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-The Project Gutenberg EBook of La media noche, by Ramón del Valle-Inclán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La media noche
- visión estelar de un momento de guerra
-
-Author: Ramón del Valle-Inclán
-
-Release Date: August 28, 2017 [EBook #55448]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE ***
-
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-
-
-Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto
-and the Online Distributed Proofreading Team at
-http://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive)
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- LA MEDIA NOCHE
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- LA MEDIA NOCHE
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- VISIÓN ESTELAR DE VN
- MOMENTO DE GVERRA
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- POR DON RAMÓN DEL
- VALLE-INCLÁN
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- MADRID, MCMXVII
-
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-
- BREVE NOTICIA
-
-
-Era mi propósito condensar en un libro los varios y diversos lances de
-un día de guerra en Francia. Acontece que, al escribir de la guerra, el
-narrador que antes fué testigo, da a los sucesos un enlace cronológico
-puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que
-nos veda ser a la vez en varias partes. Y como quiera que para recorrer
-este enorme frente de batalla, que desde los montes alsacianos baja a la
-costa del mar, son muchas las jornadas, el narrador ajusta la guerra y
-sus accidentes a la medida de su caminar: Las batallas comienzan cuando
-sus ojos llegan a mirarlas: El terrible rumor de la guerra se apaga
-cuando se aleja de los parajes trágicos, y vuelve cuando se acerca a
-ellos. Todos los relatos están limitados por la posición geométrica del
-narrador. Pero aquel que pudiese ser a la vez en diversos lugares, como
-los teósofos dicen de algunos fakires, y las gentes novelescas de
-Cagliostro, que, desterrado de París, salió a la misma hora por todas
-las puertas de la ciudad, de cierto tendría de la guerra una visión, una
-emoción y una concepción en todo distinta de la que puede tener el
-mísero testigo, sujeto a las leyes geométricas de la materia corporal y
-mortal. Entre uno y otro modo habría la misma diferencia que media entre
-la visión del soldado que se bate sumido en la trinchera, y la del
-general que sigue los accidentes de la batalla encorvado sobre el plano.
-Esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta
-comprensión que parece fuera del espacio y del tiempo, no es sin embargo
-ajena a la literatura, y aun puede asegurarse que es la engendradora de
-los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y
-dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato
-máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de
-infinitos ojos que cierran el círculo. Cuando los soldados de Francia
-vuelvan a sus pueblos, y los ciegos vayan por las veredas con sus
-lazarillos, y los que no tienen piernas pidan limosna a la puerta de las
-iglesias, y los mancos corran de una parte a otra con alegre oficio de
-terceros; cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se
-rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de
-miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo
-habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces
-la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión
-de todo el pueblo que estuvo en la guerra, y vió a la vez desde todos
-los parajes todos los sucesos. El círculo, al cerrarse, engendra el
-centro, y de esta visión cíclica nace el poeta, que vale tanto como
-decir el Adivino.
-
- * * * * *
-
-Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión
-astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma,
-desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en
-el empeño, mi droga indica en esta ocasión me negó su efluvio
-maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que un
-balbuceo del ideal soñado. Volveré a Francia y al frente de batalla para
-acendrar mi emoción, y quién sabe si aun podré realizar aquel orgulloso
-propósito de escribir las visiones y las emociones de UN DÍA DE GUERRA.
-
- V.-I.
-
- _Filo de media noche encendí la lámpara. Me puse delante, y mi
- sombra cubría el muro. Abrí el libro y deletreé las palabras con
- que se desencarna el alma que quiere mirar el mundo fuera de
- geometría. Después apagué la lámpara y me acosté sobre la tierra
- con los brazos en cruz como el libro previene. Artephius, astrólogo
- siracusano, escribió este libro, que se llama en latín_ CLAVIS
- MAYORES SAPIENTÆ.
-
-
-
-[imagen no disponible: LA MEDIA NOCHE CAP. I]
-
-
-SON LAS DOCE DE LA NOCHE. La luna navega por cielos de claras estrellas,
-por cielos azules, por cielos nebulosos. Desde los bosques montañeros de
-la región alsaciana, hasta la costa brava del mar norteño, se acechan
-dos ejércitos agazapados en los fosos de su atrincheramiento, donde
-hiede a muerto como en la jaula de las hienas. El francés, hijo de la
-loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición, están otra
-vez en guerra. Doscientas leguas alcanza la línea de sus defensas desde
-los cantiles del mar hasta los montes que dominan la verde plana del
-Rhin. Son cientos de miles, y solamente los ojos de las estrellas pueden
-verlos combatir al mismo tiempo, en los dos cabos de esta línea tan
-larga, a toda hora llena del relampagueo de la pólvora y con el trueno
-del cañón rodante por su cielo.
-
-
-
-
-CAP. II
-
-
-Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de
-lluvias y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones
-corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo
-cenagoso, y ráfagas de viento traen frías pestilencias de carroña. En el
-talud de las trincheras los zapadores han cavado hondos abrigos donde se
-guarecen escuadras de soldados, y en los lugares más propicios para las
-escuchas y centinelas, silos con miraderos disimulados entre pedruscos y
-ramajes. Desde estas atalayas se hace la descubierta de las líneas
-enemigas, y los artilleros, comunicándose por sus teléfonos, regulan el
-tiro de los cañones, siempre emplazados más atrás que las primeras
-defensas. Ante los dos fosos enemigos se tienden campos de espinosas
-alambradas, y hay esguevas donde los muertos de las últimas jornadas se
-pudren sobre los huesos ya mondos de aquellos que cayeron en los
-primeros días de la invasión. La tierra en torno está como arada. La
-metralla taló los árboles y abrasó la yerba. Del fondo de las trincheras
-surgen cohetes de luces rojas, verdes y blancas, que se abren en los
-aires de la noche oscura, esclareciendo brevemente aquel vasto campo de
-batallas. Corre un alerta desde los cantiles del mar norteño, hasta los
-bosques montañeros que divisan el Rhin.
-
-
-
-
-CAP. III
-
-
-En las sombras de la noche, largos convoyes que llevan municiones al
-frente de batalla, ruedan por los caminos. Los cohetes de las trincheras
-abren sus rosas en el aire, los reflectores exploran la campaña y la
-esclarecen hasta el confín lejano de bosques y montes. Se muestra de
-pronto el espectro de un pueblo en ruinas, quemado y saqueado, mientras
-por la carretera, en el lostrego del reflector, corre cojeando algún
-perro sin dueño. Al abrigo de los bosques, filas y filas de carros
-esperan inmóviles la orden de ruta, con los soldados de la escolta
-descansando al borde del camino y fumando una pipa de tabaco belga. Se
-oye el cañón, cuándo lento, cuándo en vivo fuego de ráfagas, y los
-soldados hacen conjeturas con palabras breves, casi indiferentes. Llega
-un ciclista sonando el timbre tercamente: Trae la orden de ruta que el
-sargento deletrea a la luz de una linterna, y el convoy se pone en
-marcha. Todos los caminos de la retaguardia sienten el peso de los
-carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con
-estridente son de hierros. Ruedan con los faroles apagados, informes
-bajo las estrellas, sumidos unas veces en la sombra de las arboledas, y
-otras destacando su línea negra por alguna carretera blanquecina y
-desnuda. Son tantos que no se pueden contar, son cientos y cientos.
-Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca
-de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos.
-
-
-
-
-CAP. IV
-
-
-Y la luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por
-cielos de borrasca: Sobre las doscientas leguas de foso cenagoso, los
-cohetes abren sus rosas, tiembla la luz de los reflectores, y en la
-tiniebla del cielo bordonean los aviones que llevan su carga de
-explosivos para destruir, para incendiar, para matar... Ocupan la
-carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes
-de la tragedia antigua del vértigo erótico. Vestidos de pieles, con
-grandes gafas redondas, y redondos cascos de cuero, tienen una forma
-embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos. Vuelan
-contra el viento y a favor del viento, les dicen su camino las
-estrellas. Unos van perdidos atravesando cóncavos nublados, otros
-planean sobre el humo y las llamas de los incendios, otros van en la luz
-de la luna, tendidos en escuadrilla. Aquel que zozobra entre ráfagas de
-agua y viento del mar, es de un aerodromo inglés, en la Picardia. Y
-estos que retornan y aterrizan en silencio, son franceses: Partieron en
-el anochecido, eran siete y no son más que cinco: Tras ellos queda
-ardiendo un tren de soldados alemanes. Los pilotos saltan sobre la
-yerba, y se alejan entumecidos, mientras algunos soldados con linternas,
-empujan los aviones bajo los cobertizos, y vierten cubos de agua en los
-motores recalentados. Es un campo de aviación a retaguardia de las
-líneas donde se batalla, en un paraje llano revestido de céspedes.
-Ligeras tiendas, grandes cobertizos, alpendes y galpones, hacen ruedo
-sobre la yerba, tienen el color de la noche y se desvanecen en ella:
-Sólo realza sus siluetas la luna cuando navega por claros cielos
-estrellados.
-
-
-
-
-CAP. V
-
-
-Granizos y ventiscas en los montes alsacianos y en los Vosgos.--Ya cantó
-dos veces el gallo.--Las trincheras tienen una cresta blanca, y,
-soterrados en ellas, vestidos de pieles como pastores, los centinelas
-acechan el campo enemigo, asomando apenas tras el parapeto cubierto de
-nieve. Hay un cañoneo lento, que tiene largas y encadenadas resonancias.
-La luz de los reflectores vuela sobre las cumbres, llega al fondo de las
-selvas, ilumina el tronco de los abetos y el albo talud de las zanjas,
-por donde corren en fila india los soldados que acuden a reforzar las
-defensas del Hartmanwillerkopf.--El Viejo Armando, en la jerga de los
-peludos.--Sobre el sudario de la nieve, los cohetes abren sus rosas de
-colores. Entre Thann y Metzeral se ha iniciado un fuego de ráfagas, y en
-los puestos de escucha, los canes, agazapados a la vera de los soldados,
-se avizoran.
-
-
-
-
-CAP. VI
-
-
-El sargento de un retén, en lo alto de la montaña, destaca dos
-centinelas de pérdida: Salen cautelosos, arrastrándose sobre la nieve,
-se sumen en la noche. La trinchera alemana, toda bardelada y defendida
-por espinosa red de alambre, está al otro lado de un calvero, no más
-lejos de cien pasos. Las grandes balas cruzan silbando, y, de tiempo en
-tiempo, un abeto viene a tierra con sordo rumor de marejada. Los
-soldados corren en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros
-levantados. Cruje otro tronco. La metralla está segando el bosque: Donde
-cae una bomba fulmina una llama. Los dos centinelas de pérdida se
-arrastran cautelosos, y, cuando el lostrego de los reflectores explora y
-revela el campo, quédanse aplastados: Con las carnes estremecidas, pisan
-sobre un montón de cadáveres medio enterrados en la nieve: Al pisar,
-parece que se les incorporan bajo los calcañares. Los dos centinelas
-pasan sobre los muertos llevándose su olor: Ya tocan las alambradas, y
-en aquel momento una violenta sacudida los echa por los aires con las
-ropas encendidas: El repuesto de cartuchos que llevan en las cananas
-estalla como una cohetada: Caen ardiendo, simulan dos peleles. De los
-cascos sale una llama azul. Los soldados franceses, desde sus
-trincheras, miran el suceso con pena. En el Observatorio de
-Langenfeldkopf, un teniente murmura hablando con su compañero:
-
---Los boches han reforzado sus defensas con un cable eléctrico, imitando
-lo que hicimos nosotros en la Indo-China.
-
-
-
-
-CAP. VII
-
-
-Los alemanes, aprovechando la oscuridad de la noche, salen de sus
-trincheras y llegan a las defensas avanzadas de los franceses. De
-pronto el ladrido de un perro da el alerta, y la luz de un reflector los
-descubre arrastrándose sobre la nieve, rota la formación y muy
-dispersos. Los franceses abren el fuego. Los alemanes, con impulso
-unánime, se incorporan y corren hacia las líneas enemigas arrojando
-granadas de mano. Cuando unos caen, otros los secundan: Suben
-arrastrándose, combaten en oleadas. Los franceses, al abrigo de sus
-defensas, hacen fuego de fusil. Es una avanzada de veteranos alpinos, y
-en pocos instantes sólo quedan setenta hombres ilesos. Las granadas caen
-dentro de la trinchera. Están rotos los hilos del teléfono, y dos
-soldados se destacan voluntarios para reparar la avería: Estalla una
-granada, y dobla al uno sobre el otro: Quedan en un escorzo blando, sin
-horror, como dos hermanos que se besan. El teniente de la segunda
-compañía, metido en la garita del teléfono, escribe un parte. Se oyen
-los gritos de los alemanes al penetrar en la trinchera. El teniente
-dobla el papel y lo sujeta bajo el collar de un perro que espera
-moviendo la cola: Le halaga, le saca fuera y lo hace rastrear. Parte el
-can como una centella. El teniente da algunos pasos y tropieza con un
-herido que se queja caído en el fondo de la trinchera. Otro se venda la
-frente algo más lejos. El Teniente Breal los anima con una gran voz:
-
---¡Viva la Francia! ¡Arriba los muertos!
-
-Y los muertos se levantan, y hay una gran basculada dentro de aquel foso
-lleno de oscuridad, de fango y de tumulto. Dos ametralladoras francesas
-rompen el fuego sobre el árido descampado por donde avanzan los
-alemanes. Sus tiros se cruzan metódicamente como una expresión
-matemática, indiferente y cruel a los hombres. A través de la selva
-nevada huye la sombra del can: Corre al flanco de un foso, entra por una
-senda donde están detenidos muchos carros en fila: Aparece y desaparece:
-Salva de un salto el ramaje de los abetos caídos sobre el camino: Corre
-con el ijar sobre la tierra: Bajo la luz de los reflectores se agacha
-igual que hacen los soldados. Vuelve a vérsele sobre la orilla del foso,
-rastrea, desciende por el talud, se mete por el fondo y, moviendo la
-cola, entra en una casamata. Dos oficiales escriben a la luz puntiaguda
-de un quinqué, y el can, haciendo corcovos, se coloca entre ellos, de
-manos sobre la mesa. El Teniente Rousell le halaga y saca el parte que
-lleva sujeto en el collar. Comienza a leerlo, y el otro oficial lo va
-silabeando delante del teléfono:
-
---Comandancia de brigada.--Transmito parte del Teniente Breal.--2.ª
-Compañía de Cazadores Alpinos.--Fuerzas alemanas, con un golpe de mano,
-han conseguido penetrar en nuestras defensas. Me sostengo con los
-hombres que me quedan, pero necesito ser auxiliado urgentemente. Tengo
-el mando por desaparición del Capitán Douchesne.--TENIENTE BREAL.
-
-
-
-
-CAP. VIII
-
-
-Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero
-luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos enemigos galguean
-por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo
-cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la
-tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral
-está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del
-río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y
-humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo
-de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En
-los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen
-mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las
-esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas.
-Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo de
-otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la
-mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se
-queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de
-tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo,
-duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle
-los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un
-repente, y descubre el rostro pálido del pequeño:
-
---¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo!
-
-El hombre calla, y la mujer mira al marido:
-
---No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto...
-¡Dámele!
-
-El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora:
-
---¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices!
-
-La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada,
-dando gritos:
-
---¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
-
-El padre murmura sombriamente:
-
---¡Aun no!
-
-También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los
-brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la
-nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue
-gritando:
-
---¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
-
-El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella:
-
---¡Calla, hija mía! ¡Calla!
-
-La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente,
-la barba del padre. Pero luego torna a suspirar:
-
---¡Se murió nuestro bebé!
-
-Y comienza la madre:
-
---¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios!
-
-Tiene el gesto obstinado, y los ojos secos. Con dos dedos oprime los
-párpados rígidos de su niño muerto. Los cazadores alpinos desfilan hacia
-las trincheras, pasan sin verlos, encorvados bajo la borrasca de nieve.
-Se hunde el techo de una casa, y en las calles desiertas resuena el
-galope de las vacas perdidas, con el tolón, tolón de los cencerros. El
-cañoneo, terco y lento, no cesa entre las dos hogueras de Thann y
-Metzeral.
-
-
-
-
-CAP. IX
-
-
-¡Los ecos de la guerra se enlazan desde la costa norteña hasta los
-montes alsacianos! Al estampido de las bombas surgen las llamas de los
-incendios: Arden las mieses, y las sobrecogidas aldeas, y las ciudades
-que lloran al derrumbarse las torres de sus catedrales. Caen miles y
-miles de soldados en la gran batalla nocturna, y quedan rígidos y fríos
-bajo el temblor de las estrellas. Las escuadras se aclaran de pronto: A
-veces, rompiéndose por el centro para buscar el ataque de flanco, a
-veces bajo una bomba que estalla y abre en ellas brecha como en el
-fuerte muro de un castillo. Las ametralladoras cruzan sus fuegos
-haciendo raya, desgranan sus tiros sobre anchos espacios, arrasan las
-líneas de soldados: Unos, caen al modo de peleles recogiendo
-grotescamente las piernas; otros, abren los brazos y quedan aplastados
-sobre la tierra; otros, se doblan muy despacio sobre el hombro del
-camarada. Y entre tan diversos modos de morir, se arrastran los heridos
-oprimiéndose las carnes desgarradas, sintiendo fluir por entre los dedos
-la sangre tibia, dilatados los ojos con el horror de ser hechos
-prisioneros. Miles de cañones hacen fuego en batería, y bajo el impulso
-de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y
-profunda que tienen las gatas al parir.
-
-Por caminos que cavaron los zapadores, y alcanzan hasta la línea de
-fuego, los camilleros conducen a los heridos. El primer socorro se les
-prestó en la trinchera al amparo de profundas casamatas que tienen
-charcos de sangre en el piso terreño, y el aire impregnado de olor a
-cloroformo. Sobre la cuneta de las carreteras, procurando el socaire de
-bosques y colinas, esperan inmóviles, en largas hileras, los carros de
-la Cruz Roja. Las ambulancias están en la retaguardia, repartidas por
-los graneros y establos de las quintas, en las salas de los castillos,
-en los cafés con espejos rayados y tules para las moscas, en las cuevas
-de los pueblos aun ardiendo. ¡El dolor de la guerra estremece y conforta
-el alma de Francia!
-
-
-
-
-CAP. X
-
-
-Nieblas espesas en la costa del mar.--Ya cantó dos veces el gallo.--Las
-estrellas tiemblan sobre la gran plana inundada de las Flandes. Cerca de
-Furnes, en un estero, la marinería desembarcada de la escuadra forma la
-vanguardia. Sopla el viento del mar, y la resaca arrastra hacia la
-orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados
-alemanes: Flotan entre aguas: Una ola los levanta en la espumosa cresta,
-otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la
-arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente. La escuadra de
-marineros que acordona la playa permanece silenciosa, mirando al
-horizonte rizado y sin fondo. Son pescadores de Normandía y de Bretaña,
-mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar,
-abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Muchos rezan en voz
-baja, acordándose de las apariciones en los cementerios y en los pinares
-de sus aldeas; otros trincan aguardiente y humean la pipa; tal vez
-alguno prueba a cantar. La luna navega en cerco de nieblas, y los
-cuerpos hidrópicos de los soldados alemanes vienen y van con la resaca.
-
-
-
-
-CAP. XI
-
-
-Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera
-redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños,
-sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos
-que les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se
-destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien:
-
---Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?...
-
-Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El
-teniente comprende y sonríe:
-
---¿No será mejor enterrarlos?
-
---Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los
-lleve el viento.
-
-De un grupo de marineros salen diferentes voces:
-
---¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!...
-
-Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo.
-Un marinero de la costa bretona se santigua:
-
---¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos!
-
-El oficial hace un gesto de indiferencia:
-
---Pues que se los lleve el viento.
-
---¡A la orden, mi teniente!
-
-El grupo de marineros se dispersa por la playa, y los unos a los otros
-se van diciendo de quedo:
-
---¡Hala! A ponerles velas.
-
-Alguno pregunta:
-
---¿Y el teniente?
-
---Es el teniente quien lo manda.
-
-
-
-
-CAP. XII
-
-
-La marinería se arremanga y entra chapoteando por el agua llena de
-fosforescencias. A lo largo de la playa flotan más de cien cadáveres
-alemanes inflados y tumefactos. Uno hay que no tiene cabeza; otros
-descubren en el vientre y en las piernas lacras amoratadas, casi negras.
-Comienza la faena de ponerles velachos con las pértigas y lienzos de las
-tiendas. Valiéndose de los bicheros, les hacen brechas en la carne
-hidrópica, y clavan los astiles donde van las lonas. Luego,
-supersticiosos y diestros, los empujan hasta encontrar calado: Sesgan la
-vela buscando que la llene el viento, y, al tobillo o al cuello, les
-amarran las escotas. Los muertos se alejan de la playa como una
-escuadrilla de faluchos: Se les ve alinearse bajo la luna, y partir
-hacia el horizonte marino empujados por la fresca brisa que sopla del
-tercer cuadrante. Pasa un aliento de alegría sobre aquellas almas
-infantiles y crédulas. Un grumete, con la gorra en la mano, y las luces
-de las estrellas en los ojos fervorosos, clama en su vieja lengua
-céltica:
-
---¡Madre del Señor! ¡Ya no tengo miedo a los muertos!
-
-
-
-
-CAP. XIII
-
-
-Lento cañoneo del lado de Ipres. Por el fondo de la trinchera corre un
-arroyo de fango; los centinelas se agazapan con los fusiles apoyados
-sobre el talud; pequeñas escuadras de soldados dormitan en los abrigos
-cavados a lo largo del foso. De tiempo en tiempo, los pasos del oficial
-que recorre la línea se detienen a la entrada:
-
---¡Ánimo, muchachos!
-
-Los soldados se remueven en la sombra haciendo marea, responden
-runflando, palpan a tientas los fusiles. El oficial se aleja, sigue
-recorriendo las avanzadas. Muchos peludos, cubiertos con encerados,
-descansan echados en el fondo de la trinchera, y sobre las cajas de
-granadas de mano reclinan la cabeza. El oficial pasa entre ellos
-despacio y tentando con el bastón. De pronto, algún centinela que
-dormita, se despierta sobresaltado y dispara su fusil. Corre la alarma.
-Hay fusiladas caprichosas; vuelan los cohetes, y los peludos que reposan
-en el fondo de la trinchera se incorporan, metiendo la mano en las cajas
-de granadas. El fuego se extingue lentamente; la línea vuelve a quedar
-en sombra, estremecida y vigilante, en una espera tensa, que agota más
-que la lucha.
-
-
-
-
-CAP. XIV
-
-
-No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma,
-al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La
-ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es
-un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro
-calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados
-asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre
-la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con
-las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la
-hondura tenebrosa del zaguán, donde se amontonan los ajuares. Se aleja
-un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo
-alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las
-casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que
-levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en
-pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses,
-en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de
-niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al
-abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que
-se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se
-van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello
-despeinado, los ojos llorosos. Llegaron poco hace huídas de Combles. El
-padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un
-soldado alemán.
-
-
-
-
-CAP. XV
-
-
-El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después
-la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de
-luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y
-sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo
-como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno
-la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la
-carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en
-el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La
-carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes
-molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos
-sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro
-vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y
-se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la
-cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz
-llena de pena:
-
---¿Falta mucho, amigo?
-
-El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes:
-
---Menos que al principio.
-
-La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura:
-
---¡Se me abre el cuerpo de dolor!
-
-
-
-
-CAP. XVI
-
-
-De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra.
-Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se
-la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre
-interroga a las muchachas:
-
---¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero
-qué sucede?
-
-El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro:
-
---¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto.
-
-Estaba tendido en medio de la carretera, casi llenándola de lado a
-lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo
-fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la
-pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado
-del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y
-las cuatro patas en alto:
-
---¡Lástima de bestia!
-
-El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres
-mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una
-tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay
-largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de
-ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que
-no se pueden contar. Dos automóviles pasan veloces; dejan un rastro de
-polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de
-jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una
-difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en
-herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una
-aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el
-carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras
-de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las
-muchachas no cesa en su queja:
-
---¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor!
-
-
-
-
-CAP. XVII
-
-
-Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de
-cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos
-de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la
-carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se
-percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados
-identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo
-el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra:
-
---¡Aquí hay quien no tiene cabeza!
-
-Y otra voz lejana interroga:
-
---¿Es un zuavo?
-
---Un zuavo.
-
---Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa.
-
-Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces,
-guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero
-que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera,
-da una voz hablando a los del otro cabo:
-
---¡Ya pareció aquello!
-
-Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado
-clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta
-fuera:
-
---¡Está abierta la cama para otros tres boches!
-
-Responden del camino:
-
---¡Allá van!
-
-Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan
-rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los
-sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa.
-Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la
-señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas
-de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido
-la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre.
-Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente
-esparcidos sobre la orilla del camino.
-
-
-
-
-CAP. XVIII
-
-
-El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas
-iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen
-hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la
-plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas
-desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital,
-todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran
-tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran
-rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos
-hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema congoja, y la
-monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco,
-alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro
-se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa,
-resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo
-sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas
-con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada.
-Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca:
-
---¡Ave María Purísima!
-
---¡Sin pecado concebida!
-
-Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y
-brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo
-los pañales a un recién nacido. Las dos hermanas vuelven los ojos a la
-madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las
-empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría
-en fuerza de limpia y desnuda.
-
-
-
-
-CAP. XIX
-
-
-Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí,
-bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el
-gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al
-entrar:
-
---¿Qué tienen estas niñas?
-
-Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática:
-
---¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías!
-
-Se sienta cerca de la madre:
-
---Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo.
-
-La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas:
-
---Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...?
-
---De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca
-el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie
-atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el
-abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su
-verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve,
-como hace el vino con los borrachos.
-
-Una de las muchachas murmura crispada:
-
---¡Es el odio a Francia!
-
-El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano:
-
---Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que
-tienen abolengo.
-
-Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como
-las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a
-ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada,
-con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas
-ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la
-más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta,
-delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de
-tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que
-debió ser llena de gracia. Tiene el cabello fosco, y cuando lo aparta
-de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura.
-Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez,
-que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira
-de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las
-ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre
-de arriba abajo:
-
---¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora
-que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido...
-
-La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara
-con las manos:
-
---¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero
-llevar este contagio conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena,
-yo me mataré!
-
-Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los
-dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos
-de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de
-aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con
-una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba:
-
---¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto!
-
-
-
-
-CAP. XX
-
-
-Cerca del amanecer llega un convoy de heridos. Bajo las acacias
-desmochadas se tienden cuarenta carros de la Cruz Roja. Falta sitio, y
-las monjitas belgas, refugiadas en aquel hospital de una villa francesa,
-ofrecen sus celdas y sus lechos, blancos como altares, para los soldados
-de la República. Los corredores rebosan de heridos. Yacen las camillas a
-uno y otro rumbo del muro, formando una vía dolorosa llena de quejas y
-largos ayes. Algunos heridos leves, pálidos y soñolientos, con los
-vendajes salpicados de sangre y de barro, descansan en los bancos del
-locutorio. La escalera está llena de soldados dormidos, con las mochilas
-por cabezal: Se arrebujaban en pardas mantas, exhalaban un vaho húmedo:
-Son bisoños aspeados, y tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo
-techado, tiran la mochila por delante y se tumban.--Los corredores están
-llenos de movimiento, de voces y de lodo. En el camino que forman las
-dos hileras de camillas, los clavos de las fuertes botas militares dejan
-su impronta. Al ruido de los pasos, una mano, que muestra su lividez
-bajo la suciedad del barro y de la pólvora, levanta el hule del
-cabecero:
-
---¡Me muero de sed! ¡Me muero de sed!
-
-Es una voz sofocada. Se ve la frente envuelta en vendajes de gasa con
-roeles de sangre fresca, y todo el rostro desaparece bajo los vendajes.
-De otras camillas se escapa una queja débil, de otras palabras
-acalenturadas, estertores, gritos de delirio, también hay algunas en
-silencio profundo, como féretros. Los gritos, las suplicaciones, las
-frases caóticas devanadas sin tregua, hacen babel. Un herido no cesa de
-gritar:
-
---¡Los ingleses! ¡Los ingleses!
-
-Retiembla la camilla, saca los brazos agitando las manos:
-
---¡Los ingleses! ¡Los ingleses!
-
-Y siempre lo mismo, el mismo sopor inexpresivo en el grito, el mismo
-pensamiento oscuro dando vueltas como la piedra de un molino. Era más
-angustioso de oír que una queja desgarrada. Otro herido da voces
-heroicas; otro, ríe con gran jolgorio:
-
---¡No te vayas, Juana! ¡Escucha, Juanita!... ¡Ja, ja!... ¡Si no te
-pellizco!
-
-
-
-
-CAP. XXI
-
-
-En la sala de operaciones, blanca e iluminada, médicos y enfermeros con
-delantales, no se dan reposo lavando heridas, restañando la sangre,
-rasgando vendajes. Sobre los tableros de mármol, las lámparas de alcohol
-levantan sus lenguas azules; los ayudantes desinfectan tijeras y pinzas;
-el olor del cloroformo, olor a manzanas, satura el aire. El Doctor
-Verdier murmura mientras desnudan a un herido:
-
---Me temo que seamos desbordados... Habrá que ver de habilitar la
-iglesia, porque aquí pronto nos faltará sitio. ¿Y paja? ¿Tendremos paja
-para hacer camastros?
-
-Está librándose una gran batalla; se oye el bombardeo lejano y
-constante. Patrullas de caballería, carros de ametralladoras, convoyes
-de municiones escoltados por tropas de infantes, desfilan sin intervalo
-por la única calle de la villa, para ir a perderse en la bruma del
-Suroeste.
-
-
-
-
-CAP. XXII
-
-
-Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las
-líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de
-la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar
-automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que
-los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden
-rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de
-las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla:
-Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.--La
-vasta línea del horizonte se abre con el relámpago de los cañones, son
-tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la
-tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus
-parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas
-de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces
-elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la
-retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los
-soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con
-sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror
-y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de
-Francia. Es la conciencia de la resurrección.--Los artilleros,
-enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un
-sentido matemático y devoto, como artífices que labrasen las piedras de
-un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen
-hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz
-de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras,
-contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión
-radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos.
-
-
-
-
-CAP. XXIII
-
-
-Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas, las desmoronan,
-las escombran, las arrasan: Es un ciclón de fuego. Y la artillería
-teutona, si responde rabiosa en unos parajes, en otros calla impotente
-para cubrir la extensa línea que los aliados atacan. Sus parapetos están
-llenos de muertos, y los soldados atónitos, huraños a los jefes, esperan
-el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a
-la victoria, ajenos a la esperanza. Eran los dueños de la fuerza, y
-advierten oscuramente que otra fuerza superior ha nacido contraria a
-ellos, contraria a los destinos de Alemania. Una sima profunda se abre
-en aquellas almas ingenuas y bárbaras, otro tiempo llenas de fe. Los
-jefes sienten la muda repulsa del soldado, el desasimiento de la tierra
-invadida, el anhelo pacífico por volver a los hogares: Y a los que están
-en las trincheras se les emborracha para darle bríos, y a los que sirven
-las ametralladoras se les trinca con ellas porque no puedan desertar, y
-el látigo de los oficiales que recorren la línea de vanguardia, pasa
-siempre azotando.
-
-
-
-
-CAP. XXIV
-
-
-El grito enorme de la batalla estremece toda la tierra picarda. Las
-aldeas están llenas de soldados, de caballos, de carros de municiones:
-En las esquinas hay puestos de café caliente, y los ventorrillos de las
-carreteras, iluminados por una luz de petróleo, rebosan de uniformes: La
-lumbre de las pipas abre rojos reflejos en las caras que gesticulan en
-un vaho de humo, y se enraciman delante del mostrador. De tarde en tarde
-un soldado sale a la puerta, mira al cielo y tiende la mano para
-cerciorarse de la lluvia. A lo largo del camino, carros de
-ametralladoras, carros de forrajes, carros de municiones, carros de
-artillería, esperan la orden de ruta: Cruzan automóviles con oficiales,
-y se pierden rápidamente en la niebla: Cruzan ciclistas con el fusil en
-banderola, jadeantes, obstinados sobre los pedales, y patrullas de
-caballería, y escuadras de infantes. Canta en la noche una gaita de
-escoceses; los cohetes abren sus rosas en el aire; los reflectores
-exploran la campaña, y los carros vuelven a rodar deshaciendo las
-carreteras. Tres hogueras, tres grandes hogueras, rojean sobre la
-llanura: Tres aldeas que los alemanes, al retirarse, han puesto en
-llamas.
-
-
-
-
-CAP. XXV
-
-
-Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y
-el imaginaria da voces golpeando en la puerta:
-
---¡Orden de partir! ¡Orden de partir!
-
-Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas.
-Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como
-sombras:
-
---¡Cochino tiempo!
-
-Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de
-los caballos. Una voz interroga:
-
---¿Se sabe adónde vamos?
-
-Y otra voz responde:
-
---¡Al baile de las peladillas!
-
---¡Qué noche de aguas!
-
-Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En
-la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen
-una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces
-están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:
-
---¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!
-
---¡Esto no acaba nunca!
-
-Un soldado grita enfurecido:
-
---¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!
-
-Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y
-restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera
-fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de
-una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados
-sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de
-unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de
-calderilla:
-
---¡Buena suerte, mocines!
-
-La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de
-lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La
-oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones,
-no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece
-apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan
-silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:
-
---¡Cochino tiempo!
-
---¡Cochina guerra!
-
---¡Y esto no acaba nunca!
-
---Esto lo acabarán las mujeres.
-
-Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que
-va a su vera en el armón. El otro trinca:
-
---¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?
-
---Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.
-
---¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!
-
-Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los
-artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que
-galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.
-
-A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el
-resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón
-de la noche.
-
-
-
-
-CAP. XXVI
-
-
-¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una
-silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el
-barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda
-que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres
-tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de
-Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo,
-levantándose cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a
-la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se
-percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la
-tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los
-cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la
-trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en
-un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en
-voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una
-resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la
-tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como
-salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los
-oficiales, que son esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes!
-Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se
-enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta
-las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de
-un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y
-reyes.
-
-
-
-
-CAP. XXVII
-
-
-Los diez y seis hombres de la escuadra trabajan en silencio: Están a
-pocos pasos de las líneas alemanas y el más leve rumor puede
-descubrirles: Abren una zanja que en pocos momentos se atuye de agua
-fangosa. Las alambradas rotas y retorcidas salen de entre el barro
-desgarrándoles la carne, y cavan enredados en ellas. Cuando los cohetes
-se encienden en el aire, los peludos franceses quedan inmóviles en el
-lago de cieno. De tarde en tarde una ametralladora perdida en la noche,
-desgrana sus truenos: El sonido se esfuma a intervalos en las ráfagas
-del viento y la lluvia, tiene repliegues profundos como si tomase la
-forma quebrada del terreno: Se revela de pronto, y de pronto se amengua,
-en una línea llena de dramatismo. Los soldados prolongan la zanja hasta
-un barranco, y el agua se precipita haciendo torrente. Comienza a
-perfilarse la forma de la trinchera. Aparecen algunos muertos
-enracimados en el fondo, y los soldados van sacándolos de entre el cieno
-y alineándolos sobre el talud. Desentierran dos ametralladoras
-retorcidas como virutas. El cabo mete su linterna por la boca de los
-abrigos: La luz tiembla sobre el agua dormida, las ratas trepan
-asustadizas por el muro de tierra, y unas botas negras e hinchadas
-rompen el haz de la charca. Las aguas hacen un círculo en torno. Los
-pies del muerto tienen un ligero vaiven. El cabo murmura:
-
---Dejaremos para mañana achicar el agua.
-
-Un peludo se acerca, y mete la cabeza atisbando por detrás del cabo:
-
---¡Aquí parece que no se ha salvado ninguno!
-
-El cabo le mira por encima del hombro:
-
---¡Las ratas!
-
---¡Esos ya descansan!
-
---Pues tú no te cambiarías por ellos... Y al cabo, si no hoy, mañana,
-todos estaremos así.
-
-Se alejan encorvados bajo el temporal. Se oye el rumor del agua que baja
-al barranco. El soldado murmura:
-
---¡Si la guerra acabase!...
-
---¿Tú, qué gente tienes allá abajo?
-
---Mujer y tres hijos. ¿Y tú?
-
---¡Nadie!
-
---¿Eres soltero?
-
---Soy divorciado.
-
-El cabo mete la linterna por la boca de otro abrigo. La luz tiembla
-sobre el agua negra. Un perro de lanas nada teniendo en los dientes el
-brazo de un cuerpo que se hunde. Se ve la mano lívida. El perro nada
-hacia la luz.
-
-
-
-
-CAP. XXVIII
-
-
-Palidecen las estrellas del alba, y comienza el relevo de tropas en todo
-el frente de batalla. Las columnas de soldados avanzan por cientos de
-caminos. Los que van a las trincheras fuman ahincadamente la pipa, y
-distraen los ojos sobre la campaña, hablan con ingenua sonrisa, tienen
-el rostro encendido del frío, y el mirar sereno. Por las carreteras se
-perfilan los largos convoyes: Unas veces, inmóviles, tendidos a lo largo
-de los pueblos bombardeados; otras, rodantes; otras, descansando a la
-sombra de las alamedas. Los soldados que tornan de las trincheras
-caminan en silencio, dispersos, rezagados, cubiertos de barro, el
-rostro en gran palidez, y los ojos atónitos bajo el ceño obstinado. Las
-formas de las cosas se revelan en la luz indecisa del alba. Negros
-trenes cargados de tropas cruzan sobre puentes de bruma, con gran
-estrépito de hierros: Huyen por las llanuras, aparecen y desaparecen
-entre boscajes, jadean por altos terraplenes. A retaguardia del enorme
-foso que ondula desde el mar a los montes alsacianos, los pueblos
-bombardeados salen de la noche con la expresión trágica de la guerra.
-Ciudades cercadas por serenos ríos, villas sobre provinciales
-carreteras, aldeas entre prados, levantan sus ruinas frente al campo de
-batalla. Las casas, negras del incendio, con la techumbre hundida entre
-los cuatro paredones, y desmoronándose las tripas de cascote, son ruinas
-de una emoción árida y acongojada. Muchas ya tienen su recinto lleno de
-ortigas y lagartos. Los cementerios militares se tienden a la vera de
-los caminos, entre los pueblos quemados y saqueados.--¡Campos de cruces,
-húmedos campos de aquel verde triste y cristalino que tiene la emoción
-remota y musical del divino sollozo con que se ama!--Los cementerios
-marcan la línea de las batallas, y las tumbas francesas y las alemanas
-están cavadas a la par. La bruma del alba se sutiliza sobre las ruinas,
-se desgarra en las cruces, vuela ingrávida sobre el enorme foso desde
-los montes alsacianos a las marinas flamencas, y en este lívido tránsito
-de la noche al día comienzan a perfilarse las formas de los muertos. Hay
-parajes donde se amontonan, y otros de muchas leguas llenos del canto
-de los pájaros, como olvidados de la matanza. Este momento frío y gris,
-en que el soldado al salir de las tinieblas de la noche, mira en torno
-suyo los compañeros muertos, las ametralladoras rotas, la trinchera
-desmoronada, es el más deprimente de la guerra. Las tropas vuelven de
-las trincheras a sus alojamientos con una expresión de trágica demencia.
-Y al ventero, delante de la puerta donde se detienen a beber un vaso de
-vino; y a los viejos que labran los campos; y a las mujeres que guían un
-carricoche; a todos cuantos preguntan de la batalla, responden con el
-mismo gesto obstinado, con la misma voz apasionada:
-
---¡No pasarán!
-
-
-
-
-CAP. XXIX
-
-
-Esta misma hora es de nieve y ventisca en los montes alsacianos, de
-niebla espesa en el mar, de fría lividez en la Champaña... Pero en las
-doscientas leguas de foso cenagoso, lleno de ratas y de resplandores,
-donde el peludo tirita con las manos doloridas sobre el fusil, estallan
-las bombas desmoronando los parapetos, desgranan las ametralladoras sus
-truenos, se abre el eco profundo de las minas. Hay parajes llenos de
-ardor, de ira y de tumulto, que repentinamente quedan en silencio con
-sus largas hileras de muertos aplastados sobre la tierra. Grandes vuelos
-de cuervos se abaten bajo el cielo del alba. Se queja el herido oculto
-en la maleza, y el que se arrastra por el borde del camino, y el otro
-cubierto de sangre, que se recuesta sobre el talud de la trinchera, y
-aquellos tan pálidos, con la frente vendada, que abren los ojos sobre el
-cabezal de las camillas. Las patrullas exploran el campo, y por las mil
-trochas que arriban a la línea de fuego, van los soldados en difuso
-deslayo. Para no resbalar en el lodo se apoyan en fuertes maquilas, y
-por distintas trochas los camilleros vienen y van. En alguna casamata, a
-la redonda de la estufa donde hierve el agua del café, los oficiales
-conversan de guerra y de mujeres. Son jóvenes, y para la vida y para la
-muerte tienen una sonrisa llena de gracia inconsciente, como en el
-tiempo de la gran Revolución.
-
-
-
-
-CAP. XXX
-
-
-En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el
-timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un
-vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten
-órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas
-geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio
-y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino
-por los pueblos extraños.--Para el alma francesa, armoniosa y clásica,
-el teutón continúa siendo el bárbaro--. Los timbres eléctricos no dejan
-de sonar, y todo se hace despacio, con mesura, sin nervios. De tarde en
-tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda
-cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un
-pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café
-caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es
-tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes
-breves, y el esperar, el esperar atentos.
-
-
-
-
-CAP. XXXI
-
-
-Sobre la gran llanura picarda, la batalla se encrespa. Por el laberinto
-de zanjas cavado a retaguardia de la primera línea de trincheras, y
-camino para llegar a ellas, avanzan escuadras de infantes ingleses y
-franceses, que corren en fila india, resbalando y chapoteando en el
-barro, anhelantes por llegar. Las bombas alemanas ruedan, encendiendo
-los aires en el caos gris de la niebla, y estallan, desmoronando los
-taludes. En algunas ocasiones queda cegado el paso, y la tropa desfila
-bajo la descubierta del fuego enemigo, ligera y dispersa. El vasto campo
-de la batalla se les aparece de pronto, nebuloso y profundo, estremecido
-de instante en instante por las lumbres y el trueno de los cañones.
-Agazapándose, entran otra vez en el laberinto de zanjas, y caminan
-enterrados en el barro hasta las corvas, pero con un aliento nuevo.
-Pelotones de infantes arriban a la primera línea de trincheras por
-diversos caminos y en distantes parajes; el laberinto de zanjas es un
-hormiguero de hombres. Sobre el talud que da vista al campo enemigo, las
-escuadras alínean sus fusiles, y hacen fuego por descargas. Los
-torpedos, al estallar, destruyen los parapetos y sepultan a los hombres;
-trazan en el cielo su lenta curva; caen humeantes; abren hoyos
-profundos. Y, en el fondo de la llanura, flamea sobre el cielo negro el
-resplandor de tres aldeas en llamas, rodeadas de clamores:--Un cerco de
-mujeres trágicas que abrazan a sus hijos, y de viejos que levantan los
-brazos.
-
-
-
-
-CAP. XXXII
-
-
-Filo del amanecer, la infantería de los aliados se lanzó fuera de sus
-trincheras, asaltando las defensas alemanas. Los soldados, tendidos en
-ala, corren con la cabeza baja, alentados por el fuego de la artillería;
-resbalan, caen, chapotean, salvan las zanjas, se desgarran en las
-alambradas. Alguna vez, en los socavones de las balas desaparecen,
-sumiéndose lentamente, y el agua fangosa hace remolino en torno de los
-cascos. Sólo las manos asoman pidiendo auxilio, tan hondo cavaron las
-balas en la tierra. Hay parajes que son verdaderos tremedales. Las
-ametralladoras alemanas cruzan sus fuegos, y filas enteras caen como si
-se doblasen. En medio de la humareda, algunos soldados, muy destacados,
-siguen avanzando a la carrera, la granada en el puño. Las columnas de
-asalto se suceden en oleadas: Los muertos quedan atrás, aplastados sobre
-la tierra, medio desnudos, desgarradas las ropas por las explosiones:
-Los heridos se arrastran por las esguevas, buscan dónde cobijarse, y,
-hallado el seguro, levantan sus clamores pidiendo socorro:
-
---¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!
-
---¡Una gota de agua!
-
---¡Camilleros! ¡Camilleros! ¡Camilleros!
-
---¡Y me dejáis morir!
-
---¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
-
---¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!
-
-La niebla está llena de estas voces perdidas, empañadas de dolor; pero
-las olas de soldados siguen atravesando la llanura, corren de cara a las
-trincheras alemanas atuídas de muertos, y arrojan sus granadas, y dan
-voces con la dramática alegría de la guerra. La llamarada de las aldeas,
-flameando sobre el cielo negro, pasa sobre sus ojos, y les cubre el
-alma de un impulso de ira resplandeciente.
-
---¡Boches! ¡Bárbaros boches!
-
-
-
-
-CAP. XXXIII
-
-
-¡Qué cólera magnífica! ¡Qué chocar y rebotar, qué mítica pujanza tiene
-el asalto de las trincheras! ¡Y qué ciego impulso de vida sobre el fondo
-del dolor y de la muerte! ¡Cómo la gran batalla se quiebra y disloca en
-acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta
-desvanecer por completo su visión estelar en el tumulto del cuerpo a
-cuerpo, y acabar en un grito que es como el canto victorioso del gallo!
-Pero el pensamiento matemático, más fuerte que las vidas y las muertes,
-permanece inmutable en todas las formas de la batalla; es una ley en el
-tumulto de la trinchera, como en el tiro de la artillería. Todas las
-acciones diversas e imprevistas que sobrevienen, hallan un enlace
-armonioso en este formidable acorde. La guerra tiene una arquitectura
-ideal, que sólo los ojos del iniciado pueden alcanzar, y así está llena
-de misterio telúrico y de luz. En ninguna creación de los hombres se
-revela mejor el sentido profundo del paisaje, y se religa mejor con los
-humanos destinos. Por la guerra es eterna el alma de los pueblos. La
-lujuria creadora se aviva por ella, como la antorcha en el viento que la
-quiere apagar. Sólo la amenaza de morir perpetúa las formas terrenales,
-sólo la muerte hace al mundo divino. Si en las claras entrañas de los
-cristales no se engendran hijos es por su ilusión de eternidad, y las
-entrañas de la mujer son fecundas porque son mortales. Los monstruos
-gigantescos que rugieron ante la caverna del adamita, y fueron amenaza
-para todos los seres vivos, perecieron porque la lujuria se enfrió en
-ellos. Como eran llenos de fuerza y de dominio, estaban libres del
-terror de la muerte, y ninguna voz de la naturaleza pudo advertirles que
-no eran eternos. La muerte es la divina causalidad del mundo. ¡Y qué
-mística iniciación de esta verdad tan vieja se desvela en la guerra!
-Aquella ciega voluntad genesíaca que arrastra a los héroes de la
-tragedia antigua, ruge en las batallas.
-
-
-
-
-CAP. XXXIV
-
-
-La infantería avanza en negras oleadas; retiembla la tierra bajo el
-golpe uniforme de las ferradas botas; hay un coro de voces profundas:
-
---¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!
-
-Una convulsión recorre la trinchera, y perdura vibrante en el tintineo
-de las bayonetas. Los alemanes gritan:
-
---¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
-
-Son miles de voces. Asoman apenas las puntas de los cascos, y los
-franceses las aplastan a golpes de granada. Al abrigo de la trinchera,
-desmoronada y llena de muertos, los alemanes hacen fuego de repetición.
-Acompasados, se echan los fusiles a la cara, y disparan. Innumerables
-lagartijas de llama rasgan las tinieblas. La ola de asaltantes, zuavos y
-legionarios extranjeros, penetra en la trinchera, y un bramido bestial
-los acoge. Las granadas ponen fuego en las yacijas de paja y en los
-capotes de los muertos, y el humo y el olor de la carne chamuscada sirve
-de fondo al clamor de los heridos. Un soldado alemán, envuelto en
-llamas, corre a través del campo dando gritos. El incendio, que rampa
-solapado por el fondo de la trinchera, a momentos, bajo el golpe de las
-granadas, se aviva y surge, llenando de reflejos las puntas de los
-cascos y el acero de las bayonetas. Se revela el rostro de los soldados,
-pálidos, salpicados de sangre, cubiertos de lodo, con los ojos agudos
-como puñales.--La artillería de los aliados bombardea el campo que se
-extiende a retaguardia de la trinchera, y su fuego de cortina cierra el
-paso a las reservas que acuden a reforzar la primera línea. Los heridos
-alemanes se incorporan suplicantes:
-
---¡Franceses! ¡Franceses! ¡Camaradas!
-
-Los que restan ilesos arrojan los fusiles y levantan los brazos:
-
---¡Camaradas! ¡Camaradas!
-
-Forman grupos sombríos, atónitos, con una torva expresión de desamparo.
-La derrota los embrutece y envilece:
-
---¡No somos prusianos! ¡Somos bávaros!
-
-Y otro grupo, arrodillado en el fango, con los brazos en alto:
-
---¡Los bávaros no queríamos la guerra! ¡Franceses! ¡Franceses!
-¡Camaradas!
-
-Perdida la esperanza de vencer, ciega como un instinto, ingenua y
-brutal, parecen bueyes desalentados. Los franceses les conceden cuartel
-con el gesto orgulloso de la victoria.
-
-
-
-
-CAP. XXXV
-
-
-Las tropas inglesas atacan en la izquierda del Ancre. Cientos de
-cañones, tronando al mismo tiempo, abren sus rojas golas en la bruma del
-amanecer, y tiembla sobre la tierra un arco de luz. Dura hace tres días
-el bombardeo, dominador y tenaz como el alma de la vieja Inglaterra. Las
-tropas acantonadas en la retaguardia, duermen pesadamente en un sopor de
-olvido, y, cuando llega la hora, el silbato de los sargentos las
-despierta: Se incorporan con rumor de ganado, los ojos cargados de
-visiones: Antes de partir, a la redonda de los bagajes, beben su taza de
-café caliente, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. Con paso
-uniforme van por las carreteras en columna de a cuatro; los capotes
-mojados despiden un vaho acre, y, a poco de iniciada la marcha, ninguno
-habla. Las jornadas parecen interminables para el soldado cuando camina
-así, encerrado en la fila, viendo de continuo la espalda del que marcha
-delante, sintiendo escurrir por la carne el agua que gotea del casco. Es
-un deseo de llegar a la línea de batalla, de estrechar entre las manos
-el fusil que adormece el hombro dolorido, de sentirlo caliente y
-palpitante como una vida. Produce la angustia del mareo el monótono
-compás de los pasos: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
-
-
-
-
-CAP. XXXVI
-
-
-Al amparo de nieblas y tinieblas, las tropas alemanas abandonan las
-trincheras que la artillería enemiga desmorona y aplasta. Inician una
-retirada sigilosa, y aun cuando para encubrirla sostienen el fuego en
-algunos sectores, las patrullas inglesas, que mantienen el contacto,
-descubren la maniobra. Los cañones alargan sus tiros, y comienza el
-bombardeo de la segunda línea. Los reflectores esclarecen el campo, y,
-bajo el cielo nebuloso del alba, pasa un vuelo de aviones. Los alemanes
-se tienden en tierra, cercados por una cortina de fuego; los aviones los
-descubren, y las granadas comienzan a caer sobre ellos. Entre nubes de
-humo y turbonadas de tierra, vuelan los cuerpos deshechos: Brazos
-arrancados de los hombros, negros garabatos que son piernas, cascos
-puntiagudos sosteniendo las cabezas en la carrillera, redaños y
-mondongos que caen sobre los vivos llenándolos de sangre y de
-inmundicias. Los alemanes, viéndose descubiertos, comienzan a gritar:
-
---¡Ingleses! ¡Ingleses! ¡Piedad! ¡Piedad, que somos hombres!
-
-Es un mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en
-la dehesa. Sobre el horizonte tiembla de continuo el resplandor de la
-batalla, y el tronar de la artillería parece una voz que saliese de los
-abismos de la tierra.
-
-
-
-
-CAP. XXXVII
-
-
-La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la
-línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se
-entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al
-viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete
-entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los
-turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como
-figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de
-los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la
-caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros.
-El galope de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de
-evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los
-ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre
-los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos:
-
---¡Piedad! ¡Piedad!
-
-Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con
-los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los
-turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera:
-
---¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel!
-
-Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los
-jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las
-granadas, hacen fuego. Se encabritan los caballos, y corren por el
-campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos,
-levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada
-arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante,
-flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre
-sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un
-terrible grito:
-
---¡Muera Inglaterra!
-
-Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el
-resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de
-muertos, y se tornan a su real.
-
-
-
-
-CAP. XXXVIII
-
-
-El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras
-coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la
-Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la
-batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del
-Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que,
-prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas,
-apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro
-oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de
-planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia de
-dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos
-encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes
-canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La
-frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y
-llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de
-oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga:
-
---¿Hay noticias de los franceses?
-
-Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga
-una hoja:
-
---Aquí está el comunicado, mi general.
-
---¡Bueno! ¿Qué dice?
-
---Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros.
-
-El general joven interrumpe:
-
---Nosotros no habremos hecho ninguno... No haremos prisioneros en muchos
-días.
-
-Los oficiales se miraron, y uno aventuró:
-
---Sin embargo, ayer y hoy nosotros también hemos tenido un gran triunfo.
-
-El General Murray hizo un gesto de asentimiento:
-
---Pero sin prisioneros.
-
-Sir Guillermo Scott, el general viejo, reía con risa cascada, al mismo
-tiempo que se llenaba una copa de whisky:
-
---¡Sin prisioneros! ¿Verdad, señores, que los partes sin prisioneros son
-poco decorativos?
-
-Sir Francisco Murray le miró como se mira a un niño:
-
---Dejemos lo teatral para los alemanes. Nuestros partes son partes
-ingleses. En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso
-castigar la felonía de aquellos prusianos que se acercaron gritando que
-se rendían, y a mansalva, seguros de que los ingleses no pueden tirar
-contra el enemigo que se entrega, atacaron nuestras trincheras con
-granadas de mano.
-
-Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de
-los oficiales interrogó:
-
---Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel?
-
---Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos,
-ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del
-Derecho de Gentes... Pero ahora han sido los soldados quienes olvidaron
-y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de
-imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y
-Oceanía.
-
-Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la
-biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las
-ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes
-la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono
-apareció en la puerta:
-
---Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros!
-
-
-
-
-CAP. XXXIX
-
-
-En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los
-ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un
-ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro,
-que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en
-su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus
-caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo
-las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y
-decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y
-el rostro curtido por todos los soles, la mirada exaltada y mística,
-con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la
-cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus
-jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana
-y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en
-la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los
-jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes
-acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa
-cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los
-héroes jóvenes de la divina Francia.
-
-
-
-
-CAP. XL
-
-
-Ipres y Arras, Verdun y Reims, Thann y Metzeral, son grandes
-campamentos. A lo largo de las carreteras, bajo los árboles desmochados,
-en la puerta de los ventorros, por los establos de las granjas, todo a
-la redonda de las heroicas ciudades, está lleno de soldados. Patrullas
-de caballería, con grande y sonoro estrépito, galopan por las carreteras
-y atraviesan los dormidos burgos. En el fondo de los bosques, soldados
-con el torso desnudo sacrifican vacas y novillos. Las reses muertas
-cuelgan de las fuertes ramas, y las que van a morir rebullen
-acobardadas, dando tirones al ronzal. Por los verdosos y nebulosos ríos
-bajan los barcos hospitales. Atracan en los remansos para sepultar a los
-muertos, y vuelven a navegar, sonando una campana. Grupos de soldados, a
-la puerta de los alojamientos, limpian las armas, almohazan los
-caballos, aparejan los tiros y estiban las municiones en los carros.
-Escuadras de infantes vivaquean en el lindero de los bosques: Algunos se
-bañan en los arroyos: Otros, a la puerta de los albergues, entre los
-carros y las yuntas, fuman sus negras pipas, mientras los fuertes
-frisones de redondos cascos, trituran el pienso de avena, sepultado el
-hocico en un talego, y humillada la cerviz. Ruedan los convoyes en la
-niebla del amanecer, despacio, con un vaivén pesado. Bajo la lona sucia
-se perfila la forma rígida de los cañones, y en el izquierdo del tiro
-cabalga algún soldado veterano, de rojo mostacho partido en dos pábilos,
-y ojos aldeanos, claros ojos acostumbrados a mirar muy lejos, como los
-del marino, pero menos bruscos, y más llenos del amor de las cosas. Por
-todos los caminos que conducen al frente de batalla desfilan los largos
-convoyes, y, para disimularlos a la escudriña de los aviones enemigos,
-los carros van cubiertos de ramajes: Desfilan abriendo hondas rodadas, y
-las escoltas, repartidas a uno y otro lado, marchan en silencio. Los
-carros verdeantes de las ametralladoras tienen un vivo traqueteo, y
-entre unos y otros ruedan los que conducen las pesadas y plomizas cajas
-de municiones. En la retaguardia de las trincheras se tienden bosques
-quemados por los gases asfixiantes, granjas saqueadas, aldeas en
-escombros, iglesias con el campanario mocho... Es una sucesión de
-imágenes desoladas que no se interrumpe desde la costa norteña a los
-montes de Alsacia. En los atrios de las viejas ciudades estallan las
-granadas, caen las piedras de las catedrales, los pórticos coronados de
-santos tiemblan en sus cimientos, se rompen los rosetones, y las
- golondrinas vuelan asustadas por las naves
- desiertas. En la luz del día que
- comienza, la tierra, mutilada
- por la guerra, tiene una
- expresión dolorosa,
- reconcentrada
- y terrible.
-
- [imagen no disponible]
-
- ESTE LIBRO
- ACABÓ DE PUBLICARSE EN
- MADRID
- EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA
- CALLE DEL CARDENAL CISNEROS, 10
- EL DÍA 30 DE JUNIO
- DE MCMXVII
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La media noche, by Ramón del Valle-Inclán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE ***
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
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-works.
-
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-The Project Gutenberg EBook of La media noche, by Ramón del Valle-Inclán
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-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
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-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-
-Title: La media noche
- visión estelar de un momento de guerra
-
-Author: Ramón del Valle-Inclán
-
-Release Date: August 28, 2017 [EBook #55448]
-
-Language: Spanish
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE ***
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-
-Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto
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-<p class="cb"><span class="rojo">LA &nbsp; MEDIA &nbsp; NOCHE</span></p>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""
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-<tr><td>
-<a href="#CAP_I">CAP. I,</a>
-<a href="#CAP_II">II,</a>
-<a href="#CAP_III">III,</a>
-<a href="#CAP_IV">IV,</a>
-<a href="#CAP_V">V,</a>
-<a href="#CAP_VI">VI,</a>
-<a href="#CAP_VII">VII,</a>
-<a href="#CAP_VIII">VIII,</a>
-<a href="#CAP_IX">IX,</a>
-<a href="#CAP_X">X,</a>
-<a href="#CAP_XI">XI,</a>
-<a href="#CAP_XII">XII,</a>
-<a href="#CAP_XIII">XIII,</a>
-<a href="#CAP_XIV">XIV,</a>
-<a href="#CAP_XV">XV,</a>
-<a href="#CAP_XVI">XVI,</a>
-<a href="#CAP_XVII">XVII,</a>
-<a href="#CAP_XVIII">XVIII,</a>
-<a href="#CAP_XIX">XIX,</a>
-<a href="#CAP_XX">XX,</a>
-<a href="#CAP_XXI">XXI,</a>
-<a href="#CAP_XXII">XXII,</a>
-<a href="#CAP_XXIII">XXIII,</a>
-<a href="#CAP_XXIV">XXIV,</a>
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-<a href="#CAP_XXVI">XXVI,</a>
-<a href="#CAP_XXVII">XXVII,</a>
-<a href="#CAP_XXVIII">XXVIII,</a>
-<a href="#CAP_XXIX">XXIX,</a>
-<a href="#CAP_XXX">XXX,</a>
-<a href="#CAP_XXXI">XXXI,</a>
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-<a href="#CAP_XXXIII">XXXIII,</a>
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-<a href="#CAP_XL">XL</a>
-</td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p>
-
-<div class="blkk"><div class="blkkk">
-<h1>
-LA &nbsp; MEDIA &nbsp; NOCHE <img src="images/rose.jpg"
-width="36"
-alt=""
-/><br />
-<small>VISIÓN &nbsp;ESTELAR&nbsp; DE &nbsp; VN<br />
-MOMENTO &nbsp; DE &nbsp; GVERRA<br />
-
-<img src="images/clover.jpg"
-width="22"
-alt=""
-/> &nbsp; <small>POR &nbsp; DON &nbsp; RAMÓN &nbsp; DEL<br />
-VALLE-INCLÁN</small></small> <img src="images/clovers.jpg"
-width="150"
-alt=""
-/></h1>
-</div></div>
-
-<p class="cb">
-<span class="rojo">MADRID, &nbsp; MCMXVII</span><br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="BREVE_NOTICIA" id="BREVE_NOTICIA"></a>BREVE NOTICIA</h2>
-
-<p>Era mi propósito condensar en un libro los varios y diversos lances de
-un día de guerra en Francia. Acontece que, al escribir de la guerra, el
-narrador que antes fué testigo, da a los sucesos un enlace cronológico
-puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que
-nos veda ser a la vez en varias partes. Y como quiera que para recorrer
-este enorme frente de batalla, que desde los montes alsacianos baja a la
-costa del mar, son muchas las jornadas, el narrador ajusta la guerra y
-sus accidentes a la medida de su caminar: Las batallas comienzan cuando
-sus ojos llegan a mirarlas: El terrible rumor de la guerra se apaga
-cuando<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> se aleja de los parajes trágicos, y vuelve cuando se acerca a
-ellos. Todos los relatos están limitados por la posición geométrica del
-narrador. Pero aquel que pudiese ser a la vez en diversos lugares, como
-los teósofos dicen de algunos fakires, y las gentes novelescas de
-Cagliostro, que, desterrado de París, salió a la misma hora por todas
-las puertas de la ciudad, de cierto tendría de la guerra una visión, una
-emoción y una concepción en todo distinta de la que puede tener el
-mísero testigo, sujeto a las leyes geométricas de la materia corporal y
-mortal. Entre uno y otro modo habría la misma diferencia que media entre
-la visión del soldado que se bate sumido en la trinchera, y la del
-general que sigue los accidentes de la batalla encorvado sobre el plano.
-Esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta
-comprensión que parece fuera del espacio y del tiempo, no es sin embargo
-ajena<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> a la literatura, y aun puede asegurarse que es la engendradora de
-los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y
-dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato
-máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de
-infinitos ojos que cierran el círculo. Cuando los soldados de Francia
-vuelvan a sus pueblos, y los ciegos vayan por las veredas con sus
-lazarillos, y los que no tienen piernas pidan limosna a la puerta de las
-iglesias, y los mancos corran de una parte a otra con alegre oficio de
-terceros; cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se
-rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de
-miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo
-habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces
-la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión
-de todo el pueblo<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> que estuvo en la guerra, y vió a la vez desde todos
-los parajes todos los sucesos. El círculo, al cerrarse, engendra el
-centro, y de esta visión cíclica nace el poeta, que vale tanto como
-decir el Adivino.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión
-astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma,
-desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en
-el empeño, mi droga indica en esta ocasión me negó su efluvio
-maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que un
-balbuceo del ideal soñado. Volveré a Francia y al frente de batalla para
-acendrar mi emoción, y quién sabe si aun podré realizar aquel orgulloso
-propósito de escribir las visiones y las emociones de <span class="smcap">Un día de guerra</span>.</p>
-
-<p class="r">
-V.-I.<br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span></p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="nind">
-<span class="letra"><img src="images/ill_f.jpg"
-width="90"
-alt="F"
-/></span><i>ilo de media noche encendí la lámpara. Me puse delante, y mi
-sombra cubría el muro. Abrí el libro y deletreé las palabras con
-que se desencarna el alma que quiere mirar el mundo fuera de
-geometría. Después apagué la lámpara y me acosté sobre la tierra
-con los brazos en cruz como el libro previene. Artephius, astrólogo
-siracusano, escribió este libro, que se llama en latín</i> <span class="smcap">Clavis
-Mayores Sapientæ</span>.</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="CAP_I" id="CAP_I"></a><span class="rojo">
-<img src="images/title.jpg"
-width="450"
-alt="LA MEDIA NOCHE; CAP. I."
-/></span></h2>
-
-<p class="nind">
-<span class="letra"><img src="images/ill_s.jpg"
-width="150"
-alt="S"
-/></span>ON LAS DOCE DE LA NOCHE. La luna navega por cielos de claras estrellas,
-por cielos azules, por cielos nebulosos. Desde los bosques montañeros de
-la región alsaciana, hasta la costa brava del mar norteño, se acechan
-dos ejércitos agazapados en los fosos de<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> su atrincheramiento, donde
-hiede a muerto como en la jaula de las hienas. El francés, hijo de la
-loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición, están otra
-vez en guerra. Doscientas leguas alcanza la línea de sus defensas desde
-los cantiles del mar hasta los montes que dominan la verde plana del
-Rhin. Son cientos de miles, y solamente los ojos de las estrellas pueden
-verlos combatir al mismo tiempo, en los dos cabos de esta línea tan
-larga, a toda hora llena del relampagueo de la pólvora y con el trueno
-del cañón rodante por su cielo.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_II" id="CAP_II"></a>CAP. II</h2>
-
-<p>Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de
-lluvias y avenidas<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones
-corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo
-cenagoso, y ráfagas de viento traen frías pestilencias de carroña. En el
-talud de las trincheras los zapadores han cavado hondos abrigos donde se
-guarecen escuadras de soldados, y en los lugares más propicios para las
-escuchas y centinelas, silos con miraderos disimulados entre pedruscos y
-ramajes. Desde estas atalayas se hace la descubierta de las líneas
-enemigas, y los artilleros, comunicándose por sus teléfonos, regulan el
-tiro de los cañones, siempre emplazados más atrás que las primeras
-defensas. Ante los dos fosos enemigos se tienden campos de espinosas
-alambradas, y hay esguevas donde los muertos de las últimas jornadas se
-pudren sobre los huesos ya mondos<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> de aquellos que cayeron en los
-primeros días de la invasión. La tierra en torno está como arada. La
-metralla taló los árboles y abrasó la yerba. Del fondo de las trincheras
-surgen cohetes de luces rojas, verdes y blancas, que se abren en los
-aires de la noche oscura, esclareciendo brevemente aquel vasto campo de
-batallas. Corre un alerta desde los cantiles del mar norteño, hasta los
-bosques montañeros que divisan el Rhin.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_III" id="CAP_III"></a>CAP. III</h2>
-
-<p>En las sombras de la noche, largos convoyes que llevan municiones al
-frente de batalla, ruedan por los caminos. Los cohetes de las trincheras
-abren sus rosas en el aire,<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> los reflectores exploran la campaña y la
-esclarecen hasta el confín lejano de bosques y montes. Se muestra de
-pronto el espectro de un pueblo en ruinas, quemado y saqueado, mientras
-por la carretera, en el lostrego del reflector, corre cojeando algún
-perro sin dueño. Al abrigo de los bosques, filas y filas de carros
-esperan inmóviles la orden de ruta, con los soldados de la escolta
-descansando al borde del camino y fumando una pipa de tabaco belga. Se
-oye el cañón, cuándo lento, cuándo en vivo fuego de ráfagas, y los
-soldados hacen conjeturas con palabras breves, casi indiferentes. Llega
-un ciclista sonando el timbre tercamente: Trae la orden de ruta que el
-sargento deletrea a la luz de una linterna, y el convoy se pone en
-marcha. Todos los caminos de la retaguardia sienten<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> el peso de los
-carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con
-estridente son de hierros. Ruedan con los faroles apagados, informes
-bajo las estrellas, sumidos unas veces en la sombra de las arboledas, y
-otras destacando su línea negra por alguna carretera blanquecina y
-desnuda. Son tantos que no se pueden contar, son cientos y cientos.
-Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca
-de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_IV" id="CAP_IV"></a>CAP. IV</h2>
-
-<p>Y la luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por
-cielos de borrasca: Sobre las doscientas leguas de foso<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> cenagoso, los
-cohetes abren sus rosas, tiembla la luz de los reflectores, y en la
-tiniebla del cielo bordonean los aviones que llevan su carga de
-explosivos para destruir, para incendiar, para matar... Ocupan la
-carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes
-de la tragedia antigua del vértigo erótico. Vestidos de pieles, con
-grandes gafas redondas, y redondos cascos de cuero, tienen una forma
-embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos. Vuelan
-contra el viento y a favor del viento, les dicen su camino las
-estrellas. Unos van perdidos atravesando cóncavos nublados, otros
-planean sobre el humo y las llamas de los incendios, otros van en la luz
-de la luna, tendidos en escuadrilla. Aquel que zozobra entre ráfagas de
-agua y viento del mar, es de<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> un aerodromo inglés, en la Picardia. Y
-estos que retornan y aterrizan en silencio, son franceses: Partieron en
-el anochecido, eran siete y no son más que cinco: Tras ellos queda
-ardiendo un tren de soldados alemanes. Los pilotos saltan sobre la
-yerba, y se alejan entumecidos, mientras algunos soldados con linternas,
-empujan los aviones bajo los cobertizos, y vierten cubos de agua en los
-motores recalentados. Es un campo de aviación a retaguardia de las
-líneas donde se batalla, en un paraje llano revestido de céspedes.
-Ligeras tiendas, grandes cobertizos, alpendes y galpones, hacen ruedo
-sobre la yerba, tienen el color de la noche y se desvanecen en ella:
-Sólo realza sus siluetas la luna cuando navega por claros cielos
-estrellados.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_V" id="CAP_V"></a>CAP. V</h2>
-
-<p>Granizos y ventiscas en los montes alsacianos y en los Vosgos.&mdash;Ya cantó
-dos veces el gallo.&mdash;Las trincheras tienen una cresta blanca, y,
-soterrados en ellas, vestidos de pieles como pastores, los centinelas
-acechan el campo enemigo, asomando apenas tras el parapeto cubierto de
-nieve. Hay un cañoneo lento, que tiene largas y encadenadas resonancias.
-La luz de los reflectores vuela sobre las cumbres, llega al fondo de las
-selvas, ilumina el tronco de los abetos y el albo talud de las zanjas,
-por donde corren en fila india los soldados que acuden a reforzar las
-defensas del Hartmanwillerkopf.-<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span>-El Viejo Armando, en la jerga de los
-peludos.&mdash;Sobre el sudario de la nieve, los cohetes abren sus rosas de
-colores. Entre Thann y Metzeral se ha iniciado un fuego de ráfagas, y en
-los puestos de escucha, los canes, agazapados a la vera de los soldados,
-se avizoran.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_VI" id="CAP_VI"></a>CAP. VI</h2>
-
-<p>El sargento de un retén, en lo alto de la montaña, destaca dos
-centinelas de pérdida: Salen cautelosos, arrastrándose sobre la nieve,
-se sumen en la noche. La trinchera alemana, toda bardelada y defendida
-por espinosa red de alambre, está al otro lado de un calvero, no más
-lejos de cien pasos.<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> Las grandes balas cruzan silbando, y, de tiempo en
-tiempo, un abeto viene a tierra con sordo rumor de marejada. Los
-soldados corren en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros
-levantados. Cruje otro tronco. La metralla está segando el bosque: Donde
-cae una bomba fulmina una llama. Los dos centinelas de pérdida se
-arrastran cautelosos, y, cuando el lostrego de los reflectores explora y
-revela el campo, quédanse aplastados: Con las carnes estremecidas, pisan
-sobre un montón de cadáveres medio enterrados en la nieve: Al pisar,
-parece que se les incorporan bajo los calcañares. Los dos centinelas
-pasan sobre los muertos llevándose su olor: Ya tocan las alambradas, y
-en aquel momento una violenta sacudida los echa por los aires con las
-ropas encendidas:<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> El repuesto de cartuchos que llevan en las cananas
-estalla como una cohetada: Caen ardiendo, simulan dos peleles. De los
-cascos sale una llama azul. Los soldados franceses, desde sus
-trincheras, miran el suceso con pena. En el Observatorio de
-Langenfeldkopf, un teniente murmura hablando con su compañero:</p>
-
-<p>&mdash;Los boches han reforzado sus defensas con un cable eléctrico, imitando
-lo que hicimos nosotros en la Indo-China.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_VII" id="CAP_VII"></a>CAP. VII</h2>
-
-<p>Los alemanes, aprovechando la oscuridad de la noche, salen de sus
-trincheras y llegan a las defensas avanzadas de los franceses. De<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span>
-pronto el ladrido de un perro da el alerta, y la luz de un reflector los
-descubre arrastrándose sobre la nieve, rota la formación y muy
-dispersos. Los franceses abren el fuego. Los alemanes, con impulso
-unánime, se incorporan y corren hacia las líneas enemigas arrojando
-granadas de mano. Cuando unos caen, otros los secundan: Suben
-arrastrándose, combaten en oleadas. Los franceses, al abrigo de sus
-defensas, hacen fuego de fusil. Es una avanzada de veteranos alpinos, y
-en pocos instantes sólo quedan setenta hombres ilesos. Las granadas caen
-dentro de la trinchera. Están rotos los hilos del teléfono, y dos
-soldados se destacan voluntarios para reparar la avería: Estalla una
-granada, y dobla al uno sobre el otro: Quedan en un escorzo blando, sin
-horror, como dos hermanos que<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> se besan. El teniente de la segunda
-compañía, metido en la garita del teléfono, escribe un parte. Se oyen
-los gritos de los alemanes al penetrar en la trinchera. El teniente
-dobla el papel y lo sujeta bajo el collar de un perro que espera
-moviendo la cola: Le halaga, le saca fuera y lo hace rastrear. Parte el
-can como una centella. El teniente da algunos pasos y tropieza con un
-herido que se queja caído en el fondo de la trinchera. Otro se venda la
-frente algo más lejos. El Teniente Breal los anima con una gran voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la Francia! ¡Arriba los muertos!</p>
-
-<p>Y los muertos se levantan, y hay una gran basculada dentro de aquel foso
-lleno de oscuridad, de fango y de tumulto. Dos ametralladoras francesas
-rompen el fuego sobre el árido descampado por donde avanzan los
-alemanes.<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> Sus tiros se cruzan metódicamente como una expresión
-matemática, indiferente y cruel a los hombres. A través de la selva
-nevada huye la sombra del can: Corre al flanco de un foso, entra por una
-senda donde están detenidos muchos carros en fila: Aparece y desaparece:
-Salva de un salto el ramaje de los abetos caídos sobre el camino: Corre
-con el ijar sobre la tierra: Bajo la luz de los reflectores se agacha
-igual que hacen los soldados. Vuelve a vérsele sobre la orilla del foso,
-rastrea, desciende por el talud, se mete por el fondo y, moviendo la
-cola, entra en una casamata. Dos oficiales escriben a la luz puntiaguda
-de un quinqué, y el can, haciendo corcovos, se coloca entre ellos, de
-manos sobre la mesa. El Teniente Rousell le halaga y saca el parte que
-lleva sujeto en el<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> collar. Comienza a leerlo, y el otro oficial lo va
-silabeando delante del teléfono:</p>
-
-<p>&mdash;Comandancia de brigada.&mdash;Transmito parte del Teniente Breal.&mdash;2.ª
-Compañía de Cazadores Alpinos.&mdash;Fuerzas alemanas, con un golpe de mano,
-han conseguido penetrar en nuestras defensas. Me sostengo con los
-hombres que me quedan, pero necesito ser auxiliado urgentemente. Tengo
-el mando por desaparición del Capitán Douchesne.&mdash;<span class="smcap">Teniente Breal.</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_VIII" id="CAP_VIII"></a>CAP. VIII</h2>
-
-<p>Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero
-luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> enemigos galguean
-por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo
-cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la
-tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral
-está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del
-río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y
-humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo
-de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En
-los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen
-mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las
-esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas.
-Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> de
-otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la
-mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se
-queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de
-tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo,
-duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle
-los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un
-repente, y descubre el rostro pálido del pequeño:</p>
-
-<p>&mdash;¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo!</p>
-
-<p>El hombre calla, y la mujer mira al marido:</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto...
-¡Dámele!</p>
-
-<p>El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora:<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices!</p>
-
-<p>La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada,
-dando gritos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!</p>
-
-<p>El padre murmura sombriamente:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aun no!</p>
-
-<p>También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los
-brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la
-nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue
-gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!</p>
-
-<p>El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella:<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Calla, hija mía! ¡Calla!</p>
-
-<p>La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente,
-la barba del padre. Pero luego torna a suspirar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Se murió nuestro bebé!</p>
-
-<p>Y comienza la madre:</p>
-
-<p>&mdash;¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios!</p>
-
-<p>Tiene el gesto obstinado, y los ojos secos. Con dos dedos oprime los
-párpados rígidos de su niño muerto. Los cazadores alpinos desfilan hacia
-las trincheras, pasan sin verlos, encorvados bajo la borrasca de nieve.
-Se hunde el techo de una casa, y en las calles desiertas resuena el
-galope de las vacas perdidas, con el tolón, tolón de los cencerros. El
-cañoneo, terco y lento, no cesa entre las dos hogueras de Thann y
-Metzeral.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_IX" id="CAP_IX"></a>CAP. IX</h2>
-
-<p>¡Los ecos de la guerra se enlazan desde la costa norteña hasta los
-montes alsacianos! Al estampido de las bombas surgen las llamas de los
-incendios: Arden las mieses, y las sobrecogidas aldeas, y las ciudades
-que lloran al derrumbarse las torres de sus catedrales. Caen miles y
-miles de soldados en la gran batalla nocturna, y quedan rígidos y fríos
-bajo el temblor de las estrellas. Las escuadras se aclaran de pronto: A
-veces, rompiéndose por el centro para buscar el ataque de flanco, a
-veces bajo una bomba que estalla y abre en ellas brecha como en el
-fuerte muro de un castillo. Las ametralladoras<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> cruzan sus fuegos
-haciendo raya, desgranan sus tiros sobre anchos espacios, arrasan las
-líneas de soldados: Unos, caen al modo de peleles recogiendo
-grotescamente las piernas; otros, abren los brazos y quedan aplastados
-sobre la tierra; otros, se doblan muy despacio sobre el hombro del
-camarada. Y entre tan diversos modos de morir, se arrastran los heridos
-oprimiéndose las carnes desgarradas, sintiendo fluir por entre los dedos
-la sangre tibia, dilatados los ojos con el horror de ser hechos
-prisioneros. Miles de cañones hacen fuego en batería, y bajo el impulso
-de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y
-profunda que tienen las gatas al parir.</p>
-
-<p>Por caminos que cavaron los zapadores, y alcanzan hasta la línea de
-fuego, los camilleros<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> conducen a los heridos. El primer socorro se les
-prestó en la trinchera al amparo de profundas casamatas que tienen
-charcos de sangre en el piso terreño, y el aire impregnado de olor a
-cloroformo. Sobre la cuneta de las carreteras, procurando el socaire de
-bosques y colinas, esperan inmóviles, en largas hileras, los carros de
-la Cruz Roja. Las ambulancias están en la retaguardia, repartidas por
-los graneros y establos de las quintas, en las salas de los castillos,
-en los cafés con espejos rayados y tules para las moscas, en las cuevas
-de los pueblos aun ardiendo. ¡El dolor de la guerra estremece y conforta
-el alma de Francia!<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_X" id="CAP_X"></a>CAP. X</h2>
-
-<p>Nieblas espesas en la costa del mar.&mdash;Ya cantó dos veces el gallo.&mdash;Las
-estrellas tiemblan sobre la gran plana inundada de las Flandes. Cerca de
-Furnes, en un estero, la marinería desembarcada de la escuadra forma la
-vanguardia. Sopla el viento del mar, y la resaca arrastra hacia la
-orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados
-alemanes: Flotan entre aguas: Una ola los levanta en la espumosa cresta,
-otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la
-arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente. La escuadra de
-marineros que acordona la playa permanece silenciosa, mirando al
-horizonte rizado y sin fondo. Son pescadores<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> de Normandía y de Bretaña,
-mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar,
-abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Muchos rezan en voz
-baja, acordándose de las apariciones en los cementerios y en los pinares
-de sus aldeas; otros trincan aguardiente y humean la pipa; tal vez
-alguno prueba a cantar. La luna navega en cerco de nieblas, y los
-cuerpos hidrópicos de los soldados alemanes vienen y van con la resaca.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XI" id="CAP_XI"></a>CAP. XI</h2>
-
-<p>Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera
-redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños,
-sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos
-que<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se
-destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien:</p>
-
-<p>&mdash;Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?...</p>
-
-<p>Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El
-teniente comprende y sonríe:</p>
-
-<p>&mdash;¿No será mejor enterrarlos?</p>
-
-<p>&mdash;Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los
-lleve el viento.</p>
-
-<p>De un grupo de marineros salen diferentes voces:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!...</p>
-
-<p>Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo.
-Un marinero de la costa bretona se santigua:<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos!</p>
-
-<p>El oficial hace un gesto de indiferencia:</p>
-
-<p>&mdash;Pues que se los lleve el viento.</p>
-
-<p>&mdash;¡A la orden, mi teniente!</p>
-
-<p>El grupo de marineros se dispersa por la playa, y los unos a los otros
-se van diciendo de quedo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hala! A ponerles velas.</p>
-
-<p>Alguno pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el teniente?</p>
-
-<p>&mdash;Es el teniente quien lo manda.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XII" id="CAP_XII"></a>CAP. XII</h2>
-
-<p>La marinería se arremanga y entra chapoteando por el agua llena de
-fosforescencias. A lo largo de la playa flotan más de cien cadáveres<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span>
-alemanes inflados y tumefactos. Uno hay que no tiene cabeza; otros
-descubren en el vientre y en las piernas lacras amoratadas, casi negras.
-Comienza la faena de ponerles velachos con las pértigas y lienzos de las
-tiendas. Valiéndose de los bicheros, les hacen brechas en la carne
-hidrópica, y clavan los astiles donde van las lonas. Luego,
-supersticiosos y diestros, los empujan hasta encontrar calado: Sesgan la
-vela buscando que la llene el viento, y, al tobillo o al cuello, les
-amarran las escotas. Los muertos se alejan de la playa como una
-escuadrilla de faluchos: Se les ve alinearse bajo la luna, y partir
-hacia el horizonte marino empujados por la fresca brisa que sopla del
-tercer cuadrante. Pasa un aliento de alegría sobre aquellas almas
-infantiles y crédulas. Un grumete, con<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> la gorra en la mano, y las luces
-de las estrellas en los ojos fervorosos, clama en su vieja lengua
-céltica:</p>
-
-<p>&mdash;¡Madre del Señor! ¡Ya no tengo miedo a los muertos!</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XIII" id="CAP_XIII"></a>CAP. XIII</h2>
-
-<p>Lento cañoneo del lado de Ipres. Por el fondo de la trinchera corre un
-arroyo de fango; los centinelas se agazapan con los fusiles apoyados
-sobre el talud; pequeñas escuadras de soldados dormitan en los abrigos
-cavados a lo largo del foso. De tiempo en tiempo, los pasos del oficial
-que recorre la línea se detienen a la entrada:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ánimo, muchachos!<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span></p>
-
-<p>Los soldados se remueven en la sombra haciendo marea, responden
-runflando, palpan a tientas los fusiles. El oficial se aleja, sigue
-recorriendo las avanzadas. Muchos peludos, cubiertos con encerados,
-descansan echados en el fondo de la trinchera, y sobre las cajas de
-granadas de mano reclinan la cabeza. El oficial pasa entre ellos
-despacio y tentando con el bastón. De pronto, algún centinela que
-dormita, se despierta sobresaltado y dispara su fusil. Corre la alarma.
-Hay fusiladas caprichosas; vuelan los cohetes, y los peludos que reposan
-en el fondo de la trinchera se incorporan, metiendo la mano en las cajas
-de granadas. El fuego se extingue lentamente; la línea vuelve a quedar
-en sombra, estremecida y vigilante, en una espera tensa, que agota más
-que la lucha.<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XIV" id="CAP_XIV"></a>CAP. XIV</h2>
-
-<p>No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma,
-al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La
-ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es
-un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro
-calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados
-asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre
-la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con
-las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la
-hondura tenebrosa del zaguán,<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> donde se amontonan los ajuares. Se aleja
-un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo
-alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las
-casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que
-levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en
-pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses,
-en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de
-niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al
-abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que
-se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se
-van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello
-despeinado, los ojos llorosos. Llegaron<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> poco hace huídas de Combles. El
-padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un
-soldado alemán.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XV" id="CAP_XV"></a>CAP. XV</h2>
-
-<p>El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después
-la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de
-luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y
-sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo
-como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno
-la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la
-carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span>
-el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La
-carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes
-molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos
-sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro
-vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y
-se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la
-cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz
-llena de pena:</p>
-
-<p>&mdash;¿Falta mucho, amigo?</p>
-
-<p>El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes:</p>
-
-<p>&mdash;Menos que al principio.</p>
-
-<p>La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura:</p>
-
-<p>&mdash;¡Se me abre el cuerpo de dolor!<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XVI" id="CAP_XVI"></a>CAP. XVI</h2>
-
-<p>De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra.
-Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se
-la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre
-interroga a las muchachas:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero
-qué sucede?</p>
-
-<p>El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro:</p>
-
-<p>&mdash;¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto.</p>
-
-<p>Estaba tendido en medio de la carretera,<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> casi llenándola de lado a
-lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo
-fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la
-pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado
-del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y
-las cuatro patas en alto:</p>
-
-<p>&mdash;¡Lástima de bestia!</p>
-
-<p>El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres
-mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una
-tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay
-largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de
-ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que
-no se pueden contar. Dos automóviles<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> pasan veloces; dejan un rastro de
-polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de
-jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una
-difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en
-herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una
-aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el
-carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras
-de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las
-muchachas no cesa en su queja:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor!<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XVII" id="CAP_XVII"></a>CAP. XVII</h2>
-
-<p>Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de
-cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos
-de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la
-carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se
-percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados
-identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo
-el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí hay quien no tiene cabeza!</p>
-
-<p>Y otra voz lejana interroga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es un zuavo?<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span></p>
-
-<p>&mdash;Un zuavo.</p>
-
-<p>&mdash;Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa.</p>
-
-<p>Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces,
-guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero
-que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera,
-da una voz hablando a los del otro cabo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya pareció aquello!</p>
-
-<p>Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado
-clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta
-fuera:</p>
-
-<p>&mdash;¡Está abierta la cama para otros tres boches!</p>
-
-<p>Responden del camino:</p>
-
-<p>&mdash;¡Allá van!<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span></p>
-
-<p>Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan
-rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los
-sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa.
-Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la
-señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas
-de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido
-la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre.
-Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente
-esparcidos sobre la orilla del camino.<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XVIII" id="CAP_XVIII"></a>CAP. XVIII</h2>
-
-<p>El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas
-iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen
-hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la
-plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas
-desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital,
-todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran
-tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran
-rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos
-hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> congoja, y la
-monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco,
-alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro
-se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa,
-resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo
-sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas
-con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada.
-Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ave María Purísima!</p>
-
-<p>&mdash;¡Sin pecado concebida!</p>
-
-<p>Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y
-brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo
-los pañales a un recién nacido. Las<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> dos hermanas vuelven los ojos a la
-madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las
-empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría
-en fuerza de limpia y desnuda.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XIX" id="CAP_XIX"></a>CAP. XIX</h2>
-
-<p>Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí,
-bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el
-gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al
-entrar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienen estas niñas?</p>
-
-<p>Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías!<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p>
-
-<p>Se sienta cerca de la madre:</p>
-
-<p>&mdash;Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo.</p>
-
-<p>La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...?</p>
-
-<p>&mdash;De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca
-el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie
-atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el
-abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su
-verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve,
-como hace el vino con los borrachos.</p>
-
-<p>Una de las muchachas murmura crispada:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es el odio a Francia!<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p>
-
-<p>El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano:</p>
-
-<p>&mdash;Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que
-tienen abolengo.</p>
-
-<p>Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como
-las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a
-ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada,
-con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas
-ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la
-más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta,
-delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de
-tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que
-debió ser llena de gracia. Tiene el cabello<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> fosco, y cuando lo aparta
-de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura.
-Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez,
-que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira
-de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las
-ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre
-de arriba abajo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora
-que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido...</p>
-
-<p>La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara
-con las manos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero
-llevar este contagio<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena,
-yo me mataré!</p>
-
-<p>Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los
-dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos
-de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de
-aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con
-una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto!</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XX" id="CAP_XX"></a>CAP. XX</h2>
-
-<p>Cerca del amanecer llega un convoy de heridos. Bajo las acacias
-desmochadas se tienden cuarenta carros de la Cruz Roja. Falta<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> sitio, y
-las monjitas belgas, refugiadas en aquel hospital de una villa francesa,
-ofrecen sus celdas y sus lechos, blancos como altares, para los soldados
-de la República. Los corredores rebosan de heridos. Yacen las camillas a
-uno y otro rumbo del muro, formando una vía dolorosa llena de quejas y
-largos ayes. Algunos heridos leves, pálidos y soñolientos, con los
-vendajes salpicados de sangre y de barro, descansan en los bancos del
-locutorio. La escalera está llena de soldados dormidos, con las mochilas
-por cabezal: Se arrebujaban en pardas mantas, exhalaban un vaho húmedo:
-Son bisoños aspeados, y tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo
-techado, tiran la mochila por delante y se tumban.&mdash;Los corredores están
-llenos de movimiento, de voces y de lodo. En el camino<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> que forman las
-dos hileras de camillas, los clavos de las fuertes botas militares dejan
-su impronta. Al ruido de los pasos, una mano, que muestra su lividez
-bajo la suciedad del barro y de la pólvora, levanta el hule del
-cabecero:</p>
-
-<p>&mdash;¡Me muero de sed! ¡Me muero de sed!</p>
-
-<p>Es una voz sofocada. Se ve la frente envuelta en vendajes de gasa con
-roeles de sangre fresca, y todo el rostro desaparece bajo los vendajes.
-De otras camillas se escapa una queja débil, de otras palabras
-acalenturadas, estertores, gritos de delirio, también hay algunas en
-silencio profundo, como féretros. Los gritos, las suplicaciones, las
-frases caóticas devanadas sin tregua, hacen babel. Un herido no cesa de
-gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Los ingleses! ¡Los ingleses!<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span></p>
-
-<p>Retiembla la camilla, saca los brazos agitando las manos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Los ingleses! ¡Los ingleses!</p>
-
-<p>Y siempre lo mismo, el mismo sopor inexpresivo en el grito, el mismo
-pensamiento oscuro dando vueltas como la piedra de un molino. Era más
-angustioso de oír que una queja desgarrada. Otro herido da voces
-heroicas; otro, ríe con gran jolgorio:</p>
-
-<p>&mdash;¡No te vayas, Juana! ¡Escucha, Juanita!... ¡Ja, ja!... ¡Si no te
-pellizco!</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXI" id="CAP_XXI"></a>CAP. XXI</h2>
-
-<p>En la sala de operaciones, blanca e iluminada, médicos y enfermeros con
-delantales, no se dan reposo lavando heridas, restañando<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> la sangre,
-rasgando vendajes. Sobre los tableros de mármol, las lámparas de alcohol
-levantan sus lenguas azules; los ayudantes desinfectan tijeras y pinzas;
-el olor del cloroformo, olor a manzanas, satura el aire. El Doctor
-Verdier murmura mientras desnudan a un herido:</p>
-
-<p>&mdash;Me temo que seamos desbordados... Habrá que ver de habilitar la
-iglesia, porque aquí pronto nos faltará sitio. ¿Y paja? ¿Tendremos paja
-para hacer camastros?</p>
-
-<p>Está librándose una gran batalla; se oye el bombardeo lejano y
-constante. Patrullas de caballería, carros de ametralladoras, convoyes
-de municiones escoltados por tropas de infantes, desfilan sin intervalo
-por la única calle de la villa, para ir a perderse en la bruma del
-Suroeste.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXII" id="CAP_XXII"></a>CAP. XXII</h2>
-
-<p>Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las
-líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de
-la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar
-automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que
-los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden
-rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de
-las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla:
-Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.&mdash;La
-vasta línea del horizonte se abre<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> con el relámpago de los cañones, son
-tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la
-tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus
-parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas
-de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces
-elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la
-retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los
-soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con
-sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror
-y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de
-Francia. Es la conciencia de la resurrección.&mdash;Los artilleros,
-enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un
-sentido matemático<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> y devoto, como artífices que labrasen las piedras de
-un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen
-hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz
-de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras,
-contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión
-radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXIII" id="CAP_XXIII"></a>CAP. XXIII</h2>
-
-<p>Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas, las desmoronan,
-las escombran, las arrasan: Es un ciclón de fuego. Y la artillería
-teutona, si responde rabiosa en unos<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> parajes, en otros calla impotente
-para cubrir la extensa línea que los aliados atacan. Sus parapetos están
-llenos de muertos, y los soldados atónitos, huraños a los jefes, esperan
-el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a
-la victoria, ajenos a la esperanza. Eran los dueños de la fuerza, y
-advierten oscuramente que otra fuerza superior ha nacido contraria a
-ellos, contraria a los destinos de Alemania. Una sima profunda se abre
-en aquellas almas ingenuas y bárbaras, otro tiempo llenas de fe. Los
-jefes sienten la muda repulsa del soldado, el desasimiento de la tierra
-invadida, el anhelo pacífico por volver a los hogares: Y a los que están
-en las trincheras se les emborracha para darle bríos, y a los que sirven
-las ametralladoras se les trinca con ellas porque no<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> puedan desertar, y
-el látigo de los oficiales que recorren la línea de vanguardia, pasa
-siempre azotando.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXIV" id="CAP_XXIV"></a>CAP. XXIV</h2>
-
-<p>El grito enorme de la batalla estremece toda la tierra picarda. Las
-aldeas están llenas de soldados, de caballos, de carros de municiones:
-En las esquinas hay puestos de café caliente, y los ventorrillos de las
-carreteras, iluminados por una luz de petróleo, rebosan de uniformes: La
-lumbre de las pipas abre rojos reflejos en las caras que gesticulan en
-un vaho de humo, y se enraciman delante del mostrador. De tarde en tarde
-un soldado sale a la puerta, mira al cielo y tiende la<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> mano para
-cerciorarse de la lluvia. A lo largo del camino, carros de
-ametralladoras, carros de forrajes, carros de municiones, carros de
-artillería, esperan la orden de ruta: Cruzan automóviles con oficiales,
-y se pierden rápidamente en la niebla: Cruzan ciclistas con el fusil en
-banderola, jadeantes, obstinados sobre los pedales, y patrullas de
-caballería, y escuadras de infantes. Canta en la noche una gaita de
-escoceses; los cohetes abren sus rosas en el aire; los reflectores
-exploran la campaña, y los carros vuelven a rodar deshaciendo las
-carreteras. Tres hogueras, tres grandes hogueras, rojean sobre la
-llanura: Tres aldeas que los alemanes, al retirarse, han puesto en
-llamas.<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXV" id="CAP_XXV"></a>CAP. XXV</h2>
-
-<p>Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y
-el imaginaria da voces golpeando en la puerta:</p>
-
-<p>&mdash;¡Orden de partir! ¡Orden de partir!</p>
-
-<p>Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas.
-Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como
-sombras:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cochino tiempo!</p>
-
-<p>Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de
-los caballos. Una voz interroga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se sabe adónde vamos?</p>
-
-<p>Y otra voz responde:<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Al baile de las peladillas!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué noche de aguas!</p>
-
-<p>Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En
-la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen
-una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces
-están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!</p>
-
-<p>&mdash;¡Esto no acaba nunca!</p>
-
-<p>Un soldado grita enfurecido:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!</p>
-
-<p>Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y
-restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span>
-fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de
-una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados
-sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de
-unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de
-calderilla:</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena suerte, mocines!</p>
-
-<p>La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de
-lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La
-oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones,
-no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece
-apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan
-silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Cochino tiempo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Cochina guerra!</p>
-
-<p>&mdash;¡Y esto no acaba nunca!</p>
-
-<p>&mdash;Esto lo acabarán las mujeres.</p>
-
-<p>Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que
-va a su vera en el armón. El otro trinca:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?</p>
-
-<p>&mdash;Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!</p>
-
-<p>Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los
-artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que
-galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span></p>
-
-<p>A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el
-resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón
-de la noche.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXVI" id="CAP_XXVI"></a>CAP. XXVI</h2>
-
-<p>¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una
-silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el
-barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda
-que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres
-tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de
-Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo,
-levantándose<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a
-la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se
-percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la
-tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los
-cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la
-trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en
-un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en
-voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una
-resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la
-tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como
-salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los
-oficiales, que son<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes!
-Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se
-enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta
-las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de
-un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y
-reyes.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXVII" id="CAP_XXVII"></a>CAP. XXVII</h2>
-
-<p>Los diez y seis hombres de la escuadra trabajan en silencio: Están a
-pocos pasos de las líneas alemanas y el más leve rumor puede
-descubrirles: Abren una zanja que en pocos momentos se atuye de agua
-fangosa. Las alambradas rotas y retorcidas salen de entre<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> el barro
-desgarrándoles la carne, y cavan enredados en ellas. Cuando los cohetes
-se encienden en el aire, los peludos franceses quedan inmóviles en el
-lago de cieno. De tarde en tarde una ametralladora perdida en la noche,
-desgrana sus truenos: El sonido se esfuma a intervalos en las ráfagas
-del viento y la lluvia, tiene repliegues profundos como si tomase la
-forma quebrada del terreno: Se revela de pronto, y de pronto se amengua,
-en una línea llena de dramatismo. Los soldados prolongan la zanja hasta
-un barranco, y el agua se precipita haciendo torrente. Comienza a
-perfilarse la forma de la trinchera. Aparecen algunos muertos
-enracimados en el fondo, y los soldados van sacándolos de entre el cieno
-y alineándolos sobre el talud. Desentierran dos ametralladoras
-retorcidas<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> como virutas. El cabo mete su linterna por la boca de los
-abrigos: La luz tiembla sobre el agua dormida, las ratas trepan
-asustadizas por el muro de tierra, y unas botas negras e hinchadas
-rompen el haz de la charca. Las aguas hacen un círculo en torno. Los
-pies del muerto tienen un ligero vaiven. El cabo murmura:</p>
-
-<p>&mdash;Dejaremos para mañana achicar el agua.</p>
-
-<p>Un peludo se acerca, y mete la cabeza atisbando por detrás del cabo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí parece que no se ha salvado ninguno!</p>
-
-<p>El cabo le mira por encima del hombro:</p>
-
-<p>&mdash;¡Las ratas!</p>
-
-<p>&mdash;¡Esos ya descansan!</p>
-
-<p>&mdash;Pues tú no te cambiarías por ellos... Y al cabo, si no hoy, mañana,
-todos estaremos así.<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span></p>
-
-<p>Se alejan encorvados bajo el temporal. Se oye el rumor del agua que baja
-al barranco. El soldado murmura:</p>
-
-<p>&mdash;¡Si la guerra acabase!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú, qué gente tienes allá abajo?</p>
-
-<p>&mdash;Mujer y tres hijos. ¿Y tú?</p>
-
-<p>&mdash;¡Nadie!</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres soltero?</p>
-
-<p>&mdash;Soy divorciado.</p>
-
-<p>El cabo mete la linterna por la boca de otro abrigo. La luz tiembla
-sobre el agua negra. Un perro de lanas nada teniendo en los dientes el
-brazo de un cuerpo que se hunde. Se ve la mano lívida. El perro nada
-hacia la luz.<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXVIII" id="CAP_XXVIII"></a>CAP. XXVIII</h2>
-
-<p>Palidecen las estrellas del alba, y comienza el relevo de tropas en todo
-el frente de batalla. Las columnas de soldados avanzan por cientos de
-caminos. Los que van a las trincheras fuman ahincadamente la pipa, y
-distraen los ojos sobre la campaña, hablan con ingenua sonrisa, tienen
-el rostro encendido del frío, y el mirar sereno. Por las carreteras se
-perfilan los largos convoyes: Unas veces, inmóviles, tendidos a lo largo
-de los pueblos bombardeados; otras, rodantes; otras, descansando a la
-sombra de las alamedas. Los soldados que tornan de las trincheras
-caminan en silencio, dispersos, rezagados, cubiertos<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> de barro, el
-rostro en gran palidez, y los ojos atónitos bajo el ceño obstinado. Las
-formas de las cosas se revelan en la luz indecisa del alba. Negros
-trenes cargados de tropas cruzan sobre puentes de bruma, con gran
-estrépito de hierros: Huyen por las llanuras, aparecen y desaparecen
-entre boscajes, jadean por altos terraplenes. A retaguardia del enorme
-foso que ondula desde el mar a los montes alsacianos, los pueblos
-bombardeados salen de la noche con la expresión trágica de la guerra.
-Ciudades cercadas por serenos ríos, villas sobre provinciales
-carreteras, aldeas entre prados, levantan sus ruinas frente al campo de
-batalla. Las casas, negras del incendio, con la techumbre hundida entre
-los cuatro paredones, y desmoronándose las tripas de cascote, son ruinas
-de una emoción árida y<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> acongojada. Muchas ya tienen su recinto lleno de
-ortigas y lagartos. Los cementerios militares se tienden a la vera de
-los caminos, entre los pueblos quemados y saqueados.&mdash;¡Campos de cruces,
-húmedos campos de aquel verde triste y cristalino que tiene la emoción
-remota y musical del divino sollozo con que se ama!&mdash;Los cementerios
-marcan la línea de las batallas, y las tumbas francesas y las alemanas
-están cavadas a la par. La bruma del alba se sutiliza sobre las ruinas,
-se desgarra en las cruces, vuela ingrávida sobre el enorme foso desde
-los montes alsacianos a las marinas flamencas, y en este lívido tránsito
-de la noche al día comienzan a perfilarse las formas de los muertos. Hay
-parajes donde se amontonan, y otros de muchas leguas llenos del canto
-de<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> los pájaros, como olvidados de la matanza. Este momento frío y gris,
-en que el soldado al salir de las tinieblas de la noche, mira en torno
-suyo los compañeros muertos, las ametralladoras rotas, la trinchera
-desmoronada, es el más deprimente de la guerra. Las tropas vuelven de
-las trincheras a sus alojamientos con una expresión de trágica demencia.
-Y al ventero, delante de la puerta donde se detienen a beber un vaso de
-vino; y a los viejos que labran los campos; y a las mujeres que guían un
-carricoche; a todos cuantos preguntan de la batalla, responden con el
-mismo gesto obstinado, con la misma voz apasionada:</p>
-
-<p>&mdash;¡No pasarán!<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXIX" id="CAP_XXIX"></a>CAP. XXIX</h2>
-
-<p>Esta misma hora es de nieve y ventisca en los montes alsacianos, de
-niebla espesa en el mar, de fría lividez en la Champaña... Pero en las
-doscientas leguas de foso cenagoso, lleno de ratas y de resplandores,
-donde el peludo tirita con las manos doloridas sobre el fusil, estallan
-las bombas desmoronando los parapetos, desgranan las ametralladoras sus
-truenos, se abre el eco profundo de las minas. Hay parajes llenos de
-ardor, de ira y de tumulto, que repentinamente quedan en silencio con
-sus largas hileras de muertos aplastados sobre la tierra. Grandes vuelos
-de cuervos se abaten bajo el cielo<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> del alba. Se queja el herido oculto
-en la maleza, y el que se arrastra por el borde del camino, y el otro
-cubierto de sangre, que se recuesta sobre el talud de la trinchera, y
-aquellos tan pálidos, con la frente vendada, que abren los ojos sobre el
-cabezal de las camillas. Las patrullas exploran el campo, y por las mil
-trochas que arriban a la línea de fuego, van los soldados en difuso
-deslayo. Para no resbalar en el lodo se apoyan en fuertes maquilas, y
-por distintas trochas los camilleros vienen y van. En alguna casamata, a
-la redonda de la estufa donde hierve el agua del café, los oficiales
-conversan de guerra y de mujeres. Son jóvenes, y para la vida y para la
-muerte tienen una sonrisa llena de gracia inconsciente, como en el
-tiempo de la gran Revolución.<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXX" id="CAP_XXX"></a>CAP. XXX</h2>
-
-<p>En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el
-timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un
-vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten
-órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas
-geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio
-y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino
-por los pueblos extraños.&mdash;Para el alma francesa, armoniosa y clásica,
-el teutón continúa siendo el bárbaro&mdash;. Los timbres eléctricos no dejan
-de sonar, y todo se hace despacio, con<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> mesura, sin nervios. De tarde en
-tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda
-cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un
-pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café
-caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es
-tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes
-breves, y el esperar, el esperar atentos.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXI" id="CAP_XXXI"></a>CAP. XXXI</h2>
-
-<p>Sobre la gran llanura picarda, la batalla se encrespa. Por el laberinto
-de zanjas cavado a retaguardia de la primera línea de trincheras, y
-camino para llegar a ellas, avanzan escuadras<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> de infantes ingleses y
-franceses, que corren en fila india, resbalando y chapoteando en el
-barro, anhelantes por llegar. Las bombas alemanas ruedan, encendiendo
-los aires en el caos gris de la niebla, y estallan, desmoronando los
-taludes. En algunas ocasiones queda cegado el paso, y la tropa desfila
-bajo la descubierta del fuego enemigo, ligera y dispersa. El vasto campo
-de la batalla se les aparece de pronto, nebuloso y profundo, estremecido
-de instante en instante por las lumbres y el trueno de los cañones.
-Agazapándose, entran otra vez en el laberinto de zanjas, y caminan
-enterrados en el barro hasta las corvas, pero con un aliento nuevo.
-Pelotones de infantes arriban a la primera línea de trincheras por
-diversos caminos y en distantes parajes; el laberinto de zanjas es un<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span>
-hormiguero de hombres. Sobre el talud que da vista al campo enemigo, las
-escuadras alínean sus fusiles, y hacen fuego por descargas. Los
-torpedos, al estallar, destruyen los parapetos y sepultan a los hombres;
-trazan en el cielo su lenta curva; caen humeantes; abren hoyos
-profundos. Y, en el fondo de la llanura, flamea sobre el cielo negro el
-resplandor de tres aldeas en llamas, rodeadas de clamores:&mdash;Un cerco de
-mujeres trágicas que abrazan a sus hijos, y de viejos que levantan los
-brazos.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXII" id="CAP_XXXII"></a>CAP. XXXII</h2>
-
-<p>Filo del amanecer, la infantería de los aliados se lanzó fuera de sus
-trincheras, asaltando las defensas alemanas. Los soldados,<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> tendidos en
-ala, corren con la cabeza baja, alentados por el fuego de la artillería;
-resbalan, caen, chapotean, salvan las zanjas, se desgarran en las
-alambradas. Alguna vez, en los socavones de las balas desaparecen,
-sumiéndose lentamente, y el agua fangosa hace remolino en torno de los
-cascos. Sólo las manos asoman pidiendo auxilio, tan hondo cavaron las
-balas en la tierra. Hay parajes que son verdaderos tremedales. Las
-ametralladoras alemanas cruzan sus fuegos, y filas enteras caen como si
-se doblasen. En medio de la humareda, algunos soldados, muy destacados,
-siguen avanzando a la carrera, la granada en el puño. Las columnas de
-asalto se suceden en oleadas: Los muertos quedan atrás, aplastados sobre
-la tierra, medio desnudos, desgarradas las ropas por las explosiones:<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span>
-Los heridos se arrastran por las esguevas, buscan dónde cobijarse, y,
-hallado el seguro, levantan sus clamores pidiendo socorro:</p>
-
-<p>&mdash;¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!</p>
-
-<p>&mdash;¡Una gota de agua!</p>
-
-<p>&mdash;¡Camilleros! ¡Camilleros! ¡Camilleros!</p>
-
-<p>&mdash;¡Y me dejáis morir!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!</p>
-
-<p>&mdash;¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!</p>
-
-<p>La niebla está llena de estas voces perdidas, empañadas de dolor; pero
-las olas de soldados siguen atravesando la llanura, corren de cara a las
-trincheras alemanas atuídas de muertos, y arrojan sus granadas, y dan
-voces con la dramática alegría de la guerra. La llamarada de las aldeas,
-flameando sobre el cielo negro, pasa sobre sus ojos, y<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> les cubre el
-alma de un impulso de ira resplandeciente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Boches! ¡Bárbaros boches!</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXIII" id="CAP_XXXIII"></a>CAP. XXXIII</h2>
-
-<p>¡Qué cólera magnífica! ¡Qué chocar y rebotar, qué mítica pujanza tiene
-el asalto de las trincheras! ¡Y qué ciego impulso de vida sobre el fondo
-del dolor y de la muerte! ¡Cómo la gran batalla se quiebra y disloca en
-acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta
-desvanecer por completo su visión estelar en el tumulto del cuerpo a
-cuerpo, y acabar en un grito que es como el canto victorioso del gallo!
-Pero el pensamiento matemático, más fuerte que<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> las vidas y las muertes,
-permanece inmutable en todas las formas de la batalla; es una ley en el
-tumulto de la trinchera, como en el tiro de la artillería. Todas las
-acciones diversas e imprevistas que sobrevienen, hallan un enlace
-armonioso en este formidable acorde. La guerra tiene una arquitectura
-ideal, que sólo los ojos del iniciado pueden alcanzar, y así está llena
-de misterio telúrico y de luz. En ninguna creación de los hombres se
-revela mejor el sentido profundo del paisaje, y se religa mejor con los
-humanos destinos. Por la guerra es eterna el alma de los pueblos. La
-lujuria creadora se aviva por ella, como la antorcha en el viento que la
-quiere apagar. Sólo la amenaza de morir perpetúa las formas terrenales,
-sólo la muerte hace al mundo divino. Si en las claras entrañas<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> de los
-cristales no se engendran hijos es por su ilusión de eternidad, y las
-entrañas de la mujer son fecundas porque son mortales. Los monstruos
-gigantescos que rugieron ante la caverna del adamita, y fueron amenaza
-para todos los seres vivos, perecieron porque la lujuria se enfrió en
-ellos. Como eran llenos de fuerza y de dominio, estaban libres del
-terror de la muerte, y ninguna voz de la naturaleza pudo advertirles que
-no eran eternos. La muerte es la divina causalidad del mundo. ¡Y qué
-mística iniciación de esta verdad tan vieja se desvela en la guerra!
-Aquella ciega voluntad genesíaca que arrastra a los héroes de la
-tragedia antigua, ruge en las batallas.<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXIV" id="CAP_XXXIV"></a>CAP. XXXIV</h2>
-
-<p>La infantería avanza en negras oleadas; retiembla la tierra bajo el
-golpe uniforme de las ferradas botas; hay un coro de voces profundas:</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!</p>
-
-<p>Una convulsión recorre la trinchera, y perdura vibrante en el tintineo
-de las bayonetas. Los alemanes gritan:</p>
-
-<p>&mdash;¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!</p>
-
-<p>Son miles de voces. Asoman apenas las puntas de los cascos, y los
-franceses las aplastan a golpes de granada. Al abrigo de la trinchera,
-desmoronada y llena de muertos, los alemanes hacen fuego de repetición.
-Acompasados, se echan los fusiles a la cara,<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> y disparan. Innumerables
-lagartijas de llama rasgan las tinieblas. La ola de asaltantes, zuavos y
-legionarios extranjeros, penetra en la trinchera, y un bramido bestial
-los acoge. Las granadas ponen fuego en las yacijas de paja y en los
-capotes de los muertos, y el humo y el olor de la carne chamuscada sirve
-de fondo al clamor de los heridos. Un soldado alemán, envuelto en
-llamas, corre a través del campo dando gritos. El incendio, que rampa
-solapado por el fondo de la trinchera, a momentos, bajo el golpe de las
-granadas, se aviva y surge, llenando de reflejos las puntas de los
-cascos y el acero de las bayonetas. Se revela el rostro de los soldados,
-pálidos, salpicados de sangre, cubiertos de lodo, con los ojos agudos
-como puñales.&mdash;La artillería de los aliados bombardea<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> el campo que se
-extiende a retaguardia de la trinchera, y su fuego de cortina cierra el
-paso a las reservas que acuden a reforzar la primera línea. Los heridos
-alemanes se incorporan suplicantes:</p>
-
-<p>&mdash;¡Franceses! ¡Franceses! ¡Camaradas!</p>
-
-<p>Los que restan ilesos arrojan los fusiles y levantan los brazos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Camaradas! ¡Camaradas!</p>
-
-<p>Forman grupos sombríos, atónitos, con una torva expresión de desamparo.
-La derrota los embrutece y envilece:</p>
-
-<p>&mdash;¡No somos prusianos! ¡Somos bávaros!</p>
-
-<p>Y otro grupo, arrodillado en el fango, con los brazos en alto:</p>
-
-<p>&mdash;¡Los bávaros no queríamos la guerra! ¡Franceses! ¡Franceses!
-¡Camaradas!</p>
-
-<p>Perdida la esperanza de vencer, ciega<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> como un instinto, ingenua y
-brutal, parecen bueyes desalentados. Los franceses les conceden cuartel
-con el gesto orgulloso de la victoria.</p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXV" id="CAP_XXXV"></a>CAP. XXXV</h2>
-
-<p>Las tropas inglesas atacan en la izquierda del Ancre. Cientos de
-cañones, tronando al mismo tiempo, abren sus rojas golas en la bruma del
-amanecer, y tiembla sobre la tierra un arco de luz. Dura hace tres días
-el bombardeo, dominador y tenaz como el alma de la vieja Inglaterra. Las
-tropas acantonadas en la retaguardia, duermen pesadamente en un sopor de
-olvido, y, cuando llega la hora, el silbato de los sargentos las
-despierta: Se incorporan con rumor de ganado, los ojos cargados<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> de
-visiones: Antes de partir, a la redonda de los bagajes, beben su taza de
-café caliente, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. Con paso
-uniforme van por las carreteras en columna de a cuatro; los capotes
-mojados despiden un vaho acre, y, a poco de iniciada la marcha, ninguno
-habla. Las jornadas parecen interminables para el soldado cuando camina
-así, encerrado en la fila, viendo de continuo la espalda del que marcha
-delante, sintiendo escurrir por la carne el agua que gotea del casco. Es
-un deseo de llegar a la línea de batalla, de estrechar entre las manos
-el fusil que adormece el hombro dolorido, de sentirlo caliente y
-palpitante como una vida. Produce la angustia del mareo el monótono
-compás de los pasos: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXVI" id="CAP_XXXVI"></a>CAP. XXXVI</h2>
-
-<p>Al amparo de nieblas y tinieblas, las tropas alemanas abandonan las
-trincheras que la artillería enemiga desmorona y aplasta. Inician una
-retirada sigilosa, y aun cuando para encubrirla sostienen el fuego en
-algunos sectores, las patrullas inglesas, que mantienen el contacto,
-descubren la maniobra. Los cañones alargan sus tiros, y comienza el
-bombardeo de la segunda línea. Los reflectores esclarecen el campo, y,
-bajo el cielo nebuloso del alba, pasa un vuelo de aviones. Los alemanes
-se tienden en tierra, cercados por una cortina de fuego; los aviones los
-descubren, y las granadas comienzan a caer sobre ellos.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> Entre nubes de
-humo y turbonadas de tierra, vuelan los cuerpos deshechos: Brazos
-arrancados de los hombros, negros garabatos que son piernas, cascos
-puntiagudos sosteniendo las cabezas en la carrillera, redaños y
-mondongos que caen sobre los vivos llenándolos de sangre y de
-inmundicias. Los alemanes, viéndose descubiertos, comienzan a gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ingleses! ¡Ingleses! ¡Piedad! ¡Piedad, que somos hombres!</p>
-
-<p>Es un mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en
-la dehesa. Sobre el horizonte tiembla de continuo el resplandor de la
-batalla, y el tronar de la artillería parece una voz que saliese de los
-abismos de la tierra.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXVII" id="CAP_XXXVII"></a>CAP. XXXVII</h2>
-
-<p>La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la
-línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se
-entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al
-viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete
-entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los
-turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como
-figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de
-los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la
-caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros.
-El galope<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de
-evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los
-ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre
-los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Piedad! ¡Piedad!</p>
-
-<p>Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con
-los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los
-turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera:</p>
-
-<p>&mdash;¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel!</p>
-
-<p>Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los
-jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las
-granadas, hacen fuego. Se encabritan los<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> caballos, y corren por el
-campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos,
-levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada
-arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante,
-flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre
-sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un
-terrible grito:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Inglaterra!</p>
-
-<p>Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el
-resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de
-muertos, y se tornan a su real.<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXVIII" id="CAP_XXXVIII"></a>CAP. XXXVIII</h2>
-
-<p>El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras
-coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la
-Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la
-batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del
-Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que,
-prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas,
-apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro
-oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de
-planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> de
-dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos
-encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes
-canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La
-frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y
-llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de
-oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay noticias de los franceses?</p>
-
-<p>Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga
-una hoja:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está el comunicado, mi general.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! ¿Qué dice?</p>
-
-<p>&mdash;Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros.</p>
-
-<p>El general joven interrumpe:<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span></p>
-
-<p>&mdash;Nosotros no habremos hecho ninguno... No haremos prisioneros en muchos
-días.</p>
-
-<p>Los oficiales se miraron, y uno aventuró:</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, ayer y hoy nosotros también hemos tenido un gran triunfo.</p>
-
-<p>El General Murray hizo un gesto de asentimiento:</p>
-
-<p>&mdash;Pero sin prisioneros.</p>
-
-<p>Sir Guillermo Scott, el general viejo, reía con risa cascada, al mismo
-tiempo que se llenaba una copa de whisky:</p>
-
-<p>&mdash;¡Sin prisioneros! ¿Verdad, señores, que los partes sin prisioneros son
-poco decorativos?</p>
-
-<p>Sir Francisco Murray le miró como se mira a un niño:<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span></p>
-
-<p>&mdash;Dejemos lo teatral para los alemanes. Nuestros partes son partes
-ingleses. En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso
-castigar la felonía de aquellos prusianos que se acercaron gritando que
-se rendían, y a mansalva, seguros de que los ingleses no pueden tirar
-contra el enemigo que se entrega, atacaron nuestras trincheras con
-granadas de mano.</p>
-
-<p>Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de
-los oficiales interrogó:</p>
-
-<p>&mdash;Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel?</p>
-
-<p>&mdash;Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos,
-ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del
-Derecho de Gentes... Pero ahora han<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> sido los soldados quienes olvidaron
-y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de
-imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y
-Oceanía.</p>
-
-<p>Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la
-biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las
-ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes
-la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono
-apareció en la puerta:</p>
-
-<p>&mdash;Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros!<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XXXIX" id="CAP_XXXIX"></a>CAP. XXXIX</h2>
-
-<p>En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los
-ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un
-ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro,
-que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en
-su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus
-caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo
-las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y
-decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y
-el rostro curtido por todos los soles,<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> la mirada exaltada y mística,
-con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la
-cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus
-jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana
-y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en
-la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los
-jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes
-acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa
-cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los
-héroes jóvenes de la divina Francia.<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span></p>
-
-<h2><img src="images/cap.png"
-width="10"
-alt=""
-class="capimg"
-/> <a name="CAP_XL" id="CAP_XL"></a>CAP. XL</h2>
-
-<p>Ipres y Arras, Verdun y Reims, Thann y Metzeral, son grandes
-campamentos. A lo largo de las carreteras, bajo los árboles desmochados,
-en la puerta de los ventorros, por los establos de las granjas, todo a
-la redonda de las heroicas ciudades, está lleno de soldados. Patrullas
-de caballería, con grande y sonoro estrépito, galopan por las carreteras
-y atraviesan los dormidos burgos. En el fondo de los bosques, soldados
-con el torso desnudo sacrifican vacas y novillos. Las reses muertas
-cuelgan de las fuertes ramas, y las que van a morir rebullen
-acobardadas, dando tirones al ronzal. Por los verdosos y<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> nebulosos ríos
-bajan los barcos hospitales. Atracan en los remansos para sepultar a los
-muertos, y vuelven a navegar, sonando una campana. Grupos de soldados, a
-la puerta de los alojamientos, limpian las armas, almohazan los
-caballos, aparejan los tiros y estiban las municiones en los carros.
-Escuadras de infantes vivaquean en el lindero de los bosques: Algunos se
-bañan en los arroyos: Otros, a la puerta de los albergues, entre los
-carros y las yuntas, fuman sus negras pipas, mientras los fuertes
-frisones de redondos cascos, trituran el pienso de avena, sepultado el
-hocico en un talego, y humillada la cerviz. Ruedan los convoyes en la
-niebla del amanecer, despacio, con un vaivén pesado. Bajo la lona sucia
-se perfila la forma rígida de los cañones, y en el izquierdo<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> del tiro
-cabalga algún soldado veterano, de rojo mostacho partido en dos pábilos,
-y ojos aldeanos, claros ojos acostumbrados a mirar muy lejos, como los
-del marino, pero menos bruscos, y más llenos del amor de las cosas. Por
-todos los caminos que conducen al frente de batalla desfilan los largos
-convoyes, y, para disimularlos a la escudriña de los aviones enemigos,
-los carros van cubiertos de ramajes: Desfilan abriendo hondas rodadas, y
-las escoltas, repartidas a uno y otro lado, marchan en silencio. Los
-carros verdeantes de las ametralladoras tienen un vivo traqueteo, y
-entre unos y otros ruedan los que conducen las pesadas y plomizas cajas
-de municiones. En la retaguardia de las trincheras se tienden bosques
-quemados por los gases asfixiantes, granjas saqueadas, aldeas<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> en
-escombros, iglesias con el campanario mocho... Es una sucesión de
-imágenes desoladas que no se interrumpe desde la costa norteña a los
-montes de Alsacia. En los atrios de las viejas ciudades estallan las
-granadas, caen las piedras de las catedrales, los pórticos coronados de
-santos tiemblan en sus cimientos, se rompen los rosetones, y las</p>
-
-<p class="c">
-golondrinas vuelan asustadas por las naves<br />
-desiertas. En la luz del día que<br />
-comienza, la tierra, mutilada<br />
-por la guerra, tiene una<br />
-expresión dolorosa,<br />
-reconcentrada<br />
-y terrible.<br />
-</p>
-
-<p class="c">
-<img src="images/end.png" width="450" alt="" />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c"><small>
-ESTE LIBRO<br /><br />
-ACABÓ DE PUBLICARSE EN<br /><br />
-MADRID<br /><br />
-EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA<br /><br />
-CALLE DEL CARDENAL CISNEROS, 10<br /><br />
-EL DÍA 30 DE JUNIO<br /><br />
-DE MCMXVII</small>
-</p>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La media noche, by Ramón del Valle-Inclán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE ***
-
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