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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Lo prohibido (novela completa) - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: October 9, 2020 [EBook #63412] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han - puesto tildes a las mayúsculas salvo para deshacer ambigüedades. - - * Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se - espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas - más recientes. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - * En el título del capítulo III y en el Índice, «tío Raimundo» se - cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores - para manterner la coherencia en el relato. - - * Se añade, en el texto y en el Índice, un título al capítulo VIII, - que aparece sin él, tomado de ediciones posteriores. - - - - -LO PROHIBIDO - - - - - Es propiedad. Queda hecho - el depósito que marca la ley. - Serán furtivos los ejemplares - que no lleven el sello del - autor. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS - - LO PROHIBIDO - - Novela completa. - - 13.000 - - [Ilustración] - - =MADRID= - PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA - (Sucesores de Hernando) - Arenal, 11 - 1906 - - - - - EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO - IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. - C. de San Francisco, 4. - - - - -LO PROHIBIDO - - - - -I - -Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y -de mis primas María Juana, Eloísa y Camila. - - -I - -En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi -padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa -extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos -que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias, -y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don -Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo -me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar -un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el -hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su -vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando -quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester. -Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha -construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un -principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy -holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el -principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con -lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi -fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso. - -Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente -al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de -González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las -nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente -mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las -personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas -plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y -aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á -las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para -todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé -después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que -nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á -saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á -dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba -en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de -riqueza y trabajo. - -Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros -tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué -primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio -le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, -protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su -familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por -las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, -rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á -agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes -se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De -ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos, -impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como -podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle -sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que -tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada -para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían -el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban -las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas -épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados -expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida -honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, -su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. -No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco -lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba -al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno -perdido. - -Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre -como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba -toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación -anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el -fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente -ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito -y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase -vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus -relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos -con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios -que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el -cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el -momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo -distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano -susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del -aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los -ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba. -No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos -de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco -lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz, -zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la -Verónica_. - -Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en -Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi -instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia -y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi -padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo -febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de -Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no -tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino -de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un -chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas -demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial -de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada -en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este -descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual -si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un -desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con -una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas -¡ay, dolor! estaban ya casadas. - - -II - -En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos -con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso, -el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta -las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación -en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora -indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del -enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer -hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser -que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al -primer novio que les deparó la ilusión juvenil. - -No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo. -Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes -nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad. -Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una -perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo -principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en -presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso -melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso -que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo -semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no -pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á -pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas -me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo -menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta -razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este -flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca. -Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con -mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi -gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos -la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez -de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera -distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle -meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos -espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome -primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el -cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática -constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto -Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin -entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié -mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un -mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el -herpetismo ó la tisis hereditaria. - ---Todos padecemos en mayor ó menor grado --me dijo amplificando mucho -la relación que voy á extractar--, los efectos de una imperfeccioncilla -nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros -Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido -individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento -y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, -chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, -bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les -ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se -ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba, -como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra -familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en -ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias -lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han -carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las -mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; -pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más -vale no hablar de ellas. - -Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno, -que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con -materiales de invención. - ---Usted hubiera sido un gran novelador --le dije; y él, acercándose más -á mí, prosiguió de este modo: - ---Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, -y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene -reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero -sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy -_célebres_. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. -Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor -se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda -haciendo de fantasma para asustar al pueblo. - -»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico -para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se -había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran -poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran -en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más -de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños -ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza -humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo. - -»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar -gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía -libros con ellas. - -»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el -hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato -en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás -puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas -encontraba algún _incitativo melindre_, que dijo el otro. Cuando se -casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! -tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes. - -»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el _Quijote_ de memoria, y -hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había -refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á -relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como -ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque -también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y -compuso una obra sobre los alfajores de la tierra. - -»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias. -Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, -esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De -pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y -visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más -remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza -cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó -con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía -más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su -mujer paría siempre gemelos. - -»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad -mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. -Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el -puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero -repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena -familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero -de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le -acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades -varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del -54. - -»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que -el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver, -y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado, -y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un -sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo. - -»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el -más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer -alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y -su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la -cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió -por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera -ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa, -en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no -hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía -en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en -él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado -á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates -más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el -tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente -y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta -que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da -vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me -atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual -objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y -llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo -explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace -y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración -cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una -librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos, -agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del _carrik_, y abur. En -varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner -sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, -tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en -esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé -yo... mil desatinos que no entiendo. - -Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente -fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los -grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y -agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas -se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á -dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba -aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio -tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura -se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando -cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo: - - -III - ---Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán, -el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de -mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del -espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin -embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones -críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido... -así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo -entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo -el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo -experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero -ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es -que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó -cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como -si tal cosa. - -»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene -indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de -relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo -tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para -todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni -supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso -talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de -flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa. -Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos -de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo -de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le -sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro -de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape -de todos los demonios. - -»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia -tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se -extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en -opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión) -las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres -ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en -cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en -el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus -encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas. -¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias -y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le -entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de -cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede -vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único -que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño -entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su -voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse -la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se -casó, estos ataques son poco frecuentes. - -»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor. -Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la -menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus -afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, -que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa -con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto -cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía -trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer -alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio. -Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se -pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una -simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva -compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las -de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre -esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días -más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la -garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se -pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien -la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con -que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las -destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces -la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en -confianza) no merece tal joya. - -»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos -favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no -la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado -más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece -más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran -fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo -decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal -dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas -extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal -gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad. -Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo -prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me -espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma -de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso -que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no -encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto... - -Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la -sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió -con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo -luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era, -según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes -físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en -limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste -habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija -única suya hubiera sido mi mujer. - -Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden -de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío -aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad -que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí -aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y -este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba -completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el -viento. - - -IV - -Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba -animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la -misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María -Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas -á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su -madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre -cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras, -si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese. - -Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza -estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles -admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la -conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura -á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado. -Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su -engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después. -Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud, -veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz -que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy -principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños -que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que -ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso; -que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos -de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió, -pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida -obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban -dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero -siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban -los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como -otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que -su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los -transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el -pintoresco traje de Astorga. - -Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una -pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid, -y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido -tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y -método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su -generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito -de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si -era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás -desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los -que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué -compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha -trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte -no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando -que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el -ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana -_la ordinaria de Medina_. - -En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco -para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más -valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos -éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna -bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas -ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un -tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales, -guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo -que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho -amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir, -que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno -atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento -y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si -no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto -abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» -Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en -algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y -literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que -su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y -acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en -todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. -¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y -humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver -su miseria en el paño negro de una levita? - - -V - -Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero -mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa -parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física -creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento, -piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve -por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien -que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta -inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía -ya en la mano y le había hincado el diente. - -Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé -en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste -de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su -cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo -por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo -con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo -hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto -exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las -cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como -cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me -produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones -y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer -que Eloísa tenía siempre razón. - -La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la -apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que -iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su -carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en -una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes, -de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al -enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar -entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos -sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El -«si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los -labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma -la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación -tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos -hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las -acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la -virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso -por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado, -criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran -por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura -mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado -interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su -carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la -enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en -otro sér. - -Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al -despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á -luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo -también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal -y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna. - -El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata. -Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios -de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo -de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que -ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no -formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios -más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo -el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros -y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la -herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, -que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de -presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante -á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido -veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un -triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la -herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura. - -Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas; -pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la -mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral, -debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables. -Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda -honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena -de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir, -aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer -esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la -Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine -May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del -conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura -comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas -propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas. - -Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una -de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba -simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad -de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases -históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo, -aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo -verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo -el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que, -aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción, -siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen -Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en -morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría -cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había -podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante. - - -VI - -Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que -la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en -la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio, -á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces, -pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no -es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal -educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me -hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía -lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor -del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del -otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. -No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos -de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día -se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo -hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces, -después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias -de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones -francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía -como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía -un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su -mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era -aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces -dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á -su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que -no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose -al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los -nervios, los pícaros nervios. - -Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la -casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa -de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente -la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos -y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las -beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla. - -Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima, -vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un -médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como -aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada, -indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente -negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos -un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba -muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca -están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que -era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La -discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto -de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad -de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale -por el más infeliz de los seres nacidos. - -El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado -Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis, -médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de -todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que -pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía -ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le -daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera -existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían -de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme -su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta -del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi -tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al -oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué -encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era -feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero, -brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de -que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la -de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos -de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas -gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía -de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar -á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de -la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo -sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la -inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va -por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos -se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el -resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que -los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar -al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo: - ---Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste -de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para -distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón? - -Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba: - ---Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere. - -Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido -alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A -su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales -chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le -decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando: - ---Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!... - -Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban -pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco -decentes á mi ver. - -El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar -muy atrasado en su carrera. - ---Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de -guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios? - -Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable -y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar -una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del -ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda -sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de -sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal -contenida ira: - ---Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas. - - - - -II - -Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades -acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa. - - -I - -Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando -me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos -y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para -desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico -acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía -de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística -de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes, -Murgas y Urquijos de Madrid. - -Vais á ver lo que yo tenía. - -Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma, -celebré un convenio con los _Hijos de Nefas_, que se hicieron cargo de -todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando -además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta, -la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los -referidos _Hijos de Nefas_ se reservarían, puesto que yo entraba á -formar parte de la casa como socio comanditario. - -Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros. -Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes -casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría -recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en -letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera -cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos. - -Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo -en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred -Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos -setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos -cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder -de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100, -con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de -reales. - -Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100 -Consolidado, _Ferros_, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al -portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros -efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre, -y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación -que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me -producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus -valores. - -Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había -comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á -fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital -efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios -créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían, -en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien -manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de -renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos, -especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar -con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto -de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado -siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones -en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen -llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio -optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase -de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo -lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho -más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente -buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas -de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no -quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron -pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la -familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor, -así por el parentesco que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, -como por el roce constante de su marido con personas y personajes de -todas las clases sociales. - - -II - -En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No -pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á -escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera -una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación -simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía -sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del -motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila, -que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome -al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana, -Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria -sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero -el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras -razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres. -Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en -ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos -hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava -Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...» -«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran -revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran -nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, -menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía -rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho -haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado, -y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la -sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo -entre sollozos: - ---Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para -ver patas arriba á tanto... idiota. - -En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla, -el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida -con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado -pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un -poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar -por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies -inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la -urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de -una vez para siempre con los... me parece que dijo «los _mamalones_ que -viven á costa del prójimo.» - ---Pero, señoras --dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á -otro para ponerlas en paz--, ¿qué piropos son esos y qué furor de -revoluciones ha entrado en esta casa?... - -Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos -demagógicos, les dije: - ---Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy. - -(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un -velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.) - -Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro -día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á -chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en -aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones -que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío, -al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos, -distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de -donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna, -como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas -altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por -ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más -bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba -ciegamente el partido de María Juana. - ---Un padre debe querer á sus hijos por igual --decía Camila aquel -día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel -alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces -la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba -leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú», -ó cosa por el estilo. - -Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras -sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y -yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis -tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, -una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una -excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los -criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se -cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un -palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el -día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en -sociedad con varios amigos tenía arrendado. - -Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa -paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos -domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas -preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como -se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus -hermanas para aprovecharlas mejor. - - -III - -He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que -tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la -familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones -de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los -procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á -todos los de casa. - -A las inocentes brutalidades de aquel cachorro de hombre se les -daba la importancia de verdaderas acciones humanas. No hay para qué -hablar de la fama que tenía. Había corrido la voz de que era _un rollo -de manteca_, y además muy mala persona, es decir, que ya tenía sus -malicias, y se valía de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos -los recién nacidos gozan de esta opinión desde que respiran; todos son -guapos, robustos y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: -feos, flácidos, colorados, más torpes que los niños de los animales y -siempre mucho menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. -Era un granuja. A los dos meses ya protestaba contra las horas -metódicas á que le daba el pecho el ama, y quería atracarse sin orden -ni tasa. Era, pues, un gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses -mostraba su desagrado á algunas personas, y pataleaba cuando quería que -le paseasen. Tenía la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le -ponían un reloj en la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, -ya sé lo que es eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era -realmente una preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de -Guzmán en la figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y -malicias que indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había -conciertos, á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera -de día, le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la -mía, y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de -colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los puños -cerrados, que parecían dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba -con una sonata de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis -brazos y le paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, -objeto al cual repetidas veces consagraba una atención profunda como -de persona inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las -cosas que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos -se tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa -estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura, -mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las -babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía -sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á -ser muy buenos amigos.» - -Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza y -consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba los -sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo en -las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me gustaba -vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus agradables -cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano de aquel -hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, bastante -lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los maridos de mis -primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran necesarios en -cierto grado á mi existencia. - -Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se llevaba -la mejor parte de mis afectos. Solía consultarme sobre cosas de su -exclusivo interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme -bien y cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los -muebles, le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su -gusto supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba -mi casa con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba -en las tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París -y Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto -de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi -posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando -siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al -parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que -antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella -gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar, -yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas. - -Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que gozaba -oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día: - ---El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los amigos -de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le -acobardan mucho. - -Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de -vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa, -le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente -tener su casa, casa propia, _sus cuatro paredes_, para vivir solita con -su marido y con su hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para -este propósito tan honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio -y el producto de unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran -suficientes para vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias. - ---Oye lo que ocurre --me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa -para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras--. A ver qué -opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche -comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un -buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un -par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros -han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En -toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado -quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no -me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo -á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo -que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos -climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa -acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es -verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué -opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino? - -Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen -juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena -de rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No: Pepe no debía -exponerse á los peligros de la fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué -sería de su pobrecita mujer, sola y muerta de pena en Madrid!... Por -ningún caso. Estaría siempre en un puro afán, pensando si le daba ó no -le daba el vómito, y de correo en correo su vida sería un martirio de -incertidumbre... ¿Y todo por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era -decente y honrado, y no sabría centuplicar, como otros, los gajes de su -empleo. - ---Ríete --le dije-- de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se -volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los -bolsillos más limpios aún... - -Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto mejor -que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita Caballero -no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su -carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las -rodillas... Paciencia, paciencia y calma. - -Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella -conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á -ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes -consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados -con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me -sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que -yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese -aquellas _cuatro paredes suyas_ que la traían tan desazonada. Pero esto -era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, que no -era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de pura fórmula, -de esos que previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa -habría sido imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo -para mi sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la -propia Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la -tierra están muy mal repartidos. - - - - -III - -Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos. - - -I - -Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber -pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas -poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar -de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal -caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar -ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que -lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo -su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En -Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que, -abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones, -lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso. -Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un -rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer -lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el -hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor -dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que -seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable. - -En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase que son -producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la raza los -talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, aunque en -pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo brillante con -lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy incompleta; -había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas las cosas, -desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con una -facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le oían -y no le conocían, se quedaban turulatos. - -A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. Hablaba -francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo hablaba, pero -lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía las lenguas con -facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su memoria estupenda -descollaba también en la música. Repetía las óperas del repertorio -moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos difíciles de música -sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que Tamberlick y declamaba -como Rossi, imitando también á los actores cómicos más en boga. En esto -de remedar voces y de asimilarse todos los acentos humanos, superaba -con mucho á su hermana Camila, que igualmente tenía dotes de actriz y -habría lucido en las tablas si á ello se dedicara. - -Mi primo no era pintor porque no se había puesto á pintar; pero -buena prueba era de su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando -por entretenimiento dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas -deliciosas, frescas, fáciles, y á veces le ví trazar en serio, -observando el natural, contornos de una verdad y elegancia que me -pasmaban. «¿Por qué no te has dedicado á la pintura?» le preguntaba -yo á veces; y él alzaba los hombros, como diciendo: «Si me hubiera -dedicado á todo aquello para que tengo disposición, no me habrían -bastado la vida ni el tiempo.» - -Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro cualquiera. -Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, según -le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas -las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre, -declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la -pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo -que parecía arrancado de _Los Miserables_. Otras veces imitaba á los -clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su -cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas -muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de -vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra -aspectos y fases que se ocultan á la generalidad. - -Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras de -molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara -un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo -imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril -entusiasmo, se quedaban sin concluir. Cuando se le reprendía por su -inconstancia, disculpábase con la carencia de estímulo, que es la -asfixia del escritor en nuestro país; con la falta de editores. ¡Oh! -si aquí se cobrara por escribir... Esta era su muletilla, que iba -siempre acompañada de la amarguísima exclamación de Larra: «El genio ha -menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.» - -Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido -y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro -alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender -que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás -poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni -crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes, -porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión -moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística -como para las obras de la voluntad. - -Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria de la -familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar partido -de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero en el -primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, Minas, -Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y para no sé -qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios era como hojear -una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de recomendaciones. -«Mi camino al través de la Universidad --decía--, ha sido una senda de -tarjetas.» - -En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años -(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su -naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo, -madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por -huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por -adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las -energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como -si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias -de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria -flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco -aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente; -pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su -cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado, -muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz -cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día -que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca, -estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor -y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los -ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió -levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos -á la espalda y la barba sobre el pecho. - ---La inacción es lo que me mata --decía sin detenerse--. Me estoy -atrofiando, me estoy enmoheciendo... - -Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían -muertos, díjome entre carraspeos: - ---Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es? -Reblandecimiento de la médula. - ---¿Has consultado algún médico? - ---No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su -proceso, sus síntomas y su tratamiento. - -Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la _pía mater_, -del _canal raquídeo_, de la _substancia gris_, de las perturbaciones -_vasomotoras_, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser -su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el -aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como -yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en -afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja -y con precipitación maniática sílabas obscuras. - ---¿Sabes --me dijo de súbito, contestando á mis preguntas-- cuál es -uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La _afasia_, -ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza -en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser -pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de _r_ líquida después de -_t_, es decir, las sílabas _tra_, _tre_, _tri_, _tro_, _tru_... - -Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se -expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De -súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé -qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á -sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi -cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su -semblante tenía mucha animación. - ---Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo --me dijo--. Mira, para -probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de -que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. -Recitándolo, puedo sintomatizar la _afasia_ y también prevenirla, -porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con -dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha. - -Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y -seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una -rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, -este incalificable trozo literario: - ---_Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente -trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados -contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo -Tetrarca trapense_. - -Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que -cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por -Dios que se callara. - -Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi -primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo -del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un -poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos -agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por -lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar -la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba -anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal -transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la -murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. -Así, desde que empezaba con el _triple trapecio de Trípoli_, ya estaba -yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto. - -No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se -bajó á dormir á mi casa. - ---Arriba no se cabe --me dijo un día--. Me han ido acorralando poco -á poco, y por fin me han metido en un _triclinio_ en que estoy -_trigonométricamente trastrocado_. Si quieres, puesto que tienes casa -de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más -acompañado. - -Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y -en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le -tenía siempre junto á mí como mi sombra. - -Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le -proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los -gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á -mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo ---decía-- no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del -mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al -punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los -_triunviros trogloditas_. - ---No me marees --le decía yo--. Si no tienes dinero, pídelo en -castellano. - -A él se le encendían los espíritus con esto. - ---¿Es verdad ó no que no hay _guita_?... ¡Oh! si tengo yo un ojo -médico... - ---Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese ---exclamaba con solemnidad cómica--, cierto es. - ---¿Por qué no te clareabas? - ---¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de -verdades, no las soltaría sino una á una. - - -II - -De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que -más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el -primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos -excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A -Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le -conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de -oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que -en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del -Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una -misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el -uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando -de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en -los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil -comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de -decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir -carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la -gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la -provincia era feliz bajo su combinado feudalismo. - -Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse -á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin -saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito -de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada, -ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo -arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el -Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía. - -Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis -íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con -motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués -de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más -de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día -que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo. -Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el -marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía -palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante. - -No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín, -brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era -un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas -infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de -Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia -la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del -reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á -almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde, -después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas -en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó -doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba -al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía -invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava. - -Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de -un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva -admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y -tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes -con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las -malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La -moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y -pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda -espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella -hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si -el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le -hubiera deformado el pescuezo. - -Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos -modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad, -que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé -á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba -tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de -aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que -le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que -él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un -fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda -idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba -yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero, -arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera -yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle -y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado, -no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así -se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la -vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un -hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre -el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con -palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser -propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un -galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas, -ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones -del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales -y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre -infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al -anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos -á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que -el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses -bravas que perseguía. - - - - -IV - -Debilidad. - - -I - -Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. Estuve -en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas de -tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien -el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas -de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península. -En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que -veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces, -ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran -muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba -alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de -importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco -lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz ---decía--. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta -de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades -en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como -una especial manera suya de admirarle. A la semana siguiente me decía -en una postdata: «¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. -Reventó la tía Cícero...» Esta noticia dióme que pensar. - -Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á mediados -de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con motivo -de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, y -francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al -cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en -la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la -hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su -sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores -del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena -señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado, -en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos -años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo -estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su -mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he -dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la -riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo -en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en -aumentar el de los demás. - -En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre -de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia no -era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en esto se aferraba -más que en ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; -la plata labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores -públicos suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un -capital de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa -ser felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. -Tal fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto, -apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros -de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á -disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la -sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan -solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia. - -Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el -semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas -comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis -propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter. -Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el -hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas. - -Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril -diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita -Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido -en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo no -trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, he de -traerle á este relato, agarrado por sus grandes bigotes, cuando sea -ocasión de hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, -según el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. -Eloísa no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si -tenía pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio. - -Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la faena -deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios aquellas -cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la calle del -Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué importaba? -Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada alcurnia, -y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo ponía mi -prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, aquel -altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. Diariamente -se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre la forma -de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de tal ó -cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si me -es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los -hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había -enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba, -distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle -límites prudentes á los gastos que hacía. - - -II - -Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí -enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi -mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la -fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo -de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura -normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de -alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba -tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en -todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran, -lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado _adinámico_, -carácter patológico del siglo XIX en las grandes poblaciones. Poca -fuerza febril primero, poca fuerza reparatriz después, debilidad -siempre: tal era mi naturaleza en la enfermedad y en la convalecencia. -Molestábame sobre todo, al recobrar á sorbos la salud, mi lamentable -estado nervioso, la pícara desazón crónica, que apareció con sus -síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel terror inexplicable, aquel -azoramiento, aquella previsión fatigosa de peligros irremediables! ¡Qué -esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón para vencer esta tontería! -«¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos á ver», me decía tratando -de corregirme y aun de avergonzarme como si hablara con un chiquillo. -Nada conseguía con este sermoneo de maestro de escuela. No era la -razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme. -No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal; -mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo -que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me -mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me -sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era -un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía -á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo -no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar -del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin -causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y -traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación -de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me -siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego -tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que -necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no -cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de -la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin -descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto -volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta -tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces -era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde -están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes piezas -de acero, en cierto modo semejante al vértigo acústico que produce -en nuestros oídos una racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. -Creía librarme de aquel martirio poniéndome un turbante á lo moro y -rodeándome de almohadas; pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio -era la consecuencia de semejante estado, y pasaba unas noches crueles, -oyendo, oyendo sin cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos -del profundo mar, sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual -nada podía sacar en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y -expresivo, que llegaba á producirme alucinación de la realidad. - -Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia -me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil -habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos -de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; -quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me -eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí -vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba -mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo -mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo -me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era -Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó -enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente -interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi -benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, -era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. -Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los -fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y -el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante. - -Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades -graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á -Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos -contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de -la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio -se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva. - ---Cada noche --nos decía-- me acuesto pensando en una cosa con tanta -energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es -verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil -disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del -Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, -charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á -docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con -el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de -Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos -á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando -por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una -sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del -Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los -oboes comenzando detrás de mí el preludio de _Los Hugonotes_, el gran -_coral_ protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha -los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... _Ñi, ñi_... -¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... -En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme -en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el -telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl, -que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la -romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo -era Marcello, y estaba cantando el _pif-paf_... El director era el -señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme -cantar... - -Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo! - - -III - -Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; -pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra -consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y -criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora -estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron -menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la -sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía -yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en -la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella -el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de -un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que -no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la -mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, -dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una -casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era -quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, -todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la -casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la -compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más -altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje. - ---El día en que yo falte de aquí --me decía--, ya se conocerá mi -ausencia. - -La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal, -érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos -estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran -y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi -prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su -sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial -me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también -á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á -poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo -puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza -de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del -principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, -de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido, -de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi -propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa -tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí -me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo -servía. - -Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. -No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no -tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos -de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente -de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el -tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de -gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el -viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios -de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban -los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros, -aquel incomprensible _¡ues... que!_ de extraño acento y significación -desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por -las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos, -alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos -observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio, -compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se -forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los -_evonymus_ del paseo. Observaba también las conjunciones de personas -diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de -la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento -y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de -difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban -por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que -trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba -su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, -sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de -tintillo aragonés. - -Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo -esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los -mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco -se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo -lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran -menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación -sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor, -con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina -instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica. -Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este -uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías, -que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que -pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía -pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos. - -Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón -y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la -suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el -_barbián_ (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro -á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), -y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas -las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. -Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que -obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición -primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á -saludar con la mano, á repetir los _cinco lobitos_ y la pandereta. -No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de -saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y -echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, -gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar -esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues -_duelen cuando nacen y después se come con ellos_. - - -IV - -El _barbián_ solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á -veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño -en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues -todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que -respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de -despertar parecía que iba á dar la hora. - -Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su -nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de -sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. -Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar -nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los -trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba -superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de -cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen -doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de -cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, -sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando -quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de -la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. -Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; -no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus -ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, -tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento -tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. -Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales -hablaré á su tiempo. - -Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes -bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que -aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de -su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía -á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor -propio. - ---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no -un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. -Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía -de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está -reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho -en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del -Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. -Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la -de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle -de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice -otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca -cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil -obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba -abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle -del Ave-María hasta el Hospicio... - -Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con -otra semejante. - ---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del -teatro, de verlo representar... - -O bien: - ---Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos... - -En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos -de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se -me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien -nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, -_trigonométricamente trastrocado_; quiero decir, que mi imaginación no -iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar -era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, -fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa -necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que -forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas -más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de -contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso -de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta -eminente, trabajando sin cesar en el _triple trapecio_ del vacío. - -Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después -creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi -gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á -la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama -y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres -como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que -estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el _barbián_, y alguna -de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en -que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame -comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo. - -Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de -matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito -como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos -del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le -atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo -y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se -presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle -ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había -ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero. -Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación -afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía -pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y -yo también en el mío. - -Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí -pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía -de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de -un rumorcillo muy bonito, de un _tin-tin_ gracioso que me daba en el -corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda -una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el -líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan -linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, -como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose -para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome -tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí -firmemente que Eloísa era mi mujer. - -Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo -en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se -reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del -contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna -tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de -la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta, -sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres -palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia -discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba -la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi -prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía -reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza: - ---¿Pero he dicho algo, he dicho algo? - ---¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando -suponemos que tiene sueño. - ---No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?... -Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez -hace un momento, cuando... - ---No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo -se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la -majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la -has dicho. - - -V - -A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, -peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de -ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en -la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era -bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra. -Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que -parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema -de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena, -esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha -de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos -de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande, -fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja -de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante -y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que, -rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero, -empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo -flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á -cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento -expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la -contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería -que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla -descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el _Testamento_, el _Vorrei -morir_ de Tosti, los _couplets_ de _Bocaccio_ y del _Petit Duc_.» Todos -los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque -en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin -poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía -mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda -mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes -no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia -nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. -Cuando se ponía á jugar á la _besigue_ con Carrillo y con mi tía Pilar -y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía -tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo -de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me -enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, -aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener -que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía -votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era -que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música -lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el _tin-tin_ de -Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas -maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el -atril. - -A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos -esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, -cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de -cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había -hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como -una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán -tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los -recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme -de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba -unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda -de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en -la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la -multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles -me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme -por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos -llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos -al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos -del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo -en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, -y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el -ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros -valores. El 3 por 100 y los _Ferros_ se convertirían en un 4 por 100 -Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los -segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo. -Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto -tan vasto... Las _Cubas_ no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear -en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés -sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme, -pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente -que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo -oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla, -exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y -unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al -fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles, -viendo cómo los viejos _Ferros_ y las Obligaciones de Aduanas se -despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser -absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito -Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus -cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de -aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola -cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban -orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían -á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no -me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no -subieran tanto. - - - - -V - -Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty. - - -I - -Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, -vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid _buena castaña, buena -nuez_. No estuve en situación de salir de casa hasta los días -precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y -andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la -familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos -discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y -vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha -de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer -emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á -todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos -dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos -de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa -estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi -endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente; -pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día -siguiente de la _abundancia ordinaria_ que reinaba en la mesa y de -las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien -ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra -en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la -cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo -su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el -infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía -de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó -cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando -fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la -feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, -como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo -parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado -en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas -vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar -y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los -que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las -vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un -gallo. - -Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días -antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al -tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba -á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me -hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado -á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las -ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que -tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica -facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su -conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado -que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío -era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba -un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía -tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las -lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que -á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, -tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no -valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi -mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: -«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella -sin merecerla.» - -Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba -enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella -enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi -flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que -no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de -mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad -contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del -objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor. -Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de -gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era -un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada -del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no -se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de -razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero -de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas. - -Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el -objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo -más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, -movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado -de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, -los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que -enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión! - -Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime -en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había -llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos -del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero. -Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas -inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la -quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo: - ---Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la -endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella. - -Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender -varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento -de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos -desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y -Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más -explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En -resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era -siempre la mía. - -Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una -vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante -que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de -cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno -para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas -inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que -vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en -la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea -de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este -modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la -ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis -amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de -mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan -contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión -era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, -tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se -verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral -en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo -somos. - -Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los -principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular, -pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías -iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado -sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien -el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión -vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando -menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería -quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el -símil, qué realidad tenían mis convicciones. - -Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad, -quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que -esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no -me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y -tiempos. - - -II - -Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de -esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos, -de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de -mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza -inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden, -aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la -pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar -dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las -inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años, -tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente. -Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de -ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia -de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy -rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de -la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de -intachable rectitud, la _propiedad_ más pura en todas las acciones, -la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en -religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto. -Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me -vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre. - -Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que había -visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los -escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo, -cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las -costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto -mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que -era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada -por hipocresía. - -Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad, -indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él -llamaba los _remilgos británicos_. Se reía de las perífrasis de la -conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas -del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces -sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas. -Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho -de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia -vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad -y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir -que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en -sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no -fueron extremados. - -Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos -desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos -conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer que vivía en -casa se trasladó á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo -demás lo trajeron la vejez del delincuente y su invalidez para la -galantería. En tanto yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida -de soltero por espacio de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por -semana iba á comer á Forest Hill, donde seguían viviendo las hermanas y -sobrinas de mi madre, y el resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre -los amigos que tenía en la City y en el West. Me alojaba en Langham -Hotel y pasaba los días y las noches muy entretenido. Frecuentaba la -sociedad ligera sin abandonar la regular, y al volver á mi patria, -notaba en mí síntomas de decadencia física que me alarmaban. Puesto que -mis ideas eran siempre buenas, hacía propósito firme de practicarlas -fundando una familia y volviendo la hoja á aquella soltería estéril, -infructuosa y malsana. - -Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, mis -viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince -días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa. -Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus -funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez, -sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un -período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho -al principio, y me establecí en Madrid. - -Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para -lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por -cansancio de mi padre, estaba yo al frente de la casa. Era también de -raza mestiza, como yo; española por el lado materno, inglesa católica -por su padre, el cual había tenido comercio en Tánger y á la sazón -era dueño de los grandes depósitos de carbón de Gibraltar. Además -recibía órdenes de casas de Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase -mi novia Catalina. Le decían _Kitty_. Habíase criado en Inglaterra, -con lo cual dicho se está que su educación era perfecta, sus maneras -distinguidísimas. Prendéme de ella rápida y calurosamente un día en -que, hallándome de paso en Gibraltar, me convidó á comer su padre. Su -belleza no era notable; pero tenía una dulzura, una tristeza angelical -que me enamoraban. La pedí y me la concedieron. Mi padre y el suyo se -congratulaban de nuestra unión... - -¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su padre -de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. La -pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia -disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre -la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba -todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba, -porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama -alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando -me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al -encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro, -me dijo con mucho cariño y tono muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. -Comprendí que la pobre Kitty había muerto. Se me representó fría y -marmórea, su mirar triste apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. -Tuve horribles tristezas, dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos -que me enloquecieron. El tiempo me fué curando con la pausada sucesión -de los días, con el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando -vine á Madrid habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó -mis soberbios planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi -conciencia direcciones nuevas. - -Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era -graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que -revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa, -tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban. -No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma -de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos -de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva -manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por -mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina -ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como -las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la -vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de -Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien -los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; -y asomada á la expresión de aquel semblante y de aquellos ojos, me -decía: «Aquí estoy otra vez: soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora -tampoco me tendrás. Antes te lo vedó la muerte; ahora la ley.» - - - - -VI - -Las cuatro paredes de Eloísa. - - -I - -De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella inclinación, -que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á cualquiera -en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable era tan -difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que -entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida -con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en -principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de -mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era -el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me -escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre -los dedos. - -La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso -domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero -y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios me -iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país era muy -alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la _Mano negra_ y me -degollaran. ¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol -como una oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la -necesidad de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente -indicada por la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á -poco, sin darme cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de -quedarme. Aquí de mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se -me presentaba la ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no -los tenía. - -Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada vez -lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo lo -posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con -Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que -nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados -había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y -burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad -hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y -sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron -palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y -entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba -el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al _barbián_ y se puso á -saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.» -Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba. - -Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque estaban -casi terminadas las reformas de la suya, como habían derribado -tabiques y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba -á inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para -esta excursión el hermoso _landó_ de cinco luces que había adquirido; -mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el -Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina. - -La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era grandísima, -tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y antipático. Su -aspecto exterior era muy feo; pero interiormente revelaba ya el -soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que lo primero -que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de aquellas -horribles sillerías _botón de oro_, y esconder los _biscuits_ y los -_entredoses_ de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde nadie -los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad de su -gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no tenía en -su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, de la -época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación francesa -de la peor calidad. «Calcula --me dijo Eloísa-- si habrá sido difícil -el despejo.» La transformación del palacio era en verdad grandiosa. -Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra -cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito de Palmaroli; -una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de Villegas, -también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me -parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, de De Nittis; -otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas -granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado -aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por -haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de -desmoronarse. - -Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de valor. En -la antesala ví dos enormes vasos japoneses de _Imaris_, hermosísimos, -los mejores que había visto en mi vida. Las parejas de platos _Hissen_ -y _Kiotto_ no valían menos. Ví también tapices franceses, imitación de -gobelinos viejos, que debían haber costado bastante. Dos _terracottas_, -firmadas la una Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. -Bronces parisienses no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho -que sirven para hacer exhibición de preciosas chucherías, y que tienen -algo de los antiguos chineros y de los modernos aparadores. Eloísa -gozaba con mi sorpresa y con mis alabanzas tanto como con la posesión -de aquellas preciosidades. Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus -ojos brillaban; entrábale inquietud espasmódica, y su charlar rápido, -sus observaciones, los términos atropellados con que encomiaba todo, -señalándolo á mi admiración, decíanme bien claro el dominio que tales -cosas tenían en su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía -sentir amenazas de la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta -producido por la interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha -saliva, procuraba serenarse. - -Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba en el comedor los montones -de manteles y servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón -primero, el segundo, la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la -alcoba, el despacho, el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. -Aquí, colgándose de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan -á prisa, y me incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más -atentamente. Allí me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido -entre las vitrinas. En otra parte me oprimía el cuello suavemente para -que me inclinara y pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy -concluído. A veces su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo -contemplando un delicado estantillo japonés, de esos que no parecen -hechos por manos de hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba -su pañuelo y me lo pasaba por la boca. - ---¿Qué? --decía yo, sorprendido de este movimiento. - ---Es que se te cae la baba. - -Al fin, cansados de andar, nos sentábamos. - ---Una casa bien puesta --me decía-- es para mí la mayor delicia del -mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que las -muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los tenía, -me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había de colocar -al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba delante de -los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á paseo con -papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se empañaba -con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo para poder -mirar. Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias -á Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña -me parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y -que tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero -no vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. -Dios ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha -valido de mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los -cuartitos y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la -que se entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque -yo lo he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... -¡Qué lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que -me gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el -pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón -_Capo di Monte_, y sentir dentro de mí una verdadera batalla por si lo -compraba ó no lo compraba... Gracias á Dios, he sabido refrenarme, ir -despacito, hacer muchos números, y decir al fin: «no, no más; bastante -tengo ya...» Los números son la mejor agua bendita para exorcisar estas -tentaciones; convéncete... Yo sumaba, restaba y... vencía. No vayas á -figurarte: también he pasado malos ratos. Después de comprar en casa -de Bach un bronce, veía otro en casa de Eguía que me gustaba más... -¡Qué marimorena entonces en mi cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... -sí otra vez... pues no... que dale, que torna, que vira. Nada, hijo, -que he tenido que vencerme. A poco más me doy disciplinazos. Por las -noches me acostaba pensando en la soberbia pieza. ¿Qué crees? he -pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con un cofrecito -de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... Pero me decía -yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno fuera que... Me -conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, elegante, rico hasta -cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo mismo? - -Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar -á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría -comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo -mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás, -mixtificándome el valor de las cifras. - ---Yo te dirigiré --añadí--. Prométeme no entrar en una tienda sin -previa consulta conmigo, y marcharás bien. - -Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre -ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban -ciertas extravagancias del espíritu. - ---Porque verás --me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como -quien se pone en oración--, yo sé contenerme, sé consolarme cuando -esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes -lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación. -Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque -todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba -por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo -que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que -es Presidente del Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto -pensando que soy la señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un -cuadrito cualquiera, antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo -llego á persuadirme de que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz -de imitación? Pues lo miro como si fuera un ejemplar sustraído á las -colecciones de Palacio... ¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio -Palissy... ¿Tal mueble? Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy -engañando, así me voy entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... -el vicio, sí: ¿para qué darle otro nombre? - - -II - -Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo -en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente -las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las -cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían -gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que -habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó -menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada -primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya -económica, sino cicatera... «Vas á ver...» - -Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa -hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un -busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el -de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna -parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino -con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del -palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos -la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se -le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio. - ---Hay aquí una cosa --me dijo después mi prima en voz baja, tapándose -la boca con el manguito-- que la semana pasada me produjo dos noches -de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y -cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía -en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero. - -Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda. -Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré. - ---No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No -es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores -ingleses y trae cosas que no venderá nunca. - -Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con -soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de -flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan -bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores, -interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de -la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían -de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos; -ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan -en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa -y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. -Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los -monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que -parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas -como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj... - ---Vamos --ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar -de ver aquello. - -Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo: - ---¿Has tomado el _Séspir_?... - ---La vajilla es preciosa --declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo -me convenciera de ello por mis propios ojos. - -Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía: - ---Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del -Infierno. - -A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día -siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas, -espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco -mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en -caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente -recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si -incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo -para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa, -pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre -por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi -gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel -presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella -misma me diese cuenta de la impresión que le causaba. - -Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana -Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se -mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo -derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin -conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía -su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había -ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada. -Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer -inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar -la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto -noticias mías. - -A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de -Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme: - ---¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se -han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De -veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir -la palabra. - -Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza. - ---Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas ---manifesté á Camila, que me respondió á gritos: - ---Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal, -te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo. - -Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le -dije: - ---¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la -cuenta. - -Me tiró á la cara su manguito, diciéndome: - ---Toma... cochino. - -Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa -de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba -decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de -un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las -sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de -atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos. -Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos. -Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero, -doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante. - -Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y -burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios. -Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me -llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su -incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una -salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para -ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. -Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete -en honor mío y como inauguración del comedor... - ---Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más -_chic_... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún -ministro, toda la _jilife_... Mi cuñado Augusto, el primo de -Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo -más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de -camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos -nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí -en su tinta y _Chateau-Peleón_. - -Nunca oí más disparates. - -Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco -antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado -aún. - - - - -VII - -La comida en casa de Camila. - - -La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella -reinaba. _Sicut domus homo_, se podía decir allí con más razón que en -parte alguna. Todas las cosas, en aquella vivienda, estaban fuera de -su sitio; todo revelaba manos locas, entendimientos caprichosos. Para -honrar mis muebles habían hecho de la sala comedor; en la alcoba, á -más de la cama de matrimonio, había una pajarera, y lo que antes había -sido comedor estaba convertido en balneario, pues Camila, que aun en -invierno tenía calor, se chapuzaba todos los días. La sala había sido -llevada á un cuartucho insignificante, próximo á la entrada, arreglo -que por excepción me parecía laudable, pues contravenía la mala -costumbre de adornar suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, -reservando para vivir lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este -rasgo de buen sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni -cabeza. Lo más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que -llaman de ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado -de su tía doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, -creyérase que por su pie, pues no se concebía que ninguna ama de casa -dispusiera los muebles tan mal. - -En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes -y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San -Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de -esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada -de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por -allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la -testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas -las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles -regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad -y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el -comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar -por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era -la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas -de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví -una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba -saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos, -así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones -de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran -triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos -que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin -reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al óleo, -al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera artístico. - -Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, una -buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los que -presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo á -lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para -que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del -tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila -estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina -violentando su temperamento para _salir formal_; de modo que, á más de -salir fea, no tenía el retrato ningún parecido. - ---Habías de ver esta casa --me dijo Raimundo al oído-- cuando mi -hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo -de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso. - -Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos. - -Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla -ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba -la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas -bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa, -diciéndonos: - ---Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto. - ---Esta hermana mía --indicó Raimundo tiritando-- siempre tiene calor. -Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea, -y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la -casa es una sorbetera... ¡Que me voy! - -Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la -sazón estábamos, y dijo á su marido: - ---Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar. - -Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros: -el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos -hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba -en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también -el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como -exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la -criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su -marido con gritos que atronaban la casa. - ---Será para que le alcance algo... --decía él sin mostrar mal humor--. -Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera -yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy! - -Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun -así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida. -Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada; -pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos -la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento -trágico: - ---Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa? - -El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en el -desempeño de aquella obligación doméstica. - ---Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se case... - -Risueño y compadecido, le ayudé de buena gana. Antes había solicitado -Constantino el auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, -no se apartaba del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto -quedó puesta la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas -iguales. Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria -cerámica dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, -regalo de la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio -de unidad. No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que -cada uno procedía de fábrica distinta. - -No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla, -díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de -que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras: - ---Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que -no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo. - ---Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no se -encienden chimeneas --dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en -ella. - ---No viene Pepe --repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar en -mi ocupación, echóse á reir--. Eso, eso te conviene... ¿Y esa loca...? - ---Su Majestad está en sus habitaciones --dijo el manchego-- con la -camarera mayor, que es ella misma. - ---Constantino --gritó Camila asomándose á la puerta--, traidor, ¿en -dónde me has puesto mi alfiler? - ---¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te enfades. - ---¡Que siempre has de ser loca! --dijo Eloísa pasando al cuarto de su -hermana para dejar abrigo y sombrero. - -Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con -elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa -garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura -delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer -bella; pero nunca parecería una señora. - ---¡Mujer, cómo te pones!... --exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la -escasez de tela en la región torácica--. ¿Pero estás tonta? ¿A qué -viene ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es -hoy no llorarás por polvos. - -Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el -mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire -gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa -en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de -yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro. - ---Pero, Camila... pareces una tahonera. - ---¿Sí? --replicó ella riendo con nosotros--. Ahora veréis. - -Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez naturales. -Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas. - ---Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza. - -Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr -otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á -su marido: - ---Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano -Augusto, de paso que vas por el postre? - ---Yo no... Ya sabes que no puede venir --replicó el marido tomando su -capa para salir. - ---Pues déjalo: así tocaremos á más. - -Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con la -girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un -papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la -puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba: - ---Váyanse sentando... Allá va la sopa. - -El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser -almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por -la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que -reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un -asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el -fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía -Camila. En cambio, el pescado _al gratin_ se había tostado y estaba -seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no -se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé -no tenía ni pizca... - ---Pero, hija --dijo Eloísa riendo--, tu cocinera es una alhaja. - ---Dispensa por hoy... --replicaba la hermana--. Se hace lo que se -puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar. - ---Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la red -otra vez --le contestó Raimundo. - -Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un frío -mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no volvería -á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de leña. -Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había vino -en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre -Constantino y su mujer. - ---Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así -salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de -chorlito! - ---¡Ni fuego ni vino! --exclamó mi primo subiéndose el embozo y poniendo -una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar. - ---Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo. - ---No, ve tú. - ---Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes. - ---¡Ay! qué hombre tan inútil... - ---¡Qué tempestad de mujer! - ---Lo mejor --dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar -un rato-- es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos -botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las -negarán. - -Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo mi -primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa. - -Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, todo -lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba un -velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio. -Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la -que servía, que era una chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. -Había venido aquel día con tal objeto, y más valiera que se quedara en -su casa, pues no hacía más que disparates. En los breves intervalos de -sosiego, Camila nos hablaba de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz -en aquel desbarajuste, en compañía del más inútil de los hombres! -Indudablemente Dios hace milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, -mi primita no cesaba de hacer alusiones á un cierto estado en que ella -creía encontrarse, y por cierto que sus indicaciones traspasaban á -veces los límites de la decencia. Ya nos contaba que pronto tendría -que ensanchar los vestidos; ya que había sentido pataditas... Luego -rompía á reir con carcajadas locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi -opinión. No tenía seso, ni tampoco decoro. - -Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco -reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus -superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando -le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había -sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se -avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer -le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase -de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La -Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y -beneficien mutuamente. - -Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro lo -denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino la -verbosidad alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser -menos, se había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba -anécdotas, pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba -penosamente las sílabas _tra_, _tro_, _tru_, mientras el otro decía -cosas saladas y amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese -lenguaje flamenco que tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La -discreción relativa, de que hablé antes, se la había llevado la trampa. -Tal espectáculo empezaba á disgustarme. - -El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió mandarlo -traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo á -cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y -Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse. -La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á -la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que -llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la -mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y -vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía -por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa. - ---Ahora sí que va de veras --nos decía--. ¡Y este bruto se ríe, y no lo -quiere creer! - -De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de -tonterías, y cruzando las manos gritaba: - ---¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, más, -más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes tú lo -que es esto, egoísta! Si fueras padre, verías. Y dí, ¿por qué no te -casas? ¿Para qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier -querindanga... ¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da -tu dinero á las tías. Me alegraré de que te desplumen. - -De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. Hasta -me parecía que lloraba de satisfacción. - ---Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino? - ---Sí que te lo prometo. - -Y se rompía las manos en un aplauso. - ---¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo -quiera en casa de _Capdeville_? - ---Sí: puedes empezar. - ---Bien, bien... ¡Currí... Currí! - -El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso -las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno -hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él. - ---Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa. - ---Yo no puedo ver esto --decía Eloísa con enfado, levantándose para -retirarse--. Me voy. - ---No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y -no parezcas más por aquí. - ---No, no me beses --chillaba Eloísa, apartando su cara--; no pongas -sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca, -¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte -hacer tonterías. - ---José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué -no me convidas esta noche al teatro? - ---Otra más fresca... - ---¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana -para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí, -dile que sí. José María, esta noche... - ---Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú. - ---Constantino --gritó Camila, cantando la marcha real--, esta noche -vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los -cuartitos. - -Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza -tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al -tercer día me enterraban.» - -Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué -á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido -profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le -cubrió con la capa para que no se enfriase. - ---Ve pronto por el palco --decía la señora de Miquis á su marido-- que -es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas -zancas. ¿A qué aguardas? - -El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera, -saltando los escalones de cuatro en cuatro. - ---Iré luego á casa de mamá --dijo Camila, poniendo á su hermana el -sombrero y el abrigo--. Adiós, _comparito_. - -Le dí la mano, y ella me la apretó mucho. - - - - -VIII - -En que se aclaran cosas expuestas en el anterior. - - -Cuando bajábamos, Eloísa me dijo: - ---¿Vas á venir á acompañarme? - -En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la -acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no -aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos, -revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de -nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del -Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á -casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima. -Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á -mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para -verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á -todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del -misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente. -Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante -y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos -en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales... -La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando que -estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto para -colarse dentro. El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de -compras. - -Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos con -ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada aún -más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de -ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que -nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé -de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso -patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en -buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos -catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una -ensalada inglesa. Hablé de los _whigs_ y los _torys_, de la reforma -electoral de 1834, del _Habeas corpus_, de la Liga de Manchester y del -_bill_ de cereales. Sir Roberto Peel quedó hecho trizas de tanto como -le manoseamos Carrillo y yo, y no salieron mejor librados lord Chatam, -Cobden, Russell, Palmerston y los modernos Disraeli y Gladstone. Nos -volvíamos ingleses sin saberlo, y esto precisamente cuando mi sangre -andaluza, la savia paterna, obscurecía y anonadaba en mí lo que yo -había recibido del sér británico de mi madre. - -Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme en -pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi casa, -_in mente_; la robaba como hacía mi tío Serafín con las baratijas -de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, como en un bolsillo, -reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para -darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las -noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes -alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de -mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque -Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico -y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para -que un hombre se ponga en semejante estado. - -Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle. -Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar -turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que -temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo -hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin -darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á -esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún, -nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo. -Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que -equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más -graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando -entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No -tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la -entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y -al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que, -sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me -introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y -callados tubos. - -Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla -como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa -de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en -voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á -dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto: - ---Sí, ya te siento; no creas que me asustas... - - - - -IX - -Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las -cuentas de vidrio. - - -I - -A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día -antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo -me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las -dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía -muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el -amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también -escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con -los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En -ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás -á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la -equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de -ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella, -no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo -antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de -casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de -hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... -Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había -unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible -luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, -el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando -creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben -serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única -eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué -dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la -sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal. - -Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar -que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la -eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con -cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron -de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en -un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...» -«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual -parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...» - -La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor, -idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para -que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el -escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que -debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi -ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la -vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados -laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso -á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada -como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. -Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba -los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; -sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, -todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél -su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo -hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que -poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es -animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad -que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una -ventaja de nuestra edad sobre las precedentes. - -Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había -dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían -guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con -la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra, -mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en -mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino -aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien -que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza -irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con -exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el -corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva. -Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo -perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa -era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer -valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios -que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y -primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado -de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las -seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me -puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto, -no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado -con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, -criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás. - -Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como -gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la -familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado, -ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la -cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado -mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas -ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí -mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me -habían hecho reir mucho. - -Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase, -que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa -en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido. -O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco -chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no -hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el -mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia -natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos -mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su -tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de -hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y -dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba -ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó -butacas en los principales teatros. - -Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien -constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos -diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble, -antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo -cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía, -ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia. -Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada -pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de -lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos -de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta -exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. -Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina -antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de -sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano -y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano -media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de -alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una -pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé -en casa de Marabini quince mil duritos. - - -II - -Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de -Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á -consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve -tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El -pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que -en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á -tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir -de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la -calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil -nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad -parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. -En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un -camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una -independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á -mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo -que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin -peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono; -ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más -autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios, -amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas -parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su -modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de -amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos -dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras -anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y -nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por -el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas -tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en -las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse -de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna -_bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto -desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad -que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como -nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar -con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes -divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado; -mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á -Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la -originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos, -que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la -estación próxima. - -Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más -depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la -mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla -Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa -quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de -costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes -y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También -solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á -los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés -abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al -alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido -de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta -las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso -sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la -clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya -que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse -para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas -en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser -la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde -quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa, -y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una -quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo -mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que -mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre. - -Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar -numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había -ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½ -por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos -ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España -aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en -los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había -hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de -la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría -para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras -sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á -aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil -francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi -desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas -cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los -bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos -para poder volver á España. - -Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida -que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la -Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción -tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había -percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo -¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable -ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco -desatino podían destruir los efectos de mi educación económica? -No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad, -resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de -la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un -narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa, -con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no -naufragase. - -Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso, -sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en -nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre -de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también -en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los -placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el -_tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número, -sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al -verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y -dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.» - - -III - -En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre, -pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas -me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del -año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con -la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez -varias letras y algún papel de Londres. - -Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de -la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á -consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo -á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre -de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había -disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular! -Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de -esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir -de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira -que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de -París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme -cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del -espíritu que llamamos sumar, y atento sólo á los aguijonazos de la -voluptuosidad y del amor propio. - -A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al _tanto_, -reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado concupiscente, -por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había mermado en lo más -mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en llevar procedimientos -de regularidad económica á lo que moralmente era tan irregular. El -orden parecíame digno de ser implantado en los dominios del vicio, -y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía la dulce ilusión -de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían mis noches y mis -mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa hacíame ver -nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. En cuanto á mi -fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida y muy saneada, -hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance de los lazos que -mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del propósito, vivas -inquietudes me atormentaban en presencia de aquel querido edificio -económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy profundas. - -Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el -presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella -exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había -importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de -Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la -casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de -verano, menudencias é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la -cifra de veinte mil duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas -de números, y no, no salía. El pasivo del primer año era enorme, -abrumador, y unido á la instalación me daba el resultado tristísimo -de que los señores de Carrillo se habían comido ya la cuarta parte -del capital heredado. Por mucho que estirara yo los ingresos sobre -el papel, forzando los productos de las dehesas de Navalagamella y -Barco de Avila, engrosando los alquileres de las tres casas de Madrid -y añadiendo á todo el cupón de las obligaciones de Banco y Tesoro, no -podía pasar de tristes siete mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que -lloraban por los míos, y me los querían llevar. - -Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más -lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que -iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente -y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en -nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números. -¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y -resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró -conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas. -Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde -en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos. -A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude -obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre -embrollaba las cifras y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso -de la aplicación de los ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones -mías, me confesó que tenía algunas deudas. - ---Te las pago todas --le dije con efusión-- si me juras que no volverás -á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada. - -Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba el -convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se volvían á -contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más se le poda. - ---Ahora no me echarás la culpa á mí --me dijo una tarde--. Es Pepe el -que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo -lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la -calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror... -Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no -ha vuelto á poner los pies en el _Veloz_. No tiene ningún vicio, no -juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan -ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á -contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso _órgano -del partido_, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe, -que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la -Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se -han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse -á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que -no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la _Sociedad de -niños_... Te aseguro que es un dolor... - -Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, me -dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella -señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna. - -Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras lucubraciones -económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. Como el líquido -puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las altas temperaturas -del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el de los poetas, -visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más bien una -fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. Las cifras -de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en quince años, -volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas columnas de -los libros de partida doble, separándose y revolviéndose como las -cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer millones -de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras esterlinas de la -noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan junto á las unidades -formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha el alma! «Entonces, -gata bonita, tendrías un palacio mejor que el de Fernán-Núñez y el de -Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, como el de la esposa de -un _rajah_; tendrías un _yacht_ para viajar por el Mediterráneo y un -tren _Pullmann_ para recorrer el Continente. Te compraría el Rembrandt, -el Murillo, el Veronés que salieran á la venta al deshacerse la -galería de algún principote alemán; y para tí trabajarían Meissonier, -Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo más granadito de Europa. -Aprovechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de las -grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada de -Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el _Tanto Monta_, y -los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en -forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten -en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene -Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la -biblia de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más -sublime, la industria más hábil y los objetos de valor histórico, -despojos que se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú -jugaras con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más -rica que la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina -Victoria, emperatriz de las Indias.» - -Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, para -hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener nada; -vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades sociales, en -un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera frío, ni calor, ni -ciudades, ni civilización... No tener más que un albergue rústico, y -que nuestra despensa estuviera colgada de los árboles... No beber más -que agua clara... Vestirse sencillamente, tan sencillamente, que todo -el guardarropa quedara reducido á un simple túnico talar... Nada de -calzado, nada de sombrero, nada de esos horrores que llaman guantes, -corbatas y alfileres... No gozar de más espectáculos que los del -cielo y la vegetación; no oir más música que la de los pájaros; no -ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que -es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación, -ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y -en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de -cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de -la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo -amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca -cansados de mirarnos y de querernos... - -Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de Eloísa, -que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que ella se -apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos. - ---Calla, tonto... No escandalices. - -No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa -en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país -de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su -túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No -conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus -diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los -lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora -Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en -aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta -tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático que -viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las miradas de la -señora Eva en forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél -de la manzana. ¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar -á aquellas playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra -una sarta de cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas -desarrollan en su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, -se vuelve toda nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la -chaveta, y adiós idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz -sabrosa, adiós festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... -Cae mi Eva en la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el -demonio carga con ella. - - - - -X - -Carrillo valía más que yo. - - -Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor -supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado, -valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi -pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija -era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía -echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta -me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha -luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un -vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las -personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á -sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho -que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y -su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase -por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su -vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría -sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del -jefe de familia. - -Carrillo era presidente de una _Sociedad_ formada para amparar niños -desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la -mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan -humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los -eficaces triunfos alcanzados por la _Sociedad_. Más de quinientas -criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado -de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las -precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce -al presidio. La _Sociedad_ hacía ya mucho; pero su ilustre presidente -aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los -párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso -ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el -crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan -ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo -á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su -despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes, -extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo -cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer -Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para -allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se -desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había -que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar -los fondos de la _Sociedad_. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de -empresarios y concertistas y cómicos! No se eximían de esta febril -contradanza los poetas, á los cuales se les rogaba que leyeran versos; -ni los oradores, á quienes se pedía el óbolo de sus floreados discursos. - -Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su inteligencia, -yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de escándalo y -dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la comparación -siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me cuidaba ni -poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás hablaba en -las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte de ninguna -Comisión de importancia, no servía más que para sumarme con la mayoría -en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas muy incompletas -acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis electores que de -los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme cartas llenas de -quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los papeles rotos, diciendo: -«A mí me ha hecho diputado el ministro de la Gobernación, nadie más. -Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente, el Congreso me parecía -una comedia, y no tenía ganas de mezclarme en ella. En cambio, Pepe, -que era senador, tomaba muy en serio su cargo, se debía al país, -miraba á la patria con ojos paternales, considerándola como uno de -aquellos infelices niños que la _Sociedad_ recogía en las calles. -Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba en muchas Comisiones. -Con frecuencia se levantaba de su banco, sin aliento, ahogándose, y -pronunciaba pequeños discursos discretísimos en pro de los intereses -generales. La enseñanza primaria, la extinción de la langosta, la -necesidad de dar salida á _nuestros caldos_, el establecimiento de -gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la -Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión, -la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios -y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque -asmático, en los rojos asientos del Senado. El _Diario de las Sesiones_ -estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que -se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos -aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un -salto grande hacia la cultura. - -Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado, -con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo -que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién -cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse, -echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á -muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien -si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al -sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y -juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de -la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad, -y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo -bien político. - -Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas -de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma. -Así, desde que ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el -sentimiento general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á -buscar auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos -de nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera -que sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre -resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con -tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de -la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras -cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del -_Otroísmo_ y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente -en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el _quid_ -del defecto que en parte obscurecía aquellas prendas eminentes, -pues siempre se cuidaba mucho más de lo ajeno que de lo propio, y -poniendo desmedida atención en la humanidad y en la patria, apartaba -sus ojos de la familia y del gobierno de su casa. Dueña y directora -de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los detalles más importantes del -régimen doméstico, y no daba jamás una disposición. Tanto celo fuera -y tanta indolencia y descuido dentro, eran indudablemente falta muy -grande. Cuánto me complacía yo en considerarlo así, no hay para qué -decirlo. Aquella superioridad que me mortificaba no era quizás más que -figuración mía, y el pobre Carrillo, al remontarse á lo que yo estimaba -perfecciones, caía por tierra poniéndose al nivel mío, que era el de la -vulgar muchedumbre. - -Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males se -repetían y se complicaban, presentando cada año nuevos y temibles -aspectos, ofreciendo como un campo clínico á los ensayos de la -medicina. Para los médicos era ya, más que un enfermo, un tratado -de Patología interna escrito en lengua que no podían traducir. Los -síntomas de hoy desmentían los de ayer, y los tratamientos variaban -cada mes. Ya, suponiendo desórdenes en la nutrición, se combatían en -él los principios de una diabetes; ya, observando graves fenómenos -cardiacos, se atacaba el mal en el terreno de la circulación. Declaróse -luego la nefritis, y más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con -lesión grave en el vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa -fuese, ello es que Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era -terroso, sus fuerzas inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las -manos le temblaban, y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él -sólo tenía vigor el espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en -las varias faenas á que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo -entusiasmo de que se poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y -enderezando su cansado organismo, como si le embalsamaran en vida. - -Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo en -el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración -moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza -y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que me -alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión que -esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé si -agradecía su estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella -como una salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los -dos, y como si á entrambos nos degradara de la misma manera. - -Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía -encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola -con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas -parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes, -el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella -gente; hablándole de la peluca del _speaker_, del modo de votar, del -familiar tono que usan, y haciéndole, por fin, semblanzas tan exactas -como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros afamados oradores. -¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores horribles, extenuado -de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el infeliz otro consuelo -que conversar conmigo de aquellas cosas tan de su gusto! Su mano en -mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas, y jamás se hartaba -de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de tiempo y de humor -por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla que te charla, -viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la verdad se me iba -agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias! El banquete del -lord Corregidor fué de las cosas que le conté con todos sus pelos y -señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877. Y después, ¡cuánto -detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes, se sonaba con -estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no cesaba de meterse -pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y -sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país -aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una -y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los -normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos -casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de -tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que -hacía propósito de marcharme. - -Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé lo -que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos -obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala -por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa -y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos -encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre -ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en -busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos -habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le -compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera -estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos -dado. - -Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido -estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo -declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos de -alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más de -una vez se le escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose -á días venideros, iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi -mujer. Hablando una noche de reformas en la casa, se dejó decir: - ---Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso bajo, -comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de nogal, -como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del duque -y á la famosa estufa. - - - - -XI - -Los jueves de Eloísa. - - -I - -Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían diez -y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres -nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias -hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la -hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta -que en los llamados _jueves de Eloísa_ reinaba, era un eclecticismo, -una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza -nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más -distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía -en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba -á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con -respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de -propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas, -exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no -adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos -de la confianza castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas -que le dan carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza -de poetas, oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos -ha sido hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de -ideas que anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las -nacionalidades maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en -aquel instrumento armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas. - -Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan -distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de -estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis -castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes -frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el -populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las -redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan -ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De -este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la -cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco -ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen. - -Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, que bien -podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por no aburrir á -mis lectores con lo que no les importa, seré breve, escogiendo, entre -todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á la inteligencia -de los casos que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa -frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual -fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el -timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se -prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz. -Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las -luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y -faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su -reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina -suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan. - ---Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede -tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su -suegra. - -Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba fácilmente -á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el marqués de -Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va del primer -salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica ésta con la -antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara de cristales -con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás el cuerpo -contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién entra. - -Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al -poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad -los guantes de hilo, el maestresala M. Petit --aquel ingenioso francés -que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos -los establecimientos balnearios y de haber lucido su estampa en -el mostrador de algún comedero de ferrocarril, se pasa el invierno -sirviendo temporalmente en las grandes comidas de las casas ricas de -Madrid, ó que lo aparentan--, y pronunciando el sacramental _madame est -servie_, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de -Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza... - -Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de sillas -rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados -ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos -nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como -un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho -de la sopa _bisque_, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios -traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la -conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada -instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los -ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal -flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo -aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi -espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me -mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas, -de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas -en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y -ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo -todavía en su inquietud discreta, ojos que nos miran y se vuelven -y llevan la idea de una persona á otra, el hilo de la conversación -rompiéndose y anudándose á cada instante, las sonrisas disimulando -las contracciones de la gula. Respecto á los dichos, yo no cesaba de -recordar la rigidez de las comidas inglesas, en las cuales todo lo que -se habla podría figurar en el Catecismo. En los festines que refiero, -mi primo Raimundo hallaba medio de contar cuentos indecentes, con una -delicadeza de forma y unas perífrasis que hacen de él un verdadero -maestro en arte tan difícil. - -En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las -señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable. -Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir, -en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre -que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La -originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos -con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría -imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un -gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida -totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso, -medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada -faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de -esas que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante -de tal prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué -general la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella -misma mañana me había dicho que no pensaba estrenar más vestidos ni -inventar rarezas. Dejando á un lado esta contradicción, diré que Eloísa -deslumbraba: no se la podía mirar sin plegar ligeramente los ojos. -Su hermosura, sometida á la prueba de aquella calcinación en crisol -ardiente, triunfaba de las llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y -purificada. Su mirar era como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que -se subía á la cabeza y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir -nada del escote, á quien la coloración chillona del rojo daba más -realce. En su ridículo entusiasmo, un revistero de salones me decía -que aquella carne de Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y -que Fidias y el Hacedor Supremo habrían disputado sobre cuál de los -dos lo había hecho. Vamos, que reñían y se tiraban á la cabeza los -trastos de crear... Yo, como dueño de aquella carnicería marmórea, no -la veía con gusto tan publicada. Pero el maldito revistero no cesaba -de hacer paradojas, que al día siguiente ponía en los periódicos. «Era -un demonio celestial, el _ángel del asesinato_, serafín que había -encargado á Worth un vestido hecho con brasas del Infierno... ¿Para -qué? Para divertir á los Santos en el Carnaval del Cielo... Su cuello -ostentaba una constelación...» A esto de la constelación démosle -su nombre verdadero. Era una hermosa _rivière_ de treinta y seis -_chatones_ que yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se -ha de decir) una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente -del Banco de España. - -Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. Todos -los amigos de la casa admiraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban -por ella. La atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y -mujeres, respiran en tal género de vida; el constante incitativo del -mucho y refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el -espíritu van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas -estas causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte -suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para -apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal -ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de -que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre -los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía -de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de -pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró -delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto -general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de -mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien -ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de -que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía. - -Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre aquella -turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una fidelidad que -habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no viniera á ser -una medalla en cuyo reverso estaba la traición. - -Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa, -empleando reservas delicadas que olían á virtud, imitándola, como -los artículos de perfumería imitan la fragancia de las flores. Para -todos tenía una palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; -compadecía al enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando -constantemente cierta dignidad y señorío que me encantaban. - - -II - -Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna -novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche -(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo -rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio. -Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las -había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme -la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos -lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante -cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las -figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño -natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre, -quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados -los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista, -y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro -asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara -á la Naturaleza con más gallardía. El toque era allí perfecto símil -de la superficie de las cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, -el pincel, convertido en poder fisiológico, había hecho la carne, la -epidermis, el músculo, los cañones de la mal rapada barba, el pelo -inerte, y, por fin, el destello y la intención de la mirada. Aquel -mismo toque habilísimo era luego la lana y el algodón de la ropa, la -seda mugrienta del fondo. - ---Esto ya no es pintar --decía Eloísa, sacando las cosas de quicio--: -es hacer milagros. - -La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, y -á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un -sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y -llena, significando con ella un _atrévanse ustedes_. Su tez pura, su -entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada. -El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían -suponerse antojo de un momento para _encaprichar_ la hermosura noble -revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida -misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su -sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos. -¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa -no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración: - ---¡Qué alma tiene! - -La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves, -como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones de -Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que parecían -personas, y vamos á las personas que parecían cosas. Uno de los -principales devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de -la chimenea del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales -ocupaba Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando -este derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía -en cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien -de los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado, -patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por su -tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y como -los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una calva -pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como adhesión -caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo bastante -para convertir aquella devoción en una especie de cariño paternal, -traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. Muy á -menudo y cuando parecían más interesados en una conversación frívola, -trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho en los -fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su capital en -poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel terreno. - ---Diga usted, marqués, ¿venderé las _Cubas_ para comprar ese -Amortizable que ha inventado Camacho? - -Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al acercarme -al grupo. - -Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que creía -más conveniente. - ---Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme _dobles_ por cinco ó -seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto -(dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes -iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco -tiempo si fueras otro. - -El marqués echábase á reir, y mirándome... - ---Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos -mayores. - ---Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su -socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga -en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará? - ---¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--. -Eloísa, me compromete usted... - ---O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro. - ---Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra -guerra civil. - ---Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito? - ---Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando -entre las bromas y las veras. - ---No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo -con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de -ella es multiplicar. - ---Sí: las contratas dan muchos millones. - ---¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--. -Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño, -aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á -usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted -que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_. - -La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que -decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de -ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían. -Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un -corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para -decirme en secreto: - ---_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para -tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora -tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es -_comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una -lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio... -Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca -usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le -desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan -casos... - -Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera -enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta -nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano: -recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y -parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante -del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez, -y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques -geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios -políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de -Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas -trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le -había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las -dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le -suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. -Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número -de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si -no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en -la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el -maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España. -Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa -alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso -y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se -excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor. -En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar -cuando escriben. - -Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los -primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves -soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de -juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más -sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada, -como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad -idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un -Diccionario de Medicina. - -La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez -despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la -casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne -viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez -le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones -crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general, -bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería -exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura, -y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un -busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su -bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio -ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar -en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y -admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de -desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su -falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación, -y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de -cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería -debía sumas fabulosas. - -Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección -horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte -pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? -Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca -distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la -mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada -con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el -que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en -la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían -desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho -el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con -declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas -no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho -le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose -con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, -dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy -mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano -ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud -displicente, respondía, inflándose mucho: - ---Es que yo me he vuelto ya antidinástico. - -¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente -acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima -á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala -imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las -pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal, -aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado -y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos! -¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos -días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi -espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era. - -He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos -dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece -preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí, -atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable, -jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de -la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre -enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa, -tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta, -que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en -todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida -era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves -precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía. -Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar -con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con -una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias -aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del -pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la -_Sociedad de niños_. - -Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles -por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le -hacía mimos de mamá, incitándole al descanso. - ---Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no -puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te -marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por -qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José -María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado. - -Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni -nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se -empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era -como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas -las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su -puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente -á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida -de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias -sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el -mundo huía como de la peste. - -Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de -costumbre, contra la pared, me dijo: - ---Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el -pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á -otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de -lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado -dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa -finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha -podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple -de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid, -que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del -oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que -se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas -_juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al -paso que vamos, la _débâcle_ no tardará. - -Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía; -pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad, -no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos -afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto), -absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me -hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era -preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves. - - -III - -Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de -estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una -colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y -mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía -que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía -en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón -espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación -de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia -de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, -lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, -araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y -para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar -en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. -Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, -una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría -imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El -día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, -escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una -procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del -mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética -y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación -física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la -Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el -acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner... - -Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque -equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró -que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y... -pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba -en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no -habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que -el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico. - ---Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y -pico de noches_. - -Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su -mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán, -y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque -sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas, -que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo -Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más -alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados. -Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado -en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse -platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que -no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba -resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había -reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más -encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se -trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales -que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su -conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él -preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_. - -El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta -años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me -apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos; -entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en -1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba -fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo, -caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy -buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por -culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no -eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo -como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con -delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas -no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro -y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones -que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é -hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su -vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á -la marquesita de Casa-Bojío. - -El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún -jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á -sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir -á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su -espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, -la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. -Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente -de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las -paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de -aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo -de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, -lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia -despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero -con ella se veía siempre algo, á veces mucho. - -Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente -general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el -sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el -panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe -II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una -buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una -noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y -vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero. -¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde -los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia! -Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso -de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas -tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario -de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los -poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador -pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que -tienen cuartos, ensalzando á los pobres. - ---Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian -las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia -en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por -herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que -el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por -eso no la quiero escribir... - -Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo -con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro -decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las -cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que -es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable, -la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago -es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre -base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII -viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el -comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido -la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya -tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los -principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen -_la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les -falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en -no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es -ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y -por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba -el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios -acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda -satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre -la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males. -Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por -arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está -en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen -como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y -la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber -cambiado el oro por las chinches. - ---Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas! - -(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.) - ---Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos, -los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la -suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber -agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra, -comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y -á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio -y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben -quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, -conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el -Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y -algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido -á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin -energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... -Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos -de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros -tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo -á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y -prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de -fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos -visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno -siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos -con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien, -nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que -el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no -es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de -la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer -también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la -fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras -encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y -digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige -largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la -dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué -llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil -de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas», -que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una -torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué -aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la -mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de -repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á -probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido... - -Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio. - ---Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted! - ---¡Naturalismo! - ---Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con -tenazas lo que dice. - -Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía -con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol, -vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él -protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué -naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas -sirven para todo. - - -IV - -Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque -haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla, -que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba. -Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso -ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno -las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su -contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío -Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba -dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí -el amparo de su _carrik_, no podía hacer de las suyas. Como había -adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la -guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase -casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes, -vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de -la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su -intimidad doméstica. - -Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona -antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que -no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la -semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros. -De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en -los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces, -jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al -levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose -así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más -estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la -mesa era verdadera _Misa_, el holocausto del estómago. Llegaba en esto -hasta la mayor grosería, y cuando no ponían _menú_ escrito, preguntaba -á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su -gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, -diciéndole con afectada importancia: - ---Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso _poulard à la Régence_ -y las _bouchées à la Montglass_. - -Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie, -de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía -separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había -desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media -isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará -hasta la última gota de su sangre en defensa, _etcétera_...» - -Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le -hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas. -Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me -ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto -tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo -con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de -comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, -muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía -con cristales de número muy alto, decían que allí no había más -que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo -resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no -entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra. - -Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. Su -indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las -ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse -zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas, -dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien -la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba -en la inmediata calle de Olózaga. - -María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su hermana. -No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan diferentes. A -Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en la recepción. -Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez Botín de cosas -de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero que iba quedando -en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se le hacía poco -caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, que más parecía -agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una noche en confianza, -en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy alzada para que las -palabras franquearan mejor el gran espacio entre su pequeñez y mi -buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac, -y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el -buen _ordinario de Medina_ me dijo que no tenía palabras para hacerme -comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas -simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir -para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía -que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de -personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer -se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira; -aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar -seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que -se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo -contrario. Nunca le gustó á él _darse pisto_, ni aparecer como sabio ó -como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están -sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les -corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si -quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se -daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa. -Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó -tercer jueves. - -La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias -razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía -uno; pero no era cosa de presentarse todos los jueves con los mismos -trapitos de cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los -vaticinios que indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, -allá por Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, -y que tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué -dos ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de -su centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él -solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote -que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía -más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en -el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por -ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los -perdigones que el de las ideas. - ---¿Y tu mujer? --le preguntaba yo todas las noches. - ---Bien --me respondía--. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella -misma. - -Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio loca, -Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado en -su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para -socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en -medio del desamparo y la desnudez. - -Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de -Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la -cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos. -Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don -Antonio Alvarez Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real -mozo. Mas se podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía -un sér humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á -quien jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía -era repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre -sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al -_Saca-mantecas_ en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para -gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los -del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca -una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las -fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano -Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, _le -crugía el cerebro_: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas -épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á -los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de -caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un -lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta -iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce -varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies. -No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un -ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo -conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero león -á los pies, hasta que tuve la suerte de que mi tío Serafín me librara -de ella. Fué la única expoliación de que me he felicitado siempre. - -Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es que no -se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de monterías -antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces una -insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el -Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre -y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una -oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni -meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados. -Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas, -á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de -vestirse bien, cazar y retratarse. - -Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba. -¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas, -aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á -quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo -contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento -de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los -lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular, -forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto -jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su -partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería -ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le oyera, -y se sabía al dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente -al _Parlamento largo_, al _Bill de derechos_, á las picardías que hizo -Titus Oates y á otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los -anglómanos. - -Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á contarlos. -Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, de cola entera -como los pianos, de media cola y _piccolos_. Ví académicos que habían -escrito cosas bellas, y otros que no habían escrito maldita cosa; -militares en diferentes situaciones, varios artistas, algún diplomático -extranjero, ministros en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y -paisano mío; ví á Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el -marqués de Fúcar, y resignádose á que su mujer viviera maritalmente -en Pau con León Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era -aquello un museo matritense, mejor para apreciado en conjunto que para -reproducido en sus múltiples, varias y pintorescas partes. - - -V - -Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de tanto -y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con -franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo -de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de -una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba el -trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos de mi -corazón, la sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y -de un poco también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las -buenas formas; pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso -en el altar del mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, -humo y la estéril satisfacción de que se hablara de la casa y del trato -de ella. En fin, á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves -atravesados en el gaznate sin poderlos pasar. - -Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al -maldito _qué dirán_ impedíale suspender repentinamente las grandes -comidas. La idea de que se susurrase _que estaba tronada_ la ponía en -ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por -la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor, -de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de -sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo -mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á -un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de -un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio -de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre. -Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la -disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de -majaderías. - -Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara -á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de -lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Desgraciadamente, -no podía apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en -mi auxilio á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían -luchar solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos -de la casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. -La colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que -me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces -á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el -sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar -mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo -verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa -de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria -de Chapa, la osadía del _Saca-mantecas_, la fealdad misma de Botín, -la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría -deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se -asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por -despedirla. - -Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante -que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los -malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta -quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me -he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza! -«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me -costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil -y agradablemente firmando paces que debían de ser eternas por lo -apasionadas. ¡Qué mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado -y sin fondo! Nuestras entrevistas nos parecían siempre cortas, y -expresábamos el afán de no separarnos nunca, de empalmar las horas -felices, pues cada fracción del tiempo que pasaba, marcando una -pausa en nuestros goces, nos parecía algo que se nos había robado. -La publicidad escandalosa de aquel enredo y la ausencia de todo -peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos recatábamos; ya se nos -importaba un bledo la opinión de la gente, que, por otra parte, no era -severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, nadie extrañaba nuestra -conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia que nos acusase. Se nos -veía juntos en público; dábamos paseos matinales; yo iba á su casa -por mañana, tarde y noche, y entraba y salía y andaba por todos los -aposentos de ella como si fuera mi propia vivienda. - -En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. Zumbáronme -los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, y esta -mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, siempre -llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y -cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que -era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el -cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío. -Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos; -pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor. - -Excuso decir que en esta temporada, que no sé si fué dicha ó tormento, -ó ambas cosas combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en -mí. Mi dualismo estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre -andaluza de mi padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro -vicio había acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía -educatriz de mis quince años de escritorio. - -De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de la tal -aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del entumecimiento -cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones mentales acerca -de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa y la gala de -sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que en la casa de -Carrillo se gastaba más del triple de la renta del capital. Varias -noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; pero la excitación -me impedía pensarlo con claridad y energía, y la sedación venía luego -á adormecerlo todo, números y alarmas. Había además otra circunstancia -digna de tenerse en cuenta para explicar mi pereza aritmética. -Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y Eloísa no me pedía -nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna clase de dificultades -monetarias. Fuera del desembolso mensual de los regalitos, yo no tenía -que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta corriente. - -Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás en -ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de nuestras -almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de los jueves, -criticarlos bajo el doble aspecto moral y económico, y pedir que -desaparecieran de la serie del tiempo. - ---Pienso como tú --me dijo la muy mona--; pero yo digo lo que el -Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y -porrazo, podría ser inconveniente. - ---Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma --le respondí--, -dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en -establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía... -Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos -modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te -esclavices. - -Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida. -Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría. -Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo -por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito -violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda -de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo -derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que -principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa -aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los -invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena -gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un -esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á -cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...! - -No tardaron en entrar Chapa, el _Saca-mantecas_, Peña, el secretario -de la Legación de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín -y el general Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el -deber de poner una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición -del amo de la casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en -lo que llamaré el terreno aflictivo era bastante delicada; pues si -aparecía muy afligida, podrían dudar de su sinceridad, y si, por el -contrario, se presentaba serena, las críticas serían más acerbas. -Comprendí, oyéndola hablar del enfermo con los convidados, que hacía -esfuerzos por hallar el justo medio sin poderlo conseguir. A veces -iba muy lejos en el camino del dolor, y conociéndolo, la reacción en -sentido de la calma era demasiado fuerte. Nunca ví lucha más horrible -con las conveniencias sociales; y si las palabras de los amigos eran -perfectamente discretas, sus miradas, al menos á mí me lo parecía, -revelaban una ironía despiadada. Y Eloísa estaba triste en realidad. -Sólo que á veces se le antojaba que debía estar más triste, y á veces -que debía estarlo menos, resultando de aquí que nunca acertaba con el -tono exacto de la nota que quería afinar. - -La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que teníamos -aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas -fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se -hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en -rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora. -Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa, -y todos hacíamos el papel de que se nos transmitía por arte mágico su -contento. Pepe estaba en su habitación acompañado del médico y de su -ayuda de cámara. Sólo el marqués de Cícero, como de la familia, había -entrado á verle. Después ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo -correspondía, y entreveraba los bocados con suspiros. El general Morla -me tocó al lado, y hablamos de la enfermedad de Pepe con la misma calma -que si se tratara de lo buenas que estaban las codornices trufadas. - ---Este hombre se va --me dijo--. He visto morir á muchos de ese mismo -mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se -queda viuda. Tal vez esta misma noche. - -Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del -general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama. -Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo -interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos -nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el -pedazo de _fond d’artichauts au suprême_, aguardaban que se aclarase -el angustioso misterio para seguir hacia su destino. Sólo Botín oía -mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á la puerta antes que -entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir á la carrera. Oímos -cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió hacia adentro, Celedonio -también. - - -VI - -Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras: - ---Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez. - -Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa -del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de -platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema -traidora) fué que mi hombre se atracó de _roastbeef_ á la inglesa, y -cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo -el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades -lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus -gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros -cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal -_restaurant_», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos -inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de -odio contra el pobre M. Petit. - -Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la -porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de -la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino -sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella -mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación -verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas. -Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las -circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese -lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora -muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por -uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al -espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco -ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo: - ---Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me -gusta ver entierros... - ---Es que no tiene usted la conciencia tranquila --dijo no sé quién, -derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas. - ---Me parece que les estoy viendo á todos ustedes --dijo Pilar-- bajando -de patitas al Infierno... - ---Como la llevemos á usted por delante... - ---¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!... - ---Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida -exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro -departamento... - ---¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio! - -Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es -verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el -Purgatorio. - -Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó, -fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de -cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al -señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, -muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té -y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi -cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por -el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y -de secreteo, hablóme así: - ---¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se -esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda. - ---Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante. - ---¿Y está mejor, es cierto? --me preguntó mirándome de un modo que era -nueva apelación á mi confianza. - ---Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre -Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo... - ---Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es -para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más -triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder -aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez... - ---Sin duda alguna --le contesté, por contestar algo. - ---Dígame usted --añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de -confianza--, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la -marquesa de Cícero?... - ---Señora, habla usted como si ya... --respondí espantado. - ---¡Qué tonta!... Quiero decir, _dejará_... Es verdad que todavía no ha -concluído... ¡pobrecillo! - ---Creo que sí --contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como -mandar un comunicado á la prensa--. Sí: su capital permanece intacto. - ---¿Sí?... ¿de veras? --dijo sonriendo y dando al _de veras_ ese dejo -de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular--. O usted se ha -caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de -té para que se le aclaren las ideas. - ---Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es -un hombre prudente. - ---Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que -usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números. - ---Algunos he hecho. - ---Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase -el luto, seguirán los grandes jueves? - -Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la -situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más -natural del mundo: - ---¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es -el último de los jueves habidos y por haber. - ---Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero -el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y -si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué -disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría -esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted... - -En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer, -ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la -corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases -apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, -pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la -casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un -cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla -de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la -moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba -Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso -acento y expresivo arquear de cejas un _Sea lo que Dios quiera_. - -Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, -que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera -libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo -de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo: - ---En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la -mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro. - -De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe. -Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y -tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le -sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño -Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables -excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba -mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por -la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el -coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel. -La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado -consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído: - ---Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí. - -Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y -al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo -supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla -entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el -médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví -en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco -de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo -de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas -un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos -de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no -tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, -inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. -Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con -natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el -aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En -mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, -como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas -y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, -sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba -la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al -través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, -con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un -tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida. - ---Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado. - -Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño. - ---Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted -á su vida habitual. - -Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á -entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no -había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante. - - -VII - -Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la -puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza, -hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que -el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar. -Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda -huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía -ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó -mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo -mortal. - ---¿Qué tal vamos? --le dije inclinándome para verle mejor. - ---Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á -echarle un vistazo. - ---No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora? - ---He pasado un rato muy malo --replicó sacando difícilmente las -palabras del pecho--. Pero después del baño me encuentro muy bien. -Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién -ha venido? - -Dile cuenta de todas las personas que había en la casa. - ---Que no parezca que estoy enfermo --añadió con brío--; que se -diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente -no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las -arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en -fin, nada más... Todavía... - -Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo -un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo: - ---Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no -sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido -vómitos de sangre. - ---¿Sí?... ¿te lo dijo? - -Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy -malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como -se consuela á los niños. - ---Y que todos los días tenías fiebre. - ---Es verdad --afirmé--. No estoy bueno, ni mucho menos. - ---Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad... - ---Sí, sí: estoy decidido á cuidarme. - ---Yo estaré en pie la semana que entra --añadió, galvanizándose con su -espiritual fuerza--, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un -gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos -pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, -consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de -reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se -encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales -teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú -harás lo que puedas entre tus amigos... - -No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no -entrara mi prima. - ---¡Eh... basta de conversación! --dijo, poniendo su mano derecha en -mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo--. Lo -primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca. - ---Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando -de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo. - ---Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos -un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos... -¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya, -basta de conversación. José María, aquí estás ya de más. - -En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me -habló así: - ---¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La -convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan! -¿Vendrás mañana á acompañarme? - ---¡Qué pregunta! - ---¿Y no has visto al pequeño? Pasa --me dijo cariñosamente, empujándome -hacia una puerta--. El pobrecito se despertó con los gritos de su -padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al -instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente! - -El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me -pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer -otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero -Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, -dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy -espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas -blandas palabras: - ---Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. -El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la -noche. - -Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de -tristeza, diciéndome con severidad dulce: - ---Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un -momento. - ---¿Pero eres tan tonta que...? - -Celos tan inoportunos me causaban hastío. - ---Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho-- -replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos. - -En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían, -contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de -frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones. -La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre, -al general, que vivía cerca de su casa. - ---¿Usted se queda aquí? --me dijo--. Velará usted. Cada cual á su -puesto de honor. - -A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió -al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y -puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí -ver á _lady_ Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas. -Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y -en palabras muy quedas me dijo: - ---Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá -de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no -podré dormir. - -Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo -quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas... - ---Necesitas descansar --me dijo con el mayor cariño--. Duerme -ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos -entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita. - -Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto: - ---¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No -me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados. -Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil -disparates. - -Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán: - ---Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay -ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que -arrojas sangre por la boca y tienes fiebre... - -Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo. - - - - -XII - -Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor. - - -I - -Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada se -sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse á -sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de -la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las -ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella -esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia -con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles -martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme -ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido -que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias, -para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los ocho -días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su alcoba, -con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila en lo -concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros motivos -parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una mañana me la -encontré en su gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, -haciendo números y fijando alternativamente los ojos en el papel y en -el techo, que era un cielo azul con sus indispensables ninfas en paños -menores. - ---¿Estás contando las estrellas? --le pregunté, sospechando lo que en -realidad contaba. - ---No: es que estoy calculando... --replicó algo turbada--. Me vuelvo -loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no -disgustarte; pero me pasan cosas graves. - -Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres aritméticos -que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, que la -mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad de la -mía. - ---¿A ver ese papel? --dije, tomándole la mano en que lo mostraba. - -Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no se -podía sacar nada en claro. - ---¿Y quién entiende este _maremagnum_? --indiqué con desabrimiento. - -El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa -boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos -erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez, -tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando -el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á -las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á -presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora, -porque desfigurarlo era impedir su solución. - ---Claridad, completa claridad es lo que quiero --le dije--. Muéstrame -hasta el fondo del cántaro vacío. - -Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el -panorama completo de su situación económica, el cual era para poner -miedo en el ánimo más esforzado. - -Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las frecuentes -compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de arte, y, -por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en sus obras -humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa ruina. -El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda se -les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar los -brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes á -un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había -necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se -diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me -lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No -me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir -dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir -trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que -pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe... -Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo -estaba sofocadísimo. - -Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. A -sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance, -contesté con retahila de números despiadados. Erame forzoso ser -cruel para evitar mayores males. Yo la sacaría del pantano; pero -estableciendo un nuevo plan y presupuesto rigurosísimo, de modo que no -se repitiera el conflicto. - -Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de asegurar -el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. A esto -me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba decidida -á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo creía -necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba sus -últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á concluir? -¿Cómo cercenarle los fondos para la _Sociedad de niños_ y otras -empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas calamidades? - ---No enredes las cosas --le dije--: tus gastos son los que te hunden, -no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el -entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos -los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han -costado. No será difícil encontrar compradores. - -Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, ví -sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran -reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales, -escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil -pedazos. - ---Mira qué pronto se ha hecho la obra --exclamé--: te he regalado cinco -mil duros. - -Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró -Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más -tranquila. Raimundo, hablando del completo hundimiento de la casa -de Tellería, hubo de contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió -mucho su hermana, aunque á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi -primo, en los últimos años la familia se mantenía con lo que Gustavo -sacaba de las queridas ricas: ¡abominación! Leopoldito, marqués de -Casa-Bojío, estaba también en las últimas, porque las fortunas cubanas -habían bajado á cero. León Roch había suspendido la pensión que pasaba -á Milagros. Esta y el pobre marqués vivían separados y en la mayor -miseria; cada cual dando sablazos y explotando al pobre que cogían -debajo. Don Agustín de Sudre había dado en la flor de ir á contarle -al Rey mismo sus miserias, logrando algunas veces pingües limosnas. -Pero la regia munificencia se había agotado ya, y... «la semana pasada ---concluyó Raimundo-- fué el pobre señor á Palacio con el cuento de -siempre. El Rey sacó cinco duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió -la espalda. ¡Y luego se espantan de que haya antidinásticos!» - -Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, oyendo -no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en las cuentas -de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la función, y me -acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre que me abrumaba. -Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban horriblemente los -oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. La apreciación -de los números despertaba en mí con fiera energía, proporcionada al -largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí renacía de súbito el -hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna, -gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica -del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el -diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas -temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban -de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté -de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un -mueble _secreter_ que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir -cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba, -sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había -dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa -en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No -resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había -consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio -que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más -guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento, -semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que -vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas -cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama. - - -II - -Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se -circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía -doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí -me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un -rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas -del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo -moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa -perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y -amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No, -esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el -enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi -perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que -Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se -quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado -ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á -la que me había dado á mí su vida y su honor. El _todo por la dama_ -se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez -dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas -calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla, -cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no -era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los -demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No, -¡_todo por la dama_! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, -superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un -_puñado de monedas_? - -Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser -una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era -un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la -caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa -todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas, -y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar -intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes -y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en -medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían -devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso! -Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto -horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía -menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con -el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves -famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante, -ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para -gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil -reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro -lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían -el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble -suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del -material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general -y adelante. - -Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado -á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me -dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la -senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar -de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de -todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el -arreglo. - -Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir -del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco -de España ó de las _Cubas_? Mi tío me decía que no me deshiciera del -Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio -nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á -65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban -alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando -con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de -pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las _Cubas_. Este -papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente -pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso -que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser -de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con -Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía -en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era -jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus -operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me -faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho -seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz -para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces. - -El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó -mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa. -Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se -vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes -y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas -y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido -una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el -producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior -á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha -de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré -la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me -daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si -he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la -inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada -operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado -sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos -valores, comprometía quizás un poco su porvenir. - -El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna -y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de -propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho, -el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de -terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis -frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le -entró por coleccionar _ojos de gato_ de todos los matices, sino otras -obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué -la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome -brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula -farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por -Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos -celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado -perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal -mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de -nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que -darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin -de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos -derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, -y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le -pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había -muerto en Madrid algunos años antes. - -Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima, -ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían -sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban -en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las -cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad -aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto -á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, -aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la -pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó -á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello, -cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta -cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la -cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas -riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y -las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras -cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir -en zumbidos insoportables. - -Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más -sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino, -y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á -mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su -espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y -diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar. - ---¿Qué mujer no haría locuras por tí? --añadió luego--. Por tí, no digo -locuras, sino verdaderas diabluras haría yo. - -Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos -celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera -iniciativa y flexibilidad, me dijo: - ---No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien -aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré -desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos -días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las -muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de -enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer -en esto del gastar poco. - ---Por Dios --indiqué asustado--, nada de celo excesivo. - ---Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de -comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna -de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo -que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo -el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan -agradables y que han estado á punto de perderme...! - -Tanto entusiasmo me alarmaba. - ---No creas --prosiguió--, también hay algo de sacrificio; pero estos -sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median... -lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás. - -Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías -que había de realizar. - ---Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera -M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el -presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he -estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados, -que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la -doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta -parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo -todos los zafiros, todos... Vendo la _rivière_, los cuadros de Sala y -Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., -etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima -expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la -_Sociedad de niños_... - ---¡Alto allá! --dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda -hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos--. Eso me -parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo -le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos -privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio. -Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo -ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque -subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo. - -Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y -asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al -triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como -con el de sus caricias. - - -III - -Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa, -quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo -que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama. -Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero -arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí. - ---¿Y cómo está hoy Pepe? --le pregunté. - ---Está muy animadito --replicó--. Tiene compañía para todo el día. No -pienso volver hoy por allá. ¿Y tú? - -Díjele que no tenía ganas de salir. - ---Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo con -mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que -usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie. - -Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió -órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al -lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo: - ---¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos, -solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera -guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer -pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de -incógnito, de riguroso _inepto_, como dijo el del cuento, al Puente de -Vallecas, y ponernos á retozar allí con las criadas y los artilleros, -almorzando en un merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, -muchas vueltas, muchas vueltas... - ---No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay -inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana... -Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi -coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y -veremos representar un disparatón... - ---Sí, sí --gritó, dando palmadas con júbilo infantil--. ¡Y cómo me -gustan á mí los disparatones! Echarán _Candelas_, ó quizá _El Terremoto -de la Martinica_. - ---O _El Pastor de Florencia_, ó _Los Perros del Monte de San Bernardo_. - -Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y -darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal -para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su -marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto -á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las -órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el _Sursum -corda_... Felizmente, mi tío y Raimundo, con quien no rezaban nunca -estas pragmáticas, estaban aquel día fuera de Madrid en una partida de -caza. - -Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel. -Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante -de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos -seguros de su fiscalización, y veíamos en la débil pared de la casa -una muralla chinesca que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué -desprecio oíamos, desde mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de -personas y el rodar de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera -se posesionó de la acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre -aquella considerable porción del mundo que nos parecía cursi, frases de -burla y de desdén. ¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente -viniera á rondarnos! Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, -voces y ruedas era arrullarnos en nuestro nido. - -Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á muchos -conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de mi casa -vimos grupos de amigos: el general Morla, el _Saca-mantecas_ y Jacinto -Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el Hipódromo. - ---Mira _la ordinaria de Medina_ --me dijo Eloísa, llamándome la -atención hacia su hermana, que pasó con su marido--. ¡Qué gorda se está -poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más -allá de la Biblioteca. - -Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una -araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de -nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible, -grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á -caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora -de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos -desde aquella escondida atalaya, que nos reíamos de ellos y que les -compadecíamos por no ser libres y felices como lo éramos nosotros! - -La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en donde -estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de los -teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el -nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban, -dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos -diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían. - -En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en cuando, -haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la idea de que -el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; pues aquel -ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada año, y con -su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse las caricias -de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo otros. Todo -estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya no me sentía tan -entusiasmado como al principio, la idea de que no fuese exclusiva para -mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. Pero ya, ya lo sería, -porque en un plazo que pudiera ser breve nos casaríamos y... ¿Y si -después, cuando estuviese bien pertrechado de derechos, algún mortal, -tan afortunado como yo lo era entonces, me robaba lo que yo robaba?... -¡Ah, buen cuidado tendría yo!... ¿Para qué servían la energía y la -autoridad?... Estos recelos no se calmaban ni aun con el juramento, -dado entre mil ternezas y tonterías, de una lealtad á prueba del -tiempo, de una fidelidad que rayaba en el romanticismo pedantesco por -su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro cuchicheo variaba -de asunto y de tono. No tratábamos de cosas exclusivamente ideales y -voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa trajo al altar de Cupido -expresiones que no encajaban bien entre las medias palabras del amor, -y prosaísmos que no se entreveraban bien con las rosas; pero todo -cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto en mi corazón, me -entretenía, me seducía, me deleitaba. - ---Si tú quisieras --me dijo, después de un largo silencio--, lograrías -ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu -experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir, -que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no -quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No -es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es -que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la -guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de -años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de -genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si -me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes -manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer _dobles_? ¿Por qué no te haces -amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de -Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de -Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de -comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha -ganado Sánchez Botín muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí -que eres un perezoso, que no quieres molestarte. Eres diputado y no -sabes sacar partido de tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea -de ferrocarril, la construyes y después la traspasas á algún primo que -cargue con la explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me -gustan estas cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la -mejor flor con que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y -decirme cómo se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, -Fúcar te daría participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que -no hubiera guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista -de víveres ó perdíamos las amistades. - -Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata, -quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la -primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no -comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por -cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo -yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos -de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes -resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado. - ---¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte --proseguía ella con -vehemencia humorística--. Fúcar me ha contado cosas que pasman. -Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo. -Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba -al Ministerio de la Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del -Gobierno dos mil carros, en tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego -no ponía más que mil quinientos, y cuando se moría una mula vieja, ó -veinte ó doscientas (y no valía cada una diez duros), el veterinario -certificaba... «mula de primera», lo que quiere decir cuatro mil reales -por cadáver de mula. Después la Administración militar liquidaba, y -allá te van millones... Si digo que tú eres simple. Yo, á ser tú, me -daría mis trazas para saber cuándo iba á subir el Amortizable y... -¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera seguir en mi tren de antes, -invitaría al ministro de Hacienda, á todos los ministros, y les -embobaría con cuatro palabras amables, y me haría dueña de todos los -secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, que no podrías tú -correr con el pago del cupón en Londres, negociando letras?... También -se procuraría que el Gobierno comprara acorazados para que tú, como -quien hace un favor, te encargaras de hacer los pagos... Porque sí, hay -que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, búscate comisiones en -Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga sus trampas sino con -lo que va sacando de las compras de máquinas en Inglaterra? ¡Oh! yo sé -mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de capa caída como está, una -verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! se me ocurre ahora que lo -que debe hacer España es venderla. Y mira, nadie mejor que tú se podría -encargar de las negociaciones en los Estados Unidos, en Alemania ó en -el Infierno. Conque te dieran el medio por ciento de corretaje... - -Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin -substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la -adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de _Romeo y -Julieta_. - ---Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del -crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor -las exequias del día. Es la _pseudo aurora_ que este año da tanto que -hablar á la gente supersticiosa... - ---No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de -farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas -de los árboles... - ---Te digo que es la tarde... - ---Te digo que es la noche... - ---Un rato más... - ---¡Horror de los horrores: las siete! - -La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su -coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su -casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del -sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba -súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco -espiritual que en mí iba quedando. - ---Abur, abur: ¡qué tarde!... - ---¡Que se te olvida el libro de misa! - ---¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El mejor -negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que me -mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?... - ---Así, así... - ---Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece que -los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no faltes. -Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra vez. Se me -figura que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el -otro guante?... - ---Aquí está, sobre la silla... - ---¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos -delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré -de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes -fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me -haré servir la comida... Caballero... - ---Señora... - ---Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se -decide... - ---Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia -corpórea, sin realidad física... - ---¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero... - ---¡Eh! sinvergüenza, no pellizques. - ---Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á otra. -Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?... - ---Tengo que vestirme... - ---Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás malito?... - ---Abur, abur... Largo de aquí... - ---Feo, apunte, mamarracho, adiós. - - - - -XIII - -Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible. - - -I - -Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola -propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me -disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia -empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á -dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque -por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática, -lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del -reblandecimiento no le permitía pronunciar la _tr_, se ponía el tal -primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba -yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su -mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien -amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las -sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de _Dies iræ_ y con -una cara patibularia que daba compasión. Si estaba yo en mi gabinete -escribiendo cartas, él allí, arrojado sobre el sofá, como un perro -vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba -algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias -partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo -su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más -que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos -espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez -el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su -lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho -por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo -que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del -viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos -molesta más que el ruido mismo. - -En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se refería -siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había condensado -en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea fija, que al -mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran éstos: ¡si en -Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad matritense -está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se verifica -una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de Bolsa á la -insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha transacción -haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas bastante -originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que escondían -algo de verdad. - ---Sostengo --decía-- que no existen, contantes y sonantes, más que -veinte mil reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero. -Pasan de mano en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al -otro, al de más allá. Lo que llaman _un buen año_, es aquél en que -los tales mil duros corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á -una larguísima serie de personas. Cuando se habla de paralización, -de crisis metálica; cuando los tenderos se quejan y los industriales -chillan y los bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los -milagrosos mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola -caja. La sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles -andar de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase -que es el gracioso juego del _corre, corre, vivito te lo doy_. Viendo -pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un -momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el -agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el -habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase -también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la -entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas -apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete en -la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; la -arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de festín; -vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide para juntarse -al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el propietario -hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un afortunado -bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; va á parar -luego á un contratista; le echa el guante uno que suministra postes de -telégrafos ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en -la Caja de Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una -pelota las distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda, -y en este movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen. -¡Venturosos los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el -guante!... Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido -que en el actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus -manos, haz el favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos -mil reales. - -Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en -Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y la -verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. Mi buen -primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla que su -padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á mi fortuna, -con los ataques de aquella divertida mendicidad. La compasión, el -parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, obraban en mí para -determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al tomar el dinero, y -me parecía que echaba combustible á su temperamento para encenderlo -y verle despedir las chispas de gracia con que me divertía tanto. -¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, en mí eran medio -indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de pagarle la -tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi vanidad. - -Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la calle -de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán fácilmente, -la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya los golpes -duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á dolerme. -Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, no vió la -indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante. - ---Toma mil reales --le dije arrojándoselos desde lejos--; lárgate á la -calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en gastarlos. - -Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con -maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz, -porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita -y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba -en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas -y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban, -aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud -medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como -planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le -entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo, -hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría -de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la -sanguijuela y el médico se la ponía. - -Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse cansados -bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo vistiéndome, cuando -entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba -mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había -alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de -tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba -para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre -establecen para ocupar una casa ajena. - ---No me he atrevido á decirle nada --manifestó el portero, -sofocadísimo--. Arriba está colocando los muebles con una bulla de -cien mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo -hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se ha -hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella se -entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á ver... - -No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima -ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las -obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más -tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo: - ---Perdona, primito, _comparito_, que hayamos tomado tu casa por asalto. -La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase el -día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente, -te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En -fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles, -porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea -pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir. Tienes -razón, esto es un abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los -Buenos de Guzmán tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que -dar una mamada á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. -Puedes subir cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy -solito, y te aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos -á ninguna parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. -Sube y lo verás. - -Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en mi -presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era -bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca, -estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable -solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un -paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino -no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel, -descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse -propuesto destrozarme todos los tabiques. - ---La casa me gusta --díjome Camila obligándome á sentarme en una silla -á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja de su -feo muñeco para que la besase--, me gusta mucho; pero tiene grandes -defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir inmediatamente. - ---Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo! - ---Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... Pues -sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. Necesito -que me abras una puerta de comunicación en este tabique que está á mi -espalda. No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la -casa. No se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una -crujía deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto -de la muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una -vidriera alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de -lo que se te dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería -desde el grifo de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente -la tina. Y de paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho -cuartito del baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en -todas las piezas, pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero -chimenea. Voy á hacer de la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, -las visitas... ya ves. Voy á dar _tés danzantes_. - ---Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca --repuse tomando -á broma sus reformas. - ---No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto -tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas -más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si -no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el -cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más. - -Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan exigente y -que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero en aquel instante -mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me miró ¡pobrecillo! con una -singular expresión de súplica. Parecía que impetraba mi indulgencia -en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz niño, tan -gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. Con -su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento y -pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En -Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado -y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este -fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por -esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los -caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces -y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más -distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda -de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las -vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El -tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría -después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin, -después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de -reforma en la casa. - -¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino, -entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe -de un mes adelantado y dos meses de fianza! - ---Dispense usted, señor casero --me dijo--, la demora. Esperaba yo que -mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas, -y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer -Camila que usted creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos -metido en su casa para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo -pensó así? - ---No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois las -personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. Seré -con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos más -considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre aburrido -en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco de calor -en el fuego de vuestra felicidad. - -Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente -tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta -y el cuidado del _crío_, que no parecía estar bueno, la retenían -constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á -fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas, -otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al -café. - ---Como somos pobres --añadió--, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su -mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la -brisca, al burro y á las _siete y media_, que son los únicos juegos que -Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna -cosa bonita de las muchas que sabe. - -Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse -domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito -de no despreciar su invitación. - - -II - -Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el -mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible -anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo -satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa -y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó -políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas -casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas, -pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer, -pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de -pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con -rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba -allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un -desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle -al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una -mujer bastante hábil, asistida de una _pincha_, se encargó de hacer de -comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de -muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase _Quiquina_ y había -venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que -había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros -y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos. -Semejante trapisondista no debía seguir allí, y salió pitando, aunque -Eloísa lo sintió porque la servía muy bien. De los mozos que lucían -frac ó librea en los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado -mío muy leal, á quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía -estar en honestas relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito. -Eloísa me aseguró que se casaban y que seguirían sirviéndola después de -la boda. Agradábame que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un -modo absoluto su adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un -vigilante, un espía dentro de aquellos muros. - -Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. Los -lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se quedaría -con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera los -zafiros para que los _corriera_, y todo iba bien, perfectamente bien. -Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos ratos -con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría imaginarse. -Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca me encantaban -más que todas las cosas admirables que han dicho los poetas desde que -hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia humana, eran mi -mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente de una vida, -provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su naciente carácter; -le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya riendo como un -loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las marrullerías, las -astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas muertas me pasaba á -su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces tan hombre él como yo. -Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos roto. - -También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que -apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda -enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas. -Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema -de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa. -Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de -propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en -olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de -los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros -el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me -causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la -Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y -esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo, -y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa, -producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad -era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos -ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor -en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder -ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día -con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó -en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño no -me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo de volver -por los fueros de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir. -El chiquillo me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los -brazos de su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le -habría dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el -daño. Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos -á otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel -resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo, -flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas -y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día. -Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla -imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto. - -En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes de -almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos -antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir -cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de -aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que -parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas -más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de -sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad, -también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que -no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las -pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era -con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado cachorro que mamaba leche -en el mundo. Muchas veces tuve que huir de la casa porque su clarinete -me volvía loco. Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón, -amoratado. No había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre, -quizás viciada, se manifestaba en la epidermis con florescencias -alarmantes. En vano Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y -otros depurativos. El pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones -que parecían retoños vegetales. No debía de estar sano, porque su -inquietud crecía con su sospechosa robustez. Lo peor de todo era que -Camila bajaba con él á mi casa cuando menos falta tenía yo de música, -y la una con sus cantos y el otro con sus chillidos me daban unos -conciertos matutinos y nocturnos que me aburrían. - -Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en -el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí. -Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que -por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros, -fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la -Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él -y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos -puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al -punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves. -Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar á -Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de la -muerte, tuvo una palabra para oponerse á mi deseo, diciendo: - ---No, no: déjala que se divierta la pobre. - -En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me -equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á -lo último. - -El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico se presentaba -más espantoso que nunca, complicado con un gran aplanamiento. El médico -auguró mal, y se negó á administrar como inútiles las inyecciones -hipodérmicas. El marqués de Cícero, á quien avisé, vino prontamente -acompañado de su respetable y también insignificante hermana, y después -de echar un vistazo al enfermo, salió de la alcoba, porque, según -dijo, no tenía corazón para ver padecer. Fuése á las habitaciones -más distantes, donde estuvo largo rato hablando con los criados, y -después pasó al despacho. Le ví luego vagar por la antesala, echando -ojeadas de admiración á los espejos y azotándose la pierna derecha con -un bastoncillo. Cuando me tropezaba con él, pedíame noticias de su -sobrino. Después se pasaba la mano por aquella frente hermosa digna de -encerrar talento; se la frotaba como quien acaricia una gran idea que -le cosquillea debajo del cráneo, y decía con el tono misterioso que se -da á los descubrimientos: - ---¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las -cinco, era completamente claro. - -Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que -solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y -chicheos para decirme al oído: - ---La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. Estoy -muy fuerte. Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los -sábados para volver los lunes, no se vería como se ve. - -Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana -advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me -disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez -y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No -se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados -la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la -alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas -palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el -vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí -tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en -palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que -se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían -escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el -público de butacas protestaba con murmullos. - ---Figúrate que el autor ha sacado allí unas _tías_ elegantes, -caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una -desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los -trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad -de telas, y qué cortes tan admirables! - -La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más pormenores. - ---Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! --exclamó abrochándose la -bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo--. ¡Si le pudiéramos -aliviar! Maldita medicina que para nada sirve. Esta noche no nos -abandonarás. ¡Me espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que -pases estos malos ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, -por él, por todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo -que vamos á tener una noche muy mala, muy mala. - -Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de -espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse -en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban -horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación -de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que -distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él -no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con -mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa, -se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato. -Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se -sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando -un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero -tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las -arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de -la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón -por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión -del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con -ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche -el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo -fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos -para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de -los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y -recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico. - ---Debe de haber en esto una complicación grave --le dije, razonando con -el sentido común--. ¿Habrá derrame cerebral? - ---Quizás --replicó lleno de dudas--. Lo indudable es la completa atonía -del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos. -Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el -desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las -fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente -irregular. - -Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años -estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con -ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no -molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba -profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua, -entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi -prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde -enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos: -no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y -confundiéndome con Celedonio, decía: - ---Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren -y me cuidan en esta casa. - -Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra. - ---¿Se ha ido José María? --preguntaba después el infeliz. - ---Aquí estoy, ¿no me ves?... - ---¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De -cuándo acá...? - -De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi -prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin, -y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin -el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta -la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero, -que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de -Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres -ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á -su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza -de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no -tomé nada. - - -III - -A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía -todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis, -un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas. -Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella -también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella -espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El -marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella -rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y -yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del -lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo -del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de -tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre. -Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido -que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto -y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la -solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el -infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de -quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba -completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas -palabras: - ---Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme. - -Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo -era con tal energía, que no quisimos contrariarle. - ---Esta noche me moriré --exclamó con una serenidad que nos dejó -pasmados--. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese -útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero -resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada -más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más -pronto se nos borre, mejor. - -Le respondimos á _duo_ las primeras simplezas que se nos ocurrieron. - ---¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien... - ---Que se te quite eso de la cabeza. - -Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!, -repitió su demanda: - ---José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura. -Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera -dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno, -carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José -María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor. - -Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle, -atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí -que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A -su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos -conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La -ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y -el marido, notando esta emoción, le dijo: - ---Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale -que os retiréis. - -Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día -siguiente, y él contestó con cierto énfasis: - ---No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo. - -Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo. - -El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió -en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba -alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos -á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no -he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se -verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se -celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la -familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve -discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería -la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella -como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. -Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por -mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se -podía conseguir, costara lo que costase. - -Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba -dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa -á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos -sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas -palabras que me parecieron impertinentes: - ---Ese buen señor es un mártir. - ---¡Un mártir, sí! --repetí yo como si dijera _amén_. - -Aún me parecía poco, y lo remaché: - ---¡Es un santo! - -Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si -me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó: - ---¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros! - -Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir -nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, -los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda -ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo: - ---¿Es usted hermano de la señora? - -De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín, -que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la -señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios. - ---No, señor --le respondí, tragándome el humo--. Soy... de la familia. - -Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de -las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo -muchas ganas de perderle de vista. - -Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y -tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía -á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y -el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que -durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido -habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no. -La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor -religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar, -habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta -de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué. - -Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno; -sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco -obscuro, muy obscuro. - ---Si vieras qué tranquilo estoy ahora --me dijo con cariño--. Tú no lo -creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no -me cambiaría por tí. - -Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto, -la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre -uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más -que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme, -aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que -descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente; -pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se -encontraba. - ---Créeme, José María --me dijo dos ó tres veces--, te tengo lástima -como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete. -No des importancia á lo que no la tiene. - -Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible -júbilo: - ---¡Qué gusto poder decir ahora: _no he hecho mal á nadie_! - -No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro. -Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si -intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad -hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al -sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí -mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér, -fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se -redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo -de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al -pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las -cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me -parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No --decía yo -para mí, inquieto y trastornado--, no te hagas el santo. No lo eres, -porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de -energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar -la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres -salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos -habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención -de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable -cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué -casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...» - -Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de -marearme, Carrillo me dijo: - ---Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como -yo ahora. - -No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero -las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó -por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que -yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el -pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la -quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir -sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo -de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!» - -Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de -Eloísa. - -Esa pobre --murmuró con afabilidad que me causaba pena-- está pasando -sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala, -consuélala; no la dejes que se entregue al dolor. - -Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba -en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran -inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el -lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos -roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus -lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre; -después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía -experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como -el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación -en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan -rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se -impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento. - ---Vete --le dije--, vete de aquí. - -Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y -le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura -con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose -los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó -despavorido, con las manos en la cabeza. - -Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste -me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y -apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza -era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse -la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas -volantes por el cielo. «¡Ah! --pensé--, aquí está al fin ese odio que -te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se -desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...» -Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido -fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí -sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó -su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví -cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había -mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo -desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme -consigo al Limbo. - - -IV - -¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme -pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la -claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí -un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino, -un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella -de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé; -preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En -tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que -volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de -su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba -un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible -con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de -abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa, -mandé á Evaristo á casa para que me la trajera. - -Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca -de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el -cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida -de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya -terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que -creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la -garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para -oprimírsela. - ---La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo -pasar! - -Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos -acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría -y húmeda la piel; los ojos muy abiertos. - ---No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad -del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote -malos ratos. - -Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva -aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara -para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un -reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó -á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo -nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la -cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón -é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la -mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación. -En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de -la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas -eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme -que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no -tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su -descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo -agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta -que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de -azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz -del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase -si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí, -no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para -que Eloísa se tranquilizara... - ---Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada -voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa... - -Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de -encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha. -A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el -marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias -del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando. -En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y -los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de -intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del -mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que -pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio -y dormía con los dedos clavados en el cuello. - -Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino; -mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el -lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de -Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos -encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y -poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo -al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las -cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví -estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando -auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de -víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad -de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la -papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las -que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo -señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de -Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su -desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó -nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres, -ninguna de nuestras amistades pudo escaparse. - -La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados -se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si -lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que -ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por -haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía. -Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad, -llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la -excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y -cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por -lenta gradación nos parecen naturales. - -Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el -entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas -salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á -ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones -indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún -servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no -recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y -hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva -al pobre difunto. - -Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual -si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No -quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza -esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle -el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á -la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre -que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo -como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus -sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su -idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje -recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable -del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de -brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer -hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar, -desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie -enteramente plana. - -¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía -á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me -permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión, -ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará -delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que -me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que -encerrada en una fórmula la debilidad humana. - -A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado -en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. -El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía -apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja -el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que -piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas -la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos -rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me -agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma. - -Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron -á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y -hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender -que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al -niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío -Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando -este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como -el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no -oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos -alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del -pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí -unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba -por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le -cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso -al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello. -Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa -reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos -negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero -que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión -humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle -por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era -de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y -que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para -satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas -de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la -suya. Lo que me tenía que comunicar era esto: - ---Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te -quedas aquí. - -Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su -tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara. - ---Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_... - -Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente -á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás -de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante, -palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos -labios de rosa. - -Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La -casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme -de nadie me marché á la mía. - - - - -XIV - -Hielo. - - -I - -Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo -mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un -ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su -tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que -había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para -que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de -aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo, -cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba, -era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le -sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan -consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal -obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era -querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas -de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró -siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme -estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y -sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y -venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo -me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á -veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración. - -Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi -clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó -Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo -lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco -á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con -ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en -el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu -era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las -paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que -entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era -horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de -tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso -que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. -No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El -recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en -gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el -pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me -llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los -sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años. -A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de -ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor -certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de -Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo -encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me -enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del -amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza. -Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La -idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión, -agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío -espantoso. No era posible engañarme sobre esto. - -Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta -comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza. -Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo -hasta el fin de mi vida.» - -Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días. -Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no -salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme. -Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida -con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al -verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el -que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron -yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, -pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la -anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que -sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me -parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico -lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no -lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--. -Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me -interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la -quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene -que pasar. - -Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra -conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en -cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral -de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos -cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse -resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité, -corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y, -palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones -por su afán de gastar lo que no tenía. - ---Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo. -Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á -mimarte, te equivocas... No puedo más... - -Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta -dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras, -pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas -espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado -ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una -ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos -llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo: - ---¿Yo qué he hecho para que me trates así? - -Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable -anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía -que era negro. - ---Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes -alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré -apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba -encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un -ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que -he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por -tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me -habrá calumniado alguien...? - -Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó -ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo: - ---Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado -triste. - -Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice -esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que -no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de -familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella -convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta -que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, -para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos -con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos -de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo -que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso -las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se -me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos, -pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo -por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se -debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la -naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que -le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios, -me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y -á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que -fueron, cuando se restableciese mi equilibrio. - - -II - -Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente. -Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con -el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que -me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para -penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa -enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos -que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la -casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos -de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á -poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que -era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme -Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de -la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como, -por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado -dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que -había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que -se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos -pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos. - -Sin rodeos pinté á mi prima la situación. - ---Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que -aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como -alguien no se la dé por caridad. - -Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda -propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho, -díjome entre suspiros: - ---Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú -lo que quieras. - -Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se -despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría -alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna -Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas -las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque -fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como -fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó -setenta mil reales todo lo más. - ---¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el -suelo. - -No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí, -pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un -período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas. -Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica. -¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y -pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza -entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos -salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila -y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que -los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo -fuera su difunto amo. - -Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta -horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar -en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese -resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de -un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre -de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los -Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso -con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho -mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para -que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar -cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de -adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la -testamentaría. - -Y Eloísa me decía con efusión: - ---En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina. - -¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su -honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios -administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto -al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no -estuviese de por medio su madre. - -Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que -verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y -rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio; -pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara -que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era -que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose; -pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre -dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa, -ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el -cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta, -resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías. -Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras -suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me -haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica, -todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_... -Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la -casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á -la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se -vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría -perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella -me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se -quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré -obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no -lo creía. - -Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un -poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual -concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos -se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era -obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones -más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de -estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de -aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á -creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La -viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir -en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más -ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto -me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro -casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos -concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay -de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa -aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. -Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba -nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis -apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo -la prohibición... ¡jamás! - - - - -XV - -Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después. - - -I - -Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en -llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito, -que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo -él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la -naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no -podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de -Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella, -el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones -pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería -capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un -epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna -como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan -imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete -noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre -su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de -su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen -temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación, -temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo. -Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico -no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no -se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y -no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á -sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser -heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer grande. «O sacarle -adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no quiso que ninguno de -los términos de este dilema se cumpliese, y al sexto día Alejandrito -fué atacado de horribles convulsiones, que le repitieron á menudo, -hasta que el séptimo, una más fuerte que las demás se lo llevó. Aquel -día funesto, Camila me pareció más madre que nunca. La flexibilidad -pasmosa de su carácter y su desenvoltura quedaban obscurecidas bajo -aquel tesón grave. No creí, no, que entre tal hojarasca existiese joya -tan hermosa. A ratos se le conocía el genio por la rapidez febril con -que tomaba las resoluciones y por la inconstancia de sus juicios. -Sólo el sentimiento era en ella duradero y profundo. Añadiré una -circunstancia que me llegaba al alma, y era que consultaba conmigo -toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que yo no entendía una -palabra. Por corresponder á esta noble confianza, daba yo mi parecer -al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan -atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes -de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de -jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no -dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me -ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación -muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía, -de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en todo. - -Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele, -abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que -el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el -regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la -vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por -avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva, -dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola -á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha -sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la -privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló -de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su -niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca, -que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin en -la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, sin -espasmos ni alboroto, tenía el valor de la resignación, más meritorio -que el del combate. - -Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al niño, -yo dije á Constantino: - ---Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no -tenéis que ocuparos de nada. - -En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis caballos -hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando de la -carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. Llevamos -el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía cierto -orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de mi -coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos de -los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si -los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería -que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de -cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada -en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando -fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido -hasta la saciedad todas las variantes posibles del _angelitos al -cielo_. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su -gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros, -estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por -un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y -así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma. - -En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el -consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila -era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío -no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más -grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro -lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su -efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, -y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este -síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su -gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de -sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, -volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la -parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos -enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas -cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé -qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos. - -Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La -afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la -comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó -malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato -conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna -mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído -hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que -nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía -mayor pureza en nuestras relaciones. - -Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios; -pero ella nunca aceptaba. - ---No quiero abusar --decía--: bastante es que no te hayamos pagado -la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el -próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará -dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto -haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un -vestidillo. - -Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando -en una hoja de la _Agenda de la cocinera_, destinada á los cálculos. -Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni -Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas -cuentas, me reí más... Noté que los _treses_ que hacía parecían -_nueves_, y los infelices _cuatros_ no tenían figura de números -corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo -examen, que Camila no sabía sumar. - ---¿Pero qué educación te han dado, chiquilla? - -Y ella me contestaba candorosamente: - ---Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga. - -A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y -rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas -después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando -era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como -los chiquillos cuando están aprendiendo palotes. - ---Ya, ya me voy _jaciendo_ --decía con gracia. - -Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo -el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era -poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas -sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me -quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una -unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en -cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo -de madera negra que apenas tenía punta. - ---Ya me podías regalar un lápiz --me dijo un día. - -Le llevé un lapicero de oro. - -Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos -indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se -había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran -escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no -suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada -conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de -causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que -se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla -aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello. -Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó -á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro -el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía -creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase: - ---José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos. - -Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego -soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su -temperamento normal. - ---Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va -á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra. - -Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una -fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí, -entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un -abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien -duros, me pide mil, se los entrego en el acto. - - -II - -Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba -ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien -quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que -tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le -gustaba, solía responderme: - ---Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza. - -Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes -después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista -era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel -ausente. - ---¡Ay mi nene! --exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los ojos. - -Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se le -iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que -echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le despejaba -la cabeza. Otras veces decía con íntima convicción: - ---Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, lo -tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes -por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de -Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que -se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga -le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de -Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un -gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que -tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza? - ---No hagas caso de ese majadero --le respondí con toda mi alma--. ¿Pues -no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos, -según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita. - ---Llegaremos siquiera á la M --afirmó ella dándome á conocer en el -brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al -que no puedo dar otro nombre que el de _fanatismo de la maternidad_--. -Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino -que se ha de llamar Napoleón. - ---¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así, -más guapa, más saludable, más libre de cuidados. - ---Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos gemelos. - ---¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla --respondí--. Parece -que consideras á los hijos como juguetes... Si tuvieras tantos como -deseas, puede que no fueras tan buena madre como lo has sido en este -primer ensayo. Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy -te enloquece de amor, mañana te hastía. - ---¿Te quieres callar? --gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los -ojos con una aguja de media--. Tú no me conoces. - ---¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que -declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay -casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino -parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira -ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse -un pitillo; no juega, no bebe, no disputa... - ---Todo eso es obra mía, caballero --observó Camila con acento de -inmenso orgullo--. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento. - -Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo -arriba. - -«¿Pero no te da vergüenza --le dije-- de que la gente entre aquí y -vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú -sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese -zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo -de cordel, y esa cabeza de bruto. - ---¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene -de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi -marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque -no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en -figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo -pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. -Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo. - ---¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo. - ---Pues no es tan bruto como crees --declaró enojándose--. Yo podría -probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel -de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que -se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace. - ---Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila; -pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner -fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto. - ---Pues sí que los tendré --dijo poniendo una cara monísima de niña mal -criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra--; -los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á -Napoleón... y toma, toma, toma hijos! - -A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de gloriosos -capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos piedras en -la mano. - ---¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa? -Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde. - -Después se abrazaron y se besaron delante de mí. - ---Ea, señores, divertirse, --dije tomando mi sombrero. - ---Espera, tontín, y comerás con nosotros. No tenemos principio; pero -en obsequio á tí, abriremos una lata de langosta. - -Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, embelesado -con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia pastoril. -De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la preocupaba, y -riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres de capitanes -herejes, sino de santos cristianos. - ---Nada, nada --decía Miquis--: el primero que venga se ha de llamar -Belisario. - -Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán -de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la -Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan -pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más -dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la -indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté, -ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en -casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la -cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto -en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me -fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían -lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de -amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo, -y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa -salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión -de hierro, aquel gallardo desprecio de la intemperie, aquella -incansable actividad, aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, -su coloración sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito -mismo, emblema de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la -fecundidad, me enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego -y la gracia picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la -dentadura, de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, -blancas como leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, -mordiéndome el corazón. - -La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba -terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto -débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las -notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera -del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel -hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y -que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso! -¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á la -iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa hecha. - -Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de armas. -Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no lo había -hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para contrarrestar -los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al poco tiempo, el -recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me daba disposición -para todo. ¡Bendita salud, que es la única felicidad positiva, ó el -fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del -lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por -las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más -destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad -y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la -mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo -que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á -tí.» - - - - -XVI - -De cómo al fin nos peleamos de verdad. - - -I - -Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme propósito -de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no sé -qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía -filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en -compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la -inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que -lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo, -sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel. -También inventaba rifas ó _tómbolas_ que producían mucho dinero. Se -me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del -desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de -señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que -aliviar la suerte de las pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude -ver: de tarde porque estaba en el petitorio, de noche porque había -junta, y francamente, no tenía yo maldita gana de asistir á un femenino -congreso ni de oir á las oradoras. La junta terminaba á las doce, y de -esta hora en adelante bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar -allí la noche, y me iba con más gusto á la soledad de mi casa. - -Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré. -Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de -resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!... -«Tengo que hablarte», le dije de buenas á primeras, encerrándome con -ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna. -Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto -caso de la disminución de mi capital. - -Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las -firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con -sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban -en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la -cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera -no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y -objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que -el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel -pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la -fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema -pronto, no quedarían más que los escombros, y el inocente niño, -destinado más adelante á poseer el título de marqués de Cícero, no -tendría que comer. Si ella se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y -no tratara de arrastrarme en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había -perdido una parte de mi fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No -me cegaba la pasión hasta ese punto. - -Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente: - ---Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor -de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier -clase que sean. - -Y luego, echándolo á broma: - ---Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te -pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de -dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de -huéspedes... - ---Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que te -trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer. - ---Si lo que debes hacer es no quererme --respondió, sin abandonar las -bromas--, _humilla la cerviz_... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me -gustan: tu _individuo_ y mucho _parné_; tu señor _individuo_ y mi casa -tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que -quedarme contigo. Dispón tú. - ---Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las -cuestiones, la de amor y las de intereses. - -Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso -fogoso, me estrujó la cara con la suya, me hizo mil monerías, y luego, -sujetándome por los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis -ojos, increpándome así: - ---¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que -es el _caballo de batalla_, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que -dinero, y el estado, la representación social, no significan nada. - -No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo que -yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á la -razón. - ---¡Ah! --exclamó seriamente, leyendo en mí--, tú no me quieres como -antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El _santo yugo_ -te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer -marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme -sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la -enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo. - -Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una -garra. La obligué á sentarse á mi lado. - ---Yo leo en tí --prosiguió--; me meto en tu interior, y veo lo que en -él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre -honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo -que yo quiero. Esta _tía_... porque así me llamarás, lo sé, caballero; -esta _tía_ no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta -la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo. - -La verdad que ella descubría, desbordándose en mí, salió caudalosa á -mis labios. No la pude contener, y le dije: - ---Lo que has hablado es el Evangelio, mujer. - ---¿Ves, ves cómo acerté? - -Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo me -esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella -adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de -gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas -de toda confianza. - ---¿Quieres que nos arreglemos? Pues _escucha_ y _tiembla_. Dame palabra -de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es hora. -Prométeme que habrá _coyunda_ en cuanto pase el luto, y yo empezaré -mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya lo estoy -deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; yo señora -que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te conviene? -¿Aceptas? - ---¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en -disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría -aunque me trajeras un potosí en cada dedo. - -Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la -región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de -sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba: - ---¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún -vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme, -_tomador_!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer muequecitas. -Aquí donde usted me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde -usted no llegaría con sus miramientos ridículos de última hora. Soy -capaz de rayar en el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su -cordón y todo, de vivir en un sotabanco y de coser para fuera. - -Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento, -á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la -enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento. -¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas -hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era -un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la -superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación -de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida. -Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer -aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas y -de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro tiempo -y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en mí, en -ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en vez de ser -personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener en cuenta la -complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la miraba, diciendo -para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué cosas vemos los -hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué verdad tan grande -dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de equivocaciones!» - -Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del Carmen, -el sotabanco y otras tonterías. - ---Como no es eso lo que te pido --observé al fin--; como eso es un -disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo. -Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que -seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo. - ---¡Ah! --exclamó sosegada--, si no fuera este pícaro luto, pronto se -resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo -día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te -lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar -por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un -lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo -está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á -mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo? -¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro -porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes? - -No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á cantar la -tonadilla de la _Mascotte_, con aquello de _yo tus pavos cuidaré_. Pasó -la música, y sin saber cómo, nos hallamos frente á frente hablando con -completa seriedad. Repitió entonces lo de «matrimonio es lo primero», y -yo dije: «no, lo primero es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en -la mía, y mirándome con aquella dulzura que me había esclavizado por -tanto tiempo, hablóme con el tono sincero y un poco doliente que había -sido la música más cara á mi alma. - ---Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; quiéreme -y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. Estoy -muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para que en -un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome delante -un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien los -inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No pongas -esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los placeres -de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco que yo -tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... los -amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el _apóstol_... Sí: -eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números, -que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que -yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de -que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir -mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan -economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se -me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede -dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son -más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una -pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que -si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no, -no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre. - -Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi contestación, -dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al guardarropa á probarse -un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con sorpresa en la persona -de la sirviente la misma Quiquina, la italiana trapisondista á quien -yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la había admitido otra vez, -contrariándome de un modo tan notorio! Era burlarse de mí, como cuando -compraba perlas con el producto de los zafiros. - - -II - -Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el -proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese -suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos -verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba -que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le -cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida, -reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó -la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después -el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con -ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta -falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades -ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á -todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por -mí, gustábame verla en el camino de la obstinación. - -Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el -sermón interrumpido: - ---No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las -cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á -esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á -dar tu _blanca mano_? ¿Te _arrancas_ al fin, te _arrancas_? - ---¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! --exclamé sin poder -contenerme--. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de -hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros -te apasionan más que yo! - ---Déjame concluir... Eres un egoísta. - ---Egoísta tú. - ---¿Sabes lo que pienso? --dijo poniéndose grave, pues colérica no se -ponía nunca--. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya... -¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber -quién es el _pendoncito_ que me ha robado el corazón que era todo -mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir. -Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más -objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi -casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor, -un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta -salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y -después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás. -Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es! - ---Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles --le dije. - -Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que -estallé en frases de ira. - ---Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía? -Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente -papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima -infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes -inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por -el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de -brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú -misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una -parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal -por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces -mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no -estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes -quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que -los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel -santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme. -Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me -felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo -dicho, para siempre (_cogiendo mi sombrero_). En la vida más vuelvo á -poner los pies en esta casa. Quédate con Dios. - -Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció -muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica -para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como -yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos -hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me -llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de -palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir -sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría -llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante -sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de -la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero -de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su -hermana: - ---Quédate á almorzar. - -Y á mí también me dijo con acento firme: - ---José María, quédate. Espero al _Saca-mantecas_ y nos reiremos mucho. - -La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi -debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza -inglesa; pero venció ésta y rehusé. - -Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á -Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé -con ardor. - ---¡Pobre niño! --dije mientras él, apeándose, subía la silla que se -había corrido á la barriga del caballo--. Aunque no nos hemos de ver -más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este -clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera -cuando su desdichada mamá esté en la miseria. - -Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta -presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces -su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y -poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo: - ---Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que -te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos -vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con -profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un -tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué -te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de -ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas -á ir: ¿con José María ó conmigo? - -Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello, -hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como -en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó -la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al -pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la -calle con vivísima opresión en el pecho. - - - - -XVII - -Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta verdadera historia. - - -I - -Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi primer -pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para hacerme -el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La ingenuidad -guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me favorezca -poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome hasta la -Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera manzana de la -calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de pasarme. La -verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si bien el -rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban á primera -vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en rigor yo era -tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin propósito de -enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores de mi vida; -mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. «Está muy bueno ---me decía yo-- que le exija virtudes que estoy muy lejos de tener... -Pero los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que -las mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros -hacemos siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería -que yo siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente -la disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á -poco de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo -digno, lo decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no, -yo me planto y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana, -porque yo lo mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar -dinero; y yo en tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque -sigo haciendo contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi -alma te desprecio.» - -¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria -todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien -veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos -y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades, -los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en -el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo -no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el -tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué -cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío de la -calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo sordo que -me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las olas. Siento -desengañar á los que quisieran ver en mí algo que me diferencie de la -multitud. Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos, -un cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de -las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia -ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje -retórico se llama un _héroe_, y que en calidad de tal estoy llamado á -hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar -resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo -no soy _héroe_; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en -fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que -corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres -de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué -un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad, -propensión á lo que mi tío Serafín llama _entusiasmos faldamentarios_. -Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi -largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de -Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen. -Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé; -por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la -arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior -y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me -ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto, -tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan -_interesantes_ estas memorias mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua -literatura novelesca, y sobre todo la literatura dramática, han dado -vida á un tipo especial de hombres y mujeres, los llamados _héroes_ -y las llamadas _heroínas_, que justifican su gallarda existencia -realizando actos morales de grandísimo poder y eficacia, inspirados en -una lógica de encargo: la lógica del mecanismo teatral en la Comedia, -la lógica del mecanismo narrativo en la Novela. Nada de esto reza -conmigo. Yo no soy personaje _esencialmente activo_, como, al decir -de los retóricos, han de ser todos los que se encarnan en las figuras -del arte; yo soy pasivo: las olas de la vida no se estrellan en mí, -sacudiéndome sin arrancarme de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy -madera de naufragio que sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las -pasiones pueden más que yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más -que ellas y meterlas en un puño! - - -II - -¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su -falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel. - ---¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!... - ---¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa? - ---No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz! - -De fijo, los que quieren que yo sea _héroe_ se asombrarán de que -viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando -me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas -é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de -lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, _previéndolo_. -Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del -genuino, de aquél que tiene á la Providencia por _propio cosechero._ -Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios -estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía -tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba -yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba, -permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos, -pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el -misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y -un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar -bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos -desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce -se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática -que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En -fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista, -á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba -cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir -los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda, -entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de -que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después -pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me -llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho -y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la -calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San -Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto, -que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había -equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la -multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la -que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos -iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas, -me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira. - -De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre -los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á -la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular -la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle... -¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me -mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me -aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar -cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de -Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de -la esquina. - -Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de -retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo. -Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si -precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de -Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de -aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta -á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando -toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el -piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los -coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin -esperanza de encontrar _casualmente_ á Camila, me marcho... - -Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón -de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada -junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil -tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he -visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro -y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes; -decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho -viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada -con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes -y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el -capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada. -¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho -para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino -inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de -prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía -á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y -galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que -no encontraba la tostada de tales sandeces. - -Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de -Santa Isabel, la invité á dar un paseo. - ---A pie, en coche, como quieras --le dije--. Siento que hayas -almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas, -donde gustes. Está un día delicioso... - ---Quita allá, _tísico_. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant! -Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio... -¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café, -lo adquiriera yo! - -Y seguimos hablando. - ---¿Vas de tiendas? Te acompañaré. - ---Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero -cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces... -No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo. - -Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un -billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces. - ---Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...! - ---Tengo para prestarte, si te ves en un apuro --me dijo cerrándolo de -golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso -de su hociquillo--. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más _guita_...! Si te hace -falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida. - ---Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta --dije con un candor que me -habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las -cataratas de la chifladura amorosa--. Y te quiero pagar la tela. Déjame -á mí, tonta. - ---No, que no... ¡por Dios! - ---Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos -más tela, y me harás á mí media docena de camisas. - ---¡Oh! sí, sí --exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela de -Matute--. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no -sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un -candilón. ¡Ya verá él si sé! - ---Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso? - ---Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel. - ---De cornisa. - ---No te rías. - ---Si no me río. - ---Me quiere muchísimo, me idolatra... - ---Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres tú. - ---Es que tú eres un _tísico_, y no comprendes esto. Por muy alta idea -que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino. -Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y -tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería. - -Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos avanzando -hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos en la -tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías preciosas -y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, metal y -hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. Camila -pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo estaba -mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima se puso á mi -lado para ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban -los ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo -encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos -de paquetitos. - ---Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar -contigo en una tienda. - -Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de veras. - ---¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto. - -Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en _La Palma_ á comprar unas -cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos pronto. - ---¿Quieres que tomemos un simón? - ---No --me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo -enojada--. Los de _La Palma_ te han mirado mucho y me miraban á mí. -Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino -piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero -que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada -contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las -querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo. - ---Vaya si las tomarás. - -Entramos en la calle de Sevilla. - ---Es que... --me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa--. -Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar. - ---¿Y qué? - ---Cualquiera diría que te has enamorado de mí --dijo columpiando su -mirada entre la gravedad y la risa. - ---Pues diría la verdad. - ---¡Vaya con lo que sales ahora! --exclamó decidiéndose por la risa--. -Tú estás chocho. - -Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su -suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el -Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto -llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba. -Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había -almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás, -y se lo manifesté con franqueza. - ---Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo... - ---¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos... - ---Pues ya estás sentado... - -Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal -blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más -arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa -de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella -perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo -esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como -el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo -que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía. - ---No, no acepto tus regalos --me dijo bruscamente como si reanudara -la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se -había fijado en ella--. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la -raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor? - -Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me -escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad -expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba -abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía -caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello. - ---Pues sí, Camila... tú lo has dicho. - -Y vuelta á reir. - ---Me alegro, me alegro --dijo cuando yo creía que se enfadaba--. Para -que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto -valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino. - ---Pero no me dejas concluir... --observé, tartamudeando y abrasándome -vivo--. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes -fa... natizado. - -Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco -rato la oí gritar desde la puerta del gabinete: - ---Pues no te queda más recurso que éste. - -Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo: - ---No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión -con una píldora. - ---No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer, -aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese -chisme. No me gusta ver armas cargadas. - -Poco tardó en reaparecer desarmada. - ---¿Conque apasionadísimo... ísimo?... --declamó con afectación -burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí--. En -cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe. - ---Mira, más vale que no le digas nada. - ---Pero tú eres memo --dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo -de toros--. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo -decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo -faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas -de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses -en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es -para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que -piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te -carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín... - -Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en -contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la -sazón el propio Constantino. - ---Mira si será tonta tu mujer --le dije--. Nos encontramos en una -tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate: -esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito? - ---¿Acepto? --preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada -las miradas de él. - ---Sí: ¿por qué no? --contestó Miquis, acariciándole la barba--. -Acéptalo, chiquilla. - -Ella le dió un abrazo. - ---¡Patrona! --gritó el muy bruto en seguida, sentándose frente á mí--. -Háganos café... al momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la -botella de ron de Jamáica. - ---No me da la gana --fué la réplica de ella. - ---¿Cómo es eso? - ---No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan vicios. - ---Si es en obsequio al primo de la patrona... - ---No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se -vaya á la taberna. - ---¡Patrona, el ron! --repetí yo. - ---No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y -desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar. - ---Bueno, mujer, no te enfades --gruñó Miquis, desocupando la mesa--: lo -tomaremos en el café. - ---Lo tomará él si quiere --declaró Camila con autoridad--. ¡Usted, -señor mío, aquí! - ---Vaya, ¿tampoco me dejas salir? - ---Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte. - ---Es que vamos á la sala de armas. - ---Aquí, y chitito callando. - ---¿Ha visto usted qué tarasca? - ---A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones -nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los -coditos sobre la mesa. - ---Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? --preguntó él, -mirando embobado á su mujer. - ---Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos -como un confite, ¿vamos á enojarla por no escribirle? Desde el domingo -te estoy diciendo: «Escribe, hombre; escribe á tu mamá...» - ---Bueno: ¿y qué más? - ---Ayudarme á cortar. - ---Yo ¿qué sé de cortes? - ---Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras. - ---¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar? - ---Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa. - ---¿Y yo qué tengo que hacer? --le pregunté á mi vez. - ---Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora mismo -en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos llenado -ya la tripa? - ---Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los amigos! -No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras -Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo -ponga clavos en mi finca. - ---¡A ponerse la ropa vieja! --gritó Camila á su marido--, y tú... - ---Los clavos, hija, los clavos. Déjame... - ---Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas. - -Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y -roñosas. - ---Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto. - ---Enderézalos con los dientes. - -Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de hierro -del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo fuéramos á -consultar con la patrona. - ---¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? --preguntaba él, ya -vestido con los trapitos más usados que tenía. - ---¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí. - ---Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no tienen -punta. - ---Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar. -Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos -que están por el suelo. - ---Bueno, bueno. También las argollas. - ---Y callarse la boca. Cada uno á su obligación. - -Era aquello una comedia. - ---Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo -has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa -gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un -papamoscas? - ---Esperando á que me digas dónde van los clavos. - ---¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más -talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo... - -Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé á -golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi -casa y hacerla polvo. - ---¿Y yo, qué hago ahora? - ---Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...? - ---Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones -viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda -para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después, -Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las -canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea! -mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda. - -Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y me -pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón el -delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual yo -quería hacer el papel de culebra. - - - - -XVIII - -De los diferentes procedimientos usados por los madrileños para salir á -veranear. - - -I - -Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi -casa á pedirme perdón y á buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda, su -ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y -la viuda no iba á verme. Dos ó tres veces, en la calle, la ví pasar en -su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me -guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería -evitarla á todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas: -el hastío de ella, y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de -todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con -lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen -mi firme propósito. - -Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las -arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues -de una manera ú otra, empeñando sus muebles ó vendiendo sus alhajas, -ella no se había de quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causóme -viva pena, sin que la pudiera calmar apelando á mi razón. Súpelo por -un amigo oficioso, el que designé antes por el _Saca-mantecas_, por -no decir su verdadero nombre. Aquel condenado fué á verme una mañana, -y se convidó á almorzar conmigo so pretexto de hablarme de un asunto -que tenía en Fomento, aguardando la resolución del Ministro. Pero -su verdadero objeto era llevarme un cuento, un cuento horrible que -adiviné desde las primeras reticencias con que lo anunció. Tenía aquel -hombre el entusiasmo de la difamación, y, sin embargo, lo que me iba -á decir era, no sólo verosímil, sino verdadero, y las palabras del -infame arrojaban de cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia -estaban las pruebas auténticas de aquella delación, y yo no tenía que -hacer esfuerzo alguno para admitirla como el Evangelio. No se valió el -_Saca-mantecas_ de parábolas, sino que de buenas á primeras me dijo: - ---Mucho dinero tiene Fúcar, querido; pero como se descuide, se quedará -por puertas... En buenas manos ha caído... Supongo que estará usted al -tanto de lo que pasa, y que esta observación no es un trabucazo á boca -de jarro. - ---Enterado, enterado... --dije con no sé qué niebla parda delante de -mis ojos. - -Yo no había oído nada, no lo _sabía_, en el rigor de la palabra; -pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente -en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte -curiosidad de saber más, y fingiendo estar enterado de lo esencial, -hice por sacarle más concretos informes. - ---Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted, -yo, dos ó tres más --añadió--; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta -ayer tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no -me gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo -soy así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse -los puntos sobre las _íes_. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él -se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se -inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en -su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer -locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón; -en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la -prójima. - -Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta desconsideración. -Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé poner correctivo -á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando el aserto, y -me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la fragilidad -humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que me causaba -extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la noticia. -¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella _prójima_, si yo no la -quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, lo -que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al -propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me -fué tan cara, y alguna parte debieron tener también en mi pena los -remordimientos por haberla puesto yo en semejante sendero. - -Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial que -es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas -por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener -con ella ya ningún trato; y el maldito _Saca-mantecas_ se entusiasmó -tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo -más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo -de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del -corazón. - ---Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va -allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra -noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los -tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á -Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que -somos mortales...» - -¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no -con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello -era historia vieja. - ---Es monísima --volvió á decir el _Saca-mantecas_ echando una ojeada á -las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...-- pero ¡ay -del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de -tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos -estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio -me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí: -es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan -frescos cuando un Fúcar nos desbanca. - -El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como -víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era -una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla -era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera -hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí -contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar. - ---No he conocido mujer de más imaginación --prosiguió-- para discurrir -modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero -con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso -una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; -de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; -de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas -de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de -verdadero _chic_. «Este lujo, _al alcance de todas las fortunas_ --nos -dijo--, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan -los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar -á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si -se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para -comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando -se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En -fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para -ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se -pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, -las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, -los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la _Flora_ de Casado. -Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros -no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo -es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas -buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas -por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay -convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que -sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres -jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la -fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, -cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se -marcharon porque no les daban de comer. - ---Eso sí que es falso --dije, sin poderme contener--. ¡Hambre! eso no -lo ha habido allí nunca. - ---Perdone usted, querido --replicó muy serio--: me lo ha contado -Quiquina. - ---¿Esa italiana...? - ---Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la -Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió -en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á -París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le -gustan los _merecotones_ en vino. Dice también que su padre murió de -una _heroísma_. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito -y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es -la primera _medio-mundana_ que hemos tenido. Se precian ellos de la -incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo -me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la -Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted -cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos -de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo -sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba -también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las -carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos. - -Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias -del _Saca-mantecas_ me revolvían de tal modo el estómago, que poco -me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de -conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió -la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, -y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de -Fomento, y tomamos café á prisa. - - -II - -Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía -apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador, -las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que -íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al _Saca-mantecas_ -unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico, -interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios -oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en -una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para -estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas, -ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una -finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces. - -El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su -temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y -de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia. -Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes, -añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me -dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en -broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente, -con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en -descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos -comedidos, me reprendió amistosamente por mi apatía política. Yo no me -cuidaba de nada; no hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos -tenían que valerse de otros diputados para impetrar el favor oficial. -Yo era, en suma, un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría -gustoso un cargo que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto -de mi fastidio político; pero durante aquella misma conversación, en -que intervino también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás -me convenía variar de conducta, mirar á la política con ojos más -amantes, pues con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando -mi agrietada fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al _Saca-mantecas_ -con Villalonga en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por -qué capítulo cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía -mucha falta. - -Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa. -Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba -compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que -podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me -había dicho el _Saca-mantecas_ me hería en lo vivo, y ansiaba tener -la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado -antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo. -Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores -á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba -nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche muy -aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve con -quién entretener la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la -sociedad. «Mañana --pensé--, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro -cosas, ó reviento.» No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; -pero se las pedía porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar -se me había atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me -sacaba de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para -que no estallara dentro. «La voy á poner buena --pensaba--. ¡Venderse -por dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.» - -Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi -ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío -al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo -fué quien me dijo: - ---La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la -tarde. - -¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que le -iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el -honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio! - -A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia de -Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un -departamento del _sleeping-car_. - ---Hola, traviatito --me dijo abrazándome--. ¿Manda usted algo para -París? - ---Que usted se divierta --le respondí, afectando, no sólo serenidad, -sino contento hasta donde me fué posible. - -Algo más hablé, dándole á entender que no me inspiraba envidia, sino -compasión, y nos despedimos hasta la vuelta. - ---Yo no pienso salir de España --añadí--. No quiero hacer gastos. -Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas... - -Y como él se riera, concluí con esto: - ---Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós... -Deje usted mandado... Divertirse. - - -III - -Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear y -nos quedamos en Madrid», sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas -me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije -sencillamente á mi prima: - ---Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo? - -Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias graciosas. -Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á donde -quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella sola; -pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de su -maridillo, les invité á los dos. - ---Gracias --me dijo Constantino--. Si mi mamá Piedad me manda lo que me -ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el -tren de recreo. - ---¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos? - ---Sí: en el tren de botijos --afirmó Camila batiendo palmas--. Así nos -divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de -Augusto vendrá también. - ---¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una -cursi... - ---Dí que somos pobres. - ---Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San -Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis, -aunque sea en un tren de mercancías. - -Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. «Allí -caerás --pensé--; no tienes más remedio que caer.» - -A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo que irían -á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer discutieron, y -yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. Por fin apelé -á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las corridas de -San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! Vaciló, cayó al -fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero ellos no podían -ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado por los calores -de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes de Junio, viendo -defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella dichosa mujer era -una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme á la perdición. -Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, casi nunca salía -de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á Camila, convertíase -para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba tocar, suspiraba por su -marido ausente y acababa de helarme hablándome de aquel Belisario que -no venía, que no quería venir, que se empeñaba en seguir en la mente de -Dios. - ---Si no vas á tener más chiquillos... --decíale yo--; y da gracias á -Dios para que no se perpetúe la raza de ese animal manchego. - -Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y no se -crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un cardenal -en la muñeca que me dolió muchos días. - ---Si sigues haciéndome el amor --me chilló una tarde--, le canto todo -al manchego para que te sacuda. Puede más que tú. - ---Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le -quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore? - ---¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más -que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala. - -Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me -quiere, que es mi marido!» - -Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y -dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo: - ---Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes. - ---En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda esa -porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos primos. - ---No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y ahí -lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono de -la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado porque -no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he tenido que -dejar de comprarme algunas cosillas que me hacían falta, y no comer -postre en muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas -no me faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa -más cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí -quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se -aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias. - ---Que no lo tomo. Quita allá. - ---Te echaré de mi casa. - ---No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando -estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta. - ---Eso, ¿á mí qué?... - -¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que no -tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de -veras. - ---Bien --le dije--, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu -caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición. -No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan -feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra, loba. - -Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo -miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa. - ---Si no te callas, tísico pasado --gritó--, te tiro este plato á la -cabeza. Mira que te lo tiro... - ---Tíralo y descalábrame --le contesté fuera de mí--; pero descalabrado -y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es -para tí, para esa bocaza, para la lumbre que tienes en esos ojos; todo -para tí, fiera con más alma que Dios. - -Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo poniéndolo -en solfa y apabullándome con estas palabras: - ---Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro. ¿Ves -estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos. Emborráchate tú -con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este cuerpecito? Es para que -nazcan de él los hijos que voy á tener, para agasajarlos, para darles -de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete y requémate! - -Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le habría -dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches, decía -siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no tiene más -remedio que caer.» - -Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. Ella, -que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. Él -andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre, -respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia. -Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se -bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía -del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan -aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad, -otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole al -modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más graciosa!... -Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa, daba á su marido -una lección de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando -aquella potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, -inclinado delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del -reo que se inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El -verdugo era ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre -las piernas para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era -una regadera. Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; -frótate bien; toma el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; -que me hielo; que se me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que -se te sube es la mugre; ráspate bien, hasta que te despellejes. -Grandísimo gorrino, lávate bien las orejas, que parecen... no sé qué.» -Y no teniendo paciencia para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la -regadera, y con sus flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con -tanta fuerza como si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, -mujer...» «Lo que duele es la porquería», respondía ella pegándole un -sopapo. Parecía meterle los dedos hasta el cerebro. - -Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, y -él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los -chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar -la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar -ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban -lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que -presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á -saltos. - ---Hija --dijo mi tía--, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. -Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa. - ---Para eso la pago. - -Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba -zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á -lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los -fríos ladrillos. - -Su mamá se reía como yo. Díjome después: - ---Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su -marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino -uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué -orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece -un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el -trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la -casa. - -Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor, -colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y -abrochándose los botones de la camisa. - ---Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué -hiena es mi mujer? - -Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que -por economizar. - ---Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae -pronto el rancho. - -Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir -de huevos. - ---Ahora --me dijo Miquis con beatitud--, nos pasamos con una tortillita -y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. Y tan -ricamente... A todo se _jace_ uno. Esta Camila es el mismo demonio. -¿Pues no dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No -sé qué me da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?... - -Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. O yo -no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus ojos. -«Dios mío, Dios mío --pensé en un paroxismo de aflicción--, ¿por qué no -he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de fieras?» - - -IV - ---Aquí tienes el pienso --dijo Camila trayendo la tortilla de jamón--. -Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella -de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera -rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca. - -¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me -iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella -se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla. -Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto -para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que -ninguno de los dos quería tomar. - ---Para tí, hija... - ---No: para tí, nenito. - ---Vamos --decía yo--, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar -suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena. - -Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el -café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción -y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, -la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario -vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en -una silla alta, con su babero al pescuezo. - ---Vendrá, vendrá el señor de Belisario --decía ella encendiendo el -alcohol--. Verán ustedes cómo con los baños de mar... - ---Eso, eso: los baños de mar. - -Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos. - ---Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos --les decía yo. - -Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por -ningún caso. - -¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban y lo -gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos dineros -de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, estaban -los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de viaje, -comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por un modelo -que le prestó Eloísa. El vestido y el _pardessus_ eran desechos de su -hermana, arreglados por la misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella -imponderable virtud con los despojos del vicio. - -Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el -aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado -de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia. -Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de -Junio metido en casa, muy aplanado, con cierta propensión al silencio, -síntoma funesto en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo -de hilo no se apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar -producíale una especie de hipo. Pensando que se había metido en algún -mal negocio, le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio, -pues hacía tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no -podía; le faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa -de su trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un -fenómeno de _suspensión_. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se -iba á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque -fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del -síntoma nervioso de la _suspensión_ había otra causa. Estos jaleos -espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil -es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío -con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre -señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero -con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido -pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula -valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar -de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su -yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante. - ---Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca agua? -¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...! - -Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel excelente sujeto tan -curado de su _ruinera_, como si en su vida la hubiera padecido. - -A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que agradecí -mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me habría sabido -muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que iba decidido á -emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, y en el sosiego -y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con ahinco. ¡Ya vería -yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No quiso decirme lo que -era para darme la sorpresa _hache_. Francamente, experimenté vivísima -satisfacción al perderle de vista. - -Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más en -Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas mías, -respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á las -cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. Eran -las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la otra -Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas y -ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba -bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo -en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome -los mocos y dándome cucharadas de _maizena_. La Pastor, su sobrina, -era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus -ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas. -La concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que -á veces parecía que la una movía las manos de la otra, y que la -Morris estornudaba ó tosía con la boca de la Pastor. La tía leía -mucho, así en inglés como en español, y tenía sus puntas de literata: -trataba á Spencer y á George Elliot. La sobrina pintaba, como pintan -las inglesas, haciendo habilidades más bien que obras artísticas, -embadurnando placas de porcelana, trozos de papel de arroz, y ahumando -platos para rascarlos con un punzón. Sus acuarelas tenían frescura -sosa, y siempre expresaba en ellas alguna idea moral. Aunque no pintara -más que un riachuelo reflejando un álamo, yo no sé cómo se las componía -que siempre salía la moral. Eran ambas las personas más agradables, más -buenas, más finas, más delicadas que se podían ver en el mundo. - -La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez. -Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía. -Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia: -se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra -del _Scotland Bank_. Total, que acordaron acabar sus nobles días en la -tierra de María Santísima. - -Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, me -besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre. - ---Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien. -Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se -asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya -grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa. -Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo. - -Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y servirles -de cicerone. _Mary_ (la pintora) tenía locos deseos de verlo. ¡Había -oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé yo aquella noble -misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en Madrid, y había -que verme á mí con mis dos _Pastoras_ (Camila dió en llamarlas así) -siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y severos sobretodos -de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes no muy conformes -con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados hacia dentro y con mucha -espiga, mucha amapola y otras silvestres florecillas. Camila decía -que no podían haber escogido sombreros más propios unas damas que se -llamaban las _Pastoras_. Guardéme bien de presentarlas á mi prima, pues -de seguro habría oído en boca de personas tan recatadas el terrible -_shoking_. - -Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que me hiciera -cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. Endosáronme -varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta suya ciertas -sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. Despedílas en la -estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á Cádiz para que -las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron de mí. - -Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me -dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio. -Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12 -de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan -majadero, que dije muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en -términos sombríos y románticos, porque me salía de dentro así. Le -decía: «me mato, te juro que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo -al principio, me miraba luego con un poco de lástima, exhortábame á -ser razonable, y reía, reía siempre. También ella, en la _edad del -pavo_, había querido matarse, y nada menos que con fósforos. ¡Cuánto -se había reído de esto después!... ¿Acaso estaba yo en la _edad del -pavo_? Seguramente así lo pensaba ella. Por fin vine á comprender que -esta táctica era mala, porque no me daba buen resultado. En Camila no -aparecían ni ligeros indicios de ser contaminada de mi romanticismo; -al contrario, lo repelía, como rechaza el organismo las substancias de -imposible asimilación. - -La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino y yo -de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de _sport_ -me entretenían, y á él le entusiasmaban. De repente se me ocurrió decir: - ---Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen -caballo de paseo. - -Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños á sus -madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un juguete. - ---¡Un caballo! --repitió el manchego con éxtasis. - ---¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe? - ---No, si no... ¿pero de verdad?... Usted... - -La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego -se dejó decir: - ---Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar... - ---Es que yo me enfadaría si no lo aceptara. - -Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba. - ---Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa, -de mucha cabezada, y que ande así... así... - -Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos -petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo. -Luego imitaba el galope: _tra-ca-trán_, _tra-ca-trán_. - -Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud por -mi ofrecimiento del caballo. - ---¡Qué bueno eres! --me dijo, dejándose besar las manos, favor que -hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola, -¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice -ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho: -«Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil -duros de renta», y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome -ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi -encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su -marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un -caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una -hucha en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo -del caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del -tiempo, porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además, -Camila se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A -veces, por donde menos se piensa se abre una brecha. ¿Sería aquélla -la brecha de la inexpugnable plaza, la juntura invisible de una cota -que parecía milagrosa?... Lo veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á -San Sebastián, diciendo para mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te -escapas.» - - - - -XIX - -Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y trapístico. -- Mala -sombra de todos los idilios, de cualquier clase que sean. - - -I - -Sin desconocer los encantos de la capital veraniega de las Españas, no -me inspiraba simpatías aquel pueblo, que me parecía Madrid trasplantado -al Norte. En él, los madrileños no buscan descanso, aire, rusticación, -sino el mismo ajetreo de su bulliciosa metrópoli, y los mismos goces -urbanos, remojados y refrescados por el agua y brisa cantábricas. Me -fastidiaba ver por todas partes las mismas caras de Madrid, la propia -vida de paseo y café, los mismos grupos de políticos hablando del tema -de siempre. El paseo de la Zurriola, en que dábamos vueltas de noria, -me aburría y me mareaba. Si no hubiera sido porque esperaba á Camila, -habría echado á correr de aquella tierra. Y como Camila tardaría aún -quince días ó más en ir, dime á buscar un entretenimiento para ir -conllevando las lentitudes del plantón. - -¿A que no aciertan lo que se me ocurrió para pasar el rato? Pues -emprender un trabajo que á la vez me entretuviera y aleccionara. Sí: -de aquel anhelo de distracción nacieron estas Memorias, que empezadas -como pasatiempo, pararon pronto en verdadera lección que me daba á mí -mismo. Quise, pues, consignar por escrito todo lo que me había sucedido -desde que me establecí en Madrid en Septiembre del 80; y pensarlo y dar -principio á la tarea, fué todo uno. Proponíame hacer un esfuerzo de -sinceridad y contar todo como realmente era, sin esconder ni disimular -lo desfavorable, ni omitir nada, pues así podía ser mi confesión, no -sólo provechosa para mí, sino también para los demás, de modo que -los reflejos de mi conciencia á mí me iluminaran, y algo de claridad -echasen también sobre los que se vieran en situación semejante á la -mía. Empecé con bríos: tuve especial empeño en describir las falsas -apreciaciones que hice de Eloísa, alucinado por la criminal pasión que -me inspiró; dí á conocer el pueril entusiasmo, el desatino con que me -representaba todas las cosas, viéndolas distintas de como efectivamente -eran; y poco á poco las fuí trayendo á su sér natural, descubriendo -su formación íntima conforme los hechos las iban descarnando. Nada se -me escapó: describí mi enfermedad, las gracias del niño de Eloísa, la -caída de ésta, la casa, los jueves famosos y aborrecidos. Ya entraba -á ocuparme de la muerte del bendito Carrillo, cuando llegaron Camila -y su marido. Dí carpetazo á mis cuartillas, dejando la continuación -del trabajo para otros días. Con la llegada de mis amigos tenía yo -distracción de sobra, y materia abundantísima para sentir y pensar más -de lo que quisiera. - -No he visto persona más dispuesta que Camila á gozar de los encantos -lícitos de la vida y á apurarlos hasta el fondo. Su marido le hacía -pareja en esto. Ambos tortoleaban en mis barbas, haciéndome rabiar -interiormente y exclamar desesperado: «Pero, señor, ¿será posible que -yo me muera sin conocer y saborear esta alegría inocente, esta puericia -de la edad madura, estos respingos candorosos del amor legitimado y -estas zapatetas de la conciencia tranquila, que salta y brinca como los -niños?» - -Todos los días inventaba yo alguna cosa para que ellos se divirtieran, -para divertirme yo si podía y para alcanzar mi objeto. Unas veces -era expedición á Pasajes; otras caminata por el campo, excursión en -coche á Loyola, pesca en bote, etc... Por todas partes y en todos -los terrenos buscaba yo el idilio, y se me figuraba que lo había de -encontrar si no estuviera pegado siempre á nosotros aquel odioso -monigote de Constantino. Pero su bendita mujer no se divertía sin -él, y él era, sin duda, quien daba la nota delirante de la alegría -en nuestros paseos. Cuando salíamos al campo, Camila se embriagaba -de aire puro y de luz, corría por las praderas como una loca, se -tendía en el césped, saltaba zanjas, apaleaba los bardales, hacía -pinitos para coger madreselvas, hablaba con todos los labriegos que -encontraba, quería que yo me subiera á un árbol á ver si había nidos -de pájaros, perseguía mariposas, aplastaba babosas, reunía caracoles -para apedrearnos con ellos y se ponía guirnaldas de flores silvestres. -He dicho que se embriagaba y es poco. Era más: se emborrachaba, perdía -completamente el tino con la irradiación de su dicha. Si la única -felicidad verdadera consiste en contemplar felices á los que amamos, yo -no debía cambiarme por ningún mortal; pero la felicidad no es tal cosa, -y el filósofo que lo dijo debió de ser un majadero de esos que fabrican -frases para vendérnoslas por verdades. - -Nunca había visto á mi borriquita dar tanto y tanto brinco. En su -frenesí llegó á decir, tirándose al suelo: «me dan ganas de comer -hierba.» Por su parte Constantino hacía los mismos disparates, -acomodándolos á su natural rudo y atlético. Daba vueltas de carnero y -saltos mortales, hacía flexiones y planchas en la rama de un roble, -andaba con las palmas de las manos, cantaba á gritos, relinchaba. Ambos -concluían por abrazarse en medio del campo, y jurarse amor eterno ante -el altar azul del cielo. - -Cuando iba con nosotros Augusto Miquis, éste y yo filosofábamos -mientras los otros se hacían caricias, ó nos reíamos de ellos; pero yo -rabiaba. - -Nuestros recreos marítimos no eran menos deliciosos para aquella -pareja de enamorados, que más parecían niños que personas mayores. Nos -embarcábamos en segura y cómoda lancha, y emprendíamos nuestra pesca. -La primera paletada de remos era una declaración de guerra sin cuartel -á toda alimaña habitante en la mar salada. Un marinerillo nos ponía la -carnada en los anzuelos para no ensuciarnos las manos. ¡Qué ansiedades -las de los primeros momentos, cuando los aparejos entraban en el agua! -¿Habría ó no habría pesca en aquel sitio? ¿Sería mejor ir más allá, -donde no hubiera tantas algas? Por fin nos fijábamos, y aquí de las -emociones. ¿Quién sería el primero que sacaría algo? En nada como en -esto se manifiesta el humano egoísmo. Ninguno quiere ser el segundo. -Yo, sin embargo, deseaba que fuese Camila la preferida del destino para -gozar viendo su triunfo y los extremos que hacía. - ---Cómo pican, cómo pican... - -Pero muchas veces picaban y se iban, llevándose el cebo. Es que en las -profundidades hay mucha pillería, y van aprendiendo, sí. Camila se -impacientaba, estaba nerviosa: cuando sentía picar tiraba con tanta -fuerza, que el pez se largaba dejándola chasqueada. Entonces á la -pescadora se le iba la lengua, y se le ponía la cara encendida, los -ojos echando lumbre. Pero si al fin, al tirar de la cuerda, sentía -peso y estremecimiento, ¡María Santísima, qué alboroto, qué gritos! Su -imaginación le abultaba la pesca. - ---Es grandísimo... ¡cómo pesa...! Es una merluza lo que traigo. Mirad, -mirad. - -Por fin brillaba el agua con fulgores de plata, y salía un triste -pancho enganchado por la mandíbula. El botín de julias, porredanas, -cabras, monjas y chaparrudos aumentaba, y los íbamos echando en un -balde, donde su horrible agonía les hacía dar saltos repentinos. -Poníase mi prima febril cuando pasaba mucho tiempo sin pescar nada; -nos hacía variar de sitio, cambiaba de aparejo, lo metía y lo sacaba, -sacudiéndolo. Insultaba á los peces invisibles que no querían picar, -llamándoles _tísicos_, _petroleros_, _carcundas_, y no sé cuánto -disparate más. Cuando sacábamos algún pancho muy pequeño, un tierno -infante que había sido robado por el anzuelo al volver del colegio, -Camila imploraba la clemencia de todos los expedicionarios, y, reunidos -en consejo, votábamos unánimemente que se le diera libertad. Ella misma -le sacaba el anzuelo, procurando no lastimarle, y devolvía el pez al -agua, riéndose mucho de la prontitud y del meneo con que el muy pillo -se iba á lo profundo. - ---Este ya va enseñado --decía--. No se dejará coger otra vez. - -¡Qué horas tan dulces para todos, porque yo también me divertía, y -además el contento de aquellos seres se me comunicaba, reflejándose -en mi alma! Pero por más vueltas que daba, la tostada del idilio no -parecía para mí. Apenas pude deslizar en el oído de Camila alguna -palabra, frase ó símil de la pesca aplicado á mi situación y á mis -pretensiones. Ella se hacía la desentendida y aprovechaba las ocasiones -para hacerme cualquier perrería, como salpicarme de agua, pasarme por -la cara la barriga viscosa ó el cerro punzante de algún pez. - -Mi fantasía enferma, mi contrariada pasión buscaban refugio en la -idealidad. Lo que los hechos reales me negaban, asimilábamelo yo con -el pensamiento. En otra forma, yo era también chiquillo como ellos. Dí -en pensar que la mar traidora nos podía jugar repentinamente una mala -pasada. La embarcación se anegaba, se hundía. ¡Naufragio! En este caso -yo, que sabía nadar muy bien, salvaba á mi heroína, disputándola á las -olas y á la horrorosa muerte... Vamos, que el triunfito no era malo. ¡Y -qué placer tan grande! Dominado por esta idea, una tarde que se levantó -un poco de Noroeste y que volvíamos á la vela, dando unos tumbos muy -regulares, le dije, señalando las imponentes masas de agua verdosa: - ---Oye, borriquita: si se nos volcara la lancha y te cayeras al agua... -¿no te aterra pensar que te ahogarías? - ---¿Yo? No tengo miedo --me respondió serena, contemplando las olas--. -Al contrario, me gustaría que se levantara ahora una tempestad de padre -y muy señor mío. Quiero ver eso... - ---¿Y si te cayeras al agua? - ---No me ahogaría. - ---Claro que no, porque te sacaría yo, con riesgo de mi propia vida. - ---¡Qué me habías de sacar, hombre! Me sacaría Constantino. ¿No es -verdad, asno de mi corazón, que me salvarías tú? - ---Si éste apenas sabe nadar... - ---¡Que me sacaría, digo; que me sacaría, vaya! --gritaba con fe ciega. - - -II - -Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni -en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo -soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que -nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de -esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para -hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase -el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa -andadura de cuatro nudos por hora. No servía para nada; pero era -novedad estupenda para estos pobres madrileños que nada saben de las -cosas del mar. Toda la colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de -lanchas que iban hacia donde estaba fondeada la _petaca_. Los _gatos_ -de Madrid se quedaban con medio palmo de boca abierta, admirando la -limpieza y el orden de á bordo, la gallarda arboladura, que no es más -que un adorno, la presteza con que los marineros suben como ratones -por la jarcia, la comodidad de las cámaras, el reluciente y limpio -acero de la artillería, la abundancia de los pañoles de galleta. Era -un jubileo. Nosotros fuimos también. ¡Pues no habíamos de ir...! -Tomé un bote y nos metimos en él los tres, con más Augusto Miquis, -su mujer y su cuñada. Más de una hora estuvimos á bordo, subiendo y -bajando escaleras, registrando todo, acompañados de un oficial. Cuando, -terminada la visita, volvimos á nuestro bote, nos sucedió un percance. -El mar estaba algo picado. Con los balances que hacía el bote al entrar -las personas, por poco zozobramos; después el marinero encargado -de que aquél arrimara bien á la escala del vapor se descuidó, y la -pequeña embarcación, ya llena de gente, metióse debajo de la escala. -El vapor entonces, en un balance, dió un fuerte golpe en nuestra proa -con el pico de la escala. Fué como si levantara el pie y nos diera una -patada. Por pronto que quisimos desatracar no pudimos, y al siguiente -balance, el pico de la escala entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos -hundíamos!... Fué un momento de pánico horrible. Grito de espanto salió -de todas las bocas... Nada, que nos íbamos á pique. Un bulto, una -mujer estuvo casi dentro del agua por el costado de estribor. Ciego, -me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví nada: duró aquello -lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza la idea de que yo -iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos, agua!... La humana -forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la cuñadita de Augusto -Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al bote con la izquierda, -que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña se me pegaron al -pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que me habría -sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada fué -Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro, cogió á -su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba la zarpa -derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una agilidad y -una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos; y auxiliados -por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro bote. ¡Ni -siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido á unas -cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero convinimos -en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos serenamos, -y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor, y no -hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando cada cual -sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se había mojado -nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería cómo le cogió -el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se vieron suspendidos -un instante á la escala, mientras el bote se iba á lo hondo. En toda -la noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en -San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo -con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la -escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más -que _agárrate bien_... El vapor se los quería llevar... vió los picos -de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde -causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...» - -Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde jamás -se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella hubiera -querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba por -todos los medios, de nada me valía que yo las buscase. - -Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos -íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy -saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre -para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien -era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones -los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete, -ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una -cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas. -Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable. -Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en realidad. - -Pero sí: era un gañán, sin género alguno de duda. Si no lo probaran -otras cosas, lo probaría su maldita maña de divertirse con los -juegos de fuerza ó de manos, que, según dice el refrán, son juegos de -villanos. Sí: villanía es dar puñetazos sin venir á cuento, agarrarle -á uno la mano y apretársela hasta hacerle dar un grito, cogerle á uno -descuidado por la cintura y suspenderle en el aire, con otras gansadas -sin maldita la gracia. Tales juegos me cargaban. Yo le decía: «estate -quieto, no me busques.» (La confianza en que vivíamos nos había -llevado á tutearnos sin saber cómo.) Le tenía ganas: habría gozado -mucho dándole un buen porrazo, ya que el matarle no estaba en mis -sentimientos ni en las costumbres suaves de la época. A ratos eché yo -de menos las edades románticas en que se destripaba á cualquier rival -por un quítame allá esas pajas. - -Un día concluímos nuestro asalto, yo rendido de fatiga, él tan campante -como si nada hubiera hecho. De repente empezó con las gracias villanas -que antes mencioné. - ---Constantino, que te estés quieto. - -Yo estaba nervioso, de muy mal humor, y con ganas de darle una zurra. - ---Que no me busques, Constantino; que no quiero bromas... - -Pero él dale que dale, tan pesadote que no se le podía aguantar. De -improviso, viéndome sobado y golpeado estúpidamente, nació en mí un -ardiente apetito de brutalidad; cegué, perdí el tino, no supe lo que -me pasaba, y echándole ambas manos á su pescuezo robusto, caímos, -rodamos... Él tenía más fuerza muscular que yo; pero el odio, según -creo, centuplicó las mías. La verdad es que le tuve un instante -acogotado, y gocé ferozmente en la extinción de su aliento. Recordando -después aquella escena, heme avergonzado y espantado de que los hombres -más pacíficos se conviertan tan fácilmente en fieras. - ---Es demasiado --dijo Augusto, que empezaba á alarmarse--. Para juego -basta. - -Mi fuerza, puramente nerviosa, por lo mismo que fué tan grande, duró -poco. El manchego se repuso, y desasiéndose, ganó pronto ventaja. No -tardé en estar debajo. Cogióme las manos, sujetándome los brazos con -el peso de su cuerpo; dejóme sin movimiento ni respiración, hecho un -lío, una momia. ¡Cómo ostentaba su poder ante mi debilidad! Así me tuvo -un rato, dueño de mí, mirándome y escarneciéndome como si yo fuera un -muñeco con apariencias de hombre. - ---Muévete ahora --me decía, apretando más las argollas de hierro de sus -dedos. - -Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas no -rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni -para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo -franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso. - ---Bromas pesadas --repitió Augusto. - ---Eres un bruto, Constantino... - -Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono, figurando -tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego, gimnasia -de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía con gozosa -esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.» - -Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien, y -Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos -juntos; era yo su maestro: enseñábale á mover los brazos; jugábamos -y saltábamos, cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el -baño, hacía yo más, ¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso -de aquella habilidad que aprendí en la niñez, alumno de la marítima -Inglaterra, esperaba á que mi borriquita estuviese presente para irme -muy afuera, muy afuera, hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al -volver, que perdieron de vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba -de satisfacción. Todas las personas reunidas en la playa estaban con -gran ansiedad y corrían murmullos de alarma. A mi triunfal regreso, -dando brazadas á las olas y abofeteando la espuma, era recibido con -vítores y plácemes. Yo me ponía muy hueco si Camila estaba presente; -si no, no. No veía más que á ella, saliendo de su caseta ya vestida, -colorada, fresca; y me decía con amable reprensión: - ---¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas -de gracias. - -Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos -bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus -pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome un -rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra vez, -y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre dientes: - ---Traga agua, perro; trágala. - -Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí -la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en -los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un -momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila, -que estaba lejos, empezó á chillar. Pero su marido salió de repente, -atontado, pataleteando, escupiendo agua, vomitándola... Su aparición -fué acogida con carcajadas por los circunstantes. Yo me reí también, y -braceando agujereé una ola. Creí que no me seguiría; pero impávido me -siguió, haciendo gestos de ira cómica, la única ira que en él cabía. Y -me acometió, saltóme á los hombros, y sus poderosas manos me hundieron -á su vez. Dentro del agua, oí una voz que llegaba á mis oídos con esa -vibración penetrante con que el mar transmite los sonidos. Camila -gritaba: - ---Constantino, ahógale. - -Estas palabras, rasgando la masa verde y movible del mar, parecían el -ras del diamante al cortar el vidrio... Y en verdad que al oirlas tuve -miedo, y creí que en efecto me ahogaba. Por suerte, ambos volvimos -pronto á la superficie, y nos acogieron las mismas carcajadas de antes. -Tuve que reportarme y disimular. Augusto decía: - ---Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos. - -Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel -_ahógale_, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de -los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer, -ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con -despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal. - -Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato procurando -serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y recogiendo -conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan hermosa. -Los baños de mar habían puesto el sello á su robustez gallarda. -Hablando de su apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas. -«Se desayunaría con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que -las chuletas no tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos -veces... Por punto no devoraba una langosta entera.» Su asnito no le -iba en zaga en esto. Ambos tenían coloración tostada y encendida, por -efecto del sol, del agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro. -Ambos revelaban el apogeo de la salud y del vigor físico, así como el -grado culminante de la alegría, que es consecuencia de aquel feliz -estado. El indiferente que les veía y les escuchaba no podía menos -de alabar á Dios ante una pareja tan bien dispuesta para los goces y -los trabajos humanos, ante aquel admirable tronco que arrastraba sin -esfuerzo alguno, relinchando de gusto, el carro de la vida. - - -III - -¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que -habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me -contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería -ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante -Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra, -pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que -ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir -inefable y aquella santa salud. ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde! -La interposición del marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada -de mi destino. ¡Dios me quería mal, me estaba trasteando y _quedándose -conmigo_! ¡Cuánto disparate! También pensaba mucho en la primera -impresión que me causó la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué -me fué antipática? ¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en -aquellos días yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor -majadero del mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila -la tuve con respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes -sin adivinar su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y -poseer á Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado -una vez, equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna -chispa del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría, -alma del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad... -Tenía que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable -que el marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para -legitimar mi victoria. - -Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el -campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues, -á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada -vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no -aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las -tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía, -y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de -tentaciones. Cuando íbamos en ferrocarril camino de la frontera, dije -á mi borriquita que se comprara lo que quisiese, un par de abrigos de -invierno, tres sombreros, media docena de corbatas, dos ó tres vestidos -de alta novedad; en fin, que aprovechara la ocasión surtiéndose para -todo el año. - ---No me lo digas dos veces --contestaba entre carcajadas--: mira que te -arruino. - -¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que -el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y -con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre -lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger -nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas -considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su -manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas -tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí. -Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo -general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida. - ---Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo te -adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no es -verdad? - -Constantino decía que nones. - ---Y este sombrero... ¿ves qué bonito? - ---Vamos, vamos --decía Camila muy seca--. Me carga este pueblo. Esto es -una _farsantería_. - ---Al menos --insistía yo--, que acepte tu marido este paraguas, y tú... -No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este _pardessus_. - ---Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no quiero. - -Fuimos á Biarritz y almorzamos en el _Hotel de Embajadores_. -Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una -partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los -alrededores de la _Villa Eugenia_, por las playas de los Locos, de -los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer -y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya -con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca -del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con -ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle -directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría -que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo -decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi -vida. De pronto dijo: - ---Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino es -una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le -pervierta. - -Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona más -formal del mundo. - ---Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre -al _baccarat_ que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en -la tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene -miedo, y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito -es muy bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los -vicios. Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café -diciendo gansadas, hablaba de sus jefes con poco respeto, contaba los -grados que iba á ganar sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y -ordinariote. Pues ya ves: poco á poco le he ido quitando todos esos -vicios. No te creas... unas veces con blandura, otras con porrazos. Un -día le hice sangre... porque yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que -le mandé apartar un baúl, y se escupió las manos para agarrarlo y hacer -fuerza. ¡Ay, cómo me puse! ¡me volé...! - -Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su -intimidad doméstica. - ---Poquito á poco --prosiguió--. Le he hecho romper con todos sus -amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un -angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que -por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los -dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo -en el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era -martes, nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos -cuatro sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en -la Comedia; el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos -volvimos á hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo -almorzar fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso -de mamá. Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña -Piedad, se puso hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una -sinvergüenza, que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron -hasta decir que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había -tenido un chiquillo. Ya ves que no me muerdo la lengua. Constantino -me ha contado después todas estas tonterías de pueblo, y nos hemos -reído. Su madre tenía el proyecto de casarle con una paleta rica, y -él dejó todo, palurda y millones, por mí. Ya ves qué mérito tengo. -Después mi suegra se ha querido reconciliar conmigo, y yo le he escrito -varias cartas. Soy yo muy cuca. ¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene -ganas de conocerme. Pero yo me estoy dando lustre, y no quiero ir á la -Mancha. Iremos más adelante... Y aquí termina la presente historia. -Nos queremos como Adán y Eva. Le domino y me tiene dominada. No te -creas... si Constantino no hubiera tenido tantos vicios, y no me -hubiese yo calentado tanto los cascos para quitárselos, á estas horas -nos habríamos tirado los platos á la cabeza. - -No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se -explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de -nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos. - ---¿Has jugado? --le preguntó ella, impaciente. - ---Jugar, ¿á qué? - ---Al _baccarat_. - ---¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no. - ---Lo creo, lo creo --dijo ella, rebosando de confianza--. No hay -más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese -lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira, -mira qué bonito te has puesto. - ---Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos. - ---No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde -cogerte. - -Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San Sebastián, -ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente creí notar en -Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los vestidos y adornos -de mujer que había visto. La esposa de Augusto y ella discutían con -desusado calor sobre manteletas, _pardessus_, capotas y faralaes. ¡Si -habría hecho el idilio trapístico más efecto que los otros! Porque yo -la notaba un poco menos alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se -conmovería al fin aquella torre? «Quizás, quizás --pensaba yo--. Al -fin tiene que ser de una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo -pienses.» - - -IV - -Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les pude -detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi -querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su -disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en -que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!» -Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al -céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con -ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á -un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las -vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí! -dejándome en espantosa soledad. - -De buenas á primeras, encontréme un día con María Juana y su marido, -que después de pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos -semanas en San Sebastián antes de la _rentrée_. Dígolo así, porque -noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas en -francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban por -tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por haber -decretado la extinción de _los ordinarios de Medina_ por los siglos de -los siglos. - -Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo. -De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien -puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era -un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la -vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á -dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del -lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de -la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo -conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no -se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el -negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer -propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran -peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había -patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo á -Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, en -momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como yo, -de buena figura (movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que -hubiera mujer capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso -del marqués de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que -había sido negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que, -por añadidura, se teñía la barba. - -En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le habían -llegado al alma. - ---¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos -estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña. - -El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal había -sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el mulo -que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército! - ---Dios salve al país --exclamaba Medina con olozaguista concisión, -juntando las manos. - -El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los -círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos -de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya -circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos -famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid. -Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su casa -de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el mueblaje, -y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto me -pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme que yo -debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía casarme. - ---Déjalo de mi cuenta --me dijo con cierto entusiasmo--. Yo te buscaré -la novia. - -Esto me hizo pensar, pero pensar mucho. - -Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien -hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en -la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer, -que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo. -Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo. -Constantino elegiría á su gusto. - -Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya -veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme -las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con -la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van -á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba -y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer -existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal cosa. - -¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y echar -á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase á cien -leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado aquélla, -y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, conocía yo, -que se habrían dado con un canto en los dientes por que las requiriera -de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para casarme, -algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, ninguna me -gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita que ya estaba -uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente aquélla, era la que se -me antojaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de -amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de -ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales. - -Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella vendría -al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en casa. -Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar lo que -hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan formal -como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me alegraría -seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente tomar acta -y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas tardes y -noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el mío! Me -habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero tal como -yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la cosa -más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente -verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido -de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi -desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía -sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos -tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por -la solapa, y con afectado enojo le decía: - ---¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos pardos. - -Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su conciencia, -que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y tranquila. - ---¡Parece mentira --insistía yo-- que teniendo una mujer como la que -tienes...! No te la mereces. - -Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me -declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga: - ---Se lo contaré á Camila. - -Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves palabras, -con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á los -labios: - ---No te creerá. - -Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa, -aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila -se reía y bromeaba un poco también, diciendo: - ---¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que -andaba en malos pasos eras tú. - -¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la -mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila -le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por -la costura, y estrujándosela decía: - ---Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más que -á mí. - -Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me -desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía -evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con -él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás -no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de -algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare -llama _eternal joya_... Pero ya no hay diablos que presten estos -servicios; tiene uno que arreglarse como pueda. - - - - -XX - -Doy cuenta de la agravación de mis males y del remedio que les aplico. --- Gonzalo Torres. - - -I - -Una mañana... ¡plaf! Raimundo. Caía sobre mí cuando menos le esperaba, -y muy comúnmente cuando menos ganas tenía de oirle. Entró aquel día con -cara risueña y un rollo de papeles en la mano. «Veremos por dónde la -toma hoy --pensé--, aunque bien sé á dónde ha de ir á parar.» Díjome -que estaba muy mejorado de su reblandecimiento; que las palabras se -le salían de la boca fáciles y correctas, sin que la lengua tuviera -que hacer contorsiones, y que se sentía dispuesto, ágil y con el -entendimiento lleno de claridad y hasta de inspiración. - ---Hombre, ¡cuánto me alegro! --exclamé echando ojeadas de inquietud -al rollo de papeles--. ¿Y qué traes ahí? ¿Esa es la obra de que me -hablaste? ¿Has hecho algo en Asturias? - ---¡Ah! no... aquello fué una tontería... un drama, una idea nueva... -Hice dos ó tres escenas; pero lo abandoné pronto. La cosa no salía. -Después se me ocurrió esta gran obra. - -Con sonrisa triunfal mostróme el rollo de papeles, que yo miré como se -puede mirar el cañón de escopeta del cual ha de salir la bala que nos -ha de herir. - ---Algún dibujillo --indiqué deseando que acabase pronto, pues tenía que -hacer--. Dispara, dispara de una vez. - -Desenvolviendo lentamente el rollo, dijo: - -A tí solo te lo enseño, porque no quiero que se divulgue la idea. Me -la podrían robar. Es muy original. Figúrate: esto se llama _Mapa moral -gráfico de España_; va acompañado de una Memoria, y su objeto es... - -Cortó la frase para extender el papel sobre una mesa, sujetándolo por -los bordes con objetos de peso. Ví muy bien dibujado el contorno de -nuestra Península, con indicaciones de cordilleras, ríos y ciudades. -Los nombres de éstas se hallaban encerrados dentro de círculos -concéntricos de colores de muy diverso matiz. - ---¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado. - ---Pues esto --afirmó con exaltación de artista-- es una representación -gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los -colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido -en cinco grandes categorías: _Inmoralidad matrimonial_, _adulterio_, -_belenes_, color rojo. _Inmoralidad política y administrativa_, -_ilegalidad_, _arbitrariedad_, _cohechos_, color azul. _Inmoralidad -pecuniaria_, _usura_, _disipación_, color amarillo. _Inmoralidad -física_, _embriaguez_, verde. _Inmoralidad religiosa_, _descreimiento_, -violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la -prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos elementos no -se pueden buscar en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de -conocimientos generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones -son á ojo de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico -con razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí -en aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás -ver de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país -de cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar -mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más -moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como -tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid -á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido. -En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son -corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más -concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento -de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color -rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península. -Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en -inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se -conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí: -es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj -del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de -misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos -veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada diez -y seis. El tanto por ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima, -de dos y medio, mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete -carcas por cada cien personas. - -Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á -entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á -reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto -le daría. - ---Tú estás reblandecido --le dije--. Las cosas que á tí se te ocurren, -ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor -esa monserga. Y por de pronto... - -Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me comprendió -al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y enrollando con -nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se dejó decir: - ---Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo en -limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi Mecenas. -Te dedico la obra... - ---No, no... hazme el favor de dedicársela á otro. - ---Bueno, bueno: como quieras. - -Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y conceder -alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez sí y otra -no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad. Aquella vez -no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya porque me -inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí á partido y -le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se le alegraron -los ojos y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me -alegraría mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer -_hasta en sus menores detalles_ la gran obra de estadística moral, -conseguí alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa. - -Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las -cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había -hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo _á voluntad_, cuando sentí -abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el -borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón. -Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí, -parecióme que no venía sola. - ---Buenos días, tísico --me dijo sin entrar y retirándose otra vez. - ---¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? --le pregunté. - -Y desde la sala gritó: - ---No, estoy sola. - -Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la -cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción. - ---¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola. - ---Es que --me dijo después de vacilar un rato-- tienes ahí una visita. - ---Pues que pase --repliqué levantándome. - ---Dice que no se atreve... Tiene vergüenza... - -Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo -instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa. - -Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohibida, tan turbada, que yo -también me turbé. Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí -sin saber qué cara ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el -llanto luchaban por prevalecer en la expresión de su cara. Por último, -lloró sonriendo y me echó los brazos al cuello. - ---Haces mal en estar enfadado conmigo --me dijo hociqueándome--. Yo -siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día. - -Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo se -me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era peor -que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello de _la -primera piedra_; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que estaba -vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba en ella, -entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de _señora -española_, á pesar de la asimilación de la moda parisiense. Eloísa -adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y sabía -imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido antes y -así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío; quiero -decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué ni por -las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por esa -elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las tijeras -de las modistas. - -Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando -acerca de su cariz de señora española: - ---Estás hecha una francesa. - -Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas -sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo: - ---¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No, -no parezco una francesa. No me lo digas otra vez. - -Sentándose de nuevo, prosiguió así: - ---Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á -Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es -muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he -divertido nada. - -Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse ir -hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos de -reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba ilusión, -como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á la -superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de cariño, -y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada, y -pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo: - ---Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme -de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras -decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con -palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote... -Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras, -ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas -necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo -que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar -con él. Conque ya estás enterado, y lo mejor es que te tragues la -píldora y seamos amigos. - -El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa, -sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían -deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas. - ---¡Ah! --exclamé de pronto--, no me has dicho nada de lo único tuyo que -me interesa. ¿Y tu hijo? - ---Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le -mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo -que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome -de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene -que ver el corazón con... lo demás. - ---Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver las -cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me vengas -con historias... - ---Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar -con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos. - ---La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he -querido... - ---¡Ah!... ¡tiempo pasado! --murmuró, retirando el cuerpo para mirarme -en actitud un poquito teatral. - ---¡Y tan pasado...! - ---Mira, canalla --gritó con repentino calor, tirándome del pelo--, no -me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza. - ---Estás tú á propósito para que yo te quiera --respondí, esforzándome -en mostrarle menos desdén del que sentía--. Ciertas locuras no se hacen -más que una vez en la vida. - - -II - -Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad de -la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más -que esto: - ---¿Y qué me cuentas de tu...? - -Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su -vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto -que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias -vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades -que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el -terreno en que ella tácitamente la ponía. - ---Dime, habrás traído de París maravillas. - ---Algunas chucherías, poca cosa --replicó, mirándome otra vez y -serenándose--. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído -para tí. - ---Gracias. - ---Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para que -tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me decía: -«¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de gustar, -ni regalado lo quería. - -Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un cubo de -agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de mucho para -echar discursos y de muy poco para regular las acciones, le dije que -no se acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los -pies en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con -toda la _Doctrina_, el _Juanito_ y el _Fleury_ metidos en la cabeza, se -habría expresado mejor. - ---Eso lo veremos --replicó Eloísa, en pie delante de mí--. Vamos, no -hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen -fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo -ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras; -pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré. -¿Serás capaz de echarme de tu casa? - ---¡Quién sabe...! - ---¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa. - ---¿Qué? - ---Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí? - ---A que no. - ---A que sí. - ---Apuesto todo lo que quieras. - -Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen -los chicos con los curas que encuentran en la calle. - ---Quedamos en que mañana te mando á Rafael --me dijo, arreglándose la -cabeza delante del espejo. - ---Sí: tengo muchos deseos de verle. - ---Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras? - ---Según lo que quieras decir. Distingo. - ---Sin distinciones. - ---Te encuentro muy francesa --repetí, faltando á la verdad por -molestarla. - ---¡Dale!... Me enfada eso más que si me dijeras una mala palabra. Si -quieres decir la mala palabra, suéltala, ten valor, ponme la cara como -un tomate; pero no me insultes con rodeos. - ---Como quiera que sea, estás hermosísima --declaré, mostrándome más -sensible á sus pruebas de cariño--. Las locuras que yo hice las hacen -otros; mejor dicho, otros harán locuras más locas... ¡Qué dramas leo en -tu cara, hija, y también tragedias, que ahora están en borrador! Te voy -á llamar _Madame Catastrophe_. ¡Pobrecito del que...! En fin, hemos de -ver horrores. - ---¡Ah! tengo que contarte --dijo, tras una explosión de risa--: tengo -que contarte... ¿Sabes que Pepito Trastamara está loco por mí y quiere -casarse conmigo? - ---Péscale, no seas tonta. Hazte cargo de que tienes por marido á un -galguito ó á un _King Charles_. Serás duquesa, y libre como el aire. -Pero la cuestión de cuartos creo que no anda bien en esa casa. La Peri -está liquidando lo poco que resta. Mucho ojo, Eloísa. - ---¿Ves? Sin querer te estás tomando interés por mí; me estás dando -consejos --replicó con mucha monería--. Si no puedes, hombre, si no -puedes desligarte de mí; si te intereso sin que lo eches de ver... -¿Conque no me conviene Pepito Trastamara...? ¿Y ser duquesa? Pepito -heredará al marqués de Armada-Invencible: fíjate en esto. - ---También Manolo Armada-Invencible está á la cuarta pregunta. No -tienes idea de lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á -tu cuñado Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo. - ---Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil -duros, que un día los tiene éste y después el otro... - ---Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco -dinero. - ---Y muchos á gastar, lo sé. - -Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y procurando -yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella, de nuestros -pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos volveríamos á ver -pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que realmente era para -deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí sentimiento alguno de -cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome en paz el fondo. - -El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño -preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía -delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me -encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy -formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni -á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me -pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera -cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por su -deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su media -lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de los que -esperaba tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un -lápiz en la mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el -pañuelo, con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del -mundo era andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto -en París un aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma. -Hícele varias preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto -á Fúcar; pero nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á -distancia del marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de -aquel humano globo. - -A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba á -mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y -credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre -ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como -un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la -yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas, -y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando -yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los -llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su -corazón palpitaba como si se quisiera romper. - -Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo, que -le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si su -mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba -de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con -los recados solían ir cartitas rogándome que pasara á su casa. Viendo -que yo no me daba á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por -fin, una mañana me envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que -estaba mala y deseaba «verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de -la enfermedad era un ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza -humana en general y de la mía en particular me impulsaron á acudir á la -cita. Toda aquella moral mía se la llevó la trampa. - -Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía -quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un -entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida -amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin -interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi -pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba -y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual -era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas, -inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á -todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían -salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me -apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía -cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado -de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en -la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de -que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de -familia me engañaba tan sólo breves momentos. - -Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva -que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa, -quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado -más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos. -Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero -un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas -entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte -más alta de su cabello en desorden, se dejó decir: - ---Estoy... de viejo pintado... hasta aquí. - -No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me -enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y -de _Barbotine_ tenía maravillas; jarrones inmensos sobre columnas, un -grifo con una cartela enroscada que _daba el opio_, y mil chucherías -de todos tamaños, en tal número, que apenas había ya en la casa sitio -donde ponerlas. Enseñóme también ricos encajes de Malinas, Bruselas y -Alençon, comprados por ella misma á las _Beguinas_ de Gante, y otras -mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te gusta?» y si respondía que -sí, poníase muy alegre. En aquella época jamás me pidió dinero, ni lo -necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el contrario, advertía yo en ella -un tácito deseo de que se le presentase ocasión de sacarme de un apuro. -Un día, no sé si de los últimos de Octubre ó Noviembre, que me oyó -hablar de ciertas dificultades para la liquidación, sacóme una cajita -llena de billetes de Banco, de la cual aparté con horror la vista. - -Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había -desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de -Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un -malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado. -Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo, -sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo, -la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan -mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron -los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado. -Díjome el _Saca-mantecas_ que se jugaba descaradamente. No iba ninguna -señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha. -Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas -costumbres irregulares del año anterior. - -Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora -distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de -sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más -selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído -el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por -la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien -me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna -era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo -lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima, -interés nominal y desdén efectivo. - - -III - -De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó súbitamente -la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente reparadora -y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud fué la idea -del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía en Jerez, y -además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido todo el año, -y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría salud y buen -humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino la resolución -de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme de pronto varias -clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me había hablado la -noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé qué belenes en -Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos agrícolas para -que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. Se presentaba -á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de obras de reforma -en los Museos, bien de impresión de Memorias ó de los revocos que -constantemente se están haciendo en el vetusto edificio de la Trinidad. -Luego Villalonga cedía el negocio con prima, si había quien se lo -tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos que en el Ministerio -traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo libramientos y órdenes -de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado y lleno de líos estaba, -que sin duda por sus desordenados gastos y vicios no había mes que no -necesitase dinero. A mí me debía más de ocho mil duros, y esta deuda -empezaba á inquietarme. - -Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios -que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados -Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el -descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno -la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París -por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía -bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me -alcanzaba á mí. - -Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una vuelta -por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros de -producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada: -más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar. -El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy -acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la -Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella _hasta la cintura_. La -persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento -de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo -serenidad y empuje. - -Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y recobré la -alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, obtendría yo -dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, y restablecer -mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día siguiente me puse -al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien he hablado antes un -poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este -tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en -los años que en la Corte estuve. Aquel _gato_ se había enriquecido en -pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una -casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran -boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana, -la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra. -Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la -calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En -este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas, -no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un -pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había -dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á -adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas -eran unas... tales. - -En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se -descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados -buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el -ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de -cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más -ideal que _hacer dinero_, y hacia él marcha con los ojos cerrados, -digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa -y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes -episodios de su vida. Esta me pareció digna de estudio, como ejemplo -de constancia y temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por -otra. Según me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle -de la Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico -y despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género -en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre -con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento. -Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del -espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y -Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se -le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á -hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de -los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos -su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de -los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante, -escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose -después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo -limpio las manadas de transeuntes. - -Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía -una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera -que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos -ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el -sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que -dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda España -en segunda, con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de -Soldevilla y otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y -se fijó en Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes -de venta y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció -á un tal Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba -víctimas, y las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios -_facilitando_ dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo -que les dan sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo, -las ponían en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el -tal Torres con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una -prima de cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables. -Él apandaba las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor, -encontrándose siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito -en virtud de una ficción legal en que él (Torres) pasaba por _inglés_ -del tendero, se ponía en combinación con Torquemada, que era curial -y tocaba pito en todos los Juzgados, y apretando á la víctima con -citaciones y embargos, por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos -lo que debía. - -Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de -trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada -y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor -insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se -le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de -suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial. -Puso la puntería en la Diputación, y aquel año hubo locas ganancias. -Los moribundos les hicieron á ellos el caldo gordo. - -Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos. -Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que -tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos -_carne á la inglesa_, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho, -pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó -de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del -señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil -reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El -del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la -puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo -que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos -III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los _ingleses_ de -acuerdo, quisieron hacer un _Trafalgar_ en la infeliz familia; pero -nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio, -dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres, -que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos, -olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas -ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había, -obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que -tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y... - ---De esta adquisición inesperada --me dijo-- arranca el negocio -de alquiler y compostura de pianos que tuve durante tres años y -medio. ¡Cómo se enlazan las cosas de la vida! De carnicero á músico. -Torquemada siguió con el arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén -de pianos. Llegué á tener más de trescientas matracas, que alquilaba -por tres, cuatro ó cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio -que soñaban con ser la Patti; á los compositores jóvenes que se creían -unos _Meyerbes_, y para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las -familias honradas y buenas parroquianas que querían educar á las pollas -para señoritas finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar, -como todas, en ser unas... tales. - -Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil duros, -dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que era su -ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de papel. A -los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto el -golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente las -operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, cuando -la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años de -guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible. -Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe -que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes -tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle -de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban -ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa. -Todos observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía -diariamente despachos telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y -París, para jugar en combinación con aquellas plazas. - ---Y aquí me tiene usted --añadía--: hoy soy rico; pero me gusta vivir -á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta, -que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso -para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se -pasee. - -Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no sabía -leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro estas -indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido le dió -títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante en casa -de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y sencilla. -Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba también no -poca ventaja. - -Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo -bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle -los puntos sobre las _íes_. Yo no haría ninguna operación grande ni -chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería -meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un -desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por -sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por -el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan -peligroso, daba y tomaba mis _dobles_, compraba y vendía _en voluntad_ -ó _á fin de mes_, siempre con la garantía de la publicación y de -la firma del agente en la póliza, el cual agente era persona de -respetabilidad, amigo de mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no -me faltaba trastienda para aquel negocio, y en todo Diciembre, así -como en Enero y Febrero del año siguiente, ví coronados mis esfuerzos -con éxitos no despreciables. Así me satisfacían más, teniendo por -mejor sistema aquel _tole-tole_, que los atropellos en que se metía el -hortera y carnicero y músico y bolsista Gonzalo Torres. - - - - -XXI - -Los lunes de María Juana. - - -I - -Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar. - -María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su -mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba -ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual -contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y -enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale -á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en -el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su -mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor, -componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio, y -en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa era -un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á la greña. -Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa de Ruiz de -Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros barnizados, -papeles horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de -los que se empeñan en que todo se ha de adornar con _medias cañas_; -tenía fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría -las tales _medias cañas_ hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando -poco á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles -de arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á -ella triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el -esposo se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que -llevaba veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al -decir de Cristóbal, _no se pagaba con dinero_. Pero aquel espejo de los -porteros tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba. -¡Era que usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y -despeinadas, que caían tan mal con la librea...! La señora les había -declarado la guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera -aquellos pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo -á la de su leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente. -Pero Medina se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse. -Le parecía un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad -humana. Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le -parecía farsa, comedia, «moda francesa, hija; _mariconadas_ que me -revientan.» Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa -tan hirsuto como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio -de Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de -echarle mil remiendos y composturas, porque estaba tan derrengada como -todas las de su tanda, la pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo -descubierto, con ménsulas y jambas, figurando piedra de Novelda, y en -el portal y escalera púsole cuantas _medias cañas_ cupieron. Arregló -para sí el principal, que era hermosísimo, con vistas á la calle de -Serrano y al jardín interior de la manzana. Las tales casas, mal -construídas, tienen una distribución admirable, un ancho de crujía y un -puntal de techos que me gusta mucho. Su única imperfección, para mí, -es la curva de las escaleras; defecto que también tenía mi finca de la -calle de Zurbano. - -María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La -gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio -tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de -mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una -vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo -más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía -escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes -se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la -francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci; -apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y -algo se le alcanzaba de Spencer, traducido. - -Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla _ordinaria_), -desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima consideración. Fuí el -primero con quien contó para sus comidas; iba también algunas tardes y -hablábamos largamente. Descubrí á poco, tras un tejido de subterfugios -muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo ardentísimo de -conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un servidor de ustedes. -Se trataba poco con su hermana; sus relaciones eran pura etiqueta de -familia en casos de enfermedad; de modo que yo solo podía ponerla al -tanto de lo que saber quería. Dirigíame pregunta tras pregunta. Y yo -no me paraba en barras: ¿para qué? Si saciando aquella curiosidad -sedienta y mal disimulada la hacía feliz, ¿por qué privarla de un gusto -tan arraigado en su naturaleza? Preguntábame asimismo mil pormenores -de la casa que ella tenía por el _non plus ultra_ de la elegancia. -¿Cómo era el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos _menús_ de -las comidas? ¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por -completo, de ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas -camisas de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo -eran abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas -de pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba? -¿Era cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la -tersura terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves, -¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner -etiquetas de la _Viuda Cliquot_? ¿Era cierto que debía á Prats más de -seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al _whist_, á la _besigue_ -ó al monte limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era -cierto que anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el -día de su santo para que fueran preparando los regalos?... A este -bombardeo contestaba yo como Dios me daba á entender, unas veces -categórica, otras ambiguamente, cuidando de no poner en ridículo á la -que me había sido tan cara... en todos los terrenos. - -Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la -más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque -yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que -si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía -en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á -menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella -las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los -enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones -cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y -hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias -veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no -vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los -hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más -pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento -hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una _cualquier cosa_... Tú, -que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme, ¿cómo -es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del hombre -de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.» Por fin, -una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me espetó -la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba desquiciado. -Para ponerme bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual -se combinaran dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo. -Agradecí mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero -no podía mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas -por ella. El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él; -¡pero el matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una -hilacha, ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella. - -Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que Camila -me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo hacer -constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta -indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin -mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar -y casarme, la _ordinaria_ (sin querer se me escapa este mote) me dijo -aquella misma noche con gracia mezclada de protección: - ---Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te la -tengo buscada. Verás qué joya. - ---No, prima, no te molestes --repliqué--. No hay mujer para mí. Es -una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he -pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo -media naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con -una educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la -bonita y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si -es pobre, me parece que me quiere por el dinero; si es rica, tiene un -orgullo que no hay quien la aguante. Por más vueltas que le des, la -tostada no parece... Y por fin, si quieres que te diga la verdad, en -mí hay un vicio fisiológico, una aberración del gusto, que no puedo -vencer, porque ha echado ya sus raíces muy adentro, confabulándose -con estos pícaros nervios para atormentarme. Es, te reirás, es que no -me agradan más que las cosas prohibidas, las que no debieran ser para -mí. Si alguna que no esté en estas condiciones me gusta, al punto la -idea de que sea yo quien la prohiba á ella me quita toda la ilusión. -Ríete todo lo que quieras; llámame loco, enfermo, despreciable y hasta -ridículo; pero no me digas que me case. - -Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía -tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me -decía: - ---Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos, -mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un -vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la _candidata_... - - -II - -Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de -negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes -eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego, -nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los -cambios, de si se haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y -de otros particulares relacionados con la economía social. De cuanto -hablaba Medina se desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento -del arreglo, la devoción de la solidez económica. No comprendía él que -nadie gastase más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que -no existe, y el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un -buen pasar, la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no -deber nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase -que jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo -se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan -tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no. - -Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para el -día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá -por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción -de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el -mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía -financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo -sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo -estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en -ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades -pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres, -como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina, -como prestamista hipotecario de algunas casas grandes; Arnáiz, en su -calidad de patriarca del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo -banquero, conocían al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas -las trapisondas económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban -á contar casos y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles. - -¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella -verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los -conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de -cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales. - ---La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito -diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros -diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera. -Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo -quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las -tenía empeñadas el anémico prócer... - ---El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés millones -de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve, comprendido -el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico, valdría mucho -para solares. Se susurraba que los cuadros y las armaduras habían -salido para París con objeto de venderse en el Hotel Drouot. Que el -duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el hecho de haberse -dejado protestar una letra de Burdeos por valor de veintitantas mil -pesetas... - ---Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían llegado -á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero de la -esquina, y, sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por -esas calles desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo -perdidos de barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la -levita que llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal -manera de vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada, -que este Madrid es muy particular... - ---Arnáiz sabía que _Sobrino Hermanos_ tenían una cartera de sesenta -mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de -los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara -estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir -surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les -desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es -que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con -los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el _fondo del -cofre_, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen -con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que -pagan algo... - ---Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el cambio -político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir mucho -tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se animan -las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo; algunas -echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse algún -crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto... - ---Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas, -en cambio, desde que se regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de -trampear, se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general. -Es una vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del -país y se regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta -pregunta, unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de -Contabilidad les tiene metidos en un puño. Haylos también que son -honrados á macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia, -que se veía perseguido por los acreedores poco después de haber estado -en situación de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así. -Algunos, arruinados con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que -les daba mucho dinero, tenían que buscar en la misma política socorros -de momento, consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el -agraciado les mandase algo de sus ahorros. - -Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad para -dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de la -exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que -en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una -noche, solos él y yo: - ---No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las -cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos -de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el -otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace -así... _aliquis chupatur_, y se va tragando todo. - -Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y -hojeándolo añadió: - ---Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que -tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí -con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que -650. - - -III - ---¿Qué te enseñaba Torres? --me preguntó María Juana un momento después. - ---La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil... - ---Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo -gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y -compara. - -Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y -comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa -y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido -obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de -oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de -valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle -las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por -Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta las -teorías de _castellano viejo_ preconizadas por su marido. Muy santo y -muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se conservasen -en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando el amor -de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito asado á _la -Granullaque_ de Toledo; muy santo y muy bueno que se hiciese una -religión del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen -nunca de los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en -la casa _boato estúpido_, ni se diera de comer á troche y moche á -tanto y tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los -pies Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la -casa se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo, -mucho platillo y mucho de _high-life_, quejábanse los criados de que -les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo esto; pero ella, la -señora de la casa, se vestiría siempre á la última, y del modo más rico -y elegante, viniera ó no _de extranjis_ la moda, y trajera ó no entre -sus pliegues el pecado de la farsa y de las _mariconadas_ francesas. - -Nada más injusto que el dictado de _ordinaria de Medina_ que la de San -Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba muy -bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla buena. -Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla. - ---Si viene esta noche tu amigo Severiano --indicó mi prima--, le diré -que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La -otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve -éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme -formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis -el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente -sujeto. Sus dos chicas son muy monas. - -Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije: - ---Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada es -la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. Aunque -Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien educada, -que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas sus -acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las razones -que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de _No Cabe Más_ -excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación. - ---Cállate la boca, tonto --me contestó riendo también--. No es esa, no, -la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía, -al menos en casa... - -La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de saludar á -mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió apurar el tema. - ---Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde --dijo -Barragán dando resoplidos. - ---¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido? - ---Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen bien... -Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la Iglesia, -y yo le digo: «_Partiendo del principio_ de que sea santidad eso de -comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, en fin, lo -admito; _parto del principio_ de que... Yo digo: las personas delicadas -¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? Y no crea usted, -tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del estómago, vómitos. -Al fin, _paulativamente_ se han ido serenando. Bien merecido les está. -Yo, como no creo en esas teologías, comí en casa del amigo Lhardy -buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas -de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el -Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias? -Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza. -Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo -fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha. -Porque vea usted --añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar -un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima--, -si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos -_compatos_, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo la -política de personas, y arriba la de los grandes intereses del país...» - ---Seguramente que... - ---Porque vea usted --prosiguió él sin dejarme meter baza--. Yo, que -tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene -quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto -y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y -cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos -y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil -que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, _partiendo del -principio_ de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de -frente, sostengo... - ---No tiene duda... - -Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se divertía -con semejante mostrenco; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo -de bárbaro, que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la -mañana, se lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su -opinión, se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y -más caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura -humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La -fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid. -Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una -tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué -contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma. -El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80 -eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy -ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la -presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una -construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros; -si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si -de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes. -Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto -encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas -con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran el -providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle erigido. - -Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando -con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy -sublime. Barragán manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los -oradores, escupiendo á la faz del cielo los mayores disparates que -de humana boca pueden salir. El otro se reía, y le hacía el honor -increíble de contestar á sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro -dijo á Villalonga: - ---Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de -las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con -razones... - -En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la -muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera -la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú. -Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con -la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran -pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán -oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha, -y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido -que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él -se limpiaba y mugía. - -María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los -solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva -que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos -acercó Severiano. - ---¿Qué barbaridades ha dicho? --le preguntó María Juana. - ---Muchísimas. _Ha partido del principio_ como unas cincuenta veces en -quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió _fiambre -frío_, y que ha puesto una _pipa_ en Flandes. Tengo que apuntarlo, -porque es oro molido. He de hacer un Diccionario de este hombre, como -el que Paco Morla hizo de las barbaridades del general Minio. - ---Ayer --refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su -abanico-- estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso -decir que me habían dado un _timo_; pero no pareciéndole fina la -palabra, dijo que me habían dado un _mito_... - ---Es divino ese hombre... - ---No se paga con dinero. - ---Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que dice. - ---Severiano --añadió mi prima-- no conoce todavía á la señora de -Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. Verá -usted... Yo la llamo _No Cabe Más_, porque esta frase no se le cae de -la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no habla sino -para ponderar sus cosas. _No cabe nada más_ rico que las cortinas de su -sala; _no cabe nada más_ ligero que su berlina de doble suspensión; _no -cabe nada más_ elegante que el vestido que le ha hecho á Esperancita... - -Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi -amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido, -y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase de -un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, de unos -ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener aquellos -pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista _no cabía más_: -estaba todo lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á -reventar como una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes. -Como era de pequeña estatura, y además se había tragado el palo del -molinillo, el mote que le había puesto mi prima no podía ser más -adecuado, porque, en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido -angustioso: «_No cabe más_, y este palo del molinillo es excesivamente -largo y lo voy á vomitar.» - -¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin -de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen -finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y -bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire -_reventativo_ de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha -broma, y ella se pirraba por que se la diera. - ---Me parece --dije en secreto á María Juana-- que limitas mucho -tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres. -Esperancita y su hermana, _No Cabe Más_, la señora de Mompous, la de -Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso -que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por -qué no traes á Camila? - ---Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A Medina -no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice que -si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate -tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo -preparada!... - ---¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...? - ---Vente mañana por la tarde. La convidaré á pasear conmigo, y antes de -que salgamos la verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros: -traga el anzuelo y dame las gracias. - - -IV - -Por fin aquel misterio se aclaró. La joven que me proponía mi prima -era la hija segunda de Trujillo. Yo la había visto alguna vez no -sé si en la calle ó en el teatro; pero no me había fijado en ella. -Llamábase Victoria. El nombre parecía simbólico. Era, para decirlo de -una vez, una de las chicas más bonitas de Madrid. ¡Oh! ¡qué Victoria -aquélla, y cuán feliz yo si hubiera sabido ganarla dejándome vencer! -Fuí presentado á ella el jueves, y nos vimos y hablamos en casa de -María Juana los días siguientes, sin que sus gracias, que reconocí, ni -sus buenas prendas, que me parecían indudables, lograran triunfar de -mi desamor. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y rizoso, un corte -de cara de los más simpáticos y agradables, boca fresca, un metal de -voz que parecía música, un cierto aire de timidez y candor que no -excluía la soltura de lengua y modales. Encontrábale parecido remoto -con aquella pobre Kitty que aún vivía como sombra mal borrada en mis -recuerdos; pero le ganaba en hermosura. Aun con esta ventaja y con -aquel parecido, no lograba penetrar en mi corazón enfermo. Un lunes por -la noche, después de haber bromeado mucho, noté un fenómeno extraño: -Victoria empezaba á interesarme. Sentí en mi corazón algo semejante al -primer picotazo que da el pollo al huevo para abrirlo y echarse fuera. -Sólo que en aquel caso el pollo no picaba para salir, sino para entrar. -Repetíle las mismas tonterías de siempre; pero con un poquito más de -intención, y con cierto acento de verdad que antes no había dado yo á -mis palabras. Respondíame la pobrecita con ecos de dulcísima simpatía. -A poco que yo me cayera de aquel lado, vendría ella sobre mí de golpe. - -Pero cuando menos lo esperaba yo, me veo entrar á Camila, y adiós -mi formalidad. La miré de lejos, y su presencia, como á Macbeth las -manchas de las manos, me _arrancaba los ojos_. Estaba yo hablando con -Victoria, y Victoria se borraba delante de mí. Las palabras salían -de mí como de una máquina. Mi vida toda estaba en Camila, y no veía -nada que á ésta no perteneciese. ¡Y cuidado que estaba elegante la -borriquita! Yo la había visto confeccionando por sí propia aquel -vestidillo de color metálico con adornos azules, y me admiraba de lo -bien que le caía. Su hermana mirábala con cierta envidia. Debió írseme -el santo al Cielo, porque la otra me puso unos hociquitos muy mimosos, -y sin darse cuenta del motivo de mi distracción, me dió á entender que -se sentía humillada. Aún había de ocurrir algo que me desconcertaría -más. María Juana significó á Camila sus planes de casarme. Poco -después, en un ratito en que Victoria no estaba presente, llegóse -á mí Camila para darme broma sobre el particular. «¡Qué calladito -me lo tenía!» Creí notar en su acento algo como despecho, algo que -transcendía á recriminación. Esto, que tal vez era un nuevo desvarío -de mis ideas, levantó en mi pecho grandísimo tumulto. Díjele que no -hiciera caso de su hermana; que Victoria me era indiferente; que yo no -podía mirar á ninguna mujer, ni tenía alma y ojos más que para comerme -á mi gitana, á mi negra, á mi borriquita de mis entretelas. Pagóme -este ardor con las burlas de siempre, y me dejó. Volví al lado de mi -_candidata_, á quien ví como la criatura más vulgar y sosa del mundo. -¡Injusticia mayor...! Pero no lo podía remediar. Yo era más bruto que -Constantino, más tonto que Barragán, más simple que _No Cabe Más_; pero -Dios me había hecho así y no podía ser de otro modo. - -Al otro día hice presente á María Juana lo inútil de sus esfuerzos y -de los míos. Victoria no me gustaba; mejor dicho, lo que no me gustaba -era casarme. Vamos, que no había que pensar en tal cosa. La chica de -Trujillo valía mucho; yo no era sin duda digno de ella; la pobre niña -merecía un hombre sano y virtuoso, no un desquiciado como yo. - -Después de meditar buen rato, díjome mi prima que yo era más tonto -de lo que ella se había figurado. Sin duda Trujillo y su mujer me -recibirían con palio si fuera á pedirles la chica; y en cuanto á ésta, -á la legua se le conocía que estaba hecha un merengue por mí. - ---Cásate, hombre, y ya la irás queriendo poco á poco. Si te conviene -por todos conceptos... - -Defendíme como pude de aquellas lógicas, ocultando la verdadera causa -de mi distracción. María Juana la adivinaba, sin darse cuenta del -sujeto. - ---Tú tienes algo por ahí; tú estas chiflado por alguna... Y puede que -sea una buena pieza, en cuyo caso no me tomaría yo interés por tí, -dejándote entregado á las miserias de tu temperamento. - -Otras veces, mostrándome una piedad que yo no merecía sin duda, -se manifestaba dispuesta á hacer generosos esfuerzos en pro de mi -regeneración moral y física. - ---Es preciso curarte á todo trance --me decía--: estás muy malito, muy -malito. Si fueras ingenuo conmigo, y empezaras por hacerme confesión -general de tus culpas... pero eres arca cerrada y todo te lo tragas. -Que á tí te pasa algo, que no estás en tu centro, se conoce á la legua. - -Y á mí se me venía la verdad á la boca; mas la volvía á echar para -dentro, temeroso de que mi ilustre consejera me tirara los trastos á -la cabeza. En otros terrenos que no eran los de la moral, mostrábame -mi prima una benevolencia digna de la mayor gratitud. Muchas noches, -aprovechando un momento favorable, me obsequiaba con éstas ó parecidas -palabras: - ---No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy -malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal. - -Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo -Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones -como si protegieran una sonrisa aleve. - -Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera iba -desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á las -etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á -conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado -paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas y -otros platos castizos, y, por fin, introdujo en la casa, con carácter -de temporero, mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los -mejores mozos de comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á -instancia suya, é hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á -un honrado padre de familia. - ---Ahora --me susurró-- estoy batallando con Medina para que me ponga -gas en el comedor. - ---No hagas tal --le respondí--: el gas ha pasado de moda. Ahora -el _chic_ es que en los comedores haya poca luz, pues así se come -mejor sin que se sofoque la gente. La _jilife_, como dice Camila, ha -inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde. -Parecen escritorios de casa de banca. - -Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla verde; -pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que acortase las -luminarias. - ---Es preciso --me indicó una noche-- que me traigas á otros amigos -tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido. - -Y llevé al general, y habría llevado también al propio _Saca-mantecas_, -si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez demasiado gordo -para que Medina lo tragase. - - -V - -Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las -noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que -otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres. Mi coche me esperaba -á la salida para llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y -Severiano cuando ellos no paseaban á caballo. El general Morla me -acompañaba á veces, para lo cual yo le recogía en su casa de la calle -del Prado, y otros días almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien -en la suya, siendo para mí muy grata tal amistad. Tenía colecciones -preciosísimas y mil rarezas que me mostraba con amor, amenizando la -exhibición con la sal de sus incomparables cuentos. - -Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi borriquita, -porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame el interesante -y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome ante ella menos -triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué tan grande mi -desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de mi cerebro. Me -acostaba pensando en ella y con ella me levantaba, espiritualizándola y -suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A veces no me era fácil -mi papel, y me clareaba demasiado con ella. - ---Si enviudaras, Camila, si enviudaras --le decía--, al año eras mi -parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser -muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes, -llegará: el corazón me lo dice. - ---Pues lo que á mí me dice --replicaba ella impávida-- es que si -Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando -quiero, quiero de verdad. - ---Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y -consuela. - ---Mira, mira, no me hables á mí de enviudar --respondía poniéndose -colérica-- porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está -bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á -él. - ---¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el -terreno físico... - ---Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el -señorito éste...! - -A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía feliz. - ---Me parece --decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría -de los dos braseros de sus ojos--, que ahora va de veras... Tenemos -aquello. - -¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su -segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa -concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia -se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá. - -Poco á poco me había apartado de Eloísa. Mis visitas á ella fueron -muy raras en Enero, y en todo Febrero no fuí una sola vez. Enviábame -cartas y recados que también iban escaseando lentamente. Creíme -desprendido para siempre de aquella amistad que ya era para mí tediosa -y repulsiva; mas ocurrieron sucesos que la resucitaron de improviso -en mi pensamiento, dándome muy malos ratos. Un lunes de aquéllos de -María Juana; un lunes, sí, no recuerdo cuál, me enteré del caso, que -era gravísimo, aunque no inesperado. La discreta _ordinaria de Medina_ -estaba aquella noche disgustadísima. Desde que entré, conocí el trago -amargo que acababa de pasar. - ---Ahora mismo me han dado una noticia funesta --me dijo--. ¿No sabes -nada? La pobre Eloísa... trueno completo. Está la infeliz en medio -del arroyo. Bien sabía yo que esto tenía que venir; y lo siento, más -que por ella, pues bien merecido lo tiene, por la vergüenza que cae -sobre toda la familia. En una palabra, Fúcar --añadió, deslizando las -palabras con muchísima cautela--, Fúcar, hace un mes, se declaró huído. - ---Eso ya lo sabía. - ---Después, uno de esos malagueños ricos, no sé cuál... - ---También lo sabía. - ---Pero el malagueño se ha cansado también, y estos días la pobre se ha -visto acometida de toda la _Inglaterra_ con verdadera furia. Parece -que tomó dinero empeñando el mobiliario, y si no hay quien lo remedie, -la dejarán sin una astilla. Los cuadros, tapices y cacharros también -se los llevan. Bien sé que es muy mala, que apenas merece compasión; -pero estoy disgustadísima, no lo puedo remediar. ¡Pobre mujer! ¡Si -pudiéramos hacer algo por evitarle esta vergüenza...! He consultado con -Cristóbal, y él, como es tan bueno, no tiene inconveniente en facilitar -alguna cantidad para evitar el embargo. Nos quedaríamos con algunos -muebles. Me gusta el espejo horizontal que tú le compraste, y no me -parece mal la sillería de raso del gabinete. Tú podías encargarte de -arreglar esto. - -Respondí que no quería meterme en tales enredos, y que allá se -entendieran como quisiesen; que si los prenderos le vendían hasta la -última silla, ella tenía la culpa; que si se la sacaba del atolladero, -inmediatamente se metería en otro, porque era mujer para quien nada -valía la experiencia. María Juana convino en esto, y no hablamos más -del asunto, aunque bien se le conocía á mi prima que no podía pensar en -otra cosa. A última hora díjome que se sentía afectada de su dolencia -constitucional; aquella insufrible sensación de tener entre los dientes -un pedazo de paño y verse obligada á mascarlo y tragarse los pedazos. -Debía de ser cosa horrible. Estaba pálida y se quejaba de un fuerte -dolor de cabeza, por lo cual su cariñoso marido la obligó á retirarse. - -Medina, Torres y yo hablamos luego del triste asunto con más -conocimiento de causa, pues Torres tenía algunos datos numéricos sobre -el desastre de la Carrillo, y nos contó horrores. Medina se llevaba las -manos á la cabeza, diciendo: - ---¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el -malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me -aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto -á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente -desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he -dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que -me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa -un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad -con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por -la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida -ni por cocer, no quiero cacharrería... - -También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir -al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció -encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose -en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de -mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi -tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella. -Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo, -con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella -noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas -hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían -el alma. - ---Usted debiera irse al monte por dos ó tres días --le dije. - -Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con -montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la -humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el -pañuelo de la mano. - -Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no -completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes -y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento -en los ojos. - ---Por supuesto --decía de improviso--, he comprendido que Cristóbal -tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa. -Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos -otro tanto. - -Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, me -dijo con desabrimiento: - ---Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el -cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque -esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años, -cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales -preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va -apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación. - -Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad -no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión: -con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una -pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que _No -Cabe Más_, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones -y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que -María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no -aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían -pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación -de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de -un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural -derecho á las personas bien nacidas. - - -VI - -Aquel buen _ordinario de Medina_, en quien yo descubría poco á poco, -dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre -que era honrado á carta cabal y hacía sus negocios con limpieza, -sin ser un acaparador despiadado, como susurraba Torres, empezó á -inspirarme una gran antipatía. Esto debió consistir en que yo se -la inspiré á él antes, y al conocerlo, las leyes de equilibrio me -impulsaron á pagarle en la misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba, -y aunque era bastante prudente para no manifestarlo de un modo muy -claro, estas cosas siempre salen á la superficie, y es preciso ser -tonto para no verlas. Medina encontraba absurdas todas las opiniones -mías sobre cualquier punto que discutiéramos, y me contraponía hasta -los disparates del propio Barragán. Entre los dos, el uno con su -malquerencia, el otro con el candor del asno que no sabe lo que hace, -intentaban apabullarme con su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque -defendiese el criterio más puro y diáfano; yo _estaba ido_; veía las -cosas _bajo el prisma_ de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos -_bajo la base_ de los errores... ¡del materialismo! En fin, que no se -abría esta boca ante ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles -miedo, francamente, porque Barragán era hombre que increpaba en voz -alta y no se mordía la lengua para decir: - ---Pero, hijo, usted está en Babia: valiente _plancha_ se ha _tirado_ -usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero. - -No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos chubascos. -Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, pues su -malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para que -yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin pizca -de ironía: Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas -ridiculeces de las _medias cañas_, de su infame gusto literario y -artístico y de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros -elogios y la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya -lengua venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que -Medina absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les -quedaba á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que -esto era una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho -con hipoteca eran con moderado interés. Además, el buen _ordinario_ -no sofocaba á sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les -perdonaba picos, renunciando á algunas ganancias por no exponerles á -la vergüenza pública. Era también hombre capaz de tener generosidades -de esas tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha -visto su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno, -puso á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de -préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y -negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero -se acreditó de hombre recto y compasivo. - -Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos los -que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer caso -de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que se -gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el -propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina? -Pues entre otros, el pillete de Raimundo, que nunca pudo dar más -que un sablazo á su cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando -intentó descargarle el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le -cogiese de primo; era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más -práctico. Mi tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa -opinión de avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro -por cuestión parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo -tenía á su cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío -de un gran apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal -llevaba en su escudo económico el lema de _non bis in idem_. Cristóbal -era generoso cuando veía una lástima y el lastimado no le pedía nada. -Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, hacíalo por una -vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. He oído contar -esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José Salamanca, y -me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada en un sólido -principio de moral financiera. - -Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este -hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á -serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos -María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á -interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante -agrias. - ---Se empeña en ser desgraciado --decía la taimada de mi prima-- y en -despreciar á la Trujillita, que es su salvación. - ---Déjale, mujer, déjale --replicaba él con desabrimiento, sin dignarse -mirarme--. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe -saber cuántas son cinco. - -Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había -inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el -comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en -aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas -de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto -á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la -Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y -obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros -para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni -menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras -por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de -estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las -noches á regalarse con un _Henry Clay_ ó un _predilecto_ de Julián -Alvarez. - -Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que -parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos -como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si -es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz -de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en -risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la _sala -de contratación_, pues venía á ser en cierto modo nuestro Bolsín. -Sobre la mesa estaba el Boletín con las cotizaciones del día, y entre -chupada y chupada solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una -operación formal. - ---Mañana --decía Torres-- tomaré á 90 todo lo que me quieran dar. - ---Doy á 95. - ---Guárdeselo usted... - -Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba: - ---Hechas. - -Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos -lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil -demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo, -y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de -París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero -interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista -temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque -confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra -Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi -liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en -favor de Cristóbal, éste me decía: - ---Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas. - -Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era -costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de -veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo -vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana -y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina, -movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este -sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por -sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes -á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de -la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces, -concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se -la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia -mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la -mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría -juntas todas sus groserías. - - - - -XXII - -Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de -Eloísa. - - -I - -Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme -en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos -acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta -no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque -la mañana estaba hermosa. - ---¿Y las camisas? --me preguntó desde la puerta del gabinete--. ¿Te has -puesto alguna? - -Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente -la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que -estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy -bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar -aquel arte. - ---Pues te diré... Siéntate primero. - ---Salud, --refunfuñó Miquis entrando. - ---Te diré... Las camisas... - ---¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? --gritó la autora -con la prontitud de su genio impetuoso. - ---No, mujer... escucha... - ---Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar -mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay -qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con -cualquier mamarracho que venga de Francia. - ---¿Pero á dónde vas á parar? - ---Sí, sí --añadió alzando más la voz y manoteando--. Si hubiera hecho -las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las -he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado? - ---Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien... - ---No están sino muy mal --declaró María Juana con la seriedad de quien -acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas. - ---¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes? - ---Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche. - ---No te enfades, Camila --indiqué yo, tratando de templar aquellas -gaitas--. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica... - ---Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. -¿Verdad, tú? - -Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y -no hizo caso de la pregunta. - ---En rigor no están mal --añadí--. El cuello no encaja bien, se sube un -poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así -como delantera de un ama de cría... - -Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas -pataditas. - ---La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita -allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada -que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te -vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros. - ---¡Jesús, qué barbaridad! --exclamó la hermana mayor. - ---Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que -le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una -arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto! - ---Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer -ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena. - ---¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por -tí. Te desprecio... altamente. - ---Y nada menos que altamente. - ---Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón! - -Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo: - ---No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...! - -Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz -diciendo: - ---Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo. - ---¡Qué torbellino! --murmuró María Juana--. No sé cómo la aguantas. - -Pronto apareció Camila con las camisas. - ---Falta una. - ---Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á -quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el -pescuezo lleno de pulgas. - ---Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco -camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté -lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma, -ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este -animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve -por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal -agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué -has de poner? - -Él se reía, diciéndonos: - ---No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro -del ronzal y me la llevo para que os deje en paz. - -Cuando salieron, díjome la otra: - ---¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto. - ---No lo creas: me divierto con esas tonterías. - ---¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?... - ---No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea muy -equivocada. - ---Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la -pega. No hay fondo en ella. - ---Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza -geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro. -Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que -estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara -la vista encima. - ---Vaya, que te remontas. - ---Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece que -se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece y... - ---Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda --me -dijo echándose á reir--. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que -irme en seguida. - ---Soy todo oídos. - ---Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver si -entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta del -salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer pucheros. - -Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. Yo -debía casarme á ojos cerrados con aquella joven. - ---Mira, prima: ya te he demostrado... - ---Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran -míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan -sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que -Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero -ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la -bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta; -pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento -femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento -de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa -divinidad, ese milagro, ¿dónde está? - ---¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descubrir esa maravilla, si no -ha de ser para mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy -volteando por el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo -siempre lo que no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley -que me dice: _¡alto!_ Mi dicha está siempre en manos ajenas. - ---No alambiques, no alambiques --dijo un poco turbada; y se levantó de -su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina. - -No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía. - ---Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde han -ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que -llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo -llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de -Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor -ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y -ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas -talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna parte? - ---Como que las tengo en mi casa. - ---¿Aquí? - ---Sí: en mi segundo --afirmé señalando al techo-- vive la querida -del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la -_Chocolatera_... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es -guapa, un poquito ajada. - ---¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las -credencias?... - ---Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que -las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles -que fueron míos... ¡Volteretas del mundo! - ---¡Saltos mortales! - ---Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por -la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de -la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin -reparar el precio. - ---Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira! - -Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me -miró fijamente, diciendo: - ---Vaya... te dejo... Tengo que marcharme. - -La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello. - ---Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa. - ---No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo -prohibo terminantemente. - -De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo -importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma. - ---Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me -iba sin decirte aquello precisamente por que he venido? - ---¿Sí? ¿me tenías que decir...? - ---Una cosa, sí... lo que más presente tenía. - -Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude. - ---Pero no --indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y -volviéndose á levantar--. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge -el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir. - -Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú -resollarás.» - -Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de -Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la -frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia -en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más -inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una -persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como -María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin -dejar de exponer alguna bonita doctrina. - ---Nada hay tan sabroso para el alma --declaró-- como obligarse á hacer -cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en -ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil. - -Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más -que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; -yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla -de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... -¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos -esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su -virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en -mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía -que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con -respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador -del desprecio que me inspiraba. - -Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole -_el mejor de los hombres_. Con cien vidas de abnegación no le pagaría -ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer -todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas -capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar -atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo -estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre -capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de -Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; -al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas -tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y -nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano. - ---Piensa mucho en Victoria --me dijo en el último apretón de manos-- y -decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso -es lo que yo quiero. - -«Lo que tú quieres, bien lo veo --me dije para mi sayo al volverme á -mi casa--. Pues te saldrás con la tuya.» - - -II - -Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era -cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de -la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me -entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido -recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de -ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las -puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de -escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas -hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza -caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil -herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por -épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos -tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas. - -Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre -intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus -economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta -que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de -papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas -de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me -gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y -por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario. - -Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me -propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas -debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal -género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que -el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación -de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían. -Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión -Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba -un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. -De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en -ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á -Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora -de liquidar, llamada propiamente _de Bolsín_. Aquel círculo me era muy -antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación -no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las -noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo -en las mismas mesas donde por el día se _mataban_ y se _casaban_ las -diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del -mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín -era el centro de las palpitaciones comerciales, el _gran simpático_ que -reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches -normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito -de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con -su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre -marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos -daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de -saberlo traducir. - -A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer -algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego. -Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre -cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con _Partiendo -del Principio_, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud -de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que -yo era un inocente, y que la humanidad toda _pasaba desapercibida_ -para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día, -y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha, -conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes -á Samaniego, que bajaba del _parquet_ con frecuencia, y se ponía de -acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho -para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente -de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo -indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una -colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas -al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las -horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una -operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre -arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros -pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á -mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con -mediación de Samaniego, pero sin publicar. - -Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo -cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando -cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar -mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz -mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En -esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala -de retirarse siempre á pie. _Partiendo del Principio_, después de -espatarrarse un momento delante del _parquet_, limpiarse el sudor de la -frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir -cuatro sandeces, se iba en su _victoria_ camino del Retiro, donde le -esperaba _No Cabe Más_, siempre de tiros largos, siempre estrenando, -siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y -nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba. - -Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que -dejarme ir con él: - ---¿Sabe usted que Eloísa está mal? - ---¿Mal de intereses? Ya me lo suponía. - ---No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado. - -Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la -liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y -su mal. - ---Esta liquidación va á dar algunos disgustos --gruñó Medina--. Sáinz -me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil. -¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo -hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á -usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor -de usted. - -Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y -matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo -quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas -_dobles_, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía -que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa -mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras -de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la -operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no -tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo -Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con -una partida de _Cubas_ y otra de Obligaciones de Osuna. - ---Si usted no quiere las Osunas --me dijo Medina--, yo las tomo todas. - ---Me es igual --respondí. - -Y concertamos que Cristóbal tomaría las _Cubas_ y yo todas las Osunas. -Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz -gangosa que me dijo: - ---Doña Eloísa está muy mal. - -Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío. - ---Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya -estaba bien... - -Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba. - ---La señorita --me dijo la criada-- ha ido á casa de su hermana, que -está muy malita... - ---¿Y el señorito Constantino?... - ---Ha salido á caballo, como todas las tardes. - -«Conque sigue mal la infeliz... --pensé al retirarme--. Bueno: mañana -iré á verla.» - -Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para -decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme -á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, -en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las -americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas -no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de -ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más -bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los -_Aguadores_, ó sea los que operan en Cubas. Del de los _Negritos_, que -es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo: - ---Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si -había venido usted. - -Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de -reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba -en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el -_cuarenta de Mayo_ lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un -buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con -gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa. - -Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la -derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, -joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde -el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola -gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del -todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara -pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía -la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela -por completo. - ---¿Qué tal, Manolo?... - ---Mejor, mejor --respondía infaliblemente, pasándose una mano por -delante de los ojos--. Principia á aclarar el derecho... Me veo -perfectamente los dedos. - -Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía -correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y -cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á -las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, -se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, -y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera -picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de -humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay -gustos muy raros. - -Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando -un gran suspiro, me disparó estas palabras: - ---¿Conque Eloísa se muere?... - -Dejóme frío la noticia y la puse en duda. - ---No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la -pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está -horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la _veo_ -hermosa. - -Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más -fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. -Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de -una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy -propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á -que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del -Olmo. - - -III - -Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación, -ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en -el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo. -Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo -Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por -su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La -escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me -entró aquella indignación que no pude reprimir. - ---Evaristo --grité--, ¿no os da vergüenza de que las personas que -entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué -estáis pensando? - -Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y que -la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que -limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa... - -Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara de -cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas. -Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las -llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo. -La primera persona que me encontré fué Micaela, que estaba en el -gabinete de Eloísa, partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo -le preguntara, la doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me -dijo: - ---Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco... - -Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las admirables -porcelanas de Sevres, Sajonia y _Barbotine_ que antes lo adornaban, -conservando sólo dos ó tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos -indicaban dónde estuvieron las obras superiores. Agujeros horribles -en la pared, mostrando el yeso y la tapicería desgarrada, marcaban el -sitio del espejo biselado que había ido á parar á casa de Torres. En -cambio, quedaban begonias de trapo caídas de sus jardineras y llenas -de polvo, fotografías apiladas sobre la chimenea, un caballete de -nogal y oro sirviendo de percha para colgar cajas de sombreros, ropas -y corsés de raso negro pendientes de sus cordones. Camila no tardó en -entrar. Traía su delantalillo azul, y un puchero del cual salía vaho -repugnante. Agitaba el contenido con una cuchara, y lo hacía caer de -alto para que se enfriase. - ---¿Ya estás aquí? --me dijo en voz baja, sin mirarme. - ---No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo. - ---Hazte el bobito... Demasiado lo sabías. - ---Pero creí que era alguna desazón ligera. - ---No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y -siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que -vinieras tú por tí mismo. - ---Hija, no sabía... - ---Francamente --afirmó mirándome cara á cara--, lo que has hecho es una -_indecentada_... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso -no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has -querido, tú la has hecho pecar... - ---Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? --le -pregunté sintiendo un dogal en mi garganta. - ---Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya -no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón -que anoche me quedé aquí? - ---No me ha dicho nada. - -Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso, -almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura. - ---Esto es una cataplasma... --me dijo Camila bajando más la voz--. -¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer -la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la -conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más -que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha -puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que -dejarla así. - -Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela -empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la -vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la -cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí -lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces -cariñosas de las dos enfermeras. - ---Si no te lastimamos; si es aprensión tuya... - ---No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la -vamos sacando poquito á poco... - -Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen -y á toda la corte celestial. - -Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras: - ---Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres -todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre -ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido. - -Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral, -haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía -absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante; -ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no -lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me -tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme -al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije -palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz -aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas -palabras: - ---Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un -perro...» - -Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado. - ---¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás -mejor. - ---¡Ay, mejor! --exclamó la voz con desaliento--. Si me muero, si estoy -hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy -horrible. - ---No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como -crees. - ---¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te -parecería mentira que me quisieras. - -Me incliné hacia ella. - ---No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase -el morirse; pero morirse así, apestando... - ---No te agites. Me marcho, si no eres razonable. - ---No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré -á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No -quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra -manera. - ---¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes. - -Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento -de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con -fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No -podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello... -un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el -cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin, -cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué -hablar más de aquello? Era un horror. - ---¿Qué tal de calentura? --le pregunté--. Dame acá una mano. - -Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh! -ardía. - ---Tienes muy poca fiebre --le dije, observando que tenía mucha y que -las pulsaciones eran muy irregulares. - -Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba -con ello. - ---Puedes besarla sin cuidado --afirmó con acento de cariño, que era -como un alfilerazo en mi corazón--. Cuando supe que estabas aquí, hice -que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en -medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que -me mata más que el dolor. - ---Esto no es nada, hija --repetí traspasado de lástima--. Dentro de -ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te -acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues -pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te -vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes. - ---¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han -dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo. - -Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá, -en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la -quejumbrosa voz decía: - ---¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte. - -Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio -del caso. - ---¡Oh! no, no, no me pondré bien --exclamó ella con amargura -hondísima--. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por -mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse -así en los huesos... - ---No te apures por las carnes, hija --le respondí haciendo un esfuerzo -por reirme--. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda. - ---¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello, -Dios mío; esta monstruosidad...! - ---Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te -perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures. - ---He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver, -por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro -y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo -rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses -mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo... - -En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis -ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las -rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De -la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos -fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos -tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de -las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y -causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad -era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura. -Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que -declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la -deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas -más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que -sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. -Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la -olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías -humanas. - ---Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de -la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te -sacaremos adelante. - ---Bueno, hijito --replicó declarando en el tono su alegría--. Me haré -la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco. - -Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien -los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan -pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á -quienes no se ama. - - -IV - -Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar -una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía -verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba -menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver -allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de -su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando -suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear -mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y -callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo -decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces, -bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto -platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como -un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus -eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en -tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me -había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera -de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de -otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos -ó filósofos, según los casos. - -Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo -sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no -estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul, -aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba -mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan -buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia, -escarbando mucho en ella para buscarlo. - -Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después -que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había -iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con -todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, -el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso -contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente -por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores -tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que -somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de -haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra -podredumbre son los gusanos. - -Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las -diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía -Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las -nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar -como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía -que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la -obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta -le oí decir, llorando: - ---Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este -muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo -que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las -arreglaré sola con Dios. - -La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima. - ---No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me -quieren mortificar? --gritó moviendo mucho los brazos. - -La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera -el termómetro y le observara la temperatura. - ---Constantino me engaña siempre --me dijo--. Para él nunca paso de 39, -y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, -50... - -María Santísima, ¡qué volcán! - -Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la -cama. - ---¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me -va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando -dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan -fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío, -yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te -hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y -me dejaste en medio del arroyo. - -Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba -de decirle: - ---Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de -los nervios, y nada más. - ---Mira ya el termómetro y no me engañes. - -Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas. -¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando! - ---¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes --declaré volviendo á su -lado y guardando el termómetro--. Tienes 38 y unas décimas. - ---¿Es de veras? - ---¿Quieres verlo? - ---¿No me engañas? - ---Ya sabes que yo... - -Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que -siguieron. - ---Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento que me desquicio, que la -vida se me quiere escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío: -yo no me quiero morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma -te lo he dicho, rezando: es que me he calumniado. - -Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles como -si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación. - ---No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo -corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres -tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en -este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves -que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te -voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo. - -Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril -que de un vigoroso móvil de conciencia. - ---Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me marcharé. - ---No, eso nunca --exclamó rompiendo á llorar--. Quiero que estés aquí, -que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás. - ---Pero, mujer... ¡qué tonterías...! - ---Dime si llorarás... Es que quiero saberlo. - ---Bueno: pues sí, lloraré, y mucho. - ---¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... Se -me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero -acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me -harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...! - -Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las -sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos. - ---Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal. - ---Es que no me quiero morir, es que no me da la gana --clamó, -ahogándose en llanto copioso--. ¿Pues por qué me pongo así sino por el -miedo que tengo...? - ---No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes -fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más -de muerte. - ---¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...? - ---Patrañas, hija; aprensión... - ---¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en miserias -y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas -partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno -que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y -asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen. -Así estoy yo, así me muero yo. - -Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la -seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor -posible, le dije: - ---¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la _Traviata_, con mucho amor, -tosecitas y besuqueo? Si eso pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de -quedar. - -Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel camino. - ---Bien sabes tú que no va de veras; que si lo sospecharas, no estarías -tan charlatana. Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo -que los franceses llaman una _pose_, y la _postura_ no parece. - ---¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas -ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico. -Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo -estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran -lejía en la cual me voy á chapuzar... - -Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de -consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome: - ---Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...? - ---¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin -motivo. - ---Agua; me muero de sed. - -Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se -sentía mejor. Su piel estaba húmeda. - ---Ahora te vas á dormir. - ---Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada. - -Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel -momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero -no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si -bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me -encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta, -aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién -había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué -breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron -más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole -hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé -un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y -desapacible. - -Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la -de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la -figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez. - ---¿Cómo está Eloísa? --le pregunté con susto, sospechando que me iba á -dar una mala noticia. - ---Ahora duerme --replicó de muy mal talante, paseándose en la -habitación con las manos en los bolsillos--. Va mejor. - -«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» --me dije para -mi sayo. - -Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente, -incapaz de guardar secretos. - ---¿Has visto á Camila? --me preguntó. - ---Anoche, sí. - ---¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un -soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos -pardos... - ---¿Qué me cuentas? - ---Todo es paparrucha --añadió, dando un gran suspiro y alargando más el -hocico--. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos -hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa -tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no, -que se había ido con otro, y... - ---Eres un _bebé_... ¡ja, ja, ja! - ---Créelo... por poco me echo á llorar... - ---¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta... - ---Y ahora --prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir-- -he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que -no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el -cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta -y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete -á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!» - ---Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... --le -dije, sintiéndome inspirado y locuaz--. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el -matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa, -la institución más respetable, más augusta, más...! - ---¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias! - ---Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la -santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable -esposa... - ---¿Te quieres callar?... - ---No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te -levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de -la paz del hogar?» - ---¿Pero todo eso es cháchara ó qué...? - ---¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy -indignado. - ---Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo --juró con -vehemencia salvaje-- si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey -ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía. -¡Mírala, por ésta! - ---Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas -inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena -estará. - ---Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de Cícero... -¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago tragar... -¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... el muy -monigote, pinturero...! - - -V - -Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise -lavarme; pero no encontré agua. - ---Yo te la traigo --me dijo Constantino cogiendo el jarro. - -A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más -cordial: - ---Quítale eso de la cabeza. - ---¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has puesto? - ---No, hombre: la idea... - ---¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos. - -Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á -freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y -pegarle fuego... - ---¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten -la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí. - -No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta. -Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda -mojada, y no ví quién entró. - ---Déjelo usted ahí --dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver -á Camila poniendo el café sobre la mesa. - ---Hola, borriquita --exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que -la llenaba--. Dí una cosa: ¿y tu hermana? - ---Durmiendo. Me parece que va bien. - ---¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás -que más valgas? Oye... - -Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía -culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi -lengua. - ---Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del -marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no -seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la _Perfecta casada_, que -dice...? - ---Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas --exclamó á -gritos, hecha una leona. - ---Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el -marido de hoy puede ser un formalito de éstos de _aquí me ponen, aquí -me quedo_. Sería hasta ridículo, sería... - -No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la -cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar: - ---No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz. - -«Ya te irás domando», pensé al quedarme solo, y un instante después -pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo, -entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró -otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras -vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí _pa -siempre_. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué -interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa, -adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada, -cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal -perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza, -las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el -cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies; -el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta -visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay! -Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido -y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso -arenal. - -Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la -casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me -dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla, -porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis -correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba -la _congestión espiritual_ de Camila en mayor grado que nunca. La -llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis -operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví -en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos -corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á -operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido. -Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen -la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están -peneques. - -Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y -á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.» -Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con -amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo -desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...! -Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y -sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de -ella: - ---Es un horror... no hay idea de fealdad semejante. - -Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués -de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola. -Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran -mejor. - ---No se harta de dormir la pobrecita --me dijo Camila sentándose junto -á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se -entretenía. - -Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á -Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, -de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de -Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la -amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella -faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría -tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo -esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no -pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío, -enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á -relucir también lo del _armiño_, que es de reglamento; pero de fijo no -se me quedó por decir lo del _altar en mi corazón_ y otras imágenes muy -al caso. - -Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el -injurioso dicterio de _papas_, no la alborotaron aquel día como otras -veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter -y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba -números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas, -papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad -mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo? -Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre -el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por -diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que, -oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico, -indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy -pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico -de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente -Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar -con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al -retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí, -junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á -medio hacer. «Piensa volver, y volverá.» - -Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí -la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita. -Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal -instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina, -que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos -y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de -verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco. - ---Ya sé que está mejor --me dijo--, y completamente fuera de peligro. - -No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un -brazo diciéndome: - ---Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa -estufa, ese techo de cristales? - -Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al -patio hícele la descripción del proyecto. - ---Pues de fijo habría sido muy bonito... --observó mi prima--. Y lo que -es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa. -¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores? - ---Ahí, á los dos lados de esa puerta. - ---Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! qué -ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y en -este hueco, qué hubo? - ---Un mueble inglés lleno de preciosidades. - ---¿Es ésta la puerta del comedor? --preguntó abriéndola--. ¡Ah! sí, -comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas. -¿Estaban aquí los tapices?... - ---Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y -ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces -no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto -bonitísimo. - ---¡Sí que lo sería!... --exclamó _la ordinaria_ permitiendo á su cara -expresar un interés inmenso--. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los -criados á servir? - ---Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta -estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de -éste. La puerta no se veía. - ---¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas. -¡Qué elegantes! - ---En mi tiempo se encendían. Después... - ---Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto. - -En esto vimos pasar á Micaela. - ---Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene -visita? - ---Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese -caballero ciego... - ---¡Ah! el pobre Trujillo. - ---Pues yo no paso hasta que no se vayan --indicó María Juana, -haciéndome señas de que la siguiera--. Dime otra cosa. El salón de -baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...? - ---Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar. -Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile. - ---Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero -que me saques de otra duda. - -A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba -la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las -costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este -interés diciendo con solapado menosprecio: - ---¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene -Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo. - -Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto -mareado, y con ganas de sentarme. - ---Es un laberinto este caserón --dijo mi prima--. Jamás lo he podido -entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta? - ---Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa. - -Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y -entramos. - ---Esta pieza la conozco --manifestó la de Medina, entrando con aire -regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la -estantería de roble--. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á -Eloísa esta tanda de roperos? - ---Vete á saber... Más costaría lo que está dentro --respondí sin -hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto -merece párrafo aparte. - - -VI - -Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie -descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba -sacando de uno de los armarios. - ---Mirad, mirad --gritaba Camila, riendo y muy excitada--. Hay aquí -quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto -más que una vez... - ---¡Dios mío! --exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más -enfáticos de la justicia--. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está -todo nuevo... - ---Mira qué par --decía la otra--. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué -pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo -el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía -para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No -te parece, José María, que debo llevármelas? - ---Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con -velar aquí noche y día. - -Y seguía probándose botas... - ---¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. Lo -que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también á -mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, chico. - -Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo, arrumbado, -tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada perdida en el -vacío de la habitación, como asombrándose de que se le tuviera en menos -que una persona. - ---Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos --observó María Juana, -echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba tener. - ---Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela --dijo Camila -viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato -suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro. - -De uno de los armarios sacó un vestido. - ---Mira esta falda con delantera de encajes... - ---Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner -alguna vez? - ---Creo que no --indiqué--: lo reservaba para el gran baile. - ---Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una -parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina. - ---Obsérvala: fíjate mucho y podrás imitarla. - ---¿Y este traje negro? --prosiguió Camila sacándolo--. Mira el sello de -Worth... Es uno de los dos que recibió hace poco. Pues espérate, que te -voy á enseñar más. A mí no me tientan estas cosas; pero me gusta verlas -y apandarlas si puedo. - -Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes. - ---¡Pero esa loca vivía como una princesa! --exclamaba María Juana, -confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y la -admiración--. Claro... pronto tenía que venir el batacazo. - ---Hay aquí un sombrero --dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y -mirándose en el gran espejo de pivotes-- que me está haciendo tilín. -¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal? - -Con los ojos le decía yo que estaba monísima. - ---¿No es verdad que está diciendo: _cógeme_? - ---Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente --le dijo -su hermana--. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día! - ---Para mí, para mí el sombrerito --repitió mi adorada, quitándoselo y -acariciándolo--. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar -siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá! -no... No me volverá á pasar lo de las camisas. - -Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían -alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras. - ---¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa más -elegante, qué _chic_! Da gozo ver esto... - ---Micaela --dijo Camila apartando su botín--, haz el favor de ver si se -han ido ya esos moscones. - -Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba -despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos -juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con -disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos. - ---¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! --me dijo la -señora de Medina poniéndose la careta filosófica que había adoptado -casi como una prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba -mal--. Esto enseña más que libros, más que sermones, más que nada. -Mírate, mirémonos todos en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta -mujer, gastando siempre lo que no tiene, y dándose vida de princesa?... -¡Ah! lo que yo dije. Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos -mi hermana tenía que perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un -hombre como Medina, que es la prudencia, la rectitud andando... - -Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas sabidurías. - ---¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes? -Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una -inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece -como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no -quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te -descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil; -tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de -cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón. - -La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración que -aquella excelsa virtud me producía. - ---No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles que -nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. ¡Nosotras -sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese _Shakespeare_, era -de mi misma opinión. Lee el _Macbeth_... aunque supongo que lo habrás -leído. Fíjate en aquel personaje, _hecho de la miel del cariño humano_; -en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando -la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady -Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama -de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser -heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco -que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la -hacemos. - -Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, expresé -mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos, -ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi prima. - ---Eres una mujer excepcional --le dije, haciendo como que me -entusiasmaba--; una mujer de cuya posesión... - -Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla -para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de -verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro -sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.» - ---No seas tonto, no veas en mí nada superior --replicó aventándose con -modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire--. -Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de -una esquina. Hay que buscarnos. Y el que... - -No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque me -distraje viendo á Camila que pasó por la habitación como buscando -algo, y miraba debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé -sino estos ecos: - ---Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me -mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí... -Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea -de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás -la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar -en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les -sacude... - ---Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas y... - ---No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no -hay peligro... te juro que no hay peligro --declaró, tomando con -más presunción la actitud de heroína...--. No pienses más en esas -locurillas que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar -de la cabeza esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad -después de haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero -se consigue, créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á -una cosa muy sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un -refresco... - ---Ya... - ---Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro. -Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad. -Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que -se disipaba la ojeriza que te tiene. - ---Yo no me caso --manifesté con énfasis. - ---Lo veremos, lo veremos --respondió acalorándose--. Cuando á mí se me -pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades. -Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que -no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para -tí. - ---Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel. - ---Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien para -tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se acabó esa -tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las fuerzas de -mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... ¿Piensas que -todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por dentro, cuando -más vivo se repica? - ---Pues si tú eres fuerte --le dije con fingido arrebato--, yo soy -débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en -ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los -encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras; -pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque -no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me -gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero -no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad. -Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa -tan grande... - -No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras -confitadas y artificiosas, semejantes á esos castillos de caramelo y -guirlache que se regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con -pavor; pero en realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me -habría contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo, -porque entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos: - ---¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he dejado. - ---Si la tengo en el bolsillo --grité yo, sacándola, y tirándole el -ovillo y lo demás. - -¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí para -volver á sentárseme al lado! - -Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, ni yo -tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro ratito, -díjome sin venir á cuento: - ---No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes, -tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto -perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien... -¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que -le apesta esta casa. Es su manía: la llama la _antesala del infierno_. -Aquí está, según él, _toda la podredumbre de extranjis_... Pero siente -lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto. -«Ahora --dice-- los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos -socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es -así, ¿qué mérito hay?» - -Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con -elástico, y abriéndola me mostró un manojillo de billetes de Banco, y -me dijo: - ---Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... Son -cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no le -diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene -el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin -estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro -chico á un pobre... - ---El rasgo me ha gustado --afirmé con sinceridad--; pero hay una -cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es -en mí un deber, y lo cumpliré. - -Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había -acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me -echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el -primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema. - ---Te digo que haré lo que mi marido me manda. - ---Te digo que no lo harás. - ---¿Y tú qué tienes que ver...? - ---Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí. - ---No seas majadero. - ---Pues no te empeñes: guárdate ese dinero. - ---¡Qué pensará Medina! - ---Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo. - ---Claro... una mentira. - ---Es venial. - ---Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí? - ---Pues arréglate como quieras... - ---Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia ---exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética--. Contigo -no valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes -cuanto se te acerca. - - -VII - -Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano -hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con -tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera -señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice -señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería -entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María -pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla -me dijo: - ---Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para -los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana. - -Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer -gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era -esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo. -Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la criada -que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de que -Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta en -la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado, diciendo: - ---Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche, -voy y me tiro por el viaducto. - -Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy temprano -mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las once fuí -á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de darme -los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan -bromísticos», pensé. - -Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo. - ---Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo. - -Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda. - ---¿Qué es eso? - ---La mortaja --respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela. - ---¡Vaya unas bromitas de mal gusto! - -Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que le -traía. - ---Ya puede usted pasar, caballero --me dijo la de Miquis saliendo de la -alcoba. - -Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad, -y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba -de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver -la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa -muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos -inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda, -como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En -vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima -de raso azul bordado de oro, que se había salvado no sé cómo del -desastre de la viuda de Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la -cabeza en aquel tul de seda que yo había visto poco antes, dispuesto -con graciosos y elegantes pliegues. Al través de la diáfana tela, se -veía y no se veía el rostro de la enferma. Los ojos lucían; pero las -deformidades de la garganta quedaban disfuminadas y como perdidas en -los cambiantes y tornasoles de la tela. Así de pronto, se veía la cara -como si estuviera cristalizada en el fondo de uno de esos feldespatos -que tienen reflejos de ópalo y ráfagas de nácar. Alrededor de la -cabeza, Camila y Micaela habían puesto flores, muchas flores, sacadas -del ramo mío y de otro que mandó Manolo Trujillo, esparcidas con arte -y gracia, afectando lo que los retóricos llamaban _un bello desorden_. -Bajo la colcha, se modelaba como un bosquejo de escultura el cuerpo de -Eloísa, recto, y sobre el raso azul aparecían los brazos con mangas de -finísima y olorosa batista, y luego las manos blancas y sedosas con -ricos anillos en los dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros -más lindos de la casa ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta -entonces, de la coquetería mortuoria. - ---¡Famoso cuadro! --exclamé pasada la primera sorpresa--. Está bien -ideado y bien compuesto. - -Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del tul. - ---Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro. - ---Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro. - -Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella extraña apariencia -de su madre bajo el velo, que rompió á llorar espantado. Logramos -tranquilizarle, sacándole de la alcoba y dándole dulces. - -La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho Moreno, -el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba ella ver -luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel artificio -del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad. - ---Tenía ya unas ganas --me dijo-- de ver claridad, de oler flores, de -estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia, -que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores -por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No -es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de -parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á -una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy -vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de -que viniese también María Juana. - ---En nombrando al ruin... --dijo ésta apareciendo en la puerta. - -Sorpresa y risas. La _ordinaria de Medina_ no celebró la ocurrencia -menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle -excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci, -Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de -un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen -apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por su buen -diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron bromas, y -adelante. Después de las doce, cuando Raimundo se hubo marchado con -el pesar de no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos -hermanas y yo acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa -aquélla del velo. Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á -lo moro sobre la cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies -de Eloísa. Atenta al mete y saca del gancho, con el hocico un tanto -alargado, ceñudilla y triste, parecía abstraída de la conversación -general. - ---Camila, ¿cuándo te divorcias? --le preguntó Eloísa. - ---Déjame á mí... No tengo gana de bromas. - -Y volviéndose á mí Eloísa: - ---¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome, y, -sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo -el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á -mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su -marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué -cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía -la cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no -me lo niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo -ó el _bouquet_ podrido... Lárgate, quítate de delante de mí, no me -pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me emancipo, me -adulterizo...» - -Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar -los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las -contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir -que broten lágrimas. - ---Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía ---prosiguió la otra--. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si -no huelo...» - -Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de -Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido. - ---Vaya, cállate ya --dijo á su hermana--. No me hables más de ese pillo. - ---¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres! - ---Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal -pensamiento? - ---¿Pero tú estás segura de que olía? --apuntó María Juana. - -Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente culpable; -pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; nos dijo -que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y que ella se -oponía si el destino era fuera de Madrid. - ---Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya -con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy -una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo -cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo; -yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á -su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y -contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que -no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir -cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un -niño y dejar de comer para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya -con mil demonios! - ---Pues, hija --dije yo prontamente--, si le conviene Burgos, dalo por -hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío. - ---Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio ---replicó la de Miquis. - ---No tan fuerte, mujer. - ---Piénsalo... - ---Siempre eres así. ¡Qué prontitudes! - -Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy satisfecho -del giro que aquello tomaba. - -Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando -volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya -sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la -habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido -esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona -y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía -del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me -contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo: - ---¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de -domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche? - -Este _vendrás_ me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido de -las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro, -quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya -lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la -cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve -eran cuando entré en la casa. «Si hay gente me luzco», pensaba. -Afortunadamente, no había nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco -antes que yo. Iba allí á dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal, -porque Eloísa estaba muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome -entrar y rogóme que me sentara á su lado. - ---Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, y -en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que -estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay! -lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma -cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es -cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación; -cuéntame algo... - -¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más -remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente -que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me -aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios, -de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero -se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera -como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme -al _secreter_ que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas -tenía ella el dinero para su gasto diario. - ---Estará la patria oprimida --indiqué abriendo el cajoncillo y viendo -muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles--. Chica, qué arrancada -estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de Bracamonte... ¿Y billetes? -Ni medio. Son las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación! - -Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de -veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de -ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo: - ---Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar -á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el -interesantito. - -Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. Yo -no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en el -gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría -dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y -marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba -hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el -alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle -á mi interlocutora. - ---Me parece --dije al fin-- que tanto hablar ha de hacerte daño á la -garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que -nos callemos y que me retire, á ver si te duermes. - -Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco. - ---¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por -punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome -enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te -soy antipática? - -Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento la -odiaba. Parecíame un sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante -mujer, y que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de -delicadeza llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de -hacerlo muy mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo -resistir más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué -pretexto. Pilar dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de -Camila en la pieza inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y... -el vocerrón de Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí, -su odiosa voz que decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el -pájaro salta de la rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de -las rodillas de su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo, -pues no habiendo malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á -sentar sobre él y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta -apretura se abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera -arrancar, y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la -mordía, gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se -volvió hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.» - ---Ya podríais --repliqué, disimulando mi mal humor-- dejar esas cosas -para cuando estuviérais solos en vuestra casa... - ---¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa -natural... - ---¡Digo... y tan natural...! - ---Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira -tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol... - ---Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré? - ---Porque me asustaste. - ---Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro? - ---Los dos. - ---¿Y cuál era el ofendido? - ---Los dos. - ---¿Y quién tenía razón? - ---Él y yo. - ---¿Y era verdad ó era mentira lo de...? - ---Mentira, mentira. - ---Pues sí... idos á vuestra casa. - ---Ahora mismo --dijo Camila, inquieta, levantándose--. Aquí no hago -falta ya. ¡A nuestra casita!... ¿Nos prestas tu coche, esperpento? - ---Sí: abajo está; podéis tomarlo. - -Constantino me daba abrazos sofocantes, demostrándome su leal cariño -y su corazón de angelote. No recuerdo bien lo que hice después: tan -aturdido estaba y tan requemada tenía la sangre. Creo que volví al lado -de la pobre enferma, y que estuve charlando con ella como una máquina, -diciendo mil vaciedades, hasta altas horas de la noche en que se quedó -dormida. - - - - -XXIII - -De la más ruidosa y desagradable trapisonda que en mi vida ví. - - -I - -¡Qué mal concluyó para mí aquel condenado mes de Marzo! Todos los días -que siguieron al de mi santo fueron aciagos. Ya era un disgusto con -Villalonga; ya que se me perdía un billete de Banco en el Bolsín; ya -que me machacaba un dedo en una puerta, ó se me volcaba la botella de -tinta sobre la mesa. Añadid á esto que se me despidió la cocinera; -que se me desalquilaron dos pisos; que el inquilino del tercero de -la derecha por poco me pega fuego á la casa; que la hija del portero -cayó mala con viruelas; que _Partiendo del Principio_ me dijo que yo -no sabía de la misa la media; que cogí un fuerte constipado; que el -espadista Raimundo halló medio de sacarme dinero; que la liquidación -de fin de Marzo no fué muy buena para mí, y comprenderéis que yo tenía -razón para quejarme de la Providencia y poner el grito en el Cielo. -Pero aún falta lo mejor, es decir, lo peor, y vais á saberlo: ni mi -liquidación ni aquellas otras contrariedades me afectaron tanto como -el golpe que recibí el 1.º de Abril. La casa _Hijos de Nefas_, de que -yo era socio comanditario, había suspendido sus pagos. Los negocios de -Jerez iban de mal en peor; la crisis se agravaba, y tener dinero allí -principiaba á ser peligroso. De la quiebra de los Nefas esperaba yo -salvar algo; mas me inquietaba el no haber cobrado aún el trimestre -vencido de mis arrendamientos. En fin, que aquello se ponía feo. - -Viendo caer sobre mí tantos males, uno tras otro, sin darme respiro, -me decía: «por fuerza tiene que caerme ahora algún bien muy grande.» -Y recordando la preciosa sentencia _sperate miseri, cavete felices_, -añadía: «¡Si será que ahora me va á querer Camila...!» Porque con tal -resarcimiento, ya daba yo por buenas todas las calamidades de fin de -Marzo. Habíame vuelto muy supersticioso; creía en las compensaciones, -en el ten con ten de los sucesos para formar este equilibrio que -llamamos vida, y ved aquí cómo se me metió en la cabeza que Camila me -iba á pagar al fin el grande amor, ó mejor dicho, la demencia que yo -sentía por ella. - -Durante los días de Semana Santa, me entretuve, no sabiendo qué hacer, -en continuar las Memorias principiadas en San Sebastián. Como desde el -verano no había puesto la mano en ellas, costóme algún trabajo coger la -hebra del relato y avivar los fuegos interiores, que llamo inspiración -por no saber qué nombre darles, y sin los cuales fuegos no es posible -llevar adelante ningún trabajo literario, aunque en él, como sucede -aquí, no tenga parte la invención. Tan buena traza me dí, que en cuatro -ó cinco noches y otras tantas mañanas despaché todo lo de la temporada -en la capital de Guipúzcoa, mis trabajos bursátiles en Madrid, la -pintura de las cosas y personas que observé en casa de María Juana, -las filosofías de ésta, y, por último, la enfermedad de Eloísa. Aquí -dí punto, esperando los nuevos sucesos para calcarlos en el papel en -cuanto ellos salieran de las nieblas del tiempo. - -Poco ó nada adelanté con Camila en aquellos santos días, porque á -ella le dió por ir mucho á las iglesias y asistir al _Miserere_ de -la Capilla Real, visitar todos los sagrarios y andar las estaciones. -Ella y su marido se pusieron de tiros largos, y no quedó monumento que -no vieran. El viernes, de vuelta de aquellas correrías, estuvieron -en casa, y la exploré por ver si se le había desarrollado la manía -religiosa, para, en caso afirmativo, volverme yo beato también. -Pero no: sus ideas no habían variado, y aun me pareció hallarla más -librepensadora que antes. Tomaban ambos aquello como distracción -gratuita, ó como un medio de lucir los trapitos de cristianar. - ---¿Estás escribiendo tus Memorias? --me dijo viendo las cuartillas -sobre la mesa--. Estarán buenas. Habrá ahí mucha papa... Y dí, ¿me -sacas á mí? ¿sacas á Constantino? Entonces ¡qué gusto! nos haremos -célebres. Y á propósito, me vas á hacer el favor de prestarme algunos -libros. Nosotros no tenemos dinero para comprarlos. Mi marido, cuando -nos casamos, no llevó á casa más que el _Bertoldo_, el _Arte de torear_ -de Francisco Montes, las _Mil y una barbaridades_, dos ó tres libros de -su carrera, _El Mago de los salones_ y los _Oráculos de Napoleón_; en -fin, cuatro porquerías. El otro día se los vendí todos á un prendero -por cinco reales... - -Díjele que mi biblioteca, escasa y desordenada, pero superior á la de -todos los españoles ricos, estaba á su disposición. Contestóme que no -quería los libros para leerlos ella, pues no tenía tiempo de ocuparse -en boberías, sino para que Constantino se entretuviera en sus ratos -de ocio, que eran los más del año. Así se iría poco á poco desasnando -y aprendiendo cosas, y no diría tantos disparates en la conversación. -Miquis, recorriendo con vivo interés los rótulos de mi estante, -demostraba sentir en su alma un gran apetito literario. ¡Qué bien le -venía darse un verde! Su ignorancia era rasa. - ---Mi hombre --dijo Camila mirando la librería-- está más limpio que -yo. Figúrate que soy una sabia á su lado. Ayer me disputaba que la -Australia es una isla del Asia. ¿No es verdad que está en la Oceanía, y -que no es isla, sino continente, donde hay mucho salvaje? Y decía que -Federico el Grande era Emperador y que lo llamaban Barbarroja, y que se -debe decir _carnecería_ y no _carnicería_... En fin, préstanos libros, -y yo te respondo de que se le pegará algo, pues aunque tenga que -abrirle algún agujero en la cabeza, él ha de aprender ó no soy quien -soy. No quiero más burros en mi casa. A ver, querido Cacaseno, echa -un vistazo á estos letreros y escoge lo que mejor suene en tus orejas -para que te civilices... ¿Qué es esto? _Muller... Historia Universal._ -¡Hala! te conviene. A ver si te lo tragas todo. _Chaskepire_... -¡inglés! Nos estorba lo negro, chico; y aunque estuviera en castellano, -éstas son muchas mieles para tu boca... Sigue mirando. No, no me cojas -un verso porque te divido. Prosa, hijito; prosas claras que enseñen -lo que se debe saber. Historia, y alguna novela para que me la leas á -mí de noche. ¿Qué es esto? _Life of_... Esto es cosa de la _jilife_. -Déjalo ahí. No va con nosotros. _Don Quijote_... ¡Hala! tu paisano: -llévalo. ¿Y esto? _Padre Rivadeneyra_... Esto de padre me huele á -religión... No te metas con eso. _La Revolución francesa_... Cógelo, -cógelo... - -Constantino apartó muchas obras. Después cayó su esposa en la cuenta -de que en vez de llevarse un quintal de papel, era mejor que fuesen -tomando los libros conforme los necesitasen. - ---¡Hala! carga con el _Muller_, y vete subiendo, ¡arre! --dijo á su -marido, que obedeció. - -Quedóse ella detrás, y cuando el otro estaba ya en la escalera, -volvióse hacia mí y me dijo con secreteo: - ---No quería hablarte de esto delante de mi cara mitad; pero en dos -palabras, ahora que él no nos oye... - ---¿Qué? --preguntéle con afán. - ---Que me vas á dar toda la ropa que deseches. Yo veo que tú te haces -muchos trajes muy buenos y que sólo te los pones un mes. Es un -despilfarro. Yo aprovecharé para mi pobre Bertoldo lo que me quieras -dar. Es una lástima que lo des todo á tus criados. - ---Pero, mujer, es humillarle... - ---Déjate de monsergas... Me das unos pantaloncitos, ó dos, ó tres, y yo -se los arreglo á él... Lo mismo te digo de algún chaqué ó americana. - ---Me parece que... - ---Él no chista si yo se lo dispongo así. ¡Que es humillante...! Ríete -de tonterías. Lo que yo quiero es no gastar dinero. - -Pensé decirle que se encargara, por cuenta mía, toda la ropa nueva -que quisiese; pero esto no habría pasado seguramente. Despedíla en la -puerta, y subiendo á escape la escalera, me saludó desde el segundo -tramo con un gesto y una cabezada. No cerré mi puerta hasta que no -sentí el golpe de la suya, cerrándose tras ella. - - -II - -En Abril se me recrudeció de un modo espantoso aquel desatinado cariño -que le puse á mi borriquita, y me dejé dominar y vencer de mi desvarío -hasta llegar á un punto cercano á la imbecilidad. Ya no había fuerzas -de la razón ni de la voluntad que me contuvieran. El no poseer lo que -con tanto ardor deseaba poníame como tonto y en situación de hacer -verdaderas sandeces. Mi amor propio, herido también, se daba á los -demonios. Mi saber de negocios se obscureció, y el gusto de ganar -dinero quedó reducido á muy secundario lugar. Desde que abría los ojos -hasta que los cerraba, aquella maldita hembra salvaje, feliz, burlona y -siempre incomprensible para mi ceguera intelectual, no se me apartaba -del pensamiento. Iba conmigo al Bolsín y á la Bolsa, y la veía en las -figuras estampadas en talla dulce sobre el sobado papel de los billetes -de Banco; y formaba parte de mí mismo, como un instinto, cual una idea -innata que no se puede desechar. ¡Ay, qué borriquita aquélla! ¿Qué le -había dado Dios para enamorarme así, con delirio y afanes de muerte? -¿Sería simplemente la falta de éxito lo que me arrebataba? ¿Se me -quitaría aquel vértigo si viera satisfechas mis insensatas ansias? - -Ultimamente no hacía yo extremos delante de ella, porque solía -enfadarse y ya tenía morros para muchos días. Díjome seriamente una -vez que si continuaba con mis tonterías de la _edad del pavo_, se -mudaría de casa, se marcharía de Madrid en caso necesario, pues no -le era posible aguantarme más. Tuve que recoger vela, mucha vela; no -menudear tanto mis visitas, y éstas acortarlas todo lo que me era -posible. Hallábame en su presencia algo cohibido, no sabiendo á veces -qué decirle, pues de no vaciar lo que dentro tenía, mi estupidez era -absoluta. ¿Hablar? ¿y de qué? Yo no sabía hablarle más que de una cosa, -y esto me estaba vedado. Por lo cual valíame de mil subterfugios para -decirle siempre lo mismo aparentando decirle otra cosa. ¡Maldita pasión -aquélla que no tenía ni el consuelo de ser sincera! - -A solas me despachaba yo á mi gusto, caldeando el horno de mi -pensamiento y haciendo vivir allí mi ilusión como si la incubara. Y -tenía particular gusto en suponer siempre á Camila refractaria á mis -sugestiones de amor ilícito. Mi fantasía me arreglaba las cosas de otra -manera más gallarda. Ved aquí cómo. La borriquita no quería por ningún -caso _adulterizarse_, como graciosamente había dicho á su hermana. -Pero Constantino se moría, y muerto el obstáculo, casábame yo con ella -y vivíamos en paz y en gracia de Dios. De este modo venía á mí con -el prestigio inmenso de una gran virtud, y yo me relamía de gusto -pensando en la dicha de hacer pareja y familia con aquella encarnación -de la alegría humana, con aquella siempre pura, picante y sabrosísima -sal de la vida. Por este camino íbame siempre más contento y -encandilado que por ningún otro de los que la imaginación me mostraba. -¡Sí: Camila viuda, Camila mi mujer, por la ley, por la Iglesia, con la -mar de bendiciones sobre nuestras cabezas! Este era mi ardiente anhelo. -Si al fin Dios me concedía tanta ventura, hallábame dispuesto á ser el -hombre más religioso del mundo y á darme todos los golpes de pecho que -fueran compatibles con la solidez de mi caja torácica. - -Las consecuencias de este delirio no tardaban en sacarse por sí -mismas, y se me aguaba la boca pensando en que de Camila y de mí había -de nacer aquella serie de héroes por orden alfabético, sin parar lo -menos hasta la N. Tendríamos á Belisario; después á César, Darío, -Epaminondas... hasta el mismísimo Napoleón. Pero ¡qué demonio! He aquí -que una contrariedad grave surgía inesperadamente. Y si eran hembras, -¿qué nombres de heroínas les pondríamos? En fin, todo se arreglaría. -Lo que importaba era que ella fuese mi mujer, y verla á mi lado para -siempre, amándome con aquella constancia incomparable con que amaba -á su burro. Y entonces yo me estaría á su lado todo el santo día, -reiríamos, jugaríamos, constantemente ocupados en los dulces quehaceres -domésticos, y encaminando y dirigiendo la heróica y alfabética prole. - -Fijóseme entonces la idea de que todos los males nerviosos, fueran ó -no provenientes de la diátesis de familia, se me quitarían cuando me -casara con ella. No más ruido de oídos, no más debilidad anémica. Mi -mujer me infundiría su potente salud y hasta su hermosísimo apetito. -Lo llamo así, porque una de las cosas, podéis creerlo, que más me -encantaban en ella, era sus envidiables ganas de comer. No sé si -los idealistas dirán, como ella, que esto es _papa_; pero tómenlo -como quieran. El apetito de Camila, rayano en la voracidad (si bien -comía siempre con compostura y buenos modos), era para mí uno de -sus principales hechizos. Lo he dicho antes y lo repito ahora para -que nadie lo dude. Aquel buen diente me entusiasmaba; era algo tan -resplandeciente en el orden físico como su conciencia en el orden -moral; era el contrapeso de la misma conciencia, fenómeno que, -armonizado con la paz interior, establecía en aquel privilegiado sér un -hermoso y fecundo equilibrio. - -Pues todos estos sueños míos venían á tierra en cuanto caía en la -cuenta de que Miquis no se moría ni llevaba camino de eso. ¡Si estaba -hecho un acebuche y no padecía la más ligera dolencia!... ¡Qué chasco -me llevé un día! Subí, y la misma Camila me abrió la puerta. - ---No hagas ruido --me dijo--, que hoy no he dejado levantar á -Constantino, porque ha pasado mala noche. Debe de ser un pasmo. Estuvo -inquieto y con una punzadita en el costado que me alarmó. - ---¿Qué me cuentas, hija, qué me cuentas? - ---Pienso que le pasará. Le he dado mucha flor de malva, y he mandado -llamar á Augusto. - -Pensé que de aquel modo suelen empezar algunas pulmonías graves, de -esas que despachan en tres días al hombre más robusto. «Si será, si -será al fin...» ¡Ira de Dios! Al día siguiente estaba el manchego como -si tal cosa, comiendo como un animal y rebosando vida. - -No he vuelto á decir nada de aquel proyecto suyo de servir en un -escuadrón de reserva. Como mi prima me dijo que ella también se iría -á Burgos cosida á los faldones de su esposo, resolví no pedir el -destino; pero deseando colocarle, solicité una plaza en la Dirección de -Caballería, y entre el Ministro, que quería servirme, y Morla, que lo -tomó casi como suyo, la cosa se hizo á principios de Abril. Marido y -mujer me estaban muy agradecidos, y yo muy esperanzado con la seguridad -de que mi hombre se pasaría en el Ministerio la mayor parte del día. -Temí que en vista de su inutilidad le pusieran en la calle; mas no -fué así. Él era naturalmente torpe; pero se aplicaba, ponía sus cinco -sentidos en el trabajo y concluía por vencer su rudeza. Cuando estaba -en casa, su mujer le ponía los libros en la mano; le mandaba leer y -estudiar, tratándole como una madre vigilante y cariñosa trataría á un -niño que está en vísperas de exámenes. - ---Cacaseno, lee: mira que no has de ser un podenco toda la vida. Es -preciso saber algo, aunque no mucho, porque si fueras sabio, hijo, me -apestarías. - ---Pues te respondo de que no lo seré --solía él contestarle--. Estate -tranquila. - -Por el general Morla, que á petición mía tomó informes en la Dirección, -supe ¡oh sorpresa! que estaban contentos con él. Dejóme esto turulato. -El chico era trabajador, aplicadillo, y no tan torpe como yo creía. Su -propia conversación revelábame á veces no sé qué progresos de cultura. -Ya no decía tantísimo disparate; ya había aprendido á callarse cuando -ignoraba una cosa, lo que no es mal principio de sabiduría, y aun -de vez en cuando se atrevía á manifestar, poniéndose muy colorado, -opiniones que encerraban, no diré que talento, pero sí buen sentido y -una apreciación clara de las cosas. - ---Hija, tu borrico se va volviendo una lumbrera --decía yo á Camila. - -Y ella, reventando de vanidad, callaba. - ---Constantino es un chico que vale. Durante algún tiempo su mérito ha -estado obscurecido por falta de pulimento. En manos de una mujer de -inteligencia, ese muchacho sería otra cosa. - -Esto lo decía (habréislo comprendido) la pomposa María Juana con cierto -aplomo pedantesco y doctrinal. Aquel día había ido á ver á su hermana. -La costumbre de esas visitas era reciente en ella, pues antes se -pasaban meses sin que asomara las narices por allí. No una vez sola, -sino dos ó tres, expuso el generoso móvil que la guiaba al personarse -en la humilde vivienda de su hermana menor, el cual no era otro que -enseñar á ésta algo de lo mucho que no sabía, infundiéndole ideas de -orden y gobierno. - ---¿Pues sabes --le dijo Camila con buena sombra-- que si hubiera estado -esperando por tí para aprender á gobernar mi casa, ya estaría fresca? - -No dándose por vencida, María Juana afirmó que aunque su hermanita -había aprendido bastantes cosas por sí, aún le faltaba mucho que -saber. No era esto simple jarabe de pico, pues la sabia solía enviar -en aquellos días, cuando no los traía ella misma, regalos de poca -importancia, pero muy de agradecer. A veces era un cacharrito para -adornar la consola, piezas sueltas de ropa blanca y mantelería, -cuchillos y tenedores, una cortina que á ella no le servía, una lámpara -que le sobraba. - ---Estoy asombrada --me dijo Camila-- de ver cómo se corre mi señora -hermana. - -Y casi nunca dejaba la ilustre señora de Medina de hacer escala en mi -casa, al entrar en la de su hermana ó al salir de ella. Siempre estaba -de prisa, y todavía no se había sentado, cuando ya se quería marchar ó -al menos manifestaba intenciones de ello. ¡Y qué interés demostraba por -mí! - ---Tú estás malo; á tí te pasa algo muy grave. Si no tienes absoluta -franqueza conmigo, no podré acudir en tu socorro. - -Y mirándome con ojos dulces, no se hartaba de incitarme á la confianza. -Quería una confesión total de mis belenes y aventuras; ansiaba saber -hasta lo que nunca se dice, y érame forzoso obsequiarla con algunas -mentiras para que me dejase en paz. Un día su vivo afecto resplandeció -más desinteresado que nunca, llegando á decirme, no sin emplear bonitas -circunlocuciones y perífrasis, que yo estaba en el caso de que se me -aplicara el benéfico tratamiento que Madama Warens empleó con el pobre -Juan Jacobo para apartarle del vicio. - ---¿Y quién es capaz de comprobar --añadió-- el inmenso sacrificio -que esto entrañaba para la bondadosa Madama Warens? Nadie. Ni el -mismo Rousseau juzga á aquella excelente señora con la benevolencia -que se merece. ¡Qué difícil es penetrar el móvil de las acciones -humanas! Ni las que parecen buenas ni las que parecen malas se pueden -justipreciar por lo que resulta. Si la conciencia tuviera una cara -suya, exclusivamente suya, veríamos cosas muy singulares. ¡Cuántos que -pasan por grandes delincuentes ó por monstruos de egoísmo serían vistos -de otra manera! - -Otras veces su tono era muy distinto, tirando á lacrimoso y pesimista. - ---No debo hacerme la ilusión de que pueda existir en el fondo de mi -alma algo que me disculpe; ni menos dar á este algo un saborete de -idealismo humanitario para que pase mejor. No pasa; es moneda falsa, -y la suenan y miran allá arriba, y me la tiran á la cara diciendo: -_¡señora, usted es una!_... Me desprecio yo misma; tengo ratos de -secreta tribulación, y hasta me parece que soy peor que Eloísa, que es -cuanto hay que decir. - -Contestábale yo con frases tan rebuscadas como las suyas, que de -antemano preparaba, disimulando con palabrotas y epifonemas de las de -repertorio el arrepentimiento que, al poco tiempo de haberme metido -en tal fregado, empezaba á sentir. Porque hay cargas que se hacen más -ligeras cada día, y otras que empiezan livianas y son al poco tiempo -insoportables. En cierto terreno, las filosofías, el discretismo y -la tendencia á sacar las cosas de quicio, son lluvia importuna que -ahoga la ilusión sin lavar el pecado. Y declaro ingenuamente que -sobre todas las cosas que inquietaban mi espíritu en aquellos días, -vino á molestarme y aburrirme la tenaz idea de hallar un modo hábil -y delicado de romper lazos que me eran odiosos apenas establecidos. -¡Buena tenía yo la cabeza para sacar virutas de amor filantrópico y -de psicologías enrevesadas que ni el Verbo las entendía! Ni qué otra -cosa sino mareos podía producirme aquello de amarme por salvarme, y el -sacrificio del honor pequeño al honor grande. A más de esto, aquéllos -en mal hora nacidos tratos se desvirtuaban á sí mismos por el sinnúmero -de precauciones, llevadas á un extremo ridículo, que inventaba mi -prima como para expresar en forma práctica y visible sus escrúpulos -de conciencia. Exageraba los peligros y aun parecía que los buscaba; -creíase perseguida por fantasmas, y hablaba de sus terrores con cierta -afectación dramática. ¡Y vuelta á insistir en lo de que su conciencia -valía más que sus actos, en que quizás llevaba en su espíritu gérmenes -de redención! - -Para remate de todo este jaleo, hacía paralelos entre su marido y -yo. ¡Ah! Por más que la personalidad física me diera á primera vista -alguna ventaja, el otro valía más. ¡Qué diferencia entre el sér moral -de uno y otro! Aquél sí que era hombre. Ella no le merecía. ¿Qué le -había de merecer? Pero ya que no otra cosa, elevábase en cierto modo -hasta muy cerca de él por la admiración que le inspiraba. Por fin, este -sacro respeto sería la medicina que debía volver la perdida salud á -su conciencia. ¡Y que yo no entendiera una palabra de estas cosas tan -sabias! Declaraba, eso sí, con la mayor humildad, que me reconocía muy -inferior moralmente al señor de Medina, y el secreto y maligno gozo de -haberle jugado tan bonitamente la mala pasada no excluía la sinceridad -de aquella declaración. - ---Me alegro que lo conozcas --decía ella--. Eso prueba que tu -entendimiento no se ha extraviado. Esto pasará pronto, tiene que pasar. -Ha sido uno de esos desvaríos que nacen de una buena intención, y son -como una línea recta que se tuerce por querer ser demasiado recta. (El -demonio me lleve si lo entendía yo.) Desaparecerá seguramente este -repliegue de nuestra vida sin dejar señal, y entonces haz por querer -y reverenciar á Medina; ponle cariño, penétrate de su mérito colosal, -tómale por modelo si puedes, constitúyete en su imitador hasta donde -alcancen tus débiles fuerzas. Yo te alentaré, no te dejaré de la mano. -¡Feliz tú si consigues asimilarte aquellas virtudes...! - -Y por aquí seguía. No me fiara yo de ciertas ventajas personales, -que en rigor para nada valen. ¿Qué significan las prendas físicas? -Absolutamente nada, pues son cosa que se deslustra y pierde con el -tiempo. Lo que importa es la belleza del alma, ¡oh, el alma!... ¡Pues -no faltaba más sino que un buen palmito...! En fin, señores, que -aquella sabia me tenía frita la sangre. Aquello no era vivir ni Cristo -que lo fundó. - - -III - -Todos los días veía á Medina en la Bolsa, paseándose de largo á largo, -ó arrimado al grupo de Ortueta, Barragán y otros. Hallábale ya más -complaciente conmigo, dándome lugar á suponer desvanecidas ciertas -prevenciones que contra mí nacieron en su alma. Como yo iba poco por -su casa, siempre teníamos algo que hablar. «Me ha dicho mi mujer que -poco á poco va metiendo en cintura á la pobre Camila y enseñándola á -ser mujer de gobierno. Trabajillo le costará; pero como se le ponga en -la cabeza... Ya, ya sé que ha colocado usted á Constantino en Guerra. -Yo siempre lo he dicho: no es tan zoquete como han dado todos en -creer... Pero vamos á lo que importa. ¿Toma usted á noventa y cinco, -fin de mes?» - -Mis negociaciones de aquellos días, y no fueron pocas, hícelas con -cierto aturdimiento, jugando por rutina ó por querencia del oficio, -muchas veces sin darme cuenta clara de la operación. Y es que mi -chifladura por una parte, y por otra mi gran debilidad física, -pusiéronme en un estado tal que sólo me faltaba hacer eses, andando -por la calle, para parecerme á los borrachos. Por lo demás, el mismo -entumecimiento cerebral, la misma obscuridad en las ideas, y sobre todo -esto, una apatía y una desgana que me abrumaban. Cansado del bullicio -del local y de su pesada atmósfera, íbame al rincón á hacer compañía -al pobre Trujillo ó á que me la hiciera él á mí. Hablábamos algo de -negocios, aunque sin saber cómo salía á relucir la conversación de -mujeres. Él no ponía en sus labios el nombre de Eloísa sin acompañarlo -de grandes encomios y de acaloradas expresiones de desconsuelo. -Indudablemente no era una santa; pero ¡qué ideal mujer! Gozaba -mucho visitándola, y departiendo un rato con ella, oyéndola no más, -_viéndole_ el metal de voz, como decía el infeliz. La contemplaba en -su interior tal como había sido en mis tiempos, y no podía hacerse -cargo de la desfiguración de su rostro. Para consolarle, díjele que -Eloísa había recobrado por completo su hermosura, y era la misma de -siempre. Arrojaba él entonces un suspiro muy grande á la atmósfera -turbia y humosa del local, y parpadeaba mucho, como si quisieran sus -ojos romper la niebla que los envolvía. - -A la otra tarde hablamos de lo mismo; pero me dijo una cosa que me puso -en ascuas y me llenó de confusión. - ---Ya sé --murmuró Trujillo, aplicando sus labios á mi oído-- que se ha -enredado usted con Camila. Debe de ser cosa antigua; pero hasta hace -pocos días no ha salido en la Gaceta. Ya sabe usted que la Gaceta es la -boca de la de San Salomó. - -Faltóme tiempo para negar aquello, que era una falsedad calumniosa. -¡Demasiado lo sabía yo! Mi corazón podría echarse fuera y publicar á -chorros de sangre la inocencia de la pobre Camila. Por más que hice, -no pude convencer á Trujillo. Creo que si llega á tener vista, me -conoce en la cara que decía la verdad: con tanta fe, con tanto calor me -expresaba yo. - ---Puesto que usted no lo quiere confesar --me dijo--, volvamos la hoja. - -Mas yo no la quise volver, y otra vez hice el panegírico de la pobre -calumniada, de aquella virtud que yo quería que no lo fuese en el -momento mismo de tomar tan á pechos su defensa. ¡Sabe Dios que me -hubiera sido muy grato mentir en tal ocasión! Tuve un rasgo de maldad, -de esos que nacen del amor propio ó de la miseria que llevamos dentro, -como por fuera nuestra sombra, y eché á perder aquel ardiente elogio de -la calumniada, diciendo esta gran tontería: - ---Créame usted, Manolo: mi prima Camila es una virtud intachable. Puede -que no lo sea mañana; pero hoy por hoy lo es. - -Y él, incrédulo siempre. ¿Es que aquella opinión era de las cosas -que se caen de su peso? ¡Triste cargo de conciencia, sin comerlo ni -beberlo, como se suele decir! Tal golpe me faltaba para llevarme al -último grado de la confusión y del trastorno físico y moral. Con -verdadero terror hallé en mi estado no sé qué semejanza con el de -Raimundo en sus días de crisis. El furor imaginativo era síntoma de -mi desorden como del suyo, porque últimamente dí en la flor de forjar -historias como las de él, y aún más extravagantes y pueriles todavía. -Cáusame cierta vergüenza el tener que confesarme del pecado infantil -de suponer lances que jamás pasan en la vida, y que ni aun en la -literatura se ven ya, como no sea en romances de ciego, en aleluyas ó -en algún inocente libraco de los que leen las porteras en sus ratos -de ocio. Figurábame ser príncipe disfrazado que salvaba á una joven -desconocida. La joven me tomaba por pastor, y yo me volvía loco de -amores por ella. Otras veces era ella mi salvadora asistiéndome en -una grave enfermedad, y adiós disfraces y tapujos... Cuando la chica -descubría que yo era príncipe, se le caían las alas del corazón -pensando que no me había de casar con ella. Mucho lloro, pataleo y -sofoquinas. Yo le guardaba la gran sorpresa para el final; y cuando -se enteraba la pobre de que habría casorio, me quería comer á besos. -Excuso decir que la tal soñada mujer mía era Camila. Y tras esta -historia, la misma empezada por segunda y tercera vez, ó bien otra -nueva tan tonta, ridícula y disparatada como la anterior. - -No puedo comparar mi espíritu sino á una cuerda muy estirada y vibrante -que al menor choque ó rozamiento respondía con ecos intensos, ó bien -con un son repentino que hacía saltar mi sér todo cual si estuviera -montado sobre muelles. Para producir estas vibraciones en mí, no eran -necesarias causas mayores. Cualquier incidente sin importancia, la -vista de un objeto que no tenía maldita relación con mi estado, un -libro, una estampa, un árbol, el semblante de cualquier transeunte, -el oir una frase dicha al lado mío, heríanme y pulsábanme haciéndome -sonar. Era una sacudida que me producía brevísimo rapto de júbilo, -y en seguida sensación de tristeza, harto más larga y de variable -intensidad, según los casos. - -No me hice cargo de mi semejanza con Raimundo hasta un día que me -tropecé con él en la calle de Alcalá, y me dijo, paseando juntos: - ---Anoche me acosté pensando que me había casado... mujer ideal, cosa -rica... Imaginar un día de bodas con todos sus incidentes, es cosa -que le doy yo á cualquiera... Pues nada, que me lo creí. No pienses: -todo era un delirar casto y platónico, la cosa más ideal que puedes -figurarte. El relieve que las cosas tomaban en mi mente era tal, que -llegué á coger miedo y encendí la luz. Porque en la obscuridad veía -yo á mi novia como te estoy viendo ahora á tí. Era una criatura tan -sumamente superfirolítica y angelical, que la idea sólo de poner las -manos en ella me parecía una profanación. - -¡Y yo que imaginaba algo semejante! - ---Dí --le pregunté--, ¿cómo estás del reblandecimiento? - ---Muy mal, chico, muy mal. Me parece que ya no escapo. ¿Por qué lo -decías? ¿Acaso tú?... - ---Pudiera ser. - ---Prueba á ejercitarte en el _triple trapecio_... Es la mejor manera de -conocer... - ---¿Cómo es ese triquitraque que tú dices?... - -Me lo espetó dos ó tres veces, tropezando mucho; y fuí tan necio que -puse atención en aquella carraca, y cuando me quedé solo en casa -la repetí para observar si los músculos de la lengua me anunciaban -desquiciamientos de mi sistema nervioso. Aquel día me inspiró tanta -lástima Raimundo, pintóme con tintas tan fúnebres la situación -angustiosa de su erario, sin pedirme nada explícitamente, que le dí -una limosna. En mi furor imaginativo, llegué á figurarme que besaba el -billete como los chiquillos mendigos besan el ochavo que se les arroja. -Fuése contento y muy mejorado. - -A casa de Camila subía yo muy poco. Habíame propuesto no asediarla más, -y aguardar circunstancias que me fueran favorables. Alentaba yo la -secreta convicción de que el día menos pensado todo había de variar; -de que ocurriría una de esas repentinas vueltas del destino que nos -sorprenden y nos dan hecho lo que poco antes nos pareciera imposible. -Este presentimiento no se me quitaba de la cabeza. «Esperar, esperar ---me decía--. En tanto, la Providencia ó Satán trabajarán secretamente -en favor mío.» - -Una mañana recibí en caja facturada en gran velocidad un regalo de -mis amigas las Pastoras. Era una obra de arte, acuarela como de tres -cuartas de ancho por dos de alto, pintada por _Mary_ y dedicada á mí. -Representaba un remanso, un molinito, sauces, chimenea humeante, y creo -que había también unos niños y algún corderillo ó dos. La cosa, ignoro -por qué resultaba de una moralidad edificante. Yo no sé cómo era; pero -de allí se desprendía que debemos ser buenos. «Corro á enseñarle estas -papas», dije; y cargando yo mismo la lámina, subí. - -La propia Camila me abrió la puerta. Estaba sola. Había despedido á la -criada, y se veía en el caso de tener que hacer ella misma la comida. -Otro quizás no la hubiera encontrado bella en aquella facha; pero á -mí me pareció encantadora, ideal. Tenía puesta una falda vieja y el -delantal blanco y azul; pañuelo liado á la cabeza á estilo vizcaíno; -las mangas arremangadas; el cuerpo con chambra no muy justa; sin corsé, -porque el calor y la agitación del trabajo no se lo permitían; el seno -bien tapadito, pero acusándose en toda la redondez gallarda de su -sólida arquitectura. Tal figura se completaba con el calzado, que era -un par de botas viejas de Constantino. - ---Mira qué patas tan elegantes tengo --me dijo adelantando un pie--. -Como hoy estoy de faena, me pongo estas lanchas para no estropear mis -botas ni ensuciar mis zapatillas. - -En el pasillo vimos el cuadro, pero á escape, porque ella no podía -ausentarse de la cocina. - ---Una de dos --me dijo--, ó te _recopilas_ ó vienes para acá. No puedo -recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas -patatitas, no creas que me he de oponer. - -Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el fondo -hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que estaba -á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes vasares -no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y Sevres, -sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel picado con -figuras de toreros. - - -IV - -No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza, -diciendo: - ---Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías! - -Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el -agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al -compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su -cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con -palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como -si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear, -como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella, -llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero, -todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente -que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué -lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa. -Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras -fueron éstas: - ---Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero? - -Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó -á retirarme. - ---¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea! -déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo. - -Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una -puntera, se puso en jarras y me dijo: - ---Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome -así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los -sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de -bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide... -y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á -tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te -habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú -estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un -libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya -usted noramala... ¡Que te estés quieto! - -Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á -expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía. - ---Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que -estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño -por tí... --exclamé defendiéndome como podía de las tenazas--. Ya que -no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también -que me entusiasmas, porque eres la mujer sublime, la mujer grande, -Camililla. Mereces ser puesta en los altares; mereces que se te eche -incienso, que los hombres se den golpes de pecho delante de tí, borrica -del Cielo, con toda el alma y toda la sal de Dios. - -Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas -desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con -ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la -abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que -nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que -encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que -hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que -llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos. - -Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre -la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando -guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta. -Después me miró. - ---¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi -idolatrado Cacaseno. - -Y variando súbitamente de tono: - ---Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le doy -sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy á -contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla que le -regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... en fin, -que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro reloj, y -Constantino se desvivía por tener un _remontoir_ bonito, ligero... -Yo le decía que más adelante; pero él no tenía paciencia, ¡pobrecito! -Todos los días me traía un cuento. «Camila, hoy los he visto á doce -duros, muy lindos, en los _Diamantes Americanos_...» «¿Pero, hijo, y -dónde están los doce duros?» Pues nos poníamos á juntar, peseta por -aquí, dos perros por allá. Yo le quitaba á él, y él me quitaba á mí, -y poco á poco se iba reuniendo el dinero. Yo soy siempre la cajera. -«Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» «¡No me marees, ya se completará!...» -Por fin le digo un día: «Ya pasa de diez duros; la semana que entra -te compro el _remontoir_.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego -con él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana: -«Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy -indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más -remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no -había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete -por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.» -Él refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa -el enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no -se acuerda del dichoso _remontoir_ sino cuando saca la cebolla para -ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo entre tanto, ¿qué -crees que he hecho? He salido por la tarde, y más pronto que la vista, -me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me lo traigo á casa, y -mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con el viejo, diciéndole: -«Hijo, no tienes más remedio que apencar con tu patata.» Cenamos, nos -acostamos. Yo no sé cómo aguantar la risa, porque he cogido el reloj, -y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. Apenas -recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien la -cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y -le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo -callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué -anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me -pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido -la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo -ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas... -¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y... -«Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su -sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á -apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana. - -Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no podía reir -con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía dispuesta una -nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo: - ---Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando -tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le -da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro. -No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos -príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene -dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua -plateada. Me costó seiscientos veinte reales, y lo tengo escondido -para que no lo vea. ¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he -inventado. Pongo en el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres -ó cuatro sillas unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio, -la cual cuerda pasa por un agujerito de la puerta, y va á parar á la -cabecera de nuestra cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la -luz. De repente tiro de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito. -Yo me pongo á gritar: ¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un -demonio, enciende luz... ¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger -el revólver, y yo digo: «Ahí, ahí, en el gabinete están.» - ---Pero no veo la sorpresa. - ---Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del -picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio -que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él -comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después -gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas: -él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar -cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido; -pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga -la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto -no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada, -y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te -callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.» -Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo, -de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato... - -No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela -á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el -contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido -de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo -innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en -poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me -pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me -dió momentáneo poder. - ---¡Quiéreme ó te mato --le dije con desazón epiléptica, fuera de mí, -atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes -suyas me cayeran delante de la cara--; quiéreme ó te mato! Que todo no -sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú nada... - -Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa -se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura, -templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo -se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me -faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de -los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior, -que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella -sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla. -Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como -argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba -como á un cordero! - ---¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no -tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No -sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan -fulastres como tú... perdido. - -La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias, -aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en -la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por -primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La -ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres -palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento -una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me -sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco -fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté. -Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco... - ---¡Ay --exclamé--, si me mataras á zapatazos como se mata una -cucaracha, qué favor me harías!... - -La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada -gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y -se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista -cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa -le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de -haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me -llevaba las manos á la cara. - ---¿Qué tal, escuece? --me dijo--. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo -las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro: vuelve por otra. Así, -así: quiero que lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido. - -Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un -ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí. -Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y -un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía -curándome. - ---No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han sacado -todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á atreverte -conmigo? ¿Te das por vencido? - ---No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco, saliendo á -gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he conocido... - ---¡Claro!... como que me van á poner en la _Biblia_... ¡Ea! se acabaron -las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. Tengo mucho -que hacer y no estoy para espantajos. - ---No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al menos... - ---¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar -la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de -gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más; -no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el -terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he -sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que -me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar -hasta el techo. - ---Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier -disparate... - ---¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto... - -Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de -Pascua á cierto ruido en la escalera. - ---Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los -escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que -cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la -vida alegre... - -Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la oficina. -Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos fuertemente -estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las beatas, -echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace muchos -milagros. El burro entró en la cocina. - ---Hola, chico, ¿tú por aquí? - ---¿Qué me traes? --le dijo Camila. - ---Nada más que estos jacintos. - ---¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto. -Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba -ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima -el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes -de lo que hablábamos ahora?... - -Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á decir?» -pensé yo; y ella dijo: - ---¿Quién será? - -Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación: - ---¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí? - -No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada se -acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y fuera -de la palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado -arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta -sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado, -serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí ---pensé--, trae hoy alguna historia... Me las guillo.» - -A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala gana -y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor con -Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando. - ---¿Qué hay de nuevo? --preguntó el manchego á su cuñada. - ---¿Qué ha de haber? Que son ciertos los toros... --replicó mirándole -con sorna. - -Después se puso á decir chuscadas, que aparentemente no tenían malicia. -Creí que me había equivocado y que Eloísa no llevaba el escándalo en -su intención. No obstante, parecióme notar cierto dejo irónico en -su alegría. Pero como pasaba tiempo sin que la conversación tomara -mal sesgo, dije para mí: «Vaya, es manía. No hay nada de lo que -sospechaba.» Poco después, despedíme de todos y me retiré. - - -V - -Pero en la soledad de mi gabinete, paseándome de un ángulo á otro, con -las manos en los bolsillos, la cabeza sobre el pecho, no podía apartar -de mí la idea de que en el tercero pasaba ó iba á pasar algo... - -Y como mi espíritu, adiestrado en el imaginar, no se paraba en barras, -ved aquí las historias que me forjé en menos tiempo del que empleo en -contarlas: «María Juana es la que ha echado á volar la especie de que -yo tengo relaciones con Camila. Ella ha sido: me lo dice el corazón. -Lo ha hecho por espíritu de hipocresía, por evitar que se sospeche -de ella. Tal vez lo crea, en cuyo caso... Pero no, ¡qué disparate -digo! Esto es un delirio; María no es capaz... Lo que hay es que se -ha corrido esa voz, como se corren otras muchas, y Eloísa... ¡Ah! -ya sé quién ha llevado el cuento á Eloísa. Ha sido Manolo Trujillo, -ese bendito ciego... Y la prójima se ha puesto fuera de sí, ha -sentido celos... ¡celos de hermana, que son los peores! Pero quiá... -imposible... Subiré á cerciorarme... No, no subo: allá se entiendan. -Si no fuera por Camila, me importaría poco que la prójima armara -cuantos escándalos quisiera... ¿Subiré? No, no subo. Tal vez sea todo -figuración mía.» - -Mi inquietud creció de tal modo, que creí oir voces que se transmitían -por el patio. Escuché... nada. Llamé á mi criado y le dije: - ---Mira, Ramón, te vas al cuarto tercero y dices que me he dejado allí -un cuadro... Ya sabes, el que trajeron de la estación esta mañana en -esa caja. Te lo bajas... Oye, oye: de paso observa si ocurre algo en la -casa... Anda, anda. - -A poco volvió Ramón, y me dijo: - ---Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil diablos. - ---¿Qué dices? - ---Lo que oye. La señorita Camila y la señorita Eloísa están hablando -como rabaneras, y el señorito Constantino también hipa por su lado. No -he podido traer el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale -que te dale á las lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del -patio se oye. La vecindad está escandalizada. - -Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto ó -gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado -una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar -mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de -aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla -echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era -esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que -evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi -intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar -también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto. - -La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte campanillazo -anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en mi gabinete en -un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer en un sillón, -como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á causa de la -ira y de la prisa con que había bajado. - -Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un fuelle. -Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se condensara -en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían de punta. Viendo -que á ella todo se le volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho con -las manos, me planté delante y le dije: - ---Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?... - ---Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado -mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á -esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me -fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó... -es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí, -queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que -me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico. - ---No entiendo una palabra de lo que estás hablando --le dije -abanicándola con el papel--. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre -Camila, que es un ángel? - -Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un -arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española, -y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza. -No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando -como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma -reventó así: - ---¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero -con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que -tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué -serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería -más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas... -Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora que has tenido buen gusto... -Vas bajando, bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas -le dije... cómo la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el -furor me cegaba, por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque -me duela; pero á mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele -horriblemente... No te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah! -Camila te conviene porque es barata... Y como nos hace el papel de la -niña honradita, y á todos engaña con la comedia de estar enamorada de -su pollino... como si esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas -tan farsantes has echado al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada -mi hermana, la hermana que más quiero, la que tengo metida en mi -corazón!... ¡Y que me haya puesto en el caso de decirle las perrerías, -las atrocidades que le he dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada -soy!... - -Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se -resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas -que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible -una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije: - ---Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te cegó. -Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana por el -escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; porque -sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que Camila es -tan querida mía como del Papa. - -Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de piedad -que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y echando -lumbre por los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y -me echó esta rociada: - ---No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo me -mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace -tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha -encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada -podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no -me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he -vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he -calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para -que vea aquella cornamenta que llega al techo... - -Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi prudencia, -porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba procaz, de -esta manera: - ---Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te -defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el -colmo... de la amistad, de la... - -Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con pensadora -atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi chimenea. Era -el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la vista de -aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á cosas y -sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo. - ---Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo, -asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les -das algún filtro... - -Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud -acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á -aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y -con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije: - ---Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque ni -es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un -miserable. - ---Pues yo lo digo --gritó ella con brío. - ---Pues aplícate el cuento. - ---Explícame eso, hombre... Da razones. - ---No doy razones --exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que -el fulgor y el estallido de mi rabia--; ni tengo que añadir una palabra -más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones -en la calle. - ---No me da la gana. Se va usted á donde quiera --vociferó ronca, -mugiente--. ¿Me echarás tú? - ---Lo vas á ver --dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y -llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte. - -En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que -estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.» - -Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de haberlo -dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí la puerta -de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la puerta, -haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera unido á -aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La idea de mi -brutalidad vino al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para -adentro. La campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más -fuerte que todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad -juntas. Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las -manos. Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí -otra vez: - ---¡Tío, más que tío, canalla! - ---¿Abro? --me dijo Ramón alarmado. - -No supe qué determinar. - ---Abre, sí --respondí al fin--. Peor es que dé un escándalo en la -escalera. - ---La señorita María Juana --añadió mi criado-- ha subido hace un rato. - ---Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de -una vez. - -Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos -y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento. - ---Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala -también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no -pase... Allá se las componga. - -Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía -síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho. - ---Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo -trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa. - ---La señorita tiene abajo su coche. - ---Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos -los que suben y bajan. - -Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía ser -menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y desapacible -sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se han dicho y de -las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de la sala espié yo -los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta lo que pensaba. La -ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte palpándose y oprimiéndose -el pecho como si el corazón se le hubiera salido de su sitio y quisiera -ponérselo donde debe estar. Vaciló entre pasar á la sala y marcharse; -pero se decidió al fin por esto. ¡Qué alivio noté cuando la sentí -bajar, apoyándose en el barandal y mirando mucho los pasos que daba! -«La lección ha sido un poco fuerte --pensé--; pero es preciso, es -preciso...» - -¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo de -saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La oía -sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio, -hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es -María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la -convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era -ella, no podía ser otra. - -Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, qué -mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel Angel -para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se enfadan -y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio de aquel -rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería producir... -Por poco suelto la risa. - ---¿Qué hay? --le pregunté afectando calma. - ---¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un -zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu -temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible -curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza, -y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de -lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras -más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí -como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero -tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida. -Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo -veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído -á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su -inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un -alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde, -hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de -pudor, de dignidad, de cristianismo... - -Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su -hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame tan -irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando por -lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más que -Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal que -ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había cogido á -la prójima, diciendo con la ronquera de mi ira: - ---¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de estupideces? -¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque no puedo -aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu hermana? - -Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que se dejó -llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos trágicos, -muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y cerré de -golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. Con decoro -aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy sabia y muy -prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, haciéndose -la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si encontraría. -Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera ella la razón -desterrada y yo el error triunfante... - ---¡Ramón! - ---¿Qué, señor? - ---Te nombro mastín --dije delirando--: ponte en la puerta, y al primer -Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas. - -Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis -enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi -gabinete, y me dijo muy apurado: - ---Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro? - ---Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta. -Que entre; veremos por dónde tira. - -Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si -me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato. - ---¡Hola! ¿qué hay? --le pregunté, resuelto á afrontar la situación, -cualquiera que fuese. - -Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente -las palabras con que debía empezar. - ---Tú traes algo --le dije--. Vomita esa bilis... franqueza, amigo. -Luego me tocará hablar á mí. - -Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su -mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas: - ---Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que -mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que -me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me -dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus -hermanas... - ---No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco. - ---Porque yo vengo aquí --gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y -manoteando fuerte--, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya -sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó -yo te la rompo á tí. - -Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? tampoco. -Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y justicieras; -y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me pareció un -disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me sacudiera -á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno que él, me -puse á gritar: - ---Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, ó -que me lo rompas tú á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me -carga en el mundo... para que lo sepas. - ---Pues cuanto más pronto, mejor --gritó él haciéndome el duo con furia -igual á la mía. - ---Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos -ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y -á la suerte. - ---Como quieras. - ---Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno que -dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, es -la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque te tengo -ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has ofendido. -¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? ¿Lo ves, lo -ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las suelas de tus -botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que esto habría -sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, tú, tú me lo -has de pagar. - - - - -XXIV - -Las liquidaciones de Mayo y Junio. - - -I - -No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas -sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato -pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino -se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él -estuviera presente. - -Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me -conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de -las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras -peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no -faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio -una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos. -Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo -aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase -el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante. -Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el -señor de Medina, y que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde -á informarse de mi salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía -más grata para mí? Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me -divertían. Vais á saber dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes -horas. - -Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que estaba -también allí mi zapatero, le dije: - ---Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida. - -Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el maestro, -con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran finísimas, de -charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso casualmente sobre -una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me apartaban de ellas. -¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, y era que no teniendo -huellas de uso, carecían de la impresión de la persona. Pero hablaban -bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil cositas elocuentes y -cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, durante aquellos -fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, una junto á otra, -haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas hacia mí, como si -fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las cogió una mañana -para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con viveza: - ---Deja eso ahí... - -El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. Porque -Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre mis -propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado por -loco ó tonto. - -Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu la injusticia y -brutalidad de mi conducta con mis dos primas mayores el día de la -jarana. Cierto que debí apresurarme á desvanecer el error en que -estaban con respecto á la pobre borriquita, cuya culpa no tenía -realidad más que en la grosera intención de las otras. ¿Y cómo -convencerlas de la inocencia de Camila? ¿Cómo hacerles comprender que -tanto la una como la otra debían besar la tierra que la borriquita -pisaba y confesarse inferiores á ella? Eloísa y María Juana tenían -cierto interés moral en no creerme, porque la idea de que su hermana -les aventajara en conducta debía herirlas muy en lo vivo. «No me -creerán, no me creerán --era el pensamiento que me atormentaba--. -Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque convenciéndose se -acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que perdonar para que -se las perdone.» - -Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había -que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si -Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar. -Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y -á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal -propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban -apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas -al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó -Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la -sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso -en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa -de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que -después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que -le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones, -porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el -mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa -de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles -parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y -algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había -bonitísimas: un _Carnaval en Roma_, de Enrique Mélida; un hermoso país -de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto -vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza -y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que -hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que -Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre -ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que -la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy -por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones -posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del -Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer. - -Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos. -Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada -de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por -ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina -afabilidad del insigne _ordinario_. Sus prevenciones contra mí se -habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi -pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de -otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel -día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos -juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se -alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena. - ---Si el alza sigue acentuándose --me dijo--, y yo creo que seguirá, -porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que -saldremos muy bien usted y yo. - -Y variando de tono y asunto: - ---Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena -de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los -negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de -la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han -salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil -para trabajar. - -Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que -me manifestó poco después, y que á la letra copio: - ---Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las -pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más -que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre, -un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su -zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra -que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de -la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo -que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre -calumnia: por ahí se sale... - ---Pues sí que lo es --exclamé, sin poder contener la indignación que me -salió á la cara--. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona -tan recta como usted se haga eco de ella. - -Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser -la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para -sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las -intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las -malas, que no hay después quien las separe. - ---Es usted una mala persona --me dijo al fin sonriendo--; pero para que -vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más -pronto que pueda las Obligaciones de Osuna. - -Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado -propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras -personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no -se nos interponía el guarda-cantón de carne de _No Cabe Más_, advertí -cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había -perdonado mis brutalidades del día famoso. - ---Para que comprendas lo irritado que estaba --le dije--, y puedas -explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría -hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila, -esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta, -tan clara como la luz. - -La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á -entender que esperaba las pruebas. - ---¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que -hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en -que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas. - -No pude decir más, porque _Partiendo del Principio_ se nos vino encima. - -Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la -acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana. - ---¡Yo! --exclamó, poniéndose pálida--. ¿Me crees capaz...? Si han sido -tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y -luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las -cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá -que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis -sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera... - -¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero -no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón -en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la -verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en -la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba -bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la -insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa -esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran -confusión. - -Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me -hizo esta pregunta: - ---¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con -respecto á Camila? - -Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la afirmación. -Mentira tan gorda hizo en la _ordinaria_ un efecto contraproducente, y -tratándome con tanta lástima como desdén, me dijo: - ---Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son -Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios. - -Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos de -lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba dentro con -esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil de contener. -Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, ardiendo en -apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de _pe_ á _pa_... En -mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. Todavía -me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver aún -las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora -patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto, -angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco, -me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas -hace muchos días, como si fueran su retrato», ví que la sabia luchaba -entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de -través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas! - ---¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna, -habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido? - -Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y soltó una carcajada -que me heló la sangre. Todavía estoy oyendo aquel _ja, ja, ja_, que -continuó con ella hasta la habitación inmediata, pues iba ya en -retirada. Volvió para decirme desde la puerta: - ---Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que se -cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como -los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada. -Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...! -Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo -como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á -las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen -acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado... -¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las -mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras -veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué -expresarte lo despreciable que eres. - -Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me senté, -agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis manos -la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni ella se -iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan abrumado -estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío infernal de -contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba la salida. -Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba las falsas, -habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir. Era, como -ella dijo, despreciable y monstruoso. - -Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos -dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo -no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo -que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la -sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca -la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí -más ternura que rigor: - ---Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo -merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios -y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita, -infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien -que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí -mismo. - -Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y oyéndolas -como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho. Así se lo -manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco adormecida. - ---No llevarás tu maldad --prosiguió, pasándome la mano por la cabeza-- -hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para -salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo -y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo -aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses, -pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación. - -Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre á -cuento, se me figuraba á mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de -ópera, pues todos los libretos están fundados en el _quid_ de salvar el -tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de _salvarmi non potrai_... ó -_corro á salvarti_. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en -las salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu -de fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa. - -La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de -amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un -pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á -masticarlo! ¡Pobrecita! - - -II - -Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa, -observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel -tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado -como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de -espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en -este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de -asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque -nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que -se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones -nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos -productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la -edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de -pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y -lo expresaba de una manera gráfica diciendo: - ---El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la -absorción de las ideas que nadan en la atmósfera. - -Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo -y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas -del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba -yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer -alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa -con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no -correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba -ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver -un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos. - -Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo: - ---La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico -parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha -vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la -inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se -discuten y se temen. - -Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como -un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar -varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba, -haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser -alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice -caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa -que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos -dijimos adiós. - -¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la -travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y -había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del -propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe -tenía gracia. - -Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni -á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa. -Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la -finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi -amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras -me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en -poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme -su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar -regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan -retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á -ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles y -alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en las -mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las alcobas; -gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría á una -soberbia estufa, sostenida sobre pilares de hierro en el patio grande; -la cocina era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían -de París unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era -casa; lo demás... basura. - -Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los -Miquis le habían pedido uno de los terceros. - ---Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos -pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra -parte. - -En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté: - ---Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos. - ---Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo -blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su -armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa? - -Y rompió en una risa estúpida. - ---No sea usted grosero --le dije sin disimular la cólera, y decidido á -pegarle. - -Recogió velas al momento, diciendo: - ---No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y -que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre -las creo. - ---Pues cree usted mil desatinos. - ---Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo. - -No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de -romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos -con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á -pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho -este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la -mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían -recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente -ó á que me despidiesen. - -Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero -ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo: - ---No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo -que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero -no puedo vivir sin vosotros. - -Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro -pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del -gabinete, diciendo: - ---¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía... - ---Vengo á pediros excusas... --les dije, turbado como no lo estuve -en mi vida--. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo -consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de -balde. - -Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir -con ironía: - ---Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere -hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A -dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!... - ---Este señor y yo --repliqué sentándome y buscando el sendero de las -bromas para salir de aquella situación-- tenemos concertado un lance. -Déjanos á nosotros, que nos entenderemos. - ---¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se -bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público... -Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la -cabeza. - ---¿Es verdad esto, Constantino? - ---Es verdad --replicó él con su sincera honradez. - -La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que -tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con -susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía -ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de -aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les -dije: - ---Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con -vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré. - ---No queremos amistades --aseguró Miquis con brutal energía. - ---¿Pues qué queréis? - ---Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera. - -Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de su -ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué -cobardía... - ---Eso, eso --clamó mi prima con fiereza--. Que se plante de la puerta -afuera. - ---¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila? - ---Yo la primera. - ---Usted no puede ser nunca mi amigo --declaró el manchego, como se dice -una frase aprendida--, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me -pida perdón... - -Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de -la frase. Ella se la había enseñado. - ---¡Qué atrocidades dices! --exclamé con afán. - ---Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas. - ---¿Y si lo hiciera...? - ---Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi -amigo para poner varas á mi mujer. - ---Bien, bien --gritó Camila, dando palmadas. - -Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio -de la esposa maestra un mérito mayor. - ---¿De modo que no os dais á partido? - ---Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me -parece que hablo castellano. - ---¡Y tan castellano! - ---Nada, hombre, que te quites de en medio --decía la ingrata, -señalándome la puerta--. Que aquí estás de más. - -Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible, -porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y -adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz. -Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí -mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de -un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y -marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula -y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo -bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí -acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en -momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas; -vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y -con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y -escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las -puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí, -me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las -plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta -negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi -rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media -voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no -podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!» - - -III - -Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados -instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame -yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel -día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras -que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran -razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos -en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento -y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria; -olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras -que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del -pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame -un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas -de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin -poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había -financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada -pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las -barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en -un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por -la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos -que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el -más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces, -ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la -compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi -casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por -las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de -ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse -en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert. - -Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan -ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas -por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para -consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban -profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para -Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal, -que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado -la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis -solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el -genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su -marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes. - ---Constantino es un inocentón macizo --me dijo Miquis--; no tiene idea -del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era -ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A -golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su -propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios -que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia. -Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero -fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos -ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones -radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias -tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no -es superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto: -¿no es ésta la moral de los tiempos en que los hombres supieron hacer -cosas grandes, que no se hacen ahora?... Usted era antes para él el -mejor de los amigos; ahora es una víbora, un animal venenoso. Mi -hermano no transige: su tosquedad le mantiene un tanto alejado de la -región de las ideas, y me alegro, porque si se le antojara tenerlas -políticas, sería ó el socialista más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo -procuro traerle á los términos medios; pero es inútil. Es que no sabe, -no puede; su inteligencia no percibe sino lo gordo, lo elemental, la -pepita nativa de las ideas. Sus sentimientos son lo mismo: siente mucho -y fuerte, como los niños y los poetas primitivos. - -Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila -no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una -pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin -castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo -no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba -disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué -la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto -seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo -varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto -cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor. - -Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para -estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por los -medios más adecuados, haciéndome acompañar de un buen revólver. En -cuanto le viera venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas -en el cuerpo, y á vivir. - -Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó en -la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? Por -María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera mi -inquilino. - ---¡Qué delicados están los tiempos! --dije--. ¿Y por qué no se muda de -una vez? - -Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á -Julio. «Pues si tan largo me lo fías --pensé, metiendo el revólver en -un cajón de la mesa--, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y -no volví á sacarlo. - -También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre ellos -les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos desaires -las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, tratándose de -invitarla á una comida, que no quería prójimas en su casa... Por -consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de nubes los cielos -de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba á ratos, sola ó -delante de Constantino, y á éste le entraban tales furores de venganza, -que Camila se violentaba por restablecer la paz. Eran sin duda menos -felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían algo más de la -malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las amarguras de la -sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de buenas á primeras -se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. Creyeron que el -mundo era esencialmente bueno, y de pronto salíamos con la patochada -de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas -entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que -andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras, -y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir -ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y -despótico imperio de la opinión. - -Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad -cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi -pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me -preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada. -Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria -de su finca _las Mezquitillas_, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo -lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil -dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa -pronunciaba los sacramentales _doy_ y _tomo_, sin saber ni lo que daba -ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador, -y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido -favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en -combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas, -porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar -considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en -otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los -aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué? De nada -me servía ya el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía -hijos ni herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero -el perder, que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que -indiferente. - -Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la memoria -padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en nieblas, la -palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado Raimundo para -ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un día. No sé pintar -lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los esfuerzos que hice -para traer á mi mente aquellas palabras que se me habían ido, como -pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que llamar á Raimundo -y rogarle que me lo repitiera. - ---¿Qué, hombre?... - ---La matraca, hijo; la recetita aquélla del _triple trapecio_. - -Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera -á olvidar. - -Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi correo -con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. Gran -violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una de las -Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no había más -remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había presentado -ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy buen interés, -el dinero que habían depositado en mí para que yo lo incorporara á mis -negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una responsabilidad -más, y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría -á su orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á -mi cargo desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás -de la Calzada se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo. -Me pareció muy bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles -extracto de la cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los -añadiera á la suma por que se había de hacer el giro. - -A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había -entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme -cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros, -le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo -mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi -vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome -con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes -nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más -desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba, -ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas, -y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con -manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él -en aquella evolución postrera. Estaba _suspendido_ todo el día, y no se -atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él. -A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los -italianos de _santi boniti barati_, y creía ser llevado por la calle -en el borde de una tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en -marcha, y él quieto, siempre en la orilla de la tabla, inclinado para -caerse y sin caerse nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas -veces; pero otras le reñía, enfadándose de verle dominado por una -tontuna tan contraria á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de -mi tío nada secreto para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació -todo, sintiendo no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y -atormentador era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco -que él tenía para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen -interés y devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había -logrado arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto. - ---Aquí me tienes --añadió á lágrima viva--, en el fin de mi vida, -expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir -un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de -haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho -Madrid éste!... - -Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse del -asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que nadie -nos oía, me dijo con voz cautelosa: - ---Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la jornada -nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no me ha -ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba -yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y -conforme me veía apretando, saltaba ella á los dos mil. De este modo, -¿qué quieres que resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan -á uno sus yernos poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde -han ido á parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los -teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y -desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de -mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el -_quid_. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación que nos -lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como -económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no nos falte -el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito -para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos -de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las llamen -_elegantes y distinguidas_, y aquí paro de contar, porque no acabaría. - - -IV - -Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento -algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en -mal hora abiertos portillos se le iban las _efes_, las _zetas_ y otras -letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación. -Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería coger -al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación. Hechas las -confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en barras mi lacrimoso -tío. - ---¿La ves, la ves? --me dijo aplicando sus labios á mi oído, á -punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy -emperejilada--. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si -se _llevan_ ó no se _llevan_ tales cosas... Ya te llevaría yo derecha, -si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué -me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus -tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces _dandy_, y te -lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi -sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de -bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por -negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla... -¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero -y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar, -sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado -á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no -ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella -continúa tan topo como siempre. - -Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos -habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía -de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados -ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que -esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras -personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar -pestes de su matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre -Pilar. Además de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún -más desgraciado que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo -decir, entre paréntesis, que los principios morales de mi tío eran -harto endebles, y bastábame esto para comprender las consecuencias -dolorosas de su falta de carácter y para hallar justificadísimas las -desventuras de que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero -vislumbre de indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija. -Esto sólo nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar -la pintura, hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella -enervación moral que habían sido los contornos más expresivos de su -carácter durante una larga vida matrimonial y matritense. - -Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre, -por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de -los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas -del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos tan -chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De esta -compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas caídas -que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él contara me -tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca para verle -reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos de paseo, á -ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer vivísimo en -la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes labios. -Enlazados nuestros brazos, porque mi buen tío tembliqueaba un poco -y yo no estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles -principales, ó bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para -meternos en él cuando nos cansáramos. Por las noches nos metíamos -en los teatros de funciones por horas, porque los dramas y comedias -serias nos apestaban. Lo que don Rafael se divertía con las piezas -cómicas no es para contado. Reía á carcajadas, y los chistes menos -agudos le hacían impresión atroz. Sus sensaciones eran completamente -infantiles; sentía como los seres que empiezan á vivir. Noté una noche -que á mí también me hacían gracia los sainetes, pero mucha gracia, y -que me daban ganas de alborotar como un chico. «¡Si estaré yo tan lelo -como este pobre hombre!» me decía. Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y -me metía en mi casa, entrábame una tristeza tal, que hacía proyectos -absurdos de aislamiento y hasta de suicidio. - -En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y desde -aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente fuimos -los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un regimiento -al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con encantadora -ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante de las -cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. No paraban -aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los tres en los puestos -del Prado á beber un vaso de agua con anises, y cuando en cualquier -calle pasábamos por junto á una obra en que estuvieran subiendo un -sillar, nos deteníamos y no abandonábamos el plantón hasta ver la -piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y -nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como -particulares. - -Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en -la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león. -Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por -arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores -que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los -_tres tristes triunviros trogloditas_ de la cencerrada de Raimundo. -Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín -_guipaba_ á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado, -avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros. - ---¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me echó? - -Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista. - ---¡Buen par de pillos sois! --decía mi tío Rafael, dejándose llevar, -renqueando--; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del -Diablo... No perdona casada ni doncella... - -Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos -á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con -más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los -incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más -que _guipar_ á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la -Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que -el Marqués de Flandes se había declarado también huído. - ---¿A qué me vienes á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!... - -Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. No -era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con su -homónimo _Lagartijo_, no oía lo que en el palco se hablaba. - ---Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la -cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra -otra vez en las uñas de los _ingleses_, y me temo que de esta vez me -la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de -nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros -antipáticos... - -Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á -Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era -un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué, -pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito -de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad -con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien -probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole -y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía -_darwinista_, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego -nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal, -pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más -soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección, -hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas no -acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos niños, y nos -fuimos á un _restaurant_, donde estuvimos hasta la hora de irnos á -Lara. Mi tío Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano -también tenía sueño; pero con aquello del _guipar_ se despabilaba... - ---Nada, nada --les dije, al fin de la pieza--: un huevecito y á la cama. - - -V - -Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho -tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes. -Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal -y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una -mañana, me dijo: - ---Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos -admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una -_pipa_ en Flandes, como dice Barragán. - -Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación -del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El -Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en -59,75, con tendencias á ponerse en 60. _Partiendo del Principio_ -aseguraba que _le veía_ en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia -con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30 -se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin -resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra. -Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando al -lucero del alba, echando el brazo por encima del hombro á sus amigos -de éste y el otro corro. El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente -se secreteaban. Este había hecho con Torres una gran jugada, de la que -resultó que habiendo quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo -tenía que abonarle, por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo -perdía con el mismo Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres -me había de dar á mí doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo -había tenido entre mis uñas desde que andaba en aquellos trotes. - -El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde me -encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto -misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les -oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal -Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego, -nuestro agente. - ---¿Quién liquida por Torres? --gritó Llorente con todo el registro de -su gruesa voz. - -Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por -más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó. -Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había -mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación. - ---Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes --aseguró al cabo--. Lo -tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de reales, -y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para prepararse. - -Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de -Torres y que había observado allí algo de tapujo. El criado no quiso -abrirle, diciendo por el ventanillo que su señor había salido. Por fin -abrieron, y la señora tampoco estaba en casa. - ---Es raro --observó Cristóbal pensativo--, porque en ocasiones -semejantes Gonzalete ha sabido dar la cara y pedir las prórrogas con la -frente alta. - -Acordéme de que mi operación no había sido publicada (era la primera -que hacía en estas condiciones de informalidad), y me corrió un poco de -frío por el espinazo. Mis distracciones, mis chocheces, la exaltación -enfermiza de mis pensamientos amorosos, tenían la culpa de aquel lance. -«Esto sólo le pasa á un anémico», fué lo primero que se me ocurrió. -Pero aún esperaba una solución feliz, pues si en asuntos del corazón -dominaba en mí el más negro pesimismo, en negocios era cada vez más -optimista y todo lo veía transparente y rosado. Tranquilicé á Medina; -pero él no las tenía todas consigo. - -Y por fin saliste de la serie tenebrosa del tiempo, día 2 de Julio, -el más horrible y ceñudo de los días nacidos, á pesar de decorarte -con toda la gala de la luz y cielo de Madrid. Me acuerdo que fué uno -de esos días en que esta Corte parece que despide centellas de sus -techos, de sus agudos pararrayos, de las regadas berroqueñas de su -suelo, de los faroles de sus calles, de las vitrinas de sus tiendas, -y de los siempre alegres ojos de sus habitantes. Salí de mañana á dar -una vuelta por el Retiro y á ver el vigoroso claro-obscuro de aquellos -árboles cuyo verde intenso parece que azulea, á mirar este cielo que -de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme en aquella placidez -matutina, oyendo los toques de misa, que suenan como altercado aéreo -entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo á las devotas -madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una mano y en -otra las violetas ó rosas que han comprado en la puerta; atendiendo -al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes. Cuando -regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que son la más -bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan á Madrid la animación -de una tertulia ó baile de cursis, en que todo es bulla, confianza, -ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que falten tactos -atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque de las esquilas -eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos atruenan; el -ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros mil perfiles -característicos de un pueblo en que toda la semana es domingo, eran -para mí la expresión externa del vivir al día y de esa bendita -ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea verdadera. - -Y en aquel caso el mañana era para mí de importancia grandísima. A -pesar de los pesares, no estaba yo muy inquieto y confiaba en que -liquidaríamos pronto sin dificultad. Habíame sentado tan bien el paseo, -que hasta apetito tenía, cosa muy rara en mí. Pero cuando entré en mi -casa, ¡Dios mío lo que me esperaba! Era María Juana, desconcertada, -impaciente. Encontrémela en mi gabinete, y desde que la ví, entróme -un miedo que no sé definir. Echóme los brazos al cuello, y me apretó -mucho. Sus labios estaban secos, su frente parecía una placa de bruñido -marfil, su voz temblaba al decirme: - ---Me vas á probar ahora que eres valiente. - ---¿Y cómo? --le pregunté sin serlo, pues se me abatieron los ánimos. - ---Soportando la mala noticia que te voy á dar. No he querido que lo -supieras por otro conducto... Quería yo darte esta prueba de amistad, -y que me vieras compartiendo tu desgracia... Aún hay esperanzas; aún -puede ser... - ---Dímelo de una vez... No me mates á fuego lento. Ese... - ---Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo -escrito: _Torres_... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid. - -Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía natural. -Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente perdida. - ---Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas... - ---¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí. ¿En -qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él -espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos. - -Al oir esta palabra fatídica, _pleito_, fué cuando me sentí realmente -acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro por delante -de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en la frente, y -se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran consuelo. - ---Hay que llevarlo con paciencia --dije besándole la mano--. Estas son -las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el -amor es muy mal negociante. - ---Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto --dijo -ella interesándose vivamente por mí--. ¿Cuánto das tú por diferencias? - ---Unos ciento cuarenta mil duros. - ---¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí? - ---Espelúznate... ¡Doscientos mil! - -Después que estas dos cifras vibraron en el aire, hubo un largo y -lúgubre silencio, durante el cual las cifras parecían seguir vibrando. -¡Oh, Dios! todas mis aritméticas habían venido á parar en aquel -cataclismo... y los números ¡ay! eran el alfanje que me segaba el -cuello. - -María Juana, compadecida, no quería dejarme entregado á la -desesperación, y acompañando sus palabras de entrañables caricias, me -dijo: - ---Ahora vendrás conmigo... no quiero dejarte solo. Cristóbal te espera; -él me mandó que viniera á darte la noticia, y que te llevara á casa -para acordar entre los dos lo que debéis hacer. También irá Cecilio -Llorente, que coge el cielo con las manos. - ---¿Pero estás tú segura de que Torres ha desaparecido, ó es -suposición...? - ---¡Ah! hijo mío, sobre ese particular no tengas duda. La pobre Paca ha -estado en casa llorando como una Magdalena. ¡Infeliz mujer! Gonzalete -escribió una carta en que dice que no puede pagar. Sólo ha dejado unas -pocas _Cubas_, un talonario del Banco y lo que había en la casa... - ---No le dejaremos ni una astilla... - ---¡Oh! --exclamó María sin poder evitar que una chispa de júbilo -cruzara por su rostro--, lo que es ahora el espejo biselado irá _pian -pianino_ caminito de mi sala... Vámonos, vámonos; serénate, y se -procurará que el mal, ya que no pueda evitarse, sea la menor cantidad -de mal posible. La vida humana tiene estas caídas; pero también ofrece -grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy pesimista; creo en -las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo por una sombra. -¿Existiría si no existiera luz? - -Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión. En -aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una lluvia -importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy bien -vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin -paraguas. - - -VI - -Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en -mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo -puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas -desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible -discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba -Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones -publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se -presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la -mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en -bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á -la honradez de Samaniego que se tenía por indudable. - -Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera que al día siguiente -vendería mis obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose -pasmados y con la boca abierta. - ---¿Pero no vendió usted sus Osunas? --gritó Medina persignándose--. -Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias. - -Volví á sentir el frío aquél por el espinazo. - ---Pero usted está ido, amigo mío --observó Llorente--; permítame que se -lo diga. - ---Esta es la más negra --murmuró Medina, rascándose la oreja--. ¿Pero -no le dije á usted?... - ---Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada. - ---Perdone usted... - ---Hombre, que no. - ---¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en -mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le -encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano -Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un -momento las Osunas... corren malos vientos.» - -En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había -dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro -como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de -mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa. - ---¿Pero qué hay con las Osunas?... --pregunté ansioso. - ---Ahí es nada: un bajón horrible. - ---Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería. - ---Mañana las darán á 30, y será lo mismo. - ---¿Pero qué hay? - ---Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana -la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se -empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted -esta semana al escritorio de Trujillo? - ---No. - ---¿Ni al Bolsín? - ---Tampoco. - ---¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil? - ---Tampoco. - ---Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido -de su vida? - -Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en la -Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y -por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El -maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un -berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación -poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí, -deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia, -para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana -salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada: - ---Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos -vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías... -Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras -cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza? - ---No sé... déjame... creo que estoy loco. - ---¿Pero no lo recuerdas? - ---Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí me -sucede!... - -Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la -mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza, -miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella -noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama, -vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora -nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los -encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á -dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación -de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el -piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué -atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por -poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á -que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito -calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré -juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado -y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me -entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre, -con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre -amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi -alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo -hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en -el mundo. - -Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo á hacer la liquidación de -mi fortuna, paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis -nueve millones de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las -ganancias de Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco -más. Pero luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por -fin, la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de -un truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por -mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba, -esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de -Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de -narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50, -y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo -quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de -Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi -amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos. - -Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los ojos, -mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó en acudir -á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con aspereza. -Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. Pintéle -mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí -conminándole de este modo: - ---Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido -imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil -duros que te presté sobre las _Mezquitillas_. Pero búscame y facilítame -lo que puedas en esta semana. Echando mano de cuanto tengo disponible, -no me basta para saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras -de Tomás de la Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los -quince días. Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto -me puedes dar? - ---Nada --replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse. - ---¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de -juego. ¿No me ves con el agua al cuello? - ---A mí me llega á la coronilla --díjome con la misma pachorra, -señalando lo más alto de su cabeza. - ---¿No tienes quien te preste? - ---¡Yo! --exclamó con el acento que se da á lo inverosímil--. ¡Yo quien -me preste!... - ---Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la -camisa. - ---La tengo empeñada --replicóme con cierto estoicismo de buena sombra. - ---Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos. - ---Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de -Villamejor. - ---Pues vende las _Mezquitillas_... Véndelas. Yo necesito mi dinero. - ---Estás turulato. Tratamos por cinco años. - ---Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este -atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra. - ---Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No -pienses por ahora en eso. - ---Pues tú verás lo que tienes que hacer --chillé exaltándome--. Es -forzoso que vengas en mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir -doce, quince, diez y ocho mil duros? - -Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y -echarle á puntapiés. - ---Pero ven acá, perdido, ladrón --le dije cogiéndole por las solapas--. -¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es -que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces? - -Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy -natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de -mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra, -encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de -su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los -hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la -causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la -_señora_, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas -las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose -dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué _señora_ aquélla! Su -colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes -sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla -y Jerez, y su participación en la mina _Excelsa_ de Linares. Para que -se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su -ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía -la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía -que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba -dinero, poníase tan pesado que su mujer se veía en el caso de pedir -billetes á Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos -con mozas del partido en el _Cielo de Andalucía_. - ---¿Pero es posible --le dije clamando como si tuviera en mí la -autoridad de la religión y la justicia--, que hayas sido tan -imbécil...? ¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín? - ---¡Y tú me predicas... tú!... --objetó echándose á reir. - ---Hombre --repliqué algo desconcertado--, yo he hecho tonterías... pero -no tantas... - ---Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he salvado -y tú no. - ---¿Qué quieres decir? - ---Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he tropezado -con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú... - -No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla. - ---No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las _Mezquitillas_. -Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro... - ---¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica. - -Echóse á reir y me dijo: - ---Es un secreto. No me hagas preguntas. - ---Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo? - ---¿Y qué remedio tiene?... --me dijo alzando los hombros y riéndose -tanto, tanto, que yo también me reí un poco. - ---La verdad es --observé con sinceridad que me salía de lo mejor del -alma--, la verdad es que somos unos grandes majaderos. - ---Lo somos tanto --afirmó él entusiasmándose-- que nos debían vestir -con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos -á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los -bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres -el que no quiere abrir los ojos. - - -VII - -Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, para -ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que me buscase -dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, dándome algunos -detalles que me lo probaron bien. La complicación de sus trampas y la -menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo el _Saca-mantecas_ -podía ponérsele en parangón por aquel importante concepto. - ---Con decirte --me susurró al oído con cierta vergüenza-- que estoy -dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto... -cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién -creerás? Tu primo Raimundo. - -No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi -situación. - ---Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no -me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los -tribunales. - ---Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota. - ---Que la busque... - ---Ese es otro que tal... También la _señora_... - ---Más bien _las_... Ese las tiene por gruesas... - -Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para -todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por -cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes, -incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban -pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes. -Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar -unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que -tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los -compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros. -Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo -herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular, -odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como -un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me -habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres -se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los -demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban! -Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame -el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta -para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré -en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con -grosería, y eché á correr diciendo: - ---Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz. - -Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo -le puse en la calle, gritando: - ---Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí -ni á ninguno de tu pícara casta. - -A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de -Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el -mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían -caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir -del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo -Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento -se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para -darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy -hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije: - ---Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva, -donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme -delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres -divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu -conocimiento y satisfacción... - -Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia -él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan -solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor de -vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo que -quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por las -escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este negro -vacío en mi alma y este afán de que alguien me quiera.» - -Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber por -qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! no -me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa -ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de -creer? Lo intentaría al menos. - -Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no -tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus -amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al -pasillo, y oí su voz enérgica que dijo: - ---Cierre usted la puerta. - -La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué haría? -¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media vuelta; -pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta y me entró -un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó simplemente -brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en semejante -estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de pedir -hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La -ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi -cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los -labios á la rejilla y me puse á dar voces: - ---Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me -queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño? -¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y -sois... cualquier cosa. - -Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi -demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro -giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido. -Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre, -porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes. - ---Camila --grité--, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida... -Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te -pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él, -burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos... - -Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, notando -en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba haciendo. -Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, me la mojé. -La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, donde la -pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al mismo tiempo -que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... ¡Oh, Dios -mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y también -las risas del bruto... - -Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la escalera, -creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos adelante; el -barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, y ¡brum!... me -desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de toda la espiral -de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de vida. - - - - -XXV - -Nabucodonosor. - - -I - -Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo -tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que -estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta -el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron -el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió -á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en -cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego, -me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba -muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas, -mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda -la noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala -cara... Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de -recobrada eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me -quedaba por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos -de la muerte, en que tantas horas estuve, revolcándome en tenebroso -espasmo, del cual apenas quedaban vagas sensaciones musculares cuando -desperté. Lo primero que hice fué moverme, quiero decir, intentarlo. -De este reconocimiento resultó un fenómeno que al pronto no me hizo -impresión; pero que poco después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto. -Yo no podía mover las extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay, -Dios! estaba como muerto. Ramón debió leer en mi rostro la congoja -de los esfuerzos que hacía, y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que -me dejara. Quería seguir en reposo para pensar en aquel fenómeno -tristísimo. A mi mente vino una idea, con ella una palabra. Sí, me lo -dije en griego para mayor claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea -de la justicia, que rara vez deja de abrirse paso en nuestras crisis -para alumbrarnos la conciencia, apareció muy luego: «Bien ganada me la -tengo.» - -Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia -física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la -sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no -sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con -toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise -hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban -pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban el -entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida tal -vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije sino -¡_mah, mah, mah_! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que resolví -enmudecer. Me daba vergüenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la -mitad de lo que fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que -echarse á cuestas á la izquierda cadáver, y por añadidura pensar como -un hombre y expresarse como los animales, es cosa bien triste...! - -Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas -cuando oyó mi espeluznante _mah, mah, mah_, no le fué posible fingir -tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á -la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de -Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba... -Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces -tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me -atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado. -Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas -tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa -erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa -presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me -martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la -fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres... -Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la -carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré -hasta por la mañana. - -Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no saber -quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche, en -fila delante de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de -aquellos letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto -en alguna parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior -de mi cama, grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo -arriba, los brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á -un balcón... La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que -brillaban en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que -hacen en la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra -que me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á -los ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella -buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza -observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy -acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y -aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en -un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran -ni cómo se llamaban. - -Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer -cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda -de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas -y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin -par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento -y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María Juana, -la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo. Pero tuve -espanto y vergüenza de que mis tres primas me oyeran. No, antes -reventar que darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico. -Eloísa fué la primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en -que las tres estaban cual aves posadas en una rama. - -Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas. -Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no -dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro -del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen -rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio -á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado -y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión -casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la -conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba, -y yo... mutis. «No oirás este _mu_ del buey herido, prenda de mi -corazón», pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí, -porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi -vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado. - - -II - -Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas (no -sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, y -él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron. -Camila vino hacia mí, dejando la costura, y me dijo: «¿Qué tal?» -En mi sensibilidad fuertemente perturbada hizo aquel _qué tal_ el -efecto de un intenso olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A -punto estuve de hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El -silencio había venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad -bastante para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé -pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que -fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero -y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por -la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué -culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades -más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta. -Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita, -entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy -grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun -venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á -los locos», pensé. - -Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome -al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos -dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un -apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted -pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz, -inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es -el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez -de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón. -Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal -oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre -la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole -tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la -tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me -estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué -no hablas?» me dijo al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano. -Dile á entender que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un -libro para que escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor», escribí, no -sin trabajo. Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te -curamos.» «Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las -tres me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por -quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un -garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel, -guardándose los pedazos. - -¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme -medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser -el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía -á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las -medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos -derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame -la estricnina. Pensé decirle por escrito que me diera de una vez -la morcilla, para hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta -miseria, rodeado de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo -valerme sin ajeno auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí -para allí, cargándome como á un leño, y haciendo conmigo lo que las -madres de más abnegación hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é -irresponsable. Admiraba yo la caridad de entrambos, y mayormente la de -Constantino, que no tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura -lástima de mí. Dios se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en -plena inmundicia, sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable -á nada. Era la conciencia física que me acusaba en aquella forma tan -grosera como expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido -gravemente, hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con -más gallardía cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese -valor de sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor -llamado bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro -sin duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba -también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les -deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal -moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría, -á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de -gracia. - -¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta -asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad y -de sus esfuerzos por buscar _postura_ bonita en su muladar! ¿Qué -discurriría yo para hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué -arbitrios de coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético -giro á mi situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul, -que referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é -inmunda no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había -torcido la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á -pedir un espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil -pegar la punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no -pudiera pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo -difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré -para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba! - -Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, donde -estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado me -vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de mantas -y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de esas -figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo -infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi -boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre. -Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos -hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba. - -Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido de -Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no -sé qué habría sido de mí, porque se constituyó en guardián de mis -intereses, y tomó muy á pechos todo lo concerniente á los negocios -míos, que habían quedado en suspenso el día de mi enfermedad. Él y -Medina llevaban adelante con la mayor energía la acción judicial contra -Torres y Samaniego. Ignorábase el paradero de Torres. El agente daba -la cara, ofreciéndose también como víctima, y se prestaba á remediar -el daño hasta donde alcanzaran sus fuerzas. Halléme en las peores -condiciones para alcanzar justicia, pues antes que yo habían de cobrar -los que, como Cristóbal, tenían la garantía legal de la publicación. -Severiano consiguió que el Juzgado embargase la casa de la Ronda; pero -he aquí que el contratista de la obra se echó encima de la finca, -probando que no se le había pagado más que uno de los plazos de la -construcción. En fin, que primero cobraría el contratista; después -Medina, y luego Llorente, yo y los demás, si algo quedaba. De todo esto -me informaba Severiano, atenuando lo desagradable, y dándome esperanzas -que yo no podía tener. Todo iba mal, muy mal para mí, como veréis por -lo que sigue. - -A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la -preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y -algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la _te_ y la -_erre_, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el -proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como la -educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á los -que me oyeran. Tal era mi estado, cuando Severiano vino á manifestarme -que las letras que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían -sido protestadas, y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de -resaca. Él hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que -las tenía; pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas, -y no tenía más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito -porvenir! --pensé--. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos -sobre mí: uno contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el -tercero contra mis arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder -mañana mismo para exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta -la última bota de vino.» - ---No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta -casa --me dijo Severiano--. Ten presente otra cosa, y es que el día 12 -te vencen las letras de Tomás de la Calzada. - -Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal -estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de -Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo? -¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando -quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía -yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras -de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de -ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora -de estas últimas era el _Crédito Lyonés_; y no teniendo amistad con -el gerente ni con ningún consejero de ella, no podía esperar que me -diesen la prórroga ó respiro que habría sido tal vez mi salvación. -En estos casos las determinaciones acudían pronto á mi mente, aun -hallándose, como se hallaba, enteramente desquiciada. - ---Vete corriendo á ver á Medina --dije á Severiano, parte por señas, -parte escribiendo y algo también con ladridos--. Es el único que -puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta -casa... - - -III - -Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha. -«¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina -estúpida!... --pensaba--. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que -cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?» -Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que -me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras -de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de -aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba -al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado -yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel -caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que á -las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de mí! -Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no será, -aunque tenga que vender la camisa. Aún puedo negociar los créditos -á mi favor, aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento. -Me quedaré sin un real y en situación de pedir limosna como esos -infelices lisiados que se arrastran por los caminos; pero las Pastoras -cobrarán... ¡pues no han de cobrar!...» - -Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome -la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán -los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días. -Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y -como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las -_Mezquitillas_... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de -su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona -formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han -puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar -consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás -á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz -señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás -á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre -la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos -reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán -con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu -padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en -la artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás -comer con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda -que se te ponga al pescuezo para que no te escapes; porque sábete -que vas á ser animal dañino que correrás tras las mujeres y los niños -para morderles... Y cortarán hojas verdes y frescas para ponértelas -en el lomo y defenderte de las moscas... Porque ellas, en su pobreza, -seguirán siendo las personas más cristianas del mundo, y vencerán su -asco para compadecerte, y se impondrán el sacrificio de mirarte, como -una penitencia de la falta enorme de haber confiado en tí.» - -Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo. -Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para -nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á -la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien -me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único -apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los -alimentos. - -Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme -una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor -con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto -imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero -que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no -comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho -cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía -siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en -él lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima -tan profunda se pintaba en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos -expresasen lo contrario de lo que se desprendía de aquella bestialidad -grosera, y no sé si lo pude conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían -expresar más que el estupor del idiota y los anhelos de una gula -repugnante. «Acuérdate, Camila --le decía yo con el pensamiento--, de -cómo te quiso este cerdo cuando era hombre.» - -No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara le -conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo ---me dijo--, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del -millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas -con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero -descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las -letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no -es tan perra como dicen.» - -Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que -palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió; -la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo, -dijo: - ---¿Se habrá puesto mala? - -Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme: - ---Camila está... vomitando. - -«Es que le he dado asco --pensé sintiendo un nudo horrible en mi -pecho--. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta -estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la -borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le -pregunté como pude lo que tenía, y no quiso contestar. Pero no debía -ser lo que yo me figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad; -y en un momento en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose -ambas manos á su esbeltísimo talle: - ---Es que estoy... - -Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar -inspiración, escribí: «¿Belisario?» - -Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su -rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del -sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me -alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que -era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses», sacando del -puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor. - -Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces. -Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el -placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por -esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me -faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la -mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque -desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía -con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la -bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella -chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido, -cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he -dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado -Petrarca era un sátiro ante Laura, y el espiritado _Quijote_ un -verdadero mico ante Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante -Camila. No cabía más pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme -aquí hecho un santo, de esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún -interés de la carne ni cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza -corporal que guarda los encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel -puerco de que os hablo no era todo escoria: yo reconocía en mí el -conjunto extraño de bestia y ángel que caracteriza á los niños; pero -nada de lo que constituye el hombre. - -Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo: - ---Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta -de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero -yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y -Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal -hablará mañana con los del _Crédito Lyonés_, encargándose de recoger -las letras protestadas. - -Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor era -completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima -prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones -posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento... -Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta mil -duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando otro -tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero pasar -de aquí érale punto menos que imposible. - ---No hay que soñar --añadió--, con que mi marido se corra más. Ya sabes -que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no -repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole -más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo -gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le -perdamos por querer hacerle mejor. - -Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar á -ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan -bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que -lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no -hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis -importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto -de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo -estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había -escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en -Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el -Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada. - -Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el espíritu -las dificultades para salir del compromiso de las letras, si algún -inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos lo pensara. -Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué aquella -noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su mujer, se -puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay! que mi -buen tío estaba en situación de que le pusieran niñera, y no servía -absolutamente para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande, -pues si disponía de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al -andar, y ya se había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba -como dormido y costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya -enteramente difusa, incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con -unas sandeces tan primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo -le miraba desde mi sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo -el mismo aspecto de niño bobo!... Debo de tenerlo.» - - -IV - -Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano infantil -podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular. -Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil -proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un -puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo, -don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo: - ---Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó -no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la -disposición de José María mil reales... ni más ni menos. - -Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de -sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches -iba un rato tan _trigonométricamente trastrocado_ como siempre, se -me sentaba al lado y empezaba á hacer chistes para distraerme. Pero -ocurría una cosa muy rara, y era que ya no me hacían gracia maldita las -ingeniosidades de aquel juglar de la frase. Sabíanme todas las suyas á -fiambre pasado, ó manjar sin sazón. Era un amaneramiento y un repetir -de fórmulas que se me sentaban en la boca del estómago. Yo no me reía -ni pizca, para que se marchase pronto y me dejara en paz. - -Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á -Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro -de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del -tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho, -inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos -siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije -nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos -con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró -en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y -pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me -contestó: - ---Nada, tonterías; no me acuerdo... - -Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero afán. - ---Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos ---me dijo--. Pasado mañana vencen las _Pastoriles_ letras. No te ocupes -de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas. -Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal. - -Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita y -prudente María Juana venir á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos, -en un lío de billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando -el don de estas palabras: - ---No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que te -hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á Medina, -y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir al -cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de -la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes -suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación -de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con -practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que -la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido. -Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me -hicieras un recibo... - -Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que -rechazó escandalizada. - ---Por ningún caso --me dijo--, y ni el reintegro de la suma aceptaría -si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si -algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte -de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de -lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras -cosillas. - -Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve -noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera -que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi -alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos! -Cuando Severiano me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi -sensibilidad lacrimal era muy grande, y á la menor emoción me corrían -ríos por la cara. Si esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de -debilidad nerviosa, lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía -un ovillo cuando Severiano me contó lo que á la letra copio: - ---Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu -socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin, -el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de -devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico. - ---¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... --exclamé -rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa--. Te juro que -van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del -naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no -admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma... - ---Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con su -_glóbulo_, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios, don -Isidro Barragán. - -Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso -admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el -lápiz y por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por -mí hacíanlo de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado -con mis malas intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi -situación lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de -mi ataque, cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado -con mi pesadez, que en un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en -la escalera. Cuando me sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro -pensaron que yo me moría aquella noche, y les acometió remordimiento -de conciencia y estuvieron muy intranquilos hasta el día siguiente. -Dios había querido que yo viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me -tenían se les disipó al verme como me veían. Camila y él hablaron de -perdonarme. Ambos lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de -este cristiano pensamiento. - ---Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga --había -dicho Camila con inocencia de niña de escuela--. No seamos más papistas -que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos -bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste -es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo -que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y -con su pan se lo coma. - -Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las más -cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo había -oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y de -socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel bruto -me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio, que le -dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría hecho con -su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos; serían mis -herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi fortuna. - - -V - -Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban con -las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto. «¿Pero -cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á Villalonga -unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco. ¿Y qué -hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que sigue: - ---No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad -está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro -salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima -Eloísa. - -La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte que, -valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la cama. Con -gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la resolución de -no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por calmarme. Ramón -y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como un muñeco, y allí -aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me echó Severiano. - ---Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con -escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle -la cara... Después pagarás y _pax Christi_... Cuando ví la cosa fea, -me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy afligida, pensando en tí, en -tu ruina corporal más que en tu pobreza, y me obsequió con la mar de -lágrimas y suspiros. «Venderé todo lo que tengo, por sacarle de su -compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que en la casa -ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de liquidación. -Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el día anterior y -otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me preguntó con aquella -vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si me buscaba diez mil -duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato al suelo, el ceño -fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando miradas de amor á -sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con rodeos?... ¿te lo -digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me trajo ayer los diez -mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín. - -Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No puedo -pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de la -prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda la -saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me -caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso -que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó -en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma -destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa, -Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que -formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos -por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal -Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una -vez: «Si me ponen en la alternativa de querer á todos los soldados de -un regimiento uno tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto -por lo primero.» Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo -tenía en su alma: puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones -de trapos y arte decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el -aborrecible, asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo: -si me hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como -sentí aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se -puede agradecer. - -Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles: - ---Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis mil -duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se -me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y -tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle -reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada -más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando -al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me -lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la -repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado... -Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere -interés. «No es préstamo --me dijo lo menos veinte veces--: es regalo, -es restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase -que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo. - -Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. Mi -conciencia se sublevaba; se me venían á la boca expresiones airadas -y terribles. Mi honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias -y asechanzas que le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en -mis acciones. Antes todos los males que aquel arrimo ó protección -indecorosa de una mujer que pagaba mis deudas con el dinero de sus -queridos. Creo que en aquel trance me expresé sin dificultad; al menos -yo dije á Severiano todo lo que quería decirle. - ---Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de -devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le -digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita. -Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira que -esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto de las -letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se pueda. -Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te lo -pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios nos -recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado del -mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por haber. - -En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras -conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba. - ---Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar, -no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo -que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo -el mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un -tajo á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya -hipotecada la casa... En cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que -traiga á los prenderos? Pues vendrán, y verás cómo no te dan arriba -de dos ó tres mil duros... por lo que vale siete ú ocho mil. No hay -solución por ese lado... Pero pues tú lo quieres, devolveré los diez -mil á Eloísa, con tal que te sosiegues, que no te excites... Mira que -te vas á poner peor. - -Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo -que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas -y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos. -Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando -verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve -muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo -decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba -el presagio de mi fin desgraciado. - -Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar al -despacho. - ---¿Qué has hecho? --le pregunté cuando volvió á mi lado. - ---¿Qué había de hacer? Pagar las letras --me respondió -mostrándomelas--. Aquí las tienes, con el _recibí_ de Lafitte... Y -no me preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para -boberías de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como -vienen, como resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos. -Todo lo demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las -regiones etéreas. - -Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna -opinión. Yo temblaba al pensar que Eloísa iría á verme como en -solicitud de mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto, -ocurrió este desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando -no había ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla, -mi conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo -hacer. Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre -él la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara -desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era. -Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por -ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues, -que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya; -y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de -mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con -ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á -dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería, -á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban, -transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que -tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que -saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de -hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay -más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro -muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no. - - -VI - ---A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me -dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido -que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy -amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una -charada. _La solución en el próximo número._ - -No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra, -no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo -claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme -á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz -que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz -atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de -capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco -de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el -no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras -sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero -hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia -Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me -asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila. - ---¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que -ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo -expresarte bien? - ---No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente -mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate. - ---De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con -admirable sentido. - -¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo -que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una -mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si -por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un -segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo -que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A -mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo: - ---Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se -evitaría? - ---No me ocurre ninguna. - ---¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á -tener Camila? - ---¡Claro, tu nene...! - -Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba. -Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos. - ---Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la -atrocidad que has dicho...? - -Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia -mayor! Yo me daba á los demonios. - ---Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba --aseguró mi amigo -con su calma habitual--. La otra noche, á eso de las doce, dormías, -y en sueños dijiste: ¡_Belisario... hijo mío_! y con una expresión -de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que -estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá -hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá. - ---¿De veras que pronuncié yo esas palabras? --dije, quedándome como -lelo--. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una -bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis -absurdos por verdades. - -No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso silencio. -Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos en defensa -de Camila, que al fin me parece quedó convencido. - -Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía -disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me -salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal -vez? ¿La frase suya de los _disparates pensados_ provenía de haberme -oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no -recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de -actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia -de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no -estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun -así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me -sentía hablar de noche, y á Severiano le dije: - ---Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna -barbaridad, pega. Es el animal que gruñe. - -Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas -misteriosas, obscuras y siempre veladas regiones del sueño; pero -despierto era yo la persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas -las virtudes, toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de -aquel cariño paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna -pasión. No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna -casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en -aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud, -debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza, -haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la -contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen -en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía -con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo -deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba -mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones -humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la -cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á -los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno -de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al -fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí, -infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que -llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo -de la familia humana las perniciosas semillas... - -No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban en -mis sanas ideas. Ambos estaban tan arrumbados físicamente como yo, -igualándome en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas -que decían en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo. -Eramos tres sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el _triple -trapecio_ de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca -famosa á Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo -como buenos amigos, el demonio me lleve. - - - - -XXVI - -Final. - - -I - -Ya es tiempo. Voy á concluir. - -La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en los -meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme, -pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida -y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la -proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar -del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó -cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que -tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación -completa. - -Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he -dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria, -quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres, -y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando primero -y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal primera de -la vida, me fué concedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo -á gatas hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los -seres que deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de -cobrar el barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano. -Resistíame á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto -insistió Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que -exponer mi lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas -ó quizás burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio -no es para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me -miraba, me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña -figura. Si no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo -herido del mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado -el cuerpo, la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro -encendido, la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto -necesitaba media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante, -me sentaron tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era -otro hombre, y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte -bastón. El espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la -imbecilidad, y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que -hice para componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal. - -Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y además, -¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y el estorbo -de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los comienzos de -Julio, dióme Severiano la solución de su charada. Yo había comprendido -que la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna -joven rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo -habría adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto. -Creo que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean -aquí que la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don -Isidro Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba -_familia reventativa_, y tendría por papás á _Partiendo del Principio_ -y _No Cabe Más_, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me -quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande -en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias, -la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba -tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras -herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y -buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como -me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla, -modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos -apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda -sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas -tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo -no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad -de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones, -añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes -de que yo me metiese á predicador. En cuanto á la desagradable -circunstancia de ingresar en la _familia reventativa_, Severiano -sostenía estóicamente que el sér humano tiene el don de acomodarse á -todo; es animal de costumbre que sabe atemperarse á los más extremados -y contrapuestos climas, á las civilizaciones más refinadas como á las -absolutamente negativas. _Partiendo de este principio_, no le sería -imposible ser yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto -esta parentela le había de ser menos grata que una camisa de fuerza, -poco á poco se iría _jaciendo_ y concluiría por encontrarse allí como -el pez en el agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe -que Victoria, de quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un -sobrino de Arnáiz. Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil -felicidades. - -Habiéndome quedado casi solo en Julio y Agosto, sin más compañía que -la de aquellos pedazos de mi corazón, Camila y Constantino, pensé en -continuar mis Memorias, interrumpidas en la parte de mi vida que, á -mi modo de ver, merecía más los honores de la narración. No me era -difícil escribir, pues mi mano derecha conservábase expedita; pero se -cansaba pronto, y los trazos no eran muy correctos. La inteligencia y -la memoria me ayudaban bien; púseme á la obra, y con lentitud proseguí -aquel trabajo. Pronto hube de valerme, para andar más á prisa, de un -amanuense que me depararon Dios y mi tía Pilar, hombre que me venía -como anillo al dedo para el caso. Llamábase José Ido del Sagrario, y -tenía una letra clara, hermosa, si bien un poco floreada y como con -tendencias á criar pelo por los infinitos rasgos que por arriba y -por abajo salían de los renglones. Pero era miel sobre hojuelas aquel -hombre, y con sólo mirarme adivinábame los pensamientos. Tal traza al -fin se daba, que contándole yo un caso en dos docenas de palabras, -lo ponía en escritura con tanta propiedad, exactitud y colorido, que -no lo hiciera mejor yo mismo, narrador y agente al propio tiempo de -los sucesos. Con ayuda de tal hombre, los diferentes lances de mi -ruina y mi enfermedad salieron _como una seda_. Decíame Ido que él -era del oficio; que si yo le dejara meter su cucharada, añadiría á -mi relato algunos perfiles y toques de maestro que él sabía dar muy -bien; pero no se lo permití. Por ningún caso introduciría yo en mis -Memorias invención alguna, ni aun siendo tan llamativa como todas las -que brotaban del fecundísimo cacumen de mi escribiente. Yo ponía mis -cinco sentidos en el manuscrito, temeroso siempre de que él se dejara -arrastrar de su desbocada fantasía, y puedo asegurar que nada hay aquí -que no sea escrupuloso traslado de la verdad. La única reforma que -consentí fué variar los nombres de todas las personas que menciono, -empezando por el mío; variación que realizamos con pena, pues me -gustaría llevar la sinceridad á sus últimos límites. - -Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad -é interés á las personas que buscan en la lectura entretenimiento y -emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el -principio me impuse, y fué contar llanamente mis prosáicas aventuras en -Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, sucesos que en nada se -diferencian de los que llenan y constituyen la vida de otros hombres, -y no aspirar á producir más efectos que los que la emisión fácil y -sincera de la verdad produce, sin propósito de mover el ánimo del -lector con rebuscados espantos, sorpresas y burladeros de pensamientos -y de frase, haciendo que las cosas parezcan de un modo y luego resulten -de otro. Y no me habría sido difícil, sobre todo contando con la -experta mano de mi inteligente pendolista, alterar la verdad dentro de -lo verosímil en beneficio del interés. Porque ¿qué cosa más hacedera -que suponer á Camila vencida de mis gracias personales, ó figurarla -al menos vacilante, fluctuando entre el deber y la pasión, jugando al -_hoy te quiero, mañana no_? ¿Pues qué diré de un buen golpe de escenas -en que mi borriquita se me entregara, y en el momento de la entrega se -me muriera en los brazos, sin saber por qué ni por qué no, quedando -así burlados mis apetitos... ó bien que Cacaseno y yo nos diéramos una -buena comida de sablazos ó espadazos en el llamado _campo del honor_ -y que yo le matase á él, enredándome después con su viuda, de lo que -resultaría pronto el hastío de ambos y una buena ración de dramáticos -remordimientos? En tal caso haríamos la moral de la fábula tirándonos -los platos á la cabeza; y luego vendría Eloísa, que de la noche á la -mañana se había vuelto virtuosa y estaba en camino de hacerse Magdalena -de pechos al aire y melenas largas, y nos echaba un sermón diciéndonos -que allí teníamos las resultas de nuestro crimen, que nos miráramos en -su espejo y pensáramos en arrepentirnos é irnos á un yermo á darnos de -zurriagazos, como pensaba hacer ella si el Señor le daba vida... Bien -quisiera, repito, que en este campo de la fresca verdad nacieran todas -estas hierbas, que son el forraje de que se apacientan los necios; pero -no puede ser, y lo escrito, escrito está. - - -II - -Con la inmensa dote que le llevó Esperancita, desempeñó Severiano su -propiedad inmueble, y me entregó religiosamente los ochenta mil duros -que le presté en Mayo con hipoteca de las _Mezquitillas_. De los Hijos -de Nefas y de los Hermanos Roldán logré, en virtud de un arreglo, la -mitad del valor de mis créditos, con lo cual pagué á Medina, á Eloísa, -á María Juana y otros picos. En el reparto de los despojos de Torres, -Medina no salió mal, y mi excelsa prima vió entrar por la puerta de su -casa el famoso espejo biselado. ¡En él se miraría!... A mí tocáronme -sólo unos diez y siete mil duros. Reuní, amasé y consolidé estos -míseros restos de mi fortuna, y con ellos y la casa quedóme un capital -limpio y sano de tres millones de reales, de los cuales, por testamento -que otorgué en Madrid en Septiembre de 1884 ante el notario don -Francisco Muñoz y Nones, serían únicos herederos Camila y Constantino. -Nombré albaceas á Severiano, á Trujillo, á Arnáiz y al general Morla, -y me quedé tranquilo, diciendo: «Gracias á Dios que he hecho una cosa -buena en mi vida.» - -Aún me bullían en la conciencia los escrúpulos de herir la delicadeza -de mis queridos amigos transmitiéndoles mis bienes. Consulté el caso -con la propia Camila, quien, con noble sinceridad, me dijo: - ---No hables de morirte; yo no quiero que te mueras. Pero si te -empeñas en ello y me nombras tu heredera, no haremos la gazmoñería -de rechazarlo por una papa ó calumnia de más ó de menos. Nuestra -conciencia está en paz. ¿Qué nos importa lo demás? Si algún estúpido -sin vergüenza cree que me dejas tu fortuna por haber sido tu querida, -Dios, tú y yo sabemos que me la dejas por haberme portado bien. - -Me entusiasmó. Le cogí la cara por la barba y le dí un beso, el primero -que le había dado en mi vida, tan casto y puro que no lo sería más si -hubiera sido ella mi nieta, es decir, dos veces hija. Y lo parecía. -Yo estaba viejo, caduco, sin vislumbres de nada varonil en mí; no -tenía en mi sér sino la discreción, la gravedad senil, y un desmedido -apetito de aplaudir sin tasa los actos de virtud. En esto iba cada día -más lejos, y á todo el que me parecía honrado y prudente en cualquier -respecto, le manifestaba mi admiración, le aplaudía y le alentaba con -aires patriarcales á seguir por aquel saludable camino, único que á la -Bienaventuranza eterna conduce. - -Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella en -meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas con -tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos mis -asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y mi -hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de menos; -pero tuve que resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que -me tuvo durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo -Ramón que la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato -pasé, temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme -daba derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par -hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía -de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino -bajó desalado á darme la noticia. - ---¿Conque ya tenemos á Belisario? --le dije, abrazándole, sin esperar á -que contara el caso. - ---Sí; pero no sabes lo mejor... - ---¿Qué? - ---Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance -concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.» - ---¿Otro? - ---Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan -mal genio como su hermano. - ---¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z... - - -III - -Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque, -cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había -deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos -bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á -la exactitud de los casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el -manuscrito, puesto ya en limpio y con los nombres bien disimulados, -á un amigo suyo y mío que se ocupa de estas cosas, y aun vive de -ellas, para que lo viese y examinara, disponiendo su publicación si -conceptuaba digno del público mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á -verme; hablamos; le invito á escribir la historia de _la Prójima_, de -la cual yo no he hecho más que el prólogo, á lo que me contesta que -aunque ya no le hace caso Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser -Duquesa, bien vale la pena de intentar lo que yo le propongo. De otras -muchas cosas hablamos, extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la -forma y manera de imprimir estas obscuras páginas. La primera condición -que pongo es que no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi -muerte, puede darse mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en -letras de molde, y así la publicación del libro será la fúnebre esquela -que vaya diciendo por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el -infelicísimo autor de estas confesiones habrá dejado de padecer. - - -FIN DE LA NOVELA - - -Madrid, Noviembre de 1884-Marzo de 1885. - - - - -ÍNDICE - - - Páginas. - - I.--Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi - tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y Camila. I-5 - - II.--Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas - particularidades acerca de la familia de mi tío y de las - cuatro paredes de Eloísa. I-35 - - III.--Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos. I-49 - - IV.--Debilidad. I-63 - - V.--Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre - Kitty. I-85 - - VI.--Las cuatro paredes de Eloísa. I-97 - - VII.--La comida en casa de Camila. I-111 - - VIII.--En que se aclaran cosas expuestas en el anterior. I-123 - - IX.--Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la - leyenda de las cuentas de vidrio. I-127 - - X.--Carrillo valía más que yo. I-145 - - XI.--Los jueves de Eloísa. I-155 - - XII.--Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor. I-209 - - XIII.--Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible. I-233 - - XIV.--Hielo. I-269 - - XV.--Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que - pasaron después. I-281 - - XVI.--De cómo al fin nos peleamos de verdad. II-5 - - XVII.--Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta - verdadera historia. II-19 - - XVIII.--De los diferentes procedimientos usados por los - madrileños para salir á veranear. II-37 - - XIX.--Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y - trapístico. -- Mala sombra de todos los idilios de cualquier - clase que sean. II-63 - - XX.--Doy cuenta de la agravación de mis males y del remedio - que les aplico. -- Gonzalo Torres. II-89 - - XXI.--Los lunes de María Juana. II-115 - - XXII.--Varias cosillas que no debo dejar en el tintero, y la - enfermedad de Eloísa. II-151 - - XXIII.--De la más ruidosa y desagradable trapisonda que en mi - vida ví. II-211 - - XXIV.--Las liquidaciones de Mayo y Junio. II-255 - - XXV.--Nabucodonosor. II-307 - - XXVI.--Final. II-341 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Lo prohibido (novela completa), by -Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) *** - -***** This file should be named 63412-0.txt or 63412-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/4/1/63412/ - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Lo prohibido (novela completa) - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: October 9, 2020 [EBook #63412] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 28em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-1">p. I-1</span></p> - <h1>LO PROHIBIDO</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-2">p. I-2</span>Es propiedad. Queda - hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares - que no lleven el sello del autor.</p> - </div> -</div> - - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-3">p. I-3</span></p> - <p class="fs120 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="ws1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs300 ws1 mt1">LO PROHIBIDO</p> - <p class="fs130 ws1 mt1">Novela completa.</p> - <hr class="tir" /> - <p class="fs110 mt1">13.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="fs110 lh150 g0 mt3"><b>MADRID</b></p> - <p class="lh150 g1 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p> - <p class="fs90 lh130 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p> - <p class="lh130 g1 ws1">Arenal, 11</p> - <p class="fs110">1906</p> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-4">p. I-4</span></p> - <p class="lh200 ws1 g0">EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO</p> - <p class="fs90 lh200 ws1 g0">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p> - <p class="fs90 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-5">p. I-5</span></p> - <p class="centra fs200">LO PROHIBIDO</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> - <p class="subh2h">Refiero mi aparición en Madrid, y hablo - largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y - Camila.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi -padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa -extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos -que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias, -y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don -Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo -me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar -un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el -hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su -vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando -quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menes<span -class="pagenum" id="Page_I-6">p. I-6</span>ter. Vivía el buen señor, quiero -decir, vivíamos en el barrio que se ha construído donde antes estuvo el -Pósito. El cuarto de mi tío era un principal de diez y ocho mil reales, -hermoso y alegre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé el -bajo, poco menos grande que el principal, pero sobradamente espacioso -para mí solo, y lo decoré con lujo y puse en él todas las comodidades á -que estaba acostumbrado. Mi fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con -exceso.</p> - -<p>Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente -al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de -González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las -nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente -mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las -personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas -plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y -aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á -las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para -todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé -después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que -nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á -saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á -dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba -en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de -riqueza y trabajo.</p> - -<p>Mi tío es un agente de negocios muy conocido<span class="pagenum" -id="Page_I-7">p. I-7</span> en Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos -de importancia en la Administración: fué primero cónsul; después -agregado de embajada; más tarde el matrimonio le obligó á fijarse en -la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, protegido y alentado por -Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su familia le estimularon -á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por las aventuras y -esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, rectitud, -actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á agenciar asuntos -diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes se felicitaba de -ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De ellos vivía, no -obstante, despertando los que dormían en los archivos, impulsando á -los que se estacionaban en las mesas, enderezando como podía el camino -de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades con -gente de éste y el otro partido, y la vara alta que tenía en todas -las dependencias del Estado. No había puerta cerrada para él. Podría -creerse que los porteros de los ministerios le debían el destino, pues -le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban las entradas -considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas épocas había -ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados expedientes -de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida honradez le -había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, su posición -debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. No carecía -de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco lisonjero -para un hombre que, después de trabajar tanto,<span class="pagenum" -id="Page_I-8">p. I-8</span> se acercaba al término de la vida y apenas -tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.</p> - -<p>Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre -como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba -toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación -anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el -fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente -ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito -y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase -vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus -relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos -con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios -que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el -cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el -momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo -distrayéndose del asunto, y en sonando el <i>pum</i>, llevábase un mediano -susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del -aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los -ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba. -No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos -de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco -lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz, -zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío <i>la -Verónica</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-9">p. I-9</span></p> - -<p>Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia -en Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á -mi instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia -y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi -padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo -febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de -Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no -tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino -de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un -chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas -demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial -de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada -en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este -descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual -si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un -desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con -una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas -¡ay, dolor! estaban ya casadas.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus -tres yernos con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro -pobre y vanidoso, el tercero una mala persona. De confiden<span -class="pagenum" id="Page_I-10">p. I-10</span>cia en confidencia llegó hasta -las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación -en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora -indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del -enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer -hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser -que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al -primer novio que les deparó la ilusión juvenil.</p> - -<p>No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo. -Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes -nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad. -Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una -perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo -principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en -presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso -melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso -que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo -semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no -pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á -pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas -me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo -menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta -razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este -flaco mío y otros, no dejaba que<span class="pagenum" id="Page_I_11">p. -I-11</span> llegase á mi presencia ni una mosca. Difícil era en Madrid -extremar la consigna. Ni valían estos rigores con mi tío, el cual, -atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi gabinete. Y era que -creía de buena fe llevarme en sus largos discursos la mejor medicina de -mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez de hablarme de cosas -que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera distinta de mi padecer, -estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle meter la cabeza -en él valientemente, como se corrige á los caballos espantadizos, -acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome primero en su -festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el cual, forzando -la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática constitutiva -en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto Miquis la noche -antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin entender una -jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié mi tío -Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un mal -de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el -herpetismo ó la tisis hereditaria.</p> - -<p>—Todos padecemos en mayor ó menor grado —me dijo amplificando mucho -la relación que voy á extractar—, los efectos de una imperfeccioncilla -nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros -Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido -individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento -y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, -chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, -bien manía más ó menos rara<span class="pagenum" id="Page_I-12">p. -I-12</span> que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño -en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que -tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele -decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las -altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos -hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas, -ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en -sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha -habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las -hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de -ellas.</p> - -<p>Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador -sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su -facundia con materiales de invención.</p> - -<p>—Usted hubiera sido un gran novelador —le dije; y él, acercándose -más á mí, prosiguió de este modo:</p> - -<p>—Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, -y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene -reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero -sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy -<i>célebres</i>. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. -Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor -se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda -haciendo de fantasma para asustar al pueblo.</p> - -<p>»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón -magnífico para él solo, quiero<span class="pagenum" id="Page_I-13">p. -I-13</span> decir, que ninguna otra persona de la familia se había de -enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al -lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y -así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos -cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos. -Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues -fué el primer galanteador de su tiempo.</p> - -<p>»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que -criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y -hacía libros con ellas.</p> - -<p>»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el -hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato -en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás -puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas -encontraba algún <i>incitativo melindre</i>, que dijo el otro. Cuando se -casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! -tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.</p> - -<p>»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el <i>Quijote</i> de memoria, -y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había -refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á -relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como -ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque -también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y -compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.</p> - -<p>»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir<span -class="pagenum" id="Page_I-14">p. I-14</span> á tus noticias. Javier -fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas -melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le -entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones. -Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio -que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro -años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una -aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que -unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer -paría siempre gemelos.</p> - -<p>»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad -mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. -Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el -puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero -repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena -familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero -de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le -acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades -varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del -54.</p> - -<p>»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria -que el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía -ver, y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con -Delgado, y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. -Es un sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí -mismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-15">p. I-15</span></p> - -<p>»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre -el más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer -alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y -su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la -cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió -por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera -ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa, -en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no -hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía -en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en -él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado -á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates -más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el -tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente -y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta -que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da -vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me -atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual -objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y -llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo -explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace -y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración -cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una -librería,<span class="pagenum" id="Page_I-16">p. I-16</span> acecha el -momento en que los dependientes están distraídos, agarra un libro, -se lo guarda en el bolsillo del <i>carrik</i>, y abur. En varias casas -ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner sobre los -muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, tapones de -botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en esto; que -no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé yo... mil -desatinos que no entiendo.</p> - -<p>Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, -puramente fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el -numen de los grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me -entretenía y agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía -yo que éstas se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores -referentes á dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame -que faltaba aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban -mi propio tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por -ventura se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir -llorando cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este -modo:</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>—Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán, -el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de -mi vida, el afán diario de los negocios, la apli<span class="pagenum" -id="Page_I-17">p. I-17</span>cación constante del espíritu á cosas reales, -me han preservado de graves desórdenes. Sin embargo, sin embargo, no ha -sido todo rosas. En ciertas ocasiones críticas, á raíz de un trabajo -excesivo ó de un disgusto, he sentido... así como si me suspendieran -en el aire. No lo entenderás, ni lo entiende nadie más que yo. Voy por -la calle, y se me figura que no veo el suelo por donde ando: pongo los -pies en el vacío... Al mismo tiempo experimento la ansiedad del que -busca una base sin encontrarla... Pero ando, ando, y aunque creo á cada -instante que me voy á caer, ello es que no me caigo. La <i>suspensión</i>, -como yo llamo á esto, me dura tres ó cuatro días, durante los cuales no -como ni duermo; luego pasa, y como si tal cosa.</p> - -<p>»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene -indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos -de relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que -habiendo tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica -para todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita -cosa ni supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un -pasmoso talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha -de flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la -casa. Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos -más altos de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con -un enfermo de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo -que le sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros -dentro de un cráneo no pueden fun<span class="pagenum" id="Page_I-18">p. -I-18</span>cionar sin estorbarse y producir un zipizape de todos los -demonios.</p> - -<p>»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia -tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se -extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en -opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión) -las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres -ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en -cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en -el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus -encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas. -¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias -y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le -entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de -cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede -vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único -que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño -entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su -voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse -la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se -casó, estos ataques son poco frecuentes.</p> - -<p>»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana -mayor. Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, -por la menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, -y en sus afectos no hay nun<span class="pagenum" id="Page_I-19">p. -I-19</span>ca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, que -no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa -con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto -cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía -trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer -alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio. -Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se -pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una -simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva -compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las -de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre -esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días -más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la -garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se -pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien -la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con -que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las -destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces -la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en -confianza) no merece tal joya.</p> - -<p>»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos -favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, -no la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos -mimado más de la cuenta y nos ha<span class="pagenum" id="Page_I-20">p. -I-20</span> salido mal educada. Parece una loca, parece más bien -casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran fondo de -rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo decir -que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal -dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas -extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal -gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad. -Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo -prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me -espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma -de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso -que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, -no encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese -bruto...</p> - -<p>Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por -la sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió -con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo -luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era, -según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes -físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en -limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste -habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija -única suya hubiera sido mi mujer.</p> - -<p>Fenómeno singular, que recomiendo á los mé<span class="pagenum" -id="Page_I-21">p. I-21</span>dicos para que se acuerden de él cuando les -caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío aquel prolijo -cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad que te aflige, -¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí aliviadísimo de -la parte que me correspondía por fuero de familia, y este alivio fué -creciendo en términos que un rato después me encontraba completamente -bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el viento.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba -animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la -misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María -Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas -á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su -madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre -cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras, -si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.</p> - -<p>Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una -belleza estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los -mármoles admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. -Desde que la conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo -va de escultura á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca -de mi agrado. Por aquellos días no había<span class="pagenum" -id="Page_I-22">p. I-22</span> empezado á engordar todavía, y así su -engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después. -Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud, -veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz -que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy -principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños -que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que -ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso; -que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos -de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió, -pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida -obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban -dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero -siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban -los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como -otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que -su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los -transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el -pintoresco traje de Astorga.</p> - -<p>Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos -una pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á -Madrid, y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han -tenido tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era<span -class="pagenum" id="Page_I-23">p. I-23</span> orden y método. Gastaban -mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su generosidad. Así -llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito de alambicar, -apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si era ésta ú otra -la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás desgobernada y -maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los que no tiran -el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué compañera -de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha trocado -su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte no ha -prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando que al -padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por <i>el ordinario -de Astorga</i>, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana <i>la -ordinaria de Medina</i>.</p> - -<p>En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco -para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más -valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos -éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna -bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas -ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un -tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales, -guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo -que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho -amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir, -que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno<span -class="pagenum" id="Page_I-24">p. I-24</span> atmosférico, porque las -hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento y en las ondas sonoras -que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si no hubiera tanto vago, -tanto noble arruinado que vive del juego, tanto abogadillo cesante -ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» Debo añadir que -María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en algún periódico, -ciertas menudencias de saber político, religioso y literario, que eran -la admiración mayor de todas las admiraciones que su marido tenía por -ella. El amor de Medina principiaba en ternura y acababa en veneración, -motivada sin duda por la superioridad de ella en todos los terrenos. -Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. ¿Cómo no tenerlas si -eran ricos, cuando hasta los más necesitados y humildes se codean aquí -con los poderosos, con tal que sepan envolver su miseria en el paño -negro de una levita?</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero -mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa -parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física -creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento, -piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve -por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien -que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta -inesperada del<span class="pagenum" id="Page_I-25">p. I-25</span> camino. -Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía ya en la mano y le había -hincado el diente.</p> - -<p>Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé -en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste -de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su -cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo -por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo -con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo -hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto -exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las -cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como -cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me -produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones -y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer -que Eloísa tenía siempre razón.</p> - -<p>La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la -apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida -que iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas -de su carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su -ropero y en una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas -de encajes, de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito -artístico. Al enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, -solía dejar entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no -tener objetos sobresalientes por la riqueza del material y el primor -de<span class="pagenum" id="Page_I-26">p. I-26</span> la obra. El «si yo -fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los labios -de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma la -atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación -tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos -hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las -acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la -virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso -por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado, -criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran -por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura -mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado -interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su -carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la -enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en -otro sér.</p> - -<p>Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al -despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado -á luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. -Yo también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño -leal y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad -alguna.</p> - -<p>El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata. -Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios -de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carri<span -class="pagenum" id="Page_I-27">p. I-27</span>llo (Carrillo de Albornoz) -había venido haciendo monos á mi primita desde que ella estaba en el -colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no formalmente, no -lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios más ó menos -entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo el programa -de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros y paseos. -Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la herencia de -su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, que era muy -anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de presunto -heredero de un título y de un capital le hizo interesante á los ojos de -mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido veinticuatro años. -Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un triste sueldo en el -ministerio de Estado; pero la esperanza de la herencia le daba alientos -para conllevar su vida obscura.</p> - -<p>Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas; -pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la -mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral, -debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables. -Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda -honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena -de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir, -aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer -esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la -Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine -May y á Macaulay, deseando sa<span class="pagenum" id="Page_I-28">p. -I-28</span>ciar en tan ricas fuentes su sed del conocimiento de un -sistema admirable, que entre nosotros es pura comedia. Su conversación -me declaraba un juicio claro, con pocas ideas propias, pero con -aprovechada asimilación de las ajenas.</p> - -<p>Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de -una de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este -mostraba simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la -humildad de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las -clases históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo, -aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo -verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo -el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que, -aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción, -siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen -Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en -morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría -cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había -podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.</p> - - -<h3>VI</h3> - -<p>Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que -la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en -la misma moneda. A veces parecía una chiquilla<span class="pagenum" -id="Page_I-29">p. I-29</span> sin pizca de juicio, á veces una mala mujer. -Serían tal vez inocentes sus desfachateces, pero no lo parecían, y el -parecer dicen que en achaque de moral no es menos importante que la -moral misma. Era una escandalosa, una mal educada, llena de mimos y -resabios. No debo ocultar que á veces me hacía reir, no sólo porque -tenía gracia, sino porque todo lo que sentía lo expresaba con la -sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor del espíritu, era -para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del otro pudor, venían -á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. No podré pintar el -asombro que me causó verla correr por los pasillos de su casa con el -más ligero vestido que es posible imaginar. Un día se llegó á mí en -paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo hablando de su marido -en los términos más irrespetuosos. A veces, después de correr tras las -criadas y hacer mil travesuras, impropias de una mujer casada, se ponía -á tocar el piano y á cantar canciones francesas y españolas, algunas -tan picantes, que, la verdad, yo hacía como que no las entendía. A lo -mejor, cuando parecía sosegada, se oía un gran estrépito. Estaba en -la cocina jugando con las criadas. Su mamá la reñía sin enfadarse, -consintiéndole todo, y aseguraba que era aquello pura inocencia y -desconocimiento absoluto del mal. Otras veces dábale por ponerse triste -y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á su marido, á sus padres -mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que no la queríamos, de -que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose al verla así, mandaba -preparar abundante ración<span class="pagenum" id="Page_I-30">p. -I-30</span> de tila. Eran los nervios, los pícaros nervios.</p> - -<p>Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la -casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa -de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente -la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos -y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como -las beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia -oirla.</p> - -<p>Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, -esbeltísima, vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de -que jamás un médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan -notable como aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia -y tostada, indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, -profundamente negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando -visitamos un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le -faltaba muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias -que nunca están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel -carácter, que era la negación de todo lo que constituye el encanto de -la mujer. La discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del -ánimo, el culto de las formas, éranle extraños. Considerábala como -la mayor calamidad de una familia, y al hombre condenado á cargar -semejante cruz, teníale por el más infeliz de los seres nacidos.</p> - -<p>El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, -llamado Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de -Augusto Miquis, médico de fama. Al tal le consideré, desde<span -class="pagenum" id="Page_I-31">p. I-31</span> que le ví, destituído de -todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que -pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía -ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le -daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera -existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían -de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme -su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta -del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi -tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al -oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué -encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino -era feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, -pendenciero, brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, -dudando mucho de que fuese un mérito, era su constitución, no menos -vigorosa que la de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos -los caprichos de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer -planchas gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo -que yo tenía de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, -llevábame á dar á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen -como adorno de la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y -gandules de circo sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar -razonablemente la inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño -humano, que á menudo va por sendas tan contrarias á las de la razón! -Contá<span class="pagenum" id="Page_I-32">p. I-32</span>ronme que mis tíos -se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el -resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que -los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar -al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:</p> - -<p>—Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste -de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para -distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?</p> - -<p>Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:</p> - -<p>—Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.</p> - -<p>Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían -tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba -yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y -modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; -otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, -gritando:</p> - -<p>—Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...</p> - -<p>Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban -pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco -decentes á mi ver.</p> - -<p>El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de -estar muy atrasado en su carrera.</p> - -<p>—Pero usted —le preguntaba yo—, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de -guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?</p> - -<p>Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el -sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar -una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del<span -class="pagenum" id="Page_I-33">p. I-33</span> ejército. Francamente, me -daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía -merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que -estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:</p> - -<p>—Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-35">p. I-35</span></p> - <h2 class="nobreak">II</h2> - <p class="subh2h">Indispensables noticias de mi fortuna, con - algunas particularidades acerca de la familia de mi tío y de las - cuatro paredes de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía -cuando me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos -conceptos y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino -para desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico -acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía -de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística -de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes, -Murgas y Urquijos de Madrid.</p> - -<p>Vais á ver lo que yo tenía.</p> - -<p>Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma, -celebré un convenio con los <i>Hijos de Nefas</i>, que se hicieron cargo de -todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando -además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta, -la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros<span class="pagenum" -id="Page_I-36">p. I-36</span> á mi favor, que los referidos <i>Hijos de -Nefas</i> se reservarían, puesto que yo entraba á formar parte de la casa -como socio comanditario.</p> - -<p>Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil -duros. Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á -diferentes casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que -iría recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en -letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera -cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.</p> - -<p>Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo -en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred -Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos -setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos -cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder -de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100, -con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de -reales.</p> - -<p>Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100 -Consolidado, <i>Ferros</i>, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al -portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros -efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre, -y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación -que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me -producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus -valores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-37">p. I-37</span></p> - -<p>Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había -comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á -fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital -efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios -créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían, -en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien -manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de -renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos, -especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar -con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto -de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado -siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones -en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen -llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio -optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase -de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo -lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho -más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente -buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas -de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no -quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron -pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la -familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor, -así por el parentesco<span class="pagenum" id="Page_I-38">p. I-38</span> -que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, como por el roce -constante de su marido con personas y personajes de todas las clases -sociales.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. -No pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á -escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera -una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación -simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía -sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del -motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila, -que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome -al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana, -Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria -sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero -el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras -razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres. -Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en -ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos -hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava -Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...» -«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran -revolucionarios<span class="pagenum" id="Page_I-39">p. I-39</span> porque -no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran nada porque no tenían -entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, menos fuerte que su -hermana en la polémica, se embarullaba, tenía rasgos de ira infantil, -concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho haber perdido la escena, -pues llegué cuando la tempestad había pasado, y sólo se oían truenos -lejanos. En el gabinete de la derecha de la sala, la pobre Eloísa daba -respiro á su corazón oprimido, diciendo entre sollozos:</p> - -<p>—Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para -ver patas arriba á tanto... idiota.</p> - -<p>En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una -silla, el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira -cogida con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien -formado pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la -nariz un poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á -usar por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los -pies inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar -la urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara -de una vez para siempre con los... me parece que dijo «los <i>mamalones</i> -que viven á costa del prójimo.»</p> - -<p>—Pero, señoras —dije yo interviniendo y pasando de un gabinete -á otro para ponerlas en paz—, ¿qué piropos son esos y qué furor de -revoluciones ha entrado en esta casa?...</p> - -<p>Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos -demagógicos, les dije:</p> - -<p>—Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en -Lhardy.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-40">p. I-40</span></p> - -<p>(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras -un velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)</p> - -<p>Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. -Otro día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió -á chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en -aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones -que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío, -al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos, -distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de -donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna, -como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas -altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por -ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más -bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba -ciegamente el partido de María Juana.</p> - -<p>—Un padre debe querer á sus hijos por igual —decía Camila aquel -día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel -alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces -la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba -leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú», -ó cosa por el estilo.</p> - -<p>Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas -enteras sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, -hermanas y yernos, en aparente concordia. Siempre habría<span -class="pagenum" id="Page_I-41">p. I-41</span> sido lo mismo si mis tíos -hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, una -estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una -excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los -criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se -cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un -palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el -día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en -sociedad con varios amigos tenía arrendado.</p> - -<p>Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa -paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos -domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas -preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como -se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus -hermanas para aprovecharlas mejor.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que -tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la -familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones -de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los -procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á -todos los de casa.</p> - -<p>A las inocentes brutalidades de aquel cacho<span class="pagenum" -id="Page_I-42">p. I-42</span>rro de hombre se les daba la importancia de -verdaderas acciones humanas. No hay para qué hablar de la fama que -tenía. Había corrido la voz de que era <i>un rollo de manteca</i>, y además -muy mala persona, es decir, que ya tenía sus malicias, y se valía -de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos los recién nacidos -gozan de esta opinión desde que respiran; todos son guapos, robustos -y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: feos, flácidos, -colorados, más torpes que los niños de los animales y siempre mucho -menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. Era un granuja. -A los dos meses ya protestaba contra las horas metódicas á que le daba -el pecho el ama, y quería atracarse sin orden ni tasa. Era, pues, un -gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses mostraba su desagrado -á algunas personas, y pataleaba cuando quería que le paseasen. Tenía -la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le ponían un reloj en -la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, ya sé lo que es -eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era realmente una -preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de Guzmán en la -figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y malicias que -indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había conciertos, -á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera de día, -le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la mía, -y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de -colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los -puños cerrados, que parecían<span class="pagenum" id="Page_I-43">p. -I-43</span> dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba con una sonata -de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis brazos y le -paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, objeto al -cual repetidas veces consagraba una atención profunda como de persona -inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las cosas -que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos se -tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa -estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura, -mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las -babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía -sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á -ser muy buenos amigos.»</p> - -<p>Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza -y consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba -los sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo -en las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me -gustaba vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus -agradables cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano -de aquel hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, -bastante lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los -maridos de mis primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran -necesarios en cierto grado á mi existencia.</p> - -<p>Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se -llevaba la mejor parte de mis<span class="pagenum" id="Page_I-44">p. -I-44</span> afectos. Solía consultarme sobre cosas de su exclusivo -interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme bien y -cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los muebles, -le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su gusto -supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba mi casa -con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba en las -tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París y -Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto -de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi -posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando -siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al -parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que -antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella -gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar, -yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.</p> - -<p>Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que -gozaba oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:</p> - -<p>—El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los -amigos de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le -acobardan mucho.</p> - -<p>Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de -vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa, -le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente -tener su casa, casa propia, <i>sus cuatro paredes</i>, para vivir solita -con su marido y con su<span class="pagenum" id="Page_I-45">p. I-45</span> -hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para este propósito tan -honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio y el producto de -unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran suficientes para -vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.</p> - -<p>—Oye lo que ocurre —me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa -para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras—. A ver qué -opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche -comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un -buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un -par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros -han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En -toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado -quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no -me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo -á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo -que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos -climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa -acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es -verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué -opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?</p> - -<p>Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen -juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena de -rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No:<span class="pagenum" -id="Page_I-46">p. I-46</span> Pepe no debía exponerse á los peligros de la -fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué sería de su pobrecita mujer, -sola y muerta de pena en Madrid!... Por ningún caso. Estaría siempre -en un puro afán, pensando si le daba ó no le daba el vómito, y de -correo en correo su vida sería un martirio de incertidumbre... ¿Y todo -por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era decente y honrado, y no -sabría centuplicar, como otros, los gajes de su empleo.</p> - -<p>—Ríete —le dije— de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se -volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los -bolsillos más limpios aún...</p> - -<p>Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto -mejor que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita -Caballero no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su -carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las -rodillas... Paciencia, paciencia y calma.</p> - -<p>Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella -conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á -ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes -consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados -con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me -sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que -yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese -aquellas <i>cuatro paredes suyas</i> que la traían tan desazonada. Pero -esto era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, -que no era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de<span -class="pagenum" id="Page_I-47">p. I-47</span> pura fórmula, de esos que -previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa habría sido -imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo para mi -sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la propia -Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la tierra -están muy mal repartidos.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-49">p. I-49</span></p> - <h2 class="nobreak">III</h2> - <p class="subh2">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, -por haber pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. -Pocas personas poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de -cautivar y agradar de primera intención, porque á pocos seres concedió -Naturaleza tal caudal de prendas brillantes, calidades de esas que -podríamos llamar ornamentales, porque no dan valor positivo á la -persona, sino que lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba -Raimundo en todo su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora -originalidad. En Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á -los artistas que, abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. -En ocasiones, lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser -enfadoso. Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio -eran para un rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y -á padecer lamentables descuidos en su conducta social y privada. No -era ya el hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; -me<span class="pagenum" id="Page_I-50">p. I-50</span>jor dicho, tenía -temporadas, días muy buenos, horas felices á las que seguían períodos -en que se hacía de todo punto insoportable.</p> - -<p>En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase -que son producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la -raza los talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, -aunque en pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo -brillante con lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy -incompleta; había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas -las cosas, desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con -una facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le -oían y no le conocían, se quedaban turulatos.</p> - -<p>A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. -Hablaba francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo -hablaba, pero lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía -las lenguas con facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su -memoria estupenda descollaba también en la música. Repetía las óperas -del repertorio moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos -difíciles de música sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que -Tamberlick y declamaba como Rossi, imitando también á los actores -cómicos más en boga. En esto de remedar voces y de asimilarse todos los -acentos humanos, superaba con mucho á su hermana Camila, que igualmente -tenía dotes de actriz y habría lucido en las tablas si á ello se -dedicara.</p> - -<p>Mi primo no era pintor porque no se había<span class="pagenum" -id="Page_I-51">p. I-51</span> puesto á pintar; pero buena prueba era de -su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando por entretenimiento -dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas deliciosas, frescas, -fáciles, y á veces le ví trazar en serio, observando el natural, -contornos de una verdad y elegancia que me pasmaban. «¿Por qué no te -has dedicado á la pintura?» le preguntaba yo á veces; y él alzaba los -hombros, como diciendo: «Si me hubiera dedicado á todo aquello para que -tengo disposición, no me habrían bastado la vida ni el tiempo.»</p> - -<p>Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro -cualquiera. Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, -según le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas -las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre, -declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la -pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo -que parecía arrancado de <i>Los Miserables</i>. Otras veces imitaba á los -clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su -cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas -muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de -vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra -aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.</p> - -<p>Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras -de molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara -un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo -imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril -entusiasmo, se<span class="pagenum" id="Page_I-52">p. I-52</span> quedaban -sin concluir. Cuando se le reprendía por su inconstancia, disculpábase -con la carencia de estímulo, que es la asfixia del escritor en nuestro -país; con la falta de editores. ¡Oh! si aquí se cobrara por escribir... -Esta era su muletilla, que iba siempre acompañada de la amarguísima -exclamación de Larra: «El genio ha menester del eco, y no se produce -eco entre las tumbas.»</p> - -<p>Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido -y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro -alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender -que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás -poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni -crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes, -porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión -moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística -como para las obras de la voluntad.</p> - -<p>Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria -de la familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar -partido de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero -en el primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, -Minas, Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y -para no sé qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios -era como hojear una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de -recomendaciones. «Mi camino al través de la Universidad —decía—, ha -sido una senda de tarjetas.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-53">p. I-53</span></p> - -<p>En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años -(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su -naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo, -madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por -huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por -adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las -energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como -si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias -de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria -flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco -aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente; -pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su -cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado, -muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz -cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día -que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca, -estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor -y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los -ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió -levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos -á la espalda y la barba sobre el pecho.</p> - -<p>—La inacción es lo que me mata —decía sin detenerse—. Me estoy -atrofiando, me estoy enmoheciendo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-54">p. I-54</span></p> - -<p>Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían -muertos, díjome entre carraspeos:</p> - -<p>—Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es? -Reblandecimiento de la médula.</p> - -<p>—¿Has consultado algún médico?</p> - -<p>—No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su -proceso, sus síntomas y su tratamiento.</p> - -<p>Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la <i>pía mater</i>, -del <i>canal raquídeo</i>, de la <i>substancia gris</i>, de las perturbaciones -<i>vasomotoras</i>, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser -su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el -aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como -yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en -afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja -y con precipitación maniática sílabas obscuras.</p> - -<p>—¿Sabes —me dijo de súbito, contestando á mis preguntas— cuál es -uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La <i>afasia</i>, -ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza -en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser -pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de <i>r</i> líquida después de -<i>t</i>, es decir, las sílabas <i>tra</i>, <i>tre</i>, <i>tri</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>...</p> - -<p>Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se -expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De -sú<span class="pagenum" id="Page_I-55">p. I-55</span>bito se marchó sin -decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros -de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no -me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia -de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha -animación.</p> - -<p>—Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo —me dijo—. Mira, para -probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de -que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. -Recitándolo, puedo sintomatizar la <i>afasia</i> y también prevenirla, -porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con -dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.</p> - -<p>Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y -seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una -rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, -este incalificable trozo literario:</p> - -<p>—<i>Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente -trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados -contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo -Tetrarca trapense</i>.</p> - -<p>Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta -que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por -Dios que se callara.</p> - -<p>Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi -primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del -parásito, que adula á los ricos por recoger<span class="pagenum" -id="Page_I-56">p. I-56</span> sus sobras, y un poquillo del bufón que -divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando -de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía -la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes; -remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas -y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden -á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del -reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que -empezaba con el <i>triple trapecio de Trípoli</i>, ya estaba yo tomando mis -medidas para echarle de mi cuarto.</p> - -<p>No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa -se bajó á dormir á mi casa.</p> - -<p>—Arriba no se cabe —me dijo un día—. Me han ido acorralando poco -á poco, y por fin me han metido en un <i>triclinio</i> en que estoy -<i>trigonométricamente trastrocado</i>. Si quieres, puesto que tienes casa -de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más -acompañado.</p> - -<p>Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, -y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, -le tenía siempre junto á mí como mi sombra.</p> - -<p>Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le -proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los -gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba -á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. -«Yo —decía— no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 -del mes, ó antes, se le acaba<span class="pagenum" id="Page_I-57">p. -I-57</span>ban los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas -de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los <i>triunviros -trogloditas</i>.</p> - -<p>—No me marees —le decía yo—. Si no tienes dinero, pídelo en -castellano.</p> - -<p>A él se le encendían los espíritus con esto.</p> - -<p>—¿Es verdad ó no que no hay <i>guita</i>?... ¡Oh! si tengo yo un ojo -médico...</p> - -<p>—Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese -—exclamaba con solemnidad cómica—, cierto es.</p> - -<p>—¿Por qué no te clareabas?</p> - -<p>—¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena -de verdades, no las soltaría sino una á una.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los -que más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, -el primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, -ambos excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. -A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le -conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de -oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que -en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del -Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una -misma provincia, habían celebrado<span class="pagenum" id="Page_I-58">p. -I-58</span> un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición, -el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y -perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad -política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener -por suya la provincia, que, si se ha de decir verdad, no salía mal -librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien -los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había -otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su -combinado feudalismo.</p> - -<p>Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía -encomendarse á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, -y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro -distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de -nada, ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos -lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir <i>sí</i> ó <i>no</i> en el -Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.</p> - -<p>Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno -de mis íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle -tratado con motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi -amigo el marqués de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y -reverdecerse más de lo que consentían sus años y su respetabilidad. -Raro era el día que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi -primo Raimundo. Los domingos almorzaban los que he citado y también -Pepe Carrillo, el marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los -toros, don<span class="pagenum" id="Page_I-59">p. I-59</span>de yo tenía -palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.</p> - -<p>No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío -Serafín, brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. -Era un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas -infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de -Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia la -calle de Sevilla para arreglar su <i xml:lang="fr" lang="fr">remontoir</i> -por la hora del reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta -del Sol, iba á almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y -por la tarde, después de andar un poco á pie inspeccionando las obras -de las casas en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido -de diez ó doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las -noches iba al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se -le veía invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.</p> - -<p>Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, -de un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva -admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y -tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes -con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las malas -formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La moda -no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y pesado -<i>carrik</i> que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda espesa -que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aque<span -class="pagenum" id="Page_I-60">p. I-60</span>lla hermosísima cabeza de -Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si el hábito de mirar al -cielo, para tomar alturas con el sextante, le hubiera deformado el -pescuezo.</p> - -<p>Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos -modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad, -que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé -á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba -tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de -aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que -le gustaban y guardárselos en los bolsillos del <i>carrik</i>. Creo que -él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un -fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda -idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba -yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero, -arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera -yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle -y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado, -no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así -se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la -vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un -hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre -el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con -palabras! Otras <i>chifladuras</i> de mi tío no me maravillaban por ser -propias de solterones viejos. El que en edad ma<span class="pagenum" -id="Page_I-61">p. I-61</span>dura había sido un galanteador de alto vuelo, -en la vejez perseguía las criadas bonitas, ó que á él le parecían -tales, pues debemos creer que las aberraciones del gusto andarían á la -par con la afición senil. Sus paseos matinales y crepusculares eran una -cacería activa, febril, casi siempre infructuosa. Decía Raimundo que -cuando se lo encontraba en la calle al anochecer, camino de su casa, -tarareando entre dientes y con las manos á la espalda, era señal de -que la jornada había sido mala y de que el incansable ojeador no había -descubierto ninguna de aquellas reses bravas que perseguía.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-63">p. I-63</span></p> - <h2 class="nobreak">IV</h2> - <p class="subh2">Debilidad.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. -Estuve en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas -de tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien -el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas -de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península. -En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que -veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces, -ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran -muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba -alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de -importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco -lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz -—decía—. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta -de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades -en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como -una<span class="pagenum" id="Page_I-64">p. I-64</span> especial manera -suya de admirarle. A la semana siguiente me decía en una postdata: -«¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. Reventó la tía -Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.</p> - -<p>Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á -mediados de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con -motivo de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, -y francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al -cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en -la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la -hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su -sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores -del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena -señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado, -en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos -años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo -estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su -mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he -dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la -riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo -en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en -aumentar el de los demás.</p> - -<p>En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre -de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia -no era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en<span -class="pagenum" id="Page_I-65">p. I-65</span> esto se aferraba más que en -ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; la plata -labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores públicos -suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un capital -de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa ser -felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. Tal -fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto, -apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros -de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á -disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la -sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan -solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.</p> - -<p>Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el -semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas -comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis -propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter. -Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el -hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.</p> - -<p>Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril -diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita -Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido -en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo -no trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, -he de traerle á este relato, agarrado por sus<span class="pagenum" -id="Page_I-66">p. I-66</span> grandes bigotes, cuando sea ocasión de -hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, según -el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. Eloísa -no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si tenía -pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.</p> - -<p>Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la -faena deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios -aquellas cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la -calle del Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué -importaba? Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada -alcurnia, y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo -ponía mi prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, -aquel altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. -Diariamente se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre -la forma de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de -tal ó cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si -me es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los -hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había -enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba, -distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle -límites prudentes á los gastos que hacía.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-67">p. I-67</span>II</h3> - -<p>Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí -enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi -mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la -fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo -de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura -normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de -alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba -tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en -todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran, -lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado <i>adinámico</i>, -carácter patológico del siglo <span class="allsmcap">XIX</span> en -las grandes poblaciones. Poca fuerza febril primero, poca fuerza -reparatriz después, debilidad siempre: tal era mi naturaleza en la -enfermedad y en la convalecencia. Molestábame sobre todo, al recobrar -á sorbos la salud, mi lamentable estado nervioso, la pícara desazón -crónica, que apareció con sus síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel -terror inexplicable, aquel azoramiento, aquella previsión fatigosa de -peligros irremediables! ¡Qué esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón -para vencer esta tontería! «¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos -á ver», me decía tratando de corregirme y aun de avergonzarme como si -hablara con un chiquillo. Nada conseguía con este sermoneo de maestro -de escuela. No era la<span class="pagenum" id="Page_I-68">p. I-68</span> -razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme. -No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal; -mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo -que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me -mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me -sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era -un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía -á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo -no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar -del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin -causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y -traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación -de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me -siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego -tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que -necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no -cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de -la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin -descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto -volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta -tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces -era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde -están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes<span -class="pagenum" id="Page_I-69">p. I-69</span> piezas de acero, en cierto -modo semejante al vértigo acústico que produce en nuestros oídos una -racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. Creía librarme de aquel -martirio poniéndome un turbante á lo moro y rodeándome de almohadas; -pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio era la consecuencia de -semejante estado, y pasaba unas noches crueles, oyendo, oyendo sin -cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos del profundo mar, -sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual nada podía sacar -en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y expresivo, que -llegaba á producirme alucinación de la realidad.</p> - -<p>Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia -me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil -habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos -de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; -quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me -eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí -vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba -mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo -mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo -me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era -Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó -enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente -interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á -mi benevolencia. Y, sin em<span class="pagenum" id="Page_I-70">p. -I-70</span>bargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más: -era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era -verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi -dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de -mi tímpano crecía de un modo desesperante.</p> - -<p>Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome -realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. -Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. -Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que -obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por -este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida -afectiva.</p> - -<p>—Cada noche —nos decía— me acuesto pensando en una cosa con tanta -energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es -verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil -disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del -Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, -charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á -docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con -el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de -Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos -á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando -por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una -sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del -Teatro Real. Cuando me quitaba la<span class="pagenum" id="Page_I-71">p. -I-71</span> ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás -de mí el preludio de <i>Los Hugonotes</i>, el gran <i>coral</i> protestante. A -mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un -extremo el metal, á otro las arpas... <i>Ñi, ñi</i>... ¡Qué bien! En aquel -rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron -el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré -del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el -coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante, -venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde, -cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba -cantando el <i>pif-paf</i>... El director era el señor de Meyerbeer, buena -persona, que había resucitado para oirme cantar...</p> - -<p>Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; -pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra -consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa -y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre -señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas -fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija -Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente -agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba -viviendo en la<span class="pagenum" id="Page_I-72">p. I-72</span> de sus -padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y -la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero -enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se -convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con -el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes -singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en -las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien -gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo -estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa, -la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra -y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas -determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.</p> - -<p>—El día en que yo falte de aquí —me decía—, ya se conocerá mi -ausencia.</p> - -<p>La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo -mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis -amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se -fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por -mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con -su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial -me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á -su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco -entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede -usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de -pa<span class="pagenum" id="Page_I-73">p. I-73</span>ladar para entender -el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas -raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz -el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las -frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones -de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos -en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún -si era ella quien me lo servía.</p> - -<p>Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. -No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando -no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, -lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música -doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos -el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas -de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles -por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los -operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me -acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los -carreteros, aquel incomprensible <i>¡ues... que!</i> de extraño acento -y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente -dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de -ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos -buenos observando el público especial de los puestos de agua; público -sobrio, compuesto de los bebedores más inofen<span class="pagenum" -id="Page_I-74">p. I-74</span>sivos, y las tertulias que se forman en -aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los <i>evonymus</i> -del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en -las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa, -el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama -de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil -clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las -tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban -en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito, -y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado -al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo -aragonés.</p> - -<p>Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba -yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los -mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á -poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo -hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los -ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos, -trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo -de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la -máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz -eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas -este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, -frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre -hombre que pregonaba café hasta muy tarde con pe<span class="pagenum" -id="Page_I-75">p. I-75</span>rezosa y obscura voz, me hacía pensar en la -enormísima diversidad de los destinos humanos.</p> - -<p>Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un -sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra -la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el -<i>barbián</i> (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro -á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), -y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas -las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. -Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que -obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición -primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á -saludar con la mano, á repetir los <i>cinco lobitos</i> y la pandereta. -No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de -saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y -echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, -gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar -esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues -<i>duelen cuando nacen y después se come con ellos</i>.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>El <i>barbián</i> solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle -á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan -pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que lle<span -class="pagenum" id="Page_I-76">p. I-76</span>naba la casa, pues todas las -miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se -le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía -que iba á dar la hora.</p> - -<p>Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su -nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de -sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. -Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar -nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los -trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba -superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de -cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen -doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de -cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, -sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando -quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de -la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. -Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; -no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus -ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, -tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento -tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. -Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales -hablaré á su tiempo.</p> - -<p>Una noche me pasó una cosa muy rara, digo<span class="pagenum" -id="Page_I-77">p. I-77</span> mal, no fué cosa rara; antes bien lo -considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel -maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su -imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía -á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor -propio.</p> - -<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, -no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. -Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía -de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está -reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho -en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del -Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. -Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la -de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle -de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice -otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca -cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil -obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba -abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle -del Ave-María hasta el Hospicio...</p> - -<p>Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con -otra semejante.</p> - -<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía -del teatro, de verlo representar...</p> - -<p>O bien:</p> - -<p>—Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los -globos...</p> - -<p>En mi<span class="pagenum" id="Page_I-78">p. I-78</span> estado de -debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos de la mente, este -vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se me pegó la maña de -pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien nunca completamente -absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, <i>trigonométricamente -trastrocado</i>; quiero decir, que mi imaginación no iba ni con mucho -tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar era una especie -de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, fomentado por la -holganza y convertido por la costumbre en imperiosa necesidad. Las -tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que forjaba en mi -mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas más sosas, -aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de contarlas -aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso de realidad -que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta eminente, -trabajando sin cesar en el <i>triple trapecio</i> del vacío.</p> - -<p>Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. -Después creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en -mi gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara -á la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del -ama y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres -como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que -estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el <i>barbián</i>, y alguna -de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en -que reposaba. A mi lado, una respiración arras<span class="pagenum" -id="Page_I-79">p. I-79</span>trada y penosa hacíame comprender que mi tía -Pilar estaba más profundamente dormida que yo.</p> - -<p>Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de -matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito -como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos -del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le -atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo -y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se -presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle -ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había -ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero. -Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación -afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía -pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y -yo también en el mío.</p> - -<p>Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero -resurgí pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. -Vestía de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada -de un rumorcillo muy bonito, de un <i>tin-tin</i> gracioso que me daba en el -corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda -una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el -líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan -linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, como -he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose para -ver si dormía... Pues bien: en<span class="pagenum" id="Page_I-80">p. -I-80</span> aquel instante, hallándome tan despierto como ahora y en -el pleno uso de mis facultades, creí firmemente que Eloísa era mi -mujer.</p> - -<p>Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo -en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se -reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del -contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna -tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de -la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta, -sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres -palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia -discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba -la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi -prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía -reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:</p> - -<p>—¿Pero he dicho algo, he dicho algo?</p> - -<p>—¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando -suponemos que tiene sueño.</p> - -<p>—No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?... -Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez -hace un momento, cuando...</p> - -<p>—No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo -se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la -majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la -has dicho.</p> - - -<h3 title="V"><span class="pagenum" id="Page_I-81">p. I-81</span>V</h3> - -<p>A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, -peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos -de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable -en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su -voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la -guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas -y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España -convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos -populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna -de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos -epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil -visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En -el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple), -Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una -concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta -y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los -mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre -piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante, -hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones -de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba -embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna -ha<span class="pagenum" id="Page_I-82">p. I-82</span>bilidad de su mujer -fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla, -tócanos el <i>Testamento</i>, el <i xml:lang="it" lang="it">Vorrei morir</i> -de Tosti, los <i xml:lang="fr" lang="fr">couplets</i> de <i>Bocaccio</i> y del -<i xml:lang="fr" lang="fr">Petit Duc</i>.» Todos los presentes estaban -admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se -hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar. -No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena -intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma -que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la -hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra -al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando -se ponía á jugar á la <i>besigue</i> con Carrillo y con mi tía Pilar y -Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía -tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo -de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me -enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, -aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener -que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía -votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era -que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música -lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el <i>tin-tin</i> de -Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas -maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el -atril.</p> - -<p>A última hora, cuando las mujeres se retira<span class="pagenum" -id="Page_I-83">p. I-83</span>ban con sus respectivos esposos, entraba mi -tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba -yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por -decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había -dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar... -Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por -aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su -locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de -nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían. -Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al -fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de -Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica -de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de -aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los -negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones -del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la -Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100 -amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por -100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido -al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los -comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El -3 por 100 y los <i>Ferros</i> se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El -tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de -87,50, y los nuevos títulos saldrían al merca<span class="pagenum" -id="Page_I-84">p. I-84</span>do en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro -español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las <i>Cubas</i> no se -convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España -el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido -2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor -de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual -no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés -al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis -oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen -señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas -de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos <i>Ferros</i> y las -Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas -y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo -al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números, -para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del -Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. -Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de -España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir -que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y -subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los -pies para que no subieran tanto.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-85">p. I-85</span></p> - <h2 class="nobreak">V</h2> - <p class="subh2">Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la - pobre Kitty.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, -vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid <i>buena castaña, buena -nuez</i>. No estuve en situación de salir de casa hasta los días -precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y -andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la -familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos -discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y -vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha -de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer -emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á -todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana -nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, -todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la -casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que -mi endeble estómago exigía. Todo lo que sir<span class="pagenum" -id="Page_I-86">p. I-86</span>vieron parecióme excelente; pero Eloísa, -que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente -de la <i>abundancia ordinaria</i> que reinaba en la mesa y de las maneras -excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía -menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus -admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de -contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que -llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de -una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser -alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa -tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí -á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz -aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, -como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo -parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado -en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas -vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar -y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los -que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las -vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un -gallo.</p> - -<p>Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto -pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á -su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un -periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto<span class="pagenum" -id="Page_I-87">p. I-87</span> una tontería? Las cosas que Carrillo me -hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado -á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las -ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que -tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica -facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su -conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado -que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío -era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba -un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía -tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las -lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que -á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, -tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no -valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi -mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: -«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella -sin merecerla.»</p> - -<p>Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba -enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella -enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi -flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que -no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis -pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad<span -class="pagenum" id="Page_I-88">p. I-88</span> contra mal tan grande. Lo -hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen. -Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba -tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente -la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación -de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine -yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho -atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi -criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando -de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.</p> - -<p>Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el -objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo -más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, -movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado -de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, -los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba -que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa -confusión!</p> - -<p>Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime -en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había -llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos -del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero. -Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas -inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la -quinta<span class="pagenum" id="Page_I-89">p. I-89</span> esencia de la -seriedad, Eloísa me dijo:</p> - -<p>—Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la -endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.</p> - -<p>Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender -varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento -de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos -desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y -Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más -explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En -resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era -siempre la mía.</p> - -<p>Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una -vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante -que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de -cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno -para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas -inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que -vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en -la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea -de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este -modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación -la ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de -mis amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo -de mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo -tan<span class="pagenum" id="Page_I-90">p. I-90</span> contrario á mi -época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión era vivir con -ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, tanto ella -como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se verá que -yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral en -principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo -somos.</p> - -<p>Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los -principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular, -pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías -iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado -sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien -el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión -vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando -menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería -quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el -símil, qué realidad tenían mis convicciones.</p> - -<p>Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la -sinceridad, quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno -de los que esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga -que no me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes -y tiempos.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-91">p. I-91</span>II</h3> - -<p>Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de -esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos, -de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de -mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza -inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden, -aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la -pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar -dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las -inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años, -tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente. -Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de -ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia -de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy -rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de -la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de -intachable rectitud, la <i>propiedad</i> más pura en todas las acciones, -la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en -religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto. -Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me -vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-92">p. I-92</span></p> - -<p>Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que -había visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los -escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo, -cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las -costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto -mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que -era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada -por hipocresía.</p> - -<p>Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad, -indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él -llamaba los <i>remilgos británicos</i>. Se reía de las perífrasis de la -conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas -del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces -sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas. -Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho -de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia -vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad -y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir -que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en -sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no -fueron extremados.</p> - -<p>Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos -desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos -conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer<span -class="pagenum" id="Page_I-93">p. I-93</span> que vivía en casa se trasladó -á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo demás lo trajeron -la vejez del delincuente y su invalidez para la galantería. En tanto -yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida de soltero por espacio -de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por semana iba á comer á Forest -Hill, donde seguían viviendo las hermanas y sobrinas de mi madre, y el -resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre los amigos que tenía en la -City y en el West. Me alojaba en Langham Hotel y pasaba los días y las -noches muy entretenido. Frecuentaba la sociedad ligera sin abandonar la -regular, y al volver á mi patria, notaba en mí síntomas de decadencia -física que me alarmaban. Puesto que mis ideas eran siempre buenas, -hacía propósito firme de practicarlas fundando una familia y volviendo -la hoja á aquella soltería estéril, infructuosa y malsana.</p> - -<p>Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, -mis viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince -días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa. -Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus -funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez, -sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un -período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho -al principio, y me establecí en Madrid.</p> - -<p>Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para -lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por -can<span class="pagenum" id="Page_I-94">p. I-94</span>sancio de mi padre, -estaba yo al frente de la casa. Era también de raza mestiza, como yo; -española por el lado materno, inglesa católica por su padre, el cual -había tenido comercio en Tánger y á la sazón era dueño de los grandes -depósitos de carbón de Gibraltar. Además recibía órdenes de casas de -Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase mi novia Catalina. Le decían -<i>Kitty</i>. Habíase criado en Inglaterra, con lo cual dicho se está que su -educación era perfecta, sus maneras distinguidísimas. Prendéme de ella -rápida y calurosamente un día en que, hallándome de paso en Gibraltar, -me convidó á comer su padre. Su belleza no era notable; pero tenía una -dulzura, una tristeza angelical que me enamoraban. La pedí y me la -concedieron. Mi padre y el suyo se congratulaban de nuestra unión...</p> - -<p>¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su -padre de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. -La pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia -disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre -la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba -todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba, -porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama -alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando -me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al -encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro, -me dijo con mucho cariño y tono<span class="pagenum" id="Page_95">p. -95</span> muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. Comprendí que la pobre -Kitty había muerto. Se me representó fría y marmórea, su mirar triste -apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. Tuve horribles tristezas, -dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos que me enloquecieron. -El tiempo me fué curando con la pausada sucesión de los días, con -el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando vine á Madrid -habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó mis soberbios -planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi conciencia -direcciones nuevas.</p> - -<p>Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era -graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que -revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa, -tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban. -No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma -de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos -de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva -manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por -mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina -ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como -las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la -vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de -Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien -los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; y -asomada<span class="pagenum" id="Page_I-96">p. I-96</span> á la expresión -de aquel semblante y de aquellos ojos, me decía: «Aquí estoy otra vez: -soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora tampoco me tendrás. Antes te lo -vedó la muerte; ahora la ley.»</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-97">p. I-97</span></p> - <h2 class="nobreak">VI</h2> - <p class="subh2">Las cuatro paredes de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella -inclinación, que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á -cualquiera en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable -era tan difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que -entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida -con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en -principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de -mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era -el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me -escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre -los dedos.</p> - -<p>La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso -domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero -y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios -me iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país -era muy alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la<span -class="pagenum" id="Page_I-98">p. I-98</span> <i>Mano negra</i> y me degollaran. -¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol como una -oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la necesidad -de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente indicada por -la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á poco, sin darme -cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de quedarme. Aquí de -mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se me presentaba la -ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no los tenía.</p> - -<p>Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada -vez lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo -lo posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con -Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que -nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados -había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y -burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad -hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y -sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron -palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y -entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba -el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al <i>barbián</i> y se puso á -saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.» -Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.</p> - -<p>Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque -estaban casi terminadas las reformas de la suya, como habían -derribado<span class="pagenum" id="Page_I-99">p. I-99</span> tabiques -y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba á -inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para -esta excursión el hermoso <i>landó</i> de cinco luces que había adquirido; -mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el -Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.</p> - -<p>La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era -grandísima, tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y -antipático. Su aspecto exterior era muy feo; pero interiormente -revelaba ya el soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que -lo primero que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de -aquellas horribles sillerías <i>botón de oro</i>, y esconder los <i>biscuits</i> -y los <i>entredoses</i> de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde -nadie los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad -de su gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no -tenía en su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, -de la época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación -francesa de la peor calidad. «Calcula —me dijo Eloísa— si habrá sido -difícil el despejo.» La transformación del palacio era en verdad -grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que -acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito -de Palmaroli; una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de -Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres -lienzos que me parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, -de De<span class="pagenum" id="Page_I-100">p. I-100</span> Nittis; -otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas -granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado -aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por -haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de -desmoronarse.</p> - -<p>Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de -valor. En la antesala ví dos enormes vasos japoneses de <i>Imaris</i>, -hermosísimos, los mejores que había visto en mi vida. Las parejas -de platos <i>Hissen</i> y <i>Kiotto</i> no valían menos. Ví también tapices -franceses, imitación de gobelinos viejos, que debían haber costado -bastante. Dos <i xml:lang="it" lang="it">terracottas</i>, firmadas la una -Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. Bronces parisienses -no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho que sirven para hacer -exhibición de preciosas chucherías, y que tienen algo de los antiguos -chineros y de los modernos aparadores. Eloísa gozaba con mi sorpresa y -con mis alabanzas tanto como con la posesión de aquellas preciosidades. -Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus ojos brillaban; entrábale -inquietud espasmódica, y su charlar rápido, sus observaciones, los -términos atropellados con que encomiaba todo, señalándolo á mi -admiración, decíanme bien claro el dominio que tales cosas tenían en -su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía sentir amenazas de -la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta producido por la -interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha saliva, procuraba -serenarse.</p> - -<p>Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba<span class="pagenum" -id="Page_I-101">p. I-101</span> en el comedor los montones de manteles y -servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón primero, el segundo, -la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la alcoba, el despacho, -el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. Aquí, colgándose -de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan á prisa, y me -incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más atentamente. Allí -me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido entre las vitrinas. -En otra parte me oprimía el cuello suavemente para que me inclinara y -pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy concluído. A veces -su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo contemplando un -delicado estantillo japonés, de esos que no parecen hechos por manos de -hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba su pañuelo y me lo -pasaba por la boca.</p> - -<p>—¿Qué? —decía yo, sorprendido de este movimiento.</p> - -<p>—Es que se te cae la baba.</p> - -<p>Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.</p> - -<p>—Una casa bien puesta —me decía— es para mí la mayor delicia del -mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que -las muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los -tenía, me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había -de colocar al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba -delante de los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á -paseo con papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se -empañaba con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo -para poder<span class="pagenum" id="Page_I-102">p. I-102</span> mirar. -Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias á -Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña me -parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y que -tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero no -vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. Dios -ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha valido de -mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los cuartitos -y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la que se -entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque yo lo -he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... ¡Qué -lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que me -gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el -pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón -<i xml:lang="it" lang="it">Capo di Monte</i>, y sentir dentro de mí una -verdadera batalla por si lo compraba ó no lo compraba... Gracias á -Dios, he sabido refrenarme, ir despacito, hacer muchos números, y -decir al fin: «no, no más; bastante tengo ya...» Los números son la -mejor agua bendita para exorcisar estas tentaciones; convéncete... Yo -sumaba, restaba y... vencía. No vayas á figurarte: también he pasado -malos ratos. Después de comprar en casa de Bach un bronce, veía otro -en casa de Eguía que me gustaba más... ¡Qué marimorena entonces en mi -cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... sí otra vez... pues no... que -dale, que torna, que vira. Nada, hijo, que he tenido que vencerme. A -poco más me doy disciplinazos. Por las noches me<span class="pagenum" -id="Page_I-103">p. I-103</span> acostaba pensando en la soberbia pieza. -¿Qué crees? he pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con -un cofrecito de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... -Pero me decía yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno -fuera que... Me conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, -elegante, rico hasta cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo -mismo?</p> - -<p>Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no -aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, -podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía -yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba -jamás, mixtificándome el valor de las cifras.</p> - -<p>—Yo te dirigiré —añadí—. Prométeme no entrar en una tienda sin -previa consulta conmigo, y marcharás bien.</p> - -<p>Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y -entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que -revelaban ciertas extravagancias del espíritu.</p> - -<p>—Porque verás —me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como -quien se pone en oración—, yo sé contenerme, sé consolarme cuando -esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes -lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación. -Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque -todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba -por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo -que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que -es Presi<span class="pagenum" id="Page_I-104">p. I-104</span>dente del -Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto pensando que soy la -señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un cuadrito cualquiera, -antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo llego á persuadirme de -que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz de imitación? Pues lo miro -como si fuera un ejemplar sustraído á las colecciones de Palacio... -¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio Palissy... ¿Tal mueble? -Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy engañando, así me voy -entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... el vicio, sí: ¿para qué -darle otro nombre?</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo -en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente -las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las -cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían -gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que -habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó -menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada -primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya -económica, sino cicatera... «Vas á ver...»</p> - -<p>Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á -casa hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato -un busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no<span -class="pagenum" id="Page_I-105">p. I-105</span> encontrar el de Macaulay! -Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna parte lo -había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino con un -velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del -palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos -la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se -le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.</p> - -<p>—Hay aquí una cosa —me dijo después mi prima en voz baja, tapándose -la boca con el manguito— que la semana pasada me produjo dos noches -de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y -cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía -en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.</p> - -<p>Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la -tienda. Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.</p> - -<p>—No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No -es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores -ingleses y trae cosas que no venderá nunca.</p> - -<p>Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, -con soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de -flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan -bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores, -interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia -de la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas -que salían de los tallos, perdiendo sus brazos en retorcedu<span -class="pagenum" id="Page_I-106">p. I-106</span>ras de mariscos; ramilletes -que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan en rejos -de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa y verde -nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. Hacían -juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los monstruos -más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que parecían -producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas como -pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...</p> - -<p>—Vamos —ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar -de ver aquello.</p> - -<p>Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, -diciendo:</p> - -<p>—¿Has tomado el <i>Séspir</i>?...</p> - -<p>—La vajilla es preciosa —declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo -me convenciera de ello por mis propios ojos.</p> - -<p>Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:</p> - -<p>—Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del -Infierno.</p> - -<p>A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al -día siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas, -espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco -mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en -caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente -recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si -incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo -para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en -casa,<span class="pagenum" id="Page_I-107">p. I-107</span> pues la cuenta -corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre por excesivos -que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi gusto. Pensaba en -la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel presente. Mandé que se -lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella misma me diese cuenta de -la impresión que le causaba.</p> - -<p>Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con -su hermana Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con -reservas, se mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y -tenía el mismo derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo -era un ricacho sin conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los -pobres. Ella tenía su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, -no se me había ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de -madera encorvada. Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba -siempre aquella mujer inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo -en reconocer y lamentar la preterición, y prometí que los señores de -Miquis tendrían pronto noticias mías.</p> - -<p>A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara -de Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para -decirme:</p> - -<p>—¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se -han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De -veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir -la palabra.</p> - -<p>Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con -tristeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-108">p. I-108</span></p> - -<p>—Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas -—manifesté á Camila, que me respondió á gritos:</p> - -<p>—Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal, -te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.</p> - -<p>Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, -le dije:</p> - -<p>—¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden -la cuenta.</p> - -<p>Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:</p> - -<p>—Toma... cochino.</p> - -<p>Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más -lastimosa de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, -alcoba decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima -de un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar -las sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas -de atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más -que dos. Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos -caritativos. Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con -aparador, trinchero, doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, -sólido y elegante.</p> - -<p>Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa -y burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios. -Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me -llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su -incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, -una salvaje, una fierecilla<span class="pagenum" id="Page_I-109">p. -I-109</span> indócil criada dentro de la sociedad como para ofrecernos -una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. Concluyó -diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete en honor -mío y como inauguración del comedor...</p> - -<p>—Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más -<i>chic</i>... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún -ministro, toda la <i>jilife</i>... Mi cuñado Augusto, el primo de -Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo -más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de -camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos -nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí -en su tinta y <i>Chateau-Peleón</i>.</p> - -<p>Nunca oí más disparates.</p> - -<p>Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco -antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado -aún.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-111">p. I-111</span></p> - <h2 class="nobreak">VII</h2> - <p class="subh2">La comida en casa de Camila.</p> -</div> - -<p>La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella -reinaba. <i xml:lang="la" lang="la">Sicut domus homo</i>, se podía decir -allí con más razón que en parte alguna. Todas las cosas, en aquella -vivienda, estaban fuera de su sitio; todo revelaba manos locas, -entendimientos caprichosos. Para honrar mis muebles habían hecho de -la sala comedor; en la alcoba, á más de la cama de matrimonio, había -una pajarera, y lo que antes había sido comedor estaba convertido -en balneario, pues Camila, que aun en invierno tenía calor, se -chapuzaba todos los días. La sala había sido llevada á un cuartucho -insignificante, próximo á la entrada, arreglo que por excepción me -parecía laudable, pues contravenía la mala costumbre de adornar -suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, reservando para vivir -lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este rasgo de buen -sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni cabeza. Lo -más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que llaman de -ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado de su tía -doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, creyérase que -por<span class="pagenum" id="Page_I-112">p. I-112</span> su pie, pues no -se concebía que ninguna ama de casa dispusiera los muebles tan mal.</p> - -<p>En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes -y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San -Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de -esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada -de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por -allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la -testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas -las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles -regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad -y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el -comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar -por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era -la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas -de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví -una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba -saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos, -así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones -de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran -triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos -que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin -reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al -óleo, al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera -artístico.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-113">p. I-113</span></p> - -<p>Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, -una buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los -que presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo -á lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para -que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del -tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila -estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina -violentando su temperamento para <i>salir formal</i>; de modo que, á más de -salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.</p> - -<p>—Habías de ver esta casa —me dijo Raimundo al oído— cuando mi -hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo -de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.</p> - -<p>Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los -efectos.</p> - -<p>Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla -ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba -la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas -bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa, -diciéndonos:</p> - -<p>—Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.</p> - -<p>—Esta hermana mía —indicó Raimundo tiritando— siempre tiene calor. -Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea, -y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la -casa es una sorbetera... ¡Que me voy!</p> - -<p>Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera<span class="pagenum" -id="Page_I-114">p. I-114</span> de la alcoba, donde á la sazón estábamos, y -dijo á su marido:</p> - -<p>—Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.</p> - -<p>Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos -perros: el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. -Ambos hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que -marchaba en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía -también el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, -como exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con -la criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su -marido con gritos que atronaban la casa.</p> - -<p>—Será para que le alcance algo... —decía él sin mostrar mal humor—. -Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera -yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!</p> - -<p>Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun -así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida. -Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada; -pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos -la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento -trágico:</p> - -<p>—Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?</p> - -<p>El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en -el desempeño de aquella obligación doméstica.</p> - -<p>—Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se -case...</p> - -<p>Risueño y compadecido, le ayudé de buena<span class="pagenum" -id="Page_I-115">p. I-115</span> gana. Antes había solicitado Constantino el -auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, no se apartaba -del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto quedó puesta -la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas iguales. -Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria cerámica -dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, regalo de -la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio de unidad. -No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que cada uno -procedía de fábrica distinta.</p> - -<p>No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla, -díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de -que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:</p> - -<p>—Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que -no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.</p> - -<p>—Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no -se encienden chimeneas —dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en -ella.</p> - -<p>—No viene Pepe —repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar -en mi ocupación, echóse á reir—. Eso, eso te conviene... ¿Y esa -loca...?</p> - -<p>—Su Majestad está en sus habitaciones —dijo el manchego— con la -camarera mayor, que es ella misma.</p> - -<p>—Constantino —gritó Camila asomándose á la puerta—, traidor, ¿en -dónde me has puesto mi alfiler?</p> - -<p>—¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te -enfades.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-116">p. I-116</span></p> - -<p>—¡Que siempre has de ser loca! —dijo Eloísa pasando al cuarto de su -hermana para dejar abrigo y sombrero.</p> - -<p>Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con -elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa -garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura -delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer -bella; pero nunca parecería una señora.</p> - -<p>—¡Mujer, cómo te pones!... —exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la -escasez de tela en la región torácica—. ¿Pero estás tonta? ¿A qué viene -ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es hoy no -llorarás por polvos.</p> - -<p>Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el -mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire -gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa -en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de -yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.</p> - -<p>—Pero, Camila... pareces una tahonera.</p> - -<p>—¿Sí? —replicó ella riendo con nosotros—. Ahora veréis.</p> - -<p>Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez -naturales. Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.</p> - -<p>—Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.</p> - -<p>Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr -otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á -su marido:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-117">p. I-117</span></p> - -<p>—Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano -Augusto, de paso que vas por el postre?</p> - -<p>—Yo no... Ya sabes que no puede venir —replicó el marido tomando su -capa para salir.</p> - -<p>—Pues déjalo: así tocaremos á más.</p> - -<p>Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con -la girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un -papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la -puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:</p> - -<p>—Váyanse sentando... Allá va la sopa.</p> - -<p>El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser -almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por -la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que -reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un -asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el -fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía -Camila. En cambio, el pescado <i>al gratin</i> se había tostado y estaba -seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no -se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé -no tenía ni pizca...</p> - -<p>—Pero, hija —dijo Eloísa riendo—, tu cocinera es una alhaja.</p> - -<p>—Dispensa por hoy... —replicaba la hermana—. Se hace lo que se -puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.</p> - -<p>—Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la -red otra vez —le contestó Raimundo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-118">p. I-118</span></p> - -<p>Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un -frío mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no -volvería á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de -leña. Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había -vino en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre -Constantino y su mujer.</p> - -<p>—Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así -salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de -chorlito!</p> - -<p>—¡Ni fuego ni vino! —exclamó mi primo subiéndose el embozo y -poniendo una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.</p> - -<p>—Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.</p> - -<p>—No, ve tú.</p> - -<p>—Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.</p> - -<p>—¡Ay! qué hombre tan inútil...</p> - -<p>—¡Qué tempestad de mujer!</p> - -<p>—Lo mejor —dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar -un rato— es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos -botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las -negarán.</p> - -<p>Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo -mi primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.</p> - -<p>Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, -todo lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba -un velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio. -Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la que -ser<span class="pagenum" id="Page_I-119">p. I-119</span>vía, que era una -chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. Había venido aquel día con -tal objeto, y más valiera que se quedara en su casa, pues no hacía más -que disparates. En los breves intervalos de sosiego, Camila nos hablaba -de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz en aquel desbarajuste, -en compañía del más inútil de los hombres! Indudablemente Dios hace -milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, mi primita no cesaba de -hacer alusiones á un cierto estado en que ella creía encontrarse, y -por cierto que sus indicaciones traspasaban á veces los límites de la -decencia. Ya nos contaba que pronto tendría que ensanchar los vestidos; -ya que había sentido pataditas... Luego rompía á reir con carcajadas -locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi opinión. No tenía seso, ni -tampoco decoro.</p> - -<p>Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco -reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus -superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando -le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había -sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se -avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer -le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase -de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La -Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y -beneficien mutuamente.</p> - -<p>Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro -lo denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino -la verbosi<span class="pagenum" id="Page_I-120">p. I-120</span>dad -alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser menos, se -había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba anécdotas, -pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba penosamente las -sílabas <i>tra</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>, mientras el otro decía cosas saladas y -amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese lenguaje flamenco que -tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La discreción relativa, de que -hablé antes, se la había llevado la trampa. Tal espectáculo empezaba á -disgustarme.</p> - -<p>El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió -mandarlo traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo -á cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y -Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse. -La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á -la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que -llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la -mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y -vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía -por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.</p> - -<p>—Ahora sí que va de veras —nos decía—. ¡Y este bruto se ríe, y no lo -quiere creer!</p> - -<p>De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de -tonterías, y cruzando las manos gritaba:</p> - -<p>—¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, -más, más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes -tú lo que es esto, egoísta! Si fueras padre,<span class="pagenum" -id="Page_I-121">p. I-121</span> verías. Y dí, ¿por qué no te casas? ¿Para -qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier querindanga... -¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da tu dinero á las -tías. Me alegraré de que te desplumen.</p> - -<p>De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. -Hasta me parecía que lloraba de satisfacción.</p> - -<p>—Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?</p> - -<p>—Sí que te lo prometo.</p> - -<p>Y se rompía las manos en un aplauso.</p> - -<p>—¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que -yo quiera en casa de <i>Capdeville</i>?</p> - -<p>—Sí: puedes empezar.</p> - -<p>—Bien, bien... ¡Currí... Currí!</p> - -<p>El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso -las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno -hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por -él.</p> - -<p>—Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.</p> - -<p>—Yo no puedo ver esto —decía Eloísa con enfado, levantándose para -retirarse—. Me voy.</p> - -<p>—No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y -no parezcas más por aquí.</p> - -<p>—No, no me beses —chillaba Eloísa, apartando su cara—; no pongas -sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca, -¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte -hacer tonterías.</p> - -<p>—José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por -qué no me convidas esta noche al teatro?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-122">p. I-122</span></p> - -<p>—Otra más fresca...</p> - -<p>—¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana -para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí, -dile que sí. José María, esta noche...</p> - -<p>—Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.</p> - -<p>—Constantino —gritó Camila, cantando la marcha real—, esta noche -vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los -cuartitos.</p> - -<p>Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza -tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al -tercer día me enterraban.»</p> - -<p>Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué -á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido -profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le -cubrió con la capa para que no se enfriase.</p> - -<p>—Ve pronto por el palco —decía la señora de Miquis á su marido— que -es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas -zancas. ¿A qué aguardas?</p> - -<p>El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la -escalera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.</p> - -<p>—Iré luego á casa de mamá —dijo Camila, poniendo á su hermana el -sombrero y el abrigo—. Adiós, <i>comparito</i>.</p> - -<p>Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-123">p. I-123</span></p> - <h2 class="nobreak">VIII</h2> - <p class="subh2">En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.</p> -</div> - -<p>Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:</p> - -<p>—¿Vas á venir á acompañarme?</p> - -<p>En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la -acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no -aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos, -revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de -nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del -Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á -casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima. -Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á -mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para -verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á -todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del -misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente. -Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante -y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos -en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales... -La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando -que estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto -para<span class="pagenum" id="Page_I-124">p. I-124</span> colarse dentro. -El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de compras.</p> - -<p>Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos -con ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada -aún más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de -ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que -nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé -de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso -patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en -buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos -catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una -ensalada inglesa. Hablé de los <i xml:lang="en" lang="en">whigs</i> y los -<i xml:lang="en" lang="en">torys</i>, de la reforma electoral de 1834, del -<i xml:lang="la" lang="la">Habeas corpus</i>, de la Liga de Manchester -y del <i xml:lang="en" lang="en">bill</i> de cereales. Sir Roberto Peel -quedó hecho trizas de tanto como le manoseamos Carrillo y yo, y no -salieron mejor librados lord Chatam, Cobden, Russell, Palmerston y los -modernos Disraeli y Gladstone. Nos volvíamos ingleses sin saberlo, -y esto precisamente cuando mi sangre andaluza, la savia paterna, -obscurecía y anonadaba en mí lo que yo había recibido del sér británico -de mi madre.</p> - -<p>Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme -en pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi -casa, <i xml:lang="la" lang="la">in mente</i>; la robaba como hacía mi tío -Serafín con las baratijas de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, -como en un bolsillo, reducida á impalpable esencia, cuando no la subía -al entre<span class="pagenum" id="Page_I-125">p. I-125</span>cejo para -darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las -noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes -alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de -mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque -Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico -y <i>wertheriano</i>, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para -que un hombre se ponga en semejante estado.</p> - -<p>Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle. -Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar -turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que -temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo -hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin -darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á -esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún, -nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo. -Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que -equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más -graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando -entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No -tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la -entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y -al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que, -sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras.<span class="pagenum" -id="Page_I-126">p. I-126</span> Parecióme que yo me introducía invisible, -como el gas, pasando por escondidos, angostos y callados tubos.</p> - -<p>Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla -como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa -de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en -voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á -dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:</p> - -<p>—Sí, ya te siento; no creas que me asustas...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-127">p. I-127</span></p> - <h2 class="nobreak">IX</h2> - <p class="subh2h">Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y - la leyenda de las cuentas de vidrio.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un -día antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que -yo me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las -dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía -muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el -amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también -escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con -los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En -ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás -á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la -equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de -ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella, -no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo -antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión -de casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme<span -class="pagenum" id="Page_I-128">p. I-128</span> la había de hacer tan -desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... Pero ya, -¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había unido era más -fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible luchar contra -ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, el murmullo -de la gente, su hijo... el pobre <i>barbián</i>, que cuando creciera oiría -decir que su mamita no había sido buena, como deben serlo todas las -mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única eran acibaradas -por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al <i>qué dirán</i>, por el -presentimiento de catástrofes y desventuras que es la sombra fatídica -que se hace á sí misma la vida ilegal.</p> - -<p>Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar -que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la -eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con -cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron -de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en -un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...» -«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual -parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»</p> - -<p>La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor, -idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para -que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el -escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que -debemos al decoro; la publicidad érame antipáti<span class="pagenum" -id="Page_I-129">p. I-129</span>ca; pero, con todo, mi ventura me ahogaba -hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la vanidad tenía en -ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados laureles; yo -buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso á la secreta -aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada como con -Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. Conocía -su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba los -suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; sólo -que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, todo, -y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél su -estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo -hacer el <i>niño del mérito</i>, guardando una reserva que era lo mismo que -poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es -animal de mucho <i>quinqué</i>, y, por fin, que los tiempos de notoriedad -que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una -ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.</p> - -<p>Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto -había dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias -seguían guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, -con la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra, -mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en -mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino -aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien -que consi<span class="pagenum" id="Page_I-130">p. I-130</span>deraba -eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza irresistible. Su -tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con exaltada pasión, con -estimación, hasta con respeto, con todo lo que el corazón humano puede -dar de sí en su variada florescencia afectiva. Y en cierto modo me -recreaba en ella como si fuera algo, no sólo perteneciente á mí, sino -hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa era más hermosa desde -que estaba en relaciones conmigo; como mujer valía más, mucho más -que antes. Su elegancia superaba á los encomios que hacía de ella la -lisonja. Desde que se instaló en su nueva y primorosa vivienda, parecía -que había subido de golpe al último grado de esa nobleza del vestir, -que no tiene nombre en castellano. Todas las seducciones se reunían -en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me puse!... la miraba -como miraría el artista su obra maestra. No es esto, no, lo que quiero -decir: mirábala como una planta que yo había regado con mi aliento, -abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, criándola para goce -mío y recreo de la vista de los demás.</p> - -<p>Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, -como gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de -la familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado, -ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la -cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado -mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas -ridículas, era porque conservaba muy vivo el<span class="pagenum" -id="Page_I-131">p. I-131</span> respeto exterior de mí mismo; pero decía -majaderías, como las que antes, en boca de otros, me habían hecho reir -mucho.</p> - -<p>Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se -enfadase, que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco -decorosa en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por -entendido. O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana -tampoco chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de -que no hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con -el mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia -natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos -mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su -tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de -hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y -dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba -ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó -butacas en los principales teatros.</p> - -<p>Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien -constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos -diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble, -antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo -cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía, -ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia. -Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada -pensando en algún objeto re<span class="pagenum" id="Page_I-132">p. -I-132</span>cientemente exhibido en las tiendas de lujo. Tenía momentos -de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos de tristeza -considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta exaltación -con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. Este era -bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina antigua, -ó un par de tibores de <i>Sachsuma</i>. Era á veces el motivo de sus ansias -una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano y marfil. A -esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano media-cola de -Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de alhajas, pues por el -collar de perlas, la <i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de brillantes, -una pulsera de <i>ojos de gato</i>, una rosa suelta y varias chucherías, me -dejé en casa de Marabini quince mil duritos.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan -de Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París -á consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no -tuve tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. -El pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más -que en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse -á tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de -salir de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de -la calle de <i>Scribe</i>. Yo estaba, como siempre, en el de <i>Helder</i><span -class="pagenum" id="Page_I-133">p. I-133</span>. Fácil nos era á mi prima -y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad parisiense y aun -hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. En los cuatro -días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un camarero, en los -baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una independencia que -hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á mi hotel. Estábamos -como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo que se nos antojaba, -almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin peinarse, á medio -vestir; yo vestido también con el mayor abandono; ambos irreflexivos, -indolentes, gozando de la vida como los seres más autónomos y más -enamorados de la creación. En nuestros coloquios, amenizados por -constante reir, nos comparábamos con las dichosas parejas del barrio -latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su modelo, viviendo al -día con dos ó tres francos y una ración inmensa de amor sin cuidados. -Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos dinero y podríamos -paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras anchas de la libertad -parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y nos íbamos á San Germán, -almorzábamos en la Terraza, paseábamos por el bosque, corríamos, nos -acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas tan dulces! Como quien se -contempla en un espejo, nos recreábamos en las muchas parejas que -veíamos semejantes á nosotros. Componíanse de algún extranjero, ávido -de echar una cana al aire, y de alguna <i>bulevardista</i>, por lo general -de buen parecer y modales un tanto desenvueltos. En otras parejas se -advertía una confianza, una intimidad que no son<span class="pagenum" -id="Page_I-134">p. I-134</span> propias de las relaciones de un día. Eran -amantes, como nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, -para burlar con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de -las leyes divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y -fatigado; mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que -cautivaba á Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella -gente, y en la originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de -los modistos, que por tal procedimiento hacían público reclamo de las -novedades de la estación próxima.</p> - -<p>Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más -depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la -mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la <i>Capilla -Expiatoria</i>... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa -quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de -costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes -y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También -solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, -y á los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo -japonés abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París -estaba al alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á -llevar un surtido de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, -lacas, y hasta las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran -el maravilloso sentimiento artístico de aquella gente asiática, -sólo igualada por la clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de -Carrillo no podía, ya que felizmente estaba en la capital de<span -class="pagenum" id="Page_I-135">p. I-135</span> la moda, dejar de equiparse -para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas -en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser -la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde -quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa, -y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una -quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo -mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que -mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.</p> - -<p>Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar -numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior -había ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos -de 4½ por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente -á unos ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer -á España aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles -urbanos ó en los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, -Mitjans había hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el -líquido de la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo -tomaría para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en -letras sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías -dí á aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban -siete mil francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró -aquí mi desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué -olvidadas cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que<span class="pagenum" -id="Page_I-136">p. I-136</span> ir á última hora, echando los bofes, á -casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos para poder -volver á España.</p> - -<p>Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en -mi vida que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas -leyes de la Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una -distracción tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera -había percibido siempre la salvadora claridad de los números; que -de algo ¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el -saludable ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de -loco desatino podían destruir los efectos de mi educación económica? -No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad, -resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de -la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un -narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa, -con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no -naufragase.</p> - -<p>Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso, -sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en -nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre -de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también -en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los -placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el -<i>tanto</i>, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número, -sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al -verificarse en mí aquel des<span class="pagenum" id="Page_I-137">p. -I-137</span>pertamiento, halléme en terreno firme y dije con resolución: -«No, niña mía, esto no puede seguir así.»</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre, -pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas -me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del -año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con -la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez -varias letras y algún papel de Londres.</p> - -<p>Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de -la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á -consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo -á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre -de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había -disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular! -Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de -esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir de -la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira que -tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de París -y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme cuenta de -ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del espíritu -que llamamos sumar, y aten<span class="pagenum" id="Page_I-138">p. -I-138</span>to sólo á los aguijonazos de la voluptuosidad y del amor -propio.</p> - -<p>A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al -<i>tanto</i>, reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado -concupiscente, por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había -mermado en lo más mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en -llevar procedimientos de regularidad económica á lo que moralmente -era tan irregular. El orden parecíame digno de ser implantado en los -dominios del vicio, y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía -la dulce ilusión de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían -mis noches y mis mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa -hacíame ver nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. -En cuanto á mi fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida -y muy saneada, hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance -de los lazos que mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del -propósito, vivas inquietudes me atormentaban en presencia de aquel -querido edificio económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy -profundas.</p> - -<p>Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el -presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella -exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había -importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de -Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la -casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de -verano,<span class="pagenum" id="Page_I-139">p. I-139</span> menudencias -é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la cifra de veinte mil -duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas de números, y no, -no salía. El pasivo del primer año era enorme, abrumador, y unido á -la instalación me daba el resultado tristísimo de que los señores de -Carrillo se habían comido ya la cuarta parte del capital heredado. -Por mucho que estirara yo los ingresos sobre el papel, forzando los -productos de las dehesas de Navalagamella y Barco de Avila, engrosando -los alquileres de las tres casas de Madrid y añadiendo á todo el cupón -de las obligaciones de Banco y Tesoro, no podía pasar de tristes siete -mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que lloraban por los míos, y me los -querían llevar.</p> - -<p>Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más -lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que -iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente -y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en -nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números. -¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y -resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró -conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas. -Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde -en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos. -A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude -obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre -embrollaba las ci<span class="pagenum" id="Page_I-140">p. I-140</span>fras -y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso de la aplicación de los -ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones mías, me confesó que tenía -algunas deudas.</p> - -<p>—Te las pago todas —le dije con efusión— si me juras que no volverás -á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.</p> - -<p>Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba -el convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se -volvían á contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más -se le poda.</p> - -<p>—Ahora no me echarás la culpa á mí —me dijo una tarde—. Es Pepe el -que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo -lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la -calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror... -Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no -ha vuelto á poner los pies en el <i>Veloz</i>. No tiene ningún vicio, no -juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan -ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á -contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso <i>órgano -del partido</i>, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe, -que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la -Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se -han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse -á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que -no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la <i>Sociedad de -niños</i>... Te aseguro que es un dolor...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-141">p. I-141</span></p> - -<p>Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, -me dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella -señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.</p> - -<p>Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras -lucubraciones económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. -Como el líquido puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las -altas temperaturas del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el -de los poetas, visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más -bien una fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. -Las cifras de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en -quince años, volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas -columnas de los libros de partida doble, separándose y revolviéndose -como las cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer -millones de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras -esterlinas de la noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan -junto á las unidades formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha -el alma! «Entonces, gata bonita, tendrías un palacio mejor que el -de Fernán-Núñez y el de Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, -como el de la esposa de un <i>rajah</i>; tendrías un <i>yacht</i> para viajar -por el Mediterráneo y un tren <i>Pullmann</i> para recorrer el Continente. -Te compraría el Rembrandt, el Murillo, el Veronés que salieran á la -venta al deshacerse la galería de algún principote alemán; y para tí -trabajarían Meissonier, Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo -más granadito de Europa. Apro<span class="pagenum" id="Page_I-142">p. -I-142</span>vechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de -las grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada -de Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el <i>Tanto Monta</i>, -y los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en -forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten -en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene -Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la biblia -de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más sublime, -la industria más hábil y los objetos de valor histórico, despojos que -se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú jugaras -con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más rica que -la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina Victoria, -emperatriz de las Indias.»</p> - -<p>Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, -para hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener -nada; vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades -sociales, en un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera -frío, ni calor, ni ciudades, ni civilización... No tener más que un -albergue rústico, y que nuestra despensa estuviera colgada de los -árboles... No beber más que agua clara... Vestirse sencillamente, tan -sencillamente, que todo el guardarropa quedara reducido á un simple -túnico talar... Nada de calzado, nada de sombrero, nada de esos -horrores que llaman guantes, corbatas y alfileres... No gozar de más -espectáculos que los del cielo y la vegetación; no oir más música que -la de los pájaros;<span class="pagenum" id="Page_I-143">p. I-143</span> no -ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que -es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación, -ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y -en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de -cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de -la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo -amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca -cansados de mirarnos y de querernos...</p> - -<p>Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de -Eloísa, que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que -ella se apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.</p> - -<p>—Calla, tonto... No escandalices.</p> - -<p>No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa -en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país -de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su -túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No -conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus -diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los -lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora -Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en -aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta -tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático -que viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las mi<span -class="pagenum" id="Page_I-144">p. I-144</span>radas de la señora Eva en -forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél de la manzana. -¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar á aquellas -playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra una sarta de -cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas desarrollan en -su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, se vuelve toda -nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la chaveta, y adiós -idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz sabrosa, adiós -festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... Cae mi Eva en -la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el demonio carga -con ella.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-145">p. I-145</span></p> - <h2 class="nobreak">X</h2> - <p class="subh2">Carrillo valía más que yo.</p> -</div> - -<p>Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor -supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado, -valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi -pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija -era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía -echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta -me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha -luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un -vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las -personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á -sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho -que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y -su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase -por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su -vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría -sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del -jefe de familia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-146">p. I-146</span></p> - -<p>Carrillo era presidente de una <i>Sociedad</i> formada para amparar -niños desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la -mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan -humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los -eficaces triunfos alcanzados por la <i>Sociedad</i>. Más de quinientas -criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado -de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las -precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce -al presidio. La <i>Sociedad</i> hacía ya mucho; pero su ilustre presidente -aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los -párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso -ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el -crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan -ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo -á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su -despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes, -extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo -cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer -Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para -allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se -desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había -que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar -los fondos de la <i>Sociedad</i>. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de -empresarios y concertistas y có<span class="pagenum" id="Page_I-147">p. -I-147</span>micos! No se eximían de esta febril contradanza los poetas, á -los cuales se les rogaba que leyeran versos; ni los oradores, á quienes -se pedía el óbolo de sus floreados discursos.</p> - -<p>Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su -inteligencia, yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de -escándalo y dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la -comparación siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me -cuidaba ni poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás -hablaba en las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte -de ninguna Comisión de importancia, no servía más que para sumarme -con la mayoría en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas -muy incompletas acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis -electores que de los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme -cartas llenas de quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los -papeles rotos, diciendo: «A mí me ha hecho diputado el ministro de la -Gobernación, nadie más. Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente, -el Congreso me parecía una comedia, y no tenía ganas de mezclarme -en ella. En cambio, Pepe, que era senador, tomaba muy en serio su -cargo, se debía al país, miraba á la patria con ojos paternales, -considerándola como uno de aquellos infelices niños que la <i>Sociedad</i> -recogía en las calles. Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba -en muchas Comisiones. Con frecuencia se levantaba de su banco, sin -aliento, ahogándose, y pronunciaba pequeños discursos discretísimos -en pro de los intereses generales. La enseñanza primaria, la<span -class="pagenum" id="Page_I-148">p. I-148</span> extinción de la langosta, -la necesidad de dar salida á <i>nuestros caldos</i>, el establecimiento de -gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la -Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión, -la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios -y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque -asmático, en los rojos asientos del Senado. El <i>Diario de las Sesiones</i> -estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que -se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos -aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un -salto grande hacia la cultura.</p> - -<p>Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado, -con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo -que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién -cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse, -echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á -muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien -si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al -sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y -juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de -la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad, -y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo -bien político.</p> - -<p>Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas -de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma. -Así,<span class="pagenum" id="Page_I-149">p. I-149</span> desde que -ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el sentimiento -general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á buscar -auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos de -nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera que -sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre -resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con -tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de -la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras -cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del -<i>Otroísmo</i> y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente -en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el <i -xml:lang="la" lang="la">quid</i> del defecto que en parte obscurecía -aquellas prendas eminentes, pues siempre se cuidaba mucho más de lo -ajeno que de lo propio, y poniendo desmedida atención en la humanidad -y en la patria, apartaba sus ojos de la familia y del gobierno de -su casa. Dueña y directora de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los -detalles más importantes del régimen doméstico, y no daba jamás una -disposición. Tanto celo fuera y tanta indolencia y descuido dentro, -eran indudablemente falta muy grande. Cuánto me complacía yo en -considerarlo así, no hay para qué decirlo. Aquella superioridad que me -mortificaba no era quizás más que figuración mía, y el pobre Carrillo, -al remontarse á lo que yo estimaba perfecciones, caía por tierra -poniéndose al nivel mío, que era el de la vulgar muchedumbre.</p> - -<p>Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males -se repetían y se complicaban,<span class="pagenum" id="Page_I-150">p. -I-150</span> presentando cada año nuevos y temibles aspectos, ofreciendo -como un campo clínico á los ensayos de la medicina. Para los médicos -era ya, más que un enfermo, un tratado de Patología interna escrito -en lengua que no podían traducir. Los síntomas de hoy desmentían -los de ayer, y los tratamientos variaban cada mes. Ya, suponiendo -desórdenes en la nutrición, se combatían en él los principios de una -diabetes; ya, observando graves fenómenos cardiacos, se atacaba el -mal en el terreno de la circulación. Declaróse luego la nefritis, y -más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con lesión grave en el -vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa fuese, ello es que -Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era terroso, sus fuerzas -inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las manos le temblaban, -y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él sólo tenía vigor el -espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en las varias faenas á -que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo entusiasmo de que se -poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y enderezando su cansado -organismo, como si le embalsamaran en vida.</p> - -<p>Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo -en el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración -moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza -y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que -me alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión -que esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé -si agrade<span class="pagenum" id="Page_I-151">p. I-151</span>cía su -estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella como una -salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los dos, y -como si á entrambos nos degradara de la misma manera.</p> - -<p>Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía -encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola -con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas -parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes, -el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella -gente; hablándole de la peluca del <i xml:lang="en" lang="en">speaker</i>, -del modo de votar, del familiar tono que usan, y haciéndole, por fin, -semblanzas tan exactas como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros -afamados oradores. ¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores -horribles, extenuado de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el -infeliz otro consuelo que conversar conmigo de aquellas cosas tan de -su gusto! Su mano en mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas, -y jamás se hartaba de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de -tiempo y de humor por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla -que te charla, viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la -verdad se me iba agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias! -El banquete del lord Corregidor fué de las cosas que le conté con -todos sus pelos y señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877. -Y después, ¡cuánto detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes, -se sonaba con estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no -cesaba de meter<span class="pagenum" id="Page_I-152">p. I-152</span>se -pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y -sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país -aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una -y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los -normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos -casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de -tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que -hacía propósito de marcharme.</p> - -<p>Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé -lo que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos -obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala -por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa -y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos -encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre -ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en -busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos -habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le -compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera -estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos -dado.</p> - -<p>Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido -estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo -declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos -de alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más -de<span class="pagenum" id="Page_I-153">p. I-153</span> una vez se le -escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose á días venideros, -iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi mujer. Hablando una -noche de reformas en la casa, se dejó decir:</p> - -<p>—Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso -bajo, comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de -nogal, como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del -duque y á la famosa estufa.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-155">p. I-155</span></p> - <h2 class="nobreak">XI</h2> - <p class="subh2">Los jueves de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían -diez y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres -nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias -hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la -hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta -que en los llamados <i>jueves de Eloísa</i> reinaba, era un eclecticismo, -una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza -nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más -distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía -en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba -á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con -respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de -propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas, -exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no -adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos -de la<span class="pagenum" id="Page_I-156">p. I-156</span> confianza -castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas que le dan -carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza de poetas, -oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos ha sido -hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de ideas que -anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las nacionalidades -maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en aquel instrumento -armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.</p> - -<p>Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan -distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de -estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis -castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes -frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el -populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las -redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan -ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De -este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la -cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco -ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.</p> - -<p>Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, -que bien podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por -no aburrir á mis lectores con lo que no les importa, seré breve, -escogiendo, entre todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á -la inteligencia de los casos<span class="pagenum" id="Page_I-157">p. -I-157</span> que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa -frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual -fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el -timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se -prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz. -Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las -luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y -faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su -reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina -suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.</p> - -<p>—Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede -tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su -suegra.</p> - -<p>Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba -fácilmente á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el -marqués de Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va -del primer salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica -ésta con la antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara -de cristales con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás -el cuerpo contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién -entra.</p> - -<p>Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al -poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad -los guantes de hilo, el maestresala M. Petit —aquel ingenioso francés -que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos -los<span class="pagenum" id="Page_I-158">p. I-158</span> establecimientos -balnearios y de haber lucido su estampa en el mostrador de algún -comedero de ferrocarril, se pasa el invierno sirviendo temporalmente en -las grandes comidas de las casas ricas de Madrid, ó que lo aparentan—, -y pronunciando el sacramental <i xml:lang="fr" lang="fr">madame est -servie</i>, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de -Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...</p> - -<p>Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de -sillas rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados -ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos -nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como -un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho -de la sopa <i>bisque</i>, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios -traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la -conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada -instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los -ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal -flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo -aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi -espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me -mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas, -de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas -en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y -ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo -todavía en su inquietud discreta, ojos que nos<span class="pagenum" -id="Page_I-159">p. I-159</span> miran y se vuelven y llevan la idea de una -persona á otra, el hilo de la conversación rompiéndose y anudándose á -cada instante, las sonrisas disimulando las contracciones de la gula. -Respecto á los dichos, yo no cesaba de recordar la rigidez de las -comidas inglesas, en las cuales todo lo que se habla podría figurar en -el Catecismo. En los festines que refiero, mi primo Raimundo hallaba -medio de contar cuentos indecentes, con una delicadeza de forma y unas -perífrasis que hacen de él un verdadero maestro en arte tan difícil.</p> - -<p>En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las -señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable. -Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir, -en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre -que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La -originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos -con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría -imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un -gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida -totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso, -medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada -faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de esas -que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante de tal -prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué general -la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella misma -mañana me<span class="pagenum" id="Page_I-160">p. I-160</span> había dicho -que no pensaba estrenar más vestidos ni inventar rarezas. Dejando á un -lado esta contradicción, diré que Eloísa deslumbraba: no se la podía -mirar sin plegar ligeramente los ojos. Su hermosura, sometida á la -prueba de aquella calcinación en crisol ardiente, triunfaba de las -llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y purificada. Su mirar era -como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que se subía á la cabeza -y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir nada del escote, á -quien la coloración chillona del rojo daba más realce. En su ridículo -entusiasmo, un revistero de salones me decía que aquella carne de -Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y que Fidias y el Hacedor -Supremo habrían disputado sobre cuál de los dos lo había hecho. Vamos, -que reñían y se tiraban á la cabeza los trastos de crear... Yo, -como dueño de aquella carnicería marmórea, no la veía con gusto tan -publicada. Pero el maldito revistero no cesaba de hacer paradojas, que -al día siguiente ponía en los periódicos. «Era un demonio celestial, el -<i>ángel del asesinato</i>, serafín que había encargado á Worth un vestido -hecho con brasas del Infierno... ¿Para qué? Para divertir á los Santos -en el Carnaval del Cielo... Su cuello ostentaba una constelación...» A -esto de la constelación démosle su nombre verdadero. Era una hermosa -<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de treinta y seis <i>chatones</i> que -yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se ha de decir) -una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente del Banco de -España.</p> - -<p>Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. -Todos los amigos de la casa ad<span class="pagenum" id="Page_I-161">p. -I-161</span>miraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban por ella. La -atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y mujeres, -respiran en tal género de vida; el constante incitativo del mucho y -refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el espíritu -van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas estas -causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte -suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para -apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal -ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de -que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre -los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía -de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de -pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró -delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto -general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de -mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien -ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de -que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.</p> - -<p>Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre -aquella turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una -fidelidad que habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no -viniera á ser una medalla en cuyo reverso estaba la traición.</p> - -<p>Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa, -empleando reservas delicadas<span class="pagenum" id="Page_I-162">p. -I-162</span> que olían á virtud, imitándola, como los artículos de -perfumería imitan la fragancia de las flores. Para todos tenía una -palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; compadecía al -enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando constantemente cierta -dignidad y señorío que me encantaban.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna -novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche -(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo -rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio. -Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las -había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme -la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos -lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante -cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las -figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño -natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre, -quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados -los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista, -y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro -asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara -á la Naturaleza con<span class="pagenum" id="Page_I-163">p. I-163</span> -más gallardía. El toque era allí perfecto símil de la superficie de las -cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, el pincel, convertido en -poder fisiológico, había hecho la carne, la epidermis, el músculo, los -cañones de la mal rapada barba, el pelo inerte, y, por fin, el destello -y la intención de la mirada. Aquel mismo toque habilísimo era luego la -lana y el algodón de la ropa, la seda mugrienta del fondo.</p> - -<p>—Esto ya no es pintar —decía Eloísa, sacando las cosas de quicio—: -es hacer milagros.</p> - -<p>La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, -y á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un -sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y -llena, significando con ella un <i>atrévanse ustedes</i>. Su tez pura, su -entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada. -El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían -suponerse antojo de un momento para <i>encaprichar</i> la hermosura noble -revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida -misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su -sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos. -¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa -no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:</p> - -<p>—¡Qué alma tiene!</p> - -<p>La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves, -como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones -de Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que -parecían personas, y vamos<span class="pagenum" id="Page_I-164">p. -I-164</span> á las personas que parecían cosas. Uno de los principales -devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de la chimenea -del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales ocupaba -Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando este -derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía en -cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien de -los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado, -patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por -su tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y -como los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una -calva pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como -adhesión caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo -bastante para convertir aquella devoción en una especie de cariño -paternal, traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. -Muy á menudo y cuando parecían más interesados en una conversación -frívola, trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho -en los fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su -capital en poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel -terreno.</p> - -<p>—Diga usted, marqués, ¿venderé las <i>Cubas</i> para comprar ese -Amortizable que ha inventado Camacho?</p> - -<p>Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al -acercarme al grupo.</p> - -<p>Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que -creía más conveniente.</p> - -<p>—Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme<span class="pagenum" -id="Page_I-165">p. I-165</span> <i>dobles</i> por cinco ó seis millones -nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto (dirigiéndose -á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes iniciativa, no -tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco tiempo si fueras -otro.</p> - -<p>El marqués echábase á reir, y mirándome...</p> - -<p>—Aprenda usted, niño —me decía—. Esto se llama navegar en golfos -mayores.</p> - -<p>—Marqués —proseguía ella—, me voy á tomar la libertad de hacerme su -socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga -en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?</p> - -<p>—¡María Santísima! ¡qué mujer! —exclamaba Fúcar con alarma jocosa—. -Eloísa, me compromete usted...</p> - -<p>—O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.</p> - -<p>—Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos -otra guerra civil.</p> - -<p>—Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?</p> - -<p>—Creerá usted que las contratas... —gruñía el marqués fluctuando -entre las bromas y las veras.</p> - -<p>—No haga usted caso, marqués —indiqué yo—. Estas mujeres ven todo -con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de -ella es multiplicar.</p> - -<p>—Sí: las contratas dan muchos millones.</p> - -<p>—¿Qué le parece á usted? —decíame Fúcar sin poder contener la risa—. -Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted,<span -class="pagenum" id="Page_I-166">p. I-166</span> niño, aprenda. ¡Contratas -de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á usted los diez mil -duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted que con ese dinero -fundará un <i>Hospital para fumadores desahuciados</i>.</p> - -<p>La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir -lo que decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y -envanecido de ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando -le contradecían. Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, -apartándome de un corrillo de los que allí se formaban, me acorraló -contra un mueble para decirme en secreto:</p> - -<p>—<i>Traviatito</i>, es preciso que se dedique usted á los negocios -para tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La -señora tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es -<i>comprar á plazo</i>, en <i>voluntad</i> y en <i>firme</i>. He tenido que darle una -lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio... -Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca -usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le -desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan -casos...</p> - -<p>Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, -verdadera enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 -hasta nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo -humano: recordaba la primera guerra civil, toda la historia política -y parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante -del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez, -y<span class="pagenum" id="Page_I-167">p. I-167</span> por fin inseparable -amigo de don José Salamanca, cuyos arranques geniales elogiaba á cada -instante. Los motivos secretos de los cambios políticos en el anterior -reinado los sabía al dedillo, y las paredes de Palacio eran para él -de una transparencia absoluta. De las infinitas trapisondas privadas -que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le había escapado. No -necesitaba esforzarse para satisfacer todas las dudas, pues el archivo -de su memoria, admirablemente catalogado, le suministraba sin demora -el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. Cuando nos contaba algún -lío, hacía mención de la calle, el número de la casa, el piso; nombraba -las personas todas de la familia, y si no le cortaban el hilo, refería -los belenes del padre ó la madre en la generación anterior. Este -narrador entretenidísimo era quizás el maestro más grande del arte de -la conversación que he visto en España. Cuando se muera no quedará nada -de él, pues jamás ha escrito cosa alguna. Le incitamos á escribir sus -memorias, que serían el más sabroso y quizás el más instructivo libro -de la época presente; pero él se excusa de hacerlo con la pereza y con -su poca habilidad de escritor. En efecto: los grandes conversacionistas -rara vez aciertan á interesar cuando escriben.</p> - -<p>Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los -primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves -soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de -juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la -más sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulce<span -class="pagenum" id="Page_I-168">p. I-168</span>mente mareada, como cuando -se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad idea -semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un -Diccionario de Medicina.</p> - -<p>La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez -despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la -casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne -viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez -le llamaba el <i>Saca-mantecas</i>, porque se sorbía las reputaciones -crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general, -bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería -exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura, -y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un -busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su -bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio -ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar -en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y -admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de -desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su -falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación, -y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de -cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería -debía sumas fabulosas.</p> - -<p>Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo -disección horrorosa de la<span class="pagenum" id="Page_I-169">p. -I-169</span> pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte pasos -del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? Severiano -me contaba horrores, vomitados por el <i>Saca-mantecas</i> á poca distancia -de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la mentira que -entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada con palabras -ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el que pagaba; -que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en la plaza de -amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían desprecio. Lo -más gracioso era que el <i>Saca-mantecas</i> había hecho el amor á Eloísa; -habíala acosado, durante una temporadilla, con declaraciones ardientes, -en las cuales lo rebuscado de las cláusulas no ocultaba lo repugnante -del desvarío senil. Ultimamente, el despecho le había vuelto un tanto -fosco. Se hacía el interesante, presentándose con cara de hastío. -Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, dándole la mano con -brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy mamarracho. Bien -lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano ó algún otro -amigo interrogaban al <i>Saca-mantecas</i> sobre su actitud displicente, -respondía, inflándose mucho:</p> - -<p>—Es que yo me he vuelto ya antidinástico.</p> - -<p>¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente -acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima -á una etiqueta que no vacilo en llamar <i>cursi</i>, pues era una mala -imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las -pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su<span -class="pagenum" id="Page_I-170">p. I-170</span> caudal, aparentando un -bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado y mentiroso! ¡Y -todo por tener una corte de aduladores y parásitos! ¡Comedia, ó mejor, -aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos días, y aún no me -daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi espíritu, de lo -absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.</p> - -<p>He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos -dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece -preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí, -atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable, -jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de -la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre -enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa, -tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta, -que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en -todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida -era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves -precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía. -Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar -con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con -una indicación literaria, á aquél con un tema de <i>sport</i>. Sus propias -aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del -pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la -<i>Sociedad de niños</i>.</p> - -<p>Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito!<span class="pagenum" -id="Page_I-171">p. I-171</span> haciendo los imposibles por sostenerse en -su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le hacía mimos de mamá, -incitándole al descanso.</p> - -<p>—Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no -puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te -marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por -qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José -María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.</p> - -<p>Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer -ni nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que -se empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. -Era como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan -todas las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar -en su puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse -enérgicamente á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á -hacer la partida de <i>whist</i> ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo -de ciencias sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de -quien todo el mundo huía como de la peste.</p> - -<p>Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de -costumbre, contra la pared, me dijo:</p> - -<p>—Hola, <i>Traviatito</i>: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el -pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á -otra cosa. Temo mucho que el <i>crac</i> de esta casa venga más pronto de lo -que creíamos... Lo he<span class="pagenum" id="Page_I-172">p. I-172</span> -sabido hoy por una casualidad. Han tomado dinero, no sé bien la cifra, -hipotecando la <i>Encomienda</i>, esa hermosa finca del Barco de Avila. -No podía ser de otra manera. Esta gente no ha podido apartarse de la -corriente general, y gasta el doble ó el triple de lo que tiene. Es el -eterno <i>quiero y no puedo</i>, el lema de Madrid, que no sé cómo no lo -graban en el escudo, para explicar la postura del oso, sí, del pobre -oso que <i>quiere</i> comerse los madroños, y por más que se estira, no -<i>puede</i>, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas <i>juergas</i> de los -jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al paso que vamos, -la <i xml:lang="fr" lang="fr">débâcle</i> no tardará.</p> - -<p>Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo -sabía; pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la -vanidad, no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más -ó menos afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré -pronto), absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara -no me hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la <i>Encomienda</i>. -Era preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno -de estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una -colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y -mejorarlo. Por los planos que<span class="pagenum" id="Page_I-173">p. -I-173</span> enseñaba á todos los amigos, se veía que la obra era tan -sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía en poner al patio -una cubierta de cristales, haciendo de él un salón espléndido, algo -como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación de las grandes -casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia de mi prima... -Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, lo llenaría -de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, araucarias, -helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y para -remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar en su -auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. Sí: -Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, una obra -no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría imaginar. -Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El día anterior -había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, escultor y -dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una procesión de -figuras helénicas representando todos los ideales del mundo antiguo y -los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética y el Teléfono de -Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación física de Spencer, -el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la Geografía de Herodoto y el -Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el acorazado de Zamuda, los -Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...</p> - -<p>Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque -equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró -que echaba chispas como un cuerpo electrizado.<span class="pagenum" -id="Page_I-174">p. I-174</span> Le tomé el pulso, y... pueden creerme, -tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba en la garganta, -haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no habló de otra cosa. -Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que el gran artista se la -pintara en unas cuantas horas por arte mágico.</p> - -<p>—Será una maravilla —dijo Manolito Peña—. Veremos aquí las <i>Mil y -pico de noches</i>.</p> - -<p>Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su -mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán, -y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque -sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas, -que entusiasman á las señoras de la tribuna de <i>idem</i>. Él y Gustavo -Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más -alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados. -Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado -en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse -platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que -no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba -resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había -reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y -más encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; -pero se trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más -radicales que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba -en su conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con -él preferen<span class="pagenum" id="Page_I-175">p. I-175</span>cias que -hacían poner el paño en el púlpito al <i>Saca-mantecas</i>.</p> - -<p>El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los -cuarenta años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, -me apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos; -entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en -1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba -fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo, -caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy -buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por -culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no -eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo -como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con -delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas -no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro -y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones -que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é -hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su -vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á -la marquesita de Casa-Bojío.</p> - -<p>El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba -ningún jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á -veces á sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para -divertir á la gente;<span class="pagenum" id="Page_I-176">p. I-176</span> -y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su espíritu, no -había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, la vanidad -y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. Sus teorías -ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente de su escogido -público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las paradojas -salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de aquel fárrago -de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo de perspicacia -que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, lo esclarecía -con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia despedía una -claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero con ella se -veía siempre algo, á veces mucho.</p> - -<p>Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente -general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el -sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el -panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe -II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una -buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una -noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y -vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero. -¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde -los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia! -Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso -de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas -tenían al dinero una ojeriza especial de raza.<span class="pagenum" -id="Page_I-177">p. I-177</span> ¡Ah! sí: al contrario de ciertos perros, -que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los poetas ladran -siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador pasó revista á -las comedias en que se pone de vuelta y media á los que tienen cuartos, -ensalzando á los pobres.</p> - -<p>—Porque, fijarse bien —decía—: en la conciencia general se asocian -las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia -en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por -herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que -el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por -eso no la quiero escribir...</p> - -<p>Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su -antojo con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de -nuestro decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de -las cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que -es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable, -la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago -es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre -base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo -<span class="allsmcap">XIII</span> viene haciéndose entre nosotros -una propaganda cargantísima contra el comer. La caballería andante -primero y el misticismo después han sido la religión del ayuno, el -desprecio de los intereses materiales. Ya tenéis aquí un principio de -muerte; ya tenéis atrofiado uno de los principales nervios del poder -de una nación: la propiedad. No dicen <i>la propiedad es un robo</i>, como -los socialistas modernos; pero<span class="pagenum" id="Page_I-178">p. -I-178</span> les falta poco para decir que es pecado. La caballería funda -la gloria en no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La -mayor riqueza es ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En -fin, estupideces, y por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que -entonces se llamaba el <i>Demonio</i>, es lo que nosotros llamamos <i>jabón</i>. -Todos los desprecios acumulados sobre la propiedad, sobre el buen -comer y la cómoda satisfacción de las necesidades de la vida, vienen -á reunirse sobre la infeliz moneda, á quien se mira como el origen -de todos los males. Los que durante una vida de trabajo se han hecho -ricos, concluyen por arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones -pías. El orgullo está en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir -limosna. Jamás se ofrecen como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, -sino la miseria, el desaseo y la sarna. No hay un santo en los altares -que no haya ido allí por haber cambiado el oro por las chinches.</p> - -<p>—Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!</p> - -<p>(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)</p> - -<p>—Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos, -los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la -suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber -agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra, -comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y -á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio -y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones...<span class="pagenum" -id="Page_I-179">p. I-179</span> ¿Ustedes no saben quiénes son estos -caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, conocen la vida de San -Pedro Regalado y de otros tales que están en el Cielo por predicar que -no debíamos comer más que tronchos de berza y algún pedazo de suela -mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido á ser una raza de -médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin energía moral, -ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... Claro, con la tan -ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos de pie. Nuestro -imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros tan frescos. -Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo á los ricos y -arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y prosa, hemos dejado -perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de fantasmas, perversa -hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos visto la extinción -de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno siglo <span -class="allsmcap">XIX</span>, después de haber dormido la mona mística, -nos encontramos con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos -viven bien, nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la -cuenta de que el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de -que el lavarse no es malo, de que el comer es excelente, y de que las -materialidades de la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras -ellos, queremos comer también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, -si hemos perdido la fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad -han despoblado nuestras encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto -empeño tenemos en mascar y digerir como los demás, que al fin y al -cabo...<span class="pagenum" id="Page_I-180">p. I-180</span> como esto no -exige largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la -dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué -llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil -de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas», -que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una -torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué -aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la -mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de -repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á -probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...</p> - -<p>Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.</p> - -<p>—Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!</p> - -<p>—¡Naturalismo!</p> - -<p>—Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con -tenazas lo que dice.</p> - -<p>Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo -esclarecía con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de -alcohol, vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara -contra él protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! -Por Dios, ¡qué naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos -socorridos anatemas sirven para todo.</p> - - -<h3 title="IV"><span class="pagenum" id="Page_I-181">p. I-181</span>IV</h3> - -<p>Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, -porque haciendo gala de conversacionista, la competencia del general -Morla, que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba. -Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso -ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno -las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su -contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío -Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba -dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí -el amparo de su <i>carrik</i>, no podía hacer de las suyas. Como había -adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la -guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase -casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes, -vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de -la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su -intimidad doméstica.</p> - -<p>Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona -antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que -no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la -semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros. -De este gastrónomo se contaban mil historias<span class="pagenum" -id="Page_I-182">p. I-182</span> ridículas. Llevaba en los faldones del frac -bolsillos de hule para almacenar allí dulces, jamón, fiambre y otras -golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al levantarse se tomaba un -gran tazón de agua de malvas, preparándose así para el gran hartazgo de -la noche. A nadie he visto comer con más estudio, ni poner en la comida -una atención más respetuosa. Para él, la mesa era verdadera <i>Misa</i>, -el holocausto del estómago. Llegaba en esto hasta la mayor grosería, -y cuando no ponían <i>menú</i> escrito, preguntaba á los criados qué había -con objeto de reservarse para lo más de su gusto. Muchas veces que le -tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, diciéndole con afectada -importancia:</p> - -<p>—Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso <i xml:lang="fr" -lang="fr">poulard à la Régence</i> y las <i>bouchées à la Montglass</i>.</p> - -<p>Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie, -de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía -separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había -desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media -isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará -hasta la última gota de su sangre en defensa, <i>etcétera</i>...»</p> - -<p>Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que -le hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas. -Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me -ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto -tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo con -sus pretensiones de<span class="pagenum" id="Page_I-183">p. I-183</span> -guapeza. Era un viejo verde, que después de comer aparecía abotagado, -pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, muy parecidos á los de los -besugos, y tan miopes que los corregía con cristales de número muy -alto, decían que allí no había más que apetitos, usurpando el lugar del -alma. Lo mismo Eloísa que yo resolvimos echarle, eliminándole con maña -de las reuniones; pero él no entendía de indirectas, y se pegaba á la -casa como una ostra.</p> - -<p>Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. -Su indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las -ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse -zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas, -dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien -la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba -en la inmediata calle de Olózaga.</p> - -<p>María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su -hermana. No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan -diferentes. A Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en -la recepción. Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez -Botín de cosas de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero -que iba quedando en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se -le hacía poco caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, -que más parecía agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una -noche en confianza, en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy -alzada para que las palabras franquearan mejor<span class="pagenum" -id="Page_I-184">p. I-184</span> el gran espacio entre su pequeñez y mi -buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac, -y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el -buen <i>ordinario de Medina</i> me dijo que no tenía palabras para hacerme -comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas -simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir -para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía -que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de -personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer -se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira; -aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar -seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que -se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo -contrario. Nunca le gustó á él <i>darse pisto</i>, ni aparecer como sabio ó -como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están -sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les -corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si -quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se -daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa. -Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó -tercer jueves.</p> - -<p>La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias -razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía -uno; pero no era cosa de presentarse todos los<span class="pagenum" -id="Page_I-185">p. I-185</span> jueves con los mismos trapitos de -cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los vaticinios que -indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, allá por -Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, y que -tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué dos -ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de su -centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él -solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote -que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía -más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en -el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por -ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los -perdigones que el de las ideas.</p> - -<p>—¿Y tu mujer? —le preguntaba yo todas las noches.</p> - -<p>—Bien —me respondía—. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella -misma.</p> - -<p>Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio -loca, Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado -en su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para -socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en -medio del desamparo y la desnudez.</p> - -<p>Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de -Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la -cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos. -Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don -An<span class="pagenum" id="Page_I-186">p. I-186</span>tonio Alvarez -Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real mozo. Mas se -podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía un sér -humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á quien -jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía era -repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre -sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al -<i>Saca-mantecas</i> en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para -gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los -del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca -una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las -fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano -Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, <i>le -crugía el cerebro</i>: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas -épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á -los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de -caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un -lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta -iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce -varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies. -No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un -ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo -conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero -león á los pies, hasta que tuve la suerte de que<span class="pagenum" -id="Page_I-187">p. I-187</span> mi tío Serafín me librara de ella. Fué la -única expoliación de que me he felicitado siempre.</p> - -<p>Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es -que no se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de -monterías antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces -una insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el -Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre -y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una -oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni -meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados. -Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas, -á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de -vestirse bien, cazar y retratarse.</p> - -<p>Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba. -¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas, -aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á -quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo -contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento -de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los -lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular, -forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto -jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su -partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería -ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le<span -class="pagenum" id="Page_I-188">p. I-188</span> oyera, y se sabía al -dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente al <i>Parlamento -largo</i>, al <i>Bill de derechos</i>, á las picardías que hizo Titus Oates y á -otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los anglómanos.</p> - -<p>Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á -contarlos. Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, -de cola entera como los pianos, de media cola y <i xml:lang="it" -lang="it">piccolos</i>. Ví académicos que habían escrito cosas bellas, -y otros que no habían escrito maldita cosa; militares en diferentes -situaciones, varios artistas, algún diplomático extranjero, ministros -en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y paisano mío; ví á -Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el marqués de Fúcar, -y resignádose á que su mujer viviera maritalmente en Pau con León -Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era aquello un museo -matritense, mejor para apreciado en conjunto que para reproducido en -sus múltiples, varias y pintorescas partes.</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de -tanto y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con -franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo -de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de -una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba -el trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos -de mi<span class="pagenum" id="Page_I-189">p. I-189</span> corazón, la -sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y de un poco -también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las buenas formas; -pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso en el altar del -mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, humo y la estéril -satisfacción de que se hablara de la casa y del trato de ella. En fin, -á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves atravesados en el -gaznate sin poderlos pasar.</p> - -<p>Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al -maldito <i>qué dirán</i> impedíale suspender repentinamente las grandes -comidas. La idea de que se susurrase <i>que estaba tronada</i> la ponía en -ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por -la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor, -de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de -sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo -mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á -un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de -un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio -de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre. -Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la -disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de -majaderías.</p> - -<p>Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara -á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de -lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Des<span -class="pagenum" id="Page_I-190">p. I-190</span>graciadamente, no podía -apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en mi auxilio -á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían luchar -solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos de la -casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. La -colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que -me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces -á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el -sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar -mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo -verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa -de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria -de Chapa, la osadía del <i>Saca-mantecas</i>, la fealdad misma de Botín, -la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría -deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se -asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por -despedirla.</p> - -<p>Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante -que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los -malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta -quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me -he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza! -«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me -costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil -y agradablemente firmando<span class="pagenum" id="Page_I-191">p. -I-191</span> paces que debían de ser eternas por lo apasionadas. ¡Qué -mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado y sin fondo! Nuestras -entrevistas nos parecían siempre cortas, y expresábamos el afán de no -separarnos nunca, de empalmar las horas felices, pues cada fracción del -tiempo que pasaba, marcando una pausa en nuestros goces, nos parecía -algo que se nos había robado. La publicidad escandalosa de aquel enredo -y la ausencia de todo peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos -recatábamos; ya se nos importaba un bledo la opinión de la gente, que, -por otra parte, no era severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, -nadie extrañaba nuestra conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia -que nos acusase. Se nos veía juntos en público; dábamos paseos -matinales; yo iba á su casa por mañana, tarde y noche, y entraba y -salía y andaba por todos los aposentos de ella como si fuera mi propia -vivienda.</p> - -<p>En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. -Zumbáronme los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, -y esta mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, -siempre llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y -cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que -era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el -cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío. -Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos; -pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.</p> - -<p>Excuso decir que en esta temporada, que no<span class="pagenum" -id="Page_I-192">p. I-192</span> sé si fué dicha ó tormento, ó ambas cosas -combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en mí. Mi dualismo -estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre andaluza de mi -padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro vicio había -acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía educatriz de mis -quince años de escritorio.</p> - -<p>De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de -la tal aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del -entumecimiento cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones -mentales acerca de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa -y la gala de sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que -en la casa de Carrillo se gastaba más del triple de la renta del -capital. Varias noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; -pero la excitación me impedía pensarlo con claridad y energía, y la -sedación venía luego á adormecerlo todo, números y alarmas. Había -además otra circunstancia digna de tenerse en cuenta para explicar mi -pereza aritmética. Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y -Eloísa no me pedía nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna -clase de dificultades monetarias. Fuera del desembolso mensual de los -regalitos, yo no tenía que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta -corriente.</p> - -<p>Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás -en ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de -nuestras almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de -los jueves, criticarlos bajo el<span class="pagenum" id="Page_I-193">p. -I-193</span> doble aspecto moral y económico, y pedir que desaparecieran -de la serie del tiempo.</p> - -<p>—Pienso como tú —me dijo la muy mona—; pero yo digo lo que el -Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y -porrazo, podría ser inconveniente.</p> - -<p>—Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma —le respondí—, -dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en -establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía... -Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos -modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te -esclavices.</p> - -<p>Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida. -Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría. -Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo -por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito -violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda -de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo -derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que -principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa -aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los -invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena -gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un -esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á -cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!</p> - -<p>No tardaron en entrar Chapa, el <i>Saca-mante<span class="pagenum" -id="Page_I-194">p. I-194</span>cas</i>, Peña, el secretario de la Legación -de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín y el general -Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el deber de poner -una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición del amo de la -casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en lo que llamaré el -terreno aflictivo era bastante delicada; pues si aparecía muy afligida, -podrían dudar de su sinceridad, y si, por el contrario, se presentaba -serena, las críticas serían más acerbas. Comprendí, oyéndola hablar del -enfermo con los convidados, que hacía esfuerzos por hallar el justo -medio sin poderlo conseguir. A veces iba muy lejos en el camino del -dolor, y conociéndolo, la reacción en sentido de la calma era demasiado -fuerte. Nunca ví lucha más horrible con las conveniencias sociales; -y si las palabras de los amigos eran perfectamente discretas, sus -miradas, al menos á mí me lo parecía, revelaban una ironía despiadada. -Y Eloísa estaba triste en realidad. Sólo que á veces se le antojaba que -debía estar más triste, y á veces que debía estarlo menos, resultando -de aquí que nunca acertaba con el tono exacto de la nota que quería -afinar.</p> - -<p>La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que -teníamos aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas -fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se -hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en -rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora. -Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa, -y todos ha<span class="pagenum" id="Page_I-195">p. I-195</span>cíamos el -papel de que se nos transmitía por arte mágico su contento. Pepe estaba -en su habitación acompañado del médico y de su ayuda de cámara. Sólo el -marqués de Cícero, como de la familia, había entrado á verle. Después -ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo correspondía, y entreveraba -los bocados con suspiros. El general Morla me tocó al lado, y hablamos -de la enfermedad de Pepe con la misma calma que si se tratara de lo -buenas que estaban las codornices trufadas.</p> - -<p>—Este hombre se va —me dijo—. He visto morir á muchos de ese mismo -mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se -queda viuda. Tal vez esta misma noche.</p> - -<p>Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del -general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama. -Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo -interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos -nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el -pedazo de <i xml:lang="fr" lang="fr">fond d’artichauts au suprême</i>, -aguardaban que se aclarase el angustioso misterio para seguir hacia su -destino. Sólo Botín oía mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á -la puerta antes que entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir -á la carrera. Oímos cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió -hacia adentro, Celedonio también.</p> - - -<div class="section"> - <h3 title="VI"><span class="pagenum" id="Page_I-196">p. I-196</span>VI</h3> -</div> - -<p>Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas -palabras:</p> - -<p>—Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.</p> - -<p>Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por -causa del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la -lista de platos. Resultado de esta preterición (que parecía una -estratagema traidora) fué que mi hombre se atracó de <i xml:lang="en" -lang="en">roastbeef</i> á la inglesa, y cuando aparecieron las codornices -ya no le quedaba para ellas todo el hueco estomacal que merecían. Se -podían leer en las serosidades lobulosas de su frente sus irritados -pensamientos. Estaba verde, y sus gruesos labios engrasados se -estremecían como los labios de los perros cuando van á ladrar. -«Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal <i xml:lang="fr" -lang="fr">restaurant</i>», de seguro diría. Al través de las gafas de -oro, sus ojos inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban -destellos de odio contra el pobre M. Petit.</p> - -<p>Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores -sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una -punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual -comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en -alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. -Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como -la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de -los<span class="pagenum" id="Page_I-197">p. I-197</span> comensales. Las -circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese -lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora -muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por -uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al -espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco -ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:</p> - -<p>—Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me -gusta ver entierros...</p> - -<p>—Es que no tiene usted la conciencia tranquila —dijo no sé quién, -derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas -risas.</p> - -<p>—Me parece que les estoy viendo á todos ustedes —dijo Pilar— bajando -de patitas al Infierno...</p> - -<p>—Como la llevemos á usted por delante...</p> - -<p>—¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...</p> - -<p>—Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una -sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro -departamento...</p> - -<p>—¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!</p> - -<p>Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo -es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el -Purgatorio.</p> - -<p>Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando -acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda -de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al -señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, -muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té -y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer<span -class="pagenum" id="Page_I-198">p. I-198</span> en mi cara que llevaba -noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele -lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme -así:</p> - -<p>—¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que -se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.</p> - -<p>—Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado -semejante.</p> - -<p>—¿Y está mejor, es cierto? —me preguntó mirándome de un modo que era -nueva apelación á mi confianza.</p> - -<p>—Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre -Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...</p> - -<p>—Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no -es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más -triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder -aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...</p> - -<p>—Sin duda alguna —le contesté, por contestar algo.</p> - -<p>—Dígame usted —añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de -confianza—, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la -marquesa de Cícero?...</p> - -<p>—Señora, habla usted como si ya... —respondí espantado.</p> - -<p>—¡Qué tonta!... Quiero decir, <i>dejará</i>... Es verdad que todavía no -ha concluído... ¡pobrecillo!</p> - -<p>—Creo que sí —contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como -mandar un comuni<span class="pagenum" id="Page_I-199">p. I-199</span>cado -á la prensa—. Sí: su capital permanece intacto.</p> - -<p>—¿Sí?... ¿de veras? —dijo sonriendo y dando al <i>de veras</i> ese dejo -de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular—. O usted se ha -caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de -té para que se le aclaren las ideas.</p> - -<p>—Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo -es un hombre prudente.</p> - -<p>—Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo -que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos -números.</p> - -<p>—Algunos he hecho.</p> - -<p>—Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando -pase el luto, seguirán los grandes jueves?</p> - -<p>Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la -situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más -natural del mundo:</p> - -<p>—¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es -el último de los jueves habidos y por haber.</p> - -<p>—Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... -Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta -esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... -¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me -cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...</p> - -<p>En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á -comer, ocupó su puesto frente<span class="pagenum" id="Page_I-200">p. -I-200</span> á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de -ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas -al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando -con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su -voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y -cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima -y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de -compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y -daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento -y expresivo arquear de cejas un <i>Sea lo que Dios quiera</i>.</p> - -<p>Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, -que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera -libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo -de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:</p> - -<p>—En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en -la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.</p> - -<p>De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de -Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad -y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le -sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño -Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables -excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba -mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitacio<span -class="pagenum" id="Page_I-201">p. I-201</span>nes por la mejoría demostró -cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de -actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor -de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una -ocasión propicia, me dijo al oído:</p> - -<p>—Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.</p> - -<p>Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y -al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo -supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla -entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el -médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví -en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco -de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo -de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas -un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos -de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no -tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, -inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. -Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con -natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el -aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En -mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, -como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas -y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, -so<span class="pagenum" id="Page_I-202">p. I-202</span>bre el velador -decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida -lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de -la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el -sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas, -pronunciando las fórmulas de despedida.</p> - -<p>—Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.</p> - -<p>Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.</p> - -<p>—Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá -usted á su vida habitual.</p> - -<p>Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á -entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no -había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.</p> - - -<h3>VII</h3> - -<p>Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos -en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la -cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza -cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja -como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su -mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo -intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. -Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el -cuerpo un hielo mortal.</p> - -<p>—¿Qué tal vamos? —le dije inclinándome para verle mejor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-203">p. I-203</span></p> - -<p>—Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á -echarle un vistazo.</p> - -<p>—No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?</p> - -<p>—He pasado un rato muy malo —replicó sacando difícilmente las -palabras del pecho—. Pero después del baño me encuentro muy bien. -Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién -ha venido?</p> - -<p>Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.</p> - -<p>—Que no parezca que estoy enfermo —añadió con brío—; que se -diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente -no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las -arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en -fin, nada más... Todavía...</p> - -<p>Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y -haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:</p> - -<p>—Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no -sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido -vómitos de sangre.</p> - -<p>—¿Sí?... ¿te lo dijo?</p> - -<p>Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía -muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba -como se consuela á los niños.</p> - -<p>—Y que todos los días tenías fiebre.</p> - -<p>—Es verdad —afirmé—. No estoy bueno, ni mucho menos.</p> - -<p>—Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la -edad...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-204">p. I-204</span></p> - -<p>—Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.</p> - -<p>—Yo estaré en pie la semana que entra —añadió, galvanizándose con -su espiritual fuerza—, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un -gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos -pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, -consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de -reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se -encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales -teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú -harás lo que puedas entre tus amigos...</p> - -<p>No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no -entrara mi prima.</p> - -<p>—¡Eh... basta de conversación! —dijo, poniendo su mano derecha en mi -hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo—. Lo primero -que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.</p> - -<p>—Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos -hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.</p> - -<p>—Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya -haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te -ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde -mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de -más.</p> - -<p>En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que -me habló así:</p> - -<p>—¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La -convalecencia de este ataque<span class="pagenum" id="Page_I-205">p. -I-205</span> será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á -acompañarme?</p> - -<p>—¡Qué pregunta!</p> - -<p>—¿Y no has visto al pequeño? Pasa —me dijo cariñosamente, -empujándome hacia una puerta—. El pobrecito se despertó con los gritos -de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al -instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!</p> - -<p>El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que -me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin -hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero -Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, -dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy -espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas -blandas palabras:</p> - -<p>—Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. -El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la -noche.</p> - -<p>Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de -tristeza, diciéndome con severidad dulce:</p> - -<p>—Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme -un momento.</p> - -<p>—¿Pero eres tan tonta que...?</p> - -<p>Celos tan inoportunos me causaban hastío.</p> - -<p>—Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho— -replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.</p> - -<p>En la reunión tuve que sostener conversacio<span class="pagenum" -id="Page_I-206">p. I-206</span>nes que me aburrían, contestar á preguntas -que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido. -Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de -las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca -de su casa.</p> - -<p>—¿Usted se queda aquí? —me dijo—. Velará usted. Cada cual á su -puesto de honor.</p> - -<p>A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me -salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de -sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una -luz, creí ver á <i xml:lang="en" lang="en">lady</i> Macbeth cuando el paso -aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á -entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:</p> - -<p>—Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá -de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no -podré dormir.</p> - -<p>Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo -quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...</p> - -<p>—Necesitas descansar —me dijo con el mayor cariño—. Duerme -ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos -entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.</p> - -<p>Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme -esto:</p> - -<p>—¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? -No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete -recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar -veinte mil disparates.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-207">p. I-207</span></p> - -<p>Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del -gabán:</p> - -<p>—Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. -¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, -que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...</p> - -<p>Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-209">p. I-209</span></p> - <h2 class="nobreak">XII</h2> - <p class="subh2">Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de - amor.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada -se sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse -á sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de -la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las -ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella -esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia -con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles -martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme -ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido -que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias, -para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los -ocho días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su -alcoba, con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila -en lo concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros -motivos parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una<span -class="pagenum" id="Page_I-210">p. I-210</span> mañana me la encontré en su -gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, haciendo números y -fijando alternativamente los ojos en el papel y en el techo, que era un -cielo azul con sus indispensables ninfas en paños menores.</p> - -<p>—¿Estás contando las estrellas? —le pregunté, sospechando lo que en -realidad contaba.</p> - -<p>—No: es que estoy calculando... —replicó algo turbada—. Me vuelvo -loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no -disgustarte; pero me pasan cosas graves.</p> - -<p>Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres -aritméticos que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, -que la mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad -de la mía.</p> - -<p>—¿A ver ese papel? —dije, tomándole la mano en que lo mostraba.</p> - -<p>Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no -se podía sacar nada en claro.</p> - -<p>—¿Y quién entiende este <i>maremagnum</i>? —indiqué con desabrimiento.</p> - -<p>El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa -boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos -erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez, -tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando -el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á -las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á -presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora, -porque desfigurarlo era impedir su solución.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-211">p. I-211</span></p> - -<p>—Claridad, completa claridad es lo que quiero —le dije—. Muéstrame -hasta el fondo del cántaro vacío.</p> - -<p>Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el -panorama completo de su situación económica, el cual era para poner -miedo en el ánimo más esforzado.</p> - -<p>Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las -frecuentes compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de -arte, y, por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en -sus obras humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa -ruina. El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda -se les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar -los brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes -á un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había -necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se -diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me -lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No -me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir -dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir -trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que -pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe... -Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo -estaba sofocadísimo.</p> - -<p>Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. -A sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance, -contesté con retahila de números despiadados.<span class="pagenum" -id="Page_I-212">p. I-212</span> Erame forzoso ser cruel para evitar mayores -males. Yo la sacaría del pantano; pero estableciendo un nuevo plan y -presupuesto rigurosísimo, de modo que no se repitiera el conflicto.</p> - -<p>Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de -asegurar el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. -A esto me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba -decidida á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo -creía necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba -sus últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á -concluir? ¿Cómo cercenarle los fondos para la <i>Sociedad de niños</i> -y otras empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas -calamidades?</p> - -<p>—No enredes las cosas —le dije—: tus gastos son los que te hunden, -no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el -entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos -los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han -costado. No será difícil encontrar compradores.</p> - -<p>Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, -ví sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran -reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales, -escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil -pedazos.</p> - -<p>—Mira qué pronto se ha hecho la obra —exclamé—: te he regalado cinco -mil duros.</p> - -<p>Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró -Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más -tranquila. Raimundo,<span class="pagenum" id="Page_I-213">p. I-213</span> -hablando del completo hundimiento de la casa de Tellería, hubo de -contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió mucho su hermana, aunque -á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi primo, en los últimos años la -familia se mantenía con lo que Gustavo sacaba de las queridas ricas: -¡abominación! Leopoldito, marqués de Casa-Bojío, estaba también en -las últimas, porque las fortunas cubanas habían bajado á cero. León -Roch había suspendido la pensión que pasaba á Milagros. Esta y el -pobre marqués vivían separados y en la mayor miseria; cada cual dando -sablazos y explotando al pobre que cogían debajo. Don Agustín de Sudre -había dado en la flor de ir á contarle al Rey mismo sus miserias, -logrando algunas veces pingües limosnas. Pero la regia munificencia -se había agotado ya, y... «la semana pasada —concluyó Raimundo— fué -el pobre señor á Palacio con el cuento de siempre. El Rey sacó cinco -duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió la espalda. ¡Y luego se -espantan de que haya antidinásticos!»</p> - -<p>Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, -oyendo no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en -las cuentas de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la -función, y me acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre -que me abrumaba. Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban -horriblemente los oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. -La apreciación de los números despertaba en mí con fiera energía, -proporcionada al largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí -renacía de sú<span class="pagenum" id="Page_I-214">p. I-214</span>bito el -hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna, -gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica -del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el -diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas -temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban -de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté -de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un -mueble <i>secreter</i> que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir -cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba, -sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había -dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa -en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No -resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había -consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio -que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más -guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento, -semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que -vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas -cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-215">p. I-215</span>II</h3> - -<p>Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se -circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía -doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí -me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un -rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas -del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo -moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa -perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y -amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No, -esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el -enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi -perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que -Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se -quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado -ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á -la que me había dado á mí su vida y su honor. El <i>todo por la dama</i> -se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez -dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas -calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla, -cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo -no era quizás otra cosa que<span class="pagenum" id="Page_I-216">p. -I-216</span> el afán de hacerme más envidiable á los demás, y de dorar -y engalanar el trono en que me había puesto! No, ¡<i>todo por la dama</i>! -Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, superior y anterior á -todas las contingencias, ¿qué significaba un <i>puñado de monedas</i>?</p> - -<p>Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba -ser una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. -Era un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate -de la caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase -á casa todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y -cuentas, y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos -para pagar intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas -pendientes y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable -quitar de en medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco -tiempo habrían devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios -misericordioso! Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. -¡Oh, con cuánto horror se me representaron entonces las superfluidades -que no podía menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de -vidrio! Con el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de -los jueves famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. -Petit, farsante, ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil -reales para gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban -veinte mil reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, -los cuatro lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué -cuento venían el portero de es<span class="pagenum" id="Page_I-217">p. -I-217</span>trados, la doncella extranjera, la berlina de doble -suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del -material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general -y adelante.</p> - -<p>Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco -dado á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún -me dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por -la senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar -de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de -todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el -arreglo.</p> - -<p>Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir -del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco -de España ó de las <i>Cubas</i>? Mi tío me decía que no me deshiciera del -Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio -nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á -65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban -alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando -con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de -pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las <i>Cubas</i>. Este -papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente -pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso -que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser -de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con -Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda<span class="pagenum" -id="Page_I-218">p. I-218</span> la familia. Vivía en el tercero de mi casa, -en el cuarto inmediato al de Camila. Era jugador afortunadísimo, y á -menudo me proponía que me asociara á sus operaciones. Hícelo algunas -veces, y siempre con tal éxito, que no me faltaban ganas de tomar más -á pechos aquel negocio, y lo habría hecho seguramente si el amor no -me tuviera preso y como secuestrado, incapaz para todo lo que fuese -extraño á sus ardientes goces.</p> - -<p>El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que -realizó mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una -casa. Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que -se vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de -bienes y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis -cuentas y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en -sólido una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, -y el producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no -inferior á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote -la concha de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte -compré la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. -Me daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero -si he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme -por la inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la -anunciada operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo -tomado sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los -nuevos valores, comprometía quizás un poco su porvenir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-219">p. I-219</span></p> - -<p>El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna -y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de -propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho, -el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de -terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis -frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le -entró por coleccionar <i>ojos de gato</i> de todos los matices, sino otras -obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué -la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome -brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula -farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por -Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos -celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado -perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal -mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de -nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que -darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin -de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos -derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, -y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le -pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había -muerto en Madrid algunos años antes.</p> - -<p>Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima, -ésta se presentó en mi casa<span class="pagenum" id="Page_I-220">p. -I-220</span> á las once de la mañana. Ya habían sido pagadas las cuentas; -habíanse recogido los pagarés que estaban en poder de Torquemada. -Sólo faltaban algunas menudencias para las cuales destiné cierta suma -que recogería la propia Eloísa. La cantidad aguardaba sobre la mesa -en un paquete de billetes pequeños, y junto á la misma mesa estaba -yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, aunque sin otra molestia, -gracias á Dios. Aún tenía en la mano la pluma, plectro infeliz de aquel -poema de garabatos, cuando Eloísa llegó á mí pasito á pasito por la -espalda, echóme los brazos al cuello, cruzó sus manos sobre mi corbata, -oprimiéndome la garganta hasta cortarme la respiración, alborotándome -el pelo y echándome atrás la cabeza para lavarme la frente con -sus labios húmedos; á todas éstas riendo, diciendo mil tonterías, -llenándome de saliva los párpados y las mejillas, y vertiendo en mi -oído un filtro, un veneno de palabras cariñosas, que después, por -maldita ley física, se había de convertir en zumbidos insoportables.</p> - -<p>Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más -sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino, -y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á -mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su -espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y -diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.</p> - -<p>—¿Qué mujer no haría locuras por tí? —añadió luego—. Por tí, no digo -locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-221">p. I-221</span></p> - -<p>Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos -celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera -iniciativa y flexibilidad, me dijo:</p> - -<p>—No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien -aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré -desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos -días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las -muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de -enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer -en esto del gastar poco.</p> - -<p>—Por Dios —indiqué asustado—, nada de celo excesivo.</p> - -<p>—Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de -comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna -de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo -que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo -el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan -agradables y que han estado á punto de perderme...!</p> - -<p>Tanto entusiasmo me alarmaba.</p> - -<p>—No creas —prosiguió—, también hay algo de sacrificio; pero estos -sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median... -lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.</p> - -<p>Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas -economías que había de realizar.</p> - -<p>—Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer<span class="pagenum" -id="Page_I-222">p. I-222</span> á su casa... Fuera M. Petit, fuera el jefe -de cocina, que son capaces de tragarse el presupuesto de una nación... -Fuera todos los criados, á quienes he estado dando doce duros y dos -trajes... Abajo el portero de estrados, que no sirve más que para -enamorar á las doncellas... Abajo la doncella-costurera... Las cocheras -y cuadras quedan en la cuarta parte... El ramo de vestidos y novedades -suprimido por ahora... Vendo todos los zafiros, todos... Vendo la -<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i>, los cuadros de Sala y Domingo, -el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., etc... -Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima expresión -las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la <i>Sociedad -de niños</i>...</p> - -<p>—¡Alto allá! —dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda -hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos—. Eso me -parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo -le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos -privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio. -Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo -ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque -subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.</p> - -<p>Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza -y asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al -triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como -con el de sus caricias.</p> - - -<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_I-223">p. I-223</span>III</h3> - -<p>Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa, -quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo -que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama. -Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero -arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.</p> - -<p>—¿Y cómo está hoy Pepe? —le pregunté.</p> - -<p>—Está muy animadito —replicó—. Tiene compañía para todo el día. No -pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?</p> - -<p>Díjele que no tenía ganas de salir.</p> - -<p>—Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo -con mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que -usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.</p> - -<p>Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió -órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al -lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:</p> - -<p>—¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos, -solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera -guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer -pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de -incógnito, de riguroso <i>inepto</i>, como dijo el del cuento, al Puente -de Vallecas, y ponernos á re<span class="pagenum" id="Page_I-224">p. -I-224</span>tozar allí con las criadas y los artilleros, almorzando en un -merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, muchas vueltas, muchas -vueltas...</p> - -<p>—No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay -inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana... -Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi -coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y -veremos representar un disparatón...</p> - -<p>—Sí, sí —gritó, dando palmadas con júbilo infantil—. ¡Y cómo me -gustan á mí los disparatones! Echarán <i>Candelas</i>, ó quizá <i>El Terremoto -de la Martinica</i>.</p> - -<p>—O <i>El Pastor de Florencia</i>, ó <i>Los Perros del Monte de San -Bernardo</i>.</p> - -<p>Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y -darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal -para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su -marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto -á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las -órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el <i -xml:lang="la" lang="la">Sursum corda</i>... Felizmente, mi tío y Raimundo, -con quien no rezaban nunca estas pragmáticas, estaban aquel día fuera -de Madrid en una partida de caza.</p> - -<p>Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel. -Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante -de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos -seguros de su fiscalización, y<span class="pagenum" id="Page_I-225">p. -I-225</span> veíamos en la débil pared de la casa una muralla chinesca -que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué desprecio oíamos, desde -mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de personas y el rodar -de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera se posesionó de la -acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre aquella considerable -porción del mundo que nos parecía cursi, frases de burla y de desdén. -¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente viniera á rondarnos! -Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, voces y ruedas era -arrullarnos en nuestro nido.</p> - -<p>Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á -muchos conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de -mi casa vimos grupos de amigos: el general Morla, el <i>Saca-mantecas</i> -y Jacinto Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el -Hipódromo.</p> - -<p>—Mira <i>la ordinaria de Medina</i> —me dijo Eloísa, llamándome la -atención hacia su hermana, que pasó con su marido—. ¡Qué gorda se está -poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más -allá de la Biblioteca.</p> - -<p>Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una -araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de -nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible, -grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á -caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora -de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos desde -aquella escondida atalaya, que nos reíamos<span class="pagenum" -id="Page_I-226">p. I-226</span> de ellos y que les compadecíamos por no ser -libres y felices como lo éramos nosotros!</p> - -<p>La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en -donde estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de -los teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el -nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban, -dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos -diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.</p> - -<p>En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en -cuando, haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la -idea de que el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; -pues aquel ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada -año, y con su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse -las caricias de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo -otros. Todo estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya -no me sentía tan entusiasmado como al principio, la idea de que no -fuese exclusiva para mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. -Pero ya, ya lo sería, porque en un plazo que pudiera ser breve nos -casaríamos y... ¿Y si después, cuando estuviese bien pertrechado -de derechos, algún mortal, tan afortunado como yo lo era entonces, -me robaba lo que yo robaba?... ¡Ah, buen cuidado tendría yo!... -¿Para qué servían la energía y la autoridad?... Estos recelos no se -calmaban ni aun con el juramento, dado entre mil ternezas y tonterías, -de una lealtad á prueba del tiempo, de una<span class="pagenum" -id="Page_I-227">p. I-227</span> fidelidad que rayaba en el romanticismo -pedantesco por su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro -cuchicheo variaba de asunto y de tono. No tratábamos de cosas -exclusivamente ideales y voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa -trajo al altar de Cupido expresiones que no encajaban bien entre las -medias palabras del amor, y prosaísmos que no se entreveraban bien con -las rosas; pero todo cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto -en mi corazón, me entretenía, me seducía, me deleitaba.</p> - -<p>—Si tú quisieras —me dijo, después de un largo silencio—, lograrías -ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu -experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir, -que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no -quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No -es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es -que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la -guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de -años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de -genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si -me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes -manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer <i>dobles</i>? ¿Por qué no te haces -amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de -Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de -Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de -comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha -ganado<span class="pagenum" id="Page_I-228">p. I-228</span> Sánchez Botín -muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí que eres un perezoso, -que no quieres molestarte. Eres diputado y no sabes sacar partido de -tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea de ferrocarril, la -construyes y después la traspasas á algún primo que cargue con la -explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me gustan estas -cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la mejor flor con -que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y decirme cómo -se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, Fúcar te daría -participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que no hubiera -guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista de víveres ó -perdíamos las amistades.</p> - -<p>Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata, -quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la -primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no -comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por -cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo -yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos -de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes -resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.</p> - -<p>—¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte —proseguía ella con -vehemencia humorística—. Fúcar me ha contado cosas que pasman. -Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo. -Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba al -Ministerio<span class="pagenum" id="Page_I-229">p. I-229</span> de la -Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del Gobierno dos mil carros, en -tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego no ponía más que mil quinientos, -y cuando se moría una mula vieja, ó veinte ó doscientas (y no valía -cada una diez duros), el veterinario certificaba... «mula de primera», -lo que quiere decir cuatro mil reales por cadáver de mula. Después la -Administración militar liquidaba, y allá te van millones... Si digo que -tú eres simple. Yo, á ser tú, me daría mis trazas para saber cuándo -iba á subir el Amortizable y... ¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera -seguir en mi tren de antes, invitaría al ministro de Hacienda, á todos -los ministros, y les embobaría con cuatro palabras amables, y me haría -dueña de todos los secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, -que no podrías tú correr con el pago del cupón en Londres, negociando -letras?... También se procuraría que el Gobierno comprara acorazados -para que tú, como quien hace un favor, te encargaras de hacer los -pagos... Porque sí, hay que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, -búscate comisiones en Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga -sus trampas sino con lo que va sacando de las compras de máquinas en -Inglaterra? ¡Oh! yo sé mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de -capa caída como está, una verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! -se me ocurre ahora que lo que debe hacer España es venderla. Y mira, -nadie mejor que tú se podría encargar de las negociaciones en los -Estados Unidos, en Alemania ó en el Infierno. Conque te dieran el medio -por ciento de corretaje...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-230">p. I-230</span></p> - -<p>Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin -substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la -adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de <i>Romeo y -Julieta</i>.</p> - -<p>—Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del -crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor -las exequias del día. Es la <i>pseudo aurora</i> que este año da tanto que -hablar á la gente supersticiosa...</p> - -<p>—No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de -farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas -de los árboles...</p> - -<p>—Te digo que es la tarde...</p> - -<p>—Te digo que es la noche...</p> - -<p>—Un rato más...</p> - -<p>—¡Horror de los horrores: las siete!</p> - -<p>La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su -coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su -casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del -sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba -súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco -espiritual que en mí iba quedando.</p> - -<p>—Abur, abur: ¡qué tarde!...</p> - -<p>—¡Que se te olvida el libro de misa!</p> - -<p>—¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El -mejor negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que -me mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...</p> - -<p>—Así, así...</p> - -<p>—Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece -que los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no -faltes. Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra -vez. Se me figu<span class="pagenum" id="Page_I-231">p. I-231</span>ra -que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el otro -guante?...</p> - -<p>—Aquí está, sobre la silla...</p> - -<p>—¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos -delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré -de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes -fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me -haré servir la comida... Caballero...</p> - -<p>—Señora...</p> - -<p>—Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se -decide...</p> - -<p>—Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia -corpórea, sin realidad física...</p> - -<p>—¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...</p> - -<p>—¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.</p> - -<p>—Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á -otra. Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...</p> - -<p>—Tengo que vestirme...</p> - -<p>—Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás -malito?...</p> - -<p>—Abur, abur... Largo de aquí...</p> - -<p>—Feo, apunte, mamarracho, adiós.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-233">p. I-233</span></p> - <h2 class="nobreak">XIII</h2> - <p class="subh2">Ventajas de vivir en casa propia. — La noche - terrible.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola -propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me -disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia -empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á -dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque -por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática, -lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del -reblandecimiento no le permitía pronunciar la <i>tr</i>, se ponía el tal -primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba -yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su -mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien -amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las -sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de <i xml:lang="la" -lang="la">Dies iræ</i> y con una cara patibularia que daba compasión. Si -estaba yo en mi gabinete escribiendo cartas, él<span class="pagenum" -id="Page_I-234">p. I-234</span> allí, arrojado sobre el sofá, como un perro -vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba -algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias -partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo -su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más -que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos -espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez -el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su -lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho -por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo -que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del -viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos -molesta más que el ruido mismo.</p> - -<p>En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se -refería siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había -condensado en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea -fija, que al mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran -éstos: ¡si en Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad -matritense está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se -verifica una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de -Bolsa á la insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha -transacción haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas -bastante originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que -escondían algo de verdad.</p> - -<p>—Sostengo —decía— que no existen, contantes y sonan<span -class="pagenum" id="Page_I-235">p. I-235</span>tes, más que veinte mil -reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero. Pasan de mano -en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al otro, al de más -allá. Lo que llaman <i>un buen año</i>, es aquél en que los tales mil duros -corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á una larguísima serie -de personas. Cuando se habla de paralización, de crisis metálica; -cuando los tenderos se quejan y los industriales chillan y los -bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los milagrosos -mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola caja. La -sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles andar -de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase que -es el gracioso juego del <i>corre, corre, vivito te lo doy</i>. Viendo -pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un -momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el -agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el -habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase -también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la -entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas -apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete -en la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; -la arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de -festín; vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide -para juntarse al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el -propietario hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un -afortunado bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; -va á<span class="pagenum" id="Page_I-236">p. I-236</span> parar luego á un -contratista; le echa el guante uno que suministra postes de telégrafos -ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en la Caja de -Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una pelota las -distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda, y en este -movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen. ¡Venturosos -los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el guante!... -Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido que en el -actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus manos, haz el -favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos mil reales.</p> - -<p>Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en -Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y -la verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. -Mi buen primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla -que su padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á -mi fortuna, con los ataques de aquella divertida mendicidad. La -compasión, el parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, -obraban en mí para determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al -tomar el dinero, y me parecía que echaba combustible á su temperamento -para encenderlo y verle despedir las chispas de gracia con que me -divertía tanto. ¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, -en mí eran medio indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de -pagarle la tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi -vanidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-237">p. I-237</span></p> - -<p>Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la -calle de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán -fácilmente, la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya -los golpes duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á -dolerme. Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, -no vió la indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.</p> - -<p>—Toma mil reales —le dije arrojándoselos desde lejos—; lárgate -á la calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en -gastarlos.</p> - -<p>Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con -maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz, -porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita -y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba -en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas -y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban, -aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud -medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como -planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le -entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo, -hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría -de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la -sanguijuela y el médico se la ponía.</p> - -<p>Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse -cansados bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo -vistiéndome,<span class="pagenum" id="Page_I-238">p. I-238</span> cuando -entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba -mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había -alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de -tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba -para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre -establecen para ocupar una casa ajena.</p> - -<p>—No me he atrevido á decirle nada —manifestó el portero, -sofocadísimo—. Arriba está colocando los muebles con una bulla de cien -mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo -hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se -ha hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella -se entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á -ver...</p> - -<p>No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima -ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las -obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más -tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:</p> - -<p>—Perdona, primito, <i>comparito</i>, que hayamos tomado tu casa por -asalto. La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase -el día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente, -te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En -fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles, -porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea -pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir.<span -class="pagenum" id="Page_I-239">p. I-239</span> Tienes razón, esto es un -abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los Buenos de Guzmán -tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que dar una mamada -á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. Puedes subir -cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy solito, y te -aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos á ninguna -parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. Sube y lo -verás.</p> - -<p>Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en -mi presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era -bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca, -estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable -solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un -paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino -no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel, -descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse -propuesto destrozarme todos los tabiques.</p> - -<p>—La casa me gusta —díjome Camila obligándome á sentarme en una -silla á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja -de su feo muñeco para que la besase—, me gusta mucho; pero tiene -grandes defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir -inmediatamente.</p> - -<p>—Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!</p> - -<p>—Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... -Pues sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. -Necesito<span class="pagenum" id="Page_I-240">p. I-240</span> que me abras -una puerta de comunicación en este tabique que está á mi espalda. -No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la casa. No -se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una crujía -deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto de la -muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una vidriera -alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de lo que se te -dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería desde el grifo -de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente la tina. Y de -paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho cuartito del -baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en todas las piezas, -pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero chimenea. Voy á hacer de -la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, las visitas... ya ves. Voy -á dar <i>tés danzantes</i>.</p> - -<p>—Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca —repuse tomando -á broma sus reformas.</p> - -<p>—No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto -tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas -más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si -no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el -cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.</p> - -<p>Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan -exigente y que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero -en aquel instante mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me -miró ¡pobrecillo! con una singular expresión<span class="pagenum" -id="Page_I-241">p. I-241</span> de súplica. Parecía que impetraba mi -indulgencia en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz -niño, tan gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. -Con su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento -y pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En -Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado -y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este -fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por -esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los -caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces -y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más -distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda -de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las -vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El -tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría -después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin, -después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de -reforma en la casa.</p> - -<p>¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino, -entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe -de un mes adelantado y dos meses de fianza!</p> - -<p>—Dispense usted, señor casero —me dijo—, la demora. Esperaba yo que -mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas, -y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer -Camila que us<span class="pagenum" id="Page_I-242">p. I-242</span>ted -creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos metido en su casa -para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo pensó así?</p> - -<p>—No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois -las personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. -Seré con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos -más considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre -aburrido en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco -de calor en el fuego de vuestra felicidad.</p> - -<p>Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente -tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta -y el cuidado del <i>crío</i>, que no parecía estar bueno, la retenían -constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á -fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas, -otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al -café.</p> - -<p>—Como somos pobres —añadió—, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su -mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la -brisca, al burro y á las <i>siete y media</i>, que son los únicos juegos que -Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna -cosa bonita de las muchas que sabe.</p> - -<p>Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse -domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito -de no despreciar su invitación.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_I-243">p. I-243</span>II</h3> - -<p>Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el -mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible -anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo -satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa -y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó -políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas -casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas, -pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer, -pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de -pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con -rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba -allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un -desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle -al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una -mujer bastante hábil, asistida de una <i>pincha</i>, se encargó de hacer de -comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de -muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase <i>Quiquina</i> y había -venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que -había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros -y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos. -Semejante trapisondista no debía seguir allí,<span class="pagenum" -id="Page_I-244">p. I-244</span> y salió pitando, aunque Eloísa lo sintió -porque la servía muy bien. De los mozos que lucían frac ó librea en -los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado mío muy leal, á -quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía estar en honestas -relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito. Eloísa me aseguró que -se casaban y que seguirían sirviéndola después de la boda. Agradábame -que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un modo absoluto su -adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un vigilante, un espía -dentro de aquellos muros.</p> - -<p>Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. -Los lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se -quedaría con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera -los zafiros para que los <i>corriera</i>, y todo iba bien, perfectamente -bien. Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos -ratos con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría -imaginarse. Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca -me encantaban más que todas las cosas admirables que han dicho los -poetas desde que hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia -humana, eran mi mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente -de una vida, provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su -naciente carácter; le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya -riendo como un loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las -marrullerías, las astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas -muertas me pasaba á su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces -tan hombre él como<span class="pagenum" id="Page_I-245">p. I-245</span> -yo. Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos -roto.</p> - -<p>También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que -apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda -enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas. -Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema -de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa. -Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de -propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en -olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de -los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros -el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me -causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la -Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y -esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo, -y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa, -producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad -era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos -ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor -en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder -ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día -con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó -en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño -no me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo<span -class="pagenum" id="Page_I-246">p. I-246</span> de volver por los fueros -de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir. El chiquillo -me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los brazos de -su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le habría -dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el daño. -Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos á -otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel -resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo, -flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas -y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día. -Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla -imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.</p> - -<p>En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes -de almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos -antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir -cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de -aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que -parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas -más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de -sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad, -también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que -no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las -pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era -con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado ca<span class="pagenum" -id="Page_I-247">p. I-247</span>chorro que mamaba leche en el mundo. Muchas -veces tuve que huir de la casa porque su clarinete me volvía loco. -Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón, amoratado. No -había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre, quizás viciada, -se manifestaba en la epidermis con florescencias alarmantes. En vano -Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y otros depurativos. El -pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones que parecían retoños -vegetales. No debía de estar sano, porque su inquietud crecía con su -sospechosa robustez. Lo peor de todo era que Camila bajaba con él á mi -casa cuando menos falta tenía yo de música, y la una con sus cantos -y el otro con sus chillidos me daban unos conciertos matutinos y -nocturnos que me aburrían.</p> - -<p>Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en -el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí. -Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que -por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros, -fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la -Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él -y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos -puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al -punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves. -Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar -á Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de -la muerte, tuvo una palabra<span class="pagenum" id="Page_I-248">p. -I-248</span> para oponerse á mi deseo, diciendo:</p> - -<p>—No, no: déjala que se divierta la pobre.</p> - -<p>En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me -equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á -lo último.</p> - -<p>El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico -se presentaba más espantoso que nunca, complicado con un gran -aplanamiento. El médico auguró mal, y se negó á administrar como -inútiles las inyecciones hipodérmicas. El marqués de Cícero, á -quien avisé, vino prontamente acompañado de su respetable y también -insignificante hermana, y después de echar un vistazo al enfermo, -salió de la alcoba, porque, según dijo, no tenía corazón para ver -padecer. Fuése á las habitaciones más distantes, donde estuvo largo -rato hablando con los criados, y después pasó al despacho. Le ví luego -vagar por la antesala, echando ojeadas de admiración á los espejos y -azotándose la pierna derecha con un bastoncillo. Cuando me tropezaba -con él, pedíame noticias de su sobrino. Después se pasaba la mano por -aquella frente hermosa digna de encerrar talento; se la frotaba como -quien acaricia una gran idea que le cosquillea debajo del cráneo, y -decía con el tono misterioso que se da á los descubrimientos:</p> - -<p>—¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las -cinco, era completamente claro.</p> - -<p>Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que -solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y -chicheos para decirme al oído:</p> - -<p>—La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. -Estoy muy fuerte.<span class="pagenum" id="Page_I-249">p. I-249</span> -Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los sábados para -volver los lunes, no se vería como se ve.</p> - -<p>Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana -advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me -disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez -y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No -se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados -la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la -alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas -palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el -vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí -tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en -palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que -se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían -escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el -público de butacas protestaba con murmullos.</p> - -<p>—Figúrate que el autor ha sacado allí unas <i>tías</i> elegantes, -caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una -desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los -trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad -de telas, y qué cortes tan admirables!</p> - -<p>La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más -pormenores.</p> - -<p>—Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! —exclamó abrochándose la -bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo—. ¡Si le pudiéramos -ali<span class="pagenum" id="Page_I-250">p. I-250</span>viar! Maldita -medicina que para nada sirve. Esta noche no nos abandonarás. ¡Me -espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que pases estos malos -ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, por él, por -todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo que vamos á -tener una noche muy mala, muy mala.</p> - -<p>Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido -de espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera -partirse en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que -causaban horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la -exclamación de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada -de lo que distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, -pero él no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello -con mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa, -se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato. -Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se -sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando -un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero -tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las -arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de -la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón -por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión -del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu -con ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tie<span -class="pagenum" id="Page_I-251">p. I-251</span>ne quien le eche el pie -adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo fundó. -Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos para el -día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de los más -ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y recetó -otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.</p> - -<p>—Debe de haber en esto una complicación grave —le dije, razonando -con el sentido común—. ¿Habrá derrame cerebral?</p> - -<p>—Quizás —replicó lleno de dudas—. Lo indudable es la completa atonía -del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos. -Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el -desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las -fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente -irregular.</p> - -<p>Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años -estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con -ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no -molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba -profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua, -entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi -prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde -enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos: -no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y -confundiéndome con Celedonio, decía:</p> - -<p>—Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas<span -class="pagenum" id="Page_I-252">p. I-252</span> que me quieren y me cuidan -en esta casa.</p> - -<p>Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar -palabra.</p> - -<p>—¿Se ha ido José María? —preguntaba después el infeliz.</p> - -<p>—Aquí estoy, ¿no me ves?...</p> - -<p>—¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... -¿De cuándo acá...?</p> - -<p>De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de -mi prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al -fin, y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. -Por fin el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se -despidió hasta la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El -marqués de Cícero, que estaba en el despacho leyendo periódicos delante -del busto de Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría -hasta las tres ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa -invitaba á él y á su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de -Burdeos y una taza de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando -silenciosos. Yo no tomé nada.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las -tenía todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de -nefritis, un brusco estallido de las complicaciones vasculares y -encefálicas. Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise -hacerlo. Ella también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando -juntos aquella espantosa cruz, como nos lo<span class="pagenum" -id="Page_I-253">p. I-253</span> ordenaba la fatalidad de los hechos. El -marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella -rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y -yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del -lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo -del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de -tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre. -Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido -que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto -y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la -solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el -infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de -quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba -completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas -palabras:</p> - -<p>—Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.</p> - -<p>Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí -lo era con tal energía, que no quisimos contrariarle.</p> - -<p>—Esta noche me moriré —exclamó con una serenidad que nos dejó -pasmados—. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese útil, -sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero -resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada -más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más -pronto se nos borre, mejor.</p> - -<p>Le respondimos á <i>duo</i> las primeras simplezas que se nos -ocurrieron.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-254">p. I-254</span></p> - -<p>—¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...</p> - -<p>—Que se te quite eso de la cabeza.</p> - -<p>Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!, -repitió su demanda:</p> - -<p>—José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un -cura. Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que -quisiera dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me -condeno, carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. -José María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.</p> - -<p>Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle, -atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí -que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A -su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos -conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La -ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y -el marido, notando esta emoción, le dijo:</p> - -<p>—Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale -que os retiréis.</p> - -<p>Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al -día siguiente, y él contestó con cierto énfasis:</p> - -<p>—No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.</p> - -<p>Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San -Lorenzo.</p> - -<p>El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo -siguió en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. -Hablaba alternativamente con su mujer, con Celedonio y con<span -class="pagenum" id="Page_I-255">p. I-255</span>migo, mostrándonos á los -tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no he podido -explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se verificaba, -Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se celebraría al -día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la familia y de -los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve discusión algunos -detalles. Se haría un bonito altar y se traería la mayor cantidad -posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella como yo queríamos que -este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. Ocurriónos también -impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por mediación de mi tío -y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se podía conseguir, -costara lo que costase.</p> - -<p>Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde -estaba dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir -misa á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos -sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas -palabras que me parecieron impertinentes:</p> - -<p>—Ese buen señor es un mártir.</p> - -<p>—¡Un mártir, sí! —repetí yo como si dijera <i>amén</i>.</p> - -<p>Aún me parecía poco, y lo remaché:</p> - -<p>—¡Es un santo!</p> - -<p>Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como -si me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:</p> - -<p>—¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!</p> - -<p>Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero<span class="pagenum" -id="Page_I-256">p. I-256</span> creí más correcto no decir nada, y le -devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, los ojuelos -volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda ironía en -aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:</p> - -<p>—¿Es usted hermano de la señora?</p> - -<p>De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín, -que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la -señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.</p> - -<p>—No, señor —le respondí, tragándome el humo—. Soy... de la -familia.</p> - -<p>Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de -las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo -muchas ganas de perderle de vista.</p> - -<p>Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, -y tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía -á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y -el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que -durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido -habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no. -La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor -religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar, -habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta -de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.</p> - -<p>Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno; -sólo que tenía la voz<span class="pagenum" id="Page_I-257">p. I-257</span> -tomada, y alrededor de los ojos un cerco obscuro, muy obscuro.</p> - -<p>—Si vieras qué tranquilo estoy ahora —me dijo con cariño—. Tú no lo -creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no -me cambiaría por tí.</p> - -<p>Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto, -la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre -uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más -que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme, -aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que -descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente; -pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se -encontraba.</p> - -<p>—Créeme, José María —me dijo dos ó tres veces—, te tengo lástima -como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete. -No des importancia á lo que no la tiene.</p> - -<p>Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible -júbilo:</p> - -<p>—¡Qué gusto poder decir ahora: <i>no he hecho mal á nadie</i>!</p> - -<p>No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro. -Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si -intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad -hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al -sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí -mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér, -fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se -redimía, no, echándoselas de místico á última<span class="pagenum" -id="Page_I-258">p. I-258</span> hora. Protestaba yo de aquel estado de -perfección en que se suponía, y me venían al pensamiento ideas crueles, -despiadadas, absurdas quizás, en las cuales algo había de envidia, algo -de venganza; pero que entonces me parecían fundadas en el criterio de -la eterna justicia. «No —decía yo para mí, inquieto y trastornado—, no -te hagas el santo. No lo eres, porque no has combatido, porque no es -virtud la falta absoluta de energía, tanto para el mal como para el -bien. No nos hables de gozar la bienaventuranza eterna. Sí: para tí -estaba el Cielo. Si quieres salvarte, dí que me has aborrecido y que -me perdonas... Matándome, nos habríamos condenado juntos. Pero no has -tenido ni siquiera la intención de ello, y me estrechas la mano y me -llamas amigo... ¡Ah! miserable cero: no me llevarás contigo al Limbo, -que va á ser tu morada... ¿Qué casta de hombre eres? ¿Son así los -ángeles? Pues reniego de ellos...»</p> - -<p>Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de -marearme, Carrillo me dijo:</p> - -<p>—Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo -como yo ahora.</p> - -<p>No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero -las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó -por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que -yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el -pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la -quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir -sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar,<span -class="pagenum" id="Page_I-259">p. I-259</span> algo de que arrepentirse! -¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»</p> - -<p>Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de -Eloísa.</p> - -<p>Esa pobre —murmuró con afabilidad que me causaba pena— está pasando -sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala, -consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.</p> - -<p>Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y -continuaba en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar -gran inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el -lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos -roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus -lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre; -después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía -experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como -el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación -en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan -rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se -impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.</p> - -<p>—Vete —le dije—, vete de aquí.</p> - -<p>Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró -Micaela y le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó -la cintura con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, -tapándose los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de -puntillas, huyó despavorido, con las manos en la cabeza.</p> - -<p>Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos<span class="pagenum" -id="Page_I-260">p. I-260</span> con el moribundo, éste me echó los brazos, -uno al cuello, otro por delante del pecho, y apretóme tan fuertemente -que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza era aquélla que le entraba -en el instante último, al extinguirse la vida?... Pasó por mi mente una -idea, como pasan las estrellas volantes por el cielo. «¡Ah! —pensé—, -aquí está al fin ese odio que te rehabilita á mis ojos. La última -contracción del organismo que se desploma es para expresarme que eres, -que debes ser mi enemigo...» Luego oprimió su rostro contra mí, y de su -boca salió un bramido fuerte, profundo, que parecía tener filo como una -espada... Creí sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel -gemido se acabó su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos -vidriosos ví cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal -que me había mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... -Costóme trabajo desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin -duda llevarme consigo al Limbo.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando -quitarme pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo -me ví á la claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, -y sentí un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un -asesino, un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la -doncella de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La -llamé; pre<span class="pagenum" id="Page_I-261">p. I-261</span>guntéle por -su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En tanto Celedonio, -los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que volviese al -gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de su amo -para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba un -sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible -con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de -abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa, -mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.</p> - -<p>Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí -en busca de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la -encontré en el cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el -suyo, acometida de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya -sentimiento, ya terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan -mal, que creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos -en la garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para -oprimírsela.</p> - -<p>—La pluma, la pluma —murmuraba con cierto desvarío—. ¡No la puedo -pasar!</p> - -<p>Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo -quisimos acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba -convulsa, fría y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.</p> - -<p>—No vayas tú á ponerte mala también —dije con la mayor naturalidad -del mundo—. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote -malos ratos.</p> - -<p>Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva -aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acosta<span -class="pagenum" id="Page_I-262">p. I-262</span>ra para que se decidiera -á hacerlo. Noté en su obediencia como un reconocimiento tácito de -la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó á quitarle la ropa; la -ayudé, porque mi prima, después del traqueteo nervioso, hallábase como -exánime y sin movimiento. La metimos en la cama y la arropamos. ¡Ay! -sentíame tan fatigado, que caí en un sillón é incliné mi cabeza sobre -el lecho. Allí me hubiera quedado toda la mañana, si no tuviera deberes -que cumplir fuera de aquella habitación. En tal postura, y hallándome -postrado y como aturdido, sentí la voz de la viuda que me llamaba. Alcé -la cabeza. Sus palabras y sus miradas eran tan afectuosas como siempre. -Sin nombrar al muerto, suplicóme que atendiese á las obligaciones que -traía el suceso, pues ella no tenía fuerzas para nada. Díjele que no -se ocupara más que de su descanso, y le prometí que todo se haría de -un modo conveniente. Vivo agradecimiento se pintaba en su rostro, y -además la confianza absoluta que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la -cama, le dí á beber agua de azahar, le entorné las maderas, corrí las -cortinas para atenuar la luz del día, y poniendo á Micaela de centinela -de vista para que me avisase si la señora se sentía muy molestada por -la pluma en la garganta, salí, no sin promesa de volver pronto, pues -ésta fué condición precisa para que Eloísa se tranquilizara...</p> - -<p>—Por Dios, no tardes: tengo miedo —díjome al despedirme, con ahogada -voz—, mucho miedo, y la pluma no pasa...</p> - -<p>Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó -de encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo -estrecha.<span class="pagenum" id="Page_I-263">p. I-263</span> A eso -de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el -marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias -del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando. -En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y -los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de -intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del -mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que -pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio -y dormía con los dedos clavados en el cuello.</p> - -<p>Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino; -mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el -lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de -Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos -encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y -poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo -al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las -cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví -estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando -auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de -víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad -de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la -papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las -que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo -señor don José Carri<span class="pagenum" id="Page_I-264">p. -I-264</span>llo de Albornoz y Caballero, Maestrante de Sevilla, Caballero -de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su desconsolada viuda, la -excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó nada en el tintero; y en -las direcciones que pusimos á los sobres, ninguna de nuestras amistades -pudo escaparse.</p> - -<p>La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los -criados se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, -como si lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las -dudas que ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos -que, por haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo -parecía. Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la -sociedad, llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, -la excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. -Y cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas -por lenta gradación nos parecen naturales.</p> - -<p>Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara -el entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las -cosas salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente -á ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones -indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún -servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no -recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y -hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva -al pobre difunto.</p> - -<p>Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual -si me hubiera quitado de enci<span class="pagenum" id="Page_I-265">p. -I-265</span>ma del corazón un peso horrible. No quise ir al entierro, y -Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza esta resolución mía. Cuando -se extinguió en las piedras de la calle el ruido del último coche, mis -trastornados sentidos querían volver á la apreciación clara de las -cosas. Pero la imagen del infeliz hombre que había despedido su último -aliento sobre mi pecho, clavándomelo como un puñal, no se me apartaba -del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus sentimientos respecto á mí? ¿Qué -noción moral era la suya, cuál su idea del honor y del derecho? Ni -aun viendo en él lo que en lenguaje recto se llama <i>un santo</i>, podía -yo entenderle. ¡Misterio insondable del alma humana! Ante él no hay -que hacer otra cosa que cruzarse de brazos y contemplar la confusión -como se contempla el mar. Querer hallar el sentido de ciertas cosas -es como pretender que ese mismo mar, desmintiendo la ley de su eterna -inquietud, nos muestre una superficie enteramente plana.</p> - -<p>¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me -resistía á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí -que no me permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de -mi compasión, ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi -vida, ¡ay!, estará delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de -Carrillo, sin que me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio -infinito, que encerrada en una fórmula la debilidad humana.</p> - -<p>A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado -en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. El -gran dramático me miraba con sus ojos de bron<span class="pagenum" -id="Page_I-266">p. I-266</span>ce, y yo no podía apartar los míos de -aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja el molde de un -mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que piensa; de -aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas la emisión -de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos rezan -delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me -agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.</p> - -<p>Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que -fueron á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban -su madre y hermanas. En los susurros de su conversación queda, me -pareció entender que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su -regazo, dormido, al niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más -tarde, cuando mi tío Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del -cementerio, ostentando este último una aflicción decorativa, que tenía -tanta propiedad como el león disecado con que se retrataba, me alejé -del gabinete para no oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, -como los tiroteos alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera -la muerte del pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí -tras de mí unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me -llamaba por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de -mí. Le cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él -se puso al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al -cuello. Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en -la casa<span class="pagenum" id="Page_I-267">p. I-267</span> reinaba, y -en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos negros advertí -una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero que anunciaba la -formación del hombre y los rudimentos de la reflexión humana. Después -de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle por lo muy -conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era de éstos que -quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y que se incomodan -cuando no se les presta una atención absoluta. Para satisfacer su -egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas de un caballo, -para que les pongáis la cara bien recta delante de la suya. Lo que me -tenía que comunicar era esto:</p> - -<p>—Dice <i>Quela</i> que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te -quedas aquí.</p> - -<p>Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su -tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.</p> - -<p>—Dice <i>Quela</i> que tú... vas á ser mi <i>papa</i>...</p> - -<p>Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar -categóricamente á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. -Porque sí: jamás de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, -como espada cortante, palabras que entrañaran problemas como el que -formulaban aquellos labios de rosa.</p> - -<p>Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La -casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme -de nadie me marché á la mía.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-269">p. I-269</span></p> - <h2 class="nobreak">XIV</h2> - <p class="subh2">Hielo.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba -todo mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre -mí un ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba -su tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo -que había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo -para que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la -soledad de aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, -Carrillo, cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me -martirizaba, era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, -su persona. Le sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el -temor que llevan consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, -y creo que sin tal obsesión habría estado más melancólico. Mi afán -mayor, mi idea fija era querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, -las propiedades íntimas de aquel carácter, y descifrar la increíble -amistad que me mostró siempre, mayormente en sus últimos ins<span -class="pagenum" id="Page_I-270">p. I-270</span>tantes. ¡Era para volverme -estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y -sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y -venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo -me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á -veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.</p> - -<p>Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi -clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó -Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo -lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco -á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con -ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en -el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu -era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las -paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que -entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era -horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de -tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso -que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. No: -yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El recuerdo -sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en gran -turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el pulso -y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me llenaba -de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los<span -class="pagenum" id="Page_I-271">p. I-271</span> sentimientos que fueron la -base de mi vida toda en los últimos años. A veces creía que era ficción -de mi cerebro, y para cerciorarme de ello, ahondaba, ahondaba en mí. -Mientras más iba á lo profundo, mayor certidumbre adquiría de aquel -increíble cambio. Sí, sí: la muerte de Pepe había sido como uno de esos -giros de teatro que destruyen todo encanto y trastornan la magia de la -escena. Lo que en vida de él me enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que -en vida de él era plenitud del amor propio, era ya recelos, suspicacia -con vagos asomos de vergüenza. Si robarle fué mi vanidad y mi placer, -heredarle era mi martirio. La idea de ser otro Carrillo me envenenaba -la sangre. La desilusión, agrandándose y abriéndose como una caverna, -hizo en mi alma un vacío espantoso. No era posible engañarme sobre -esto.</p> - -<p>Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta -comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza. -Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo -hasta el fin de mi vida.»</p> - -<p>Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los -días. Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para -no salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme. -Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida -con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al -verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como -el que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me -dejaron yerto. Observé enton<span class="pagenum" id="Page_I-272">p. -I-272</span>ces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, pues mi -alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la anonadaba. La -miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que sus encantos -me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me parecieran -vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico lo que se -había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no lo podía -explicar. «Será la enfermedad —me decía para consolarme—. Esto pasará.» -Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me interesaba al -corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la quería yo? ¿Qué -casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene que pasar.</p> - -<p>Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra -conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en -cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral -de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos -cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse -resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité, -corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y, -palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones -por su afán de gastar lo que no tenía.</p> - -<p>—Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes -conmigo. Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y -á mimarte, te equivocas... No puedo más...</p> - -<p>Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con -tanta dureza. En vez de con<span class="pagenum" id="Page_I-273">p. -I-273</span>testarme con otras palabras igualmente duras, pidióme perdón; -le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas espontáneas hicieron -efecto en mí. Reconocí que había estado ridículamente brutal. Pero no -me excusé, pues en mi interior había una ira secreta que me aconsejaba -no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos llenos de lágrimas, y en tono -de víctima me dijo:</p> - -<p>—¿Yo qué he hecho para que me trates así?</p> - -<p>Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, -inexplicable anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo -que ella decía que era negro.</p> - -<p>—Es que estoy notando en tí una cosa rara —prosiguió—. ¿Tienes -alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré -apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba -encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un -ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que -he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por -tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me -habrá calumniado alguien...?</p> - -<p>Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó -ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:</p> - -<p>—Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré -estado triste.</p> - -<p>Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice -esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que -no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de -familia. Insistí, no obstante,<span class="pagenum" id="Page_I-274">p. -I-274</span> en que el funeral fuera modesto, y ella convino -razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta que -no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, para -arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos con -que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos de -amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo que -antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso -las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se -me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos, -pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo -por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se -debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la -naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que -le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios, -me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y -á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que -fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente. -Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con -el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que -me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para -penetrar hasta don<span class="pagenum" id="Page_I-275">p. I-275</span>de -estaba lo importante, tuve que desmontar una capa enorme de apuntes -y notas sobre la <i>Sociedad de niños</i> y otros asuntos que no venían -al caso. Todo lo que había sobre la administración de la casa era -incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos de su -antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á poco -fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que era -ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme -Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de -la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como, -por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado -dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que -había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que -se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos -pertenecientes á la <i>Sociedad de niños</i>, y era forzoso restituirlos.</p> - -<p>Sin rodeos pinté á mi prima la situación.</p> - -<p>—Estás arruinada —dije—. Si no se acude pronto á salvar lo poco que -aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como -alguien no se la dé por caridad.</p> - -<p>Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda -propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho, -díjome entre suspiros:</p> - -<p>—Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón -tú lo que quieras.</p> - -<p>Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se -despedirían casi todos los<span class="pagenum" id="Page_I-276">p. -I-276</span> criados que quedaban; se procuraría alquilar la casa, lo -cual era difícil como no la tomase alguna Embajada. Se venderían los -cuadros de primera, los de segunda, y todas las porcelanas y objetos -de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque fuera por el tercio de -su valor, ó por lo que quisieran dar; y como fin de fiesta, la familia -se sometería á un presupuesto de sesenta ó setenta mil reales todo lo -más.</p> - -<p>—¡Almoneda total! —exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el -suelo.</p> - -<p>No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre -mí, pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en -un período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas. -Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica. -¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y -pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza -entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos -salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila -y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que -los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo -fuera su difunto amo.</p> - -<p>Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta -horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar -en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese -resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia -de un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en<span -class="pagenum" id="Page_I-277">p. I-277</span> nombre de Eloísa negándome -á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los Tribunales. Por fin, -después de pensarlo mucho y de consultar el caso con personas -prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho mil duros -y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para que -la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar -cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de -adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la -testamentaría.</p> - -<p>Y Eloísa me decía con efusión:</p> - -<p>—En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.</p> - -<p>¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su -honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios -administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto -al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no -estuviese de por medio su madre.</p> - -<p>Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad -que verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones -y rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en -principio; pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces -ví más clara que nunca una de las notas fundamentales del carácter -de Eloísa, y era que cuando se le proponía algo, contestaba con -dulzura conformándose; pero después hacía lo que le daba la gana. -Sus palabras eran siempre dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer -nunca resistencia directa, ni dar la cara en su sistemática autonomía, -llevaba adelante el cumplimiento de su voluntad con acción<span -class="pagenum" id="Page_I-278">p. I-278</span> lenta, sorda, astuta, -resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías. -Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras -suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me -haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica, -todo esto era un mito, y las economías se quedaban en <i>veremos</i>... -Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la -casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á -la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se -vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría -perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella -me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se -quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré -obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no -lo creía.</p> - -<p>Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un -poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual -concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos -se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era -obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones -más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de -estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos -de aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué -á creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. -La viudita me mostraba el cariño de siempre;<span class="pagenum" -id="Page_I-279">p. I-279</span> hasta se me figuró advertir en aquel cariño -pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más ideal, por lo -mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto me daba pena. -Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro casamiento, -dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos concretos, -como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay de mí! -pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa aludía -al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. Me -entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba nada; -quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis apetitos -y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo la -prohibición... ¡jamás!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_I-281">p. I-281</span></p> - <h2 class="nobreak">XV</h2> - <p class="subh2h">Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas - que pasaron después.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en -llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito, -que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo -él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la -naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no -podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno -de Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en -ella, el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las -acciones pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que -no sería capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen -debajo de un epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; -pero ninguna como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me -pareció tan imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales -dotes. Siete noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con -el<span class="pagenum" id="Page_I-282">p. I-282</span> pequeñuelo sobre -su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones -de su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres -de buen temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta -abnegación, temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba -de todo. Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que -el chico no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era -voraz y no se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre -este punto, y no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida -á salvarle ó á sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía -el capricho de ser heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer -grande. «O sacarle adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no -quiso que ninguno de los términos de este dilema se cumpliese, y al -sexto día Alejandrito fué atacado de horribles convulsiones, que le -repitieron á menudo, hasta que el séptimo, una más fuerte que las -demás se lo llevó. Aquel día funesto, Camila me pareció más madre -que nunca. La flexibilidad pasmosa de su carácter y su desenvoltura -quedaban obscurecidas bajo aquel tesón grave. No creí, no, que entre -tal hojarasca existiese joya tan hermosa. A ratos se le conocía el -genio por la rapidez febril con que tomaba las resoluciones y por la -inconstancia de sus juicios. Sólo el sentimiento era en ella duradero y -profundo. Añadiré una circunstancia que me llegaba al alma, y era que -consultaba conmigo toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que -yo no entendía una palabra. Por corresponder á esta noble confianza, -daba<span class="pagenum" id="Page_I-283">p. I-283</span> yo mi parecer -al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan -atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes -de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de -jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no -dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me -ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación -muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía, -de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en -todo.</p> - -<p>Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele, -abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que -el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el -regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la -vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por -avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva, -dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola -á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha -sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la -privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló -de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su -niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca, -que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin -en la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, -sin espasmos ni alboroto, te<span class="pagenum" id="Page_I-284">p. -I-284</span>nía el valor de la resignación, más meritorio que el del -combate.</p> - -<p>Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al -niño, yo dije á Constantino:</p> - -<p>—Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no -tenéis que ocuparos de nada.</p> - -<p>En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis -caballos hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando -de la carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. -Llevamos el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía -cierto orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de -mi coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos -de los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si -los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería -que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de -cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada -en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando -fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido -hasta la saciedad todas las variantes posibles del <i>angelitos al -cielo</i>. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su -gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros, -estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por -un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y -así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.</p> - -<p>En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, -y el consuelo introducién<span class="pagenum" id="Page_I-285">p. -I-285</span>dose lentamente en el espíritu de todos. Camila era la más -rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío no se quería -llenar. La soledad misma en que había quedado érale más grata que la -compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro lado para -volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su efecto. -La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, y al -cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este síntoma -anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su gallardía, -su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de sus mejillas. -La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, volviendo -acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la parte más -característica de su persona. Resucitaba con sus defectos enormes; pero -se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas cualidades que, á más -de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé qué fulgor de gracia -sobre aquellos defectos.</p> - -<p>Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La -afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la -comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó -malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato -conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna -mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído -hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que -nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía -mayor pureza en nuestras relaciones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_I-286">p. I-286</span></p> - -<p>Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios; -pero ella nunca aceptaba.</p> - -<p>—No quiero abusar —decía—: bastante es que no te hayamos pagado -la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el -próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará -dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto -haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un -vestidillo.</p> - -<p>Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado -garabateando en una hoja de la <i>Agenda de la cocinera</i>, destinada -á los cálculos. Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no -las entendía ni Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. -Examinando aquellas cuentas, me reí más... Noté que los <i>treses</i> que -hacía parecían <i>nueves</i>, y los infelices <i>cuatros</i> no tenían figura -de números corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras -brevísimo examen, que Camila no sabía sumar.</p> - -<p>—¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?</p> - -<p>Y ella me contestaba candorosamente:</p> - -<p>—Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.</p> - -<p>A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y -rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas -después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando -era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como -los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.</p> - -<p>—Ya, ya me voy <i>jaciendo</i> —decía con gracia.</p> - -<p>Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, -bajo el espoleo de la necesidad,<span class="pagenum" id="Page_I-287">p. -I-287</span> eran rápidos y seguros. Eloísa también era poco fuerte -en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas sumas -disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me quedé -absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una unidad. -Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en cambio, no -daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo de madera -negra que apenas tenía punta.</p> - -<p>—Ya me podías regalar un lápiz —me dijo un día.</p> - -<p>Le llevé un lapicero de oro.</p> - -<p>Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por -ciertos indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, -se había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran -escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no -suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada -conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de -causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que -se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla -aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello. -Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó -á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro -el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía -creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:</p> - -<p>—José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil -realitos.</p> - -<p>Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. -Luego soltó una carcajada, re<span class="pagenum" id="Page_I-288">p. -I-288</span>pitiendo la petición en tono más adecuado á su temperamento -normal.</p> - -<p>—Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se -va á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.</p> - -<p>Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una -fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí, -entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un -abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien -duros, me pide mil, se los entrego en el acto.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la -encontraba ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando -cristales, bien quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la -poca plata que tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía -algo que no le gustaba, solía responderme:</p> - -<p>—Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.</p> - -<p>Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes -después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista -era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel -ausente.</p> - -<p>—¡Ay mi nene! —exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los -ojos.</p> - -<p>Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se -le iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que -echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le des<span -class="pagenum" id="Page_I-289">p. I-289</span>pejaba la cabeza. Otras -veces decía con íntima convicción:</p> - -<p>—Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, -lo tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes -por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de -Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que -se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga -le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de -Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un -gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que -tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?</p> - -<p>—No hagas caso de ese majadero —le respondí con toda mi alma—. ¿Pues -no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos, -según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.</p> - -<p>—Llegaremos siquiera á la M —afirmó ella dándome á conocer en el -brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al -que no puedo dar otro nombre que el de <i>fanatismo de la maternidad</i>—. -Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino -que se ha de llamar Napoleón.</p> - -<p>—¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así, -más guapa, más saludable, más libre de cuidados.</p> - -<p>—Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos -gemelos.</p> - -<p>—¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla —respondí—. Parece -que consideras á los hijos<span class="pagenum" id="Page_I-290">p. -I-290</span> como juguetes... Si tuvieras tantos como deseas, puede que -no fueras tan buena madre como lo has sido en este primer ensayo. -Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy te enloquece -de amor, mañana te hastía.</p> - -<p>—¿Te quieres callar? —gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los -ojos con una aguja de media—. Tú no me conoces.</p> - -<p>—¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que -declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay -casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino -parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira -ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse -un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...</p> - -<p>—Todo eso es obra mía, caballero —observó Camila con acento de -inmenso orgullo—. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho -talento.</p> - -<p>Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo -arriba.</p> - -<p>«¿Pero no te da vergüenza —le dije— de que la gente entre aquí y -vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú -sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese -zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo -de cordel, y esa cabeza de bruto.</p> - -<p>—¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué -tiene de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi -marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque -no tienen fuerzas para andar?...<span class="pagenum" id="Page_I-291">p. -I-291</span> ¿como esos palillos de dientes en figura de personas? -Francamente, no me gustaría un marido á quien yo pudiera retorcer el -pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. Constantino es hombre -para cogerte como una pluma y tirarte al techo.</p> - -<p>—¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.</p> - -<p>—Pues no es tan bruto como crees —declaró enojándose—. Yo podría -probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel -de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que -se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.</p> - -<p>—Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila; -pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner -fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.</p> - -<p>—Pues sí que los tendré —dijo poniendo una cara monísima de niña mal -criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra—; -los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á -Napoleón... y toma, toma, toma hijos!</p> - -<p>A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de -gloriosos capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos -piedras en la mano.</p> - -<p>—¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa? -Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.</p> - -<p>Después se abrazaron y se besaron delante de mí.</p> - -<p>—Ea, señores, divertirse, —dije tomando mi sombrero.</p> - -<p>—Espera, tontín, y comerás con nosotros. No<span class="pagenum" -id="Page_I-292">p. I-292</span> tenemos principio; pero en obsequio á tí, -abriremos una lata de langosta.</p> - -<p>Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, -embelesado con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia -pastoril. De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la -preocupaba, y riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres -de capitanes herejes, sino de santos cristianos.</p> - -<p>—Nada, nada —decía Miquis—: el primero que venga se ha de llamar -Belisario.</p> - -<p>Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán -de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la -Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan -pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más -dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la -indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté, -ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en -casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la -cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto -en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me -fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían -lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de -amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo, -y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa -salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión -de hierro, aquel gallardo desprecio de la<span class="pagenum" -id="Page_I-293">p. I-293</span> intemperie, aquella incansable actividad, -aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, su coloración -sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito mismo, emblema -de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la fecundidad, me -enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego y la gracia -picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la dentadura, -de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, blancas como -leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, mordiéndome -el corazón.</p> - -<p>La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba -terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto -débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las -notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera -del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel -hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y -que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso! -¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á -la iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa -hecha.</p> - -<p>Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de -armas. Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no -lo había hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para -contrarrestar los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al -poco tiempo, el recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me -daba disposición para todo. ¡Ben<span class="pagenum" id="Page_I-294">p. -I-294</span>dita salud, que es la única felicidad positiva, ó el -fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del -lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por -las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más -destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad -y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la -mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo -que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á -tí.»</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_16"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-5">p. II-5</span></p> - <h2 class="nobreak">XVI</h2> - <p class="subh2">De cómo al fin nos peleamos de verdad.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme -propósito de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no -sé qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía -filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en -compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la -inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que -lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo, -sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel. -También inventaba rifas ó <i>tómbolas</i> que producían mucho dinero. Se -me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del -desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de -señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que -aliviar la suer<span class="pagenum" id="Page_II-6">p. II-6</span>te de las -pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude ver: de tarde porque -estaba en el petitorio, de noche porque había junta, y francamente, no -tenía yo maldita gana de asistir á un femenino congreso ni de oir á las -oradoras. La junta terminaba á las doce, y de esta hora en adelante -bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar allí la noche, y me -iba con más gusto á la soledad de mi casa.</p> - -<p>Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré. -Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de -resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!... -«Tengo que hablarte», le dije de buenas á primeras, encerrándome con -ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna. -Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto -caso de la disminución de mi capital.</p> - -<p>Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las -firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con -sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban -en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la -cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera -no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y -objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que -el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel -pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la -fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema -pronto, no<span class="pagenum" id="Page_II-7">p. II-7</span> quedarían -más que los escombros, y el inocente niño, destinado más adelante á -poseer el título de marqués de Cícero, no tendría que comer. Si ella -se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y no tratara de arrastrarme -en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había perdido una parte de mi -fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No me cegaba la pasión -hasta ese punto.</p> - -<p>Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente:</p> - -<p>—Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor -de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier -clase que sean.</p> - -<p>Y luego, echándolo á broma:</p> - -<p>—Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te -pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de -dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de -huéspedes...</p> - -<p>—Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que -te trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.</p> - -<p>—Si lo que debes hacer es no quererme —respondió, sin abandonar las -bromas—, <i>humilla la cerviz</i>... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me -gustan: tu <i>individuo</i> y mucho <i>parné</i>; tu señor <i>individuo</i> y mi casa -tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que -quedarme contigo. Dispón tú.</p> - -<p>—Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las -cuestiones, la de amor y las de intereses.</p> - -<p>Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso -fogoso, me estrujó la cara<span class="pagenum" id="Page_II-8">p. -II-8</span> con la suya, me hizo mil monerías, y luego, sujetándome por -los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis ojos, increpándome -así:</p> - -<p>—¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que -es el <i>caballo de batalla</i>, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que -dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.</p> - -<p>No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo -que yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á -la razón.</p> - -<p>—¡Ah! —exclamó seriamente, leyendo en mí—, tú no me quieres como -antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El <i>santo yugo</i> -te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer -marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme -sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la -enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.</p> - -<p>Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una -garra. La obligué á sentarse á mi lado.</p> - -<p>—Yo leo en tí —prosiguió—; me meto en tu interior, y veo lo que en -él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre -honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo -que yo quiero. Esta <i>tía</i>... porque así me llamarás, lo sé, caballero; -esta <i>tía</i> no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta -la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.</p> - -<p>La verdad que ella descubría, desbordándose<span class="pagenum" -id="Page_II-9">p. II-9</span> en mí, salió caudalosa á mis labios. No la pude -contener, y le dije:</p> - -<p>—Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.</p> - -<p>—¿Ves, ves cómo acerté?</p> - -<p>Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo -me esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella -adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de -gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas -de toda confianza.</p> - -<p>—¿Quieres que nos arreglemos? Pues <i>escucha</i> y <i>tiembla</i>. Dame -palabra de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es -hora. Prométeme que habrá <i>coyunda</i> en cuanto pase el luto, y yo -empezaré mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya -lo estoy deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; -yo señora que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te -conviene? ¿Aceptas?</p> - -<p>—¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en -disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría -aunque me trajeras un potosí en cada dedo.</p> - -<p>Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la -región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de -sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:</p> - -<p>—¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún -vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme, -<i>tomador</i>!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer<span -class="pagenum" id="Page_II-10">p. II-10</span> muequecitas. Aquí donde usted -me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde usted no llegaría -con sus miramientos ridículos de última hora. Soy capaz de rayar en -el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su cordón y todo, de -vivir en un sotabanco y de coser para fuera.</p> - -<p>Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento, -á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la -enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento. -¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas -hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era -un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la -superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación -de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida. -Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer -aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas -y de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro -tiempo y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en -mí, en ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en -vez de ser personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener -en cuenta la complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la -miraba, diciendo para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué -cosas vemos los hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué -verdad tan grande dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de -equivocaciones!»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-11">p. II-11</span></p> - -<p>Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del -Carmen, el sotabanco y otras tonterías.</p> - -<p>—Como no es eso lo que te pido —observé al fin—; como eso es un -disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo. -Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que -seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.</p> - -<p>—¡Ah! —exclamó sosegada—, si no fuera este pícaro luto, pronto se -resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo -día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te -lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar -por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un -lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo -está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á -mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo? -¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro -porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?</p> - -<p>No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á -cantar la tonadilla de la <i xml:lang="fr" lang="fr">Mascotte</i>, con -aquello de <i>yo tus pavos cuidaré</i>. Pasó la música, y sin saber cómo, -nos hallamos frente á frente hablando con completa seriedad. Repitió -entonces lo de «matrimonio es lo primero», y yo dije: «no, lo primero -es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en la mía, y mirándome con -aquella dulzura que me había esclavizado por tanto tiempo, hablóme con -el<span class="pagenum" id="Page_II-12">p. II-12</span> tono sincero y un -poco doliente que había sido la música más cara á mi alma.</p> - -<p>—Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; -quiéreme y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. -Estoy muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para -que en un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome -delante un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien -los inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No -pongas esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los -placeres de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco -que yo tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... -los amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el <i>apóstol</i>... Sí: -eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números, -que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que -yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de -que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir -mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan -economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se -me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede -dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son -más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una -pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que -si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no, -no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-13">p. II-13</span></p> - -<p>Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi -contestación, dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al -guardarropa á probarse un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con -sorpresa en la persona de la sirviente la misma Quiquina, la italiana -trapisondista á quien yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la -había admitido otra vez, contrariándome de un modo tan notorio! Era -burlarse de mí, como cuando compraba perlas con el producto de los -zafiros.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el -proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese -suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos -verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba -que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le -cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida, -reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó -la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después -el casamiento», procedía con perfidia, porque ni sin economías ni -con ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí -esta falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis -facultades ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el -rompimiento<span class="pagenum" id="Page_II-14">p. II-14</span> á todo -trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por mí, -gustábame verla en el camino de la obstinación.</p> - -<p>Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el -sermón interrumpido:</p> - -<p>—No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las -cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á -esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á -dar tu <i>blanca mano</i>? ¿Te <i>arrancas</i> al fin, te <i>arrancas</i>?</p> - -<p>—¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! —exclamé sin -poder contenerme—. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de -hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros -te apasionan más que yo!</p> - -<p>—Déjame concluir... Eres un egoísta.</p> - -<p>—Egoísta tú.</p> - -<p>—¿Sabes lo que pienso? —dijo poniéndose grave, pues colérica no se -ponía nunca—. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya... -¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber -quién es el <i>pendoncito</i> que me ha robado el corazón que era todo -mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir. -Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás -más objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de -mi casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, -señor, un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con -la venta salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de -gusto, y después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y<span -class="pagenum" id="Page_II-15">p. II-15</span> me abandonarás. Podrá esto no -ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!</p> - -<p>—Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles —le dije.</p> - -<p>Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que -estallé en frases de ira.</p> - -<p>—Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía? -Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente -papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima -infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes -inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por -el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de -brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú -misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una -parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal -por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces -mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no -estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes -quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que -los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel -santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme. -Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me -felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo -dicho, para siempre (<i>cogiendo mi sombrero</i>). En la vida más vuelvo á -poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-16">p. II-16</span></p> - -<p>Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció -muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica -para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como -yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos -hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me -llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de -palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir -sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría -llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante -sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de -la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero -de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su -hermana:</p> - -<p>—Quédate á almorzar.</p> - -<p>Y á mí también me dijo con acento firme:</p> - -<p>—José María, quédate. Espero al <i>Saca-mantecas</i> y nos reiremos -mucho.</p> - -<p>La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi -debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza -inglesa; pero venció ésta y rehusé.</p> - -<p>Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado -á Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé -con ardor.</p> - -<p>—¡Pobre niño! —dije mientras él, apeándose, subía la silla que -se había corrido á la barriga del caballo—. Aunque no nos hemos de -ver más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de -este clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una -carrera<span class="pagenum" id="Page_II-17">p. II-17</span> cuando su -desdichada mamá esté en la miseria.</p> - -<p>Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta -presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces -su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, -y poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le -dijo:</p> - -<p>—Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo -que te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, -nos vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre -con profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un -tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué -te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de -ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas -á ir: ¿con José María ó conmigo?</p> - -<p>Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello, -hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como -en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó -la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al -pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la -calle con vivísima opresión en el pecho.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_17"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-19">p. II-19</span></p> - <h2 class="nobreak">XVII</h2> - <p class="subh2">Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en - esta verdadera historia.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi -primer pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para -hacerme el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La -ingenuidad guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me -favorezca poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome -hasta la Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera -manzana de la calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de -pasarme. La verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si -bien el rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban -á primera vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en -rigor yo era tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin -propósito de enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores -de mi vida; mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. -«Está muy bueno —me decía yo— que le exija virtudes que estoy muy -lejos de tener...<span class="pagenum" id="Page_II-20">p. II-20</span> Pero -los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que las -mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros hacemos -siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería que yo -siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente la -disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á poco -de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo digno, lo -decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no, yo me planto -y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana, porque yo lo -mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar dinero; y yo en -tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque sigo haciendo -contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi alma te -desprecio.»</p> - -<p>¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria -todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien -veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos -y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades, -los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en -el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo -no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el -tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué -cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío -de la calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo -sordo que me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las -olas. Siento desengañar á los que quisieran ver<span class="pagenum" -id="Page_II-21">p. II-21</span> en mí algo que me diferencie de la multitud. -Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos, un -cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de -las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia -ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje -retórico se llama un <i>héroe</i>, y que en calidad de tal estoy llamado á -hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar -resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo -no soy <i>héroe</i>; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en -fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que -corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres -de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué -un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad, -propensión á lo que mi tío Serafín llama <i>entusiasmos faldamentarios</i>. -Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi -largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de -Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen. -Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé; -por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la -arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior -y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me -ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto, -tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan -<i>interesantes</i> estas memorias<span class="pagenum" id="Page_II-22">p. -II-22</span> mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua literatura novelesca, -y sobre todo la literatura dramática, han dado vida á un tipo especial -de hombres y mujeres, los llamados <i>héroes</i> y las llamadas <i>heroínas</i>, -que justifican su gallarda existencia realizando actos morales de -grandísimo poder y eficacia, inspirados en una lógica de encargo: la -lógica del mecanismo teatral en la Comedia, la lógica del mecanismo -narrativo en la Novela. Nada de esto reza conmigo. Yo no soy personaje -<i>esencialmente activo</i>, como, al decir de los retóricos, han de ser -todos los que se encarnan en las figuras del arte; yo soy pasivo: las -olas de la vida no se estrellan en mí, sacudiéndome sin arrancarme -de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy madera de naufragio que -sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las pasiones pueden más que -yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más que ellas y meterlas en -un puño!</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco -su falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.</p> - -<p>—¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...</p> - -<p>—¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?</p> - -<p>—No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!</p> - -<p>De fijo, los que quieren que yo sea <i>héroe</i> se asombrarán de que -viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando -me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas -é inconsecuencias están llenos el<span class="pagenum" id="Page_II-23">p. -II-23</span> mundo y el alma humana. Tenía sed de lo imprevisto, y me lo -procuraba como podía, es decir, <i>previéndolo</i>. Era, pues, un imprevisto -artificial, ya que no podía ser del genuino, de aquél que tiene á la -Providencia por <i>propio cosechero.</i> Porque aquella condenada pasión -nueva nacía en mí con rebullicios estudiantiles, haciéndome cosquilleos -románticos. La vanidad no tenía tanta parte en ella como en la que -me inspiró Eloísa. Ya me estaba yo recreando con la idea de que mi -triunfo, si al fin lo lograba, permaneciese en dulce secreto, y que -sólo ella y yo lo paladeáramos, pues si en otra ocasión el escándalo -me había sido grato, en ésta el misterio era mi ilusión. Púseme en -aquellos días un tanto novelesco y un si es no es tonto, y mi fantasía -no se ocupaba más que en imaginar bonitos encuentros con la mujer de -Miquis, peligros vencidos, líos desenredados, tapujos, sorpresas, -escenas teatrales en que el goce se sazonara con la salsa de lo -furtivo y con esa pimienta dramática que rara vez aparece fuera de los -bastidores de lienzo pintado. En fin, válgame la franqueza, yo estaba -hecho un cadete, un seminarista, á quien acaban de quitar la sotana -para lanzarle al mundo. Pensaba cosas que luego he reconocido eran -puras boberías. ¿Qué más que seguir los pasos de Camila en la calle, -ver que entraba en alguna tienda, entrar yo también, fingir sorpresa -por verla allí, hacer el papel de que iba á comprar cualquier cosa, -comprarla efectivamente, y después pagarle á ella su gasto? Y cuando -creía encontrarla en un sitio y me llevaba chasco, ¡María Santísima, -la que se me armaba entre pe<span class="pagenum" id="Page_II-24">p. -II-24</span>cho y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las -medidas á la calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la -Red de San Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado -Augusto, que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo -me había equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado -afán la multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras -fuera la que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á -trechos iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en -tinieblas, me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.</p> - -<p>De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura -entre los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... -¡zas! á la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente -disimular la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la -calle... ¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar -me mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, -me aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar -cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de -Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de -la esquina.</p> - -<p>Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de -retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo. -Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si -precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de -Augusto?...»<span class="pagenum" id="Page_II-25">p. II-25</span> Vuelta á -la centinela; vuelta á engancharme al árbol de aquella noria estúpida, -de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta á pasear, á ver caras -antipáticas, á ver los aparatos de gas echando toda su luz sobre las -tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el piso lustroso y húmedo -de la calle; vuelta á oir el estrépito de los coches sobre las cuñas -de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin esperanza de encontrar -<i>casualmente</i> á Camila, me marcho...</p> - -<p>Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón -de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada -junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil -tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he -visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro -y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes; -decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho -viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada -con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes -y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el -capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada. -¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho -para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino -inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de -prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía -á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y -galanteos gatunos, con lo que to<span class="pagenum" id="Page_II-26">p. -II-26</span>dos se morían de risa, menos yo, que no encontraba la tostada -de tales sandeces.</p> - -<p>Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de -Santa Isabel, la invité á dar un paseo.</p> - -<p>—A pie, en coche, como quieras —le dije—. Siento que hayas -almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas, -donde gustes. Está un día delicioso...</p> - -<p>—Quita allá, <i>tísico</i>. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant! -Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio... -¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café, -lo adquiriera yo!</p> - -<p>Y seguimos hablando.</p> - -<p>—¿Vas de tiendas? Te acompañaré.</p> - -<p>—Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero -cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces... -No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.</p> - -<p>Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un -billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.</p> - -<p>—Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!</p> - -<p>—Tengo para prestarte, si te ves en un apuro —me dijo cerrándolo de -golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso -de su hociquillo—. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más <i>guita</i>...! Si te hace -falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.</p> - -<p>—Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta —dije con un candor que me -habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las -cataratas de la chifladura amorosa—. Y te quiero pagar la tela. Déjame -á mí, tonta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-27">p. II-27</span></p> - -<p>—No, que no... ¡por Dios!</p> - -<p>—Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos -más tela, y me harás á mí media docena de camisas.</p> - -<p>—¡Oh! sí, sí —exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela -de Matute—. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no -sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un -candilón. ¡Ya verá él si sé!</p> - -<p>—Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?</p> - -<p>—Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.</p> - -<p>—De cornisa.</p> - -<p>—No te rías.</p> - -<p>—Si no me río.</p> - -<p>—Me quiere muchísimo, me idolatra...</p> - -<p>—Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres -tú.</p> - -<p>—Es que tú eres un <i>tísico</i>, y no comprendes esto. Por muy alta idea -que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino. -Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y -tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.</p> - -<p>Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos -avanzando hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos -en la tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías -preciosas y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, -metal y hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. -Camila pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo -estaba mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima<span -class="pagenum" id="Page_II-28">p. II-28</span> se puso á mi lado para -ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban los -ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo -encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos -de paquetitos.</p> - -<p>—Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar -contigo en una tienda.</p> - -<p>Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de -veras.</p> - -<p>—¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.</p> - -<p>Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en <i>La Palma</i> á comprar -unas cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos -pronto.</p> - -<p>—¿Quieres que tomemos un simón?</p> - -<p>—No —me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo -enojada—. Los de <i>La Palma</i> te han mirado mucho y me miraban á mí. -Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino -piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero -que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada -contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las -querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.</p> - -<p>—Vaya si las tomarás.</p> - -<p>Entramos en la calle de Sevilla.</p> - -<p>—Es que... —me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa—. -Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p>—Cualquiera diría que te has enamorado de mí —dijo columpiando su -mirada entre la gravedad y la risa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-29">p. II-29</span></p> - -<p>—Pues diría la verdad.</p> - -<p>—¡Vaya con lo que sales ahora! —exclamó decidiéndose por la risa—. -Tú estás chocho.</p> - -<p>Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con -su suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería -el Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto -llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba. -Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había -almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás, -y se lo manifesté con franqueza.</p> - -<p>—Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...</p> - -<p>—¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...</p> - -<p>—Pues ya estás sentado...</p> - -<p>Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un -delantal blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. -Había más arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad -tumultuosa de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había -en ella perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, -si lo esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy -feas, como el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso -educativo que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no -conocía.</p> - -<p>—No, no acepto tus regalos —me dijo bruscamente como si reanudara -la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea -que se había fijado en ella—. ¡Vaya con tus regalitos...!<span -class="pagenum" id="Page_II-30">p. II-30</span> Ya pasan de la raya. Dilo con -toda tu alma: ¿es que me haces el amor?</p> - -<p>Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se -me escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad -expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba -abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía -caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.</p> - -<p>—Pues sí, Camila... tú lo has dicho.</p> - -<p>Y vuelta á reir.</p> - -<p>—Me alegro, me alegro —dijo cuando yo creía que se enfadaba—. Para -que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto -valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.</p> - -<p>—Pero no me dejas concluir... —observé, tartamudeando y abrasándome -vivo—. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes -fa... natizado.</p> - -<p>Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco -rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:</p> - -<p>—Pues no te queda más recurso que éste.</p> - -<p>Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:</p> - -<p>—No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión -con una píldora.</p> - -<p>—No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer, -aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese -chisme. No me gusta ver armas cargadas.</p> - -<p>Poco tardó en reaparecer desarmada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-31">p. II-31</span></p> - -<p>—¿Conque apasionadísimo... ísimo?... —declamó con afectación -burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí—. En -cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.</p> - -<p>—Mira, más vale que no le digas nada.</p> - -<p>—Pero tú eres memo —dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo -de toros—. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo -decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo -faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas -de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses -en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es -para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que -piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te -carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...</p> - -<p>Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en -contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la -sazón el propio Constantino.</p> - -<p>—Mira si será tonta tu mujer —le dije—. Nos encontramos en una -tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate: -esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?</p> - -<p>—¿Acepto? —preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada -las miradas de él.</p> - -<p>—Sí: ¿por qué no? —contestó Miquis, acariciándole la barba—. -Acéptalo, chiquilla.</p> - -<p>Ella le dió un abrazo.</p> - -<p>—¡Patrona! —gritó el muy bruto en seguida,<span class="pagenum" -id="Page_II-32">p. II-32</span> sentándose frente á mí—. Háganos café... al -momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la botella de ron de -Jamáica.</p> - -<p>—No me da la gana —fué la réplica de ella.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?</p> - -<p>—No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan -vicios.</p> - -<p>—Si es en obsequio al primo de la patrona...</p> - -<p>—No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se -vaya á la taberna.</p> - -<p>—¡Patrona, el ron! —repetí yo.</p> - -<p>—No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y -desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.</p> - -<p>—Bueno, mujer, no te enfades —gruñó Miquis, desocupando la mesa—: lo -tomaremos en el café.</p> - -<p>—Lo tomará él si quiere —declaró Camila con autoridad—. ¡Usted, -señor mío, aquí!</p> - -<p>—Vaya, ¿tampoco me dejas salir?</p> - -<p>—Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.</p> - -<p>—Es que vamos á la sala de armas.</p> - -<p>—Aquí, y chitito callando.</p> - -<p>—¿Ha visto usted qué tarasca?</p> - -<p>—A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones -nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los -coditos sobre la mesa.</p> - -<p>—Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? —preguntó él, -mirando embobado á su mujer.</p> - -<p>—Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos -como un confite,<span class="pagenum" id="Page_II-33">p. II-33</span> ¿vamos -á enojarla por no escribirle? Desde el domingo te estoy diciendo: -«Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»</p> - -<p>—Bueno: ¿y qué más?</p> - -<p>—Ayudarme á cortar.</p> - -<p>—Yo ¿qué sé de cortes?</p> - -<p>—Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.</p> - -<p>—¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?</p> - -<p>—Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.</p> - -<p>—¿Y yo qué tengo que hacer? —le pregunté á mi vez.</p> - -<p>—Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora -mismo en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos -llenado ya la tripa?</p> - -<p>—Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los -amigos! No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras -Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo -ponga clavos en mi finca.</p> - -<p>—¡A ponerse la ropa vieja! —gritó Camila á su marido—, y tú...</p> - -<p>—Los clavos, hija, los clavos. Déjame...</p> - -<p>—Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.</p> - -<p>Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y -roñosas.</p> - -<p>—Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.</p> - -<p>—Enderézalos con los dientes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-34">p. II-34</span></p> - -<p>Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de -hierro del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo -fuéramos á consultar con la patrona.</p> - -<p>—¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? —preguntaba él, ya -vestido con los trapitos más usados que tenía.</p> - -<p>—¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.</p> - -<p>—Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no -tienen punta.</p> - -<p>—Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar. -Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos -que están por el suelo.</p> - -<p>—Bueno, bueno. También las argollas.</p> - -<p>—Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.</p> - -<p>Era aquello una comedia.</p> - -<p>—Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo -has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa -gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un -papamoscas?</p> - -<p>—Esperando á que me digas dónde van los clavos.</p> - -<p>—¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más -talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...</p> - -<p>Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé -á golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi -casa y hacerla polvo.</p> - -<p>—¿Y yo, qué hago ahora?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-35">p. II-35</span></p> - -<p>—Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?</p> - -<p>—Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones -viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda -para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después, -Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las -canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea! -mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.</p> - -<p>Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y -me pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón -el delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual -yo quería hacer el papel de culebra.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_18"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-37">p. II-37</span></p> - <h2 class="nobreak">XVIII</h2> - <p class="subh2h">De los diferentes procedimientos usados por los - madrileños para salir á veranear.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi -casa á pedirme perdón y á buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda, su -ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y -la viuda no iba á verme. Dos ó tres veces, en la calle, la ví pasar en -su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me -guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería -evitarla á todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas: -el hastío de ella, y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de -todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con -lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen -mi firme propósito.</p> - -<p>Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las -arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues -de una manera ú otra, empeñando sus muebles<span class="pagenum" -id="Page_II-38">p. II-38</span> ó vendiendo sus alhajas, ella no se había de -quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causóme viva pena, sin que la -pudiera calmar apelando á mi razón. Súpelo por un amigo oficioso, el -que designé antes por el <i>Saca-mantecas</i>, por no decir su verdadero -nombre. Aquel condenado fué á verme una mañana, y se convidó á almorzar -conmigo so pretexto de hablarme de un asunto que tenía en Fomento, -aguardando la resolución del Ministro. Pero su verdadero objeto era -llevarme un cuento, un cuento horrible que adiviné desde las primeras -reticencias con que lo anunció. Tenía aquel hombre el entusiasmo de -la difamación, y, sin embargo, lo que me iba á decir era, no sólo -verosímil, sino verdadero, y las palabras del infame arrojaban de -cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia estaban las pruebas -auténticas de aquella delación, y yo no tenía que hacer esfuerzo alguno -para admitirla como el Evangelio. No se valió el <i>Saca-mantecas</i> de -parábolas, sino que de buenas á primeras me dijo:</p> - -<p>—Mucho dinero tiene Fúcar, querido; pero como se descuide, se -quedará por puertas... En buenas manos ha caído... Supongo que estará -usted al tanto de lo que pasa, y que esta observación no es un -trabucazo á boca de jarro.</p> - -<p>—Enterado, enterado... —dije con no sé qué niebla parda delante de -mis ojos.</p> - -<p>Yo no había oído nada, no lo <i>sabía</i>, en el rigor de la palabra; -pero lo sospechaba: tenía de ello un presagio muy vivo, equivalente -en mi espíritu á la certidumbre del suceso. Entróme entonces fuerte -curiosidad de saber más, y fin<span class="pagenum" id="Page_II-39">p. -II-39</span>giendo estar enterado de lo esencial, hice por sacarle más -concretos informes.</p> - -<p>—Esto no lo sabemos todavía en Madrid más que los íntimos, usted, -yo, dos ó tres más —añadió—; pero cundirá pronto, cundirá. Hasta ayer -tenía yo mis dudas. Lo sospechaba por ciertos síntomas. Como no me -gusta que me escarben dentro las dudas, me fuí á ver á Fúcar... Yo soy -así: me agrada beber en los manantiales. Encaréme con él y le puse -los puntos sobre las <i>íes</i>. «A ver, don Pedro, ¿es cierto esto?» Él -se echó á reir, y me dijo que como las cosas caen del lado á que se -inclinan... En fin, que hay tales carneros. No crea usted: Fúcar, en -su depravación, es hombre muy práctico. Me dijo que no piensa hacer -locuras más que hasta cierto punto; que gastará con su cuenta y razón; -en una palabra, que va muy prevenido, por conocer las mañas de la -prójima.</p> - -<p>Irritóme que aquel tipo hablara de Eloísa con tanta -desconsideración. Sospechando por un instante que la calumniaba, pensé -poner correctivo á la calumnia; pero algo clamaba dentro de mí apoyando -el aserto, y me callé. Era verdad, era verdad. La tremenda lógica de la -fragilidad humana lo escribía en letras de fuego en mi cerebro. Lo que -me causaba extrañeza era sentirme contrariado, lastimado, herido por la -noticia. ¿Qué me importaba á mí la conducta de aquella <i>prójima</i>, si yo -no la quería ya...? No sé si era despecho, ó injuria del amor propio, -lo que yo sentía; pero fuera lo que fuese, me mortificaba bastante. Al -propio tiempo, me dolía ver en el camino de la degradación á la que me -fué tan<span class="pagenum" id="Page_II-40">p. II-40</span> cara, y alguna -parte debieron tener también en mi pena los remordimientos por haberla -puesto yo en semejante sendero.</p> - -<p>Pero disimulé y supe afectar indiferencia ó el interés superficial -que es propio, entre caballeros, de las relaciones mujeriles entabladas -por la tarde, á la mañana rotas. Creo que me reí, que declaré no tener -con ella ya ningún trato; y el maldito <i>Saca-mantecas</i> se entusiasmó -tanto con esto hacia la mitad próximamente del almuerzo, que dijo -más, mucho más... Su lengua era como el hierro afilado de un cepillo -de carpintero, y pasando por sobre mí me sacaba virutas de carne del -corazón.</p> - -<p>—Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va -allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra -noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los -tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á -Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que -somos mortales...»</p> - -<p>¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que -no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello -era historia vieja.</p> - -<p>—Es monísima —volvió á decir el <i>Saca-mantecas</i> echando una ojeada -á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...— pero -¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja -mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas -mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al -principio me pareció que la consa<span class="pagenum" id="Page_II-41">p. -II-41</span>bida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas. -Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un -Fúcar nos desbanca.</p> - -<p>El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también -como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero -esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. -Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo -hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. -Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, -cepillar.</p> - -<p>—No he conocido mujer de más imaginación —prosiguió— para discurrir -modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero -con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso -una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; -de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; -de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas -de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de -verdadero <i>chic</i>. «Este lujo, <i>al alcance de todas las fortunas</i> —nos -dijo—, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan -los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar -á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si -se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para -comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando -se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» -En fin, que quiere más, más<span class="pagenum" id="Page_II-42">p. -II-42</span> todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más -que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando -la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias -plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros -y tapices, la montura de Almanzor y la <i>Flora</i> de Casado. Patrañas, -querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos -cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una -figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas. -La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los -prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados. -Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M. -Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó -más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los -baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted -implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon -porque no les daban de comer.</p> - -<p>—Eso sí que es falso —dije, sin poderme contener—. ¡Hambre! eso no -lo ha habido allí nunca.</p> - -<p>—Perdone usted, querido —replicó muy serio—: me lo ha contado -Quiquina.</p> - -<p>—¿Esa italiana...?</p> - -<p>—Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con -la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara -recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara -la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. -Dice que le gustan<span class="pagenum" id="Page_II-43">p. II-43</span> -los <i>merecotones</i> en vino. Dice también que su padre murió de una -<i>heroísma</i>. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y -sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es -la primera <i>medio-mundana</i> que hemos tenido. Se precian ellos de la -incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo -me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la -Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted -cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos -de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo -sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba -también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las -carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.</p> - -<p>Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias -del <i>Saca-mantecas</i> me revolvían de tal modo el estómago, que poco -me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de -conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió -la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, -y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de -Fomento, y tomamos café á prisa.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_II-44">p. II-44</span>II</h3> - -<p>Y en la Trinidad, ocupándome de lo que no me importaba, no podía -apartar de mi mente las virutas que me había sacado aquel cepillador, -las cuales subían enroscándose desde mi corazón á mi cerebro. Lo que -íbamos á solicitar era que el Ministerio le comprara al <i>Saca-mantecas</i> -unos papeles ó pergaminos viejos que, al decir de un informe académico, -interesaban grandemente á la historia patria. Con estos auxilios -oficiales trampeaba mi amigo. Tiempo hacía que chupaba del Estado en -una ú otra forma, ya so color de comisiones en el extranjero, para -estudiar cualquier cosa de que él entendía tanto como de afeitar ranas, -ya con el aquél de las excavaciones arqueológicas que se hacían en una -finca suya, allá por donde Cristo dió las tres voces.</p> - -<p>El Ministro nos recibió á los tres con toda la cordialidad de su -temperamento andaluz y maleante. Era un hombre de palabras flamencas y -de pensamientos elevados, iniciador de más osadía que perseverancia. -Aquel día estaba de buenas. Después de ponerse á nuestras órdenes, -añadiendo que nos daría el copón si se lo pedíamos, llevóme aparte y me -dijo mil perrerías. Yo era un acá y un allá. Cuando se desvergonzaba en -broma, me parecía un gran talento que necesita abonarse constantemente, -con palabras estercolosas, todas las materias de lenguaje en -descomposición que manchan, apestan y fecundan. Por fin, en términos -comedidos, me reprendió amis<span class="pagenum" id="Page_II-45">p. -II-45</span>tosamente por mi apatía política. Yo no me cuidaba de nada; no -hacía caso de las quejas de mis electores, y éstos tenían que valerse -de otros diputados para impetrar el favor oficial. Yo era, en suma, -un padrastro de la patria. Contestéle que dejaría gustoso un cargo -que me aburría soberanamente. Insistí mucho en esto de mi fastidio -político; pero durante aquella misma conversación, en que intervino -también Villalonga, se posesionó de mí una idea. Quizás me convenía -variar de conducta, mirar á la política con ojos más amantes, pues -con ayuda de este útil instrumento, podía ir reparando mi agrietada -fortuna. Salí de la Trinidad, dejando al <i>Saca-mantecas</i> con Villalonga -en la habilitación. Deseaba averiguar á todo trance por qué capítulo -cobraría, y cuándo le daban el libramiento, pues le hacía mucha -falta.</p> - -<p>Lo mismo fué verme solo en la calle, que volver á pensar en Eloísa. -Las virutas se enroscaban más... No sé si aquella mujer me inspiraba -compasión tan sólo, ó un sentimiento de despecho y envidia, que -podría considerarse como reincidencia de la antigua pasión. Lo que me -había dicho el <i>Saca-mantecas</i> me hería en lo vivo, y ansiaba tener -la evidencia de ello. Al instante me acordé de Evaristo, mi criado -antiguo, aquel perro fiel que yo había colocado en casa de Carrillo. -Hícele venir á mi casa, y me contó cosas que me sacaron los colores -á la cara. Tuve que mandarle callar. Cuando me quedé solo, estaba -nerviosísimo, me zumbaban horriblemente los oídos. Pasé una noche -muy aburrida, porque Camila y su esposo fueron al teatro, y no tuve -con quién<span class="pagenum" id="Page_II-46">p. II-46</span> entretener -la velada. Me cansaba el teatro, me fastidiaba la sociedad. «Mañana -—pensé—, ó voy á casa de esa... á decirle cuatro cosas, ó reviento.» -No tenía derecho á pedirle cuentas de su conducta; pero se las pedía -porque sí, porque me daba la gana, porque aquel Fúcar se me había -atragantado, y eso de que bebiera en la copa que yo bebí me sacaba -de quicio. Mi egoísmo había de resollar por alguna parte para que -no estallara dentro. «La voy á poner buena —pensaba—. ¡Venderse por -dinero! Es una ignominia en la familia que no debo consentir.»</p> - -<p>Fuí por la tarde. Estaba furioso, deseando llegar para desahogar mi -ira. ¿Qué cara pondría delante de mí? ¿Se disculparía?... Quedéme frío -al entrar, cuando advertí cierta soledad en la casa. El mismo Evaristo -fué quien me dijo:</p> - -<p>—La señora ha salido para Francia en el expreso de las cinco de la -tarde.</p> - -<p>¡Ah, miserable! Huía de mí, de mi severa corrección, de la voz que -le iba á ajustar las cuentas por su liviandad y por haber pisoteado el -honor de la familia. ¡Qué vergüenza!... ¡y yo qué necio!</p> - -<p>A la tarde siguiente bajé á la estación á despedir á la familia -de Severiano Rodríguez, y me encontré á Fúcar que se acomodaba en un -departamento del <i xml:lang="en" lang="en">sleeping-car</i>.</p> - -<p>—Hola, traviatito —me dijo abrazándome—. ¿Manda usted algo para -París?</p> - -<p>—Que usted se divierta —le respondí, afectando, no sólo serenidad, -sino contento hasta donde me fué posible.</p> - -<p>Algo más hablé, dándole á entender que no<span class="pagenum" -id="Page_II-47">p. II-47</span> me inspiraba envidia, sino compasión, y nos -despedimos hasta la vuelta.</p> - -<p>—Yo no pienso salir de España —añadí—. No quiero hacer gastos. -Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...</p> - -<p>Y como él se riera, concluí con esto:</p> - -<p>—Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós... -Deje usted mandado... Divertirse.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear -y nos quedamos en Madrid», sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas -me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije -sencillamente á mi prima:</p> - -<p>—Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?</p> - -<p>Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias -graciosas. Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á -donde quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella -sola; pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de -su maridillo, les invité á los dos.</p> - -<p>—Gracias —me dijo Constantino—. Si mi mamá Piedad me manda lo que me -ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el -tren de recreo.</p> - -<p>—¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?</p> - -<p>—Sí: en el tren de botijos —afirmó Camila batiendo palmas—. Así nos -divertiremos más. ¿Qué importa la molestia? Tenemos salud. La mujer de -Augusto vendrá también.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-48">p. II-48</span></p> - -<p>—¡Qué cosas se os ocurren! Iréis como sardinas en banasta. Eres una -cursi...</p> - -<p>—Dí que somos pobres.</p> - -<p>—Vaya... Me han ofrecido habitaciones en una magnífica casa en San -Sebastián. Viviremos todos juntos en ella. Id en el tren que queráis, -aunque sea en un tren de mercancías.</p> - -<p>Yo me regocijaba secretamente con la perspectiva de aquel viaje. -«Allí caerás —pensé—; no tienes más remedio que caer.»</p> - -<p>A la noche siguiente, el tontín de Constantino entró diciendo -que irían á Pozuelo, lo que desconcertó mis planes. Marido y mujer -discutieron, y yo combatí el proyecto con calor y hasta con elocuencia. -Por fin apelé á las aficiones taurómacas de Miquis, hablándole de las -corridas de San Sebastián. ¡Ya vería él qué toros, qué animación! -Vaciló, cayó al fin en la red. Quedó, pues, concertado el viaje; pero -ellos no podían ir hasta Agosto, y yo, muerto de impaciencia, agobiado -por los calores de Madrid, tuve que estarme en la villa todo el mes -de Junio, viendo defraudados cada día mis ardientes anhelos. Aquella -dichosa mujer era una enviada de Satanás para martirizarme y conducirme -á la perdición. Como el badulaque de Constantino seguía de reemplazo, -casi nunca salía de la casa. Las pocas veces que encontraba sola á -Camila, convertíase para mí en una verdadera ortiga: no se dejaba -tocar, suspiraba por su marido ausente y acababa de helarme hablándome -de aquel Belisario que no venía, que no quería venir, que se empeñaba -en seguir en la mente de Dios.</p> - -<p>—Si no vas á tener más chiquillos... —decíale<span class="pagenum" -id="Page_II-49">p. II-49</span> yo—; y da gracias á Dios para que no se -perpetúe la raza de ese animal manchego.</p> - -<p>Al oir esto me pegaba con lo que quiera que tuviese en la mano. Y -no se crea... pegaba fuerte: tenía la mano pronta y dura. Me hizo un -cardenal en la muñeca que me dolió muchos días.</p> - -<p>—Si sigues haciéndome el amor —me chilló una tarde—, le canto todo -al manchego para que te sacuda. Puede más que tú.</p> - -<p>—Sí, ya sé que es un peón. Pero ven acá, ¿cómo es posible que le -quieras tanto? ¿Qué hallas en él que te enamore?</p> - -<p>—¡Qué risa!... que es mi marido, que me quiere... Y tú no vienes más -que á divertirte conmigo y á hacer de mí una mujer mala.</p> - -<p>Y no había medio de sacarla de este orden de argumentos. «¡Que me -quiere, que es mi marido!»</p> - -<p>Un día, que la encontré sola, llegóse á mí con cierta oficiosidad, y -dándome un billete de quinientas pesetas, me dijo:</p> - -<p>—Ahí tienes lo que me prestaste. Puede que ya no te acuerdes.</p> - -<p>—En efecto, ya no me acordaba. Chica, no me avergüences... Guarda -esa porquería de billete, y perdonada la deuda. Por algo somos -primos.</p> - -<p>—No, no quiero tu dinero. He pasado mil apuritos para reunirlo, y -ahí lo tienes. Antes te lo pensaba dar; pero tuve que renovar el abono -de la barrera de Constantino... ¡Pobrecito mío! ¡Cuánto he penado -porque no se prive de la diversión que más le gusta! Para esto he -tenido que dejar de comprarme algunas cosillas<span class="pagenum" -id="Page_II-50">p. II-50</span> que me hacían falta, y no comer postre en -muchos días. Me habrás oído decir que no tenía gana. Ganitas no me -faltaban. Pero es preciso economizar. ¡Economizar! ¡Qué cosa más -cargante! Discurre por aquí, discurre por allá; aquí pongo, aquí -quito... Créete que me hacía cosquillas el cerebro... Pero todo se -aprende con voluntad... Conque ahí tienes tus cuartos, y gracias.</p> - -<p>—Que no lo tomo. Quita allá.</p> - -<p>—Te echaré de mi casa.</p> - -<p>—No me marcharé... Mira, ya me devolverás los dos mil reales cuando -estés más desahogada. Debes suponer que no me hacen falta.</p> - -<p>—Eso, ¿á mí qué?...</p> - -<p>¡Pobrecilla! Toda mi terquedad fué inútil. Tan pesada se puso, que -no tuve más remedio que tomar el dinero, temeroso de que se enojara de -veras.</p> - -<p>—Bien —le dije—, guardo el billete; pero lo guardo para tí. Soy tu -caja de ahorros. Esto y todo lo que necesites está á tu disposición. -No tienes más que abrir esa bocaza y... enseñarme esos dientazos tan -feos... Todo lo que poseo es para tí, para tí sola, gitana negra, -loba.</p> - -<p>Lo dije con tanto ardor alargando mis manos hacia ella, que me tuvo -miedo y de un salto se puso al otro lado de la mesa.</p> - -<p>—Si no te callas, tísico pasado —gritó—, te tiro este plato á la -cabeza. Mira que te lo tiro...</p> - -<p>—Tíralo y descalábrame —le contesté fuera de mí—; pero descalabrado -y chorreando sangre te diré que te idolatro; que todo lo que poseo es -para tí, para esa bocaza, para la lumbre que<span class="pagenum" -id="Page_II-51">p. II-51</span> tienes en esos ojos; todo para tí, fiera con -más alma que Dios.</p> - -<p>Sus carcajadas me desconcertaron. Se reía de mi entusiasmo -poniéndolo en solfa y apabullándome con estas palabras:</p> - -<p>—Sí, para tí estaba. ¿Ves esta bocaza? No beberás en este jarro. -¿Ves estos faroles? (los ojos). Otro se encandila con ellos. -Emborráchate tú con las tías de las calles, perdido. ¿Ves este -cuerpecito? Es para que nazcan de él los hijos que voy á tener, para -agasajarlos, para darles de mamar. ¡Y rabia, rabia, rabia... y púdrete -y requémate!</p> - -<p>Constantino entró. Su aborrecida cara me trajo á la realidad. Le -habría dado de palos hasta matarle. Pero en mis secretos berrinches, -decía siempre para mí con invariable constancia: «Caerá, caerá; no -tiene más remedio que caer.»</p> - -<p>Otro día les hallé retozando con libertad enteramente pastoril. -Ella, que tenía calor hasta en invierno, estaba vestida á la griega. -Él andaba por allí con babuchas turcas, en mangas de camisa, alegre, -respirando salud. Ambos se me representaban como la misma inocencia. -Parecía aquello la Edad de Oro, ó las sociedades primitivas. Camila se -bañaba una ó dos veces al día. Era fanática por el agua fresca, y salía -del baño más ágil, más colorada, más hermosa y gitana. Él no era tan -aficionado á las abluciones; pero su mujer, unas veces con suavidad, -otras con rigor, le inculcaba sus preceptos higiénicos, asimilándole -al modo de ser de ella. ¡Una mañana presencié la escena más -graciosa!... Me reí de veras. Mi prima, vestida como una ninfa,<span -class="pagenum" id="Page_II-52">p. II-52</span> daba á su marido una lección -de hidroterapia. Desnudo de medio cuerpo arriba, mostrando aquella -potente musculatura de gladiador, estaba Miquis de rodillas, inclinado -delante de una gran bañera de latón. Su actitud era la del reo que se -inclina ante el tajo en que le han de cortar la cabeza. El verdugo era -ella, toda remangada, con la falda cogida y sujeta entre las piernas -para mojarse lo menos posible. El hacha que esgrimía era una regadera. -Pero había que oirles. Ella: «restriégate, cochino; frótate bien; toma -el jabón.» Él: «socorro, que me mata esta perra; que me hielo; que se -me sube la sangre á la cabeza.» Ella: «lo que se te sube es la mugre; -ráspate bien, hasta que te despellejes. Grandísimo gorrino, lávate -bien las orejas, que parecen... no sé qué.» Y no teniendo paciencia -para aguardar á que él lo hiciese, soltaba la regadera, y con sus -flexibles dedos le lavaba el pabellón auricular con tanta fuerza como -si estuviera lavando una cosa muerta. «Que me duele, mujer...» «Lo que -duele es la porquería», respondía ella pegándole un sopapo. Parecía -meterle los dedos hasta el cerebro.</p> - -<p>Después le frotaba con jabón la cabeza, la cara, el pescuezo, -y él, apretando los párpados cubiertos de jabón, gritaba como los -chiquillos: «¡No más, no más!...» En seguida volvía Camila á tomar -la regadera y á dejar caer la lluvia, y él á pedir socorro y á echar -ternos y maldiciones. El agua invadía toda la habitación. Se formaban -lagos y ríos que venían corriendo en busca de los pies de los que -presenciábamos la escena (mi tía Pilar y yo). Era preciso andar á -saltos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-53">p. II-53</span></p> - -<p>—Hija —dijo mi tía—, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. -Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.</p> - -<p>—Para eso la pago.</p> - -<p>Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. -Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; -pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre -los fríos ladrillos.</p> - -<p>Su mamá se reía como yo. Díjome después:</p> - -<p>—Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su -marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino -uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué -orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece -un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el -trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la -casa.</p> - -<p>Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al -comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño -grande y abrochándose los botones de la camisa.</p> - -<p>—Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué -hiena es mi mujer?</p> - -<p>Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso -que por economizar.</p> - -<p>—Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me -trae pronto el rancho.</p> - -<p>Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y -batir de huevos.</p> - -<p>—Ahora —me dijo Miquis con beatitud—, nos pasamos con una -tortillita y café. Hemos suprimido la carne como artículo de lujo. -Y tan ricamente... A todo se <i>jace</i> uno.<span class="pagenum" -id="Page_II-54">p. II-54</span> Esta Camila es el mismo demonio. ¿Pues no -dice que va á reunir dinero para comprarme un caballo?... ¡No sé qué me -da de sólo pensarlo!... ¿Será capaz?...</p> - -<p>Miré á Constantino y advertí en su rostro una emoción particular. -O yo no entendía de rostros humanos, ó se humedecían con lágrimas sus -ojos. «Dios mío, Dios mío —pensé en un paroxismo de aflicción—, ¿por -qué no he de poseer yo una felicidad semejante á la de este par de -fieras?»</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>—Aquí tienes el pienso —dijo Camila trayendo la tortilla de jamón—. -Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella -de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera -rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.</p> - -<p>¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me -iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella -se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla. -Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto -para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que -ninguno de los dos quería tomar.</p> - -<p>—Para tí, hija...</p> - -<p>—No: para tí, nenito.</p> - -<p>—Vamos —decía yo—, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar -suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.</p> - -<p>Y echándose á reir, se lo comía, y él se mos<span class="pagenum" -id="Page_II-55">p. II-55</span>traba más feliz. Hacían el café en una -maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción y queso -manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo, la -conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario -vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en -una silla alta, con su babero al pescuezo.</p> - -<p>—Vendrá, vendrá el señor de Belisario —decía ella encendiendo el -alcohol—. Verán ustedes cómo con los baños de mar...</p> - -<p>—Eso, eso: los baños de mar.</p> - -<p>Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.</p> - -<p>—Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos —les decía yo.</p> - -<p>Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por -ningún caso.</p> - -<p>¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban -y lo gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos -dineros de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, -estaban los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de -viaje, comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por -un modelo que le prestó Eloísa. El vestido y el <i xml:lang="fr" -lang="fr">pardessus</i> eran desechos de su hermana, arreglados por la -misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella imponderable virtud con los -despojos del vicio.</p> - -<p>Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el -aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado -de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia. -Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de -Junio<span class="pagenum" id="Page_II-56">p. II-56</span> metido en casa, -muy aplanado, con cierta propensión al silencio, síntoma funesto -en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo de hilo no se -apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar producíale una -especie de hipo. Pensando que se había metido en algún mal negocio, -le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio, pues hacía -tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no podía; le -faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa de su -trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un fenómeno -de <i>suspensión</i>. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se iba -á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque -fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del -síntoma nervioso de la <i>suspensión</i> había otra causa. Estos jaleos -espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil -es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío -con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre -señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero -con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido -pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula -valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar -de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su -yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.</p> - -<p>—Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca -agua? ¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!</p> - -<p>Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel<span class="pagenum" -id="Page_II-57">p. II-57</span> excelente sujeto tan curado de su <i>ruinera</i>, -como si en su vida la hubiera padecido.</p> - -<p>A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que -agradecí mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me -habría sabido muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que -iba decidido á emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, -y en el sosiego y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con -ahinco. ¡Ya vería yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No -quiso decirme lo que era para darme la sorpresa <i>hache</i>. Francamente, -experimenté vivísima satisfacción al perderle de vista.</p> - -<p>Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más -en Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas -mías, respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á -las cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. -Eran las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la -otra Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas -y ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba -bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo -en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome -los mocos y dándome cucharadas de <i>maizena</i>. La Pastor, su sobrina, -era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus -ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas. La -concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que á veces -parecía que la<span class="pagenum" id="Page_II-58">p. II-58</span> una -movía las manos de la otra, y que la Morris estornudaba ó tosía con la -boca de la Pastor. La tía leía mucho, así en inglés como en español, -y tenía sus puntas de literata: trataba á Spencer y á George Elliot. -La sobrina pintaba, como pintan las inglesas, haciendo habilidades más -bien que obras artísticas, embadurnando placas de porcelana, trozos de -papel de arroz, y ahumando platos para rascarlos con un punzón. Sus -acuarelas tenían frescura sosa, y siempre expresaba en ellas alguna -idea moral. Aunque no pintara más que un riachuelo reflejando un álamo, -yo no sé cómo se las componía que siempre salía la moral. Eran ambas -las personas más agradables, más buenas, más finas, más delicadas que -se podían ver en el mundo.</p> - -<p>La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez. -Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía. -Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia: -se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra del -<i xml:lang="en" lang="en">Scotland Bank</i>. Total, que acordaron acabar -sus nobles días en la tierra de María Santísima.</p> - -<p>Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, -me besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.</p> - -<p>—Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien. -Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se -asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya -grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa. -Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-59">p. II-59</span></p> - -<p>Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y -servirles de cicerone. <i>Mary</i> (la pintora) tenía locos deseos de -verlo. ¡Había oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé -yo aquella noble misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en -Madrid, y había que verme á mí con mis dos <i>Pastoras</i> (Camila dió en -llamarlas así) siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y -severos sobretodos de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes -no muy conformes con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados -hacia dentro y con mucha espiga, mucha amapola y otras silvestres -florecillas. Camila decía que no podían haber escogido sombreros más -propios unas damas que se llamaban las <i>Pastoras</i>. Guardéme bien de -presentarlas á mi prima, pues de seguro habría oído en boca de personas -tan recatadas el terrible <i xml:lang="en" lang="en">shoking</i>.</p> - -<p>Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que -me hiciera cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. -Endosáronme varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta -suya ciertas sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. -Despedílas en la estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á -Cádiz para que las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron -de mí.</p> - -<p>Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me -dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio. -Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12 -de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan -majadero, que<span class="pagenum" id="Page_II-60">p. II-60</span> dije -muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en términos sombríos y -románticos, porque me salía de dentro así. Le decía: «me mato, te juro -que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo al principio, me miraba -luego con un poco de lástima, exhortábame á ser razonable, y reía, reía -siempre. También ella, en la <i>edad del pavo</i>, había querido matarse, y -nada menos que con fósforos. ¡Cuánto se había reído de esto después!... -¿Acaso estaba yo en la <i>edad del pavo</i>? Seguramente así lo pensaba -ella. Por fin vine á comprender que esta táctica era mala, porque no me -daba buen resultado. En Camila no aparecían ni ligeros indicios de ser -contaminada de mi romanticismo; al contrario, lo repelía, como rechaza -el organismo las substancias de imposible asimilación.</p> - -<p>La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino -y yo de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de <i -xml:lang="en" lang="en">sport</i> me entretenían, y á él le entusiasmaban. -De repente se me ocurrió decir:</p> - -<p>—Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen -caballo de paseo.</p> - -<p>Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños -á sus madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un -juguete.</p> - -<p>—¡Un caballo! —repitió el manchego con éxtasis.</p> - -<p>—¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?</p> - -<p>—No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...</p> - -<p>La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y -luego se dejó decir:</p> - -<p>—Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-61">p. II-61</span></p> - -<p>—Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.</p> - -<p>Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me -ahogaba.</p> - -<p>—Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa, -de mucha cabezada, y que ande así... así...</p> - -<p>Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos -caballos petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un -espejo. Luego imitaba el galope: <i>tra-ca-trán</i>, <i>tra-ca-trán</i>.</p> - -<p>Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud -por mi ofrecimiento del caballo.</p> - -<p>—¡Qué bueno eres! —me dijo, dejándose besar las manos, favor que -hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola, -¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice -ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho: -«Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil -duros de renta», y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome -ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi -encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su -marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un -caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una hucha -en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo del -caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del tiempo, -porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además, Camila -se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A veces, -por donde menos se piensa se<span class="pagenum" id="Page_II-62">p. -II-62</span> abre una brecha. ¿Sería aquélla la brecha de la inexpugnable -plaza, la juntura invisible de una cota que parecía milagrosa?... Lo -veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á San Sebastián, diciendo para -mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te escapas.»</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_19"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-63">p. II-63</span></p> - <h2 class="nobreak">XIX</h2> - <p class="subh2h">Idilio campestre, piscatorio, nadante, mareante y - trapístico. — Mala sombra de todos los idilios, de cualquier clase - que sean.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Sin desconocer los encantos de la capital veraniega de las Españas, -no me inspiraba simpatías aquel pueblo, que me parecía Madrid -trasplantado al Norte. En él, los madrileños no buscan descanso, -aire, rusticación, sino el mismo ajetreo de su bulliciosa metrópoli, -y los mismos goces urbanos, remojados y refrescados por el agua y -brisa cantábricas. Me fastidiaba ver por todas partes las mismas -caras de Madrid, la propia vida de paseo y café, los mismos grupos de -políticos hablando del tema de siempre. El paseo de la Zurriola, en que -dábamos vueltas de noria, me aburría y me mareaba. Si no hubiera sido -porque esperaba á Camila, habría echado á correr de aquella tierra. -Y como Camila tardaría aún quince días ó más en ir, dime á buscar un -entretenimiento para ir conllevando las lentitudes del plantón.</p> - -<p>¿A que no aciertan lo que se me ocurrió para pasar el rato? Pues -emprender un trabajo que á<span class="pagenum" id="Page_II-64">p. -II-64</span> la vez me entretuviera y aleccionara. Sí: de aquel anhelo de -distracción nacieron estas Memorias, que empezadas como pasatiempo, -pararon pronto en verdadera lección que me daba á mí mismo. Quise, -pues, consignar por escrito todo lo que me había sucedido desde -que me establecí en Madrid en Septiembre del 80; y pensarlo y dar -principio á la tarea, fué todo uno. Proponíame hacer un esfuerzo de -sinceridad y contar todo como realmente era, sin esconder ni disimular -lo desfavorable, ni omitir nada, pues así podía ser mi confesión, no -sólo provechosa para mí, sino también para los demás, de modo que -los reflejos de mi conciencia á mí me iluminaran, y algo de claridad -echasen también sobre los que se vieran en situación semejante á la -mía. Empecé con bríos: tuve especial empeño en describir las falsas -apreciaciones que hice de Eloísa, alucinado por la criminal pasión que -me inspiró; dí á conocer el pueril entusiasmo, el desatino con que me -representaba todas las cosas, viéndolas distintas de como efectivamente -eran; y poco á poco las fuí trayendo á su sér natural, descubriendo -su formación íntima conforme los hechos las iban descarnando. Nada se -me escapó: describí mi enfermedad, las gracias del niño de Eloísa, la -caída de ésta, la casa, los jueves famosos y aborrecidos. Ya entraba -á ocuparme de la muerte del bendito Carrillo, cuando llegaron Camila -y su marido. Dí carpetazo á mis cuartillas, dejando la continuación -del trabajo para otros días. Con la llegada de mis amigos tenía yo -distracción de sobra, y materia abundantísima para sentir y pensar más -de lo que quisiera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-65">p. II-65</span></p> - -<p>No he visto persona más dispuesta que Camila á gozar de los encantos -lícitos de la vida y á apurarlos hasta el fondo. Su marido le hacía -pareja en esto. Ambos tortoleaban en mis barbas, haciéndome rabiar -interiormente y exclamar desesperado: «Pero, señor, ¿será posible que -yo me muera sin conocer y saborear esta alegría inocente, esta puericia -de la edad madura, estos respingos candorosos del amor legitimado y -estas zapatetas de la conciencia tranquila, que salta y brinca como los -niños?»</p> - -<p>Todos los días inventaba yo alguna cosa para que ellos se -divirtieran, para divertirme yo si podía y para alcanzar mi objeto. -Unas veces era expedición á Pasajes; otras caminata por el campo, -excursión en coche á Loyola, pesca en bote, etc... Por todas partes y -en todos los terrenos buscaba yo el idilio, y se me figuraba que lo -había de encontrar si no estuviera pegado siempre á nosotros aquel -odioso monigote de Constantino. Pero su bendita mujer no se divertía -sin él, y él era, sin duda, quien daba la nota delirante de la alegría -en nuestros paseos. Cuando salíamos al campo, Camila se embriagaba -de aire puro y de luz, corría por las praderas como una loca, se -tendía en el césped, saltaba zanjas, apaleaba los bardales, hacía -pinitos para coger madreselvas, hablaba con todos los labriegos que -encontraba, quería que yo me subiera á un árbol á ver si había nidos -de pájaros, perseguía mariposas, aplastaba babosas, reunía caracoles -para apedrearnos con ellos y se ponía guirnaldas de flores silvestres. -He dicho que se embriagaba y es poco. Era más: se emborrachaba, perdía -completamente el<span class="pagenum" id="Page_II-66">p. II-66</span> -tino con la irradiación de su dicha. Si la única felicidad verdadera -consiste en contemplar felices á los que amamos, yo no debía cambiarme -por ningún mortal; pero la felicidad no es tal cosa, y el filósofo -que lo dijo debió de ser un majadero de esos que fabrican frases para -vendérnoslas por verdades.</p> - -<p>Nunca había visto á mi borriquita dar tanto y tanto brinco. En su -frenesí llegó á decir, tirándose al suelo: «me dan ganas de comer -hierba.» Por su parte Constantino hacía los mismos disparates, -acomodándolos á su natural rudo y atlético. Daba vueltas de carnero y -saltos mortales, hacía flexiones y planchas en la rama de un roble, -andaba con las palmas de las manos, cantaba á gritos, relinchaba. Ambos -concluían por abrazarse en medio del campo, y jurarse amor eterno ante -el altar azul del cielo.</p> - -<p>Cuando iba con nosotros Augusto Miquis, éste y yo filosofábamos -mientras los otros se hacían caricias, ó nos reíamos de ellos; pero yo -rabiaba.</p> - -<p>Nuestros recreos marítimos no eran menos deliciosos para aquella -pareja de enamorados, que más parecían niños que personas mayores. -Nos embarcábamos en segura y cómoda lancha, y emprendíamos nuestra -pesca. La primera paletada de remos era una declaración de guerra sin -cuartel á toda alimaña habitante en la mar salada. Un marinerillo nos -ponía la carnada en los anzuelos para no ensuciarnos las manos. ¡Qué -ansiedades las de los primeros momentos, cuando los aparejos entraban -en el agua! ¿Habría ó no habría pesca en aquel sitio? ¿Sería mejor ir -más allá, donde no hubiera tantas algas? Por<span class="pagenum" -id="Page_II-67">p. II-67</span> fin nos fijábamos, y aquí de las emociones. -¿Quién sería el primero que sacaría algo? En nada como en esto se -manifiesta el humano egoísmo. Ninguno quiere ser el segundo. Yo, sin -embargo, deseaba que fuese Camila la preferida del destino para gozar -viendo su triunfo y los extremos que hacía.</p> - -<p>—Cómo pican, cómo pican...</p> - -<p>Pero muchas veces picaban y se iban, llevándose el cebo. Es que en -las profundidades hay mucha pillería, y van aprendiendo, sí. Camila se -impacientaba, estaba nerviosa: cuando sentía picar tiraba con tanta -fuerza, que el pez se largaba dejándola chasqueada. Entonces á la -pescadora se le iba la lengua, y se le ponía la cara encendida, los -ojos echando lumbre. Pero si al fin, al tirar de la cuerda, sentía -peso y estremecimiento, ¡María Santísima, qué alboroto, qué gritos! Su -imaginación le abultaba la pesca.</p> - -<p>—Es grandísimo... ¡cómo pesa...! Es una merluza lo que traigo. -Mirad, mirad.</p> - -<p>Por fin brillaba el agua con fulgores de plata, y salía un triste -pancho enganchado por la mandíbula. El botín de julias, porredanas, -cabras, monjas y chaparrudos aumentaba, y los íbamos echando en un -balde, donde su horrible agonía les hacía dar saltos repentinos. -Poníase mi prima febril cuando pasaba mucho tiempo sin pescar nada; -nos hacía variar de sitio, cambiaba de aparejo, lo metía y lo sacaba, -sacudiéndolo. Insultaba á los peces invisibles que no querían picar, -llamándoles <i>tísicos</i>, <i>petroleros</i>, <i>carcundas</i>, y no sé cuánto -disparate más. Cuando sacábamos algún pancho muy pequeño, un tierno -infante que había sido robado por<span class="pagenum" id="Page_II-68">p. -II-68</span> el anzuelo al volver del colegio, Camila imploraba la -clemencia de todos los expedicionarios, y, reunidos en consejo, -votábamos unánimemente que se le diera libertad. Ella misma le sacaba -el anzuelo, procurando no lastimarle, y devolvía el pez al agua, -riéndose mucho de la prontitud y del meneo con que el muy pillo se iba -á lo profundo.</p> - -<p>—Este ya va enseñado —decía—. No se dejará coger otra vez.</p> - -<p>¡Qué horas tan dulces para todos, porque yo también me divertía, y -además el contento de aquellos seres se me comunicaba, reflejándose -en mi alma! Pero por más vueltas que daba, la tostada del idilio no -parecía para mí. Apenas pude deslizar en el oído de Camila alguna -palabra, frase ó símil de la pesca aplicado á mi situación y á mis -pretensiones. Ella se hacía la desentendida y aprovechaba las ocasiones -para hacerme cualquier perrería, como salpicarme de agua, pasarme por -la cara la barriga viscosa ó el cerro punzante de algún pez.</p> - -<p>Mi fantasía enferma, mi contrariada pasión buscaban refugio en la -idealidad. Lo que los hechos reales me negaban, asimilábamelo yo con -el pensamiento. En otra forma, yo era también chiquillo como ellos. Dí -en pensar que la mar traidora nos podía jugar repentinamente una mala -pasada. La embarcación se anegaba, se hundía. ¡Naufragio! En este caso -yo, que sabía nadar muy bien, salvaba á mi heroína, disputándola á las -olas y á la horrorosa muerte... Vamos, que el triunfito no era malo. -¡Y qué placer tan grande! Dominado por esta idea, una tarde que se -levantó un poco de Noroeste y que<span class="pagenum" id="Page_II-69">p. -II-69</span> volvíamos á la vela, dando unos tumbos muy regulares, le -dije, señalando las imponentes masas de agua verdosa:</p> - -<p>—Oye, borriquita: si se nos volcara la lancha y te cayeras al -agua... ¿no te aterra pensar que te ahogarías?</p> - -<p>—¿Yo? No tengo miedo —me respondió serena, contemplando las olas—. -Al contrario, me gustaría que se levantara ahora una tempestad de padre -y muy señor mío. Quiero ver eso...</p> - -<p>—¿Y si te cayeras al agua?</p> - -<p>—No me ahogaría.</p> - -<p>—Claro que no, porque te sacaría yo, con riesgo de mi propia -vida.</p> - -<p>—¡Qué me habías de sacar, hombre! Me sacaría Constantino. ¿No es -verdad, asno de mi corazón, que me salvarías tú?</p> - -<p>—Si éste apenas sabe nadar...</p> - -<p>—¡Que me sacaría, digo; que me sacaría, vaya! —gritaba con fe -ciega.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni -en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo -soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que -nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de -esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para -hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase -el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa -andadura de cuatro nudos por<span class="pagenum" id="Page_II-70">p. -II-70</span> hora. No servía para nada; pero era novedad estupenda para -estos pobres madrileños que nada saben de las cosas del mar. Toda la -colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de lanchas que iban hacia -donde estaba fondeada la <i>petaca</i>. Los <i>gatos</i> de Madrid se quedaban -con medio palmo de boca abierta, admirando la limpieza y el orden de á -bordo, la gallarda arboladura, que no es más que un adorno, la presteza -con que los marineros suben como ratones por la jarcia, la comodidad -de las cámaras, el reluciente y limpio acero de la artillería, la -abundancia de los pañoles de galleta. Era un jubileo. Nosotros fuimos -también. ¡Pues no habíamos de ir...! Tomé un bote y nos metimos en él -los tres, con más Augusto Miquis, su mujer y su cuñada. Más de una -hora estuvimos á bordo, subiendo y bajando escaleras, registrando -todo, acompañados de un oficial. Cuando, terminada la visita, volvimos -á nuestro bote, nos sucedió un percance. El mar estaba algo picado. -Con los balances que hacía el bote al entrar las personas, por poco -zozobramos; después el marinero encargado de que aquél arrimara bien á -la escala del vapor se descuidó, y la pequeña embarcación, ya llena de -gente, metióse debajo de la escala. El vapor entonces, en un balance, -dió un fuerte golpe en nuestra proa con el pico de la escala. Fué como -si levantara el pie y nos diera una patada. Por pronto que quisimos -desatracar no pudimos, y al siguiente balance, el pico de la escala -entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos hundíamos!... Fué un momento -de pánico horrible. Grito de espanto salió de todas las bocas... Nada, -que nos íbamos<span class="pagenum" id="Page_II-71">p. II-71</span> á -pique. Un bulto, una mujer estuvo casi dentro del agua por el costado -de estribor. Ciego, me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví -nada: duró aquello lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza -la idea de que yo iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos, -agua!... La humana forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la -cuñadita de Augusto Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al -bote con la izquierda, que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña -se me pegaron al pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que -me habría sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada -fué Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro, -cogió á su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba -la zarpa derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una -agilidad y una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos; -y auxiliados por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro -bote. ¡Ni siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido -á unas cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero -convinimos en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos -serenamos, y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor, -y no hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando -cada cual sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se -había mojado nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería -cómo le cogió el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se -vieron suspendidos un instante á la escala, mien<span class="pagenum" -id="Page_II-72">p. II-72</span>tras el bote se iba á lo hondo. En toda la -noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en -San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo -con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la -escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más -que <i>agárrate bien</i>... El vapor se los quería llevar... vió los picos -de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde -causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...»</p> - -<p>Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde -jamás se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella -hubiera querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba -por todos los medios, de nada me valía que yo las buscase.</p> - -<p>Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos -íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy -saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre -para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien -era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones -los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete, -ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una -cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas. -Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable. -Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en -realidad.</p> - -<p>Pero sí: era un gañán, sin género alguno de duda. Si no lo probaran -otras cosas, lo probaría<span class="pagenum" id="Page_II-73">p. -II-73</span> su maldita maña de divertirse con los juegos de fuerza ó -de manos, que, según dice el refrán, son juegos de villanos. Sí: -villanía es dar puñetazos sin venir á cuento, agarrarle á uno la mano -y apretársela hasta hacerle dar un grito, cogerle á uno descuidado por -la cintura y suspenderle en el aire, con otras gansadas sin maldita la -gracia. Tales juegos me cargaban. Yo le decía: «estate quieto, no me -busques.» (La confianza en que vivíamos nos había llevado á tutearnos -sin saber cómo.) Le tenía ganas: habría gozado mucho dándole un buen -porrazo, ya que el matarle no estaba en mis sentimientos ni en las -costumbres suaves de la época. A ratos eché yo de menos las edades -románticas en que se destripaba á cualquier rival por un quítame allá -esas pajas.</p> - -<p>Un día concluímos nuestro asalto, yo rendido de fatiga, él tan -campante como si nada hubiera hecho. De repente empezó con las gracias -villanas que antes mencioné.</p> - -<p>—Constantino, que te estés quieto.</p> - -<p>Yo estaba nervioso, de muy mal humor, y con ganas de darle una -zurra.</p> - -<p>—Que no me busques, Constantino; que no quiero bromas...</p> - -<p>Pero él dale que dale, tan pesadote que no se le podía aguantar. -De improviso, viéndome sobado y golpeado estúpidamente, nació en mí -un ardiente apetito de brutalidad; cegué, perdí el tino, no supe lo -que me pasaba, y echándole ambas manos á su pescuezo robusto, caímos, -rodamos... Él tenía más fuerza muscular que yo; pero el odio, según -creo, centuplicó las mías. La verdad es que le tuve un instante -acogotado, y gocé ferozmente en la extinción de su aliento.<span -class="pagenum" id="Page_II-74">p. II-74</span> Recordando después aquella -escena, heme avergonzado y espantado de que los hombres más pacíficos -se conviertan tan fácilmente en fieras.</p> - -<p>—Es demasiado —dijo Augusto, que empezaba á alarmarse—. Para juego -basta.</p> - -<p>Mi fuerza, puramente nerviosa, por lo mismo que fué tan grande, duró -poco. El manchego se repuso, y desasiéndose, ganó pronto ventaja. No -tardé en estar debajo. Cogióme las manos, sujetándome los brazos con -el peso de su cuerpo; dejóme sin movimiento ni respiración, hecho un -lío, una momia. ¡Cómo ostentaba su poder ante mi debilidad! Así me tuvo -un rato, dueño de mí, mirándome y escarneciéndome como si yo fuera un -muñeco con apariencias de hombre.</p> - -<p>—Muévete ahora —me decía, apretando más las argollas de hierro de -sus dedos.</p> - -<p>Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas -no rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni -para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo -franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso.</p> - -<p>—Bromas pesadas —repitió Augusto.</p> - -<p>—Eres un bruto, Constantino...</p> - -<p>Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono, -figurando tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego, -gimnasia de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía -con gozosa esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.»</p> - -<p>Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien, -y Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos -juntos; era yo su maestro: enseñábale á mo<span class="pagenum" -id="Page_II-75">p. II-75</span>ver los brazos; jugábamos y saltábamos, -cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el baño, hacía yo más, -¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso de aquella habilidad -que aprendí en la niñez, alumno de la marítima Inglaterra, esperaba á -que mi borriquita estuviese presente para irme muy afuera, muy afuera, -hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al volver, que perdieron de -vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba de satisfacción. Todas -las personas reunidas en la playa estaban con gran ansiedad y corrían -murmullos de alarma. A mi triunfal regreso, dando brazadas á las olas -y abofeteando la espuma, era recibido con vítores y plácemes. Yo me -ponía muy hueco si Camila estaba presente; si no, no. No veía más que -á ella, saliendo de su caseta ya vestida, colorada, fresca; y me decía -con amable reprensión:</p> - -<p>—¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas -de gracias.</p> - -<p>Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos -bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus -pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome -un rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra -vez, y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre -dientes:</p> - -<p>—Traga agua, perro; trágala.</p> - -<p>Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí -la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en -los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un -momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila,<span -class="pagenum" id="Page_II-76">p. II-76</span> que estaba lejos, empezó -á chillar. Pero su marido salió de repente, atontado, pataleteando, -escupiendo agua, vomitándola... Su aparición fué acogida con carcajadas -por los circunstantes. Yo me reí también, y braceando agujereé una ola. -Creí que no me seguiría; pero impávido me siguió, haciendo gestos de -ira cómica, la única ira que en él cabía. Y me acometió, saltóme á los -hombros, y sus poderosas manos me hundieron á su vez. Dentro del agua, -oí una voz que llegaba á mis oídos con esa vibración penetrante con que -el mar transmite los sonidos. Camila gritaba:</p> - -<p>—Constantino, ahógale.</p> - -<p>Estas palabras, rasgando la masa verde y movible del mar, parecían -el ras del diamante al cortar el vidrio... Y en verdad que al oirlas -tuve miedo, y creí que en efecto me ahogaba. Por suerte, ambos volvimos -pronto á la superficie, y nos acogieron las mismas carcajadas de antes. -Tuve que reportarme y disimular. Augusto decía:</p> - -<p>—Juegos pesados y de mal género, que pueden ser peligrosos.</p> - -<p>Camila reía también; pero yo no podía apartar de mi mente aquel -<i>ahógale</i>, que me parecía dicho con toda el alma: se me quedó dentro de -los oídos como cuando nos entra agua en ellos, y no la podemos extraer, -ni atenuar la gran molestia que produce. Salí del baño aturdido y con -despecho, que no excluía la vergüenza de haber sido tonto y brutal.</p> - -<p>Después, al abandonar la caseta, donde permanecí largo rato -procurando serenarme, ví á los dos esposos correteando por la playa y -recogiendo conchas como dos inocentes. Nunca había estado mi prima tan -hermosa. Los baños de<span class="pagenum" id="Page_II-77">p. II-77</span> -mar habían puesto el sello á su robustez gallarda. Hablando de su -apetito, lo pintaba con las hipérboles más graciosas. «Se desayunaría -con un cabrito si no fuera de mal tono... Sentía que las chuletas no -tuvieran izquierda y derecha para comérselas dos veces... Por punto no -devoraba una langosta entera.» Su asnito no le iba en zaga en esto. -Ambos tenían coloración tostada y encendida, por efecto del sol, del -agua de mar y de aquel apetito de la Edad de Oro. Ambos revelaban el -apogeo de la salud y del vigor físico, así como el grado culminante de -la alegría, que es consecuencia de aquel feliz estado. El indiferente -que les veía y les escuchaba no podía menos de alabar á Dios ante una -pareja tan bien dispuesta para los goces y los trabajos humanos, ante -aquel admirable tronco que arrastraba sin esfuerzo alguno, relinchando -de gusto, el carro de la vida.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>¿Por qué Camila no era mía? Vamos á ver, ¿por qué? Antojábaseme que -habría sido el más feliz de los mortales teniéndola por esposa. No me -contentaba con robarla al hogar y al tálamo de otro hombre; quería -ganármela legítimamente y tomar posesión de ella ante el mundo y ante -Dios. Sí: tal era la mujer que me convenía; Camila, sí, y no otra, -pues cuando uno se liga á una mujer para toda la vida, es preciso que -ésta lleve en su temperamento aquellos raudales de dicha, aquel reir -inefable y aquella santa salud.<span class="pagenum" id="Page_II-78">p. -II-78</span> ¡Qué fatalidad, llegar siempre tarde! La interposición del -marmolillo de Miquis me parecía una mala pasada de mi destino. ¡Dios -me quería mal, me estaba trasteando y <i>quedándose conmigo</i>! ¡Cuánto -disparate! También pensaba mucho en la primera impresión que me causó -la señora de Miquis cuando la conocí. ¿Por qué me fué antipática? -¿Por qué la juzgué tan severamente? ¡Ah! Porque en aquellos días -yo era idiota; no me quedaba duda de que era el mayor majadero del -mundo, pues la misma equivocación que padecí con Camila la tuve con -respecto á Eloísa, á quien estimé adornada de mil virtudes sin adivinar -su diabólica pasión por el lujo. ¿Y si después de ganar y poseer á -Camila, me salía con un defecto semejante? Porque equivocado una vez, -equivocado mil y quinientas... No, no: ésta no tenía ninguna chispa -del Infierno dentro de sí, como la otra; ésta era la alegría, alma -del mundo; la rectitud guardada en el vaso de la jovialidad... Tenía -que ser mía en una forma ú otra, y después era indispensable que el -marmolillo reventara ó que se le llevaran los demonios, para legitimar -mi victoria.</p> - -<p>Faltábame aún ensayar otro idilio, puesto que el piscatorio y el -campestre no me habían servido de maldita cosa. Les convidé, pues, -á dar un paseo por Bayona y Biarritz. Augusto y su mujer y cuñada -vendrían también. Brindéles con un viajecito hasta Burdeos; pero no -aceptaron. Mi idea era pasarle á Camila por delante de los ojos las -tiendas francesas de novedades, y observar, al menos, qué cara ponía, -y si era su ánimo completamente inaccesible á cierto género de<span -class="pagenum" id="Page_II-79">p. II-79</span> tentaciones. Cuando íbamos en -ferrocarril camino de la frontera, dije á mi borriquita que se comprara -lo que quisiese, un par de abrigos de invierno, tres sombreros, media -docena de corbatas, dos ó tres vestidos de alta novedad; en fin, que -aprovechara la ocasión surtiéndose para todo el año.</p> - -<p>—No me lo digas dos veces —contestaba entre carcajadas—: mira que te -arruino.</p> - -<p>¡Ojalá que quisiera arruinarme! Con secreta satisfacción observé que -el aspecto de las tiendas de Bayona la puso seria, que miraba mucho y -con atención profunda, que ella y la mujer de Augusto discutían sobre -lo que veían. A ruego mío entraban en algunas tiendas, pero sin escoger -nada. Augusto hizo algunas compras insignificantes. Yo intenté hacerlas -considerables; pero Camila no quería tomar nada, sino de acuerdo con su -manchego, que á cada paso consultaba el portamonedas y hacía cuentas -tácitas. No pude conseguir que aceptasen nada de lo que les ofrecí. -Para obtener alguna ventaja en este terreno, tuve que hacer un regalo -general, obsequiando á cada uno de los que formaban la partida.</p> - -<p>—Pero vamos á ver, tonta, ¿por qué no te compras este abrigo...? Yo -te adelanto el dinero. Ya me lo pagarás cuando puedas. Constantino, ¿no -es verdad?</p> - -<p>Constantino decía que nones.</p> - -<p>—Y este sombrero... ¿ves qué bonito?</p> - -<p>—Vamos, vamos —decía Camila muy seca—. Me carga este pueblo. Esto es -una <i>farsantería</i>.</p> - -<p>—Al menos —insistía yo—, que acepte tu marido este paraguas, y -tú... No me desaires. Me enfadaré si no aceptas este <i xml:lang="fr" -lang="fr">pardessus</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-80">p. II-80</span></p> - -<p>—Quita allá... Voy á parecer una de esas tías... No quiero, no -quiero.</p> - -<p>Fuimos á Biarritz y almorzamos en el <i>Hotel de Embajadores</i>. -Felizmente, Miquis se encontró un amigo que le invitó á jugar una -partida de billar en el Casino. Paseamos en tanto los demás por los -alrededores de la <i>Villa Eugenia</i>, por las playas de los Locos, de -los Vascos y por los vericuetos del Puerto Viejo. Augusto y su mujer -y cuñada se entretuvieron hablando con una familia conocida. Solo ya -con Camila, la llevé por los senderos rocosos de La Chinaougue, cerca -del Casino y del Puerto de los Pescadores. ¡Qué gusto verme solo con -ella! Aquel ratito me parecía la gloria. Tuve el tacto de no hablarle -directamente de amor. Observé en ella cierta indolencia, menos alegría -que de ordinario, y una atención particular y compasiva á lo que yo -decía, y á las quejas que exhalé sobre mi suerte y la soledad de mi -vida. De pronto dijo:</p> - -<p>—Estoy en ascuas. Ese individuo con quien ha tropezado Constantino -es una mala persona, uno de sus amigotes de Valladolid. Temo que me le -pervierta.</p> - -<p>Yo le respondí que no se cuidara de su esposo, que era la persona -más formal del mundo.</p> - -<p>—Ese granuja le invitó á echar una mesa, y temo que me le arrastre -al <i>baccarat</i> que hay en el Casino... No creo que mi marido caiga en la -tentación. Bien sabe él que le arrancaría las orejas... Me tiene miedo, -y no es capaz ni de decirme una mentirijilla. ¡Ah! mi asnito es muy -bueno. Y no te creas, cuando se casó conmigo tenía todos los vicios. -Jugaba, bebía aguardiente, se estaba todo el día en el café diciendo -gansadas,<span class="pagenum" id="Page_II-81">p. II-81</span> hablaba -de sus jefes con poco respeto, contaba los grados que iba á ganar -sublevándose, decía mil tontunas, era sucio y ordinariote. Pues ya ves: -poco á poco le he ido quitando todos esos vicios. No te creas... unas -veces con blandura, otras con porrazos. Un día le hice sangre... porque -yo, cuando pego, no reparo... Figúrate que le mandé apartar un baúl, y -se escupió las manos para agarrarlo y hacer fuerza. ¡Ay, cómo me puse! -¡me volé...!</p> - -<p>Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su -intimidad doméstica.</p> - -<p>—Poquito á poco —prosiguió—. Le he hecho romper con todos sus -amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un -angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que -por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los -dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo en -el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era martes, -nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos cuatro -sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en la Comedia; -el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos volvimos á -hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo almorzar -fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso de mamá. -Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña Piedad, se puso -hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una sinvergüenza, -que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron hasta decir -que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había tenido un -chiquillo.<span class="pagenum" id="Page_II-82">p. II-82</span> Ya ves que -no me muerdo la lengua. Constantino me ha contado después todas estas -tonterías de pueblo, y nos hemos reído. Su madre tenía el proyecto -de casarle con una paleta rica, y él dejó todo, palurda y millones, -por mí. Ya ves qué mérito tengo. Después mi suegra se ha querido -reconciliar conmigo, y yo le he escrito varias cartas. Soy yo muy cuca. -¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene ganas de conocerme. Pero yo me -estoy dando lustre, y no quiero ir á la Mancha. Iremos más adelante... -Y aquí termina la presente historia. Nos queremos como Adán y Eva. Le -domino y me tiene dominada. No te creas... si Constantino no hubiera -tenido tantos vicios, y no me hubiese yo calentado tanto los cascos -para quitárselos, á estas horas nos habríamos tirado los platos á la -cabeza.</p> - -<p>No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se -explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de -nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.</p> - -<p>—¿Has jugado? —le preguntó ella, impaciente.</p> - -<p>—Jugar, ¿á qué?</p> - -<p>—Al <i>baccarat</i>.</p> - -<p>—¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.</p> - -<p>—Lo creo, lo creo —dijo ella, rebosando de confianza—. No hay -más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese -lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira, -mira qué bonito te has puesto.</p> - -<p>—Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.</p> - -<p>—No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por -dónde cogerte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-83">p. II-83</span></p> - -<p>Augusto y su familia se nos reunieron, y nos volvimos á San -Sebastián, ellos contentísimos, yo triste. Pero al día siguiente -creí notar en Camila cierta tendencia á pensar demasiado en los -vestidos y adornos de mujer que había visto. La esposa de Augusto y -ella discutían con desusado calor sobre manteletas, <i xml:lang="fr" -lang="fr">pardessus</i>, capotas y faralaes. ¡Si habría hecho el idilio -trapístico más efecto que los otros! Porque yo la notaba un poco menos -alegre, algo más atenta á cosas de vestir. ¿Se conmovería al fin -aquella torre? «Quizás, quizás —pensaba yo—. Al fin tiene que ser de -una manera ó de otra. Tú caerás cuando menos lo pienses.»</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Pero un día resolvieron marcharse, y con mis ruegos no les -pude detener. A Constantino se le acababan los dineros. Dije á mi -querida prima que no se apurase por esto y que mi bolsa estaba á su -disposición; pero ni por esas. «Tú empeñado en arruinarte, y yo en -que has de ser rico. ¡Si al fin tendré que ser tu administradora...!» -Ojalá lo fuera. Me causó maravilla verla hacer sus cuentas al -céntimo y alambicar las cantidades. Unas veces de memoria, otras con -ininteligibles garabatos, presuponía todos sus gastos y se sujetaba á -un plan con toda firmeza. Se había vuelto avariciosa, y no se sabe las -vueltas que daba á un duro antes de cambiarlo. Se fueron ¡ay de mí! -dejándome en espantosa soledad.</p> - -<p>De buenas á primeras, encontréme un día con<span class="pagenum" -id="Page_II-84">p. II-84</span> María Juana y su marido, que después de -pasar la temporada en San Juan de Luz, se detenían dos semanas en San -Sebastián antes de la <i xml:lang="fr" lang="fr">rentrée</i>. Dígolo así, -porque noté en la mayor de mis primas cierto prurito de decir las cosas -en francés. Habían estado en Lourdes á cumplir una promesa. Rabiaban -por tener sucesión, lo que Dios no les quería conceder, sin duda por -haber decretado la extinción de <i>los ordinarios de Medina</i> por los -siglos de los siglos.</p> - -<p>Contra lo que esperaba, María Juana estuvo obsequiosísima conmigo. -De confianza en confianza, se aventuró á hablarme de Eloísa, á quien -puso cual no digan dueñas. Su conducta la tenía avergonzada. Era -un escándalo. Al menos, cuando tuvo la debilidad de quererme, la -vergüenza se quedaba en la familia. Y lo peor era que no se sabía á -dónde iba á parar su dichosa hermana con aquella vida y su pasión del -lujo. Estaba en la pendiente: ¿dónde se detendría? Hablamos luego de -la Virgen de Lourdes, de lo bien arreglado que está aquello, de lo -conveniente que sería que en España hubiera algo parecido para que no -se fuese el dinero de los devotos á Francia, y para que la piedad y el -negocio marcharan en perfecto acuerdo. Díjome que en Madrid iba á hacer -propaganda para que á la más popular de las Vírgenes se le dedicaran -peregrinaciones y jubileos, á fin de llevar dinero á Zaragoza. Había -patriotismo ó no lo había. Yo me mostré conforme con todo. Volviendo -á Eloísa, dióme pruebas de mayor confianza. Comprendía que una mujer, -en momentos de alucinación, faltase á sus deberes por un hombre como -yo, de buena figura<span class="pagenum" id="Page_II-85">p. II-85</span> -(movimiento de gratitud en mí); pero no comprendía que hubiera mujer -capaz de echarse á pechos (textual) el carcamal asqueroso del marqués -de Fúcar, sólo por estar forrado de oro; un adefesio que había sido -negrero en Cuba y contrabandista por alto en España, y que, por -añadidura, se teñía la barba.</p> - -<p>En tanto, Medina estaba afligidísimo. Los sucesos de Badajoz le -habían llegado al alma.</p> - -<p>—¡Qué horror! cuando creíamos que ese cáncer de los pronunciamientos -estaba cauterizado... Así es el cáncer. Se le cree cortado y retoña.</p> - -<p>El buen señor no hablaba de otra cosa. Su patriotismo sano y leal -había sentido la injuria como un sér delicado que recibe una coz. ¡Y el -mulo que la daba era el ejército, nuestro valiente ejército!</p> - -<p>—Dios salve al país —exclamaba Medina con olozaguista concisión, -juntando las manos.</p> - -<p>El afán de saber noticias llevábale á él, y á mí también, á los -círculos políticos de San Sebastián, á aquellos famosos ruedos -de habladores, en cuyo centro suele verse un ex-ministro, y cuya -circunferencia está formada de ex-directores y cesantes más ó menos -famélicos. Cansados al fin de círculos, nos marchamos todos á Madrid. -Por el camino, María Juana me manifestó que pensaba organizar su -casa de otro modo; que había hecho algunas compras para renovar el -mueblaje, y que fijaría un día de la semana para quedarse en casa. Esto -me pareció muy bien. De concepto en concepto, llegó hasta indicarme -que yo debía de ser muy desgraciado en mi celibato, y que me convenía -casarme.</p> - -<p>—Déjalo de mi cuenta —me dijo con cierto entusiasmo—.<span -class="pagenum" id="Page_II-86">p. II-86</span> Yo te buscaré la novia.</p> - -<p>Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.</p> - -<p>Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien -hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en -la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer, -que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo. -Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo. -Constantino elegiría á su gusto.</p> - -<p>Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya -veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme -las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con -la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van -á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba -y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer -existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal -cosa.</p> - -<p>¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y -echar á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase -á cien leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado -aquélla, y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, -conocía yo, que se habrían dado con un canto en los dientes por que las -requiriera de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para -casarme, algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, -ninguna me gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita -que ya estaba uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente -aquélla, era la que se me anto<span class="pagenum" id="Page_II-87">p. -II-87</span>jaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de -amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de -ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.</p> - -<p>Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella -vendría al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en -casa. Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar -lo que hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan -formal como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me -alegraría seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente -tomar acta y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas -tardes y noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el -mío! Me habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero -tal como yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la -cosa más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente -verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido -de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi -desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía -sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos -tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por -la solapa, y con afectado enojo le decía:</p> - -<p>—¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos -pardos.</p> - -<p>Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su -conciencia, que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y -tranquila.</p> - -<p>—¡Parece mentira —insistía yo— que teniendo una mujer como la<span -class="pagenum" id="Page_II-88">p. II-88</span> que tienes...! No te la -mereces.</p> - -<p>Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me -declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga:</p> - -<p>—Se lo contaré á Camila.</p> - -<p>Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves -palabras, con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á -los labios:</p> - -<p>—No te creerá.</p> - -<p>Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa, -aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila -se reía y bromeaba un poco también, diciendo:</p> - -<p>—¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que -andaba en malos pasos eras tú.</p> - -<p>¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la -mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila -le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por -la costura, y estrujándosela decía:</p> - -<p>—Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más -que á mí.</p> - -<p>Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me -desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía -evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con -él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás -no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de -algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare -llama <i>eternal joya</i>... Pero ya no hay diablos que presten estos -servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_20"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-89">p. II-89</span></p> - <h2 class="nobreak">XX</h2> - <p class="subh2h">Doy cuenta de la agravación de mis males y del - remedio que les aplico. — Gonzalo Torres.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Una mañana... ¡plaf! Raimundo. Caía sobre mí cuando menos le -esperaba, y muy comúnmente cuando menos ganas tenía de oirle. Entró -aquel día con cara risueña y un rollo de papeles en la mano. «Veremos -por dónde la toma hoy —pensé—, aunque bien sé á dónde ha de ir á -parar.» Díjome que estaba muy mejorado de su reblandecimiento; que las -palabras se le salían de la boca fáciles y correctas, sin que la lengua -tuviera que hacer contorsiones, y que se sentía dispuesto, ágil y con -el entendimiento lleno de claridad y hasta de inspiración.</p> - -<p>—Hombre, ¡cuánto me alegro! —exclamé echando ojeadas de inquietud -al rollo de papeles—. ¿Y qué traes ahí? ¿Esa es la obra de que me -hablaste? ¿Has hecho algo en Asturias?</p> - -<p>—¡Ah! no... aquello fué una tontería... un drama, una idea nueva... -Hice dos ó tres escenas; pero lo abandoné pronto. La cosa no salía. -Después se me ocurrió esta gran obra.</p> - -<p>Con sonrisa triunfal mostróme el rollo de pa<span class="pagenum" -id="Page_II-90">p. II-90</span>peles, que yo miré como se puede mirar el -cañón de escopeta del cual ha de salir la bala que nos ha de herir.</p> - -<p>—Algún dibujillo —indiqué deseando que acabase pronto, pues tenía -que hacer—. Dispara, dispara de una vez.</p> - -<p>Desenvolviendo lentamente el rollo, dijo:</p> - -<p>A tí solo te lo enseño, porque no quiero que se divulgue la idea. Me -la podrían robar. Es muy original. Figúrate: esto se llama <i>Mapa moral -gráfico de España</i>; va acompañado de una Memoria, y su objeto es...</p> - -<p>Cortó la frase para extender el papel sobre una mesa, sujetándolo -por los bordes con objetos de peso. Ví muy bien dibujado el contorno de -nuestra Península, con indicaciones de cordilleras, ríos y ciudades. -Los nombres de éstas se hallaban encerrados dentro de círculos -concéntricos de colores de muy diverso matiz.</p> - -<p>—¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado.</p> - -<p>—Pues esto —afirmó con exaltación de artista— es una representación -gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los -colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido -en cinco grandes categorías: <i>Inmoralidad matrimonial</i>, <i>adulterio</i>, -<i>belenes</i>, color rojo. <i>Inmoralidad política y administrativa</i>, -<i>ilegalidad</i>, <i>arbitrariedad</i>, <i>cohechos</i>, color azul. <i>Inmoralidad -pecuniaria</i>, <i>usura</i>, <i>disipación</i>, color amarillo. <i>Inmoralidad -física</i>, <i>embriaguez</i>, verde. <i>Inmoralidad religiosa</i>, <i>descreimiento</i>, -violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la -prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos<span -class="pagenum" id="Page_II-91">p. II-91</span> elementos no se pueden buscar -en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de conocimientos -generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones son á ojo -de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico con -razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí en -aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás ver -de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país de -cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar -mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más -moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como -tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid -á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido. -En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son -corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más -concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento -de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color -rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península. -Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en -inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se -conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí: -es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj -del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de -misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos -veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada<span -class="pagenum" id="Page_II-92">p. II-92</span> diez y seis. El tanto por -ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima, de dos y medio, -mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete carcas por cada -cien personas.</p> - -<p>Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á -entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á -reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto -le daría.</p> - -<p>—Tú estás reblandecido —le dije—. Las cosas que á tí se te ocurren, -ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor -esa monserga. Y por de pronto...</p> - -<p>Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me -comprendió al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y -enrollando con nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se -dejó decir:</p> - -<p>—Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo -en limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi -Mecenas. Te dedico la obra...</p> - -<p>—No, no... hazme el favor de dedicársela á otro.</p> - -<p>—Bueno, bueno: como quieras.</p> - -<p>Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y -conceder alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez -sí y otra no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad. -Aquella vez no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya -porque me inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí -á partido y le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se -le alegraron<span class="pagenum" id="Page_II-93">p. II-93</span> los ojos -y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me alegraría -mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer <i>hasta -en sus menores detalles</i> la gran obra de estadística moral, conseguí -alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa.</p> - -<p>Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las -cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había -hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo <i>á voluntad</i>, cuando sentí -abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el -borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón. -Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí, -parecióme que no venía sola.</p> - -<p>—Buenos días, tísico —me dijo sin entrar y retirándose otra vez.</p> - -<p>—¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? —le pregunté.</p> - -<p>Y desde la sala gritó:</p> - -<p>—No, estoy sola.</p> - -<p>Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la -cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.</p> - -<p>—¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.</p> - -<p>—Es que —me dijo después de vacilar un rato— tienes ahí una -visita.</p> - -<p>—Pues que pase —repliqué levantándome.</p> - -<p>—Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...</p> - -<p>Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo -instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.</p> - -<p>Entró la otra al fin en mi gabinete, tan cohi<span class="pagenum" -id="Page_II-94">p. II-94</span>bida, tan turbada, que yo también me turbé. -Durante un rato, no muy corto, estuvo delante de mí sin saber qué cara -ponerme ni qué palabras dirigirme. La sonrisa y el llanto luchaban por -prevalecer en la expresión de su cara. Por último, lloró sonriendo y me -echó los brazos al cuello.</p> - -<p>—Haces mal en estar enfadado conmigo —me dijo hociqueándome—. Yo -siempre te quiero. No me he olvidado de tí ni un solo día.</p> - -<p>Diéronme ganas, primero, de echarla de mi casa. Pero aquel catonismo -se me representó luego como una crueldad injusta, pues yo, si no era -peor que ella, tampoco era mejor. Fuí indulgente; acordéme de aquello -de <i>la primera piedra</i>; hícela sentar á mi lado, y hablamos. Noté que -estaba vestida con extrema elegancia, de luto, y que se verificaba -en ella, entonces como siempre, el fenómeno de conservar su tipo de -<i>señora española</i>, á pesar de la asimilación de la moda parisiense. -Eloísa adaptaba la moda á su manera de ser; era siempre la misma, y -sabía imprimirse el sello de la distinción decente. Así había sido -antes y así se ha mantenido después, aun en épocas de gran desvarío; -quiero decir, que nunca ha dejado de parecer dama la que nunca lo fué -ni por las costumbres, ni por la superioridad de inteligencia, ni por -esa elegancia espiritual que tan diferente es de las que trazan las -tijeras de las modistas.</p> - -<p>Quise mortificarla diciéndole lo contrario de lo que estaba pensando -acerca de su cariz de señora española:</p> - -<p>—Estás hecha una francesa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-95">p. II-95</span></p> - -<p>Esto le supo muy mal. Levantóse, miróse al espejo, y dando vueltas -sobre sí misma para verse de espaldas, me dijo:</p> - -<p>—¿Es verdad eso? Mira, lo sentiría mucho. Creo que te equivocas. No, -no parezco una francesa. No me lo digas otra vez.</p> - -<p>Sentándose de nuevo, prosiguió así:</p> - -<p>—Ya estaba de París hasta la corona... He ido también á Lieja, á -Spa, á Aix-la-Chapelle, y después á Colonia á ver la Catedral, que es -muy grande, pero muy grande. Si te he de decir la verdad, no me he -divertido nada.</p> - -<p>Inclinándose zalamera, apoyó su hombro sobre el mío; dejóse -ir hasta que su cabeza vino á apoyarse en la mía. Estos signos -de reblandecimiento amoroso me desagradaron. En mí no despertaba -ilusión, como no fuera ilusión momentánea, de las que sólo afectan á -la superficie de nuestro sér. No quise alentar aquellos pujitos de -cariño, y permanecí como un leño. Irguióse ella de súbito, despechada, -y pasándose el pañuelo por los ojos, me dijo:</p> - -<p>—Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme -de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras -decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con -palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote... -Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras, -ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas -necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo -que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar -con él. Con<span class="pagenum" id="Page_II-96">p. II-96</span>que ya estás -enterado, y lo mejor es que te tragues la píldora y seamos amigos.</p> - -<p>El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa, -sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían -deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.</p> - -<p>—¡Ah! —exclamé de pronto—, no me has dicho nada de lo único tuyo que -me interesa. ¿Y tu hijo?</p> - -<p>—Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le -mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo -que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome -de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene -que ver el corazón con... lo demás.</p> - -<p>—Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver -las cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me -vengas con historias...</p> - -<p>—Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar -con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.</p> - -<p>—La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he -querido...</p> - -<p>—¡Ah!... ¡tiempo pasado! —murmuró, retirando el cuerpo para mirarme -en actitud un poquito teatral.</p> - -<p>—¡Y tan pasado...!</p> - -<p>—Mira, canalla —gritó con repentino calor, tirándome del pelo—, no -me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.</p> - -<p>—Estás tú á propósito para que yo te quiera<span class="pagenum" -id="Page_II-97">p. II-97</span> —respondí, esforzándome en mostrarle menos -desdén del que sentía—. Ciertas locuras no se hacen más que una vez en -la vida.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad -de la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más -que esto:</p> - -<p>—¿Y qué me cuentas de tu...?</p> - -<p>Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su -vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto -que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias -vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades -que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el -terreno en que ella tácitamente la ponía.</p> - -<p>—Dime, habrás traído de París maravillas.</p> - -<p>—Algunas chucherías, poca cosa —replicó, mirándome otra vez y -serenándose—. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído para -tí.</p> - -<p>—Gracias.</p> - -<p>—Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para -que tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me -decía: «¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de -gustar, ni regalado lo quería.</p> - -<p>Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un -cubo de agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de -mucho para echar discursos y de muy poco para<span class="pagenum" -id="Page_II-98">p. II-98</span> regular las acciones, le dije que no se -acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los pies -en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con toda la -<i>Doctrina</i>, el <i>Juanito</i> y el <i>Fleury</i> metidos en la cabeza, se habría -expresado mejor.</p> - -<p>—Eso lo veremos —replicó Eloísa, en pie delante de mí—. Vamos, no -hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen -fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo -ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras; -pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré. -¿Serás capaz de echarme de tu casa?</p> - -<p>—¡Quién sabe...!</p> - -<p>—¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?</p> - -<p>—A que no.</p> - -<p>—A que sí.</p> - -<p>—Apuesto todo lo que quieras.</p> - -<p>Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen -los chicos con los curas que encuentran en la calle.</p> - -<p>—Quedamos en que mañana te mando á Rafael —me dijo, arreglándose la -cabeza delante del espejo.</p> - -<p>—Sí: tengo muchos deseos de verle.</p> - -<p>—Vamos á ver, con franqueza. ¿Qué tal me encuentras?</p> - -<p>—Según lo que quieras decir. Distingo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-99">p. II-99</span></p> - -<p>—Sin distinciones.</p> - -<p>—Te encuentro muy francesa —repetí, faltando á la verdad por -molestarla.</p> - -<p>—¡Dale!... Me enfada eso más que si me dijeras una mala palabra. Si -quieres decir la mala palabra, suéltala, ten valor, ponme la cara como -un tomate; pero no me insultes con rodeos.</p> - -<p>—Como quiera que sea, estás hermosísima —declaré, mostrándome más -sensible á sus pruebas de cariño—. Las locuras que yo hice las hacen -otros; mejor dicho, otros harán locuras más locas... ¡Qué dramas leo en -tu cara, hija, y también tragedias, que ahora están en borrador! Te voy -á llamar <i xml:lang="fr" lang="fr">Madame Catastrophe</i>. ¡Pobrecito del -que...! En fin, hemos de ver horrores.</p> - -<p>—¡Ah! tengo que contarte —dijo, tras una explosión de risa—: tengo -que contarte... ¿Sabes que Pepito Trastamara está loco por mí y quiere -casarse conmigo?</p> - -<p>—Péscale, no seas tonta. Hazte cargo de que tienes por marido á -un galguito ó á un <i xml:lang="en" lang="en">King Charles</i>. Serás -duquesa, y libre como el aire. Pero la cuestión de cuartos creo que no -anda bien en esa casa. La Peri está liquidando lo poco que resta. Mucho -ojo, Eloísa.</p> - -<p>—¿Ves? Sin querer te estás tomando interés por mí; me estás dando -consejos —replicó con mucha monería—. Si no puedes, hombre, si no -puedes desligarte de mí; si te intereso sin que lo eches de ver... -¿Conque no me conviene Pepito Trastamara...? ¿Y ser duquesa? Pepito -heredará al marqués de Armada-Invencible: fíjate en esto.</p> - -<p>—También Manolo Armada-Invencible está á<span class="pagenum" -id="Page_II-100">p. II-100</span> la cuarta pregunta. No tienes idea de -lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á tu cuñado -Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo.</p> - -<p>—Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil -duros, que un día los tiene éste y después el otro...</p> - -<p>—Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco -dinero.</p> - -<p>—Y muchos á gastar, lo sé.</p> - -<p>Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y -procurando yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella, -de nuestros pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos -volveríamos á ver pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que -realmente era para deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí -sentimiento alguno de cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome -en paz el fondo.</p> - -<p>El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño -preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía -delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me -encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy -formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni -á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me -pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera -cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por -su deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su -media lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de -los que esperaba<span class="pagenum" id="Page_II-101">p. II-101</span> -tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un lápiz en la -mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el pañuelo, -con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del mundo era -andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto en París un -aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma. Hícele varias -preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto á Fúcar; pero -nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á distancia del -marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de aquel humano -globo.</p> - -<p>A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba -á mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y -credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre -ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como -un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la -yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas, -y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando -yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los -llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su -corazón palpitaba como si se quisiera romper.</p> - -<p>Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo, -que le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si -su mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba -de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con -los recados solían ir cartitas rogándome que<span class="pagenum" -id="Page_II-102">p. II-102</span> pasara á su casa. Viendo que yo no me daba -á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por fin, una mañana me -envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que estaba mala y deseaba -«verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de la enfermedad era un -ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza humana en general y -de la mía en particular me impulsaron á acudir á la cita. Toda aquella -moral mía se la llevó la trampa.</p> - -<p>Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía -quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un -entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida -amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin -interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi -pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba -y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual -era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas, -inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á -todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían -salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me -apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía -cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado -de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en -la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de -que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de -familia me engañaba tan sólo breves momentos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-103">p. II-103</span></p> - -<p>Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva -que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa, -quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado -más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos. -Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero -un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas -entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte -más alta de su cabello en desorden, se dejó decir:</p> - -<p>—Estoy... de viejo pintado... hasta aquí.</p> - -<p>No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me -enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y -de <i xml:lang="fr" lang="fr">Barbotine</i> tenía maravillas; jarrones -inmensos sobre columnas, un grifo con una cartela enroscada que <i>daba -el opio</i>, y mil chucherías de todos tamaños, en tal número, que apenas -había ya en la casa sitio donde ponerlas. Enseñóme también ricos -encajes de Malinas, Bruselas y Alençon, comprados por ella misma á las -<i>Beguinas</i> de Gante, y otras mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te -gusta?» y si respondía que sí, poníase muy alegre. En aquella época -jamás me pidió dinero, ni lo necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el -contrario, advertía yo en ella un tácito deseo de que se le presentase -ocasión de sacarme de un apuro. Un día, no sé si de los últimos de -Octubre ó Noviembre, que me oyó hablar de ciertas dificultades para la -liquidación, sacóme una cajita llena de billetes de Banco, de la cual -aparté con horror la vista.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-104">p. II-104</span></p> - -<p>Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había -desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de -Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un -malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado. -Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo, -sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo, -la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan -mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron -los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado. -Díjome el <i>Saca-mantecas</i> que se jugaba descaradamente. No iba ninguna -señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha. -Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas -costumbres irregulares del año anterior.</p> - -<p>Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora -distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de -sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más -selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído -el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por -la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien -me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna -era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo -lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima, -interés nominal y desdén efectivo.</p> - - -<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_II-105">p. II-105</span>III</h3> - -<p>De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó -súbitamente la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente -reparadora y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud -fué la idea del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía -en Jerez, y además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido -todo el año, y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría -salud y buen humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino -la resolución de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme -de pronto varias clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me -había hablado la noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé -qué belenes en Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos -agrícolas para que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. -Se presentaba á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de -obras de reforma en los Museos, bien de impresión de Memorias ó -de los revocos que constantemente se están haciendo en el vetusto -edificio de la Trinidad. Luego Villalonga cedía el negocio con prima, -si había quien se lo tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos -que en el Ministerio traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo -libramientos y órdenes de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado -y lleno de líos estaba, que sin duda por sus desordenados gastos y -vicios no había mes que no necesitase dinero. A<span class="pagenum" -id="Page_II-106">p. II-106</span> mí me debía más de ocho mil duros, y esta -deuda empezaba á inquietarme.</p> - -<p>Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios -que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados -Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el -descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno -la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París -por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía -bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me -alcanzaba á mí.</p> - -<p>Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una -vuelta por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros -de producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada: -más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar. -El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy -acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la -Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella <i>hasta la cintura</i>. La -persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento -de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo -serenidad y empuje.</p> - -<p>Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y -recobré la alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, -obtendría yo dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, -y restablecer mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día -siguiente me puse al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien -he<span class="pagenum" id="Page_II-107">p. II-107</span> hablado antes un -poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este -tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en -los años que en la Corte estuve. Aquel <i>gato</i> se había enriquecido en -pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una -casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran -boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana, -la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra. -Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la -calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En -este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas, -no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un -pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había -dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á -adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas -eran unas... tales.</p> - -<p>En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se -descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados -buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el -ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de -cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más -ideal que <i>hacer dinero</i>, y hacia él marcha con los ojos cerrados, -digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa -y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes -episodios de su vida. Esta me<span class="pagenum" id="Page_II-108">p. -II-108</span> pareció digna de estudio, como ejemplo de constancia y -temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por otra. Según -me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle de la -Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico y -despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género -en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre -con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento. -Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del -espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y -Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se -le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á -hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de -los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos -su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de -los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante, -escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose -después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo -limpio las manadas de transeuntes.</p> - -<p>Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía -una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera -que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos -ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el -sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que -dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda -España en segunda,<span class="pagenum" id="Page_II-109">p. II-109</span> -con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de Soldevilla y -otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y se fijó en -Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes de venta -y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció á un tal -Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba víctimas, y -las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios <i>facilitando</i> -dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo que les dan -sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo, las ponían -en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el tal Torres -con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una prima de -cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables. Él apandaba -las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor, encontrándose -siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito en virtud de -una ficción legal en que él (Torres) pasaba por <i>inglés</i> del tendero, -se ponía en combinación con Torquemada, que era curial y tocaba pito en -todos los Juzgados, y apretando á la víctima con citaciones y embargos, -por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos lo que debía.</p> - -<p>Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de -trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada -y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor -insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se -le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de -suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial. -Puso la puntería en la<span class="pagenum" id="Page_II-110">p. -II-110</span> Diputación, y aquel año hubo locas ganancias. Los moribundos -les hicieron á ellos el caldo gordo.</p> - -<p>Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos. -Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que -tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos -<i>carne á la inglesa</i>, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho, -pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó -de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del -señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil -reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El -del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la -puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo -que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos -III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los <i>ingleses</i> de -acuerdo, quisieron hacer un <i>Trafalgar</i> en la infeliz familia; pero -nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio, -dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres, -que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos, -olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas -ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había, -obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que -tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...</p> - -<p>—De esta adquisición inesperada —me dijo— arranca el negocio de -alquiler y compostura de<span class="pagenum" id="Page_II-111">p. -II-111</span> pianos que tuve durante tres años y medio. ¡Cómo se enlazan -las cosas de la vida! De carnicero á músico. Torquemada siguió con el -arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén de pianos. Llegué á -tener más de trescientas matracas, que alquilaba por tres, cuatro ó -cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio que soñaban con ser -la Patti; á los compositores jóvenes que se creían unos <i>Meyerbes</i>, y -para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las familias honradas -y buenas parroquianas que querían educar á las pollas para señoritas -finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar, como todas, en ser -unas... tales.</p> - -<p>Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil -duros, dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que -era su ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de -papel. A los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto -el golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente -las operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, -cuando la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años -de guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible. -Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe -que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes -tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle -de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban -ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa. Todos -observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía<span -class="pagenum" id="Page_II-112">p. II-112</span> diariamente despachos -telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y París, para jugar en -combinación con aquellas plazas.</p> - -<p>—Y aquí me tiene usted —añadía—: hoy soy rico; pero me gusta vivir -á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta, -que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso -para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se -pasee.</p> - -<p>Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no -sabía leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro -estas indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido -le dió títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante -en casa de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y -sencilla. Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba -también no poca ventaja.</p> - -<p>Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo -bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle -los puntos sobre las <i>íes</i>. Yo no haría ninguna operación grande ni -chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería -meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un -desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por -sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por -el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan -peligroso, daba y tomaba mis <i>dobles</i>, compraba y vendía <i>en voluntad</i> -ó <i>á fin de mes</i>, siempre con la garantía de la publicación y de la -firma del agente en la póliza, el cual agen<span class="pagenum" -id="Page_II-113">p. II-113</span>te era persona de respetabilidad, amigo de -mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no me faltaba trastienda para -aquel negocio, y en todo Diciembre, así como en Enero y Febrero del -año siguiente, ví coronados mis esfuerzos con éxitos no despreciables. -Así me satisfacían más, teniendo por mejor sistema aquel <i>tole-tole</i>, -que los atropellos en que se metía el hortera y carnicero y músico y -bolsista Gonzalo Torres.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_21"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-115">p. II-115</span></p> - <h2 class="nobreak">XXI</h2> - <p class="subh2">Los lunes de María Juana.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Vamos con calma y método, que hay aquí mucho que contar.</p> - -<p>María Juana me dijo que pensaba fijar los lunes para invitar á su -mesa á seis ó siete personas, y recibir después á los amigos. Deseaba -ella que en estas reuniones reinase una media etiqueta, con lo cual -contrariaba al bueno de Cristóbal, que renegaba de las farsas y -enaltecía la confianza como flor verdadera de la amistad. Gustábale -á él la abundancia de las comidas españolas, y ponía el grito en -el cielo en tratándose de las fruslerías de la cocina francesa. Su -mujer, habilidosa como pocas, logró encontrar el justo medio, ó mejor, -componendas hipócritas, con las cuales aparentaba llevarle el genio, -y en realidad no hacía sino su santísimo gusto. El adorno de la casa -era un campo de maniobras en que lo elegante y lo cursi andaban á -la greña. Había cosas muy buenas, compradas recientemente en casa -de Ruiz de Velasco, y otras del gusto fiambre, caobas y palisandros -barnizados,<span class="pagenum" id="Page_II-116">p. II-116</span> papeles -horribles con vivos de negro y oro. Porque Cristóbal era de los que -se empeñan en que todo se ha de adornar con <i>medias cañas</i>; tenía -fanatismo por este sistema decorativo, y si lo dejaran pondría las -tales <i>medias cañas</i> hasta en la Biblia. Mi prima iba desterrando poco -á poco antiguallas é introduciendo el contrabando de los muebles de -arte y gusto; y como Medina la quería tanto, no le era difícil á ella -triunfar en cuanto se le antojaba, aunque hubo casos en que el esposo -se mostró inflexible. Tenían un portero leal, honradísimo, que llevaba -veinte años comiendo el pan de los Medinas, hombre que, al decir de -Cristóbal, <i>no se pagaba con dinero</i>. Pero aquel espejo de los porteros -tenía un gran defecto. No vayáis á creer que se emborrachaba. ¡Era que -usaba patillas, unas enormes zaleas negras, revueltas y despeinadas, -que caían tan mal con la librea...! La señora les había declarado la -guerra, las odiaba como si fuese ella propia quien tuviera aquellos -pelos en la cara. De buena gana habría acercado un fósforo á la de su -leal servidor, para incendiar aquel matorral indecente. Pero Medina -se opuso siempre á que se le hablara al tal de raparse. Le parecía -un ataque al libre albedrío y una burla de la personalidad humana. -Además, lo de las caras afeitadas, tratándose de criados, le parecía -farsa, comedia, «moda francesa, hija; <i>mariconadas</i> que me revientan.» -Defendido por su amo, el portero continuó y aun continúa tan hirsuto -como siempre. La casa era una de las fundadoras del barrio de -Salamanca. La compró Medina al Crédito Comercial, y después de echarle -mil remiendos y composturas,<span class="pagenum" id="Page_II-117">p. -II-117</span> porque estaba tan derrengada como todas las de su tanda, la -pintó muy bien por fuera, imitando ladrillo descubierto, con ménsulas y -jambas, figurando piedra de Novelda, y en el portal y escalera púsole -cuantas <i>medias cañas</i> cupieron. Arregló para sí el principal, que era -hermosísimo, con vistas á la calle de Serrano y al jardín interior de -la manzana. Las tales casas, mal construídas, tienen una distribución -admirable, un ancho de crujía y un puntal de techos que me gusta mucho. -Su única imperfección, para mí, es la curva de las escaleras; defecto -que también tenía mi finca de la calle de Zurbano.</p> - -<p>María Juana había engrosado bastante; pero siempre estaba guapa. La -gordura y los quevedos aumentábanle un poco la edad; pero al propio -tiempo dábanle aires de persona sentada y de buen juicio, y hasta de -mujer instruída con ribetes de filósofa. Eralo realmente. Más de una -vez la sorprendí bajando de su coche en las librerías para comprar lo -más nuevo de por acá, ó bien lo bueno y nuevo de Francia. No tenía -escrúpulos monjiles, y se echaba al coleto las obras de que más pestes -se dicen ahora. Estaba, pues, al tanto de nuestra literatura y de la -francesa; leía también á los italianos Amicis, Farina y Carducci; -apechugaba sin melindres con Renan y otros de cáscara muy amarga, y -algo se le alcanzaba de Spencer, traducido.</p> - -<p>Mostrábame la señora de Medina (líbreme Dios de llamarla -<i>ordinaria</i>), desde que nos vimos en San Sebastián, grandísima -consideración. Fuí el primero con quien contó para sus comidas; iba -también algunas tardes y hablábamos largamen<span class="pagenum" -id="Page_II-118">p. II-118</span>te. Descubrí á poco, tras un tejido de -subterfugios muy discretos, un sentimiento vivo de curiosidad, deseo -ardentísimo de conocer todo lo que había pasado entre Eloísa y un -servidor de ustedes. Se trataba poco con su hermana; sus relaciones -eran pura etiqueta de familia en casos de enfermedad; de modo que -yo solo podía ponerla al tanto de lo que saber quería. Dirigíame -pregunta tras pregunta. Y yo no me paraba en barras: ¿para qué? -Si saciando aquella curiosidad sedienta y mal disimulada la hacía -feliz, ¿por qué privarla de un gusto tan arraigado en su naturaleza? -Preguntábame asimismo mil pormenores de la casa que ella tenía por el -<i xml:lang="la" lang="la">non plus ultra</i> de la elegancia. ¿Cómo era -el servicio del comedor? ¿Conservaba yo algunos <i>menús</i> de las comidas? -¿Cuántas veces se vestía Eloísa al día? ¿Se vestía por completo, de -ropa interior ó nada más que cambiar de traje? ¿Usaba esas camisas -de seda que ahora han dado en usar las...? ¿Sus camisas de hilo eran -abiertas por delante y ajustadas como batas? ¿Cuántas docenas de -pares de medias de seda de color tenía? ¿A qué hora se peinaba? ¿Era -cierto que se daba baños de leche de burras para conservar la tersura -terciopelosa del cutis? ¿Traía el calzado de París? Los jueves, -¿cuántos vinos servían? ¿Compraba Champagne de Reus, haciéndole poner -etiquetas de la <i>Viuda Cliquot</i>? ¿Era cierto que debía á Prats más -de seis mil duros? ¿Y á qué jugaban en la casa, al <i xml:lang="en" -lang="en">whist</i>, á la <i xml:lang="fr" lang="fr">besigue</i> ó al monte -limpio? ¿Era verdad que no pagaba nunca cuando perdía? ¿Era cierto que -anunciaba á los amigos con quince días de anticipación el día de su -santo para que fueran<span class="pagenum" id="Page_II-119">p. II-119</span> -preparando los regalos?... A este bombardeo contestaba yo como Dios me -daba á entender, unas veces categórica, otras ambiguamente, cuidando de -no poner en ridículo á la que me había sido tan cara... en todos los -terrenos.</p> - -<p>Por supuesto, María Juana no perdonaba ocasión de echarme en cara la -más grave de mis faltas. ¡Oh! no me la perdonaría fácilmente, porque -yo había envilecido á su hermana y á toda la familia. Verdad, que -si no hubiera sido conmigo, habría sido con otro, pues Eloísa tenía -en su naturaleza el instinto de la disipación. Tratando de esto á -menudo, dióme á conocer María Juana que no eran un misterio para ella -las flaquezas de mi carácter; hablóme como hablan los médicos con los -enfermos á quienes de veras quieren curar, y concluía con exhortaciones -cariñosas, inspiradas en sus lecturas; todo muy discreto, juicioso y -hasta un tantillo erudito. ¡Vaya si tenía talento mi prima! Varias -veces promulgó cosas muy sabias sobre los males que nos produce el no -vencer nuestras pasiones. «Somos débiles en general; pero vosotros los -hombres, sois más débiles que nosotras las mujeres, y os chifláis más -pronto y con caracteres más graves. Así vemos que personas de talento -hacen mil locuras por dejarse ilusionar de una <i>cualquier cosa</i>... -Tú, que en tus negocios, según dice Medina, eres una cabeza firme, -¿cómo es que se te va el santo al cielo por unas faldas? Enigmas del -hombre de nuestros días, mejor dicho, del hombre de todos los días.» -Por fin, una noche, después de larga conferencia, antes de comer, me -espetó la siguiente conclusión: Yo estaba enfermo, yo estaba<span -class="pagenum" id="Page_II-120">p. II-120</span> desquiciado. Para ponerme -bueno, era preciso administrarme una medicina, en la cual se combinaran -dos salutíferos ingredientes: el trabajo y el himeneo. Agradecí -mucho la intención y admiré el talento de María Juana; pero no podía -mostrarme conforme con la segunda de las drogas recomendadas por ella. -El trabajo me convenía realmente, y ya me había metido en él; ¡pero el -matrimonio...! Mi alma estaba tan llena de Camila, que ni una hilacha, -ni una fibra de otra mujer podían entrar en ella.</p> - -<p>Hubiérame guardado bien de revelar á María Juana la pasión que -Camila me inspiraba, porque de fijo le habría dado un mal rato. Debo -hacer constar que aquella señora miraba á su hermana menor con cierta -indiferencia parecida al menosprecio, y teníala por mujer vulgar y sin -mérito alguno. Firme en sus trece, es decir, en que yo debía trabajar -y casarme, la <i>ordinaria</i> (sin querer se me escapa este mote) me dijo -aquella misma noche con gracia mezclada de protección:</p> - -<p>—Estate sin cuidado, que yo te buscaré la novia, mejor dicho, ya te -la tengo buscada. Verás qué joya.</p> - -<p>—No, prima, no te molestes —repliqué—. No hay mujer para mí. Es -una desgracia; pero no lo puedo remediar. No creas, también yo he -pensado en esto, y sólo saco en claro una cosa; y es que no tengo media -naranja. Si me fijo en una que tiene buena planta, resulta con una -educación deplorable. La bien educada es fea como un mico, y la bonita -y lista me sale con perversidades y resabios que me aterran. Si es -pobre, me<span class="pagenum" id="Page_II-121">p. II-121</span> parece que -me quiere por el dinero; si es rica, tiene un orgullo que no hay quien -la aguante. Por más vueltas que le des, la tostada no parece... Y por -fin, si quieres que te diga la verdad, en mí hay un vicio fisiológico, -una aberración del gusto, que no puedo vencer, porque ha echado ya -sus raíces muy adentro, confabulándose con estos pícaros nervios para -atormentarme. Es, te reirás, es que no me agradan más que las cosas -prohibidas, las que no debieran ser para mí. Si alguna que no esté en -estas condiciones me gusta, al punto la idea de que sea yo quien la -prohiba á ella me quita toda la ilusión. Ríete todo lo que quieras; -llámame loco, enfermo, despreciable y hasta ridículo; pero no me digas -que me case.</p> - -<p>Mirábame sonriendo con majestad, como segura de vencer aquella manía -tonta. El gesto de su mano acompañaba admirablemente la frase cuando me -decía:</p> - -<p>—Estate sin cuidado, que yo te quitaré esas telarañas de los ojos, -mejor dicho, esos cristales, porque son falsos prismas. Eres un -vicioso. Déjate estar, que cuando conozcas á la <i>candidata</i>...</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Erame grata aquella casa porque en ella respiraba una atmósfera de -negocios á que yo había cobrado bastante afición. Los primeros lunes -eran comensales fijos Trujillo, Arnáiz, Torres y también Samaniego, -nuestro agente de Bolsa. No se hablaba más que del estado de los -cambios,<span class="pagenum" id="Page_II-122">p. II-122</span> de si se -haría bien ó mal la liquidación de fin de mes, y de otros particulares -relacionados con la economía social. De cuanto hablaba Medina se -desprendía siempre lo que llamaré el endiosamiento del arreglo, la -devoción de la solidez económica. No comprendía él que nadie gastase -más de lo que tiene. Odiaba la farsa, el aparentar lo que no existe, y -el boato ruinoso de los aristócratas. ¡Cuánto más vale un buen pasar, -la comodidad, y, sobre todo, la satisfacción profunda de no deber -nada á nadie! Porque él quería que por todo el orbe se divulgase que -jamás de los jamases había tenido una deuda, y que en su casa todo -se compraba con dinero en mano. Por esto vivían él y su señora tan -tranquilos. ¿Podrían otros decir lo mismo? Seguramente que no.</p> - -<p>Muchas veces concertábamos allí, de sobremesa, operaciones para -el día siguiente. La casa era nuestro Bolsín. Andando los días, allá -por Febrero, cuando las reuniones se animaron con la introducción -de nuevas personas, este fondo de tertulia económica era siempre el -mismo, y en los corrillos de hombres solos reinaba la chismografía -financiera, con vislumbres de social. En ninguna parte había oído yo -sátiras tan despiadadas como las que allí escuché, referentes al lujo -estúpido de muchos que no tienen sobre qué caerse muertos. Y era que en -ninguna parte se tenía un conocimiento más completo de las intimidades -pecuniarias de toda la gente que pasa por rica en Madrid. Torres, -como hombre que había andado en tratos de préstamos menudos; Medina, -como prestamista hipotecario<span class="pagenum" id="Page_II-123">p. -II-123</span> de algunas casas grandes; Arnáiz, en su calidad de patriarca -del comercio de Madrid; Trujillo, expertísimo banquero, conocían -al dedillo, cada cual bajo aspecto distinto, todas las trapisondas -económicas de la sociedad matritense. Cuando se tiraban á contar casos -y á ponerles comentarios, yo me encantaba oyéndoles.</p> - -<p>¿Qué tenían que ver las anécdotas del general Morla, con aquella -verdad palpitante, toda números, toda vida? Las agudezas de los -conversacionistas más ingeniosos palidecían junto á aquel cuento de -cuentas. Y que no se mordían la lengua los tales.</p> - -<p>—La casa de Trastamara estaba ya tambaleándose. Había tomado Pepito -diez mil duros el mes anterior, y ya andaba poniendo los puntos á otros -diez mil, si bien no era fácil encontrara un primo que se los diera. -Sobre el palacio gravaban tres hipotecas. De las fincas históricas sólo -quedaba la ganadería de toros bravos. Hasta las cargas de justicia las -tenía empeñadas el anémico prócer...</p> - -<p>—El duque de Armada-Invencible tenía un pasivo de veintitrés -millones de reales. Su activo no llegaba seguramente á diez y nueve, -comprendido el caserón, que, por estar situado en sitio céntrico, -valdría mucho para solares. Se susurraba que los cuadros y las -armaduras habían salido para París con objeto de venderse en el Hotel -Drouot. Que el duque estaba con el agua al cuello, lo probaba el -hecho de haberse dejado protestar una letra de Burdeos por valor de -veintitantas mil pesetas...</p> - -<p>—Medina sabía de muy buena tinta que los de Casa-Bojío habían -llegado á la extremidad de vivir con lo que les quería fiar el tendero -de la<span class="pagenum" id="Page_II-124">p. II-124</span> esquina, y, -sin embargo, daban bailes, metían mucho ruido, salían por esas calles -desempedrándolas con las ruedas de su coche, y poniendo perdidos de -barro á los pobres transeuntes que han pagado al sastre la levita que -llevan. Él no comprendía esto; no le cabía en la cabeza tal manera de -vivir. ¡Dar bailes y comilonas, y deber la escarola! Nada, que este -Madrid es muy particular...</p> - -<p>—Arnáiz sabía que <i>Sobrino Hermanos</i> tenían una cartera de sesenta -mil duros incobrables. Así no era de extrañar que elevaran el valor de -los géneros. Parecía mentira que el frenesí de los trapos ocasionara -estos desequilibrios en la riqueza. Y lo peor es que han de seguir -surtiendo á las que no les pagan, pues si les negaran el género, les -desacreditarían sólo con decir que no traen más que cursilería. Así es -que cuando las insolventes van á la tienda, las tienen que recibir con -los brazos abiertos, y mimarlas mucho, y sacarles hasta el <i>fondo del -cofre</i>, para que lo revuelvan todo, regateen, mareen á Cristo, carguen -con lo que les guste, y después vayan pagando á pijotadas, si es que -pagan algo...</p> - -<p>—Ultimamente se había animado algo el comercio de Madrid con el -cambio político. Siempre que sube un partido que ha estado á ver venir -mucho tiempo, con los dientes largos y medio palmo de lengua fuera, se -animan las ventas. Muchas señoras se emperejilan entonces de nuevo; -algunas echan la casa por la ventana. En estas épocas suele cobrarse -algún crédito de tres ó cuatro años, que ya se tenía por muerto...</p> - -<p>—Pero si los políticos estaban tan alicaídos como los aristócratas, -en cambio, desde que se<span class="pagenum" id="Page_II-125">p. -II-125</span> regularizó el presupuesto y el Tesoro dejó de trampear, -se notaba una cierta tendencia al reposo, al orden general. Es una -vulgaridad la creencia de que los políticos viven á costa del país y se -regalan como príncipes. La mayoría de ellos están á la cuarta pregunta, -unos porque gastan sin ton ni son, otros porque la Ley de Contabilidad -les tiene metidos en un puño. Haylos también que son honrados á -macha-martillo. Trujillo conocía á uno de gran importancia, que se veía -perseguido por los acreedores poco después de haber estado en situación -de hacerse poderoso. Verdad que todos no eran así. Algunos, arruinados -con mujeres, y habiendo abandonado el bufete que les daba mucho -dinero, tenían que buscar en la misma política socorros de momento, -consiguiendo destinillos para Cuba y Filipinas para que el agraciado -les mandase algo de sus ahorros.</p> - -<p>Y por aquí seguían. Medina era implacable: no carecía de autoridad -para dirigir aquella campaña satírica, porque su casa era el templo de -la exactitud financiera, y en ella no se conocía la farsa. Torres, que -en su afán de criticar no perdonaba ni á su mejor amigo, me decía una -noche, solos él y yo:</p> - -<p>—No crea usted, Cristóbal tiene motivos para saber cómo andan las -cajas de la grandeza. Las mermas de aquellas casas son los crecimientos -de ésta. Figúrese usted que Cristóbal tiene una pajita en la boca; el -otro extremo cae en la contaduría de Pepito Trastamara. Cristóbal hace -así... <i xml:lang="la" lang="la">aliquis chupatur</i>, y se va tragando -todo.</p> - -<p>Después sacó del bolsillo del faldón de su levita un folleto, y -hojeándolo añadió:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-126">p. II-126</span></p> - -<p>—Esta es la Memoria del Banco, con la lista de los accionistas que -tienen voto en el Consejo. Mire usted á Cristóbal Medina figurando aquí -con 1.250 acciones, cuando en la lista del año pasado no tenía más que -650.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>—¿Qué te enseñaba Torres? —me preguntó María Juana un momento -después.</p> - -<p>—La lista de accionistas del Banco, en la cual figuras con mil...</p> - -<p>—Mil doscientas cincuenta, si no lo llevas á mal. Nosotros sólo -gastamos la tercera parte de nuestra renta. Mírate en este espejo y -compara.</p> - -<p>Me lo dijo con gracia. En efecto: yo me miraba en el espejo y -comparaba, no pudiendo menos de señalar, en mi interior, á tal casa -y familia como dignas de imitación. María Juana tenía un vestido -obscuro, con preciosísima delantera de tela brochada, de un tono de -oro viejo; el cuerpo admirablemente ajustado y ostentando encajes de -valor. Estaba en realidad muy elegante, y nada tenían que envidiarle -las de aquel otro mundo matritense tan cruelmente flagelado por -Medina. En su persona sabía María Juana convertir en letra muerta -las teorías de <i>castellano viejo</i> preconizadas por su marido. Muy -santo y muy bueno que el portero no se rapara las barbas; que se -conservasen en las comidas ciertos platos de saborete español, llegando -el amor de lo castizo hasta servir de vez en cuando el cabrito -asado á <i>la Granullaque</i> de Toledo; muy santo<span class="pagenum" -id="Page_II-127">p. II-127</span> y muy bueno que se hiciese una religión -del pago de las cuentas, que en el Teatro Real no bajasen nunca de -los palcos principales á los entresuelos, que no hubiera en la casa -<i>boato estúpido</i>, ni se diera de comer á troche y moche á tanto y -tanto hambrón; muy santo y muy bueno que no pusiera allí los pies -Pepito Trastamara, y que se evitase por todos los medios que la casa -se pareciese, ni aun remotamente, á otras donde con mucho bombo, mucho -platillo y mucho de <i xml:lang="en" lang="en">high-life</i>, quejábanse -los criados de que les mataban de hambre; muy santo y muy bueno todo -esto; pero ella, la señora de la casa, se vestiría siempre á la última, -y del modo más rico y elegante, viniera ó no <i>de extranjis</i> la moda, -y trajera ó no entre sus pliegues el pecado de la farsa y de las -<i>mariconadas</i> francesas.</p> - -<p>Nada más injusto que el dictado de <i>ordinaria de Medina</i> que la de -San Salomó continuaba aplicándole. Verdad que mi prima se desquitaba -muy bien y no tomaba en su boca á la maliciosa marquesa sin ponerla -buena. Cuando la soltaba, no había por dónde cogerla.</p> - -<p>—Si viene esta noche tu amigo Severiano —indicó mi prima—, le diré -que venga á comer pasado mañana. Si no viene y le ves tú, díselo. La -otra noche se divirtió mucho con Barragán, y como pasado mañana vuelve -éste con su señora, quiero que tú y tu amigo no faltéis. Pero prométeme -formalidad. Severiano es demasiado malicioso, y tú también. Le tomáis -el pelo al pobre Barragán, que es, para que lo sepas, un excelente -sujeto. Sus dos chicas son muy monas.</p> - -<p>Me entraron fuertes ganas de reir, y le dije:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-128">p. II-128</span></p> - -<p>—Ya caigo, ya... ¿Apostamos á que la novia que me tienes destinada -es la hija mayor de Barragán? Tú te has vuelto loca, María Juana. -Aunque Esperancita me gustara, que no me gusta; aunque estuviera bien -educada, que no lo está, y aunque me la diera Barragán forrada en todas -sus acciones del Banco, no la tomaría, hija, porque además de las -razones que tengo para no querer casarme, eso de ser yerno de <i>No Cabe -Más</i> excede á cuantos suplicios puede inventar la imaginación.</p> - -<p>—Cállate la boca, tonto —me contestó riendo también—. No es esa, no, -la que te tengo destinada. La tuya es otra y no la has visto todavía, -al menos en casa...</p> - -<p>La inopinada aparición de don Isidro Barragán, que después de -saludar á mi prima estuvo hablando un ratito con ella, nos impidió -apurar el tema.</p> - -<p>—Bárbara y Esperanza se nos han puesto malas esta tarde —dijo -Barragán dando resoplidos.</p> - -<p>—¡Pobrecitas! ¿Y qué ha sido?</p> - -<p>—Nada, cosa del estómago... Las comidas de viernes no les caen -bien... Pero Bárbara no quiere que en casa se falte á lo que manda la -Iglesia, y yo le digo: «<i>Partiendo del principio</i> de que sea santidad -eso de comer pescado en vez de carne, y yo lo pongo en duda; pero, -en fin, lo admito; <i>parto del principio</i> de que... Yo digo: las -personas delicadas ¿no deben estar exentas de cumplir esas reglas? -Y no crea usted, tuvimos que llamar á Zayas. Dolores en la boca del -estómago, vómitos. Al fin, <i>paulativamente</i> se han ido serenando. Bien -merecido les está. Yo, como no creo en esas<span class="pagenum" -id="Page_II-129">p. II-129</span> teologías, comí en casa del amigo Lhardy -buen pavo trufado, buenas salchichas y unos bisteques como ruedas -de carro... Hola, Cristóbal, ¿pero ha visto usted hoy...? Queda el -Perpetuo por debajo de 59. ¿Qué dice Torres? ¿Ha habido malas noticias? -Lo que ya sabíamos: otra sublevacioncita militar. Esto da vergüenza. -Aquí no hay más que pillería, aquí no hay quien sepa gobernar. Yo -fusilaría media España, y veríamos si la otra mitad andaba derecha. -Porque vea usted —añadía tocándome ambas solapas y haciéndome retirar -un poco, pues tenía la mala costumbre de echársele á uno encima—, -si los hombres de negocios nos pusiéramos un día de acuerdo, todos -<i>compatos</i>, y dijéramos: «ea, se acabó la farsa: desde hoy abajo -la política de personas, y arriba la de los grandes intereses del -país...»</p> - -<p>—Seguramente que...</p> - -<p>—Porque vea usted —prosiguió él sin dejarme meter baza—. Yo, que -tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene -quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto -y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y -cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos -y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil -que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, <i>partiendo del -principio</i> de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de -frente, sostengo...</p> - -<p>—No tiene duda...</p> - -<p>Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se -divertía con semejante mostren<span class="pagenum" id="Page_II-130">p. -II-130</span>co; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo de bárbaro, -que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la mañana, se -lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su opinión, -se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y más -caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura -humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La -fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid. -Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una -tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué -contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma. -El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80 -eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy -ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la -presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una -construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros; -si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si -de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes. -Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto -encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas -con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran -el providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle -erigido.</p> - -<p>Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando -con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy -sublime.<span class="pagenum" id="Page_II-131">p. II-131</span> Barragán -manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los oradores, escupiendo -á la faz del cielo los mayores disparates que de humana boca pueden -salir. El otro se reía, y le hacía el honor increíble de contestar á -sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro dijo á Villalonga:</p> - -<p>—Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de -las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con -razones...</p> - -<p>En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la -muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera -la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú. -Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con -la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran -pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán -oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha, -y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido -que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él -se limpiaba y mugía.</p> - -<p>María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los -solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva -que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos -acercó Severiano.</p> - -<p>—¿Qué barbaridades ha dicho? —le preguntó María Juana.</p> - -<p>—Muchísimas. <i>Ha partido del principio</i> como unas cincuenta veces -en quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió <i>fiambre -frío</i>, y que ha puesto una <i>pipa</i> en Flandes. Ten<span class="pagenum" -id="Page_II-132">p. II-132</span>go que apuntarlo, porque es oro molido. He -de hacer un Diccionario de este hombre, como el que Paco Morla hizo de -las barbaridades del general Minio.</p> - -<p>—Ayer —refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su -abanico— estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso decir -que me habían dado un <i>timo</i>; pero no pareciéndole fina la palabra, -dijo que me habían dado un <i>mito</i>...</p> - -<p>—Es divino ese hombre...</p> - -<p>—No se paga con dinero.</p> - -<p>—Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que -dice.</p> - -<p>—Severiano —añadió mi prima— no conoce todavía á la señora de -Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. -Verá usted... Yo la llamo <i>No Cabe Más</i>, porque esta frase no se le -cae de la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no -habla sino para ponderar sus cosas. <i>No cabe nada más</i> rico que las -cortinas de su sala; <i>no cabe nada más</i> ligero que su berlina de doble -suspensión; <i>no cabe nada más</i> elegante que el vestido que le ha hecho -á Esperancita...</p> - -<p>Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi -amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido, -y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase -de un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, -de unos ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener -aquellos pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista <i>no<span -class="pagenum" id="Page_II-133">p. II-133</span> cabía más</i>: estaba todo -lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á reventar como -una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes. Como era de -pequeña estatura, y además se había tragado el palo del molinillo, el -mote que le había puesto mi prima no podía ser más adecuado, porque, -en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido angustioso: «<i>No -cabe más</i>, y este palo del molinillo es excesivamente largo y lo voy á -vomitar.»</p> - -<p>¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin -de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen -finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y -bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire -<i>reventativo</i> de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha -broma, y ella se pirraba por que se la diera.</p> - -<p>—Me parece —dije en secreto á María Juana— que limitas mucho -tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres. -Esperancita y su hermana, <i>No Cabe Más</i>, la señora de Mompous, la de -Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso -que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por -qué no traes á Camila?</p> - -<p>—Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A -Medina no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice -que si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate -tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo -preparada!...</p> - -<p>—¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?</p> - -<p>—Vente mañana por la tarde. La convidaré á<span class="pagenum" -id="Page_II-134">p. II-134</span> pasear conmigo, y antes de que salgamos la -verás. Nada, que de ésta te caso. Y no pongas peros: traga el anzuelo y -dame las gracias.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Por fin aquel misterio se aclaró. La joven que me proponía mi -prima era la hija segunda de Trujillo. Yo la había visto alguna vez -no sé si en la calle ó en el teatro; pero no me había fijado en ella. -Llamábase Victoria. El nombre parecía simbólico. Era, para decirlo de -una vez, una de las chicas más bonitas de Madrid. ¡Oh! ¡qué Victoria -aquélla, y cuán feliz yo si hubiera sabido ganarla dejándome vencer! -Fuí presentado á ella el jueves, y nos vimos y hablamos en casa de -María Juana los días siguientes, sin que sus gracias, que reconocí, ni -sus buenas prendas, que me parecían indudables, lograran triunfar de -mi desamor. Tenía los ojos azules, el pelo castaño y rizoso, un corte -de cara de los más simpáticos y agradables, boca fresca, un metal de -voz que parecía música, un cierto aire de timidez y candor que no -excluía la soltura de lengua y modales. Encontrábale parecido remoto -con aquella pobre Kitty que aún vivía como sombra mal borrada en mis -recuerdos; pero le ganaba en hermosura. Aun con esta ventaja y con -aquel parecido, no lograba penetrar en mi corazón enfermo. Un lunes por -la noche, después de haber bromeado mucho, noté un fenómeno extraño: -Victoria empezaba á interesarme. Sentí en mi corazón algo semejante al -primer picotazo que<span class="pagenum" id="Page_II-135">p. II-135</span> -da el pollo al huevo para abrirlo y echarse fuera. Sólo que en aquel -caso el pollo no picaba para salir, sino para entrar. Repetíle las -mismas tonterías de siempre; pero con un poquito más de intención, y -con cierto acento de verdad que antes no había dado yo á mis palabras. -Respondíame la pobrecita con ecos de dulcísima simpatía. A poco que yo -me cayera de aquel lado, vendría ella sobre mí de golpe.</p> - -<p>Pero cuando menos lo esperaba yo, me veo entrar á Camila, y adiós -mi formalidad. La miré de lejos, y su presencia, como á Macbeth las -manchas de las manos, me <i>arrancaba los ojos</i>. Estaba yo hablando con -Victoria, y Victoria se borraba delante de mí. Las palabras salían -de mí como de una máquina. Mi vida toda estaba en Camila, y no veía -nada que á ésta no perteneciese. ¡Y cuidado que estaba elegante la -borriquita! Yo la había visto confeccionando por sí propia aquel -vestidillo de color metálico con adornos azules, y me admiraba de lo -bien que le caía. Su hermana mirábala con cierta envidia. Debió írseme -el santo al Cielo, porque la otra me puso unos hociquitos muy mimosos, -y sin darse cuenta del motivo de mi distracción, me dió á entender que -se sentía humillada. Aún había de ocurrir algo que me desconcertaría -más. María Juana significó á Camila sus planes de casarme. Poco -después, en un ratito en que Victoria no estaba presente, llegóse -á mí Camila para darme broma sobre el particular. «¡Qué calladito -me lo tenía!» Creí notar en su acento algo como despecho, algo que -transcendía á recriminación. Esto, que tal vez era un nuevo desvarío de -mis ideas, le<span class="pagenum" id="Page_II-136">p. II-136</span>vantó en -mi pecho grandísimo tumulto. Díjele que no hiciera caso de su hermana; -que Victoria me era indiferente; que yo no podía mirar á ninguna mujer, -ni tenía alma y ojos más que para comerme á mi gitana, á mi negra, á -mi borriquita de mis entretelas. Pagóme este ardor con las burlas de -siempre, y me dejó. Volví al lado de mi <i>candidata</i>, á quien ví como -la criatura más vulgar y sosa del mundo. ¡Injusticia mayor...! Pero -no lo podía remediar. Yo era más bruto que Constantino, más tonto que -Barragán, más simple que <i>No Cabe Más</i>; pero Dios me había hecho así y -no podía ser de otro modo.</p> - -<p>Al otro día hice presente á María Juana lo inútil de sus esfuerzos y -de los míos. Victoria no me gustaba; mejor dicho, lo que no me gustaba -era casarme. Vamos, que no había que pensar en tal cosa. La chica de -Trujillo valía mucho; yo no era sin duda digno de ella; la pobre niña -merecía un hombre sano y virtuoso, no un desquiciado como yo.</p> - -<p>Después de meditar buen rato, díjome mi prima que yo era más tonto -de lo que ella se había figurado. Sin duda Trujillo y su mujer me -recibirían con palio si fuera á pedirles la chica; y en cuanto á ésta, -á la legua se le conocía que estaba hecha un merengue por mí.</p> - -<p>—Cásate, hombre, y ya la irás queriendo poco á poco. Si te conviene -por todos conceptos...</p> - -<p>Defendíme como pude de aquellas lógicas, ocultando la verdadera -causa de mi distracción. María Juana la adivinaba, sin darse cuenta del -sujeto.</p> - -<p>—Tú tienes algo por ahí; tú estas chiflado por alguna... Y puede -que sea una buena pieza, en cuyo caso no me toma<span class="pagenum" -id="Page_II-137">p. II-137</span>ría yo interés por tí, dejándote entregado á -las miserias de tu temperamento.</p> - -<p>Otras veces, mostrándome una piedad que yo no merecía sin duda, -se manifestaba dispuesta á hacer generosos esfuerzos en pro de mi -regeneración moral y física.</p> - -<p>—Es preciso curarte á todo trance —me decía—: estás muy malito, muy -malito. Si fueras ingenuo conmigo, y empezaras por hacerme confesión -general de tus culpas... pero eres arca cerrada y todo te lo tragas. -Que á tí te pasa algo, que no estás en tu centro, se conoce á la -legua.</p> - -<p>Y á mí se me venía la verdad á la boca; mas la volvía á echar para -dentro, temeroso de que mi ilustre consejera me tirara los trastos á -la cabeza. En otros terrenos que no eran los de la moral, mostrábame -mi prima una benevolencia digna de la mayor gratitud. Muchas noches, -aprovechando un momento favorable, me obsequiaba con éstas ó parecidas -palabras:</p> - -<p>—No vayas á la alza mañana. Vendrá de París una fuerte baja. Hay muy -malas noticias. Torres se lo ha dicho á Cristóbal.</p> - -<p>Estas confidencias, por ser hechas muy cerca de Barragán y del mismo -Medina, necesitaban del amparo del abanico, tapando las cotizaciones -como si protegieran una sonrisa aleve.</p> - -<p>Fiada del ascendiente que tenía sobre su marido, mi curandera -iba desvirtuando poco á poco los programas de éste en lo tocante á -las etiquetas ramplonas y castellanas. En sus vestidos, daba ella á -conocer su anhelo de elegancia y variedad. De su mesa había desterrado -paulatinamente los asados de cazuela, los salmorejos, las paellas -y otros platos castizos, y, por fin, intro<span class="pagenum" -id="Page_II-138">p. II-138</span>dujo en la casa, con carácter de temporero, -mas con idea de que fuese de plantilla, á uno de los mejores mozos de -comedor que había en Madrid. Yo se lo proporcioné, á instancia suya, é -hizo el papel de que creaba la plaza por favorecer á un honrado padre -de familia.</p> - -<p>—Ahora —me susurró— estoy batallando con Medina para que me ponga -gas en el comedor.</p> - -<p>—No hagas tal —le respondí—: el gas ha pasado de moda. Ahora -el <i>chic</i> es que en los comedores haya poca luz, pues así se come -mejor sin que se sofoque la gente. La <i>jilife</i>, como dice Camila, ha -inventado ahora el alumbrar las mesas con bujías de pantalla verde. -Parecen escritorios de casa de banca.</p> - -<p>Al lunes siguiente, el comedor se iluminó con bujías de pantalla -verde; pero había tantas, que hube de aconsejar á María Juana que -acortase las luminarias.</p> - -<p>—Es preciso —me indicó una noche— que me traigas á otros amigos -tuyos, al general Morla, por ejemplo, que es tan divertido.</p> - -<p>Y llevé al general, y habría llevado también al propio -<i>Saca-mantecas</i>, si tanto mi prima como yo no temiéramos que era un pez -demasiado gordo para que Medina lo tragase.</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Como me aficioné tanto á la casa de Medina, concurría casi todas las -noches, después de dar una vuelta por el Bolsín. A éste iba alguna que -otra mañana, y después á la Bolsa hasta las tres.<span class="pagenum" -id="Page_II-139">p. II-139</span> Mi coche me esperaba á la salida para -llevarme al Retiro, donde me juntaba con Chapa y Severiano cuando ellos -no paseaban á caballo. El general Morla me acompañaba á veces, para -lo cual yo le recogía en su casa de la calle del Prado, y otros días -almorzábamos juntos, bien en mi casa, bien en la suya, siendo para mí -muy grata tal amistad. Tenía colecciones preciosísimas y mil rarezas -que me mostraba con amor, amenizando la exhibición con la sal de sus -incomparables cuentos.</p> - -<p>Visitaba menos que antes, en aquellos días, la casa de mi -borriquita, porque me parecía prudente un cambio de táctica. Hacíame -el interesante y afectaba enfriamientos de mi pasión, mostrándome -ante ella menos triste de lo que realmente estaba. Y quizás nunca fué -tan grande mi desatino. Camila era mi idea fija, el tornillo roto de -mi cerebro. Me acostaba pensando en ella y con ella me levantaba, -espiritualizándola y suponiéndome vencedor de su obstinado desvío. A -veces no me era fácil mi papel, y me clareaba demasiado con ella.</p> - -<p>—Si enviudaras, Camila, si enviudaras —le decía—, al año eras mi -parienta. ¿Sabes por qué trabajo ahora tanto? Pues porque quiero ser -muy rico, muy rico, para cuando llegue ese día feliz. Y no lo dudes, -llegará: el corazón me lo dice.</p> - -<p>—Pues lo que á mí me dice —replicaba ella impávida— es que si -Constantino se me muriera, me moriría yo también. Yo soy así. Cuando -quiero, quiero de verdad.</p> - -<p>—Esas cosas se dicen, pero luego resulta que... Viene el tiempo y -consuela.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-140">p. II-140</span></p> - -<p>—Mira, mira, no me hables á mí de enviudar —respondía poniéndose -colérica— porque te echo por las escaleras abajo. Constantino está -bien fuerte; es un roble. Ya quisieras tú, tísico pasado, parecerte á -él.</p> - -<p>—¡Oh! verdaderamente, no resisto la comparación, sobre todo en el -terreno físico...</p> - -<p>—Ni en ningún terreno, vamos; ni en ningún terreno. ¡Vaya con el -señorito éste...!</p> - -<p>A lo mejor me la encontraba con una cara de Pascua que me hacía -feliz.</p> - -<p>—Me parece —decía secreteando, y despidiendo chispas de alegría -de los dos braseros de sus ojos—, que ahora va de veras... Tenemos -aquello.</p> - -<p>¡Pobrecilla! Era feliz esperando y viendo venir á Belisario, su -segundogénito, á quien yo aborrecía cordialmente antes de su dudosa -concepción. Pero las esperanzas de Camila se frustraban. La Providencia -se ponía de mi parte, y el tal Belisario se quedaba por allá.</p> - -<p>Poco á poco me había apartado de Eloísa. Mis visitas á ella fueron -muy raras en Enero, y en todo Febrero no fuí una sola vez. Enviábame -cartas y recados que también iban escaseando lentamente. Creíme -desprendido para siempre de aquella amistad que ya era para mí tediosa -y repulsiva; mas ocurrieron sucesos que la resucitaron de improviso -en mi pensamiento, dándome muy malos ratos. Un lunes de aquéllos de -María Juana; un lunes, sí, no recuerdo cuál, me enteré del caso, que -era gravísimo, aunque no inesperado. La discreta <i>ordinaria de Medina</i> -estaba aquella noche disgustadísima. Desde que entré, conocí el trago -amargo que acababa de pasar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-141">p. II-141</span></p> - -<p>—Ahora mismo me han dado una noticia funesta —me dijo—. ¿No sabes -nada? La pobre Eloísa... trueno completo. Está la infeliz en medio del -arroyo. Bien sabía yo que esto tenía que venir; y lo siento, más que -por ella, pues bien merecido lo tiene, por la vergüenza que cae sobre -toda la familia. En una palabra, Fúcar —añadió, deslizando las palabras -con muchísima cautela—, Fúcar, hace un mes, se declaró huído.</p> - -<p>—Eso ya lo sabía.</p> - -<p>—Después, uno de esos malagueños ricos, no sé cuál...</p> - -<p>—También lo sabía.</p> - -<p>—Pero el malagueño se ha cansado también, y estos días la pobre se -ha visto acometida de toda la <i>Inglaterra</i> con verdadera furia. Parece -que tomó dinero empeñando el mobiliario, y si no hay quien lo remedie, -la dejarán sin una astilla. Los cuadros, tapices y cacharros también -se los llevan. Bien sé que es muy mala, que apenas merece compasión; -pero estoy disgustadísima, no lo puedo remediar. ¡Pobre mujer! ¡Si -pudiéramos hacer algo por evitarle esta vergüenza...! He consultado con -Cristóbal, y él, como es tan bueno, no tiene inconveniente en facilitar -alguna cantidad para evitar el embargo. Nos quedaríamos con algunos -muebles. Me gusta el espejo horizontal que tú le compraste, y no me -parece mal la sillería de raso del gabinete. Tú podías encargarte de -arreglar esto.</p> - -<p>Respondí que no quería meterme en tales enredos, y que allá se -entendieran como quisiesen; que si los prenderos le vendían hasta -la última silla, ella tenía la culpa; que si se la sacaba del<span -class="pagenum" id="Page_II-142">p. II-142</span> atolladero, inmediatamente -se metería en otro, porque era mujer para quien nada valía la -experiencia. María Juana convino en esto, y no hablamos más del -asunto, aunque bien se le conocía á mi prima que no podía pensar en -otra cosa. A última hora díjome que se sentía afectada de su dolencia -constitucional; aquella insufrible sensación de tener entre los -dientes un pedazo de paño y verse obligada á mascarlo y tragarse los -pedazos. Debía de ser cosa horrible. Estaba pálida y se quejaba de un -fuerte dolor de cabeza, por lo cual su cariñoso marido la obligó á -retirarse.</p> - -<p>Medina, Torres y yo hablamos luego del triste asunto con más -conocimiento de causa, pues Torres tenía algunos datos numéricos sobre -el desastre de la Carrillo, y nos contó horrores. Medina se llevaba las -manos á la cabeza, diciendo:</p> - -<p>—¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el -malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me -aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto -á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente -desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he -dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que -me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa -un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad -con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por -la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida -ni por cocer, no quiero cacharrería...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-143">p. II-143</span></p> - -<p>También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir -al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció -encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose -en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de -mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi -tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella. -Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo, -con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella -noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas -hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían -el alma.</p> - -<p>—Usted debiera irse al monte por dos ó tres días —le dije.</p> - -<p>Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con -montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la -humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el -pañuelo de la mano.</p> - -<p>Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no -completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes -y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento -en los ojos.</p> - -<p>—Por supuesto —decía de improviso—, he comprendido que Cristóbal -tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa. -Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos -otro tanto.</p> - -<p>Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, -me dijo con desabrimien<span class="pagenum" id="Page_II-144">p. -II-144</span>to:</p> - -<p>—Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el -cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque -esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años, -cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales -preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va -apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.</p> - -<p>Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad -no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión: -con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una -pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que <i>No -Cabe Más</i>, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones -y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que -María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no -aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían -pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación -de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de -un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural -derecho á las personas bien nacidas.</p> - - -<h3>VI</h3> - -<p>Aquel buen <i>ordinario de Medina</i>, en quien yo descubría poco á poco, -dicho sea sin vislumbre de malicia, estimables prendas; aquel hombre -que era honrado á carta cabal y hacía sus nego<span class="pagenum" -id="Page_II-145">p. II-145</span>cios con limpieza, sin ser un acaparador -despiadado, como susurraba Torres, empezó á inspirarme una gran -antipatía. Esto debió consistir en que yo se la inspiré á él antes, y -al conocerlo, las leyes de equilibrio me impulsaron á pagarle en la -misma moneda. Pues sí: Medina no me tragaba, y aunque era bastante -prudente para no manifestarlo de un modo muy claro, estas cosas siempre -salen á la superficie, y es preciso ser tonto para no verlas. Medina -encontraba absurdas todas las opiniones mías sobre cualquier punto -que discutiéramos, y me contraponía hasta los disparates del propio -Barragán. Entre los dos, el uno con su malquerencia, el otro con el -candor del asno que no sabe lo que hace, intentaban apabullarme con -su desdén... Yo no tenía nunca razón, aunque defendiese el criterio -más puro y diáfano; yo <i>estaba ido</i>; veía las cosas <i>bajo el prisma</i> -de las preocupaciones, y apoyaba mis argumentos <i>bajo la base</i> de los -errores... ¡del materialismo! En fin, que no se abría esta boca ante -ellos sin soltar una barbaridad. Llegué á tenerles miedo, francamente, -porque Barragán era hombre que increpaba en voz alta y no se mordía la -lengua para decir:</p> - -<p>—Pero, hijo, usted está en Babia: valiente <i>plancha</i> se ha <i>tirado</i> -usted. Al que le enseñó eso, dígale que le devuelva el dinero.</p> - -<p>No había más remedio que llamarles burros ó aguantar estos -chubascos. Habría sido yo muy injusto si hubiera tratado mal á Medina, -pues su malquerencia, justificada tal vez, no era motivo bastante para -que yo desvirtuara su mérito, que no se me ocultaba. Lo repito sin -pizca de ironía:<span class="pagenum" id="Page_II-146">p. II-146</span> -Cristóbal Medina era un hombre que, fuera de aquellas ridiculeces -de las <i>medias cañas</i>, de su infame gusto literario y artístico y -de sus modales poco finos, no merecía más que sinceros elogios y -la estimación de todo el que le tratase. Aquel Torres, cuya lengua -venenosa no perdonaba ni al Padre Eterno, habíame dicho que Medina -absorbía, por medio de préstamos usurarios, el dinero que les quedaba -á los aristócratas. Pronto hube de saber á ciencia cierta que esto era -una falsedad. Todos los préstamos que Medina había hecho con hipoteca -eran con moderado interés. Además, el buen <i>ordinario</i> no sofocaba á -sus acreedores: concedíales plazos y respiros; les perdonaba picos, -renunciando á algunas ganancias por no exponerles á la vergüenza -pública. Era también hombre capaz de tener generosidades de esas -tanto más meritorias cuanto más secretas, y bien claro se ha visto -su buena ley en el asunto de Eloísa. Para evitarle un bochorno, puso -á disposición de ella cierta suma, y aunque lo hizo en calidad de -préstamo, bien sabía que aquel dinero era ya perdido para siempre. Y -negándose á tomar en cambio ni un alfiler, desagradó á su esposa; pero -se acreditó de hombre recto y compasivo.</p> - -<p>Gozaba fama de avaricia; pero esta fama la tienen en Madrid todos -los que no tiran su dinero á los cuatro vientos, y no hay que hacer -caso de ella. Esta opinión la hacen los pródigos parásitos y los que -se gozan en ver rodar el dinero ajeno después que han desparramado el -propio. ¿Saben ustedes quién había propalado la sordidez de Medina? -Pues entre otros, el pillete<span class="pagenum" id="Page_II-147">p. -II-147</span> de Raimundo, que nunca pudo dar más que un sablazo á su -cuñado, el cual hubo de pararle los pies cuando intentó descargarle -el segundo. Eso sí: Medina no gustaba que nadie le cogiese de primo; -era en esto mucho más inglés que yo, y muchísimo más práctico. Mi -tío Rafael también era algo responsable de aquella falsa opinión de -avaricia. Ignoro si mediaron disgustillos entre uno y otro por cuestión -parecida á la que motivó la mala voluntad que Raimundo tenía á su -cuñado. Sólo sé que en cierta ocasión Medina sacó á mi tío de un gran -apuro, y que si no se repitió el milagro, fué porque el tal llevaba en -su escudo económico el lema de <i xml:lang="la" lang="la">non bis in -idem</i>. Cristóbal era generoso cuando veía una lástima y el lastimado -no le pedía nada. Si otorgaba favores de todo corazón á algún prójimo, -hacíalo por una vez; pero si el tal repetía, negábase resueltamente. -He oído contar esta misma costumbre del barón Rothschild y de D. José -Salamanca, y me parece, con perdón de los pedigüeños, que está basada -en un sólido principio de moral financiera.</p> - -<p>Pues bien: como lo cortés no quita lo valiente, repito que este -hombre, en quien yo reconocía cualidades apreciabilísimas, empezó á -serme antipático, y yo á él lo mismo. Noté que siempre que hablábamos -María Juana y yo apartados de la conversación general, venía él como á -interrumpirnos. Sus modos eran un tanto secos, sus palabras bastante -agrias.</p> - -<p>—Se empeña en ser desgraciado —decía la taimada de mi prima— y en -despreciar á la Trujillita, que es su salvación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-148">p. II-148</span></p> - -<p>—Déjale, mujer, déjale —replicaba él con desabrimiento, sin dignarse -mirarme—. ¿Quién te mete á tí á redentora? Es mayor de edad y debe -saber cuántas son cinco.</p> - -<p>Aquella noche, hablando de tabacos, Barragán me dijo que yo no había -inventado la pólvora. Y á propósito, Medina fumaba muy bien. Si en el -comer y en los demás goces suntuarios su religión era la medianía, en -aquel maldito vicio picaba muy alto. Tenía vegueros riquísimos, marcas -de primera, y todas las vitolas conocidas, desde el menudo entreacto -á las regalías imperiales y cazadores más exquisitos. Recibía de la -Habana, en remesas de cuatro mil, lo mejor de aquellas fábricas, y -obsequiaba á sus amigos con largueza; quiero decir, que daba cigarros -para que los fumásemos allí; pero no regalaba nunca mazos enteros, ni -menos cajas. A su casa iban muchos por fumar bien, como van á otras -por comer. Algunos que se pasan el día tirando de los peninsulares de -estanco, con ayuda de una boquilla de cerezo, acudían allí por las -noches á regalarse con un <i>Henry Clay</i> ó un <i>predilecto</i> de Julián -Alvarez.</p> - -<p>Observé que casi siempre reservaba para mí piezas infumables, que -parecían veneno por lo amargas y caoba por lo incombustibles. Dábamelos -como cosa buena, elogiándolos mucho; mas yo le devolvía la broma, si -es que lo era, llevando preparada en mi petaca alguna tagarnina capaz -de hacer reventar á un bronce. A veces, este doble juego terminaba en -risas, sin más consecuencias. Al cuarto de fumar lo llamábamos la <i>sala -de contratación</i>, pues venía á ser en cierto<span class="pagenum" -id="Page_II-149">p. II-149</span> modo nuestro Bolsín. Sobre la mesa estaba -el Boletín con las cotizaciones del día, y entre chupada y chupada -solíamos decir algo de que resultaba al siguiente una operación -formal.</p> - -<p>—Mañana —decía Torres— tomaré á 90 todo lo que me quieran dar.</p> - -<p>—Doy á 95.</p> - -<p>—Guárdeselo usted...</p> - -<p>Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:</p> - -<p>—Hechas.</p> - -<p>Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre -cuentos lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de -mil demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo, -y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de -París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero -interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista -temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque -confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra -Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi -liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en -favor de Cristóbal, éste me decía:</p> - -<p>—Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.</p> - -<p>Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era -costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de -veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo -vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana -y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina, -movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este -sentimiento nació<span class="pagenum" id="Page_II-150">p. II-150</span> en -mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por sucesos que he de referir -á su tiempo, amén de otras causas inherentes á la naturaleza humana. Al -principio, rechazó mi conciencia la idea de la mala pasada; pero poco -á poco la idea se extendió y echó raíces, concluyendo por posesionarse -de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se la jugaría! Y no buscaba yo -la mala pasada, sino que ella venía hacia mí, solicitándome para que la -jugase; yo no tenía más que alargar la mano... Nada, nada, que aquel -hombre íntegro y juicioso me pagaría juntas todas sus groserías.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_22"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-151">p. II-151</span></p> - <h2 class="nobreak">XXII</h2> - <p class="subh2">Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y - la enfermedad de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme -en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos -acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta -no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque -la mañana estaba hermosa.</p> - -<p>—¿Y las camisas? —me preguntó desde la puerta del gabinete—. ¿Te has -puesto alguna?</p> - -<p>Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente -la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que -estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy -bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar -aquel arte.</p> - -<p>—Pues te diré... Siéntate primero.</p> - -<p>—Salud, —refunfuñó Miquis entrando.</p> - -<p>—Te diré... Las camisas...</p> - -<p>—¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están<span class="pagenum" -id="Page_II-152">p. II-152</span> bien? —gritó la autora con la prontitud de -su genio impetuoso.</p> - -<p>—No, mujer... escucha...</p> - -<p>—Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar -mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay -qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con -cualquier mamarracho que venga de Francia.</p> - -<p>—¿Pero á dónde vas á parar?</p> - -<p>—Sí, sí —añadió alzando más la voz y manoteando—. Si hubiera hecho -las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las -he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?</p> - -<p>—Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...</p> - -<p>—No están sino muy mal —declaró María Juana con la seriedad de quien -acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.</p> - -<p>—¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?</p> - -<p>—Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.</p> - -<p>—No te enfades, Camila —indiqué yo, tratando de templar aquellas -gaitas—. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha -práctica...</p> - -<p>—Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. -¿Verdad, tú?</p> - -<p>Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, -y no hizo caso de la pregunta.</p> - -<p>—En rigor no están mal —añadí—. El cuello no encaja bien, se sube un -poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así -como delantera de un ama de cría...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-153">p. II-153</span></p> - -<p>Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió -algunas pataditas.</p> - -<p>—La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita -allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada -que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te -vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.</p> - -<p>—¡Jesús, qué barbaridad! —exclamó la hermana mayor.</p> - -<p>—Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que -le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una -arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!</p> - -<p>—Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer -ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.</p> - -<p>—¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por -tí. Te desprecio... altamente.</p> - -<p>—Y nada menos que altamente.</p> - -<p>—Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!</p> - -<p>Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:</p> - -<p>—No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!</p> - -<p>Y como mi criado tardase en venir, fué ella á buscarle. Oímos su voz -diciendo:</p> - -<p>—Ramón, tráeme las seis camisas que le he regalado á tu amo.</p> - -<p>—¡Qué torbellino! —murmuró María Juana—. No sé cómo la aguantas.</p> - -<p>Pronto apareció Camila con las camisas.</p> - -<p>—Falta una.</p> - -<p>—Es la que me puse ayer... Salí con ella, y<span class="pagenum" -id="Page_II-154">p. II-154</span> tuve que volver á casa á quitármela, porque -por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el pescuezo lleno de -pulgas.</p> - -<p>—Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas -cinco camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté -lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma, -ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este -animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve -por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal -agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué -has de poner?</p> - -<p>Él se reía, diciéndonos:</p> - -<p>—No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, -tiro del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.</p> - -<p>Cuando salieron, díjome la otra:</p> - -<p>—¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.</p> - -<p>—No lo creas: me divierto con esas tonterías.</p> - -<p>—¿Y qué tal? ¿Hay sablazos?...</p> - -<p>—No lo creas. Viven con arreglo. Es que tenemos de Camila una idea -muy equivocada.</p> - -<p>—Ya sé que no se gobierna del todo mal. Pero el día menos pensado la -pega. No hay fondo en ella.</p> - -<p>—Pues se me figura que lo hay. La Humanidad, como la Naturaleza -geográfica, nos ofrece cada día nuevos motivos de sorpresa y asombro. -Donde menos lo pensamos, aparecen las maravillas humanas y tesoros que -estaban ocultos, como los continentes antes de que un Colón les echara -la vista encima.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-155">p. II-155</span></p> - -<p>—Vaya, que te remontas.</p> - -<p>—Y á cada territorio que descubrimos en el planeta moral, parece -que se ensancha el alma total del mundo, y por ende, la nuestra crece -y...</p> - -<p>—Chico, chico, te quiebras de sutil. El demonio que te entienda —me -dijo echándose á reir—. Baja de esos espacios y escúchame. Tengo que -irme en seguida.</p> - -<p>—Soy todo oídos.</p> - -<p>—Anoche estuvo la pobre Victoria en casa. Cada ojo así, por ver -si entrabas. Como no fuiste, la pobre se secaba mirando á la puerta -del salón. Cuando se marchó, creo que le faltaba poco para hacer -pucheros.</p> - -<p>Tras este exordio, vino una larga amonestación sobre el mismo tema. -Yo debía casarme á ojos cerrados con aquella joven.</p> - -<p>—Mira, prima: ya te he demostrado...</p> - -<p>—Sé lo que me vas á decir; conozco tus argumentos como si fueran -míos... No todas las personas se casan enamoradas; y las que se casan -sin amor, no son las más infelices. Hay mil casos... Bien sé que -Victoria no es una mujer superior, tal y como á tí te conviene; pero -ven acá: esa mujer superior, ¿dónde la vas á encontrar? Hallarás la -bonita, la graciosa, la cariñosa, la trabajadora, la rica, la discreta; -pero la que reúna estas cualidades todas, y á ellas añada ese talento -femenino que es tan hermoso por lo mismo que es tan raro, el talento -de encadenar al hombre pareciendo que es ella la que se encadena; esa -divinidad, ese milagro, ¿dónde está?</p> - -<p>—¿Dónde? Qué sé yo... ¿Y qué saco de descu<span class="pagenum" -id="Page_II-156">p. II-156</span>brir esa maravilla, si no ha de ser para -mí? Soy un desdichado que siempre llega tarde, y voy volteando por -el mundo, de equivocación en equivocación, queriendo siempre lo que -no puedo tener. No doy un paso sin tropezar con una ley que me dice: -<i>¡alto!</i> Mi dicha está siempre en manos ajenas.</p> - -<p>—No alambiques, no alambiques —dijo un poco turbada; y se levantó de -su asiento para ver los cacharros que tenía yo en una vitrina.</p> - -<p>No quiso darme á conocer cierta confusión que á su rostro salía.</p> - -<p>—Vaya que tienes aquí cosas divinas. Y á propósito: ¿sabes á dónde -han ido á parar los cuatro grandes tapices de Eloísa? A casa de esa que -llaman la Peri. ¡Qué escándalo! A esto llaman vueltas del mundo; yo lo -llamo volteretas. El espejo horizontal y otras piezas están en casa de -Torres. Se mirará Paca en él para peinarse las greñas. Todo el comedor -ha ido á poder de Sánchez Botín. Él empezó por comerse los manjares, y -ha concluído por tragarse la mesa de roble y las hermosísimas sillas -talladas. ¿Y las dos credencias inglesas, las has visto en alguna -parte?</p> - -<p>—Como que las tengo en mi casa.</p> - -<p>—¿Aquí?</p> - -<p>—Sí: en mi segundo —afirmé señalando al techo— vive la querida -del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la -<i>Chocolatera</i>... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es -guapa, un poquito ajada.</p> - -<p>—¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las -credencias?...</p> - -<p>—Ayer estaba yo en casa, y ví á media doce<span class="pagenum" -id="Page_II-157">p. II-157</span>na de mozos de cuerda que las subían. Puedes -creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles que fueron míos... -¡Volteretas del mundo!</p> - -<p>—¡Saltos mortales!</p> - -<p>—Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por -la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de -la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin -reparar el precio.</p> - -<p>—Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!</p> - -<p>Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me -miró fijamente, diciendo:</p> - -<p>—Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.</p> - -<p>La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.</p> - -<p>—Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.</p> - -<p>—No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo -prohibo terminantemente.</p> - -<p>De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo -importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.</p> - -<p>—Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me -iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?</p> - -<p>—¿Sí? ¿me tenías que decir...?</p> - -<p>—Una cosa, sí... lo que más presente tenía.</p> - -<p>Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.</p> - -<p>—Pero no —indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, -y volviéndose á levantar—. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge -el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-158">p. II-158</span></p> - -<p>Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, -tú resollarás.»</p> - -<p>Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de -Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la -frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia -en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más -inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una -persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como -María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin -dejar de exponer alguna bonita doctrina.</p> - -<p>—Nada hay tan sabroso para el alma —declaró— como obligarse á hacer -cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en -ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.</p> - -<p>Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más -que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; -yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla -de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... -¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos -esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su -virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en -mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía -que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con -respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador -del desprecio que me inspiraba.</p> - -<p>Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme<span class="pagenum" -id="Page_II-159">p. II-159</span> de Medina, llamándole <i>el mejor de -los hombres</i>. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el -cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los -sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de -levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en -aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos -de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz -hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya, -acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro -lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes -podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más, -nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.</p> - -<p>—Piensa mucho en Victoria —me dijo en el último apretón de manos— y -decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso -es lo que yo quiero.</p> - -<p>«Lo que tú quieres, bien lo veo —me dije para mi sayo al volverme á -mi casa—. Pues te saldrás con la tuya.»</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. -Era cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis -de la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general -Morla me entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había -adquirido recientemente, y sus variadas colecciones, que no se<span -class="pagenum" id="Page_II-160">p. II-160</span> acababan de ver nunca: -tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las puertas de -Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de escritura, la -cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas hechas con las dos -manos á la vez, que eran una maravilla de destreza caligráfica. Ví -también botones militares, espuelas, estribos y mil herrajes diversos, -todo muy limpio y admirablemente clasificado por épocas. De mañanita se -iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos tenderetes había encontrado -verdaderas joyas arqueológicas.</p> - -<p>Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre -intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus -economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta -que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de -papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas -de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No -me gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien -era, y por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su -depositario.</p> - -<p>Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que -me propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas -debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal -género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que -el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación -de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían. -Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la<span -class="pagenum" id="Page_II-161">p. II-161</span> Unión Mercantil, de que él -era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba un rato al Casino, -y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. De estos círculos -era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en ellos. Al Bolsín no -iba sino cuando tenía que ver necesariamente á Torres, ó á Samaniego, -que siempre estaba allí de una á dos, la hora de liquidar, llamada -propiamente <i>de Bolsín</i>. Aquel círculo me era muy antipático, dicho -sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación no le faltaba más -que el vino para parecerse á una taberna. Por las noches la invadían -los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo en las mismas mesas -donde por el día se <i>mataban</i> y se <i>casaban</i> las diferencias; y los -escuetos salones eran para mí lo más aburrido del mundo, salvo cuando -corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín era el centro -de las palpitaciones comerciales, el <i>gran simpático</i> que reflejaba -la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches normales -parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito de él -era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con su -costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre -marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos -daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de -saberlo traducir.</p> - -<p>A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á -hacer algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego. -Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre -cuyos individuos tenía yo bue<span class="pagenum" id="Page_II-162">p. -II-162</span>nos amigos. Solía tropezar con <i>Partiendo del Principio</i>, que -en dos palabras me daba á conocer la excelsitud de sus conocimientos, -y no perdonaba ocasión de hacerme saber que yo era un inocente, y que -la humanidad toda <i>pasaba desapercibida</i> para un sujeto tan perspicuo -como él. Medina no faltaba ningún día, y se paseaba de largo á largo -en el espacio aquél de la derecha, conforme entramos, sin pararse -un momento. Andando, daba sus órdenes á Samaniego, que bajaba del -<i>parquet</i> con frecuencia, y se ponía de acuerdo con Torres. Este no -iba todos los días: se había crecido mucho para prodigarse. Cuando -se aparecía por allí, toda aquella gente de los corros le miraba con -cierta veneración, y él se inflaba lo indecible. En el murmullo del -local, tan semejante al zumbido de una colmena, sonaban sus risas -prontas, ásperas y estridentes, parecidas al rasgar de telas que se oye -pasando por la calle de Postas á las horas de más venta. Comúnmente se -venía hacia mí, y concertábamos una operación modesta. En aquel local -siempre me tuteaba: era costumbre arraigada en él, de la cual sólo se -eximían Ortueta, Urquijo y otros pocos por quienes tenía adoración. -Era un asombro ver cómo se lanzaba á mayores, haciendo operaciones -arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con mediación de Samaniego, pero -sin publicar.</p> - -<p>Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo -cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando -cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar -mejor su riqueza por medio de<span class="pagenum" id="Page_II-163">p. -II-163</span> las zaleas que ahogaban á aquel infeliz mancebo, y no se -las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En esto no imitaba á -sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala de retirarse siempre -á pie. <i>Partiendo del Principio</i>, después de espatarrarse un momento -delante del <i>parquet</i>, limpiarse el sudor de la frente con cierta -pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir cuatro sandeces, -se iba en su <i>victoria</i> camino del Retiro, donde le esperaba <i>No Cabe -Más</i>, siempre de tiros largos, siempre estrenando, siempre en perpetuo -domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y nuevecito y llamativo -de cuantos perendengues llevaba.</p> - -<p>Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que -dejarme ir con él:</p> - -<p>—¿Sabe usted que Eloísa está mal?</p> - -<p>—¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.</p> - -<p>—No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.</p> - -<p>Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la -liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y -su mal.</p> - -<p>—Esta liquidación va á dar algunos disgustos —gruñó Medina—. Sáinz -me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil. -¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo -hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á -usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor -de usted.</p> - -<p>Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, -y matando y casando, ob<span class="pagenum" id="Page_II-164">p. -II-164</span>tuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo quedábamos casi -á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas <i>dobles</i>, y que -en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía que entregar á -Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa mil duros. La -liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras de presentarse -en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la operación había -sido pública y con todas las formalidades, si el tal no tenía, era -forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo Sáinz se -presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con una -partida de <i>Cubas</i> y otra de Obligaciones de Osuna.</p> - -<p>—Si usted no quiere las Osunas —me dijo Medina—, yo las tomo -todas.</p> - -<p>—Me es igual —respondí.</p> - -<p>Y concertamos que Cristóbal tomaría las <i>Cubas</i> y yo todas las -Osunas. Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación -una voz gangosa que me dijo:</p> - -<p>—Doña Eloísa está muy mal.</p> - -<p>Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.</p> - -<p>—Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya -estaba bien...</p> - -<p>Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.</p> - -<p>—La señorita —me dijo la criada— ha ido á casa de su hermana, que -está muy malita...</p> - -<p>—¿Y el señorito Constantino?...</p> - -<p>—Ha salido á caballo, como todas las tardes.</p> - -<p>«Conque sigue mal la infeliz... —pensé al retirarme—. Bueno: mañana -iré á verla.»</p> - -<p>Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se nece<span class="pagenum" -id="Page_II-165">p. II-165</span>sitaba un espolazo mayor para decidirme. -Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los -distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos -pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal -traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas. -Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del -Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel -día sólo había un poco de vida en el de los <i>Aguadores</i>, ó sea los que -operan en Cubas. Del de los <i>Negritos</i>, que es el más modesto, salió -una destemplada voz que me dijo:</p> - -<p>—Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato -si había venido usted.</p> - -<p>Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la -manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar -picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre -de capa hasta el <i>cuarenta de Mayo</i> lo menos; se llamaba Mazarredo, y -cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de -la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la -Bolsa.</p> - -<p>Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la -derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, -joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde -el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola -gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del -todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara -pálida, ansiosa,<span class="pagenum" id="Page_II-166">p. II-166</span> -queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que -veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.</p> - -<p>—¿Qué tal, Manolo?...</p> - -<p>—Mejor, mejor —respondía infaliblemente, pasándose una mano por -delante de los ojos—. Principia á aclarar el derecho... Me veo -perfectamente los dedos.</p> - -<p>Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía -correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y -cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á -las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, -se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, -y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera -picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de -humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay -gustos muy raros.</p> - -<p>Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, -dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:</p> - -<p>—¿Conque Eloísa se muere?...</p> - -<p>Dejóme frío la noticia y la puse en duda.</p> - -<p>—No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la -pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está -horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la <i>veo</i> -hermosa.</p> - -<p>Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los -más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. -Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de -una especie de inclinación alam<span class="pagenum" id="Page_II-167">p. -II-167</span>bicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero -que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de -contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba -desolación, ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo -un brasero en el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y -con chaleco rojo. Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, -un vientecillo Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les -pregunté por su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara -los dos. La escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No -sé cómo me entró aquella indignación que no pude reprimir.</p> - -<p>—Evaristo —grité—, ¿no os da vergüenza de que las personas que -entran vean esta escalera? Mira cómo me he puesto las manos. ¿En qué -estáis pensando?</p> - -<p>Y salió á decirme, gorra en mano, que no podían atender á todo, y -que la casa era muy grande. Seguí subiendo. A mí qué me importaba que -limpiaran ó no, ni qué tenía yo que ver con semejante cosa...</p> - -<p>Desde la antesala me interné en los pasillos; mas por la mampara -de cristales alcancé á ver la sala de juego con las paredes desnudas. -Ví sillas en montón, patas arriba, como dispuestas para que se las -llevaran, y flecos de riquísimas cortinas que arrastraban por el suelo. -La prime<span class="pagenum" id="Page_II-168">p. II-168</span>ra persona -que me encontré fué Micaela, que estaba en el gabinete de Eloísa, -partiendo en tiras una sábana de hilo. Antes que yo le preguntara, la -doncella, leyendo en mi cara el deseo de saber, me dijo:</p> - -<p>—Yo creo que hoy está mejor; pero anoche por poco...</p> - -<p>Daba dolor ver el gabinete desmantelado, casi vacío de las -admirables porcelanas de Sevres, Sajonia y <i xml:lang="fr" -lang="fr">Barbotine</i> que antes lo adornaban, conservando sólo dos ó -tres acuarelas de escaso mérito. Los clavos indicaban dónde estuvieron -las obras superiores. Agujeros horribles en la pared, mostrando el yeso -y la tapicería desgarrada, marcaban el sitio del espejo biselado que -había ido á parar á casa de Torres. En cambio, quedaban begonias de -trapo caídas de sus jardineras y llenas de polvo, fotografías apiladas -sobre la chimenea, un caballete de nogal y oro sirviendo de percha para -colgar cajas de sombreros, ropas y corsés de raso negro pendientes de -sus cordones. Camila no tardó en entrar. Traía su delantalillo azul, y -un puchero del cual salía vaho repugnante. Agitaba el contenido con una -cuchara, y lo hacía caer de alto para que se enfriase.</p> - -<p>—¿Ya estás aquí? —me dijo en voz baja, sin mirarme.</p> - -<p>—No sabía nada hasta este momento. Me lo dijo Manuel Trujillo.</p> - -<p>—Hazte el bobito... Demasiado lo sabías.</p> - -<p>—Pero creí que era alguna desazón ligera.</p> - -<p>—No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y -siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que -vinieras tú por tí mismo.</p> - -<p>—Hija, no sabía...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-169">p. II-169</span></p> - -<p>—Francamente —afirmó mirándome cara á cara—, lo que has hecho es una -<i>indecentada</i>... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso -no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has -querido, tú la has hecho pecar...</p> - -<p>—Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? —le -pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.</p> - -<p>—Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. -Ya no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo -Ramón que anoche me quedé aquí?</p> - -<p>—No me ha dicho nada.</p> - -<p>Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso, -almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.</p> - -<p>—Esto es una cataplasma... —me dijo Camila bajando más la voz—. -¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer -la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la -conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más -que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha -puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que -dejarla así.</p> - -<p>Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y -Micaela empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á -la vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la -cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí -lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces -cariñosas de las dos enfermeras.</p> - -<p>—Si no<span class="pagenum" id="Page_II-170">p. II-170</span> te -lastimamos; si es aprensión tuya...</p> - -<p>—No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y -la vamos sacando poquito á poco...</p> - -<p>Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la -Virgen y á toda la corte celestial.</p> - -<p>Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas -palabras:</p> - -<p>—Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres -todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre -ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.</p> - -<p>Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral, -haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía -absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante; -ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no -lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me -tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme -al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije -palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz -aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas -palabras:</p> - -<p>—Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un -perro...»</p> - -<p>Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.</p> - -<p>—¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que -estás mejor.</p> - -<p>—¡Ay, mejor! —exclamó la voz con desaliento—. Si me muero, si estoy -hecha una miseria,<span class="pagenum" id="Page_II-171">p. II-171</span> -una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy horrible.</p> - -<p>—No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como -crees.</p> - -<p>—¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, -te parecería mentira que me quisieras.</p> - -<p>Me incliné hacia ella.</p> - -<p>—No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. -Pase el morirse; pero morirse así, apestando...</p> - -<p>—No te agites. Me marcho, si no eres razonable.</p> - -<p>—No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré -á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No -quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra -manera.</p> - -<p>—¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.</p> - -<p>Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un -recrudecimiento de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó -una angina, con fiebre intensísima. El médico dijo que era una -angina maligna. No podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á -hinchársele el cuello... un bulto horrible, que crecía por horas, y -la fiebre subiendo, y el cerebro trastornado... delirio, inquietud. -La noche última, por fin, cuando ya creía que se ahogaba, empezó la -resolución... ¿Para qué hablar más de aquello? Era un horror.</p> - -<p>—¿Qué tal de calentura? —le pregunté—. Dame acá una mano.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-172">p. II-172</span></p> - -<p>Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. -¡Oh! ardía.</p> - -<p>—Tienes muy poca fiebre —le dije, observando que tenía mucha y que -las pulsaciones eran muy irregulares.</p> - -<p>Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le -daba con ello.</p> - -<p>—Puedes besarla sin cuidado —afirmó con acento de cariño, que era -como un alfilerazo en mi corazón—. Cuando supe que estabas aquí, hice -que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en -medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que -me mata más que el dolor.</p> - -<p>—Esto no es nada, hija —repetí traspasado de lástima—. Dentro de -ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te -acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues -pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te -vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.</p> - -<p>—¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han -dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.</p> - -<p>Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y -allá, en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras -la quejumbrosa voz decía:</p> - -<p>—¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.</p> - -<p>Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía -propio del caso.</p> - -<p>—¡Oh! no, no, no me pondré bien —exclamó ella con amargura -hondísima—. He sido muy mala,<span class="pagenum" id="Page_II-173">p. -II-173</span> y Dios me está castigando. Pero por mala que una mujer haya -sido, verse una entre esta inmundicia, verse así en los huesos...</p> - -<p>—No te apures por las carnes, hija —le respondí haciendo un esfuerzo -por reirme—. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.</p> - -<p>—¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello, -Dios mío; esta monstruosidad...!</p> - -<p>—Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te -perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.</p> - -<p>—He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver, -por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro -y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo -rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses -mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...</p> - -<p>En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque -mis ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por -las rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. -De la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que -ambos fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de -contornos tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa -del bulto de las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina -cuanto pude, y causóme indecible terror la certidumbre de que aquella -monstruosidad era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la -hermosura. Parecióme enorme cala<span class="pagenum" id="Page_II-174">p. -II-174</span>baza, cuya parte superior era lo único que declaraba -parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la deformidad -era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas más feas -para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que sentí -fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. Dios -mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la -olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías -humanas.</p> - -<p>—Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de -la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te -sacaremos adelante.</p> - -<p>—Bueno, hijito —replicó declarando en el tono su alegría—. Me -haré la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un -poco.</p> - -<p>Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré -bien los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué -cruz tan pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á -enfermos á quienes no se ama.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de -ocultar una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me -atraía verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me -impulsaba menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba -el ver allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si,<span -class="pagenum" id="Page_II-175">p. II-175</span> al acordarme de su infeliz -hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando suponía á la -enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear mi espíritu en la -idea de tropezarme con Camila en los rincones y callejuelas de aquel -solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo decir que mi locura, -bien por no ser correspondida hasta entonces, bien por la depuración de -mi espíritu en el trabajo, se había vuelto platónica. Siempre que podía -hablar con Camila á solas, pintábame como un enamorado entusiasta, pero -tranquilo, admirador frenético de sus eminentes virtudes y de la misma -resistencia que me había puesto en tal estado. Y era verdad esto que le -decía: la tal borriquita se me había subido á lo más alto de la cabeza, -allí donde se mece, á manera de nube, lo puramente ideal, lo que es y -no es, lo que nos habla de otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos -un poco poetas, religiosos ó filósofos, según los casos.</p> - -<p>Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, -lo sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila -no estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul, -aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba -mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan -buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia, -escarbando mucho en ella para buscarlo.</p> - -<p>Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, -después que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se -había iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era<span -class="pagenum" id="Page_II-176">p. II-176</span> aquello con todos sus -pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, el proceso -reparador en caso favorable, la complicación en el caso contrario. -Pero no repito las palabras de aquel observador eminente por no cansar -á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores tristísimos de -la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que somos polvo, -inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de haber quien -quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra podredumbre -son los gusanos.</p> - -<p>Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de -las diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi -tía Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las -nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar -como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía -que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la -obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta -le oí decir, llorando:</p> - -<p>—Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este -muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo -que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las -arreglaré sola con Dios.</p> - -<p>La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre -agitadísima.</p> - -<p>—No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me -quieren mortificar? —gritó moviendo mucho los brazos.</p> - -<p>La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le -pusiera el termómetro y le observara la temperatura.</p> - -<p>—Constantino me engaña siempre —me dijo—.<span class="pagenum" -id="Page_II-177">p. II-177</span> Para él nunca paso de 39, y yo conozco, por -este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, 50...</p> - -<p>María Santísima, ¡qué volcán!</p> - -<p>Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la -cama.</p> - -<p>—¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, -se me va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí -cuando dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror -verme tan fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. -Dios mío, yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: -si tú te hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no -quisiste, y me dejaste en medio del arroyo.</p> - -<p>Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No -cesaba de decirle:</p> - -<p>—Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada -de los nervios, y nada más.</p> - -<p>—Mira ya el termómetro y no me engañes.</p> - -<p>Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres -décimas. ¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!</p> - -<p>—¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes —declaré volviendo á -su lado y guardando el termómetro—. Tienes 38 y unas décimas.</p> - -<p>—¿Es de veras?</p> - -<p>—¿Quieres verlo?</p> - -<p>—¿No me engañas?</p> - -<p>—Ya sabes que yo...</p> - -<p>Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas -que siguieron.</p> - -<p>—Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento<span class="pagenum" -id="Page_II-178">p. II-178</span> que me desquicio, que la vida se me quiere -escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío: yo no me quiero -morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma te lo he dicho, -rezando: es que me he calumniado.</p> - -<p>Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles -como si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.</p> - -<p>—No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo -corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres -tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en -este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves -que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te -voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.</p> - -<p>Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril -que de un vigoroso móvil de conciencia.</p> - -<p>—Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me -marcharé.</p> - -<p>—No, eso nunca —exclamó rompiendo á llorar—. Quiero que estés aquí, -que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.</p> - -<p>—Pero, mujer... ¡qué tonterías...!</p> - -<p>—Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.</p> - -<p>—Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.</p> - -<p>—¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... -Se me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero -acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me -harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!</p> - -<p>Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se<span class="pagenum" -id="Page_II-179">p. II-179</span> los metía entre las sábanas, recomendándole -la tranquilidad en los términos más cariñosos.</p> - -<p>—Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.</p> - -<p>—Es que no me quiero morir, es que no me da la gana —clamó, -ahogándose en llanto copioso—. ¿Pues por qué me pongo así sino por el -miedo que tengo...?</p> - -<p>—No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes -fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más -de muerte.</p> - -<p>—¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?</p> - -<p>—Patrañas, hija; aprensión...</p> - -<p>—¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en -miserias y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas -partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno -que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y -asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen. -Así estoy yo, así me muero yo.</p> - -<p>Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la -seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor -posible, le dije:</p> - -<p>—¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la <i xml:lang="it" -lang="it">Traviata</i>, con mucho amor, tosecitas y besuqueo? Si eso -pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de quedar.</p> - -<p>Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel -camino.</p> - -<p>—Bien sabes tú que no va de veras; que si lo<span class="pagenum" -id="Page_II-180">p. II-180</span> sospecharas, no estarías tan charlatana. -Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo que los franceses -llaman una <i>pose</i>, y la <i>postura</i> no parece.</p> - -<p>—¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas -ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico. -Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo -estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran -lejía en la cual me voy á chapuzar...</p> - -<p>Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de -consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:</p> - -<p>—Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á -querer...?</p> - -<p>—¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote -sin motivo.</p> - -<p>—Agua; me muero de sed.</p> - -<p>Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que -se sentía mejor. Su piel estaba húmeda.</p> - -<p>—Ahora te vas á dormir.</p> - -<p>—Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy -mejorada.</p> - -<p>Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde -aquel momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la -cara; pero no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos -ya dormía, si bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de -cansancio, y me encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á -Camila despierta, aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, -sobre<span class="pagenum" id="Page_II-181">p. II-181</span> quién había de -descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué breve, y -pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron más de una -hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole hilas y trapos. -Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé un sueño en el -despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y desapacible.</p> - -<p>Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era -la de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la -figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.</p> - -<p>—¿Cómo está Eloísa? —le pregunté con susto, sospechando que me iba á -dar una mala noticia.</p> - -<p>—Ahora duerme —replicó de muy mal talante, paseándose en la -habitación con las manos en los bolsillos—. Va mejor.</p> - -<p>«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» —me dije -para mi sayo.</p> - -<p>Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente, -incapaz de guardar secretos.</p> - -<p>—¿Has visto á Camila? —me preguntó.</p> - -<p>—Anoche, sí.</p> - -<p>—¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un -soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos -pardos...</p> - -<p>—¿Qué me cuentas?</p> - -<p>—Todo es paparrucha —añadió, dando un gran suspiro y alargando más -el hocico—. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. -No nos hablamos. Anoche no pude dormir, pensan<span class="pagenum" -id="Page_II-182">p. II-182</span>do en ella. Me parecía mi casa tan vacía, -chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no, que se había -ido con otro, y...</p> - -<p>—Eres un <i>bebé</i>... ¡ja, ja, ja!</p> - -<p>—Créelo... por poco me echo á llorar...</p> - -<p>—¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de -teta...</p> - -<p>—Y ahora —prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir— -he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que -no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el -cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta -y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete -á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»</p> - -<p>—Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... —le -dije, sintiéndome inspirado y locuaz—. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el -matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa, -la institución más respetable, más augusta, más...!</p> - -<p>—¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!</p> - -<p>—Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan -la santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable -esposa...</p> - -<p>—¿Te quieres callar?...</p> - -<p>—No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te -levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de -la paz del hogar?»</p> - -<p>—¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-183">p. II-183</span></p> - -<p>—¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy -indignado.</p> - -<p>—Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo —juró con -vehemencia salvaje— si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey -ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía. -¡Mírala, por ésta!</p> - -<p>—Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas -inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena -estará.</p> - -<p>—Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de -Cícero... ¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago -tragar... ¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... -el muy monigote, pinturero...!</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise -lavarme; pero no encontré agua.</p> - -<p>—Yo te la traigo —me dijo Constantino cogiendo el jarro.</p> - -<p>A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más -cordial:</p> - -<p>—Quítale eso de la cabeza.</p> - -<p>—¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has -puesto?</p> - -<p>—No, hombre: la idea...</p> - -<p>—¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.</p> - -<p>Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba -á freir, á abrirle un tra<span class="pagenum" id="Page_II-184">p. -II-184</span>galuz en la barriga, á untarle de petróleo y pegarle -fuego...</p> - -<p>—¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten -la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.</p> - -<p>No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta. -Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda -mojada, y no ví quién entró.</p> - -<p>—Déjelo usted ahí —dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en -ver á Camila poniendo el café sobre la mesa.</p> - -<p>—Hola, borriquita —exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que -la llenaba—. Dí una cosa: ¿y tu hermana?</p> - -<p>—Durmiendo. Me parece que va bien.</p> - -<p>—¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás -que más valgas? Oye...</p> - -<p>Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía -culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi -lengua.</p> - -<p>—Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del -marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no -seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la <i>Perfecta casada</i>, que -dice...?</p> - -<p>—Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas —exclamó á -gritos, hecha una leona.</p> - -<p>—Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el -marido de hoy puede ser un formalito de éstos de <i>aquí me ponen, aquí -me quedo</i>. Sería hasta ridículo, sería...</p> - -<p>No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza -la cafetera. Con sacudida de<span class="pagenum" id="Page_II-185">p. -II-185</span> violenta cólera, se puso á gritar:</p> - -<p>—No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.</p> - -<p>«Ya te irás domando», pensé al quedarme solo, y un instante después -pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo, -entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró -otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras -vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí <i>pa -siempre</i>. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué -interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa, -adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada, -cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal -perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza, -las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el -cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies; -el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta -visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay! -Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido -y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso -arenal.</p> - -<p>Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de -la casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico -me dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á -verla, porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En -mis correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba -la <i>congestión espiritual</i> de Camila en ma<span class="pagenum" -id="Page_II-186">p. II-186</span>yor grado que nunca. La llevaba en mi -corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis operaciones -como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví en la -ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos -corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á -operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido. -Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen -la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están -peneques.</p> - -<p>Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y -á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.» -Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con -amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo -desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...! -Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y -sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de -ella:</p> - -<p>—Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.</p> - -<p>Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El -marqués de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila -estaba sola. Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de -encargo salieran mejor.</p> - -<p>—No se harta de dormir la pobrecita —me dijo Camila sentándose junto -á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se -entretenía.</p> - -<p>Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté -á Constantino ni hice alusión<span class="pagenum" id="Page_II-187">p. -II-187</span> al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, de aquella pasión loca -que me consumía, y que por providencia de Dios había venido á ser fina, -delicada, platónica, lo sublime de la amistad, si me era permitido -decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella faltase á sus deberes; -adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría tanto. Me entusiasmaba -su virtud, y por nada del mundo destruiría yo esta celestial corona tan -bien puesta en sus nobles sienes... Yo no pretendía de ella sino un -cariño puro, leal, diáfano como el mío, enteramente limpio de deshonra -y malicia. No recuerdo si saqué á relucir también lo del <i>armiño</i>, que -es de reglamento; pero de fijo no se me quedó por decir lo del <i>altar -en mi corazón</i> y otras imágenes muy al caso.</p> - -<p>Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con -el injurioso dicterio de <i>papas</i>, no la alborotaron aquel día como -otras veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al -meter y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando -trazaba números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que -«papas, papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que -en realidad mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción -de mi anhelo? Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa -influencia sobre el resistente espíritu de la señora de Miquis, -introduciendo en él por diabólico modo un germen de fragilidad. Porque -era muy particular que, oyendo lo que había oído, no me llamase, como -de costumbre, tísico, indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida -y pensativa, muy pensativa.<span class="pagenum" id="Page_II-188">p. -II-188</span> Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico de -la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente Camila, -y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar con claridad -su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al retirarse, dejó -su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí, junto á mi muslo, -quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á medio hacer. «Piensa -volver, y volverá.»</p> - -<p>Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, -cogí la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi -borriquita. Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que -en tal instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora -de Medina, que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus -resentimientos y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se -alegró mucho de verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un -poco.</p> - -<p>—Ya sé que está mejor —me dijo—, y completamente fuera de -peligro.</p> - -<p>No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un -brazo diciéndome:</p> - -<p>—Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa -estufa, ese techo de cristales?</p> - -<p>Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al -patio hícele la descripción del proyecto.</p> - -<p>—Pues de fijo habría sido muy bonito... —observó mi prima—. Y -lo que es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí -otra cosa. ¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con -reflectores?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-189">p. II-189</span></p> - -<p>—Ahí, á los dos lados de esa puerta.</p> - -<p>—Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! -qué ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y -en este hueco, qué hubo?</p> - -<p>—Un mueble inglés lleno de preciosidades.</p> - -<p>—¿Es ésta la puerta del comedor? —preguntó abriéndola—. ¡Ah! sí, -comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas. -¿Estaban aquí los tapices?...</p> - -<p>—Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y -ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces -no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto -bonitísimo.</p> - -<p>—¡Sí que lo sería!... —exclamó <i>la ordinaria</i> permitiendo á su cara -expresar un interés inmenso—. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los -criados á servir?</p> - -<p>—Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta -estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de -éste. La puerta no se veía.</p> - -<p>—¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas. -¡Qué elegantes!</p> - -<p>—En mi tiempo se encendían. Después...</p> - -<p>—Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al -tanto.</p> - -<p>En esto vimos pasar á Micaela.</p> - -<p>—Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene -visita?</p> - -<p>—Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese -caballero ciego...</p> - -<p>—¡Ah! el pobre Trujillo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-190">p. II-190</span></p> - -<p>—Pues yo no paso hasta que no se vayan —indicó María Juana, -haciéndome señas de que la siguiera—. Dime otra cosa. El salón de -baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?</p> - -<p>—Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de -decorar. Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.</p> - -<p>—Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero -que me saques de otra duda.</p> - -<p>A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. -Mostraba la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las -costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este -interés diciendo con solapado menosprecio:</p> - -<p>—¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón -tiene Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del -Diablo.</p> - -<p>Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto -mareado, y con ganas de sentarme.</p> - -<p>—Es un laberinto este caserón —dijo mi prima—. Jamás lo he podido -entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?</p> - -<p>—Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.</p> - -<p>Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y -entramos.</p> - -<p>—Esta pieza la conozco —manifestó la de Medina, entrando con aire -regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la -estantería de roble—. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á -Eloísa esta tanda de roperos?</p> - -<p>—Vete á saber... Más costaría lo que está den<span class="pagenum" -id="Page_II-191">p. II-191</span>tro —respondí sin hacerme cargo ya de nada -más que de Camila, á quien vimos... Pero esto merece párrafo aparte.</p> - - -<h3>VI</h3> - -<p>Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie -descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba -sacando de uno de los armarios.</p> - -<p>—Mirad, mirad —gritaba Camila, riendo y muy excitada—. Hay aquí -quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto -más que una vez...</p> - -<p>—¡Dios mío! —exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más -enfáticos de la justicia—. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está -todo nuevo...</p> - -<p>—Mira qué par —decía la otra—. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué -pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo -el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía -para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No -te parece, José María, que debo llevármelas?</p> - -<p>—Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con -velar aquí noche y día.</p> - -<p>Y seguía probándose botas...</p> - -<p>—¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. -Lo que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también -á mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, -chico.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-192">p. II-192</span></p> - -<p>Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo, -arrumbado, tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada -perdida en el vacío de la habitación, como asombrándose de que se le -tuviera en menos que una persona.</p> - -<p>—Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos —observó María Juana, -echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba -tener.</p> - -<p>—Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela —dijo Camila -viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato -suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro.</p> - -<p>De uno de los armarios sacó un vestido.</p> - -<p>—Mira esta falda con delantera de encajes...</p> - -<p>—Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner -alguna vez?</p> - -<p>—Creo que no —indiqué—: lo reservaba para el gran baile.</p> - -<p>—Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una -parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina.</p> - -<p>—Obsérvala: fíjate mucho y podrás imitarla.</p> - -<p>—¿Y este traje negro? —prosiguió Camila sacándolo—. Mira el sello de -Worth... Es uno de los dos que recibió hace poco. Pues espérate, que te -voy á enseñar más. A mí no me tientan estas cosas; pero me gusta verlas -y apandarlas si puedo.</p> - -<p>Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes.</p> - -<p>—¡Pero esa loca vivía como una princesa! —exclamaba María Juana, -confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y -la<span class="pagenum" id="Page_II-193">p. II-193</span> admiración—. -Claro... pronto tenía que venir el batacazo.</p> - -<p>—Hay aquí un sombrero —dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y -mirándose en el gran espejo de pivotes— que me está haciendo tilín. -¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal?</p> - -<p>Con los ojos le decía yo que estaba monísima.</p> - -<p>—¿No es verdad que está diciendo: <i>cógeme</i>?</p> - -<p>—Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente —le dijo -su hermana—. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día!</p> - -<p>—Para mí, para mí el sombrerito —repitió mi adorada, quitándoselo -y acariciándolo—. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar -siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá! -no... No me volverá á pasar lo de las camisas.</p> - -<p>Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían -alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras.</p> - -<p>—¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa -más elegante, qué <i>chic</i>! Da gozo ver esto...</p> - -<p>—Micaela —dijo Camila apartando su botín—, haz el favor de ver si se -han ido ya esos moscones.</p> - -<p>Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba -despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos -juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con -disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.</p> - -<p>—¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! —me dijo -la señora de Medina ponién<span class="pagenum" id="Page_II-194">p. -II-194</span>dose la careta filosófica que había adoptado casi como una -prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba mal—. Esto enseña -más que libros, más que sermones, más que nada. Mírate, mirémonos todos -en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta mujer, gastando siempre -lo que no tiene, y dándose vida de princesa?... ¡Ah! lo que yo dije. -Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos mi hermana tenía que -perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un hombre como Medina, -que es la prudencia, la rectitud andando...</p> - -<p>Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas -sabidurías.</p> - -<p>—¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes? -Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una -inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece -como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no -quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te -descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil; -tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de -cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.</p> - -<p>La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración -que aquella excelsa virtud me producía.</p> - -<p>—No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles -que nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. -¡Nosotras sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese -<i>Shakespeare</i>, era de mi misma opinión. Lee el<span class="pagenum" -id="Page_II-195">p. II-195</span> <i>Macbeth</i>... aunque supongo que lo habrás -leído. Fíjate en aquel personaje, <i>hecho de la miel del cariño humano</i>; -en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando -la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady -Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama -de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser -heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco -que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la -hacemos.</p> - -<p>Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, -expresé mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos, -ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi -prima.</p> - -<p>—Eres una mujer excepcional —le dije, haciendo como que me -entusiasmaba—; una mujer de cuya posesión...</p> - -<p>Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla -para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de -verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro -sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»</p> - -<p>—No seas tonto, no veas en mí nada superior —replicó aventándose con -modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire—. -Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de -una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...</p> - -<p>No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque -me distraje viendo á Camila<span class="pagenum" id="Page_II-196">p. -II-196</span> que pasó por la habitación como buscando algo, y miraba -debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé sino estos -ecos:</p> - -<p>—Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me -mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí... -Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea -de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás -la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar -en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les -sacude...</p> - -<p>—Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas -y...</p> - -<p>—No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no -hay peligro... te juro que no hay peligro —declaró, tomando con más -presunción la actitud de heroína...—. No pienses más en esas locurillas -que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar de la cabeza -esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad después de -haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero se consigue, -créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á una cosa muy -sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un refresco...</p> - -<p>—Ya...</p> - -<p>—Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro. -Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad. -Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que -se disipaba la ojeriza que te tiene.</p> - -<p>—Yo no me caso —manifesté con énfasis.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-197">p. II-197</span></p> - -<p>—Lo veremos, lo veremos —respondió acalorándose—. Cuando á mí se me -pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades. -Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que -no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para -tí.</p> - -<p>—Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.</p> - -<p>—Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien -para tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se -acabó esa tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las -fuerzas de mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... -¿Piensas que todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por -dentro, cuando más vivo se repica?</p> - -<p>—Pues si tú eres fuerte —le dije con fingido arrebato—, yo soy -débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en -ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los -encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras; -pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque -no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me -gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero -no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad. -Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa -tan grande...</p> - -<p>No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras -confitadas y artificiosas, se<span class="pagenum" id="Page_II-198">p. -II-198</span>mejantes á esos castillos de caramelo y guirlache que se -regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con pavor; pero en -realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me habría -contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo, porque -entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:</p> - -<p>—¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he -dejado.</p> - -<p>—Si la tengo en el bolsillo —grité yo, sacándola, y tirándole el -ovillo y lo demás.</p> - -<p>¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí -para volver á sentárseme al lado!</p> - -<p>Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, -ni yo tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro -ratito, díjome sin venir á cuento:</p> - -<p>—No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes, -tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto -perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien... -¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que -le apesta esta casa. Es su manía: la llama la <i>antesala del infierno</i>. -Aquí está, según él, <i>toda la podredumbre de extranjis</i>... Pero siente -lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto. -«Ahora —dice— los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos -socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es -así, ¿qué mérito hay?»</p> - -<p>Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con -elástico, y abriéndola me mos<span class="pagenum" id="Page_II-199">p. -II-199</span>tró un manojillo de billetes de Banco, y me dijo:</p> - -<p>—Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... -Son cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no -le diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene -el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin -estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro -chico á un pobre...</p> - -<p>—El rasgo me ha gustado —afirmé con sinceridad—; pero hay una -cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es -en mí un deber, y lo cumpliré.</p> - -<p>Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me -había acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que -otro me echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo -ser el primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.</p> - -<p>—Te digo que haré lo que mi marido me manda.</p> - -<p>—Te digo que no lo harás.</p> - -<p>—¿Y tú qué tienes que ver...?</p> - -<p>—Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.</p> - -<p>—No seas majadero.</p> - -<p>—Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.</p> - -<p>—¡Qué pensará Medina!</p> - -<p>—Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.</p> - -<p>—Claro... una mentira.</p> - -<p>—Es venial.</p> - -<p>—Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-200">p. II-200</span></p> - -<p>—Pues arréglate como quieras...</p> - -<p>—Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia -—exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética—. Contigo no -valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes cuanto -se te acerca.</p> - - -<h3>VII</h3> - -<p>Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano -hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con -tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera -señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice -señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería -entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María -pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla -me dijo:</p> - -<p>—Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para -los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.</p> - -<p>Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer -gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era -esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo. -Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la -criada que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de -que Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta -en la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado,<span -class="pagenum" id="Page_II-201">p. II-201</span> diciendo:</p> - -<p>—Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche, -voy y me tiro por el viaducto.</p> - -<p>Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy -temprano mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las -once fuí á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de -darme los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan -bromísticos», pensé.</p> - -<p>Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.</p> - -<p>—Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.</p> - -<p>Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.</p> - -<p>—¿Qué es eso?</p> - -<p>—La mortaja —respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.</p> - -<p>—¡Vaya unas bromitas de mal gusto!</p> - -<p>Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que -le traía.</p> - -<p>—Ya puede usted pasar, caballero —me dijo la de Miquis saliendo de -la alcoba.</p> - -<p>Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad, -y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba -de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver -la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa -muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos -inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda, -como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En -vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima de -raso azul bor<span class="pagenum" id="Page_II-202">p. II-202</span>dado -de oro, que se había salvado no sé cómo del desastre de la viuda de -Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la cabeza en aquel tul de -seda que yo había visto poco antes, dispuesto con graciosos y elegantes -pliegues. Al través de la diáfana tela, se veía y no se veía el rostro -de la enferma. Los ojos lucían; pero las deformidades de la garganta -quedaban disfuminadas y como perdidas en los cambiantes y tornasoles de -la tela. Así de pronto, se veía la cara como si estuviera cristalizada -en el fondo de uno de esos feldespatos que tienen reflejos de ópalo -y ráfagas de nácar. Alrededor de la cabeza, Camila y Micaela habían -puesto flores, muchas flores, sacadas del ramo mío y de otro que mandó -Manolo Trujillo, esparcidas con arte y gracia, afectando lo que los -retóricos llamaban <i>un bello desorden</i>. Bajo la colcha, se modelaba -como un bosquejo de escultura el cuerpo de Eloísa, recto, y sobre -el raso azul aparecían los brazos con mangas de finísima y olorosa -batista, y luego las manos blancas y sedosas con ricos anillos en los -dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros más lindos de la casa -ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta entonces, de la coquetería -mortuoria.</p> - -<p>—¡Famoso cuadro! —exclamé pasada la primera sorpresa—. Está bien -ideado y bien compuesto.</p> - -<p>Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del -tul.</p> - -<p>—Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro.</p> - -<p>—Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro.</p> - -<p>Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella<span class="pagenum" -id="Page_II-203">p. II-203</span> extraña apariencia de su madre bajo el -velo, que rompió á llorar espantado. Logramos tranquilizarle, sacándole -de la alcoba y dándole dulces.</p> - -<p>La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho -Moreno, el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba -ella ver luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel -artificio del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad.</p> - -<p>—Tenía ya unas ganas —me dijo— de ver claridad, de oler flores, de -estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia, -que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores -por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No -es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de -parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á -una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy -vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de -que viniese también María Juana.</p> - -<p>—En nombrando al ruin... —dijo ésta apareciendo en la puerta.</p> - -<p>Sorpresa y risas. La <i>ordinaria de Medina</i> no celebró la ocurrencia -menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle -excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci, -Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de -un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen -apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por -su buen diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron -bromas, y adelante. Después de las doce, cuando<span class="pagenum" -id="Page_II-204">p. II-204</span> Raimundo se hubo marchado con el pesar de -no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos hermanas y yo -acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa aquélla del velo. -Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á lo moro sobre la -cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies de Eloísa. Atenta al -mete y saca del gancho, con el hocico un tanto alargado, ceñudilla y -triste, parecía abstraída de la conversación general.</p> - -<p>—Camila, ¿cuándo te divorcias? —le preguntó Eloísa.</p> - -<p>—Déjame á mí... No tengo gana de bromas.</p> - -<p>Y volviéndose á mí Eloísa:</p> - -<p>—¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome, -y, sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo -el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á -mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su -marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué -cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía la -cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no me lo -niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo ó el <i -xml:lang="fr" lang="fr">bouquet</i> podrido... Lárgate, quítate de delante -de mí, no me pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me -emancipo, me adulterizo...»</p> - -<p>Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar -los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las -contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir -que broten lágrimas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-205">p. II-205</span></p> - -<p>—Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía -—prosiguió la otra—. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si -no huelo...»</p> - -<p>Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de -Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido.</p> - -<p>—Vaya, cállate ya —dijo á su hermana—. No me hables más de ese -pillo.</p> - -<p>—¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres!</p> - -<p>—Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal -pensamiento?</p> - -<p>—¿Pero tú estás segura de que olía? —apuntó María Juana.</p> - -<p>Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente -culpable; pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; -nos dijo que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y -que ella se oponía si el destino era fuera de Madrid.</p> - -<p>—Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya -con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy -una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo -cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo; -yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á -su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y -contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que -no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir -cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un -niño y dejar de co<span class="pagenum" id="Page_II-206">p. II-206</span>mer -para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya con mil demonios!</p> - -<p>—Pues, hija —dije yo prontamente—, si le conviene Burgos, dalo por -hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío.</p> - -<p>—Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio -—replicó la de Miquis.</p> - -<p>—No tan fuerte, mujer.</p> - -<p>—Piénsalo...</p> - -<p>—Siempre eres así. ¡Qué prontitudes!</p> - -<p>Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy -satisfecho del giro que aquello tomaba.</p> - -<p>Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando -volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya -sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la -habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido -esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona -y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía -del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me -contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo:</p> - -<p>—¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de -domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche?</p> - -<p>Este <i>vendrás</i> me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido -de las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro, -quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya -lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la -cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve<span -class="pagenum" id="Page_II-207">p. II-207</span> eran cuando entré en la -casa. «Si hay gente me luzco», pensaba. Afortunadamente, no había -nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco antes que yo. Iba allí á -dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal, porque Eloísa estaba -muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome entrar y rogóme que me -sentara á su lado.</p> - -<p>—Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, -y en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que -estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay! -lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma -cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es -cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación; -cuéntame algo...</p> - -<p>¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más -remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente -que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me -aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios, -de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero -se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera -como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme -al <i>secreter</i> que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas -tenía ella el dinero para su gasto diario.</p> - -<p>—Estará la patria oprimida —indiqué abriendo el cajoncillo y viendo -muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles—. Chica, qué arrancada -estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de<span class="pagenum" -id="Page_II-208">p. II-208</span> Bracamonte... ¿Y billetes? Ni medio. Son -las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!</p> - -<p>Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de -veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de -ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:</p> - -<p>—Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar -á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el -interesantito.</p> - -<p>Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. -Yo no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en -el gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría -dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y -marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba -hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el -alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle -á mi interlocutora.</p> - -<p>—Me parece —dije al fin— que tanto hablar ha de hacerte daño á la -garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que -nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.</p> - -<p>Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.</p> - -<p>—¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por -punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome -enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te -soy antipática?</p> - -<p>Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento -la odiaba. Parecíame un<span class="pagenum" id="Page_II-209">p. -II-209</span> sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante mujer, y -que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de delicadeza -llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de hacerlo muy -mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo resistir -más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué pretexto. Pilar -dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de Camila en la pieza -inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y... el vocerrón de -Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí, su odiosa voz que -decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el pájaro salta de la -rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de las rodillas de -su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo, pues no habiendo -malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á sentar sobre él -y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta apretura se -abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera arrancar, -y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la mordía, -gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se volvió -hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»</p> - -<p>—Ya podríais —repliqué, disimulando mi mal humor— dejar esas cosas -para cuando estuviérais solos en vuestra casa...</p> - -<p>—¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa -natural...</p> - -<p>—¡Digo... y tan natural...!</p> - -<p>—Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira -tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-210">p. II-210</span></p> - -<p>—Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?</p> - -<p>—Porque me asustaste.</p> - -<p>—Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro?</p> - -<p>—Los dos.</p> - -<p>—¿Y cuál era el ofendido?</p> - -<p>—Los dos.</p> - -<p>—¿Y quién tenía razón?</p> - -<p>—Él y yo.</p> - -<p>—¿Y era verdad ó era mentira lo de...?</p> - -<p>—Mentira, mentira.</p> - -<p>—Pues sí... idos á vuestra casa.</p> - -<p>—Ahora mismo —dijo Camila, inquieta, levantándose—. Aquí no hago -falta ya. ¡A nuestra casita!... ¿Nos prestas tu coche, esperpento?</p> - -<p>—Sí: abajo está; podéis tomarlo.</p> - -<p>Constantino me daba abrazos sofocantes, demostrándome su leal cariño -y su corazón de angelote. No recuerdo bien lo que hice después: tan -aturdido estaba y tan requemada tenía la sangre. Creo que volví al lado -de la pobre enferma, y que estuve charlando con ella como una máquina, -diciendo mil vaciedades, hasta altas horas de la noche en que se quedó -dormida.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_23"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-211">p. II-211</span></p> - <h2 class="nobreak">XXIII</h2> - <p class="subh2">De la más ruidosa y desagradable trapisonda que - en mi vida ví.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>¡Qué mal concluyó para mí aquel condenado mes de Marzo! Todos los -días que siguieron al de mi santo fueron aciagos. Ya era un disgusto -con Villalonga; ya que se me perdía un billete de Banco en el Bolsín; -ya que me machacaba un dedo en una puerta, ó se me volcaba la botella -de tinta sobre la mesa. Añadid á esto que se me despidió la cocinera; -que se me desalquilaron dos pisos; que el inquilino del tercero de -la derecha por poco me pega fuego á la casa; que la hija del portero -cayó mala con viruelas; que <i>Partiendo del Principio</i> me dijo que yo -no sabía de la misa la media; que cogí un fuerte constipado; que el -espadista Raimundo halló medio de sacarme dinero; que la liquidación -de fin de Marzo no fué muy buena para mí, y comprenderéis que yo tenía -razón para quejarme de la Providencia y poner el grito en el Cielo. -Pero aún falta lo mejor, es decir, lo peor, y vais á saberlo: ni mi -liquidación ni aquellas otras contrariedades me afectaron tanto como -el golpe que recibí<span class="pagenum" id="Page_II-212">p. II-212</span> -el 1.º de Abril. La casa <i>Hijos de Nefas</i>, de que yo era socio -comanditario, había suspendido sus pagos. Los negocios de Jerez iban -de mal en peor; la crisis se agravaba, y tener dinero allí principiaba -á ser peligroso. De la quiebra de los Nefas esperaba yo salvar algo; -mas me inquietaba el no haber cobrado aún el trimestre vencido de mis -arrendamientos. En fin, que aquello se ponía feo.</p> - -<p>Viendo caer sobre mí tantos males, uno tras otro, sin darme respiro, -me decía: «por fuerza tiene que caerme ahora algún bien muy grande.» -Y recordando la preciosa sentencia <i xml:lang="la" lang="la">sperate -miseri, cavete felices</i>, añadía: «¡Si será que ahora me va á querer -Camila...!» Porque con tal resarcimiento, ya daba yo por buenas todas -las calamidades de fin de Marzo. Habíame vuelto muy supersticioso; -creía en las compensaciones, en el ten con ten de los sucesos para -formar este equilibrio que llamamos vida, y ved aquí cómo se me metió -en la cabeza que Camila me iba á pagar al fin el grande amor, ó mejor -dicho, la demencia que yo sentía por ella.</p> - -<p>Durante los días de Semana Santa, me entretuve, no sabiendo qué -hacer, en continuar las Memorias principiadas en San Sebastián. Como -desde el verano no había puesto la mano en ellas, costóme algún trabajo -coger la hebra del relato y avivar los fuegos interiores, que llamo -inspiración por no saber qué nombre darles, y sin los cuales fuegos no -es posible llevar adelante ningún trabajo literario, aunque en él, como -sucede aquí, no tenga parte la invención. Tan buena traza me dí, que en -cuatro ó cinco noches y otras<span class="pagenum" id="Page_II-213">p. -II-213</span> tantas mañanas despaché todo lo de la temporada en la -capital de Guipúzcoa, mis trabajos bursátiles en Madrid, la pintura de -las cosas y personas que observé en casa de María Juana, las filosofías -de ésta, y, por último, la enfermedad de Eloísa. Aquí dí punto, -esperando los nuevos sucesos para calcarlos en el papel en cuanto ellos -salieran de las nieblas del tiempo.</p> - -<p>Poco ó nada adelanté con Camila en aquellos santos días, porque á -ella le dió por ir mucho á las iglesias y asistir al <i xml:lang="la" -lang="la">Miserere</i> de la Capilla Real, visitar todos los sagrarios y -andar las estaciones. Ella y su marido se pusieron de tiros largos, y -no quedó monumento que no vieran. El viernes, de vuelta de aquellas -correrías, estuvieron en casa, y la exploré por ver si se le había -desarrollado la manía religiosa, para, en caso afirmativo, volverme -yo beato también. Pero no: sus ideas no habían variado, y aun me -pareció hallarla más librepensadora que antes. Tomaban ambos aquello -como distracción gratuita, ó como un medio de lucir los trapitos de -cristianar.</p> - -<p>—¿Estás escribiendo tus Memorias? —me dijo viendo las cuartillas -sobre la mesa—. Estarán buenas. Habrá ahí mucha papa... Y dí, ¿me sacas -á mí? ¿sacas á Constantino? Entonces ¡qué gusto! nos haremos célebres. -Y á propósito, me vas á hacer el favor de prestarme algunos libros. -Nosotros no tenemos dinero para comprarlos. Mi marido, cuando nos -casamos, no llevó á casa más que el <i>Bertoldo</i>, el <i>Arte de torear</i> de -Francisco Montes, las <i>Mil y una barbaridades</i>, dos ó tres libros de su -carrera, <i>El Mago de los salones</i> y los <i>Oráculos de Napoleón</i>; en fin, -cuatro porque<span class="pagenum" id="Page_II-214">p. II-214</span>rías. El -otro día se los vendí todos á un prendero por cinco reales...</p> - -<p>Díjele que mi biblioteca, escasa y desordenada, pero superior á -la de todos los españoles ricos, estaba á su disposición. Contestóme -que no quería los libros para leerlos ella, pues no tenía tiempo de -ocuparse en boberías, sino para que Constantino se entretuviera en -sus ratos de ocio, que eran los más del año. Así se iría poco á poco -desasnando y aprendiendo cosas, y no diría tantos disparates en la -conversación. Miquis, recorriendo con vivo interés los rótulos de mi -estante, demostraba sentir en su alma un gran apetito literario. ¡Qué -bien le venía darse un verde! Su ignorancia era rasa.</p> - -<p>—Mi hombre —dijo Camila mirando la librería— está más limpio que -yo. Figúrate que soy una sabia á su lado. Ayer me disputaba que la -Australia es una isla del Asia. ¿No es verdad que está en la Oceanía, y -que no es isla, sino continente, donde hay mucho salvaje? Y decía que -Federico el Grande era Emperador y que lo llamaban Barbarroja, y que se -debe decir <i>carnecería</i> y no <i>carnicería</i>... En fin, préstanos libros, -y yo te respondo de que se le pegará algo, pues aunque tenga que -abrirle algún agujero en la cabeza, él ha de aprender ó no soy quien -soy. No quiero más burros en mi casa. A ver, querido Cacaseno, echa -un vistazo á estos letreros y escoge lo que mejor suene en tus orejas -para que te civilices... ¿Qué es esto? <i>Muller... Historia Universal.</i> -¡Hala! te conviene. A ver si te lo tragas todo. <i>Chaskepire</i>... -¡inglés! Nos estorba lo negro, chico; y aunque estuviera en castellano, -éstas son muchas mieles para tu boca...<span class="pagenum" -id="Page_II-215">p. II-215</span> Sigue mirando. No, no me cojas un verso -porque te divido. Prosa, hijito; prosas claras que enseñen lo que se -debe saber. Historia, y alguna novela para que me la leas á mí de -noche. ¿Qué es esto? <i xml:lang="en" lang="en">Life of</i>... Esto es -cosa de la <i>jilife</i>. Déjalo ahí. No va con nosotros. <i>Don Quijote</i>... -¡Hala! tu paisano: llévalo. ¿Y esto? <i>Padre Rivadeneyra</i>... Esto de -padre me huele á religión... No te metas con eso. <i>La Revolución -francesa</i>... Cógelo, cógelo...</p> - -<p>Constantino apartó muchas obras. Después cayó su esposa en la cuenta -de que en vez de llevarse un quintal de papel, era mejor que fuesen -tomando los libros conforme los necesitasen.</p> - -<p>—¡Hala! carga con el <i>Muller</i>, y vete subiendo, ¡arre! —dijo á su -marido, que obedeció.</p> - -<p>Quedóse ella detrás, y cuando el otro estaba ya en la escalera, -volvióse hacia mí y me dijo con secreteo:</p> - -<p>—No quería hablarte de esto delante de mi cara mitad; pero en dos -palabras, ahora que él no nos oye...</p> - -<p>—¿Qué? —preguntéle con afán.</p> - -<p>—Que me vas á dar toda la ropa que deseches. Yo veo que tú te -haces muchos trajes muy buenos y que sólo te los pones un mes. Es un -despilfarro. Yo aprovecharé para mi pobre Bertoldo lo que me quieras -dar. Es una lástima que lo des todo á tus criados.</p> - -<p>—Pero, mujer, es humillarle...</p> - -<p>—Déjate de monsergas... Me das unos pantaloncitos, ó dos, ó tres, -y yo se los arreglo á él... Lo mismo te digo de algún chaqué ó -americana.</p> - -<p>—Me parece que...</p> - -<p>—Él no chista si yo se lo dispongo así. ¡Que<span class="pagenum" -id="Page_II-216">p. II-216</span> es humillante...! Ríete de tonterías. Lo -que yo quiero es no gastar dinero.</p> - -<p>Pensé decirle que se encargara, por cuenta mía, toda la ropa nueva -que quisiese; pero esto no habría pasado seguramente. Despedíla en la -puerta, y subiendo á escape la escalera, me saludó desde el segundo -tramo con un gesto y una cabezada. No cerré mi puerta hasta que no -sentí el golpe de la suya, cerrándose tras ella.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>En Abril se me recrudeció de un modo espantoso aquel desatinado -cariño que le puse á mi borriquita, y me dejé dominar y vencer de mi -desvarío hasta llegar á un punto cercano á la imbecilidad. Ya no había -fuerzas de la razón ni de la voluntad que me contuvieran. El no poseer -lo que con tanto ardor deseaba poníame como tonto y en situación de -hacer verdaderas sandeces. Mi amor propio, herido también, se daba á -los demonios. Mi saber de negocios se obscureció, y el gusto de ganar -dinero quedó reducido á muy secundario lugar. Desde que abría los ojos -hasta que los cerraba, aquella maldita hembra salvaje, feliz, burlona y -siempre incomprensible para mi ceguera intelectual, no se me apartaba -del pensamiento. Iba conmigo al Bolsín y á la Bolsa, y la veía en las -figuras estampadas en talla dulce sobre el sobado papel de los billetes -de Banco; y formaba parte de mí mismo, como un instinto, cual una idea -innata que no se puede desechar. ¡Ay, qué borriquita aquélla! ¿Qué le -había dado<span class="pagenum" id="Page_II-217">p. II-217</span> Dios para -enamorarme así, con delirio y afanes de muerte? ¿Sería simplemente la -falta de éxito lo que me arrebataba? ¿Se me quitaría aquel vértigo si -viera satisfechas mis insensatas ansias?</p> - -<p>Ultimamente no hacía yo extremos delante de ella, porque solía -enfadarse y ya tenía morros para muchos días. Díjome seriamente una -vez que si continuaba con mis tonterías de la <i>edad del pavo</i>, se -mudaría de casa, se marcharía de Madrid en caso necesario, pues no -le era posible aguantarme más. Tuve que recoger vela, mucha vela; no -menudear tanto mis visitas, y éstas acortarlas todo lo que me era -posible. Hallábame en su presencia algo cohibido, no sabiendo á veces -qué decirle, pues de no vaciar lo que dentro tenía, mi estupidez era -absoluta. ¿Hablar? ¿y de qué? Yo no sabía hablarle más que de una cosa, -y esto me estaba vedado. Por lo cual valíame de mil subterfugios para -decirle siempre lo mismo aparentando decirle otra cosa. ¡Maldita pasión -aquélla que no tenía ni el consuelo de ser sincera!</p> - -<p>A solas me despachaba yo á mi gusto, caldeando el horno de mi -pensamiento y haciendo vivir allí mi ilusión como si la incubara. Y -tenía particular gusto en suponer siempre á Camila refractaria á mis -sugestiones de amor ilícito. Mi fantasía me arreglaba las cosas de otra -manera más gallarda. Ved aquí cómo. La borriquita no quería por ningún -caso <i>adulterizarse</i>, como graciosamente había dicho á su hermana. -Pero Constantino se moría, y muerto el obstáculo, casábame yo con ella -y vivíamos en paz y en gracia de Dios. De este modo venía á mí con el -prestigio<span class="pagenum" id="Page_II-218">p. II-218</span> inmenso de -una gran virtud, y yo me relamía de gusto pensando en la dicha de hacer -pareja y familia con aquella encarnación de la alegría humana, con -aquella siempre pura, picante y sabrosísima sal de la vida. Por este -camino íbame siempre más contento y encandilado que por ningún otro de -los que la imaginación me mostraba. ¡Sí: Camila viuda, Camila mi mujer, -por la ley, por la Iglesia, con la mar de bendiciones sobre nuestras -cabezas! Este era mi ardiente anhelo. Si al fin Dios me concedía tanta -ventura, hallábame dispuesto á ser el hombre más religioso del mundo y -á darme todos los golpes de pecho que fueran compatibles con la solidez -de mi caja torácica.</p> - -<p>Las consecuencias de este delirio no tardaban en sacarse por sí -mismas, y se me aguaba la boca pensando en que de Camila y de mí había -de nacer aquella serie de héroes por orden alfabético, sin parar lo -menos hasta la N. Tendríamos á Belisario; después á César, Darío, -Epaminondas... hasta el mismísimo Napoleón. Pero ¡qué demonio! He aquí -que una contrariedad grave surgía inesperadamente. Y si eran hembras, -¿qué nombres de heroínas les pondríamos? En fin, todo se arreglaría. -Lo que importaba era que ella fuese mi mujer, y verla á mi lado para -siempre, amándome con aquella constancia incomparable con que amaba -á su burro. Y entonces yo me estaría á su lado todo el santo día, -reiríamos, jugaríamos, constantemente ocupados en los dulces quehaceres -domésticos, y encaminando y dirigiendo la heróica y alfabética -prole.</p> - -<p>Fijóseme entonces la idea de que todos los<span class="pagenum" -id="Page_II-219">p. II-219</span> males nerviosos, fueran ó no provenientes -de la diátesis de familia, se me quitarían cuando me casara con ella. -No más ruido de oídos, no más debilidad anémica. Mi mujer me infundiría -su potente salud y hasta su hermosísimo apetito. Lo llamo así, porque -una de las cosas, podéis creerlo, que más me encantaban en ella, era -sus envidiables ganas de comer. No sé si los idealistas dirán, como -ella, que esto es <i>papa</i>; pero tómenlo como quieran. El apetito de -Camila, rayano en la voracidad (si bien comía siempre con compostura y -buenos modos), era para mí uno de sus principales hechizos. Lo he dicho -antes y lo repito ahora para que nadie lo dude. Aquel buen diente me -entusiasmaba; era algo tan resplandeciente en el orden físico como su -conciencia en el orden moral; era el contrapeso de la misma conciencia, -fenómeno que, armonizado con la paz interior, establecía en aquel -privilegiado sér un hermoso y fecundo equilibrio.</p> - -<p>Pues todos estos sueños míos venían á tierra en cuanto caía en la -cuenta de que Miquis no se moría ni llevaba camino de eso. ¡Si estaba -hecho un acebuche y no padecía la más ligera dolencia!... ¡Qué chasco -me llevé un día! Subí, y la misma Camila me abrió la puerta.</p> - -<p>—No hagas ruido —me dijo—, que hoy no he dejado levantar á -Constantino, porque ha pasado mala noche. Debe de ser un pasmo. Estuvo -inquieto y con una punzadita en el costado que me alarmó.</p> - -<p>—¿Qué me cuentas, hija, qué me cuentas?</p> - -<p>—Pienso que le pasará. Le he dado mucha flor de malva, y he mandado -llamar á Augusto.</p> - -<p>Pensé que de aquel modo suelen empezar al<span class="pagenum" -id="Page_II-220">p. II-220</span>gunas pulmonías graves, de esas que -despachan en tres días al hombre más robusto. «Si será, si será al -fin...» ¡Ira de Dios! Al día siguiente estaba el manchego como si tal -cosa, comiendo como un animal y rebosando vida.</p> - -<p>No he vuelto á decir nada de aquel proyecto suyo de servir en un -escuadrón de reserva. Como mi prima me dijo que ella también se iría -á Burgos cosida á los faldones de su esposo, resolví no pedir el -destino; pero deseando colocarle, solicité una plaza en la Dirección de -Caballería, y entre el Ministro, que quería servirme, y Morla, que lo -tomó casi como suyo, la cosa se hizo á principios de Abril. Marido y -mujer me estaban muy agradecidos, y yo muy esperanzado con la seguridad -de que mi hombre se pasaría en el Ministerio la mayor parte del día. -Temí que en vista de su inutilidad le pusieran en la calle; mas no -fué así. Él era naturalmente torpe; pero se aplicaba, ponía sus cinco -sentidos en el trabajo y concluía por vencer su rudeza. Cuando estaba -en casa, su mujer le ponía los libros en la mano; le mandaba leer y -estudiar, tratándole como una madre vigilante y cariñosa trataría á un -niño que está en vísperas de exámenes.</p> - -<p>—Cacaseno, lee: mira que no has de ser un podenco toda la vida. Es -preciso saber algo, aunque no mucho, porque si fueras sabio, hijo, me -apestarías.</p> - -<p>—Pues te respondo de que no lo seré —solía él contestarle—. Estate -tranquila.</p> - -<p>Por el general Morla, que á petición mía tomó informes en la -Dirección, supe ¡oh sorpresa! que estaban contentos con él. Dejóme -esto turulato. El chico era trabajador, aplicadillo, y no tan<span -class="pagenum" id="Page_II-221">p. II-221</span> torpe como yo creía. Su -propia conversación revelábame á veces no sé qué progresos de cultura. -Ya no decía tantísimo disparate; ya había aprendido á callarse cuando -ignoraba una cosa, lo que no es mal principio de sabiduría, y aun -de vez en cuando se atrevía á manifestar, poniéndose muy colorado, -opiniones que encerraban, no diré que talento, pero sí buen sentido y -una apreciación clara de las cosas.</p> - -<p>—Hija, tu borrico se va volviendo una lumbrera —decía yo á -Camila.</p> - -<p>Y ella, reventando de vanidad, callaba.</p> - -<p>—Constantino es un chico que vale. Durante algún tiempo su mérito -ha estado obscurecido por falta de pulimento. En manos de una mujer de -inteligencia, ese muchacho sería otra cosa.</p> - -<p>Esto lo decía (habréislo comprendido) la pomposa María Juana con -cierto aplomo pedantesco y doctrinal. Aquel día había ido á ver á su -hermana. La costumbre de esas visitas era reciente en ella, pues antes -se pasaban meses sin que asomara las narices por allí. No una vez sola, -sino dos ó tres, expuso el generoso móvil que la guiaba al personarse -en la humilde vivienda de su hermana menor, el cual no era otro que -enseñar á ésta algo de lo mucho que no sabía, infundiéndole ideas de -orden y gobierno.</p> - -<p>—¿Pues sabes —le dijo Camila con buena sombra— que si hubiera -estado esperando por tí para aprender á gobernar mi casa, ya estaría -fresca?</p> - -<p>No dándose por vencida, María Juana afirmó que aunque su hermanita -había aprendido bastantes cosas por sí, aún le faltaba mucho que saber. -No era esto simple jarabe de pico, pues la<span class="pagenum" -id="Page_II-222">p. II-222</span> sabia solía enviar en aquellos días, cuando -no los traía ella misma, regalos de poca importancia, pero muy de -agradecer. A veces era un cacharrito para adornar la consola, piezas -sueltas de ropa blanca y mantelería, cuchillos y tenedores, una cortina -que á ella no le servía, una lámpara que le sobraba.</p> - -<p>—Estoy asombrada —me dijo Camila— de ver cómo se corre mi señora -hermana.</p> - -<p>Y casi nunca dejaba la ilustre señora de Medina de hacer escala en -mi casa, al entrar en la de su hermana ó al salir de ella. Siempre -estaba de prisa, y todavía no se había sentado, cuando ya se quería -marchar ó al menos manifestaba intenciones de ello. ¡Y qué interés -demostraba por mí!</p> - -<p>—Tú estás malo; á tí te pasa algo muy grave. Si no tienes absoluta -franqueza conmigo, no podré acudir en tu socorro.</p> - -<p>Y mirándome con ojos dulces, no se hartaba de incitarme á la -confianza. Quería una confesión total de mis belenes y aventuras; -ansiaba saber hasta lo que nunca se dice, y érame forzoso obsequiarla -con algunas mentiras para que me dejase en paz. Un día su vivo afecto -resplandeció más desinteresado que nunca, llegando á decirme, no sin -emplear bonitas circunlocuciones y perífrasis, que yo estaba en el caso -de que se me aplicara el benéfico tratamiento que Madama Warens empleó -con el pobre Juan Jacobo para apartarle del vicio.</p> - -<p>—¿Y quién es capaz de comprobar —añadió— el inmenso sacrificio que -esto entrañaba para la bondadosa Madama Warens? Nadie. Ni el mismo -Rousseau juzga á aquella excelente señora con la benevolencia que se -me<span class="pagenum" id="Page_II-223">p. II-223</span>rece. ¡Qué difícil -es penetrar el móvil de las acciones humanas! Ni las que parecen buenas -ni las que parecen malas se pueden justipreciar por lo que resulta. -Si la conciencia tuviera una cara suya, exclusivamente suya, veríamos -cosas muy singulares. ¡Cuántos que pasan por grandes delincuentes ó por -monstruos de egoísmo serían vistos de otra manera!</p> - -<p>Otras veces su tono era muy distinto, tirando á lacrimoso y -pesimista.</p> - -<p>—No debo hacerme la ilusión de que pueda existir en el fondo de mi -alma algo que me disculpe; ni menos dar á este algo un saborete de -idealismo humanitario para que pase mejor. No pasa; es moneda falsa, -y la suenan y miran allá arriba, y me la tiran á la cara diciendo: -<i>¡señora, usted es una!</i>... Me desprecio yo misma; tengo ratos de -secreta tribulación, y hasta me parece que soy peor que Eloísa, que es -cuanto hay que decir.</p> - -<p>Contestábale yo con frases tan rebuscadas como las suyas, que de -antemano preparaba, disimulando con palabrotas y epifonemas de las de -repertorio el arrepentimiento que, al poco tiempo de haberme metido -en tal fregado, empezaba á sentir. Porque hay cargas que se hacen más -ligeras cada día, y otras que empiezan livianas y son al poco tiempo -insoportables. En cierto terreno, las filosofías, el discretismo y -la tendencia á sacar las cosas de quicio, son lluvia importuna que -ahoga la ilusión sin lavar el pecado. Y declaro ingenuamente que sobre -todas las cosas que inquietaban mi espíritu en aquellos días, vino á -molestarme y aburrirme la tenaz idea de hallar un modo hábil y delicado -de romper la<span class="pagenum" id="Page_II-224">p. II-224</span>zos que -me eran odiosos apenas establecidos. ¡Buena tenía yo la cabeza para -sacar virutas de amor filantrópico y de psicologías enrevesadas que ni -el Verbo las entendía! Ni qué otra cosa sino mareos podía producirme -aquello de amarme por salvarme, y el sacrificio del honor pequeño al -honor grande. A más de esto, aquéllos en mal hora nacidos tratos se -desvirtuaban á sí mismos por el sinnúmero de precauciones, llevadas á -un extremo ridículo, que inventaba mi prima como para expresar en forma -práctica y visible sus escrúpulos de conciencia. Exageraba los peligros -y aun parecía que los buscaba; creíase perseguida por fantasmas, y -hablaba de sus terrores con cierta afectación dramática. ¡Y vuelta á -insistir en lo de que su conciencia valía más que sus actos, en que -quizás llevaba en su espíritu gérmenes de redención!</p> - -<p>Para remate de todo este jaleo, hacía paralelos entre su marido y -yo. ¡Ah! Por más que la personalidad física me diera á primera vista -alguna ventaja, el otro valía más. ¡Qué diferencia entre el sér moral -de uno y otro! Aquél sí que era hombre. Ella no le merecía. ¿Qué le -había de merecer? Pero ya que no otra cosa, elevábase en cierto modo -hasta muy cerca de él por la admiración que le inspiraba. Por fin, -este sacro respeto sería la medicina que debía volver la perdida -salud á su conciencia. ¡Y que yo no entendiera una palabra de estas -cosas tan sabias! Declaraba, eso sí, con la mayor humildad, que me -reconocía muy inferior moralmente al señor de Medina, y el secreto y -maligno gozo de haberle jugado tan bonitamente la mala pasada no<span -class="pagenum" id="Page_II-225">p. II-225</span> excluía la sinceridad de -aquella declaración.</p> - -<p>—Me alegro que lo conozcas —decía ella—. Eso prueba que tu -entendimiento no se ha extraviado. Esto pasará pronto, tiene que pasar. -Ha sido uno de esos desvaríos que nacen de una buena intención, y son -como una línea recta que se tuerce por querer ser demasiado recta. (El -demonio me lleve si lo entendía yo.) Desaparecerá seguramente este -repliegue de nuestra vida sin dejar señal, y entonces haz por querer -y reverenciar á Medina; ponle cariño, penétrate de su mérito colosal, -tómale por modelo si puedes, constitúyete en su imitador hasta donde -alcancen tus débiles fuerzas. Yo te alentaré, no te dejaré de la mano. -¡Feliz tú si consigues asimilarte aquellas virtudes...!</p> - -<p>Y por aquí seguía. No me fiara yo de ciertas ventajas personales, -que en rigor para nada valen. ¿Qué significan las prendas físicas? -Absolutamente nada, pues son cosa que se deslustra y pierde con el -tiempo. Lo que importa es la belleza del alma, ¡oh, el alma!... ¡Pues -no faltaba más sino que un buen palmito...! En fin, señores, que -aquella sabia me tenía frita la sangre. Aquello no era vivir ni Cristo -que lo fundó.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Todos los días veía á Medina en la Bolsa, paseándose de largo á -largo, ó arrimado al grupo de Ortueta, Barragán y otros. Hallábale -ya más complaciente conmigo, dándome lugar á suponer desvanecidas -ciertas prevenciones que contra<span class="pagenum" id="Page_II-226">p. -II-226</span> mí nacieron en su alma. Como yo iba poco por su casa, -siempre teníamos algo que hablar. «Me ha dicho mi mujer que poco á poco -va metiendo en cintura á la pobre Camila y enseñándola á ser mujer de -gobierno. Trabajillo le costará; pero como se le ponga en la cabeza... -Ya, ya sé que ha colocado usted á Constantino en Guerra. Yo siempre lo -he dicho: no es tan zoquete como han dado todos en creer... Pero vamos -á lo que importa. ¿Toma usted á noventa y cinco, fin de mes?»</p> - -<p>Mis negociaciones de aquellos días, y no fueron pocas, hícelas -con cierto aturdimiento, jugando por rutina ó por querencia del -oficio, muchas veces sin darme cuenta clara de la operación. Y es que -mi chifladura por una parte, y por otra mi gran debilidad física, -pusiéronme en un estado tal que sólo me faltaba hacer eses, andando -por la calle, para parecerme á los borrachos. Por lo demás, el -mismo entumecimiento cerebral, la misma obscuridad en las ideas, y -sobre todo esto, una apatía y una desgana que me abrumaban. Cansado -del bullicio del local y de su pesada atmósfera, íbame al rincón -á hacer compañía al pobre Trujillo ó á que me la hiciera él á mí. -Hablábamos algo de negocios, aunque sin saber cómo salía á relucir la -conversación de mujeres. Él no ponía en sus labios el nombre de Eloísa -sin acompañarlo de grandes encomios y de acaloradas expresiones de -desconsuelo. Indudablemente no era una santa; pero ¡qué ideal mujer! -Gozaba mucho visitándola, y departiendo un rato con ella, oyéndola -no más, <i>viéndole</i> el metal de voz, como decía el infeliz.<span -class="pagenum" id="Page_II-227">p. II-227</span> La contemplaba en su -interior tal como había sido en mis tiempos, y no podía hacerse cargo -de la desfiguración de su rostro. Para consolarle, díjele que Eloísa -había recobrado por completo su hermosura, y era la misma de siempre. -Arrojaba él entonces un suspiro muy grande á la atmósfera turbia y -humosa del local, y parpadeaba mucho, como si quisieran sus ojos romper -la niebla que los envolvía.</p> - -<p>A la otra tarde hablamos de lo mismo; pero me dijo una cosa que me -puso en ascuas y me llenó de confusión.</p> - -<p>—Ya sé —murmuró Trujillo, aplicando sus labios á mi oído— que se ha -enredado usted con Camila. Debe de ser cosa antigua; pero hasta hace -pocos días no ha salido en la Gaceta. Ya sabe usted que la Gaceta es la -boca de la de San Salomó.</p> - -<p>Faltóme tiempo para negar aquello, que era una falsedad calumniosa. -¡Demasiado lo sabía yo! Mi corazón podría echarse fuera y publicar á -chorros de sangre la inocencia de la pobre Camila. Por más que hice, -no pude convencer á Trujillo. Creo que si llega á tener vista, me -conoce en la cara que decía la verdad: con tanta fe, con tanto calor me -expresaba yo.</p> - -<p>—Puesto que usted no lo quiere confesar —me dijo—, volvamos la -hoja.</p> - -<p>Mas yo no la quise volver, y otra vez hice el panegírico de la -pobre calumniada, de aquella virtud que yo quería que no lo fuese en -el momento mismo de tomar tan á pechos su defensa. ¡Sabe Dios que me -hubiera sido muy grato mentir en tal ocasión! Tuve un rasgo de maldad, -de esos que nacen del amor propio ó de la miseria<span class="pagenum" -id="Page_II-228">p. II-228</span> que llevamos dentro, como por fuera nuestra -sombra, y eché á perder aquel ardiente elogio de la calumniada, -diciendo esta gran tontería:</p> - -<p>—Créame usted, Manolo: mi prima Camila es una virtud intachable. -Puede que no lo sea mañana; pero hoy por hoy lo es.</p> - -<p>Y él, incrédulo siempre. ¿Es que aquella opinión era de las cosas -que se caen de su peso? ¡Triste cargo de conciencia, sin comerlo ni -beberlo, como se suele decir! Tal golpe me faltaba para llevarme al -último grado de la confusión y del trastorno físico y moral. Con -verdadero terror hallé en mi estado no sé qué semejanza con el de -Raimundo en sus días de crisis. El furor imaginativo era síntoma de -mi desorden como del suyo, porque últimamente dí en la flor de forjar -historias como las de él, y aún más extravagantes y pueriles todavía. -Cáusame cierta vergüenza el tener que confesarme del pecado infantil -de suponer lances que jamás pasan en la vida, y que ni aun en la -literatura se ven ya, como no sea en romances de ciego, en aleluyas ó -en algún inocente libraco de los que leen las porteras en sus ratos -de ocio. Figurábame ser príncipe disfrazado que salvaba á una joven -desconocida. La joven me tomaba por pastor, y yo me volvía loco de -amores por ella. Otras veces era ella mi salvadora asistiéndome en -una grave enfermedad, y adiós disfraces y tapujos... Cuando la chica -descubría que yo era príncipe, se le caían las alas del corazón -pensando que no me había de casar con ella. Mucho lloro, pataleo y -sofoquinas. Yo le guardaba la gran sorpresa para el final; y cuando -se enteraba la pobre de que<span class="pagenum" id="Page_II-229">p. -II-229</span> habría casorio, me quería comer á besos. Excuso decir que -la tal soñada mujer mía era Camila. Y tras esta historia, la misma -empezada por segunda y tercera vez, ó bien otra nueva tan tonta, -ridícula y disparatada como la anterior.</p> - -<p>No puedo comparar mi espíritu sino á una cuerda muy estirada y -vibrante que al menor choque ó rozamiento respondía con ecos intensos, -ó bien con un son repentino que hacía saltar mi sér todo cual si -estuviera montado sobre muelles. Para producir estas vibraciones en mí, -no eran necesarias causas mayores. Cualquier incidente sin importancia, -la vista de un objeto que no tenía maldita relación con mi estado, un -libro, una estampa, un árbol, el semblante de cualquier transeunte, -el oir una frase dicha al lado mío, heríanme y pulsábanme haciéndome -sonar. Era una sacudida que me producía brevísimo rapto de júbilo, -y en seguida sensación de tristeza, harto más larga y de variable -intensidad, según los casos.</p> - -<p>No me hice cargo de mi semejanza con Raimundo hasta un día que me -tropecé con él en la calle de Alcalá, y me dijo, paseando juntos:</p> - -<p>—Anoche me acosté pensando que me había casado... mujer ideal, cosa -rica... Imaginar un día de bodas con todos sus incidentes, es cosa -que le doy yo á cualquiera... Pues nada, que me lo creí. No pienses: -todo era un delirar casto y platónico, la cosa más ideal que puedes -figurarte. El relieve que las cosas tomaban en mi mente era tal, que -llegué á coger miedo y encendí la luz. Porque en la obscuridad veía -yo á mi novia como te estoy viendo ahora á tí. Era una cria<span -class="pagenum" id="Page_II-230">p. II-230</span>tura tan sumamente -superfirolítica y angelical, que la idea sólo de poner las manos en -ella me parecía una profanación.</p> - -<p>¡Y yo que imaginaba algo semejante!</p> - -<p>—Dí —le pregunté—, ¿cómo estás del reblandecimiento?</p> - -<p>—Muy mal, chico, muy mal. Me parece que ya no escapo. ¿Por qué lo -decías? ¿Acaso tú?...</p> - -<p>—Pudiera ser.</p> - -<p>—Prueba á ejercitarte en el <i>triple trapecio</i>... Es la mejor manera -de conocer...</p> - -<p>—¿Cómo es ese triquitraque que tú dices?...</p> - -<p>Me lo espetó dos ó tres veces, tropezando mucho; y fuí tan necio -que puse atención en aquella carraca, y cuando me quedé solo en casa -la repetí para observar si los músculos de la lengua me anunciaban -desquiciamientos de mi sistema nervioso. Aquel día me inspiró tanta -lástima Raimundo, pintóme con tintas tan fúnebres la situación -angustiosa de su erario, sin pedirme nada explícitamente, que le dí -una limosna. En mi furor imaginativo, llegué á figurarme que besaba el -billete como los chiquillos mendigos besan el ochavo que se les arroja. -Fuése contento y muy mejorado.</p> - -<p>A casa de Camila subía yo muy poco. Habíame propuesto no asediarla -más, y aguardar circunstancias que me fueran favorables. Alentaba -yo la secreta convicción de que el día menos pensado todo había de -variar; de que ocurriría una de esas repentinas vueltas del destino -que nos sorprenden y nos dan hecho lo que poco antes nos pareciera -imposible. Este presentimiento no se me quitaba de la cabeza. «Esperar, -esperar —me decía—. En tanto, la Providencia<span class="pagenum" -id="Page_II-231">p. II-231</span> ó Satán trabajarán secretamente en favor -mío.»</p> - -<p>Una mañana recibí en caja facturada en gran velocidad un regalo de -mis amigas las Pastoras. Era una obra de arte, acuarela como de tres -cuartas de ancho por dos de alto, pintada por <i>Mary</i> y dedicada á mí. -Representaba un remanso, un molinito, sauces, chimenea humeante, y creo -que había también unos niños y algún corderillo ó dos. La cosa, ignoro -por qué resultaba de una moralidad edificante. Yo no sé cómo era; pero -de allí se desprendía que debemos ser buenos. «Corro á enseñarle estas -papas», dije; y cargando yo mismo la lámina, subí.</p> - -<p>La propia Camila me abrió la puerta. Estaba sola. Había despedido -á la criada, y se veía en el caso de tener que hacer ella misma la -comida. Otro quizás no la hubiera encontrado bella en aquella facha; -pero á mí me pareció encantadora, ideal. Tenía puesta una falda vieja y -el delantal blanco y azul; pañuelo liado á la cabeza á estilo vizcaíno; -las mangas arremangadas; el cuerpo con chambra no muy justa; sin corsé, -porque el calor y la agitación del trabajo no se lo permitían; el seno -bien tapadito, pero acusándose en toda la redondez gallarda de su -sólida arquitectura. Tal figura se completaba con el calzado, que era -un par de botas viejas de Constantino.</p> - -<p>—Mira qué patas tan elegantes tengo —me dijo adelantando un pie—. -Como hoy estoy de faena, me pongo estas lanchas para no estropear mis -botas ni ensuciar mis zapatillas.</p> - -<p>En el pasillo vimos el cuadro, pero á escape, porque ella no podía -ausentarse de la cocina.</p> - -<p>—Una de dos —me dijo—, ó te <i>recopilas</i> ó vienes<span -class="pagenum" id="Page_II-232">p. II-232</span> para acá. No puedo -recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas -patatitas, no creas que me he de oponer.</p> - -<p>Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el -fondo hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que -estaba á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes -vasares no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y -Sevres, sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel -picado con figuras de toreros.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la -loza, diciendo:</p> - -<p>—Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!</p> - -<p>Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en -el agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra -al compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su -cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con -palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como -si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear, -como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella, -llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero, -todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente -que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué -lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme<span class="pagenum" -id="Page_II-233">p. II-233</span> sensación deliciosa. Todo pasó en menos -tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras fueron éstas:</p> - -<p>—Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?</p> - -<p>Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me -obligó á retirarme.</p> - -<p>—¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea! -déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.</p> - -<p>Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una -puntera, se puso en jarras y me dijo:</p> - -<p>—Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome -así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los -sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de -bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide... -y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á -tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te -habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú -estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un -libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya -usted noramala... ¡Que te estés quieto!</p> - -<p>Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á -expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.</p> - -<p>—Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que -estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño -por tí... —exclamé defendiéndome como podía de las tenazas—. Ya que -no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también -que me<span class="pagenum" id="Page_II-234">p. II-234</span> entusiasmas, -porque eres la mujer sublime, la mujer grande, Camililla. Mereces ser -puesta en los altares; mereces que se te eche incienso, que los hombres -se den golpes de pecho delante de tí, borrica del Cielo, con toda el -alma y toda la sal de Dios.</p> - -<p>Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas -desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con -ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la -abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que -nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que -encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que -hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que -llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.</p> - -<p>Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre -la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando -guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta. -Después me miró.</p> - -<p>—¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi -idolatrado Cacaseno.</p> - -<p>Y variando súbitamente de tono:</p> - -<p>—Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le -doy sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy -á contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla -que le regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... -en fin, que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro -reloj, y Constantino se desvivía por tener un <i xml:lang="fr" -lang="fr">remontoir</i> bonito,<span class="pagenum" id="Page_II-235">p. -II-235</span> ligero... Yo le decía que más adelante; pero él no tenía -paciencia, ¡pobrecito! Todos los días me traía un cuento. «Camila, -hoy los he visto á doce duros, muy lindos, en los <i>Diamantes -Americanos</i>...» «¿Pero, hijo, y dónde están los doce duros?» Pues -nos poníamos á juntar, peseta por aquí, dos perros por allá. Yo le -quitaba á él, y él me quitaba á mí, y poco á poco se iba reuniendo -el dinero. Yo soy siempre la cajera. «Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» -«¡No me marees, ya se completará!...» Por fin le digo un día: «Ya -pasa de diez duros; la semana que entra te compro el <i xml:lang="fr" -lang="fr">remontoir</i>.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego con -él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana: -«Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy -indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más -remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no -había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete -por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.» Él -refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa el -enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no se -acuerda del dichoso <i xml:lang="fr" lang="fr">remontoir</i> sino cuando -saca la cebolla para ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo -entre tanto, ¿qué crees que he hecho? He salido por la tarde, y más -pronto que la vista, me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me -lo traigo á casa, y mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con -el viejo, diciéndole: «Hijo, no tienes más remedio que apencar con -tu patata.» Cenamos, nos acostamos. Yo no sé<span class="pagenum" -id="Page_II-236">p. II-236</span> cómo aguantar la risa, porque he cogido el -reloj, y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. -Apenas recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien -la cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y -le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo -callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué -anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me -pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido -la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo -ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas... -¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y... -«Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su -sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á -apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.</p> - -<p>Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no -podía reir con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía -dispuesta una nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:</p> - -<p>—Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando -tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le -da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro. -No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos -príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene -dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua -plateada. Me costó seiscientos veinte reales,<span class="pagenum" -id="Page_II-237">p. II-237</span> y lo tengo escondido para que no lo vea. -¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he inventado. Pongo en -el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres ó cuatro sillas -unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio, la cual cuerda pasa -por un agujerito de la puerta, y va á parar á la cabecera de nuestra -cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la luz. De repente tiro -de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito. Yo me pongo á gritar: -¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un demonio, enciende luz... -¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger el revólver, y yo digo: -«Ahí, ahí, en el gabinete están.»</p> - -<p>—Pero no veo la sorpresa.</p> - -<p>—Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del -picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio -que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él -comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después -gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas: -él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar -cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido; -pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga -la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto -no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada, -y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te -callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.» -Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sor<span -class="pagenum" id="Page_II-238">p. II-238</span>presa...» Yo, de una -manotada, ¡pim!... se lo arrebato...</p> - -<p>No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela -á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el -contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido -de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo -innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en -poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me -pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me -dió momentáneo poder.</p> - -<p>—¡Quiéreme ó te mato —le dije con desazón epiléptica, fuera de mí, -atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes -suyas me cayeran delante de la cara—; quiéreme ó te mato! Que todo -no sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú -nada...</p> - -<p>Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa -se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura, -templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo -se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me -faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de -los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior, -que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella -sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla. -Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como -argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba -como á un cordero!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-239">p. II-239</span></p> - -<p>—¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no -tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No -sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan -fulastres como tú... perdido.</p> - -<p>La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias, -aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en -la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por -primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La -ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres -palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento -una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me -sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco -fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté. -Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...</p> - -<p>—¡Ay —exclamé—, si me mataras á zapatazos como se mata una -cucaracha, qué favor me harías!...</p> - -<p>La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada -gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y -se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista -cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa -le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de -haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me -llevaba las manos á la cara.</p> - -<p>—¿Qué tal, escuece? —me dijo—. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo -las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro:<span class="pagenum" -id="Page_II-240">p. II-240</span> vuelve por otra. Así, así: quiero que -lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.</p> - -<p>Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un -ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí. -Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y -un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía -curándome.</p> - -<p>—No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han -sacado todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á -atreverte conmigo? ¿Te das por vencido?</p> - -<p>—No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco, -saliendo á gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he -conocido...</p> - -<p>—¡Claro!... como que me van á poner en la <i>Biblia</i>... ¡Ea! se -acabaron las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. -Tengo mucho que hacer y no estoy para espantajos.</p> - -<p>—No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al -menos...</p> - -<p>—¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar -la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de -gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más; -no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el -terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he -sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que -me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar -hasta el techo.</p> - -<p>—Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier -disparate...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-241">p. II-241</span></p> - -<p>—¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...</p> - -<p>Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de -Pascua á cierto ruido en la escalera.</p> - -<p>—Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los -escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que -cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la -vida alegre...</p> - -<p>Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la -oficina. Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos -fuertemente estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las -beatas, echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace -muchos milagros. El burro entró en la cocina.</p> - -<p>—Hola, chico, ¿tú por aquí?</p> - -<p>—¿Qué me traes? —le dijo Camila.</p> - -<p>—Nada más que estos jacintos.</p> - -<p>—¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto. -Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba -ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima -el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes -de lo que hablábamos ahora?...</p> - -<p>Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á -decir?» pensé yo; y ella dijo:</p> - -<p>—¿Quién será?</p> - -<p>Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:</p> - -<p>—¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?</p> - -<p>No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada -se acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y -fuera<span class="pagenum" id="Page_II-242">p. II-242</span> de la -palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado -arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta -sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado, -serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí -—pensé—, trae hoy alguna historia... Me las guillo.»</p> - -<p>A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala -gana y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor -con Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando.</p> - -<p>—¿Qué hay de nuevo? —preguntó el manchego á su cuñada.</p> - -<p>—¿Qué ha de haber? Que son ciertos los toros... —replicó mirándole -con sorna.</p> - -<p>Después se puso á decir chuscadas, que aparentemente no tenían -malicia. Creí que me había equivocado y que Eloísa no llevaba el -escándalo en su intención. No obstante, parecióme notar cierto dejo -irónico en su alegría. Pero como pasaba tiempo sin que la conversación -tomara mal sesgo, dije para mí: «Vaya, es manía. No hay nada de lo que -sospechaba.» Poco después, despedíme de todos y me retiré.</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Pero en la soledad de mi gabinete, paseándome de un ángulo á otro, -con las manos en los bolsillos, la cabeza sobre el pecho, no podía -apartar de mí la idea de que en el tercero pasaba ó iba á pasar -algo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-243">p. II-243</span></p> - -<p>Y como mi espíritu, adiestrado en el imaginar, no se paraba en -barras, ved aquí las historias que me forjé en menos tiempo del que -empleo en contarlas: «María Juana es la que ha echado á volar la -especie de que yo tengo relaciones con Camila. Ella ha sido: me lo dice -el corazón. Lo ha hecho por espíritu de hipocresía, por evitar que -se sospeche de ella. Tal vez lo crea, en cuyo caso... Pero no, ¡qué -disparate digo! Esto es un delirio; María no es capaz... Lo que hay es -que se ha corrido esa voz, como se corren otras muchas, y Eloísa... -¡Ah! ya sé quién ha llevado el cuento á Eloísa. Ha sido Manolo -Trujillo, ese bendito ciego... Y la prójima se ha puesto fuera de sí, -ha sentido celos... ¡celos de hermana, que son los peores! Pero quiá... -imposible... Subiré á cerciorarme... No, no subo: allá se entiendan. -Si no fuera por Camila, me importaría poco que la prójima armara -cuantos escándalos quisiera... ¿Subiré? No, no subo. Tal vez sea todo -figuración mía.»</p> - -<p>Mi inquietud creció de tal modo, que creí oir voces que se -transmitían por el patio. Escuché... nada. Llamé á mi criado y le -dije:</p> - -<p>—Mira, Ramón, te vas al cuarto tercero y dices que me he dejado allí -un cuadro... Ya sabes, el que trajeron de la estación esta mañana en -esa caja. Te lo bajas... Oye, oye: de paso observa si ocurre algo en la -casa... Anda, anda.</p> - -<p>A poco volvió Ramón, y me dijo:</p> - -<p>—Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil -diablos.</p> - -<p>—¿Qué dices?</p> - -<p>—Lo que oye. La señorita Camila y la seño<span class="pagenum" -id="Page_II-244">p. II-244</span>rita Eloísa están hablando como rabaneras, -y el señorito Constantino también hipa por su lado. No he podido traer -el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale que te dale á las -lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del patio se oye. La -vecindad está escandalizada.</p> - -<p>Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto -ó gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado -una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar -mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de -aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla -echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era -esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que -evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi -intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar -también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.</p> - -<p>La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte -campanillazo anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en -mi gabinete en un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer -en un sillón, como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á -causa de la ira y de la prisa con que había bajado.</p> - -<p>Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un -fuelle. Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se -condensara en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían -de punta. Viendo que á ella todo se le<span class="pagenum" -id="Page_II-245">p. II-245</span> volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho -con las manos, me planté delante y le dije:</p> - -<p>—Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...</p> - -<p>—Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado -mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á -esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me -fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó... -es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí, -queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que -me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.</p> - -<p>—No entiendo una palabra de lo que estás hablando —le dije -abanicándola con el papel—. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre -Camila, que es un ángel?</p> - -<p>Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un -arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española, -y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza. -No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando -como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma -reventó así:</p> - -<p>—¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero -con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que -tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué -serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería -más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas... -Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora<span class="pagenum" -id="Page_II-246">p. II-246</span> que has tenido buen gusto... Vas bajando, -bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas le dije... cómo -la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el furor me cegaba, -por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque me duela; pero á -mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele horriblemente... No -te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah! Camila te conviene -porque es barata... Y como nos hace el papel de la niña honradita, y á -todos engaña con la comedia de estar enamorada de su pollino... como si -esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas tan farsantes has echado -al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada mi hermana, la hermana -que más quiero, la que tengo metida en mi corazón!... ¡Y que me haya -puesto en el caso de decirle las perrerías, las atrocidades que le he -dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy!...</p> - -<p>Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se -resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas -que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible -una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:</p> - -<p>—Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te -cegó. Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana -por el escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; -porque sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que -Camila es tan querida mía como del Papa.</p> - -<p>Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de -piedad que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y -echando<span class="pagenum" id="Page_II-247">p. II-247</span> lumbre por -los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y me echó -esta rociada:</p> - -<p>—No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo -me mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace -tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha -encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada -podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no -me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he -vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he -calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para -que vea aquella cornamenta que llega al techo...</p> - -<p>Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi -prudencia, porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba -procaz, de esta manera:</p> - -<p>—Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te -defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el -colmo... de la amistad, de la...</p> - -<p>Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con -pensadora atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi -chimenea. Era el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la -vista de aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á -cosas y sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.</p> - -<p>—Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo, -asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les -das algún filtro...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-248">p. II-248</span></p> - -<p>Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud -acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á -aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y -con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:</p> - -<p>—Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque -ni es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un -miserable.</p> - -<p>—Pues yo lo digo —gritó ella con brío.</p> - -<p>—Pues aplícate el cuento.</p> - -<p>—Explícame eso, hombre... Da razones.</p> - -<p>—No doy razones —exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que -el fulgor y el estallido de mi rabia—; ni tengo que añadir una palabra -más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones -en la calle.</p> - -<p>—No me da la gana. Se va usted á donde quiera —vociferó ronca, -mugiente—. ¿Me echarás tú?</p> - -<p>—Lo vas á ver —dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y -llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.</p> - -<p>En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que -estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»</p> - -<p>Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de -haberlo dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí -la puerta de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la -puerta, haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera -unido á aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La<span -class="pagenum" id="Page_II-249">p. II-249</span> idea de mi brutalidad vino -al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para adentro. La -campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más fuerte que -todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad juntas. -Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las manos. -Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí otra -vez:</p> - -<p>—¡Tío, más que tío, canalla!</p> - -<p>—¿Abro? —me dijo Ramón alarmado.</p> - -<p>No supe qué determinar.</p> - -<p>—Abre, sí —respondí al fin—. Peor es que dé un escándalo en la -escalera.</p> - -<p>—La señorita María Juana —añadió mi criado— ha subido hace un -rato.</p> - -<p>—Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de -una vez.</p> - -<p>Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos -pasos y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.</p> - -<p>—Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, -auxíliala también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no -pasa, que no pase... Allá se las componga.</p> - -<p>Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía -síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar -mucho.</p> - -<p>—Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo -trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.</p> - -<p>—La señorita tiene abajo su coche.</p> - -<p>—Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos -los que suben y bajan.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-250">p. II-250</span></p> - -<p>Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía -ser menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y -desapacible sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se -han dicho y de las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de -la sala espié yo los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta -lo que pensaba. La ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte -palpándose y oprimiéndose el pecho como si el corazón se le hubiera -salido de su sitio y quisiera ponérselo donde debe estar. Vaciló entre -pasar á la sala y marcharse; pero se decidió al fin por esto. ¡Qué -alivio noté cuando la sentí bajar, apoyándose en el barandal y mirando -mucho los pasos que daba! «La lección ha sido un poco fuerte —pensé—; -pero es preciso, es preciso...»</p> - -<p>¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo -de saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La -oía sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio, -hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es -María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la -convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era -ella, no podía ser otra.</p> - -<p>Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, -qué mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel -Angel para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se -enfadan y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio -de aquel rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería<span -class="pagenum" id="Page_II-251">p. II-251</span> producir... Por poco suelto -la risa.</p> - -<p>—¿Qué hay? —le pregunté afectando calma.</p> - -<p>—¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un -zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu -temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible -curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza, -y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de -lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras -más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí -como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero -tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida. -Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo -veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído -á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su -inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un -alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde, -hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de -pudor, de dignidad, de cristianismo...</p> - -<p>Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su -hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame -tan irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando -por lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más -que Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal -que ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había -cogido<span class="pagenum" id="Page_II-252">p. II-252</span> á la prójima, -diciendo con la ronquera de mi ira:</p> - -<p>—¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de -estupideces? ¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque -no puedo aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu -hermana?</p> - -<p>Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que -se dejó llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos -trágicos, muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y -cerré de golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. -Con decoro aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy -sabia y muy prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, -haciéndose la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si -encontraría. Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera -ella la razón desterrada y yo el error triunfante...</p> - -<p>—¡Ramón!</p> - -<p>—¿Qué, señor?</p> - -<p>—Te nombro mastín —dije delirando—: ponte en la puerta, y al primer -Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.</p> - -<p>Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis -enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi -gabinete, y me dijo muy apurado:</p> - -<p>—Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?</p> - -<p>—Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta. -Que entre; veremos por dónde tira.</p> - -<p>Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que -si me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-253">p. II-253</span></p> - -<p>—¡Hola! ¿qué hay? —le pregunté, resuelto á afrontar la situación, -cualquiera que fuese.</p> - -<p>Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su -mente las palabras con que debía empezar.</p> - -<p>—Tú traes algo —le dije—. Vomita esa bilis... franqueza, amigo. -Luego me tocará hablar á mí.</p> - -<p>Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de -su mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas -amargas:</p> - -<p>—Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que -mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que -me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me -dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus -hermanas...</p> - -<p>—No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.</p> - -<p>—Porque yo vengo aquí —gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y -manoteando fuerte—, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya -sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó -yo te la rompo á tí.</p> - -<p>Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? -tampoco. Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y -justicieras; y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me -pareció un disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me -sacudiera á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno -que él, me puse á gritar:</p> - -<p>—Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, -ó que me lo rompas tú<span class="pagenum" id="Page_II-254">p. II-254</span> -á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me carga en el mundo... -para que lo sepas.</p> - -<p>—Pues cuanto más pronto, mejor —gritó él haciéndome el duo con furia -igual á la mía.</p> - -<p>—Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos -ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y -á la suerte.</p> - -<p>—Como quieras.</p> - -<p>—Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno -que dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, -es la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque -te tengo ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has -ofendido. ¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? -¿Lo ves, lo ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las -suelas de tus botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que -esto habría sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, -tú, tú me lo has de pagar.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_24"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-255">p. II-255</span></p> - <h2 class="nobreak">XXIV</h2> - <p class="subh2">Las liquidaciones de Mayo y Junio.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas -sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato -pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino -se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él -estuviera presente.</p> - -<p>Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me -conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de -las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras -peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no -faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio -una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos. -Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo -aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase -el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante. -Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el -señor de Me<span class="pagenum" id="Page_II-256">p. II-256</span>dina, y -que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde á informarse de mi -salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía más grata para mí? -Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me divertían. Vais á saber -dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes horas.</p> - -<p>Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que -estaba también allí mi zapatero, le dije:</p> - -<p>—Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.</p> - -<p>Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el -maestro, con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran -finísimas, de charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso -casualmente sobre una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me -apartaban de ellas. ¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, -y era que no teniendo huellas de uso, carecían de la impresión de la -persona. Pero hablaban bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil -cositas elocuentes y cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, -durante aquellos fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, -una junto á otra, haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas -hacia mí, como si fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las -cogió una mañana para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con -viveza:</p> - -<p>—Deja eso ahí...</p> - -<p>El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. -Porque Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre -mis propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado -por loco ó tonto.</p> - -<p>Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu<span class="pagenum" -id="Page_II-257">p. II-257</span> la injusticia y brutalidad de mi conducta -con mis dos primas mayores el día de la jarana. Cierto que debí -apresurarme á desvanecer el error en que estaban con respecto á la -pobre borriquita, cuya culpa no tenía realidad más que en la grosera -intención de las otras. ¿Y cómo convencerlas de la inocencia de Camila? -¿Cómo hacerles comprender que tanto la una como la otra debían besar -la tierra que la borriquita pisaba y confesarse inferiores á ella? -Eloísa y María Juana tenían cierto interés moral en no creerme, porque -la idea de que su hermana les aventajara en conducta debía herirlas -muy en lo vivo. «No me creerán, no me creerán —era el pensamiento que -me atormentaba—. Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque -convenciéndose se acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que -perdonar para que se las perdone.»</p> - -<p>Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había -que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si -Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar. -Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y -á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal -propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban -apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas -al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó -Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la -sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso -en la senda<span class="pagenum" id="Page_II-258">p. II-258</span> que aquél -le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa de enredarse con un -aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que después de residir mucho -tiempo en el extranjero, vino á España á que le pusieran el cachete -á su ruina. No durarían mucho estas relaciones, porque Paco Flandes -daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el mejor día me le ponía -la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa de la calle del Olmo -recobraba algo de su esplendor pasado: muebles parisienses ocupaban los -lugares vaciados por el último embargo, y algunas obras de arte iban -entrando con timidez. Entre éstas las había bonitísimas: un <i>Carnaval -en Roma</i>, de Enrique Mélida; un hermoso país de Beruete, y dos -terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto vendrían más cosas, -más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza y dando á entender -que los tiempos son malos y que cada vez parece que hay menos dinero. -Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que Sánchez Botín le -hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre ponía en todas -sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que la quisiera -oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy por bajo de -todos los envilecimientos y de todas las prostituciones posibles. No -hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del Olmo ni ocuparme -para nada de semejante mujer.</p> - -<p>Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos. -Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada -de lo que pudiera observar en María Juana<span class="pagenum" -id="Page_II-259">p. II-259</span> me llamaba la atención, por ser mujer de -mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina afabilidad -del insigne <i>ordinario</i>. Sus prevenciones contra mí se habían disipado -sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi pecadora frente -la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de otro enigma que -me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel día cigarros de -primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos juntos á la Bolsa, -en su coche, expresóme con sinceras palabras que se alegraría de que mi -liquidación de fin de mes fuese buena.</p> - -<p>—Si el alza sigue acentuándose —me dijo—, y yo creo que seguirá, -porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que -saldremos muy bien usted y yo.</p> - -<p>Y variando de tono y asunto:</p> - -<p>—Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so -pena de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los -negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de -la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han -salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil -para trabajar.</p> - -<p>Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo -que me manifestó poco después, y que á la letra copio:</p> - -<p>—Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las -pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más -que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre, -un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su -zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa,<span -class="pagenum" id="Page_II-260">p. II-260</span> otra que tal; allí no hay -seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de la familia, el oro -puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo que usted me va á -decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre calumnia: por ahí -se sale...</p> - -<p>—Pues sí que lo es —exclamé, sin poder contener la indignación que -me salió á la cara—. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona -tan recta como usted se haga eco de ella.</p> - -<p>Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía -ser la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos -para sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las -intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las -malas, que no hay después quien las separe.</p> - -<p>—Es usted una mala persona —me dijo al fin sonriendo—; pero para que -vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más -pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.</p> - -<p>Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado -propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras -personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no -se nos interponía el guarda-cantón de carne de <i>No Cabe Más</i>, advertí -cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había -perdonado mis brutalidades del día famoso.</p> - -<p>—Para que comprendas lo irritado que estaba —le dije—, y puedas -explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que -daría hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de -Camila, esa inocencia en que nadie cree, y que,<span class="pagenum" -id="Page_II-261">p. II-261</span> sin embargo, es tan cierta, tan clara como -la luz.</p> - -<p>La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á -entender que esperaba las pruebas.</p> - -<p>—¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que -hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en -que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.</p> - -<p>No pude decir más, porque <i>Partiendo del Principio</i> se nos vino -encima.</p> - -<p>Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando -la acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.</p> - -<p>—¡Yo! —exclamó, poniéndose pálida—. ¿Me crees capaz...? Si han sido -tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y -luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las -cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá -que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis -sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...</p> - -<p>¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! -Pero no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, -corazón en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad -de la verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía -hincapié en la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero -me guardaba bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella -y de la insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la -causa esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran -confusión.</p> - -<p>Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino<span class="pagenum" -id="Page_II-262">p. II-262</span> y penetrante mirada me hizo esta -pregunta:</p> - -<p>—¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con -respecto á Camila?</p> - -<p>Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la -afirmación. Mentira tan gorda hizo en la <i>ordinaria</i> un efecto -contraproducente, y tratándome con tanta lástima como desdén, me -dijo:</p> - -<p>—Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son -Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.</p> - -<p>Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos -de lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba -dentro con esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil -de contener. Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, -ardiendo en apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de <i>pe</i> á -<i>pa</i>... En mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. -Todavía me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver -aún las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora -patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto, -angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco, -me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas -hace muchos días, como si fueran su retrato», ví que la sabia luchaba -entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de -través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas!</p> - -<p>—¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna, -habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido?</p> - -<p>Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y<span class="pagenum" -id="Page_II-263">p. II-263</span> soltó una carcajada que me heló la sangre. -Todavía estoy oyendo aquel <i>ja, ja, ja</i>, que continuó con ella hasta -la habitación inmediata, pues iba ya en retirada. Volvió para decirme -desde la puerta:</p> - -<p>—Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que -se cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como -los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada. -Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...! -Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo -como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á -las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen -acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado... -¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las -mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras -veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué -expresarte lo despreciable que eres.</p> - -<p>Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me -senté, agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis -manos la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni -ella se iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan -abrumado estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío -infernal de contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba -la salida. Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba -las falsas, habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir. -Era, como ella dijo, despreciable y monstruoso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-264">p. II-264</span></p> - -<p>Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos -dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo -no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo -que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la -sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca -la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí -más ternura que rigor:</p> - -<p>—Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo -merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios -y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita, -infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien -que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí -mismo.</p> - -<p>Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y -oyéndolas como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho. -Así se lo manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco -adormecida.</p> - -<p>—No llevarás tu maldad —prosiguió, pasándome la mano por la cabeza— -hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para -salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo -y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo -aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses, -pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.</p> - -<p>Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre -á cuento, se me figuraba á<span class="pagenum" id="Page_II-265">p. -II-265</span> mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de ópera, pues todos -los libretos están fundados en el <i xml:lang="la" lang="la">quid</i> de -salvar el tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de <i xml:lang="it" -lang="it">salvarmi non potrai</i>... ó <i xml:lang="it" lang="it">corro -á salvarti</i>. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en las -salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu de -fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.</p> - -<p>La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de -amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un -pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á -masticarlo! ¡Pobrecita!</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa, -observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel -tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado -como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de -espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en -este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de -asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque -nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que -se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones -nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos -productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía -según<span class="pagenum" id="Page_II-266">p. II-266</span> la edad y las -circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de pasiones -adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y lo -expresaba de una manera gráfica diciendo:</p> - -<p>—El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la -absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.</p> - -<p>Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de -ánimo y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las -formas del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me -fundaba yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones -de hacer alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia -y maliciosa con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los -resultados no correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el -plagio no alcanzaba ni con mucho las alturas del insigne original. Sin -embargo, vais á ver un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.</p> - -<p>Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:</p> - -<p>—La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico -parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha -vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la -inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se -discuten y se temen.</p> - -<p>Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé -como un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á -firmar varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi -alcoba, haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de -ser alguna humorada,<span class="pagenum" id="Page_II-267">p. II-267</span> -porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice caso. De pronto la -ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa que jugaba en sus -labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos dijimos adiós.</p> - -<p>¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la -travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y -había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del -propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe -tenía gracia.</p> - -<p>Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni -á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa. -Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la -finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi -amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras -me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en -poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme -su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar -regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan -retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á -ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles -y alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en -las mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las -alcobas; gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría -á una soberbia estufa, sostenida sobre pilares<span class="pagenum" -id="Page_II-268">p. II-268</span> de hierro en el patio grande; la cocina -era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían de París -unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era casa; lo -demás... basura.</p> - -<p>Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que -los Miquis le habían pedido uno de los terceros.</p> - -<p>—Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos -pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra -parte.</p> - -<p>En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:</p> - -<p>—Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.</p> - -<p>—Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo -blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su -armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?</p> - -<p>Y rompió en una risa estúpida.</p> - -<p>—No sea usted grosero —le dije sin disimular la cólera, y decidido á -pegarle.</p> - -<p>Recogió velas al momento, diciendo:</p> - -<p>—No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... -y que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que -siempre las creo.</p> - -<p>—Pues cree usted mil desatinos.</p> - -<p>—Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.</p> - -<p>No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la -idea de romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme -á ellos<span class="pagenum" id="Page_II-269">p. II-269</span> con ánimo -grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á pediros -perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho este deseo, -y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la mala noticia -de que los señores no estaban. Comprendí que no querían recibirme, y, -por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente ó á que me -despidiesen.</p> - -<p>Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; -pero ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé -diciendo:</p> - -<p>—No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á -lo que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. -Pero no puedo vivir sin vosotros.</p> - -<p>Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro -pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del -gabinete, diciendo:</p> - -<p>—¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...</p> - -<p>—Vengo á pediros excusas... —les dije, turbado como no lo estuve -en mi vida—. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo -consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de -balde.</p> - -<p>Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó -decir con ironía:</p> - -<p>—Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere -hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A -dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...</p> - -<p>—Este señor y yo —repliqué sentándome y buscando el sendero de las -bromas para salir de<span class="pagenum" id="Page_II-270">p. II-270</span> -aquella situación— tenemos concertado un lance. Déjanos á nosotros, que -nos entenderemos.</p> - -<p>—¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no -se bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público... -Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la -cabeza.</p> - -<p>—¿Es verdad esto, Constantino?</p> - -<p>—Es verdad —replicó él con su sincera honradez.</p> - -<p>La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía -que tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con -susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía -ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de -aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les -dije:</p> - -<p>—Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con -vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.</p> - -<p>—No queremos amistades —aseguró Miquis con brutal energía.</p> - -<p>—¿Pues qué queréis?</p> - -<p>—Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.</p> - -<p>Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de -su ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué -cobardía...</p> - -<p>—Eso, eso —clamó mi prima con fiereza—. Que se plante de la puerta -afuera.</p> - -<p>—¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-271">p. II-271</span></p> - -<p>—Yo la primera.</p> - -<p>—Usted no puede ser nunca mi amigo —declaró el manchego, como se -dice una frase aprendida—, ni aunque se me ponga de rodillas delante y -me pida perdón...</p> - -<p>Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación -de la frase. Ella se la había enseñado.</p> - -<p>—¡Qué atrocidades dices! —exclamé con afán.</p> - -<p>—Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.</p> - -<p>—¿Y si lo hiciera...?</p> - -<p>—Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi -amigo para poner varas á mi mujer.</p> - -<p>—Bien, bien —gritó Camila, dando palmadas.</p> - -<p>Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el -criterio de la esposa maestra un mérito mayor.</p> - -<p>—¿De modo que no os dais á partido?</p> - -<p>—Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. -Me parece que hablo castellano.</p> - -<p>—¡Y tan castellano!</p> - -<p>—Nada, hombre, que te quites de en medio —decía la ingrata, -señalándome la puerta—. Que aquí estás de más.</p> - -<p>Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué -horrible, porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan -hermosa y adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y -su paz. Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme -allí mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me ani<span -class="pagenum" id="Page_II-272">p. II-272</span>quilaría de un zarpazo, ú -obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y marcharme huído, -avergonzado, en la situación más triste, ridícula y poco airosa del -mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo bajé las escaleras, -me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí acometido de uno de -esos impulsos de maldad de que no se libran, en momentos críticos, ni -las naturalezas más delicadas y bondadosas; vínome á la boca no sé qué -espuma de sangre; me sentí ruin, villano y con ganas de hacer todo el -daño posible. Mi amor propio, ultrajado y escupido, sugeríame venganzas -soeces, de esas que se consuman á las puertas de las tabernas y de los -garitos; y en aquel rato de frenesí, me puse al nivel de los cobardes ó -de las procaces mujeres de las plazuelas. Como el calamar á quien sacan -del agua escupe su tinta negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté -el chorretazo de mi rabia estúpida en estas palabras, que no sé si -fueron dichas á media voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! -¡Si aunque queráis, no podéis quitaros de encima la piedra que os ha -caído, pobres idiotas...!»</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados -instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame yo -pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel día mi -desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras que<span -class="pagenum" id="Page_II-273">p. II-273</span> yo había hecho antes y que -puntualmente quedan referidas, eran razonables en comparación de las -que hice después. ¡Qué días aquéllos en que Raimundo se me representaba -como un modelo de cordura, asiento y respetabilidad! Se me iba la -cabeza; se me desvanecía la memoria; olvidábame hasta de las cosas más -importantes, y de nombres y cifras que me interesaban grandemente. Unas -veces no podía apartar del pensamiento la idea de mi próxima muerte, y -la deseaba; otras entrábame un flujo tal de proyectos, que me volvía -tarumba, dándoles vueltas de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo -las daba en la cama, sin poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos -proyectos los había financieros y amorosos, todos girando sobre el eje -de mi desesperada pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La -época de las barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, -la meto en un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó -le asesino por la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran -los puntos rojizos que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. -Por las mañanas, el más insignificante suceso me producía fuertes -emociones, ora dulces, ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis -con la cesta de la compra bien repleta, me hacía cosquillas en el -espíritu. Oir desde mi casa el piano del tercero, me ponía en estado -de echarme á llorar. Por las noches, cuando entraba en casa, observaba -si había luz en la de ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta -que les veía perderse en las sombras de la calle ó meterse en el -Rippert.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-274">p. II-274</span></p> - -<p>Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan -ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas -por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para -consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban -profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para -Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal, -que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado -la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis -solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el -genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su -marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.</p> - -<p>—Constantino es un inocentón macizo —me dijo Miquis—; no tiene idea -del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era -ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A -golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su -propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios -que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia. -Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero -fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos -ángulos que cortan. Es un bloque de honradez y nobleza, con nociones -radicalísimas y cardinales del bien y el mal. No entiende de medias -tintas, ni de componendas, ni de estira y afloja. Para él, lo que no es -superior es ínfimo; moral bárbara si se quiere; pero yo pregunto: ¿no -es<span class="pagenum" id="Page_II-275">p. II-275</span> ésta la moral de -los tiempos en que los hombres supieron hacer cosas grandes, que no se -hacen ahora?... Usted era antes para él el mejor de los amigos; ahora -es una víbora, un animal venenoso. Mi hermano no transige: su tosquedad -le mantiene un tanto alejado de la región de las ideas, y me alegro, -porque si se le antojara tenerlas políticas, sería ó el socialista -más fogoso ó el carcunda más feroz. Yo procuro traerle á los términos -medios; pero es inútil. Es que no sabe, no puede; su inteligencia no -percibe sino lo gordo, lo elemental, la pepita nativa de las ideas. Sus -sentimientos son lo mismo: siente mucho y fuerte, como los niños y los -poetas primitivos.</p> - -<p>Por otras conversaciones que con Augusto tuve, comprendí que Camila -no había podido quitarle á su asno de la cabeza aquello de darme una -pateadura en público. Sí: era preciso que mi traición no quedase sin -castigo. Nada de duelo, que es una papa. Bofetada limpia y palos. Yo -no merecía ser tratado de otro modo. Y era indudable que Camila estaba -disgustada. Aquella contienda sobre si yo debía ser apaleado ó no, fué -la primer desavenencia de su hogar. Severiano también me habló de esto -seriamente, recomendándome que tuviese cuidado. Y entonces todo lo -varonil resurgía en mí, y hacía yo propósito de enseñar á aquel bruto -cómo arreglan los caballeros sus cuentas de honor.</p> - -<p>Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para -estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por -los medios más adecuados, haciéndome acompañar<span class="pagenum" -id="Page_II-276">p. II-276</span> de un buen revólver. En cuanto le viera -venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas en el cuerpo, y á -vivir.</p> - -<p>Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó -en la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? -Por María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera -mi inquilino.</p> - -<p>—¡Qué delicados están los tiempos! —dije—. ¿Y por qué no se muda de -una vez?</p> - -<p>Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á -Julio. «Pues si tan largo me lo fías —pensé, metiendo el revólver en un -cajón de la mesa—, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y no -volví á sacarlo.</p> - -<p>También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre -ellos les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos -desaires las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, -tratándose de invitarla á una comida, que no quería prójimas en su -casa... Por consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de -nubes los cielos de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba -á ratos, sola ó delante de Constantino, y á éste le entraban tales -furores de venganza, que Camila se violentaba por restablecer la paz. -Eran sin duda menos felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían -algo más de la malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las -amarguras de la sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de -buenas á primeras se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. -Creyeron que el mundo era esencialmente bueno, y de pronto<span -class="pagenum" id="Page_II-277">p. II-277</span> salíamos con la patochada -de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas -entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que -andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras, -y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir -ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y -despótico imperio de la opinión.</p> - -<p>Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad -cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi -pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me -preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada. -Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria -de su finca <i>las Mezquitillas</i>, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo -lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil -dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa -pronunciaba los sacramentales <i>doy</i> y <i>tomo</i>, sin saber ni lo que daba -ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador, -y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido -favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en -combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas, -porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar -considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en -otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los -aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué?<span -class="pagenum" id="Page_II-278">p. II-278</span> De nada me servía ya -el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía hijos ni -herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero el perder, -que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que indiferente.</p> - -<p>Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la -memoria padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en -nieblas, la palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado -Raimundo para ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un -día. No sé pintar lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los -esfuerzos que hice para traer á mi mente aquellas palabras que se me -habían ido, como pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que -llamar á Raimundo y rogarle que me lo repitiera.</p> - -<p>—¿Qué, hombre?...</p> - -<p>—La matraca, hijo; la recetita aquélla del <i>triple trapecio</i>.</p> - -<p>Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me -volviera á olvidar.</p> - -<p>Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi -correo con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. -Gran violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una -de las Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no -había más remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había -presentado ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy -buen interés, el dinero que habían depositado en mí para que yo lo -incorporara á mis negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una -responsabilidad<span class="pagenum" id="Page_II-279">p. II-279</span> más, -y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría á su -orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á mi cargo -desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás de la Calzada -se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo. Me pareció muy -bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles extracto de la -cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los añadiera á la -suma por que se había de hacer el giro.</p> - -<p>A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había -entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme -cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros, -le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo -mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi -vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome -con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes -nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más -desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba, -ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas, -y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con -manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él -en aquella evolución postrera. Estaba <i>suspendido</i> todo el día, y no se -atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él. -A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los -italianos de <i>santi boniti barati</i>, y creía ser llevado por la calle -en el borde de<span class="pagenum" id="Page_II-280">p. II-280</span> una -tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en marcha, y él quieto, -siempre en la orilla de la tabla, inclinado para caerse y sin caerse -nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas veces; pero otras -le reñía, enfadándose de verle dominado por una tontuna tan contraria -á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de mi tío nada secreto -para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació todo, sintiendo -no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y atormentador -era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco que él tenía -para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen interés y -devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había logrado -arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.</p> - -<p>—Aquí me tienes —añadió á lágrima viva—, en el fin de mi vida, -expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir -un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de -haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho -Madrid éste!...</p> - -<p>Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse -del asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que -nadie nos oía, me dijo con voz cautelosa:</p> - -<p>—Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la -jornada nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no -me ha ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba -yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y -conforme me veía apretando, saltaba ella á los<span class="pagenum" -id="Page_II-281">p. II-281</span> dos mil. De este modo, ¿qué quieres que -resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan á uno sus yernos -poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde han ido á parar -mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los teatros de esta -pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y desproporcionados -lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de mi sangre. Dirás -que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el <i xml:lang="la" -lang="la">quid</i>. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación -que nos lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así -moral como económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no -nos falte el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el -carruajito para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los -trapitos de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las -llamen <i>elegantes y distinguidas</i>, y aquí paro de contar, porque no -acabaría.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento -algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en -mal hora abiertos portillos se le iban las <i>efes</i>, las <i>zetas</i> y otras -letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación. -Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería -coger al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación. -Hechas las confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en<span -class="pagenum" id="Page_II-282">p. II-282</span> barras mi lacrimoso tío.</p> - -<p>—¿La ves, la ves? —me dijo aplicando sus labios á mi oído, á -punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy -emperejilada—. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si se -<i>llevan</i> ó no se <i>llevan</i> tales cosas... Ya te llevaría yo derecha, -si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué -me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus -tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces <i>dandy</i>, y te -lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi -sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de -bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por -negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla... -¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero -y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar, -sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado -á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no -ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella -continúa tan topo como siempre.</p> - -<p>Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos -habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía -de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados -ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que -esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras -personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar -pestes de<span class="pagenum" id="Page_II-283">p. II-283</span> su -matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre Pilar. Además -de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún más desgraciado -que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo decir, entre -paréntesis, que los principios morales de mi tío eran harto endebles, -y bastábame esto para comprender las consecuencias dolorosas de su -falta de carácter y para hallar justificadísimas las desventuras de -que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero vislumbre de -indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija. Esto sólo -nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar la pintura, -hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella enervación moral -que habían sido los contornos más expresivos de su carácter durante una -larga vida matrimonial y matritense.</p> - -<p>Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre, -por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de -los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas -del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos -tan chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De -esta compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas -caídas que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él -contara me tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca -para verle reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos -de paseo, á ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer -vivísimo en la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes -labios. Enlazados nuestros brazos, porque<span class="pagenum" -id="Page_II-284">p. II-284</span> mi buen tío tembliqueaba un poco y yo no -estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles principales, ó -bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para meternos en él cuando -nos cansáramos. Por las noches nos metíamos en los teatros de funciones -por horas, porque los dramas y comedias serias nos apestaban. Lo que -don Rafael se divertía con las piezas cómicas no es para contado. Reía -á carcajadas, y los chistes menos agudos le hacían impresión atroz. Sus -sensaciones eran completamente infantiles; sentía como los seres que -empiezan á vivir. Noté una noche que á mí también me hacían gracia los -sainetes, pero mucha gracia, y que me daban ganas de alborotar como -un chico. «¡Si estaré yo tan lelo como este pobre hombre!» me decía. -Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y me metía en mi casa, entrábame una -tristeza tal, que hacía proyectos absurdos de aislamiento y hasta de -suicidio.</p> - -<p>En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y -desde aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente -fuimos los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un -regimiento al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con -encantadora ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante -de las cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. -No paraban aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los -tres en los puestos del Prado á beber un vaso de agua con anises, -y cuando en cualquier calle pasábamos por junto á una obra en que -estuvieran subiendo un sillar, nos deteníamos y no abandonábamos<span -class="pagenum" id="Page_II-285">p. II-285</span> el plantón hasta ver la -piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y -nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como -particulares.</p> - -<p>Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en -la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león. -Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por -arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores -que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los -<i>tres tristes triunviros trogloditas</i> de la cencerrada de Raimundo. -Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín -<i>guipaba</i> á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado, -avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.</p> - -<p>—¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me -echó?</p> - -<p>Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.</p> - -<p>—¡Buen par de pillos sois! —decía mi tío Rafael, dejándose llevar, -renqueando—; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del Diablo... -No perdona casada ni doncella...</p> - -<p>Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos -á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con -más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los -incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más -que <i>guipar</i> á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la -Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que -el Marqués de Flandes se había declarado también huído.</p> - -<p>—¿A<span class="pagenum" id="Page_II-286">p. II-286</span> qué me vienes -á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...</p> - -<p>Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. -No era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con -su homónimo <i>Lagartijo</i>, no oía lo que en el palco se hablaba.</p> - -<p>—Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la -cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra -otra vez en las uñas de los <i>ingleses</i>, y me temo que de esta vez me -la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de -nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros -antipáticos...</p> - -<p>Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á -Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era -un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué, -pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito -de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad -con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien -probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole -y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía -<i>darwinista</i>, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego -nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal, -pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más -soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección, -hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas -no acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos ni<span -class="pagenum" id="Page_II-287">p. II-287</span>ños, y nos fuimos á un -<i>restaurant</i>, donde estuvimos hasta la hora de irnos á Lara. Mi tío -Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano también tenía -sueño; pero con aquello del <i>guipar</i> se despabilaba...</p> - -<p>—Nada, nada —les dije, al fin de la pieza—: un huevecito y á la -cama.</p> - - -<div class="section"> - <h3>V</h3> -</div> - -<p>Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho -tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes. -Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal -y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una -mañana, me dijo:</p> - -<p>—Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos -admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una -<i>pipa</i> en Flandes, como dice Barragán.</p> - -<p>Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación -del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El -Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en -59,75, con tendencias á ponerse en 60. <i>Partiendo del Principio</i> -aseguraba que <i>le veía</i> en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia -con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30 -se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin -resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra. -Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando<span -class="pagenum" id="Page_II-288">p. II-288</span> al lucero del alba, echando -el brazo por encima del hombro á sus amigos de éste y el otro corro. -El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente se secreteaban. Este -había hecho con Torres una gran jugada, de la que resultó que habiendo -quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo tenía que abonarle, -por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo perdía con el mismo -Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres me había de dar á mí -doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo había tenido entre -mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.</p> - -<p>El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde -me encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto -misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les -oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal -Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego, -nuestro agente.</p> - -<p>—¿Quién liquida por Torres? —gritó Llorente con todo el registro de -su gruesa voz.</p> - -<p>Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por -más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó. -Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había -mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.</p> - -<p>—Liquidará pasado mañana, lunes ó el martes —aseguró al cabo—. -Lo tengo por indudable. Es que le coge una porción de millones de -reales, y por bien que le vaya, siempre necesita un día ó dos para -prepararse.</p> - -<p>Por la tarde vino Medina á mi casa, y me dijo que estuvo en la de -Torres y que había observa<span class="pagenum" id="Page_II-289">p. -II-289</span>do allí algo de tapujo. El criado no quiso abrirle, diciendo -por el ventanillo que su señor había salido. Por fin abrieron, y la -señora tampoco estaba en casa.</p> - -<p>—Es raro —observó Cristóbal pensativo—, porque en ocasiones -semejantes Gonzalete ha sabido dar la cara y pedir las prórrogas con la -frente alta.</p> - -<p>Acordéme de que mi operación no había sido publicada (era la primera -que hacía en estas condiciones de informalidad), y me corrió un poco de -frío por el espinazo. Mis distracciones, mis chocheces, la exaltación -enfermiza de mis pensamientos amorosos, tenían la culpa de aquel lance. -«Esto sólo le pasa á un anémico», fué lo primero que se me ocurrió. -Pero aún esperaba una solución feliz, pues si en asuntos del corazón -dominaba en mí el más negro pesimismo, en negocios era cada vez más -optimista y todo lo veía transparente y rosado. Tranquilicé á Medina; -pero él no las tenía todas consigo.</p> - -<p>Y por fin saliste de la serie tenebrosa del tiempo, día 2 de Julio, -el más horrible y ceñudo de los días nacidos, á pesar de decorarte -con toda la gala de la luz y cielo de Madrid. Me acuerdo que fué uno -de esos días en que esta Corte parece que despide centellas de sus -techos, de sus agudos pararrayos, de las regadas berroqueñas de su -suelo, de los faroles de sus calles, de las vitrinas de sus tiendas, -y de los siempre alegres ojos de sus habitantes. Salí de mañana -á dar una vuelta por el Retiro y á ver el vigoroso claro-obscuro -de aquellos árboles cuyo verde intenso parece que azulea, á mirar -este cielo que de tan azul parece un poco verde. Quise recrearme -en aquella placidez matutina, oyendo los toques de misa, que<span -class="pagenum" id="Page_II-290">p. II-290</span> suenan como altercado -aéreo entre torre y torre, disputándose los fieles; viendo á las -devotas madrugadoras que de las iglesias salen con su librito en una -mano y en otra las violetas ó rosas que han comprado en la puerta; -atendiendo al vocear soez y pintoresco de los vendedores ambulantes. -Cuando regresé, ya se oían algunos de esos pianos de manubrio que -son la más bonita cosa que ha inventado la vagancia. Dan á Madrid la -animación de una tertulia ó baile de cursis, en que todo es bulla, -confianza, ilusión juvenil, compás de habaneras y polkas, sin que -falten tactos atrevidos y equívocos picantes. Estos pianos, el toque -de las esquilas eclesiásticas, que tañen todos los días y los domingos -atruenan; el ir y venir de gente que no hace más que pasear, y otros -mil perfiles característicos de un pueblo en que toda la semana es -domingo, eran para mí la expresión externa del vivir al día y de esa -bendita ignorancia del mañana sin la cual no hay felicidad que sea -verdadera.</p> - -<p>Y en aquel caso el mañana era para mí de importancia grandísima. -A pesar de los pesares, no estaba yo muy inquieto y confiaba en que -liquidaríamos pronto sin dificultad. Habíame sentado tan bien el paseo, -que hasta apetito tenía, cosa muy rara en mí. Pero cuando entré en mi -casa, ¡Dios mío lo que me esperaba! Era María Juana, desconcertada, -impaciente. Encontrémela en mi gabinete, y desde que la ví, entróme -un miedo que no sé definir. Echóme los brazos al cuello, y me apretó -mucho. Sus labios estaban secos, su frente parecía una placa de bruñido -marfil, su voz temblaba al decirme:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-291">p. II-291</span></p> - -<p>—Me vas á probar ahora que eres valiente.</p> - -<p>—¿Y cómo? —le pregunté sin serlo, pues se me abatieron los -ánimos.</p> - -<p>—Soportando la mala noticia que te voy á dar. No he querido que lo -supieras por otro conducto... Quería yo darte esta prueba de amistad, -y que me vieras compartiendo tu desgracia... Aún hay esperanzas; aún -puede ser...</p> - -<p>—Dímelo de una vez... No me mates á fuego lento. Ese...</p> - -<p>—Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo -escrito: <i>Torres</i>... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid.</p> - -<p>Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía -natural. Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente -perdida.</p> - -<p>—Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas...</p> - -<p>—¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí. -¿En qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él -espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos.</p> - -<p>Al oir esta palabra fatídica, <i>pleito</i>, fué cuando me sentí -realmente acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro -por delante de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en -la frente, y se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran -consuelo.</p> - -<p>—Hay que llevarlo con paciencia —dije besándole la mano—. Estas son -las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el -amor es muy mal negociante.</p> - -<p>—Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto -—dijo ella interesándose vi<span class="pagenum" id="Page_II-292">p. -II-292</span>vamente por mí—. ¿Cuánto das tú por diferencias?</p> - -<p>—Unos ciento cuarenta mil duros.</p> - -<p>—¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí?</p> - -<p>—Espelúznate... ¡Doscientos mil!</p> - -<p>Después que estas dos cifras vibraron en el aire, hubo un largo y -lúgubre silencio, durante el cual las cifras parecían seguir vibrando. -¡Oh, Dios! todas mis aritméticas habían venido á parar en aquel -cataclismo... y los números ¡ay! eran el alfanje que me segaba el -cuello.</p> - -<p>María Juana, compadecida, no quería dejarme entregado á la -desesperación, y acompañando sus palabras de entrañables caricias, me -dijo:</p> - -<p>—Ahora vendrás conmigo... no quiero dejarte solo. Cristóbal te -espera; él me mandó que viniera á darte la noticia, y que te llevara -á casa para acordar entre los dos lo que debéis hacer. También irá -Cecilio Llorente, que coge el cielo con las manos.</p> - -<p>—¿Pero estás tú segura de que Torres ha desaparecido, ó es -suposición...?</p> - -<p>—¡Ah! hijo mío, sobre ese particular no tengas duda. La pobre -Paca ha estado en casa llorando como una Magdalena. ¡Infeliz mujer! -Gonzalete escribió una carta en que dice que no puede pagar. Sólo ha -dejado unas pocas <i>Cubas</i>, un talonario del Banco y lo que había en la -casa...</p> - -<p>—No le dejaremos ni una astilla...</p> - -<p>—¡Oh! —exclamó María sin poder evitar que una chispa de júbilo -cruzara por su rostro—, lo que es ahora el espejo biselado irá <i -xml:lang="it" lang="it">pian pianino</i> caminito de mi sala... Vámonos, -vámonos; serénate, y se procurará que el mal, ya que no pue<span -class="pagenum" id="Page_II-293">p. II-293</span>da evitarse, sea la menor -cantidad de mal posible. La vida humana tiene estas caídas; pero -también ofrece grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy -pesimista; creo en las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo -por una sombra. ¿Existiría si no existiera luz?</p> - -<p>Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión. -En aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una -lluvia importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy -bien vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin -paraguas.</p> - - -<h3>VI</h3> - -<p>Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en -mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo -puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas -desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible -discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba -Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones -publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se -presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la -mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en -bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á -la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.</p> - -<p>Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera<span class="pagenum" -id="Page_II-294">p. II-294</span> que al día siguiente vendería mis -obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose pasmados y con la -boca abierta.</p> - -<p>—¿Pero no vendió usted sus Osunas? —gritó Medina persignándose—. -Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.</p> - -<p>Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.</p> - -<p>—Pero usted está ido, amigo mío —observó Llorente—; permítame que se -lo diga.</p> - -<p>—Esta es la más negra —murmuró Medina, rascándose la oreja—. ¿Pero -no le dije á usted?...</p> - -<p>—Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.</p> - -<p>—Perdone usted...</p> - -<p>—Hombre, que no.</p> - -<p>—¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en -mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le -encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano -Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un -momento las Osunas... corren malos vientos.»</p> - -<p>En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo -había dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el -cerebro como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura -de mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.</p> - -<p>—¿Pero qué hay con las Osunas?... —pregunté ansioso.</p> - -<p>—Ahí es nada: un bajón horrible.</p> - -<p>—Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.</p> - -<p>—Mañana las darán á 30, y será lo mismo.</p> - -<p>—¿Pero qué hay?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-295">p. II-295</span></p> - -<p>—Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana -la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se -empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted -esta semana al escritorio de Trujillo?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Ni al Bolsín?</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>—¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>—Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido -de su vida?</p> - -<p>Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en -la Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y -por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El -maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un -berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación -poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí, -deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia, -para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana -salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:</p> - -<p>—Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos -vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías... -Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras -cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?</p> - -<p>—No sé... déjame... creo que estoy loco.</p> - -<p>—¿Pero no lo recuerdas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-296">p. II-296</span></p> - -<p>—Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí -me sucede!...</p> - -<p>Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la -mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza, -miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella -noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama, -vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora -nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los -encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á -dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación -de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el -piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué -atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por -poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á -que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito -calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré -juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado -y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me -entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre, -con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre -amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi -alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo -hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en -el mundo.</p> - -<p>Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo<span class="pagenum" -id="Page_II-297">p. II-297</span> á hacer la liquidación de mi fortuna, -paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis nueve millones -de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las ganancias de -Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco más. Pero -luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por fin, -la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de un -truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por -mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba, -esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de -Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de -narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50, -y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo -quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de -Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi -amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.</p> - -<p>Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los -ojos, mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó -en acudir á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con -aspereza. Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. -Pintéle mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí -conminándole de este modo:</p> - -<p>—Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido -imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil -duros que te presté sobre las <i>Mezquitillas</i>. Pero búscame y facilítame -lo que puedas en esta semana.<span class="pagenum" id="Page_II-298">p. -II-298</span> Echando mano de cuanto tengo disponible, no me basta para -saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras de Tomás de la -Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los quince días. -Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto me puedes -dar?</p> - -<p>—Nada —replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.</p> - -<p>—¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de -juego. ¿No me ves con el agua al cuello?</p> - -<p>—A mí me llega á la coronilla —díjome con la misma pachorra, -señalando lo más alto de su cabeza.</p> - -<p>—¿No tienes quien te preste?</p> - -<p>—¡Yo! —exclamó con el acento que se da á lo inverosímil—. ¡Yo quien -me preste!...</p> - -<p>—Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña -la camisa.</p> - -<p>—La tengo empeñada —replicóme con cierto estoicismo de buena -sombra.</p> - -<p>—Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.</p> - -<p>—Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de -Villamejor.</p> - -<p>—Pues vende las <i>Mezquitillas</i>... Véndelas. Yo necesito mi -dinero.</p> - -<p>—Estás turulato. Tratamos por cinco años.</p> - -<p>—Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este -atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.</p> - -<p>—Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No -pienses por ahora en eso.</p> - -<p>—Pues tú verás lo que tienes que hacer —chi<span class="pagenum" -id="Page_II-299">p. II-299</span>llé exaltándome—. Es forzoso que vengas en -mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir doce, quince, diez y -ocho mil duros?</p> - -<p>Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y -echarle á puntapiés.</p> - -<p>—Pero ven acá, perdido, ladrón —le dije cogiéndole por las solapas—. -¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es -que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?</p> - -<p>Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy -natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de -mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra, -encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de -su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los -hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la -causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la -<i>señora</i>, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas -las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose -dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué <i>señora</i> aquélla! Su -colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes -sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla -y Jerez, y su participación en la mina <i>Excelsa</i> de Linares. Para que -se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su -ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía -la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía -que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba -dinero, poníase tan pe<span class="pagenum" id="Page_II-300">p. -II-300</span>sado que su mujer se veía en el caso de pedir billetes á -Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos con mozas del -partido en el <i>Cielo de Andalucía</i>.</p> - -<p>—¿Pero es posible —le dije clamando como si tuviera en mí la -autoridad de la religión y la justicia—, que hayas sido tan imbécil...? -¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?</p> - -<p>—¡Y tú me predicas... tú!... —objetó echándose á reir.</p> - -<p>—Hombre —repliqué algo desconcertado—, yo he hecho tonterías... pero -no tantas...</p> - -<p>—Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he -salvado y tú no.</p> - -<p>—¿Qué quieres decir?</p> - -<p>—Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he -tropezado con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú...</p> - -<p>No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla.</p> - -<p>—No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las <i>Mezquitillas</i>. -Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro...</p> - -<p>—¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica.</p> - -<p>Echóse á reir y me dijo:</p> - -<p>—Es un secreto. No me hagas preguntas.</p> - -<p>—Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo?</p> - -<p>—¿Y qué remedio tiene?... —me dijo alzando los hombros y riéndose -tanto, tanto, que yo también me reí un poco.</p> - -<p>—La verdad es —observé con sinceridad que me salía de lo mejor del -alma—, la verdad es que somos unos grandes majaderos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-301">p. II-301</span></p> - -<p>—Lo somos tanto —afirmó él entusiasmándose— que nos debían vestir -con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos -á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los -bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres -el que no quiere abrir los ojos.</p> - - -<h3>VII</h3> - -<p>Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, -para ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que -me buscase dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, -dándome algunos detalles que me lo probaron bien. La complicación de -sus trampas y la menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo -el <i>Saca-mantecas</i> podía ponérsele en parangón por aquel importante -concepto.</p> - -<p>—Con decirte —me susurró al oído con cierta vergüenza— que estoy -dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto... -cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién -creerás? Tu primo Raimundo.</p> - -<p>No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi -situación.</p> - -<p>—Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no -me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los -tribunales.</p> - -<p>—Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.</p> - -<p>—Que la busque...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-302">p. II-302</span></p> - -<p>—Ese es otro que tal... También la <i>señora</i>...</p> - -<p>—Más bien <i>las</i>... Ese las tiene por gruesas...</p> - -<p>Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para -todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por -cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes, -incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban -pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes. -Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar -unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que -tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los -compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros. -Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo -herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular, -odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como -un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me -habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres -se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los -demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban! -Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame -el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta -para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré -en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con -grosería, y eché á correr diciendo:</p> - -<p>—Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-303">p. II-303</span></p> - -<p>Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo -mismo le puse en la calle, gritando:</p> - -<p>—Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí -ni á ninguno de tu pícara casta.</p> - -<p>A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de -Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el -mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían -caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir -del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo -Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento -se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para -darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy -hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:</p> - -<p>—Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva, -donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme -delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres -divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu -conocimiento y satisfacción...</p> - -<p>Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia -él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan -solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor -de vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo -que quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por -las escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este -negro<span class="pagenum" id="Page_II-304">p. II-304</span> vacío en mi -alma y este afán de que alguien me quiera.»</p> - -<p>Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber -por qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! -no me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa -ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de -creer? Lo intentaría al menos.</p> - -<p>Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no -tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus -amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al -pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:</p> - -<p>—Cierre usted la puerta.</p> - -<p>La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué -haría? ¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media -vuelta; pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta -y me entró un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó -simplemente brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en -semejante estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de -pedir hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La -ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi -cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los -labios á la rejilla y me puse á dar voces:</p> - -<p>—Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me -queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño? -¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y -sois... cualquier cosa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-305">p. II-305</span></p> - -<p>Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi -demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro -giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido. -Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre, -porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.</p> - -<p>—Camila —grité—, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida... -Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te -pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él, -burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...</p> - -<p>Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, -notando en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba -haciendo. Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, -me la mojé. La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, -donde la pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al -mismo tiempo que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... -¡Oh, Dios mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y -también las risas del bruto...</p> - -<p>Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la -escalera, creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos -adelante; el barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, -y ¡brum!... me desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de -toda la espiral de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de -vida.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_25"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-307">p. II-307</span></p> - <h2 class="nobreak">XXV</h2> - <p class="subh2">Nabucodonosor.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo -tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que -estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta -el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron -el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió -á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en -cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego, -me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba -muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas, -mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda la -noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala cara... -Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de recobrada -eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me quedaba -por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos de la -muerte, en que tantas horas estu<span class="pagenum" id="Page_II-308">p. -II-308</span>ve, revolcándome en tenebroso espasmo, del cual apenas -quedaban vagas sensaciones musculares cuando desperté. Lo primero que -hice fué moverme, quiero decir, intentarlo. De este reconocimiento -resultó un fenómeno que al pronto no me hizo impresión; pero que poco -después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto. Yo no podía mover las -extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay, Dios! estaba como muerto. -Ramón debió leer en mi rostro la congoja de los esfuerzos que hacía, -y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que me dejara. Quería seguir -en reposo para pensar en aquel fenómeno tristísimo. A mi mente vino -una idea, con ella una palabra. Sí, me lo dije en griego para mayor -claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea de la justicia, que rara vez -deja de abrirse paso en nuestras crisis para alumbrarnos la conciencia, -apareció muy luego: «Bien ganada me la tengo.»</p> - -<p>Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia -física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la -sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no -sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con -toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise -hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban -pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban -el entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida -tal vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije -sino ¡<i>mah, mah, mah</i>! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que -resolví enmudecer. Me daba ver<span class="pagenum" id="Page_II-309">p. -II-309</span>güenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la mitad de lo que -fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que echarse á cuestas á la -izquierda cadáver, y por añadidura pensar como un hombre y expresarse -como los animales, es cosa bien triste...!</p> - -<p>Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas -cuando oyó mi espeluznante <i>mah, mah, mah</i>, no le fué posible fingir -tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á -la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de -Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba... -Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces -tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me -atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado. -Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas -tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa -erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa -presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me -martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la -fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres... -Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la -carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré -hasta por la mañana.</p> - -<p>Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no -saber quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche, -en<span class="pagenum" id="Page_II-310">p. II-310</span> fila delante -de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de aquellos -letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto en alguna -parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior de mi cama, -grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo arriba, los -brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á un balcón... -La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que brillaban -en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que hacen en -la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra que -me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á los -ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella -buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza -observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy -acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y -aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en -un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran -ni cómo se llamaban.</p> - -<p>Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer -cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda -de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas -y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin -par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento -y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María -Juana, la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo. -Pero tuve espanto y vergüenza de que mis tres<span class="pagenum" -id="Page_II-311">p. II-311</span> primas me oyeran. No, antes reventar que -darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico. Eloísa fué la -primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en que las tres -estaban cual aves posadas en una rama.</p> - -<p>Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas. -Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no -dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro -del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen -rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio -á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado -y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión -casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la -conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba, -y yo... mutis. «No oirás este <i>mu</i> del buey herido, prenda de mi -corazón», pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí, -porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi -vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas -(no sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, -y él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron. -Camila vino hacia mí, dejan<span class="pagenum" id="Page_II-312">p. -II-312</span>do la costura, y me dijo: «¿Qué tal?» En mi sensibilidad -fuertemente perturbada hizo aquel <i>qué tal</i> el efecto de un intenso -olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A punto estuve de -hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El silencio había -venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad bastante -para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé -pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que -fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero -y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por -la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué -culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades -más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta. -Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita, -entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy -grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun -venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á -los locos», pensé.</p> - -<p>Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos -obsequiándome al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener -los pruritos dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y -dándome un apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá -usted pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la -voz, inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso -es el resultado de dejarse dominar por las pasio<span class="pagenum" -id="Page_II-313">p. II-313</span>nes y apetitos, en vez de vencerlos, como -hace toda persona que merece el nombre de varón. Conque cuidado, y -no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal oía yo, ví á María -Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre la mesa estaban... -Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole tácitamente por sus -inoportunas observaciones, y se fueron. Por la tarde vino ella sola; -se sentó frente á mí al costado de la cama, y me estuvo mirando como -una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué no hablas?» me dijo -al fin, estrechándome con amorosa fuerza la mano. Dile á entender -que no podía, y entonces me trajo lápiz, papel y un libro para que -escribiera sobre él. «Soy Nabucodonosor», escribí, no sin trabajo. -Y ella consternada: «¡Qué cosas tienes!... Verás cómo te curamos.» -«Soy un animal, ladro...» escribí. Iba á decir que entre las tres -me habían puesto así, la una por no quererme, y las otras dos por -quererme demasiado; pero me faltó el pulso, y sólo pude escribir en un -garabato: «Tú... culpa...» Leyólo un tanto indignada y rompió el papel, -guardándose los pedazos.</p> - -<p>¡Cómo podría yo pintar aquel inmenso tedio mío, y la pena de verme -medio muerto, inmóvil, y de considerar que nunca más volvería á ser -el hombre que fuí! En tal extremidad, la esperanza de la muerte venía -á ser el único consuelo, y por fomentarla en mí resistíme á tomar las -medicinas que recetaba Miquis. Administrábame revulsivos y enérgicos -derivativos; y para que mi semejanza con un perro fuera mayor, dábame -la estricnina. Pensé decirle por escrito<span class="pagenum" -id="Page_II-314">p. II-314</span> que me diera de una vez la morcilla, para -hacerme reventar. ¡Terrible trance verme en tanta miseria, rodeado -de todas las prosas de la vida humana, no pudiendo valerme sin ajeno -auxilio! Ramón y Constantino me movían de aquí para allí, cargándome -como á un leño, y haciendo conmigo lo que las madres de más abnegación -hacen con un pobre niño sucio, incapacitado é irresponsable. Admiraba -yo la caridad de entrambos, y mayormente la de Constantino, que no -tenía obligación de hacerlo, y lo hacía por pura lástima de mí. Dios -se lo pagaría. Yo vivía, si vivir era aquello, en plena inmundicia, -sintiendo un asco de mí mismo que no es comparable á nada. Era la -conciencia física que me acusaba en aquella forma tan grosera como -expresiva. Y aquel noble mancebo á quien yo había ofendido gravemente, -hiriéndole en su opinión si no en su honor, era quien con más gallardía -cuidaba de mí, afrontando aquellas repugnancias con ese valor de -sentidos que no es menos meritorio que el nervioso valor llamado -bravura ó heroísmo. ¿Por qué lo hizo? Porque le salía de dentro sin -duda, y era vengativo á estilo de Jesucristo. Su mujer le incitaba -también á ello con cristiano entusiasmo. Ya no podían temer que yo les -deshonrara; yo era una cosa más bien que una persona, un pobre animal -moribundo que ladraba, pero que ya no podía morder. Poco más viviría, -á juicio de ellos. Su compasión, por tal motivo, me daba el golpe de -gracia.</p> - -<p>¡Y cómo me acordé, al verme en tales podredumbres, hecho una plasta -asquerosa, de la enfermedad de Eloísa, de su horror á la fealdad -y<span class="pagenum" id="Page_II-315">p. II-315</span> de sus esfuerzos -por buscar <i>postura</i> bonita en su muladar! ¿Qué discurriría yo para -hacerme el interesante en tan prosáico estado? ¿Qué arbitrios de -coquetería morbosa y fúnebre inventaría para dar poético giro á mi -situación, como cuando á ella se le ocurrió aquello del tul, que -referido en su lugar queda? Nada, nada: mi calamidad pedestre é inmunda -no tenía compostura posible. Para mayor desgracia se me había torcido -la boca, y esto me causaba tal horror, que no me atreví á pedir un -espejo para mirarme. La lengua no funcionaba: érame difícil pegar la -punta de ella á la arcada dentaria superior, y de aquí que no pudiera -pronunciar algunas consonantes. La deglución érame también algo -difícil, y por esto... me repugna decirlo; pero violentándome lo diré -para que lo sepáis todo: ¡se me caía la baba!</p> - -<p>Mandó Augusto que me levantaran y me pusieran en un sillón, -donde estaría mejor que en la cama. Entre Constantino y mi criado -me vistieron como se viste á un muerto, y me sentaron, rodeado de -mantas y almohadas. Debía de asemejarme, en mi inmovilidad, á una de -esas figuras egipcias que parecen estar esperando la conclusión de lo -infinito por la rígida paciencia con que sentadas están. A veces de mi -boca caían hilos gelatinosos sobre mis manos cruzadas sobre el vientre. -Entonces Constantino, ¡oh angelón incomparable! daba algunos pasos -hacia mí, y con un pañuelo me limpiaba.</p> - -<p>Si en esto de la asistencia tenía yo tanto que agradecer al marido -de Camila, en otra clase de auxilios Severiano era mi hombre. Sin él no -sé<span class="pagenum" id="Page_II-316">p. II-316</span> qué habría sido -de mí, porque se constituyó en guardián de mis intereses, y tomó muy á -pechos todo lo concerniente á los negocios míos, que habían quedado en -suspenso el día de mi enfermedad. Él y Medina llevaban adelante con la -mayor energía la acción judicial contra Torres y Samaniego. Ignorábase -el paradero de Torres. El agente daba la cara, ofreciéndose también -como víctima, y se prestaba á remediar el daño hasta donde alcanzaran -sus fuerzas. Halléme en las peores condiciones para alcanzar justicia, -pues antes que yo habían de cobrar los que, como Cristóbal, tenían la -garantía legal de la publicación. Severiano consiguió que el Juzgado -embargase la casa de la Ronda; pero he aquí que el contratista de la -obra se echó encima de la finca, probando que no se le había pagado más -que uno de los plazos de la construcción. En fin, que primero cobraría -el contratista; después Medina, y luego Llorente, yo y los demás, -si algo quedaba. De todo esto me informaba Severiano, atenuando lo -desagradable, y dándome esperanzas que yo no podía tener. Todo iba mal, -muy mal para mí, como veréis por lo que sigue.</p> - -<p>A los cinco días del ataque noté alguna mejoría en el uso de la -preciosa facultad de hablar. Emitía las vocales sin dificultad, y -algunas consonantes no me costaban trabajo. Otras, como la <i>te</i> y la -<i>erre</i>, se resistían. Nacía en mí, pues, la palabra, siguiendo el -proceso ó desarrollo fonético de los niños. Educaba mi lengua como -la educan ellos; mas hacíalo á solas, temeroso de parecer ridículo á -los que me oyeran. Tal era mi<span class="pagenum" id="Page_II-317">p. -II-317</span> estado, cuando Severiano vino á manifestarme que las letras -que giré á cargo de mis arrendatarios de Jerez habían sido protestadas, -y venían contra mí, con la añadidura de los gastos de resaca. Él -hubiera querido ocultármelo y recogerlas del banquero que las tenía; -pero sus tentativas para reunir el dinero eran infructuosas, y no tenía -más remedio que decírmelo para que yo determinara. «¡Bonito porvenir! -—pensé—. Hállome convertido en animal, y con tres pleitos sobre mí: uno -contra Torres, otro contra los Hijos de Nefas y el tercero contra mis -arrendatarios Manuel Roldán y su hermano. Daré poder mañana mismo para -exigirles el pago. Les embargaré, les venderé hasta la última bota de -vino.»</p> - -<p>—No será difícil encontrar el dinero que necesitas hipotecando esta -casa —me dijo Severiano—. Ten presente otra cosa, y es que el día 12 te -vencen las letras de Tomás de la Calzada.</p> - -<p>Estas palabras fueron como un martillazo en mi cerebro. ¿Qué tal -estaría mi cabeza que se me habían borrado de ella las letras de -Sevilla y hasta toda idea de que las Pastoras existiesen en el mundo? -¡Cuánto padecí en aquel momento al considerar que ni aun encontrando -quien me prestase cincuenta mil duros con garantía de mi finca, podía -yo conjurar la tormenta que sobre mí venía! Para pagar las letras -de las Pastoras y recoger las devueltas de Jerez, necesitaba más de -ochenta mil duros, y esto sin pérdida de tiempo, pues la casa tenedora -de estas últimas era el <i>Crédito Lyonés</i>; y no teniendo amistad con el -gerente ni con ningún consejero de ella, no podía<span class="pagenum" -id="Page_II-318">p. II-318</span> esperar que me diesen la prórroga ó -respiro que habría sido tal vez mi salvación. En estos casos las -determinaciones acudían pronto á mi mente, aun hallándose, como se -hallaba, enteramente desquiciada.</p> - -<p>—Vete corriendo á ver á Medina —dije á Severiano, parte por señas, -parte escribiendo y algo también con ladridos—. Es el único que -puede... Veamos si quiere darme... cincuenta mil duros... Hipoteco esta -casa...</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Quedéme solo con Ramón, en la mayor ansiedad, rumiando mi desdicha. -«¡Si al menos fuera un hombre, si al menos me obedeciera esta máquina -estúpida!... —pensaba—. ¿Pero qué ha de hacer una bestia más que -cocear, dar bramidos, comer el pienso y morder á alguien si la dejan?» -Por más vueltas que le diera, no podría dominar el conflicto en que -me hallaba; y en caso de que no encontrara un prestamista, las letras -de las Pastoras se quedarían sin pagar, y yo deshonrado á los ojos de -aquellas hidalgas personas. La aflicción que esto me produjo superaba -al sentimiento y pesadumbre hondísima de mi enfermedad. Habría dado -yo el lado derecho, que aún tenía vivo, por poder cumplir en aquel -caso con lo que exigían mi honor y la altísima consideración que -á las amigas de mi madre debía. «¡Pobres señoras, qué pensarán de -mí! Dirán, y con razón, que me he comido su fortuna... No: esto no -será, aunque tenga que vender la camisa. Aún<span class="pagenum" -id="Page_II-319">p. II-319</span> puedo negociar los créditos á mi favor, -aunque sea con pérdida de un cincuenta por ciento. Me quedaré sin un -real y en situación de pedir limosna como esos infelices lisiados que -se arrastran por los caminos; pero las Pastoras cobrarán... ¡pues no -han de cobrar!...»</p> - -<p>Y la maliciosa ironía de mi destino saltaba dentro de mí apuntándome -la negativa: «No cobrarán; las dejarás en la miseria, y ambas serán -los fantasmas que te persigan y te atormenten en tus últimos días. -Porque Nefas no te pagará; de los Roldanes no verás un cuarto, y -como no pleitees con Severiano, despídete de la hipoteca de las -<i>Mezquitillas</i>... ¡Pobres inglesas! ¡Caer en la miseria al fin de -su vida, sin más culpa que haberse fiado de tí, creyéndote persona -formal!... En esta horrible situación de animalidad en que te han -puesto tus vicios, mal hombre, te revolcarás impotente sin hallar -consuelo en ninguna postura; y cuando te vuelvas de este lado, verás -á la Morris dando lecciones de inglés para ganar la vida, ¡infeliz -señora, anciana, medio ciega! y cuando te vuelvas del otro lado, verás -á la Pastor pintando un cuadrito bucólico moral para rifarlo entre -la colonia jerezana y malagueña de Madrid, á fin de sacar algunos -reales con que atender al sustento. Y se llegarán á tí y te rascarán -con la punta del palo de la sombrilla, porque tendrán lástima de tu -padecer... Y aun te lavarán la jeta, que tendrás sucia de hocicar en la -artesa en que se te echa la comida, porque no podrás ni sabrás comer -con las manos como los hombres... Y aun te aflojarán la cuerda que se -te ponga al pescuezo para que<span class="pagenum" id="Page_II-320">p. -II-320</span> no te escapes; porque sábete que vas á ser animal dañino -que correrás tras las mujeres y los niños para morderles... Y cortarán -hojas verdes y frescas para ponértelas en el lomo y defenderte de las -moscas... Porque ellas, en su pobreza, seguirán siendo las personas -más cristianas del mundo, y vencerán su asco para compadecerte, y se -impondrán el sacrificio de mirarte, como una penitencia de la falta -enorme de haber confiado en tí.»</p> - -<p>Así pensaba yo, y sudores de angustia me corrían por la cara abajo. -Entró Camila á darme de comer, y aunque yo no tenía tranquilidad para -nada mientras no viniese Severiano con buenas noticias, consagréme á -la función aquélla con verdadero gusto, no sólo por ser mi prima quien -me auxiliaba, sino porque de todo mi organismo sensorio, el único -apetito que permanecía vivo era el que preside á la asimilación de los -alimentos.</p> - -<p>Y había que ver el cuidado con que mi borriquita, después de ponerme -una servilleta por babero, me llevaba la cuchara á la boca ó el tenedor -con los pedazos de carne, haciendo con sus morros, por instinto -imitativo, contracciones iguales á las que yo hacía. A pesar del esmero -que ella ponía en esta operación, yo, he de decirlo claramente, no -comía con limpieza. Faltábame flexibilidad en los labios, y por mucho -cuidado que tuviera para no dejar caer nada de la boca, algo se me caía -siempre. Erame forzoso poner mucha pausa en aquel acto para estar en él -lo menos desagradable á la vista que me fuera posible. ¡Qué lástima tan -profunda se pintaba<span class="pagenum" id="Page_II-321">p. II-321</span> -en el rostro de ella! Yo quería que mis ojos expresasen lo contrario de -lo que se desprendía de aquella bestialidad grosera, y no sé si lo pude -conseguir. Creo que no. Mis ojos no podían expresar más que el estupor -del idiota y los anhelos de una gula repugnante. «Acuérdate, Camila —le -decía yo con el pensamiento—, de cómo te quiso este cerdo cuando era -hombre.»</p> - -<p>No había yo concluído de devorar cuando entró Severiano. En la cara -le conocí que me traía buenas noticias. «Si Medina no quiere arreglarlo -—me dijo—, otro lo hará. Es un buen negocio... Tu casa vale más del -millón. A Medina le he encontrado indeciso, con ganas de servirte, mas -con poco dinero disponible por el momento; y como la cosa urge... Pero -descuida, que ya se arreglará. ¿Y lo que falta luego para pagar las -letras de Sevilla?... Hay que tener confianza en la Providencia, que no -es tan perra como dicen.»</p> - -<p>Observé con inquietud que Camila se daba aire como sofocada, que -palidecía y cerraba los ojos. ¿Acaso estaba enferma? De repente salió; -la sentí en mi alcoba. Hice señas á Severiano, que, pensando como yo, -dijo:</p> - -<p>—¿Se habrá puesto mala?</p> - -<p>Mi amigo fué tras ella, y á poco rato volvió á decirme:</p> - -<p>—Camila está... vomitando.</p> - -<p>«Es que le he dado asco —pensé sintiendo un nudo horrible en mi -pecho—. No tiene valor de sentidos como Constantino, y le falta -estómago para cuidar animales enfermos.» No tardó en aparecer la -borriquita, limpiándose las lágrimas y riendo. Con mis ojos alelados le -pregunté como pude lo que tenía, y no quiso con<span class="pagenum" -id="Page_II-322">p. II-322</span>testar. Pero no debía ser lo que yo me -figuraba, porque siguió riendo y mirándome con piedad; y en un momento -en que Severiano no estaba conmigo, me dijo, llevándose ambas manos á -su esbeltísimo talle:</p> - -<p>—Es que estoy...</p> - -<p>Cogí el lápiz, y con cierto énfasis que no vacilo en llamar -inspiración, escribí: «¿Belisario?»</p> - -<p>Y ella decía que sí con la cabeza y con el júbilo que iluminó su -rostro gitano, que á mí me hacía el efecto de tener la propia cara del -sol dentro de mi gabinete. Yo escribí: «Me alegro.» Pero no sé si me -alegraba verdaderamente, ó si sentía una pena cosquillosa. Camila, que -era muy comunicativa por naturaleza, gritó «tres meses», sacando del -puño cerrado tres dedos para expresármelo mejor.</p> - -<p>Retiróse al anochecer, con lo que para mí anochecía dos veces. -Absolutamente privado de toda facultad sensoria que no fuera el -placer de comer, pensaba en lo ideal que se había vuelto mi amor. Por -esto, gracias á Dios, yo no era completamente bestia. Si aquello me -faltara, hubiera andado á cuatro pies, siempre que el izquierdo y la -mano del mismo lado lo consintieran. Pero conservaba mi alma, aunque -desquiciada, y en mi alma aquella chispa divina, por la cual me creía -con derecho á reclamar un sitio en el mundo espiritual, cuando la -bestia cayese por entero en el inorgánico. La conciencia de aquella -chispa me consolaba de tener cara de idiota, voz como un ladrido, -cuerpo de palo, y de sentir caer las babas de mi boca. Pero ya lo he -dicho: depuración mayor de un sentimiento no era posible. El delicado -Petrarca era<span class="pagenum" id="Page_II-323">p. II-323</span> un -sátiro ante Laura, y el espiritado <i>Quijote</i> un verdadero mico ante -Dulcinea, en comparación de lo que yo era ante Camila. No cabía más -pureza que la que mi incapacidad me daba. Vedme aquí hecho un santo, de -esos que aman por lo divino y sutil, sin ningún interés de la carne ni -cosa que lo valga, siendo un montón de ceniza corporal que guarda los -encendidos hornos del alma. Ya veis cómo aquel puerco de que os hablo -no era todo escoria: yo reconocía en mí el conjunto extraño de bestia -y ángel que caracteriza á los niños; pero nada de lo que constituye el -hombre.</p> - -<p>Por la noche fué María Juana, que de buenas á primeras me dijo:</p> - -<p>—Cuenta con el préstamo sobre la casa. Medina vacilaba, no por falta -de voluntad, sino por no tener en el momento fondos disponibles. Pero -yo le he dado tal carga, que es cosa hecha. Mañana mismo hará Muñoz y -Nones la escritura. ¿Puedes firmar? Sí... Pues no te apures. Cristóbal -hablará mañana con los del <i>Crédito Lyonés</i>, encargándose de recoger -las letras protestadas.</p> - -<p>Yo le expresaba mi agradecimiento con gestos y miradas. Y el favor -era completo y redondo, porque según me dijo mi ilustre y sapientísima -prima, su marido me hacía el préstamo en las mejores condiciones -posibles, por un año, con el módico interés de cinco por ciento... -Hícele saber que para salir de mi atolladero necesitaba aún treinta -mil duros, á lo que contestó que arañando en sus economías y dando -otro tiento á Cristóbal, podía facilitarme seis ú ocho mil duros; pero -pasar de aquí érale punto menos<span class="pagenum" id="Page_II-324">p. -II-324</span> que imposible.</p> - -<p>—No hay que soñar —añadió—, con que mi marido se corra más. Ya sabes -que él es generoso; pero lo es una sola vez en cada caso. Medina no -repite... mil veces te lo he dicho. Si ahora saliera yo pidiéndole -más dinero, puede que se le quitaran las ganas de hacerte el préstamo -gordo. Él es así: aceptémosle reconociendo que es muy bueno, y no le -perdamos por querer hacerle mejor.</p> - -<p>Parecióme esto tan discreto y prudente, que nada tuve que objetar -á ello. Poco después vino Cristóbal, y se me mostró tan afable, tan -bondadoso, que á poco más se me saltan las lágrimas. Declaraba que -lo que hacía por mí no era digno de reconocimiento; rogábame que no -hablase de ello, y que no le sacara los colores á la cara con mis -importunas gratitudes. Dióme esperanzas de obtener algo en el asunto -de Torres, que no dejaba de la mano. Por fin se sabía que el fugitivo -estaba en Pau. Su abogado, uno de los más famosos de España, le había -escrito que no se encargaría de su defensa si no se presentaba en -Madrid. Era, pues, posible que viniese, ingresando desde luego en el -Saladero, en virtud de providencia judicial ya dictada.</p> - -<p>Con estas noticias me animé un poco; pero aún me amargaban el -espíritu las dificultades para salir del compromiso de las letras, -si algún inesperado suceso no venía á favorecerme por donde menos -lo pensara. Dije á Severiano que tantease á mi tío, que también fué -aquella noche, y que, después de haberse retirado Cristóbal con su -mujer, se puso á jugar al tresillo con Miquis en mi gabinete. Pero ¡ay! -que mi buen tío estaba en si<span class="pagenum" id="Page_II-325">p. -II-325</span>tuación de que le pusieran niñera, y no servía absolutamente -para nada. Entre él y yo la diferencia no era grande, pues si disponía -de sus cuatro remos, en cambio arrastraba los pies al andar, y ya se -había caído dos veces en la calle. A lo mejor se quedaba como dormido y -costaba trabajo despertarle. Su conversación era ya enteramente difusa, -incoherente, sin sentido, y á lo mejor se salía con unas sandeces tan -primitivas que ningún oyente sabía tener la risa. Yo le miraba desde mi -sillón ó desde mi lecho, y me decía: «¡Si tendré yo el mismo aspecto de -niño bobo!... Debo de tenerlo.»</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Pues, como dije, Severiano trató de ver si aquel pobre anciano -infantil podía disponer de algún dinero. El resultado fué muy singular. -Primero le manifestó mi tío con espontáneo arranque que le era fácil -proporcionarme un millón de reales. Severiano puso cada ojo como un -puño al oir tal ofrecimiento. Media hora después, hablando de lo mismo, -don Rafael se asombró de oir á mi amigo lo del millón, y le dijo:</p> - -<p>—Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó -no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la -disposición de José María mil reales... ni más ni menos.</p> - -<p>Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de -sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches iba -un rato tan <i>trigonométricamente trastrocado</i> co<span class="pagenum" -id="Page_II-326">p. II-326</span>mo siempre, se me sentaba al lado y empezaba -á hacer chistes para distraerme. Pero ocurría una cosa muy rara, y era -que ya no me hacían gracia maldita las ingeniosidades de aquel juglar -de la frase. Sabíanme todas las suyas á fiambre pasado, ó manjar sin -sazón. Era un amaneramiento y un repetir de fórmulas que se me sentaban -en la boca del estómago. Yo no me reía ni pizca, para que se marchase -pronto y me dejara en paz.</p> - -<p>Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á -Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro -de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del -tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho, -inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos -siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije -nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos -con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró -en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y -pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me -contestó:</p> - -<p>—Nada, tonterías; no me acuerdo...</p> - -<p>Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero -afán.</p> - -<p>—Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos -—me dijo—. Pasado mañana vencen las <i>Pastoriles</i> letras. No te ocupes -de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas. -Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.</p> - -<p>Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita -y prudente María Juana venir<span class="pagenum" id="Page_II-327">p. -II-327</span> á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos, en un lío de -billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando el don de -estas palabras:</p> - -<p>—No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que -te hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á -Medina, y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir -al cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de -la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes -suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación -de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con -practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que -la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido. -Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me -hicieras un recibo...</p> - -<p>Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que -rechazó escandalizada.</p> - -<p>—Por ningún caso —me dijo—, y ni el reintegro de la suma aceptaría -si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si -algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte -de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de -lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras -cosillas.</p> - -<p>Muy agradecido estaba yo; pero el rasgo de Camila, del cual no tuve -noticia hasta el día siguiente, fué la emoción más grande y placentera -que recibí en aquel caso. ¡Pobre borriquita! ¡pobre Cacaseno de mi -alma! ¡Cómo se portaban conmigo, y qué lección me daban los dos! -Cuan<span class="pagenum" id="Page_II-328">p. II-328</span>do Severiano -me lo dijo, lloré, podéis creérmelo. Porque mi sensibilidad lacrimal -era muy grande, y á la menor emoción me corrían ríos por la cara. Si -esto es infantil ó canino, ó un simple fenómeno de debilidad nerviosa, -lo ignoro; lo que sé es que el corazón se me hacía un ovillo cuando -Severiano me contó lo que á la letra copio:</p> - -<p>—Camila me ha ofrecido empeñar sus pocas alhajas para venir en tu -socorro. No sé si te dije que Constantino ha vendido, con el mismo fin, -el caballo que le regalaste. Dicen que ahora que eres pobre te han de -devolver todo lo que tú les diste cuando eras rico.</p> - -<p>—¡Pobrecillos... ángeles de Dios... niños de mi corazón!... —exclamé -rompiendo á hablar, aunque de una manera estropajosa—. Te juro que -van á ser mis herederos... Para ellos, sí, todo lo que se salve del -naufragio... Pero mira tú: si se puede arreglar de otro modo, no -admitas las ofertas de esos pedazos de mi alma...</p> - -<p>—Eso lo veremos. Difícil será el arreglo, si cada cual no viene con -su <i>glóbulo</i>, como dice mi ilustre amigo, el sabio entre los sabios, -don Isidro Barragán.</p> - -<p>Y el propio Constantino, que poco después se presentó, no quiso -admitir mis expresiones de agradecimiento, transmitidas por el lápiz y -por los exagerados mohínes de mi cara. Lo que hacían por mí hacíanlo -de buena voluntad. Cierto que yo les había perjudicado con mis malas -intenciones; pero marido y mujer, en presencia de mi situación -lastimosa, me habían perdonado de todo corazón. La noche de mi ataque, -cuando subí y llamé á la puerta, hallábase él tan irritado<span -class="pagenum" id="Page_II-329">p. II-329</span> con mi pesadez, que en -un tris estuvo que saliera y nos pegáramos en la escalera. Cuando me -sintieron caer, asustáronse mucho. Uno y otro pensaron que yo me moría -aquella noche, y les acometió remordimiento de conciencia y estuvieron -muy intranquilos hasta el día siguiente. Dios había querido que yo -viviese; mas á ellos toda la ojeriza que me tenían se les disipó -al verme como me veían. Camila y él hablaron de perdonarme. Ambos -lo propusieron, y simultáneamente se felicitaban de este cristiano -pensamiento.</p> - -<p>—Nos ha dañado en nuestra opinión, pero bien caro lo paga —había -dicho Camila con inocencia de niña de escuela—. No seamos más papistas -que el Papa, ni más justicieros que la justicia de Dios. ¿No estamos -bien tranquilos en nuestra conciencia? ¿No sabemos tú y yo, como éste -es día, que ni él pudo conquistarme, ni había tales carneros, ni Cristo -que lo fundó...? Pues si hay algún necio que crea otra cosa, déjalo y -con su pan se lo coma.</p> - -<p>Corolario de estas generosas palabras, las más juiciosas, las -más cristianas y quizás las más elocuentes en su sencillez que yo -había oído en mi vida, fué la idea de asistirme en mi enfermedad y -de socorrerme en mi pobreza. Me impresionó tanto, tanto lo que aquel -bruto me dijo con su lenguaje sin retóricas y su lealtad sin estudio, -que le dí un fuerte abrazo y le besé como á un niño. Lo mismo habría -hecho con su mujer, sin reparo ni malicia alguna. Sí, eran mis hijos; -serían mis herederos, si algo podía salvar de entre los escombros de mi -fortuna.</p> - - -<h3 title="V"><span class="pagenum" id="Page_II-330">p. II-330</span>V</h3> - -<p>Mis inquietudes con respecto al pago de las letras no se calmaban -con las seguridades que me daba Severiano de arreglar este asunto. -«¿Pero cómo, pero cómo...?» Díjome que había conseguido arrancar á -Villalonga unos tres mil duros, y que él, por sí, había reunido cinco. -¿Y qué hacíamos con tal miseria? Mirándome flemático, me declaró lo que -sigue:</p> - -<p>—No te lo quería decir. Pero es preciso que lo sepas. La cantidad -está completa. ¿A que no aciertas de dónde ha venido este socorro -salvador?... No habrá más remedio que cantar claro... De tu prima -Eloísa.</p> - -<p>La impresión recibida por mí al oir esto, fué de tal modo fuerte -que, valiéndome de las extremidades de un solo lado, me eché de la -cama. Con gritos y gestos expresaba yo mi terror, mi vergüenza y la -resolución de no admitir aquella ofrenda. Hizo mi amigo esfuerzos por -calmarme. Ramón y él me vistieron. Pusiéronme luego en mi sillón como -un muñeco, y allí aguanté la rociada de palabras y razonamientos que me -echó Severiano.</p> - -<p>—Tu situación no es para esos humos ni para que nos andemos con -escrúpulos tontos. Estás en el caso de aceptar lo que venga sin mirarle -la cara... Después pagarás y <i xml:lang="la" lang="la">pax Christi</i>... -Cuando ví la cosa fea, me fuí á casa de Eloísa. Encontrémela muy -afligida, pensando en tí, en tu ruina corporal más que en tu pobreza, -y me obsequió con la mar de lágrimas y suspiros.<span class="pagenum" -id="Page_II-331">p. II-331</span> «Venderé todo lo que tengo, por sacarle -de su compromiso.» «Pues empiece usted.» La verdad, chico, lo que -en la casa ví más me revelaba propósitos de engrandecimiento que de -liquidación. Enseñóme un cuadrángano grande que había comprado el -día anterior y otras preciosidades... «¿Y cuánto hace falta?» me -preguntó con aquella vocecita cristalina... Quedamos por fin en que si -me buscaba diez mil duros, tu firma quedaría en salvo. Miró un rato -al suelo, el ceño fruncido. «¡Mucho es!» dijo suspirando, y echando -miradas de amor á sus cachivaches. En fin, chico, ¿para qué andar con -rodeos?... ¿te lo digo?... Pues allá va. Sin vender ni un alfiler, me -trajo ayer los diez mil duros. Se los ha dado Sánchez Botín.</p> - -<p>Empecé á echar sangre por la boca, porque me mordí la lengua. No -puedo pintar la turbación que me causaba aquel socorro que me venía de -la prostitución elegante, aquel rechazo de mis vicios de antaño. Toda -la saliva que yo había escupido á la faz de la sociedad y de la ley, me -caía ahora en la cara, causándome indecible repugnancia. No fué preciso -que Rodríguez me diera más explicaciones, pues el caso se me presentó -en todo su horror elocuente. La prójima se había vendido por una suma -destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa, -Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que -formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos -por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal -Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una -vez: «Si me<span class="pagenum" id="Page_II-332">p. II-332</span> ponen -en la alternativa de querer á todos los soldados de un regimiento uno -tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto por lo primero.» -Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo tenía en su alma: -puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones de trapos y arte -decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el aborrecible, -asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo: si me -hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como sentí -aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se puede -agradecer.</p> - -<p>Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:</p> - -<p>—Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis -mil duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se -me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y -tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle -reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada -más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando -al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me -lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la -repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado... -Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere -interés. «No es préstamo —me dijo lo menos veinte veces—: es regalo, es -restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase -que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.</p> - -<p>Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. -Mi conciencia se sublevaba;<span class="pagenum" id="Page_II-333">p. -II-333</span> se me venían á la boca expresiones airadas y terribles. Mi -honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias y asechanzas que -le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en mis acciones. Antes -todos los males que aquel arrimo ó protección indecorosa de una mujer -que pagaba mis deudas con el dinero de sus queridos. Creo que en aquel -trance me expresé sin dificultad; al menos yo dije á Severiano todo lo -que quería decirle.</p> - -<p>—Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de -devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le -digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita. -Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira -que esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto -de las letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se -pueda. Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te -lo pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios -nos recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado -del mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por -haber.</p> - -<p>En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras -conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.</p> - -<p>—Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar, -no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo -que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo el -mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un tajo -á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya<span -class="pagenum" id="Page_II-334">p. II-334</span> hipotecada la casa... En -cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que traiga á los prenderos? Pues -vendrán, y verás cómo no te dan arriba de dos ó tres mil duros... por -lo que vale siete ú ocho mil. No hay solución por ese lado... Pero -pues tú lo quieres, devolveré los diez mil á Eloísa, con tal que te -sosiegues, que no te excites... Mira que te vas á poner peor.</p> - -<p>Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo -que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas -y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos. -Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando -verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve -muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo -decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba -el presagio de mi fin desgraciado.</p> - -<p>Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar -al despacho.</p> - -<p>—¿Qué has hecho? —le pregunté cuando volvió á mi lado.</p> - -<p>—¿Qué había de hacer? Pagar las letras —me respondió -mostrándomelas—. Aquí las tienes, con el <i>recibí</i> de Lafitte... Y no me -preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para boberías -de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como vienen, como -resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos. Todo lo -demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las regiones -etéreas.</p> - -<p>Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna -opinión. Yo temblaba al<span class="pagenum" id="Page_II-335">p. -II-335</span> pensar que Eloísa iría á verme como en solicitud de -mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto, ocurrió este -desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando no había -ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla, mi -conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo hacer. -Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre él -la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara -desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era. -Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por -ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues, -que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya; -y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de -mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con -ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á -dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería, -á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban, -transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que -tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que -saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de -hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay -más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro -muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.</p> - - -<h3 title="VI"><span class="pagenum" id="Page_II-336">p. II-336</span>VI</h3> - -<p>—A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de <i>jieles</i> —me -dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto—. Yo también he tenido -que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy -amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una -charada. <i>La solución en el próximo número.</i></p> - -<p>No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra, -no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo -claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme -á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz -que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz -atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de -capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco -de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el -no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras -sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero -hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia -Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me -asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.</p> - -<p>—¿Por qué estás tan callado? —me decía ésta—. Ramón me ha dicho que -ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo -expresarte bien?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_II-337">p. II-337</span></p> - -<p>—No creas á Ramón, borriquita —escribí—. Me he quedado absolutamente -mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.</p> - -<p>—De poco te valdrá no decirlos si los piensas —me contestó con -admirable sentido.</p> - -<p>¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates -tengo que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. -Una mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si -por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un -segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo -que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A -mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:</p> - -<p>—Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera -se evitaría?</p> - -<p>—No me ocurre ninguna.</p> - -<p>—¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á -tener Camila?</p> - -<p>—¡Claro, tu nene...!</p> - -<p>Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba. -Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.</p> - -<p>—Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la -atrocidad que has dicho...?</p> - -<p>Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. -¡Desgracia mayor! Yo me daba á los demonios.</p> - -<p>—Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba —aseguró mi -amigo con su calma habitual—. La otra noche, á eso de las doce, -dormías, y en sueños dijiste: ¡<i>Belisario... hijo mío</i>! y con una -expresión de cariño, con un tono de padrazo bo<span class="pagenum" -id="Page_II-338">p. II-338</span>nachón y meloso... Parecía que estabas -besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá hasta -Noviembre, según dijo ayer su mamá.</p> - -<p>—¿De veras que pronuncié yo esas palabras? —dije, quedándome como -lelo—. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una -bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis -absurdos por verdades.</p> - -<p>No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso -silencio. Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos -en defensa de Camila, que al fin me parece quedó convencido.</p> - -<p>Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía -disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me -salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal -vez? ¿La frase suya de los <i>disparates pensados</i> provenía de haberme -oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no -recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de -actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia -de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no -estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun -así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me -sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:</p> - -<p>—Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna -barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.</p> - -<p>Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas -misteriosas, obscuras y siem<span class="pagenum" id="Page_II-339">p. -II-339</span>pre veladas regiones del sueño; pero despierto era yo la -persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas las virtudes, -toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de aquel cariño -paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna pasión. -No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna -casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en -aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud, -debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza, -haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la -contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen -en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía -con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo -deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba -mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones -humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la -cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á -los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno -de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al -fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí, -infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que -llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo -de la familia humana las perniciosas semillas...</p> - -<p>No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban -en mis sanas ideas. Am<span class="pagenum" id="Page_II-340">p. -II-340</span>bos estaban tan arrumbados físicamente como yo, igualándome -en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas que decían -en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo. Eramos tres -sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el <i>triple trapecio</i> -de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca famosa á -Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo como -buenos amigos, el demonio me lleve.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChII_26"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-341">p. II-341</span></p> - <h2 class="nobreak">XXVI</h2> - <p class="subh2">Final.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Ya es tiempo. Voy á concluir.</p> - -<p>La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en -los meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme, -pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida -y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la -proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar -del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó -cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que -tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación -completa.</p> - -<p>Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he -dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria, -quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres, -y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando -primero y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal -primera de la vida, me fué con<span class="pagenum" id="Page_II-342">p. -II-342</span>cedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo á gatas -hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los seres que -deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de cobrar el -barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano. Resistíame -á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto insistió -Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que exponer mi -lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas ó quizás -burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio no es -para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me miraba, -me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña figura. Si -no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo herido del -mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado el cuerpo, -la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro encendido, -la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto necesitaba -media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante, me sentaron -tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era otro hombre, -y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte bastón. El -espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la imbecilidad, -y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que hice para -componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal.</p> - -<p>Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y -además, ¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y -el estorbo de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los -comienzos de Julio, dióme Se<span class="pagenum" id="Page_II-343">p. -II-343</span>veriano la solución de su charada. Yo había comprendido que -la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna joven -rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo habría -adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto. Creo -que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean aquí que -la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don Isidro -Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba -<i>familia reventativa</i>, y tendría por papás á <i>Partiendo del Principio</i> -y <i>No Cabe Más</i>, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me -quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande -en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias, -la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba -tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras -herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y -buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como -me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla, -modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos -apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda -sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas -tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo -no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad -de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones, -añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes -de que yo me metiese á predicador. En cuan<span class="pagenum" -id="Page_II-344">p. II-344</span>to á la desagradable circunstancia de -ingresar en la <i>familia reventativa</i>, Severiano sostenía estóicamente -que el sér humano tiene el don de acomodarse á todo; es animal de -costumbre que sabe atemperarse á los más extremados y contrapuestos -climas, á las civilizaciones más refinadas como á las absolutamente -negativas. <i>Partiendo de este principio</i>, no le sería imposible ser -yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto esta parentela -le había de ser menos grata que una camisa de fuerza, poco á poco se -iría <i>jaciendo</i> y concluiría por encontrarse allí como el pez en el -agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe que Victoria, de -quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un sobrino de Arnáiz. -Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil felicidades.</p> - -<p>Habiéndome quedado casi solo en Julio y Agosto, sin más compañía -que la de aquellos pedazos de mi corazón, Camila y Constantino, pensé -en continuar mis Memorias, interrumpidas en la parte de mi vida que, -á mi modo de ver, merecía más los honores de la narración. No me era -difícil escribir, pues mi mano derecha conservábase expedita; pero se -cansaba pronto, y los trazos no eran muy correctos. La inteligencia -y la memoria me ayudaban bien; púseme á la obra, y con lentitud -proseguí aquel trabajo. Pronto hube de valerme, para andar más á -prisa, de un amanuense que me depararon Dios y mi tía Pilar, hombre -que me venía como anillo al dedo para el caso. Llamábase José Ido del -Sagrario, y tenía una letra clara, hermosa, si bien un poco floreada -y como con tendencias á criar pelo por los in<span class="pagenum" -id="Page_II-345">p. II-345</span>finitos rasgos que por arriba y por abajo -salían de los renglones. Pero era miel sobre hojuelas aquel hombre, -y con sólo mirarme adivinábame los pensamientos. Tal traza al fin se -daba, que contándole yo un caso en dos docenas de palabras, lo ponía en -escritura con tanta propiedad, exactitud y colorido, que no lo hiciera -mejor yo mismo, narrador y agente al propio tiempo de los sucesos. -Con ayuda de tal hombre, los diferentes lances de mi ruina y mi -enfermedad salieron <i>como una seda</i>. Decíame Ido que él era del oficio; -que si yo le dejara meter su cucharada, añadiría á mi relato algunos -perfiles y toques de maestro que él sabía dar muy bien; pero no se lo -permití. Por ningún caso introduciría yo en mis Memorias invención -alguna, ni aun siendo tan llamativa como todas las que brotaban del -fecundísimo cacumen de mi escribiente. Yo ponía mis cinco sentidos -en el manuscrito, temeroso siempre de que él se dejara arrastrar de -su desbocada fantasía, y puedo asegurar que nada hay aquí que no sea -escrupuloso traslado de la verdad. La única reforma que consentí fué -variar los nombres de todas las personas que menciono, empezando por -el mío; variación que realizamos con pena, pues me gustaría llevar la -sinceridad á sus últimos límites.</p> - -<p>Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad -é interés á las personas que buscan en la lectura entretenimiento y -emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el -principio me impuse, y fué contar llanamente mis prosáicas aventuras en -Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, su<span class="pagenum" -id="Page_II-346">p. II-346</span>cesos que en nada se diferencian de los que -llenan y constituyen la vida de otros hombres, y no aspirar á producir -más efectos que los que la emisión fácil y sincera de la verdad -produce, sin propósito de mover el ánimo del lector con rebuscados -espantos, sorpresas y burladeros de pensamientos y de frase, haciendo -que las cosas parezcan de un modo y luego resulten de otro. Y no me -habría sido difícil, sobre todo contando con la experta mano de mi -inteligente pendolista, alterar la verdad dentro de lo verosímil en -beneficio del interés. Porque ¿qué cosa más hacedera que suponer -á Camila vencida de mis gracias personales, ó figurarla al menos -vacilante, fluctuando entre el deber y la pasión, jugando al <i>hoy te -quiero, mañana no</i>? ¿Pues qué diré de un buen golpe de escenas en que -mi borriquita se me entregara, y en el momento de la entrega se me -muriera en los brazos, sin saber por qué ni por qué no, quedando así -burlados mis apetitos... ó bien que Cacaseno y yo nos diéramos una -buena comida de sablazos ó espadazos en el llamado <i>campo del honor</i> -y que yo le matase á él, enredándome después con su viuda, de lo que -resultaría pronto el hastío de ambos y una buena ración de dramáticos -remordimientos? En tal caso haríamos la moral de la fábula tirándonos -los platos á la cabeza; y luego vendría Eloísa, que de la noche á la -mañana se había vuelto virtuosa y estaba en camino de hacerse Magdalena -de pechos al aire y melenas largas, y nos echaba un sermón diciéndonos -que allí teníamos las resultas de nuestro crimen, que nos miráramos -en su espejo y pensáramos en arrepentirnos<span class="pagenum" -id="Page_II-347">p. II-347</span> é irnos á un yermo á darnos de zurriagazos, -como pensaba hacer ella si el Señor le daba vida... Bien quisiera, -repito, que en este campo de la fresca verdad nacieran todas estas -hierbas, que son el forraje de que se apacientan los necios; pero no -puede ser, y lo escrito, escrito está.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Con la inmensa dote que le llevó Esperancita, desempeñó Severiano su -propiedad inmueble, y me entregó religiosamente los ochenta mil duros -que le presté en Mayo con hipoteca de las <i>Mezquitillas</i>. De los Hijos -de Nefas y de los Hermanos Roldán logré, en virtud de un arreglo, la -mitad del valor de mis créditos, con lo cual pagué á Medina, á Eloísa, -á María Juana y otros picos. En el reparto de los despojos de Torres, -Medina no salió mal, y mi excelsa prima vió entrar por la puerta de su -casa el famoso espejo biselado. ¡En él se miraría!... A mí tocáronme -sólo unos diez y siete mil duros. Reuní, amasé y consolidé estos -míseros restos de mi fortuna, y con ellos y la casa quedóme un capital -limpio y sano de tres millones de reales, de los cuales, por testamento -que otorgué en Madrid en Septiembre de 1884 ante el notario don -Francisco Muñoz y Nones, serían únicos herederos Camila y Constantino. -Nombré albaceas á Severiano, á Trujillo, á Arnáiz y al general Morla, -y me quedé tranquilo, diciendo: «Gracias á Dios que he hecho una cosa -buena en mi vida.»</p> - -<p>Aún me bullían en la conciencia los escrúpulos<span class="pagenum" -id="Page_II-348">p. II-348</span> de herir la delicadeza de mis queridos -amigos transmitiéndoles mis bienes. Consulté el caso con la propia -Camila, quien, con noble sinceridad, me dijo:</p> - -<p>—No hables de morirte; yo no quiero que te mueras. Pero si te -empeñas en ello y me nombras tu heredera, no haremos la gazmoñería -de rechazarlo por una papa ó calumnia de más ó de menos. Nuestra -conciencia está en paz. ¿Qué nos importa lo demás? Si algún estúpido -sin vergüenza cree que me dejas tu fortuna por haber sido tu querida, -Dios, tú y yo sabemos que me la dejas por haberme portado bien.</p> - -<p>Me entusiasmó. Le cogí la cara por la barba y le dí un beso, el -primero que le había dado en mi vida, tan casto y puro que no lo sería -más si hubiera sido ella mi nieta, es decir, dos veces hija. Y lo -parecía. Yo estaba viejo, caduco, sin vislumbres de nada varonil en -mí; no tenía en mi sér sino la discreción, la gravedad senil, y un -desmedido apetito de aplaudir sin tasa los actos de virtud. En esto -iba cada día más lejos, y á todo el que me parecía honrado y prudente -en cualquier respecto, le manifestaba mi admiración, le aplaudía y le -alentaba con aires patriarcales á seguir por aquel saludable camino, -único que á la Bienaventuranza eterna conduce.</p> - -<p>Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella -en meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas -con tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos -mis asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y -mi hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de -menos; pero tuve que<span class="pagenum" id="Page_II-349">p. II-349</span> -resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que me tuvo -durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo Ramón que -la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato pasé, -temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme daba -derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par -hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía -de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino -bajó desalado á darme la noticia.</p> - -<p>—¿Conque ya tenemos á Belisario? —le dije, abrazándole, sin esperar -á que contara el caso.</p> - -<p>—Sí; pero no sabes lo mejor...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance -concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.»</p> - -<p>—¿Otro?</p> - -<p>—Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan -mal genio como su hermano.</p> - -<p>—¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z...</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque, -cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había -deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos -bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á -la<span class="pagenum" id="Page_II-350">p. II-350</span> exactitud de los -casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el manuscrito, puesto ya -en limpio y con los nombres bien disimulados, á un amigo suyo y mío -que se ocupa de estas cosas, y aun vive de ellas, para que lo viese y -examinara, disponiendo su publicación si conceptuaba digno del público -mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á verme; hablamos; le invito á -escribir la historia de <i>la Prójima</i>, de la cual yo no he hecho más -que el prólogo, á lo que me contesta que aunque ya no le hace caso -Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser Duquesa, bien vale la -pena de intentar lo que yo le propongo. De otras muchas cosas hablamos, -extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la forma y manera de -imprimir estas obscuras páginas. La primera condición que pongo es que -no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi muerte, puede darse -mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en letras de molde, y -así la publicación del libro será la fúnebre esquela que vaya diciendo -por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el infelicísimo autor de -estas confesiones habrá dejado de padecer.</p> - - -<p class="centra fs90 mt3">FIN DE LA NOVELA</p> - - -<p class="mt2">Madrid, Noviembre de 1884-Marzo de 1885.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_II-351">p. II-351</span></p> - <h2 class="nobreak"><small>ÍNDICE</small></h2> -</div> - -<table class="toc" summary="Tabla de contenidos"> - <tr> - <td colspan="3"> </td> - <td class="tdru">Páginas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">I.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_1">Refiero mi aparición en Madrid, - y hablo largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, - Eloísa y Camila</a>.</td> - <td class="tdrb">I-5</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">II.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_2">Indispensables noticias de mi - fortuna, con algunas particularidades acerca de la familia de mi - tío y de las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">I-35</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">III.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_3">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín - y mis amigos</a>.</td> - <td class="tdrb">I-49</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">IV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_4">Debilidad</a>.</td> - <td class="tdrb">I-63</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">V.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_5">Hablo de otra dolencia peor que - la pasada y de la pobre Kitty</a>.</td> - <td class="tdrb">I-85</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">VI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_6">Las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">I-97</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">VII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_7">La comida en casa de Camila</a>.</td> - <td class="tdrb">I-111</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">VIII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_8">En que se aclaran cosas expuestas - en el anterior</a>.</td> - <td class="tdrb">I-123</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">IX.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_9">Mucho amor (¡oh, París, París!), - muchos números y la leyenda de las cuentas de vidrio</a>.</td> - <td class="tdrb">I-127</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">X.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_10">Carrillo valía más que yo</a>.</td> - <td class="tdrb">I-145</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_11">Los jueves de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">I-155</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_12">Espasmos de aritmética que - acaban con cuentas de amor</a>.</td> - <td class="tdrb">I-209</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XIII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_13">Ventajas de vivir en casa - propia. — La noche terrible</a>.</td> - <td class="tdrb">I-233</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XIV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_14">Hielo</a>.</td> - <td class="tdrb">I-269</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_15">Refiero cómo se me murió mi - ahijado y las cosas que pasaron después</a>.</td> - <td class="tdrb">I-281</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XVI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_16">De cómo al fin nos peleamos de - verdad</a>.</td> - <td class="tdrb">II-5</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XVII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_17">Sigo narrando cosas que vienen - muy á cuento en esta verdadera historia</a>.</td> - <td class="tdrb">II-19</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XVIII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_18">De los diferentes - procedimientos usados por los madrileños para salir á - veranear</a>.</td> - <td class="tdrb">II-37</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XIX.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_19">Idilio campestre, piscatorio, - nadante, mareante y trapístico. — Mala sombra de todos los idilios - de cualquier clase que sean</a>.</td> - <td class="tdrb">II-63</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XX.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_20">Doy cuenta de la agravación de - mis males y del remedio que les aplico. — Gonzalo Torres</a>.</td> - <td class="tdrb">II-89</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XXI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_21">Los lunes de María Juana</a>.</td> - <td class="tdrb">II-115</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XXII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_22">Varias cosillas que no debo - dejar en el tintero, y la enfermedad de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">II-151</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XXIII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_23">De la más ruidosa y - desagradable trapisonda que en mi vida ví</a>.</td> - <td class="tdrb">II-211</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XXIV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_24">Las liquidaciones de Mayo y - Junio</a>.</td> - <td class="tdrb">II-255</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XXV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_25">Nabucodonosor</a>.</td> - <td class="tdrb">II-307</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XXVI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChII_26">Final</a>.</td> - <td class="tdrb">II-341</td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han - puesto tildes a las mayúsculas, salvo para deshacer ambigüedades.</li> - - <li>Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se - espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas - más recientes.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>En el título del <a href="#ChI_3">capítulo III</a> y en el <a href="#ToC">Índice</a>, - «tío Raimundo» se cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores - para manterner la coherencia en el relato.</li> - - <li>Se añade, en el texto y en el <a href="#ToC">Índice</a>, un título - al <a href="#ChI_8">capítulo VIII</a>, que aparece sin él, tomado de - ediciones posteriores.</li> - </ul> -</div> -</div> - - -<hr class="full" /> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Lo prohibido (novela completa), by -Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (NOVELA COMPLETA) *** - -***** This file should be named 63412-h.htm or 63412-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/4/1/63412/ - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> - diff --git a/old/63412-h/images/cover.jpg b/old/63412-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index b46e11f..0000000 --- a/old/63412-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/63412-h/images/logo.jpg b/old/63412-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 3957043..0000000 --- a/old/63412-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
