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If you are not located in the United States, you'll -have to check the laws of the country where you are located before using -this ebook. - - - -Title: Una Cristiana - -Author: Emilia Pardo Bazán - -Release Date: August 19, 2019 [EBook #60137] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA *** - - - - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se - han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se ha respetado la ortografía del original, que difiere ligeramente - de la actual --especialmente en el uso de tildes--, normalizándola - a la grafía de mayor frecuencia. - - * No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas que las - necesitan, se ha completado el emparejamiento de los signos de - admiración e interrogación y se han espaciado las rayas --o guiones - largos--. - - - - - OBRAS COMPLETAS - DE - EMILIA PARDO BAZÁN, - CONDESA DE PARDO BAZÁN - - - UNA CRISTIANA - - - - - EMILIA PARDO BAZÁN, - CONDESA DE PARDO BAZÁN - - OBRAS COMPLETAS.--TOMO XVIII - - - UNA CRISTIANA - - - [Ilustración] - - - ADMINISTRACIÓN: - LIBRERÍA DE PUEYO - ARENAL, 6 - - - - - ES PROPIEDAD. - QUEDA HECHO EL DEPÓSITO - QUE MARCA LA LEY. - - -IMP. GRÁFICA UNIVERSAL.--PRINCESA, 14. MADRID - - - - -UNA CRISTIANA - - - - -I - - -Verán ustedes las asignaturas que el Estado me obligó a echarme al -cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la Escuela de Caminos. -Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que Geometría. A -más, Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva y Cálculo -diferencial. Luego (prendidito con alfileres, si he de ser franco) -idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés, porque al -señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me inspiraban -profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los infinitos -«dibujos»: el lineal, el topográfico y también el de paisaje, que -supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira, -pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su -álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las _mises_ cuando -viajan. - -Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en diminutivo para que no -nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas para hacer boca: -Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante el año -del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente (que es -el primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban --aparte de -profundizar los Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la -Geología y la Estereotomía-- dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma, -«de sólidos», y el «lavado». - -Yo no fuí de los alumnos más exageradamente _empollones_, pero como -tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo), -supe machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir -a la paciencia y a la tenacidad en asignaturas donde no bastando -el ejercicio del entendimiento hay que forzar el automatismo de la -memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es fácil evitarlos al seguir una -carrera en que deliberadamente se aprietan las clavijas a los alumnos, -con el fin de sacar el número justo para cubrir las plazas vacantes. -Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que costeaba mi -carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa resignación, -cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no eran -muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo -los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que -pueden evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año -estuve enfermo de anemia, complicada después con viruelas locas; y este -incidente y otros que no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama -de joven estudioso y persona medianamente culta, hube de encontrarme -a los ventiún años cursando el segundo de la carrera; es decir, -faltándome tres para terminarla. - -El año anterior, o sea el primero de la carrera propiamente dicha, me -ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes de Septiembre. -Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la influencia maléfica -de cierta posada donde me alojé por tentación del diablo. El tiempo -pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen risa a los labios -y vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuando los evoco. Algo -referiré de esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería -capaz de estudiar en semejante madriguera. - -Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas --verbigracia, la de -los Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame Roque-- muy -semejantes a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el -vecindario de un mediano poblachón; tenía sus tres patios con -balconada, sobre la cual se abrían las puertas de los cuchitriles -o tabucos, numeradas en los dinteles; y no faltaban sus inquilinas -desvergonzadas y reñidoras, sus ciegos entonando coplejas al son de -destemplado guitarrillo, sus gatos atacados de neurosis correteando -de bohardilla a bohardilla y de baranda a baranda --ya a impulsos de -amorosas emociones, ya en virtud de algún tremendo ladrillazo--, sus -tiestos de clavellinas y albahaca, sus pañales puestos a secar en -compañía de desflecados refajos y remendadas camisas; en fin, todo -lo que abunda en este género de guaridas de la villa y corte, mil -veces retratadas por los novelistas y los pintores de costumbres. El -cuarto tercero de la derecha había sido alquilado a Josefa Urrutia, -vizcaína, ex doncella de la Marquesa de Torres-Nobles, y ex doncella -en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De los devaneos de la -Josefa había resultado lo de costumbre: al principio muchas carantoñas, -luego frutos de bendición sin la del cura, luego hastío del seductor, -lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de venganza y planes -de exterminio, escándalos callejeros con presentación de rorro en -mantillas, reclamación ante el juez, y providencia de éste a favor -de la ofendida, señalando una pensión de seis reales diarios a cada -vastaguito. Sólo que ¡vaya por Dios! de pago andábamos muy mal. Por fas -o por nefas, hoy que el papá se encuentra en Montevideo y la letra no -ha llegado; mañana que el cambio sobre España está por las nubes y no -se puede girar, ello es que la desdichada Pepa no hubiera conseguido -valerse y sacar adelante a los dos críos, si no tiene la feliz -ocurrencia de arrendar el consabido piso tercero, arañar unos cuantos -muebles en las prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de -desecho, regalo de la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes, -nido de estudiantes y de chinches. - -Al principio el negocio se presentó medianito: trampeando, trampeando. -Por fin adquirió la Urrutia clientela, y cuando yo entré a morar en -«la alcoba del comedor», estaba en su apogeo el establecimiento: ni -una habitación desocupada, y todos huéspedes que pagaban honradamente -(si podían) aparte de ciertas quiebras, cuyo origen descubriré en -gran secreto. Habitaba la sala, lo mejorcito del cuarto, un cierto D. -Julián, valenciano jaranero y alegre, derrochador sempiterno, amigo -de francachelas y bromas y jugador empedernido. Decía que estaba en -Madrid pretendiendo un destino, destino que no llegaba nunca; pero el -pretendiente vivía como un príncipe y en vez de ayudar con los dineros -de su pupilaje a sostener el negocio de Pepa, se susurraba entre -nosotros que comía gratis y aun recibía de tiempo en tiempo tal cual -doblilla destinada a derretirse en el peligroso faldellín de la sota -de copas. Estas interioridades y flaquezas de Pepa Urrutia no hubieran -trascendido (como ahora se dice) a no ser por el _monstruo de verdes -ojos_, los empecatados celos. Teníalos rabiosos la vizcaína, de una -vecinita guapa y fácil en tomar varas de los huéspedes fronterizos, -según puedo atestiguar. Aguijada por la desesperación, Pepa gritaba -sin reparo, y había lo de «pillo, estafador» por aquí, y lo de «si -vergüenza tuviese usted, lo que me chupa y lo que me debe me pagaría -volando» por allá. D. Julián, en casos tales, envainaba las manos en -los bolsillos, apretaba los dientes, y callado como un muerto paseaba -de arriba abajo por la sala. Aquel silencio encendía más el furor -de la mujer, que a veces se deshacía en crisis nerviosa de llanto; y -después de abofetear al valenciano con los últimos denuestos, salía -pegando un portazo que retumbaba en todo el edificio. Entonces solía -asomarse al pasillo un hombre grueso, rubio, calvo, como de cincuenta -y tantos años, de semblante afable y complaciente, quien con marcado -acento portugués preguntaba a la colérica patrona: - ---Pepiña, ¿qui tiene? - ---Nada tengo yo... --respondía ella metiéndose de estampía en la cocina -y mascullando en vascuence terribles imprecaciones. La oíamos lidiar a -porrazos con sartenes y cacerolas, y a poco el chirrido consolador del -aceite nos anunciaba que, a pesar de todo, se freían patatas y huevos y -el almuerzo no andaba muy lejos ya. - -El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del patio», llamada así -por tomar luz del principal de la casa, era un médico portuense, venido -a España con el fin de entablar un litigio contra la Administración, -por no sé qué infundios referentes a un patronato. Admirador -entusiasta, como los portugueses en general, de la música popular -española, pasábase el santo día en una silleta cerca del balcón, -vestido lo más ligeramente posible, en calzoncillos y elástica (he -de advertir que esto ocurría en el mes de Junio), cubriendo su calva -una gorrita escocesa con dos cintas flotantes atrás, y rascando una -guitarra, a cuyo compás gatuno y desafinado entonaba la letra siguiente: - - «Quiérimi sivillana -- niña lousana -- cándida flor - qui al son di mi guitarra -- pur ti palpita -- mi corasaun...» - -Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el ventanuco de una chica -planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y comunicativa. Ella -estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un suspiro el -portugués, exclamaba en voz estentórea «Moy bunita», y con dobles -bríos martirizaba el guitarro, continuando la letra: - - «Ay qui plaser -- is il amor -- si s’halla un alma - angilical. -- Y qui dolor -- si hay falsidad -- no, no, no, no, - no, no, no, no -- ¡huye di mí -- duda fataaaal!» - -Terminada la canción, sacaba de la abertura de la elástica una petaca -de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros. Aún no -había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del -portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también, -a quien por largo tiempo consideré genuina personificación del artista. -Llamábase de apellido Botello --nunca pensé en averiguar su nombre -de pila--; era muy apuesto, de cumplida estatura; gastaba melena, no -excesivamente larga, pero abundante y rizosa; tenía el tipo mulato, -a lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y rojos, bigote diminuto, -ojos brillantes y piel morena finísima, y nosotros le mareábamos -diciéndole _Dumillas_ a cada momento. ¿Por qué nos habíamos empeñado -los huéspedes de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy no lo -entiendo. Botello no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una -sonata, ni emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama, -ni siquiera un _juguete_ en un acto, y sin embargo, teníamos metido -entre ceja y ceja que Botello no podía ser sino artista y artista -consumado. Sospecho que era una convicción nacida --más aún que de su -original y simpática fisonomía, y su género de vida especial-- de su -modo de vestir derrotado y mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo -entallado de paño azul, que él nombraba el _gabán del toisón_, porque -tenía en cuello y solapas ancho collar de mugre, con su borrego de -manchas delante. Esta prenda estaba tan adherida a su cuerpo, que con -ella salía a la calle, con ella se lavaba y afeitaba y hasta la echaba -sobre la cama para dormir. Los pantalones lucían orla de flecos; las -botas eran de tacón torcido, y la piel rota ya descubría el calcetín, -embadurnado de tinta por Botello a fin de que no asomase su indiscreto -blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de _Dumillas_, embutidas -en atavío semejante, no habían conseguido perder todo su encanto, -antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante torso, adquirían -misteriosa nobleza. - -Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse al tipo artístico, y -era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio del trabajo, -su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un -magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el -padre de Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual -le daba casa y comida y le entregaba sus cinco mil reales anuales de -alimentos, exigiéndole únicamente que se retirase a las doce de la -noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo por darle educación, y cuando -hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba todas las veladas en -la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las tantas y tenía -llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y en -vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente. -Sin oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal, -Botello rodó de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor -y más desastrada, hasta que en un garito trabó conocimiento con el -insigne D. Julián, tirano del corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por -esta amistad se vino a nuestro albergue. Desde entonces Botello tuvo -curador ejemplar en el valenciano. Encargábase D. Julián de cobrar la -mesada del mozo, y acto continuo, a la timba a probar fortuna. Si venía -una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno de Botello se le -entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna propineja. Si la -suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio de difuntos. -Como necesitaba la guita, el pupilo solía armar con su curador unas -zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?» -Y entonces --aparición providencial-- surgía la Pepa en defensa de su -caro estafador, y chillaba amenazando a Botello. - ---Usted calla... Usted calla... Yo me espero... - ---¡Sí! --respondía el mísero--; pero el caso es que ni para tabaco me -ha dejado un real. - -La Pepa echaba mano a la faltriquera, y sacando una peseta roñosa: - ---Usted tome... Una cajetilla compre... - -Cuando las pesetas de la Pepa escaseaban --y aunque no escaseasen-- -Botello recurría a colarse en la habitación del portugués, no bien -le oía restallar el fósforo para encender el cigarro; y entre bromas -y veras, la mitad de la cajetilla pasaba al bolso del bohemio. -Acostumbrado el portugués al carácter y modos de Dumillas (de quien -aseguraba con profunda fe que era _muito artista_), no se formalizaba -jamás ni por sus guasas, ni por sus merodeos y depredaciones. Al -contrario, diríase que las travesuras de Botello despertaban en el -médico guitarrista afecto y benevolencia inexplicables. Y cuidado que a -veces las jugarretas del bohemio pasaban de castaño obscuro. Citaré una -para muestra. - -Obligado el portugués a hacer visitas y presentar recomendaciones para -activar el despacho de su asunto, encargó un ciento de tarjetas muy -satinadas y litografiadas, donde en preciosa letra cursiva se leía su -nombre: «Miguel de los Santos Pinto». Acertó a verlas Botello, y nos -las fué enseñando por todos los cuartos, asombrándose de que tuviese -tan pocos apellidos un portugués. Él quería añadir cuando menos: -«Teixeira de Vasconcellos Palmeirim Junior de Santarem do Morgado -das Ameixeiras», para que estuviese en carácter. Se lo quitamos -de la cabeza; pero fué todavía peor lo que se le ocurrió después. -Escamoteándome la pluma topográfica y la tinta china que yo usaba -para mis planos y mis dibujos, escribió delicadamente debajo del -«Miguel de los Santos Pinto» esta coletilla: «Corno de Boy». A fin -de no molestarse en añadirlo a todas las tarjetas, hízolo sólo con -veinticinco, escondiendo las restantes. Al otro día justamente salió de -visiteo el lusitano, y repartió diez o doce de las tarjetas adicionadas -por Botello. El domingo siguiente encontrose en la calle del Arenal a -un conocido, que le detuvo y le preguntó sofocando la risa: - ---Pero don Miguel, ¿usted se llama efectivamente _Corno de Boy_? ¿Hay -en su país de usted ese apellido? - ---¿Yo? --respondió amoscado el lusitano--. Yo mi llamo Santos Pinto -nada más. - ---Pues mire usted esta tarjeta. - ---A ver... a ver... --murmuró el pobre hombre--. ¡Y dis eso! --exclamó -atónito al leer la coletilla. - ---Será alguna equivocación del litógrafo --indicó maliciosamente el -amigo. Pero don Miguel no se la tragó, y apenas llegado a casa enseñó -la tarjeta a Botello, pidiéndole estrecha cuenta del desaguisado. Tan -calurosas protestas de inocencia hizo el grandísimo truhán, que logró -convertir hacia mí las sospechas. - ---¿No ve usted --decía-- que la tinta y la pluma con que eso se -escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las -mosquitas muertas. El que parece más formal... - -De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en la vida me metía -con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él miraba con -prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria, -pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más -leve. Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para -encasquetarle una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que -se desternillase de risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto -en la habitación ocurría. Otra vez le prendió rabitos de papel en los -faldones, y así salió Pinto a la calle, siendo la irrisión de los -granujas. No obstante, la indulgencia del portugués hacia el bohemio no -se desmintió jamás. Cuando a Botello le faltaba parné con que pagar la -entrada en algún baile, a D. Miguel acudía en demanda de medio duro. -Después agotaba la elocuencia para convencerle de que debía echar una -cana al aire y acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués, -que alegaba no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello -llamándole _panoli_; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y -se mostrase algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el -medio duro. - ---Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo --exclamaba el muy -lagarto--. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien me ve con -malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado? - ---Yo con usted no mi puedo enfadar nunca --declaró el portugués -metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia los -que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad -que nunca he visto en rostro humano--: Este rapaz... ¡muito artista!-- -Después se volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo. - -Vamos, convengan ustedes en ello: no hay posibilidad de consagrarse -a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa donde a cada -instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las risotadas -alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las -continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a -matar el tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la -irregularidad en las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda -con que todos nos metíamos a vivir en las habitaciones de los demás; -el trasnochar y el despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares -para las tareas de la Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio -de la broma y de la cháchara es inevitable en mi edad. Allí había otros -estudiantes de la Universidad, de Montes, de Arquitectura; ninguno era -un prodigio de aprovechamiento. Yo quizás les vencía a todos; pero como -mis asignaturas ofrecían mayores dificultades, el caso es que aquel año -me quedé colgado hasta Septiembre, y hube de pasarme las vacaciones en -Madrid sin gozar las frescas brisas de mi tierra. Sería aquel un verano -aburrido, interminable, a no rodearme gente tan levantisca y retozona, -y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del inagotable buen -humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había modo de -entretener la tarde, _Dumillas_ castañeteaba los dedos y nos decía, -sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena -negrísima que le sofocaba: - ---Vamos a hacerle una _sarracinada_ a Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a -coger chinches? - ---¿A coger chinches? - ---Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais de chinches gordas, -bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera magnitud. - -Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan extraña caza. Por -desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos en nuestros -jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran esfuerzo -una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo al -inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las chinches -de todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués, a -oscuras, descalzos y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta -de su cuarto. Así que don Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba -suavemente el pestillo, y como la cabecera de la cama estaba contigua -al marqueado de la puerta, no necesitaba el diablo del _artista_ más -que destapar el cucurucho y desparramar las chinches contenidas en el -papelón sobre la cara y cabeza del durmiente. Terminada esta operación, -cerraba Botello con mucha cautela, y nosotros, hechos una piña y -pellizcándonos mutuamente de puro excitados, aguardábamos a que se -iniciase la campal batalla. - -No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos rebullirse al -portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles, luego -claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición -azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando -si estaba enfermo, si le ocurría algo. - ---¡Credo! --respondía el buen hombre--. ¡Credo! ¡Persevejos por aquí, -persevejos por allí! ¡Credo! ¡Irra! - -Al día siguiente le proponíamos variar de cuarto, y así lo hacía, -esperando hallar remedio a sus males; sólo que, como repetíamos la -caza, repetíase también el sainete. Con semejantes chanzas pesadas -fuímos engañando la canícula; y lo que más me asombra es que al bendito -portugués, blanco de todas ellas, no se le ocurriese ni remotamente -cambiar de hospedaje, ni plantarle un día un bofetón de cuello vuelto a -su verdugo. - -Cuando aprobé en Septiembre las asignaturas que me faltaban, necesité -hacer un enérgico llamamiento a la potencia superior del alma, o sea -a la voluntad, para resolverme a poner por obra lo que en mi opinión -convenía al lusitano; mudar de alojamiento. El cebo de la pereza y -de la vida alegre; lo entretenido del trato de Botello, a quien era -imposible no profesar cierta lástima muy análoga a la ternura; los -mismos defectos e inconvenientes de aquella posada iban apegándome a -ella más de lo justo. Sin embargo, venció mi razón en la contienda. «La -vida es un tesoro y no hemos de despilfarrarla en chiquilladas y en -insulsas bromas», pensaba yo al arreglar mis bártulos para irme con la -música a otra parte. «Si ese infeliz de Botello es un sonámbulo y se -ha propuesto morir en el hospital, yo, en cambio, estoy determinado -a tener una carrera, tomarla por lo serio y ser libre y dueño de mis -acciones. Aquí no hay más que ilusos y gente predestinada a la miseria -anónima. Vámonos a donde se pueda trabajar.» No obstante, la despedida -me oprimió unas miajas el corazón. La Pepa lloraba a lágrima viva por -tan buen huésped, que pagaba religiosamente y nunca «daba que sentir -ni así tanto.» Mis ojos no se humedecieron, pero, lo repito, sentí -pena, como si me apartase de seres muy queridos, al abrazar a Botello -y apretar la mano del bonachón portugués. Según iba andando detrás del -mozo de cuerda que cargaba mi baúl, hice las siguientes reflexiones -para explicarme mi emoción: - -«Esta irregularidad pintoresca, este predominio del sentimiento y del -humorismo, y este desprecio de la realidad que noto en la casa y en los -huéspedes de Pepa Urrutia, son atractivos, porque constituyen una forma -del romanticismo innato en nuestra raza, romanticismo que yo padezco -también. La tal casa parece un familisterio, basado no en la comunión -socialista, sino en la falta de hiel y de sal en la mollera. Me he -encontrado ahí con varias personas que, a fuerza de ser excelentes, no -tienen ni tendrán nunca un adarme de juicio ni de sentido común. Por lo -mismo, sospecho que las echaré muy en falta los primeros tiempos; que -siempre las recordaré con nostalgia, y que, al ir corriendo años, se me -figurará poético y precioso hasta lo de las chinches. Sin embargo, yo -valgo más que lo que dejo, pues soy capaz de dejarlo.» Y me consolaba -el orgullo de tenerme por más formal y positivo que los pupilos de la -vizcaína. - - - - -II - - -Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér prefiere su -elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la -posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un -cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen -ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína -la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien -distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente -guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas -porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras, -al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes -saldaban sus cuentas o salían pitando. - -En la casa de doña Jesusa --por ser de edad madura le aplicábamos el -doña-- las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas; la -criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de la -cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía -sopa de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de -humilde bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y -justo: de ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos -a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía -tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado -de ladrillo; ni de la tortilla coriácea; ni de las manzanas y peras -del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención -que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de -los sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano Luis -Portal, que era, a lo serio, bastante guasón. Pasaré también por -alto la eterna monotonía de la sopa de pasta, calificada por Luis de -«alfabética» o «astronómica», según representaba letras o estrellitas. -Prescindiré de la penuria del cocido, con su tocino oculto detrás de -un garbanzo y partido ya en raciones para que un huésped solo no se -engullese las de los demás; y no delataré las gusaneras del pescado, -ni las flacideces de la carne. A mi edad es raro que el sibaritismo y -la gula den mucha guerra. Por otra parte, los días del santo de cada -pupilo o de fiestas muy señaladas y de repique gordo, doña Jesusa nos -obsequiaba con algún guisote en que había puesto los cinco sentidos, -y entonces nos desquitábamos. Siempre observaba doña Jesusa los días -clásicos, y los distinguía con algún refinamiento en la mesa, y estos -extraordinarios ayudaban a conllevar la habitual estrechez, remedando -las gratas alternativas del hogar doméstico. - -Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y -habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana -y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas; -por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café -tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los -gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje. -Si pudiésemos llegar a la media copita de _fine_ o de _mono_... Pero -ahí nos estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac -era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo -del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un -dedalito, y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le -vimos el fondo a la botella. - -Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía -estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra -patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto -no alcanzaba a distraernos. Cada cual según la extensión de sus -facultades, empollábamos todos, procurando no tener que _excusarnos_ -cuando los profesores nos preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba -un poquillo de miedo, por su gran afición a _salir de pesca_, o sea a -alterar el orden establecido para preguntar la lección. Ya he dicho que -yo no sobresalía entre mis compañeros por extremar la asiduidad, ni -Luis Portal tampoco: ambos nos dábamos maña para poner en ejercicio el -entendimiento, sacándole a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo -el peso de la memoria, porque temíamos la depresión especial que causan -estos estudios áridos y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis -llamaba «la guilladura matemática». En cambio, dos chicos de los que -vivían con nosotros estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos -que al acabar la carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era -el uno de ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda -de esta facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte -cubre las faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre -que no se tratase de discurrir, ni de poner o quitar al texto, se -presentaba con admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción, -la interrupción más leve, cualquiera circunstancia de esas que obligan -a apelar a la inteligencia, le mataban; aturrullábase todo y no había -manera de que contestase derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le -llamaba «el lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido, -de verle siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba -los libros, era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden -un collar de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para -manejar garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias -exactas, mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante -fantasía, toda luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas -y fuegos fatuos. En boca suya, la frase más vulgar revestía forma -poética; rimaba sin sentirlo y al sonsonete; era capaz de estarse -una hora hablando en verso bien medido y armonioso; pero el satírico -Portal decía que los versos del cubano tenían exactamente tanto valor -artístico como la música que componemos y tarareamos al extender -distraídamente por los carrillos el jabón para afeitarnos, y que hacían -el mismo sentido leídos de arriba abajo que de abajo arriba. «Vamos a -llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía cada vez que el cubano -nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de vidrio, lo cual solía -ocurrir después que se atiborraba de café. - -El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso magín, -huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas de una -abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: «No quiero -morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los estudios -y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo a la -viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una energía -silenciosa y feroz. Así como el cubano araba con la memoria, el -zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas -facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de -sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con novias, ni -nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación -viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento, -sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese -animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero -antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a -veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo -que ya el estómago no rige. Claro, ni ejercicio, ni distracción... -Salustiño, bueno es salir avante, pero también hay que mirar por el -número uno.» - -Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer estrecha -amistad, aunque nuestras ideas y aspiraciones eran muy diferentes. -Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos -daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se fija -la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en nuestro -criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba -partidario del _self-help_; aborrecía tutelas e imposiciones; creía -que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años -de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad -viril. «No parecemos gallegos --me decía a veces-- por la actividad que -desplegamos en todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y -aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá. -«Desengáñate --repetía con obstinación--, tenemos más de catalanes que -de gallegos, chacho.» Si en el modo de entender la dirección de la vida -nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin -principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa -siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando -moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años -entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro -en puño; no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de -muchas cositas buenas. No sé si por las vías de la profesión estoy en -camino de catarlas; se me figura que, en cuanto a sacar partido, los -políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos: -verdad que lo uno no está declarado incompatible con lo otro, y que -Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos libres, y -me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo -la gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de -porvenir se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas -buenas» el comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios -tabacos, acaso sostener a una bella pecadora, quizás casarse con una -señorita linda y bien acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no -aspiraba concretamente a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad, -presintiendo que con ella vendría algo muy hermoso y merecedor de ser -saboreado y gozado, pero no en el sentido descarnadamente material: -algo que podía ser gloria, celebridad, pasión, aventura, millones, -mando, hogar, hijos, viajes, luchas, hasta infortunio; pero que al -fin sería vida, vida completa y digna del ser racional, que no ha de -reducirse a vegetar ni a golosear los placeres, sino que debe recorrer -toda la escala del pensamiento, del sentimiento y de la acción. No -podía definir en qué consistían mis esperanzas; pero me parecería que -las rebajaba si las redujese a algo positivo y sensual, como mi amigo -Luis. No por esto me creía un visionario, un entusiasta ni un soñador. -Comprendía, al contrario, que si mi frente se alzaba a veces hacia la -región de las nubes, mis pies permanecían firmes en la tierra, y que -todas mis acciones eran propias de hombre resuelto a abrirse camino sin -dejarse embaucar por la sirena del entusiasmo. - -Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto, -en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos -republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista, -casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de -Pí, convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto -con lo pasado; al contrario, debemos entrar resueltamente y de una -vez por la senda de la transformación honda y progresiva. «Esas -transacciones nos pierden, son funestas --objetábale yo--. Transacción, -en este caso, equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir -capitulación y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada -del 12 al 40, hubiesen andado con paños calientes y contemplaciones, -bonitos estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo, -y se producen perturbaciones en la economía, pero el lobanillo -extirpado queda. No comprendo esa manía de contemporizar con el ayer, -con la España absoluta y fanática. Tu _ilustre jefe_ --a Castelar le -llamábamos así-- es un vividor, amigo de agradar a las duquesas, a las -testas coronadas, y a eso llama él conservar la tradición. Palabrería. -Por fortuna ni los franceses en 93, ni nosotros más adelante, hemos -seguido ese método. Déjeme de historias. Al paso que vamos, dentro de -pocos años España volverá a poblarse de conventos. Es absurdo tolerar -semejante artimaña, y hasta protegerla, como nuestro liberalísimo -Gobierno hace. Los jesuítas tienen vuelta a tender la red; a cada rato -aprietan un poquito más la malla. Cualquier día nos envuelven del -todo. Claro que a los pájaros gordos, como ellos saquen su escote, les -importa un pepino lo que venga detrás. En pos de mí el diluvio, que -decía aquel peine de Luis XV. No cabe en cabeza medianamente organizada -eso de que para debilitar y desarraigar una institución como la -Monarquía se empiece por afianzarla, halagarla, implantarla suavemente -en el corazón del pueblo. Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A -mí que no me vengan con ese _choyo_.» - -Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente. - -«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan como -tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús volvíamos -a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha un hervidero -de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que sucedería con -vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido el cantón -gallego, ni los rabos: todos habíamos de querer mandar y nadie -obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos de una -nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la Revolución -de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo. Esto es la -minoría de una República, no la de un Rey. Que nos caiga la República -por su peso, como una perita madura...» - -«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir -mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario -que lo resucitemos, créeme...» - -«Déjame de ideales y de monsergas --replicaba Portal enojándose--. Por -los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más ideal que -la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén». - -Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me andaba con -chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la -anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero -a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca -Monarquía, y asentir a la «federación ibérica». - ---No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese cochino _ideal_ -sólo veinticuatro horas --exclamaba Luis--. Lo que es en Galicia, como -se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa: -en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con -propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú -le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales -hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un -millón... Afortunadamente hablar de la independencia galáica es como si -hablásemos de la mar con peces y arenas. - ---¿De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir, -como los individuos, _cada cual para sí_? - ---Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en esta materia, es -echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy capaz -de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que -su nieto la usurpa el trono. En política racional no hay derechos ni -mojigangas, hay lo que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo -desacertado, hay un olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en -qué consisten, pero que se manifiestan en los resultados. Con las ideas -radicales se va a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a -la política. Y déjate de independencias. Es una realidad indiscutible -la patria española, aunque tú creas que no. - -Irritado por esta contradicción, solía exclamar: - ---Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los grandes pensadores -se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás. - ---Diles a esos grandes pensadores, que vayan a pensar a un pesebre. -Si suprimen poco a poco los resortes por que se ha movido siempre -la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes -que no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia, -que maldito si se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para -quererla y defenderla hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar -el Cristo de la antigualla. Pues las antiguallas son inevitables, -y precisas, y convenientes. De antiguallas vivimos. Y no es esta -antigualla de la patria la única que llevamos en la masa de la sangre. -Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte siglos. -Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las -antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras razas; todos los -que nos ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!... - -A veces por estas metafísicas nos liábamos y pegábamos grandes voces, -de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por lo regular nos -infundían estas disputas mayor afán de comunicación y roce intelectual; -insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el uno al otro, por el -convencimiento de que, aun profesando opiniones distintas, éramos -capaces de entendernos y de darnos mutuamente un poquillo del alma. -Habíamos llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio; -paseábamos juntos, hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta -novia cursi que se había echado; juntos nos sentábamos a la mesa del -café de Levante; juntos íbamos, cuando danzaban en nuestro bolsillo -algunos realejos, a nuestra distracción favorita, el paraíso del Teatro -Real. Todos los estudiantes alojados en casa de doña Jesusa éramos -filarmónicos, todos nos perecíamos por la _Africana_ o los _Hugonotes_, -especialmente el cubano, melómano furioso, que padecía accesos de -epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para la notación -que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver, -haciéndole tararear la ópera enterita. - ---Trinidad --le decíamos, porque el cubano se llamaba así--, anda, -cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika. - ---Trinidad, los puñales. - ---Trini, el _o paradiso_. - ---Trinidad, aquello del _coprefuoco_. - ---Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la entrada de los -violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo. - -El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo con pasmosa -exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último, -cansado ya, nos decía en tono suplicante: - ---Déjenme acostar, que esto ya parece songa. - - - - -III - - -Una mañana, o mejor dicho una tarde, casi a fin de curso, salimos -disparados de la Escuela, y como siempre pegamos la gran carrera desde -la calle del Turco hasta la del Clavel, porque conviene advertir que -desde las ocho, hora en que nos desayunábamos con el chocolate de -barro cocido, hasta la una y media, que terminaba la de dibujo, las -clases se empalmaban, no permitiendo sostener el cuerpo sino con alguna -ensaimada que a hurtadillas comprábamos al portero, o algún mendrugo -que escamoteábamos en casa para llevarlo de provisión. Olfateando el -almuerzo, subimos dos a dos las escaleras. Al entrar en el comedor me -sorprendió encontrarme frente a frente con mi tío Felipe, el cual me -dijo sin preámbulos: - ---Hoy te vienes conmigo a almorzar a Fornos. Se me figura que aquí anda -medianamente lo de bucólica. - ---Iría con mucho gusto... Pero hay tanto que estudiar estos días... ---contesté haciéndome de pencas. - ---¡Bah! Por un día de asueto no pierdes año. Anda, que tenemos que -charlar... de muchas cosas --añadió con cierto misterio. - -La verdad es (y no me serviría disfrazarla, pues tiene que resaltar en -el curso de esta narración), que yo no sentí jamás por mi tío Felipe no -digamos simpatía o respeto; ni siquiera algo de afecto: ni aun gratitud -por los beneficios que me dispensaba; ¡al contrario! Sé que declaro -contra mí, y que la ingratitud es el vicio más feo; pero sé también -que no soy ingrato por naturaleza; y a fin de justificarme o al menos -de explicarme, dibujaré la silueta física y moral de mi tío Felipe, -para lo cual necesito referir antecedentes, que algunos tienen visos de -secreto de familia. - -Mi nombre de pila es Salustio; mis dos apellidos paternos, Meléndez -Ramos; los maternos, Unceta Cardoso. El Unceta dice a las claras -que el padre de mi madre fué vascón, guipuzcoano por más señas; y -el Cardoso... En el Cardoso está el intríngulis. Parece que estos -Cardosos de Marín --yo nací en Pontevedra, y la familia de mi madre, -en el puertecito de Marín residía-- eran rama desgajada del tronco -portugués de Cardozo Pereira, israelita de origen. ¿Cómo llegó a mis -oídos el rumor de que eran _judíos_ los progenitores de mi abuelita -materna? ¡Vaya usted a averiguar quién entera a los niños! Un día, -teniendo yo nueve o diez años, no pude contenerme, y pregunté a mi -madre: «Mamá ¿es cierto que somos de casta de judíos tú y yo?» Ella, -echando lumbres por las pupilas, alzó la mano y me atizó un soplamocos, -exclamando: «¡Negro de ti como vuelvas a decir eso! Te estampo contra -la pared.» La impresión que me causó el correctivo fué que eso de la -casta de judíos era mancha; y dos o tres años más adelante, como uno de -mis condiscípulos en el Instituto de Pontevedra me lo echase en cara -gritando: «Cardoso, Cardoso, judío tramposo,» enarbolé la pizarra que -llevaba debajo del brazo y se la rompí en la pelona. - -Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí lo que llaman -_crisis religiosa_, o sea ese período en que los muchachos examinan -sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las arrojan, -sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una -muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales -agonías de la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar -una iglesia gótica. Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en -el ateismo, al menos en la indiferencia, como terreno propio. No me -«pervirtió» la lectura de ningún libro en especial, ni la conversación -con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió los ojos»; imagino que -ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos jóvenes les sería -imposible especificar en qué circunstancias perdieron la inocencia del -espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en que mi -fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca -muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista. - -Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el insulto de «judío -tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera de envenenado -hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi -presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo -olvidé. Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya -espigado y talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal, -ente estrafalario, pero sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito -en menudencias estrambóticas, y al corriente de mil cosas raras de -arqueología, epigrafía e historiografía gallegas. Este tal me prestaba -libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por las inmediaciones -de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios ruinosos. -Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde -se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión -hebraica, y armándome de resolución, le dije: - ---Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay familias que -descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso? - ---En efecto --contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó el afán -con que yo preguntaba--. Son familias oriundas de Portugal. En Marín -les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que aún siguen el -rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los domingos, y que no -comen un pedazo de tocino aunque los desuellen. - ---¿Y usted cree eso? - ---Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir -ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa -gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos -papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño, -natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas -vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era -además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo -buscaré... - ---No, no, no hace falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad -tonta. No se moleste, D. Wenceslao. - -Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el -diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que -ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato -inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo -reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de -los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa -yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más -adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de -empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos, -me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un -criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en -nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los -judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción -religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de -la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran -importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social, -tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad -Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se -enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan -lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando -aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor -elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o -Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta -Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que -no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a -no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones -hereditarias. No cabía duda: la sangre de cristiano viejo que giraba -por mis venas era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse -con gotas de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más -íntimo de nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del -entendimiento, y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un -fondo autónomo, instintivo, donde reina la tradición y triunfa el -pasado. - -Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era hermano -de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este relato, -frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por «buen -mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con abundantes -cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe de vista, -mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No se parecía -ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo semítico, -el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de escenas -de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de la -ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío -Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes, -sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada -suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el -craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío, -pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan -de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de -_deicida_ del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la -niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira -el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron -desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico, -ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser. - -«Estas son --calculaba yo-- jugarretas del arte. De quinientos años -acá se dedican los pintores a juntar en media docena de fisonomías -la expresión de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la -hipocresía y el egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante -el tipo judaico. Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y -adherente, moho que se nos cría en el alma, es más fuerte que la -cultura y que el progreso. En vez de pensar, sentimos; y más bien son -los muertos quienes sienten por nosotros.» - -Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones -tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío -Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado -en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas -no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También -redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno, -sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una -posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más -bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias, -un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin -ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado -a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo -le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las -gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros -caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para -herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud. - -Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio compuesto -de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no llegaría -a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. Cómo -esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada en -acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. Mi -tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele ser -para los españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte. -Politiqueó cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y -guardando la ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a -su sabor en el cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar -en batallas electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez -sola, en una de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones -generales, y que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D. -Vicente Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga, -saliendo sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de -cerrarse la legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar -a gobernador, y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado -o de Instrucción pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces -interino, otras en propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en -Pontevedra se habló bastante de la expropiación de ciertos ranchos de -mi tío, pagados por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón. -Don Felipe se contaba en el número de los políticos cucos de tercera -fila, olvidados, y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su -método consistía en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él, -en son de elogio, que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía -otra señal de hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto, -porque hartos caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son -más cortos. - -A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente. -Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía. -Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte -de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él -me demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el -teatro; dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o -comer en Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me trataba como -se trata a los muchachos, bromeando y riendo; me preguntaba por mis -trapicheos y líos, por las travesuras de mis compañeros de hospedaje, -por las vecinas de enfrente que eran graciosas, y hasta se metía en -vedado, echándola de doctor y maestro en todas las asignaturas del -amor licencioso y venal. De sobremesa, cuando el vino, el café y los -licores le arrebataban la sangre a las mejillas, lucía su ciencia -tratando puntos intrincados que a veces me sublevaban el estómago. -No me atrevía a protestar, porque los hombres nos avergonzamos de no -parecer corrompidos; pero la verdad es que mi paladar juvenil rechazaba -aquella pimienta rabiosa. De noche las torpes imágenes evocadas por la -conversación me importunaban y me ponían febril, hasta que con la jarra -llena de agua fría me propinaba duchas por el espinazo abajo. Este -remedio heróico despejaba mi cerebro y me permitía enfrascarme otra -vez en los libros. El odio es un resorte tan poderoso como el amor, -y yo veía en el término de mi carrera el fin de un protectorado para -mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con qué vivir, resarcir -a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía a sus alas para no -caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la Construcción y la -Topografía. - -Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos en -el obscuro saloncito bajo de Fornos --ante la mesa donde el mozo iba -depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca, bollos -de Viena, y luego los platos del almuerzo-- el anfitrión me dijo, -dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara: - ---Adivina lo que tengo que participarte. - ---¿Cómo quiere usted que adivine? - ---Pues no sé de qué sirve tanto estudio --observó con pretensiones -festivas. - -Me encogí de hombros, y él añadió: - ---Es que me caso. - - - - -IV - - -Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen -una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más -cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera -madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco -oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y -derramé una cascadita sobre el mantel. - -El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su -rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y -afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me -observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza: - ---Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también -la tuya. - -Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún -tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A -los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía -decir algo, pregunté con insegura voz. - ---¿Mamá lo sabe? - ---Ayer se lo escribí. - ---¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia? - ---¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves -qué coincidencia... - -Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco. - ---Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre y -ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de -Pontevedra. - ---No la conozco. El nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal -vez... No sé. Como el verano pasado no tuve yo vacaciones... - ---¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de aquella -finca bonita que se llama el _Teixo_, por un árbol enorme... - ---¿Es única esa señorita? --pregunté incisivamente, pensando que tal -vez el interés era el móvil de la boda. - ---Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra también. - ---Nada; pues no la conozco --repetí--. Pero si se casa con usted ya -tendré tiempo de tratarla. - ---¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te -vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del -Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla... -conque ya ves. - ---¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid? - ---Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en -el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un -genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que -no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios... - ---No le pregunto a usted semejante cosa --exclamé; y por segunda vez -tembló en mi mano la copa de Champagne. - ---Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de mis -acciones, y al casarme a nadie ofendo. - ---¿Quién habla de ofensas? --prorrumpí sintiéndome palidecer a impulsos -de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel hombre. - ---Como lo tomas así... - ---No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted por -mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese esta -conversación, para decirle que el dinero que con mi carrera está usted -gastando, lo reembolsaré o poco he de vivir. - -Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas -destellaron una chispa de cólera. - ---Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte una -barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más -desagradecido y descastado no lo hubo. - ---Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no lo -aguantaré --repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la -cara. - ---No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de -seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había -de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo, -paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo --añadió -hiriendo con el cuchillo la copa. - -Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados -volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y -ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de -levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de -la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa -de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo -(puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata. -Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó -hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de -la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol -desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre -sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y -enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma: - ---Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de enseñarte -el retrato de tu futura tía. - -Me recogí a mi posada de un humor perro, descontento de mí mismo, y -sin poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria -que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella -ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando -a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la -descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente. -Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...» - ---¡Si me importa un pepino que se case! --exclamé dolorido--. ¿Qué me -va ni me viene en eso? - ---¡Algo te va y te viene, corcho! --replicó el sesudo orensano--. Algo -le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón, -único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba -el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo -buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige, -rapaz, que vivir es transigir. - ---Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente! - ---Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse con -la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática. - ---¿Tú la has visto? - ---Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé los -baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me acuerdo -perfectamente. - ---¿Y qué te dijeron? - ---Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que -a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre -tiene monises. - ---Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo no -prefiere un convento? - ---Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta: -influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado -puestos; va para personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda, -sé amable con la tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor. - ---¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo -estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que -se me escapan... - ---¡No se trata de eso, corcho! --insistió mi amigo formalizándose--, -no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si -es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es -que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y -como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir! -¡Mucho ojo! - -Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo -tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los -cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad -y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de -leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la -letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen que -venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma o del -labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. Para no -ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y sosiego de -un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, después del -consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me dejó dueño -de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando el grato -amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres pliegos de -letra española, clara y menuda, con algunos deslices ortográficos de -menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio de la vehemencia -del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de períodos con -párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, presta a -este género de cartas iracundas y femeniles cierta enérgica monotonía -y rapidez que duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba -feroz contra la boda del tío Felipe, exornada con datos históricos, -algunos enteramente nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios -fragmentos, sin añadir punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni -quitar repeticiones. - - «Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin - más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien - hoy o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el - fantasmón de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si - tuviese conciencia lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú - te quedas abriendo la boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no - digo ningún disparate pues has de saber para tu gobierno que tu - tío en las partijas de la legítima de mi papá que mi mamá no tenía - sobre qué caerse muerta, pero papá dejó una herencia bien bonita, y - tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó casi por puertas yo no - sé como lo envolvió ni como armó la rratonera que a mí me tocaron - cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien blanda, no sé - como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las casas y - solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un buen - guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió - tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado - del clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que - eras pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo - entonces le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena - hermana y otra pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse - ni pan que darle yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas - aquí hubo engaño, yo así no puedo vivir como voy a dar carrera - al pequeño, y él va y me contesta muy foncho no te apures yo no - te abandono carrera no ha de faltarle la mejorcita se le buscará - dejate de pleitos que son la ruina de las casas y el engordar - de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo tenga - al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el - demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío - que yo no mudo ni una palabra.» - -Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación se -le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias -las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones -reunidas. - - . . . . . . . . . . . . . . . . . . - - «¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin - conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró - derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y - salud poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé - bastantes malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de - su madre desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no - se sabe si hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen - que carga con tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan - a patadas que no le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la - tratará de mala casta viene que sacó la estampa de los judíos en la - procesión del Jueves Santo a mi me da verguenza ser hermana suya - ya por algo lo señaló Dios que también lo ha de castigar acuerdate - de lo que digo que yo me entiendo Dios es muy justo y quieren que - vayas en las vacaciones a ver la preciosidad del casorio bonito - mamarracho estará si no me tienta el diablo a traer a casa la tal - Carmiña Aldao el otro verano no sucede esta trapisonda lo que es - yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos como se portan si - te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que habrá sapos - y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear hasta - soltar la camisa.» - -Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su lectura obró -en mí efectos contrarios a los que se proponía mi madre. Los manejos -del tío para mermar mi herencia; aquello de la _partijita_, en vez de -causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de -tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya -de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de -mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor. -Podía detestarle menos. - -Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba -moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos -ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e -indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones. -Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la -ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de -la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras -al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o no -asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y calma. - -Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. «Ese -es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos... -Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos -exteriormente; el interior nadie lo ve...» - ---¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se -case! ¿Cómo se dicen las cosas? --exclamé lastimado. Portal, a medio -convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí--: Mamá asegura que es fea la -novia de mi tío. - ---¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta -tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña -Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de esa -señora --aconsejó Portal después de unos minutos de silencio--. Es la -gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que te -quiera como a un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé -la gana! En fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con -habilidad, sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros. -La edad de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres -así... romanticón, a lo _joven Werther_... Cuidadito, no haya drama de -familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la -patalallana. - - - - -V - - -Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector que -más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel -año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El -zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas -fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia; -Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza -del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros -alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido -por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de -quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos, -las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se -convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel -demontre de año! - -Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de -participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la -vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre -el detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D. -Felipe en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de -persona bien informada: «A estas horas suele estar en la casa nueva... -Lo que es aquí para bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene -alquilada... sólo que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues -Claudio Coello, número...» - -Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y descendí -casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo que -tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un -tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta -estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo -moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi -tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada -de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia. - ---¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás todo. - ---Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a usted... - ---Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué -te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como -la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de -la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las -colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba -ya están más adelantados. Pasa, pasa... - -Miré distraídamente el gabinete, que era archivulgar, con su chimenea -de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de borra de seda -recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su tocador -muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos -del tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea -no tenía marco dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas -y sofá. El tío quiso que yo me fijase en tanta elegancia: como todos -los cicateros, cuando se decidía a un gasto extraordinario, gustaba de -que lo notase la gente. «Ya ves el espejito...», me decía. «Ahora se -forran así... Caprichos de la moda. Y no creas que cuesta más barato, -¡quiá!... más caro, hijo. Ese hueco que queda frente a la ventana, para -el piano... La novia es una profesora.» Del gabinete pasamos al nido, o -sea la alcoba, que era de columnas, espaciosa, estucada, y en su centro -el anchísimo tálamo, de madera, muy bajito y de tallado copete. «Faltan -el _sommier_ y el colchón», susurró mi tío con sonrisa de complacencia. -«Figúrate que al tapicero se le había metido en la cabeza hacerlos -de raso. Yo le dije que damasco de algodón era bastante. Si no tengo -la precaución de poner la casa a tu futura tía, que no conoce lo que -es Madrid, la envuelven, la explotan, la saquean... Mira las mesas -de noche: ¿creerás que me costaron veinticinco pesos las dos? Se ha -desarrollado el lujo de una manera... Ven, ven a ver mi despacho...» - -Por una puerta de escape salimos al pasillo, y registramos el -despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran -biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos -libros de administración y media docena de noveluchas obscenas, todas -desencuadernadas y llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas -puertas, y cogiendo a dos manos el derrotado grupo en que se mezclaban -Paul de Kock, Amancio Peratoner y el chino Da-gar-li-kao, me lo -presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo regalo, chico... -No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los casados -no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por -ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de -profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían. - -Después del despacho, hubo que visitar el comedor, ya provisto de -aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina y -despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana -sobre el horizonte despejado de unos desmontes y solares. «Este sobra; -podremos tener un huésped», indicó mi tío. - -Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho y mi tío sacó un -puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no fumo, se -lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra -persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año -aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres -veces le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz -atascada por sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien... -Con que otro añito, otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!... -a ese paso pronto echarás puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te -empujaremos en las obras de la Diputación... Hay que saber tocar los -registros. Tú entenderás de problemas de álgebra, y mucha ecuación por -aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo conozco el teclado.» -Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la mano, no en el -chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una carterita, -de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo -observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de -D. Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o -extremadamente agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta -sin percibir el esfuerzo y la angustia interior del ánimo, la despedida -llena de nostalgia que daba a sus monises. Era evidente que la razón -le imponía el gasto, pero siempre riñendo batallas con el genio. Para -observadores superficiales, si mi tío no pasaba por espléndido, tampoco -era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba con la perspicacia -cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de lechuza, pero -recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la civilización -a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa -individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un avariento -frustrado; la sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha -desarrollado la sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque -actualmente el avaro a la antigua se pondría en ridículo; no podría -alternar. Pero bajo el hombre de nuestra época, que sabe adquirir -para gozar, yo veía al hebreo de la Edad Media, de ávidos y ganchudos -dedos, ahorrador hasta la demencia. Siempre que aflojaba alguna suma, -las mejillas de mi tío palidecían un poco, su boca se hundía y sus -ojos vagaban por el suelo, como si quisiese ocultar la expresión de la -mirada. - -En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a mi boda. Ahora hay -unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se toma el billete -por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta arregladísimo. -Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa muy mal. Ya -puedes escribirle a tu madre el día que piensas salir. Cuanto más -pronto mejor, porque respiras aire de campo, y te ahorras posada. Tu -madre está en la Ullosa. Desde allí a Pontevedra y al Teixo... un paso. -Preséntate días antes de la boda... que, no sé si te lo dije, será -el día del Carmen. En el Teixo hay habitación para todo el mundo; es -un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No estorbarás. Anima a tu -madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.» - -Caía la tarde y el esterero daba su faena por terminada; mi tío, -embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos calle abajo y -nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del Sol; y -en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce -a la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo -el hebreo. «Ya que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la -distracción. ¡Vas a ver género fino!» - -Aunque me sospechaba lo que podía ser el _género fino_, no dejé de -sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la puerta de un -tercero, en la extraviada calle del Rubio. La hermosa vestía bata de -percal granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba ese -peinado de exageradas _peteneras_ sujetas con goma, que las mujeres -del pueblo bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo -puntiagudo. Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus -mejillas, en que una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz, -ordinarios y dados aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero -dulces a la sombra de las pobladas pestañas, claváronse en los míos, y -me dijeron algo a que inmediatamente respondí con el propio lenguaje -mudo. Detrás de este bello ejemplar del tipo madrileño, asomó la -cabeza una mocita más joven, menos guapa, desmedradilla, burlona, -tan repeinada y empolvada como su hermana mayor. Mi tío entró con -fueros de conquistador y amo. «A ver... inmediatamente... aquí todo el -mundo... Hoy os traigo un pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis». -Diciendo así guió por el pasillo de desencajados baldosines a una -salita estrecha, sin otro mobiliario más que un sofá y dos butacas -resguardadas por camisones de percal, una barnizada consola de caoba, -algunos cromos «de frailes», un veladorcito donde se destacaban -varios frascos de goma, platos desportillados, pinceles y tijeras. -Por sillas, sofá, piso, consola y hasta creo que por el techo y las -paredes, andaban esparcidos infinidad de retales de gró, raso y felpa, -azules, morados, verdes, rosa, de todos los colores del arco íris, -mezclados y revueltos con tiras de cartón, redondeles de lo mismo, -recortes de papel dorado y plateado, esterillas y galones, cromos -y estampas, florecitas y otros mil accesorios pertenecientes a la -graciosa industria de cubrir y guarnecer cajas de dulces «para bodas y -bautizos»: que este era el oficio _oficial_ de aquellas barbianas. - -Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de ojos muy tiernos, -se ocupaba en decorar una especie de saquito de tafetán lila, -pegándole en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel, -que recortaba de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco -jardines y diez legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices» -bastante seco y continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi -tío, volviéndose hacia las muchachas que nos seguían, las agarró -consecutivamente por la barbilla y me las presentó. «La señorita -Belén... La señorita Cinta...» Después, acercándose al velador, exclamó -en tono chancero: «Está tan ocupado esto... Qué barricada... A ver -si lo desembarazáis un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino». -Intervino la vieja, exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la -tarde tocan! Cuando venga la de entregar la labor, le decimos al de -la fábrica que hubo palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay -aquí ná, sino una pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi -tío sufrieron aquella contracción especial que precedía a un gasto; -pero fué instantáneo el estremecimiento, y sacando del bolsillo del -chaleco algo que abultaba más que un billete, se lo puso en la mano a -la mozuela, diciendo: «Cintita, súbete Jerez y pasteles... y también -aceitunillas y naranjas». El argumento fué convincente para la vieja. -«Amos, me largaré al otro cuarto con la música de pegar estos muñecos. -Pa que desocupen el velador y estén ustés a gusto». - -Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron algunos vasos verdosos, -traídos de las profundidades del antro de la cocina, y se animó la -escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó no sé qué, -con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la paloma, y con -el salero de su belleza meridional, luciendo el pie tentador y curvo -apoyado sobre las barras de la silla. Cinta trajo una pandereta, y se -la puso a guisa de calañés, sacudiendo la cabeza, riendo a borbotones -y divirtiéndose en arrojarnos cáscaras de naranja: después desenterró -de un cajón un viejo mantoncillo de Manila, con flecos y bordado -charro, y empezó a hacer contorsiones declarando que quería _matar la -culebra_. Hubo olés, empujones, carreras, butacas volcadas y recortes -de seda volando por los aires; después nos obligaron a nosotros a -rascar la guitarra y a jalear, mientras bailaban las señoritas. Armóse -la juerga, y el Jerez corría que era una bendición de Dios. Por falta -de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la arista del velador -de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente, mandó a Cinta -subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi -tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...» -Intervino la señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí -estamos necesitando horror de cosas, y en la tienda no les da la gana -de fiarnos por nuestra cara bonita... Cállese usted, cuentacominos, -miserable». Entre regaños y monerías, aflojó el pagano otros dos pesos; -y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La cara de mi tío echaba -chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una gota de -sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad; -en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de -beatitud, el regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo -también advertía los efectos del licor, que con no ser muy auténtico, -se subía al piso alto, y entre esta excitación y otras muy naturales en -la mocedad y en presencia de dos ninfas --la una arrogante y la otra -picante y salada, pero ambas capaces de volver tarumba a un ermitaño, -cuanto más a un estudiante--, encontrábame fuera de quicio. - -No sería justo decir que me achispé. El innoble embrutecimiento por -la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar nunca. Con -frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando aquí -y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba -el espectáculo de aquella hermosa criatura convertida en bestia, -profiriendo absurdos o llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre -del justo medio en el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para -sacar partido, hay que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado: -debe conservarse cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los -borrachines». Observé esta máxima, y pude mantenerme en el límite de la -animación sin embriaguez; hice disparates comprendiendo que los hacía, -y saboreando el placer de hacerlos. - -La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros tres -pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una -ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora, -sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa -comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la -cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato -casero no salió a relucir. - -De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y media. -Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la mano -un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y cuando -nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente puro -me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don Felipe, -se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se gasta por -nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es de órdago! -¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina! ¡Por supuesto, -me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De estas pavas -que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son guasas -inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico, por lo -mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una cana al -aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las más -exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando -pesetillas». - ---¿Por qué no les dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera -eso que regatear el duro ahora y el duro después. - ---¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas -pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera... -Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede -ocurrir... - -Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez, -alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó: - ---Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios -coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán -cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que -no está, te digo... ¡Vamos a sacársela! - ---Mire usted bien... --murmuré disimulando a duras penas el asco--. -Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta -el sobretodo... - -Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y -se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido -estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones -de la cartera añadió: - ---Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se armaba -si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con un -alfiler de a ochavo. - -Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro juvenil, -un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa, y unos -ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió, pues yo -me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a todas las -imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué tan fea como -aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin irradiación de -belleza, atraen la mirada segunda vez. - -Dejé a mi tío a la puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy -distantes de la del alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente! -Me olfateaba la ropa y luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha, -perdis, apunte! _¡Odor di femina!_» De repente soltó la carcajada. -«¿Qué es esto?» - -En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de -angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más. -No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel, -circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce. - - - - -VI - - -¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor -asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres -aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones -resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas -normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los -gallegos que sienten la _morriña_; sin embargo, el primer grupo de -castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con -acento de bienvenida me saludaba. - -Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche de -línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué a la -puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio agarrados -de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que separa a la -Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado el rocío que -siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo después de -año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado: - ---¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la amuebla a todo -lujo? Así hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es -preciosa? ¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en -ese Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro -será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos? -Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas -porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de -mí. - ---Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? --exclamé cuando pude -meter baza-- ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case? - ---Como me escribiste que hacía bien... --me respondió deteniéndose para -respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños cuando -les entra coragina. - ---No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es -preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible -evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por -conveniencia propia. - -Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y -se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida -higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de -meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro -y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía -la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad, -esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y -abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era -su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento -afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín -voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus -ojos nunca distraídos. - -Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso, -o en Semana Santa y Pascua, para cumplir con la Iglesia. La huerta -de la Ullosa la mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de -la estirpe de los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad, -la economía sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza -hebrea. ¡Lo que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la -lógica! Estas condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme -virtudes en mamá, y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la -necesidad. Con tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y -exprimiéndolo bien podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro -vivir con cierto bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los -gastos de mi carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro -o seis onzas para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer -cualquiera. Mamá vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar -trajes, claro está; del lino que producían sus heredades hacía tejer -lienzo, ese lienzo gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para -camisas y sábanas; de una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete -para dármelo a beber en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba -el pan que comía; con un par de cerdos, engordados en casa, armaba -puchero para todo el año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía -leña en una mota de bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la -feria cuando ya no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con -sus caseros; del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía -guindas en conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, -realizando esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la -mujer cuando vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su -actividad, se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, -animosa, infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo -útil, y hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para -fuera secretamente. - ---El día que acabes la carrerita y salgas ganando ya tu sueldo, estaré -hecha una reina --decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y -afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi -madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease -el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta -vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de -la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia -a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de -nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los -que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los -rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre, -la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias -de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en -suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió -contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer -una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si -comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin -oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a -pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial -de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el -estado de mi espíritu. - -No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por -transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa -más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e -implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en -los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que -Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba -además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor -dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella, -Benigna Unceta, por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias -a aquella incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que -sus agravios y resentimientos personales interesaban muchísimo a la -divinidad. Tanto, que al detenerse en el repecho que nos separaba de -la Ullosa, hubo de exclamar en profético tono, agitada con todo el -sobrealiento de la subida y la vehemencia de su genio. - ---Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya lo -verás. Deja correr el tiempo. No se escapa. - -Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz -descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no -fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el _Ángelus_ con -tristeza resignada y argentino y poético doble. - -Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó: - ---¿Tú vas a la boda? - ---Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted no -vaya. - ---Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante -esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios -que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso -busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora? - -Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi tío contaba -muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos desairado papel -enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El viento --replicaba -mamá furiosa--. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé lo que digo, y -sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le ajustará las -cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... ¡Ya lo verás! -Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene vergüenza. A tu -tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese mi hermano...» - -Dióme de cenar mi madre un plato regional que sabía me agradaba mucho. -Eran _papas_ o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las -_papas_ hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo -un agujero en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima -contenida en un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de -homérica sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre -volvía al punto inicial... mi tío. - ---Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca -atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro -chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado -que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza -de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las -ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no -ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio -le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado: -tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don -Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección -de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de -esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid, -le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro -guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el -mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en -peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera, -cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos -enredadores: con el tiempo te podrán servir. - -Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el pescuezo -y las mejillas, y me determiné a decirla riendo: - ---Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es -indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que -gustes, y nos habrá jugado mil perradas, pero al fin está sufragando -mucha parte de los gastos de mi carrera. - ---Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros lo -que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue -pagando. - ---Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El regalito. - ---¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda? -Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día. - ---Bueno --respondí con resolución--. Entonces no hay más que hablar: -mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de -haber... No me dejes en vergüenza. - -A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del -brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me -desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a -la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco. - ---¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y -derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que -tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna. - -La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos _chilreados_, -mientras ella se defendía mal exclamando: --Payaso... sobón... que te -pego, insolente. - -Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa -parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un -cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa -la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con -las manos vacías. - - - - -VII - - -De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es jornada -recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha alquilada -en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba andar -a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca que -soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la huella -del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los senderos -cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al soplo del -viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó de esa vaga -felicidad que en la juventud nace de la excitación de los sentidos y -de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio del porvenir: -presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos anuncia -emociones, derroches de vida. - -Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví desde -la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único -que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las -ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto -del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos -modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el -pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y -emprendí la caminata. - -Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba -los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las -mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente -la vista de un hombre sentado en una piedra... La sorpresa no se -explica al pronto, pero el caso es que el hombre era un fraile. - -Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me -admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más -que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia; -de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del -duque de Rivas _Don Álvaro o la fuerza del sino_, se derivaban todos -mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile -sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo -estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano -uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el -cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó -el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando -en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba -con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile -había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él -alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la -especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a -cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó, -recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él. - -No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle -las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo -ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin -embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo -de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza -asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los -poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por -el ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de -las mujeres, evitando a los hombres, lleno de flato, de tentaciones y -de escrúpulos. Y quería saber a qué sección de estas dos pertenecía el -caminante. - -Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se -detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso: - ---Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una -pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted -a la Torre de los señores de Aldao? - ---Sí señor, allá voy --contesté un tanto sorprendido. - ---Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque -estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta -proposición, figurándome que en el campo no molesta... - ---¡Molestar! Al contrario --respondí, agradado de la marcialidad del -Padre. - -Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba, y -permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile -iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine -dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como los -de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme preguntas. - ---Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente -se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao? - ---No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal. - ---¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de -Benigna. - ---Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado? - ---Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante -confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué -tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y -joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en conocerle; se lo digo -de corazón; gasto pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta -de que todavía no sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no -necesita presentarse, que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre -Moreno, para servirle. - ---Yo Salustio... - ---Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta. - ---Veo que no hay cosa que usted ignore. - ---Eso quisiera --repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de -pronto, deteniéndose bruscamente: - ---¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel? - ---No fumo --contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció -ridícula. - ---Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy tan -viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia. - ---¿Desde cuándo no ha fumado usted? - ---¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa de -una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted -comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me -afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la -señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que corta -el pensamiento, finísima... aquí la llevo --añadió señalando a la -manga--: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este -obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a -ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco... - ---Pero --exclamé contagiado por la franqueza del fraile-- ¿es que no -lleva usted consigo un céntimo? - ---Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco. - ---¿Y cómo es posible? - ---¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa? - ---Siento muchísimo no fumar --exclamé-- para este caso tan solo. - ---No se apure usted, amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco -porque nos falte una mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al -Tejo... ya verá usted el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme -cigarros. - -Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo y -gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes. Una -pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla. - ---¿No le molesta el ir descalzo? - -Volvióse sorprendido el fraile. - ---No, señor --contestó, recapacitando como para recordar si en efecto -le molestaba la descalcez--. Al principio eché de menos, no los -zapatos, sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre -me las calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas -por mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda -finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile -no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte. -Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que -yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo, -nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni -cosa parecida. --Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era -contorneado y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la -bota--. Y mire usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece -que estoy más limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado -no consiguen más que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo -lleva los pies realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor -que haga, sobre todo si tiene la manía que tengo yo... - -Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo -que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en -tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras -otro en el agua corriente. Después que hubo secado las plantas en la -hierba, se volvió a poner sus sandalias y miró con aire victorioso. -Yo sonreí impulsado por una idea, o más bien por un sentimiento -cordialísimo, que podía traducirse en esta forma: - ---¡Qué fraile más raro y más simpático! - ---Vamos --me dijo--: adivino lo que está usted pensando, caballero. - ---Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta. - ---Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes -gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los -estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente. - ---No, señor, no era eso. Yo pensaba... - ---Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de -«señor» es demasiado lujo para un pobre fraile. - ---Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo le -moleste. - ---Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza. - ---Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan -partidarios de la limpieza corporal como usted. --Al decir esto le -miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas, -su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud--. Hasta creí -que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que -el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de -habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados. - -En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la -carcajada más sincera que he oído salir de humana boca. - ---¿Conque usted creía eso? --me dijo cuando la risa le permitió -hablar--. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que -decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego -exclamaba: «Señor, mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes -todos los frailes éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto -habrá pasado al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su -servidor y capellán? - ---A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé que -no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España se -están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente, me -figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en los -retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones. - ---Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual -que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se -rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más; -pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos -con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas. -Estaría bonito un religioso usando la _velutina Fay_ y el _Kananga_ o -_ganga_... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila -tanto. - ---¡Vaya que está usted enterado, padre! --exclamé riendo a mi vez. - ---Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no extrañe -usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes de la -mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo Patriarca -era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza suya -unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo -a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero -ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen -empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en -recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en -quien peina barbas... - -Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se volvió hacia mí -como queriendo respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del -poniente, que tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba -armonía con aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar -a grueso, y de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez -tostada y cetrina revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas -de viajero por regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres, -negrísimos, bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par. -Su cuello, descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor, -y lo mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así -servían para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar, -caso de necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones -no desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil -escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en -ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como -en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi -siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter. -Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de -confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha -fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos. - ---¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! --discurría yo -sorprendido. - -Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de Aldao, -pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía plácidamente. -Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los perros, -asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con mayor -furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio de la -luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de la ría. -El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la belleza -del sitio y de la hora. - ---¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este país! Cuanto más se -ve más hermoso parece. ¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado; -prefiero el clima del África. - ---¿Ha estado usted mucho tiempo en África? - ---¡Toma! Pues si soy medio moro. - ---¿Y ha viajado usted por el desierto? - ---¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni -escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso. -¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla; -bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las -estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más -lances y más aventuras! - -De buena gana le hubiese preguntado sobre las correrías africanas: -pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo despertó en mí el -ver blanquear la cerca del _Teixo_ y negrear sobre la cerca y bajo la -torre la que me parecía mancha enorme de arbolado. Quise contrastar la -exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una persona que ya -se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera. - ---Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la futura familia de mi -tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá? - ---Claro es que les conozco --respondió el fraile aplicando sobre su -abierto rostro una máscara de discreción absoluta--. Es una familia muy -apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena. - ---¿Y... es bonita? - -No se espantó el fraile de la pregunta, antes respondió con desahogo: - ---Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que no me parece... -así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea, pero -tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que me -falten motivos para entender: porque allá en Tánger, Tetuán y Melilla -hay judías y moras que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros -tan amigos, que alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre -ellos es una prueba de estimación grandísima. - ---¡Ah!... --murmuré sin poder reprimir una expresión maliciosa--. -¿Conque franca la entrada del harem? - ---Sí --afirmó alardeando de naturalidad el fraile--. Y ¿quiere usted -que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta de -este moro amigo mío, que era un ricachón de allí? - ---¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora? - ---Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo describirle -exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda riquísima, -abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas gordas -y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la -mujer. En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la -novela del _Cautivo_... ¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines, -cojines y más cojines; unos debajo de los brazos, otros debajo de las -caderas, otros detrás de la cabeza: y los cojines eran para impedir -que se rozase, porque la mujer estaba reventando de gorda, que es el -secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía menear. ¿Y -sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no -se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo -largo así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con -dulces y bebidas. - ---¡Ah socarrón de fraile!-- discurrí yo--. Te finges muy corriente y -muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas. Me -estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda -respecto a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta -exclamé--: Padre Moreno, usted que tan perfectamente describe a las -moras, mejor sabrá retratar a una cristiana. Bien puede usted decirme, -al menos, si la novia de mi tío está cebada con bolas de pan, o si -tiene un talle como la palmera del desierto. Vamos Padre... - -Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la cerca del Tejo. -Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y se -encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo -del sol, como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus -ojos cuando me respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y -solemnidad entusiasta: - ---Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre fraile que se exprese -como lo manda el hábito que viste y la regla a que obedece. De una -mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si Dios se -lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya -que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo -ha dicho que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta -que merece ese nombre tan... dispense si me expreso con demasiada -vehemencia... iba a decir ese nombre tan sublime. De una cristiana, lo -primero y acaso lo único que merece ensalzarse es el alma, y en mi boca -sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que encierra un alma redimida -con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a alabar a usted con -palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a usted que -su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que -decir. - ---¿Tan buena es, padre Moreno? - ---Excelente, excelente, excelente. - -En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no dejaba lugar a -insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin embargo, -cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra -preguntita insidiosa: - ---¿Y usted, padre Moreno... viene a la boda por pura amistad? - ---¡Naranjas! --exclamó con el tono recio que suele darse a las -interjecciones más castizas--. ¡Si vengo a echar las bendiciones! - - - - -VIII - - -Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo poblado de arbustos -y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del caserón, -sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y arbustos -estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese perfume -divino, inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente destila -en sus misteriosos alambiques la Naturaleza. - -Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas, tomando la luna, -vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar nosotros -y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como -sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme -bien de la composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido -de dril claro, próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta -elegante y airosa, que al ver al Padre exhaló un chillido de gozo. A -la izquierda un señor ya machucho, calvo, con bigotes... el suegro; -un curita sumamente joven, casi un niño; una muchachona espigada como -de diez y seis años, y una chiquilla que no pasaría de doce. Todos -se apiñaban alrededor del Padre, dándole la bienvenida. Por fin se -acordaron de mi existencia, y mi tío hizo la presentación: - ---Señor de Aldao, el hijo de Benigna, mi sobrino... Carmiña, Salustio... - -La futura tiíta me miró distraídamente. Absorbía toda su atención el -Padre. Sin embargo, pasados algunos momentos, se volvió hacia mí para -preguntarme «si vendría Benigna, que ella lo deseaba mucho». Disculpé -lo mejor que supe la ausencia de mi madre, y la señorita de Aldao -porfió en obsequiar al fraile. «¿Quería agua, naranjada, cerveza, -Jerez? ¿Una copa de leche? ¿Chocolatito?» - ---¡Hija! --gritó el Padre empujándola familiarmente, como quien se -sacude una mosca--. ¡Si quieres darme algo que estime... caramelo! dame -medio cigarrito, aunque sea de paja. - -Chac... Rissch... Dos petacas, la del suegro y la del novio, se -abrieron a la vez, e inmediatamente se encendieron varias cerillas. Se -llevó la palma un habano de mi tío. - ---Puede usted fumarlo con satisfacción --advirtió éste, que era muy -dado a encomiar lo que regalaba--. Procede nada menos que de don -Vicente Sotopeña... - ---¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas con él! - ---¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar! --suplicaron todos. - -Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó a satisfacer al -pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y cómo -quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un -poco aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de -embriaguez psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas -se tendían como tapiz de seda verde las ramas de una enredadera -magnífica, la _datura o trompeta del juicio final_; no se requería -imaginación muy poética para comparar sus gigantescas flores blancas -a copas llenas de esencia fragantísima. Entretejido con la datura se -esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos olores, columpiados -por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro, hacían bullir la -savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de amor, -pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo -y resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas. - -Cuando mudamos de residencia --aunque nuestra suerte no cambie--, -cuando penetramos en un círculo de gente nueva y desconocida, se nos -exaltan la fantasía y la vanidad, y aquellas personas ayer indiferentes -nos interesan de pronto, preocupándonos mucho la opinión que de -nosotros pueden formar y los sentimientos que les inspiramos. El -empleado, el militar a quien destinan a lejana provincia lleva una -idea vaga del lugar donde va a residir: apenas sienta el pie en él, lo -pasado se borra y lo presente le domina, con la poderosa fuerza de lo -actual y el estímulo de la novedad y de lo ignorado. Así yo, excitado -por los nuevos horizontes, algo mortificado porque mi presencia pasaba -totalmente inadvertida, me figuraba que de aquella gente, apenas -entrevista, extraña para mí pocos momentos antes, tenía que salir algo -decisivo para mi corazón. - -Empecé por creer que en el seno de aquella familia pacíficamente -reunida _tomando la luna_, se desenvolvía un drama moral muy extraño, -cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes --fantaseaba -yo borracho de esencia de jazmín-- hay sus dramitas de entre bastidores -y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el -drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la -suerte y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático. -Aquí, el conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se -casa esta señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de -mi tío? ¿Será verdad que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la -apremié, confesó que eso es un dicho sin fundamento. Y estas mocitas -que veo aquí ¿qué papel componen? Y la concubina del señor de Aldao -¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros esposos, reunidos en un -sitio tan propio para excitar la fantasía y los nervios, ¿hay amor? y -si no hay amor, ¿por qué hay boda?» - -De estas reflexiones me sacó repentinamente el joven curita, que -acercándose me dijo en tono pueril y con dejo gallego que desempedraba: - ---Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña Benigna? - ---El mismo. - ---¿Uno que estudia para _electroimántico científico_? - -Como yo no comprendiese al pronto este conato de chiste, el curilla -rectificó: - ---Para ingenioso, digo, para ingeniero. - ---¡Ah! sí. - ---Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo? ¿Está cansado? -¿Fuma? - ---¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza? --le pregunté a mi -vez, por decir alguna cosa menos incoherente. - -Con la más injustificada familiaridad, el curilla me puso una mano -sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las rodillas, -chilló: - ---Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con clérigo -_contentaverit mihi_... No he pasado por ahora de aprendiz, es decir, -de recluta en la milicia sacra. - -Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil insulseces, a que presté -muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en otras cosas bien -distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída -insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen -desagradable en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa, -levantándose, nos mandó entrar y subir a una sala muy adornada de -cortinajes de cretona, de donde pasamos al ancho comedor, en que nos -esperaba la cena, servida por dos criados, el uno con trazas de gañán, -el otro algo más pulido, bajo la dirección de una vieja obesa que -arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso físico, -la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas en el -patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la sala. - -Sentado frente a la novia, cuyo rostro iluminaba de lleno la luz de -la lámpara, satisfice ansiosamente la curiosidad de mirarla: bebí su -rostro. Al pronto dí la razón al Padre Moreno: ni era fea ni bonita. -Su cuerpo, elegante y cimbrador, valía más que su cara, de las que se -llaman de perfil acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y -esa corrección de facciones que son elementos primarios de la belleza. -Pero al cuarto de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la -hermosura, al menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir -sus ojos negros, de mirar apasionado; al sonreir; al volverse para -contestar a una pregunta, la movible faz se animaba, la vida corría por -aquellas facciones que yo imaginé plácidas y frías, a pesar de haber -visto ya en su retrato, a la luz de un farol madrileño, reflejos del -alma. Carmiña Aldao se reía poco, y, sin embargo, no parecía triste; -había en ella la animación de la voluntad. Hasta extremosa me pareció -cuando, terminada la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi -fineza, se deshizo en elogios de la pobre joya. - ---¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire usted... Felipe... Es una -monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante! Vamos, que ya se le -pueden hacer encargos. Nada, es precioso. - -También el Padre Moreno metió su cucharada en lo del imperdible. - ---¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos. Los frailes no nos -atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más sencillos... - -Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su único equipaje, que -había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y extrajo de él -una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas, tienen -tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría -media vara de altura. - ---Es lo único que puedo darte, hija. La cruz viene tocada a la piedra -del Gólgota, donde plantaron la de Nuestro Señor. - -Nada respondió la novia: con movimiento rápido se inclinó y besó -ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El fraile -iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros -de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía. - ---De los olivos del monte Olivete --dijo desenredándolos y -repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi turno -debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me -preguntó con hidalga cortesanía: - ---¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de quien vienen; -nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de mayor -valor material, caballero D. Salustio. - -Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección. Había venido gente -de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la partida de -tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me brindaron -con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y encontrarme -sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su prometida, -pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a -encontrarme entregado al aprendiz de clérigo. - ---¿Dónde está mi cuarto? --le pregunté--, ¿usted lo sabe? De buena gana -me recogería. - ---No lo _sabo_... pero el que tiene lengua va a Roma. Véngase usted. -Agárrese a mi dedo meñique. - -Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la vieja presenciaba la -operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y recoger -postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo -pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa -y el exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa, -regañona y al par humilde resignada con su papel de escalera abajo. El -curilla, para dirigirla una pregunta, apretó su brazo. - ---¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta más indecentes! - ---Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo, que usted es ya -contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias dormitorio de -este señorito? - ---Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia al infeliz para -aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra a estos -señores... - -Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada de antes, fresca, -rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de querubín -de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba -entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir -una escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados -en la parte alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo -estrecho. Estas habitaciones, a las cuales no había alcanzado la -recomposición general dada por el señor de Aldao a la quinta, tenían -aspecto de vetustez, y probablemente en circunstancias normales sólo -servían para almacenar la cosecha de calabazos y castañas. Los muebles -se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un palanganero. La -mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió: - ---Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están. - ---Aún cabes tú, muliércula --advirtió desvergonzadamente el aprendiz -de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la carcajada, amenazando -con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose a mí, adoptó -continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo. Contesté -que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero. -Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras, -alumbrado sólo por el reflejo de la luna. - -Me asomé a la ventana. En primer término ví extenderse enorme masa -obscura, especie de lago vegetal, que parecía un solo árbol, aunque -lo hiciese dudar su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como falda -de raso gris salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se -multiplicaba en su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje -se confundía con el del viento nocturno que estremecía las ramas -próximas. Un aire húmedo y refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña -interrumpió mi contemplación colándose sin pedir permiso, trayendo en -una mano el tintero, que casi rebosaba de tinta; en otra, además de la -luz, papel, sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de arenillas. - ---Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo viene así... -cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice que -en la aldea hay que perdonar. - -Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis Portal; pero la -muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada, contemplándome -como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando se -inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el -papel, diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy -dulce: «¡Ay, y va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a -mí por la imaginación un capricho y por los nervios una corriente que -reprimí con el esfuerzo relativo que cuesta desechar las sugestiones -puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy estás muy alborotado... -Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la mozuela, pregunté: - ---¿Es un solo árbol eso que se ve desde la ventana? - ---¿Pues no sabe que es el Teixo? - ---¡Un tejo sólo esa inmensidad! ¡Santa Bárbara! Cogerá media legua de -circuito. - ---¡Media legua! ¡Ay qué risa! No sea ponderativo. Media legua aún no la -hay de aquí a San Andrés. Pero mire, tres pisos los tiene. - ---¿Tres pisos un árbol? - ---¡Ay! sí, ya lo verá. En uno se baila; en otro se toma café; desde el -otro se ve muchísima tierra... y la ría y todo. - - - - -IX - - -Copia de una carta a Luis Portal: - - «Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo, quinta del papá de - la novia de mi tío... ¡sopla! que se llama así, no el tío, sino - la quinta, á causa de un tejo colosal que, según fama, tiene tres - pisos, tantos como la mejor casa de Orense. Acabo de llegar: no - puedo decirte aún lo que opino de la novia y gente que la rodea: - esta gente es el papá, una vieja que tuvo que ver con el papá, - y dos niñas, hijas ó sobrinas de esta vieja, una de ellas ya en - sazón, y que aunque se llama Cándida..., punto y aparte. La futura - tiíta es una señorita de aire elegante, con una cara que agrada si - se mira despacio: los ojos buenos, y hasta buenísimos. No sé si - está enamorada, pero se muestra bastante cariñosa con mi tío. Hijo, - vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que una mujer honrada y decente - (dicen que lo es mi futura tía) se case así, por casarse, con tal - sujeto? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta? ¿O - es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un - hombre se reduce á salir con él del brazo? - - »La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he formado de - Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de - un fraile... ¡Admírate! he viajado con un fraile, un fraile de - verdad, un franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en - las nubes. Me dijo, que era el modelo de la mujer cristiana. Esto, - en boca de un fraile... - - »¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre Moreno! Hombre más - corriente, más llano, más simpático, no lo ha echado Dios al - mundo. Me tiene atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante, - ni rehuye ninguna conversación de las admitidas en sociedad, ni - le trata a uno despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas, - ni hace cosa que no resulte discreta y oportuna. Por esto te digo - no creas que el fraile me la pega. Lo que es pegármela... Al - contrario, me escama terriblemente ese mismo don de captarse las - voluntades, empezando por la mía. Le estudiaré y poco he de poder - si no le arranco la careta. ¿Qué se propondrá ese tío? ¿Catequizar - mejor? Porque no hay duda que con modales como los que gasta, - se adquieren amigos. ¿O tal vez disimular propensiones no muy - conformes con el sayal? Porque o es un santo o es un hipócrita, - aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos hasta el día. - ¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir rodeado de _sirtes_ - y _escollos_ y sin tropezar en ellos? Pase el voto de pobreza, - porque he visto que en efecto no llevaba ni con qué comprar un - pitillo: pase el de obediencia porque también los militares - obedecen a sus superiores; pero lo que es el de castidad... ¿Verdad - que no cuela? - - »Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado que puede. A decir - verdad, la novia me parece una ganga para él. Este señor de Aldao - no tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que - la quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sangrías; - pero así y todo, siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado - lo que nunca pudo prometerse. - - »La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío duerme en la casa - del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo - hospedaje en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme, - holgazán. Ahí estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas - con todo Dios y hasta con el diablo. ¡Eres más trucha! Se me - olvidaba. Rompe esta carta... aunque con tus hábitos de prudencia - ya habías de hacerlo sin que yo te lo encargase.» - -Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se metió -campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no -mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría -yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico _in fieri_; -pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla -sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos, -nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia -el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), tez -blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, cejas -y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el del -bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si era cara de simple -o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia de la -infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus acciones. - ---¿Se baña? --me preguntó hablando en impersonal, según costumbre. - ---¿Que si me baño? - ---En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la -playa, y puedo acompañarle. - ---Bien, convenido; nos remojaremos. - ---Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también se -remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más -fresco. ¡Guí, guí! - ---Lo malo es que no tengo traje de baño. - ---¡Ay! Yo _tampuerco_. Si es tan melindroso... Con irse a un rinconcito -detrás de unas peñas... - ---¡Hombre! - ---O con llevar unos calzoncillos de repuesto... - ---Vamos; así, pase. - -A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se arrellanó -en la silla con trazas de no irse en toda la noche. Comprendí que era -preciso hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me -deslicé en la cama. - ---¿Hay _soneca_? --preguntóme Serafín arrimándose al lecho y pegándome, -con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro y una -sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví un coscorrón -formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui guiíi, -gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar experimentalmente si yo tenía -cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente -el dedo meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura -de seis años que de hombre, y particularmente de hombre que aspira al -sacerdocio, ejerció sobre mí el irresistible contagio de un desprecio -cómico, y en el fondo indulgente, y amenacé al monago con tirarle una -bota si no se estaba quieto. La amenaza surtió efecto; Serafín se -calmó, y echándose como un perrillo, atravesado a los pies de mi cama, -me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un poco. Le -autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie -de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos, -de inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y -rasgos de malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían, -dejando planteado el problema de si aquel tipo era rematado imbécil o -astutísimo truhán. - ---Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca. -No hay cuartos para el _ferrancho ferril_. ¡Cuartos! ¡Quién los -viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles -son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El _empiedrado_ será de -_marmole_... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando -o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los -madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para qué -estudia? ¿Para esos que hacen _ferriles_ y _viraductos_ y _tunantes_, -digo _toneles_? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro -de la ministración y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo -sirvo mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, -aunque llegue a ser más ingeniero que el que discurrió la condenada -ingeniería, no hará la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío -sabe: es peje. Nadie le saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él. -Los solares ya fueron buena tajada, y ahora le alquilan la casa para -correo y le pagan de alquiler un millón de duros... ¡gui, gui! Luego, -cuando hay _eleuciones_, nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno, -a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que -le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, _vade retro exorciso te_, -que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las narices -la doctrina fundamental _de fide_, expuesta por el santo Concilio -Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas -mestizas. ¡Gui, gui, gui!... - ---¿Y tú cómo piensas en política? --pregunté resolviéndome a tutear al -monillo eclesiástico. - ---¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una opinión... - ---Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles. - ---Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: _Nequit idem -simul esse et non esse_: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de -la Iglesia liebre en el Estado galgo. _Quod semper, quod ubique, quod -ab omnibus._ - ---Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda? - ---_Ego sum qui sum_; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los distingos -y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté muy claro; y -también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda lampando -por el título de Marqués del Tejo o al menos por una gran cruz. Dicen -que el yerno se la trae de regalo de boda. _Vanitas vanitatis_, -gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la -chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho -las cataplasmas... - ---Cállate, que me revuelves el estómago. - ---No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con -harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos -gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y -vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de -Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya -sabe más que muchas viejas. _Ne attendas fallaciæ mulieris._ - ---No calumnies a mi tío, miquín --exclamé impulsado por la curiosidad, -pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba -de dar en el clavo--. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar -siguiendo chicuelas? - ---Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con -los calzones ir detrás de la monicaca... _Vinum et mulieres apostatare -faciunt sapientes_, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no -piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde -echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una -madrastra. - -Me incorporé sorprendido. - ---¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...? - -El monago pegó un chillido. - ---¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los -dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son -_higas_ de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su -papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con -ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese -que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la -_concupiscentia carnis_... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si -vivimos hemos de ver milagros. - - - - -X - - -A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos -paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era -acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial, -cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el -Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos -había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba -prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría -hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de -charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de -confianza y afecto. - ---Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos -realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse -entretenimiento... En el campo... - ---No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me -aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico... - ---¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy -simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más -razón. - ---Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer -por allá... - -Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos -sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y -amabilidad. - ---Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás que -he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no, las -chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por aquí. - -Echó a andar y yo tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de -sus pasos, sonaban varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa, -familiar. Sacó el manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas -las cortinas, brotaron en todo su esplendor las magnificencias del -equipo. - -Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido -absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y -otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos -según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome -todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del -novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes. -El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y -muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos -correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco -hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en -majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este --declaró Carmiña-- -era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada -en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la -novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por -el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche y -no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído con -un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. El -hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de joyeros, -álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se compran -o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un rincón, -como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera enorme... - ---¿Pero quién le ha regalado a usted eso? --pregunté sin contener la -risa. - ---¿Quién había de ser sino Serafín? --respondió acompañándome en mi -hilaridad. - ---¿Pero es posible? - ---Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese, con su ratonera -enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve». - ---¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es? - ---En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su corazón no es malo, y -a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos minutos se le -va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por ejemplo, en -un punto de teología o de moral --esto lo sé porque lo dice el Padre -Moreno-- y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que -una vez que le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que -despabilase una vela, las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con -saliva, despabiló con ellos, y abriendo las despabiladeras metió dentro -el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien te entiendo, cajetilla!». - -Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos al jardín. La futura -tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los establos y la -huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger flores -y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre -Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de -ciertas personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna; -de Serafín, que no había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo -triunfal por San Andrés. A su vez, no tardó en presentarse el señor -de Aldao. Venía atusado, engomado, con los bigotes teñidos, el cráneo -luciente como una bola de billar; pero se me figuró una ruina, bajo la -sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si «lo había visto -todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un extranjero ha -visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida añadió: - ---¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso? - ---¡Ah! cosa magnífica, sorprendente. - ---¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la escuadra inglesa... -entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó más de diez -fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha -asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al -hablar de las bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir -el Tejo... Gran orador Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido. - -El señor de Aldao me pareció una de esas personas que llevan la vanidad -(algo escondida en los demás hombres) por fuera y completamente a la -vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de vanidoso, -y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven presumía -de buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos y cejas -tiradas a cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza, y durante -una larga temporada le dió por usar a cada repiquete el uniforme -de maestrante de Ronda y soñar con el marquesado del Tejo. A tal -marquesado le hizo una corte platónica, arrimándose mucho a los -gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a los obispos -cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se frustró -enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que ejercía -sobre la provincia y sobre mucha parte de la región gallega don -Vicente Sotopeña, habían hecho comprender al señor de Aldao que en -nuestra época la importancia social no se funda en pergaminos más o -menos rancios. «En el día la política --solía decir él-- lo absorbe -todo. El que puede repartir con la derecha confites, latigazos con la -izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había influído -bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la -candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde -agarrarse a una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer -multitud de ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya -iban avinagrándose; lo de la gran cruz, la despertadura del expediente -de una carretera que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras -menudencias relacionadas con la Diputación Provincial y la contrata. - -Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo laberíntico llamado -el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la causa de -ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y la -emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende que -estas malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor paridad -entre el envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti una -tiple de zarzuela, a la reina una modesta señora de la burguesía? -Pues las envidian, no cabe duda; y desde la penumbra en que viven -tratan de echar un rayito de luz que compita con el del astro. Así -don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una renta -mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién? -con don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula -de Derecho, el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista -abrumado de negocios, el poderoso, el millonario, la influencia -universal. ¿Y en qué terreno quería don Román eclipsar a Sotopeña? -Pues en el de la residencia de verano. Don Vicente poseía en las -inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real, descanso de -sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor -de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de -su bosque de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de -estalactitas, de su magnífica verja, y de otras mil preciosidades que -el Naranjal luce, torcía el gesto, se contraían sus labios con el mohín -de la vanidad mortificada, y preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le -parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo? Un marino de la escuadra inglesa, -entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...» etc., etc. - -Embellecer su finca, a imitación del Naranjal, constituyó la aspiración -irrealizable de don Román Aldao. La naturaleza era cómplice de este -ensueño, porque además de haber criado aquel Tejo gigante y único, -desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de paraíso llamado -las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas, la -vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder -compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre, -fuese un oasis. Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor -atractivo de una quinta pende siempre de la naturaleza. Don Román no -lo entendía así. Del campo, no sentía la inefable dulzura y reposo que -infunde olvido de la vida social, sino al contrario, la apariencia y el -bullicio, las glorias de propietario y anfitrión, y el pugilato con don -Vicente. Claro está que Aldao no intentaba copiar esplendores como la -famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por cronistas y viajeros; -pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un amplio merendero -emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un _chocolatorio_ -raquítico todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban -estatuas preciosas? Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de -yeso, sus «cuatro Estaciones» o su grupo de «amorcillos» y me los -plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el Naranjal instalan una -estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus orquídeas? Cátate -al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor cantidad -posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato, -atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el -Naranjal había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor -de Aldao enseñaba al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las -piñas y a armar con troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por -último... el árbol colosal! - -El primer día de mi estancia en el Tejo vino a comer gente de -Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño, que -podría tener entonces cosa de cuatro años de edad, y un Diputado -provincial llamado Castro Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío, -jefe de la fracción que representaba su política en el seno de la -Asamblea pontevedresa: porque todo es relativo, y en Pontevedra había -_los_ de mi tío, y la «política propia» de mi tío, gobernada por los -rígidos principios que el lector supondrá. Acudió asimismo el director -del _Teucrense_, periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis -meses antes le tiraba a codillo; pero para tales cancerberos hay tortas -mágicas. Hablóse mucho de la consabida política local, tan menuda, que -rayaba en microscópica. - -El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé la atención en -aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer alguna -influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente -veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana, -soportaba bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la -Ría, según le llamaban en estilo poético los revisteros de Helenes y -los corresponsales de diarios madrileños cuando venían a veranear. -La manera de crecer y extenderse aquel ramaje, su intenso y obscuro -verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era imposible mirar al Tejo -sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza exuberante y -maternal que había producido tan soberana criatura. - -Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la ciñe amoroso con sus -olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la acaricia, y tiende -hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves redondeces de la -costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el aire es más -puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional. Aquel -Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y en terreno -fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y pujanza. Él era -el verdadero monumento de la región. Daba nombre a la quinta; servía -de faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse -hacia San Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva, -no sólo de los pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las -famosas Casitérides de los antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada -de un mar casi helénico por su serenidad y belleza. Para construir -en el Tejo los tres miradores sobrepuestos que lo adornaban, no se -había requerido gran habilidad ni ciencia arquitectónica, bastando con -aprovechar la gallarda horizontalidad de sus ramas y construir sobre -tan robusto apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor -ligero balaustre. - -La escalera, de caracol, encontraba natural sostén en el mismo tronco -del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el suelo no se -distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo piso, ni -a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al tercero, -necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas para admirar -la perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero se llamaba «el -salón de baile», el segundo «el cenador», el tercero «Vistabella». Y -en casa de Aldao se oía a menudo preguntar: «¿Subiste a Vistabella?» -«No, me quedé en el salón de baile». A la verdad, el salón de baile ---preciso es reconocerlo, aunque el señor de Aldao se desazone-- no -asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar desahogadamente un -rigodón, a los ecos del piano que para estas solemnidades era llevado -al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo el toldo verde, entre -paredes verdes también, que apenas filtraban la luz solar. El salón -retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y columpiarse. - - - - -XI - - -Aquel día, cuando subimos a tomar café al «cenador», donde ya a -prevención había sillas, bancos y veladores rústicos en cantidad -suficiente, el Tejo estaba más atractivo que nunca. Una brisa fresca, -procedente de la Ría, hacía ondular ligeramente las ramas; el sol, -hiriendo de lleno su copa, la doraba y arrancaba del árbol ese -perfume penetrante y algo resinoso que aumenta en nuestro corazón la -embriaguez de la vida. La altura a que nos hallábamos suspendidos -podía persuadirnos de que éramos aves; a mí se me ocurrió que los -pájaros tenían bien grata morada en el seno del coloso; y de repente, -como si la Naturaleza se complaciese en infundirme uno de esos deseos -imposibles de satisfacer con que ilude a los mortales, me entraron -ganas, mejor diré ansias de volar, de perderme en aquellos espacios -azules, puros e inmensos que veíamos al través de las aberturas que -siempre ofrece el ramaje. Cuando noté que estaba envidiando a las -gaviotas que allá a lo lejos descendían sobre los peñascos de San -Andrés, me acusé de insensato y, haciendo un esfuerzo atendí a la -conversación. - -Llevaba la batuta, como no podía menos de suceder, el Padre Moreno, -afirmando una vez más a su auditorio que él se había encontrado -siempre mejor en Marruecos que en España; mejor entre moros que entre -cristianos «de estos de por acá». - ---No crean ustedes --apresuróse a añadir-- que en África hacemos vida -regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que aquella -pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto. Yo aprendí -el árabe, aunque no como mi hermano en religión el Padre Lerchundi, lo -bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para -aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su -idioma, santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí! - ---Más claro no puede decir el Padre que le agradaría pasarse al moro ---advirtió don Román. - ---Moro, ya lo fuí --respondió con viveza el fraile--. Es decir ---rectificó en seguida--, ya supondrán ustedes que no me hice -mahometano, ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino -moro, que significa hijo del África; mauritano. - ---Bien entendemos que usted no renegó --exclamó mi futura tía con el -acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al dirigirse al -Padre. - ---No, hija, renegar no: por la misericordia divina no llegué a eso. - ---Pues cuéntenos cómo fué moro. - ---¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una historia muy larga... Si -hasta anduvo en periódicos: la _Revista Popular_, de Barcelona, insertó -sobre eso un artículo. - ---¡Ay, cuente, por Dios! - -No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la complacencia con que -se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que llevaba en la -manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber. - ---Pues, verán ustedes... Era poco antes de la Restauración, cuando -andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la República traía -revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque, como -les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos -de la obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar -tabletas para España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que -no se podía venir con el hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para -hábitos, señores! Ea, Moreno --dije yo para mí--, ahora tocan a -desenfrailar (por fuera) y convertirse en un caballerete... Ya saben -ustedes que allí nos dejamos siempre la barba, lo cual ayuda mucho -para la esencia del disfraz, porque una de las cosas en que más se -conoce al eclesiástico vestido de seglar es en la rasuración. La -corona la teníamos bastante descuidadilla: de modo que con abandonarla -enteramente los días que precedieron al viaje e igualar el resto del -pelo, estábamos corrientes. La vestimenta se encargó al mejor sastre. Y -los accesorios... porque el traje de caballero tiene mil accesorios... -de esos se ocuparon las señoras que yo trataba, y en especial las del -Cónsul inglés. Estas damas me querían muchísimo, y eran personas que -entendían los perfiles de la elegancia, y cómo se emperejila un señor. -Ellas me prepararon calcetines, ¡de seda, bordados y todo!, corbatas, -camisolas y hasta pañuelos marcados con mi cifra. Todo el pío era verme -puestas las galas. «Padre Moreno, después de vestido vendrá usted a -enseñarse... Padre Moreno, es preciso que nosotras le demos la última -mano, si no irá hecho una visión... No nos quite usted ese gusto, -Padre Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún mico para andar luciendo las -habilidades? A otra puerta, lo que es del fraile no se han de reir. -No me verán vestido. Si lo quieren así, bueno, y si no perdemos las -amistades.» Llega el día y me arreglo de pies a cabeza; no me faltaba -ni el más pequeño detalle, incluso gemelos en los puños, que hasta eso -me habían regalado. Me visto en el convento, y por calles excusadas -salgo a tomar un barquichuelo que me lleva a bordo. ¿Pues creerán -ustedes que así y todo aquellas buenas señoras consiguieron verme? -Al saber que iba a zarpar el vapor, se plantaron en los balcones muy -armadas de gemelos marinos, y como yo estaba tan descuidado sobre el -puente, me contemplaron. Dicen que les parecía otro... ¡Claro! ¡pues -si llevaba mi cazadora, y mis pantalones grises, y sombrero ladeado, y -guantes! - -Hubo una explosión de risa en el auditorio, al figurarse al Padre -Moreno en semejante atavío. - ---¿Y después? --preguntó la novia interesadísima. - ---Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me dió ver flotando -allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a Málaga. -No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada, -y ¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en -Canarias, y que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a -sus ojos. Me fuí hacia él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos -explicamos, me convidó al café, y quedamos citados para ver juntos la -Alhambra en unión de algunos compañeros suyos de fonda. Encargué que -no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y verán ustedes que aún -hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos a la mañana -siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos _in -fieri_ y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar -fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!» -respondí comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de -Tánger no esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados -le preguntaban al oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él -por no mentir contestó: «Bien lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf -le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?» «Sí, le conocí en Canarias.» -«¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué dice.» «Corriente.» -Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado desde la -víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo: -«Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero -temo causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de -ser triste para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos -por sus antepasados y que ya no pueden habitar; pero que por no -desairar su compañía y la de aquellos señores, iría de buena gana... - ---¿Y seguían teniéndole a usted por moro? --preguntó al señor de Aldao. - ---¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con toda seriedad. A -uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza tiene este -moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía como -entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en -fin, lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché -mano a la barba... - ---¡Ay, Padre Moreno! --exclamó mi futura tía--. ¡Quién me diera verle -con barba! - ---¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? --exclamó el fraile moro -soltando el hilo de la narración--. Aguárdate, mujer... Espera... --Y -rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y -pobre, y de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió -toda la sociedad reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres -lanzaban gritos de admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa -bobería: «¡Qué buen mozo era, Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno, -no pude menos de convenir en que efectivamente resultaba buen mozo. La -longitud del cabello y lo poblado de la barba acentuaban el carácter -siempre franco y varonil de la figura del fraile, el cual, terminado el -incidente del retrato, prosiguió: - ---Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven ustedes ahí, y con gran -formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino que ha emprendido -desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los caballos africanos -a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del desierto.» Y luego me -volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen, señores, a un hijo de -África; estos conceptos se me han escapado sin yo poderlo remediar...» -¡Vería usted a aquellos hombres entusiasmados con mi salida! «No, -no, que nos parece muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro -fué cuando empezaron a hacerme preguntas sobre las que ellos creían -mi religión y las costumbres de mi supuesto país. A uno se le ocurrió -interrogarme: «si era cierto que la ley de Mahoma autoriza para casarse -con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de caballería por más -señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la ley de -Mahoma...» - -Algazara general provocó esta parte del relato. Mi tío se apretaba la -frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba; Carmiña reía de -muy buen corazón y yo le hacía el dúo. - ---Oigan ustedes --prosiguió el fraile cuando se hubo calmado la -hilaridad--. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural: -«Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer -los defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la -constitución íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada -me encanta tanto como una familia de un solo varón y una sola mujer, -consagrados a amarse mutuamente y a protejer al fruto de sus amores. Ni -el corazón del hombre, ni el reposo y tranquilidad de la familia, ni la -dignidad de la mujer se realzan y consolidan con la poligamia.» - ---¡Bravo, padre! - ---¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos? - ---Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y abría una boca de -a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo recobrar su -aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted, -Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?» - -El auditorio rió de nuevo. - ---¡Ay qué lance! - ---¡Arre, ese se iba al bulto! - ---¿Y usted qué contestó? - ---A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió una idea. «El señor -(señalando a mi amigo) conoce mis gustos. Soy hombre que no quiere -sacrificar su afición a los viajes y su independencia a la obligación -de sostener una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y -por eso he formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme -nunca.» - ---¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más? - ---De eso nada --respondió el fraile--. La conversación cesó de -girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino -más expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran -más liberales que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la -revolución. Entonces les dije que ese concepto de libertad acaso lo -entendía yo, moro, de distinta manera que ellos. «Dispénsenme, que -al fin soy extranjero aquí, y explíquenme cómo es que habiendo tanta -libertad para todo el mundo, me han asegurado que no consienten -ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una -especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies -casi descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito: -«¡Frailes! Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre -moros...» Sin hacerle caso, continué: «Allá en Marruecos se les -respeta, y contribuyen a infundirnos cariño a esta tierra española que -consideramos nuestra segunda patria... Me admiro de que aquí (según -refiere la historia de ustedes que he leído, porque soy amigo de leer) -les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué así? Esto -no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y -hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un -codazo y le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha -jeringado.» --replicó el otro. Así dijo: jeringado. - ---¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería? - ---¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró. Al regresar a Granada y -meternos por las callejuelas tortuosas, cerca ya de mi posada, me volví -hacia aquella gente, y dije con mucha seriedad: «Señores, lo de moro ha -sido una broma. No soy sino un pobre fraile franciscano, que gracias a -la libertad reinante ha tenido que disfrazarse de moro para venir a su -país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí media vuelta y me -largué dejándolos aturdidos. - -Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba la novia tan radiante -de animación, comentando tan alegremente el relato del Padre, que cruzó -por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal. Procuré -desecharla; pero se formuló así: - ---Del padre no será, pero lo que es del futuro... tampoco, tampoco. - - - - -XII - - -Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé -que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel -sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y -reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez -me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer? - -Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre -podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea -apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy -antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de -su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea -en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más -frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la -damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la -señorita de Aldao, y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia -a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera -propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni -manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio. -Allí la única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni -era señorita que pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni -fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo -otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad -admitida en la sala y excluída de la mesa. Su hermanita pequeña -ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la diferencia se -justificase. - -Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, ni -al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar en -su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que -las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a -la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía -menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al -menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque -el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime, -tampoco era lícito censurarlo. - -Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos -de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la -intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del -campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le -atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento -que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos, -palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba -en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que -debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, oculto. - -Como no soy novelista, no he menester preparar hábilmente las -transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de consignar algo -que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que -casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer --hombre en -mis circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa-- es mirada de -curiosidad amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a -mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni -hacer a la humanidad peor de lo que Dios la hizo: es indicar solamente -que el instinto sexual, como todos los instintos, no descansa, -aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío cariño y respeto, -hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del instinto. -Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma -secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento -análogo, me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que -iba derecha hacia el enamoramiento. - -Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me -sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo -a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y -me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó -de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado -todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate -interior, entre el deseo y las conveniencias. - -Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir a la -futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo _seducir_ indica una -fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis -Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar -si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a -mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido -esto, se calmaría mi inquietud. - -La vida en el Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del -baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad -sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento, por -el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr -este propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado -afición y se me agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo -periódicos, o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y -fresas con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente -la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del -Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba -palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera: -de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina, -de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las -amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla -disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo -bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo -para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre. -A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la _cara feroce_ de la -virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si -dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.» -A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno, -con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté -un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme -con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo -afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta -por donde atacar aquel corazoncito. - -Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el -conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba, -al par que sumisión y solicitud complaciente, formalidad y corrección -excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia, -pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me -parecieron síntomas de frialdad absoluta. - -Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de simpatía -hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el mismo desvío -que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso ella -misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su -delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta: -«¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?» - -Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio. -Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el -tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando -a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de -aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora -diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de -agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó. -«Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en -cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme -de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su -boca las razones que tiene para aceptar al tío.» - -Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando -ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla -_tiíta_. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió -a tratarme, chanceándose también, de _sobrino_. Así que oí de sus -labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso -para llamarla _tití Carmen_. Estos dos nombres, el primero tierno e -infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y belleza -me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la -señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera. - -Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en -ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del -ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado -se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en -Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo -que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román -dispuso que saliésemos a pescar _panchos_ en las aguas tranquilas de -la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación -muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de _miñocas_ o -lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más -dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una -lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi _liña_ no se -sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba -de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar -de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y -siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba -con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor, -pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a -la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió -sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar -sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical -travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada -de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente, -me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que -de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba -ni podía expresar más que esto: «Muy bien, futuro sobrino, pero yo -por desgracia ya estoy ligada al antipático de tu tío y resulta que no -podemos entendernos. Déjate de niñadas, o tendré que decirte _tarde -piache_.» - -Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, por el -camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el campo parece -más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades. Tití -iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para -hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por -sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un -mastín que quería probar el sabor de nuestra carne. - -Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran -lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por -las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay! -¡Al pasar la era me he llenado de _amores_!» Comprendí perfectamente -el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas -florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se -adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y -empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se -agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos -hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar -mucho. Hay movimientos que delatan la pasión. - -De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago alevoso. -Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales avechuchos, -giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde -menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo, -cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y -grito viene, nos armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos, -cubiertas de las sillas... y dimos caza al feo monstruo. Serafín fué -el primero que le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos -que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres -y extendiéndole de punta a punta las alas membranosas, lo clavó contra -la madera de una ventana. Después le introdujo en el hocico un cigarro -hecho de un rollo o flecha de papel, encendiéndolo con un fósforo; y -mientras el animal se estremecía agonizante y convulso, su verdugo le -hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para desternillarse de -risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia preguntar -impaciente: - ---¡Cándida! ¿Dónde está Cándida? - -La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana, -exclamó: - ---¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado... - -Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete -entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio -del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la -víctima. - ---¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo -no... No seas judío! - - - - -XIII - - -Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a -su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias, -de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en -la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos -domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir -que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo -andaba molestado de unos cólicos biliosos, y cabalmente se preparaba -a salir para las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus -asuntos e importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar -sus planes ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para -mi tío, cuya influencia en la provincia crecería al recibir pública -muestra de amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba -popularidad hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América -del Sur. El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo -que no les visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del -Naranjal acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de -conservación de la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D. -Román el recelo de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de -las bolitas tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos -de yeso, de los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo -de boj que dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con -vidrieras, y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y -convite. - -A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban regalitos de -amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de -dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por -barreras inaccesibles. - -En cambio advertía ya claramente la frialdad glacial de la tití hacia -su futuro. Lo que es en esto sí que no podía equivocarme, como se -equivocaría otra persona menos interesada en la observación. Dos o tres -veces percibí movimientos de desvío, gestos de impaciencia nerviosa, en -momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca del que quiere, -se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba mayor -complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era -respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta -efusión, imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su -luz y la voz con sus inflexiones, la mostraba tití al hablar con el -Padre Moreno: en vista de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El -frailecito no me engaña a mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan -resuelto, ese carácter tan explícito y esos retratos barbudos... ¡Ay, -ay! El tal Aben-Jusuf...» - -Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre el Padre moro y mi -tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya rápidas, ya -largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia trataban -de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez, en la -huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán de -noche?» me atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa, -comprendí que era imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor -habitación, exceptuando la destinada a los novios; este dormitorio -del Padre comunicaba con el del señor de Aldao, de manera que no -podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo sintiese. Al lado de -mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar escapatoria -nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi -bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda -de que _se entendían_ el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a -caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en -distintas ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables, -que después de haber tomado el café intentaban escurrirse al jardín; -noté que por la mañana, a la hora del chocolate, procuraban secretear -en algún rincón de la galería. Siempre interrumpían su coloquio, -o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de Candidiña, o -majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román. -Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre -disimulaba mejor. - -Reflexionando en lo que haría yo en el caso de ellos, vine a comprender -que sólo les quedaba una hora hábil para verse de ocultis: la -madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En efecto, cuando -el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los habitantes -de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a -mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes -madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con -el aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún -no clareaba la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal -despabilado me lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso -de frescura, regado por el rocío nocturno, lleno del estremecimiento -misterioso del follaje al despertarlo la aurora, y embalsamado por los -ligeros olores venidos del jardín de daturas, resedas y heliotropos. El -ruidito de la fuente era más que nunca melodioso, dulce y alternativo, -como si cayese del cielo en un tazón de cristal. Todos estos encantos -me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi acecho. A la -segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y madrugaba -por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis hábiles -emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan -deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al -respirar con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió -cuán bonito sería subir al _Teixo_ y presenciar desde allí la salida -del sol en el mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón -de baile, ascendí hasta el cenador, y de allí a Vistabella. - -Me detuve sorprendido ante el panorama que se desarrollaba a mis pies. -Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se asienta San -Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías, algunos -molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches -de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer -aún. Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta hoguera, sobre -la parte del horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba -la mancha negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a -la primer mirada incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren. -La niebla la velaba todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo -empezaron a encender el mar prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa -estremeció la superficie de las olas, que se tiñeron de opulentos -colores, como si la mano de algún mago esparciese en ellas oro, zafiro -y derretido carmín. Al mismo tiempo el paisaje se animaba, espejeaban -ya las aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y Portomouro -surgían blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el plateado -tono de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las -matas de grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus -penachos amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido -coral. De repente, como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo, -la vela latina de una lancha sardinera brotó del infinito azul de la -ría, al pie de San Andrés, y tras ella fueron saliendo otras muchas, -apiñadas como bando de palomas. Me quedé embelesado. - -No sé qué aviso interior hizo variar la dirección de mis miradas, -convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a tal hora. -El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates -de rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el -pilón, parecían, desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico, -trazado sobre el fondo de un tapiz. Los cristales de la silenciosa casa -rebrillaban. De improviso... - -Un suceso muy previsto por la imaginación y que racionalmente nos -parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no pueda -importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron las -manos cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y casi -a un tiempo al Padre Moreno y a la tití. Indudablemente competían -en exactitud; habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de -Carmiña ni el cronómetro cebolla del Padre, regalado por la señora del -Cónsul inglés, discrepaban un minuto. - -La señorita y el fraile, al verse, se acercaron aprisa, como personas -que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y tienen algo muy -importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga del Padre. -Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios y animados; -y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al Tejo. - -Yo sabía que no podían verme. Por instinto de prudencia me había -agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el significado de -aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos charlar -tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué -todo uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación -criminal o inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné -que lo primero que harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar -el árbol, aunque a tales horas no podían suponer razonablemente que -estuviese habitado. En consecuencia, miré alrededor buscando un -escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido, sólido, cerrado y -adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se clareaba. -No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome -al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen -a aquella altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la -barandilla y perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la -más fuerte y resistente. Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres -pequeñas, gimió la espesura, y algunos pajarillos salieron azorados y -revoloteando para huir de mi supuesta agresión. Por fortuna el fraile y -la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del espaller, y ni -era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque mirasen. -De otro modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable al de un -estanque cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún -susurraban y se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de -tití y las reverendas pisadas del Padre Moreno. - -Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían colocado tan bien en -lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un poco de abajo -arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad, me -permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el -sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del -asiento de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien -habló primero, celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo -de refugiarse donde era imposible que nadie sorprendiese su diálogo -confidencial. - ---Verdad --afirmó la señorita satisfecha--. También a mí me parecía -que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad completa. En -la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y ya -imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al -Tejo no se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son? - - - - -XIV - - ---Particularmente tu futuro sobrino --respondió el Padre--. No sé qué -tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos espía. A -veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos -atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos -de estos tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden -dar lugar a interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que -parecerlo también. - ---Es cierto; pero yo, si no desahogaba con usted, creo que me moría. En -el confesionario no se pueden explicar bien ciertas cosas. - ---Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien de este fregado... -Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el padre -Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo. -Lo soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio. - ---Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted: mi mala sombra es -tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que consulte, -porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que -ya usted se lo sospecha. - -El padre se cogió la barbilla con la diestra, reflexionando. - ---Según me dijiste te casas por evitar mayores males... Se me figura -que he comprendido... - ---No, padre, no es eso... Mire usted: los males que aquí sobrevengan, -no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he podido; me he -convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo que -una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy -convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda, -y que los caprichos de los señores mayores son más difíciles de -combatir que los de los niños. Mi... - -La tití vaciló un poco. - ---Mi papá --dijo al fin con resolución-- está como en sus quince. Ciego -por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y -cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe -Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo... - ---Tú querrías que se casase... - ---Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a -todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor -de doña Andrea. Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré -únicamente a que se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi -madre; pero papá viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz, -créame usted, de pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama -una desazón; me ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo -que no tiene... ¿cómo diré? - ---Sentido moral. - ---Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno. - ---A eso llamo yo --dijo el padre-- ser idiota de la conciencia. - ---Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una -calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa -chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía -sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan -honorífico. - ---Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que nos -entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y -ahora... ya no. - ---Cabal. Ahora no. - ---Pues entonces... no importa mucho que se case o no se case con ella -tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma casa, el -escándalo continúa. - ---No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan horrible, que -no escandaliza a nadie--. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto -maliciosa la tití. - ---Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para escandalizarse no -mira si las caras son bonitas o feas. - ---Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto otra piedra de -escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente nada... Ni -tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que alguien -repara en ciertas cosas... - ---Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las vergüenzas, para ti no -se han hecho --murmuró el fraile con acento tan halagüeño y cariñoso, -que mi tía se ruborizó un poco, creo que de placer. - ---No lo puedo remediar --balbució--. Es tan sagrado un padre, que usted -no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos respetarle como -corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el respeto -a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera: -hay momentos en que imagino volverme loca. - ---¡Tururú! --exclamó festivamente el fraile--. ¡Loca nada menos! Te -lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo que -Candidiña...? - ---Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete. Yo no sé a qué -santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se -domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy -detalles; hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena -que a la noche me eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por -Dios y por la Virgen que o se casase de una vez con la chiquilla o la -enviase fuera a servir. - ---Y la chiquilla, ¿le da cuerda? - ---Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en las cosas graves... -se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En fin... yo no -estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la he -regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación: su -madre no hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y créame -usted: no sabe por dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de remate. -Perdido por la chica. En eso me fundaba yo para rogarle que se casara; -pero me sale con el mundo... y la gente... y su categoría... ¡Ah, -Padre, yo no puedo resistir más! No puedo. - ---¡Válgame Dios! --suspiró el fraile--. Qué ceguera... y permíteme la -frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad! - ---Figúrese usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso -porque es un desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás -tú por otra...» Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré -entonces que si mi padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en -gracia! ¡Ojalá! ¡Mil veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando -sus canas! - -Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos -centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas -de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la -miraba consternado. - ---¡Tienes razón que te sobra! --exclamó al fin--. ¡Cuánto mejor sería -morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural: -todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no -paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que -nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas -se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero -siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el -movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso. - ---Por desgracia --añadió la señorita, tratando de serenarse--, aquí hay -de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por -la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la -gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni -vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha -costado... y además... no tendría... - -Aquí titubeó, decidiéndose al fin. - ---No tendría necesidad de casarme yo. - -La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó suspenso, -moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice para sí: -«Malo, malísimo». - ---De modo que tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo -estamos en el confesonario. Tú no te casas gustosa. - ---Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo -resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me -dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y -ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el -respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de -mi presencia... ¡eso no! - ---¿Y tu hermano? --preguntó vivamente el fraile. - ---Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo... Necesita dinero... -mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta me ha -regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama -necia porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi -hermano; pero su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de -meterme donde no tienen gana de mí. - -El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo fruncido y las manos -ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su fisonomía revelaba -la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de resolverse a -tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese sumamente importante -y decisivo. - ---Pues chiquilla... --pronunció al fin--, mi consejo aquí no puede ser -otro sino el que te daría cualquier persona de mediano criterio. El -casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso más -decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la -misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna? - ---Repugnarme... - -Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo contenía hasta la -respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me incrustaban en -las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a dormirse. - -Al fin se oyó nuevamente la voz alterada de la novia. - ---Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento por él ni cariño, ni -nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo entusiasmo... -amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo quisiera, al -casarme, considerar al marido que he de recibir delante de Dios, como -a una persona digna de la estimación de todo el mundo... Padre, ¿usted -cree que don Felipe es... así? - ---Hija, con el corazón en la mano... No he oído contar de él -ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos -políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he -de decir. - ---Lo de las pocas simpatías --advirtió con rara sagacidad la novia-- -no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en eso el que -menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha -reparado usted la cara de Felipe? - ---Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro! - ---Es _de judío_ --afirmó terminantemente la novia--. Le parecerá a -usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es -de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna... -me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo -acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría -gran cosa, si no fuese... - -Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la -conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí -sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir -con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de -mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo. - ---Pues, mujer --decidió el Padre--, con esa antipatía o repulsa, porque -en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos, -consulta tus fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada. -Considera que el marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de -toda tu vida, el único hombre a quien te es lícito querer, el que va a -ser contigo en una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él -será el padre de tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... -¿entiendes?: te lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, -ahora que todavía estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un -alboroto deshacer el casamiento; pero mientras no exista indisoluble -lazo... ¡pch! son cosas que dan pábulo a las lenguas de los necios un -par de días, y luego se las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte, -sólo la muerte de uno de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo -de lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un -esposo para la mujer cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas -luego que tu amigo Moreno no te avisó. - -Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse a mis -sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro de una -caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me fatigaba -la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno espionaje. -Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi curiosidad -una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos de la madera -seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían en su lengua -obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero, mamarracho.» -Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre, abofeteándome -con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado a usted. Ya noté -que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos éramos esclavos -complacientes de la materia, y que esta señorita y yo... Habrá usted -visto con rubor que existen personas decentes.» - -Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme por -la rama abajo, cabalgar en otra, y, de rama en rama, descender hasta -el salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia, -no era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído -que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar -al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir -la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único -arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios -y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este -propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en -posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender -bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré -oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos, -habló la novia: - ---Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que -no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me -impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!... -Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él -andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi -marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré -contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las -circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas -seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se -hunda el mundo. - -Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo, hasta -hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para aplaudir, -tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por inevitable -movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse un estallido -formidable, que me sonó como el fragor de la más desencadenada -tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía despacio, -sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje, pero causándome -contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los -_gallos_ de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo: -y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol, -exclamaciones, gritos, clamoreo confuso. - -Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi ropa -y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé cuál fué -más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una pelota de -goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo pretendía -era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi delito y -mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió alas y -hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la calle -de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me -verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del -bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me -subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar -las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el -muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos -y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba -bañándome.» - -Y me desnudé en un periquete. - - - - -XV - - -El día de la boda, dos después de este episodio, me desperté con -la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja -torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños -del árnica que compré secretamente en la botica de San Andrés, había -conseguido que no se marcasen las contusiones y erosiones que tenía en -la cara y manos. De mi ropa se había rasgado tan sólo el forro de la -americana; menos mal. Los dos únicos testigos de la escena sin duda se -habían puesto de acuerdo para callar; pero me miraban de vez en cuando, -y yo sentía desagradable impresión al encontrar la mirada de Carmiña, -triste y severa, o los ojos del franciscano, en que me parecía notar -mezcla humillante de enojo y desdén. - -Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado, «¿A que me he -resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el pastel por -fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual de -bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta -a Luis: - - «Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He sorprendido los - secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido de - que es un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba - el fraile que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana. - Es indudable que en una mujer así hay algo que impone veneración, - algo de celestial. Hice mal en dudarlo y en imaginar siquiera que - no fuese una santa. ¡Y si vieses qué desgraciada, qué abnegación - la suya! Te referiré lo que sucede... y me dirás si cabe mayor - heroismo, ni más dignidad. Estoy absorto desde que he penetrado los - móviles de su conducta...» - -Se los explicaba largamente, encomiando la resolución admirable de -tití, y añadía para concluir de descargar mi conciencia: - - «También el fraile me parece bueno... Me voy inclinando a que - cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la - virtud, ¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento: - no sé si desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá - muy refinado, o si ya no me importa como mujer. Lo seguro es que - mi tío no merece el tesoro. ¡No encontraré yo mujer semejante, si - llego a casarme andando el tiempo!» - -Esta epístola la escribí la víspera del día fatal. Al amanecer éste, -me encontré, según iba diciendo, molido y con los huesos hechos harina, -y unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado boca arriba, sin -moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito monaguillo -entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas. - ---¿Qué tiene? --preguntaba--. Está como los gatos cuando se tumban al -caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy unas friegas? - -Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño cerrado, exclamé: - ---Como hables de caídas... - ---Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... _¡Ne in furore tuo -arguas me!_ - ---Voy a argüírte con un zapatazo si no callas... - ---Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole -cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial -y Botánico? Pues toca que se las pela. - -En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían -danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando -la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón. -Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una -especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho -peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor -que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de -los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto, -y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del -Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y -protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses -felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba -comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la -ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, temeroso -de que no hubiese todos los perfiles que requería la presencia de tan -importante persona. Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas -con el mismo Santo. Este al fin era la quinta esencia de la llaneza, -y en dándole platos regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta -repararía. En cambio el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón, -acostumbrado a los festines de la corte... - -Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el pasillo -voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de varias -amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de -Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por -contemplarla mejor. - -Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el cerco -cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco de -red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar -natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y -rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos -días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué -hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao, -a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos», -la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre: -«Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque -contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar -estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi -terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza -murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto -brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron -a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado, -algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo, -en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla. - -Esta estaba fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís, -iluminado el altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque -se casaron y velaron a un tiempo. Escuché el claro _sí_ de la esposa -y el opaco del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de -San Pablo, aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la -mujer a la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la -bordada estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el -cuello del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho, -inclinó la frente sometiéndose al yugo. - -Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos -por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin -de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo -terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron -oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en -tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y -gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde -ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era -joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el -piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre -Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido -hacerlo. - -Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a -aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate -y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo -tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y -Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una -señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado los -rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del molimiento -y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por la mente -un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan tocado los -brazos de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la -caída, la propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la -empujaron, y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así -como así ya es la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y -dejó que con el derecho rodease su cintura. - -Al estrecharla comprendí por repentina intuición que estaba prendado de -aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre. El tenerla así -enlazada --en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de oro por -el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una juguetona -estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia-- me volvía loco. -Notaba las delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña; sentíame -bañado en su aliento, y la disparatada idea se convirtió en sentimiento -tan vehemente, que necesité reprimirme para no estrechar a mi pareja, -haciéndola daño. Mi arrebato era, no obstante, de lo más puro y elevado -que se ha visto en esto de transportes amorosos. Sentía una ilusión -celestial (si me es dado expresarme así), una ilusión divina, noble en -su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era pensar que tenía -allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la tierra, y que esta -mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía virgen, intacta, -como el cáliz de una azucena, como el propio azahar que llevaba -prendido aún en el pecho, y que al empezar a marchitarse despedía aroma -fuerte y embriagador. - -Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y vuelta, creo que la dije: -«Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?». - ---Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de usted con mucha -política. - ---¿Te enfadarás? - ---No. ¿Por qué? - -Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda me acariciaban las -rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del vals, -latir fuertemente. - -Entonces, con impulso invencible, ascendió la verdad a mis labios. - ---Tití--murmuré--, perdóname; yo me he portado mal contigo. ¿No sabes? -Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque ahora conozco -todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de mí. -¿No lo ves? - ---Calla, bobo --articuló ella, algo acortada de respiración por el -movimiento del vals--. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres que te -diga? Hiciste muy mal. ¡Muy mal! - ---Ya lo sé --respondí compungido--. Por eso te pido que me perdones. -Anda. ¿Me perdonarás? - ---Bueno --murmuró ella como el que accede al antojo de un niño. - ---¡Qué santa eres! --exclamé con delirio en voz baja y honda. - -Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan -estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté: - ---Tití, ¿piensas bailar más en tu vida? - ---No. Este es el último vals. Las casadas no bailan. - ---¿El último? - ---De seguro. - ---Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar. Dámelo. - ---¿Para qué lo quieres? - ---Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez. - ---¡Toma, sobrino! --exclamó deteniéndose-- y no vuelvas a esconderte en -los árboles. - -Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití, -calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en -ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber -sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus -pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y la -animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por mi -gusto, el tal baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la -fuerza de mis sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto -cielo, incapaz de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada -cintura... pues de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y -voz firme, pronunció: - ---Basta. - - - - -XVI - - -No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor -apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de -herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes -de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la -boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío -de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o -tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos -políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se -colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras -arqueológico-históricas. - -Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el puesto -de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, bien hablado, -cordial y bromista al modo que lo son los políticos de este período -actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios con -la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que -empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a -aquel auditorio, a aquellos _elementos_, como diría él. Tendió la vista -en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la -novia, le oí que murmuraba: - ---Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí? - ---Verá usted... --respondió mi tío--. Le tenemos tan de esquina con -nosotros... - ---Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete -le ponga entre los convidados --añadió señalando al director del -_Teucrense_, que se inclinó lisonjeadísimo. - -Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel: - ---Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es preciso. -Con que llegue a los brindis... - -Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo -un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el -_elemento_ refractario. - -Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz con -el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en el -público. - ---Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión -sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación -conservadora no sería viable... - -Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no -comprendían el sentido de la palabra _viable_; pero en fin, se daban -cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo -para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido -_utópico_, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de -aprobación a la redonda. - -Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta -cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde... -Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el -aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de -pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que -Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso -los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa, -estimularon su empobrecida sangre y le sacaron de su infantil sosera, -convirtiéndolo en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los -codazos y pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de -un Juvenal con sotana. - ---Mire --me decía pasito--, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice -de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el -templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... _¡Fecerumque sibi -deos aureos!_ No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y -van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón... -Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted -no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más -que invente _puentes imánticos_ o _carreteras eléctricas_... maldito -el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo -también, tonto? - -Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados y -el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los disparates -que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa -al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha. -Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado -arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la -Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados ojos. -¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! A pesar -del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal aguzaba -las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus benditos seis -mil reales... - ---Salustio --suplicó angustiado--, haga callar a ese majadero... Está -poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas... - -La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al -pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria -y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando -satisfacción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia; -brindándole la función, «¡Gente rastrera! --pensaba yo--, si queréis -inclinaros, inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa -el sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada, -que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la -sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va -descaminado.» - -No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de -Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para -contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías -y de las cosas _viables_ o no _viables_. Causó general asombro el que -me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me -miró con una expresión que redobló mis bríos. - ---¿Que no es _viable_ la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver? -Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos... -Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus -ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas -han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que -aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene -convicciones, ídem. - -Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía: - ---Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras razas, -en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre -árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh! -imposible, imposible... - -Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos eran -sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos, -señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con la -libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres -de Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades -políticas, es una transmisión hereditaria, digámoslo así; hereditaria. -Y si no, vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa... - -No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra a -un clavo ardiendo. - ---Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que -Thiers... - -Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró con -cierta ansiedad. - ---Que Thiers era francés. - -El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente: - ---Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia después -de la Commune. - -Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis palabras, -ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación y sorpresa; -el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, alegrado por -una picaresca sonrisa. Pimentel replicó: - ---Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece... -Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra -es el país del _self_... del _self governement_, como demostró con -mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra -idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No -resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las -tendencias ingénitas de la raza... - ---Todo eso es palabrería --argüí--. Generalidades que nada prueban. -Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la -república española, con la cual el que más y el que menos de los que -hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta -dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les -hubiese abierto el presupuesto de par en par? - -Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que, -batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido: - ---Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele! - -Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia mí, -y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo. - ---Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al aceptar -los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en otras -circunstancias... - -Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a quien -traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje. -Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían -sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas -con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no -se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho -un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando -medio de captarse la voluntad del adversario político. - -Yo no sabré decir cómo era el _menú_ de aquella pesada comida. Me -parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina -figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir, -prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a -inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos -pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas -por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía -desairar. - -Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro efecto -sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había inducido a -provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, quijotesco, deseoso -de armarla con todos y contra todos. Y bajo aquella efervescencia -singular, notaba el latido sordo de una pena muy recóndita, especie -de nostalgia de algo que me parecía haber perdido. No acertaría a -explicarlo: era de esos sentimientos sutiles y punzadores que a veces -no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma, sino -a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad. La -novia --a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas-- tenía el -semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del -largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura -del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No -existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le -inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber -moral, el _imperativo categórico_ de su fe, se había acercado al -ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en -su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué -esperará? ¿Qué temerá la blanca novia? - -Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la imaginación, -surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras sofocadas, ojos -que echaban chispas, voces algo descompasadas e injustificadas -locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto diapasón y -efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender las -excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a otro -de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina -disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín -reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él -poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes, -y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar -enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a -los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel -la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de -Pimentel y el novio y suegro muy compinches. - -Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la algarabía -fué tal, que allí no se entendía nadie. Unos disputaban, otros reían, -otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino -y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de -pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos -de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo -se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El -señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a -tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a -pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora -en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad -de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo -puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado. - -El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido y -desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que -se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana, -cebolla, piñones, _quoniam_, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el -Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez -se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla, -dió en perorar. - ---Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen -con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales; -la primera se prueba _per se... per se..._ - ---¡Per _só_! --chillaron Castro Mera y el ayudante. - ---El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida, adúltero -o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres de la -Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... ¡estoy -incurso en excomunión mayor _latæ setentiæ_! ¿No sabéis lo que dijo -un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, piñones? -¡Gui, gui! Pues dijo: «_Cum ejus modi nec cíbum sumere_». ¿Eh? Me -parece que bien claro lo cantó. «_Cum ejus modi nec Pajaritum su... -sum..._» - -Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel -escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a -borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un -apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus -gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus -ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una -gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la -violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos -amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran -ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le -sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la _curda_! Tan borrego como -parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su -estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan -belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos -dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el -instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera, -algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de -las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese -con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas, -de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la -insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes -buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené -a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia -como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos -de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con -formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme, -a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo que una fiera, -y hubo momentos en que creímos que podría más que todos nosotros -juntos. Al fin logramos atarle las manos con una servilleta; le -inundamos de colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies -y por los hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos -sobre su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a -veces cortos espasmos. - - - - -XVII - - -Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa para -despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que -por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso -que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de -mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio, -cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella -gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda por fausto -acontecimiento, me producía fastidio y aborrecimiento inexplicable: -parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se -esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas -con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me -ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí. -Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la -puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu, -hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció: -«¿Adónde va usted, caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre -Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra -la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme. - ---Aquí me vine --dijo-- buscando sitio a propósito para hacer mis -rezos de costumbre. Ya estaba concluyendo. Y usted... ¿se puede saber -si también sale de la huerta para rezar? - ---No --contesté en uno de esos ímpetus de franqueza súbita que suelen -proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes entre pecho -y espalda--. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla, -tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría -bestial y sin motivo. - ---¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted razón. A -mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo -insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero -a usted... - ---Padre Moreno, crea usted que hay días en que, convicciones aparte, le -entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el mundo. - -El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos poderosos, serenos y -perspicaces. - ---¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no extrañará usted si un -pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted a la entrada -del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde cabe en -la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es -egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie... -y en cambio compadezco a mucha, a muchísima gente. - -El orgullo laico no se me encabritó al oir tales palabras. Después he -reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del fraile, -compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera de -pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación absurda que -para mí tenían los votos monásticos, era yo quien debía compadecer a -Moreno, y como se compadece a las víctimas del absurdo y del sacrificio -inútil. Únicamente se explica mi extraña aquiescencia a las palabras -del Padre Moreno, suponiendo que existe en el fondo de nuestro espíritu -una tendencia perpetua a la abnegación, a la renunciación, por -decirlo así, tendencia que se deriva del subsuelo cristiano sobre el -cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me ocurría en aquel -momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir estudiando, -acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir las -impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que -forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y -peleas, o pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se -viene a rezar al bosque?» - ---Sí que compadezco a muchos --prosiguió el Padre cogiéndose de mi -brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta un -pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores -silvestres--. A las gentes que juzguen... así, nada más que por -la superficie, les parecerá que hoy, en medio del bullicio, puedo -experimentar algo de envidia, considerando mi estado, tan diferente del -de los casados ¿eh?... Pues le aseguro (y usted no creerá que le digo -una cosa por otra, pues ya sabe que mi carácter es muy franco) que más -bien parece como si me inspirasen los novios una especie de lástima, al -pensar en... vamos, los trabajos que les esperan, por más felices que -usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos llenas cuanto se -entiende por dichas. - -Los sentimientos del fraile estaban en aquel momento tan conformes con -los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y cediendo por segunda -vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el vallado: - ---A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro disparate; o mucho me -engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña es un ángel, -una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo mis -motivos para conocerle. - -Mudó repentinamente de aspecto la cara del Padre. Sus ojos se tornaron -severos: su entrecejo se frunció: recogióse su boca pasando de la -amabilidad a la seriedad, a la austeridad casi. Ví en su fisonomía una -expresión que tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara: eran -el fraile y el confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés, -comunicativo, humano. - ---Habla usted con ligereza --declaró-- y perdone que le ate corto. -Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento que me -obligue a recordar _eso_... Quería olvidar que fué usted más imprudente -y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación -y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a -todos. Ya sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo -me presenta la ocasión no la desperdiciaré. Creo que obró usted así -por aturdimiento natural en los pocos años; que a ser otra cosa... -¡caramelo! - ---¿A qué se refiere usted? --dije sintiendo despertarse mi amor propio -y mirando al fraile con aire de desafío. - ---¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy amigo de medias -palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al batacazo -que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía. - ---Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a todo... Yo... - ---Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas. - ---Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con ánimo... - ---Con ánimo de oir la conversación. - ---No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me podrá usted vencer -en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco; pero en -pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en eso...! -Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre honrado. - ---Admito, y no es poco admitir --murmuró reposadamente el fraile--, que -eso sea verdad; y lo admito, porque me ha sido usted simpático desde -el primer momento, porque me ha parecido conocer y discernir bien su -carácter, y no veo en usted malicia diabólica, ni corazón dañado, ni -perversidad ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en el -caso de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo -impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de -ese prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que -no nos importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar. - ---Es que la boda de mi tío... - ---Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus intereses; pero si -por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es mala... En -eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador de -la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular pretender, -por medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un espíritu y -en los repliegues de una conciencia. - ---Padre --contesté con firmeza, porque me estimulaba el enojo de la -reprimenda y la misma certeza de mi culpa--, usted dirá lo que quiera -del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y -que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad -con que usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente -entrometido, y cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la -razón cuando auguro mal de una boda hecha en ciertas condiciones y -circunstancias. Ya que no ignora usted que tengo motivos para estar -enterado, pues reconozco el delito del espionaje, no me niegue que -lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un desastre -horrible... - -El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de ceño. En otras -circunstancias acaso me contendría su desagrado evidente; pero en -aquel instante, no había quien pudiese reducirme al silencio: le así -del brazo y le dije con fuerza: - ---Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados son muy fáciles de -deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá usted. -Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una -desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao -y la diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido, -pero estás a tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo -a rodar. No quieras completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En -tu inocencia no puedes imaginarte lo que es ser esposa de mi tío. Un -horror... mira que te lo aseguro. No llegue yo a verlo. Antes cieguen -mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te aconseja lo mismo. Anda -valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el Padre Moreno, y -todos... ¡Ánimo!» - ---Lo que juro --afirmó el fraile-- es que está usted loco o va camino -de ello. Y si no... ¡Tate!... - -Dióse una palmada en la frente, y añadió: - ---¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero? - ---¿Me supone usted borracho? --grité irguiéndome en fiera actitud. - ---Le doy a usted mi palabra --declaró con espontaneidad-- de que no -creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso. Únicamente quiero -decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa perturbación -moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates -ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a -nuestro modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios. - ---Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el matrimonio... ¿qué -respondería? - ---Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente en estos términos: -«Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un horno.» - ---Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno? --exclamé con -vehemencia y dolor--. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y -sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce -a mi tío? ¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter, -de la pequeñez y vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa -mujer incomparable, a quien usted debe respetar como a la Virgen María, -porque es tan bue...? - -No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de cólera, con todo el -empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile me tapó la -boca apoyando en ella su ancha mano. - ---¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de mandarle a usted bien -sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado anormal en que se -encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la humareda en -los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que fuese -_jumera_ lo de usted; mas si se me va por los cerros de Úbeda, el mayor -favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado. - -Retrocedí ofendido. - ---¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no herir... - -Pasando sin transición del enfado a la cordialidad, él me dió una -palmada en el hombro. - ---No se formalice, ¡caramelo! Óigame con tranquilidad, si puede. Es -la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo sublime, lo cual -revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de buenos -sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de -sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, _ex -abundantia cordis_. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad -propia de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda -con repulgos. Más le voy a conceder. Pudiera suceder que usted, en -medio de su... alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta -al sostener que este matrimonio ha sido, humanamente hablando, un -desacierto. Pero usted prescinde del auxilio de la gracia y de la -Providencia, que no falta nunca a los buenos, a los sencillos de -corazón, a los que cumplen sus deberes y fían en la palabra de Cristo. -La paz del alma es un bien real entre los muchos bienes falsos que -ofrece el mundo. No compadezca usted a su tía, ni a mí, ni a nadie -que ande derecho y sepa reirse de la materia... La bienaventuranza no -existe por acá, y nosotros, los que aparentamos mortificarnos, somos -realmente unos egoistones: sacamos más partido de la vida que nadie. - -Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como el hierro en la -herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono de -convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me -produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que -infunden las _jumeras_ «por lo fino y lo sublime», como decía el Padre. -Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos -de dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas -ilusiones: y reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé: - ---¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién tuviera sus creencias -y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en el convento -un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más triste...! -¡Parece que se me acaba la vida! - -El fraile me miró con singular perspicacia. Sus ojos eran dos -escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los tejidos. -Su acento adquirió inflexiones duras al decirme: - ---¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la vergüenza, ni el -propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien mirado, siempre -que no se les acabe a _los demás_..., haga usted lo que quiera. - -No torcí la cabeza, no entorné los párpados, no me sonrojé. Si las -pupilas del fraile acusaban, las mías confesaban explícitamente: -retaban casi: «Conformes: tú me adivinas, yo no me oculto. Ante mi ley -moral, lo que siento no es ningún crimen. El crimen es haber bendecido -ese matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me interné -en las tierras. - - - - -XVIII - - -No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor soledad, -me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La luna, que se -había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender al cielo su serena -placidez, y las olas del mar, dormidas también y arrulladoras, venían -a estrellarse a los pies del peñasco donde me senté aturdido de pena, -dispuesto a entregarme a todos los sueños y quimeras de la imaginación, -recalentada por el trasabor del champaña. El blando rumorcillo de la -encalmada ría; el trémulo rebrillar de la luna sobre la superficie -del agua, y la misteriosa efusión de la Naturaleza, me predisponían -al monólogo siguiente: «Si hoy nos hubiésemos casado _ella_ y _yo_, -despacharía a los importunos y me la traería aquí del brazo; la -sentaría junto a mí, en esta misma peña, que parece hecha a propósito -para escena tan inolvidable. Ciñendo su cintura, reclinando su frente -sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir su pudor, iría preparándola -suavemente a compartir el arrebato de la pasión; a transigir gustosa -con el fatal desenvolvimiento del amor humano. Y los instantes más -bonitos, los instantes deliciosos en que pensaríamos toda la vida... -serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y profundo nos abrumaría! ¡Qué -silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una ventura así será demasiado -grande para que la resista el corazón. Pesa tanto, que no hay quien -pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y --decía -yo prosiguiendo en mi soliloquio-- el caso es que esa felicidad ya no -la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres, que -sólo tienen _una_ inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta la -azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos años -que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te será -posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos donde a -un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones no sentidas, a -entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En substancia, y sin -duda en más desordenada forma y con mayor viveza de imágenes, ved aquí -lo que se me ocurría durante el paroxismo de la pena, mientras luchaba -con el abatimiento que causa la semiembriaguez. Un pensamiento flotaba -confusamente dominando a los restantes. «Si el dueño de Carmen no -fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los diablos. Mi entusiasmo -romántico por _ella_ es la eterna prevención contra _él_, que adquiere -otra forma.» - -Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación real -y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama de -azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer mayores -extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí derecho -al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar o -revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio. - -Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que llevaba -en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era preciso -ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando esa -calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la -luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre -borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido, -a mis pies, del suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como -un jimio, riendo y enseñándome la fea dentadura. - ---Mostrenco, ¿qué haces ahí? --le dije--. Buena la armaste hoy. Lástima -de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te -doy una mano de nalgadas. - -Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia; la -cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo -extraño y diabólico de su catadura. - ---No me da la gana de dormir... --contestó rechinando los dientes--. -Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia. - ---¿Qué dices, escuerzo? - ---Lo que es verdad. Mire por ahí. - -Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la vista -al punto que señalaba el monago. - -El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo -sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita -lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y -pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese -iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total -claridad, cuanto en ella ocurría. - -Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en -efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía, -la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer -inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia -cólera. - -Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella alcoba -no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta. - -A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con -colgantes de cristal, velas color de rosa. Detrás de la gran cama -de bronce dorado, encima de la mesa de noche, otra vela, en menuda -palmatoria de porcelana. Por el tocador, sobre la mesa, sobre el -escritorio, en jardineras pendientes de la pared... flores, flores, -flores, particularmente rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas -para aquella noche nupcial! - -La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera -iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las -rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila. -Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a -horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en -las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas; -la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y -encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba -exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes -latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje: -la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre, -y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el -hombro. - ---¡Eh, _monsiú_, compañero... que eso no es lo tratado! --gruñó--. ¡Yo -también soy de Dios y tengo los ojos para ver! - ---¡Si no callas, te trituro! --respondí con ferocidad. - ---¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas! - ---¡No se ve nada, cernícalo! --respondí--. ¡Nada, nada, nada! - ---¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No toca -la orquesta? - ---¡He dicho que te calles inmediatamente! --grité con ira. - -Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego -comprendí que no era por prudencia ni por virtud. - -Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La cámara nupcial -continuaba vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad -los detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un -acerico, alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme, -ricamente bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté -las falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté -las lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón -se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de -despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso -ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen... - -¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer... -Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía -hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si -le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y -yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía -comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró -un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería. -Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente: -«Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.» -Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la -doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches, -alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con -aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente -mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se -desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y -en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó -con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la -corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El -destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias -de tocado íntimo que iba a presenciar... y que sólo con imaginarlas ya -me encendían la sangre en furor doloroso. Por fortuna --me pondría otra -vez de rodillas para dar gracias--, ví que la emancipación del pelo no -era lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó -en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran -sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó -la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de -alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su -rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a -solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante -expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la -cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí -que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las -entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los -ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente -respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva -y firme. Y en el mismo instante... - -¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara, -furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder -de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto, -carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana -se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las -bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba -de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás -de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me -incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija -del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado. - -Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia -ceñí con mis manos la garganta de Serafín, y cortándole el resuello, -grité: «Te parto, te deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar. -¿Lo oyes, escuerzo? ¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas -rendijas! Te asesino, sin remordimiento ninguno». - ---Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! --chilló el infeliz, casi -hipando, cuando le permití resollar--. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me -ha clavado los dedos en la nuez! - ---Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si tuviésemos -decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar. Serafín, -Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no! - ---Ahora lloras... Estás loquito, vamos --exclamó el aprendiz de teólogo. - ---Tú serás el loco y el energúmeno --contesté, haciendo un esfuerzo -para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre -los párpados--. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme -arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú -no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama. - ---No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! --gritó el intransigente, -aterrado--. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar... - ---¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay -confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no -te hago daño. - -Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo, -el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para -desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se -rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién -dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable -noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la faz en -el hueco de la almohada, cubriendo con las manos, oídos y ojos, como -si unos y otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos -y de las imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro, -me lavé, me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin -despedirme de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a -Pontevedra y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha -cometido un crimen. - - - - -XIX - - -Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor, conoció al punto -que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te han dado -algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías, de -seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca -del _tobo_, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a tu -mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino -atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio... -Yo lo sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve -que referirle punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal, -ella fué quien se adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de -menudencias que me asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía. -Era condición de su inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía -de la vida, y desconocer, en cambio, sus leyes eternas, hondas, -visibles sólo para los espíritus superiores: las que han de regirla -hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por falta de -amor... - -Los primeros días de estancia en la aldea sentí gran alivio. Aquel -frenesí del día de la boda se había calmado con la falta de _especies -sensibles_ que lo reavivasen, y me parecía que el entusiasmo por -la tití, el furor celoso y las meditaciones poéticas en la playa, -fueron no más travesura de la imaginación, la cual gusta de fingir -sentimientos profundos donde no hay sino antojos, efervescencias y -espejismos. - -Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal, que vino desde -Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y tales -atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación -hicieron su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar -asentimiento a razones por el estilo de las que siguen: - -«Lo que te sucede a ti --me decía Luis en ocasión de estar los dos -tumbados al pie de un castaño, donde habíamos _escotado_ la siesta-- -es un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de -buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado, -y somos siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos -llamemos republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu -tío Felipe es precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a -tus convicciones y a tu modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales -con que la señorita de Aldao realiza el ideal de la mujer cristiana. -Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué encontramos de bonito en ese -ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal para nosotros debiera -ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una hembra que nos -comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que no -existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos -antes de nacer. - -»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que atribuyes a la tití y -que tanto admiras? A mí me parecen negativas, irracionales, brutales. -No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un hombre repulsivo, -entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no autorizar con -su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más acciones que -las propias? Esa señorita o está demente o es tonta de remate; y al -fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se -me iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se -compromete: ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo -que el frailecito... ¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile; -y nosotros, que pretendemos innovar la sociedad, en algo hemos de -diferenciarnos de él. - -»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad nueva se pondría a -servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien en la casa -paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su -libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido. - -»Te entró la manía del cristianismo. Hay que dejarte. ¡Una perfecta -cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana? ¿Eres acaso -perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada -marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo -racionalista? - -»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a enamorarte de una -mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está soltera; que -te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida la _antorcha -de la fe_... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu tío, que para -él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño, cúrate -de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le -hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto. -Si te gusta ¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado, -para evitar dramas... Los dramas, en el teatro Español... y aun allí, -la mayor parte salen hueros. En fin... sin drama... ya me entiendes. -Pero como vuelvas a contarme novelas de cristianas y judíos... te doy -bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más perdigón, ni por la -diosa Venus que venga a hacerme garatusas.» - -No dejaron de persuadirme las observaciones del discretísimo -orensano. Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de -mis entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití, -eran radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que -ella reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra _deber_ -en nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me -atraía más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae -a veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado -cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos -sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen -para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro? -O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas -y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de _Barba -Azul_, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo -a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil? -¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me -antojaba sublime? - -«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que -conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo». -En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de -las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las -inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal -batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la _guerra entre las -rectas y las curvas_. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios, -los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras -semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas -y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las -curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las -rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se -replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio. - -Ya se acercaban a su término las vacaciones cuando recibimos una visita -inesperada. El intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel -ni de rencor, sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en -la Ullosa: yo no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba -que tampoco. Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó -mi madre a recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los -pollos, tareas que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin -testigos, lejos de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho -abrazo, me hizo cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de -orate. «¿No sabe?» preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo -me desaté. Si me pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de -mirar no estaba bien. Pero era guasa, era pavita. El _Pajaritum_ tenía -la culpa. Los novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por -allá muy _majaderos_, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado -con una gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente -fritos; y cola de litigante en escabeche... De postres, turrón; como -que ya la casa de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh? -¡Guí, guí! Al señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho -tratamiento de _perliquitencia_... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de -la irrisión, digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de -que no cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: _Pluit -super Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo_. Hombre, -¿cómo no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta -los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego -el _Teucrense_ le llamó a la procesión _festival_. ¿Qué es festival? -A modo de _saturnal_, sin duda». Después, bajando la voz, añadió: -«También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina... -Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constantinopla. -¿Y quién promovió el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de -Inglaterra, sino otro gorrino de obispo hereje que se llamaba _Crémor -o Cremer_...? Déjeme de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar -solitos el Papa y los clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y -unos cuantos laicos de agallas... mande lo que guste la Encíclica _Cum -multa_». - -Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y le -pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí, -guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme -también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus -baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa. - -En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado -de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le -recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber -bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado -poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha -deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro! -Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y lo -consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble haber -sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se envilece -espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a usted el -hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal, alumno de -Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica. Estoy sano». -Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un paseíto que -el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él se mostró -sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán ustedes. - -«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no -duran como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por -culpa nuestra, que nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan -aproximaciones. No aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario. -Si hace usted otra cosa, no le tendré por hombre honrado». - -_Mutatis mutandis_, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los -primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos -hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien -y a todas horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase -cómicamente. «No más pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto... -¡Qué señora! Alma de almirez, corazón de dátil, ¿quiere que yo -reviente aquí? Usted mande en su polisón, señora, que yo mando en -mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico; a los -dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran -vacío. Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso -del superior para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal -se volvía resignadamente a su tétrico retiro de Compostela, donde, -a fuerza de humedad, sudaban los muros y verdeaban las junturas de -las piedras. A pesar de la entereza con que el fraile afirmó que iba -satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que aquel español -medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir mucho -en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris. - -Le ví marchar recordando con sorpresa que le había envidiado aquel -sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he padecido -este verano una especie de _psicalgia_. Ahora que estoy convaleciente -lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida hacia -Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en -la lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía, -entre ellas la _Crítica de la razón pura_, de Kant. Exento, a mi -parecer, de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza, -¡con qué puro deleite se empapaba mi inteligencia, docilitada por el -estudio de las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué -dulce firmeza sentía penetrar en las últimas casillas de mi cerebro -aquellas verdades del criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica -negación, nos infunden sereno convencimiento de la vanidad de nuestras -tentativas para conocer el mundo exterior, y nos encierran en el -benéfico egoismo del estudio de nuestras propias facultades! - -Cuando después de una lectura de Kant salía yo a recorrer el soto, la -pradería, las modestas dependencias de la granja patrimonial, y la paz -del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me encontraba venturoso, -salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta. «Entiende y serás -libre», repetía para mí con juvenil orgullo. - - - - -XX - - -Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del Norte, divisé lo -primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe, que me -alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl. -Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su -casa: «Claudio Coello, número tantos...» - ---¿No vamos a mi posada? --pregunté sorprendido. - ---Verás... --respondió el hebreo con aquella dificultad de frase y -contracción de rostro que acompañaban en él a la manifestación de la -avaricia--. Es una tontería andar con cumplidos entre parientes... En -mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban unos -trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás, -chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras. - -Comprendí el mezquino cálculo. Pagarme el pupilaje tenía que costarle -más, por barato que fuese, que hospedarme en su casa. Pero yo _allí_... -En el primer momento no sé qué efecto me produjo la idea. Lo cierto es -que exclamé: - ---Mi tía no verá con gusto ese arreglo. - ---Te diré --respondió el marido--. Al principio se le figuró que para -tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un poco... Pero -la he convencido... Ya está conforme y te espera. - -Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable que se experimenta -al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire frío. La -vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie -de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a -la agitación y a la fantasmagoría, precisamente en el momento de -reanudar los estudios, de necesitar toda mi voluntad y fuerza mental -para consagrarla a mis arduas tareas, me desquiciaba. Y con todo, la -juventud ama tanto el riesgo, la marejada y la tormenta, que sentí un -estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el disco de cobre de -la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual estaba -Carmiña Aldao. - -¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda giró por el cuerpo -precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua llama, y -mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el saludo. -La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar ni -despego ni cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de casa, -me instaló en mi cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me mostró -varios muebles donde podía colocar libros, ropa, me dió consejos -prácticos para aprovechar mejor las cuatro paredes... «Aquí pones tus -camisolas... En esta percha cuelgas la capa... La mesa aquí, junto a la -ventana, que podrás estudiar mejor... Mira, este es el lavabo... Ten -aquí siempre las toallas... Te he buscado este quinqué de pantalla -verde, que no te echará a perder la vista...» - -Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo la miraba con tal -sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen querida. -Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo -rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era -feliz. Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino -de pena oculta. Su boca no se dilataba para la risa o el halago; se -recogía como la de todo luchador que mortifica solitariamente la carne -o el espíritu. Sus sienes estaban un tanto marchitas. Su talle era más -plano: no había adquirido la redondez graciosa y majestuosa que se -advierte en las desposadas a los pocos meses de vida conyugal, aunque -no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi fantasía sobre la -base de esta suposición! - -Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la convivencia con tití, y fué -no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es siempre incentivo, pero -la convivencia, quitando interés dramático y novedad a las ocasiones de -encontrarse, tal vez disminuye el riesgo. - -Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero distan mucho de ser -tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van allanándose -a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a ocupar -mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía, que -viviendo bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de las -horas de comer. Por la mañana salíamos los dos, yo a mis clases, ella -a compras y a devociones muy largas. Al almuerzo yo observaba en -Carmiña cierta animación, contento inexplicable. Venía de la iglesia: -era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de zapatillas -y sin corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las -noticias de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el -salón de conferencias y en los pasillos del Congreso, sobre el -cariz de la política, las insinuaciones de los periódicos, la última -conversación confidencial de la Regente con el Embajador de Austria, -que persona bien enterada había repetido en el Casino de pe a pa. -Sin duda yo provocaba la locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a -su vez, me contaba la gaceta de Pontevedra, los inocentes chismes -que la escribían sus amigas, y detalles relativos a las vecinas del -principal y del entresuelo, a las cuales solía visitar de noche, según -la costumbre mesocrática madrileña, que organiza en cada casa una -tertulia de vecindad. Por la tarde mi tío salía, ya solo, ya con su -mujer; yo necesitaba bien el tiempo para trabajar o pasear con Luis, -y ¡adiós hasta la comida! Esta era más triste que el almuerzo: mi tía -estaba nerviosa y excitada, o aplanada y distraída, sin que lograse -disimularlo. De noche, ella subía a sus tertulias caseras o hacía labor -junto a la chimenea, y mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a -algún teatrillo por horas. Ningún peligro. El engranaje de mis tareas -me salvaba de las sugestiones de la ociosidad. El diablo no sabía -cuándo tentarme. - -Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para qué están en el -mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para oir -confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión -plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran -latigazos que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi -espíritu. - ---Chacho --díjome un día el formal amigote--, ya he adivinado lo que -padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto de -hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: _espuma de la mocedad -comprimida_. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama... -Belén. - ---¿Belén? ¡Qué absurdo! - ---Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de negros ojos, la que -pegaba angelitos en cajas de cartón. ¿Tan olvidada la tenías? -¡Descastado! Pues yo la he seguido la pista... Chico, transformación -de comedia de magia. Verás a la prójima en su apogeo. Coche no lo -arrastramos aún... pero todo se andará. - ---¿De veras? ¿Ha encontrado su _gran Paganini_? --pregunté con -indiferencia. - ---No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti mismo... Quedarás -absorto. - -De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una buena casa, en la -calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El portal era -decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo -a que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales -relucientísimos. - -Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de negro, mestiza de -doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis dijo que -pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora». - ---¿Eh? ¿Qué tal? --exclamó mi amigo--. ¿Qué te parece? «La señora» por -arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón de -oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta... -cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un -costurero incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de -paraguas... Me parece que el bolsista no se queda corto. - ---¡Qué metamorfosis! - ---Ahí verás tú... Los tiempos _cambean_. Por otra parte, la -metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar cromos en -cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de tu -tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por -céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto a -sacarla de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo primero -que pidió la infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los dedos -fuera... Estas de Madrid tienen su vanidad en el pie... ¡Ahora hay -cada zapatito...! (Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte -serio. - -Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne. ¡Diantre! Era -verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica modestia -de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las -orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la -holganza, relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los -zapatitos famosos, estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par -de monerías. Me pareció más gruesa, de movimientos más tranquilos y -lánguidos, de tez aún más pálida y fresca que antes, comparable sólo al -satinado de la hoja de magnolia. - ---¿Venimos a mala hora? --preguntó Portal. - -Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló de alegría... - ---¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala persona? Una sola -vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo... Veraneando -¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y sofoquines. -¿Cuándo llegaste? --añadió apeándome el tratamiento. - ---Hace dos días --atajó Portal--, y siempre suspirando por echar la -vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a saludar -a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga -maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la -veo... Lo dicho, me da un ataque de... algo...» - ---¡Ande usted, gallego trapacero! --contestó la hermosa, que, clavando -en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en una mirada -fogosa y humilde a la vez--. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas... -Ná; después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y -yo... claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba -tu tío... ¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida estará -la mujer... En fin, ahora me encuentro como la propia rosa... Estos -son otros López. ¡Ea! --añadió sin dar tiempo a que nos sentásemos-- -a ver mi casita; es la gran casa... Gabinete con chimenea y todo... -Hoy no han encendido, porque todavía no hace frío, ¿sabes tú? pero voy -a mandar que enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por aquí... el comedor, -chiquito, pero no se dan banquetes,... una cocina hermosa... cuarto -para baules... Entra ahí... alcoba de columnas y todo... - ---Hija --advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus casillas--, no -me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro hipócrita. -Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido los -muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo -que es el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a -mi padre. Andan por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas -en su carruaje. ¿De qué te sirven los trajes ricos ni los aretitos de -piedras, si no puedes ir al Retiro a quitar moños? - ---Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me marea --respondió -la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo remediar--. ¿Qué -te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo pediré. -Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no -como aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío -verdadero suyo. Puede que la abuela... - -Después trazó una semblanza de su bolsista. - ---Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta que cierra -el... el bolsín --repitió, afirmándose en lo dicho--. Y hay días que -ni aporta. Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en -grande... - ---¿Y si se le antoja presentarse de repente? - ---¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene llave. Si te digo -que mejor pasta de hombre... Como yo grite «coche», va a contestar «un -_mail_ de seis caballos». Pues si viene... mañana le digo que había -salido con la Fausta, a ver a mi madre y a Cinta... Lo cree a puño -cerrado. - ---¿Y esas? --preguntó Portal. - ---¿Quién? _¿Las otras?_ Pues... hijo, insufribles. Si las doy el Perú, -me piden el Potosí. No hago más que sacudírmelas, porque me chupan -la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no sabes? A Cinta le ha -entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que ella, antes de -sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse la vida... -Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que tiene que -aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que me alquile -un piano y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a dar -lecciones. Hay que estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico, a ver? -Pues nada, hoy os quedáis aquí; hoy hacéis penitencia en esta casa... -Verás qué vajilla tan mona y qué cubiertos de plata... Es decir, de -plata Meneses: porque no era cosa de exponerse a un robo. Me pondré el -vestido bueno de faya francesa, que me regaló ahora poco, día de su -santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas. Estrenaré el -reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene que -hacer: ¡lo que es tú no te vas...! - -Algunos días después del convite de Belén, paseando con Luis por -Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso: - ---Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca por ti: mujer más -encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos consejos para -que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a fin -de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de -Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó -y regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado! -Ni un misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado, trucha. -¡Cuidado que entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué, -aún no estás contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te -parto un alón... - ---Párteme lo que gustes --contesté francamente, condensando en un -suspiro mis desilusiones--. Chachiño, en el mundo hay algo más que las -satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia -no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de -Belén... nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo -de allí más espiritualista que un diablo. - ---No puedo oirte desatinar así --gritaba Portal furioso--. ¿Qué -espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé perdigón. -¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más -que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa -es que te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera -de hipocresía y de estupidez en que vives, te va secando el magín -poco a poco. ¿Por qué no te vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te -sacaríamos inmediatamente del cuerpo los demonios. Trinito, este año -más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos canta no solamente las -óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón Romero? Nos -tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es que -piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a -las narices, porque nos rompió el tímpano con _La muerte de Iseo_. Anda -memo, arrímate a nosotros. - ---Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no puedo resistir a esa -muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así todo... Vamos, -que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo desarmas. -El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco, lo cual sería -una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la desvergüenza podrán -entretener un rato, pero hastían. - ---Bobalicón, ¿dónde están semejantes desvergüenzas ni semejantes -vicios? ¡Pues si Belén, moralmente, vale un tesoro! Belén te quiere de -verdad; Belén daría por ti la plata Meneses y los zapatos de raso... -Belén posee un corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale -con las mujeres virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de -yeso, que ni siente ni padece. - ---¿Qué sabes tú --murmuré dejando, como a pesar mío, que se desbordase -la esperanza--, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si existiera? - -Portal se quedó repentinamente preocupado y serio. Su entrecejo se -frunció, y con voz algo alterada me dijo: - ---No permita Dios que exista. He pensado sobre el caso, y te juro que -lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo oyes? ¡Loco -de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití te -quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse -y de quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces? -Sepámoslo. ¡Venga ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La -pones un piso? ¿Profanas el hogar paterno de tu tío con toda frescura? -¡Contesta, guillado! - -Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me miraban con cólera, -igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo manejando -una navaja. - ---Yo no sé qué responderte... --dije meditando--. Lo que comprendo es -que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me quisiese esa -mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al Polo -Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La -respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera. - ---Que me quiera, que me quiera --tatareó Portal remedándome la voz y -el gesto--. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y no puedo -aguantar que la digas. Excuso advertirte que no hablo así por el aquel -de la moralidad ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad... que -cada uno se la arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una -institución caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de -la patria. No es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu -conveniencia propia. Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año, -¿por qué? Por un fantasma. A nuestra edad todos soñamos con la mujer, y -es bien natural que soñemos; pero debiéramos soñar con la mujer cortada -para nosotros, y no precisamente con la que nos haría infelices si nos -uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy pura, muy santa! Bondad -pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se acabó, se -acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la -dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el -tiempo posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al -otro. Divorcio de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes -ilusiones bobas. ¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura -y lleno de preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en -ella consideras virtud, en el neocatólico te parece mojigatería. - ---Luis --exclamé-- ¿te atreves a negar el heroismo de una mujer que por -no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud y se casa -con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y me -subleva que no estimes acción tan noble y tan rara. - ---¡Pues por eso, pues por eso! --vociferó Portal ya fuera de sí--. -Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de -virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y -no prefiere salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos -como la alcarreña que nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué -se distingue tu soñado ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a -un protector antipático, porque le conviene... porque así gasta y -triunfa... Y tu señora tía... - ---Cállate, cállate --grité levantándome furioso a mi vez--. Si -dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te -abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña -después de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato... - ---Tú eres quien buscas camorra, retal... - ---Recual, a mí no me... - ---Bueno, pues anda a freir espárragos... - ---Y tú a escardar cebollinos... - -Etcétera. No añado más, porque el discreto lector supondrá fácilmente -lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días no le miré -a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba algo: -la razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía -quijotesca. No me hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos -y sus lecciones. A la hora de ir a buscarle a su posada, me entraba -desazón e inquietud y hasta nostalgia indecible. Echaba de menos el -hábito inveterado, la dulce costumbre de la comunicación, del chispazo -intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en que llegué a -figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el sueño -amoroso. «Maldito si sabía yo --pensé-- que necesitaba tanto a este -hombre. Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y -vino, vino, probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo -trato el buen sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar -a esa cualidad grata y modesta que quita énfasis a nuestros actos y -nos enseña a no amargar la vida con necios tesones y quisquillosidades -dramáticas. La reconciliación se verificó con la mayor naturalidad: un -día, al salir de clase, Luis me empujó el codo, y preguntóme risueño: -«¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las paces?» Me abracé a él, -lo confieso, con toda el alma, tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi -vida!» Y él se reía, diciéndome: «Quita, memo... parece que vuelves de -América después de veinte años de emigración». - -Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella tarde charlamos más -que nunca. «Ya no te llevaré la contraria --advirtió mi amigo con -resignación burlona--. Enamórate como un dromedario africano o como -Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte. -Para ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como -nosotros y que nos entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se te -ha puesto en el periquito que nos convienen las damas del siglo XIII -o las santas góticas pintadas sobre fondo de oro... Adelante. Caerás -del burro, Aparte de que la tití... chacho, ni esto. La lucha con lo -imposible acabará por cansarte. No te atufes. Dime cómo andan tus -amores; abre ese corazoncito.» - ---Luis --murmuré con misterio--, yo no sé si me quiere o no me quiere -a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede sufrir a su -marido. - ---En eso demuestra buen gusto. - ---No me equivoco, no. La observo, Luisiño, la observo. Está la pobre -descolorida; apenas come: por las mañanas, cuando va a la iglesia, y -sobre todo los días que comulga, manifiesta cierta serenidad; pero -por las noches... ¡Ay! Yo creo que tiene la fiebre cuotidiana de la -aversión. - ---¿Y el marido? ¿Se distrae por ahí? - ---Me parece que no. Se retira a horas razonables, aunque salga a -conferenciar con Sotopeña o al Círculo. A Belén no intenta verla: -me consta. Mi tío es avaro, ya lo sabes, y por economía capaz es de -contentarse con lo de casa... Luis, yo trago mucha saliva, pero me -consuela saber que ella está triste y padece. - ---Bonito consuelo. Y sabe Dios si te engañarás, y si esa mujer se -entenderá perfectamente con su marido. - ---Es que si yo la viese hecha una tórtola con él... no sé qué me -sucedería. - ---Que se te quitaría el viento de la cabeza. ¡Los diablos carguen -contigo! - -Pasábamos esta conversación a tiempo que, saliendo de la calle Mayor, -penetrábamos en el famoso Viaducto o suicidadero. La tarde, de -magnífica serenidad, convidaba a arrimarse al alto enverjado y admirar -al través de sus huecos el punto de vista, acaso el más hermoso de -Madrid. Sin entretenernos en revolver los libros viejos, de texto -la mayor parte, mugrientos y maltratados casi todos, que vendía al -aire libre y sobre el santo suelo un vejete con facha de maniático, -aproximamos la cara a los hierros y nos embelesamos en mirar primero el -grandioso panorama de la izquierda, el rojo palacio de Uceda con sus -blancos escudos a que sirven de tenantes fieros leones; las mil cúpulas -y rotondas de templos y casas que domina, esbelta como la palmera, -la torre mudéjar de San Pedro. Luego nos volvimos hacia la derecha, -encantados por la fresca verdura del jardinete que a gran distancia -debajo de nosotros extendía un tapete de coníferas y arbustos en flor. -Allá a lo lejos, el Manzanares trazaba sobre las verdes praderas -una _ese_ de metal blanco, y el Guadarrama erguía su línea blanca y -refulgente detrás de los severos y escuetos contornos de las sierras -próximas. Pero lo que nos fascinaba, la nota sublime de aquel conjunto, -era la calle de Segovia, a pavorosa profundidad, abajo, abajo... Luis -me apretó la muñeca diciéndome: - ---Hijo, este Viaducto explica todas las muertes que han ocurrido en él. - ---Como que convida a arrojarse --respondí sin dejar de contemplar -el abismo del empedrado y sintiendo ya en la planta de los pies el -hormigueo del vértigo. - ---Mira un suicida, chacho --exclamó súbitamente Portal, señalándome a -un hombre de muy derrotadas trazas, apoyado en la barandilla también. -Lo que es ese se tira de un momento a otro. - -Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se volvió... ¡cuánto -tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros, su -apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello! -Experimenté alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio -social, inofensivo e inútil. - ---¿Ibas a matarte? --le pregunté sonriendo, pasadas las primeras -efusiones y los primeros abrazos. - ---¡Hombre! no... --respondió el huésped de Pepita--. Sólo por -entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me -tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces. -Así se acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis? -Pepa casi me ha plantado en la calle... Diariamente me insulta... -Apenas fumo... Tengo un cuarto donde duermo, pero eso de comer es un -lujo que desconozco. La vizcaína anda rabiosa porque don Julián hizo -la del humo, y se niega a mantenerme. Me han embargado mi pensión. ¿Me -pagáis un bisté? - -Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en instalarnos en un figón, -delante de unas chuletitas esparrilladas muy apetitosas. El perdis nos -dijo melancólicamente. - ---Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta se me ocurre -trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas -absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo -una peseta la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia -del trabajo. Quédese para los negros. Y después, siempre le salen -a uno buenos amigos que no niegan un duro a quien se le pide. No -creáis que vivo del sable, hijos, no; sablazo es cuando ofrece uno -pagar... y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me presta me -regala. ¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos -Carnavales? ¿Les conocéis? Uno de arquitectura, y otro de minas. -Están de huéspedes en casa de Pepa Urrutia. Pues nada, que nos vino -una huéspeda de buen trapío... una viuda cordobesa, ¡más salada...! y -yo... la miraba un poco. Una noche supe que iba al baile del Real... ¡Y -yo sin un real! Mauricio y Pepe me animan y me toman la entrada... van -conmigo... Se nos acerca la mascarita... que la conocí perfectamente... -«Tengo sed... ¿Me convidas? ¿Vamos al buffet?» Ví el cielo abierto... -y el infierno, porque no tenía un cochino ochavo. Echo la mano atrás, -y con ella hago señas a Mauricio y Pepe... Siento que me introducen -en el hueco de la mano una moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un -duro... aunque parecía algo chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo -tan intrépido... Ella se pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo -temblando que la cuenta pasase del duro... Nunca acababa de engullir -la buena señora... Al fin se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo -la moneda y le digo al mozo con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.» -«¡Pero, caballero, si me da usted un perro grande!» ¡Hijos, la que -allí se armó! Creí que me llevaban a la prevención derechito... ¡Y qué -chacota! Pues así, así vive uno, y así está siempre: más arrancado hoy -que ayer, y más mañana que hoy. Ya supondréis que mi portuguesiño se ha -vuelto a Portugal; en cambio tengo a un diputado provincial conquense, -que se le ha puesto en la cabeza ser autor dramático, y le acompaño -entre bastidores, porque se le antoja que debo conocer íntimamente -a los actores y actrices; y en efecto les conozco; ¿quién no conoce -aquí a todo género humano? pero no sé qué papel compongo en Lara, en -Eslava y en Apolo; el caso es que los acomodadores me toman por actor, -los actores por autor tronado, y yo allí de coronilla con mi diputado -provincial, empeñado en que le representen su apropósito, o juguete, o -revista, o lo que sea... - ---¿No lo sabes a punto fijo? - ---No. Cien veces intentó leérmelo; pero por ahora voy parando el golpe. -Veremos si lo consigo hasta el fin. Adiós, salvadores míos... Mis ideas -de muerte ya se han disipado. Gracias. - - «Hoy el cielo y la tierra me sonríen; - Hoy llega al fondo de mi alma el sol; - Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas! - Hoy creo en Dios.» - -Declamando así, Dumillas nos estrechó las manos con las suyas puercas y -enlutadas, y se fué... - ---Ahí tienes al romanticismo --murmuró desdeñosamente Luis alzando los -hombros--. ¡Qué falta tan grande les hace a este y a los que son como -él un curso de _sentido-comunología_! - - - - -XXI - - -Que dijese lo que gustase Portal: yo estudiaba la fisonomía y las -acciones de Carmiña, y con la doble vista de la pasión comprobaba un -desvío cada vez más acentuado y profundo... Dramaturgos que prodigáis -venenos y puñales en vuestras espeluznantes creaciones; poetas que -cantáis tragedias horribles; novelistas que realizáis tantos asesinatos -como capítulos, decidme si hay conflicto más tremendo que aquel cuyas -peripecias se desarrollan en el fondo del alma de una mujer unida, -sujeta, enlazada día y noche al hombre cuya presencia basta para -estremecer de horror todas sus fibras. Y dirán los que creen que la -psicología es --como las positivas, exactas, físicas y naturales-- una -ciencia de hechos: ¿pues por qué ha de repugnarle tanto a su mujer ese -marido? No hay razón suficiente. En nada la ofendió. Reina y señora -en su casa, su esposo no comete infidelidades, antes bien se muestra -asiduo, aficionado al hogar y a la joven esposa que allí le aguarda. -¡Ah! la antipatía era irrazonada, y por lo mismo más fuerte, más honda, -más imposible de combatir. Se combate al adversario cuando tiene -cuerpo, no cuando es impalpable sombra, proyectada en la caverna del -espíritu. Maridos hay que maltratan a sus mujeres, que las traicionan, -que las arruinan, y sin embargo son amados, o al menos no repugnan. -¿Quién puede precisar de dónde sopla esa aura llamada _repulsión_? - -No es odio. El odio tiene por qué, se funda en motivos, se razona y se -justifica: y si a veces me he dejado decir que yo odiaba a mi tío, me -he expresado mal, inexactamente. No era odio lo que sentíamos hacia él -su mujer y yo. El odio puede convertirse en amistad, hasta en amor; -como nace de causas positivas, otras causas positivas lo anulan; pero -la repugnación misteriosa, la sublevación de las profundidades de -nuestro ser, esa no acaba, ni se extirpa, ni se transforma: contra la -sinrazón no hay raciocinio, ni lógica contra el instinto, el cual obra -en nosotros como la naturaleza, intuitivamente, en virtud de leyes -cuya esencia es y será para nosotros, por los siglos de los siglos, -indescifrable arcano. - -Convengamos en que tití Carmen no odiaba a mi tío Felipe. En su bondad -no cabía el odio. Mi tío le había dado su nombre, su posición, tal cual -era; mi tío no la maltrataba, ni siquiera notaba yo que escatimase -mucho el dinero, aunque bien veía que la esposa, a ser dueña de su -voluntad, aumentaría el renglón de limosnas... El matrimonio de mis -tíos era, pues, como tantos que se ven hoy, en apariencia tranquilos -y hasta dichosos, unidos por esa concordia burguesa que está de moda -en nuestra sociedad, donde las costumbres, lo mismo que las calles, se -tiran a cordel, cada día más rectas y simétricas. Pero así como dentro -de las casas de esas calles tiradas a cordel se desarrollan trágicos -episodios, y laten el amor, el vicio y el crimen, así bajo la capa de -buena armonía y mutua consideración de aquella pareja yo adivinaba el -mal maridaje, la predisposición tiránica y mezquina del marido y la -repulsión inconsciente, fría, tremenda, de la mujer. - -A veces decíame a mí mismo: «Cuidado que tiene razón Luis y que soy -tonto. Poco debiera dárseme de la repugnancia que advierto en Carmen. -Lo que podría preocuparme, serían los sentimientos que la inspiro. -Si me quisiese como yo la quiero, ¿importaría que, a semejanza de -ciertas heroínas de dramas y novelas, sin dejar de amarme con locura, -consagrase también a su marido un tiernísimo cariño y una veneración -y respeto filiales, o fraternales, o conyugales, etc.? Correspóndame -ella, y lo demás es humo. Bastante saco en limpio de que mire con malos -ojos a su legítimo dueño, si a mí no me mira.» - -Pues yo no sacaría nada: pero el caso es que notaba los indicios de -antipatía con intenso gozo. Al sospechar si la mujer querida pagará -nuestro amor, acechamos con afán una ojeada, una sonrisa, un rubor -fugitivo, el paso de una emoción que rasgando el velo en que se -envuelve el alma femenina, descubre la recóndita hoguera; yo, menos -dichoso, estudiaba la chispa mal amortiguada de los ojos, el temblor -apenas perceptible de los labios, delatores del desvío que inspiraba mi -rival. - -A las horas de comer espiaba tenazmente, haciéndome el distraído, -jugando con el tenedor o siguiendo con mi tío conversaciones de -política, discusiones casi siempre. Estoy convencido de que todo puede -fingirse, todo puede sujetarse a la voluntad; todo, hasta la expresión -de la cara; la voz, nunca. Tití llegaba a mandar en sus músculos, a -apagar sus pupilas, a inmovilizar las ventanas de su nariz fina y -palpitante; no conseguía que su voz, de notas graves, pastosas y bien -timbradas cuando se dirigía a otras personas, no fuese mate y sorda -al hablar a su marido. Y aparte de esto, había mil indicios. El más -claro, su afán de prolongar la velada. Por su gusto, aquella mujer -no se recogería. ¡Ah, qué deliciosa impresión para mí --las pocas -veces que logré acompañarla de noche-- verla retrasar la hora con mil -pretextos, enfrascarse en su labor, alegar que se había puesto tarea, -que no se acostaría hasta que la terminase, que tenía aún que escribir -dos letras a su padre o a sus amigas de Pontevedra! Estas observaciones -no podía yo hacerlas sino la noche de algún sábado; las restantes de -la semana tenía que acostarme temprano, por mis clases. Solía ponerme -al lado de la chimenea, en el gabinete contiguo a la alcoba, cuyas -columnas adornaba un pabellón de felpa y damasco verde musgo, dejando -entrever el mueblaje de la odiosa cámara donde diariamente se celebraba -el inicuo misterio de la absoluta intimidad de dos seres que ni se -querían, ni tal vez se estimaban, ni tenían más punto de contacto que -haberles echado a un tiempo la misma estola el fraile moro. - -Una mañana recibí carta de mi madre, escrita en el estilo precipitado -e incoherente de costumbre, sin puntuación, no hay para qué decirlo, -y consagrada toda a participarme cierta extraña noticia. «No sabes la -carnavalada el viejo chocho de Aldao cayó con la mocosa de Candidiña lo -envolvió lo mareó lo volvió tarumba le hizo rabiar hasta que consintió -en casarse pero no en público sino de ocultis muy a cencerritos tapados -el cura cuando le preguntan lo niega el viejo lo mismo pero yo lo sé -por quien lo vió y lo presenció con sus ojos y en Pontevedra corren -unas coplas muy indecentes sobre el fenómeno parece las escribió -el director de _El Teucrense_ es cosa de risa lo que no logra una -chiquilla descarada dice que le regaló mantilla y vestido de seda -negra Dios nos conserve el juicio y nos libre de chochear no sé si la -hija está enterada si no cállate que se sepa por fuera que ya se lo -escribirán a Felipe sus paniaguados buena la hizo ya tiene madrastra me -alegro por haberse burlado de nosotros». - -Excusado parece decir que apenas pude coger a la tití sola, me -apresuré a leerle la rara nueva, no sin grandes preámbulos y trasteos. -Lejos de asustarse o de afligirse, la hija del señor de Aldao reveló -satisfacción. - ---Dios me ha oído --dijo vivamente--. Dios me premia, Salustio. A la -edad de mi padre más vale estar casado que... de otra manera. Por su -dignidad, me alegro: puedes creer que me alegro, aunque preferiría que -hubiese tenido distinta elección. ¿Ya lo hizo? ahora... que resulte -bien. - ---No quiero darte mal rato --respondí-- pero, Carmiña, a la edad de tu -papá, un hombre se expone bastante, en el terreno de la dignidad misma, -casándose con chicuelas de diez y seis años. - ---Allá ella y su conciencia --repuso tití--. Probablemente, ahora -que está casada, se mirará muy mucho. Antes podía excusársele alguna -informalidad. - ---Y era una veleta, tití... y seguirá siéndolo porque lo tiene de -condición. ¡Cuidado con la rapaza! ¡Llevar a ese señor hasta tal -extremo! Te aseguro que es pájara de cuenta tu señora madrastra. No veo -claro el porvenir. - ---Bueno, pues Dios sobre todo. Dejemos que haga su oficio la gracia del -Sacramento. - ---¿Crees tú en la gracia del Sacramento? --pregunté acordándome de Luis -y sonriendo a pesar mío de un lenguaje que de tal modo contrastaba con -mis ideas y convicciones, y que no obstante, en labios de mi tía me -estaba pareciendo la esencia de la belleza moral. - ---¡Qué pregunta! ¿Pues no he de creer? Lucida estaba si no creyese. -Cuando Dios instituyó el Sacramento, se obligó a ayudar con su gracia a -los que lo contraen. Sin semejante ayuda no habría matrimonio posible. - ---La gracia consiste en quererse, Carmen --murmuré llegándome a ella un -poco y clavando mis ojos en los suyos. No deseaba convencerla, bien lo -sabe Dios, ni seducirla, sino al contrario, que ella desplegase todas -las monerías de su ciencia teológica, y luciese ante mí, como amazona -aguerrida, las armas bien templadas con que escudaba su virtud. Pero me -salió la pascua en viernes, porque tití no estaba para controversias. -Sólo contestó con afabilidad: - ---Es natural que pienses así siendo muchacho y teniendo las ideas que -tienes, por desgracia no muy religiosas. Los años te desengañarán y -juzgarás mejor. Ya sentarás la cabeza. - ---Bueno, Carmiña; si para sentarla bastara una palabrita tuya... ¿Dices -que eso de quererse es un disparate? Pues lo creo. Pero al menos no -me negarás que para ser felices, por muy santos que me los supongas, -los cónyuges necesitan profesarse algún afecto; vamos, al menos no -aborrecerse, no repugnarse. ¿Me engaño? - -Carmiña palideció y sus párpados aletearon ligeramente. Me miró severa -y dolorida, como diciendo: «Esa es conversación vedada, y extraño que -la toques». - -Me llevé de aquel breve diálogo, interrumpido por la llegada de mi tío, -provisión mayor de esperanza. Don Felipe entró apresuradamente, mal -engestado y azoradísimo. Apenas vió a su mujer, sacó del bolsillo una -carta. - ---¡Carmen!... ¿qué es esto? ¿Sabías algo tú? ¡Porque me escribe Castro -Mera diciendo que en todo el pueblo está corrido que tu padre se ha -casado secretamente con la sobrina de su ama de llaves! - -Tití afirmó la voz antes de contestar y lo hizo sin miedo. - ---Debe de ser verdad, porque también a Salustio se lo escribe Benigna. - ---¡Y me lo dices así... con esa flema! --gritó el marido. - -Hay momentos en que se corre la cortina, se sorprende el alma desnuda, -y se contemplan sus formas misteriosas, por muy aprisa que las quiera -cubrir. En aquel grito ví patente el alma de don Felipe, seca y dura, -interesada y vil, semejante a otras muchas que andan por ahí metidas en -cuerpos de aspecto menos judaico. - ---¡Me hace gracia cómo lo tomas! --prosiguió desatinado--. ¿No te -importa que se haya vuelto loco tu padre? Porque eso es locura senil, y -tu hermano y yo nos uniremos para anular la boda e incapacitar al lelo. -¡Casarse! Pues hombre, ¡tiene chiste! ¡Eso se llama reirse del mundo y -dar la castaña a los incautos! - -Sus ojos despedían chispas; su nariz corva acentuaba la expresión -de rapacidad y codicia de su rostro, dilatándose; su tez se había -inyectado, igualándose casi en matiz con su barba; y su mano convulsa -agarraba y soltaba, con estremecimiento maquinal, el cuchillo, el -tenedor, la servilleta, de encima de la mesa preparada para el almuerzo. - ---¡Qué quieres! --respondió con firmeza la esposa, ocupando su sitio -como si fuésemos a almorzar pacíficamente--. Mi padre es dueño de sus -acciones, por lo mismo que le autoriza la edad. No es cierto que esté -chocho, y el respeto que le debemos nos prohibe intentar nada contra -sus resoluciones. Paciencia. Peor sería que viviese dando escándalo. - ---Eres una tonta --exclamó el marido, descomponiéndose por primera vez, -dispuesto a echarlo todo a rodar--. A la edad de tu padre, hija mía, -ya no hay escándalo, ni Cristo que lo fundó: lo que hay es disparates -y locuras y ridiculeces, y la mayor de todas, esa de casarse con una -muchacha de pocos años, ¡una criada!, para encontrarse, a la vuelta de -un mes, con que la cabeza no le cabe en el sombrero. Las mujeres no -entendéis de nada, ni sabéis lo que decís. Falta de experiencia y de -mundo, que ni lo conocéis, ni tenéis motivo para conocerlo. Por eso la -mayor parte de las veces obraríais muy bien en callaros, ¡pateta! Y tu -papá --ya que lo quieres oir--, antes de casar a su hija, procedería -mejor si dijese al futuro yerno: «Felipe, aunque se me caen los -calzones, no hay que fiarse; estoy animoso, y no tardaré en contraer -segundas nupcias. Y como a mi edad siempre se tienen hijos, vendrán dos -o tres muchachos que dejarán a mi hija _aspergis_». Qué bonito, ¿eh? -¡Qué bonito! - -Mi tía, callada. La lividez de sus mejillas, el anhelar de su pecho -y el resplandor de sus ojos, indicaban la interior indignación y el -hervor de la protesta... Pero en vez de abrir la válvula, se reprimió, -cogió el vaso de agua que tenía cerca, y sentí el choque del cristal -contra sus dientes al beber, indicando el temblor del pulso... Mi -tío sin tomar en cuenta aquel valeroso silencio, exaltándose con sus -propias palabras, continuó: - ---Ahora mismo voy a ponerle una cartita caliente, diciéndole lo que -viene al caso... Me ha de oir, te lo juro. Ha de salirle por cara la -trastada esa, o no me llamo Felipe. Le crearé tales dificultades, que -ha de acordarse del santo de mi nombre... ¿Se imaginará que voy a -consentir que tú te trates con esa preciosidad de madrastra? - ---En primer lugar --respondió lentamente mi tía, haciendo un -esfuerzo--, creo que la boda, por ahora, es secreta; y en segundo, me -trataba con ella cuando estaba allí... expuesta a cosas peores. ¿Por -qué no he de tratarme, hoy que es la mujer de mi padre, si se porta -bien? - ---¡Portarse bien! ¡Eche usted portes! --exclamó irónicamente mi tío--. -¡Portarse bien! Ya te lo dirán de misas los señoritos de Pontevedra y -de San Andrés... En fin, a mí eso me tiene sin cuidado... - ---Pues a mí, eso será lo único que me importe --contestó mi tía con -vehemencia, no pudiendo reprimirse ya--. Que no tenga mi padre que -avergonzarse de su elección, y lo demás sea como Dios quiera, que al -fin y al cabo, así ha de ser. - -¡Oh dureza empedernida de los hebreos, con cuánta razón te fustigó -Cristo! Aquellas palabras, dictadas por el ímpetu de la fe, hubiesen -conmovido a una peña; pero mi tío era peor que las peñas mismas, y se -levantó de la mesa, arrojando la servilleta, bufando entre dientes. - ---Sobre que uno aguanta la mecha, le salen con estupideces y ñoñerías. -¡Tiene alma, hombre! ¡Mire usted que casarse ahora aquel estafermo! -¡Oir defenderle aquí, en mi cara! - -Salió del comedor. Yo fuí tras él, quería saber adónde se dirigía; -llevaba mi objeto al dejar a Carmen sola. Oí a don Felipe cerrarse en -su despacho, sin duda para escribir al suegro la carta «caliente». -Entonces retrocedí, y entrando de repente en el comedor, me acerqué a -Carmiña, y murmuré con ternura: - ---No llores, tití... Anda, no llores... Tontiña, no hagas caso. - -No me había engañado en mi suposición. Volvió la cabeza, y ví los ojos -arrasados, que secó instantáneamente la enérgica voluntad. En voz -temblona, me contestó, desviándome un poco: - ---Gracias, Salustio; ya pasó... No se puede remediar a veces. Tiene una -tonterías así... - ---Es que te habla de un modo que me indigna. Trabajo me costó no -saltar. Y tú, ¿cómo resistes...? - ---No, no, eso no; no digas eso siquiera. Es mi marido y no ha de andar -escogiendo las palabras. - ---Sí que debe escogerlas. A una mujer como tú, que es la santidad, -la bondad en persona, se la habla en esta postura... así... ¿ves? ---suspiré hincando la rodilla en tierra. - ---Si no te levantas, me enfado, y si vuelves a decir eso, también ---contestó poniéndose en pie resueltamente--. No te agradezco estos -consuelos, Salustio: más bien parecen lisonjas, y lisonjas a mí... -tiempo perdido. ¿Quieres que te diga la verdad? Pues la culpa de esta -desazón es mía, mía sólo. No debí llevarle la contraria a Felipe, -sino dejar que se apaciguase el primer enfado, y después hacerle -reflexiones. Al pronto se comprende que le haya molestado el casamiento -de papá. Pongámonos en lo justo. Ningún marido se irrita contra una -mujer que no le contesta. Por la lengua vienen todas las disensiones -matrimoniales. Nuestro papel es callar. - ---No, bobiña, vuestro papel es hablar cuando tenéis razón; lo mismo -que nosotros hablamos muchísimas veces sin tenerla. De modo que si tu -marido suelta una barbaridad enorme... que no hay Dios, supongamos, ¿tú -no debes chistar? - ---Mientras esté irritado, no... porque, ¿qué conseguiré? echar leña al -fuego, nunca persuadir. Pero así que se aplaque, con suavidad y con -cariño, le puedo hacer mis objeciones, lo mejor que sepa... y entonces -sí que me oirá y se convencerá. - -No supe qué replicar, pues aun cuando se me ocurrían mil reparos, -el criterio de tití me subyugaba enteramente, pareciéndome el único -digno de ella. Era un día nubladísimo; el comedor daba al patio, y las -espesas cortinas, retasando la luz, contribuían a hacerlo más lóbrego. -Los pliegues de aquellas cortinas, de color parduzco y tela tupida, se -me antojaron, por repentino capricho de la imaginación, el plegado de -un hábito de fraile, contribuyendo bastante a la semejanza el grueso -cordón que las ceñía y sujetaba al alzapaño. Los arabescos de la -cortina, a cierta altura, me figuré que dibujaban con suma propiedad la -cara de un hombre. Era un fenómeno de autosugestión, que evocaba allí, -oyendo nuestro diálogo y burlándose de mí con sandunga, la sombra del -P. Moreno. «¡Maldito fraile! --dije mentalmente a la cortina--. Te has -de llevar chasco. Porque nada violento y absolutamente contrario a la -naturaleza humana es durable, y esta abnegación heróica y esta fuerza -que hace mi tía a sus sentimientos no pueden llegar hasta un límite -indefinido. Vendrá ocasión en que salte el resorte... y yo la atisbaré, -te lo juro, fraile tontín, que no has probado la única felicidad -verdadera de esta vida». Por casualidad mi tití fijaba la mirada en el -cortinaje, con esa intensidad de las personas que miran sin ver y a -quienes distrae una idea triste. Me figuré que veía lo mismo que yo en -las arrugas, y que también para ella se destacaba allí, callada pero -elocuente en su actitud, la figura del fraile... - -¡Qué ansia la mía de penetrar en los secretos camarines de aquel -cerebro femenil, y leer la proclama revolucionaria que en ellos estaba -escrita, de seguro, por invisible mano! La esposa no dejó salir nada al -exterior. Levantándose, pasó a la cocina y se enteró de cómo andaba lo -del almuerzo. «Porque tú ya tendrás hambre, Salustio», dijo, volviendo -a entrar, serena y dueña de sí. - - - - -XXII - - -¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de divina alegría, -de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al que -supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las -tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles -insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades, -tan inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las -segundas, ni puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del -sujeto que las percibía en mi propia representación, para mí mismo la -verdad suprema. - -Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico, habiendo recibido -cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin ton ni son -ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas las cosas; y -entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a butacas del Real -para ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada -de antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad -de este derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el -paraíso, entre niñas cursis y guapas y aficionados competentes en el -_divino arte_. Pero él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a -jalear el estreno de cierto frac, se hizo el sordo y nos arrastró a -Portal y a mí hacia el coliseo: el zamorano, ni hecho pedazos consintió -en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos frac; sólo que nos dejamos -de chiquitas y nos encajamos la levita --el fondo del baúl-- esperando -que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían para -el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo -traje de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino, -y la estrecha solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la -pechera blanquísima. El hombre, a fin de no perdonar detalle, se había -gastado su pesetita en una olorosa gardenia, que lucía en el ojal con -irreprochable corrección. Clac no se lo compró por falta de tiempo; -pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el capote, a fin de no -estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros ocupamos -nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase -ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la -orquesta, sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose -la mano, desnuda de guantes, por el cabello bien atusado, parecía -un gomoso de los más cargantes. Aunque el sentido de la vista, en -el cubano, andaba tan expedito como el del oído, se había alquilado -los grandes gemelos, y los clavaba alternativamente en los palcos, -entresuelos y plateas y en las filas de butacas, pasando revista a las -beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal, muy encogido y -acurracado, se divertía en decirle _sotto voce_ que doña Cristina le -flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta Isabel hacía -señas a la infanta Eulalia para que se fijase en aquel nuevo dandy tan -desconocido como fascinador. - -Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a Trinito un acceso de -epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la cual, por espacio -de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y de Donizetti a -Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo y español. Trinito, -en su exaltación o con la implacabilidad de su retentiva música, no nos -dejaba vivir. - ---¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el hombre el _largo -assai_ de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda, anda, pues si se ha calzado -enterito el _allegretto_ de la introducción del _Don Juan_! Toma... eso -es de la _Flauta encantada_: quince compases lo menos hay igualitos, -calcados al pie de la letra... ¡Este _maestoso_ está en _El barco -fantasma_ o en _Parsifal_!... - ---O en las _Habas verdes_ --añadía Portal con sorna. - ---No, pues no reirse, que hay algo de _Habas verdes_, o cosa parecida: -porque esa especie de tango yo lo he oído en zarzuela... Ahora saltamos -a la _sinfonía en ut menor_ del _sordo sublime_... Camaraditas, estoy -indignado. Voy a protestar. De esto a salir a los caminos con trabuco... - -Al segundo acto la indignación de Trinito fué en un _crescendo_ -no menos estrepitoso que el del concertante final; al tercero -nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias y -plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los -espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla -de Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su -indignación adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió -oir el final de la obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a -ese monedero falso. Yo silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar -escándalo aquí. Vámonos, pues: prudencia. Estoy tan atufado, que no -sé lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la calle». Admirados de aquel -arrechucho, no menos sorprendente en el dulce y manso cubano que en -un canario o un cordero, nos resignamos a salir antes que nadie, y -echamos, por el salón de descanso, hacia la puerta. - -Sin transición, desde la atmósfera recaliente, vibrante, zumbadora de -la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por estar desierto, -pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una corriente -de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta para -reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un pinchazo. - ---Taparse la boca, señores --advirtió el práctico Luis--. Vamos a -pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio, no seas -aturdido. - -Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay! sentía ya ese -aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que -traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro -descuido, a manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la -oportunidad de registrar el arca. - ---Creo que ya la he pescado --murmuré con alguna inquietud. - ---No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un ponche. Anda, verás -qué calentito y qué bueno --dijeron mis compañeros, a tiempo que -salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos -el ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de -nuevo una monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos -tarareó su indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez -se resolvía a escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba -a triturar al compositor, o mejor dicho, al _rata_ cogido infraganti -visitándole a Wagner la faltriquera. - -Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté con inexplicable -fatiga y desaliento, con esa especie de marasmo que precede a los -graves desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy mala cara -y me rogó que me acostase, regañándome suavemente por las horas -imposibles a que me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía -tan rendido, que como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo -me quería bien. Al retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono: - ---¿Irás a verme? - ---¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una taza de flor de -malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un resfriado. -Locuras que habrás hecho. - -Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente la calentura, y la -fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé a divagar, -a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí una -especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las -regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de -mis facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la -angustia de la disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje -verde obscuro, que se recortaba sobre el azul divino del cielo y sobre -el luminoso y pálido verdor de la ría; oí cánticos de labradoras, -gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes de piano, y hubo -instantes en que juraría que un negro murciélago entraba revoloteando -por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi vista... -Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía -de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que -de buena gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el -trastorno de la fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar -fórmulas y plantear problemas de ciencia matemática. Lo que sé es que -por cima del delirio, de la calentura, de la horrible opresión, de la -constricción de mis bronquios y pulmones, revoloteaba una sensación -encantadora. Tití no salía de mi cuarto; tití me aplicaba los remedios, -me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en todo; y cuando en un -movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió echarle los -brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer fuerte, -inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de -mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me -miraban con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban -como se halaga y acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases -de miel, cuyo sonido era música del corazón... Y dejándome llevar -de mi fantasía, pensé al adormecerme bajo la acción de un enérgico -medicamento: - ---Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me muero voy a ser -muy dichoso! - -Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en palabras el -sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría: - ---Aunque me muera. - - -FIN - - -La segunda parte de esta obra se titula: - -LA PRUEBA - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA *** - -***** This file should be named 60137-0.txt or 60137-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/0/1/3/60137/ - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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} - } - - </style> - </head> - <body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll -have to check the laws of the country where you are located before using -this ebook. - - - -Title: Una Cristiana - -Author: Emilia Pardo Bazán - -Release Date: August 19, 2019 [EBook #60137] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA *** - - - - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <h1 class="faux">UNA CRISTIANA</h1> -</div> - - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="aftit pt3"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <p class="ws1">OBRAS COMPLETAS</p> - <p class="small mt1">DE</p> - <p class="fs130 ws1 mt05">EMILIA PARDO BAZÁN,</p> - <p class="xs ws1">CONDESA DE PARDO BAZÁN</p> - <hr class="tir" /> - <p class="fs200 g1 ws1 mt1">UNA CRISTIANA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - - <p class="fs150 ws1">EMILIA PARDO BAZÁN,</p> - <p class="small ws1 mt05">CONDESA DE PARDO BAZÁN</p> - <hr class="tir" /> - <p class="ws1">OBRAS COMPLETAS.—TOMO XVIII</p> - <hr class="tir" /> - - <p class="fs300 ws1 mt1">UNA CRISTIANA</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Viñeta de adorno" /> - </div> - - <p class="large mt3">ADMINISTRACIÓN:</p> - <p class="fs130 ws1 g1">LIBRERÍA DE PUEYO</p> - <p class="fs90 ws1 g1">ARENAL, 6</p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="aftit pt6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p> - <div class="legal"> - <p class="fs75 ws1">ES PROPIEDAD.</p> - <p class="fs75 ws1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO</p> - <p class="fs75 ws1">QUE MARCA LA LEY.</p> - </div> - <hr class="pieimp" /> - <p class="fs90"><span class="smcap">Imp. Gráfica Universal.—Princesa, 14. Madrid</span></p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <p class="fs200 ws1 centra">UNA CRISTIANA</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> -</div> - -<p class="ti0"><span class="cap">V</span><span -class="smcap">erán</span> ustedes las asignaturas que el Estado me -obligó a echarme al cuerpo con objeto de prepararme a ingresar en la -Escuela de Caminos. Por supuesto, Aritmética y Álgebra; sobra decir que -Geometría. A más, Trigonometría y Analítica; y por contera Descriptiva -y Cálculo diferencial. Luego (prendidito con alfileres, si he de ser -franco) idioma francés; y cosido a hilván, muy deprisa, el inglés, -porque al señor de alemán no quise meterle el diente ni en broma: me -inspiraban profundo respeto los caracteres góticos. A continuación, los -infinitos «dibujos»: el lineal, el topográfico y también el de paisaje, -que supongo tendrá por objeto el que al manejar el teodolito y la mira, -pueda un ingeniero de caminos distraerse inocentemente rasguñando en su -álbum alguna vista pintoresca, ni más ni menos que las <i>mises</i> cuando -viajan.</p> - -<p>Siguió al ingreso el cursillo, llamado así en diminutivo para que -no nos asustemos. En él no entran sino cuatro asignaturas para hacer -boca: Cálculo integral, Mecánica racional, Física y Química. Durante -el año del cursillo no nos metimos en más dibujos; pero al siguiente -(que es el primero de la carrera propiamente dicha) nos tocaban —aparte -de pro<span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span>fundizar los -Materiales de construcción, la Mecánica aplicada, la Geología y la -Estereotomía— dos dibujitos nuevos: el dibujo a pluma, «de sólidos», y -el «lavado».</p> - -<p>Yo no fuí de los alumnos más exageradamente <i>empollones</i>, pero -como tampoco era de los más lerdos (aunque me esté mal el decirlo), -supe machacar el hierro según convenía que se machacase, y acudir -a la paciencia y a la tenacidad en asignaturas donde no bastando -el ejercicio del entendimiento hay que forzar el automatismo de la -memoria. Tuve algún tropiezo, pues no es fácil evitarlos al seguir una -carrera en que deliberadamente se aprietan las clavijas a los alumnos, -con el fin de sacar el número justo para cubrir las plazas vacantes. -Año arriba o abajo, era seguro el éxito, y mi madre, que costeaba mi -carrera ayudada por su único hermano, llevaba con relativa resignación, -cuanta permitía su carácter, mis fracasos, por constarle que no eran -muchos, y que al salir ingeniero hecho y derecho, tenían en el bolsillo -los nueve mil... y dietas. Ni todos los tropiezos fueron de los que -pueden evitarse, aun desplegando la mayor asiduidad del mundo. Un año -estuve enfermo de anemia, complicada después con viruelas locas; y este -incidente y otros que no hacen al caso, explicarán cómo, gozando fama -de joven estudioso y persona medianamente culta, hube de encontrarme -a los ventiún años cursando el segundo de la carrera; es decir, -faltándome tres para terminarla.</p> - -<p>El año anterior, o sea el primero de la carrera propiamente -dicha, me ví precisado a dejar alguna asignatura para los exámenes -de Septiembre. Atribuyo este incidente, siempre desagradable, a la -influencia maléfica de cierta posada donde me alojé por tentación del -diablo. El tiempo pasado allí me dejó indelebles recuerdos que me traen -risa a los labios y vislumbres de indiscreto júbilo al alma cuan<span -class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span>do los evoco. Algo referiré de -esta posada, y ustedes dirán si Arquímedes en persona sería capaz de -estudiar en semejante madriguera.</p> - -<p>Hay todavía en Madrid tres o cuatro casas —verbigracia, la de los -Corralillos, la de los Cuartelillos, la de Tócame Roque— muy semejantes -a la que voy a describir. En su recinto se apiñaba el vecindario de -un mediano poblachón; tenía sus tres patios con balconada, sobre la -cual se abrían las puertas de los cuchitriles o tabucos, numeradas en -los dinteles; y no faltaban sus inquilinas desvergonzadas y reñidoras, -sus ciegos entonando coplejas al son de destemplado guitarrillo, sus -gatos atacados de neurosis correteando de bohardilla a bohardilla y de -baranda a baranda —ya a impulsos de amorosas emociones, ya en virtud de -algún tremendo ladrillazo—, sus tiestos de clavellinas y albahaca, sus -pañales puestos a secar en compañía de desflecados refajos y remendadas -camisas; en fin, todo lo que abunda en este género de guaridas de la -villa y corte, mil veces retratadas por los novelistas y los pintores -de costumbres. El cuarto tercero de la derecha había sido alquilado a -Josefa Urrutia, vizcaína, ex doncella de la Marquesa de Torres-Nobles, -y ex doncella en otro sentido, por culpa de «uno de minas». De los -devaneos de la Josefa había resultado lo de costumbre: al principio -muchas carantoñas, luego frutos de bendición sin la del cura, luego -hastío del seductor, lágrimas de la víctima, abandono, juramentos de -venganza y planes de exterminio, escándalos callejeros con presentación -de rorro en mantillas, reclamación ante el juez, y providencia de éste -a favor de la ofendida, señalando una pensión de seis reales diarios a -cada vastaguito. Sólo que ¡vaya por Dios! de pago andábamos muy mal. -Por fas o por nefas, hoy que el papá se encuentra en Montevideo y la -letra no ha llegado; mañana que el cambio sobre España está por las -nubes y no se puede girar, ello es que la des<span class="pagenum" -id="Page_8">[p. 8]</span>dichada Pepa no hubiera conseguido valerse -y sacar adelante a los dos críos, si no tiene la feliz ocurrencia de -arrendar el consabido piso tercero, arañar unos cuantos muebles en las -prenderías y el Rastro, y con sábanas y almohadas de desecho, regalo de -la señora marquesa, instalar la casa de huéspedes, nido de estudiantes -y de chinches.</p> - -<p>Al principio el negocio se presentó medianito: trampeando, -trampeando. Por fin adquirió la Urrutia clientela, y cuando yo -entré a morar en «la alcoba del comedor», estaba en su apogeo el -establecimiento: ni una habitación desocupada, y todos huéspedes que -pagaban honradamente (si podían) aparte de ciertas quiebras, cuyo -origen descubriré en gran secreto. Habitaba la sala, lo mejorcito del -cuarto, un cierto D. Julián, valenciano jaranero y alegre, derrochador -sempiterno, amigo de francachelas y bromas y jugador empedernido. -Decía que estaba en Madrid pretendiendo un destino, destino que no -llegaba nunca; pero el pretendiente vivía como un príncipe y en vez de -ayudar con los dineros de su pupilaje a sostener el negocio de Pepa, -se susurraba entre nosotros que comía gratis y aun recibía de tiempo -en tiempo tal cual doblilla destinada a derretirse en el peligroso -faldellín de la sota de copas. Estas interioridades y flaquezas de Pepa -Urrutia no hubieran trascendido (como ahora se dice) a no ser por el -<i>monstruo de verdes ojos</i>, los empecatados celos. Teníalos rabiosos la -vizcaína, de una vecinita guapa y fácil en tomar varas de los huéspedes -fronterizos, según puedo atestiguar. Aguijada por la desesperación, -Pepa gritaba sin reparo, y había lo de «pillo, estafador» por aquí, y -lo de «si vergüenza tuviese usted, lo que me chupa y lo que me debe -me pagaría volando» por allá. D. Julián, en casos tales, envainaba -las manos en los bolsillos, apretaba los dientes, y callado como un -muerto paseaba de arriba abajo por la sala. Aquel silencio encendía -más el<span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span> furor de la -mujer, que a veces se deshacía en crisis nerviosa de llanto; y después -de abofetear al valenciano con los últimos denuestos, salía pegando -un portazo que retumbaba en todo el edificio. Entonces solía asomarse -al pasillo un hombre grueso, rubio, calvo, como de cincuenta y tantos -años, de semblante afable y complaciente, quien con marcado acento -portugués preguntaba a la colérica patrona:</p> - -<p>—Pepiña, ¿qui tiene?</p> - -<p>—Nada tengo yo... —respondía ella metiéndose de estampía en la -cocina y mascullando en vascuence terribles imprecaciones. La oíamos -lidiar a porrazos con sartenes y cacerolas, y a poco el chirrido -consolador del aceite nos anunciaba que, a pesar de todo, se freían -patatas y huevos y el almuerzo no andaba muy lejos ya.</p> - -<p>El señor calvo y grueso, que ocupaba la «sala del patio», -llamada así por tomar luz del principal de la casa, era un médico -portuense, venido a España con el fin de entablar un litigio contra -la Administración, por no sé qué infundios referentes a un patronato. -Admirador entusiasta, como los portugueses en general, de la música -popular española, pasábase el santo día en una silleta cerca del -balcón, vestido lo más ligeramente posible, en calzoncillos y elástica -(he de advertir que esto ocurría en el mes de Junio), cubriendo su -calva una gorrita escocesa con dos cintas flotantes atrás, y rascando -una guitarra, a cuyo compás gatuno y desafinado entonaba la letra -siguiente:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2">«Quiérimi sivillana — niña lousana — cándida flor</p> -<p class="i0">qui al son di mi guitarra — pur ti palpita — mi corasaun...»</p> -</div></div> - -<p>Aquí interrumpía el canticio y miraba hacia el ventanuco de una -chica planchadora, asaz fea pero no menos vivaracha y comunicativa. -Ella estaba asomada, riendo y guiñando los ojos. Exhalaba un suspiro -el portugués, exclamaba en voz estentórea<span class="pagenum" -id="Page_10">[p. 10]</span> «Moy bunita», y con dobles bríos -martirizaba el guitarro, continuando la letra:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i2">«Ay qui plaser — is il amor — si s’halla un alma</p> -<p class="i0">angilical. — Y qui dolor — si hay falsidad — no, no, no, no,</p> -<p class="i0">no, no, no, no — ¡huye di mí — duda fataaaal!»</p> -</div></div> - -<p>Terminada la canción, sacaba de la abertura de la elástica una -petaca de paja, una caja de fósforos y una cajetilla de cigarros. Aún -no había encendido el primero, cuando hacía irrupción en el cuarto del -portugués un mozo como de veinticuatro años, huésped de Pepita también, -a quien por largo tiempo consideré genuina personificación del artista. -Llamábase de apellido Botello —nunca pensé en averiguar su nombre -de pila—; era muy apuesto, de cumplida estatura; gastaba melena, no -excesivamente larga, pero abundante y rizosa; tenía el tipo mulato, a -lo Alejandro Dumas, con labios carnosos y rojos, bigote diminuto, ojos -brillantes y piel morena finísima, y nosotros le mareábamos diciéndole -<i>Dumillas</i> a cada momento. ¿Por qué nos habíamos empeñado los huéspedes -de Pepa Urrutia en que Botello era artista? Hoy no lo entiendo. Botello -no había dado jamás una pincelada, ni destrozado una sonata, ni -emborronado un artículo, ni perpetrado un triste drama, ni siquiera un -<i>juguete</i> en un acto, y sin embargo, teníamos metido entre ceja y ceja -que Botello no podía ser sino artista y artista consumado. Sospecho -que era una convicción nacida —más aún que de su original y simpática -fisonomía, y su género de vida especial— de su modo de vestir derrotado -y mendicante. Llevaba en todo tiempo un abrigo entallado de paño azul, -que él nombraba el <i>gabán del toisón</i>, porque tenía en cuello y solapas -ancho collar de mugre, con su borrego de manchas delante. Esta prenda -estaba tan adherida a su cuerpo, que con ella salía a la calle, con -ella se lavaba y afeitaba y hasta la echaba sobre la cama para dormir. -Los pantalones<span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span> lucían -orla de flecos; las botas eran de tacón torcido, y la piel rota ya -descubría el calcetín, embadurnado de tinta por Botello a fin de que no -asomase su indiscreto blancor. La esbelta figura y hermosa cabeza de -<i>Dumillas</i>, embutidas en atavío semejante, no habían conseguido perder -todo su encanto, antes los casi harapos, al adaptarse a su elegante -torso, adquirían misteriosa nobleza.</p> - -<p>Otro rasgo distintivo de Botello podría referirse al tipo artístico, -y era su feliz descuido para la vida, su total menosprecio del trabajo, -su absoluto desconocimiento de la realidad. Botello era hijo de un -magistrado y sobrino del administrador de un magnate. Al morir el -padre de Botello, quedó el chico bajo la tutela de su tío, el cual -le daba casa y comida y le entregaba sus cinco mil reales anuales de -alimentos, exigiéndole únicamente que se retirase a las doce de la -noche. Ni le obligó a estudiar ni hizo por darle educación, y cuando -hubo caído en la cuenta de que el muchacho pasaba todas las veladas en -la timba o en el café flamenco y volvía a casa a las tantas y tenía -llavín para entrar sin ser sentido, puso el grito en el cielo, y en -vez de tratar de corregirle, le arrojó de su hogar ignominiosamente. -Sin oficio ni beneficio, con veintiún duros mensuales por todo caudal, -Botello rodó de casa de huéspedes en casa de huéspedes a cual peor -y más desastrada, hasta que en un garito trabó conocimiento con el -insigne D. Julián, tirano del corazón de Pepa Urrutia. Enganchado por -esta amistad se vino a nuestro albergue. Desde entonces Botello tuvo -curador ejemplar en el valenciano. Encargábase D. Julián de cobrar -la mesada del mozo, y acto continuo, a la timba a probar fortuna. Si -venía una racha de cien o doscientos pesos, los veintiuno de Botello -se le entregaban religiosamente, y aún podía caerle alguna propineja. -Si la suerte era contraria, ya podía Botello cantarles el oficio -de difuntos. Como necesitaba la guita, el pu<span class="pagenum" -id="Page_12">[p. 12]</span>pilo solía armar con su curador unas -zapatiestas de mil diablos. «A ver, señor mío, ¿qué hago yo este mes?» -Y entonces —aparición providencial— surgía la Pepa en defensa de su -caro estafador, y chillaba amenazando a Botello.</p> - -<p>—Usted calla... Usted calla... Yo me espero...</p> - -<p>—¡Sí! —respondía el mísero—; pero el caso es que ni para tabaco me -ha dejado un real.</p> - -<p>La Pepa echaba mano a la faltriquera, y sacando una peseta -roñosa:</p> - -<p>—Usted tome... Una cajetilla compre...</p> - -<p>Cuando las pesetas de la Pepa escaseaban —y aunque no escaseasen— -Botello recurría a colarse en la habitación del portugués, no bien -le oía restallar el fósforo para encender el cigarro; y entre bromas -y veras, la mitad de la cajetilla pasaba al bolso del bohemio. -Acostumbrado el portugués al carácter y modos de Dumillas (de quien -aseguraba con profunda fe que era <i>muito artista</i>), no se formalizaba -jamás ni por sus guasas, ni por sus merodeos y depredaciones. Al -contrario, diríase que las travesuras de Botello despertaban en el -médico guitarrista afecto y benevolencia inexplicables. Y cuidado que a -veces las jugarretas del bohemio pasaban de castaño obscuro. Citaré una -para muestra.</p> - -<p>Obligado el portugués a hacer visitas y presentar recomendaciones -para activar el despacho de su asunto, encargó un ciento de tarjetas -muy satinadas y litografiadas, donde en preciosa letra cursiva -se leía su nombre: «Miguel de los Santos Pinto». Acertó a verlas -Botello, y nos las fué enseñando por todos los cuartos, asombrándose -de que tuviese tan pocos apellidos un portugués. Él quería añadir -cuando menos: «Teixeira de Vasconcellos Palmeirim Junior de Santarem -do Morgado das Ameixeiras», para que estuviese en carácter. Se lo -quitamos de la cabeza; pero fué todavía peor lo que se le ocurrió -después. Escamoteándome la pluma topográfica y<span class="pagenum" -id="Page_13">[p. 13]</span> la tinta china que yo usaba para mis planos -y mis dibujos, escribió delicadamente debajo del «Miguel de los Santos -Pinto» esta coletilla: «Corno de Boy». A fin de no molestarse en -añadirlo a todas las tarjetas, hízolo sólo con veinticinco, escondiendo -las restantes. Al otro día justamente salió de visiteo el lusitano, -y repartió diez o doce de las tarjetas adicionadas por Botello. El -domingo siguiente encontrose en la calle del Arenal a un conocido, que -le detuvo y le preguntó sofocando la risa:</p> - -<p>—Pero don Miguel, ¿usted se llama efectivamente <i>Corno de Boy</i>? ¿Hay -en su país de usted ese apellido?</p> - -<p>—¿Yo? —respondió amoscado el lusitano—. Yo mi llamo Santos Pinto -nada más.</p> - -<p>—Pues mire usted esta tarjeta.</p> - -<p>—A ver... a ver... —murmuró el pobre hombre—. ¡Y dis eso! —exclamó -atónito al leer la coletilla.</p> - -<p>—Será alguna equivocación del litógrafo —indicó maliciosamente el -amigo. Pero don Miguel no se la tragó, y apenas llegado a casa enseñó -la tarjeta a Botello, pidiéndole estrecha cuenta del desaguisado. Tan -calurosas protestas de inocencia hizo el grandísimo truhán, que logró -convertir hacia mí las sospechas.</p> - -<p>—¿No ve usted —decía— que la tinta y la pluma con que eso se -escribió, en su cuarto las tiene Salustio? No se fíe usted de las -mosquitas muertas. El que parece más formal...</p> - -<p>De resultas de este ardid maquiavélico, yo, que en la vida me metía -con el benigno portugués, fuí el único huésped a quien él miraba con -prevención y recelo. Creo firmemente que su ceguedad era voluntaria, -pues de otras diabluras de Botello no pudo quedarle ni la duda más -leve. Jugando un día al dominó con su víctima, Botello tuvo arte para -encasquetarle una corona de papel con orejas de borrico, a fin de que -se desternillase de risa la ninfa de la plancha, que atisbaba cuanto -en la habitación ocurría. Otra vez le prendió rabitos de papel en los -faldones, y así salió Pinto a la calle, sien<span class="pagenum" -id="Page_14">[p. 14]</span>do la irrisión de los granujas. No obstante, -la indulgencia del portugués hacia el bohemio no se desmintió jamás. -Cuando a Botello le faltaba parné con que pagar la entrada en algún -baile, a D. Miguel acudía en demanda de medio duro. Después agotaba -la elocuencia para convencerle de que debía echar una cana al aire y -acompañarle al bailecito. A la negativa del portugués, que alegaba -no querer disgustar a la planchadora, replicaba Botello llamándole -<i>panoli</i>; y como el lusitano no entendiese la palabrilla y se mostrase -algo amostazado, el bohemio hacía ademán de restituir el medio duro.</p> - -<p>—Tómelo, tómelo, ya que está usted enfadado conmigo —exclamaba el -muy lagarto—. Mi dignidad no me permite aceptar favores de quien me ve -con malos ojos. ¿Verdad que está usted enfadado?</p> - -<p>—Yo con usted no mi puedo enfadar nunca —declaró el portugués -metiéndole en la mano a viva fuerza la moneda: y volviéndose hacia los -que presenciábamos la escena, pronunció con la sonrisa de mayor bondad -que nunca he visto en rostro humano—: Este rapaz... ¡muito artista!— -Después se volvió a su ventana a rasguñar el guitarrillo.</p> - -<p>Vamos, convengan ustedes en ello: no hay posibilidad de consagrarse -a un estudio árduo, abstracto, cuotidiano, en casa donde a cada -instante ocurren incidentes como los que dejo referidos. Las risotadas -alternando con las quimeras; las correrías por los pasillos; las -continuas entradas y salidas de los haraganes que no acertando a -matar el tiempo, discurren cómo hacérselo perder a los aplicados; la -irregularidad en las horas de comida y almuerzo, la llaneza confianzuda -con que todos nos metíamos a vivir en las habitaciones de los demás; -el trasnochar y el despertarse a deshoras, no son eficaces auxiliares -para las tareas de la Escuela de Caminos. Por otra parte, el contagio -de la broma y de la cháchara es inevitable en mi edad. Allí había -otros estudian<span class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span>tes de -la Universidad, de Montes, de Arquitectura; ninguno era un prodigio -de aprovechamiento. Yo quizás les vencía a todos; pero como mis -asignaturas ofrecían mayores dificultades, el caso es que aquel año me -quedé colgado hasta Septiembre, y hube de pasarme las vacaciones en -Madrid sin gozar las frescas brisas de mi tierra. Sería aquel un verano -aburrido, interminable, a no rodearme gente tan levantisca y retozona, -y a no darnos tela el portugués, eterno mártir del inagotable buen -humor y de la sindineritis crónica de Botello. Cuando no había modo de -entretener la tarde, <i>Dumillas</i> castañeteaba los dedos y nos decía, -sacudiendo la gallarda cabeza sudorosa, para echar atrás la melena -negrísima que le sofocaba:</p> - -<p>—Vamos a hacerle una <i>sarracinada</i> a Corno de Boy. ¿Quién me ayuda a -coger chinches?</p> - -<p>—¿A coger chinches?</p> - -<p>—Cabal. A ver si armais un cucurucho y lo llenais de chinches -gordas, bien llenito. Las medianas no sirven. Que sean de primera -magnitud.</p> - -<p>Salía cada cual hacia su cuarto a realizar tan extraña caza. -Por desdicha, el ojeo no era difícil. A poco que escudriñásemos en -nuestros jergones o debajo de nuestras almohadas, reuníamos sin gran -esfuerzo una docena de bichejos asquerosos. Rendíamos nuestro tributo -al inventor de la diablura, y él juntaba en un sólo alcartaz las -chinches de todos. No bien comprendíamos que se acostaba el portugués, -a oscuras, descalzos y reprimiendo la risa, nos apostábamos a la puerta -de su cuarto. Así que don Miguel comenzaba a roncar, Botello alzaba -suavemente el pestillo, y como la cabecera de la cama estaba contigua -al marqueado de la puerta, no necesitaba el diablo del <i>artista</i> más -que destapar el cucurucho y desparramar las chinches contenidas en el -papelón sobre la cara y cabeza del durmiente. Terminada esta operación, -cerraba Botello con mucha<span class="pagenum" id="Page_16">[p. -16]</span> cautela, y nosotros, hechos una piña y pellizcándonos -mutuamente de puro excitados, aguardábamos a que se iniciase la campal -batalla.</p> - -<p>No habían transcurrido dos minutos cuando sentíamos rebullirse al -portugués. Oíamos primero frases truncadas e ininteligibles, luego -claras interjecciones, luego el estallido de un fósforo y la repetición -azorada de la palabra «¡Credo!» Acudíamos hipócritamente, preguntando -si estaba enfermo, si le ocurría algo.</p> - -<p>—¡Credo! —respondía el buen hombre—. ¡Credo! ¡Persevejos por aquí, -persevejos por allí! ¡Credo! ¡Irra!</p> - -<p>Al día siguiente le proponíamos variar de cuarto, y así lo hacía, -esperando hallar remedio a sus males; sólo que, como repetíamos la -caza, repetíase también el sainete. Con semejantes chanzas pesadas -fuímos engañando la canícula; y lo que más me asombra es que al bendito -portugués, blanco de todas ellas, no se le ocurriese ni remotamente -cambiar de hospedaje, ni plantarle un día un bofetón de cuello vuelto a -su verdugo.</p> - -<p>Cuando aprobé en Septiembre las asignaturas que me faltaban, -necesité hacer un enérgico llamamiento a la potencia superior del -alma, o sea a la voluntad, para resolverme a poner por obra lo que -en mi opinión convenía al lusitano; mudar de alojamiento. El cebo de -la pereza y de la vida alegre; lo entretenido del trato de Botello, -a quien era imposible no profesar cierta lástima muy análoga a la -ternura; los mismos defectos e inconvenientes de aquella posada iban -apegándome a ella más de lo justo. Sin embargo, venció mi razón en -la contienda. «La vida es un tesoro y no hemos de despilfarrarla en -chiquilladas y en insulsas bromas», pensaba yo al arreglar mis bártulos -para irme con la música a otra parte. «Si ese infeliz de Botello es -un sonámbulo y se ha propuesto morir en el hospital, yo, en cambio, -estoy<span class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> determinado -a tener una carrera, tomarla por lo serio y ser libre y dueño de mis -acciones. Aquí no hay más que ilusos y gente predestinada a la miseria -anónima. Vámonos a donde se pueda trabajar.» No obstante, la despedida -me oprimió unas miajas el corazón. La Pepa lloraba a lágrima viva por -tan buen huésped, que pagaba religiosamente y nunca «daba que sentir -ni así tanto.» Mis ojos no se humedecieron, pero, lo repito, sentí -pena, como si me apartase de seres muy queridos, al abrazar a Botello -y apretar la mano del bonachón portugués. Según iba andando detrás del -mozo de cuerda que cargaba mi baúl, hice las siguientes reflexiones -para explicarme mi emoción:</p> - -<p>«Esta irregularidad pintoresca, este predominio del sentimiento y -del humorismo, y este desprecio de la realidad que noto en la casa y -en los huéspedes de Pepa Urrutia, son atractivos, porque constituyen -una forma del romanticismo innato en nuestra raza, romanticismo que -yo padezco también. La tal casa parece un familisterio, basado no -en la comunión socialista, sino en la falta de hiel y de sal en la -mollera. Me he encontrado ahí con varias personas que, a fuerza de -ser excelentes, no tienen ni tendrán nunca un adarme de juicio ni de -sentido común. Por lo mismo, sospecho que las echaré muy en falta los -primeros tiempos; que siempre las recordaré con nostalgia, y que, al -ir corriendo años, se me figurará poético y precioso hasta lo de las -chinches. Sin embargo, yo valgo más que lo que dejo, pues soy capaz -de dejarlo.» Y me consolaba el orgullo de tenerme por más formal y -positivo que los pupilos de la vizcaína.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span></p> - <h2 class="nobreak">II</h2> -</div> - -<p>Duraron mis saudades menos de lo que temí. Cada sér prefiere su -elemento natural, y el mío no era el desorden, el galimatías de la -posada bohemia. Mi nuevo parador estaba sito en la calle del Clavel: un -cuarto cuarto, soleado y con habitaciones no tan mezquinas como suelen -ser las que se ofrecen por trece reales diarios. También era vizcaína -la patrona, porque lo son la mitad de las patronas de España; pero bien -distinta de la Pepa Urrutia: limpia como los chorros del oro, excelente -guisandera de bacalao con tomate, callos, paella y demás sabrosas -porquerías de la cocina nacional, y exenta de pasiones devastadoras, -al menos que estuviesen a la vista, por lo cual todos los huéspedes -saldaban sus cuentas o salían pitando.</p> - -<p>En la casa de doña Jesusa —por ser de edad madura le aplicábamos -el doña— las camas, aunque empedernidas y angostas, eran aseadas; la -criada argandeña, hacía sábado a menudo; en el pasillo, delante de la -cocina, cantaba, enjaulado, un jilguero; la noche de Navidad se comía -sopa de almendra y besugo, y no faltaban, en suma, ciertos toques de -humilde bienestar y paz burguesa. Verdad que todo andaba muy apurado y -justo: de ordinario, los cinco o seis estudiantes que nos sentábamos -a la mesa, nos levantábamos mal satisfechos, porque la pitanza salía -tasadita. No quiero murmurar del chocolate, que era engrudo tiznado -de ladrillo; ni de la tortilla coriácea; ni de las manzanas y peras -del postre, que parecían contrahechas en cera, según la abstención -que con ellas observábamos. «Debían darnos siquiera el postre de los -sentenciados a muerte; pasas y almendras» decía mi paisano Luis Portal, -que era, a<span class="pagenum" id="Page_19">[p. 19]</span> lo serio, -bastante guasón. Pasaré también por alto la eterna monotonía de la -sopa de pasta, calificada por Luis de «alfabética» o «astronómica», -según representaba letras o estrellitas. Prescindiré de la penuria del -cocido, con su tocino oculto detrás de un garbanzo y partido ya en -raciones para que un huésped solo no se engullese las de los demás; y -no delataré las gusaneras del pescado, ni las flacideces de la carne. A -mi edad es raro que el sibaritismo y la gula den mucha guerra. Por otra -parte, los días del santo de cada pupilo o de fiestas muy señaladas y -de repique gordo, doña Jesusa nos obsequiaba con algún guisote en que -había puesto los cinco sentidos, y entonces nos desquitábamos. Siempre -observaba doña Jesusa los días clásicos, y los distinguía con algún -refinamiento en la mesa, y estos extraordinarios ayudaban a conllevar -la habitual estrechez, remedando las gratas alternativas del hogar -doméstico.</p> - -<p>Luis Portal, que era hijo de un cafetero de Orense y muy regalón y -habilidoso, ideó que podíamos, sin gran dispendio, tomar café mañana -y tarde. Compró de lance, en el Rastro, una cafetera para seis tazas; -por los mismos medios agenció un molinillo; procuróse del mejor café -tostado y sin moler, dos libras de azúcar morena, y repartidos los -gastos a prorrata, resultó en efecto baratísimo el delicioso brebaje. -Si pudiésemos llegar a la media copita de <i>fine</i> o de <i>mono</i>... Pero -ahí nos estrellábamos; ahí no alcanzaban nuestros recursos. El coñac -era ruinoso. Portal tenía una botella traída de su casa en el fondo -del baúl; nos impusimos la obligación de estirarla, bebiendo sólo un -dedalito, y la consigna se observó tan bien, que al cabo de dos días le -vimos el fondo a la botella.</p> - -<p>Resumiendo, y para ser sinceros: en la casa de doña Jesusa se podía -estudiar. Había horas, silencio, quietud. Alguna que otra vez nuestra -patrona regañaba a la criada; pero este ruído familiar y previsto no -alcanzaba a distraernos. Cada cual según la ex<span class="pagenum" -id="Page_20">[p. 20]</span>tensión de sus facultades, empollábamos -todos, procurando no tener que <i>excusarnos</i> cuando los profesores nos -preguntasen. El de Máquinas nos inspiraba un poquillo de miedo, por su -gran afición a <i>salir de pesca</i>, o sea a alterar el orden establecido -para preguntar la lección. Ya he dicho que yo no sobresalía entre mis -compañeros por extremar la asiduidad, ni Luis Portal tampoco: ambos -nos dábamos maña para poner en ejercicio el entendimiento, sacándole -a flote hábilmente, no dejándolo sucumbir bajo el peso de la memoria, -porque temíamos la depresión especial que causan estos estudios áridos -y rigurosos en los cerebros pobres, y que Luis llamaba «la guilladura -matemática». En cambio, dos chicos de los que vivían con nosotros -estaban tan rendidos y agotados, que recelábamos que al acabar la -carrera (si la acababan) parasen en un tonticomio. Era el uno de -ellos un cubano, dotado de prodigioso memorión. Con ayuda de esta -facultad inferior, pero tan indispensable y que de tal suerte cubre las -faltas del entendimiento, se tragaba los libros, y siempre que no se -tratase de discurrir, ni de poner o quitar al texto, se presentaba con -admirable brillantez. Sólo que la más mínima objeción, la interrupción -más leve, cualquiera circunstancia de esas que obligan a apelar a la -inteligencia, le mataban; aturrullábase todo y no había manera de que -contestase derecho ni a la cosa más sencilla. Portal le llamaba «el -lorito», y se reía mucho de su calma, de su dejo lánguido, de verle -siempre tiritando, hasta encima del brasero. Cuando soltaba los libros, -era el antillano lo mismo que pájaro a quien le desprenden un collar -de plomo. Entonces, a falta del vigor mental necesario para manejar -garbosamente las pesas y las barras de hierro de las ciencias exactas, -mostraba el pobre desterrado las galas de una brillante fantasía, toda -luz y colores, o por mejor decir, toda lentejuelas y fuegos fatuos. -En boca suya, la frase más vulgar revestía<span class="pagenum" -id="Page_21">[p. 21]</span> forma poética; rimaba sin sentirlo y al -sonsonete; era capaz de estarse una hora hablando en verso bien medido -y armonioso; pero el satírico Portal decía que los versos del cubano -tenían exactamente tanto valor artístico como la música que componemos -y tarareamos al extender distraídamente por los carrillos el jabón para -afeitarnos, y que hacían el mismo sentido leídos de arriba abajo que de -abajo arriba. «Vamos a llamarle el sinsonte, en vez del lorito», añadía -cada vez que el cubano nos endilgaba sus poéticas sartas de cuentas de -vidrio, lo cual solía ocurrir después que se atiborraba de café.</p> - -<p>El otro asiduo era un zamorano, de estrecha frente y obtuso -magín, huérfano de padre y madre, que seguía la carrera a expensas -de una abuelita octogenaria, ya paralítica, la cual le había dicho: -«No quiero morirme hasta que tú seas hombre y tengas concluídos los -estudios y asegurado el porvenir». Bien tenue hilo ataba a este mundo -a la viejecilla, y el mozo lo había comprendido y desplegaba una -energía silenciosa y feroz. Así como el cubano araba con la memoria, -el zamorano lo hacía con la voluntad en tensión perpetua. Sus escasas -facultades le obligaban a trabajar doble; para él no había noches de -sábados, ni fiestas de domingo, ni paseo, ni carteito con novias, ni -nada, nada más que el libro, el eterno libro, ecuación va y ecuación -viene, problema arriba y problema abajo, sin un minuto de desaliento, -sin una falta de asistencia, sin un día de excusa. «¿Has visto ese -animal, que no pierde ripio?» me decía mi paisano. «Va a ser ingeniero -antes que nosotros... si no deja la piel. Porque está muy flaco y a -veces tiene las manos acalenturadas. Le noto mal aliento; de fijo -que ya el estómago no rige. Claro, ni ejercicio, ni distracción... -Salustiño, bueno es salir avante, pero también hay que mirar por el -número uno.»</p> - -<p>Con Luis Portal hice yo excelentes migas, llegando a contraer -estrecha amistad, aunque nuestras<span class="pagenum" -id="Page_22">[p. 22]</span> ideas y aspiraciones eran muy diferentes. -Portal gustaba de manifestarse como hombre sagaz y práctico, o al menos -daba indicios de que lo sería cuando llegase a la edad en que se fija -la complexión moral del individuo. No diferíamos totalmente en nuestro -criterio: había dogmas comunes: Portal, lo mismo que yo, se declaraba -partidario del <i>self-help</i>; aborrecía tutelas e imposiciones; creía -que el hombre debe bastarse a sí mismo y aprovechar los primeros años -de la juventud en preparar días de libertad o de bonanza para la edad -viril. «No parecemos gallegos —me decía a veces— por la actividad que -desplegamos en todo.» Yo ponía a su observación el espíritu emigrante y -aventurero que se ha desarrollado en los gallegos de poco tiempo acá. -«Desengáñate —repetía con obstinación—, tenemos más de catalanes que de -gallegos, chacho.» Si en el modo de entender la dirección de la vida -nos parecíamos mucho mi amigo y yo, no así en la apreciación del fin -principal de la misma vida. Portal acostumbraba exponer el programa -siguiente: «Chico, yo no he de andarme con pamplinas, ni papando -moscas. Trataré de ganar dinero para reirme del mundo. Pasarse los años -entre escaseces y privaciones, es una broma. Mi papá es D. Alejandro -en puño; no suelta cuartos; y yo ignoro a estas horas el sabor de -muchas cositas buenas. No sé si por las vías de la profesión estoy en -camino de catarlas; se me figura que, en cuanto a sacar partido, los -políticos y los negociantes la aciertan mejor que los científicos: -verdad que lo uno no está declarado incompatible con lo otro, y que -Sagasta es ingeniero. En fin, a mí que me dejen los brazos libres, y -me las arreglaré. O soy un majadero, o salgo de pobre.» Aplaudiendo la -gallarda resolución de Portal, yo comprendía que mis sueños de porvenir -se diferenciaban de los suyos. Portal entendía por «cositas buenas» el -comer opíparamente, el beber ricos vinos, el fumar soberbios tabacos, -acaso sostener a<span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span> -una bella pecadora, quizás casarse con una señorita linda y bien -acomodada; yo, sin despreciar estos bienes, no aspiraba concretamente -a ninguno de ellos, sino sólo a la libertad, presintiendo que con ella -vendría algo muy hermoso y merecedor de ser saboreado y gozado, pero -no en el sentido descarnadamente material: algo que podía ser gloria, -celebridad, pasión, aventura, millones, mando, hogar, hijos, viajes, -luchas, hasta infortunio; pero que al fin sería vida, vida completa y -digna del ser racional, que no ha de reducirse a vegetar ni a golosear -los placeres, sino que debe recorrer toda la escala del pensamiento, -del sentimiento y de la acción. No podía definir en qué consistían -mis esperanzas; pero me parecería que las rebajaba si las redujese a -algo positivo y sensual, como mi amigo Luis. No por esto me creía un -visionario, un entusiasta ni un soñador. Comprendía, al contrario, que -si mi frente se alzaba a veces hacia la región de las nubes, mis pies -permanecían firmes en la tierra, y que todas mis acciones eran propias -de hombre resuelto a abrirse camino sin dejarse embaucar por la sirena -del entusiasmo.</p> - -<p>Si nuestro credo individualista tenía ciertos puntos de contacto, -en el colectivista andábamos más desacordes Portal y yo. Los dos -republicanos, se comprende; pero él castelarino, embolado, oportunista, -casi monárquico a fuerza de concesiones, y yo, radical, de los de Pí, -convencido de que en España no es lícito transigir ni un punto con lo -pasado; al contrario, debemos entrar resueltamente y de una vez por -la senda de la transformación honda y progresiva. «Esas transacciones -nos pierden, son funestas —objetábale yo—. Transacción, en este caso, -equivale a engañifa. Se dice transacción, por no decir capitulación -y derrota. Si nuestros abuelos, aquella gente honrada del 12 al -40, hubiesen andado con paños calientes y contemplaciones, bonitos -estaríamos ahora. Duele el momento de extirpar un lobanillo, y<span -class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span> se producen perturbaciones -en la economía, pero el lobanillo extirpado queda. No comprendo esa -manía de contemporizar con el ayer, con la España absoluta y fanática. -Tu <i>ilustre jefe</i> —a Castelar le llamábamos así— es un vividor, amigo -de agradar a las duquesas, a las testas coronadas, y a eso llama él -conservar la tradición. Palabrería. Por fortuna ni los franceses en -93, ni nosotros más adelante, hemos seguido ese método. Déjeme de -historias. Al paso que vamos, dentro de pocos años España volverá a -poblarse de conventos. Es absurdo tolerar semejante artimaña, y hasta -protegerla, como nuestro liberalísimo Gobierno hace. Los jesuítas -tienen vuelta a tender la red; a cada rato aprietan un poquito más la -malla. Cualquier día nos envuelven del todo. Claro que a los pájaros -gordos, como ellos saquen su escote, les importa un pepino lo que venga -detrás. En pos de mí el diluvio, que decía aquel peine de Luis XV. -No cabe en cabeza medianamente organizada eso de que para debilitar -y desarraigar una institución como la Monarquía se empiece por -afianzarla, halagarla, implantarla suavemente en el corazón del pueblo. -Yo no trago ese anzuelo de la transacción. A mí que no me vengan con -ese <i>choyo</i>.»</p> - -<p>Portal se atufaba y me replicaba no menos enérgicamente.</p> - -<p>«Pues eres un inocente, por no decir otra cosa. Los que piensan -como tú se chupan el dedo. Con vuestro sistema, en un decir Jesús -volvíamos a tener soliviantados a los carlistas, y a España hecha -un hervidero de partidas monteses. No quiero pensar tampoco lo que -sucedería con vuestra federación famosa. A los dos meses de establecido -el cantón gallego, ni los rabos: todos habíamos de querer mandar y -nadie obedecer. Si empiezas por herir y lastimar los sentimientos -de una nación, tiene que producirse el desbarajuste que siguió a la -Revolución de Septiembre. Desengáñate, Castelar caza muy largo.<span -class="pagenum" id="Page_25">[p. 25]</span> Esto es la minoría de una -República, no la de un Rey. Que nos caiga la República por su peso, -como una perita madura...»</p> - -<p>«A otro perro con ese hueso... Lo que quieren aquí todos es seguir -mandando... Chacho, no hay ideal, se acabó ese género. Y es necesario -que lo resucitemos, créeme...»</p> - -<p>«Déjame de ideales y de monsergas —replicaba Portal enojándose—. Por -los ideales nos vienen a nosotros todos los daños. No hay más ideal que -la paz, y poco a poco ir arreglando todo este belén».</p> - -<p>Otro tema de disputa era el regionalismo. Yo no me andaba con -chiquitas: quería la independencia del territorio gallego. Sobre la -anexión a Portugal ya discurriríamos: se vería lo más conveniente; pero -a Portugal también le traía cuenta sacudir su vieja y churrigueresca -Monarquía, y asentir a la «federación ibérica».</p> - -<p>—No sé qué diera porque pudiéseis ver realizado ese cochino <i>ideal</i> -sólo veinticuatro horas —exclamaba Luis—. Lo que es en Galicia, como -se declarase en cantón, ni los diablos paran. Fíjate en una cosa: -en España los organismos administrativos... ¿hablo o no hablo con -propiedad? cuanto más chicos, peores. El gobierno central, como tú -le llamas, hace mil barrabasadas: pues las diputaciones provinciales -hacen dos mil; los alcaldes de pueblo, tres mil; y los de aldea un -millón... Afortunadamente hablar de la independencia galáica es como si -hablásemos de la mar con peces y arenas.</p> - -<p>—¿De modo que, según tú, las provincias no tienen derecho a decir, -como los individuos, <i>cada cual para sí</i>?</p> - -<p>—Mira, déjame de derechos. Discutir derechos en esta materia, es -echarse por los cerros de Úbeda. Con derechos y andrómenas soy capaz -de probarte que ahora la verdadera reina de España es Isabel II, y que -su nieto la usurpa el trono. En política racio<span class="pagenum" -id="Page_26">[p. 26]</span>nal no hay derechos ni mojigangas, hay lo -que conviene o no conviene, hay lo acertado y lo desacertado, hay un -olfato y un tacto que yo no te puedo explicar en qué consisten, pero -que se manifiestan en los resultados. Con las ideas radicales se va -a la lógica del absurdo. El álgebra no me la apliques a la política. -Y déjate de independencias. Es una realidad indiscutible la patria -española, aunque tú creas que no.</p> - -<p>Irritado por esta contradicción, solía exclamar:</p> - -<p>—Valiente antigualla está lo del amor patrio. Los grandes pensadores -se ríen de la idea patriótica. Esto no me lo negarás.</p> - -<p>—Diles a esos grandes pensadores, que vayan a pensar a un pesebre. -Si suprimen poco a poco los resortes por que se ha movido siempre -la humanidad, se nos acaba el pretexto hasta para vivir. Ya sabes -que no me da por lo sentimental, pero la patria es como la familia, -que maldito si se necesita acudir a poesías y sentimentalismos para -quererla y defenderla hasta la muerte. Todo lo arreglas tú con sacar -el Cristo de la antigualla. Pues las antiguallas son inevitables, -y precisas, y convenientes. De antiguallas vivimos. Y no es esta -antigualla de la patria la única que llevamos en la masa de la sangre. -Hay otras infinitas, chacho, que no las soltaremos ni en veinte siglos. -Yo creo que aquí, para fomentar las ideas que vayan reemplazando a las -antiguallas, lo que hace falta es cruzarnos con otras razas; todos los -que nos ilustremos un poco ¡a casarnos con mujeres extranjeras!...</p> - -<p>A veces por estas metafísicas nos liábamos y pegábamos grandes -voces, de sobremesa o mientras despachábamos el cocido. Por lo -regular nos infundían estas disputas mayor afán de comunicación y -roce intelectual; insensiblemente, discutiendo, nos adheríamos el -uno al otro, por el convencimiento de que, aun profesando opiniones -distintas, éramos capaces de entendernos y de darnos mutuamente -un<span class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> poquillo del alma. -Habíamos llegado a ser inseparables. Nos auxiliábamos para el estudio; -paseábamos juntos, hasta cuando Luis iba a rondar la casa de cierta -novia cursi que se había echado; juntos nos sentábamos a la mesa del -café de Levante; juntos íbamos, cuando danzaban en nuestro bolsillo -algunos realejos, a nuestra distracción favorita, el paraíso del Teatro -Real. Todos los estudiantes alojados en casa de doña Jesusa éramos -filarmónicos, todos nos perecíamos por la <i>Africana</i> o los <i>Hugonotes</i>, -especialmente el cubano, melómano furioso, que padecía accesos de -epilepsia musical. Su admirable retentiva no era menor para la notación -que para la palabra rimada, y nosotros nos divertíamos, al volver, -haciéndole tararear la ópera enterita.</p> - -<p>—Trinidad —le decíamos, porque el cubano se llamaba así—, anda, -cántanos el dúo de amor, de Vasco y Selika.</p> - -<p>—Trinidad, los puñales.</p> - -<p>—Trini, el <i>o paradiso</i>.</p> - -<p>—Trinidad, aquello del <i>coprefuoco</i>.</p> - -<p>—Anda, Trinito, el salmo protestante... Ea, la entrada de los -violines... las notas del oboe, cuando sale Marcelo.</p> - -<p>El sinsonte gorjeaba cuanto le pedíamos, repitiendo con pasmosa -exactitud los detalles de instrumentación más leves. Por último, -cansado ya, nos decía en tono suplicante:</p> - -<p>—Déjenme acostar, que esto ya parece songa.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_3"> - <h2 class="nobreak">III</h2> -</div> - -<p>Una mañana, o mejor dicho una tarde, casi a fin de curso, salimos -disparados de la Escuela, y como siempre pegamos la gran carrera desde -la calle del Turco hasta la del Clavel, porque conviene advertir<span -class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> que desde las ocho, hora -en que nos desayunábamos con el chocolate de barro cocido, hasta la -una y media, que terminaba la de dibujo, las clases se empalmaban, -no permitiendo sostener el cuerpo sino con alguna ensaimada que a -hurtadillas comprábamos al portero, o algún mendrugo que escamoteábamos -en casa para llevarlo de provisión. Olfateando el almuerzo, subimos dos -a dos las escaleras. Al entrar en el comedor me sorprendió encontrarme -frente a frente con mi tío Felipe, el cual me dijo sin preámbulos:</p> - -<p>—Hoy te vienes conmigo a almorzar a Fornos. Se me figura que aquí -anda medianamente lo de bucólica.</p> - -<p>—Iría con mucho gusto... Pero hay tanto que estudiar estos días... -—contesté haciéndome de pencas.</p> - -<p>—¡Bah! Por un día de asueto no pierdes año. Anda, que tenemos que -charlar... de muchas cosas —añadió con cierto misterio.</p> - -<p>La verdad es (y no me serviría disfrazarla, pues tiene que resaltar -en el curso de esta narración), que yo no sentí jamás por mi tío Felipe -no digamos simpatía o respeto; ni siquiera algo de afecto: ni aun -gratitud por los beneficios que me dispensaba; ¡al contrario! Sé que -declaro contra mí, y que la ingratitud es el vicio más feo; pero sé -también que no soy ingrato por naturaleza; y a fin de justificarme o -al menos de explicarme, dibujaré la silueta física y moral de mi tío -Felipe, para lo cual necesito referir antecedentes, que algunos tienen -visos de secreto de familia.</p> - -<p>Mi nombre de pila es Salustio; mis dos apellidos paternos, Meléndez -Ramos; los maternos, Unceta Cardoso. El Unceta dice a las claras -que el padre de mi madre fué vascón, guipuzcoano por más señas; y -el Cardoso... En el Cardoso está el intríngulis. Parece que estos -Cardosos de Marín —yo nací en Pontevedra, y la familia de mi madre, -en el puertecito de Marín residía— eran rama desgajada del<span -class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span> tronco portugués de Cardozo -Pereira, israelita de origen. ¿Cómo llegó a mis oídos el rumor de que -eran <i>judíos</i> los progenitores de mi abuelita materna? ¡Vaya usted a -averiguar quién entera a los niños! Un día, teniendo yo nueve o diez -años, no pude contenerme, y pregunté a mi madre: «Mamá ¿es cierto -que somos de casta de judíos tú y yo?» Ella, echando lumbres por las -pupilas, alzó la mano y me atizó un soplamocos, exclamando: «¡Negro de -ti como vuelvas a decir eso! Te estampo contra la pared.» La impresión -que me causó el correctivo fué que eso de la casta de judíos era -mancha; y dos o tres años más adelante, como uno de mis condiscípulos -en el Instituto de Pontevedra me lo echase en cara gritando: «Cardoso, -Cardoso, judío tramposo,» enarbolé la pizarra que llevaba debajo del -brazo y se la rompí en la pelona.</p> - -<p>Puedo asegurar que ignoro cuándo se produjo en mí lo que llaman -<i>crisis religiosa</i>, o sea ese período en que los muchachos examinan -sus creencias, las pasan por misterioso tamiz, y al fin las arrojan, -sintiendo el dolor de la pérdida de la fe como si les arrancasen una -muela cordal. Creo que para mí no existió tal transición, ni tales -agonías de la duda, ni tales remordimientos y nostalgias al contemplar -una iglesia gótica. Fuí incrédulo por naturaleza y entré ya que no en -el ateismo, al menos en la indiferencia, como terreno propio. No me -«pervirtió» la lectura de ningún libro en especial, ni la conversación -con personas «de malas ideas»; nadie «me abrió los ojos»; imagino que -ya los traje abiertos a este mundo. Así como a muchos jóvenes les sería -imposible especificar en qué circunstancias perdieron la inocencia del -espíritu en materias sexuales, lo es para mí fijar el punto en que mi -fe empezó a tambalearse, supuesto que no recuerdo haberla tenido nunca -muy vivaz y sólida. Creo que nací racionalista.</p> - -<p>Pues aquí entra lo raro: con ser esto verdad, el<span -class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span> insulto de «judío -tramposo» me quedo siempre fijo en el alma, a manera de envenenado -hierro de flecha salvaje. Nunca se atrevieron a repetirlo en mi -presencia mis compañeros de aula; yo, sin embargo, ni un día lo -olvidé. Hallándome próximo a terminar el bachillerato, y siendo ya -espigado y talludito, contraje amistad con un D. Wenceslao Viñal, -ente estrafalario, pero sabidor, algo ratón de biblioteca, erudito -en menudencias estrambóticas, y al corriente de mil cosas raras de -arqueología, epigrafía e historiografía gallegas. Este tal me prestaba -libros viejos, y a veces me llevaba a pasear por las inmediaciones -de Pontevedra, a caza de vistas pintorescas y edificios ruinosos. -Yo, a fuer de chico aplicado, le crucificaba a preguntas. Una tarde -se me ocurrió que Viñal podía sacarme de dudas acerca de la cuestión -hebraica, y armándome de resolución, le dije:</p> - -<p>—Oiga, D. Wenceslao, ¿es cierto que en Marín hay familias que -descienden de judíos, y una de ellas los Cardoso?</p> - -<p>—En efecto —contestó apaciblemente el bibliómano, que ni notó -el afán con que yo preguntaba—. Son familias oriundas de Portugal. -En Marín les tienen mucha tirria: dicen que no han abjurado, que -aún siguen el rito mosáico, que se mudan los sábados en vez de los -domingos, y que no comen un pedazo de tocino aunque los desuellen.</p> - -<p>—¿Y usted cree eso?</p> - -<p>—Para mí son paparruchas y cuentos de viejas: digo, lo de seguir -ahora cumpliendo el rito mosáico. Lo de venir de casta de judíos esa -gente no puede negarse. Si tengo tiempo, aún he de revolver unos -papelotes antiguos y desenterrar a un Juan Manuel Cardoso Muiño, -natural de Marín, a quien la Inquisición de Santiago administró unas -vueltas de mancuerda y algunos cientos de azotes por judaizante. Era -además «leproso y gafo». Ya ves tú si estoy en pormenores, rapaz. Yo -buscaré...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span>—No, no, no hace -falta. Si era sólo... por saber. Una curiosidad tonta. No se moleste, -D. Wenceslao.</p> - -<p>Por espacio de un mes temí que el condenado buscase y le tentara el -diablo a enviar a algún periodiquito un comunicado ridículo, de los que -ponía cada dos años, siempre que imaginaba haber descubierto algún dato -inédito y precioso, capaz de servir de llave a la historia del antiguo -reino de Galicia. Evité cuidadosamente refrescar la conversación de -los judaizantes de Marín, y esta precaución demuestra que no acababa -yo de conformarme con la azotaina de Juan Manuel Cardoso Muiño. Más -adelante, cuando hube de dejar a Pontevedra por Madrid, con objeto de -empezar los estudios preparatorios al ingreso en la Escuela de Caminos, -me acordé a menudo de la «mancha» y traté de mirarla a la luz de un -criterio sensato. Me parecía ridículo atribuir importancia a lo que en -nuestro estado actual carece de ella. Ante la filosofía histórica, los -judíos son un pueblo de noble origen, que nos ha dado «la concepción -religiosa»: concepción a la cual, tomándola como alta elaboración de -la mente o arranque sublime del sentimiento humano, atribuía yo gran -importancia. Teniendo en cuenta otro dato, el de la opinión social, -tampoco era lícito ya despreciar a los hebreos. El estigma de la Edad -Media se ha borrado de tal modo, que los ricos capitalistas judíos se -enlazan hoy con lo más linajudo de la aristocracia francesa, y dan -lucidas fiestas y convites, a que concurre la española. Si dejando -aparte estas consideraciones externas, me fijaba en otras de mayor -elevación y profundidad, acordábame de aquel excelso pensador Baruch o -Benito Espinosa, que al fin era de estirpe judía, lo mismo que el poeta -Heine y el músico Meyerbeer... En suma, yo me repetía a mí mismo que -no hay razón alguna para que el descender de judíos repugne tanto, a -no ser la sinrazón de una antipatía instintiva, hija de preocupaciones -hereditarias. No cabía<span class="pagenum" id="Page_32">[p. -32]</span> duda: la sangre de cristiano viejo que giraba por mis venas -era la que se estremecía de horror al tener que mezclarse con gotas -de sangre israelita. Extraña cosa, pensaba yo, que lo más íntimo de -nuestro ser resista a la voluntad y a los dictados del entendimiento, -y que exista en nosotros, a despecho de nosotros, un fondo autónomo, -instintivo, donde reina la tradición y triunfa el pasado.</p> - -<p>Y aquí sale otra vez mi tío Felipe. No sé si he dicho que era -hermano de mi madre, poco más joven que ella; cuando empieza este -relato, frisaría en los cuarenta y dos o cuarenta y tres. Pasaba por -«buen mozo» tal vez por ser alto, apersonado, un poco grueso y con -abundantes cabos de pelo y barba. Ello es que, desde el primer golpe -de vista, mi tío ofrecía patentes los rasgos de la raza hebraica. No -se parecía ciertamente a las imágenes de Cristo, sino a otro tipo -semítico, el de los judíos carnales, que en pinturas y esculturas de -escenas de la Pasión corresponde a los escribas, fariseos y doctores de -la ley. En algunos cuadros del Museo ví caras semejantes a la del tío -Felipe. Sobre todo en lienzos de Rubens, en aquellos judiazos fuertes, -sanguíneos, de corva nariz, de labios glotones y sensuales, de mirada -suspicaz y dura, de perfil de ave de rapiña. Algunos, exagerados por el -craso pincel del insigne artista flamenco, eran caricaturas de mi tío, -pero caricaturas muy fieles. La barba rojiza, el pelo crespo, acababan -de hacer de mi tío un sayón de los Pasos. Y era evidente: la cara de -<i>deicida</i> del hermano de mi madre fué lo que me infundió desde la -niñez aquella repulsión airada, fría, invencible, cual la que inspira -el reptil que no nos infiere ningún daño: repulsión que no pudieron -desarraigar ni mis ideas racionalistas, ni mi positivismo científico, -ni la protección y amparo que debí a tan aborrecido ser.</p> - -<p>«Estas son —calculaba yo— jugarretas del arte. De quinientos -años acá se dedican los pintores a juntar<span class="pagenum" -id="Page_33">[p. 33]</span> en media docena de fisonomías la expresión -de la codicia, la avaricia, la gula, la crueldad, la hipocresía y el -egoismo, y así han conseguido hacer tan repugnante el tipo judaico. -Bien dice Luis. La tradición, cemento pegajoso y adherente, moho que se -nos cría en el alma, es más fuerte que la cultura y que el progreso. En -vez de pensar, sentimos; y más bien son los muertos quienes sienten por -nosotros.»</p> - -<p>Había momentos en que por no reconocerme culpable de aprensiones -tontas, buscaba otros fundamentos al desvío que me inspiraba mi tío -Felipe. Yo soy muy devoto de la limpieza, y mi tío, sin ser descuidado -en el traje, no se pasaba de limpio en su persona; a veces sus uñas -no vestían de claro, y cubría sus dientes un velo verdoso. También -redoblaba mi malquerencia el notar que mi tío, sin mérito alguno, -sin condiciones morales ni intelectuales, había sabido labrarse una -posición. No afirmaré que fuese un malvado ni un imbécil, sino más -bien uno de esos productos híbridos de las regiones intermediarias, -un Juan vulgar, ni bueno ni malo de remate, pero sin escrúpulos y sin -ideal. Hongo nacido entre la podredumbre de nuestra política, criado -a la sombra manzanillesca del chanchullo electoral, mi radicalismo -le condenaba, con la inflexibilidad propia de los pocos años, a las -gemonías del desprecio. Aunque no le veía tan encumbrado como a otros -caciques conterráneos suyos, su injustificada prosperidad bastaba para -herir en mí la fibra de la indignación, muy sensible en la juventud.</p> - -<p>Mi tío poseía, cuando se licenció de abogado, un patrimonio -compuesto de fincas rústicas, tierras y alguna casita en Pontevedra: no -llegaría a producir mil duros anuales al cinco por ciento de interés. -Cómo esta fortunita apareció, a la vuelta de pocos años, cuadruplicada -en acciones del Banco y títulos de renta, explíquelo quien sea capaz. -Mi tío no ejerció su profesión: la abogacía fué para él lo que suele -ser<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> para los -españoles mezclados en política: una aptitud, un pasaporte. Politiqueó -cautamente, sin principios, agarrado a personas, nadando y guardando la -ropa. Salió diputado provincial con frecuencia, y picó a su sabor en el -cesto de brevas de las comisiones. A fin de no derrochar en batallas -electorales, se contentó con venir a las Cortes una vez sola, en una -de esas vacantes que ocurren en vísperas de elecciones generales, y -que suelen beneficiar los periodistas. Con el favor de D. Vicente -Sotopeña, árbitro omnipotente de Galicia, aprovechó la ganga, saliendo -sin gastarse una peseta, jurando el cargo el día antes de cerrarse la -legislatura, y quedando en condiciones de poder llegar a gobernador, -y más adelante... ¿quién sabe? a consejero de Estado o de Instrucción -pública. Gobernador lo fué bien pronto, unas veces interino, otras en -propiedad. No descuidó por eso sus intereses, y en Pontevedra se habló -bastante de la expropiación de ciertos ranchos de mi tío, pagados -por el Ayuntamiento a precio fabuloso. Caiga el telón. Don Felipe se -contaba en el número de los políticos cucos de tercera fila, olvidados, -y que donde meten la cuchara sacan tajada de carne. Su método consistía -en restar pérdidas y sumar provechos. Decíase de él, en son de elogio, -que era muy largo. A mí la tal longitud me parecía otra señal de -hebraismo, apreciación en la que acaso pequé de injusto, porque hartos -caciques de mi tierra, de purísima raza ariana, no son más cortos.</p> - -<p>A veces me entraban escrúpulos de lo mal que quería a mi pariente. -Me acusaba de indelicado, pues pagaba con odio el bien que recibía. -Si mi tío era tacaño, mayor mérito contraía al sufragar buena parte -de los gastos de mi carrera. Y no podía negarse que, a su modo, él me -demostraba afecto. Cuando estaba en Madrid solía darme para el teatro; -dos o tres veces en la temporada me llevaba a almorzar o comer en -Fornos; jamás se mostraba severo conmigo; me<span class="pagenum" -id="Page_35">[p. 35]</span> trataba como se trata a los muchachos, -bromeando y riendo; me preguntaba por mis trapicheos y líos, por las -travesuras de mis compañeros de hospedaje, por las vecinas de enfrente -que eran graciosas, y hasta se metía en vedado, echándola de doctor -y maestro en todas las asignaturas del amor licencioso y venal. De -sobremesa, cuando el vino, el café y los licores le arrebataban la -sangre a las mejillas, lucía su ciencia tratando puntos intrincados que -a veces me sublevaban el estómago. No me atrevía a protestar, porque -los hombres nos avergonzamos de no parecer corrompidos; pero la verdad -es que mi paladar juvenil rechazaba aquella pimienta rabiosa. De noche -las torpes imágenes evocadas por la conversación me importunaban y me -ponían febril, hasta que con la jarra llena de agua fría me propinaba -duchas por el espinazo abajo. Este remedio heróico despejaba mi cerebro -y me permitía enfrascarme otra vez en los libros. El odio es un resorte -tan poderoso como el amor, y yo veía en el término de mi carrera el fin -de un protectorado para mí insufrible. Ser dueño de mí mismo, ganar con -qué vivir, resarcir a mi tío de sus gastos era mi sueño, y me cogía -a sus alas para no caer rendido en las estepas de la Maquinaria, la -Construcción y la Topografía.</p> - -<p>Ahora que dejo retratado a D. Felipe, añadiré que cuando nos vimos -en el obscuro saloncito bajo de Fornos —ante la mesa donde el mozo -iba depositando una concha de rábanos, otra de bocaditos de manteca, -bollos de Viena, y luego los platos del almuerzo— el anfitrión me dijo, -dándome una palmadita en el hombro, sin mirarme a la cara:</p> - -<p>—Adivina lo que tengo que participarte.</p> - -<p>—¿Cómo quiere usted que adivine?</p> - -<p>—Pues no sé de qué sirve tanto estudio —observó con pretensiones -festivas.</p> - -<p>Me encogí de hombros, y él añadió:</p> - -<p>—Es que me caso.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span></p> - <h2 class="nobreak">IV</h2> -</div> - -<p>Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen -una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más -cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera -madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco -oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y -derramé una cascadita sobre el mantel.</p> - -<p>El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en -su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y -afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me -observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza:</p> - -<p>—Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y -también la tuya.</p> - -<p>Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún -tapujo... Habrá enviudado la prójima o querrán legitimar la prole... A -los solterones les pasa siempre lo mismo...» Comprendiendo que debía -decir algo, pregunté con insegura voz.</p> - -<p>—¿Mamá lo sabe?</p> - -<p>—Ayer se lo escribí.</p> - -<p>—¿Supongo que le dirá usted el nombre de la novia?</p> - -<p>—¡Si justamente la conocí en la Ullosa, en casa de tu madre! Ya ves -qué coincidencia...</p> - -<p>Roto el hielo, charlaba deprisa, como quien desea vaciar el saco.</p> - -<p>—Imposible parece que no te hagas cargo. El verano pasado tu madre -y ella intimaron mucho. Carmiña Aldao, ¿no sabes? Carmiña Aldao... de -Pontevedra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_37">[p. 37]</span>—No la conozco. El -nombre me suena. Mi madre me escribiría algo, tal vez... No sé. Como el -verano pasado no tuve yo vacaciones...</p> - -<p>—¡Hombre, verdad! Pues es la chica de Aldao, hija del dueño de -aquella finca bonita que se llama el <i>Teixo</i>, por un árbol enorme...</p> - -<p>—¿Es única esa señorita? —pregunté incisivamente, pensando que tal -vez el interés era el móvil de la boda.</p> - -<p>—Única, no... Tiene un hermano, establecido en Pontevedra -también.</p> - -<p>—Nada; pues no la conozco —repetí—. Pero si se casa con usted ya -tendré tiempo de tratarla.</p> - -<p>—¡Vaya! naturalmente. Como que te convido a la boda, muchacho. Te -vienes conmigo así que te examines. La cosa no será hasta el día del -Carmen, y de aquí hasta esa fecha aún he de buscar casa y amueblarla... -conque ya ves.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Se establecen ustedes en Madrid?</p> - -<p>—Sí... Es gusto de la novia. Te llevo, ya lo sabes. Nos casaremos en -el Teixo. Mira, yo no sé cómo lo tomará tu madre... Sabes que gasta un -genio demasiado vivo... ¡Qué prontos los suyos! Si escribes, dila que -no perderá nada con mi casamiento. Hasta que acabes tus estudios...</p> - -<p>—No le pregunto a usted semejante cosa —exclamé; y por segunda vez -tembló en mi mano la copa de Champagne.</p> - -<p>—Pues te lo digo yo; no atufarse, que no hay de qué. Soy dueño de -mis acciones, y al casarme a nadie ofendo.</p> - -<p>—¿Quién habla de ofensas? —prorrumpí sintiéndome palidecer a -impulsos de un acceso de ira, que me impulsaba a arrojarme sobre aquel -hombre.</p> - -<p>—Como lo tomas así...</p> - -<p>—No lo tomo así... ni asado. Usted es libre, y si algo hace usted -por mí es que quiere hacerlo. Y además, me alegro de que se promoviese -esta con<span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>versación, -para decirle que el dinero que con mi carrera está usted gastando, lo -reembolsaré o poco he de vivir.</p> - -<p>Mi tío se demudó algo. Sus labios se contrajeron y sus pupilas -destellaron una chispa de cólera.</p> - -<p>—Si no fueses un chiquilicuatro, me daban ganas de responderte -una barbaridad. Lo que se hereda no se hurta. Sales a tu padre; más -desagradecido y descastado no lo hubo.</p> - -<p>—Hágame usted el favor de no sacar a colación a mi padre, porque no -lo aguantaré —repliqué conteniéndome para no arrojarle una botella a la -cara.</p> - -<p>—No saco a tu padre sino para decir que uno siempre tratando de -seros útil... y vosotros siempre dando bufidos. En fin, yo no había -de casarme sin participártelo; ya veo que te ha sabido mal... Hijo, -paciencia. No era cosa de consultarte antes... La cuenta, mozo —añadió -hiriendo con el cuchillo la copa.</p> - -<p>Habíamos alzado la voz, y en las mesas próximas algunos rezagados -volvían la cabeza y se fijaban en nosotros. Me entró vergüenza, y -ceñudo, sombrío, sacudí las migajas de la solapa e hice ademán de -levantarme. Me causaba sofocación ver al tío, que sobre el papelito de -la nota depositaba un billete de a cincuenta. Aquel billete, a costa -de mi sangre desearía yo haberlo sacado del bolsillo. Respiré algo -(puerilidades) cuando ví que del billete devolvieron bastante plata. -Sentiría haber hecho mucho gasto. Con la uña del índice, mi tío empujó -hacia el mozo dos realillos, y levantándose, descolgó su sombrero de -la percha, diciendo secamente: «Vamos». Pero al salir a la luz del sol -desde la lobreguez de los comedores de Fornos, se dominó, volvió sobre -sí, y con aquella ductilidad que le caracterizaba en su negocios y -enredos políticos, me alargó la mano, diciendo casi en broma:</p> - -<p>—Cuando estés de mejor temple vé por casa... Tengo ganas de -enseñarte el retrato de tu futura tía.</p> - -<p>Me recogí a mi posada de un humor perro, descon<span -class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span>tento de mí mismo, y sin -poder interpretar las causas de mi desazón profunda. Toda la tirria -que profesaba al tío Felipe no me impedía reconocer que, en aquella -ocasión, no era él quien se había portado mal. Lo confirmó Luis, cuando -a la noche, habiéndome preguntado la causa de mi tristeza, se la -descubrí. «Pues chacho, el tío estuvo correctísimo y tú impertinente. -Que algún día se había de casar, ya podías tenerlo tragado...»</p> - -<p>—¡Si me importa un pepino que se case! —exclamé dolorido—. ¿Qué me -va ni me viene en eso?</p> - -<p>—¡Algo te va y te viene, corcho! —replicó el sesudo orensano—. Algo -le va y le viene a todo sobrino en que se case su tío carnal, solterón, -único hermano de su madre... ¡Tanto te va y te viene, que te joroba -el bodorrio! Pero como no puedes evitarlo, hay que poner a mal tiempo -buena cara, y sacar de la situación el mejor partido posible. Transige, -rapaz, que vivir es transigir.</p> - -<p>—Déjame de oportunismos. ¡Allá él, y así reviente!</p> - -<p>—Ten juicio. ¿Que tu tío se casa? Pues paciencia, y a congraciarse -con la tiíta... Cuanto más que es una chica muy simpática.</p> - -<p>—¿Tú la has visto?</p> - -<p>—Verla no. Pero estando en Villagarcía el año pasado, cuando tomé -los baños de mar, me hablaron de ella unas cursis de Cambados. Me -acuerdo perfectamente.</p> - -<p>—¿Y qué te dijeron?</p> - -<p>—Cosas buenas. Que era guapa, y que tocaba el piano muy bien, y que -a su padre le iban a hacer marqués, y que la finca es regia. El padre -tiene monises.</p> - -<p>—Y ¿cómo carga con mi tío una mujer así, rica, guapa, joven? ¿Cómo -no prefiere un convento?</p> - -<p>—Calla, loco. ¿Qué tiene de despreciable tu tío? Es mozo de cuenta: -influye en la provincia punto menos que don Vicente; ha desempeñado -puestos; va para<span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span> -personaje. Déjate de chiquilladas. Asiste a la boda, sé amable con la -tiíta. No te presentes quejoso, que te saldrá peor.</p> - -<p>—¡Dale! El que te oyese y no conociese mi carácter pensaría que yo -estaba codiciando herencias, y que he sufrido un desencanto al ver que -se me escapan...</p> - -<p>—¡No se trata de eso, corcho! —insistió mi amigo formalizándose—, -no te digo que seas capaz de hacer ninguna porquería por interés; si -es tu herejía... ¡niegas la divinidad del dinero! Lo que te digo es -que mientras no acabes la carrera, de tu tío no puedes prescindir, y -como me figuro que no querrás quedarte en la estacada... ¡a transigir! -¡Mucho ojo!</p> - -<p>Así que trascurrieron algunas horas empecé a sospechar que mi amigo -tenía razón; y como nuestros errores se nos descubren cuando los -cometen otras personas a quienes consideramos inferiores en capacidad -y cultura, yo entendí el desacierto en que había incurrido después de -leer una epístola que a los pocos días me trajo el cartero. Conocí la -letra del sobre, y al tomarlo en las manos comprendí por su volumen -que venía preñado de quejas furiosas, de esas que brotan de la pluma -o del labio en momentos críticos, al choque de inesperados sucesos. -Para no ser interrumpido en la lectura, me fuí en busca de la paz y -sosiego de un cafetucho próximo a mi vivienda, a tales horas. El mozo, -después del consabido «¿qué va a ser?» me trajo una chica alemana y me -dejó dueño de ella. Bebí el primer trago, con su espumita, y saboreando -el grato amargor del fermentado lúpulo, me eché al cuerpo los tres -pliegos de letra española, clara y menuda, con algunos deslices -ortográficos de menor cuantía, en especial redobles de erres, indicio -de la vehemencia del carácter, y sin asomo de puntuación ni división de -períodos con párrafo aparte o mayúscula, lo cual, aunque parezca raro, -presta a este género de cartas iracundas y femeniles cierta enér<span -class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span>gica monotonía y rapidez que -duplica su efecto. Lo que yo me figuraba: una diatriba feroz contra la -boda del tío Felipe, exornada con datos históricos, algunos enteramente -nuevos para mí. Puedo reproducir aquí varios fragmentos, sin añadir -punto ni coma, ni desenredar la gramática, ni quitar repeticiones.</p> - -<blockquote> - -<p>«Ya ves Salustiño tantos trabajos como pasa una pobre madre y sin -más esperanza que conseguir verte bien colocado y que seas alguien hoy -o mañana y la esperanza principal lo que pudiese dejarte el fantasmón -de tu tío, que buena obligación tenía de hacerlo si tuviese conciencia -lo peor de todo que tendrá chiquillos y ya tú te quedas abriendo la -boca sin lo tuyo aunque lo llamo lo tuyo no digo ningún disparate pues -has de saber para tu gobierno que tu tío en las partijas de la legítima -de mi papá que mi mamá no tenía sobre qué caerse muerta, pero papá dejó -una herencia bien bonita, y tu tío se la mamó casi toda y a mí me dejó -casi por puertas yo no sé como lo envolvió ni como armó la rratonera -que a mí me tocaron cuatro corroscos duros y él se comió la miga bien -blanda, no sé como me dejó la Ullosa fué un milagro, él arrebató las -casas y solares de Pontevedra que luego hizo con el Ayuntamiento un -buen guisado ahí se achinó valientes chanchulleros así que cuando murió -tu padre que buenas desazones le dió Felipe porque era habilitado del -clero y lo comprometió de mala manera, tú no acuerdas eso que eras -pequeñito cuando murió tu padre que en gloria esté, pues yo entonces -le dije con mucha dignidad Felipe una cosa es ser buena hermana y otra -pedir limosna, yo hoy tengo un hijo y puede decirse ni pan que darle -yo te hablo muy claro, voy a rrevisar las partijas aquí hubo engaño, -yo así no puedo vivir como voy a dar carrera al pequeño, y él va y me -contesta muy foncho no te apures yo no te abandono carrera no ha de -faltarle la mejorcita se le buscará dejate de pleitos que son la ruina -de las casas y<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> el -engordar de la curia calla boba que para quien ha de ser lo que yo -tenga al otro mundo no me lo he de llevar y casar no me caso cásese el -demonio buey suelto bien se lame te puedo jurar que así dijo tu tío que -yo no mudo ni una palabra.»</p> - -</blockquote> - -<p>Sin duda, al llegar aquí, la necesidad de los signos de puntuación -se le impuso a mi madre con repentina fuerza, y para no hacer a medias -las cosas plantó una carrera de puntos suspensivos y dos admiraciones -reunidas.</p> - -<blockquote> - -<p class="centra">. . . . . . . . . . . . . . . . . .</p> - -<p>«¡¡ay hijo quien fia de palabras de hombres sin rreligión y sin -conciencia ahora sale con la pata de gallo de que se casa le entró -derrepente no sé que vió en la chica de Aldao es bastante feita y salud -poca y de buenos principios no sé como andará en su casa vé bastantes -malos ejemplos su padre metido con la doncella que fué de su madre -desde hace mil años y en la casa otras dos chiquillas no se sabe si -hijas o sobrinas de la pindonga tanto que la chica dicen que carga con -tu tío sólo por salir de aquel infierno que la tratan a patadas que no -le dan de comer pues no sé tu tío Felipe como la tratará de mala casta -viene que sacó la estampa de los judíos en la procesión del Jueves -Santo a mi me da verguenza ser hermana suya ya por algo lo señaló -Dios que también lo ha de castigar acuerdate de lo que digo que yo me -entiendo Dios es muy justo y quieren que vayas en las vacaciones a ver -la preciosidad del casorio bonito mamarracho estará si no me tienta el -diablo a traer a casa la tal Carmiña Aldao el otro verano no sucede -esta trapisonda lo que es yo brillaré por mi ausencia y contigo veremos -como se portan si te deja plantado hemos de rrrevisar la partijita que -habrá sapos y culebras de mi no se burla tu tío soy capaz de pleitear -hasta soltar la camisa.»</p> - -</blockquote> - -<p>Entre trago y trago de cerveza fuí apurando la carta. Su -lectura obró en mí efectos contrarios a los<span class="pagenum" -id="Page_43">[p. 43]</span> que se proponía mi madre. Los manejos del -tío para mermar mi herencia; aquello de la <i>partijita</i>, en vez de -causarme justificada indignación, me sosegó el espíritu. Me alegré de -tener contra el tío motivos de queja y no de gratitud, y enterado ya -de su mal porte, parecióme que se aplacaba de la punzada dolorosa de -mi mortal antipatía. No le debía nada; al contrario, era su acreedor. -Podía detestarle menos.</p> - -<p>Sin dilación escribí a mi madre una misiva prudentísima. Encargaba -moderación, insistiendo en lo inverosímil de que mi tío, habiéndonos -ayudado hasta entonces, nos dejase a última hora abandonados, e -indicaba cuán vana e inútil me parecía toda clase de reivindicaciones. -Los hechos consumados debían respetarse: un pleito nos conduciría a la -ruina. Era insensatez figurarse que un hombre robusto, en la fuerza de -la edad, se mantendría soltero por cumplirnos el antojo. Unas palabras -al aire no podían obligar a celibato perpetuo. Respecto a asistir o -no asistir a la ceremonia... ya veríamos. Entretanto, serenidad y -calma.</p> - -<p>Leí la carta a Portal, que la aprobó con encomiásticas frases. -«Ese es el camino, transigir, contemporizar, sortear los escollos... -Así me gusta, que sigas mi sistema, y que te conformes, al menos -exteriormente; el interior nadie lo ve...»</p> - -<p>—¡Si es que ni por dentro ni por fuera me importa que mi tío se -case! ¿Cómo se dicen las cosas? —exclamé lastimado. Portal, a medio -convencer, meneaba la cabeza, y yo añadí—: Mamá asegura que es fea la -novia de mi tío.</p> - -<p>—¡Sabe Dios! Puede que sí... y más vale. Es peligrosa una parienta -tan próxima... muy bonita. En cambio el nombre me seduce: ¡Carmiña -Aldao! ¿no te gusta? Suena a caricia. Debías captarte el cariño de -esa señora —aconsejó Portal después de unos minutos de silencio—. Es -la gran idea. Que te quiera a ti, chacho... No lo digo por mal... Que -te quiera como<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span> a -un hermano... o como a un hijo... ¡o como a lo que te dé la gana! En -fin, arréglate para que te quiera. Hazlo con disimulo, con habilidad, -sin ruído ni escándalo. El tío tiene ya los espolones duros. La edad -de ella encaja mejor con la tuya... Pero ojo ¡rapaz! tú eres así... -romanticón, a lo <i>joven Werther</i>... Cuidadito, no haya drama de -familia. ¡Nada de asuntos para Echegaray! Seriedad, y las cosas... a la -patalallana.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_5"> - <h2 class="nobreak">V</h2> -</div> - -<p>Saltaré los incidentes de fin de curso y exámenes, pues al lector -que más se interese por mis futuros destinos le bastará saber que aquel -año aprobé mis asignaturas: las tenía corrientes como una seda. El -zamorano logró la misma suerte. No así Portal y Trinito que en algunas -fueron perdigones. El cubano lo tomó con la filosofía de su indolencia; -Portal en cambio, se arrancaba los pelos, echando la culpa a ojeriza -del profesor, a recomendaciones e influencias manejadas por otros -alumnos, y cuyo resultado práctico era jorobarle a él. «Me han partido -por el eje, me han triturado», repetía el infeliz, totalmente fuera de -quicio, olvidado de aquella su benigna teoría de los acomodamientos, -las transacciones, las conformidades y las esperas. Su pachorra se -convertía en furia. ¡Tan seguro estaba él de llevarse de calle aquel -demontre de año!</p> - -<p>Dejéle dado a Barrabás, y me dirigí a ver a mi tío con el fin de -participarle la buena nueva. Llenaba mi pecho cierta satisfacción a la -vez dulce y airada: parecíame cada paso adelante una victoria sobre el -detestable protectorado, un eslabón menos de la cadena. Vivía D. Felipe -en el Hotel de Embajadores; pero el portero me dijo con aire de persona -bien informada:<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span> -«A estas horas suele estar en la casa nueva... Lo que es aquí para -bien poco. ¿No sabe el señorito? La casa que tiene alquilada... sólo -que no duerme en ella todavía... ¿Las señas? Pues Claudio Coello, -número...»</p> - -<p>Bajé hasta la Puerta del Sol, salté al tranvía del barrio, y -descendí casi a la puerta del nuevo domicilio. Subí al piso, un segundo -que tenía primero y principal, y era en consecuencia y en efectivo un -tercero. No necesité oprimir el botón de la campanilla, pues la puerta -estaba de par en par, y en el recibimiento un esterero, sentado a lo -moro, cosía con inmenso agujón tiras de fina estera de cordelillo. A mi -tío, que se paseaba en una salita bastante espaciosa y muy desmantelada -de muebles, le sorprendió gratamente mi presencia.</p> - -<p>—¡Hola!... ¡farandulero! ¡Tú por aquí! Entra, pasa, que lo verás -todo.</p> - -<p>—Me han dicho en el Hotel las señas... Vengo a participarle a -usted...</p> - -<p>—Pero entra, con mil pares; quiero que des tu opinión... A ver, ¿qué -te parece de la casa? ¿Eh? bastante comodidad para el precio. Como -la calle no es muy céntrica... La sala está todavía en el estado de -la inocencia: no han traído el entredós, ni el espejo grande, ni las -colgaduras. Con los tapiceros es desesperarse. El gabinete y la alcoba -ya están más adelantados. Pasa, pasa...</p> - -<p>Miré distraídamente el gabinete, que era archivulgar, con su -chimenea de mármol blanco y por mobiliario sus butacas de borra de seda -recercadas de felpa más obscura; su escritorio chiquitito y su tocador -muy teatral, vestido de imitación de encaje y engalanado con lazos -del tono de las cortinas. La angosta luna que coronaba la chimenea no -tenía marco dorado, sino de la misma felpa que guarnecía butacas y -sofá. El tío quiso que yo me fijase en tanta elegancia: como todos los -cicateros, cuando se decidía a un gasto extraordinario, gustaba de que -lo notase la gente.<span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span> -«Ya ves el espejito...», me decía. «Ahora se forran así... Caprichos de -la moda. Y no creas que cuesta más barato, ¡quiá!... más caro, hijo. -Ese hueco que queda frente a la ventana, para el piano... La novia es -una profesora.» Del gabinete pasamos al nido, o sea la alcoba, que era -de columnas, espaciosa, estucada, y en su centro el anchísimo tálamo, -de madera, muy bajito y de tallado copete. «Faltan el <i>sommier</i> y el -colchón», susurró mi tío con sonrisa de complacencia. «Figúrate que al -tapicero se le había metido en la cabeza hacerlos de raso. Yo le dije -que damasco de algodón era bastante. Si no tengo la precaución de poner -la casa a tu futura tía, que no conoce lo que es Madrid, la envuelven, -la explotan, la saquean... Mira las mesas de noche: ¿creerás que me -costaron veinticinco pesos las dos? Se ha desarrollado el lujo de una -manera... Ven, ven a ver mi despacho...»</p> - -<p>Por una puerta de escape salimos al pasillo, y registramos el -despacho, amueblado ya del todo, con su mesa ministro y su gran -biblioteca, al parecer avergonzada de no encerrar más que macizos -libros de administración y media docena de noveluchas obscenas, todas -desencuadernadas y llenas de mugre. Mi tío abrió las encristaladas -puertas, y cogiendo a dos manos el derrotado grupo en que se mezclaban -Paul de Kock, Amancio Peratoner y el chino Da-gar-li-kao, me lo -presentó diciéndome con risita intencionada: «Te lo regalo, chico... -No te perviertas, ¿eh? entretenerse un rato y nada más... Los casados -no pueden conservar en casa este género de contrabando... Envía por -ellos, ¿o te los quieres llevar ahora?» Contesté que no tenía tiempo de -profundizar tan graves autores, ni a decir verdad, me divertían.</p> - -<p>Después del despacho, hubo que visitar el comedor, ya provisto de -aparadores y lámpara, y otras oficinas más humildes, como cocina y -despensa. Detrás del comedor había un cuartito alegre, con ventana -sobre el horizonte despejado de unos desmontes y<span class="pagenum" -id="Page_47">[p. 47]</span> solares. «Este sobra; podremos tener un -huésped», indicó mi tío.</p> - -<p>Acabado el reconocimiento, recalamos en el despacho y mi tío sacó un -puro y me ofreció otro, no sin elogiarlo mucho; mas como yo no fumo, se -lo restituí para que pudiese, según dijo él mismo, «cumplir con otra -persona». Cuando encendió la regalía le solté la buena noticia del año -aprobado. Su fisonomía se iluminó, revelando júbilo sincero. Dos o tres -veces le ví llevarse la mano al chaleco, mientras murmuraba con la voz -atascada por sostener el puro entre los dientes: «Bien, hombre bien... -Con que otro añito, otro... Ya sólo faltan dos..., ¡Alsa, pilili!... -a ese paso pronto echarás puentes sobre el Lérez. Deja, que ya te -empujaremos en las obras de la Diputación... Hay que saber tocar los -registros. Tú entenderás de problemas de álgebra, y mucha ecuación por -aquí y mucho logaritmo por allá; pero yo... yo conozco el teclado.» -Cuando me levantaba para irme, se decidió e introdujo la mano, no en el -chaleco, sino en el bolsillo interior del gabán, sacando una carterita, -de la cual extrajo un billete todo bisunto. ¡Cuántas veces había yo -observado este combate entre la cicatería y el instinto inteligente de -D. Felipe, que le dictaba cómo y cuándo era forzoso, reproductivo o -extremadamente agradable gastar! Nunca le ví desprenderse de una peseta -sin percibir el esfuerzo y la angustia interior del ánimo, la despedida -llena de nostalgia que daba a sus monises. Era evidente que la razón -le imponía el gasto, pero siempre riñendo batallas con el genio. Para -observadores superficiales, si mi tío no pasaba por espléndido, tampoco -era el tipo del avaro; para mí, que le estudiaba con la perspicacia -cruel de la repulsión, la avaricia asomaba su pico de lechuza, pero -recatándose, larvada y latente, estado a que reduce la civilización -a pasiones o monomanías que en otras épocas de mayor iniciativa -individual alcanzaban su trágica plenitud. Mi tío era un<span -class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> avariento frustrado; la -sagacidad y los apetitos de bienestar y goce que ha desarrollado la -sociedad moderna contrarrestaban su inclinación, porque actualmente el -avaro a la antigua se pondría en ridículo; no podría alternar. Pero -bajo el hombre de nuestra época, que sabe adquirir para gozar, yo veía -al hebreo de la Edad Media, de ávidos y ganchudos dedos, ahorrador -hasta la demencia. Siempre que aflojaba alguna suma, las mejillas de -mi tío palidecían un poco, su boca se hundía y sus ojos vagaban por el -suelo, como si quisiese ocultar la expresión de la mirada.</p> - -<p>En fin, él me alargó el billete. «Para que vayas a mi boda. -Ahora hay unos viajecitos de ida y vuelta ¿te haces cargo? Sí; se -toma el billete por dos meses, o no sé por cuánto tiempo, y resulta -arregladísimo. Por supuesto, que tú irás en segunda: en tercera se pasa -muy mal. Ya puedes escribirle a tu madre el día que piensas salir. -Cuanto más pronto mejor, porque respiras aire de campo, y te ahorras -posada. Tu madre está en la Ullosa. Desde allí a Pontevedra y al -Teixo... un paso. Preséntate días antes de la boda... que, no sé si te -lo dije, será el día del Carmen. En el Teixo hay habitación para todo -el mundo; es un Pazo recompuesto y arreglado hace poco. No estorbarás. -Anima a tu madre: temo que con sus rarezas sea capaz de no ir.»</p> - -<p>Caía la tarde y el esterero daba su faena por terminada; mi tío, -embolsando el llavín, salió de la casa conmigo. Echamos calle abajo y -nos metimos en el tranvía descendente. Llegamos a la Puerta del Sol; y -en vez de dirigirnos al Hotel, subimos a otro tranvía, el que conduce -a la calle Ancha de San Bernardo. «Acompáñame, ven conmigo,» dijo -el hebreo. «Ya que estás en vacaciones, ¡pch! no te perjudicará la -distracción. ¡Vas a ver género fino!»</p> - -<p>Aunque me sospechaba lo que podía ser el <i>género fino</i>, no dejé -de sorprenderme cuando una hembra superior nos abrió la puerta -de un tercero, en la ex<span class="pagenum" id="Page_49">[p. -49]</span>traviada calle del Rubio. La hermosa vestía bata de percal -granate con flores amarillas; calzaba chinelas; llevaba ese peinado de -exageradas <i>peteneras</i> sujetas con goma, que las mujeres del pueblo -bajo de Madrid han desechado hoy para usar un retorcidillo puntiagudo. -Admiré su negrísimo pelo, sus gallardas formas, sus mejillas, en que -una fresca palidez luchaba con los polvos de arroz, ordinarios y dados -aprisa; y sus ojos de terciopelo, atrevidos, pero dulces a la sombra -de las pobladas pestañas, claváronse en los míos, y me dijeron algo -a que inmediatamente respondí con el propio lenguaje mudo. Detrás de -este bello ejemplar del tipo madrileño, asomó la cabeza una mocita más -joven, menos guapa, desmedradilla, burlona, tan repeinada y empolvada -como su hermana mayor. Mi tío entró con fueros de conquistador y amo. -«A ver... inmediatamente... aquí todo el mundo... Hoy os traigo un -pollo... cuidadito cómo me le obsequiáis». Diciendo así guió por el -pasillo de desencajados baldosines a una salita estrecha, sin otro -mobiliario más que un sofá y dos butacas resguardadas por camisones de -percal, una barnizada consola de caoba, algunos cromos «de frailes», -un veladorcito donde se destacaban varios frascos de goma, platos -desportillados, pinceles y tijeras. Por sillas, sofá, piso, consola y -hasta creo que por el techo y las paredes, andaban esparcidos infinidad -de retales de gró, raso y felpa, azules, morados, verdes, rosa, de -todos los colores del arco íris, mezclados y revueltos con tiras de -cartón, redondeles de lo mismo, recortes de papel dorado y plateado, -esterillas y galones, cromos y estampas, florecitas y otros mil -accesorios pertenecientes a la graciosa industria de cubrir y guarnecer -cajas de dulces «para bodas y bautizos»: que este era el oficio -<i>oficial</i> de aquellas barbianas.</p> - -<p>Una mujer como de cincuenta años, ajada, sucia y de ojos muy -tiernos, se ocupaba en decorar una espe<span class="pagenum" -id="Page_50">[p. 50]</span>cie de saquito de tafetán lila, pegándole -en cada lado un ramo de azucenas y la cara de un ángel, que recortaba -de una hoja de cromos, donde había por lo menos cinco jardines y diez -legiones celestiales. Saludó a mi tío con un «felices» bastante seco -y continuó pegando ángeles y azucenas. Entonces mi tío, volviéndose -hacia las muchachas que nos seguían, las agarró consecutivamente por -la barbilla y me las presentó. «La señorita Belén... La señorita -Cinta...» Después, acercándose al velador, exclamó en tono chancero: -«Está tan ocupado esto... Qué barricada... A ver si lo desembarazáis -un poco, chicas. Hay que festejar a mi sobrino». Intervino la vieja, -exclamando con acritud: «¡Eso; aire; a perder la tarde tocan! Cuando -venga la de entregar la labor, le decimos al de la fábrica que hubo -palique, ¿verdausté? Y sépase que de comer no hay aquí ná, sino una -pobreza de almejas con arroz». Los labios de mi tío sufrieron aquella -contracción especial que precedía a un gasto; pero fué instantáneo -el estremecimiento, y sacando del bolsillo del chaleco algo que -abultaba más que un billete, se lo puso en la mano a la mozuela, -diciendo: «Cintita, súbete Jerez y pasteles... y también aceitunillas -y naranjas». El argumento fué convincente para la vieja. «Amos, me -largaré al otro cuarto con la música de pegar estos muñecos. Pa que -desocupen el velador y estén ustés a gusto».</p> - -<p>Vinieron los pasteles y la botella; aparecieron algunos vasos -verdosos, traídos de las profundidades del antro de la cocina, y se -animó la escena bastante. Belén descolgó una guitarra y se cantó -no sé qué, con esa ronquera flamenca que recuerda el arrullo de la -paloma, y con el salero de su belleza meridional, luciendo el pie -tentador y curvo apoyado sobre las barras de la silla. Cinta trajo -una pandereta, y se la puso a guisa de calañés, sacudiendo la cabeza, -riendo a borbotones y divirtiéndose en arrojarnos cáscaras de naranja: -después desenterró de un cajón<span class="pagenum" id="Page_51">[p. -51]</span> un viejo mantoncillo de Manila, con flecos y bordado -charro, y empezó a hacer contorsiones declarando que quería <i>matar la -culebra</i>. Hubo olés, empujones, carreras, butacas volcadas y recortes -de seda volando por los aires; después nos obligaron a nosotros a -rascar la guitarra y a jalear, mientras bailaban las señoritas. Armóse -la juerga, y el Jerez corría que era una bendición de Dios. Por falta -de sacacorchos, mi tío rompió la botella contra la arista del velador -de mármol, y como el líquido desapareciese rápidamente, mandó a Cinta -subir más. «Se me han acabado los cuartos», alegó la muchacha. Mi -tío frunció algún tanto el entrecejo. «Si te dí cuatro duros...» -Intervino la señorita Belén. «Galleguito, no hay que ser roñoso... Aquí -estamos necesitando horror de cosas, y en la tienda no les da la gana -de fiarnos por nuestra cara bonita... Cállese usted, cuentacominos, -miserable». Entre regaños y monerías, aflojó el pagano otros dos pesos; -y no nos faltó con qué remojar el gaznate. La cara de mi tío echaba -chispas; por cada poro de la piel diríase que asomaba una gota de -sangre; su lengua si no trabada del todo, se revolvía con dificultad; -en cambio sus miradas relucían más que nunca, y una expresión de -beatitud, el regocijo de la materia, se acentuaba en sus facciones. Yo -también advertía los efectos del licor, que con no ser muy auténtico, -se subía al piso alto, y entre esta excitación y otras muy naturales -en la mocedad y en presencia de dos ninfas —la una arrogante y la otra -picante y salada, pero ambas capaces de volver tarumba a un ermitaño, -cuanto más a un estudiante—, encontrábame fuera de quicio.</p> - -<p>No sería justo decir que me achispé. El innoble embrutecimiento -por la bebida es un estado a que me había propuesto no llegar nunca. -Con frecuencia había visto a Botello completamente beodo, tropezando -aquí y acullá, ya tumbado, ya alborotado y frenético, y nunca olvidaba -el espectáculo de aquella her<span class="pagenum" id="Page_52">[p. -52]</span>mosa criatura convertida en bestia, profiriendo absurdos o -llorando como un becerro. Luis Portal, el hombre del justo medio en -el epicureismo, solía decir: «En las bromas, para sacar partido, hay -que estar unas miajas alumbrado, pero nunca mareado: debe conservarse -cierta sangre fría, y divertirse a cuenta de los borrachines». Observé -esta máxima, y pude mantenerme en el límite de la animación sin -embriaguez; hice disparates comprendiendo que los hacía, y saboreando -el placer de hacerlos.</p> - -<p>La juerga iba siendo redonda. Mi tío se corrió a soltar otros -tres pesos; Cinta bajó distintas veces, ya por chuletas, ya por una -ensaladita de langostinos, ya por dulces, ya por fruta; a última hora, -sangría nueva para café y licores; en fin, se juntó una apetitosa -comida-cena. La vieja debió de engullirse sola, allá en la cocina, la -cazuela de arroz con almejas que pensaban cenar todas, pues este plato -casero no salió a relucir.</p> - -<p>De aquella madriguera diabólica no nos evadimos hasta las tres y -media. Por la mugrienta escalera nos alumbró la mamá, amparando con la -mano un reverbero de petróleo, que sacaba flecha de apestosa luz: y -cuando nos vimos en la calle, la primera bocanada de aire relativamente -puro me sorprendió como el despertar de un sueño. En cuanto a don -Felipe, se relamía. «¿Qué tal las gachís? ¿Eh? Son de lo que no se -gasta por nuestra tierra. ¿Cuál prefieres? ¡Ah, claro, la Belén es -de órdago! ¡Qué esto, y qué aquello, y qué lo otro tiene la indina! -¡Por supuesto, me figuro que tú eres un hombre formal, y... chitón! De -estas pavas que uno corre por aquí no conviene que se enteren allá; son -guasas inocentes, que a nadie perjudican. Hay que pasar el rato, chico, -por lo mismo que va uno a entrar en otro estado muy diferente... Una -cana al aire siempre gusta echarla. Y la Belén y la Cinta no son de las -más exigentes, aunque si pueden, todo el día ha de estar uno chorreando -pesetillas».</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span>—¿Por qué no les -dió usted desde luego un billete o dos? Mejor fuera eso que regatear el -duro ahora y el duro después.</p> - -<p>—¡Psstt! ¿Tú por lo visto eres algún príncipe ruso? Pues con estas -pájaras, si abre uno la mano... Si acierto a enseñarles la cartera... -Hasta me había pesado llevarla, porque, en estas historias puede -ocurrir...</p> - -<p>Se detuvo de repente, completamente disipados los vapores del Jerez, -alarmadísimo, y echando con precipitación mano al gabán, exclamó:</p> - -<p>—Pues... mi cartera... lo que es mi cartera no va aquí... ¡Demonios -coronados! No está, no está... ¡Aquellas tías ladronas me la habrán -cogido! Tres billetes de a cien nada menos... ¡Centellas! ¡Chispas! Que -no está, te digo... ¡Vamos a sacársela!</p> - -<p>—Mire usted bien... —murmuré disimulando a duras penas el asco—. -Mire usted... ¡Robada! ¡Qué disparate! Por aquí se me figura que abulta -el sobretodo...</p> - -<p>Respiró profundamente: la cartera había parecido. La palpó gozoso y -se detuvo bajo la luz de un farol para asegurarse de que el contenido -estaba intacto. Recobrado el buen humor, y registrando en los rincones -de la cartera añadió:</p> - -<p>—Y para más, iba con el dinero el retrato de mi novia. Buena se -armaba si me lo pillan. La Belén es muy capaz de picarle los ojos con -un alfiler de a ochavo.</p> - -<p>Me alargó la fotografía. Era chica, de tarjeta, y ví un rostro -juvenil, un peinado sencillo, que descubría una frente ancha y convexa, -y unos ojos vivos, con un rayo de pasión y voluntad que me sorprendió, -pues yo me figuraba a la novia de mi tío apagada y dulce, sometida a -todas las imposiciones por su pasividad. Lo que no la encontré fué -tan fea como aseguraba mi madre. Tenía una de esas caras que, sin -irradiación de belleza, atraen la mirada segunda vez.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span>Dejé a mi tío a la -puerta de su hotel y me recogí a horas ya no muy distantes de la del -alba. ¡Lo que me mareó Portal al día siguiente! Me olfateaba la ropa y -luego me pellizcaba, exclamando: «¡Ah trucha, perdis, apunte! <i>¡Odor di -femina!</i>» De repente soltó la carcajada. «¿Qué es esto?»</p> - -<p>En la pierna izquierda de mi pantalón había pegadas dos cabecitas de -angelote, una rosa, una vara de azucenas, y no sé qué atributos más. -No hubo remedio sino cantar de plano y hacer una descripción fiel, -circunstanciada y tentadora de las artistas en cajas de dulce.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_6"> - <h2 class="nobreak">VI</h2> -</div> - -<p>¡Con qué gusto emprendí el viaje hacia Galicia! En Madrid calor -asfixiante ya, y en la tierra aire fresco, saturado de campestres -aromas. Parecíame como si nunca lo hubiese respirado y mis pulmones -resecos necesitasen, para funcionar en las condiciones fisiológicas -normales, aquellas partículas de humedad deliciosa. No soy de los -gallegos que sienten la <i>morriña</i>; sin embargo, el primer grupo de -castaños que se perfiló en el horizonte me pareció un amigo que con -acento de bienvenida me saludaba.</p> - -<p>Mi madre estaba en la Ullosa, y allá fuí derecho, parte por el coche -de línea, parte a pie, según exige la situación de la finca. Llegué -a la puesta del sol; mi madre salió a esperarme al camino, y medio -agarrados de las manos y medio de bracete, anduvimos el trecho que -separa a la Ullosa de la carretera provincial. Cuando se hubo enjugado -el rocío que siempre asoma a los párpados de una madre que ve a un hijo -después de año y medio de ausencia, empezó el fuego graneado:</p> - -<p>—¿Conque tu tío pone casa, eh? ¿Es verdad que la<span -class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> amuebla a todo lujo? Así -hace el que puede y no el que quiere. ¿La cama dicen que es preciosa? -¿Y de alquiler, qué paga? De seguro una barbaridad, porque en ese -Madrid todo está por las nubes. ¿Y sabes si ya tomó criada? Milagro -será que no meta en casa una bribona. ¿Conque mucho de muebles majos? -Aire, aire a los cuartos del Ayuntamiento. Para eso se hacen ciertas -porquerías. No me digas que no, Salustiano, que me voy a poner fuera de -mí.</p> - -<p>—Pero mamá, ¿qué nos importa a nosotros eso? —exclamé cuando pude -meter baza— ¿ni qué culpa tengo yo de que el tío se case?</p> - -<p>—Como me escribiste que hacía bien... —me respondió deteniéndose -para respirar y con los labios temblorosos, a la manera de los niños -cuando les entra coragina.</p> - -<p>—No parece sino que por lo que yo dijese iba a guiarse el tío. Es -preciso que usted se conforme, mamá, y aguante lo que no es posible -evitar. Creo que vale más proceder así, por todos estilos, hasta por -conveniencia propia.</p> - -<p>Mamá clavó los ojos en mí. Era mayor dos años que el tío Felipe y -se conservaba muy agradable, gracias a su robusta salud, a la vida -higiénica y natural que llevaba casi siempre, y acaso a la falta de -meditación profunda y de fatiga intelectual, a una movilidad de pájaro -y a una facilidad para encolerizarse y aplacarse que le esparcía -la bilis y fustigaba su sangre, aligerándola. Esta volubilidad, -esta incapacidad de elevarse a la región de las ideas generales y -abstractas, conservaban a mi madre toda su fuerza para la acción. Era -su voluntad quien guiaba a su pensamiento, y el predominio del elemento -afectivo y activo se leía en su frente lisa y angosta, en el mohín -voluntarioso de sus labios, en la mirada inquieta y preguntona de sus -ojos nunca distraídos.</p> - -<p>Mi madre no se recogía a Pontevedra sino en tiempo de frío riguroso, -o en Semana Santa y Pascua,<span class="pagenum" id="Page_56">[p. -56]</span> para cumplir con la Iglesia. La huerta de la Ullosa la -mantenía durante el año entero. Con tanto renegar de la estirpe de -los Cardosos, mi madre tenía mucho de la adquisividad, la economía -sórdida y el genio mercantil que caracterizan a la raza hebrea. ¡Lo -que puede el cariño, y cómo enreda las nociones de la lógica! Estas -condiciones, que en mi tío me repugnaban, parecíanme virtudes en mamá, -y lo eran en efecto, si es virtud acomodarse a la necesidad. Con -tristes ocho o nueve mil realitos, que a lo sumo y exprimiéndolo bien -podría rentar nuestro patrimonio, era gran milagro vivir con cierto -bienestar relativo, sufragar no pequeña parte de los gastos de mi -carrera, y esconder en las vueltas de un colchón cuatro o seis onzas -para un apuro. Quien esto consigue, no es una mujer cualquiera. Mamá -vestía siempre de hábito del Carmen, por ahorrar trajes, claro está; -del lino que producían sus heredades hacía tejer lienzo, ese lienzo -gallego moreno y duro que nunca se ve roto, para camisas y sábanas; de -una viña de uvas agrias sacaba vinillo clarete para dármelo a beber -en las vacaciones; del centeno de su renta amasaba el pan que comía; -con un par de cerdos, engordados en casa, armaba puchero para todo el -año; criaba gallinas y conseguía huevos; recogía leña en una mota de -bosque; tenía vaca y la revendía con ventaja en la feria cuando ya -no daba leche; otros ganados los llevaba a parcería con sus caseros; -del orujo de la vid destilaba aguardiente y en él ponía guindas en -conserva; en fin, sacaba el jugo al dinero y a la propiedad, realizando -esos prodigios de buen gobierno, frugalidad y orden de la mujer cuando -vive sola. Obligada por su sexo a limitar la esfera de su actividad, -se desquitaba no perdiendo ni el valor de un alfiler. Sana, animosa, -infatigable, todas las horas del día las empleaba en algo útil, y -hasta sospecho que en más de una ocasión bordó o cosió para fuera -secretamente.</p> - -<p>—El día que acabes la carrerita y salgas ganando<span -class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> ya tu sueldo, estaré -hecha una reina —decíame cuando me admiraba de verla tan atareada y -afanosa. Y yo estudiaba con gusto pensando que los últimos años de mi -madre serían felices. Idea errónea; porque aunque mi madre apalease -el dinero, había de agitarse lo mismo, dada su índole. Rebosaba tanta -vida; era un sér tan lleno de energía y tan resuelto a sacar partido de -la existencia, que lejos de infundir lástima, debía inspirar envidia -a los que habitamos mucho en nosotros mismos y acabamos por hacer de -nuestra imaginación cárcel celular. El carácter de mi madre es de los -que constituyen a los individuos felices, fuertes y armados contra los -rozamientos de la realidad. ¡Cosa rara! Cuando yo no veía a mi madre, -la idealizaba, suponiéndole ciertas condiciones y debilidades propias -de su sexo, a las cuales era muy ajena. Verbigracia: me empeñaba en -suponerle ardientes convicciones religiosas, y algunas veces me sucedió -contestar a las bromas impías de los compañeros o exclamar al exponer -una opinión atrevida: «¡Líbreme Dios de que lo supiese mi madre!» Si -comía carne en Semana Santa, o recordaba el tiempo transcurrido ya sin -oir misa, pensaba: «¡Ay si mamá se entera!» Y el caso es que mamá, a -pesar de su hábito del Carmen, se limitaba a cumplir lo más superficial -de los mandamientos de la Iglesia, sin que le importase gran cosa el -estado de mi espíritu.</p> - -<p>No por eso carecía de creencias aquella gallega briosa. Sin duda por -transmisión hereditaria de la rama israelita, la concepción religiosa -más arraigada en mi madre era la de un Dios airado, rencoroso e -implacable: el Dios bíblico que «visita la iniquidad de los padres en -los hijos, hasta la tercera y cuarta generación». Creía buenamente que -Dios lo venga todo a rajatabla, aquí de tejas abajo; y se imaginaba -además que esas venganzas y represalias celestiales, estaba el Señor -dispuestísimo a ejercerlas contra todos cuantos le molestasen a ella, -Benigna Unceta,<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> -por cualquier causa o en cualquier asunto. Gracias a aquella -incapacidad suya de generalizar las ideas, presumía que sus agravios y -resentimientos personales interesaban muchísimo a la divinidad. Tanto, -que al detenerse en el repecho que nos separaba de la Ullosa, hubo de -exclamar en profético tono, agitada con todo el sobrealiento de la -subida y la vehemencia de su genio.</p> - -<p>—Ya verás cómo Dios castiga a tu tío Felipe sin palo ni piedra: ya -lo verás. Deja correr el tiempo. No se escapa.</p> - -<p>Protesté contra tan peregrina suposición, y como si alguna voz -descendida de otras regiones se uniese a mí para rechazar cuanto no -fuese perdón y caridad, sonó en la iglesia próxima el <i>Ángelus</i> con -tristeza resignada y argentino y poético doble.</p> - -<p>Mi madre se volvió bruscamente y me interrogó:</p> - -<p>—¿Tú vas a la boda?</p> - -<p>—Sí, señora, y usted también debiera ir. Es una campanada que usted -no vaya.</p> - -<p>—Déjame de historias, que no se me antoja presenciar semejante -esperpento. Cosa más disparatada no se ha visto ni verá. ¡Quiera Dios -que a tu señor tío no le nazca madera de aire!... y le nacerá; que eso -busca. ¡A su edad casarse! ¿Estaría bonito que me casase yo ahora?</p> - -<p>Bregué con aquella obstinación invencible, alegando que mi -tío contaba muy buena edad para matrimoniar, y nosotros haríamos -desairado papel enojándonos por acción tan justa y sencilla. «El -viento —replicaba mamá furiosa—. Valiente mamarracho defiendes. Yo sé -lo que digo, y sé también las palabras que se me dieron. Ya Dios le -ajustará las cuarenta. No creas que estoy loca, no; él ha de caer... -¡Ya lo verás! Y la muchacha que se casa con él, te digo que no tiene -vergüenza. A tu tío no le quería yo ni cubierto de oro, y si no fuese -mi hermano...»</p> - -<p>Dióme de cenar mi madre un plato regional que<span class="pagenum" -id="Page_59">[p. 59]</span> sabía me agradaba mucho. Eran <i>papas</i> -o puches de harina de maíz con leche fresca. Sacaba las <i>papas</i> -hirviendo, las dejaba enfriarse y formar costra, y abriendo un agujero -en medio de la pasta, derramaba allí la leche riquísima contenida en -un puchero de barro. Mientras yo despachaba este manjar de homérica -sencillez, ella no cesaba de hablar, de preguntarme, y siempre volvía -al punto inicial... mi tío.</p> - -<p>—Ahora está metido en una, que no sé cómo va a salir... Una trifulca -atroz, en que me parece a mí que le van a dar el escarmiento... Otro -chanchullo más gordo que el de los solares y los ranchos... ¡y cuidado -que aquel!... El de ahora es cuestión de la contrata de la plaza -de abastos: dicen que tu tío va a medias con el contratista en las -ganancias, y que le concedieron unas ventajas atroces y el hombre no -ha cumplido ninguna condición, absolutamente ninguna, y el Municipio -le pone pleito. Y hoy el Municipio no es lo que era el año pasado: -tu tío no manda allí. Tendrá que ir en romería al Santo... Si don -Vicente no lo saca de ésta, mal negocio. Con el gallo de la protección -de don Vicente, que no sabe lo que pasa entre cortinas, hacen de -esta provincia cuanto se les antoja. Como tu tío se larga a Madrid, -le van a alquilar para el correo la casa suya de Pontevedra... Otro -guisado. Bonitos andamos. En estos tiempos es preciso que todo el -mundo se despabile. Yo no soy hombre, que si lo fuese, iría también en -peregrinación al Santuario. Esto te lo digo yo aquí; pero por fuera, -cuidadito con lo que hablas... No conviene que te cojan tirria estos -enredadores: con el tiempo te podrán servir.</p> - -<p>Viéndola tan expansiva, la agarré por el talle, la besé en el -pescuezo y las mejillas, y me determiné a decirla riendo:</p> - -<p>—Mamá, para presentarme en el Tejo con un poquito de decoro, me es -indispensable llevar un regalo a la novia de mi tío. Él será lo que -gustes, y nos<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> habrá -jugado mil perradas, pero al fin está sufragando mucha parte de los -gastos de mi carrera.</p> - -<p>—Por algo lo hace. Chiquillo, ojo. Si fuésemos a reclamar nosotros -lo que nos corresponde de derecho... Y a saber si hoy en adelante sigue -pagando.</p> - -<p>—Pues no importa, mamá; pues no importa. Aunque no pague. El -regalito.</p> - -<p>—¡Pero si no tengo un cuarto! ¿Tú crees que aquí se fabrica moneda? -Sí, ¡para fabricar estamos! Caro me cuesta salir del día.</p> - -<p>—Bueno —respondí con resolución—. Entonces no hay más que hablar: -mañana voy a Pontevedra y empeño el reloj o las botas... Regalo ha de -haber... No me dejes en vergüenza.</p> - -<p>A la mañana siguiente mi madre entró a despertarme. Traía bajo del -brazo un cesto de cerezas maduras, que puso sobre la cama para que me -desayunase: y entre los dedos dos redondelitos brillantes que elevó a -la altura de mis ojos. Eran dos monedas de a cinco.</p> - -<p>—¿Qué te parece? ¡Cuántos trabajitos para juntar esto! Anda, vé y -derróchalo; estrágalo, ya que te da por ahí... No quiero que digas que -tu madre te deja mal, pudiendo dejarte bien, en parte ninguna.</p> - -<p>La eché los brazos al cuello y la dí tres o cuatro besos -<i>chilreados</i>, mientras ella se defendía mal exclamando: —Payaso... -sobón... que te pego, insolente.</p> - -<p>Con los diez duros adquirí en la metrópoli un imperdible o cosa -parecida, que representaba dos áncoras cruzadas y en medio un -cupidillo, con un rubí chico y dos perlas. Dijes chabacanos que inventa -la moda y reprueba el buen gusto. Pero en fin, ya no iba a la boda con -las manos vacías.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p> - <h2 class="nobreak">VII</h2> -</div> - -<p>De Pontevedra a San Andrés de Louza y a la quinta de Tejo, es -jornada recreativa más bien que viaje. Atravesé la ría en una lancha -alquilada en Pontevedra; desembarqué en la opuesta orilla, y me restaba -andar a pie cosa de un cuarto de legua por la comarca más pintoresca -que soñarse puede. Desde la playa, cuya arena finísima conserva la -huella del pie y rodean grandes matas de áloes en flor, hasta los -senderos cuajados de madreselva y los campos de maíz susurrantes al -soplo del viento, todo me pareció un oasis, y mi espíritu se inundó -de esa vaga felicidad que en la juventud nace de la excitación de -los sentidos y de una especie de presentimiento inexplicable, nuncio -del porvenir: presentimiento que sin augurarnos sucesos felices, nos -anuncia emociones, derroches de vida.</p> - -<p>Situada en un alto la quinta del futuro suegro de mi tío, la ví -desde la misma ensenada donde desembarcamos. Por mejor decir: lo único -que distinguí claramente fué la torre cuadrangular, almenada, y las -ventanas cuyos cristales teñía de rojo y oro el sol poniente. El resto -del edificio lo cubría una masa de verdor, como de arboleda. De todos -modos, para orientarme bastaba con lo visto. Dejé mi maleta en el -pueblo, advirtiendo que ya enviaría por ella a la mañana siguiente, y -emprendí la caminata.</p> - -<p>Subí por el sendero en cuesta, azotando con la vara que empuñaba -los sonoros maizales y los zarzales, de donde volaban asustadas las -mariposas; y a una vuelta del camino, sorprendióme extraordinariamente -la vista de un hombre sentado en una pie<span class="pagenum" -id="Page_62">[p. 62]</span>dra... La sorpresa no se explica al pronto, -pero el caso es que el hombre era un fraile.</p> - -<p>Por primera vez de mi vida veía yo un fraile en carne y hueso. Me -admiré como si creyese que los frailes ya no podían encontrarse más -que en los lienzos de Zurbarán. De pinturas del Museo y la Academia; -de haber visto a Rafael Calvo, una tarde, representar el drama del -duque de Rivas <i>Don Álvaro o la fuerza del sino</i>, se derivaban todos -mis conocimientos en indumentaria frailesca. Comprendí que el fraile -sentado en la piedra era un franciscano: el sayal se plegaba de un modo -estatuario sobre sus piernas; la capucha la tenía caída, y en la mano -uno de esos sombreros de abate francés, de alas abarquilladas, con el -cual se abanicaba la frente sudorosa, respirando fuerte. Luego depositó -el sombrero en el suelo, y volviendo hacia fuera los codos y apoyando -en los muslos las manos abiertas, se quedó meditabundo. Yo le observaba -con ardiente curiosidad, imaginándome que por el hecho de ser fraile -había de meditar aquel hombre en cosas o estrambóticas o sublimes. Él -alzó la mano derecha, y deslizándola en la manga izquierda, sacó de la -especie de bolso que formaba la joroba de la manga un pañuelo enorme, a -cuadros blancos y azules, y se sonó ruidosamente. Después se incorporó, -recogió su chapeo y rompió a andar, a tiempo que emparejé con él.</p> - -<p>No sabía si ponerme a su lado, quedarme atrás, o adelantarme y darle -las buenas tardes sencillamente. Me atraía aquel hombre sin motivo -ninguno. De los frailes tenía yo dos ideas muy antitéticas que, sin -embargo, coexistían en mi espíritu: por un lado el fraile de cromo -de Ortego, picaresco, glotón, lascivo, beodo, «hombre sin vergüenza -asomado a una ventana de paño», por otro el fraile de las novelas y los -poemas, tétrico, exaltado, visionario, con la mente enflaquecida por el -ayuno y los nervios desequilibrados por la continencia, huyendo de las -mujeres, evitando<span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span> a -los hombres, lleno de flato, de tentaciones y de escrúpulos. Y quería -saber a qué sección de estas dos pertenecía el caminante.</p> - -<p>Como si me hubiese adivinado el pensamiento, al sentir mis pasos se -detuvo, me miró cara a cara, y me dijo con acento imperioso:</p> - -<p>—Felices tardes, caballero. Usted me dispensará que le haga una -pregunta. ¿Viene usted por casualidad de San Andrés de Louza? ¿Va usted -a la Torre de los señores de Aldao?</p> - -<p>—Sí señor, allá voy —contesté un tanto sorprendido.</p> - -<p>—Pues si usted no tiene inconveniente iremos juntos. Sé ir, porque -estuve aquí otra vez. Me tomo la libertad de hacer a usted esta -proposición, figurándome que en el campo no molesta...</p> - -<p>—¡Molestar! Al contrario —respondí, agradado de la marcialidad del -Padre.</p> - -<p>Echamos a andar brazo con brazo, pues el sendero se ensanchaba, -y permitía este lujo de sociabilidad. Entonces reparé que el fraile -iba descalzo, con unas sandalias que sujetaban el pie por el empeine -dejando libres los dedos, que eran bien modelados y carnosos, como -los de las esculturas de San Antonio de Padua. Empezó a dirigirme -preguntas.</p> - -<p>—Ha de perdonarme usted; soy amigo de la franqueza y de que la gente -se conozca. ¿Es usted acaso pariente de Carmiña Aldao?</p> - -<p>—No, señor, de su novio. Nada menos que sobrino carnal.</p> - -<p>—¡Ah! Ya sé. El que estudia para ingeniero en Madrid. El hijo de -Benigna.</p> - -<p>—Justo. ¿Cómo está usted tan bien informado?</p> - -<p>—Diré a usted: la familia de Aldao me distingue con bastante -confianza: por eso me encuentro al tanto de esos pormenores. ¿Y qué -tal, qué tal de estudios? Ya sé también que es usted muy asiduo, y -joven de gran porvenir. Tengo muchísimo gusto en<span class="pagenum" -id="Page_64">[p. 64]</span> conocerle; se lo digo de corazón; gasto -pocos cumplimientos. ¡Ah! Y ahora caigo en la cuenta de que todavía no -sabe usted mi nombre. Como un pobre religioso no necesita presentarse, -que el hábito le presenta... Me llamo Silvestre Moreno, para -servirle.</p> - -<p>—Yo Salustio...</p> - -<p>—Ya estoy, ya estoy. Salustio Meléndez Unceta.</p> - -<p>—Veo que no hay cosa que usted ignore.</p> - -<p>—Eso quisiera —repuso el fraile riendo de muy buena gana; y de -pronto, deteniéndose bruscamente:</p> - -<p>—¿No podría usted hacerme el favor de un cigarrito de papel?</p> - -<p>—No fumo —contesté con cierta prosopopeya, que después me pareció -ridícula.</p> - -<p>—Hace usted bien: una necesidad menos... Pero yo ¡caramelo! estoy -tan viciado, que... En fin, lo mismo da; hasta el Tejo, paciencia.</p> - -<p>—¿Desde cuándo no ha fumado usted?</p> - -<p>—¡Caramelo! Desde ayer por la tarde. En Pontevedra paré en casa -de una señora anciana, muy respetable, viuda, sola, que, como usted -comprenderá, no fuma, ni su criada tampoco. Por la mañana, cuando me -afeité, me dí un par de cortes; tenía un serrucho por navaja; y la -señora fué tan caritativa, que me compró una navajita inglesa que -corta el pensamiento, finísima... aquí la llevo —añadió señalando a la -manga—: no la he estrenado todavía. Ya ve usted que después de este -obsequio, que debe de haberle costado algunas pesetillas, yo no iba a -ser tan gorrón que le pidiese cuartos para tabaco...</p> - -<p>—Pero —exclamé contagiado por la franqueza del fraile— ¿es que no -lleva usted consigo un céntimo?</p> - -<p>—Pues claro que muchísimas veces no lo llevo, ni medio tampoco.</p> - -<p>—¿Y cómo es posible?</p> - -<p>—¿Y el voto de pobreza, recaramelo, es guasa?</p> - -<p>—Siento muchísimo no fumar —exclamé— para este caso tan solo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span>—No se apure usted, -amigo, que los frailes no nos apuramos tampoco porque nos falte una -mala costumbre. Además que en cuanto lleguemos al Tejo... ya verá usted -el señor de Aldao cómo se despepita a ofrecerme cigarros.</p> - -<p>Dijo esto con alegre filosofía y emprendió el camino con buen ánimo -y gentil determinación, andando más listo que un servidor de ustedes. -Una pregunta me bullía en los labios y me resolví a formularla.</p> - -<p>—¿No le molesta el ir descalzo?</p> - -<p>Volvióse sorprendido el fraile.</p> - -<p>—No, señor —contestó, recapacitando como para recordar si en efecto -le molestaba la descalcez—. Al principio eché de menos, no los zapatos, -sino las medias, y eso que no tenían nada de finas: mi madre me las -calcetaba bien gordas, y yo nunca usé otras sino las calcetadas por -mi madre. Digo, sí... acabo de usarlas no hace mucho... y de seda -finísima; para que vea usted; no vaya a creerse que porque soy fraile -no he gastado de esos lujos. Pero en fin, esto es capítulo aparte. -Viniendo a lo de la descalcez, que es lo que usted me pregunta, y a que -yo quiero contestar categóricamente, sepa que desde que voy descalzo, -nunca tuve sabañones en los pies, ni callos, ni ojos de gallo, ni cosa -parecida. —Al decir esto sacaba el pie, que, en efecto, era contorneado -y sano, sin esa deformación de los dedos que produce la bota—. Y mire -usted lo que puede la costumbre, caballero. Ya me parece que estoy más -limpio así. Se me figura que las calcetas y el calzado no consiguen más -que archivar las porquerías. Nadie que vaya descalzo lleva los pies -realmente sucios, por mucho que trajine y mucho calor que haga, sobre -todo si tiene la manía que tengo yo...</p> - -<p>Diciendo y haciendo, se apartó diez pasos, y llegándose al regatillo -que corría al borde del sendero, entre cañas y mimbrales, dejó en -tierra las sandalias, remangó un tanto el hábito y metió un pie tras -otro<span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span> en el agua -corriente. Después que hubo secado las plantas en la hierba, se volvió -a poner sus sandalias y miró con aire victorioso. Yo sonreí impulsado -por una idea, o más bien por un sentimiento cordialísimo, que podía -traducirse en esta forma:</p> - -<p>—¡Qué fraile más raro y más simpático!</p> - -<p>—Vamos —me dijo—: adivino lo que está usted pensando, caballero.</p> - -<p>—Puede ser. Diga usted y yo le diré si acierta.</p> - -<p>—Pues, ¡caramelo! Usted piensa allá para su sayo... que los frailes -gastamos pocos cumplidos, que somos muy democráticos y muy ajenos a los -estilos de la sociedad, y que en seguida entruchamos con la gente.</p> - -<p>—No, señor, no era eso. Yo pensaba...</p> - -<p>—Llámeme usted Padre Moreno o Moreno a secas, si le es igual. Lo de -«señor» es demasiado lujo para un pobre fraile.</p> - -<p>—Pues, Padre Moreno, lo que yo cavilaba... Pero temo que si lo digo -le moleste.</p> - -<p>—Nada de eso, nada de eso, yo me muero por la franqueza.</p> - -<p>—Pues cavilaba en que los frailes no tienen fama de ser así... tan -partidarios de la limpieza corporal como usted. —Al decir esto le -miraba de soslayo, examinando con rápida ojeada sus manos, sus orejas, -su cogote, todo lo que delata los hábitos de pulcritud—. Hasta creí -que condenaban ustedes por pecado el cuidar de la persona. Dicen que -el mérito de algunos santos ascetas consistía en poseer un millón de -habitantes y llevar el pelo y la barba... colonizados.</p> - -<p>En vez de enojarse por tan irreverente supuesto, el Padre soltó la -carcajada más sincera que he oído salir de humana boca.</p> - -<p>—¿Conque usted creía eso? —me dijo cuando la risa le permitió -hablar—. Y usted que parece un joven tan instruído ¿no sabe lo que -decía la gloriosa Santa Teresa? Pues se lavaba muy bien, y luego -exclamaba:<span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span> «Señor, -mi alma como mi cuerpo.» ¿De modo que para ustedes todos los frailes -éramos unos solemnes gorrinos? Entonces, buen susto habrá pasado -al verme. ¿Usted ha tratado más frailes que este su servidor y -capellán?</p> - -<p>—A la verdad es usted el primero que veo en mi vida, es más; pensé -que no existían ustedes. Una tontería, porque sé muy bien que en España -se están repoblando los conventos de varias Órdenes; pero francamente, -me figuraba yo que los frailes sólo se encontraban en los cuadros, en -los retablos de las iglesias, y así... Nada, aprensiones.</p> - -<p>—Pues ya los ve usted en realidad. Entre los frailes sucede igual -que en el siglo, porque hay genios y gustos muy diferentes, aunque se -rijan por una misma regla. Unos son descuidados; otros se acicalan más; -pero como usted conoce, nuestro santo hábito no nos permite andarnos -con muchas agüitas de olor y tarretes de esencias y de pomadas. -Estaría bonito un religioso usando la <i>velutina Fay</i> y el <i>Kananga</i> o -<i>ganga</i>... o como recaramelo se llame ese perfume que ahora se estila -tanto.</p> - -<p>—¡Vaya que está usted enterado, padre! —exclamé riendo a mi vez.</p> - -<p>—Es que yo trato a señoras muy elegantonas y muy majas... Y no -extrañe usted que quiera vindicarme y vindicar a los pobrecitos frailes -de la mala fama que usted les cuelga. Figúrese que nuestro Santo -Patriarca era tan aficionado al agua, que hasta compuso en alabanza -suya unos versos preciosos, diciendo que es casta y limpia. Yo le hablo -a usted con el corazón en la mano; me gusta la gente aseada; pero -ciertos extremos de pulcritud que hacen ciertos hombres, me parecen -empalagosos. ¡Caramelo! Eso de que un señorito pierda media hora en -recortarse y pulirse las uñas... pase en las mujeres; lo que es en -quien peina barbas...</p> - -<p>Diciendo esto cruzóse de brazos el fraile y se vol<span -class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span>vió hacia mí como queriendo -respirar y descansar un poco. A la luz rojiza del poniente, que -tanto entona las figuras, noté que la suya guardaba armonía con -aquella profesión de fe viril. Era membrudo sin llegar a grueso, y -de aventajada estatura sin pasarse de alto. Su tez tostada y cetrina -revelaba complexión biliosa y curtientes fatigas de viajero por -regiones de sol. Los ojos los tenía vivos, alegres, negrísimos, -bien delineados y abiertos sobre el alma de par en par. Su cuello, -descubierto por la tonsura del cerquillo, indicaba vigor, y lo -mismo las manos, grandes, ágiles y robustas, manos que así servían -para elevar delicadamente la hostia como pudieran empuñar, caso de -necesidad, la azada, el garrote o la carabina. Las facciones no -desmerecían de las manos: acentuadas como por el palillo de hábil -escultor, tenían la mezcla de calma y de firmeza que se advierte en -ciertas esculturas de retablo. Entre la boca y la nariz, así como -en la meseta de la barbilla, existían dos hoyuelos indicadores casi -siempre de un fondo de bondad llamada a templar la fuerza del carácter. -Por fijarme, hasta en las orejas me fijé, notando que eran como de -confesor, de ancho conducto y casi movibles; unas orejas con mucha -fisonomía, según suelen tenerlas los eclesiásticos.</p> - -<p>—¡Caramba con el fraile, y qué terne parece! —discurría yo -sorprendido.</p> - -<p>Seguimos avanzando. Ya debía de estar muy próxima la quinta de -Aldao, pero no llegaríamos antes de entrada la noche, que caía -plácidamente. Eran más penetrantes los olores de la madreselva; los -perros, asomándose a las paredillas de las heredades, nos ladraban con -mayor furia; oíase en lontananza la queja del mochuelo, y el bicornio -de la luna, fino como un trazo de pincel, asomaba hacia la parte de -la ría. El fraile manifestó con una exclamación trivial que sentía la -belleza del sitio y de la hora.</p> - -<p>—¡Vaya una tarde! ¡Cuidado que es lindo este<span class="pagenum" -id="Page_69">[p. 69]</span> país! Cuanto más se ve más hermoso parece. -¡Y tan fresco! Para mi gusto ya es demasiado; prefiero el clima del -África.</p> - -<p>—¿Ha estado usted mucho tiempo en África?</p> - -<p>—¡Toma! Pues si soy medio moro.</p> - -<p>—¿Y ha viajado usted por el desierto?</p> - -<p>—¡Ya lo creo! Y sin tiendas de campaña, ni caja de provisiones, ni -escolta, ni otras monsergas de esas que llevan los exploradores al uso. -¡Sobre un mulo y con un par de gallinas atadas al arzón de la silla; -bebiendo el agua de los charcos y durmiendo bajo el pabellón de las -estrellas, he rodado yo más por aquellos arenales y me han sucedido más -lances y más aventuras!</p> - -<p>De buena gana le hubiese preguntado sobre las correrías africanas: -pero otra curiosidad mayor me punzaba, cuyo recuerdo despertó en mí el -ver blanquear la cerca del <i>Teixo</i> y negrear sobre la cerca y bajo la -torre la que me parecía mancha enorme de arbolado. Quise contrastar la -exactitud de las noticias de mi madre, consultando a una persona que ya -se me figuraba por todo extremo imparcial y sincera.</p> - -<p>—Diga usted, Padre Moreno, ¿usted conoce a la futura familia de mi -tío? ¿Cómo es la novia? ¿Qué tal persona es el papá?</p> - -<p>—Claro es que les conozco —respondió el fraile aplicando sobre su -abierto rostro una máscara de discreción absoluta—. Es una familia muy -apreciable y la novia de su tío de usted... una señorita muy buena.</p> - -<p>—¿Y... es bonita?</p> - -<p>No se espantó el fraile de la pregunta, antes respondió con -desahogo:</p> - -<p>—Yo soy mal juez: acaso me equivoque. Confieso que no me parece... -así... ninguna cosa de quedarse admirado. No la llamaré fea, pero -tampoco... Y no crea usted: aunque digo que soy mal juez, no es que -me falten motivos para entender: porque allá en<span class="pagenum" -id="Page_70">[p. 70]</span> Tánger, Tetuán y Melilla hay judías y moras -que pasan por guapas; y asómbrese usted: tengo moros tan amigos, que -alguno me enseñó su harem... Le advierto que entre ellos es una prueba -de estimación grandísima.</p> - -<p>—¡Ah!... —murmuré sin poder reprimir una expresión maliciosa—. -¿Conque franca la entrada del harem?</p> - -<p>—Sí —afirmó alardeando de naturalidad el fraile—. Y ¿quiere usted -que le cuente cómo estaba la mora favorita, vamos, la predilecta de -este moro amigo mío, que era un ricachón de allí?</p> - -<p>—¿A ver cómo estaba? ¿Muy tentadora?</p> - -<p>—Ya le he dicho que soy mal juez: yo sólo puedo describirle -exterioridades... y usted opinará. El traje era de una seda riquísima, -abierto en el pecho y éste adornado con unos collares de perlas gordas -y de diamantes y pedrerías: dos o tres collares lo menos tenía la -mujer. En los brazos unas ajorcas como las que pinta Cervantes en la -novela del <i>Cautivo</i>... ¿no la ha leído usted? Pues así. Luego cojines, -cojines y más cojines; unos debajo de los brazos, otros debajo de las -caderas, otros detrás de la cabeza: y los cojines eran para impedir -que se rozase, porque la mujer estaba reventando de gorda, que es el -secreto de la hermosura entre las moras. Esta no se podía menear. ¿Y -sabe usted con qué la engordaban? Pues con bolitas de pan, que ya no -se puede llamar engordar a una mujer, sino cebarla. Fumaba por un tubo -largo así..., y tenía delante un veladorcito, incrustado de nácar, con -dulces y bebidas.</p> - -<p>—¡Ah socarrón de fraile!— discurrí yo—. Te finges muy corriente y -muy sencillo, y eres más tuno y más ladino que todas las cosas. Me -estás mareando con tantos infundios moriscos, por no soltar prenda -respecto a mi futura tía. Yo te apretaré, aguarda. Y en voz alta -exclamé—: Padre Moreno, usted que tan perfectamente describe a las -moras, mejor sabrá retratar a una cristiana. Bien puede usted decirme, -al<span class="pagenum" id="Page_71">[p. 71]</span> menos, si la novia -de mi tío está cebada con bolas de pan, o si tiene un talle como la -palmera del desierto. Vamos Padre...</p> - -<p>Subíamos por el sendero peñascoso que linda con la cerca del Tejo. -Allí no cabíamos bien los dos de frente. El fraile se volvió y se -encaró conmigo para responder. Ya no le alumbraba el último reflejo -del sol, como antes, pero aun entre la media obscuridad chispearon sus -ojos cuando me respondió con inexplicable mezcla de donaire chancero y -solemnidad entusiasta:</p> - -<p>—Caballero, usted le ha de perdonar a un pobre fraile que se exprese -como lo manda el hábito que viste y la regla a que obedece. De una -mora, de una infiel, yo puedo describir el cuerpo, porque si Dios se -lo ha concedido hermoso, será lo único que se pueda alabar en ella, ya -que el alma está envuelta en las tinieblas del error. Pero usted mismo -ha dicho que la novia de su tío es una cristiana. Y a mí me consta -que merece ese nombre tan... dispense si me expreso con demasiada -vehemencia... iba a decir ese nombre tan sublime. De una cristiana, lo -primero y acaso lo único que merece ensalzarse es el alma, y en mi boca -sonarían mal otros elogios. ¡Un cuerpo que encierra un alma redimida -con la sangre de Cristo! ¡Caramelo! No se lo voy a alabar a usted con -palabras bonitas ni con flores retóricas. Con asegurarle a usted que -su futura tía es en efecto una cristiana... he dicho cuanto tengo que -decir.</p> - -<p>—¿Tan buena es, padre Moreno?</p> - -<p>—Excelente, excelente, excelente.</p> - -<p>En tono con que el fraile triplicó el adjetivo, no dejaba lugar a -insistencia. Por otra parte, habíamos llegado a la puerta. Sin embargo, -cuando el Padre agarró la aldaba, no pude menos de soltarle otra -preguntita insidiosa:</p> - -<p>—¿Y usted, padre Moreno... viene a la boda por pura amistad?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span>—¡Naranjas! -—exclamó con el tono recio que suele darse a las interjecciones más -castizas—. ¡Si vengo a echar las bendiciones!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_8"> - <h2 class="nobreak">VIII</h2> -</div> - -<p>Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo poblado de -arbustos y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del -caserón, sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y -arbustos estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese -perfume divino, inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente -destila en sus misteriosos alambiques la Naturaleza.</p> - -<p>Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas, tomando la luna, -vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar nosotros -y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como -sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme -bien de la composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido -de dril claro, próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta -elegante y airosa, que al ver al Padre exhaló un chillido de gozo. A -la izquierda un señor ya machucho, calvo, con bigotes... el suegro; -un curita sumamente joven, casi un niño; una muchachona espigada como -de diez y seis años, y una chiquilla que no pasaría de doce. Todos -se apiñaban alrededor del Padre, dándole la bienvenida. Por fin se -acordaron de mi existencia, y mi tío hizo la presentación:</p> - -<p>—Señor de Aldao, el hijo de Benigna, mi sobrino... Carmiña, -Salustio...</p> - -<p>La futura tiíta me miró distraídamente. Absorbía toda su atención -el Padre. Sin embargo, pasados algunos momentos, se volvió hacia mí -para preguntarme «si vendría Benigna, que ella lo deseaba mucho».<span -class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> Disculpé lo mejor que supe -la ausencia de mi madre, y la señorita de Aldao porfió en obsequiar al -fraile. «¿Quería agua, naranjada, cerveza, Jerez? ¿Una copa de leche? -¿Chocolatito?»</p> - -<p>—¡Hija! —gritó el Padre empujándola familiarmente, como quien se -sacude una mosca—. ¡Si quieres darme algo que estime... caramelo! dame -medio cigarrito, aunque sea de paja.</p> - -<p>Chac... Rissch... Dos petacas, la del suegro y la del novio, se -abrieron a la vez, e inmediatamente se encendieron varias cerillas. Se -llevó la palma un habano de mi tío.</p> - -<p>—Puede usted fumarlo con satisfacción —advirtió éste, que era muy -dado a encomiar lo que regalaba—. Procede nada menos que de don Vicente -Sotopeña...</p> - -<p>—¡Ah! Pues ese los tendrá de rechupete... ¡naranjas con él!</p> - -<p>—¡Siéntese usted, siéntese usted para fumar! —suplicaron todos.</p> - -<p>Sentado ya, y con su puro entre los labios, empezó a satisfacer al -pregunteo. Querían saber cuándo había salido de Compostela, y cómo -quedaban los otros padres, y qué ocurría por allá. Yo me situé un -poco aislado del grupo, vencido por una distracción rara, especie de -embriaguez psíquica. Recostado en un banco, percibí que a mis espaldas -se tendían como tapiz de seda verde las ramas de una enredadera -magnífica, la <i>datura o trompeta del juicio final</i>; no se requería -imaginación muy poética para comparar sus gigantescas flores blancas -a copas llenas de esencia fragantísima. Entretejido con la datura se -esparcía por la pared un jazmín doble. Aquellos olores, columpiados -por el vientecillo suave, me subían hasta el cerebro, hacían bullir la -savia de mis veintidós años y me inspiraban furioso apetito de amor, -pero de un amor muy superfirolítico, muy delicado y profundo, exclusivo -y resuelto a atropellar las leyes humanas y divinas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span>Cuando mudamos de -residencia —aunque nuestra suerte no cambie—, cuando penetramos en -un círculo de gente nueva y desconocida, se nos exaltan la fantasía -y la vanidad, y aquellas personas ayer indiferentes nos interesan de -pronto, preocupándonos mucho la opinión que de nosotros pueden formar -y los sentimientos que les inspiramos. El empleado, el militar a quien -destinan a lejana provincia lleva una idea vaga del lugar donde va a -residir: apenas sienta el pie en él, lo pasado se borra y lo presente -le domina, con la poderosa fuerza de lo actual y el estímulo de la -novedad y de lo ignorado. Así yo, excitado por los nuevos horizontes, -algo mortificado porque mi presencia pasaba totalmente inadvertida, me -figuraba que de aquella gente, apenas entrevista, extraña para mí pocos -momentos antes, tenía que salir algo decisivo para mi corazón.</p> - -<p>Empecé por creer que en el seno de aquella familia pacíficamente -reunida <i>tomando la luna</i>, se desenvolvía un drama moral muy extraño, -cuyo secreto poseía de seguro el fraile. «En todas partes —fantaseaba -yo borracho de esencia de jazmín— hay sus dramitas de entre bastidores -y su crónica secreta. Allá en Madrid, en casa de la Josefa Urrutia, el -drama tiene aspecto grotesco, pero no por eso deja de ser drama. Con la -suerte y la vida de Botello se puede hacer el gran sainete dramático. -Aquí, el conflicto, si existe, lo conoce el Padre Moreno. ¿Por qué se -casa esta señorita, que parece tan distinguida, con el antipático de -mi tío? ¿Será verdad que la maltratan? No; mi misma madre, cuando la -apremié, confesó que eso es un dicho sin fundamento. Y estas mocitas -que veo aquí ¿qué papel componen? Y la concubina del señor de Aldao -¿por dónde anda? Y en esa pareja de futuros esposos, reunidos en un -sitio tan propio para excitar la fantasía y los nervios, ¿hay amor? y -si no hay amor, ¿por qué hay boda?»</p> - -<p>De estas reflexiones me sacó repentinamente el<span class="pagenum" -id="Page_75">[p. 75]</span> joven curita, que acercándose me dijo en -tono pueril y con dejo gallego que desempedraba:</p> - -<p>—Perdone la curiosidad... ¿Es el hijo de doña Benigna?</p> - -<p>—El mismo.</p> - -<p>—¿Uno que estudia para <i>electroimántico científico</i>?</p> - -<p>Como yo no comprendiese al pronto este conato de chiste, el curilla -rectificó:</p> - -<p>—Para ingenioso, digo, para ingeniero.</p> - -<p>—¡Ah! sí.</p> - -<p>—Pues cuénteme entre sus servidores. ¿Quiere algo? ¿Está cansado? -¿Fuma?</p> - -<p>—¿Y usted, es el párroco de San Andrés de Louza? —le pregunté a mi -vez, por decir alguna cosa menos incoherente.</p> - -<p>Con la más injustificada familiaridad, el curilla me puso una mano -sobre la cabeza, y forzándome a bajarla hasta tocar con las rodillas, -chilló:</p> - -<p>—Bájese... bájese vuecencia... ¡Párroco! ¡Ay! Con clérigo -<i>contentaverit mihi</i>... No he pasado por ahora de aprendiz, es decir, -de recluta en la milicia sacra.</p> - -<p>Sentóse a mi lado y comenzó a referirme mil insulseces, a que -presté muy poca atención, porque, a la verdad, pensaba en otras cosas -bien distintas; y entretanto fué llegándose la hora en que la caída -insensible del rocío y la humedad que impregna la atmósfera hacen -desagradable en Galicia permanecer al raso; y el amo de la casa, -levantándose, nos mandó entrar y subir a una sala muy adornada de -cortinajes de cretona, de donde pasamos al ancho comedor, en que -nos esperaba la cena, servida por dos criados, el uno con trazas de -gañán, el otro algo más pulido, bajo la dirección de una vieja obesa -que arrastraba los pies y que se me figuró, a pesar de su ruinoso -físico, la odalisca del señor de Aldao. Las dos muchachas entrevistas -en el patio, se habían evaporado: no aparecieron en la mesa ni en la -sala.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span>Sentado frente a la -novia, cuyo rostro iluminaba de lleno la luz de la lámpara, satisfice -ansiosamente la curiosidad de mirarla: bebí su rostro. Al pronto dí -la razón al Padre Moreno: ni era fea ni bonita. Su cuerpo, elegante -y cimbrador, valía más que su cara, de las que se llaman de perfil -acarnerado, desprovista de ese esplendor de la tez y esa corrección de -facciones que son elementos primarios de la belleza. Pero al cuarto -de hora de examen, ya me inclinaba a votar, si no por la hermosura, -al menos por el inexplicable encanto de la novia. Al abrir sus ojos -negros, de mirar apasionado; al sonreir; al volverse para contestar a -una pregunta, la movible faz se animaba, la vida corría por aquellas -facciones que yo imaginé plácidas y frías, a pesar de haber visto ya en -su retrato, a la luz de un farol madrileño, reflejos del alma. Carmiña -Aldao se reía poco, y, sin embargo, no parecía triste; había en ella la -animación de la voluntad. Hasta extremosa me pareció cuando, terminada -la cena, y sacando yo del bolsillo el estuche con mi fineza, se deshizo -en elogios de la pobre joya.</p> - -<p>—¡Ay... qué cosa de tanto gusto! Papá, mire usted... Felipe... Es -una monada. ¿Y la escogió usted mismo? ¡Un estudiante! Vamos, que ya se -le pueden hacer encargos. Nada, es precioso.</p> - -<p>También el Padre Moreno metió su cucharada en lo del imperdible.</p> - -<p>—¡Hombre! Bonito de veras. Así hacen los poderosos. Los frailes -no nos atrevemos a corrernos tanto: nuestros obsequios son más -sencillos...</p> - -<p>Diciendo así fué a buscar un saco de camino, su único equipaje, que -había traído un muchacho desde San Andrés de Louza, y extrajo de él -una cruz de nácar, de esas de Jerusalem, que, aunque modernas, tienen -tallada con cierta rigidez bizantina la figura del Crucificado. Mediría -media vara de altura.</p> - -<p>—Es lo único que puedo darte, hija. La cruz viene<span -class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> tocada a la piedra del -Gólgota, donde plantaron la de Nuestro Señor.</p> - -<p>Nada respondió la novia: con movimiento rápido se inclinó y besó -ardientemente no sé si el regalo o la mano que se lo ofrecía. El fraile -iba extrayendo del saquillo variedad de rosarios, unos de nácar, otros -de huesos negruzcos, pasados por un cordel, sin engarzar todavía.</p> - -<p>—De los olivos del monte Olivete —dijo desenredándolos y -repartiéndolos a los que estábamos presentes. Cuando llegó mi turno -debí de hacer algún movimiento de sorpresa, porque el fraile me -preguntó con hidalga cortesanía:</p> - -<p>—¿No lo quiere usted? Las cosas se toman como de quien vienen; -nosotros somos pobres de oficio, y no podemos ofrecer dádiva de mayor -valor material, caballero D. Salustio.</p> - -<p>Guardé el rosario, algo sonrojado de la lección. Había venido gente -de San Andrés para ayudar a pasar la velada y hacer la partida de -tresillo: el párroco, el boticario, el ayudante de Marina. Me brindaron -con el cuarto lugar en la mesa, pero rehusé: temía perder y encontrarme -sin dinero en casa extraña. Mi tío, sentándose al lado de su prometida, -pegó la hebra; el Padre Moreno se retiró a rezar horas, y yo volví a -encontrarme entregado al aprendiz de clérigo.</p> - -<p>—¿Dónde está mi cuarto? —le pregunté—, ¿usted lo sabe? De buena gana -me recogería.</p> - -<p>—No lo <i>sabo</i>... pero el que tiene lengua va a Roma. Véngase usted. -Agárrese a mi dedo meñique.</p> - -<p>Cruzamos el comedor. La lámpara ardía aún, y la vieja presenciaba -la operación de alzar los manteles, trasegar vasos y platos y recoger -postres. Volví a fijarme en la sultana retirada. En otro tiempo de fijo -pasaría por buena moza: hoy el pelo escaso y gris, la tez erisipelatosa -y el exceso de obesidad la hacían abominable. Parecía laboriosa, -regañona y al par<span class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span> -humilde resignada con su papel de escalera abajo. El curilla, para -dirigirla una pregunta, apretó su brazo.</p> - -<p>—¡Ay! Serafín, estése quieto... ¡Qué chanzas gasta más -indecentes!</p> - -<p>—Mulier, en usted se puede pellizcar sin reparo, que usted es ya -contra toda tentación... ¿Dónde está el cubículo, alias dormitorio de -este señorito?</p> - -<p>—Mismo al lado del de usted... Dios le dé paciencia al infeliz para -aguantar bobadas... ¡Candidiña, Candidiñaá! Una luz... alumbra a estos -señores...</p> - -<p>Apareció, palmatoria en mano, la mozuela espigada de antes, fresca, -rubia, de facciones inocentes y aun algo bobaliconas, como de querubín -de retablo, pero de ojuelos maliciosos, parleros, que ella procuraba -entornar para que no la delatasen. Echó delante, y haciéndonos subir -una escalera bastante pina, nos condujo a nuestros cuartos, situados -en la parte alta de la torre, y separados uno del otro por un pasillo -estrecho. Estas habitaciones, a las cuales no había alcanzado la -recomposición general dada por el señor de Aldao a la quinta, tenían -aspecto de vetustez, y probablemente en circunstancias normales sólo -servían para almacenar la cosecha de calabazos y castañas. Los muebles -se reducían a la cama, dos sillas, una mesita y un palanganero. La -mozuela, dejando la palmatoria sobre la mesa, advirtió:</p> - -<p>—Allí Serafín y aquí usted. Bien anchos están.</p> - -<p>—Aún cabes tú, muliércula —advirtió desvergonzadamente el aprendiz -de clérigo. La muchachuela pestañeó y soltó la carcajada, amenazando -con la mano a Serafín; pero instantáneamente, volviéndose a mí, adoptó -continente modesto y preguntó en tono humilde si mandaba algo. Contesté -que deseaba recado de escribir, y dijo que iba volando por un tintero. -Como se llevó otra vez la palmatoria, me quedé casi a obscuras, -alumbrado sólo por el reflejo de la luna.</p> - -<p>Me asomé a la ventana. En primer término ví ex<span class="pagenum" -id="Page_79">[p. 79]</span>tenderse enorme masa obscura, especie de -lago vegetal, que parecía un solo árbol, aunque lo hiciese dudar -su magnitud. A lo lejos la ría brillaba como falda de raso gris -salpicada de lentejuelas de plata; el creciente se multiplicaba en -su seno y el ruído imperceptible del manso oleaje se confundía con -el del viento nocturno que estremecía las ramas próximas. Un aire -húmedo y refrigerante acariciaba el rostro. Candidiña interrumpió mi -contemplación colándose sin pedir permiso, trayendo en una mano el -tintero, que casi rebosaba de tinta; en otra, además de la luz, papel, -sobres, un cabo de pluma, un cucurucho de arenillas.</p> - -<p>—Dice tía Andrea que tiene que dispensar, que todo viene así... -cachifollado. Dice que mañana sin falta le dará la salvadera. Dice que -en la aldea hay que perdonar.</p> - -<p>Empecé a disponer lo necesario para escribir a Luis Portal; pero la -muchacha, en vez de marcharse, quedóse allí plantada, contemplándome -como si mi persona y mis actos fuesen cosa muy curiosa. Cuando se -inclinó por encima de mi hombro para fisgonear cómo disponía yo el -papel, diciendo con asombro casi infantil y dejo gallego ribereño muy -dulce: «¡Ay, y va a escribir ahora, tan tarde como es!», me cruzó a -mí por la imaginación un capricho y por los nervios una corriente que -reprimí con el esfuerzo relativo que cuesta desechar las sugestiones -puramente físicas: «Cuidadito, Salustio... Hoy estás muy alborotado... -Ándate con pies de plomo...» Por decirle algo a la mozuela, -pregunté:</p> - -<p>—¿Es un solo árbol eso que se ve desde la ventana?</p> - -<p>—¿Pues no sabe que es el Teixo?</p> - -<p>—¡Un tejo sólo esa inmensidad! ¡Santa Bárbara! Cogerá media legua de -circuito.</p> - -<p>—¡Media legua! ¡Ay qué risa! No sea ponderativo. Media legua aún no -la hay de aquí a San Andrés. Pero mire, tres pisos los tiene.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span>—¿Tres pisos un -árbol?</p> - -<p>—¡Ay! sí, ya lo verá. En uno se baila; en otro se toma café; desde -el otro se ve muchísima tierra... y la ría y todo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_9"> - <h2 class="nobreak">IX</h2> -</div> - -<p>Copia de una carta a Luis Portal:</p> - -<blockquote> - -<p>«Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo, quinta del papá de la -novia de mi tío... ¡sopla! que se llama así, no el tío, sino la quinta, -á causa de un tejo colosal que, según fama, tiene tres pisos, tantos -como la mejor casa de Orense. Acabo de llegar: no puedo decirte aún lo -que opino de la novia y gente que la rodea: esta gente es el papá, una -vieja que tuvo que ver con el papá, y dos niñas, hijas ó sobrinas de -esta vieja, una de ellas ya en sazón, y que aunque se llama Cándida..., -punto y aparte. La futura tiíta es una señorita de aire elegante, con -una cara que agrada si se mira despacio: los ojos buenos, y hasta -buenísimos. No sé si está enamorada, pero se muestra bastante cariñosa -con mi tío. Hijo, vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que una mujer honrada -y decente (dicen que lo es mi futura tía) se case así, por casarse, -con tal sujeto? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta? -¿O es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un -hombre se reduce á salir con él del brazo?</p> - -<p>»La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he formado de -Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de un -fraile... ¡Admírate! he viajado con un fraile, un fraile de verdad, -un franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en las nubes. -Me dijo, que era el modelo de la mujer cristiana. Esto, en boca de un -fraile...</p> - -<p>»¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre More<span -class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span>no! Hombre más corriente, -más llano, más simpático, no lo ha echado Dios al mundo. Me tiene -atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante, ni rehuye ninguna -conversación de las admitidas en sociedad, ni le trata a uno -despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas, ni hace cosa que no -resulte discreta y oportuna. Por esto te digo no creas que el fraile me -la pega. Lo que es pegármela... Al contrario, me escama terriblemente -ese mismo don de captarse las voluntades, empezando por la mía. Le -estudiaré y poco he de poder si no le arranco la careta. ¿Qué se -propondrá ese tío? ¿Catequizar mejor? Porque no hay duda que con -modales como los que gasta, se adquieren amigos. ¿O tal vez disimular -propensiones no muy conformes con el sayal? Porque o es un santo o es -un hipócrita, aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos -hasta el día. ¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir rodeado -de <i>sirtes</i> y <i>escollos</i> y sin tropezar en ellos? Pase el voto de -pobreza, porque he visto que en efecto no llevaba ni con qué comprar un -pitillo: pase el de obediencia porque también los militares obedecen -a sus superiores; pero lo que es el de castidad... ¿Verdad que no -cuela?</p> - -<p>»Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado que puede. A decir -verdad, la novia me parece una ganga para él. Este señor de Aldao no -tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que la -quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sangrías; pero así -y todo, siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado lo que nunca -pudo prometerse.</p> - -<p>»La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío duerme en la casa -del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo hospedaje -en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme, holgazán. Ahí -estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas con todo Dios y -hasta con el diablo. ¡Eres más trucha! Se me olvidaba. Rompe esta -carta...<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> aunque -con tus hábitos de prudencia ya habías de hacerlo sin que yo te lo -encargase.»</p> - -</blockquote> - -<p>Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se -metió campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no -mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría -yo con tanta exactitud la fisonomía de aquel eclesiástico <i>in fieri</i>; -pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla -sin labios que al reir descubría los dientes careados y mal puestos, -nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia -el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), -tez blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, -cejas y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el -del bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si era cara de -simple o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia -de la infancia, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus -acciones.</p> - -<p>—¿Se baña? —me preguntó hablando en impersonal, según costumbre.</p> - -<p>—¿Que si me baño?</p> - -<p>—En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la -playa, y puedo acompañarle.</p> - -<p>—Bien, convenido; nos remojaremos.</p> - -<p>—Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también -se remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más -fresco. ¡Guí, guí!</p> - -<p>—Lo malo es que no tengo traje de baño.</p> - -<p>—¡Ay! Yo <i>tampuerco</i>. Si es tan melindroso... Con irse a un -rinconcito detrás de unas peñas...</p> - -<p>—¡Hombre!</p> - -<p>—O con llevar unos calzoncillos de repuesto...</p> - -<p>—Vamos; así, pase.</p> - -<p>A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se -arrellanó en la silla con trazas de no irse<span class="pagenum" -id="Page_83">[p. 83]</span> en toda la noche. Comprendí que era preciso -hacer como si no existiese, y desnudándome rápidamente, me deslicé en -la cama.</p> - -<p>—¿Hay <i>soneca</i>? —preguntóme Serafín arrimándose al lecho y -pegándome, con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro -y una sobadura en los carrillos. Chillé y por instinto devolví -un coscorrón formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva -risa: «¡Gui guiíi, gui guiíi!» Empeñóse después en averiguar -experimentalmente si yo tenía cosquillas, y también si tenía mimo, -para lo cual me apretó fuertemente el dedo meñique. Aquella extraña -familiaridad, más propia de criatura de seis años que de hombre, y -particularmente de hombre que aspira al sacerdocio, ejerció sobre mí el -irresistible contagio de un desprecio cómico, y en el fondo indulgente, -y amenacé al monago con tirarle una bota si no se estaba quieto. La -amenaza surtió efecto; Serafín se calmó, y echándose como un perrillo, -atravesado a los pies de mi cama, me dijo que no tenía sueño, que lo -que apetecía era charlar un poco. Le autoricé a que charlase, y nunca -se cumplió programa alguno más al pie de la letra. Salió de aquella -boca un río de tonterías y despropósitos, de inocentadas ridículas, -mezcladas con golpes de ciencia teológica y rasgos de malicia grosera -tan certeros a veces, que me sorprendían, dejando planteado el problema -de si aquel tipo era rematado imbécil o astutísimo truhán.</p> - -<p>—Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fuí nunca. -No hay cuartos para el <i>ferrancho ferril</i>. ¡Cuartos! ¡Quién los -viera! Límpiate Serafín, que estás de huevo. ¿Y en Madrí las calles -son... así... como las de Pontevedra? ¡Cá! El <i>empiedrado</i> será de -<i>marmole</i>... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando -o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los -madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para<span -class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> qué estudia? ¿Para esos -que hacen <i>ferriles</i> y <i>viraductos</i> y <i>tunantes</i>, digo <i>toneles</i>? ¡Ah! -Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro de la ministración -y me hará a mí canónigo electoral. Aunque yo sirvo mejor para -penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, aunque llegue a ser -más ingeniero que el que discurrió la condenada ingeniería, no hará -la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío sabe: es peje. Nadie le -saca a D. Vicente Sotopeña la nata como él. Los solares ya fueron buena -tajada, y ahora le alquilan la casa para correo y le pagan de alquiler -un millón de duros... ¡gui, gui! Luego, cuando hay <i>eleuciones</i>, -nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno, a los que seguimos la -sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que le dijo un cerdote -amigo mío: ¡Arre allá, <i>vade retro exorciso te</i>, que el liberalismo -es pecado, y al que lo dude le paso por las narices la doctrina -fundamental <i>de fide</i>, expuesta por el santo Concilio Vaticano! Aquí -no somos de esos paladares estragados por salsas mestizas. ¡Gui, gui, -gui!...</p> - -<p>—¿Y tú cómo piensas en política? —pregunté resolviéndome a tutear al -monillo eclesiástico.</p> - -<p>—¿Yo? ¿En pulítica? No cabe en pechos nobles más que una -opinión...</p> - -<p>—Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.</p> - -<p>—Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: <i>Nequit idem -simul esse et non esse</i>: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de -la Iglesia liebre en el Estado galgo. <i>Quod semper, quod ubique, quod -ab omnibus.</i></p> - -<p>—Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?</p> - -<p>—<i>Ego sum qui sum</i>; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los -distingos y las transaciones! A su señor tío D. Felipe se lo canté -muy claro; y también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y -anda lampando por el título de Marqués del Tejo o al menos por una -gran cruz. Dicen que el yerno se la trae de<span class="pagenum" -id="Page_85">[p. 85]</span> regalo de boda. <i>Vanitas vanitatis</i>, -gori, gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la -chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho -las cataplasmas...</p> - -<p>—Cállate, que me revuelves el estómago.</p> - -<p>—No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con -harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermos -gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y -vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de -Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya -sabe más que muchas viejas. <i>Ne attendas fallaciæ mulieris.</i></p> - -<p>—No calumnies a mi tío, miquín —exclamé impulsado por la curiosidad, -pues se me figuraba que aquel bufón, en bastantes ocasiones, no dejaba -de dar en el clavo—. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar -siguiendo chicuelas?</p> - -<p>—Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con -los calzones ir detrás de la monicaca... <i>Vinum et mulieres apostatare -faciunt sapientes</i>, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no -piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe dónde -echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una -madrastra.</p> - -<p>Me incorporé sorprendido.</p> - -<p>—¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?</p> - -<p>El monago pegó un chillido.</p> - -<p>—¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntar las yemas de los -dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son -<i>higas</i> de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su -papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con -ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese -que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la -<i>concupiscentia carnis</i>... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si -vivimos hemos de ver milagros.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p> - <h2 class="nobreak">X</h2> -</div> - -<p>A la mañana siguiente nos bañamos en la preciosa playa, nos -paseamos por San Andrés, dándonos tono, pues nuestra presencia era -acontecimiento en el pueblecito, visitamos la iglesia parroquial, -cogimos lapas, nácaras y bocinas, y a las nueve estábamos en el -Tejo, dispuestos a despachar el chocolate. El Padre Moreno no nos -había acompañado: prefería el baño por la tarde, pues no le gustaba -prescindir de su misa. Mi tío no se había presentado aún, ni vendría -hasta la una, hora de comer; y Carmiña, libre de la obligación de -charlar con su novio, me prestó atención, y hasta me dió indicios de -confianza y afecto.</p> - -<p>—Anoche se retiró usted temprano porque se aburría. No sabemos -realmente con qué divertirle, y si usted no procura buscarse -entretenimiento... En el campo...</p> - -<p>—No se apure por eso, Carmiña. El campo me gusta muchísimo. Nunca me -aburro en él. Este sitio es precioso. Hoy tomé un baño más rico...</p> - -<p>—¿Y esa ingrata de Benigna? ¡Cuánto siento que no venga! Es muy -simpática su mamá de usted, y yo siempre la quise. Ahora... con más -razón.</p> - -<p>—Ya ve usted... A mamá no la es fácil moverse. Nunca falta que hacer -por allá...</p> - -<p>Después de estos lugares comunes, mi futura tiíta y yo nos quedamos -sin saber qué decirnos. Ella, al fin, discurrió un acto de cortesía y -amabilidad.</p> - -<p>—Como me trajo usted una fineza tan mona... ¿quiere ver las demás -que he recibido? Las tenemos en una habitación aparte, porque si no, -las chiquillas son tan curiosas y tan amigas de revolver, que... Por -aquí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span>Echó a andar y yo -tras ella: en el bolsillo de su traje, al compás de sus pasos, sonaban -varias llaves, haciendo una musiquilla graciosa, familiar. Sacó el -manojo, y abierta la puerta misteriosa, descorridas las cortinas, -brotaron en todo su esplendor las magnificencias del equipo.</p> - -<p>Cuando digo magnificencias, no hay que entenderlo en sentido -absolutamente literal, porque bastantes objetos olían a provincia, y -otros, aunque de origen madrileño, no eran de exquisito gusto, al menos -según puedo yo juzgar de estas materias. La novia iba explicándome -todo. Aquel vestido de raso, con bordados de azabache, era regalo del -novio, como también los pendientes de la perlita rodeada de brillantes. -El papá se había despilfarrado con un traje azul marino, de seda rica y -muy buena combinación de brochado; y por allí andaban los sombrerillos -correspondientes. Otro traje me pareció muy lindo: de seda blanco -hueso, lucía delante una sutil red que imitaba perlas, se alargaba en -majestuosa cola, y se adornaba con azabaches. Este —declaró Carmiña— -era una inutilidad, un capricho de la señora de Sotopeña, encargada -en Madrid de la elección de galas, y que se había empeñado en que la -novia no podía estar sin un traje de sociedad. Las joyas ofrecidas por -el papá eran arreglo de un aderezo antiguo: había un hermoso broche -y no sé qué otras menudencias. La familia Sotopeña había contribuído -con un abanico riquísimo, la Vicaría de Fortuny, varillaje de concha. -El hermano de la novia, un brazalete feo. Después una serie de -joyeros, álbumes, cacharros, las mil fruslerías inútiles, que sólo se -compran o venden a pretexto de santos y bodas. Detrás de ellos, en un -rincón, como avergonzado, descubrí un objeto rarísimo: una ratonera -enorme...</p> - -<p>—¿Pero quién le ha regalado a usted eso? —pregunté sin contener la -risa.</p> - -<p>—¿Quién había de ser sino Serafín? —respondió acompañándome en mi -hilaridad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span>—¿Pero es -posible?</p> - -<p>—Y venía tan ufano. Quisiera que usted le viese, con su ratonera -enarbolada, diciendo: «Esto al menos de algo sirve».</p> - -<p>—¿Pero ese Serafín es tonto, o loco, o qué es?</p> - -<p>—En mi opinión no ha pasado de chiquillo. Su corazón no es malo, y -a veces tiene dichos de persona lista. Pero a los dos minutos se le -va el santo al cielo, y habla mil simplezas. Acertará por ejemplo, en -un punto de teología o de moral —esto lo sé porque lo dice el Padre -Moreno— y en cambio es tan romo para las cosas más sencillas, que -una vez que le pusimos delante unas despabiladeras encargándole que -despabilase una vela, las cogió, las estuvo mirando, mojó los dedos con -saliva, despabiló con ellos, y abriendo las despabiladeras metió dentro -el pábilo, diciendo muy ufano: «¡Bien te entiendo, cajetilla!».</p> - -<p>Nos duraba la risa de esa anécdota cuando salimos al jardín. La -futura tití me enseñó las dependencias, el gallinero, los establos y la -huerta, convidándome a probar la fruta del cerezo dulce, a coger flores -y a ensayar los trapecios y el columpio. Por allí se apareció el Padre -Moreno, reposado, comunicativo, y aun bromista. Me interpeló acerca de -ciertas personas que habían preferido remojarse a oir misa frailuna; -de Serafín, que no había sido para hacer de acólito; de nuestro paseo -triunfal por San Andrés. A su vez, no tardó en presentarse el señor -de Aldao. Venía atusado, engomado, con los bigotes teñidos, el cráneo -luciente como una bola de billar; pero se me figuró una ruina, bajo la -sombra verdosa del quitasol abierto. Preguntóme si «lo había visto -todo» con el tono de un Médicis que se informa de si un extranjero ha -visitado detenidamente sus palacios y galerías. Y en seguida añadió:</p> - -<p>—¿Qué me dice usted del Tejo? ¿El Tejo famoso?</p> - -<p>—¡Ah! cosa magnífica, sorprendente.</p> - -<p>—¡Oh! el año pasado estuvo aquí un marino de la<span -class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> escuadra inglesa... -entusiasmado, empeñado en fotografiarlo. Se llevó más de diez -fotografías, tomadas de distintos puntos. D. Vicente Sotopeña me ha -asegurado que Castelar, en el discurso de los Juegos florales, al -hablar de las bellezas y maravillas de Galicia, también sacó a relucir -el Tejo... Gran orador Castelar ¿eh? Florido, sobre todo, florido.</p> - -<p>El señor de Aldao me pareció una de esas personas que llevan la -vanidad (algo escondida en los demás hombres) por fuera y completamente -a la vista. Supe después que en efecto, siempre había pecado de -vanidoso, y puesto la vanidad en las cosas más vacías. Cuando joven -presumía de buen mozo, del género empalagoso, con bigotes retorcidos -y cejas tiradas a cordel. Luego le picó la tarántula de la nobleza, -y durante una larga temporada le dió por usar a cada repiquete el -uniforme de maestrante de Ronda y soñar con el marquesado del Tejo. -A tal marquesado le hizo una corte platónica, arrimándose mucho a -los gobernadores civiles cuando lo deseaba de Castilla, y a los -obispos cuando lo quería pontificio. Este conato de haitianismo se -frustró enteramente. Ya llegado a la vejez, el dominio absoluto que -ejercía sobre la provincia y sobre mucha parte de la región gallega -don Vicente Sotopeña, habían hecho comprender al señor de Aldao que -en nuestra época la importancia social no se funda en pergaminos más -o menos rancios. «En el día la política —solía decir él— lo absorbe -todo. El que puede repartir con la derecha confites, latigazos con la -izquierda, es el verdadero personaje». Esta apreciación había influído -bastante en la buena acogida que mereció al papá de Carmiña Aldao la -candidatura matrimonial de mi tío. Vió en ella el asidero por donde -agarrarse a una puntita del faldón del gran Santo galáico, y satisfacer -multitud de ambiciones que guardaba en conserva años hacía y que ya -iban avinagrándose; lo de la gran cruz, la despertadura del expediente -de<span class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> una carretera -que dormía el sueño de los justos, y no sé qué otras menudencias -relacionadas con la Diputación Provincial y la contrata.</p> - -<p>Por mucho que descendamos a bucear en ese abismo laberíntico -llamado el corazón del hombre, jamás lograremos desentrañar la causa -de ciertos inconfesables sentimientos. La envidia, la competencia y -la emulación, exigen, al parecer, alguna analogía, y no se comprende -que estas malas pasiones se desarrollen cuando no existe la menor -paridad entre el envidioso y el envidiado. ¿Ha de envidiar a la Patti -una tiple de zarzuela, a la reina una modesta señora de la burguesía? -Pues las envidian, no cabe duda; y desde la penumbra en que viven -tratan de echar un rayito de luz que compita con el del astro. Así -don Román Aldao, caballerete de provincia, poseedor de una renta -mediana, se permitía a veces sus pujos de competencia... ¿con quién? -con don Vicente Sotopeña, el renombrado político, la lumbrera del aula -de Derecho, el famoso Santo, el gran cacique de Galicia, el jurista -abrumado de negocios, el poderoso, el millonario, la influencia -universal. ¿Y en qué terreno quería don Román eclipsar a Sotopeña? -Pues en el de la residencia de verano. Don Vicente poseía en las -inmediaciones de Pontevedra una especie de sitio real, descanso de -sus fatigas y solaz de sus contados ocios, y cada vez que el señor -de Aldao oía hablar de la soberbia villa, de su vega de naranjos, de -su bosque de eucaliptos, de sus estatuas de mármol, de su capilla de -estalactitas, de su magnífica verja, y de otras mil preciosidades que -el Naranjal luce, torcía el gesto, se contraían sus labios con el mohín -de la vanidad mortificada, y preguntaba a sus interlocutores: «¿Qué le -parece a usted del Tejo? ¿De mi Tejo? Un marino de la escuadra inglesa, -entusiasmado, empeñado en fotografiarlo...» etc., etc.</p> - -<p>Embellecer su finca, a imitación del Naranjal, constituyó -la aspiración irrealizable de don Román<span class="pagenum" -id="Page_91">[p. 91]</span> Aldao. La naturaleza era cómplice de este -ensueño, porque además de haber criado aquel Tejo gigante y único, -desplegaba en torno de él los hechizos del rincón de paraíso llamado -las Rías Bajas. El sol, el mar, el cielo, el clima, las playas, la -vegetación de comarca tan espléndida, hacían que el Tejo, sin poder -compararse al Naranjal en lo que depende de la mano del hombre, -fuese un oasis. Puede el arte ostentarse en el campo, pero el mayor -atractivo de una quinta pende siempre de la naturaleza. Don Román no -lo entendía así. Del campo, no sentía la inefable dulzura y reposo que -infunde olvido de la vida social, sino al contrario, la apariencia y el -bullicio, las glorias de propietario y anfitrión, y el pugilato con don -Vicente. Claro está que Aldao no intentaba copiar esplendores como la -famosa capilla de estalactitas, tan ensalzada por cronistas y viajeros; -pero si en el Naranjal se alzaba, pongo por caso, un amplio merendero -emparrado de jazmín, ya estaba don Román ideando un <i>chocolatorio</i> -raquítico todo cubierto de madreselva. ¿Que en el Naranjal colocaban -estatuas preciosas? Pues el señor de Aldao salía con sus bustos de -yeso, sus «cuatro Estaciones» o su grupo de «amorcillos» y me los -plantificaba en mitad de un prado. ¿Que en el Naranjal instalan una -estufa caliente, con sus gomeros, sus helechos, sus orquídeas? Cátate -al señor de Aldao adquiriendo de lance en Pontevedra la mayor cantidad -posible de vidrieras de desecho, para armar un invernáculo barato, -atestado de las ya insufribles y acartonadas begonias. ¿Que en el -Naranjal había mesas y bancos rústicos traídos de Suiza? Pues el señor -de Aldao enseñaba al carpintero de su aldea a aserrar por la mitad las -piñas y a armar con troncos de pino cada asiento y cada mueble. ¡Y por -último... el árbol colosal!</p> - -<p>El primer día de mi estancia en el Tejo vino a comer gente de -Pontevedra: Luciano, hijo mayor del señor de Aldao, con su niño, que -podría tener enton<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>ces -cosa de cuatro años de edad, y un Diputado provincial llamado Castro -Mera, a la sazón el mayor amigote de mi tío, jefe de la fracción que -representaba su política en el seno de la Asamblea pontevedresa: -porque todo es relativo, y en Pontevedra había <i>los</i> de mi tío, y la -«política propia» de mi tío, gobernada por los rígidos principios -que el lector supondrá. Acudió asimismo el director del <i>Teucrense</i>, -periodiquito afecto a mi tío entonces, aun cuando seis meses antes -le tiraba a codillo; pero para tales cancerberos hay tortas mágicas. -Hablóse mucho de la consabida política local, tan menuda, que rayaba en -microscópica.</p> - -<p>El café se tomó en el árbol. Con este motivo fijé la atención en -aquel respetable patriarca de los vegetales, llamado a ejercer alguna -influencia en mi destino. El tronco, enorme, rugoso, caprichosamente -veteado de musgo y con la corteza, a pesar de los años, viva y sana, -soportaba bien el peso de la majestuosa ramazón del gigante de la -Ría, según le llamaban en estilo poético los revisteros de Helenes y -los corresponsales de diarios madrileños cuando venían a veranear. -La manera de crecer y extenderse aquel ramaje, su intenso y obscuro -verdor, tenían algo de bíblico y solemne. Era imposible mirar al Tejo -sin profunda veneración, como símbolo de la naturaleza exuberante y -maternal que había producido tan soberana criatura.</p> - -<p>Enamorado el Océano de la gentileza de Galicia, la ciñe amoroso con -sus olas, la besa y orla con sus espumas, la rodea, la acaricia, y -tiende hacia ella una mano azul, ávida de palpar las suaves redondeces -de la costa: las Rías son los dedos de esta mano. En las Rías el aire -es más puro, tibio y fragante; la vegetación más lozana y meridional. -Aquel Tejo, rey de los otros árboles, solo al borde de una Ría, y -en terreno fecundo por ella, pudo desarrollarse con tal señorío y -pujanza. Él era el verdadero monumento de la<span class="pagenum" -id="Page_93">[p. 93]</span> región. Daba nombre a la quinta; servía de -faro a los lancheros y pescadores, cuando dudaban al orientarse hacia -San Andrés; desde lo alto de su copa se dominaba la perspectiva, no -sólo de los pueblecitos ribereños, sino del grupo de islas, las famosas -Casitérides de los antiguos geógrafos, y la extensión ilimitada de un -mar casi helénico por su serenidad y belleza. Para construir en el Tejo -los tres miradores sobrepuestos que lo adornaban, no se había requerido -gran habilidad ni ciencia arquitectónica, bastando con aprovechar la -gallarda horizontalidad de sus ramas y construir sobre tan robusto -apoyo unas plataformas circulares, que guarnecía alrededor ligero -balaustre.</p> - -<p>La escalera, de caracol, encontraba natural sostén en el mismo -tronco del gigante. La espesura del ramaje era tal, que desde el suelo -no se distinguía a los que tomaban café o refrescaban en el segundo -piso, ni a los que danzaban en el primero; y quien se encaramase al -tercero, necesitaba asomarse al mirador practicado entre las ramas -para admirar la perspectiva. Cada piso tenía su nombre. El primero -se llamaba «el salón de baile», el segundo «el cenador», el tercero -«Vistabella». Y en casa de Aldao se oía a menudo preguntar: «¿Subiste -a Vistabella?» «No, me quedé en el salón de baile». A la verdad, el -salón de baile —preciso es reconocerlo, aunque el señor de Aldao se -desazone— no asombraba por su magnitud. Con todo, se podía bailar -desahogadamente un rigodón, a los ecos del piano que para estas -solemnidades era llevado al jardín. Y no carecía de encanto danzar bajo -el toldo verde, entre paredes verdes también, que apenas filtraban la -luz solar. El salón retemblaba mucho; semejante ejercicio era bailar y -columpiarse.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span></p> - <h2 class="nobreak">XI</h2> -</div> - -<p>Aquel día, cuando subimos a tomar café al «cenador», donde ya a -prevención había sillas, bancos y veladores rústicos en cantidad -suficiente, el Tejo estaba más atractivo que nunca. Una brisa fresca, -procedente de la Ría, hacía ondular ligeramente las ramas; el sol, -hiriendo de lleno su copa, la doraba y arrancaba del árbol ese -perfume penetrante y algo resinoso que aumenta en nuestro corazón la -embriaguez de la vida. La altura a que nos hallábamos suspendidos -podía persuadirnos de que éramos aves; a mí se me ocurrió que los -pájaros tenían bien grata morada en el seno del coloso; y de repente, -como si la Naturaleza se complaciese en infundirme uno de esos deseos -imposibles de satisfacer con que ilude a los mortales, me entraron -ganas, mejor diré ansias de volar, de perderme en aquellos espacios -azules, puros e inmensos que veíamos al través de las aberturas que -siempre ofrece el ramaje. Cuando noté que estaba envidiando a las -gaviotas que allá a lo lejos descendían sobre los peñascos de San -Andrés, me acusé de insensato y, haciendo un esfuerzo atendí a la -conversación.</p> - -<p>Llevaba la batuta, como no podía menos de suceder, el Padre Moreno, -afirmando una vez más a su auditorio que él se había encontrado -siempre mejor en Marruecos que en España; mejor entre moros que entre -cristianos «de estos de por acá».</p> - -<p>—No crean ustedes —apresuróse a añadir— que en África hacemos -vida regalada los frailes. Si allí me hallo más a gusto, es que -aquella pobre gente se desvive por uno y le manifiesta gran respeto. -Yo aprendí el árabe, aunque no como mi hermano en religión el<span -class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> Padre Lerchundi, lo -bastante para entenderme. ¡Pues si viesen ustedes qué útil me fué! Para -aquellos infelices es una recomendación el hábito. Nos llaman, en su -idioma, santos y sabios... ¡Lo mismito que por aquí!</p> - -<p>—Más claro no puede decir el Padre que le agradaría pasarse al moro -—advirtió don Román.</p> - -<p>—Moro, ya lo fuí —respondió con viveza el fraile—. Es decir -—rectificó en seguida—, ya supondrán ustedes que no me hice mahometano, -ni yo digo mahometano, esto es, sectario de Mahoma, sino moro, que -significa hijo del África; mauritano.</p> - -<p>—Bien entendemos que usted no renegó —exclamó mi futura tía con el -acento de apacible y tierna broma que adoptaba siempre al dirigirse al -Padre.</p> - -<p>—No, hija, renegar no: por la misericordia divina no llegué a -eso.</p> - -<p>—Pues cuéntenos cómo fué moro.</p> - -<p>—¡Anda! ¡Pues apenas tiene que contar! Es una historia muy larga... -Si hasta anduvo en periódicos: la <i>Revista Popular</i>, de Barcelona, -insertó sobre eso un artículo.</p> - -<p>—¡Ay, cuente, por Dios!</p> - -<p>No deseaba otra cosa el fraile, a juzgar por la complacencia con que -se avino a narrar su historia. Echó mano al pañuelo que llevaba en la -manga, y se limpió los labios del anisado que acababa de beber.</p> - -<p>—Pues, verán ustedes... Era poco antes de la Restauración, cuando -andaban aquí más desatadas las cosas políticas y la República traía -revuelta a toda España. Yo estaba en Tánger, contento, porque, como -les he dicho a ustedes, África me gusta muchísimo. Pero somos hijos -de la obediencia, y cátate que me encuentro con la orden de tocar -tabletas para España... nada menos que a Madrid. Y el caso es que no se -podía venir con el hábito: ¡bonitos estaban los tiempos para hábitos, -señores! Ea, Moreno —dije yo para mí—, ahora tocan a desenfrailar (por -fuera) y con<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>vertirse -en un caballerete... Ya saben ustedes que allí nos dejamos siempre la -barba, lo cual ayuda mucho para la esencia del disfraz, porque una -de las cosas en que más se conoce al eclesiástico vestido de seglar -es en la rasuración. La corona la teníamos bastante descuidadilla: -de modo que con abandonarla enteramente los días que precedieron al -viaje e igualar el resto del pelo, estábamos corrientes. La vestimenta -se encargó al mejor sastre. Y los accesorios... porque el traje de -caballero tiene mil accesorios... de esos se ocuparon las señoras que -yo trataba, y en especial las del Cónsul inglés. Estas damas me querían -muchísimo, y eran personas que entendían los perfiles de la elegancia, -y cómo se emperejila un señor. Ellas me prepararon calcetines, ¡de -seda, bordados y todo!, corbatas, camisolas y hasta pañuelos marcados -con mi cifra. Todo el pío era verme puestas las galas. «Padre Moreno, -después de vestido vendrá usted a enseñarse... Padre Moreno, es preciso -que nosotras le demos la última mano, si no irá hecho una visión... No -nos quite usted ese gusto, Padre Moreno.» Yo me cuadré. «¿Soy algún -mico para andar luciendo las habilidades? A otra puerta, lo que es -del fraile no se han de reir. No me verán vestido. Si lo quieren así, -bueno, y si no perdemos las amistades.» Llega el día y me arreglo -de pies a cabeza; no me faltaba ni el más pequeño detalle, incluso -gemelos en los puños, que hasta eso me habían regalado. Me visto en el -convento, y por calles excusadas salgo a tomar un barquichuelo que me -lleva a bordo. ¿Pues creerán ustedes que así y todo aquellas buenas -señoras consiguieron verme? Al saber que iba a zarpar el vapor, se -plantaron en los balcones muy armadas de gemelos marinos, y como yo -estaba tan descuidado sobre el puente, me contemplaron. Dicen que les -parecía otro... ¡Claro! ¡pues si llevaba mi cazadora, y mis pantalones -grises, y sombrero ladeado, y guantes!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span>Hubo una explosión -de risa en el auditorio, al figurarse al Padre Moreno en semejante -atavío.</p> - -<p>—¿Y después? —preguntó la novia interesadísima.</p> - -<p>—Desembarqué en Gibraltar... ¡menuda rabia que me dió ver flotando -allí el banderín inglés! Volví a embarcarme con dirección a Málaga. -No me ocurrió cosa de mayor importancia. De Málaga me fuí a Granada, -y ¡zás! me encuentro un conocido, un juez a quien trataba yo allá en -Canarias, y que se me queda mirando ¡claro está! sin dar crédito a -sus ojos. Me fuí hacia él, y no tuvo más remedio que convencerse. Nos -explicamos, me convidó al café, y quedamos citados para ver juntos la -Alhambra en unión de algunos compañeros suyos de fonda. Encargué que -no supiesen que yo era fraile. Lo prometió, y verán ustedes que aún -hizo más de lo prometido. En efecto, cuando nos reunimos a la mañana -siguiente, venía él acompañado de tres militares, dos médicos <i>in -fieri</i> y un sacerdote; y al divisarme desde lejos, pónese a gritar -fingiendo sorpresa: «¡Hola, Aben-Jusuf! ¿Usted por aquí?» «¡Yo mismo!» -respondí comprendiendo el objeto de mi amigo. «Por Alá, que al salir de -Tánger no esperaba tan buen encuentro.» Los compañeros ya alborotados -le preguntaban al oído: «Pero, qué, ¿este caballero es moro?» Y él -por no mentir contestó: «Bien lo conocerán en el nombre. Aben-Jusuf -le he llamado.» «¿Y es amigo de usted?» «Sí, le conocí en Canarias.» -«¡Hombre! convidarle a ver la Alhambra por ver qué dice.» «Corriente.» -Acepté el convite, por supuesto: como que lo tenía aceptado desde la -víspera. Mi amigo, acercándose a mí, me tendió la mano y me dijo: -«Aben-Jusuf, yo le convidaría a venir con nosotros a la Alhambra; pero -temo causarle impresiones dolorosas.» Respondí que, en efecto, había de -ser triste para un hijo del desierto la vista de monumentos erigidos -por sus antepasados y que ya no pueden habitar;<span class="pagenum" -id="Page_98">[p. 98]</span> pero que por no desairar su compañía y la -de aquellos señores, iría de buena gana...</p> - -<p>—¿Y seguían teniéndole a usted por moro? —preguntó al señor de -Aldao.</p> - -<p>—¡Vaya! Por morísimo. Yo representaba mi papel con toda seriedad. A -uno de los acompañantes le oí que decía: «Buen tipo de raza tiene este -moro.» En cada puerta, en cada ajimez, en cada patio, me detenía como -entristecido, pronunciando frases entrecortadas, gruñidos de pena: en -fin, lo que imaginaba que un moro debía expresar allí. Una vez me eché -mano a la barba...</p> - -<p>—¡Ay, Padre Moreno! —exclamó mi futura tía—. ¡Quién me diera verle -con barba!</p> - -<p>—¡Naranjas! ¿Verdad que no me has visto? —exclamó el fraile moro -soltando el hilo de la narración—. Aguárdate, mujer... Espera... —Y -rebuscando en la joroba de su manga, sacó una cartera desflorada y -pobre, y de ella una tarjeta fotográfica que en un momento recorrió -toda la sociedad reunida en el segundo piso del árbol. Las mujeres -lanzaban gritos de admiración, y Candidiña exclamó con maliciosa -bobería: «¡Qué buen mozo era, Padre Moreno!» Cuando me llegó mi turno, -no pude menos de convenir en que efectivamente resultaba buen mozo. La -longitud del cabello y lo poblado de la barba acentuaban el carácter -siempre franco y varonil de la figura del fraile, el cual, terminado el -incidente del retrato, prosiguió:</p> - -<p>—Pues yo me eché mano a esas barbazas que ven ustedes ahí, y -con gran formalidad exclamé: «Si España continúa por el camino que -ha emprendido desde hace algunos años, Alá volverá a conducir los -caballos africanos a estas llanuras, que aún recuerdan en medio del -desierto.» Y luego me volví hacia los presentes y les dije: «Perdonen, -señores, a un hijo de África; estos conceptos se me han escapado sin yo -poderlo remediar...» ¡Vería usted a aquellos hom<span class="pagenum" -id="Page_99">[p. 99]</span>bres entusiasmados con mi salida! «No, no, -que nos parece muy bien; ole los moros simpáticos...» El apuro fué -cuando empezaron a hacerme preguntas sobre las que ellos creían mi -religión y las costumbres de mi supuesto país. A uno se le ocurrió -interrogarme: «si era cierto que la ley de Mahoma autoriza para casarse -con muchas mujeres:» y entonces otro, oficial de caballería por más -señas, saltó diciendo... «¡Ajo! eso es lo mejor que tiene la ley de -Mahoma...»</p> - -<p>Algazara general provocó esta parte del relato. Mi tío se apretaba -la frente; el señor de Aldao la cintura; Serafín hipaba; Carmiña reía -de muy buen corazón y yo le hacía el dúo.</p> - -<p>—Oigan ustedes —prosiguió el fraile cuando se hubo calmado la -hilaridad—. Me puse serio, y les dije en un tono así... muy natural: -«Señores, aunque nos llaman bárbaros y fanáticos, sabemos reconocer -los defectos de nuestra legislación. He viajado mucho, he estudiado la -constitución íntima de muchas sociedades, y puedo asegurar que nada -me encanta tanto como una familia de un solo varón y una sola mujer, -consagrados a amarse mutuamente y a protejer al fruto de sus amores. Ni -el corazón del hombre, ni el reposo y tranquilidad de la familia, ni la -dignidad de la mujer se realzan y consolidan con la poligamia.»</p> - -<p>—¡Bravo, padre!</p> - -<p>—¡De primera! ¿Y qué respondieron ellos?</p> - -<p>—Se quedaron de una pieza. El Oficial me miraba, y abría una boca -de a palmo. ¿Por dónde dirán ustedes que salió así que pudo recobrar -su aplomo? Pues se encaró conmigo y me preguntó muy formal: «Y usted, -Aben-Jusuf, ¿cuántas mujeres tiene?»</p> - -<p>El auditorio rió de nuevo.</p> - -<p>—¡Ay qué lance!</p> - -<p>—¡Arre, ese se iba al bulto!</p> - -<p>—¿Y usted qué contestó?</p> - -<p>—A la verdad me quedé parado. Pero se me ocurrió una idea. «El señor -(señalando a mi amigo) co<span class="pagenum" id="Page_100">[p. -100]</span>noce mis gustos. Soy hombre que no quiere sacrificar su -afición a los viajes y su independencia a la obligación de sostener -una esposa y una familia. Quiero ser libre como el ave y por eso he -formado, desde muy antiguo, la resolución de no casarme nunca.»</p> - -<p>—¿Y se dieron por satisfechos? ¿No preguntaron más?</p> - -<p>—De eso nada —respondió el fraile—. La conversación cesó de -girar sobre mujeres. Se habló de política, y ahí tenía yo el camino -más expedito aún. Los mediquillos y dos de los militares, que eran -más liberales que Riego, empezaron a ponderar los beneficios de la -revolución. Entonces les dije que ese concepto de libertad acaso lo -entendía yo, moro, de distinta manera que ellos. «Dispénsenme, que -al fin soy extranjero aquí, y explíquenme cómo es que habiendo tanta -libertad para todo el mundo, me han asegurado que no consienten -ustedes a unos hombres a quienes respetamos mucho por allá; una -especie de santones cristianos que llevan túnica parduzca; los pies -casi descalzos... y se llaman... se llaman...» Chilló el oficialito: -«¡Frailes! Buenos peines están... Entre moros, que los dejen entre -moros...» Sin hacerle caso, continué: «Allá en Marruecos se les -respeta, y contribuyen a infundirnos cariño a esta tierra española que -consideramos nuestra segunda patria... Me admiro de que aquí (según -refiere la historia de ustedes que he leído, porque soy amigo de leer) -les hayan degollado bárbaramente... ¿Estoy equivocado o fué así? Esto -no lo ejecutamos en Marruecos con gente inofensiva dedicada a rezar y -hacer penitencia...» Ellos callados como difuntos. Uno dió al otro un -codazo y le oí que decía: «¡Ves qué ilustrado es el morito!» «Nos ha -jeringado.» —replicó el otro. Así dijo: jeringado.</p> - -<p>—¿Y al fin en qué paró todo eso de la morería?</p> - -<p>—¡Bah! Pueden ustedes suponer en lo que paró.<span class="pagenum" -id="Page_101">[p. 101]</span> Al regresar a Granada y meternos por las -callejuelas tortuosas, cerca ya de mi posada, me volví hacia aquella -gente, y dije con mucha seriedad: «Señores, lo de moro ha sido una -broma. No soy sino un pobre fraile franciscano, que gracias a la -libertad reinante ha tenido que disfrazarse de moro para venir a su -país natal. En mi verdadero ser saludo a ustedes.» Dí media vuelta y me -largué dejándolos aturdidos.</p> - -<p>Salimos del cenador cuando ya casi anochecía. Iba la novia tan -radiante de animación, comentando tan alegremente el relato del Padre, -que cruzó por mi mente una sospecha respecto al Abencerraje con sayal. -Procuré desecharla; pero se formuló así:</p> - -<p>—Del padre no será, pero lo que es del futuro... tampoco, -tampoco.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_12"> - <h2 class="nobreak">XII</h2> -</div> - -<p>Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. -Sé que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel -sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y -reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez -me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?</p> - -<p>Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre -podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea -apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy -antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de -su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea -en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más -frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la -damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la -señorita<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span> de Aldao, -y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia a la criada antigua. -Doña Andrea no se salía jamás de su esfera propia, el gobierno interior -de la casa, ni aparecía en el salón, ni manifestaba otras pretensiones -más que las compatibles con su oficio. Allí la única persona fuera de -su lugar me pareció Candidiña. Ni era señorita que pudiese alternar con -la hija de D. Román Aldao, ni fregatriz que viviese entre los pucheros: -algo tenía de lo uno y de lo otro, y no se explicaba bien su presencia -y su ambigua personalidad admitida en la sala y excluída de la mesa. Su -hermanita pequeña ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que -la diferencia se justificase.</p> - -<p>Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, -ni al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar -en su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que -las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a -la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía -menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al -menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque -el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime, -tampoco era lícito censurarlo.</p> - -<p>Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos -de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la -intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del -campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le -atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento -que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos, -palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba -en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba -que debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, -oculto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span>Como no soy -novelista, no he menester preparar hábilmente las transiciones; y como -tampoco soy hipócrita, he de consignar algo que no sé si ha declarado -algún observador o moralista. Y es que casi siempre la primer mirada -de un hombre a una mujer —hombre en mis circunstancias, mozo y en -disponibilidad amorosa— es mirada de curiosidad amorosa también: mirada -que dice: «¿Me querría esta mujer a mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» -Esto no es un alarde de cinismo, ni hacer a la humanidad peor de lo que -Dios la hizo: es indicar solamente que el instinto sexual, como todos -los instintos, no descansa, aunque lo reprima la razón. Si profesase a -mi tío cariño y respeto, hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz -confusa del instinto. Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, -me sublevaba el alma secretamente; y al creer advertir en su novia -gérmenes de sentimiento análogo, me sentía atraído hacia ella, por una -fraternidad psíquica que iba derecha hacia el enamoramiento.</p> - -<p>Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me -sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo -a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y -me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó -de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado -todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate -interior, entre el deseo y las conveniencias.</p> - -<p>Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir -a la futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo <i>seducir</i> -indica una fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío -lo que Luis Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué -a averiguar si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al -novio, y si a mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí -que, conseguido esto, se calmaría mi inquietud.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span>La vida en el -Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del baño tomábamos -el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad sumamente propicia -a encontrar a la novia en grato aislamiento, por el huerto o por -el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr este propósito, -desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado afición y se me -agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo periódicos, -o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y fresas -con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente -la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del -Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba -palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera: -de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina, -de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las -amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla -disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo -bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo -para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre. -A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la <i>cara feroce</i> de la -virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si -dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.» -A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno, -con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté -un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme -con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo -afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta -por donde atacar aquel corazoncito.</p> - -<p>Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el -conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba, -al par que sumi<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span>sión -y solicitud complaciente, formalidad y corrección excesivas, que podían -tomarse por encogimiento o púdica modestia, pero que a mí, vistas a la -luz siniestra que alumbraba mi alma, me parecieron síntomas de frialdad -absoluta.</p> - -<p>Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de -simpatía hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el -mismo desvío que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. -Acaso ella misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen -gusto, su delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna -pregunta: «¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»</p> - -<p>Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio. -Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el -tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando -a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de -aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora -diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de -agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó. -«Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en -cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme -de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su -boca las razones que tiene para aceptar al tío.»</p> - -<p>Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando -ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla -<i>tiíta</i>. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió -a tratarme, chanceándose también, de <i>sobrino</i>. Así que oí de sus -labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso -para llamarla <i>tití Carmen</i>. Estos dos nombres, el primero tierno e -infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y<span -class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span> belleza me parecieron -encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la señorita de -Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.</p> - -<p>Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en -ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del -ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado -se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en -Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo -que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román -dispuso que saliésemos a pescar <i>panchos</i> en las aguas tranquilas de -la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación -muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de <i>miñocas</i> o -lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más -dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una -lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi <i>liña</i> no se -sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba -de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar -de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y -siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba -con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor, -pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a -la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió -sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar -sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical -travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada -de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente, -me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que -de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba -ni podía expresar más que esto:<span class="pagenum" id="Page_107">[p. -107]</span> «Muy bien, futuro sobrino, pero yo por desgracia ya estoy -ligada al antipático de tu tío y resulta que no podemos entendernos. -Déjate de niñadas, o tendré que decirte <i>tarde piache</i>.»</p> - -<p>Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, -por el camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el -campo parece más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las -ciudades. Tití iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces -se volvía para hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, -atravesamos por sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando -la furia de un mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.</p> - -<p>Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran -lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por -las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay! -¡Al pasar la era me he llenado de <i>amores</i>!» Comprendí perfectamente -el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas -florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se -adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y -empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se -agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos -hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar -mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.</p> - -<p>De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago -alevoso. Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales -avechuchos, giró varias veces por la sala, apareciéndose en los -rincones, donde menos contábamos con él, y batiéndose contra las -paredes o cayendo, cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras -cabezas. Risa va y grito viene, nos armamos todos de lo primero que -encontramos: pañuelos, cubiertas de las sillas... y dimos<span -class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> caza al feo monstruo. -Serafín fué el primero que le puso la mano encima. A pesar de los -agrios chillidos que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, -pidió dos alfileres y extendiéndole de punta a punta las alas -membranosas, lo clavó contra la madera de una ventana. Después le -introdujo en el hocico un cigarro hecho de un rollo o flecha de papel, -encendiéndolo con un fósforo; y mientras el animal se estremecía -agonizante y convulso, su verdugo le hacía mil visajes. Era una -escena grotesca, para desternillarse de risa, y yo me entretenía en -saborearla, cuando oí a la novia preguntar impaciente:</p> - -<p>—¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?</p> - -<p>La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana, -exclamó:</p> - -<p>—¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...</p> - -<p>Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete -entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio -del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la -víctima.</p> - -<p>—¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo -no... No seas judío!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_13"> - <h2 class="nobreak">XIII</h2> -</div> - -<p>Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a -su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias, -de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en -la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos -domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir -que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo -andaba molestado de unos cólicos biliosos, y ca<span class="pagenum" -id="Page_109">[p. 109]</span>balmente se preparaba a salir para -las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus asuntos e -importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar sus planes -ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para mi tío, cuya -influencia en la provincia crecería al recibir pública muestra de -amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba popularidad -hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América del Sur. -El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo que no les -visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del Naranjal -acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de conservación de -la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D. Román el recelo -de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de las bolitas -tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos de yeso, de -los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo de boj que -dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con vidrieras, -y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y convite.</p> - -<p>A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban regalitos de -amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de -dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por -barreras inaccesibles.</p> - -<p>En cambio advertía ya claramente la frialdad glacial de la tití -hacia su futuro. Lo que es en esto sí que no podía equivocarme, como se -equivocaría otra persona menos interesada en la observación. Dos o tres -veces percibí movimientos de desvío, gestos de impaciencia nerviosa, en -momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca del que quiere, -se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba mayor -complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era -respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta -efusión, imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su<span -class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> luz y la voz con sus -inflexiones, la mostraba tití al hablar con el Padre Moreno: en vista -de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El frailecito no me engaña -a mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan resuelto, ese carácter tan -explícito y esos retratos barbudos... ¡Ay, ay! El tal Aben-Jusuf...»</p> - -<p>Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre el Padre moro y -mi tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya rápidas, -ya largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia -trataban de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez, -en la huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán -de noche?» me atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa, -comprendí que era imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor -habitación, exceptuando la destinada a los novios; este dormitorio -del Padre comunicaba con el del señor de Aldao, de manera que no -podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo sintiese. Al lado de -mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar escapatoria -nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi -bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda -de que <i>se entendían</i> el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a -caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en -distintas ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables, -que después de haber tomado el café intentaban escurrirse al jardín; -noté que por la mañana, a la hora del chocolate, procuraban secretear -en algún rincón de la galería. Siempre interrumpían su coloquio, -o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de Candidiña, o -majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román. -Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre -disimulaba mejor.</p> - -<p>Reflexionando en lo que haría yo en el caso de ellos, vine -a comprender que sólo les quedaba una<span class="pagenum" -id="Page_111">[p. 111]</span> hora hábil para verse de ocultis: la -madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En efecto, cuando -el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los habitantes -de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a -mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes -madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con -el aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún -no clareaba la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal -despabilado me lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso -de frescura, regado por el rocío nocturno, lleno del estremecimiento -misterioso del follaje al despertarlo la aurora, y embalsamado por los -ligeros olores venidos del jardín de daturas, resedas y heliotropos. El -ruidito de la fuente era más que nunca melodioso, dulce y alternativo, -como si cayese del cielo en un tazón de cristal. Todos estos encantos -me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi acecho. A la -segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y madrugaba -por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis hábiles -emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan -deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al -respirar con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió -cuán bonito sería subir al <i>Teixo</i> y presenciar desde allí la salida -del sol en el mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón -de baile, ascendí hasta el cenador, y de allí a Vistabella.</p> - -<p>Me detuve sorprendido ante el panorama que se desarrollaba a mis -pies. Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se asienta San -Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías, algunos -molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches -de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer -aún. Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta ho<span -class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span>guera, sobre la parte del -horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba la mancha -negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a la primer -mirada incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren. La niebla -la velaba todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo empezaron a -encender el mar prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa estremeció -la superficie de las olas, que se tiñeron de opulentos colores, como -si la mano de algún mago esparciese en ellas oro, zafiro y derretido -carmín. Al mismo tiempo el paisaje se animaba, espejeaban ya las -aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y Portomouro surgían -blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el plateado tono -de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las matas de -grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus penachos -amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido coral. De -repente, como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo, la vela -latina de una lancha sardinera brotó del infinito azul de la ría, al -pie de San Andrés, y tras ella fueron saliendo otras muchas, apiñadas -como bando de palomas. Me quedé embelesado.</p> - -<p>No sé qué aviso interior hizo variar la dirección de mis miradas, -convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a tal hora. -El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates -de rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el -pilón, parecían, desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico, -trazado sobre el fondo de un tapiz. Los cristales de la silenciosa casa -rebrillaban. De improviso...</p> - -<p>Un suceso muy previsto por la imaginación y que racionalmente -nos parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no -pueda importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron -las manos cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y -casi a un tiempo al Padre Moreno y a la tití.<span class="pagenum" -id="Page_113">[p. 113]</span> Indudablemente competían en exactitud; -habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de Carmiña ni el -cronómetro cebolla del Padre, regalado por la señora del Cónsul inglés, -discrepaban un minuto.</p> - -<p>La señorita y el fraile, al verse, se acercaron aprisa, como -personas que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y tienen -algo muy importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga -del Padre. Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios -y animados; y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al -Tejo.</p> - -<p>Yo sabía que no podían verme. Por instinto de prudencia me había -agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el significado de -aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos charlar -tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué -todo uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación -criminal o inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné -que lo primero que harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar -el árbol, aunque a tales horas no podían suponer razonablemente que -estuviese habitado. En consecuencia, miré alrededor buscando un -escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido, sólido, cerrado y -adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se clareaba. -No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome -al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen -a aquella altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la -barandilla y perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la -más fuerte y resistente. Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres -pequeñas, gimió la espesura, y algunos pajarillos salieron azorados y -revoloteando para huir de mi supuesta agresión. Por fortuna el fraile -y la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del espaller, -y ni era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque -mirasen.<span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span> De otro -modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable al de un estanque -cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún susurraban y -se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de tití y las -reverendas pisadas del Padre Moreno.</p> - -<p>Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían colocado tan bien en -lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un poco de abajo -arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad, me -permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el -sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del -asiento de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien -habló primero, celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo -de refugiarse donde era imposible que nadie sorprendiese su diálogo -confidencial.</p> - -<p>—Verdad —afirmó la señorita satisfecha—. También a mí me parecía -que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad completa. En -la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y ya -imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al -Tejo no se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son?</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_14"> - <h2 class="nobreak">XIV</h2> -</div> - -<p>—Particularmente tu futuro sobrino —respondió el Padre—. No sé qué -tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos espía. A -veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos -atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos -de estos tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden -dar lugar a interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que -parecerlo también.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span>—Es cierto; pero -yo, si no desahogaba con usted, creo que me moría. En el confesionario -no se pueden explicar bien ciertas cosas.</p> - -<p>—Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien de este fregado... -Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el padre -Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo. -Lo soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio.</p> - -<p>—Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted: mi mala sombra -es tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que consulte, -porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que -ya usted se lo sospecha.</p> - -<p>El padre se cogió la barbilla con la diestra, reflexionando.</p> - -<p>—Según me dijiste te casas por evitar mayores males... Se me figura -que he comprendido...</p> - -<p>—No, padre, no es eso... Mire usted: los males que aquí sobrevengan, -no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he podido; me he -convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo que -una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy -convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda, -y que los caprichos de los señores mayores son más difíciles de -combatir que los de los niños. Mi...</p> - -<p>La tití vaciló un poco.</p> - -<p>—Mi papá —dijo al fin con resolución— está como en sus quince. Ciego -por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y -cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe -Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...</p> - -<p>—Tú querrías que se casase...</p> - -<p>—Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a -todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor -de doña<span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span> Andrea. -Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré únicamente a que -se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi madre; pero papá -viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz, créame usted, de -pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama una desazón; me -ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo que no tiene... -¿cómo diré?</p> - -<p>—Sentido moral.</p> - -<p>—Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno.</p> - -<p>—A eso llamo yo —dijo el padre— ser idiota de la conciencia.</p> - -<p>—Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una -calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa -chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía -sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan -honorífico.</p> - -<p>—Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que -nos entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y -ahora... ya no.</p> - -<p>—Cabal. Ahora no.</p> - -<p>—Pues entonces... no importa mucho que se case o no se case con ella -tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma casa, el -escándalo continúa.</p> - -<p>—No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan horrible, que -no escandaliza a nadie—. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto -maliciosa la tití.</p> - -<p>—Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para escandalizarse no -mira si las caras son bonitas o feas.</p> - -<p>—Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto otra piedra de -escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente nada... Ni -tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que alguien -repara en ciertas cosas...</p> - -<p>—Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las ver<span -class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span>güenzas, para ti no se han -hecho —murmuró el fraile con acento tan halagüeño y cariñoso, que mi -tía se ruborizó un poco, creo que de placer.</p> - -<p>—No lo puedo remediar —balbució—. Es tan sagrado un padre, que usted -no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos respetarle como -corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el respeto -a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera: -hay momentos en que imagino volverme loca.</p> - -<p>—¡Tururú! —exclamó festivamente el fraile—. ¡Loca nada menos! Te -lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo que -Candidiña...?</p> - -<p>—Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete. Yo no sé a qué -santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se -domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy -detalles; hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena -que a la noche me eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por -Dios y por la Virgen que o se casase de una vez con la chiquilla o la -enviase fuera a servir.</p> - -<p>—Y la chiquilla, ¿le da cuerda?</p> - -<p>—Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en las cosas -graves... se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En fin... -yo no estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la -he regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación: -su madre no hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y -créame usted: no sabe por dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de -remate. Perdido por la chica. En eso me fundaba yo para rogarle que se -casara; pero me sale con el mundo... y la gente... y su categoría... -¡Ah, Padre, yo no puedo resistir más! No puedo.</p> - -<p>—¡Válgame Dios! —suspiró el fraile—. Qué ceguera... y permíteme la -frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span>—Figúrese -usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso porque es un -desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás tú por otra...» -Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré entonces que si mi -padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en gracia! ¡Ojalá! ¡Mil -veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando sus canas!</p> - -<p>Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos -centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas -de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la -miraba consternado.</p> - -<p>—¡Tienes razón que te sobra! —exclamó al fin—. ¡Cuánto mejor sería -morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural: -todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no -paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que -nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas -se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero -siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el -movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso.</p> - -<p>—Por desgracia —añadió la señorita, tratando de serenarse—, aquí hay -de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por -la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la -gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni -vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha -costado... y además... no tendría...</p> - -<p>Aquí titubeó, decidiéndose al fin.</p> - -<p>—No tendría necesidad de casarme yo.</p> - -<p>La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó -suspenso, moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice -para sí: «Malo, malísimo».</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span>—De modo que -tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo estamos en el -confesonario. Tú no te casas gustosa.</p> - -<p>—Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo -resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me -dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y -ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el -respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de -mi presencia... ¡eso no!</p> - -<p>—¿Y tu hermano? —preguntó vivamente el fraile.</p> - -<p>—Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo... Necesita -dinero... mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta me -ha regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama -necia porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi -hermano; pero su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de -meterme donde no tienen gana de mí.</p> - -<p>El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo fruncido y las -manos ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su fisonomía -revelaba la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de -resolverse a tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese -sumamente importante y decisivo.</p> - -<p>—Pues chiquilla... —pronunció al fin—, mi consejo aquí no puede ser -otro sino el que te daría cualquier persona de mediano criterio. El -casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso más -decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la -misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna?</p> - -<p>—Repugnarme...</p> - -<p>Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo contenía hasta -la respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me incrustaban -en las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a -dormirse.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span>Al fin se oyó -nuevamente la voz alterada de la novia.</p> - -<p>—Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento por él ni -cariño, ni nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo -entusiasmo... amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo -quisiera, al casarme, considerar al marido que he de recibir delante -de Dios, como a una persona digna de la estimación de todo el mundo... -Padre, ¿usted cree que don Felipe es... así?</p> - -<p>—Hija, con el corazón en la mano... No he oído contar de él -ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos -políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he -de decir.</p> - -<p>—Lo de las pocas simpatías —advirtió con rara sagacidad la novia— -no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en eso el que -menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha -reparado usted la cara de Felipe?</p> - -<p>—Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!</p> - -<p>—Es <i>de judío</i> —afirmó terminantemente la novia—. Le parecerá a -usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es -de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna... -me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo -acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría -gran cosa, si no fuese...</p> - -<p>Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la -conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí -sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir -con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de -mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.</p> - -<p>—Pues, mujer —decidió el Padre—, con esa antipatía o repulsa, porque -en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos, -consulta tus<span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span> -fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada. Considera que el -marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de toda tu vida, el -único hombre a quien te es lícito querer, el que va a ser contigo en -una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él será el padre de -tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... ¿entiendes?: te -lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, ahora que todavía -estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un alboroto deshacer el -casamiento; pero mientras no exista indisoluble lazo... ¡pch! son cosas -que dan pábulo a las lenguas de los necios un par de días, y luego se -las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte, sólo la muerte de uno -de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo de lo que significa el -sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un esposo para la mujer -cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas luego que tu amigo Moreno -no te avisó.</p> - -<p>Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse -a mis sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro -de una caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me -fatigaba la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno -espionaje. Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi -curiosidad una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos -de la madera seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían -en su lengua obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero, -mamarracho.» Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre, -abofeteándome con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado -a usted. Ya noté que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos -éramos esclavos complacientes de la materia, y que esta señorita y -yo... Habrá usted visto con rubor que existen personas decentes.»</p> - -<p>Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme -por la rama abajo, cabalgar en otra,<span class="pagenum" -id="Page_122">[p. 122]</span> y, de rama en rama, descender hasta el -salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia, no -era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído -que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar -al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir -la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único -arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios -y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este -propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en -posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender -bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré -oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos, -habló la novia:</p> - -<p>—Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que -no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me -impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!... -Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él -andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi -marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré -contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las -circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas -seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se -hunda el mundo.</p> - -<p>Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo, -hasta hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para -aplaudir, tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por -inevitable movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse -un estallido formidable, que me sonó como el fragor de la más -desencadenada tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía -despacio, sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje, -pero<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> causándome -contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los -<i>gallos</i> de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo: -y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol, -exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.</p> - -<p>Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi -ropa y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé -cuál fué más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una -pelota de goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo -pretendía era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi -delito y mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió -alas y hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la -calle de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me -verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del -bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me -subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar -las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el -muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos -y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba -bañándome.»</p> - -<p>Y me desnudé en un periquete.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_15"> - <h2 class="nobreak">XV</h2> -</div> - -<p>El día de la boda, dos después de este episodio, me desperté con -la impresión de sentir allá dentro, dentro, en el fondo de la caja -torácica, el molimiento del batacazo. A fuerza de aplicarme paños -del árnica que compré secretamente en la botica de San Andrés, había -conseguido que no se marcasen las contusiones y erosiones que tenía en -la cara y manos. De mi ropa se había rasgado tan sólo el forro de la -americana;<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span> menos -mal. Los dos únicos testigos de la escena sin duda se habían puesto -de acuerdo para callar; pero me miraban de vez en cuando, y yo sentía -desagradable impresión al encontrar la mirada de Carmiña, triste y -severa, o los ojos del franciscano, en que me parecía notar mezcla -humillante de enojo y desdén.</p> - -<p>Por eso lamentaba tener el cuerpo tan quebrantado, «¿A que me he -resentido o roto alguna cosa» pensé «y ahora se descubre el pastel por -fuerza?» Con el decaimiento físico se enlazaba un estado espiritual de -bastante lirismo, según demostrarán algunos párrafos de mi nueva carta -a Luis:</p> - -<blockquote> - -<p>«Chacho, no sé cómo decirte lo que me sucede. He sorprendido los -secretos de mi futura tía, por casualidad, y me he convencido de que es -un ángel, un serafín en figura de mujer. Con razón aseguraba el fraile -que Carmiña realiza el tipo de la perfecta cristiana. Es indudable que -en una mujer así hay algo que impone veneración, algo de celestial. -Hice mal en dudarlo y en imaginar siquiera que no fuese una santa. ¡Y -si vieses qué desgraciada, qué abnegación la suya! Te referiré lo que -sucede... y me dirás si cabe mayor heroismo, ni más dignidad. Estoy -absorto desde que he penetrado los móviles de su conducta...»</p> - -</blockquote> - -<p>Se los explicaba largamente, encomiando la resolución admirable de -tití, y añadía para concluir de descargar mi conciencia:</p> - -<blockquote> - -<p>«También el fraile me parece bueno... Me voy inclinando a que -cumplirá todos sus votos. Nada, chico: los cumplirá. Existe la virtud, -¡cuidado si existe! Aún hay patria... No sé lo que siento: no sé si -desde que veo claro quiero más a la tití, de un modo allá muy refinado, -o si ya no me importa como mujer. Lo seguro es que mi tío no merece el -tesoro. ¡No encontraré yo mujer semejante, si llego a casarme andando -el tiempo!»</p> - -</blockquote> - -<p>Esta epístola la escribí la víspera del día fatal. Al<span -class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span> amanecer éste, me -encontré, según iba diciendo, molido y con los huesos hechos harina, y -unas ganas incontrastables de quedarme así, tumbado boca arriba, sin -moverme, ni pensar, ni resollar siquiera. Pero el maldito monaguillo -entró en mi cuarto y vino derecho a alzar las sábanas.</p> - -<p>—¿Qué tiene? —preguntaba—. Está como los gatos cuando se tumban -al caerse de los tejados. ¿Qué le duele al señorito? ¿Le doy unas -friegas?</p> - -<p>Me enderecé penosamente, y amenazándole con el puño cerrado, -exclamé:</p> - -<p>—Como hables de caídas...</p> - -<p>—Bueno, hablaremos de lo que usía disponga... <i>¡Ne in furore tuo -arguas me!</i></p> - -<p>—Voy a argüírte con un zapatazo si no callas...</p> - -<p>—Ey... no vale arrimar piñas. Arribiña, que ya están poniéndole -cascabeles a la novia... ¿No oye la orquesta del teatro Real, Imperial -y Botánico? Pues toca que se las pela.</p> - -<p>En efecto, del patio subían notas ligeras, campesinas, que parecían -danzar con alegría pastoril. Eran los gaiteros afinando y preludiando -la alborada. Aquella música fresca, jubilosa, me oprimió el corazón. -Haciendo un esfuerzo me levanté. Parecíame notar en el pecho una -especie de malestar depresivo, como si tuviese allí una piedra de mucho -peso, un malestar intolerable. De mala gana me lavé, me vestí lo mejor -que supe, y bajé a desayunarme. Otro tanto hacían la mayor parte de -los convidados a la boda. Noté que el señor de Aldao estaba inquieto, -y supe que su inquietud provenía de una carta recién llegada del -Naranjal. Escribíala, en nombre de don Vicente Sotopeña, su ahijado y -protegido Lupercio Pimentel; el cual, después de muchas y muy corteses -felicitaciones y grandes protestas de amistad hacia mi tío se declaraba -comisionado por don Vicente para asistir en su nombre, ya que no a la -ceremonia, a la comida. Y aquí de los apuros de don Román, teme<span -class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span>roso de que no hubiese -todos los perfiles que requería la presencia de tan importante persona. -Casi hubiera preferido Aldao tener que habérselas con el mismo Santo. -Este al fin era la quinta esencia de la llaneza, y en dándole platos -regionales y bromas en dialecto, en ninguna falta repararía. En cambio -el ahijado... ¡Dios sabe! Joven, elegantón, acostumbrado a los festines -de la corte...</p> - -<p>Despachado el chocolate entramos en la sala, se oyeron en el -pasillo voces femeniles, exclamaciones, y apareció la novia rodeada de -varias amiguitas pontevedresas convidadas a la ceremonia y seguida de -Candidiña, de doña Andrea, de la chiquilla, que se atropellaban por -contemplarla mejor.</p> - -<p>Carmiña Aldao venía pálida y ojerosa: sus ojos negros tenían el -cerco cárdeno que pintan las noches de insomnio. Lucía el traje blanco -de red de perlas, mantilla negra sujeta con joyas, un ramito de azahar -natural en el pecho, rico pañuelo, guantes largos, devocionario y -rosario de nácar. Después de saludar a su novio, que le dió los buenos -días algo cohibido, y de sonreir a los demás, se quedó sin saber qué -hacer, plantada en mitad del saloncito; pero cuando el señor de Aldao, -a un movimiento de cabeza de mi tío Felipe, contestó diciendo «Vamos», -la señorita se adelantó y con sencillez y viveza se acercó a su padre: -«Perdóname si en algo te he ofendido», le dijo en voz vibrante aunque -contenida, «y dame tu permiso, para que sea feliz.» Al pronunciar -estas palabras, clavó en su padre una mirada elocuente, profunda, casi -terrible a fuerza de concentración. El señor de Aldao volvió la cabeza -murmurando un «Dios te bendiga». Creo que noté en sus pupilas cierto -brillo... Hay cosas que crispan las nervios. Las amiguitas se dedicaron -a arreglar a la novia los volantes, a recoger las perlitas del bordado, -algunas de las cuales andaban por el suelo ya. Y sin darnos el brazo, -en formación desordenada, nos encaminamos a la capilla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span>Esta estaba -fragante de flores, toda tapizada de helecho y anís, iluminado el -altar con infinitos cirios. La ceremonia fué larga, porque se casaron -y velaron a un tiempo. Escuché el claro <i>sí</i> de la esposa y el opaco -del esposo. Oí leer la que todo el mundo llama epístola de San Pablo, -aunque no lo sea. Allí el marido era asimilado a Cristo, la mujer a -la Iglesia; y en confirmación de esta superioridad viril, la bordada -estola cayó sobre la cabeza de la novia a la vez que sobre el cuello -del novio. Carmiña Aldao, cruzando las manos sobre el pecho, inclinó la -frente sometiéndose al yugo.</p> - -<p>Había entre el concurso de espectadores aldeanos y aldeanas, venidos -por curiosidad, y que se empujaban, con murmullo respetuoso, a fin -de ver algo por encima de las cabezas del señorío. Cuando se hubo -terminado la misa, estallaron los cohetes, las gaitas del país dejaron -oir su ronquido característico, y la gente se agolpó, saliendo en -tropel, la novia rodeada de sus amiguitas, que pellizcaban pétalos y -gromos de azahar y la besuqueaban. Fué un momento embarazoso. ¿A dónde -ir, qué hacer, con qué entretener a la reunión? Castro Mera, que era -joven y animado, propuso que nos trasladásemos al Tejo, que sacasen el -piano al jardín y que armásemos baile, mientras los novios y el Padre -Moreno se desayunaban, pues por la misa y la comunión no habían podido -hacerlo.</p> - -<p>Se aceptó la idea. Aún no había empezado el baile, cuando volvió a -aparecer la novia, ya sin mantilla; había tomado un sorbo de chocolate -y venía a cumplir sus deberes de sociedad. El primer rigodón lo -tocó ella, desde el jardín. El segundo una señorita pontevedresa, y -Castro Mera lo bailó con la que ya puedo llamar mi tía. Después, una -señorita de San Andrés propuso un vals de vueltas. Yo había bailado -los rigodones arrastras, sólo porque no cayesen en la cuenta del -molimiento y dolor de mis costillas; pero apenas oí vals, me pasó por -la mente un verteriano relámpago. «La abrazaré antes que la hayan -tocado los bra<span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span>zos -de su novio». Y levantándome con ímpetu, olvidado ya de la caída, la -propuse el vals. Se negaba sonriendo, pero las amiguitas la empujaron, -y entonces, haciendo un gesto que podría significar «así como así ya es -la última vez», colocó su brazo izquierdo sobre el mío y dejó que con -el derecho rodease su cintura.</p> - -<p>Al estrecharla comprendí por repentina intuición que estaba prendado -de aquella mujer, irremisiblemente ligada ya a otro hombre. El tenerla -así enlazada —en aquel camarín vegetal, aromático, espolvoreado de -oro por el sol que a veces, colándose entre las ramas, lanzaba una -juguetona estrellita de luz al pelo o a la frente de la novia— me -volvía loco. Notaba las delicadas líneas del cuerpo airoso de Carmiña; -sentíame bañado en su aliento, y la disparatada idea se convirtió en -sentimiento tan vehemente, que necesité reprimirme para no estrechar -a mi pareja, haciéndola daño. Mi arrebato era, no obstante, de lo más -puro y elevado que se ha visto en esto de transportes amorosos. Sentía -una ilusión celestial (si me es dado expresarme así), una ilusión -divina, noble en su origen y en su desarrollo. Lo que me exaltaba era -pensar que tenía allí en mis brazos a la mujer más santa y pura de la -tierra, y que esta mujer, aunque perteneciente a otro, estaba todavía -virgen, intacta, como el cáliz de una azucena, como el propio azahar -que llevaba prendido aún en el pecho, y que al empezar a marchitarse -despedía aroma fuerte y embriagador.</p> - -<p>Girábamos con gran suavidad, y entre vuelta y vuelta, creo que la -dije: «Ya somos parientes; ¿puedo tutearte?».</p> - -<p>—Naturalmente: sólo faltaría que me dijeses de usted con mucha -política.</p> - -<p>—¿Te enfadarás?</p> - -<p>—No. ¿Por qué?</p> - -<p>Guardé silencio. Los pliegues de su traje de seda me acariciaban -las rodillas, y sentía el corazón, agitado por el movimiento del vals, -latir fuertemente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>Entonces, con -impulso invencible, ascendió la verdad a mis labios.</p> - -<p>—Tití—murmuré—, perdóname; yo me he portado mal contigo. ¿No sabes? -Fuí un indiscreto... ¡Pero me alegro tanto, tanto! Porque ahora conozco -todo lo que vales tú... y mira, porque lo conozco, estoy fuera de mí. -¿No lo ves?</p> - -<p>—Calla, bobo —articuló ella, algo acortada de respiración por el -movimiento del vals—. Si fuiste indiscreto... ¿qué quieres que te diga? -Hiciste muy mal. ¡Muy mal!</p> - -<p>—Ya lo sé —respondí compungido—. Por eso te pido que me perdones. -Anda. ¿Me perdonarás?</p> - -<p>—Bueno —murmuró ella como el que accede al antojo de un niño.</p> - -<p>—¡Qué santa eres! —exclamé con delirio en voz baja y honda.</p> - -<p>Dimos algunas vueltas. Nos mareábamos de girar en aquel sitio tan -estrecho. Ella se detuvo un instante. Entonces la pregunté:</p> - -<p>—Tití, ¿piensas bailar más en tu vida?</p> - -<p>—No. Este es el último vals. Las casadas no bailan.</p> - -<p>—¿El último?</p> - -<p>—De seguro.</p> - -<p>—Pues dame, por Dios y por la Peregrina, ese ramito de azahar. -Dámelo.</p> - -<p>—¿Para qué lo quieres?</p> - -<p>—Dámelo... Si no, haré cualquier estupidez.</p> - -<p>—¡Toma, sobrino! —exclamó deteniéndose— y no vuelvas a esconderte en -los árboles.</p> - -<p>Guardé el ramo como el ladrón la robada presea, y miré a mi tití, -calando la mirada hasta el fondo de los ojos. No me pareció notar en -ella severidad ni cólera al hacerme aquella franca declaración de haber -sorprendido mi diablura. Un poco de pudor alarmado se veía, sí, en sus -pupilas; pero este continente grave lo templaba la media sonrisa y -la animación de su rostro, encendido por el movimiento del vals. Por -mi<span class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span> gusto, el tal -baile no se concluiría nunca. Silencioso ya, porque la fuerza de mis -sentimientos me ataba la lengua; arrebatado al quinto cielo, incapaz -de reprimirme, debí de apretar convulso la delgada cintura... pues -de improviso se detuvo mi tití, y con rostro demudado y voz firme, -pronunció:</p> - -<p>—Basta.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_16"> - <h2 class="nobreak">XVI</h2> -</div> - -<p>No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor -apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de -herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes -de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la -boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío -de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o -tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos -políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se -colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras -arqueológico-históricas.</p> - -<p>Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el -puesto de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, -bien hablado, cordial y bromista al modo que lo son los políticos de -este período actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los -principios con la de las simpatías personales que suman incesantemente. -Desde que empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de -atraerse a aquel auditorio, a aquellos <i>elementos</i>, como diría él. -Tendió la vista en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del -hombro de la novia, le oí que murmuraba:</p> - -<p>—Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>—Verá usted... -—respondió mi tío—. Le tenemos tan de esquina con nosotros...</p> - -<p>—Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete -le ponga entre los convidados —añadió señalando al director del -<i>Teucrense</i>, que se inclinó lisonjeadísimo.</p> - -<p>Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:</p> - -<p>—Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es -preciso. Con que llegue a los brindis...</p> - -<p>Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo -un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el -<i>elemento</i> refractario.</p> - -<p>Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz -con el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en -el público.</p> - -<p>—Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión -sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación -conservadora no sería viable...</p> - -<p>Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no -comprendían el sentido de la palabra <i>viable</i>; pero en fin, se daban -cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo -para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido -<i>utópico</i>, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de -aprobación a la redonda.</p> - -<p>Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta -cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde... -Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el -aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de -pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que -Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso -los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa, -estimularon su empobrecida san<span class="pagenum" id="Page_132">[p. -132]</span>gre y le sacaron de su infantil sosera, convirtiéndolo -en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los codazos y -pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de un -Juvenal con sotana.</p> - -<p>—Mire —me decía pasito—, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice -de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el -templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... <i>¡Fecerumque sibi -deos aureos!</i> No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y -van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón... -Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted -no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más -que invente <i>puentes imánticos</i> o <i>carreteras eléctricas</i>... maldito -el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo -también, tonto?</p> - -<p>Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados -y el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los -disparates que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener -la risa al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a -mi derecha. Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el -bienaventurado arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario -de la Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados -ojos. ¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! -A pesar del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal -aguzaba las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus -benditos seis mil reales...</p> - -<p>—Salustio —suplicó angustiado—, haga callar a ese majadero... Está -poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...</p> - -<p>La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al -pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria -y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando -satis<span class="pagenum" id="Page_133">[p. 133]</span>facción, -haciendo la corte a Pimentel más que a su novia; brindándole la -función, «¡Gente rastrera! —pensaba yo—, si queréis inclinaros, -inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa el -sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada, -que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la -sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va -descaminado.»</p> - -<p>No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de -Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para -contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías -y de las cosas <i>viables</i> o no <i>viables</i>. Causó general asombro el que -me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me -miró con una expresión que redobló mis bríos.</p> - -<p>—¿Que no es <i>viable</i> la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver? -Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos... -Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus -ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas -han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que -aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene -convicciones, ídem.</p> - -<p>Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:</p> - -<p>—Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras -razas, en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre -árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh! -imposible, imposible...</p> - -<p>Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos -eran sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos, -señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con -la libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen -hombres de Estado porque las multitudes están educadas ya para las -libertades políticas, es una transmisión heredita<span class="pagenum" -id="Page_134">[p. 134]</span>ria, digámoslo así; hereditaria. Y si no, -vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...</p> - -<p>No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra -a un clavo ardiendo.</p> - -<p>—Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que -Thiers...</p> - -<p>Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró -con cierta ansiedad.</p> - -<p>—Que Thiers era francés.</p> - -<p>El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:</p> - -<p>—Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia -después de la Commune.</p> - -<p>Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis -palabras, ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación -y sorpresa; el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, -alegrado por una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:</p> - -<p>—Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece... -Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra -es el país del <i>self</i>... del <i>self governement</i>, como demostró con -mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra -idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No -resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las -tendencias ingénitas de la raza...</p> - -<p>—Todo eso es palabrería —argüí—. Generalidades que nada prueban. -Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la -república española, con la cual el que más y el que menos de los que -hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta -dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les -hubiese abierto el presupuesto de par en par?</p> - -<p>Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que, -batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span>—Por ahí, por -ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!</p> - -<p>Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia -mí, y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.</p> - -<p>—Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al -aceptar los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en -otras circunstancias...</p> - -<p>Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a -quien traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje. -Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían -sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas -con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no -se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho -un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando -medio de captarse la voluntad del adversario político.</p> - -<p>Yo no sabré decir cómo era el <i>menú</i> de aquella pesada comida. Me -parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina -figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir, -prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a -inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos -pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas -por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía -desairar.</p> - -<p>Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro -efecto sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había -inducido a provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, -quijotesco, deseoso de armarla con todos y contra todos. Y bajo -aquella efervescencia singular, notaba el latido sordo de una pena -muy recóndita, especie de nostalgia de algo que me parecía haber -perdido. No acertaría a explicarlo: era de esos sentimientos sutiles -y<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span> punzadores que -a veces no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma, -sino a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad. -La novia —a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas— tenía el -semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del -largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura -del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No -existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le -inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber -moral, el <i>imperativo categórico</i> de su fe, se había acercado al -ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en -su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué -esperará? ¿Qué temerá la blanca novia?</p> - -<p>Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la -imaginación, surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras -sofocadas, ojos que echaban chispas, voces algo descompasadas e -injustificadas locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto -diapasón y efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender -las excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a -otro de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina -disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín -reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él -poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes, -y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar -enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a -los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel -la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de -Pimentel y el novio y suegro muy compinches.</p> - -<p>Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la -algarabía fué tal, que allí no se entendía<span class="pagenum" -id="Page_137">[p. 137]</span> nadie. Unos disputaban, otros reían, -otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino -y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de -pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos -de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo -se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El -señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a -tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a -pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora -en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad -de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo -puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado.</p> - -<p>El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido -y desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que -se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana, -cebolla, piñones, <i>quoniam</i>, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el -Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez -se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla, -dió en perorar.</p> - -<p>—Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen -con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales; -la primera se prueba <i>per se... per se...</i></p> - -<p>—¡Per <i>só</i>! —chillaron Castro Mera y el ayudante.</p> - -<p>—El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida, -adúltero o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres -de la Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... -¡estoy incurso en excomunión mayor <i>latæ setentiæ</i>! ¿No sabéis lo que -dijo un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, -piñones? ¡Gui, gui! Pues dijo: «<i>Cum ejus modi nec cíbum sumere</i>». -¿Eh?<span class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span> Me parece que -bien claro lo cantó. «<i>Cum ejus modi nec Pajaritum su... sum...</i>»</p> - -<p>Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel -escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a -borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un -apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus -gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus -ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una -gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la -violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos -amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran -ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le -sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la <i>curda</i>! Tan borrego como -parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su -estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan -belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos -dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el -instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera, -algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de -las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese -con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas, -de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la -insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes -buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené -a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia -como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos -de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con -formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme, -a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo<span -class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> que una fiera, y hubo -momentos en que creímos que podría más que todos nosotros juntos. Al -fin logramos atarle las manos con una servilleta; le inundamos de -colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies y por los -hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos sobre -su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a veces -cortos espasmos.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_17"> - <h2 class="nobreak">XVII</h2> -</div> - -<p>Bajamos al jardín: la tarde caía ya, y no venía mal la brisa para -despejar las cabezas acaloradas. Yo creía no tener ni sombra de lo que -por borrachera se entiende: y sin embargo, atribuí el extraño peso -que notaba en el corazón, la infinita melancolía que se apoderó de -mí, a los efectos del vino, que a veces producen ese doloroso tedio, -cayendo en el alma como piedras en la hondura de un pozo. Aquella -gente alborotada, alegre, bromista, que tomaba la boda por fausto -acontecimiento, me producía fastidio y aborrecimiento inexplicable: -parecíame no haber tropezado nunca con personas tan antipáticas. Se -esparcieron por la finca gozando y riendo, y yo procuré quedar a solas -con mis negros pensamientos y mis lúgubres ideas. La imaginación se me -ponía más turbia cada vez, cual si enorme desventura pesase sobre mí. -Dirigíme por instinto a lo más retirado de la huerta, y abriendo la -puertecilla carcomida que comunicaba con el soto, la crucé con ímpetu, -hambriento de silencio y soledad. Una voz clara y enérgica pronunció: -«¿Adónde va usted, caballero Salustio?» Por voz y frase conocí al Padre -Moreno. El fraile estaba sentado en un banco de piedra, apoyado contra -la tapia, y leía en un libro, ocupación que suspendió al verme.</p> - -<p>—Aquí me vine —dijo— buscando sitio a propósi<span class="pagenum" -id="Page_140">[p. 140]</span>to para hacer mis rezos de costumbre. Ya -estaba concluyendo. Y usted... ¿se puede saber si también sale de la -huerta para rezar?</p> - -<p>—No —contesté en uno de esos ímpetus de franqueza súbita que suelen -proceder de haber envasado algunas copas de vinos fuertes entre pecho -y espalda—. He venido porque me aburría tanta gente, tanta bulla, -tanto regocijo y tanta necedad; porque me levantaba jaqueca la alegría -bestial y sin motivo.</p> - -<p>—¡Bravo! Señor mío, ahora digo que le sobra a usted razón. A -mí también me hastiaban el comedor y la comida. Es un barullo -insoportable, nada tiene de particular que a un fraile le asuste; pero -a usted...</p> - -<p>—Padre Moreno, crea usted que hay días en que, convicciones aparte, -le entran a uno ganas de meterse fraile y echar a rodar el mundo.</p> - -<p>El fraile me miró, clavando en los míos sus ojos poderosos, serenos -y perspicaces.</p> - -<p>—¿De veras se le ocurre a usted eso? Pues no extrañará usted si un -pobre fraile le responde que en mi opinión, ya está usted a la entrada -del camino de la sabiduría, y aun de la felicidad, hasta donde cabe en -la vida del hombre. Buscar la paz y el desasimiento no es virtud: es -egoismo y cálculo. Crea usted, caballero, que yo no envidio a nadie... -y en cambio compadezco a mucha, a muchísima gente.</p> - -<p>El orgullo laico no se me encabritó al oir tales palabras. Después -he reflexionado en que a mí debiera enojarme la compasión del fraile, -compasión probablemente irónica, pues, dadas mis ideas, mi manera -de pensar y sentir en cuestiones religiosas y la significación -absurda que para mí tenían los votos monásticos, era yo quien debía -compadecer a Moreno, y como se compadece a las víctimas del absurdo y -del sacrificio inútil. Únicamente se explica mi extraña aquiescencia -a las palabras del Padre Moreno, suponiendo que existe en el fondo -de nuestro espíritu una tendencia perpetua a la abnegación, a la -renuncia<span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span>ción, por -decirlo así, tendencia que se deriva del subsuelo cristiano sobre el -cual reposa nuestro racionalismo superficial. Se me ocurría en aquel -momento de depresión: «¿Cuál es mejor, Salustio? ¿Seguir estudiando, -acabar la carrera, ejercerla, casarse, cargarte de hijos, sufrir las -impertinencias y los rozamientos de la vida, aguantar todo lo que -forzosamente ha de traer consigo, dolores, desengaños, conflictos y -peleas, o pasártela como éste, que en un día de boda coge su libro y se -viene a rezar al bosque?»</p> - -<p>—Sí que compadezco a muchos —prosiguió el Padre cogiéndose de -mi brazo con familiaridad y llevándome, al través del soto, hasta -un pradito que limitaba un vallado vestido de parietarias y flores -silvestres—. A las gentes que juzguen... así, nada más que por -la superficie, les parecerá que hoy, en medio del bullicio, puedo -experimentar algo de envidia, considerando mi estado, tan diferente del -de los casados ¿eh?... Pues le aseguro (y usted no creerá que le digo -una cosa por otra, pues ya sabe que mi carácter es muy franco) que más -bien parece como si me inspirasen los novios una especie de lástima, al -pensar en... vamos, los trabajos que les esperan, por más felices que -usted me los suponga: aunque Dios les reparta a manos llenas cuanto se -entiende por dichas.</p> - -<p>Los sentimientos del fraile estaban en aquel momento tan conformes -con los míos, que le hubiese abrazado de buena gana. Y cediendo por -segunda vez al prurito de desahogarme, indiqué sentándome en el -vallado:</p> - -<p>—A mí, Padre Moreno, esta boda me parece un puro disparate; o mucho -me engaño, o va a traer consecuencias funestísimas. Carmiña es un -ángel, una santa, un sér excepcional; y mi tío... ¡Qué sé yo!... Tengo -mis motivos para conocerle.</p> - -<p>Mudó repentinamente de aspecto la cara del Pa<span class="pagenum" -id="Page_142">[p. 142]</span>dre. Sus ojos se tornaron severos: su -entrecejo se frunció: recogióse su boca pasando de la amabilidad a la -seriedad, a la austeridad casi. Ví en su fisonomía una expresión que -tenían rara vez: era el hábito saliendo a la cara: eran el fraile y el -confesor que reaparecían bajo el hombre afable, cortés, comunicativo, -humano.</p> - -<p>—Habla usted con ligereza —declaró— y perdone que le ate corto. -Tal vez crea tener algo en qué fundarse, y a la verdad, siento que me -obligue a recordar <i>eso</i>... Quería olvidar que fué usted más imprudente -y curioso de lo que corresponde a una persona, que por su educación -y el objeto científico de su carrera debe dar ejemplo de seriedad a -todos. Ya sabe usted que no aludí a este asunto... Si usted mismo -me presenta la ocasión no la desperdiciaré. Creo que obró usted así -por aturdimiento natural en los pocos años; que a ser otra cosa... -¡caramelo!</p> - -<p>—¿A qué se refiere usted? —dije sintiendo despertarse mi amor propio -y mirando al fraile con aire de desafío.</p> - -<p>—¡Bah! Como si usted no lo supiera. Pero no soy amigo de medias -palabras. Me refiero al árbol... al Tejo. ¿Más claro aún? Al batacazo -que usted se chupó por escuchar lo que no le iba ni le venía.</p> - -<p>—Cuidado, Padre... Los hábitos no dan derecho a todo... Yo...</p> - -<p>—Usted nos escuchaba. ¿Sí o no? Nada de retóricas.</p> - -<p>—Sí, ya que lo quiere usted saber. Sí; pero con ánimo...</p> - -<p>—Con ánimo de oir la conversación.</p> - -<p>—No, señor... Aguarde usted; déjeme explicar... Me podrá usted -vencer en prudencia, Padre Moreno, y en esta ocasión lo reconozco; -pero en pureza de intención y en altura de propósitos... ¡Lo que es en -eso...! Con todos sus votos no me gana usted, lo juro a fe de hombre -honrado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span>—Admito, y no es -poco admitir —murmuró reposadamente el fraile—, que eso sea verdad; y -lo admito, porque me ha sido usted simpático desde el primer momento, -porque me ha parecido conocer y discernir bien su carácter, y no -veo en usted malicia diabólica, ni corazón dañado, ni perversidad -ninguna. Vamos, no dirá que no le hago justicia. Pero en el caso -de que tratamos, se me figura que adolece usted de un romanticismo -impertinente, que le lleva a desfacer entuertos como D. Quijote, y de -ese prurito de curiosidad malsana que nos induce a meternos en lo que -no nos importa, ni nos ha dado Dios misión de arreglar.</p> - -<p>—Es que la boda de mi tío...</p> - -<p>—Podrá preocuparle a usted por lo que afecta a sus intereses; pero -si por Carmiña va a ser feliz o desgraciada, o es buena, o es mala... -En eso tiene usted tanto que ver como yo en los asuntos del Emperador -de la China. Igualito, señor don Salustio; y no parece regular -pretender, por medio de una indiscreción, entrar en el santuario de un -espíritu y en los repliegues de una conciencia.</p> - -<p>—Padre —contesté con firmeza, porque me estimulaba el enojo de la -reprimenda y la misma certeza de mi culpa—, usted dirá lo que quiera -del proceder mío; respetaré sus dichos, no por el hábito que viste, y -que ante mis convicciones no significa gran cosa, sino por la dignidad -con que usted lo lleva. Quedamos en que soy indiscreto, imprudente -entrometido, y cuanto usted guste agregar; pero eso no me quita la -razón cuando auguro mal de una boda hecha en ciertas condiciones y -circunstancias. Ya que no ignora usted que tengo motivos para estar -enterado, pues reconozco el delito del espionaje, no me niegue que -lo que hoy hizo usted en la capilla es la sanción de un desastre -horrible...</p> - -<p>El fraile seguía mirándome cada vez más fruncido de ceño. En otras -circunstancias acaso me con<span class="pagenum" id="Page_144">[p. -144]</span>tendría su desagrado evidente; pero en aquel instante, no -había quien pudiese reducirme al silencio: le así del brazo y le dije -con fuerza:</p> - -<p>—Oiga usted, Padre. Los matrimonios no consumados son muy fáciles -de deshacer dentro del derecho canónico. Mejor que yo lo sabrá usted. -Hábleme con sinceridad: apelo a su honradez. Podemos evitar una -desgracia grandísima. ¿Le parece que me acerque a la señorita de Aldao -y la diga?: «¡Pobrecita!, tú no comprendes en la que te has metido, -pero estás a tiempo: no es válido tu matrimonio: protesta y échalo todo -a rodar. No quieras completar el daño. Líbrate de esa cosa atroz... En -tu inocencia no puedes imaginarte lo que es ser esposa de mi tío. Un -horror... mira que te lo aseguro. No llegue yo a verlo. Antes cieguen -mis ojos. El Padre Moreno, hombre de bien, te aconseja lo mismo. Anda -valor... rompe, rompe la cadena... Yo te ayudaré, y el Padre Moreno, y -todos... ¡Ánimo!»</p> - -<p>—Lo que juro —afirmó el fraile— es que está usted loco o va camino -de ello. Y si no... ¡Tate!...</p> - -<p>Dióse una palmada en la frente, y añadió:</p> - -<p>—¿Cuántas copas de Jerez han caído hoy, caballero?</p> - -<p>—¿Me supone usted borracho? —grité irguiéndome en fiera actitud.</p> - -<p>—Le doy a usted mi palabra —declaró con espontaneidad— de que no -creo que se encuentre usted en ese estado vergonzoso. Únicamente quiero -decir que el vino le ha exaltado algo, produciéndole esa perturbación -moral más bien que física, que se traduce en hablar disparates -ordenados, intervenir en lo que no nos compete y arreglar el mundo a -nuestro modo, ¡caramelo! cuando quien debe arreglarlo es Dios.</p> - -<p>—Bueno: y si yo le dijese a Carmiña lo de romper el matrimonio... -¿qué respondería?</p> - -<p>—Le aconsejaría que se cuidase, y probablemente<span -class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> en estos términos: -«Mójate la cabeza, hijo, que la tienes hecha un horno.»</p> - -<p>—Según eso, ¿usted cree que no hay remedio ninguno? —exclamé con -vehemencia y dolor—. ¿Que debemos dejar consumarse la iniquidad y -sobrevenir la catástrofe cruzados de brazos? ¿Pero usted no conoce -a mi tío? ¿No se da usted cuenta de las condiciones de su carácter, -de la pequeñez y vileza de su alma, sobre todo ante la bondad de esa -mujer incomparable, a quien usted debe respetar como a la Virgen María, -porque es tan bue...?</p> - -<p>No pude proseguir. Amostazado ya y encendido de cólera, con todo el -empuje de su carácter y el brío de su condición, el fraile me tapó la -boca apoyando en ella su ancha mano.</p> - -<p>—¡Caramelo y recaramelo! que me dan ganas de mandarle a usted bien -sé yo adónde, y le mandaría, si no viese el estado anormal en que se -encuentra. Serafín bebió el pajarete y usted tiene la humareda en -los cascos. Antes no lo creí, pero ahora... Yo no concebía que fuese -<i>jumera</i> lo de usted; mas si se me va por los cerros de Úbeda, el mayor -favor que puedo hacerle es suponerle alumbrado.</p> - -<p>Retrocedí ofendido.</p> - -<p>—¡Padre!... hay que mirar lo que se dice, y no herir...</p> - -<p>Pasando sin transición del enfado a la cordialidad, él me dió una -palmada en el hombro.</p> - -<p>—No se formalice, ¡caramelo! Óigame con tranquilidad, si puede. Es -la de usted una jumerita... muy por lo serio y lo sublime, lo cual -revela que tiene usted en el fondo del alma un depósito de buenos -sentimientos que salen a la superficie cuando es usted menos dueño de -sí; precisamente al punto que habla usted con entera libertad, <i>ex -abundantia cordis</i>. Esto observo, y se lo declaro con la sinceridad -propia de un religioso, que no disfraza su pensamiento ni se anda con -repulgos. Más le voy a conce<span class="pagenum" id="Page_146">[p. -146]</span>der. Pudiera suceder que usted, en medio de su... -alteración, vea claramente el porvenir y sea profeta al sostener que -este matrimonio ha sido, humanamente hablando, un desacierto. Pero -usted prescinde del auxilio de la gracia y de la Providencia, que no -falta nunca a los buenos, a los sencillos de corazón, a los que cumplen -sus deberes y fían en la palabra de Cristo. La paz del alma es un bien -real entre los muchos bienes falsos que ofrece el mundo. No compadezca -usted a su tía, ni a mí, ni a nadie que ande derecho y sepa reirse de -la materia... La bienaventuranza no existe por acá, y nosotros, los que -aparentamos mortificarnos, somos realmente unos egoistones: sacamos más -partido de la vida que nadie.</p> - -<p>Las razones de Moreno penetraban en mi cerebro como el hierro en -la herida. Mejor dicho: no eran las razones mismas, sino el tono de -convicción y veracidad con que iban pronunciadas, ayudando a que me -produjesen tal efecto mi situación de ánimo y la ternura bobalicona que -infunden las <i>jumeras</i> «por lo fino y lo sublime», como decía el Padre. -Ello es que remanecieron en mí las filosofías pesimistas y los deseos -de dar al traste con la pícara existencia, o al menos con sus nocivas -ilusiones: y reprimiendo la tentación de abrazar al fraile, exclamé:</p> - -<p>—¡Ay, Padre! ¡Cómo acierta usted en eso! ¡Quién tuviera sus -creencias y vistiera un sayal! Explíqueme usted si puede entrar en el -convento un racionalista. Yo creo que sí. ¡Estoy más triste..., más -triste...! ¡Parece que se me acaba la vida!</p> - -<p>El fraile me miró con singular perspicacia. Sus ojos eran dos -escalpelos que me registraban el corazón, que me disecaban los tejidos. -Su acento adquirió inflexiones duras al decirme:</p> - -<p>—¡Cuidadito que no se le acabe a usted nunca la vergüenza, ni el -propósito de conducirse como persona digna! Aunque bien mirado, siempre -que no se les acabe a <i>los demás</i>..., haga usted lo que quiera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span>No torcí la -cabeza, no entorné los párpados, no me sonrojé. Si las pupilas del -fraile acusaban, las mías confesaban explícitamente: retaban casi: -«Conformes: tú me adivinas, yo no me oculto. Ante mi ley moral, lo -que siento no es ningún crimen. El crimen es haber bendecido ese -matrimonio.» Le volví la espalda, y saltando el vallado me interné en -las tierras.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_18"> - <h2 class="nobreak">XVIII</h2> -</div> - -<p>No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor -soledad, me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La -luna, que se había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender -al cielo su serena placidez, y las olas del mar, dormidas también y -arrulladoras, venían a estrellarse a los pies del peñasco donde me -senté aturdido de pena, dispuesto a entregarme a todos los sueños y -quimeras de la imaginación, recalentada por el trasabor del champaña. -El blando rumorcillo de la encalmada ría; el trémulo rebrillar de -la luna sobre la superficie del agua, y la misteriosa efusión de -la Naturaleza, me predisponían al monólogo siguiente: «Si hoy nos -hubiésemos casado <i>ella</i> y <i>yo</i>, despacharía a los importunos y me la -traería aquí del brazo; la sentaría junto a mí, en esta misma peña, -que parece hecha a propósito para escena tan inolvidable. Ciñendo su -cintura, reclinando su frente sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir -su pudor, iría preparándola suavemente a compartir el arrebato de la -pasión; a transigir gustosa con el fatal desenvolvimiento del amor -humano. Y los instantes más bonitos, los instantes deliciosos en que -pensaríamos toda la vida... serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y -profundo nos abrumaría! ¡Qué silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una -ventura así será demasiado grande para que la resista el corazón.<span -class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span> Pesa tanto, que no hay -quien pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y -—decía yo prosiguiendo en mi soliloquio— el caso es que esa felicidad -ya no la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres, -que sólo tienen <i>una</i> inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta -la azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos -años que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te -será posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos -donde a un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones -no sentidas, a entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En -substancia, y sin duda en más desordenada forma y con mayor viveza de -imágenes, ved aquí lo que se me ocurría durante el paroxismo de la -pena, mientras luchaba con el abatimiento que causa la semiembriaguez. -Un pensamiento flotaba confusamente dominando a los restantes. «Si -el dueño de Carmen no fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los -diablos. Mi entusiasmo romántico por <i>ella</i> es la eterna prevención -contra <i>él</i>, que adquiere otra forma.»</p> - -<p>Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación -real y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama -de azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer -mayores extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí -derecho al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar -o revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio.</p> - -<p>Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que -llevaba en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era -preciso ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando -esa calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la -luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre -borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido, -a mis pies,<span class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> del -suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como un jimio, riendo -y enseñándome la fea dentadura.</p> - -<p>—Mostrenco, ¿qué haces ahí? —le dije—. Buena la armaste hoy. Lástima -de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te -doy una mano de nalgadas.</p> - -<p>Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia; -la cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo -extraño y diabólico de su catadura.</p> - -<p>—No me da la gana de dormir... —contestó rechinando los dientes—. -Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia.</p> - -<p>—¿Qué dices, escuerzo?</p> - -<p>—Lo que es verdad. Mire por ahí.</p> - -<p>Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la -vista al punto que señalaba el monago.</p> - -<p>El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo -sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita -lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y -pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese -iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total -claridad, cuanto en ella ocurría.</p> - -<p>Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en -efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía, -la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer -inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia -cólera.</p> - -<p>Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella -alcoba no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta.</p> - -<p>A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con -colgantes de cristal, velas co<span class="pagenum" id="Page_150">[p. -150]</span>lor de rosa. Detrás de la gran cama de bronce dorado, encima -de la mesa de noche, otra vela, en menuda palmatoria de porcelana. -Por el tocador, sobre la mesa, sobre el escritorio, en jardineras -pendientes de la pared... flores, flores, flores, particularmente -rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas para aquella noche -nupcial!</p> - -<p>La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera -iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las -rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila. -Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a -horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en -las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas; -la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y -encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba -exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes -latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje: -la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre, -y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el -hombro.</p> - -<p>—¡Eh, <i>monsiú</i>, compañero... que eso no es lo tratado! —gruñó—. ¡Yo -también soy de Dios y tengo los ojos para ver!</p> - -<p>—¡Si no callas, te trituro! —respondí con ferocidad.</p> - -<p>—¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!</p> - -<p>—¡No se ve nada, cernícalo! —respondí—. ¡Nada, nada, nada!</p> - -<p>—¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No -toca la orquesta?</p> - -<p>—¡He dicho que te calles inmediatamente! —grité con ira.</p> - -<p>Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego -comprendí que no era por prudencia ni por virtud.</p> - -<p>Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La<span -class="pagenum" id="Page_151">[p. 151]</span> cámara nupcial continuaba -vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad los -detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un acerico, -alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme, ricamente -bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté las -falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté las -lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón -se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de -despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso -ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen...</p> - -<p>¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer... -Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía -hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si -le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y -yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía -comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró -un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería. -Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente: -«Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.» -Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la -doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches, -alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con -aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente -mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se -desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y -en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó -con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la -corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El -destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias -de tocado íntimo que iba a presenciar... y<span class="pagenum" -id="Page_152">[p. 152]</span> que sólo con imaginarlas ya me encendían -la sangre en furor doloroso. Por fortuna —me pondría otra vez de -rodillas para dar gracias—, ví que la emancipación del pelo no era -lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó -en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran -sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó -la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de -alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su -rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a -solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante -expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la -cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí -que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las -entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los -ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente -respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva -y firme. Y en el mismo instante...</p> - -<p>¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara, -furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder -de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto, -carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana -se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las -bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba -de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás -de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me -incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija -del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado.</p> - -<p>Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia -ceñí con mis manos la garganta<span class="pagenum" id="Page_153">[p. -153]</span> de Serafín, y cortándole el resuello, grité: «Te parto, te -deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar. ¿Lo oyes, escuerzo? -¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas rendijas! Te asesino, -sin remordimiento ninguno».</p> - -<p>—Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! —chilló el infeliz, casi -hipando, cuando le permití resollar—. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me ha -clavado los dedos en la nuez!</p> - -<p>—Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si -tuviésemos decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar. -Serafín, Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!</p> - -<p>—Ahora lloras... Estás loquito, vamos —exclamó el aprendiz de -teólogo.</p> - -<p>—Tú serás el loco y el energúmeno —contesté, haciendo un esfuerzo -para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre -los párpados—. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme -arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú -no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.</p> - -<p>—No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! —gritó el intransigente, -aterrado—. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar...</p> - -<p>—¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay -confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no -te hago daño.</p> - -<p>Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo, -el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para -desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se -rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién -dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable -noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la -faz en el hueco de la almohada, cubriendo con<span class="pagenum" -id="Page_154">[p. 154]</span> las manos, oídos y ojos, como si unos y -otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos y de las -imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro, me lavé, -me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin despedirme -de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a Pontevedra -y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha cometido un -crimen.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_19"> - <h2 class="nobreak">XIX</h2> -</div> - -<p>Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor, conoció al punto -que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te han dado -algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías, de -seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca -del <i>tobo</i>, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a tu -mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino -atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio... -Yo lo sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve -que referirle punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal, -ella fué quien se adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de -menudencias que me asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía. -Era condición de su inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía -de la vida, y desconocer, en cambio, sus leyes eternas, hondas, -visibles sólo para los espíritus superiores: las que han de regirla -hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por falta de -amor...</p> - -<p>Los primeros días de estancia en la aldea sentí gran alivio. Aquel -frenesí del día de la boda se había calmado con la falta de <i>especies -sensibles</i> que lo reavivasen, y me parecía que el entusiasmo por la -tití,<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span> el furor -celoso y las meditaciones poéticas en la playa, fueron no más travesura -de la imaginación, la cual gusta de fingir sentimientos profundos donde -no hay sino antojos, efervescencias y espejismos.</p> - -<p>Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal, que vino desde -Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y tales -atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación -hicieron su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar -asentimiento a razones por el estilo de las que siguen:</p> - -<p>«Lo que te sucede a ti —me decía Luis en ocasión de estar los dos -tumbados al pie de un castaño, donde habíamos <i>escotado</i> la siesta— es -un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de -buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado, -y somos siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos -llamemos republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu -tío Felipe es precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a -tus convicciones y a tu modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales -con que la señorita de Aldao realiza el ideal de la mujer cristiana. -Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué encontramos de bonito en ese -ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal para nosotros debiera -ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una hembra que nos -comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que no -existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos -antes de nacer.</p> - -<p>»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que atribuyes a la -tití y que tanto admiras? A mí me parecen negativas, irracionales, -brutales. No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un hombre -repulsivo, entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no -autorizar con su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más -acciones que las propias?<span class="pagenum" id="Page_156">[p. -156]</span> Esa señorita o está demente o es tonta de remate; y al -fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se -me iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se -compromete: ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo -que el frailecito... ¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile; -y nosotros, que pretendemos innovar la sociedad, en algo hemos de -diferenciarnos de él.</p> - -<p>»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad nueva se pondría -a servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien en la -casa paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su -libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido.</p> - -<p>»Te entró la manía del cristianismo. Hay que dejarte. ¡Una perfecta -cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana? ¿Eres acaso -perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada -marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo -racionalista?</p> - -<p>»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a enamorarte de una -mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está soltera; que -te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida la <i>antorcha -de la fe</i>... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu tío, que para -él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño, cúrate -de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le -hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto. -Si te gusta ¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado, -para evitar dramas... Los dramas, en el teatro Español... y aun allí, -la mayor parte salen hueros. En fin... sin drama... ya me entiendes. -Pero como vuelvas a contarme novelas de cristianas y judíos... te doy -bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más perdigón, ni por la -diosa Venus que venga a hacerme garatusas.»</p> - -<p>No dejaron de persuadirme las observaciones del<span -class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> discretísimo orensano. -Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de mis -entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití, eran -radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que ella -reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra <i>deber</i> en -nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me atraía -más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae a -veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado -cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos -sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen -para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro? -O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas -y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de <i>Barba -Azul</i>, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo -a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil? -¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me -antojaba sublime?</p> - -<p>«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que -conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo». -En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de -las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las -inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal -batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la <i>guerra entre las -rectas y las curvas</i>. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios, -los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras -semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas -y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las -curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las -rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se -replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span>Ya se acercaban -a su término las vacaciones cuando recibimos una visita inesperada. El -intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel ni de rencor, -sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en la Ullosa: yo -no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba que tampoco. -Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó mi madre a -recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los pollos, tareas -que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin testigos, lejos -de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho abrazo, me hizo -cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de orate. «¿No sabe?» -preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo me desaté. Si me -pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de mirar no estaba -bien. Pero era guasa, era pavita. El <i>Pajaritum</i> tenía la culpa. Los -novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por allá muy -<i>majaderos</i>, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado con una -gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente fritos; y cola -de litigante en escabeche... De postres, turrón; como que ya la casa -de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh? ¡Guí, guí! Al -señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho tratamiento de -<i>perliquitencia</i>... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de la irrisión, -digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de que no -cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: <i>Pluit super -Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo</i>. Hombre, ¿cómo -no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta -los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego -el <i>Teucrense</i> le llamó a la procesión <i>festival</i>. ¿Qué es festival? -A modo de <i>saturnal</i>, sin duda». Después, bajando la voz, añadió: -«También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina... -Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constan<span -class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span>tinopla. ¿Y quién promovió -el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de Inglaterra, sino otro -gorrino de obispo hereje que se llamaba <i>Crémor o Cremer</i>...? Déjeme -de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar solitos el Papa y los -clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y unos cuantos laicos -de agallas... mande lo que guste la Encíclica <i>Cum multa</i>».</p> - -<p>Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y -le pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí, -guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme -también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus -baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.</p> - -<p>En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado -de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le -recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber -bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado -poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha -deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro! -Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y -lo consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble -haber sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se -envilece espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a -usted el hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal, -alumno de Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica. -Estoy sano». Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un -paseíto que el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él -se mostró sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán -ustedes.</p> - -<p>«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no duran -como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por culpa -nuestra, que<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> -nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan aproximaciones. No -aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario. Si hace usted otra -cosa, no le tendré por hombre honrado».</p> - -<p><i>Mutatis mutandis</i>, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los -primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos -hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien -y a todas horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase -cómicamente. «No más pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto... -¡Qué señora! Alma de almirez, corazón de dátil, ¿quiere que yo -reviente aquí? Usted mande en su polisón, señora, que yo mando en -mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico; a los -dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran -vacío. Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso -del superior para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal -se volvía resignadamente a su tétrico retiro de Compostela, donde, -a fuerza de humedad, sudaban los muros y verdeaban las junturas de -las piedras. A pesar de la entereza con que el fraile afirmó que iba -satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que aquel español -medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir mucho -en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris.</p> - -<p>Le ví marchar recordando con sorpresa que le había envidiado aquel -sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he padecido -este verano una especie de <i>psicalgia</i>. Ahora que estoy convaleciente -lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida hacia -Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en -la lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía, -entre ellas la <i>Crítica de la razón pura</i>, de Kant. Exento, a mi -parecer, de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza, -¡con qué puro deleite<span class="pagenum" id="Page_161">[p. -161]</span> se empapaba mi inteligencia, docilitada por el estudio de -las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué dulce firmeza -sentía penetrar en las últimas casillas de mi cerebro aquellas verdades -del criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica negación, nos -infunden sereno convencimiento de la vanidad de nuestras tentativas -para conocer el mundo exterior, y nos encierran en el benéfico egoismo -del estudio de nuestras propias facultades!</p> - -<p>Cuando después de una lectura de Kant salía yo a recorrer el soto, -la pradería, las modestas dependencias de la granja patrimonial, y -la paz del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me encontraba -venturoso, salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta. -«Entiende y serás libre», repetía para mí con juvenil orgullo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_20"> - <h2 class="nobreak">XX</h2> -</div> - -<p>Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del Norte, divisé lo -primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe, que me -alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl. -Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su -casa: «Claudio Coello, número tantos...»</p> - -<p>—¿No vamos a mi posada? —pregunté sorprendido.</p> - -<p>—Verás... —respondió el hebreo con aquella dificultad de frase y -contracción de rostro que acompañaban en él a la manifestación de la -avaricia—. Es una tontería andar con cumplidos entre parientes... En -mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban unos -trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás, -chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span>Comprendí el -mezquino cálculo. Pagarme el pupilaje tenía que costarle más, por -barato que fuese, que hospedarme en su casa. Pero yo <i>allí</i>... En el -primer momento no sé qué efecto me produjo la idea. Lo cierto es que -exclamé:</p> - -<p>—Mi tía no verá con gusto ese arreglo.</p> - -<p>—Te diré —respondió el marido—. Al principio se le figuró que para -tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un poco... Pero -la he convencido... Ya está conforme y te espera.</p> - -<p>Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable que se experimenta -al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire frío. La -vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie -de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a -la agitación y a la fantasmagoría, precisamente en el momento de -reanudar los estudios, de necesitar toda mi voluntad y fuerza mental -para consagrarla a mis arduas tareas, me desquiciaba. Y con todo, la -juventud ama tanto el riesgo, la marejada y la tormenta, que sentí un -estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el disco de cobre de -la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual estaba -Carmiña Aldao.</p> - -<p>¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda giró por el -cuerpo precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua -llama, y mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el -saludo. La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar -ni despego ni cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de -casa, me instaló en mi cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me -mostró varios muebles donde podía colocar libros, ropa, me dió consejos -prácticos para aprovechar mejor las cuatro paredes... «Aquí pones tus -camisolas... En esta percha cuelgas la capa... La mesa aquí, junto a la -ventana, que podrás estudiar mejor... Mira, este es el lavabo... Ten -aquí siempre las toallas... Te<span class="pagenum" id="Page_163">[p. -163]</span> he buscado este quinqué de pantalla verde, que no te echará -a perder la vista...»</p> - -<p>Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo la miraba con tal -sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen querida. -Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo -rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era -feliz. Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino -de pena oculta. Su boca no se dilataba para la risa o el halago; se -recogía como la de todo luchador que mortifica solitariamente la carne -o el espíritu. Sus sienes estaban un tanto marchitas. Su talle era más -plano: no había adquirido la redondez graciosa y majestuosa que se -advierte en las desposadas a los pocos meses de vida conyugal, aunque -no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi fantasía sobre la -base de esta suposición!</p> - -<p>Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la convivencia con tití, y -fué no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es siempre incentivo, -pero la convivencia, quitando interés dramático y novedad a las -ocasiones de encontrarse, tal vez disminuye el riesgo.</p> - -<p>Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero distan mucho -de ser tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van -allanándose a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a -ocupar mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía, -que viviendo bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de -las horas de comer. Por la mañana salíamos los dos, yo a mis clases, -ella a compras y a devociones muy largas. Al almuerzo yo observaba en -Carmiña cierta animación, contento inexplicable. Venía de la iglesia: -era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de zapatillas y sin -corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las noticias -de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el salón de -confe<span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span>rencias y -en los pasillos del Congreso, sobre el cariz de la política, las -insinuaciones de los periódicos, la última conversación confidencial -de la Regente con el Embajador de Austria, que persona bien enterada -había repetido en el Casino de pe a pa. Sin duda yo provocaba la -locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a su vez, me contaba la gaceta -de Pontevedra, los inocentes chismes que la escribían sus amigas, y -detalles relativos a las vecinas del principal y del entresuelo, a -las cuales solía visitar de noche, según la costumbre mesocrática -madrileña, que organiza en cada casa una tertulia de vecindad. Por la -tarde mi tío salía, ya solo, ya con su mujer; yo necesitaba bien el -tiempo para trabajar o pasear con Luis, y ¡adiós hasta la comida! Esta -era más triste que el almuerzo: mi tía estaba nerviosa y excitada, -o aplanada y distraída, sin que lograse disimularlo. De noche, ella -subía a sus tertulias caseras o hacía labor junto a la chimenea, y -mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a algún teatrillo por -horas. Ningún peligro. El engranaje de mis tareas me salvaba de las -sugestiones de la ociosidad. El diablo no sabía cuándo tentarme.</p> - -<p>Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para qué están en -el mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para oir -confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión -plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran -latigazos que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi -espíritu.</p> - -<p>—Chacho —díjome un día el formal amigote—, ya he adivinado lo que -padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto de -hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: <i>espuma de la mocedad -comprimida</i>. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama... -Belén.</p> - -<p>—¿Belén? ¡Qué absurdo!</p> - -<p>—Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de ne<span class="pagenum" -id="Page_165">[p. 165]</span>gros ojos, la que pegaba angelitos en -cajas de cartón. ¿Tan olvidada la tenías? ¡Descastado! Pues yo la he -seguido la pista... Chico, transformación de comedia de magia. Verás a -la prójima en su apogeo. Coche no lo arrastramos aún... pero todo se -andará.</p> - -<p>—¿De veras? ¿Ha encontrado su <i>gran Paganini</i>? —pregunté con -indiferencia.</p> - -<p>—No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti mismo... Quedarás -absorto.</p> - -<p>De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una buena casa, en -la calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El portal -era decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo -a que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales -relucientísimos.</p> - -<p>Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de negro, mestiza de -doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis dijo que -pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora».</p> - -<p>—¿Eh? ¿Qué tal? —exclamó mi amigo—. ¿Qué te parece? «La señora» por -arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón de -oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta... -cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un -costurero incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de -paraguas... Me parece que el bolsista no se queda corto.</p> - -<p>—¡Qué metamorfosis!</p> - -<p>—Ahí verás tú... Los tiempos <i>cambean</i>. Por otra parte, la -metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar cromos en -cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de tu -tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por -céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto -a sacarla de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo -primero que pidió la infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los -dedos fuera... Estas de Madrid tienen su vanidad<span class="pagenum" -id="Page_166">[p. 166]</span> en el pie... ¡Ahora hay cada zapatito...! -(Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte serio.</p> - -<p>Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne. ¡Diantre! Era -verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica modestia -de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las -orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la -holganza, relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los -zapatitos famosos, estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par -de monerías. Me pareció más gruesa, de movimientos más tranquilos y -lánguidos, de tez aún más pálida y fresca que antes, comparable sólo al -satinado de la hoja de magnolia.</p> - -<p>—¿Venimos a mala hora? —preguntó Portal.</p> - -<p>Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló de alegría...</p> - -<p>—¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala persona? Una sola -vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo... Veraneando -¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y sofoquines. -¿Cuándo llegaste? —añadió apeándome el tratamiento.</p> - -<p>—Hace dos días —atajó Portal—, y siempre suspirando por echar la -vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a saludar -a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga -maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la -veo... Lo dicho, me da un ataque de... algo...»</p> - -<p>—¡Ande usted, gallego trapacero! —contestó la hermosa, que, clavando -en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en una mirada -fogosa y humilde a la vez—. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas... Ná; -después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y -yo... claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba -tu tío... ¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida es<span -class="pagenum" id="Page_167">[p. 167]</span>tará la mujer... En fin, -ahora me encuentro como la propia rosa... Estos son otros López. ¡Ea! -—añadió sin dar tiempo a que nos sentásemos— a ver mi casita; es la -gran casa... Gabinete con chimenea y todo... Hoy no han encendido, -porque todavía no hace frío, ¿sabes tú? pero voy a mandar que -enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por aquí... el comedor, chiquito, pero -no se dan banquetes,... una cocina hermosa... cuarto para baules... -Entra ahí... alcoba de columnas y todo...</p> - -<p>—Hija —advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus casillas—, no -me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro hipócrita. -Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido los -muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo -que es el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a -mi padre. Andan por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas -en su carruaje. ¿De qué te sirven los trajes ricos ni los aretitos de -piedras, si no puedes ir al Retiro a quitar moños?</p> - -<p>—Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me marea —respondió -la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo remediar—. ¿Qué -te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo pediré. -Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no -como aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío -verdadero suyo. Puede que la abuela...</p> - -<p>Después trazó una semblanza de su bolsista.</p> - -<p>—Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta que cierra el... -el bolsín —repitió, afirmándose en lo dicho—. Y hay días que ni aporta. -Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en grande...</p> - -<p>—¿Y si se le antoja presentarse de repente?</p> - -<p>—¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene llave. Si -te digo que mejor pasta de hombre... Como<span class="pagenum" -id="Page_168">[p. 168]</span> yo grite «coche», va a contestar «un -<i>mail</i> de seis caballos». Pues si viene... mañana le digo que había -salido con la Fausta, a ver a mi madre y a Cinta... Lo cree a puño -cerrado.</p> - -<p>—¿Y esas? —preguntó Portal.</p> - -<p>—¿Quién? <i>¿Las otras?</i> Pues... hijo, insufribles. Si las doy el -Perú, me piden el Potosí. No hago más que sacudírmelas, porque me -chupan la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no sabes? A Cinta -le ha entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que ella, -antes de sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse -la vida... Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que -tiene que aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que -me alquile un piano y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a -dar lecciones. Hay que estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico, -a ver? Pues nada, hoy os quedáis aquí; hoy hacéis penitencia en esta -casa... Verás qué vajilla tan mona y qué cubiertos de plata... Es -decir, de plata Meneses: porque no era cosa de exponerse a un robo. Me -pondré el vestido bueno de faya francesa, que me regaló ahora poco, día -de su santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas. Estrenaré -el reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene -que hacer: ¡lo que es tú no te vas...!</p> - -<p>Algunos días después del convite de Belén, paseando con Luis por -Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso:</p> - -<p>—Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca por ti: mujer más -encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos consejos para -que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a fin -de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de -Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó -y regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado! -Ni un misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado,<span -class="pagenum" id="Page_169">[p. 169]</span> trucha. ¡Cuidado que -entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué, aún no estás -contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te parto un -alón...</p> - -<p>—Párteme lo que gustes —contesté francamente, condensando en un -suspiro mis desilusiones—. Chachiño, en el mundo hay algo más que las -satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia -no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de -Belén... nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo -de allí más espiritualista que un diablo.</p> - -<p>—No puedo oirte desatinar así —gritaba Portal furioso—. ¿Qué -espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé perdigón. -¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más -que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa -es que te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera -de hipocresía y de estupidez en que vives, te va secando el magín -poco a poco. ¿Por qué no te vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te -sacaríamos inmediatamente del cuerpo los demonios. Trinito, este año -más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos canta no solamente las -óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón Romero? Nos -tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es que -piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a -las narices, porque nos rompió el tímpano con <i>La muerte de Iseo</i>. Anda -memo, arrímate a nosotros.</p> - -<p>—Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no puedo resistir a -esa muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así todo... -Vamos, que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo -desarmas. El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco, -lo cual sería una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la -desvergüenza podrán entretener un rato, pero hastían.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span>—Bobalicón, -¿dónde están semejantes desvergüenzas ni semejantes vicios? ¡Pues si -Belén, moralmente, vale un tesoro! Belén te quiere de verdad; Belén -daría por ti la plata Meneses y los zapatos de raso... Belén posee un -corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale con las mujeres -virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de yeso, que ni -siente ni padece.</p> - -<p>—¿Qué sabes tú —murmuré dejando, como a pesar mío, que se -desbordase la esperanza—, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si -existiera?</p> - -<p>Portal se quedó repentinamente preocupado y serio. Su entrecejo se -frunció, y con voz algo alterada me dijo:</p> - -<p>—No permita Dios que exista. He pensado sobre el caso, y te juro que -lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo oyes? ¡Loco -de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití te -quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse -y de quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces? -Sepámoslo. ¡Venga ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La -pones un piso? ¿Profanas el hogar paterno de tu tío con toda frescura? -¡Contesta, guillado!</p> - -<p>Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me miraban con -cólera, igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo -manejando una navaja.</p> - -<p>—Yo no sé qué responderte... —dije meditando—. Lo que comprendo es -que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me quisiese esa -mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al Polo -Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La -respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera.</p> - -<p>—Que me quiera, que me quiera —tatareó Portal remedándome la voz y -el gesto—. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y no puedo -aguantar<span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span> que la -digas. Excuso advertirte que no hablo así por el aquel de la moralidad -ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad... que cada uno se la -arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una institución -caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de la patria. No -es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu conveniencia -propia. Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año, ¿por qué? -Por un fantasma. A nuestra edad todos soñamos con la mujer, y es bien -natural que soñemos; pero debiéramos soñar con la mujer cortada para -nosotros, y no precisamente con la que nos haría infelices si nos -uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy pura, muy santa! Bondad -pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se acabó, se -acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la -dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el -tiempo posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al -otro. Divorcio de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes -ilusiones bobas. ¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura -y lleno de preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en -ella consideras virtud, en el neocatólico te parece mojigatería.</p> - -<p>—Luis —exclamé— ¿te atreves a negar el heroismo de una mujer que por -no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud y se casa -con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y me -subleva que no estimes acción tan noble y tan rara.</p> - -<p>—¡Pues por eso, pues por eso! —vociferó Portal ya fuera de sí—. -Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de -virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y no -prefiere salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos como -la alcarreña que nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué se -distingue tu soñado<span class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span> -ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a un protector antipático, -porque le conviene... porque así gasta y triunfa... Y tu señora -tía...</p> - -<p>—Cállate, cállate —grité levantándome furioso a mi vez—. Si -dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te -abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña -después de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato...</p> - -<p>—Tú eres quien buscas camorra, retal...</p> - -<p>—Recual, a mí no me...</p> - -<p>—Bueno, pues anda a freir espárragos...</p> - -<p>—Y tú a escardar cebollinos...</p> - -<p>Etcétera. No añado más, porque el discreto lector supondrá -fácilmente lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días -no le miré a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba -algo: la razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía -quijotesca. No me hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos -y sus lecciones. A la hora de ir a buscarle a su posada, me entraba -desazón e inquietud y hasta nostalgia indecible. Echaba de menos el -hábito inveterado, la dulce costumbre de la comunicación, del chispazo -intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en que llegué a -figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el sueño -amoroso. «Maldito si sabía yo —pensé— que necesitaba tanto a este -hombre. Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y -vino, vino, probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo -trato el buen sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar -a esa cualidad grata y modesta que quita énfasis a nuestros actos y -nos enseña a no amargar la vida con necios tesones y quisquillosidades -dramáticas. La reconciliación se verificó con la mayor naturalidad: -un día, al salir de clase, Luis me empujó el codo, y preguntóme -risueño: «¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las paces?» Me<span -class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span> abracé a él, lo confieso, -con toda el alma, tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi vida!» Y él se -reía, diciéndome: «Quita, memo... parece que vuelves de América después -de veinte años de emigración».</p> - -<p>Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella tarde charlamos -más que nunca. «Ya no te llevaré la contraria —advirtió mi amigo con -resignación burlona—. Enamórate como un dromedario africano o como -Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte. -Para ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como -nosotros y que nos entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se -te ha puesto en el periquito que nos convienen las damas del siglo -<small>XIII</small> o las santas góticas pintadas sobre fondo de oro... -Adelante. Caerás del burro, Aparte de que la tití... chacho, ni esto. -La lucha con lo imposible acabará por cansarte. No te atufes. Dime cómo -andan tus amores; abre ese corazoncito.»</p> - -<p>—Luis —murmuré con misterio—, yo no sé si me quiere o no me quiere -a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede sufrir a su -marido.</p> - -<p>—En eso demuestra buen gusto.</p> - -<p>—No me equivoco, no. La observo, Luisiño, la observo. Está la pobre -descolorida; apenas come: por las mañanas, cuando va a la iglesia, y -sobre todo los días que comulga, manifiesta cierta serenidad; pero -por las noches... ¡Ay! Yo creo que tiene la fiebre cuotidiana de la -aversión.</p> - -<p>—¿Y el marido? ¿Se distrae por ahí?</p> - -<p>—Me parece que no. Se retira a horas razonables, aunque salga a -conferenciar con Sotopeña o al Círculo. A Belén no intenta verla: -me consta. Mi tío es avaro, ya lo sabes, y por economía capaz es de -contentarse con lo de casa... Luis, yo trago mucha saliva, pero me -consuela saber que ella está triste y padece.</p> - -<p>—Bonito consuelo. Y sabe Dios si te engañarás, y si esa mujer se -entenderá perfectamente con su marido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span>—Es que si yo la -viese hecha una tórtola con él... no sé qué me sucedería.</p> - -<p>—Que se te quitaría el viento de la cabeza. ¡Los diablos carguen -contigo!</p> - -<p>Pasábamos esta conversación a tiempo que, saliendo de la calle -Mayor, penetrábamos en el famoso Viaducto o suicidadero. La tarde, de -magnífica serenidad, convidaba a arrimarse al alto enverjado y admirar -al través de sus huecos el punto de vista, acaso el más hermoso de -Madrid. Sin entretenernos en revolver los libros viejos, de texto -la mayor parte, mugrientos y maltratados casi todos, que vendía al -aire libre y sobre el santo suelo un vejete con facha de maniático, -aproximamos la cara a los hierros y nos embelesamos en mirar primero el -grandioso panorama de la izquierda, el rojo palacio de Uceda con sus -blancos escudos a que sirven de tenantes fieros leones; las mil cúpulas -y rotondas de templos y casas que domina, esbelta como la palmera, -la torre mudéjar de San Pedro. Luego nos volvimos hacia la derecha, -encantados por la fresca verdura del jardinete que a gran distancia -debajo de nosotros extendía un tapete de coníferas y arbustos en flor. -Allá a lo lejos, el Manzanares trazaba sobre las verdes praderas -una <i>ese</i> de metal blanco, y el Guadarrama erguía su línea blanca y -refulgente detrás de los severos y escuetos contornos de las sierras -próximas. Pero lo que nos fascinaba, la nota sublime de aquel conjunto, -era la calle de Segovia, a pavorosa profundidad, abajo, abajo... Luis -me apretó la muñeca diciéndome:</p> - -<p>—Hijo, este Viaducto explica todas las muertes que han ocurrido en -él.</p> - -<p>—Como que convida a arrojarse —respondí sin dejar de contemplar -el abismo del empedrado y sintiendo ya en la planta de los pies el -hormigueo del vértigo.</p> - -<p>—Mira un suicida, chacho —exclamó súbitamente Portal, señalándome -a un hombre de muy derrota<span class="pagenum" id="Page_175">[p. -175]</span>das trazas, apoyado en la barandilla también. Lo que es ese -se tira de un momento a otro.</p> - -<p>Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se volvió... ¡cuánto -tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros, su -apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello! -Experimenté alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio -social, inofensivo e inútil.</p> - -<p>—¿Ibas a matarte? —le pregunté sonriendo, pasadas las primeras -efusiones y los primeros abrazos.</p> - -<p>—¡Hombre! no... —respondió el huésped de Pepita—. Sólo por -entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me -tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces. -Así se acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis? -Pepa casi me ha plantado en la calle... Diariamente me insulta... -Apenas fumo... Tengo un cuarto donde duermo, pero eso de comer es un -lujo que desconozco. La vizcaína anda rabiosa porque don Julián hizo -la del humo, y se niega a mantenerme. Me han embargado mi pensión. ¿Me -pagáis un bisté?</p> - -<p>Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en instalarnos en un -figón, delante de unas chuletitas esparrilladas muy apetitosas. El -perdis nos dijo melancólicamente.</p> - -<p>—Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta se me ocurre -trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas -absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo -una peseta la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia -del trabajo. Quédese para los negros. Y después, siempre le salen a -uno buenos amigos que no niegan un duro a quien se le pide. No creáis -que vivo del sable, hijos, no; sablazo es cuando ofrece uno pagar... -y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me presta me regala. -¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos Carna<span -class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span>vales? ¿Les conocéis? Uno -de arquitectura, y otro de minas. Están de huéspedes en casa de Pepa -Urrutia. Pues nada, que nos vino una huéspeda de buen trapío... una -viuda cordobesa, ¡más salada...! y yo... la miraba un poco. Una noche -supe que iba al baile del Real... ¡Y yo sin un real! Mauricio y Pepe -me animan y me toman la entrada... van conmigo... Se nos acerca la -mascarita... que la conocí perfectamente... «Tengo sed... ¿Me convidas? -¿Vamos al buffet?» Ví el cielo abierto... y el infierno, porque no -tenía un cochino ochavo. Echo la mano atrás, y con ella hago señas a -Mauricio y Pepe... Siento que me introducen en el hueco de la mano una -moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un duro... aunque parecía algo -chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo tan intrépido... Ella se -pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo temblando que la cuenta -pasase del duro... Nunca acababa de engullir la buena señora... Al fin -se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo la moneda y le digo al -mozo con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.» «¡Pero, caballero, si me -da usted un perro grande!» ¡Hijos, la que allí se armó! Creí que me -llevaban a la prevención derechito... ¡Y qué chacota! Pues así, así -vive uno, y así está siempre: más arrancado hoy que ayer, y más mañana -que hoy. Ya supondréis que mi portuguesiño se ha vuelto a Portugal; en -cambio tengo a un diputado provincial conquense, que se le ha puesto en -la cabeza ser autor dramático, y le acompaño entre bastidores, porque -se le antoja que debo conocer íntimamente a los actores y actrices; y -en efecto les conozco; ¿quién no conoce aquí a todo género humano? pero -no sé qué papel compongo en Lara, en Eslava y en Apolo; el caso es que -los acomodadores me toman por actor, los actores por autor tronado, y -yo allí de coronilla con mi diputado provincial, empeñado en que le -representen su apropósito, o juguete, o revista, o lo que sea...</p> - -<p>—¿No lo sabes a punto fijo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>—No. Cien veces -intentó leérmelo; pero por ahora voy parando el golpe. Veremos si lo -consigo hasta el fin. Adiós, salvadores míos... Mis ideas de muerte ya -se han disipado. Gracias.</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">«Hoy el cielo y la tierra me sonríen;</p> -<p class="i0">Hoy llega al fondo de mi alma el sol;</p> -<p class="i0">Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas!</p> -<p class="i0">Hoy creo en Dios.»</p> -</div></div> - -<p>Declamando así, Dumillas nos estrechó las manos con las suyas -puercas y enlutadas, y se fué...</p> - -<p>—Ahí tienes al romanticismo —murmuró desdeñosamente Luis alzando los -hombros—. ¡Qué falta tan grande les hace a este y a los que son como él -un curso de <i>sentido-comunología</i>!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_21"> - <h2 class="nobreak">XXI</h2> -</div> - -<p>Que dijese lo que gustase Portal: yo estudiaba la fisonomía y las -acciones de Carmiña, y con la doble vista de la pasión comprobaba un -desvío cada vez más acentuado y profundo... Dramaturgos que prodigáis -venenos y puñales en vuestras espeluznantes creaciones; poetas que -cantáis tragedias horribles; novelistas que realizáis tantos asesinatos -como capítulos, decidme si hay conflicto más tremendo que aquel cuyas -peripecias se desarrollan en el fondo del alma de una mujer unida, -sujeta, enlazada día y noche al hombre cuya presencia basta para -estremecer de horror todas sus fibras. Y dirán los que creen que la -psicología es —como las positivas, exactas, físicas y naturales— una -ciencia de hechos: ¿pues por qué ha de repugnarle tanto a su mujer -ese marido? No hay razón suficiente. En nada la ofendió. Reina y -señora en su casa, su esposo no comete infidelidades, antes bien se -muestra asiduo, aficionado al hogar y a la<span class="pagenum" -id="Page_178">[p. 178]</span> joven esposa que allí le aguarda. ¡Ah! -la antipatía era irrazonada, y por lo mismo más fuerte, más honda, más -imposible de combatir. Se combate al adversario cuando tiene cuerpo, -no cuando es impalpable sombra, proyectada en la caverna del espíritu. -Maridos hay que maltratan a sus mujeres, que las traicionan, que las -arruinan, y sin embargo son amados, o al menos no repugnan. ¿Quién -puede precisar de dónde sopla esa aura llamada <i>repulsión</i>?</p> - -<p>No es odio. El odio tiene por qué, se funda en motivos, se razona -y se justifica: y si a veces me he dejado decir que yo odiaba a mi -tío, me he expresado mal, inexactamente. No era odio lo que sentíamos -hacia él su mujer y yo. El odio puede convertirse en amistad, hasta en -amor; como nace de causas positivas, otras causas positivas lo anulan; -pero la repugnación misteriosa, la sublevación de las profundidades -de nuestro ser, esa no acaba, ni se extirpa, ni se transforma: contra -la sinrazón no hay raciocinio, ni lógica contra el instinto, el cual -obra en nosotros como la naturaleza, intuitivamente, en virtud de leyes -cuya esencia es y será para nosotros, por los siglos de los siglos, -indescifrable arcano.</p> - -<p>Convengamos en que tití Carmen no odiaba a mi tío Felipe. En su -bondad no cabía el odio. Mi tío le había dado su nombre, su posición, -tal cual era; mi tío no la maltrataba, ni siquiera notaba yo que -escatimase mucho el dinero, aunque bien veía que la esposa, a ser dueña -de su voluntad, aumentaría el renglón de limosnas... El matrimonio -de mis tíos era, pues, como tantos que se ven hoy, en apariencia -tranquilos y hasta dichosos, unidos por esa concordia burguesa que -está de moda en nuestra sociedad, donde las costumbres, lo mismo que -las calles, se tiran a cordel, cada día más rectas y simétricas. -Pero así como dentro de las casas de esas calles tiradas a cordel se -desarrollan trágicos episodios, y laten el amor, el vicio y el crimen, -así bajo la capa de buena armo<span class="pagenum" id="Page_179">[p. -179]</span>nía y mutua consideración de aquella pareja yo adivinaba el -mal maridaje, la predisposición tiránica y mezquina del marido y la -repulsión inconsciente, fría, tremenda, de la mujer.</p> - -<p>A veces decíame a mí mismo: «Cuidado que tiene razón Luis y que soy -tonto. Poco debiera dárseme de la repugnancia que advierto en Carmen. -Lo que podría preocuparme, serían los sentimientos que la inspiro. -Si me quisiese como yo la quiero, ¿importaría que, a semejanza de -ciertas heroínas de dramas y novelas, sin dejar de amarme con locura, -consagrase también a su marido un tiernísimo cariño y una veneración -y respeto filiales, o fraternales, o conyugales, etc.? Correspóndame -ella, y lo demás es humo. Bastante saco en limpio de que mire con malos -ojos a su legítimo dueño, si a mí no me mira.»</p> - -<p>Pues yo no sacaría nada: pero el caso es que notaba los indicios -de antipatía con intenso gozo. Al sospechar si la mujer querida -pagará nuestro amor, acechamos con afán una ojeada, una sonrisa, un -rubor fugitivo, el paso de una emoción que rasgando el velo en que se -envuelve el alma femenina, descubre la recóndita hoguera; yo, menos -dichoso, estudiaba la chispa mal amortiguada de los ojos, el temblor -apenas perceptible de los labios, delatores del desvío que inspiraba mi -rival.</p> - -<p>A las horas de comer espiaba tenazmente, haciéndome el distraído, -jugando con el tenedor o siguiendo con mi tío conversaciones de -política, discusiones casi siempre. Estoy convencido de que todo puede -fingirse, todo puede sujetarse a la voluntad; todo, hasta la expresión -de la cara; la voz, nunca. Tití llegaba a mandar en sus músculos, a -apagar sus pupilas, a inmovilizar las ventanas de su nariz fina y -palpitante; no conseguía que su voz, de notas graves, pastosas y bien -timbradas cuando se dirigía a otras personas, no fuese mate y sorda -al hablar a su marido. Y aparte de esto, había mil indicios. El más -claro,<span class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span> su afán de -prolongar la velada. Por su gusto, aquella mujer no se recogería. ¡Ah, -qué deliciosa impresión para mí —las pocas veces que logré acompañarla -de noche— verla retrasar la hora con mil pretextos, enfrascarse en su -labor, alegar que se había puesto tarea, que no se acostaría hasta que -la terminase, que tenía aún que escribir dos letras a su padre o a sus -amigas de Pontevedra! Estas observaciones no podía yo hacerlas sino la -noche de algún sábado; las restantes de la semana tenía que acostarme -temprano, por mis clases. Solía ponerme al lado de la chimenea, en el -gabinete contiguo a la alcoba, cuyas columnas adornaba un pabellón de -felpa y damasco verde musgo, dejando entrever el mueblaje de la odiosa -cámara donde diariamente se celebraba el inicuo misterio de la absoluta -intimidad de dos seres que ni se querían, ni tal vez se estimaban, ni -tenían más punto de contacto que haberles echado a un tiempo la misma -estola el fraile moro.</p> - -<p>Una mañana recibí carta de mi madre, escrita en el estilo -precipitado e incoherente de costumbre, sin puntuación, no hay para -qué decirlo, y consagrada toda a participarme cierta extraña noticia. -«No sabes la carnavalada el viejo chocho de Aldao cayó con la mocosa -de Candidiña lo envolvió lo mareó lo volvió tarumba le hizo rabiar -hasta que consintió en casarse pero no en público sino de ocultis muy -a cencerritos tapados el cura cuando le preguntan lo niega el viejo lo -mismo pero yo lo sé por quien lo vió y lo presenció con sus ojos y en -Pontevedra corren unas coplas muy indecentes sobre el fenómeno parece -las escribió el director de <i>El Teucrense</i> es cosa de risa lo que no -logra una chiquilla descarada dice que le regaló mantilla y vestido de -seda negra Dios nos conserve el juicio y nos libre de chochear no sé si -la hija está enterada si no cállate que se sepa por fuera que ya se lo -escribirán a Felipe sus paniaguados buena la hizo ya tiene madrastra me -alegro por haberse burlado de nosotros».</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_181">[p. 181]</span>Excusado parece -decir que apenas pude coger a la tití sola, me apresuré a leerle la -rara nueva, no sin grandes preámbulos y trasteos. Lejos de asustarse o -de afligirse, la hija del señor de Aldao reveló satisfacción.</p> - -<p>—Dios me ha oído —dijo vivamente—. Dios me premia, Salustio. A la -edad de mi padre más vale estar casado que... de otra manera. Por su -dignidad, me alegro: puedes creer que me alegro, aunque preferiría que -hubiese tenido distinta elección. ¿Ya lo hizo? ahora... que resulte -bien.</p> - -<p>—No quiero darte mal rato —respondí— pero, Carmiña, a la edad de tu -papá, un hombre se expone bastante, en el terreno de la dignidad misma, -casándose con chicuelas de diez y seis años.</p> - -<p>—Allá ella y su conciencia —repuso tití—. Probablemente, ahora -que está casada, se mirará muy mucho. Antes podía excusársele alguna -informalidad.</p> - -<p>—Y era una veleta, tití... y seguirá siéndolo porque lo tiene de -condición. ¡Cuidado con la rapaza! ¡Llevar a ese señor hasta tal -extremo! Te aseguro que es pájara de cuenta tu señora madrastra. No veo -claro el porvenir.</p> - -<p>—Bueno, pues Dios sobre todo. Dejemos que haga su oficio la gracia -del Sacramento.</p> - -<p>—¿Crees tú en la gracia del Sacramento? —pregunté acordándome de -Luis y sonriendo a pesar mío de un lenguaje que de tal modo contrastaba -con mis ideas y convicciones, y que no obstante, en labios de mi tía me -estaba pareciendo la esencia de la belleza moral.</p> - -<p>—¡Qué pregunta! ¿Pues no he de creer? Lucida estaba si no creyese. -Cuando Dios instituyó el Sacramento, se obligó a ayudar con su gracia -a los que lo contraen. Sin semejante ayuda no habría matrimonio -posible.</p> - -<p>—La gracia consiste en quererse, Carmen —murmuré llegándome a ella -un poco y clavando mis ojos<span class="pagenum" id="Page_182">[p. -182]</span> en los suyos. No deseaba convencerla, bien lo sabe Dios, ni -seducirla, sino al contrario, que ella desplegase todas las monerías -de su ciencia teológica, y luciese ante mí, como amazona aguerrida, -las armas bien templadas con que escudaba su virtud. Pero me salió -la pascua en viernes, porque tití no estaba para controversias. Sólo -contestó con afabilidad:</p> - -<p>—Es natural que pienses así siendo muchacho y teniendo las ideas que -tienes, por desgracia no muy religiosas. Los años te desengañarán y -juzgarás mejor. Ya sentarás la cabeza.</p> - -<p>—Bueno, Carmiña; si para sentarla bastara una palabrita tuya... -¿Dices que eso de quererse es un disparate? Pues lo creo. Pero al menos -no me negarás que para ser felices, por muy santos que me los supongas, -los cónyuges necesitan profesarse algún afecto; vamos, al menos no -aborrecerse, no repugnarse. ¿Me engaño?</p> - -<p>Carmiña palideció y sus párpados aletearon ligeramente. Me miró -severa y dolorida, como diciendo: «Esa es conversación vedada, y -extraño que la toques».</p> - -<p>Me llevé de aquel breve diálogo, interrumpido por la llegada de mi -tío, provisión mayor de esperanza. Don Felipe entró apresuradamente, -mal engestado y azoradísimo. Apenas vió a su mujer, sacó del bolsillo -una carta.</p> - -<p>—¡Carmen!... ¿qué es esto? ¿Sabías algo tú? ¡Porque me escribe -Castro Mera diciendo que en todo el pueblo está corrido que tu padre se -ha casado secretamente con la sobrina de su ama de llaves!</p> - -<p>Tití afirmó la voz antes de contestar y lo hizo sin miedo.</p> - -<p>—Debe de ser verdad, porque también a Salustio se lo escribe -Benigna.</p> - -<p>—¡Y me lo dices así... con esa flema! —gritó el marido.</p> - -<p>Hay momentos en que se corre la cortina, se sor<span -class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span>prende el alma desnuda, -y se contemplan sus formas misteriosas, por muy aprisa que las quiera -cubrir. En aquel grito ví patente el alma de don Felipe, seca y dura, -interesada y vil, semejante a otras muchas que andan por ahí metidas en -cuerpos de aspecto menos judaico.</p> - -<p>—¡Me hace gracia cómo lo tomas! —prosiguió desatinado—. ¿No te -importa que se haya vuelto loco tu padre? Porque eso es locura senil, y -tu hermano y yo nos uniremos para anular la boda e incapacitar al lelo. -¡Casarse! Pues hombre, ¡tiene chiste! ¡Eso se llama reirse del mundo y -dar la castaña a los incautos!</p> - -<p>Sus ojos despedían chispas; su nariz corva acentuaba la expresión -de rapacidad y codicia de su rostro, dilatándose; su tez se había -inyectado, igualándose casi en matiz con su barba; y su mano convulsa -agarraba y soltaba, con estremecimiento maquinal, el cuchillo, el -tenedor, la servilleta, de encima de la mesa preparada para el -almuerzo.</p> - -<p>—¡Qué quieres! —respondió con firmeza la esposa, ocupando su sitio -como si fuésemos a almorzar pacíficamente—. Mi padre es dueño de sus -acciones, por lo mismo que le autoriza la edad. No es cierto que esté -chocho, y el respeto que le debemos nos prohibe intentar nada contra -sus resoluciones. Paciencia. Peor sería que viviese dando escándalo.</p> - -<p>—Eres una tonta —exclamó el marido, descomponiéndose por primera -vez, dispuesto a echarlo todo a rodar—. A la edad de tu padre, -hija mía, ya no hay escándalo, ni Cristo que lo fundó: lo que hay -es disparates y locuras y ridiculeces, y la mayor de todas, esa de -casarse con una muchacha de pocos años, ¡una criada!, para encontrarse, -a la vuelta de un mes, con que la cabeza no le cabe en el sombrero. -Las mujeres no entendéis de nada, ni sabéis lo que decís. Falta de -experiencia y de mundo, que ni lo conocéis, ni tenéis motivo para -conocerlo. Por eso la mayor parte de las veces obraríais muy bien en -callaros, ¡pateta!<span class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span> -Y tu papá —ya que lo quieres oir—, antes de casar a su hija, procedería -mejor si dijese al futuro yerno: «Felipe, aunque se me caen los -calzones, no hay que fiarse; estoy animoso, y no tardaré en contraer -segundas nupcias. Y como a mi edad siempre se tienen hijos, vendrán dos -o tres muchachos que dejarán a mi hija <i>aspergis</i>». Qué bonito, ¿eh? -¡Qué bonito!</p> - -<p>Mi tía, callada. La lividez de sus mejillas, el anhelar de su pecho -y el resplandor de sus ojos, indicaban la interior indignación y el -hervor de la protesta... Pero en vez de abrir la válvula, se reprimió, -cogió el vaso de agua que tenía cerca, y sentí el choque del cristal -contra sus dientes al beber, indicando el temblor del pulso... Mi -tío sin tomar en cuenta aquel valeroso silencio, exaltándose con sus -propias palabras, continuó:</p> - -<p>—Ahora mismo voy a ponerle una cartita caliente, diciéndole lo que -viene al caso... Me ha de oir, te lo juro. Ha de salirle por cara la -trastada esa, o no me llamo Felipe. Le crearé tales dificultades, que -ha de acordarse del santo de mi nombre... ¿Se imaginará que voy a -consentir que tú te trates con esa preciosidad de madrastra?</p> - -<p>—En primer lugar —respondió lentamente mi tía, haciendo un -esfuerzo—, creo que la boda, por ahora, es secreta; y en segundo, me -trataba con ella cuando estaba allí... expuesta a cosas peores. ¿Por -qué no he de tratarme, hoy que es la mujer de mi padre, si se porta -bien?</p> - -<p>—¡Portarse bien! ¡Eche usted portes! —exclamó irónicamente mi tío—. -¡Portarse bien! Ya te lo dirán de misas los señoritos de Pontevedra y -de San Andrés... En fin, a mí eso me tiene sin cuidado...</p> - -<p>—Pues a mí, eso será lo único que me importe —contestó mi tía con -vehemencia, no pudiendo reprimirse ya—. Que no tenga mi padre que -avergonzarse de su elección, y lo demás sea como Dios quiera, que al -fin y al cabo, así ha de ser.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span>¡Oh dureza -empedernida de los hebreos, con cuánta razón te fustigó Cristo! -Aquellas palabras, dictadas por el ímpetu de la fe, hubiesen conmovido -a una peña; pero mi tío era peor que las peñas mismas, y se levantó de -la mesa, arrojando la servilleta, bufando entre dientes.</p> - -<p>—Sobre que uno aguanta la mecha, le salen con estupideces y -ñoñerías. ¡Tiene alma, hombre! ¡Mire usted que casarse ahora aquel -estafermo! ¡Oir defenderle aquí, en mi cara!</p> - -<p>Salió del comedor. Yo fuí tras él, quería saber adónde se dirigía; -llevaba mi objeto al dejar a Carmen sola. Oí a don Felipe cerrarse en -su despacho, sin duda para escribir al suegro la carta «caliente». -Entonces retrocedí, y entrando de repente en el comedor, me acerqué a -Carmiña, y murmuré con ternura:</p> - -<p>—No llores, tití... Anda, no llores... Tontiña, no hagas caso.</p> - -<p>No me había engañado en mi suposición. Volvió la cabeza, y ví los -ojos arrasados, que secó instantáneamente la enérgica voluntad. En voz -temblona, me contestó, desviándome un poco:</p> - -<p>—Gracias, Salustio; ya pasó... No se puede remediar a veces. Tiene -una tonterías así...</p> - -<p>—Es que te habla de un modo que me indigna. Trabajo me costó no -saltar. Y tú, ¿cómo resistes...?</p> - -<p>—No, no, eso no; no digas eso siquiera. Es mi marido y no ha de -andar escogiendo las palabras.</p> - -<p>—Sí que debe escogerlas. A una mujer como tú, que es la santidad, la -bondad en persona, se la habla en esta postura... así... ¿ves? —suspiré -hincando la rodilla en tierra.</p> - -<p>—Si no te levantas, me enfado, y si vuelves a decir eso, también -—contestó poniéndose en pie resueltamente—. No te agradezco estos -consuelos, Salustio: más bien parecen lisonjas, y lisonjas a mí... -tiempo perdido. ¿Quieres que te diga la verdad?<span class="pagenum" -id="Page_186">[p. 186]</span> Pues la culpa de esta desazón es mía, -mía sólo. No debí llevarle la contraria a Felipe, sino dejar que se -apaciguase el primer enfado, y después hacerle reflexiones. Al pronto -se comprende que le haya molestado el casamiento de papá. Pongámonos en -lo justo. Ningún marido se irrita contra una mujer que no le contesta. -Por la lengua vienen todas las disensiones matrimoniales. Nuestro papel -es callar.</p> - -<p>—No, bobiña, vuestro papel es hablar cuando tenéis razón; lo mismo -que nosotros hablamos muchísimas veces sin tenerla. De modo que si tu -marido suelta una barbaridad enorme... que no hay Dios, supongamos, ¿tú -no debes chistar?</p> - -<p>—Mientras esté irritado, no... porque, ¿qué conseguiré? echar leña -al fuego, nunca persuadir. Pero así que se aplaque, con suavidad y con -cariño, le puedo hacer mis objeciones, lo mejor que sepa... y entonces -sí que me oirá y se convencerá.</p> - -<p>No supe qué replicar, pues aun cuando se me ocurrían mil reparos, -el criterio de tití me subyugaba enteramente, pareciéndome el único -digno de ella. Era un día nubladísimo; el comedor daba al patio, y las -espesas cortinas, retasando la luz, contribuían a hacerlo más lóbrego. -Los pliegues de aquellas cortinas, de color parduzco y tela tupida, se -me antojaron, por repentino capricho de la imaginación, el plegado de -un hábito de fraile, contribuyendo bastante a la semejanza el grueso -cordón que las ceñía y sujetaba al alzapaño. Los arabescos de la -cortina, a cierta altura, me figuré que dibujaban con suma propiedad -la cara de un hombre. Era un fenómeno de autosugestión, que evocaba -allí, oyendo nuestro diálogo y burlándose de mí con sandunga, la sombra -del P. Moreno. «¡Maldito fraile! —dije mentalmente a la cortina—. Te -has de llevar chasco. Porque nada violento y absolutamente contrario -a la naturaleza humana es durable, y esta abnegación heróica y esta -fuerza que hace mi tía a sus sentimientos no pueden llegar hasta<span -class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span> un límite indefinido. -Vendrá ocasión en que salte el resorte... y yo la atisbaré, te lo juro, -fraile tontín, que no has probado la única felicidad verdadera de esta -vida». Por casualidad mi tití fijaba la mirada en el cortinaje, con -esa intensidad de las personas que miran sin ver y a quienes distrae -una idea triste. Me figuré que veía lo mismo que yo en las arrugas, y -que también para ella se destacaba allí, callada pero elocuente en su -actitud, la figura del fraile...</p> - -<p>¡Qué ansia la mía de penetrar en los secretos camarines de aquel -cerebro femenil, y leer la proclama revolucionaria que en ellos estaba -escrita, de seguro, por invisible mano! La esposa no dejó salir nada al -exterior. Levantándose, pasó a la cocina y se enteró de cómo andaba lo -del almuerzo. «Porque tú ya tendrás hambre, Salustio», dijo, volviendo -a entrar, serena y dueña de sí.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter" id="Ch_22"> - <h2 class="nobreak">XXII</h2> -</div> - -<p>¿Cómo sucedió que descendiese a mi alma un rayo de divina alegría, -de esperanza insensata y deliciosa, de luz, en fin, parecido al que -supone la tradición popular que penetra el día de la Candelaria en las -tinieblas del Limbo? A ver si puedo recordarlo con todos sus detalles -insignificantes y hasta cómicos, con su mezcla de sueños y realidades, -tan inseparables, que no sé dónde acaban los primeros y empiezan las -segundas, ni puedo jurar que éstas hayan existido más que dentro del -sujeto que las percibía en mi propia representación, para mí mismo la -verdad suprema.</p> - -<p>Es el caso que Trinito, nuestro cubano filarmónico, habiendo -recibido cierta plata enviada de su ínsula, se dedicó a gastarla sin -ton ni son ni gracia ninguna, desmadejadamente, como hacía él todas -las cosas; y entre sus despilfarros se contó el de convidarnos a<span -class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span> butacas del Real para -ver el estreno de una ópera española, muy discutida y comentada de -antemano por los periódicos. Vanamente le demostramos la inutilidad -de este derroche, pues nosotros estaríamos mucho más a gusto en el -paraíso, entre niñas cursis y guapas y aficionados competentes en el -<i>divino arte</i>. Pero él, que a lo que aspiraba era a darse tono y a -jalear el estreno de cierto frac, se hizo el sordo y nos arrastró a -Portal y a mí hacia el coliseo: el zamorano, ni hecho pedazos consintió -en acompañarle. Ni Portal ni yo poseíamos frac; sólo que nos dejamos -de chiquitas y nos encajamos la levita —el fondo del baúl— esperando -que nadie se fijaría en nosotros, y todas las miradas serían para -el cubano, según iba de resplandeciente y repampirolante. Su nuevo -traje de etiqueta brillaba con el charolado especial del paño fino, -y la estrecha solapa de raso, bajando hasta la cintura, realzaba la -pechera blanquísima. El hombre, a fin de no perdonar detalle, se había -gastado su pesetita en una olorosa gardenia, que lucía en el ojal con -irreprochable corrección. Clac no se lo compró por falta de tiempo; -pero entró en el teatro ocultando el hongo bajo el capote, a fin de no -estropear el rizado del pelo y la primorosa raya. Nosotros ocupamos -nuestros asientos un tanto cohibidos aspirando a que nadie nos mirase -ni viese; pero Trinito, plantado en pie y vuelto de espaldas a la -orquesta, sacando el pecho, donde bombeaba la fina camisa, y pasándose -la mano, desnuda de guantes, por el cabello bien atusado, parecía -un gomoso de los más cargantes. Aunque el sentido de la vista, en -el cubano, andaba tan expedito como el del oído, se había alquilado -los grandes gemelos, y los clavaba alternativamente en los palcos, -entresuelos y plateas y en las filas de butacas, pasando revista a las -beldades, a los descotes y a las galas y joyas. Portal, muy encogido -y acurracado, se divertía en decirle <i>sotto voce</i> que doña Cristina -le flechaba sus lentecitos de mango largo, y que la infanta Isabel -hacía<span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span> señas a la -infanta Eulalia para que se fijase en aquel nuevo dandy tan desconocido -como fascinador.</p> - -<p>Pero apenas se hubo levantado el telón, entróle a Trinito un -acceso de epilepsia musical, y estuvo pendiente de la ópera, la cual, -por espacio de cinco horas, nos zarandeó de Wagner a Meyerbeer, y -de Donizetti a Rossini, pues de todo había en ella menos de nuevo -y español. Trinito, en su exaltación o con la implacabilidad de su -retentiva música, no nos dejaba vivir.</p> - -<p>—¡Camaradas, esto es ajiaco pura! Ahí ha metido el hombre el <i>largo -assai</i> de la ópera 32 de Mendelson. ¡Anda, anda, pues si se ha calzado -enterito el <i>allegretto</i> de la introducción del <i>Don Juan</i>! Toma... eso -es de la <i>Flauta encantada</i>: quince compases lo menos hay igualitos, -calcados al pie de la letra... ¡Este <i>maestoso</i> está en <i>El barco -fantasma</i> o en <i>Parsifal</i>!...</p> - -<p>—O en las <i>Habas verdes</i> —añadía Portal con sorna.</p> - -<p>—No, pues no reirse, que hay algo de <i>Habas verdes</i>, o cosa -parecida: porque esa especie de tango yo lo he oído en zarzuela... -Ahora saltamos a la <i>sinfonía en ut menor</i> del <i>sordo sublime</i>... -Camaraditas, estoy indignado. Voy a protestar. De esto a salir a los -caminos con trabuco...</p> - -<p>Al segundo acto la indignación de Trinito fué en un <i>crescendo</i> -no menos estrepitoso que el del concertante final; al tercero -nos aburrió a todos con sus investigaciones de reminiscencias y -plagios, empeñándose en buscar a gritos, llamando la atención de los -espectadores, los fragmentos de un tarso de Mozart o de una canilla -de Beethoven que por allí andaban desparramados: y al cuarto su -indignación adquirió proporciones tan imponentes, que no nos permitió -oir el final de la obra. «Larguémonos antes que llamen a la escena a -ese monedero falso. Yo silbaría, si me quedase, y no es cosa de armar -escándalo aquí. Vámonos, pues: prudencia. Estoy tan atufado, que no sé -lo que hago. Sujétenme, sáquenme a la calle».<span class="pagenum" -id="Page_190">[p. 190]</span> Admirados de aquel arrechucho, no menos -sorprendente en el dulce y manso cubano que en un canario o un cordero, -nos resignamos a salir antes que nadie, y echamos, por el salón de -descanso, hacia la puerta.</p> - -<p>Sin transición, desde la atmósfera recaliente, vibrante, zumbadora -de la sala, nos trasladamos al pasillo, más glacial por estar desierto, -pues únicamente daban vueltas por allí dos acomodadores. Una corriente -de aire, aguda como un estilete, se coló por mi boca entreabierta -para reir, llegando instantáneamente a mi pecho, donde noté como un -pinchazo.</p> - -<p>—Taparse la boca, señores —advirtió el práctico Luis—. Vamos a -pescar la gran pulmonía de la Era cristiana. Tápate, Salustio, no seas -aturdido.</p> - -<p>Buscaba el pañuelo para ampararme con él, pero ¡ay! sentía ya ese -aviso extraño, esa punzada obscura y sorda de la enfermedad, que -traidoramente se nos ha metido en el cuerpo aprovechando nuestro -descuido, a manera de ladrón que ve puesta la llave y no pierde la -oportunidad de registrar el arca.</p> - -<p>—Creo que ya la he pescado —murmuré con alguna inquietud.</p> - -<p>—No seas aprensivo. Vámonos a Fornos a tomar un ponche. Anda, -verás qué calentito y qué bueno —dijeron mis compañeros, a tiempo que -salíamos al páramo de la Plaza de Oriente. Y fuímos a Fornos y tomamos -el ponche, todo a cuenta de la plata de Trinito, quien nos hizo de -nuevo una monografía sobre los plagios y rapsodias de la ópera, y nos -tarareó su indignación y hasta nos la tecleó sobre la mesa. Esta vez -se resolvía a escribir una crítica musical. ¡Vaya si se resolvía! Iba -a triturar al compositor, o mejor dicho, al <i>rata</i> cogido infraganti -visitándole a Wagner la faltriquera.</p> - -<p>Me retiré tarde y dormí mal. Al otro día desperté con inexplicable -fatiga y desaliento, con esa especie<span class="pagenum" -id="Page_191">[p. 191]</span> de marasmo que precede a los graves -desórdenes patológicos. Tití observó que tenía muy mala cara y me rogó -que me acostase, regañándome suavemente por las horas imposibles a que -me había recogido la noche anterior. Accedí; me sentía tan rendido, que -como decimos en la tierra, ningún hueso de mi cuerpo me quería bien. Al -retirarme, dije a Carmiña en suplicante tono:</p> - -<p>—¿Irás a verme?</p> - -<p>—¡No faltaba más! Ya se ve que iré. A llevarte una taza de flor de -malva bien hervidita para que sudes... Eso que tienes es un resfriado. -Locuras que habrás hecho.</p> - -<p>Apenas me acosté ¡zás! se declaró victoriosamente la calentura, y la -fatiga, y la congestión de los órganos respiratorios. Empecé a divagar, -a perder la brújula: aquello seguramente no sería delirio, pero sí una -especie de libre y caprichoso viaje de la imaginación al través de las -regiones más hermosas para mí cuando me sentía completamente dueño de -mis facultades. En los intervalos lúcidos de la modorra y entre la -angustia de la disnea pulmoniaca volví a ver el Tejo, con su ramaje -verde obscuro, que se recortaba sobre el azul divino del cielo y sobre -el luminoso y pálido verdor de la ría; oí cánticos de labradoras, -gaitas que repicaban la alborada, cohetes, acordes de piano, y hubo -instantes en que juraría que un negro murciélago entraba revoloteando -por la ventana y, traspasado por un alfiler, agonizaba a mi vista... -Por supuesto que el Padre Moreno estaba allí, y unas veces me servía -de consuelo su presencia, y otras me irritaba hasta tal punto, que -de buena gana le hubiese arrojado a la cabeza cualquier cosa. En el -trastorno de la fiebre debí de cantar, y también debí de enunciar -fórmulas y plantear problemas de ciencia matemática. Lo que sé es -que por cima del delirio, de la calentura, de la horrible opresión, -de la constricción de mis bronquios y pul<span class="pagenum" -id="Page_192">[p. 192]</span>mones, revoloteaba una sensación -encantadora. Tití no salía de mi cuarto; tití me aplicaba los remedios, -me arreglaba las sábanas, me servía y atendía en todo; y cuando en un -movimiento involuntario, hijo de la fiebre, se me ocurrió echarle los -brazos al cuello... pensé... ¿era desvarío? que aquella mujer fuerte, -inquebrantable, lejos de hacer el menor movimiento para apartarse de -mí, me devolvía la afectuosa demostración. Yo juraría que sus ojos me -miraban con inmensa ternura; que sus manos me acariciaban y halagaban -como se halaga y acaricia a un niño; que su boca murmuraba frases -de miel, cuyo sonido era música del corazón... Y dejándome llevar -de mi fantasía, pensé al adormecerme bajo la acción de un enérgico -medicamento:</p> - -<p>—Tití me quiere, me quiere, no cabe duda. ¡Si no me muero voy a ser -muy dichoso!</p> - -<p>Suspiré, dí media vuelta, y si pudiese formular en palabras el -sentimiento que inundaba mi espíritu, añadiría:</p> - -<p>—Aunque me muera.</p> - - -<p class="centra mt2">FIN</p> - - -<p class="centra mt3">La segunda parte de esta obra se titula:</p> - -<p class="centra mt1">LA PRUEBA</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía del original, que difiere ligeramente - de la actual —especialmente en el uso de tildes—, normalizándola a - la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas que las - necesitan, se ha completado el emparejamiento de los signos de - admiración e interrogación y se han espaciado las rayas —o guiones - largos—.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - </ul> -</div> -</div> - - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Una Cristiana, by Emilia Pardo Bazán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA CRISTIANA *** - -***** This file should be named 60137-h.htm or 60137-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/0/1/3/60137/ - -Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images generously made available by The -Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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