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-Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La quinta de Palmyra
- (Novela grande)
-
-Author: Ramón Gómez de la Serna
-
-Release Date: September 18, 2020 [EBook #63228]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
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-
-
- LA QUINTA DE PALMYRA
-
-
-
-
- LA QUINTA
- DE PALMYRA
-
- (NOVELA GRANDE).
-
- POR
-
- RAMÓN
- GÓMEZ DE LA SERNA
-
- [Illustration: colofón]
-
-
- BIBLIOTECA NUEVA
-
- Propiedad.
-
- Derechos reservados para todos
- los países.
-
- Copyright 1923 by
- Ramón Gómez de la Serna.
-
-
- Gran Establecimiento Tipográfico de «El Adelantado de Segovia»
-
-
-
-
- OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
-
-
-_Entrando en fuego_ (agotada).--_Morbideces_ (agotada).
-
-_El concepto de la nueva literatura._--_Cuento de Calleja_ (drama).
-
-_Mis siete palabras._--_El laberinto._--_La bailarina._--_El libro
-mudo._--_Las muertas._--_Sur del Renacimiento escultórico español._
-
-_Ex-votos._--_El teatro en soledad._
-
-_El ruso._ En el «Libro Popular».--_Ruskin el apasionado_, estudio
-crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia».
-Editorial «Prometeo», Valencia.--_Tapices_ (agotada).
-
-_El Rastro._ Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas.
-
-_Pombo_ (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos
-grabados.--_Senos_ (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe,
-16.--_Greguerías._ Editorial «Prometeo», Valencia.
-
-_El Alba._ Editorial «Saturnino Calleja».--_Greguerías selectas._
-Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja».
-
-_El libro nuevo_, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Virguerías_, 4
-pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)--_Variaciones._
-Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.--_El Prado_, numerosos
-grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Toda la Historia de la
-Puerta del Sol y otras muchas cosas._ Con numerosas ilustraciones, 1
-peseta. Beltrán, Príncipe, 16.--_El drama del Palacio deshabitado_ (2.ª
-edición, seguido de otras obras de teatro como _La Utopía_, _Beatriz_,
-_La Corona de hierro_, _El lunático_). Un tomo 5 pesetas. Editorial
-América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.--_El Doctor
-inverosímil._ Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. _Disparates._ Calpe.
-Colección de humoristas.--_Pombo_, segundo tomo, con numerosos grabados.
-Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.--_Los muertos y las muertas_,
-(Atenea).--_El Gran Hotel._ Novela grande. Editorial América, Ferraz,
-21. _Leopoldo y Teresa._ En «La Novela Corta».--_El olor de las
-mimosas._ En «La Novela Corta».--_Ramonismo._ Ilustrado por el autor.
-Calpe. Colección humoristas.--_El Novelista_, (novela grande). Sempere,
-calle Martí. C. C. (Valencia).--_El incongruente._ Novela grande.
-Calpe.--_La Saturada._ «La Novela Corta».--_Vida, pasión y muerte de un
-humorista_ (novela grande). Calpe.--_El hijo del relojero_, (novela
-grande).--_El ramo de Begonias_ (novela grande).
-
-_El Chalet de las Rosas_ (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle
-Martí C. C. (Valencia).--_El Circo_ (en la serie «Los Guasones»).
-2.ª edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e
-ilustraciones de Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C.
-(Valencia).--_Cinelandia_, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C.
-C. (Valencia).--_La malicia de las acacias_, novelas, 4 pesetas.
-Sempere, Martí C. C. (Valencia).--_Gollerías_, con numerosas
-Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas.
-Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_Mauricio Barrés el enlutado_,
-con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia).
-
-
-Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66)
-
- _Muestrario_, 4 pesetas.--_In Memoriam_, de Silverio Lanza, 4
- pesetas.--_El cubismo y todos los ismos_ (con numerosas
- ilustraciones).--_Efigies_ (dos tomos con curiosos grabados, a 4
- pesetas tomo).--Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies
- de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.--Tomo II, Oscar Wilde, El conde
- de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy,
- Edgard Poe.
-
-
- NOVELAS GRANDES
-
- LA VIUDA BLANCA Y NEGRA 4 PTAS.
- EL SECRETO DEL ACUEDUCTO 4 »
- LA QUINTA DE PALMYRA 5 »
-
-
-
-
- TRADUCCIONES
-
-_Echantillons._ (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers
-verts».) _Seins._ (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»).
-_La veuve blanche et noire._ (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean
-Cassou, en la editorial Simón Kra.) _Le Docteur Invraisemblable_
-(Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial
-Simón Kra.)--_Gustave l’Incongru_ (traducción de Jean Cassou en la
-editorial Simón Kra).--_El Incongruente_, _La viuda blanca y negra_,
-_Cinelandia_, _Ramonismo_, _El Doctor Inverosímil_ y _El Gran Hotel_,
-han sido traducidos al alemán.
-
-
-
-
- LA QUINTA DE PALMYRA
-
-
-
-
-I
-
-DESCRIPCIÓN DE LA FINCA
-
-
-Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase
-sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme
-puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda QUINTA, y en
-la de la derecha DE PALMYRA con su particular ortografía portuguesa.
-Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales.
-
-Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se
-le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a
-la que se subía por una suntuosa escalinata.
-
-Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba
-depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las
-lágrimas del cielo.
-
-En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo
-divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas
-piernas. Era de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los
-hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar.
-¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer!
-
-Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados
-en forma de toca.
-
-En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas,
-como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban
-elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían
-palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas
-auténticas, nuevas casas más altas que la madre.
-
-En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella
-cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha
-rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes
-cazuelas.
-
-En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos
-azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul
-recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes
-buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.
-
-Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco
-mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de
-melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.
-
-¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y
-optimistas!...
-
-Entre todos los azulejos sin disimulo en sus junturas, se componía una
-viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.
-
-Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas
-portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la
-fisonomía de la casa.
-
-¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos?
-¿El día inaugural y feliz de la casita?
-
-El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos,
-azulosados.
-
-A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.
-
-A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita
-para pedir auxilio.
-
-Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional,
-otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por
-una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto,
-miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las
-que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón
-visible del horizonte.
-
-Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina
-batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre
-estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa
-encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.
-
-Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer
-pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y
-oreada.
-
-Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos
-su gran presentación rizada y atirabuzonada.
-
-En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de
-parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al
-que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas
-peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.
-
-El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho
-cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza,
-aquel refugio de segura intimidad.
-
-En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del
-mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.
-
-Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del
-mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una
-torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas
-nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos
-dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del
-tiempo.
-
-Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente,
-en esa hora disolvente del alba que puede con todo.
-
-La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero
-después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas
-del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en
-el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el
-mismo propietario.
-
-Eran hoteles para el verano.
-
-Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y
-a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que
-nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!
-
-¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en
-tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos
-hotelitos?
-
-Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay
-nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones
-orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la
-inauguración.
-
-Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de
-horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de
-distinto color.
-
-¡Qué pena los torreones inútiles!
-
-Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas
-ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que
-daba la casualidad que no había afincado nadie.
-
-Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel
-paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar
-algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos
-azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche.
-
-Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive
-tranquilo y lame la costa.
-
-En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en
-otros sitios, parece que descansa y añade también a todo el paisaje una
-emoción de serenidad manifiesta.
-
-También venía aquí el mar a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas
-de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos
-siglos de labor.
-
-Su lengua más vieja, su verbo más usado, era el que se adunaba y se
-reponía allí.
-
-
-
-
-II
-
-INTERIOR DE LA QUINTA
-
-
-En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las
-humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal
-tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que
-tiene la tapadera.
-
-Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso
-se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación.
-
-En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los
-Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del
-respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas
-veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.
-
-Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de
-conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.
-
-Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa,
-se alzaban sobre muebles confidentes.
-
-Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las
-habitaciones, resguardándose en las esquinas, y como dejando sitio para
-el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica.
-
-Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo,
-estaban sus cabezas.
-
-Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio
-bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.
-
-Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre
-serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como
-una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.
-
-Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos
-de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel
-conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa
-cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de
-los antepasados, y otro un relicario apenas visto.
-
-Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa
-libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se
-componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no
-era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas.
-¡Oídos incurables!
-
-Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas
-por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y
-ultraterrestre.
-
-Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando
-los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir
-a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien. Había
-numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos
-hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.
-
-La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas
-estaban entregados a un duerme vela constante.
-
-Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter
-de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.
-
-Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio
-predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no
-se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas.
-Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras
-eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.
-
-Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la
-sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar
-nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres
-excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran
-conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía
-telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.
-
-Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce
-estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o
-en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y
-edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el
-día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única
-descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce
-retiro, tomar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y
-oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad.
-Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y
-conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la
-avenida que paraba a la puerta de la casa.
-
-En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de
-alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas
-en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un
-prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras
-año en la Quinta ideal.
-
-Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de
-sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos
-negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se
-podrían llamar mordorés.
-
-Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.
-
-No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con
-zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras,
-dándolas exquisitez y dulzor.
-
-Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo
-preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese
-ser de otro modo.
-
-Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba
-amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que
-amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin quejarse nunca.
-Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el
-cierre del abrigo.
-
-Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa,
-mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y
-cándido, el nido blando en que se mecían.
-
-La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba.
-Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el
-que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo
-verde:
-
- _Papagaio da pêna verde_
- _Naó venhas ao meu jardim_
- _todas as penas se acaban._
- _Só as minhas nao tém fim_
-
-¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el
-inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella
-voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.
-
-Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las
-palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.
-
-Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la
-ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar,
-coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más
-luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones
-que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del
-trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como poniendo las
-ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del
-tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.
-
-El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna
-con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las
-bebidas refrescantes.
-
-La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición
-perpetua, se calmaba con el mar.
-
-Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la
-había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua
-fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada
-ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.
-
-¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos
-fatales!
-
-Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los
-que añaden vida a la vida.
-
-Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las
-quería? ¿Las odiaba?
-
-¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!
-
-Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su
-muerte.
-
-Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que
-trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la
-inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen
-aun los días más duros.
-
-Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio
-de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza y ese
-optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna,
-parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.
-
-Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los
-trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar
-más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los
-árboles.
-
-Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar,
-la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos
-grandes influencias.
-
-
-
-
-III
-
-ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA
-
-
-Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo
-pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se
-debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se
-dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar,
-que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio
-desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus
-brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del
-paisaje.
-
-Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos.
-Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un
-ribete de plata en las sienes.
-
-Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno.
-Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de
-charol mientras habla.
-
---¿Y tus posesiones de la India, cómo son?--preguntaba con visible
-entusiasmo.
-
---Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su
-desembocadura.
-
---¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?
-
---Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los
-indígenas casas para varias familias...
-
-A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en
-que el niño pregunta como un niño ávido.
-
-Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su
-brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y
-depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.
-
-Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del
-masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la
-Quinta.
-
-Se adornaba mucho para retenerle.
-
-Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular
-encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces
-ventanas.
-
-Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz
-movibles a cualquier gesto de su cabeza.
-
-Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como
-lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar
-la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más
-próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un
-caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de
-sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la
-expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez,
-grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con
-gran bigote.
-
-La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta
-entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las
-habitaciones el humo de la cocina.
-
-Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su
-muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.
-
-El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas.
-Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían.
-«¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y
-las cornucopias le dirigían miradas atroces.
-
-El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la
-hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas
-por los lagos del paisaje portugués.
-
-Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la
-orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la
-lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra
-en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos
-dragones escamados.
-
-Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille
-de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo»,
-«Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y
-numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su
-mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.
-
-Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.
-
-Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero
-desconocido por si se hacía el dueño.
-
-No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase
-amistosamente en su gabinete.
-
-Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se
-acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.
-
-Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar
-borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van
-a tirar un corcho al coche que pasa.
-
-Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules
-de perfume, sus grises ráfagas.
-
-Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola
-el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando
-volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.
-
---¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o
-quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?
-
-Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da
-vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:
-
---No digas tonterías...
-
-Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella
-mujer.
-
-Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa,
-componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino
-aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos
-caballos.
-
-Había siempre muchos humos en el paisaje.
-
-Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde.
-Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran
-humos de ara.
-
-Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más
-asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de
-felicidad.
-
-«Este será--pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en
-un rincón--el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde
-más en apagarse.»
-
-Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red,
-como bastas con que la gran red estaba atada al mar.
-
-Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas,
-preguntaba a Palmyra:
-
---¿Son barcas?
-
---Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan
-para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.
-
---Que nunca les llega para zapatos...
-
---Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no
-necesita media suelas.»
-
-A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su
-vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros
-del cielo y del mar.
-
-En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de
-los cortapapeles el cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás,
-las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que
-sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate
-el tiempo esfoliándolo.
-
-Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con
-braceo más enérgico.
-
-El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha
-comido el color y en las que se hace así un borde y una huella
-insubsanable.
-
-El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la
-habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.
-
-
-
-
-IV
-
-LAS VISITAS
-
-
-Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos
-hoteles con gente.
-
-Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba
-la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen
-que las echen y las exijan el silencio.
-
-Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los
-moradores de la Quinta y los recién llegados.
-
-Los recién llegados.--Venimos a tener un ratito de conversación...
-Déjennos ustedes tenerla...
-
-Los moradores.--Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?
-
-Los recién llegados.--De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de
-lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente...
-Pequeñeces.
-
-Los moradores.--Hágannos ustedes el programa.
-
-Los recién llegados.--No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo,
-surgirán las palabras...
-
-Los moradores.--Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el
-camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!
-
-Los recién llegados.--No... Intentaremos hablar de todo antes de
-ocuparnos de eso...
-
-Los moradores.--También nosotros estamos deseando la conversación
-trivial.
-
-Los recién llegados.--Pues no perdamos tiempo.
-
-Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.
-
-Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don
-Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba
-Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia
-social en España y se había metido allí para siempre.
-
-Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y
-que agradecía con locura los tés de Palmyra.
-
-Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y
-entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.
-
-Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando
-extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.
-
-Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto
-toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba
-la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para
-estorbarla.
-
-Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la
-añadía gran pena.
-
-Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba
-de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su
-manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de
-la casa ajena!
-
-La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba
-derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.
-
-No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde
-caía su pueblo.
-
-En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado
-asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la
-que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.
-
-Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era,
-aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la
-humanidad.
-
-Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un
-buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al
-invierno lo que es del invierno.
-
-Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina,
-machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma
-del perchero.
-
-A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire
-colonizador que tienen los ingleses.
-
-No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de
-pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los
-españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los
-ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras
-fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en
-seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.
-
-La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de
-pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.
-
-Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo
-en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.
-
-Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más
-puro.
-
-Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida,
-asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada,
-en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.
-
-Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o
-mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho
-aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable
-confidencia.
-
-Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que
-permaneciesen en la vida.
-
---Por fin van a aprobar el tren eléctrico--dijo don Vasco, dando una
-gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora
-mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte
-medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos
-sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.
-
---¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!--dijo doña Beatriz, que
-sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que
-pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo
-fabuloso las rentas de su dinero.
-
-La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si
-perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto
-no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole
-íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía
-electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía
-a decir esa aprensión de su ignorancia.
-
-Don Mariano opinó:
-
---No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera,
-chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.
-
-Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando
-había una entrada alegre, dijo:
-
---Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...
-
-Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.
-
---Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...
-
---Lo malo--insistió Armando--es que tenga tipo de tren en vez de tener
-tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco,
-usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.
-
-El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría
-el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo
-aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo
-primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría
-conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente
-soñaban.
-
-Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos
-reaccionaban ante la electrificación, pues veían al pensar en el caso
-con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que
-habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se
-enganchan en los viajes rápidos y fáciles.
-
---¡Qué tarde ha hecho hoy!--exclamó el alegre español, en cuyo pecho
-anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la
-cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.
-
---Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia--dijo
-Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.
-
-Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:
-
---Ha sido una mañana de _luar_...
-
---Muy bien, muy bien; eso ha sido--dijo doña Manolita, y todos los
-presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien
-había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno
-de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.
-
---Realmente es verdad...--intervino don Vasco--. El sol era el sol, de
-eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más
-que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada
-aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...
-
-La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban
-embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con
-sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.
-
-Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas,
-sobre todo antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa y gozaban
-entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa
-de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se
-agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de
-las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros
-viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones
-suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que
-alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.
-
-Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía
-haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían
-dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la
-alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.
-
-Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le
-gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...
-
---A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?--dijo don
-Vasco.
-
---Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco--dijo Armando.
-
---Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta
-tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.
-
---Espiritismos, de ningún modo--dijo Armando, riendo de la disculpa que
-había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia
-del té.
-
---Este es siempre un té cada vez más tardío--dijo la inglesa con su
-construcción y su portugués estrambóticos...
-
---Acabaremos convirtiéndole en vermú--dijo Armando.
-
---¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora--aseguró la pobre doña
-Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro
-o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un
-final de sopas de ajo.
-
-Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella
-hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía
-esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un
-telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un
-islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.
-
-Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo
-dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando
-rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa
-insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.
-
---Ha vuelto la gripe--dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la
-consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se
-siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.
-
---La gripe siempre vuelve--dijo el anciano don Mariano--. Yo siempre la
-he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese
-humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay
-nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.
-
---No está mal la teoría--repuso don Vasco--. A la gripe la he visto yo,
-devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con
-frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como
-ahuyenta la peste...
-
---Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí
-mata--dijo doña Beatriz.
-
---¿Y de dónde podrá venir aquí?--preguntó Palmyra.
-
---¿No la he dicho a usted, señora--volvió a intervenir don Mariano--,
-que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no
-pasaría eso.
-
-Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire
-con la mano como quien aparta un contagio invisible.
-
-Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como
-si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase
-en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.
-
-Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.
-
-
-
-
-V
-
-DÍA DE LLUVIA AMOROSA
-
-
-Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los
-cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas
-pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los
-pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.
-
-¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los
-flecos interminables!
-
-A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal
-tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era
-suficiente.
-
-No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las
-ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...
-
-Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar
-la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya
-lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.
-
-Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una
-gran bondad.
-
-En la lenteja del reloj--¡qué ocurrencia!--parecía vivir con
-palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba
-a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de
-perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.
-
-Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las
-ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que
-daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía
-aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del
-Océano Atlántico.
-
-Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al
-llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con
-fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se
-remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día
-lluvioso.
-
-En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.
-
---La lluvia borra el mundo--dijo Armando.
-
---No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta
-está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí
-sola!»--repuso Palmyra.
-
-Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía
-más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la
-luz.
-
-Lo que en su rostro pálido había de herpético--ese poco de herpético que
-es como el principio inicial de la corrupción--se acentuaba más en la
-tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.
-
-Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana
-lluviosa sobre todo.
-
---Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del cristal y
-viendo caer agua--dijo Armando.
-
---¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos
-juntitos?--repuso Palmyra.
-
-Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.
-
-Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con
-tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:
-
---¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos
-desnudos?
-
-Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus
-brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de
-aparatos musicales de la sensibilidad.
-
-Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba
-cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.
-
-La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a
-ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran
-en el dintel de la puerta.
-
-Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la
-mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si
-le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para
-encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la
-miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la
-quita el polvo, con mirada burda de doméstico.
-
-Después Armando se ponía a pensar en la comida.
-
-«Qué pez es el del día es lo que hay que preguntar--se decía--, que la
-carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»
-
-A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la
-discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía
-Armando su pregunta en voz alta:
-
---¿Qué pez es el del día?
-
---Hoy es pargo--le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:
-
---Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.
-
---¡Sí, sí!... Ya sé--dijo Armando, que no quería recibir tantas
-explicaciones como un sordo.
-
-La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a
-través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas
-copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.
-
-Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la
-luz que caía del sol a través de las nubes.
-
-Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para
-aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces
-levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y
-encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el
-suficiente optimismo.
-
-El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues
-el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y
-lo mejora.
-
-«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»--se decía Armando al
-sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de
-segundos.
-
-El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días
-grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una
-vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en
-la de atrás y en la de delante.
-
-Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían,
-jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se
-movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran
-devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda
-entre el brazo y el antebrazo.
-
-Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy
-castellana.
-
-Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca
-tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo
-el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las
-arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no
-eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los
-ojos vivos y la nariz esculpida.
-
-¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!
-
-¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba
-escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien
-con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!
-
-En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a
-Palmyra:
-
---Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también
-aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.
-
---Bien, bien... Escríbele esta tarde misma--contestó ella con verdadero
-deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones
-insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.
-
-Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los
-quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por
-fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»
-
-
-
-
-VI
-
-LA ÚLTIMA AMAZONA
-
-
-Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía
-irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos
-transitados y sabidos.
-
-Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza
-en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio
-donde ir.
-
-Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un
-caballo francés, al que llamaba «Rey».
-
---¡Roi...!--decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más
-aristocrático y el caballo se calmase así más.
-
-La última amazona salía sola a la tarde--muy pocas veces con Armando--y
-adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de
-generalísima.
-
-Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de
-su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta
-muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en
-tazas de oro, en cuyo fondo se quedaba el último sorbo que era como
-esencia de escarabajo pura.
-
-La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus
-senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el
-aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo.
-
-Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la
-esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su
-caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche.
-
-El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona.
-Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los
-caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas.
-
-Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la
-soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una
-guirnalda de moños de gran rodete.
-
-La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el
-caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una _ecuyere_.
-
-Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se
-notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al
-ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino
-que la rozaban, que la querían abrazar.
-
-Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la
-Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de
-etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje.
-Armando la había dicho:
-
---Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela,
-igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la
-superficie un tanto encallecida del dulce arroz.
-
-Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina
-amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la
-amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba
-flagelado y enervado el aire de la tarde.
-
---Día que no sales--la había dicho también Armando--es día en que todo
-parece más hostil y como si algo faltase en la _toilette_ del panorama.
-Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir
-tu visita estuviese descuidado y salvaje.
-
---Mi amazona, ven--la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola
-efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había
-adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.
-
-Ya era una cosa más de su _toilette_ volver así, triunfadora, con la
-levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la
-nariz agudizada.
-
---Traes las enaguas purificadas de la amazona--la decía Armando--, y
-traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el
-fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
-
-También la repetía entre sorprendido e irónico:
-
---Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina
-del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.
-
-Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba
-adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que
-traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que
-se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber
-sido arrancadas.
-
-Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y
-_lejanos_, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las
-viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como
-en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina
-y cortesana.
-
-Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había
-sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que
-para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de
-sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio.
-Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en
-levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.
-
-Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos
-desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El,
-como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba
-a abajo, de arriba a abajo.
-
-El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en
-que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y
-a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande,
-de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las
-jaulas íntimas.
-
-En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les
-persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para
-echarles al caldo hirviente.
-
-Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
-
-Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
-
---¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!
-
-
-
-
-VII
-
-PASEOS EN «MILORD»
-
-
-Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas,
-porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el
-coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban
-como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.
-
-Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía
-ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.
-
-Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la
-felicidad deseada.
-
-Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal
-feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él,
-desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices
-del verano.
-
-Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera
-del buen día les acariciaba el cogote.
-
-Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos
-extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su
-sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país
-por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida
-se habían borrado definitivamente en este ambiente.
-
-El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera
-maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes
-zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
-
-Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del
-miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en
-terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre
-de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no
-quisieron volver a ver el mar?»
-
-En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que
-sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se
-ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien
-dispuestas para verlo más tiempo.
-
-Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre,
-primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre
-sentados frente a los últimos cristales--por lo que entonces piensan que
-debieron hacer más bajo el alféizar.
-
-Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto
-particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu
-avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
-
-El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar
-las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las
-descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no
-pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
-
-Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.
-
-Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo
-en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al
-Destino.
-
-Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.
-
-¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces
-su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor
-correspondiente al ensueño de su sabor.
-
-Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina,
-pero la conmovía con su finura.
-
---Huele casi como la flor de almendro--dijo Armando.
-
---Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...--contestó Palmyra.
-
---El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario
-a lo que te regala--repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus
-caballos.
-
---¿Que no es ordinario?--repuso ella brava--. ¿A que no te atreves a que
-tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos
-preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...
-
-Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras
-sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los
-muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los
-cuales, se le ocurrió decir a Armando:
-
---Debe tener dolor de muelas el paisaje.
-
-Pasaban por caminos de pinos constantemente.
-
-Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras
-obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
-
-Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la
-tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
-
-«Un día--pensaba Palmyra--se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos
-pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»
-
-Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al
-lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un
-movimiento propio.
-
-Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
-
-Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las
-desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que
-daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver
-todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no
-alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que
-parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se
-la dote de castillos con fosos y almenas».
-
-Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre
-todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.
-
-Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto
-buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca
-el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de suyo temeroso de
-la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los
-«chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.
-
-Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos
-abiertos.
-
---¡Qué turulata eres!--la decía Armando.
-
---¿Y qué es eso?--preguntaba Palmyra.
-
---Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te
-dejó un día así y no sales de tu arrobo...
-
---¿Te burlas?
-
---Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos
-tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si
-el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para
-siempre...
-
---¡Qué poca ternura tienes!--le insistió ella buscando más mimos.
-
-Era insaciable de ternura en medio del paisaje.
-
---Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de
-una huerta de corazones--la dijo Armando.
-
-Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores,
-que miraban cínicamente a los coches.
-
-Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el
-vientecillo sutil que da la pulmonía.
-
-El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón
-de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del
-coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como
-el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando
-ya se meten dentro.
-
-La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz,
-una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado
-de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo
-mejor de la luz de la tarde.
-
-Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación,
-la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
-
-El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando
-en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la
-siesta y se quedaban entornadas las maderas.
-
-Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por
-eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
-
-Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la
-desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo,
-estaba en pie y con la etiqueta del traje.
-
-Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba
-como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado,
-pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
-
-Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra
-señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
-
-«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin
-poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que
-justificase sus lágrimas.
-
-En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a
-las lágrimas.
-
-A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado
-extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.
-
-Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los
-pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus
-casas de refugio.
-
-Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien,
-buscando el reposo en todo.
-
-Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que
-a los seres finos les entra el desmayo de amor.
-
-Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la
-noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad.
-Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de
-sueño verdadero, se iban a la cama.
-
-Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se
-encontraba ensoñarrado y cansado.
-
-La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está
-en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
-
-Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de
-cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se
-despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que
-se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos
-severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de
-las severas mujeres de la familia.
-
-En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las
-sábanas y jugar con ellas.
-
-Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada
-huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para
-él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la
-camisa en el vacío supremo.
-
-La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el
-aire denso y vivo.
-
-Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los
-insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el
-acto solitario muy a cubierto de ellos.
-
-
-
-
-VIII
-
-EL TELEGRAMA
-
-
-Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había
-regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y
-recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
-
-El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le
-parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban
-más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa
-prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano
-misteriosa.
-
-Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado
-todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio,
-colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban
-cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
-
-Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella
-hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran
-palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los
-grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en
-que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además,
-como si el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra,
-el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos
-incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa.
-
-Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un
-traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su
-categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que
-Armando procuraba exagerar.
-
-¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?
-
---Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo...
-
-Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de
-continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar
-hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel
-caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había
-sido _croupier_ durante algún tiempo en el Casino de Invierno!
-
-Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad
-encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio
-que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor,
-estuviesen llenos hasta el borde.
-
-La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando
-la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se
-tomase de nuevo un puro más.
-
-Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una
-gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en
-postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
-
-Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un
-poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran
-zalamería:
-
---Palmyra, toca un rato el arpa.
-
-Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía
-sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la
-lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas
-lentas.
-
-Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la
-lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de
-los aleros porque estaba al caer.
-
-De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos
-de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que
-hiciesen sonar su jaula.
-
-El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.
-
---¿Para quién?--preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo
-tiempo sino de suspender su música y escuchar.
-
---Para el excelentísimo señor don Enrique...
-
-Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo
-abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.
-
-Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo
-el silencio:
-
---¿Alguna desgracia, don Enrique?
-
-Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.
-
-Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con la
-tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y
-que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a
-don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que
-esperaba el criado:
-
---No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.
-
-Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada
-de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra
-viajando en el mismo tren. Después firmó.
-
-Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a
-llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.
-
---Dale algo al telegrafista--dijo Armando a Palmyra, con ese recordar
-súbitamente una propina que no se dió.
-
-Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las
-propinas, salió a dársela.
-
-Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó
-la espada de dolor que aún esgrimía.
-
---No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel
-pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama
-que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir
-del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo
-escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?
-
-Enrique no supo qué responder, pero sonrió.
-
---Por lo menos, que lo crea Palmyra...
-
---Eso, bueno...
-
---Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un
-millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me
-aburro...
-
-Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire
-de simpatía extrema.
-
---Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa
-encantadora mujer con la carne de las miniaturas.
-
---Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la
-mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por
-primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido
-tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de
-Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido
-que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos
-y a los quince días estás cansado.
-
---A los veinte, si te es igual...
-
---Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.
-
-En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su
-cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó
-la caída de la tarde.
-
-
-
-
-IX
-
-EL ENVENENADO
-
-
-Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra.
-Todo se lo había oído numerosas veces.
-
-Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer--casi completamente
-igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer--no le era suficiente. Su sexo
-era como un volcán apagado.
-
-Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a
-tono.
-
---Todos son techos de pagoda al atardecer--decía asomado a la bella
-ventana encelosada de la Quinta.
-
---La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la
-tierra constantemente para ganar el cielo.
-
-Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se
-veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más
-desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para
-poder reaccionar de él.
-
-No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran
-pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel dos príncipes
-románticos.
-
-Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los
-alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.
-
-Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que
-estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla
-central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su
-propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de
-amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
-
-Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que
-resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual
-del paisaje.
-
---¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...--se preguntaba Armando
-al mirarle--. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de
-farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta
-Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los
-reyes tienen para pasar un mes de su vida.
-
-El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le
-parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le
-respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de
-digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar
-también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de
-los más nublados.
-
-Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
-
-¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en
-que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría
-exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se
-daba cuenta.
-
-Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin
-embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en
-chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga
-siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.
-
---En esta soledad se llena de musgo el alma--pensaba Armando.
-
-Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía
-por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.
-
-Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los
-criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga
-tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz
-eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica,
-en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo
-clarividente adensado en el ámbito.
-
-Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que
-hacerle:
-
---Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...
-
---¿Cuál? Cuenta--y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el
-perfume de sus equis.
-
---Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en
-nuestro comedor--todo estaba como está hoy--le dieron en el vino polvos
-de muerte.
-
---¿Y cómo no lo notó?
-
---Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve
-para que no se despierten.
-
---Sí, en su cureña de paja...
-
---Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se
-alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues
-se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se
-pudo descubrir al asesino...
-
-Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los
-años, al posible envenenador.
-
-Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el
-ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía
-en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está
-llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a
-toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.
-
-En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los
-magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del
-monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose
-mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»
-
-Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de
-envenenamiento. La aislaba más del mundo.
-
-Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de
-la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más
-necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con
-afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar,
-mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel
-abuelo envenenado.
-
-Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente
-que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos,
-se dirige a él sin titubear.
-
-El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo
-y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.
-
-Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las
-solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo
-de la Quinta.
-
-Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que
-merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién
-nacido.
-
-Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar.
-Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que
-aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.
-
-Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.
-
-Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso.
-Estaba alegre.
-
---¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el
-vino...
-
---No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para
-siempre en el comedor, detenida en aquella cena...
-
---Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué
-suerte!
-
---Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de
-puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata
-estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.
-
---Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no
-está mal...
-
-Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una
-cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo
-agonizando cinco días.
-
-Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer
-plato estuvo por decir Armando:
-
---¡Qué venenoso está esto!--cuando sólo era que estaba un poco quemado.
-
-Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha--mitad con
-mitad para siempre jamás--de una comida tan alegre como lo suelen ser
-todas las comidas perturbadas por la muerte.
-
-La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque
-quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.
-
-La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido
-al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como
-haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese
-removido los cimientos.
-
-Al salir del comedor él la dijo:
-
---Estoy envenenado de amor.
-
---¡Falso!--repuso ella dándole con la cadera.
-
-El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta
-de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida
-mortal.
-
-El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un
-ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su
-colgajo.
-
---¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi
-misantropía!--se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus
-fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna
-prenda que no quiere salir.
-
-Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del
-corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese
-curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne
-era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de
-perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.
-
-Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos
-renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón
-nuevo de la barbilla.
-
-Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en
-medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.
-
-Armando luchaba por alcanzar aquel _¡Ay Jesú!_ sin la _ese_ final, y sin
-la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al
-amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda
-la dulzura portuguesa.
-
-Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura
-suprema.
-
-
-
-
-X
-
-ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO
-
-
---¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?
-
---Vamos.
-
-Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado
-preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.
-
-Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que
-había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le
-libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.
-
-Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía
-ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones
-tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las
-excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado,
-la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el
-puño.
-
-Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que
-se echa tomillo y romero.
-
-Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de
-las narices muy abiertos.
-
-Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del
-camino... Al verlos, Palmyra dijo:
-
---¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza
-con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...
-
---Después... La cogeremos a la vuelta...--repuso Armando, que no quería
-nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no
-trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía
-seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y
-retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que
-pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio
-de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?
-
-Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía
-tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.
-
-Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el
-campo.
-
-Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los
-caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.
-
-Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se
-veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños
-reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.
-
-Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía
-tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que
-acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo
-que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil
-de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que
-resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase
-la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.
-
-En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde
-salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué,
-toda la aguda tristeza del naufragio.
-
-Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el
-barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
-
-Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
-
---Es como si nos comiésemos un cangrejo...
-
-Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
-
-Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de
-buey como ventanas de sus barracas.
-
-El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que
-pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.
-
-Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.
-
-Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la
-hora de las hambres...
-
-El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer...
-Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de
-él como para justificar la navegación.
-
-Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
-
---En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana
-aspa en cruz del molino.
-
---Es verdad... Tienes razón--dijo Palmyra.
-
-Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban
-antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un
-camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban
-cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de
-una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun
-estando en la cima del monte, llegan a su base.
-
-Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los
-barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el
-capitán comía constantemente.
-
-Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad
-celestial del mar.
-
-En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos
-del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como
-chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que
-leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace
-lo menos veinte años.
-
-Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino
-el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los
-restaurantes.
-
-Así como en las mesas están de etiqueta las botellas--pechera blanca y
-traje negro--, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a
-sus fábricas, en su pueblo.
-
-Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de
-esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la
-nariz roja.
-
-Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero
-mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un
-menú.
-
-El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los
-barcos al mar.
-
---Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino--aconsejó
-Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.
-
-En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse
-para siempre que tiene--¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres
-en tres olas!--, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente
-a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,
-preparado todos los días con puntualidad.
-
-Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de
-paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.
-
-Era la hora de las cuatro.
-
-En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca
-saliva para tanto cacareo.
-
-Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.
-
-Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los
-molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre
-unas y otras plantas.
-
-En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo
-hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.
-
-Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha
-lavado alguien.
-
-Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que
-nadie sepa por qué.
-
-Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las
-alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.
-
---Las amapolas--dijo Palmyra--son como corbatas que se pone el campo.
-
-En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos,
-entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como
-la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas
-de plasticidad propia.
-
-Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al
-despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin
-enterarse de nada».
-
-El pesimismo del campo volvía a él:
-
-«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de
-un siglo después.»
-
-«Todo el campo, además, espera a los muertos.»
-
-El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote
-seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus
-bestias en la postrer carrera.
-
---Aquí--dijo volviéndose a sus amos--fué donde se estrelló el otro día
-un automóvil.
-
-Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que
-odia al automóvil.
-
-El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como
-sus últimas luces.
-
-Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el
-día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta
-de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.
-
-El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de
-la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama
-urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
-
-Palmyra alargó la cabeza para leer.
-
-«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.--_Luis._»
-
---¿Has entendido?
-
---Sí... ¡Qué desgracia!
-
---Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche
-tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el
-Francfort.
-
-Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la
-doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez
-en su «Mía Señora».
-
---¿Qué le pasa a «Mía Señora»?
-
-Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:
-
---¡Las maletas!
-
-Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel
-apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.
-
-Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.
-
---¿Pero te lo llevas todo?
-
-El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»
-
---Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué va a
-pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una
-enferma...
-
-Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía
-arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de
-Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de
-acero del hombre.
-
---Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de
-hacer las maletas... Se me olvidará todo...
-
-Palmyra salió de la alcoba.
-
-Armando estaba apesadumbrado.
-
-Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su
-víctima.
-
-Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue
-resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad
-humana.
-
-Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las
-columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.
-
-Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el
-alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.
-
-La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada,
-pero él no los podía soportar.
-
-Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.
-
---Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo
-que va a pasar.
-
---No puedo... No puedo--decía ella llorando--, me matarán las _saudades_
-de un solo día sin ti...
-
-Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que
-sucediera eso.
-
-Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una
-hora de anticipación.
-
-Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver
-saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la
-que parecía irse a tirar.
-
-Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no
-despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.
-
-Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus
-reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no
-dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.
-
-¡En qué día más feo le tocaba viajar!
-
-Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como
-aquella en que se derretiría Palmyra.
-
-Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.
-
-Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a
-salir de Portugal de un momento a otro.
-
-Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.
-
-Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en
-medio del campo.
-
-«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún
-le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel
-caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un
-criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la
-metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar
-frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le
-pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el
-tren.
-
-El tren hacía árboles, hojarascas de humo.
-
-Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»--se
-decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la
-estabilidad duradera de todo.
-
-«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»--pensaba en la
-soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.
-
-Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos
-estanques del invierno, allí en España.
-
-Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un
-límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el
-mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los
-chamizos, en los «cabarets», en los cafés.
-
-Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios
-cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también
-era luminosa siempre.
-
-«¡Si no lloviese tanto!»--se decía Armando para contradecir su
-nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía,
-diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo
-alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive
-con empuje la luz artificial de los «cabarets».
-
-Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama
-de los alrededores de la Quinta.
-
-Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos
-amarrados en el puerto seguro.
-
-Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía
-la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos
-muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.
-
-La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya
-estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos,
-pero cuyo suplicio quería vivir.
-
-
-
-
-XI
-
-LA SOLEDAD INAPETENTE
-
-
-Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus
-lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando
-y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había
-llevado todas las cosas?»
-
-«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró
-el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó
-un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa
-de despacho.
-
---No tendré ninguna carta de él--se decía Palmyra, dándose cuenta de la
-crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le
-olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de
-vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.
-
-Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se
-acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el
-último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en
-el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».
-
-¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la
-dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!
-
-Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador
-refugio para el amor apasionado de unos meses.
-
-El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía
-el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
-
-Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente.
-Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.
-
-Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba;
-del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de
-los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las
-aguas.
-
-Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los
-posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel
-desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del
-estanque fué también una limpieza para la suya.
-
-Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la
-fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y
-los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.
-
-¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era
-cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien
-llevada, bien dicha.
-
-Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces,
-buscaba. ¡Gata desalada!
-
-No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero
-insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día--todos los
-días _el único_--en que se movía la vida.
-
-¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era
-inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
-
-Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba
-el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y
-desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.
-
-Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad
-sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la
-saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con
-los demás hombres.
-
-Ella.--Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que
-puede atraparme.
-
-El.--Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
-
-Ella.--Sería la alcoba triste sin ti.
-
-El.--Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
-
-Ella.--Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.
-
-El.--Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus
-piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...
-
-Ella.--Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...
-
-El.--Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.
-
-Ella.--Acércate... Cógeme como un ánfora.
-
-El.--Tus sábanas están limpias como una virginidad...
-
-Ella.--Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que
-uno...
-
-El.--A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un
-trono sobre el lecho.
-
-Ella (_apagando la luz_).--Ven...
-
-En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en
-un monólogo con sordina.
-
-De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían
-los cisnes ledos que buscaban a Leda.
-
-Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos,
-y se dormía baldía.
-
-A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los
-jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no
-encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la
-puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo
-portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra
-orientación extrema.
-
-Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos
-que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya
-sangre se va tornando roja muy poco a poco.
-
-Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran
-brillante que cuelga como su último remate.
-
-En aquellos días de perdición en la Quinta--de mucha más perdición que
-lo que se llama perdición en el amor--hasta entró en la biblioteca. Se
-escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio
-de los grandes salones.
-
-La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber
-muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados
-para sus manos, pero que la pertenecían!
-
-Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas
-perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias
-muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya
-sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de
-los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que
-ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.
-
-La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se
-curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a
-aquella soledad con la esfera armilar.
-
-Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas
-inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que
-la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.
-
-La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en
-que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.
-
-Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la
-gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros
-mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.
-
-La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque
-no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en
-convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por
-el gran ventanal.
-
-Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos
-en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se
-escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero
-mar.
-
-El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la
-esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
-
-Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la
-desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.
-
-
-
-
-XII
-
-AL CASINO
-
-
-En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
-
-Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «_A
-charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held
-in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc._»
-
-Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes
-jugaban a los juegos prohibidos.
-
-Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
-
-Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y
-estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
-
-Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la
-llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más
-desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras
-abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.
-
-Pasó por entre los _chalets_, cuyas ventanas respiraban el aire
-embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.
-
-Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal
-sobre los hombros.
-
-Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar
-por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con
-las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine
-que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.
-
-El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por
-completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.
-
-Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo
-después de una viudez.
-
-Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.
-
---Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos--había
-dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de
-los pueblos.
-
-No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que
-estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como
-aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las
-paredes de la prisión.
-
---Atado en ese sofá estuvo él--sentiría siempre ansias de explicar a los
-que por primera vez fueran a la Quinta.
-
---Las cazoletas del telégrafo son palomas _ahorcadas_--había dicho
-también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía
-estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en
-la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras
-pasajeras.
-
-Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
-
-Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes
-nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se
-sabe de qué recóndito rincón han salido.
-
-Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes
-billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
-
-Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus
-lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía,
-buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las
-miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.
-
-Ella apuntó a cualquier número.
-
---No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá
-nunca--la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector,
-con verdadera congoja.
-
-Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le
-preguntó:
-
---¿Pero, por qué?
-
---Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un
-abismo.
-
---Entonces--dijo Palmyra con la misma voz trémula--quiero ver si le
-vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a
-usted...
-
-Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas
-que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de
-jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de
-Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la
-otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
-
-Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar
-dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el
-mismo triunfo.
-
-Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero,
-galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la
-intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
-
-No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.
-
---A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando
-voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del
-hotel...
-
---¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?
-
---Los pinos...--y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él
-amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en
-los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo
-por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y
-dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
-
---Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...
-
-Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.
-
-Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase
-en su líquido dorado el restituyente.
-
-La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino
-blanco, llena de los puntazos de los chinches, naturalmente de los
-«chinches» limpios».
-
-Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped
-extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en
-distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
-
---La acompañaría si no perdiese el tren...
-
---Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba
-retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha
-distancia.
-
-Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con
-muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que
-ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos
-los matojos.
-
-«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de
-la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
-
-En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas
-blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía
-ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala,
-que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la
-barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
-
-Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no
-quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
-
---Sí... Realmente no nos ve nadie...
-
---Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado
-por un camino tan solitario a esta hora...
-
---Lo malo--dijo ella--es que todo el camino es tan solitario y es muy
-largo...
-
---Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.
-
---Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...
-
---Soy más; soy un salteador de caminos.
-
---¡Qué miedo!--dijo ella haciendo un mohín.
-
-El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a
-encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la
-curiosidad.
-
-A veces le tenía que decir:
-
---Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña
-de Egipto...
-
-Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad
-del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de
-chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla
-pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena,
-mezclándose al arrebato del vino y de la carne.
-
-Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer
-sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle.
-Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula,
-volvió la cabeza desconfiado.
-
-Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa
-de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una
-lluvia clara.
-
-Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el
-padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los
-pasillos como en plena ilegitimidad.
-
---Otro cubierto en la mesa--dijo Palmyra a su vieja doncella--, y
-prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y
-es mi primo el ingeniero...
-
-Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero
-también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba
-a guardar allí al hombre elegido...
-
-El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar
-de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las
-casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía
-apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y
-generoso.
-
-Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de
-que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo
-que, por fin, había llegado aquella noche.
-
-Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e
-insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los
-despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más
-curiosas.
-
---Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese
-platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su
-bebedero. Mi padre también era ingeniero.
-
-Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a
-aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.
-
-
-
-
-XIII
-
-ERA EL HOMBRE VIOLENTO
-
-
-El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la
-plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.
-
-El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras
-exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por
-palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo
-las ilusiones que provocaba la Quinta.
-
-Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra
-le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella
-le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado--se decía
-ella--, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no
-necesita hacer más».
-
-En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a
-coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado
-breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.
-
-Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi
-irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podría decir
-que había comenzado a ser una mala mujer.
-
-Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como
-un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se
-creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora
-simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.
-
-Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba
-veía menos que nunca.
-
-Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras
-sobre el papel cebolla de sus planos.
-
-Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes
-sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me
-la habrá regalado el destino?»--se preguntaba, y en vano buscaba la
-respuesta.
-
-Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se
-dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da
-masaje.
-
-Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con
-aquella insistencia.
-
-Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de
-comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había
-elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en
-limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al
-aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del
-ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y
-unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.
-
-Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente
-a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias
-de la vida.
-
-En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados
-haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote,
-con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente,
-llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de
-las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de
-estar dormidos pronto.
-
-Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su
-Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el
-paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras
-la acompañaba.
-
-Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su
-tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el
-plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan
-grande, que Palmyra le mandó callar.
-
---No quiero, mujerzuela--respondió encolerizado, y la empujó contra la
-pared.
-
-Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido
-empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede
-hablar ya.
-
-El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos.
-Pedía perdón.
-
---No puede ser--dijo ella--, has vuelto a ser el extraño, como si aquel
-señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en
-vez de ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa
-palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y
-te vas.
-
-Llamó al criado...
-
---Prepare el coche para las siete...
-
-Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había
-encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los
-hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un
-voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora
-esperaría la llegada del que fuese.
-
-La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con
-un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la
-Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.
-
-
-
-
-XIV
-
-LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS
-
-
-Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su
-vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la
-palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los
-trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros
-más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro
-estratégico.
-
-Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba
-destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes
-volanderos.
-
-Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros.
-Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento
-perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros
-apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o
-cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como
-banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo
-viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en
-meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si
-su preñez las obligase a esas posturas.
-
-Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la
-mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a
-ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los
-«chauffeurs» listos.
-
-Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y
-dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud
-abandonada en medio del bosque.
-
-La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte
-hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia
-ciudades más en el centro del mundo.
-
-Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas
-distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en
-el sitio que ocupa.
-
-A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del
-camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más,
-el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían
-detenido más largo rato bajo el faro engallado.
-
-Había recogido--sobre todo cuando lucía blusas de mucho color--las
-miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos
-y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se
-tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!
-
-¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
-
-Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de
-lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en
-medio, y que eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas
-horas de la lisura estable de la tierra.
-
-«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando
-de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»--pensaba
-Palmyra.
-
-Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida
-aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían
-que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para
-poderlo pregonar.
-
-Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se
-pone en marcha dando al manubrio de su despertar.
-
-Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en
-que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de
-torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más
-pensativa que nunca.
-
-El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de
-fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era
-bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja
-falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada
-apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.
-
-No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo
-del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido
-pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que
-te tomé».
-
-Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió
-al salón pensó sorprendida que iba acompañada de la sombra que había
-entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el
-perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya
-en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.
-
-«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»--pensaba Palmyra--, pero
-después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le
-estará chico, más chico que éste que me ha dejado».
-
-Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los
-espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del
-espejo.
-
-Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar,
-estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»
-
-Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se
-ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el
-imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello
-oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los
-chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los
-dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.
-
-«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está
-viejo»--pensaba Palmyra.
-
-Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de
-arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras
-irisadas.
-
-En eso llamó la criada:
-
---Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...
-
-Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que madama no le
-recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que
-viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo
-querido que llegase de muy lejos, la dijo:
-
---¡Que pase! ¡Que pase!
-
-Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en
-el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un
-beso apasionado y largo...
-
---Señora--dijo--, he torcido mi viaje sólo por usted...
-
---¿Pero perdió su barco?--exclamó con ingenuidad Palmyra...
-
---Sí..., partió sin mi--respondió sonriendo el desconocido...
-
---¿Y sus baúles?--volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si
-esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a
-instalarse en la Quinta desconocida...
-
---¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa--respondió extrañado el
-extranjero.
-
-Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino
-que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el
-mar.
-
---¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora
-casada?
-
---No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo
-vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra
-cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería
-decirla es que volvería...
-
---Yo sólo creí que fuese un chicoleo.
-
---De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o
-menos pisado por la dama, pero se recoge...
-
---Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto
-en el perchero...
-
---Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo
-dejaba, ajustándole más a su colgadero...
-
-Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita
-que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta
-cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del
-que había dejado irse...
-
---¿Y qué es usted?--preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
-
---Yo... Doctor...
-
---No... Quiero decir de qué nacionalidad.
-
---Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que
-me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con
-usted toda la vida...
-
-Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso
-era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para
-ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares
-flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...
-
-El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en
-el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno
-de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo
-parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que
-se encuentra.
-
---Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me
-echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después
-de cenar, cuatro, siempre los mismos...
-
-¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su
-barco y tenía derecho...
-
---¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
-
---Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me
-puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
-
---¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.
-
---Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
-
---¿Y de qué región es usted?
-
---Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...
-
---¿Y cómo es su pueblo?
-
---No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno
-marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la
-brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante
-de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista
-de paisajes en que se ve una Quinta.
-
---Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...
-
---La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...
-
---Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El
-mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar
-pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.
-
-Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro
-timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al
-mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran
-descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no
-casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus
-cincuenta expresiones distintas.
-
---¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?--dijo él.
-
---¿Tan extravagante es?
-
---No; es Samuel.
-
---Pues no es feo.
-
---Es que como es judío...
-
-Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y
-eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita...
-Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:
-
---¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
-
-Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta.
-Palmyra salió con él.
-
-En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero
-Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la
-retuvo...
-
---No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su
-afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que
-tome el barco que dejó escapar hoy...
-
---Pues entonces quedará ahí para siempre.
-
-Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.
-
-
-
-
-XV
-
-EN ALTA MAR DEL AMOR
-
-
-La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de
-las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado.
-Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado
-todo.
-
-Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la
-mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz,
-pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña
-de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
-
-No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor.
-Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que
-sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la
-Quinta.
-
-Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y
-graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»--se preguntó
-Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una
-boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...
-
---Palmyra--llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que
-la conocía bien por su nombre.
-
---Palmyra.
-
---Palmyra.
-
---Palmyra.
-
---¡Palmyra!...
-
-Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la
-playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de
-sus ojos.
-
-Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los
-cuadros.
-
-Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que
-sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde
-allí se atalaya.
-
-Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había
-nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese
-con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.
-
-Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña
-de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la
-oseaba las moscas.
-
-Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se
-despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con
-sus manos oseadoras y osadas.
-
-«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de
-los automóviles con gente de los barcos--pensaba Palmyra--. Mi única
-inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»
-
-Se rió con risa descarada, mirándole.
-
---¿De qué se ríe?
-
---De que me parece usted un barco embarrancado...
-
-Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo
-iba a retroceder.
-
---Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
-
---Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-
---¡No tanto!--dijo Samuel sonriendo--. A lo más soy un marinero
-despierto y animoso.
-
-Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo
-caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado
-estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que
-ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos,
-como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo
-tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.
-
-Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre
-a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer
-desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa
-inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas
-que lo probaron mucho.
-
-Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más
-temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que
-tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y
-haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana,
-que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran
-al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en
-plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.
-
-Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan
-los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió
-con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.
-
-«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de
-quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»--pensaba
-Palmyra.
-
-Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta
-inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se
-asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas
-frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.
-
---Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los
-hosannas de la mañana--dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de
-playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire
-libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.
-
---Parece que has puesto al cielo traje de baño--dijo Samuel,
-refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos
-concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas
-de salón de los aviadores.
-
---Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol--contestó
-Palmyra--.
-
---Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas
-mañanas--repuso Samuel.
-
-El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una
-mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba
-después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más
-encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de
-poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de
-preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo
-realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
-
-No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana
-entera aterrizaba en la terraza.
-
-Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa
-que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva
-de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con
-pájaros posados en el barandal...
-
---Mi estancia aquí--dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que
-sentía--es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla
-encantada...
-
---Con tal de que pienses siempre eso--dijo Palmyra con su más rogativa
-entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre»,
-que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo
-inevitable, con aquella cosa de _cogido_ que quiere escapar.
-
-Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la
-palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en
-la reconfortante maculatura.
-
---¿Es que todos los amores son de travesía?--preguntó Palmyra con cierta
-incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.
-
---¿Cómo, qué quieres decir?--contestó Samuel, envuelto en la mentira de
-la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
-
---Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir,
-y, sin embargo, temo que te ausentes--replicó con sumisión Palmyra.
-
---Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha
-hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no
-pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...
-
---No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es
-trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro
-galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido
-menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres
-juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.
-
---Pues retiro lo del pijama...
-
-En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de
-mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de
-Portugal se sentía en rededor.
-
-Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se
-había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo
-mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza,
-ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea
-de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al
-que había de huir de un modo fatal.
-
-El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás.
-Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había
-quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino
-para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
-
-Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha
-contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo
-contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico,
-invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque
-hubiera parecido brotar de la raza.
-
-Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.
-
-Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz
-del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al
-señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y
-como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra
-a Samuel en voz alta:
-
---Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me
-acabo de arreglar...
-
---Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan
-arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada
-sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.
-
---Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...--dijo
-Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda
-pinzado como esos cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen
-así los chulines.
-
-La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al
-turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma
-copia que tantos otros con igual pasión.
-
-Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo
-enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un
-número.
-
-
-
-
-XVI
-
-OTRA RETIRADA
-
-
-Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no
-para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del
-hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto
-sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.
-
-Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué
-disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese
-de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la
-desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no
-había olvidado.
-
-Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus
-hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía
-un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con
-Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros
-terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría
-que obedecer.
-
---Porque mis hermanos de Salónica...
-
---Porque mis hermanas de...
-
-Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le
-hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra
-con nostalgias fortísimas.
-
- * * * * *
-
-Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre
-honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de
-plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en
-que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX,
-estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería
-sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus
-persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre,
-había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y
-perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se
-dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados
-y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y
-obcecada.
-
-Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a
-contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
-
-Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la
-hora mejor del idilio, al atardecido.
-
-En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno,
-porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella
-humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.
-
---¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo
-de tu carne--la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se
-había olvidado de la frase.
-
---En este salón--la dijo Samuel--tu blusa de seda es más incitante. En
-este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún
-rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los
-que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...
-
-Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que
-había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado
-suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.
-
-Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los
-besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en
-sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas
-veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.
-
-Impaciente Palmyra, le preguntó:
-
---¿En qué piensas?
-
---En que te llevaría a un viaje...
-
---¿A un viaje?
-
---Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le
-ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta
-Quinta y que navegase...
-
---De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los
-árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más
-me gusta...
-
---No te comprendo... No te acabo de comprender.
-
---Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que
-vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no
-distraerme, no perder palabra, no perder ripio...
-
---Pero donde más interesante es la vida es en los viajes--repuso Samuel,
-siempre poseído por el mal intrépido de la huída...
-
---No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la
-vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo
-importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...
-
---¿Y los monumentos?
-
---Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para
-encubrirla...
-
---¿Así es que según tu opinión las pirámides...?
-
---Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está
-mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...
-
-Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una
-carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
-
-¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la
-vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar
-por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua
-junto a las ventanas de la Quinta.
-
-Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes
-ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles,
-pero ese mundo es demasiado soporífero.
-
-Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de
-rebeldía contra la Quinta, se echó en la _chaisse-longue_ desde la que
-se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda
-posesión de los almohadones de la melancolía.
-
-Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la
-huída de los hombres.
-
-Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con
-entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en
-el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más
-próximo presente.
-
-«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación
-diaria»--se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera
-para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del
-anonimato.
-
-Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el
-día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad,
-caramelitos y guindas de inmortalidad.
-
-Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en
-los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos
-transparentes en medio de las claras numerosas.
-
---A esta hora me olvidas--la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio
-y la situación penosa y desconfiada--. Pareces de la religión egipcia
-que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los
-muertos.
-
-La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su
-salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz
-severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En
-las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta
-el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto
-improvisado y de última hora.
-
-«Todo cocina en mi guiso»--se decía Palmyra y tomaba una postura más
-cómoda en su _chaisse-longue_.
-
-En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía
-irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la
-arboleda que rodea demasiado una vida.
-
-Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los
-páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado
-en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la
-desnudez del mundo.
-
-«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que
-ver con él!--pensaba Samuel--. Si el perro aulla cuando encuentra un
-hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el
-hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si
-se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del
-corsé de la carne».
-
-El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que
-anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.
-
---Los árboles--dijo Samuel por fin--cubren la vida de una hipocresía
-verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...
-
-Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si
-hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
-
---Como que te ahorcaste de ellos una vez...
-
-Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado
-que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las
-alcobas y se fué.
-
-No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo--se dijo
-Palmyra--tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio
-que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se
-fueron».
-
-Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil
-de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme
-automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil
-por teléfono desde un punto distante.
-
-Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué
-llorando en el coche que le libertaba.
-
-
-
-
-XVII
-
-RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS
-
-
-Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que
-marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto
-era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más,
-asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que
-nunca.
-
-Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en
-paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.
-
---No... no quiero irme... No me iré nunca...--se decía en sus
-gabinetes--. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto
-para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré
-desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí
-iglesia, cuna, panteón...
-
-Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía
-explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas
-inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las
-sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas
-las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo
-contemplaba, de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las
-sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...
-
-La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se
-movía como con vida propia.
-
- * * * * *
-
-Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes,
-frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista
-y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.
-
-Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella.
-Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes,
-aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la
-explanada del mar.
-
- * * * * *
-
-Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos
-cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de
-sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los
-grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama,
-todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas
-imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes
-de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc.,
-etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando
-en trenes sin ruido y sin carril.
-
-Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho
-estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de
-pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.
-
- * * * * *
-
-Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que
-era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas
-impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el
-rostro.
-
-Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se
-encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron
-viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus
-ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su
-futuro.
-
- * * * * *
-
-Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que
-convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la
-gran cosecha de los jardines.
-
-En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban
-fajadas en la gran cosecha recogida.
-
-Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se
-concentraba y tenía ánimos de creación.
-
-«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que
-traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de
-recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»
-
-Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del
-alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora
-de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los
-pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la
-erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a
-los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber
-encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria
-que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en
-el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución
-con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las
-tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor
-de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor
-a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las
-heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan
-hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos
-que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa,
-etc., etc.
-
-Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por
-esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas
-extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el
-recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
-
-Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas
-alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se
-entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión
-a la cera que iba formando el panal.
-
- * * * * *
-
-Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad,
-repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de
-cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos
-niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se
-reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en
-el camino.
-
-Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de
-recién acostadas.
-
-Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus
-amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose
-unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como
-se mezcla el agua caliente y la fría.
-
-Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
-
-El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos
-niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las
-piernas del que pasa.
-
-Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a
-sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio
-puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al
-paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de
-poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba
-más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las
-niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las
-piernas de los caballeros sentados.
-
-Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y
-corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los
-cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que
-venían generalmente en automóviles amarillos.
-
-También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a
-parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para
-que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con
-gran curiosidad a la terraza para ver una pareja--la misma a través de
-todas sus variaciones--que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba
-hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían
-desde sus galerías.
-
-«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»--se
-decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes,
-que a uno seguido.
-
- * * * * *
-
-Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida,
-suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si
-se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la recepción la
-misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que
-broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.
-
- * * * * *
-
-A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros
-cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos
-secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar
-al terráqueo de vez en cuando.
-
-Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la
-sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de
-la tarde.
-
- * * * * *
-
-En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me
-vea el tren y me lleve».
-
-Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión
-para sus oídos oir el último estertor.
-
-«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»--se decía frenética de alegría.
-
-Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre
-todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.
-
- * * * * *
-
-Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los
-aviadores.
-
-Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la
-brisa.
-
-Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.
-
-Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el
-gusto de la fabricación.
-
-Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la
-cochinilla escondida.
-
- * * * * *
-
-Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los
-gimnastas que hacen exhibición de su pecho.
-
-«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»
-
-«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»
-
-«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»
-
-Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.
-
-Vivía la Quinta en independencia del paisaje.
-
-A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo
-sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado
-de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de
-caracol.
-
-¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias,
-la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un
-niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.
-
- * * * * *
-
-No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía
-su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar
-patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.
-
-«Tiene mi vida--se decía Palmyra--algo de prisión de reina.»
-
-Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el
-otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos
-con hojas ensartadas.
-
- * * * * *
-
-Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos
-sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy
-perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de
-la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que
-dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.
-
- * * * * *
-
-Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en
-la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y
-deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de
-pluma y una cosa que es como una miel que se respira».
-
-Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era
-destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de
-estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de
-baúles y tinajas de lo mismo.
-
-«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas--pensaba
-Palmyra volviendo a su obsesión--. No saben sentir los besos en las
-manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas,
-cuando apenas ven a nadie.»
-
-Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en
-ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.
-
- * * * * *
-
-Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos
-gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha
-concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar,
-a lo bonancible del tiempo.
-
-¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros,
-como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de
-los gritos felices!
-
- * * * * *
-
-Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción.
-Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.
-
-Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los
-caminos, entre boscajes que la sirven de biombo, aquélla resultaba más
-oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de
-un cementerio.
-
- * * * * *
-
-La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles
-se llenaban de más mirlos.
-
-El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
-
-Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la
-vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
-
-Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo--se
-decía--pero en esto está el éxito».
-
-Se sentía como fuera del camino de la muerte.
-
- * * * * *
-
-En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del
-día--algo mucho mejor que un baño de sol--y ya estaban suavizados con
-bastante gozo para dar por bien sucedido el día.
-
-Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de
-cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día,
-envuelto en papeles de seda azul.
-
- * * * * *
-
-Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que
-hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las
-gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos
-que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con
-deleite la harina del camino.
-
-Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una
-moneda, pero también pasaba de largo.
-
- * * * * *
-
-Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas
-desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los
-gestos varoniles incitantes y coactivos:
-
-«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada
-está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta
-solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o
-no ha sido robado!»
-
-«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín
-abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»
-
- * * * * *
-
-La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas
-algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que
-se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un
-ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
-
-Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas
-blancas.
-
-La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar
-con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
-
-Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría
-frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.
-
-Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado
-lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de
-los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de
-las puertas.
-
- * * * * *
-
-Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones,
-encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia
-dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte.
-La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
-
-En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos
-y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.
-
-
-
-
-XVIII
-
-EL GENIO ARREBATADO
-
-
-Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la
-recomendaba un pianista célebre.
-
-«Como sé que te hará pasar un rato delicioso--decía la carta--me atrevo
-a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con
-notas musicales en vez de con palabras.»
-
-Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía
-preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía
-complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista
-usado, aunque de la mejor calidad.
-
- * * * * *
-
-Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que
-salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras
-sobrenaturales en primer término.
-
-Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez
-de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas
-pintadas.
-
-Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante,
-apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena
-de brillantina sólida.
-
-Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como
-arrodillado por las alfombras.
-
-Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus
-crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.
-
-Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación
-desgreñada.
-
---¡Oh, mía señora!...
-
-Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la
-sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:
-
---Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he
-emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes
-que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan
-entretejido los árboles!
-
---Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un
-claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?
-
---Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...
-
---Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de
-esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto,
-que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da...
-Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi
-perro lobo...
-
---Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto
-es maravilloso... maravilloso.
-
-Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte
-de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella
-le gustaban tanto.
-
-Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un
-poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres
-le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre
-había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento
-parecía tener galantería de caballero más que de mujer.
-
-Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del
-piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir
-la chepa de los grandes ejecutantes.
-
---Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota
-hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.
-
-Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y
-como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y
-se puso a tocar.
-
-Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado
-como para repasar las hojas de su memoria.
-
-«Este hombre--se decía Palmyra--no está lleno de tantas complicaciones
-como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las
-pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he
-huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos
-sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»
-
-Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el
-mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad.
-Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la
-habitación está desesperada.
-
-El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez
-y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la
-desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.
-
-Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento,
-dijo:
-
---Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así,
-quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí
-nuestro célebre Almeida...
-
---¿Estuvo aquí Almeida?--preguntó con mucha admiración el pianista.
-
---Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de
-mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...
-
---¿Y tocó en este mismo piano?
-
---En el mismo...
-
---Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...
-
-Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el
-pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía
-cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que
-son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:
-
---Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo
-que he prohibido tocar en él son vals...
-
-El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa
-deferencia, tomó su mano y se la besó.
-
-Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de
-amor, pero dado con verdadero disimulo.
-
-«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»--se decía ella, que sabía que
-en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente
-cuando el nuevo amante se la insinuaba.
-
-Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los
-hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud
-infantil.
-
-La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al
-hombre de bigote negro.
-
-Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía
-ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había
-alfombrado la casa.
-
-Por romper el silencio, le consultó:
-
---¿Quiere que invite mucha gente al concierto?
-
---Quisiera tocar para usted sola.
-
---Pero es necesario que los demás le admiren...
-
-Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que
-ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche
-solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.
-
-
-
-
-XIX
-
-EL CONCIERTO
-
-
-Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con
-broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la
-mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.
-
-Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con
-un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la
-casa.
-
-Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados
-después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la
-música.
-
-La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se
-había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba
-a ser más dulce la loción musical.
-
-Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.
-
-El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese
-disminuir al final un acto del programa.
-
-Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto
-fuese una función de teatro la que se fuese a representar.
-
-Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las
-embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación
-de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.
-
-Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar
-al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.
-
-Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar
-debajo de la butacas.
-
-La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en
-sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.
-
-En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al
-mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música
-en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con
-la que llevaba en todos los bolsillos.
-
-Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó
-el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que
-el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se
-tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto
-antes el escalofrío de las primeras notas!
-
-Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una
-inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano
-sacaba músicas y músicas de sus dedos.
-
-Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a
-sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.
-
-Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con
-su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago
-en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.
-
-Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano,
-como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.
-
-Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y
-descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que
-la víctima ha lanzado su último suspiro.
-
-La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos
-les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y
-dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el
-mar.
-
-Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus
-corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.
-
-La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías,
-ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares
-lejanos.
-
-Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche
-y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía
-haber matado a una reina para entronizar a otra.
-
-Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se
-ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un
-mosquitero rosa sobre la cama de la _chaisse-longue_.
-
---¿Es que ha llorado durante la música?--preguntó el disfrazado de
-melenas.
-
---No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.
-
---Eso no puede ser...--dijo don Félix--el lagrimal es la primera lágrima
-solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá
-usted enjugar nunca.
-
---Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque
-creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.
-
---¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...
-
---Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.
-
-De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la
-gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo
-tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.
-
-Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre
-pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los
-días.
-
-Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche
-se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.
-
-El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su
-aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.
-
-Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio
-cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.
-
-Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese
-soportar la soledad de los dos en el palacio.
-
-Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la
-importaba.
-
-Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí
-misma sin eso.
-
-No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.
-
-Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las
-dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las
-caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en
-ellas.
-
---¿Y ahora, señora...?--preguntó el pianista, que parecía haber nadado
-hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la
-música:
-
-Palmyra contestó:
-
---Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.
-
---No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he
-puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré
-dormirme en toda la noche.
-
---Y yo que le he escuchado, tampoco.
-
-Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas,
-era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen
-entre la hermana de la muerta y el cuñado.
-
-
-
-
-XX
-
-NUEVO HUÉSPED
-
-
-Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de
-Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos
-huéspedes.
-
-Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.
-
-«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando
-aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la
-mañana.
-
-Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado,
-igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las
-maderas.
-
-El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que
-resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana
-frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.
-
-Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado
-frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en
-pijama hacia el cuarto de baño.
-
-Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín
-antiguo.
-
-Era como si mirase a través de un brillante la ma ñana que tomaba todos
-los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.
-
-«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.
-
-«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.
-
-Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.
-
-Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.
-
-En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.
-
-Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.
-
-El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.
-
-Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer
-automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.
-
-El mar era un mar vertido en un lava ojos.
-
-Gran limpieza de espejos había en la mañana.
-
-El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.
-
-En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó
-reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.
-
-Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.
-
-Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:
-
---Hay un momento en que los barcos son como tartanas.
-
-Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y
-respingo dan los besos, ella decía:
-
---Que nos mira el mar con sus ojos azules--y ponía un gesto como de ser
-acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin
-respetar la frase que debía quedar en lo suyo:
-
---¡Como que le he visto pestañear!
-
-Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas,
-arrancando sus hojas rápidamente.
-
-El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano
-al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como
-perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas,
-desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.
-
-Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como
-necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar
-el ocaso y la noche:
-
---Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las
-naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde
-las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...
-
---Eso sería muy pornográfico--respondió sin respeto a la pulposa idea
-aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.
-
-Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.
-
-Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio
-arrebatado»:
-
---Todos hemos tenido, te lo diré yo con más franqueza que nadie, una
-prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no
-pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y
-suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha
-sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...
-
---¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...
-
---Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.
-
---Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que
-no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...
-
---No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los
-orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso
-está prohibido en todos los amores.
-
---Tienes carne de pescadora lisboeta--la decía otras veces.
-
---Explica, explica ese cumplimiento--decía Palmyra entre enfadada y
-satisfecha.
-
-El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas
-pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que
-pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por
-como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar
-descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de
-ellas si lograba que le quisiera.
-
---Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora--repuso Palmyra.
-
---Pero es posible que alguna pescadora proceda de los tuyos... Hubo un
-tiempo en que eran hijas de reyes--contestó el pianista.
-
-No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era
-verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos
-debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en
-princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.
-
-Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a
-la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido.
-Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él
-el asomarse a la perspectiva de su Quinta.
-
-Todo se acaracolaba en el fondo del campo.
-
-La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia
-allí había que orientar los pensamientos.
-
-El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la
-sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o
-desenvuelve el periódico el farero.
-
-Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba
-en ella la luna.
-
-Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche
-y la metiese envidia de desembozar la cama.
-
-Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a
-toda su expectación.
-
-Era allí más verdad que en ningún sitio--si cabe decir eso--el acto de
-acostarse.
-
-Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la
-Quinta.
-
-Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la
-_pelouse_ del paraíso.
-
-Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía
-Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba
-al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese
-ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina
-de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del
-paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera
-_pelouse_.
-
-La ola lejana rizaba los peces.
-
-El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal,
-con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la
-pureza nocturna.
-
-Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos
-rosas de las hombreras de su camisa de niña.
-
-
-
-
-XXI
-
-TARDE DIÁFANA Y FINAL
-
-
-El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia
-de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como
-con sus conciertos de música.
-
-Otro prisionero que quería escaparse.
-
-Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los
-hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida,
-el sentido claro de su existencia.
-
-Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de
-sí mismo en todos los parajes.
-
---Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...--se decía el aislado sin
-acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.
-
-Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.
-
---Ese chalet me da siempre pena...
-
---¿Por qué?
-
---Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de
-una manera que siempre parece que está llorando.
-
-El pianista optó por su distracción embrutecida de hombre superior y no
-rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora
-definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de
-las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.
-
-Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un
-atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de
-piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio
-caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese
-posible.
-
-Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire
-de boyerizo.
-
-El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y
-grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa
-blanca.
-
---Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...
-
-Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí
-iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.
-
-Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.
-
-Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla,
-sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble
-caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.
-
-Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde
-en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de
-alto plumero que se elevaban sobre la terraza.
-
---Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le
-rodean...
-
---Pero sólo soy un modesto organista resignado.
-
-Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.
-
-Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.
-
-Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía
-qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una
-copa de champagne.
-
-Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía
-de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia,
-le tentaba.
-
-Félix no hacía más que acariciar su gloria.
-
---¡Ah, mi gloria!
-
-Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres
-hay unos maniáticos exacerbados y terribles.
-
---¡Ah, mi gloria!--repetía y su gloria daba una gran intranquilidad
-inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.
-
-Corría un aire suave, un aire de llamada.
-
-Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los
-aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se
-está un poco rehacio en ir.
-
-Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los
-«moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo
-apremio sabía.
-
---No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza--dijo ella.
-
---¿Pues entonces, de qué clase es?
-
---Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a
-las playas...
-
---Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...
-
---No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo,
-algo triste...
-
---No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...
-
---Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca...
-
-Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo
-encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza
-de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan
-los árboles...
-
-Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los
-deliquios de las señoras.
-
-El reanudó la conversación:
-
---Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos?
-
---Siempre quedan lobos en la noche de los pinares.
-
---¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa!
-
-¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo!
-¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha!
-
-Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos
-suspensivos... Nunca tan oportunos...
-
-Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias
-líneas de puntos suspensivos.
-
-Pasó un automóvil.
-
-Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.
-
-Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque
-de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les
-sabe hacer la cabeza.
-
-En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras
-encrespadas ruido de mar.
-
-¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su
-propio rebaño y sus propios pastores.
-
-Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las
-pestañas de su paisaje.
-
-Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida,
-cada vez más abandonada.
-
-¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?
-
-Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se
-encendía la primera fogata de las cocinas.
-
---Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las
-cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora,
-que me sobresaltan el ánimo...
-
---Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.
-
---Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe
-tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es
-lealmente no hay por qué dejarlo de ser.
-
-Félix no contestó.
-
-Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.
-
-Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris, como en una de esas
-natillas en que se echa una docena de huevos.
-
-Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus
-misterios detrás del iconostasio.
-
-Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya
-no conocía a nadie y era inútil quererle retener.
-
-Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.
-
---¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como
-si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena
-el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay
-relojero a quien llamar.
-
-Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha
-metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas
-contrarias apretadas en encarnizado contacto.
-
-Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras
-lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila
-húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza
-se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al
-hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.
-
-El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un
-vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su
-crispadora unanimidad.
-
---No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta
-hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes...
-Me acuerdo de unos conciertos que di en un rincón de América en un
-teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo
-comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...
-
-Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella
-grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de
-escarabajos engordados por el térmico otoño.
-
-¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar
-en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.
-
---No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como
-con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito
-irme...
-
-Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que
-sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.
-
---Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que
-llegue la noche cerrada...
-
---No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.
-
---Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras
-de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me
-hayas llamado patrona.
-
-Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar
-mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que
-desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta
-rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.
-
-
-
-
-XXII
-
-LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO
-
-
-Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas
-como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar
-la mano cariciosamente.
-
-En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin
-que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos.
-
-Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas
-sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los
-muebles.
-
-Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es
-mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los
-cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el
-cielo que también caracteriza a Portugal.
-
-Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas
-inútiles.
-
-Era una ilusión la Quinta.
-
-Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos,
-dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus
-alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había valido para
-la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más
-churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que
-se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo.
-
-Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana
-con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta
-despidiéndose del mundo.
-
-La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico
-hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una
-celosía confidencial.
-
-La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra.
-
-La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba
-hasta los últimos balcones.
-
-La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era
-envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con
-sus largos brazos.
-
-«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me
-olvidaría!»
-
-Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la
-enredadera trepadora.
-
-«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de
-lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de
-alguien.»
-
-Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido
-yerba por falta de circulación de barcos.
-
-Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo
-de meníngico.
-
-Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial
-que se llevaba a sus amantes.
-
-Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido.
-
-La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad.
-
-Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a
-su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado
-reciba el beso que de pronto florece en los labios.
-
-La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la
-calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase
-dotada de eternidad.
-
-No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos
-complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a
-bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón
-del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese
-rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento
-en que los abraza.
-
-Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las
-chispas inevitables que hace brotar.
-
-La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio.
-
-Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes.
-
-Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se
-presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último
-borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un
-peinecito de bolsillo.
-
-Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por
-innumerables espejitos de mano alertas al desembarco.
-
-Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el
-brillante seno duro en que guarda sus teclas.
-
-Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra
-perspectiva en que está la inspiración.
-
-La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el
-desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como
-queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto.
-
-Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa
-para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño.
-
-Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en
-el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una
-mujer sola tenía muchos peligros.
-
-Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una
-extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la
-sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la
-calle y se mató.
-
-También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de
-engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en
-medio de la calle envueltos en un papel.
-
-Y el hombre del mak-ferland del Alentejo--largo sobretodo gris
-guarnecido de pieles de raposa--que dejaba muy malheridas y sin habla a
-las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión.
-
-Con todo, tomó el tren a la capital.
-
-El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire
-de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los
-prestidigitadores.
-
-«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues
-ya no lo ven ustedes.»
-
-...Y este otro...
-
-...Y este otro...
-
-...Y este más...
-
-Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación.
-
-Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese
-día se vestía de seda o de terciopelo.
-
-«El café bueno--se decía ella axiomáticamente--mantiene al amante.»
-
-Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía
-velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino
-corto como viajera del transiberiano.
-
-Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba
-de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el
-mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje
-permanecía mirándoles.
-
-En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la
-sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos
-balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de
-toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se
-la hacía sobresalir tanto que mostraba mejor el interior de la casa
-llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas.
-
-Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar.
-
-Estaba en las buenas tardes de Lisboa con un lazo de papel de seda a la
-cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como
-papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a
-que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un
-monito de la especie más pequeña.
-
-Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el
-niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en
-la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido.
-
-En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su
-kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo
-el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los
-«bombistas» antes de que cometan su atentado?»
-
-Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos
-antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como
-verónicas de larga duración.
-
-Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres
-que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la
-esperaban.
-
-Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier
-café del destino que no se ha elegido.
-
---Café--pidió Palmyra.
-
---No hay café, sólo cerveza--dijo el camarero.
-
-Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el
-amargor espumoso.
-
-Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas
-de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana
-almidonada con el vuelillo rizado.
-
-De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una
-habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo
-que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto.
-
-Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar
-de sangre a la criatura que ataca.
-
-El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que
-los de tierra.
-
-No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista
-y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que
-parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa
-de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había
-medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar.
-
-¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la
-pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil.
-
-Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o
-acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos
-a hacerla en la Quinta.
-
-
-
-
-XXIII
-
-EL HOMBRE CÓMODO
-
-
-En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su
-brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada
-siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba
-el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la
-incertidumbre de la tierra.
-
-Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin
-importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la
-dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en
-cuando.
-
---No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa...
-Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la
-camisa.
-
-Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él
-los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como
-después de la batalla sentimental.
-
-Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y
-él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que
-no le basta montar a caballo.
-
-Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a
-espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más
-el contraste.
-
-También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella
-deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios
-de efusión:
-
---Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la
-casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños
-de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.
-
---Ni que fueras una vaca de cien ubres--respondía el rudo marino sin
-acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.
-
-Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que
-sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba
-echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?
-
-Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que
-ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se
-sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se
-despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:
-
---Es para que no me dé frío...
-
-Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que
-dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.
-
-Abundaba en pensamientos de viaje:
-
---Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros
-sobre el terráqueo que se mueve.
-
-Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:
-
---Los pinos hacen el día de un verde escarchado.
-
- * * * * *
-
-Andaba solo, desasosegado por el jardín:
-
---He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un
-viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final
-de esas cuatro o cinco horas.
-
---¡Muy bonito!--le contestaba ella reconviniéndole.
-
---Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.
-
-Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo
-de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.
-
-El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que
-soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!
-
-El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado,
-más sórdido.
-
-Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.
-
-La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el
-lago de su espíritu.
-
-Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes
-que nadie recoge:
-
---Los días grises me envuelven en nubes--decía ella y él no comprendía
-qué debía contestarla--. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada
-esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de
-ella.
-
-Los ocasos morían sin responso.
-
-Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil
-que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con
-grandes barbas.
-
-Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una
-encuadernación, corría a ver el último momento del día:
-
---Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas--solía decir--,
-porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y
-otras a recoger los aplausos.
-
-Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.
-
---Es una humedad de encaje--dijo Palmyra una tarde.
-
---Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas
-moradas de los pensamientos...--dijo Palmyra otra tarde.
-
-El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.
-
-El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no
-rompiendo nada.
-
-Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y
-hacer como que va a correr con ellos.
-
-Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se
-libre del portazo, no puede con el cristal.
-
-A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.
-
-El mar resultaba como más cercano y embravecido con la presencia del
-marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del
-circo.
-
-Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban
-sobre el mar el arco de su trompa.
-
-Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el
-diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.
-
-Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las
-sirenas.
-
-Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre
-su cabeza la vela lírica.
-
-El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los
-abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el
-arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la
-lesbiana.
-
-Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para
-yacer con las mujeres.
-
-Tejedora--primera imagen en la creación del arpa--del fino tapiz
-musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se
-abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la
-que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.
-
-El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro
-descomunal con dotaciones litúrgicas.
-
-En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como
-pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula.
-La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era escena
-de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la
-jaula.
-
-¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!
-
-¡Dedos viciosos los de la arpista!
-
---Ahora quiero más tus manos--la decía él después de verla tocar el
-arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.
-
-Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel
-hombre tenía trazas de ir a estar siempre.
-
-Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado,
-cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho
-tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada
-por los pasillos de la noche.
-
-El no recataba su comodidad:
-
-«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia
-a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos
-insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el
-interior del ser.
-
-Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor
-fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.
-
-Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de
-abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.
-
---¡No, que no abran! ¡Que no abran!--gritaba el hombre cómodo cuando
-sentía a la doncella de la mañana.
-
-
-
-
-XXIV
-
-EL EMBOTELLAMIENTO
-
-
-Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera
-invernal.
-
-El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.
-
-Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos
-entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a
-intervenir en sus pensamientos.
-
-Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la
-americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo,
-a no se sabía qué.
-
-En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.
-
-El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio
-en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es
-angustioso fuera de esa única plazoleta.
-
-Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando
-anochecía dentro del bosque.
-
-La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes
-asturianos, le encerraba en su verdosidad.
-
-«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces
-sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no
-podrán salir.
-
-¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!
-
-Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda--esas
-plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos--querían
-hablar.
-
-Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban
-los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal
-en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.
-
-Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas
-abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la
-tarde.
-
-Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena
-novela de «Magazine».
-
-Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí,
-ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.
-
-Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera
-deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la
-concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.
-
-Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que
-estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos
-animales que no pueden levantarse cuando caen así.
-
-Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el
-calamar o gozar un día de muy buen mar, era en la Quinta, algo alejada
-del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio
-universal.
-
-El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en
-la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.
-
-«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se
-diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para
-jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.
-
-Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le
-tentaba con la otra orilla.
-
-Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas
-con chorreras.
-
-Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los
-rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.
-
-El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca,
-sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo
-colgante.
-
-Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos
-antiguos.
-
-Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada
-sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino,
-por hacer algo, regaba.
-
-Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes,
-mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera
-agradecía.
-
-Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario
-supremo.
-
-Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la
-manga de riego, le decía:
-
---Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.
-
---La espada flamígera del agua--aclaraba él.
-
-Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas
-finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.
-
-Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición
-hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su
-número de orden entre los placeres: «Ver llover.»
-
-Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro
-como si se bañase en la habitación.
-
-Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.
-
---Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo--y le
-llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba
-por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.
-
-En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues
-se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco
-iris se ha tumbado.
-
-Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía
-fuera.
-
-De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que
-viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la
-espalda.
-
---Mira, llueve en el mar--le decía ella señalando la lejana siembra
-desigual de la lluvia.
-
---Aquí tardará en llover--dijo él--, el mar atrae la lluvia como un beso
-que pide y el cielo tiene que otorgarle.
-
-Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote
-aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias
-cubanas.
-
-Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente
-tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas
-novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras
-de ojos cerrados.
-
-El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.
-
-Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.
-
-Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes
-de castellana como nada.
-
-Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se
-explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a
-otra cosa se pase de un amor a otro.
-
-Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su
-palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.
-
-Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese
-cinematógrafo en el gran casino.
-
-En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de
-matrimonio, su colcha de boda con la luna.
-
-Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para
-siempre en la terraza del mundo.
-
-Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al
-paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces--en la
-obscuridad--echaba los dados en el cubilete, y otras veces los
-desparramaba sobre las praderas del paisaje.
-
-Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una
-tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que
-hay en el amor.
-
-Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando
-siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.
-
-Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el
-camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.
-
-«¡Queja humana! También procedemos del gato»--pensaba ella.
-
-De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y
-echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la
-gata.
-
-Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el
-silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad
-de las cavernas.
-
-
-
-
-XXV
-
-EL COCHE DESBOCADO
-
-
-Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de
-muchos días.
-
-El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo
-tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores
-maceradas para lograr su esencia.
-
-Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de
-comer, a la una y media de la tarde.
-
-Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se
-pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra
-los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa
-sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.
-
-Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.
-
-Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los
-bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo
-permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel
-palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía que hacer el
-coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte.
-Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no
-sirven para eso».
-
-Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño
-palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería
-asomarse alguna vez.
-
-Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un
-chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O
-Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados
-de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.
-
-Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el
-oleaje marginal.
-
-Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar
-por el mismo paisaje.
-
-Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte:
-
---Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.
-
-El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió
-un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las
-floristas, fáciles comadronas de las flores.
-
-Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada
-esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese
-mucho.
-
-Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de
-vanos los oídos que la escuchaban:
-
---Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le
-escaparon...
-
-Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes,
-verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y
-cantarina.
-
-Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo
-desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos
-congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de
-sombra en los días demasiado soleados.
-
-Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la
-alegría del árbol con jarana interior.
-
-Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos,
-siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de
-los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.
-
-Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales,
-quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas
-de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que
-confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de
-la tierra.
-
-Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las
-verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable
-que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.
-
-¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los
-miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se
-amarran los barcos!
-
-Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.
-
-Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.
-
---¡Qué bien harías de Eva!--la había dicho él y ella había respondido:
-
---A la noche.
-
-Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy
-sugestivo de Eva vestida.
-
-Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido,
-ocultó la manzana.
-
-A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.
-
-El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.
-
-Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas,
-más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador
-de experiencia.
-
-Ante un árbol cortado, dijo Palmyra:
-
---Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé...
-
-Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los
-pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético
-del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran
-inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y
-tira por ellos de vez en cuando.
-
-En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más
-consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos.
-
-Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía
-conducir al cielo en coche.
-
-Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la
-vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto.
-
-Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida
-hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían.
-
-Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se
-adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes.
-
-Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la
-tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores...
-
-La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino
-acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de
-los primitivos apóstoles del mundo.
-
-Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les
-salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.
-
-La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo
-aquella luz de tarde feliz.
-
-Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca.
-Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se
-le veía al final del camino.
-
-Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada
-grado de la espiral.
-
-El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia
-atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su
-larga pipa blanca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa
-larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega
-a la mujer de sus abrazos.
-
-Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura
-virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas
-fotográficas.
-
-El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado
-sentado en un pescante de alto tejado.
-
-Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras
-tendidas, cascadas verdes.
-
-Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los
-otros árboles.
-
-En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.
-
-Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de
-los berros y hasta se saboreaban.
-
---También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su
-palacio--dijo el marino.
-
---Sitio ideal--dijo Palmyra--. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta,
-la trasladaba.
-
---No te comprendo--repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara
-que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.
-
-Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y
-casa antañona.
-
-«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a
-la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo
-muriendo!»
-
-Aún bordearon los caminos espirales como con los caballos andando de
-pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre
-el aire.
-
-Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.
-
-Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una
-balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo:
-
---El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces
-que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de
-Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.
-
-Después recorrieron un largo camino.
-
-El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños
-llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de
-nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.
-
-Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando
-aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se
-había hecho construir en el ideal Portugal.
-
-Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.
-
-Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya
-las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.
-
---La sala de los zares--decía el guía--hecha a imitación de la llamada
-del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.
-
-Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas
-almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y
-había echado tallo.
-
-¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con
-tapices, muebles y alfombras!
-
-En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan
-adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.
-
-Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno,
-algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.
-
---Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada--decía Palmyra.
-
---Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos
-adornos y recuerdos...
-
---¡Ah!--decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso
-paisaje--¡Ah! Pero tenían los balcones...
-
-El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo,
-entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del
-que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla
-a cada paso.
-
-Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a
-descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita
-del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a
-la enorme tetera.
-
-Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.
-
-El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un
-barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.
-
-El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que
-no tenían a mano.
-
-Pasaron junto a los criaderos de langosta:
-
---No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese
-que eran de criadero--dijo Palmyra.
-
---Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos--volvió a
-decir ella para romper el largo silencio.
-
-El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la
-emoción que repartía la luna.
-
-Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia
-chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»...
-«sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en
-repouso»...
-
-En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo,
-las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo
-que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de
-esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.
-
-Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan
-solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se
-piensa en eso.
-
-Los sándalos--llamémosles así--daban su perfecto olor a sándalo. El
-abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan
-desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero
-que busca un perfume que al fin encuentra.
-
-Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el
-«curaré» sazona los arroces.
-
-Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían
-lo que de navegación tiene el camino de la vera mar, iban respingosos,
-con miedos súbitos de criaturas infantiles.
-
-Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos
-freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos,
-enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse
-a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.
-
-¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el
-mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la
-rampa de una cuesta.
-
-Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de
-muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del
-preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el
-abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé
-desgreñado y fosco!
-
-El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el
-último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no
-hubo tiempo!
-
-Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron
-tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras
-Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del
-coche, agarrándose a un arbusto.
-
-Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en
-la catástrofe.
-
-El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del
-caso, Palmyra no estaba muerta sino mal herida; el cochero estaba
-destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se
-había salvado en tan bestial aplastamiento.
-
-Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar
-hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.
-
-Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer
-bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en
-que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del
-mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las
-heridas.
-
-El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido
-junto al otro para aplacar al destino.
-
-Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe
-cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.
-
---¡Palmyra! ¡Palmyra!
-
-El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la
-folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los
-bandidos.
-
-El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de
-socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la
-herida.
-
-En aquella cañada no había refugio.
-
-En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un
-tramo más abajo--¡pero qué tramo!--del otro camino del que se había
-desgajado el coche.
-
---¡Eh! ¡Eh!--gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de
-atrás.
-
-El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado
-aún.
-
---Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un
-coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.
-
-Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las
-víctimas.
-
-Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al
-mostrar a su desmayada Palmyra.
-
-En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el
-largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la
-catástrofe, la llevaron al automóvil.
-
-Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al
-_chauffeur_ lo trasladaron también al automóvil.
-
---¿A dónde?
-
---A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al
-médico.
-
-El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los
-automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.
-
-Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde
-recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta,
-donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué
-el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho
-engavillado.
-
-
-
-
-XXVI
-
-HERIDA HASTA EL ALMA
-
-
-Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.
-
-Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los
-colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.
-
-Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez
-en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía
-gozando su abertura.
-
-Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca
-que se frunce y se aprieta.
-
-En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el
-mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por
-las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.
-
-El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo
-desde el primer momento.
-
-El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.
-
-Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el
-día.
-
-Era el doctor el hombre principal de los días y él se sentía relegado
-en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las
-heridas.
-
-Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay
-esparcida en las tardes de primavera.
-
-Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable
-lleno de ayes que se estampaban en las paredes.
-
-Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y
-parecía burlarse de ella al no estar él también herido.
-
-El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que
-tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.
-
-Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.
-
-Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un
-árbol.
-
-Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido
-el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las
-pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura,
-Buenaventura la planteó su marcha:
-
---Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.
-
-Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.
-
-Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble.
-Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido
-por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la
-tragedia...
-
-Palmyra dijo irritada:
-
---Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no
-me vería como ves...
-
-El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la
-injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los
-ataques:
-
---¿Es que me vas a echar a mí la culpa?
-
-Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.
-
---Yo volveré...
-
-Palmyra se destapó airada y dijo:
-
---El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías
-recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No
-vuelvas.
-
-Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el
-silencio la secundaba y la contestaba como un coro.
-
-No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de
-la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su
-infidelidad.
-
-¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!
-
-La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de
-una misión de viajes, surgía en él.
-
-«Otro que tal», se dijo ella.
-
-¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser
-ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.
-
-Todos parecían ir a decir siempre:
-
---Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.
-
-Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan
-talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel
-quedarse en que no había ninguna renuncia.
-
-Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella
-Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a
-ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el
-verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos
-inquietos y foragidos.
-
-La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo
-abandonado.
-
-Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en
-ciudades americanizadas.
-
-La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la
-tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una
-mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.
-
-No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase
-en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el
-mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en
-medio de sus caminos.
-
-La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano
-como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle
-insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.
-
-Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o
-se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras
-conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca
-más.
-
-Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como
-aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te
-recibiría».
-
-«No, no», decían las palmeras removidas.
-
-La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar
-nueva posada al que se iba.
-
-
-
-
-XXVII
-
-SALIDA DE LA CONVALECENCIA
-
-
-Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.
-
-El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus
-manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.
-
-La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores
-y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y
-sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.
-
-La melancolía la sentaba mejor.
-
-Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de
-fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.
-
-Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.
-
-Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que
-hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le
-correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.
-
-La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del hombre imposible, con
-algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las
-mujeres.
-
-Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin
-ansia viajera y sin espera del día siguiente.
-
-Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es
-dulce, no lo comprendía nadie.
-
-Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las
-mamas del espacio.
-
-Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en
-pacífica suspensión y dedicación.
-
-Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.
-
-La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos
-ídolos de que se había reído y al hombre.
-
-Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y
-la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de
-retocar las bellezas que sostiene en la vida.
-
-Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe
-agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las
-habitaciones de la Quinta.
-
-Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.
-
-Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas
-tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se
-habían escapado los presos.
-
-Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que boga por los mares de
-la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.
-
-«En estas soledades--pensaba Palmyra--se conversa con los reyes
-desengañados.»
-
-Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que
-todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la
-guerra y a las ciudades».
-
-Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una
-vergüenza mezclada de voluptuosidad.
-
-Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y
-descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser
-compartida sólo por otra mujer.
-
-¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en
-brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea
-siempre una enfermedad que curar.
-
-Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y
-curarse de todas las nostalgias.
-
-Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si
-fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en
-sus reuniones.
-
-Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico
-que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las
-coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.
-
-Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba
-siempre como una espina.
-
-Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que
-conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del
-mundo.
-
-Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que
-parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se
-fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.
-
-Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el
-doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste
-a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una
-enfermedad gracias a otras manos.
-
-Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la
-mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran
-experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en
-que la queda un dolor rezagado.
-
-La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía
-con la carne correosa y triste.
-
-Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo
-sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía
-Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los
-hacía redondos y amontonados alcores.
-
-El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía
-Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban
-juveniles.
-
-Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en
-la chimenea, aunque el día de invierno era como los más crudos de aquel
-paraje un día de primavera con escalofríos.
-
-Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando
-entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.
-
-Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una
-gran tizona.
-
-Se hablaba de la lumbre.
-
---Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros
-que lo quisieran sazonar--decía don Vasco.
-
---¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla
-con soplo interior todo el leño?--decía Palmyra.
-
-El humo de la leña les picaba a todos los ojos.
-
-Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los
-leños consumidos.
-
-La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que
-habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.
-
---Ya tenemos todos lentes ahumados--dijo el viejo español.
-
-La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría
-aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una
-mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre
-cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.
-
-El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían
-matizado con todas las salsas.
-
-Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que
-lanzaba la última rúbrica de humo.
-
-Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están
-aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus
-secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese
-juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy
-lejos del mundo.
-
-Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».
-
-Llegó doña Manolita.
-
-Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados
-por la herida.
-
---Estás muy macilenta--dijo algo agorera--. Después se apresuró a tomar
-su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien
-cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo
-tomaba de pequeña».
-
-Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.
-
-Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la
-costumbre.
-
-Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía
-decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con
-pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo
-morisco en que estaba toda su fortuna.
-
-La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia
-pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia
-hacía mucho tiempo.
-
-Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron
-cuenta de que era hora de irse.
-
-Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la única invitada juvenil
-que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los
-huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.
-
-Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al
-ver a Lucinda.
-
-Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se
-sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además
-impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían
-que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan
-despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.
-
-Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se
-acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».
-
---¿Ya bien?
-
---Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?
-
-Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese
-arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado
-con su nombre en las fiebres.
-
-Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.
-
---He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido...
-He pensado mucho en ti...
-
-Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía
-decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida
-cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza,
-veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la
-retirada.
-
-Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el
-satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no
-bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el
-fuego.
-
-Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando
-a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta,
-dijo a Lucinda:
-
---¿Vendrás muchas tardes?
-
---Las que quieras.
-
---Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío
-del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...
-
---Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve
-que tu alma se ha quedado asustada.
-
---Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como
-si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...
-
---¿Los caballos galoparon al caer?
-
---Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo
-submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron
-melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!
-
---¿Y él?
-
---El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas...
-Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón.
-Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...
-
---¿Y después, qué hizo?
-
---«¡Fugio!»
-
---¿Y no has vuelto a saber de él?
-
---Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La
-Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que
-son consuelo de mis ilusiones.
-
---¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?
-
---Es verdad... Tú... Sí--y se quedó con su mano en las manos.
-
-Un reloj les sacó de su ensimismación.
-
-Lucinda exclamó:
-
---¡Qué tarde! Volveré mañana--y se puso el sombrero sobre aquel pelo
-negro como lleno siempre de las aguas del peine.
-
-Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la
-belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.
-
---Adiós... Hasta mañana.
-
---Hasta mañana... Adiós.
-
-Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como
-pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo
-sueltan en muchos momentos.
-
-¡Qué replegadas en su blanda madriguera!
-
-
-
-
-XXVIII
-
-LUCINDA
-
-
-Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad
-contenida.
-
-Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el
-cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus
-mechones sobrantes por el suelo.
-
-Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen
-penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar
-todos los sombreretes de la tierra.
-
-En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella
-última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los
-trenes tropiezan con los topes finales.
-
-El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y
-otros pálida.
-
-Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.
-
-Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes
-con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que
-absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de
-la serpiente que muerde en lo bajo y mira hacia lo alto para ver encima
-de ella el gesto de la mujer mordida.
-
-Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había
-sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con
-incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que
-los espejos fríos.
-
-Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...
-
-¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran
-secreto?
-
-Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él
-era el de aquella larga curación en la mayor soledad.
-
-Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no
-merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos
-siempre de una nueva aventura.
-
-La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el
-conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una
-mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban
-impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los
-demás.
-
-La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la
-constante movilidad y pasaje de las nubes.
-
-Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y
-que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo
-vital la vida paisana.
-
-«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos
-inmóviles!», pensaba Palmyra asomada a los cristales y viendo pasar las
-nubes cinematográficas de aquella tarde.
-
-La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.
-
-Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí
-misma.
-
-Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra
-las miraba con gesto de dolorosa.
-
-Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.
-
-Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró
-hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y
-desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo
-de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es
-irresistible» y se retiró a otra habitación.
-
-Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había
-pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba
-el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía
-de la muerte con viva morbidez.
-
-Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.
-
-Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.
-
-
-CHANSON
-
- De ta robe à longs plis flottants
- Ruissellent toutes les chimères,
- Et tu m’apportes le printemps
- Dans tes mains blondes et légères.
-
- J’ai peur de ce frisson nacré
- De tes frêles seins, je ne touche
- Qu’en tremblant à ton corps sacré,
- J’ai peur du charme de ta bouche.
-
- Je me sens grandir jusqu’aux Dieux
- Quand, sous mon orgueilleuse étreinte,
- Le doux bleu meurtri de tes yeux
- S’évanouit, fraicheur éteinte.
-
- Mais quand, si blanche entre mes bras,
- A mon cri d’amour qui se pâme
- Tu souris et ne réponds pas,
- Tes yeux fermés me glacent l’âme...
-
- J’ai peur,--c’est le remords spectral
- Que l’extase ne saurait taire,--
- De t’avoir peut-être fait mal
- D’une caresse involontaire.
-
-Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah!
-tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que
-la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales
-blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus
-alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de
-las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las
-ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el
-agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».
-
-Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se
-hacía para encontrar una sola flor.
-
-«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»
-
-Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin
-tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.
-
-«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos,
-insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y
-nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»
-
-Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la
-locura es la sabiduría de las tinieblas».
-
-Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas
-dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía
-lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de
-«nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer
-triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada»,
-de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de
-perderse «na grande Escuridâo».
-
-Lucinda acabó de recitar.
-
-Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?
-
-Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta
-aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad
-dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario
-para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la
-amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin
-engaño ni arrebato.
-
-Muchas veces, en la necesidad de amansar los deseos locos de ternura de
-su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las
-tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder
-desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.
-
-¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?
-
-No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo
-deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no
-es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por
-el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una
-contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la
-pregunta al reforzarse el preguntar.
-
-«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor--pensaba
-Palmyra--, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir
-durante unos minutos cada día.»
-
-Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa
-un poco, no se daría en la amiga.
-
-Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella
-mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo
-compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.
-
-
-
-
-XXIX
-
-BIOMBO FINAL
-
-
-Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la
-Quinta.
-
-Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre
-sería siempre incomprensivo.
-
-Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la
-necesidad complementaria.
-
-En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban
-por aquella playa última del mundo europeo.
-
-Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.
-
-Se veía el puente colgante del arco iris.
-
-El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los
-colores.
-
-La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur
-levantaba polvaredas de arena.
-
-Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los
-vientos.
-
-Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se
-sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la
-cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo
-con tal arrogancia su espléndido busto--en el que parecía estar su
-virilidad--que Palmyra la decía:
-
---Eres la amazona de la arena.
-
-Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué
-tontería!» del hombre.
-
---Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas
-que parecen un rizo de berlangot--decía Palmyra.
-
-Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono
-por sus imaginaciones.
-
-A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el
-que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.
-
-Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la
-antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a
-leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece
-encontrar su confidencia.
-
-La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de
-los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría
-asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches
-con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en
-la misma mañana.
-
-El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía
-perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.
-
-Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No
-estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o
-presumido está cerca.
-
-Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nuevas violencias, había
-desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que
-no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios
-de rupturas, engaños y crueldades.
-
-El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un
-día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se
-exigiesen una belleza meticulosa.
-
-Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.
-
-El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más
-grandes, más redondas, más claras.
-
-Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado
-en la balaustrada.
-
-Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de
-su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos
-grandes roperos que poseía Palmyra.
-
-Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado
-amable, suave y perfumado quedaba en ellos.
-
---¿Vamos a arreglar los armarios?--preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía
-con encanto.
-
-Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el
-amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...
-
-La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos
-eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor
-de su soledad.
-
-En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y
-zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.
-
-Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante,
-se aplacaba en ellas.
-
-En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas
-diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar
-aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.
-
-Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran
-cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu»
-del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo
-las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.
-
-Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.
-
---Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua.
-¡Qué frescura en los días de verano!
-
---Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos
-que son como trajes de algas.
-
-Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en
-pleno salón.
-
-Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a
-toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que
-ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando.
-
---En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey...
-
---Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo
-tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo.
-
---Somos dos hijas bastardas de un rey.
-
---No--respondió Lucinda--, tú eres esa bastarda y yo tu dama.
-
-Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de
-un «fular» blanco que daba dentera a las caricias.
-
-La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en
-cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no
-responde y huye.
-
-Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de
-lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión!
-
-Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo
-encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría
-entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada
-lado del poliédrico terráqueo!
-
-En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad
-aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.
-
-Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las
-palmeras tenían un cimbreo solemne.
-
---El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a
-que la mujer ha llegado por su sensibilidad.
-
-Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba
-su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.
-
-Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la
-amiga se sentaban en la carroza de la ventana y se pasaban la tarde
-viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los
-caminos que lleva pan a alguna parte.
-
-Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de
-permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las
-cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua
-interior hasta el cuello.
-
-Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del
-tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren
-interminable que convertía el mar en una película de perforación
-universal.
-
-Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un
-día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de
-tristeza y presagios.
-
-La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se
-les subían a los hombros como perros de alta talla.
-
-La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que
-agradecen el agua.
-
-Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas
-desangradas por la alucinación voluptuosa.
-
---Estoy como una galleta mojada en té--dijo Palmyra.
-
-Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su
-imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas
-jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos
-improvisados y aún sin pesca.
-
---Siempre la invención del techo será maravillosa--dijo Palmyra.
-
---¡Qué gratitud a su inventor!--corroboró Lucinda.
-
-Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de
-unas Magdalenas asomadas a la lluvia.
-
-Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como
-aquél.
-
-Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con
-un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.
-
-La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.
-
-Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su
-mismo vagido enfundado en el eco.
-
-Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo
-lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.
-
---¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los
-pasos de nivel para que pasemos nosotras...
-
---Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros
-automóviles detenidos...
-
---¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el
-tren!
-
-Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la
-luz de una mirada.
-
-El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura
-compañía.
-
-El frenesí brota por lo inacabado que se es, apareciendo en él los
-desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en
-el abrazo.
-
-No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud
-de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así
-no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber
-sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.
-
-Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y
-al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas.
-
-Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres
-después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la
-nariz, como si fuese como pico de águila.
-
-Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de
-apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una
-investigación.
-
-La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga.
-
---¡Lucinda! ¡Lucinda!
-
-Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del
-pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del
-mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera.
-
-Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por
-más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad.
-
-Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios,
-además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie
-asomarse.
-
-¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos!
-
-El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan
-como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo
-rechinar!
-
-Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre
-se logra hallar más.
-
-
-FIN
-
-
-
-
-INDICE
-
-
-_Páginas._
-
-I.--Descripción de la finca 7
-
-II.--Interior de la Quinta 13
-
-III.--Armando, el falso aristócrata 21
-
-IV.--Las visitas 27
-
-V.--Día de lluvia amorosa 37
-
-VI.--La última amazona 43
-
-VII.--Paseos en «milord» 49
-
-VIII.--El telegrama 57
-
-IX.--El envenenado 63
-
-X.--Ultimo paseo de Armando 71
-
-XI.--La soledad inapetente 83
-
-XII.--Al Casino 89
-
-XIII.--Era el hombre violento 97
-
-XIV.--Los automóviles de los desembarcados 101
-
-XV.--En alta mar del amor 109
-
-XVI.--Otra retirada 117
-
-XVII.--Recrudecimientos, soledades, aspiraciones,
-melancolías 125
-
-XVIII.--El genio arrebatado 139
-
-XIX.--El concierto 145
-
-XX.--Nuevo huésped 151
-
-XXI.--Tarde diáfana y final 157
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA ***
-
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-works. See paragraph 1.E below.
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-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
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-1.E.9.
-
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- The Project Gutenberg eBook of La quinta De Palmyra,
-por Ramón Gómez de la Serna.
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-
-
-<pre>
-
-Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La quinta de Palmyra
- (Novela grande)
-
-Author: Ramón Gómez de la Serna
-
-Release Date: September 18, 2020 [EBook #63228]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<div class="c">
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-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_1" id="page_1">{1}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c">LA QUINTA DE PALMYRA</p>
-
-<h1>
-LA QUINTA<br />
-DE PALMYRA</h1>
-
-<p class="cb">(NOVELA GRANDE).<br />
-<br />
-POR<br />
-<br />
-RAMÓN<br />
-GÓMEZ DE LA SERNA<br />
-<br />
-<img src="images/colophon.png"
-alt=""
-width="75"
-/><br />
-<br />
-<br /></p>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span></p>
-
-<p class="cb">BIBLIOTECA NUEVA<br />
-<br />
-Propiedad.<br />
-<br />
-Derechos reservados para todos<br />
-los países.<br />
-<br />
-Copyright 1923 by<br />
-Ramón Gómez de la Serna.<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c">Gran Establecimiento Tipográfico de «El Adelantado de Segovia»</p>
-
-<p class="inddx"><a href="#INDICE">AL INDICE</a></p>
-
-<hr />
-
-<div class="obbras">
-
-<p class="c">OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA</p>
-
-<p><i>Entrando en fuego</i> (agotada).&mdash;<i>Morbideces</i> (agotada).</p>
-
-<p><i>El concepto de la nueva literatura.</i>&mdash;<i>Cuento de Calleja</i> (drama).</p>
-
-<p><i>Mis siete palabras.</i>&mdash;<i>El laberinto.</i>&mdash;<i>La bailarina.</i>&mdash;<i>El libro
-mudo.</i>&mdash;<i>Las muertas.</i>&mdash;<i>Sur del Renacimiento escultórico español.</i></p>
-
-<p><i>Ex-votos.</i>&mdash;<i>El teatro en soledad.</i></p>
-
-<p><i>El ruso.</i> En el «Libro Popular».&mdash;<i>Ruskin el apasionado</i>, estudio
-crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia».
-Editorial «Prometeo», Valencia.&mdash;<i>Tapices</i> (agotada).</p>
-
-<p><i>El Rastro.</i> Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas.</p>
-
-<p><i>Pombo</i> (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos
-grabados.&mdash;<i>Senos</i> (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe,
-16.&mdash;<i>Greguerías.</i> Editorial «Prometeo», Valencia.</p>
-
-<p><i>El Alba.</i> Editorial «Saturnino Calleja».&mdash;<i>Greguerías selectas.</i>
-Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja».</p>
-
-<p><i>El libro nuevo</i>, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.&mdash;<i>Virguerías</i>, 4
-pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)&mdash;<i>Variaciones.</i>
-Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.&mdash;<i>El Prado</i>, numerosos
-grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.&mdash;<i>Toda la Historia de la
-Puerta del Sol y otras muchas cosas.</i> Con numerosas ilustraciones, 1
-peseta. Beltrán, Príncipe, 16.&mdash;<i>El drama del Palacio deshabitado</i> (2.ª
-edición, seguido de otras obras de teatro como <i>La Utopía</i>, <i>Beatriz</i>,
-<i>La Corona de hierro</i>, <i>El lunático</i>). Un tomo 5 pesetas. Editorial
-América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.&mdash;<i>El Doctor
-inverosímil.</i> Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. <i>Disparates.</i> Calpe.
-Colección de humoristas.&mdash;<i>Pombo</i>, segundo tomo, con numerosos grabados.
-Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.&mdash;<i>Los muertos y las muertas</i>,
-(Atenea).&mdash;<i>El Gran Hotel.</i> Novela grande. Editorial América, Ferraz,
-21. <i>Leopoldo y Teresa.</i> En «La Novela Corta».&mdash;<i>El olor de las
-mimosas.</i> En «La Novela Corta».&mdash;<i>Ramonismo.</i> Ilustrado por el autor.
-Calpe. Colección humoristas.&mdash;<i>El Novelista</i>, (novela grande). Sempere,
-calle Martí. C. C. (Valencia).&mdash;<i>El incongruente.</i> Novela grande.
-Calpe.&mdash;<i>La Saturada.</i> «La Novela Corta».&mdash;<i>Vida, pasión y muerte de un
-humorista</i> (novela grande). Calpe.&mdash;<i>El hijo del relojero</i>, (novela
-grande).&mdash;<i>El ramo de Begonias</i> (novela grande).</p>
-
-<p><i>El Chalet de las Rosas</i> (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle
-Martí C. C. (Valencia).&mdash;<i>El Circo</i> (en la serie «Los Guasones»). 2.ª
-edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e ilustraciones de
-Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C.
-(Valencia).&mdash;<i>Cinelandia</i>, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C.
-C. (Valencia).&mdash;<i>La malicia de las acacias</i>, novelas, 4 pesetas.
-Sempere, Martí C. C. (Valencia).&mdash;<i>Gollerías</i>, con numerosas
-Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas.
-Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).&mdash;<i>Mauricio Barrés el enlutado</i>,
-con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia).</p>
-</div>
-
-<div class="bbox">
-<p class="c">Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66)</p>
-
-<p><i>Muestrario</i>, 4 pesetas.&mdash;<i>In Memoriam</i>, de Silverio Lanza, 4
-pesetas.&mdash;<i>El cubismo y todos los ismos</i> (con numerosas
-ilustraciones).&mdash;<i>Efigies</i> (dos tomos con curiosos grabados, a 4
-pesetas tomo).&mdash;Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies
-de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.&mdash;Tomo II, Oscar Wilde, El conde
-de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy,
-Edgard Poe.</p>
-
-<p class="c"><big>NOVELAS GRANDES</big></p>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td>LA VIUDA BLANCA Y NEGRA</td><td align="left">4</td><td class="c">PTAS.</td></tr>
-<tr><td>EL SECRETO DEL ACUEDUCTO&nbsp; &nbsp; &nbsp; </td><td align="left">4</td><td class="c">»</td></tr>
-<tr><td>LA QUINTA DE PALMYRA</td><td align="left">5</td><td class="c">»</td></tr>
-</table>
-</div>
-
-<p class="c">TRADUCCIONES</p>
-
-<div class="obbras">
-<p><i>Echantillons.</i> (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers
-verts».) <i>Seins.</i> (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»).
-<i>La veuve blanche et noire.</i> (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean
-Cassou, en la editorial Simón Kra.) <i>Le Docteur Invraisemblable</i>
-(Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial
-Simón Kra.)&mdash;<i>Gustave l’Incongru</i> (traducción de Jean Cassou en la
-editorial Simón Kra).&mdash;<i>El Incongruente</i>, <i>La viuda blanca y negra</i>,
-<i>Cinelandia</i>, <i>Ramonismo</i>, <i>El Doctor Inverosímil</i> y <i>El Gran Hotel</i>,
-han sido traducidos al alemán.<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span></p>
-</div>
-
-<hr />
-
-<h1>LA QUINTA DE PALMYRA</h1>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br />
-<small>DESCRIPCIÓN DE LA FINCA</small></h2>
-
-<p>Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase
-sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme
-puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda <small>QUINTA</small>, y en
-la de la derecha <small>DE PALMYRA</small> con su particular ortografía portuguesa.
-Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales.</p>
-
-<p>Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se
-le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a
-la que se subía por una suntuosa escalinata.</p>
-
-<p>Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba
-depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las
-lágrimas del cielo.</p>
-
-<p>En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo
-divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas
-piernas. Era<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los
-hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar.
-¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer!</p>
-
-<p>Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados
-en forma de toca.</p>
-
-<p>En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas,
-como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban
-elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían
-palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas
-auténticas, nuevas casas más altas que la madre.</p>
-
-<p>En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella
-cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha
-rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes
-cazuelas.</p>
-
-<p>En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos
-azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul
-recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes
-buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.</p>
-
-<p>Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco
-mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de
-melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.</p>
-
-<p>¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y
-optimistas!...</p>
-
-<p>Entre todos los azulejos sin disimulo en sus jun<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>turas, se componía una
-viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.</p>
-
-<p>Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas
-portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la
-fisonomía de la casa.</p>
-
-<p>¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos?
-¿El día inaugural y feliz de la casita?</p>
-
-<p>El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos,
-azulosados.</p>
-
-<p>A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.</p>
-
-<p>A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita
-para pedir auxilio.</p>
-
-<p>Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional,
-otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por
-una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto,
-miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las
-que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón
-visible del horizonte.</p>
-
-<p>Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina
-batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre
-estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa
-encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.</p>
-
-<p>Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer
-pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y
-oreada.<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span></p>
-
-<p>Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos
-su gran presentación rizada y atirabuzonada.</p>
-
-<p>En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de
-parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al
-que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas
-peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.</p>
-
-<p>El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho
-cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza,
-aquel refugio de segura intimidad.</p>
-
-<p>En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del
-mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.</p>
-
-<p>Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del
-mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una
-torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas
-nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos
-dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del
-tiempo.</p>
-
-<p>Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente,
-en esa hora disolvente del alba que puede con todo.</p>
-
-<p>La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero
-después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas
-del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en
-el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el
-mismo propietario.<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span></p>
-
-<p>Eran hoteles para el verano.</p>
-
-<p>Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y
-a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que
-nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!</p>
-
-<p>¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en
-tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos
-hotelitos?</p>
-
-<p>Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay
-nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones
-orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la
-inauguración.</p>
-
-<p>Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de
-horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de
-distinto color.</p>
-
-<p>¡Qué pena los torreones inútiles!</p>
-
-<p>Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas
-ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que
-daba la casualidad que no había afincado nadie.</p>
-
-<p>Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel
-paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar
-algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos
-azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche.</p>
-
-<p>Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive
-tranquilo y lame la costa.</p>
-
-<p>En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en
-otros sitios, parece que des<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span>cansa y añade también a todo el paisaje una
-emoción de serenidad manifiesta.</p>
-
-<p>También venía aquí el mar a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas
-de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos
-siglos de labor.</p>
-
-<p>Su lengua más vieja, su verbo más usado, era el que se adunaba y se
-reponía allí.<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span></p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br />
-<small>INTERIOR DE LA QUINTA</small></h2>
-
-<p>En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las
-humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal
-tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que
-tiene la tapadera.</p>
-
-<p>Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso
-se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación.</p>
-
-<p>En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los
-Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del
-respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas
-veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.</p>
-
-<p>Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de
-conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.</p>
-
-<p>Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa,
-se alzaban sobre muebles confidentes.</p>
-
-<p>Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las
-habitaciones, resguardándose<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span> en las esquinas, y como dejando sitio para
-el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica.</p>
-
-<p>Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo,
-estaban sus cabezas.</p>
-
-<p>Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio
-bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.</p>
-
-<p>Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre
-serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como
-una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.</p>
-
-<p>Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos
-de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel
-conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa
-cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de
-los antepasados, y otro un relicario apenas visto.</p>
-
-<p>Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa
-libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se
-componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no
-era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas.
-¡Oídos incurables!</p>
-
-<p>Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas
-por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y
-ultraterrestre.</p>
-
-<p>Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando
-los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir
-a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien.<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> Había
-numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos
-hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.</p>
-
-<p>La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas
-estaban entregados a un duerme vela constante.</p>
-
-<p>Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter
-de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.</p>
-
-<p>Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio
-predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no
-se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas.
-Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras
-eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.</p>
-
-<p>Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la
-sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar
-nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres
-excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran
-conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía
-telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.</p>
-
-<p>Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce
-estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o
-en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y
-edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el
-día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única
-descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce
-retiro, to<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span>mar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y
-oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad.
-Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y
-conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la
-avenida que paraba a la puerta de la casa.</p>
-
-<p>En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de
-alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas
-en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un
-prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras
-año en la Quinta ideal.</p>
-
-<p>Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de
-sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos
-negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se
-podrían llamar mordorés.</p>
-
-<p>Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.</p>
-
-<p>No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con
-zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras,
-dándolas exquisitez y dulzor.</p>
-
-<p>Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo
-preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese
-ser de otro modo.</p>
-
-<p>Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba
-amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que
-amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin que<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span>jarse nunca.
-Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el
-cierre del abrigo.</p>
-
-<p>Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa,
-mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y
-cándido, el nido blando en que se mecían.</p>
-
-<p>La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba.
-Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el
-que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo
-verde:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>Papagaio da pêna verde</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Naó venhas ao meu jardim</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>todas as penas se acaban.</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Só as minhas nao tém fim</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el
-inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella
-voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.</p>
-
-<p>Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las
-palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.</p>
-
-<p>Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la
-ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar,
-coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más
-luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones
-que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del
-trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como ponien<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span>do las
-ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del
-tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.</p>
-
-<p>El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna
-con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las
-bebidas refrescantes.</p>
-
-<p>La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición
-perpetua, se calmaba con el mar.</p>
-
-<p>Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la
-había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua
-fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada
-ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.</p>
-
-<p>¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos
-fatales!</p>
-
-<p>Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los
-que añaden vida a la vida.</p>
-
-<p>Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las
-quería? ¿Las odiaba?</p>
-
-<p>¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!</p>
-
-<p>Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su
-muerte.</p>
-
-<p>Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que
-trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la
-inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen
-aun los días más duros.</p>
-
-<p>Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio
-de todo. Enjugaban sus preocupa<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span>ciones con su gran simpleza y ese
-optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna,
-parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.</p>
-
-<p>Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los
-trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar
-más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los
-árboles.</p>
-
-<p>Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar,
-la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos
-grandes influencias.<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br />
-<small>ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA</small></h2>
-
-<p>Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo
-pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se
-debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se
-dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar,
-que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio
-desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus
-brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del
-paisaje.</p>
-
-<p>Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos.
-Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un
-ribete de plata en las sienes.</p>
-
-<p>Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno.
-Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de
-charol mientras habla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tus posesiones de la India, cómo son?&mdash;preguntaba con visible
-entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su
-desembocadura.<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?</p>
-
-<p>&mdash;Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los
-indígenas casas para varias familias...</p>
-
-<p>A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en
-que el niño pregunta como un niño ávido.</p>
-
-<p>Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su
-brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y
-depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.</p>
-
-<p>Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del
-masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la
-Quinta.</p>
-
-<p>Se adornaba mucho para retenerle.</p>
-
-<p>Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular
-encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces
-ventanas.</p>
-
-<p>Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz
-movibles a cualquier gesto de su cabeza.</p>
-
-<p>Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como
-lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar
-la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más
-próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un
-caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de
-sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la
-expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez,
-grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con
-gran bigote.<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p>
-
-<p>La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta
-entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las
-habitaciones el humo de la cocina.</p>
-
-<p>Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su
-muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.</p>
-
-<p>El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas.
-Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían.
-«¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y
-las cornucopias le dirigían miradas atroces.</p>
-
-<p>El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la
-hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas
-por los lagos del paisaje portugués.</p>
-
-<p>Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la
-orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la
-lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra
-en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos
-dragones escamados.</p>
-
-<p>Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille
-de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo»,
-«Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y
-numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su
-mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.</p>
-
-<p>Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span></p>
-
-<p>Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero
-desconocido por si se hacía el dueño.</p>
-
-<p>No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase
-amistosamente en su gabinete.</p>
-
-<p>Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se
-acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.</p>
-
-<p>Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar
-borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van
-a tirar un corcho al coche que pasa.</p>
-
-<p>Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules
-de perfume, sus grises ráfagas.</p>
-
-<p>Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola
-el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando
-volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o
-quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?</p>
-
-<p>Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da
-vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:</p>
-
-<p>&mdash;No digas tonterías...</p>
-
-<p>Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella
-mujer.</p>
-
-<p>Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa,
-componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino
-aire de<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos
-caballos.</p>
-
-<p>Había siempre muchos humos en el paisaje.</p>
-
-<p>Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde.
-Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran
-humos de ara.</p>
-
-<p>Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más
-asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de
-felicidad.</p>
-
-<p>«Este será&mdash;pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en
-un rincón&mdash;el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde
-más en apagarse.»</p>
-
-<p>Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red,
-como bastas con que la gran red estaba atada al mar.</p>
-
-<p>Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas,
-preguntaba a Palmyra:</p>
-
-<p>&mdash;¿Son barcas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan
-para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.</p>
-
-<p>&mdash;Que nunca les llega para zapatos...</p>
-
-<p>&mdash;Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no
-necesita media suelas.»</p>
-
-<p>A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su
-vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros
-del cielo y del mar.</p>
-
-<p>En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de
-los cortapapeles el cuchillo<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span> triangular de la vela. Y abría, quizás,
-las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que
-sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate
-el tiempo esfoliándolo.</p>
-
-<p>Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con
-braceo más enérgico.</p>
-
-<p>El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha
-comido el color y en las que se hace así un borde y una huella
-insubsanable.</p>
-
-<p>El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la
-habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br />
-<small>LAS VISITAS</small></h2>
-
-<p>Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos
-hoteles con gente.</p>
-
-<p>Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba
-la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen
-que las echen y las exijan el silencio.</p>
-
-<p>Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los
-moradores de la Quinta y los recién llegados.</p>
-
-<p>Los recién llegados.&mdash;Venimos a tener un ratito de conversación...
-Déjennos ustedes tenerla...</p>
-
-<p>Los moradores.&mdash;Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?</p>
-
-<p>Los recién llegados.&mdash;De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de
-lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente...
-Pequeñeces.</p>
-
-<p>Los moradores.&mdash;Hágannos ustedes el programa.</p>
-
-<p>Los recién llegados.&mdash;No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo,
-surgirán las palabras...</p>
-
-<p>Los moradores.&mdash;Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el
-camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span></p>
-
-<p>Los recién llegados.&mdash;No... Intentaremos hablar de todo antes de
-ocuparnos de eso...</p>
-
-<p>Los moradores.&mdash;También nosotros estamos deseando la conversación
-trivial.</p>
-
-<p>Los recién llegados.&mdash;Pues no perdamos tiempo.</p>
-
-<p>Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.</p>
-
-<p>Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don
-Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba
-Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia
-social en España y se había metido allí para siempre.</p>
-
-<p>Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y
-que agradecía con locura los tés de Palmyra.</p>
-
-<p>Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y
-entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.</p>
-
-<p>Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando
-extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.</p>
-
-<p>Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto
-toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba
-la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para
-estorbarla.</p>
-
-<p>Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la
-añadía gran pena.</p>
-
-<p>Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba
-de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su
-manteleta!<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de
-la casa ajena!</p>
-
-<p>La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba
-derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.</p>
-
-<p>No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde
-caía su pueblo.</p>
-
-<p>En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado
-asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la
-que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.</p>
-
-<p>Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era,
-aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la
-humanidad.</p>
-
-<p>Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un
-buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al
-invierno lo que es del invierno.</p>
-
-<p>Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina,
-machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma
-del perchero.</p>
-
-<p>A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire
-colonizador que tienen los ingleses.</p>
-
-<p>No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de
-pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los
-españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los
-ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras
-fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en
-seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span></p>
-
-<p>La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de
-pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.</p>
-
-<p>Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo
-en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.</p>
-
-<p>Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más
-puro.</p>
-
-<p>Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida,
-asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada,
-en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.</p>
-
-<p>Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o
-mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho
-aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable
-confidencia.</p>
-
-<p>Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que
-permaneciesen en la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Por fin van a aprobar el tren eléctrico&mdash;dijo don Vasco, dando una
-gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora
-mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte
-medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos
-sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!&mdash;dijo doña Beatriz, que
-sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que
-pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo
-fabuloso las rentas de su dinero.</p>
-
-<p>La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> allí por ver si
-perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto
-no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole
-íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía
-electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía
-a decir esa aprensión de su ignorancia.</p>
-
-<p>Don Mariano opinó:</p>
-
-<p>&mdash;No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera,
-chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.</p>
-
-<p>Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando
-había una entrada alegre, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...</p>
-
-<p>Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.</p>
-
-<p>&mdash;Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...</p>
-
-<p>&mdash;Lo malo&mdash;insistió Armando&mdash;es que tenga tipo de tren en vez de tener
-tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco,
-usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.</p>
-
-<p>El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría
-el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo
-aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo
-primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría
-conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente
-soñaban.</p>
-
-<p>Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos
-reaccionaban ante la electrificación,<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> pues veían al pensar en el caso
-con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que
-habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se
-enganchan en los viajes rápidos y fáciles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tarde ha hecho hoy!&mdash;exclamó el alegre español, en cuyo pecho
-anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la
-cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia&mdash;dijo
-Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.</p>
-
-<p>Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido una mañana de <i>luar</i>...</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, muy bien; eso ha sido&mdash;dijo doña Manolita, y todos los
-presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien
-había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno
-de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.</p>
-
-<p>&mdash;Realmente es verdad...&mdash;intervino don Vasco&mdash;. El sol era el sol, de
-eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más
-que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada
-aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...</p>
-
-<p>La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban
-embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con
-sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.</p>
-
-<p>Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas,
-sobre todo antes, cuando Palmyra es<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span>taba sola e indecisa y gozaban
-entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa
-de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se
-agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de
-las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros
-viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones
-suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que
-alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.</p>
-
-<p>Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía
-haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían
-dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la
-alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.</p>
-
-<p>Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le
-gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...</p>
-
-<p>&mdash;A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?&mdash;dijo don
-Vasco.</p>
-
-<p>&mdash;Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco&mdash;dijo Armando.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta
-tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.</p>
-
-<p>&mdash;Espiritismos, de ningún modo&mdash;dijo Armando, riendo de la disculpa que
-había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia
-del té.</p>
-
-<p>&mdash;Este es siempre un té cada vez más tardío&mdash;dijo la inglesa con su
-construcción y su portugués estrambóticos...<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Acabaremos convirtiéndole en vermú&mdash;dijo Armando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora&mdash;aseguró la pobre doña
-Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro
-o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un
-final de sopas de ajo.</p>
-
-<p>Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella
-hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía
-esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un
-telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un
-islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.</p>
-
-<p>Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo
-dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando
-rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa
-insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.</p>
-
-<p>&mdash;Ha vuelto la gripe&mdash;dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la
-consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se
-siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.</p>
-
-<p>&mdash;La gripe siempre vuelve&mdash;dijo el anciano don Mariano&mdash;. Yo siempre la
-he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese
-humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay
-nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.</p>
-
-<p>&mdash;No está mal la teoría&mdash;repuso don Vasco&mdash;. A la gripe la he visto yo,
-devastadora como nunca, en<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span> la India; mataba como siempre con
-frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como
-ahuyenta la peste...</p>
-
-<p>&mdash;Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí
-mata&mdash;dijo doña Beatriz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de dónde podrá venir aquí?&mdash;preguntó Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;¿No la he dicho a usted, señora&mdash;volvió a intervenir don Mariano&mdash;,
-que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no
-pasaría eso.</p>
-
-<p>Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire
-con la mano como quien aparta un contagio invisible.</p>
-
-<p>Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como
-si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase
-en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.</p>
-
-<p>Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span></p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br />
-<small>DÍA DE LLUVIA AMOROSA</small></h2>
-
-<p>Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los
-cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas
-pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los
-pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.</p>
-
-<p>¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los
-flecos interminables!</p>
-
-<p>A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal
-tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era
-suficiente.</p>
-
-<p>No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las
-ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...</p>
-
-<p>Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar
-la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya
-lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.</p>
-
-<p>Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una
-gran bondad.</p>
-
-<p>En la lenteja del reloj&mdash;¡qué ocurrencia!&mdash;parecía vivir con
-palpitaciones de reloj, como si su corazón,<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> en vez de moverse de arriba
-a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de
-perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.</p>
-
-<p>Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las
-ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que
-daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía
-aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del
-Océano Atlántico.</p>
-
-<p>Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al
-llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con
-fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se
-remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día
-lluvioso.</p>
-
-<p>En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.</p>
-
-<p>&mdash;La lluvia borra el mundo&mdash;dijo Armando.</p>
-
-<p>&mdash;No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta
-está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí
-sola!»&mdash;repuso Palmyra.</p>
-
-<p>Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía
-más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la
-luz.</p>
-
-<p>Lo que en su rostro pálido había de herpético&mdash;ese poco de herpético que
-es como el principio inicial de la corrupción&mdash;se acentuaba más en la
-tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.</p>
-
-<p>Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana
-lluviosa sobre todo.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos como dentro de una pecera, colocados<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> así detrás del cristal y
-viendo caer agua&mdash;dijo Armando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos
-juntitos?&mdash;repuso Palmyra.</p>
-
-<p>Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.</p>
-
-<p>Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con
-tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos
-desnudos?</p>
-
-<p>Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus
-brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de
-aparatos musicales de la sensibilidad.</p>
-
-<p>Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba
-cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.</p>
-
-<p>La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a
-ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran
-en el dintel de la puerta.</p>
-
-<p>Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la
-mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si
-le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para
-encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la
-miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la
-quita el polvo, con mirada burda de doméstico.</p>
-
-<p>Después Armando se ponía a pensar en la comida.</p>
-
-<p>«Qué pez es el del día es lo que hay que pregun<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span>tar&mdash;se decía&mdash;, que la
-carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»</p>
-
-<p>A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la
-discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía
-Armando su pregunta en voz alta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pez es el del día?</p>
-
-<p>&mdash;Hoy es pargo&mdash;le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:</p>
-
-<p>&mdash;Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, sí!... Ya sé&mdash;dijo Armando, que no quería recibir tantas
-explicaciones como un sordo.</p>
-
-<p>La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a
-través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas
-copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.</p>
-
-<p>Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la
-luz que caía del sol a través de las nubes.</p>
-
-<p>Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para
-aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces
-levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y
-encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el
-suficiente optimismo.</p>
-
-<p>El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues
-el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y
-lo mejora.</p>
-
-<p>«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»&mdash;se decía Armando al
-sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de
-segundos.<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span></p>
-
-<p>El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días
-grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una
-vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en
-la de atrás y en la de delante.</p>
-
-<p>Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían,
-jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se
-movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran
-devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda
-entre el brazo y el antebrazo.</p>
-
-<p>Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy
-castellana.</p>
-
-<p>Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca
-tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo
-el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las
-arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no
-eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los
-ojos vivos y la nariz esculpida.</p>
-
-<p>¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!</p>
-
-<p>¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba
-escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien
-con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!</p>
-
-<p>En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a
-Palmyra:</p>
-
-<p>&mdash;Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también
-aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien... Escríbele esta tarde misma&mdash;contestó<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span> ella con verdadero
-deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones
-insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.</p>
-
-<p>Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los
-quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por
-fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br />
-<small>LA ÚLTIMA AMAZONA</small></h2>
-
-<p>Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía
-irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos
-transitados y sabidos.</p>
-
-<p>Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza
-en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio
-donde ir.</p>
-
-<p>Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un
-caballo francés, al que llamaba «Rey».</p>
-
-<p>&mdash;¡Roi...!&mdash;decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más
-aristocrático y el caballo se calmase así más.</p>
-
-<p>La última amazona salía sola a la tarde&mdash;muy pocas veces con Armando&mdash;y
-adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de
-generalísima.</p>
-
-<p>Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de
-su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta
-muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en
-tazas de oro, en cuyo fondo se queda<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span>ba el último sorbo que era como
-esencia de escarabajo pura.</p>
-
-<p>La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus
-senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el
-aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo.</p>
-
-<p>Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la
-esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su
-caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche.</p>
-
-<p>El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona.
-Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los
-caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas.</p>
-
-<p>Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la
-soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una
-guirnalda de moños de gran rodete.</p>
-
-<p>La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el
-caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una <i>ecuyere</i>.</p>
-
-<p>Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se
-notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al
-ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino
-que la rozaban, que la querían abrazar.</p>
-
-<p>Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la
-Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de
-etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje.
-Armando la había dicho:<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela,
-igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la
-superficie un tanto encallecida del dulce arroz.</p>
-
-<p>Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina
-amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la
-amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba
-flagelado y enervado el aire de la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Día que no sales&mdash;la había dicho también Armando&mdash;es día en que todo
-parece más hostil y como si algo faltase en la <i>toilette</i> del panorama.
-Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir
-tu visita estuviese descuidado y salvaje.</p>
-
-<p>&mdash;Mi amazona, ven&mdash;la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola
-efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había
-adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.</p>
-
-<p>Ya era una cosa más de su <i>toilette</i> volver así, triunfadora, con la
-levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la
-nariz agudizada.</p>
-
-<p>&mdash;Traes las enaguas purificadas de la amazona&mdash;la decía Armando&mdash;, y
-traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el
-fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.</p>
-
-<p>También la repetía entre sorprendido e irónico:</p>
-
-<p>&mdash;Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina
-del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span></p>
-
-<p>Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba
-adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que
-traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que
-se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber
-sido arrancadas.</p>
-
-<p>Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y
-<i>lejanos</i>, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las
-viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como
-en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina
-y cortesana.</p>
-
-<p>Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había
-sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que
-para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de
-sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio.
-Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en
-levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.</p>
-
-<p>Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos
-desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El,
-como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba
-a abajo, de arriba a abajo.</p>
-
-<p>El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en
-que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y
-a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande,
-de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las
-jaulas íntimas.</p>
-
-<p>En el patio del estanque gritaban los patos como<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> si siempre les
-persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para
-echarles al caldo hirviente.</p>
-
-<p>Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.</p>
-
-<p>Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:</p>
-
-<p>&mdash;¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br />
-<small>PASEOS EN «MILORD»</small></h2>
-
-<p>Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas,
-porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el
-coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban
-como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.</p>
-
-<p>Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía
-ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.</p>
-
-<p>Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la
-felicidad deseada.</p>
-
-<p>Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal
-feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él,
-desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices
-del verano.</p>
-
-<p>Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera
-del buen día les acariciaba el cogote.</p>
-
-<p>Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos
-extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su
-sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>
-por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida
-se habían borrado definitivamente en este ambiente.</p>
-
-<p>El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera
-maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes
-zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.</p>
-
-<p>Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del
-miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en
-terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre
-de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no
-quisieron volver a ver el mar?»</p>
-
-<p>En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que
-sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se
-ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien
-dispuestas para verlo más tiempo.</p>
-
-<p>Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre,
-primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre
-sentados frente a los últimos cristales&mdash;por lo que entonces piensan que
-debieron hacer más bajo el alféizar.</p>
-
-<p>Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto
-particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu
-avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.</p>
-
-<p>El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar
-las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las
-descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span>
-pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.</p>
-
-<p>Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.</p>
-
-<p>Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo
-en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al
-Destino.</p>
-
-<p>Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.</p>
-
-<p>¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces
-su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor
-correspondiente al ensueño de su sabor.</p>
-
-<p>Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina,
-pero la conmovía con su finura.</p>
-
-<p>&mdash;Huele casi como la flor de almendro&mdash;dijo Armando.</p>
-
-<p>&mdash;Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...&mdash;contestó Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario
-a lo que te regala&mdash;repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus
-caballos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no es ordinario?&mdash;repuso ella brava&mdash;. ¿A que no te atreves a que
-tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos
-preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...</p>
-
-<p>Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras
-sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los
-muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los
-cuales, se le ocurrió decir a Armando:</p>
-
-<p>&mdash;Debe tener dolor de muelas el paisaje.<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p>
-
-<p>Pasaban por caminos de pinos constantemente.</p>
-
-<p>Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras
-obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.</p>
-
-<p>Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la
-tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.</p>
-
-<p>«Un día&mdash;pensaba Palmyra&mdash;se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos
-pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»</p>
-
-<p>Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al
-lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un
-movimiento propio.</p>
-
-<p>Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.</p>
-
-<p>Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las
-desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que
-daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver
-todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no
-alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que
-parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se
-la dote de castillos con fosos y almenas».</p>
-
-<p>Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre
-todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.</p>
-
-<p>Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto
-buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca
-el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span> suyo temeroso de
-la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los
-«chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.</p>
-
-<p>Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos
-abiertos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué turulata eres!&mdash;la decía Armando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es eso?&mdash;preguntaba Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te
-dejó un día así y no sales de tu arrobo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Te burlas?</p>
-
-<p>&mdash;Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos
-tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si
-el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para
-siempre...</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué poca ternura tienes!&mdash;le insistió ella buscando más mimos.</p>
-
-<p>Era insaciable de ternura en medio del paisaje.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de
-una huerta de corazones&mdash;la dijo Armando.</p>
-
-<p>Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores,
-que miraban cínicamente a los coches.</p>
-
-<p>Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el
-vientecillo sutil que da la pulmonía.</p>
-
-<p>El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón
-de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del
-coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span> como
-el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando
-ya se meten dentro.</p>
-
-<p>La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz,
-una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado
-de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo
-mejor de la luz de la tarde.</p>
-
-<p>Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación,
-la serenidad de otro tiempo en que abundaba.</p>
-
-<p>El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando
-en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la
-siesta y se quedaban entornadas las maderas.</p>
-
-<p>Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por
-eso resultaba tan virgen y tan sabroso.</p>
-
-<p>Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la
-desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo,
-estaba en pie y con la etiqueta del traje.</p>
-
-<p>Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba
-como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado,
-pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.</p>
-
-<p>Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra
-señalase muchas nubes y una luz lluviosa.</p>
-
-<p>«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin
-poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que
-justificase sus lágrimas.<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span></p>
-
-<p>En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a
-las lágrimas.</p>
-
-<p>A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado
-extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.</p>
-
-<p>Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los
-pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus
-casas de refugio.</p>
-
-<p>Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien,
-buscando el reposo en todo.</p>
-
-<p>Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que
-a los seres finos les entra el desmayo de amor.</p>
-
-<p>Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la
-noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad.
-Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de
-sueño verdadero, se iban a la cama.</p>
-
-<p>Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se
-encontraba ensoñarrado y cansado.</p>
-
-<p>La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está
-en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.</p>
-
-<p>Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de
-cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se
-despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que
-se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos
-severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de
-las severas mujeres de la familia.<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span></p>
-
-<p>En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las
-sábanas y jugar con ellas.</p>
-
-<p>Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada
-huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para
-él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la
-camisa en el vacío supremo.</p>
-
-<p>La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el
-aire denso y vivo.</p>
-
-<p>Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los
-insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el
-acto solitario muy a cubierto de ellos.<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br />
-<small>EL TELEGRAMA</small></h2>
-
-<p>Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había
-regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y
-recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido.</p>
-
-<p>El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le
-parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban
-más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa
-prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano
-misteriosa.</p>
-
-<p>Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado
-todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio,
-colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban
-cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario.</p>
-
-<p>Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella
-hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran
-palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los
-grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en
-que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además,
-como si<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra,
-el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos
-incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa.</p>
-
-<p>Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un
-traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su
-categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que
-Armando procuraba exagerar.</p>
-
-<p>¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo...</p>
-
-<p>Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de
-continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar
-hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel
-caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había
-sido <i>croupier</i> durante algún tiempo en el Casino de Invierno!</p>
-
-<p>Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad
-encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio
-que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor,
-estuviesen llenos hasta el borde.</p>
-
-<p>La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando
-la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se
-tomase de nuevo un puro más.</p>
-
-<p>Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una
-gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en
-postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span></p>
-
-<p>Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un
-poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran
-zalamería:</p>
-
-<p>&mdash;Palmyra, toca un rato el arpa.</p>
-
-<p>Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía
-sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la
-lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas
-lentas.</p>
-
-<p>Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la
-lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de
-los aleros porque estaba al caer.</p>
-
-<p>De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos
-de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que
-hiciesen sonar su jaula.</p>
-
-<p>El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para quién?&mdash;preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo
-tiempo sino de suspender su música y escuchar.</p>
-
-<p>&mdash;Para el excelentísimo señor don Enrique...</p>
-
-<p>Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo
-abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.</p>
-
-<p>Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo
-el silencio:</p>
-
-<p>&mdash;¿Alguna desgracia, don Enrique?</p>
-
-<p>Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.</p>
-
-<p>Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> leyó, no con la
-tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y
-que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a
-don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que
-esperaba el criado:</p>
-
-<p>&mdash;No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.</p>
-
-<p>Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada
-de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra
-viajando en el mismo tren. Después firmó.</p>
-
-<p>Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a
-llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.</p>
-
-<p>&mdash;Dale algo al telegrafista&mdash;dijo Armando a Palmyra, con ese recordar
-súbitamente una propina que no se dió.</p>
-
-<p>Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las
-propinas, salió a dársela.</p>
-
-<p>Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó
-la espada de dolor que aún esgrimía.</p>
-
-<p>&mdash;No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel
-pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama
-que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir
-del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo
-escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?</p>
-
-<p>Enrique no supo qué responder, pero sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos, que lo crea Palmyra...</p>
-
-<p>&mdash;Eso, bueno...<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un
-millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me
-aburro...</p>
-
-<p>Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire
-de simpatía extrema.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa
-encantadora mujer con la carne de las miniaturas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la
-mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por
-primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido
-tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de
-Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido
-que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos
-y a los quince días estás cansado.</p>
-
-<p>&mdash;A los veinte, si te es igual...</p>
-
-<p>&mdash;Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.</p>
-
-<p>En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su
-cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó
-la caída de la tarde.<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br />
-<small>EL ENVENENADO</small></h2>
-
-<p>Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra.
-Todo se lo había oído numerosas veces.</p>
-
-<p>Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer&mdash;casi completamente
-igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer&mdash;no le era suficiente. Su sexo
-era como un volcán apagado.</p>
-
-<p>Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a
-tono.</p>
-
-<p>&mdash;Todos son techos de pagoda al atardecer&mdash;decía asomado a la bella
-ventana encelosada de la Quinta.</p>
-
-<p>&mdash;La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la
-tierra constantemente para ganar el cielo.</p>
-
-<p>Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se
-veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más
-desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para
-poder reaccionar de él.</p>
-
-<p>No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran
-pasión, a aquel hotelito en<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span> que pasaron su luna de miel dos príncipes
-románticos.</p>
-
-<p>Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los
-alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.</p>
-
-<p>Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que
-estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla
-central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su
-propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de
-amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.</p>
-
-<p>Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que
-resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual
-del paisaje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...&mdash;se preguntaba Armando
-al mirarle&mdash;. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de
-farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta
-Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los
-reyes tienen para pasar un mes de su vida.</p>
-
-<p>El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le
-parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le
-respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de
-digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar
-también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de
-los más nublados.</p>
-
-<p>Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span></p>
-
-<p>¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en
-que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría
-exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se
-daba cuenta.</p>
-
-<p>Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin
-embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en
-chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga
-siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.</p>
-
-<p>&mdash;En esta soledad se llena de musgo el alma&mdash;pensaba Armando.</p>
-
-<p>Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía
-por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.</p>
-
-<p>Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los
-criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga
-tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz
-eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica,
-en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo
-clarividente adensado en el ámbito.</p>
-
-<p>Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que
-hacerle:</p>
-
-<p>&mdash;Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál? Cuenta&mdash;y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el
-perfume de sus equis.</p>
-
-<p>&mdash;Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en
-nuestro comedor&mdash;todo estaba<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> como está hoy&mdash;le dieron en el vino polvos
-de muerte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo no lo notó?</p>
-
-<p>&mdash;Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve
-para que no se despierten.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en su cureña de paja...</p>
-
-<p>&mdash;Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se
-alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues
-se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se
-pudo descubrir al asesino...</p>
-
-<p>Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los
-años, al posible envenenador.</p>
-
-<p>Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el
-ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía
-en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está
-llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a
-toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.</p>
-
-<p>En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los
-magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del
-monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose
-mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»</p>
-
-<p>Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de
-envenenamiento. La aislaba más del mundo.</p>
-
-<p>Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de
-la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más
-necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> con
-afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar,
-mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel
-abuelo envenenado.</p>
-
-<p>Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente
-que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos,
-se dirige a él sin titubear.</p>
-
-<p>El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo
-y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.</p>
-
-<p>Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las
-solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo
-de la Quinta.</p>
-
-<p>Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que
-merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién
-nacido.</p>
-
-<p>Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar.
-Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que
-aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.</p>
-
-<p>Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.</p>
-
-<p>Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso.
-Estaba alegre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el
-vino...</p>
-
-<p>&mdash;No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para
-siempre en el comedor, detenida en aquella cena...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué
-suerte!<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de
-puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata
-estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no
-está mal...</p>
-
-<p>Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una
-cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo
-agonizando cinco días.</p>
-
-<p>Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer
-plato estuvo por decir Armando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué venenoso está esto!&mdash;cuando sólo era que estaba un poco quemado.</p>
-
-<p>Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha&mdash;mitad con
-mitad para siempre jamás&mdash;de una comida tan alegre como lo suelen ser
-todas las comidas perturbadas por la muerte.</p>
-
-<p>La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque
-quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.</p>
-
-<p>La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido
-al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como
-haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese
-removido los cimientos.</p>
-
-<p>Al salir del comedor él la dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy envenenado de amor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Falso!&mdash;repuso ella dándole con la cadera.</p>
-
-<p>El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta
-de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida
-mortal.<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span></p>
-
-<p>El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un
-ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su
-colgajo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi
-misantropía!&mdash;se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus
-fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna
-prenda que no quiere salir.</p>
-
-<p>Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del
-corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese
-curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne
-era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de
-perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.</p>
-
-<p>Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos
-renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón
-nuevo de la barbilla.</p>
-
-<p>Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en
-medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.</p>
-
-<p>Armando luchaba por alcanzar aquel <i>¡Ay Jesú!</i> sin la <i>ese</i> final, y sin
-la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al
-amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda
-la dulzura portuguesa.</p>
-
-<p>Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura
-suprema.<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br />
-<small>ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO</small></h2>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado
-preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.</p>
-
-<p>Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que
-había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le
-libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.</p>
-
-<p>Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía
-ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones
-tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las
-excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado,
-la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el
-puño.</p>
-
-<p>Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que
-se echa tomillo y romero.</p>
-
-<p>Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de
-las narices muy abiertos.<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span></p>
-
-<p>Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del
-camino... Al verlos, Palmyra dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza
-con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...</p>
-
-<p>&mdash;Después... La cogeremos a la vuelta...&mdash;repuso Armando, que no quería
-nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no
-trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía
-seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y
-retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que
-pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio
-de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?</p>
-
-<p>Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía
-tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.</p>
-
-<p>Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el
-campo.</p>
-
-<p>Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los
-caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.</p>
-
-<p>Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se
-veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños
-reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.</p>
-
-<p>Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía
-tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que
-acampaban en<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span> sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo
-que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil
-de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que
-resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase
-la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.</p>
-
-<p>En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde
-salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué,
-toda la aguda tristeza del naufragio.</p>
-
-<p>Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el
-barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.</p>
-
-<p>Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Es como si nos comiésemos un cangrejo...</p>
-
-<p>Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.</p>
-
-<p>Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de
-buey como ventanas de sus barracas.</p>
-
-<p>El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que
-pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.</p>
-
-<p>Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.</p>
-
-<p>Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la
-hora de las hambres...</p>
-
-<p>El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer...
-Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de
-él como para justificar la navegación.<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span></p>
-
-<p>Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:</p>
-
-<p>&mdash;En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana
-aspa en cruz del molino.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad... Tienes razón&mdash;dijo Palmyra.</p>
-
-<p>Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban
-antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un
-camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban
-cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de
-una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun
-estando en la cima del monte, llegan a su base.</p>
-
-<p>Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los
-barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el
-capitán comía constantemente.</p>
-
-<p>Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad
-celestial del mar.</p>
-
-<p>En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos
-del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como
-chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que
-leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace
-lo menos veinte años.</p>
-
-<p>Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino
-el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los
-restaurantes.</p>
-
-<p>Así como en las mesas están de etiqueta las botellas&mdash;pechera blanca y
-traje negro&mdash;, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a
-sus fábricas, en su pueblo.<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span></p>
-
-<p>Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de
-esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la
-nariz roja.</p>
-
-<p>Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero
-mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un
-menú.</p>
-
-<p>El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los
-barcos al mar.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino&mdash;aconsejó
-Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.</p>
-
-<p>En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse
-para siempre que tiene&mdash;¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres
-en tres olas!&mdash;, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente
-a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,
-preparado todos los días con puntualidad.</p>
-
-<p>Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de
-paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.</p>
-
-<p>Era la hora de las cuatro.</p>
-
-<p>En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca
-saliva para tanto cacareo.</p>
-
-<p>Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.</p>
-
-<p>Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los
-molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre
-unas y otras plantas.</p>
-
-<p>En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo
-hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span></p>
-
-<p>Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha
-lavado alguien.</p>
-
-<p>Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que
-nadie sepa por qué.</p>
-
-<p>Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las
-alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.</p>
-
-<p>&mdash;Las amapolas&mdash;dijo Palmyra&mdash;son como corbatas que se pone el campo.</p>
-
-<p>En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos,
-entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como
-la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas
-de plasticidad propia.</p>
-
-<p>Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al
-despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin
-enterarse de nada».</p>
-
-<p>El pesimismo del campo volvía a él:</p>
-
-<p>«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de
-un siglo después.»</p>
-
-<p>«Todo el campo, además, espera a los muertos.»</p>
-
-<p>El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote
-seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus
-bestias en la postrer carrera.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí&mdash;dijo volviéndose a sus amos&mdash;fué donde se estrelló el otro día
-un automóvil.</p>
-
-<p>Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que
-odia al automóvil.</p>
-
-<p>El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como
-sus últimas luces.<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span></p>
-
-<p>Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el
-día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta
-de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.</p>
-
-<p>El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de
-la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama
-urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.</p>
-
-<p>Palmyra alargó la cabeza para leer.</p>
-
-<p>«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.&mdash;<i>Luis.</i>»</p>
-
-<p>&mdash;¿Has entendido?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... ¡Qué desgracia!</p>
-
-<p>&mdash;Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche
-tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el
-Francfort.</p>
-
-<p>Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la
-doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez
-en su «Mía Señora».</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le pasa a «Mía Señora»?</p>
-
-<p>Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Las maletas!</p>
-
-<p>Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel
-apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.</p>
-
-<p>Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero te lo llevas todo?</p>
-
-<p>El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»</p>
-
-<p>&mdash;Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> sabe uno qué va a
-pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una
-enferma...</p>
-
-<p>Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía
-arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de
-Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de
-acero del hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de
-hacer las maletas... Se me olvidará todo...</p>
-
-<p>Palmyra salió de la alcoba.</p>
-
-<p>Armando estaba apesadumbrado.</p>
-
-<p>Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su
-víctima.</p>
-
-<p>Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue
-resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad
-humana.</p>
-
-<p>Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las
-columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.</p>
-
-<p>Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el
-alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.</p>
-
-<p>La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada,
-pero él no los podía soportar.</p>
-
-<p>Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo
-que va a pasar.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo... No puedo&mdash;decía ella llorando&mdash;, me matarán las <i>saudades</i>
-de un solo día sin ti...</p>
-
-<p>Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que
-sucediera eso.<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span></p>
-
-<p>Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una
-hora de anticipación.</p>
-
-<p>Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver
-saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la
-que parecía irse a tirar.</p>
-
-<p>Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no
-despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.</p>
-
-<p>Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus
-reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no
-dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.</p>
-
-<p>¡En qué día más feo le tocaba viajar!</p>
-
-<p>Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como
-aquella en que se derretiría Palmyra.</p>
-
-<p>Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.</p>
-
-<p>Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a
-salir de Portugal de un momento a otro.</p>
-
-<p>Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.</p>
-
-<p>Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en
-medio del campo.</p>
-
-<p>«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún
-le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel
-caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un
-criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la
-metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> pasar
-frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le
-pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el
-tren.</p>
-
-<p>El tren hacía árboles, hojarascas de humo.</p>
-
-<p>Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»&mdash;se
-decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la
-estabilidad duradera de todo.</p>
-
-<p>«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»&mdash;pensaba en la
-soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.</p>
-
-<p>Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos
-estanques del invierno, allí en España.</p>
-
-<p>Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un
-límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el
-mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los
-chamizos, en los «cabarets», en los cafés.</p>
-
-<p>Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios
-cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también
-era luminosa siempre.</p>
-
-<p>«¡Si no lloviese tanto!»&mdash;se decía Armando para contradecir su
-nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía,
-diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo
-alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive
-con empuje la luz artificial de los «cabarets».</p>
-
-<p>Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama
-de los alrededores de la Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span></p>
-
-<p>Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos
-amarrados en el puerto seguro.</p>
-
-<p>Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía
-la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos
-muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.</p>
-
-<p>La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya
-estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos,
-pero cuyo suplicio quería vivir.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br />
-<small>LA SOLEDAD INAPETENTE</small></h2>
-
-<p>Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus
-lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando
-y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había
-llevado todas las cosas?»</p>
-
-<p>«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró
-el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó
-un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa
-de despacho.</p>
-
-<p>&mdash;No tendré ninguna carta de él&mdash;se decía Palmyra, dándose cuenta de la
-crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le
-olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de
-vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.</p>
-
-<p>Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se
-acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el
-último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en
-el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span></p>
-
-<p>¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la
-dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!</p>
-
-<p>Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador
-refugio para el amor apasionado de unos meses.</p>
-
-<p>El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía
-el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.</p>
-
-<p>Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente.
-Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.</p>
-
-<p>Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba;
-del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de
-los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las
-aguas.</p>
-
-<p>Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los
-posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel
-desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del
-estanque fué también una limpieza para la suya.</p>
-
-<p>Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la
-fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y
-los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.</p>
-
-<p>¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era
-cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien
-llevada, bien dicha.</p>
-
-<p>Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces,
-buscaba. ¡Gata desalada!<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span></p>
-
-<p>No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero
-insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día&mdash;todos los
-días <i>el único</i>&mdash;en que se movía la vida.</p>
-
-<p>¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era
-inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.</p>
-
-<p>Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba
-el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y
-desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.</p>
-
-<p>Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad
-sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la
-saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con
-los demás hombres.</p>
-
-<p>Ella.&mdash;Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que
-puede atraparme.</p>
-
-<p>El.&mdash;Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.</p>
-
-<p>Ella.&mdash;Sería la alcoba triste sin ti.</p>
-
-<p>El.&mdash;Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.</p>
-
-<p>Ella.&mdash;Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.</p>
-
-<p>El.&mdash;Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus
-piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...</p>
-
-<p>Ella.&mdash;Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...</p>
-
-<p>El.&mdash;Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span></p>
-
-<p>Ella.&mdash;Acércate... Cógeme como un ánfora.</p>
-
-<p>El.&mdash;Tus sábanas están limpias como una virginidad...</p>
-
-<p>Ella.&mdash;Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que
-uno...</p>
-
-<p>El.&mdash;A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un
-trono sobre el lecho.</p>
-
-<p>Ella (<i>apagando la luz</i>).&mdash;Ven...</p>
-
-<p>En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en
-un monólogo con sordina.</p>
-
-<p>De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían
-los cisnes ledos que buscaban a Leda.</p>
-
-<p>Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos,
-y se dormía baldía.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los
-jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no
-encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la
-puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo
-portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra
-orientación extrema.</p>
-
-<p>Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos
-que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya
-sangre se va tornando roja muy poco a poco.</p>
-
-<p>Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran
-brillante que cuelga como su último remate.</p>
-
-<p>En aquellos días de perdición en la Quinta&mdash;de mucha más perdición que
-lo que se llama perdición<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> en el amor&mdash;hasta entró en la biblioteca. Se
-escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio
-de los grandes salones.</p>
-
-<p>La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber
-muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados
-para sus manos, pero que la pertenecían!</p>
-
-<p>Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas
-perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias
-muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya
-sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de
-los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que
-ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.</p>
-
-<p>La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se
-curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a
-aquella soledad con la esfera armilar.</p>
-
-<p>Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas
-inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que
-la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.</p>
-
-<p>La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en
-que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.</p>
-
-<p>Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la
-gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros
-mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.</p>
-
-<p>La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque
-no había mesa ni estante que la<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span> sostuviese, era como el reflejo en
-convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por
-el gran ventanal.</p>
-
-<p>Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos
-en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se
-escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero
-mar.</p>
-
-<p>El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la
-esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.</p>
-
-<p>Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la
-desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br />
-<small>AL CASINO</small></h2>
-
-<p>En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.</p>
-
-<p>Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «<i>A
-charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held
-in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc.</i>»</p>
-
-<p>Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes
-jugaban a los juegos prohibidos.</p>
-
-<p>Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.</p>
-
-<p>Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y
-estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.</p>
-
-<p>Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la
-llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más
-desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras
-abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.</p>
-
-<p>Pasó por entre los <i>chalets</i>, cuyas ventanas respiraban el aire
-embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span></p>
-
-<p>Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal
-sobre los hombros.</p>
-
-<p>Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar
-por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con
-las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine
-que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.</p>
-
-<p>El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por
-completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.</p>
-
-<p>Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo
-después de una viudez.</p>
-
-<p>Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos&mdash;había
-dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de
-los pueblos.</p>
-
-<p>No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que
-estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como
-aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las
-paredes de la prisión.</p>
-
-<p>&mdash;Atado en ese sofá estuvo él&mdash;sentiría siempre ansias de explicar a los
-que por primera vez fueran a la Quinta.</p>
-
-<p>&mdash;Las cazoletas del telégrafo son palomas <i>ahorcadas</i>&mdash;había dicho
-también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía
-estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en
-la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras
-pasajeras.<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span></p>
-
-<p>Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.</p>
-
-<p>Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes
-nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se
-sabe de qué recóndito rincón han salido.</p>
-
-<p>Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes
-billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.</p>
-
-<p>Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus
-lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía,
-buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las
-miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.</p>
-
-<p>Ella apuntó a cualquier número.</p>
-
-<p>&mdash;No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá
-nunca&mdash;la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector,
-con verdadera congoja.</p>
-
-<p>Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un
-abismo.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces&mdash;dijo Palmyra con la misma voz trémula&mdash;quiero ver si le
-vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a
-usted...</p>
-
-<p>Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas
-que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de
-jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la for<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span>tuna de
-Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la
-otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.</p>
-
-<p>Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar
-dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el
-mismo triunfo.</p>
-
-<p>Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero,
-galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la
-intimidad de la mujer distinguida con quien habla.</p>
-
-<p>No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.</p>
-
-<p>&mdash;A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando
-voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del
-hotel...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?</p>
-
-<p>&mdash;Los pinos...&mdash;y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él
-amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en
-los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo
-por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y
-dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...</p>
-
-<p>Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.</p>
-
-<p>Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase
-en su líquido dorado el restituyente.</p>
-
-<p>La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino
-blanco, llena de los punta<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span>zos de los chinches, naturalmente de los
-«chinches» limpios».</p>
-
-<p>Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped
-extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en
-distinto sitio, acercando su butaca al balcón.</p>
-
-<p>&mdash;La acompañaría si no perdiese el tren...</p>
-
-<p>&mdash;Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba
-retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha
-distancia.</p>
-
-<p>Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con
-muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que
-ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos
-los matojos.</p>
-
-<p>«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de
-la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».</p>
-
-<p>En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas
-blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía
-ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala,
-que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la
-barbilla o se queda colgado de la sotabarba.</p>
-
-<p>Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no
-quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...</p>
-
-<p>&mdash;Sí... Realmente no nos ve nadie...</p>
-
-<p>&mdash;Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado
-por un camino tan solitario a esta hora...<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Lo malo&mdash;dijo ella&mdash;es que todo el camino es tan solitario y es muy
-largo...</p>
-
-<p>&mdash;Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...</p>
-
-<p>&mdash;Soy más; soy un salteador de caminos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué miedo!&mdash;dijo ella haciendo un mohín.</p>
-
-<p>El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a
-encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la
-curiosidad.</p>
-
-<p>A veces le tenía que decir:</p>
-
-<p>&mdash;Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña
-de Egipto...</p>
-
-<p>Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad
-del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de
-chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla
-pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena,
-mezclándose al arrebato del vino y de la carne.</p>
-
-<p>Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer
-sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle.
-Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula,
-volvió la cabeza desconfiado.</p>
-
-<p>Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa
-de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una
-lluvia clara.</p>
-
-<p>Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el
-padre, la sombra del padre se alber<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span>gaba y les vería pasar por los
-pasillos como en plena ilegitimidad.</p>
-
-<p>&mdash;Otro cubierto en la mesa&mdash;dijo Palmyra a su vieja doncella&mdash;, y
-prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y
-es mi primo el ingeniero...</p>
-
-<p>Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero
-también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba
-a guardar allí al hombre elegido...</p>
-
-<p>El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar
-de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las
-casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía
-apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y
-generoso.</p>
-
-<p>Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de
-que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo
-que, por fin, había llegado aquella noche.</p>
-
-<p>Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e
-insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los
-despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más
-curiosas.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese
-platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su
-bebedero. Mi padre también era ingeniero.</p>
-
-<p>Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a
-aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br />
-<small>ERA EL HOMBRE VIOLENTO</small></h2>
-
-<p>El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la
-plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.</p>
-
-<p>El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras
-exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por
-palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo
-las ilusiones que provocaba la Quinta.</p>
-
-<p>Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra
-le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella
-le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado&mdash;se decía
-ella&mdash;, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no
-necesita hacer más».</p>
-
-<p>En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a
-coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado
-breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.</p>
-
-<p>Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi
-irrecordable la silueta de<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> un hombre. Entonces sí que se podría decir
-que había comenzado a ser una mala mujer.</p>
-
-<p>Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como
-un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se
-creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora
-simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.</p>
-
-<p>Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba
-veía menos que nunca.</p>
-
-<p>Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras
-sobre el papel cebolla de sus planos.</p>
-
-<p>Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes
-sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me
-la habrá regalado el destino?»&mdash;se preguntaba, y en vano buscaba la
-respuesta.</p>
-
-<p>Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se
-dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da
-masaje.</p>
-
-<p>Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con
-aquella insistencia.</p>
-
-<p>Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de
-comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había
-elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en
-limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al
-aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del
-ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y
-unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p>
-
-<p>Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente
-a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias
-de la vida.</p>
-
-<p>En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados
-haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote,
-con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente,
-llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de
-las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de
-estar dormidos pronto.</p>
-
-<p>Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su
-Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el
-paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras
-la acompañaba.</p>
-
-<p>Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su
-tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el
-plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan
-grande, que Palmyra le mandó callar.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero, mujerzuela&mdash;respondió encolerizado, y la empujó contra la
-pared.</p>
-
-<p>Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido
-empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede
-hablar ya.</p>
-
-<p>El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos.
-Pedía perdón.</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser&mdash;dijo ella&mdash;, has vuelto a ser el extraño, como si aquel
-señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en
-vez de<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span> ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa
-palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y
-te vas.</p>
-
-<p>Llamó al criado...</p>
-
-<p>&mdash;Prepare el coche para las siete...</p>
-
-<p>Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había
-encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los
-hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un
-voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora
-esperaría la llegada del que fuese.</p>
-
-<p>La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con
-un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la
-Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br />
-<small>LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS</small></h2>
-
-<p>Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su
-vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la
-palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los
-trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros
-más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro
-estratégico.</p>
-
-<p>Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba
-destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes
-volanderos.</p>
-
-<p>Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros.
-Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento
-perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros
-apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o
-cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como
-banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo
-viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en
-meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si
-su preñez las obligase a esas posturas.<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span></p>
-
-<p>Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la
-mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a
-ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los
-«chauffeurs» listos.</p>
-
-<p>Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y
-dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud
-abandonada en medio del bosque.</p>
-
-<p>La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte
-hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia
-ciudades más en el centro del mundo.</p>
-
-<p>Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas
-distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en
-el sitio que ocupa.</p>
-
-<p>A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del
-camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más,
-el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían
-detenido más largo rato bajo el faro engallado.</p>
-
-<p>Había recogido&mdash;sobre todo cuando lucía blusas de mucho color&mdash;las
-miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos
-y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se
-tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!</p>
-
-<p>¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?</p>
-
-<p>Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de
-lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en
-medio, y que<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span> eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas
-horas de la lisura estable de la tierra.</p>
-
-<p>«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando
-de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»&mdash;pensaba
-Palmyra.</p>
-
-<p>Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida
-aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían
-que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para
-poderlo pregonar.</p>
-
-<p>Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se
-pone en marcha dando al manubrio de su despertar.</p>
-
-<p>Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en
-que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de
-torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más
-pensativa que nunca.</p>
-
-<p>El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de
-fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era
-bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja
-falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada
-apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.</p>
-
-<p>No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo
-del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido
-pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que
-te tomé».</p>
-
-<p>Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió
-al salón pensó sorprendida<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> que iba acompañada de la sombra que había
-entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el
-perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya
-en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.</p>
-
-<p>«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»&mdash;pensaba Palmyra&mdash;, pero
-después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le
-estará chico, más chico que éste que me ha dejado».</p>
-
-<p>Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los
-espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del
-espejo.</p>
-
-<p>Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar,
-estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»</p>
-
-<p>Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se
-ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el
-imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello
-oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los
-chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los
-dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.</p>
-
-<p>«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está
-viejo»&mdash;pensaba Palmyra.</p>
-
-<p>Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de
-arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras
-irisadas.</p>
-
-<p>En eso llamó la criada:</p>
-
-<p>&mdash;Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...</p>
-
-<p>Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span> madama no le
-recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que
-viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo
-querido que llegase de muy lejos, la dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que pase! ¡Que pase!</p>
-
-<p>Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en
-el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un
-beso apasionado y largo...</p>
-
-<p>&mdash;Señora&mdash;dijo&mdash;, he torcido mi viaje sólo por usted...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero perdió su barco?&mdash;exclamó con ingenuidad Palmyra...</p>
-
-<p>&mdash;Sí..., partió sin mi&mdash;respondió sonriendo el desconocido...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y sus baúles?&mdash;volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si
-esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a
-instalarse en la Quinta desconocida...</p>
-
-<p>&mdash;¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa&mdash;respondió extrañado el
-extranjero.</p>
-
-<p>Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino
-que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el
-mar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora
-casada?</p>
-
-<p>&mdash;No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo
-vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra
-cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería
-decirla es que volvería...</p>
-
-<p>&mdash;Yo sólo creí que fuese un chicoleo.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o
-menos pisado por la dama, pero se recoge...</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto
-en el perchero...</p>
-
-<p>&mdash;Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo
-dejaba, ajustándole más a su colgadero...</p>
-
-<p>Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita
-que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta
-cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del
-que había dejado irse...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es usted?&mdash;preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo... Doctor...</p>
-
-<p>&mdash;No... Quiero decir de qué nacionalidad.</p>
-
-<p>&mdash;Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que
-me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con
-usted toda la vida...</p>
-
-<p>Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso
-era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para
-ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares
-flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...</p>
-
-<p>El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en
-el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno
-de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo
-parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que
-se encuentra.<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me
-echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después
-de cenar, cuatro, siempre los mismos...</p>
-
-<p>¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su
-barco y tenía derecho...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y hasta cuándo estará usted aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me
-puedo quedar aquí a estudiarla a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de qué región es usted?</p>
-
-<p>&mdash;Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo es su pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno
-marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la
-brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante
-de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista
-de paisajes en que se ve una Quinta.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El
-mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar
-pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span></p>
-
-<p>Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro
-timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al
-mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran
-descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no
-casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus
-cincuenta expresiones distintas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?&mdash;dijo él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan extravagante es?</p>
-
-<p>&mdash;No; es Samuel.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no es feo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que como es judío...</p>
-
-<p>Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y
-eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita...
-Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...</p>
-
-<p>Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta.
-Palmyra salió con él.</p>
-
-<p>En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero
-Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la
-retuvo...</p>
-
-<p>&mdash;No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su
-afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que
-tome el barco que dejó escapar hoy...</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces quedará ahí para siempre.</p>
-
-<p>Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br />
-<small>EN ALTA MAR DEL AMOR</small></h2>
-
-<p>La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de
-las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado.
-Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado
-todo.</p>
-
-<p>Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la
-mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz,
-pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña
-de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.</p>
-
-<p>No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor.
-Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que
-sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la
-Quinta.</p>
-
-<p>Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y
-graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»&mdash;se preguntó
-Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una
-boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Palmyra&mdash;llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que
-la conocía bien por su nombre.</p>
-
-<p>&mdash;Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Palmyra!...</p>
-
-<p>Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la
-playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de
-sus ojos.</p>
-
-<p>Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los
-cuadros.</p>
-
-<p>Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que
-sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde
-allí se atalaya.</p>
-
-<p>Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había
-nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese
-con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.</p>
-
-<p>Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña
-de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la
-oseaba las moscas.</p>
-
-<p>Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se
-despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con
-sus manos oseadoras y osadas.</p>
-
-<p>«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de
-los automóviles con gente de los barcos&mdash;pensaba Palmyra&mdash;. Mi única
-inquietud la<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span> habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»</p>
-
-<p>Se rió con risa descarada, mirándole.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué se ríe?</p>
-
-<p>&mdash;De que me parece usted un barco embarrancado...</p>
-
-<p>Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo
-iba a retroceder.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...</p>
-
-<p>&mdash;¡No tanto!&mdash;dijo Samuel sonriendo&mdash;. A lo más soy un marinero
-despierto y animoso.</p>
-
-<p>Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo
-caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado
-estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que
-ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos,
-como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo
-tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.</p>
-
-<p>Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre
-a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer
-desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa
-inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas
-que lo probaron mucho.</p>
-
-<p>Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más
-temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que
-tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> ventana y
-haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana,
-que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran
-al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en
-plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.</p>
-
-<p>Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan
-los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió
-con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.</p>
-
-<p>«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de
-quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»&mdash;pensaba
-Palmyra.</p>
-
-<p>Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta
-inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se
-asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas
-frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.</p>
-
-<p>&mdash;Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los
-hosannas de la mañana&mdash;dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de
-playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire
-libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que has puesto al cielo traje de baño&mdash;dijo Samuel,
-refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos
-concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas
-de salón de los aviadores.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol&mdash;contestó
-Palmyra&mdash;.<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas
-mañanas&mdash;repuso Samuel.</p>
-
-<p>El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una
-mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba
-después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más
-encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de
-poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de
-preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo
-realizado, en vez de comenzar por el rosicler.</p>
-
-<p>No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana
-entera aterrizaba en la terraza.</p>
-
-<p>Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa
-que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva
-de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con
-pájaros posados en el barandal...</p>
-
-<p>&mdash;Mi estancia aquí&mdash;dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que
-sentía&mdash;es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla
-encantada...</p>
-
-<p>&mdash;Con tal de que pienses siempre eso&mdash;dijo Palmyra con su más rogativa
-entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre»,
-que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo
-inevitable, con aquella cosa de <i>cogido</i> que quiere escapar.</p>
-
-<p>Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la
-palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en
-la reconfortante maculatura.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Es que todos los amores son de travesía?&mdash;preguntó Palmyra con cierta
-incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo, qué quieres decir?&mdash;contestó Samuel, envuelto en la mentira de
-la embriaguez y del hospedaje desinteresado...</p>
-
-<p>&mdash;Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir,
-y, sin embargo, temo que te ausentes&mdash;replicó con sumisión Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha
-hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no
-pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...</p>
-
-<p>&mdash;No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es
-trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro
-galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido
-menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres
-juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.</p>
-
-<p>&mdash;Pues retiro lo del pijama...</p>
-
-<p>En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de
-mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de
-Portugal se sentía en rededor.</p>
-
-<p>Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se
-había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo
-mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza,
-ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea
-de judío, y pen<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span>saba que había escogido más exprofesamente que nunca al
-que había de huir de un modo fatal.</p>
-
-<p>El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás.
-Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había
-quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino
-para tomar cualquier otro, por su condición de errante.</p>
-
-<p>Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha
-contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo
-contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico,
-invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque
-hubiera parecido brotar de la raza.</p>
-
-<p>Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.</p>
-
-<p>Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz
-del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al
-señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y
-como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra
-a Samuel en voz alta:</p>
-
-<p>&mdash;Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me
-acabo de arreglar...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan
-arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada
-sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...&mdash;dijo
-Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda
-pinzado como esos<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen
-así los chulines.</p>
-
-<p>La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al
-turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma
-copia que tantos otros con igual pasión.</p>
-
-<p>Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo
-enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un
-número.<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br />
-<small>OTRA RETIRADA</small></h2>
-
-<p>Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no
-para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del
-hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto
-sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.</p>
-
-<p>Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué
-disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese
-de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la
-desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no
-había olvidado.</p>
-
-<p>Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus
-hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía
-un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con
-Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros
-terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría
-que obedecer.</p>
-
-<p>&mdash;Porque mis hermanos de Salónica...</p>
-
-<p>&mdash;Porque mis hermanas de...<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p>
-
-<p>Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le
-hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra
-con nostalgias fortísimas.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre
-honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de
-plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en
-que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo <small>XIX</small>,
-estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería
-sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus
-persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre,
-había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y
-perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se
-dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados
-y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y
-obcecada.</p>
-
-<p>Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a
-contarla una nueva vejación de las que había sufrido.</p>
-
-<p>Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la
-hora mejor del idilio, al atardecido.</p>
-
-<p>En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno,
-porque la humedad y el olor a<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span> humedad resultaban refrescantes. Aquella
-humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo
-de tu carne&mdash;la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se
-había olvidado de la frase.</p>
-
-<p>&mdash;En este salón&mdash;la dijo Samuel&mdash;tu blusa de seda es más incitante. En
-este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún
-rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los
-que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...</p>
-
-<p>Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que
-había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado
-suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.</p>
-
-<p>Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los
-besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en
-sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas
-veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.</p>
-
-<p>Impaciente Palmyra, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué piensas?</p>
-
-<p>&mdash;En que te llevaría a un viaje...</p>
-
-<p>&mdash;¿A un viaje?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le
-ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta
-Quinta y que navegase...</p>
-
-<p>&mdash;De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los
-árboles para contenerla...<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span> Son sus cimientos en la tierra los que más
-me gusta...</p>
-
-<p>&mdash;No te comprendo... No te acabo de comprender.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que
-vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no
-distraerme, no perder palabra, no perder ripio...</p>
-
-<p>&mdash;Pero donde más interesante es la vida es en los viajes&mdash;repuso Samuel,
-siempre poseído por el mal intrépido de la huída...</p>
-
-<p>&mdash;No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la
-vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo
-importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los monumentos?</p>
-
-<p>&mdash;Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para
-encubrirla...</p>
-
-<p>&mdash;¿Así es que según tu opinión las pirámides...?</p>
-
-<p>&mdash;Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está
-mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...</p>
-
-<p>Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una
-carreta de bueyes la podía sacar de su predio.</p>
-
-<p>¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la
-vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar
-por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua
-junto a las ventanas de la Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span></p>
-
-<p>Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes
-ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles,
-pero ese mundo es demasiado soporífero.</p>
-
-<p>Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de
-rebeldía contra la Quinta, se echó en la <i>chaisse-longue</i> desde la que
-se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda
-posesión de los almohadones de la melancolía.</p>
-
-<p>Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la
-huída de los hombres.</p>
-
-<p>Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con
-entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en
-el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más
-próximo presente.</p>
-
-<p>«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación
-diaria»&mdash;se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera
-para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del
-anonimato.</p>
-
-<p>Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el
-día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad,
-caramelitos y guindas de inmortalidad.</p>
-
-<p>Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en
-los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos
-transparentes en medio de las claras numerosas.</p>
-
-<p>&mdash;A esta hora me olvidas&mdash;la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio
-y la situación penosa y desconfiada&mdash;. Pareces de la religión egipcia
-que mira con<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span> veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los
-muertos.</p>
-
-<p>La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su
-salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz
-severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En
-las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta
-el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto
-improvisado y de última hora.</p>
-
-<p>«Todo cocina en mi guiso»&mdash;se decía Palmyra y tomaba una postura más
-cómoda en su <i>chaisse-longue</i>.</p>
-
-<p>En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía
-irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la
-arboleda que rodea demasiado una vida.</p>
-
-<p>Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los
-páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado
-en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la
-desnudez del mundo.</p>
-
-<p>«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que
-ver con él!&mdash;pensaba Samuel&mdash;. Si el perro aulla cuando encuentra un
-hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el
-hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si
-se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del
-corsé de la carne».</p>
-
-<p>El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que
-anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Los árboles&mdash;dijo Samuel por fin&mdash;cubren la vida de una hipocresía
-verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...</p>
-
-<p>Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si
-hubiese sido ofendida ella misma, repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Como que te ahorcaste de ellos una vez...</p>
-
-<p>Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado
-que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las
-alcobas y se fué.</p>
-
-<p>No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo&mdash;se dijo
-Palmyra&mdash;tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio
-que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se
-fueron».</p>
-
-<p>Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil
-de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme
-automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil
-por teléfono desde un punto distante.</p>
-
-<p>Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué
-llorando en el coche que le libertaba.<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII<br /><br />
-<small>RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS</small></h2>
-
-<p>Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que
-marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto
-era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más,
-asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que
-nunca.</p>
-
-<p>Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en
-paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.</p>
-
-<p>&mdash;No... no quiero irme... No me iré nunca...&mdash;se decía en sus
-gabinetes&mdash;. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto
-para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré
-desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí
-iglesia, cuna, panteón...</p>
-
-<p>Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía
-explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas
-inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las
-sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas
-las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo
-contemplaba,<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span> de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las
-sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...</p>
-
-<p>La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se
-movía como con vida propia.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes,
-frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista
-y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.</p>
-
-<p>Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella.
-Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes,
-aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la
-explanada del mar.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos
-cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de
-sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los
-grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama,
-todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas
-imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes
-de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc.,
-etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando
-en trenes sin ruido y sin carril.<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span></p>
-
-<p>Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho
-estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de
-pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que
-era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas
-impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el
-rostro.</p>
-
-<p>Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se
-encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron
-viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus
-ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su
-futuro.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que
-convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la
-gran cosecha de los jardines.</p>
-
-<p>En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban
-fajadas en la gran cosecha recogida.</p>
-
-<p>Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se
-concentraba y tenía ánimos de creación.<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span></p>
-
-<p>«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que
-traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de
-recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»</p>
-
-<p>Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del
-alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora
-de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los
-pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la
-erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a
-los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber
-encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria
-que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en
-el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución
-con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las
-tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor
-de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor
-a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las
-heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan
-hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos
-que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa,
-etc., etc.</p>
-
-<p>Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por
-esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas
-extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el
-recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span></p>
-
-<p>Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas
-alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se
-entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión
-a la cera que iba formando el panal.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad,
-repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de
-cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos
-niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se
-reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en
-el camino.</p>
-
-<p>Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de
-recién acostadas.</p>
-
-<p>Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus
-amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose
-unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como
-se mezcla el agua caliente y la fría.</p>
-
-<p>Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.</p>
-
-<p>El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos
-niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las
-piernas del que pasa.</p>
-
-<p>Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a
-sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio
-puntuali<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span>zaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al
-paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de
-poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba
-más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las
-niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las
-piernas de los caballeros sentados.</p>
-
-<p>Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y
-corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los
-cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que
-venían generalmente en automóviles amarillos.</p>
-
-<p>También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a
-parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para
-que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con
-gran curiosidad a la terraza para ver una pareja&mdash;la misma a través de
-todas sus variaciones&mdash;que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba
-hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían
-desde sus galerías.</p>
-
-<p>«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»&mdash;se
-decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes,
-que a uno seguido.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida,
-suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si
-se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> recepción la
-misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que
-broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros
-cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos
-secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar
-al terráqueo de vez en cuando.</p>
-
-<p>Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la
-sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de
-la tarde.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me
-vea el tren y me lleve».</p>
-
-<p>Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión
-para sus oídos oir el último estertor.</p>
-
-<p>«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»&mdash;se decía frenética de alegría.</p>
-
-<p>Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre
-todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los
-aviadores.</p>
-
-<p>Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la
-brisa.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span></p>
-
-<p>Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.</p>
-
-<p>Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el
-gusto de la fabricación.</p>
-
-<p>Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la
-cochinilla escondida.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los
-gimnastas que hacen exhibición de su pecho.</p>
-
-<p>«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»</p>
-
-<p>«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»</p>
-
-<p>«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»</p>
-
-<p>Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.</p>
-
-<p>Vivía la Quinta en independencia del paisaje.</p>
-
-<p>A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo
-sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado
-de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de
-caracol.</p>
-
-<p>¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias,
-la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un
-niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span></p><p class="astt">* * *</p>
-
-<p>No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía
-su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar
-patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.</p>
-
-<p>«Tiene mi vida&mdash;se decía Palmyra&mdash;algo de prisión de reina.»</p>
-
-<p>Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el
-otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos
-con hojas ensartadas.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos
-sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy
-perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de
-la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que
-dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en
-la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y
-deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de
-pluma y una cosa que es como una miel que se respira».</p>
-
-<p>Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era
-destilería su Quinta, la daba<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span> la sensación el final de su palacio de
-estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de
-baúles y tinajas de lo mismo.</p>
-
-<p>«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas&mdash;pensaba
-Palmyra volviendo a su obsesión&mdash;. No saben sentir los besos en las
-manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas,
-cuando apenas ven a nadie.»</p>
-
-<p>Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en
-ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos
-gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha
-concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar,
-a lo bonancible del tiempo.</p>
-
-<p>¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros,
-como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de
-los gritos felices!</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción.
-Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.</p>
-
-<p>Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los
-caminos, entre boscajes que la sir<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span>ven de biombo, aquélla resultaba más
-oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de
-un cementerio.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles
-se llenaban de más mirlos.</p>
-
-<p>El reloj de sol marchaba cada vez mejor.</p>
-
-<p>Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la
-vida reunida, cernida, hecha un fino flan.</p>
-
-<p>Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo&mdash;se
-decía&mdash;pero en esto está el éxito».</p>
-
-<p>Se sentía como fuera del camino de la muerte.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del
-día&mdash;algo mucho mejor que un baño de sol&mdash;y ya estaban suavizados con
-bastante gozo para dar por bien sucedido el día.</p>
-
-<p>Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de
-cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día,
-envuelto en papeles de seda azul.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que
-hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las
-gentes del<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos
-que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con
-deleite la harina del camino.</p>
-
-<p>Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una
-moneda, pero también pasaba de largo.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas
-desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los
-gestos varoniles incitantes y coactivos:</p>
-
-<p>«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada
-está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta
-solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o
-no ha sido robado!»</p>
-
-<p>«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín
-abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas
-algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que
-se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un
-ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span></p>
-
-<p>Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas
-blancas.</p>
-
-<p>La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar
-con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.</p>
-
-<p>Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría
-frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.</p>
-
-<p>Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado
-lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de
-los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de
-las puertas.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones,
-encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia
-dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte.
-La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.</p>
-
-<p>En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos
-y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII<br /><br />
-<small>EL GENIO ARREBATADO</small></h2>
-
-<p>Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la
-recomendaba un pianista célebre.</p>
-
-<p>«Como sé que te hará pasar un rato delicioso&mdash;decía la carta&mdash;me atrevo
-a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con
-notas musicales en vez de con palabras.»</p>
-
-<p>Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía
-preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía
-complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista
-usado, aunque de la mejor calidad.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que
-salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras
-sobrenaturales en primer término.</p>
-
-<p>Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez
-de las velas sosas que<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> tenían los candelabros, mandó traer unas velas
-pintadas.</p>
-
-<p>Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante,
-apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena
-de brillantina sólida.</p>
-
-<p>Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como
-arrodillado por las alfombras.</p>
-
-<p>Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus
-crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.</p>
-
-<p>Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación
-desgreñada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mía señora!...</p>
-
-<p>Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la
-sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he
-emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes
-que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan
-entretejido los árboles!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un
-claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...</p>
-
-<p>&mdash;Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de
-esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto,
-que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da...
-Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi
-perro lobo...<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto
-es maravilloso... maravilloso.</p>
-
-<p>Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte
-de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella
-le gustaban tanto.</p>
-
-<p>Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un
-poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres
-le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre
-había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento
-parecía tener galantería de caballero más que de mujer.</p>
-
-<p>Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del
-piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir
-la chepa de los grandes ejecutantes.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota
-hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.</p>
-
-<p>Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y
-como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y
-se puso a tocar.</p>
-
-<p>Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado
-como para repasar las hojas de su memoria.</p>
-
-<p>«Este hombre&mdash;se decía Palmyra&mdash;no está lleno de tantas complicaciones
-como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las
-pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he
-huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y sa<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span>ber poner las manos
-sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»</p>
-
-<p>Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el
-mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad.
-Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la
-habitación está desesperada.</p>
-
-<p>El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez
-y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la
-desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.</p>
-
-<p>Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así,
-quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí
-nuestro célebre Almeida...</p>
-
-<p>&mdash;¿Estuvo aquí Almeida?&mdash;preguntó con mucha admiración el pianista.</p>
-
-<p>&mdash;Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de
-mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tocó en este mismo piano?</p>
-
-<p>&mdash;En el mismo...</p>
-
-<p>&mdash;Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...</p>
-
-<p>Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el
-pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía
-cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que
-son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo
-que he prohibido tocar en él son vals...</p>
-
-<p>El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa
-deferencia, tomó su mano y se la besó.</p>
-
-<p>Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de
-amor, pero dado con verdadero disimulo.</p>
-
-<p>«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»&mdash;se decía ella, que sabía que
-en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente
-cuando el nuevo amante se la insinuaba.</p>
-
-<p>Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los
-hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud
-infantil.</p>
-
-<p>La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al
-hombre de bigote negro.</p>
-
-<p>Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía
-ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había
-alfombrado la casa.</p>
-
-<p>Por romper el silencio, le consultó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere que invite mucha gente al concierto?</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera tocar para usted sola.</p>
-
-<p>&mdash;Pero es necesario que los demás le admiren...</p>
-
-<p>Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que
-ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche
-solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX<br /><br />
-<small>EL CONCIERTO</small></h2>
-
-<p>Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con
-broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la
-mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.</p>
-
-<p>Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con
-un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la
-casa.</p>
-
-<p>Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados
-después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la
-música.</p>
-
-<p>La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se
-había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba
-a ser más dulce la loción musical.</p>
-
-<p>Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.</p>
-
-<p>El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese
-disminuir al final un acto del programa.</p>
-
-<p>Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto
-fuese una función de teatro la que se fuese a representar.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span></p>
-
-<p>Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las
-embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación
-de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.</p>
-
-<p>Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar
-al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.</p>
-
-<p>Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar
-debajo de la butacas.</p>
-
-<p>La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en
-sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.</p>
-
-<p>En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al
-mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música
-en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con
-la que llevaba en todos los bolsillos.</p>
-
-<p>Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó
-el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que
-el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se
-tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto
-antes el escalofrío de las primeras notas!</p>
-
-<p>Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una
-inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano
-sacaba músicas y músicas de sus dedos.</p>
-
-<p>Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a
-sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.</p>
-
-<p>Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> vencer a Palmyra con
-su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago
-en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.</p>
-
-<p>Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano,
-como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.</p>
-
-<p>Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y
-descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que
-la víctima ha lanzado su último suspiro.</p>
-
-<p>La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos
-les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y
-dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el
-mar.</p>
-
-<p>Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus
-corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.</p>
-
-<p>La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías,
-ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares
-lejanos.</p>
-
-<p>Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche
-y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía
-haber matado a una reina para entronizar a otra.</p>
-
-<p>Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se
-ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un
-mosquitero rosa sobre la cama de la <i>chaisse-longue</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que ha llorado durante la música?&mdash;preguntó el disfrazado de
-melenas.<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no puede ser...&mdash;dijo don Félix&mdash;el lagrimal es la primera lágrima
-solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá
-usted enjugar nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque
-creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...</p>
-
-<p>&mdash;Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.</p>
-
-<p>De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la
-gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo
-tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.</p>
-
-<p>Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre
-pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los
-días.</p>
-
-<p>Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche
-se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.</p>
-
-<p>El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su
-aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.</p>
-
-<p>Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio
-cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.</p>
-
-<p>Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese
-soportar la soledad de los dos en el palacio.<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span></p>
-
-<p>Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la
-importaba.</p>
-
-<p>Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí
-misma sin eso.</p>
-
-<p>No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.</p>
-
-<p>Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las
-dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las
-caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en
-ellas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ahora, señora...?&mdash;preguntó el pianista, que parecía haber nadado
-hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la
-música:</p>
-
-<p>Palmyra contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.</p>
-
-<p>&mdash;No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he
-puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré
-dormirme en toda la noche.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo que le he escuchado, tampoco.</p>
-
-<p>Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas,
-era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen
-entre la hermana de la muerta y el cuñado.<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX<br /><br />
-<small>NUEVO HUÉSPED</small></h2>
-
-<p>Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de
-Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos
-huéspedes.</p>
-
-<p>Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.</p>
-
-<p>«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando
-aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la
-mañana.</p>
-
-<p>Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado,
-igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las
-maderas.</p>
-
-<p>El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que
-resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana
-frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.</p>
-
-<p>Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado
-frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en
-pijama hacia el cuarto de baño.</p>
-
-<p>Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín
-antiguo.</p>
-
-<p>Era como si mirase a través de un brillante la ma<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> ñana que tomaba todos
-los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.</p>
-
-<p>«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.</p>
-
-<p>«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.</p>
-
-<p>Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.</p>
-
-<p>Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.</p>
-
-<p>En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.</p>
-
-<p>Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.</p>
-
-<p>El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.</p>
-
-<p>Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer
-automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.</p>
-
-<p>El mar era un mar vertido en un lava ojos.</p>
-
-<p>Gran limpieza de espejos había en la mañana.</p>
-
-<p>El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.</p>
-
-<p>En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó
-reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.</p>
-
-<p>Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.</p>
-
-<p>Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:</p>
-
-<p>&mdash;Hay un momento en que los barcos son como tartanas.<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span></p>
-
-<p>Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y
-respingo dan los besos, ella decía:</p>
-
-<p>&mdash;Que nos mira el mar con sus ojos azules&mdash;y ponía un gesto como de ser
-acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin
-respetar la frase que debía quedar en lo suyo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Como que le he visto pestañear!</p>
-
-<p>Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas,
-arrancando sus hojas rápidamente.</p>
-
-<p>El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano
-al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como
-perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas,
-desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.</p>
-
-<p>Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como
-necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar
-el ocaso y la noche:</p>
-
-<p>&mdash;Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las
-naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde
-las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...</p>
-
-<p>&mdash;Eso sería muy pornográfico&mdash;respondió sin respeto a la pulposa idea
-aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.</p>
-
-<p>Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.</p>
-
-<p>Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio
-arrebatado»:</p>
-
-<p>&mdash;Todos hemos tenido, te lo diré yo con más fran<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>queza que nadie, una
-prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no
-pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y
-suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha
-sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...</p>
-
-<p>&mdash;¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...</p>
-
-<p>&mdash;Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.</p>
-
-<p>&mdash;Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que
-no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...</p>
-
-<p>&mdash;No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los
-orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso
-está prohibido en todos los amores.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes carne de pescadora lisboeta&mdash;la decía otras veces.</p>
-
-<p>&mdash;Explica, explica ese cumplimiento&mdash;decía Palmyra entre enfadada y
-satisfecha.</p>
-
-<p>El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas
-pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que
-pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por
-como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar
-descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de
-ellas si lograba que le quisiera.</p>
-
-<p>&mdash;Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora&mdash;repuso Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Pero es posible que alguna pescadora proceda<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span> de los tuyos... Hubo un
-tiempo en que eran hijas de reyes&mdash;contestó el pianista.</p>
-
-<p>No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era
-verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos
-debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en
-princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.</p>
-
-<p>Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a
-la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido.
-Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él
-el asomarse a la perspectiva de su Quinta.</p>
-
-<p>Todo se acaracolaba en el fondo del campo.</p>
-
-<p>La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia
-allí había que orientar los pensamientos.</p>
-
-<p>El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la
-sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o
-desenvuelve el periódico el farero.</p>
-
-<p>Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba
-en ella la luna.</p>
-
-<p>Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche
-y la metiese envidia de desembozar la cama.</p>
-
-<p>Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a
-toda su expectación.</p>
-
-<p>Era allí más verdad que en ningún sitio&mdash;si cabe decir eso&mdash;el acto de
-acostarse.</p>
-
-<p>Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la
-Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span></p>
-
-<p>Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la
-<i>pelouse</i> del paraíso.</p>
-
-<p>Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía
-Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba
-al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese
-ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina
-de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del
-paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera
-<i>pelouse</i>.</p>
-
-<p>La ola lejana rizaba los peces.</p>
-
-<p>El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal,
-con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la
-pureza nocturna.</p>
-
-<p>Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos
-rosas de las hombreras de su camisa de niña.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI<br /><br />
-<small>TARDE DIÁFANA Y FINAL</small></h2>
-
-<p>El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia
-de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como
-con sus conciertos de música.</p>
-
-<p>Otro prisionero que quería escaparse.</p>
-
-<p>Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los
-hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida,
-el sentido claro de su existencia.</p>
-
-<p>Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de
-sí mismo en todos los parajes.</p>
-
-<p>&mdash;Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...&mdash;se decía el aislado sin
-acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.</p>
-
-<p>Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.</p>
-
-<p>&mdash;Ese chalet me da siempre pena...</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de
-una manera que siempre parece que está llorando.</p>
-
-<p>El pianista optó por su distracción embrutecida de<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> hombre superior y no
-rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora
-definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de
-las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.</p>
-
-<p>Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un
-atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de
-piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio
-caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese
-posible.</p>
-
-<p>Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire
-de boyerizo.</p>
-
-<p>El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y
-grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa
-blanca.</p>
-
-<p>&mdash;Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...</p>
-
-<p>Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí
-iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.</p>
-
-<p>Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.</p>
-
-<p>Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla,
-sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble
-caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.</p>
-
-<p>Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde
-en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de
-alto plumero que se elevaban sobre la terraza.</p>
-
-<p>&mdash;Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le
-rodean...<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Pero sólo soy un modesto organista resignado.</p>
-
-<p>Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.</p>
-
-<p>Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.</p>
-
-<p>Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía
-qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una
-copa de champagne.</p>
-
-<p>Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía
-de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia,
-le tentaba.</p>
-
-<p>Félix no hacía más que acariciar su gloria.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, mi gloria!</p>
-
-<p>Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres
-hay unos maniáticos exacerbados y terribles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, mi gloria!&mdash;repetía y su gloria daba una gran intranquilidad
-inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.</p>
-
-<p>Corría un aire suave, un aire de llamada.</p>
-
-<p>Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los
-aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se
-está un poco rehacio en ir.</p>
-
-<p>Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los
-«moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo
-apremio sabía.</p>
-
-<p>&mdash;No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza&mdash;dijo ella.<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Pues entonces, de qué clase es?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a
-las playas...</p>
-
-<p>&mdash;Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...</p>
-
-<p>&mdash;No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo,
-algo triste...</p>
-
-<p>&mdash;No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...</p>
-
-<p>&mdash;Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca...</p>
-
-<p>Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo
-encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza
-de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan
-los árboles...</p>
-
-<p>Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los
-deliquios de las señoras.</p>
-
-<p>El reanudó la conversación:</p>
-
-<p>&mdash;Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos?</p>
-
-<p>&mdash;Siempre quedan lobos en la noche de los pinares.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa!</p>
-
-<p>¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo!
-¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha!</p>
-
-<p>Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos
-suspensivos... Nunca tan oportunos...</p>
-
-<p>Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias
-líneas de puntos suspensivos.</p>
-
-<p>Pasó un automóvil.</p>
-
-<p>Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span></p>
-
-<p>Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque
-de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les
-sabe hacer la cabeza.</p>
-
-<p>En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras
-encrespadas ruido de mar.</p>
-
-<p>¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su
-propio rebaño y sus propios pastores.</p>
-
-<p>Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las
-pestañas de su paisaje.</p>
-
-<p>Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida,
-cada vez más abandonada.</p>
-
-<p>¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?</p>
-
-<p>Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se
-encendía la primera fogata de las cocinas.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las
-cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora,
-que me sobresaltan el ánimo...</p>
-
-<p>&mdash;Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.</p>
-
-<p>&mdash;Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe
-tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es
-lealmente no hay por qué dejarlo de ser.</p>
-
-<p>Félix no contestó.</p>
-
-<p>Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.</p>
-
-<p>Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris,<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> como en una de esas
-natillas en que se echa una docena de huevos.</p>
-
-<p>Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus
-misterios detrás del iconostasio.</p>
-
-<p>Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya
-no conocía a nadie y era inútil quererle retener.</p>
-
-<p>Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como
-si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena
-el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay
-relojero a quien llamar.</p>
-
-<p>Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha
-metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas
-contrarias apretadas en encarnizado contacto.</p>
-
-<p>Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras
-lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila
-húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza
-se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al
-hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.</p>
-
-<p>El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un
-vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su
-crispadora unanimidad.</p>
-
-<p>&mdash;No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta
-hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes...
-Me acuer<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span>do de unos conciertos que di en un rincón de América en un
-teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo
-comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...</p>
-
-<p>Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella
-grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de
-escarabajos engordados por el térmico otoño.</p>
-
-<p>¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar
-en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como
-con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito
-irme...</p>
-
-<p>Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que
-sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que
-llegue la noche cerrada...</p>
-
-<p>&mdash;No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.</p>
-
-<p>&mdash;Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras
-de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me
-hayas llamado patrona.</p>
-
-<p>Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar
-mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que
-desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta
-rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII<br /><br />
-<small>LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO</small></h2>
-
-<p>Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas
-como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar
-la mano cariciosamente.</p>
-
-<p>En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin
-que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos.</p>
-
-<p>Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas
-sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los
-muebles.</p>
-
-<p>Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es
-mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los
-cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el
-cielo que también caracteriza a Portugal.</p>
-
-<p>Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas
-inútiles.</p>
-
-<p>Era una ilusión la Quinta.</p>
-
-<p>Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos,
-dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus
-alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span> valido para
-la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más
-churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que
-se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo.</p>
-
-<p>Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana
-con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta
-despidiéndose del mundo.</p>
-
-<p>La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico
-hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una
-celosía confidencial.</p>
-
-<p>La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra.</p>
-
-<p>La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba
-hasta los últimos balcones.</p>
-
-<p>La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era
-envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con
-sus largos brazos.</p>
-
-<p>«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me
-olvidaría!»</p>
-
-<p>Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la
-enredadera trepadora.</p>
-
-<p>«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de
-lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de
-alguien.»</p>
-
-<p>Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido
-yerba por falta de circulación de barcos.</p>
-
-<p>Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo
-de meníngico.<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span></p>
-
-<p>Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial
-que se llevaba a sus amantes.</p>
-
-<p>Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido.</p>
-
-<p>La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad.</p>
-
-<p>Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a
-su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado
-reciba el beso que de pronto florece en los labios.</p>
-
-<p>La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la
-calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase
-dotada de eternidad.</p>
-
-<p>No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos
-complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a
-bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón
-del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese
-rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento
-en que los abraza.</p>
-
-<p>Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las
-chispas inevitables que hace brotar.</p>
-
-<p>La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio.</p>
-
-<p>Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes.</p>
-
-<p>Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se
-presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último
-borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un
-peinecito de bolsillo.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span></p>
-
-<p>Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por
-innumerables espejitos de mano alertas al desembarco.</p>
-
-<p>Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el
-brillante seno duro en que guarda sus teclas.</p>
-
-<p>Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra
-perspectiva en que está la inspiración.</p>
-
-<p>La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el
-desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como
-queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto.</p>
-
-<p>Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa
-para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño.</p>
-
-<p>Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en
-el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una
-mujer sola tenía muchos peligros.</p>
-
-<p>Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una
-extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la
-sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la
-calle y se mató.</p>
-
-<p>También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de
-engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en
-medio de la calle envueltos en un papel.</p>
-
-<p>Y el hombre del mak-ferland del Alentejo&mdash;largo sobretodo gris
-guarnecido de pieles de raposa&mdash;que dejaba muy malheridas y sin habla a
-las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión.<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span></p>
-
-<p>Con todo, tomó el tren a la capital.</p>
-
-<p>El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire
-de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los
-prestidigitadores.</p>
-
-<p>«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues
-ya no lo ven ustedes.»</p>
-
-<p>...Y este otro...</p>
-
-<p>...Y este otro...</p>
-
-<p>...Y este más...</p>
-
-<p>Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación.</p>
-
-<p>Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese
-día se vestía de seda o de terciopelo.</p>
-
-<p>«El café bueno&mdash;se decía ella axiomáticamente&mdash;mantiene al amante.»</p>
-
-<p>Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía
-velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino
-corto como viajera del transiberiano.</p>
-
-<p>Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba
-de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el
-mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje
-permanecía mirándoles.</p>
-
-<p>En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la
-sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos
-balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de
-toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se
-la hacía sobresalir tanto que mos<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span>traba mejor el interior de la casa
-llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas.</p>
-
-<p>Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar.</p>
-
-<p>Estaba en las buenas tardes de Lisboa con un lazo de papel de seda a la
-cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como
-papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a
-que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un
-monito de la especie más pequeña.</p>
-
-<p>Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el
-niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en
-la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido.</p>
-
-<p>En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su
-kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo
-el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los
-«bombistas» antes de que cometan su atentado?»</p>
-
-<p>Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos
-antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como
-verónicas de larga duración.</p>
-
-<p>Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres
-que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la
-esperaban.</p>
-
-<p>Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier
-café del destino que no se ha elegido.</p>
-
-<p>&mdash;Café&mdash;pidió Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;No hay café, sólo cerveza&mdash;dijo el camarero.<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span></p>
-
-<p>Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el
-amargor espumoso.</p>
-
-<p>Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas
-de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana
-almidonada con el vuelillo rizado.</p>
-
-<p>De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una
-habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo
-que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto.</p>
-
-<p>Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar
-de sangre a la criatura que ataca.</p>
-
-<p>El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que
-los de tierra.</p>
-
-<p>No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista
-y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que
-parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa
-de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había
-medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar.</p>
-
-<p>¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la
-pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil.</p>
-
-<p>Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o
-acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos
-a hacerla en la Quinta.<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII<br /><br />
-<small>EL HOMBRE CÓMODO</small></h2>
-
-<p>En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su
-brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada
-siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba
-el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la
-incertidumbre de la tierra.</p>
-
-<p>Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin
-importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la
-dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en
-cuando.</p>
-
-<p>&mdash;No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa...
-Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la
-camisa.</p>
-
-<p>Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él
-los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como
-después de la batalla sentimental.</p>
-
-<p>Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y
-él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que
-no le basta montar a caballo.<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span></p>
-
-<p>Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a
-espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más
-el contraste.</p>
-
-<p>También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella
-deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios
-de efusión:</p>
-
-<p>&mdash;Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la
-casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños
-de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.</p>
-
-<p>&mdash;Ni que fueras una vaca de cien ubres&mdash;respondía el rudo marino sin
-acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.</p>
-
-<p>Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que
-sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba
-echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?</p>
-
-<p>Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que
-ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se
-sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se
-despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:</p>
-
-<p>&mdash;Es para que no me dé frío...</p>
-
-<p>Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que
-dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.</p>
-
-<p>Abundaba en pensamientos de viaje:</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros
-sobre el terráqueo que se mueve.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span></p>
-
-<p>Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:</p>
-
-<p>&mdash;Los pinos hacen el día de un verde escarchado.</p>
-
-<p class="astt">* * *</p>
-
-<p>Andaba solo, desasosegado por el jardín:</p>
-
-<p>&mdash;He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un
-viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final
-de esas cuatro o cinco horas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bonito!&mdash;le contestaba ella reconviniéndole.</p>
-
-<p>&mdash;Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.</p>
-
-<p>Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo
-de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.</p>
-
-<p>El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que
-soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!</p>
-
-<p>El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado,
-más sórdido.</p>
-
-<p>Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.</p>
-
-<p>La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el
-lago de su espíritu.</p>
-
-<p>Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes
-que nadie recoge:</p>
-
-<p>&mdash;Los días grises me envuelven en nubes&mdash;decía ella y él no comprendía
-qué debía contestarla&mdash;. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada
-esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de
-ella.<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span></p>
-
-<p>Los ocasos morían sin responso.</p>
-
-<p>Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil
-que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con
-grandes barbas.</p>
-
-<p>Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una
-encuadernación, corría a ver el último momento del día:</p>
-
-<p>&mdash;Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas&mdash;solía decir&mdash;,
-porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y
-otras a recoger los aplausos.</p>
-
-<p>Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.</p>
-
-<p>&mdash;Es una humedad de encaje&mdash;dijo Palmyra una tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas
-moradas de los pensamientos...&mdash;dijo Palmyra otra tarde.</p>
-
-<p>El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.</p>
-
-<p>El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no
-rompiendo nada.</p>
-
-<p>Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y
-hacer como que va a correr con ellos.</p>
-
-<p>Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se
-libre del portazo, no puede con el cristal.</p>
-
-<p>A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.</p>
-
-<p>El mar resultaba como más cercano y embravecido<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> con la presencia del
-marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del
-circo.</p>
-
-<p>Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban
-sobre el mar el arco de su trompa.</p>
-
-<p>Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el
-diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.</p>
-
-<p>Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las
-sirenas.</p>
-
-<p>Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre
-su cabeza la vela lírica.</p>
-
-<p>El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los
-abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el
-arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la
-lesbiana.</p>
-
-<p>Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para
-yacer con las mujeres.</p>
-
-<p>Tejedora&mdash;primera imagen en la creación del arpa&mdash;del fino tapiz
-musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se
-abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la
-que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.</p>
-
-<p>El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro
-descomunal con dotaciones litúrgicas.</p>
-
-<p>En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como
-pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula.
-La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> escena
-de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la
-jaula.</p>
-
-<p>¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!</p>
-
-<p>¡Dedos viciosos los de la arpista!</p>
-
-<p>&mdash;Ahora quiero más tus manos&mdash;la decía él después de verla tocar el
-arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.</p>
-
-<p>Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel
-hombre tenía trazas de ir a estar siempre.</p>
-
-<p>Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado,
-cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho
-tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada
-por los pasillos de la noche.</p>
-
-<p>El no recataba su comodidad:</p>
-
-<p>«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia
-a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos
-insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el
-interior del ser.</p>
-
-<p>Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor
-fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.</p>
-
-<p>Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de
-abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, que no abran! ¡Que no abran!&mdash;gritaba el hombre cómodo cuando
-sentía a la doncella de la mañana.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV<br /><br />
-<small>EL EMBOTELLAMIENTO</small></h2>
-
-<p>Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera
-invernal.</p>
-
-<p>El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.</p>
-
-<p>Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos
-entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a
-intervenir en sus pensamientos.</p>
-
-<p>Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la
-americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo,
-a no se sabía qué.</p>
-
-<p>En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.</p>
-
-<p>El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio
-en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es
-angustioso fuera de esa única plazoleta.</p>
-
-<p>Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando
-anochecía dentro del bosque.</p>
-
-<p>La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes
-asturianos, le encerraba en su verdosidad.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span></p>
-
-<p>«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces
-sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no
-podrán salir.</p>
-
-<p>¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!</p>
-
-<p>Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda&mdash;esas
-plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos&mdash;querían
-hablar.</p>
-
-<p>Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban
-los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal
-en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.</p>
-
-<p>Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas
-abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la
-tarde.</p>
-
-<p>Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena
-novela de «Magazine».</p>
-
-<p>Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí,
-ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.</p>
-
-<p>Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera
-deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la
-concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.</p>
-
-<p>Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que
-estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos
-animales que no pueden levantarse cuando caen así.</p>
-
-<p>Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el
-calamar o gozar un día de muy<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span> buen mar, era en la Quinta, algo alejada
-del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio
-universal.</p>
-
-<p>El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en
-la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.</p>
-
-<p>«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se
-diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para
-jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.</p>
-
-<p>Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le
-tentaba con la otra orilla.</p>
-
-<p>Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas
-con chorreras.</p>
-
-<p>Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los
-rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.</p>
-
-<p>El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca,
-sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo
-colgante.</p>
-
-<p>Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos
-antiguos.</p>
-
-<p>Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada
-sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino,
-por hacer algo, regaba.</p>
-
-<p>Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes,
-mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera
-agradecía.</p>
-
-<p>Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario
-supremo.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span></p>
-
-<p>Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la
-manga de riego, le decía:</p>
-
-<p>&mdash;Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.</p>
-
-<p>&mdash;La espada flamígera del agua&mdash;aclaraba él.</p>
-
-<p>Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas
-finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.</p>
-
-<p>Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición
-hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su
-número de orden entre los placeres: «Ver llover.»</p>
-
-<p>Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro
-como si se bañase en la habitación.</p>
-
-<p>Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo&mdash;y le
-llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba
-por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.</p>
-
-<p>En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues
-se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco
-iris se ha tumbado.</p>
-
-<p>Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía
-fuera.</p>
-
-<p>De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que
-viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la
-espalda.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, llueve en el mar&mdash;le decía ella señalando la lejana siembra
-desigual de la lluvia.<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Aquí tardará en llover&mdash;dijo él&mdash;, el mar atrae la lluvia como un beso
-que pide y el cielo tiene que otorgarle.</p>
-
-<p>Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote
-aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias
-cubanas.</p>
-
-<p>Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente
-tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas
-novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras
-de ojos cerrados.</p>
-
-<p>El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.</p>
-
-<p>Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.</p>
-
-<p>Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes
-de castellana como nada.</p>
-
-<p>Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se
-explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a
-otra cosa se pase de un amor a otro.</p>
-
-<p>Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su
-palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.</p>
-
-<p>Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese
-cinematógrafo en el gran casino.</p>
-
-<p>En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de
-matrimonio, su colcha de boda con la luna.</p>
-
-<p>Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para
-siempre en la terraza del mundo.<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span></p>
-
-<p>Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al
-paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces&mdash;en la
-obscuridad&mdash;echaba los dados en el cubilete, y otras veces los
-desparramaba sobre las praderas del paisaje.</p>
-
-<p>Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una
-tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que
-hay en el amor.</p>
-
-<p>Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando
-siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.</p>
-
-<p>Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el
-camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.</p>
-
-<p>«¡Queja humana! También procedemos del gato»&mdash;pensaba ella.</p>
-
-<p>De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y
-echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la
-gata.</p>
-
-<p>Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el
-silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad
-de las cavernas.<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV<br /><br />
-<small>EL COCHE DESBOCADO</small></h2>
-
-<p>Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de
-muchos días.</p>
-
-<p>El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo
-tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores
-maceradas para lograr su esencia.</p>
-
-<p>Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de
-comer, a la una y media de la tarde.</p>
-
-<p>Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se
-pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra
-los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa
-sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.</p>
-
-<p>Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.</p>
-
-<p>Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los
-bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo
-permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel
-palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span> que hacer el
-coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte.
-Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no
-sirven para eso».</p>
-
-<p>Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño
-palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería
-asomarse alguna vez.</p>
-
-<p>Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un
-chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O
-Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados
-de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.</p>
-
-<p>Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el
-oleaje marginal.</p>
-
-<p>Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar
-por el mismo paisaje.</p>
-
-<p>Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte:</p>
-
-<p>&mdash;Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.</p>
-
-<p>El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió
-un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las
-floristas, fáciles comadronas de las flores.</p>
-
-<p>Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada
-esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese
-mucho.</p>
-
-<p>Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de
-vanos los oídos que la escuchaban:<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le
-escaparon...</p>
-
-<p>Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes,
-verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y
-cantarina.</p>
-
-<p>Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo
-desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos
-congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de
-sombra en los días demasiado soleados.</p>
-
-<p>Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la
-alegría del árbol con jarana interior.</p>
-
-<p>Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos,
-siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de
-los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.</p>
-
-<p>Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales,
-quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas
-de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que
-confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de
-la tierra.</p>
-
-<p>Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las
-verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable
-que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.</p>
-
-<p>¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los
-miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se
-amarran los barcos!<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span></p>
-
-<p>Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.</p>
-
-<p>Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bien harías de Eva!&mdash;la había dicho él y ella había respondido:</p>
-
-<p>&mdash;A la noche.</p>
-
-<p>Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy
-sugestivo de Eva vestida.</p>
-
-<p>Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido,
-ocultó la manzana.</p>
-
-<p>A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.</p>
-
-<p>El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.</p>
-
-<p>Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas,
-más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador
-de experiencia.</p>
-
-<p>Ante un árbol cortado, dijo Palmyra:</p>
-
-<p>&mdash;Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé...</p>
-
-<p>Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los
-pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético
-del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran
-inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y
-tira por ellos de vez en cuando.</p>
-
-<p>En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más
-consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos.<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span></p>
-
-<p>Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía
-conducir al cielo en coche.</p>
-
-<p>Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la
-vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto.</p>
-
-<p>Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida
-hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían.</p>
-
-<p>Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se
-adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes.</p>
-
-<p>Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la
-tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores...</p>
-
-<p>La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino
-acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de
-los primitivos apóstoles del mundo.</p>
-
-<p>Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les
-salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.</p>
-
-<p>La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo
-aquella luz de tarde feliz.</p>
-
-<p>Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca.
-Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se
-le veía al final del camino.</p>
-
-<p>Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada
-grado de la espiral.</p>
-
-<p>El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia
-atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su
-larga pipa blan<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span>ca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa
-larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega
-a la mujer de sus abrazos.</p>
-
-<p>Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura
-virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas
-fotográficas.</p>
-
-<p>El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado
-sentado en un pescante de alto tejado.</p>
-
-<p>Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras
-tendidas, cascadas verdes.</p>
-
-<p>Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los
-otros árboles.</p>
-
-<p>En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.</p>
-
-<p>Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de
-los berros y hasta se saboreaban.</p>
-
-<p>&mdash;También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su
-palacio&mdash;dijo el marino.</p>
-
-<p>&mdash;Sitio ideal&mdash;dijo Palmyra&mdash;. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta,
-la trasladaba.</p>
-
-<p>&mdash;No te comprendo&mdash;repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara
-que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.</p>
-
-<p>Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y
-casa antañona.</p>
-
-<p>«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a
-la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo
-muriendo!»</p>
-
-<p>Aún bordearon los caminos espirales como con los<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span> caballos andando de
-pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre
-el aire.</p>
-
-<p>Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.</p>
-
-<p>Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una
-balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces
-que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de
-Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.</p>
-
-<p>Después recorrieron un largo camino.</p>
-
-<p>El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños
-llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de
-nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.</p>
-
-<p>Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando
-aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se
-había hecho construir en el ideal Portugal.</p>
-
-<p>Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.</p>
-
-<p>Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya
-las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.</p>
-
-<p>&mdash;La sala de los zares&mdash;decía el guía&mdash;hecha a imitación de la llamada
-del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.</p>
-
-<p>Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas
-almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y
-había echado tallo.<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span></p>
-
-<p>¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con
-tapices, muebles y alfombras!</p>
-
-<p>En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan
-adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.</p>
-
-<p>Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno,
-algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada&mdash;decía Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos
-adornos y recuerdos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso
-paisaje&mdash;¡Ah! Pero tenían los balcones...</p>
-
-<p>El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo,
-entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del
-que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla
-a cada paso.</p>
-
-<p>Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a
-descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita
-del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a
-la enorme tetera.</p>
-
-<p>Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.</p>
-
-<p>El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un
-barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.</p>
-
-<p>El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que
-no tenían a mano.</p>
-
-<p>Pasaron junto a los criaderos de langosta:<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese
-que eran de criadero&mdash;dijo Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos&mdash;volvió a
-decir ella para romper el largo silencio.</p>
-
-<p>El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la
-emoción que repartía la luna.</p>
-
-<p>Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia
-chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»...
-«sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en
-repouso»...</p>
-
-<p>En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo,
-las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo
-que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de
-esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.</p>
-
-<p>Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan
-solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se
-piensa en eso.</p>
-
-<p>Los sándalos&mdash;llamémosles así&mdash;daban su perfecto olor a sándalo. El
-abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan
-desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero
-que busca un perfume que al fin encuentra.</p>
-
-<p>Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el
-«curaré» sazona los arroces.</p>
-
-<p>Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían
-lo que de navegación tiene el<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span> camino de la vera mar, iban respingosos,
-con miedos súbitos de criaturas infantiles.</p>
-
-<p>Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos
-freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos,
-enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse
-a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.</p>
-
-<p>¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el
-mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la
-rampa de una cuesta.</p>
-
-<p>Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de
-muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del
-preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el
-abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé
-desgreñado y fosco!</p>
-
-<p>El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el
-último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no
-hubo tiempo!</p>
-
-<p>Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron
-tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras
-Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del
-coche, agarrándose a un arbusto.</p>
-
-<p>Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en
-la catástrofe.</p>
-
-<p>El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del
-caso, Palmyra no estaba<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> muerta sino mal herida; el cochero estaba
-destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se
-había salvado en tan bestial aplastamiento.</p>
-
-<p>Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar
-hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.</p>
-
-<p>Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer
-bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en
-que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del
-mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las
-heridas.</p>
-
-<p>El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido
-junto al otro para aplacar al destino.</p>
-
-<p>Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe
-cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Palmyra! ¡Palmyra!</p>
-
-<p>El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la
-folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los
-bandidos.</p>
-
-<p>El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de
-socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la
-herida.</p>
-
-<p>En aquella cañada no había refugio.</p>
-
-<p>En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un
-tramo más abajo&mdash;¡pero qué tramo!&mdash;del otro camino del que se había
-desgajado el coche.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¡Eh!&mdash;gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de
-atrás.<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span></p>
-
-<p>El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado
-aún.</p>
-
-<p>&mdash;Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un
-coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.</p>
-
-<p>Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las
-víctimas.</p>
-
-<p>Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al
-mostrar a su desmayada Palmyra.</p>
-
-<p>En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el
-largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la
-catástrofe, la llevaron al automóvil.</p>
-
-<p>Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al
-<i>chauffeur</i> lo trasladaron también al automóvil.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde?</p>
-
-<p>&mdash;A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al
-médico.</p>
-
-<p>El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los
-automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.</p>
-
-<p>Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde
-recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta,
-donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué
-el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho
-engavillado.<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI<br /><br />
-<small>HERIDA HASTA EL ALMA</small></h2>
-
-<p>Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.</p>
-
-<p>Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los
-colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.</p>
-
-<p>Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez
-en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía
-gozando su abertura.</p>
-
-<p>Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca
-que se frunce y se aprieta.</p>
-
-<p>En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el
-mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por
-las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.</p>
-
-<p>El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo
-desde el primer momento.</p>
-
-<p>El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.</p>
-
-<p>Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el
-día.</p>
-
-<p>Era el doctor el hombre principal de los días y él<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> se sentía relegado
-en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las
-heridas.</p>
-
-<p>Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay
-esparcida en las tardes de primavera.</p>
-
-<p>Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable
-lleno de ayes que se estampaban en las paredes.</p>
-
-<p>Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y
-parecía burlarse de ella al no estar él también herido.</p>
-
-<p>El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que
-tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.</p>
-
-<p>Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.</p>
-
-<p>Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un
-árbol.</p>
-
-<p>Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido
-el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las
-pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura,
-Buenaventura la planteó su marcha:</p>
-
-<p>&mdash;Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.</p>
-
-<p>Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.</p>
-
-<p>Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble.
-Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido
-por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la
-tragedia...<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span></p>
-
-<p>Palmyra dijo irritada:</p>
-
-<p>&mdash;Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no
-me vería como ves...</p>
-
-<p>El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la
-injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los
-ataques:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que me vas a echar a mí la culpa?</p>
-
-<p>Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo volveré...</p>
-
-<p>Palmyra se destapó airada y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías
-recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No
-vuelvas.</p>
-
-<p>Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el
-silencio la secundaba y la contestaba como un coro.</p>
-
-<p>No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de
-la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su
-infidelidad.</p>
-
-<p>¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!</p>
-
-<p>La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de
-una misión de viajes, surgía en él.</p>
-
-<p>«Otro que tal», se dijo ella.</p>
-
-<p>¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser
-ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.</p>
-
-<p>Todos parecían ir a decir siempre:</p>
-
-<p>&mdash;Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span></p>
-
-<p>Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan
-talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel
-quedarse en que no había ninguna renuncia.</p>
-
-<p>Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella
-Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a
-ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el
-verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos
-inquietos y foragidos.</p>
-
-<p>La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo
-abandonado.</p>
-
-<p>Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en
-ciudades americanizadas.</p>
-
-<p>La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la
-tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una
-mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.</p>
-
-<p>No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase
-en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el
-mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en
-medio de sus caminos.</p>
-
-<p>La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano
-como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle
-insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.</p>
-
-<p>Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o
-se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras
-conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca
-más.<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span></p>
-
-<p>Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como
-aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te
-recibiría».</p>
-
-<p>«No, no», decían las palmeras removidas.</p>
-
-<p>La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar
-nueva posada al que se iba.<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a>XXVII<br /><br />
-<small>SALIDA DE LA CONVALECENCIA</small></h2>
-
-<p>Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.</p>
-
-<p>El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus
-manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.</p>
-
-<p>La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores
-y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y
-sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.</p>
-
-<p>La melancolía la sentaba mejor.</p>
-
-<p>Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de
-fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.</p>
-
-<p>Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.</p>
-
-<p>Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que
-hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le
-correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.</p>
-
-<p>La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span> hombre imposible, con
-algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las
-mujeres.</p>
-
-<p>Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin
-ansia viajera y sin espera del día siguiente.</p>
-
-<p>Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es
-dulce, no lo comprendía nadie.</p>
-
-<p>Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las
-mamas del espacio.</p>
-
-<p>Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en
-pacífica suspensión y dedicación.</p>
-
-<p>Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.</p>
-
-<p>La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos
-ídolos de que se había reído y al hombre.</p>
-
-<p>Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y
-la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de
-retocar las bellezas que sostiene en la vida.</p>
-
-<p>Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe
-agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las
-habitaciones de la Quinta.</p>
-
-<p>Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.</p>
-
-<p>Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas
-tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se
-habían escapado los presos.</p>
-
-<p>Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span> boga por los mares de
-la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.</p>
-
-<p>«En estas soledades&mdash;pensaba Palmyra&mdash;se conversa con los reyes
-desengañados.»</p>
-
-<p>Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que
-todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la
-guerra y a las ciudades».</p>
-
-<p>Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una
-vergüenza mezclada de voluptuosidad.</p>
-
-<p>Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y
-descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser
-compartida sólo por otra mujer.</p>
-
-<p>¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en
-brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea
-siempre una enfermedad que curar.</p>
-
-<p>Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y
-curarse de todas las nostalgias.</p>
-
-<p>Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si
-fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en
-sus reuniones.</p>
-
-<p>Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico
-que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las
-coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.</p>
-
-<p>Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba
-siempre como una espina.<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span></p>
-
-<p>Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que
-conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del
-mundo.</p>
-
-<p>Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que
-parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se
-fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.</p>
-
-<p>Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el
-doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste
-a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una
-enfermedad gracias a otras manos.</p>
-
-<p>Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la
-mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran
-experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en
-que la queda un dolor rezagado.</p>
-
-<p>La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía
-con la carne correosa y triste.</p>
-
-<p>Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo
-sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía
-Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los
-hacía redondos y amontonados alcores.</p>
-
-<p>El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía
-Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban
-juveniles.</p>
-
-<p>Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en
-la chimenea, aunque el día de<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span> invierno era como los más crudos de aquel
-paraje un día de primavera con escalofríos.</p>
-
-<p>Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando
-entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.</p>
-
-<p>Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una
-gran tizona.</p>
-
-<p>Se hablaba de la lumbre.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros
-que lo quisieran sazonar&mdash;decía don Vasco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla
-con soplo interior todo el leño?&mdash;decía Palmyra.</p>
-
-<p>El humo de la leña les picaba a todos los ojos.</p>
-
-<p>Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los
-leños consumidos.</p>
-
-<p>La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que
-habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.</p>
-
-<p>&mdash;Ya tenemos todos lentes ahumados&mdash;dijo el viejo español.</p>
-
-<p>La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría
-aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una
-mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre
-cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.</p>
-
-<p>El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían
-matizado con todas las salsas.</p>
-
-<p>Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que
-lanzaba la última rúbrica de humo.<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span></p>
-
-<p>Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están
-aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus
-secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese
-juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy
-lejos del mundo.</p>
-
-<p>Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».</p>
-
-<p>Llegó doña Manolita.</p>
-
-<p>Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados
-por la herida.</p>
-
-<p>&mdash;Estás muy macilenta&mdash;dijo algo agorera&mdash;. Después se apresuró a tomar
-su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien
-cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo
-tomaba de pequeña».</p>
-
-<p>Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.</p>
-
-<p>Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la
-costumbre.</p>
-
-<p>Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía
-decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con
-pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo
-morisco en que estaba toda su fortuna.</p>
-
-<p>La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia
-pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia
-hacía mucho tiempo.</p>
-
-<p>Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron
-cuenta de que era hora de irse.</p>
-
-<p>Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span> única invitada juvenil
-que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los
-huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.</p>
-
-<p>Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al
-ver a Lucinda.</p>
-
-<p>Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se
-sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además
-impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían
-que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan
-despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.</p>
-
-<p>Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se
-acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya bien?</p>
-
-<p>&mdash;Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?</p>
-
-<p>Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese
-arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado
-con su nombre en las fiebres.</p>
-
-<p>Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.</p>
-
-<p>&mdash;He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido...
-He pensado mucho en ti...</p>
-
-<p>Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía
-decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida
-cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza,
-veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la
-retirada.<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span></p>
-
-<p>Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el
-satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no
-bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el
-fuego.</p>
-
-<p>Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando
-a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta,
-dijo a Lucinda:</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrás muchas tardes?</p>
-
-<p>&mdash;Las que quieras.</p>
-
-<p>&mdash;Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío
-del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...</p>
-
-<p>&mdash;Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve
-que tu alma se ha quedado asustada.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como
-si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...</p>
-
-<p>&mdash;¿Los caballos galoparon al caer?</p>
-
-<p>&mdash;Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo
-submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron
-melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y él?</p>
-
-<p>&mdash;El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas...
-Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón.
-Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después, qué hizo?</p>
-
-<p>&mdash;«¡Fugio!»<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y no has vuelto a saber de él?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La
-Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que
-son consuelo de mis ilusiones.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad... Tú... Sí&mdash;y se quedó con su mano en las manos.</p>
-
-<p>Un reloj les sacó de su ensimismación.</p>
-
-<p>Lucinda exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tarde! Volveré mañana&mdash;y se puso el sombrero sobre aquel pelo
-negro como lleno siempre de las aguas del peine.</p>
-
-<p>Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la
-belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós... Hasta mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta mañana... Adiós.</p>
-
-<p>Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como
-pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo
-sueltan en muchos momentos.</p>
-
-<p>¡Qué replegadas en su blanda madriguera!<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a>XXVIII<br /><br />
-<small>LUCINDA</small></h2>
-
-<p>Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad
-contenida.</p>
-
-<p>Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el
-cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus
-mechones sobrantes por el suelo.</p>
-
-<p>Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen
-penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar
-todos los sombreretes de la tierra.</p>
-
-<p>En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella
-última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los
-trenes tropiezan con los topes finales.</p>
-
-<p>El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y
-otros pálida.</p>
-
-<p>Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.</p>
-
-<p>Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes
-con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que
-absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de
-la serpiente que muerde en lo bajo y<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> mira hacia lo alto para ver encima
-de ella el gesto de la mujer mordida.</p>
-
-<p>Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había
-sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con
-incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que
-los espejos fríos.</p>
-
-<p>Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...</p>
-
-<p>¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran
-secreto?</p>
-
-<p>Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él
-era el de aquella larga curación en la mayor soledad.</p>
-
-<p>Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no
-merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos
-siempre de una nueva aventura.</p>
-
-<p>La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el
-conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una
-mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban
-impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los
-demás.</p>
-
-<p>La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la
-constante movilidad y pasaje de las nubes.</p>
-
-<p>Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y
-que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo
-vital la vida paisana.</p>
-
-<p>«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos
-inmóviles!», pensaba Pal<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span>myra asomada a los cristales y viendo pasar las
-nubes cinematográficas de aquella tarde.</p>
-
-<p>La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.</p>
-
-<p>Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí
-misma.</p>
-
-<p>Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra
-las miraba con gesto de dolorosa.</p>
-
-<p>Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.</p>
-
-<p>Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró
-hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y
-desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo
-de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es
-irresistible» y se retiró a otra habitación.</p>
-
-<p>Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había
-pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba
-el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía
-de la muerte con viva morbidez.</p>
-
-<p>Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.</p>
-
-<p>Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.</p>
-
-<h3>CHANSON</h3>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">De ta robe à longs plis flottants<br /></span>
-<span class="i0">Ruissellent toutes les chimères,<br /></span>
-<span class="i0">Et tu m’apportes le printemps<br /></span>
-<span class="i0">Dans tes mains blondes et légères.<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span><br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i2">J’ai peur de ce frisson nacré<br /></span>
-<span class="i0">De tes frêles seins, je ne touche<br /></span>
-<span class="i0">Qu’en tremblant à ton corps sacré,<br /></span>
-<span class="i0">J’ai peur du charme de ta bouche.<br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i2">Je me sens grandir jusqu’aux Dieux<br /></span>
-<span class="i0">Quand, sous mon orgueilleuse étreinte,<br /></span>
-<span class="i0">Le doux bleu meurtri de tes yeux<br /></span>
-<span class="i0">S’évanouit, fraicheur éteinte.<br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i2">Mais quand, si blanche entre mes bras,<br /></span>
-<span class="i0">A mon cri d’amour qui se pâme<br /></span>
-<span class="i0">Tu souris et ne réponds pas,<br /></span>
-<span class="i0">Tes yeux fermés me glacent l’âme...<br /></span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i2">J’ai peur,&mdash;c’est le remords spectral<br /></span>
-<span class="i0">Que l’extase ne saurait taire,&mdash;<br /></span>
-<span class="i0">De t’avoir peut-être fait mal<br /></span>
-<span class="i0">D’une caresse involontaire.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah!
-tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que
-la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales
-blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus
-alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de
-las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las
-ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el
-agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».</p>
-
-<p>Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se
-hacía para encontrar una sola flor.</p>
-
-<p>«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span></p>
-
-<p>Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin
-tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.</p>
-
-<p>«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos,
-insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y
-nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»</p>
-
-<p>Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la
-locura es la sabiduría de las tinieblas».</p>
-
-<p>Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas
-dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía
-lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de
-«nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer
-triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada»,
-de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de
-perderse «na grande Escuridâo».</p>
-
-<p>Lucinda acabó de recitar.</p>
-
-<p>Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?</p>
-
-<p>Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta
-aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad
-dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario
-para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la
-amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin
-engaño ni arrebato.</p>
-
-<p>Muchas veces, en la necesidad de amansar los<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> deseos locos de ternura de
-su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las
-tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder
-desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.</p>
-
-<p>¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?</p>
-
-<p>No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo
-deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no
-es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por
-el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una
-contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la
-pregunta al reforzarse el preguntar.</p>
-
-<p>«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor&mdash;pensaba
-Palmyra&mdash;, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir
-durante unos minutos cada día.»</p>
-
-<p>Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa
-un poco, no se daría en la amiga.</p>
-
-<p>Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella
-mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo
-compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a>XXIX<br /><br />
-<small>BIOMBO FINAL</small></h2>
-
-<p>Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la
-Quinta.</p>
-
-<p>Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre
-sería siempre incomprensivo.</p>
-
-<p>Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la
-necesidad complementaria.</p>
-
-<p>En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban
-por aquella playa última del mundo europeo.</p>
-
-<p>Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.</p>
-
-<p>Se veía el puente colgante del arco iris.</p>
-
-<p>El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los
-colores.</p>
-
-<p>La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur
-levantaba polvaredas de arena.</p>
-
-<p>Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los
-vientos.</p>
-
-<p>Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se
-sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la
-cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span>
-con tal arrogancia su espléndido busto&mdash;en el que parecía estar su
-virilidad&mdash;que Palmyra la decía:</p>
-
-<p>&mdash;Eres la amazona de la arena.</p>
-
-<p>Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué
-tontería!» del hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas
-que parecen un rizo de berlangot&mdash;decía Palmyra.</p>
-
-<p>Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono
-por sus imaginaciones.</p>
-
-<p>A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el
-que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.</p>
-
-<p>Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la
-antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a
-leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece
-encontrar su confidencia.</p>
-
-<p>La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de
-los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría
-asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches
-con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en
-la misma mañana.</p>
-
-<p>El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía
-perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.</p>
-
-<p>Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No
-estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o
-presumido está cerca.</p>
-
-<p>Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nue<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span>vas violencias, había
-desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que
-no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios
-de rupturas, engaños y crueldades.</p>
-
-<p>El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un
-día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se
-exigiesen una belleza meticulosa.</p>
-
-<p>Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.</p>
-
-<p>El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más
-grandes, más redondas, más claras.</p>
-
-<p>Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado
-en la balaustrada.</p>
-
-<p>Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de
-su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos
-grandes roperos que poseía Palmyra.</p>
-
-<p>Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado
-amable, suave y perfumado quedaba en ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos a arreglar los armarios?&mdash;preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía
-con encanto.</p>
-
-<p>Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el
-amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...</p>
-
-<p>La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos
-eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor
-de su soledad.</p>
-
-<p>En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y
-zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span></p>
-
-<p>Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante,
-se aplacaba en ellas.</p>
-
-<p>En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas
-diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar
-aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.</p>
-
-<p>Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran
-cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu»
-del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo
-las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.</p>
-
-<p>Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua.
-¡Qué frescura en los días de verano!</p>
-
-<p>&mdash;Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos
-que son como trajes de algas.</p>
-
-<p>Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en
-pleno salón.</p>
-
-<p>Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a
-toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que
-ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando.</p>
-
-<p>&mdash;En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey...</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo
-tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo.<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Somos dos hijas bastardas de un rey.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;respondió Lucinda&mdash;, tú eres esa bastarda y yo tu dama.</p>
-
-<p>Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de
-un «fular» blanco que daba dentera a las caricias.</p>
-
-<p>La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en
-cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no
-responde y huye.</p>
-
-<p>Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de
-lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión!</p>
-
-<p>Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo
-encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría
-entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada
-lado del poliédrico terráqueo!</p>
-
-<p>En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad
-aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.</p>
-
-<p>Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las
-palmeras tenían un cimbreo solemne.</p>
-
-<p>&mdash;El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a
-que la mujer ha llegado por su sensibilidad.</p>
-
-<p>Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba
-su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.</p>
-
-<p>Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la
-amiga se sentaban en la ca<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span>rroza de la ventana y se pasaban la tarde
-viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los
-caminos que lleva pan a alguna parte.</p>
-
-<p>Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de
-permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las
-cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua
-interior hasta el cuello.</p>
-
-<p>Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del
-tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren
-interminable que convertía el mar en una película de perforación
-universal.</p>
-
-<p>Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un
-día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de
-tristeza y presagios.</p>
-
-<p>La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se
-les subían a los hombros como perros de alta talla.</p>
-
-<p>La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que
-agradecen el agua.</p>
-
-<p>Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas
-desangradas por la alucinación voluptuosa.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy como una galleta mojada en té&mdash;dijo Palmyra.</p>
-
-<p>Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su
-imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas
-jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos
-improvisados y aún sin pesca.<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Siempre la invención del techo será maravillosa&mdash;dijo Palmyra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gratitud a su inventor!&mdash;corroboró Lucinda.</p>
-
-<p>Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de
-unas Magdalenas asomadas a la lluvia.</p>
-
-<p>Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como
-aquél.</p>
-
-<p>Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con
-un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.</p>
-
-<p>La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.</p>
-
-<p>Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su
-mismo vagido enfundado en el eco.</p>
-
-<p>Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo
-lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los
-pasos de nivel para que pasemos nosotras...</p>
-
-<p>&mdash;Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros
-automóviles detenidos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el
-tren!</p>
-
-<p>Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la
-luz de una mirada.</p>
-
-<p>El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura
-compañía.</p>
-
-<p>El frenesí brota por lo inacabado que se es, apare<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span>ciendo en él los
-desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en
-el abrazo.</p>
-
-<p>No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud
-de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así
-no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber
-sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.</p>
-
-<p>Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y
-al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas.</p>
-
-<p>Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres
-después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la
-nariz, como si fuese como pico de águila.</p>
-
-<p>Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de
-apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una
-investigación.</p>
-
-<p>La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lucinda! ¡Lucinda!</p>
-
-<p>Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del
-pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del
-mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera.</p>
-
-<p>Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por
-más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad.</p>
-
-<p>Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios,
-además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie
-asomarse.<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span></p>
-
-<p>¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos!</p>
-
-<p>El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan
-como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo
-rechinar!</p>
-
-<p>Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre
-se logra hallar más.</p>
-
-<p class="fint">FIN</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td colspan="2">&nbsp;</td><td class="rt"><small><i>Páginas.</i></small></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#I">I.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#I">
-Descripción de la finca</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_7">7</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#II">II.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#II">Interior de la Quinta</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_13">13</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#III">III.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#III">Armando, el falso aristócrata</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_21">21</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IV">IV.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#IV">Las visitas</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_27">27</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#V">V.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#V">Día de lluvia amorosa</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_37">37</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VI">VI.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#VI">La última amazona</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_43">43</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VII">VII.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#VII">Paseos en «milord»</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_49">49</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#VIII">VIII.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#VIII">El telegrama</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_57">57</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#IX">IX.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#IX">El envenenado</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_63">63</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#X">X.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#X">Ultimo paseo de Armando</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_71">71</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XI">XI.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XI">La soledad inapetente</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_83">83</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XII">XII.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XII">Al Casino</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_89">89</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIII">XIII.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XIII">Era el hombre violento</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_97">97</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIV">XIV.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XIV">Los automóviles de los desembarcados</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_101">101</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XV">XV.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XV">En alta mar del amor</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_109">109</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XVI">XVI.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XVI">Otra retirada</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_117">117</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XVII">XVII.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XVII">Recrudecimientos, soledades, aspiraciones, melancolías&nbsp; &nbsp; &nbsp; </a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_125">125</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XVIII">XVIII.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XVIII">El genio arrebatado</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_139">139</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XIX">XIX.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XIX">El concierto</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_145">145</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XX">XX.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XX">Nuevo huésped</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_151">151</a></td></tr>
-
-<tr><td class="rt" valign="top"><a href="#XXI">XXI.</a></td><td valign="top">&mdash;</td><td valign="top"><a href="#XXI">Tarde diáfana y final</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_157">157</a></td></tr>
-</table>
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-<hr class="full" />
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-End of Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna
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-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA QUINTA DE PALMYRA ***
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
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-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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