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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La quinta de Palmyra - (Novela grande) - -Author: Ramón Gómez de la Serna - -Release Date: September 18, 2020 [EBook #63228] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - - - LA QUINTA DE PALMYRA - - - - - LA QUINTA - DE PALMYRA - - (NOVELA GRANDE). - - POR - - RAMÓN - GÓMEZ DE LA SERNA - - [Illustration: colofón] - - - BIBLIOTECA NUEVA - - Propiedad. - - Derechos reservados para todos - los países. - - Copyright 1923 by - Ramón Gómez de la Serna. - - - Gran Establecimiento Tipográfico de «El Adelantado de Segovia» - - - - - OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA - - -_Entrando en fuego_ (agotada).--_Morbideces_ (agotada). - -_El concepto de la nueva literatura._--_Cuento de Calleja_ (drama). - -_Mis siete palabras._--_El laberinto._--_La bailarina._--_El libro -mudo._--_Las muertas._--_Sur del Renacimiento escultórico español._ - -_Ex-votos._--_El teatro en soledad._ - -_El ruso._ En el «Libro Popular».--_Ruskin el apasionado_, estudio -crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia». -Editorial «Prometeo», Valencia.--_Tapices_ (agotada). - -_El Rastro._ Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas. - -_Pombo_ (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos -grabados.--_Senos_ (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe, -16.--_Greguerías._ Editorial «Prometeo», Valencia. - -_El Alba._ Editorial «Saturnino Calleja».--_Greguerías selectas._ -Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja». - -_El libro nuevo_, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Virguerías_, 4 -pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)--_Variaciones._ -Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.--_El Prado_, numerosos -grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Toda la Historia de la -Puerta del Sol y otras muchas cosas._ Con numerosas ilustraciones, 1 -peseta. Beltrán, Príncipe, 16.--_El drama del Palacio deshabitado_ (2.ª -edición, seguido de otras obras de teatro como _La Utopía_, _Beatriz_, -_La Corona de hierro_, _El lunático_). Un tomo 5 pesetas. Editorial -América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.--_El Doctor -inverosímil._ Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. _Disparates._ Calpe. -Colección de humoristas.--_Pombo_, segundo tomo, con numerosos grabados. -Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.--_Los muertos y las muertas_, -(Atenea).--_El Gran Hotel._ Novela grande. Editorial América, Ferraz, -21. _Leopoldo y Teresa._ En «La Novela Corta».--_El olor de las -mimosas._ En «La Novela Corta».--_Ramonismo._ Ilustrado por el autor. -Calpe. Colección humoristas.--_El Novelista_, (novela grande). Sempere, -calle Martí. C. C. (Valencia).--_El incongruente._ Novela grande. -Calpe.--_La Saturada._ «La Novela Corta».--_Vida, pasión y muerte de un -humorista_ (novela grande). Calpe.--_El hijo del relojero_, (novela -grande).--_El ramo de Begonias_ (novela grande). - -_El Chalet de las Rosas_ (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle -Martí C. C. (Valencia).--_El Circo_ (en la serie «Los Guasones»). -2.ª edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e -ilustraciones de Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C. -(Valencia).--_Cinelandia_, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C. -C. (Valencia).--_La malicia de las acacias_, novelas, 4 pesetas. -Sempere, Martí C. C. (Valencia).--_Gollerías_, con numerosas -Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas. -Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_Mauricio Barrés el enlutado_, -con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia). - - -Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66) - - _Muestrario_, 4 pesetas.--_In Memoriam_, de Silverio Lanza, 4 - pesetas.--_El cubismo y todos los ismos_ (con numerosas - ilustraciones).--_Efigies_ (dos tomos con curiosos grabados, a 4 - pesetas tomo).--Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies - de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.--Tomo II, Oscar Wilde, El conde - de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy, - Edgard Poe. - - - NOVELAS GRANDES - - LA VIUDA BLANCA Y NEGRA 4 PTAS. - EL SECRETO DEL ACUEDUCTO 4 » - LA QUINTA DE PALMYRA 5 » - - - - - TRADUCCIONES - -_Echantillons._ (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers -verts».) _Seins._ (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»). -_La veuve blanche et noire._ (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean -Cassou, en la editorial Simón Kra.) _Le Docteur Invraisemblable_ -(Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial -Simón Kra.)--_Gustave l’Incongru_ (traducción de Jean Cassou en la -editorial Simón Kra).--_El Incongruente_, _La viuda blanca y negra_, -_Cinelandia_, _Ramonismo_, _El Doctor Inverosímil_ y _El Gran Hotel_, -han sido traducidos al alemán. - - - - - LA QUINTA DE PALMYRA - - - - -I - -DESCRIPCIÓN DE LA FINCA - - -Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase -sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme -puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda QUINTA, y en -la de la derecha DE PALMYRA con su particular ortografía portuguesa. -Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales. - -Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se -le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a -la que se subía por una suntuosa escalinata. - -Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba -depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las -lágrimas del cielo. - -En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo -divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas -piernas. Era de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los -hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar. -¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer! - -Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados -en forma de toca. - -En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas, -como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban -elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían -palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas -auténticas, nuevas casas más altas que la madre. - -En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella -cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha -rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes -cazuelas. - -En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos -azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul -recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes -buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos. - -Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco -mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de -melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo. - -¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y -optimistas!... - -Entre todos los azulejos sin disimulo en sus junturas, se componía una -viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad. - -Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas -portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la -fisonomía de la casa. - -¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? -¿El día inaugural y feliz de la casita? - -El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos, -azulosados. - -A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos. - -A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita -para pedir auxilio. - -Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, -otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por -una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto, -miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las -que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón -visible del horizonte. - -Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina -batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre -estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa -encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca. - -Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer -pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y -oreada. - -Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos -su gran presentación rizada y atirabuzonada. - -En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de -parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al -que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas -peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino. - -El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho -cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, -aquel refugio de segura intimidad. - -En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del -mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego. - -Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del -mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una -torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas -nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos -dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del -tiempo. - -Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente, -en esa hora disolvente del alba que puede con todo. - -La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero -después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas -del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en -el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el -mismo propietario. - -Eran hoteles para el verano. - -Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y -a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que -nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado! - -¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en -tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos -hotelitos? - -Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay -nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones -orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la -inauguración. - -Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de -horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de -distinto color. - -¡Qué pena los torreones inútiles! - -Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas -ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que -daba la casualidad que no había afincado nadie. - -Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel -paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar -algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos -azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche. - -Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive -tranquilo y lame la costa. - -En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en -otros sitios, parece que descansa y añade también a todo el paisaje una -emoción de serenidad manifiesta. - -También venía aquí el mar a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas -de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos -siglos de labor. - -Su lengua más vieja, su verbo más usado, era el que se adunaba y se -reponía allí. - - - - -II - -INTERIOR DE LA QUINTA - - -En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las -humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal -tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que -tiene la tapadera. - -Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso -se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación. - -En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los -Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del -respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas -veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira. - -Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de -conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial. - -Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa, -se alzaban sobre muebles confidentes. - -Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las -habitaciones, resguardándose en las esquinas, y como dejando sitio para -el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica. - -Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, -estaban sus cabezas. - -Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio -bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos. - -Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre -serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como -una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes. - -Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos -de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel -conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa -cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de -los antepasados, y otro un relicario apenas visto. - -Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa -libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se -componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no -era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas. -¡Oídos incurables! - -Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas -por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y -ultraterrestre. - -Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando -los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir -a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien. Había -numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos -hallarían además un balcón ideal en cada cuarto. - -La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas -estaban entregados a un duerme vela constante. - -Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter -de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado. - -Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio -predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no -se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. -Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras -eran como grilletes para la prisionera de la riqueza. - -Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la -sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar -nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres -excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran -conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía -telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta. - -Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce -estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o -en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y -edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el -día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única -descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce -retiro, tomar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y -oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad. -Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y -conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la -avenida que paraba a la puerta de la casa. - -En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de -alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas -en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un -prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras -año en la Quinta ideal. - -Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de -sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos -negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se -podrían llamar mordorés. - -Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués. - -No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con -zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras, -dándolas exquisitez y dulzor. - -Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo -preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese -ser de otro modo. - -Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba -amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que -amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin quejarse nunca. -Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el -cierre del abrigo. - -Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, -mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y -cándido, el nido blando en que se mecían. - -La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. -Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el -que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo -verde: - - _Papagaio da pêna verde_ - _Naó venhas ao meu jardim_ - _todas as penas se acaban._ - _Só as minhas nao tém fim_ - -¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el -inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella -voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho. - -Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las -palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio. - -Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la -ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar, -coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más -luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones -que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del -trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como poniendo las -ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del -tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante. - -El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna -con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las -bebidas refrescantes. - -La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición -perpetua, se calmaba con el mar. - -Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la -había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua -fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada -ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua. - -¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos -fatales! - -Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los -que añaden vida a la vida. - -Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las -quería? ¿Las odiaba? - -¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos! - -Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su -muerte. - -Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que -trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la -inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen -aun los días más duros. - -Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio -de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza y ese -optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna, -parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas. - -Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los -trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar -más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los -árboles. - -Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar, -la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos -grandes influencias. - - - - -III - -ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA - - -Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo -pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se -debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se -dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, -que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio -desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus -brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del -paisaje. - -Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos. -Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un -ribete de plata en las sienes. - -Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. -Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de -charol mientras habla. - ---¿Y tus posesiones de la India, cómo son?--preguntaba con visible -entusiasmo. - ---Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su -desembocadura. - ---¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos? - ---Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los -indígenas casas para varias familias... - -A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en -que el niño pregunta como un niño ávido. - -Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su -brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y -depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno. - -Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del -masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la -Quinta. - -Se adornaba mucho para retenerle. - -Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular -encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces -ventanas. - -Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz -movibles a cualquier gesto de su cabeza. - -Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como -lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar -la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más -próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un -caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de -sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la -expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez, -grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con -gran bigote. - -La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta -entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las -habitaciones el humo de la cocina. - -Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su -muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada. - -El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas. -Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían. -«¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y -las cornucopias le dirigían miradas atroces. - -El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la -hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas -por los lagos del paisaje portugués. - -Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la -orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la -lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra -en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos -dragones escamados. - -Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille -de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo», -«Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y -numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su -mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender. - -Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas. - -Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero -desconocido por si se hacía el dueño. - -No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase -amistosamente en su gabinete. - -Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se -acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren. - -Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar -borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van -a tirar un corcho al coche que pasa. - -Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules -de perfume, sus grises ráfagas. - -Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola -el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando -volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho. - ---¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o -quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres? - -Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da -vueltas ingeniosas a todas las posibilidades: - ---No digas tonterías... - -Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella -mujer. - -Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa, -componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino -aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos -caballos. - -Había siempre muchos humos en el paisaje. - -Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde. -Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran -humos de ara. - -Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más -asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de -felicidad. - -«Este será--pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en -un rincón--el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde -más en apagarse.» - -Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red, -como bastas con que la gran red estaba atada al mar. - -Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas, -preguntaba a Palmyra: - ---¿Son barcas? - ---Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan -para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos. - ---Que nunca les llega para zapatos... - ---Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no -necesita media suelas.» - -A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su -vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros -del cielo y del mar. - -En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de -los cortapapeles el cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, -las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que -sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate -el tiempo esfoliándolo. - -Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con -braceo más enérgico. - -El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha -comido el color y en las que se hace así un borde y una huella -insubsanable. - -El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la -habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación. - - - - -IV - -LAS VISITAS - - -Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos -hoteles con gente. - -Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba -la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen -que las echen y las exijan el silencio. - -Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los -moradores de la Quinta y los recién llegados. - -Los recién llegados.--Venimos a tener un ratito de conversación... -Déjennos ustedes tenerla... - -Los moradores.--Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar? - -Los recién llegados.--De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de -lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente... -Pequeñeces. - -Los moradores.--Hágannos ustedes el programa. - -Los recién llegados.--No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, -surgirán las palabras... - -Los moradores.--Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el -camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros! - -Los recién llegados.--No... Intentaremos hablar de todo antes de -ocuparnos de eso... - -Los moradores.--También nosotros estamos deseando la conversación -trivial. - -Los recién llegados.--Pues no perdamos tiempo. - -Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones. - -Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don -Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba -Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia -social en España y se había metido allí para siempre. - -Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y -que agradecía con locura los tés de Palmyra. - -Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y -entraba toda chorreosa y brillante de lluvia. - -Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando -extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente. - -Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto -toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba -la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para -estorbarla. - -Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la -añadía gran pena. - -Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba -de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su -manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de -la casa ajena! - -La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba -derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía. - -No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde -caía su pueblo. - -En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado -asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la -que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos. - -Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era, -aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la -humanidad. - -Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un -buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al -invierno lo que es del invierno. - -Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina, -machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma -del perchero. - -A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire -colonizador que tienen los ingleses. - -No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de -pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los -españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los -ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras -fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en -seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban. - -La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de -pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo. - -Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo -en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas. - -Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más -puro. - -Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida, -asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, -en las terrazas apartadas de todo y frente al mar. - -Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o -mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho -aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable -confidencia. - -Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que -permaneciesen en la vida. - ---Por fin van a aprobar el tren eléctrico--dijo don Vasco, dando una -gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora -mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte -medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos -sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas. - ---¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!--dijo doña Beatriz, que -sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que -pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo -fabuloso las rentas de su dinero. - -La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si -perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto -no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole -íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía -electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía -a decir esa aprensión de su ignorancia. - -Don Mariano opinó: - ---No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera, -chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos. - -Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando -había una entrada alegre, dijo: - ---Y pediremos billetes para la Puerta del Sol... - -Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela. - ---Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa... - ---Lo malo--insistió Armando--es que tenga tipo de tren en vez de tener -tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco, -usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer. - -El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría -el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo -aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo -primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría -conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente -soñaban. - -Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos -reaccionaban ante la electrificación, pues veían al pensar en el caso -con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que -habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se -enganchan en los viajes rápidos y fáciles. - ---¡Qué tarde ha hecho hoy!--exclamó el alegre español, en cuyo pecho -anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la -cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas. - ---Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia--dijo -Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano. - -Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo: - ---Ha sido una mañana de _luar_... - ---Muy bien, muy bien; eso ha sido--dijo doña Manolita, y todos los -presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien -había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno -de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho. - ---Realmente es verdad...--intervino don Vasco--. El sol era el sol, de -eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más -que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada -aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas... - -La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban -embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con -sed la copa vacía de los cristales de las ventanas. - -Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas, -sobre todo antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa y gozaban -entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa -de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se -agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de -las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros -viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones -suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que -alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente. - -Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía -haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían -dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la -alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón. - -Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le -gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té... - ---A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?--dijo don -Vasco. - ---Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco--dijo Armando. - ---Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta -tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no. - ---Espiritismos, de ningún modo--dijo Armando, riendo de la disculpa que -había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia -del té. - ---Este es siempre un té cada vez más tardío--dijo la inglesa con su -construcción y su portugués estrambóticos... - ---Acabaremos convirtiéndole en vermú--dijo Armando. - ---¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora--aseguró la pobre doña -Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro -o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un -final de sopas de ajo. - -Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella -hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía -esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un -telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un -islote que al anochecido se separase de las tierras firmes. - -Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo -dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando -rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa -insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle. - ---Ha vuelto la gripe--dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la -consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se -siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos. - ---La gripe siempre vuelve--dijo el anciano don Mariano--. Yo siempre la -he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese -humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay -nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos. - ---No está mal la teoría--repuso don Vasco--. A la gripe la he visto yo, -devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con -frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como -ahuyenta la peste... - ---Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí -mata--dijo doña Beatriz. - ---¿Y de dónde podrá venir aquí?--preguntó Palmyra. - ---¿No la he dicho a usted, señora--volvió a intervenir don Mariano--, -que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no -pasaría eso. - -Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire -con la mano como quien aparta un contagio invisible. - -Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como -si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase -en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad. - -Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra. - - - - -V - -DÍA DE LLUVIA AMOROSA - - -Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los -cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas -pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los -pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro. - -¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los -flecos interminables! - -A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal -tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era -suficiente. - -No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las -ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!... - -Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar -la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya -lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra. - -Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una -gran bondad. - -En la lenteja del reloj--¡qué ocurrencia!--parecía vivir con -palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba -a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de -perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad. - -Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las -ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que -daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía -aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del -Océano Atlántico. - -Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al -llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con -fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se -remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día -lluvioso. - -En seguida apareció Palmyra y fué hacia él. - ---La lluvia borra el mundo--dijo Armando. - ---No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta -está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí -sola!»--repuso Palmyra. - -Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía -más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la -luz. - -Lo que en su rostro pálido había de herpético--ese poco de herpético que -es como el principio inicial de la corrupción--se acentuaba más en la -tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana. - -Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana -lluviosa sobre todo. - ---Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del cristal y -viendo caer agua--dijo Armando. - ---¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos -juntitos?--repuso Palmyra. - -Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra. - -Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con -tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño: - ---¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos -desnudos? - -Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus -brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de -aparatos musicales de la sensibilidad. - -Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba -cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse. - -La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a -ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran -en el dintel de la puerta. - -Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la -mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si -le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para -encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la -miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la -quita el polvo, con mirada burda de doméstico. - -Después Armando se ponía a pensar en la comida. - -«Qué pez es el del día es lo que hay que preguntar--se decía--, que la -carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.» - -A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la -discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía -Armando su pregunta en voz alta: - ---¿Qué pez es el del día? - ---Hoy es pargo--le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle: - ---Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel. - ---¡Sí, sí!... Ya sé--dijo Armando, que no quería recibir tantas -explicaciones como un sordo. - -La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a -través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas -copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia. - -Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la -luz que caía del sol a través de las nubes. - -Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para -aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces -levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y -encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el -suficiente optimismo. - -El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues -el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y -lo mejora. - -«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»--se decía Armando al -sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de -segundos. - -El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días -grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una -vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en -la de atrás y en la de delante. - -Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían, -jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se -movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran -devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda -entre el brazo y el antebrazo. - -Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy -castellana. - -Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca -tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo -el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las -arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no -eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los -ojos vivos y la nariz esculpida. - -¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas! - -¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba -escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien -con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos! - -En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a -Palmyra: - ---Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también -aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros. - ---Bien, bien... Escríbele esta tarde misma--contestó ella con verdadero -deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones -insatisfechas, la de tener siempre huéspedes. - -Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los -quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por -fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!» - - - - -VI - -LA ÚLTIMA AMAZONA - - -Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía -irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos -transitados y sabidos. - -Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza -en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio -donde ir. - -Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un -caballo francés, al que llamaba «Rey». - ---¡Roi...!--decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más -aristocrático y el caballo se calmase así más. - -La última amazona salía sola a la tarde--muy pocas veces con Armando--y -adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de -generalísima. - -Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de -su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta -muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en -tazas de oro, en cuyo fondo se quedaba el último sorbo que era como -esencia de escarabajo pura. - -La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus -senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el -aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo. - -Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la -esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su -caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche. - -El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona. -Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los -caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas. - -Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la -soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una -guirnalda de moños de gran rodete. - -La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el -caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una _ecuyere_. - -Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se -notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al -ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino -que la rozaban, que la querían abrazar. - -Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la -Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de -etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje. -Armando la había dicho: - ---Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, -igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la -superficie un tanto encallecida del dulce arroz. - -Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina -amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la -amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba -flagelado y enervado el aire de la tarde. - ---Día que no sales--la había dicho también Armando--es día en que todo -parece más hostil y como si algo faltase en la _toilette_ del panorama. -Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir -tu visita estuviese descuidado y salvaje. - ---Mi amazona, ven--la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola -efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había -adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas. - -Ya era una cosa más de su _toilette_ volver así, triunfadora, con la -levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la -nariz agudizada. - ---Traes las enaguas purificadas de la amazona--la decía Armando--, y -traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el -fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo. - -También la repetía entre sorprendido e irónico: - ---Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina -del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo. - -Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba -adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que -traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que -se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber -sido arrancadas. - -Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y -_lejanos_, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las -viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como -en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina -y cortesana. - -Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había -sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que -para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de -sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio. -Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en -levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones. - -Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos -desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El, -como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba -a abajo, de arriba a abajo. - -El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en -que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y -a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande, -de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las -jaulas íntimas. - -En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les -persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para -echarles al caldo hirviente. - -Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado. - -Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles: - ---¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes! - - - - -VII - -PASEOS EN «MILORD» - - -Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, -porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el -coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban -como a darse un paseo en hamaca por el paisaje. - -Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía -ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital. - -Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la -felicidad deseada. - -Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal -feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él, -desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices -del verano. - -Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera -del buen día les acariciaba el cogote. - -Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos -extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su -sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país -por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida -se habían borrado definitivamente en este ambiente. - -El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera -maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes -zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra. - -Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del -miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en -terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre -de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no -quisieron volver a ver el mar?» - -En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que -sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se -ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien -dispuestas para verlo más tiempo. - -Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, -primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre -sentados frente a los últimos cristales--por lo que entonces piensan que -debieron hacer más bajo el alféizar. - -Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto -particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu -avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado. - -El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar -las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las -descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no -pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme. - -Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos. - -Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo -en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al -Destino. - -Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad. - -¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces -su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor -correspondiente al ensueño de su sabor. - -Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, -pero la conmovía con su finura. - ---Huele casi como la flor de almendro--dijo Armando. - ---Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...--contestó Palmyra. - ---El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario -a lo que te regala--repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus -caballos. - ---¿Que no es ordinario?--repuso ella brava--. ¿A que no te atreves a que -tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos -preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?... - -Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras -sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los -muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los -cuales, se le ocurrió decir a Armando: - ---Debe tener dolor de muelas el paisaje. - -Pasaban por caminos de pinos constantemente. - -Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras -obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión. - -Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la -tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno. - -«Un día--pensaba Palmyra--se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos -pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.» - -Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al -lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un -movimiento propio. - -Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad. - -Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las -desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que -daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver -todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no -alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que -parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se -la dote de castillos con fosos y almenas». - -Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre -todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer. - -Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto -buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca -el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de suyo temeroso de -la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los -«chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata. - -Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos -abiertos. - ---¡Qué turulata eres!--la decía Armando. - ---¿Y qué es eso?--preguntaba Palmyra. - ---Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te -dejó un día así y no sales de tu arrobo... - ---¿Te burlas? - ---Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos -tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si -el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para -siempre... - ---¡Qué poca ternura tienes!--le insistió ella buscando más mimos. - -Era insaciable de ternura en medio del paisaje. - ---Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de -una huerta de corazones--la dijo Armando. - -Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores, -que miraban cínicamente a los coches. - -Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el -vientecillo sutil que da la pulmonía. - -El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón -de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del -coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como -el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando -ya se meten dentro. - -La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz, -una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado -de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo -mejor de la luz de la tarde. - -Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación, -la serenidad de otro tiempo en que abundaba. - -El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando -en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la -siesta y se quedaban entornadas las maderas. - -Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por -eso resultaba tan virgen y tan sabroso. - -Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la -desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo, -estaba en pie y con la etiqueta del traje. - -Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba -como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado, -pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué. - -Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra -señalase muchas nubes y una luz lluviosa. - -«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin -poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que -justificase sus lágrimas. - -En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a -las lágrimas. - -A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado -extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad. - -Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los -pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus -casas de refugio. - -Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien, -buscando el reposo en todo. - -Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que -a los seres finos les entra el desmayo de amor. - -Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la -noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad. -Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de -sueño verdadero, se iban a la cama. - -Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se -encontraba ensoñarrado y cansado. - -La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está -en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje. - -Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de -cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se -despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que -se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos -severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de -las severas mujeres de la familia. - -En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las -sábanas y jugar con ellas. - -Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada -huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para -él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la -camisa en el vacío supremo. - -La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el -aire denso y vivo. - -Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los -insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el -acto solitario muy a cubierto de ellos. - - - - -VIII - -EL TELEGRAMA - - -Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había -regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y -recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido. - -El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le -parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban -más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa -prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano -misteriosa. - -Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado -todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio, -colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban -cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario. - -Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella -hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran -palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los -grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en -que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además, -como si el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra, -el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos -incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa. - -Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un -traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su -categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que -Armando procuraba exagerar. - -¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado? - ---Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo... - -Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de -continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar -hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel -caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había -sido _croupier_ durante algún tiempo en el Casino de Invierno! - -Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad -encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio -que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor, -estuviesen llenos hasta el borde. - -La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando -la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se -tomase de nuevo un puro más. - -Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una -gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en -postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras. - -Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un -poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran -zalamería: - ---Palmyra, toca un rato el arpa. - -Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía -sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la -lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas -lentas. - -Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la -lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de -los aleros porque estaba al caer. - -De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos -de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que -hiciesen sonar su jaula. - -El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja. - ---¿Para quién?--preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo -tiempo sino de suspender su música y escuchar. - ---Para el excelentísimo señor don Enrique... - -Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo -abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad. - -Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo -el silencio: - ---¿Alguna desgracia, don Enrique? - -Armando observaba la escena con cierta impasibilidad. - -Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con la -tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y -que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a -don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que -esperaba el criado: - ---No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho. - -Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada -de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra -viajando en el mismo tren. Después firmó. - -Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a -llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama. - ---Dale algo al telegrafista--dijo Armando a Palmyra, con ese recordar -súbitamente una propina que no se dió. - -Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las -propinas, salió a dársela. - -Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó -la espada de dolor que aún esgrimía. - ---No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel -pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama -que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir -del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo -escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo? - -Enrique no supo qué responder, pero sonrió. - ---Por lo menos, que lo crea Palmyra... - ---Eso, bueno... - ---Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un -millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me -aburro... - -Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire -de simpatía extrema. - ---Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa -encantadora mujer con la carne de las miniaturas. - ---Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la -mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por -primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido -tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de -Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido -que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos -y a los quince días estás cansado. - ---A los veinte, si te es igual... - ---Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses. - -En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su -cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó -la caída de la tarde. - - - - -IX - -EL ENVENENADO - - -Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra. -Todo se lo había oído numerosas veces. - -Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer--casi completamente -igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer--no le era suficiente. Su sexo -era como un volcán apagado. - -Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a -tono. - ---Todos son techos de pagoda al atardecer--decía asomado a la bella -ventana encelosada de la Quinta. - ---La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la -tierra constantemente para ganar el cielo. - -Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se -veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más -desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para -poder reaccionar de él. - -No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran -pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel dos príncipes -románticos. - -Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los -alrededores en el último tren, pero después se desengañaba. - -Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que -estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla -central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su -propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de -amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente. - -Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que -resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual -del paisaje. - ---¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...--se preguntaba Armando -al mirarle--. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de -farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta -Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los -reyes tienen para pasar un mes de su vida. - -El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le -parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le -respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de -digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar -también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de -los más nublados. - -Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía. - -¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en -que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría -exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se -daba cuenta. - -Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin -embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en -chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga -siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo. - ---En esta soledad se llena de musgo el alma--pensaba Armando. - -Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía -por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable. - -Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los -criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga -tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz -eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica, -en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo -clarividente adensado en el ámbito. - -Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que -hacerle: - ---Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca... - ---¿Cuál? Cuenta--y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el -perfume de sus equis. - ---Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en -nuestro comedor--todo estaba como está hoy--le dieron en el vino polvos -de muerte. - ---¿Y cómo no lo notó? - ---Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve -para que no se despierten. - ---Sí, en su cureña de paja... - ---Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se -alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues -se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se -pudo descubrir al asesino... - -Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los -años, al posible envenenador. - -Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el -ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía -en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está -llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a -toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros. - -En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los -magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del -monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose -mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!» - -Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de -envenenamiento. La aislaba más del mundo. - -Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de -la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más -necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con -afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar, -mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel -abuelo envenenado. - -Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente -que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos, -se dirige a él sin titubear. - -El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo -y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón. - -Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las -solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo -de la Quinta. - -Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que -merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién -nacido. - -Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. -Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que -aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador. - -Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche. - -Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso. -Estaba alegre. - ---¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el -vino... - ---No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para -siempre en el comedor, detenida en aquella cena... - ---Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué -suerte! - ---Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de -puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata -estaban oxidados cuando yo mandé revisarla. - ---Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no -está mal... - -Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una -cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo -agonizando cinco días. - -Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer -plato estuvo por decir Armando: - ---¡Qué venenoso está esto!--cuando sólo era que estaba un poco quemado. - -Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha--mitad con -mitad para siempre jamás--de una comida tan alegre como lo suelen ser -todas las comidas perturbadas por la muerte. - -La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque -quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba. - -La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido -al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como -haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese -removido los cimientos. - -Al salir del comedor él la dijo: - ---Estoy envenenado de amor. - ---¡Falso!--repuso ella dándole con la cadera. - -El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta -de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida -mortal. - -El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un -ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su -colgajo. - ---¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi -misantropía!--se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus -fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna -prenda que no quiere salir. - -Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del -corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese -curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne -era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de -perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos. - -Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos -renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón -nuevo de la barbilla. - -Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en -medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores. - -Armando luchaba por alcanzar aquel _¡Ay Jesú!_ sin la _ese_ final, y sin -la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al -amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda -la dulzura portuguesa. - -Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura -suprema. - - - - -X - -ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO - - ---¿Quieres que vayamos a la playa de Morça? - ---Vamos. - -Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado -preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto. - -Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que -había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le -libertó, debía de llegar a través de todo aquel día. - -Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía -ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones -tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las -excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado, -la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el -puño. - -Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que -se echa tomillo y romero. - -Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de -las narices muy abiertos. - -Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del -camino... Al verlos, Palmyra dijo: - ---¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza -con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare... - ---Después... La cogeremos a la vuelta...--repuso Armando, que no quería -nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no -trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía -seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y -retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que -pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio -de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas? - -Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía -tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor. - -Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el -campo. - -Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los -caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola. - -Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se -veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños -reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje. - -Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía -tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que -acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo -que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil -de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que -resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase -la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha. - -En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde -salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué, -toda la aguda tristeza del naufragio. - -Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el -barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa. - -Olía a mar vivamente. Palmyra dijo: - ---Es como si nos comiésemos un cangrejo... - -Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho. - -Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de -buey como ventanas de sus barracas. - -El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que -pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte. - -Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto. - -Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la -hora de las hambres... - -El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer... -Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de -él como para justificar la navegación. - -Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo: - ---En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana -aspa en cruz del molino. - ---Es verdad... Tienes razón--dijo Palmyra. - -Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban -antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un -camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban -cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de -una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun -estando en la cima del monte, llegan a su base. - -Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los -barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el -capitán comía constantemente. - -Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad -celestial del mar. - -En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos -del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como -chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que -leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace -lo menos veinte años. - -Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino -el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los -restaurantes. - -Así como en las mesas están de etiqueta las botellas--pechera blanca y -traje negro--, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a -sus fábricas, en su pueblo. - -Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de -esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la -nariz roja. - -Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero -mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un -menú. - -El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los -barcos al mar. - ---Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino--aconsejó -Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio. - -En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse -para siempre que tiene--¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres -en tres olas!--, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente -a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios, -preparado todos los días con puntualidad. - -Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de -paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho. - -Era la hora de las cuatro. - -En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca -saliva para tanto cacareo. - -Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas. - -Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los -molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre -unas y otras plantas. - -En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo -hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas. - -Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha -lavado alguien. - -Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que -nadie sepa por qué. - -Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las -alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral. - ---Las amapolas--dijo Palmyra--son como corbatas que se pone el campo. - -En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos, -entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como -la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas -de plasticidad propia. - -Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al -despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin -enterarse de nada». - -El pesimismo del campo volvía a él: - -«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de -un siglo después.» - -«Todo el campo, además, espera a los muertos.» - -El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote -seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus -bestias en la postrer carrera. - ---Aquí--dijo volviéndose a sus amos--fué donde se estrelló el otro día -un automóvil. - -Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que -odia al automóvil. - -El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como -sus últimas luces. - -Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el -día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta -de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles. - -El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de -la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama -urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia. - -Palmyra alargó la cabeza para leer. - -«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.--_Luis._» - ---¿Has entendido? - ---Sí... ¡Qué desgracia! - ---Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche -tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el -Francfort. - -Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la -doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez -en su «Mía Señora». - ---¿Qué le pasa a «Mía Señora»? - -Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó: - ---¡Las maletas! - -Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel -apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad. - -Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba. - ---¿Pero te lo llevas todo? - -El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?» - ---Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué va a -pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una -enferma... - -Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía -arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de -Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de -acero del hombre. - ---Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de -hacer las maletas... Se me olvidará todo... - -Palmyra salió de la alcoba. - -Armando estaba apesadumbrado. - -Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su -víctima. - -Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue -resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad -humana. - -Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las -columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer. - -Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el -alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal. - -La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada, -pero él no los podía soportar. - -Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra. - ---Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo -que va a pasar. - ---No puedo... No puedo--decía ella llorando--, me matarán las _saudades_ -de un solo día sin ti... - -Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que -sucediera eso. - -Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una -hora de anticipación. - -Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver -saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la -que parecía irse a tirar. - -Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no -despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye. - -Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus -reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no -dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento. - -¡En qué día más feo le tocaba viajar! - -Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como -aquella en que se derretiría Palmyra. - -Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo. - -Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a -salir de Portugal de un momento a otro. - -Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia. - -Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en -medio del campo. - -«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún -le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel -caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un -criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la -metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar -frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le -pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el -tren. - -El tren hacía árboles, hojarascas de humo. - -Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»--se -decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la -estabilidad duradera de todo. - -«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»--pensaba en la -soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia. - -Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos -estanques del invierno, allí en España. - -Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un -límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el -mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los -chamizos, en los «cabarets», en los cafés. - -Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios -cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también -era luminosa siempre. - -«¡Si no lloviese tanto!»--se decía Armando para contradecir su -nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía, -diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo -alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive -con empuje la luz artificial de los «cabarets». - -Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama -de los alrededores de la Quinta. - -Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos -amarrados en el puerto seguro. - -Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía -la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos -muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno. - -La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya -estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, -pero cuyo suplicio quería vivir. - - - - -XI - -LA SOLEDAD INAPETENTE - - -Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus -lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando -y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había -llevado todas las cosas?» - -«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró -el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó -un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa -de despacho. - ---No tendré ninguna carta de él--se decía Palmyra, dándose cuenta de la -crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le -olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de -vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo. - -Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se -acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el -último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en -el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo». - -¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la -dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir! - -Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador -refugio para el amor apasionado de unos meses. - -El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía -el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles. - -Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente. -Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada. - -Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba; -del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de -los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las -aguas. - -Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los -posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel -desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del -estanque fué también una limpieza para la suya. - -Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la -fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y -los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco. - -¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era -cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien -llevada, bien dicha. - -Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces, -buscaba. ¡Gata desalada! - -No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero -insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día--todos los -días _el único_--en que se movía la vida. - -¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era -inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones. - -Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba -el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y -desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola. - -Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad -sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la -saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con -los demás hombres. - -Ella.--Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que -puede atraparme. - -El.--Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes. - -Ella.--Sería la alcoba triste sin ti. - -El.--Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán. - -Ella.--Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor. - -El.--Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus -piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura... - -Ella.--Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura... - -El.--Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma. - -Ella.--Acércate... Cógeme como un ánfora. - -El.--Tus sábanas están limpias como una virginidad... - -Ella.--Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que -uno... - -El.--A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un -trono sobre el lecho. - -Ella (_apagando la luz_).--Ven... - -En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en -un monólogo con sordina. - -De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían -los cisnes ledos que buscaban a Leda. - -Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos, -y se dormía baldía. - -A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los -jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no -encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la -puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo -portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra -orientación extrema. - -Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos -que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya -sangre se va tornando roja muy poco a poco. - -Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran -brillante que cuelga como su último remate. - -En aquellos días de perdición en la Quinta--de mucha más perdición que -lo que se llama perdición en el amor--hasta entró en la biblioteca. Se -escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio -de los grandes salones. - -La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber -muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados -para sus manos, pero que la pertenecían! - -Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas -perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias -muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya -sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de -los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que -ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro. - -La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se -curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a -aquella soledad con la esfera armilar. - -Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas -inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que -la hacía microscópica, inexistente, polvo vil. - -La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en -que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar. - -Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la -gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros -mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo. - -La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque -no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en -convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por -el gran ventanal. - -Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos -en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se -escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero -mar. - -El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la -esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable. - -Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la -desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca. - - - - -XII - -AL CASINO - - -En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes. - -Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «_A -charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held -in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc._» - -Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes -jugaban a los juegos prohibidos. - -Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta. - -Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y -estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista. - -Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la -llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más -desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras -abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora. - -Pasó por entre los _chalets_, cuyas ventanas respiraban el aire -embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua. - -Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal -sobre los hombros. - -Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar -por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con -las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine -que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos. - -El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por -completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras. - -Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo -después de una viudez. - -Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras. - ---Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos--había -dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de -los pueblos. - -No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que -estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como -aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las -paredes de la prisión. - ---Atado en ese sofá estuvo él--sentiría siempre ansias de explicar a los -que por primera vez fueran a la Quinta. - ---Las cazoletas del telégrafo son palomas _ahorcadas_--había dicho -también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía -estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en -la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras -pasajeras. - -Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino. - -Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes -nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se -sabe de qué recóndito rincón han salido. - -Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes -billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente. - -Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus -lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía, -buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las -miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal. - -Ella apuntó a cualquier número. - ---No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá -nunca--la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, -con verdadera congoja. - -Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le -preguntó: - ---¿Pero, por qué? - ---Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un -abismo. - ---Entonces--dijo Palmyra con la misma voz trémula--quiero ver si le -vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a -usted... - -Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas -que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de -jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de -Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la -otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente. - -Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar -dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el -mismo triunfo. - -Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, -galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la -intimidad de la mujer distinguida con quien habla. - -No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos. - ---A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando -voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del -hotel... - ---¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos? - ---Los pinos...--y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él -amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en -los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo -por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y -dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo: - ---Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes... - -Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso. - -Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase -en su líquido dorado el restituyente. - -La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino -blanco, llena de los puntazos de los chinches, naturalmente de los -«chinches» limpios». - -Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped -extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en -distinto sitio, acercando su butaca al balcón. - ---La acompañaría si no perdiese el tren... - ---Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba -retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha -distancia. - -Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con -muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que -ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos -los matojos. - -«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de -la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella». - -En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas -blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía -ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala, -que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la -barbilla o se queda colgado de la sotabarba. - -Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no -quiere que de ningún modo retrocedan las cosas... - ---Sí... Realmente no nos ve nadie... - ---Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado -por un camino tan solitario a esta hora... - ---Lo malo--dijo ella--es que todo el camino es tan solitario y es muy -largo... - ---Tengo besos para todo el camino, por largo que sea. - ---Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos... - ---Soy más; soy un salteador de caminos. - ---¡Qué miedo!--dijo ella haciendo un mohín. - -El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a -encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la -curiosidad. - -A veces le tenía que decir: - ---Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña -de Egipto... - -Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad -del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de -chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla -pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena, -mezclándose al arrebato del vino y de la carne. - -Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer -sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle. -Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula, -volvió la cabeza desconfiado. - -Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa -de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una -lluvia clara. - -Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el -padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los -pasillos como en plena ilegitimidad. - ---Otro cubierto en la mesa--dijo Palmyra a su vieja doncella--, y -prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y -es mi primo el ingeniero... - -Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero -también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba -a guardar allí al hombre elegido... - -El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar -de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las -casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía -apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y -generoso. - -Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de -que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo -que, por fin, había llegado aquella noche. - -Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e -insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los -despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más -curiosas. - ---Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese -platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su -bebedero. Mi padre también era ingeniero. - -Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a -aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor. - - - - -XIII - -ERA EL HOMBRE VIOLENTO - - -El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la -plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín. - -El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras -exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por -palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo -las ilusiones que provocaba la Quinta. - -Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra -le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella -le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado--se decía -ella--, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no -necesita hacer más». - -En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a -coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado -breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología. - -Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi -irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podría decir -que había comenzado a ser una mala mujer. - -Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como -un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se -creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora -simpática y cariñosa, a la que apenas conocía. - -Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba -veía menos que nunca. - -Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras -sobre el papel cebolla de sus planos. - -Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes -sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me -la habrá regalado el destino?»--se preguntaba, y en vano buscaba la -respuesta. - -Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se -dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da -masaje. - -Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con -aquella insistencia. - -Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de -comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había -elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en -limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al -aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del -ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y -unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales. - -Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente -a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias -de la vida. - -En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados -haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote, -con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, -llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de -las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de -estar dormidos pronto. - -Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su -Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el -paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras -la acompañaba. - -Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su -tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el -plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan -grande, que Palmyra le mandó callar. - ---No quiero, mujerzuela--respondió encolerizado, y la empujó contra la -pared. - -Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido -empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede -hablar ya. - -El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos. -Pedía perdón. - ---No puede ser--dijo ella--, has vuelto a ser el extraño, como si aquel -señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en -vez de ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa -palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y -te vas. - -Llamó al criado... - ---Prepare el coche para las siete... - -Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había -encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los -hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un -voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora -esperaría la llegada del que fuese. - -La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con -un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la -Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio. - - - - -XIV - -LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS - - -Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su -vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la -palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los -trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros -más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro -estratégico. - -Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba -destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes -volanderos. - -Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros. -Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento -perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros -apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o -cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como -banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo -viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en -meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si -su preñez las obligase a esas posturas. - -Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la -mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a -ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los -«chauffeurs» listos. - -Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y -dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud -abandonada en medio del bosque. - -La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte -hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia -ciudades más en el centro del mundo. - -Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas -distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en -el sitio que ocupa. - -A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del -camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más, -el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían -detenido más largo rato bajo el faro engallado. - -Había recogido--sobre todo cuando lucía blusas de mucho color--las -miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos -y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se -tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera! - -¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero? - -Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de -lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en -medio, y que eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas -horas de la lisura estable de la tierra. - -«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando -de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»--pensaba -Palmyra. - -Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida -aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían -que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para -poderlo pregonar. - -Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se -pone en marcha dando al manubrio de su despertar. - -Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en -que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de -torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más -pensativa que nunca. - -El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de -fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era -bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja -falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada -apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C. - -No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo -del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido -pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que -te tomé». - -Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió -al salón pensó sorprendida que iba acompañada de la sombra que había -entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el -perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya -en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza. - -«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»--pensaba Palmyra--, pero -después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le -estará chico, más chico que éste que me ha dejado». - -Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los -espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del -espejo. - -Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar, -estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?» - -Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se -ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el -imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello -oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los -chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los -dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos. - -«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está -viejo»--pensaba Palmyra. - -Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de -arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras -irisadas. - -En eso llamó la criada: - ---Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia... - -Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que madama no le -recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que -viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo -querido que llegase de muy lejos, la dijo: - ---¡Que pase! ¡Que pase! - -Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en -el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un -beso apasionado y largo... - ---Señora--dijo--, he torcido mi viaje sólo por usted... - ---¿Pero perdió su barco?--exclamó con ingenuidad Palmyra... - ---Sí..., partió sin mi--respondió sonriendo el desconocido... - ---¿Y sus baúles?--volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si -esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a -instalarse en la Quinta desconocida... - ---¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa--respondió extrañado el -extranjero. - -Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino -que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el -mar. - ---¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora -casada? - ---No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo -vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra -cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería -decirla es que volvería... - ---Yo sólo creí que fuese un chicoleo. - ---De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o -menos pisado por la dama, pero se recoge... - ---Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto -en el perchero... - ---Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo -dejaba, ajustándole más a su colgadero... - -Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita -que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta -cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del -que había dejado irse... - ---¿Y qué es usted?--preguntó Palmyra sacándole de su arrobo. - ---Yo... Doctor... - ---No... Quiero decir de qué nacionalidad. - ---Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que -me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con -usted toda la vida... - -Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso -era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para -ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares -flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón... - -El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en -el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno -de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo -parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que -se encuentra. - ---Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me -echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después -de cenar, cuatro, siempre los mismos... - -¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su -barco y tenía derecho... - ---¿Y hasta cuándo estará usted aquí? - ---Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me -puedo quedar aquí a estudiarla a usted. - ---¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo. - ---Bueno, bueno... Diré sólo que estudio. - ---¿Y de qué región es usted? - ---Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días... - ---¿Y cómo es su pueblo? - ---No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno -marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la -brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante -de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista -de paisajes en que se ve una Quinta. - ---Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado... - ---La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted... - ---Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El -mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar -pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped. - -Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro -timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al -mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran -descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no -casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus -cincuenta expresiones distintas. - ---¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?--dijo él. - ---¿Tan extravagante es? - ---No; es Samuel. - ---Pues no es feo. - ---Es que como es judío... - -Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y -eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita... -Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo: - ---¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos... - -Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta. -Palmyra salió con él. - -En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero -Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la -retuvo... - ---No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su -afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que -tome el barco que dejó escapar hoy... - ---Pues entonces quedará ahí para siempre. - -Samuel salió para traer sus equipajes en seguida. - - - - -XV - -EN ALTA MAR DEL AMOR - - -La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de -las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. -Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado -todo. - -Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la -mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz, -pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña -de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana. - -No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor. -Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que -sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la -Quinta. - -Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y -graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»--se preguntó -Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una -boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura... - ---Palmyra--llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que -la conocía bien por su nombre. - ---Palmyra. - ---Palmyra. - ---Palmyra. - ---¡Palmyra!... - -Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la -playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de -sus ojos. - -Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los -cuadros. - -Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que -sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde -allí se atalaya. - -Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había -nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese -con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos. - -Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña -de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la -oseaba las moscas. - -Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se -despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con -sus manos oseadoras y osadas. - -«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de -los automóviles con gente de los barcos--pensaba Palmyra--. Mi única -inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...» - -Se rió con risa descarada, mirándole. - ---¿De qué se ríe? - ---De que me parece usted un barco embarrancado... - -Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo -iba a retroceder. - ---Tienes un despertar tranquilo como el de las playas. - ---Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano... - ---¡No tanto!--dijo Samuel sonriendo--. A lo más soy un marinero -despierto y animoso. - -Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo -caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado -estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que -ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos, -como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo -tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia. - -Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre -a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer -desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa -inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas -que lo probaron mucho. - -Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más -temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que -tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y -haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, -que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran -al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en -plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad. - -Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan -los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió -con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno. - -«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de -quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»--pensaba -Palmyra. - -Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta -inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se -asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas -frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero. - ---Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los -hosannas de la mañana--dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de -playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire -libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor. - ---Parece que has puesto al cielo traje de baño--dijo Samuel, -refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos -concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas -de salón de los aviadores. - ---Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol--contestó -Palmyra--. - ---Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas -mañanas--repuso Samuel. - -El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una -mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba -después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más -encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de -poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de -preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo -realizado, en vez de comenzar por el rosicler. - -No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana -entera aterrizaba en la terraza. - -Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa -que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva -de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con -pájaros posados en el barandal... - ---Mi estancia aquí--dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que -sentía--es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla -encantada... - ---Con tal de que pienses siempre eso--dijo Palmyra con su más rogativa -entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre», -que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo -inevitable, con aquella cosa de _cogido_ que quiere escapar. - -Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la -palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en -la reconfortante maculatura. - ---¿Es que todos los amores son de travesía?--preguntó Palmyra con cierta -incongruencia y para sorprenderle con la pregunta. - ---¿Cómo, qué quieres decir?--contestó Samuel, envuelto en la mentira de -la embriaguez y del hospedaje desinteresado... - ---Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir, -y, sin embargo, temo que te ausentes--replicó con sumisión Palmyra. - ---Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha -hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no -pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama... - ---No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es -trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro -galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido -menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres -juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen. - ---Pues retiro lo del pijama... - -En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de -mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de -Portugal se sentía en rededor. - -Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se -había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo -mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza, -ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea -de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al -que había de huir de un modo fatal. - -El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás. -Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había -quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino -para tomar cualquier otro, por su condición de errante. - -Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha -contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo -contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, -invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque -hubiera parecido brotar de la raza. - -Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr. - -Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz -del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al -señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y -como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra -a Samuel en voz alta: - ---Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me -acabo de arreglar... - ---Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan -arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada -sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra. - ---Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...--dijo -Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda -pinzado como esos cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen -así los chulines. - -La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al -turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma -copia que tantos otros con igual pasión. - -Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo -enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un -número. - - - - -XVI - -OTRA RETIRADA - - -Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no -para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del -hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto -sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía. - -Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué -disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese -de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la -desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no -había olvidado. - -Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus -hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía -un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con -Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros -terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría -que obedecer. - ---Porque mis hermanos de Salónica... - ---Porque mis hermanas de... - -Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le -hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra -con nostalgias fortísimas. - - * * * * * - -Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre -honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de -plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en -que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX, -estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería -sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus -persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre, -había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y -perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se -dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados -y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y -obcecada. - -Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a -contarla una nueva vejación de las que había sufrido. - -Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la -hora mejor del idilio, al atardecido. - -En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, -porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella -humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared. - ---¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo -de tu carne--la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se -había olvidado de la frase. - ---En este salón--la dijo Samuel--tu blusa de seda es más incitante. En -este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún -rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los -que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás... - -Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que -había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado -suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes. - -Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los -besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en -sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas -veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor. - -Impaciente Palmyra, le preguntó: - ---¿En qué piensas? - ---En que te llevaría a un viaje... - ---¿A un viaje? - ---Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le -ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta -Quinta y que navegase... - ---De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los -árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más -me gusta... - ---No te comprendo... No te acabo de comprender. - ---Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que -vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no -distraerme, no perder palabra, no perder ripio... - ---Pero donde más interesante es la vida es en los viajes--repuso Samuel, -siempre poseído por el mal intrépido de la huída... - ---No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la -vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo -importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas... - ---¿Y los monumentos? - ---Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para -encubrirla... - ---¿Así es que según tu opinión las pirámides...? - ---Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está -mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida... - -Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una -carreta de bueyes la podía sacar de su predio. - -¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la -vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar -por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua -junto a las ventanas de la Quinta. - -Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes -ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles, -pero ese mundo es demasiado soporífero. - -Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de -rebeldía contra la Quinta, se echó en la _chaisse-longue_ desde la que -se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda -posesión de los almohadones de la melancolía. - -Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la -huída de los hombres. - -Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con -entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en -el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más -próximo presente. - -«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación -diaria»--se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera -para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del -anonimato. - -Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el -día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, -caramelitos y guindas de inmortalidad. - -Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en -los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos -transparentes en medio de las claras numerosas. - ---A esta hora me olvidas--la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio -y la situación penosa y desconfiada--. Pareces de la religión egipcia -que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los -muertos. - -La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su -salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz -severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En -las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta -el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto -improvisado y de última hora. - -«Todo cocina en mi guiso»--se decía Palmyra y tomaba una postura más -cómoda en su _chaisse-longue_. - -En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía -irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la -arboleda que rodea demasiado una vida. - -Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los -páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado -en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la -desnudez del mundo. - -«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que -ver con él!--pensaba Samuel--. Si el perro aulla cuando encuentra un -hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el -hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si -se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del -corsé de la carne». - -El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que -anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso. - ---Los árboles--dijo Samuel por fin--cubren la vida de una hipocresía -verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más... - -Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si -hubiese sido ofendida ella misma, repuso: - ---Como que te ahorcaste de ellos una vez... - -Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado -que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las -alcobas y se fué. - -No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo--se dijo -Palmyra--tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio -que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se -fueron». - -Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil -de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme -automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil -por teléfono desde un punto distante. - -Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué -llorando en el coche que le libertaba. - - - - -XVII - -RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS - - -Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que -marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto -era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más, -asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que -nunca. - -Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en -paseos plácidos, en arrebatos de perseguida. - ---No... no quiero irme... No me iré nunca...--se decía en sus -gabinetes--. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto -para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré -desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí -iglesia, cuna, panteón... - -Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía -explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas -inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las -sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas -las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo -contemplaba, de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las -sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos... - -La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se -movía como con vida propia. - - * * * * * - -Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, -frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista -y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos. - -Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella. -Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes, -aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la -explanada del mar. - - * * * * * - -Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos -cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de -sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los -grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama, -todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas -imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes -de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc., -etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando -en trenes sin ruido y sin carril. - -Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho -estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de -pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad. - - * * * * * - -Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que -era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas -impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el -rostro. - -Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se -encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron -viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus -ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su -futuro. - - * * * * * - -Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que -convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la -gran cosecha de los jardines. - -En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban -fajadas en la gran cosecha recogida. - -Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se -concentraba y tenía ánimos de creación. - -«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que -traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de -recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.» - -Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del -alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora -de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los -pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la -erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a -los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber -encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria -que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en -el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución -con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las -tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor -de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor -a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las -heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan -hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos -que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa, -etc., etc. - -Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por -esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas -extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el -recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera. - -Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas -alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se -entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión -a la cera que iba formando el panal. - - * * * * * - -Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad, -repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de -cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos -niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se -reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en -el camino. - -Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de -recién acostadas. - -Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus -amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose -unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como -se mezcla el agua caliente y la fría. - -Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes. - -El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos -niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las -piernas del que pasa. - -Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a -sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio -puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al -paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de -poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba -más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las -niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las -piernas de los caballeros sentados. - -Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y -corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los -cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que -venían generalmente en automóviles amarillos. - -También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a -parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para -que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con -gran curiosidad a la terraza para ver una pareja--la misma a través de -todas sus variaciones--que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba -hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían -desde sus galerías. - -«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»--se -decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes, -que a uno seguido. - - * * * * * - -Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida, -suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si -se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la recepción la -misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que -broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas. - - * * * * * - -A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros -cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos -secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar -al terráqueo de vez en cuando. - -Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la -sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de -la tarde. - - * * * * * - -En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me -vea el tren y me lleve». - -Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión -para sus oídos oir el último estertor. - -«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»--se decía frenética de alegría. - -Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre -todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta. - - * * * * * - -Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los -aviadores. - -Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la -brisa. - -Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias. - -Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el -gusto de la fabricación. - -Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la -cochinilla escondida. - - * * * * * - -Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los -gimnastas que hacen exhibición de su pecho. - -«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.» - -«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.» - -«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.» - -Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones. - -Vivía la Quinta en independencia del paisaje. - -A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo -sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado -de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de -caracol. - -¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias, -la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un -niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro. - - * * * * * - -No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía -su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar -patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas. - -«Tiene mi vida--se decía Palmyra--algo de prisión de reina.» - -Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el -otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos -con hojas ensartadas. - - * * * * * - -Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos -sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy -perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de -la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que -dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino. - - * * * * * - -Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en -la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y -deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de -pluma y una cosa que es como una miel que se respira». - -Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era -destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de -estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de -baúles y tinajas de lo mismo. - -«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas--pensaba -Palmyra volviendo a su obsesión--. No saben sentir los besos en las -manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, -cuando apenas ven a nadie.» - -Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en -ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente. - - * * * * * - -Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos -gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha -concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar, -a lo bonancible del tiempo. - -¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros, -como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de -los gritos felices! - - * * * * * - -Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción. -Se levantaban de la naturaleza coros de soledad. - -Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los -caminos, entre boscajes que la sirven de biombo, aquélla resultaba más -oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de -un cementerio. - - * * * * * - -La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles -se llenaban de más mirlos. - -El reloj de sol marchaba cada vez mejor. - -Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la -vida reunida, cernida, hecha un fino flan. - -Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo--se -decía--pero en esto está el éxito». - -Se sentía como fuera del camino de la muerte. - - * * * * * - -En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del -día--algo mucho mejor que un baño de sol--y ya estaban suavizados con -bastante gozo para dar por bien sucedido el día. - -Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de -cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día, -envuelto en papeles de seda azul. - - * * * * * - -Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que -hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las -gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos -que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con -deleite la harina del camino. - -Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una -moneda, pero también pasaba de largo. - - * * * * * - -Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas -desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los -gestos varoniles incitantes y coactivos: - -«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada -está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta -solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o -no ha sido robado!» - -«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín -abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.» - - * * * * * - -La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas -algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que -se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un -ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había. - -Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas -blancas. - -La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar -con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad. - -Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría -frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo. - -Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado -lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de -los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de -las puertas. - - * * * * * - -Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones, -encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia -dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte. -La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento. - -En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos -y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo. - - - - -XVIII - -EL GENIO ARREBATADO - - -Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la -recomendaba un pianista célebre. - -«Como sé que te hará pasar un rato delicioso--decía la carta--me atrevo -a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con -notas musicales en vez de con palabras.» - -Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía -preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía -complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista -usado, aunque de la mejor calidad. - - * * * * * - -Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que -salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras -sobrenaturales en primer término. - -Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez -de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas -pintadas. - -Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante, -apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena -de brillantina sólida. - -Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como -arrodillado por las alfombras. - -Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus -crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes. - -Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación -desgreñada. - ---¡Oh, mía señora!... - -Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la -sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo: - ---Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he -emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes -que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan -entretejido los árboles! - ---Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un -claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no? - ---Sí, está bien... Muy rubio... Eso es... - ---Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de -esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto, -que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da... -Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi -perro lobo... - ---Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto -es maravilloso... maravilloso. - -Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte -de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella -le gustaban tanto. - -Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un -poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres -le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre -había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento -parecía tener galantería de caballero más que de mujer. - -Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del -piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir -la chepa de los grandes ejecutantes. - ---Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota -hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio. - -Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y -como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y -se puso a tocar. - -Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado -como para repasar las hojas de su memoria. - -«Este hombre--se decía Palmyra--no está lleno de tantas complicaciones -como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las -pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he -huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos -sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.» - -Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el -mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad. -Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la -habitación está desesperada. - -El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez -y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la -desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa. - -Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento, -dijo: - ---Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así, -quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí -nuestro célebre Almeida... - ---¿Estuvo aquí Almeida?--preguntó con mucha admiración el pianista. - ---Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de -mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza... - ---¿Y tocó en este mismo piano? - ---En el mismo... - ---Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar... - -Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el -pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía -cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que -son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono: - ---Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo -que he prohibido tocar en él son vals... - -El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa -deferencia, tomó su mano y se la besó. - -Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de -amor, pero dado con verdadero disimulo. - -«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»--se decía ella, que sabía que -en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente -cuando el nuevo amante se la insinuaba. - -Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los -hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud -infantil. - -La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al -hombre de bigote negro. - -Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía -ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había -alfombrado la casa. - -Por romper el silencio, le consultó: - ---¿Quiere que invite mucha gente al concierto? - ---Quisiera tocar para usted sola. - ---Pero es necesario que los demás le admiren... - -Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que -ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche -solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor. - - - - -XIX - -EL CONCIERTO - - -Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con -broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la -mujer como la habían imitado todas sus antepasadas. - -Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con -un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la -casa. - -Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados -después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la -música. - -La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se -había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba -a ser más dulce la loción musical. - -Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa. - -El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese -disminuir al final un acto del programa. - -Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto -fuese una función de teatro la que se fuese a representar. - -Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las -embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación -de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano. - -Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar -al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario. - -Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar -debajo de la butacas. - -La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en -sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación. - -En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al -mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música -en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con -la que llevaba en todos los bolsillos. - -Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó -el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que -el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se -tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto -antes el escalofrío de las primeras notas! - -Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una -inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano -sacaba músicas y músicas de sus dedos. - -Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a -sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba. - -Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con -su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago -en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido. - -Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano, -como lucha de un estrangulador con la dulce víctima. - -Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y -descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que -la víctima ha lanzado su último suspiro. - -La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos -les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y -dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el -mar. - -Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus -corazones, con menos ideas bellas en sus estanques. - -La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías, -ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares -lejanos. - -Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche -y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía -haber matado a una reina para entronizar a otra. - -Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se -ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un -mosquitero rosa sobre la cama de la _chaisse-longue_. - ---¿Es que ha llorado durante la música?--preguntó el disfrazado de -melenas. - ---No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música. - ---Eso no puede ser...--dijo don Félix--el lagrimal es la primera lágrima -solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá -usted enjugar nunca. - ---Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque -creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar. - ---¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado... - ---Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo. - -De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la -gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo -tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana. - -Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre -pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los -días. - -Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche -se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte. - -El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su -aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música. - -Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio -cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta. - -Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese -soportar la soledad de los dos en el palacio. - -Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la -importaba. - -Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí -misma sin eso. - -No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer. - -Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las -dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las -caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en -ellas. - ---¿Y ahora, señora...?--preguntó el pianista, que parecía haber nadado -hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la -música: - -Palmyra contestó: - ---Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado. - ---No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he -puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré -dormirme en toda la noche. - ---Y yo que le he escuchado, tampoco. - -Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas, -era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen -entre la hermana de la muerta y el cuñado. - - - - -XX - -NUEVO HUÉSPED - - -Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de -Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos -huéspedes. - -Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba. - -«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando -aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la -mañana. - -Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado, -igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las -maderas. - -El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que -resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana -frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola. - -Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado -frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en -pijama hacia el cuarto de baño. - -Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín -antiguo. - -Era como si mirase a través de un brillante la ma ñana que tomaba todos -los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal. - -«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella. - -«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también. - -Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso. - -Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día. - -En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos. - -Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora. - -El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores. - -Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer -automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya. - -El mar era un mar vertido en un lava ojos. - -Gran limpieza de espejos había en la mañana. - -El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino. - -En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó -reflexionar, se acordó de aquella mañana primera. - -Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar. - -Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta: - ---Hay un momento en que los barcos son como tartanas. - -Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y -respingo dan los besos, ella decía: - ---Que nos mira el mar con sus ojos azules--y ponía un gesto como de ser -acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin -respetar la frase que debía quedar en lo suyo: - ---¡Como que le he visto pestañear! - -Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas, -arrancando sus hojas rápidamente. - -El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano -al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como -perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas, -desencuadernadas, mal barajadas por la desidia. - -Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como -necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar -el ocaso y la noche: - ---Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las -naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde -las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas... - ---Eso sería muy pornográfico--respondió sin respeto a la pulposa idea -aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso. - -Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada. - -Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio -arrebatado»: - ---Todos hemos tenido, te lo diré yo con más franqueza que nadie, una -prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no -pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y -suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha -sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer... - ---¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?... - ---Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre. - ---Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que -no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia... - ---No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los -orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso -está prohibido en todos los amores. - ---Tienes carne de pescadora lisboeta--la decía otras veces. - ---Explica, explica ese cumplimiento--decía Palmyra entre enfadada y -satisfecha. - -El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas -pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que -pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por -como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar -descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de -ellas si lograba que le quisiera. - ---Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora--repuso Palmyra. - ---Pero es posible que alguna pescadora proceda de los tuyos... Hubo un -tiempo en que eran hijas de reyes--contestó el pianista. - -No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era -verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos -debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en -princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos. - -Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a -la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido. -Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él -el asomarse a la perspectiva de su Quinta. - -Todo se acaracolaba en el fondo del campo. - -La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia -allí había que orientar los pensamientos. - -El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la -sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o -desenvuelve el periódico el farero. - -Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba -en ella la luna. - -Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche -y la metiese envidia de desembozar la cama. - -Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a -toda su expectación. - -Era allí más verdad que en ningún sitio--si cabe decir eso--el acto de -acostarse. - -Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la -Quinta. - -Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la -_pelouse_ del paraíso. - -Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía -Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba -al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese -ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina -de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del -paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera -_pelouse_. - -La ola lejana rizaba los peces. - -El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal, -con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la -pureza nocturna. - -Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos -rosas de las hombreras de su camisa de niña. - - - - -XXI - -TARDE DIÁFANA Y FINAL - - -El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia -de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como -con sus conciertos de música. - -Otro prisionero que quería escaparse. - -Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los -hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida, -el sentido claro de su existencia. - -Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de -sí mismo en todos los parajes. - ---Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...--se decía el aislado sin -acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos. - -Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza. - ---Ese chalet me da siempre pena... - ---¿Por qué? - ---Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de -una manera que siempre parece que está llorando. - -El pianista optó por su distracción embrutecida de hombre superior y no -rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora -definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de -las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu. - -Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un -atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de -piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio -caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese -posible. - -Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire -de boyerizo. - -El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y -grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa -blanca. - ---Mía señora, «lenzoes» de puro hilo... - -Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí -iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos. - -Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos. - -Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla, -sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble -caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre. - -Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde -en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de -alto plumero que se elevaban sobre la terraza. - ---Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le -rodean... - ---Pero sólo soy un modesto organista resignado. - -Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio. - -Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje. - -Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía -qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una -copa de champagne. - -Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía -de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia, -le tentaba. - -Félix no hacía más que acariciar su gloria. - ---¡Ah, mi gloria! - -Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres -hay unos maniáticos exacerbados y terribles. - ---¡Ah, mi gloria!--repetía y su gloria daba una gran intranquilidad -inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre. - -Corría un aire suave, un aire de llamada. - -Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los -aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se -está un poco rehacio en ir. - -Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los -«moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo -apremio sabía. - ---No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza--dijo ella. - ---¿Pues entonces, de qué clase es? - ---Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a -las playas... - ---Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar... - ---No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo, -algo triste... - ---No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento... - ---Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca... - -Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo -encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza -de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan -los árboles... - -Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los -deliquios de las señoras. - -El reanudó la conversación: - ---Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos? - ---Siempre quedan lobos en la noche de los pinares. - ---¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa! - -¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo! -¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha! - -Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos -suspensivos... Nunca tan oportunos... - -Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias -líneas de puntos suspensivos. - -Pasó un automóvil. - -Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos. - -Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque -de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les -sabe hacer la cabeza. - -En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras -encrespadas ruido de mar. - -¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su -propio rebaño y sus propios pastores. - -Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las -pestañas de su paisaje. - -Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida, -cada vez más abandonada. - -¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme? - -Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se -encendía la primera fogata de las cocinas. - ---Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las -cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora, -que me sobresaltan el ánimo... - ---Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas. - ---Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe -tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es -lealmente no hay por qué dejarlo de ser. - -Félix no contestó. - -Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana. - -Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris, como en una de esas -natillas en que se echa una docena de huevos. - -Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus -misterios detrás del iconostasio. - -Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya -no conocía a nadie y era inútil quererle retener. - -Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó. - ---¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como -si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena -el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay -relojero a quien llamar. - -Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha -metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas -contrarias apretadas en encarnizado contacto. - -Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras -lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila -húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza -se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al -hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura. - -El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un -vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su -crispadora unanimidad. - ---No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta -hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes... -Me acuerdo de unos conciertos que di en un rincón de América en un -teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo -comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!... - -Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella -grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de -escarabajos engordados por el térmico otoño. - -¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar -en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello. - ---No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como -con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito -irme... - -Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que -sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace. - ---Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que -llegue la noche cerrada... - ---No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona. - ---Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras -de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me -hayas llamado patrona. - -Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar -mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que -desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta -rápida del huésped que ha reñido con la hostelera. - - - - -XXII - -LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO - - -Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas -como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar -la mano cariciosamente. - -En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin -que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos. - -Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas -sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los -muebles. - -Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es -mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los -cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el -cielo que también caracteriza a Portugal. - -Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas -inútiles. - -Era una ilusión la Quinta. - -Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos, -dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus -alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había valido para -la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más -churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que -se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo. - -Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana -con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta -despidiéndose del mundo. - -La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico -hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una -celosía confidencial. - -La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra. - -La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba -hasta los últimos balcones. - -La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era -envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con -sus largos brazos. - -«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me -olvidaría!» - -Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la -enredadera trepadora. - -«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de -lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de -alguien.» - -Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido -yerba por falta de circulación de barcos. - -Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo -de meníngico. - -Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial -que se llevaba a sus amantes. - -Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido. - -La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad. - -Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a -su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado -reciba el beso que de pronto florece en los labios. - -La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la -calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase -dotada de eternidad. - -No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos -complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a -bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón -del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese -rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento -en que los abraza. - -Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las -chispas inevitables que hace brotar. - -La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio. - -Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes. - -Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se -presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último -borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un -peinecito de bolsillo. - -Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por -innumerables espejitos de mano alertas al desembarco. - -Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el -brillante seno duro en que guarda sus teclas. - -Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra -perspectiva en que está la inspiración. - -La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el -desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como -queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto. - -Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa -para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño. - -Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en -el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una -mujer sola tenía muchos peligros. - -Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una -extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la -sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la -calle y se mató. - -También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de -engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en -medio de la calle envueltos en un papel. - -Y el hombre del mak-ferland del Alentejo--largo sobretodo gris -guarnecido de pieles de raposa--que dejaba muy malheridas y sin habla a -las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión. - -Con todo, tomó el tren a la capital. - -El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire -de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los -prestidigitadores. - -«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues -ya no lo ven ustedes.» - -...Y este otro... - -...Y este otro... - -...Y este más... - -Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación. - -Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese -día se vestía de seda o de terciopelo. - -«El café bueno--se decía ella axiomáticamente--mantiene al amante.» - -Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía -velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino -corto como viajera del transiberiano. - -Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba -de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el -mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje -permanecía mirándoles. - -En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la -sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos -balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de -toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se -la hacía sobresalir tanto que mostraba mejor el interior de la casa -llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas. - -Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar. - -Estaba en las buenas tardes de Lisboa con un lazo de papel de seda a la -cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como -papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a -que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un -monito de la especie más pequeña. - -Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el -niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en -la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido. - -En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su -kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo -el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los -«bombistas» antes de que cometan su atentado?» - -Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos -antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como -verónicas de larga duración. - -Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres -que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la -esperaban. - -Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier -café del destino que no se ha elegido. - ---Café--pidió Palmyra. - ---No hay café, sólo cerveza--dijo el camarero. - -Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el -amargor espumoso. - -Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas -de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana -almidonada con el vuelillo rizado. - -De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una -habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo -que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto. - -Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar -de sangre a la criatura que ataca. - -El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que -los de tierra. - -No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista -y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que -parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa -de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había -medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar. - -¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la -pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil. - -Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o -acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos -a hacerla en la Quinta. - - - - -XXIII - -EL HOMBRE CÓMODO - - -En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su -brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada -siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba -el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la -incertidumbre de la tierra. - -Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin -importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la -dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en -cuando. - ---No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa... -Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la -camisa. - -Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él -los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como -después de la batalla sentimental. - -Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y -él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que -no le basta montar a caballo. - -Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a -espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más -el contraste. - -También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella -deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios -de efusión: - ---Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la -casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños -de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta. - ---Ni que fueras una vaca de cien ubres--respondía el rudo marino sin -acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad. - -Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que -sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba -echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre? - -Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que -ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se -sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se -despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho: - ---Es para que no me dé frío... - -Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que -dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa. - -Abundaba en pensamientos de viaje: - ---Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros -sobre el terráqueo que se mueve. - -Ella le contestaba con incongruencia para distraerle: - ---Los pinos hacen el día de un verde escarchado. - - * * * * * - -Andaba solo, desasosegado por el jardín: - ---He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un -viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final -de esas cuatro o cinco horas. - ---¡Muy bonito!--le contestaba ella reconviniéndole. - ---Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren. - -Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo -de galantería, era hacerla fotografías y fotografías. - -El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que -soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa! - -El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado, -más sórdido. - -Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio. - -La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el -lago de su espíritu. - -Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes -que nadie recoge: - ---Los días grises me envuelven en nubes--decía ella y él no comprendía -qué debía contestarla--. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada -esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de -ella. - -Los ocasos morían sin responso. - -Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil -que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con -grandes barbas. - -Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una -encuadernación, corría a ver el último momento del día: - ---Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas--solía decir--, -porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y -otras a recoger los aplausos. - -Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita. - ---Es una humedad de encaje--dijo Palmyra una tarde. - ---Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas -moradas de los pensamientos...--dijo Palmyra otra tarde. - -El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más. - -El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no -rompiendo nada. - -Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y -hacer como que va a correr con ellos. - -Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se -libre del portazo, no puede con el cristal. - -A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar. - -El mar resultaba como más cercano y embravecido con la presencia del -marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del -circo. - -Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban -sobre el mar el arco de su trompa. - -Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el -diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra. - -Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las -sirenas. - -Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre -su cabeza la vela lírica. - -El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los -abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el -arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la -lesbiana. - -Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para -yacer con las mujeres. - -Tejedora--primera imagen en la creación del arpa--del fino tapiz -musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se -abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la -que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él. - -El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro -descomunal con dotaciones litúrgicas. - -En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como -pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula. -La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era escena -de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la -jaula. - -¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia! - -¡Dedos viciosos los de la arpista! - ---Ahora quiero más tus manos--la decía él después de verla tocar el -arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador. - -Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel -hombre tenía trazas de ir a estar siempre. - -Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado, -cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho -tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada -por los pasillos de la noche. - -El no recataba su comodidad: - -«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia -a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos -insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el -interior del ser. - -Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor -fino, de esos que son tan cordiales y reponedores. - -Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de -abanico por los que entraba una ducha de luz terrible. - ---¡No, que no abran! ¡Que no abran!--gritaba el hombre cómodo cuando -sentía a la doncella de la mañana. - - - - -XXIV - -EL EMBOTELLAMIENTO - - -Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera -invernal. - -El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga. - -Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos -entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a -intervenir en sus pensamientos. - -Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la -americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo, -a no se sabía qué. - -En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad. - -El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio -en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es -angustioso fuera de esa única plazoleta. - -Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando -anochecía dentro del bosque. - -La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes -asturianos, le encerraba en su verdosidad. - -«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces -sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no -podrán salir. - -¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona! - -Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda--esas -plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos--querían -hablar. - -Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban -los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal -en que pudiesen despedir su anzuelo lejos. - -Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas -abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la -tarde. - -Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena -novela de «Magazine». - -Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí, -ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir. - -Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera -deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la -concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo. - -Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que -estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos -animales que no pueden levantarse cuando caen así. - -Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el -calamar o gozar un día de muy buen mar, era en la Quinta, algo alejada -del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio -universal. - -El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en -la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín. - -«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se -diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para -jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura. - -Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le -tentaba con la otra orilla. - -Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas -con chorreras. - -Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los -rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo. - -El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca, -sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo -colgante. - -Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos -antiguos. - -Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada -sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino, -por hacer algo, regaba. - -Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes, -mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera -agradecía. - -Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario -supremo. - -Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la -manga de riego, le decía: - ---Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua. - ---La espada flamígera del agua--aclaraba él. - -Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas -finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos. - -Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición -hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su -número de orden entre los placeres: «Ver llover.» - -Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro -como si se bañase en la habitación. - -Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa. - ---Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo--y le -llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba -por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse. - -En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues -se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco -iris se ha tumbado. - -Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía -fuera. - -De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que -viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la -espalda. - ---Mira, llueve en el mar--le decía ella señalando la lejana siembra -desigual de la lluvia. - ---Aquí tardará en llover--dijo él--, el mar atrae la lluvia como un beso -que pide y el cielo tiene que otorgarle. - -Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote -aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias -cubanas. - -Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente -tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas -novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras -de ojos cerrados. - -El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día. - -Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago. - -Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes -de castellana como nada. - -Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se -explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a -otra cosa se pase de un amor a otro. - -Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su -palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas. - -Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese -cinematógrafo en el gran casino. - -En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de -matrimonio, su colcha de boda con la luna. - -Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para -siempre en la terraza del mundo. - -Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al -paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces--en la -obscuridad--echaba los dados en el cubilete, y otras veces los -desparramaba sobre las praderas del paisaje. - -Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una -tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que -hay en el amor. - -Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando -siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar. - -Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el -camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo. - -«¡Queja humana! También procedemos del gato»--pensaba ella. - -De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y -echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la -gata. - -Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el -silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad -de las cavernas. - - - - -XXV - -EL COCHE DESBOCADO - - -Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de -muchos días. - -El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo -tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores -maceradas para lograr su esencia. - -Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de -comer, a la una y media de la tarde. - -Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se -pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra -los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa -sufrencia que las venas de su cara dan al caballo. - -Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista. - -Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los -bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo -permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel -palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía que hacer el -coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte. -Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no -sirven para eso». - -Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño -palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería -asomarse alguna vez. - -Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un -chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O -Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados -de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos. - -Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el -oleaje marginal. - -Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar -por el mismo paisaje. - -Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte: - ---Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro. - -El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió -un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las -floristas, fáciles comadronas de las flores. - -Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada -esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese -mucho. - -Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de -vanos los oídos que la escuchaban: - ---Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le -escaparon... - -Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes, -verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y -cantarina. - -Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo -desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos -congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de -sombra en los días demasiado soleados. - -Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la -alegría del árbol con jarana interior. - -Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos, -siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de -los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa. - -Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales, -quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas -de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que -confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de -la tierra. - -Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las -verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable -que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes. - -¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los -miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se -amarran los barcos! - -Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva. - -Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron. - ---¡Qué bien harías de Eva!--la había dicho él y ella había respondido: - ---A la noche. - -Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy -sugestivo de Eva vestida. - -Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido, -ocultó la manzana. - -A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra. - -El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio. - -Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas, -más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador -de experiencia. - -Ante un árbol cortado, dijo Palmyra: - ---Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé... - -Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los -pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético -del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran -inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y -tira por ellos de vez en cuando. - -En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más -consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos. - -Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía -conducir al cielo en coche. - -Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la -vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto. - -Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida -hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían. - -Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se -adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes. - -Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la -tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores... - -La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino -acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de -los primitivos apóstoles del mundo. - -Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les -salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho. - -La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo -aquella luz de tarde feliz. - -Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca. -Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se -le veía al final del camino. - -Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada -grado de la espiral. - -El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia -atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su -larga pipa blanca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa -larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega -a la mujer de sus abrazos. - -Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura -virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas -fotográficas. - -El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado -sentado en un pescante de alto tejado. - -Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras -tendidas, cascadas verdes. - -Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los -otros árboles. - -En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo. - -Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de -los berros y hasta se saboreaban. - ---También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su -palacio--dijo el marino. - ---Sitio ideal--dijo Palmyra--. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta, -la trasladaba. - ---No te comprendo--repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara -que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu. - -Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y -casa antañona. - -«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a -la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo -muriendo!» - -Aún bordearon los caminos espirales como con los caballos andando de -pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre -el aire. - -Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas. - -Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una -balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo: - ---El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces -que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de -Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones. - -Después recorrieron un largo camino. - -El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños -llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de -nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo. - -Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando -aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se -había hecho construir en el ideal Portugal. - -Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero. - -Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya -las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia. - ---La sala de los zares--decía el guía--hecha a imitación de la llamada -del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú. - -Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas -almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y -había echado tallo. - -¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con -tapices, muebles y alfombras! - -En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan -adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío. - -Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno, -algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje. - ---Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada--decía Palmyra. - ---Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos -adornos y recuerdos... - ---¡Ah!--decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso -paisaje--¡Ah! Pero tenían los balcones... - -El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo, -entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del -que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla -a cada paso. - -Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a -descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita -del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a -la enorme tetera. - -Ya de noche, emprendieron el camino del regreso. - -El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un -barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche. - -El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que -no tenían a mano. - -Pasaron junto a los criaderos de langosta: - ---No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese -que eran de criadero--dijo Palmyra. - ---Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos--volvió a -decir ella para romper el largo silencio. - -El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la -emoción que repartía la luna. - -Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia -chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»... -«sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en -repouso»... - -En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo, -las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo -que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de -esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio. - -Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan -solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se -piensa en eso. - -Los sándalos--llamémosles así--daban su perfecto olor a sándalo. El -abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan -desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero -que busca un perfume que al fin encuentra. - -Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el -«curaré» sazona los arroces. - -Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían -lo que de navegación tiene el camino de la vera mar, iban respingosos, -con miedos súbitos de criaturas infantiles. - -Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos -freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos, -enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse -a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas. - -¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el -mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la -rampa de una cuesta. - -Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de -muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del -preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el -abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé -desgreñado y fosco! - -El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el -último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no -hubo tiempo! - -Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron -tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras -Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del -coche, agarrándose a un arbusto. - -Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en -la catástrofe. - -El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del -caso, Palmyra no estaba muerta sino mal herida; el cochero estaba -destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se -había salvado en tan bestial aplastamiento. - -Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar -hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte. - -Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer -bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en -que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del -mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las -heridas. - -El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido -junto al otro para aplacar al destino. - -Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe -cómo se ha de sacar a la que ha caído en él. - ---¡Palmyra! ¡Palmyra! - -El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la -folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los -bandidos. - -El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de -socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la -herida. - -En aquella cañada no había refugio. - -En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un -tramo más abajo--¡pero qué tramo!--del otro camino del que se había -desgajado el coche. - ---¡Eh! ¡Eh!--gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de -atrás. - -El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado -aún. - ---Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un -coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad. - -Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las -víctimas. - -Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al -mostrar a su desmayada Palmyra. - -En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el -largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la -catástrofe, la llevaron al automóvil. - -Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al -_chauffeur_ lo trasladaron también al automóvil. - ---¿A dónde? - ---A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al -médico. - -El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los -automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego. - -Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde -recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta, -donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué -el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho -engavillado. - - - - -XXVI - -HERIDA HASTA EL ALMA - - -Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas. - -Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los -colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde. - -Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez -en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía -gozando su abertura. - -Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca -que se frunce y se aprieta. - -En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el -mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por -las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles. - -El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo -desde el primer momento. - -El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico. - -Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el -día. - -Era el doctor el hombre principal de los días y él se sentía relegado -en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las -heridas. - -Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay -esparcida en las tardes de primavera. - -Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable -lleno de ayes que se estampaban en las paredes. - -Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y -parecía burlarse de ella al no estar él también herido. - -El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que -tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe. - -Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse. - -Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un -árbol. - -Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido -el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las -pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura, -Buenaventura la planteó su marcha: - ---Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama. - -Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió. - -Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble. -Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido -por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la -tragedia... - -Palmyra dijo irritada: - ---Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no -me vería como ves... - -El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la -injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los -ataques: - ---¿Es que me vas a echar a mí la culpa? - -Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas. - ---Yo volveré... - -Palmyra se destapó airada y dijo: - ---El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías -recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No -vuelvas. - -Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el -silencio la secundaba y la contestaba como un coro. - -No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de -la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su -infidelidad. - -¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre! - -La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de -una misión de viajes, surgía en él. - -«Otro que tal», se dijo ella. - -¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser -ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida. - -Todos parecían ir a decir siempre: - ---Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte. - -Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan -talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel -quedarse en que no había ninguna renuncia. - -Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella -Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a -ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el -verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos -inquietos y foragidos. - -La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo -abandonado. - -Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en -ciudades americanizadas. - -La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la -tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una -mezcla de cosa y ser que la dejaba fría. - -No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase -en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el -mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en -medio de sus caminos. - -La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano -como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle -insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas. - -Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o -se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras -conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca -más. - -Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como -aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te -recibiría». - -«No, no», decían las palmeras removidas. - -La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar -nueva posada al que se iba. - - - - -XXVII - -SALIDA DE LA CONVALECENCIA - - -Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte. - -El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus -manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla. - -La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores -y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y -sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida. - -La melancolía la sentaba mejor. - -Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de -fuente seca, pero cuya agua corrió mucho. - -Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas. - -Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que -hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le -correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban. - -La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del hombre imposible, con -algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las -mujeres. - -Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin -ansia viajera y sin espera del día siguiente. - -Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es -dulce, no lo comprendía nadie. - -Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las -mamas del espacio. - -Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en -pacífica suspensión y dedicación. - -Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo. - -La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos -ídolos de que se había reído y al hombre. - -Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y -la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de -retocar las bellezas que sostiene en la vida. - -Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe -agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las -habitaciones de la Quinta. - -Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar. - -Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas -tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se -habían escapado los presos. - -Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que boga por los mares de -la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir. - -«En estas soledades--pensaba Palmyra--se conversa con los reyes -desengañados.» - -Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que -todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la -guerra y a las ciudades». - -Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una -vergüenza mezclada de voluptuosidad. - -Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y -descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser -compartida sólo por otra mujer. - -¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en -brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea -siempre una enfermedad que curar. - -Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y -curarse de todas las nostalgias. - -Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si -fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en -sus reuniones. - -Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico -que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las -coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio. - -Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba -siempre como una espina. - -Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que -conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del -mundo. - -Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que -parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se -fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo. - -Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el -doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste -a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una -enfermedad gracias a otras manos. - -Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la -mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran -experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en -que la queda un dolor rezagado. - -La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía -con la carne correosa y triste. - -Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo -sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía -Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los -hacía redondos y amontonados alcores. - -El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía -Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban -juveniles. - -Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en -la chimenea, aunque el día de invierno era como los más crudos de aquel -paraje un día de primavera con escalofríos. - -Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando -entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje. - -Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una -gran tizona. - -Se hablaba de la lumbre. - ---Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros -que lo quisieran sazonar--decía don Vasco. - ---¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla -con soplo interior todo el leño?--decía Palmyra. - -El humo de la leña les picaba a todos los ojos. - -Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los -leños consumidos. - -La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que -habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir. - ---Ya tenemos todos lentes ahumados--dijo el viejo español. - -La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría -aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una -mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre -cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo. - -El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían -matizado con todas las salsas. - -Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que -lanzaba la última rúbrica de humo. - -Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están -aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus -secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese -juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy -lejos del mundo. - -Sus conversaciones eran una especie de «Memorias». - -Llegó doña Manolita. - -Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados -por la herida. - ---Estás muy macilenta--dijo algo agorera--. Después se apresuró a tomar -su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien -cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo -tomaba de pequeña». - -Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación. - -Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la -costumbre. - -Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía -decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con -pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo -morisco en que estaba toda su fortuna. - -La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia -pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia -hacía mucho tiempo. - -Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron -cuenta de que era hora de irse. - -Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la única invitada juvenil -que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los -huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida. - -Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al -ver a Lucinda. - -Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se -sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además -impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían -que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan -despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias. - -Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se -acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar». - ---¿Ya bien? - ---Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo? - -Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese -arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado -con su nombre en las fiebres. - -Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento. - ---He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido... -He pensado mucho en ti... - -Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía -decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida -cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza, -veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la -retirada. - -Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el -satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no -bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el -fuego. - -Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando -a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta, -dijo a Lucinda: - ---¿Vendrás muchas tardes? - ---Las que quieras. - ---Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío -del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos... - ---Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve -que tu alma se ha quedado asustada. - ---Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como -si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia... - ---¿Los caballos galoparon al caer? - ---Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo -submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron -melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte! - ---¿Y él? - ---El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas... -Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón. -Se ve que no nos puede acompañar a la muerte... - ---¿Y después, qué hizo? - ---«¡Fugio!» - ---¿Y no has vuelto a saber de él? - ---Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La -Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que -son consuelo de mis ilusiones. - ---¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas? - ---Es verdad... Tú... Sí--y se quedó con su mano en las manos. - -Un reloj les sacó de su ensimismación. - -Lucinda exclamó: - ---¡Qué tarde! Volveré mañana--y se puso el sombrero sobre aquel pelo -negro como lleno siempre de las aguas del peine. - -Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la -belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra. - ---Adiós... Hasta mañana. - ---Hasta mañana... Adiós. - -Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como -pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo -sueltan en muchos momentos. - -¡Qué replegadas en su blanda madriguera! - - - - -XXVIII - -LUCINDA - - -Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad -contenida. - -Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el -cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus -mechones sobrantes por el suelo. - -Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen -penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar -todos los sombreretes de la tierra. - -En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella -última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los -trenes tropiezan con los topes finales. - -El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y -otros pálida. - -Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda. - -Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes -con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que -absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de -la serpiente que muerde en lo bajo y mira hacia lo alto para ver encima -de ella el gesto de la mujer mordida. - -Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había -sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con -incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que -los espejos fríos. - -Su pensamiento se entestarudaba cada vez más... - -¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran -secreto? - -Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él -era el de aquella larga curación en la mayor soledad. - -Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no -merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos -siempre de una nueva aventura. - -La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el -conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una -mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban -impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los -demás. - -La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la -constante movilidad y pasaje de las nubes. - -Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y -que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo -vital la vida paisana. - -«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos -inmóviles!», pensaba Palmyra asomada a los cristales y viendo pasar las -nubes cinematográficas de aquella tarde. - -La tarde pasaba y Lucinda no llegaba. - -Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí -misma. - -Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra -las miraba con gesto de dolorosa. - -Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo. - -Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró -hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y -desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo -de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es -irresistible» y se retiró a otra habitación. - -Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había -pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba -el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía -de la muerte con viva morbidez. - -Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente. - -Lucinda leía los versos de la muerta suspirante. - - -CHANSON - - De ta robe à longs plis flottants - Ruissellent toutes les chimères, - Et tu m’apportes le printemps - Dans tes mains blondes et légères. - - J’ai peur de ce frisson nacré - De tes frêles seins, je ne touche - Qu’en tremblant à ton corps sacré, - J’ai peur du charme de ta bouche. - - Je me sens grandir jusqu’aux Dieux - Quand, sous mon orgueilleuse étreinte, - Le doux bleu meurtri de tes yeux - S’évanouit, fraicheur éteinte. - - Mais quand, si blanche entre mes bras, - A mon cri d’amour qui se pâme - Tu souris et ne réponds pas, - Tes yeux fermés me glacent l’âme... - - J’ai peur,--c’est le remords spectral - Que l’extase ne saurait taire,-- - De t’avoir peut-être fait mal - D’une caresse involontaire. - -Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah! -tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que -la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales -blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus -alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de -las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las -ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el -agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas». - -Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se -hacía para encontrar una sola flor. - -«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.» - -Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin -tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras. - -«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos, -insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y -nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.» - -Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la -locura es la sabiduría de las tinieblas». - -Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas -dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía -lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de -«nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer -triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada», -de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de -perderse «na grande Escuridâo». - -Lucinda acabó de recitar. - -Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto? - -Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta -aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad -dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario -para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la -amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin -engaño ni arrebato. - -Muchas veces, en la necesidad de amansar los deseos locos de ternura de -su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las -tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder -desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno. - -¿Iba a ser una pasión espúrea la suya? - -No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo -deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no -es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por -el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una -contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la -pregunta al reforzarse el preguntar. - -«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor--pensaba -Palmyra--, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir -durante unos minutos cada día.» - -Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa -un poco, no se daría en la amiga. - -Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella -mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo -compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo. - - - - -XXIX - -BIOMBO FINAL - - -Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la -Quinta. - -Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre -sería siempre incomprensivo. - -Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la -necesidad complementaria. - -En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban -por aquella playa última del mundo europeo. - -Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado. - -Se veía el puente colgante del arco iris. - -El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los -colores. - -La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur -levantaba polvaredas de arena. - -Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los -vientos. - -Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se -sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la -cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo -con tal arrogancia su espléndido busto--en el que parecía estar su -virilidad--que Palmyra la decía: - ---Eres la amazona de la arena. - -Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué -tontería!» del hombre. - ---Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas -que parecen un rizo de berlangot--decía Palmyra. - -Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono -por sus imaginaciones. - -A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el -que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también. - -Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la -antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a -leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece -encontrar su confidencia. - -La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de -los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría -asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches -con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en -la misma mañana. - -El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía -perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas. - -Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No -estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o -presumido está cerca. - -Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nuevas violencias, había -desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que -no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios -de rupturas, engaños y crueldades. - -El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un -día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se -exigiesen una belleza meticulosa. - -Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez. - -El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más -grandes, más redondas, más claras. - -Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado -en la balaustrada. - -Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de -su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos -grandes roperos que poseía Palmyra. - -Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado -amable, suave y perfumado quedaba en ellos. - ---¿Vamos a arreglar los armarios?--preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía -con encanto. - -Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el -amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables... - -La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos -eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor -de su soledad. - -En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y -zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes. - -Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante, -se aplacaba en ellas. - -En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas -diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar -aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo. - -Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran -cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu» -del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo -las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban. - -Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque. - ---Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua. -¡Qué frescura en los días de verano! - ---Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos -que son como trajes de algas. - -Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en -pleno salón. - -Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a -toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que -ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando. - ---En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey... - ---Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo -tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo. - ---Somos dos hijas bastardas de un rey. - ---No--respondió Lucinda--, tú eres esa bastarda y yo tu dama. - -Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de -un «fular» blanco que daba dentera a las caricias. - -La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en -cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no -responde y huye. - -Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de -lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión! - -Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo -encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría -entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada -lado del poliédrico terráqueo! - -En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad -aterciopelada con sus manos para acariciar galgos. - -Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las -palmeras tenían un cimbreo solemne. - ---El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a -que la mujer ha llegado por su sensibilidad. - -Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba -su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento. - -Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la -amiga se sentaban en la carroza de la ventana y se pasaban la tarde -viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los -caminos que lleva pan a alguna parte. - -Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de -permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las -cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua -interior hasta el cuello. - -Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del -tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren -interminable que convertía el mar en una película de perforación -universal. - -Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un -día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de -tristeza y presagios. - -La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se -les subían a los hombros como perros de alta talla. - -La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que -agradecen el agua. - -Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas -desangradas por la alucinación voluptuosa. - ---Estoy como una galleta mojada en té--dijo Palmyra. - -Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su -imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas -jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos -improvisados y aún sin pesca. - ---Siempre la invención del techo será maravillosa--dijo Palmyra. - ---¡Qué gratitud a su inventor!--corroboró Lucinda. - -Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de -unas Magdalenas asomadas a la lluvia. - -Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como -aquél. - -Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con -un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío. - -La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles. - -Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su -mismo vagido enfundado en el eco. - -Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo -lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes. - ---¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los -pasos de nivel para que pasemos nosotras... - ---Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros -automóviles detenidos... - ---¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el -tren! - -Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la -luz de una mirada. - -El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura -compañía. - -El frenesí brota por lo inacabado que se es, apareciendo en él los -desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en -el abrazo. - -No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud -de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así -no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber -sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar. - -Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y -al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas. - -Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres -después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la -nariz, como si fuese como pico de águila. - -Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de -apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una -investigación. - -La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga. - ---¡Lucinda! ¡Lucinda! - -Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del -pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del -mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera. - -Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por -más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad. - -Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios, -además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie -asomarse. - -¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos! - -El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan -como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo -rechinar! - -Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre -se logra hallar más. - - -FIN - - - - -INDICE - - -_Páginas._ - -I.--Descripción de la finca 7 - -II.--Interior de la Quinta 13 - -III.--Armando, el falso aristócrata 21 - -IV.--Las visitas 27 - -V.--Día de lluvia amorosa 37 - -VI.--La última amazona 43 - -VII.--Paseos en «milord» 49 - -VIII.--El telegrama 57 - -IX.--El envenenado 63 - -X.--Ultimo paseo de Armando 71 - -XI.--La soledad inapetente 83 - -XII.--Al Casino 89 - -XIII.--Era el hombre violento 97 - -XIV.--Los automóviles de los desembarcados 101 - -XV.--En alta mar del amor 109 - -XVI.--Otra retirada 117 - -XVII.--Recrudecimientos, soledades, aspiraciones, -melancolías 125 - -XVIII.--El genio arrebatado 139 - -XIX.--El concierto 145 - -XX.--Nuevo huésped 151 - -XXI.--Tarde diáfana y final 157 - - - - - -End of Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA *** - -***** This file should be named 63228-0.txt or 63228-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/2/2/63228/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La quinta de Palmyra - (Novela grande) - -Author: Ramón Gómez de la Serna - -Release Date: September 18, 2020 [EBook #63228] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="c"> -<img src="images/cover.jpg" height="550" alt="" /> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span> </p> - -<p class="c">LA QUINTA DE PALMYRA</p> - -<h1> -LA QUINTA<br /> -DE PALMYRA</h1> - -<p class="cb">(NOVELA GRANDE).<br /> -<br /> -POR<br /> -<br /> -RAMÓN<br /> -GÓMEZ DE LA SERNA<br /> -<br /> -<img src="images/colophon.png" -alt="" -width="75" -/><br /> -<br /> -<br /></p> -<p><span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span></p> - -<p class="cb">BIBLIOTECA NUEVA<br /> -<br /> -Propiedad.<br /> -<br /> -Derechos reservados para todos<br /> -los países.<br /> -<br /> -Copyright 1923 by<br /> -Ramón Gómez de la Serna.<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span> </p> - -<p class="c">Gran Establecimiento Tipográfico de «El Adelantado de Segovia»</p> - -<p class="inddx"><a href="#INDICE">AL INDICE</a></p> - -<hr /> - -<div class="obbras"> - -<p class="c">OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA</p> - -<p><i>Entrando en fuego</i> (agotada).—<i>Morbideces</i> (agotada).</p> - -<p><i>El concepto de la nueva literatura.</i>—<i>Cuento de Calleja</i> (drama).</p> - -<p><i>Mis siete palabras.</i>—<i>El laberinto.</i>—<i>La bailarina.</i>—<i>El libro -mudo.</i>—<i>Las muertas.</i>—<i>Sur del Renacimiento escultórico español.</i></p> - -<p><i>Ex-votos.</i>—<i>El teatro en soledad.</i></p> - -<p><i>El ruso.</i> En el «Libro Popular».—<i>Ruskin el apasionado</i>, estudio -crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia». -Editorial «Prometeo», Valencia.—<i>Tapices</i> (agotada).</p> - -<p><i>El Rastro.</i> Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas.</p> - -<p><i>Pombo</i> (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos -grabados.—<i>Senos</i> (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe, -16.—<i>Greguerías.</i> Editorial «Prometeo», Valencia.</p> - -<p><i>El Alba.</i> Editorial «Saturnino Calleja».—<i>Greguerías selectas.</i> -Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja».</p> - -<p><i>El libro nuevo</i>, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.—<i>Virguerías</i>, 4 -pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)—<i>Variaciones.</i> -Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.—<i>El Prado</i>, numerosos -grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.—<i>Toda la Historia de la -Puerta del Sol y otras muchas cosas.</i> Con numerosas ilustraciones, 1 -peseta. Beltrán, Príncipe, 16.—<i>El drama del Palacio deshabitado</i> (2.ª -edición, seguido de otras obras de teatro como <i>La Utopía</i>, <i>Beatriz</i>, -<i>La Corona de hierro</i>, <i>El lunático</i>). Un tomo 5 pesetas. Editorial -América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.—<i>El Doctor -inverosímil.</i> Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. <i>Disparates.</i> Calpe. -Colección de humoristas.—<i>Pombo</i>, segundo tomo, con numerosos grabados. -Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.—<i>Los muertos y las muertas</i>, -(Atenea).—<i>El Gran Hotel.</i> Novela grande. Editorial América, Ferraz, -21. <i>Leopoldo y Teresa.</i> En «La Novela Corta».—<i>El olor de las -mimosas.</i> En «La Novela Corta».—<i>Ramonismo.</i> Ilustrado por el autor. -Calpe. Colección humoristas.—<i>El Novelista</i>, (novela grande). Sempere, -calle Martí. C. C. (Valencia).—<i>El incongruente.</i> Novela grande. -Calpe.—<i>La Saturada.</i> «La Novela Corta».—<i>Vida, pasión y muerte de un -humorista</i> (novela grande). Calpe.—<i>El hijo del relojero</i>, (novela -grande).—<i>El ramo de Begonias</i> (novela grande).</p> - -<p><i>El Chalet de las Rosas</i> (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle -Martí C. C. (Valencia).—<i>El Circo</i> (en la serie «Los Guasones»). 2.ª -edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e ilustraciones de -Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C. -(Valencia).—<i>Cinelandia</i>, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C. -C. (Valencia).—<i>La malicia de las acacias</i>, novelas, 4 pesetas. -Sempere, Martí C. C. (Valencia).—<i>Gollerías</i>, con numerosas -Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas. -Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).—<i>Mauricio Barrés el enlutado</i>, -con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia).</p> -</div> - -<div class="bbox"> -<p class="c">Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66)</p> - -<p><i>Muestrario</i>, 4 pesetas.—<i>In Memoriam</i>, de Silverio Lanza, 4 -pesetas.—<i>El cubismo y todos los ismos</i> (con numerosas -ilustraciones).—<i>Efigies</i> (dos tomos con curiosos grabados, a 4 -pesetas tomo).—Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies -de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.—Tomo II, Oscar Wilde, El conde -de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy, -Edgard Poe.</p> - -<p class="c"><big>NOVELAS GRANDES</big></p> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td>LA VIUDA BLANCA Y NEGRA</td><td align="left">4</td><td class="c">PTAS.</td></tr> -<tr><td>EL SECRETO DEL ACUEDUCTO </td><td align="left">4</td><td class="c">»</td></tr> -<tr><td>LA QUINTA DE PALMYRA</td><td align="left">5</td><td class="c">»</td></tr> -</table> -</div> - -<p class="c">TRADUCCIONES</p> - -<div class="obbras"> -<p><i>Echantillons.</i> (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers -verts».) <i>Seins.</i> (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»). -<i>La veuve blanche et noire.</i> (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean -Cassou, en la editorial Simón Kra.) <i>Le Docteur Invraisemblable</i> -(Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial -Simón Kra.)—<i>Gustave l’Incongru</i> (traducción de Jean Cassou en la -editorial Simón Kra).—<i>El Incongruente</i>, <i>La viuda blanca y negra</i>, -<i>Cinelandia</i>, <i>Ramonismo</i>, <i>El Doctor Inverosímil</i> y <i>El Gran Hotel</i>, -han sido traducidos al alemán.<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span></p> -</div> - -<hr /> - -<h1>LA QUINTA DE PALMYRA</h1> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br /> -<small>DESCRIPCIÓN DE LA FINCA</small></h2> - -<p>Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase -sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme -puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda <small>QUINTA</small>, y en -la de la derecha <small>DE PALMYRA</small> con su particular ortografía portuguesa. -Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales.</p> - -<p>Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se -le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a -la que se subía por una suntuosa escalinata.</p> - -<p>Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba -depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las -lágrimas del cielo.</p> - -<p>En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo -divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas -piernas. Era<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los -hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar. -¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer!</p> - -<p>Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados -en forma de toca.</p> - -<p>En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas, -como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban -elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían -palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas -auténticas, nuevas casas más altas que la madre.</p> - -<p>En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella -cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha -rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes -cazuelas.</p> - -<p>En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos -azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul -recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes -buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.</p> - -<p>Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco -mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de -melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.</p> - -<p>¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y -optimistas!...</p> - -<p>Entre todos los azulejos sin disimulo en sus jun<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>turas, se componía una -viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.</p> - -<p>Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas -portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la -fisonomía de la casa.</p> - -<p>¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? -¿El día inaugural y feliz de la casita?</p> - -<p>El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos, -azulosados.</p> - -<p>A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.</p> - -<p>A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita -para pedir auxilio.</p> - -<p>Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, -otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por -una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto, -miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las -que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón -visible del horizonte.</p> - -<p>Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina -batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre -estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa -encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.</p> - -<p>Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer -pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y -oreada.<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span></p> - -<p>Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos -su gran presentación rizada y atirabuzonada.</p> - -<p>En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de -parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al -que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas -peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.</p> - -<p>El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho -cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, -aquel refugio de segura intimidad.</p> - -<p>En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del -mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.</p> - -<p>Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del -mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una -torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas -nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos -dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del -tiempo.</p> - -<p>Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente, -en esa hora disolvente del alba que puede con todo.</p> - -<p>La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero -después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas -del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en -el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el -mismo propietario.<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span></p> - -<p>Eran hoteles para el verano.</p> - -<p>Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y -a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que -nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!</p> - -<p>¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en -tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos -hotelitos?</p> - -<p>Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay -nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones -orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la -inauguración.</p> - -<p>Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de -horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de -distinto color.</p> - -<p>¡Qué pena los torreones inútiles!</p> - -<p>Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas -ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que -daba la casualidad que no había afincado nadie.</p> - -<p>Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel -paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar -algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos -azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche.</p> - -<p>Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive -tranquilo y lame la costa.</p> - -<p>En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en -otros sitios, parece que des<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span>cansa y añade también a todo el paisaje una -emoción de serenidad manifiesta.</p> - -<p>También venía aquí el mar a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas -de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos -siglos de labor.</p> - -<p>Su lengua más vieja, su verbo más usado, era el que se adunaba y se -reponía allí.<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span></p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br /> -<small>INTERIOR DE LA QUINTA</small></h2> - -<p>En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las -humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal -tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que -tiene la tapadera.</p> - -<p>Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso -se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación.</p> - -<p>En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los -Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del -respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas -veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.</p> - -<p>Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de -conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.</p> - -<p>Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa, -se alzaban sobre muebles confidentes.</p> - -<p>Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las -habitaciones, resguardándose<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span> en las esquinas, y como dejando sitio para -el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica.</p> - -<p>Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, -estaban sus cabezas.</p> - -<p>Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio -bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.</p> - -<p>Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre -serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como -una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.</p> - -<p>Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos -de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel -conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa -cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de -los antepasados, y otro un relicario apenas visto.</p> - -<p>Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa -libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se -componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no -era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas. -¡Oídos incurables!</p> - -<p>Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas -por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y -ultraterrestre.</p> - -<p>Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando -los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir -a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien.<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> Había -numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos -hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.</p> - -<p>La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas -estaban entregados a un duerme vela constante.</p> - -<p>Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter -de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.</p> - -<p>Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio -predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no -se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. -Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras -eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.</p> - -<p>Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la -sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar -nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres -excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran -conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía -telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.</p> - -<p>Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce -estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o -en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y -edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el -día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única -descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce -retiro, to<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span>mar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y -oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad. -Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y -conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la -avenida que paraba a la puerta de la casa.</p> - -<p>En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de -alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas -en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un -prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras -año en la Quinta ideal.</p> - -<p>Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de -sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos -negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se -podrían llamar mordorés.</p> - -<p>Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.</p> - -<p>No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con -zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras, -dándolas exquisitez y dulzor.</p> - -<p>Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo -preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese -ser de otro modo.</p> - -<p>Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba -amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que -amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin que<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span>jarse nunca. -Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el -cierre del abrigo.</p> - -<p>Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, -mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y -cándido, el nido blando en que se mecían.</p> - -<p>La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. -Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el -que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo -verde:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>Papagaio da pêna verde</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Naó venhas ao meu jardim</i><br /></span> -<span class="i0"><i>todas as penas se acaban.</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Só as minhas nao tém fim</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el -inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella -voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.</p> - -<p>Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las -palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.</p> - -<p>Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la -ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar, -coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más -luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones -que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del -trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como ponien<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span>do las -ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del -tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.</p> - -<p>El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna -con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las -bebidas refrescantes.</p> - -<p>La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición -perpetua, se calmaba con el mar.</p> - -<p>Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la -había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua -fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada -ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.</p> - -<p>¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos -fatales!</p> - -<p>Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los -que añaden vida a la vida.</p> - -<p>Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las -quería? ¿Las odiaba?</p> - -<p>¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!</p> - -<p>Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su -muerte.</p> - -<p>Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que -trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la -inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen -aun los días más duros.</p> - -<p>Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio -de todo. Enjugaban sus preocupa<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span>ciones con su gran simpleza y ese -optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna, -parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.</p> - -<p>Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los -trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar -más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los -árboles.</p> - -<p>Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar, -la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos -grandes influencias.<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br /> -<small>ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA</small></h2> - -<p>Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo -pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se -debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se -dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, -que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio -desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus -brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del -paisaje.</p> - -<p>Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos. -Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un -ribete de plata en las sienes.</p> - -<p>Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. -Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de -charol mientras habla.</p> - -<p>—¿Y tus posesiones de la India, cómo son?—preguntaba con visible -entusiasmo.</p> - -<p>—Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su -desembocadura.<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span></p> - -<p>—¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?</p> - -<p>—Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los -indígenas casas para varias familias...</p> - -<p>A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en -que el niño pregunta como un niño ávido.</p> - -<p>Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su -brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y -depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.</p> - -<p>Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del -masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la -Quinta.</p> - -<p>Se adornaba mucho para retenerle.</p> - -<p>Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular -encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces -ventanas.</p> - -<p>Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz -movibles a cualquier gesto de su cabeza.</p> - -<p>Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como -lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar -la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más -próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un -caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de -sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la -expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez, -grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con -gran bigote.<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p> - -<p>La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta -entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las -habitaciones el humo de la cocina.</p> - -<p>Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su -muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.</p> - -<p>El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas. -Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían. -«¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y -las cornucopias le dirigían miradas atroces.</p> - -<p>El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la -hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas -por los lagos del paisaje portugués.</p> - -<p>Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la -orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la -lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra -en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos -dragones escamados.</p> - -<p>Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille -de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo», -«Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y -numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su -mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.</p> - -<p>Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span></p> - -<p>Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero -desconocido por si se hacía el dueño.</p> - -<p>No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase -amistosamente en su gabinete.</p> - -<p>Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se -acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.</p> - -<p>Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar -borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van -a tirar un corcho al coche que pasa.</p> - -<p>Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules -de perfume, sus grises ráfagas.</p> - -<p>Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola -el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando -volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.</p> - -<p>—¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o -quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?</p> - -<p>Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da -vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:</p> - -<p>—No digas tonterías...</p> - -<p>Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella -mujer.</p> - -<p>Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa, -componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino -aire de<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos -caballos.</p> - -<p>Había siempre muchos humos en el paisaje.</p> - -<p>Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde. -Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran -humos de ara.</p> - -<p>Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más -asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de -felicidad.</p> - -<p>«Este será—pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en -un rincón—el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde -más en apagarse.»</p> - -<p>Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red, -como bastas con que la gran red estaba atada al mar.</p> - -<p>Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas, -preguntaba a Palmyra:</p> - -<p>—¿Son barcas?</p> - -<p>—Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan -para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.</p> - -<p>—Que nunca les llega para zapatos...</p> - -<p>—Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no -necesita media suelas.»</p> - -<p>A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su -vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros -del cielo y del mar.</p> - -<p>En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de -los cortapapeles el cuchillo<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span> triangular de la vela. Y abría, quizás, -las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que -sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate -el tiempo esfoliándolo.</p> - -<p>Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con -braceo más enérgico.</p> - -<p>El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha -comido el color y en las que se hace así un borde y una huella -insubsanable.</p> - -<p>El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la -habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span></p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br /> -<small>LAS VISITAS</small></h2> - -<p>Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos -hoteles con gente.</p> - -<p>Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba -la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen -que las echen y las exijan el silencio.</p> - -<p>Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los -moradores de la Quinta y los recién llegados.</p> - -<p>Los recién llegados.—Venimos a tener un ratito de conversación... -Déjennos ustedes tenerla...</p> - -<p>Los moradores.—Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?</p> - -<p>Los recién llegados.—De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de -lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente... -Pequeñeces.</p> - -<p>Los moradores.—Hágannos ustedes el programa.</p> - -<p>Los recién llegados.—No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, -surgirán las palabras...</p> - -<p>Los moradores.—Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el -camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span></p> - -<p>Los recién llegados.—No... Intentaremos hablar de todo antes de -ocuparnos de eso...</p> - -<p>Los moradores.—También nosotros estamos deseando la conversación -trivial.</p> - -<p>Los recién llegados.—Pues no perdamos tiempo.</p> - -<p>Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.</p> - -<p>Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don -Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba -Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia -social en España y se había metido allí para siempre.</p> - -<p>Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y -que agradecía con locura los tés de Palmyra.</p> - -<p>Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y -entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.</p> - -<p>Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando -extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.</p> - -<p>Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto -toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba -la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para -estorbarla.</p> - -<p>Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la -añadía gran pena.</p> - -<p>Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba -de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su -manteleta!<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de -la casa ajena!</p> - -<p>La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba -derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.</p> - -<p>No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde -caía su pueblo.</p> - -<p>En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado -asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la -que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.</p> - -<p>Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era, -aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la -humanidad.</p> - -<p>Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un -buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al -invierno lo que es del invierno.</p> - -<p>Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina, -machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma -del perchero.</p> - -<p>A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire -colonizador que tienen los ingleses.</p> - -<p>No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de -pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los -españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los -ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras -fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en -seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span></p> - -<p>La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de -pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.</p> - -<p>Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo -en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.</p> - -<p>Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más -puro.</p> - -<p>Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida, -asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, -en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.</p> - -<p>Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o -mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho -aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable -confidencia.</p> - -<p>Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que -permaneciesen en la vida.</p> - -<p>—Por fin van a aprobar el tren eléctrico—dijo don Vasco, dando una -gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora -mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte -medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos -sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.</p> - -<p>—¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!—dijo doña Beatriz, que -sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que -pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo -fabuloso las rentas de su dinero.</p> - -<p>La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> allí por ver si -perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto -no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole -íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía -electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía -a decir esa aprensión de su ignorancia.</p> - -<p>Don Mariano opinó:</p> - -<p>—No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera, -chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.</p> - -<p>Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando -había una entrada alegre, dijo:</p> - -<p>—Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...</p> - -<p>Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.</p> - -<p>—Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...</p> - -<p>—Lo malo—insistió Armando—es que tenga tipo de tren en vez de tener -tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco, -usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.</p> - -<p>El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría -el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo -aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo -primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría -conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente -soñaban.</p> - -<p>Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos -reaccionaban ante la electrificación,<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> pues veían al pensar en el caso -con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que -habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se -enganchan en los viajes rápidos y fáciles.</p> - -<p>—¡Qué tarde ha hecho hoy!—exclamó el alegre español, en cuyo pecho -anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la -cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.</p> - -<p>—Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia—dijo -Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.</p> - -<p>Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:</p> - -<p>—Ha sido una mañana de <i>luar</i>...</p> - -<p>—Muy bien, muy bien; eso ha sido—dijo doña Manolita, y todos los -presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien -había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno -de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.</p> - -<p>—Realmente es verdad...—intervino don Vasco—. El sol era el sol, de -eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más -que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada -aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...</p> - -<p>La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban -embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con -sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.</p> - -<p>Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas, -sobre todo antes, cuando Palmyra es<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span>taba sola e indecisa y gozaban -entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa -de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se -agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de -las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros -viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones -suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que -alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.</p> - -<p>Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía -haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían -dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la -alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.</p> - -<p>Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le -gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...</p> - -<p>—A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?—dijo don -Vasco.</p> - -<p>—Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco—dijo Armando.</p> - -<p>—Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta -tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.</p> - -<p>—Espiritismos, de ningún modo—dijo Armando, riendo de la disculpa que -había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia -del té.</p> - -<p>—Este es siempre un té cada vez más tardío—dijo la inglesa con su -construcción y su portugués estrambóticos...<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span></p> - -<p>—Acabaremos convirtiéndole en vermú—dijo Armando.</p> - -<p>—¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora—aseguró la pobre doña -Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro -o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un -final de sopas de ajo.</p> - -<p>Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella -hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía -esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un -telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un -islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.</p> - -<p>Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo -dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando -rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa -insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.</p> - -<p>—Ha vuelto la gripe—dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la -consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se -siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.</p> - -<p>—La gripe siempre vuelve—dijo el anciano don Mariano—. Yo siempre la -he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese -humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay -nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.</p> - -<p>—No está mal la teoría—repuso don Vasco—. A la gripe la he visto yo, -devastadora como nunca, en<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span> la India; mataba como siempre con -frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como -ahuyenta la peste...</p> - -<p>—Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí -mata—dijo doña Beatriz.</p> - -<p>—¿Y de dónde podrá venir aquí?—preguntó Palmyra.</p> - -<p>—¿No la he dicho a usted, señora—volvió a intervenir don Mariano—, -que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no -pasaría eso.</p> - -<p>Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire -con la mano como quien aparta un contagio invisible.</p> - -<p>Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como -si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase -en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.</p> - -<p>Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span></p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br /> -<small>DÍA DE LLUVIA AMOROSA</small></h2> - -<p>Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los -cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas -pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los -pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.</p> - -<p>¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los -flecos interminables!</p> - -<p>A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal -tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era -suficiente.</p> - -<p>No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las -ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...</p> - -<p>Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar -la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya -lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.</p> - -<p>Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una -gran bondad.</p> - -<p>En la lenteja del reloj—¡qué ocurrencia!—parecía vivir con -palpitaciones de reloj, como si su corazón,<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> en vez de moverse de arriba -a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de -perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.</p> - -<p>Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las -ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que -daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía -aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del -Océano Atlántico.</p> - -<p>Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al -llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con -fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se -remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día -lluvioso.</p> - -<p>En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.</p> - -<p>—La lluvia borra el mundo—dijo Armando.</p> - -<p>—No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta -está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí -sola!»—repuso Palmyra.</p> - -<p>Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía -más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la -luz.</p> - -<p>Lo que en su rostro pálido había de herpético—ese poco de herpético que -es como el principio inicial de la corrupción—se acentuaba más en la -tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.</p> - -<p>Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana -lluviosa sobre todo.</p> - -<p>—Estamos como dentro de una pecera, colocados<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> así detrás del cristal y -viendo caer agua—dijo Armando.</p> - -<p>—¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos -juntitos?—repuso Palmyra.</p> - -<p>Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.</p> - -<p>Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con -tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:</p> - -<p>—¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos -desnudos?</p> - -<p>Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus -brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de -aparatos musicales de la sensibilidad.</p> - -<p>Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba -cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.</p> - -<p>La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a -ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran -en el dintel de la puerta.</p> - -<p>Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la -mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si -le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para -encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la -miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la -quita el polvo, con mirada burda de doméstico.</p> - -<p>Después Armando se ponía a pensar en la comida.</p> - -<p>«Qué pez es el del día es lo que hay que pregun<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span>tar—se decía—, que la -carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»</p> - -<p>A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la -discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía -Armando su pregunta en voz alta:</p> - -<p>—¿Qué pez es el del día?</p> - -<p>—Hoy es pargo—le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:</p> - -<p>—Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.</p> - -<p>—¡Sí, sí!... Ya sé—dijo Armando, que no quería recibir tantas -explicaciones como un sordo.</p> - -<p>La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a -través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas -copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.</p> - -<p>Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la -luz que caía del sol a través de las nubes.</p> - -<p>Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para -aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces -levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y -encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el -suficiente optimismo.</p> - -<p>El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues -el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y -lo mejora.</p> - -<p>«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»—se decía Armando al -sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de -segundos.<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span></p> - -<p>El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días -grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una -vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en -la de atrás y en la de delante.</p> - -<p>Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían, -jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se -movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran -devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda -entre el brazo y el antebrazo.</p> - -<p>Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy -castellana.</p> - -<p>Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca -tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo -el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las -arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no -eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los -ojos vivos y la nariz esculpida.</p> - -<p>¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!</p> - -<p>¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba -escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien -con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!</p> - -<p>En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a -Palmyra:</p> - -<p>—Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también -aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.</p> - -<p>—Bien, bien... Escríbele esta tarde misma—contestó<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> ella con verdadero -deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones -insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.</p> - -<p>Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los -quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por -fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span></p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br /> -<small>LA ÚLTIMA AMAZONA</small></h2> - -<p>Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía -irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos -transitados y sabidos.</p> - -<p>Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza -en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio -donde ir.</p> - -<p>Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un -caballo francés, al que llamaba «Rey».</p> - -<p>—¡Roi...!—decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más -aristocrático y el caballo se calmase así más.</p> - -<p>La última amazona salía sola a la tarde—muy pocas veces con Armando—y -adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de -generalísima.</p> - -<p>Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de -su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta -muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en -tazas de oro, en cuyo fondo se queda<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span>ba el último sorbo que era como -esencia de escarabajo pura.</p> - -<p>La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus -senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el -aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo.</p> - -<p>Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la -esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su -caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche.</p> - -<p>El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona. -Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los -caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas.</p> - -<p>Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la -soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una -guirnalda de moños de gran rodete.</p> - -<p>La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el -caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una <i>ecuyere</i>.</p> - -<p>Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se -notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al -ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino -que la rozaban, que la querían abrazar.</p> - -<p>Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la -Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de -etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje. -Armando la había dicho:<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span></p> - -<p>—Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, -igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la -superficie un tanto encallecida del dulce arroz.</p> - -<p>Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina -amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la -amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba -flagelado y enervado el aire de la tarde.</p> - -<p>—Día que no sales—la había dicho también Armando—es día en que todo -parece más hostil y como si algo faltase en la <i>toilette</i> del panorama. -Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir -tu visita estuviese descuidado y salvaje.</p> - -<p>—Mi amazona, ven—la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola -efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había -adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.</p> - -<p>Ya era una cosa más de su <i>toilette</i> volver así, triunfadora, con la -levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la -nariz agudizada.</p> - -<p>—Traes las enaguas purificadas de la amazona—la decía Armando—, y -traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el -fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.</p> - -<p>También la repetía entre sorprendido e irónico:</p> - -<p>—Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina -del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span></p> - -<p>Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba -adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que -traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que -se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber -sido arrancadas.</p> - -<p>Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y -<i>lejanos</i>, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las -viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como -en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina -y cortesana.</p> - -<p>Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había -sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que -para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de -sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio. -Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en -levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.</p> - -<p>Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos -desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El, -como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba -a abajo, de arriba a abajo.</p> - -<p>El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en -que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y -a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande, -de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las -jaulas íntimas.</p> - -<p>En el patio del estanque gritaban los patos como<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> si siempre les -persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para -echarles al caldo hirviente.</p> - -<p>Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.</p> - -<p>Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:</p> - -<p>—¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span></p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br /> -<small>PASEOS EN «MILORD»</small></h2> - -<p>Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, -porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el -coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban -como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.</p> - -<p>Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía -ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.</p> - -<p>Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la -felicidad deseada.</p> - -<p>Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal -feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él, -desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices -del verano.</p> - -<p>Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera -del buen día les acariciaba el cogote.</p> - -<p>Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos -extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su -sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span> -por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida -se habían borrado definitivamente en este ambiente.</p> - -<p>El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera -maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes -zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.</p> - -<p>Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del -miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en -terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre -de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no -quisieron volver a ver el mar?»</p> - -<p>En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que -sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se -ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien -dispuestas para verlo más tiempo.</p> - -<p>Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, -primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre -sentados frente a los últimos cristales—por lo que entonces piensan que -debieron hacer más bajo el alféizar.</p> - -<p>Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto -particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu -avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.</p> - -<p>El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar -las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las -descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span> -pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.</p> - -<p>Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.</p> - -<p>Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo -en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al -Destino.</p> - -<p>Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.</p> - -<p>¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces -su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor -correspondiente al ensueño de su sabor.</p> - -<p>Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, -pero la conmovía con su finura.</p> - -<p>—Huele casi como la flor de almendro—dijo Armando.</p> - -<p>—Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...—contestó Palmyra.</p> - -<p>—El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario -a lo que te regala—repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus -caballos.</p> - -<p>—¿Que no es ordinario?—repuso ella brava—. ¿A que no te atreves a que -tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos -preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...</p> - -<p>Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras -sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los -muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los -cuales, se le ocurrió decir a Armando:</p> - -<p>—Debe tener dolor de muelas el paisaje.<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p> - -<p>Pasaban por caminos de pinos constantemente.</p> - -<p>Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras -obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.</p> - -<p>Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la -tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.</p> - -<p>«Un día—pensaba Palmyra—se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos -pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»</p> - -<p>Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al -lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un -movimiento propio.</p> - -<p>Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.</p> - -<p>Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las -desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que -daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver -todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no -alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que -parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se -la dote de castillos con fosos y almenas».</p> - -<p>Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre -todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.</p> - -<p>Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto -buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca -el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span> suyo temeroso de -la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los -«chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.</p> - -<p>Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos -abiertos.</p> - -<p>—¡Qué turulata eres!—la decía Armando.</p> - -<p>—¿Y qué es eso?—preguntaba Palmyra.</p> - -<p>—Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te -dejó un día así y no sales de tu arrobo...</p> - -<p>—¿Te burlas?</p> - -<p>—Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos -tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si -el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para -siempre...</p> - -<p>—¡Qué poca ternura tienes!—le insistió ella buscando más mimos.</p> - -<p>Era insaciable de ternura en medio del paisaje.</p> - -<p>—Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de -una huerta de corazones—la dijo Armando.</p> - -<p>Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores, -que miraban cínicamente a los coches.</p> - -<p>Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el -vientecillo sutil que da la pulmonía.</p> - -<p>El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón -de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del -coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span> como -el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando -ya se meten dentro.</p> - -<p>La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz, -una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado -de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo -mejor de la luz de la tarde.</p> - -<p>Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación, -la serenidad de otro tiempo en que abundaba.</p> - -<p>El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando -en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la -siesta y se quedaban entornadas las maderas.</p> - -<p>Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por -eso resultaba tan virgen y tan sabroso.</p> - -<p>Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la -desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo, -estaba en pie y con la etiqueta del traje.</p> - -<p>Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba -como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado, -pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.</p> - -<p>Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra -señalase muchas nubes y una luz lluviosa.</p> - -<p>«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin -poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que -justificase sus lágrimas.<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span></p> - -<p>En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a -las lágrimas.</p> - -<p>A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado -extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.</p> - -<p>Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los -pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus -casas de refugio.</p> - -<p>Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien, -buscando el reposo en todo.</p> - -<p>Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que -a los seres finos les entra el desmayo de amor.</p> - -<p>Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la -noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad. -Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de -sueño verdadero, se iban a la cama.</p> - -<p>Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se -encontraba ensoñarrado y cansado.</p> - -<p>La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está -en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.</p> - -<p>Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de -cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se -despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que -se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos -severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de -las severas mujeres de la familia.<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p> - -<p>En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las -sábanas y jugar con ellas.</p> - -<p>Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada -huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para -él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la -camisa en el vacío supremo.</p> - -<p>La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el -aire denso y vivo.</p> - -<p>Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los -insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el -acto solitario muy a cubierto de ellos.<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p> - -<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br /> -<small>EL TELEGRAMA</small></h2> - -<p>Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había -regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y -recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido.</p> - -<p>El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le -parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban -más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa -prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano -misteriosa.</p> - -<p>Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado -todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio, -colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban -cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario.</p> - -<p>Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella -hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran -palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los -grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en -que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además, -como si<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra, -el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos -incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa.</p> - -<p>Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un -traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su -categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que -Armando procuraba exagerar.</p> - -<p>¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?</p> - -<p>—Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo...</p> - -<p>Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de -continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar -hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel -caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había -sido <i>croupier</i> durante algún tiempo en el Casino de Invierno!</p> - -<p>Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad -encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio -que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor, -estuviesen llenos hasta el borde.</p> - -<p>La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando -la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se -tomase de nuevo un puro más.</p> - -<p>Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una -gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en -postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span></p> - -<p>Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un -poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran -zalamería:</p> - -<p>—Palmyra, toca un rato el arpa.</p> - -<p>Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía -sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la -lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas -lentas.</p> - -<p>Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la -lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de -los aleros porque estaba al caer.</p> - -<p>De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos -de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que -hiciesen sonar su jaula.</p> - -<p>El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.</p> - -<p>—¿Para quién?—preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo -tiempo sino de suspender su música y escuchar.</p> - -<p>—Para el excelentísimo señor don Enrique...</p> - -<p>Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo -abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.</p> - -<p>Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo -el silencio:</p> - -<p>—¿Alguna desgracia, don Enrique?</p> - -<p>Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.</p> - -<p>Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> leyó, no con la -tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y -que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a -don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que -esperaba el criado:</p> - -<p>—No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.</p> - -<p>Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada -de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra -viajando en el mismo tren. Después firmó.</p> - -<p>Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a -llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.</p> - -<p>—Dale algo al telegrafista—dijo Armando a Palmyra, con ese recordar -súbitamente una propina que no se dió.</p> - -<p>Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las -propinas, salió a dársela.</p> - -<p>Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó -la espada de dolor que aún esgrimía.</p> - -<p>—No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel -pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama -que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir -del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo -escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?</p> - -<p>Enrique no supo qué responder, pero sonrió.</p> - -<p>—Por lo menos, que lo crea Palmyra...</p> - -<p>—Eso, bueno...<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span></p> - -<p>—Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un -millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me -aburro...</p> - -<p>Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire -de simpatía extrema.</p> - -<p>—Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa -encantadora mujer con la carne de las miniaturas.</p> - -<p>—Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la -mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por -primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido -tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de -Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido -que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos -y a los quince días estás cansado.</p> - -<p>—A los veinte, si te es igual...</p> - -<p>—Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.</p> - -<p>En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su -cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó -la caída de la tarde.<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span></p> - -<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br /> -<small>EL ENVENENADO</small></h2> - -<p>Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra. -Todo se lo había oído numerosas veces.</p> - -<p>Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer—casi completamente -igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer—no le era suficiente. Su sexo -era como un volcán apagado.</p> - -<p>Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a -tono.</p> - -<p>—Todos son techos de pagoda al atardecer—decía asomado a la bella -ventana encelosada de la Quinta.</p> - -<p>—La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la -tierra constantemente para ganar el cielo.</p> - -<p>Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se -veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más -desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para -poder reaccionar de él.</p> - -<p>No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran -pasión, a aquel hotelito en<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> que pasaron su luna de miel dos príncipes -románticos.</p> - -<p>Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los -alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.</p> - -<p>Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que -estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla -central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su -propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de -amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.</p> - -<p>Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que -resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual -del paisaje.</p> - -<p>—¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...—se preguntaba Armando -al mirarle—. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de -farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta -Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los -reyes tienen para pasar un mes de su vida.</p> - -<p>El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le -parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le -respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de -digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar -también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de -los más nublados.</p> - -<p>Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span></p> - -<p>¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en -que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría -exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se -daba cuenta.</p> - -<p>Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin -embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en -chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga -siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.</p> - -<p>—En esta soledad se llena de musgo el alma—pensaba Armando.</p> - -<p>Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía -por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.</p> - -<p>Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los -criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga -tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz -eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica, -en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo -clarividente adensado en el ámbito.</p> - -<p>Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que -hacerle:</p> - -<p>—Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...</p> - -<p>—¿Cuál? Cuenta—y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el -perfume de sus equis.</p> - -<p>—Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en -nuestro comedor—todo estaba<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> como está hoy—le dieron en el vino polvos -de muerte.</p> - -<p>—¿Y cómo no lo notó?</p> - -<p>—Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve -para que no se despierten.</p> - -<p>—Sí, en su cureña de paja...</p> - -<p>—Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se -alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues -se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se -pudo descubrir al asesino...</p> - -<p>Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los -años, al posible envenenador.</p> - -<p>Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el -ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía -en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está -llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a -toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.</p> - -<p>En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los -magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del -monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose -mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»</p> - -<p>Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de -envenenamiento. La aislaba más del mundo.</p> - -<p>Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de -la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más -necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> con -afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar, -mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel -abuelo envenenado.</p> - -<p>Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente -que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos, -se dirige a él sin titubear.</p> - -<p>El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo -y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.</p> - -<p>Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las -solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo -de la Quinta.</p> - -<p>Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que -merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién -nacido.</p> - -<p>Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. -Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que -aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.</p> - -<p>Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.</p> - -<p>Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso. -Estaba alegre.</p> - -<p>—¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el -vino...</p> - -<p>—No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para -siempre en el comedor, detenida en aquella cena...</p> - -<p>—Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué -suerte!<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span></p> - -<p>—Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de -puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata -estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.</p> - -<p>—Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no -está mal...</p> - -<p>Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una -cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo -agonizando cinco días.</p> - -<p>Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer -plato estuvo por decir Armando:</p> - -<p>—¡Qué venenoso está esto!—cuando sólo era que estaba un poco quemado.</p> - -<p>Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha—mitad con -mitad para siempre jamás—de una comida tan alegre como lo suelen ser -todas las comidas perturbadas por la muerte.</p> - -<p>La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque -quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.</p> - -<p>La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido -al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como -haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese -removido los cimientos.</p> - -<p>Al salir del comedor él la dijo:</p> - -<p>—Estoy envenenado de amor.</p> - -<p>—¡Falso!—repuso ella dándole con la cadera.</p> - -<p>El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta -de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida -mortal.<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span></p> - -<p>El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un -ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su -colgajo.</p> - -<p>—¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi -misantropía!—se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus -fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna -prenda que no quiere salir.</p> - -<p>Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del -corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese -curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne -era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de -perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.</p> - -<p>Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos -renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón -nuevo de la barbilla.</p> - -<p>Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en -medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.</p> - -<p>Armando luchaba por alcanzar aquel <i>¡Ay Jesú!</i> sin la <i>ese</i> final, y sin -la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al -amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda -la dulzura portuguesa.</p> - -<p>Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura -suprema.<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span></p> - -<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br /> -<small>ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO</small></h2> - -<p>—¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado -preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.</p> - -<p>Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que -había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le -libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.</p> - -<p>Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía -ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones -tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las -excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado, -la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el -puño.</p> - -<p>Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que -se echa tomillo y romero.</p> - -<p>Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de -las narices muy abiertos.<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span></p> - -<p>Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del -camino... Al verlos, Palmyra dijo:</p> - -<p>—¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza -con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...</p> - -<p>—Después... La cogeremos a la vuelta...—repuso Armando, que no quería -nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no -trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía -seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y -retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que -pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio -de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?</p> - -<p>Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía -tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.</p> - -<p>Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el -campo.</p> - -<p>Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los -caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.</p> - -<p>Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se -veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños -reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.</p> - -<p>Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía -tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que -acampaban en<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span> sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo -que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil -de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que -resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase -la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.</p> - -<p>En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde -salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué, -toda la aguda tristeza del naufragio.</p> - -<p>Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el -barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.</p> - -<p>Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:</p> - -<p>—Es como si nos comiésemos un cangrejo...</p> - -<p>Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.</p> - -<p>Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de -buey como ventanas de sus barracas.</p> - -<p>El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que -pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.</p> - -<p>Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.</p> - -<p>Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la -hora de las hambres...</p> - -<p>El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer... -Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de -él como para justificar la navegación.<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span></p> - -<p>Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:</p> - -<p>—En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana -aspa en cruz del molino.</p> - -<p>—Es verdad... Tienes razón—dijo Palmyra.</p> - -<p>Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban -antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un -camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban -cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de -una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun -estando en la cima del monte, llegan a su base.</p> - -<p>Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los -barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el -capitán comía constantemente.</p> - -<p>Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad -celestial del mar.</p> - -<p>En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos -del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como -chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que -leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace -lo menos veinte años.</p> - -<p>Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino -el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los -restaurantes.</p> - -<p>Así como en las mesas están de etiqueta las botellas—pechera blanca y -traje negro—, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a -sus fábricas, en su pueblo.<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span></p> - -<p>Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de -esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la -nariz roja.</p> - -<p>Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero -mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un -menú.</p> - -<p>El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los -barcos al mar.</p> - -<p>—Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino—aconsejó -Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.</p> - -<p>En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse -para siempre que tiene—¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres -en tres olas!—, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente -a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios, -preparado todos los días con puntualidad.</p> - -<p>Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de -paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.</p> - -<p>Era la hora de las cuatro.</p> - -<p>En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca -saliva para tanto cacareo.</p> - -<p>Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.</p> - -<p>Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los -molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre -unas y otras plantas.</p> - -<p>En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo -hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span></p> - -<p>Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha -lavado alguien.</p> - -<p>Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que -nadie sepa por qué.</p> - -<p>Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las -alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.</p> - -<p>—Las amapolas—dijo Palmyra—son como corbatas que se pone el campo.</p> - -<p>En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos, -entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como -la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas -de plasticidad propia.</p> - -<p>Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al -despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin -enterarse de nada».</p> - -<p>El pesimismo del campo volvía a él:</p> - -<p>«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de -un siglo después.»</p> - -<p>«Todo el campo, además, espera a los muertos.»</p> - -<p>El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote -seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus -bestias en la postrer carrera.</p> - -<p>—Aquí—dijo volviéndose a sus amos—fué donde se estrelló el otro día -un automóvil.</p> - -<p>Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que -odia al automóvil.</p> - -<p>El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como -sus últimas luces.<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span></p> - -<p>Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el -día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta -de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.</p> - -<p>El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de -la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama -urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.</p> - -<p>Palmyra alargó la cabeza para leer.</p> - -<p>«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.—<i>Luis.</i>»</p> - -<p>—¿Has entendido?</p> - -<p>—Sí... ¡Qué desgracia!</p> - -<p>—Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche -tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el -Francfort.</p> - -<p>Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la -doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez -en su «Mía Señora».</p> - -<p>—¿Qué le pasa a «Mía Señora»?</p> - -<p>Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:</p> - -<p>—¡Las maletas!</p> - -<p>Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel -apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.</p> - -<p>Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.</p> - -<p>—¿Pero te lo llevas todo?</p> - -<p>El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»</p> - -<p>—Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> sabe uno qué va a -pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una -enferma...</p> - -<p>Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía -arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de -Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de -acero del hombre.</p> - -<p>—Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de -hacer las maletas... Se me olvidará todo...</p> - -<p>Palmyra salió de la alcoba.</p> - -<p>Armando estaba apesadumbrado.</p> - -<p>Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su -víctima.</p> - -<p>Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue -resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad -humana.</p> - -<p>Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las -columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.</p> - -<p>Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el -alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.</p> - -<p>La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada, -pero él no los podía soportar.</p> - -<p>Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.</p> - -<p>—Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo -que va a pasar.</p> - -<p>—No puedo... No puedo—decía ella llorando—, me matarán las <i>saudades</i> -de un solo día sin ti...</p> - -<p>Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que -sucediera eso.<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span></p> - -<p>Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una -hora de anticipación.</p> - -<p>Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver -saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la -que parecía irse a tirar.</p> - -<p>Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no -despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.</p> - -<p>Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus -reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no -dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.</p> - -<p>¡En qué día más feo le tocaba viajar!</p> - -<p>Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como -aquella en que se derretiría Palmyra.</p> - -<p>Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.</p> - -<p>Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a -salir de Portugal de un momento a otro.</p> - -<p>Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.</p> - -<p>Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en -medio del campo.</p> - -<p>«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún -le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel -caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un -criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la -metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> pasar -frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le -pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el -tren.</p> - -<p>El tren hacía árboles, hojarascas de humo.</p> - -<p>Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»—se -decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la -estabilidad duradera de todo.</p> - -<p>«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»—pensaba en la -soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.</p> - -<p>Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos -estanques del invierno, allí en España.</p> - -<p>Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un -límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el -mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los -chamizos, en los «cabarets», en los cafés.</p> - -<p>Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios -cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también -era luminosa siempre.</p> - -<p>«¡Si no lloviese tanto!»—se decía Armando para contradecir su -nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía, -diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo -alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive -con empuje la luz artificial de los «cabarets».</p> - -<p>Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama -de los alrededores de la Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span></p> - -<p>Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos -amarrados en el puerto seguro.</p> - -<p>Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía -la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos -muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.</p> - -<p>La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya -estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, -pero cuyo suplicio quería vivir.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span></p> - -<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br /> -<small>LA SOLEDAD INAPETENTE</small></h2> - -<p>Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus -lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando -y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había -llevado todas las cosas?»</p> - -<p>«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró -el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó -un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa -de despacho.</p> - -<p>—No tendré ninguna carta de él—se decía Palmyra, dándose cuenta de la -crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le -olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de -vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.</p> - -<p>Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se -acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el -último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en -el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span></p> - -<p>¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la -dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!</p> - -<p>Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador -refugio para el amor apasionado de unos meses.</p> - -<p>El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía -el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.</p> - -<p>Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente. -Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.</p> - -<p>Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba; -del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de -los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las -aguas.</p> - -<p>Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los -posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel -desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del -estanque fué también una limpieza para la suya.</p> - -<p>Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la -fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y -los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.</p> - -<p>¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era -cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien -llevada, bien dicha.</p> - -<p>Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces, -buscaba. ¡Gata desalada!<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span></p> - -<p>No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero -insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día—todos los -días <i>el único</i>—en que se movía la vida.</p> - -<p>¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era -inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.</p> - -<p>Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba -el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y -desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.</p> - -<p>Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad -sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la -saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con -los demás hombres.</p> - -<p>Ella.—Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que -puede atraparme.</p> - -<p>El.—Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.</p> - -<p>Ella.—Sería la alcoba triste sin ti.</p> - -<p>El.—Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.</p> - -<p>Ella.—Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.</p> - -<p>El.—Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus -piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...</p> - -<p>Ella.—Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...</p> - -<p>El.—Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span></p> - -<p>Ella.—Acércate... Cógeme como un ánfora.</p> - -<p>El.—Tus sábanas están limpias como una virginidad...</p> - -<p>Ella.—Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que -uno...</p> - -<p>El.—A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un -trono sobre el lecho.</p> - -<p>Ella (<i>apagando la luz</i>).—Ven...</p> - -<p>En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en -un monólogo con sordina.</p> - -<p>De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían -los cisnes ledos que buscaban a Leda.</p> - -<p>Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos, -y se dormía baldía.</p> - -<p>A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los -jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no -encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la -puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo -portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra -orientación extrema.</p> - -<p>Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos -que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya -sangre se va tornando roja muy poco a poco.</p> - -<p>Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran -brillante que cuelga como su último remate.</p> - -<p>En aquellos días de perdición en la Quinta—de mucha más perdición que -lo que se llama perdición<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> en el amor—hasta entró en la biblioteca. Se -escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio -de los grandes salones.</p> - -<p>La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber -muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados -para sus manos, pero que la pertenecían!</p> - -<p>Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas -perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias -muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya -sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de -los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que -ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.</p> - -<p>La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se -curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a -aquella soledad con la esfera armilar.</p> - -<p>Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas -inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que -la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.</p> - -<p>La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en -que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.</p> - -<p>Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la -gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros -mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.</p> - -<p>La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque -no había mesa ni estante que la<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span> sostuviese, era como el reflejo en -convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por -el gran ventanal.</p> - -<p>Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos -en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se -escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero -mar.</p> - -<p>El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la -esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.</p> - -<p>Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la -desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span></p> - -<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br /> -<small>AL CASINO</small></h2> - -<p>En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.</p> - -<p>Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «<i>A -charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held -in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc.</i>»</p> - -<p>Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes -jugaban a los juegos prohibidos.</p> - -<p>Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.</p> - -<p>Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y -estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.</p> - -<p>Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la -llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más -desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras -abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.</p> - -<p>Pasó por entre los <i>chalets</i>, cuyas ventanas respiraban el aire -embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p> - -<p>Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal -sobre los hombros.</p> - -<p>Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar -por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con -las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine -que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.</p> - -<p>El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por -completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.</p> - -<p>Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo -después de una viudez.</p> - -<p>Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.</p> - -<p>—Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos—había -dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de -los pueblos.</p> - -<p>No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que -estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como -aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las -paredes de la prisión.</p> - -<p>—Atado en ese sofá estuvo él—sentiría siempre ansias de explicar a los -que por primera vez fueran a la Quinta.</p> - -<p>—Las cazoletas del telégrafo son palomas <i>ahorcadas</i>—había dicho -también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía -estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en -la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras -pasajeras.<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span></p> - -<p>Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.</p> - -<p>Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes -nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se -sabe de qué recóndito rincón han salido.</p> - -<p>Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes -billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.</p> - -<p>Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus -lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía, -buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las -miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.</p> - -<p>Ella apuntó a cualquier número.</p> - -<p>—No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá -nunca—la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, -con verdadera congoja.</p> - -<p>Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le -preguntó:</p> - -<p>—¿Pero, por qué?</p> - -<p>—Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un -abismo.</p> - -<p>—Entonces—dijo Palmyra con la misma voz trémula—quiero ver si le -vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a -usted...</p> - -<p>Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas -que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de -jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la for<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span>tuna de -Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la -otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.</p> - -<p>Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar -dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el -mismo triunfo.</p> - -<p>Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, -galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la -intimidad de la mujer distinguida con quien habla.</p> - -<p>No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.</p> - -<p>—A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando -voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del -hotel...</p> - -<p>—¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?</p> - -<p>—Los pinos...—y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él -amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en -los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo -por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y -dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:</p> - -<p>—Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...</p> - -<p>Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.</p> - -<p>Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase -en su líquido dorado el restituyente.</p> - -<p>La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino -blanco, llena de los punta<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span>zos de los chinches, naturalmente de los -«chinches» limpios».</p> - -<p>Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped -extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en -distinto sitio, acercando su butaca al balcón.</p> - -<p>—La acompañaría si no perdiese el tren...</p> - -<p>—Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba -retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha -distancia.</p> - -<p>Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con -muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que -ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos -los matojos.</p> - -<p>«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de -la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».</p> - -<p>En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas -blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía -ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala, -que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la -barbilla o se queda colgado de la sotabarba.</p> - -<p>Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no -quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...</p> - -<p>—Sí... Realmente no nos ve nadie...</p> - -<p>—Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado -por un camino tan solitario a esta hora...<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span></p> - -<p>—Lo malo—dijo ella—es que todo el camino es tan solitario y es muy -largo...</p> - -<p>—Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.</p> - -<p>—Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...</p> - -<p>—Soy más; soy un salteador de caminos.</p> - -<p>—¡Qué miedo!—dijo ella haciendo un mohín.</p> - -<p>El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a -encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la -curiosidad.</p> - -<p>A veces le tenía que decir:</p> - -<p>—Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña -de Egipto...</p> - -<p>Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad -del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de -chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla -pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena, -mezclándose al arrebato del vino y de la carne.</p> - -<p>Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer -sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle. -Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula, -volvió la cabeza desconfiado.</p> - -<p>Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa -de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una -lluvia clara.</p> - -<p>Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el -padre, la sombra del padre se alber<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span>gaba y les vería pasar por los -pasillos como en plena ilegitimidad.</p> - -<p>—Otro cubierto en la mesa—dijo Palmyra a su vieja doncella—, y -prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y -es mi primo el ingeniero...</p> - -<p>Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero -también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba -a guardar allí al hombre elegido...</p> - -<p>El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar -de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las -casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía -apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y -generoso.</p> - -<p>Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de -que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo -que, por fin, había llegado aquella noche.</p> - -<p>Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e -insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los -despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más -curiosas.</p> - -<p>—Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese -platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su -bebedero. Mi padre también era ingeniero.</p> - -<p>Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a -aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span></p> - -<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br /> -<small>ERA EL HOMBRE VIOLENTO</small></h2> - -<p>El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la -plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.</p> - -<p>El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras -exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por -palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo -las ilusiones que provocaba la Quinta.</p> - -<p>Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra -le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella -le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado—se decía -ella—, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no -necesita hacer más».</p> - -<p>En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a -coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado -breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.</p> - -<p>Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi -irrecordable la silueta de<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> un hombre. Entonces sí que se podría decir -que había comenzado a ser una mala mujer.</p> - -<p>Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como -un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se -creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora -simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.</p> - -<p>Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba -veía menos que nunca.</p> - -<p>Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras -sobre el papel cebolla de sus planos.</p> - -<p>Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes -sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me -la habrá regalado el destino?»—se preguntaba, y en vano buscaba la -respuesta.</p> - -<p>Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se -dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da -masaje.</p> - -<p>Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con -aquella insistencia.</p> - -<p>Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de -comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había -elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en -limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al -aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del -ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y -unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p> - -<p>Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente -a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias -de la vida.</p> - -<p>En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados -haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote, -con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, -llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de -las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de -estar dormidos pronto.</p> - -<p>Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su -Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el -paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras -la acompañaba.</p> - -<p>Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su -tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el -plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan -grande, que Palmyra le mandó callar.</p> - -<p>—No quiero, mujerzuela—respondió encolerizado, y la empujó contra la -pared.</p> - -<p>Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido -empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede -hablar ya.</p> - -<p>El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos. -Pedía perdón.</p> - -<p>—No puede ser—dijo ella—, has vuelto a ser el extraño, como si aquel -señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en -vez de<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span> ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa -palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y -te vas.</p> - -<p>Llamó al criado...</p> - -<p>—Prepare el coche para las siete...</p> - -<p>Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había -encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los -hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un -voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora -esperaría la llegada del que fuese.</p> - -<p>La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con -un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la -Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span></p> - -<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br /> -<small>LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS</small></h2> - -<p>Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su -vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la -palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los -trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros -más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro -estratégico.</p> - -<p>Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba -destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes -volanderos.</p> - -<p>Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros. -Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento -perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros -apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o -cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como -banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo -viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en -meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si -su preñez las obligase a esas posturas.<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span></p> - -<p>Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la -mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a -ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los -«chauffeurs» listos.</p> - -<p>Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y -dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud -abandonada en medio del bosque.</p> - -<p>La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte -hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia -ciudades más en el centro del mundo.</p> - -<p>Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas -distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en -el sitio que ocupa.</p> - -<p>A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del -camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más, -el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían -detenido más largo rato bajo el faro engallado.</p> - -<p>Había recogido—sobre todo cuando lucía blusas de mucho color—las -miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos -y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se -tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!</p> - -<p>¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?</p> - -<p>Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de -lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en -medio, y que<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span> eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas -horas de la lisura estable de la tierra.</p> - -<p>«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando -de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»—pensaba -Palmyra.</p> - -<p>Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida -aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían -que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para -poderlo pregonar.</p> - -<p>Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se -pone en marcha dando al manubrio de su despertar.</p> - -<p>Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en -que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de -torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más -pensativa que nunca.</p> - -<p>El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de -fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era -bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja -falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada -apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.</p> - -<p>No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo -del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido -pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que -te tomé».</p> - -<p>Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió -al salón pensó sorprendida<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> que iba acompañada de la sombra que había -entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el -perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya -en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.</p> - -<p>«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»—pensaba Palmyra—, pero -después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le -estará chico, más chico que éste que me ha dejado».</p> - -<p>Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los -espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del -espejo.</p> - -<p>Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar, -estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»</p> - -<p>Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se -ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el -imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello -oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los -chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los -dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.</p> - -<p>«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está -viejo»—pensaba Palmyra.</p> - -<p>Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de -arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras -irisadas.</p> - -<p>En eso llamó la criada:</p> - -<p>—Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...</p> - -<p>Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span> madama no le -recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que -viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo -querido que llegase de muy lejos, la dijo:</p> - -<p>—¡Que pase! ¡Que pase!</p> - -<p>Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en -el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un -beso apasionado y largo...</p> - -<p>—Señora—dijo—, he torcido mi viaje sólo por usted...</p> - -<p>—¿Pero perdió su barco?—exclamó con ingenuidad Palmyra...</p> - -<p>—Sí..., partió sin mi—respondió sonriendo el desconocido...</p> - -<p>—¿Y sus baúles?—volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si -esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a -instalarse en la Quinta desconocida...</p> - -<p>—¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa—respondió extrañado el -extranjero.</p> - -<p>Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino -que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el -mar.</p> - -<p>—¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora -casada?</p> - -<p>—No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo -vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra -cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería -decirla es que volvería...</p> - -<p>—Yo sólo creí que fuese un chicoleo.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span></p> - -<p>—De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o -menos pisado por la dama, pero se recoge...</p> - -<p>—Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto -en el perchero...</p> - -<p>—Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo -dejaba, ajustándole más a su colgadero...</p> - -<p>Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita -que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta -cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del -que había dejado irse...</p> - -<p>—¿Y qué es usted?—preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.</p> - -<p>—Yo... Doctor...</p> - -<p>—No... Quiero decir de qué nacionalidad.</p> - -<p>—Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que -me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con -usted toda la vida...</p> - -<p>Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso -era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para -ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares -flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...</p> - -<p>El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en -el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno -de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo -parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que -se encuentra.<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></p> - -<p>—Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me -echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después -de cenar, cuatro, siempre los mismos...</p> - -<p>¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su -barco y tenía derecho...</p> - -<p>—¿Y hasta cuándo estará usted aquí?</p> - -<p>—Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me -puedo quedar aquí a estudiarla a usted.</p> - -<p>—¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.</p> - -<p>—Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.</p> - -<p>—¿Y de qué región es usted?</p> - -<p>—Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...</p> - -<p>—¿Y cómo es su pueblo?</p> - -<p>—No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno -marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la -brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante -de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista -de paisajes en que se ve una Quinta.</p> - -<p>—Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...</p> - -<p>—La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...</p> - -<p>—Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El -mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar -pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span></p> - -<p>Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro -timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al -mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran -descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no -casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus -cincuenta expresiones distintas.</p> - -<p>—¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?—dijo él.</p> - -<p>—¿Tan extravagante es?</p> - -<p>—No; es Samuel.</p> - -<p>—Pues no es feo.</p> - -<p>—Es que como es judío...</p> - -<p>Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y -eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita... -Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:</p> - -<p>—¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...</p> - -<p>Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta. -Palmyra salió con él.</p> - -<p>En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero -Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la -retuvo...</p> - -<p>—No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su -afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que -tome el barco que dejó escapar hoy...</p> - -<p>—Pues entonces quedará ahí para siempre.</p> - -<p>Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p> - -<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br /> -<small>EN ALTA MAR DEL AMOR</small></h2> - -<p>La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de -las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. -Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado -todo.</p> - -<p>Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la -mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz, -pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña -de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.</p> - -<p>No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor. -Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que -sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la -Quinta.</p> - -<p>Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y -graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»—se preguntó -Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una -boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span></p> - -<p>—Palmyra—llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que -la conocía bien por su nombre.</p> - -<p>—Palmyra.</p> - -<p>—Palmyra.</p> - -<p>—Palmyra.</p> - -<p>—¡Palmyra!...</p> - -<p>Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la -playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de -sus ojos.</p> - -<p>Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los -cuadros.</p> - -<p>Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que -sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde -allí se atalaya.</p> - -<p>Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había -nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese -con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.</p> - -<p>Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña -de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la -oseaba las moscas.</p> - -<p>Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se -despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con -sus manos oseadoras y osadas.</p> - -<p>«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de -los automóviles con gente de los barcos—pensaba Palmyra—. Mi única -inquietud la<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»</p> - -<p>Se rió con risa descarada, mirándole.</p> - -<p>—¿De qué se ríe?</p> - -<p>—De que me parece usted un barco embarrancado...</p> - -<p>Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo -iba a retroceder.</p> - -<p>—Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.</p> - -<p>—Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...</p> - -<p>—¡No tanto!—dijo Samuel sonriendo—. A lo más soy un marinero -despierto y animoso.</p> - -<p>Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo -caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado -estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que -ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos, -como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo -tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.</p> - -<p>Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre -a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer -desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa -inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas -que lo probaron mucho.</p> - -<p>Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más -temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que -tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> ventana y -haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, -que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran -al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en -plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.</p> - -<p>Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan -los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió -con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.</p> - -<p>«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de -quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»—pensaba -Palmyra.</p> - -<p>Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta -inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se -asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas -frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.</p> - -<p>—Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los -hosannas de la mañana—dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de -playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire -libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.</p> - -<p>—Parece que has puesto al cielo traje de baño—dijo Samuel, -refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos -concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas -de salón de los aviadores.</p> - -<p>—Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol—contestó -Palmyra—.<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span></p> - -<p>—Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas -mañanas—repuso Samuel.</p> - -<p>El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una -mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba -después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más -encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de -poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de -preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo -realizado, en vez de comenzar por el rosicler.</p> - -<p>No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana -entera aterrizaba en la terraza.</p> - -<p>Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa -que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva -de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con -pájaros posados en el barandal...</p> - -<p>—Mi estancia aquí—dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que -sentía—es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla -encantada...</p> - -<p>—Con tal de que pienses siempre eso—dijo Palmyra con su más rogativa -entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre», -que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo -inevitable, con aquella cosa de <i>cogido</i> que quiere escapar.</p> - -<p>Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la -palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en -la reconfortante maculatura.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></p> - -<p>—¿Es que todos los amores son de travesía?—preguntó Palmyra con cierta -incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.</p> - -<p>—¿Cómo, qué quieres decir?—contestó Samuel, envuelto en la mentira de -la embriaguez y del hospedaje desinteresado...</p> - -<p>—Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir, -y, sin embargo, temo que te ausentes—replicó con sumisión Palmyra.</p> - -<p>—Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha -hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no -pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...</p> - -<p>—No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es -trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro -galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido -menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres -juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.</p> - -<p>—Pues retiro lo del pijama...</p> - -<p>En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de -mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de -Portugal se sentía en rededor.</p> - -<p>Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se -había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo -mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza, -ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea -de judío, y pen<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span>saba que había escogido más exprofesamente que nunca al -que había de huir de un modo fatal.</p> - -<p>El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás. -Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había -quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino -para tomar cualquier otro, por su condición de errante.</p> - -<p>Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha -contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo -contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, -invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque -hubiera parecido brotar de la raza.</p> - -<p>Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.</p> - -<p>Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz -del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al -señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y -como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra -a Samuel en voz alta:</p> - -<p>—Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me -acabo de arreglar...</p> - -<p>—Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan -arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada -sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.</p> - -<p>—Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...—dijo -Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda -pinzado como esos<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen -así los chulines.</p> - -<p>La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al -turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma -copia que tantos otros con igual pasión.</p> - -<p>Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo -enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un -número.<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span></p> - -<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br /> -<small>OTRA RETIRADA</small></h2> - -<p>Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no -para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del -hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto -sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.</p> - -<p>Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué -disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese -de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la -desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no -había olvidado.</p> - -<p>Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus -hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía -un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con -Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros -terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría -que obedecer.</p> - -<p>—Porque mis hermanos de Salónica...</p> - -<p>—Porque mis hermanas de...<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p> - -<p>Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le -hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra -con nostalgias fortísimas.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre -honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de -plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en -que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo <small>XIX</small>, -estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería -sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus -persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre, -había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y -perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se -dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados -y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y -obcecada.</p> - -<p>Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a -contarla una nueva vejación de las que había sufrido.</p> - -<p>Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la -hora mejor del idilio, al atardecido.</p> - -<p>En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, -porque la humedad y el olor a<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> humedad resultaban refrescantes. Aquella -humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.</p> - -<p>—¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo -de tu carne—la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se -había olvidado de la frase.</p> - -<p>—En este salón—la dijo Samuel—tu blusa de seda es más incitante. En -este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún -rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los -que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...</p> - -<p>Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que -había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado -suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.</p> - -<p>Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los -besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en -sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas -veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.</p> - -<p>Impaciente Palmyra, le preguntó:</p> - -<p>—¿En qué piensas?</p> - -<p>—En que te llevaría a un viaje...</p> - -<p>—¿A un viaje?</p> - -<p>—Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le -ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta -Quinta y que navegase...</p> - -<p>—De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los -árboles para contenerla...<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> Son sus cimientos en la tierra los que más -me gusta...</p> - -<p>—No te comprendo... No te acabo de comprender.</p> - -<p>—Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que -vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no -distraerme, no perder palabra, no perder ripio...</p> - -<p>—Pero donde más interesante es la vida es en los viajes—repuso Samuel, -siempre poseído por el mal intrépido de la huída...</p> - -<p>—No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la -vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo -importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...</p> - -<p>—¿Y los monumentos?</p> - -<p>—Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para -encubrirla...</p> - -<p>—¿Así es que según tu opinión las pirámides...?</p> - -<p>—Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está -mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...</p> - -<p>Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una -carreta de bueyes la podía sacar de su predio.</p> - -<p>¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la -vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar -por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua -junto a las ventanas de la Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span></p> - -<p>Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes -ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles, -pero ese mundo es demasiado soporífero.</p> - -<p>Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de -rebeldía contra la Quinta, se echó en la <i>chaisse-longue</i> desde la que -se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda -posesión de los almohadones de la melancolía.</p> - -<p>Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la -huída de los hombres.</p> - -<p>Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con -entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en -el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más -próximo presente.</p> - -<p>«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación -diaria»—se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera -para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del -anonimato.</p> - -<p>Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el -día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, -caramelitos y guindas de inmortalidad.</p> - -<p>Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en -los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos -transparentes en medio de las claras numerosas.</p> - -<p>—A esta hora me olvidas—la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio -y la situación penosa y desconfiada—. Pareces de la religión egipcia -que mira con<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los -muertos.</p> - -<p>La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su -salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz -severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En -las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta -el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto -improvisado y de última hora.</p> - -<p>«Todo cocina en mi guiso»—se decía Palmyra y tomaba una postura más -cómoda en su <i>chaisse-longue</i>.</p> - -<p>En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía -irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la -arboleda que rodea demasiado una vida.</p> - -<p>Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los -páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado -en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la -desnudez del mundo.</p> - -<p>«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que -ver con él!—pensaba Samuel—. Si el perro aulla cuando encuentra un -hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el -hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si -se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del -corsé de la carne».</p> - -<p>El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que -anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p> - -<p>—Los árboles—dijo Samuel por fin—cubren la vida de una hipocresía -verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...</p> - -<p>Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si -hubiese sido ofendida ella misma, repuso:</p> - -<p>—Como que te ahorcaste de ellos una vez...</p> - -<p>Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado -que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las -alcobas y se fué.</p> - -<p>No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo—se dijo -Palmyra—tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio -que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se -fueron».</p> - -<p>Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil -de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme -automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil -por teléfono desde un punto distante.</p> - -<p>Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué -llorando en el coche que le libertaba.<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span></p> - -<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII<br /><br /> -<small>RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS</small></h2> - -<p>Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que -marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto -era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más, -asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que -nunca.</p> - -<p>Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en -paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.</p> - -<p>—No... no quiero irme... No me iré nunca...—se decía en sus -gabinetes—. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto -para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré -desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí -iglesia, cuna, panteón...</p> - -<p>Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía -explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas -inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las -sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas -las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo -contemplaba,<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span> de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las -sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...</p> - -<p>La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se -movía como con vida propia.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, -frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista -y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.</p> - -<p>Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella. -Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes, -aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la -explanada del mar.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos -cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de -sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los -grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama, -todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas -imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes -de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc., -etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando -en trenes sin ruido y sin carril.<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span></p> - -<p>Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho -estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de -pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que -era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas -impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el -rostro.</p> - -<p>Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se -encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron -viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus -ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su -futuro.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que -convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la -gran cosecha de los jardines.</p> - -<p>En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban -fajadas en la gran cosecha recogida.</p> - -<p>Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se -concentraba y tenía ánimos de creación.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span></p> - -<p>«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que -traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de -recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»</p> - -<p>Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del -alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora -de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los -pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la -erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a -los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber -encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria -que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en -el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución -con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las -tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor -de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor -a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las -heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan -hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos -que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa, -etc., etc.</p> - -<p>Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por -esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas -extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el -recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span></p> - -<p>Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas -alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se -entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión -a la cera que iba formando el panal.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad, -repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de -cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos -niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se -reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en -el camino.</p> - -<p>Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de -recién acostadas.</p> - -<p>Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus -amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose -unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como -se mezcla el agua caliente y la fría.</p> - -<p>Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.</p> - -<p>El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos -niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las -piernas del que pasa.</p> - -<p>Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a -sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio -puntuali<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span>zaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al -paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de -poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba -más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las -niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las -piernas de los caballeros sentados.</p> - -<p>Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y -corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los -cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que -venían generalmente en automóviles amarillos.</p> - -<p>También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a -parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para -que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con -gran curiosidad a la terraza para ver una pareja—la misma a través de -todas sus variaciones—que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba -hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían -desde sus galerías.</p> - -<p>«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»—se -decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes, -que a uno seguido.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida, -suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si -se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> recepción la -misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que -broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros -cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos -secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar -al terráqueo de vez en cuando.</p> - -<p>Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la -sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de -la tarde.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me -vea el tren y me lleve».</p> - -<p>Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión -para sus oídos oir el último estertor.</p> - -<p>«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»—se decía frenética de alegría.</p> - -<p>Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre -todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los -aviadores.</p> - -<p>Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la -brisa.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span></p> - -<p>Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.</p> - -<p>Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el -gusto de la fabricación.</p> - -<p>Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la -cochinilla escondida.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los -gimnastas que hacen exhibición de su pecho.</p> - -<p>«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»</p> - -<p>«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»</p> - -<p>«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»</p> - -<p>Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.</p> - -<p>Vivía la Quinta en independencia del paisaje.</p> - -<p>A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo -sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado -de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de -caracol.</p> - -<p>¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias, -la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un -niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span></p><p class="astt">* * *</p> - -<p>No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía -su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar -patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.</p> - -<p>«Tiene mi vida—se decía Palmyra—algo de prisión de reina.»</p> - -<p>Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el -otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos -con hojas ensartadas.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos -sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy -perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de -la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que -dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en -la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y -deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de -pluma y una cosa que es como una miel que se respira».</p> - -<p>Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era -destilería su Quinta, la daba<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span> la sensación el final de su palacio de -estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de -baúles y tinajas de lo mismo.</p> - -<p>«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas—pensaba -Palmyra volviendo a su obsesión—. No saben sentir los besos en las -manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, -cuando apenas ven a nadie.»</p> - -<p>Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en -ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos -gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha -concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar, -a lo bonancible del tiempo.</p> - -<p>¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros, -como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de -los gritos felices!</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción. -Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.</p> - -<p>Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los -caminos, entre boscajes que la sir<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span>ven de biombo, aquélla resultaba más -oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de -un cementerio.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles -se llenaban de más mirlos.</p> - -<p>El reloj de sol marchaba cada vez mejor.</p> - -<p>Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la -vida reunida, cernida, hecha un fino flan.</p> - -<p>Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo—se -decía—pero en esto está el éxito».</p> - -<p>Se sentía como fuera del camino de la muerte.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del -día—algo mucho mejor que un baño de sol—y ya estaban suavizados con -bastante gozo para dar por bien sucedido el día.</p> - -<p>Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de -cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día, -envuelto en papeles de seda azul.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que -hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las -gentes del<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos -que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con -deleite la harina del camino.</p> - -<p>Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una -moneda, pero también pasaba de largo.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas -desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los -gestos varoniles incitantes y coactivos:</p> - -<p>«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada -está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta -solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o -no ha sido robado!»</p> - -<p>«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín -abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas -algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que -se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un -ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span></p> - -<p>Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas -blancas.</p> - -<p>La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar -con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.</p> - -<p>Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría -frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.</p> - -<p>Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado -lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de -los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de -las puertas.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones, -encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia -dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte. -La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.</p> - -<p>En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos -y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span></p> - -<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII<br /><br /> -<small>EL GENIO ARREBATADO</small></h2> - -<p>Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la -recomendaba un pianista célebre.</p> - -<p>«Como sé que te hará pasar un rato delicioso—decía la carta—me atrevo -a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con -notas musicales en vez de con palabras.»</p> - -<p>Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía -preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía -complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista -usado, aunque de la mejor calidad.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que -salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras -sobrenaturales en primer término.</p> - -<p>Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez -de las velas sosas que<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> tenían los candelabros, mandó traer unas velas -pintadas.</p> - -<p>Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante, -apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena -de brillantina sólida.</p> - -<p>Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como -arrodillado por las alfombras.</p> - -<p>Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus -crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.</p> - -<p>Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación -desgreñada.</p> - -<p>—¡Oh, mía señora!...</p> - -<p>Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la -sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:</p> - -<p>—Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he -emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes -que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan -entretejido los árboles!</p> - -<p>—Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un -claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?</p> - -<p>—Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...</p> - -<p>—Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de -esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto, -que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da... -Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi -perro lobo...<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span></p> - -<p>—Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto -es maravilloso... maravilloso.</p> - -<p>Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte -de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella -le gustaban tanto.</p> - -<p>Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un -poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres -le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre -había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento -parecía tener galantería de caballero más que de mujer.</p> - -<p>Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del -piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir -la chepa de los grandes ejecutantes.</p> - -<p>—Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota -hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.</p> - -<p>Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y -como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y -se puso a tocar.</p> - -<p>Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado -como para repasar las hojas de su memoria.</p> - -<p>«Este hombre—se decía Palmyra—no está lleno de tantas complicaciones -como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las -pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he -huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y sa<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span>ber poner las manos -sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»</p> - -<p>Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el -mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad. -Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la -habitación está desesperada.</p> - -<p>El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez -y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la -desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.</p> - -<p>Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento, -dijo:</p> - -<p>—Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así, -quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí -nuestro célebre Almeida...</p> - -<p>—¿Estuvo aquí Almeida?—preguntó con mucha admiración el pianista.</p> - -<p>—Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de -mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...</p> - -<p>—¿Y tocó en este mismo piano?</p> - -<p>—En el mismo...</p> - -<p>—Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...</p> - -<p>Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el -pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía -cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que -son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span></p> - -<p>—Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo -que he prohibido tocar en él son vals...</p> - -<p>El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa -deferencia, tomó su mano y se la besó.</p> - -<p>Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de -amor, pero dado con verdadero disimulo.</p> - -<p>«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»—se decía ella, que sabía que -en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente -cuando el nuevo amante se la insinuaba.</p> - -<p>Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los -hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud -infantil.</p> - -<p>La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al -hombre de bigote negro.</p> - -<p>Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía -ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había -alfombrado la casa.</p> - -<p>Por romper el silencio, le consultó:</p> - -<p>—¿Quiere que invite mucha gente al concierto?</p> - -<p>—Quisiera tocar para usted sola.</p> - -<p>—Pero es necesario que los demás le admiren...</p> - -<p>Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que -ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche -solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span></p> - -<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX<br /><br /> -<small>EL CONCIERTO</small></h2> - -<p>Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con -broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la -mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.</p> - -<p>Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con -un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la -casa.</p> - -<p>Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados -después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la -música.</p> - -<p>La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se -había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba -a ser más dulce la loción musical.</p> - -<p>Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.</p> - -<p>El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese -disminuir al final un acto del programa.</p> - -<p>Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto -fuese una función de teatro la que se fuese a representar.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span></p> - -<p>Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las -embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación -de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.</p> - -<p>Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar -al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.</p> - -<p>Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar -debajo de la butacas.</p> - -<p>La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en -sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.</p> - -<p>En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al -mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música -en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con -la que llevaba en todos los bolsillos.</p> - -<p>Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó -el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que -el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se -tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto -antes el escalofrío de las primeras notas!</p> - -<p>Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una -inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano -sacaba músicas y músicas de sus dedos.</p> - -<p>Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a -sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.</p> - -<p>Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> vencer a Palmyra con -su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago -en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.</p> - -<p>Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano, -como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.</p> - -<p>Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y -descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que -la víctima ha lanzado su último suspiro.</p> - -<p>La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos -les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y -dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el -mar.</p> - -<p>Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus -corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.</p> - -<p>La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías, -ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares -lejanos.</p> - -<p>Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche -y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía -haber matado a una reina para entronizar a otra.</p> - -<p>Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se -ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un -mosquitero rosa sobre la cama de la <i>chaisse-longue</i>.</p> - -<p>—¿Es que ha llorado durante la música?—preguntó el disfrazado de -melenas.<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p> - -<p>—No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.</p> - -<p>—Eso no puede ser...—dijo don Félix—el lagrimal es la primera lágrima -solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá -usted enjugar nunca.</p> - -<p>—Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque -creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.</p> - -<p>—¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...</p> - -<p>—Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.</p> - -<p>De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la -gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo -tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.</p> - -<p>Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre -pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los -días.</p> - -<p>Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche -se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.</p> - -<p>El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su -aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.</p> - -<p>Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio -cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.</p> - -<p>Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese -soportar la soledad de los dos en el palacio.<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span></p> - -<p>Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la -importaba.</p> - -<p>Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí -misma sin eso.</p> - -<p>No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.</p> - -<p>Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las -dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las -caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en -ellas.</p> - -<p>—¿Y ahora, señora...?—preguntó el pianista, que parecía haber nadado -hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la -música:</p> - -<p>Palmyra contestó:</p> - -<p>—Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.</p> - -<p>—No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he -puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré -dormirme en toda la noche.</p> - -<p>—Y yo que le he escuchado, tampoco.</p> - -<p>Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas, -era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen -entre la hermana de la muerta y el cuñado.<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span></p> - -<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX<br /><br /> -<small>NUEVO HUÉSPED</small></h2> - -<p>Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de -Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos -huéspedes.</p> - -<p>Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.</p> - -<p>«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando -aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la -mañana.</p> - -<p>Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado, -igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las -maderas.</p> - -<p>El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que -resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana -frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.</p> - -<p>Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado -frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en -pijama hacia el cuarto de baño.</p> - -<p>Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín -antiguo.</p> - -<p>Era como si mirase a través de un brillante la ma<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> ñana que tomaba todos -los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.</p> - -<p>«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.</p> - -<p>«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.</p> - -<p>Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.</p> - -<p>Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.</p> - -<p>En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.</p> - -<p>Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.</p> - -<p>El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.</p> - -<p>Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer -automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.</p> - -<p>El mar era un mar vertido en un lava ojos.</p> - -<p>Gran limpieza de espejos había en la mañana.</p> - -<p>El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.</p> - -<p>En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó -reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.</p> - -<p>Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.</p> - -<p>Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:</p> - -<p>—Hay un momento en que los barcos son como tartanas.<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span></p> - -<p>Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y -respingo dan los besos, ella decía:</p> - -<p>—Que nos mira el mar con sus ojos azules—y ponía un gesto como de ser -acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin -respetar la frase que debía quedar en lo suyo:</p> - -<p>—¡Como que le he visto pestañear!</p> - -<p>Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas, -arrancando sus hojas rápidamente.</p> - -<p>El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano -al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como -perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas, -desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.</p> - -<p>Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como -necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar -el ocaso y la noche:</p> - -<p>—Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las -naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde -las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...</p> - -<p>—Eso sería muy pornográfico—respondió sin respeto a la pulposa idea -aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.</p> - -<p>Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.</p> - -<p>Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio -arrebatado»:</p> - -<p>—Todos hemos tenido, te lo diré yo con más fran<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>queza que nadie, una -prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no -pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y -suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha -sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...</p> - -<p>—¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...</p> - -<p>—Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.</p> - -<p>—Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que -no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...</p> - -<p>—No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los -orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso -está prohibido en todos los amores.</p> - -<p>—Tienes carne de pescadora lisboeta—la decía otras veces.</p> - -<p>—Explica, explica ese cumplimiento—decía Palmyra entre enfadada y -satisfecha.</p> - -<p>El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas -pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que -pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por -como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar -descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de -ellas si lograba que le quisiera.</p> - -<p>—Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora—repuso Palmyra.</p> - -<p>—Pero es posible que alguna pescadora proceda<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span> de los tuyos... Hubo un -tiempo en que eran hijas de reyes—contestó el pianista.</p> - -<p>No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era -verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos -debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en -princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.</p> - -<p>Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a -la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido. -Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él -el asomarse a la perspectiva de su Quinta.</p> - -<p>Todo se acaracolaba en el fondo del campo.</p> - -<p>La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia -allí había que orientar los pensamientos.</p> - -<p>El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la -sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o -desenvuelve el periódico el farero.</p> - -<p>Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba -en ella la luna.</p> - -<p>Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche -y la metiese envidia de desembozar la cama.</p> - -<p>Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a -toda su expectación.</p> - -<p>Era allí más verdad que en ningún sitio—si cabe decir eso—el acto de -acostarse.</p> - -<p>Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la -Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span></p> - -<p>Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la -<i>pelouse</i> del paraíso.</p> - -<p>Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía -Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba -al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese -ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina -de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del -paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera -<i>pelouse</i>.</p> - -<p>La ola lejana rizaba los peces.</p> - -<p>El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal, -con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la -pureza nocturna.</p> - -<p>Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos -rosas de las hombreras de su camisa de niña.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p> - -<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI<br /><br /> -<small>TARDE DIÁFANA Y FINAL</small></h2> - -<p>El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia -de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como -con sus conciertos de música.</p> - -<p>Otro prisionero que quería escaparse.</p> - -<p>Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los -hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida, -el sentido claro de su existencia.</p> - -<p>Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de -sí mismo en todos los parajes.</p> - -<p>—Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...—se decía el aislado sin -acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.</p> - -<p>Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.</p> - -<p>—Ese chalet me da siempre pena...</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de -una manera que siempre parece que está llorando.</p> - -<p>El pianista optó por su distracción embrutecida de<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> hombre superior y no -rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora -definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de -las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.</p> - -<p>Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un -atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de -piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio -caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese -posible.</p> - -<p>Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire -de boyerizo.</p> - -<p>El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y -grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa -blanca.</p> - -<p>—Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...</p> - -<p>Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí -iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.</p> - -<p>Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.</p> - -<p>Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla, -sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble -caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.</p> - -<p>Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde -en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de -alto plumero que se elevaban sobre la terraza.</p> - -<p>—Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le -rodean...<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span></p> - -<p>—Pero sólo soy un modesto organista resignado.</p> - -<p>Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.</p> - -<p>Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.</p> - -<p>Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía -qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una -copa de champagne.</p> - -<p>Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía -de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia, -le tentaba.</p> - -<p>Félix no hacía más que acariciar su gloria.</p> - -<p>—¡Ah, mi gloria!</p> - -<p>Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres -hay unos maniáticos exacerbados y terribles.</p> - -<p>—¡Ah, mi gloria!—repetía y su gloria daba una gran intranquilidad -inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.</p> - -<p>Corría un aire suave, un aire de llamada.</p> - -<p>Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los -aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se -está un poco rehacio en ir.</p> - -<p>Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los -«moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo -apremio sabía.</p> - -<p>—No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza—dijo ella.<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span></p> - -<p>—¿Pues entonces, de qué clase es?</p> - -<p>—Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a -las playas...</p> - -<p>—Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...</p> - -<p>—No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo, -algo triste...</p> - -<p>—No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...</p> - -<p>—Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca...</p> - -<p>Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo -encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza -de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan -los árboles...</p> - -<p>Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los -deliquios de las señoras.</p> - -<p>El reanudó la conversación:</p> - -<p>—Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos?</p> - -<p>—Siempre quedan lobos en la noche de los pinares.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa!</p> - -<p>¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo! -¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha!</p> - -<p>Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos -suspensivos... Nunca tan oportunos...</p> - -<p>Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias -líneas de puntos suspensivos.</p> - -<p>Pasó un automóvil.</p> - -<p>Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span></p> - -<p>Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque -de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les -sabe hacer la cabeza.</p> - -<p>En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras -encrespadas ruido de mar.</p> - -<p>¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su -propio rebaño y sus propios pastores.</p> - -<p>Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las -pestañas de su paisaje.</p> - -<p>Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida, -cada vez más abandonada.</p> - -<p>¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?</p> - -<p>Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se -encendía la primera fogata de las cocinas.</p> - -<p>—Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las -cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora, -que me sobresaltan el ánimo...</p> - -<p>—Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.</p> - -<p>—Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe -tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es -lealmente no hay por qué dejarlo de ser.</p> - -<p>Félix no contestó.</p> - -<p>Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.</p> - -<p>Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris,<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> como en una de esas -natillas en que se echa una docena de huevos.</p> - -<p>Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus -misterios detrás del iconostasio.</p> - -<p>Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya -no conocía a nadie y era inútil quererle retener.</p> - -<p>Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.</p> - -<p>—¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como -si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena -el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay -relojero a quien llamar.</p> - -<p>Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha -metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas -contrarias apretadas en encarnizado contacto.</p> - -<p>Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras -lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila -húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza -se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al -hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.</p> - -<p>El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un -vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su -crispadora unanimidad.</p> - -<p>—No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta -hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes... -Me acuer<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span>do de unos conciertos que di en un rincón de América en un -teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo -comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...</p> - -<p>Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella -grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de -escarabajos engordados por el térmico otoño.</p> - -<p>¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar -en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.</p> - -<p>—No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como -con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito -irme...</p> - -<p>Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que -sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.</p> - -<p>—Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que -llegue la noche cerrada...</p> - -<p>—No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.</p> - -<p>—Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras -de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me -hayas llamado patrona.</p> - -<p>Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar -mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que -desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta -rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span></p> - -<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII<br /><br /> -<small>LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO</small></h2> - -<p>Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas -como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar -la mano cariciosamente.</p> - -<p>En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin -que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos.</p> - -<p>Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas -sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los -muebles.</p> - -<p>Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es -mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los -cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el -cielo que también caracteriza a Portugal.</p> - -<p>Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas -inútiles.</p> - -<p>Era una ilusión la Quinta.</p> - -<p>Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos, -dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus -alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span> valido para -la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más -churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que -se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo.</p> - -<p>Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana -con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta -despidiéndose del mundo.</p> - -<p>La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico -hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una -celosía confidencial.</p> - -<p>La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra.</p> - -<p>La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba -hasta los últimos balcones.</p> - -<p>La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era -envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con -sus largos brazos.</p> - -<p>«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me -olvidaría!»</p> - -<p>Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la -enredadera trepadora.</p> - -<p>«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de -lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de -alguien.»</p> - -<p>Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido -yerba por falta de circulación de barcos.</p> - -<p>Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo -de meníngico.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span></p> - -<p>Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial -que se llevaba a sus amantes.</p> - -<p>Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido.</p> - -<p>La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad.</p> - -<p>Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a -su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado -reciba el beso que de pronto florece en los labios.</p> - -<p>La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la -calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase -dotada de eternidad.</p> - -<p>No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos -complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a -bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón -del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese -rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento -en que los abraza.</p> - -<p>Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las -chispas inevitables que hace brotar.</p> - -<p>La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio.</p> - -<p>Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes.</p> - -<p>Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se -presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último -borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un -peinecito de bolsillo.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span></p> - -<p>Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por -innumerables espejitos de mano alertas al desembarco.</p> - -<p>Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el -brillante seno duro en que guarda sus teclas.</p> - -<p>Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra -perspectiva en que está la inspiración.</p> - -<p>La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el -desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como -queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto.</p> - -<p>Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa -para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño.</p> - -<p>Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en -el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una -mujer sola tenía muchos peligros.</p> - -<p>Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una -extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la -sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la -calle y se mató.</p> - -<p>También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de -engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en -medio de la calle envueltos en un papel.</p> - -<p>Y el hombre del mak-ferland del Alentejo—largo sobretodo gris -guarnecido de pieles de raposa—que dejaba muy malheridas y sin habla a -las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span></p> - -<p>Con todo, tomó el tren a la capital.</p> - -<p>El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire -de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los -prestidigitadores.</p> - -<p>«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues -ya no lo ven ustedes.»</p> - -<p>...Y este otro...</p> - -<p>...Y este otro...</p> - -<p>...Y este más...</p> - -<p>Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación.</p> - -<p>Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese -día se vestía de seda o de terciopelo.</p> - -<p>«El café bueno—se decía ella axiomáticamente—mantiene al amante.»</p> - -<p>Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía -velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino -corto como viajera del transiberiano.</p> - -<p>Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba -de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el -mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje -permanecía mirándoles.</p> - -<p>En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la -sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos -balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de -toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se -la hacía sobresalir tanto que mos<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span>traba mejor el interior de la casa -llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas.</p> - -<p>Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar.</p> - -<p>Estaba en las buenas tardes de Lisboa con un lazo de papel de seda a la -cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como -papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a -que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un -monito de la especie más pequeña.</p> - -<p>Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el -niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en -la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido.</p> - -<p>En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su -kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo -el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los -«bombistas» antes de que cometan su atentado?»</p> - -<p>Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos -antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como -verónicas de larga duración.</p> - -<p>Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres -que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la -esperaban.</p> - -<p>Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier -café del destino que no se ha elegido.</p> - -<p>—Café—pidió Palmyra.</p> - -<p>—No hay café, sólo cerveza—dijo el camarero.<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span></p> - -<p>Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el -amargor espumoso.</p> - -<p>Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas -de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana -almidonada con el vuelillo rizado.</p> - -<p>De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una -habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo -que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto.</p> - -<p>Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar -de sangre a la criatura que ataca.</p> - -<p>El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que -los de tierra.</p> - -<p>No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista -y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que -parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa -de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había -medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar.</p> - -<p>¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la -pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil.</p> - -<p>Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o -acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos -a hacerla en la Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII<br /><br /> -<small>EL HOMBRE CÓMODO</small></h2> - -<p>En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su -brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada -siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba -el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la -incertidumbre de la tierra.</p> - -<p>Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin -importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la -dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en -cuando.</p> - -<p>—No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa... -Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la -camisa.</p> - -<p>Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él -los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como -después de la batalla sentimental.</p> - -<p>Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y -él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que -no le basta montar a caballo.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span></p> - -<p>Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a -espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más -el contraste.</p> - -<p>También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella -deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios -de efusión:</p> - -<p>—Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la -casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños -de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.</p> - -<p>—Ni que fueras una vaca de cien ubres—respondía el rudo marino sin -acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.</p> - -<p>Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que -sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba -echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?</p> - -<p>Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que -ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se -sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se -despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:</p> - -<p>—Es para que no me dé frío...</p> - -<p>Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que -dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.</p> - -<p>Abundaba en pensamientos de viaje:</p> - -<p>—Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros -sobre el terráqueo que se mueve.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span></p> - -<p>Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:</p> - -<p>—Los pinos hacen el día de un verde escarchado.</p> - -<p class="astt">* * *</p> - -<p>Andaba solo, desasosegado por el jardín:</p> - -<p>—He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un -viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final -de esas cuatro o cinco horas.</p> - -<p>—¡Muy bonito!—le contestaba ella reconviniéndole.</p> - -<p>—Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.</p> - -<p>Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo -de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.</p> - -<p>El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que -soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!</p> - -<p>El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado, -más sórdido.</p> - -<p>Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.</p> - -<p>La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el -lago de su espíritu.</p> - -<p>Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes -que nadie recoge:</p> - -<p>—Los días grises me envuelven en nubes—decía ella y él no comprendía -qué debía contestarla—. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada -esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de -ella.<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span></p> - -<p>Los ocasos morían sin responso.</p> - -<p>Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil -que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con -grandes barbas.</p> - -<p>Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una -encuadernación, corría a ver el último momento del día:</p> - -<p>—Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas—solía decir—, -porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y -otras a recoger los aplausos.</p> - -<p>Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.</p> - -<p>—Es una humedad de encaje—dijo Palmyra una tarde.</p> - -<p>—Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas -moradas de los pensamientos...—dijo Palmyra otra tarde.</p> - -<p>El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.</p> - -<p>El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no -rompiendo nada.</p> - -<p>Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y -hacer como que va a correr con ellos.</p> - -<p>Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se -libre del portazo, no puede con el cristal.</p> - -<p>A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.</p> - -<p>El mar resultaba como más cercano y embravecido<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> con la presencia del -marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del -circo.</p> - -<p>Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban -sobre el mar el arco de su trompa.</p> - -<p>Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el -diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.</p> - -<p>Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las -sirenas.</p> - -<p>Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre -su cabeza la vela lírica.</p> - -<p>El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los -abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el -arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la -lesbiana.</p> - -<p>Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para -yacer con las mujeres.</p> - -<p>Tejedora—primera imagen en la creación del arpa—del fino tapiz -musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se -abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la -que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.</p> - -<p>El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro -descomunal con dotaciones litúrgicas.</p> - -<p>En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como -pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula. -La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> escena -de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la -jaula.</p> - -<p>¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!</p> - -<p>¡Dedos viciosos los de la arpista!</p> - -<p>—Ahora quiero más tus manos—la decía él después de verla tocar el -arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.</p> - -<p>Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel -hombre tenía trazas de ir a estar siempre.</p> - -<p>Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado, -cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho -tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada -por los pasillos de la noche.</p> - -<p>El no recataba su comodidad:</p> - -<p>«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia -a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos -insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el -interior del ser.</p> - -<p>Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor -fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.</p> - -<p>Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de -abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.</p> - -<p>—¡No, que no abran! ¡Que no abran!—gritaba el hombre cómodo cuando -sentía a la doncella de la mañana.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV<br /><br /> -<small>EL EMBOTELLAMIENTO</small></h2> - -<p>Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera -invernal.</p> - -<p>El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.</p> - -<p>Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos -entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a -intervenir en sus pensamientos.</p> - -<p>Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la -americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo, -a no se sabía qué.</p> - -<p>En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.</p> - -<p>El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio -en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es -angustioso fuera de esa única plazoleta.</p> - -<p>Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando -anochecía dentro del bosque.</p> - -<p>La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes -asturianos, le encerraba en su verdosidad.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span></p> - -<p>«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces -sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no -podrán salir.</p> - -<p>¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!</p> - -<p>Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda—esas -plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos—querían -hablar.</p> - -<p>Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban -los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal -en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.</p> - -<p>Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas -abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la -tarde.</p> - -<p>Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena -novela de «Magazine».</p> - -<p>Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí, -ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.</p> - -<p>Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera -deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la -concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.</p> - -<p>Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que -estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos -animales que no pueden levantarse cuando caen así.</p> - -<p>Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el -calamar o gozar un día de muy<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span> buen mar, era en la Quinta, algo alejada -del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio -universal.</p> - -<p>El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en -la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.</p> - -<p>«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se -diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para -jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.</p> - -<p>Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le -tentaba con la otra orilla.</p> - -<p>Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas -con chorreras.</p> - -<p>Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los -rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.</p> - -<p>El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca, -sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo -colgante.</p> - -<p>Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos -antiguos.</p> - -<p>Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada -sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino, -por hacer algo, regaba.</p> - -<p>Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes, -mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera -agradecía.</p> - -<p>Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario -supremo.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span></p> - -<p>Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la -manga de riego, le decía:</p> - -<p>—Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.</p> - -<p>—La espada flamígera del agua—aclaraba él.</p> - -<p>Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas -finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.</p> - -<p>Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición -hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su -número de orden entre los placeres: «Ver llover.»</p> - -<p>Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro -como si se bañase en la habitación.</p> - -<p>Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.</p> - -<p>—Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo—y le -llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba -por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.</p> - -<p>En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues -se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco -iris se ha tumbado.</p> - -<p>Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía -fuera.</p> - -<p>De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que -viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la -espalda.</p> - -<p>—Mira, llueve en el mar—le decía ella señalando la lejana siembra -desigual de la lluvia.<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span></p> - -<p>—Aquí tardará en llover—dijo él—, el mar atrae la lluvia como un beso -que pide y el cielo tiene que otorgarle.</p> - -<p>Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote -aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias -cubanas.</p> - -<p>Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente -tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas -novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras -de ojos cerrados.</p> - -<p>El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.</p> - -<p>Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.</p> - -<p>Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes -de castellana como nada.</p> - -<p>Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se -explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a -otra cosa se pase de un amor a otro.</p> - -<p>Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su -palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.</p> - -<p>Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese -cinematógrafo en el gran casino.</p> - -<p>En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de -matrimonio, su colcha de boda con la luna.</p> - -<p>Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para -siempre en la terraza del mundo.<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span></p> - -<p>Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al -paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces—en la -obscuridad—echaba los dados en el cubilete, y otras veces los -desparramaba sobre las praderas del paisaje.</p> - -<p>Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una -tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que -hay en el amor.</p> - -<p>Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando -siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.</p> - -<p>Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el -camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.</p> - -<p>«¡Queja humana! También procedemos del gato»—pensaba ella.</p> - -<p>De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y -echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la -gata.</p> - -<p>Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el -silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad -de las cavernas.<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span></p> - -<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV<br /><br /> -<small>EL COCHE DESBOCADO</small></h2> - -<p>Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de -muchos días.</p> - -<p>El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo -tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores -maceradas para lograr su esencia.</p> - -<p>Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de -comer, a la una y media de la tarde.</p> - -<p>Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se -pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra -los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa -sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.</p> - -<p>Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.</p> - -<p>Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los -bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo -permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel -palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span> que hacer el -coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte. -Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no -sirven para eso».</p> - -<p>Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño -palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería -asomarse alguna vez.</p> - -<p>Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un -chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O -Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados -de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.</p> - -<p>Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el -oleaje marginal.</p> - -<p>Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar -por el mismo paisaje.</p> - -<p>Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte:</p> - -<p>—Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.</p> - -<p>El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió -un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las -floristas, fáciles comadronas de las flores.</p> - -<p>Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada -esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese -mucho.</p> - -<p>Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de -vanos los oídos que la escuchaban:<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span></p> - -<p>—Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le -escaparon...</p> - -<p>Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes, -verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y -cantarina.</p> - -<p>Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo -desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos -congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de -sombra en los días demasiado soleados.</p> - -<p>Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la -alegría del árbol con jarana interior.</p> - -<p>Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos, -siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de -los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.</p> - -<p>Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales, -quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas -de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que -confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de -la tierra.</p> - -<p>Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las -verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable -que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.</p> - -<p>¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los -miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se -amarran los barcos!<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span></p> - -<p>Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.</p> - -<p>Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.</p> - -<p>—¡Qué bien harías de Eva!—la había dicho él y ella había respondido:</p> - -<p>—A la noche.</p> - -<p>Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy -sugestivo de Eva vestida.</p> - -<p>Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido, -ocultó la manzana.</p> - -<p>A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.</p> - -<p>El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.</p> - -<p>Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas, -más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador -de experiencia.</p> - -<p>Ante un árbol cortado, dijo Palmyra:</p> - -<p>—Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé...</p> - -<p>Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los -pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético -del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran -inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y -tira por ellos de vez en cuando.</p> - -<p>En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más -consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos.<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span></p> - -<p>Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía -conducir al cielo en coche.</p> - -<p>Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la -vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto.</p> - -<p>Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida -hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían.</p> - -<p>Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se -adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes.</p> - -<p>Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la -tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores...</p> - -<p>La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino -acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de -los primitivos apóstoles del mundo.</p> - -<p>Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les -salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.</p> - -<p>La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo -aquella luz de tarde feliz.</p> - -<p>Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca. -Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se -le veía al final del camino.</p> - -<p>Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada -grado de la espiral.</p> - -<p>El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia -atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su -larga pipa blan<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span>ca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa -larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega -a la mujer de sus abrazos.</p> - -<p>Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura -virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas -fotográficas.</p> - -<p>El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado -sentado en un pescante de alto tejado.</p> - -<p>Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras -tendidas, cascadas verdes.</p> - -<p>Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los -otros árboles.</p> - -<p>En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.</p> - -<p>Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de -los berros y hasta se saboreaban.</p> - -<p>—También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su -palacio—dijo el marino.</p> - -<p>—Sitio ideal—dijo Palmyra—. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta, -la trasladaba.</p> - -<p>—No te comprendo—repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara -que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.</p> - -<p>Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y -casa antañona.</p> - -<p>«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a -la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo -muriendo!»</p> - -<p>Aún bordearon los caminos espirales como con los<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span> caballos andando de -pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre -el aire.</p> - -<p>Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.</p> - -<p>Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una -balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo:</p> - -<p>—El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces -que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de -Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.</p> - -<p>Después recorrieron un largo camino.</p> - -<p>El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños -llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de -nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.</p> - -<p>Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando -aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se -había hecho construir en el ideal Portugal.</p> - -<p>Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.</p> - -<p>Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya -las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.</p> - -<p>—La sala de los zares—decía el guía—hecha a imitación de la llamada -del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.</p> - -<p>Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas -almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y -había echado tallo.<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span></p> - -<p>¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con -tapices, muebles y alfombras!</p> - -<p>En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan -adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.</p> - -<p>Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno, -algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.</p> - -<p>—Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada—decía Palmyra.</p> - -<p>—Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos -adornos y recuerdos...</p> - -<p>—¡Ah!—decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso -paisaje—¡Ah! Pero tenían los balcones...</p> - -<p>El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo, -entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del -que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla -a cada paso.</p> - -<p>Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a -descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita -del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a -la enorme tetera.</p> - -<p>Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.</p> - -<p>El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un -barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.</p> - -<p>El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que -no tenían a mano.</p> - -<p>Pasaron junto a los criaderos de langosta:<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span></p> - -<p>—No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese -que eran de criadero—dijo Palmyra.</p> - -<p>—Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos—volvió a -decir ella para romper el largo silencio.</p> - -<p>El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la -emoción que repartía la luna.</p> - -<p>Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia -chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»... -«sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en -repouso»...</p> - -<p>En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo, -las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo -que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de -esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.</p> - -<p>Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan -solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se -piensa en eso.</p> - -<p>Los sándalos—llamémosles así—daban su perfecto olor a sándalo. El -abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan -desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero -que busca un perfume que al fin encuentra.</p> - -<p>Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el -«curaré» sazona los arroces.</p> - -<p>Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían -lo que de navegación tiene el<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span> camino de la vera mar, iban respingosos, -con miedos súbitos de criaturas infantiles.</p> - -<p>Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos -freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos, -enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse -a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.</p> - -<p>¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el -mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la -rampa de una cuesta.</p> - -<p>Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de -muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del -preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el -abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé -desgreñado y fosco!</p> - -<p>El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el -último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no -hubo tiempo!</p> - -<p>Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron -tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras -Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del -coche, agarrándose a un arbusto.</p> - -<p>Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en -la catástrofe.</p> - -<p>El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del -caso, Palmyra no estaba<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> muerta sino mal herida; el cochero estaba -destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se -había salvado en tan bestial aplastamiento.</p> - -<p>Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar -hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.</p> - -<p>Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer -bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en -que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del -mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las -heridas.</p> - -<p>El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido -junto al otro para aplacar al destino.</p> - -<p>Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe -cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.</p> - -<p>—¡Palmyra! ¡Palmyra!</p> - -<p>El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la -folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los -bandidos.</p> - -<p>El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de -socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la -herida.</p> - -<p>En aquella cañada no había refugio.</p> - -<p>En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un -tramo más abajo—¡pero qué tramo!—del otro camino del que se había -desgajado el coche.</p> - -<p>—¡Eh! ¡Eh!—gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de -atrás.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span></p> - -<p>El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado -aún.</p> - -<p>—Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un -coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.</p> - -<p>Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las -víctimas.</p> - -<p>Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al -mostrar a su desmayada Palmyra.</p> - -<p>En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el -largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la -catástrofe, la llevaron al automóvil.</p> - -<p>Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al -<i>chauffeur</i> lo trasladaron también al automóvil.</p> - -<p>—¿A dónde?</p> - -<p>—A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al -médico.</p> - -<p>El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los -automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.</p> - -<p>Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde -recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta, -donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué -el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho -engavillado.<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI<br /><br /> -<small>HERIDA HASTA EL ALMA</small></h2> - -<p>Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.</p> - -<p>Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los -colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.</p> - -<p>Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez -en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía -gozando su abertura.</p> - -<p>Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca -que se frunce y se aprieta.</p> - -<p>En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el -mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por -las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.</p> - -<p>El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo -desde el primer momento.</p> - -<p>El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.</p> - -<p>Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el -día.</p> - -<p>Era el doctor el hombre principal de los días y él<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> se sentía relegado -en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las -heridas.</p> - -<p>Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay -esparcida en las tardes de primavera.</p> - -<p>Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable -lleno de ayes que se estampaban en las paredes.</p> - -<p>Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y -parecía burlarse de ella al no estar él también herido.</p> - -<p>El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que -tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.</p> - -<p>Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.</p> - -<p>Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un -árbol.</p> - -<p>Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido -el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las -pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura, -Buenaventura la planteó su marcha:</p> - -<p>—Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.</p> - -<p>Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.</p> - -<p>Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble. -Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido -por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la -tragedia...<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span></p> - -<p>Palmyra dijo irritada:</p> - -<p>—Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no -me vería como ves...</p> - -<p>El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la -injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los -ataques:</p> - -<p>—¿Es que me vas a echar a mí la culpa?</p> - -<p>Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.</p> - -<p>—Yo volveré...</p> - -<p>Palmyra se destapó airada y dijo:</p> - -<p>—El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías -recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No -vuelvas.</p> - -<p>Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el -silencio la secundaba y la contestaba como un coro.</p> - -<p>No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de -la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su -infidelidad.</p> - -<p>¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!</p> - -<p>La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de -una misión de viajes, surgía en él.</p> - -<p>«Otro que tal», se dijo ella.</p> - -<p>¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser -ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.</p> - -<p>Todos parecían ir a decir siempre:</p> - -<p>—Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span></p> - -<p>Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan -talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel -quedarse en que no había ninguna renuncia.</p> - -<p>Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella -Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a -ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el -verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos -inquietos y foragidos.</p> - -<p>La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo -abandonado.</p> - -<p>Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en -ciudades americanizadas.</p> - -<p>La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la -tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una -mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.</p> - -<p>No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase -en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el -mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en -medio de sus caminos.</p> - -<p>La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano -como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle -insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.</p> - -<p>Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o -se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras -conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca -más.<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span></p> - -<p>Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como -aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te -recibiría».</p> - -<p>«No, no», decían las palmeras removidas.</p> - -<p>La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar -nueva posada al que se iba.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII<br /><br /> -<small>SALIDA DE LA CONVALECENCIA</small></h2> - -<p>Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.</p> - -<p>El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus -manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.</p> - -<p>La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores -y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y -sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.</p> - -<p>La melancolía la sentaba mejor.</p> - -<p>Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de -fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.</p> - -<p>Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.</p> - -<p>Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que -hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le -correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.</p> - -<p>La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span> hombre imposible, con -algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las -mujeres.</p> - -<p>Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin -ansia viajera y sin espera del día siguiente.</p> - -<p>Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es -dulce, no lo comprendía nadie.</p> - -<p>Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las -mamas del espacio.</p> - -<p>Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en -pacífica suspensión y dedicación.</p> - -<p>Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.</p> - -<p>La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos -ídolos de que se había reído y al hombre.</p> - -<p>Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y -la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de -retocar las bellezas que sostiene en la vida.</p> - -<p>Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe -agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las -habitaciones de la Quinta.</p> - -<p>Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.</p> - -<p>Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas -tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se -habían escapado los presos.</p> - -<p>Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span> boga por los mares de -la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.</p> - -<p>«En estas soledades—pensaba Palmyra—se conversa con los reyes -desengañados.»</p> - -<p>Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que -todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la -guerra y a las ciudades».</p> - -<p>Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una -vergüenza mezclada de voluptuosidad.</p> - -<p>Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y -descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser -compartida sólo por otra mujer.</p> - -<p>¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en -brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea -siempre una enfermedad que curar.</p> - -<p>Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y -curarse de todas las nostalgias.</p> - -<p>Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si -fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en -sus reuniones.</p> - -<p>Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico -que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las -coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.</p> - -<p>Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba -siempre como una espina.<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span></p> - -<p>Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que -conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del -mundo.</p> - -<p>Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que -parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se -fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.</p> - -<p>Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el -doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste -a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una -enfermedad gracias a otras manos.</p> - -<p>Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la -mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran -experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en -que la queda un dolor rezagado.</p> - -<p>La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía -con la carne correosa y triste.</p> - -<p>Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo -sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía -Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los -hacía redondos y amontonados alcores.</p> - -<p>El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía -Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban -juveniles.</p> - -<p>Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en -la chimenea, aunque el día de<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span> invierno era como los más crudos de aquel -paraje un día de primavera con escalofríos.</p> - -<p>Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando -entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.</p> - -<p>Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una -gran tizona.</p> - -<p>Se hablaba de la lumbre.</p> - -<p>—Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros -que lo quisieran sazonar—decía don Vasco.</p> - -<p>—¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla -con soplo interior todo el leño?—decía Palmyra.</p> - -<p>El humo de la leña les picaba a todos los ojos.</p> - -<p>Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los -leños consumidos.</p> - -<p>La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que -habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.</p> - -<p>—Ya tenemos todos lentes ahumados—dijo el viejo español.</p> - -<p>La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría -aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una -mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre -cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.</p> - -<p>El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían -matizado con todas las salsas.</p> - -<p>Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que -lanzaba la última rúbrica de humo.<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span></p> - -<p>Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están -aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus -secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese -juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy -lejos del mundo.</p> - -<p>Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».</p> - -<p>Llegó doña Manolita.</p> - -<p>Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados -por la herida.</p> - -<p>—Estás muy macilenta—dijo algo agorera—. Después se apresuró a tomar -su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien -cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo -tomaba de pequeña».</p> - -<p>Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.</p> - -<p>Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la -costumbre.</p> - -<p>Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía -decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con -pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo -morisco en que estaba toda su fortuna.</p> - -<p>La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia -pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia -hacía mucho tiempo.</p> - -<p>Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron -cuenta de que era hora de irse.</p> - -<p>Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span> única invitada juvenil -que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los -huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.</p> - -<p>Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al -ver a Lucinda.</p> - -<p>Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se -sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además -impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían -que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan -despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.</p> - -<p>Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se -acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».</p> - -<p>—¿Ya bien?</p> - -<p>—Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?</p> - -<p>Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese -arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado -con su nombre en las fiebres.</p> - -<p>Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.</p> - -<p>—He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido... -He pensado mucho en ti...</p> - -<p>Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía -decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida -cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza, -veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la -retirada.<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span></p> - -<p>Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el -satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no -bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el -fuego.</p> - -<p>Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando -a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta, -dijo a Lucinda:</p> - -<p>—¿Vendrás muchas tardes?</p> - -<p>—Las que quieras.</p> - -<p>—Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío -del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...</p> - -<p>—Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve -que tu alma se ha quedado asustada.</p> - -<p>—Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como -si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...</p> - -<p>—¿Los caballos galoparon al caer?</p> - -<p>—Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo -submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron -melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!</p> - -<p>—¿Y él?</p> - -<p>—El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas... -Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón. -Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...</p> - -<p>—¿Y después, qué hizo?</p> - -<p>—«¡Fugio!»<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span></p> - -<p>—¿Y no has vuelto a saber de él?</p> - -<p>—Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La -Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que -son consuelo de mis ilusiones.</p> - -<p>—¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?</p> - -<p>—Es verdad... Tú... Sí—y se quedó con su mano en las manos.</p> - -<p>Un reloj les sacó de su ensimismación.</p> - -<p>Lucinda exclamó:</p> - -<p>—¡Qué tarde! Volveré mañana—y se puso el sombrero sobre aquel pelo -negro como lleno siempre de las aguas del peine.</p> - -<p>Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la -belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.</p> - -<p>—Adiós... Hasta mañana.</p> - -<p>—Hasta mañana... Adiós.</p> - -<p>Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como -pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo -sueltan en muchos momentos.</p> - -<p>¡Qué replegadas en su blanda madriguera!<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII<br /><br /> -<small>LUCINDA</small></h2> - -<p>Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad -contenida.</p> - -<p>Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el -cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus -mechones sobrantes por el suelo.</p> - -<p>Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen -penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar -todos los sombreretes de la tierra.</p> - -<p>En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella -última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los -trenes tropiezan con los topes finales.</p> - -<p>El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y -otros pálida.</p> - -<p>Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.</p> - -<p>Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes -con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que -absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de -la serpiente que muerde en lo bajo y<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> mira hacia lo alto para ver encima -de ella el gesto de la mujer mordida.</p> - -<p>Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había -sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con -incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que -los espejos fríos.</p> - -<p>Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...</p> - -<p>¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran -secreto?</p> - -<p>Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él -era el de aquella larga curación en la mayor soledad.</p> - -<p>Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no -merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos -siempre de una nueva aventura.</p> - -<p>La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el -conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una -mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban -impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los -demás.</p> - -<p>La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la -constante movilidad y pasaje de las nubes.</p> - -<p>Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y -que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo -vital la vida paisana.</p> - -<p>«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos -inmóviles!», pensaba Pal<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span>myra asomada a los cristales y viendo pasar las -nubes cinematográficas de aquella tarde.</p> - -<p>La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.</p> - -<p>Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí -misma.</p> - -<p>Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra -las miraba con gesto de dolorosa.</p> - -<p>Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.</p> - -<p>Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró -hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y -desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo -de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es -irresistible» y se retiró a otra habitación.</p> - -<p>Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había -pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba -el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía -de la muerte con viva morbidez.</p> - -<p>Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.</p> - -<p>Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.</p> - -<h3>CHANSON</h3> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">De ta robe à longs plis flottants<br /></span> -<span class="i0">Ruissellent toutes les chimères,<br /></span> -<span class="i0">Et tu m’apportes le printemps<br /></span> -<span class="i0">Dans tes mains blondes et légères.<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span><br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i2">J’ai peur de ce frisson nacré<br /></span> -<span class="i0">De tes frêles seins, je ne touche<br /></span> -<span class="i0">Qu’en tremblant à ton corps sacré,<br /></span> -<span class="i0">J’ai peur du charme de ta bouche.<br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i2">Je me sens grandir jusqu’aux Dieux<br /></span> -<span class="i0">Quand, sous mon orgueilleuse étreinte,<br /></span> -<span class="i0">Le doux bleu meurtri de tes yeux<br /></span> -<span class="i0">S’évanouit, fraicheur éteinte.<br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i2">Mais quand, si blanche entre mes bras,<br /></span> -<span class="i0">A mon cri d’amour qui se pâme<br /></span> -<span class="i0">Tu souris et ne réponds pas,<br /></span> -<span class="i0">Tes yeux fermés me glacent l’âme...<br /></span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i2">J’ai peur,—c’est le remords spectral<br /></span> -<span class="i0">Que l’extase ne saurait taire,—<br /></span> -<span class="i0">De t’avoir peut-être fait mal<br /></span> -<span class="i0">D’une caresse involontaire.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah! -tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que -la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales -blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus -alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de -las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las -ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el -agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».</p> - -<p>Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se -hacía para encontrar una sola flor.</p> - -<p>«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span></p> - -<p>Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin -tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.</p> - -<p>«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos, -insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y -nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»</p> - -<p>Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la -locura es la sabiduría de las tinieblas».</p> - -<p>Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas -dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía -lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de -«nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer -triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada», -de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de -perderse «na grande Escuridâo».</p> - -<p>Lucinda acabó de recitar.</p> - -<p>Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?</p> - -<p>Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta -aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad -dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario -para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la -amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin -engaño ni arrebato.</p> - -<p>Muchas veces, en la necesidad de amansar los<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> deseos locos de ternura de -su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las -tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder -desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.</p> - -<p>¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?</p> - -<p>No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo -deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no -es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por -el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una -contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la -pregunta al reforzarse el preguntar.</p> - -<p>«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor—pensaba -Palmyra—, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir -durante unos minutos cada día.»</p> - -<p>Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa -un poco, no se daría en la amiga.</p> - -<p>Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella -mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo -compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX<br /><br /> -<small>BIOMBO FINAL</small></h2> - -<p>Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la -Quinta.</p> - -<p>Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre -sería siempre incomprensivo.</p> - -<p>Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la -necesidad complementaria.</p> - -<p>En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban -por aquella playa última del mundo europeo.</p> - -<p>Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.</p> - -<p>Se veía el puente colgante del arco iris.</p> - -<p>El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los -colores.</p> - -<p>La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur -levantaba polvaredas de arena.</p> - -<p>Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los -vientos.</p> - -<p>Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se -sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la -cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span> -con tal arrogancia su espléndido busto—en el que parecía estar su -virilidad—que Palmyra la decía:</p> - -<p>—Eres la amazona de la arena.</p> - -<p>Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué -tontería!» del hombre.</p> - -<p>—Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas -que parecen un rizo de berlangot—decía Palmyra.</p> - -<p>Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono -por sus imaginaciones.</p> - -<p>A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el -que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.</p> - -<p>Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la -antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a -leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece -encontrar su confidencia.</p> - -<p>La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de -los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría -asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches -con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en -la misma mañana.</p> - -<p>El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía -perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.</p> - -<p>Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No -estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o -presumido está cerca.</p> - -<p>Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nue<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span>vas violencias, había -desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que -no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios -de rupturas, engaños y crueldades.</p> - -<p>El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un -día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se -exigiesen una belleza meticulosa.</p> - -<p>Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.</p> - -<p>El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más -grandes, más redondas, más claras.</p> - -<p>Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado -en la balaustrada.</p> - -<p>Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de -su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos -grandes roperos que poseía Palmyra.</p> - -<p>Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado -amable, suave y perfumado quedaba en ellos.</p> - -<p>—¿Vamos a arreglar los armarios?—preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía -con encanto.</p> - -<p>Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el -amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...</p> - -<p>La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos -eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor -de su soledad.</p> - -<p>En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y -zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span></p> - -<p>Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante, -se aplacaba en ellas.</p> - -<p>En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas -diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar -aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.</p> - -<p>Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran -cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu» -del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo -las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.</p> - -<p>Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.</p> - -<p>—Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua. -¡Qué frescura en los días de verano!</p> - -<p>—Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos -que son como trajes de algas.</p> - -<p>Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en -pleno salón.</p> - -<p>Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a -toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que -ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando.</p> - -<p>—En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey...</p> - -<p>—Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo -tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo.<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span></p> - -<p>—Somos dos hijas bastardas de un rey.</p> - -<p>—No—respondió Lucinda—, tú eres esa bastarda y yo tu dama.</p> - -<p>Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de -un «fular» blanco que daba dentera a las caricias.</p> - -<p>La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en -cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no -responde y huye.</p> - -<p>Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de -lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión!</p> - -<p>Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo -encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría -entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada -lado del poliédrico terráqueo!</p> - -<p>En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad -aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.</p> - -<p>Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las -palmeras tenían un cimbreo solemne.</p> - -<p>—El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a -que la mujer ha llegado por su sensibilidad.</p> - -<p>Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba -su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.</p> - -<p>Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la -amiga se sentaban en la ca<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span>rroza de la ventana y se pasaban la tarde -viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los -caminos que lleva pan a alguna parte.</p> - -<p>Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de -permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las -cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua -interior hasta el cuello.</p> - -<p>Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del -tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren -interminable que convertía el mar en una película de perforación -universal.</p> - -<p>Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un -día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de -tristeza y presagios.</p> - -<p>La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se -les subían a los hombros como perros de alta talla.</p> - -<p>La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que -agradecen el agua.</p> - -<p>Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas -desangradas por la alucinación voluptuosa.</p> - -<p>—Estoy como una galleta mojada en té—dijo Palmyra.</p> - -<p>Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su -imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas -jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos -improvisados y aún sin pesca.<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span></p> - -<p>—Siempre la invención del techo será maravillosa—dijo Palmyra.</p> - -<p>—¡Qué gratitud a su inventor!—corroboró Lucinda.</p> - -<p>Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de -unas Magdalenas asomadas a la lluvia.</p> - -<p>Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como -aquél.</p> - -<p>Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con -un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.</p> - -<p>La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.</p> - -<p>Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su -mismo vagido enfundado en el eco.</p> - -<p>Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo -lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.</p> - -<p>—¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los -pasos de nivel para que pasemos nosotras...</p> - -<p>—Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros -automóviles detenidos...</p> - -<p>—¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el -tren!</p> - -<p>Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la -luz de una mirada.</p> - -<p>El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura -compañía.</p> - -<p>El frenesí brota por lo inacabado que se es, apare<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span>ciendo en él los -desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en -el abrazo.</p> - -<p>No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud -de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así -no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber -sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.</p> - -<p>Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y -al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas.</p> - -<p>Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres -después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la -nariz, como si fuese como pico de águila.</p> - -<p>Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de -apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una -investigación.</p> - -<p>La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga.</p> - -<p>—¡Lucinda! ¡Lucinda!</p> - -<p>Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del -pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del -mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera.</p> - -<p>Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por -más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad.</p> - -<p>Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios, -además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie -asomarse.<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span></p> - -<p>¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos!</p> - -<p>El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan -como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo -rechinar!</p> - -<p>Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre -se logra hallar más.</p> - -<p class="fint">FIN</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span> </p> - -<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h2> - -<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td colspan="2"> </td><td class="rt"><small><i>Páginas.</i></small></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#I">I.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#I"> -Descripción de la finca</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_7">7</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#II">II.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#II">Interior de la Quinta</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_13">13</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#III">III.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#III">Armando, el falso aristócrata</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_21">21</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IV">IV.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#IV">Las visitas</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_27">27</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#V">V.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#V">Día de lluvia amorosa</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_37">37</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VI">VI.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#VI">La última amazona</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_43">43</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VII">VII.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#VII">Paseos en «milord»</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_49">49</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VIII">VIII.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#VIII">El telegrama</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_57">57</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IX">IX.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#IX">El envenenado</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_63">63</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#X">X.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#X">Ultimo paseo de Armando</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_71">71</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XI">XI.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XI">La soledad inapetente</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_83">83</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XII">XII.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XII">Al Casino</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_89">89</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIII">XIII.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XIII">Era el hombre violento</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_97">97</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIV">XIV.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XIV">Los automóviles de los desembarcados</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_101">101</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XV">XV.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XV">En alta mar del amor</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_109">109</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XVI">XVI.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XVI">Otra retirada</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_117">117</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XVII">XVII.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XVII">Recrudecimientos, soledades, aspiraciones, melancolías </a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_125">125</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XVIII">XVIII.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XVIII">El genio arrebatado</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_139">139</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIX">XIX.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XIX">El concierto</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_145">145</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XX">XX.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XX">Nuevo huésped</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_151">151</a></td></tr> - -<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XXI">XXI.</a></td><td valign="top">—</td><td valign="top"><a href="#XXI">Tarde diáfana y final</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_157">157</a></td></tr> -</table> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA *** - -***** This file should be named 63228-h.htm or 63228-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/2/2/63228/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. 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