pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación
-de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de
-un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural
-derecho á las personas bien nacidas.</p>
-
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p>Aquel buen <i>ordinario de Medina</i>, en quien yo descubría poco á poco,
-dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre
-que era honrado á carta cabal y hacía sus nego<span class="pagenum"
-id="Page_II-145">p. II-145</span>cios con limpieza, sin ser un acaparador
-despiadado, como susurraba Torres, empezó á inspirarme una gran
-antipatía. Esto debió consistir en que yo se la inspiré á él antes, y
-al conocerlo, las leyes de equilibrio me impulsaron á pagarle en la
-misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba, y aunque era bastante
-prudente para no manifestarlo de un modo muy claro, estas cosas siempre
-salen á la superficie, y es preciso ser tonto para no verlas. Medina
-encontraba absurdas todas las opiniones mías sobre cualquier punto
-que discutiéramos, y me contraponía hasta los disparates del propio
-Barragán. Entre los dos, el uno con su malquerencia, el otro con el
-candor del asno que no sabe lo que hace, intentaban apabullarme con
-su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque defendiese el criterio
-más puro y diáfano; yo <i>estaba ido</i>; veía las cosas <i>bajo el prisma</i>
-de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos <i>bajo la base</i> de los
-errores... ¡del materialismo! En fin, que no se abría esta boca ante
-ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles miedo, francamente,
-porque Barragán era hombre que increpaba en voz alta y no se mordía la
-lengua para decir:</p>
-
-<p>—Pero, hijo, usted está en Babia: valiente <i>plancha</i> se ha <i>tirado</i>
-usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.</p>
-
-<p>No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos
-chubascos. Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina,
-pues su malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para
-que yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin
-pizca de ironía:<span class="pagenum" id="Page_II-146">p. II-146</span>
-Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas ridiculeces
-de las <i>medias cañas</i>, de su infame gusto literario y artístico y
-de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros elogios y
-la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya lengua
-venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que Medina
-absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les quedaba
-á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que esto era
-una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho con hipoteca
-eran con moderado interés. Además, el buen <i>ordinario</i> no sofocaba á
-sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les perdonaba picos,
-renunciando á algunas ganancias por no exponerles á la vergüenza
-pública. Era también hombre capaz de tener generosidades de esas
-tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha visto
-su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno, puso
-á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de
-préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y
-negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero
-se acreditó de hombre recto y compasivo.</p>
-
-<p>Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos
-los que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer
-caso de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que
-se gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el
-propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina?
-Pues entre otros, el pillete<span class="pagenum" id="Page_II-147">p.
-II-147</span> de Raimundo, que nunca pudo dar más que un sablazo á su
-cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando intentó descargarle
-el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le cogiese de primo;
-era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más práctico. Mi
-tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa opinión de
-avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro por cuestión
-parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo tenía á su
-cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío de un gran
-apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal llevaba en
-su escudo económico el lema de <i xml:lang="la" lang="la">non bis in
-idem</i>. Cristóbal era generoso cuando veía una lástima y el lastimado
-no le pedía nada. Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo,
-hacíalo por una vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente.
-He oído contar esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José
-Salamanca, y me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada
-en un sólido principio de moral financiera.</p>
-
-<p>Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este
-hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á
-serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos
-María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á
-interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante
-agrias.</p>
-
-<p>—Se empeña en ser desgraciado —decía la taimada de mi prima— y en
-despreciar á la Trujillita, que es su salvación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-148">p. II-148</span></p>
-
-<p>—Déjale, mujer, déjale —replicaba él con desabrimiento, sin dignarse
-mirarme—. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe
-saber cuántas son cinco.</p>
-
-<p>Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había
-inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el
-comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en
-aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas
-de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto
-á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la
-Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y
-obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros
-para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni
-menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras
-por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de
-estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las
-noches á regalarse con un <i>Henry Clay</i> ó un <i>predilecto</i> de Julián
-Alvarez.</p>
-
-<p>Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que
-parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos
-como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si
-es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz
-de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en
-risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la <i>sala
-de contratación</i>, pues venía á ser en cierto<span class="pagenum"
-id="Page_II-149">p. II-149</span> modo nuestro Bolsín. Sobre la mesa estaba
-el Boletín con las cotizaciones del día, y entre chupada y chupada
-solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una operación
-formal.</p>
-
-<p>—Mañana —decía Torres— tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.</p>
-
-<p>—Doy á 95.</p>
-
-<p>—Guárdeselo usted...</p>
-
-<p>Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:</p>
-
-<p>—Hechas.</p>
-
-<p>Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre
-cuentos lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de
-mil demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo,
-y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de
-París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero
-interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista
-temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque
-confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra
-Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi
-liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en
-favor de Cristóbal, éste me decía:</p>
-
-<p>—Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.</p>
-
-<p>Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era
-costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de
-veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo
-vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana
-y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina,
-movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este
-sentimiento nació<span class="pagenum" id="Page_II-150">p. II-150</span> en
-mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por sucesos que he de referir
-á su tiempo, amén de otras causas inherentes á la naturaleza humana. Al
-principio, rechazó mi conciencia la idea de la mala pasada; pero poco
-á poco la idea se extendió y echó raíces, concluyendo por posesionarse
-de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se la jugaría! Y no buscaba yo
-la mala pasada, sino que ella venía hacia mí, solicitándome para que la
-jugase; yo no tenía más que alargar la mano... Nada, nada, que aquel
-hombre íntegro y juicioso me pagaría juntas todas sus groserías.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_22">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-151">p. II-151</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXII</h2>
- <p class="subh2">Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y
- la enfermedad de&nbsp;Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme
-en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos
-acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta
-no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque
-la mañana estaba hermosa.</p>
-
-<p>—¿Y las camisas? —me preguntó desde la puerta del gabinete—. ¿Te has
-puesto alguna?</p>
-
-<p>Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente
-la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que
-estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy
-bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar
-aquel arte.</p>
-
-<p>—Pues te diré... Siéntate primero.</p>
-
-<p>—Salud, —refunfuñó Miquis entrando.</p>
-
-<p>—Te diré... Las camisas...</p>
-
-<p>—¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están<span class="pagenum"
-id="Page_II-152">p. II-152</span> bien? —gritó la autora con la prontitud de
-su genio impetuoso.</p>
-
-<p>—No, mujer... escucha...</p>
-
-<p>—Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar
-mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay
-qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con
-cualquier mamarracho que venga de Francia.</p>
-
-<p>—¿Pero á dónde vas á parar?</p>
-
-<p>—Sí, sí —añadió alzando más la voz y manoteando—. Si hubiera hecho
-las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las
-he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?</p>
-
-<p>—Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...</p>
-
-<p>—No están sino muy mal —declaró María Juana con la seriedad de quien
-acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.</p>
-
-<p>—¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?</p>
-
-<p>—Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.</p>
-
-<p>—No te enfades, Camila —indiqué yo, tratando de templar aquellas
-gaitas—. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha
-práctica...</p>
-
-<p>—Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja.
-¿Verdad, tú?</p>
-
-<p>Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos,
-y no hizo caso de la pregunta.</p>
-
-<p>—En rigor no están mal —añadí—. El cuello no encaja bien, se sube un
-poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así
-como delantera de un ama de cría...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-153">p. II-153</span></p>
-
-<p>Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió
-algunas pataditas.</p>
-
-<p>—La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita
-allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada
-que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te
-vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.</p>
-
-<p>—¡Jesús, qué barbaridad! —exclamó la hermana mayor.</p>
-
-<p>—Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que
-le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una
-arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!</p>
-
-<p>—Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer
-ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.</p>
-
-<p>—¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por
-tí. Te desprecio... altamente.</p>
-
-<p>—Y nada menos que altamente.</p>
-
-<p>—Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!</p>
-
-<p>Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:</p>
-
-<p>—No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!</p>
-
-<p>Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz
-diciendo:</p>
-
-<p>—Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.</p>
-
-<p>—¡Qué torbellino! —murmuró María Juana—. No sé cómo la aguantas.</p>
-
-<p>Pronto apareció Camila con las camisas.</p>
-
-<p>—Falta una.</p>
-
-<p>—Es la que me puse ayer... Salí con ella, y<span class="pagenum"
-id="Page_II-154">p. II-154</span> tuve que volver á casa á quitármela, porque
-por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el pescuezo lleno de
-pulgas.</p>
-
-<p>—Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas
-cinco camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté
-lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma,
-ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este
-animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve
-por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal
-agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué
-has de poner?</p>
-
-<p>Él se reía, diciéndonos:</p>
-
-<p>—No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin,
-tiro del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.</p>
-
-<p>Cuando salieron, díjome la otra:</p>
-
-<p>—¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.</p>
-
-<p>—No lo creas: me divierto con esas tonterías.</p>
-
-<p>—¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...</p>
-
-<p>—No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea
-muy equivocada.</p>
-
-<p>—Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la
-pega. No hay fondo en ella.</p>
-
-<p>—Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza
-geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro.
-Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que
-estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara
-la vista encima.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-155">p. II-155</span></p>
-
-<p>—Vaya, que te remontas.</p>
-
-<p>—Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece
-que se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece
-y...</p>
-
-<p>—Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda —me
-dijo echándose á reir—. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que
-irme en seguida.</p>
-
-<p>—Soy todo oídos.</p>
-
-<p>—Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver
-si entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta
-del salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer
-pucheros.</p>
-
-<p>Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema.
-Yo debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.</p>
-
-<p>—Mira, prima: ya te he demostrado...</p>
-
-<p>—Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran
-míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan
-sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que
-Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero
-ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la
-bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta;
-pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento
-femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento
-de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa
-divinidad, ese milagro, ¿dónde está?</p>
-
-<p>—¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descu<span class="pagenum"
-id="Page_II-156">p. II-156</span>brir esa maravilla, si no ha de ser para
-mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy volteando por
-el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo siempre lo que
-no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley que me dice:
-<i>¡alto!</i> Mi dicha está siempre en manos ajenas.</p>
-
-<p>—No alambiques, no alambiques —dijo un poco turbada; y se levantó de
-su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.</p>
-
-<p>No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.</p>
-
-<p>—Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde
-han ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que
-llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo
-llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de
-Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor
-ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y
-ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas
-talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna
-parte?</p>
-
-<p>—Como que las tengo en mi casa.</p>
-
-<p>—¿Aquí?</p>
-
-<p>—Sí: en mi segundo —afirmé señalando al techo— vive la querida
-del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la
-<i>Chocolatera</i>... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es
-guapa, un poquito ajada.</p>
-
-<p>—¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las
-credencias?...</p>
-
-<p>—Ayer estaba yo en casa, y ví á media doce<span class="pagenum"
-id="Page_II-157">p. II-157</span>na de mozos de cuerda que las subían. Puedes
-creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles que fueron míos...
-¡Volteretas del mundo!</p>
-
-<p>—¡Saltos mortales!</p>
-
-<p>—Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por
-la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de
-la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin
-reparar el precio.</p>
-
-<p>—Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!</p>
-
-<p>Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me
-miró fijamente, diciendo:</p>
-
-<p>—Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.</p>
-
-<p>La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.</p>
-
-<p>—Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.</p>
-
-<p>—No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo
-prohibo terminantemente.</p>
-
-<p>De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo
-importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.</p>
-
-<p>—Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me
-iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?</p>
-
-<p>—¿Sí? ¿me tenías que decir...?</p>
-
-<p>—Una cosa, sí... lo que más presente tenía.</p>
-
-<p>Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.</p>
-
-<p>—Pero no —indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad,
-y volviéndose á levantar—. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge
-el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-158">p. II-158</span></p>
-
-<p>Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin,
-tú resollarás.»</p>
-
-<p>Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de
-Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la
-frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia
-en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más
-inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una
-persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como
-María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin
-dejar de exponer alguna bonita doctrina.</p>
-
-<p>—Nada hay tan sabroso para el alma —declaró— como obligarse á hacer
-cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en
-ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.</p>
-
-<p>Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más
-que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche;
-yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla
-de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño...
-¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos
-esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su
-virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en
-mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía
-que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con
-respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador
-del desprecio que me inspiraba.</p>
-
-<p>Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme<span class="pagenum"
-id="Page_II-159">p. II-159</span> de Medina, llamándole <i>el mejor de
-los hombres</i>. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el
-cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los
-sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de
-levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en
-aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos
-de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz
-hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya,
-acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro
-lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes
-podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más,
-nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.</p>
-
-<p>—Piensa mucho en Victoria —me dijo en el último apretón de manos— y
-decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso
-es lo que yo quiero.</p>
-
-<p>«Lo que tú quieres, bien lo veo —me dije para mi sayo al volverme á
-mi casa—. Pues te saldrás con la tuya.»</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma.
-Era cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis
-de la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general
-Morla me entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había
-adquirido recientemente, y sus variadas colecciones, que no se<span
-class="pagenum" id="Page_II-160">p. II-160</span> acababan de ver nunca:
-tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las puertas de
-Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de escritura, la
-cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas hechas con las dos
-manos á la vez, que eran una maravilla de destreza caligráfica. Ví
-también botones militares, espuelas, estribos y mil herrajes diversos,
-todo muy limpio y admirablemente clasificado por épocas. De mañanita se
-iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos tenderetes había encontrado
-verdaderas joyas arqueológicas.</p>
-
-<p>Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre
-intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus
-economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta
-que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de
-papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas
-de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No
-me gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien
-era, y por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su
-depositario.</p>
-
-<p>Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que
-me propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas
-debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal
-género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que
-el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación
-de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían.
-Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la<span
-class="pagenum" id="Page_II-161">p. II-161</span> Unión Mercantil, de que él
-era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba un rato al Casino,
-y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. De estos círculos
-era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en ellos. Al Bolsín no
-iba sino cuando tenía que ver necesariamente á Torres, ó á Samaniego,
-que siempre estaba allí de una á dos, la hora de liquidar, llamada
-propiamente <i>de Bolsín</i>. Aquel círculo me era muy antipático, dicho
-sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación no le faltaba más
-que el vino para parecerse á una taberna. Por las noches la invadían
-los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo en las mismas mesas
-donde por el día se <i>mataban</i> y se <i>casaban</i> las diferencias; y los
-escuetos salones eran para mí lo más aburrido del mundo, salvo cuando
-corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín era el centro
-de las palpitaciones comerciales, el <i>gran simpático</i> que reflejaba
-la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches normales
-parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito de él
-era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con su
-costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre
-marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos
-daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de
-saberlo traducir.</p>
-
-<p>A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á
-hacer algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego.
-Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre
-cuyos individuos tenía yo bue<span class="pagenum" id="Page_II-162">p.
-II-162</span>nos amigos. Solía tropezar con <i>Partiendo del Principio</i>, que
-en dos palabras me daba á conocer la excelsitud de sus conocimientos,
-y no perdonaba ocasión de hacerme saber que yo era un inocente, y que
-la humanidad toda <i>pasaba desapercibida</i> para un sujeto tan perspicuo
-como él. Medina no faltaba ningún día, y se paseaba de largo á largo
-en el espacio aquél de la derecha, conforme entramos, sin pararse
-un momento. Andando, daba sus órdenes á Samaniego, que bajaba del
-<i>parquet</i> con frecuencia, y se ponía de acuerdo con Torres. Este no
-iba todos los días: se había crecido mucho para prodigarse. Cuando
-se aparecía por allí, toda aquella gente de los corros le miraba con
-cierta veneración, y él se inflaba lo indecible. En el murmullo del
-local, tan semejante al zumbido de una colmena, sonaban sus risas
-prontas, ásperas y estridentes, parecidas al rasgar de telas que se oye
-pasando por la calle de Postas á las horas de más venta. Comúnmente se
-venía hacia mí, y concertábamos una operación modesta. En aquel local
-siempre me tuteaba: era costumbre arraigada en él, de la cual sólo se
-eximían Ortueta, Urquijo y otros pocos por quienes tenía adoración.
-Era un asombro ver cómo se lanzaba á mayores, haciendo operaciones
-arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con mediación de Samaniego, pero
-sin publicar.</p>
-
-<p>Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo
-cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando
-cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar
-mejor su riqueza por medio de<span class="pagenum" id="Page_II-163">p.
-II-163</span> las zaleas que ahogaban á aquel infeliz mancebo, y no se
-las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En esto no imitaba á
-sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala de retirarse siempre
-á pie. <i>Partiendo del Principio</i>, después de espatarrarse un momento
-delante del <i>parquet</i>, limpiarse el sudor de la frente con cierta
-pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir cuatro sandeces,
-se iba en su <i>victoria</i> camino del Retiro, donde le esperaba <i>No Cabe
-Más</i>, siempre de tiros largos, siempre estrenando, siempre en perpetuo
-domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y nuevecito y llamativo
-de cuantos perendengues llevaba.</p>
-
-<p>Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que
-dejarme ir con él:</p>
-
-<p>—¿Sabe usted que Eloísa está mal?</p>
-
-<p>—¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.</p>
-
-<p>—No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.</p>
-
-<p>Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la
-liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y
-su mal.</p>
-
-<p>—Esta liquidación va á dar algunos disgustos —gruñó Medina—. Sáinz
-me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil.
-¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo
-hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á
-usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor
-de usted.</p>
-
-<p>Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación,
-y matando y casando, ob<span class="pagenum" id="Page_II-164">p.
-II-164</span>tuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo quedábamos casi
-á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas <i>dobles</i>, y que
-en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía que entregar á
-Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa mil duros. La
-liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras de presentarse
-en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la operación había
-sido pública y con todas las formalidades, si el tal no tenía, era
-forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo Sáinz se
-presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con una
-partida de <i>Cubas</i> y otra de Obligaciones de Osuna.</p>
-
-<p>—Si usted no quiere las Osunas —me dijo Medina—, yo las tomo
-todas.</p>
-
-<p>—Me es igual —respondí.</p>
-
-<p>Y concertamos que Cristóbal tomaría las <i>Cubas</i> y yo todas las
-Osunas. Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación
-una voz gangosa que me dijo:</p>
-
-<p>—Doña Eloísa está muy mal.</p>
-
-<p>Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.</p>
-
-<p>—Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya
-estaba bien...</p>
-
-<p>Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.</p>
-
-<p>—La señorita —me dijo la criada— ha ido á casa de su hermana, que
-está muy malita...</p>
-
-<p>—¿Y el señorito Constantino?...</p>
-
-<p>—Ha salido á caballo, como todas las tardes.</p>
-
-<p>«Conque sigue mal la infeliz... —pensé al retirarme—. Bueno: mañana
-iré á verla.»</p>
-
-<p>Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se nece<span class="pagenum"
-id="Page_II-165">p. II-165</span>sitaba un espolazo mayor para decidirme.
-Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los
-distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos
-pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal
-traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas.
-Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del
-Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel
-día sólo había un poco de vida en el de los <i>Aguadores</i>, ó sea los que
-operan en Cubas. Del de los <i>Negritos</i>, que es el más modesto, salió
-una destemplada voz que me dijo:</p>
-
-<p>—Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato
-si había venido usted.</p>
-
-<p>Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la
-manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar
-picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre
-de capa hasta el <i>cuarenta de Mayo</i> lo menos; se llamaba Mazarredo, y
-cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de
-la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la
-Bolsa.</p>
-
-<p>Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la
-derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo,
-joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde
-el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola
-gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del
-todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara
-pálida, ansiosa,<span class="pagenum" id="Page_II-166">p. II-166</span>
-queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que
-veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.</p>
-
-<p>—¿Qué tal, Manolo?...</p>
-
-<p>—Mejor, mejor —respondía infaliblemente, pasándose una mano por
-delante de los ojos—. Principia á aclarar el derecho... Me veo
-perfectamente los dedos.</p>
-
-<p>Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía
-correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y
-cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á
-las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven,
-se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad,
-y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera
-picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de
-humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay
-gustos muy raros.</p>
-
-<p>Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando,
-dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:</p>
-
-<p>—¿Conque Eloísa se muere?...</p>
-
-<p>Dejóme frío la noticia y la puse en duda.</p>
-
-<p>—No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la
-pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está
-horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la <i>veo</i>
-hermosa.</p>
-
-<p>Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los
-más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa.
-Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de
-una especie de inclinación alam<span class="pagenum" id="Page_II-167">p.
-II-167</span>bicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero
-que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de
-contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba
-desolación, ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo
-un brasero en el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y
-con chaleco rojo. Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo,
-un vientecillo Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les
-pregunté por su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara
-los dos. La escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No
-sé cómo me entró aquella indignación que no pude reprimir.</p>
-
-<p>—Evaristo —grité—, ¿no os da vergüenza de que las personas que
-entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué
-estáis pensando?</p>
-
-<p>Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y
-que la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que
-limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...</p>
-
-<p>Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara
-de cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas.
-Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las
-llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo.
-La prime<span class="pagenum" id="Page_II-168">p. II-168</span>ra persona
-que me encontré fué Micaela, que estaba en el gabinete de Eloísa,
-partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo le preguntara, la
-doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me dijo:</p>
-
-<p>—Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...</p>
-
-<p>Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las
-admirables porcelanas de Sevres, Sajonia y <i xml:lang="fr"
-lang="fr">Barbotine</i> que antes lo adornaban, conservando sólo dos ó
-tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos indicaban dónde estuvieron
-las obras superiores. Agujeros horribles en la pared, mostrando el yeso
-y la tapicería desgarrada, marcaban el sitio del espejo biselado que
-había ido á parar á casa de Torres. En cambio, quedaban begonias de
-trapo caídas de sus jardineras y llenas de polvo, fotografías apiladas
-sobre la chimenea, un caballete de nogal y oro sirviendo de percha para
-colgar cajas de sombreros, ropas y corsés de raso negro pendientes de
-sus cordones. Camila no tardó en entrar. Traía su delantalillo azul, y
-un puchero del cual salía vaho repugnante. Agitaba el contenido con una
-cuchara, y lo hacía caer de alto para que se enfriase.</p>
-
-<p>—¿Ya estás aquí? —me dijo en voz baja, sin mirarme.</p>
-
-<p>—No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.</p>
-
-<p>—Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.</p>
-
-<p>—Pero creí que era alguna desazón ligera.</p>
-
-<p>—No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y
-siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que
-vinieras tú por tí mismo.</p>
-
-<p>—Hija, no sabía...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-169">p. II-169</span></p>
-
-<p>—Francamente —afirmó mirándome cara á cara—, lo que has hecho es una
-<i>indecentada</i>... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso
-no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has
-querido, tú la has hecho pecar...</p>
-
-<p>—Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? —le
-pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.</p>
-
-<p>—Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo.
-Ya no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo
-Ramón que anoche me quedé aquí?</p>
-
-<p>—No me ha dicho nada.</p>
-
-<p>Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso,
-almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.</p>
-
-<p>—Esto es una cataplasma... —me dijo Camila bajando más la voz—.
-¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer
-la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la
-conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más
-que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha
-puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que
-dejarla así.</p>
-
-<p>Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y
-Micaela empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á
-la vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la
-cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí
-lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces
-cariñosas de las dos enfermeras.</p>
-
-<p>—Si no<span class="pagenum" id="Page_II-170">p. II-170</span> te
-lastimamos; si es aprensión tuya...</p>
-
-<p>—No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y
-la vamos sacando poquito á poco...</p>
-
-<p>Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la
-Virgen y á toda la corte celestial.</p>
-
-<p>Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres
-todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre
-ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.</p>
-
-<p>Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral,
-haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía
-absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante;
-ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no
-lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me
-tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme
-al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije
-palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz
-aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un
-perro...»</p>
-
-<p>Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.</p>
-
-<p>—¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que
-estás mejor.</p>
-
-<p>—¡Ay, mejor! —exclamó la voz con desaliento—. Si me muero, si estoy
-hecha una miseria,<span class="pagenum" id="Page_II-171">p. II-171</span>
-una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy horrible.</p>
-
-<p>—No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como
-crees.</p>
-
-<p>—¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías,
-te parecería mentira que me quisieras.</p>
-
-<p>Me incliné hacia ella.</p>
-
-<p>—No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana.
-Pase el morirse; pero morirse así, apestando...</p>
-
-<p>—No te agites. Me marcho, si no eres razonable.</p>
-
-<p>—No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré
-á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No
-quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra
-manera.</p>
-
-<p>—¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.</p>
-
-<p>Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un
-recrudecimiento de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó
-una angina, con fiebre intensísima. El médico dijo que era una
-angina maligna. No podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á
-hinchársele el cuello... un bulto horrible, que crecía por horas, y
-la fiebre subiendo, y el cerebro trastornado... delirio, inquietud.
-La noche última, por fin, cuando ya creía que se ahogaba, empezó la
-resolución... ¿Para qué hablar más de aquello? Era un horror.</p>
-
-<p>—¿Qué tal de calentura? —le pregunté—. Dame acá una mano.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-172">p. II-172</span></p>
-
-<p>Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos.
-¡Oh! ardía.</p>
-
-<p>—Tienes muy poca fiebre —le dije, observando que tenía mucha y que
-las pulsaciones eran muy irregulares.</p>
-
-<p>Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le
-daba con ello.</p>
-
-<p>—Puedes besarla sin cuidado —afirmó con acento de cariño, que era
-como un alfilerazo en mi corazón—. Cuando supe que estabas aquí, hice
-que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en
-medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que
-me mata más que el dolor.</p>
-
-<p>—Esto no es nada, hija —repetí traspasado de lástima—. Dentro de
-ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te
-acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues
-pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te
-vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.</p>
-
-<p>—¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han
-dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.</p>
-
-<p>Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y
-allá, en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras
-la quejumbrosa voz decía:</p>
-
-<p>—¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.</p>
-
-<p>Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía
-propio del caso.</p>
-
-<p>—¡Oh! no, no, no me pondré bien —exclamó ella con amargura
-hondísima—. He sido muy mala,<span class="pagenum" id="Page_II-173">p.
-II-173</span> y Dios me está castigando. Pero por mala que una mujer haya
-sido, verse una entre esta inmundicia, verse así en los huesos...</p>
-
-<p>—No te apures por las carnes, hija —le respondí haciendo un esfuerzo
-por reirme—. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.</p>
-
-<p>—¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello,
-Dios mío; esta monstruosidad...!</p>
-
-<p>—Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te
-perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.</p>
-
-<p>—He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver,
-por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro
-y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo
-rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses
-mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...</p>
-
-<p>En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque
-mis ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por
-las rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver.
-De la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que
-ambos fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de
-contornos tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa
-del bulto de las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina
-cuanto pude, y causóme indecible terror la certidumbre de que aquella
-monstruosidad era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la
-hermosura. Parecióme enorme cala<span class="pagenum" id="Page_II-174">p.
-II-174</span>baza, cuya parte superior era lo único que declaraba
-parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la deformidad
-era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas más feas
-para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que sentí
-fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. Dios
-mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la
-olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías
-humanas.</p>
-
-<p>—Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de
-la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te
-sacaremos adelante.</p>
-
-<p>—Bueno, hijito —replicó declarando en el tono su alegría—. Me
-haré la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un
-poco.</p>
-
-<p>Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré
-bien los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué
-cruz tan pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á
-enfermos á quienes no se ama.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de
-ocultar una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me
-atraía verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me
-impulsaba menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba
-el ver allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si,<span
-class="pagenum" id="Page_II-175">p. II-175</span> al acordarme de su infeliz
-hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando suponía á la
-enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear mi espíritu en la
-idea de tropezarme con Camila en los rincones y callejuelas de aquel
-solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo decir que mi locura,
-bien por no ser correspondida hasta entonces, bien por la depuración de
-mi espíritu en el trabajo, se había vuelto platónica. Siempre que podía
-hablar con Camila á solas, pintábame como un enamorado entusiasta, pero
-tranquilo, admirador frenético de sus eminentes virtudes y de la misma
-resistencia que me había puesto en tal estado. Y era verdad esto que le
-decía: la tal borriquita se me había subido á lo más alto de la cabeza,
-allí donde se mece, á manera de nube, lo puramente ideal, lo que es y
-no es, lo que nos habla de otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos
-un poco poetas, religiosos ó filósofos, según los casos.</p>
-
-<p>Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario,
-lo sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila
-no estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul,
-aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba
-mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan
-buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia,
-escarbando mucho en ella para buscarlo.</p>
-
-<p>Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio,
-después que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se
-había iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era<span
-class="pagenum" id="Page_II-176">p. II-176</span> aquello con todos sus
-pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, el proceso
-reparador en caso favorable, la complicación en el caso contrario.
-Pero no repito las palabras de aquel observador eminente por no cansar
-á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores tristísimos de
-la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que somos polvo,
-inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de haber quien
-quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra podredumbre
-son los gusanos.</p>
-
-<p>Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de
-las diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi
-tía Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las
-nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar
-como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía
-que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la
-obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta
-le oí decir, llorando:</p>
-
-<p>—Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este
-muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo
-que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las
-arreglaré sola con Dios.</p>
-
-<p>La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre
-agitadísima.</p>
-
-<p>—No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me
-quieren mortificar? —gritó moviendo mucho los brazos.</p>
-
-<p>La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le
-pusiera el termómetro y le observara la temperatura.</p>
-
-<p>—Constantino me engaña siempre —me dijo—.<span class="pagenum"
-id="Page_II-177">p. II-177</span> Para él nunca paso de 39, y yo conozco, por
-este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, 50...</p>
-
-<p>María Santísima, ¡qué volcán!</p>
-
-<p>Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la
-cama.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece,
-se me va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí
-cuando dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror
-verme tan fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo.
-Dios mío, yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo:
-si tú te hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no
-quisiste, y me dejaste en medio del arroyo.</p>
-
-<p>Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No
-cesaba de decirle:</p>
-
-<p>—Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada
-de los nervios, y nada más.</p>
-
-<p>—Mira ya el termómetro y no me engañes.</p>
-
-<p>Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres
-décimas. ¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!</p>
-
-<p>—¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes —declaré volviendo á
-su lado y guardando el termómetro—. Tienes 38 y unas décimas.</p>
-
-<p>—¿Es de veras?</p>
-
-<p>—¿Quieres verlo?</p>
-
-<p>—¿No me engañas?</p>
-
-<p>—Ya sabes que yo...</p>
-
-<p>Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas
-que siguieron.</p>
-
-<p>—Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento<span class="pagenum"
-id="Page_II-178">p. II-178</span> que me desquicio, que la vida se me quiere
-escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío: yo no me quiero
-morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma te lo he dicho,
-rezando: es que me he calumniado.</p>
-
-<p>Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles
-como si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.</p>
-
-<p>—No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo
-corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres
-tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en
-este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves
-que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te
-voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.</p>
-
-<p>Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril
-que de un vigoroso móvil de conciencia.</p>
-
-<p>—Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me
-marcharé.</p>
-
-<p>—No, eso nunca —exclamó rompiendo á llorar—. Quiero que estés aquí,
-que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.</p>
-
-<p>—Pero, mujer... ¡qué tonterías...!</p>
-
-<p>—Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.</p>
-
-<p>—Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.</p>
-
-<p>—¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara...
-Se me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero
-acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me
-harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!</p>
-
-<p>Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se<span class="pagenum"
-id="Page_II-179">p. II-179</span> los metía entre las sábanas, recomendándole
-la tranquilidad en los términos más cariñosos.</p>
-
-<p>—Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.</p>
-
-<p>—Es que no me quiero morir, es que no me da la gana —clamó,
-ahogándose en llanto copioso—. ¿Pues por qué me pongo así sino por el
-miedo que tengo...?</p>
-
-<p>—No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes
-fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más
-de muerte.</p>
-
-<p>—¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?</p>
-
-<p>—Patrañas, hija; aprensión...</p>
-
-<p>—¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en
-miserias y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas
-partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno
-que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y
-asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen.
-Así estoy yo, así me muero yo.</p>
-
-<p>Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la
-seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor
-posible, le dije:</p>
-
-<p>—¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la <i xml:lang="it"
-lang="it">Traviata</i>, con mucho amor, tosecitas y besuqueo? Si eso
-pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de quedar.</p>
-
-<p>Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel
-camino.</p>
-
-<p>—Bien sabes tú que no va de veras; que si lo<span class="pagenum"
-id="Page_II-180">p. II-180</span> sospecharas, no estarías tan charlatana.
-Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo que los franceses
-llaman una <i>pose</i>, y la <i>postura</i> no parece.</p>
-
-<p>—¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas
-ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico.
-Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo
-estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran
-lejía en la cual me voy á chapuzar...</p>
-
-<p>Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de
-consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:</p>
-
-<p>—Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á
-querer...?</p>
-
-<p>—¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote
-sin motivo.</p>
-
-<p>—Agua; me muero de sed.</p>
-
-<p>Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que
-se sentía mejor. Su piel estaba húmeda.</p>
-
-<p>—Ahora te vas á dormir.</p>
-
-<p>—Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy
-mejorada.</p>
-
-<p>Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde
-aquel momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la
-cara; pero no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos
-ya dormía, si bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de
-cansancio, y me encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á
-Camila despierta, aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural,
-sobre<span class="pagenum" id="Page_II-181">p. II-181</span> quién había de
-descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué breve, y
-pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron más de una
-hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole hilas y trapos.
-Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé un sueño en el
-despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y desapacible.</p>
-
-<p>Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era
-la de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la
-figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.</p>
-
-<p>—¿Cómo está Eloísa? —le pregunté con susto, sospechando que me iba á
-dar una mala noticia.</p>
-
-<p>—Ahora duerme —replicó de muy mal talante, paseándose en la
-habitación con las manos en los bolsillos—. Va mejor.</p>
-
-<p>«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» —me dije
-para mi sayo.</p>
-
-<p>Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente,
-incapaz de guardar secretos.</p>
-
-<p>—¿Has visto á Camila? —me preguntó.</p>
-
-<p>—Anoche, sí.</p>
-
-<p>—¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un
-soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos
-pardos...</p>
-
-<p>—¿Qué me cuentas?</p>
-
-<p>—Todo es paparrucha —añadió, dando un gran suspiro y alargando más
-el hocico—. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar.
-No nos hablamos. Anoche no pude dormir, pensan<span class="pagenum"
-id="Page_II-182">p. II-182</span>do en ella. Me parecía mi casa tan vacía,
-chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no, que se había
-ido con otro, y...</p>
-
-<p>—Eres un <i>bebé</i>... ¡ja, ja, ja!</p>
-
-<p>—Créelo... por poco me echo á llorar...</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de
-teta...</p>
-
-<p>—Y ahora —prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir—
-he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que
-no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el
-cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta
-y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete
-á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»</p>
-
-<p>—Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... —le
-dije, sintiéndome inspirado y locuaz—. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el
-matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa,
-la institución más respetable, más augusta, más...!</p>
-
-<p>—¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!</p>
-
-<p>—Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan
-la santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable
-esposa...</p>
-
-<p>—¿Te quieres callar?...</p>
-
-<p>—No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te
-levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de
-la paz del hogar?»</p>
-
-<p>—¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-183">p. II-183</span></p>
-
-<p>—¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy
-indignado.</p>
-
-<p>—Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo —juró con
-vehemencia salvaje— si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey
-ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía.
-¡Mírala, por ésta!</p>
-
-<p>—Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas
-inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena
-estará.</p>
-
-<p>—Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de
-Cícero... ¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago
-tragar... ¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él...
-el muy monigote, pinturero...!</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise
-lavarme; pero no encontré agua.</p>
-
-<p>—Yo te la traigo —me dijo Constantino cogiendo el jarro.</p>
-
-<p>A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más
-cordial:</p>
-
-<p>—Quítale eso de la cabeza.</p>
-
-<p>—¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has
-puesto?</p>
-
-<p>—No, hombre: la idea...</p>
-
-<p>—¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.</p>
-
-<p>Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba
-á freir, á abrirle un tra<span class="pagenum" id="Page_II-184">p.
-II-184</span>galuz en la barriga, á untarle de petróleo y pegarle
-fuego...</p>
-
-<p>—¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten
-la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.</p>
-
-<p>No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta.
-Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda
-mojada, y no ví quién entró.</p>
-
-<p>—Déjelo usted ahí —dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en
-ver á Camila poniendo el café sobre la mesa.</p>
-
-<p>—Hola, borriquita —exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que
-la llenaba—. Dí una cosa: ¿y tu hermana?</p>
-
-<p>—Durmiendo. Me parece que va bien.</p>
-
-<p>—¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás
-que más valgas? Oye...</p>
-
-<p>Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía
-culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi
-lengua.</p>
-
-<p>—Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del
-marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no
-seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la <i>Perfecta casada</i>, que
-dice...?</p>
-
-<p>—Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas —exclamó á
-gritos, hecha una leona.</p>
-
-<p>—Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el
-marido de hoy puede ser un formalito de éstos de <i>aquí me ponen, aquí
-me quedo</i>. Sería hasta ridículo, sería...</p>
-
-<p>No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza
-la cafetera. Con sacudida de<span class="pagenum" id="Page_II-185">p.
-II-185</span> violenta cólera, se puso á gritar:</p>
-
-<p>—No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.</p>
-
-<p>«Ya te irás domando», pensé al quedarme solo, y un instante después
-pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo,
-entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró
-otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras
-vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí <i>pa
-siempre</i>. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué
-interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa,
-adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada,
-cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal
-perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza,
-las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el
-cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies;
-el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta
-visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay!
-Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido
-y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso
-arenal.</p>
-
-<p>Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de
-la casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico
-me dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á
-verla, porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En
-mis correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba
-la <i>congestión espiritual</i> de Camila en ma<span class="pagenum"
-id="Page_II-186">p. II-186</span>yor grado que nunca. La llevaba en mi
-corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis operaciones
-como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví en la
-ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos
-corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á
-operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido.
-Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen
-la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están
-peneques.</p>
-
-<p>Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y
-á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.»
-Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con
-amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo
-desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...!
-Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y
-sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de
-ella:</p>
-
-<p>—Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.</p>
-
-<p>Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El
-marqués de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila
-estaba sola. Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de
-encargo salieran mejor.</p>
-
-<p>—No se harta de dormir la pobrecita —me dijo Camila sentándose junto
-á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se
-entretenía.</p>
-
-<p>Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté
-á Constantino ni hice alusión<span class="pagenum" id="Page_II-187">p.
-II-187</span> al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, de aquella pasión loca
-que me consumía, y que por providencia de Dios había venido á ser fina,
-delicada, platónica, lo sublime de la amistad, si me era permitido
-decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella faltase á sus deberes;
-adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría tanto. Me entusiasmaba
-su virtud, y por nada del mundo destruiría yo esta celestial corona tan
-bien puesta en sus nobles sienes... Yo no pretendía de ella sino un
-cariño puro, leal, diáfano como el mío, enteramente limpio de deshonra
-y malicia. No recuerdo si saqué á relucir también lo del <i>armiño</i>, que
-es de reglamento; pero de fijo no se me quedó por decir lo del <i>altar
-en mi corazón</i> y otras imágenes muy al caso.</p>
-
-<p>Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con
-el injurioso dicterio de <i>papas</i>, no la alborotaron aquel día como
-otras veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al
-meter y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando
-trazaba números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que
-«papas, papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que
-en realidad mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción
-de mi anhelo? Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa
-influencia sobre el resistente espíritu de la señora de Miquis,
-introduciendo en él por diabólico modo un germen de fragilidad. Porque
-era muy particular que, oyendo lo que había oído, no me llamase, como
-de costumbre, tísico, indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida
-y pensativa, muy pensativa.<span class="pagenum" id="Page_II-188">p.
-II-188</span> Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico de
-la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente Camila,
-y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar con claridad
-su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al retirarse, dejó
-su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí, junto á mi muslo,
-quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á medio hacer. «Piensa
-volver, y volverá.»</p>
-
-<p>Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía,
-cogí la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi
-borriquita. Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que
-en tal instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora
-de Medina, que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus
-resentimientos y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se
-alegró mucho de verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un
-poco.</p>
-
-<p>—Ya sé que está mejor —me dijo—, y completamente fuera de
-peligro.</p>
-
-<p>No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un
-brazo diciéndome:</p>
-
-<p>—Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa
-estufa, ese techo de cristales?</p>
-
-<p>Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al
-patio hícele la descripción del proyecto.</p>
-
-<p>—Pues de fijo habría sido muy bonito... —observó mi prima—. Y
-lo que es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí
-otra cosa. ¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con
-reflectores?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-189">p. II-189</span></p>
-
-<p>—Ahí, á los dos lados de esa puerta.</p>
-
-<p>—Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh!
-qué ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y
-en este hueco, qué hubo?</p>
-
-<p>—Un mueble inglés lleno de preciosidades.</p>
-
-<p>—¿Es ésta la puerta del comedor? —preguntó abriéndola—. ¡Ah! sí,
-comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas.
-¿Estaban aquí los tapices?...</p>
-
-<p>—Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y
-ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces
-no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto
-bonitísimo.</p>
-
-<p>—¡Sí que lo sería!... —exclamó <i>la ordinaria</i> permitiendo á su cara
-expresar un interés inmenso—. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los
-criados á servir?</p>
-
-<p>—Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta
-estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de
-éste. La puerta no se veía.</p>
-
-<p>—¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas.
-¡Qué elegantes!</p>
-
-<p>—En mi tiempo se encendían. Después...</p>
-
-<p>—Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al
-tanto.</p>
-
-<p>En esto vimos pasar á Micaela.</p>
-
-<p>—Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene
-visita?</p>
-
-<p>—Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese
-caballero ciego...</p>
-
-<p>—¡Ah! el pobre Trujillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-190">p. II-190</span></p>
-
-<p>—Pues yo no paso hasta que no se vayan —indicó María Juana,
-haciéndome señas de que la siguiera—. Dime otra cosa. El salón de
-baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?</p>
-
-<p>—Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de
-decorar. Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.</p>
-
-<p>—Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero
-que me saques de otra duda.</p>
-
-<p>A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría.
-Mostraba la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las
-costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este
-interés diciendo con solapado menosprecio:</p>
-
-<p>—¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón
-tiene Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del
-Diablo.</p>
-
-<p>Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto
-mareado, y con ganas de sentarme.</p>
-
-<p>—Es un laberinto este caserón —dijo mi prima—. Jamás lo he podido
-entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?</p>
-
-<p>—Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.</p>
-
-<p>Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y
-entramos.</p>
-
-<p>—Esta pieza la conozco —manifestó la de Medina, entrando con aire
-regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la
-estantería de roble—. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á
-Eloísa esta tanda de roperos?</p>
-
-<p>—Vete á saber... Más costaría lo que está den<span class="pagenum"
-id="Page_II-191">p. II-191</span>tro —respondí sin hacerme cargo ya de nada
-más que de Camila, á quien vimos... Pero esto merece párrafo aparte.</p>
-
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p>Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie
-descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba
-sacando de uno de los armarios.</p>
-
-<p>—Mirad, mirad —gritaba Camila, riendo y muy excitada—. Hay aquí
-quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto
-más que una vez...</p>
-
-<p>—¡Dios mío! —exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más
-enfáticos de la justicia—. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está
-todo nuevo...</p>
-
-<p>—Mira qué par —decía la otra—. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué
-pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo
-el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía
-para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No
-te parece, José María, que debo llevármelas?</p>
-
-<p>—Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con
-velar aquí noche y día.</p>
-
-<p>Y seguía probándose botas...</p>
-
-<p>—¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí.
-Lo que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también
-á mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas,
-chico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-192">p. II-192</span></p>
-
-<p>Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo,
-arrumbado, tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada
-perdida en el vacío de la habitación, como asombrándose de que se le
-tuviera en menos que una persona.</p>
-
-<p>—Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos —observó María Juana,
-echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba
-tener.</p>
-
-<p>—Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela —dijo Camila
-viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato
-suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro.</p>
-
-<p>De uno de los armarios sacó un vestido.</p>
-
-<p>—Mira esta falda con delantera de encajes...</p>
-
-<p>—Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner
-alguna vez?</p>
-
-<p>—Creo que no —indiqué—: lo reservaba para el gran baile.</p>
-
-<p>—Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una
-parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina.</p>
-
-<p>—Obsérvala: fíjate mucho y podrás imitarla.</p>
-
-<p>—¿Y este traje negro? —prosiguió Camila sacándolo—. Mira el sello de
-Worth... Es uno de los dos que recibió hace poco. Pues espérate, que te
-voy á enseñar más. A mí no me tientan estas cosas; pero me gusta verlas
-y apandarlas si puedo.</p>
-
-<p>Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes.</p>
-
-<p>—¡Pero esa loca vivía como una princesa! —exclamaba María Juana,
-confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y
-la<span class="pagenum" id="Page_II-193">p. II-193</span> admiración—.
-Claro... pronto tenía que venir el batacazo.</p>
-
-<p>—Hay aquí un sombrero —dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y
-mirándose en el gran espejo de pivotes— que me está haciendo tilín.
-¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal?</p>
-
-<p>Con los ojos le decía yo que estaba monísima.</p>
-
-<p>—¿No es verdad que está diciendo: <i>cógeme</i>?</p>
-
-<p>—Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente —le dijo
-su hermana—. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día!</p>
-
-<p>—Para mí, para mí el sombrerito —repitió mi adorada, quitándoselo
-y acariciándolo—. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar
-siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá!
-no... No me volverá á pasar lo de las camisas.</p>
-
-<p>Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían
-alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras.</p>
-
-<p>—¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa
-más elegante, qué <i>chic</i>! Da gozo ver esto...</p>
-
-<p>—Micaela —dijo Camila apartando su botín—, haz el favor de ver si se
-han ido ya esos moscones.</p>
-
-<p>Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba
-despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos
-juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con
-disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.</p>
-
-<p>—¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! —me dijo
-la señora de Medina ponién<span class="pagenum" id="Page_II-194">p.
-II-194</span>dose la careta filosófica que había adoptado casi como una
-prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba mal—. Esto enseña
-más que libros, más que sermones, más que nada. Mírate, mirémonos todos
-en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta mujer, gastando siempre
-lo que no tiene, y dándose vida de princesa?... ¡Ah! lo que yo dije.
-Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos mi hermana tenía que
-perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un hombre como Medina,
-que es la prudencia, la rectitud andando...</p>
-
-<p>Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas
-sabidurías.</p>
-
-<p>—¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes?
-Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una
-inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece
-como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no
-quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te
-descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil;
-tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de
-cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.</p>
-
-<p>La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración
-que aquella excelsa virtud me producía.</p>
-
-<p>—No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles
-que nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique.
-¡Nosotras sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese
-<i>Shakespeare</i>, era de mi misma opinión. Lee el<span class="pagenum"
-id="Page_II-195">p. II-195</span> <i>Macbeth</i>... aunque supongo que lo habrás
-leído. Fíjate en aquel personaje, <i>hecho de la miel del cariño humano</i>;
-en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando
-la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady
-Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama
-de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser
-heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco
-que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la
-hacemos.</p>
-
-<p>Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello,
-expresé mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos,
-ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi
-prima.</p>
-
-<p>—Eres una mujer excepcional —le dije, haciendo como que me
-entusiasmaba—; una mujer de cuya posesión...</p>
-
-<p>Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla
-para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de
-verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro
-sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»</p>
-
-<p>—No seas tonto, no veas en mí nada superior —replicó aventándose con
-modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire—.
-Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de
-una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...</p>
-
-<p>No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque
-me distraje viendo á Camila<span class="pagenum" id="Page_II-196">p.
-II-196</span> que pasó por la habitación como buscando algo, y miraba
-debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé sino estos
-ecos:</p>
-
-<p>—Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me
-mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí...
-Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea
-de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás
-la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar
-en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les
-sacude...</p>
-
-<p>—Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas
-y...</p>
-
-<p>—No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no
-hay peligro... te juro que no hay peligro —declaró, tomando con más
-presunción la actitud de heroína...—. No pienses más en esas locurillas
-que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar de la cabeza
-esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad después de
-haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero se consigue,
-créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á una cosa muy
-sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un refresco...</p>
-
-<p>—Ya...</p>
-
-<p>—Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro.
-Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad.
-Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que
-se disipaba la ojeriza que te tiene.</p>
-
-<p>—Yo no me caso —manifesté con énfasis.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-197">p. II-197</span></p>
-
-<p>—Lo veremos, lo veremos —respondió acalorándose—. Cuando á mí se me
-pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades.
-Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que
-no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para
-tí.</p>
-
-<p>—Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.</p>
-
-<p>—Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien
-para tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se
-acabó esa tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las
-fuerzas de mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho...
-¿Piensas que todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por
-dentro, cuando más vivo se repica?</p>
-
-<p>—Pues si tú eres fuerte —le dije con fingido arrebato—, yo soy
-débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en
-ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los
-encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras;
-pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque
-no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me
-gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero
-no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad.
-Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa
-tan grande...</p>
-
-<p>No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras
-confitadas y artificiosas, se<span class="pagenum" id="Page_II-198">p.
-II-198</span>mejantes á esos castillos de caramelo y guirlache que se
-regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con pavor; pero en
-realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me habría
-contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo, porque
-entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:</p>
-
-<p>—¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he
-dejado.</p>
-
-<p>—Si la tengo en el bolsillo —grité yo, sacándola, y tirándole el
-ovillo y lo demás.</p>
-
-<p>¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí
-para volver á sentárseme al lado!</p>
-
-<p>Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías,
-ni yo tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro
-ratito, díjome sin venir á cuento:</p>
-
-<p>—No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes,
-tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto
-perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien...
-¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que
-le apesta esta casa. Es su manía: la llama la <i>antesala del infierno</i>.
-Aquí está, según él, <i>toda la podredumbre de extranjis</i>... Pero siente
-lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto.
-«Ahora —dice— los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos
-socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es
-así, ¿qué mérito hay?»</p>
-
-<p>Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con
-elástico, y abriéndola me mos<span class="pagenum" id="Page_II-199">p.
-II-199</span>tró un manojillo de billetes de Banco, y me dijo:</p>
-
-<p>—Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa...
-Son cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no
-le diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene
-el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin
-estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro
-chico á un pobre...</p>
-
-<p>—El rasgo me ha gustado —afirmé con sinceridad—; pero hay una
-cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es
-en mí un deber, y lo cumpliré.</p>
-
-<p>Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me
-había acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que
-otro me echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo
-ser el primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.</p>
-
-<p>—Te digo que haré lo que mi marido me manda.</p>
-
-<p>—Te digo que no lo harás.</p>
-
-<p>—¿Y tú qué tienes que ver...?</p>
-
-<p>—Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.</p>
-
-<p>—No seas majadero.</p>
-
-<p>—Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.</p>
-
-<p>—¡Qué pensará Medina!</p>
-
-<p>—Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.</p>
-
-<p>—Claro... una mentira.</p>
-
-<p>—Es venial.</p>
-
-<p>—Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-200">p. II-200</span></p>
-
-<p>—Pues arréglate como quieras...</p>
-
-<p>—Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia
-—exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética—. Contigo no
-valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes cuanto
-se te acerca.</p>
-
-
-<h3>VII</h3>
-
-<p>Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano
-hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con
-tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera
-señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice
-señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería
-entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María
-pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla
-me dijo:</p>
-
-<p>—Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para
-los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.</p>
-
-<p>Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer
-gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era
-esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo.
-Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la
-criada que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de
-que Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta
-en la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado,<span
-class="pagenum" id="Page_II-201">p. II-201</span> diciendo:</p>
-
-<p>—Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche,
-voy y me tiro por el viaducto.</p>
-
-<p>Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy
-temprano mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las
-once fuí á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de
-darme los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan
-bromísticos», pensé.</p>
-
-<p>Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.</p>
-
-<p>—Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.</p>
-
-<p>Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso?</p>
-
-<p>—La mortaja —respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.</p>
-
-<p>—¡Vaya unas bromitas de mal gusto!</p>
-
-<p>Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que
-le traía.</p>
-
-<p>—Ya puede usted pasar, caballero —me dijo la de Miquis saliendo de
-la alcoba.</p>
-
-<p>Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad,
-y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba
-de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver
-la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa
-muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos
-inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda,
-como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En
-vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima de
-raso azul bor<span class="pagenum" id="Page_II-202">p. II-202</span>dado
-de oro, que se había salvado no sé cómo del desastre de la viuda de
-Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la cabeza en aquel tul de
-seda que yo había visto poco antes, dispuesto con graciosos y elegantes
-pliegues. Al través de la diáfana tela, se veía y no se veía el rostro
-de la enferma. Los ojos lucían; pero las deformidades de la garganta
-quedaban disfuminadas y como perdidas en los cambiantes y tornasoles de
-la tela. Así de pronto, se veía la cara como si estuviera cristalizada
-en el fondo de uno de esos feldespatos que tienen reflejos de ópalo
-y ráfagas de nácar. Alrededor de la cabeza, Camila y Micaela habían
-puesto flores, muchas flores, sacadas del ramo mío y de otro que mandó
-Manolo Trujillo, esparcidas con arte y gracia, afectando lo que los
-retóricos llamaban <i>un bello desorden</i>. Bajo la colcha, se modelaba
-como un bosquejo de escultura el cuerpo de Eloísa, recto, y sobre
-el raso azul aparecían los brazos con mangas de finísima y olorosa
-batista, y luego las manos blancas y sedosas con ricos anillos en los
-dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros más lindos de la casa
-ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta entonces, de la coquetería
-mortuoria.</p>
-
-<p>—¡Famoso cuadro! —exclamé pasada la primera sorpresa—. Está bien
-ideado y bien compuesto.</p>
-
-<p>Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del
-tul.</p>
-
-<p>—Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro.</p>
-
-<p>—Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro.</p>
-
-<p>Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella<span class="pagenum"
-id="Page_II-203">p. II-203</span> extraña apariencia de su madre bajo el
-velo, que rompió á llorar espantado. Logramos tranquilizarle, sacándole
-de la alcoba y dándole dulces.</p>
-
-<p>La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho
-Moreno, el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba
-ella ver luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel
-artificio del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad.</p>
-
-<p>—Tenía ya unas ganas —me dijo— de ver claridad, de oler flores, de
-estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia,
-que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores
-por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No
-es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de
-parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á
-una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy
-vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de
-que viniese también María Juana.</p>
-
-<p>—En nombrando al ruin... —dijo ésta apareciendo en la puerta.</p>
-
-<p>Sorpresa y risas. La <i>ordinaria de Medina</i> no celebró la ocurrencia
-menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle
-excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci,
-Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de
-un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen
-apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por
-su buen diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron
-bromas, y adelante. Después de las doce, cuando<span class="pagenum"
-id="Page_II-204">p. II-204</span> Raimundo se hubo marchado con el pesar de
-no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos hermanas y yo
-acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa aquélla del velo.
-Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á lo moro sobre la
-cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies de Eloísa. Atenta al
-mete y saca del gancho, con el hocico un tanto alargado, ceñudilla y
-triste, parecía abstraída de la conversación general.</p>
-
-<p>—Camila, ¿cuándo te divorcias? —le preguntó Eloísa.</p>
-
-<p>—Déjame á mí... No tengo gana de bromas.</p>
-
-<p>Y volviéndose á mí Eloísa:</p>
-
-<p>—¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome,
-y, sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo
-el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á
-mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su
-marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué
-cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía la
-cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no me lo
-niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo ó el <i
-xml:lang="fr" lang="fr">bouquet</i> podrido... Lárgate, quítate de delante
-de mí, no me pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me
-emancipo, me adulterizo...»</p>
-
-<p>Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar
-los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las
-contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir
-que broten lágrimas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-205">p. II-205</span></p>
-
-<p>—Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía
-—prosiguió la otra—. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si
-no huelo...»</p>
-
-<p>Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de
-Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido.</p>
-
-<p>—Vaya, cállate ya —dijo á su hermana—. No me hables más de ese
-pillo.</p>
-
-<p>—¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres!</p>
-
-<p>—Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal
-pensamiento?</p>
-
-<p>—¿Pero tú estás segura de que olía? —apuntó María Juana.</p>
-
-<p>Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente
-culpable; pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco;
-nos dijo que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y
-que ella se oponía si el destino era fuera de Madrid.</p>
-
-<p>—Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya
-con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy
-una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo
-cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo;
-yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á
-su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y
-contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que
-no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir
-cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un
-niño y dejar de co<span class="pagenum" id="Page_II-206">p. II-206</span>mer
-para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya con mil demonios!</p>
-
-<p>—Pues, hija —dije yo prontamente—, si le conviene Burgos, dalo por
-hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío.</p>
-
-<p>—Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio
-—replicó la de Miquis.</p>
-
-<p>—No tan fuerte, mujer.</p>
-
-<p>—Piénsalo...</p>
-
-<p>—Siempre eres así. ¡Qué prontitudes!</p>
-
-<p>Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy
-satisfecho del giro que aquello tomaba.</p>
-
-<p>Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando
-volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya
-sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la
-habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido
-esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona
-y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía
-del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me
-contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo:</p>
-
-<p>—¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de
-domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche?</p>
-
-<p>Este <i>vendrás</i> me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido
-de las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro,
-quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya
-lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la
-cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve<span
-class="pagenum" id="Page_II-207">p. II-207</span> eran cuando entré en la
-casa. «Si hay gente me luzco», pensaba. Afortunadamente, no había
-nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco antes que yo. Iba allí á
-dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal, porque Eloísa estaba
-muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome entrar y rogóme que me
-sentara á su lado.</p>
-
-<p>—Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto,
-y en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que
-estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay!
-lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma
-cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es
-cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación;
-cuéntame algo...</p>
-
-<p>¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más
-remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente
-que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me
-aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios,
-de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero
-se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera
-como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme
-al <i>secreter</i> que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas
-tenía ella el dinero para su gasto diario.</p>
-
-<p>—Estará la patria oprimida —indiqué abriendo el cajoncillo y viendo
-muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles—. Chica, qué arrancada
-estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de<span class="pagenum"
-id="Page_II-208">p. II-208</span> Bracamonte... ¿Y billetes? Ni medio. Son
-las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!</p>
-
-<p>Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de
-veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de
-ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:</p>
-
-<p>—Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar
-á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el
-interesantito.</p>
-
-<p>Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones.
-Yo no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en
-el gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría
-dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y
-marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba
-hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el
-alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle
-á mi interlocutora.</p>
-
-<p>—Me parece —dije al fin— que tanto hablar ha de hacerte daño á la
-garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que
-nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.</p>
-
-<p>Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.</p>
-
-<p>—¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por
-punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome
-enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te
-soy antipática?</p>
-
-<p>Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento
-la odiaba. Parecíame un<span class="pagenum" id="Page_II-209">p.
-II-209</span> sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante mujer, y
-que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de delicadeza
-llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de hacerlo muy
-mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo resistir
-más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué pretexto. Pilar
-dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de Camila en la pieza
-inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y... el vocerrón de
-Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí, su odiosa voz que
-decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el pájaro salta de la
-rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de las rodillas de
-su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo, pues no habiendo
-malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á sentar sobre él
-y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta apretura se
-abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera arrancar,
-y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la mordía,
-gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se volvió
-hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»</p>
-
-<p>—Ya podríais —repliqué, disimulando mi mal humor— dejar esas cosas
-para cuando estuviérais solos en vuestra casa...</p>
-
-<p>—¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa
-natural...</p>
-
-<p>—¡Digo... y tan natural...!</p>
-
-<p>—Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira
-tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-210">p. II-210</span></p>
-
-<p>—Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?</p>
-
-<p>—Porque me asustaste.</p>
-
-<p>—Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro?</p>
-
-<p>—Los dos.</p>
-
-<p>—¿Y cuál era el ofendido?</p>
-
-<p>—Los dos.</p>
-
-<p>—¿Y quién tenía razón?</p>
-
-<p>—Él y yo.</p>
-
-<p>—¿Y era verdad ó era mentira lo de...?</p>
-
-<p>—Mentira, mentira.</p>
-
-<p>—Pues sí... idos á vuestra casa.</p>
-
-<p>—Ahora mismo —dijo Camila, inquieta, levantándose—. Aquí no hago
-falta ya. ¡A nuestra casita!... ¿Nos prestas tu coche, esperpento?</p>
-
-<p>—Sí: abajo está; podéis tomarlo.</p>
-
-<p>Constantino me daba abrazos sofocantes, demostrándome su leal cariño
-y su corazón de angelote. No recuerdo bien lo que hice después: tan
-aturdido estaba y tan requemada tenía la sangre. Creo que volví al lado
-de la pobre enferma, y que estuve charlando con ella como una máquina,
-diciendo mil vaciedades, hasta altas horas de la noche en que se quedó
-dormida.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_23">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-211">p. II-211</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXIII</h2>
- <p class="subh2">De la más ruidosa y desagradable trapisonda que
- en mi vida ví.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>¡Qué mal concluyó para mí aquel condenado mes de Marzo! Todos los
-días que siguieron al de mi santo fueron aciagos. Ya era un disgusto
-con Villalonga; ya que se me perdía un billete de Banco en el Bolsín;
-ya que me machacaba un dedo en una puerta, ó se me volcaba la botella
-de tinta sobre la mesa. Añadid á esto que se me despidió la cocinera;
-que se me desalquilaron dos pisos; que el inquilino del tercero de
-la derecha por poco me pega fuego á la casa; que la hija del portero
-cayó mala con viruelas; que <i>Partiendo del Principio</i> me dijo que yo
-no sabía de la misa la media; que cogí un fuerte constipado; que el
-espadista Raimundo halló medio de sacarme dinero; que la liquidación
-de fin de Marzo no fué muy buena para mí, y comprenderéis que yo tenía
-razón para quejarme de la Providencia y poner el grito en el Cielo.
-Pero aún falta lo mejor, es decir, lo peor, y vais á saberlo: ni mi
-liquidación ni aquellas otras contrariedades me afectaron tanto como
-el golpe que recibí<span class="pagenum" id="Page_II-212">p. II-212</span>
-el 1.º de Abril. La casa <i>Hijos de Nefas</i>, de que yo era socio
-comanditario, había suspendido sus pagos. Los negocios de Jerez iban
-de mal en peor; la crisis se agravaba, y tener dinero allí principiaba
-á ser peligroso. De la quiebra de los Nefas esperaba yo salvar algo;
-mas me inquietaba el no haber cobrado aún el trimestre vencido de mis
-arrendamientos. En fin, que aquello se ponía feo.</p>
-
-<p>Viendo caer sobre mí tantos males, uno tras otro, sin darme respiro,
-me decía: «por fuerza tiene que caerme ahora algún bien muy grande.»
-Y recordando la preciosa sentencia <i xml:lang="la" lang="la">sperate
-miseri, cavete felices</i>, añadía: «¡Si será que ahora me va á querer
-Camila...!» Porque con tal resarcimiento, ya daba yo por buenas todas
-las calamidades de fin de Marzo. Habíame vuelto muy supersticioso;
-creía en las compensaciones, en el ten con ten de los sucesos para
-formar este equilibrio que llamamos vida, y ved aquí cómo se me metió
-en la cabeza que Camila me iba á pagar al fin el grande amor, ó mejor
-dicho, la demencia que yo sentía por ella.</p>
-
-<p>Durante los días de Semana Santa, me entretuve, no sabiendo qué
-hacer, en continuar las Memorias principiadas en San Sebastián. Como
-desde el verano no había puesto la mano en ellas, costóme algún trabajo
-coger la hebra del relato y avivar los fuegos interiores, que llamo
-inspiración por no saber qué nombre darles, y sin los cuales fuegos no
-es posible llevar adelante ningún trabajo literario, aunque en él, como
-sucede aquí, no tenga parte la invención. Tan buena traza me dí, que en
-cuatro ó cinco noches y otras<span class="pagenum" id="Page_II-213">p.
-II-213</span> tantas mañanas despaché todo lo de la temporada en la
-capital de Guipúzcoa, mis trabajos bursátiles en Madrid, la pintura de
-las cosas y personas que observé en casa de María Juana, las filosofías
-de ésta, y, por último, la enfermedad de Eloísa. Aquí dí punto,
-esperando los nuevos sucesos para calcarlos en el papel en cuanto ellos
-salieran de las nieblas del tiempo.</p>
-
-<p>Poco ó nada adelanté con Camila en aquellos santos días, porque á
-ella le dió por ir mucho á las iglesias y asistir al <i xml:lang="la"
-lang="la">Miserere</i> de la Capilla Real, visitar todos los sagrarios y
-andar las estaciones. Ella y su marido se pusieron de tiros largos, y
-no quedó monumento que no vieran. El viernes, de vuelta de aquellas
-correrías, estuvieron en casa, y la exploré por ver si se le había
-desarrollado la manía religiosa, para, en caso afirmativo, volverme
-yo beato también. Pero no: sus ideas no habían variado, y aun me
-pareció hallarla más librepensadora que antes. Tomaban ambos aquello
-como distracción gratuita, ó como un medio de lucir los trapitos de
-cristianar.</p>
-
-<p>—¿Estás escribiendo tus Memorias? —me dijo viendo las cuartillas
-sobre la mesa—. Estarán buenas. Habrá ahí mucha papa... Y dí, ¿me sacas
-á mí? ¿sacas á Constantino? Entonces ¡qué gusto! nos haremos célebres.
-Y á propósito, me vas á hacer el favor de prestarme algunos libros.
-Nosotros no tenemos dinero para comprarlos. Mi marido, cuando nos
-casamos, no llevó á casa más que el <i>Bertoldo</i>, el <i>Arte de torear</i> de
-Francisco Montes, las <i>Mil y una barbaridades</i>, dos ó tres libros de su
-carrera, <i>El Mago de los salones</i> y los <i>Oráculos de Napoleón</i>; en fin,
-cuatro porque<span class="pagenum" id="Page_II-214">p. II-214</span>rías. El
-otro día se los vendí todos á un prendero por cinco reales...</p>
-
-<p>Díjele que mi biblioteca, escasa y desordenada, pero superior á
-la de todos los españoles ricos, estaba á su disposición. Contestóme
-que no quería los libros para leerlos ella, pues no tenía tiempo de
-ocuparse en boberías, sino para que Constantino se entretuviera en
-sus ratos de ocio, que eran los más del año. Así se iría poco á poco
-desasnando y aprendiendo cosas, y no diría tantos disparates en la
-conversación. Miquis, recorriendo con vivo interés los rótulos de mi
-estante, demostraba sentir en su alma un gran apetito literario. ¡Qué
-bien le venía darse un verde! Su ignorancia era rasa.</p>
-
-<p>—Mi hombre —dijo Camila mirando la librería— está más limpio que
-yo. Figúrate que soy una sabia á su lado. Ayer me disputaba que la
-Australia es una isla del Asia. ¿No es verdad que está en la Oceanía, y
-que no es isla, sino continente, donde hay mucho salvaje? Y decía que
-Federico el Grande era Emperador y que lo llamaban Barbarroja, y que se
-debe decir <i>carnecería</i> y no <i>carnicería</i>... En fin, préstanos libros,
-y yo te respondo de que se le pegará algo, pues aunque tenga que
-abrirle algún agujero en la cabeza, él ha de aprender ó no soy quien
-soy. No quiero más burros en mi casa. A ver, querido Cacaseno, echa
-un vistazo á estos letreros y escoge lo que mejor suene en tus orejas
-para que te civilices... ¿Qué es esto? <i>Muller... Historia Universal.</i>
-¡Hala! te conviene. A ver si te lo tragas todo. <i>Chaskepire</i>...
-¡inglés! Nos estorba lo negro, chico; y aunque estuviera en castellano,
-éstas son muchas mieles para tu boca...<span class="pagenum"
-id="Page_II-215">p. II-215</span> Sigue mirando. No, no me cojas un verso
-porque te divido. Prosa, hijito; prosas claras que enseñen lo que se
-debe saber. Historia, y alguna novela para que me la leas á mí de
-noche. ¿Qué es esto? <i xml:lang="en" lang="en">Life of</i>... Esto es
-cosa de la <i>jilife</i>. Déjalo ahí. No va con nosotros. <i>Don Quijote</i>...
-¡Hala! tu paisano: llévalo. ¿Y esto? <i>Padre Rivadeneyra</i>... Esto de
-padre me huele á religión... No te metas con eso. <i>La Revolución
-francesa</i>... Cógelo, cógelo...</p>
-
-<p>Constantino apartó muchas obras. Después cayó su esposa en la cuenta
-de que en vez de llevarse un quintal de papel, era mejor que fuesen
-tomando los libros conforme los necesitasen.</p>
-
-<p>—¡Hala! carga con el <i>Muller</i>, y vete subiendo, ¡arre! —dijo á su
-marido, que obedeció.</p>
-
-<p>Quedóse ella detrás, y cuando el otro estaba ya en la escalera,
-volvióse hacia mí y me dijo con secreteo:</p>
-
-<p>—No quería hablarte de esto delante de mi cara mitad; pero en dos
-palabras, ahora que él no nos oye...</p>
-
-<p>—¿Qué? —preguntéle con afán.</p>
-
-<p>—Que me vas á dar toda la ropa que deseches. Yo veo que tú te
-haces muchos trajes muy buenos y que sólo te los pones un mes. Es un
-despilfarro. Yo aprovecharé para mi pobre Bertoldo lo que me quieras
-dar. Es una lástima que lo des todo á tus criados.</p>
-
-<p>—Pero, mujer, es humillarle...</p>
-
-<p>—Déjate de monsergas... Me das unos pantaloncitos, ó dos, ó tres,
-y yo se los arreglo á él... Lo mismo te digo de algún chaqué ó
-americana.</p>
-
-<p>—Me parece que...</p>
-
-<p>—Él no chista si yo se lo dispongo así. ¡Que<span class="pagenum"
-id="Page_II-216">p. II-216</span> es humillante...! Ríete de tonterías. Lo
-que yo quiero es no gastar dinero.</p>
-
-<p>Pensé decirle que se encargara, por cuenta mía, toda la ropa nueva
-que quisiese; pero esto no habría pasado seguramente. Despedíla en la
-puerta, y subiendo á escape la escalera, me saludó desde el segundo
-tramo con un gesto y una cabezada. No cerré mi puerta hasta que no
-sentí el golpe de la suya, cerrándose tras ella.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En Abril se me recrudeció de un modo espantoso aquel desatinado
-cariño que le puse á mi borriquita, y me dejé dominar y vencer de mi
-desvarío hasta llegar á un punto cercano á la imbecilidad. Ya no había
-fuerzas de la razón ni de la voluntad que me contuvieran. El no poseer
-lo que con tanto ardor deseaba poníame como tonto y en situación de
-hacer verdaderas sandeces. Mi amor propio, herido también, se daba á
-los demonios. Mi saber de negocios se obscureció, y el gusto de ganar
-dinero quedó reducido á muy secundario lugar. Desde que abría los ojos
-hasta que los cerraba, aquella maldita hembra salvaje, feliz, burlona y
-siempre incomprensible para mi ceguera intelectual, no se me apartaba
-del pensamiento. Iba conmigo al Bolsín y á la Bolsa, y la veía en las
-figuras estampadas en talla dulce sobre el sobado papel de los billetes
-de Banco; y formaba parte de mí mismo, como un instinto, cual una idea
-innata que no se puede desechar. ¡Ay, qué borriquita aquélla! ¿Qué le
-había dado<span class="pagenum" id="Page_II-217">p. II-217</span> Dios para
-enamorarme así, con delirio y afanes de muerte? ¿Sería simplemente la
-falta de éxito lo que me arrebataba? ¿Se me quitaría aquel vértigo si
-viera satisfechas mis insensatas ansias?</p>
-
-<p>Ultimamente no hacía yo extremos delante de ella, porque solía
-enfadarse y ya tenía morros para muchos días. Díjome seriamente una
-vez que si continuaba con mis tonterías de la <i>edad del pavo</i>, se
-mudaría de casa, se marcharía de Madrid en caso necesario, pues no
-le era posible aguantarme más. Tuve que recoger vela, mucha vela; no
-menudear tanto mis visitas, y éstas acortarlas todo lo que me era
-posible. Hallábame en su presencia algo cohibido, no sabiendo á veces
-qué decirle, pues de no vaciar lo que dentro tenía, mi estupidez era
-absoluta. ¿Hablar? ¿y de qué? Yo no sabía hablarle más que de una cosa,
-y esto me estaba vedado. Por lo cual valíame de mil subterfugios para
-decirle siempre lo mismo aparentando decirle otra cosa. ¡Maldita pasión
-aquélla que no tenía ni el consuelo de ser sincera!</p>
-
-<p>A solas me despachaba yo á mi gusto, caldeando el horno de mi
-pensamiento y haciendo vivir allí mi ilusión como si la incubara. Y
-tenía particular gusto en suponer siempre á Camila refractaria á mis
-sugestiones de amor ilícito. Mi fantasía me arreglaba las cosas de otra
-manera más gallarda. Ved aquí cómo. La borriquita no quería por ningún
-caso <i>adulterizarse</i>, como graciosamente había dicho á su hermana.
-Pero Constantino se moría, y muerto el obstáculo, casábame yo con ella
-y vivíamos en paz y en gracia de Dios. De este modo venía á mí con el
-prestigio<span class="pagenum" id="Page_II-218">p. II-218</span> inmenso de
-una gran virtud, y yo me relamía de gusto pensando en la dicha de hacer
-pareja y familia con aquella encarnación de la alegría humana, con
-aquella siempre pura, picante y sabrosísima sal de la vida. Por este
-camino íbame siempre más contento y encandilado que por ningún otro de
-los que la imaginación me mostraba. ¡Sí: Camila viuda, Camila mi mujer,
-por la ley, por la Iglesia, con la mar de bendiciones sobre nuestras
-cabezas! Este era mi ardiente anhelo. Si al fin Dios me concedía tanta
-ventura, hallábame dispuesto á ser el hombre más religioso del mundo y
-á darme todos los golpes de pecho que fueran compatibles con la solidez
-de mi caja torácica.</p>
-
-<p>Las consecuencias de este delirio no tardaban en sacarse por sí
-mismas, y se me aguaba la boca pensando en que de Camila y de mí había
-de nacer aquella serie de héroes por orden alfabético, sin parar lo
-menos hasta la N. Tendríamos á Belisario; después á César, Darío,
-Epaminondas... hasta el mismísimo Napoleón. Pero ¡qué demonio! He aquí
-que una contrariedad grave surgía inesperadamente. Y si eran hembras,
-¿qué nombres de heroínas les pondríamos? En fin, todo se arreglaría.
-Lo que importaba era que ella fuese mi mujer, y verla á mi lado para
-siempre, amándome con aquella constancia incomparable con que amaba
-á su burro. Y entonces yo me estaría á su lado todo el santo día,
-reiríamos, jugaríamos, constantemente ocupados en los dulces quehaceres
-domésticos, y encaminando y dirigiendo la heróica y alfabética
-prole.</p>
-
-<p>Fijóseme entonces la idea de que todos los<span class="pagenum"
-id="Page_II-219">p. II-219</span> males nerviosos, fueran ó no provenientes
-de la diátesis de familia, se me quitarían cuando me casara con ella.
-No más ruido de oídos, no más debilidad anémica. Mi mujer me infundiría
-su potente salud y hasta su hermosísimo apetito. Lo llamo así, porque
-una de las cosas, podéis creerlo, que más me encantaban en ella, era
-sus envidiables ganas de comer. No sé si los idealistas dirán, como
-ella, que esto es <i>papa</i>; pero tómenlo como quieran. El apetito de
-Camila, rayano en la voracidad (si bien comía siempre con compostura y
-buenos modos), era para mí uno de sus principales hechizos. Lo he dicho
-antes y lo repito ahora para que nadie lo dude. Aquel buen diente me
-entusiasmaba; era algo tan resplandeciente en el orden físico como su
-conciencia en el orden moral; era el contrapeso de la misma conciencia,
-fenómeno que, armonizado con la paz interior, establecía en aquel
-privilegiado sér un hermoso y fecundo equilibrio.</p>
-
-<p>Pues todos estos sueños míos venían á tierra en cuanto caía en la
-cuenta de que Miquis no se moría ni llevaba camino de eso. ¡Si estaba
-hecho un acebuche y no padecía la más ligera dolencia!... ¡Qué chasco
-me llevé un día! Subí, y la misma Camila me abrió la puerta.</p>
-
-<p>—No hagas ruido —me dijo—, que hoy no he dejado levantar á
-Constantino, porque ha pasado mala noche. Debe de ser un pasmo. Estuvo
-inquieto y con una punzadita en el costado que me alarmó.</p>
-
-<p>—¿Qué me cuentas, hija, qué me cuentas?</p>
-
-<p>—Pienso que le pasará. Le he dado mucha flor de malva, y he mandado
-llamar á Augusto.</p>
-
-<p>Pensé que de aquel modo suelen empezar al<span class="pagenum"
-id="Page_II-220">p. II-220</span>gunas pulmonías graves, de esas que
-despachan en tres días al hombre más robusto. «Si será, si será al
-fin...» ¡Ira de Dios! Al día siguiente estaba el manchego como si tal
-cosa, comiendo como un animal y rebosando vida.</p>
-
-<p>No he vuelto á decir nada de aquel proyecto suyo de servir en un
-escuadrón de reserva. Como mi prima me dijo que ella también se iría
-á Burgos cosida á los faldones de su esposo, resolví no pedir el
-destino; pero deseando colocarle, solicité una plaza en la Dirección de
-Caballería, y entre el Ministro, que quería servirme, y Morla, que lo
-tomó casi como suyo, la cosa se hizo á principios de Abril. Marido y
-mujer me estaban muy agradecidos, y yo muy esperanzado con la seguridad
-de que mi hombre se pasaría en el Ministerio la mayor parte del día.
-Temí que en vista de su inutilidad le pusieran en la calle; mas no
-fué así. Él era naturalmente torpe; pero se aplicaba, ponía sus cinco
-sentidos en el trabajo y concluía por vencer su rudeza. Cuando estaba
-en casa, su mujer le ponía los libros en la mano; le mandaba leer y
-estudiar, tratándole como una madre vigilante y cariñosa trataría á un
-niño que está en vísperas de exámenes.</p>
-
-<p>—Cacaseno, lee: mira que no has de ser un podenco toda la vida. Es
-preciso saber algo, aunque no mucho, porque si fueras sabio, hijo, me
-apestarías.</p>
-
-<p>—Pues te respondo de que no lo seré —solía él contestarle—. Estate
-tranquila.</p>
-
-<p>Por el general Morla, que á petición mía tomó informes en la
-Dirección, supe ¡oh sorpresa! que estaban contentos con él. Dejóme
-esto turulato. El chico era trabajador, aplicadillo, y no tan<span
-class="pagenum" id="Page_II-221">p. II-221</span> torpe como yo creía. Su
-propia conversación revelábame á veces no sé qué progresos de cultura.
-Ya no decía tantísimo disparate; ya había aprendido á callarse cuando
-ignoraba una cosa, lo que no es mal principio de sabiduría, y aun
-de vez en cuando se atrevía á manifestar, poniéndose muy colorado,
-opiniones que encerraban, no diré que talento, pero sí buen sentido y
-una apreciación clara de las cosas.</p>
-
-<p>—Hija, tu borrico se va volviendo una lumbrera —decía yo á
-Camila.</p>
-
-<p>Y ella, reventando de vanidad, callaba.</p>
-
-<p>—Constantino es un chico que vale. Durante algún tiempo su mérito
-ha estado obscurecido por falta de pulimento. En manos de una mujer de
-inteligencia, ese muchacho sería otra cosa.</p>
-
-<p>Esto lo decía (habréislo comprendido) la pomposa María Juana con
-cierto aplomo pedantesco y doctrinal. Aquel día había ido á ver á su
-hermana. La costumbre de esas visitas era reciente en ella, pues antes
-se pasaban meses sin que asomara las narices por allí. No una vez sola,
-sino dos ó tres, expuso el generoso móvil que la guiaba al personarse
-en la humilde vivienda de su hermana menor, el cual no era otro que
-enseñar á ésta algo de lo mucho que no sabía, infundiéndole ideas de
-orden y gobierno.</p>
-
-<p>—¿Pues sabes —le dijo Camila con buena sombra— que si hubiera
-estado esperando por tí para aprender á gobernar mi casa, ya estaría
-fresca?</p>
-
-<p>No dándose por vencida, María Juana afirmó que aunque su hermanita
-había aprendido bastantes cosas por sí, aún le faltaba mucho que saber.
-No era esto simple jarabe de pico, pues la<span class="pagenum"
-id="Page_II-222">p. II-222</span> sabia solía enviar en aquellos días, cuando
-no los traía ella misma, regalos de poca importancia, pero muy de
-agradecer. A veces era un cacharrito para adornar la consola, piezas
-sueltas de ropa blanca y mantelería, cuchillos y tenedores, una cortina
-que á ella no le servía, una lámpara que le sobraba.</p>
-
-<p>—Estoy asombrada —me dijo Camila— de ver cómo se corre mi señora
-hermana.</p>
-
-<p>Y casi nunca dejaba la ilustre señora de Medina de hacer escala en
-mi casa, al entrar en la de su hermana ó al salir de ella. Siempre
-estaba de prisa, y todavía no se había sentado, cuando ya se quería
-marchar ó al menos manifestaba intenciones de ello. ¡Y qué interés
-demostraba por mí!</p>
-
-<p>—Tú estás malo; á tí te pasa algo muy grave. Si no tienes absoluta
-franqueza conmigo, no podré acudir en tu socorro.</p>
-
-<p>Y mirándome con ojos dulces, no se hartaba de incitarme á la
-confianza. Quería una confesión total de mis belenes y aventuras;
-ansiaba saber hasta lo que nunca se dice, y érame forzoso obsequiarla
-con algunas mentiras para que me dejase en paz. Un día su vivo afecto
-resplandeció más desinteresado que nunca, llegando á decirme, no sin
-emplear bonitas circunlocuciones y perífrasis, que yo estaba en el caso
-de que se me aplicara el benéfico tratamiento que Madama Warens empleó
-con el pobre Juan Jacobo para apartarle del vicio.</p>
-
-<p>—¿Y quién es capaz de comprobar —añadió— el inmenso sacrificio que
-esto entrañaba para la bondadosa Madama Warens? Nadie. Ni el mismo
-Rousseau juzga á aquella excelente señora con la benevolencia que se
-me<span class="pagenum" id="Page_II-223">p. II-223</span>rece. ¡Qué difícil
-es penetrar el móvil de las acciones humanas! Ni las que parecen buenas
-ni las que parecen malas se pueden justipreciar por lo que resulta.
-Si la conciencia tuviera una cara suya, exclusivamente suya, veríamos
-cosas muy singulares. ¡Cuántos que pasan por grandes delincuentes ó por
-monstruos de egoísmo serían vistos de otra manera!</p>
-
-<p>Otras veces su tono era muy distinto, tirando á lacrimoso y
-pesimista.</p>
-
-<p>—No debo hacerme la ilusión de que pueda existir en el fondo de mi
-alma algo que me disculpe; ni menos dar á este algo un saborete de
-idealismo humanitario para que pase mejor. No pasa; es moneda falsa,
-y la suenan y miran allá arriba, y me la tiran á la cara diciendo:
-<i>¡señora, usted es una!</i>... Me desprecio yo misma; tengo ratos de
-secreta tribulación, y hasta me parece que soy peor que Eloísa, que es
-cuanto hay que decir.</p>
-
-<p>Contestábale yo con frases tan rebuscadas como las suyas, que de
-antemano preparaba, disimulando con palabrotas y epifonemas de las de
-repertorio el arrepentimiento que, al poco tiempo de haberme metido
-en tal fregado, empezaba á sentir. Porque hay cargas que se hacen más
-ligeras cada día, y otras que empiezan livianas y son al poco tiempo
-insoportables. En cierto terreno, las filosofías, el discretismo y
-la tendencia á sacar las cosas de quicio, son lluvia importuna que
-ahoga la ilusión sin lavar el pecado. Y declaro ingenuamente que sobre
-todas las cosas que inquietaban mi espíritu en aquellos días, vino á
-molestarme y aburrirme la tenaz idea de hallar un modo hábil y delicado
-de romper la<span class="pagenum" id="Page_II-224">p. II-224</span>zos que
-me eran odiosos apenas establecidos. ¡Buena tenía yo la cabeza para
-sacar virutas de amor filantrópico y de psicologías enrevesadas que ni
-el Verbo las entendía! Ni qué otra cosa sino mareos podía producirme
-aquello de amarme por salvarme, y el sacrificio del honor pequeño al
-honor grande. A más de esto, aquéllos en mal hora nacidos tratos se
-desvirtuaban á sí mismos por el sinnúmero de precauciones, llevadas á
-un extremo ridículo, que inventaba mi prima como para expresar en forma
-práctica y visible sus escrúpulos de conciencia. Exageraba los peligros
-y aun parecía que los buscaba; creíase perseguida por fantasmas, y
-hablaba de sus terrores con cierta afectación dramática. ¡Y vuelta á
-insistir en lo de que su conciencia valía más que sus actos, en que
-quizás llevaba en su espíritu gérmenes de redención!</p>
-
-<p>Para remate de todo este jaleo, hacía paralelos entre su marido y
-yo. ¡Ah! Por más que la personalidad física me diera á primera vista
-alguna ventaja, el otro valía más. ¡Qué diferencia entre el sér moral
-de uno y otro! Aquél sí que era hombre. Ella no le merecía. ¿Qué le
-había de merecer? Pero ya que no otra cosa, elevábase en cierto modo
-hasta muy cerca de él por la admiración que le inspiraba. Por fin,
-este sacro respeto sería la medicina que debía volver la perdida
-salud á su conciencia. ¡Y que yo no entendiera una palabra de estas
-cosas tan sabias! Declaraba, eso sí, con la mayor humildad, que me
-reconocía muy inferior moralmente al señor de Medina, y el secreto y
-maligno gozo de haberle jugado tan bonitamente la mala pasada no<span
-class="pagenum" id="Page_II-225">p. II-225</span> excluía la sinceridad de
-aquella declaración.</p>
-
-<p>—Me alegro que lo conozcas —decía ella—. Eso prueba que tu
-entendimiento no se ha extraviado. Esto pasará pronto, tiene que pasar.
-Ha sido uno de esos desvaríos que nacen de una buena intención, y son
-como una línea recta que se tuerce por querer ser demasiado recta. (El
-demonio me lleve si lo entendía yo.) Desaparecerá seguramente este
-repliegue de nuestra vida sin dejar señal, y entonces haz por querer
-y reverenciar á Medina; ponle cariño, penétrate de su mérito colosal,
-tómale por modelo si puedes, constitúyete en su imitador hasta donde
-alcancen tus débiles fuerzas. Yo te alentaré, no te dejaré de la mano.
-¡Feliz tú si consigues asimilarte aquellas virtudes...!</p>
-
-<p>Y por aquí seguía. No me fiara yo de ciertas ventajas personales,
-que en rigor para nada valen. ¿Qué significan las prendas físicas?
-Absolutamente nada, pues son cosa que se deslustra y pierde con el
-tiempo. Lo que importa es la belleza del alma, ¡oh, el alma!... ¡Pues
-no faltaba más sino que un buen palmito...! En fin, señores, que
-aquella sabia me tenía frita la sangre. Aquello no era vivir ni Cristo
-que lo fundó.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Todos los días veía á Medina en la Bolsa, paseándose de largo á
-largo, ó arrimado al grupo de Ortueta, Barragán y otros. Hallábale
-ya más complaciente conmigo, dándome lugar á suponer desvanecidas
-ciertas prevenciones que contra<span class="pagenum" id="Page_II-226">p.
-II-226</span> mí nacieron en su alma. Como yo iba poco por su casa,
-siempre teníamos algo que hablar. «Me ha dicho mi mujer que poco á poco
-va metiendo en cintura á la pobre Camila y enseñándola á ser mujer de
-gobierno. Trabajillo le costará; pero como se le ponga en la cabeza...
-Ya, ya sé que ha colocado usted á Constantino en Guerra. Yo siempre lo
-he dicho: no es tan zoquete como han dado todos en creer... Pero vamos
-á lo que importa. ¿Toma usted á noventa y cinco, fin de mes?»</p>
-
-<p>Mis negociaciones de aquellos días, y no fueron pocas, hícelas
-con cierto aturdimiento, jugando por rutina ó por querencia del
-oficio, muchas veces sin darme cuenta clara de la operación. Y es que
-mi chifladura por una parte, y por otra mi gran debilidad física,
-pusiéronme en un estado tal que sólo me faltaba hacer eses, andando
-por la calle, para parecerme á los borrachos. Por lo demás, el
-mismo entumecimiento cerebral, la misma obscuridad en las ideas, y
-sobre todo esto, una apatía y una desgana que me abrumaban. Cansado
-del bullicio del local y de su pesada atmósfera, íbame al rincón
-á hacer compañía al pobre Trujillo ó á que me la hiciera él á mí.
-Hablábamos algo de negocios, aunque sin saber cómo salía á relucir la
-conversación de mujeres. Él no ponía en sus labios el nombre de Eloísa
-sin acompañarlo de grandes encomios y de acaloradas expresiones de
-desconsuelo. Indudablemente no era una santa; pero ¡qué ideal mujer!
-Gozaba mucho visitándola, y departiendo un rato con ella, oyéndola
-no más, <i>viéndole</i> el metal de voz, como decía el infeliz.<span
-class="pagenum" id="Page_II-227">p. II-227</span> La contemplaba en su
-interior tal como había sido en mis tiempos, y no podía hacerse cargo
-de la desfiguración de su rostro. Para consolarle, díjele que Eloísa
-había recobrado por completo su hermosura, y era la misma de siempre.
-Arrojaba él entonces un suspiro muy grande á la atmósfera turbia y
-humosa del local, y parpadeaba mucho, como si quisieran sus ojos romper
-la niebla que los envolvía.</p>
-
-<p>A la otra tarde hablamos de lo mismo; pero me dijo una cosa que me
-puso en ascuas y me llenó de confusión.</p>
-
-<p>—Ya sé —murmuró Trujillo, aplicando sus labios á mi oído— que se ha
-enredado usted con Camila. Debe de ser cosa antigua; pero hasta hace
-pocos días no ha salido en la Gaceta. Ya sabe usted que la Gaceta es la
-boca de la de San Salomó.</p>
-
-<p>Faltóme tiempo para negar aquello, que era una falsedad calumniosa.
-¡Demasiado lo sabía yo! Mi corazón podría echarse fuera y publicar á
-chorros de sangre la inocencia de la pobre Camila. Por más que hice,
-no pude convencer á Trujillo. Creo que si llega á tener vista, me
-conoce en la cara que decía la verdad: con tanta fe, con tanto calor me
-expresaba yo.</p>
-
-<p>—Puesto que usted no lo quiere confesar —me dijo—, volvamos la
-hoja.</p>
-
-<p>Mas yo no la quise volver, y otra vez hice el panegírico de la
-pobre calumniada, de aquella virtud que yo quería que no lo fuese en
-el momento mismo de tomar tan á pechos su defensa. ¡Sabe Dios que me
-hubiera sido muy grato mentir en tal ocasión! Tuve un rasgo de maldad,
-de esos que nacen del amor propio ó de la miseria<span class="pagenum"
-id="Page_II-228">p. II-228</span> que llevamos dentro, como por fuera nuestra
-sombra, y eché á perder aquel ardiente elogio de la calumniada,
-diciendo esta gran tontería:</p>
-
-<p>—Créame usted, Manolo: mi prima Camila es una virtud intachable.
-Puede que no lo sea mañana; pero hoy por hoy lo es.</p>
-
-<p>Y él, incrédulo siempre. ¿Es que aquella opinión era de las cosas
-que se caen de su peso? ¡Triste cargo de conciencia, sin comerlo ni
-beberlo, como se suele decir! Tal golpe me faltaba para llevarme al
-último grado de la confusión y del trastorno físico y moral. Con
-verdadero terror hallé en mi estado no sé qué semejanza con el de
-Raimundo en sus días de crisis. El furor imaginativo era síntoma de
-mi desorden como del suyo, porque últimamente dí en la flor de forjar
-historias como las de él, y aún más extravagantes y pueriles todavía.
-Cáusame cierta vergüenza el tener que confesarme del pecado infantil
-de suponer lances que jamás pasan en la vida, y que ni aun en la
-literatura se ven ya, como no sea en romances de ciego, en aleluyas ó
-en algún inocente libraco de los que leen las porteras en sus ratos
-de ocio. Figurábame ser príncipe disfrazado que salvaba á una joven
-desconocida. La joven me tomaba por pastor, y yo me volvía loco de
-amores por ella. Otras veces era ella mi salvadora asistiéndome en
-una grave enfermedad, y adiós disfraces y tapujos... Cuando la chica
-descubría que yo era príncipe, se le caían las alas del corazón
-pensando que no me había de casar con ella. Mucho lloro, pataleo y
-sofoquinas. Yo le guardaba la gran sorpresa para el final; y cuando
-se enteraba la pobre de que<span class="pagenum" id="Page_II-229">p.
-II-229</span> habría casorio, me quería comer á besos. Excuso decir que
-la tal soñada mujer mía era Camila. Y tras esta historia, la misma
-empezada por segunda y tercera vez, ó bien otra nueva tan tonta,
-ridícula y disparatada como la anterior.</p>
-
-<p>No puedo comparar mi espíritu sino á una cuerda muy estirada y
-vibrante que al menor choque ó rozamiento respondía con ecos intensos,
-ó bien con un son repentino que hacía saltar mi sér todo cual si
-estuviera montado sobre muelles. Para producir estas vibraciones en mí,
-no eran necesarias causas mayores. Cualquier incidente sin importancia,
-la vista de un objeto que no tenía maldita relación con mi estado, un
-libro, una estampa, un árbol, el semblante de cualquier transeunte,
-el oir una frase dicha al lado mío, heríanme y pulsábanme haciéndome
-sonar. Era una sacudida que me producía brevísimo rapto de júbilo,
-y en seguida sensación de tristeza, harto más larga y de variable
-intensidad, según los casos.</p>
-
-<p>No me hice cargo de mi semejanza con Raimundo hasta un día que me
-tropecé con él en la calle de Alcalá, y me dijo, paseando juntos:</p>
-
-<p>—Anoche me acosté pensando que me había casado... mujer ideal, cosa
-rica... Imaginar un día de bodas con todos sus incidentes, es cosa
-que le doy yo á cualquiera... Pues nada, que me lo creí. No pienses:
-todo era un delirar casto y platónico, la cosa más ideal que puedes
-figurarte. El relieve que las cosas tomaban en mi mente era tal, que
-llegué á coger miedo y encendí la luz. Porque en la obscuridad veía
-yo á mi novia como te estoy viendo ahora á tí. Era una cria<span
-class="pagenum" id="Page_II-230">p. II-230</span>tura tan sumamente
-superfirolítica y angelical, que la idea sólo de poner las manos en
-ella me parecía una profanación.</p>
-
-<p>¡Y yo que imaginaba algo semejante!</p>
-
-<p>—Dí —le pregunté—, ¿cómo estás del reblandecimiento?</p>
-
-<p>—Muy mal, chico, muy mal. Me parece que ya no escapo. ¿Por qué lo
-decías? ¿Acaso tú?...</p>
-
-<p>—Pudiera ser.</p>
-
-<p>—Prueba á ejercitarte en el <i>triple trapecio</i>... Es la mejor manera
-de conocer...</p>
-
-<p>—¿Cómo es ese triquitraque que tú dices?...</p>
-
-<p>Me lo espetó dos ó tres veces, tropezando mucho; y fuí tan necio
-que puse atención en aquella carraca, y cuando me quedé solo en casa
-la repetí para observar si los músculos de la lengua me anunciaban
-desquiciamientos de mi sistema nervioso. Aquel día me inspiró tanta
-lástima Raimundo, pintóme con tintas tan fúnebres la situación
-angustiosa de su erario, sin pedirme nada explícitamente, que le dí
-una limosna. En mi furor imaginativo, llegué á figurarme que besaba el
-billete como los chiquillos mendigos besan el ochavo que se les arroja.
-Fuése contento y muy mejorado.</p>
-
-<p>A casa de Camila subía yo muy poco. Habíame propuesto no asediarla
-más, y aguardar circunstancias que me fueran favorables. Alentaba
-yo la secreta convicción de que el día menos pensado todo había de
-variar; de que ocurriría una de esas repentinas vueltas del destino
-que nos sorprenden y nos dan hecho lo que poco antes nos pareciera
-imposible. Este presentimiento no se me quitaba de la cabeza. «Esperar,
-esperar —me decía—. En tanto, la Providencia<span class="pagenum"
-id="Page_II-231">p. II-231</span> ó Satán trabajarán secretamente en favor
-mío.»</p>
-
-<p>Una mañana recibí en caja facturada en gran velocidad un regalo de
-mis amigas las Pastoras. Era una obra de arte, acuarela como de tres
-cuartas de ancho por dos de alto, pintada por <i>Mary</i> y dedicada á mí.
-Representaba un remanso, un molinito, sauces, chimenea humeante, y creo
-que había también unos niños y algún corderillo ó dos. La cosa, ignoro
-por qué resultaba de una moralidad edificante. Yo no sé cómo era; pero
-de allí se desprendía que debemos ser buenos. «Corro á enseñarle estas
-papas», dije; y cargando yo mismo la lámina, subí.</p>
-
-<p>La propia Camila me abrió la puerta. Estaba sola. Había despedido
-á la criada, y se veía en el caso de tener que hacer ella misma la
-comida. Otro quizás no la hubiera encontrado bella en aquella facha;
-pero á mí me pareció encantadora, ideal. Tenía puesta una falda vieja y
-el delantal blanco y azul; pañuelo liado á la cabeza á estilo vizcaíno;
-las mangas arremangadas; el cuerpo con chambra no muy justa; sin corsé,
-porque el calor y la agitación del trabajo no se lo permitían; el seno
-bien tapadito, pero acusándose en toda la redondez gallarda de su
-sólida arquitectura. Tal figura se completaba con el calzado, que era
-un par de botas viejas de Constantino.</p>
-
-<p>—Mira qué patas tan elegantes tengo —me dijo adelantando un pie—.
-Como hoy estoy de faena, me pongo estas lanchas para no estropear mis
-botas ni ensuciar mis zapatillas.</p>
-
-<p>En el pasillo vimos el cuadro, pero á escape, porque ella no podía
-ausentarse de la cocina.</p>
-
-<p>—Una de dos —me dijo—, ó te <i>recopilas</i> ó vienes<span
-class="pagenum" id="Page_II-232">p. II-232</span> para acá. No puedo
-recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas
-patatitas, no creas que me he de oponer.</p>
-
-<p>Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el
-fondo hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que
-estaba á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes
-vasares no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y
-Sevres, sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel
-picado con figuras de toreros.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la
-loza, diciendo:</p>
-
-<p>—Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!</p>
-
-<p>Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en
-el agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra
-al compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su
-cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con
-palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como
-si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear,
-como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella,
-llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero,
-todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente
-que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué
-lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme<span class="pagenum"
-id="Page_II-233">p. II-233</span> sensación deliciosa. Todo pasó en menos
-tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras fueron éstas:</p>
-
-<p>—Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?</p>
-
-<p>Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me
-obligó á retirarme.</p>
-
-<p>—¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea!
-déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.</p>
-
-<p>Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una
-puntera, se puso en jarras y me dijo:</p>
-
-<p>—Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome
-así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los
-sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de
-bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide...
-y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á
-tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te
-habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú
-estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un
-libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya
-usted noramala... ¡Que te estés quieto!</p>
-
-<p>Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á
-expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.</p>
-
-<p>—Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que
-estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño
-por tí... —exclamé defendiéndome como podía de las tenazas—. Ya que
-no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también
-que me<span class="pagenum" id="Page_II-234">p. II-234</span> entusiasmas,
-porque eres la mujer sublime, la mujer grande, Camililla. Mereces ser
-puesta en los altares; mereces que se te eche incienso, que los hombres
-se den golpes de pecho delante de tí, borrica del Cielo, con toda el
-alma y toda la sal de Dios.</p>
-
-<p>Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas
-desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con
-ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la
-abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que
-nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que
-encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que
-hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que
-llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.</p>
-
-<p>Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre
-la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando
-guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta.
-Después me miró.</p>
-
-<p>—¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi
-idolatrado Cacaseno.</p>
-
-<p>Y variando súbitamente de tono:</p>
-
-<p>—Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le
-doy sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy
-á contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla
-que le regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás...
-en fin, que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro
-reloj, y Constantino se desvivía por tener un <i xml:lang="fr"
-lang="fr">remontoir</i> bonito,<span class="pagenum" id="Page_II-235">p.
-II-235</span> ligero... Yo le decía que más adelante; pero él no tenía
-paciencia, ¡pobrecito! Todos los días me traía un cuento. «Camila,
-hoy los he visto á doce duros, muy lindos, en los <i>Diamantes
-Americanos</i>...» «¿Pero, hijo, y dónde están los doce duros?» Pues
-nos poníamos á juntar, peseta por aquí, dos perros por allá. Yo le
-quitaba á él, y él me quitaba á mí, y poco á poco se iba reuniendo
-el dinero. Yo soy siempre la cajera. «Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?»
-«¡No me marees, ya se completará!...» Por fin le digo un día: «Ya
-pasa de diez duros; la semana que entra te compro el <i xml:lang="fr"
-lang="fr">remontoir</i>.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego con
-él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana:
-«Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy
-indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más
-remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no
-había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete
-por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.» Él
-refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa el
-enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no se
-acuerda del dichoso <i xml:lang="fr" lang="fr">remontoir</i> sino cuando
-saca la cebolla para ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo
-entre tanto, ¿qué crees que he hecho? He salido por la tarde, y más
-pronto que la vista, me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me
-lo traigo á casa, y mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con
-el viejo, diciéndole: «Hijo, no tienes más remedio que apencar con
-tu patata.» Cenamos, nos acostamos. Yo no sé<span class="pagenum"
-id="Page_II-236">p. II-236</span> cómo aguantar la risa, porque he cogido el
-reloj, y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas.
-Apenas recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien
-la cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y
-le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo
-callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué
-anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me
-pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido
-la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo
-ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas...
-¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y...
-«Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su
-sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á
-apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.</p>
-
-<p>Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no
-podía reir con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía
-dispuesta una nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:</p>
-
-<p>—Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando
-tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le
-da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro.
-No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos
-príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene
-dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua
-plateada. Me costó seiscientos veinte reales,<span class="pagenum"
-id="Page_II-237">p. II-237</span> y lo tengo escondido para que no lo vea.
-¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he inventado. Pongo en
-el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres ó cuatro sillas
-unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio, la cual cuerda pasa
-por un agujerito de la puerta, y va á parar á la cabecera de nuestra
-cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la luz. De repente tiro
-de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito. Yo me pongo á gritar:
-¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un demonio, enciende luz...
-¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger el revólver, y yo digo:
-«Ahí, ahí, en el gabinete están.»</p>
-
-<p>—Pero no veo la sorpresa.</p>
-
-<p>—Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del
-picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio
-que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él
-comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después
-gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas:
-él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar
-cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido;
-pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga
-la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto
-no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada,
-y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te
-callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.»
-Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sor<span
-class="pagenum" id="Page_II-238">p. II-238</span>presa...» Yo, de una
-manotada, ¡pim!... se lo arrebato...</p>
-
-<p>No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela
-á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el
-contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido
-de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo
-innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en
-poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me
-pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me
-dió momentáneo poder.</p>
-
-<p>—¡Quiéreme ó te mato —le dije con desazón epiléptica, fuera de mí,
-atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes
-suyas me cayeran delante de la cara—; quiéreme ó te mato! Que todo
-no sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú
-nada...</p>
-
-<p>Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa
-se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura,
-templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo
-se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me
-faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de
-los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior,
-que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella
-sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla.
-Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como
-argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba
-como á un cordero!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-239">p. II-239</span></p>
-
-<p>—¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no
-tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No
-sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan
-fulastres como tú... perdido.</p>
-
-<p>La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias,
-aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en
-la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por
-primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La
-ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres
-palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento
-una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me
-sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco
-fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté.
-Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...</p>
-
-<p>—¡Ay —exclamé—, si me mataras á zapatazos como se mata una
-cucaracha, qué favor me harías!...</p>
-
-<p>La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada
-gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y
-se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista
-cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa
-le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de
-haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me
-llevaba las manos á la cara.</p>
-
-<p>—¿Qué tal, escuece? —me dijo—. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo
-las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro:<span class="pagenum"
-id="Page_II-240">p. II-240</span> vuelve por otra. Así, así: quiero que
-lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.</p>
-
-<p>Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un
-ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí.
-Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y
-un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía
-curándome.</p>
-
-<p>—No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han
-sacado todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á
-atreverte conmigo? ¿Te das por vencido?</p>
-
-<p>—No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco,
-saliendo á gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he
-conocido...</p>
-
-<p>—¡Claro!... como que me van á poner en la <i>Biblia</i>... ¡Ea! se
-acabaron las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa.
-Tengo mucho que hacer y no estoy para espantajos.</p>
-
-<p>—No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al
-menos...</p>
-
-<p>—¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar
-la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de
-gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más;
-no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el
-terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he
-sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que
-me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar
-hasta el techo.</p>
-
-<p>—Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier
-disparate...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-241">p. II-241</span></p>
-
-<p>—¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...</p>
-
-<p>Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de
-Pascua á cierto ruido en la escalera.</p>
-
-<p>—Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los
-escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que
-cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la
-vida alegre...</p>
-
-<p>Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la
-oficina. Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos
-fuertemente estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las
-beatas, echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace
-muchos milagros. El burro entró en la cocina.</p>
-
-<p>—Hola, chico, ¿tú por aquí?</p>
-
-<p>—¿Qué me traes? —le dijo Camila.</p>
-
-<p>—Nada más que estos jacintos.</p>
-
-<p>—¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto.
-Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba
-ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima
-el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes
-de lo que hablábamos ahora?...</p>
-
-<p>Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á
-decir?» pensé yo; y ella dijo:</p>
-
-<p>—¿Quién será?</p>
-
-<p>Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:</p>
-
-<p>—¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?</p>
-
-<p>No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada
-se acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y
-fuera<span class="pagenum" id="Page_II-242">p. II-242</span> de la
-palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado
-arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta
-sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado,
-serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí
-—pensé—, trae hoy alguna historia... Me las guillo.»</p>
-
-<p>A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala
-gana y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor
-con Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando.</p>
-
-<p>—¿Qué hay de nuevo? —preguntó el manchego á su cuñada.</p>
-
-<p>—¿Qué ha de haber? Que son ciertos los toros... —replicó mirándole
-con sorna.</p>
-
-<p>Después se puso á decir chuscadas, que aparentemente no tenían
-malicia. Creí que me había equivocado y que Eloísa no llevaba el
-escándalo en su intención. No obstante, parecióme notar cierto dejo
-irónico en su alegría. Pero como pasaba tiempo sin que la conversación
-tomara mal sesgo, dije para mí: «Vaya, es manía. No hay nada de lo que
-sospechaba.» Poco después, despedíme de todos y me retiré.</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Pero en la soledad de mi gabinete, paseándome de un ángulo á otro,
-con las manos en los bolsillos, la cabeza sobre el pecho, no podía
-apartar de mí la idea de que en el tercero pasaba ó iba á pasar
-algo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-243">p. II-243</span></p>
-
-<p>Y como mi espíritu, adiestrado en el imaginar, no se paraba en
-barras, ved aquí las historias que me forjé en menos tiempo del que
-empleo en contarlas: «María Juana es la que ha echado á volar la
-especie de que yo tengo relaciones con Camila. Ella ha sido: me lo dice
-el corazón. Lo ha hecho por espíritu de hipocresía, por evitar que
-se sospeche de ella. Tal vez lo crea, en cuyo caso... Pero no, ¡qué
-disparate digo! Esto es un delirio; María no es capaz... Lo que hay es
-que se ha corrido esa voz, como se corren otras muchas, y Eloísa...
-¡Ah! ya sé quién ha llevado el cuento á Eloísa. Ha sido Manolo
-Trujillo, ese bendito ciego... Y la prójima se ha puesto fuera de sí,
-ha sentido celos... ¡celos de hermana, que son los peores! Pero quiá...
-imposible... Subiré á cerciorarme... No, no subo: allá se entiendan.
-Si no fuera por Camila, me importaría poco que la prójima armara
-cuantos escándalos quisiera... ¿Subiré? No, no subo. Tal vez sea todo
-figuración mía.»</p>
-
-<p>Mi inquietud creció de tal modo, que creí oir voces que se
-transmitían por el patio. Escuché... nada. Llamé á mi criado y le
-dije:</p>
-
-<p>—Mira, Ramón, te vas al cuarto tercero y dices que me he dejado allí
-un cuadro... Ya sabes, el que trajeron de la estación esta mañana en
-esa caja. Te lo bajas... Oye, oye: de paso observa si ocurre algo en la
-casa... Anda, anda.</p>
-
-<p>A poco volvió Ramón, y me dijo:</p>
-
-<p>—Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil
-diablos.</p>
-
-<p>—¿Qué dices?</p>
-
-<p>—Lo que oye. La señorita Camila y la seño<span class="pagenum"
-id="Page_II-244">p. II-244</span>rita Eloísa están hablando como rabaneras,
-y el señorito Constantino también hipa por su lado. No he podido traer
-el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale que te dale á las
-lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del patio se oye. La
-vecindad está escandalizada.</p>
-
-<p>Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto
-ó gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado
-una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar
-mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de
-aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla
-echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era
-esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que
-evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi
-intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar
-también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.</p>
-
-<p>La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte
-campanillazo anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en
-mi gabinete en un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer
-en un sillón, como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á
-causa de la ira y de la prisa con que había bajado.</p>
-
-<p>Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un
-fuelle. Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se
-condensara en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían
-de punta. Viendo que á ella todo se le<span class="pagenum"
-id="Page_II-245">p. II-245</span> volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho
-con las manos, me planté delante y le dije:</p>
-
-<p>—Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...</p>
-
-<p>—Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado
-mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á
-esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me
-fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó...
-es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí,
-queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que
-me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.</p>
-
-<p>—No entiendo una palabra de lo que estás hablando —le dije
-abanicándola con el papel—. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre
-Camila, que es un ángel?</p>
-
-<p>Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un
-arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española,
-y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza.
-No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando
-como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma
-reventó así:</p>
-
-<p>—¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero
-con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que
-tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué
-serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería
-más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas...
-Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora<span class="pagenum"
-id="Page_II-246">p. II-246</span> que has tenido buen gusto... Vas bajando,
-bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas le dije... cómo
-la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el furor me cegaba,
-por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque me duela; pero á
-mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele horriblemente... No
-te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah! Camila te conviene
-porque es barata... Y como nos hace el papel de la niña honradita, y á
-todos engaña con la comedia de estar enamorada de su pollino... como si
-esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas tan farsantes has echado
-al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada mi hermana, la hermana
-que más quiero, la que tengo metida en mi corazón!... ¡Y que me haya
-puesto en el caso de decirle las perrerías, las atrocidades que le he
-dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy!...</p>
-
-<p>Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se
-resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas
-que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible
-una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:</p>
-
-<p>—Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te
-cegó. Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana
-por el escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil;
-porque sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que
-Camila es tan querida mía como del Papa.</p>
-
-<p>Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de
-piedad que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y
-echando<span class="pagenum" id="Page_II-247">p. II-247</span> lumbre por
-los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y me echó
-esta rociada:</p>
-
-<p>—No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo
-me mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace
-tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha
-encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada
-podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no
-me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he
-vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he
-calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para
-que vea aquella cornamenta que llega al techo...</p>
-
-<p>Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi
-prudencia, porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba
-procaz, de esta manera:</p>
-
-<p>—Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te
-defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el
-colmo... de la amistad, de la...</p>
-
-<p>Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con
-pensadora atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi
-chimenea. Era el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la
-vista de aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á
-cosas y sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.</p>
-
-<p>—Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo,
-asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les
-das algún filtro...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-248">p. II-248</span></p>
-
-<p>Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud
-acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á
-aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y
-con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:</p>
-
-<p>—Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque
-ni es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un
-miserable.</p>
-
-<p>—Pues yo lo digo —gritó ella con brío.</p>
-
-<p>—Pues aplícate el cuento.</p>
-
-<p>—Explícame eso, hombre... Da razones.</p>
-
-<p>—No doy razones —exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que
-el fulgor y el estallido de mi rabia—; ni tengo que añadir una palabra
-más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones
-en la calle.</p>
-
-<p>—No me da la gana. Se va usted á donde quiera —vociferó ronca,
-mugiente—. ¿Me echarás tú?</p>
-
-<p>—Lo vas á ver —dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y
-llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.</p>
-
-<p>En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que
-estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»</p>
-
-<p>Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de
-haberlo dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí
-la puerta de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la
-puerta, haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera
-unido á aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La<span
-class="pagenum" id="Page_II-249">p. II-249</span> idea de mi brutalidad vino
-al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para adentro. La
-campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más fuerte que
-todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad juntas.
-Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las manos.
-Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí otra
-vez:</p>
-
-<p>—¡Tío, más que tío, canalla!</p>
-
-<p>—¿Abro? —me dijo Ramón alarmado.</p>
-
-<p>No supe qué determinar.</p>
-
-<p>—Abre, sí —respondí al fin—. Peor es que dé un escándalo en la
-escalera.</p>
-
-<p>—La señorita María Juana —añadió mi criado— ha subido hace un
-rato.</p>
-
-<p>—Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de
-una vez.</p>
-
-<p>Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos
-pasos y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.</p>
-
-<p>—Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana,
-auxíliala también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no
-pasa, que no pase... Allá se las componga.</p>
-
-<p>Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía
-síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar
-mucho.</p>
-
-<p>—Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo
-trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.</p>
-
-<p>—La señorita tiene abajo su coche.</p>
-
-<p>—Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos
-los que suben y bajan.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-250">p. II-250</span></p>
-
-<p>Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía
-ser menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y
-desapacible sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se
-han dicho y de las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de
-la sala espié yo los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta
-lo que pensaba. La ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte
-palpándose y oprimiéndose el pecho como si el corazón se le hubiera
-salido de su sitio y quisiera ponérselo donde debe estar. Vaciló entre
-pasar á la sala y marcharse; pero se decidió al fin por esto. ¡Qué
-alivio noté cuando la sentí bajar, apoyándose en el barandal y mirando
-mucho los pasos que daba! «La lección ha sido un poco fuerte —pensé—;
-pero es preciso, es preciso...»</p>
-
-<p>¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo
-de saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La
-oía sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio,
-hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es
-María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la
-convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era
-ella, no podía ser otra.</p>
-
-<p>Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos,
-qué mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel
-Angel para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se
-enfadan y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio
-de aquel rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería<span
-class="pagenum" id="Page_II-251">p. II-251</span> producir... Por poco suelto
-la risa.</p>
-
-<p>—¿Qué hay? —le pregunté afectando calma.</p>
-
-<p>—¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un
-zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu
-temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible
-curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza,
-y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de
-lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras
-más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí
-como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero
-tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida.
-Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo
-veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído
-á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su
-inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un
-alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde,
-hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de
-pudor, de dignidad, de cristianismo...</p>
-
-<p>Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su
-hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame
-tan irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando
-por lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más
-que Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal
-que ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había
-cogido<span class="pagenum" id="Page_II-252">p. II-252</span> á la prójima,
-diciendo con la ronquera de mi ira:</p>
-
-<p>—¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de
-estupideces? ¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque
-no puedo aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu
-hermana?</p>
-
-<p>Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que
-se dejó llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos
-trágicos, muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y
-cerré de golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana.
-Con decoro aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy
-sabia y muy prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada,
-haciéndose la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si
-encontraría. Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera
-ella la razón desterrada y yo el error triunfante...</p>
-
-<p>—¡Ramón!</p>
-
-<p>—¿Qué, señor?</p>
-
-<p>—Te nombro mastín —dije delirando—: ponte en la puerta, y al primer
-Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.</p>
-
-<p>Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis
-enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi
-gabinete, y me dijo muy apurado:</p>
-
-<p>—Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?</p>
-
-<p>—Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta.
-Que entre; veremos por dónde tira.</p>
-
-<p>Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que
-si me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-253">p. II-253</span></p>
-
-<p>—¡Hola! ¿qué hay? —le pregunté, resuelto á afrontar la situación,
-cualquiera que fuese.</p>
-
-<p>Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su
-mente las palabras con que debía empezar.</p>
-
-<p>—Tú traes algo —le dije—. Vomita esa bilis... franqueza, amigo.
-Luego me tocará hablar á mí.</p>
-
-<p>Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de
-su mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas
-amargas:</p>
-
-<p>—Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que
-mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que
-me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me
-dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus
-hermanas...</p>
-
-<p>—No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.</p>
-
-<p>—Porque yo vengo aquí —gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y
-manoteando fuerte—, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya
-sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó
-yo te la rompo á tí.</p>
-
-<p>Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho?
-tampoco. Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y
-justicieras; y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me
-pareció un disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me
-sacudiera á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno
-que él, me puse á gritar:</p>
-
-<p>—Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo,
-ó que me lo rompas tú<span class="pagenum" id="Page_II-254">p. II-254</span>
-á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me carga en el mundo...
-para que lo sepas.</p>
-
-<p>—Pues cuanto más pronto, mejor —gritó él haciéndome el duo con furia
-igual á la mía.</p>
-
-<p>—Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos
-ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y
-á la suerte.</p>
-
-<p>—Como quieras.</p>
-
-<p>—Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno
-que dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto,
-es la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque
-te tengo ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has
-ofendido. ¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara?
-¿Lo ves, lo ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las
-suelas de tus botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que
-esto habría sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora,
-tú, tú me lo has de pagar.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_24">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-255">p. II-255</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXIV</h2>
- <p class="subh2">Las liquidaciones de Mayo y Junio.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas
-sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato
-pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino
-se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él
-estuviera presente.</p>
-
-<p>Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me
-conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de
-las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras
-peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no
-faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio
-una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos.
-Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo
-aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase
-el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante.
-Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el
-señor de Me<span class="pagenum" id="Page_II-256">p. II-256</span>dina, y
-que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde á informarse de mi
-salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía más grata para mí?
-Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me divertían. Vais á saber
-dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes horas.</p>
-
-<p>Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que
-estaba también allí mi zapatero, le dije:</p>
-
-<p>—Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.</p>
-
-<p>Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el
-maestro, con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran
-finísimas, de charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso
-casualmente sobre una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me
-apartaban de ellas. ¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba,
-y era que no teniendo huellas de uso, carecían de la impresión de la
-persona. Pero hablaban bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil
-cositas elocuentes y cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche,
-durante aquellos fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas,
-una junto á otra, haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas
-hacia mí, como si fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las
-cogió una mañana para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con
-viveza:</p>
-
-<p>—Deja eso ahí...</p>
-
-<p>El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu.
-Porque Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre
-mis propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado
-por loco ó tonto.</p>
-
-<p>Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu<span class="pagenum"
-id="Page_II-257">p. II-257</span> la injusticia y brutalidad de mi conducta
-con mis dos primas mayores el día de la jarana. Cierto que debí
-apresurarme á desvanecer el error en que estaban con respecto á la
-pobre borriquita, cuya culpa no tenía realidad más que en la grosera
-intención de las otras. ¿Y cómo convencerlas de la inocencia de Camila?
-¿Cómo hacerles comprender que tanto la una como la otra debían besar
-la tierra que la borriquita pisaba y confesarse inferiores á ella?
-Eloísa y María Juana tenían cierto interés moral en no creerme, porque
-la idea de que su hermana les aventajara en conducta debía herirlas
-muy en lo vivo. «No me creerán, no me creerán —era el pensamiento que
-me atormentaba—. Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque
-convenciéndose se acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que
-perdonar para que se las perdone.»</p>
-
-<p>Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había
-que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si
-Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar.
-Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y
-á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal
-propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban
-apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas
-al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó
-Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la
-sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso
-en la senda<span class="pagenum" id="Page_II-258">p. II-258</span> que aquél
-le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa de enredarse con un
-aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que después de residir mucho
-tiempo en el extranjero, vino á España á que le pusieran el cachete
-á su ruina. No durarían mucho estas relaciones, porque Paco Flandes
-daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el mejor día me le ponía
-la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa de la calle del Olmo
-recobraba algo de su esplendor pasado: muebles parisienses ocupaban los
-lugares vaciados por el último embargo, y algunas obras de arte iban
-entrando con timidez. Entre éstas las había bonitísimas: un <i>Carnaval
-en Roma</i>, de Enrique Mélida; un hermoso país de Beruete, y dos
-terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto vendrían más cosas,
-más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza y dando á entender
-que los tiempos son malos y que cada vez parece que hay menos dinero.
-Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que Sánchez Botín le
-hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre ponía en todas
-sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que la quisiera
-oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy por bajo de
-todos los envilecimientos y de todas las prostituciones posibles. No
-hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del Olmo ni ocuparme
-para nada de semejante mujer.</p>
-
-<p>Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos.
-Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada
-de lo que pudiera observar en María Juana<span class="pagenum"
-id="Page_II-259">p. II-259</span> me llamaba la atención, por ser mujer de
-mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina afabilidad
-del insigne <i>ordinario</i>. Sus prevenciones contra mí se habían disipado
-sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi pecadora frente
-la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de otro enigma que
-me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel día cigarros de
-primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos juntos á la Bolsa,
-en su coche, expresóme con sinceras palabras que se alegraría de que mi
-liquidación de fin de mes fuese buena.</p>
-
-<p>—Si el alza sigue acentuándose —me dijo—, y yo creo que seguirá,
-porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que
-saldremos muy bien usted y yo.</p>
-
-<p>Y variando de tono y asunto:</p>
-
-<p>—Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so
-pena de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los
-negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de
-la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han
-salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil
-para trabajar.</p>
-
-<p>Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo
-que me manifestó poco después, y que á la letra copio:</p>
-
-<p>—Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las
-pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más
-que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre,
-un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su
-zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa,<span
-class="pagenum" id="Page_II-260">p. II-260</span> otra que tal; allí no hay
-seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de la familia, el oro
-puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo que usted me va á
-decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre calumnia: por ahí
-se sale...</p>
-
-<p>—Pues sí que lo es —exclamé, sin poder contener la indignación que
-me salió á la cara—. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona
-tan recta como usted se haga eco de ella.</p>
-
-<p>Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía
-ser la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos
-para sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las
-intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las
-malas, que no hay después quien las separe.</p>
-
-<p>—Es usted una mala persona —me dijo al fin sonriendo—; pero para que
-vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más
-pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.</p>
-
-<p>Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado
-propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras
-personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no
-se nos interponía el guarda-cantón de carne de <i>No Cabe Más</i>, advertí
-cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había
-perdonado mis brutalidades del día famoso.</p>
-
-<p>—Para que comprendas lo irritado que estaba —le dije—, y puedas
-explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que
-daría hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de
-Camila, esa inocencia en que nadie cree, y que,<span class="pagenum"
-id="Page_II-261">p. II-261</span> sin embargo, es tan cierta, tan clara como
-la luz.</p>
-
-<p>La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á
-entender que esperaba las pruebas.</p>
-
-<p>—¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que
-hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en
-que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.</p>
-
-<p>No pude decir más, porque <i>Partiendo del Principio</i> se nos vino
-encima.</p>
-
-<p>Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando
-la acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.</p>
-
-<p>—¡Yo! —exclamó, poniéndose pálida—. ¿Me crees capaz...? Si han sido
-tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y
-luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las
-cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá
-que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis
-sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...</p>
-
-<p>¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error!
-Pero no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad,
-corazón en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad
-de la verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía
-hincapié en la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero
-me guardaba bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella
-y de la insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la
-causa esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran
-confusión.</p>
-
-<p>Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino<span class="pagenum"
-id="Page_II-262">p. II-262</span> y penetrante mirada me hizo esta
-pregunta:</p>
-
-<p>—¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con
-respecto á Camila?</p>
-
-<p>Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la
-afirmación. Mentira tan gorda hizo en la <i>ordinaria</i> un efecto
-contraproducente, y tratándome con tanta lástima como desdén, me
-dijo:</p>
-
-<p>—Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son
-Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.</p>
-
-<p>Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos
-de lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba
-dentro con esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil
-de contener. Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad,
-ardiendo en apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de <i>pe</i> á
-<i>pa</i>... En mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria.
-Todavía me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver
-aún las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora
-patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto,
-angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco,
-me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas
-hace muchos días, como si fueran su retrato», ví que la sabia luchaba
-entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de
-través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas!</p>
-
-<p>—¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna,
-habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido?</p>
-
-<p>Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y<span class="pagenum"
-id="Page_II-263">p. II-263</span> soltó una carcajada que me heló la sangre.
-Todavía estoy oyendo aquel <i>ja, ja, ja</i>, que continuó con ella hasta
-la habitación inmediata, pues iba ya en retirada. Volvió para decirme
-desde la puerta:</p>
-
-<p>—Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que
-se cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como
-los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada.
-Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...!
-Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo
-como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á
-las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen
-acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado...
-¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las
-mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras
-veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué
-expresarte lo despreciable que eres.</p>
-
-<p>Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me
-senté, agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis
-manos la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni
-ella se iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan
-abrumado estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío
-infernal de contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba
-la salida. Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba
-las falsas, habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir.
-Era, como ella dijo, despreciable y monstruoso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-264">p. II-264</span></p>
-
-<p>Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos
-dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo
-no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo
-que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la
-sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca
-la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí
-más ternura que rigor:</p>
-
-<p>—Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo
-merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios
-y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita,
-infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien
-que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí
-mismo.</p>
-
-<p>Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y
-oyéndolas como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho.
-Así se lo manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco
-adormecida.</p>
-
-<p>—No llevarás tu maldad —prosiguió, pasándome la mano por la cabeza—
-hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para
-salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo
-y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo
-aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses,
-pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.</p>
-
-<p>Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre
-á cuento, se me figuraba á<span class="pagenum" id="Page_II-265">p.
-II-265</span> mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de ópera, pues todos
-los libretos están fundados en el <i xml:lang="la" lang="la">quid</i> de
-salvar el tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de <i xml:lang="it"
-lang="it">salvarmi non potrai</i>... ó <i xml:lang="it" lang="it">corro
-á salvarti</i>. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en las
-salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu de
-fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.</p>
-
-<p>La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de
-amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un
-pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á
-masticarlo! ¡Pobrecita!</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa,
-observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel
-tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado
-como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de
-espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en
-este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de
-asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque
-nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que
-se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones
-nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos
-productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía
-según<span class="pagenum" id="Page_II-266">p. II-266</span> la edad y las
-circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de pasiones
-adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y lo
-expresaba de una manera gráfica diciendo:</p>
-
-<p>—El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la
-absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.</p>
-
-<p>Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de
-ánimo y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las
-formas del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me
-fundaba yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones
-de hacer alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia
-y maliciosa con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los
-resultados no correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el
-plagio no alcanzaba ni con mucho las alturas del insigne original. Sin
-embargo, vais á ver un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.</p>
-
-<p>Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:</p>
-
-<p>—La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico
-parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha
-vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la
-inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se
-discuten y se temen.</p>
-
-<p>Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé
-como un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á
-firmar varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi
-alcoba, haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de
-ser alguna humorada,<span class="pagenum" id="Page_II-267">p. II-267</span>
-porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice caso. De pronto la
-ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa que jugaba en sus
-labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos dijimos adiós.</p>
-
-<p>¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la
-travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y
-había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del
-propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe
-tenía gracia.</p>
-
-<p>Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni
-á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa.
-Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la
-finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi
-amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras
-me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en
-poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme
-su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar
-regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan
-retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á
-ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles
-y alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en
-las mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las
-alcobas; gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría
-á una soberbia estufa, sostenida sobre pilares<span class="pagenum"
-id="Page_II-268">p. II-268</span> de hierro en el patio grande; la cocina
-era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían de París
-unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era casa; lo
-demás... basura.</p>
-
-<p>Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que
-los Miquis le habían pedido uno de los terceros.</p>
-
-<p>—Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos
-pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra
-parte.</p>
-
-<p>En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:</p>
-
-<p>—Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.</p>
-
-<p>—Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo
-blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su
-armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?</p>
-
-<p>Y rompió en una risa estúpida.</p>
-
-<p>—No sea usted grosero —le dije sin disimular la cólera, y decidido á
-pegarle.</p>
-
-<p>Recogió velas al momento, diciendo:</p>
-
-<p>—No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente...
-y que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que
-siempre las creo.</p>
-
-<p>—Pues cree usted mil desatinos.</p>
-
-<p>—Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.</p>
-
-<p>No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la
-idea de romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme
-á ellos<span class="pagenum" id="Page_II-269">p. II-269</span> con ánimo
-grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á pediros
-perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho este deseo,
-y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la mala noticia
-de que los señores no estaban. Comprendí que no querían recibirme, y,
-por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente ó á que me
-despidiesen.</p>
-
-<p>Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar;
-pero ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé
-diciendo:</p>
-
-<p>—No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á
-lo que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes.
-Pero no puedo vivir sin vosotros.</p>
-
-<p>Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro
-pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del
-gabinete, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...</p>
-
-<p>—Vengo á pediros excusas... —les dije, turbado como no lo estuve
-en mi vida—. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo
-consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de
-balde.</p>
-
-<p>Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó
-decir con ironía:</p>
-
-<p>—Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere
-hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A
-dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...</p>
-
-<p>—Este señor y yo —repliqué sentándome y buscando el sendero de las
-bromas para salir de<span class="pagenum" id="Page_II-270">p. II-270</span>
-aquella situación— tenemos concertado un lance. Déjanos á nosotros, que
-nos entenderemos.</p>
-
-<p>—¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no
-se bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público...
-Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la
-cabeza.</p>
-
-<p>—¿Es verdad esto, Constantino?</p>
-
-<p>—Es verdad —replicó él con su sincera honradez.</p>
-
-<p>La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía
-que tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con
-susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía
-ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de
-aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les
-dije:</p>
-
-<p>—Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con
-vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.</p>
-
-<p>—No queremos amistades —aseguró Miquis con brutal energía.</p>
-
-<p>—¿Pues qué queréis?</p>
-
-<p>—Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.</p>
-
-<p>Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de
-su ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué
-cobardía...</p>
-
-<p>—Eso, eso —clamó mi prima con fiereza—. Que se plante de la puerta
-afuera.</p>
-
-<p>—¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-271">p. II-271</span></p>
-
-<p>—Yo la primera.</p>
-
-<p>—Usted no puede ser nunca mi amigo —declaró el manchego, como se
-dice una frase aprendida—, ni aunque se me ponga de rodillas delante y
-me pida perdón...</p>
-
-<p>Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación
-de la frase. Ella se la había enseñado.</p>
-
-<p>—¡Qué atrocidades dices! —exclamé con afán.</p>
-
-<p>—Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.</p>
-
-<p>—¿Y si lo hiciera...?</p>
-
-<p>—Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi
-amigo para poner varas á mi mujer.</p>
-
-<p>—Bien, bien —gritó Camila, dando palmadas.</p>
-
-<p>Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el
-criterio de la esposa maestra un mérito mayor.</p>
-
-<p>—¿De modo que no os dais á partido?</p>
-
-<p>—Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted.
-Me parece que hablo castellano.</p>
-
-<p>—¡Y tan castellano!</p>
-
-<p>—Nada, hombre, que te quites de en medio —decía la ingrata,
-señalándome la puerta—. Que aquí estás de más.</p>
-
-<p>Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué
-horrible, porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan
-hermosa y adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y
-su paz. Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme
-allí mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me ani<span
-class="pagenum" id="Page_II-272">p. II-272</span>quilaría de un zarpazo, ú
-obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y marcharme huído,
-avergonzado, en la situación más triste, ridícula y poco airosa del
-mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo bajé las escaleras,
-me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí acometido de uno de
-esos impulsos de maldad de que no se libran, en momentos críticos, ni
-las naturalezas más delicadas y bondadosas; vínome á la boca no sé qué
-espuma de sangre; me sentí ruin, villano y con ganas de hacer todo el
-daño posible. Mi amor propio, ultrajado y escupido, sugeríame venganzas
-soeces, de esas que se consuman á las puertas de las tabernas y de los
-garitos; y en aquel rato de frenesí, me puse al nivel de los cobardes ó
-de las procaces mujeres de las plazuelas. Como el calamar á quien sacan
-del agua escupe su tinta negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté
-el chorretazo de mi rabia estúpida en estas palabras, que no sé si
-fueron dichas á media voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...!
-¡Si aunque queráis, no podéis quitaros de encima la piedra que os ha
-caído, pobres idiotas...!»</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados
-instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame yo
-pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel día mi
-desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras que<span
-class="pagenum" id="Page_II-273">p. II-273</span> yo había hecho antes y que
-puntualmente quedan referidas, eran razonables en comparación de las
-que hice después. ¡Qué días aquéllos en que Raimundo se me representaba
-como un modelo de cordura, asiento y respetabilidad! Se me iba la
-cabeza; se me desvanecía la memoria; olvidábame hasta de las cosas más
-importantes, y de nombres y cifras que me interesaban grandemente. Unas
-veces no podía apartar del pensamiento la idea de mi próxima muerte, y
-la deseaba; otras entrábame un flujo tal de proyectos, que me volvía
-tarumba, dándoles vueltas de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo
-las daba en la cama, sin poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos
-proyectos los había financieros y amorosos, todos girando sobre el eje
-de mi desesperada pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La
-época de las barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro,
-la meto en un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó
-le asesino por la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran
-los puntos rojizos que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios.
-Por las mañanas, el más insignificante suceso me producía fuertes
-emociones, ora dulces, ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis
-con la cesta de la compra bien repleta, me hacía cosquillas en el
-espíritu. Oir desde mi casa el piano del tercero, me ponía en estado
-de echarme á llorar. Por las noches, cuando entraba en casa, observaba
-si había luz en la de ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta
-que les veía perderse en las sombras de la calle ó meterse en el
-Rippert.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-274">p. II-274</span></p>
-
-<p>Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan
-ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas
-por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para
-consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban
-profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para
-Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal,
-que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado
-la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis
-solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el
-genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su
-marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.</p>
-
-<p>—Constantino es un inocentón macizo —me dijo Miquis—; no tiene idea
-del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era
-ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A
-golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su
-propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios
-que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia.
-Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero
-fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos
-ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones
-radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias
-tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no es
-superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto: ¿no
-es<span class="pagenum" id="Page_II-275">p. II-275</span> ésta la moral de
-los tiempos en que los hombres supieron hacer cosas grandes, que no se
-hacen ahora?... Usted era antes para él el mejor de los amigos; ahora
-es una víbora, un animal venenoso. Mi hermano no transige: su tosquedad
-le mantiene un tanto alejado de la región de las ideas, y me alegro,
-porque si se le antojara tenerlas políticas, sería ó el socialista
-más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo procuro traerle á los términos
-medios; pero es inútil. Es que no sabe, no puede; su inteligencia no
-percibe sino lo gordo, lo elemental, la pepita nativa de las ideas. Sus
-sentimientos son lo mismo: siente mucho y fuerte, como los niños y los
-poetas primitivos.</p>
-
-<p>Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila
-no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una
-pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin
-castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo
-no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba
-disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué
-la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto
-seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo
-varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto
-cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor.</p>
-
-<p>Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para
-estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por
-los medios más adecuados, haciéndome acompañar<span class="pagenum"
-id="Page_II-276">p. II-276</span> de un buen revólver. En cuanto le viera
-venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas en el cuerpo, y á
-vivir.</p>
-
-<p>Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó
-en la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba?
-Por María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera
-mi inquilino.</p>
-
-<p>—¡Qué delicados están los tiempos! —dije—. ¿Y por qué no se muda de
-una vez?</p>
-
-<p>Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á
-Julio. «Pues si tan largo me lo fías —pensé, metiendo el revólver en un
-cajón de la mesa—, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y no
-volví á sacarlo.</p>
-
-<p>También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre
-ellos les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos
-desaires las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer,
-tratándose de invitarla á una comida, que no quería prójimas en su
-casa... Por consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de
-nubes los cielos de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba
-á ratos, sola ó delante de Constantino, y á éste le entraban tales
-furores de venganza, que Camila se violentaba por restablecer la paz.
-Eran sin duda menos felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían
-algo más de la malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las
-amarguras de la sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de
-buenas á primeras se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia.
-Creyeron que el mundo era esencialmente bueno, y de pronto<span
-class="pagenum" id="Page_II-277">p. II-277</span> salíamos con la patochada
-de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas
-entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que
-andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras,
-y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir
-ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y
-despótico imperio de la opinión.</p>
-
-<p>Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad
-cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi
-pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me
-preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada.
-Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria
-de su finca <i>las Mezquitillas</i>, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo
-lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil
-dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa
-pronunciaba los sacramentales <i>doy</i> y <i>tomo</i>, sin saber ni lo que daba
-ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador,
-y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido
-favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en
-combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas,
-porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar
-considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en
-otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los
-aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué?<span
-class="pagenum" id="Page_II-278">p. II-278</span> De nada me servía ya
-el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía hijos ni
-herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero el perder,
-que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que indiferente.</p>
-
-<p>Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la
-memoria padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en
-nieblas, la palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado
-Raimundo para ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un
-día. No sé pintar lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los
-esfuerzos que hice para traer á mi mente aquellas palabras que se me
-habían ido, como pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que
-llamar á Raimundo y rogarle que me lo repitiera.</p>
-
-<p>—¿Qué, hombre?...</p>
-
-<p>—La matraca, hijo; la recetita aquélla del <i>triple trapecio</i>.</p>
-
-<p>Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me
-volviera á olvidar.</p>
-
-<p>Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi
-correo con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba.
-Gran violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una
-de las Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no
-había más remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había
-presentado ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy
-buen interés, el dinero que habían depositado en mí para que yo lo
-incorporara á mis negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una
-responsabilidad<span class="pagenum" id="Page_II-279">p. II-279</span> más,
-y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría á su
-orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á mi cargo
-desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás de la Calzada
-se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo. Me pareció muy
-bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles extracto de la
-cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los añadiera á la
-suma por que se había de hacer el giro.</p>
-
-<p>A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había
-entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme
-cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros,
-le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo
-mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi
-vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome
-con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes
-nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más
-desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba,
-ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas,
-y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con
-manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él
-en aquella evolución postrera. Estaba <i>suspendido</i> todo el día, y no se
-atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él.
-A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los
-italianos de <i>santi boniti barati</i>, y creía ser llevado por la calle
-en el borde de<span class="pagenum" id="Page_II-280">p. II-280</span> una
-tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en marcha, y él quieto,
-siempre en la orilla de la tabla, inclinado para caerse y sin caerse
-nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas veces; pero otras
-le reñía, enfadándose de verle dominado por una tontuna tan contraria
-á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de mi tío nada secreto
-para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació todo, sintiendo
-no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y atormentador
-era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco que él tenía
-para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen interés y
-devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había logrado
-arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.</p>
-
-<p>—Aquí me tienes —añadió á lágrima viva—, en el fin de mi vida,
-expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir
-un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de
-haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho
-Madrid éste!...</p>
-
-<p>Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse
-del asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que
-nadie nos oía, me dijo con voz cautelosa:</p>
-
-<p>—Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la
-jornada nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no
-me ha ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba
-yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y
-conforme me veía apretando, saltaba ella á los<span class="pagenum"
-id="Page_II-281">p. II-281</span> dos mil. De este modo, ¿qué quieres que
-resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan á uno sus yernos
-poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde han ido á parar
-mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los teatros de esta
-pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y desproporcionados
-lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de mi sangre. Dirás
-que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el <i xml:lang="la"
-lang="la">quid</i>. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación
-que nos lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así
-moral como económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no
-nos falte el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el
-carruajito para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los
-trapitos de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las
-llamen <i>elegantes y distinguidas</i>, y aquí paro de contar, porque no
-acabaría.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento
-algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en
-mal hora abiertos portillos se le iban las <i>efes</i>, las <i>zetas</i> y otras
-letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación.
-Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería
-coger al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación.
-Hechas las confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en<span
-class="pagenum" id="Page_II-282">p. II-282</span> barras mi lacrimoso tío.</p>
-
-<p>—¿La ves, la ves? —me dijo aplicando sus labios á mi oído, á
-punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy
-emperejilada—. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si se
-<i>llevan</i> ó no se <i>llevan</i> tales cosas... Ya te llevaría yo derecha,
-si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué
-me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus
-tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces <i>dandy</i>, y te
-lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi
-sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de
-bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por
-negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla...
-¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero
-y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar,
-sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado
-á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no
-ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella
-continúa tan topo como siempre.</p>
-
-<p>Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos
-habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía
-de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados
-ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que
-esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras
-personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar
-pestes de<span class="pagenum" id="Page_II-283">p. II-283</span> su
-matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre Pilar. Además
-de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún más desgraciado
-que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo decir, entre
-paréntesis, que los principios morales de mi tío eran harto endebles,
-y bastábame esto para comprender las consecuencias dolorosas de su
-falta de carácter y para hallar justificadísimas las desventuras de
-que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero vislumbre de
-indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija. Esto sólo
-nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar la pintura,
-hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella enervación moral
-que habían sido los contornos más expresivos de su carácter durante una
-larga vida matrimonial y matritense.</p>
-
-<p>Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre,
-por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de
-los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas
-del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos
-tan chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De
-esta compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas
-caídas que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él
-contara me tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca
-para verle reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos
-de paseo, á ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer
-vivísimo en la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes
-labios. Enlazados nuestros brazos, porque<span class="pagenum"
-id="Page_II-284">p. II-284</span> mi buen tío tembliqueaba un poco y yo no
-estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles principales, ó
-bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para meternos en él cuando
-nos cansáramos. Por las noches nos metíamos en los teatros de funciones
-por horas, porque los dramas y comedias serias nos apestaban. Lo que
-don Rafael se divertía con las piezas cómicas no es para contado. Reía
-á carcajadas, y los chistes menos agudos le hacían impresión atroz. Sus
-sensaciones eran completamente infantiles; sentía como los seres que
-empiezan á vivir. Noté una noche que á mí también me hacían gracia los
-sainetes, pero mucha gracia, y que me daban ganas de alborotar como
-un chico. «¡Si estaré yo tan lelo como este pobre hombre!» me decía.
-Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y me metía en mi casa, entrábame una
-tristeza tal, que hacía proyectos absurdos de aislamiento y hasta de
-suicidio.</p>
-
-<p>En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y
-desde aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente
-fuimos los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un
-regimiento al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con
-encantadora ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante
-de las cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos.
-No paraban aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los
-tres en los puestos del Prado á beber un vaso de agua con anises,
-y cuando en cualquier calle pasábamos por junto á una obra en que
-estuvieran subiendo un sillar, nos deteníamos y no abandonábamos<span
-class="pagenum" id="Page_II-285">p. II-285</span> el plantón hasta ver la
-piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y
-nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como
-particulares.</p>
-
-<p>Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en
-la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león.
-Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por
-arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores
-que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los
-<i>tres tristes triunviros trogloditas</i> de la cencerrada de Raimundo.
-Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín
-<i>guipaba</i> á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado,
-avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.</p>
-
-<p>—¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me
-echó?</p>
-
-<p>Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.</p>
-
-<p>—¡Buen par de pillos sois! —decía mi tío Rafael, dejándose llevar,
-renqueando—; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del Diablo...
-No perdona casada ni doncella...</p>
-
-<p>Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos
-á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con
-más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los
-incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más
-que <i>guipar</i> á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la
-Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que
-el Marqués de Flandes se había declarado también huído.</p>
-
-<p>—¿A<span class="pagenum" id="Page_II-286">p. II-286</span> qué me vienes
-á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...</p>
-
-<p>Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día.
-No era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con
-su homónimo <i>Lagartijo</i>, no oía lo que en el palco se hablaba.</p>
-
-<p>—Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la
-cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra
-otra vez en las uñas de los <i>ingleses</i>, y me temo que de esta vez me
-la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de
-nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros
-antipáticos...</p>
-
-<p>Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á
-Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era
-un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué,
-pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito
-de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad
-con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien
-probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole
-y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía
-<i>darwinista</i>, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego
-nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal,
-pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más
-soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección,
-hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas
-no acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos ni<span
-class="pagenum" id="Page_II-287">p. II-287</span>ños, y nos fuimos á un
-<i>restaurant</i>, donde estuvimos hasta la hora de irnos á Lara. Mi tío
-Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano también tenía
-sueño; pero con aquello del <i>guipar</i> se despabilaba...</p>
-
-<p>—Nada, nada —les dije, al fin de la pieza—: un huevecito y á la
-cama.</p>
-
-
-<div class="section">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho
-tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes.
-Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal
-y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una
-mañana, me dijo:</p>
-
-<p>—Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos
-admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una
-<i>pipa</i> en Flandes, como dice Barragán.</p>
-
-<p>Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación
-del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El
-Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en
-59,75, con tendencias á ponerse en 60. <i>Partiendo del Principio</i>
-aseguraba que <i>le veía</i> en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia
-con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30
-se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin
-resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra.
-Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando<span
-class="pagenum" id="Page_II-288">p. II-288</span> al lucero del alba, echando
-el brazo por encima del hombro á sus amigos de éste y el otro corro.
-El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente se secreteaban. Este
-había hecho con Torres una gran jugada, de la que resultó que habiendo
-quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo tenía que abonarle,
-por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo perdía con el mismo
-Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres me había de dar á mí
-doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo había tenido entre
-mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.</p>
-
-<p>El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde
-me encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto
-misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les
-oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal
-Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego,
-nuestro agente.</p>
-
-<p>—¿Quién liquida por Torres? —gritó Llorente con todo el registro de
-su gruesa voz.</p>
-
-<p>Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por
-más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó.
-Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había
-mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.</p>
-
-<p>—Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes —aseguró al cabo—.
-Lo tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de
-reales, y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para
-prepararse.</p>
-
-<p>Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de
-Torres y que había observa<span class="pagenum" id="Page_II-289">p.
-II-289</span>do allí algo de tapujo. El criado no quiso abrirle, diciendo
-por el ventanillo que su señor había salido. Por fin abrieron, y la
-señora tampoco estaba en casa.</p>
-
-<p>—Es raro —observó Cristóbal pensativo—, porque en ocasiones
-semejantes Gonzalete ha sabido dar la cara y pedir las prórrogas con la
-frente alta.</p>
-
-<p>Acordéme de que mi operación no había sido publicada (era la primera
-que hacía en estas condiciones de informalidad), y me corrió un poco de
-frío por el espinazo. Mis distracciones, mis chocheces, la exaltación
-enfermiza de mis pensamientos amorosos, tenían la culpa de aquel lance.
-«Esto sólo le pasa á un anémico», fué lo primero que se me ocurrió.
-Pero aún esperaba una solución feliz, pues si en asuntos del corazón
-dominaba en mí el más negro pesimismo, en negocios era cada vez más
-optimista y todo lo veía transparente y rosado. Tranquilicé á Medina;
-pero él no las tenía todas consigo.</p>
-
-<p>Y por fin saliste de la serie tenebrosa del tiempo, día 2 de Julio,
-el más horrible y ceñudo de los días nacidos, á pesar de decorarte
-con toda la gala de la luz y cielo de Madrid. Me acuerdo que fué uno
-de esos días en que esta Corte parece que despide centellas de sus
-techos, de sus agudos pararrayos, de las regadas berroqueñas de su
-suelo, de los faroles de sus calles, de las vitrinas de sus tiendas,
-y de los siempre alegres ojos de sus habitantes. Salí de mañana
-á dar una vuelta por el Retiro y á ver el vigoroso claro-obscuro
-de aquellos árboles cuyo verde intenso parece que azulea, á mirar
-este cielo que de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme
-en aquella placidez matutina, oyendo los toques de misa, que<span
-class="pagenum" id="Page_II-290">p. II-290</span> suenan como altercado
-aéreo entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo á las
-devotas madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una
-mano y en otra las violetas ó rosas que han comprado en la puerta;
-atendiendo al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes.
-Cuando regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que
-son la más bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan á Madrid la
-animación de una tertulia ó baile de cursis, en que todo es bulla,
-confianza, ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que
-falten tactos atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque
-de las esquilas eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos
-atruenan; el ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros
-mil perfiles característicos de un pueblo en que toda la semana es
-domingo, eran para mí la expresión externa del vivir al día y de esa
-bendita ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea
-verdadera.</p>
-
-<p>Y en aquel caso el mañana era para mí de importancia grandísima.
-A pesar de los pesares, no estaba yo muy inquieto y confiaba en que
-liquidaríamos pronto sin dificultad. Habíame sentado tan bien el paseo,
-que hasta apetito tenía, cosa muy rara en mí. Pero cuando entré en mi
-casa, ¡Dios mío lo que me esperaba! Era María Juana, desconcertada,
-impaciente. Encontrémela en mi gabinete, y desde que la ví, entróme
-un miedo que no sé definir. Echóme los brazos al cuello, y me apretó
-mucho. Sus labios estaban secos, su frente parecía una placa de bruñido
-marfil, su voz temblaba al decirme:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-291">p. II-291</span></p>
-
-<p>—Me vas á probar ahora que eres valiente.</p>
-
-<p>—¿Y cómo? —le pregunté sin serlo, pues se me abatieron los
-ánimos.</p>
-
-<p>—Soportando la mala noticia que te voy á dar. No he querido que lo
-supieras por otro conducto... Quería yo darte esta prueba de amistad,
-y que me vieras compartiendo tu desgracia... Aún hay esperanzas; aún
-puede ser...</p>
-
-<p>—Dímelo de una vez... No me mates á fuego lento. Ese...</p>
-
-<p>—Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo
-escrito: <i>Torres</i>... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid.</p>
-
-<p>Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía
-natural. Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente
-perdida.</p>
-
-<p>—Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas...</p>
-
-<p>—¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí.
-¿En qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él
-espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos.</p>
-
-<p>Al oir esta palabra fatídica, <i>pleito</i>, fué cuando me sentí
-realmente acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro
-por delante de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en
-la frente, y se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran
-consuelo.</p>
-
-<p>—Hay que llevarlo con paciencia —dije besándole la mano—. Estas son
-las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el
-amor es muy mal negociante.</p>
-
-<p>—Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto
-—dijo ella interesándose vi<span class="pagenum" id="Page_II-292">p.
-II-292</span>vamente por mí—. ¿Cuánto das tú por diferencias?</p>
-
-<p>—Unos ciento cuarenta mil duros.</p>
-
-<p>—¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí?</p>
-
-<p>—Espelúznate... ¡Doscientos mil!</p>
-
-<p>Después que estas dos cifras vibraron en el aire, hubo un largo y
-lúgubre silencio, durante el cual las cifras parecían seguir vibrando.
-¡Oh, Dios! todas mis aritméticas habían venido á parar en aquel
-cataclismo... y los números ¡ay! eran el alfanje que me segaba el
-cuello.</p>
-
-<p>María Juana, compadecida, no quería dejarme entregado á la
-desesperación, y acompañando sus palabras de entrañables caricias, me
-dijo:</p>
-
-<p>—Ahora vendrás conmigo... no quiero dejarte solo. Cristóbal te
-espera; él me mandó que viniera á darte la noticia, y que te llevara
-á casa para acordar entre los dos lo que debéis hacer. También irá
-Cecilio Llorente, que coge el cielo con las manos.</p>
-
-<p>—¿Pero estás tú segura de que Torres ha desaparecido, ó es
-suposición...?</p>
-
-<p>—¡Ah! hijo mío, sobre ese particular no tengas duda. La pobre
-Paca ha estado en casa llorando como una Magdalena. ¡Infeliz mujer!
-Gonzalete escribió una carta en que dice que no puede pagar. Sólo ha
-dejado unas pocas <i>Cubas</i>, un talonario del Banco y lo que había en la
-casa...</p>
-
-<p>—No le dejaremos ni una astilla...</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamó María sin poder evitar que una chispa de júbilo
-cruzara por su rostro—, lo que es ahora el espejo biselado irá <i
-xml:lang="it" lang="it">pian pianino</i> caminito de mi sala... Vámonos,
-vámonos; serénate, y se procurará que el mal, ya que no pue<span
-class="pagenum" id="Page_II-293">p. II-293</span>da evitarse, sea la menor
-cantidad de mal posible. La vida humana tiene estas caídas; pero
-también ofrece grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy
-pesimista; creo en las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo
-por una sombra. ¿Existiría si no existiera luz?</p>
-
-<p>Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión.
-En aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una
-lluvia importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy
-bien vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin
-paraguas.</p>
-
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p>Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en
-mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo
-puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas
-desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible
-discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba
-Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones
-publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se
-presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la
-mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en
-bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á
-la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.</p>
-
-<p>Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera<span class="pagenum"
-id="Page_II-294">p. II-294</span> que al día siguiente vendería mis
-obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose pasmados y con la
-boca abierta.</p>
-
-<p>—¿Pero no vendió usted sus Osunas? —gritó Medina persignándose—.
-Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.</p>
-
-<p>Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.</p>
-
-<p>—Pero usted está ido, amigo mío —observó Llorente—; permítame que se
-lo diga.</p>
-
-<p>—Esta es la más negra —murmuró Medina, rascándose la oreja—. ¿Pero
-no le dije á usted?...</p>
-
-<p>—Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.</p>
-
-<p>—Perdone usted...</p>
-
-<p>—Hombre, que no.</p>
-
-<p>—¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en
-mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le
-encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano
-Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un
-momento las Osunas... corren malos vientos.»</p>
-
-<p>En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo
-había dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el
-cerebro como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura
-de mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.</p>
-
-<p>—¿Pero qué hay con las Osunas?... —pregunté ansioso.</p>
-
-<p>—Ahí es nada: un bajón horrible.</p>
-
-<p>—Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.</p>
-
-<p>—Mañana las darán á 30, y será lo mismo.</p>
-
-<p>—¿Pero qué hay?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-295">p. II-295</span></p>
-
-<p>—Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana
-la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se
-empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted
-esta semana al escritorio de Trujillo?</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>—¿Ni al Bolsín?</p>
-
-<p>—Tampoco.</p>
-
-<p>—¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?</p>
-
-<p>—Tampoco.</p>
-
-<p>—Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido
-de su vida?</p>
-
-<p>Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en
-la Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y
-por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El
-maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un
-berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación
-poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí,
-deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia,
-para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana
-salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:</p>
-
-<p>—Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos
-vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías...
-Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras
-cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?</p>
-
-<p>—No sé... déjame... creo que estoy loco.</p>
-
-<p>—¿Pero no lo recuerdas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-296">p. II-296</span></p>
-
-<p>—Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí
-me sucede!...</p>
-
-<p>Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la
-mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza,
-miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella
-noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama,
-vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora
-nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los
-encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á
-dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación
-de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el
-piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué
-atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por
-poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á
-que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito
-calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré
-juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado
-y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me
-entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre,
-con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre
-amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi
-alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo
-hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en
-el mundo.</p>
-
-<p>Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo<span class="pagenum"
-id="Page_II-297">p. II-297</span> á hacer la liquidación de mi fortuna,
-paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis nueve millones
-de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las ganancias de
-Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco más. Pero
-luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por fin,
-la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de un
-truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por
-mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba,
-esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de
-Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de
-narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50,
-y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo
-quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de
-Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi
-amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.</p>
-
-<p>Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los
-ojos, mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó
-en acudir á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con
-aspereza. Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia.
-Pintéle mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí
-conminándole de este modo:</p>
-
-<p>—Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido
-imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil
-duros que te presté sobre las <i>Mezquitillas</i>. Pero búscame y facilítame
-lo que puedas en esta semana.<span class="pagenum" id="Page_II-298">p.
-II-298</span> Echando mano de cuanto tengo disponible, no me basta para
-saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras de Tomás de la
-Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los quince días.
-Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto me puedes
-dar?</p>
-
-<p>—Nada —replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.</p>
-
-<p>—¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de
-juego. ¿No me ves con el agua al cuello?</p>
-
-<p>—A mí me llega á la coronilla —díjome con la misma pachorra,
-señalando lo más alto de su cabeza.</p>
-
-<p>—¿No tienes quien te preste?</p>
-
-<p>—¡Yo! —exclamó con el acento que se da á lo inverosímil—. ¡Yo quien
-me preste!...</p>
-
-<p>—Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña
-la camisa.</p>
-
-<p>—La tengo empeñada —replicóme con cierto estoicismo de buena
-sombra.</p>
-
-<p>—Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.</p>
-
-<p>—Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de
-Villamejor.</p>
-
-<p>—Pues vende las <i>Mezquitillas</i>... Véndelas. Yo necesito mi
-dinero.</p>
-
-<p>—Estás turulato. Tratamos por cinco años.</p>
-
-<p>—Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este
-atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.</p>
-
-<p>—Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No
-pienses por ahora en eso.</p>
-
-<p>—Pues tú verás lo que tienes que hacer —chi<span class="pagenum"
-id="Page_II-299">p. II-299</span>llé exaltándome—. Es forzoso que vengas en
-mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir doce, quince, diez y
-ocho mil duros?</p>
-
-<p>Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y
-echarle á puntapiés.</p>
-
-<p>—Pero ven acá, perdido, ladrón —le dije cogiéndole por las solapas—.
-¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es
-que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?</p>
-
-<p>Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy
-natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de
-mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra,
-encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de
-su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los
-hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la
-causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la
-<i>señora</i>, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas
-las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose
-dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué <i>señora</i> aquélla! Su
-colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes
-sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla
-y Jerez, y su participación en la mina <i>Excelsa</i> de Linares. Para que
-se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su
-ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía
-la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía
-que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba
-dinero, poníase tan pe<span class="pagenum" id="Page_II-300">p.
-II-300</span>sado que su mujer se veía en el caso de pedir billetes á
-Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos con mozas del
-partido en el <i>Cielo de Andalucía</i>.</p>
-
-<p>—¿Pero es posible —le dije clamando como si tuviera en mí la
-autoridad de la religión y la justicia—, que hayas sido tan imbécil...?
-¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?</p>
-
-<p>—¡Y tú me predicas... tú!... —objetó echándose á reir.</p>
-
-<p>—Hombre —repliqué algo desconcertado—, yo he hecho tonterías... pero
-no tantas...</p>
-
-<p>—Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he
-salvado y tú no.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir?</p>
-
-<p>—Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he
-tropezado con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú...</p>
-
-<p>No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla.</p>
-
-<p>—No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las <i>Mezquitillas</i>.
-Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro...</p>
-
-<p>—¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica.</p>
-
-<p>Echóse á reir y me dijo:</p>
-
-<p>—Es un secreto. No me hagas preguntas.</p>
-
-<p>—Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo?</p>
-
-<p>—¿Y qué remedio tiene?... —me dijo alzando los hombros y riéndose
-tanto, tanto, que yo también me reí un poco.</p>
-
-<p>—La verdad es —observé con sinceridad que me salía de lo mejor del
-alma—, la verdad es que somos unos grandes majaderos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-301">p. II-301</span></p>
-
-<p>—Lo somos tanto —afirmó él entusiasmándose— que nos debían vestir
-con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos
-á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los
-bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres
-el que no quiere abrir los ojos.</p>
-
-
-<h3>VII</h3>
-
-<p>Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina,
-para ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que
-me buscase dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo,
-dándome algunos detalles que me lo probaron bien. La complicación de
-sus trampas y la menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo
-el <i>Saca-mantecas</i> podía ponérsele en parangón por aquel importante
-concepto.</p>
-
-<p>—Con decirte —me susurró al oído con cierta vergüenza— que estoy
-dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto...
-cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién
-creerás? Tu primo Raimundo.</p>
-
-<p>No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi
-situación.</p>
-
-<p>—Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no
-me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los
-tribunales.</p>
-
-<p>—Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.</p>
-
-<p>—Que la busque...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-302">p. II-302</span></p>
-
-<p>—Ese es otro que tal... También la <i>señora</i>...</p>
-
-<p>—Más bien <i>las</i>... Ese las tiene por gruesas...</p>
-
-<p>Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para
-todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por
-cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes,
-incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban
-pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes.
-Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar
-unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que
-tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los
-compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros.
-Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo
-herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular,
-odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como
-un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me
-habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres
-se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los
-demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban!
-Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame
-el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta
-para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré
-en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con
-grosería, y eché á correr diciendo:</p>
-
-<p>—Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-303">p. II-303</span></p>
-
-<p>Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo
-mismo le puse en la calle, gritando:</p>
-
-<p>—Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí
-ni á ninguno de tu pícara casta.</p>
-
-<p>A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de
-Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el
-mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían
-caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir
-del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo
-Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento
-se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para
-darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy
-hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:</p>
-
-<p>—Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva,
-donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme
-delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres
-divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu
-conocimiento y satisfacción...</p>
-
-<p>Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia
-él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan
-solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor
-de vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo
-que quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por
-las escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este
-negro<span class="pagenum" id="Page_II-304">p. II-304</span> vacío en mi
-alma y este afán de que alguien me quiera.»</p>
-
-<p>Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber
-por qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh!
-no me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa
-ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de
-creer? Lo intentaría al menos.</p>
-
-<p>Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no
-tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus
-amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al
-pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:</p>
-
-<p>—Cierre usted la puerta.</p>
-
-<p>La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué
-haría? ¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media
-vuelta; pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta
-y me entró un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó
-simplemente brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en
-semejante estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de
-pedir hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La
-ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi
-cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los
-labios á la rejilla y me puse á dar voces:</p>
-
-<p>—Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me
-queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño?
-¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y
-sois... cualquier cosa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-305">p. II-305</span></p>
-
-<p>Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi
-demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro
-giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido.
-Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre,
-porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.</p>
-
-<p>—Camila —grité—, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida...
-Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te
-pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él,
-burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...</p>
-
-<p>Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta,
-notando en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba
-haciendo. Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano,
-me la mojé. La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios,
-donde la pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al
-mismo tiempo que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo...
-¡Oh, Dios mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y
-también las risas del bruto...</p>
-
-<p>Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la
-escalera, creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos
-adelante; el barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies,
-y ¡brum!... me desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de
-toda la espiral de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de
-vida.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_25">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-307">p. II-307</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXV</h2>
- <p class="subh2">Nabucodonosor.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo
-tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que
-estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta
-el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron
-el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió
-á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en
-cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego,
-me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba
-muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas,
-mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda la
-noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala cara...
-Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de recobrada
-eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me quedaba
-por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos de la
-muerte, en que tantas horas estu<span class="pagenum" id="Page_II-308">p.
-II-308</span>ve, revolcándome en tenebroso espasmo, del cual apenas
-quedaban vagas sensaciones musculares cuando desperté. Lo primero que
-hice fué moverme, quiero decir, intentarlo. De este reconocimiento
-resultó un fenómeno que al pronto no me hizo impresión; pero que poco
-después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto. Yo no podía mover las
-extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay, Dios! estaba como muerto.
-Ramón debió leer en mi rostro la congoja de los esfuerzos que hacía,
-y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que me dejara. Quería seguir
-en reposo para pensar en aquel fenómeno tristísimo. A mi mente vino
-una idea, con ella una palabra. Sí, me lo dije en griego para mayor
-claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea de la justicia, que rara vez
-deja de abrirse paso en nuestras crisis para alumbrarnos la conciencia,
-apareció muy luego: «Bien ganada me la tengo.»</p>
-
-<p>Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia
-física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la
-sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no
-sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con
-toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise
-hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban
-pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban
-el entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida
-tal vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije
-sino ¡<i>mah, mah, mah</i>! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que
-resolví enmudecer. Me daba ver<span class="pagenum" id="Page_II-309">p.
-II-309</span>güenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la mitad de lo que
-fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que echarse á cuestas á la
-izquierda cadáver, y por añadidura pensar como un hombre y expresarse
-como los animales, es cosa bien triste...!</p>
-
-<p>Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas
-cuando oyó mi espeluznante <i>mah, mah, mah</i>, no le fué posible fingir
-tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á
-la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de
-Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba...
-Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces
-tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me
-atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado.
-Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas
-tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa
-erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa
-presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me
-martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la
-fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres...
-Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la
-carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré
-hasta por la mañana.</p>
-
-<p>Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no
-saber quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche,
-en<span class="pagenum" id="Page_II-310">p. II-310</span> fila delante
-de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de aquellos
-letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto en alguna
-parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior de mi cama,
-grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo arriba, los
-brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á un balcón...
-La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que brillaban
-en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que hacen en
-la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra que
-me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á los
-ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella
-buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza
-observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy
-acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y
-aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en
-un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran
-ni cómo se llamaban.</p>
-
-<p>Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer
-cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda
-de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas
-y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin
-par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento
-y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María
-Juana, la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo.
-Pero tuve espanto y vergüenza de que mis tres<span class="pagenum"
-id="Page_II-311">p. II-311</span> primas me oyeran. No, antes reventar que
-darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico. Eloísa fué la
-primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en que las tres
-estaban cual aves posadas en una rama.</p>
-
-<p>Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas.
-Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no
-dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro
-del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen
-rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio
-á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado
-y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión
-casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la
-conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba,
-y yo... mutis. «No oirás este <i>mu</i> del buey herido, prenda de mi
-corazón», pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí,
-porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi
-vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas
-(no sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía,
-y él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron.
-Camila vino hacia mí, dejan<span class="pagenum" id="Page_II-312">p.
-II-312</span>do la costura, y me dijo: «¿Qué tal?» En mi sensibilidad
-fuertemente perturbada hizo aquel <i>qué tal</i> el efecto de un intenso
-olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A punto estuve de
-hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El silencio había
-venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad bastante
-para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé
-pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que
-fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero
-y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por
-la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué
-culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades
-más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta.
-Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita,
-entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy
-grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun
-venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á
-los locos», pensé.</p>
-
-<p>Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos
-obsequiándome al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener
-los pruritos dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y
-dándome un apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá
-usted pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la
-voz, inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso
-es el resultado de dejarse dominar por las pasio<span class="pagenum"
-id="Page_II-313">p. II-313</span>nes y apetitos, en vez de vencerlos, como
-hace toda persona que merece el nombre de varón. Conque cuidado, y
-no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal oía yo, ví á María
-Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre la mesa estaban...
-Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole tácitamente por sus
-inoportunas observaciones, y se fueron. Por la tarde vino ella sola;
-se sentó frente á mí al costado de la cama, y me estuvo mirando como
-una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué no hablas?» me dijo
-al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano. Dile á entender
-que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un libro para que
-escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor», escribí, no sin trabajo.
-Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te curamos.»
-«Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las tres
-me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por
-quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un
-garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel,
-guardándose los pedazos.</p>
-
-<p>¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme
-medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser
-el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía
-á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las
-medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos
-derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame
-la estricnina. Pensé decirle por escrito<span class="pagenum"
-id="Page_II-314">p. II-314</span> que me diera de una vez la morcilla, para
-hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta miseria, rodeado
-de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo valerme sin ajeno
-auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí para allí, cargándome
-como á un leño, y haciendo conmigo lo que las madres de más abnegación
-hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é irresponsable. Admiraba
-yo la caridad de entrambos, y mayormente la de Constantino, que no
-tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura lástima de mí. Dios
-se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en plena inmundicia,
-sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable á nada. Era la
-conciencia física que me acusaba en aquella forma tan grosera como
-expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido gravemente,
-hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con más gallardía
-cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese valor de
-sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor llamado
-bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro sin
-duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba
-también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les
-deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal
-moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría,
-á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de
-gracia.</p>
-
-<p>¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta
-asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad
-y<span class="pagenum" id="Page_II-315">p. II-315</span> de sus esfuerzos
-por buscar <i>postura</i> bonita en su muladar! ¿Qué discurriría yo para
-hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué arbitrios de
-coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético giro á mi
-situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul, que
-referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é inmunda
-no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había torcido
-la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á pedir un
-espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil pegar la
-punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no pudiera
-pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo
-difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré
-para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!</p>
-
-<p>Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón,
-donde estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado
-me vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de
-mantas y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de
-esas figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo
-infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi
-boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre.
-Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos
-hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.</p>
-
-<p>Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido
-de Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no
-sé<span class="pagenum" id="Page_II-316">p. II-316</span> qué habría sido
-de mí, porque se constituyó en guardián de mis intereses, y tomó muy á
-pechos todo lo concerniente á los negocios míos, que habían quedado en
-suspenso el día de mi enfermedad. Él y Medina llevaban adelante con la
-mayor energía la acción judicial contra Torres y Samaniego. Ignorábase
-el paradero de Torres. El agente daba la cara, ofreciéndose también
-como víctima, y se prestaba á remediar el daño hasta donde alcanzaran
-sus fuerzas. Halléme en las peores condiciones para alcanzar justicia,
-pues antes que yo habían de cobrar los que, como Cristóbal, tenían la
-garantía legal de la publicación. Severiano consiguió que el Juzgado
-embargase la casa de la Ronda; pero he aquí que el contratista de la
-obra se echó encima de la finca, probando que no se le había pagado más
-que uno de los plazos de la construcción. En fin, que primero cobraría
-el contratista; después Medina, y luego Llorente, yo y los demás,
-si algo quedaba. De todo esto me informaba Severiano, atenuando lo
-desagradable, y dándome esperanzas que yo no podía tener. Todo iba mal,
-muy mal para mí, como veréis por lo que sigue.</p>
-
-<p>A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la
-preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y
-algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la <i>te</i> y la
-<i>erre</i>, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el
-proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como
-la educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á
-los que me oyeran. Tal era mi<span class="pagenum" id="Page_II-317">p.
-II-317</span> estado, cuando Severiano vino á manifestarme que las letras
-que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían sido protestadas,
-y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de resaca. Él
-hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que las tenía;
-pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas, y no tenía
-más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito porvenir!
-—pensé—. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos sobre mí: uno
-contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el tercero contra mis
-arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder mañana mismo para
-exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta la última bota de
-vino.»</p>
-
-<p>—No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta
-casa —me dijo Severiano—. Ten presente otra cosa, y es que el día 12 te
-vencen las letras de Tomás de la Calzada.</p>
-
-<p>Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal
-estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de
-Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo?
-¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando
-quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía
-yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras
-de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de
-ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora
-de estas últimas era el <i>Crédito Lyonés</i>; y no teniendo amistad con el
-gerente ni con ningún consejero de ella, no podía<span class="pagenum"
-id="Page_II-318">p. II-318</span> esperar que me diesen la prórroga ó
-respiro que habría sido tal vez mi salvación. En estos casos las
-determinaciones acudían pronto á mi mente, aun hallándose, como se
-hallaba, enteramente desquiciada.</p>
-
-<p>—Vete corriendo á ver á Medina —dije á Severiano, parte por señas,
-parte escribiendo y algo también con ladridos—. Es el único que
-puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta
-casa...</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha.
-«¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina
-estúpida!... —pensaba—. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que
-cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?»
-Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que
-me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras
-de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de
-aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba
-al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado
-yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel
-caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que
-á las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de
-mí! Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no
-será, aunque tenga que vender la camisa. Aún<span class="pagenum"
-id="Page_II-319">p. II-319</span> puedo negociar los créditos á mi favor,
-aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento. Me quedaré sin un
-real y en situación de pedir limosna como esos infelices lisiados que
-se arrastran por los caminos; pero las Pastoras cobrarán... ¡pues no
-han de cobrar!...»</p>
-
-<p>Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome
-la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán
-los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días.
-Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y
-como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las
-<i>Mezquitillas</i>... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de
-su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona
-formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han
-puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar
-consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás
-á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz
-señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás
-á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre
-la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos
-reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán
-con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu
-padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en la
-artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás comer
-con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda que se
-te ponga al pescuezo para que<span class="pagenum" id="Page_II-320">p.
-II-320</span> no te escapes; porque sábete que vas á ser animal dañino
-que correrás tras las mujeres y los niños para morderles... Y cortarán
-hojas verdes y frescas para ponértelas en el lomo y defenderte de las
-moscas... Porque ellas, en su pobreza, seguirán siendo las personas
-más cristianas del mundo, y vencerán su asco para compadecerte, y se
-impondrán el sacrificio de mirarte, como una penitencia de la falta
-enorme de haber confiado en tí.»</p>
-
-<p>Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo.
-Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para
-nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á
-la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien
-me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único
-apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los
-alimentos.</p>
-
-<p>Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme
-una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor
-con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto
-imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero
-que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no
-comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho
-cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía
-siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en él
-lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima tan
-profunda se pintaba<span class="pagenum" id="Page_II-321">p. II-321</span>
-en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos expresasen lo contrario de
-lo que se desprendía de aquella bestialidad grosera, y no sé si lo pude
-conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían expresar más que el estupor
-del idiota y los anhelos de una gula repugnante. «Acuérdate, Camila —le
-decía yo con el pensamiento—, de cómo te quiso este cerdo cuando era
-hombre.»</p>
-
-<p>No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara
-le conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo
-—me dijo—, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del
-millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas
-con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero
-descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las
-letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no
-es tan perra como dicen.»</p>
-
-<p>Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que
-palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió;
-la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo,
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Se habrá puesto mala?</p>
-
-<p>Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:</p>
-
-<p>—Camila está... vomitando.</p>
-
-<p>«Es que le he dado asco —pensé sintiendo un nudo horrible en mi
-pecho—. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta
-estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la
-borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le
-pregunté como pude lo que tenía, y no quiso con<span class="pagenum"
-id="Page_II-322">p. II-322</span>testar. Pero no debía ser lo que yo me
-figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad; y en un momento
-en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose ambas manos á
-su esbeltísimo talle:</p>
-
-<p>—Es que estoy...</p>
-
-<p>Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar
-inspiración, escribí: «¿Belisario?»</p>
-
-<p>Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su
-rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del
-sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me
-alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que
-era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses», sacando del
-puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor.</p>
-
-<p>Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces.
-Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el
-placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por
-esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me
-faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la
-mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque
-desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía
-con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la
-bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella
-chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido,
-cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he
-dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado
-Petrarca era<span class="pagenum" id="Page_II-323">p. II-323</span> un
-sátiro ante Laura, y el espiritado <i>Quijote</i> un verdadero mico ante
-Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante Camila. No cabía más
-pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme aquí hecho un santo, de
-esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún interés de la carne ni
-cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza corporal que guarda los
-encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel puerco de que os hablo
-no era todo escoria: yo reconocía en mí el conjunto extraño de bestia
-y ángel que caracteriza á los niños; pero nada de lo que constituye el
-hombre.</p>
-
-<p>Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo:</p>
-
-<p>—Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta
-de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero
-yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y
-Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal
-hablará mañana con los del <i>Crédito Lyonés</i>, encargándose de recoger
-las letras protestadas.</p>
-
-<p>Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor
-era completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima
-prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones
-posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento...
-Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta
-mil duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando
-otro tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero
-pasar de aquí érale punto menos<span class="pagenum" id="Page_II-324">p.
-II-324</span> que imposible.</p>
-
-<p>—No hay que soñar —añadió—, con que mi marido se corra más. Ya sabes
-que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no
-repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole
-más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo
-gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le
-perdamos por querer hacerle mejor.</p>
-
-<p>Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar
-á ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan
-bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que
-lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no
-hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis
-importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto
-de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo
-estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había
-escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en
-Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el
-Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada.</p>
-
-<p>Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el
-espíritu las dificultades para salir del compromiso de las letras,
-si algún inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos
-lo pensara. Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué
-aquella noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su
-mujer, se puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay!
-que mi buen tío estaba en si<span class="pagenum" id="Page_II-325">p.
-II-325</span>tuación de que le pusieran niñera, y no servía absolutamente
-para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande, pues si disponía
-de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al andar, y ya se
-había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba como dormido y
-costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya enteramente difusa,
-incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con unas sandeces tan
-primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo le miraba desde mi
-sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo el mismo aspecto de
-niño bobo!... Debo de tenerlo.»</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano
-infantil podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular.
-Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil
-proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un
-puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo,
-don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo:</p>
-
-<p>—Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó
-no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la
-disposición de José María mil reales... ni más ni menos.</p>
-
-<p>Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de
-sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches iba
-un rato tan <i>trigonométricamente trastrocado</i> co<span class="pagenum"
-id="Page_II-326">p. II-326</span>mo siempre, se me sentaba al lado y empezaba
-á hacer chistes para distraerme. Pero ocurría una cosa muy rara, y era
-que ya no me hacían gracia maldita las ingeniosidades de aquel juglar
-de la frase. Sabíanme todas las suyas á fiambre pasado, ó manjar sin
-sazón. Era un amaneramiento y un repetir de fórmulas que se me sentaban
-en la boca del estómago. Yo no me reía ni pizca, para que se marchase
-pronto y me dejara en paz.</p>
-
-<p>Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á
-Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro
-de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del
-tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho,
-inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos
-siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije
-nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos
-con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró
-en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y
-pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me
-contestó:</p>
-
-<p>—Nada, tonterías; no me acuerdo...</p>
-
-<p>Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero
-afán.</p>
-
-<p>—Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos
-—me dijo—. Pasado mañana vencen las <i>Pastoriles</i> letras. No te ocupes
-de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas.
-Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.</p>
-
-<p>Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita
-y prudente María Juana venir<span class="pagenum" id="Page_II-327">p.
-II-327</span> á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos, en un lío de
-billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando el don de
-estas palabras:</p>
-
-<p>—No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que
-te hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á
-Medina, y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir
-al cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de
-la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes
-suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación
-de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con
-practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que
-la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido.
-Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me
-hicieras un recibo...</p>
-
-<p>Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que
-rechazó escandalizada.</p>
-
-<p>—Por ningún caso —me dijo—, y ni el reintegro de la suma aceptaría
-si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si
-algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte
-de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de
-lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras
-cosillas.</p>
-
-<p>Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve
-noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera
-que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi
-alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos!
-Cuan<span class="pagenum" id="Page_II-328">p. II-328</span>do Severiano
-me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi sensibilidad lacrimal
-era muy grande, y á la menor emoción me corrían ríos por la cara. Si
-esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de debilidad nerviosa,
-lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía un ovillo cuando
-Severiano me contó lo que á la letra copio:</p>
-
-<p>—Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu
-socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin,
-el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de
-devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico.</p>
-
-<p>—¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... —exclamé
-rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa—. Te juro que
-van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del
-naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no
-admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma...</p>
-
-<p>—Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con
-su <i>glóbulo</i>, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios,
-don Isidro Barragán.</p>
-
-<p>Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso
-admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el lápiz y
-por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por mí hacíanlo
-de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado con mis malas
-intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi situación
-lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de mi ataque,
-cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado<span
-class="pagenum" id="Page_II-329">p. II-329</span> con mi pesadez, que en
-un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en la escalera. Cuando me
-sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro pensaron que yo me moría
-aquella noche, y les acometió remordimiento de conciencia y estuvieron
-muy intranquilos hasta el día siguiente. Dios había querido que yo
-viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me tenían se les disipó
-al verme como me veían. Camila y él hablaron de perdonarme. Ambos
-lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de este cristiano
-pensamiento.</p>
-
-<p>—Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga —había
-dicho Camila con inocencia de niña de escuela—. No seamos más papistas
-que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos
-bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste
-es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo
-que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y
-con su pan se lo coma.</p>
-
-<p>Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las
-más cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo
-había oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y
-de socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel
-bruto me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio,
-que le dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría
-hecho con su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos;
-serían mis herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi
-fortuna.</p>
-
-
-<h3 title="V"><span class="pagenum" id="Page_II-330">p. II-330</span>V</h3>
-
-<p>Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban
-con las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto.
-«¿Pero cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á
-Villalonga unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco.
-¿Y qué hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que
-sigue:</p>
-
-<p>—No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad
-está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro
-salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima
-Eloísa.</p>
-
-<p>La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte
-que, valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la
-cama. Con gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la
-resolución de no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por
-calmarme. Ramón y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como
-un muñeco, y allí aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me
-echó Severiano.</p>
-
-<p>—Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con
-escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle
-la cara... Después pagarás y <i xml:lang="la" lang="la">pax Christi</i>...
-Cuando ví la cosa fea, me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy
-afligida, pensando en tí, en tu ruina corporal más que en tu pobreza,
-y me obsequió con la mar de lágrimas y suspiros.<span class="pagenum"
-id="Page_II-331">p. II-331</span> «Venderé todo lo que tengo, por sacarle
-de su compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que
-en la casa ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de
-liquidación. Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el
-día anterior y otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me
-preguntó con aquella vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si
-me buscaba diez mil duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato
-al suelo, el ceño fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando
-miradas de amor á sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con
-rodeos?... ¿te lo digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me
-trajo ayer los diez mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín.</p>
-
-<p>Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No
-puedo pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de
-la prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda
-la saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me
-caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso
-que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó
-en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma
-destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa,
-Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que
-formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos
-por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal
-Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una
-vez: «Si me<span class="pagenum" id="Page_II-332">p. II-332</span> ponen
-en la alternativa de querer á todos los soldados de un regimiento uno
-tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto por lo primero.»
-Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo tenía en su alma:
-puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones de trapos y arte
-decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el aborrecible,
-asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo: si me
-hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como sentí
-aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se puede
-agradecer.</p>
-
-<p>Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:</p>
-
-<p>—Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis
-mil duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se
-me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y
-tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle
-reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada
-más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando
-al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me
-lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la
-repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado...
-Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere
-interés. «No es préstamo —me dijo lo menos veinte veces—: es regalo, es
-restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase
-que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.</p>
-
-<p>Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor.
-Mi conciencia se sublevaba;<span class="pagenum" id="Page_II-333">p.
-II-333</span> se me venían á la boca expresiones airadas y terribles. Mi
-honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias y asechanzas que
-le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en mis acciones. Antes
-todos los males que aquel arrimo ó protección indecorosa de una mujer
-que pagaba mis deudas con el dinero de sus queridos. Creo que en aquel
-trance me expresé sin dificultad; al menos yo dije á Severiano todo lo
-que quería decirle.</p>
-
-<p>—Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de
-devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le
-digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita.
-Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira
-que esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto
-de las letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se
-pueda. Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te
-lo pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios
-nos recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado
-del mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por
-haber.</p>
-
-<p>En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras
-conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.</p>
-
-<p>—Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar,
-no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo
-que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo el
-mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un tajo
-á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya<span
-class="pagenum" id="Page_II-334">p. II-334</span> hipotecada la casa... En
-cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que traiga á los prenderos? Pues
-vendrán, y verás cómo no te dan arriba de dos ó tres mil duros... por
-lo que vale siete ú ocho mil. No hay solución por ese lado... Pero
-pues tú lo quieres, devolveré los diez mil á Eloísa, con tal que te
-sosiegues, que no te excites... Mira que te vas á poner peor.</p>
-
-<p>Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo
-que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas
-y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos.
-Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando
-verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve
-muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo
-decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba
-el presagio de mi fin desgraciado.</p>
-
-<p>Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar
-al despacho.</p>
-
-<p>—¿Qué has hecho? —le pregunté cuando volvió á mi lado.</p>
-
-<p>—¿Qué había de hacer? Pagar las letras —me respondió
-mostrándomelas—. Aquí las tienes, con el <i>recibí</i> de Lafitte... Y no me
-preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para boberías
-de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como vienen, como
-resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos. Todo lo
-demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las regiones
-etéreas.</p>
-
-<p>Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna
-opinión. Yo temblaba al<span class="pagenum" id="Page_II-335">p.
-II-335</span> pensar que Eloísa iría á verme como en solicitud de
-mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto, ocurrió este
-desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando no había
-ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla, mi
-conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo hacer.
-Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre él
-la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara
-desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era.
-Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por
-ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues,
-que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya;
-y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de
-mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con
-ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á
-dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería,
-á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban,
-transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que
-tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que
-saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de
-hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay
-más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro
-muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.</p>
-
-
-<h3 title="VI"><span class="pagenum" id="Page_II-336">p. II-336</span>VI</h3>
-
-<p>—A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de <i>jieles</i> —me
-dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto—. Yo también he tenido
-que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy
-amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una
-charada. <i>La solución en el próximo número.</i></p>
-
-<p>No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra,
-no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo
-claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme
-á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz
-que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz
-atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de
-capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco
-de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el
-no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras
-sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero
-hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia
-Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me
-asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.</p>
-
-<p>—¿Por qué estás tan callado? —me decía ésta—. Ramón me ha dicho que
-ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo
-expresarte bien?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_II-337">p. II-337</span></p>
-
-<p>—No creas á Ramón, borriquita —escribí—. Me he quedado absolutamente
-mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.</p>
-
-<p>—De poco te valdrá no decirlos si los piensas —me contestó con
-admirable sentido.</p>
-
-<p>¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates
-tengo que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero.
-Una mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si
-por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un
-segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo
-que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A
-mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:</p>
-
-<p>—Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera
-se evitaría?</p>
-
-<p>—No me ocurre ninguna.</p>
-
-<p>—¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á
-tener Camila?</p>
-
-<p>—¡Claro, tu nene...!</p>
-
-<p>Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba.
-Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.</p>
-
-<p>—Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la
-atrocidad que has dicho...?</p>
-
-<p>Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle.
-¡Desgracia mayor! Yo me daba á los demonios.</p>
-
-<p>—Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba —aseguró mi
-amigo con su calma habitual—. La otra noche, á eso de las doce,
-dormías, y en sueños dijiste: ¡<i>Belisario... hijo mío</i>! y con una
-expresión de cariño, con un tono de padrazo bo<span class="pagenum"
-id="Page_II-338">p. II-338</span>nachón y meloso... Parecía que estabas
-besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá hasta
-Noviembre, según dijo ayer su mamá.</p>
-
-<p>—¿De veras que pronuncié yo esas palabras? —dije, quedándome como
-lelo—. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una
-bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis
-absurdos por verdades.</p>
-
-<p>No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso
-silencio. Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos
-en defensa de Camila, que al fin me parece quedó convencido.</p>
-
-<p>Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía
-disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me
-salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal
-vez? ¿La frase suya de los <i>disparates pensados</i> provenía de haberme
-oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no
-recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de
-actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia
-de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no
-estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun
-así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me
-sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:</p>
-
-<p>—Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna
-barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.</p>
-
-<p>Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas
-misteriosas, obscuras y siem<span class="pagenum" id="Page_II-339">p.
-II-339</span>pre veladas regiones del sueño; pero despierto era yo la
-persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas las virtudes,
-toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de aquel cariño
-paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna pasión.
-No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna
-casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en
-aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud,
-debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza,
-haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la
-contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen
-en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía
-con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo
-deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba
-mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones
-humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la
-cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á
-los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno
-de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al
-fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí,
-infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que
-llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo
-de la familia humana las perniciosas semillas...</p>
-
-<p>No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban
-en mis sanas ideas. Am<span class="pagenum" id="Page_II-340">p.
-II-340</span>bos estaban tan arrumbados físicamente como yo, igualándome
-en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas que decían
-en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo. Eramos tres
-sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el <i>triple trapecio</i>
-de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca famosa á
-Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo como
-buenos amigos, el demonio me lleve.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChII_26">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-341">p. II-341</span></p>
- <h2 class="nobreak">XXVI</h2>
- <p class="subh2">Final.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Ya es tiempo. Voy á concluir.</p>
-
-<p>La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en
-los meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme,
-pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida
-y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la
-proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar
-del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó
-cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que
-tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación
-completa.</p>
-
-<p>Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he
-dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria,
-quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres,
-y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando
-primero y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal
-primera de la vida, me fué con<span class="pagenum" id="Page_II-342">p.
-II-342</span>cedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo á gatas
-hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los seres que
-deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de cobrar el
-barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano. Resistíame
-á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto insistió
-Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que exponer mi
-lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas ó quizás
-burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio no es
-para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me miraba,
-me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña figura. Si
-no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo herido del
-mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado el cuerpo,
-la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro encendido,
-la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto necesitaba
-media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante, me sentaron
-tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era otro hombre,
-y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte bastón. El
-espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la imbecilidad,
-y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que hice para
-componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal.</p>
-
-<p>Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y
-además, ¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y
-el estorbo de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los
-comienzos de Julio, dióme Se<span class="pagenum" id="Page_II-343">p.
-II-343</span>veriano la solución de su charada. Yo había comprendido que
-la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna joven
-rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo habría
-adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto. Creo
-que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean aquí que
-la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don Isidro
-Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba
-<i>familia reventativa</i>, y tendría por papás á <i>Partiendo del Principio</i>
-y <i>No Cabe Más</i>, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me
-quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande
-en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias,
-la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba
-tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras
-herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y
-buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como
-me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla,
-modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos
-apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda
-sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas
-tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo
-no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad
-de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones,
-añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes
-de que yo me metiese á predicador. En cuan<span class="pagenum"
-id="Page_II-344">p. II-344</span>to á la desagradable circunstancia de
-ingresar en la <i>familia reventativa</i>, Severiano sostenía estóicamente
-que el sér humano tiene el don de acomodarse á todo; es animal de
-costumbre que sabe atemperarse á los más extremados y contrapuestos
-climas, á las civilizaciones más refinadas como á las absolutamente
-negativas. <i>Partiendo de este principio</i>, no le sería imposible ser
-yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto esta parentela
-le había de ser menos grata que una camisa de fuerza, poco á poco se
-iría <i>jaciendo</i> y concluiría por encontrarse allí como el pez en el
-agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe que Victoria, de
-quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un sobrino de Arnáiz.
-Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil felicidades.</p>
-
-<p>Habiéndome quedado casi solo en Julio y Agosto, sin más compañía
-que la de aquellos pedazos de mi corazón, Camila y Constantino, pensé
-en continuar mis Memorias, interrumpidas en la parte de mi vida que,
-á mi modo de ver, merecía más los honores de la narración. No me era
-difícil escribir, pues mi mano derecha conservábase expedita; pero se
-cansaba pronto, y los trazos no eran muy correctos. La inteligencia
-y la memoria me ayudaban bien; púseme á la obra, y con lentitud
-proseguí aquel trabajo. Pronto hube de valerme, para andar más á
-prisa, de un amanuense que me depararon Dios y mi tía Pilar, hombre
-que me venía como anillo al dedo para el caso. Llamábase José Ido del
-Sagrario, y tenía una letra clara, hermosa, si bien un poco floreada
-y como con tendencias á criar pelo por los in<span class="pagenum"
-id="Page_II-345">p. II-345</span>finitos rasgos que por arriba y por abajo
-salían de los renglones. Pero era miel sobre hojuelas aquel hombre,
-y con sólo mirarme adivinábame los pensamientos. Tal traza al fin se
-daba, que contándole yo un caso en dos docenas de palabras, lo ponía en
-escritura con tanta propiedad, exactitud y colorido, que no lo hiciera
-mejor yo mismo, narrador y agente al propio tiempo de los sucesos.
-Con ayuda de tal hombre, los diferentes lances de mi ruina y mi
-enfermedad salieron <i>como una seda</i>. Decíame Ido que él era del oficio;
-que si yo le dejara meter su cucharada, añadiría á mi relato algunos
-perfiles y toques de maestro que él sabía dar muy bien; pero no se lo
-permití. Por ningún caso introduciría yo en mis Memorias invención
-alguna, ni aun siendo tan llamativa como todas las que brotaban del
-fecundísimo cacumen de mi escribiente. Yo ponía mis cinco sentidos
-en el manuscrito, temeroso siempre de que él se dejara arrastrar de
-su desbocada fantasía, y puedo asegurar que nada hay aquí que no sea
-escrupuloso traslado de la verdad. La única reforma que consentí fué
-variar los nombres de todas las personas que menciono, empezando por
-el mío; variación que realizamos con pena, pues me gustaría llevar la
-sinceridad á sus últimos límites.</p>
-
-<p>Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad
-é interés á las personas que buscan en la lectura entretenimiento y
-emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el
-principio me impuse, y fué contar llanamente mis prosáicas aventuras en
-Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, su<span class="pagenum"
-id="Page_II-346">p. II-346</span>cesos que en nada se diferencian de los que
-llenan y constituyen la vida de otros hombres, y no aspirar á producir
-más efectos que los que la emisión fácil y sincera de la verdad
-produce, sin propósito de mover el ánimo del lector con rebuscados
-espantos, sorpresas y burladeros de pensamientos y de frase, haciendo
-que las cosas parezcan de un modo y luego resulten de otro. Y no me
-habría sido difícil, sobre todo contando con la experta mano de mi
-inteligente pendolista, alterar la verdad dentro de lo verosímil en
-beneficio del interés. Porque ¿qué cosa más hacedera que suponer
-á Camila vencida de mis gracias personales, ó figurarla al menos
-vacilante, fluctuando entre el deber y la pasión, jugando al <i>hoy te
-quiero, mañana no</i>? ¿Pues qué diré de un buen golpe de escenas en que
-mi borriquita se me entregara, y en el momento de la entrega se me
-muriera en los brazos, sin saber por qué ni por qué no, quedando así
-burlados mis apetitos... ó bien que Cacaseno y yo nos diéramos una
-buena comida de sablazos ó espadazos en el llamado <i>campo del honor</i>
-y que yo le matase á él, enredándome después con su viuda, de lo que
-resultaría pronto el hastío de ambos y una buena ración de dramáticos
-remordimientos? En tal caso haríamos la moral de la fábula tirándonos
-los platos á la cabeza; y luego vendría Eloísa, que de la noche á la
-mañana se había vuelto virtuosa y estaba en camino de hacerse Magdalena
-de pechos al aire y melenas largas, y nos echaba un sermón diciéndonos
-que allí teníamos las resultas de nuestro crimen, que nos miráramos
-en su espejo y pensáramos en arrepentirnos<span class="pagenum"
-id="Page_II-347">p. II-347</span> é irnos á un yermo á darnos de zurriagazos,
-como pensaba hacer ella si el Señor le daba vida... Bien quisiera,
-repito, que en este campo de la fresca verdad nacieran todas estas
-hierbas, que son el forraje de que se apacientan los necios; pero no
-puede ser, y lo escrito, escrito está.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Con la inmensa dote que le llevó Esperancita, desempeñó Severiano su
-propiedad inmueble, y me entregó religiosamente los ochenta mil duros
-que le presté en Mayo con hipoteca de las <i>Mezquitillas</i>. De los Hijos
-de Nefas y de los Hermanos Roldán logré, en virtud de un arreglo, la
-mitad del valor de mis créditos, con lo cual pagué á Medina, á Eloísa,
-á María Juana y otros picos. En el reparto de los despojos de Torres,
-Medina no salió mal, y mi excelsa prima vió entrar por la puerta de su
-casa el famoso espejo biselado. ¡En él se miraría!... A mí tocáronme
-sólo unos diez y siete mil duros. Reuní, amasé y consolidé estos
-míseros restos de mi fortuna, y con ellos y la casa quedóme un capital
-limpio y sano de tres millones de reales, de los cuales, por testamento
-que otorgué en Madrid en Septiembre de 1884 ante el notario don
-Francisco Muñoz y Nones, serían únicos herederos Camila y Constantino.
-Nombré albaceas á Severiano, á Trujillo, á Arnáiz y al general Morla,
-y me quedé tranquilo, diciendo: «Gracias á Dios que he hecho una cosa
-buena en mi vida.»</p>
-
-<p>Aún me bullían en la conciencia los escrúpulos<span class="pagenum"
-id="Page_II-348">p. II-348</span> de herir la delicadeza de mis queridos
-amigos transmitiéndoles mis bienes. Consulté el caso con la propia
-Camila, quien, con noble sinceridad, me dijo:</p>
-
-<p>—No hables de morirte; yo no quiero que te mueras. Pero si te
-empeñas en ello y me nombras tu heredera, no haremos la gazmoñería
-de rechazarlo por una papa ó calumnia de más ó de menos. Nuestra
-conciencia está en paz. ¿Qué nos importa lo demás? Si algún estúpido
-sin vergüenza cree que me dejas tu fortuna por haber sido tu querida,
-Dios, tú y yo sabemos que me la dejas por haberme portado bien.</p>
-
-<p>Me entusiasmó. Le cogí la cara por la barba y le dí un beso, el
-primero que le había dado en mi vida, tan casto y puro que no lo sería
-más si hubiera sido ella mi nieta, es decir, dos veces hija. Y lo
-parecía. Yo estaba viejo, caduco, sin vislumbres de nada varonil en
-mí; no tenía en mi sér sino la discreción, la gravedad senil, y un
-desmedido apetito de aplaudir sin tasa los actos de virtud. En esto
-iba cada día más lejos, y á todo el que me parecía honrado y prudente
-en cualquier respecto, le manifestaba mi admiración, le aplaudía y le
-alentaba con aires patriarcales á seguir por aquel saludable camino,
-único que á la Bienaventuranza eterna conduce.</p>
-
-<p>Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella
-en meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas
-con tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos
-mis asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y
-mi hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de
-menos; pero tuve que<span class="pagenum" id="Page_II-349">p. II-349</span>
-resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que me tuvo
-durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo Ramón que
-la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato pasé,
-temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme daba
-derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par
-hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía
-de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino
-bajó desalado á darme la noticia.</p>
-
-<p>—¿Conque ya tenemos á Belisario? —le dije, abrazándole, sin esperar
-á que contara el caso.</p>
-
-<p>—Sí; pero no sabes lo mejor...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance
-concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.»</p>
-
-<p>—¿Otro?</p>
-
-<p>—Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan
-mal genio como su hermano.</p>
-
-<p>—¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z...</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque,
-cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había
-deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos
-bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á
-la<span class="pagenum" id="Page_II-350">p. II-350</span> exactitud de los
-casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el manuscrito, puesto ya
-en limpio y con los nombres bien disimulados, á un amigo suyo y mío
-que se ocupa de estas cosas, y aun vive de ellas, para que lo viese y
-examinara, disponiendo su publicación si conceptuaba digno del público
-mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á verme; hablamos; le invito á
-escribir la historia de <i>la Prójima</i>, de la cual yo no he hecho más
-que el prólogo, á lo que me contesta que aunque ya no le hace caso
-Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser Duquesa, bien vale la
-pena de intentar lo que yo le propongo. De otras muchas cosas hablamos,
-extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la forma y manera de
-imprimir estas obscuras páginas. La primera condición que pongo es que
-no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi muerte, puede darse
-mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en letras de molde, y
-así la publicación del libro será la fúnebre esquela que vaya diciendo
-por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el infelicísimo autor de
-estas confesiones habrá dejado de padecer.</p>
-
-
-<p class="centra fs90 mt3">FIN DE LA NOVELA</p>
-
-
-<p class="mt2">Madrid, Noviembre de 1884-Marzo de 1885.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_II-351">p. II-351</span></p>
- <h2 class="nobreak"><small>ÍNDICE</small></h2>
-</div>
-
-<table class="toc" summary="Tabla de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="3">&nbsp;</td>
- <td class="tdru">Páginas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">I.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_1">Refiero mi aparición en Madrid,
- y hablo largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana,
- Eloísa y Camila</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-5</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">II.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_2">Indispensables noticias de mi
- fortuna, con algunas particularidades acerca de la familia de mi
- tío y de las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-35</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">III.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_3">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín
- y mis amigos</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-49</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">IV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_4">Debilidad</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-63</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">V.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_5">Hablo de otra dolencia peor que
- la pasada y de la pobre Kitty</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-85</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">VI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_6">Las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-97</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">VII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_7">La comida en casa de Camila</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-111</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">VIII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_8">En que se aclaran cosas expuestas
- en el anterior</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-123</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">IX.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_9">Mucho amor (¡oh, París, París!),
- muchos números y la leyenda de las cuentas de vidrio</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-127</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">X.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_10">Carrillo valía más que yo</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-145</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_11">Los jueves de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-155</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_12">Espasmos de aritmética que
- acaban con cuentas de amor</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-209</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XIII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_13">Ventajas de vivir en casa
- propia. — La noche terrible</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-233</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XIV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_14">Hielo</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-269</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_15">Refiero cómo se me murió mi
- ahijado y las cosas que pasaron después</a>.</td>
- <td class="tdrb">I-281</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XVI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_16">De cómo al fin nos peleamos de
- verdad</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-5</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XVII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_17">Sigo narrando cosas que vienen
- muy á cuento en esta verdadera historia</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-19</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XVIII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_18">De los diferentes
- procedimientos usados por los madrileños para salir á
- veranear</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-37</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XIX.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_19">Idilio campestre, piscatorio,
- nadante, mareante y trapístico. — Mala sombra de todos los idilios
- de cualquier clase que sean</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-63</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XX.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_20">Doy cuenta de la agravación de
- mis males y del remedio que les aplico. — Gonzalo Torres</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-89</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XXI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_21">Los lunes de María Juana</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-115</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XXII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_22">Varias cosillas que no debo
- dejar en el tintero, y la enfermedad de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-151</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XXIII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_23">De la más ruidosa y
- desagradable trapisonda que en mi vida ví</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-211</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XXIV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_24">Las liquidaciones de Mayo y
- Junio</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-255</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XXV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_25">Nabucodonosor</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-307</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XXVI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChII_26">Final</a>.</td>
- <td class="tdrb">II-341</td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han
- puesto tildes a las mayúsculas, salvo para deshacer ambigüedades.</li>
-
- <li>Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se
- espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas
- más recientes.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>En el título del <a href="#ChI_3">capítulo III</a> y en el <a href="#ToC">Índice</a>,
- «tío Raimundo» se cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores
- para manterner la coherencia en el relato.</li>
-
- <li>Se añade, en el texto y en el <a href="#ToC">Índice</a>, un título
- al <a href="#ChI_8">capítulo VIII</a>, que aparece sin él, tomado de
- ediciones posteriores.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Lo prohibido (novela completa), by
-Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) ***
-
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-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
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-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
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-1.E.9.
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diff --git a/old/63412-h/images/cover.jpg b/old/63412-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index b46e11f..0000000
--- a/old/63412-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/63412-h/images/logo.jpg b/old/63412-h/images/logo.jpg
deleted file mode 100644
index 3957043..0000000
--- a/old/63412-h/images/logo.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ