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-The Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll
-have to check the laws of the country where you are located before using
-this ebook.
-
-
-
-Title: Una Cristiana
-
-Author: Emilia Pardo Bazán
-
-Release Date: August 19, 2019 [EBook #60137]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA ***
-
-
-
-
-Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images generously made available by The
-Internet Archive/Canadian Libraries)
-
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
- han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se ha respetado la ortografía del original, que difiere ligeramente
- de la actual --especialmente en el uso de tildes--, normalizándola
- a la grafía de mayor frecuencia.
-
- * No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas que las
- necesitan, se ha completado el emparejamiento de los signos de
- admiración e interrogación y se han espaciado las rayas --o guiones
- largos--.
-
-
-
-
- OBRAS COMPLETAS
- DE
- EMILIA PARDO BAZÁN,
- CONDESA DE PARDO BAZÁN
-
-
- UNA CRISTIANA
-
-
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-
- EMILIA PARDO BAZÁN,
- CONDESA DE PARDO BAZÁN
-
- OBRAS COMPLETAS.--TOMO XVIII
-
-
- UNA CRISTIANA
-
-
- [Ilustración]
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-
- ADMINISTRACIÓN:
- LIBRERÍA DE PUEYO
- ARENAL, 6
-
-
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-
- ES PROPIEDAD.
- QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
- QUE MARCA LA LEY.
-
-
-IMP. GRÁFICA UNIVERSAL.--PRINCESA, 14. MADRID
-
-
-
-
-UNA CRISTIANA
-
-
-
-
-I
-
-
-Verán ustedes las asignaturas que el Estado me obligó a echarme al
-cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la Escuela de Caminos.
-Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que Geometría. A
-más, Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva y Cálculo
-diferencial. Luego (prendidito con alfileres, si he de ser franco)
-idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés, porque al
-señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me inspiraban
-profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los infinitos
-«dibujos»: el lineal, el topográfico y también el de paisaje, que
-supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira,
-pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su
-álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las _mises_ cuando
-viajan.
-
-Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en diminutivo para que no
-nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas para hacer boca:
-Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante el año
-del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente (que es
-el primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban --aparte de
-profundizar los Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la
-Geología y la Estereotomía-- dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma,
-«de sólidos», y el «lavado».
-
-Yo no fuí de los alumnos más exageradamente _empollones_, pero como
-tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo),
-supe machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir
-a la paciencia y a la tenacidad en asignaturas donde no bastando
-el ejercicio del entendimiento hay que forzar el automatismo de la
-memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es fácil evitarlos al seguir una
-carrera en que deliberadamente se aprietan las clavijas a los alumnos,
-con el fin de sacar el número justo para cubrir las plazas vacantes.
-Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que costeaba mi
-carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa resignación,
-cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no eran
-muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo
-los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que
-pueden evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año
-estuve enfermo de anemia, complicada después con viruelas locas; y este
-incidente y otros que no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama
-de joven estudioso y persona medianamente culta, hube de encontrarme
-a los ventiún años cursando el segundo de la carrera; es decir,
-faltándome tres para terminarla.
-
-El año anterior, o sea el primero de la carrera propiamente dicha, me
-ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes de Septiembre.
-Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la influencia maléfica
-de cierta posada donde me alojé por tentación del diablo. El tiempo
-pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen risa a los labios
-y vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuando los evoco. Algo
-referiré de esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería
-capaz de estudiar en semejante madriguera.
-
-Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas --verbigracia, la de
-los Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame Roque-- muy
-semejantes a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el
-vecindario de un mediano poblachón; tenía sus tres patios con
-balconada, sobre la cual se abrían las puertas de los cuchitriles
-o tabucos, numeradas en los dinteles; y no faltaban sus inquilinas
-desvergonzadas y reñidoras, sus ciegos entonando coplejas al son de
-destemplado guitarrillo, sus gatos atacados de neurosis correteando
-de bohardilla a bohardilla y de baranda a baranda --ya a impulsos de
-amorosas emociones, ya en virtud de algún tremendo ladrillazo--, sus
-tiestos de clavellinas y albahaca, sus pañales puestos a secar en
-compañía de desflecados refajos y remendadas camisas; en fin, todo
-lo que abunda en este género de guaridas de la villa y corte, mil
-veces retratadas por los novelistas y los pintores de costumbres. El
-cuarto tercero de la derecha había sido alquilado a Josefa Urrutia,
-vizcaína, ex doncella de la Marquesa de Torres-Nobles, y ex doncella
-en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De los devaneos de la
-Josefa había resultado lo de costumbre: al principio muchas carantoñas,
-luego frutos de bendición sin la del cura, luego hastío del seductor,
-lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de venganza y planes
-de exterminio, escándalos callejeros con presentación de rorro en
-mantillas, reclamación ante el juez, y providencia de éste a favor
-de la ofendida, señalando una pensión de seis reales diarios a cada
-vastaguito. Sólo que ¡vaya por Dios! de pago andábamos muy mal. Por fas
-o por nefas, hoy que el papá se encuentra en Montevideo y la letra no
-ha llegado; mañana que el cambio sobre España está por las nubes y no
-se puede girar, ello es que la desdichada Pepa no hubiera conseguido
-valerse y sacar adelante a los dos críos, si no tiene la feliz
-ocurrencia de arrendar el consabido piso tercero, arañar unos cuantos
-muebles en las prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de
-desecho, regalo de la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes,
-nido de estudiantes y de chinches.
-
-Al principio el negocio se presentó medianito: trampeando, trampeando.
-Por fin adquirió la Urrutia clientela, y cuando yo entré a morar en
-«la alcoba del comedor», estaba en su apogeo el establecimiento: ni
-una habitación desocupada, y todos huéspedes que pagaban honradamente
-(si podían) aparte de ciertas quiebras, cuyo origen descubriré en
-gran secreto. Habitaba la sala, lo mejorcito del cuarto, un cierto D.
-Julián, valenciano jaranero y alegre, derrochador sempiterno, amigo
-de francachelas y bromas y jugador empedernido. Decía que estaba en
-Madrid pretendiendo un destino, destino que no llegaba nunca; pero el
-pretendiente vivía como un príncipe y en vez de ayudar con los dineros
-de su pupilaje a sostener el negocio de Pepa, se susurraba entre
-nosotros que comía gratis y aun recibía de tiempo en tiempo tal cual
-doblilla destinada a derretirse en el peligroso faldellín de la sota
-de copas. Estas interioridades y flaquezas de Pepa Urrutia no hubieran
-trascendido (como ahora se dice) a no ser por el _monstruo de verdes
-ojos_, los empecatados celos. Teníalos rabiosos la vizcaína, de una
-vecinita guapa y fácil en tomar varas de los huéspedes fronterizos,
-según puedo atestiguar. Aguijada por la desesperación, Pepa gritaba
-sin reparo, y había lo de «pillo, estafador» por aquí, y lo de «si
-vergüenza tuviese usted, lo que me chupa y lo que me debe me pagaría
-volando» por allá. D. Julián, en casos tales, envainaba las manos en
-los bolsillos, apretaba los dientes, y callado como un muerto paseaba
-de arriba abajo por la sala. Aquel silencio encendía más el furor
-de la mujer, que a veces se deshacía en crisis nerviosa de llanto; y
-después de abofetear al valenciano con los últimos denuestos, salía
-pegando un portazo que retumbaba en todo el edificio. Entonces solía
-asomarse al pasillo un hombre grueso, rubio, calvo, como de cincuenta
-y tantos años, de semblante afable y complaciente, quien con marcado
-acento portugués preguntaba a la colérica patrona:
-
---Pepiña, ¿qui tiene?
-
---Nada tengo yo... --respondía ella metiéndose de estampía en la cocina
-y mascullando en vascuence terribles imprecaciones. La oíamos lidiar a
-porrazos con sartenes y cacerolas, y a poco el chirrido consolador del
-aceite nos anunciaba que, a pesar de todo, se freían patatas y huevos y
-el almuerzo no andaba muy lejos ya.
-
-El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del patio», llamada así
-por tomar luz del principal de la casa, era un médico portuense, venido
-a España con el fin de entablar un litigio contra la Administración,
-por no sé qué infundios referentes a un patronato. Admirador
-entusiasta, como los portugueses en general, de la música popular
-española, pasábase el santo día en una silleta cerca del balcón,
-vestido lo más ligeramente posible, en calzoncillos y elástica (he
-de advertir que esto ocurría en el mes de Junio), cubriendo su calva
-una gorrita escocesa con dos cintas flotantes atrás, y rascando una
-guitarra, a cuyo compás gatuno y desafinado entonaba la letra siguiente:
-
- «Quiérimi sivillana -- niña lousana -- cándida flor
- qui al son di mi guitarra -- pur ti palpita -- mi corasaun...»
-
-Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el ventanuco de una chica
-planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y comunicativa. Ella
-estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un suspiro el
-portugués, exclamaba en voz estentórea «Moy bunita», y con dobles
-bríos martirizaba el guitarro, continuando la letra:
-
- «Ay qui plaser -- is il amor -- si s’halla un alma
- angilical. -- Y qui dolor -- si hay falsidad -- no, no, no, no,
- no, no, no, no -- ¡huye di mí -- duda fataaaal!»
-
-Terminada la canción, sacaba de la abertura de la elástica una petaca
-de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros. Aún no
-había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del
-portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también,
-a quien por largo tiempo consideré genuina personificación del artista.
-Llamábase de apellido Botello --nunca pensé en averiguar su nombre
-de pila--; era muy apuesto, de cumplida estatura; gastaba melena, no
-excesivamente larga, pero abundante y rizosa; tenía el tipo mulato,
-a lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y rojos, bigote diminuto,
-ojos brillantes y piel morena finísima, y nosotros le mareábamos
-diciéndole _Dumillas_ a cada momento. ¿Por qué nos habíamos empeñado
-los huéspedes de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy no lo
-entiendo. Botello no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una
-sonata, ni emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama,
-ni siquiera un _juguete_ en un acto, y sin embargo, teníamos metido
-entre ceja y ceja que Botello no podía ser sino artista y artista
-consumado. Sospecho que era una convicción nacida --más aún que de su
-original y simpática fisonomía, y su género de vida especial-- de su
-modo de vestir derrotado y mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo
-entallado de paño azul, que él nombraba el _gabán del toisón_, porque
-tenía en cuello y solapas ancho collar de mugre, con su borrego de
-manchas delante. Esta prenda estaba tan adherida a su cuerpo, que con
-ella salía a la calle, con ella se lavaba y afeitaba y hasta la echaba
-sobre la cama para dormir. Los pantalones lucían orla de flecos; las
-botas eran de tacón torcido, y la piel rota ya descubría el calcetín,
-embadurnado de tinta por Botello a fin de que no asomase su indiscreto
-blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de _Dumillas_, embutidas
-en atavío semejante, no habían conseguido perder todo su encanto,
-antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante torso, adquirían
-misteriosa nobleza.
-
-Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse al tipo artístico, y
-era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio del trabajo,
-su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un
-magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el
-padre de Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual
-le daba casa y comida y le entregaba sus cinco mil reales anuales de
-alimentos, exigiéndole únicamente que se retirase a las doce de la
-noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo por darle educación, y cuando
-hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba todas las veladas en
-la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las tantas y tenía
-llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y en
-vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente.
-Sin oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal,
-Botello rodó de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor
-y más desastrada, hasta que en un garito trabó conocimiento con el
-insigne D. Julián, tirano del corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por
-esta amistad se vino a nuestro albergue. Desde entonces Botello tuvo
-curador ejemplar en el valenciano. Encargábase D. Julián de cobrar la
-mesada del mozo, y acto continuo, a la timba a probar fortuna. Si venía
-una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno de Botello se le
-entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna propineja. Si la
-suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio de difuntos.
-Como necesitaba la guita, el pupilo solía armar con su curador unas
-zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?»
-Y entonces --aparición providencial-- surgía la Pepa en defensa de su
-caro estafador, y chillaba amenazando a Botello.
-
---Usted calla... Usted calla... Yo me espero...
-
---¡Sí! --respondía el mísero--; pero el caso es que ni para tabaco me
-ha dejado un real.
-
-La Pepa echaba mano a la faltriquera, y sacando una peseta roñosa:
-
---Usted tome... Una cajetilla compre...
-
-Cuando las pesetas de la Pepa escaseaban --y aunque no escaseasen--
-Botello recurría a colarse en la habitación del portugués, no bien
-le oía restallar el fósforo para encender el cigarro; y entre bromas
-y veras, la mitad de la cajetilla pasaba al bolso del bohemio.
-Acostumbrado el portugués al carácter y modos de Dumillas (de quien
-aseguraba con profunda fe que era _muito artista_), no se formalizaba
-jamás ni por sus guasas, ni por sus merodeos y depredaciones. Al
-contrario, diríase que las travesuras de Botello despertaban en el
-médico guitarrista afecto y benevolencia inexplicables. Y cuidado que a
-veces las jugarretas del bohemio pasaban de castaño obscuro. Citaré una
-para muestra.
-
-Obligado el portugués a hacer visitas y presentar recomendaciones para
-activar el despacho de su asunto, encargó un ciento de tarjetas muy
-satinadas y litografiadas, donde en preciosa letra cursiva se leía su
-nombre: «Miguel de los Santos Pinto». Acertó a verlas Botello, y nos
-las fué enseñando por todos los cuartos, asombrándose de que tuviese
-tan pocos apellidos un portugués. Él quería añadir cuando menos:
-«Teixeira de Vasconcellos Palmeirim Junior de Santarem do Morgado
-das Ameixeiras», para que estuviese en carácter. Se lo quitamos
-de la cabeza; pero fué todavía peor lo que se le ocurrió después.
-Escamoteándome la pluma topográfica y la tinta china que yo usaba
-para mis planos y mis dibujos, escribió delicadamente debajo del
-«Miguel de los Santos Pinto» esta coletilla: «Corno de Boy». A fin
-de no molestarse en añadirlo a todas las tarjetas, hízolo sólo con
-veinticinco, escondiendo las restantes. Al otro día justamente salió de
-visiteo el lusitano, y repartió diez o doce de las tarjetas adicionadas
-por Botello. El domingo siguiente encontrose en la calle del Arenal a
-un conocido, que le detuvo y le preguntó sofocando la risa:
-
---Pero don Miguel, ¿usted se llama efectivamente _Corno de Boy_? ¿Hay
-en su país de usted ese apellido?
-
---¿Yo? --respondió amoscado el lusitano--. Yo mi llamo Santos Pinto
-nada más.
-
---Pues mire usted esta tarjeta.
-
---A ver... a ver... --murmuró el pobre hombre--. ¡Y dis eso! --exclamó
-atónito al leer la coletilla.
-
---Será alguna equivocación del litógrafo --indicó maliciosamente el
-amigo. Pero don Miguel no se la tragó, y apenas llegado a casa enseñó
-la tarjeta a Botello, pidiéndole estrecha cuenta del desaguisado. Tan
-calurosas protestas de inocencia hizo el grandísimo truhán, que logró
-convertir hacia mí las sospechas.
-
---¿No ve usted --decía-- que la tinta y la pluma con que eso se
-escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las
-mosquitas muertas. El que parece más formal...
-
-De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en la vida me metía
-con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él miraba con
-prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria,
-pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más
-leve. Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para
-encasquetarle una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que
-se desternillase de risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto
-en la habitación ocurría. Otra vez le prendió rabitos de papel en los
-faldones, y así salió Pinto a la calle, siendo la irrisión de los
-granujas. No obstante, la indulgencia del portugués hacia el bohemio no
-se desmintió jamás. Cuando a Botello le faltaba parné con que pagar la
-entrada en algún baile, a D. Miguel acudía en demanda de medio duro.
-Después agotaba la elocuencia para convencerle de que debía echar una
-cana al aire y acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués,
-que alegaba no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello
-llamándole _panoli_; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y
-se mostrase algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el
-medio duro.
-
---Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo --exclamaba el muy
-lagarto--. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien me ve con
-malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado?
-
---Yo con usted no mi puedo enfadar nunca --declaró el portugués
-metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia los
-que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad
-que nunca he visto en rostro humano--: Este rapaz... ¡muito artista!--
-Después se volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo.
-
-Vamos, convengan ustedes en ello: no hay posibilidad de consagrarse
-a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa donde a cada
-instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las risotadas
-alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las
-continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a
-matar el tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la
-irregularidad en las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda
-con que todos nos metíamos a vivir en las habitaciones de los demás;
-el trasnochar y el despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares
-para las tareas de la Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio
-de la broma y de la cháchara es inevitable en mi edad. Allí había otros
-estudiantes de la Universidad, de Montes, de Arquitectura; ninguno era
-un prodigio de aprovechamiento. Yo quizás les vencía a todos; pero como
-mis asignaturas ofrecían mayores dificultades, el caso es que aquel año
-me quedé colgado hasta Septiembre, y hube de pasarme las vacaciones en
-Madrid sin gozar las frescas brisas de mi tierra. Sería aquel un verano
-aburrido, interminable, a no rodearme gente tan levantisca y retozona,
-y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del inagotable buen
-humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había modo de
-entretener la tarde, _Dumillas_ castañeteaba los dedos y nos decía,
-sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena
-negrísima que le sofocaba:
-
---Vamos a hacerle una _sarracinada_ a Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a
-coger chinches?
-
---¿A coger chinches?
-
---Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais de chinches gordas,
-bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera magnitud.
-
-Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan extraña caza. Por
-desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos en nuestros
-jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran esfuerzo
-una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo al
-inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las chinches
-de todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués, a
-oscuras, descalzos y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta
-de su cuarto. Así que don Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba
-suavemente el pestillo, y como la cabecera de la cama estaba contigua
-al marqueado de la puerta, no necesitaba el diablo del _artista_ más
-que destapar el cucurucho y desparramar las chinches contenidas en el
-papelón sobre la cara y cabeza del durmiente. Terminada esta operación,
-cerraba Botello con mucha cautela, y nosotros, hechos una piña y
-pellizcándonos mutuamente de puro excitados, aguardábamos a que se
-iniciase la campal batalla.
-
-No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos rebullirse al
-portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles, luego
-claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición
-azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando
-si estaba enfermo, si le ocurría algo.
-
---¡Credo! --respondía el buen hombre--. ¡Credo! ¡Persevejos por aquí,
-persevejos por allí! ¡Credo! ¡Irra!
-
-Al día siguiente le proponíamos variar de cuarto, y así lo hacía,
-esperando hallar remedio a sus males; sólo que, como repetíamos la
-caza, repetíase también el sainete. Con semejantes chanzas pesadas
-fuímos engañando la canícula; y lo que más me asombra es que al bendito
-portugués, blanco de todas ellas, no se le ocurriese ni remotamente
-cambiar de hospedaje, ni plantarle un día un bofetón de cuello vuelto a
-su verdugo.
-
-Cuando aprobé en Septiembre las asignaturas que me faltaban, necesité
-hacer un enérgico llamamiento a la potencia superior del alma, o sea
-a la voluntad, para resolverme a poner por obra lo que en mi opinión
-convenía al lusitano; mudar de alojamiento. El cebo de la pereza y
-de la vida alegre; lo entretenido del trato de Botello, a quien era
-imposible no profesar cierta lástima muy análoga a la ternura; los
-mismos defectos e inconvenientes de aquella posada iban apegándome a
-ella más de lo justo. Sin embargo, venció mi razón en la contienda. «La
-vida es un tesoro y no hemos de despilfarrarla en chiquilladas y en
-insulsas bromas», pensaba yo al arreglar mis bártulos para irme con la
-música a otra parte. «Si ese infeliz de Botello es un sonámbulo y se
-ha propuesto morir en el hospital, yo, en cambio, estoy determinado
-a tener una carrera, tomarla por lo serio y ser libre y dueño de mis
-acciones. Aquí no hay más que ilusos y gente predestinada a la miseria
-anónima. Vámonos a donde se pueda trabajar.» No obstante, la despedida
-me oprimió unas miajas el corazón. La Pepa lloraba a lágrima viva por
-tan buen huésped, que pagaba religiosamente y nunca «daba que sentir
-ni así tanto.» Mis ojos no se humedecieron, pero, lo repito, sentí
-pena, como si me apartase de seres muy queridos, al abrazar a Botello
-y apretar la mano del bonachón portugués. Según iba andando detrás del
-mozo de cuerda que cargaba mi baúl, hice las siguientes reflexiones
-para explicarme mi emoción:
-
-«Esta irregularidad pintoresca, este predominio del sentimiento y del
-humorismo, y este desprecio de la realidad que noto en la casa y en los
-huéspedes de Pepa Urrutia, son atractivos, porque constituyen una forma
-del romanticismo innato en nuestra raza, romanticismo que yo padezco
-también. La tal casa parece un familisterio, basado no en la comunión
-socialista, sino en la falta de hiel y de sal en la mollera. Me he
-encontrado ahí con varias personas que, a fuerza de ser excelentes, no
-tienen ni tendrán nunca un adarme de juicio ni de sentido común. Por lo
-mismo, sospecho que las echaré muy en falta los primeros tiempos; que
-siempre las recordaré con nostalgia, y que, al ir corriendo años, se me
-figurará poético y precioso hasta lo de las chinches. Sin embargo, yo
-valgo más que lo que dejo, pues soy capaz de dejarlo.» Y me consolaba
-el orgullo de tenerme por más formal y positivo que los pupilos de la
-vizcaína.
-
-
-
-
-II
-
-
-Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér prefiere su
-elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la
-posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un
-cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen
-ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína
-la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien
-distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente
-guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas
-porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras,
-al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes
-saldaban sus cuentas o salían pitando.
-
-En la casa de doña Jesusa --por ser de edad madura le aplicábamos el
-doña-- las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas; la
-criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de la
-cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía
-sopa de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de
-humilde bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y
-justo: de ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos
-a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía
-tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado
-de ladrillo; ni de la tortilla coriácea; ni de las manzanas y peras
-del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención
-que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de
-los sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano Luis
-Portal, que era, a lo serio, bastante guasón. Pasaré también por
-alto la eterna monotonía de la sopa de pasta, calificada por Luis de
-«alfabética» o «astronómica», según representaba letras o estrellitas.
-Prescindiré de la penuria del cocido, con su tocino oculto detrás de
-un garbanzo y partido ya en raciones para que un huésped solo no se
-engullese las de los demás; y no delataré las gusaneras del pescado,
-ni las flacideces de la carne. A mi edad es raro que el sibaritismo y
-la gula den mucha guerra. Por otra parte, los días del santo de cada
-pupilo o de fiestas muy señaladas y de repique gordo, doña Jesusa nos
-obsequiaba con algún guisote en que había puesto los cinco sentidos,
-y entonces nos desquitábamos. Siempre observaba doña Jesusa los días
-clásicos, y los distinguía con algún refinamiento en la mesa, y estos
-extraordinarios ayudaban a conllevar la habitual estrechez, remedando
-las gratas alternativas del hogar doméstico.
-
-Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y
-habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana
-y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas;
-por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café
-tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los
-gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje.
-Si pudiésemos llegar a la media copita de _fine_ o de _mono_... Pero
-ahí nos estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac
-era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo
-del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un
-dedalito, y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le
-vimos el fondo a la botella.
-
-Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía
-estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra
-patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto
-no alcanzaba a distraernos. Cada cual según la extensión de sus
-facultades, empollábamos todos, procurando no tener que _excusarnos_
-cuando los profesores nos preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba
-un poquillo de miedo, por su gran afición a _salir de pesca_, o sea a
-alterar el orden establecido para preguntar la lección. Ya he dicho que
-yo no sobresalía entre mis compañeros por extremar la asiduidad, ni
-Luis Portal tampoco: ambos nos dábamos maña para poner en ejercicio el
-entendimiento, sacándole a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo
-el peso de la memoria, porque temíamos la depresión especial que causan
-estos estudios áridos y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis
-llamaba «la guilladura matemática». En cambio, dos chicos de los que
-vivían con nosotros estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos
-que al acabar la carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era
-el uno de ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda
-de esta facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte
-cubre las faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre
-que no se tratase de discurrir, ni de poner o quitar al texto, se
-presentaba con admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción,
-la interrupción más leve, cualquiera circunstancia de esas que obligan
-a apelar a la inteligencia, le mataban; aturrullábase todo y no había
-manera de que contestase derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le
-llamaba «el lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido,
-de verle siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba
-los libros, era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden
-un collar de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para
-manejar garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias
-exactas, mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante
-fantasía, toda luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas
-y fuegos fatuos. En boca suya, la frase más vulgar revestía forma
-poética; rimaba sin sentirlo y al sonsonete; era capaz de estarse
-una hora hablando en verso bien medido y armonioso; pero el satírico
-Portal decía que los versos del cubano tenían exactamente tanto valor
-artístico como la música que componemos y tarareamos al extender
-distraídamente por los carrillos el jabón para afeitarnos, y que hacían
-el mismo sentido leídos de arriba abajo que de abajo arriba. «Vamos a
-llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía cada vez que el cubano
-nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de vidrio, lo cual solía
-ocurrir después que se atiborraba de café.
-
-El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso magín,
-huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas de una
-abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: «No quiero
-morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los estudios
-y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo a la
-viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una energía
-silenciosa y feroz. Así como el cubano araba con la memoria, el
-zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas
-facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de
-sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con novias, ni
-nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación
-viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento,
-sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese
-animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero
-antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a
-veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo
-que ya el estómago no rige. Claro, ni ejercicio, ni distracción...
-Salustiño, bueno es salir avante, pero también hay que mirar por el
-número uno.»
-
-Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer estrecha
-amistad, aunque nuestras ideas y aspiraciones eran muy diferentes.
-Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos
-daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se fija
-la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en nuestro
-criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba
-partidario del _self-help_; aborrecía tutelas e imposiciones; creía
-que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años
-de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad
-viril. «No parecemos gallegos --me decía a veces-- por la actividad que
-desplegamos en todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y
-aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá.
-«Desengáñate --repetía con obstinación--, tenemos más de catalanes que
-de gallegos, chacho.» Si en el modo de entender la dirección de la vida
-nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin
-principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa
-siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando
-moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años
-entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro
-en puño; no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de
-muchas cositas buenas. No sé si por las vías de la profesión estoy en
-camino de catarlas; se me figura que, en cuanto a sacar partido, los
-políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos:
-verdad que lo uno no está declarado incompatible con lo otro, y que
-Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos libres, y
-me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo
-la gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de
-porvenir se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas
-buenas» el comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios
-tabacos, acaso sostener a una bella pecadora, quizás casarse con una
-señorita linda y bien acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no
-aspiraba concretamente a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad,
-presintiendo que con ella vendría algo muy hermoso y merecedor de ser
-saboreado y gozado, pero no en el sentido descarnadamente material:
-algo que podía ser gloria, celebridad, pasión, aventura, millones,
-mando, hogar, hijos, viajes, luchas, hasta infortunio; pero que al
-fin sería vida, vida completa y digna del ser racional, que no ha de
-reducirse a vegetar ni a golosear los placeres, sino que debe recorrer
-toda la escala del pensamiento, del sentimiento y de la acción. No
-podía definir en qué consistían mis esperanzas; pero me parecería que
-las rebajaba si las redujese a algo positivo y sensual, como mi amigo
-Luis. No por esto me creía un visionario, un entusiasta ni un soñador.
-Comprendía, al contrario, que si mi frente se alzaba a veces hacia la
-región de las nubes, mis pies permanecían firmes en la tierra, y que
-todas mis acciones eran propias de hombre resuelto a abrirse camino sin
-dejarse embaucar por la sirena del entusiasmo.
-
-Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto,
-en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos
-republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista,
-casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de
-Pí, convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto
-con lo pasado; al contrario, debemos entrar resueltamente y de una
-vez por la senda de la transformación honda y progresiva. «Esas
-transacciones nos pierden, son funestas --objetábale yo--. Transacción,
-en este caso, equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir
-capitulación y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada
-del 12 al 40, hubiesen andado con paños calientes y contemplaciones,
-bonitos estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo,
-y se producen perturbaciones en la economía, pero el lobanillo
-extirpado queda. No comprendo esa manía de contemporizar con el ayer,
-con la España absoluta y fanática. Tu _ilustre jefe_ --a Castelar le
-llamábamos así-- es un vividor, amigo de agradar a las duquesas, a las
-testas coronadas, y a eso llama él conservar la tradición. Palabrería.
-Por fortuna ni los franceses en 93, ni nosotros más adelante, hemos
-seguido ese método. Déjeme de historias. Al paso que vamos, dentro de
-pocos años España volverá a poblarse de conventos. Es absurdo tolerar
-semejante artimaña, y hasta protegerla, como nuestro liberalísimo
-Gobierno hace. Los jesuítas tienen vuelta a tender la red; a cada rato
-aprietan un poquito más la malla. Cualquier día nos envuelven del
-todo. Claro que a los pájaros gordos, como ellos saquen su escote, les
-importa un pepino lo que venga detrás. En pos de mí el diluvio, que
-decía aquel peine de Luis XV. No cabe en cabeza medianamente organizada
-eso de que para debilitar y desarraigar una institución como la
-Monarquía se empiece por afianzarla, halagarla, implantarla suavemente
-en el corazón del pueblo. Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A
-mí que no me vengan con ese _choyo_.»
-
-Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente.
-
-«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan como
-tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús volvíamos
-a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha un hervidero
-de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que sucedería con
-vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido el cantón
-gallego, ni los rabos: todos habíamos de querer mandar y nadie
-obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos de una
-nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la Revolución
-de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo. Esto es la
-minoría de una República, no la de un Rey. Que nos caiga la República
-por su peso, como una perita madura...»
-
-«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir
-mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario
-que lo resucitemos, créeme...»
-
-«Déjame de ideales y de monsergas --replicaba Portal enojándose--. Por
-los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más ideal que
-la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».
-
-Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me andaba con
-chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la
-anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero
-a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca
-Monarquía, y asentir a la «federación ibérica».
-
---No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese cochino _ideal_
-sólo veinticuatro horas --exclamaba Luis--. Lo que es en Galicia, como
-se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa:
-en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con
-propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú
-le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales
-hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un
-millón... Afortunadamente hablar de la independencia galáica es como si
-hablásemos de la mar con peces y arenas.
-
---¿De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir,
-como los individuos, _cada cual para sí_?
-
---Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en esta materia, es
-echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy capaz
-de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que
-su nieto la usurpa el trono. En política racional no hay derechos ni
-mojigangas, hay lo que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo
-desacertado, hay un olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en
-qué consisten, pero que se manifiestan en los resultados. Con las ideas
-radicales se va a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a
-la política. Y déjate de independencias. Es una realidad indiscutible
-la patria española, aunque tú creas que no.
-
-Irritado por esta contradicción, solía exclamar:
-
---Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los grandes pensadores
-se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás.
-
---Diles a esos grandes pensadores, que vayan a pensar a un pesebre.
-Si suprimen poco a poco los resortes por que se ha movido siempre
-la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes
-que no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia,
-que maldito si se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para
-quererla y defenderla hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar
-el Cristo de la antigualla. Pues las antiguallas son inevitables,
-y precisas, y convenientes. De antiguallas vivimos. Y no es esta
-antigualla de la patria la única que llevamos en la masa de la sangre.
-Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte siglos.
-Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las
-antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras razas; todos los
-que nos ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!...
-
-A veces por estas metafísicas nos liábamos y pegábamos grandes voces,
-de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por lo regular nos
-infundían estas disputas mayor afán de comunicación y roce intelectual;
-insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el uno al otro, por el
-convencimiento de que, aun profesando opiniones distintas, éramos
-capaces de entendernos y de darnos mutuamente un poquillo del alma.
-Habíamos llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio;
-paseábamos juntos, hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta
-novia cursi que se había echado; juntos nos sentábamos a la mesa del
-café de Levante; juntos íbamos, cuando danzaban en nuestro bolsillo
-algunos realejos, a nuestra distracción favorita, el paraíso del Teatro
-Real. Todos los estudiantes alojados en casa de doña Jesusa éramos
-filarmónicos, todos nos perecíamos por la _Africana_ o los _Hugonotes_,
-especialmente el cubano, melómano furioso, que padecía accesos de
-epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para la notación
-que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver,
-haciéndole tararear la ópera enterita.
-
---Trinidad --le decíamos, porque el cubano se llamaba así--, anda,
-cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika.
-
---Trinidad, los puñales.
-
---Trini, el _o paradiso_.
-
---Trinidad, aquello del _coprefuoco_.
-
---Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la entrada de los
-violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo.
-
-El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo con pasmosa
-exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último,
-cansado ya, nos decía en tono suplicante:
-
---Déjenme acostar, que esto ya parece songa.
-
-
-
-
-III
-
-
-Una mañana, o mejor dicho una tarde, casi a fin de curso, salimos
-disparados de la Escuela, y como siempre pegamos la gran carrera desde
-la calle del Turco hasta la del Clavel, porque conviene advertir que
-desde las ocho, hora en que nos desayunábamos con el chocolate de
-barro cocido, hasta la una y media, que terminaba la de dibujo, las
-clases se empalmaban, no permitiendo sostener el cuerpo sino con alguna
-ensaimada que a hurtadillas comprábamos al portero, o algún mendrugo
-que escamoteábamos en casa para llevarlo de provisión. Olfateando el
-almuerzo, subimos dos a dos las escaleras. Al entrar en el comedor me
-sorprendió encontrarme frente a frente con mi tío Felipe, el cual me
-dijo sin preámbulos:
-
---Hoy te vienes conmigo a almorzar a Fornos. Se me figura que aquí anda
-medianamente lo de bucólica.
-
---Iría con mucho gusto... Pero hay tanto que estudiar estos días...
---contesté haciéndome de pencas.
-
---¡Bah! Por un día de asueto no pierdes año. Anda, que tenemos que
-charlar... de muchas cosas --añadió con cierto misterio.
-
-La verdad es (y no me serviría disfrazarla, pues tiene que resaltar en
-el curso de esta narración), que yo no sentí jamás por mi tío Felipe no
-digamos simpatía o respeto; ni siquiera algo de afecto: ni aun gratitud
-por los beneficios que me dispensaba; ¡al contrario! Sé que declaro
-contra mí, y que la ingratitud es el vicio más feo; pero sé también
-que no soy ingrato por naturaleza; y a fin de justificarme o al menos
-de explicarme, dibujaré la silueta física y moral de mi tío Felipe,
-para lo cual necesito referir antecedentes, que algunos tienen visos de
-secreto de familia.
-
-Mi nombre de pila es Salustio; mis dos apellidos paternos, Meléndez
-Ramos; los maternos, Unceta Cardoso. El Unceta dice a las claras
-que el padre de mi madre fué vascón, guipuzcoano por más señas; y
-el Cardoso... En el Cardoso está el intríngulis. Parece que estos
-Cardosos de Marín --yo nací en Pontevedra, y la familia de mi madre,
-en el puertecito de Marín residía-- eran rama desgajada del tronco
-portugués de Cardozo Pereira, israelita de origen. ¿Cómo llegó a mis
-oídos el rumor de que eran _judíos_ los progenitores de mi abuelita
-materna? ¡Vaya usted a averiguar quién entera a los niños! Un día,
-teniendo yo nueve o diez años, no pude contenerme, y pregunté a mi
-madre: «Mamá ¿es cierto que somos de casta de judíos tú y yo?» Ella,
-echando lumbres por las pupilas, alzó la mano y me atizó un soplamocos,
-exclamando: «¡Negro de ti como vuelvas a decir eso! Te estampo contra
-la pared.» La impresión que me causó el correctivo fué que eso de la
-casta de judíos era mancha; y dos o tres años más adelante, como uno de
-mis condiscípulos en el Instituto de Pontevedra me lo echase en cara
-gritando: «Cardoso, Cardoso, judío tramposo,» enarbolé la pizarra que
-llevaba debajo del brazo y se la rompí en la pelona.
-
-Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí lo que llaman
-_crisis religiosa_, o sea ese período en que los muchachos examinan
-sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las arrojan,
-sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una
-muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales
-agonías de la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar
-una iglesia gótica. Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en
-el ateismo, al menos en la indiferencia, como terreno propio. No me
-«pervirtió» la lectura de ningún libro en especial, ni la conversación
-con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió los ojos»; imagino que
-ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos jóvenes les sería
-imposible especificar en qué circunstancias perdieron la inocencia del
-espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en que mi
-fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca
-muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista.
-
-Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el insulto de «judío
-tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera de envenenado
-hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi
-presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo
-olvidé. Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya
-espigado y talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal,
-ente estrafalario, pero sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito
-en menudencias estrambóticas, y al corriente de mil cosas raras de
-arqueología, epigrafía e historiografía gallegas. Este tal me prestaba
-libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por las inmediaciones
-de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios ruinosos.
-Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde
-se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión
-hebraica, y armándome de resolución, le dije:
-
---Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay familias que
-descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso?
-
---En efecto --contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó el afán
-con que yo preguntaba--. Son familias oriundas de Portugal. En Marín
-les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que aún siguen el
-rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los domingos, y que no
-comen un pedazo de tocino aunque los desuellen.
-
---¿Y usted cree eso?
-
---Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir
-ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa
-gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos
-papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño,
-natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas
-vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era
-además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo
-buscaré...
-
---No, no, no hace falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad
-tonta. No se moleste, D. Wenceslao.
-
-Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el
-diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que
-ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato
-inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo
-reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de
-los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa
-yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más
-adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de
-empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos,
-me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un
-criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en
-nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los
-judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción
-religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de
-la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran
-importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social,
-tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad
-Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se
-enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan
-lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando
-aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor
-elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o
-Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta
-Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que
-no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a
-no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones
-hereditarias. No cabía duda: la sangre de cristiano viejo que giraba
-por mis venas era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse
-con gotas de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más
-íntimo de nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del
-entendimiento, y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un
-fondo autónomo, instintivo, donde reina la tradición y triunfa el
-pasado.
-
-Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era hermano
-de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este relato,
-frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por «buen
-mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con abundantes
-cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe de vista,
-mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No se parecía
-ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo semítico,
-el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de escenas
-de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de la
-ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío
-Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes,
-sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada
-suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el
-craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío,
-pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan
-de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de
-_deicida_ del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la
-niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira
-el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron
-desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico,
-ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser.
-
-«Estas son --calculaba yo-- jugarretas del arte. De quinientos años
-acá se dedican los pintores a juntar en media docena de fisonomías
-la expresión de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la
-hipocresía y el egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante
-el tipo judaico. Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y
-adherente, moho que se nos cría en el alma, es más fuerte que la
-cultura y que el progreso. En vez de pensar, sentimos; y más bien son
-los muertos quienes sienten por nosotros.»
-
-Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones
-tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío
-Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado
-en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas
-no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También
-redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno,
-sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una
-posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más
-bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias,
-un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin
-ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado
-a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo
-le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las
-gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros
-caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para
-herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud.
-
-Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio compuesto
-de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no llegaría
-a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. Cómo
-esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada en
-acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. Mi
-tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele ser
-para los españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte.
-Politiqueó cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y
-guardando la ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a
-su sabor en el cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar
-en batallas electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez
-sola, en una de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones
-generales, y que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D.
-Vicente Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga,
-saliendo sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de
-cerrarse la legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar
-a gobernador, y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado
-o de Instrucción pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces
-interino, otras en propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en
-Pontevedra se habló bastante de la expropiación de ciertos ranchos de
-mi tío, pagados por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón.
-Don Felipe se contaba en el número de los políticos cucos de tercera
-fila, olvidados, y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su
-método consistía en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él,
-en son de elogio, que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía
-otra señal de hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto,
-porque hartos caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son
-más cortos.
-
-A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente.
-Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía.
-Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte
-de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él
-me demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el
-teatro; dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o
-comer en Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me trataba como
-se trata a los muchachos, bromeando y riendo; me preguntaba por mis
-trapicheos y líos, por las travesuras de mis compañeros de hospedaje,
-por las vecinas de enfrente que eran graciosas, y hasta se metía en
-vedado, echándola de doctor y maestro en todas las asignaturas del
-amor licencioso y venal. De sobremesa, cuando el vino, el café y los
-licores le arrebataban la sangre a las mejillas, lucía su ciencia
-tratando puntos intrincados que a veces me sublevaban el estómago.
-No me atrevía a protestar, porque los hombres nos avergonzamos de no
-parecer corrompidos; pero la verdad es que mi paladar juvenil rechazaba
-aquella pimienta rabiosa. De noche las torpes imágenes evocadas por la
-conversación me importunaban y me ponían febril, hasta que con la jarra
-llena de agua fría me propinaba duchas por el espinazo abajo. Este
-remedio heróico despejaba mi cerebro y me permitía enfrascarme otra
-vez en los libros. El odio es un resorte tan poderoso como el amor,
-y yo veía en el término de mi carrera el fin de un protectorado para
-mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con qué vivir, resarcir
-a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía a sus alas para no
-caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la Construcción y la
-Topografía.
-
-Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos en
-el obscuro saloncito bajo de Fornos --ante la mesa donde el mozo iba
-depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca, bollos
-de Viena, y luego los platos del almuerzo-- el anfitrión me dijo,
-dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:
-
---Adivina lo que tengo que participarte.
-
---¿Cómo quiere usted que adivine?
-
---Pues no sé de qué sirve tanto estudio --observó con pretensiones
-festivas.
-
-Me encogí de hombros, y él añadió:
-
---Es que me caso.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen
-una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más
-cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera
-madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco
-oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y
-derramé una cascadita sobre el mantel.
-
-El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su
-rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y
-afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me
-observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:
-
---Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también
-la tuya.
-
-Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún
-tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A
-los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía
-decir algo, pregunté con insegura voz.
-
---¿Mamá lo sabe?
-
---Ayer se lo escribí.
-
---¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?
-
---¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves
-qué coincidencia...
-
-Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.
-
---Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y
-ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de
-Pontevedra.
-
---No la conozco. El nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal
-vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones...
-
---¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella
-finca bonita que se llama el _Teixo_, por un árbol enorme...
-
---¿Es única esa señorita? --pregunté incisivamente, pensando que tal
-vez el interés era el móvil de la boda.
-
---Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también.
-
---Nada; pues no la conozco --repetí--. Pero si se casa con usted ya
-tendré tiempo de tratarla.
-
---¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te
-vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del
-Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla...
-conque ya ves.
-
---¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?
-
---Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en
-el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un
-genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que
-no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...
-
---No le pregunto a usted semejante cosa --exclamé; y por segunda vez
-tembló en mi mano la copa de Champagne.
-
---Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de mis
-acciones, y al casarme a nadie ofendo.
-
---¿Quién habla de ofensas? --prorrumpí sintiéndome palidecer a impulsos
-de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre.
-
---Como lo tomas así...
-
---No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted por
-mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese esta
-conversación, para decirle que el dinero que con mi carrera está usted
-gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir.
-
-Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas
-destellaron una chispa de cólera.
-
---Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una
-barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más
-desagradecido y descastado no lo hubo.
-
---Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no lo
-aguantaré --repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la
-cara.
-
---No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de
-seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había
-de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo,
-paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo --añadió
-hiriendo con el cuchillo la copa.
-
-Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados
-volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y
-ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de
-levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de
-la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa
-de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo
-(puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata.
-Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó
-hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de
-la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol
-desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre
-sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y
-enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:
-
---Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de enseñarte
-el retrato de tu futura tía.
-
-Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y
-sin poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria
-que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella
-ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando
-a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la
-descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente.
-Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»
-
---¡Si me importa un pepino que se case! --exclamé dolorido--. ¿Qué me
-va ni me viene en eso?
-
---¡Algo te va y te viene, corcho! --replicó el sesudo orensano--. Algo
-le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón,
-único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba
-el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo
-buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige,
-rapaz, que vivir es transigir.
-
---Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!
-
---Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse con
-la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.
-
---¿Tú la has visto?
-
---Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los
-baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me acuerdo
-perfectamente.
-
---¿Y qué te dijeron?
-
---Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que
-a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre
-tiene monises.
-
---Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo no
-prefiere un convento?
-
---Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta:
-influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado
-puestos; va para personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda,
-sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.
-
---¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo
-estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que
-se me escapan...
-
---¡No se trata de eso, corcho! --insistió mi amigo formalizándose--,
-no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si
-es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es
-que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y
-como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir!
-¡Mucho ojo!
-
-Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo
-tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los
-cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad
-y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de
-leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la
-letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que
-venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del
-labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para no
-ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y sosiego de
-un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, después del
-consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me dejó dueño
-de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato
-amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres pliegos de
-letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de
-menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia
-del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con
-párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a
-este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía
-y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba
-feroz contra la boda del tío Felipe, exornada con datos históricos,
-algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios
-fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni
-quitar repeticiones.
-
- «Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin
- más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien
- hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el
- fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si
- tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú
- te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no
- digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu
- tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía
- sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita, y
- tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no
- sé como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron
- cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé
- como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las casas y
- solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen
- guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió
- tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado
- del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que
- eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo
- entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena
- hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse
- ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas
- aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a dar carrera
- al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no
- te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará
- dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar
- de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga
- al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el
- demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío
- que yo no mudo ni una palabra.»
-
-Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación se
-le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias
-las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones
-reunidas.
-
- . . . . . . . . . . . . . . . . . .
-
- «¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin
- conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró
- derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y
- salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé
- bastantes malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de
- su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no
- se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen
- que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan
- a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la
- tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la
- procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya
- ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate
- de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que
- vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito
- mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal
- Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es
- yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si
- te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos
- y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta
- soltar la camisa.»
-
-Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su lectura obró
-en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos
-del tío para mermar mi herencia; aquello de la _partijita_, en vez de
-causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de
-tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya
-de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de
-mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor.
-Podía detestarle menos.
-
-Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba
-moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos
-ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e
-indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones.
-Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la
-ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de
-la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras
-al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no
-asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma.
-
-Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese
-es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos...
-Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos
-exteriormente; el interior nadie lo ve...»
-
---¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se
-case! ¿Cómo se dicen las cosas? --exclamé lastimado. Portal, a medio
-convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí--: Mamá asegura que es fea la
-novia de mi tío.
-
---¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta
-tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña
-Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de esa
-señora --aconsejó Portal después de unos minutos de silencio--. Es la
-gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que te
-quiera como a un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé
-la gana! En fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con
-habilidad, sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros.
-La edad de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres
-así... romanticón, a lo _joven Werther_... Cuidadito, no haya drama de
-familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la
-patalallana.
-
-
-
-
-V
-
-
-Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector que
-más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel
-año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El
-zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas
-fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia;
-Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza
-del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros
-alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido
-por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de
-quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos,
-las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se
-convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel
-demontre de año!
-
-Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de
-participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la
-vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre
-el detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D.
-Felipe en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de
-persona bien informada: «A estas horas suele estar en la casa nueva...
-Lo que es aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene
-alquilada... sólo que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues
-Claudio Coello, número...»
-
-Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y descendí
-casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo que
-tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un
-tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta
-estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo
-moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi
-tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada
-de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia.
-
---¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás todo.
-
---Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a usted...
-
---Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué
-te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como
-la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de
-la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las
-colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba
-ya están más adelantados. Pasa, pasa...
-
-Miré distraídamente el gabinete, que era archivulgar, con su chimenea
-de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de borra de seda
-recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su tocador
-muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos
-del tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea
-no tenía marco dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas
-y sofá. El tío quiso que yo me fijase en tanta elegancia: como todos
-los cicateros, cuando se decidía a un gasto extraordinario, gustaba de
-que lo notase la gente. «Ya ves el espejito...», me decía. «Ahora se
-forran así... Caprichos de la moda. Y no creas que cuesta más barato,
-¡quiá!... más caro, hijo. Ese hueco que queda frente a la ventana, para
-el piano... La novia es una profesora.» Del gabinete pasamos al nido, o
-sea la alcoba, que era de columnas, espaciosa, estucada, y en su centro
-el anchísimo tálamo, de madera, muy bajito y de tallado copete. «Faltan
-el _sommier_ y el colchón», susurró mi tío con sonrisa de complacencia.
-«Figúrate que al tapicero se le había metido en la cabeza hacerlos
-de raso. Yo le dije que damasco de algodón era bastante. Si no tengo
-la precaución de poner la casa a tu futura tía, que no conoce lo que
-es Madrid, la envuelven, la explotan, la saquean... Mira las mesas
-de noche: ¿creerás que me costaron veinticinco pesos las dos? Se ha
-desarrollado el lujo de una manera... Ven, ven a ver mi despacho...»
-
-Por una puerta de escape salimos al pasillo, y registramos el
-despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran
-biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos
-libros de administración y media docena de noveluchas obscenas, todas
-desencuadernadas y llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas
-puertas, y cogiendo a dos manos el derrotado grupo en que se mezclaban
-Paul de Kock, Amancio Peratoner y el chino Da-gar-li-kao, me lo
-presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo regalo, chico...
-No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los casados
-no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por
-ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de
-profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían.
-
-Después del despacho, hubo que visitar el comedor, ya provisto de
-aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina y
-despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana
-sobre el horizonte despejado de unos desmontes y solares. «Este sobra;
-podremos tener un huésped», indicó mi tío.
-
-Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho y mi tío sacó un
-puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no fumo, se
-lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra
-persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año
-aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres
-veces le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz
-atascada por sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien...
-Con que otro añito, otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!...
-a ese paso pronto echarás puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te
-empujaremos en las obras de la Diputación... Hay que saber tocar los
-registros. Tú entenderás de problemas de álgebra, y mucha ecuación por
-aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo conozco el teclado.»
-Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la mano, no en el
-chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una carterita,
-de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo
-observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de
-D. Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o
-extremadamente agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta
-sin percibir el esfuerzo y la angustia interior del ánimo, la despedida
-llena de nostalgia que daba a sus monises. Era evidente que la razón
-le imponía el gasto, pero siempre riñendo batallas con el genio. Para
-observadores superficiales, si mi tío no pasaba por espléndido, tampoco
-era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba con la perspicacia
-cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de lechuza, pero
-recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la civilización
-a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa
-individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un avariento
-frustrado; la sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha
-desarrollado la sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque
-actualmente el avaro a la antigua se pondría en ridículo; no podría
-alternar. Pero bajo el hombre de nuestra época, que sabe adquirir
-para gozar, yo veía al hebreo de la Edad Media, de ávidos y ganchudos
-dedos, ahorrador hasta la demencia. Siempre que aflojaba alguna suma,
-las mejillas de mi tío palidecían un poco, su boca se hundía y sus
-ojos vagaban por el suelo, como si quisiese ocultar la expresión de la
-mirada.
-
-En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a mi boda. Ahora hay
-unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se toma el billete
-por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta arregladísimo.
-Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa muy mal. Ya
-puedes escribirle a tu madre el día que piensas salir. Cuanto más
-pronto mejor, porque respiras aire de campo, y te ahorras posada. Tu
-madre está en la Ullosa. Desde allí a Pontevedra y al Teixo... un paso.
-Preséntate días antes de la boda... que, no sé si te lo dije, será
-el día del Carmen. En el Teixo hay habitación para todo el mundo; es
-un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No estorbarás. Anima a tu
-madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.»
-
-Caía la tarde y el esterero daba su faena por terminada; mi tío,
-embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos calle abajo y
-nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del Sol; y
-en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce
-a la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo
-el hebreo. «Ya que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la
-distracción. ¡Vas a ver género fino!»
-
-Aunque me sospechaba lo que podía ser el _género fino_, no dejé de
-sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la puerta de un
-tercero, en la extraviada calle del Rubio. La hermosa vestía bata de
-percal granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba ese
-peinado de exageradas _peteneras_ sujetas con goma, que las mujeres
-del pueblo bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo
-puntiagudo. Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus
-mejillas, en que una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz,
-ordinarios y dados aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero
-dulces a la sombra de las pobladas pestañas, claváronse en los míos, y
-me dijeron algo a que inmediatamente respondí con el propio lenguaje
-mudo. Detrás de este bello ejemplar del tipo madrileño, asomó la
-cabeza una mocita más joven, menos guapa, desmedradilla, burlona,
-tan repeinada y empolvada como su hermana mayor. Mi tío entró con
-fueros de conquistador y amo. «A ver... inmediatamente... aquí todo el
-mundo... Hoy os traigo un pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis».
-Diciendo así guió por el pasillo de desencajados baldosines a una
-salita estrecha, sin otro mobiliario más que un sofá y dos butacas
-resguardadas por camisones de percal, una barnizada consola de caoba,
-algunos cromos «de frailes», un veladorcito donde se destacaban
-varios frascos de goma, platos desportillados, pinceles y tijeras.
-Por sillas, sofá, piso, consola y hasta creo que por el techo y las
-paredes, andaban esparcidos infinidad de retales de gró, raso y felpa,
-azules, morados, verdes, rosa, de todos los colores del arco íris,
-mezclados y revueltos con tiras de cartón, redondeles de lo mismo,
-recortes de papel dorado y plateado, esterillas y galones, cromos
-y estampas, florecitas y otros mil accesorios pertenecientes a la
-graciosa industria de cubrir y guarnecer cajas de dulces «para bodas y
-bautizos»: que este era el oficio _oficial_ de aquellas barbianas.
-
-Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de ojos muy tiernos,
-se ocupaba en decorar una especie de saquito de tafetán lila,
-pegándole en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel,
-que recortaba de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco
-jardines y diez legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices»
-bastante seco y continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi
-tío, volviéndose hacia las muchachas que nos seguían, las agarró
-consecutivamente por la barbilla y me las presentó. «La señorita
-Belén... La señorita Cinta...» Después, acercándose al velador, exclamó
-en tono chancero: «Está tan ocupado esto... Qué barricada... A ver
-si lo desembarazáis un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino».
-Intervino la vieja, exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la
-tarde tocan! Cuando venga la de entregar la labor, le decimos al de
-la fábrica que hubo palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay
-aquí ná, sino una pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi
-tío sufrieron aquella contracción especial que precedía a un gasto;
-pero fué instantáneo el estremecimiento, y sacando del bolsillo del
-chaleco algo que abultaba más que un billete, se lo puso en la mano a
-la mozuela, diciendo: «Cintita, súbete Jerez y pasteles... y también
-aceitunillas y naranjas». El argumento fué convincente para la vieja.
-«Amos, me largaré al otro cuarto con la música de pegar estos muñecos.
-Pa que desocupen el velador y estén ustés a gusto».
-
-Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron algunos vasos verdosos,
-traídos de las profundidades del antro de la cocina, y se animó la
-escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó no sé qué,
-con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la paloma, y con
-el salero de su belleza meridional, luciendo el pie tentador y curvo
-apoyado sobre las barras de la silla. Cinta trajo una pandereta, y se
-la puso a guisa de calañés, sacudiendo la cabeza, riendo a borbotones
-y divirtiéndose en arrojarnos cáscaras de naranja: después desenterró
-de un cajón un viejo mantoncillo de Manila, con flecos y bordado
-charro, y empezó a hacer contorsiones declarando que quería _matar la
-culebra_. Hubo olés, empujones, carreras, butacas volcadas y recortes
-de seda volando por los aires; después nos obligaron a nosotros a
-rascar la guitarra y a jalear, mientras bailaban las señoritas. Armóse
-la juerga, y el Jerez corría que era una bendición de Dios. Por falta
-de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la arista del velador
-de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente, mandó a Cinta
-subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi
-tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...»
-Intervino la señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí
-estamos necesitando horror de cosas, y en la tienda no les da la gana
-de fiarnos por nuestra cara bonita... Cállese usted, cuentacominos,
-miserable». Entre regaños y monerías, aflojó el pagano otros dos pesos;
-y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La cara de mi tío echaba
-chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una gota de
-sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad;
-en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de
-beatitud, el regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo
-también advertía los efectos del licor, que con no ser muy auténtico,
-se subía al piso alto, y entre esta excitación y otras muy naturales en
-la mocedad y en presencia de dos ninfas --la una arrogante y la otra
-picante y salada, pero ambas capaces de volver tarumba a un ermitaño,
-cuanto más a un estudiante--, encontrábame fuera de quicio.
-
-No sería justo decir que me achispé. El innoble embrutecimiento por
-la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar nunca. Con
-frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando aquí
-y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba
-el espectáculo de aquella hermosa criatura convertida en bestia,
-profiriendo absurdos o llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre
-del justo medio en el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para
-sacar partido, hay que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado:
-debe conservarse cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los
-borrachines». Observé esta máxima, y pude mantenerme en el límite de la
-animación sin embriaguez; hice disparates comprendiendo que los hacía,
-y saboreando el placer de hacerlos.
-
-La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros tres
-pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una
-ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora,
-sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa
-comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la
-cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato
-casero no salió a relucir.
-
-De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y media.
-Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la mano
-un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y cuando
-nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente puro
-me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don Felipe,
-se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se gasta por
-nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es de órdago!
-¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina! ¡Por supuesto,
-me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De estas pavas
-que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son guasas
-inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico, por lo
-mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una cana al
-aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las más
-exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando
-pesetillas».
-
---¿Por qué no les dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera
-eso que regatear el duro ahora y el duro después.
-
---¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas
-pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera...
-Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede
-ocurrir...
-
-Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez,
-alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó:
-
---Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios
-coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán
-cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que
-no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!
-
---Mire usted bien... --murmuré disimulando a duras penas el asco--.
-Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta
-el sobretodo...
-
-Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y
-se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido
-estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones
-de la cartera añadió:
-
---Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se armaba
-si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con un
-alfiler de a ochavo.
-
-Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro juvenil,
-un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa, y unos
-ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió, pues yo
-me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a todas las
-imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué tan fea como
-aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin irradiación de
-belleza, atraen la mirada segunda vez.
-
-Dejé a mi tío a la puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy
-distantes de la del alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente!
-Me olfateaba la ropa y luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha,
-perdis, apunte! _¡Odor di femina!_» De repente soltó la carcajada.
-«¿Qué es esto?»
-
-En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de
-angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más.
-No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel,
-circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.
-
-
-
-
-VI
-
-
-¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor
-asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres
-aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones
-resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas
-normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los
-gallegos que sienten la _morriña_; sin embargo, el primer grupo de
-castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con
-acento de bienvenida me saludaba.
-
-Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche de
-línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué a la
-puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio agarrados
-de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que separa a la
-Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado el rocío que
-siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo después de
-año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado:
-
---¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la amuebla a todo
-lujo? Así hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es
-preciosa? ¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en
-ese Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro
-será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos?
-Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas
-porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de
-mí.
-
---Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? --exclamé cuando pude
-meter baza-- ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?
-
---Como me escribiste que hacía bien... --me respondió deteniéndose para
-respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños cuando
-les entra coragina.
-
---No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es
-preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible
-evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por
-conveniencia propia.
-
-Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y
-se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida
-higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de
-meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro
-y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía
-la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad,
-esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y
-abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era
-su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento
-afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín
-voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus
-ojos nunca distraídos.
-
-Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso,
-o en Semana Santa y Pascua, para cumplir con la Iglesia. La huerta
-de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de
-la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad,
-la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza
-hebrea. ¡Lo que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la
-lógica! Estas condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme
-virtudes en mamá, y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la
-necesidad. Con tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y
-exprimiéndolo bien podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro
-vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los
-gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro
-o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer
-cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar
-trajes, claro está; del lino que producían sus heredades hacía tejer
-lienzo, ese lienzo gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para
-camisas y sábanas; de una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete
-para dármelo a beber en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba
-el pan que comía; con un par de cerdos, engordados en casa, armaba
-puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía
-leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la
-feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con
-sus caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía
-guindas en conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad,
-realizando esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la
-mujer cuando vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su
-actividad, se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana,
-animosa, infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo
-útil, y hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para
-fuera secretamente.
-
---El día que acabes la carrerita y salgas ganando ya tu sueldo, estaré
-hecha una reina --decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y
-afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi
-madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease
-el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta
-vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de
-la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia
-a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de
-nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los
-que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los
-rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre,
-la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias
-de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en
-suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió
-contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer
-una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si
-comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin
-oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a
-pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial
-de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el
-estado de mi espíritu.
-
-No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por
-transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa
-más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e
-implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en
-los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que
-Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba
-además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor
-dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella,
-Benigna Unceta, por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias
-a aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que
-sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo a la
-divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que nos separaba de
-la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo el
-sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio.
-
---Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya lo
-verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.
-
-Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz
-descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no
-fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el _Ángelus_ con
-tristeza resignada y argentino y poético doble.
-
-Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:
-
---¿Tú vas a la boda?
-
---Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted no
-vaya.
-
---Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante
-esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios
-que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso
-busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?
-
-Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi tío contaba
-muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos desairado papel
-enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento --replicaba
-mamá furiosa--. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y
-sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las
-cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás!
-Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu
-tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese mi hermano...»
-
-Dióme de cenar mi madre un plato regional que sabía me agradaba mucho.
-Eran _papas_ o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las
-_papas_ hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo
-un agujero en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima
-contenida en un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de
-homérica sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre
-volvía al punto inicial... mi tío.
-
---Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca
-atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro
-chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado
-que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza
-de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las
-ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no
-ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio
-le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado:
-tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don
-Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección
-de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de
-esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid,
-le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro
-guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el
-mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en
-peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera,
-cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos
-enredadores: con el tiempo te podrán servir.
-
-Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el pescuezo
-y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:
-
---Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es
-indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que
-gustes, y nos habrá jugado mil perradas, pero al fin está sufragando
-mucha parte de los gastos de mi carrera.
-
---Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros lo
-que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue
-pagando.
-
---Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El regalito.
-
---¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda?
-Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.
-
---Bueno --respondí con resolución--. Entonces no hay más que hablar:
-mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de
-haber... No me dejes en vergüenza.
-
-A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del
-brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me
-desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a
-la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.
-
---¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y
-derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que
-tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.
-
-La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos _chilreados_,
-mientras ella se defendía mal exclamando: --Payaso... sobón... que te
-pego, insolente.
-
-Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa
-parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un
-cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa
-la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con
-las manos vacías.
-
-
-
-
-VII
-
-
-De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es jornada
-recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha alquilada
-en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba andar
-a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca que
-soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la huella
-del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los senderos
-cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al soplo del
-viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó de esa vaga
-felicidad que en la juventud nace de la excitación de los sentidos y
-de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio del porvenir:
-presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos anuncia
-emociones, derroches de vida.
-
-Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví desde
-la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único
-que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las
-ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto
-del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos
-modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el
-pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y
-emprendí la caminata.
-
-Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba
-los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las
-mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente
-la vista de un hombre sentado en una piedra... La sorpresa no se
-explica al pronto, pero el caso es que el hombre era un fraile.
-
-Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me
-admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más
-que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia;
-de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del
-duque de Rivas _Don Álvaro o la fuerza del sino_, se derivaban todos
-mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile
-sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo
-estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano
-uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el
-cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó
-el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando
-en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba
-con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile
-había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él
-alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la
-especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a
-cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó,
-recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.
-
-No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle
-las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo
-ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin
-embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo
-de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza
-asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los
-poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por
-el ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de
-las mujeres, evitando a los hombres, lleno de flato, de tentaciones y
-de escrúpulos. Y quería saber a qué sección de estas dos pertenecía el
-caminante.
-
-Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se
-detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso:
-
---Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una
-pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted
-a la Torre de los señores de Aldao?
-
---Sí señor, allá voy --contesté un tanto sorprendido.
-
---Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque
-estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta
-proposición, figurándome que en el campo no molesta...
-
---¡Molestar! Al contrario --respondí, agradado de la marcialidad del
-Padre.
-
-Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba, y
-permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile
-iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine
-dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como los
-de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme preguntas.
-
---Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente
-se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?
-
---No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal.
-
---¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de
-Benigna.
-
---Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?
-
---Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante
-confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué
-tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y
-joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en conocerle; se lo digo
-de corazón; gasto pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta
-de que todavía no sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no
-necesita presentarse, que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre
-Moreno, para servirle.
-
---Yo Salustio...
-
---Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.
-
---Veo que no hay cosa que usted ignore.
-
---Eso quisiera --repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de
-pronto, deteniéndose bruscamente:
-
---¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel?
-
---No fumo --contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció
-ridícula.
-
---Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy tan
-viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia.
-
---¿Desde cuándo no ha fumado usted?
-
---¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa de
-una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted
-comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me
-afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la
-señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que corta
-el pensamiento, finísima... aquí la llevo --añadió señalando a la
-manga--: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este
-obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a
-ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco...
-
---Pero --exclamé contagiado por la franqueza del fraile-- ¿es que no
-lleva usted consigo un céntimo?
-
---Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco.
-
---¿Y cómo es posible?
-
---¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?
-
---Siento muchísimo no fumar --exclamé-- para este caso tan solo.
-
---No se apure usted, amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco
-porque nos falte una mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al
-Tejo... ya verá usted el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme
-cigarros.
-
-Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo y
-gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes. Una
-pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.
-
---¿No le molesta el ir descalzo?
-
-Volvióse sorprendido el fraile.
-
---No, señor --contestó, recapacitando como para recordar si en efecto
-le molestaba la descalcez--. Al principio eché de menos, no los
-zapatos, sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre
-me las calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas
-por mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda
-finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile
-no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte.
-Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que
-yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo,
-nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni
-cosa parecida. --Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era
-contorneado y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la
-bota--. Y mire usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece
-que estoy más limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado
-no consiguen más que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo
-lleva los pies realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor
-que haga, sobre todo si tiene la manía que tengo yo...
-
-Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo
-que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en
-tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras
-otro en el agua corriente. Después que hubo secado las plantas en la
-hierba, se volvió a poner sus sandalias y miró con aire victorioso.
-Yo sonreí impulsado por una idea, o más bien por un sentimiento
-cordialísimo, que podía traducirse en esta forma:
-
---¡Qué fraile más raro y más simpático!
-
---Vamos --me dijo--: adivino lo que está usted pensando, caballero.
-
---Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.
-
---Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes
-gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los
-estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.
-
---No, señor, no era eso. Yo pensaba...
-
---Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de
-«señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.
-
---Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo le
-moleste.
-
---Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza.
-
---Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan
-partidarios de la limpieza corporal como usted. --Al decir esto le
-miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas,
-su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud--. Hasta creí
-que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que
-el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de
-habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados.
-
-En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la
-carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.
-
---¿Conque usted creía eso? --me dijo cuando la risa le permitió
-hablar--. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que
-decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego
-exclamaba: «Señor, mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes
-todos los frailes éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto
-habrá pasado al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su
-servidor y capellán?
-
---A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé que
-no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España se
-están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente, me
-figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en los
-retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.
-
---Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual
-que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se
-rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más;
-pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos
-con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas.
-Estaría bonito un religioso usando la _velutina Fay_ y el _Kananga_ o
-_ganga_... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila
-tanto.
-
---¡Vaya que está usted enterado, padre! --exclamé riendo a mi vez.
-
---Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no extrañe
-usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes de la
-mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo Patriarca
-era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza suya
-unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo
-a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero
-ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen
-empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en
-recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en
-quien peina barbas...
-
-Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se volvió hacia mí
-como queriendo respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del
-poniente, que tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba
-armonía con aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar
-a grueso, y de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez
-tostada y cetrina revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas
-de viajero por regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres,
-negrísimos, bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par.
-Su cuello, descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor,
-y lo mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así
-servían para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar,
-caso de necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones
-no desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil
-escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en
-ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como
-en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi
-siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter.
-Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de
-confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha
-fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos.
-
---¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! --discurría yo
-sorprendido.
-
-Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de Aldao,
-pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía plácidamente.
-Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los perros,
-asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con mayor
-furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio de la
-luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de la ría.
-El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la belleza
-del sitio y de la hora.
-
---¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este país! Cuanto más se
-ve más hermoso parece. ¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado;
-prefiero el clima del África.
-
---¿Ha estado usted mucho tiempo en África?
-
---¡Toma! Pues si soy medio moro.
-
---¿Y ha viajado usted por el desierto?
-
---¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni
-escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso.
-¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla;
-bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las
-estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más
-lances y más aventuras!
-
-De buena gana le hubiese preguntado sobre las correrías africanas:
-pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo despertó en mí el
-ver blanquear la cerca del _Teixo_ y negrear sobre la cerca y bajo la
-torre la que me parecía mancha enorme de arbolado. Quise contrastar la
-exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una persona que ya
-se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera.
-
---Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la futura familia de mi
-tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá?
-
---Claro es que les conozco --respondió el fraile aplicando sobre su
-abierto rostro una máscara de discreción absoluta--. Es una familia muy
-apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena.
-
---¿Y... es bonita?
-
-No se espantó el fraile de la pregunta, antes respondió con desahogo:
-
---Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que no me parece...
-así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea, pero
-tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que me
-falten motivos para entender: porque allá en Tánger, Tetuán y Melilla
-hay judías y moras que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros
-tan amigos, que alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre
-ellos es una prueba de estimación grandísima.
-
---¡Ah!... --murmuré sin poder reprimir una expresión maliciosa--.
-¿Conque franca la entrada del harem?
-
---Sí --afirmó alardeando de naturalidad el fraile--. Y ¿quiere usted
-que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta de
-este moro amigo mío, que era un ricachón de allí?
-
---¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora?
-
---Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo describirle
-exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda riquísima,
-abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas gordas
-y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la
-mujer. En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la
-novela del _Cautivo_... ¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines,
-cojines y más cojines; unos debajo de los brazos, otros debajo de las
-caderas, otros detrás de la cabeza: y los cojines eran para impedir
-que se rozase, porque la mujer estaba reventando de gorda, que es el
-secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía menear. ¿Y
-sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no
-se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo
-largo así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con
-dulces y bebidas.
-
---¡Ah socarrón de fraile!-- discurrí yo--. Te finges muy corriente y
-muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas. Me
-estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda
-respecto a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta
-exclamé--: Padre Moreno, usted que tan perfectamente describe a las
-moras, mejor sabrá retratar a una cristiana. Bien puede usted decirme,
-al menos, si la novia de mi tío está cebada con bolas de pan, o si
-tiene un talle como la palmera del desierto. Vamos Padre...
-
-Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la cerca del Tejo.
-Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y se
-encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo
-del sol, como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus
-ojos cuando me respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y
-solemnidad entusiasta:
-
---Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre fraile que se exprese
-como lo manda el hábito que viste y la regla a que obedece. De una
-mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si Dios se
-lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya
-que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo
-ha dicho que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta
-que merece ese nombre tan... dispense si me expreso con demasiada
-vehemencia... iba a decir ese nombre tan sublime. De una cristiana, lo
-primero y acaso lo único que merece ensalzarse es el alma, y en mi boca
-sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que encierra un alma redimida
-con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a alabar a usted con
-palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a usted que
-su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que
-decir.
-
---¿Tan buena es, padre Moreno?
-
---Excelente, excelente, excelente.
-
-En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no dejaba lugar a
-insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin embargo,
-cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra
-preguntita insidiosa:
-
---¿Y usted, padre Moreno... viene a la boda por pura amistad?
-
---¡Naranjas! --exclamó con el tono recio que suele darse a las
-interjecciones más castizas--. ¡Si vengo a echar las bendiciones!
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo poblado de arbustos
-y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del caserón,
-sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y arbustos
-estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese perfume
-divino, inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente destila
-en sus misteriosos alambiques la Naturaleza.
-
-Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas, tomando la luna,
-vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar nosotros
-y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como
-sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme
-bien de la composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido
-de dril claro, próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta
-elegante y airosa, que al ver al Padre exhaló un chillido de gozo. A
-la izquierda un señor ya machucho, calvo, con bigotes... el suegro;
-un curita sumamente joven, casi un niño; una muchachona espigada como
-de diez y seis años, y una chiquilla que no pasaría de doce. Todos
-se apiñaban alrededor del Padre, dándole la bienvenida. Por fin se
-acordaron de mi existencia, y mi tío hizo la presentación:
-
---Señor de Aldao, el hijo de Benigna, mi sobrino... Carmiña, Salustio...
-
-La futura tiíta me miró distraídamente. Absorbía toda su atención el
-Padre. Sin embargo, pasados algunos momentos, se volvió hacia mí para
-preguntarme «si vendría Benigna, que ella lo deseaba mucho». Disculpé
-lo mejor que supe la ausencia de mi madre, y la señorita de Aldao
-porfió en obsequiar al fraile. «¿Quería agua, naranjada, cerveza,
-Jerez? ¿Una copa de leche? ¿Chocolatito?»
-
---¡Hija! --gritó el Padre empujándola familiarmente, como quien se
-sacude una mosca--. ¡Si quieres darme algo que estime... caramelo! dame
-medio cigarrito, aunque sea de paja.
-
-Chac... Rissch... Dos petacas, la del suegro y la del novio, se
-abrieron a la vez, e inmediatamente se encendieron varias cerillas. Se
-llevó la palma un habano de mi tío.
-
---Puede usted fumarlo con satisfacción --advirtió éste, que era muy
-dado a encomiar lo que regalaba--. Procede nada menos que de don
-Vicente Sotopeña...
-
---¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas con él!
-
---¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar! --suplicaron todos.
-
-Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó a satisfacer al
-pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y cómo
-quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un
-poco aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de
-embriaguez psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas
-se tendían como tapiz de seda verde las ramas de una enredadera
-magnífica, la _datura o trompeta del juicio final_; no se requería
-imaginación muy poética para comparar sus gigantescas flores blancas
-a copas llenas de esencia fragantísima. Entretejido con la datura se
-esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos olores, columpiados
-por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro, hacían bullir la
-savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de amor,
-pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo
-y resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas.
-
-Cuando mudamos de residencia --aunque nuestra suerte no cambie--,
-cuando penetramos en un círculo de gente nueva y desconocida, se nos
-exaltan la fantasía y la vanidad, y aquellas personas ayer indiferentes
-nos interesan de pronto, preocupándonos mucho la opinión que de
-nosotros pueden formar y los sentimientos que les inspiramos. El
-empleado, el militar a quien destinan a lejana provincia lleva una
-idea vaga del lugar donde va a residir: apenas sienta el pie en él, lo
-pasado se borra y lo presente le domina, con la poderosa fuerza de lo
-actual y el estímulo de la novedad y de lo ignorado. Así yo, excitado
-por los nuevos horizontes, algo mortificado porque mi presencia pasaba
-totalmente inadvertida, me figuraba que de aquella gente, apenas
-entrevista, extraña para mí pocos momentos antes, tenía que salir algo
-decisivo para mi corazón.
-
-Empecé por creer que en el seno de aquella familia pacíficamente
-reunida _tomando la luna_, se desenvolvía un drama moral muy extraño,
-cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes --fantaseaba
-yo borracho de esencia de jazmín-- hay sus dramitas de entre bastidores
-y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el
-drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la
-suerte y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático.
-Aquí, el conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se
-casa esta señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de
-mi tío? ¿Será verdad que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la
-apremié, confesó que eso es un dicho sin fundamento. Y estas mocitas
-que veo aquí ¿qué papel componen? Y la concubina del señor de Aldao
-¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros esposos, reunidos en un
-sitio tan propio para excitar la fantasía y los nervios, ¿hay amor? y
-si no hay amor, ¿por qué hay boda?»
-
-De estas reflexiones me sacó repentinamente el joven curita, que
-acercándose me dijo en tono pueril y con dejo gallego que desempedraba:
-
---Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña Benigna?
-
---El mismo.
-
---¿Uno que estudia para _electroimántico científico_?
-
-Como yo no comprendiese al pronto este conato de chiste, el curilla
-rectificó:
-
---Para ingenioso, digo, para ingeniero.
-
---¡Ah! sí.
-
---Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo? ¿Está cansado?
-¿Fuma?
-
---¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza? --le pregunté a mi
-vez, por decir alguna cosa menos incoherente.
-
-Con la más injustificada familiaridad, el curilla me puso una mano
-sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las rodillas,
-chilló:
-
---Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con clérigo
-_contentaverit mihi_... No he pasado por ahora de aprendiz, es decir,
-de recluta en la milicia sacra.
-
-Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil insulseces, a que presté
-muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en otras cosas bien
-distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída
-insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen
-desagradable en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa,
-levantándose, nos mandó entrar y subir a una sala muy adornada de
-cortinajes de cretona, de donde pasamos al ancho comedor, en que nos
-esperaba la cena, servida por dos criados, el uno con trazas de gañán,
-el otro algo más pulido, bajo la dirección de una vieja obesa que
-arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso físico,
-la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas en el
-patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la sala.
-
-Sentado frente a la novia, cuyo rostro iluminaba de lleno la luz de
-la lámpara, satisfice ansiosamente la curiosidad de mirarla: bebí su
-rostro. Al pronto dí la razón al Padre Moreno: ni era fea ni bonita.
-Su cuerpo, elegante y cimbrador, valía más que su cara, de las que se
-llaman de perfil acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y
-esa corrección de facciones que son elementos primarios de la belleza.
-Pero al cuarto de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la
-hermosura, al menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir
-sus ojos negros, de mirar apasionado; al sonreir; al volverse para
-contestar a una pregunta, la movible faz se animaba, la vida corría por
-aquellas facciones que yo imaginé plácidas y frías, a pesar de haber
-visto ya en su retrato, a la luz de un farol madrileño, reflejos del
-alma. Carmiña Aldao se reía poco, y, sin embargo, no parecía triste;
-había en ella la animación de la voluntad. Hasta extremosa me pareció
-cuando, terminada la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi
-fineza, se deshizo en elogios de la pobre joya.
-
---¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire usted... Felipe... Es una
-monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante! Vamos, que ya se le
-pueden hacer encargos. Nada, es precioso.
-
-También el Padre Moreno metió su cucharada en lo del imperdible.
-
---¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos. Los frailes no nos
-atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más sencillos...
-
-Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su único equipaje, que
-había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y extrajo de él
-una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas, tienen
-tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría
-media vara de altura.
-
---Es lo único que puedo darte, hija. La cruz viene tocada a la piedra
-del Gólgota, donde plantaron la de Nuestro Señor.
-
-Nada respondió la novia: con movimiento rápido se inclinó y besó
-ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El fraile
-iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros
-de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía.
-
---De los olivos del monte Olivete --dijo desenredándolos y
-repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi turno
-debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me
-preguntó con hidalga cortesanía:
-
---¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de quien vienen;
-nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de mayor
-valor material, caballero D. Salustio.
-
-Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección. Había venido gente
-de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la partida de
-tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me brindaron
-con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y encontrarme
-sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su prometida,
-pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a
-encontrarme entregado al aprendiz de clérigo.
-
---¿Dónde está mi cuarto? --le pregunté--, ¿usted lo sabe? De buena gana
-me recogería.
-
---No lo _sabo_... pero el que tiene lengua va a Roma. Véngase usted.
-Agárrese a mi dedo meñique.
-
-Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la vieja presenciaba la
-operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y recoger
-postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo
-pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa
-y el exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa,
-regañona y al par humilde resignada con su papel de escalera abajo. El
-curilla, para dirigirla una pregunta, apretó su brazo.
-
---¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta más indecentes!
-
---Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo, que usted es ya
-contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias dormitorio de
-este señorito?
-
---Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia al infeliz para
-aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra a estos
-señores...
-
-Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada de antes, fresca,
-rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de querubín
-de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba
-entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir
-una escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados
-en la parte alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo
-estrecho. Estas habitaciones, a las cuales no había alcanzado la
-recomposición general dada por el señor de Aldao a la quinta, tenían
-aspecto de vetustez, y probablemente en circunstancias normales sólo
-servían para almacenar la cosecha de calabazos y castañas. Los muebles
-se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un palanganero. La
-mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió:
-
---Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están.
-
---Aún cabes tú, muliércula --advirtió desvergonzadamente el aprendiz
-de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la carcajada, amenazando
-con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose a mí, adoptó
-continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo. Contesté
-que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero.
-Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras,
-alumbrado sólo por el reflejo de la luna.
-
-Me asomé a la ventana. En primer término ví extenderse enorme masa
-obscura, especie de lago vegetal, que parecía un solo árbol, aunque
-lo hiciese dudar su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como falda
-de raso gris salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se
-multiplicaba en su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje
-se confundía con el del viento nocturno que estremecía las ramas
-próximas. Un aire húmedo y refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña
-interrumpió mi contemplación colándose sin pedir permiso, trayendo en
-una mano el tintero, que casi rebosaba de tinta; en otra, además de la
-luz, papel, sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de arenillas.
-
---Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo viene así...
-cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice que
-en la aldea hay que perdonar.
-
-Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis Portal; pero la
-muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada, contemplándome
-como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando se
-inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el
-papel, diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy
-dulce: «¡Ay, y va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a
-mí por la imaginación un capricho y por los nervios una corriente que
-reprimí con el esfuerzo relativo que cuesta desechar las sugestiones
-puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy estás muy alborotado...
-Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la mozuela, pregunté:
-
---¿Es un solo árbol eso que se ve desde la ventana?
-
---¿Pues no sabe que es el Teixo?
-
---¡Un tejo sólo esa inmensidad! ¡Santa Bárbara! Cogerá media legua de
-circuito.
-
---¡Media legua! ¡Ay qué risa! No sea ponderativo. Media legua aún no la
-hay de aquí a San Andrés. Pero mire, tres pisos los tiene.
-
---¿Tres pisos un árbol?
-
---¡Ay! sí, ya lo verá. En uno se baila; en otro se toma café; desde el
-otro se ve muchísima tierra... y la ría y todo.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Copia de una carta a Luis Portal:
-
- «Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo, quinta del papá de
- la novia de mi tío... ¡sopla! que se llama así, no el tío, sino
- la quinta, á causa de un tejo colosal que, según fama, tiene tres
- pisos, tantos como la mejor casa de Orense. Acabo de llegar: no
- puedo decirte aún lo que opino de la novia y gente que la rodea:
- esta gente es el papá, una vieja que tuvo que ver con el papá,
- y dos niñas, hijas ó sobrinas de esta vieja, una de ellas ya en
- sazón, y que aunque se llama Cándida..., punto y aparte. La futura
- tiíta es una señorita de aire elegante, con una cara que agrada si
- se mira despacio: los ojos buenos, y hasta buenísimos. No sé si
- está enamorada, pero se muestra bastante cariñosa con mi tío. Hijo,
- vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que una mujer honrada y decente
- (dicen que lo es mi futura tía) se case así, por casarse, con tal
- sujeto? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta? ¿O
- es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un
- hombre se reduce á salir con él del brazo?
-
- »La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he formado de
- Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de
- un fraile... ¡Admírate! he viajado con un fraile, un fraile de
- verdad, un franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en
- las nubes. Me dijo, que era el modelo de la mujer cristiana. Esto,
- en boca de un fraile...
-
- »¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre Moreno! Hombre más
- corriente, más llano, más simpático, no lo ha echado Dios al
- mundo. Me tiene atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante,
- ni rehuye ninguna conversación de las admitidas en sociedad, ni
- le trata a uno despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas,
- ni hace cosa que no resulte discreta y oportuna. Por esto te digo
- no creas que el fraile me la pega. Lo que es pegármela... Al
- contrario, me escama terriblemente ese mismo don de captarse las
- voluntades, empezando por la mía. Le estudiaré y poco he de poder
- si no le arranco la careta. ¿Qué se propondrá ese tío? ¿Catequizar
- mejor? Porque no hay duda que con modales como los que gasta,
- se adquieren amigos. ¿O tal vez disimular propensiones no muy
- conformes con el sayal? Porque o es un santo o es un hipócrita,
- aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos hasta el día.
- ¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir rodeado de _sirtes_
- y _escollos_ y sin tropezar en ellos? Pase el voto de pobreza,
- porque he visto que en efecto no llevaba ni con qué comprar un
- pitillo: pase el de obediencia porque también los militares
- obedecen a sus superiores; pero lo que es el de castidad... ¿Verdad
- que no cuela?
-
- »Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado que puede. A decir
- verdad, la novia me parece una ganga para él. Este señor de Aldao
- no tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que
- la quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sangrías;
- pero así y todo, siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado
- lo que nunca pudo prometerse.
-
- »La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío duerme en la casa
- del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo
- hospedaje en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme,
- holgazán. Ahí estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas
- con todo Dios y hasta con el diablo. ¡Eres más trucha! Se me
- olvidaba. Rompe esta carta... aunque con tus hábitos de prudencia
- ya habías de hacerlo sin que yo te lo encargase.»
-
-Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se metió
-campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no
-mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría
-yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico _in fieri_;
-pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla
-sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos,
-nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia
-el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), tez
-blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, cejas
-y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el del
-bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si era cara de simple
-o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia de la
-infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus acciones.
-
---¿Se baña? --me preguntó hablando en impersonal, según costumbre.
-
---¿Que si me baño?
-
---En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la
-playa, y puedo acompañarle.
-
---Bien, convenido; nos remojaremos.
-
---Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también se
-remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más
-fresco. ¡Guí, guí!
-
---Lo malo es que no tengo traje de baño.
-
---¡Ay! Yo _tampuerco_. Si es tan melindroso... Con irse a un rinconcito
-detrás de unas peñas...
-
---¡Hombre!
-
---O con llevar unos calzoncillos de repuesto...
-
---Vamos; así, pase.
-
-A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se arrellanó
-en la silla con trazas de no irse en toda la noche. Comprendí que era
-preciso hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me
-deslicé en la cama.
-
---¿Hay _soneca_? --preguntóme Serafín arrimándose al lecho y pegándome,
-con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro y una
-sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví un coscorrón
-formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui guiíi,
-gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar experimentalmente si yo tenía
-cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente
-el dedo meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura
-de seis años que de hombre, y particularmente de hombre que aspira al
-sacerdocio, ejerció sobre mí el irresistible contagio de un desprecio
-cómico, y en el fondo indulgente, y amenacé al monago con tirarle una
-bota si no se estaba quieto. La amenaza surtió efecto; Serafín se
-calmó, y echándose como un perrillo, atravesado a los pies de mi cama,
-me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un poco. Le
-autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie
-de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos,
-de inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y
-rasgos de malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían,
-dejando planteado el problema de si aquel tipo era rematado imbécil o
-astutísimo truhán.
-
---Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca.
-No hay cuartos para el _ferrancho ferril_. ¡Cuartos! ¡Quién los
-viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles
-son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El _empiedrado_ será de
-_marmole_... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando
-o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los
-madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para qué
-estudia? ¿Para esos que hacen _ferriles_ y _viraductos_ y _tunantes_,
-digo _toneles_? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro
-de la ministración y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo
-sirvo mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted,
-aunque llegue a ser más ingeniero que el que discurrió la condenada
-ingeniería, no hará la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío
-sabe: es peje. Nadie le saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él.
-Los solares ya fueron buena tajada, y ahora le alquilan la casa para
-correo y le pagan de alquiler un millón de duros... ¡gui, gui! Luego,
-cuando hay _eleuciones_, nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno,
-a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que
-le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, _vade retro exorciso te_,
-que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las narices
-la doctrina fundamental _de fide_, expuesta por el santo Concilio
-Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas
-mestizas. ¡Gui, gui, gui!...
-
---¿Y tú cómo piensas en política? --pregunté resolviéndome a tutear al
-monillo eclesiástico.
-
---¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una opinión...
-
---Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.
-
---Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: _Nequit idem
-simul esse et non esse_: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de
-la Iglesia liebre en el Estado galgo. _Quod semper, quod ubique, quod
-ab omnibus._
-
---Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?
-
---_Ego sum qui sum_; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los distingos
-y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté muy claro; y
-también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda lampando
-por el título de Marqués del Tejo o al menos por una gran cruz. Dicen
-que el yerno se la trae de regalo de boda. _Vanitas vanitatis_,
-gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la
-chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho
-las cataplasmas...
-
---Cállate, que me revuelves el estómago.
-
---No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con
-harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos
-gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y
-vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de
-Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya
-sabe más que muchas viejas. _Ne attendas fallaciæ mulieris._
-
---No calumnies a mi tío, miquín --exclamé impulsado por la curiosidad,
-pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba
-de dar en el clavo--. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar
-siguiendo chicuelas?
-
---Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con
-los calzones ir detrás de la monicaca... _Vinum et mulieres apostatare
-faciunt sapientes_, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no
-piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde
-echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una
-madrastra.
-
-Me incorporé sorprendido.
-
---¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?
-
-El monago pegó un chillido.
-
---¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los
-dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son
-_higas_ de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su
-papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con
-ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese
-que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la
-_concupiscentia carnis_... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si
-vivimos hemos de ver milagros.
-
-
-
-
-X
-
-
-A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos
-paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era
-acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial,
-cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el
-Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos
-había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba
-prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría
-hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de
-charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de
-confianza y afecto.
-
---Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos
-realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse
-entretenimiento... En el campo...
-
---No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me
-aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico...
-
---¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy
-simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más
-razón.
-
---Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer
-por allá...
-
-Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos
-sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y
-amabilidad.
-
---Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás que
-he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no, las
-chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por aquí.
-
-Echó a andar y yo tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de
-sus pasos, sonaban varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa,
-familiar. Sacó el manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas
-las cortinas, brotaron en todo su esplendor las magnificencias del
-equipo.
-
-Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido
-absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y
-otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos
-según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome
-todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del
-novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes.
-El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y
-muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos
-correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco
-hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en
-majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este --declaró Carmiña--
-era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada
-en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la
-novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por
-el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche y
-no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído con
-un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. El
-hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de joyeros,
-álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se compran
-o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un rincón,
-como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera enorme...
-
---¿Pero quién le ha regalado a usted eso? --pregunté sin contener la
-risa.
-
---¿Quién había de ser sino Serafín? --respondió acompañándome en mi
-hilaridad.
-
---¿Pero es posible?
-
---Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese, con su ratonera
-enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve».
-
---¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es?
-
---En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su corazón no es malo, y
-a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos minutos se le
-va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por ejemplo, en
-un punto de teología o de moral --esto lo sé porque lo dice el Padre
-Moreno-- y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que
-una vez que le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que
-despabilase una vela, las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con
-saliva, despabiló con ellos, y abriendo las despabiladeras metió dentro
-el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien te entiendo, cajetilla!».
-
-Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos al jardín. La futura
-tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los establos y la
-huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger flores
-y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre
-Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de
-ciertas personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna;
-de Serafín, que no había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo
-triunfal por San Andrés. A su vez, no tardó en presentarse el señor
-de Aldao. Venía atusado, engomado, con los bigotes teñidos, el cráneo
-luciente como una bola de billar; pero se me figuró una ruina, bajo la
-sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si «lo había visto
-todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un extranjero ha
-visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida añadió:
-
---¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso?
-
---¡Ah! cosa magnífica, sorprendente.
-
---¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la escuadra inglesa...
-entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó más de diez
-fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha
-asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al
-hablar de las bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir
-el Tejo... Gran orador Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido.
-
-El señor de Aldao me pareció una de esas personas que llevan la vanidad
-(algo escondida en los demás hombres) por fuera y completamente a la
-vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de vanidoso,
-y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven presumía
-de buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos y cejas
-tiradas a cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza, y durante
-una larga temporada le dió por usar a cada repiquete el uniforme
-de maestrante de Ronda y soñar con el marquesado del Tejo. A tal
-marquesado le hizo una corte platónica, arrimándose mucho a los
-gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a los obispos
-cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se frustró
-enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que ejercía
-sobre la provincia y sobre mucha parte de la región gallega don
-Vicente Sotopeña, habían hecho comprender al señor de Aldao que en
-nuestra época la importancia social no se funda en pergaminos más o
-menos rancios. «En el día la política --solía decir él-- lo absorbe
-todo. El que puede repartir con la derecha confites, latigazos con la
-izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había influído
-bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la
-candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde
-agarrarse a una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer
-multitud de ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya
-iban avinagrándose; lo de la gran cruz, la despertadura del expediente
-de una carretera que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras
-menudencias relacionadas con la Diputación Provincial y la contrata.
-
-Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo laberíntico llamado
-el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la causa de
-ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y la
-emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende que
-estas malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor paridad
-entre el envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti una
-tiple de zarzuela, a la reina una modesta señora de la burguesía?
-Pues las envidian, no cabe duda; y desde la penumbra en que viven
-tratan de echar un rayito de luz que compita con el del astro. Así
-don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una renta
-mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién?
-con don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula
-de Derecho, el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista
-abrumado de negocios, el poderoso, el millonario, la influencia
-universal. ¿Y en qué terreno quería don Román eclipsar a Sotopeña?
-Pues en el de la residencia de verano. Don Vicente poseía en las
-inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real, descanso de
-sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor
-de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de
-su bosque de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de
-estalactitas, de su magnífica verja, y de otras mil preciosidades que
-el Naranjal luce, torcía el gesto, se contraían sus labios con el mohín
-de la vanidad mortificada, y preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le
-parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo? Un marino de la escuadra inglesa,
-entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...» etc., etc.
-
-Embellecer su finca, a imitación del Naranjal, constituyó la aspiración
-irrealizable de don Román Aldao. La naturaleza era cómplice de este
-ensueño, porque además de haber criado aquel Tejo gigante y único,
-desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de paraíso llamado
-las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas, la
-vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder
-compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre,
-fuese un oasis. Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor
-atractivo de una quinta pende siempre de la naturaleza. Don Román no
-lo entendía así. Del campo, no sentía la inefable dulzura y reposo que
-infunde olvido de la vida social, sino al contrario, la apariencia y el
-bullicio, las glorias de propietario y anfitrión, y el pugilato con don
-Vicente. Claro está que Aldao no intentaba copiar esplendores como la
-famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por cronistas y viajeros;
-pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un amplio merendero
-emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un _chocolatorio_
-raquítico todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban
-estatuas preciosas? Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de
-yeso, sus «cuatro Estaciones» o su grupo de «amorcillos» y me los
-plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el Naranjal instalan una
-estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus orquídeas? Cátate
-al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor cantidad
-posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato,
-atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el
-Naranjal había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor
-de Aldao enseñaba al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las
-piñas y a armar con troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por
-último... el árbol colosal!
-
-El primer día de mi estancia en el Tejo vino a comer gente de
-Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño, que
-podría tener entonces cosa de cuatro años de edad, y un Diputado
-provincial llamado Castro Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío,
-jefe de la fracción que representaba su política en el seno de la
-Asamblea pontevedresa: porque todo es relativo, y en Pontevedra había
-_los_ de mi tío, y la «política propia» de mi tío, gobernada por los
-rígidos principios que el lector supondrá. Acudió asimismo el director
-del _Teucrense_, periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis
-meses antes le tiraba a codillo; pero para tales cancerberos hay tortas
-mágicas. Hablóse mucho de la consabida política local, tan menuda, que
-rayaba en microscópica.
-
-El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé la atención en
-aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer alguna
-influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente
-veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana,
-soportaba bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la
-Ría, según le llamaban en estilo poético los revisteros de Helenes y
-los corresponsales de diarios madrileños cuando venían a veranear.
-La manera de crecer y extenderse aquel ramaje, su intenso y obscuro
-verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era imposible mirar al Tejo
-sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza exuberante y
-maternal que había producido tan soberana criatura.
-
-Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la ciñe amoroso con sus
-olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la acaricia, y tiende
-hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves redondeces de la
-costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el aire es más
-puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional. Aquel
-Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y en terreno
-fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y pujanza. Él era
-el verdadero monumento de la región. Daba nombre a la quinta; servía
-de faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse
-hacia San Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva,
-no sólo de los pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las
-famosas Casitérides de los antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada
-de un mar casi helénico por su serenidad y belleza. Para construir
-en el Tejo los tres miradores sobrepuestos que lo adornaban, no se
-había requerido gran habilidad ni ciencia arquitectónica, bastando con
-aprovechar la gallarda horizontalidad de sus ramas y construir sobre
-tan robusto apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor
-ligero balaustre.
-
-La escalera, de caracol, encontraba natural sostén en el mismo tronco
-del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el suelo no se
-distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo piso, ni
-a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al tercero,
-necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas para admirar
-la perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero se llamaba «el
-salón de baile», el segundo «el cenador», el tercero «Vistabella». Y
-en casa de Aldao se oía a menudo preguntar: «¿Subiste a Vistabella?»
-«No, me quedé en el salón de baile». A la verdad, el salón de baile
---preciso es reconocerlo, aunque el señor de Aldao se desazone-- no
-asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar desahogadamente un
-rigodón, a los ecos del piano que para estas solemnidades era llevado
-al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo el toldo verde, entre
-paredes verdes también, que apenas filtraban la luz solar. El salón
-retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y columpiarse.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Aquel día, cuando subimos a tomar café al «cenador», donde ya a
-prevención había sillas, bancos y veladores rústicos en cantidad
-suficiente, el Tejo estaba más atractivo que nunca. Una brisa fresca,
-procedente de la Ría, hacía ondular ligeramente las ramas; el sol,
-hiriendo de lleno su copa, la doraba y arrancaba del árbol ese
-perfume penetrante y algo resinoso que aumenta en nuestro corazón la
-embriaguez de la vida. La altura a que nos hallábamos suspendidos
-podía persuadirnos de que éramos aves; a mí se me ocurrió que los
-pájaros tenían bien grata morada en el seno del coloso; y de repente,
-como si la Naturaleza se complaciese en infundirme uno de esos deseos
-imposibles de satisfacer con que ilude a los mortales, me entraron
-ganas, mejor diré ansias de volar, de perderme en aquellos espacios
-azules, puros e inmensos que veíamos al través de las aberturas que
-siempre ofrece el ramaje. Cuando noté que estaba envidiando a las
-gaviotas que allá a lo lejos descendían sobre los peñascos de San
-Andrés, me acusé de insensato y, haciendo un esfuerzo atendí a la
-conversación.
-
-Llevaba la batuta, como no podía menos de suceder, el Padre Moreno,
-afirmando una vez más a su auditorio que él se había encontrado
-siempre mejor en Marruecos que en España; mejor entre moros que entre
-cristianos «de estos de por acá».
-
---No crean ustedes --apresuróse a añadir-- que en África hacemos vida
-regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que aquella
-pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto. Yo aprendí
-el árabe, aunque no como mi hermano en religión el Padre Lerchundi, lo
-bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para
-aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su
-idioma, santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí!
-
---Más claro no puede decir el Padre que le agradaría pasarse al moro
---advirtió don Román.
-
---Moro, ya lo fuí --respondió con viveza el fraile--. Es decir
---rectificó en seguida--, ya supondrán ustedes que no me hice
-mahometano, ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino
-moro, que significa hijo del África; mauritano.
-
---Bien entendemos que usted no renegó --exclamó mi futura tía con el
-acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al dirigirse al
-Padre.
-
---No, hija, renegar no: por la misericordia divina no llegué a eso.
-
---Pues cuéntenos cómo fué moro.
-
---¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una historia muy larga... Si
-hasta anduvo en periódicos: la _Revista Popular_, de Barcelona, insertó
-sobre eso un artículo.
-
---¡Ay, cuente, por Dios!
-
-No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la complacencia con que
-se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que llevaba en la
-manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber.
-
---Pues, verán ustedes... Era poco antes de la Restauración, cuando
-andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la República traía
-revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque, como
-les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos
-de la obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar
-tabletas para España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que
-no se podía venir con el hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para
-hábitos, señores! Ea, Moreno --dije yo para mí--, ahora tocan a
-desenfrailar (por fuera) y convertirse en un caballerete... Ya saben
-ustedes que allí nos dejamos siempre la barba, lo cual ayuda mucho
-para la esencia del disfraz, porque una de las cosas en que más se
-conoce al eclesiástico vestido de seglar es en la rasuración. La
-corona la teníamos bastante descuidadilla: de modo que con abandonarla
-enteramente los días que precedieron al viaje e igualar el resto del
-pelo, estábamos corrientes. La vestimenta se encargó al mejor sastre. Y
-los accesorios... porque el traje de caballero tiene mil accesorios...
-de esos se ocuparon las señoras que yo trataba, y en especial las del
-Cónsul inglés. Estas damas me querían muchísimo, y eran personas que
-entendían los perfiles de la elegancia, y cómo se emperejila un señor.
-Ellas me prepararon calcetines, ¡de seda, bordados y todo!, corbatas,
-camisolas y hasta pañuelos marcados con mi cifra. Todo el pío era verme
-puestas las galas. «Padre Moreno, después de vestido vendrá usted a
-enseñarse... Padre Moreno, es preciso que nosotras le demos la última
-mano, si no irá hecho una visión... No nos quite usted ese gusto,
-Padre Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún mico para andar luciendo las
-habilidades? A otra puerta, lo que es del fraile no se han de reir.
-No me verán vestido. Si lo quieren así, bueno, y si no perdemos las
-amistades.» Llega el día y me arreglo de pies a cabeza; no me faltaba
-ni el más pequeño detalle, incluso gemelos en los puños, que hasta eso
-me habían regalado. Me visto en el convento, y por calles excusadas
-salgo a tomar un barquichuelo que me lleva a bordo. ¿Pues creerán
-ustedes que así y todo aquellas buenas señoras consiguieron verme?
-Al saber que iba a zarpar el vapor, se plantaron en los balcones muy
-armadas de gemelos marinos, y como yo estaba tan descuidado sobre el
-puente, me contemplaron. Dicen que les parecía otro... ¡Claro! ¡pues
-si llevaba mi cazadora, y mis pantalones grises, y sombrero ladeado, y
-guantes!
-
-Hubo una explosión de risa en el auditorio, al figurarse al Padre
-Moreno en semejante atavío.
-
---¿Y después? --preguntó la novia interesadísima.
-
---Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me dió ver flotando
-allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a Málaga.
-No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada,
-y ¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en
-Canarias, y que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a
-sus ojos. Me fuí hacia él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos
-explicamos, me convidó al café, y quedamos citados para ver juntos la
-Alhambra en unión de algunos compañeros suyos de fonda. Encargué que
-no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y verán ustedes que aún
-hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos a la mañana
-siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos _in
-fieri_ y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar
-fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!»
-respondí comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de
-Tánger no esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados
-le preguntaban al oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él
-por no mentir contestó: «Bien lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf
-le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?» «Sí, le conocí en Canarias.»
-«¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué dice.» «Corriente.»
-Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado desde la
-víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo:
-«Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero
-temo causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de
-ser triste para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos
-por sus antepasados y que ya no pueden habitar; pero que por no
-desairar su compañía y la de aquellos señores, iría de buena gana...
-
---¿Y seguían teniéndole a usted por moro? --preguntó al señor de Aldao.
-
---¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con toda seriedad. A
-uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza tiene este
-moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía como
-entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en
-fin, lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché
-mano a la barba...
-
---¡Ay, Padre Moreno! --exclamó mi futura tía--. ¡Quién me diera verle
-con barba!
-
---¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? --exclamó el fraile moro
-soltando el hilo de la narración--. Aguárdate, mujer... Espera... --Y
-rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y
-pobre, y de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió
-toda la sociedad reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres
-lanzaban gritos de admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa
-bobería: «¡Qué buen mozo era, Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno,
-no pude menos de convenir en que efectivamente resultaba buen mozo. La
-longitud del cabello y lo poblado de la barba acentuaban el carácter
-siempre franco y varonil de la figura del fraile, el cual, terminado el
-incidente del retrato, prosiguió:
-
---Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven ustedes ahí, y con gran
-formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino que ha emprendido
-desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los caballos africanos
-a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del desierto.» Y luego me
-volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen, señores, a un hijo de
-África; estos conceptos se me han escapado sin yo poderlo remediar...»
-¡Vería usted a aquellos hombres entusiasmados con mi salida! «No,
-no, que nos parece muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro
-fué cuando empezaron a hacerme preguntas sobre las que ellos creían
-mi religión y las costumbres de mi supuesto país. A uno se le ocurrió
-interrogarme: «si era cierto que la ley de Mahoma autoriza para casarse
-con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de caballería por más
-señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la ley de
-Mahoma...»
-
-Algazara general provocó esta parte del relato. Mi tío se apretaba la
-frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba; Carmiña reía de
-muy buen corazón y yo le hacía el dúo.
-
---Oigan ustedes --prosiguió el fraile cuando se hubo calmado la
-hilaridad--. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural:
-«Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer
-los defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la
-constitución íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada
-me encanta tanto como una familia de un solo varón y una sola mujer,
-consagrados a amarse mutuamente y a protejer al fruto de sus amores. Ni
-el corazón del hombre, ni el reposo y tranquilidad de la familia, ni la
-dignidad de la mujer se realzan y consolidan con la poligamia.»
-
---¡Bravo, padre!
-
---¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos?
-
---Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y abría una boca de
-a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo recobrar su
-aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted,
-Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?»
-
-El auditorio rió de nuevo.
-
---¡Ay qué lance!
-
---¡Arre, ese se iba al bulto!
-
---¿Y usted qué contestó?
-
---A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió una idea. «El señor
-(señalando a mi amigo) conoce mis gustos. Soy hombre que no quiere
-sacrificar su afición a los viajes y su independencia a la obligación
-de sostener una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y
-por eso he formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme
-nunca.»
-
---¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más?
-
---De eso nada --respondió el fraile--. La conversación cesó de
-girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino
-más expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran
-más liberales que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la
-revolución. Entonces les dije que ese concepto de libertad acaso lo
-entendía yo, moro, de distinta manera que ellos. «Dispénsenme, que
-al fin soy extranjero aquí, y explíquenme cómo es que habiendo tanta
-libertad para todo el mundo, me han asegurado que no consienten
-ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una
-especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies
-casi descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito:
-«¡Frailes! Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre
-moros...» Sin hacerle caso, continué: «Allá en Marruecos se les
-respeta, y contribuyen a infundirnos cariño a esta tierra española que
-consideramos nuestra segunda patria... Me admiro de que aquí (según
-refiere la historia de ustedes que he leído, porque soy amigo de leer)
-les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué así? Esto
-no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y
-hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un
-codazo y le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha
-jeringado.» --replicó el otro. Así dijo: jeringado.
-
---¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería?
-
---¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró. Al regresar a Granada y
-meternos por las callejuelas tortuosas, cerca ya de mi posada, me volví
-hacia aquella gente, y dije con mucha seriedad: «Señores, lo de moro ha
-sido una broma. No soy sino un pobre fraile franciscano, que gracias a
-la libertad reinante ha tenido que disfrazarse de moro para venir a su
-país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí media vuelta y me
-largué dejándolos aturdidos.
-
-Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba la novia tan radiante
-de animación, comentando tan alegremente el relato del Padre, que cruzó
-por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal. Procuré
-desecharla; pero se formuló así:
-
---Del padre no será, pero lo que es del futuro... tampoco, tampoco.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé
-que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel
-sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y
-reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez
-me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?
-
-Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre
-podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea
-apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy
-antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de
-su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea
-en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más
-frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la
-damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la
-señorita de Aldao, y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia
-a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera
-propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni
-manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio.
-Allí la única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni
-era señorita que pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni
-fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo
-otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad
-admitida en la sala y excluída de la mesa. Su hermanita pequeña
-ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la diferencia se
-justificase.
-
-Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, ni
-al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar en
-su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que
-las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a
-la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía
-menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al
-menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque
-el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime,
-tampoco era lícito censurarlo.
-
-Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos
-de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la
-intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del
-campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le
-atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento
-que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos,
-palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba
-en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que
-debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, oculto.
-
-Como no soy novelista, no he menester preparar hábilmente las
-transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de consignar algo
-que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que
-casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer --hombre en
-mis circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa-- es mirada de
-curiosidad amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a
-mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni
-hacer a la humanidad peor de lo que Dios la hizo: es indicar solamente
-que el instinto sexual, como todos los instintos, no descansa,
-aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío cariño y respeto,
-hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del instinto.
-Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma
-secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento
-análogo, me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que
-iba derecha hacia el enamoramiento.
-
-Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me
-sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo
-a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y
-me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó
-de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado
-todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate
-interior, entre el deseo y las conveniencias.
-
-Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir a la
-futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo _seducir_ indica una
-fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis
-Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar
-si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a
-mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido
-esto, se calmaría mi inquietud.
-
-La vida en el Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del
-baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad
-sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento, por
-el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr
-este propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado
-afición y se me agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo
-periódicos, o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y
-fresas con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente
-la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del
-Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba
-palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera:
-de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina,
-de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las
-amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla
-disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo
-bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo
-para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre.
-A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la _cara feroce_ de la
-virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si
-dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.»
-A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno,
-con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté
-un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme
-con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo
-afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta
-por donde atacar aquel corazoncito.
-
-Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el
-conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba,
-al par que sumisión y solicitud complaciente, formalidad y corrección
-excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia,
-pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me
-parecieron síntomas de frialdad absoluta.
-
-Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de simpatía
-hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el mismo desvío
-que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso ella
-misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su
-delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta:
-«¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»
-
-Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio.
-Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el
-tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando
-a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de
-aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora
-diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de
-agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó.
-«Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en
-cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme
-de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su
-boca las razones que tiene para aceptar al tío.»
-
-Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando
-ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla
-_tiíta_. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió
-a tratarme, chanceándose también, de _sobrino_. Así que oí de sus
-labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso
-para llamarla _tití Carmen_. Estos dos nombres, el primero tierno e
-infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y belleza
-me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la
-señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.
-
-Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en
-ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del
-ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado
-se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en
-Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo
-que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román
-dispuso que saliésemos a pescar _panchos_ en las aguas tranquilas de
-la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación
-muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de _miñocas_ o
-lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más
-dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una
-lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi _liña_ no se
-sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba
-de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar
-de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y
-siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba
-con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor,
-pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a
-la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió
-sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar
-sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical
-travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada
-de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente,
-me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que
-de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba
-ni podía expresar más que esto: «Muy bien, futuro sobrino, pero yo
-por desgracia ya estoy ligada al antipático de tu tío y resulta que no
-podemos entendernos. Déjate de niñadas, o tendré que decirte _tarde
-piache_.»
-
-Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, por el
-camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el campo parece
-más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades. Tití
-iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para
-hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por
-sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un
-mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.
-
-Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran
-lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por
-las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay!
-¡Al pasar la era me he llenado de _amores_!» Comprendí perfectamente
-el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas
-florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se
-adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y
-empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se
-agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos
-hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar
-mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.
-
-De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago alevoso.
-Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales avechuchos,
-giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde
-menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo,
-cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y
-grito viene, nos armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos,
-cubiertas de las sillas... y dimos caza al feo monstruo. Serafín fué
-el primero que le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos
-que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres
-y extendiéndole de punta a punta las alas membranosas, lo clavó contra
-la madera de una ventana. Después le introdujo en el hocico un cigarro
-hecho de un rollo o flecha de papel, encendiéndolo con un fósforo; y
-mientras el animal se estremecía agonizante y convulso, su verdugo le
-hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para desternillarse de
-risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia preguntar
-impaciente:
-
---¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?
-
-La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana,
-exclamó:
-
---¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...
-
-Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete
-entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio
-del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la
-víctima.
-
---¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo
-no... No seas judío!
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a
-su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias,
-de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en
-la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos
-domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir
-que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo
-andaba molestado de unos cólicos biliosos, y cabalmente se preparaba
-a salir para las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus
-asuntos e importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar
-sus planes ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para
-mi tío, cuya influencia en la provincia crecería al recibir pública
-muestra de amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba
-popularidad hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América
-del Sur. El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo
-que no les visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del
-Naranjal acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de
-conservación de la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D.
-Román el recelo de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de
-las bolitas tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos
-de yeso, de los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo
-de boj que dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con
-vidrieras, y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y
-convite.
-
-A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban regalitos de
-amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de
-dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por
-barreras inaccesibles.
-
-En cambio advertía ya claramente la frialdad glacial de la tití hacia
-su futuro. Lo que es en esto sí que no podía equivocarme, como se
-equivocaría otra persona menos interesada en la observación. Dos o tres
-veces percibí movimientos de desvío, gestos de impaciencia nerviosa, en
-momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca del que quiere,
-se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba mayor
-complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era
-respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta
-efusión, imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su
-luz y la voz con sus inflexiones, la mostraba tití al hablar con el
-Padre Moreno: en vista de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El
-frailecito no me engaña a mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan
-resuelto, ese carácter tan explícito y esos retratos barbudos... ¡Ay,
-ay! El tal Aben-Jusuf...»
-
-Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre el Padre moro y mi
-tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya rápidas, ya
-largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia trataban
-de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez, en la
-huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán de
-noche?» me atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa,
-comprendí que era imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor
-habitación, exceptuando la destinada a los novios; este dormitorio
-del Padre comunicaba con el del señor de Aldao, de manera que no
-podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo sintiese. Al lado de
-mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar escapatoria
-nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi
-bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda
-de que _se entendían_ el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a
-caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en
-distintas ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables,
-que después de haber tomado el café intentaban escurrirse al jardín;
-noté que por la mañana, a la hora del chocolate, procuraban secretear
-en algún rincón de la galería. Siempre interrumpían su coloquio,
-o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de Candidiña, o
-majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román.
-Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre
-disimulaba mejor.
-
-Reflexionando en lo que haría yo en el caso de ellos, vine a comprender
-que sólo les quedaba una hora hábil para verse de ocultis: la
-madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En efecto, cuando
-el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los habitantes
-de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a
-mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes
-madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con
-el aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún
-no clareaba la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal
-despabilado me lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso
-de frescura, regado por el rocío nocturno, lleno del estremecimiento
-misterioso del follaje al despertarlo la aurora, y embalsamado por los
-ligeros olores venidos del jardín de daturas, resedas y heliotropos. El
-ruidito de la fuente era más que nunca melodioso, dulce y alternativo,
-como si cayese del cielo en un tazón de cristal. Todos estos encantos
-me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi acecho. A la
-segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y madrugaba
-por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis hábiles
-emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan
-deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al
-respirar con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió
-cuán bonito sería subir al _Teixo_ y presenciar desde allí la salida
-del sol en el mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón
-de baile, ascendí hasta el cenador, y de allí a Vistabella.
-
-Me detuve sorprendido ante el panorama que se desarrollaba a mis pies.
-Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se asienta San
-Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías, algunos
-molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches
-de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer
-aún. Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta hoguera, sobre
-la parte del horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba
-la mancha negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a
-la primer mirada incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren.
-La niebla la velaba todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo
-empezaron a encender el mar prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa
-estremeció la superficie de las olas, que se tiñeron de opulentos
-colores, como si la mano de algún mago esparciese en ellas oro, zafiro
-y derretido carmín. Al mismo tiempo el paisaje se animaba, espejeaban
-ya las aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y Portomouro
-surgían blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el plateado
-tono de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las
-matas de grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus
-penachos amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido
-coral. De repente, como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo,
-la vela latina de una lancha sardinera brotó del infinito azul de la
-ría, al pie de San Andrés, y tras ella fueron saliendo otras muchas,
-apiñadas como bando de palomas. Me quedé embelesado.
-
-No sé qué aviso interior hizo variar la dirección de mis miradas,
-convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a tal hora.
-El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates
-de rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el
-pilón, parecían, desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico,
-trazado sobre el fondo de un tapiz. Los cristales de la silenciosa casa
-rebrillaban. De improviso...
-
-Un suceso muy previsto por la imaginación y que racionalmente nos
-parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no pueda
-importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron las
-manos cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y casi
-a un tiempo al Padre Moreno y a la tití. Indudablemente competían
-en exactitud; habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de
-Carmiña ni el cronómetro cebolla del Padre, regalado por la señora del
-Cónsul inglés, discrepaban un minuto.
-
-La señorita y el fraile, al verse, se acercaron aprisa, como personas
-que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y tienen algo muy
-importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga del Padre.
-Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios y animados;
-y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al Tejo.
-
-Yo sabía que no podían verme. Por instinto de prudencia me había
-agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el significado de
-aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos charlar
-tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué
-todo uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación
-criminal o inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné
-que lo primero que harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar
-el árbol, aunque a tales horas no podían suponer razonablemente que
-estuviese habitado. En consecuencia, miré alrededor buscando un
-escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido, sólido, cerrado y
-adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se clareaba.
-No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome
-al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen
-a aquella altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la
-barandilla y perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la
-más fuerte y resistente. Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres
-pequeñas, gimió la espesura, y algunos pajarillos salieron azorados y
-revoloteando para huir de mi supuesta agresión. Por fortuna el fraile y
-la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del espaller, y ni
-era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque mirasen.
-De otro modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable al de un
-estanque cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún
-susurraban y se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de
-tití y las reverendas pisadas del Padre Moreno.
-
-Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían colocado tan bien en
-lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un poco de abajo
-arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad, me
-permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el
-sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del
-asiento de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien
-habló primero, celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo
-de refugiarse donde era imposible que nadie sorprendiese su diálogo
-confidencial.
-
---Verdad --afirmó la señorita satisfecha--. También a mí me parecía
-que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad completa. En
-la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y ya
-imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al
-Tejo no se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son?
-
-
-
-
-XIV
-
-
---Particularmente tu futuro sobrino --respondió el Padre--. No sé qué
-tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos espía. A
-veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos
-atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos
-de estos tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden
-dar lugar a interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que
-parecerlo también.
-
---Es cierto; pero yo, si no desahogaba con usted, creo que me moría. En
-el confesionario no se pueden explicar bien ciertas cosas.
-
---Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien de este fregado...
-Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el padre
-Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo.
-Lo soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio.
-
---Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted: mi mala sombra es
-tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que consulte,
-porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que
-ya usted se lo sospecha.
-
-El padre se cogió la barbilla con la diestra, reflexionando.
-
---Según me dijiste te casas por evitar mayores males... Se me figura
-que he comprendido...
-
---No, padre, no es eso... Mire usted: los males que aquí sobrevengan,
-no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he podido; me he
-convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo que
-una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy
-convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda,
-y que los caprichos de los señores mayores son más difíciles de
-combatir que los de los niños. Mi...
-
-La tití vaciló un poco.
-
---Mi papá --dijo al fin con resolución-- está como en sus quince. Ciego
-por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y
-cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe
-Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...
-
---Tú querrías que se casase...
-
---Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a
-todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor
-de doña Andrea. Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré
-únicamente a que se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi
-madre; pero papá viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz,
-créame usted, de pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama
-una desazón; me ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo
-que no tiene... ¿cómo diré?
-
---Sentido moral.
-
---Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno.
-
---A eso llamo yo --dijo el padre-- ser idiota de la conciencia.
-
---Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una
-calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa
-chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía
-sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan
-honorífico.
-
---Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que nos
-entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y
-ahora... ya no.
-
---Cabal. Ahora no.
-
---Pues entonces... no importa mucho que se case o no se case con ella
-tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma casa, el
-escándalo continúa.
-
---No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan horrible, que
-no escandaliza a nadie--. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto
-maliciosa la tití.
-
---Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para escandalizarse no
-mira si las caras son bonitas o feas.
-
---Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto otra piedra de
-escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente nada... Ni
-tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que alguien
-repara en ciertas cosas...
-
---Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las vergüenzas, para ti no
-se han hecho --murmuró el fraile con acento tan halagüeño y cariñoso,
-que mi tía se ruborizó un poco, creo que de placer.
-
---No lo puedo remediar --balbució--. Es tan sagrado un padre, que usted
-no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos respetarle como
-corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el respeto
-a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera:
-hay momentos en que imagino volverme loca.
-
---¡Tururú! --exclamó festivamente el fraile--. ¡Loca nada menos! Te
-lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo que
-Candidiña...?
-
---Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete. Yo no sé a qué
-santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se
-domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy
-detalles; hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena
-que a la noche me eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por
-Dios y por la Virgen que o se casase de una vez con la chiquilla o la
-enviase fuera a servir.
-
---Y la chiquilla, ¿le da cuerda?
-
---Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en las cosas graves...
-se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En fin... yo no
-estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la he
-regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación: su
-madre no hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y créame
-usted: no sabe por dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de remate.
-Perdido por la chica. En eso me fundaba yo para rogarle que se casara;
-pero me sale con el mundo... y la gente... y su categoría... ¡Ah,
-Padre, yo no puedo resistir más! No puedo.
-
---¡Válgame Dios! --suspiró el fraile--. Qué ceguera... y permíteme la
-frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!
-
---Figúrese usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso
-porque es un desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás
-tú por otra...» Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré
-entonces que si mi padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en
-gracia! ¡Ojalá! ¡Mil veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando
-sus canas!
-
-Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos
-centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas
-de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la
-miraba consternado.
-
---¡Tienes razón que te sobra! --exclamó al fin--. ¡Cuánto mejor sería
-morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural:
-todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no
-paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que
-nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas
-se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero
-siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el
-movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso.
-
---Por desgracia --añadió la señorita, tratando de serenarse--, aquí hay
-de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por
-la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la
-gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni
-vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha
-costado... y además... no tendría...
-
-Aquí titubeó, decidiéndose al fin.
-
---No tendría necesidad de casarme yo.
-
-La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó suspenso,
-moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice para sí:
-«Malo, malísimo».
-
---De modo que tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo
-estamos en el confesonario. Tú no te casas gustosa.
-
---Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo
-resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me
-dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y
-ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el
-respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de
-mi presencia... ¡eso no!
-
---¿Y tu hermano? --preguntó vivamente el fraile.
-
---Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo... Necesita dinero...
-mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta me ha
-regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama
-necia porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi
-hermano; pero su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de
-meterme donde no tienen gana de mí.
-
-El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo fruncido y las manos
-ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su fisonomía revelaba
-la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de resolverse a
-tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese sumamente importante
-y decisivo.
-
---Pues chiquilla... --pronunció al fin--, mi consejo aquí no puede ser
-otro sino el que te daría cualquier persona de mediano criterio. El
-casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso más
-decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la
-misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna?
-
---Repugnarme...
-
-Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo contenía hasta la
-respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me incrustaban en
-las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a dormirse.
-
-Al fin se oyó nuevamente la voz alterada de la novia.
-
---Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento por él ni cariño, ni
-nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo entusiasmo...
-amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo quisiera, al
-casarme, considerar al marido que he de recibir delante de Dios, como
-a una persona digna de la estimación de todo el mundo... Padre, ¿usted
-cree que don Felipe es... así?
-
---Hija, con el corazón en la mano... No he oído contar de él
-ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos
-políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he
-de decir.
-
---Lo de las pocas simpatías --advirtió con rara sagacidad la novia--
-no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en eso el que
-menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha
-reparado usted la cara de Felipe?
-
---Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!
-
---Es _de judío_ --afirmó terminantemente la novia--. Le parecerá a
-usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es
-de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna...
-me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo
-acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría
-gran cosa, si no fuese...
-
-Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la
-conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí
-sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir
-con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de
-mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.
-
---Pues, mujer --decidió el Padre--, con esa antipatía o repulsa, porque
-en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos,
-consulta tus fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada.
-Considera que el marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de
-toda tu vida, el único hombre a quien te es lícito querer, el que va a
-ser contigo en una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él
-será el padre de tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor...
-¿entiendes?: te lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona,
-ahora que todavía estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un
-alboroto deshacer el casamiento; pero mientras no exista indisoluble
-lazo... ¡pch! son cosas que dan pábulo a las lenguas de los necios un
-par de días, y luego se las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte,
-sólo la muerte de uno de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo
-de lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un
-esposo para la mujer cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas
-luego que tu amigo Moreno no te avisó.
-
-Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse a mis
-sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro de una
-caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me fatigaba
-la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno espionaje.
-Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi curiosidad
-una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos de la madera
-seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían en su lengua
-obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero, mamarracho.»
-Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre, abofeteándome
-con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado a usted. Ya noté
-que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos éramos esclavos
-complacientes de la materia, y que esta señorita y yo... Habrá usted
-visto con rubor que existen personas decentes.»
-
-Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme por
-la rama abajo, cabalgar en otra, y, de rama en rama, descender hasta
-el salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia,
-no era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído
-que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar
-al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir
-la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único
-arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios
-y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este
-propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en
-posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender
-bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré
-oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos,
-habló la novia:
-
---Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que
-no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me
-impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!...
-Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él
-andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi
-marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré
-contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las
-circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas
-seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se
-hunda el mundo.
-
-Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo, hasta
-hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para aplaudir,
-tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por inevitable
-movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse un estallido
-formidable, que me sonó como el fragor de la más desencadenada
-tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía despacio,
-sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje, pero causándome
-contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los
-_gallos_ de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo:
-y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol,
-exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.
-
-Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi ropa
-y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé cuál fué
-más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una pelota de
-goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo pretendía
-era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi delito y
-mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió alas y
-hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la calle
-de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me
-verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del
-bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me
-subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar
-las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el
-muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos
-y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba
-bañándome.»
-
-Y me desnudé en un periquete.
-
-
-
-
-XV
-
-
-El día de la boda, dos después de este episodio, me desperté con
-la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja
-torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños
-del árnica que compré secretamente en la botica de San Andrés, había
-conseguido que no se marcasen las contusiones y erosiones que tenía en
-la cara y manos. De mi ropa se había rasgado tan sólo el forro de la
-americana; menos mal. Los dos únicos testigos de la escena sin duda se
-habían puesto de acuerdo para callar; pero me miraban de vez en cuando,
-y yo sentía desagradable impresión al encontrar la mirada de Carmiña,
-triste y severa, o los ojos del franciscano, en que me parecía notar
-mezcla humillante de enojo y desdén.
-
-Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado, «¿A que me he
-resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el pastel por
-fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual de
-bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta
-a Luis:
-
- «Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He sorprendido los
- secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido de
- que es un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba
- el fraile que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana.
- Es indudable que en una mujer así hay algo que impone veneración,
- algo de celestial. Hice mal en dudarlo y en imaginar siquiera que
- no fuese una santa. ¡Y si vieses qué desgraciada, qué abnegación
- la suya! Te referiré lo que sucede... y me dirás si cabe mayor
- heroismo, ni más dignidad. Estoy absorto desde que he penetrado los
- móviles de su conducta...»
-
-Se los explicaba largamente, encomiando la resolución admirable de
-tití, y añadía para concluir de descargar mi conciencia:
-
- «También el fraile me parece bueno... Me voy inclinando a que
- cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la
- virtud, ¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento:
- no sé si desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá
- muy refinado, o si ya no me importa como mujer. Lo seguro es que
- mi tío no merece el tesoro. ¡No encontraré yo mujer semejante, si
- llego a casarme andando el tiempo!»
-
-Esta epístola la escribí la víspera del día fatal. Al amanecer éste,
-me encontré, según iba diciendo, molido y con los huesos hechos harina,
-y unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado boca arriba, sin
-moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito monaguillo
-entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas.
-
---¿Qué tiene? --preguntaba--. Está como los gatos cuando se tumban al
-caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy unas friegas?
-
-Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño cerrado, exclamé:
-
---Como hables de caídas...
-
---Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... _¡Ne in furore tuo
-arguas me!_
-
---Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...
-
---Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole
-cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial
-y Botánico? Pues toca que se las pela.
-
-En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían
-danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando
-la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón.
-Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una
-especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho
-peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor
-que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de
-los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto,
-y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del
-Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y
-protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses
-felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba
-comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la
-ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, temeroso
-de que no hubiese todos los perfiles que requería la presencia de tan
-importante persona. Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas
-con el mismo Santo. Este al fin era la quinta esencia de la llaneza,
-y en dándole platos regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta
-repararía. En cambio el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón,
-acostumbrado a los festines de la corte...
-
-Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el pasillo
-voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de varias
-amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de
-Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por
-contemplarla mejor.
-
-Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el cerco
-cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco de
-red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar
-natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y
-rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos
-días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué
-hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao,
-a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos»,
-la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre:
-«Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque
-contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar
-estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi
-terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza
-murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto
-brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron
-a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado,
-algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo,
-en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla.
-
-Esta estaba fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís,
-iluminado el altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque
-se casaron y velaron a un tiempo. Escuché el claro _sí_ de la esposa
-y el opaco del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de
-San Pablo, aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la
-mujer a la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la
-bordada estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el
-cuello del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho,
-inclinó la frente sometiéndose al yugo.
-
-Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos
-por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin
-de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo
-terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron
-oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en
-tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y
-gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde
-ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era
-joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el
-piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre
-Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido
-hacerlo.
-
-Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a
-aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate
-y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo
-tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y
-Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una
-señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado los
-rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del molimiento
-y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por la mente
-un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan tocado los
-brazos de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la
-caída, la propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la
-empujaron, y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así
-como así ya es la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y
-dejó que con el derecho rodease su cintura.
-
-Al estrecharla comprendí por repentina intuición que estaba prendado de
-aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre. El tenerla así
-enlazada --en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de oro por
-el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una juguetona
-estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia-- me volvía loco.
-Notaba las delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña; sentíame
-bañado en su aliento, y la disparatada idea se convirtió en sentimiento
-tan vehemente, que necesité reprimirme para no estrechar a mi pareja,
-haciéndola daño. Mi arrebato era, no obstante, de lo más puro y elevado
-que se ha visto en esto de transportes amorosos. Sentía una ilusión
-celestial (si me es dado expresarme así), una ilusión divina, noble en
-su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era pensar que tenía
-allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la tierra, y que esta
-mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía virgen, intacta,
-como el cáliz de una azucena, como el propio azahar que llevaba
-prendido aún en el pecho, y que al empezar a marchitarse despedía aroma
-fuerte y embriagador.
-
-Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y vuelta, creo que la dije:
-«Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?».
-
---Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de usted con mucha
-política.
-
---¿Te enfadarás?
-
---No. ¿Por qué?
-
-Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda me acariciaban las
-rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del vals,
-latir fuertemente.
-
-Entonces, con impulso invencible, ascendió la verdad a mis labios.
-
---Tití--murmuré--, perdóname; yo me he portado mal contigo. ¿No sabes?
-Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque ahora conozco
-todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de mí.
-¿No lo ves?
-
---Calla, bobo --articuló ella, algo acortada de respiración por el
-movimiento del vals--. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres que te
-diga? Hiciste muy mal. ¡Muy mal!
-
---Ya lo sé --respondí compungido--. Por eso te pido que me perdones.
-Anda. ¿Me perdonarás?
-
---Bueno --murmuró ella como el que accede al antojo de un niño.
-
---¡Qué santa eres! --exclamé con delirio en voz baja y honda.
-
-Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan
-estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:
-
---Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?
-
---No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.
-
---¿El último?
-
---De seguro.
-
---Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar. Dámelo.
-
---¿Para qué lo quieres?
-
---Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.
-
---¡Toma, sobrino! --exclamó deteniéndose-- y no vuelvas a esconderte en
-los árboles.
-
-Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití,
-calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en
-ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber
-sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus
-pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y la
-animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por mi
-gusto, el tal baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la
-fuerza de mis sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto
-cielo, incapaz de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada
-cintura... pues de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y
-voz firme, pronunció:
-
---Basta.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor
-apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de
-herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes
-de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la
-boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío
-de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o
-tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos
-políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se
-colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras
-arqueológico-históricas.
-
-Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el puesto
-de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, bien hablado,
-cordial y bromista al modo que lo son los políticos de este período
-actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios con
-la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que
-empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a
-aquel auditorio, a aquellos _elementos_, como diría él. Tendió la vista
-en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la
-novia, le oí que murmuraba:
-
---Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?
-
---Verá usted... --respondió mi tío--. Le tenemos tan de esquina con
-nosotros...
-
---Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete
-le ponga entre los convidados --añadió señalando al director del
-_Teucrense_, que se inclinó lisonjeadísimo.
-
-Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:
-
---Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es preciso.
-Con que llegue a los brindis...
-
-Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo
-un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el
-_elemento_ refractario.
-
-Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz con
-el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en el
-público.
-
---Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión
-sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación
-conservadora no sería viable...
-
-Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no
-comprendían el sentido de la palabra _viable_; pero en fin, se daban
-cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo
-para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido
-_utópico_, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de
-aprobación a la redonda.
-
-Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta
-cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde...
-Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el
-aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de
-pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que
-Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso
-los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa,
-estimularon su empobrecida sangre y le sacaron de su infantil sosera,
-convirtiéndolo en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los
-codazos y pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de
-un Juvenal con sotana.
-
---Mire --me decía pasito--, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice
-de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el
-templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... _¡Fecerumque sibi
-deos aureos!_ No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y
-van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón...
-Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted
-no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más
-que invente _puentes imánticos_ o _carreteras eléctricas_... maldito
-el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo
-también, tonto?
-
-Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados y
-el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los disparates
-que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa
-al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha.
-Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado
-arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la
-Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados ojos.
-¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! A pesar
-del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal aguzaba
-las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus benditos seis
-mil reales...
-
---Salustio --suplicó angustiado--, haga callar a ese majadero... Está
-poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...
-
-La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al
-pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria
-y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando
-satisfacción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia;
-brindándole la función, «¡Gente rastrera! --pensaba yo--, si queréis
-inclinaros, inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa
-el sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada,
-que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la
-sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va
-descaminado.»
-
-No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de
-Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para
-contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías
-y de las cosas _viables_ o no _viables_. Causó general asombro el que
-me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me
-miró con una expresión que redobló mis bríos.
-
---¿Que no es _viable_ la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver?
-Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos...
-Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus
-ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas
-han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que
-aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene
-convicciones, ídem.
-
-Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:
-
---Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras razas,
-en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre
-árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh!
-imposible, imposible...
-
-Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos eran
-sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos,
-señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con la
-libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres
-de Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades
-políticas, es una transmisión hereditaria, digámoslo así; hereditaria.
-Y si no, vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...
-
-No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra a
-un clavo ardiendo.
-
---Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que
-Thiers...
-
-Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró con
-cierta ansiedad.
-
---Que Thiers era francés.
-
-El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:
-
---Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia después
-de la Commune.
-
-Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis palabras,
-ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación y sorpresa;
-el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, alegrado por
-una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:
-
---Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece...
-Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra
-es el país del _self_... del _self governement_, como demostró con
-mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra
-idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No
-resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las
-tendencias ingénitas de la raza...
-
---Todo eso es palabrería --argüí--. Generalidades que nada prueban.
-Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la
-república española, con la cual el que más y el que menos de los que
-hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta
-dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les
-hubiese abierto el presupuesto de par en par?
-
-Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que,
-batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:
-
---Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!
-
-Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia mí,
-y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.
-
---Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al aceptar
-los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en otras
-circunstancias...
-
-Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a quien
-traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje.
-Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían
-sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas
-con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no
-se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho
-un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando
-medio de captarse la voluntad del adversario político.
-
-Yo no sabré decir cómo era el _menú_ de aquella pesada comida. Me
-parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina
-figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir,
-prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a
-inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos
-pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas
-por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía
-desairar.
-
-Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro efecto
-sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había inducido a
-provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, quijotesco, deseoso
-de armarla con todos y contra todos. Y bajo aquella efervescencia
-singular, notaba el latido sordo de una pena muy recóndita, especie
-de nostalgia de algo que me parecía haber perdido. No acertaría a
-explicarlo: era de esos sentimientos sutiles y punzadores que a veces
-no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma, sino
-a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad. La
-novia --a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas-- tenía el
-semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del
-largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura
-del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No
-existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le
-inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber
-moral, el _imperativo categórico_ de su fe, se había acercado al
-ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en
-su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué
-esperará? ¿Qué temerá la blanca novia?
-
-Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la imaginación,
-surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras sofocadas, ojos
-que echaban chispas, voces algo descompasadas e injustificadas
-locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto diapasón y
-efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender las
-excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a otro
-de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina
-disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín
-reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él
-poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes,
-y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar
-enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a
-los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel
-la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de
-Pimentel y el novio y suegro muy compinches.
-
-Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la algarabía
-fué tal, que allí no se entendía nadie. Unos disputaban, otros reían,
-otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino
-y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de
-pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos
-de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo
-se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El
-señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a
-tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a
-pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora
-en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad
-de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo
-puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado.
-
-El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido y
-desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que
-se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana,
-cebolla, piñones, _quoniam_, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el
-Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez
-se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla,
-dió en perorar.
-
---Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen
-con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales;
-la primera se prueba _per se... per se..._
-
---¡Per _só_! --chillaron Castro Mera y el ayudante.
-
---El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida, adúltero
-o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres de la
-Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... ¡estoy
-incurso en excomunión mayor _latæ setentiæ_! ¿No sabéis lo que dijo
-un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, piñones?
-¡Gui, gui! Pues dijo: «_Cum ejus modi nec cíbum sumere_». ¿Eh? Me
-parece que bien claro lo cantó. «_Cum ejus modi nec Pajaritum su...
-sum..._»
-
-Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel
-escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a
-borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un
-apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus
-gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus
-ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una
-gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la
-violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos
-amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran
-ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le
-sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la _curda_! Tan borrego como
-parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su
-estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan
-belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos
-dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el
-instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera,
-algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de
-las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese
-con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas,
-de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la
-insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes
-buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené
-a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia
-como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos
-de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con
-formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme,
-a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo que una fiera,
-y hubo momentos en que creímos que podría más que todos nosotros
-juntos. Al fin logramos atarle las manos con una servilleta; le
-inundamos de colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies
-y por los hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos
-sobre su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a
-veces cortos espasmos.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa para
-despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que
-por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso
-que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de
-mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio,
-cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella
-gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda por fausto
-acontecimiento, me producía fastidio y aborrecimiento inexplicable:
-parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se
-esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas
-con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me
-ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí.
-Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la
-puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu,
-hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció:
-«¿Adónde va usted, caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre
-Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra
-la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme.
-
---Aquí me vine --dijo-- buscando sitio a propósito para hacer mis
-rezos de costumbre. Ya estaba concluyendo. Y usted... ¿se puede saber
-si también sale de la huerta para rezar?
-
---No --contesté en uno de esos ímpetus de franqueza súbita que suelen
-proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes entre pecho
-y espalda--. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla,
-tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría
-bestial y sin motivo.
-
---¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted razón. A
-mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo
-insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero
-a usted...
-
---Padre Moreno, crea usted que hay días en que, convicciones aparte, le
-entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el mundo.
-
-El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos poderosos, serenos y
-perspicaces.
-
---¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no extrañará usted si un
-pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted a la entrada
-del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde cabe en
-la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es
-egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie...
-y en cambio compadezco a mucha, a muchísima gente.
-
-El orgullo laico no se me encabritó al oir tales palabras. Después he
-reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del fraile,
-compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera de
-pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación absurda que
-para mí tenían los votos monásticos, era yo quien debía compadecer a
-Moreno, y como se compadece a las víctimas del absurdo y del sacrificio
-inútil. Únicamente se explica mi extraña aquiescencia a las palabras
-del Padre Moreno, suponiendo que existe en el fondo de nuestro espíritu
-una tendencia perpetua a la abnegación, a la renunciación, por
-decirlo así, tendencia que se deriva del subsuelo cristiano sobre el
-cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me ocurría en aquel
-momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir estudiando,
-acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir las
-impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que
-forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y
-peleas, o pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se
-viene a rezar al bosque?»
-
---Sí que compadezco a muchos --prosiguió el Padre cogiéndose de mi
-brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta un
-pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores
-silvestres--. A las gentes que juzguen... así, nada más que por
-la superficie, les parecerá que hoy, en medio del bullicio, puedo
-experimentar algo de envidia, considerando mi estado, tan diferente del
-de los casados ¿eh?... Pues le aseguro (y usted no creerá que le digo
-una cosa por otra, pues ya sabe que mi carácter es muy franco) que más
-bien parece como si me inspirasen los novios una especie de lástima, al
-pensar en... vamos, los trabajos que les esperan, por más felices que
-usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos llenas cuanto se
-entiende por dichas.
-
-Los sentimientos del fraile estaban en aquel momento tan conformes con
-los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y cediendo por segunda
-vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el vallado:
-
---A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro disparate; o mucho me
-engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña es un ángel,
-una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo mis
-motivos para conocerle.
-
-Mudó repentinamente de aspecto la cara del Padre. Sus ojos se tornaron
-severos: su entrecejo se frunció: recogióse su boca pasando de la
-amabilidad a la seriedad, a la austeridad casi. Ví en su fisonomía una
-expresión que tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara: eran
-el fraile y el confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés,
-comunicativo, humano.
-
---Habla usted con ligereza --declaró-- y perdone que le ate corto.
-Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento que me
-obligue a recordar _eso_... Quería olvidar que fué usted más imprudente
-y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación
-y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a
-todos. Ya sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo
-me presenta la ocasión no la desperdiciaré. Creo que obró usted así
-por aturdimiento natural en los pocos años; que a ser otra cosa...
-¡caramelo!
-
---¿A qué se refiere usted? --dije sintiendo despertarse mi amor propio
-y mirando al fraile con aire de desafío.
-
---¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy amigo de medias
-palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al batacazo
-que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía.
-
---Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a todo... Yo...
-
---Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas.
-
---Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con ánimo...
-
---Con ánimo de oir la conversación.
-
---No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me podrá usted vencer
-en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco; pero en
-pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en eso...!
-Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre honrado.
-
---Admito, y no es poco admitir --murmuró reposadamente el fraile--, que
-eso sea verdad; y lo admito, porque me ha sido usted simpático desde
-el primer momento, porque me ha parecido conocer y discernir bien su
-carácter, y no veo en usted malicia diabólica, ni corazón dañado, ni
-perversidad ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en el
-caso de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo
-impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de
-ese prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que
-no nos importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar.
-
---Es que la boda de mi tío...
-
---Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus intereses; pero si
-por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es mala... En
-eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador de
-la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular pretender,
-por medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un espíritu y
-en los repliegues de una conciencia.
-
---Padre --contesté con firmeza, porque me estimulaba el enojo de la
-reprimenda y la misma certeza de mi culpa--, usted dirá lo que quiera
-del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y
-que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad
-con que usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente
-entrometido, y cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la
-razón cuando auguro mal de una boda hecha en ciertas condiciones y
-circunstancias. Ya que no ignora usted que tengo motivos para estar
-enterado, pues reconozco el delito del espionaje, no me niegue que
-lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un desastre
-horrible...
-
-El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de ceño. En otras
-circunstancias acaso me contendría su desagrado evidente; pero en
-aquel instante, no había quien pudiese reducirme al silencio: le así
-del brazo y le dije con fuerza:
-
---Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados son muy fáciles de
-deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá usted.
-Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una
-desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao
-y la diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido,
-pero estás a tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo
-a rodar. No quieras completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En
-tu inocencia no puedes imaginarte lo que es ser esposa de mi tío. Un
-horror... mira que te lo aseguro. No llegue yo a verlo. Antes cieguen
-mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te aconseja lo mismo. Anda
-valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el Padre Moreno, y
-todos... ¡Ánimo!»
-
---Lo que juro --afirmó el fraile-- es que está usted loco o va camino
-de ello. Y si no... ¡Tate!...
-
-Dióse una palmada en la frente, y añadió:
-
---¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero?
-
---¿Me supone usted borracho? --grité irguiéndome en fiera actitud.
-
---Le doy a usted mi palabra --declaró con espontaneidad-- de que no
-creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso. Únicamente quiero
-decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa perturbación
-moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates
-ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a
-nuestro modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios.
-
---Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el matrimonio... ¿qué
-respondería?
-
---Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente en estos términos:
-«Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un horno.»
-
---Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno? --exclamé con
-vehemencia y dolor--. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y
-sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce
-a mi tío? ¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter,
-de la pequeñez y vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa
-mujer incomparable, a quien usted debe respetar como a la Virgen María,
-porque es tan bue...?
-
-No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de cólera, con todo el
-empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile me tapó la
-boca apoyando en ella su ancha mano.
-
---¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de mandarle a usted bien
-sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado anormal en que se
-encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la humareda en
-los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que fuese
-_jumera_ lo de usted; mas si se me va por los cerros de Úbeda, el mayor
-favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado.
-
-Retrocedí ofendido.
-
---¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no herir...
-
-Pasando sin transición del enfado a la cordialidad, él me dió una
-palmada en el hombro.
-
---No se formalice, ¡caramelo! Óigame con tranquilidad, si puede. Es
-la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo sublime, lo cual
-revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de buenos
-sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de
-sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, _ex
-abundantia cordis_. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad
-propia de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda
-con repulgos. Más le voy a conceder. Pudiera suceder que usted, en
-medio de su... alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta
-al sostener que este matrimonio ha sido, humanamente hablando, un
-desacierto. Pero usted prescinde del auxilio de la gracia y de la
-Providencia, que no falta nunca a los buenos, a los sencillos de
-corazón, a los que cumplen sus deberes y fían en la palabra de Cristo.
-La paz del alma es un bien real entre los muchos bienes falsos que
-ofrece el mundo. No compadezca usted a su tía, ni a mí, ni a nadie
-que ande derecho y sepa reirse de la materia... La bienaventuranza no
-existe por acá, y nosotros, los que aparentamos mortificarnos, somos
-realmente unos egoistones: sacamos más partido de la vida que nadie.
-
-Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como el hierro en la
-herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono de
-convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me
-produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que
-infunden las _jumeras_ «por lo fino y lo sublime», como decía el Padre.
-Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos
-de dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas
-ilusiones: y reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé:
-
---¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién tuviera sus creencias
-y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en el convento
-un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más triste...!
-¡Parece que se me acaba la vida!
-
-El fraile me miró con singular perspicacia. Sus ojos eran dos
-escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los tejidos.
-Su acento adquirió inflexiones duras al decirme:
-
---¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la vergüenza, ni el
-propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien mirado, siempre
-que no se les acabe a _los demás_..., haga usted lo que quiera.
-
-No torcí la cabeza, no entorné los párpados, no me sonrojé. Si las
-pupilas del fraile acusaban, las mías confesaban explícitamente:
-retaban casi: «Conformes: tú me adivinas, yo no me oculto. Ante mi ley
-moral, lo que siento no es ningún crimen. El crimen es haber bendecido
-ese matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me interné
-en las tierras.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor soledad,
-me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La luna, que se
-había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender al cielo su serena
-placidez, y las olas del mar, dormidas también y arrulladoras, venían
-a estrellarse a los pies del peñasco donde me senté aturdido de pena,
-dispuesto a entregarme a todos los sueños y quimeras de la imaginación,
-recalentada por el trasabor del champaña. El blando rumorcillo de la
-encalmada ría; el trémulo rebrillar de la luna sobre la superficie
-del agua, y la misteriosa efusión de la Naturaleza, me predisponían
-al monólogo siguiente: «Si hoy nos hubiésemos casado _ella_ y _yo_,
-despacharía a los importunos y me la traería aquí del brazo; la
-sentaría junto a mí, en esta misma peña, que parece hecha a propósito
-para escena tan inolvidable. Ciñendo su cintura, reclinando su frente
-sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir su pudor, iría preparándola
-suavemente a compartir el arrebato de la pasión; a transigir gustosa
-con el fatal desenvolvimiento del amor humano. Y los instantes más
-bonitos, los instantes deliciosos en que pensaríamos toda la vida...
-serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y profundo nos abrumaría! ¡Qué
-silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una ventura así será demasiado
-grande para que la resista el corazón. Pesa tanto, que no hay quien
-pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y --decía
-yo prosiguiendo en mi soliloquio-- el caso es que esa felicidad ya no
-la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres, que
-sólo tienen _una_ inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta la
-azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos años
-que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te será
-posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos donde a
-un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones no sentidas, a
-entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En substancia, y sin
-duda en más desordenada forma y con mayor viveza de imágenes, ved aquí
-lo que se me ocurría durante el paroxismo de la pena, mientras luchaba
-con el abatimiento que causa la semiembriaguez. Un pensamiento flotaba
-confusamente dominando a los restantes. «Si el dueño de Carmen no
-fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los diablos. Mi entusiasmo
-romántico por _ella_ es la eterna prevención contra _él_, que adquiere
-otra forma.»
-
-Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación real
-y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama de
-azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer mayores
-extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí derecho
-al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar o
-revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio.
-
-Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que llevaba
-en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era preciso
-ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando esa
-calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la
-luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre
-borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido,
-a mis pies, del suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como
-un jimio, riendo y enseñándome la fea dentadura.
-
---Mostrenco, ¿qué haces ahí? --le dije--. Buena la armaste hoy. Lástima
-de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te
-doy una mano de nalgadas.
-
-Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia; la
-cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo
-extraño y diabólico de su catadura.
-
---No me da la gana de dormir... --contestó rechinando los dientes--.
-Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia.
-
---¿Qué dices, escuerzo?
-
---Lo que es verdad. Mire por ahí.
-
-Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la vista
-al punto que señalaba el monago.
-
-El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo
-sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita
-lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y
-pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese
-iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total
-claridad, cuanto en ella ocurría.
-
-Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en
-efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía,
-la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer
-inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia
-cólera.
-
-Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella alcoba
-no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta.
-
-A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con
-colgantes de cristal, velas color de rosa. Detrás de la gran cama
-de bronce dorado, encima de la mesa de noche, otra vela, en menuda
-palmatoria de porcelana. Por el tocador, sobre la mesa, sobre el
-escritorio, en jardineras pendientes de la pared... flores, flores,
-flores, particularmente rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas
-para aquella noche nupcial!
-
-La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera
-iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las
-rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila.
-Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a
-horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en
-las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas;
-la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y
-encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba
-exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes
-latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje:
-la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre,
-y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el
-hombro.
-
---¡Eh, _monsiú_, compañero... que eso no es lo tratado! --gruñó--. ¡Yo
-también soy de Dios y tengo los ojos para ver!
-
---¡Si no callas, te trituro! --respondí con ferocidad.
-
---¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!
-
---¡No se ve nada, cernícalo! --respondí--. ¡Nada, nada, nada!
-
---¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No toca
-la orquesta?
-
---¡He dicho que te calles inmediatamente! --grité con ira.
-
-Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego
-comprendí que no era por prudencia ni por virtud.
-
-Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La cámara nupcial
-continuaba vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad
-los detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un
-acerico, alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme,
-ricamente bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté
-las falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté
-las lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón
-se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de
-despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso
-ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen...
-
-¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer...
-Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía
-hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si
-le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y
-yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía
-comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró
-un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería.
-Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente:
-«Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.»
-Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la
-doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches,
-alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con
-aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente
-mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se
-desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y
-en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó
-con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la
-corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El
-destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias
-de tocado íntimo que iba a presenciar... y que sólo con imaginarlas ya
-me encendían la sangre en furor doloroso. Por fortuna --me pondría otra
-vez de rodillas para dar gracias--, ví que la emancipación del pelo no
-era lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó
-en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran
-sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó
-la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de
-alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su
-rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a
-solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante
-expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la
-cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí
-que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las
-entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los
-ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente
-respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva
-y firme. Y en el mismo instante...
-
-¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara,
-furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder
-de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto,
-carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana
-se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las
-bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba
-de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás
-de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me
-incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija
-del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado.
-
-Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia
-ceñí con mis manos la garganta de Serafín, y cortándole el resuello,
-grité: «Te parto, te deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar.
-¿Lo oyes, escuerzo? ¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas
-rendijas! Te asesino, sin remordimiento ninguno».
-
---Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! --chilló el infeliz, casi
-hipando, cuando le permití resollar--. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me
-ha clavado los dedos en la nuez!
-
---Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si tuviésemos
-decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar. Serafín,
-Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!
-
---Ahora lloras... Estás loquito, vamos --exclamó el aprendiz de teólogo.
-
---Tú serás el loco y el energúmeno --contesté, haciendo un esfuerzo
-para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre
-los párpados--. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme
-arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú
-no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.
-
---No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! --gritó el intransigente,
-aterrado--. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar...
-
---¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay
-confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no
-te hago daño.
-
-Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo,
-el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para
-desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se
-rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién
-dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable
-noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la faz en
-el hueco de la almohada, cubriendo con las manos, oídos y ojos, como
-si unos y otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos
-y de las imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro,
-me lavé, me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin
-despedirme de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a
-Pontevedra y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha
-cometido un crimen.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor, conoció al punto
-que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te han dado
-algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías, de
-seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca
-del _tobo_, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a tu
-mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino
-atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio...
-Yo lo sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve
-que referirle punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal,
-ella fué quien se adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de
-menudencias que me asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía.
-Era condición de su inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía
-de la vida, y desconocer, en cambio, sus leyes eternas, hondas,
-visibles sólo para los espíritus superiores: las que han de regirla
-hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por falta de
-amor...
-
-Los primeros días de estancia en la aldea sentí gran alivio. Aquel
-frenesí del día de la boda se había calmado con la falta de _especies
-sensibles_ que lo reavivasen, y me parecía que el entusiasmo por
-la tití, el furor celoso y las meditaciones poéticas en la playa,
-fueron no más travesura de la imaginación, la cual gusta de fingir
-sentimientos profundos donde no hay sino antojos, efervescencias y
-espejismos.
-
-Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal, que vino desde
-Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y tales
-atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación
-hicieron su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar
-asentimiento a razones por el estilo de las que siguen:
-
-«Lo que te sucede a ti --me decía Luis en ocasión de estar los dos
-tumbados al pie de un castaño, donde habíamos _escotado_ la siesta--
-es un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de
-buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado,
-y somos siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos
-llamemos republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu
-tío Felipe es precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a
-tus convicciones y a tu modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales
-con que la señorita de Aldao realiza el ideal de la mujer cristiana.
-Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué encontramos de bonito en ese
-ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal para nosotros debiera
-ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una hembra que nos
-comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que no
-existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos
-antes de nacer.
-
-»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que atribuyes a la tití y
-que tanto admiras? A mí me parecen negativas, irracionales, brutales.
-No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un hombre repulsivo,
-entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no autorizar con
-su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más acciones que
-las propias? Esa señorita o está demente o es tonta de remate; y al
-fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se
-me iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se
-compromete: ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo
-que el frailecito... ¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile;
-y nosotros, que pretendemos innovar la sociedad, en algo hemos de
-diferenciarnos de él.
-
-»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad nueva se pondría a
-servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien en la casa
-paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su
-libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido.
-
-»Te entró la manía del cristianismo. Hay que dejarte. ¡Una perfecta
-cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana? ¿Eres acaso
-perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada
-marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo
-racionalista?
-
-»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a enamorarte de una
-mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está soltera; que
-te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida la _antorcha
-de la fe_... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu tío, que para
-él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño, cúrate
-de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le
-hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto.
-Si te gusta ¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado,
-para evitar dramas... Los dramas, en el teatro Español... y aun allí,
-la mayor parte salen hueros. En fin... sin drama... ya me entiendes.
-Pero como vuelvas a contarme novelas de cristianas y judíos... te doy
-bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más perdigón, ni por la
-diosa Venus que venga a hacerme garatusas.»
-
-No dejaron de persuadirme las observaciones del discretísimo
-orensano. Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de
-mis entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití,
-eran radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que
-ella reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra _deber_
-en nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me
-atraía más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae
-a veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado
-cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos
-sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen
-para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro?
-O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas
-y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de _Barba
-Azul_, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo
-a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil?
-¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me
-antojaba sublime?
-
-«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que
-conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo».
-En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de
-las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las
-inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal
-batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la _guerra entre las
-rectas y las curvas_. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios,
-los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras
-semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas
-y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las
-curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las
-rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se
-replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio.
-
-Ya se acercaban a su término las vacaciones cuando recibimos una visita
-inesperada. El intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel
-ni de rencor, sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en
-la Ullosa: yo no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba
-que tampoco. Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó
-mi madre a recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los
-pollos, tareas que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin
-testigos, lejos de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho
-abrazo, me hizo cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de
-orate. «¿No sabe?» preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo
-me desaté. Si me pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de
-mirar no estaba bien. Pero era guasa, era pavita. El _Pajaritum_ tenía
-la culpa. Los novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por
-allá muy _majaderos_, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado
-con una gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente
-fritos; y cola de litigante en escabeche... De postres, turrón; como
-que ya la casa de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh?
-¡Guí, guí! Al señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho
-tratamiento de _perliquitencia_... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de
-la irrisión, digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de
-que no cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: _Pluit
-super Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo_. Hombre,
-¿cómo no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta
-los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego
-el _Teucrense_ le llamó a la procesión _festival_. ¿Qué es festival?
-A modo de _saturnal_, sin duda». Después, bajando la voz, añadió:
-«También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina...
-Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constantinopla.
-¿Y quién promovió el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de
-Inglaterra, sino otro gorrino de obispo hereje que se llamaba _Crémor
-o Cremer_...? Déjeme de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar
-solitos el Papa y los clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y
-unos cuantos laicos de agallas... mande lo que guste la Encíclica _Cum
-multa_».
-
-Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y le
-pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí,
-guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme
-también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus
-baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.
-
-En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado
-de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le
-recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber
-bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado
-poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha
-deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro!
-Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y lo
-consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble haber
-sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se envilece
-espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a usted el
-hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal, alumno de
-Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica. Estoy sano».
-Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un paseíto que
-el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él se mostró
-sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán ustedes.
-
-«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no
-duran como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por
-culpa nuestra, que nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan
-aproximaciones. No aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario.
-Si hace usted otra cosa, no le tendré por hombre honrado».
-
-_Mutatis mutandis_, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los
-primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos
-hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien
-y a todas horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase
-cómicamente. «No más pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto...
-¡Qué señora! Alma de almirez, corazón de dátil, ¿quiere que yo
-reviente aquí? Usted mande en su polisón, señora, que yo mando en
-mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico; a los
-dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran
-vacío. Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso
-del superior para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal
-se volvía resignadamente a su tétrico retiro de Compostela, donde,
-a fuerza de humedad, sudaban los muros y verdeaban las junturas de
-las piedras. A pesar de la entereza con que el fraile afirmó que iba
-satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que aquel español
-medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir mucho
-en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris.
-
-Le ví marchar recordando con sorpresa que le había envidiado aquel
-sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he padecido
-este verano una especie de _psicalgia_. Ahora que estoy convaleciente
-lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida hacia
-Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en
-la lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía,
-entre ellas la _Crítica de la razón pura_, de Kant. Exento, a mi
-parecer, de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza,
-¡con qué puro deleite se empapaba mi inteligencia, docilitada por el
-estudio de las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué
-dulce firmeza sentía penetrar en las últimas casillas de mi cerebro
-aquellas verdades del criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica
-negación, nos infunden sereno convencimiento de la vanidad de nuestras
-tentativas para conocer el mundo exterior, y nos encierran en el
-benéfico egoismo del estudio de nuestras propias facultades!
-
-Cuando después de una lectura de Kant salía yo a recorrer el soto, la
-pradería, las modestas dependencias de la granja patrimonial, y la paz
-del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me encontraba venturoso,
-salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta. «Entiende y serás
-libre», repetía para mí con juvenil orgullo.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del Norte, divisé lo
-primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe, que me
-alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl.
-Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su
-casa: «Claudio Coello, número tantos...»
-
---¿No vamos a mi posada? --pregunté sorprendido.
-
---Verás... --respondió el hebreo con aquella dificultad de frase y
-contracción de rostro que acompañaban en él a la manifestación de la
-avaricia--. Es una tontería andar con cumplidos entre parientes... En
-mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban unos
-trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás,
-chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras.
-
-Comprendí el mezquino cálculo. Pagarme el pupilaje tenía que costarle
-más, por barato que fuese, que hospedarme en su casa. Pero yo _allí_...
-En el primer momento no sé qué efecto me produjo la idea. Lo cierto es
-que exclamé:
-
---Mi tía no verá con gusto ese arreglo.
-
---Te diré --respondió el marido--. Al principio se le figuró que para
-tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un poco... Pero
-la he convencido... Ya está conforme y te espera.
-
-Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable que se experimenta
-al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire frío. La
-vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie
-de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a
-la agitación y a la fantasmagoría, precisamente en el momento de
-reanudar los estudios, de necesitar toda mi voluntad y fuerza mental
-para consagrarla a mis arduas tareas, me desquiciaba. Y con todo, la
-juventud ama tanto el riesgo, la marejada y la tormenta, que sentí un
-estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el disco de cobre de
-la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual estaba
-Carmiña Aldao.
-
-¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda giró por el cuerpo
-precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua llama, y
-mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el saludo.
-La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar ni
-despego ni cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de casa,
-me instaló en mi cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me mostró
-varios muebles donde podía colocar libros, ropa, me dió consejos
-prácticos para aprovechar mejor las cuatro paredes... «Aquí pones tus
-camisolas... En esta percha cuelgas la capa... La mesa aquí, junto a la
-ventana, que podrás estudiar mejor... Mira, este es el lavabo... Ten
-aquí siempre las toallas... Te he buscado este quinqué de pantalla
-verde, que no te echará a perder la vista...»
-
-Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo la miraba con tal
-sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen querida.
-Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo
-rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era
-feliz. Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino
-de pena oculta. Su boca no se dilataba para la risa o el halago; se
-recogía como la de todo luchador que mortifica solitariamente la carne
-o el espíritu. Sus sienes estaban un tanto marchitas. Su talle era más
-plano: no había adquirido la redondez graciosa y majestuosa que se
-advierte en las desposadas a los pocos meses de vida conyugal, aunque
-no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi fantasía sobre la
-base de esta suposición!
-
-Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la convivencia con tití, y fué
-no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es siempre incentivo, pero
-la convivencia, quitando interés dramático y novedad a las ocasiones de
-encontrarse, tal vez disminuye el riesgo.
-
-Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero distan mucho de ser
-tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van allanándose
-a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a ocupar
-mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía, que
-viviendo bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de las
-horas de comer. Por la mañana salíamos los dos, yo a mis clases, ella
-a compras y a devociones muy largas. Al almuerzo yo observaba en
-Carmiña cierta animación, contento inexplicable. Venía de la iglesia:
-era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de zapatillas
-y sin corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las
-noticias de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el
-salón de conferencias y en los pasillos del Congreso, sobre el
-cariz de la política, las insinuaciones de los periódicos, la última
-conversación confidencial de la Regente con el Embajador de Austria,
-que persona bien enterada había repetido en el Casino de pe a pa.
-Sin duda yo provocaba la locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a
-su vez, me contaba la gaceta de Pontevedra, los inocentes chismes
-que la escribían sus amigas, y detalles relativos a las vecinas del
-principal y del entresuelo, a las cuales solía visitar de noche, según
-la costumbre mesocrática madrileña, que organiza en cada casa una
-tertulia de vecindad. Por la tarde mi tío salía, ya solo, ya con su
-mujer; yo necesitaba bien el tiempo para trabajar o pasear con Luis,
-y ¡adiós hasta la comida! Esta era más triste que el almuerzo: mi tía
-estaba nerviosa y excitada, o aplanada y distraída, sin que lograse
-disimularlo. De noche, ella subía a sus tertulias caseras o hacía labor
-junto a la chimenea, y mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a
-algún teatrillo por horas. Ningún peligro. El engranaje de mis tareas
-me salvaba de las sugestiones de la ociosidad. El diablo no sabía
-cuándo tentarme.
-
-Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para qué están en el
-mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para oir
-confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión
-plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran
-latigazos que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi
-espíritu.
-
---Chacho --díjome un día el formal amigote--, ya he adivinado lo que
-padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto de
-hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: _espuma de la mocedad
-comprimida_. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama...
-Belén.
-
---¿Belén? ¡Qué absurdo!
-
---Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de negros ojos, la que
-pegaba angelitos en cajas de cartón. ¿Tan olvidada la tenías?
-¡Descastado! Pues yo la he seguido la pista... Chico, transformación
-de comedia de magia. Verás a la prójima en su apogeo. Coche no lo
-arrastramos aún... pero todo se andará.
-
---¿De veras? ¿Ha encontrado su _gran Paganini_? --pregunté con
-indiferencia.
-
---No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti mismo... Quedarás
-absorto.
-
-De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una buena casa, en la
-calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El portal era
-decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo
-a que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales
-relucientísimos.
-
-Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de negro, mestiza de
-doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis dijo que
-pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora».
-
---¿Eh? ¿Qué tal? --exclamó mi amigo--. ¿Qué te parece? «La señora» por
-arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón de
-oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta...
-cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un
-costurero incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de
-paraguas... Me parece que el bolsista no se queda corto.
-
---¡Qué metamorfosis!
-
---Ahí verás tú... Los tiempos _cambean_. Por otra parte, la
-metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar cromos en
-cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de tu
-tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por
-céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto a
-sacarla de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo primero
-que pidió la infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los dedos
-fuera... Estas de Madrid tienen su vanidad en el pie... ¡Ahora hay
-cada zapatito...! (Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte
-serio.
-
-Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne. ¡Diantre! Era
-verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica modestia
-de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las
-orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la
-holganza, relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los
-zapatitos famosos, estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par
-de monerías. Me pareció más gruesa, de movimientos más tranquilos y
-lánguidos, de tez aún más pálida y fresca que antes, comparable sólo al
-satinado de la hoja de magnolia.
-
---¿Venimos a mala hora? --preguntó Portal.
-
-Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló de alegría...
-
---¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala persona? Una sola
-vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo... Veraneando
-¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y sofoquines.
-¿Cuándo llegaste? --añadió apeándome el tratamiento.
-
---Hace dos días --atajó Portal--, y siempre suspirando por echar la
-vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a saludar
-a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga
-maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la
-veo... Lo dicho, me da un ataque de... algo...»
-
---¡Ande usted, gallego trapacero! --contestó la hermosa, que, clavando
-en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en una mirada
-fogosa y humilde a la vez--. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas...
-Ná; después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y
-yo... claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba
-tu tío... ¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida estará
-la mujer... En fin, ahora me encuentro como la propia rosa... Estos
-son otros López. ¡Ea! --añadió sin dar tiempo a que nos sentásemos--
-a ver mi casita; es la gran casa... Gabinete con chimenea y todo...
-Hoy no han encendido, porque todavía no hace frío, ¿sabes tú? pero voy
-a mandar que enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por aquí... el comedor,
-chiquito, pero no se dan banquetes,... una cocina hermosa... cuarto
-para baules... Entra ahí... alcoba de columnas y todo...
-
---Hija --advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus casillas--, no
-me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro hipócrita.
-Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido los
-muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo
-que es el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a
-mi padre. Andan por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas
-en su carruaje. ¿De qué te sirven los trajes ricos ni los aretitos de
-piedras, si no puedes ir al Retiro a quitar moños?
-
---Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me marea --respondió
-la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo remediar--. ¿Qué
-te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo pediré.
-Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no
-como aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío
-verdadero suyo. Puede que la abuela...
-
-Después trazó una semblanza de su bolsista.
-
---Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta que cierra
-el... el bolsín --repitió, afirmándose en lo dicho--. Y hay días que
-ni aporta. Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en
-grande...
-
---¿Y si se le antoja presentarse de repente?
-
---¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene llave. Si te digo
-que mejor pasta de hombre... Como yo grite «coche», va a contestar «un
-_mail_ de seis caballos». Pues si viene... mañana le digo que había
-salido con la Fausta, a ver a mi madre y a Cinta... Lo cree a puño
-cerrado.
-
---¿Y esas? --preguntó Portal.
-
---¿Quién? _¿Las otras?_ Pues... hijo, insufribles. Si las doy el Perú,
-me piden el Potosí. No hago más que sacudírmelas, porque me chupan
-la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no sabes? A Cinta le ha
-entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que ella, antes de
-sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse la vida...
-Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que tiene que
-aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que me alquile
-un piano y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a dar
-lecciones. Hay que estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico, a ver?
-Pues nada, hoy os quedáis aquí; hoy hacéis penitencia en esta casa...
-Verás qué vajilla tan mona y qué cubiertos de plata... Es decir, de
-plata Meneses: porque no era cosa de exponerse a un robo. Me pondré el
-vestido bueno de faya francesa, que me regaló ahora poco, día de su
-santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas. Estrenaré el
-reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene que
-hacer: ¡lo que es tú no te vas...!
-
-Algunos días después del convite de Belén, paseando con Luis por
-Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso:
-
---Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca por ti: mujer más
-encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos consejos para
-que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a fin
-de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de
-Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó
-y regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado!
-Ni un misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado, trucha.
-¡Cuidado que entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué,
-aún no estás contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te
-parto un alón...
-
---Párteme lo que gustes --contesté francamente, condensando en un
-suspiro mis desilusiones--. Chachiño, en el mundo hay algo más que las
-satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia
-no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de
-Belén... nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo
-de allí más espiritualista que un diablo.
-
---No puedo oirte desatinar así --gritaba Portal furioso--. ¿Qué
-espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé perdigón.
-¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más
-que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa
-es que te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera
-de hipocresía y de estupidez en que vives, te va secando el magín
-poco a poco. ¿Por qué no te vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te
-sacaríamos inmediatamente del cuerpo los demonios. Trinito, este año
-más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos canta no solamente las
-óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón Romero? Nos
-tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es que
-piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a
-las narices, porque nos rompió el tímpano con _La muerte de Iseo_. Anda
-memo, arrímate a nosotros.
-
---Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no puedo resistir a esa
-muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así todo... Vamos,
-que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo desarmas.
-El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco, lo cual sería
-una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la desvergüenza podrán
-entretener un rato, pero hastían.
-
---Bobalicón, ¿dónde están semejantes desvergüenzas ni semejantes
-vicios? ¡Pues si Belén, moralmente, vale un tesoro! Belén te quiere de
-verdad; Belén daría por ti la plata Meneses y los zapatos de raso...
-Belén posee un corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale
-con las mujeres virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de
-yeso, que ni siente ni padece.
-
---¿Qué sabes tú --murmuré dejando, como a pesar mío, que se desbordase
-la esperanza--, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si existiera?
-
-Portal se quedó repentinamente preocupado y serio. Su entrecejo se
-frunció, y con voz algo alterada me dijo:
-
---No permita Dios que exista. He pensado sobre el caso, y te juro que
-lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo oyes? ¡Loco
-de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití te
-quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse
-y de quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces?
-Sepámoslo. ¡Venga ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La
-pones un piso? ¿Profanas el hogar paterno de tu tío con toda frescura?
-¡Contesta, guillado!
-
-Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me miraban con cólera,
-igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo manejando
-una navaja.
-
---Yo no sé qué responderte... --dije meditando--. Lo que comprendo es
-que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me quisiese esa
-mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al Polo
-Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La
-respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera.
-
---Que me quiera, que me quiera --tatareó Portal remedándome la voz y
-el gesto--. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y no puedo
-aguantar que la digas. Excuso advertirte que no hablo así por el aquel
-de la moralidad ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad... que
-cada uno se la arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una
-institución caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de
-la patria. No es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu
-conveniencia propia. Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año,
-¿por qué? Por un fantasma. A nuestra edad todos soñamos con la mujer, y
-es bien natural que soñemos; pero debiéramos soñar con la mujer cortada
-para nosotros, y no precisamente con la que nos haría infelices si nos
-uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy pura, muy santa! Bondad
-pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se acabó, se
-acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la
-dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el
-tiempo posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al
-otro. Divorcio de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes
-ilusiones bobas. ¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura
-y lleno de preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en
-ella consideras virtud, en el neocatólico te parece mojigatería.
-
---Luis --exclamé-- ¿te atreves a negar el heroismo de una mujer que por
-no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud y se casa
-con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y me
-subleva que no estimes acción tan noble y tan rara.
-
---¡Pues por eso, pues por eso! --vociferó Portal ya fuera de sí--.
-Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de
-virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y
-no prefiere salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos
-como la alcarreña que nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué
-se distingue tu soñado ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a
-un protector antipático, porque le conviene... porque así gasta y
-triunfa... Y tu señora tía...
-
---Cállate, cállate --grité levantándome furioso a mi vez--. Si
-dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te
-abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña
-después de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato...
-
---Tú eres quien buscas camorra, retal...
-
---Recual, a mí no me...
-
---Bueno, pues anda a freir espárragos...
-
---Y tú a escardar cebollinos...
-
-Etcétera. No añado más, porque el discreto lector supondrá fácilmente
-lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días no le miré
-a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba algo:
-la razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía
-quijotesca. No me hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos
-y sus lecciones. A la hora de ir a buscarle a su posada, me entraba
-desazón e inquietud y hasta nostalgia indecible. Echaba de menos el
-hábito inveterado, la dulce costumbre de la comunicación, del chispazo
-intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en que llegué a
-figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el sueño
-amoroso. «Maldito si sabía yo --pensé-- que necesitaba tanto a este
-hombre. Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y
-vino, vino, probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo
-trato el buen sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar
-a esa cualidad grata y modesta que quita énfasis a nuestros actos y
-nos enseña a no amargar la vida con necios tesones y quisquillosidades
-dramáticas. La reconciliación se verificó con la mayor naturalidad: un
-día, al salir de clase, Luis me empujó el codo, y preguntóme risueño:
-«¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las paces?» Me abracé a él,
-lo confieso, con toda el alma, tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi
-vida!» Y él se reía, diciéndome: «Quita, memo... parece que vuelves de
-América después de veinte años de emigración».
-
-Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella tarde charlamos más
-que nunca. «Ya no te llevaré la contraria --advirtió mi amigo con
-resignación burlona--. Enamórate como un dromedario africano o como
-Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte.
-Para ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como
-nosotros y que nos entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se te
-ha puesto en el periquito que nos convienen las damas del siglo XIII
-o las santas góticas pintadas sobre fondo de oro... Adelante. Caerás
-del burro, Aparte de que la tití... chacho, ni esto. La lucha con lo
-imposible acabará por cansarte. No te atufes. Dime cómo andan tus
-amores; abre ese corazoncito.»
-
---Luis --murmuré con misterio--, yo no sé si me quiere o no me quiere
-a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede sufrir a su
-marido.
-
---En eso demuestra buen gusto.
-
---No me equivoco, no. La observo, Luisiño, la observo. Está la pobre
-descolorida; apenas come: por las mañanas, cuando va a la iglesia, y
-sobre todo los días que comulga, manifiesta cierta serenidad; pero
-por las noches... ¡Ay! Yo creo que tiene la fiebre cuotidiana de la
-aversión.
-
---¿Y el marido? ¿Se distrae por ahí?
-
---Me parece que no. Se retira a horas razonables, aunque salga a
-conferenciar con Sotopeña o al Círculo. A Belén no intenta verla:
-me consta. Mi tío es avaro, ya lo sabes, y por economía capaz es de
-contentarse con lo de casa... Luis, yo trago mucha saliva, pero me
-consuela saber que ella está triste y padece.
-
---Bonito consuelo. Y sabe Dios si te engañarás, y si esa mujer se
-entenderá perfectamente con su marido.
-
---Es que si yo la viese hecha una tórtola con él... no sé qué me
-sucedería.
-
---Que se te quitaría el viento de la cabeza. ¡Los diablos carguen
-contigo!
-
-Pasábamos esta conversación a tiempo que, saliendo de la calle Mayor,
-penetrábamos en el famoso Viaducto o suicidadero. La tarde, de
-magnífica serenidad, convidaba a arrimarse al alto enverjado y admirar
-al través de sus huecos el punto de vista, acaso el más hermoso de
-Madrid. Sin entretenernos en revolver los libros viejos, de texto
-la mayor parte, mugrientos y maltratados casi todos, que vendía al
-aire libre y sobre el santo suelo un vejete con facha de maniático,
-aproximamos la cara a los hierros y nos embelesamos en mirar primero el
-grandioso panorama de la izquierda, el rojo palacio de Uceda con sus
-blancos escudos a que sirven de tenantes fieros leones; las mil cúpulas
-y rotondas de templos y casas que domina, esbelta como la palmera,
-la torre mudéjar de San Pedro. Luego nos volvimos hacia la derecha,
-encantados por la fresca verdura del jardinete que a gran distancia
-debajo de nosotros extendía un tapete de coníferas y arbustos en flor.
-Allá a lo lejos, el Manzanares trazaba sobre las verdes praderas
-una _ese_ de metal blanco, y el Guadarrama erguía su línea blanca y
-refulgente detrás de los severos y escuetos contornos de las sierras
-próximas. Pero lo que nos fascinaba, la nota sublime de aquel conjunto,
-era la calle de Segovia, a pavorosa profundidad, abajo, abajo... Luis
-me apretó la muñeca diciéndome:
-
---Hijo, este Viaducto explica todas las muertes que han ocurrido en él.
-
---Como que convida a arrojarse --respondí sin dejar de contemplar
-el abismo del empedrado y sintiendo ya en la planta de los pies el
-hormigueo del vértigo.
-
---Mira un suicida, chacho --exclamó súbitamente Portal, señalándome a
-un hombre de muy derrotadas trazas, apoyado en la barandilla también.
-Lo que es ese se tira de un momento a otro.
-
-Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se volvió... ¡cuánto
-tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros, su
-apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello!
-Experimenté alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio
-social, inofensivo e inútil.
-
---¿Ibas a matarte? --le pregunté sonriendo, pasadas las primeras
-efusiones y los primeros abrazos.
-
---¡Hombre! no... --respondió el huésped de Pepita--. Sólo por
-entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me
-tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces.
-Así se acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis?
-Pepa casi me ha plantado en la calle... Diariamente me insulta...
-Apenas fumo... Tengo un cuarto donde duermo, pero eso de comer es un
-lujo que desconozco. La vizcaína anda rabiosa porque don Julián hizo
-la del humo, y se niega a mantenerme. Me han embargado mi pensión. ¿Me
-pagáis un bisté?
-
-Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en instalarnos en un figón,
-delante de unas chuletitas esparrilladas muy apetitosas. El perdis nos
-dijo melancólicamente.
-
---Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta se me ocurre
-trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas
-absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo
-una peseta la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia
-del trabajo. Quédese para los negros. Y después, siempre le salen
-a uno buenos amigos que no niegan un duro a quien se le pide. No
-creáis que vivo del sable, hijos, no; sablazo es cuando ofrece uno
-pagar... y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me presta me
-regala. ¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos
-Carnavales? ¿Les conocéis? Uno de arquitectura, y otro de minas.
-Están de huéspedes en casa de Pepa Urrutia. Pues nada, que nos vino
-una huéspeda de buen trapío... una viuda cordobesa, ¡más salada...! y
-yo... la miraba un poco. Una noche supe que iba al baile del Real... ¡Y
-yo sin un real! Mauricio y Pepe me animan y me toman la entrada... van
-conmigo... Se nos acerca la mascarita... que la conocí perfectamente...
-«Tengo sed... ¿Me convidas? ¿Vamos al buffet?» Ví el cielo abierto...
-y el infierno, porque no tenía un cochino ochavo. Echo la mano atrás,
-y con ella hago señas a Mauricio y Pepe... Siento que me introducen
-en el hueco de la mano una moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un
-duro... aunque parecía algo chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo
-tan intrépido... Ella se pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo
-temblando que la cuenta pasase del duro... Nunca acababa de engullir
-la buena señora... Al fin se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo
-la moneda y le digo al mozo con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.»
-«¡Pero, caballero, si me da usted un perro grande!» ¡Hijos, la que
-allí se armó! Creí que me llevaban a la prevención derechito... ¡Y qué
-chacota! Pues así, así vive uno, y así está siempre: más arrancado hoy
-que ayer, y más mañana que hoy. Ya supondréis que mi portuguesiño se ha
-vuelto a Portugal; en cambio tengo a un diputado provincial conquense,
-que se le ha puesto en la cabeza ser autor dramático, y le acompaño
-entre bastidores, porque se le antoja que debo conocer íntimamente
-a los actores y actrices; y en efecto les conozco; ¿quién no conoce
-aquí a todo género humano? pero no sé qué papel compongo en Lara, en
-Eslava y en Apolo; el caso es que los acomodadores me toman por actor,
-los actores por autor tronado, y yo allí de coronilla con mi diputado
-provincial, empeñado en que le representen su apropósito, o juguete, o
-revista, o lo que sea...
-
---¿No lo sabes a punto fijo?
-
---No. Cien veces intentó leérmelo; pero por ahora voy parando el golpe.
-Veremos si lo consigo hasta el fin. Adiós, salvadores míos... Mis ideas
-de muerte ya se han disipado. Gracias.
-
- «Hoy el cielo y la tierra me sonríen;
- Hoy llega al fondo de mi alma el sol;
- Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas!
- Hoy creo en Dios.»
-
-Declamando así, Dumillas nos estrechó las manos con las suyas puercas y
-enlutadas, y se fué...
-
---Ahí tienes al romanticismo --murmuró desdeñosamente Luis alzando los
-hombros--. ¡Qué falta tan grande les hace a este y a los que son como
-él un curso de _sentido-comunología_!
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Que dijese lo que gustase Portal: yo estudiaba la fisonomía y las
-acciones de Carmiña, y con la doble vista de la pasión comprobaba un
-desvío cada vez más acentuado y profundo... Dramaturgos que prodigáis
-venenos y puñales en vuestras espeluznantes creaciones; poetas que
-cantáis tragedias horribles; novelistas que realizáis tantos asesinatos
-como capítulos, decidme si hay conflicto más tremendo que aquel cuyas
-peripecias se desarrollan en el fondo del alma de una mujer unida,
-sujeta, enlazada día y noche al hombre cuya presencia basta para
-estremecer de horror todas sus fibras. Y dirán los que creen que la
-psicología es --como las positivas, exactas, físicas y naturales-- una
-ciencia de hechos: ¿pues por qué ha de repugnarle tanto a su mujer ese
-marido? No hay razón suficiente. En nada la ofendió. Reina y señora
-en su casa, su esposo no comete infidelidades, antes bien se muestra
-asiduo, aficionado al hogar y a la joven esposa que allí le aguarda.
-¡Ah! la antipatía era irrazonada, y por lo mismo más fuerte, más honda,
-más imposible de combatir. Se combate al adversario cuando tiene
-cuerpo, no cuando es impalpable sombra, proyectada en la caverna del
-espíritu. Maridos hay que maltratan a sus mujeres, que las traicionan,
-que las arruinan, y sin embargo son amados, o al menos no repugnan.
-¿Quién puede precisar de dónde sopla esa aura llamada _repulsión_?
-
-No es odio. El odio tiene por qué, se funda en motivos, se razona y se
-justifica: y si a veces me he dejado decir que yo odiaba a mi tío, me
-he expresado mal, inexactamente. No era odio lo que sentíamos hacia él
-su mujer y yo. El odio puede convertirse en amistad, hasta en amor;
-como nace de causas positivas, otras causas positivas lo anulan; pero
-la repugnación misteriosa, la sublevación de las profundidades de
-nuestro ser, esa no acaba, ni se extirpa, ni se transforma: contra la
-sinrazón no hay raciocinio, ni lógica contra el instinto, el cual obra
-en nosotros como la naturaleza, intuitivamente, en virtud de leyes
-cuya esencia es y será para nosotros, por los siglos de los siglos,
-indescifrable arcano.
-
-Convengamos en que tití Carmen no odiaba a mi tío Felipe. En su bondad
-no cabía el odio. Mi tío le había dado su nombre, su posición, tal cual
-era; mi tío no la maltrataba, ni siquiera notaba yo que escatimase
-mucho el dinero, aunque bien veía que la esposa, a ser dueña de su
-voluntad, aumentaría el renglón de limosnas... El matrimonio de mis
-tíos era, pues, como tantos que se ven hoy, en apariencia tranquilos
-y hasta dichosos, unidos por esa concordia burguesa que está de moda
-en nuestra sociedad, donde las costumbres, lo mismo que las calles, se
-tiran a cordel, cada día más rectas y simétricas. Pero así como dentro
-de las casas de esas calles tiradas a cordel se desarrollan trágicos
-episodios, y laten el amor, el vicio y el crimen, así bajo la capa de
-buena armonía y mutua consideración de aquella pareja yo adivinaba el
-mal maridaje, la predisposición tiránica y mezquina del marido y la
-repulsión inconsciente, fría, tremenda, de la mujer.
-
-A veces decíame a mí mismo: «Cuidado que tiene razón Luis y que soy
-tonto. Poco debiera dárseme de la repugnancia que advierto en Carmen.
-Lo que podría preocuparme, serían los sentimientos que la inspiro.
-Si me quisiese como yo la quiero, ¿importaría que, a semejanza de
-ciertas heroínas de dramas y novelas, sin dejar de amarme con locura,
-consagrase también a su marido un tiernísimo cariño y una veneración
-y respeto filiales, o fraternales, o conyugales, etc.? Correspóndame
-ella, y lo demás es humo. Bastante saco en limpio de que mire con malos
-ojos a su legítimo dueño, si a mí no me mira.»
-
-Pues yo no sacaría nada: pero el caso es que notaba los indicios de
-antipatía con intenso gozo. Al sospechar si la mujer querida pagará
-nuestro amor, acechamos con afán una ojeada, una sonrisa, un rubor
-fugitivo, el paso de una emoción que rasgando el velo en que se
-envuelve el alma femenina, descubre la recóndita hoguera; yo, menos
-dichoso, estudiaba la chispa mal amortiguada de los ojos, el temblor
-apenas perceptible de los labios, delatores del desvío que inspiraba mi
-rival.
-
-A las horas de comer espiaba tenazmente, haciéndome el distraído,
-jugando con el tenedor o siguiendo con mi tío conversaciones de
-política, discusiones casi siempre. Estoy convencido de que todo puede
-fingirse, todo puede sujetarse a la voluntad; todo, hasta la expresión
-de la cara; la voz, nunca. Tití llegaba a mandar en sus músculos, a
-apagar sus pupilas, a inmovilizar las ventanas de su nariz fina y
-palpitante; no conseguía que su voz, de notas graves, pastosas y bien
-timbradas cuando se dirigía a otras personas, no fuese mate y sorda
-al hablar a su marido. Y aparte de esto, había mil indicios. El más
-claro, su afán de prolongar la velada. Por su gusto, aquella mujer
-no se recogería. ¡Ah, qué deliciosa impresión para mí --las pocas
-veces que logré acompañarla de noche-- verla retrasar la hora con mil
-pretextos, enfrascarse en su labor, alegar que se había puesto tarea,
-que no se acostaría hasta que la terminase, que tenía aún que escribir
-dos letras a su padre o a sus amigas de Pontevedra! Estas observaciones
-no podía yo hacerlas sino la noche de algún sábado; las restantes de
-la semana tenía que acostarme temprano, por mis clases. Solía ponerme
-al lado de la chimenea, en el gabinete contiguo a la alcoba, cuyas
-columnas adornaba un pabellón de felpa y damasco verde musgo, dejando
-entrever el mueblaje de la odiosa cámara donde diariamente se celebraba
-el inicuo misterio de la absoluta intimidad de dos seres que ni se
-querían, ni tal vez se estimaban, ni tenían más punto de contacto que
-haberles echado a un tiempo la misma estola el fraile moro.
-
-Una mañana recibí carta de mi madre, escrita en el estilo precipitado
-e incoherente de costumbre, sin puntuación, no hay para qué decirlo,
-y consagrada toda a participarme cierta extraña noticia. «No sabes la
-carnavalada el viejo chocho de Aldao cayó con la mocosa de Candidiña lo
-envolvió lo mareó lo volvió tarumba le hizo rabiar hasta que consintió
-en casarse pero no en público sino de ocultis muy a cencerritos tapados
-el cura cuando le preguntan lo niega el viejo lo mismo pero yo lo sé
-por quien lo vió y lo presenció con sus ojos y en Pontevedra corren
-unas coplas muy indecentes sobre el fenómeno parece las escribió
-el director de _El Teucrense_ es cosa de risa lo que no logra una
-chiquilla descarada dice que le regaló mantilla y vestido de seda
-negra Dios nos conserve el juicio y nos libre de chochear no sé si la
-hija está enterada si no cállate que se sepa por fuera que ya se lo
-escribirán a Felipe sus paniaguados buena la hizo ya tiene madrastra me
-alegro por haberse burlado de nosotros».
-
-Excusado parece decir que apenas pude coger a la tití sola, me
-apresuré a leerle la rara nueva, no sin grandes preámbulos y trasteos.
-Lejos de asustarse o de afligirse, la hija del señor de Aldao reveló
-satisfacción.
-
---Dios me ha oído --dijo vivamente--. Dios me premia, Salustio. A la
-edad de mi padre más vale estar casado que... de otra manera. Por su
-dignidad, me alegro: puedes creer que me alegro, aunque preferiría que
-hubiese tenido distinta elección. ¿Ya lo hizo? ahora... que resulte
-bien.
-
---No quiero darte mal rato --respondí-- pero, Carmiña, a la edad de tu
-papá, un hombre se expone bastante, en el terreno de la dignidad misma,
-casándose con chicuelas de diez y seis años.
-
---Allá ella y su conciencia --repuso tití--. Probablemente, ahora
-que está casada, se mirará muy mucho. Antes podía excusársele alguna
-informalidad.
-
---Y era una veleta, tití... y seguirá siéndolo porque lo tiene de
-condición. ¡Cuidado con la rapaza! ¡Llevar a ese señor hasta tal
-extremo! Te aseguro que es pájara de cuenta tu señora madrastra. No veo
-claro el porvenir.
-
---Bueno, pues Dios sobre todo. Dejemos que haga su oficio la gracia del
-Sacramento.
-
---¿Crees tú en la gracia del Sacramento? --pregunté acordándome de Luis
-y sonriendo a pesar mío de un lenguaje que de tal modo contrastaba con
-mis ideas y convicciones, y que no obstante, en labios de mi tía me
-estaba pareciendo la esencia de la belleza moral.
-
---¡Qué pregunta! ¿Pues no he de creer? Lucida estaba si no creyese.
-Cuando Dios instituyó el Sacramento, se obligó a ayudar con su gracia a
-los que lo contraen. Sin semejante ayuda no habría matrimonio posible.
-
---La gracia consiste en quererse, Carmen --murmuré llegándome a ella un
-poco y clavando mis ojos en los suyos. No deseaba convencerla, bien lo
-sabe Dios, ni seducirla, sino al contrario, que ella desplegase todas
-las monerías de su ciencia teológica, y luciese ante mí, como amazona
-aguerrida, las armas bien templadas con que escudaba su virtud. Pero me
-salió la pascua en viernes, porque tití no estaba para controversias.
-Sólo contestó con afabilidad:
-
---Es natural que pienses así siendo muchacho y teniendo las ideas que
-tienes, por desgracia no muy religiosas. Los años te desengañarán y
-juzgarás mejor. Ya sentarás la cabeza.
-
---Bueno, Carmiña; si para sentarla bastara una palabrita tuya... ¿Dices
-que eso de quererse es un disparate? Pues lo creo. Pero al menos no
-me negarás que para ser felices, por muy santos que me los supongas,
-los cónyuges necesitan profesarse algún afecto; vamos, al menos no
-aborrecerse, no repugnarse. ¿Me engaño?
-
-Carmiña palideció y sus párpados aletearon ligeramente. Me miró severa
-y dolorida, como diciendo: «Esa es conversación vedada, y extraño que
-la toques».
-
-Me llevé de aquel breve diálogo, interrumpido por la llegada de mi tío,
-provisión mayor de esperanza. Don Felipe entró apresuradamente, mal
-engestado y azoradísimo. Apenas vió a su mujer, sacó del bolsillo una
-carta.
-
---¡Carmen!... ¿qué es esto? ¿Sabías algo tú? ¡Porque me escribe Castro
-Mera diciendo que en todo el pueblo está corrido que tu padre se ha
-casado secretamente con la sobrina de su ama de llaves!
-
-Tití afirmó la voz antes de contestar y lo hizo sin miedo.
-
---Debe de ser verdad, porque también a Salustio se lo escribe Benigna.
-
---¡Y me lo dices así... con esa flema! --gritó el marido.
-
-Hay momentos en que se corre la cortina, se sorprende el alma desnuda,
-y se contemplan sus formas misteriosas, por muy aprisa que las quiera
-cubrir. En aquel grito ví patente el alma de don Felipe, seca y dura,
-interesada y vil, semejante a otras muchas que andan por ahí metidas en
-cuerpos de aspecto menos judaico.
-
---¡Me hace gracia cómo lo tomas! --prosiguió desatinado--. ¿No te
-importa que se haya vuelto loco tu padre? Porque eso es locura senil, y
-tu hermano y yo nos uniremos para anular la boda e incapacitar al lelo.
-¡Casarse! Pues hombre, ¡tiene chiste! ¡Eso se llama reirse del mundo y
-dar la castaña a los incautos!
-
-Sus ojos despedían chispas; su nariz corva acentuaba la expresión
-de rapacidad y codicia de su rostro, dilatándose; su tez se había
-inyectado, igualándose casi en matiz con su barba; y su mano convulsa
-agarraba y soltaba, con estremecimiento maquinal, el cuchillo, el
-tenedor, la servilleta, de encima de la mesa preparada para el almuerzo.
-
---¡Qué quieres! --respondió con firmeza la esposa, ocupando su sitio
-como si fuésemos a almorzar pacíficamente--. Mi padre es dueño de sus
-acciones, por lo mismo que le autoriza la edad. No es cierto que esté
-chocho, y el respeto que le debemos nos prohibe intentar nada contra
-sus resoluciones. Paciencia. Peor sería que viviese dando escándalo.
-
---Eres una tonta --exclamó el marido, descomponiéndose por primera vez,
-dispuesto a echarlo todo a rodar--. A la edad de tu padre, hija mía,
-ya no hay escándalo, ni Cristo que lo fundó: lo que hay es disparates
-y locuras y ridiculeces, y la mayor de todas, esa de casarse con una
-muchacha de pocos años, ¡una criada!, para encontrarse, a la vuelta de
-un mes, con que la cabeza no le cabe en el sombrero. Las mujeres no
-entendéis de nada, ni sabéis lo que decís. Falta de experiencia y de
-mundo, que ni lo conocéis, ni tenéis motivo para conocerlo. Por eso la
-mayor parte de las veces obraríais muy bien en callaros, ¡pateta! Y tu
-papá --ya que lo quieres oir--, antes de casar a su hija, procedería
-mejor si dijese al futuro yerno: «Felipe, aunque se me caen los
-calzones, no hay que fiarse; estoy animoso, y no tardaré en contraer
-segundas nupcias. Y como a mi edad siempre se tienen hijos, vendrán dos
-o tres muchachos que dejarán a mi hija _aspergis_». Qué bonito, ¿eh?
-¡Qué bonito!
-
-Mi tía, callada. La lividez de sus mejillas, el anhelar de su pecho
-y el resplandor de sus ojos, indicaban la interior indignación y el
-hervor de la protesta... Pero en vez de abrir la válvula, se reprimió,
-cogió el vaso de agua que tenía cerca, y sentí el choque del cristal
-contra sus dientes al beber, indicando el temblor del pulso... Mi
-tío sin tomar en cuenta aquel valeroso silencio, exaltándose con sus
-propias palabras, continuó:
-
---Ahora mismo voy a ponerle una cartita caliente, diciéndole lo que
-viene al caso... Me ha de oir, te lo juro. Ha de salirle por cara la
-trastada esa, o no me llamo Felipe. Le crearé tales dificultades, que
-ha de acordarse del santo de mi nombre... ¿Se imaginará que voy a
-consentir que tú te trates con esa preciosidad de madrastra?
-
---En primer lugar --respondió lentamente mi tía, haciendo un
-esfuerzo--, creo que la boda, por ahora, es secreta; y en segundo, me
-trataba con ella cuando estaba allí... expuesta a cosas peores. ¿Por
-qué no he de tratarme, hoy que es la mujer de mi padre, si se porta
-bien?
-
---¡Portarse bien! ¡Eche usted portes! --exclamó irónicamente mi tío--.
-¡Portarse bien! Ya te lo dirán de misas los señoritos de Pontevedra y
-de San Andrés... En fin, a mí eso me tiene sin cuidado...
-
---Pues a mí, eso será lo único que me importe --contestó mi tía con
-vehemencia, no pudiendo reprimirse ya--. Que no tenga mi padre que
-avergonzarse de su elección, y lo demás sea como Dios quiera, que al
-fin y al cabo, así ha de ser.
-
-¡Oh dureza empedernida de los hebreos, con cuánta razón te fustigó
-Cristo! Aquellas palabras, dictadas por el ímpetu de la fe, hubiesen
-conmovido a una peña; pero mi tío era peor que las peñas mismas, y se
-levantó de la mesa, arrojando la servilleta, bufando entre dientes.
-
---Sobre que uno aguanta la mecha, le salen con estupideces y ñoñerías.
-¡Tiene alma, hombre! ¡Mire usted que casarse ahora aquel estafermo!
-¡Oir defenderle aquí, en mi cara!
-
-Salió del comedor. Yo fuí tras él, quería saber adónde se dirigía;
-llevaba mi objeto al dejar a Carmen sola. Oí a don Felipe cerrarse en
-su despacho, sin duda para escribir al suegro la carta «caliente».
-Entonces retrocedí, y entrando de repente en el comedor, me acerqué a
-Carmiña, y murmuré con ternura:
-
---No llores, tití... Anda, no llores... Tontiña, no hagas caso.
-
-No me había engañado en mi suposición. Volvió la cabeza, y ví los ojos
-arrasados, que secó instantáneamente la enérgica voluntad. En voz
-temblona, me contestó, desviándome un poco:
-
---Gracias, Salustio; ya pasó... No se puede remediar a veces. Tiene una
-tonterías así...
-
---Es que te habla de un modo que me indigna. Trabajo me costó no
-saltar. Y tú, ¿cómo resistes...?
-
---No, no, eso no; no digas eso siquiera. Es mi marido y no ha de andar
-escogiendo las palabras.
-
---Sí que debe escogerlas. A una mujer como tú, que es la santidad,
-la bondad en persona, se la habla en esta postura... así... ¿ves?
---suspiré hincando la rodilla en tierra.
-
---Si no te levantas, me enfado, y si vuelves a decir eso, también
---contestó poniéndose en pie resueltamente--. No te agradezco estos
-consuelos, Salustio: más bien parecen lisonjas, y lisonjas a mí...
-tiempo perdido. ¿Quieres que te diga la verdad? Pues la culpa de esta
-desazón es mía, mía sólo. No debí llevarle la contraria a Felipe,
-sino dejar que se apaciguase el primer enfado, y después hacerle
-reflexiones. Al pronto se comprende que le haya molestado el casamiento
-de papá. Pongámonos en lo justo. Ningún marido se irrita contra una
-mujer que no le contesta. Por la lengua vienen todas las disensiones
-matrimoniales. Nuestro papel es callar.
-
---No, bobiña, vuestro papel es hablar cuando tenéis razón; lo mismo
-que nosotros hablamos muchísimas veces sin tenerla. De modo que si tu
-marido suelta una barbaridad enorme... que no hay Dios, supongamos, ¿tú
-no debes chistar?
-
---Mientras esté irritado, no... porque, ¿qué conseguiré? echar leña al
-fuego, nunca persuadir. Pero así que se aplaque, con suavidad y con
-cariño, le puedo hacer mis objeciones, lo mejor que sepa... y entonces
-sí que me oirá y se convencerá.
-
-No supe qué replicar, pues aun cuando se me ocurrían mil reparos,
-el criterio de tití me subyugaba enteramente, pareciéndome el único
-digno de ella. Era un día nubladísimo; el comedor daba al patio, y las
-espesas cortinas, retasando la luz, contribuían a hacerlo más lóbrego.
-Los pliegues de aquellas cortinas, de color parduzco y tela tupida, se
-me antojaron, por repentino capricho de la imaginación, el plegado de
-un hábito de fraile, contribuyendo bastante a la semejanza el grueso
-cordón que las ceñía y sujetaba al alzapaño. Los arabescos de la
-cortina, a cierta altura, me figuré que dibujaban con suma propiedad la
-cara de un hombre. Era un fenómeno de autosugestión, que evocaba allí,
-oyendo nuestro diálogo y burlándose de mí con sandunga, la sombra del
-P. Moreno. «¡Maldito fraile! --dije mentalmente a la cortina--. Te has
-de llevar chasco. Porque nada violento y absolutamente contrario a la
-naturaleza humana es durable, y esta abnegación heróica y esta fuerza
-que hace mi tía a sus sentimientos no pueden llegar hasta un límite
-indefinido. Vendrá ocasión en que salte el resorte... y yo la atisbaré,
-te lo juro, fraile tontín, que no has probado la única felicidad
-verdadera de esta vida». Por casualidad mi tití fijaba la mirada en el
-cortinaje, con esa intensidad de las personas que miran sin ver y a
-quienes distrae una idea triste. Me figuré que veía lo mismo que yo en
-las arrugas, y que también para ella se destacaba allí, callada pero
-elocuente en su actitud, la figura del fraile...
-
-¡Qué ansia la mía de penetrar en los secretos camarines de aquel
-cerebro femenil, y leer la proclama revolucionaria que en ellos estaba
-escrita, de seguro, por invisible mano! La esposa no dejó salir nada al
-exterior. Levantándose, pasó a la cocina y se enteró de cómo andaba lo
-del almuerzo. «Porque tú ya tendrás hambre, Salustio», dijo, volviendo
-a entrar, serena y dueña de sí.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de divina alegría,
-de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al que
-supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las
-tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles
-insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades,
-tan inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las
-segundas, ni puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del
-sujeto que las percibía en mi propia representación, para mí mismo la
-verdad suprema.
-
-Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico, habiendo recibido
-cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin ton ni son
-ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas las cosas; y
-entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a butacas del Real
-para ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada
-de antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad
-de este derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el
-paraíso, entre niñas cursis y guapas y aficionados competentes en el
-_divino arte_. Pero él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a
-jalear el estreno de cierto frac, se hizo el sordo y nos arrastró a
-Portal y a mí hacia el coliseo: el zamorano, ni hecho pedazos consintió
-en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos frac; sólo que nos dejamos
-de chiquitas y nos encajamos la levita --el fondo del baúl-- esperando
-que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían para
-el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo
-traje de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino,
-y la estrecha solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la
-pechera blanquísima. El hombre, a fin de no perdonar detalle, se había
-gastado su pesetita en una olorosa gardenia, que lucía en el ojal con
-irreprochable corrección. Clac no se lo compró por falta de tiempo;
-pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el capote, a fin de no
-estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros ocupamos
-nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase
-ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la
-orquesta, sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose
-la mano, desnuda de guantes, por el cabello bien atusado, parecía
-un gomoso de los más cargantes. Aunque el sentido de la vista, en
-el cubano, andaba tan expedito como el del oído, se había alquilado
-los grandes gemelos, y los clavaba alternativamente en los palcos,
-entresuelos y plateas y en las filas de butacas, pasando revista a las
-beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal, muy encogido y
-acurracado, se divertía en decirle _sotto voce_ que doña Cristina le
-flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta Isabel hacía
-señas a la infanta Eulalia para que se fijase en aquel nuevo dandy tan
-desconocido como fascinador.
-
-Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a Trinito un acceso de
-epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la cual, por espacio
-de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y de Donizetti a
-Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo y español. Trinito,
-en su exaltación o con la implacabilidad de su retentiva música, no nos
-dejaba vivir.
-
---¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el hombre el _largo
-assai_ de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda, anda, pues si se ha calzado
-enterito el _allegretto_ de la introducción del _Don Juan_! Toma... eso
-es de la _Flauta encantada_: quince compases lo menos hay igualitos,
-calcados al pie de la letra... ¡Este _maestoso_ está en _El barco
-fantasma_ o en _Parsifal_!...
-
---O en las _Habas verdes_ --añadía Portal con sorna.
-
---No, pues no reirse, que hay algo de _Habas verdes_, o cosa parecida:
-porque esa especie de tango yo lo he oído en zarzuela... Ahora saltamos
-a la _sinfonía en ut menor_ del _sordo sublime_... Camaraditas, estoy
-indignado. Voy a protestar. De esto a salir a los caminos con trabuco...
-
-Al segundo acto la indignación de Trinito fué en un _crescendo_
-no menos estrepitoso que el del concertante final; al tercero
-nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias y
-plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los
-espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla
-de Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su
-indignación adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió
-oir el final de la obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a
-ese monedero falso. Yo silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar
-escándalo aquí. Vámonos, pues: prudencia. Estoy tan atufado, que no
-sé lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la calle». Admirados de aquel
-arrechucho, no menos sorprendente en el dulce y manso cubano que en
-un canario o un cordero, nos resignamos a salir antes que nadie, y
-echamos, por el salón de descanso, hacia la puerta.
-
-Sin transición, desde la atmósfera recaliente, vibrante, zumbadora de
-la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por estar desierto,
-pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una corriente
-de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta para
-reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un pinchazo.
-
---Taparse la boca, señores --advirtió el práctico Luis--. Vamos a
-pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio, no seas
-aturdido.
-
-Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay! sentía ya ese
-aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que
-traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro
-descuido, a manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la
-oportunidad de registrar el arca.
-
---Creo que ya la he pescado --murmuré con alguna inquietud.
-
---No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un ponche. Anda, verás
-qué calentito y qué bueno --dijeron mis compañeros, a tiempo que
-salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos
-el ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de
-nuevo una monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos
-tarareó su indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez
-se resolvía a escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba
-a triturar al compositor, o mejor dicho, al _rata_ cogido infraganti
-visitándole a Wagner la faltriquera.
-
-Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté con inexplicable
-fatiga y desaliento, con esa especie de marasmo que precede a los
-graves desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy mala cara
-y me rogó que me acostase, regañándome suavemente por las horas
-imposibles a que me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía
-tan rendido, que como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo
-me quería bien. Al retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono:
-
---¿Irás a verme?
-
---¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una taza de flor de
-malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un resfriado.
-Locuras que habrás hecho.
-
-Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente la calentura, y la
-fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé a divagar,
-a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí una
-especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las
-regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de
-mis facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la
-angustia de la disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje
-verde obscuro, que se recortaba sobre el azul divino del cielo y sobre
-el luminoso y pálido verdor de la ría; oí cánticos de labradoras,
-gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes de piano, y hubo
-instantes en que juraría que un negro murciélago entraba revoloteando
-por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi vista...
-Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía
-de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que
-de buena gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el
-trastorno de la fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar
-fórmulas y plantear problemas de ciencia matemática. Lo que sé es que
-por cima del delirio, de la calentura, de la horrible opresión, de la
-constricción de mis bronquios y pulmones, revoloteaba una sensación
-encantadora. Tití no salía de mi cuarto; tití me aplicaba los remedios,
-me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en todo; y cuando en un
-movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió echarle los
-brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer fuerte,
-inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de
-mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me
-miraban con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban
-como se halaga y acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases
-de miel, cuyo sonido era música del corazón... Y dejándome llevar
-de mi fantasía, pensé al adormecerme bajo la acción de un enérgico
-medicamento:
-
---Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me muero voy a ser
-muy dichoso!
-
-Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en palabras el
-sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría:
-
---Aunque me muera.
-
-
-FIN
-
-
-La segunda parte de esta obra se titula:
-
-LA PRUEBA
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA ***
-
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-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
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-have to check the laws of the country where you are located before using
-this ebook.
-
-
-
-Title: Una Cristiana
-
-Author: Emilia Pardo Bazán
-
-Release Date: August 19, 2019 [EBook #60137]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA ***
-
-
-
-
-Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images generously made available by The
-Internet Archive/Canadian Libraries)
-
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-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <h1 class="faux">UNA CRISTIANA</h1>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="aftit pt3">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <p class="ws1">OBRAS COMPLETAS</p>
- <p class="small mt1">DE</p>
- <p class="fs130 ws1 mt05">EMILIA PARDO BAZÁN,</p>
- <p class="xs ws1">CONDESA DE PARDO BAZÁN</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="fs200 g1 ws1 mt1">UNA CRISTIANA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
-
- <p class="fs150 ws1">EMILIA PARDO BAZÁN,</p>
- <p class="small ws1 mt05">CONDESA DE PARDO BAZÁN</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="ws1">OBRAS COMPLETAS.—TOMO XVIII</p>
- <hr class="tir" />
-
- <p class="fs300 ws1 mt1">UNA CRISTIANA</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Viñeta de adorno" />
- </div>
-
- <p class="large mt3">ADMINISTRACIÓN:</p>
- <p class="fs130 ws1 g1">LIBRERÍA DE PUEYO</p>
- <p class="fs90 ws1 g1">ARENAL, 6</p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p>
- <div class="legal">
- <p class="fs75 ws1">ES PROPIEDAD.</p>
- <p class="fs75 ws1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO</p>
- <p class="fs75 ws1">QUE MARCA LA LEY.</p>
- </div>
- <hr class="pieimp" />
- <p class="fs90"><span class="smcap">Imp. Gráfica Universal.—Princesa, 14. Madrid</span></p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <p class="fs200 ws1 centra">UNA CRISTIANA</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="cap">V</span><span
-class="smcap">erán</span> ustedes las asignaturas que el Estado me
-obligó a echarme al cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la
-Escuela de Caminos. Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que
-Geometría. A más, Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva
-y Cálculo diferencial. Luego (prendidito con alfileres, si he de ser
-franco) idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés,
-porque al señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me
-inspiraban profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los
-infinitos «dibujos»: el lineal, el topográfico y también el de paisaje,
-que supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira,
-pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su
-álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las <i>mises</i> cuando
-viajan.</p>
-
-<p>Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en diminutivo para que
-no nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas para hacer
-boca: Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante
-el año del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente
-(que es el primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban —aparte
-de pro<span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span>fundizar los
-Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la Geología y la
-Estereotomía— dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma, «de sólidos», y
-el «lavado».</p>
-
-<p>Yo no fuí de los alumnos más exageradamente <i>empollones</i>, pero
-como tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo),
-supe machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir
-a la paciencia y a la tenacidad en asignaturas donde no bastando
-el ejercicio del entendimiento hay que forzar el automatismo de la
-memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es fácil evitarlos al seguir una
-carrera en que deliberadamente se aprietan las clavijas a los alumnos,
-con el fin de sacar el número justo para cubrir las plazas vacantes.
-Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que costeaba mi
-carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa resignación,
-cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no eran
-muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo
-los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que
-pueden evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año
-estuve enfermo de anemia, complicada después con viruelas locas; y este
-incidente y otros que no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama
-de joven estudioso y persona medianamente culta, hube de encontrarme
-a los ventiún años cursando el segundo de la carrera; es decir,
-faltándome tres para terminarla.</p>
-
-<p>El año anterior, o sea el primero de la carrera propiamente
-dicha, me ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes
-de Septiembre. Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la
-influencia maléfica de cierta posada donde me alojé por tentación del
-diablo. El tiempo pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen
-risa a los labios y vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuan<span
-class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span>do los evoco. Algo referiré de
-esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería capaz de
-estudiar en semejante madriguera.</p>
-
-<p>Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas —verbigracia, la de los
-Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame Roque— muy semejantes
-a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el vecindario de
-un mediano poblachón; tenía sus tres patios con balconada, sobre la
-cual se abrían las puertas de los cuchitriles o tabucos, numeradas en
-los dinteles; y no faltaban sus inquilinas desvergonzadas y reñidoras,
-sus ciegos entonando coplejas al son de destemplado guitarrillo, sus
-gatos atacados de neurosis correteando de bohardilla a bohardilla y de
-baranda a baranda —ya a impulsos de amorosas emociones, ya en virtud de
-algún tremendo ladrillazo—, sus tiestos de clavellinas y albahaca, sus
-pañales puestos a secar en compañía de desflecados refajos y remendadas
-camisas; en fin, todo lo que abunda en este género de guaridas de la
-villa y corte, mil veces retratadas por los novelistas y los pintores
-de costumbres. El cuarto tercero de la derecha había sido alquilado a
-Josefa Urrutia, vizcaína, ex doncella de la Marquesa de Torres-Nobles,
-y ex doncella en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De los
-devaneos de la Josefa había resultado lo de costumbre: al principio
-muchas carantoñas, luego frutos de bendición sin la del cura, luego
-hastío del seductor, lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de
-venganza y planes de exterminio, escándalos callejeros con presentación
-de rorro en mantillas, reclamación ante el juez, y providencia de éste
-a favor de la ofendida, señalando una pensión de seis reales diarios a
-cada vastaguito. Sólo que ¡vaya por Dios! de pago andábamos muy mal.
-Por fas o por nefas, hoy que el papá se encuentra en Montevideo y la
-letra no ha llegado; mañana que el cambio sobre España está por las
-nubes y no se puede girar, ello es que la des<span class="pagenum"
-id="Page_8">[p. 8]</span>dichada Pepa no hubiera conseguido valerse
-y sacar adelante a los dos críos, si no tiene la feliz ocurrencia de
-arrendar el consabido piso tercero, arañar unos cuantos muebles en las
-prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de desecho, regalo de
-la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes, nido de estudiantes
-y de chinches.</p>
-
-<p>Al principio el negocio se presentó medianito: trampeando,
-trampeando. Por fin adquirió la Urrutia clientela, y cuando yo
-entré a morar en «la alcoba del comedor», estaba en su apogeo el
-establecimiento: ni una habitación desocupada, y todos huéspedes que
-pagaban honradamente (si podían) aparte de ciertas quiebras, cuyo
-origen descubriré en gran secreto. Habitaba la sala, lo mejorcito del
-cuarto, un cierto D. Julián, valenciano jaranero y alegre, derrochador
-sempiterno, amigo de francachelas y bromas y jugador empedernido.
-Decía que estaba en Madrid pretendiendo un destino, destino que no
-llegaba nunca; pero el pretendiente vivía como un príncipe y en vez de
-ayudar con los dineros de su pupilaje a sostener el negocio de Pepa,
-se susurraba entre nosotros que comía gratis y aun recibía de tiempo
-en tiempo tal cual doblilla destinada a derretirse en el peligroso
-faldellín de la sota de copas. Estas interioridades y flaquezas de Pepa
-Urrutia no hubieran trascendido (como ahora se dice) a no ser por el
-<i>monstruo de verdes ojos</i>, los empecatados celos. Teníalos rabiosos la
-vizcaína, de una vecinita guapa y fácil en tomar varas de los huéspedes
-fronterizos, según puedo atestiguar. Aguijada por la desesperación,
-Pepa gritaba sin reparo, y había lo de «pillo, estafador» por aquí, y
-lo de «si vergüenza tuviese usted, lo que me chupa y lo que me debe
-me pagaría volando» por allá. D. Julián, en casos tales, envainaba
-las manos en los bolsillos, apretaba los dientes, y callado como un
-muerto paseaba de arriba abajo por la sala. Aquel silencio encendía
-más el<span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span> furor de la
-mujer, que a veces se deshacía en crisis nerviosa de llanto; y después
-de abofetear al valenciano con los últimos denuestos, salía pegando
-un portazo que retumbaba en todo el edificio. Entonces solía asomarse
-al pasillo un hombre grueso, rubio, calvo, como de cincuenta y tantos
-años, de semblante afable y complaciente, quien con marcado acento
-portugués preguntaba a la colérica patrona:</p>
-
-<p>—Pepiña, ¿qui tiene?</p>
-
-<p>—Nada tengo yo... —respondía ella metiéndose de estampía en la
-cocina y mascullando en vascuence terribles imprecaciones. La oíamos
-lidiar a porrazos con sartenes y cacerolas, y a poco el chirrido
-consolador del aceite nos anunciaba que, a pesar de todo, se freían
-patatas y huevos y el almuerzo no andaba muy lejos ya.</p>
-
-<p>El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del patio»,
-llamada así por tomar luz del principal de la casa, era un médico
-portuense, venido a España con el fin de entablar un litigio contra
-la Administración, por no sé qué infundios referentes a un patronato.
-Admirador entusiasta, como los portugueses en general, de la música
-popular española, pasábase el santo día en una silleta cerca del
-balcón, vestido lo más ligeramente posible, en calzoncillos y elástica
-(he de advertir que esto ocurría en el mes de Junio), cubriendo su
-calva una gorrita escocesa con dos cintas flotantes atrás, y rascando
-una guitarra, a cuyo compás gatuno y desafinado entonaba la letra
-siguiente:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2">«Quiérimi sivillana — niña lousana — cándida flor</p>
-<p class="i0">qui al son di mi guitarra — pur ti palpita — mi corasaun...»</p>
-</div></div>
-
-<p>Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el ventanuco de una
-chica planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y comunicativa.
-Ella estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un suspiro
-el portugués, exclamaba en voz estentórea<span class="pagenum"
-id="Page_10">[p. 10]</span> «Moy bunita», y con dobles bríos
-martirizaba el guitarro, continuando la letra:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i2">«Ay qui plaser — is il amor — si s’halla un alma</p>
-<p class="i0">angilical. — Y qui dolor — si hay falsidad — no, no, no, no,</p>
-<p class="i0">no, no, no, no — ¡huye di mí — duda fataaaal!»</p>
-</div></div>
-
-<p>Terminada la canción, sacaba de la abertura de la elástica una
-petaca de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros. Aún
-no había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del
-portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también,
-a quien por largo tiempo consideré genuina personificación del artista.
-Llamábase de apellido Botello —nunca pensé en averiguar su nombre
-de pila—; era muy apuesto, de cumplida estatura; gastaba melena, no
-excesivamente larga, pero abundante y rizosa; tenía el tipo mulato, a
-lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y rojos, bigote diminuto, ojos
-brillantes y piel morena finísima, y nosotros le mareábamos diciéndole
-<i>Dumillas</i> a cada momento. ¿Por qué nos habíamos empeñado los huéspedes
-de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy no lo entiendo. Botello
-no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una sonata, ni
-emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama, ni siquiera un
-<i>juguete</i> en un acto, y sin embargo, teníamos metido entre ceja y ceja
-que Botello no podía ser sino artista y artista consumado. Sospecho
-que era una convicción nacida —más aún que de su original y simpática
-fisonomía, y su género de vida especial— de su modo de vestir derrotado
-y mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo entallado de paño azul,
-que él nombraba el <i>gabán del toisón</i>, porque tenía en cuello y solapas
-ancho collar de mugre, con su borrego de manchas delante. Esta prenda
-estaba tan adherida a su cuerpo, que con ella salía a la calle, con
-ella se lavaba y afeitaba y hasta la echaba sobre la cama para dormir.
-Los pantalones<span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span> lucían
-orla de flecos; las botas eran de tacón torcido, y la piel rota ya
-descubría el calcetín, embadurnado de tinta por Botello a fin de que no
-asomase su indiscreto blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de
-<i>Dumillas</i>, embutidas en atavío semejante, no habían conseguido perder
-todo su encanto, antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante
-torso, adquirían misteriosa nobleza.</p>
-
-<p>Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse al tipo artístico,
-y era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio del trabajo,
-su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un
-magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el
-padre de Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual
-le daba casa y comida y le entregaba sus cinco mil reales anuales de
-alimentos, exigiéndole únicamente que se retirase a las doce de la
-noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo por darle educación, y cuando
-hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba todas las veladas en
-la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las tantas y tenía
-llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y en
-vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente.
-Sin oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal,
-Botello rodó de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor
-y más desastrada, hasta que en un garito trabó conocimiento con el
-insigne D. Julián, tirano del corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por
-esta amistad se vino a nuestro albergue. Desde entonces Botello tuvo
-curador ejemplar en el valenciano. Encargábase D. Julián de cobrar
-la mesada del mozo, y acto continuo, a la timba a probar fortuna. Si
-venía una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno de Botello
-se le entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna propineja.
-Si la suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio
-de difuntos. Como necesitaba la guita, el pu<span class="pagenum"
-id="Page_12">[p. 12]</span>pilo solía armar con su curador unas
-zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?»
-Y entonces —aparición providencial— surgía la Pepa en defensa de su
-caro estafador, y chillaba amenazando a Botello.</p>
-
-<p>—Usted calla... Usted calla... Yo me espero...</p>
-
-<p>—¡Sí! —respondía el mísero—; pero el caso es que ni para tabaco me
-ha dejado un real.</p>
-
-<p>La Pepa echaba mano a la faltriquera, y sacando una peseta
-roñosa:</p>
-
-<p>—Usted tome... Una cajetilla compre...</p>
-
-<p>Cuando las pesetas de la Pepa escaseaban —y aunque no escaseasen—
-Botello recurría a colarse en la habitación del portugués, no bien
-le oía restallar el fósforo para encender el cigarro; y entre bromas
-y veras, la mitad de la cajetilla pasaba al bolso del bohemio.
-Acostumbrado el portugués al carácter y modos de Dumillas (de quien
-aseguraba con profunda fe que era <i>muito artista</i>), no se formalizaba
-jamás ni por sus guasas, ni por sus merodeos y depredaciones. Al
-contrario, diríase que las travesuras de Botello despertaban en el
-médico guitarrista afecto y benevolencia inexplicables. Y cuidado que a
-veces las jugarretas del bohemio pasaban de castaño obscuro. Citaré una
-para muestra.</p>
-
-<p>Obligado el portugués a hacer visitas y presentar recomendaciones
-para activar el despacho de su asunto, encargó un ciento de tarjetas
-muy satinadas y litografiadas, donde en preciosa letra cursiva
-se leía su nombre: «Miguel de los Santos Pinto». Acertó a verlas
-Botello, y nos las fué enseñando por todos los cuartos, asombrándose
-de que tuviese tan pocos apellidos un portugués. Él quería añadir
-cuando menos: «Teixeira de Vasconcellos Palmeirim Junior de Santarem
-do Morgado das Ameixeiras», para que estuviese en carácter. Se lo
-quitamos de la cabeza; pero fué todavía peor lo que se le ocurrió
-después. Escamoteándome la pluma topográfica y<span class="pagenum"
-id="Page_13">[p. 13]</span> la tinta china que yo usaba para mis planos
-y mis dibujos, escribió delicadamente debajo del «Miguel de los Santos
-Pinto» esta coletilla: «Corno de Boy». A fin de no molestarse en
-añadirlo a todas las tarjetas, hízolo sólo con veinticinco, escondiendo
-las restantes. Al otro día justamente salió de visiteo el lusitano,
-y repartió diez o doce de las tarjetas adicionadas por Botello. El
-domingo siguiente encontrose en la calle del Arenal a un conocido, que
-le detuvo y le preguntó sofocando la risa:</p>
-
-<p>—Pero don Miguel, ¿usted se llama efectivamente <i>Corno de Boy</i>? ¿Hay
-en su país de usted ese apellido?</p>
-
-<p>—¿Yo? —respondió amoscado el lusitano—. Yo mi llamo Santos Pinto
-nada más.</p>
-
-<p>—Pues mire usted esta tarjeta.</p>
-
-<p>—A ver... a ver... —murmuró el pobre hombre—. ¡Y dis eso! —exclamó
-atónito al leer la coletilla.</p>
-
-<p>—Será alguna equivocación del litógrafo —indicó maliciosamente el
-amigo. Pero don Miguel no se la tragó, y apenas llegado a casa enseñó
-la tarjeta a Botello, pidiéndole estrecha cuenta del desaguisado. Tan
-calurosas protestas de inocencia hizo el grandísimo truhán, que logró
-convertir hacia mí las sospechas.</p>
-
-<p>—¿No ve usted —decía— que la tinta y la pluma con que eso se
-escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las
-mosquitas muertas. El que parece más formal...</p>
-
-<p>De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en la vida me metía
-con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él miraba con
-prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria,
-pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más
-leve. Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para
-encasquetarle una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que
-se desternillase de risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto
-en la habitación ocurría. Otra vez le prendió rabitos de papel en los
-faldones, y así salió Pinto a la calle, sien<span class="pagenum"
-id="Page_14">[p. 14]</span>do la irrisión de los granujas. No obstante,
-la indulgencia del portugués hacia el bohemio no se desmintió jamás.
-Cuando a Botello le faltaba parné con que pagar la entrada en algún
-baile, a D. Miguel acudía en demanda de medio duro. Después agotaba
-la elocuencia para convencerle de que debía echar una cana al aire y
-acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués, que alegaba
-no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello llamándole
-<i>panoli</i>; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y se mostrase
-algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el medio duro.</p>
-
-<p>—Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo —exclamaba el
-muy lagarto—. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien me ve
-con malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado?</p>
-
-<p>—Yo con usted no mi puedo enfadar nunca —declaró el portugués
-metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia los
-que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad
-que nunca he visto en rostro humano—: Este rapaz... ¡muito artista!—
-Después se volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo.</p>
-
-<p>Vamos, convengan ustedes en ello: no hay posibilidad de consagrarse
-a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa donde a cada
-instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las risotadas
-alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las
-continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a
-matar el tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la
-irregularidad en las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda
-con que todos nos metíamos a vivir en las habitaciones de los demás;
-el trasnochar y el despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares
-para las tareas de la Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio
-de la broma y de la cháchara es inevitable en mi edad. Allí había
-otros estudian<span class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span>tes de
-la Universidad, de Montes, de Arquitectura; ninguno era un prodigio
-de aprovechamiento. Yo quizás les vencía a todos; pero como mis
-asignaturas ofrecían mayores dificultades, el caso es que aquel año me
-quedé colgado hasta Septiembre, y hube de pasarme las vacaciones en
-Madrid sin gozar las frescas brisas de mi tierra. Sería aquel un verano
-aburrido, interminable, a no rodearme gente tan levantisca y retozona,
-y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del inagotable buen
-humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había modo de
-entretener la tarde, <i>Dumillas</i> castañeteaba los dedos y nos decía,
-sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena
-negrísima que le sofocaba:</p>
-
-<p>—Vamos a hacerle una <i>sarracinada</i> a Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a
-coger chinches?</p>
-
-<p>—¿A coger chinches?</p>
-
-<p>—Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais de chinches
-gordas, bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera
-magnitud.</p>
-
-<p>Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan extraña caza.
-Por desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos en
-nuestros jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran
-esfuerzo una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo
-al inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las
-chinches de todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués,
-a oscuras, descalzos y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta
-de su cuarto. Así que don Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba
-suavemente el pestillo, y como la cabecera de la cama estaba contigua
-al marqueado de la puerta, no necesitaba el diablo del <i>artista</i> más
-que destapar el cucurucho y desparramar las chinches contenidas en el
-papelón sobre la cara y cabeza del durmiente. Terminada esta operación,
-cerraba Botello con mucha<span class="pagenum" id="Page_16">[p.
-16]</span> cautela, y nosotros, hechos una piña y pellizcándonos
-mutuamente de puro excitados, aguardábamos a que se iniciase la campal
-batalla.</p>
-
-<p>No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos rebullirse al
-portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles, luego
-claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición
-azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando
-si estaba enfermo, si le ocurría algo.</p>
-
-<p>—¡Credo! —respondía el buen hombre—. ¡Credo! ¡Persevejos por aquí,
-persevejos por allí! ¡Credo! ¡Irra!</p>
-
-<p>Al día siguiente le proponíamos variar de cuarto, y así lo hacía,
-esperando hallar remedio a sus males; sólo que, como repetíamos la
-caza, repetíase también el sainete. Con semejantes chanzas pesadas
-fuímos engañando la canícula; y lo que más me asombra es que al bendito
-portugués, blanco de todas ellas, no se le ocurriese ni remotamente
-cambiar de hospedaje, ni plantarle un día un bofetón de cuello vuelto a
-su verdugo.</p>
-
-<p>Cuando aprobé en Septiembre las asignaturas que me faltaban,
-necesité hacer un enérgico llamamiento a la potencia superior del
-alma, o sea a la voluntad, para resolverme a poner por obra lo que
-en mi opinión convenía al lusitano; mudar de alojamiento. El cebo de
-la pereza y de la vida alegre; lo entretenido del trato de Botello,
-a quien era imposible no profesar cierta lástima muy análoga a la
-ternura; los mismos defectos e inconvenientes de aquella posada iban
-apegándome a ella más de lo justo. Sin embargo, venció mi razón en
-la contienda. «La vida es un tesoro y no hemos de despilfarrarla en
-chiquilladas y en insulsas bromas», pensaba yo al arreglar mis bártulos
-para irme con la música a otra parte. «Si ese infeliz de Botello es
-un sonámbulo y se ha propuesto morir en el hospital, yo, en cambio,
-estoy<span class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> determinado
-a tener una carrera, tomarla por lo serio y ser libre y dueño de mis
-acciones. Aquí no hay más que ilusos y gente predestinada a la miseria
-anónima. Vámonos a donde se pueda trabajar.» No obstante, la despedida
-me oprimió unas miajas el corazón. La Pepa lloraba a lágrima viva por
-tan buen huésped, que pagaba religiosamente y nunca «daba que sentir
-ni así tanto.» Mis ojos no se humedecieron, pero, lo repito, sentí
-pena, como si me apartase de seres muy queridos, al abrazar a Botello
-y apretar la mano del bonachón portugués. Según iba andando detrás del
-mozo de cuerda que cargaba mi baúl, hice las siguientes reflexiones
-para explicarme mi emoción:</p>
-
-<p>«Esta irregularidad pintoresca, este predominio del sentimiento y
-del humorismo, y este desprecio de la realidad que noto en la casa y
-en los huéspedes de Pepa Urrutia, son atractivos, porque constituyen
-una forma del romanticismo innato en nuestra raza, romanticismo que
-yo padezco también. La tal casa parece un familisterio, basado no
-en la comunión socialista, sino en la falta de hiel y de sal en la
-mollera. Me he encontrado ahí con varias personas que, a fuerza de
-ser excelentes, no tienen ni tendrán nunca un adarme de juicio ni de
-sentido común. Por lo mismo, sospecho que las echaré muy en falta los
-primeros tiempos; que siempre las recordaré con nostalgia, y que, al
-ir corriendo años, se me figurará poético y precioso hasta lo de las
-chinches. Sin embargo, yo valgo más que lo que dejo, pues soy capaz
-de dejarlo.» Y me consolaba el orgullo de tenerme por más formal y
-positivo que los pupilos de la vizcaína.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span></p>
- <h2 class="nobreak">II</h2>
-</div>
-
-<p>Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér prefiere su
-elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la
-posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un
-cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen
-ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína
-la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien
-distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente
-guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas
-porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras,
-al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes
-saldaban sus cuentas o salían pitando.</p>
-
-<p>En la casa de doña Jesusa —por ser de edad madura le aplicábamos
-el doña— las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas; la
-criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de la
-cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía
-sopa de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de
-humilde bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y
-justo: de ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos
-a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía
-tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado
-de ladrillo; ni de la tortilla coriácea; ni de las manzanas y peras
-del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención
-que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de los
-sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano Luis Portal,
-que era, a<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span> lo serio,
-bastante guasón. Pasaré también por alto la eterna monotonía de la
-sopa de pasta, calificada por Luis de «alfabética» o «astronómica»,
-según representaba letras o estrellitas. Prescindiré de la penuria del
-cocido, con su tocino oculto detrás de un garbanzo y partido ya en
-raciones para que un huésped solo no se engullese las de los demás; y
-no delataré las gusaneras del pescado, ni las flacideces de la carne. A
-mi edad es raro que el sibaritismo y la gula den mucha guerra. Por otra
-parte, los días del santo de cada pupilo o de fiestas muy señaladas y
-de repique gordo, doña Jesusa nos obsequiaba con algún guisote en que
-había puesto los cinco sentidos, y entonces nos desquitábamos. Siempre
-observaba doña Jesusa los días clásicos, y los distinguía con algún
-refinamiento en la mesa, y estos extraordinarios ayudaban a conllevar
-la habitual estrechez, remedando las gratas alternativas del hogar
-doméstico.</p>
-
-<p>Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y
-habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana
-y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas;
-por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café
-tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los
-gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje.
-Si pudiésemos llegar a la media copita de <i>fine</i> o de <i>mono</i>... Pero
-ahí nos estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac
-era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo
-del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un
-dedalito, y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le
-vimos el fondo a la botella.</p>
-
-<p>Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía
-estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra
-patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto no
-alcanzaba a distraernos. Cada cual según la ex<span class="pagenum"
-id="Page_20">[p. 20]</span>tensión de sus facultades, empollábamos
-todos, procurando no tener que <i>excusarnos</i> cuando los profesores nos
-preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba un poquillo de miedo, por su
-gran afición a <i>salir de pesca</i>, o sea a alterar el orden establecido
-para preguntar la lección. Ya he dicho que yo no sobresalía entre mis
-compañeros por extremar la asiduidad, ni Luis Portal tampoco: ambos
-nos dábamos maña para poner en ejercicio el entendimiento, sacándole
-a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo el peso de la memoria,
-porque temíamos la depresión especial que causan estos estudios áridos
-y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis llamaba «la guilladura
-matemática». En cambio, dos chicos de los que vivían con nosotros
-estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos que al acabar la
-carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era el uno de
-ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda de esta
-facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte cubre las
-faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre que no se
-tratase de discurrir, ni de poner o quitar al texto, se presentaba con
-admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción, la interrupción
-más leve, cualquiera circunstancia de esas que obligan a apelar a la
-inteligencia, le mataban; aturrullábase todo y no había manera de que
-contestase derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le llamaba «el
-lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido, de verle
-siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba los libros,
-era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden un collar
-de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para manejar
-garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias exactas,
-mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante fantasía, toda
-luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas y fuegos fatuos.
-En boca suya, la frase más vulgar revestía<span class="pagenum"
-id="Page_21">[p. 21]</span> forma poética; rimaba sin sentirlo y al
-sonsonete; era capaz de estarse una hora hablando en verso bien medido
-y armonioso; pero el satírico Portal decía que los versos del cubano
-tenían exactamente tanto valor artístico como la música que componemos
-y tarareamos al extender distraídamente por los carrillos el jabón para
-afeitarnos, y que hacían el mismo sentido leídos de arriba abajo que de
-abajo arriba. «Vamos a llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía
-cada vez que el cubano nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de
-vidrio, lo cual solía ocurrir después que se atiborraba de café.</p>
-
-<p>El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso
-magín, huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas
-de una abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho:
-«No quiero morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los
-estudios y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo
-a la viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una
-energía silenciosa y feroz. Así como el cubano araba con la memoria,
-el zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas
-facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de
-sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con novias, ni
-nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación
-viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento,
-sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese
-animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero
-antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a
-veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo
-que ya el estómago no rige. Claro, ni ejercicio, ni distracción...
-Salustiño, bueno es salir avante, pero también hay que mirar por el
-número uno.»</p>
-
-<p>Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer
-estrecha amistad, aunque nuestras<span class="pagenum"
-id="Page_22">[p. 22]</span> ideas y aspiraciones eran muy diferentes.
-Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos
-daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se fija
-la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en nuestro
-criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba
-partidario del <i>self-help</i>; aborrecía tutelas e imposiciones; creía
-que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años
-de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad
-viril. «No parecemos gallegos —me decía a veces— por la actividad que
-desplegamos en todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y
-aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá.
-«Desengáñate —repetía con obstinación—, tenemos más de catalanes que de
-gallegos, chacho.» Si en el modo de entender la dirección de la vida
-nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin
-principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa
-siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando
-moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años
-entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro
-en puño; no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de
-muchas cositas buenas. No sé si por las vías de la profesión estoy en
-camino de catarlas; se me figura que, en cuanto a sacar partido, los
-políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos:
-verdad que lo uno no está declarado incompatible con lo otro, y que
-Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos libres, y
-me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo la
-gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de porvenir
-se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas buenas» el
-comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios tabacos,
-acaso sostener a<span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span>
-una bella pecadora, quizás casarse con una señorita linda y bien
-acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no aspiraba concretamente
-a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad, presintiendo que con ella
-vendría algo muy hermoso y merecedor de ser saboreado y gozado, pero
-no en el sentido descarnadamente material: algo que podía ser gloria,
-celebridad, pasión, aventura, millones, mando, hogar, hijos, viajes,
-luchas, hasta infortunio; pero que al fin sería vida, vida completa y
-digna del ser racional, que no ha de reducirse a vegetar ni a golosear
-los placeres, sino que debe recorrer toda la escala del pensamiento,
-del sentimiento y de la acción. No podía definir en qué consistían
-mis esperanzas; pero me parecería que las rebajaba si las redujese a
-algo positivo y sensual, como mi amigo Luis. No por esto me creía un
-visionario, un entusiasta ni un soñador. Comprendía, al contrario, que
-si mi frente se alzaba a veces hacia la región de las nubes, mis pies
-permanecían firmes en la tierra, y que todas mis acciones eran propias
-de hombre resuelto a abrirse camino sin dejarse embaucar por la sirena
-del entusiasmo.</p>
-
-<p>Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto,
-en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos
-republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista,
-casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de Pí,
-convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto con lo
-pasado; al contrario, debemos entrar resueltamente y de una vez por
-la senda de la transformación honda y progresiva. «Esas transacciones
-nos pierden, son funestas —objetábale yo—. Transacción, en este caso,
-equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir capitulación
-y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada del 12 al
-40, hubiesen andado con paños calientes y contemplaciones, bonitos
-estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo, y<span
-class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span> se producen perturbaciones
-en la economía, pero el lobanillo extirpado queda. No comprendo esa
-manía de contemporizar con el ayer, con la España absoluta y fanática.
-Tu <i>ilustre jefe</i> —a Castelar le llamábamos así— es un vividor, amigo
-de agradar a las duquesas, a las testas coronadas, y a eso llama él
-conservar la tradición. Palabrería. Por fortuna ni los franceses en
-93, ni nosotros más adelante, hemos seguido ese método. Déjeme de
-historias. Al paso que vamos, dentro de pocos años España volverá a
-poblarse de conventos. Es absurdo tolerar semejante artimaña, y hasta
-protegerla, como nuestro liberalísimo Gobierno hace. Los jesuítas
-tienen vuelta a tender la red; a cada rato aprietan un poquito más la
-malla. Cualquier día nos envuelven del todo. Claro que a los pájaros
-gordos, como ellos saquen su escote, les importa un pepino lo que venga
-detrás. En pos de mí el diluvio, que decía aquel peine de Luis XV.
-No cabe en cabeza medianamente organizada eso de que para debilitar
-y desarraigar una institución como la Monarquía se empiece por
-afianzarla, halagarla, implantarla suavemente en el corazón del pueblo.
-Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A mí que no me vengan con
-ese <i>choyo</i>.»</p>
-
-<p>Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente.</p>
-
-<p>«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan
-como tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús
-volvíamos a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha
-un hervidero de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que
-sucedería con vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido
-el cantón gallego, ni los rabos: todos habíamos de querer mandar y
-nadie obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos
-de una nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la
-Revolución de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo.<span
-class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span> Esto es la minoría de una
-República, no la de un Rey. Que nos caiga la República por su peso,
-como una perita madura...»</p>
-
-<p>«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir
-mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario
-que lo resucitemos, créeme...»</p>
-
-<p>«Déjame de ideales y de monsergas —replicaba Portal enojándose—. Por
-los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más ideal que
-la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».</p>
-
-<p>Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me andaba con
-chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la
-anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero
-a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca
-Monarquía, y asentir a la «federación ibérica».</p>
-
-<p>—No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese cochino <i>ideal</i>
-sólo veinticuatro horas —exclamaba Luis—. Lo que es en Galicia, como
-se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa:
-en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con
-propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú
-le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales
-hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un
-millón... Afortunadamente hablar de la independencia galáica es como si
-hablásemos de la mar con peces y arenas.</p>
-
-<p>—¿De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir,
-como los individuos, <i>cada cual para sí</i>?</p>
-
-<p>—Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en esta materia, es
-echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy capaz
-de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que
-su nieto la usurpa el trono. En política racio<span class="pagenum"
-id="Page_26">[p. 26]</span>nal no hay derechos ni mojigangas, hay lo
-que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo desacertado, hay un
-olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en qué consisten, pero
-que se manifiestan en los resultados. Con las ideas radicales se va
-a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a la política.
-Y déjate de independencias. Es una realidad indiscutible la patria
-española, aunque tú creas que no.</p>
-
-<p>Irritado por esta contradicción, solía exclamar:</p>
-
-<p>—Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los grandes pensadores
-se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás.</p>
-
-<p>—Diles a esos grandes pensadores, que vayan a pensar a un pesebre.
-Si suprimen poco a poco los resortes por que se ha movido siempre
-la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes
-que no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia,
-que maldito si se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para
-quererla y defenderla hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar
-el Cristo de la antigualla. Pues las antiguallas son inevitables,
-y precisas, y convenientes. De antiguallas vivimos. Y no es esta
-antigualla de la patria la única que llevamos en la masa de la sangre.
-Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte siglos.
-Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las
-antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras razas; todos los
-que nos ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!...</p>
-
-<p>A veces por estas metafísicas nos liábamos y pegábamos grandes
-voces, de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por lo
-regular nos infundían estas disputas mayor afán de comunicación y
-roce intelectual; insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el
-uno al otro, por el convencimiento de que, aun profesando opiniones
-distintas, éramos capaces de entendernos y de darnos mutuamente
-un<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> poquillo del alma.
-Habíamos llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio;
-paseábamos juntos, hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta
-novia cursi que se había echado; juntos nos sentábamos a la mesa del
-café de Levante; juntos íbamos, cuando danzaban en nuestro bolsillo
-algunos realejos, a nuestra distracción favorita, el paraíso del Teatro
-Real. Todos los estudiantes alojados en casa de doña Jesusa éramos
-filarmónicos, todos nos perecíamos por la <i>Africana</i> o los <i>Hugonotes</i>,
-especialmente el cubano, melómano furioso, que padecía accesos de
-epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para la notación
-que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver,
-haciéndole tararear la ópera enterita.</p>
-
-<p>—Trinidad —le decíamos, porque el cubano se llamaba así—, anda,
-cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika.</p>
-
-<p>—Trinidad, los puñales.</p>
-
-<p>—Trini, el <i>o paradiso</i>.</p>
-
-<p>—Trinidad, aquello del <i>coprefuoco</i>.</p>
-
-<p>—Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la entrada de los
-violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo.</p>
-
-<p>El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo con pasmosa
-exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último,
-cansado ya, nos decía en tono suplicante:</p>
-
-<p>—Déjenme acostar, que esto ya parece songa.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3">
- <h2 class="nobreak">III</h2>
-</div>
-
-<p>Una mañana, o mejor dicho una tarde, casi a fin de curso, salimos
-disparados de la Escuela, y como siempre pegamos la gran carrera desde
-la calle del Turco hasta la del Clavel, porque conviene advertir<span
-class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> que desde las ocho, hora
-en que nos desayunábamos con el chocolate de barro cocido, hasta la
-una y media, que terminaba la de dibujo, las clases se empalmaban,
-no permitiendo sostener el cuerpo sino con alguna ensaimada que a
-hurtadillas comprábamos al portero, o algún mendrugo que escamoteábamos
-en casa para llevarlo de provisión. Olfateando el almuerzo, subimos dos
-a dos las escaleras. Al entrar en el comedor me sorprendió encontrarme
-frente a frente con mi tío Felipe, el cual me dijo sin preámbulos:</p>
-
-<p>—Hoy te vienes conmigo a almorzar a Fornos. Se me figura que aquí
-anda medianamente lo de bucólica.</p>
-
-<p>—Iría con mucho gusto... Pero hay tanto que estudiar estos días...
-—contesté haciéndome de pencas.</p>
-
-<p>—¡Bah! Por un día de asueto no pierdes año. Anda, que tenemos que
-charlar... de muchas cosas —añadió con cierto misterio.</p>
-
-<p>La verdad es (y no me serviría disfrazarla, pues tiene que resaltar
-en el curso de esta narración), que yo no sentí jamás por mi tío Felipe
-no digamos simpatía o respeto; ni siquiera algo de afecto: ni aun
-gratitud por los beneficios que me dispensaba; ¡al contrario! Sé que
-declaro contra mí, y que la ingratitud es el vicio más feo; pero sé
-también que no soy ingrato por naturaleza; y a fin de justificarme o
-al menos de explicarme, dibujaré la silueta física y moral de mi tío
-Felipe, para lo cual necesito referir antecedentes, que algunos tienen
-visos de secreto de familia.</p>
-
-<p>Mi nombre de pila es Salustio; mis dos apellidos paternos, Meléndez
-Ramos; los maternos, Unceta Cardoso. El Unceta dice a las claras
-que el padre de mi madre fué vascón, guipuzcoano por más señas; y
-el Cardoso... En el Cardoso está el intríngulis. Parece que estos
-Cardosos de Marín —yo nací en Pontevedra, y la familia de mi madre,
-en el puertecito de Marín residía— eran rama desgajada del<span
-class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span> tronco portugués de Cardozo
-Pereira, israelita de origen. ¿Cómo llegó a mis oídos el rumor de que
-eran <i>judíos</i> los progenitores de mi abuelita materna? ¡Vaya usted a
-averiguar quién entera a los niños! Un día, teniendo yo nueve o diez
-años, no pude contenerme, y pregunté a mi madre: «Mamá ¿es cierto
-que somos de casta de judíos tú y yo?» Ella, echando lumbres por las
-pupilas, alzó la mano y me atizó un soplamocos, exclamando: «¡Negro de
-ti como vuelvas a decir eso! Te estampo contra la pared.» La impresión
-que me causó el correctivo fué que eso de la casta de judíos era
-mancha; y dos o tres años más adelante, como uno de mis condiscípulos
-en el Instituto de Pontevedra me lo echase en cara gritando: «Cardoso,
-Cardoso, judío tramposo,» enarbolé la pizarra que llevaba debajo del
-brazo y se la rompí en la pelona.</p>
-
-<p>Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí lo que llaman
-<i>crisis religiosa</i>, o sea ese período en que los muchachos examinan
-sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las arrojan,
-sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una
-muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales
-agonías de la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar
-una iglesia gótica. Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en
-el ateismo, al menos en la indiferencia, como terreno propio. No me
-«pervirtió» la lectura de ningún libro en especial, ni la conversación
-con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió los ojos»; imagino que
-ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos jóvenes les sería
-imposible especificar en qué circunstancias perdieron la inocencia del
-espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en que mi
-fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca
-muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista.</p>
-
-<p>Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el<span
-class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span> insulto de «judío
-tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera de envenenado
-hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi
-presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo
-olvidé. Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya
-espigado y talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal,
-ente estrafalario, pero sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito
-en menudencias estrambóticas, y al corriente de mil cosas raras de
-arqueología, epigrafía e historiografía gallegas. Este tal me prestaba
-libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por las inmediaciones
-de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios ruinosos.
-Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde
-se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión
-hebraica, y armándome de resolución, le dije:</p>
-
-<p>—Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay familias que
-descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso?</p>
-
-<p>—En efecto —contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó
-el afán con que yo preguntaba—. Son familias oriundas de Portugal.
-En Marín les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que
-aún siguen el rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los
-domingos, y que no comen un pedazo de tocino aunque los desuellen.</p>
-
-<p>—¿Y usted cree eso?</p>
-
-<p>—Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir
-ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa
-gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos
-papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño,
-natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas
-vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era
-además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo
-buscaré...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span>—No, no, no hace
-falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad tonta. No se moleste,
-D. Wenceslao.</p>
-
-<p>Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el
-diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que
-ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato
-inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo
-reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de
-los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa
-yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más
-adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de
-empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos,
-me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un
-criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en
-nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los
-judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción
-religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de
-la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran
-importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social,
-tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad
-Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se
-enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan
-lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando
-aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor
-elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o
-Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta
-Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que
-no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a
-no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones
-hereditarias. No cabía<span class="pagenum" id="Page_32">[p.
-32]</span> duda: la sangre de cristiano viejo que giraba por mis venas
-era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse con gotas
-de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más íntimo de
-nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del entendimiento,
-y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un fondo autónomo,
-instintivo, donde reina la tradición y triunfa el pasado.</p>
-
-<p>Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era
-hermano de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este
-relato, frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por
-«buen mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con
-abundantes cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe
-de vista, mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No
-se parecía ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo
-semítico, el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de
-escenas de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de
-la ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío
-Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes,
-sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada
-suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el
-craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío,
-pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan
-de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de
-<i>deicida</i> del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la
-niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira
-el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron
-desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico,
-ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser.</p>
-
-<p>«Estas son —calculaba yo— jugarretas del arte. De quinientos
-años acá se dedican los pintores a juntar<span class="pagenum"
-id="Page_33">[p. 33]</span> en media docena de fisonomías la expresión
-de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la hipocresía y el
-egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante el tipo judaico.
-Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y adherente, moho que se
-nos cría en el alma, es más fuerte que la cultura y que el progreso. En
-vez de pensar, sentimos; y más bien son los muertos quienes sienten por
-nosotros.»</p>
-
-<p>Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones
-tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío
-Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado
-en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas
-no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También
-redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno,
-sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una
-posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más
-bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias,
-un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin
-ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado
-a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo
-le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las
-gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros
-caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para
-herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud.</p>
-
-<p>Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio
-compuesto de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no
-llegaría a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés.
-Cómo esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada
-en acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz.
-Mi tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele
-ser<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> para los
-españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte. Politiqueó
-cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y guardando la
-ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a su sabor en el
-cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar en batallas
-electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez sola, en una
-de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones generales, y
-que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D. Vicente
-Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga, saliendo
-sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de cerrarse la
-legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar a gobernador,
-y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado o de Instrucción
-pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces interino, otras en
-propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en Pontevedra se habló
-bastante de la expropiación de ciertos ranchos de mi tío, pagados
-por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón. Don Felipe se
-contaba en el número de los políticos cucos de tercera fila, olvidados,
-y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su método consistía
-en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él, en son de elogio,
-que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía otra señal de
-hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto, porque hartos
-caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son más cortos.</p>
-
-<p>A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente.
-Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía.
-Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte
-de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él me
-demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el teatro;
-dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o comer en
-Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me<span class="pagenum"
-id="Page_35">[p. 35]</span> trataba como se trata a los muchachos,
-bromeando y riendo; me preguntaba por mis trapicheos y líos, por las
-travesuras de mis compañeros de hospedaje, por las vecinas de enfrente
-que eran graciosas, y hasta se metía en vedado, echándola de doctor
-y maestro en todas las asignaturas del amor licencioso y venal. De
-sobremesa, cuando el vino, el café y los licores le arrebataban la
-sangre a las mejillas, lucía su ciencia tratando puntos intrincados que
-a veces me sublevaban el estómago. No me atrevía a protestar, porque
-los hombres nos avergonzamos de no parecer corrompidos; pero la verdad
-es que mi paladar juvenil rechazaba aquella pimienta rabiosa. De noche
-las torpes imágenes evocadas por la conversación me importunaban y me
-ponían febril, hasta que con la jarra llena de agua fría me propinaba
-duchas por el espinazo abajo. Este remedio heróico despejaba mi cerebro
-y me permitía enfrascarme otra vez en los libros. El odio es un resorte
-tan poderoso como el amor, y yo veía en el término de mi carrera el fin
-de un protectorado para mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con
-qué vivir, resarcir a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía
-a sus alas para no caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la
-Construcción y la Topografía.</p>
-
-<p>Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos
-en el obscuro saloncito bajo de Fornos —ante la mesa donde el mozo
-iba depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca,
-bollos de Viena, y luego los platos del almuerzo— el anfitrión me dijo,
-dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:</p>
-
-<p>—Adivina lo que tengo que participarte.</p>
-
-<p>—¿Cómo quiere usted que adivine?</p>
-
-<p>—Pues no sé de qué sirve tanto estudio —observó con pretensiones
-festivas.</p>
-
-<p>Me encogí de hombros, y él añadió:</p>
-
-<p>—Es que me caso.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span></p>
- <h2 class="nobreak">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen
-una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más
-cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera
-madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco
-oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y
-derramé una cascadita sobre el mantel.</p>
-
-<p>El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en
-su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y
-afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me
-observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:</p>
-
-<p>—Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y
-también la tuya.</p>
-
-<p>Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún
-tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A
-los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía
-decir algo, pregunté con insegura voz.</p>
-
-<p>—¿Mamá lo sabe?</p>
-
-<p>—Ayer se lo escribí.</p>
-
-<p>—¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?</p>
-
-<p>—¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves
-qué coincidencia...</p>
-
-<p>Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.</p>
-
-<p>—Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre
-y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de
-Pontevedra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span>—No la conozco. El
-nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el
-verano pasado no tuve yo vacaciones...</p>
-
-<p>—¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de
-aquella finca bonita que se llama el <i>Teixo</i>, por un árbol enorme...</p>
-
-<p>—¿Es única esa señorita? —pregunté incisivamente, pensando que tal
-vez el interés era el móvil de la boda.</p>
-
-<p>—Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra
-también.</p>
-
-<p>—Nada; pues no la conozco —repetí—. Pero si se casa con usted ya
-tendré tiempo de tratarla.</p>
-
-<p>—¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te
-vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del
-Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla...
-conque ya ves.</p>
-
-<p>—¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?</p>
-
-<p>—Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en
-el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un
-genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que
-no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...</p>
-
-<p>—No le pregunto a usted semejante cosa —exclamé; y por segunda vez
-tembló en mi mano la copa de Champagne.</p>
-
-<p>—Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de
-mis acciones, y al casarme a nadie ofendo.</p>
-
-<p>—¿Quién habla de ofensas? —prorrumpí sintiéndome palidecer a
-impulsos de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel
-hombre.</p>
-
-<p>—Como lo tomas así...</p>
-
-<p>—No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted
-por mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese
-esta con<span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>versación,
-para decirle que el dinero que con mi carrera está usted gastando, lo
-reembolsaré o poco he de vivir.</p>
-
-<p>Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas
-destellaron una chispa de cólera.</p>
-
-<p>—Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte
-una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más
-desagradecido y descastado no lo hubo.</p>
-
-<p>—Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no
-lo aguantaré —repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la
-cara.</p>
-
-<p>—No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de
-seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había
-de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo,
-paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo —añadió
-hiriendo con el cuchillo la copa.</p>
-
-<p>Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados
-volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y
-ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de
-levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de
-la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa
-de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo
-(puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata.
-Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó
-hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de
-la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol
-desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre
-sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y
-enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:</p>
-
-<p>—Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de
-enseñarte el retrato de tu futura tía.</p>
-
-<p>Me recogí a mi posada de un humor perro, descon<span
-class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>tento de mí mismo, y sin
-poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria
-que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella
-ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando
-a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la
-descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente.
-Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»</p>
-
-<p>—¡Si me importa un pepino que se case! —exclamé dolorido—. ¿Qué me
-va ni me viene en eso?</p>
-
-<p>—¡Algo te va y te viene, corcho! —replicó el sesudo orensano—. Algo
-le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón,
-único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba
-el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo
-buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige,
-rapaz, que vivir es transigir.</p>
-
-<p>—Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!</p>
-
-<p>—Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse
-con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.</p>
-
-<p>—¿Tú la has visto?</p>
-
-<p>—Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé
-los baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me
-acuerdo perfectamente.</p>
-
-<p>—¿Y qué te dijeron?</p>
-
-<p>—Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que
-a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre
-tiene monises.</p>
-
-<p>—Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo
-no prefiere un convento?</p>
-
-<p>—Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta:
-influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado
-puestos; va para<span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span>
-personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda, sé amable con la
-tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.</p>
-
-<p>—¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo
-estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que
-se me escapan...</p>
-
-<p>—¡No se trata de eso, corcho! —insistió mi amigo formalizándose—,
-no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si
-es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es
-que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y
-como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir!
-¡Mucho ojo!</p>
-
-<p>Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo
-tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los
-cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad
-y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de
-leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la
-letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen
-que venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma
-o del labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos.
-Para no ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y
-sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo,
-después del consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me
-dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando
-el grato amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres
-pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices
-ortográficos de menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio
-de la vehemencia del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de
-períodos con párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro,
-presta a este género de cartas iracundas y femeniles cierta enér<span
-class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span>gica monotonía y rapidez que
-duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la
-boda del tío Felipe, exornada con datos históricos, algunos enteramente
-nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir
-punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni quitar repeticiones.</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin
-más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien hoy
-o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el fantasmón
-de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese conciencia
-lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la
-boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no digo ningún disparate pues
-has de saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima
-de mi papá que mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó
-una herencia bien bonita, y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó
-casi por puertas yo no sé como lo envolvió ni como armó la rratonera
-que a mí me tocaron cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien
-blanda, no sé como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las
-casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un
-buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió
-tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado del
-clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras
-pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces
-le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra
-pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle
-yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño,
-yo así no puedo vivir como voy a dar carrera al pequeño, y él va y me
-contesta muy foncho no te apures yo no te abandono carrera no ha de
-faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos que son la ruina
-de las casas y<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> el
-engordar de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo
-tenga al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el
-demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío que
-yo no mudo ni una palabra.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación
-se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias
-las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones
-reunidas.</p>
-
-<blockquote>
-
-<p class="centra">.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.&nbsp;&nbsp;.</p>
-
-<p>«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin
-conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró
-derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y salud
-poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé bastantes
-malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de su madre
-desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si
-hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen que carga con
-tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan a patadas que no
-le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la tratará de mala casta
-viene que sacó la estampa de los judíos en la procesión del Jueves
-Santo a mi me da verguenza ser hermana suya ya por algo lo señaló
-Dios que también lo ha de castigar acuerdate de lo que digo que yo me
-entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver
-la preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el
-diablo a traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede
-esta trapisonda lo que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos
-como se portan si te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que
-habrá sapos y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear
-hasta soltar la camisa.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su
-lectura obró en mí efectos contrarios a los<span class="pagenum"
-id="Page_43">[p. 43]</span> que se proponía mi madre. Los manejos del
-tío para mermar mi herencia; aquello de la <i>partijita</i>, en vez de
-causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de
-tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya
-de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de
-mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor.
-Podía detestarle menos.</p>
-
-<p>Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba
-moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos
-ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e
-indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones.
-Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la
-ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de
-la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras
-al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o
-no asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y
-calma.</p>
-
-<p>Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases.
-«Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos...
-Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos
-exteriormente; el interior nadie lo ve...»</p>
-
-<p>—¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se
-case! ¿Cómo se dicen las cosas? —exclamé lastimado. Portal, a medio
-convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí—: Mamá asegura que es fea la
-novia de mi tío.</p>
-
-<p>—¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta
-tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña
-Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de
-esa señora —aconsejó Portal después de unos minutos de silencio—. Es
-la gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que
-te quiera como<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span> a
-un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé la gana! En
-fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con habilidad,
-sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros. La edad
-de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres así...
-romanticón, a lo <i>joven Werther</i>... Cuidadito, no haya drama de
-familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la
-patalallana.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_5">
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p>Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector
-que más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel
-año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El
-zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas
-fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia;
-Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza
-del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros
-alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido
-por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de
-quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos,
-las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se
-convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel
-demontre de año!</p>
-
-<p>Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de
-participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la
-vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre el
-detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D. Felipe
-en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de persona
-bien informada:<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span>
-«A estas horas suele estar en la casa nueva... Lo que es aquí para
-bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene alquilada... sólo
-que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues Claudio Coello,
-número...»</p>
-
-<p>Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y
-descendí casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo
-que tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un
-tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta
-estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo
-moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi
-tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada
-de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia.</p>
-
-<p>—¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás
-todo.</p>
-
-<p>—Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a
-usted...</p>
-
-<p>—Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué
-te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como
-la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de
-la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las
-colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba
-ya están más adelantados. Pasa, pasa...</p>
-
-<p>Miré distraídamente el gabinete, que era archivulgar, con su
-chimenea de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de borra de seda
-recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su tocador
-muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos
-del tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea no
-tenía marco dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas y
-sofá. El tío quiso que yo me fijase en tanta elegancia: como todos los
-cicateros, cuando se decidía a un gasto extraordinario, gustaba de que
-lo notase la gente.<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span>
-«Ya ves el espejito...», me decía. «Ahora se forran así... Caprichos de
-la moda. Y no creas que cuesta más barato, ¡quiá!... más caro, hijo.
-Ese hueco que queda frente a la ventana, para el piano... La novia es
-una profesora.» Del gabinete pasamos al nido, o sea la alcoba, que era
-de columnas, espaciosa, estucada, y en su centro el anchísimo tálamo,
-de madera, muy bajito y de tallado copete. «Faltan el <i>sommier</i> y el
-colchón», susurró mi tío con sonrisa de complacencia. «Figúrate que al
-tapicero se le había metido en la cabeza hacerlos de raso. Yo le dije
-que damasco de algodón era bastante. Si no tengo la precaución de poner
-la casa a tu futura tía, que no conoce lo que es Madrid, la envuelven,
-la explotan, la saquean... Mira las mesas de noche: ¿creerás que me
-costaron veinticinco pesos las dos? Se ha desarrollado el lujo de una
-manera... Ven, ven a ver mi despacho...»</p>
-
-<p>Por una puerta de escape salimos al pasillo, y registramos el
-despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran
-biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos
-libros de administración y media docena de noveluchas obscenas, todas
-desencuadernadas y llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas
-puertas, y cogiendo a dos manos el derrotado grupo en que se mezclaban
-Paul de Kock, Amancio Peratoner y el chino Da-gar-li-kao, me lo
-presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo regalo, chico...
-No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los casados
-no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por
-ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de
-profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían.</p>
-
-<p>Después del despacho, hubo que visitar el comedor, ya provisto de
-aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina y
-despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana
-sobre el horizonte despejado de unos desmontes y<span class="pagenum"
-id="Page_47">[p. 47]</span> solares. «Este sobra; podremos tener un
-huésped», indicó mi tío.</p>
-
-<p>Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho y mi tío sacó un
-puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no fumo, se
-lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra
-persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año
-aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres
-veces le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz
-atascada por sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien...
-Con que otro añito, otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!...
-a ese paso pronto echarás puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te
-empujaremos en las obras de la Diputación... Hay que saber tocar los
-registros. Tú entenderás de problemas de álgebra, y mucha ecuación por
-aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo conozco el teclado.»
-Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la mano, no en el
-chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una carterita,
-de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo
-observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de
-D. Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o
-extremadamente agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta
-sin percibir el esfuerzo y la angustia interior del ánimo, la despedida
-llena de nostalgia que daba a sus monises. Era evidente que la razón
-le imponía el gasto, pero siempre riñendo batallas con el genio. Para
-observadores superficiales, si mi tío no pasaba por espléndido, tampoco
-era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba con la perspicacia
-cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de lechuza, pero
-recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la civilización
-a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa
-individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un<span
-class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> avariento frustrado; la
-sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha desarrollado la
-sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque actualmente el
-avaro a la antigua se pondría en ridículo; no podría alternar. Pero
-bajo el hombre de nuestra época, que sabe adquirir para gozar, yo veía
-al hebreo de la Edad Media, de ávidos y ganchudos dedos, ahorrador
-hasta la demencia. Siempre que aflojaba alguna suma, las mejillas de
-mi tío palidecían un poco, su boca se hundía y sus ojos vagaban por el
-suelo, como si quisiese ocultar la expresión de la mirada.</p>
-
-<p>En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a mi boda.
-Ahora hay unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se
-toma el billete por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta
-arregladísimo. Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa
-muy mal. Ya puedes escribirle a tu madre el día que piensas salir.
-Cuanto más pronto mejor, porque respiras aire de campo, y te ahorras
-posada. Tu madre está en la Ullosa. Desde allí a Pontevedra y al
-Teixo... un paso. Preséntate días antes de la boda... que, no sé si te
-lo dije, será el día del Carmen. En el Teixo hay habitación para todo
-el mundo; es un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No estorbarás.
-Anima a tu madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.»</p>
-
-<p>Caía la tarde y el esterero daba su faena por terminada; mi tío,
-embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos calle abajo y
-nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del Sol; y
-en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce
-a la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo
-el hebreo. «Ya que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la
-distracción. ¡Vas a ver género fino!»</p>
-
-<p>Aunque me sospechaba lo que podía ser el <i>género fino</i>, no dejé
-de sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la puerta
-de un tercero, en la ex<span class="pagenum" id="Page_49">[p.
-49]</span>traviada calle del Rubio. La hermosa vestía bata de percal
-granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba ese peinado de
-exageradas <i>peteneras</i> sujetas con goma, que las mujeres del pueblo
-bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo puntiagudo.
-Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus mejillas, en que
-una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz, ordinarios y dados
-aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero dulces a la sombra
-de las pobladas pestañas, claváronse en los míos, y me dijeron algo
-a que inmediatamente respondí con el propio lenguaje mudo. Detrás de
-este bello ejemplar del tipo madrileño, asomó la cabeza una mocita más
-joven, menos guapa, desmedradilla, burlona, tan repeinada y empolvada
-como su hermana mayor. Mi tío entró con fueros de conquistador y amo.
-«A ver... inmediatamente... aquí todo el mundo... Hoy os traigo un
-pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis». Diciendo así guió por el
-pasillo de desencajados baldosines a una salita estrecha, sin otro
-mobiliario más que un sofá y dos butacas resguardadas por camisones de
-percal, una barnizada consola de caoba, algunos cromos «de frailes»,
-un veladorcito donde se destacaban varios frascos de goma, platos
-desportillados, pinceles y tijeras. Por sillas, sofá, piso, consola y
-hasta creo que por el techo y las paredes, andaban esparcidos infinidad
-de retales de gró, raso y felpa, azules, morados, verdes, rosa, de
-todos los colores del arco íris, mezclados y revueltos con tiras de
-cartón, redondeles de lo mismo, recortes de papel dorado y plateado,
-esterillas y galones, cromos y estampas, florecitas y otros mil
-accesorios pertenecientes a la graciosa industria de cubrir y guarnecer
-cajas de dulces «para bodas y bautizos»: que este era el oficio
-<i>oficial</i> de aquellas barbianas.</p>
-
-<p>Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de ojos muy
-tiernos, se ocupaba en decorar una espe<span class="pagenum"
-id="Page_50">[p. 50]</span>cie de saquito de tafetán lila, pegándole
-en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel, que recortaba
-de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco jardines y diez
-legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices» bastante seco
-y continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi tío, volviéndose
-hacia las muchachas que nos seguían, las agarró consecutivamente por
-la barbilla y me las presentó. «La señorita Belén... La señorita
-Cinta...» Después, acercándose al velador, exclamó en tono chancero:
-«Está tan ocupado esto... Qué barricada... A ver si lo desembarazáis
-un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino». Intervino la vieja,
-exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la tarde tocan! Cuando
-venga la de entregar la labor, le decimos al de la fábrica que hubo
-palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay aquí ná, sino una
-pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi tío sufrieron aquella
-contracción especial que precedía a un gasto; pero fué instantáneo
-el estremecimiento, y sacando del bolsillo del chaleco algo que
-abultaba más que un billete, se lo puso en la mano a la mozuela,
-diciendo: «Cintita, súbete Jerez y pasteles... y también aceitunillas
-y naranjas». El argumento fué convincente para la vieja. «Amos, me
-largaré al otro cuarto con la música de pegar estos muñecos. Pa que
-desocupen el velador y estén ustés a gusto».</p>
-
-<p>Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron algunos vasos
-verdosos, traídos de las profundidades del antro de la cocina, y se
-animó la escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó
-no sé qué, con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la
-paloma, y con el salero de su belleza meridional, luciendo el pie
-tentador y curvo apoyado sobre las barras de la silla. Cinta trajo
-una pandereta, y se la puso a guisa de calañés, sacudiendo la cabeza,
-riendo a borbotones y divirtiéndose en arrojarnos cáscaras de naranja:
-después desenterró de un cajón<span class="pagenum" id="Page_51">[p.
-51]</span> un viejo mantoncillo de Manila, con flecos y bordado
-charro, y empezó a hacer contorsiones declarando que quería <i>matar la
-culebra</i>. Hubo olés, empujones, carreras, butacas volcadas y recortes
-de seda volando por los aires; después nos obligaron a nosotros a
-rascar la guitarra y a jalear, mientras bailaban las señoritas. Armóse
-la juerga, y el Jerez corría que era una bendición de Dios. Por falta
-de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la arista del velador
-de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente, mandó a Cinta
-subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi
-tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...»
-Intervino la señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí
-estamos necesitando horror de cosas, y en la tienda no les da la gana
-de fiarnos por nuestra cara bonita... Cállese usted, cuentacominos,
-miserable». Entre regaños y monerías, aflojó el pagano otros dos pesos;
-y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La cara de mi tío echaba
-chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una gota de
-sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad;
-en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de
-beatitud, el regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo
-también advertía los efectos del licor, que con no ser muy auténtico,
-se subía al piso alto, y entre esta excitación y otras muy naturales
-en la mocedad y en presencia de dos ninfas —la una arrogante y la otra
-picante y salada, pero ambas capaces de volver tarumba a un ermitaño,
-cuanto más a un estudiante—, encontrábame fuera de quicio.</p>
-
-<p>No sería justo decir que me achispé. El innoble embrutecimiento
-por la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar nunca.
-Con frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando
-aquí y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba
-el espectáculo de aquella her<span class="pagenum" id="Page_52">[p.
-52]</span>mosa criatura convertida en bestia, profiriendo absurdos o
-llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre del justo medio en
-el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para sacar partido, hay
-que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado: debe conservarse
-cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los borrachines». Observé
-esta máxima, y pude mantenerme en el límite de la animación sin
-embriaguez; hice disparates comprendiendo que los hacía, y saboreando
-el placer de hacerlos.</p>
-
-<p>La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros
-tres pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una
-ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora,
-sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa
-comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la
-cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato
-casero no salió a relucir.</p>
-
-<p>De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y
-media. Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la
-mano un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y
-cuando nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente
-puro me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don
-Felipe, se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se
-gasta por nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es
-de órdago! ¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina!
-¡Por supuesto, me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De
-estas pavas que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son
-guasas inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico,
-por lo mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una
-cana al aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las
-más exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando
-pesetillas».</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span>—¿Por qué no les
-dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera eso que regatear el
-duro ahora y el duro después.</p>
-
-<p>—¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas
-pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera...
-Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede
-ocurrir...</p>
-
-<p>Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez,
-alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó:</p>
-
-<p>—Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios
-coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán
-cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que
-no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!</p>
-
-<p>—Mire usted bien... —murmuré disimulando a duras penas el asco—.
-Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta
-el sobretodo...</p>
-
-<p>Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y
-se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido
-estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones
-de la cartera añadió:</p>
-
-<p>—Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se
-armaba si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con
-un alfiler de a ochavo.</p>
-
-<p>Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro
-juvenil, un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa,
-y unos ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió,
-pues yo me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a
-todas las imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué
-tan fea como aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin
-irradiación de belleza, atraen la mirada segunda vez.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span>Dejé a mi tío a la
-puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy distantes de la del
-alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente! Me olfateaba la ropa y
-luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha, perdis, apunte! <i>¡Odor di
-femina!</i>» De repente soltó la carcajada. «¿Qué es esto?»</p>
-
-<p>En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de
-angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más.
-No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel,
-circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_6">
- <h2 class="nobreak">VI</h2>
-</div>
-
-<p>¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor
-asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres
-aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones
-resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas
-normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los
-gallegos que sienten la <i>morriña</i>; sin embargo, el primer grupo de
-castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con
-acento de bienvenida me saludaba.</p>
-
-<p>Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche
-de línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué
-a la puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio
-agarrados de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que
-separa a la Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado
-el rocío que siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo
-después de año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado:</p>
-
-<p>—¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la<span
-class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> amuebla a todo lujo? Así
-hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es preciosa?
-¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en ese
-Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro
-será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos?
-Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas
-porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de
-mí.</p>
-
-<p>—Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? —exclamé cuando pude
-meter baza— ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?</p>
-
-<p>—Como me escribiste que hacía bien... —me respondió deteniéndose
-para respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños
-cuando les entra coragina.</p>
-
-<p>—No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es
-preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible
-evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por
-conveniencia propia.</p>
-
-<p>Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y
-se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida
-higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de
-meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro
-y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía
-la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad,
-esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y
-abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era
-su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento
-afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín
-voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus
-ojos nunca distraídos.</p>
-
-<p>Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso,
-o en Semana Santa y Pascua,<span class="pagenum" id="Page_56">[p.
-56]</span> para cumplir con la Iglesia. La huerta de la Ullosa la
-mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de la estirpe de
-los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad, la economía
-sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza hebrea. ¡Lo
-que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la lógica! Estas
-condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme virtudes en mamá,
-y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la necesidad. Con
-tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y exprimiéndolo bien
-podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro vivir con cierto
-bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los gastos de mi
-carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro o seis onzas
-para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer cualquiera. Mamá
-vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar trajes, claro está;
-del lino que producían sus heredades hacía tejer lienzo, ese lienzo
-gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para camisas y sábanas; de
-una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete para dármelo a beber
-en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba el pan que comía;
-con un par de cerdos, engordados en casa, armaba puchero para todo el
-año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía leña en una mota de
-bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la feria cuando ya
-no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con sus caseros;
-del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía guindas en
-conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, realizando
-esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la mujer cuando
-vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su actividad,
-se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, animosa,
-infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo útil, y
-hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para fuera
-secretamente.</p>
-
-<p>—El día que acabes la carrerita y salgas ganando<span
-class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> ya tu sueldo, estaré
-hecha una reina —decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y
-afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi
-madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease
-el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta
-vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de
-la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia
-a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de
-nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los
-que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los
-rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre,
-la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias
-de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en
-suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió
-contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer
-una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si
-comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin
-oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a
-pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial
-de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el
-estado de mi espíritu.</p>
-
-<p>No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por
-transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa
-más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e
-implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en
-los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que
-Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba
-además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor
-dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella,
-Benigna Unceta,<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span>
-por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias a aquella
-incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y
-resentimientos personales interesaban muchísimo a la divinidad. Tanto,
-que al detenerse en el repecho que nos separaba de la Ullosa, hubo de
-exclamar en profético tono, agitada con todo el sobrealiento de la
-subida y la vehemencia de su genio.</p>
-
-<p>—Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya
-lo verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.</p>
-
-<p>Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz
-descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no
-fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el <i>Ángelus</i> con
-tristeza resignada y argentino y poético doble.</p>
-
-<p>Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:</p>
-
-<p>—¿Tú vas a la boda?</p>
-
-<p>—Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted
-no vaya.</p>
-
-<p>—Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante
-esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios
-que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso
-busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?</p>
-
-<p>Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi
-tío contaba muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos
-desairado papel enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El
-viento —replicaba mamá furiosa—. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé
-lo que digo, y sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le
-ajustará las cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer...
-¡Ya lo verás! Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene
-vergüenza. A tu tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese
-mi hermano...»</p>
-
-<p>Dióme de cenar mi madre un plato regional que<span class="pagenum"
-id="Page_59">[p. 59]</span> sabía me agradaba mucho. Eran <i>papas</i>
-o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las <i>papas</i>
-hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo un agujero
-en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima contenida en
-un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de homérica
-sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre volvía
-al punto inicial... mi tío.</p>
-
-<p>—Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca
-atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro
-chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado
-que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza
-de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las
-ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no
-ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio
-le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado:
-tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don
-Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección
-de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de
-esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid,
-le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro
-guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el
-mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en
-peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera,
-cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos
-enredadores: con el tiempo te podrán servir.</p>
-
-<p>Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el
-pescuezo y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:</p>
-
-<p>—Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es
-indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que
-gustes, y nos<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> habrá
-jugado mil perradas, pero al fin está sufragando mucha parte de los
-gastos de mi carrera.</p>
-
-<p>—Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros
-lo que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue
-pagando.</p>
-
-<p>—Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El
-regalito.</p>
-
-<p>—¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda?
-Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.</p>
-
-<p>—Bueno —respondí con resolución—. Entonces no hay más que hablar:
-mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de
-haber... No me dejes en vergüenza.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del
-brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me
-desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a
-la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.</p>
-
-<p>—¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y
-derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que
-tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.</p>
-
-<p>La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos
-<i>chilreados</i>, mientras ella se defendía mal exclamando: —Payaso...
-sobón... que te pego, insolente.</p>
-
-<p>Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa
-parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un
-cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa
-la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con
-las manos vacías.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p>
- <h2 class="nobreak">VII</h2>
-</div>
-
-<p>De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es
-jornada recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha
-alquilada en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba
-andar a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca
-que soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la
-huella del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los
-senderos cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al
-soplo del viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó
-de esa vaga felicidad que en la juventud nace de la excitación de
-los sentidos y de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio
-del porvenir: presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos
-anuncia emociones, derroches de vida.</p>
-
-<p>Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví
-desde la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único
-que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las
-ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto
-del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos
-modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el
-pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y
-emprendí la caminata.</p>
-
-<p>Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba
-los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las
-mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente
-la vista de un hombre sentado en una pie<span class="pagenum"
-id="Page_62">[p. 62]</span>dra... La sorpresa no se explica al pronto,
-pero el caso es que el hombre era un fraile.</p>
-
-<p>Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me
-admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más
-que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia;
-de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del
-duque de Rivas <i>Don Álvaro o la fuerza del sino</i>, se derivaban todos
-mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile
-sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo
-estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano
-uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el
-cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó
-el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando
-en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba
-con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile
-había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él
-alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la
-especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a
-cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó,
-recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.</p>
-
-<p>No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle
-las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo
-ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin
-embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo
-de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza
-asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los
-poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por el
-ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de las
-mujeres, evitando<span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span> a
-los hombres, lleno de flato, de tentaciones y de escrúpulos. Y quería
-saber a qué sección de estas dos pertenecía el caminante.</p>
-
-<p>Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se
-detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso:</p>
-
-<p>—Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una
-pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted
-a la Torre de los señores de Aldao?</p>
-
-<p>—Sí señor, allá voy —contesté un tanto sorprendido.</p>
-
-<p>—Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque
-estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta
-proposición, figurándome que en el campo no molesta...</p>
-
-<p>—¡Molestar! Al contrario —respondí, agradado de la marcialidad del
-Padre.</p>
-
-<p>Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba,
-y permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile
-iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine
-dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como
-los de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme
-preguntas.</p>
-
-<p>—Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente
-se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?</p>
-
-<p>—No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal.</p>
-
-<p>—¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de
-Benigna.</p>
-
-<p>—Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?</p>
-
-<p>—Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante
-confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué
-tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y
-joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en<span class="pagenum"
-id="Page_64">[p. 64]</span> conocerle; se lo digo de corazón; gasto
-pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta de que todavía no
-sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no necesita presentarse,
-que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre Moreno, para
-servirle.</p>
-
-<p>—Yo Salustio...</p>
-
-<p>—Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.</p>
-
-<p>—Veo que no hay cosa que usted ignore.</p>
-
-<p>—Eso quisiera —repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de
-pronto, deteniéndose bruscamente:</p>
-
-<p>—¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel?</p>
-
-<p>—No fumo —contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció
-ridícula.</p>
-
-<p>—Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy
-tan viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia.</p>
-
-<p>—¿Desde cuándo no ha fumado usted?</p>
-
-<p>—¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa
-de una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted
-comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me
-afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la
-señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que
-corta el pensamiento, finísima... aquí la llevo —añadió señalando a la
-manga—: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este
-obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a
-ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco...</p>
-
-<p>—Pero —exclamé contagiado por la franqueza del fraile— ¿es que no
-lleva usted consigo un céntimo?</p>
-
-<p>—Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco.</p>
-
-<p>—¿Y cómo es posible?</p>
-
-<p>—¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?</p>
-
-<p>—Siento muchísimo no fumar —exclamé— para este caso tan solo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span>—No se apure usted,
-amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco porque nos falte una
-mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al Tejo... ya verá usted
-el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme cigarros.</p>
-
-<p>Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo
-y gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes.
-Una pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.</p>
-
-<p>—¿No le molesta el ir descalzo?</p>
-
-<p>Volvióse sorprendido el fraile.</p>
-
-<p>—No, señor —contestó, recapacitando como para recordar si en efecto
-le molestaba la descalcez—. Al principio eché de menos, no los zapatos,
-sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre me las
-calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas por
-mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda
-finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile
-no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte.
-Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que
-yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo,
-nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni cosa
-parecida. —Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era contorneado
-y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la bota—. Y mire
-usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece que estoy más
-limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado no consiguen más
-que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo lleva los pies
-realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor que haga, sobre
-todo si tiene la manía que tengo yo...</p>
-
-<p>Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo
-que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en
-tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras
-otro<span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span> en el agua
-corriente. Después que hubo secado las plantas en la hierba, se volvió
-a poner sus sandalias y miró con aire victorioso. Yo sonreí impulsado
-por una idea, o más bien por un sentimiento cordialísimo, que podía
-traducirse en esta forma:</p>
-
-<p>—¡Qué fraile más raro y más simpático!</p>
-
-<p>—Vamos —me dijo—: adivino lo que está usted pensando, caballero.</p>
-
-<p>—Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.</p>
-
-<p>—Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes
-gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los
-estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.</p>
-
-<p>—No, señor, no era eso. Yo pensaba...</p>
-
-<p>—Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de
-«señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.</p>
-
-<p>—Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo
-le moleste.</p>
-
-<p>—Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza.</p>
-
-<p>—Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan
-partidarios de la limpieza corporal como usted. —Al decir esto le
-miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas,
-su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud—. Hasta creí
-que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que
-el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de
-habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados.</p>
-
-<p>En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la
-carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.</p>
-
-<p>—¿Conque usted creía eso? —me dijo cuando la risa le permitió
-hablar—. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que
-decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego
-exclamaba:<span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span> «Señor,
-mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes todos los frailes
-éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto habrá pasado
-al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su servidor y
-capellán?</p>
-
-<p>—A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé
-que no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España
-se están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente,
-me figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en
-los retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.</p>
-
-<p>—Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual
-que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se
-rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más;
-pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos
-con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas.
-Estaría bonito un religioso usando la <i>velutina Fay</i> y el <i>Kananga</i> o
-<i>ganga</i>... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila
-tanto.</p>
-
-<p>—¡Vaya que está usted enterado, padre! —exclamé riendo a mi vez.</p>
-
-<p>—Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no
-extrañe usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes
-de la mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo
-Patriarca era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza
-suya unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo
-a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero
-ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen
-empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en
-recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en
-quien peina barbas...</p>
-
-<p>Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se vol<span
-class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span>vió hacia mí como queriendo
-respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del poniente, que
-tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba armonía con
-aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar a grueso, y
-de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez tostada y cetrina
-revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas de viajero por
-regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres, negrísimos,
-bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par. Su cuello,
-descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor, y lo
-mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así servían
-para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar, caso de
-necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones no
-desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil
-escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en
-ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como
-en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi
-siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter.
-Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de
-confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha
-fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos.</p>
-
-<p>—¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! —discurría yo
-sorprendido.</p>
-
-<p>Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de
-Aldao, pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía
-plácidamente. Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los
-perros, asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con
-mayor furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio
-de la luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de
-la ría. El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la
-belleza del sitio y de la hora.</p>
-
-<p>—¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este<span class="pagenum"
-id="Page_69">[p. 69]</span> país! Cuanto más se ve más hermoso parece.
-¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado; prefiero el clima del
-África.</p>
-
-<p>—¿Ha estado usted mucho tiempo en África?</p>
-
-<p>—¡Toma! Pues si soy medio moro.</p>
-
-<p>—¿Y ha viajado usted por el desierto?</p>
-
-<p>—¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni
-escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso.
-¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla;
-bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las
-estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más
-lances y más aventuras!</p>
-
-<p>De buena gana le hubiese preguntado sobre las correrías africanas:
-pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo despertó en mí el
-ver blanquear la cerca del <i>Teixo</i> y negrear sobre la cerca y bajo la
-torre la que me parecía mancha enorme de arbolado. Quise contrastar la
-exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una persona que ya
-se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera.</p>
-
-<p>—Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la futura familia de mi
-tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá?</p>
-
-<p>—Claro es que les conozco —respondió el fraile aplicando sobre su
-abierto rostro una máscara de discreción absoluta—. Es una familia muy
-apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena.</p>
-
-<p>—¿Y... es bonita?</p>
-
-<p>No se espantó el fraile de la pregunta, antes respondió con
-desahogo:</p>
-
-<p>—Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que no me parece...
-así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea, pero
-tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que
-me falten motivos para entender: porque allá en<span class="pagenum"
-id="Page_70">[p. 70]</span> Tánger, Tetuán y Melilla hay judías y moras
-que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros tan amigos, que
-alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre ellos es una prueba
-de estimación grandísima.</p>
-
-<p>—¡Ah!... —murmuré sin poder reprimir una expresión maliciosa—.
-¿Conque franca la entrada del harem?</p>
-
-<p>—Sí —afirmó alardeando de naturalidad el fraile—. Y ¿quiere usted
-que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta de
-este moro amigo mío, que era un ricachón de allí?</p>
-
-<p>—¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora?</p>
-
-<p>—Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo describirle
-exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda riquísima,
-abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas gordas
-y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la
-mujer. En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la
-novela del <i>Cautivo</i>... ¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines,
-cojines y más cojines; unos debajo de los brazos, otros debajo de las
-caderas, otros detrás de la cabeza: y los cojines eran para impedir
-que se rozase, porque la mujer estaba reventando de gorda, que es el
-secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía menear. ¿Y
-sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no
-se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo
-largo así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con
-dulces y bebidas.</p>
-
-<p>—¡Ah socarrón de fraile!— discurrí yo—. Te finges muy corriente y
-muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas. Me
-estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda
-respecto a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta
-exclamé—: Padre Moreno, usted que tan perfectamente describe a las
-moras, mejor sabrá retratar a una cristiana. Bien puede usted decirme,
-al<span class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span> menos, si la novia
-de mi tío está cebada con bolas de pan, o si tiene un talle como la
-palmera del desierto. Vamos Padre...</p>
-
-<p>Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la cerca del Tejo.
-Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y se
-encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo
-del sol, como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus
-ojos cuando me respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y
-solemnidad entusiasta:</p>
-
-<p>—Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre fraile que se exprese
-como lo manda el hábito que viste y la regla a que obedece. De una
-mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si Dios se
-lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya
-que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo
-ha dicho que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta
-que merece ese nombre tan... dispense si me expreso con demasiada
-vehemencia... iba a decir ese nombre tan sublime. De una cristiana, lo
-primero y acaso lo único que merece ensalzarse es el alma, y en mi boca
-sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que encierra un alma redimida
-con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a alabar a usted con
-palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a usted que
-su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que
-decir.</p>
-
-<p>—¿Tan buena es, padre Moreno?</p>
-
-<p>—Excelente, excelente, excelente.</p>
-
-<p>En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no dejaba lugar a
-insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin embargo,
-cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra
-preguntita insidiosa:</p>
-
-<p>—¿Y usted, padre Moreno... viene a la boda por pura amistad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span>—¡Naranjas!
-—exclamó con el tono recio que suele darse a las interjecciones más
-castizas—. ¡Si vengo a echar las bendiciones!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_8">
- <h2 class="nobreak">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo poblado de
-arbustos y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del
-caserón, sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y
-arbustos estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese
-perfume divino, inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente
-destila en sus misteriosos alambiques la Naturaleza.</p>
-
-<p>Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas, tomando la luna,
-vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar nosotros
-y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como
-sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme
-bien de la composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido
-de dril claro, próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta
-elegante y airosa, que al ver al Padre exhaló un chillido de gozo. A
-la izquierda un señor ya machucho, calvo, con bigotes... el suegro;
-un curita sumamente joven, casi un niño; una muchachona espigada como
-de diez y seis años, y una chiquilla que no pasaría de doce. Todos
-se apiñaban alrededor del Padre, dándole la bienvenida. Por fin se
-acordaron de mi existencia, y mi tío hizo la presentación:</p>
-
-<p>—Señor de Aldao, el hijo de Benigna, mi sobrino... Carmiña,
-Salustio...</p>
-
-<p>La futura tiíta me miró distraídamente. Absorbía toda su atención
-el Padre. Sin embargo, pasados algunos momentos, se volvió hacia mí
-para preguntarme «si vendría Benigna, que ella lo deseaba mucho».<span
-class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> Disculpé lo mejor que supe
-la ausencia de mi madre, y la señorita de Aldao porfió en obsequiar al
-fraile. «¿Quería agua, naranjada, cerveza, Jerez? ¿Una copa de leche?
-¿Chocolatito?»</p>
-
-<p>—¡Hija! —gritó el Padre empujándola familiarmente, como quien se
-sacude una mosca—. ¡Si quieres darme algo que estime... caramelo! dame
-medio cigarrito, aunque sea de paja.</p>
-
-<p>Chac... Rissch... Dos petacas, la del suegro y la del novio, se
-abrieron a la vez, e inmediatamente se encendieron varias cerillas. Se
-llevó la palma un habano de mi tío.</p>
-
-<p>—Puede usted fumarlo con satisfacción —advirtió éste, que era muy
-dado a encomiar lo que regalaba—. Procede nada menos que de don Vicente
-Sotopeña...</p>
-
-<p>—¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas con él!</p>
-
-<p>—¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar! —suplicaron todos.</p>
-
-<p>Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó a satisfacer al
-pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y cómo
-quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un
-poco aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de
-embriaguez psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas
-se tendían como tapiz de seda verde las ramas de una enredadera
-magnífica, la <i>datura o trompeta del juicio final</i>; no se requería
-imaginación muy poética para comparar sus gigantescas flores blancas
-a copas llenas de esencia fragantísima. Entretejido con la datura se
-esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos olores, columpiados
-por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro, hacían bullir la
-savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de amor,
-pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo
-y resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span>Cuando mudamos de
-residencia —aunque nuestra suerte no cambie—, cuando penetramos en
-un círculo de gente nueva y desconocida, se nos exaltan la fantasía
-y la vanidad, y aquellas personas ayer indiferentes nos interesan de
-pronto, preocupándonos mucho la opinión que de nosotros pueden formar
-y los sentimientos que les inspiramos. El empleado, el militar a quien
-destinan a lejana provincia lleva una idea vaga del lugar donde va a
-residir: apenas sienta el pie en él, lo pasado se borra y lo presente
-le domina, con la poderosa fuerza de lo actual y el estímulo de la
-novedad y de lo ignorado. Así yo, excitado por los nuevos horizontes,
-algo mortificado porque mi presencia pasaba totalmente inadvertida, me
-figuraba que de aquella gente, apenas entrevista, extraña para mí pocos
-momentos antes, tenía que salir algo decisivo para mi corazón.</p>
-
-<p>Empecé por creer que en el seno de aquella familia pacíficamente
-reunida <i>tomando la luna</i>, se desenvolvía un drama moral muy extraño,
-cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes —fantaseaba
-yo borracho de esencia de jazmín— hay sus dramitas de entre bastidores
-y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el
-drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la
-suerte y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático.
-Aquí, el conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se
-casa esta señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de
-mi tío? ¿Será verdad que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la
-apremié, confesó que eso es un dicho sin fundamento. Y estas mocitas
-que veo aquí ¿qué papel componen? Y la concubina del señor de Aldao
-¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros esposos, reunidos en un
-sitio tan propio para excitar la fantasía y los nervios, ¿hay amor? y
-si no hay amor, ¿por qué hay boda?»</p>
-
-<p>De estas reflexiones me sacó repentinamente el<span class="pagenum"
-id="Page_75">[p. 75]</span> joven curita, que acercándose me dijo en
-tono pueril y con dejo gallego que desempedraba:</p>
-
-<p>—Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña Benigna?</p>
-
-<p>—El mismo.</p>
-
-<p>—¿Uno que estudia para <i>electroimántico científico</i>?</p>
-
-<p>Como yo no comprendiese al pronto este conato de chiste, el curilla
-rectificó:</p>
-
-<p>—Para ingenioso, digo, para ingeniero.</p>
-
-<p>—¡Ah! sí.</p>
-
-<p>—Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo? ¿Está cansado?
-¿Fuma?</p>
-
-<p>—¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza? —le pregunté a mi
-vez, por decir alguna cosa menos incoherente.</p>
-
-<p>Con la más injustificada familiaridad, el curilla me puso una mano
-sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las rodillas,
-chilló:</p>
-
-<p>—Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con clérigo
-<i>contentaverit mihi</i>... No he pasado por ahora de aprendiz, es decir,
-de recluta en la milicia sacra.</p>
-
-<p>Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil insulseces, a que
-presté muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en otras cosas
-bien distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída
-insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen
-desagradable en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa,
-levantándose, nos mandó entrar y subir a una sala muy adornada de
-cortinajes de cretona, de donde pasamos al ancho comedor, en que
-nos esperaba la cena, servida por dos criados, el uno con trazas de
-gañán, el otro algo más pulido, bajo la dirección de una vieja obesa
-que arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso
-físico, la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas
-en el patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la
-sala.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span>Sentado frente a la
-novia, cuyo rostro iluminaba de lleno la luz de la lámpara, satisfice
-ansiosamente la curiosidad de mirarla: bebí su rostro. Al pronto dí
-la razón al Padre Moreno: ni era fea ni bonita. Su cuerpo, elegante
-y cimbrador, valía más que su cara, de las que se llaman de perfil
-acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y esa corrección de
-facciones que son elementos primarios de la belleza. Pero al cuarto
-de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la hermosura,
-al menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir sus ojos
-negros, de mirar apasionado; al sonreir; al volverse para contestar a
-una pregunta, la movible faz se animaba, la vida corría por aquellas
-facciones que yo imaginé plácidas y frías, a pesar de haber visto ya en
-su retrato, a la luz de un farol madrileño, reflejos del alma. Carmiña
-Aldao se reía poco, y, sin embargo, no parecía triste; había en ella la
-animación de la voluntad. Hasta extremosa me pareció cuando, terminada
-la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi fineza, se deshizo
-en elogios de la pobre joya.</p>
-
-<p>—¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire usted... Felipe... Es
-una monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante! Vamos, que ya se
-le pueden hacer encargos. Nada, es precioso.</p>
-
-<p>También el Padre Moreno metió su cucharada en lo del imperdible.</p>
-
-<p>—¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos. Los frailes
-no nos atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más
-sencillos...</p>
-
-<p>Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su único equipaje, que
-había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y extrajo de él
-una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas, tienen
-tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría
-media vara de altura.</p>
-
-<p>—Es lo único que puedo darte, hija. La cruz viene<span
-class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> tocada a la piedra del
-Gólgota, donde plantaron la de Nuestro Señor.</p>
-
-<p>Nada respondió la novia: con movimiento rápido se inclinó y besó
-ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El fraile
-iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros
-de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía.</p>
-
-<p>—De los olivos del monte Olivete —dijo desenredándolos y
-repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi turno
-debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me
-preguntó con hidalga cortesanía:</p>
-
-<p>—¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de quien vienen;
-nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de mayor
-valor material, caballero D. Salustio.</p>
-
-<p>Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección. Había venido gente
-de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la partida de
-tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me brindaron
-con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y encontrarme
-sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su prometida,
-pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a
-encontrarme entregado al aprendiz de clérigo.</p>
-
-<p>—¿Dónde está mi cuarto? —le pregunté—, ¿usted lo sabe? De buena gana
-me recogería.</p>
-
-<p>—No lo <i>sabo</i>... pero el que tiene lengua va a Roma. Véngase usted.
-Agárrese a mi dedo meñique.</p>
-
-<p>Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la vieja presenciaba
-la operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y recoger
-postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo
-pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa
-y el exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa,
-regañona y al par<span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span>
-humilde resignada con su papel de escalera abajo. El curilla, para
-dirigirla una pregunta, apretó su brazo.</p>
-
-<p>—¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta más
-indecentes!</p>
-
-<p>—Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo, que usted es ya
-contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias dormitorio de
-este señorito?</p>
-
-<p>—Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia al infeliz para
-aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra a estos
-señores...</p>
-
-<p>Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada de antes, fresca,
-rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de querubín
-de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba
-entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir
-una escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados
-en la parte alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo
-estrecho. Estas habitaciones, a las cuales no había alcanzado la
-recomposición general dada por el señor de Aldao a la quinta, tenían
-aspecto de vetustez, y probablemente en circunstancias normales sólo
-servían para almacenar la cosecha de calabazos y castañas. Los muebles
-se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un palanganero. La
-mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió:</p>
-
-<p>—Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están.</p>
-
-<p>—Aún cabes tú, muliércula —advirtió desvergonzadamente el aprendiz
-de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la carcajada, amenazando
-con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose a mí, adoptó
-continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo. Contesté
-que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero.
-Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras,
-alumbrado sólo por el reflejo de la luna.</p>
-
-<p>Me asomé a la ventana. En primer término ví ex<span class="pagenum"
-id="Page_79">[p. 79]</span>tenderse enorme masa obscura, especie de
-lago vegetal, que parecía un solo árbol, aunque lo hiciese dudar
-su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como falda de raso gris
-salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se multiplicaba en
-su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje se confundía con
-el del viento nocturno que estremecía las ramas próximas. Un aire
-húmedo y refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña interrumpió mi
-contemplación colándose sin pedir permiso, trayendo en una mano el
-tintero, que casi rebosaba de tinta; en otra, además de la luz, papel,
-sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de arenillas.</p>
-
-<p>—Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo viene así...
-cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice que
-en la aldea hay que perdonar.</p>
-
-<p>Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis Portal; pero la
-muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada, contemplándome
-como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando se
-inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el
-papel, diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy
-dulce: «¡Ay, y va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a
-mí por la imaginación un capricho y por los nervios una corriente que
-reprimí con el esfuerzo relativo que cuesta desechar las sugestiones
-puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy estás muy alborotado...
-Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la mozuela,
-pregunté:</p>
-
-<p>—¿Es un solo árbol eso que se ve desde la ventana?</p>
-
-<p>—¿Pues no sabe que es el Teixo?</p>
-
-<p>—¡Un tejo sólo esa inmensidad! ¡Santa Bárbara! Cogerá media legua de
-circuito.</p>
-
-<p>—¡Media legua! ¡Ay qué risa! No sea ponderativo. Media legua aún no
-la hay de aquí a San Andrés. Pero mire, tres pisos los tiene.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span>—¿Tres pisos un
-árbol?</p>
-
-<p>—¡Ay! sí, ya lo verá. En uno se baila; en otro se toma café; desde
-el otro se ve muchísima tierra... y la ría y todo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_9">
- <h2 class="nobreak">IX</h2>
-</div>
-
-<p>Copia de una carta a Luis Portal:</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>«Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo, quinta del papá de la
-novia de mi tío... ¡sopla! que se llama así, no el tío, sino la quinta,
-á causa de un tejo colosal que, según fama, tiene tres pisos, tantos
-como la mejor casa de Orense. Acabo de llegar: no puedo decirte aún lo
-que opino de la novia y gente que la rodea: esta gente es el papá, una
-vieja que tuvo que ver con el papá, y dos niñas, hijas ó sobrinas de
-esta vieja, una de ellas ya en sazón, y que aunque se llama Cándida...,
-punto y aparte. La futura tiíta es una señorita de aire elegante, con
-una cara que agrada si se mira despacio: los ojos buenos, y hasta
-buenísimos. No sé si está enamorada, pero se muestra bastante cariñosa
-con mi tío. Hijo, vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que una mujer honrada
-y decente (dicen que lo es mi futura tía) se case así, por casarse,
-con tal sujeto? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta?
-¿O es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un
-hombre se reduce á salir con él del brazo?</p>
-
-<p>»La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he formado de
-Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de un
-fraile... ¡Admírate! he viajado con un fraile, un fraile de verdad,
-un franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en las nubes.
-Me dijo, que era el modelo de la mujer cristiana. Esto, en boca de un
-fraile...</p>
-
-<p>»¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre More<span
-class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span>no! Hombre más corriente,
-más llano, más simpático, no lo ha echado Dios al mundo. Me tiene
-atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante, ni rehuye ninguna
-conversación de las admitidas en sociedad, ni le trata a uno
-despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas, ni hace cosa que no
-resulte discreta y oportuna. Por esto te digo no creas que el fraile me
-la pega. Lo que es pegármela... Al contrario, me escama terriblemente
-ese mismo don de captarse las voluntades, empezando por la mía. Le
-estudiaré y poco he de poder si no le arranco la careta. ¿Qué se
-propondrá ese tío? ¿Catequizar mejor? Porque no hay duda que con
-modales como los que gasta, se adquieren amigos. ¿O tal vez disimular
-propensiones no muy conformes con el sayal? Porque o es un santo o es
-un hipócrita, aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos
-hasta el día. ¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir rodeado
-de <i>sirtes</i> y <i>escollos</i> y sin tropezar en ellos? Pase el voto de
-pobreza, porque he visto que en efecto no llevaba ni con qué comprar un
-pitillo: pase el de obediencia porque también los militares obedecen
-a sus superiores; pero lo que es el de castidad... ¿Verdad que no
-cuela?</p>
-
-<p>»Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado que puede. A decir
-verdad, la novia me parece una ganga para él. Este señor de Aldao no
-tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que la
-quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sangrías; pero así
-y todo, siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado lo que nunca
-pudo prometerse.</p>
-
-<p>»La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío duerme en la casa
-del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo hospedaje
-en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme, holgazán. Ahí
-estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas con todo Dios y
-hasta con el diablo. ¡Eres más trucha! Se me olvidaba. Rompe esta
-carta...<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> aunque
-con tus hábitos de prudencia ya habías de hacerlo sin que yo te lo
-encargase.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se
-metió campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no
-mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría
-yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico <i>in fieri</i>;
-pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla
-sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos,
-nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia
-el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión),
-tez blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera,
-cejas y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el
-del bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si era cara de
-simple o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia
-de la infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus
-acciones.</p>
-
-<p>—¿Se baña? —me preguntó hablando en impersonal, según costumbre.</p>
-
-<p>—¿Que si me baño?</p>
-
-<p>—En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la
-playa, y puedo acompañarle.</p>
-
-<p>—Bien, convenido; nos remojaremos.</p>
-
-<p>—Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también
-se remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más
-fresco. ¡Guí, guí!</p>
-
-<p>—Lo malo es que no tengo traje de baño.</p>
-
-<p>—¡Ay! Yo <i>tampuerco</i>. Si es tan melindroso... Con irse a un
-rinconcito detrás de unas peñas...</p>
-
-<p>—¡Hombre!</p>
-
-<p>—O con llevar unos calzoncillos de repuesto...</p>
-
-<p>—Vamos; así, pase.</p>
-
-<p>A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se
-arrellanó en la silla con trazas de no irse<span class="pagenum"
-id="Page_83">[p. 83]</span> en toda la noche. Comprendí que era preciso
-hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me deslicé en
-la cama.</p>
-
-<p>—¿Hay <i>soneca</i>? —preguntóme Serafín arrimándose al lecho y
-pegándome, con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro
-y una sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví
-un coscorrón formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva
-risa: «¡Gui guiíi, gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar
-experimentalmente si yo tenía cosquillas, y también si tenía mimo,
-para lo cual me apretó fuertemente el dedo meñique. Aquella extraña
-familiaridad, más propia de criatura de seis años que de hombre, y
-particularmente de hombre que aspira al sacerdocio, ejerció sobre mí el
-irresistible contagio de un desprecio cómico, y en el fondo indulgente,
-y amenacé al monago con tirarle una bota si no se estaba quieto. La
-amenaza surtió efecto; Serafín se calmó, y echándose como un perrillo,
-atravesado a los pies de mi cama, me dijo que no tenía sueño, que lo
-que apetecía era charlar un poco. Le autoricé a que charlase, y nunca
-se cumplió programa alguno más al pie de la letra. Salió de aquella
-boca un río de tonterías y despropósitos, de inocentadas ridículas,
-mezcladas con golpes de ciencia teológica y rasgos de malicia grosera
-tan certeros a veces, que me sorprendían, dejando planteado el problema
-de si aquel tipo era rematado imbécil o astutísimo truhán.</p>
-
-<p>—Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca.
-No hay cuartos para el <i>ferrancho ferril</i>. ¡Cuartos! ¡Quién los
-viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles
-son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El <i>empiedrado</i> será de
-<i>marmole</i>... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando
-o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los
-madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para<span
-class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> qué estudia? ¿Para esos
-que hacen <i>ferriles</i> y <i>viraductos</i> y <i>tunantes</i>, digo <i>toneles</i>? ¡Ah!
-Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro de la ministración
-y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo sirvo mejor para
-penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, aunque llegue a ser
-más ingeniero que el que discurrió la condenada ingeniería, no hará
-la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío sabe: es peje. Nadie le
-saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él. Los solares ya fueron buena
-tajada, y ahora le alquilan la casa para correo y le pagan de alquiler
-un millón de duros... ¡gui, gui! Luego, cuando hay <i>eleuciones</i>,
-nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno, a los que seguimos la
-sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que le dijo un cerdote
-amigo mío: ¡Arre allá, <i>vade retro exorciso te</i>, que el liberalismo
-es pecado, y al que lo dude le paso por las narices la doctrina
-fundamental <i>de fide</i>, expuesta por el santo Concilio Vaticano! Aquí
-no somos de esos paladares estragados por salsas mestizas. ¡Gui, gui,
-gui!...</p>
-
-<p>—¿Y tú cómo piensas en política? —pregunté resolviéndome a tutear al
-monillo eclesiástico.</p>
-
-<p>—¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una
-opinión...</p>
-
-<p>—Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.</p>
-
-<p>—Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: <i>Nequit idem
-simul esse et non esse</i>: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de
-la Iglesia liebre en el Estado galgo. <i>Quod semper, quod ubique, quod
-ab omnibus.</i></p>
-
-<p>—Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?</p>
-
-<p>—<i>Ego sum qui sum</i>; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los
-distingos y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté
-muy claro; y también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y
-anda lampando por el título de Marqués del Tejo o al menos por una
-gran cruz. Dicen que el yerno se la trae de<span class="pagenum"
-id="Page_85">[p. 85]</span> regalo de boda. <i>Vanitas vanitatis</i>,
-gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la
-chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho
-las cataplasmas...</p>
-
-<p>—Cállate, que me revuelves el estómago.</p>
-
-<p>—No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con
-harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos
-gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y
-vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de
-Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya
-sabe más que muchas viejas. <i>Ne attendas fallaciæ mulieris.</i></p>
-
-<p>—No calumnies a mi tío, miquín —exclamé impulsado por la curiosidad,
-pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba
-de dar en el clavo—. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar
-siguiendo chicuelas?</p>
-
-<p>—Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con
-los calzones ir detrás de la monicaca... <i>Vinum et mulieres apostatare
-faciunt sapientes</i>, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no
-piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde
-echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una
-madrastra.</p>
-
-<p>Me incorporé sorprendido.</p>
-
-<p>—¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?</p>
-
-<p>El monago pegó un chillido.</p>
-
-<p>—¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los
-dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son
-<i>higas</i> de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su
-papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con
-ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese
-que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la
-<i>concupiscentia carnis</i>... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si
-vivimos hemos de ver milagros.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p>
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p>A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos
-paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era
-acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial,
-cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el
-Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos
-había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba
-prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría
-hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de
-charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de
-confianza y afecto.</p>
-
-<p>—Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos
-realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse
-entretenimiento... En el campo...</p>
-
-<p>—No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me
-aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico...</p>
-
-<p>—¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy
-simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más
-razón.</p>
-
-<p>—Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer
-por allá...</p>
-
-<p>Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos
-sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y
-amabilidad.</p>
-
-<p>—Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás
-que he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no,
-las chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por
-aquí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span>Echó a andar y yo
-tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de sus pasos, sonaban
-varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa, familiar. Sacó el
-manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas las cortinas,
-brotaron en todo su esplendor las magnificencias del equipo.</p>
-
-<p>Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido
-absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y
-otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos
-según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome
-todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del
-novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes.
-El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y
-muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos
-correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco
-hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en
-majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este —declaró Carmiña—
-era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada
-en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la
-novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por
-el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche
-y no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído
-con un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha.
-El hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de
-joyeros, álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se
-compran o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un
-rincón, como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera
-enorme...</p>
-
-<p>—¿Pero quién le ha regalado a usted eso? —pregunté sin contener la
-risa.</p>
-
-<p>—¿Quién había de ser sino Serafín? —respondió acompañándome en mi
-hilaridad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span>—¿Pero es
-posible?</p>
-
-<p>—Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese, con su ratonera
-enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve».</p>
-
-<p>—¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es?</p>
-
-<p>—En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su corazón no es malo, y
-a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos minutos se le
-va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por ejemplo, en
-un punto de teología o de moral —esto lo sé porque lo dice el Padre
-Moreno— y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que
-una vez que le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que
-despabilase una vela, las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con
-saliva, despabiló con ellos, y abriendo las despabiladeras metió dentro
-el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien te entiendo, cajetilla!».</p>
-
-<p>Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos al jardín. La
-futura tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los establos y la
-huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger flores
-y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre
-Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de
-ciertas personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna;
-de Serafín, que no había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo
-triunfal por San Andrés. A su vez, no tardó en presentarse el señor
-de Aldao. Venía atusado, engomado, con los bigotes teñidos, el cráneo
-luciente como una bola de billar; pero se me figuró una ruina, bajo la
-sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si «lo había visto
-todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un extranjero ha
-visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida añadió:</p>
-
-<p>—¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso?</p>
-
-<p>—¡Ah! cosa magnífica, sorprendente.</p>
-
-<p>—¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la<span
-class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> escuadra inglesa...
-entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó más de diez
-fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha
-asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al
-hablar de las bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir
-el Tejo... Gran orador Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido.</p>
-
-<p>El señor de Aldao me pareció una de esas personas que llevan la
-vanidad (algo escondida en los demás hombres) por fuera y completamente
-a la vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de
-vanidoso, y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven
-presumía de buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos
-y cejas tiradas a cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza,
-y durante una larga temporada le dió por usar a cada repiquete el
-uniforme de maestrante de Ronda y soñar con el marquesado del Tejo.
-A tal marquesado le hizo una corte platónica, arrimándose mucho a
-los gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a los
-obispos cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se
-frustró enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que
-ejercía sobre la provincia y sobre mucha parte de la región gallega
-don Vicente Sotopeña, habían hecho comprender al señor de Aldao que
-en nuestra época la importancia social no se funda en pergaminos más
-o menos rancios. «En el día la política —solía decir él— lo absorbe
-todo. El que puede repartir con la derecha confites, latigazos con la
-izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había influído
-bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la
-candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde
-agarrarse a una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer
-multitud de ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya
-iban avinagrándose; lo de la gran cruz, la despertadura del expediente
-de<span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> una carretera
-que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras menudencias
-relacionadas con la Diputación Provincial y la contrata.</p>
-
-<p>Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo laberíntico
-llamado el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la causa
-de ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y
-la emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende
-que estas malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor
-paridad entre el envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti
-una tiple de zarzuela, a la reina una modesta señora de la burguesía?
-Pues las envidian, no cabe duda; y desde la penumbra en que viven
-tratan de echar un rayito de luz que compita con el del astro. Así
-don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una renta
-mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién?
-con don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula
-de Derecho, el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista
-abrumado de negocios, el poderoso, el millonario, la influencia
-universal. ¿Y en qué terreno quería don Román eclipsar a Sotopeña?
-Pues en el de la residencia de verano. Don Vicente poseía en las
-inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real, descanso de
-sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor
-de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de
-su bosque de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de
-estalactitas, de su magnífica verja, y de otras mil preciosidades que
-el Naranjal luce, torcía el gesto, se contraían sus labios con el mohín
-de la vanidad mortificada, y preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le
-parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo? Un marino de la escuadra inglesa,
-entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...» etc., etc.</p>
-
-<p>Embellecer su finca, a imitación del Naranjal, constituyó
-la aspiración irrealizable de don Román<span class="pagenum"
-id="Page_91">[p. 91]</span> Aldao. La naturaleza era cómplice de este
-ensueño, porque además de haber criado aquel Tejo gigante y único,
-desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de paraíso llamado
-las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas, la
-vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder
-compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre,
-fuese un oasis. Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor
-atractivo de una quinta pende siempre de la naturaleza. Don Román no
-lo entendía así. Del campo, no sentía la inefable dulzura y reposo que
-infunde olvido de la vida social, sino al contrario, la apariencia y el
-bullicio, las glorias de propietario y anfitrión, y el pugilato con don
-Vicente. Claro está que Aldao no intentaba copiar esplendores como la
-famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por cronistas y viajeros;
-pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un amplio merendero
-emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un <i>chocolatorio</i>
-raquítico todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban
-estatuas preciosas? Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de
-yeso, sus «cuatro Estaciones» o su grupo de «amorcillos» y me los
-plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el Naranjal instalan una
-estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus orquídeas? Cátate
-al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor cantidad
-posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato,
-atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el
-Naranjal había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor
-de Aldao enseñaba al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las
-piñas y a armar con troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por
-último... el árbol colosal!</p>
-
-<p>El primer día de mi estancia en el Tejo vino a comer gente de
-Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño, que
-podría tener enton<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>ces
-cosa de cuatro años de edad, y un Diputado provincial llamado Castro
-Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío, jefe de la fracción que
-representaba su política en el seno de la Asamblea pontevedresa:
-porque todo es relativo, y en Pontevedra había <i>los</i> de mi tío, y la
-«política propia» de mi tío, gobernada por los rígidos principios
-que el lector supondrá. Acudió asimismo el director del <i>Teucrense</i>,
-periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis meses antes
-le tiraba a codillo; pero para tales cancerberos hay tortas mágicas.
-Hablóse mucho de la consabida política local, tan menuda, que rayaba en
-microscópica.</p>
-
-<p>El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé la atención en
-aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer alguna
-influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente
-veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana,
-soportaba bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la
-Ría, según le llamaban en estilo poético los revisteros de Helenes y
-los corresponsales de diarios madrileños cuando venían a veranear.
-La manera de crecer y extenderse aquel ramaje, su intenso y obscuro
-verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era imposible mirar al Tejo
-sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza exuberante y
-maternal que había producido tan soberana criatura.</p>
-
-<p>Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la ciñe amoroso con
-sus olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la acaricia, y
-tiende hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves redondeces
-de la costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el aire
-es más puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional.
-Aquel Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y
-en terreno fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y
-pujanza. Él era el verdadero monumento de la<span class="pagenum"
-id="Page_93">[p. 93]</span> región. Daba nombre a la quinta; servía de
-faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse hacia
-San Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva, no
-sólo de los pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las famosas
-Casitérides de los antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada de un
-mar casi helénico por su serenidad y belleza. Para construir en el Tejo
-los tres miradores sobrepuestos que lo adornaban, no se había requerido
-gran habilidad ni ciencia arquitectónica, bastando con aprovechar la
-gallarda horizontalidad de sus ramas y construir sobre tan robusto
-apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor ligero
-balaustre.</p>
-
-<p>La escalera, de caracol, encontraba natural sostén en el mismo
-tronco del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el suelo
-no se distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo
-piso, ni a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al
-tercero, necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas
-para admirar la perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero
-se llamaba «el salón de baile», el segundo «el cenador», el tercero
-«Vistabella». Y en casa de Aldao se oía a menudo preguntar: «¿Subiste
-a Vistabella?» «No, me quedé en el salón de baile». A la verdad, el
-salón de baile —preciso es reconocerlo, aunque el señor de Aldao se
-desazone— no asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar
-desahogadamente un rigodón, a los ecos del piano que para estas
-solemnidades era llevado al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo
-el toldo verde, entre paredes verdes también, que apenas filtraban la
-luz solar. El salón retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y
-columpiarse.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span></p>
- <h2 class="nobreak">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Aquel día, cuando subimos a tomar café al «cenador», donde ya a
-prevención había sillas, bancos y veladores rústicos en cantidad
-suficiente, el Tejo estaba más atractivo que nunca. Una brisa fresca,
-procedente de la Ría, hacía ondular ligeramente las ramas; el sol,
-hiriendo de lleno su copa, la doraba y arrancaba del árbol ese
-perfume penetrante y algo resinoso que aumenta en nuestro corazón la
-embriaguez de la vida. La altura a que nos hallábamos suspendidos
-podía persuadirnos de que éramos aves; a mí se me ocurrió que los
-pájaros tenían bien grata morada en el seno del coloso; y de repente,
-como si la Naturaleza se complaciese en infundirme uno de esos deseos
-imposibles de satisfacer con que ilude a los mortales, me entraron
-ganas, mejor diré ansias de volar, de perderme en aquellos espacios
-azules, puros e inmensos que veíamos al través de las aberturas que
-siempre ofrece el ramaje. Cuando noté que estaba envidiando a las
-gaviotas que allá a lo lejos descendían sobre los peñascos de San
-Andrés, me acusé de insensato y, haciendo un esfuerzo atendí a la
-conversación.</p>
-
-<p>Llevaba la batuta, como no podía menos de suceder, el Padre Moreno,
-afirmando una vez más a su auditorio que él se había encontrado
-siempre mejor en Marruecos que en España; mejor entre moros que entre
-cristianos «de estos de por acá».</p>
-
-<p>—No crean ustedes —apresuróse a añadir— que en África hacemos
-vida regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que
-aquella pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto.
-Yo aprendí el árabe, aunque no como mi hermano en religión el<span
-class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> Padre Lerchundi, lo
-bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para
-aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su
-idioma, santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí!</p>
-
-<p>—Más claro no puede decir el Padre que le agradaría pasarse al moro
-—advirtió don Román.</p>
-
-<p>—Moro, ya lo fuí —respondió con viveza el fraile—. Es decir
-—rectificó en seguida—, ya supondrán ustedes que no me hice mahometano,
-ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino moro, que
-significa hijo del África; mauritano.</p>
-
-<p>—Bien entendemos que usted no renegó —exclamó mi futura tía con el
-acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al dirigirse al
-Padre.</p>
-
-<p>—No, hija, renegar no: por la misericordia divina no llegué a
-eso.</p>
-
-<p>—Pues cuéntenos cómo fué moro.</p>
-
-<p>—¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una historia muy larga...
-Si hasta anduvo en periódicos: la <i>Revista Popular</i>, de Barcelona,
-insertó sobre eso un artículo.</p>
-
-<p>—¡Ay, cuente, por Dios!</p>
-
-<p>No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la complacencia con que
-se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que llevaba en la
-manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber.</p>
-
-<p>—Pues, verán ustedes... Era poco antes de la Restauración, cuando
-andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la República traía
-revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque, como
-les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos
-de la obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar
-tabletas para España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que no se
-podía venir con el hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para hábitos,
-señores! Ea, Moreno —dije yo para mí—, ahora tocan a desenfrailar (por
-fuera) y con<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>vertirse
-en un caballerete... Ya saben ustedes que allí nos dejamos siempre la
-barba, lo cual ayuda mucho para la esencia del disfraz, porque una
-de las cosas en que más se conoce al eclesiástico vestido de seglar
-es en la rasuración. La corona la teníamos bastante descuidadilla:
-de modo que con abandonarla enteramente los días que precedieron al
-viaje e igualar el resto del pelo, estábamos corrientes. La vestimenta
-se encargó al mejor sastre. Y los accesorios... porque el traje de
-caballero tiene mil accesorios... de esos se ocuparon las señoras que
-yo trataba, y en especial las del Cónsul inglés. Estas damas me querían
-muchísimo, y eran personas que entendían los perfiles de la elegancia,
-y cómo se emperejila un señor. Ellas me prepararon calcetines, ¡de
-seda, bordados y todo!, corbatas, camisolas y hasta pañuelos marcados
-con mi cifra. Todo el pío era verme puestas las galas. «Padre Moreno,
-después de vestido vendrá usted a enseñarse... Padre Moreno, es preciso
-que nosotras le demos la última mano, si no irá hecho una visión... No
-nos quite usted ese gusto, Padre Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún
-mico para andar luciendo las habilidades? A otra puerta, lo que es
-del fraile no se han de reir. No me verán vestido. Si lo quieren así,
-bueno, y si no perdemos las amistades.» Llega el día y me arreglo
-de pies a cabeza; no me faltaba ni el más pequeño detalle, incluso
-gemelos en los puños, que hasta eso me habían regalado. Me visto en el
-convento, y por calles excusadas salgo a tomar un barquichuelo que me
-lleva a bordo. ¿Pues creerán ustedes que así y todo aquellas buenas
-señoras consiguieron verme? Al saber que iba a zarpar el vapor, se
-plantaron en los balcones muy armadas de gemelos marinos, y como yo
-estaba tan descuidado sobre el puente, me contemplaron. Dicen que les
-parecía otro... ¡Claro! ¡pues si llevaba mi cazadora, y mis pantalones
-grises, y sombrero ladeado, y guantes!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span>Hubo una explosión
-de risa en el auditorio, al figurarse al Padre Moreno en semejante
-atavío.</p>
-
-<p>—¿Y después? —preguntó la novia interesadísima.</p>
-
-<p>—Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me dió ver flotando
-allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a Málaga.
-No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada,
-y ¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en
-Canarias, y que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a
-sus ojos. Me fuí hacia él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos
-explicamos, me convidó al café, y quedamos citados para ver juntos la
-Alhambra en unión de algunos compañeros suyos de fonda. Encargué que
-no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y verán ustedes que aún
-hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos a la mañana
-siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos <i>in
-fieri</i> y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar
-fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!»
-respondí comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de
-Tánger no esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados
-le preguntaban al oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él
-por no mentir contestó: «Bien lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf
-le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?» «Sí, le conocí en Canarias.»
-«¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué dice.» «Corriente.»
-Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado desde la
-víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo:
-«Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero
-temo causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de
-ser triste para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos
-por sus antepasados y que ya no pueden habitar;<span class="pagenum"
-id="Page_98">[p. 98]</span> pero que por no desairar su compañía y la
-de aquellos señores, iría de buena gana...</p>
-
-<p>—¿Y seguían teniéndole a usted por moro? —preguntó al señor de
-Aldao.</p>
-
-<p>—¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con toda seriedad. A
-uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza tiene este
-moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía como
-entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en
-fin, lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché
-mano a la barba...</p>
-
-<p>—¡Ay, Padre Moreno! —exclamó mi futura tía—. ¡Quién me diera verle
-con barba!</p>
-
-<p>—¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? —exclamó el fraile moro
-soltando el hilo de la narración—. Aguárdate, mujer... Espera... —Y
-rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y
-pobre, y de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió
-toda la sociedad reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres
-lanzaban gritos de admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa
-bobería: «¡Qué buen mozo era, Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno,
-no pude menos de convenir en que efectivamente resultaba buen mozo. La
-longitud del cabello y lo poblado de la barba acentuaban el carácter
-siempre franco y varonil de la figura del fraile, el cual, terminado el
-incidente del retrato, prosiguió:</p>
-
-<p>—Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven ustedes ahí, y
-con gran formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino que
-ha emprendido desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los
-caballos africanos a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del
-desierto.» Y luego me volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen,
-señores, a un hijo de África; estos conceptos se me han escapado sin yo
-poderlo remediar...» ¡Vería usted a aquellos hom<span class="pagenum"
-id="Page_99">[p. 99]</span>bres entusiasmados con mi salida! «No, no,
-que nos parece muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro fué
-cuando empezaron a hacerme preguntas sobre las que ellos creían mi
-religión y las costumbres de mi supuesto país. A uno se le ocurrió
-interrogarme: «si era cierto que la ley de Mahoma autoriza para casarse
-con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de caballería por más
-señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la ley de
-Mahoma...»</p>
-
-<p>Algazara general provocó esta parte del relato. Mi tío se apretaba
-la frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba; Carmiña reía
-de muy buen corazón y yo le hacía el dúo.</p>
-
-<p>—Oigan ustedes —prosiguió el fraile cuando se hubo calmado la
-hilaridad—. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural:
-«Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer
-los defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la
-constitución íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada
-me encanta tanto como una familia de un solo varón y una sola mujer,
-consagrados a amarse mutuamente y a protejer al fruto de sus amores. Ni
-el corazón del hombre, ni el reposo y tranquilidad de la familia, ni la
-dignidad de la mujer se realzan y consolidan con la poligamia.»</p>
-
-<p>—¡Bravo, padre!</p>
-
-<p>—¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos?</p>
-
-<p>—Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y abría una boca
-de a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo recobrar
-su aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted,
-Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?»</p>
-
-<p>El auditorio rió de nuevo.</p>
-
-<p>—¡Ay qué lance!</p>
-
-<p>—¡Arre, ese se iba al bulto!</p>
-
-<p>—¿Y usted qué contestó?</p>
-
-<p>—A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió una idea. «El señor
-(señalando a mi amigo) co<span class="pagenum" id="Page_100">[p.
-100]</span>noce mis gustos. Soy hombre que no quiere sacrificar su
-afición a los viajes y su independencia a la obligación de sostener
-una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y por eso he
-formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme nunca.»</p>
-
-<p>—¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más?</p>
-
-<p>—De eso nada —respondió el fraile—. La conversación cesó de
-girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino
-más expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran
-más liberales que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la
-revolución. Entonces les dije que ese concepto de libertad acaso lo
-entendía yo, moro, de distinta manera que ellos. «Dispénsenme, que
-al fin soy extranjero aquí, y explíquenme cómo es que habiendo tanta
-libertad para todo el mundo, me han asegurado que no consienten
-ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una
-especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies
-casi descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito:
-«¡Frailes! Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre
-moros...» Sin hacerle caso, continué: «Allá en Marruecos se les
-respeta, y contribuyen a infundirnos cariño a esta tierra española que
-consideramos nuestra segunda patria... Me admiro de que aquí (según
-refiere la historia de ustedes que he leído, porque soy amigo de leer)
-les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué así? Esto
-no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y
-hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un
-codazo y le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha
-jeringado.» —replicó el otro. Así dijo: jeringado.</p>
-
-<p>—¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería?</p>
-
-<p>—¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró.<span class="pagenum"
-id="Page_101">[p. 101]</span> Al regresar a Granada y meternos por las
-callejuelas tortuosas, cerca ya de mi posada, me volví hacia aquella
-gente, y dije con mucha seriedad: «Señores, lo de moro ha sido una
-broma. No soy sino un pobre fraile franciscano, que gracias a la
-libertad reinante ha tenido que disfrazarse de moro para venir a su
-país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí media vuelta y me
-largué dejándolos aturdidos.</p>
-
-<p>Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba la novia tan
-radiante de animación, comentando tan alegremente el relato del Padre,
-que cruzó por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal.
-Procuré desecharla; pero se formuló así:</p>
-
-<p>—Del padre no será, pero lo que es del futuro... tampoco,
-tampoco.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_12">
- <h2 class="nobreak">XII</h2>
-</div>
-
-<p>Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata.
-Sé que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel
-sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y
-reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez
-me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?</p>
-
-<p>Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre
-podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea
-apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy
-antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de
-su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea
-en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más
-frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la
-damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la
-señorita<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span> de Aldao,
-y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia a la criada antigua.
-Doña Andrea no se salía jamás de su esfera propia, el gobierno interior
-de la casa, ni aparecía en el salón, ni manifestaba otras pretensiones
-más que las compatibles con su oficio. Allí la única persona fuera de
-su lugar me pareció Candidiña. Ni era señorita que pudiese alternar con
-la hija de D. Román Aldao, ni fregatriz que viviese entre los pucheros:
-algo tenía de lo uno y de lo otro, y no se explicaba bien su presencia
-y su ambigua personalidad admitida en la sala y excluída de la mesa. Su
-hermanita pequeña ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que
-la diferencia se justificase.</p>
-
-<p>Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta,
-ni al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar
-en su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que
-las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a
-la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía
-menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al
-menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque
-el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime,
-tampoco era lícito censurarlo.</p>
-
-<p>Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos
-de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la
-intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del
-campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le
-atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento
-que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos,
-palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba
-en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba
-que debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego,
-oculto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span>Como no soy
-novelista, no he menester preparar hábilmente las transiciones; y como
-tampoco soy hipócrita, he de consignar algo que no sé si ha declarado
-algún observador o moralista. Y es que casi siempre la primer mirada
-de un hombre a una mujer —hombre en mis circunstancias, mozo y en
-disponibilidad amorosa— es mirada de curiosidad amorosa también: mirada
-que dice: «¿Me querría esta mujer a mí? ¿Cómo sería si me quisiese?»
-Esto no es un alarde de cinismo, ni hacer a la humanidad peor de lo que
-Dios la hizo: es indicar solamente que el instinto sexual, como todos
-los instintos, no descansa, aunque lo reprima la razón. Si profesase a
-mi tío cariño y respeto, hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz
-confusa del instinto. Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba,
-me sublevaba el alma secretamente; y al creer advertir en su novia
-gérmenes de sentimiento análogo, me sentía atraído hacia ella, por una
-fraternidad psíquica que iba derecha hacia el enamoramiento.</p>
-
-<p>Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me
-sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo
-a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y
-me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó
-de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado
-todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate
-interior, entre el deseo y las conveniencias.</p>
-
-<p>Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir
-a la futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo <i>seducir</i>
-indica una fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío
-lo que Luis Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué
-a averiguar si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al
-novio, y si a mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí
-que, conseguido esto, se calmaría mi inquietud.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span>La vida en el
-Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del baño tomábamos
-el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad sumamente propicia
-a encontrar a la novia en grato aislamiento, por el huerto o por
-el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr este propósito,
-desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado afición y se me
-agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo periódicos,
-o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y fresas
-con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente
-la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del
-Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba
-palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera:
-de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina,
-de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las
-amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla
-disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo
-bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo
-para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre.
-A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la <i>cara feroce</i> de la
-virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si
-dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.»
-A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno,
-con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté
-un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme
-con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo
-afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta
-por donde atacar aquel corazoncito.</p>
-
-<p>Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el
-conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba,
-al par que sumi<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span>sión
-y solicitud complaciente, formalidad y corrección excesivas, que podían
-tomarse por encogimiento o púdica modestia, pero que a mí, vistas a la
-luz siniestra que alumbraba mi alma, me parecieron síntomas de frialdad
-absoluta.</p>
-
-<p>Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de
-simpatía hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el
-mismo desvío que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna.
-Acaso ella misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen
-gusto, su delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna
-pregunta: «¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»</p>
-
-<p>Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio.
-Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el
-tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando
-a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de
-aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora
-diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de
-agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó.
-«Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en
-cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme
-de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su
-boca las razones que tiene para aceptar al tío.»</p>
-
-<p>Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando
-ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla
-<i>tiíta</i>. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió
-a tratarme, chanceándose también, de <i>sobrino</i>. Así que oí de sus
-labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso
-para llamarla <i>tití Carmen</i>. Estos dos nombres, el primero tierno e
-infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y<span
-class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span> belleza me parecieron
-encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la señorita de
-Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.</p>
-
-<p>Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en
-ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del
-ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado
-se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en
-Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo
-que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román
-dispuso que saliésemos a pescar <i>panchos</i> en las aguas tranquilas de
-la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación
-muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de <i>miñocas</i> o
-lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más
-dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una
-lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi <i>liña</i> no se
-sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba
-de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar
-de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y
-siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba
-con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor,
-pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a
-la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió
-sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar
-sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical
-travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada
-de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente,
-me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que
-de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba
-ni podía expresar más que esto:<span class="pagenum" id="Page_107">[p.
-107]</span> «Muy bien, futuro sobrino, pero yo por desgracia ya estoy
-ligada al antipático de tu tío y resulta que no podemos entendernos.
-Déjate de niñadas, o tendré que decirte <i>tarde piache</i>.»</p>
-
-<p>Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie,
-por el camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el
-campo parece más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las
-ciudades. Tití iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces
-se volvía para hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar,
-atravesamos por sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando
-la furia de un mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.</p>
-
-<p>Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran
-lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por
-las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay!
-¡Al pasar la era me he llenado de <i>amores</i>!» Comprendí perfectamente
-el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas
-florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se
-adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y
-empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se
-agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos
-hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar
-mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.</p>
-
-<p>De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago
-alevoso. Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales
-avechuchos, giró varias veces por la sala, apareciéndose en los
-rincones, donde menos contábamos con él, y batiéndose contra las
-paredes o cayendo, cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras
-cabezas. Risa va y grito viene, nos armamos todos de lo primero que
-encontramos: pañuelos, cubiertas de las sillas... y dimos<span
-class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> caza al feo monstruo.
-Serafín fué el primero que le puso la mano encima. A pesar de los
-agrios chillidos que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó,
-pidió dos alfileres y extendiéndole de punta a punta las alas
-membranosas, lo clavó contra la madera de una ventana. Después le
-introdujo en el hocico un cigarro hecho de un rollo o flecha de papel,
-encendiéndolo con un fósforo; y mientras el animal se estremecía
-agonizante y convulso, su verdugo le hacía mil visajes. Era una
-escena grotesca, para desternillarse de risa, y yo me entretenía en
-saborearla, cuando oí a la novia preguntar impaciente:</p>
-
-<p>—¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?</p>
-
-<p>La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana,
-exclamó:</p>
-
-<p>—¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...</p>
-
-<p>Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete
-entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio
-del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la
-víctima.</p>
-
-<p>—¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo
-no... No seas judío!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_13">
- <h2 class="nobreak">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a
-su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias,
-de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en
-la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos
-domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir
-que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo
-andaba molestado de unos cólicos biliosos, y ca<span class="pagenum"
-id="Page_109">[p. 109]</span>balmente se preparaba a salir para
-las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus asuntos e
-importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar sus planes
-ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para mi tío, cuya
-influencia en la provincia crecería al recibir pública muestra de
-amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba popularidad
-hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América del Sur.
-El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo que no les
-visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del Naranjal
-acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de conservación de
-la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D. Román el recelo
-de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de las bolitas
-tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos de yeso, de
-los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo de boj que
-dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con vidrieras,
-y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y convite.</p>
-
-<p>A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban regalitos de
-amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de
-dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por
-barreras inaccesibles.</p>
-
-<p>En cambio advertía ya claramente la frialdad glacial de la tití
-hacia su futuro. Lo que es en esto sí que no podía equivocarme, como se
-equivocaría otra persona menos interesada en la observación. Dos o tres
-veces percibí movimientos de desvío, gestos de impaciencia nerviosa, en
-momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca del que quiere,
-se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba mayor
-complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era
-respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta
-efusión, imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su<span
-class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> luz y la voz con sus
-inflexiones, la mostraba tití al hablar con el Padre Moreno: en vista
-de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El frailecito no me engaña
-a mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan resuelto, ese carácter tan
-explícito y esos retratos barbudos... ¡Ay, ay! El tal Aben-Jusuf...»</p>
-
-<p>Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre el Padre moro y
-mi tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya rápidas,
-ya largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia
-trataban de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez,
-en la huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán
-de noche?» me atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa,
-comprendí que era imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor
-habitación, exceptuando la destinada a los novios; este dormitorio
-del Padre comunicaba con el del señor de Aldao, de manera que no
-podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo sintiese. Al lado de
-mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar escapatoria
-nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi
-bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda
-de que <i>se entendían</i> el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a
-caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en
-distintas ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables,
-que después de haber tomado el café intentaban escurrirse al jardín;
-noté que por la mañana, a la hora del chocolate, procuraban secretear
-en algún rincón de la galería. Siempre interrumpían su coloquio,
-o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de Candidiña, o
-majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román.
-Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre
-disimulaba mejor.</p>
-
-<p>Reflexionando en lo que haría yo en el caso de ellos, vine
-a comprender que sólo les quedaba una<span class="pagenum"
-id="Page_111">[p. 111]</span> hora hábil para verse de ocultis: la
-madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En efecto, cuando
-el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los habitantes
-de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a
-mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes
-madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con
-el aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún
-no clareaba la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal
-despabilado me lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso
-de frescura, regado por el rocío nocturno, lleno del estremecimiento
-misterioso del follaje al despertarlo la aurora, y embalsamado por los
-ligeros olores venidos del jardín de daturas, resedas y heliotropos. El
-ruidito de la fuente era más que nunca melodioso, dulce y alternativo,
-como si cayese del cielo en un tazón de cristal. Todos estos encantos
-me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi acecho. A la
-segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y madrugaba
-por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis hábiles
-emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan
-deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al
-respirar con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió
-cuán bonito sería subir al <i>Teixo</i> y presenciar desde allí la salida
-del sol en el mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón
-de baile, ascendí hasta el cenador, y de allí a Vistabella.</p>
-
-<p>Me detuve sorprendido ante el panorama que se desarrollaba a mis
-pies. Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se asienta San
-Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías, algunos
-molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches
-de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer
-aún. Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta ho<span
-class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span>guera, sobre la parte del
-horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba la mancha
-negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a la primer
-mirada incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren. La niebla
-la velaba todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo empezaron a
-encender el mar prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa estremeció
-la superficie de las olas, que se tiñeron de opulentos colores, como
-si la mano de algún mago esparciese en ellas oro, zafiro y derretido
-carmín. Al mismo tiempo el paisaje se animaba, espejeaban ya las
-aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y Portomouro surgían
-blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el plateado tono
-de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las matas de
-grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus penachos
-amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido coral. De
-repente, como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo, la vela
-latina de una lancha sardinera brotó del infinito azul de la ría, al
-pie de San Andrés, y tras ella fueron saliendo otras muchas, apiñadas
-como bando de palomas. Me quedé embelesado.</p>
-
-<p>No sé qué aviso interior hizo variar la dirección de mis miradas,
-convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a tal hora.
-El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates
-de rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el
-pilón, parecían, desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico,
-trazado sobre el fondo de un tapiz. Los cristales de la silenciosa casa
-rebrillaban. De improviso...</p>
-
-<p>Un suceso muy previsto por la imaginación y que racionalmente
-nos parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no
-pueda importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron
-las manos cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y
-casi a un tiempo al Padre Moreno y a la tití.<span class="pagenum"
-id="Page_113">[p. 113]</span> Indudablemente competían en exactitud;
-habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de Carmiña ni el
-cronómetro cebolla del Padre, regalado por la señora del Cónsul inglés,
-discrepaban un minuto.</p>
-
-<p>La señorita y el fraile, al verse, se acercaron aprisa, como
-personas que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y tienen
-algo muy importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga
-del Padre. Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios
-y animados; y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al
-Tejo.</p>
-
-<p>Yo sabía que no podían verme. Por instinto de prudencia me había
-agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el significado de
-aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos charlar
-tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué
-todo uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación
-criminal o inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné
-que lo primero que harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar
-el árbol, aunque a tales horas no podían suponer razonablemente que
-estuviese habitado. En consecuencia, miré alrededor buscando un
-escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido, sólido, cerrado y
-adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se clareaba.
-No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome
-al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen
-a aquella altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la
-barandilla y perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la
-más fuerte y resistente. Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres
-pequeñas, gimió la espesura, y algunos pajarillos salieron azorados y
-revoloteando para huir de mi supuesta agresión. Por fortuna el fraile
-y la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del espaller,
-y ni era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque
-mirasen.<span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span> De otro
-modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable al de un estanque
-cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún susurraban y
-se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de tití y las
-reverendas pisadas del Padre Moreno.</p>
-
-<p>Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían colocado tan bien en
-lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un poco de abajo
-arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad, me
-permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el
-sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del
-asiento de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien
-habló primero, celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo
-de refugiarse donde era imposible que nadie sorprendiese su diálogo
-confidencial.</p>
-
-<p>—Verdad —afirmó la señorita satisfecha—. También a mí me parecía
-que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad completa. En
-la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y ya
-imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al
-Tejo no se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son?</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_14">
- <h2 class="nobreak">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>—Particularmente tu futuro sobrino —respondió el Padre—. No sé qué
-tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos espía. A
-veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos
-atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos
-de estos tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden
-dar lugar a interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que
-parecerlo también.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span>—Es cierto; pero
-yo, si no desahogaba con usted, creo que me moría. En el confesionario
-no se pueden explicar bien ciertas cosas.</p>
-
-<p>—Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien de este fregado...
-Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el padre
-Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo.
-Lo soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio.</p>
-
-<p>—Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted: mi mala sombra
-es tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que consulte,
-porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que
-ya usted se lo sospecha.</p>
-
-<p>El padre se cogió la barbilla con la diestra, reflexionando.</p>
-
-<p>—Según me dijiste te casas por evitar mayores males... Se me figura
-que he comprendido...</p>
-
-<p>—No, padre, no es eso... Mire usted: los males que aquí sobrevengan,
-no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he podido; me he
-convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo que
-una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy
-convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda,
-y que los caprichos de los señores mayores son más difíciles de
-combatir que los de los niños. Mi...</p>
-
-<p>La tití vaciló un poco.</p>
-
-<p>—Mi papá —dijo al fin con resolución— está como en sus quince. Ciego
-por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y
-cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe
-Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...</p>
-
-<p>—Tú querrías que se casase...</p>
-
-<p>—Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a
-todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor
-de doña<span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span> Andrea.
-Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré únicamente a que
-se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi madre; pero papá
-viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz, créame usted, de
-pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama una desazón; me
-ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo que no tiene...
-¿cómo diré?</p>
-
-<p>—Sentido moral.</p>
-
-<p>—Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno.</p>
-
-<p>—A eso llamo yo —dijo el padre— ser idiota de la conciencia.</p>
-
-<p>—Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una
-calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa
-chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía
-sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan
-honorífico.</p>
-
-<p>—Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que
-nos entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y
-ahora... ya no.</p>
-
-<p>—Cabal. Ahora no.</p>
-
-<p>—Pues entonces... no importa mucho que se case o no se case con ella
-tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma casa, el
-escándalo continúa.</p>
-
-<p>—No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan horrible, que
-no escandaliza a nadie—. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto
-maliciosa la tití.</p>
-
-<p>—Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para escandalizarse no
-mira si las caras son bonitas o feas.</p>
-
-<p>—Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto otra piedra de
-escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente nada... Ni
-tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que alguien
-repara en ciertas cosas...</p>
-
-<p>—Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las ver<span
-class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span>güenzas, para ti no se han
-hecho —murmuró el fraile con acento tan halagüeño y cariñoso, que mi
-tía se ruborizó un poco, creo que de placer.</p>
-
-<p>—No lo puedo remediar —balbució—. Es tan sagrado un padre, que usted
-no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos respetarle como
-corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el respeto
-a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera:
-hay momentos en que imagino volverme loca.</p>
-
-<p>—¡Tururú! —exclamó festivamente el fraile—. ¡Loca nada menos! Te
-lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo que
-Candidiña...?</p>
-
-<p>—Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete. Yo no sé a qué
-santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se
-domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy
-detalles; hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena
-que a la noche me eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por
-Dios y por la Virgen que o se casase de una vez con la chiquilla o la
-enviase fuera a servir.</p>
-
-<p>—Y la chiquilla, ¿le da cuerda?</p>
-
-<p>—Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en las cosas
-graves... se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En fin...
-yo no estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la
-he regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación:
-su madre no hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y
-créame usted: no sabe por dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de
-remate. Perdido por la chica. En eso me fundaba yo para rogarle que se
-casara; pero me sale con el mundo... y la gente... y su categoría...
-¡Ah, Padre, yo no puedo resistir más! No puedo.</p>
-
-<p>—¡Válgame Dios! —suspiró el fraile—. Qué ceguera... y permíteme la
-frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span>—Figúrese
-usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso porque es un
-desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás tú por otra...»
-Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré entonces que si mi
-padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en gracia! ¡Ojalá! ¡Mil
-veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando sus canas!</p>
-
-<p>Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos
-centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas
-de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la
-miraba consternado.</p>
-
-<p>—¡Tienes razón que te sobra! —exclamó al fin—. ¡Cuánto mejor sería
-morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural:
-todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no
-paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que
-nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas
-se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero
-siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el
-movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso.</p>
-
-<p>—Por desgracia —añadió la señorita, tratando de serenarse—, aquí hay
-de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por
-la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la
-gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni
-vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha
-costado... y además... no tendría...</p>
-
-<p>Aquí titubeó, decidiéndose al fin.</p>
-
-<p>—No tendría necesidad de casarme yo.</p>
-
-<p>La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó
-suspenso, moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice
-para sí: «Malo, malísimo».</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span>—De modo que
-tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo estamos en el
-confesonario. Tú no te casas gustosa.</p>
-
-<p>—Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo
-resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me
-dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y
-ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el
-respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de
-mi presencia... ¡eso no!</p>
-
-<p>—¿Y tu hermano? —preguntó vivamente el fraile.</p>
-
-<p>—Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo... Necesita
-dinero... mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta me
-ha regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama
-necia porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi
-hermano; pero su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de
-meterme donde no tienen gana de mí.</p>
-
-<p>El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo fruncido y las
-manos ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su fisonomía
-revelaba la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de
-resolverse a tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese
-sumamente importante y decisivo.</p>
-
-<p>—Pues chiquilla... —pronunció al fin—, mi consejo aquí no puede ser
-otro sino el que te daría cualquier persona de mediano criterio. El
-casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso más
-decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la
-misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna?</p>
-
-<p>—Repugnarme...</p>
-
-<p>Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo contenía hasta
-la respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me incrustaban
-en las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a
-dormirse.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span>Al fin se oyó
-nuevamente la voz alterada de la novia.</p>
-
-<p>—Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento por él ni
-cariño, ni nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo
-entusiasmo... amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo
-quisiera, al casarme, considerar al marido que he de recibir delante
-de Dios, como a una persona digna de la estimación de todo el mundo...
-Padre, ¿usted cree que don Felipe es... así?</p>
-
-<p>—Hija, con el corazón en la mano... No he oído contar de él
-ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos
-políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he
-de decir.</p>
-
-<p>—Lo de las pocas simpatías —advirtió con rara sagacidad la novia—
-no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en eso el que
-menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha
-reparado usted la cara de Felipe?</p>
-
-<p>—Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!</p>
-
-<p>—Es <i>de judío</i> —afirmó terminantemente la novia—. Le parecerá a
-usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es
-de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna...
-me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo
-acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría
-gran cosa, si no fuese...</p>
-
-<p>Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la
-conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí
-sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir
-con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de
-mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.</p>
-
-<p>—Pues, mujer —decidió el Padre—, con esa antipatía o repulsa, porque
-en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos,
-consulta tus<span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span>
-fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada. Considera que el
-marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de toda tu vida, el
-único hombre a quien te es lícito querer, el que va a ser contigo en
-una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él será el padre de
-tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... ¿entiendes?: te
-lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, ahora que todavía
-estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un alboroto deshacer el
-casamiento; pero mientras no exista indisoluble lazo... ¡pch! son cosas
-que dan pábulo a las lenguas de los necios un par de días, y luego se
-las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte, sólo la muerte de uno
-de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo de lo que significa el
-sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un esposo para la mujer
-cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas luego que tu amigo Moreno
-no te avisó.</p>
-
-<p>Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse
-a mis sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro
-de una caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me
-fatigaba la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno
-espionaje. Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi
-curiosidad una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos
-de la madera seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían
-en su lengua obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero,
-mamarracho.» Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre,
-abofeteándome con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado
-a usted. Ya noté que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos
-éramos esclavos complacientes de la materia, y que esta señorita y
-yo... Habrá usted visto con rubor que existen personas decentes.»</p>
-
-<p>Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme
-por la rama abajo, cabalgar en otra,<span class="pagenum"
-id="Page_122">[p. 122]</span> y, de rama en rama, descender hasta el
-salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia, no
-era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído
-que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar
-al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir
-la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único
-arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios
-y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este
-propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en
-posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender
-bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré
-oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos,
-habló la novia:</p>
-
-<p>—Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que
-no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me
-impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!...
-Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él
-andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi
-marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré
-contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las
-circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas
-seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se
-hunda el mundo.</p>
-
-<p>Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo,
-hasta hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para
-aplaudir, tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por
-inevitable movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse
-un estallido formidable, que me sonó como el fragor de la más
-desencadenada tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía
-despacio, sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje,
-pero<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> causándome
-contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los
-<i>gallos</i> de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo:
-y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol,
-exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.</p>
-
-<p>Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi
-ropa y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé
-cuál fué más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una
-pelota de goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo
-pretendía era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi
-delito y mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió
-alas y hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la
-calle de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me
-verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del
-bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me
-subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar
-las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el
-muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos
-y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba
-bañándome.»</p>
-
-<p>Y me desnudé en un periquete.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_15">
- <h2 class="nobreak">XV</h2>
-</div>
-
-<p>El día de la boda, dos después de este episodio, me desperté con
-la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja
-torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños
-del árnica que compré secretamente en la botica de San Andrés, había
-conseguido que no se marcasen las contusiones y erosiones que tenía en
-la cara y manos. De mi ropa se había rasgado tan sólo el forro de la
-americana;<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span> menos
-mal. Los dos únicos testigos de la escena sin duda se habían puesto
-de acuerdo para callar; pero me miraban de vez en cuando, y yo sentía
-desagradable impresión al encontrar la mirada de Carmiña, triste y
-severa, o los ojos del franciscano, en que me parecía notar mezcla
-humillante de enojo y desdén.</p>
-
-<p>Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado, «¿A que me he
-resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el pastel por
-fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual de
-bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta
-a Luis:</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>«Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He sorprendido los
-secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido de que es
-un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba el fraile
-que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana. Es indudable que
-en una mujer así hay algo que impone veneración, algo de celestial.
-Hice mal en dudarlo y en imaginar siquiera que no fuese una santa. ¡Y
-si vieses qué desgraciada, qué abnegación la suya! Te referiré lo que
-sucede... y me dirás si cabe mayor heroismo, ni más dignidad. Estoy
-absorto desde que he penetrado los móviles de su conducta...»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Se los explicaba largamente, encomiando la resolución admirable de
-tití, y añadía para concluir de descargar mi conciencia:</p>
-
-<blockquote>
-
-<p>«También el fraile me parece bueno... Me voy inclinando a que
-cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la virtud,
-¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento: no sé si
-desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá muy refinado,
-o si ya no me importa como mujer. Lo seguro es que mi tío no merece el
-tesoro. ¡No encontraré yo mujer semejante, si llego a casarme andando
-el tiempo!»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Esta epístola la escribí la víspera del día fatal. Al<span
-class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span> amanecer éste, me
-encontré, según iba diciendo, molido y con los huesos hechos harina, y
-unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado boca arriba, sin
-moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito monaguillo
-entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas.</p>
-
-<p>—¿Qué tiene? —preguntaba—. Está como los gatos cuando se tumban
-al caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy unas
-friegas?</p>
-
-<p>Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño cerrado,
-exclamé:</p>
-
-<p>—Como hables de caídas...</p>
-
-<p>—Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... <i>¡Ne in furore tuo
-arguas me!</i></p>
-
-<p>—Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...</p>
-
-<p>—Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole
-cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial
-y Botánico? Pues toca que se las pela.</p>
-
-<p>En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían
-danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando
-la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón.
-Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una
-especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho
-peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor
-que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de
-los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto,
-y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del
-Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y
-protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses
-felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba
-comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la
-ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, teme<span
-class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span>roso de que no hubiese
-todos los perfiles que requería la presencia de tan importante persona.
-Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas con el mismo Santo.
-Este al fin era la quinta esencia de la llaneza, y en dándole platos
-regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta repararía. En cambio
-el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón, acostumbrado a los festines
-de la corte...</p>
-
-<p>Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el
-pasillo voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de
-varias amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de
-Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por
-contemplarla mejor.</p>
-
-<p>Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el
-cerco cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco
-de red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar
-natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y
-rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos
-días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué
-hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao,
-a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos»,
-la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre:
-«Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque
-contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar
-estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi
-terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza
-murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto
-brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron
-a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado,
-algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo,
-en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span>Esta estaba
-fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís, iluminado el
-altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque se casaron
-y velaron a un tiempo. Escuché el claro <i>sí</i> de la esposa y el opaco
-del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de San Pablo,
-aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la mujer a
-la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la bordada
-estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el cuello
-del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho, inclinó la
-frente sometiéndose al yugo.</p>
-
-<p>Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos
-por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin
-de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo
-terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron
-oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en
-tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y
-gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde
-ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era
-joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el
-piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre
-Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido
-hacerlo.</p>
-
-<p>Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a
-aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate
-y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo
-tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y
-Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una
-señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado
-los rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del
-molimiento y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por
-la mente un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan
-tocado los bra<span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span>zos
-de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la caída, la
-propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la empujaron,
-y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así como así ya es
-la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y dejó que con
-el derecho rodease su cintura.</p>
-
-<p>Al estrecharla comprendí por repentina intuición que estaba prendado
-de aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre. El tenerla
-así enlazada —en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de
-oro por el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una
-juguetona estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia— me
-volvía loco. Notaba las delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña;
-sentíame bañado en su aliento, y la disparatada idea se convirtió en
-sentimiento tan vehemente, que necesité reprimirme para no estrechar
-a mi pareja, haciéndola daño. Mi arrebato era, no obstante, de lo más
-puro y elevado que se ha visto en esto de transportes amorosos. Sentía
-una ilusión celestial (si me es dado expresarme así), una ilusión
-divina, noble en su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era
-pensar que tenía allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la
-tierra, y que esta mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía
-virgen, intacta, como el cáliz de una azucena, como el propio azahar
-que llevaba prendido aún en el pecho, y que al empezar a marchitarse
-despedía aroma fuerte y embriagador.</p>
-
-<p>Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y vuelta, creo que la
-dije: «Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?».</p>
-
-<p>—Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de usted con mucha
-política.</p>
-
-<p>—¿Te enfadarás?</p>
-
-<p>—No. ¿Por qué?</p>
-
-<p>Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda me acariciaban
-las rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del vals,
-latir fuertemente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>Entonces, con
-impulso invencible, ascendió la verdad a mis labios.</p>
-
-<p>—Tití—murmuré—, perdóname; yo me he portado mal contigo. ¿No sabes?
-Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque ahora conozco
-todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de mí.
-¿No lo ves?</p>
-
-<p>—Calla, bobo —articuló ella, algo acortada de respiración por el
-movimiento del vals—. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres que te diga?
-Hiciste muy mal. ¡Muy mal!</p>
-
-<p>—Ya lo sé —respondí compungido—. Por eso te pido que me perdones.
-Anda. ¿Me perdonarás?</p>
-
-<p>—Bueno —murmuró ella como el que accede al antojo de un niño.</p>
-
-<p>—¡Qué santa eres! —exclamé con delirio en voz baja y honda.</p>
-
-<p>Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan
-estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:</p>
-
-<p>—Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?</p>
-
-<p>—No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.</p>
-
-<p>—¿El último?</p>
-
-<p>—De seguro.</p>
-
-<p>—Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar.
-Dámelo.</p>
-
-<p>—¿Para qué lo quieres?</p>
-
-<p>—Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.</p>
-
-<p>—¡Toma, sobrino! —exclamó deteniéndose— y no vuelvas a esconderte en
-los árboles.</p>
-
-<p>Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití,
-calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en
-ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber
-sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus
-pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y
-la animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por
-mi<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span> gusto, el tal
-baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la fuerza de mis
-sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto cielo, incapaz
-de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada cintura... pues
-de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y voz firme,
-pronunció:</p>
-
-<p>—Basta.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_16">
- <h2 class="nobreak">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor
-apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de
-herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes
-de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la
-boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío
-de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o
-tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos
-políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se
-colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras
-arqueológico-históricas.</p>
-
-<p>Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el
-puesto de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto,
-bien hablado, cordial y bromista al modo que lo son los políticos de
-este período actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los
-principios con la de las simpatías personales que suman incesantemente.
-Desde que empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de
-atraerse a aquel auditorio, a aquellos <i>elementos</i>, como diría él.
-Tendió la vista en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del
-hombro de la novia, le oí que murmuraba:</p>
-
-<p>—Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>—Verá usted...
-—respondió mi tío—. Le tenemos tan de esquina con nosotros...</p>
-
-<p>—Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete
-le ponga entre los convidados —añadió señalando al director del
-<i>Teucrense</i>, que se inclinó lisonjeadísimo.</p>
-
-<p>Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:</p>
-
-<p>—Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es
-preciso. Con que llegue a los brindis...</p>
-
-<p>Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo
-un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el
-<i>elemento</i> refractario.</p>
-
-<p>Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz
-con el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en
-el público.</p>
-
-<p>—Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión
-sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación
-conservadora no sería viable...</p>
-
-<p>Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no
-comprendían el sentido de la palabra <i>viable</i>; pero en fin, se daban
-cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo
-para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido
-<i>utópico</i>, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de
-aprobación a la redonda.</p>
-
-<p>Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta
-cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde...
-Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el
-aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de
-pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que
-Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso
-los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa,
-estimularon su empobrecida san<span class="pagenum" id="Page_132">[p.
-132]</span>gre y le sacaron de su infantil sosera, convirtiéndolo
-en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los codazos y
-pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de un
-Juvenal con sotana.</p>
-
-<p>—Mire —me decía pasito—, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice
-de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el
-templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... <i>¡Fecerumque sibi
-deos aureos!</i> No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y
-van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón...
-Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted
-no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más
-que invente <i>puentes imánticos</i> o <i>carreteras eléctricas</i>... maldito
-el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo
-también, tonto?</p>
-
-<p>Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados
-y el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los
-disparates que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener
-la risa al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a
-mi derecha. Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el
-bienaventurado arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario
-de la Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados
-ojos. ¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él!
-A pesar del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal
-aguzaba las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus
-benditos seis mil reales...</p>
-
-<p>—Salustio —suplicó angustiado—, haga callar a ese majadero... Está
-poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...</p>
-
-<p>La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al
-pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria
-y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando
-satis<span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span>facción,
-haciendo la corte a Pimentel más que a su novia; brindándole la
-función, «¡Gente rastrera! —pensaba yo—, si queréis inclinaros,
-inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa el
-sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada,
-que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la
-sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va
-descaminado.»</p>
-
-<p>No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de
-Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para
-contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías
-y de las cosas <i>viables</i> o no <i>viables</i>. Causó general asombro el que
-me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me
-miró con una expresión que redobló mis bríos.</p>
-
-<p>—¿Que no es <i>viable</i> la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver?
-Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos...
-Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus
-ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas
-han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que
-aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene
-convicciones, ídem.</p>
-
-<p>Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:</p>
-
-<p>—Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras
-razas, en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre
-árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh!
-imposible, imposible...</p>
-
-<p>Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos
-eran sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos,
-señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con
-la libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen
-hombres de Estado porque las multitudes están educadas ya para las
-libertades políticas, es una transmisión heredita<span class="pagenum"
-id="Page_134">[p. 134]</span>ria, digámoslo así; hereditaria. Y si no,
-vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...</p>
-
-<p>No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra
-a un clavo ardiendo.</p>
-
-<p>—Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que
-Thiers...</p>
-
-<p>Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró
-con cierta ansiedad.</p>
-
-<p>—Que Thiers era francés.</p>
-
-<p>El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:</p>
-
-<p>—Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia
-después de la Commune.</p>
-
-<p>Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis
-palabras, ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación
-y sorpresa; el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno,
-alegrado por una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:</p>
-
-<p>—Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece...
-Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra
-es el país del <i>self</i>... del <i>self governement</i>, como demostró con
-mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra
-idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No
-resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las
-tendencias ingénitas de la raza...</p>
-
-<p>—Todo eso es palabrería —argüí—. Generalidades que nada prueban.
-Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la
-república española, con la cual el que más y el que menos de los que
-hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta
-dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les
-hubiese abierto el presupuesto de par en par?</p>
-
-<p>Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que,
-batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span>—Por ahí, por
-ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!</p>
-
-<p>Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia
-mí, y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.</p>
-
-<p>—Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al
-aceptar los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en
-otras circunstancias...</p>
-
-<p>Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a
-quien traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje.
-Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían
-sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas
-con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no
-se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho
-un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando
-medio de captarse la voluntad del adversario político.</p>
-
-<p>Yo no sabré decir cómo era el <i>menú</i> de aquella pesada comida. Me
-parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina
-figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir,
-prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a
-inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos
-pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas
-por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía
-desairar.</p>
-
-<p>Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro
-efecto sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había
-inducido a provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo,
-quijotesco, deseoso de armarla con todos y contra todos. Y bajo
-aquella efervescencia singular, notaba el latido sordo de una pena
-muy recóndita, especie de nostalgia de algo que me parecía haber
-perdido. No acertaría a explicarlo: era de esos sentimientos sutiles
-y<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span> punzadores que
-a veces no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma,
-sino a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad.
-La novia —a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas— tenía el
-semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del
-largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura
-del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No
-existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le
-inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber
-moral, el <i>imperativo categórico</i> de su fe, se había acercado al
-ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en
-su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué
-esperará? ¿Qué temerá la blanca novia?</p>
-
-<p>Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la
-imaginación, surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras
-sofocadas, ojos que echaban chispas, voces algo descompasadas e
-injustificadas locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto
-diapasón y efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender
-las excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a
-otro de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina
-disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín
-reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él
-poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes,
-y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar
-enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a
-los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel
-la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de
-Pimentel y el novio y suegro muy compinches.</p>
-
-<p>Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la
-algarabía fué tal, que allí no se entendía<span class="pagenum"
-id="Page_137">[p. 137]</span> nadie. Unos disputaban, otros reían,
-otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino
-y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de
-pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos
-de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo
-se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El
-señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a
-tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a
-pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora
-en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad
-de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo
-puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado.</p>
-
-<p>El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido
-y desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que
-se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana,
-cebolla, piñones, <i>quoniam</i>, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el
-Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez
-se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla,
-dió en perorar.</p>
-
-<p>—Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen
-con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales;
-la primera se prueba <i>per se... per se...</i></p>
-
-<p>—¡Per <i>só</i>! —chillaron Castro Mera y el ayudante.</p>
-
-<p>—El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida,
-adúltero o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres
-de la Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes...
-¡estoy incurso en excomunión mayor <i>latæ setentiæ</i>! ¿No sabéis lo que
-dijo un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis,
-piñones? ¡Gui, gui! Pues dijo: «<i>Cum ejus modi nec cíbum sumere</i>».
-¿Eh?<span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span> Me parece que
-bien claro lo cantó. «<i>Cum ejus modi nec Pajaritum su... sum...</i>»</p>
-
-<p>Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel
-escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a
-borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un
-apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus
-gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus
-ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una
-gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la
-violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos
-amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran
-ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le
-sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la <i>curda</i>! Tan borrego como
-parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su
-estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan
-belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos
-dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el
-instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera,
-algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de
-las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese
-con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas,
-de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la
-insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes
-buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené
-a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia
-como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos
-de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con
-formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme,
-a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo<span
-class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> que una fiera, y hubo
-momentos en que creímos que podría más que todos nosotros juntos. Al
-fin logramos atarle las manos con una servilleta; le inundamos de
-colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies y por los
-hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos sobre
-su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a veces
-cortos espasmos.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_17">
- <h2 class="nobreak">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa para
-despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que
-por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso
-que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de
-mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio,
-cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella
-gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda por fausto
-acontecimiento, me producía fastidio y aborrecimiento inexplicable:
-parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se
-esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas
-con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me
-ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí.
-Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la
-puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu,
-hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció:
-«¿Adónde va usted, caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre
-Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra
-la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme.</p>
-
-<p>—Aquí me vine —dijo— buscando sitio a propósi<span class="pagenum"
-id="Page_140">[p. 140]</span>to para hacer mis rezos de costumbre. Ya
-estaba concluyendo. Y usted... ¿se puede saber si también sale de la
-huerta para rezar?</p>
-
-<p>—No —contesté en uno de esos ímpetus de franqueza súbita que suelen
-proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes entre pecho
-y espalda—. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla,
-tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría
-bestial y sin motivo.</p>
-
-<p>—¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted razón. A
-mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo
-insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero
-a usted...</p>
-
-<p>—Padre Moreno, crea usted que hay días en que, convicciones aparte,
-le entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el mundo.</p>
-
-<p>El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos poderosos, serenos
-y perspicaces.</p>
-
-<p>—¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no extrañará usted si un
-pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted a la entrada
-del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde cabe en
-la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es
-egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie...
-y en cambio compadezco a mucha, a muchísima gente.</p>
-
-<p>El orgullo laico no se me encabritó al oir tales palabras. Después
-he reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del fraile,
-compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera
-de pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación
-absurda que para mí tenían los votos monásticos, era yo quien debía
-compadecer a Moreno, y como se compadece a las víctimas del absurdo y
-del sacrificio inútil. Únicamente se explica mi extraña aquiescencia
-a las palabras del Padre Moreno, suponiendo que existe en el fondo
-de nuestro espíritu una tendencia perpetua a la abnegación, a la
-renuncia<span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span>ción, por
-decirlo así, tendencia que se deriva del subsuelo cristiano sobre el
-cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me ocurría en aquel
-momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir estudiando,
-acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir las
-impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que
-forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y
-peleas, o pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se
-viene a rezar al bosque?»</p>
-
-<p>—Sí que compadezco a muchos —prosiguió el Padre cogiéndose de
-mi brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta
-un pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores
-silvestres—. A las gentes que juzguen... así, nada más que por
-la superficie, les parecerá que hoy, en medio del bullicio, puedo
-experimentar algo de envidia, considerando mi estado, tan diferente del
-de los casados ¿eh?... Pues le aseguro (y usted no creerá que le digo
-una cosa por otra, pues ya sabe que mi carácter es muy franco) que más
-bien parece como si me inspirasen los novios una especie de lástima, al
-pensar en... vamos, los trabajos que les esperan, por más felices que
-usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos llenas cuanto se
-entiende por dichas.</p>
-
-<p>Los sentimientos del fraile estaban en aquel momento tan conformes
-con los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y cediendo por
-segunda vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el
-vallado:</p>
-
-<p>—A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro disparate; o mucho
-me engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña es un
-ángel, una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo
-mis motivos para conocerle.</p>
-
-<p>Mudó repentinamente de aspecto la cara del Pa<span class="pagenum"
-id="Page_142">[p. 142]</span>dre. Sus ojos se tornaron severos: su
-entrecejo se frunció: recogióse su boca pasando de la amabilidad a la
-seriedad, a la austeridad casi. Ví en su fisonomía una expresión que
-tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara: eran el fraile y el
-confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés, comunicativo,
-humano.</p>
-
-<p>—Habla usted con ligereza —declaró— y perdone que le ate corto.
-Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento que me
-obligue a recordar <i>eso</i>... Quería olvidar que fué usted más imprudente
-y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación
-y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a
-todos. Ya sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo
-me presenta la ocasión no la desperdiciaré. Creo que obró usted así
-por aturdimiento natural en los pocos años; que a ser otra cosa...
-¡caramelo!</p>
-
-<p>—¿A qué se refiere usted? —dije sintiendo despertarse mi amor propio
-y mirando al fraile con aire de desafío.</p>
-
-<p>—¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy amigo de medias
-palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al batacazo
-que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía.</p>
-
-<p>—Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a todo... Yo...</p>
-
-<p>—Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas.</p>
-
-<p>—Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con ánimo...</p>
-
-<p>—Con ánimo de oir la conversación.</p>
-
-<p>—No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me podrá usted
-vencer en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco;
-pero en pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en
-eso...! Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre
-honrado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span>—Admito, y no es
-poco admitir —murmuró reposadamente el fraile—, que eso sea verdad; y
-lo admito, porque me ha sido usted simpático desde el primer momento,
-porque me ha parecido conocer y discernir bien su carácter, y no
-veo en usted malicia diabólica, ni corazón dañado, ni perversidad
-ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en el caso
-de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo
-impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de
-ese prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que
-no nos importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar.</p>
-
-<p>—Es que la boda de mi tío...</p>
-
-<p>—Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus intereses; pero
-si por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es mala...
-En eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador
-de la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular
-pretender, por medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un
-espíritu y en los repliegues de una conciencia.</p>
-
-<p>—Padre —contesté con firmeza, porque me estimulaba el enojo de la
-reprimenda y la misma certeza de mi culpa—, usted dirá lo que quiera
-del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y
-que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad
-con que usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente
-entrometido, y cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la
-razón cuando auguro mal de una boda hecha en ciertas condiciones y
-circunstancias. Ya que no ignora usted que tengo motivos para estar
-enterado, pues reconozco el delito del espionaje, no me niegue que
-lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un desastre
-horrible...</p>
-
-<p>El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de ceño. En otras
-circunstancias acaso me con<span class="pagenum" id="Page_144">[p.
-144]</span>tendría su desagrado evidente; pero en aquel instante, no
-había quien pudiese reducirme al silencio: le así del brazo y le dije
-con fuerza:</p>
-
-<p>—Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados son muy fáciles
-de deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá usted.
-Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una
-desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao
-y la diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido,
-pero estás a tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo
-a rodar. No quieras completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En
-tu inocencia no puedes imaginarte lo que es ser esposa de mi tío. Un
-horror... mira que te lo aseguro. No llegue yo a verlo. Antes cieguen
-mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te aconseja lo mismo. Anda
-valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el Padre Moreno, y
-todos... ¡Ánimo!»</p>
-
-<p>—Lo que juro —afirmó el fraile— es que está usted loco o va camino
-de ello. Y si no... ¡Tate!...</p>
-
-<p>Dióse una palmada en la frente, y añadió:</p>
-
-<p>—¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero?</p>
-
-<p>—¿Me supone usted borracho? —grité irguiéndome en fiera actitud.</p>
-
-<p>—Le doy a usted mi palabra —declaró con espontaneidad— de que no
-creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso. Únicamente quiero
-decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa perturbación
-moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates
-ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a
-nuestro modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios.</p>
-
-<p>—Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el matrimonio...
-¿qué respondería?</p>
-
-<p>—Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente<span
-class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> en estos términos:
-«Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un horno.»</p>
-
-<p>—Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno? —exclamé con
-vehemencia y dolor—. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y
-sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce
-a mi tío? ¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter,
-de la pequeñez y vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa
-mujer incomparable, a quien usted debe respetar como a la Virgen María,
-porque es tan bue...?</p>
-
-<p>No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de cólera, con todo el
-empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile me tapó la
-boca apoyando en ella su ancha mano.</p>
-
-<p>—¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de mandarle a usted bien
-sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado anormal en que se
-encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la humareda en
-los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que fuese
-<i>jumera</i> lo de usted; mas si se me va por los cerros de Úbeda, el mayor
-favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado.</p>
-
-<p>Retrocedí ofendido.</p>
-
-<p>—¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no herir...</p>
-
-<p>Pasando sin transición del enfado a la cordialidad, él me dió una
-palmada en el hombro.</p>
-
-<p>—No se formalice, ¡caramelo! Óigame con tranquilidad, si puede. Es
-la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo sublime, lo cual
-revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de buenos
-sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de
-sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, <i>ex
-abundantia cordis</i>. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad
-propia de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda con
-repulgos. Más le voy a conce<span class="pagenum" id="Page_146">[p.
-146]</span>der. Pudiera suceder que usted, en medio de su...
-alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta al sostener que
-este matrimonio ha sido, humanamente hablando, un desacierto. Pero
-usted prescinde del auxilio de la gracia y de la Providencia, que no
-falta nunca a los buenos, a los sencillos de corazón, a los que cumplen
-sus deberes y fían en la palabra de Cristo. La paz del alma es un bien
-real entre los muchos bienes falsos que ofrece el mundo. No compadezca
-usted a su tía, ni a mí, ni a nadie que ande derecho y sepa reirse de
-la materia... La bienaventuranza no existe por acá, y nosotros, los que
-aparentamos mortificarnos, somos realmente unos egoistones: sacamos más
-partido de la vida que nadie.</p>
-
-<p>Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como el hierro en
-la herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono de
-convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me
-produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que
-infunden las <i>jumeras</i> «por lo fino y lo sublime», como decía el Padre.
-Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos
-de dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas
-ilusiones: y reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé:</p>
-
-<p>—¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién tuviera sus
-creencias y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en el
-convento un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más
-triste...! ¡Parece que se me acaba la vida!</p>
-
-<p>El fraile me miró con singular perspicacia. Sus ojos eran dos
-escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los tejidos.
-Su acento adquirió inflexiones duras al decirme:</p>
-
-<p>—¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la vergüenza, ni el
-propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien mirado, siempre
-que no se les acabe a <i>los demás</i>..., haga usted lo que quiera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span>No torcí la
-cabeza, no entorné los párpados, no me sonrojé. Si las pupilas del
-fraile acusaban, las mías confesaban explícitamente: retaban casi:
-«Conformes: tú me adivinas, yo no me oculto. Ante mi ley moral, lo
-que siento no es ningún crimen. El crimen es haber bendecido ese
-matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me interné en
-las tierras.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_18">
- <h2 class="nobreak">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor
-soledad, me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La
-luna, que se había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender
-al cielo su serena placidez, y las olas del mar, dormidas también y
-arrulladoras, venían a estrellarse a los pies del peñasco donde me
-senté aturdido de pena, dispuesto a entregarme a todos los sueños y
-quimeras de la imaginación, recalentada por el trasabor del champaña.
-El blando rumorcillo de la encalmada ría; el trémulo rebrillar de
-la luna sobre la superficie del agua, y la misteriosa efusión de
-la Naturaleza, me predisponían al monólogo siguiente: «Si hoy nos
-hubiésemos casado <i>ella</i> y <i>yo</i>, despacharía a los importunos y me la
-traería aquí del brazo; la sentaría junto a mí, en esta misma peña,
-que parece hecha a propósito para escena tan inolvidable. Ciñendo su
-cintura, reclinando su frente sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir
-su pudor, iría preparándola suavemente a compartir el arrebato de la
-pasión; a transigir gustosa con el fatal desenvolvimiento del amor
-humano. Y los instantes más bonitos, los instantes deliciosos en que
-pensaríamos toda la vida... serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y
-profundo nos abrumaría! ¡Qué silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una
-ventura así será demasiado grande para que la resista el corazón.<span
-class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span> Pesa tanto, que no hay
-quien pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y
-—decía yo prosiguiendo en mi soliloquio— el caso es que esa felicidad
-ya no la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres,
-que sólo tienen <i>una</i> inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta
-la azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos
-años que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te
-será posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos
-donde a un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones
-no sentidas, a entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En
-substancia, y sin duda en más desordenada forma y con mayor viveza de
-imágenes, ved aquí lo que se me ocurría durante el paroxismo de la
-pena, mientras luchaba con el abatimiento que causa la semiembriaguez.
-Un pensamiento flotaba confusamente dominando a los restantes. «Si
-el dueño de Carmen no fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los
-diablos. Mi entusiasmo romántico por <i>ella</i> es la eterna prevención
-contra <i>él</i>, que adquiere otra forma.»</p>
-
-<p>Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación
-real y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama
-de azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer
-mayores extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí
-derecho al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar
-o revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio.</p>
-
-<p>Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que
-llevaba en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era
-preciso ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando
-esa calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la
-luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre
-borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido,
-a mis pies,<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> del
-suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como un jimio, riendo
-y enseñándome la fea dentadura.</p>
-
-<p>—Mostrenco, ¿qué haces ahí? —le dije—. Buena la armaste hoy. Lástima
-de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te
-doy una mano de nalgadas.</p>
-
-<p>Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia;
-la cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo
-extraño y diabólico de su catadura.</p>
-
-<p>—No me da la gana de dormir... —contestó rechinando los dientes—.
-Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia.</p>
-
-<p>—¿Qué dices, escuerzo?</p>
-
-<p>—Lo que es verdad. Mire por ahí.</p>
-
-<p>Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la
-vista al punto que señalaba el monago.</p>
-
-<p>El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo
-sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita
-lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y
-pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese
-iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total
-claridad, cuanto en ella ocurría.</p>
-
-<p>Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en
-efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía,
-la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer
-inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia
-cólera.</p>
-
-<p>Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella
-alcoba no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta.</p>
-
-<p>A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con
-colgantes de cristal, velas co<span class="pagenum" id="Page_150">[p.
-150]</span>lor de rosa. Detrás de la gran cama de bronce dorado, encima
-de la mesa de noche, otra vela, en menuda palmatoria de porcelana.
-Por el tocador, sobre la mesa, sobre el escritorio, en jardineras
-pendientes de la pared... flores, flores, flores, particularmente
-rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas para aquella noche
-nupcial!</p>
-
-<p>La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera
-iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las
-rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila.
-Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a
-horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en
-las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas;
-la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y
-encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba
-exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes
-latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje:
-la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre,
-y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el
-hombro.</p>
-
-<p>—¡Eh, <i>monsiú</i>, compañero... que eso no es lo tratado! —gruñó—. ¡Yo
-también soy de Dios y tengo los ojos para ver!</p>
-
-<p>—¡Si no callas, te trituro! —respondí con ferocidad.</p>
-
-<p>—¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!</p>
-
-<p>—¡No se ve nada, cernícalo! —respondí—. ¡Nada, nada, nada!</p>
-
-<p>—¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No
-toca la orquesta?</p>
-
-<p>—¡He dicho que te calles inmediatamente! —grité con ira.</p>
-
-<p>Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego
-comprendí que no era por prudencia ni por virtud.</p>
-
-<p>Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La<span
-class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span> cámara nupcial continuaba
-vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad los
-detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un acerico,
-alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme, ricamente
-bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté las
-falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté las
-lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón
-se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de
-despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso
-ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen...</p>
-
-<p>¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer...
-Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía
-hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si
-le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y
-yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía
-comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró
-un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería.
-Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente:
-«Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.»
-Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la
-doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches,
-alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con
-aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente
-mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se
-desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y
-en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó
-con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la
-corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El
-destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias
-de tocado íntimo que iba a presenciar... y<span class="pagenum"
-id="Page_152">[p. 152]</span> que sólo con imaginarlas ya me encendían
-la sangre en furor doloroso. Por fortuna —me pondría otra vez de
-rodillas para dar gracias—, ví que la emancipación del pelo no era
-lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó
-en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran
-sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó
-la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de
-alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su
-rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a
-solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante
-expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la
-cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí
-que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las
-entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los
-ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente
-respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva
-y firme. Y en el mismo instante...</p>
-
-<p>¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara,
-furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder
-de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto,
-carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana
-se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las
-bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba
-de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás
-de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me
-incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija
-del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado.</p>
-
-<p>Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia
-ceñí con mis manos la garganta<span class="pagenum" id="Page_153">[p.
-153]</span> de Serafín, y cortándole el resuello, grité: «Te parto, te
-deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar. ¿Lo oyes, escuerzo?
-¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas rendijas! Te asesino,
-sin remordimiento ninguno».</p>
-
-<p>—Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! —chilló el infeliz, casi
-hipando, cuando le permití resollar—. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me ha
-clavado los dedos en la nuez!</p>
-
-<p>—Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si
-tuviésemos decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar.
-Serafín, Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!</p>
-
-<p>—Ahora lloras... Estás loquito, vamos —exclamó el aprendiz de
-teólogo.</p>
-
-<p>—Tú serás el loco y el energúmeno —contesté, haciendo un esfuerzo
-para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre
-los párpados—. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme
-arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú
-no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.</p>
-
-<p>—No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! —gritó el intransigente,
-aterrado—. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar...</p>
-
-<p>—¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay
-confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no
-te hago daño.</p>
-
-<p>Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo,
-el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para
-desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se
-rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién
-dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable
-noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la
-faz en el hueco de la almohada, cubriendo con<span class="pagenum"
-id="Page_154">[p. 154]</span> las manos, oídos y ojos, como si unos y
-otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos y de las
-imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro, me lavé,
-me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin despedirme
-de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a Pontevedra
-y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha cometido un
-crimen.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_19">
- <h2 class="nobreak">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor, conoció al punto
-que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te han dado
-algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías, de
-seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca
-del <i>tobo</i>, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a tu
-mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino
-atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio...
-Yo lo sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve
-que referirle punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal,
-ella fué quien se adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de
-menudencias que me asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía.
-Era condición de su inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía
-de la vida, y desconocer, en cambio, sus leyes eternas, hondas,
-visibles sólo para los espíritus superiores: las que han de regirla
-hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por falta de
-amor...</p>
-
-<p>Los primeros días de estancia en la aldea sentí gran alivio. Aquel
-frenesí del día de la boda se había calmado con la falta de <i>especies
-sensibles</i> que lo reavivasen, y me parecía que el entusiasmo por la
-tití,<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span> el furor
-celoso y las meditaciones poéticas en la playa, fueron no más travesura
-de la imaginación, la cual gusta de fingir sentimientos profundos donde
-no hay sino antojos, efervescencias y espejismos.</p>
-
-<p>Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal, que vino desde
-Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y tales
-atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación
-hicieron su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar
-asentimiento a razones por el estilo de las que siguen:</p>
-
-<p>«Lo que te sucede a ti —me decía Luis en ocasión de estar los dos
-tumbados al pie de un castaño, donde habíamos <i>escotado</i> la siesta— es
-un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de
-buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado,
-y somos siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos
-llamemos republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu
-tío Felipe es precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a
-tus convicciones y a tu modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales
-con que la señorita de Aldao realiza el ideal de la mujer cristiana.
-Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué encontramos de bonito en ese
-ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal para nosotros debiera
-ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una hembra que nos
-comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que no
-existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos
-antes de nacer.</p>
-
-<p>»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que atribuyes a la
-tití y que tanto admiras? A mí me parecen negativas, irracionales,
-brutales. No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un hombre
-repulsivo, entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no
-autorizar con su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más
-acciones que las propias?<span class="pagenum" id="Page_156">[p.
-156]</span> Esa señorita o está demente o es tonta de remate; y al
-fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se
-me iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se
-compromete: ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo
-que el frailecito... ¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile;
-y nosotros, que pretendemos innovar la sociedad, en algo hemos de
-diferenciarnos de él.</p>
-
-<p>»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad nueva se pondría
-a servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien en la
-casa paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su
-libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido.</p>
-
-<p>»Te entró la manía del cristianismo. Hay que dejarte. ¡Una perfecta
-cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana? ¿Eres acaso
-perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada
-marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo
-racionalista?</p>
-
-<p>»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a enamorarte de una
-mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está soltera; que
-te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida la <i>antorcha
-de la fe</i>... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu tío, que para
-él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño, cúrate
-de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le
-hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto.
-Si te gusta ¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado,
-para evitar dramas... Los dramas, en el teatro Español... y aun allí,
-la mayor parte salen hueros. En fin... sin drama... ya me entiendes.
-Pero como vuelvas a contarme novelas de cristianas y judíos... te doy
-bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más perdigón, ni por la
-diosa Venus que venga a hacerme garatusas.»</p>
-
-<p>No dejaron de persuadirme las observaciones del<span
-class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> discretísimo orensano.
-Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de mis
-entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití, eran
-radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que ella
-reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra <i>deber</i> en
-nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me atraía
-más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae a
-veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado
-cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos
-sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen
-para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro?
-O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas
-y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de <i>Barba
-Azul</i>, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo
-a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil?
-¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me
-antojaba sublime?</p>
-
-<p>«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que
-conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo».
-En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de
-las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las
-inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal
-batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la <i>guerra entre las
-rectas y las curvas</i>. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios,
-los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras
-semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas
-y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las
-curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las
-rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se
-replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span>Ya se acercaban
-a su término las vacaciones cuando recibimos una visita inesperada. El
-intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel ni de rencor,
-sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en la Ullosa: yo
-no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba que tampoco.
-Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó mi madre a
-recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los pollos, tareas
-que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin testigos, lejos
-de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho abrazo, me hizo
-cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de orate. «¿No sabe?»
-preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo me desaté. Si me
-pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de mirar no estaba
-bien. Pero era guasa, era pavita. El <i>Pajaritum</i> tenía la culpa. Los
-novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por allá muy
-<i>majaderos</i>, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado con una
-gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente fritos; y cola
-de litigante en escabeche... De postres, turrón; como que ya la casa
-de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh? ¡Guí, guí! Al
-señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho tratamiento de
-<i>perliquitencia</i>... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de la irrisión,
-digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de que no
-cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: <i>Pluit super
-Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo</i>. Hombre, ¿cómo
-no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta
-los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego
-el <i>Teucrense</i> le llamó a la procesión <i>festival</i>. ¿Qué es festival?
-A modo de <i>saturnal</i>, sin duda». Después, bajando la voz, añadió:
-«También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina...
-Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constan<span
-class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span>tinopla. ¿Y quién promovió
-el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de Inglaterra, sino otro
-gorrino de obispo hereje que se llamaba <i>Crémor o Cremer</i>...? Déjeme
-de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar solitos el Papa y los
-clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y unos cuantos laicos
-de agallas... mande lo que guste la Encíclica <i>Cum multa</i>».</p>
-
-<p>Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y
-le pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí,
-guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme
-también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus
-baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.</p>
-
-<p>En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado
-de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le
-recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber
-bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado
-poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha
-deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro!
-Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y
-lo consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble
-haber sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se
-envilece espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a
-usted el hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal,
-alumno de Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica.
-Estoy sano». Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un
-paseíto que el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él
-se mostró sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán
-ustedes.</p>
-
-<p>«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no duran
-como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por culpa
-nuestra, que<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span>
-nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan aproximaciones. No
-aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario. Si hace usted otra
-cosa, no le tendré por hombre honrado».</p>
-
-<p><i>Mutatis mutandis</i>, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los
-primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos
-hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien
-y a todas horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase
-cómicamente. «No más pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto...
-¡Qué señora! Alma de almirez, corazón de dátil, ¿quiere que yo
-reviente aquí? Usted mande en su polisón, señora, que yo mando en
-mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico; a los
-dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran
-vacío. Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso
-del superior para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal
-se volvía resignadamente a su tétrico retiro de Compostela, donde,
-a fuerza de humedad, sudaban los muros y verdeaban las junturas de
-las piedras. A pesar de la entereza con que el fraile afirmó que iba
-satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que aquel español
-medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir mucho
-en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris.</p>
-
-<p>Le ví marchar recordando con sorpresa que le había envidiado aquel
-sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he padecido
-este verano una especie de <i>psicalgia</i>. Ahora que estoy convaleciente
-lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida hacia
-Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en
-la lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía,
-entre ellas la <i>Crítica de la razón pura</i>, de Kant. Exento, a mi
-parecer, de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza,
-¡con qué puro deleite<span class="pagenum" id="Page_161">[p.
-161]</span> se empapaba mi inteligencia, docilitada por el estudio de
-las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué dulce firmeza
-sentía penetrar en las últimas casillas de mi cerebro aquellas verdades
-del criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica negación, nos
-infunden sereno convencimiento de la vanidad de nuestras tentativas
-para conocer el mundo exterior, y nos encierran en el benéfico egoismo
-del estudio de nuestras propias facultades!</p>
-
-<p>Cuando después de una lectura de Kant salía yo a recorrer el soto,
-la pradería, las modestas dependencias de la granja patrimonial, y
-la paz del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me encontraba
-venturoso, salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta.
-«Entiende y serás libre», repetía para mí con juvenil orgullo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_20">
- <h2 class="nobreak">XX</h2>
-</div>
-
-<p>Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del Norte, divisé lo
-primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe, que me
-alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl.
-Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su
-casa: «Claudio Coello, número tantos...»</p>
-
-<p>—¿No vamos a mi posada? —pregunté sorprendido.</p>
-
-<p>—Verás... —respondió el hebreo con aquella dificultad de frase y
-contracción de rostro que acompañaban en él a la manifestación de la
-avaricia—. Es una tontería andar con cumplidos entre parientes... En
-mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban unos
-trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás,
-chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span>Comprendí el
-mezquino cálculo. Pagarme el pupilaje tenía que costarle más, por
-barato que fuese, que hospedarme en su casa. Pero yo <i>allí</i>... En el
-primer momento no sé qué efecto me produjo la idea. Lo cierto es que
-exclamé:</p>
-
-<p>—Mi tía no verá con gusto ese arreglo.</p>
-
-<p>—Te diré —respondió el marido—. Al principio se le figuró que para
-tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un poco... Pero
-la he convencido... Ya está conforme y te espera.</p>
-
-<p>Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable que se experimenta
-al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire frío. La
-vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie
-de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a
-la agitación y a la fantasmagoría, precisamente en el momento de
-reanudar los estudios, de necesitar toda mi voluntad y fuerza mental
-para consagrarla a mis arduas tareas, me desquiciaba. Y con todo, la
-juventud ama tanto el riesgo, la marejada y la tormenta, que sentí un
-estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el disco de cobre de
-la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual estaba
-Carmiña Aldao.</p>
-
-<p>¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda giró por el
-cuerpo precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua
-llama, y mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el
-saludo. La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar
-ni despego ni cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de
-casa, me instaló en mi cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me
-mostró varios muebles donde podía colocar libros, ropa, me dió consejos
-prácticos para aprovechar mejor las cuatro paredes... «Aquí pones tus
-camisolas... En esta percha cuelgas la capa... La mesa aquí, junto a la
-ventana, que podrás estudiar mejor... Mira, este es el lavabo... Ten
-aquí siempre las toallas... Te<span class="pagenum" id="Page_163">[p.
-163]</span> he buscado este quinqué de pantalla verde, que no te echará
-a perder la vista...»</p>
-
-<p>Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo la miraba con tal
-sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen querida.
-Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo
-rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era
-feliz. Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino
-de pena oculta. Su boca no se dilataba para la risa o el halago; se
-recogía como la de todo luchador que mortifica solitariamente la carne
-o el espíritu. Sus sienes estaban un tanto marchitas. Su talle era más
-plano: no había adquirido la redondez graciosa y majestuosa que se
-advierte en las desposadas a los pocos meses de vida conyugal, aunque
-no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi fantasía sobre la
-base de esta suposición!</p>
-
-<p>Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la convivencia con tití, y
-fué no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es siempre incentivo,
-pero la convivencia, quitando interés dramático y novedad a las
-ocasiones de encontrarse, tal vez disminuye el riesgo.</p>
-
-<p>Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero distan mucho
-de ser tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van
-allanándose a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a
-ocupar mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía,
-que viviendo bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de
-las horas de comer. Por la mañana salíamos los dos, yo a mis clases,
-ella a compras y a devociones muy largas. Al almuerzo yo observaba en
-Carmiña cierta animación, contento inexplicable. Venía de la iglesia:
-era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de zapatillas y sin
-corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las noticias
-de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el salón de
-confe<span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span>rencias y
-en los pasillos del Congreso, sobre el cariz de la política, las
-insinuaciones de los periódicos, la última conversación confidencial
-de la Regente con el Embajador de Austria, que persona bien enterada
-había repetido en el Casino de pe a pa. Sin duda yo provocaba la
-locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a su vez, me contaba la gaceta
-de Pontevedra, los inocentes chismes que la escribían sus amigas, y
-detalles relativos a las vecinas del principal y del entresuelo, a
-las cuales solía visitar de noche, según la costumbre mesocrática
-madrileña, que organiza en cada casa una tertulia de vecindad. Por la
-tarde mi tío salía, ya solo, ya con su mujer; yo necesitaba bien el
-tiempo para trabajar o pasear con Luis, y ¡adiós hasta la comida! Esta
-era más triste que el almuerzo: mi tía estaba nerviosa y excitada,
-o aplanada y distraída, sin que lograse disimularlo. De noche, ella
-subía a sus tertulias caseras o hacía labor junto a la chimenea, y
-mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a algún teatrillo por
-horas. Ningún peligro. El engranaje de mis tareas me salvaba de las
-sugestiones de la ociosidad. El diablo no sabía cuándo tentarme.</p>
-
-<p>Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para qué están en
-el mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para oir
-confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión
-plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran
-latigazos que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi
-espíritu.</p>
-
-<p>—Chacho —díjome un día el formal amigote—, ya he adivinado lo que
-padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto de
-hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: <i>espuma de la mocedad
-comprimida</i>. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama...
-Belén.</p>
-
-<p>—¿Belén? ¡Qué absurdo!</p>
-
-<p>—Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de ne<span class="pagenum"
-id="Page_165">[p. 165]</span>gros ojos, la que pegaba angelitos en
-cajas de cartón. ¿Tan olvidada la tenías? ¡Descastado! Pues yo la he
-seguido la pista... Chico, transformación de comedia de magia. Verás a
-la prójima en su apogeo. Coche no lo arrastramos aún... pero todo se
-andará.</p>
-
-<p>—¿De veras? ¿Ha encontrado su <i>gran Paganini</i>? —pregunté con
-indiferencia.</p>
-
-<p>—No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti mismo... Quedarás
-absorto.</p>
-
-<p>De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una buena casa, en
-la calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El portal
-era decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo
-a que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales
-relucientísimos.</p>
-
-<p>Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de negro, mestiza de
-doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis dijo que
-pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora».</p>
-
-<p>—¿Eh? ¿Qué tal? —exclamó mi amigo—. ¿Qué te parece? «La señora» por
-arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón de
-oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta...
-cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un
-costurero incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de
-paraguas... Me parece que el bolsista no se queda corto.</p>
-
-<p>—¡Qué metamorfosis!</p>
-
-<p>—Ahí verás tú... Los tiempos <i>cambean</i>. Por otra parte, la
-metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar cromos en
-cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de tu
-tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por
-céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto
-a sacarla de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo
-primero que pidió la infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los
-dedos fuera... Estas de Madrid tienen su vanidad<span class="pagenum"
-id="Page_166">[p. 166]</span> en el pie... ¡Ahora hay cada zapatito...!
-(Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte serio.</p>
-
-<p>Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne. ¡Diantre! Era
-verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica modestia
-de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las
-orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la
-holganza, relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los
-zapatitos famosos, estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par
-de monerías. Me pareció más gruesa, de movimientos más tranquilos y
-lánguidos, de tez aún más pálida y fresca que antes, comparable sólo al
-satinado de la hoja de magnolia.</p>
-
-<p>—¿Venimos a mala hora? —preguntó Portal.</p>
-
-<p>Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló de alegría...</p>
-
-<p>—¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala persona? Una sola
-vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo... Veraneando
-¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y sofoquines.
-¿Cuándo llegaste? —añadió apeándome el tratamiento.</p>
-
-<p>—Hace dos días —atajó Portal—, y siempre suspirando por echar la
-vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a saludar
-a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga
-maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la
-veo... Lo dicho, me da un ataque de... algo...»</p>
-
-<p>—¡Ande usted, gallego trapacero! —contestó la hermosa, que, clavando
-en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en una mirada
-fogosa y humilde a la vez—. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas... Ná;
-después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y
-yo... claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba
-tu tío... ¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida es<span
-class="pagenum" id="Page_167">[p. 167]</span>tará la mujer... En fin,
-ahora me encuentro como la propia rosa... Estos son otros López. ¡Ea!
-—añadió sin dar tiempo a que nos sentásemos— a ver mi casita; es la
-gran casa... Gabinete con chimenea y todo... Hoy no han encendido,
-porque todavía no hace frío, ¿sabes tú? pero voy a mandar que
-enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por aquí... el comedor, chiquito, pero
-no se dan banquetes,... una cocina hermosa... cuarto para baules...
-Entra ahí... alcoba de columnas y todo...</p>
-
-<p>—Hija —advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus casillas—, no
-me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro hipócrita.
-Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido los
-muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo
-que es el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a
-mi padre. Andan por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas
-en su carruaje. ¿De qué te sirven los trajes ricos ni los aretitos de
-piedras, si no puedes ir al Retiro a quitar moños?</p>
-
-<p>—Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me marea —respondió
-la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo remediar—. ¿Qué
-te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo pediré.
-Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no
-como aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío
-verdadero suyo. Puede que la abuela...</p>
-
-<p>Después trazó una semblanza de su bolsista.</p>
-
-<p>—Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta que cierra el...
-el bolsín —repitió, afirmándose en lo dicho—. Y hay días que ni aporta.
-Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en grande...</p>
-
-<p>—¿Y si se le antoja presentarse de repente?</p>
-
-<p>—¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene llave. Si
-te digo que mejor pasta de hombre... Como<span class="pagenum"
-id="Page_168">[p. 168]</span> yo grite «coche», va a contestar «un
-<i>mail</i> de seis caballos». Pues si viene... mañana le digo que había
-salido con la Fausta, a ver a mi madre y a Cinta... Lo cree a puño
-cerrado.</p>
-
-<p>—¿Y esas? —preguntó Portal.</p>
-
-<p>—¿Quién? <i>¿Las otras?</i> Pues... hijo, insufribles. Si las doy el
-Perú, me piden el Potosí. No hago más que sacudírmelas, porque me
-chupan la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no sabes? A Cinta
-le ha entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que ella,
-antes de sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse
-la vida... Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que
-tiene que aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que
-me alquile un piano y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a
-dar lecciones. Hay que estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico,
-a ver? Pues nada, hoy os quedáis aquí; hoy hacéis penitencia en esta
-casa... Verás qué vajilla tan mona y qué cubiertos de plata... Es
-decir, de plata Meneses: porque no era cosa de exponerse a un robo. Me
-pondré el vestido bueno de faya francesa, que me regaló ahora poco, día
-de su santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas. Estrenaré
-el reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene
-que hacer: ¡lo que es tú no te vas...!</p>
-
-<p>Algunos días después del convite de Belén, paseando con Luis por
-Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso:</p>
-
-<p>—Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca por ti: mujer más
-encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos consejos para
-que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a fin
-de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de
-Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó
-y regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado!
-Ni un misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado,<span
-class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> trucha. ¡Cuidado que
-entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué, aún no estás
-contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te parto un
-alón...</p>
-
-<p>—Párteme lo que gustes —contesté francamente, condensando en un
-suspiro mis desilusiones—. Chachiño, en el mundo hay algo más que las
-satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia
-no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de
-Belén... nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo
-de allí más espiritualista que un diablo.</p>
-
-<p>—No puedo oirte desatinar así —gritaba Portal furioso—. ¿Qué
-espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé perdigón.
-¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más
-que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa
-es que te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera
-de hipocresía y de estupidez en que vives, te va secando el magín
-poco a poco. ¿Por qué no te vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te
-sacaríamos inmediatamente del cuerpo los demonios. Trinito, este año
-más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos canta no solamente las
-óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón Romero? Nos
-tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es que
-piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a
-las narices, porque nos rompió el tímpano con <i>La muerte de Iseo</i>. Anda
-memo, arrímate a nosotros.</p>
-
-<p>—Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no puedo resistir a
-esa muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así todo...
-Vamos, que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo
-desarmas. El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco,
-lo cual sería una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la
-desvergüenza podrán entretener un rato, pero hastían.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span>—Bobalicón,
-¿dónde están semejantes desvergüenzas ni semejantes vicios? ¡Pues si
-Belén, moralmente, vale un tesoro! Belén te quiere de verdad; Belén
-daría por ti la plata Meneses y los zapatos de raso... Belén posee un
-corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale con las mujeres
-virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de yeso, que ni
-siente ni padece.</p>
-
-<p>—¿Qué sabes tú —murmuré dejando, como a pesar mío, que se
-desbordase la esperanza—, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si
-existiera?</p>
-
-<p>Portal se quedó repentinamente preocupado y serio. Su entrecejo se
-frunció, y con voz algo alterada me dijo:</p>
-
-<p>—No permita Dios que exista. He pensado sobre el caso, y te juro que
-lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo oyes? ¡Loco
-de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití te
-quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse
-y de quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces?
-Sepámoslo. ¡Venga ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La
-pones un piso? ¿Profanas el hogar paterno de tu tío con toda frescura?
-¡Contesta, guillado!</p>
-
-<p>Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me miraban con
-cólera, igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo
-manejando una navaja.</p>
-
-<p>—Yo no sé qué responderte... —dije meditando—. Lo que comprendo es
-que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me quisiese esa
-mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al Polo
-Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La
-respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera.</p>
-
-<p>—Que me quiera, que me quiera —tatareó Portal remedándome la voz y
-el gesto—. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y no puedo
-aguantar<span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span> que la
-digas. Excuso advertirte que no hablo así por el aquel de la moralidad
-ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad... que cada uno se la
-arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una institución
-caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de la patria. No
-es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu conveniencia
-propia. Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año, ¿por qué?
-Por un fantasma. A nuestra edad todos soñamos con la mujer, y es bien
-natural que soñemos; pero debiéramos soñar con la mujer cortada para
-nosotros, y no precisamente con la que nos haría infelices si nos
-uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy pura, muy santa! Bondad
-pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se acabó, se
-acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la
-dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el
-tiempo posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al
-otro. Divorcio de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes
-ilusiones bobas. ¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura
-y lleno de preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en
-ella consideras virtud, en el neocatólico te parece mojigatería.</p>
-
-<p>—Luis —exclamé— ¿te atreves a negar el heroismo de una mujer que por
-no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud y se casa
-con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y me
-subleva que no estimes acción tan noble y tan rara.</p>
-
-<p>—¡Pues por eso, pues por eso! —vociferó Portal ya fuera de sí—.
-Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de
-virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y no
-prefiere salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos como
-la alcarreña que nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué se
-distingue tu soñado<span class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span>
-ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a un protector antipático,
-porque le conviene... porque así gasta y triunfa... Y tu señora
-tía...</p>
-
-<p>—Cállate, cállate —grité levantándome furioso a mi vez—. Si
-dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te
-abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña
-después de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato...</p>
-
-<p>—Tú eres quien buscas camorra, retal...</p>
-
-<p>—Recual, a mí no me...</p>
-
-<p>—Bueno, pues anda a freir espárragos...</p>
-
-<p>—Y tú a escardar cebollinos...</p>
-
-<p>Etcétera. No añado más, porque el discreto lector supondrá
-fácilmente lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días
-no le miré a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba
-algo: la razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía
-quijotesca. No me hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos
-y sus lecciones. A la hora de ir a buscarle a su posada, me entraba
-desazón e inquietud y hasta nostalgia indecible. Echaba de menos el
-hábito inveterado, la dulce costumbre de la comunicación, del chispazo
-intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en que llegué a
-figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el sueño
-amoroso. «Maldito si sabía yo —pensé— que necesitaba tanto a este
-hombre. Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y
-vino, vino, probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo
-trato el buen sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar
-a esa cualidad grata y modesta que quita énfasis a nuestros actos y
-nos enseña a no amargar la vida con necios tesones y quisquillosidades
-dramáticas. La reconciliación se verificó con la mayor naturalidad:
-un día, al salir de clase, Luis me empujó el codo, y preguntóme
-risueño: «¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las paces?» Me<span
-class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span> abracé a él, lo confieso,
-con toda el alma, tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi vida!» Y él se
-reía, diciéndome: «Quita, memo... parece que vuelves de América después
-de veinte años de emigración».</p>
-
-<p>Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella tarde charlamos
-más que nunca. «Ya no te llevaré la contraria —advirtió mi amigo con
-resignación burlona—. Enamórate como un dromedario africano o como
-Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte.
-Para ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como
-nosotros y que nos entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se
-te ha puesto en el periquito que nos convienen las damas del siglo
-<small>XIII</small> o las santas góticas pintadas sobre fondo de oro...
-Adelante. Caerás del burro, Aparte de que la tití... chacho, ni esto.
-La lucha con lo imposible acabará por cansarte. No te atufes. Dime cómo
-andan tus amores; abre ese corazoncito.»</p>
-
-<p>—Luis —murmuré con misterio—, yo no sé si me quiere o no me quiere
-a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede sufrir a su
-marido.</p>
-
-<p>—En eso demuestra buen gusto.</p>
-
-<p>—No me equivoco, no. La observo, Luisiño, la observo. Está la pobre
-descolorida; apenas come: por las mañanas, cuando va a la iglesia, y
-sobre todo los días que comulga, manifiesta cierta serenidad; pero
-por las noches... ¡Ay! Yo creo que tiene la fiebre cuotidiana de la
-aversión.</p>
-
-<p>—¿Y el marido? ¿Se distrae por ahí?</p>
-
-<p>—Me parece que no. Se retira a horas razonables, aunque salga a
-conferenciar con Sotopeña o al Círculo. A Belén no intenta verla:
-me consta. Mi tío es avaro, ya lo sabes, y por economía capaz es de
-contentarse con lo de casa... Luis, yo trago mucha saliva, pero me
-consuela saber que ella está triste y padece.</p>
-
-<p>—Bonito consuelo. Y sabe Dios si te engañarás, y si esa mujer se
-entenderá perfectamente con su marido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span>—Es que si yo la
-viese hecha una tórtola con él... no sé qué me sucedería.</p>
-
-<p>—Que se te quitaría el viento de la cabeza. ¡Los diablos carguen
-contigo!</p>
-
-<p>Pasábamos esta conversación a tiempo que, saliendo de la calle
-Mayor, penetrábamos en el famoso Viaducto o suicidadero. La tarde, de
-magnífica serenidad, convidaba a arrimarse al alto enverjado y admirar
-al través de sus huecos el punto de vista, acaso el más hermoso de
-Madrid. Sin entretenernos en revolver los libros viejos, de texto
-la mayor parte, mugrientos y maltratados casi todos, que vendía al
-aire libre y sobre el santo suelo un vejete con facha de maniático,
-aproximamos la cara a los hierros y nos embelesamos en mirar primero el
-grandioso panorama de la izquierda, el rojo palacio de Uceda con sus
-blancos escudos a que sirven de tenantes fieros leones; las mil cúpulas
-y rotondas de templos y casas que domina, esbelta como la palmera,
-la torre mudéjar de San Pedro. Luego nos volvimos hacia la derecha,
-encantados por la fresca verdura del jardinete que a gran distancia
-debajo de nosotros extendía un tapete de coníferas y arbustos en flor.
-Allá a lo lejos, el Manzanares trazaba sobre las verdes praderas
-una <i>ese</i> de metal blanco, y el Guadarrama erguía su línea blanca y
-refulgente detrás de los severos y escuetos contornos de las sierras
-próximas. Pero lo que nos fascinaba, la nota sublime de aquel conjunto,
-era la calle de Segovia, a pavorosa profundidad, abajo, abajo... Luis
-me apretó la muñeca diciéndome:</p>
-
-<p>—Hijo, este Viaducto explica todas las muertes que han ocurrido en
-él.</p>
-
-<p>—Como que convida a arrojarse —respondí sin dejar de contemplar
-el abismo del empedrado y sintiendo ya en la planta de los pies el
-hormigueo del vértigo.</p>
-
-<p>—Mira un suicida, chacho —exclamó súbitamente Portal, señalándome
-a un hombre de muy derrota<span class="pagenum" id="Page_175">[p.
-175]</span>das trazas, apoyado en la barandilla también. Lo que es ese
-se tira de un momento a otro.</p>
-
-<p>Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se volvió... ¡cuánto
-tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros, su
-apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello!
-Experimenté alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio
-social, inofensivo e inútil.</p>
-
-<p>—¿Ibas a matarte? —le pregunté sonriendo, pasadas las primeras
-efusiones y los primeros abrazos.</p>
-
-<p>—¡Hombre! no... —respondió el huésped de Pepita—. Sólo por
-entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me
-tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces.
-Así se acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis?
-Pepa casi me ha plantado en la calle... Diariamente me insulta...
-Apenas fumo... Tengo un cuarto donde duermo, pero eso de comer es un
-lujo que desconozco. La vizcaína anda rabiosa porque don Julián hizo
-la del humo, y se niega a mantenerme. Me han embargado mi pensión. ¿Me
-pagáis un bisté?</p>
-
-<p>Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en instalarnos en un
-figón, delante de unas chuletitas esparrilladas muy apetitosas. El
-perdis nos dijo melancólicamente.</p>
-
-<p>—Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta se me ocurre
-trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas
-absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo
-una peseta la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia
-del trabajo. Quédese para los negros. Y después, siempre le salen a
-uno buenos amigos que no niegan un duro a quien se le pide. No creáis
-que vivo del sable, hijos, no; sablazo es cuando ofrece uno pagar...
-y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me presta me regala.
-¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos Carna<span
-class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span>vales? ¿Les conocéis? Uno
-de arquitectura, y otro de minas. Están de huéspedes en casa de Pepa
-Urrutia. Pues nada, que nos vino una huéspeda de buen trapío... una
-viuda cordobesa, ¡más salada...! y yo... la miraba un poco. Una noche
-supe que iba al baile del Real... ¡Y yo sin un real! Mauricio y Pepe
-me animan y me toman la entrada... van conmigo... Se nos acerca la
-mascarita... que la conocí perfectamente... «Tengo sed... ¿Me convidas?
-¿Vamos al buffet?» Ví el cielo abierto... y el infierno, porque no
-tenía un cochino ochavo. Echo la mano atrás, y con ella hago señas a
-Mauricio y Pepe... Siento que me introducen en el hueco de la mano una
-moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un duro... aunque parecía algo
-chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo tan intrépido... Ella se
-pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo temblando que la cuenta
-pasase del duro... Nunca acababa de engullir la buena señora... Al fin
-se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo la moneda y le digo al
-mozo con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.» «¡Pero, caballero, si me
-da usted un perro grande!» ¡Hijos, la que allí se armó! Creí que me
-llevaban a la prevención derechito... ¡Y qué chacota! Pues así, así
-vive uno, y así está siempre: más arrancado hoy que ayer, y más mañana
-que hoy. Ya supondréis que mi portuguesiño se ha vuelto a Portugal; en
-cambio tengo a un diputado provincial conquense, que se le ha puesto en
-la cabeza ser autor dramático, y le acompaño entre bastidores, porque
-se le antoja que debo conocer íntimamente a los actores y actrices; y
-en efecto les conozco; ¿quién no conoce aquí a todo género humano? pero
-no sé qué papel compongo en Lara, en Eslava y en Apolo; el caso es que
-los acomodadores me toman por actor, los actores por autor tronado, y
-yo allí de coronilla con mi diputado provincial, empeñado en que le
-representen su apropósito, o juguete, o revista, o lo que sea...</p>
-
-<p>—¿No lo sabes a punto fijo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>—No. Cien veces
-intentó leérmelo; pero por ahora voy parando el golpe. Veremos si lo
-consigo hasta el fin. Adiós, salvadores míos... Mis ideas de muerte ya
-se han disipado. Gracias.</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">«Hoy el cielo y la tierra me sonríen;</p>
-<p class="i0">Hoy llega al fondo de mi alma el sol;</p>
-<p class="i0">Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas!</p>
-<p class="i0">Hoy creo en Dios.»</p>
-</div></div>
-
-<p>Declamando así, Dumillas nos estrechó las manos con las suyas
-puercas y enlutadas, y se fué...</p>
-
-<p>—Ahí tienes al romanticismo —murmuró desdeñosamente Luis alzando los
-hombros—. ¡Qué falta tan grande les hace a este y a los que son como él
-un curso de <i>sentido-comunología</i>!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_21">
- <h2 class="nobreak">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>Que dijese lo que gustase Portal: yo estudiaba la fisonomía y las
-acciones de Carmiña, y con la doble vista de la pasión comprobaba un
-desvío cada vez más acentuado y profundo... Dramaturgos que prodigáis
-venenos y puñales en vuestras espeluznantes creaciones; poetas que
-cantáis tragedias horribles; novelistas que realizáis tantos asesinatos
-como capítulos, decidme si hay conflicto más tremendo que aquel cuyas
-peripecias se desarrollan en el fondo del alma de una mujer unida,
-sujeta, enlazada día y noche al hombre cuya presencia basta para
-estremecer de horror todas sus fibras. Y dirán los que creen que la
-psicología es —como las positivas, exactas, físicas y naturales— una
-ciencia de hechos: ¿pues por qué ha de repugnarle tanto a su mujer
-ese marido? No hay razón suficiente. En nada la ofendió. Reina y
-señora en su casa, su esposo no comete infidelidades, antes bien se
-muestra asiduo, aficionado al hogar y a la<span class="pagenum"
-id="Page_178">[p. 178]</span> joven esposa que allí le aguarda. ¡Ah!
-la antipatía era irrazonada, y por lo mismo más fuerte, más honda, más
-imposible de combatir. Se combate al adversario cuando tiene cuerpo,
-no cuando es impalpable sombra, proyectada en la caverna del espíritu.
-Maridos hay que maltratan a sus mujeres, que las traicionan, que las
-arruinan, y sin embargo son amados, o al menos no repugnan. ¿Quién
-puede precisar de dónde sopla esa aura llamada <i>repulsión</i>?</p>
-
-<p>No es odio. El odio tiene por qué, se funda en motivos, se razona
-y se justifica: y si a veces me he dejado decir que yo odiaba a mi
-tío, me he expresado mal, inexactamente. No era odio lo que sentíamos
-hacia él su mujer y yo. El odio puede convertirse en amistad, hasta en
-amor; como nace de causas positivas, otras causas positivas lo anulan;
-pero la repugnación misteriosa, la sublevación de las profundidades
-de nuestro ser, esa no acaba, ni se extirpa, ni se transforma: contra
-la sinrazón no hay raciocinio, ni lógica contra el instinto, el cual
-obra en nosotros como la naturaleza, intuitivamente, en virtud de leyes
-cuya esencia es y será para nosotros, por los siglos de los siglos,
-indescifrable arcano.</p>
-
-<p>Convengamos en que tití Carmen no odiaba a mi tío Felipe. En su
-bondad no cabía el odio. Mi tío le había dado su nombre, su posición,
-tal cual era; mi tío no la maltrataba, ni siquiera notaba yo que
-escatimase mucho el dinero, aunque bien veía que la esposa, a ser dueña
-de su voluntad, aumentaría el renglón de limosnas... El matrimonio
-de mis tíos era, pues, como tantos que se ven hoy, en apariencia
-tranquilos y hasta dichosos, unidos por esa concordia burguesa que
-está de moda en nuestra sociedad, donde las costumbres, lo mismo que
-las calles, se tiran a cordel, cada día más rectas y simétricas.
-Pero así como dentro de las casas de esas calles tiradas a cordel se
-desarrollan trágicos episodios, y laten el amor, el vicio y el crimen,
-así bajo la capa de buena armo<span class="pagenum" id="Page_179">[p.
-179]</span>nía y mutua consideración de aquella pareja yo adivinaba el
-mal maridaje, la predisposición tiránica y mezquina del marido y la
-repulsión inconsciente, fría, tremenda, de la mujer.</p>
-
-<p>A veces decíame a mí mismo: «Cuidado que tiene razón Luis y que soy
-tonto. Poco debiera dárseme de la repugnancia que advierto en Carmen.
-Lo que podría preocuparme, serían los sentimientos que la inspiro.
-Si me quisiese como yo la quiero, ¿importaría que, a semejanza de
-ciertas heroínas de dramas y novelas, sin dejar de amarme con locura,
-consagrase también a su marido un tiernísimo cariño y una veneración
-y respeto filiales, o fraternales, o conyugales, etc.? Correspóndame
-ella, y lo demás es humo. Bastante saco en limpio de que mire con malos
-ojos a su legítimo dueño, si a mí no me mira.»</p>
-
-<p>Pues yo no sacaría nada: pero el caso es que notaba los indicios
-de antipatía con intenso gozo. Al sospechar si la mujer querida
-pagará nuestro amor, acechamos con afán una ojeada, una sonrisa, un
-rubor fugitivo, el paso de una emoción que rasgando el velo en que se
-envuelve el alma femenina, descubre la recóndita hoguera; yo, menos
-dichoso, estudiaba la chispa mal amortiguada de los ojos, el temblor
-apenas perceptible de los labios, delatores del desvío que inspiraba mi
-rival.</p>
-
-<p>A las horas de comer espiaba tenazmente, haciéndome el distraído,
-jugando con el tenedor o siguiendo con mi tío conversaciones de
-política, discusiones casi siempre. Estoy convencido de que todo puede
-fingirse, todo puede sujetarse a la voluntad; todo, hasta la expresión
-de la cara; la voz, nunca. Tití llegaba a mandar en sus músculos, a
-apagar sus pupilas, a inmovilizar las ventanas de su nariz fina y
-palpitante; no conseguía que su voz, de notas graves, pastosas y bien
-timbradas cuando se dirigía a otras personas, no fuese mate y sorda
-al hablar a su marido. Y aparte de esto, había mil indicios. El más
-claro,<span class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span> su afán de
-prolongar la velada. Por su gusto, aquella mujer no se recogería. ¡Ah,
-qué deliciosa impresión para mí —las pocas veces que logré acompañarla
-de noche— verla retrasar la hora con mil pretextos, enfrascarse en su
-labor, alegar que se había puesto tarea, que no se acostaría hasta que
-la terminase, que tenía aún que escribir dos letras a su padre o a sus
-amigas de Pontevedra! Estas observaciones no podía yo hacerlas sino la
-noche de algún sábado; las restantes de la semana tenía que acostarme
-temprano, por mis clases. Solía ponerme al lado de la chimenea, en el
-gabinete contiguo a la alcoba, cuyas columnas adornaba un pabellón de
-felpa y damasco verde musgo, dejando entrever el mueblaje de la odiosa
-cámara donde diariamente se celebraba el inicuo misterio de la absoluta
-intimidad de dos seres que ni se querían, ni tal vez se estimaban, ni
-tenían más punto de contacto que haberles echado a un tiempo la misma
-estola el fraile moro.</p>
-
-<p>Una mañana recibí carta de mi madre, escrita en el estilo
-precipitado e incoherente de costumbre, sin puntuación, no hay para
-qué decirlo, y consagrada toda a participarme cierta extraña noticia.
-«No sabes la carnavalada el viejo chocho de Aldao cayó con la mocosa
-de Candidiña lo envolvió lo mareó lo volvió tarumba le hizo rabiar
-hasta que consintió en casarse pero no en público sino de ocultis muy
-a cencerritos tapados el cura cuando le preguntan lo niega el viejo lo
-mismo pero yo lo sé por quien lo vió y lo presenció con sus ojos y en
-Pontevedra corren unas coplas muy indecentes sobre el fenómeno parece
-las escribió el director de <i>El Teucrense</i> es cosa de risa lo que no
-logra una chiquilla descarada dice que le regaló mantilla y vestido de
-seda negra Dios nos conserve el juicio y nos libre de chochear no sé si
-la hija está enterada si no cállate que se sepa por fuera que ya se lo
-escribirán a Felipe sus paniaguados buena la hizo ya tiene madrastra me
-alegro por haberse burlado de nosotros».</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_181">[p. 181]</span>Excusado parece
-decir que apenas pude coger a la tití sola, me apresuré a leerle la
-rara nueva, no sin grandes preámbulos y trasteos. Lejos de asustarse o
-de afligirse, la hija del señor de Aldao reveló satisfacción.</p>
-
-<p>—Dios me ha oído —dijo vivamente—. Dios me premia, Salustio. A la
-edad de mi padre más vale estar casado que... de otra manera. Por su
-dignidad, me alegro: puedes creer que me alegro, aunque preferiría que
-hubiese tenido distinta elección. ¿Ya lo hizo? ahora... que resulte
-bien.</p>
-
-<p>—No quiero darte mal rato —respondí— pero, Carmiña, a la edad de tu
-papá, un hombre se expone bastante, en el terreno de la dignidad misma,
-casándose con chicuelas de diez y seis años.</p>
-
-<p>—Allá ella y su conciencia —repuso tití—. Probablemente, ahora
-que está casada, se mirará muy mucho. Antes podía excusársele alguna
-informalidad.</p>
-
-<p>—Y era una veleta, tití... y seguirá siéndolo porque lo tiene de
-condición. ¡Cuidado con la rapaza! ¡Llevar a ese señor hasta tal
-extremo! Te aseguro que es pájara de cuenta tu señora madrastra. No veo
-claro el porvenir.</p>
-
-<p>—Bueno, pues Dios sobre todo. Dejemos que haga su oficio la gracia
-del Sacramento.</p>
-
-<p>—¿Crees tú en la gracia del Sacramento? —pregunté acordándome de
-Luis y sonriendo a pesar mío de un lenguaje que de tal modo contrastaba
-con mis ideas y convicciones, y que no obstante, en labios de mi tía me
-estaba pareciendo la esencia de la belleza moral.</p>
-
-<p>—¡Qué pregunta! ¿Pues no he de creer? Lucida estaba si no creyese.
-Cuando Dios instituyó el Sacramento, se obligó a ayudar con su gracia
-a los que lo contraen. Sin semejante ayuda no habría matrimonio
-posible.</p>
-
-<p>—La gracia consiste en quererse, Carmen —murmuré llegándome a ella
-un poco y clavando mis ojos<span class="pagenum" id="Page_182">[p.
-182]</span> en los suyos. No deseaba convencerla, bien lo sabe Dios, ni
-seducirla, sino al contrario, que ella desplegase todas las monerías
-de su ciencia teológica, y luciese ante mí, como amazona aguerrida,
-las armas bien templadas con que escudaba su virtud. Pero me salió
-la pascua en viernes, porque tití no estaba para controversias. Sólo
-contestó con afabilidad:</p>
-
-<p>—Es natural que pienses así siendo muchacho y teniendo las ideas que
-tienes, por desgracia no muy religiosas. Los años te desengañarán y
-juzgarás mejor. Ya sentarás la cabeza.</p>
-
-<p>—Bueno, Carmiña; si para sentarla bastara una palabrita tuya...
-¿Dices que eso de quererse es un disparate? Pues lo creo. Pero al menos
-no me negarás que para ser felices, por muy santos que me los supongas,
-los cónyuges necesitan profesarse algún afecto; vamos, al menos no
-aborrecerse, no repugnarse. ¿Me engaño?</p>
-
-<p>Carmiña palideció y sus párpados aletearon ligeramente. Me miró
-severa y dolorida, como diciendo: «Esa es conversación vedada, y
-extraño que la toques».</p>
-
-<p>Me llevé de aquel breve diálogo, interrumpido por la llegada de mi
-tío, provisión mayor de esperanza. Don Felipe entró apresuradamente,
-mal engestado y azoradísimo. Apenas vió a su mujer, sacó del bolsillo
-una carta.</p>
-
-<p>—¡Carmen!... ¿qué es esto? ¿Sabías algo tú? ¡Porque me escribe
-Castro Mera diciendo que en todo el pueblo está corrido que tu padre se
-ha casado secretamente con la sobrina de su ama de llaves!</p>
-
-<p>Tití afirmó la voz antes de contestar y lo hizo sin miedo.</p>
-
-<p>—Debe de ser verdad, porque también a Salustio se lo escribe
-Benigna.</p>
-
-<p>—¡Y me lo dices así... con esa flema! —gritó el marido.</p>
-
-<p>Hay momentos en que se corre la cortina, se sor<span
-class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span>prende el alma desnuda,
-y se contemplan sus formas misteriosas, por muy aprisa que las quiera
-cubrir. En aquel grito ví patente el alma de don Felipe, seca y dura,
-interesada y vil, semejante a otras muchas que andan por ahí metidas en
-cuerpos de aspecto menos judaico.</p>
-
-<p>—¡Me hace gracia cómo lo tomas! —prosiguió desatinado—. ¿No te
-importa que se haya vuelto loco tu padre? Porque eso es locura senil, y
-tu hermano y yo nos uniremos para anular la boda e incapacitar al lelo.
-¡Casarse! Pues hombre, ¡tiene chiste! ¡Eso se llama reirse del mundo y
-dar la castaña a los incautos!</p>
-
-<p>Sus ojos despedían chispas; su nariz corva acentuaba la expresión
-de rapacidad y codicia de su rostro, dilatándose; su tez se había
-inyectado, igualándose casi en matiz con su barba; y su mano convulsa
-agarraba y soltaba, con estremecimiento maquinal, el cuchillo, el
-tenedor, la servilleta, de encima de la mesa preparada para el
-almuerzo.</p>
-
-<p>—¡Qué quieres! —respondió con firmeza la esposa, ocupando su sitio
-como si fuésemos a almorzar pacíficamente—. Mi padre es dueño de sus
-acciones, por lo mismo que le autoriza la edad. No es cierto que esté
-chocho, y el respeto que le debemos nos prohibe intentar nada contra
-sus resoluciones. Paciencia. Peor sería que viviese dando escándalo.</p>
-
-<p>—Eres una tonta —exclamó el marido, descomponiéndose por primera
-vez, dispuesto a echarlo todo a rodar—. A la edad de tu padre,
-hija mía, ya no hay escándalo, ni Cristo que lo fundó: lo que hay
-es disparates y locuras y ridiculeces, y la mayor de todas, esa de
-casarse con una muchacha de pocos años, ¡una criada!, para encontrarse,
-a la vuelta de un mes, con que la cabeza no le cabe en el sombrero.
-Las mujeres no entendéis de nada, ni sabéis lo que decís. Falta de
-experiencia y de mundo, que ni lo conocéis, ni tenéis motivo para
-conocerlo. Por eso la mayor parte de las veces obraríais muy bien en
-callaros, ¡pateta!<span class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span>
-Y tu papá —ya que lo quieres oir—, antes de casar a su hija, procedería
-mejor si dijese al futuro yerno: «Felipe, aunque se me caen los
-calzones, no hay que fiarse; estoy animoso, y no tardaré en contraer
-segundas nupcias. Y como a mi edad siempre se tienen hijos, vendrán dos
-o tres muchachos que dejarán a mi hija <i>aspergis</i>». Qué bonito, ¿eh?
-¡Qué bonito!</p>
-
-<p>Mi tía, callada. La lividez de sus mejillas, el anhelar de su pecho
-y el resplandor de sus ojos, indicaban la interior indignación y el
-hervor de la protesta... Pero en vez de abrir la válvula, se reprimió,
-cogió el vaso de agua que tenía cerca, y sentí el choque del cristal
-contra sus dientes al beber, indicando el temblor del pulso... Mi
-tío sin tomar en cuenta aquel valeroso silencio, exaltándose con sus
-propias palabras, continuó:</p>
-
-<p>—Ahora mismo voy a ponerle una cartita caliente, diciéndole lo que
-viene al caso... Me ha de oir, te lo juro. Ha de salirle por cara la
-trastada esa, o no me llamo Felipe. Le crearé tales dificultades, que
-ha de acordarse del santo de mi nombre... ¿Se imaginará que voy a
-consentir que tú te trates con esa preciosidad de madrastra?</p>
-
-<p>—En primer lugar —respondió lentamente mi tía, haciendo un
-esfuerzo—, creo que la boda, por ahora, es secreta; y en segundo, me
-trataba con ella cuando estaba allí... expuesta a cosas peores. ¿Por
-qué no he de tratarme, hoy que es la mujer de mi padre, si se porta
-bien?</p>
-
-<p>—¡Portarse bien! ¡Eche usted portes! —exclamó irónicamente mi tío—.
-¡Portarse bien! Ya te lo dirán de misas los señoritos de Pontevedra y
-de San Andrés... En fin, a mí eso me tiene sin cuidado...</p>
-
-<p>—Pues a mí, eso será lo único que me importe —contestó mi tía con
-vehemencia, no pudiendo reprimirse ya—. Que no tenga mi padre que
-avergonzarse de su elección, y lo demás sea como Dios quiera, que al
-fin y al cabo, así ha de ser.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span>¡Oh dureza
-empedernida de los hebreos, con cuánta razón te fustigó Cristo!
-Aquellas palabras, dictadas por el ímpetu de la fe, hubiesen conmovido
-a una peña; pero mi tío era peor que las peñas mismas, y se levantó de
-la mesa, arrojando la servilleta, bufando entre dientes.</p>
-
-<p>—Sobre que uno aguanta la mecha, le salen con estupideces y
-ñoñerías. ¡Tiene alma, hombre! ¡Mire usted que casarse ahora aquel
-estafermo! ¡Oir defenderle aquí, en mi cara!</p>
-
-<p>Salió del comedor. Yo fuí tras él, quería saber adónde se dirigía;
-llevaba mi objeto al dejar a Carmen sola. Oí a don Felipe cerrarse en
-su despacho, sin duda para escribir al suegro la carta «caliente».
-Entonces retrocedí, y entrando de repente en el comedor, me acerqué a
-Carmiña, y murmuré con ternura:</p>
-
-<p>—No llores, tití... Anda, no llores... Tontiña, no hagas caso.</p>
-
-<p>No me había engañado en mi suposición. Volvió la cabeza, y ví los
-ojos arrasados, que secó instantáneamente la enérgica voluntad. En voz
-temblona, me contestó, desviándome un poco:</p>
-
-<p>—Gracias, Salustio; ya pasó... No se puede remediar a veces. Tiene
-una tonterías así...</p>
-
-<p>—Es que te habla de un modo que me indigna. Trabajo me costó no
-saltar. Y tú, ¿cómo resistes...?</p>
-
-<p>—No, no, eso no; no digas eso siquiera. Es mi marido y no ha de
-andar escogiendo las palabras.</p>
-
-<p>—Sí que debe escogerlas. A una mujer como tú, que es la santidad, la
-bondad en persona, se la habla en esta postura... así... ¿ves? —suspiré
-hincando la rodilla en tierra.</p>
-
-<p>—Si no te levantas, me enfado, y si vuelves a decir eso, también
-—contestó poniéndose en pie resueltamente—. No te agradezco estos
-consuelos, Salustio: más bien parecen lisonjas, y lisonjas a mí...
-tiempo perdido. ¿Quieres que te diga la verdad?<span class="pagenum"
-id="Page_186">[p. 186]</span> Pues la culpa de esta desazón es mía,
-mía sólo. No debí llevarle la contraria a Felipe, sino dejar que se
-apaciguase el primer enfado, y después hacerle reflexiones. Al pronto
-se comprende que le haya molestado el casamiento de papá. Pongámonos en
-lo justo. Ningún marido se irrita contra una mujer que no le contesta.
-Por la lengua vienen todas las disensiones matrimoniales. Nuestro papel
-es callar.</p>
-
-<p>—No, bobiña, vuestro papel es hablar cuando tenéis razón; lo mismo
-que nosotros hablamos muchísimas veces sin tenerla. De modo que si tu
-marido suelta una barbaridad enorme... que no hay Dios, supongamos, ¿tú
-no debes chistar?</p>
-
-<p>—Mientras esté irritado, no... porque, ¿qué conseguiré? echar leña
-al fuego, nunca persuadir. Pero así que se aplaque, con suavidad y con
-cariño, le puedo hacer mis objeciones, lo mejor que sepa... y entonces
-sí que me oirá y se convencerá.</p>
-
-<p>No supe qué replicar, pues aun cuando se me ocurrían mil reparos,
-el criterio de tití me subyugaba enteramente, pareciéndome el único
-digno de ella. Era un día nubladísimo; el comedor daba al patio, y las
-espesas cortinas, retasando la luz, contribuían a hacerlo más lóbrego.
-Los pliegues de aquellas cortinas, de color parduzco y tela tupida, se
-me antojaron, por repentino capricho de la imaginación, el plegado de
-un hábito de fraile, contribuyendo bastante a la semejanza el grueso
-cordón que las ceñía y sujetaba al alzapaño. Los arabescos de la
-cortina, a cierta altura, me figuré que dibujaban con suma propiedad
-la cara de un hombre. Era un fenómeno de autosugestión, que evocaba
-allí, oyendo nuestro diálogo y burlándose de mí con sandunga, la sombra
-del P. Moreno. «¡Maldito fraile! —dije mentalmente a la cortina—. Te
-has de llevar chasco. Porque nada violento y absolutamente contrario
-a la naturaleza humana es durable, y esta abnegación heróica y esta
-fuerza que hace mi tía a sus sentimientos no pueden llegar hasta<span
-class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span> un límite indefinido.
-Vendrá ocasión en que salte el resorte... y yo la atisbaré, te lo juro,
-fraile tontín, que no has probado la única felicidad verdadera de esta
-vida». Por casualidad mi tití fijaba la mirada en el cortinaje, con
-esa intensidad de las personas que miran sin ver y a quienes distrae
-una idea triste. Me figuré que veía lo mismo que yo en las arrugas, y
-que también para ella se destacaba allí, callada pero elocuente en su
-actitud, la figura del fraile...</p>
-
-<p>¡Qué ansia la mía de penetrar en los secretos camarines de aquel
-cerebro femenil, y leer la proclama revolucionaria que en ellos estaba
-escrita, de seguro, por invisible mano! La esposa no dejó salir nada al
-exterior. Levantándose, pasó a la cocina y se enteró de cómo andaba lo
-del almuerzo. «Porque tú ya tendrás hambre, Salustio», dijo, volviendo
-a entrar, serena y dueña de sí.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_22">
- <h2 class="nobreak">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de divina alegría,
-de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al que
-supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las
-tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles
-insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades,
-tan inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las
-segundas, ni puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del
-sujeto que las percibía en mi propia representación, para mí mismo la
-verdad suprema.</p>
-
-<p>Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico, habiendo
-recibido cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin
-ton ni son ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas
-las cosas; y entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a<span
-class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span> butacas del Real para
-ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada de
-antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad
-de este derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el
-paraíso, entre niñas cursis y guapas y aficionados competentes en el
-<i>divino arte</i>. Pero él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a
-jalear el estreno de cierto frac, se hizo el sordo y nos arrastró a
-Portal y a mí hacia el coliseo: el zamorano, ni hecho pedazos consintió
-en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos frac; sólo que nos dejamos
-de chiquitas y nos encajamos la levita —el fondo del baúl— esperando
-que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían para
-el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo
-traje de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino,
-y la estrecha solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la
-pechera blanquísima. El hombre, a fin de no perdonar detalle, se había
-gastado su pesetita en una olorosa gardenia, que lucía en el ojal con
-irreprochable corrección. Clac no se lo compró por falta de tiempo;
-pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el capote, a fin de no
-estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros ocupamos
-nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase
-ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la
-orquesta, sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose
-la mano, desnuda de guantes, por el cabello bien atusado, parecía
-un gomoso de los más cargantes. Aunque el sentido de la vista, en
-el cubano, andaba tan expedito como el del oído, se había alquilado
-los grandes gemelos, y los clavaba alternativamente en los palcos,
-entresuelos y plateas y en las filas de butacas, pasando revista a las
-beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal, muy encogido
-y acurracado, se divertía en decirle <i>sotto voce</i> que doña Cristina
-le flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta Isabel
-hacía<span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span> señas a la
-infanta Eulalia para que se fijase en aquel nuevo dandy tan desconocido
-como fascinador.</p>
-
-<p>Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a Trinito un
-acceso de epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la cual,
-por espacio de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y
-de Donizetti a Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo
-y español. Trinito, en su exaltación o con la implacabilidad de su
-retentiva música, no nos dejaba vivir.</p>
-
-<p>—¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el hombre el <i>largo
-assai</i> de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda, anda, pues si se ha calzado
-enterito el <i>allegretto</i> de la introducción del <i>Don Juan</i>! Toma... eso
-es de la <i>Flauta encantada</i>: quince compases lo menos hay igualitos,
-calcados al pie de la letra... ¡Este <i>maestoso</i> está en <i>El barco
-fantasma</i> o en <i>Parsifal</i>!...</p>
-
-<p>—O en las <i>Habas verdes</i> —añadía Portal con sorna.</p>
-
-<p>—No, pues no reirse, que hay algo de <i>Habas verdes</i>, o cosa
-parecida: porque esa especie de tango yo lo he oído en zarzuela...
-Ahora saltamos a la <i>sinfonía en ut menor</i> del <i>sordo sublime</i>...
-Camaraditas, estoy indignado. Voy a protestar. De esto a salir a los
-caminos con trabuco...</p>
-
-<p>Al segundo acto la indignación de Trinito fué en un <i>crescendo</i>
-no menos estrepitoso que el del concertante final; al tercero
-nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias y
-plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los
-espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla
-de Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su
-indignación adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió
-oir el final de la obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a
-ese monedero falso. Yo silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar
-escándalo aquí. Vámonos, pues: prudencia. Estoy tan atufado, que no sé
-lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la calle».<span class="pagenum"
-id="Page_190">[p. 190]</span> Admirados de aquel arrechucho, no menos
-sorprendente en el dulce y manso cubano que en un canario o un cordero,
-nos resignamos a salir antes que nadie, y echamos, por el salón de
-descanso, hacia la puerta.</p>
-
-<p>Sin transición, desde la atmósfera recaliente, vibrante, zumbadora
-de la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por estar desierto,
-pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una corriente
-de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta
-para reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un
-pinchazo.</p>
-
-<p>—Taparse la boca, señores —advirtió el práctico Luis—. Vamos a
-pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio, no seas
-aturdido.</p>
-
-<p>Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay! sentía ya ese
-aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que
-traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro
-descuido, a manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la
-oportunidad de registrar el arca.</p>
-
-<p>—Creo que ya la he pescado —murmuré con alguna inquietud.</p>
-
-<p>—No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un ponche. Anda,
-verás qué calentito y qué bueno —dijeron mis compañeros, a tiempo que
-salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos
-el ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de
-nuevo una monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos
-tarareó su indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez
-se resolvía a escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba
-a triturar al compositor, o mejor dicho, al <i>rata</i> cogido infraganti
-visitándole a Wagner la faltriquera.</p>
-
-<p>Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté con inexplicable
-fatiga y desaliento, con esa especie<span class="pagenum"
-id="Page_191">[p. 191]</span> de marasmo que precede a los graves
-desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy mala cara y me rogó
-que me acostase, regañándome suavemente por las horas imposibles a que
-me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía tan rendido, que
-como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo me quería bien. Al
-retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono:</p>
-
-<p>—¿Irás a verme?</p>
-
-<p>—¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una taza de flor de
-malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un resfriado.
-Locuras que habrás hecho.</p>
-
-<p>Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente la calentura, y la
-fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé a divagar,
-a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí una
-especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las
-regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de
-mis facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la
-angustia de la disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje
-verde obscuro, que se recortaba sobre el azul divino del cielo y sobre
-el luminoso y pálido verdor de la ría; oí cánticos de labradoras,
-gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes de piano, y hubo
-instantes en que juraría que un negro murciélago entraba revoloteando
-por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi vista...
-Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía
-de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que
-de buena gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el
-trastorno de la fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar
-fórmulas y plantear problemas de ciencia matemática. Lo que sé es
-que por cima del delirio, de la calentura, de la horrible opresión,
-de la constricción de mis bronquios y pul<span class="pagenum"
-id="Page_192">[p. 192]</span>mones, revoloteaba una sensación
-encantadora. Tití no salía de mi cuarto; tití me aplicaba los remedios,
-me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en todo; y cuando en un
-movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió echarle los
-brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer fuerte,
-inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de
-mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me
-miraban con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban
-como se halaga y acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases
-de miel, cuyo sonido era música del corazón... Y dejándome llevar
-de mi fantasía, pensé al adormecerme bajo la acción de un enérgico
-medicamento:</p>
-
-<p>—Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me muero voy a ser
-muy dichoso!</p>
-
-<p>Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en palabras el
-sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría:</p>
-
-<p>—Aunque me muera.</p>
-
-
-<p class="centra mt2">FIN</p>
-
-
-<p class="centra mt3">La segunda parte de esta obra se titula:</p>
-
-<p class="centra mt1">LA PRUEBA</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía del original, que difiere ligeramente
- de la actual —especialmente en el uso de tildes—, normalizándola a
- la grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas que las
- necesitan, se ha completado el emparejamiento de los signos de
- admiración e interrogación y se han espaciado las rayas —o guiones
- largos—.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA ***
-
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-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
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-
- Dr. Gregory B. Newby
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- gbnewby@pglaf.org
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
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-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
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-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
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-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
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-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
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-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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