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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La media noche - visión estelar de un momento de guerra - -Author: Ramón del Valle-Inclán - -Release Date: August 28, 2017 [EBook #55448] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - LA MEDIA NOCHE - - - - - LA MEDIA NOCHE - - VISIÓN ESTELAR DE VN - MOMENTO DE GVERRA - - - POR DON RAMÓN DEL - VALLE-INCLÁN - - - MADRID, MCMXVII - - - - - BREVE NOTICIA - - -Era mi propósito condensar en un libro los varios y diversos lances de -un día de guerra en Francia. Acontece que, al escribir de la guerra, el -narrador que antes fué testigo, da a los sucesos un enlace cronológico -puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que -nos veda ser a la vez en varias partes. Y como quiera que para recorrer -este enorme frente de batalla, que desde los montes alsacianos baja a la -costa del mar, son muchas las jornadas, el narrador ajusta la guerra y -sus accidentes a la medida de su caminar: Las batallas comienzan cuando -sus ojos llegan a mirarlas: El terrible rumor de la guerra se apaga -cuando se aleja de los parajes trágicos, y vuelve cuando se acerca a -ellos. Todos los relatos están limitados por la posición geométrica del -narrador. Pero aquel que pudiese ser a la vez en diversos lugares, como -los teósofos dicen de algunos fakires, y las gentes novelescas de -Cagliostro, que, desterrado de París, salió a la misma hora por todas -las puertas de la ciudad, de cierto tendría de la guerra una visión, una -emoción y una concepción en todo distinta de la que puede tener el -mísero testigo, sujeto a las leyes geométricas de la materia corporal y -mortal. Entre uno y otro modo habría la misma diferencia que media entre -la visión del soldado que se bate sumido en la trinchera, y la del -general que sigue los accidentes de la batalla encorvado sobre el plano. -Esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta -comprensión que parece fuera del espacio y del tiempo, no es sin embargo -ajena a la literatura, y aun puede asegurarse que es la engendradora de -los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y -dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato -máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de -infinitos ojos que cierran el círculo. Cuando los soldados de Francia -vuelvan a sus pueblos, y los ciegos vayan por las veredas con sus -lazarillos, y los que no tienen piernas pidan limosna a la puerta de las -iglesias, y los mancos corran de una parte a otra con alegre oficio de -terceros; cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se -rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de -miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo -habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces -la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión -de todo el pueblo que estuvo en la guerra, y vió a la vez desde todos -los parajes todos los sucesos. El círculo, al cerrarse, engendra el -centro, y de esta visión cíclica nace el poeta, que vale tanto como -decir el Adivino. - - * * * * * - -Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión -astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma, -desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en -el empeño, mi droga indica en esta ocasión me negó su efluvio -maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que un -balbuceo del ideal soñado. Volveré a Francia y al frente de batalla para -acendrar mi emoción, y quién sabe si aun podré realizar aquel orgulloso -propósito de escribir las visiones y las emociones de UN DÍA DE GUERRA. - - V.-I. - - _Filo de media noche encendí la lámpara. Me puse delante, y mi - sombra cubría el muro. Abrí el libro y deletreé las palabras con - que se desencarna el alma que quiere mirar el mundo fuera de - geometría. Después apagué la lámpara y me acosté sobre la tierra - con los brazos en cruz como el libro previene. Artephius, astrólogo - siracusano, escribió este libro, que se llama en latín_ CLAVIS - MAYORES SAPIENTÆ. - - - -[imagen no disponible: LA MEDIA NOCHE CAP. I] - - -SON LAS DOCE DE LA NOCHE. La luna navega por cielos de claras estrellas, -por cielos azules, por cielos nebulosos. Desde los bosques montañeros de -la región alsaciana, hasta la costa brava del mar norteño, se acechan -dos ejércitos agazapados en los fosos de su atrincheramiento, donde -hiede a muerto como en la jaula de las hienas. El francés, hijo de la -loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición, están otra -vez en guerra. Doscientas leguas alcanza la línea de sus defensas desde -los cantiles del mar hasta los montes que dominan la verde plana del -Rhin. Son cientos de miles, y solamente los ojos de las estrellas pueden -verlos combatir al mismo tiempo, en los dos cabos de esta línea tan -larga, a toda hora llena del relampagueo de la pólvora y con el trueno -del cañón rodante por su cielo. - - - - -CAP. II - - -Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de -lluvias y avenidas las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones -corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo -cenagoso, y ráfagas de viento traen frías pestilencias de carroña. En el -talud de las trincheras los zapadores han cavado hondos abrigos donde se -guarecen escuadras de soldados, y en los lugares más propicios para las -escuchas y centinelas, silos con miraderos disimulados entre pedruscos y -ramajes. Desde estas atalayas se hace la descubierta de las líneas -enemigas, y los artilleros, comunicándose por sus teléfonos, regulan el -tiro de los cañones, siempre emplazados más atrás que las primeras -defensas. Ante los dos fosos enemigos se tienden campos de espinosas -alambradas, y hay esguevas donde los muertos de las últimas jornadas se -pudren sobre los huesos ya mondos de aquellos que cayeron en los -primeros días de la invasión. La tierra en torno está como arada. La -metralla taló los árboles y abrasó la yerba. Del fondo de las trincheras -surgen cohetes de luces rojas, verdes y blancas, que se abren en los -aires de la noche oscura, esclareciendo brevemente aquel vasto campo de -batallas. Corre un alerta desde los cantiles del mar norteño, hasta los -bosques montañeros que divisan el Rhin. - - - - -CAP. III - - -En las sombras de la noche, largos convoyes que llevan municiones al -frente de batalla, ruedan por los caminos. Los cohetes de las trincheras -abren sus rosas en el aire, los reflectores exploran la campaña y la -esclarecen hasta el confín lejano de bosques y montes. Se muestra de -pronto el espectro de un pueblo en ruinas, quemado y saqueado, mientras -por la carretera, en el lostrego del reflector, corre cojeando algún -perro sin dueño. Al abrigo de los bosques, filas y filas de carros -esperan inmóviles la orden de ruta, con los soldados de la escolta -descansando al borde del camino y fumando una pipa de tabaco belga. Se -oye el cañón, cuándo lento, cuándo en vivo fuego de ráfagas, y los -soldados hacen conjeturas con palabras breves, casi indiferentes. Llega -un ciclista sonando el timbre tercamente: Trae la orden de ruta que el -sargento deletrea a la luz de una linterna, y el convoy se pone en -marcha. Todos los caminos de la retaguardia sienten el peso de los -carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con -estridente son de hierros. Ruedan con los faroles apagados, informes -bajo las estrellas, sumidos unas veces en la sombra de las arboledas, y -otras destacando su línea negra por alguna carretera blanquecina y -desnuda. Son tantos que no se pueden contar, son cientos y cientos. -Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca -de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos. - - - - -CAP. IV - - -Y la luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por -cielos de borrasca: Sobre las doscientas leguas de foso cenagoso, los -cohetes abren sus rosas, tiembla la luz de los reflectores, y en la -tiniebla del cielo bordonean los aviones que llevan su carga de -explosivos para destruir, para incendiar, para matar... Ocupan la -carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes -de la tragedia antigua del vértigo erótico. Vestidos de pieles, con -grandes gafas redondas, y redondos cascos de cuero, tienen una forma -embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos. Vuelan -contra el viento y a favor del viento, les dicen su camino las -estrellas. Unos van perdidos atravesando cóncavos nublados, otros -planean sobre el humo y las llamas de los incendios, otros van en la luz -de la luna, tendidos en escuadrilla. Aquel que zozobra entre ráfagas de -agua y viento del mar, es de un aerodromo inglés, en la Picardia. Y -estos que retornan y aterrizan en silencio, son franceses: Partieron en -el anochecido, eran siete y no son más que cinco: Tras ellos queda -ardiendo un tren de soldados alemanes. Los pilotos saltan sobre la -yerba, y se alejan entumecidos, mientras algunos soldados con linternas, -empujan los aviones bajo los cobertizos, y vierten cubos de agua en los -motores recalentados. Es un campo de aviación a retaguardia de las -líneas donde se batalla, en un paraje llano revestido de céspedes. -Ligeras tiendas, grandes cobertizos, alpendes y galpones, hacen ruedo -sobre la yerba, tienen el color de la noche y se desvanecen en ella: -Sólo realza sus siluetas la luna cuando navega por claros cielos -estrellados. - - - - -CAP. V - - -Granizos y ventiscas en los montes alsacianos y en los Vosgos.--Ya cantó -dos veces el gallo.--Las trincheras tienen una cresta blanca, y, -soterrados en ellas, vestidos de pieles como pastores, los centinelas -acechan el campo enemigo, asomando apenas tras el parapeto cubierto de -nieve. Hay un cañoneo lento, que tiene largas y encadenadas resonancias. -La luz de los reflectores vuela sobre las cumbres, llega al fondo de las -selvas, ilumina el tronco de los abetos y el albo talud de las zanjas, -por donde corren en fila india los soldados que acuden a reforzar las -defensas del Hartmanwillerkopf.--El Viejo Armando, en la jerga de los -peludos.--Sobre el sudario de la nieve, los cohetes abren sus rosas de -colores. Entre Thann y Metzeral se ha iniciado un fuego de ráfagas, y en -los puestos de escucha, los canes, agazapados a la vera de los soldados, -se avizoran. - - - - -CAP. VI - - -El sargento de un retén, en lo alto de la montaña, destaca dos -centinelas de pérdida: Salen cautelosos, arrastrándose sobre la nieve, -se sumen en la noche. La trinchera alemana, toda bardelada y defendida -por espinosa red de alambre, está al otro lado de un calvero, no más -lejos de cien pasos. Las grandes balas cruzan silbando, y, de tiempo en -tiempo, un abeto viene a tierra con sordo rumor de marejada. Los -soldados corren en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros -levantados. Cruje otro tronco. La metralla está segando el bosque: Donde -cae una bomba fulmina una llama. Los dos centinelas de pérdida se -arrastran cautelosos, y, cuando el lostrego de los reflectores explora y -revela el campo, quédanse aplastados: Con las carnes estremecidas, pisan -sobre un montón de cadáveres medio enterrados en la nieve: Al pisar, -parece que se les incorporan bajo los calcañares. Los dos centinelas -pasan sobre los muertos llevándose su olor: Ya tocan las alambradas, y -en aquel momento una violenta sacudida los echa por los aires con las -ropas encendidas: El repuesto de cartuchos que llevan en las cananas -estalla como una cohetada: Caen ardiendo, simulan dos peleles. De los -cascos sale una llama azul. Los soldados franceses, desde sus -trincheras, miran el suceso con pena. En el Observatorio de -Langenfeldkopf, un teniente murmura hablando con su compañero: - ---Los boches han reforzado sus defensas con un cable eléctrico, imitando -lo que hicimos nosotros en la Indo-China. - - - - -CAP. VII - - -Los alemanes, aprovechando la oscuridad de la noche, salen de sus -trincheras y llegan a las defensas avanzadas de los franceses. De -pronto el ladrido de un perro da el alerta, y la luz de un reflector los -descubre arrastrándose sobre la nieve, rota la formación y muy -dispersos. Los franceses abren el fuego. Los alemanes, con impulso -unánime, se incorporan y corren hacia las líneas enemigas arrojando -granadas de mano. Cuando unos caen, otros los secundan: Suben -arrastrándose, combaten en oleadas. Los franceses, al abrigo de sus -defensas, hacen fuego de fusil. Es una avanzada de veteranos alpinos, y -en pocos instantes sólo quedan setenta hombres ilesos. Las granadas caen -dentro de la trinchera. Están rotos los hilos del teléfono, y dos -soldados se destacan voluntarios para reparar la avería: Estalla una -granada, y dobla al uno sobre el otro: Quedan en un escorzo blando, sin -horror, como dos hermanos que se besan. El teniente de la segunda -compañía, metido en la garita del teléfono, escribe un parte. Se oyen -los gritos de los alemanes al penetrar en la trinchera. El teniente -dobla el papel y lo sujeta bajo el collar de un perro que espera -moviendo la cola: Le halaga, le saca fuera y lo hace rastrear. Parte el -can como una centella. El teniente da algunos pasos y tropieza con un -herido que se queja caído en el fondo de la trinchera. Otro se venda la -frente algo más lejos. El Teniente Breal los anima con una gran voz: - ---¡Viva la Francia! ¡Arriba los muertos! - -Y los muertos se levantan, y hay una gran basculada dentro de aquel foso -lleno de oscuridad, de fango y de tumulto. Dos ametralladoras francesas -rompen el fuego sobre el árido descampado por donde avanzan los -alemanes. Sus tiros se cruzan metódicamente como una expresión -matemática, indiferente y cruel a los hombres. A través de la selva -nevada huye la sombra del can: Corre al flanco de un foso, entra por una -senda donde están detenidos muchos carros en fila: Aparece y desaparece: -Salva de un salto el ramaje de los abetos caídos sobre el camino: Corre -con el ijar sobre la tierra: Bajo la luz de los reflectores se agacha -igual que hacen los soldados. Vuelve a vérsele sobre la orilla del foso, -rastrea, desciende por el talud, se mete por el fondo y, moviendo la -cola, entra en una casamata. Dos oficiales escriben a la luz puntiaguda -de un quinqué, y el can, haciendo corcovos, se coloca entre ellos, de -manos sobre la mesa. El Teniente Rousell le halaga y saca el parte que -lleva sujeto en el collar. Comienza a leerlo, y el otro oficial lo va -silabeando delante del teléfono: - ---Comandancia de brigada.--Transmito parte del Teniente Breal.--2.ª -Compañía de Cazadores Alpinos.--Fuerzas alemanas, con un golpe de mano, -han conseguido penetrar en nuestras defensas. Me sostengo con los -hombres que me quedan, pero necesito ser auxiliado urgentemente. Tengo -el mando por desaparición del Capitán Douchesne.--TENIENTE BREAL. - - - - -CAP. VIII - - -Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero -luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos enemigos galguean -por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo -cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la -tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral -está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del -río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y -humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo -de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En -los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen -mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las -esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas. -Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo de -otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la -mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se -queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de -tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo, -duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle -los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un -repente, y descubre el rostro pálido del pequeño: - ---¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo! - -El hombre calla, y la mujer mira al marido: - ---No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto... -¡Dámele! - -El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora: - ---¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices! - -La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada, -dando gritos: - ---¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé! - -El padre murmura sombriamente: - ---¡Aun no! - -También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los -brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la -nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue -gritando: - ---¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé! - -El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella: - ---¡Calla, hija mía! ¡Calla! - -La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente, -la barba del padre. Pero luego torna a suspirar: - ---¡Se murió nuestro bebé! - -Y comienza la madre: - ---¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! - -Tiene el gesto obstinado, y los ojos secos. Con dos dedos oprime los -párpados rígidos de su niño muerto. Los cazadores alpinos desfilan hacia -las trincheras, pasan sin verlos, encorvados bajo la borrasca de nieve. -Se hunde el techo de una casa, y en las calles desiertas resuena el -galope de las vacas perdidas, con el tolón, tolón de los cencerros. El -cañoneo, terco y lento, no cesa entre las dos hogueras de Thann y -Metzeral. - - - - -CAP. IX - - -¡Los ecos de la guerra se enlazan desde la costa norteña hasta los -montes alsacianos! Al estampido de las bombas surgen las llamas de los -incendios: Arden las mieses, y las sobrecogidas aldeas, y las ciudades -que lloran al derrumbarse las torres de sus catedrales. Caen miles y -miles de soldados en la gran batalla nocturna, y quedan rígidos y fríos -bajo el temblor de las estrellas. Las escuadras se aclaran de pronto: A -veces, rompiéndose por el centro para buscar el ataque de flanco, a -veces bajo una bomba que estalla y abre en ellas brecha como en el -fuerte muro de un castillo. Las ametralladoras cruzan sus fuegos -haciendo raya, desgranan sus tiros sobre anchos espacios, arrasan las -líneas de soldados: Unos, caen al modo de peleles recogiendo -grotescamente las piernas; otros, abren los brazos y quedan aplastados -sobre la tierra; otros, se doblan muy despacio sobre el hombro del -camarada. Y entre tan diversos modos de morir, se arrastran los heridos -oprimiéndose las carnes desgarradas, sintiendo fluir por entre los dedos -la sangre tibia, dilatados los ojos con el horror de ser hechos -prisioneros. Miles de cañones hacen fuego en batería, y bajo el impulso -de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y -profunda que tienen las gatas al parir. - -Por caminos que cavaron los zapadores, y alcanzan hasta la línea de -fuego, los camilleros conducen a los heridos. El primer socorro se les -prestó en la trinchera al amparo de profundas casamatas que tienen -charcos de sangre en el piso terreño, y el aire impregnado de olor a -cloroformo. Sobre la cuneta de las carreteras, procurando el socaire de -bosques y colinas, esperan inmóviles, en largas hileras, los carros de -la Cruz Roja. Las ambulancias están en la retaguardia, repartidas por -los graneros y establos de las quintas, en las salas de los castillos, -en los cafés con espejos rayados y tules para las moscas, en las cuevas -de los pueblos aun ardiendo. ¡El dolor de la guerra estremece y conforta -el alma de Francia! - - - - -CAP. X - - -Nieblas espesas en la costa del mar.--Ya cantó dos veces el gallo.--Las -estrellas tiemblan sobre la gran plana inundada de las Flandes. Cerca de -Furnes, en un estero, la marinería desembarcada de la escuadra forma la -vanguardia. Sopla el viento del mar, y la resaca arrastra hacia la -orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados -alemanes: Flotan entre aguas: Una ola los levanta en la espumosa cresta, -otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la -arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente. La escuadra de -marineros que acordona la playa permanece silenciosa, mirando al -horizonte rizado y sin fondo. Son pescadores de Normandía y de Bretaña, -mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar, -abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Muchos rezan en voz -baja, acordándose de las apariciones en los cementerios y en los pinares -de sus aldeas; otros trincan aguardiente y humean la pipa; tal vez -alguno prueba a cantar. La luna navega en cerco de nieblas, y los -cuerpos hidrópicos de los soldados alemanes vienen y van con la resaca. - - - - -CAP. XI - - -Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera -redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños, -sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos -que les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se -destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien: - ---Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?... - -Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El -teniente comprende y sonríe: - ---¿No será mejor enterrarlos? - ---Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los -lleve el viento. - -De un grupo de marineros salen diferentes voces: - ---¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!... - -Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo. -Un marinero de la costa bretona se santigua: - ---¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos! - -El oficial hace un gesto de indiferencia: - ---Pues que se los lleve el viento. - ---¡A la orden, mi teniente! - -El grupo de marineros se dispersa por la playa, y los unos a los otros -se van diciendo de quedo: - ---¡Hala! A ponerles velas. - -Alguno pregunta: - ---¿Y el teniente? - ---Es el teniente quien lo manda. - - - - -CAP. XII - - -La marinería se arremanga y entra chapoteando por el agua llena de -fosforescencias. A lo largo de la playa flotan más de cien cadáveres -alemanes inflados y tumefactos. Uno hay que no tiene cabeza; otros -descubren en el vientre y en las piernas lacras amoratadas, casi negras. -Comienza la faena de ponerles velachos con las pértigas y lienzos de las -tiendas. Valiéndose de los bicheros, les hacen brechas en la carne -hidrópica, y clavan los astiles donde van las lonas. Luego, -supersticiosos y diestros, los empujan hasta encontrar calado: Sesgan la -vela buscando que la llene el viento, y, al tobillo o al cuello, les -amarran las escotas. Los muertos se alejan de la playa como una -escuadrilla de faluchos: Se les ve alinearse bajo la luna, y partir -hacia el horizonte marino empujados por la fresca brisa que sopla del -tercer cuadrante. Pasa un aliento de alegría sobre aquellas almas -infantiles y crédulas. Un grumete, con la gorra en la mano, y las luces -de las estrellas en los ojos fervorosos, clama en su vieja lengua -céltica: - ---¡Madre del Señor! ¡Ya no tengo miedo a los muertos! - - - - -CAP. XIII - - -Lento cañoneo del lado de Ipres. Por el fondo de la trinchera corre un -arroyo de fango; los centinelas se agazapan con los fusiles apoyados -sobre el talud; pequeñas escuadras de soldados dormitan en los abrigos -cavados a lo largo del foso. De tiempo en tiempo, los pasos del oficial -que recorre la línea se detienen a la entrada: - ---¡Ánimo, muchachos! - -Los soldados se remueven en la sombra haciendo marea, responden -runflando, palpan a tientas los fusiles. El oficial se aleja, sigue -recorriendo las avanzadas. Muchos peludos, cubiertos con encerados, -descansan echados en el fondo de la trinchera, y sobre las cajas de -granadas de mano reclinan la cabeza. El oficial pasa entre ellos -despacio y tentando con el bastón. De pronto, algún centinela que -dormita, se despierta sobresaltado y dispara su fusil. Corre la alarma. -Hay fusiladas caprichosas; vuelan los cohetes, y los peludos que reposan -en el fondo de la trinchera se incorporan, metiendo la mano en las cajas -de granadas. El fuego se extingue lentamente; la línea vuelve a quedar -en sombra, estremecida y vigilante, en una espera tensa, que agota más -que la lucha. - - - - -CAP. XIV - - -No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma, -al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La -ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es -un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro -calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados -asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre -la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con -las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la -hondura tenebrosa del zaguán, donde se amontonan los ajuares. Se aleja -un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo -alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las -casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que -levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en -pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses, -en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de -niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al -abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que -se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se -van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello -despeinado, los ojos llorosos. Llegaron poco hace huídas de Combles. El -padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un -soldado alemán. - - - - -CAP. XV - - -El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después -la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de -luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y -sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo -como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno -la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la -carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en -el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La -carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes -molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos -sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro -vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y -se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la -cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz -llena de pena: - ---¿Falta mucho, amigo? - -El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes: - ---Menos que al principio. - -La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura: - ---¡Se me abre el cuerpo de dolor! - - - - -CAP. XVI - - -De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra. -Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se -la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre -interroga a las muchachas: - ---¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero -qué sucede? - -El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro: - ---¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto. - -Estaba tendido en medio de la carretera, casi llenándola de lado a -lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo -fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la -pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado -del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y -las cuatro patas en alto: - ---¡Lástima de bestia! - -El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres -mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una -tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay -largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de -ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que -no se pueden contar. Dos automóviles pasan veloces; dejan un rastro de -polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de -jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una -difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en -herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una -aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el -carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras -de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las -muchachas no cesa en su queja: - ---¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor! - - - - -CAP. XVII - - -Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de -cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos -de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la -carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se -percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados -identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo -el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra: - ---¡Aquí hay quien no tiene cabeza! - -Y otra voz lejana interroga: - ---¿Es un zuavo? - ---Un zuavo. - ---Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa. - -Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces, -guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero -que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera, -da una voz hablando a los del otro cabo: - ---¡Ya pareció aquello! - -Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado -clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta -fuera: - ---¡Está abierta la cama para otros tres boches! - -Responden del camino: - ---¡Allá van! - -Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan -rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los -sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa. -Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la -señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas -de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido -la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre. -Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente -esparcidos sobre la orilla del camino. - - - - -CAP. XVIII - - -El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas -iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen -hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la -plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas -desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital, -todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran -tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran -rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos -hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema congoja, y la -monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco, -alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro -se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa, -resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo -sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas -con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada. -Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca: - ---¡Ave María Purísima! - ---¡Sin pecado concebida! - -Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y -brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo -los pañales a un recién nacido. Las dos hermanas vuelven los ojos a la -madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las -empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría -en fuerza de limpia y desnuda. - - - - -CAP. XIX - - -Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí, -bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el -gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al -entrar: - ---¿Qué tienen estas niñas? - -Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática: - ---¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías! - -Se sienta cerca de la madre: - ---Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo. - -La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas: - ---Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...? - ---De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca -el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie -atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el -abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su -verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve, -como hace el vino con los borrachos. - -Una de las muchachas murmura crispada: - ---¡Es el odio a Francia! - -El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano: - ---Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que -tienen abolengo. - -Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como -las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a -ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada, -con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas -ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la -más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta, -delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de -tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que -debió ser llena de gracia. Tiene el cabello fosco, y cuando lo aparta -de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura. -Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez, -que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira -de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las -ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre -de arriba abajo: - ---¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora -que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido... - -La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara -con las manos: - ---¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero -llevar este contagio conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena, -yo me mataré! - -Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los -dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos -de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de -aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con -una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba: - ---¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto! - - - - -CAP. XX - - -Cerca del amanecer llega un convoy de heridos. Bajo las acacias -desmochadas se tienden cuarenta carros de la Cruz Roja. Falta sitio, y -las monjitas belgas, refugiadas en aquel hospital de una villa francesa, -ofrecen sus celdas y sus lechos, blancos como altares, para los soldados -de la República. Los corredores rebosan de heridos. Yacen las camillas a -uno y otro rumbo del muro, formando una vía dolorosa llena de quejas y -largos ayes. Algunos heridos leves, pálidos y soñolientos, con los -vendajes salpicados de sangre y de barro, descansan en los bancos del -locutorio. La escalera está llena de soldados dormidos, con las mochilas -por cabezal: Se arrebujaban en pardas mantas, exhalaban un vaho húmedo: -Son bisoños aspeados, y tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo -techado, tiran la mochila por delante y se tumban.--Los corredores están -llenos de movimiento, de voces y de lodo. En el camino que forman las -dos hileras de camillas, los clavos de las fuertes botas militares dejan -su impronta. Al ruido de los pasos, una mano, que muestra su lividez -bajo la suciedad del barro y de la pólvora, levanta el hule del -cabecero: - ---¡Me muero de sed! ¡Me muero de sed! - -Es una voz sofocada. Se ve la frente envuelta en vendajes de gasa con -roeles de sangre fresca, y todo el rostro desaparece bajo los vendajes. -De otras camillas se escapa una queja débil, de otras palabras -acalenturadas, estertores, gritos de delirio, también hay algunas en -silencio profundo, como féretros. Los gritos, las suplicaciones, las -frases caóticas devanadas sin tregua, hacen babel. Un herido no cesa de -gritar: - ---¡Los ingleses! ¡Los ingleses! - -Retiembla la camilla, saca los brazos agitando las manos: - ---¡Los ingleses! ¡Los ingleses! - -Y siempre lo mismo, el mismo sopor inexpresivo en el grito, el mismo -pensamiento oscuro dando vueltas como la piedra de un molino. Era más -angustioso de oír que una queja desgarrada. Otro herido da voces -heroicas; otro, ríe con gran jolgorio: - ---¡No te vayas, Juana! ¡Escucha, Juanita!... ¡Ja, ja!... ¡Si no te -pellizco! - - - - -CAP. XXI - - -En la sala de operaciones, blanca e iluminada, médicos y enfermeros con -delantales, no se dan reposo lavando heridas, restañando la sangre, -rasgando vendajes. Sobre los tableros de mármol, las lámparas de alcohol -levantan sus lenguas azules; los ayudantes desinfectan tijeras y pinzas; -el olor del cloroformo, olor a manzanas, satura el aire. El Doctor -Verdier murmura mientras desnudan a un herido: - ---Me temo que seamos desbordados... Habrá que ver de habilitar la -iglesia, porque aquí pronto nos faltará sitio. ¿Y paja? ¿Tendremos paja -para hacer camastros? - -Está librándose una gran batalla; se oye el bombardeo lejano y -constante. Patrullas de caballería, carros de ametralladoras, convoyes -de municiones escoltados por tropas de infantes, desfilan sin intervalo -por la única calle de la villa, para ir a perderse en la bruma del -Suroeste. - - - - -CAP. XXII - - -Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las -líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de -la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar -automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que -los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden -rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de -las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla: -Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.--La -vasta línea del horizonte se abre con el relámpago de los cañones, son -tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la -tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus -parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas -de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces -elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la -retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los -soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con -sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror -y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de -Francia. Es la conciencia de la resurrección.--Los artilleros, -enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un -sentido matemático y devoto, como artífices que labrasen las piedras de -un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen -hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz -de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras, -contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión -radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos. - - - - -CAP. XXIII - - -Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas, las desmoronan, -las escombran, las arrasan: Es un ciclón de fuego. Y la artillería -teutona, si responde rabiosa en unos parajes, en otros calla impotente -para cubrir la extensa línea que los aliados atacan. Sus parapetos están -llenos de muertos, y los soldados atónitos, huraños a los jefes, esperan -el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a -la victoria, ajenos a la esperanza. Eran los dueños de la fuerza, y -advierten oscuramente que otra fuerza superior ha nacido contraria a -ellos, contraria a los destinos de Alemania. Una sima profunda se abre -en aquellas almas ingenuas y bárbaras, otro tiempo llenas de fe. Los -jefes sienten la muda repulsa del soldado, el desasimiento de la tierra -invadida, el anhelo pacífico por volver a los hogares: Y a los que están -en las trincheras se les emborracha para darle bríos, y a los que sirven -las ametralladoras se les trinca con ellas porque no puedan desertar, y -el látigo de los oficiales que recorren la línea de vanguardia, pasa -siempre azotando. - - - - -CAP. XXIV - - -El grito enorme de la batalla estremece toda la tierra picarda. Las -aldeas están llenas de soldados, de caballos, de carros de municiones: -En las esquinas hay puestos de café caliente, y los ventorrillos de las -carreteras, iluminados por una luz de petróleo, rebosan de uniformes: La -lumbre de las pipas abre rojos reflejos en las caras que gesticulan en -un vaho de humo, y se enraciman delante del mostrador. De tarde en tarde -un soldado sale a la puerta, mira al cielo y tiende la mano para -cerciorarse de la lluvia. A lo largo del camino, carros de -ametralladoras, carros de forrajes, carros de municiones, carros de -artillería, esperan la orden de ruta: Cruzan automóviles con oficiales, -y se pierden rápidamente en la niebla: Cruzan ciclistas con el fusil en -banderola, jadeantes, obstinados sobre los pedales, y patrullas de -caballería, y escuadras de infantes. Canta en la noche una gaita de -escoceses; los cohetes abren sus rosas en el aire; los reflectores -exploran la campaña, y los carros vuelven a rodar deshaciendo las -carreteras. Tres hogueras, tres grandes hogueras, rojean sobre la -llanura: Tres aldeas que los alemanes, al retirarse, han puesto en -llamas. - - - - -CAP. XXV - - -Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y -el imaginaria da voces golpeando en la puerta: - ---¡Orden de partir! ¡Orden de partir! - -Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas. -Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como -sombras: - ---¡Cochino tiempo! - -Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de -los caballos. Una voz interroga: - ---¿Se sabe adónde vamos? - -Y otra voz responde: - ---¡Al baile de las peladillas! - ---¡Qué noche de aguas! - -Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En -la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen -una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces -están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos: - ---¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto! - ---¡Esto no acaba nunca! - -Un soldado grita enfurecido: - ---¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan! - -Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y -restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera -fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de -una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados -sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de -unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de -calderilla: - ---¡Buena suerte, mocines! - -La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de -lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La -oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones, -no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece -apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan -silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido: - ---¡Cochino tiempo! - ---¡Cochina guerra! - ---¡Y esto no acaba nunca! - ---Esto lo acabarán las mujeres. - -Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que -va a su vera en el armón. El otro trinca: - ---¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores? - ---Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos. - ---¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor! - -Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los -artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que -galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin. - -A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el -resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón -de la noche. - - - - -CAP. XXVI - - -¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una -silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el -barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda -que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres -tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de -Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo, -levantándose cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a -la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se -percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la -tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los -cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la -trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en -un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en -voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una -resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la -tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como -salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los -oficiales, que son esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes! -Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se -enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta -las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de -un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y -reyes. - - - - -CAP. XXVII - - -Los diez y seis hombres de la escuadra trabajan en silencio: Están a -pocos pasos de las líneas alemanas y el más leve rumor puede -descubrirles: Abren una zanja que en pocos momentos se atuye de agua -fangosa. Las alambradas rotas y retorcidas salen de entre el barro -desgarrándoles la carne, y cavan enredados en ellas. Cuando los cohetes -se encienden en el aire, los peludos franceses quedan inmóviles en el -lago de cieno. De tarde en tarde una ametralladora perdida en la noche, -desgrana sus truenos: El sonido se esfuma a intervalos en las ráfagas -del viento y la lluvia, tiene repliegues profundos como si tomase la -forma quebrada del terreno: Se revela de pronto, y de pronto se amengua, -en una línea llena de dramatismo. Los soldados prolongan la zanja hasta -un barranco, y el agua se precipita haciendo torrente. Comienza a -perfilarse la forma de la trinchera. Aparecen algunos muertos -enracimados en el fondo, y los soldados van sacándolos de entre el cieno -y alineándolos sobre el talud. Desentierran dos ametralladoras -retorcidas como virutas. El cabo mete su linterna por la boca de los -abrigos: La luz tiembla sobre el agua dormida, las ratas trepan -asustadizas por el muro de tierra, y unas botas negras e hinchadas -rompen el haz de la charca. Las aguas hacen un círculo en torno. Los -pies del muerto tienen un ligero vaiven. El cabo murmura: - ---Dejaremos para mañana achicar el agua. - -Un peludo se acerca, y mete la cabeza atisbando por detrás del cabo: - ---¡Aquí parece que no se ha salvado ninguno! - -El cabo le mira por encima del hombro: - ---¡Las ratas! - ---¡Esos ya descansan! - ---Pues tú no te cambiarías por ellos... Y al cabo, si no hoy, mañana, -todos estaremos así. - -Se alejan encorvados bajo el temporal. Se oye el rumor del agua que baja -al barranco. El soldado murmura: - ---¡Si la guerra acabase!... - ---¿Tú, qué gente tienes allá abajo? - ---Mujer y tres hijos. ¿Y tú? - ---¡Nadie! - ---¿Eres soltero? - ---Soy divorciado. - -El cabo mete la linterna por la boca de otro abrigo. La luz tiembla -sobre el agua negra. Un perro de lanas nada teniendo en los dientes el -brazo de un cuerpo que se hunde. Se ve la mano lívida. El perro nada -hacia la luz. - - - - -CAP. XXVIII - - -Palidecen las estrellas del alba, y comienza el relevo de tropas en todo -el frente de batalla. Las columnas de soldados avanzan por cientos de -caminos. Los que van a las trincheras fuman ahincadamente la pipa, y -distraen los ojos sobre la campaña, hablan con ingenua sonrisa, tienen -el rostro encendido del frío, y el mirar sereno. Por las carreteras se -perfilan los largos convoyes: Unas veces, inmóviles, tendidos a lo largo -de los pueblos bombardeados; otras, rodantes; otras, descansando a la -sombra de las alamedas. Los soldados que tornan de las trincheras -caminan en silencio, dispersos, rezagados, cubiertos de barro, el -rostro en gran palidez, y los ojos atónitos bajo el ceño obstinado. Las -formas de las cosas se revelan en la luz indecisa del alba. Negros -trenes cargados de tropas cruzan sobre puentes de bruma, con gran -estrépito de hierros: Huyen por las llanuras, aparecen y desaparecen -entre boscajes, jadean por altos terraplenes. A retaguardia del enorme -foso que ondula desde el mar a los montes alsacianos, los pueblos -bombardeados salen de la noche con la expresión trágica de la guerra. -Ciudades cercadas por serenos ríos, villas sobre provinciales -carreteras, aldeas entre prados, levantan sus ruinas frente al campo de -batalla. Las casas, negras del incendio, con la techumbre hundida entre -los cuatro paredones, y desmoronándose las tripas de cascote, son ruinas -de una emoción árida y acongojada. Muchas ya tienen su recinto lleno de -ortigas y lagartos. Los cementerios militares se tienden a la vera de -los caminos, entre los pueblos quemados y saqueados.--¡Campos de cruces, -húmedos campos de aquel verde triste y cristalino que tiene la emoción -remota y musical del divino sollozo con que se ama!--Los cementerios -marcan la línea de las batallas, y las tumbas francesas y las alemanas -están cavadas a la par. La bruma del alba se sutiliza sobre las ruinas, -se desgarra en las cruces, vuela ingrávida sobre el enorme foso desde -los montes alsacianos a las marinas flamencas, y en este lívido tránsito -de la noche al día comienzan a perfilarse las formas de los muertos. Hay -parajes donde se amontonan, y otros de muchas leguas llenos del canto -de los pájaros, como olvidados de la matanza. Este momento frío y gris, -en que el soldado al salir de las tinieblas de la noche, mira en torno -suyo los compañeros muertos, las ametralladoras rotas, la trinchera -desmoronada, es el más deprimente de la guerra. Las tropas vuelven de -las trincheras a sus alojamientos con una expresión de trágica demencia. -Y al ventero, delante de la puerta donde se detienen a beber un vaso de -vino; y a los viejos que labran los campos; y a las mujeres que guían un -carricoche; a todos cuantos preguntan de la batalla, responden con el -mismo gesto obstinado, con la misma voz apasionada: - ---¡No pasarán! - - - - -CAP. XXIX - - -Esta misma hora es de nieve y ventisca en los montes alsacianos, de -niebla espesa en el mar, de fría lividez en la Champaña... Pero en las -doscientas leguas de foso cenagoso, lleno de ratas y de resplandores, -donde el peludo tirita con las manos doloridas sobre el fusil, estallan -las bombas desmoronando los parapetos, desgranan las ametralladoras sus -truenos, se abre el eco profundo de las minas. Hay parajes llenos de -ardor, de ira y de tumulto, que repentinamente quedan en silencio con -sus largas hileras de muertos aplastados sobre la tierra. Grandes vuelos -de cuervos se abaten bajo el cielo del alba. Se queja el herido oculto -en la maleza, y el que se arrastra por el borde del camino, y el otro -cubierto de sangre, que se recuesta sobre el talud de la trinchera, y -aquellos tan pálidos, con la frente vendada, que abren los ojos sobre el -cabezal de las camillas. Las patrullas exploran el campo, y por las mil -trochas que arriban a la línea de fuego, van los soldados en difuso -deslayo. Para no resbalar en el lodo se apoyan en fuertes maquilas, y -por distintas trochas los camilleros vienen y van. En alguna casamata, a -la redonda de la estufa donde hierve el agua del café, los oficiales -conversan de guerra y de mujeres. Son jóvenes, y para la vida y para la -muerte tienen una sonrisa llena de gracia inconsciente, como en el -tiempo de la gran Revolución. - - - - -CAP. XXX - - -En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el -timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un -vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten -órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas -geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio -y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino -por los pueblos extraños.--Para el alma francesa, armoniosa y clásica, -el teutón continúa siendo el bárbaro--. Los timbres eléctricos no dejan -de sonar, y todo se hace despacio, con mesura, sin nervios. De tarde en -tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda -cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un -pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café -caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es -tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes -breves, y el esperar, el esperar atentos. - - - - -CAP. XXXI - - -Sobre la gran llanura picarda, la batalla se encrespa. Por el laberinto -de zanjas cavado a retaguardia de la primera línea de trincheras, y -camino para llegar a ellas, avanzan escuadras de infantes ingleses y -franceses, que corren en fila india, resbalando y chapoteando en el -barro, anhelantes por llegar. Las bombas alemanas ruedan, encendiendo -los aires en el caos gris de la niebla, y estallan, desmoronando los -taludes. En algunas ocasiones queda cegado el paso, y la tropa desfila -bajo la descubierta del fuego enemigo, ligera y dispersa. El vasto campo -de la batalla se les aparece de pronto, nebuloso y profundo, estremecido -de instante en instante por las lumbres y el trueno de los cañones. -Agazapándose, entran otra vez en el laberinto de zanjas, y caminan -enterrados en el barro hasta las corvas, pero con un aliento nuevo. -Pelotones de infantes arriban a la primera línea de trincheras por -diversos caminos y en distantes parajes; el laberinto de zanjas es un -hormiguero de hombres. Sobre el talud que da vista al campo enemigo, las -escuadras alínean sus fusiles, y hacen fuego por descargas. Los -torpedos, al estallar, destruyen los parapetos y sepultan a los hombres; -trazan en el cielo su lenta curva; caen humeantes; abren hoyos -profundos. Y, en el fondo de la llanura, flamea sobre el cielo negro el -resplandor de tres aldeas en llamas, rodeadas de clamores:--Un cerco de -mujeres trágicas que abrazan a sus hijos, y de viejos que levantan los -brazos. - - - - -CAP. XXXII - - -Filo del amanecer, la infantería de los aliados se lanzó fuera de sus -trincheras, asaltando las defensas alemanas. Los soldados, tendidos en -ala, corren con la cabeza baja, alentados por el fuego de la artillería; -resbalan, caen, chapotean, salvan las zanjas, se desgarran en las -alambradas. Alguna vez, en los socavones de las balas desaparecen, -sumiéndose lentamente, y el agua fangosa hace remolino en torno de los -cascos. Sólo las manos asoman pidiendo auxilio, tan hondo cavaron las -balas en la tierra. Hay parajes que son verdaderos tremedales. Las -ametralladoras alemanas cruzan sus fuegos, y filas enteras caen como si -se doblasen. En medio de la humareda, algunos soldados, muy destacados, -siguen avanzando a la carrera, la granada en el puño. Las columnas de -asalto se suceden en oleadas: Los muertos quedan atrás, aplastados sobre -la tierra, medio desnudos, desgarradas las ropas por las explosiones: -Los heridos se arrastran por las esguevas, buscan dónde cobijarse, y, -hallado el seguro, levantan sus clamores pidiendo socorro: - ---¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale! - ---¡Una gota de agua! - ---¡Camilleros! ¡Camilleros! ¡Camilleros! - ---¡Y me dejáis morir! - ---¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! - ---¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale! - -La niebla está llena de estas voces perdidas, empañadas de dolor; pero -las olas de soldados siguen atravesando la llanura, corren de cara a las -trincheras alemanas atuídas de muertos, y arrojan sus granadas, y dan -voces con la dramática alegría de la guerra. La llamarada de las aldeas, -flameando sobre el cielo negro, pasa sobre sus ojos, y les cubre el -alma de un impulso de ira resplandeciente. - ---¡Boches! ¡Bárbaros boches! - - - - -CAP. XXXIII - - -¡Qué cólera magnífica! ¡Qué chocar y rebotar, qué mítica pujanza tiene -el asalto de las trincheras! ¡Y qué ciego impulso de vida sobre el fondo -del dolor y de la muerte! ¡Cómo la gran batalla se quiebra y disloca en -acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta -desvanecer por completo su visión estelar en el tumulto del cuerpo a -cuerpo, y acabar en un grito que es como el canto victorioso del gallo! -Pero el pensamiento matemático, más fuerte que las vidas y las muertes, -permanece inmutable en todas las formas de la batalla; es una ley en el -tumulto de la trinchera, como en el tiro de la artillería. Todas las -acciones diversas e imprevistas que sobrevienen, hallan un enlace -armonioso en este formidable acorde. La guerra tiene una arquitectura -ideal, que sólo los ojos del iniciado pueden alcanzar, y así está llena -de misterio telúrico y de luz. En ninguna creación de los hombres se -revela mejor el sentido profundo del paisaje, y se religa mejor con los -humanos destinos. Por la guerra es eterna el alma de los pueblos. La -lujuria creadora se aviva por ella, como la antorcha en el viento que la -quiere apagar. Sólo la amenaza de morir perpetúa las formas terrenales, -sólo la muerte hace al mundo divino. Si en las claras entrañas de los -cristales no se engendran hijos es por su ilusión de eternidad, y las -entrañas de la mujer son fecundas porque son mortales. Los monstruos -gigantescos que rugieron ante la caverna del adamita, y fueron amenaza -para todos los seres vivos, perecieron porque la lujuria se enfrió en -ellos. Como eran llenos de fuerza y de dominio, estaban libres del -terror de la muerte, y ninguna voz de la naturaleza pudo advertirles que -no eran eternos. La muerte es la divina causalidad del mundo. ¡Y qué -mística iniciación de esta verdad tan vieja se desvela en la guerra! -Aquella ciega voluntad genesíaca que arrastra a los héroes de la -tragedia antigua, ruge en las batallas. - - - - -CAP. XXXIV - - -La infantería avanza en negras oleadas; retiembla la tierra bajo el -golpe uniforme de las ferradas botas; hay un coro de voces profundas: - ---¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante! - -Una convulsión recorre la trinchera, y perdura vibrante en el tintineo -de las bayonetas. Los alemanes gritan: - ---¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! - -Son miles de voces. Asoman apenas las puntas de los cascos, y los -franceses las aplastan a golpes de granada. Al abrigo de la trinchera, -desmoronada y llena de muertos, los alemanes hacen fuego de repetición. -Acompasados, se echan los fusiles a la cara, y disparan. Innumerables -lagartijas de llama rasgan las tinieblas. La ola de asaltantes, zuavos y -legionarios extranjeros, penetra en la trinchera, y un bramido bestial -los acoge. Las granadas ponen fuego en las yacijas de paja y en los -capotes de los muertos, y el humo y el olor de la carne chamuscada sirve -de fondo al clamor de los heridos. Un soldado alemán, envuelto en -llamas, corre a través del campo dando gritos. El incendio, que rampa -solapado por el fondo de la trinchera, a momentos, bajo el golpe de las -granadas, se aviva y surge, llenando de reflejos las puntas de los -cascos y el acero de las bayonetas. Se revela el rostro de los soldados, -pálidos, salpicados de sangre, cubiertos de lodo, con los ojos agudos -como puñales.--La artillería de los aliados bombardea el campo que se -extiende a retaguardia de la trinchera, y su fuego de cortina cierra el -paso a las reservas que acuden a reforzar la primera línea. Los heridos -alemanes se incorporan suplicantes: - ---¡Franceses! ¡Franceses! ¡Camaradas! - -Los que restan ilesos arrojan los fusiles y levantan los brazos: - ---¡Camaradas! ¡Camaradas! - -Forman grupos sombríos, atónitos, con una torva expresión de desamparo. -La derrota los embrutece y envilece: - ---¡No somos prusianos! ¡Somos bávaros! - -Y otro grupo, arrodillado en el fango, con los brazos en alto: - ---¡Los bávaros no queríamos la guerra! ¡Franceses! ¡Franceses! -¡Camaradas! - -Perdida la esperanza de vencer, ciega como un instinto, ingenua y -brutal, parecen bueyes desalentados. Los franceses les conceden cuartel -con el gesto orgulloso de la victoria. - - - - -CAP. XXXV - - -Las tropas inglesas atacan en la izquierda del Ancre. Cientos de -cañones, tronando al mismo tiempo, abren sus rojas golas en la bruma del -amanecer, y tiembla sobre la tierra un arco de luz. Dura hace tres días -el bombardeo, dominador y tenaz como el alma de la vieja Inglaterra. Las -tropas acantonadas en la retaguardia, duermen pesadamente en un sopor de -olvido, y, cuando llega la hora, el silbato de los sargentos las -despierta: Se incorporan con rumor de ganado, los ojos cargados de -visiones: Antes de partir, a la redonda de los bagajes, beben su taza de -café caliente, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. Con paso -uniforme van por las carreteras en columna de a cuatro; los capotes -mojados despiden un vaho acre, y, a poco de iniciada la marcha, ninguno -habla. Las jornadas parecen interminables para el soldado cuando camina -así, encerrado en la fila, viendo de continuo la espalda del que marcha -delante, sintiendo escurrir por la carne el agua que gotea del casco. Es -un deseo de llegar a la línea de batalla, de estrechar entre las manos -el fusil que adormece el hombro dolorido, de sentirlo caliente y -palpitante como una vida. Produce la angustia del mareo el monótono -compás de los pasos: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc! - - - - -CAP. XXXVI - - -Al amparo de nieblas y tinieblas, las tropas alemanas abandonan las -trincheras que la artillería enemiga desmorona y aplasta. Inician una -retirada sigilosa, y aun cuando para encubrirla sostienen el fuego en -algunos sectores, las patrullas inglesas, que mantienen el contacto, -descubren la maniobra. Los cañones alargan sus tiros, y comienza el -bombardeo de la segunda línea. Los reflectores esclarecen el campo, y, -bajo el cielo nebuloso del alba, pasa un vuelo de aviones. Los alemanes -se tienden en tierra, cercados por una cortina de fuego; los aviones los -descubren, y las granadas comienzan a caer sobre ellos. Entre nubes de -humo y turbonadas de tierra, vuelan los cuerpos deshechos: Brazos -arrancados de los hombros, negros garabatos que son piernas, cascos -puntiagudos sosteniendo las cabezas en la carrillera, redaños y -mondongos que caen sobre los vivos llenándolos de sangre y de -inmundicias. Los alemanes, viéndose descubiertos, comienzan a gritar: - ---¡Ingleses! ¡Ingleses! ¡Piedad! ¡Piedad, que somos hombres! - -Es un mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en -la dehesa. Sobre el horizonte tiembla de continuo el resplandor de la -batalla, y el tronar de la artillería parece una voz que saliese de los -abismos de la tierra. - - - - -CAP. XXXVII - - -La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la -línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se -entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al -viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete -entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los -turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como -figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de -los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la -caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros. -El galope de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de -evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los -ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre -los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos: - ---¡Piedad! ¡Piedad! - -Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con -los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los -turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera: - ---¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel! - -Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los -jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las -granadas, hacen fuego. Se encabritan los caballos, y corren por el -campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos, -levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada -arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante, -flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre -sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un -terrible grito: - ---¡Muera Inglaterra! - -Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el -resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de -muertos, y se tornan a su real. - - - - -CAP. XXXVIII - - -El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras -coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la -Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la -batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del -Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que, -prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas, -apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro -oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de -planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia de -dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos -encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes -canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La -frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y -llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de -oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga: - ---¿Hay noticias de los franceses? - -Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga -una hoja: - ---Aquí está el comunicado, mi general. - ---¡Bueno! ¿Qué dice? - ---Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros. - -El general joven interrumpe: - ---Nosotros no habremos hecho ninguno... No haremos prisioneros en muchos -días. - -Los oficiales se miraron, y uno aventuró: - ---Sin embargo, ayer y hoy nosotros también hemos tenido un gran triunfo. - -El General Murray hizo un gesto de asentimiento: - ---Pero sin prisioneros. - -Sir Guillermo Scott, el general viejo, reía con risa cascada, al mismo -tiempo que se llenaba una copa de whisky: - ---¡Sin prisioneros! ¿Verdad, señores, que los partes sin prisioneros son -poco decorativos? - -Sir Francisco Murray le miró como se mira a un niño: - ---Dejemos lo teatral para los alemanes. Nuestros partes son partes -ingleses. En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso -castigar la felonía de aquellos prusianos que se acercaron gritando que -se rendían, y a mansalva, seguros de que los ingleses no pueden tirar -contra el enemigo que se entrega, atacaron nuestras trincheras con -granadas de mano. - -Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de -los oficiales interrogó: - ---Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel? - ---Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos, -ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del -Derecho de Gentes... Pero ahora han sido los soldados quienes olvidaron -y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de -imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y -Oceanía. - -Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la -biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las -ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes -la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono -apareció en la puerta: - ---Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros! - - - - -CAP. XXXIX - - -En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los -ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un -ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro, -que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en -su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus -caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo -las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y -decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y -el rostro curtido por todos los soles, la mirada exaltada y mística, -con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la -cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus -jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana -y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en -la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los -jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes -acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa -cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los -héroes jóvenes de la divina Francia. - - - - -CAP. XL - - -Ipres y Arras, Verdun y Reims, Thann y Metzeral, son grandes -campamentos. A lo largo de las carreteras, bajo los árboles desmochados, -en la puerta de los ventorros, por los establos de las granjas, todo a -la redonda de las heroicas ciudades, está lleno de soldados. Patrullas -de caballería, con grande y sonoro estrépito, galopan por las carreteras -y atraviesan los dormidos burgos. En el fondo de los bosques, soldados -con el torso desnudo sacrifican vacas y novillos. Las reses muertas -cuelgan de las fuertes ramas, y las que van a morir rebullen -acobardadas, dando tirones al ronzal. Por los verdosos y nebulosos ríos -bajan los barcos hospitales. Atracan en los remansos para sepultar a los -muertos, y vuelven a navegar, sonando una campana. Grupos de soldados, a -la puerta de los alojamientos, limpian las armas, almohazan los -caballos, aparejan los tiros y estiban las municiones en los carros. -Escuadras de infantes vivaquean en el lindero de los bosques: Algunos se -bañan en los arroyos: Otros, a la puerta de los albergues, entre los -carros y las yuntas, fuman sus negras pipas, mientras los fuertes -frisones de redondos cascos, trituran el pienso de avena, sepultado el -hocico en un talego, y humillada la cerviz. Ruedan los convoyes en la -niebla del amanecer, despacio, con un vaivén pesado. Bajo la lona sucia -se perfila la forma rígida de los cañones, y en el izquierdo del tiro -cabalga algún soldado veterano, de rojo mostacho partido en dos pábilos, -y ojos aldeanos, claros ojos acostumbrados a mirar muy lejos, como los -del marino, pero menos bruscos, y más llenos del amor de las cosas. Por -todos los caminos que conducen al frente de batalla desfilan los largos -convoyes, y, para disimularlos a la escudriña de los aviones enemigos, -los carros van cubiertos de ramajes: Desfilan abriendo hondas rodadas, y -las escoltas, repartidas a uno y otro lado, marchan en silencio. Los -carros verdeantes de las ametralladoras tienen un vivo traqueteo, y -entre unos y otros ruedan los que conducen las pesadas y plomizas cajas -de municiones. En la retaguardia de las trincheras se tienden bosques -quemados por los gases asfixiantes, granjas saqueadas, aldeas en -escombros, iglesias con el campanario mocho... Es una sucesión de -imágenes desoladas que no se interrumpe desde la costa norteña a los -montes de Alsacia. En los atrios de las viejas ciudades estallan las -granadas, caen las piedras de las catedrales, los pórticos coronados de -santos tiemblan en sus cimientos, se rompen los rosetones, y las - golondrinas vuelan asustadas por las naves - desiertas. En la luz del día que - comienza, la tierra, mutilada - por la guerra, tiene una - expresión dolorosa, - reconcentrada - y terrible. - - [imagen no disponible] - - ESTE LIBRO - ACABÓ DE PUBLICARSE EN - MADRID - EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA - CALLE DEL CARDENAL CISNEROS, 10 - EL DÍA 30 DE JUNIO - DE MCMXVII - - - - - -End of Project Gutenberg's La media noche, by Ramón del Valle-Inclán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE *** - -***** This file should be named 55448-8.txt or 55448-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/4/4/55448/ - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La media noche - visión estelar de un momento de guerra - -Author: Ramón del Valle-Inclán - -Release Date: August 28, 2017 [EBook #55448] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<p class="c"> -<img src="images/cover.jpg" alt="" /> -</p> - -<p class="cb"><span class="rojo">LA MEDIA NOCHE</span></p> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="" -style="border:3px outset gray;padding:1em;text-align:center;"> -<tr><td> -<a href="#CAP_I">CAP. I,</a> -<a href="#CAP_II">II,</a> -<a href="#CAP_III">III,</a> -<a href="#CAP_IV">IV,</a> -<a href="#CAP_V">V,</a> -<a href="#CAP_VI">VI,</a> -<a href="#CAP_VII">VII,</a> -<a href="#CAP_VIII">VIII,</a> -<a href="#CAP_IX">IX,</a> -<a href="#CAP_X">X,</a> -<a href="#CAP_XI">XI,</a> -<a href="#CAP_XII">XII,</a> -<a href="#CAP_XIII">XIII,</a> -<a href="#CAP_XIV">XIV,</a> -<a href="#CAP_XV">XV,</a> -<a href="#CAP_XVI">XVI,</a> -<a href="#CAP_XVII">XVII,</a> -<a href="#CAP_XVIII">XVIII,</a> -<a href="#CAP_XIX">XIX,</a> -<a href="#CAP_XX">XX,</a> -<a href="#CAP_XXI">XXI,</a> -<a href="#CAP_XXII">XXII,</a> -<a href="#CAP_XXIII">XXIII,</a> -<a href="#CAP_XXIV">XXIV,</a> -<a href="#CAP_XXV">XXV,</a> -<a href="#CAP_XXVI">XXVI,</a> -<a href="#CAP_XXVII">XXVII,</a> -<a href="#CAP_XXVIII">XXVIII,</a> -<a href="#CAP_XXIX">XXIX,</a> -<a href="#CAP_XXX">XXX,</a> -<a href="#CAP_XXXI">XXXI,</a> -<a href="#CAP_XXXII">XXXII,</a> -<a href="#CAP_XXXIII">XXXIII,</a> -<a href="#CAP_XXXIV">XXXIV,</a> -<a href="#CAP_XXXV">XXXV,</a> -<a href="#CAP_XXXVI">XXXVI,</a> -<a href="#CAP_XXXVII">XXXVII,</a> -<a href="#CAP_XXXVIII">XXXVIII,</a> -<a href="#CAP_XXXIX">XXXIX,</a> -<a href="#CAP_XL">XL</a> -</td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p> - -<div class="blkk"><div class="blkkk"> -<h1> -LA MEDIA NOCHE <img src="images/rose.jpg" -width="36" -alt="" -/><br /> -<small>VISIÓN ESTELAR DE VN<br /> -MOMENTO DE GVERRA<br /> - -<img src="images/clover.jpg" -width="22" -alt="" -/> <small>POR DON RAMÓN DEL<br /> -VALLE-INCLÁN</small></small> <img src="images/clovers.jpg" -width="150" -alt="" -/></h1> -</div></div> - -<p class="cb"> -<span class="rojo">MADRID, MCMXVII</span><br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span> </p> - -<h2><a name="BREVE_NOTICIA" id="BREVE_NOTICIA"></a>BREVE NOTICIA</h2> - -<p>Era mi propósito condensar en un libro los varios y diversos lances de -un día de guerra en Francia. Acontece que, al escribir de la guerra, el -narrador que antes fué testigo, da a los sucesos un enlace cronológico -puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que -nos veda ser a la vez en varias partes. Y como quiera que para recorrer -este enorme frente de batalla, que desde los montes alsacianos baja a la -costa del mar, son muchas las jornadas, el narrador ajusta la guerra y -sus accidentes a la medida de su caminar: Las batallas comienzan cuando -sus ojos llegan a mirarlas: El terrible rumor de la guerra se apaga -cuando<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> se aleja de los parajes trágicos, y vuelve cuando se acerca a -ellos. Todos los relatos están limitados por la posición geométrica del -narrador. Pero aquel que pudiese ser a la vez en diversos lugares, como -los teósofos dicen de algunos fakires, y las gentes novelescas de -Cagliostro, que, desterrado de París, salió a la misma hora por todas -las puertas de la ciudad, de cierto tendría de la guerra una visión, una -emoción y una concepción en todo distinta de la que puede tener el -mísero testigo, sujeto a las leyes geométricas de la materia corporal y -mortal. Entre uno y otro modo habría la misma diferencia que media entre -la visión del soldado que se bate sumido en la trinchera, y la del -general que sigue los accidentes de la batalla encorvado sobre el plano. -Esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta -comprensión que parece fuera del espacio y del tiempo, no es sin embargo -ajena<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> a la literatura, y aun puede asegurarse que es la engendradora de -los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y -dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato -máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de -infinitos ojos que cierran el círculo. Cuando los soldados de Francia -vuelvan a sus pueblos, y los ciegos vayan por las veredas con sus -lazarillos, y los que no tienen piernas pidan limosna a la puerta de las -iglesias, y los mancos corran de una parte a otra con alegre oficio de -terceros; cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se -rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de -miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo -habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces -la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión -de todo el pueblo<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> que estuvo en la guerra, y vió a la vez desde todos -los parajes todos los sucesos. El círculo, al cerrarse, engendra el -centro, y de esta visión cíclica nace el poeta, que vale tanto como -decir el Adivino.</p> - -<p> </p> - -<p>Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión -astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma, -desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en -el empeño, mi droga indica en esta ocasión me negó su efluvio -maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que un -balbuceo del ideal soñado. Volveré a Francia y al frente de batalla para -acendrar mi emoción, y quién sabe si aun podré realizar aquel orgulloso -propósito de escribir las visiones y las emociones de <span class="smcap">Un día de guerra</span>.</p> - -<p class="r"> -V.-I.<br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span></p> - -<div class="blockquot"> -<p class="nind"> -<span class="letra"><img src="images/ill_f.jpg" -width="90" -alt="F" -/></span><i>ilo de media noche encendí la lámpara. Me puse delante, y mi -sombra cubría el muro. Abrí el libro y deletreé las palabras con -que se desencarna el alma que quiere mirar el mundo fuera de -geometría. Después apagué la lámpara y me acosté sobre la tierra -con los brazos en cruz como el libro previene. Artephius, astrólogo -siracusano, escribió este libro, que se llama en latín</i> <span class="smcap">Clavis -Mayores Sapientæ</span>.</p> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> </p> - -<h2><a name="CAP_I" id="CAP_I"></a><span class="rojo"> -<img src="images/title.jpg" -width="450" -alt="LA MEDIA NOCHE; CAP. I." -/></span></h2> - -<p class="nind"> -<span class="letra"><img src="images/ill_s.jpg" -width="150" -alt="S" -/></span>ON LAS DOCE DE LA NOCHE. La luna navega por cielos de claras estrellas, -por cielos azules, por cielos nebulosos. Desde los bosques montañeros de -la región alsaciana, hasta la costa brava del mar norteño, se acechan -dos ejércitos agazapados en los fosos de<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> su atrincheramiento, donde -hiede a muerto como en la jaula de las hienas. El francés, hijo de la -loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición, están otra -vez en guerra. Doscientas leguas alcanza la línea de sus defensas desde -los cantiles del mar hasta los montes que dominan la verde plana del -Rhin. Son cientos de miles, y solamente los ojos de las estrellas pueden -verlos combatir al mismo tiempo, en los dos cabos de esta línea tan -larga, a toda hora llena del relampagueo de la pólvora y con el trueno -del cañón rodante por su cielo.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_II" id="CAP_II"></a>CAP. II</h2> - -<p>Las trincheras son zanjas barrosas y angostas. Amarillentas aguas de -lluvias y avenidas<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> las encharcan. Se resbala al andar. Los ratones -corren vivaces por los taludes, las ratas aguaneras por el fondo -cenagoso, y ráfagas de viento traen frías pestilencias de carroña. En el -talud de las trincheras los zapadores han cavado hondos abrigos donde se -guarecen escuadras de soldados, y en los lugares más propicios para las -escuchas y centinelas, silos con miraderos disimulados entre pedruscos y -ramajes. Desde estas atalayas se hace la descubierta de las líneas -enemigas, y los artilleros, comunicándose por sus teléfonos, regulan el -tiro de los cañones, siempre emplazados más atrás que las primeras -defensas. Ante los dos fosos enemigos se tienden campos de espinosas -alambradas, y hay esguevas donde los muertos de las últimas jornadas se -pudren sobre los huesos ya mondos<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> de aquellos que cayeron en los -primeros días de la invasión. La tierra en torno está como arada. La -metralla taló los árboles y abrasó la yerba. Del fondo de las trincheras -surgen cohetes de luces rojas, verdes y blancas, que se abren en los -aires de la noche oscura, esclareciendo brevemente aquel vasto campo de -batallas. Corre un alerta desde los cantiles del mar norteño, hasta los -bosques montañeros que divisan el Rhin.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_III" id="CAP_III"></a>CAP. III</h2> - -<p>En las sombras de la noche, largos convoyes que llevan municiones al -frente de batalla, ruedan por los caminos. Los cohetes de las trincheras -abren sus rosas en el aire,<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> los reflectores exploran la campaña y la -esclarecen hasta el confín lejano de bosques y montes. Se muestra de -pronto el espectro de un pueblo en ruinas, quemado y saqueado, mientras -por la carretera, en el lostrego del reflector, corre cojeando algún -perro sin dueño. Al abrigo de los bosques, filas y filas de carros -esperan inmóviles la orden de ruta, con los soldados de la escolta -descansando al borde del camino y fumando una pipa de tabaco belga. Se -oye el cañón, cuándo lento, cuándo en vivo fuego de ráfagas, y los -soldados hacen conjeturas con palabras breves, casi indiferentes. Llega -un ciclista sonando el timbre tercamente: Trae la orden de ruta que el -sargento deletrea a la luz de una linterna, y el convoy se pone en -marcha. Todos los caminos de la retaguardia sienten<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> el peso de los -carros de municiones, que, escoltados por veteranos, se bambolean con -estridente son de hierros. Ruedan con los faroles apagados, informes -bajo las estrellas, sumidos unas veces en la sombra de las arboledas, y -otras destacando su línea negra por alguna carretera blanquecina y -desnuda. Son tantos que no se pueden contar, son cientos y cientos. -Ruedan hacia las trincheras lentamente, pesadamente. Cuando pasan cerca -de alguna aldea, ladran los perros y alborean los gallos.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_IV" id="CAP_IV"></a>CAP. IV</h2> - -<p>Y la luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por -cielos de borrasca: Sobre las doscientas leguas de foso<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> cenagoso, los -cohetes abren sus rosas, tiembla la luz de los reflectores, y en la -tiniebla del cielo bordonean los aviones que llevan su carga de -explosivos para destruir, para incendiar, para matar... Ocupan la -carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes -de la tragedia antigua del vértigo erótico. Vestidos de pieles, con -grandes gafas redondas, y redondos cascos de cuero, tienen una forma -embrionaria y una evocación oscura de monstruos científicos. Vuelan -contra el viento y a favor del viento, les dicen su camino las -estrellas. Unos van perdidos atravesando cóncavos nublados, otros -planean sobre el humo y las llamas de los incendios, otros van en la luz -de la luna, tendidos en escuadrilla. Aquel que zozobra entre ráfagas de -agua y viento del mar, es de<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> un aerodromo inglés, en la Picardia. Y -estos que retornan y aterrizan en silencio, son franceses: Partieron en -el anochecido, eran siete y no son más que cinco: Tras ellos queda -ardiendo un tren de soldados alemanes. Los pilotos saltan sobre la -yerba, y se alejan entumecidos, mientras algunos soldados con linternas, -empujan los aviones bajo los cobertizos, y vierten cubos de agua en los -motores recalentados. Es un campo de aviación a retaguardia de las -líneas donde se batalla, en un paraje llano revestido de céspedes. -Ligeras tiendas, grandes cobertizos, alpendes y galpones, hacen ruedo -sobre la yerba, tienen el color de la noche y se desvanecen en ella: -Sólo realza sus siluetas la luna cuando navega por claros cielos -estrellados.<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_V" id="CAP_V"></a>CAP. V</h2> - -<p>Granizos y ventiscas en los montes alsacianos y en los Vosgos.—Ya cantó -dos veces el gallo.—Las trincheras tienen una cresta blanca, y, -soterrados en ellas, vestidos de pieles como pastores, los centinelas -acechan el campo enemigo, asomando apenas tras el parapeto cubierto de -nieve. Hay un cañoneo lento, que tiene largas y encadenadas resonancias. -La luz de los reflectores vuela sobre las cumbres, llega al fondo de las -selvas, ilumina el tronco de los abetos y el albo talud de las zanjas, -por donde corren en fila india los soldados que acuden a reforzar las -defensas del Hartmanwillerkopf.-<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span>-El Viejo Armando, en la jerga de los -peludos.—Sobre el sudario de la nieve, los cohetes abren sus rosas de -colores. Entre Thann y Metzeral se ha iniciado un fuego de ráfagas, y en -los puestos de escucha, los canes, agazapados a la vera de los soldados, -se avizoran.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_VI" id="CAP_VI"></a>CAP. VI</h2> - -<p>El sargento de un retén, en lo alto de la montaña, destaca dos -centinelas de pérdida: Salen cautelosos, arrastrándose sobre la nieve, -se sumen en la noche. La trinchera alemana, toda bardelada y defendida -por espinosa red de alambre, está al otro lado de un calvero, no más -lejos de cien pasos.<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> Las grandes balas cruzan silbando, y, de tiempo en -tiempo, un abeto viene a tierra con sordo rumor de marejada. Los -soldados corren en pequeños grupos, la cabeza vuelta, los hombros -levantados. Cruje otro tronco. La metralla está segando el bosque: Donde -cae una bomba fulmina una llama. Los dos centinelas de pérdida se -arrastran cautelosos, y, cuando el lostrego de los reflectores explora y -revela el campo, quédanse aplastados: Con las carnes estremecidas, pisan -sobre un montón de cadáveres medio enterrados en la nieve: Al pisar, -parece que se les incorporan bajo los calcañares. Los dos centinelas -pasan sobre los muertos llevándose su olor: Ya tocan las alambradas, y -en aquel momento una violenta sacudida los echa por los aires con las -ropas encendidas:<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> El repuesto de cartuchos que llevan en las cananas -estalla como una cohetada: Caen ardiendo, simulan dos peleles. De los -cascos sale una llama azul. Los soldados franceses, desde sus -trincheras, miran el suceso con pena. En el Observatorio de -Langenfeldkopf, un teniente murmura hablando con su compañero:</p> - -<p>—Los boches han reforzado sus defensas con un cable eléctrico, imitando -lo que hicimos nosotros en la Indo-China.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_VII" id="CAP_VII"></a>CAP. VII</h2> - -<p>Los alemanes, aprovechando la oscuridad de la noche, salen de sus -trincheras y llegan a las defensas avanzadas de los franceses. De<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> -pronto el ladrido de un perro da el alerta, y la luz de un reflector los -descubre arrastrándose sobre la nieve, rota la formación y muy -dispersos. Los franceses abren el fuego. Los alemanes, con impulso -unánime, se incorporan y corren hacia las líneas enemigas arrojando -granadas de mano. Cuando unos caen, otros los secundan: Suben -arrastrándose, combaten en oleadas. Los franceses, al abrigo de sus -defensas, hacen fuego de fusil. Es una avanzada de veteranos alpinos, y -en pocos instantes sólo quedan setenta hombres ilesos. Las granadas caen -dentro de la trinchera. Están rotos los hilos del teléfono, y dos -soldados se destacan voluntarios para reparar la avería: Estalla una -granada, y dobla al uno sobre el otro: Quedan en un escorzo blando, sin -horror, como dos hermanos que<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> se besan. El teniente de la segunda -compañía, metido en la garita del teléfono, escribe un parte. Se oyen -los gritos de los alemanes al penetrar en la trinchera. El teniente -dobla el papel y lo sujeta bajo el collar de un perro que espera -moviendo la cola: Le halaga, le saca fuera y lo hace rastrear. Parte el -can como una centella. El teniente da algunos pasos y tropieza con un -herido que se queja caído en el fondo de la trinchera. Otro se venda la -frente algo más lejos. El Teniente Breal los anima con una gran voz:</p> - -<p>—¡Viva la Francia! ¡Arriba los muertos!</p> - -<p>Y los muertos se levantan, y hay una gran basculada dentro de aquel foso -lleno de oscuridad, de fango y de tumulto. Dos ametralladoras francesas -rompen el fuego sobre el árido descampado por donde avanzan los -alemanes.<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> Sus tiros se cruzan metódicamente como una expresión -matemática, indiferente y cruel a los hombres. A través de la selva -nevada huye la sombra del can: Corre al flanco de un foso, entra por una -senda donde están detenidos muchos carros en fila: Aparece y desaparece: -Salva de un salto el ramaje de los abetos caídos sobre el camino: Corre -con el ijar sobre la tierra: Bajo la luz de los reflectores se agacha -igual que hacen los soldados. Vuelve a vérsele sobre la orilla del foso, -rastrea, desciende por el talud, se mete por el fondo y, moviendo la -cola, entra en una casamata. Dos oficiales escriben a la luz puntiaguda -de un quinqué, y el can, haciendo corcovos, se coloca entre ellos, de -manos sobre la mesa. El Teniente Rousell le halaga y saca el parte que -lleva sujeto en el<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span> collar. Comienza a leerlo, y el otro oficial lo va -silabeando delante del teléfono:</p> - -<p>—Comandancia de brigada.—Transmito parte del Teniente Breal.—2.ª -Compañía de Cazadores Alpinos.—Fuerzas alemanas, con un golpe de mano, -han conseguido penetrar en nuestras defensas. Me sostengo con los -hombres que me quedan, pero necesito ser auxiliado urgentemente. Tengo -el mando por desaparición del Capitán Douchesne.—<span class="smcap">Teniente Breal.</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_VIII" id="CAP_VIII"></a>CAP. VIII</h2> - -<p>Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero -luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> enemigos galguean -por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo -cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la -tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral -está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del -río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y -humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo -de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En -los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen -mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las -esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas. -Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> de -otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la -mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se -queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de -tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo, -duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle -los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un -repente, y descubre el rostro pálido del pequeño:</p> - -<p>—¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo!</p> - -<p>El hombre calla, y la mujer mira al marido:</p> - -<p>—No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto... -¡Dámele!</p> - -<p>El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora:<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span></p> - -<p>—¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices!</p> - -<p>La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada, -dando gritos:</p> - -<p>—¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!</p> - -<p>El padre murmura sombriamente:</p> - -<p>—¡Aun no!</p> - -<p>También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los -brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la -nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue -gritando:</p> - -<p>—¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!</p> - -<p>El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella:<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span></p> - -<p>—¡Calla, hija mía! ¡Calla!</p> - -<p>La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente, -la barba del padre. Pero luego torna a suspirar:</p> - -<p>—¡Se murió nuestro bebé!</p> - -<p>Y comienza la madre:</p> - -<p>—¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios!</p> - -<p>Tiene el gesto obstinado, y los ojos secos. Con dos dedos oprime los -párpados rígidos de su niño muerto. Los cazadores alpinos desfilan hacia -las trincheras, pasan sin verlos, encorvados bajo la borrasca de nieve. -Se hunde el techo de una casa, y en las calles desiertas resuena el -galope de las vacas perdidas, con el tolón, tolón de los cencerros. El -cañoneo, terco y lento, no cesa entre las dos hogueras de Thann y -Metzeral.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_IX" id="CAP_IX"></a>CAP. IX</h2> - -<p>¡Los ecos de la guerra se enlazan desde la costa norteña hasta los -montes alsacianos! Al estampido de las bombas surgen las llamas de los -incendios: Arden las mieses, y las sobrecogidas aldeas, y las ciudades -que lloran al derrumbarse las torres de sus catedrales. Caen miles y -miles de soldados en la gran batalla nocturna, y quedan rígidos y fríos -bajo el temblor de las estrellas. Las escuadras se aclaran de pronto: A -veces, rompiéndose por el centro para buscar el ataque de flanco, a -veces bajo una bomba que estalla y abre en ellas brecha como en el -fuerte muro de un castillo. Las ametralladoras<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> cruzan sus fuegos -haciendo raya, desgranan sus tiros sobre anchos espacios, arrasan las -líneas de soldados: Unos, caen al modo de peleles recogiendo -grotescamente las piernas; otros, abren los brazos y quedan aplastados -sobre la tierra; otros, se doblan muy despacio sobre el hombro del -camarada. Y entre tan diversos modos de morir, se arrastran los heridos -oprimiéndose las carnes desgarradas, sintiendo fluir por entre los dedos -la sangre tibia, dilatados los ojos con el horror de ser hechos -prisioneros. Miles de cañones hacen fuego en batería, y bajo el impulso -de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y -profunda que tienen las gatas al parir.</p> - -<p>Por caminos que cavaron los zapadores, y alcanzan hasta la línea de -fuego, los camilleros<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span> conducen a los heridos. El primer socorro se les -prestó en la trinchera al amparo de profundas casamatas que tienen -charcos de sangre en el piso terreño, y el aire impregnado de olor a -cloroformo. Sobre la cuneta de las carreteras, procurando el socaire de -bosques y colinas, esperan inmóviles, en largas hileras, los carros de -la Cruz Roja. Las ambulancias están en la retaguardia, repartidas por -los graneros y establos de las quintas, en las salas de los castillos, -en los cafés con espejos rayados y tules para las moscas, en las cuevas -de los pueblos aun ardiendo. ¡El dolor de la guerra estremece y conforta -el alma de Francia!<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_X" id="CAP_X"></a>CAP. X</h2> - -<p>Nieblas espesas en la costa del mar.—Ya cantó dos veces el gallo.—Las -estrellas tiemblan sobre la gran plana inundada de las Flandes. Cerca de -Furnes, en un estero, la marinería desembarcada de la escuadra forma la -vanguardia. Sopla el viento del mar, y la resaca arrastra hacia la -orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados -alemanes: Flotan entre aguas: Una ola los levanta en la espumosa cresta, -otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la -arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente. La escuadra de -marineros que acordona la playa permanece silenciosa, mirando al -horizonte rizado y sin fondo. Son pescadores<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span> de Normandía y de Bretaña, -mozos crédulos, de claros ojos, almas infantiles valientes para el mar, -abiertas al milagro, y temerosas de los muertos. Muchos rezan en voz -baja, acordándose de las apariciones en los cementerios y en los pinares -de sus aldeas; otros trincan aguardiente y humean la pipa; tal vez -alguno prueba a cantar. La luna navega en cerco de nieblas, y los -cuerpos hidrópicos de los soldados alemanes vienen y van con la resaca.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XI" id="CAP_XI"></a>CAP. XI</h2> - -<p>Un teniente de navío, acompañado de un condestable, baja por la ribera -redoblando las guardias. Saluda la marinería, y todos, como niños, -sienten que se disipa en presencia del jefe aquel miedo a los difuntos -que<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> les hace rezar y cantar. Un cabo de cañón sale de la fila y se -destaca sobre el camino, la mano a la altura de la sien:</p> - -<p>—Con licencia, mi teniente. ¿Nos autoriza usía para ponerles velas?...</p> - -<p>Y señalaba los cadáveres de los boches embarrancados en la playa. El -teniente comprende y sonríe:</p> - -<p>—¿No será mejor enterrarlos?</p> - -<p>—Salvo su parecer, mi teniente, mejor es ponerlos velas, y que se los -lleve el viento.</p> - -<p>De un grupo de marineros salen diferentes voces:</p> - -<p>—¡Que se los lleve el viento! ¡Que se los lleve el viento!...</p> - -<p>Son voces graves, temerosas y atónitas: Su murmullo tiene algo de rezo. -Un marinero de la costa bretona se santigua:<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span></p> - -<p>—¡Los vivos y los muertos no deben dormir juntos!</p> - -<p>El oficial hace un gesto de indiferencia:</p> - -<p>—Pues que se los lleve el viento.</p> - -<p>—¡A la orden, mi teniente!</p> - -<p>El grupo de marineros se dispersa por la playa, y los unos a los otros -se van diciendo de quedo:</p> - -<p>—¡Hala! A ponerles velas.</p> - -<p>Alguno pregunta:</p> - -<p>—¿Y el teniente?</p> - -<p>—Es el teniente quien lo manda.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XII" id="CAP_XII"></a>CAP. XII</h2> - -<p>La marinería se arremanga y entra chapoteando por el agua llena de -fosforescencias. A lo largo de la playa flotan más de cien cadáveres<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> -alemanes inflados y tumefactos. Uno hay que no tiene cabeza; otros -descubren en el vientre y en las piernas lacras amoratadas, casi negras. -Comienza la faena de ponerles velachos con las pértigas y lienzos de las -tiendas. Valiéndose de los bicheros, les hacen brechas en la carne -hidrópica, y clavan los astiles donde van las lonas. Luego, -supersticiosos y diestros, los empujan hasta encontrar calado: Sesgan la -vela buscando que la llene el viento, y, al tobillo o al cuello, les -amarran las escotas. Los muertos se alejan de la playa como una -escuadrilla de faluchos: Se les ve alinearse bajo la luna, y partir -hacia el horizonte marino empujados por la fresca brisa que sopla del -tercer cuadrante. Pasa un aliento de alegría sobre aquellas almas -infantiles y crédulas. Un grumete, con<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> la gorra en la mano, y las luces -de las estrellas en los ojos fervorosos, clama en su vieja lengua -céltica:</p> - -<p>—¡Madre del Señor! ¡Ya no tengo miedo a los muertos!</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XIII" id="CAP_XIII"></a>CAP. XIII</h2> - -<p>Lento cañoneo del lado de Ipres. Por el fondo de la trinchera corre un -arroyo de fango; los centinelas se agazapan con los fusiles apoyados -sobre el talud; pequeñas escuadras de soldados dormitan en los abrigos -cavados a lo largo del foso. De tiempo en tiempo, los pasos del oficial -que recorre la línea se detienen a la entrada:</p> - -<p>—¡Ánimo, muchachos!<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span></p> - -<p>Los soldados se remueven en la sombra haciendo marea, responden -runflando, palpan a tientas los fusiles. El oficial se aleja, sigue -recorriendo las avanzadas. Muchos peludos, cubiertos con encerados, -descansan echados en el fondo de la trinchera, y sobre las cajas de -granadas de mano reclinan la cabeza. El oficial pasa entre ellos -despacio y tentando con el bastón. De pronto, algún centinela que -dormita, se despierta sobresaltado y dispara su fusil. Corre la alarma. -Hay fusiladas caprichosas; vuelan los cohetes, y los peludos que reposan -en el fondo de la trinchera se incorporan, metiendo la mano en las cajas -de granadas. El fuego se extingue lentamente; la línea vuelve a quedar -en sombra, estremecida y vigilante, en una espera tensa, que agota más -que la lucha.<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XIV" id="CAP_XIV"></a>CAP. XIV</h2> - -<p>No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma, -al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La -ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es -un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro -calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados -asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre -la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con -las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la -hondura tenebrosa del zaguán,<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> donde se amontonan los ajuares. Se aleja -un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo -alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las -casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que -levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en -pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses, -en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de -niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al -abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que -se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se -van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello -despeinado, los ojos llorosos. Llegaron<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> poco hace huídas de Combles. El -padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un -soldado alemán.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XV" id="CAP_XV"></a>CAP. XV</h2> - -<p>El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después -la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de -luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y -sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo -como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno -la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la -carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> -el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La -carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes -molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos -sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro -vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y -se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la -cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz -llena de pena:</p> - -<p>—¿Falta mucho, amigo?</p> - -<p>El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes:</p> - -<p>—Menos que al principio.</p> - -<p>La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura:</p> - -<p>—¡Se me abre el cuerpo de dolor!<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XVI" id="CAP_XVI"></a>CAP. XVI</h2> - -<p>De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra. -Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se -la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre -interroga a las muchachas:</p> - -<p>—¿Qué sucede, hijas mías? ¡Ay, qué sueño malo! ¡Qué sueño malo! ¿Pero -qué sucede?</p> - -<p>El mayoral levanta la lona y saca una pértiga del fondo del carro:</p> - -<p>—¡No hay que asustarse, señoras! Es un caballo muerto.</p> - -<p>Estaba tendido en medio de la carretera,<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> casi llenándola de lado a -lado, rígido, negro, enorme. Tenía rasgado el vientre, y el bamdullo -fuera, en un charco de sangre pegajosa. El mayoral, metiéndole la -pértiga y apalancándola por debajo del costillar, le arrumba a un lado -del camino. Queda medio enterrado en la cuneta, con el cuello torcido y -las cuatro patas en alto:</p> - -<p>—¡Lástima de bestia!</p> - -<p>El mayoral salta al pescante y empuña de nuevo las riendas. Las tres -mujeres, como al comienzo del viaje, se santiguan y rezan. Cruza una -tropa de jinetes indios, los rostros oscuros, los turbantes blancos. Hay -largas hileras de carros inmóviles sobre un lado del camino, carros de -ametralladoras, carros de municiones, carros de forraje. Son tantos que -no se pueden contar. Dos automóviles<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> pasan veloces; dejan un rastro de -polvo y gasolina; conducen oficiales del Estado Mayor. Nueva tropa de -jinetes indios, nuevos carros inmóviles a lo largo del camino, y una -difusa fila de infantes, nebulosos, encorvados, taciturnos: Se apoyan en -herrados bastones y llevan la mochila a la espalda. Al atravesar una -aldea se oye una gaita de escoceses. Dos viejos rurales detienen el -carro; el mayoral les entrega la orden de ruta, y se la devuelven tras -de leerla a la luz de un farol. El carro torna a rodar. Una de las -muchachas no cesa en su queja:</p> - -<p>—¡Ay, Virgen Santa!... ¡Se me rompe el cuerpo de dolor!<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XVII" id="CAP_XVII"></a>CAP. XVII</h2> - -<p>Ahora, a uno y otro lado del camino, aparecen campos cubiertos de -cruces: Se agrandan sus brazos en el vaho de bruma que llena los ámbitos -de la noche, y toda su forma se difunde en un halo. Sobre el talud de la -carretera reposa larga fila de muertos: Cavan cuatro azadones y se -percibe el olor de la tierra removida. Anda un grupo de soldados -identificando los cadáveres, y los rostros lívidos surgen de pronto bajo -el cono de luz de las linternas. Habla una voz en la sombra:</p> - -<p>—¡Aquí hay quien no tiene cabeza!</p> - -<p>Y otra voz lejana interroga:</p> - -<p>—¿Es un zuavo?<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span></p> - -<p>—Un zuavo.</p> - -<p>—Le habrá rodado... Yo recuerdo que se la puse sobre la tripa.</p> - -<p>Entre la niebla y las estrellas, las figuras, las luces y las voces, -guardan el acorde remoto que enlaza la vida y los sueños. Un camillero -que pasea la luz de su linterna cateando por la cuneta de la carretera, -da una voz hablando a los del otro cabo:</p> - -<p>—¡Ya pareció aquello!</p> - -<p>Y levanta la cabeza trunca manchada de tierra y de sangre. Otro soldado -clava el zapapico en el borde de una cueva que casi le cubre, y salta -fuera:</p> - -<p>—¡Está abierta la cama para otros tres boches!</p> - -<p>Responden del camino:</p> - -<p>—¡Allá van!<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span></p> - -<p>Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan -rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los -sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa. -Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la -señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas -de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido -la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre. -Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente -esparcidos sobre la orilla del camino.<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XVIII" id="CAP_XVIII"></a>CAP. XVIII</h2> - -<p>El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas -iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen -hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la -plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas -desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital, -todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran -tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran -rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos -hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> congoja, y la -monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco, -alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro -se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa, -resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo -sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas -con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada. -Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca:</p> - -<p>—¡Ave María Purísima!</p> - -<p>—¡Sin pecado concebida!</p> - -<p>Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y -brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo -los pañales a un recién nacido. Las<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> dos hermanas vuelven los ojos a la -madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las -empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría -en fuerza de limpia y desnuda.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XIX" id="CAP_XIX"></a>CAP. XIX</h2> - -<p>Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí, -bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el -gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al -entrar:</p> - -<p>—¿Qué tienen estas niñas?</p> - -<p>Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática:</p> - -<p>—¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías!<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span></p> - -<p>Se sienta cerca de la madre:</p> - -<p>—Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo.</p> - -<p>La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas:</p> - -<p>—Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...?</p> - -<p>—De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca -el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie -atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el -abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su -verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve, -como hace el vino con los borrachos.</p> - -<p>Una de las muchachas murmura crispada:</p> - -<p>—¡Es el odio a Francia!<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span></p> - -<p>El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano:</p> - -<p>—Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que -tienen abolengo.</p> - -<p>Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como -las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a -ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada, -con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas -ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la -más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta, -delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de -tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que -debió ser llena de gracia. Tiene el cabello<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> fosco, y cuando lo aparta -de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura. -Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez, -que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira -de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las -ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre -de arriba abajo:</p> - -<p>—¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora -que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido...</p> - -<p>La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara -con las manos:</p> - -<p>—¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero -llevar este contagio<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena, -yo me mataré!</p> - -<p>Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los -dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos -de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de -aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con -una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba:</p> - -<p>—¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto!</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XX" id="CAP_XX"></a>CAP. XX</h2> - -<p>Cerca del amanecer llega un convoy de heridos. Bajo las acacias -desmochadas se tienden cuarenta carros de la Cruz Roja. Falta<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> sitio, y -las monjitas belgas, refugiadas en aquel hospital de una villa francesa, -ofrecen sus celdas y sus lechos, blancos como altares, para los soldados -de la República. Los corredores rebosan de heridos. Yacen las camillas a -uno y otro rumbo del muro, formando una vía dolorosa llena de quejas y -largos ayes. Algunos heridos leves, pálidos y soñolientos, con los -vendajes salpicados de sangre y de barro, descansan en los bancos del -locutorio. La escalera está llena de soldados dormidos, con las mochilas -por cabezal: Se arrebujaban en pardas mantas, exhalaban un vaho húmedo: -Son bisoños aspeados, y tan rendidos de fatiga, que, al entrar bajo -techado, tiran la mochila por delante y se tumban.—Los corredores están -llenos de movimiento, de voces y de lodo. En el camino<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> que forman las -dos hileras de camillas, los clavos de las fuertes botas militares dejan -su impronta. Al ruido de los pasos, una mano, que muestra su lividez -bajo la suciedad del barro y de la pólvora, levanta el hule del -cabecero:</p> - -<p>—¡Me muero de sed! ¡Me muero de sed!</p> - -<p>Es una voz sofocada. Se ve la frente envuelta en vendajes de gasa con -roeles de sangre fresca, y todo el rostro desaparece bajo los vendajes. -De otras camillas se escapa una queja débil, de otras palabras -acalenturadas, estertores, gritos de delirio, también hay algunas en -silencio profundo, como féretros. Los gritos, las suplicaciones, las -frases caóticas devanadas sin tregua, hacen babel. Un herido no cesa de -gritar:</p> - -<p>—¡Los ingleses! ¡Los ingleses!<span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span></p> - -<p>Retiembla la camilla, saca los brazos agitando las manos:</p> - -<p>—¡Los ingleses! ¡Los ingleses!</p> - -<p>Y siempre lo mismo, el mismo sopor inexpresivo en el grito, el mismo -pensamiento oscuro dando vueltas como la piedra de un molino. Era más -angustioso de oír que una queja desgarrada. Otro herido da voces -heroicas; otro, ríe con gran jolgorio:</p> - -<p>—¡No te vayas, Juana! ¡Escucha, Juanita!... ¡Ja, ja!... ¡Si no te -pellizco!</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXI" id="CAP_XXI"></a>CAP. XXI</h2> - -<p>En la sala de operaciones, blanca e iluminada, médicos y enfermeros con -delantales, no se dan reposo lavando heridas, restañando<span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> la sangre, -rasgando vendajes. Sobre los tableros de mármol, las lámparas de alcohol -levantan sus lenguas azules; los ayudantes desinfectan tijeras y pinzas; -el olor del cloroformo, olor a manzanas, satura el aire. El Doctor -Verdier murmura mientras desnudan a un herido:</p> - -<p>—Me temo que seamos desbordados... Habrá que ver de habilitar la -iglesia, porque aquí pronto nos faltará sitio. ¿Y paja? ¿Tendremos paja -para hacer camastros?</p> - -<p>Está librándose una gran batalla; se oye el bombardeo lejano y -constante. Patrullas de caballería, carros de ametralladoras, convoyes -de municiones escoltados por tropas de infantes, desfilan sin intervalo -por la única calle de la villa, para ir a perderse en la bruma del -Suroeste.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXII" id="CAP_XXII"></a>CAP. XXII</h2> - -<p>Desde hace muchos días, ingleses y franceses bombardean sin tregua las -líneas alemanas, en tierras de Flandes y Picardía. Todos los caminos de -la retaguardia están llenos de carros y de tropas: No cesan de cruzar -automóviles del Estado Mayor. En algunos parajes el barro es tanto, que -los soldados se entierran hasta la cintura, y los carros no pueden -rodar. Largos convoyes quedan horas y horas detenidos sobre la cuneta de -las carreteras, al socaire de los árboles que desmocha la metralla: -Horas y horas, hasta que llega una orden con el cambio de ruta.—La -vasta línea del horizonte se abre<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> con el relámpago de los cañones, son -tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la -tierra en tinieblas. Desaparecen los ejércitos en el silo de sus -parapetos, y en la negra llanura sin hombres, el estruendo de las bocas -de fuego tiene la resonancia religiosa y magnífica de las voces -elementarias en los cataclismos. Las tropas acantonadas en la -retaguardia, sienten el impulso unánime de correr hacia delante: Los -soldados abren el corazón a la victoria, y los caballos saludan con -sensuales relinchos el caliente olor de la pólvora. En medio del horror -y de la muerte, una vena profunda de alegría recorre los ejércitos de -Francia. Es la conciencia de la resurrección.—Los artilleros, -enterrados en sus casamatas, regulan el tiro de los cañones con un -sentido matemático<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> y devoto, como artífices que labrasen las piedras de -un templo. Es la religión de la guerra, y como las almas tienen -hermandad, sus palabras son breves: Por la virtud de la sonrisa y la luz -de los ojos se comunican en el silencio: Cuando asomados a las troneras, -contemplan el incendio de las granadas, cobran aquella expresión -radiante que las santas apariciones ponían en el rostro de los místicos.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXIII" id="CAP_XXIII"></a>CAP. XXIII</h2> - -<p>Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas, las desmoronan, -las escombran, las arrasan: Es un ciclón de fuego. Y la artillería -teutona, si responde rabiosa en unos<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> parajes, en otros calla impotente -para cubrir la extensa línea que los aliados atacan. Sus parapetos están -llenos de muertos, y los soldados atónitos, huraños a los jefes, esperan -el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a -la victoria, ajenos a la esperanza. Eran los dueños de la fuerza, y -advierten oscuramente que otra fuerza superior ha nacido contraria a -ellos, contraria a los destinos de Alemania. Una sima profunda se abre -en aquellas almas ingenuas y bárbaras, otro tiempo llenas de fe. Los -jefes sienten la muda repulsa del soldado, el desasimiento de la tierra -invadida, el anhelo pacífico por volver a los hogares: Y a los que están -en las trincheras se les emborracha para darle bríos, y a los que sirven -las ametralladoras se les trinca con ellas porque no<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> puedan desertar, y -el látigo de los oficiales que recorren la línea de vanguardia, pasa -siempre azotando.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXIV" id="CAP_XXIV"></a>CAP. XXIV</h2> - -<p>El grito enorme de la batalla estremece toda la tierra picarda. Las -aldeas están llenas de soldados, de caballos, de carros de municiones: -En las esquinas hay puestos de café caliente, y los ventorrillos de las -carreteras, iluminados por una luz de petróleo, rebosan de uniformes: La -lumbre de las pipas abre rojos reflejos en las caras que gesticulan en -un vaho de humo, y se enraciman delante del mostrador. De tarde en tarde -un soldado sale a la puerta, mira al cielo y tiende la<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> mano para -cerciorarse de la lluvia. A lo largo del camino, carros de -ametralladoras, carros de forrajes, carros de municiones, carros de -artillería, esperan la orden de ruta: Cruzan automóviles con oficiales, -y se pierden rápidamente en la niebla: Cruzan ciclistas con el fusil en -banderola, jadeantes, obstinados sobre los pedales, y patrullas de -caballería, y escuadras de infantes. Canta en la noche una gaita de -escoceses; los cohetes abren sus rosas en el aire; los reflectores -exploran la campaña, y los carros vuelven a rodar deshaciendo las -carreteras. Tres hogueras, tres grandes hogueras, rojean sobre la -llanura: Tres aldeas que los alemanes, al retirarse, han puesto en -llamas.<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXV" id="CAP_XXV"></a>CAP. XXV</h2> - -<p>Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y -el imaginaria da voces golpeando en la puerta:</p> - -<p>—¡Orden de partir! ¡Orden de partir!</p> - -<p>Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas. -Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como -sombras:</p> - -<p>—¡Cochino tiempo!</p> - -<p>Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de -los caballos. Una voz interroga:</p> - -<p>—¿Se sabe adónde vamos?</p> - -<p>Y otra voz responde:<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span></p> - -<p>—¡Al baile de las peladillas!</p> - -<p>—¡Qué noche de aguas!</p> - -<p>Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En -la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen -una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces -están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:</p> - -<p>—¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!</p> - -<p>—¡Esto no acaba nunca!</p> - -<p>Un soldado grita enfurecido:</p> - -<p>—¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!</p> - -<p>Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y -restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> -fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de -una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados -sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de -unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de -calderilla:</p> - -<p>—¡Buena suerte, mocines!</p> - -<p>La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de -lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La -oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones, -no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece -apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan -silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span></p> - -<p>—¡Cochino tiempo!</p> - -<p>—¡Cochina guerra!</p> - -<p>—¡Y esto no acaba nunca!</p> - -<p>—Esto lo acabarán las mujeres.</p> - -<p>Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que -va a su vera en el armón. El otro trinca:</p> - -<p>—¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?</p> - -<p>—Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.</p> - -<p>—¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!</p> - -<p>Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los -artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que -galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span></p> - -<p>A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el -resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón -de la noche.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXVI" id="CAP_XXVI"></a>CAP. XXVI</h2> - -<p>¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una -silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el -barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda -que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres -tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de -Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo, -levantándose<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a -la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se -percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la -tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los -cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la -trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en -un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en -voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una -resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la -tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como -salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los -oficiales, que son<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes! -Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se -enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta -las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de -un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y -reyes.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXVII" id="CAP_XXVII"></a>CAP. XXVII</h2> - -<p>Los diez y seis hombres de la escuadra trabajan en silencio: Están a -pocos pasos de las líneas alemanas y el más leve rumor puede -descubrirles: Abren una zanja que en pocos momentos se atuye de agua -fangosa. Las alambradas rotas y retorcidas salen de entre<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> el barro -desgarrándoles la carne, y cavan enredados en ellas. Cuando los cohetes -se encienden en el aire, los peludos franceses quedan inmóviles en el -lago de cieno. De tarde en tarde una ametralladora perdida en la noche, -desgrana sus truenos: El sonido se esfuma a intervalos en las ráfagas -del viento y la lluvia, tiene repliegues profundos como si tomase la -forma quebrada del terreno: Se revela de pronto, y de pronto se amengua, -en una línea llena de dramatismo. Los soldados prolongan la zanja hasta -un barranco, y el agua se precipita haciendo torrente. Comienza a -perfilarse la forma de la trinchera. Aparecen algunos muertos -enracimados en el fondo, y los soldados van sacándolos de entre el cieno -y alineándolos sobre el talud. Desentierran dos ametralladoras -retorcidas<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span> como virutas. El cabo mete su linterna por la boca de los -abrigos: La luz tiembla sobre el agua dormida, las ratas trepan -asustadizas por el muro de tierra, y unas botas negras e hinchadas -rompen el haz de la charca. Las aguas hacen un círculo en torno. Los -pies del muerto tienen un ligero vaiven. El cabo murmura:</p> - -<p>—Dejaremos para mañana achicar el agua.</p> - -<p>Un peludo se acerca, y mete la cabeza atisbando por detrás del cabo:</p> - -<p>—¡Aquí parece que no se ha salvado ninguno!</p> - -<p>El cabo le mira por encima del hombro:</p> - -<p>—¡Las ratas!</p> - -<p>—¡Esos ya descansan!</p> - -<p>—Pues tú no te cambiarías por ellos... Y al cabo, si no hoy, mañana, -todos estaremos así.<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span></p> - -<p>Se alejan encorvados bajo el temporal. Se oye el rumor del agua que baja -al barranco. El soldado murmura:</p> - -<p>—¡Si la guerra acabase!...</p> - -<p>—¿Tú, qué gente tienes allá abajo?</p> - -<p>—Mujer y tres hijos. ¿Y tú?</p> - -<p>—¡Nadie!</p> - -<p>—¿Eres soltero?</p> - -<p>—Soy divorciado.</p> - -<p>El cabo mete la linterna por la boca de otro abrigo. La luz tiembla -sobre el agua negra. Un perro de lanas nada teniendo en los dientes el -brazo de un cuerpo que se hunde. Se ve la mano lívida. El perro nada -hacia la luz.<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXVIII" id="CAP_XXVIII"></a>CAP. XXVIII</h2> - -<p>Palidecen las estrellas del alba, y comienza el relevo de tropas en todo -el frente de batalla. Las columnas de soldados avanzan por cientos de -caminos. Los que van a las trincheras fuman ahincadamente la pipa, y -distraen los ojos sobre la campaña, hablan con ingenua sonrisa, tienen -el rostro encendido del frío, y el mirar sereno. Por las carreteras se -perfilan los largos convoyes: Unas veces, inmóviles, tendidos a lo largo -de los pueblos bombardeados; otras, rodantes; otras, descansando a la -sombra de las alamedas. Los soldados que tornan de las trincheras -caminan en silencio, dispersos, rezagados, cubiertos<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> de barro, el -rostro en gran palidez, y los ojos atónitos bajo el ceño obstinado. Las -formas de las cosas se revelan en la luz indecisa del alba. Negros -trenes cargados de tropas cruzan sobre puentes de bruma, con gran -estrépito de hierros: Huyen por las llanuras, aparecen y desaparecen -entre boscajes, jadean por altos terraplenes. A retaguardia del enorme -foso que ondula desde el mar a los montes alsacianos, los pueblos -bombardeados salen de la noche con la expresión trágica de la guerra. -Ciudades cercadas por serenos ríos, villas sobre provinciales -carreteras, aldeas entre prados, levantan sus ruinas frente al campo de -batalla. Las casas, negras del incendio, con la techumbre hundida entre -los cuatro paredones, y desmoronándose las tripas de cascote, son ruinas -de una emoción árida y<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> acongojada. Muchas ya tienen su recinto lleno de -ortigas y lagartos. Los cementerios militares se tienden a la vera de -los caminos, entre los pueblos quemados y saqueados.—¡Campos de cruces, -húmedos campos de aquel verde triste y cristalino que tiene la emoción -remota y musical del divino sollozo con que se ama!—Los cementerios -marcan la línea de las batallas, y las tumbas francesas y las alemanas -están cavadas a la par. La bruma del alba se sutiliza sobre las ruinas, -se desgarra en las cruces, vuela ingrávida sobre el enorme foso desde -los montes alsacianos a las marinas flamencas, y en este lívido tránsito -de la noche al día comienzan a perfilarse las formas de los muertos. Hay -parajes donde se amontonan, y otros de muchas leguas llenos del canto -de<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> los pájaros, como olvidados de la matanza. Este momento frío y gris, -en que el soldado al salir de las tinieblas de la noche, mira en torno -suyo los compañeros muertos, las ametralladoras rotas, la trinchera -desmoronada, es el más deprimente de la guerra. Las tropas vuelven de -las trincheras a sus alojamientos con una expresión de trágica demencia. -Y al ventero, delante de la puerta donde se detienen a beber un vaso de -vino; y a los viejos que labran los campos; y a las mujeres que guían un -carricoche; a todos cuantos preguntan de la batalla, responden con el -mismo gesto obstinado, con la misma voz apasionada:</p> - -<p>—¡No pasarán!<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXIX" id="CAP_XXIX"></a>CAP. XXIX</h2> - -<p>Esta misma hora es de nieve y ventisca en los montes alsacianos, de -niebla espesa en el mar, de fría lividez en la Champaña... Pero en las -doscientas leguas de foso cenagoso, lleno de ratas y de resplandores, -donde el peludo tirita con las manos doloridas sobre el fusil, estallan -las bombas desmoronando los parapetos, desgranan las ametralladoras sus -truenos, se abre el eco profundo de las minas. Hay parajes llenos de -ardor, de ira y de tumulto, que repentinamente quedan en silencio con -sus largas hileras de muertos aplastados sobre la tierra. Grandes vuelos -de cuervos se abaten bajo el cielo<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> del alba. Se queja el herido oculto -en la maleza, y el que se arrastra por el borde del camino, y el otro -cubierto de sangre, que se recuesta sobre el talud de la trinchera, y -aquellos tan pálidos, con la frente vendada, que abren los ojos sobre el -cabezal de las camillas. Las patrullas exploran el campo, y por las mil -trochas que arriban a la línea de fuego, van los soldados en difuso -deslayo. Para no resbalar en el lodo se apoyan en fuertes maquilas, y -por distintas trochas los camilleros vienen y van. En alguna casamata, a -la redonda de la estufa donde hierve el agua del café, los oficiales -conversan de guerra y de mujeres. Son jóvenes, y para la vida y para la -muerte tienen una sonrisa llena de gracia inconsciente, como en el -tiempo de la gran Revolución.<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXX" id="CAP_XXX"></a>CAP. XXX</h2> - -<p>En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el -timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un -vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten -órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas -geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio -y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino -por los pueblos extraños.—Para el alma francesa, armoniosa y clásica, -el teutón continúa siendo el bárbaro—. Los timbres eléctricos no dejan -de sonar, y todo se hace despacio, con<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> mesura, sin nervios. De tarde en -tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda -cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un -pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café -caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es -tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes -breves, y el esperar, el esperar atentos.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXI" id="CAP_XXXI"></a>CAP. XXXI</h2> - -<p>Sobre la gran llanura picarda, la batalla se encrespa. Por el laberinto -de zanjas cavado a retaguardia de la primera línea de trincheras, y -camino para llegar a ellas, avanzan escuadras<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> de infantes ingleses y -franceses, que corren en fila india, resbalando y chapoteando en el -barro, anhelantes por llegar. Las bombas alemanas ruedan, encendiendo -los aires en el caos gris de la niebla, y estallan, desmoronando los -taludes. En algunas ocasiones queda cegado el paso, y la tropa desfila -bajo la descubierta del fuego enemigo, ligera y dispersa. El vasto campo -de la batalla se les aparece de pronto, nebuloso y profundo, estremecido -de instante en instante por las lumbres y el trueno de los cañones. -Agazapándose, entran otra vez en el laberinto de zanjas, y caminan -enterrados en el barro hasta las corvas, pero con un aliento nuevo. -Pelotones de infantes arriban a la primera línea de trincheras por -diversos caminos y en distantes parajes; el laberinto de zanjas es un<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> -hormiguero de hombres. Sobre el talud que da vista al campo enemigo, las -escuadras alínean sus fusiles, y hacen fuego por descargas. Los -torpedos, al estallar, destruyen los parapetos y sepultan a los hombres; -trazan en el cielo su lenta curva; caen humeantes; abren hoyos -profundos. Y, en el fondo de la llanura, flamea sobre el cielo negro el -resplandor de tres aldeas en llamas, rodeadas de clamores:—Un cerco de -mujeres trágicas que abrazan a sus hijos, y de viejos que levantan los -brazos.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXII" id="CAP_XXXII"></a>CAP. XXXII</h2> - -<p>Filo del amanecer, la infantería de los aliados se lanzó fuera de sus -trincheras, asaltando las defensas alemanas. Los soldados,<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> tendidos en -ala, corren con la cabeza baja, alentados por el fuego de la artillería; -resbalan, caen, chapotean, salvan las zanjas, se desgarran en las -alambradas. Alguna vez, en los socavones de las balas desaparecen, -sumiéndose lentamente, y el agua fangosa hace remolino en torno de los -cascos. Sólo las manos asoman pidiendo auxilio, tan hondo cavaron las -balas en la tierra. Hay parajes que son verdaderos tremedales. Las -ametralladoras alemanas cruzan sus fuegos, y filas enteras caen como si -se doblasen. En medio de la humareda, algunos soldados, muy destacados, -siguen avanzando a la carrera, la granada en el puño. Las columnas de -asalto se suceden en oleadas: Los muertos quedan atrás, aplastados sobre -la tierra, medio desnudos, desgarradas las ropas por las explosiones:<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span> -Los heridos se arrastran por las esguevas, buscan dónde cobijarse, y, -hallado el seguro, levantan sus clamores pidiendo socorro:</p> - -<p>—¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!</p> - -<p>—¡Una gota de agua!</p> - -<p>—¡Camilleros! ¡Camilleros! ¡Camilleros!</p> - -<p>—¡Y me dejáis morir!</p> - -<p>—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!</p> - -<p>—¡Nadie me vale! ¡Nadie me vale!</p> - -<p>La niebla está llena de estas voces perdidas, empañadas de dolor; pero -las olas de soldados siguen atravesando la llanura, corren de cara a las -trincheras alemanas atuídas de muertos, y arrojan sus granadas, y dan -voces con la dramática alegría de la guerra. La llamarada de las aldeas, -flameando sobre el cielo negro, pasa sobre sus ojos, y<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> les cubre el -alma de un impulso de ira resplandeciente.</p> - -<p>—¡Boches! ¡Bárbaros boches!</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXIII" id="CAP_XXXIII"></a>CAP. XXXIII</h2> - -<p>¡Qué cólera magnífica! ¡Qué chocar y rebotar, qué mítica pujanza tiene -el asalto de las trincheras! ¡Y qué ciego impulso de vida sobre el fondo -del dolor y de la muerte! ¡Cómo la gran batalla se quiebra y disloca en -acciones parciales, en marchas, en flanqueos, en sorpresas, hasta -desvanecer por completo su visión estelar en el tumulto del cuerpo a -cuerpo, y acabar en un grito que es como el canto victorioso del gallo! -Pero el pensamiento matemático, más fuerte que<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> las vidas y las muertes, -permanece inmutable en todas las formas de la batalla; es una ley en el -tumulto de la trinchera, como en el tiro de la artillería. Todas las -acciones diversas e imprevistas que sobrevienen, hallan un enlace -armonioso en este formidable acorde. La guerra tiene una arquitectura -ideal, que sólo los ojos del iniciado pueden alcanzar, y así está llena -de misterio telúrico y de luz. En ninguna creación de los hombres se -revela mejor el sentido profundo del paisaje, y se religa mejor con los -humanos destinos. Por la guerra es eterna el alma de los pueblos. La -lujuria creadora se aviva por ella, como la antorcha en el viento que la -quiere apagar. Sólo la amenaza de morir perpetúa las formas terrenales, -sólo la muerte hace al mundo divino. Si en las claras entrañas<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> de los -cristales no se engendran hijos es por su ilusión de eternidad, y las -entrañas de la mujer son fecundas porque son mortales. Los monstruos -gigantescos que rugieron ante la caverna del adamita, y fueron amenaza -para todos los seres vivos, perecieron porque la lujuria se enfrió en -ellos. Como eran llenos de fuerza y de dominio, estaban libres del -terror de la muerte, y ninguna voz de la naturaleza pudo advertirles que -no eran eternos. La muerte es la divina causalidad del mundo. ¡Y qué -mística iniciación de esta verdad tan vieja se desvela en la guerra! -Aquella ciega voluntad genesíaca que arrastra a los héroes de la -tragedia antigua, ruge en las batallas.<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXIV" id="CAP_XXXIV"></a>CAP. XXXIV</h2> - -<p>La infantería avanza en negras oleadas; retiembla la tierra bajo el -golpe uniforme de las ferradas botas; hay un coro de voces profundas:</p> - -<p>—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!</p> - -<p>Una convulsión recorre la trinchera, y perdura vibrante en el tintineo -de las bayonetas. Los alemanes gritan:</p> - -<p>—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!</p> - -<p>Son miles de voces. Asoman apenas las puntas de los cascos, y los -franceses las aplastan a golpes de granada. Al abrigo de la trinchera, -desmoronada y llena de muertos, los alemanes hacen fuego de repetición. -Acompasados, se echan los fusiles a la cara,<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> y disparan. Innumerables -lagartijas de llama rasgan las tinieblas. La ola de asaltantes, zuavos y -legionarios extranjeros, penetra en la trinchera, y un bramido bestial -los acoge. Las granadas ponen fuego en las yacijas de paja y en los -capotes de los muertos, y el humo y el olor de la carne chamuscada sirve -de fondo al clamor de los heridos. Un soldado alemán, envuelto en -llamas, corre a través del campo dando gritos. El incendio, que rampa -solapado por el fondo de la trinchera, a momentos, bajo el golpe de las -granadas, se aviva y surge, llenando de reflejos las puntas de los -cascos y el acero de las bayonetas. Se revela el rostro de los soldados, -pálidos, salpicados de sangre, cubiertos de lodo, con los ojos agudos -como puñales.—La artillería de los aliados bombardea<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> el campo que se -extiende a retaguardia de la trinchera, y su fuego de cortina cierra el -paso a las reservas que acuden a reforzar la primera línea. Los heridos -alemanes se incorporan suplicantes:</p> - -<p>—¡Franceses! ¡Franceses! ¡Camaradas!</p> - -<p>Los que restan ilesos arrojan los fusiles y levantan los brazos:</p> - -<p>—¡Camaradas! ¡Camaradas!</p> - -<p>Forman grupos sombríos, atónitos, con una torva expresión de desamparo. -La derrota los embrutece y envilece:</p> - -<p>—¡No somos prusianos! ¡Somos bávaros!</p> - -<p>Y otro grupo, arrodillado en el fango, con los brazos en alto:</p> - -<p>—¡Los bávaros no queríamos la guerra! ¡Franceses! ¡Franceses! -¡Camaradas!</p> - -<p>Perdida la esperanza de vencer, ciega<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> como un instinto, ingenua y -brutal, parecen bueyes desalentados. Los franceses les conceden cuartel -con el gesto orgulloso de la victoria.</p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXV" id="CAP_XXXV"></a>CAP. XXXV</h2> - -<p>Las tropas inglesas atacan en la izquierda del Ancre. Cientos de -cañones, tronando al mismo tiempo, abren sus rojas golas en la bruma del -amanecer, y tiembla sobre la tierra un arco de luz. Dura hace tres días -el bombardeo, dominador y tenaz como el alma de la vieja Inglaterra. Las -tropas acantonadas en la retaguardia, duermen pesadamente en un sopor de -olvido, y, cuando llega la hora, el silbato de los sargentos las -despierta: Se incorporan con rumor de ganado, los ojos cargados<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> de -visiones: Antes de partir, a la redonda de los bagajes, beben su taza de -café caliente, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. Con paso -uniforme van por las carreteras en columna de a cuatro; los capotes -mojados despiden un vaho acre, y, a poco de iniciada la marcha, ninguno -habla. Las jornadas parecen interminables para el soldado cuando camina -así, encerrado en la fila, viendo de continuo la espalda del que marcha -delante, sintiendo escurrir por la carne el agua que gotea del casco. Es -un deseo de llegar a la línea de batalla, de estrechar entre las manos -el fusil que adormece el hombro dolorido, de sentirlo caliente y -palpitante como una vida. Produce la angustia del mareo el monótono -compás de los pasos: ¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXVI" id="CAP_XXXVI"></a>CAP. XXXVI</h2> - -<p>Al amparo de nieblas y tinieblas, las tropas alemanas abandonan las -trincheras que la artillería enemiga desmorona y aplasta. Inician una -retirada sigilosa, y aun cuando para encubrirla sostienen el fuego en -algunos sectores, las patrullas inglesas, que mantienen el contacto, -descubren la maniobra. Los cañones alargan sus tiros, y comienza el -bombardeo de la segunda línea. Los reflectores esclarecen el campo, y, -bajo el cielo nebuloso del alba, pasa un vuelo de aviones. Los alemanes -se tienden en tierra, cercados por una cortina de fuego; los aviones los -descubren, y las granadas comienzan a caer sobre ellos.<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> Entre nubes de -humo y turbonadas de tierra, vuelan los cuerpos deshechos: Brazos -arrancados de los hombros, negros garabatos que son piernas, cascos -puntiagudos sosteniendo las cabezas en la carrillera, redaños y -mondongos que caen sobre los vivos llenándolos de sangre y de -inmundicias. Los alemanes, viéndose descubiertos, comienzan a gritar:</p> - -<p>—¡Ingleses! ¡Ingleses! ¡Piedad! ¡Piedad, que somos hombres!</p> - -<p>Es un mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en -la dehesa. Sobre el horizonte tiembla de continuo el resplandor de la -batalla, y el tronar de la artillería parece una voz que saliese de los -abismos de la tierra.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXVII" id="CAP_XXXVII"></a>CAP. XXXVII</h2> - -<p>La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la -línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se -entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al -viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete -entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los -turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como -figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de -los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la -caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros. -El galope<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de -evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los -ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre -los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos:</p> - -<p>—¡Piedad! ¡Piedad!</p> - -<p>Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con -los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los -turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera:</p> - -<p>—¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel!</p> - -<p>Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los -jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las -granadas, hacen fuego. Se encabritan los<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> caballos, y corren por el -campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos, -levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada -arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante, -flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre -sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un -terrible grito:</p> - -<p>—¡Muera Inglaterra!</p> - -<p>Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el -resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de -muertos, y se tornan a su real.<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXVIII" id="CAP_XXXVIII"></a>CAP. XXXVIII</h2> - -<p>El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras -coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la -Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la -batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del -Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que, -prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas, -apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro -oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de -planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> de -dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos -encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes -canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La -frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y -llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de -oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga:</p> - -<p>—¿Hay noticias de los franceses?</p> - -<p>Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga -una hoja:</p> - -<p>—Aquí está el comunicado, mi general.</p> - -<p>—¡Bueno! ¿Qué dice?</p> - -<p>—Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros.</p> - -<p>El general joven interrumpe:<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span></p> - -<p>—Nosotros no habremos hecho ninguno... No haremos prisioneros en muchos -días.</p> - -<p>Los oficiales se miraron, y uno aventuró:</p> - -<p>—Sin embargo, ayer y hoy nosotros también hemos tenido un gran triunfo.</p> - -<p>El General Murray hizo un gesto de asentimiento:</p> - -<p>—Pero sin prisioneros.</p> - -<p>Sir Guillermo Scott, el general viejo, reía con risa cascada, al mismo -tiempo que se llenaba una copa de whisky:</p> - -<p>—¡Sin prisioneros! ¿Verdad, señores, que los partes sin prisioneros son -poco decorativos?</p> - -<p>Sir Francisco Murray le miró como se mira a un niño:<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span></p> - -<p>—Dejemos lo teatral para los alemanes. Nuestros partes son partes -ingleses. En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso -castigar la felonía de aquellos prusianos que se acercaron gritando que -se rendían, y a mansalva, seguros de que los ingleses no pueden tirar -contra el enemigo que se entrega, atacaron nuestras trincheras con -granadas de mano.</p> - -<p>Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de -los oficiales interrogó:</p> - -<p>—Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel?</p> - -<p>—Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos, -ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del -Derecho de Gentes... Pero ahora han<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> sido los soldados quienes olvidaron -y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de -imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y -Oceanía.</p> - -<p>Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la -biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las -ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes -la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono -apareció en la puerta:</p> - -<p>—Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros!<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XXXIX" id="CAP_XXXIX"></a>CAP. XXXIX</h2> - -<p>En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los -ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un -ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro, -que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en -su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus -caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo -las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y -decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y -el rostro curtido por todos los soles,<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> la mirada exaltada y mística, -con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la -cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus -jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana -y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en -la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los -jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes -acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa -cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los -héroes jóvenes de la divina Francia.<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span></p> - -<h2><img src="images/cap.png" -width="10" -alt="" -class="capimg" -/> <a name="CAP_XL" id="CAP_XL"></a>CAP. XL</h2> - -<p>Ipres y Arras, Verdun y Reims, Thann y Metzeral, son grandes -campamentos. A lo largo de las carreteras, bajo los árboles desmochados, -en la puerta de los ventorros, por los establos de las granjas, todo a -la redonda de las heroicas ciudades, está lleno de soldados. Patrullas -de caballería, con grande y sonoro estrépito, galopan por las carreteras -y atraviesan los dormidos burgos. En el fondo de los bosques, soldados -con el torso desnudo sacrifican vacas y novillos. Las reses muertas -cuelgan de las fuertes ramas, y las que van a morir rebullen -acobardadas, dando tirones al ronzal. Por los verdosos y<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> nebulosos ríos -bajan los barcos hospitales. Atracan en los remansos para sepultar a los -muertos, y vuelven a navegar, sonando una campana. Grupos de soldados, a -la puerta de los alojamientos, limpian las armas, almohazan los -caballos, aparejan los tiros y estiban las municiones en los carros. -Escuadras de infantes vivaquean en el lindero de los bosques: Algunos se -bañan en los arroyos: Otros, a la puerta de los albergues, entre los -carros y las yuntas, fuman sus negras pipas, mientras los fuertes -frisones de redondos cascos, trituran el pienso de avena, sepultado el -hocico en un talego, y humillada la cerviz. Ruedan los convoyes en la -niebla del amanecer, despacio, con un vaivén pesado. Bajo la lona sucia -se perfila la forma rígida de los cañones, y en el izquierdo<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> del tiro -cabalga algún soldado veterano, de rojo mostacho partido en dos pábilos, -y ojos aldeanos, claros ojos acostumbrados a mirar muy lejos, como los -del marino, pero menos bruscos, y más llenos del amor de las cosas. Por -todos los caminos que conducen al frente de batalla desfilan los largos -convoyes, y, para disimularlos a la escudriña de los aviones enemigos, -los carros van cubiertos de ramajes: Desfilan abriendo hondas rodadas, y -las escoltas, repartidas a uno y otro lado, marchan en silencio. Los -carros verdeantes de las ametralladoras tienen un vivo traqueteo, y -entre unos y otros ruedan los que conducen las pesadas y plomizas cajas -de municiones. En la retaguardia de las trincheras se tienden bosques -quemados por los gases asfixiantes, granjas saqueadas, aldeas<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> en -escombros, iglesias con el campanario mocho... Es una sucesión de -imágenes desoladas que no se interrumpe desde la costa norteña a los -montes de Alsacia. En los atrios de las viejas ciudades estallan las -granadas, caen las piedras de las catedrales, los pórticos coronados de -santos tiemblan en sus cimientos, se rompen los rosetones, y las</p> - -<p class="c"> -golondrinas vuelan asustadas por las naves<br /> -desiertas. En la luz del día que<br /> -comienza, la tierra, mutilada<br /> -por la guerra, tiene una<br /> -expresión dolorosa,<br /> -reconcentrada<br /> -y terrible.<br /> -</p> - -<p class="c"> -<img src="images/end.png" width="450" alt="" /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> </p> - -<p class="c"><small> -ESTE LIBRO<br /><br /> -ACABÓ DE PUBLICARSE EN<br /><br /> -MADRID<br /><br /> -EN LA IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA<br /><br /> -CALLE DEL CARDENAL CISNEROS, 10<br /><br /> -EL DÍA 30 DE JUNIO<br /><br /> -DE MCMXVII</small> -</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's La media noche, by Ramón del Valle-Inclán - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MEDIA NOCHE *** - -***** This file should be named 55448-h.htm or 55448-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/4/4/55448/ - -Produced by Carlos Colon, Chuck Greif, University of Toronto -and the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/55448-h/images/cap.png b/old/55448-h/images/cap.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 6a45161..0000000 --- a/old/55448-h/images/cap.png +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/clover.jpg b/old/55448-h/images/clover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 1a8ce1c..0000000 --- a/old/55448-h/images/clover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/clovers.jpg b/old/55448-h/images/clovers.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ee15dcf..0000000 --- a/old/55448-h/images/clovers.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/cover.jpg b/old/55448-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0103b46..0000000 --- a/old/55448-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/end.png b/old/55448-h/images/end.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 005a710..0000000 --- a/old/55448-h/images/end.png +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/ill_f.jpg b/old/55448-h/images/ill_f.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index d5c733c..0000000 --- a/old/55448-h/images/ill_f.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/ill_s.jpg b/old/55448-h/images/ill_s.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 99e97f6..0000000 --- a/old/55448-h/images/ill_s.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/rose.jpg b/old/55448-h/images/rose.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 629e829..0000000 --- a/old/55448-h/images/rose.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55448-h/images/title.jpg b/old/55448-h/images/title.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index d9b039b..0000000 --- a/old/55448-h/images/title.jpg +++ /dev/null |
