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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Torquemada en el purgatorio - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: July 17, 2017 [EBook #55139] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta - obra. - - * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente - de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia. - - * Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido - sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más - recientes. - - * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan. - - * Las notas a pie de página se han renumerado y colocado tras el - párrafo en que se encuentra la llamada. - - - - -TORQUEMADA EN EL PURGATORIO - - - - - Es propiedad. Queda hecho - el depósito que marca la ley. - Serán furtivos los ejemplares - que no lleven el sello del - autor. - - -MADRID.—Imp. Hijos de Tello, C. de San Francisco, 4. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - - - TORQUEMADA - EN EL - PURGATORIO - - 10.000 - - - [Ilustración] - - - MADRID - LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO - Calle del Arenal, núm. 11. - - 1920 - - - - -TORQUEMADA EN EL PURGATORIO - - - - -PRIMERA PARTE - - - - -I - - -Cuenta el Licenciado Juan de Madrid, cronista tan diligente como -malicioso de los _Dichos y Hechos de D. Francisco Torquemada_, que no -menos de seis meses tardó Cruz del Águila en restablecer en su casa el -esplendor de otros días, y en rodearse de sociedad honesta y grata, -demostrando en esto, como en todas las cosas, su consumada discreción, -para que no se dijera ¡cuidado! que pasaba con famélica prontitud de -la miseria lacerante al buen comer y al visiteo alegre. Disiente de -esta opinión otro cronista no menos grave, el _Arcipreste Florián_, -autor de la _Selva de Comilonas y Laberinto de Tertulias_, que fija en -el día de Reyes la primera comida de etiqueta que dieron las ilustres -damas en su domicilio de la calle de Silva. Pero bien pudiera ser esto -error de fecha, disculpable en quien á tan distintos comedores tenía -que asistir por ley de su oficio, en el espacio de sol á sol. Y vemos -corroborada la primera opinión en los eruditísimos _Avisos del Arte -Culinario_, del Maestro López de Buenafuente, el cual, tratando de -un novísimo estilo de poner las perdices, sostiene que por primera -vez se sacó á manteles este guisado en una cena que dieron los nobles -señores de Torquemada, á los diez días del mes de Febrero del año tal -de la _reparación cristiana_. No menos escrupuloso en las referencias -históricas se muestra el _Cachidiablo_ que firma las _Premáticas del -Buen vestir_, quien relatando unas suntuosas fiestas en la casa y -jardines de los señores Marqueses de Real Armada, el día de Nuestra -Señora de las Candelas, afirma que Fidela Torquemada lucía elegante -atavío de color de orejones á medio pasar, con encajes de Bruselas. Por -esta y otras noticias, tomadas en las mejores fuentes de información, -se puede asegurar que hasta los seis meses largos de la boda, no -empezaron las Águilas á remontar su vuelo fuera del estrecho espacio á -que su mísera suerte por tanto tiempo las había reducido. - -Ni se necesita compulsar prolijamente los tratadistas más autorizados -de cosas de salones, para adquirir la certidumbre de que las señoras -del Águila permanecieron algún tiempo en la obscuridad, como -avergonzadas, después de su cambio de fortuna. _Mieles_ no las cita -hasta muy entrado Marzo, y el _Pajecillo_ las nombra por primera vez -enumerando las mesas de petitorio en Jueves Santo, en una de las más -_aristocráticas iglesias_ de esta Corte. Para encontrar noticias claras -de épocas más próximas al casamiento, hay que recurrir al ya citado -Juan de Madrid, uno de los más activos y al propio tiempo más guasones -historiógrafos de la vida elegante, hombre tan incansable en el comer -como en el describir opulentas mesas, y saraos espléndidos. Llevaba el -tal un Centón en que apuntando iba todas las frases y modos de hablar -que oía á don Francisco Torquemada (con quien trabó amistad por Donoso -y el Marqués de Taramundi), y señalaba con gran escrúpulo de fechas -los progresos del transformado usurero en el arte de la conversación. -Por los papeles del Licenciado sabemos que desde Noviembre decía D. -Francisco á cada momento: _así se escribe la historia, velis nolis, -la ola revolucionaria, y seamos justos_. Estas formas retóricas, -absolutamente corrientes, las afeaba un mes después con nuevas -adquisiciones de frases y términos no depurados, como _reasumiendo, -ínsulas, en el actual momento histórico_, y el _maquiavelismo_, -aplicado á cosas que nada tenían de maquiavélicas. Hacia fin de año -se daba lustre el hombre corrigiendo con lima segura desatinos usados -anteriormente, pues observaba y aprendía con pasmosa asimilación todo -lo bueno que le entraba por los oídos, adquiriendo conceptos muy -peregrinos, como: _no tengo inconveniente en declarar... me atengo á la -lógica de los hechos_. Y si bien es cierto que la falta de principios, -como observa juiciosamente el Licenciado, le hacía meter la pata cuando -mejor iba discurriendo, también lo es que su aplicación y el cuidado -que ponía al apropiarse las formas locutorias, le llevaron en poco -tiempo á realizar verdaderas maravillas gramaticales, y á no hacer -mal papel en tertulia de personas finas, algunas superiores á él por -el nacimiento y la educación, pero que no le superaban en garbo para -sostener cualquier manoseado tema de controversia, _al alcance_, como -él decía, _de las inteligencias más vulgares_. - -Es punto incontrovertible que dejó pasar Cruz todo Septiembre y parte -de Octubre, sin proponer á su hermano político reforma alguna en la -disposición arquitectónica de la casa; pero llegó un día en que con -toda la suavidad del mundo, sabiendo que ponía las primeras paralelas -para un asedio formidable, lanzó la idea de derribar dos tabiques, con -objeto de ampliar la sala haciéndola salón, y el comedor _comedorón_... -Esta palabra empleó D. Francisco, amenizándola con burlas y -cuchufletas; mas no se acobardó la dama, que al punto, con chispeante -ingenio, hubo de contestar á su cuñado en esta forma: - -—No digo yo que seamos príncipes, ni sostengo que nuestra casa sea -el _regio alcázar_, como usted dice. Pero la modestia no quita á la -comodidad, Sr. D. Francisco. Paso porque el comedor sea hoy por hoy de -capacidad suficiente. ¿Pero me garantiza usted que lo será mañana? - -—Si la familia aumentara, como _tenemos derecho á esperar_, no digo que -no. Venga más comedor y yo seré el primero en agrandarlo cuanto sea -menester. Pero la sala... - -—La sala es simplemente absurda. Anoche, cuando se juntaron los de -Taramundi con los de Real Armada, y sus amigos de usted el bolsista -y el cambiante de moneda, estábamos allí como sardinas en banasta. -Inquieta y sofocadísima, yo aguardaba el momento en que alguno tuviera -que sentarse sobre las rodillas de otro. Á usted le parecerá que esta -estrechez es decorosa para un hombre á cuya casa vienen personas de -la mejor sociedad. ¿Por mí qué me importa? No deseo más que vivir en -un rincón, sin más trato que el de dos ó tres amigas íntimas... Pero -usted, un hombre como usted, llamado á... - - - - -II - - -—¿Llamado á qué?—preguntó Torquemada, manteniendo ante su boca, sin -catarlo, el bizcocho mojado en chocolate, con lo cual dicho se está que -en aquel momento se desayunaba.—¿Llamado á qué?—volvió á decir, viendo -que Cruz, sonriente, esquivaba la respuesta. - -—No digo nada, ni perderé el tiempo en demostrar lo que está bien á -la vista, la insuficiencia de esta habitación—manifestó la dama, que -al dar vueltas alrededor de la ovalada mesa, afectaba no hallar fácil -paso entre el aparador y la silla ocupada por D. Francisco.—Usted, -como dueño de la casa, hará lo que guste. El día en que tengamos un -convidado, que bien podríamos tenerlo para corresponder á las finezas -que otros gastan con nosotros, y quien dice un convidado, dice dos -ó cuatro..., pues ese día tendré yo que comer en la cocina... No, no -reirse. Ya sale usted con su tema de siempre: que yo exagero, que yo... - -—Es usted la _exageración personificada_—replicó el avaro, -engulléndose otro bizcocho.—Y como yo _blasono_ de ser el justo medio -_personificado_, pongo todas las cosas en su lugar, y rebato sus -argumentos por lo que toca al actual momento histórico. Mañana no -digo... - -—Lo que se ha de hacer mañana de prisa y corriendo, debe hacerse hoy, -despacio—dijo la dama apoyando las manos en la mesa, á punto que el -D. Francisco acababa de desayunarse. Ya sabía ella por dónde iba á -salir en la réplica, y le esperó tranquila, con semblante de risueña -confianza. - -—Mire usted, Crucita... Desde que me casé, vengo _realizando_... sí, -esa es la palabra, realizando _una serie de transacciones_. Usted me -propuso reformas que se daban de cachetes con mis costumbres de toda -la vida, por ejemplo... ¿Pero á qué es poner ejemplos ni verbigracias? -Ello es que mi cuñada proponía y yo trinaba. Al fin he transigido, -porque como dice muy bien nuestro amigo Donoso, vivir es transigir. -He aceptado un poquito de lo que se me proponía, y usted cedía un -_ápice_, ó dos _ápices_ de sus pretensiones... El justo medio, _vulgo_ -prudencia. No dirán las señoras del Águila que no he procurado hacerles -el gusto, desmintiéndome, como quien dice. Por tener contenta á mi -querida esposa y á usted, me privo de venir á comer en mangas de -camisa, lo que era muy de mi gusto en días de calor. Se empeñaron -después en traerme una cocinera de doce duros. ¡Qué barbaridad! ¡Ni -que fuéramos arzobispos! Pues transigí con admitir la que tenemos, -ocho durazos, que si es verdad nos hace primores, bien pagada estaría -con cien reales. Para que mi señora y la hermana de mi señora no me -alboroten, he dejado de comer salpicón á última hora de la noche, antes -de acostarme, porque, lo reconozco, no está bien que vaya delante de mí -el olor de cebolla, abriéndome camino como un batidor. Y _reasumiendo_: -he transigido también con el lacayito ese para recados y limpiarme la -ropa, aunque á decir verdad, días hay en que para evitarle reprimendas -al pobre chico, no sólo me limpio yo mi ropa, sino también la suya. -Pero en fin, pase el chaval de los botones, que si no me equivoco, -no presta servicios en consonancia con lo que consume. Yo lo observo -todo, señora mía; suelo darme una vuelta por la cocina cuando está -comiendo la servidumbre, _vulgo_ criados, y he visto que ese ángel de -Dios se traga la ración de siete; amén del mal tercio que hace á la -familia levantando de cascos á las criadas de casa, y á las de toda -la vecindad. En fin, ustedes lo quieren: sea. _Adopto esta actitud_ -para que no digan que soy la _intransigencia personificada_, y para -cargarme de razón ahora, negándome, como me niego, al derribo de -tabiques, _etcétera_... que eso de estropear la finca va contra la -lógica, contra el sentido común, y contra la conveniencia de _propios_ -y _extraños_. - -Contestóle Cruz con gracejo, afectando sumisión á la primera autoridad -de la familia, y se dirigió á la alcoba de su hermana, que no dejaba -el lecho hasta más tarde. Ambas charlaron alegremente de la misma -materia, conviniendo en que aquello y aun más se conseguiría de don -Francisco, esperando la ocasión favorable, como habían podido observar -en el tiempo que llevaban de convivencia. Torquemada, después de darse -un buen atracón de _La Correspondencia_ de la mañana, se fué al lado de -su esposa, periódico en mano, pisando con suavidad por evitar el ruido, -y ladeándose la gorra de seda negra, para rascarse el cráneo. No tardó -Cruz en acudir á despertar al ciego y llevarle el desayuno, y quedó el -matrimonio solo, acostada ella, él paseándose en la alcoba. - -—¿Y qué tal?—le preguntó D. Francisco con cariño no afectado.—¿Te -sientes hoy más fuerte? - -—Me parece que sí. - -—Probarás á dar un paseíto á pie... Yo, si te empeñas en darlo -en coche, no me opongo, ¡cuidado! Pero más te conviene salir de -_infantería_ con tu hermana. - -—Á patita saldremos...—replicó la esposa.—Iremos á casa de las de -Taramundi, y para la vuelta, ellas nos traerán en su berlina. De este -modo te ahorras tú ese gasto. - -Torquemada no chistó. Siempre que se entablaban discusiones sobre -reformas que desnivelaran el bien estudiado presupuesto de D. -Francisco, Fidela se ponía de parte de él, bien porque anhelara cumplir -fielmente la ley de armonía matrimonial, bien porque con femenil -instinto, y casi sin saber lo que hacía, cultivara la fuerza en el -campo de su propia debilidad, cediendo para triunfar, y retirándose -para vencer. Esto es lo más probable, y casi por seguro lo da el -historiador, añadiendo que no había sombra de malicia premeditada -en aquella estrategia, obra pura de la naturaleza femenina, y de -la situación en que la joven del Águila se encontraba. Á los tres -meses de matrimonio, no se había disipado en ella la impresión de -los primeros días, esto es, que su nuevo estado era una liberación, -un feliz término de la opresora miseria y humillante obscuridad de -aquellos años maldecidos. Casada, podía vestirse con decencia y asearse -conforme á su educación, comer cuantas golosinas se le antojaran, -salir de paseo, ver alguna función de teatro, tener amigas y disfrutar -aquellos bienes de la vida que menos afectan al orden espiritual. -Porque lo primero, después de tan larga pobreza y ahogos, era respirar, -nutrirse, restablecer las funciones animales y vegetativas. El contento -del cambio de medio, favorable para la vida orgánica y un poco para -la social, no le permitía ver los vacíos que aquel matrimonio pudiera -determinar en su alma, vacíos que incipientes existían ya, como las -cavernas pulmonares del tuberculoso, que apenas hacen padecer cuando -empiezan á formarse. Debe añadirse que Fidela, con el largo padecer -en los mejores años de su vida, todo lo que había ganado en sutilezas -de imaginación, habíalo perdido en delicadeza y sensibilidad, y no se -hallaba en disposición de apreciar exactamente la barbarie y prosaísmo -de su cónyuge. Su linfatismo le permitía soportar lo que para otro -temperamento habría sido insoportable, y su epidermis, en apariencia -finísima, no era _por dentro_ completamente sensible á la ruda costra -del que, por compañero de vida, casa y lecho, le había dado la sociedad -de acuerdo con la Santa Iglesia. Cierto que á ratos creía enterarse -vagamente de aquellos vacíos ó cavernas que dentro se le criaban; pero -no hacía caso, ó movida de un instinto reparador (y va de instintos) -defendíase de aquella molestia premonitoria, ¿con qué creeréis? con -el mimo. Haciéndose más mimosa de lo que realmente era, fomentando en -sí hábitos y remilgos infantiles, en lo cual no hacía más que aceptar -los procedimientos de su hermana y de su marido, se curaba en salud -de todo aquel mal probable ó posible de los vacíos. Era, pues, de -casada, más golosa y caprichuda que de soltera; hacía muecas de niño -llorón; enredaba, variando de sitio las cosas fáciles de transportar; -entretenía las horas con afectaciones de pereza que agrandaban su -ingénita debilidad; afectaba también un cierto desdén de todo lo -práctico, y horror á los trajines duros de la casa; extremaba el aseo -hasta lo increíble, eternizándose en su tocador; ansiaba los perfumes, -que eran una nueva golosina, no menos apetecida que los bombones con -agridulce; gustaba de que su marido la tratase con extremados cariños, -y ella le llamaba á él _su borriquito_, pasándole la mano por el lomo -como á un perrazo doméstico y diciéndole: «_Tor_, _Tor_... aquí... -fuera... ven... la pata... ¡dame la pata!» - -Y D. Francisco, por llevarle el genio, le daba la mano, que para -aquellos casos (y para otros muchos) era pata, recibiendo el hombre -muchísimo gusto de tan caprichoso estilo de afecto matrimonial. Aquella -mañana no ocurrió nada de esto; charlaron un rato, encareciendo ambos -las delicias del pasear á pie, y por fin Fidela le dijo: - -—Por mí no necesitas poner coche. No faltaba más. ¡Ese gasto por -evitarme un poquito de cansancio...! No, no, no lo pienses. Ahora, por -tí, ya es otra cosa. No está bien que vayas á la Bolsa en clase de -peatón. Desmereces, cree que desmereces entre los hombres de negocios. -Y no lo digo yo, lo dice mi hermana, que sabe más que tú... lo dice -también Donoso. No me gusta que piensen de tí cosas malas, ni que -te llamen cominero. Yo me paso muy bien sin ese lujo: tú no puedes -pasarte, porque en realidad no es lujo, sino necesidad. Hay cosas que -son como el pan... - -Don Francisco no pudo contestarle porque le avisaron que le esperaba en -su despacho el agente de Bolsa, y allá se fué presuroso, revolviendo -en su caletre estas ó parecidas ideas: «¡El condenado cochecito! Al fin -habrá que _echarlo_... _velis nolis_. No es idea, no, de esa pastaflora -de mi mujer, que jamás discurre nada tocante al aumento de gastos. La -otra, la _dominanta_, es la que quiere andar sobre ruedas. Ni qué falta -me hace á mí ese armatoste, que... ahora que me acuerdo... se llama -también _vehículo_. ¡Ah, si yo pudiera gastarlo, sin que esa despótica -de Cruz lo catara!... Pero no, _¡ñales!_ tiene que ser para todos, y mi -mujer la primera, sobre cojines muy blandos para que no se me estropee, -_maxime_ si hay sucesión... Porque, aunque nada han dicho, yo, _atento -á la lógica del fenómeno_, me digo: sucesión tenemos.» - - - - -III - - -¡Qué cosas hace Dios! En todo tenía una suerte loca aquel indino -de Torquemada, y no ponía mano en ningún negocio que no le saliese -como una seda, con limpias y seguras ganancias, como si se hubiese -pasado la vida sembrando beneficios, y quisiera la Divina Providencia -recompensarle con largueza. ¿Por qué le favorecía la fortuna, habiendo -sido tan viles sus medios de enriquecerse? ¿Y qué Providencia es ésta, -que así entiende _la lógica del fenómeno_, como por cosa muy distinta -decía el avaro? Cualquiera desentraña la relación misteriosa de la -vida moral con la financiera ó de los negocios, y esto de que las -corrientes vayan á fecundar los suelos áridos en que no crece ni puede -crecer la flor del bien. De aquí que la muchedumbre honrada y pobre -crea que el dinero es loco; de aquí que la santa religión, confundida -ante la monstruosa inequidad con que se distribuye y encasilla el metal -acuñado, y no sabiendo cómo consolarnos, nos consuela con el desprecio -de las riquezas, que es para muchos consuelo de tontos. En fin, sépase -que la previsora amistad del buen Donoso, había rodeado á D. Francisco -de personas honradísimas que le ayudaran en el aumento de sus caudales. -El agente de Bolsa, de quien era comitente para la compra y venta de -títulos, reunía á su pasmosa diligencia la probidad más acrisolada. -Otros correveidiles que le proporcionaban descuentos de pagarés, -pignoraciones de valores y negocios mil, sobre cuya limpieza nadie se -habría atrevido á poner la mano en el fuego, eran de lo mejorcito de la -clase. Verdad que ellos, con su buen olfato mercantil, comprendieron -desde el primer día que á Torquemada no se le engañaba fácilmente, y -en esto tal vez se afirmaba el cimiento de su moralidad; al paso que -D. Francisco, hombre de grandísima perspicacia para aquellos tratos, -les calaba los pensamientos antes que los revelara la palabra. De este -conocimiento recíproco, de esta compenetración de las voluntades, -resultaba el acuerdo perfecto entre compinches, y el pingüe fruto -de las operaciones. Y aquí nos encontramos con un hecho que viene á -dar explicación á las monstruosas dádivas de la suerte loca, y al -contrasentido de que se enriquezcan los pillos. No hay que hablar tanto -de la ciega fortuna, ni creer la pamplina de que ésta va y viene con -los ojos vendados... ¡invención del simbolismo cursi! No es eso, no. -Ni se debe admitir que la Providencia protegiera á Torquemada para -hacer rabiar á tanto honrado sentimental y pobretón. Era... las cosas -claras, era que D. Francisco poseía un talento de primer orden para -los negocios, aptitud incubada en treinta años de aprendizaje usurario -á la menuda, y desarrollada después en más amplio terreno y en esfera -vastísima. La educación de aquel talento había sido dura, en medio de -privaciones y luchas horrendas con la humanidad precaria, de donde sacó -el conocimiento profundísimo de las personas bajo el aspecto exclusivo -de tener ó no tener, la paciencia, la apreciación clara del tanto por -ciento, la limadura tenaz, y el cálculo exquisito de la oportunidad. -Estas cualidades, aplicadas luego á operaciones de mucha cuenta, se -sutilizaron y adquirieron desarrollo formidable, como observaban Donoso -y los demás amigos pudientes que se fueron agregando á la tertulia. - -Reconocíanle todos por un hombre sin cultura, ordinario y á veces -brutalmente egoísta; pero al propio tiempo veían en él un magistral -golpe de vista para los negocios, un tino segurísimo que le daba -incontestable autoridad de suerte que, teniéndose todos por gente de -más valía en la vida general, en aquella rama especialísima del _toma y -daca_ bajaban la cabeza ante el bárbaro, y le oían como á un padre de -la Iglesia... crematística. Ruiz Ochoa, los sobrinos de Arnáiz y otros -que por Donoso se fueron introduciendo en la casa de la calle de Silva, -platicaban con el prestamista aparentando superioridad, pero realmente -espiaban sus pensamientos para apropiárselos. Eran ellos los pastores, -y Torquemada el cerdo que olfateando la tierra descubría las escondidas -trufas, y allí donde le veían hociquear, negocio seguro. - -Pues, como digo, fué D. Francisco á su despacho, donde estuvo como un -cuarto de hora dando instrucciones al agente de Bolsa, y volvió luego -á engolfarse en los periódicos de la mañana, lectura que le interesaba -en aquella época, ofreciéndole verdaderas revelaciones en el orden -intelectual, y abriendo horizontes inmensos ante su vista, hasta -entonces fija en objetos situados no más allá de sus narices. Leía con -mediano interés todo lo de política, viendo en ella, como es común -en hombres aferrados á los negocios no más que una comedia inútil, -sin más objeto que proporcionar medro y satisfacciones de vanidad á -unos cuantos centenares de personas; leía con profunda atención los -telegramas, porque todas aquellas cosas que en el extranjero pasaban -parecíanle de más fuste que las de por acá, y porque los nombres de -Gladstone, Goschen, Salisbury, Crispi, Caprivi, Bismarck, le sonaban á -grande, revelando una raza de personajes de más circunstancias que los -nuestros; se detenía con delectación en el relato de sucesos del día, -crímenes, palos, escenas de amor y venganza, fugas de presos, escalos, -entierros y funerales de personas de viso, estafas, descarrilamientos, -inundaciones, etcétera. Así se enteraba de todo, y de paso aprendía -_cláusulas_ nuevas y elegantes para irlas soltando en la conversación. - -Por lo que pasaba como gato sobre ascuas era por los artículos -pertinentes á cosa de literatura y arte, porque allí sí que le -estorbaba lo negro, es decir, que no entendía palotada, ni le entraba -en la cabeza la razón de que tales monsergas se escribieran. Pero -como veía que todo el mundo, en la conversación corriente, daba -efectiva importancia á tales asuntos, él no decía jamás cosa alguna -en descrédito de las artes liberales. Eso sí, á discreto no le ganaba -nadie, en _el nuevo orden de cosas_, y tenía el don inapreciable del -silencio siempre que se tratara de algún asunto en que se sentía -lego. Tan sólo daba su asentimiento con monosílabos dejando adivinar -una inteligencia reconcentrada, que no quiere prodigarse. Para él -hasta entonces, _artistas_ eran los barberos, albañiles, cajistas de -imprenta, y maestros de obra prima; y cuando vió que entre gente culta -sólo eran verdaderos artistas los músicos y danzantes, y algo también -los que hacen versos y pintan monigotes, hizo mental propósito de -enterarse detenidamente de todo aquel _fregado_, para poder decir algo -que le permitiera pasar por hombre de luces. Porque su amor propio se -fortalecía de hora en hora, y le sublevaba la idea de que le tuvieran -por un ganso; de donde resultó que últimamente dió en aplicarse á -la lectura de los artículos de crítica que traían los periódicos, -procurando sacar jugo de ellos, y sin duda habría pescado algo, si no -tropezara á cada instante con multitud de términos cuyo sentido se le -indigestaba. «_¡Ñales!_—decía en cierta ocasión,—¿qué querrá decir esto -de _clásico_? ¡Vaya unos términos que se traen estos señores! Porque yo -he oído decir el _clásico_ puchero, la _clásica_ mantilla; pero no se -me alcanza que lo clásico, hablando de versos ó de comedias, tenga nada -que ver con los garbanzos, ni con los encajes de Almagro. Es que estos -tíos que nos sueltan aquí tales _infundios_ sobre el más ó el menos de -las cosas de literatura, hablan siempre en figurado, y el demonio que -les entienda... ¿Pues y esto del _romanticismo_, qué será? ¿Con qué se -come esto? También quisiera yo que me explicaran la _emoción estética_, -aunque me figuro que es como darle á uno un soponcio. ¿Y qué significa -_realismo_, que aquí no es cosa del Rey, ni Cristo que lo fundó?» - -Por nada de este mundo se aventuraba á exponer sus dudas ante la -autoridad de su esposa ó cuñada, pues temía que se le rieran en sus -barbas, como una vez que le tentó el demonio, hallándose en una gran -confusión, y fué y les dijo: «¿Qué significa _secreciones_?» ¡Dios, qué -risas, qué chacota, y qué sofoco le hicieron pasar con sus _ínsulas_ -de personas ilustradas! - -Interrumpió la lectura para ir al cuarto de su mujer, resuelto á -ponerla en planta, pues Quevedito recomendaba que se combatiese en -ella la pereza, favorecedora de su linfatismo; y cuando iba por el -pasillo, oyó voces un poco alteradas que de la estancia próxima al -salón venían. Era aquélla la habitación que ocupaba el ciego; y como -á éste, comúnmente, no se le oía en la casa una palabra más alta que -otra, siendo tal su laconismo que parecía haber perdido, con el de -la vista, el uso de la palabra, alarmóse un tanto D. Francisco, y -aplicó su oído á la puerta. Mayor que su alarma fué su asombro al -sentir al ciego riendo con gran efusión, y ello debía ser por motivo -impertinente, pues su hermana le reprendía con severidad, elevando el -tono de su indignación tanto como él el de sus risotadas. No pudo el -tacaño comprender de qué demonios provenía júbilo tan estrepitoso, -porque el tal Rafaelito, desde la boda no se reía ni por muestra, y su -cara era un puro responso, siempre mirando para su interior y oyéndose -de orejas adentro. Torquemada se retiró de la puerta, diciendo para sí: -«Con buen humor amanece hoy el caballero de la Chancla y gran Duque de -la Birria... Más vale así. Téngale Dios contento, y habrá paz.» - - - - -IV - - -Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su -hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en -el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de -casa negocios urgentes. - -—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora -esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido -el sol? - -—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol? - -—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan -gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la -Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre -van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de -la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al -alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico -por debajo de la puerta. - -—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con -tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van muchos -días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que debes -dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus cálculos y -entretenerte con los acertijos que á tí mismo te propones. - -—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo -á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño -perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura, -mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me -aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí. - -—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto. -La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza, -insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué -tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano, -indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la -injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño. - -—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y empezando á -reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi cabeza la -disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso. - -—¿Por qué te ríes? - -—Toma, porque estoy contento. - -—¿Contento tú? - -—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me -estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me -entran ganas de reir, porque no me divierto con las mil farsas que -inventáis para distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete; -Rafael, ponte de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el -alma y se me sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos? - -—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es -natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría. - -—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me -gustaría verte reir conmigo. - -—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo que -has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más? - -—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á la -cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma, y -se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por -esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no -te enfades... - -—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la bandeja -en una mano y la rebanada de pan en otra... - -—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente, -necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo -apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de -Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta en -nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio, nos -levantamos con un humor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario -no habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás -si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte -que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir, -entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate. -Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular -el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados, -los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la -lógica... - -—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas -simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo -que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te -acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te -entretenga, te cuente cuentos... - -—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no -hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí -propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos -pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito... - -—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te acompañe -de noche, aunque no duerma. - -—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al -descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto -esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te enfades porque me ría. Me -sale de muy adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe -fuerte, se saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una -cantidad de llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de -duelo... Deja, deja que me ría mucho, porque si no reviento. - -—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar -severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí? - -—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque eres -mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no son -de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no te -rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar, -que has de padecer horriblemente. - -—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto. - -—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su merecido, -no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante mala para -irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas. - -—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada -por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la -que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada.. -¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien, -y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes... -¡Qué serio te has puesto!... Es que una razón mía basta para hacerte -recobrar la tuya. - -—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero -dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi -risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre -cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él -palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y -sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico. -Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de -inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin, -¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar -del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis, -y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente, -¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba -que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres -mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le -vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú -vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre -acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende -á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino -de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame... -Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado -el porvenir... y veo, claro como la luz del alma, única que á mí me -alumbra..., veo que transigiendo, transigiendo y abandonándome á los -hechos, sacerdote de la santa inercia, acabaré por conformarme con la -opulencia infamante de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la -dignidad... Si esto no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha -huído de nuestro planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos -en tanta vileza, y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural -y necesaria! ¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada -atmósfera que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto -es para morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque -tu alma es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción, -no en la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del -mucho _humorismo de la chimenea_.» - -Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la -escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el -alboroto. - - - - -V - - -—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la hermana mayor, -disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir iba levantando en su -alma.—Nunca he visto en tí ese humor de chacota, ni esas payasadas de -mal gusto, Rafael. No te conozco. - -—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la -familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al -fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás -retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo -que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un -tipo de esos que llaman _serios_, y en nosotros unos pobres cursis, que -por hambre hacen el mamarracho. - -—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso... -Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la cabeza. - -—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar su -cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que aceptar -los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la inmundicia que -tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa. Ya ves que no me -río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré seriamente, contra lo que -pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe las inflexiones de sátira -que se notan... ¿no las has notado?... que se notan, digo, en el acento -de todas las personas que han vuelto á entablar amistad con nosotros, -después del paréntesis de desgracia. - -—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira más -que en tu descarriada imaginación. - -—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de similor, -y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo mejor que -tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la cabeza, y te -diré una cosa que ha de pasmarte. - -—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras juzgando -de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... Toma la -toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré. - -—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el caso -que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para no -estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como la -hemos perdido nosotros... - -—¡Rafael, por amor de Dios...! - -—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma ese -estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando -más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez -perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no -lo son... (_Conteniendo la risa_) Tú, autora de todo esto, debes ir ya -hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera -delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el -amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que -habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño. - -—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér delicado y enfermo, á quien no -se puede aplicar el correctivo de una azotaina! - -—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que -harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las -palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones -con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social -con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de -pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras..., -á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas, -renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y -en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes! -Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones -y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de -lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el -regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo -que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que -continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado! -Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla -en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos -artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis -dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada. - -—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus -disparates con mi santa paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees -inagotable; por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo -acompañarte más. Pinto acabará de vestirte... (_Llamando._) Pinto... -chiquillo... ¿Qué haces? - -Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre acababa -de traer. - -—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre dice -que quiere vérselo puesto. - -—Pues que pase. (_Á Rafael._) Ya tienes entretenimiento para un rato. -Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le -devuelve para que la reforme. (_Al sastre._) Pase usted, Balboa... Hay -que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y -exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste, -como si pudiera apreciarlos por la vista. (_Á Pinto._) Anda, ¿qué -haces? Quítale el pantalón. - -—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su -jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el -tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la -hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi -ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y -yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana? - -—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien. - -—No está mal. Pues decía que necesito más trapo, Sr. Balboa. Otro -terno de entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted? -y tres ó cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora -hermana? - -—¿Yo? nada. - -—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y -abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de -fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito? -Yo me entiendo. Necesito un frac. - -—¡Jesús! - -—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana? - -—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia. - -—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que -no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente -apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy -yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac -prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...? - -—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me parece -que un poquitín incomodada con usted. - -Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse de -aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su -presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó con -Pinto y el sastre todo el tiempo que duraron las probaturas y el quita -y pon de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle, -y sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste. - -—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo. - -—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere -someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy enfermo. - -—Pues si esta mañana se reía como un descosido. - -—Precisamente... ese es el síntoma. - -—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre uno -cosas raras en este _nuevo régimen_ á que ustedes me han traído. -Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo, -bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna -parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que -me quedaba que ver. - -—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando -con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico -especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto mejor... - -—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el -apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar -á tu hermano peor que estaba, ponga unos _emolumentos_ que nos partan -por el eje. - -—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz ocupando -su sitio. - -—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, _paparruchosis_... Mire usted, Cruz, -lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos que se -dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar de -cadáveres nuestros _clásicos_ cementerios. - -—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay que -llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres. - -—Con uno basta—manifestó Cruz. - -—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco, -recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos -á los Asilos del Pardo. - -—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz festivamente. - -—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre -paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava -maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado. - -—Si están riquísimos. - -—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se -peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y -transigiremos... - -—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su -marido.—En vez de llamar los tres especialistas... - -—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres plagas de Faraón, y la -langosta médico-farmacéutica. - -—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París para -que le vea Charcot. - - - - -VI - - -—¿Y quién es ese peine?—preguntó Torquemada, cuando hubo tragado el -pedazo de carne, que al oir _Charcot_ se le atravesó sin querer pasar -ni para arriba ni para abajo. - -—No es peine. Es el primer sabio de Europa en enfermedades cerebrales. - -—Pues yo—afirmó el tacaño, dando un golpe en la mesa con el mango del -tenedor,—yo, yo le digo al primer sabio de Europa que se vaya á freir -espárragos... y que si quiere enfermos ricos, que vaya á recetarle á la -gran puerquísima de su madre. - -—¡Hombre, qué cosas dices...!—manifestó Fidela con dulce severidad y -blando mimo.—Francisco, por Dios... Mira, tontín, con el viaje á París -matamos dos pájaros de un tiro. - -—No, si yo no quiero matar pájaros de un tiro, ni de dos. - -—Llevamos á Rafael á que le vea Charcot. - -—Si no hiciera más que verle... Pues con mandarle el retrato... - -—Digo que curaremos á Rafael, y de paso, verás tú á París, que no lo -has visto. - -—Ni falta que me hace. - -—¿Que no? ¿Te parece que no es desairado tener que decir, cuando se -habla de grandes poblaciones, «pues señores, yo no he visto más que -Madrid... y Villafranca del Bierzo»?... No te hagas el zafio, que no lo -eres. ¡París! Si tú lo vieras, se ensancharía el círculo de tus ideas. - -—_El círculo de mis ideas_—dijo Torquemada, recogiendo con avidez la -frase, que le pareció bonita, y quedó encasillada en su archivo de -locuciones,—no es ninguna manga estrecha para que nadie me la ensanche. -Cada uno en su círculo, y Dios en el de todos. - -—Y una vez en París—añadió la esposa con ganas de trastear dulcemente á -su marido,—no nos volveríamos sin dar una vueltecita por Bélgica, ó por -el Rhin. - -—Sí, para vueltecicas estamos... - -—Si es baratísimo... Y también nos llegaríamos á Suiza. - -—Sí, y á las Ventas de Alcorcón. - -—Ó haríamos la excursión del Palatinado bávaro, de Baden y la Selva -Negra. - -—Sí, y la de la selva blanca; y luego nos llegaremos al Polo Norte y -á la Patagonia, y volveríamos á casa por la Osa Mayor. Y al llegar -aquí, yo tendría que pedir un jornal en las obras del Ayuntamiento para -mantener á la familia, ó una plaza de Orden Público...» - -Las dos damas celebraron con francas risas esta ocurrencia, y Cruz puso -fin á la contienda del modo más razonable: - -—Esto del viaje es una broma de Fidela, para asustarle á usted, D. -Francisco. No necesitamos acudir á Charcot. ¡Buenos están los tiempos -para gastos de viaje, y consultas con eminencias europeas! Lo que -Rafael necesita principalmente es distracción, tomar mucho el aire, -pasear lejos del infernal bullicio de estas calles... - -—Vamos, hablando en plata, señora mía, eso es otro memorial para el -coche. Al fin tendré que apencar con el _vehículo_. - -—Pero si no hemos dicho nada de vehículo,—observó Fidela entre veras y -bromas. - -—¡Pasear lejos!... Sí, se va á curar Rafael con el zarandeo de la -berlina... Bueno... á correrla, y no paréis hasta Móstoles. - -—El coche—dijo Cruz con el tono de autoridad que no admitía réplica -las pocas veces que lo empleaba, mayormente si iba acompañado de la -vibración del labio,—debe ponerlo usted, y lo pondrá, yo se lo aseguro, -no por nosotras ni por nuestro hermano, que bien enseñados estamos á -andar á pie, sino por usted, Sr. D. Francisco Torquemada. Es indecoroso -que ande hecho un azacán por esas calles un hombre de su crédito y de -su respetabilidad. - -—¡Ah!... ¡ah!... amiga mía—exclamó don Francisco en voz muy alta, y -en tono que tanto tenía de festivo como de airado.—No me engatusa -usted á mí con ese jabón que quiere darme. _Seamos justos_: yo soy un -hombre humilde, no una _entidad_ como usted dice. Fuera _entidades_ -y biblias... Con esa mónita, lo que hace usted es _dar pábulo_ á los -gastos. Yo no _doy pábulo_ más que á la economía; y por eso tengo -un pedazo de pan. Pero con _la actitud_ que ustedes toman, pronto -tendremos que pedirlo prestado, y no te quiero decir... ¡Deudas en -mi casa!... ¡Oh! nunca... Si viene la bancarrota, _vulgo_ miseria, -usted, Crucita de mi alma, tiene la culpa... ¡Con que coche! Pues habrá -coche, no para mí, que sé ganar la santísima rosca andando en el de San -Francisco mi patrono, sino para ustedes, á fin de que se den todo el -pisto compatible con su nueva _entidad_... - -—Pero yo no he pedido... - -—¿Cómo no? ¡Si parece que le hizo la boca un fraile! ¡Si no hay día -que no me traiga una socaliña! Tirar tabiques, derribarme media finca -para hacer salones... Que si la modista, que si el sastre, que si el -tapicero, que si el almacenista, que si la biblia en pasta... Pues -ahora, con eso de que el hermanito tiene ganas de reir, voy yo á -tener que llorar, y lloraremos todos. Ya estoy viendo una _serie no -interrumpida_ de antojos, y _por ende_ de nuevos gastos. Que es preciso -distraerle; y como le gusta tanto la música, tendremos que traer aquí -la orquesta del Teatro Real, y al zángano aquél, que con una varita les -señala el golpe de lo que han de tocar. (_Risas._) Que hay que traer -un facultativo. Pues venga todo San Carlos, y lluevan honorarios... -Que hay que convidar á Juan, Pedro y Diego, los amigotes que vienen á -darle tertulia, poetas los unos, danzantes los otros. Pues allá te van -doce ó catorce cubiertos, y la mar de platos extraordinarios para que -saquen el vientre de mal año esos... _pará_...» - -Se le atravesó la palabra, que, como de adquisición reciente, no podía -ser pronunciada sin cierta precaución y estudio. - -—_Parásitos_—le dijo Fidela.—Sí que lo son algunos. Pero no hay más -remedio que convidarles alguna vez, para que no vayan por ahí hablando -de si en esta casa hay ó no hay tacañería. - -—Nuestras relaciones—afirmó Cruz,—no dicen eso. Son personas -distinguidísimas. - -—No pongo en duda su _distinguiduría_—asentó Torquemada;—pero _profeso -el principio_ de que cada _quisque_ debe comer en su casa. ¿Voy yo á -comer á casa de nadie? - -—Hay que confesar, señor maridito—le dijo Fidela pasándole la mano por -el lomo,—que hoy estás graciosísimo. Si yo no quiero que gastes; si -no nos hace falta coche, ni lujo, ni bambolla... Guarda, guarda tus -ahorritos, bribón... ¿Sabes lo que dijo anoche Ruiz Ochoa? Que en un -mes habías ganado treinta y tres mil duros. - -—¡Qué barbaridad!—exclamó el usurero, levantándose impacientemente -después de probar el café.—Lo diría en broma. Y con esas cuchufletas -_da pábulo_... sí, _pábulo_, á vuestras ideas exageradas sobre lo que -yo tengo. En fin, me voy por no incomodarme. _Reasumiendo_: es preciso -economizar. La economía es la religión del pobre. Guardaremos _el -óbolo_; que nadie sabe lo que vendrá el día de mañana, y cosas podrán -venir que exijan éste y el otro y todos los óbolos del mundo. - -Metióse gruñendo en su despacho, cogió sombrero y bastón, que era, por -más señas, con puño de asta de ciervo bruñida por el uso, y se marchó -á la calle, á _evacuar_ sus negocios. Hasta más allá de la Puerta del -Sol le fueron burbujeando en el magín las ideas de la viva disputa con -su esposa y cuñada, y seguía disparando contra ellas una dialéctica -irresistible: - -—Porque no me sacarán ustedes, con todo su _maquiavelismo_, del -sistema del gastar sólo una parte mínima, _considerablemente mínima_, -de lo que se gana. ¡Ya...! como ustedes no tienen que discurrir para -traerlo á casa, no saben lo que cuesta... Sólo me correría más de lo -acordado en caso de sucesión... Eso sí, la sucesión merece cualquier -dispendio _considerable_. Por eso me decía Valentinico anoche, cuando -me quedé dormido en mi cuarto, caldeada la cabeza de tanto afilar el -reverendo guarismo... Me decía dice: «Papá, no sueltes un cuarto hasta -que no sepas si nazco ó no nazco... Esas bribonas de Águilas me están -engañando... que hoy, que mañana, y así no puedo estar... Un pie en la -eternidad y otro pie en la vida esa... vamos, que esto cansa... duele -todo el cuerpo, ó toda el alma; que si el alma no tiene huesos, tiene -coyunturas... y sin tener carne ni tendones, tiene cosquillas, y sin -tener sangre, tiene fiebre, y sin tener piel, tiene gana de rascarse.» - - - - -VII - - -Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar -el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra -descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la -seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer -de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder -sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á -la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque -satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido, -les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron -á saludarle: - -—Hola, Morentín, gracias á Dios... - -—¡Pero qué caro se vende usted! - -—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted. - -Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura -un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa -anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y -correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo -de un trato frecuente, fué á sentarse junto al ciego, y dándole un -palmetazo en la rodilla, le dijo: - -—Hola, perdido, ¿qué tal? - -—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No -venga usted ya con sus trapacerías de siempre. - -—Me esperan en casa de la tía Clarita. - -—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No, no le -soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo acopio -de resignación. - -—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las -opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado. - -—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la -responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería... - -—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor. - -—Convenido. - -Pepe Serrano Morentín había sido, en otros tiempos, el inseparable -amigo de Rafael y su compañero de estudios desde las primeras letras -hasta el grado en la Universidad; y si en la época terrible, aquella -amistad pareció extinguida, y apenas, de higos á brevas, se veían -los dos muchachos y refrescaban con cariñosa efusión los recuerdos -estudiantiles, fué porque las Águilas esquivaban toda visita, -ocultándose en su triste y solitario albergue, como si creyeran rendir -tributo, con la ausencia de todo testigo, á la dignidad de su miseria. -El cambio material de existencia abrió las puertas del escondrijo; -y de cuantas amistades lentamente se restablecieran entonces por -mediación de Donoso, de Ruiz Ochoa ó de Taramundi, ninguna era tan -grata al pobre ciego como la de su caro Morentín, que sabía llevarle el -genio mejor que nadie, y despertar en él simpatía muy honda en medio de -la indiferencia ó desdén que hacia todo el género humano sentía. - -Conocedoras Fidela y Cruz de esta preferencia, ó más bien absoluto -imperio de Morentín en la voluntad del pobre ciego, vieron aquel día -en su visita una providencial aparición. Y como sabían que Rafael -gustaba de platicar holgadamente con su amigo, referirle sus tristezas, -provocarle á discusiones en que el humorismo se enredaba con la -psicología más sutil, corriéndose á veces á terreno un tanto escabroso, -determinaron, después de los cumplidos de rúbrica, dejarles solos, que -así descansaban ellas de la guardia, y el ciego estaría más á gusto. - -—Querido Pepe—le dijo Rafael haciéndole sentar á su lado.—No sabes con -cuanta oportunidad vienes. Deseo consultarte una cosa... una idea, -que ayer apuntó en mí, y hoy, en el momento que entraste, cuando oí -tu voz, ¡ay! me hirió la mente, así como si entrara de golpe, dándose -de cabezadas con todas las demás ideas que hay en el cerebro, y -espantándolas y dispersándolas... no te lo puedo explicar. - -—Comprendido. - -—¿Á tí te acomete alguna idea en esta forma y con esta insolencia...? - -—Ya lo creo. - -—No; en tí entran con el capuchón de la hipocresía. No sabes que están -dentro hasta que se descubren la cara y alzan la voz. Morentín, hoy voy -á hablarte de un asunto muy delicado. - -—¿Muy delicado? - -Al decir esto, el amigo de la casa sintió un súbito golpetazo hacia -la región cardíaca, como de aviso, como de alarma, como de lo que en -lenguaje truhanesco se designa con el feo vocablo de _escama_. Conviene -ahora más que nunca dar alguna noticia de este Morentín y registrarle y -filiarle con la mayor exactitud posible. - -Era el tal soltero, plebeyo por parte de padre, aristócrata por la -materna, socialmente mestizo, como casi toda la generación que corre; -bien educado, bien avenido con el estado presente de la sociedad, que -su proporcionada riqueza le hacía ver como el mejor de los mundos -posibles, satisfecho de haber nacido guapo y de poseer algunas -cualidades de las que generalmente no excitan envidia; sin bastante -inteligencia para sentir las atracciones dolorosas de un ideal, sin -bastante rudeza de espíritu para desconocer los placeres intelectuales; -privado de las grandes satisfacciones del orgullo triunfante, pero -también de las tristezas del ambicioso que no llega nunca; hombre que -no poseía en alto grado ni virtudes ni vicios, pues no era un santo, -ni tampoco un perdido, y se conceptuaba dichoso viviendo cómodamente -de sus rentas, representando un distrito rural de los más dóciles, -disfrutando de preciosa libertad y de un buen caballo inglés para -pasearse. Bien quisto de todo el mundo, pero sin despertar en nadie -un cariño muy vivo, veíase libre de toda pasión ardiente, pues ni -siquiera la pasión política sintió nunca, y aunque afiliado en el -partido canovista, reconocía que lo mismo lo estaría en el sagastino, -si á él le hubiera llevado el acaso; ni conocía tampoco la pasión -viva por ningún arte, ni por el _sport_, pues aunque cabalgaba dos -ó tres horas cada día, jamás le inflamó el entusiasmo hípico, ni el -delirio del juego, ni el de las mujeres, fuera de un cierto grado que -no llega al drama, ni traspasa los límites de un discreto desvarío, -elegante y urbano. Era hombre, en fin, muy de su época, ó de sus días, -informado espiritualmente en una vulgaridad sobredorada, con docena y -media de ideas corrientes, de esas que parecen venir de la fábrica, en -paquetitos clasificados, sujetos con un elástico. - -Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo -que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió -escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y -almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes, -tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas -para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su -existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo -á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión -aceptable, siempre dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en -cuanto á moral, si Morentín defendía en público y en privado las buenas -costumbres, no por eso se hallaba libre de la relajación mansa que -apenas sienten los mismos que en ella viven. - -Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del -vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado, -y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las -señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la -investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria. -Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y -bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su -orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno -afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer -era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en la -línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia, y -todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba el -drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo mismo -que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban, ó que -blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de salir y -pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para que nada -le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin catástrofe -se le había satisfecho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni -qué pedir á Dios... ó á quien se pidan estas cosas. - - - - -VIII - - -—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante -todo, ¿mis hermanas no andan por aquí? - -—No, hombre, estamos solos. - -—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo... - -—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras. - -—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... Y esta -mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me manifestaron -en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba loco, no, ni -lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los condenados -por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que los -diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo... - -—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas? - -—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero mira, -Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una lealtad -á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que te -pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á -Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la -desconoce. - -—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en un -hilo. ¿Qué es ello? - -—Apuesto á que te lo figuras. - -—¿Yo? Ni remotamente. - -—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas demasiado -fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben espantar -pronunciadas por esta boca mía? - -—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando su -desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con alguna -humorada... - -—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla -sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín, -representante del país, propietario, paseante en corte y _sportman_, -dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á -moralidad y buenas costumbres? - -Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras veces, -después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía con -cualquier cuchufleta. - -—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma. Te -pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo, dentro -de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos de -la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de -hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, _etcétera_. -Me figuro que no hay variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo, -que también es el tuyo, allá cuando tú y yo andábamos por el mundo, -divirtiéndonos todo lo que podíamos, las ideas sobre puntos graves de -moral eran bastante anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos -nuestros amigos, no pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que -el matrimonio no nos imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no? - -—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero á -qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros hubo -jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos de -mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue -siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la -intención ó con el hecho. - -—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á -los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos -como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos -por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación -hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos -usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el -matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te -rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio. - -—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que si -estuviéramos en aquel momento histórico, como diría quien yo me sé, -tu santa palabra obraría prodigios sobre las conciencias de tanto -perdulario. Pero, chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos -tanta moralidad, que las picardías conyugales han venido á ser un mito. - -—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si están -entre la juventud y la madurez, profesan los principios más contrarios -á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha de correr -muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo llamo -principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio de -que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo, -antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de -su desgracia... con un amante. - -—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso. - -—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis los -hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, para -robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias, -revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la -situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia... - -—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y -sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba -resultando muy desagradable.—Hablemos de cosas más amenas, más -oportunas, no traídas por los cabellos, ni... - -—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta entonces -había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, inquieto de -manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando al punto -que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar tontamente, -porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de un hecho, -Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu valor. - -—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín -sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á pasar un -rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones quiméricas. - -—¿Qué... te vas? (_Levantándose._) - -—No, estoy aquí. (_Deteniéndole._) - -—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra -vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas. - -—Que no... Pero podrían venir... - -—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la lógica -de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, como el hijo -se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta del árbol, y el -árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la cual nada puede -nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz hermana... ¡Triste -cosa es descubrir estas realidades vergonzosas dentro de nuestra propia -familia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy ciego -de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo más -que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... Pues -he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge de -medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la -indulgencia social, se permite... - -—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó -hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!... -¿Pero has perdido el juicio? - -—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad... -Confiésalo... Ten grandeza de alma. - -—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus locuras?... -Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni oirte. - -—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando con -tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas. - -—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? (_Forcejeando._) -Te digo que me sueltes. - -—No te suelto, no. (_Apretando más._) Ven acá... Pues me levanto yo -también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante, -libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor -para confesarlo!... - -—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices? - -—Que mi hermana... no lo repito; no... - -—Un amante... ¡qué sandez! - -—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si sé -tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre que -no se llegue al escándalo... - -—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. Merecías... - -—Confiésamelo, ten grandeza de alma. - -—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... Vamos, -Rafael, suéltame... - -—Pues confiésamelo. - -Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos, -Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro -defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por -fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón, -y sujetándole para que no braceara. - -—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con voz -ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios... - -—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz cuanto -podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura... - -—Es verdad, por lo menos en la intención... - -—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus -hermanas. - -—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...! - -Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún -eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió -presurosa, y al entrar hubo de comprender, por la palidez de los -rostros, y el habla balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos -había surgido alguna desavenencia, y el motivo era sin duda de -verdadera gravedad, pues uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó -de música, ó de cría caballar, no perdían su serenidad ni el acento de -broma mesurada y de buen tono. - -—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las -preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas... - -—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño -mimoso.—¡No querer confesarme...! - -—¿Qué? - -—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en -un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería... -¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado? - -Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el -carácter de la disputa. - -—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las -novelas de Zola. - -—No era eso. - -—¿Pues qué? Necesito saberlo. (_Á Rafael, pasándole la mano por la -cabeza y sentándole el pelo._) Si tú no me lo dices, me lo dirá Pepe. - -—No, lo que es ese no ha de decírtelo... - -—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué sé -yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos, -por nada. No se hable más del asunto. - -—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael. - -—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy culpable. - -—¿De qué? - -—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, armando la -mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy cómplice... -fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que han dado la razón -al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de competencia entre -las dos embajadas. Que traigan el _Diario de Las Sesiones_... ¡Ah! que -vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que he suscrito el voto -particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, naturalmente... - -—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la fórmula -de engaño. - -—Siempre he pensado lo mismo. _Vaticano for ever._ - -No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos y -aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando lo -dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar -nuevas complicaciones y desastres. - - - - -IX - - -Al anochecer, encendidas las luces, Serrano Morentín buscaba junto -á Fidela, en el gabinete de ésta, la compensación de la horrorosa -tarde que su amigo le había dado. Bien se merecía, después de aquel -martirio, el goce de un ratito de conversación con la señora de -Torquemada, afable con él como con todo el mundo, mujer que poseía, -entre otros encantos, el de un cierto mimo infantil ó candoroso -abandono de la voluntad, que armonizaba muy bien con su delicada -figura, con su rostro de porcelana descolorida y transparente. - -—¿Qué me ha mandado usted aquí?—dijo desenvolviendo un paquete de -libros que había recibido por la mañana. - -—Pues véalo usted. Es lo único que hay por ahora. Novelas francesas y -españolas. Lee usted muy á prisa, y para tenerla bien surtida, será -preciso triplicar la producción del género en España y en Francia. - -En efecto, su ingénita afición á las golosinas tomaba en el orden -espiritual la forma de gusto de las novelas. Después de casada, sin -tener ninguna ocupación en el hogar doméstico, pues su hermana y esposo -la querían absolutamente holgazana, se redobló su antigua querencia -de la lectura narrativa. Leía todo, lo bueno y lo malo, sin hacer -distinciones muy radicales, devorando lo mismo las obras de enredo que -las analíticas, pasionales ó de caracteres. Leía velozmente, á veces -interpretando con fugaz mirada páginas y más páginas, sin que dejara de -recoger toda la substancia de lo que contenían. Comúnmente se enteraba -del desenlace antes de llegar al fin, y si este no le ofrecía en su -tramitación alguna novedad, no terminaba el libro. Lo más extraño -de su ardiente afición era que dividía en dos campos absolutamente -distintos la vida real y la novela; es decir, que las novelas, -aun las de estructura naturalista, constituían un mundo figurado, -convencional, obra de los forjadores de cosas supuestas, mentirosas y -fantásticas, sin que por eso dejaran de ser bonitas alguna vez, y de -parecerse remotamente á la verdad. Entre las novelas que más tiraban á -lo verdadero, y la verdad de la vida, veía siempre Fidela un abismo. -Hablando de esto un día con Morentín, el cual, por su cultura en cierto -modo profesional, oficiaba de oráculo allí donde no había quien le -superase, sostuvo la dama una tesis que el oráculo celebró como idea -crítica de primer orden. - -—Así como en pintura—había dicho ella,—no debe haber más que retratos, -y todo lo que no sea retratos es pintura secundaria, en literatura -no debe haber más que Memorias, es decir, relaciones de lo que le ha -pasado al que escribe. De mí sé decir que cuando veo un buen retrato de -mano de maestro, me quedo extática, y cuando leo Memorias, aunque sean -tan pesadas y tan llenas de fatuidad como las _de Ultratumba_, no sé -dejar el libro de las manos. - -—Muy bien. Pero dígame usted, Fidela. En música, ¿qué encuentra usted -que pueda ser equivalente á los retratos y á las Memorias? - -—¿En música... qué sé yo? No haga usted caso de mí, que soy una -ignorante... Pues, en música..., la de los pájaros. - -Aquella tarde, mejor será decir aquella noche, después que se enteró de -los títulos de las novelas, y cuando Morentín le encarecía, siguiendo -la moda á la sazón dominante, la obra última de un autor ruso, Fidela -cortó bruscamente la perorata del joven ilustrado, interrogándole de -este modo: - -—Dígame, Morentín... ¿qué le parece á usted de nuestro pobre Rafael? - -—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de subordinación, -que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal, sintiendo junto á sí -á personas que... - -—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con las -mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en -aborrecimiento. - -—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas claras. - -—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre él -un cierto ascendiente, debe inculcarle... - -—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño... y como -si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el fondo. ¿No es -eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que si D. Francisco -oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que pagármelos en -alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería yo que me los -pagase... - -—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros. - -—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo... Mi -riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de -ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y -viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de -despreciar, amiga mía. - -—¿Acaso los he despreciado yo? - -—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas -materiales...? - -—No dije eso. Tiene usted mala memoria. - -—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede olvidar? - -—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la -escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera, -amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con -sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu. - -—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer el -dolor más que de oídas, soy un magnífico animal... - -—¡Jesús! - -—No, no se vuelva usted atrás... - -—Sí, dije animal; pero en el sentido de... - -—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal. - -—Quise decir... (_Riendo._) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que no -tiene alma. - -—Precisamente es lo contrario... _a... ni... mal_, con ánima, con alma. - -—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo atrás, me retracto, retiro -la palabra. ¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso -¿verdad? - -—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de -injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo -no conozco el dolor? - -—No me he referido al de muelas. - -—El dolor moral, del alma... - -—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe usted -lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de seres -queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha hecho, -ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto? - -—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted, -no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo -un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy -aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha, -digno de admiración, de veneración... - -—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco. - -—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido acrisolar -su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después, bien -merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno. - -—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje razonado -y justo. - -—Y tan justo como es en el caso presente. - -—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y digo -todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una -grandísima tontería? - -—¡La modestia!... (_Desconcertado._) ¿Por qué lo dice usted? - -—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder -decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de -muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me -haga usted caso. - -—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada -de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como -un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su -extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo -_amén_, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz -en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por -su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable. - -—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo -porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras -disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara -modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien -dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un -prodigio de hermosura, eso no... - -—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento, de un tipo tan -distinguido, y tan aristocrático... - -—¿Verdad que sí? - -—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid. - -—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso. - -—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas -que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece -usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la -felicidad, si no es para usted? - -—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree que -no me la he ganado bien? - -—La tiene usted merecida, y ganada... en principio; pero aún no la -posee. - -—¿Y quien se lo ha dicho á usted? - -—Me lo digo yo, que lo sé. - -—Usted no sabe nada... Bah, perdida ya la vergüenza, le voy á decir -otra cosa, Morentín. - -—¿Qué? - -—Que yo tengo mucho talento. - -—Noticia fresca. - -—Más talento que usted, pero mucho más. - -—Infinitamente más. ¡Vaya por Dios!... Como que es usted capaz, con -tantas perfecciones, de volver loco á todo el género humano, y á mí -para estrenarse. - -—Pues siguiendo usted cuerdo un poco tiempo más, podrá reconocer que no -sabe en qué consiste la felicidad. - -—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué -puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo? - -—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la -felicidad para mí. - -—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted qué -le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate? Figúrese -usted que... - -Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote, de -calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada en -el gabinete, diciendo: - -—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle. - - - - -X - - -—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo le -decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy fuera -de casa más que de costumbre. - -—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á -paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día -de ceca en meca aguantando fríos y calores _considerables_, y no me -acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el -chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues -estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan. - -—Creo que papá vendrá esta noche. - -—Me alegro. Tenemos que _evacuar_ un asuntillo... No hay más remedio -que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades -crecen como la espuma, y en esta vida... _¡de marqueses!_ cada -satisfacción cuesta un ojo de la cara... - -—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre -semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra -los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y -etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al -campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy -tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete -de mil pesetas, que es mi delicia. - -—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D. -Francisco. - -—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha -platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos -en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría -usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y -que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar -billetes, y la muñeca que dice _papa_ y _mama_, cambiaba, descontando -el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro. - -—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar para -dentro, á lo platero, _considerablemente_, y barrer para casa. - -Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D. -Francisco de buen temple, decidor y festivo. - -—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer -plato,—puedo _manifestar_ que este principio ó lo que sea... Cruz, -¿cómo se llama esto? - -—_Relevé_ de cordero á la... romana. - -—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa -cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más -que huesos. - -—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos. - -—El chupar digo yo que no es _meramente_ para principio, ea... En fin, -tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo... - -—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy. - -—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la época. -Vivimos en plena mendicidad. - -—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó -Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas. -Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de -dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del _todo -para todos_. - -—Ese principio ya está _sobre el tapete_—dijo Torquemada,—y á este -paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo bendito. -Yo me pinto solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero -el de hoy, por tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy -respetable, que pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era -la puntualidad personificada... pues por ser el chico muy modosito y -muy aplicadito, me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para -qué creerán ustedes? Para publicar un tomo de poesías. - -—¡Poeta! - -—De estos que hacen versos. - -—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! La -verdad, no te has corrido mucho. - -—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha -escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme -mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo. - -—Á ver, ¿qué es? - -—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido principios, -y aquí para _inter nos_ confieso mi desconocimiento de muchos -vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes que -yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha llamado -el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues me ha -dicho que soy su... Mecenas. (_Risas._) Sáquenme, pues, de esta duda -que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere decir -eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...? - -—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el -hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras. - -—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean -las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos... -Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir, -convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien... -¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas? - -—La gloria... - -—Como quien dice, el beneplácito... - -—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre. - -—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza -mía... _Cúmpleme_ declarar con toda sinceridad, _á fuer_ de hombre -verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los -desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con -la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando -lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate. - -Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas. - -—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito! - -—¡Qué saber para tan corta edad! - -—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le tuvimos -de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad de -Ciencias, y nosotros en la de Derecho. - -—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una -admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas. - -Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, _para dar una -vuelta_ á su hermano, volvió diciendo: - -—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, y -está conversando con Rafael. - -Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. Francisco, -que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una taza de café, -ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase al cuarto -del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de distracción. -Ofrecióse Morentín á _relevar la guardia_, para que Zárate pudiera -pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos estuvieron -los tres amigos, Morentín dijo al sabio: - -—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama. - -—¿Quién? - -—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa -_Mecenas_. Yo creí morir de risa. - -—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente repuesto -del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la calle y... -Que te lo cuente él. - -—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué de la -atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga con esta -consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando nacen los -hijos, mejor dicho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia, -cuando...?» - -Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa: - -—Que vaya usted, señor de Zárate. - -—Voy. - -—Anda, anda; luego lo contarás. - -Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento: - -—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado -por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en -la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura, -pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y -asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos -en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (_Estrepitosa -risa de Morentín._) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una -idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre. - -—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He -comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino... - -—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no recuerdo -el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... para que -los hijos que tenga un hombre, _salgan_ científicos, y en ningún caso -poetas. - -—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa -desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia. - -—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz asomando á la puerta del cuarto su -rostro, en que se pintaba un vivo sobresalto. - -Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel -día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin -estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín, -contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer -disfrutaba de una alegría dulce y sedante. - - - - -XI - - -Zárate... ¿Pero quién es este Zárate? - -Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación -física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van -desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos -caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia -humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes -de los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía, -por ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las -guerras civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se -vistiese. Otros muchos tipos había, _clavados_, como vulgarmente se -dice, consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano, -y de los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía -rasgos y fisonomía como de casta, y no se le confundía con ninguna -otra especie de hombres, y lo mismo puede decirse del _Don Juan_, ya -fuese de los que pican alto, ya de los que se dedican á doncellas de -servir y amas de cría. Y el beato tenía su cara y andares y ropa á las -de ningún otro parecidas, y caracterización igual se observaba en los -encargados de chupar sangre humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo -eso pasó, y apenas quedan ya tipos de clase, como no sean los toreros. -En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no -deja de ser un bien para el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie, -como no lo estudie bien, familia por familia, y persona por persona. - -Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con -lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la -industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y -abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de -tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y -la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces -de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda. -Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y -un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les -cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver -un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta -farmacéutico, ó catedrático de derecho canónico. Uno que tiene todas -las trazas de andar comiéndose los santos y llevando cirios en las -procesiones, es pintor de marinas, ó concejal del Ayuntamiento. - -Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante, -antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara -toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su -tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros, -ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un -apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las -mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo -domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué -demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de -la _Derrota de los Pedantes_? En el limbo de la historia estética. Lo -que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos -como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de -conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con -su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno -pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir -á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología -y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que -ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima -compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que -el moderno pedante afecta en su exterioridad ó catadura formas muy -variadas, y los hay que parecen revendedores de billetes, ó _sportmen_, -ó personas graves de la clase de patronos de cofradía. - -Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen -tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido, -servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y -mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de -consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por -temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo -de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo -de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes -para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de _tifus_ -á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de -palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo, -tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo. - -De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco -era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del -tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole -pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas -se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un -hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta -años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de -prisa y corriendo, á fin de poder encajar en su nueva esfera, el tal -Zárate no tenía precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba -con prontitud por cualquier página que se la abriese. Lo de menos era -el vocabulario, que á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo -el hombre; ya poseía un capital de locuciones muy saneadito. Pero -le faltaba esa multitud de conocimientos elementales que posee toda -persona que anda por el mundo con levita y sombrero, algo de historia, -una idea no más, para no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de -física, por lo menos lo bastante para poder decir _la gravedad de los -cuerpos_ cuando se cae una silla, ó _la evaporación de los líquidos_, -cuando se seca el suelo. - -Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de -conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía -que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse -el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del -sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre -puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de -dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues -pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín -enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces -el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer. - -Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate, -que en medio de la hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos -granos de agudeza, le trataba con extremada consideración, asintiendo -á cuantas gansadas decía afectando tenerle por un portento en el -discurrir, aunque limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría -cuando se le antojase. Quedáronse aquella noche solos de sobremesa, -porque Donoso se fué al gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá -de Morentín y el marqués de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle -al bruto de Torquemada todo el humo de su adulación, con lo cual -previamente le adormecía para ganarle luego la voluntad. - -—Ya se habrá enterado usted de eso del _home rule_—le dijo. Soltó D. -Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en lo -que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y -nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en -terreno firme. - -—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin con -la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la -tradición tiene una fuerza increíble. - -—Inmensísima. - -—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo digo -todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un -golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes -intereses... Ya sabe usted que Gladstone... - -Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrarse, pues por la mañana -había aprendido en _El Imparcial_ cosas muy chuscas, D. Francisco le -quitó la palabra de la boca á su consultor, y relumbrando de erudición, -la cabeza echada atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir: - -—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del -chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte -para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es _una entidad_ de -mucho empuje. - -—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de los -_Lores_? - -—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? _Los lores_, _vulgo los doce pares_, -entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, _velis -nolis_, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que Irlanda -es país de excelentes patatas, que constituyen, _por decirlo así_, la -principal alimentación de las clases irlandesas, _vulgo_ populares. Y -esa bebida que llaman _whisky_, tengo entendido que la sacan del maíz, -del cual grano hacen gran consumo para la crianza de los de la vista -baja, y también para la alimentación de criaturas y personas mayores. - - - - -XII - - -De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una -disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo -de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como -el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron -ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D. -Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda -conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito -de controversia, pues Torquemada, sin _querer entrar en el fondo -de la cuestión_ (frase adquirida en aquellos días), abominó de los -revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro, -movido de la adulación, diciendo con criterio _modernista_: - -—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda -de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á -muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los -caracteres. - -—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo... - -—Los estudios de Tocqueville... - -—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos -hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos -pillos de marca mayor. - -—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine... - -—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala -memoria para _el materialismo_ de cosas de lectura... Y mi cabeza, -_velis nolis_, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh? - -—Naturalmente. - -—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la -reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, _vulgo_ Napoleón, el -que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice, -hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después... - -—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de -Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando -al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda -solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada -con los dedos índice y pulgar de la mano derecha. - -—Creo y sostengo... es una _tesis_ mía, señor de Zárate, creo y -sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, _considerablemente_ -grandes en la fuerza y en el crimen, son locos... - -Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo -moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin -profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo, -_etcétera_, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate -fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y -el genio, y citó el caso del canciller Bacon (_Béicon_) á quien puso en -las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia. - -—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el _Novum organum_. - -—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó -Torquemada, pensando que aquellos _órganos_ debían de ser por el -estilo de los de Móstoles. - -—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo -aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!... - -—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las -ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío -había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria. - -El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni -uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera -durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más -graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al -efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre -de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada, -formaron cónclave en el despacho. - -Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que -en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole -por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él -como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su -persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia -posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el -chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo -de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría -de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez -y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica -del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde -de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales. -En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta -con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario, -que no sabía decir más que: _enteramente_. Era en ella una muletilla -para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el -deseo de tomar una taza de té. - -Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo -del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes -neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada, -sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que -tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella -tarde habíale llenado de zozobra. - -Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse. -Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de -Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los -dueños de la casa. - -—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín. - -Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba -cayéndose de sueño, propuso una partida de _bezigue_ á la marquesa de -Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia -que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada -supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque -sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del -despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa -de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín -y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino -dijéronse algo que no debe quedar en secreto. - -—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. Lo -que es ésta no se te escapa, Pepito. - -—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (_Refiérele la -escena en breves palabras._) Yo había tenido, en casos como este, algún -vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido nunca. -¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo seguiré en -mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No por nada... -por mamá, que es tan amiga... - -—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el sonsonete -de aquel socorrido adverbio. - -—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos? - -—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. Todos -los caracteres son complejos ó _polimorfos_. Sólo en los idiotas se ve -el _monomorfismo_, ó sea _caracteres de una pieza_, como suelen usarse -en el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas -los artículos que he dado á la _Revista Enciclopédica_. - -—¿Cómo se titulan? - -—_De la Dinamometría de las Pasiones._ - -—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para mí. - -—Abordo el problema electro-biológico. - -—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas esas -papas! - -—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar -_psico-fidelesco_. - -—¿Qué quieres decir? - -—Ven acá, ganso. (_Parándose ambos en mitad de la acera, con los -cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos._) ¿Has -leído á Braid? - -—¿Y quién es Braid? - -—El autor de la _Neurypnología_. Si no te enteras de nada. Pues te -aseguro que veo en Fidela un caso de _auto-sugestionismo_. ¿Te ríes? -Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault. - -—Tampoco, hombre, tampoco. - -—De modo que no tienes idea de los _fenómenos de inhibición_, ni de los -que llamamos _dinamogenia_. - -—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...? - -—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta noche? -Pues se hallaba en _estado de hipotaxia_, que algunos llaman _encanto_, -y otros _éxtasis_. - -—Sólo he visto que tenía sueño la pobre... - -—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre -ella la influencia _psíquico-mesmérica_? - -—Mira, Zárate (_quemado_), vete al cuerno con tus terminachos, que -tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal -digerida. - -—¡Acéfalo! - -—¡Pedantón! - -—¡Romancista! - -La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café, -cerrándose tras ellos con rechinante estrépito... - - - - -XIII - - -La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban -aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos -y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no -tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar -fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre -cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de -Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama, -diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha -en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización de sus -proyectos de reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la -familia, y en particular del jefe de ella. - -Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no -sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una -mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de -guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía. - -—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma. - -—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en esta -estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle por la -rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es una de -las mejores de la casa. - -—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la -cocina? - -—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene usted -desalquilado el cuarto de la derecha. - -—Que renta diez y seis mil reales. - -—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted á -destinar á las oficinas... - -Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido, -balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á -levantarse del suelo. - -—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso el -Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios -Extranjeros? - -—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy -bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino. -Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á -presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde... -No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve -para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (_Sentándose -familiarmente._) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes -con la contrata de tabaco _Virginia_ y _Kentucky_, y también con la del -_Boliche_. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y -no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me -he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para -traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil. -(_Torquemada la oye estupefacto._) En fin, que usted necesita una -oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos -escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto? -¿en el que tenemos para la ropa? - -—Pero... - -—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo su -oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que reciba -usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á hablarle -de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo. ¿Y la -caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el teléfono, -y el archivo, y los copiadores y el cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted -como necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser. -¿Es decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos -de frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah! -si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada -en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura -(_con gracejo_), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como -á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no -permitirle mañas...» - -Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su arrogancia, -por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse de su -autoridad, que tantas veces había reconocido. - -—Pero... _admitiendo la tesis_ de que nos quedemos con los tabacos... -No hay más si no que yo _acaricio esa idea_ hace tiempo, y bien podría -ser que cuajara. Bueno; pues _partiendo del principio_ de que convenga -ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la habitación próxima? - -—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar millones—dijo -la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en insolencia,—porque -esta pieza y la próxima, las pienso yo unir, derribando el tabique. - -—¿Para qué, re-Cristo? - -—Para hacer un billar. - -Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso -proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el hombre -no pudiera contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo -congestionado y mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y -al mismo tiempo cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se -daba palmetazos en la rodilla. - -—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se ha -vuelto loca... loca de remate, _por decirlo así_. ¡Un billar, para que -cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted que no -sé ningún juego... no sé _meramente_ más que trabajar. - -—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar, -pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico. - -Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas de -ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton ni -son, soltó la risa. - -—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver el -billar con los miasmas? - -—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en -la casa de un hombre como usted, llamado á ser _potencia financiera_ -de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por -banqueros, senadores, ministros... - -—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas -_potencias_... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, _seamos justos_, -Crucita, y no perdamos de vista el verdadero _objetivo_. Cierto que -debo ponerme en buen pie, y ya lo he hecho; pero nada de lujo, nada de -ostentación, nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por -puertas. Pues digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor? - -—También. - -—Pues negado, re-Cristo, negado, y _aquí termina la presente historia_. -No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras. Ea, me atufé. -Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que... un servidor -de usted... No hay derribo, _vulgo_ ensanche. Recojamos velas y habrá -paz. Yo reconozco en usted un talento _sui generis_; pero no me doy -á partido..., y mantengo _enhiesta_ la bandera de la economía. Punto -final. - -—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la dama -imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora niega lo -ha de conceder, es más, lo está deseando. - -—¿Yo? Apañada está usted. - -—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias? - -—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más... -Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en -modificar el domicilio, no _al tenor_ que usted pide, sino á otro -_tenor_ más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado. - -—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque si -para que yo pueda coger _la piqueta demoledora_, es preciso que haya -esperanzas de sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles. - -—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos. - -—Ya. - -—¿Me lo dice oficialmente? - -—Oficialmente. - -—Bueno. Pues la realización de ese _desideratum_, que yo veía seguro, -porque la lógica es lógica, y un hecho trae otro hecho, no es bastante -motivo para que yo autorice á nadie á coger la piqueta. - -—Pero yo no olvido que tengo la responsabilidad del decoro de -usted—manifestó la dama resueltamente,—y he de ser más papista que el -Papa, y miraré por la dignidad de su casa, señor mío. Suceda lo que -quiera, yo he de conseguir que D. Francisco Torquemada tenga ante la -sociedad la representación que le corresponde. Y para decirlo de una -vez, por indicación mía le ha metido á usted Donoso en la contrata -de tabacos; y por mí, sépalo, sépalo usted, exclusivamente por mí, -por esta genialidad mía de estar en todo, será senador el señor de -Torquemada, ¡senador! y figurará en la esfera propia de su gran -talento, y de su saneado capital. - -Ni aún con esta rociada se ablandó el hombre, que continuó protestando -y gruñendo. Pero su hermana política tenía sobre él, sin duda por la -fineza del ingenio ó la costumbre del gobernar, un poder sugestivo que -al bárbaro tacaño le domaba la voluntad, sin someter su inteligencia. -No se daba él por vencido; pero al querer rechazar de hecho las -determinaciones de su cuñada, sentíase interiormente ligado por una -coacción inexplicable. Aquella mujer de mirada penetrante, labio -temblón y palabra elegantísima, ante la cual no había réplica posible, -se había constituído con singular audacia en dictador de toda la -familia; era el genio del mando, la autoridad _per se_, y frente á ella -sucumbía la torpe bestia, sin que nada valiera la superioridad de la -fuerza bruta contra los fueros augustos del entendimiento. - -Cruz mandaba, y mandaría siempre, cualquiera que fuese el rebaño que -le tocase apacentar; mandaba porque desde el nacer le dió el Cielo -energías poderosas, y porque luchando con el destino en largos años -de miseria, aquellas energías se habían templado y vigorizado hasta -ser colosales, irresistibles. Era el gobierno, la diplomacia, la -administración, el dogma, la fuerza armada y la fuerza moral, y contra -esta suma de autoridades ó principios nada podían los infelices que -caían bajo su férula. - -Retiróse, al cabo, la señora, del despacho de don Francisco, con aire -dictatorial, y el otro se quedó allí ejerciendo, con grave detrimento -de las alfombras, el derecho del pataleo, y desahogando su coraje con -erupción de terminachos. - -«¡Maldita por jamás amén sea tu alma de _ñales_!... Re-Cristo, á este -paso, pronto me dejarán en cueros vivos. ¡Biblia, para qué me habré yo -dejado traer á este _elemento_, y por qué no rompería yo el ronzal, -cuando ví que tiraban para traerme!... ¡Y no dirán ¡cuidado! que yo -me porto mal, ni que las dejo pasar hambres!... Eso no, ¡cuidado!... -Hambres nunca. Economías siempre... Pero esta señora, más soberbia que -Napoleón, ¿por qué no me dejará que yo gobierne mi casa como me dé la -gana, y según mi lógica pastelera? ¡Maldita, y cómo impera, y cómo me -mete en un puño, y me deja sin voluntad, _meramente_ embrujado!... Yo -no sé que tiene esa figurona, que me corta el resuello; deseo respirar -por la defensa de mi interés, y no puedo, y hace de mí un chiquillo... -¡Y ahora quiere engatusarme con la peripecia de que habrá sucesión! -¡Qué gracia! ¡Pues si eso lo contaba yo como seguro, con cien mil pares -de _ñales_! ¡Si es el hijo mío que vuelve, por voluntad mía y decreto -del santo Altísimo, del _Bajísimo_, ó de quien sea!... Despótica, -mandona, _gran visira_ y capitana generala de toda la gobernación del -mundo, el mejor día recobro yo el sentido, me desembrujo, y cojo una -estaca... (_Tirándose de los pelos._) ¡Pero qué estaca he de coger -yo, triste de mí, si le tengo miedo, y cuando veo que le tiembla el -labio, ya estoy metiéndome debajo de la mesa! La estaca que yo coja -será la vara de San José, porque soy un bendito, y no sirvo más que -para combinar el guarismo y sacar dinero de debajo de las piedras... -Ese talento no me lo quita nadie... Pero ella me gana en el mando, y -en inventar razones que le dejan á uno sin sentido... Como despejo -de hembra, yo no he visto otro caso, ni creo que lo haya bajo el -sol... ¿Pero con quién me he casado yo, con Fidela ó con Cruz, ó con -las dos á un tiempo?... porque si la una es propiamente mi mujer... -con respeto... la otra es mi tirana... y de la tiranía y del mujerío, -todo junto, se compone esta endiablada máquina del matrimonio... En -fin, adelante con la procesión, y vivamos para ganar el santísimo -ochavo, que yo lo guardaré donde no puedan olerlo mis ilustres, mis -respetables, mis aristocráticas... consortes.» - - - - -SEGUNDA PARTE - - - - -I - - -Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era -inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de -la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños -del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su -cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener, -ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el -piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz -todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo -de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada -la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la -intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas -extrañas. - -—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio -escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que mis -dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siempre uno de mis -_objetivos_. Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra -habitación, para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á -la otra parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y -del copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono..., -yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos -trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber -algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el -departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las -operaciones!... Yo _profeso la teoría_ de que, por lo mismo que está -todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar -de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede -hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso -_tiendo_ yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias, -determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos -pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos -por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he -resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es -elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo -lo dispone en casa, desde lo más _considerable_ hasta lo más mínimo, -llevo unos días de trajín que ya ya... - -La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel desparpajo -con que se expresaba lejos de su autoritaria y despótica persona. -Pero la dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su -prepotencia, al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la -tomó en esta discreta forma: - -—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro don -Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué trastorno, -qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente como es -posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las obras. Bien -ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de sobresalir y -distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede operar en grande -y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este. Dios le dé salud para -que sus proyectos sean realidades... Nosotras le ayudamos, queremos -ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco... Acostumbradas á la estrechez, -quisiéramos vivir y morirnos en un rincón. Á la fuerza nos lleva él á -la esfera altísima de sus vastas ideas... No, no diga usted que no, -amigo mío. Bien saben todos que es usted la _modestia personificada_... -Se hace el chiquito... Pero no le valen, no, sus trapacerías de -hombre extraordinario, cuyo orgullo se cifra en que le tomen por -un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo? Los entendimientos -superiores tienen por gala la suma humildad. - -Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro de -asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande hombre, -y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dientes afuera, y -poniendo la cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en -su interior colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima, -con el peso de su cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á -carpinteros, albañiles, mueblistas y demás _sanguijuelas del rico_, -con más la pérdida de la renta del segundo. Y cuando los amigos -hubieron visto toda la reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz, -los encarecimientos que habían hecho arriba, el usurero se desahogó á -solas en su cuarto, con cuatro patadas y otros tantos ternos á media -voz: «¡Cómo me domina la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una -labia que enamora y le vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico -me está sacando los tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto, -que es economizar... ¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto -_guano_, y no poder emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver -un montón tan grande, tan grande que...! Pero con esta casa, y estas -señoras mías, mis arcas son un cesto. Por un lado entra, por mil partes -sale... Todo por la suposición, por este hipo de que soy _potencia_... -¡Dale con la manía de la _potencia_! ¿Pues y la tabarra que me dieron -anoche ella y el amigo Donoso con que, _velis nolis_, me han de -sacar senador? ¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera, -Gran Cruz de la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me -ría, y que, defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran, -_inclusive_ encumbrarme como á un monigote para pregonar ante el mundo -su vanidad...» - -Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones. Enseñáronle -muestras de telas para _portieres_, de hules y alfombras. Pero él no -quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su criterio suntuario, -y no diciendo más si no que se prefiriese lo más arregladito. Salió al -fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano, para ir al Ministerio. -¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí, y con cuánto gusto iba! -Y no porque le halagara el servilismo de los porteros, que al verle -entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas, como si quisieran -abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de los empleados -subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos por el olor de -hombre adinerado que echaba de su persona. No era él vanidoso, ni se -pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena administrativa -le encantaba principalmente la reina de las abejas, _vulgo_ ministro, -hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón, mediano retórico, -y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en ideas y carácter -con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la Hacienda pública, -recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente, en quien veía -siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á todo trance. No -había hecho el tal su carrera política exclusivamente con la palabra; -era más bien hombre de acción, en el bien entendido de que sean acción -las formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad -como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal -de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo -Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches -y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto -se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa. -Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún -barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y -discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba -mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios -se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones -con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía -escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el -tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo -asunto que no fuese _de su cometido_; pero si la conversación entraba -en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande -ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la -boca abierta. - -De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares -condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á -la adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad -de que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer -quería mangas y capirotes del presupuesto de la casa. Creyérase que la -dama y el Ministro se habían puesto de acuerdo para bailarle el agua, -con la diferencia de que ella lo hacía con el avieso fin de gastar -sus _rendimientos_ en vanidades y perendengues, mientras que el otro -le proporcionaría todo el aumento de ganancias compatible con los -intereses del Estado. - -Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo nombre no -hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que como hombre -alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el afán de -medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su posición -para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con su -consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las -arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia -del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que -era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso -de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y -escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero -por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España. -No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia -tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de -las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad -las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía por -un grandísimo _hijo de tal_, miraba siempre por el particular, bien -fuese en el concepto esencial del _yo_, bien bajo la forma altruista y -humanitaria, como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa, -ó entidad cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión -Liberal se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la -guerra carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo -que la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano -se había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de -una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había -entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...») -en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles -de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo -más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la -pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber -dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie -pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta -le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano -de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados, -pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores, -consejeros y archipámpanos. - -Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único que -hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se acordaban -para nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus -labios, y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos -y queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos -á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de -_introducir_ la moralidad en las contratas de tabacos. _Tirios y -troyanos_ saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de -las tales contratas _en el pasado momento histórico_.) Pues bien, -desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno -de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad -de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio -de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases... -sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que -acabarle la frase en esta forma: «_Bajo_ la base del negocio limpio -y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros _tendemos_ -á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado! -beneficiando al Gobierno más que lo han hecho _tirios_ y _troyanos_, -llámense Juan, Pedro y Diego; _sin maquiavelismos_ por nuestra parte, -sin consentir tampoco _maquiavelismos_ del Gobierno, tirando de aquí, -aflojando de allá, con el _objetivo_ de ir _orillando_ las dificultades -y _evacuando_ nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de -la más estricta moralidad... todo muy _estricto_, por decirlo así... -porqué yo sostengo la tesis de que el _punto de vista_ de la moralidad -no es incompatible con el _punto de vista_ del negocio.» - - - - -II - - -Por haberse metido en aquel amplio terreno del negocio grande, _coram -populo_, de manos á boca con el mismísimo Estado, no abandonó don -Francisco los negocios obscuros, más bien subterráneos, que traía el -hombre desde los tiempos de aprendizaje, cuando confabulado con doña -Lupe se dedicaba al préstamo personal con réditos que hubieran llevado -á sus gabetas todo el numerario del mundo, si alguien con estricta -puntualidad se los pagara. En su nueva vida dió de mano á varios -chanchullos del género sucio y chalanesco, porque no era cosa de andar -en tales tratos cuando se veía caballero y persona de circunstancias; -pero otros los mantuvo religiosamente, porque no había de tirar -por la ventana el hermoso _líquido_ que arrojaban. Sólo que hacía -reserva de ellos, ocultándolos como se oculta un defecto vergonzoso, -ó una deformidad repugnante y ni con el mismo Donoso se clareaba en -este particular, seguro de que su buen amigo había de ponerle mala -cara cuando supiese... lo que va á saber el lector en este momento: -D. Francisco Torquemada era dueño de seis casas de préstamos, las -más céntricas y acreditadas de Madrid; dícese _acreditadas_, porque -servían con prontitud y cierta largueza, bajo el canon de real por duro -mensual, ó sea el sesenta por ciento al año. En cuatro de ellas era -dueño absoluto, corriendo la gerencia á cargo de un dependiente con -participación en las ganancias; y en dos socio capitalista, cobrando -el cincuenta por ciento. Una con otra se embolsaba el hombre, sin más -trabajo que examinar un sobado y mal escrito libro de cuentas por cada -casa, la bicoca de mil duros mensuales. - -Para examinar estos puercos apuntes y enterarse de la marcha del -_empeño_, encerrábase en su despacho un par de mañanas cada mes con -los sujetos que regentaban los _establecimientos_; y para disimular el -misterio inventaba mil historias, que por algún tiempo mantuvieron el -engaño en todas las personas de la familia, hasta que al fin Cruz, con -su agudeza y finísimo olfato, estudiando el cariz de aquellos _puntos_, -atando cabos, sorprendiendo alguno que otro concepto, y adivinando lo -demás, descubrió todo el intríngulis. El tacaño, que también era listo -para ciertas cosas, y olfateaba como un sabueso, comprendió al instante -que su cuñadita le había desbaratado el tapujo, y se puso en guardia -muerto de miedo, esperando la embestida que había de venir, en nombre -de la moral, del decoro, y de otras zarandajas por el estilo. - -En efecto, escogida la ocasión favorable, le acometió una mañana, en -su despacho del segundo, sin testigo. Siempre que la veía entrar, don -Francisco temblaba, porque en todas sus visitas traía Cruz alguna -_historia_ para mortificarle y sacarle las entrañas. Y la pícara -era como un fantasma que se le aparecía cuando más descuidado y -contento estaba; surgía como por escotillón para ponérsele delante, -trastornándole con su grave sonrisa, dejándole sin ideas, sin criterio, -sin habla; tal era la fuerza subyugadora de su semblante y de sus ideas. - -Aquella mañana entró con pie de gato; no la vió hasta que la tuvo -delante de la mesa. Segura de la fascinación que ejercía, la tirana -no usaba preámbulos; íbase derecha al asunto, siempre con corteses y -relamidas expresiones, afectando familiaridad y cariño unas veces, -otras quitándose resueltamente la máscara, y enseñando la faz -despótica, cuya trágica belleza poníale á D. Francisco los pelos de -punta. - -—Ya sabe á qué vengo... No, no se haga el paleto... Usted es muy listo, -muy perspicaz y no puede ignorar que sé... lo que sé. Si se lo conozco -en la cara. La conciencia se le sale por todo los poros. - -—Maldito si sé qué quiere usted decirme, Crucita. - -—Sí lo sabe... ¡Bah, á mí con esas! Si conmigo no valen tapujos. No -asustarse. ¿Cree que voy á reñirle? No señor; yo me hago cargo de las -cosas, comprendo que no se puede romper de golpe con las rutinas, ni -cambiar de hábitos en poco tiempo... En fin, hablemos claro: esa clase -de negocios no corresponde á la posición que ahora ocupa usted. No -discuto si en otros tiempos fueron ó no de ley... Respeto la historia, -señor mío, y los procederes viles para ganar dinero cuando de otra -manera no era fácil ganarlo. Admito que lo que fué, debió ser como era; -pero hoy, Sr. D. Francisco, hoy que no necesita usted descender, fíjese -bien, _descender_ á tan vil terreno, ¿por qué no traspasa esos... -establecimientos, dejándolos en las manos puercas que para andar en -ellas han nacido?... Las de usted son bien limpias hoy, y usted mismo -lo comprende así. La prueba de que se cree degradado con esa industria -es el tapadillo en que quiere envolverla. Desde que usted se casó, -viene haciendo esta comedia para que no nos enteremos. Pues de nada le -han valido sus disimulos, y aquí me tiene usted enteradita de todo, sin -que nadie me haya dicho una palabra. - -No se atrevió el bárbaro á defenderse con la negativa rotunda, y dando -un puñetazo sobre la mesa, confesó de plano. - -—¿Y qué?... ¿Tiene algo de particular este _arbitrio_? ¿Voy á tirar -mis intereses por la ventana? ¡Dice usted que traspase! ¿Pero cómo?... -¿á deprecio? Eso nunca. Cuando se ha ganado lo que se ha ganado con el -sudor del rostro, no se traspasa con pérdida... Eso que lo hagan los -tontos... Ea, señora, bastante hemos hablado. - -—No se sulfure, pues no hay para qué. Esto no lo sabe nadie. Fidela no -lo sospecha, y puede usted estar tranquilo, que yo no he de decírselo. -Si se enterara, la pobrecita tendría un gran disgusto. Tampoco lo sabe -Donoso. - -—Pues que lo sepa, _¡ñales!_ que lo sepa. - -—Puede que algún malicioso le haya llevado el cuento; pero él no lo -habrá creído. Tiene de su amigo concepto tan alto, que no da oídos á -ninguna especie denigrante de las que corren acerca de usted, puestas -en circulación por los envidiosos de su prosperidad. Nadie más que yo -tiene noticia de esas miserias de su pasado, y si usted insiste en -sostenerlas, yo le guardaré el secreto, hasta le ayudaré á guardarlo, -para evitarme y evitar á la familia la vergüenza que á todos nos toca... - -—Bueno, bueno—dijo Torquemada impaciente, febril, con ganas de coger -el pesado tintero y estampárselo en la cabeza á su tirana.—Ya estamos -enterados. Soy dueño de mis arbitrios, y hago con ellos lo que me da la -gana. - -—Me parece justo, y no seré yo quien á ello se oponga. ¿Cómo he de -oponerme, si yo miro por sus intereses más que usted mismo? Bueno... -pues aunque no haga usted caso de mí cuando le propongo limpiarse de -esa lepra del préstamo usurario y vil, continuaré proporcionándole, -con ayuda del amigo Donoso, los negocios limpios como el sol, los que -dan tanta honra como provecho. Yo pago mal por bien. No me importa -que usted relinche cuando le quiero llevar por el camino bueno: que -quieras que no, por el camino derecho ha de ir usted. ¡Si al fin ha de -convencerse de que soy un oráculo! ¡Y no tendrá más remedio que seguir -mis inspiraciones... y concluirá por no respirar sin permiso mío...! - -Dijo esto último con tan buena sombra, que el bárbaro no pudo menos de -echarse á reir, aunque la ira le relampagueaba todavía en los ojos. La -dama dió bruscamente otro sesgo á la conversación, saliendo por donde -menos pensaba el tacaño. - -—Y á propósito—le dijo:—aunque estoy muy incomodada con usted, porque -estima sus antiguos manejos de prestamista en más que el decoro de su -posición actual, voy á darle una buena noticia. No se la merece usted; -pero yo soy tan buena, tan compasiva, que me vengaré de sus mordiscos -con un abrazo, un abrazo moral, y si se quiere con un beso, un beso -moral ¡cuidado! - -—¿Á ver, á ver...? - -—Pues sepa el Sr. D. Francisco que he encontrado un comprador para los -terrenos que posee allá por las Ventas del Espíritu Santo. - -—¡Pero si ya tenía comprador, criatura! Vaya unas novedades que me trae -doña Crucita. - -—¡Simple, si sabré yo lo que digo! El comprador á que usted se refiere -es Cristóbal Medina, que ofrece real y cuartillo por pie. - -—Cierto; y yo me resisto á dárselo, reservándome hasta encontrar quien -me ofrezca dos reales. - -—Bonito negocio. Usted compró ese terreno, es decir, se lo adjudicó por -una deuda, á razón de doscientas y tantas pesetas la fanega. - -—Justo. - -—Y la semana pasada, Cristóbal Medina le ofreció á real y medio el pie, -y yo... yo, en el _presente momento histórico_, le ofrezco á usted dos -reales... - -—¡Usted! - -—No, hombre, no sea usted _materialista_. ¿Yo qué he de ofrecer...? -¿Voy yo á levantar barrios? - -—¡Ah! ¿Su amigo de usted, ese Torres...? Ya, emprendedor, hormiguilla -como él solo... Me gusta, me gusta ese sujeto. - -—Pues anoche le ví en casa de Taramundi. Hablamos; díjome que no tiene -inconveniente en tomar todo el terreno á dos reales pie, pagando ahora -la tercera parte al contado, asegurando por medio de escritura el pago -de los otros dos tercios en las fechas que se acuerden, á medida que -edifique, y... En fin, me ha escrito esta carta en la cual consigna su -proposición, y añade que si usted accede, por su parte queda cerrado el -trato. - -—Venga, venga la carta—dijo Torquemada inquieto y ansioso, cogiendo -de manos de Cruz el papel que ésta con coquetería de mujer negociante -le mostraba. Y rápidamente pasó la vista por las cuatro carillas del -pliego, enterándose _en un breve momento histórico_, de los puntos -principales que contenía. «Pago al contado de la tercera parte..., -construcción de un palacio entre jardines, que se llamaría _villa -Torquemada_, el cual, á tasación de arquitecto, se adjudicaría en pago -del otro tercio... Hipoteca del mismo terreno para responder del tercer -plazo, _etcétera_...» - -—¿Y por el corretaje de ese negocio no merezco nada?—dijo Cruz con -gracejo. - -—El negocio, sin ser considerable, no es malo, no, _en tesis -general_... Lo examinaré despacio, haré mis cuentas... - -—¿No merezco siquiera que el nombre de Torquemada, unido hoy al nombre -y casa del Águila, sea borrado del infame cartel que dice: _casa de -préstamos_? - -—¿Pero qué tiene que ver...? ¡Bah! Usted ve mosquitos en el -horizonte... Tan honrado es ese negocio como otro cualquiera, como el -que hace el reverendísimo Banco de España. La diferencia consiste en -que en los ventanales magníficos del Banco no se ven capas colgadas. -¡Vaya una importancia que da usted á las apariencias! Son su _bello -ideal_. Yo no miro á las apariencias, sino á la substancia... - -—Pues le diré á Torres, que renuncie al negocio de los terrenos, porque -es usted un judío, y le hará cualquier enjuague. Si yo, cuando me -pongo á ser mala, lo soy de veras. Usted no sabe la que le ha caído -encima conmigo. Ó marchamos por _la senda constitucional_, esto es, del -decoro, ó tendremos siete disgustos cada día. - -—¡Crucita de todos los demonios, y de la Biblia en pasta, y de la -Biblia en verso, y de los santísimos _ñales_ del archipiélago..., digo, -del archipámpano de Sevilla! no le diga usted á Torres sino que se vea -conmigo esta misma tarde, porque su proposición me ha entrado por el -ojo derecho, y quiero que tratemos y nos entendamos... - -—Bueno, señor... cálmese... siéntese. No rompa la mesa á puñetazos, que -tendrá que comprar otra, y le sale peor cuenta. - -—Es que usted no me deja vivir... á mi modo... _Reasumiendo_: á eso de -las casas de préstamos, yo le echaré tierra... - -—Por mucha tierra que usted le eche, siempre olerá mal el negocio. Á -traspasar se ha dicho. - -—Calma... _seamos justos_. Hay que esperar una buena ocasión... -Transigiremos. Vaya; déjeme seguir algún tiempo más con esa... con esa -_viña_, y accedo á que tomen ustedes el abono que, por mor... quiero -decir, por razón de su luto, dejan los Medinas en la ópera del Príncipe -Alfonso. - -—Pero si el abono lo hemos tomado ya. - -—¿Sin mi permiso? - -—Sin su permiso... No se tire usted de los pelos, que se va á quedar -calvo. Pues no faltaba más sino que usted negara tal cosa siendo del -gusto de Fidela. La pobre necesita expansión, oir buena música, ver á -sus amigas. - -—Maldita sea la ópera y el perro que la inventó... Crucita, no me -sofoque más... Mire que me voy del seguro, y... Ya no puedo más... -Me llevan ustedes á la bancarrota. De nada me vale trabajar como un -negro, porque cuarto ganado, cuarto que ustedes me gastan en pitos y -en flautas. Para meter en cintura á mis señoras del Águila, debiera yo -hacerles una trastada del _tenor_ siguiente: darles el abono, sí, pero -quitándoselo del plato, y de la vestimenta. - -—Eso no puede ser, pues no vamos á ir al teatro con los estómagos -vacíos, ni vestidas de mamarrachos... - -—Nada, nada, que me arruinan. Porque el abono á la ópera, trae mil y -mil goteras... _vulgo_ arrumacos, guantes, qué sé yo. Bueno, hijas, -bueno, empeñaré mi gabán el mejor día. Á eso vamos. - -—El día que sea preciso—dijo Cruz festivamente,—coseré para afuera. - -—No, no lo diga en broma. Á este paso la vida es un soplo... Y lo que -es yo, no me comprometo á la manutención de la familia. - -—Yo la mantendré. Sé cómo se vive sin tener de qué vivir. - -—Pues podía vivir ahora como entonces. - -—Las circunstancias han variado, y ahora somos ricos. - -—Tenemos un mediano pasar; _seamos justos_; un buen pasar. - -—Pues á eso me atengo, y procuro que lo pasemos bien. - -—Déjeme, por Dios. Sus... manifestaciones me vuelven loco. - -—Lo dicho, dicho... Prepárese para otra...—dijo la primogénita del -Águila, risueña y altiva, levantándose para retirarse. - -—¡Para otra!... ¡Por San Caralampio bendito, abogado contra las -suegras! Porque usted es una suegra, _por decirlo así_, la peor y más -insufrible que hay en familia humana. - -—Y la que le tengo preparada es la más gorda, señor yerno. - -—La Virgen Santísima me acompañe... ¿Qué es? - -—Todavía no es tiempo. Está la víctima muy quebrantada del arrechucho -de hoy. Y eso que le traje el magnífico negocio de los terrenos. ¡Y no -me lo agradece el pícaro! - -—Sí lo agradezco... Pero á ver, dígame qué nueva dentellada me prepara. - -—No, porque se asustará... Otro día. Hoy me doy por satisfecha con lo -del abono, y con la esperanza de quitar esa ignominia de las casas de -empeño. En su día continuaremos, Sr. D. Francisco Torquemada, presunto -senador del Reino, y Gran Cruz de Carlos III.» - -Y cuando la vió salir, el tacaño la maldijo entre dientes, al propio -tiempo que reconocía con brutal sinceridad su absoluto dominio. - - - - -III - - -No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila las -grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición -noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que -sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en -realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y -si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á -fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas -aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de -raza, como quien mira por la dignidad de los suyos, y también con un -sentimiento de alta venganza contra parientes aborrecidos, que después -de haberles negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar -sobre ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el -prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de -persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida, -y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los -lanzaban. - -Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los comentarios -de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas, y entre su -parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó, quien pasada -la primera impresión, comentara el caso con benevolencia; no faltó -tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado sainetesco, y -los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la Torre Auñón y -su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían en relaciones -agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron carácter de -odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la administración -judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la Alberquilla. -Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas, poniéndolas -en las condiciones más favorables para el caso probable de que el -Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros cogían el -cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de mal gusto -sobre las desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar -de la Torre Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina -del marqués de Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de -San Salomó. Eran parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de -Severiano Rodríguez y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de -la Torre vivían en Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los -otros Romeros, los meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se -comprende que de la casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba, -salían los dardos envenenados contra las pobres Águilas, y contra el -ganso que las había librado de la miseria. - -Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la -circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban -amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas -maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no -faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada _el Peor_, -célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga -y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado -amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como -un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía -que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana, -vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras, -asociadas con aquel siniestro tipo, pensaban establecer una casa de -préstamos en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando -Torquemada, ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas -del _mundo grande_, y le vieron y le trataron muchos que le habían -despellejado de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan -horrible como la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes -polémicas sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel -Torquemada de los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que -creer en las reencarnaciones.» - -Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las -murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el -tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre -subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los -Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la -orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena -disposición. - -Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios, de -ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico -urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres -hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro -cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de -los ricos. - -¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de que -D. Francisco se hubo conquistado el aprecio superficial de mucha -gente, que no ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era -producto de la rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había -llenado de suicidas los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban -por el Viaducto pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar -la voltereta... Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo -sobre ropas en buen uso, y que tenía toda la casa llena de capas... -Que el hombre no había renunciado á sus hábitos de miseria, y que á -las dos pobres Águilas las mantenía con lentejas y sangre frita... -Que todas las alhajas que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le -hacía las levitas á D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que -volvía del revés... Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz -participación, y comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados... -Que Fidela, cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los -antecedentes de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que -simple y todo como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes, -á ciencia y paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso -(con sus sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora, -grotesco tipo de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el -escritorio de Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con -la hermana mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le -lavaba la cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes de echarle -á la calle, para que sacase un buen ver, y le enseñaba la manera de -saludar, instruyéndole en todo lo que había que decir, según los -casos... Que á la chita callando, entre Cruz y el usurero habían -desbalijado á varias familias nobles, un poco apuradas, prestándoles -dinero á doscientos cuarenta por ciento... Que Cruz recogía las -colillas de los que fumaban en su casa, para mandarlas al Rastro en -un costal muy grande, así como juntaba también los mendrugos de pan, -para venderlos á unos que hacían chocolate de dos reales y medio... -Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas de juguetes, y -que al pobre Rafael no le daban de alimento más que puches, y un plato -de menestra por las noches... Que el ciego había puesto debajo de la -cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de pólvora, el cual fué -descubierto con la mecha ya encendida... Que la primogénita del Águila, -entre otros negocios sucios, tenía parte en un corral de basuras de -Cuatro Caminos, y _llevaba_ la mitad en los cerdos y gallinas... Que -Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres y medio por ciento de su -valor, y que era el socio capitalista de una compañía de estafadores, -disfrazada con la razón social de _Redención de quintos, y Sustitutos -de Ultramar_. - -Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al -principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por -fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuando D. Francisco salió -á la esfera del mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos, -su habla corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos, -codeándose al fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar -á risa los desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio -le inspiraba maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y -de pasarles por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas -Águilas, y el prestigio claro del _opulento capitalista_; que así le -nombraba ya la lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse, -mejor dicho, á levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir -con él inmensa torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los -Romeros como miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo. - - - - -IV - - -Aproximábase el verano, y no hubo más remedio que pensar en trasladarse -á algún sitio fresco, por lo menos durante la canícula. Nueva -batalla dada por Cruz, en la cual halló al enemigo más resistente y -envalentonado que de costumbre. - -—El verano—decía D. Francisco,—es la estación _por escelencia_ -en Madrid. Yo lo he pasado aquí toda mi vida, y me ha _pintado_ -perfectamente. Nunca se encuentra uno más á gusto que en Julio y -Agosto, libre de catarros, comiendo bien, durmiendo mejor... - -—De usted nada digo—objetó la dama,—porque entre los muchos dones con -que le agració la divina Providencia, tiene también el de una salud á -prueba de temperaturas extremadas. Tampoco lo digo por mí, que á todo -me avengo. Pero Fidela no puede pasar aquí los meses de verano, y es -usted un bárbaro si lo consiente. - -—También á mi pobre Silvia, que de Dios goce, la molestaba el -_calórico_, sobre todo cuando se hallaba en meses mayores, y aquí nos -aguantábamos. Con el botijo siempre fresco, los balcones cerrados -durante el día, y un corto paseíto á las diez de la noche, lo pasábamos -tan ricamente... No hay que pensar en veraneo, señora. Con todo -transijo menos con esa _inveterada_ pamplina de los baños de mar ó de -río, que son el _gravamen_ de tantas familias. En Madrid todo el mundo, -que en Madrid tengo yo que estarme hecho un caballero, para organizar -esta tracamundana del tabaco, que, entre paréntesis, me parece no es -negocio tan claro como al principio me lo pintaron sus amigos de usted. -Y no se hable más del asunto. Ahora sí que no cedo. Con que... tilín... -se levanta la sesión. - -Resuelta á que el viaje se realizara, Cruz no insistió aquel día; pero -al siguiente, bien aleccionada Fidela, el baluarte de la avaricia de -don Francisco fué atacado con fuerzas tan descomunales, que al fin no -tuvo más remedio que rendirse. - -—Muy á disgusto—dijo el tacaño mordiéndose los pelos del bigote, -y echándoselas de víctima,—cedo, porque Fidela esté contenta. Pero -tengamos juicio. No saldremos más que veinte ó treinta días, ¡cuidado! -Y todo ello, señora mía, ha de hacerse con el menor dispendio posible. -No estamos para echarlas de príncipes. Viajaremos en segunda... - -—¡Pero D. Francisco...! - -—En segunda, con billete de ida y vuelta. - -—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando... -¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de -su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á -San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos -instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo -apalabrada. - -—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...? - -—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora, tiene -usted que agradecerme. Con que chitón... - -—Es que... - -—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo... -Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á -la opinión, que ve en usted... - -—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡_ñales_ en polvo!, más que un -desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre -que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir -en su elemento, ó sea el ahorro... la _mera_ economía del ochavo, que -se gana con el santo sudor?... - -—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que -gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo -más. Váyase preparando, pues he de ser implacable. - -—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle, y -me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo. - -—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí, quiero -decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi sér, y -mis pensamientos... - -—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo -pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en -paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que -me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre -á la cabeza. - -—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole -risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo -hemos de ver... lo hemos de ver. - -Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo -presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y -vuelto al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan -modosito, con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan -á pechos lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en -aquella broma, de fijo se habría desvanecido el sortilegio que -subordinaba una voluntad á otra, y recobrada la libertad, el tacaño -habría puesto su mano vengativa en la tirana que le atormentaba. -Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su hijo, su Valentín ser Águila, -en vez del Torquemadita fino que andaba por los ámbitos de la Gloria, -esperando su nueva salida al mundo de los vivos! No, hasta ahí podían -llegar las bromas. Pasóse toda aquella tarde sumergido en tristes -meditaciones sobre aquel caso, y por la noche, después de trabajar á -solas en su despacho del segundo, se metió en el gabinete reservado -del mismo piso, donde conservaba el bargueño de marras, y sobre él -la imagen fotográfica del chico, aunque ya despojado totalmente de -las apariencias de altarucho. Paseándose de un ángulo á otro de la -estancia, dió el usurero todas las vueltas y contorsiones imaginables á -la idea en mal hora expresada por su hermana política. - -—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia? - -Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita -compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde -que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá, -Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no -á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches -en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre -numérica. - -—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no? (_Creyendo -ver en el retrato una ligera indicación negativa._) Claro: lo que yo -decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora. - -Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora, -recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía -empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de -en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó -Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días -(todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero _dir_ en -ferrocarril...» - -Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y la -desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia -atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que -las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó -Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres -veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez -bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había -construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en -ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya -me lo están echando á perder.» - - - - -V - - -Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida á la -Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata, y con -ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia, armaron -toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en los hechos -á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á Torquemada -correspondía la alta gerencia del negocio, como principal capitalista. -Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con el Estado, -y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las compras del -artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos, donde tenía -un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn. - -Convinieron en que todo funcionaría ordenadamente antes de partir para -el veraneo, pues en Diciembre debía hacerse la primera entrega de -_boliche_ y en Febrero la de _Virginia_. El suministro de ambas _hojas_ -les fué adjudicado, por formal contrata, en Mayo, no sin protesta -de otros tales, que hicieron ó creían haber hecho á la Hacienda -proposición más ventajosa; pero como eran gentes desacreditadas y de -antecedentes deplorables en aquel _fregado_, á nadie sorprendió que el -ministro les postergara, agarrándose á no sé qué triquiñuelas de la -ley. Puestas de acuerdo en todo las cuatro principales fichas de aquel -juego, pues aunque había otros partícipes, no tocaban un pito en la -gestión, por ser de poca monta el capital impuesto, ya no había más que -trabajar como fieras, á fin de que el negocio saliese redondo y limpio. -En los días que precedieron á la expedición veraniega, Torquemada y -D. Juan Gualberto Serrano se entendieron á solas en algunos puntos -referentes á las compras de rama en los Estados Unidos, y ello quedó -entre los dos, sin dar conocimiento á Donoso ni á Taramundi. Era que -don Francisco, con su instintivo conocimiento de la humanidad, _bajo -el aspecto del toma y daca_, vió desde el primer instante en qué -consistía el resorte maestro de aquel arbitrio, comprendiendo que de -proceder de esta ó de la otra manera, dependía que el _líquido_ fuese -simplemente bueno, ó que resultase tal que podrían meter el brazo hasta -más arriba del codo. Apenas hubo el tacaño propulsado la voluntad de D. -Juan Gualberto, éste respondió con cuatro palabras, que querían decir: -«aquí está el hombre que se necesita.» Y con estas impresiones, Serrano -se fué á Londres, donde debía avistarse con su primo, y Torquemada -partió para Hernani con la familia. La de Taramundi se instaló en San -Sebastián. Donoso no salía de Madrid, porque su señora, en quien se -había complicado enormemente la caterva de males, no podía moverse, ni -había para qué, pues en ninguna parte había de encontrar alivio. - -¡Ay, Dios mío, qué aburrimiento el de Torquemada en las Provincias, -y qué destemplado humor gastaba, siempre disputando con _ellas_ por -quítame allá esas pajas, renegando de todo, encontrando malas las -aguas, desabridos los alimentos, cargantes las personas, horrible el -cielo, dañino el aire! Su centro era Madrid: fuera de aquel Madrid en -que había vivido los mejores años de su vida y ganado tanto dinero, no -se encontraba el hombre. Echaba de menos su Puerta del Sol, sus calles -del Carmen, de Tudescos, y Callejón del Perro; su agua del Lozoya, -su clima variable, días de fuego y noches de hielo. La nostalgia le -consumía, y el verse imposibilitado de correr tras el fugaz ochavo, -de dar órdenes á éste y al otro agente. Aborrecía el descanso; su -naturaleza exigía la preocupación contínua del negocio, y los infinitos -trajines que trae consigo, la misma ansiedad azarosa, la rabia de -perder, la tristeza de ganar poco, el delirio de la ganancia pingüe. -Contaba los días que iban pasando de aquel suplicio á que le habían -traído sus malditas consortes; abominaba de la sociedad ociosa que le -rodeaba, tanto vago insubstancial, tanta gente que no piensa más que -en arruinarse. Para él, el colmo del despilfarro era dar dinero á los -fondistas y posaderos, ó á los grandes gandules que agarran en el baño -á las señoras para que no se ahoguen. San Sebastián le causaba horror: -todo era un saqueo contínuo, y mil tramoyas para desbalijar á los -madrileños que iban á gastar en dos meses las rentas de un año. Tres -días le tuvieron allí Fidela y Cruz, y poco le faltó para caer enfermo -de tristeza y repugnancia. - -En Hernani se paseaba solo, armando en su magín todo el tinglado de -números que constituía el negocio tabaquil, y otros en embrión, como -el del arreglo de la arruinada casa de Gravelinas con sus acreedores. -Fidela, que conocía lo mal que pintaba á su esposo la _villeggiatura_, -quiso abreviar ésta; pero se opuso Cruz, porque á Rafael le probaba -muy bien el clima del Norte, y desde que vivía en Hernani no se habían -repetido los trastornos cerebrales de marras. Dividíase la familia -en dos parejas: Cruz paseaba con el ciego, Fidela con su esposo, y -procuraba distraerle haciéndole fijar la atención en las bellezas del -campo y del paisaje. No era insensible el bárbaro á la bondad ni á los -mimos de su esposa, y algunos ratos pasaba placenteros charlando con -ella á lo largo de praderas y bosques. Pero en aquel divagar indolente, -Torquemada, como el desterrado que sólo piensa en la patria, no hablaba -de cosa alguna sin que salieran á relucir Madrid y los malditos -negocios. Alegrábase Fidela de verle en tal terreno, y con infantil -travesura repetía: - -—Sí, Tor, tienes que ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y yo te lo -guardaré. - -Tanto machacó en esta idea, que D. Francisco hubo de espontanearse -con su mujer, cual nunca lo había hecho, declarándole cuanto sentía y -pensaba, y las causas de sus goces como de sus pesadumbres. Empezó por -manifestarse satisfecho del trato de la suerte, porque sus ganancias -crecían como la espuma. ¿Pero de qué le valía esto, si la familia -se había puesto en un pie de boato que imposibilitaba el ahorro? -Cada lunes y cada martes se traía Cruz alguna nueva tarantaina para -derrochar el dinero. ¿Á qué detallar _aquella serie no interrumpida_ -de locuras, si ya Fidela las conocía? Él no servía para vivir -entre magnificencias, aunque al fin á ellas por la fuerza de las -circunstancias se amoldaba. Su _bello ideal_ era emplear de nuevo sus -considerables ganancias, reservando sólo una parte mínima para el gasto -diario. Ver entrar el dinero á carretadas, y verle salir á espuertas le -taladraba el corazón, y le llenaba la cabeza de pensamientos sombríos -y pesimistas. Entre él y Cruz se había entablado una lucha á muerte; -reconocíase muy inferior á ella por los recursos de la inteligencia -y por la palabra, pero se creía, en aquel caso, cargado de razón. Lo -peor de todo era que Crucita le dominaba y sabía imponerle su criterio -económico, metiéndole en un puño cada vez que _ponía sobre el tapete_ -la cuestión de un nuevo dispendio. Él se retorcía de rabia, como -el demonio que pintan á los pies de San Miguel, y la muy indina le -aplastaba la cabeza, y hacía su santísima voluntad con el dinero de él. - -En suma, que se tenía por muy desgraciado, y con aquellas amarguras, -hasta para alegrarse de ser padre _en su día_, le faltaban ánimos. -Mostróse Fidela reservada en la contestación, asegurando que por su -parte no le importaba vivir en la mayor modestia y obscuridad; pero -puesto que Cruz disponía las cosas de otro modo, sus razones tendría -para ello. - -—Sabe más que nosotros, querido Tor, y lo mejor es dejarla hacer lo que -quiera. Para tus mismos negocios te conviene respirar una atmósfera -de esplendidez. Con franqueza, Tor: ¿habrías ganado lo que has ganado -viviendo como un miserable en la calle de San Blas? ¡Si cada duro que -te gasta mi hermana es para traerte luego veinte! Y, sobre todo, esa -que llamas tirana, sabe más que Merlín, y á su despotismo debemos, -primero, haber salido con vida de aquella pobreza ignominiosa; después, -el hallarnos en plena abundancia, y tú hecho un hombre de peso. No seas -tontín, cierra los ojos, y sométete á cuanto te diga y proponga mi -hermana. - -En todo esto y en algo más que dijo, se revelaba el respeto casi -supersticioso á la autoridad de Cruz, y la imposibilidad de rebelarse -contra cualquiera cosa grande ó pequeña que dispusiera el autócrata -de la familia. Suspiró Torquemada oyéndola, y pensaba con hondo -desaliento que su mujer no le ayudaría en ningún caso á sacudir el -yugo. Una ligera indicación de esto bastó para que Fidela expresara -la negativa con infantil temor. ¡Oponerse ella á los juicios y á las -determinaciones de su hermana! Antes saldría el sol por Occidente: - -—No, no, Tor, quien manda manda. Vuelvo á decirte que todo eso que te -contraría es lo que te conviene, y nos conviene á todos. - -De queja en queja, el usurero fué á parar á otra idea que también le -atormentaba. Antes de expresarla, vaciló un rato, temeroso de que su -mujer la acogiera con risas. Pero al fin, se lanzó á la espontaneidad -más delicada: - -—Mira, Fidela, cada uno tiene su aquel y su _ideasingracia_, como -dice el amigo Zárate, y yo te aseguro que no quiero que mi hijo salga -Águila. Bien sé que Cruz beberá los vientos porque el niño sea como -vosotras, como ella, gastadorcillo, pinturero, y con muchos humos de -aristocracia pródiga. Pero más quiero que no nazca si ha de nacer así. -Por supuesto, yo tengo para mí que os engañáis las dos si esperáis que -el nuevo Valentín saque uñas y pico de vuestra raza, pues me da el -corazón que será Torquemada de lo fino, es decir, el auténtico Valentín -de antes en cuerpo y alma, con el propio despejo y la pinta mismísima -de la otra vez. - - - - -VI - - -Quedóse Fidela estupefacta, sin poder apoyar ni combatir semejante -idea, y tan sólo dijo: - -—Será lo que Dios disponga. ¿Qué sabemos nosotros de los designios de -Dios? - -—Sí que lo sabemos—replicó Torquemada sulfurándose.—Tiene que haber -justicia, tiene que haber lógica, porque si no, no habría Sér Supremo -ni Cristo que lo fundó. El hijo mío vuelve. ¡Ah! no conociste tú aquel -prodigio; que si lo hubieras conocido, desearías lo mismo que deseo yo, -y lo tendrías por cierto, dado que deben pasar las cosas conforme á -una ley de equidad. Verás, verás qué disposición para las matemáticas. -Como que él es las puras matemáticas, y todos los problemas los sabe -mejor que el maestro. Si he de hablarte con franqueza, sin ocultarte -nada de lo que pienso, te diré que no puedo menos de compaginar ciertos -fenómenos de tu estado con la ciencia de mi hijo Valentín. ¿No nos -contaste que hace dos noches tuviste unos sueños muy raros, viendo que -se te ponían delante cifras de ocho y diez guarismos, y que luego ibas -por un bosque, y te encontraste catorce _nueves_, que te salieron al -encuentro y te acorralaron sin dejarte pasar adelante? - -—Sí, sí, es verdad que soñé eso. - -—Pues ahí lo tienes—dijo Torquemada con los ojos fulgurando de -alegría.—Es él, es él, que te tiene el alma y las venas todas llenas de -los santísimos números. Y dime, ¿no sientes tú ahora algo como si te -subieran de la caja del cuerpo á la cabeza, _vulgo_ región cerebral, -unas enormísimas cantidades, cuatrillones ó cosa así? ¿No sientes un -endiablado pataleo de multiplicaciones y divisiones, y aquello de la -raíz cuadrada y la raíz cúbica? - -—Algo de eso siento, sí, de una manera vaga—replicó Fidela, dejándose -sugestionar.—Pero de eso de las raíces no siento nada. Números sí, que -se me suben á la cabeza. - -—¿Ves, ves? ¿No te lo decía yo? Si no me podía equivocar. ¿Y no te pasa -también que todo lo que calculas te sale exacto? Como que tienes dentro -de tí el espíritu puro de las matemáticas, y la ciencia de las ciencias. - -—¡Tanto como eso...!—repuso Fidela, dudando.—Yo no calculo nada, porque -no sirvo para el cálculo. - -—Pues ponte ahora á combinar cantidades; ponte y verás. - -Don Francisco se frotaba las manos, añadiendo por vía de síntesis: - -—Quedamos en que no es Águila, en que será quien es, y no puede ser -otro. - -Algo más pensaban decir marido y mujer sobre el extraño caso; pero les -distrajo de su coloquio un coche cargado de gente que por la carretera -de San Sebastián venía, en dirección al pueblo, y oyeron alegres voces -que con estruendo les saludaron. Hallábanse sentados en una pradera -junto al camino, al pie de un corpulento castaño, y cuando el charabán -pasó delante de ellos, reconocieron entre la turbamulta que venía en la -delantera y en los asientos laterales, algunas caras amigas. - -—¡Oh! Morentín—dijo don Francisco. - -Y Fidela: - -—¡Ah! Infante, Malibrán. - -Y se encaminaron al pueblo, del cual distaban medio kilómetro, tardando -bastante en llegar, porque la señora, en aquellos meses, no se -distinguía por la rapidez de sus movimientos. - -En la casa encontraron á los amigos que de San Sebastián habían ido -de asalto: Morentín con su mamá, Manolo Infante, Jacinto Villalonga, -Cornelio Malibrán, dos chicos y una chica de Pez, Manuel Peña y su -mujer Irene, y alguno más que no consta en autos. - -—¿Y á toda esta caterva tenemos que darle de comer?—preguntó angustiado -D. Francisco. - -—Hijo, sí; no hay más remedio. Pero se reparten. Verás como algunos se -van á casa de Severiano Rodríguez ó del General Morla. - -—Siempre nos tocarán los más alborotadores en el hablar y los menos -moderados en el comer. Y no viene Zárate, que es, de toda esta taifa, -el único que me gusta, por ser muchacho tan científico. - -Con las visitas, pasaron las señoras muy entretenidas la tarde, y D. -Francisco pudo hablar de negocios con Morentín, que le dió noticias -de su diligente papá, ya dispuesto á salir de Londres en dirección -á España. Animóse Rafael con la charla de sus amigos, oyendo con -especial gusto á Infante y á Villalonga, que contaron mil divertidas -historias de la sociedad de Biarritz y San Sebastián. Hablóse también -de política, y al anochecer se fueron con la misma algazara que habían -traído para acá. - -Si la tarde fué placentera para el pobre ciego, por la noche notóle su -hermana muy inquieto, con cierta reversión á las antiguas manías que -ya parecían olvidadas. Hablaba de carretilla, reía desaforadamente, y -á cada momento nombraba á Morentín para ridiculizarle y poner en solfa -sus palabras. - -—¿Pero no es el amigo que más quieres?... ¿Por qué te ha entrado ahora -esa absurda antipatía?—le dijo su hermana Cruz, á solas, dándole de -cenar. - -—Fué mi amigo. Ya no lo es, ni puede serlo. Y no creas; me temía yo que -recalase por aquí. Era de absoluta lógica que viniese, traído por sus -malos pensamientos. - -Y en lo que siguió diciendo, demostraba, más que antipatía, un -odio insano tan violento en la forma, que Cruz sintió renovados -sus temores de otros días, y se dispuso á pasar una mala noche, -en compañía del infeliz joven. En efecto, no bien se retiraron su -hermana y D. Francisco, fuese al cuarto de Rafael, que era un gabinete -bajo con ventana al jardín, rodeada de madreselvas; y hallándole -muy despabilado, sin ganas de dormir, le propuso quedarse ambos de -tertulia hasta que les rindiese el sueño. La noche, como de Agosto, -era calurosa. Mejor que dando vueltas en la cama, la pasarían tomando -el fresco, respirando el aire embalsamado del jardín, y oyendo cantar -á las ranas, que en una charca próxima entonaban su gárrulo himno á la -tibia noche. - -Aceptó gozoso Rafael lo propuesto por su hermana. Sentada ésta junto al -alfeizar, procediendo con rapidez y autoridad, para no darle tiempo á -pensar sus respuestas, le acometió con bravura desde el primer momento: - -—Vamos á ver, Rafael: vas á decirme ahora mismo, clarito, pero muy -clarito, y sin rodeos ni atenuaciones, por qué se ha trocado en -aborrecimiento el cariño que tenías á tu amigo Morentín. ¿Qué te ha -hecho? - -—Á mí, nada. - -—¿Qué te ha dicho? - -—Nada. - -—No admito subterfugios. Has de hablarme claro y pronto. Hace tiempo, -desde mucho antes de salir de Madrid, empecé á notar que te ponías -muy nervioso siempre que hablabas de él... Vamos á ver; dímelo todo, -Rafael. Por Dios te lo pido. - -—Morentín es un egoísta. - -—¿Y nada más que por eso le odias? - -—Y un miserable. - -—¿Qué te ha dicho?... Algo habéis hablado. No me lo niegues. - -—No necesito que Pepe me muestre la fealdad de su alma, porque se la -veo con los ojos de la mía... y con la luz de mis pensamientos... ¡pero -tan claro...! - -—Ea, ya empiezas á desvariar. Vamos, alguno de los amigos que te han -visitado hoy, Manolito Infante, Peñita, quizás Malibrán, que es muy -malo y tiene la peor lengua del mundo, te ha dicho alguna brutalidad -del pobre Morentín. - -—No; nadie me ha dicho nada. - -—Haz memoria, Rafael. Malibrán, Malibrán ha sido. Pero, hijo, ¿para qué -haces caso de ese fatuo, complexión de víbora, lengua venenosa? - -—Te juro por la memoria de nuestra madre—dijo Rafael con solemne -acento,—que Malibrán no me ha dicho absolutamente nada de... vamos, -del asunto penoso que es la causa de mi aborrecimiento á Morentín... -Pero ahora comprendo... Hermana querida, tú has venido á interrogarme -á mí esta noche, y ahora soy yo quien interroga... Respóndeme pronto, -clarito: Malibrán, en alguna parte, ¿ha dicho algo... de eso? - -—¿De qué? - -—De eso. No te hagas de nuevas. La idea que á mí me atormenta, te -atormenta también á tí... Ya lo veo todo muy claro con la luz de mi -razón. Lo que yo solo adiviné con los recursos de mi lógica, el mundo -lo dice ya, quizás lo pregona con escándalo, y ese escándalo ha llegado -á tus oídos. Dímelo, dímelo. Malibrán ó algún otro deslenguado, ha -dicho algo en casa de los Romeros, en casa de San Salomó, de Orozco tal -vez... - -—¿Pero qué?—preguntó Cruz acongojada, queriendo ocultar sus ideas á la -perspicacia del ciego. - -Éste no veía su palidez mortal; pero notaba en su voz un timbre opaco, -que para él era dato tan preciso como la blancura del semblante, y la -voz de Cruz delataba sobresalto, ira, vergüenza. - -—Pues bien—añadió Rafael tras breve pausa,—lo diré yo sin rodeos. Á tus -oídos llegan voces de escándalo. Quien quiera que sea lo propala en -las casas de los enemigos, también quizás en las de los amigos. Yo, -sin oirlo, lo sé, como sin verlo lo he visto. ¿Á qué hacer misterio de -ello? Lo que dicen es que mi hermana Fidela tiene un amante, y que éste -es Morentín. - -—Cállate—gritó Cruz con arranque de ira, poniéndole la mano en la boca -con tanta fuerza, que parecía que le abofeteaba. - -—Digo la verdad... El escándalo ha llegado á tus oídos. No me lo -niegues. - -—Pues bien, no lo niego. Malibrán es quien se ha permitido afrentarnos -con esta calumnia infame. ¡Y hoy le hemos tenido aquí! Gracias que se -fué á comer á casa de Cícero, que si le veo en mi mesa, no sé... creo -que yo misma... En Biarritz lo dijo, y en Cambo y en Fuenterrabía. -Lo sé por persona que no puede engañarme, y que me ha puesto sobre -aviso. Triste cosa es la deshonra motivada; pero deshonra que surge por -generación espontánea, y corre y se propaga sin que exista ni el más -insignificante hecho que la justifique, es cosa que subleva. - -—Es que... te lo diré si no te enfadas... yo no creo que esa deshonra -sea tan inmotivada como tú la presentas... - -—¡Pero tú...! (_Indignada._) ¡Crees... también tú! - -Furiosa le cogió del brazo sacudiéndole con brío, única manera de -contestar á la infame reticencia. - - - - -VII - - -—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael -tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su -hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico. -Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la -corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando -nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido -tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo, -porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada. -Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos -para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda -evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme. - -—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y -altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura -que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta -honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre -al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más -recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo -que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que -pueda servir de fundamento á tan vil especie. - -—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para... - -—Ni en ningún otro terreno. - -—En el de la intención, en el de la voluntad... - -—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. Fidela -es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su tosquedad es -muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva yo á oirte -semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con la blandura -que acostumbro usar contigo. - -—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que á mi -hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de Morentín? - -—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y -delicado. - -—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de -aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el -archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que -la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á -veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín -me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la -victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado -ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista -que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza -el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín -un modelo de virtudes, el mundo, atento á la composición de este -matrimonio y á la vida ostentosa que lleváis, tendrá siempre por hecho -inconcuso lo que Malibrán ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y -se propague el rumor infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú -crees error... y lo será por el momento. - -—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que -tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se -trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia -de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella -dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella -es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del -Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de -reconocerla y acatarla. - -—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo se -ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una lógica -construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza á la -opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto habría -convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de esa -malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio de este -boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras nuevas, -no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida hermana. -La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, las -satisfacciones de la vanidad; flota también el veneno, el microscópico -bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y -guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas; -marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto -de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia. -Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y -lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa -constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que -expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué -uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana. -Ahora, sufrir y callar. - -—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la turbación -que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios quiera que -á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la despreciará -como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te prohibo -pensar... - -—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso en -otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el -trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de -la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo. - -—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa y -con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya, -de tu pobrecita mente aburrida, holgazana, traviesa. Te lo prohibo, -Rafael; sí, te prohibo pensar en eso.» - -Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba, -masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir, -quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un -mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando -oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á -poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió -Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él -la tranquilizó diciéndole: - -—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con _la_ calor -y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no -he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las -sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín. - -—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este país—observó -Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo. - -—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel -Madrid tan cómodo...! - -Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los -hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que -los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio, -aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de -D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla, y el -rechinar del menudo guijo bajo su planta procerosa. - -La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y -como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas -de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo -profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado -de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas, -prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio -con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo -melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del -péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en -cielo y tierra. - -Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras del -jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con -mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima -de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de -un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás -de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima -ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por -él había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila, -ésta debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez -de procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole -á grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y á su carácter. -¿No era más humano y generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en -ella se gozara, como el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor -abundamiento, el pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría -los mordiscos de la calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una -forma, lo era en otra. ¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á -encumbradora de gente baja, y por querer hacer de un zafio un caballero -y un prohombre? Este remusguillo de su conciencia, y la compasión -vivísima que hacia su hermano político sintió en aquella hora solemne -de la noche de verano, moviéronla á dirigirle palabras afectuosas. -Echando su cuerpo fuera de la ventana, le dijo: - -—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay que -fiarse mucho de los calores de esta tierra. - -—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana. - -—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos coja -usted un reuma, ó un catarro fuerte. - -—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito de -Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese uno á -enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente acuática. - -—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta que -tengamos sueño. - -Rafael se aproximó también á la ventana. En aquel instante, como si -los sentimientos de Cruz se le comunicaran por misterio magnético, -sintió asimismo lástima del hombre que odiaba. - -—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia -hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para -redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle -infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había -echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro, -guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad -compasiva la protección material que de él recibía. - -Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser -insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando -peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre -todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores -del mundo. - -—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera vez -en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado de -sus queridos negocios. - -Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la -voluntad á la palabra. - -—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana? - -Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no -creyó que su cuñada le hablaba formalmente. - -—Usted me busca el genio, Crucita. - -—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo -hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores, -los amigos importunos y mortificantes. - -—Eso es hablar como la Biblia. - -—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con resolución.—Ea, -si don Francisco quiere... - -—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en esta -tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia al -fuero de la puerquísima moda? - -—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas. - -—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más? - -—De verdad, de verdad. - -Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que sus -ojos relumbraban como las estrellas del cielo. - -—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma, cosa -más de mi agrado, ya estaba yo aquí como _el alma de Garibaldi_, -suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de -mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que, -después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del -infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy -como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones -son el santo trabajo. No me divierte esta vida boba del campo, ni le -encuentro chiste á la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del -baño y el paseíto se han hecho para mí. El verde para quien lo coma; -y el campo _natural_ es meramente una tontería. Yo digo que no debe -haber campiñas, sino todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea -para las ballenas. ¡Mi Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que -mañana? Para otro año viene la familia sola, si quiere fresco caro. -Yo á mi calor barato me atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de -Agosto, se templa Madrid, _maxime_ de noche, y da gusto salir á tomar -la fresca por aquellos altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan -los melones y el riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y -dejar á Fidela que duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo. -¿Á qué hora pasa el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto -amanezca pedimos el coche y salimos pitando... No hay que volverse -atrás, Crucita. Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas -de miel, _vulgo_ promesas, que bien me merezco la realidad de esta -vuelta á Madrid, por la paciencia con que he venido á estas tierras -chirles, sin más _objetivo_ que zarandear á la familia, y darnos tono -¡con cien mil Biblias! tono... Siempre el dichoso _buen tono_, que á mí -me parece un tono muy mal entonado. - - - - -VIII - - -Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la -colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á -buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga, -y _descubriera_ nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello -es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas. -¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles -asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota! -¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había -lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser -cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto, -Señor, que los pueblos se llamen como las óperas! - -Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que -vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas -del elemento oficial y del _elemento particular_, no encontró la -ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era -grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos planes -de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se había -suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear tenerle -por amigo. Antes del viaje, apenas cambiaban más palabras que las -generales de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro -frases insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían -acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo -parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer -sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del -día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz, -que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de -contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando -sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si -temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que -por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el -estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á -pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se -irritaba. - -—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía -Fidela,—¿por qué temes...? - -—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero verle -nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese _spleen_ -sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco que -habla. En fin, Dios dirá. - -En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas -personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban -todavía por playas y balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto -la única excepción de aquella desbandada, Zárate, que por la escasez -que suele acompañar á la sabiduría, no veraneaba más que quince ó -veinte días en El Escorial ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el -tacaño con su amigo y consultor _científico_, casi solos todas las -noches, platicando sobre temas sabrosísimos, como la cuestión de -Oriente, los abonos químicos, la redondez de la tierra, el Papado en -sus relaciones con el Reino de Italia, las pesquerías del Banco de -Terranova... En aquella temporada de fecundos progresos, aprendió -D. Francisco dicciones muy chuscas, como _la tela de Penélope_, -enterándose del por qué tal cosa se decía, _la espada de Damocles_, -y _las kalendas griegas_. Además leyó por entero _El Quijote_, que á -trozos conocía desde su mocedad, y se apropió infinidad de ejemplos y -dichos, como _las monteras de Sancho_, _peor es meneallo_, _la razón de -la sinrazón_, y otros que el indino aplicaba muy bien, con castellana -socarronería, en la conversación. - -Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que -sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana -mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del -cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran -_peripecia_. - -—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á -consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opinión -mía; quizás me equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos -no me demuestren lo contrario. Yo creo... que _nuestro joven_ no está -loco, sino que lo finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su -gusto en el proceso de un drama de familia. - -—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, amigo -Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero -aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya -parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más -vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo -nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. _Peor -es meneallo..._ Por lo demás, creo también que en algunos períodos, -su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan -oportunamente. - -Y se quedó con la duda de quien sería aquel _Jamle_; pero no quiso -preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y -lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta. - -—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo -Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de -Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba -solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo -_to be or not to be_. - -—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo noté, y no se me escaparon -los _puntos de contacto_. Porque yo observo y callo. - -—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle. - -—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad? - -—Verdad. - -—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto. - -—Exactamente. - -—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se les den -tantas denominaciones. Les dicen _vates_, les dicen también _bardos_. -Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un artículo que le -_dedican_ á ese chiquillo á quien yo protejo, y el condenado crítico le -llama _bardo_ acá, _bardo_ allá, y le echa unos inciensos que apestan. -Á los versos que ese chico compone los llamaría yo _bardales_, porque -aquello no hay cristiano que lo entienda, y se pierde uno entre tanta -hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, _peor es meneallo_. - -Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que -debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente -salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias. -Hallaba _puntos de contacto_ entre ciertas doctrinas y el principio -evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y -empleadas con dudosa oportunidad. - -Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, trájole -muy buenas noticias de Londres. Las compras de _rama_ se harían por -personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que -sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar -con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar -más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado -en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país, -y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo -disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella -el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo -práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por -tan excelente, que le abrazó entusiasmado. - -—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único -aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos -ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los -inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré _cómo vé_ -usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos -pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada -año. - -—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted _mi línea -de conducta_. En las condiciones que propongo, entro, vaya si entro. - -Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de acuerdo en -todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues almorzaba aquel -día con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana), -le dijo con semblante gozoso: - -—Aquéllo me parece que es cosa hecha. - -—¿Y que es _aquéllo_? - -—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...? - -—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que -_aquéllo_ era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su -bolsillo. - -—¡Ah! pues téngalo por hecho. - -—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas! - -—¿Es de veras que no tiene noticia? - -—Lo que tengo es el alma en un hilo, _¡ñales!_ ¿Apostamos á que ahora -viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy echando -setenta llaves á la caja. - -—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un almuercito á -los compromisarios... una docena de telegramas... - -—¿Pero qué, con cien mil pares de copones? - -—Que le sacamos á usted senador. - -—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...? - -—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde -hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra, -el Bierzo... - -—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes -bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa. - -—¿Pero no le agrada...? - -—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da. - -—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se pierde, -y se puede ganar algo... - -—¿_Y aun algos_? - -—Sí, señor, y aun _muchísimos algos_. - -—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, _vulgo Cámara Alta_, y si -me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi _desideratum_ es la -reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías -en todas las esferas sociales. Que se acabe esa _tela de Penélope_ -de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el -cual está suspendida, como _una espada de Damocles_, la bancarrota. Yo -me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello -exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la _condición -sine qua non_, la única, la principal de todas las _condiciones sine -qua nones_. - - - - -IX - - -No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su cuñada -sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se desayunaba, la -interrogó con timidez. - -—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel cocido—contestóle -Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni mucho menos de -nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes -y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una -de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos -y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé -yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría -vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un -acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo, -de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte -por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo -una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...! - -—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi senaduría -vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí ser senador, -y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el gusto de -decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? _Por lo demás_, yo no -lo ambiciono, _ni de cerca ni de lejos_. _Mi línea de conducta_ es -trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese -turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga. - -—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene... -Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país -natal. - -—Villafranca del Bierzo. - -—La provincia de León. - -—Ya estoy viendo la nube de parientes con hambre atrasada que van á -caer sobre mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y -de irles despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy -bien su pico de oro. - -—Pues sí, yo me encargo de _ese ramo_. ¿Qué no haré yo para tenerle á -usted contento, y rodeado de satisfacciones? - -—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy viendo -venir la puñalada. - -—¿Por qué lo dice? - -—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí -navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida. - -—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No -me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas -ganancias. - -—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha -salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y _por ende_, -de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen -truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy -gorda... - -—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí -(_apuntándose á la frente con su dedo índice_). Es cosa muy grave, y no -acabo de decidirme. - -—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias -pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que -usted _acaricia_? - -—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del -comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta. - -Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno -proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para -decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado -sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que -se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se -hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su -espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á -la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No -habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en -una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro -paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y -casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo -que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que -el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes -elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en -quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida, -damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor -las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral. - -Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y -al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino -trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención -súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo -era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas, -con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo, -y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se -excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas, -cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para -hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de -envidiosos. - -Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de -su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado -á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de -extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban -hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su -apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más -extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre; -á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas, -y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le -habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba -de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas -del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once -gelatinas y algún bartolillo de añadidura. - -Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames -que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella, -suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como -inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas -no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su -alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales -absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que -tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito -que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los -problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio -superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no -observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate -decía: - -—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la -vida orgánica. Desconoce el _elemento_ afectivo. Las pasiones son letra -muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora. - -Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices -para después que _aquéllo_ pasase. Pero Zárate, que era de los pocos -que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas, -asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios -á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de -ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua -los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en -cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería. - -Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo -en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban -todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo. -Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la -ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la -cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con -la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo. -No lo expresaba él así; pero tales eran, _mutatis mutandis_, sus -pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela -con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de -afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á -veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces -semejante al afecto filial. - -Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en -aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si -comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados -de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y -éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad -con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro -cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes -de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la -adivinadora Cruz. - -Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante, -encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido -á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á -su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de -ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño. - -—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis -pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella -tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no -han querido darme la vitalicia? (_Denegación de Fidela._) Bien decía yo -que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo, -aunque la verdad, esto de la senaduría no _viene á llenarme ningún -vacío_... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo -cosas malas, _Biblias y Cristos_, y todo el palabreo que uso cuando me -da la corajina. - -—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir. - -—¡Bah! ya te ríes, _de lo cual se desprende_ que no es nada. - -—Algo hay; cosas de familia... - -—¿Pero qué, por vida de la...? - -—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar. - -—¿Rafaelito, qué? - -—Que mi hermano no me quiere ya. - -—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya -vuelve el _punto_ ese con sus necedades? - -—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están -bien en su boca. - -—¿Qué te ha dicho? - -—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas -muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que -habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y -que yo no te merezco. - -—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces. - -—Que eres digno de lástima. - -—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo -esquilmado que me tiene. - -—No es por eso. - -—¿Pues por qué, _ñales_? - -—Si dices indecencias me callo. - -—No, no las digo, _¡ñales, re-ñales!_ Tu hermanito me está cargando -otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que -evitemos _todo punto de contacto_ entre él y yo. - - - - -X - - -—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación -trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre -cuando descubre... - -—¿Qué?... ¿Y quién es ese _Jamle_, ¡Cristo!, quién es ese _punto_ -que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á -relucir á cada triquitraque? ¡_Jamle_, dale con _Jamle_! - -—Era un Príncipe de Dinamarca. - -—Sí; que andaba averiguando aquello de _ser ó no ser_. ¡Valiente -bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros? - -—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que -Hamlet á su madre... - -—Que también debía de ser una buena ficha. - -—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas -tragedias de Shakespeare. - -—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el _Sí de las niñas_. - -—No, hombre... ¡Qué bruto eres! - -—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa, -y en sabiendo que ese _Jamle_ es todo invención de poetas, no me -interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No -hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras -llover... ¿Y tu hermana? - -—Ha ido á compras. - -—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí! - -—¿Dónde? - -—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi _líquido_. Tu hermana y yo -vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos _abrigará_; qué nuevos _gravámenes_ -me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del -verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos -pensando qué será, qué no será. - -Fidela se sonreía picarescamente. - -—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á -tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y -á todo el globo terráqueo. - -—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde -decírtelo. Ella te lo dirá. - -—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay -para mí _momento histórico_ que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no -respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos? - -—Hombre, no tanto. - -—¿Se trata de _gravamen_, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio, -así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí -estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos, -¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un -hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi -cuñadita barre para afuera. - -—No exageres, Tor... - -—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es? - -—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la -sorpresa que quiere darte. - -—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural. - -—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y -atribuciones que... - -—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un _jollín_ en -casa. - -—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te -pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la -pata (_tomándole una mano_). Aquí quietecito y hablando á lo caballero, -sin decir gansadas ni porquerías. Así, así. - -—Pues sácame de dudas. - -—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi -hermana te...? - -—Prometido. - -—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita... - -—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante. - -—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón... - -—Muy señora mía. - -—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy. - -—Ya me entero, sí. - -—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá -le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra -desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San -Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que -por transmisión de títulos del Reino... - -—Demonio, _¡ñales!_ ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu -hermana... - -—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y -pagar lo que se llama medias annatas... - -—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la -Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo -que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono. - -—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el -título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden. -¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida. -Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto... - -—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el -sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso? - -—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia -del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del -emperador Carlos V. - -—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos... -Costará... ¿quinientos reales? - -—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales! - -—¿Costará dos mil? - -—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su -título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho -mil duros. - -—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de -fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá -estar el título hasta las _kalendas griegas_ por la tarde, si esperan -que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho -mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira -lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa. -Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al -límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia, -y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no -he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento -de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser -Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal, -que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran -memorialista con casa abierta? - -—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré -yo, y por consiguiente tú Marqués. - -—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que -yo Marqués! - -—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?... - -—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble -industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la -voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa! - -—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el -_Becerro_, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en -línea recta del rey D. Mauregato. - -—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera -bromas. (_Parándose ante ella, en jarras._) ¿Tienes tú el capricho de -ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? _En una palabra_: ¿es para tí -cuestión de _ser ó no ser_, como dijo el otro? - -—No lo creas: no tengo esa vanidad. - -—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó _Juana Particular_? - -—Lo mismo. - -—Pues si tú no _acaricias esa idea_ de ponerte corona, ni yo tampoco, -¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso? - -—_Lanzas y medias annatas._ - -—Jamás oí tal terminacho. - -—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á -Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de -Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título -sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de -Carlos IV. - -—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose -palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque -yo las uñas... _En una palabra_, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo... -Lanzas y medias annatas... (_Con desvarío._) Digo que no... Lanzas... -San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?... -Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (_Alzándola voz._) -Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta -socaliña, voy y... _en una palabra_, me suicido. - -—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca. - -—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me -fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (_Repitiéndolo como -para fijarlo en la memoria._) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si -quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco -de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso -que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de -faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se -me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas... -medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos -rebelamos, ¿sí ó no? - -Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela acudió á -él, y acariciándole le trajo al sofá. - -—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte? - -—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos hace -maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... annatas... -digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que compre -ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que quiera. - -—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo -serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad, -te vendrá el título como anillo al dedo... - -—Si no costara dinero, no te digo que no. - -—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay otra -razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra el -brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu hijo? - -De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por -un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el -buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo, -dentro de la escasez de sus medios retóricos. - -—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués. -¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que -sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para -ellos títulos que tengan algún _punto de contacto_ con la ciencia, -verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de -_la cuadratura del círculo_, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad? -Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese -gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año... -Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da -vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de la -casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... Cierto -que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues oye lo que -se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que aplace el -asunto del marquesado hasta que el hijo nazca; no, no, hasta que le -tengamos crecidito. - -—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque -los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una -vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus -intrigas. - -—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto jicarazo -me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la sepultura -en el _momento histórico_ menos pensado. Todo se remediaría poniéndote -tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi _interés_; porque al -paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses de la -_Perra Chica_... - -No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla -que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza. -Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que -todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz, -ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba -en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la -calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que -se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho -alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de -comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban. -Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín... -marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias annatas. - - - - -XI - - -Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus altos -designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas los sapos -y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran las estrellas -del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución. Precisamente, en -el _momento histórico_ de la referida conversación entre D. Francisco -y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico y el investigador de -genealogías con las manos en la masa, esto es, fabricándole un escudo -al tacaño, lo que en verdad no era para ellos difícil, por ser el -apellido Torquemada de noble sonsonete, de composición castiza, y muy -propio para buscarle orígenes tan antiguos como los Jerusalem. Cruz no -se paraba en barras, y antes de hablar con su cuñado, lo dispuso todo -para la pronta ejecución de su arrogante idea, apretándole á ello el -ansia de cogerles la delantera á los indecentes Romeros. Encargó en -Gracia y Justicia que se activase el expediente, dispuso que con la -mayor brevedad posible se compusiesen todos los árboles genealógicos -y todas las ejecutorias que fueran menester, y no faltaba más que -imponer al bárbaro el _gravamen_, con firme voluntad, como la cosa más -conveniente para la familia y para él mismo. - -Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía -del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa. -Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las -ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su -representación social se acrecía con la corona, _traduciéndose_ tarde ó -temprano en beneficios _contantes_. No le convenció más que á medias, -y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á -la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo -enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró -de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle -y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía; -figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía -efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse -el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar, -y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda regla. - -Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado y los -conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien hubo -de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con muy -buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas como él -(como el señor de Torquemada) eran las que representaban dignamente -el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón. Veíase tratado -con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y -lo mismo el Presidente que todos los señores _de la Mesa_ le traían -en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios -nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los -efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de -satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus -impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con -gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se -congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la -alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce -adelantos en el más rebelde de sus discípulos. - -Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía Cruz -para empujarle, _velis nolis_, por aquella senda, bastará decir que á -poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su acta, -limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario de -_Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal_, empantanado desde -la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los -vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué -sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias -del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto -el que armaron, aclamando al _preclaro hijo del Bierzo_. Algo había -hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la comisión, -hablar al Ministro en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía -por esto autor del milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de -verse objeto de tales ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas -rimbombantes que le pusieron de allá, ni de los panegíricos que en -su honor entonaron el alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en -su tertulia, el cacique en mitad de la calle, y hasta el cura en el -púlpito sagrado. Y trajo una carta _El Imparcial_, en que narraba -el efecto causado por la noticia en aquella sensata población, -describiendo cómo había perdido el sentido todo el sensatísimo -vecindario; cómo habían sacado en procesión por las calles, entre ramas -de laurel, un mal retrato de D. Francisco que se proporcionaron no se -sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que atronaban los aires expresando -la gratitud con sus restallidos, y cómo, en fin, le aclamaron con -roncas voces, llamándole _padre de los pobres, la primera gloria del -Bierzo y el salvador de la patria leonesa_. - -Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo uno. - -—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas -satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen -los éxitos de debajo de las piedras. - -Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron sus -tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media -lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor propio satisfecho, -y el temor de que todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos -_gravámenes_. - -Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los -vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron -cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero -á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta, -según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube... -Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba -engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero -dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le -libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que -por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes -de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la _Biblia en -pasta_, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para -carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros -aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque -aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil -chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte, -aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más -allá que se variara el trazado de la carretera. - -Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas -muy extrañas. Cayó asimismo sobre la casa un buen golpe de leoneses -residentes en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que -pedían protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á -sus postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un -individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado -por cierto, _del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo -para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc..._ Y otros enviaban -versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían -comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria. -Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á -su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y -les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que se -fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan alta, -que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia de -un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de la -visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa por -D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas de la -Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba determinación -alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le sentaba á comer -en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían una idea tan -hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las carretadas de -dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de paño pardo y -refajo verde, vinieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco -cuando era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de -Paradaseca; y no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo -le saludara con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete -_La Presumida burlada_: «_¡So burro, hijo mío!_» - - - - -XII - - -Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba con -algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su cara un -aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. Por fin, -le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó que tan -sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á los que -traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran castañas -y bellotas, que á él le gustaban mucho. - -En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido para ésta -y la comisión, se aventuraba á _ilustrar á sus compañeros_ con alguna -idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de cuestiones de -Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde que se sentó en -los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los sablazos en una ú -otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento ¡Señor! que no se -pueda figurar conforme al propio mérito, sin dar sangrías á cada rato -al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso -de cualquiera de aquellos _puntos_, ya otra colecta para erigir un -monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían -por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando -por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante -_víctimas_ por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y -viudas y huérfanos del _Sursum Corda_! Era un gotear frecuente, que al -cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio -no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo -se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres -confería! Tan cargado estaba ya de ser _hijo ilustre_, que una noche, -al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero -le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral -de _ñales_, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor -día tiraba el acta en medio del redondel, _vulgo hemiciclo_, y otro -que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo -de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y -ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de -convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron -todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio que -banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así lo -reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agradacerlo, y -alegrarse de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran -de su dignidad. - -Pues señor, por aquel camino pronto llegaría _la de vámonos_. ¡Comidas -de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde Octubre -venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un diario -abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la -sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia. -Pues con el _nuevo régimen_ de convites, crecería la suma, hasta llegar -á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun -á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor -día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las -murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y -de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de -sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos -arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que -siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por -un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era -lo lógico, y lo procedente, y lo que _se caía de su peso_. ¿Á qué tanto -lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso -convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos, -chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de -la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella -gente, y los hermanos del ministro, y el general Morla, y otros tantos -que no hacían más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy -malo? Verdad que él también lo encontraba todo pésimo, pues política -que no fuese de economías á raja tabla, _caiga el que caiga_, era una -política de muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte -comensales, que concluían por darle la razón. - -Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues el -pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos, -era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas -por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas -sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó -resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura -barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese, -gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas -era un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas. -La ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el -primer año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en -firme todas las acciones del ferrocarril de _Villafranca_ á _Minas de -Berrocal_, con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los -bercianos verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus -compinches harían una buena jugada _largando_ las acciones después de -hacerlas subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican, -hasta las nubes. Esto, y el arreglo con la casa de Gravelinas, á -la cual se asignó una pensión por la vida del Duque actual y diez -años más, quedándose Torquemada y compañeros negociantes con todos -los bienes raíces (que se venderían poco á poco, recibiendo en pago -las obligaciones emitidas por la casa ducal), la fortuna del tacaño -iba creciendo como la espuma, en progresión descomunal, amén de sus -innumerables negocios de otra índole, compra y venta de títulos, con -tal tino realizadas, que jamás se equivocó en los cálculos de alza y -baja, y sus órdenes en Bolsa eran la clave de casi todas las jugadas de -importancia que allí se hacían. - -Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que -esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación -de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería -dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre -endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus -tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de -aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, _como tenía derecho -á esperar_, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero? -«_Me inclino á creer_ que sí—decía para su capote, con verdadero -derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida -Naturaleza _tergiversase la cuestión_, y la criatura me saliese con -instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me -devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No hay -expresión para esta idea. Pronto hemos de salir del _dilema_. Y bien -podría resultar hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá -lo veremos. _Me inclino á creer_ que será varón, _y por ende_, otro -Valentín; _en una palabra_, el mismo Valentín _bajo su propio aspecto_. -Pero ellas no lo creen así sin duda, y de aquí la expectación que -_reina_ en todos, como cuando se aguarda la extracción de la Lotería.» - -Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los días, -anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo -equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena -de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el -24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma, -con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose -Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de -Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la -obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque -la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos -doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron -la colaboración de una tercera eminencia. - -Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de la -casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía más -que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio -al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna -referente á sus vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á -enterarse y hacerle compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le -había hecho maldita gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas -á Quevedito, que oficiaba como ayudante, le dijo: - -—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad de -Cruz, que siempre _tiende_ á hacerlo todo en grande, aunque no sea -menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en -gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías -y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda, -manda. _Es refractaria_ á la modestia y á la moderación, y con ella no -valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que -digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y -tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo -confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con -la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias -annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, _vulgo_ Jesucristo, ó -en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te -separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos -tres _puntos_ de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo -que Dios quiera. No vivo hasta no ver... - - - - -XIII - - -Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y difíciles. -Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un tris estuvo -que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se acordó esperar, -y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro afanado, rindióse -al temor del peligro, y se manifestó conforme con que se trajera más -_personal facultativo_, si era menester. Calmóse la parturienta á -prima noche, sin que desapareciese la gravedad; presentáronse síntomas -favorables, y aun se aventuraron los comadrones á reanimar con risueñas -esperanzas á la atribulada familia. La cara de don Francisco era -de color de cera: creeríase que el bigote no estaba en su sitio, ó -que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la frente gotas -gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura para levantar -el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, en expectativa -del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar rienda suelta -á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro que tomase -la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener que hacer -cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué á parar al -cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su sillón, -hablando con Morentín de cosas literarias. - -—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía que -estaba usted aquí. - -—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á -usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que -usted espera... - -—¿Y segundo? - -—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar juntas -las dos enhorabuenas. - -—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San Eloy... -medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está -inventando pamplinas para sacarnos del _statu quo_, y meterme á mí, tan -humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo -de qué viene ese título? - -—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo picado.—Data -del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas -de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de -Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad. - -—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh, -qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con -qué poner un puchero, como _ciertos y determinados_ títulos que -viven de trampas... Mi _bello ideal_ no es la nobleza: tengo yo una -manera _sui generis_ de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me -despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene -más _desideratum_ que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un -pobre que ha logrado asegurarse la _clásica_ rosca, y nada más. Es -cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni -qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del -Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á -tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos _puntos_ -muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que -me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea, -Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted? - -Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda -su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le -colmaban de júbilo. - -—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, _en -parangón_ del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y -apechugo con todo, incluso con las medias annatas. - -—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y -le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado. - -—Dios te oiga... Yo creo lo mismo. - -—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy, -sino por otro lado, y en días que aún están lejanos. - -—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo -desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras. - -—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo -me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de -la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos -de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy -el primero en _rendir parias_ á la ciencia... Pero que veamos sus -resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de -Morentín? - -—Lo mismo digo yo. - -—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo -contrario; y los tratamientos son como _el tejido de Penélope_, que -hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se -dejan de pagar las cuentas de los _señores Galenos_... ¡quiá!... Y yo -_profeso la teoría_ de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos. -¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van -ganando... Aquí estamos _en actitud espectante_, diciendo «qué será, -qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y _les soy á -ustedes franco_: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las -manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y -se sobraba; tal es mi humilde _punto de vista_.» - -Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus -respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á -quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima -se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don -Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios -de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del -lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con -pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el -cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando -estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de -espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en -el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de -Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se -entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si -estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.» - -Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á -llorar. - -—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido -sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay? -¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?... -No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de -ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la -mamá de Morentín, _enteramente_... ¿Y el señor de Zárate ha venido?... -¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde -está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto, -y corre á decírmelo. Te espero aquí... Entras haciéndote el tonto, -creyendo que te han llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que -salgamos bien, y que sea varón, ¿verdad? - -Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se fué -á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó -divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el -suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de -prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él -lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento -que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó -le ponían furioso. - -Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó con -júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones. - -—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos angustiadísimos. - -—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se le -puede dar á usted la enhorabuena? - -—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, eminencias -los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo en clase de -comadrones. - -—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el resultado -de la ciencia. - -—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un -borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo. - -—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance se presenta dificultoso? -Será que la familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el -primer período? ¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la -pelvis? - -—¿Qué dice usted? - -—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la _sella -obstetricalis_? - -—Cállese usted, hombre... ¿_Á qué obedecen_ esos aparatos? Dios quiera -que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se -despachan sin ayuda de facultativos. - -—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición -sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se -llamaban _omfalotomis_, fíjese usted, y en Roma _obstetrices_. - -No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron -tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo -estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó -malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar -por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había -llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...» - - - - -XIV - - -—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada -escupiendo las palabras. - -—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus alegres semblantes -divulgaban la buena noticia.» - -Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, encontróse -D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran los de Cruz, -que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, diciendo: - -—Varón, varón. - -—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado -el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias -annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por -las tres eminencias. - -Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un momentito. - -—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre, que -sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron multitud -de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota, y llenándole la -cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus _manifestaciones_... -San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de la Medicina. Gracias -mil... estimando... No me ha cogido de nuevas... Ya sabía yo que había -de ser... del sexo masculino, _vulgo_ macho... Dispensarme, no sé lo -que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo el mundo. Vete á la -taberna y que traigan unas copas de Cariñena... ¡Qué disparate...! No -sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y champañ... Señores, mil y -mil gracias, por su _actitud_ de simpatía y... beneplácito. Estoy muy -contento... Seré _Mecenas_ de todo el mundo... Que traigan peleón, digo -Jerez... Bien sabía yo el resultado de la _peripecia_... Lo calculé. -Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga otro abrazo. ¡La ciencia...! -_Lo... or_ á la ciencia. Pero lo dicho: no se necesitaban tantos -doctores. Ha sido un parto _meramente_ natural y espontáneo, _por -decirlo así_. Somos felices... Sí señora, felices... _enteramente_; -tiene usted razón, _enteramente_... - -Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y de -echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir, -radiante. - -—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á -abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á -dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que -nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente. - -—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.» - -Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones, -comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de -Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios. - -—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios... - -—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de la -suerte, el niño mimado del Altísimo... - -No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de -Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose -de que su hermana hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención -del nuevo sér, que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo -muy mal á D. Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo: - -—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de antaño, -más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación en los -siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás. - -El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín -había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas -y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una -cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el -Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del -Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían -permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de -coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión, -la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara. - -No le pareció bien á Torquemada _llenar el buche_ á toda la turbamulta, -y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más íntimos, como -Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á quien dió -conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo en materia -de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo que -reclamaban las circunstancias. _Reasumiendo_: que celebraron allí -la Noche Buena, en improvisado banquete, comiendo y bebiendo _como -fieras_, según dicho de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas -_largas_, es decir, unas cincuenta personas, en _cifra redonda_. -Tuvo el buen acuerdo el amo de la casa de no beber _champagne_, sino -en dosis homeopática, y gracias á esta precaución se portó como -un caballero, no dejando salir de sus autorizados labios ninguna -inconveniencia, y hablando con todos el lenguaje fino y grave, que á -su carácter y posición social correspondía. Menudearon los brindis en -prosa y verso de madrugada ya, y Zárate concluyó por tratar de _tú_ á -D. Francisco, profetizándole que sería el dueño de toda la tierra, y -que bajo su imperio se resolvería el problema de la aerostación, y se -cortarían todos los istmos _para mayor fraternidad entre los mares_, -y se unirían todos los continentes por medio de puentes giratorios... -Brindaron otro por el Marquesado de San Eloy, que muy pronto adquiriría -mayor lustre con la grandeza de España de primera clase, y no faltó -quien pidiese á los señores de Torquemada, con el debido respeto, que -diesen un _gran baile_, el día de Reyes, para celebrar el fausto suceso. - -Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de -cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El -sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto -de aquella cena, y de los que vendrían _á renglón seguido_, pues la -tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta Año nuevo, -á los allí presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á -doce cada día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y -yo el calzonazos _por excelencia_.» Acostóse ya cerca del día con la -mitad del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles. -¿Sería broma, aquello del _gran baile_, ó lo dirían en serio? Cruz, -al oirlo, se había reído; pero sin protestar, como habría protestado -él, si se atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el -sueño, porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se -mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero -que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto -reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría. - -—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche? - -Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando el encargo -á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales de lactancia, -escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y abundante, los ubres -muy pronunciados, y los andares resueltos. Mientras el tacaño visitaba -á su esposa y al crío, Cruz estuvo tratando con aquel par de reses, y -con los montaraces aldeanos que las acompañaban. - -—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de todo -quería enterarse. - -—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una _fija_, y -otra de suplente por si la primera se indispone. - -—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza -y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el -azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son -lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara. - -—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese bendito -pimpollo que Dios le ha dado? - -—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo! -¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve -ninguno de madre, pues me criaron con una cabra! - -—Por eso siempre tira usted al monte. - -—Pero vamos á ver, Crucita. _Seamos justos_... ¿Quién ha visto usted -que tenga dos amas? - -—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey... - -—¿Y acaso somos nosotros _testas coronadas, por decirlo así_? ¿Soy -yo _por casualidad_ Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de -cartón? - -—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos -y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un -período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero, -Príncipe de Asturias... - -—Dale con que soy...» - -Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre, -congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse las -uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan mal temple, -Cruz se compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo -período de grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no -escuchaba más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma -tan fuerte prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del -pensamiento á la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre -él era mayor y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya -se comprende que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar -su imperio y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones. -El pobre tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate, -y como Cruz le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre -hablar, y las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer -á ellos los términos groseramente expresivos que usar solía en su -vida libre; tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el -lenguaje de aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido -por un carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo. - -—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted -verá... Yo soy la _economía por excelencia_, y usted el _despilfarro -personificado_... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites -diarios... medias annatas... Total, que _pululan_ los gastos. - -—Los que _pululan_ son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué supone -todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría el gasto -si viera que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le -ha ido bajo mi dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más -gloriosos, amigo mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa? - -El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de -chocolate. - - - - -TERCERA PARTE - - - - -I - - -Entró el año nuevo con buena sombra. Diríase que los Santos Reyes -le habían traído al tacaño cuantos bienes del orden material puede -imaginar la fantasía del más ambicioso. Llovía el dinero sobre su -cabeza; apenas tenía manos para cogerlo; por añadidura, hasta se -sacó, á medias con Taramundi, el premio gordo de la Lotería de fin -de Diciembre, y ningún negocio de los emprendidos por él solo ó en -comandita dejaba de fructificar con lozanos rendimientos. Nunca fué la -suerte más loca, ni reparó menos en el desorden con que reparte sus -dádivas. Atribuíanlo algunos á diabólicas artes, y otros á designios -de Dios, precursores de alguna catástrofe; y si eran muchos los que le -envidiaban, no faltaba quien le mirase con supersticioso temor, como -un sér en cuya naturaleza alentaba infernal espíritu. Infinidad de -personas quisieron confiarle sus intereses, con la esperanza de verlos -aumentados en corto tiempo; pero él no consentía en manejar fondos de -nadie, con excepción de tres ó cuatro familias de mucha intimidad. - -Pero si, en la esfera de los negocios, motivos tenía para reventar -de satisfacción, en la propiamente doméstica no pasaba lo mismo, y -el hombre, desde la entrada de año, se veía devorado por intensas -melancolías. Los gastos de la casa eran ya como de príncipes: aumento -de servidumbre de ambos sexos; libreas; otro coche, uno exclusivamente -destinado á la señora y al ama con el niño; comidas de doce y catorce -cubiertos; reforma de mueblaje; plantas vivas de gran coste para -decorado de las habitaciones; abono en la Comedia, además del del Real; -enormísimo lujo de trajes para el ama, que salía hecha una emperatriz -á estilo pasiego, con más corales sobre su corpacho que pelos tenía -en la cabeza. De Valentinico no se diga: á los pocos días de nacido, -ya tenía en su _Debe_ más gasto de ropa que su papá en los cincuenta -y pico de años que contaba. Encajes riquísimos, sedas, holandas y -franelas de lo más fino componían su ajuar, no menos lujoso que el de -un Rey. Y á estas superfluidades, el usurero no podía oponerse, porque -sus últimas energías estaban agotadas, y delante de Cruz no se atrevía -ni á respirar; á tal grado llegaba, en el _nuevo orden de cosas_, el -predominio de la tirana. - -El día de la Epifanía hubo gran comida, y por la noche recepción -solemne, á que asistieron por centenares las personas de viso. Ya no -se cabía en la casa, y fué preciso convertir el billar en salón, -decorándolo con tapices, cuyo valor habría bastado para mantener á dos -docenas de familias por algunos años. Verdad que tuvo don Francisco -la satisfacción de ver en su casa ministros de la Corona, senadores y -diputados, mucha gente titulada, generales y hasta hombres científicos, -sin que faltaran _bardos_, y algún chico de la prensa, por lo cual -decía para su sayo el Marqués de San Eloy: «Si buena ínsula me das, -buenos azotes me cuesta.» El licenciado Juan de Madrid describía con -pluma de ave de paraíso el espléndido sarao, concluyendo por pedir con -relamidas expresiones que se repitiera. Á propósito de él, hicieron -los Romeros un chiste, que corrió por toda la sociedad haciendo reir -á cuantos le oían. Dijeron que el amo de la casa no pudo asistir -porque... _había ido á esperar los Reyes_. - -Transcurrieron los meses de invierno sin más novedad que algunas -indisposiciones de Valentinico, propias de la edad. Verdaderamente la -criatura no parecía de cepa saludable, y algunos íntimos no ocultaban -su opinión poco favorable á la robustez del heredero de la corona. -Pero se guardaban muy bien de manifestarla, desde que ocurrió un -desagradable incidente entre don Francisco y su yerno Quevedito. -Hallábase éste una mañana hablando con Cruz de si la leche del ama era -ó no superior, de la complexión raquítica del niño, y desembuchando con -sinceridad médica todo lo que pensaba, se dejó decir: - -—El chico es un fenómeno. ¿Ha reparado usted el tamaño de la cabeza, -y aquellas orejas que le cuelgan como las de una liebre? Pues no han -adquirido las piernas su conformación natural, y si vive, que yo lo -dudo, será patizambo. Me equivocaré mucho, si no tenemos un marquesito -de San Eloy perfectamente idiota. - -—¿De modo que usted cree...? - -—Creo y afirmo que el fenómeno... - -Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre -de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su -cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al -amparo de un _portier_, y al oir repetida la palabra _fenómeno_, no -tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo -del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de -estrangularle, gritaba: - -—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno eres -tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota mi -hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo. - -Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar su -furia. - -—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento, -arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su -suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta -señora no le trato á usted como merece. Adiós. - -—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es fenómeno!... -La cabeza grande, sí... toda llena de talento macho... El idiota y el -orejudo eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo? - -—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo, -porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa. - -—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin -aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted -que decir...! - -—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno es -una broma... - -—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le perdonaré. - -—Ya se ha ido. - -—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón. -Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser -para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de -uñas conmigo _á raíz_ de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa -mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el -venir acá? - -—¡Oh, no! ¡Pobrecilla! - -No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas ideas. -Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las cosas, no -insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la mano el asunto -hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno, se les abriesen de -nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto, Rufina; mas Quevedito -cortó relaciones con su suegro, y por no dar su brazo á torcer en -la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso -teratológico. - -Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo mejor -de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la noche, -á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho solía -leer alguna obra buena, la _Historia de España_, por ejemplo, que -á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba -algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las -cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate, -que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar -su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en -estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su -evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase -primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los -conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de -fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado -á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que -la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había -perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado -la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo -muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta -una simpleza.» - -Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que le -conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no le -creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante -con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual -las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de -ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el _tío_ de marras, tan -villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito -esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el _coram -vobis_ ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería -considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi -milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban -de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen -para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo -fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre -extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido -gansadas, en la suya eran lindezas y donaires. - -El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al Santo -Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por decirlo -así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la costumbre -hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación del -título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del -público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese -corona, toda vez que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la -encasquetaban, por herencia ó real merced, no más airosamente que el -antiguo prestamista. - - - - -II - - -Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni -otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses -de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como -si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza -nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y -la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia -opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus -ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos, -y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la -transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio -sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de -San Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que -una viva muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando -los meses vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos -sus afectos, y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más -serias y hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión -de madre no se puede tener idea sin haberlo visto. Ninguna existió -jamás que la superase en cuidado y solicitud, ni que con mayor sentido -se penetrara de su responsabilidad. De los cariños extremados, que al -principio producían en ella tensión convulsiva, pasó por gradación -suave al cariño verdaderamente protector, garantía de vida para los -seres débiles que amenazados de mil peligros entran en ella. De su -afición á las golosinas la curó el miedo de enfermar y morirse antes de -ver crecido á su hijo, y se fué acostumbrando á los alimentos sanos, y -á poner método en las comidas. Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo -tenía para ello, pues no había hora del día en que no encadenase su -atención alguna faena importante, ya el aseo del chico y del ama, ya la -ropa de ambos; y luego venía el dormirle, y el vigilar el sueño, y ver -si mamaba ó no, y si todas sus funcioncitas se hacían con regularidad. - -Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la -Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse -allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil -ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había -puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la muy -gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente porque -llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las criadas -más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia servíale -tan sólo para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta -y la otra señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la -monotonía de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en -cuanto hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma, -encanto y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia. -Sobre este particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada: - -—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. ¿Qué -virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le mime -Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con candil -otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. ¡Vaya una -mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el último cabello -de su cabeza... - -—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay queja. - -—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara, -cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su -bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme -todas las acciones del ferrocarril leonés. - -—Así lo hemos acordado. - -—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de la -colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo qué. - -—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo pagan... - -—Naturalmente. - -Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San -Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí -las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba -de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz. -Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos -encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto -artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por -las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en -el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la -alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa -de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola -de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la -galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más -comunes. - -—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia, -en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo. -El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en -el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la -criatura selecta, el _non plus ultra_? - -—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión me dejé -decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella jactancia! -Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo ningún talento. -No crea usted que lo digo por modestia. La modestia sigue pareciéndome -una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy grato, de -muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo que deseo. - -—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que -vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la -tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía. - -—¿Qué? - -—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura -desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece -vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol. - -—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á -reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable -dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento? - -—Gracias. - -—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia, -diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto -general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No -crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de -saberlo. - -—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta -ahora. - -—Es que usted en nada repara. No se fija más que en sí mismo, y como -se mira tan de cerca, no puede verse bien. - -—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy. - -—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago ese -favor. - -—Pues bien: ¿cómo soy? - -—¡Ah! yo no he de decirlo. - -—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo juzgando -á los demás. - -—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía -cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le -adulo. - -—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia. - -—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará usted -como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á que -mis alabanzas le sonrojen. - -—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare -con los ángeles del Cielo. - -—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va acertando. - -—¿Por la pureza? - -—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, y -galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían los -compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado usted un -solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de las personas -con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado de inocencia, y -si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de -gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y la -clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no lo -tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da prisa á -aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la delantera. - -Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se -defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban -las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba -ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y -dándole golpecitos en la espalda. - -—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que ya -no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente se -puso serio. - -—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que -le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor -educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de -treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura -para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni -la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien -vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra -noche aquí que ya no hay señoras. - -—La marquesa de San Salomó. - -—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso por lo menos. Lo indudable -es que ya no hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación -pasada. - -—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la generación -pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera plagado de -reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo? - -—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es vejez. -No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, si no -por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento. - -De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con la -palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos -chillidos: - -—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la de este -mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? ¿Conoce -usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la suya? -Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se me -ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más -que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de -veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y -vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque... -abur. Dile adiós, hombre. (_Cogiéndole la manecita y haciendole -saludar._) Dile: adiós, adiós, tonto... - -Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle, amargado y aburrido. Su -amor propio era en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que -un pie salvaje hubiera pisoteado bárbaramente. - - - - -III - - -Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal -acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el -mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las -pasiones humanas eran un juego, ó _sport_ destinado al solaz de los -jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un -acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena -ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes, -nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma -las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de -referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se -arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante, -refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más -suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era _el -compromiso_ en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de -la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le -había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con -un _hombre imposible_, ¿con qué cara le decía él ahora á la pública -opinión: «Señores, ni conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay -tal adulterio ni cosa que lo valga, ni en el hecho ni en la intención. -Desistan ustedes de esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga -por tan imbéciles como malvados»...? - -Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso. Por -mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de dos: ó -no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se encastilla -en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos vejatorio -para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no gustándole yo, -es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se lo traigan del -Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la puntería. Creo, -como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de las pasiones. -¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero también lo que -las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser una hermosa -muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso que ninguna -batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando Fidela -reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es la -primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una -estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado -proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio, -pues, y me consuelo con que si el dios de las batallas... amorosas no -me ha dado esta vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro. -En la casa de San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye -el hijo de mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano -Morentín, _adúltero profesional_.» - -Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz de -virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado -categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de -conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda -de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los -errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la -dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica -del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa -especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la -rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto -á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que -no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero -nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces -que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel -poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para -los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque -cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que -no las desmintiera con la energía y la indignación que la justicia -demandaba. Dejó correr la especie, siendo falsa, porque creía, como -en el Evangelio, que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse -los hechos: luego, éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como -quiera que fuese, Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy -con los espíritus enormemente abatidos, pensó que, _en conciencia_, y -procediendo con hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su -poquitín), debía hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión -y arrancarla de cuajo. - -No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de Fidela, -cuando entró Rafael conducido por Pinto. - -—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar -yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos. - -—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate. Es -lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento, -que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan -guasoncito el trasto de Dios? - -—Déjame que le coja la cara. Acércate. - -Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las -mejillas. Valentinito hizo pucheros. - -—¿Qué es eso, ángel? No se llora. - -—Se asusta de verme. - -—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando -fijo, fijo, con los ojos muy espantados, como diciendo: «¡qué serio -está hoy mi tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo -Pontífice, gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo, -y te estima y es tu _seguro servidor que besa tu mano_, Valentín -Torquemada y del Águila. - -Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las -gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría -un poco. - -—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á los -brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy -enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (_dándole -suaves golpes en semejante parte_) le iré yo enseñando á que no se -entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan -las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien -hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para -hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy -tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También -ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No -creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose -de verlos rodar... - -—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! Si -persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir. - -Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto del -chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre ciego -sufrían alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo -hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos -de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales -gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la -maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para -él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de -esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la -familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración. -Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las -distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le -atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos, -la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo -con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos -hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran -éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues -si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni -en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras -que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había -que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna -subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses -del presente y el porvenir! - -Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de amargura negra: «Soy el -pasado, un pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada -les ofrece; y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que -interesa como incógnita.» - -Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos usuales -informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, al ocuparse -de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que algunos días le -servían la comida de prisa y corriendo, mientras que se entretenían -horas y más horas dándole papillas al mocoso. Figurábasele también -que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo mejor, le faltaban -botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. Y en cambio, las -dos señoras y el ama consagraban días enteros á los trapitos del -crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio absoluto, y antes -muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz había notado en él una -tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un suspirar de ese que saca la -mitad del alma en un aliento. Pero no le interrogaba, por temor á que -saliese con alguna tecla de las de marras. «Peor es meneallo», se decía -hablando como Cervantes y como D. Francisco. - - - - -IV - - -Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo -el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas, -convinieron en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le -echara sin miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no -disgustar á la señora de Serrano Morentín, una de las amigas más -adictas y leales. Lo mejor era que Zárate le soltase esta _indirecta_: -«Mira, Pepe, sea por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y -se excita siempre que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir -una temporadita por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no -lo tomes á mal. Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo, -_etc..._, _etc..._» Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para -pedir al pedante su amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien -su cometido, que el otro no parecía por la casa sino contadas veces, y -siempre de noche, á la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el -sabio y el galán cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras, -no constan en autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión -muy distinta de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida. - -Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de que su -antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no disminuyeron -por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se explicaba -porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela tan -malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael -parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su -insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se lo -confesó á Cruz, añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo -tocante á Fidela, lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como -que cifraba su orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las -familias con discreto escándalo. - -—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te diré -que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y toma -cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que tira. - -—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de eso, y -desprecia la maledicencia. - -—Yo la desprecio; pero siempre existe. - -—Basta ya. - -—Basta, sí. - -Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió -en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No, -porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y -acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el -mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es -de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta -sentina...» - -Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su -hermana Cruz, dijo con énfasis: - -—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no? - -No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un vivo -desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que el de -Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta facilidad de las -caídas, y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más -profundo de su conciencia. - -«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la -cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas, -con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón -diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo. -¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz, -y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que -como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado. -Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y -la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este -monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito... -¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de -San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será -porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice -toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después. -(_Dando un gran suspiro._) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy -obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero, -sí. ¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas? -Y si es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de -caquexia, al menos ha servido para encender en su madre el fuego del -cariño maternal, que la purificará... Esto es un consuelo... El colmo -de mis equivocaciones sería que el chico creciera listo y fuerte... No -me faltaba más que eso para creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y -en este caso...» - -Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el nene -en brazos: - -—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible el -Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes -muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy. - -—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la -mano. - -Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga conversación -que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba con su tristeza -mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él arrojando plomo, -su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba lánguido, como -corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de una vez quiso -Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero Rafael se opuso -temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando Valentinico apenas -contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero: le cogía en brazos, -le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le soltaba hasta que -el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados, ó rompiendo en -chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido algún tiempo, -Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal aversión, que -con ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia -para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma -como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en -su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un -padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra -sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la -criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de -barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo. - -—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted el -niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo... - -Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante, -palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar -la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era -brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se -metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad. -En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél -fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se -manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de -su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión -y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con -el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se -decía, con sinceridad de filósofo solitario,—no puede ser otra que -un terrible acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el -alma como un tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le -quieren más que á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas -de la conciencia. Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa, -las grandezas posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil, -muerto... ¿Pero cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y -tan nuevo en mí, Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué -consiste que la envidia _se me quita_ de repente, y vuelvo á querer al -chiquillo...? No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho, -siempre me queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es -verdad que me inspira lástima, también lo es que deseo que se muera. -Analicemos bien. ¿Alguna vez he deseado que viva? (_Pausa._) Qué sé -yo. Pocas habrán sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me -dicen que por lo común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor -en la Gloria, ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma -que veo en mí es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy -mal en mandarle acá, como no haya venido para castigo del bárbaro, -y para amargar los últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el -tal Valentinico..., me lo diré claro, como debo decirme las cosas á -mí mismo, en el confesonario de la conciencia, que es como ponerse -de rodillas ante Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal -Valentinico me carga... Reconozco que allá nos vamos él y yo en candor -infantil. Yo discurro, él no; pero ambos somos igualmente niños. Si -yo, siendo como soy, estuviese ahora mamando, y tuviera mi nodriza -correspondiente, no sería más hombre que él, aunque pegado á la teta -revolviera en mi cabeza todas las filosofías del mundo. (_Pausa._) ¿Por -qué me causa profunda irritación el ver que mis hermanas no viven más -que para él, y se preocupan de la ropita, de la teta, de si duerme ó -no, como si de ello dependiera la suerte de toda la humanidad? ¿Por -qué, cuando oigo que le miman y le cantan y le saltan en brazos, rabio -interiormente porque no me hagan á mí lo mismo? Esto es infantil, -Señor; pero es como me lo digo, y no puedo remediarlo. Me confieso toda -la verdad, sin omitir nada, y al hacerlo así, siento alivio, el único -alivio posible...» (_Pausa larguísima. Abstracción._) - -«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado ataque. -Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema nervioso -en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me coge con -mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad cinturones -de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y ahogarle bajo -mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra la pared con la -fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde llegué á ponerle -mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque no está gordo que -digamos el príncipe de Asturias; apreté un poquitín, nada más que -un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que -tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo -espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del -grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me -temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el -impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está -consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me -moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en -el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de -por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por -quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque -no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los -albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los -pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy -malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras -vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías -dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya. -Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo -debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse, -no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la -Naturaleza... (_Pausa._) Y también te digo que la noche que naciste, -tuve yo unos celos terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para -decirme que te había dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle -de injurias... Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo. -Ninguno de los dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad -en esta forma impalpable, divagando por espacios grises sin término, -sin más distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros -mismos rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”» - - - - -V - - -Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el golpe -seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de -cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael -con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho. -Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca -de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el -peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron -sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le -contrajeron los brazos. - -—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de -Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele -pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No -puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío! - -Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse -éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á -su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero -rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los -músculos y serenar su alterado rostro, decía: - -—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me -crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo -y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy -bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y -el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan -débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen... - -Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á -su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo, -recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche, -pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se -entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo: - -—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete -monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril. - -Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la -noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la -_junta organizadora_ había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta -al _elemento leonés_, sino que podía inscribirse y asistir todo el -que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional, -público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus -capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos. - -Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún -comentario, entraron Torquemada y Donoso. - -—¿Conque, Tor, te van á dar un _comebú_ muy grande?—le dijo su -esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los -literatos y poetas. - -—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué -he de hacer yo? _Mi línea de conducta_ será comer y callar. - -—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar. - -—¡Yo...! - -—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis. - -—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada! - -—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas -muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera -elocuencia á estilo inglés. - -—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta -eminencia. - -—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir -cuatro palabras. Por más que se acuerde _que no haya brindis_, alguien -ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y -naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación -sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón... - -El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero, -considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil -alegría. - -—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor. -¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los -dos á silbarle. - -—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la -adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas -materias _que agitan la opinión_. Es más, lo esperamos ansiosos, y -privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los -que allí hemos de reunirnos. - -—Pues _yo parto del principio_ de que al buen callar llaman Sancho. -Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho -incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy -muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea! - -—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en todas, -era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo por que le -dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su composición -de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, elija las -palabras, y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la -atención, y deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí. - -—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto al -ciego,—que de esta boca, que es muy torpe _de suyo_, salgan buenas -oratorias, como las que oimos en las _Cámaras_. Pero, en caso de que no -tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón -de la familia. - -—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido -silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á -revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío, -crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente, -el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con -Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga -y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas, -porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis -indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y -les diría: «Señores...» - -Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero él -no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba á -exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así: - -—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque muchos de -los que me escuchan se decoren con títulos académicos y con etiquetas -oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la -dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido -el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de -oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien -fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las -virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste, -la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero, -porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas, -unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la -religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues -bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos -de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón; -pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos, -y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana -y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á -vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré, -repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo, -viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os -agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi -estiércol es efectivo metálico. Yo _depongo_ monedas de cinco duros -y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero -obsequiar á mis admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo; -vosotros recogéis este maná precioso; vosotros...» - -Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo de -cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, tan -pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como queriendo -apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección y -formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su -hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador -palmetazos en la rodilla, le decía: - -—Bien, muy bien, Rafaelito. _La síntesis_ del discurso me parece -excelentísima, y por mi gusto, yo _pronunciaría_ eso, si encontrara un -vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con -lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás -como el pobre becerro no pronuncia más que un _mu_ como una casa. - -La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en -aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo -la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de -mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas, -expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de -la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas, -ó los diamantes del _Shah_ de Persia. Á la hora de comer, trataron -Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces -de trasladarse al piso segundo, porque su habitación del principal -era muy calurosa y estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas -interiores, que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir -con más independencia. No había querido la hermana mayor consentir en -la traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar -de su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta -con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto -durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito. -Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba -disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con -holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del -bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era -insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo: - -—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del becerro -de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del becerro, -ahora le pido hospitalidad en su sacristía... - - - - -VI - - -Á principios de Mayo celebróse el banquete en honor del grande hombre, -y por Dios que no hay necesidad de investigar los pormenores de la -fiesta, porque la prensa de Madrid contiene en los números de aquellos -días descripciones minuciosas de cuanto allí pasó. El local era de los -más desahogados de Madrid, capaz para que comieran, en tres ó cuatro -mesas larguísimas, doscientas personas; pero como los inscritos pasaban -de trescientos, por bien que quiso el fondista colocarles, ello es que -estaban como sardinas en banasta; y si funcionaban medianamente con -un brazo, el otro tenían que metérselo en el bolsillo. Á las siete ya -hervía el salón, y los de la junta organizadora, entre los cuales dicho -se está que Zárate era uno de los más diligentes, se multiplicaban -para colocar á todos, y procurar que en la designación de puestos -_presidiese_ un criterio jerárquico. Sentáronse acá y allá personajes -de nombradía política, militares de alta graduación, ingenieros, algún -catedrático, banqueros y hombres adinerados, periodistas pobres de -bolsillo, si ricos de ingenio, alguno que otro poeta, y entre col -y col, personas varias no mentadas aún por la fama, propietarios y -rentistas de cuenta, y en fin, gente distinguidísima, títulos del -reino, etc... Predominaba, como observó muy bien Donoso, el _elemento -serio_ de la sociedad. - -Mientras se iban acomodando los comensales, picante confusión y -bullicio reinaban en el local. Estos, sentados y con la servilleta -prendida, charlaban y reían; aquéllos dejaban un sitio para ponerse -en otro, cerca del grupo de amigos más de su gusto. El adorno del -salón era el que para estas solemnidades se usa comúnmente: cenefas -de hojarasca verde, tarjetones con escudos de las provincias, -deteriorados del uso que tienen en las verbenas, banderas nacionales -tendidas en forma de ropa de baño puesta á secar. Todo ello es de la -guardarropía patriótica del Ayuntamiento, que galantemente lo facilita, -contribuyendo así al esplendor de la fiesta. Algunos tarjetones se -añadieron, por iniciativa de Zárate, con los nombres de las cabezas de -partido en la provincia de León, y en el centro de la anchurosa cuadra, -hacia la cabecera de las mesas, veíase una laminota de la hermosa -catedral con el lema, en cintas pintarrajeadas, de _pulchra leonina_. - -Concuerdan los diferentes cronistas de aquel estupendo festín en -la afirmación de que pasaban cinco minutos de las siete y media -cuando entró D. Francisco, acompañado de su corte, Donoso, Morentín, -Taramundi, y algún otro que no se menciona. En lo que no hay -conformidad es en las indicaciones de la cara que llevaba el tacaño, -pues mientras un periódico habla de su palidez y emoción, otro sostiene -que entró risueño y con los colores algo subidos. Aunque no conste en -las relaciones del acto, bien puede afirmarse que al tomar asiento D. -Francisco en la cabecera, sentáronse todos y empezó el servicio de -la sopa. Daba gusto ver aquellas mesas, y aquellas filas de señores -de frac, calvos unos, peludos los otros, casi todos de una gravedad -chinesca. Escaseaba el _elemento joven_; mas no el bullicio y la -alegría, pues entre trescientas personas, aunque éstas sean, por su -edad y circunstancias, del género serio, nunca faltan graciosos que -saben dar amenidad á los actos más fastidiosos de la vida. - -_Achantaditos_ en un extremo de la mesa lateral, á la mayor distancia -posible de la cabecera, hallábanse Serrano Morentín, Zárate y el -_Licenciado Juan de Madrid_, éste con la intención más mala del mundo, -pues preparábase á tomar nota de todas las gansadas y solecismos que -forzosamente había de decir, en su discurso de gracias, el grotesco -tacaño, objeto de tan disparatado homenaje. Morentín anticipaba, con -profético don, algunas ideas que D. Francisco había de emitir, y hasta -las palabras que emplear debía; Zárate aseguró conocer lo principal -del discurso, induciéndolo de las preguntas que su amigo le hiciera en -los días anteriores, y los tres, y otros que al grupo se agregaron, se -relamían de gusto, esperando el divertidísimo sainete que á la hora -de los brindis se les preparaba. Por supuesto, mientras más desatinos -dijese el bárbaro, con más fuerza le aplaudirían ellos, para empujarle -por el camino de la necedad, y reirse más, y pasar un rato tan -delicioso como en función de teatro por horas. - -Pero no en todos los grupos predominaba este sentimiento de burlona -hostilidad. Hacia el centro de una de las mesas, Cristóbal Medina, -Sánchez Botín y compinches expresaban su curiosidad por lo que diría ó -dejaría de decir _San Eloy_ en su contestación á los brindis. - -—Es hombre tosco—afirmaba uno,—hombre de trabajo, y como tal, de -palabra difícil. ¡Pero qué inteligencia, señores! ¡Qué sentido -práctico, qué serenidad de juicio, qué puntería para dar en el blanco -de todos los asuntos! - -Y en otra parte: - -—Veremos por dónde sale este D. Francisco. Hablará poco. Es _un tío -muy largo_ que esconde su pensamiento, como todas las inteligencias -superiores. - -En tanto, el Marqués tacaño experimentaba emociones diversas, conforme -se iba cumpliendo aquel programa de viandas que iban y viandas que -venían. Comía poco, y no elogió ningún plato. Todos le sabían igual; -eran, ante su burdo criterio de gastrónomo de patatas y salpicón, las -porquerías de siempre, lo mismo de su casa guisado con menos arte, -todo como de batallón. Al principio, no se preocupó poco ni mucho de -la soflama que tenía que pronunciar. Su vecino un señor viejo, leonés, -propietario rico, senador y algo beato, le entretuvo charlando de cosas -y personas del Bierzo, y apartó su pensamiento del empeño literario -en que le pondrían los brillantes oradores allí reunidos. Pero al -tercer plato empezó el hombre á pensar en ello, y á refrescar las ideas -que para el caso había traído de su casa, y que no estaban ya menos -marchitas que los ramilletes de la mesa. Tan pronto se le escapaban, -como le volvían al pensamiento, trayendo otras ideas nuevecitas, -que parecían nacer en el caldeado ambiente del inmenso comedor. -«¡Re-Cristo!—pensó, dándose ánimos;—que no me falten las palabritas que -tengo bien estudiadas; que no me equivoque en el término, diciendo -peras por manzanas, y saldremos bien. De las ideas responde Francisco -Torquemada, y lo que debo pedir á Dios es que no se me atraviese el -vocablo.» - -Aunque su propósito era no beber gota, para conservar su cabeza en -absoluto despejo, alguna vez hubo de quebrantar su propósito, y cuando -le sirvieron el asado, gallina ó pavipollo más duro que la pata de -un santo, con ensalada sin cebolla, desabrida y lacia, sintió que le -subían vapores á la cabeza y que la vista se le turbaba. ¡Cosa más -rara! Vió á doña Lupe, sentada hacia el promedio de una de las mesas -centrales, y vestida de hombre propiamente, con la pechera de la camisa -como un pliego de papel satinado, corbata blanca, frac, florecilla en -el ojal... Apartó de la extraña figura sus ojos, y al poco rato volvió -á mirar. Doña Lupe se había ido; buscóla, examinando una por una todas -las caras, y al fin la encontró de nuevo en uno de los mozos que iban -pasando las fuentes de comida, el cual con servil amabilidad sonreía, -exactamente lo mismo que ella. No había duda de que era la propia -señora _de los pavos_, con su boquita plegada, y sus ojos vivarachos. -Sin duda, al llamamiento patriótico de los leoneses, había salido del -sepulcro, dejándose en él, por causa de la precipitación, algunas -partes de su persona, verbigracia: el moño, la teta de algodón y todo -el cuerpo de la cintura abajo. Visto de cerca el camarero, resultaba -tan exacto el parecido, que Torquemada sintió algo de miedo. «¡Ay, -de mí!—pensó,—con estas cosas, se me trastorna la cabeza, y no es mal -lío el que armaré. Anda, anda: ya se me ha olvidado todito lo que -escribí anoche. ¡Y cuidado si estaba bien!... Me he lucido, ni una jota -recuerdo.» - -Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en fila -de honor, como los apóstoles en el cuadro de la _Cena_, y notó vacío el -puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de gran ayuda, -pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y con la -serenidad, la memoria. - -—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud. - -Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa, porque -le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte. Contrariedad -no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á Donoso, las -ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras finas, y el -habla elegante, acompasada y ceremoniosa. - -Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera. -Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de -atender á la charla de los dos _apóstoles_ que á su lado tenía. No -tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había -escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres -formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y -lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era un -ciempiés. Por suerte suya recordaba perfectamente diversas formulillas -retóricas oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes -á la roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento, -sí, señor... - -Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de hielo, -ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los dientes -como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del tiempo, y -de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha se introducía -el brazo del mozo con una botella, y que le echaba _champagne_ en la -copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de taponazos, y una -algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse uno de aquellos -_puntos_, y por espacio de medio minuto no se oyó más que el chicheo -de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio relativo, y... -ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora, explicando el -objeto de aquel homenaje. - - - - -VII - - -En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no -hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa -dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana. -¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si _hacía uso_ de la palabra, -_asumiendo la representación_ de la junta organizadora, él tan humilde, -él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el -último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que -se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron -de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en -la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á -rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de -aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía -del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía. -Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su -retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía..., -«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de -nuestros _loores_, _señores_, para que sepa lo que vale, para que la -sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de -su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (_Grandes aplausos; -el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D. -Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más._) - -No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando -allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que -debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo -de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción -por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio -del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los -brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que -casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante -congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco, -con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete -de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el -desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello -dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito. -¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como -vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué -tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había -gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales -de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja) -iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se -despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y -constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por -allá, las espirales de humo _que escribían sobre el azul del cielo el -poema_ de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de -las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de -cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á -parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar, -y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y -á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la -relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de -gotas de rocío, dinamos y manivelas. - -Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas, -hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de -cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos -para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir. -Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los _hombres de -acción_. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna! -aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era -el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (_Grandes aplausos -como salutación al nombre._) Después de un breve panegírico del -ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones -de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que -se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al -hospital. - -Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso. - -—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal. - -La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del -cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á -cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por -todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al -otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y -calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en -la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de -haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las -mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado -para _llenar este vacío_ era un antiguo periodista, magistrado por -poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida -contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso -tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes. - -—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con -intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido -al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel. -(_Risas._) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino -á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que -le damos un _menú_ (que algunos llaman _minuta_) de discursos, un -verdadero _indigestivo_ para que le haga daño la comida. - -El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo: - -—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy, -y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un -pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos. -(_Risas._) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado -á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse; -pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo -riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo -un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro, -porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material. -(_Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía._) - -Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que -terminó, ofreciendo cómicamente su protección al _administrador de -la humanidad_, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo -que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves, -otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en -nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando -que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía, -¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego. -Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más -allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy -entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio -de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor -de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron -airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando -que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga, -llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y -al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de -Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D. -Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á -un oportunísimo _quite_, se pudo evitar que unos _ñales_ de poetas -leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención -más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas, -y el objeto _serio_ de la solemnidad, no _estaba en carácter_ la -lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento -culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su -mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que -le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas -reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en -concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y -con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio; -quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre -que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre -ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca -profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación -mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de -Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una -segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el -silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes -taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por -su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes -párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo. - - - - -VIII - - -—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y -vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no -podría, por causa de mi pobreza... (_murmullos_) de mi pobreza de -medios oratorios. Soy un individuo rudo, _eminentemente_ trabajador, y -de la clase del pueblo, artesano _por excelencia_ del negocio honrado -(_Bien, bien_)... No esperéis de mí discursos más ó menos floreados, -porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. Pero, -señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí vuestra -cortesía y mi gratitud[1], y he de manifestar cuatro mal pergeñadas... -manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, serán -la expresión _sincera_ de un corazón agradecido, de un corazón noble, -de un corazón que late...[2], ahora y siempre, al compás de todo -sentimiento hidalgo y generoso. (_Muy bien._) - - [1] Frase aprendida de Donoso dos días antes. - - [2] Procura recordar un final del párrafo que oyó en el Senado, y - al fin lo enjareta como Dios le da á entender. - -»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos -períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi -elocuencia... la acción. (_Aplausos._) La acción señores. ¿Y qué es la -acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida, -la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más -que lo que se dice. _Háse dicho_... (_pausa_) háse dicho que la palabra -es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo -perlas orientales, y brillantes magníficos. (_Aprobación calurosa._) - -»_Cábeme la satisfacción_ de contestar á los señores que me han -precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (_pausa_) _cúmpleme -declarar_ que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido -homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello -consideraciones de este y el otro linaje, sin que _de cerca ni de -lejos_ me hayan traído aquí móviles de vanidad...[3], hasta el punto -de que... mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la -_línea de conducta_ que he observado siempre, y afirmarme en la tesis -de que debemos rehuir cuanto _tienda_ al enaltecimiento personal..., -que ¡harta representación tienen _en el actual momento histórico_ las -personalidades, señores...![4] y es tiempo ya de que se glorifiquen -los hechos, no las personas, los principios, no las entidades... que yo -reconozco su mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que -por encima del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran -principio de obrar (_alzando la voz_) cada cual en su propio elemento, -y en _el círculo_ de sus propias operaciones. (_Muy bien, bravo._) - - [3] El orador, que se animaba ya, creyéndose en terreno firme, - y dominando toda la fraseología del Senado, se embarulla, y no - acierta á terminar la oración. - - [4] Encontrando al fin la salida de aquel laberinto. - -»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra en -este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que todo -lo debe á su misma iniciativa, á su laboriosidad, á su honradez, á su -constancia. Nací, como quien dice en la mayor indigencia, y con el -sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, _orillando_ un día -y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones, y -_evacuando_ mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo no he -hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte con el -demonio, como _errada y torpemente_[5] creen algunos (_risas_), yo no -tengo el don del milagro. Si he llegado donde estoy, lo debo á que -he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito, -dos virtudes. ¿Cuáles son? _Hélas aquí_: el trabajo, la conciencia. -He trabajado en una _serie no interrumpida_ de, de... de tareas -_económico-financieras_, y he practicado el bien, haciendo todos -los favores posibles á mis semejantes, y _labrando_ la felicidad de -cuantas personas me encontraba al alcance de mi acción. (_Bien, muy -bien._) Ese ha sido mi _desideratum_, y la idea que _he abrigado_ -siempre: hacer todo el bien que podía á mis semejantes. Porque el -negocio, _vulgo_ actividad, fijaos bien, señores, no está reñido -con la caridad, ni con la humanidad más ó menos doliente. Son dos -elementos que se completan, dos _objetivos_ que vienen á concurrir en -un sólo _objetivo_; _objetivo_, señores, del cual tenemos una imagen -en nuestras conciencias, pero que reside en el Altísimo[6]. (_Grandes, -ruidosos y entusiastas aplausos._) - - [5] Adverbios que pescó en el Senado el día anterior. - - [6] Frase tergiversada de otra que leyó el día anterior en un - periódico. - -»Pero si declaro que siempre fué mi _línea de conducta_ hacer el bien á -todos, sin distinción de clases, á todos, _tirios y troyanos_, también -os digo que, como trabajador _por excelencia_, nunca, nunca he _dado -pábulo_ á la ociosidad, ni he protegido á gente viciosa, porque eso -¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido -práctico; eso sería _dar el mayor de los pábulos_ á la vagancia. De mí -se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido -el Mecenas de la holgazanería. (_Delirantes aplausos._) - -»_He partido siempre del principio_ de que cada cual es dueño de su -propio destino, y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y -desgraciado el que no sepa labrársela[7]. No hay que quejarse de la -suerte... ¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, _dilemas_, _antinomias_, -_maquiavelismos_! No hay más desgracias que las que uno se _acarrea_ -con sus yerros. Todo el que quiere poseer los _intereses_ materiales, -no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro. -Sólo que hay sudar, moverse, aguzar la entendedera, _en una palabra_, -trabajar, _ora_ sea en este, _ora_ en el otro oficio. Pero, lo que es -dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos, ó -enredando con las buenas mozas (_risas_), no se gana el pan de cada -día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí[8]. Pero es menester -que vayáis á cogerlo; porque él, el pan, no puede venir á buscaros á -vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya á -cogerlo el hombre, á quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el -pan, inteligencia para saber donde está, ojos para verlo, y manos para -agarrarlo... (_Bravos y palmadas frenéticas._) - - [7] El orador, animado por los aplausos, habla con una serenidad - y un desparpajo que ya quisieran muchos. - - [8] Sintiéndose inspirado, y lanzándose sin miedo á la - improvisación. - -»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis -pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya -otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que -supieron emplear todas las horas del día en el _clásico_ trabajo, los -que supieron _evacuar_ todas sus diligencias en tiempo oportuno, no -dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión _de comer -á no comer_, como el otro que vosotros conocéis mejor que yo, y no -necesito nombrarlo, como el otro, digo, planteó la cuestión de _ser ó -no ser_. (_Admiración, estrepitosos aplausos._)[9]. - - [9] En todos los grupos se comenta favorablemente el discurso, - en algunos con calor y entusiasmo. Óyense aquí y allí alabanzas - ardientes: «Qué tío más largo. Él será rudo, ¡pero qué juicio tan - sagaz, qué sentido práctico!» - -»Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando á -un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va -cayendo á pedazos de nuestros rostros. (_Ruidosos aplausos, y voces de -sí, sí._) Seamos prácticos, digo, _serlo_ vosotros, y yo, que soy perro -viejo, os recomiendo que lo seais. _Ser_ prácticos si no queréis que -vuestra vida _revista los caracteres_ de una _tela de Penélope_. Si -hoy tejéis el bienestar con _elementos_ superiores á vuestros medios, -ó _séase_ posibles, mañana el _déficit_ os obligará á destejerlo... -y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas _la espada de -Aristóteles_... (_Rumores._) Quiero decir...[10]. He dicho Aristóteles, -porque... (_se ríe, y ríen todos esperando un chiste_) tengo verdadera -manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (_Sí, sí._) -Es mi hombre; le llevo en el pensamiento á todas horas del día. Y como -_tengo para mí_ que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo de -tal... ó nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan sabe -quién era ese Damocles? (_Risas: voces de «no, no... no lo sabemos.»_) -Pues yo estoy á matar con esas maneras de hablar, y he decidido que -la famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero, -porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre -más grandísimo de la antigua Grecia y del siglo de oro de todos los -tiempos. (_Bravo, muy bien_)[11]. - - [10] El orador conoce al instante su error; pero lo enmienda en - seguida, muy terne. - - [11] Comentarios de entusiasmo en la concurrencia. «¡Pero qué - tuno es! Sabe más que Lepe... ¡Qué gramática parda!» - -»Perdonadme la digresión, y volvamos á la tesis. Atendamos más á la -acción que á la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco. -Trabajar siempre, de _consuno_ con nuestras necesidades, y con el -_valioso concurso_ de todos los elementos que _concurran_ á nuestro -lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia -en este augusto recinto... (_enmendándose_) y lo llamo augusto, -porque en él se reunen tantas eminencias científicas, políticas y -particulares... (_bien, bravo_); hechas estas declaraciones, paso á -concretar la cuestión. ¿_Á qué obedece_ esta comida? ¿Qué peculiar -objetivo lleváis al festejarme, á mí, tan humilde? Pues habéis visto -en mí un hombre activo, de _suyo_, dispuesto á patrocinar los grandes -adelantos del siglo, á llevarnos al _estadio_ de la práctica. Yo pongo -mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no -miro á mi interés, sino al interés general, al interés público de la -humanidad, que bien necesitada está la pobrecita de que se interesen -por ella. _Heme_ lanzado á emprender obras muy importantísimas, sin -ambición alguna de lucro privado, podéis creérmelo, y á favorecer á mi -patria natal llevando la locomotora _con su penacho de humo_ á través -de los campos. Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como la -idolatro, si no fuera mi _bello ideal_ el progreso, yo no patrocinaría -la locomotora, patrocinaría el carromato, y no vería más _lazo de -unión_ entre los pueblos que _el ordinario de Astorga_, ó _el ordinario -de Ponferrada_. Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo -eminentemente práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la -ordinaria del mundo entero, la locomotora. (_Frenéticos aplausos._) - -»Adelante con la ciencia, adelante con la industria[12]. El mundo se -transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la claridad -preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones de aceite, -velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado[13]. De donde -saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas. ¡Cuán -gran verdad es, señores, que _esto matará aquello_... como dijo, y -dijo muy bien... quien todos sabéis! (_Aplausos prolongados._) - - [12] En el grupo de los críticos, á veces se ríen con descaro, á - veces disimulan su hilaridad, aplaudiendo estrepitosamente, en - solfa. _Morentín_: «Pues tiene un no sé qué de elocuente este - animal. Rebuzna oratoriamente.» - - [13] El orador, sin dejar de hablar, dice para sí: «Voy muy - bien. Paréceme que me estoy luciendo. ¡Qué siento que no me oiga - Donoso!» - -»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy -humildísimo, muy llano, de cortas facultades (_voces de no, no_), de -pocas luces (_no, no_), de escasa instrucción; pero á formalidad no -me gana nadie. ¿Queréis que _os defina mi actitud_ moral y religiosa? -Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (_murmullos de -aprobación_), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos -principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar á labrarme -una posición independiente. Y no creais que doy de lado, _por decirlo -así_, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar _al César -lo que es del César_, y al Altísimo... también lo suyo. Porque á buen -católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las -_venerandas creencias_. Adoro á mi familia, en cuyo... _foco_, en cuyo -seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no -hay más que un paso... (_Con ternura._) Yo no debía hablar de estas -cosas, que son del _elemento privado_... (_Voces: sí, sí, que siga._) -Pero mi familia, ó _séase_ el _círculo_ del hogar doméstico, es lo -primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar -del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no -siga... (_Gran emoción en el auditorio._) - -»De política nada os digo. (_Voces, sí, sí._) No, no señores. No he -llegado á saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos sirven. -(_Risas._) Yo no he de _ser poder_, ni he de repartir credenciales... -no, no... veo que _pululan_ los empleados, y que no hay nadie que se -decida á _castigar_ el presupuesto. Claro, no _castigan_ porque á -los mismos castigadores les duele. (_Risas._) Yo me lavo las manos: -_blasono_ de obedecer al que manda, y de no _barrenar las leyes_. -Respeto á _tirios_ y _troyanos_, y no regateo _el óbolo_ de la -contribución[14]. _Á fuer de_ hombre práctico, no hago la oposición -sistemática, ni me meto en _maquiavelismos_ de ningún género. Soy -_refractario_ á la intriga, y no acaricio más idea que el bien de mi -patria, tráigalo Juan, Pedro ó Diego. (_Muy bien._) - - [14] En el grupo de los críticos. _Morentín_: «¿Pero han visto - ustedes un ganso más delicioso?»—_Juan de Madrid_: «Lo que veo - es que es un guasón de primera.»—_Zárate_: «Como que nos está - tomando el pelo á todos los que estamos aquí.» - -»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oirme (_no, -no_), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni -sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa -correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de -mi gratitud por vuestras manifestaciones..., por este _holocausto_[15], -por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no -merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que -no tienen _punto de contacto_ con mis cortos merecimientos. No me -atribuyáis á mí _rasgos_ que no me pertenecen. La verdad ante todo. -En la cuestión del ferrocarril no he hecho más que obedecer el impulso -de un ilustre y particular amigo mío, aquí presente, y á quien no -nombro por no ofender su _considerable_ modestia (_Todos miran al señor -Marqués de Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente._) -Este amigo es el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y á -él se debe[16] _la coronación_ del éxito, porque aunque no ha figurado -para nada, _detrás de la cortina_ ha manejado todo muy lindamente, -de modo que bien puedo deciros que ha sido...[17] pasmaos, señores, -el _Deus ex machina_ del ferrocarril de Villafranca al Berrocal. -(_Ruidosísimos aplausos. Los leoneses se rompen las manos._) - - [15] Sofocadas risas en el grupo de los críticos. - - [16] Prepárase el orador á soltar la frase bonita aprendida días - antes, y en cuyo efecto confía, si acierta á decirla sin error de - pronunciación. - - [17] Parándose para recordar bien la frase antes de soltarla. - -»Pues...[18] ya no me resta que deciros sino que mi gratitud será -eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los presentes, -sin distinción de _tirios_ ni de _troyanos_ (_risas_), me tienen -incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero sé -distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles en... -lo que necesiten, quiero decir, que en _cualesquiera_ cosa en que -necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad -de que tendrán en mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un -compañero, dispuesto á prestarles... todo el concurso _desinteresado_, -todo el favor, todo el apoyo moral y moral, toda la confianza del -mundo... siempre con el alma, siempre con el corazón... Les ofrezco, -pues, con fina voluntad mi hacienda, mi persona, y todo cuanto -soy y cuanto valgo. He dicho.» (_Aplausos frenéticos, delirantes -aclamaciones, gritos, tumulto. Todo el mundo en pie palmoteando, sin -cesar, con estrépito formidable. La ovación no tiene término._) - - [18] La cara del orador irradia de júbilo, por lo correcta que le - salió la frase. - - - - -IX - - -Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante, -y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué -sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara -reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos, -la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas -demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los -comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con -fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos, -de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan -Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la -gota gorda, no le dijo más que: - -—Colosal, amigo mío, colosal. - -Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le gustase. - -—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un tercero. - -—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se -habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco. - -—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho -usted...! - -—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de -esta le hacemos á usted ministro. - -—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto -estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más. - -—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas, -estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro. - -De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y -sonrisa de hombre de mundo, diciéndole: - -—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted -á broma; orador y de los grandes... - -—Quite usted... por Dios. - -—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner -en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy -bien parladas. Mi enhorabuena. - -Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además de -pedante, era un consumado histrión, y le dijo: - -—¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la -ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como -nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡_La ordinaria_ del mundo entero! -Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas. - -Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos -golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco -llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no, -no se burlaban, porque en efecto, había hablado _con sentido_, él lo -conocía y se lo declaraba á sí mismo, _eliminando_ la modestia. No se -consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso. - -Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación. -Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en -la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y -Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la -gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato, -desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de -la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de -plácemes. - -—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su esposa.—Bien -sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún en la cuenta -de que tienes mucho talento. - -—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera -tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene: el mundo -entero parece que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora? - -—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo... -señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más. - -—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora -empezamos... Prepárese. - -—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el árbol. - -—Mañana hablaremos. - -Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante orador, -que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que le -pusiera su _apoteosis_, sino por las reticencias amenazadoras de su -implacable tirana. - -Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. Una -ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, y no -se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la mañana -colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole en las -nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su sentido -práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon las visitas -de personajes _propios_ y _extraños_, algún diplomático, Directores -de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, y dos -Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había dicho -cosas _de mucha miga_, y que había logrado _poner los puntos sobre -las íes_. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el Papa, -y hasta el propio Emperador de Alemania. La Iglesia no careció de -representación en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar -al tacaño, el Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre -Respaldiza, y el señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el -vocabulario de la lisonja. - -—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los ricos -que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las -clases menesterosas. - -Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose en -la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento, -porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba, -asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera -voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso -lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas -entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó -en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva -dentellada daba la gobernadora á sus considerables _líquidos_, que más -bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y -el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le -sepultaba entre sus ruinas. - -En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en -diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían -á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como no -le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la familia -Real, y se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á -las oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía -ser más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de -aquel demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo -del hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces -proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento, -tragando una saliva más amarga que la hiel. - -—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí á -un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión -de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre -el Nuncio... - -Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama gobernadora -que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias difíciles -de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros momentos, al -desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y puñetazos sobre la -mesa habrían infundido pavor en ánimo menos esforzado que el de Cruz. - -—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa. - -—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque, -comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el -moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á -que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte -por unos seis millones nada más? - -—Quita, quita. ¿Qué sabes tú? - -—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones? - -Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que -más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su -avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una -cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper. -Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le -argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de -aquella compra reportaría. - -—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo -humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos -contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de -San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me -traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que -me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: _esto matará á aquello_... -Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos -á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y -aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de -corresponder... - -—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que -ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada... - -—Sí, señora... ¿y qué? - -—Que sale á subasta su galería. - -—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías? - -—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en -reales museos. - -—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto -golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo. - -—Usted. - -—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que -Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y -españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero! - -—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota. - -—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al -Louvre, ó á la _National Gallery_, que pagarán á peso de oro los de -Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y -Van Dick... - -—¿Y qué más? - -—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del -Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación -es bajísima. - -—El _Bajísimo_ ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con -que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo? - -—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas -preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las -personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de -hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras; -serás una especie de Médicis... - -—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una -cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo. -Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras, -y de la desgracia que le _acarreáis_. - -—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el -archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere -comprarlo. ¡Vaya un archivo! - -—Como que estará lleno de ratas. - -—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas -autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del -Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos, -libros rarísimos... - -—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro -también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que -manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á -casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy -ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren -creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y -se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado -su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya -no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me -hubiera secado el _foco_ de las lágrimas. - -Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse, -lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan -pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de -la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos -pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le -dijo: - -—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, _dilapidar_ mi dinero -estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese, -que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se -ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito..., -quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí! -me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá... - -—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos -á comer. - -—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te -pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras -á tí... - -—¡Brrrr!... - - - - -X - - -Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana -(la del _tantos_ de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á -la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza. -Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no -pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios -de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de -indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que -no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan -fecunda en experimentales enseñanzas. - -De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se -convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La -madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con -exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael, -que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales -ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció -el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y -melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba -estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio -espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de -la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa. - -Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento, -si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso -á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca -por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina -charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de -libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía -solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en -cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por -la escalera de servicio. - -Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la -mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto. - -—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo. - -—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías -ver á nadie. _Por lo demás_, yo tenía ganas de verte, y de echar un -párrafo contigo. - -—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han -contado muy detalladamente. - -—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero -no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre _artista_ de la -_cuenta_ y _razón_, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me -había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante -de tanta gente culta y _facultativa_! Créelo; mientras hablaba, _para -entre mí_ me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos. - -—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la -barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que -puedan decir otro tanto. - -—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro, -rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas. - -—Es usted el hombre feliz. - -—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás. -No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme -á su natural. La _opinión pública_ me cree dichoso, me envidia, y -no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir _del -Gólgota_, quiero decir, de la _cruz_ de mi casa, ó en otros términos, -un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición -ó del Infierno. _Heme aquí_ atado de pies y manos, obligado á dar -cumplimiento á cuantas ideas _acaricia_ tu hermana, que se ha propuesto -hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la -China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe -más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la -_Papisa Juana_ en figura de señora. - -—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es -artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted -maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de -barro, lo amasa... - -—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China, -siempre saldré puchero de Alcorcón. - -—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío! - -—Se me figura que sí. Porque verás... - -Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que -bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel _momento histórico_, un -grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro -del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar -ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos -de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido -á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al -otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto -en que se veía, de tener que _hacerse con_ un palacio y _la mar de_ -pinturas antiguas, _diseminando_ el dinero y privándose del gusto -inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital -fabuloso, que era su _desideratum_, su _bello ideal_, y su _dogma_, -etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo -que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto -considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el -tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se -convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos. - -—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara -vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted -que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy -próxima la terminación de mis martirios. - -Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta -semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de -aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos. - -—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo -que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero; -como que es usted avaro... - -—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de -sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo. - -—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado. - -—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la -imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo... - -—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es -puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave. -Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me -he equivocado en todo... - -—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el -tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque _este cura_, cuando -se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de -guardar la Biblia, y ahora resulta... - -—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego -sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica -solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de -la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá -la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con -usted, por razones diversas. - -—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo. - -—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia -deshonrada, á mis hermanas envilecidas. - -—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque -prestaba dinero á interés. - -—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde -hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación. - -—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de _ñales_. - -—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana -Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que -usted le inspiraría asco, aversión... - -—Pues me parece que... ¡digo! - -—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo -que intentaban amansar. - -—¡Hombre, tanto como monstruo...! - -—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la _papisa -Juana_, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle, -y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para -ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas. - -—Me parece que no desafino... - -—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos -de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores -años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para -los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático, -creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy -común en nuestra sociedad. - -—Hombre, hombre... - -—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más -que la proyección en mi espíritu del pensamiento social. - -—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría... -Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una -noche... en confianza _de ella para mí_: «Tor, el día que te aborrezca, -me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es -desconocido el adulterio, y lo será siempre.» - -—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación. -Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la -Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér -híbrido... - -—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín. - -—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser -en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran -petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta -usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y -la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no -ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér -superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten -en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican, -sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la -Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le -bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito, -y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia -ilustración... - -—Eso no, no, Rafaelito. - -—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por -lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme -seguir; yo bien sé que... - -—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que -soy un bruto... claro, un bruto _sui generis_. Á ganar dinero, eso sí, -¡cuidado! nadie me echa el pie adelante. - -—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero -á montones. - -—_Seamos justos_: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince -y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los -paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, _convengamos_ en que -soy un animal. - -—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va -identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen -por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de -la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con -la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué -opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del -banquete?» - - - - -XI - - -Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la -mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo -secreto, le dijo: - -—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento -y pienso. Mi discurso no fué más que una _serie no interrumpida_ de -vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra -expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del -buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada... -Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme -se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí -que aplaudían al hombre de dinero, no al _hablista_. - -—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era -un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que... - -—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo _un núcleo_ -de dos ó tres, eran más tontos que yo. - -—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor -parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y -tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la -sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por -otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero -de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle -vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una -crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo. - -Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con -que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus -ademanes. - -—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se trabó -entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía la -dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición, -el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de -tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido -luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted, -y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole, -depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra -casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido -derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado -con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que polvo. Me -declaro vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr. -D. Francisco, yo no puedo estar aquí. - -Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, sujetándole -en el asiento. - -—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí. - -—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he -concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era -usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja -de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un -altar y adorarla. - -—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me -dejara capitalizar mis ganancias. - -—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le -corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz -más _objetivo_, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad. -¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico, -y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda -fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en -usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante -el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de -teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo -su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque lo -tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y me declaro -el mayor de los mentecatos... (_Levantándose bruscamente._) Debo -retirarme..., abur... - -Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse. - -—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las -manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital... -Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á -usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de -madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia -en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me -resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero -tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á -confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo -contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor. -Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de -mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba -en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde -estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia -natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he -de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr. -D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he -pedido en mi vida, y el último también? - -—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy, alarmado del tono patético que -iba tomando su hermano político. - -—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. Es -un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me olvidaba -de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la pared del -Oeste. - -—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la -seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto -dispendio. - -—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un -sobrestante,—calculo que unos dos mil duros. - -—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito; -no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el _llevarte_ á -Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la _clásica_ -nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite. - -—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los -honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle, -hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted -lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas -sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido -toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo -de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me -da. - -—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia, -ó te has propuesto tomarme el pelo, _por decirlo así_. Si no has de -morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado! -yo no habría de reparar... - -—Á un muladar, digo. - -—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo -_poético_, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin? - -—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á -mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo -del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo. -Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero. -¡Pobre niño! - -—Durmiendo está como un ángel. - -—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones -las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de -Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia -propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro -decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de -la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con -tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo -más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas. - -Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió -tentando las paredes. - - - - -XII - - -Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal -quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que -á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á -la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto -golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta. - -—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? _Me inclino á creer_ que no -estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas? - -—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud. -Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me -da por dormir vestido. - -—Hace calor. - -—Frío tengo yo. - -—Y Pinto, ¿dónde está? - -—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar. - -Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una -pierna sobre otra. - -—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte? - -—Á que venga Pinto para quitarme las botas. - -—Te las quitaré yo si quieres. - -—_Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido_—dijo Rafael -alargando un pie. - -—No es así—observó D. Francisco, con alarde de erudición, sacando la -primera bota.—_De damas_ se dice, no de Reyes. - -—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho _de -Reyes_... _Velay_, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño. - -—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan -augusto... Guasón está el tiempo. - -—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia una -sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas, -_vulgo_ prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas, -el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé quién dijo -que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para fecundarse y -poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver... usted que es -tan erudito... - -—No sé... Lo que sé es que _esto matará aquello_. - -—Como dice Séneca, ¿verdad? - -—Hombre, Séneca no... No _tergiverses_...—observó el Marqués sacando la -primera bota. - -—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la -humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí, -señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo -que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus -brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y -que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas -de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter. - -—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco -festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de -plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te -acuestes, y á dormir como un bendito. - -—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo á -usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un señor -Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en adelante -seré la misma sumisión, y _la obediencia personificada_, y no daré el -menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas hermanas. - -Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud -semejante á la de la maja yacente de Goya. - -—Me parece bien. Y ahora... á dormir. - -—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha de -ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un -largo sueño. - -—Pues te dejo. Ea, buenas noches. - -—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya -junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual -el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta imagen -de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes -Santo. - -—¿Se te ofrece algo, Rafaelito? - -—No... digo, sí... ahora que me acuerdo... (_Incorporándose._) Se me -olvidó darle un besito á Valentín. - -—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós. -Duérmete. - -Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde -trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos -de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún -en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había -mandado por una taza de te. - -—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto hasta -que veas que está bien dormido. - -Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar. -Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando -sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que -próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos -y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven -entrar á Pinto desencajado, sin aliento. - -—Señor, señor... - -—¿Qué, con mil Biblias? - -—¡Por la ventana... patio... señorito... pum! - -Bajaron todos... Estrellado, muerto. - - -Santander. La Magdalena.—Junio de 1894. - - -FIN DE TORQUEMADA EN EL PURGATORIO - - - - - -End of Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO *** - -***** This file should be named 55139-0.txt or 55139-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/1/3/55139/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Torquemada en el purgatorio - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: July 17, 2017 [EBook #55139] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> -</div> - - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="aftit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <h1>TORQUEMADA EN EL PURGATORIO</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>Es propiedad. - Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los - ejemplares que no lleven el sello del autor.</p> - </div> - - <hr class="imp" /> - <p class="fs90 centra">MADRID.—Imp. Hijos de Tello, C. de San Francisco, 4.</p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - <p><span class="large">B. PÉREZ GALDÓS</span></p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs250 mt1">TORQUEMADA<br /> - <span class="small">EN EL</span><br /> - <span class="xl">PURGATORIO</span></p> - <hr class="sep" /> - <p><b>10.000</b></p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="large lh200 g1 mt2">MADRID</p> - <p class="fs90">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p> - <p class="fs90">Calle del Arenal, núm. 11.</p> - <hr class="min" /> - <p class="large">1920</p> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_1_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <p class="falseh1">TORQUEMADA EN EL PURGATORIO</p> - - <hr class="tir" /> - - <h2 class="inicial">PRIMERA PARTE</h2> - - <h3 class="mt2">I</h3> -</div> - -<p>Cuenta el Licenciado Juan de Madrid, cronista tan diligente como -malicioso de los <i>Dichos y Hechos de D. Francisco Torquemada</i>, que no -menos de seis meses tardó Cruz del Águila en restablecer en su casa el -esplendor de otros días, y en rodearse de sociedad honesta y grata, -demostrando en esto, como en todas las cosas, su consumada discreción, -para que no se dijera ¡cuidado! que pasaba con famélica prontitud de la -miseria lacerante al buen comer y al visiteo alegre. Disiente de esta -opinión otro cronista no menos grave, el <i>Arcipreste Florián</i>, autor de -la <i>Selva de Comilonas y Laberinto de Tertulias</i>, que fija en el día de -Reyes la primera comida de etiqueta que dieron las ilustres damas en -su domicilio de la calle de Silva. Pero bien pudiera ser esto error de -fecha, disculpable en quien á tan distintos comedores tenía que asistir -por ley de su oficio, en el espacio de sol á sol. Y vemos corroborada -la primera opinión en los eru<span class="pagenum" id="Page_6">[p. -6]</span>ditísimos <i>Avisos del Arte Culinario</i>, del Maestro López de -Buenafuente, el cual, tratando de un novísimo estilo de poner las -perdices, sostiene que por primera vez se sacó á manteles este guisado -en una cena que dieron los nobles señores de Torquemada, á los diez -días del mes de Febrero del año tal de la <i>reparación cristiana</i>. -No menos escrupuloso en las referencias históricas se muestra el -<i>Cachidiablo</i> que firma las <i>Premáticas del Buen vestir</i>, quien -relatando unas suntuosas fiestas en la casa y jardines de los señores -Marqueses de Real Armada, el día de Nuestra Señora de las Candelas, -afirma que Fidela Torquemada lucía elegante atavío de color de orejones -á medio pasar, con encajes de Bruselas. Por esta y otras noticias, -tomadas en las mejores fuentes de información, se puede asegurar que -hasta los seis meses largos de la boda, no empezaron las Águilas á -remontar su vuelo fuera del estrecho espacio á que su mísera suerte por -tanto tiempo las había reducido.</p> - -<p>Ni se necesita compulsar prolijamente los tratadistas más -autorizados de cosas de salones, para adquirir la certidumbre de que -las señoras del Águila permanecieron algún tiempo en la obscuridad, -como avergonzadas, después de su cambio de fortuna. <i>Mieles</i> no las -cita hasta muy entrado Marzo, y el <i>Pajecillo</i> las nombra por primera -vez enumerando las mesas de petitorio en Jueves Santo, en una de las -más <i>aristocráticas iglesias</i> de esta Corte. Para encontrar noticias -claras de épocas más próximas al casamien<span class="pagenum" -id="Page_7">[p. 7]</span>to, hay que recurrir al ya citado Juan -de Madrid, uno de los más activos y al propio tiempo más guasones -historiógrafos de la vida elegante, hombre tan incansable en el -comer como en el describir opulentas mesas, y saraos espléndidos. -Llevaba el tal un Centón en que apuntando iba todas las frases y -modos de hablar que oía á don Francisco Torquemada (con quien trabó -amistad por Donoso y el Marqués de Taramundi), y señalaba con gran -escrúpulo de fechas los progresos del transformado usurero en el -arte de la conversación. Por los papeles del Licenciado sabemos que -desde Noviembre decía D. Francisco á cada momento: <i>así se escribe -la historia, velis nolis, la ola revolucionaria, y seamos justos</i>. -Estas formas retóricas, absolutamente corrientes, las afeaba un mes -después con nuevas adquisiciones de frases y términos no depurados, -como <i>reasumiendo, ínsulas, en el actual momento histórico</i>, y el -<i>maquiavelismo</i>, aplicado á cosas que nada tenían de maquiavélicas. -Hacia fin de año se daba lustre el hombre corrigiendo con lima segura -desatinos usados anteriormente, pues observaba y aprendía con pasmosa -asimilación todo lo bueno que le entraba por los oídos, adquiriendo -conceptos muy peregrinos, como: <i>no tengo inconveniente en declarar... -me atengo á la lógica de los hechos</i>. Y si bien es cierto que la falta -de principios, como observa juiciosamente el Licenciado, le hacía meter -la pata cuando mejor iba discurriendo, también lo es que su aplicación -y el cuidado que ponía al apropiarse las for<span class="pagenum" -id="Page_8">[p. 8]</span>mas locutorias, le llevaron en poco tiempo á -realizar verdaderas maravillas gramaticales, y á no hacer mal papel en -tertulia de personas finas, algunas superiores á él por el nacimiento y -la educación, pero que no le superaban en garbo para sostener cualquier -manoseado tema de controversia, <i>al alcance</i>, como él decía, <i>de las -inteligencias más vulgares</i>.</p> - -<p>Es punto incontrovertible que dejó pasar Cruz todo Septiembre y -parte de Octubre, sin proponer á su hermano político reforma alguna -en la disposición arquitectónica de la casa; pero llegó un día en -que con toda la suavidad del mundo, sabiendo que ponía las primeras -paralelas para un asedio formidable, lanzó la idea de derribar dos -tabiques, con objeto de ampliar la sala haciéndola salón, y el comedor -<i>comedorón</i>... Esta palabra empleó D. Francisco, amenizándola con -burlas y cuchufletas; mas no se acobardó la dama, que al punto, con -chispeante ingenio, hubo de contestar á su cuñado en esta forma:</p> - -<p>—No digo yo que seamos príncipes, ni sostengo que nuestra casa sea -el <i>regio alcázar</i>, como usted dice. Pero la modestia no quita á la -comodidad, Sr. D. Francisco. Paso porque el comedor sea hoy por hoy de -capacidad suficiente. ¿Pero me garantiza usted que lo será mañana?</p> - -<p>—Si la familia aumentara, como <i>tenemos derecho á esperar</i>, no digo -que no. Venga más comedor y yo seré el primero en agrandarlo cuanto sea -menester. Pero la sala...</p> - -<p>—La sala es simplemente absurda. Anoche,<span class="pagenum" -id="Page_9">[p. 9]</span> cuando se juntaron los de Taramundi con -los de Real Armada, y sus amigos de usted el bolsista y el cambiante -de moneda, estábamos allí como sardinas en banasta. Inquieta y -sofocadísima, yo aguardaba el momento en que alguno tuviera que -sentarse sobre las rodillas de otro. Á usted le parecerá que esta -estrechez es decorosa para un hombre á cuya casa vienen personas de -la mejor sociedad. ¿Por mí qué me importa? No deseo más que vivir en -un rincón, sin más trato que el de dos ó tres amigas íntimas... Pero -usted, un hombre como usted, llamado á...</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_2"> - <h3>II</h3> -</div> - -<p>—¿Llamado á qué?—preguntó Torquemada, manteniendo ante su boca, sin -catarlo, el bizcocho mojado en chocolate, con lo cual dicho se está que -en aquel momento se desayunaba.—¿Llamado á qué?—volvió á decir, viendo -que Cruz, sonriente, esquivaba la respuesta.</p> - -<p>—No digo nada, ni perderé el tiempo en demostrar lo que está bien á -la vista, la insuficiencia de esta habitación—manifestó la dama, que -al dar vueltas alrededor de la ovalada mesa, afectaba no hallar fácil -paso entre el aparador y la silla ocupada por D. Francisco.—Usted, -como dueño de la casa, hará lo que guste. El día en que tengamos un -convidado, que bien podríamos tenerlo para corresponder á las finezas -que<span class="pagenum" id="Page_10">[p. 10]</span> otros gastan con -nosotros, y quien dice un convidado, dice dos ó cuatro..., pues ese día -tendré yo que comer en la cocina... No, no reirse. Ya sale usted con su -tema de siempre: que yo exagero, que yo...</p> - -<p>—Es usted la <i>exageración personificada</i>—replicó el avaro, -engulléndose otro bizcocho.—Y como yo <i>blasono</i> de ser el justo medio -<i>personificado</i>, pongo todas las cosas en su lugar, y rebato sus -argumentos por lo que toca al actual momento histórico. Mañana no -digo...</p> - -<p>—Lo que se ha de hacer mañana de prisa y corriendo, debe hacerse -hoy, despacio—dijo la dama apoyando las manos en la mesa, á punto que -el D. Francisco acababa de desayunarse. Ya sabía ella por dónde iba á -salir en la réplica, y le esperó tranquila, con semblante de risueña -confianza.</p> - -<p>—Mire usted, Crucita... Desde que me casé, vengo <i>realizando</i>... sí, -esa es la palabra, realizando <i>una serie de transacciones</i>. Usted me -propuso reformas que se daban de cachetes con mis costumbres de toda -la vida, por ejemplo... ¿Pero á qué es poner ejemplos ni verbigracias? -Ello es que mi cuñada proponía y yo trinaba. Al fin he transigido, -porque como dice muy bien nuestro amigo Donoso, vivir es transigir. -He aceptado un poquito de lo que se me proponía, y usted cedía un -<i>ápice</i>, ó dos <i>ápices</i> de sus pretensiones... El justo medio, <i>vulgo</i> -prudencia. No dirán las señoras del Águila que no he procurado hacerles -el gusto, desmintiéndome, como quien dice.<span class="pagenum" -id="Page_11">[p. 11]</span> Por tener contenta á mi querida esposa y á -usted, me privo de venir á comer en mangas de camisa, lo que era muy de -mi gusto en días de calor. Se empeñaron después en traerme una cocinera -de doce duros. ¡Qué barbaridad! ¡Ni que fuéramos arzobispos! Pues -transigí con admitir la que tenemos, ocho durazos, que si es verdad nos -hace primores, bien pagada estaría con cien reales. Para que mi señora -y la hermana de mi señora no me alboroten, he dejado de comer salpicón -á última hora de la noche, antes de acostarme, porque, lo reconozco, no -está bien que vaya delante de mí el olor de cebolla, abriéndome camino -como un batidor. Y <i>reasumiendo</i>: he transigido también con el lacayito -ese para recados y limpiarme la ropa, aunque á decir verdad, días hay -en que para evitarle reprimendas al pobre chico, no sólo me limpio -yo mi ropa, sino también la suya. Pero en fin, pase el chaval de los -botones, que si no me equivoco, no presta servicios en consonancia con -lo que consume. Yo lo observo todo, señora mía; suelo darme una vuelta -por la cocina cuando está comiendo la servidumbre, <i>vulgo</i> criados, y -he visto que ese ángel de Dios se traga la ración de siete; amén del -mal tercio que hace á la familia levantando de cascos á las criadas de -casa, y á las de toda la vecindad. En fin, ustedes lo quieren: sea. -<i>Adopto esta actitud</i> para que no digan que soy la <i>intransigencia -personificada</i>, y para cargarme de razón ahora, negándome, como -me niego, al derribo de tabiques, <i>etcétera</i>... que eso<span -class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span> de estropear la finca va -contra la lógica, contra el sentido común, y contra la conveniencia de -<i>propios</i> y <i>extraños</i>.</p> - -<p>Contestóle Cruz con gracejo, afectando sumisión á la primera -autoridad de la familia, y se dirigió á la alcoba de su hermana, que -no dejaba el lecho hasta más tarde. Ambas charlaron alegremente de la -misma materia, conviniendo en que aquello y aun más se conseguiría -de don Francisco, esperando la ocasión favorable, como habían podido -observar en el tiempo que llevaban de convivencia. Torquemada, después -de darse un buen atracón de <i>La Correspondencia</i> de la mañana, se fué -al lado de su esposa, periódico en mano, pisando con suavidad por -evitar el ruido, y ladeándose la gorra de seda negra, para rascarse -el cráneo. No tardó Cruz en acudir á despertar al ciego y llevarle el -desayuno, y quedó el matrimonio solo, acostada ella, él paseándose en -la alcoba.</p> - -<p>—¿Y qué tal?—le preguntó D. Francisco con cariño no afectado.—¿Te -sientes hoy más fuerte?</p> - -<p>—Me parece que sí.</p> - -<p>—Probarás á dar un paseíto á pie... Yo, si te empeñas en darlo -en coche, no me opongo, ¡cuidado! Pero más te conviene salir de -<i>infantería</i> con tu hermana.</p> - -<p>—Á patita saldremos...—replicó la esposa.—Iremos á casa de las de -Taramundi, y para la vuelta, ellas nos traerán en su berlina. De este -modo te ahorras tú ese gasto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span></p> - -<p>Torquemada no chistó. Siempre que se entablaban discusiones -sobre reformas que desnivelaran el bien estudiado presupuesto de D. -Francisco, Fidela se ponía de parte de él, bien porque anhelara cumplir -fielmente la ley de armonía matrimonial, bien porque con femenil -instinto, y casi sin saber lo que hacía, cultivara la fuerza en el -campo de su propia debilidad, cediendo para triunfar, y retirándose -para vencer. Esto es lo más probable, y casi por seguro lo da el -historiador, añadiendo que no había sombra de malicia premeditada -en aquella estrategia, obra pura de la naturaleza femenina, y de -la situación en que la joven del Águila se encontraba. Á los tres -meses de matrimonio, no se había disipado en ella la impresión de -los primeros días, esto es, que su nuevo estado era una liberación, -un feliz término de la opresora miseria y humillante obscuridad de -aquellos años maldecidos. Casada, podía vestirse con decencia y asearse -conforme á su educación, comer cuantas golosinas se le antojaran, -salir de paseo, ver alguna función de teatro, tener amigas y disfrutar -aquellos bienes de la vida que menos afectan al orden espiritual. -Porque lo primero, después de tan larga pobreza y ahogos, era respirar, -nutrirse, restablecer las funciones animales y vegetativas. El contento -del cambio de medio, favorable para la vida orgánica y un poco para -la social, no le permitía ver los vacíos que aquel matrimonio pudiera -determinar en su alma, vacíos que incipientes existían ya, como las -caver<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span>nas pulmonares -del tuberculoso, que apenas hacen padecer cuando empiezan á formarse. -Debe añadirse que Fidela, con el largo padecer en los mejores años de -su vida, todo lo que había ganado en sutilezas de imaginación, habíalo -perdido en delicadeza y sensibilidad, y no se hallaba en disposición -de apreciar exactamente la barbarie y prosaísmo de su cónyuge. Su -linfatismo le permitía soportar lo que para otro temperamento habría -sido insoportable, y su epidermis, en apariencia finísima, no era -<i>por dentro</i> completamente sensible á la ruda costra del que, por -compañero de vida, casa y lecho, le había dado la sociedad de acuerdo -con la Santa Iglesia. Cierto que á ratos creía enterarse vagamente -de aquellos vacíos ó cavernas que dentro se le criaban; pero no -hacía caso, ó movida de un instinto reparador (y va de instintos) -defendíase de aquella molestia premonitoria, ¿con qué creeréis? con -el mimo. Haciéndose más mimosa de lo que realmente era, fomentando en -sí hábitos y remilgos infantiles, en lo cual no hacía más que aceptar -los procedimientos de su hermana y de su marido, se curaba en salud -de todo aquel mal probable ó posible de los vacíos. Era, pues, de -casada, más golosa y caprichuda que de soltera; hacía muecas de niño -llorón; enredaba, variando de sitio las cosas fáciles de transportar; -entretenía las horas con afectaciones de pereza que agrandaban su -ingénita debilidad; afectaba también un cierto desdén de todo lo -práctico, y horror á los trajines duros de la<span class="pagenum" -id="Page_15">[p. 15]</span> casa; extremaba el aseo hasta lo increíble, -eternizándose en su tocador; ansiaba los perfumes, que eran una nueva -golosina, no menos apetecida que los bombones con agridulce; gustaba -de que su marido la tratase con extremados cariños, y ella le llamaba -á él <i>su borriquito</i>, pasándole la mano por el lomo como á un perrazo -doméstico y diciéndole: «<i>Tor</i>, <i>Tor</i>... aquí... fuera... ven... la -pata... ¡dame la pata!»</p> - -<p>Y D. Francisco, por llevarle el genio, le daba la mano, que para -aquellos casos (y para otros muchos) era pata, recibiendo el hombre -muchísimo gusto de tan caprichoso estilo de afecto matrimonial. Aquella -mañana no ocurrió nada de esto; charlaron un rato, encareciendo ambos -las delicias del pasear á pie, y por fin Fidela le dijo:</p> - -<p>—Por mí no necesitas poner coche. No faltaba más. ¡Ese gasto por -evitarme un poquito de cansancio...! No, no, no lo pienses. Ahora, por -tí, ya es otra cosa. No está bien que vayas á la Bolsa en clase de -peatón. Desmereces, cree que desmereces entre los hombres de negocios. -Y no lo digo yo, lo dice mi hermana, que sabe más que tú... lo dice -también Donoso. No me gusta que piensen de tí cosas malas, ni que -te llamen cominero. Yo me paso muy bien sin ese lujo: tú no puedes -pasarte, porque en realidad no es lujo, sino necesidad. Hay cosas que -son como el pan...</p> - -<p>Don Francisco no pudo contestarle porque le avisaron que le esperaba -en su despacho el agente de Bolsa, y allá se fué presuroso, re<span -class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span>volviendo en su caletre -estas ó parecidas ideas: «¡El condenado cochecito! Al fin habrá que -<i>echarlo</i>... <i>velis nolis</i>. No es idea, no, de esa pastaflora de mi -mujer, que jamás discurre nada tocante al aumento de gastos. La otra, -la <i>dominanta</i>, es la que quiere andar sobre ruedas. Ni qué falta -me hace á mí ese armatoste, que... ahora que me acuerdo... se llama -también <i>vehículo</i>. ¡Ah, si yo pudiera gastarlo, sin que esa despótica -de Cruz lo catara!... Pero no, <i>¡ñales!</i> tiene que ser para todos, y mi -mujer la primera, sobre cojines muy blandos para que no se me estropee, -<i>maxime</i> si hay sucesión... Porque, aunque nada han dicho, yo, <i>atento -á la lógica del fenómeno</i>, me digo: sucesión tenemos.»</p> - - - -<div class="chapter" id="Ch_1_3"> - <h3>III</h3> -</div> - -<p>¡Qué cosas hace Dios! En todo tenía una suerte loca aquel indino -de Torquemada, y no ponía mano en ningún negocio que no le saliese -como una seda, con limpias y seguras ganancias, como si se hubiese -pasado la vida sembrando beneficios, y quisiera la Divina Providencia -recompensarle con largueza. ¿Por qué le favorecía la fortuna, habiendo -sido tan viles sus medios de enriquecerse? ¿Y qué Providencia es ésta, -que así entiende <i>la lógica del fenómeno</i>, como por cosa muy distinta -decía el avaro? Cualquiera desentraña la relación misteriosa<span -class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> de la vida moral con la -financiera ó de los negocios, y esto de que las corrientes vayan á -fecundar los suelos áridos en que no crece ni puede crecer la flor del -bien. De aquí que la muchedumbre honrada y pobre crea que el dinero -es loco; de aquí que la santa religión, confundida ante la monstruosa -inequidad con que se distribuye y encasilla el metal acuñado, y no -sabiendo cómo consolarnos, nos consuela con el desprecio de las -riquezas, que es para muchos consuelo de tontos. En fin, sépase que -la previsora amistad del buen Donoso, había rodeado á D. Francisco de -personas honradísimas que le ayudaran en el aumento de sus caudales. -El agente de Bolsa, de quien era comitente para la compra y venta de -títulos, reunía á su pasmosa diligencia la probidad más acrisolada. -Otros correveidiles que le proporcionaban descuentos de pagarés, -pignoraciones de valores y negocios mil, sobre cuya limpieza nadie se -habría atrevido á poner la mano en el fuego, eran de lo mejorcito de la -clase. Verdad que ellos, con su buen olfato mercantil, comprendieron -desde el primer día que á Torquemada no se le engañaba fácilmente, y -en esto tal vez se afirmaba el cimiento de su moralidad; al paso que -D. Francisco, hombre de grandísima perspicacia para aquellos tratos, -les calaba los pensamientos antes que los revelara la palabra. De este -conocimiento recíproco, de esta compenetración de las voluntades, -resultaba el acuerdo perfecto entre compinches, y el pingüe<span -class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> fruto de las operaciones. -Y aquí nos encontramos con un hecho que viene á dar explicación á las -monstruosas dádivas de la suerte loca, y al contrasentido de que se -enriquezcan los pillos. No hay que hablar tanto de la ciega fortuna, -ni creer la pamplina de que ésta va y viene con los ojos vendados... -¡invención del simbolismo cursi! No es eso, no. Ni se debe admitir -que la Providencia protegiera á Torquemada para hacer rabiar á tanto -honrado sentimental y pobretón. Era... las cosas claras, era que D. -Francisco poseía un talento de primer orden para los negocios, aptitud -incubada en treinta años de aprendizaje usurario á la menuda, y -desarrollada después en más amplio terreno y en esfera vastísima. La -educación de aquel talento había sido dura, en medio de privaciones -y luchas horrendas con la humanidad precaria, de donde sacó el -conocimiento profundísimo de las personas bajo el aspecto exclusivo -de tener ó no tener, la paciencia, la apreciación clara del tanto por -ciento, la limadura tenaz, y el cálculo exquisito de la oportunidad. -Estas cualidades, aplicadas luego á operaciones de mucha cuenta, se -sutilizaron y adquirieron desarrollo formidable, como observaban Donoso -y los demás amigos pudientes que se fueron agregando á la tertulia.</p> - -<p>Reconocíanle todos por un hombre sin cultura, ordinario y á veces -brutalmente egoísta; pero al propio tiempo veían en él un magistral -golpe de vista para los negocios, un tino segu<span class="pagenum" -id="Page_19">[p. 19]</span>rísimo que le daba incontestable autoridad -de suerte que, teniéndose todos por gente de más valía en la vida -general, en aquella rama especialísima del <i>toma y daca</i> bajaban la -cabeza ante el bárbaro, y le oían como á un padre de la Iglesia... -crematística. Ruiz Ochoa, los sobrinos de Arnáiz y otros que por Donoso -se fueron introduciendo en la casa de la calle de Silva, platicaban con -el prestamista aparentando superioridad, pero realmente espiaban sus -pensamientos para apropiárselos. Eran ellos los pastores, y Torquemada -el cerdo que olfateando la tierra descubría las escondidas trufas, y -allí donde le veían hociquear, negocio seguro.</p> - -<p>Pues, como digo, fué D. Francisco á su despacho, donde estuvo como -un cuarto de hora dando instrucciones al agente de Bolsa, y volvió -luego á engolfarse en los periódicos de la mañana, lectura que le -interesaba en aquella época, ofreciéndole verdaderas revelaciones en el -orden intelectual, y abriendo horizontes inmensos ante su vista, hasta -entonces fija en objetos situados no más allá de sus narices. Leía con -mediano interés todo lo de política, viendo en ella, como es común -en hombres aferrados á los negocios no más que una comedia inútil, -sin más objeto que proporcionar medro y satisfacciones de vanidad -á unos cuantos centenares de personas; leía con profunda atención -los telegramas, porque todas aquellas cosas que en el extranjero -pasaban parecíanle de más fuste que las de por acá, y porque los -nombres de Gladstone, Goschen,<span class="pagenum" id="Page_20">[p. -20]</span> Salisbury, Crispi, Caprivi, Bismarck, le sonaban á -grande, revelando una raza de personajes de más circunstancias que -los nuestros; se detenía con delectación en el relato de sucesos -del día, crímenes, palos, escenas de amor y venganza, fugas de -presos, escalos, entierros y funerales de personas de viso, estafas, -descarrilamientos, inundaciones, etcétera. Así se enteraba de todo, y -de paso aprendía <i>cláusulas</i> nuevas y elegantes para irlas soltando en -la conversación.</p> - -<p>Por lo que pasaba como gato sobre ascuas era por los artículos -pertinentes á cosa de literatura y arte, porque allí sí que le -estorbaba lo negro, es decir, que no entendía palotada, ni le entraba -en la cabeza la razón de que tales monsergas se escribieran. Pero -como veía que todo el mundo, en la conversación corriente, daba -efectiva importancia á tales asuntos, él no decía jamás cosa alguna -en descrédito de las artes liberales. Eso sí, á discreto no le ganaba -nadie, en <i>el nuevo orden de cosas</i>, y tenía el don inapreciable del -silencio siempre que se tratara de algún asunto en que se sentía -lego. Tan sólo daba su asentimiento con monosílabos dejando adivinar -una inteligencia reconcentrada, que no quiere prodigarse. Para él -hasta entonces, <i>artistas</i> eran los barberos, albañiles, cajistas -de imprenta, y maestros de obra prima; y cuando vió que entre gente -culta sólo eran verdaderos artistas los músicos y danzantes, y algo -también los que hacen versos y pintan monigotes, hizo mental propósito -de enterarse detenidamente de todo aquel<span class="pagenum" -id="Page_21">[p. 21]</span> <i>fregado</i>, para poder decir algo que -le permitiera pasar por hombre de luces. Porque su amor propio se -fortalecía de hora en hora, y le sublevaba la idea de que le tuvieran -por un ganso; de donde resultó que últimamente dió en aplicarse á -la lectura de los artículos de crítica que traían los periódicos, -procurando sacar jugo de ellos, y sin duda habría pescado algo, si no -tropezara á cada instante con multitud de términos cuyo sentido se le -indigestaba. «<i>¡Ñales!</i>—decía en cierta ocasión,—¿qué querrá decir esto -de <i>clásico</i>? ¡Vaya unos términos que se traen estos señores! Porque yo -he oído decir el <i>clásico</i> puchero, la <i>clásica</i> mantilla; pero no se -me alcanza que lo clásico, hablando de versos ó de comedias, tenga nada -que ver con los garbanzos, ni con los encajes de Almagro. Es que estos -tíos que nos sueltan aquí tales <i>infundios</i> sobre el más ó el menos de -las cosas de literatura, hablan siempre en figurado, y el demonio que -les entienda... ¿Pues y esto del <i>romanticismo</i>, qué será? ¿Con qué se -come esto? También quisiera yo que me explicaran la <i>emoción estética</i>, -aunque me figuro que es como darle á uno un soponcio. ¿Y qué significa -<i>realismo</i>, que aquí no es cosa del Rey, ni Cristo que lo fundó?»</p> - -<p>Por nada de este mundo se aventuraba á exponer sus dudas ante la -autoridad de su esposa ó cuñada, pues temía que se le rieran en sus -barbas, como una vez que le tentó el demonio, hallándose en una gran -confusión, y fué y les dijo: «¿Qué significa <i>secreciones</i>?» ¡Dios, -qué ri<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>sas, qué -chacota, y qué sofoco le hicieron pasar con sus <i>ínsulas</i> de personas -ilustradas!</p> - -<p>Interrumpió la lectura para ir al cuarto de su mujer, resuelto á -ponerla en planta, pues Quevedito recomendaba que se combatiese en -ella la pereza, favorecedora de su linfatismo; y cuando iba por el -pasillo, oyó voces un poco alteradas que de la estancia próxima al -salón venían. Era aquélla la habitación que ocupaba el ciego; y como -á éste, comúnmente, no se le oía en la casa una palabra más alta que -otra, siendo tal su laconismo que parecía haber perdido, con el de -la vista, el uso de la palabra, alarmóse un tanto D. Francisco, y -aplicó su oído á la puerta. Mayor que su alarma fué su asombro al -sentir al ciego riendo con gran efusión, y ello debía ser por motivo -impertinente, pues su hermana le reprendía con severidad, elevando el -tono de su indignación tanto como él el de sus risotadas. No pudo el -tacaño comprender de qué demonios provenía júbilo tan estrepitoso, -porque el tal Rafaelito, desde la boda no se reía ni por muestra, y su -cara era un puro responso, siempre mirando para su interior y oyéndose -de orejas adentro. Torquemada se retiró de la puerta, diciendo para sí: -«Con buen humor amanece hoy el caballero de la Chancla y gran Duque de -la Birria... Más vale así. Téngale Dios contento, y habrá paz.»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span></p> - <h3>IV</h3> -</div> - -<p>Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su -hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en -el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de -casa negocios urgentes.</p> - -<p>—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora -esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido -el sol?</p> - -<p>—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol?</p> - -<p>—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan -gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la -Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre -van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de -la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al -alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico -por debajo de la puerta.</p> - -<p>—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con -tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van -muchos días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que -debes dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus<span -class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span> cálculos y entretenerte con -los acertijos que á tí mismo te propones.</p> - -<p>—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo -á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño -perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura, -mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me -aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.</p> - -<p>—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto. -La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza, -insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué -tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano, -indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la -injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.</p> - -<p>—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y -empezando á reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi -cabeza la disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.</p> - -<p>—¿Por qué te ríes?</p> - -<p>—Toma, porque estoy contento.</p> - -<p>—¿Contento tú?</p> - -<p>—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me -estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me -entran ganas de reir, porque no me divierto con<span class="pagenum" -id="Page_25">[p. 25]</span> las mil farsas que inventáis para -distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete; Rafael, ponte -de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el alma y se me -sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?</p> - -<p>—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es -natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.</p> - -<p>—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me -gustaría verte reir conmigo.</p> - -<p>—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo -que has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?</p> - -<p>—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á -la cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma, -y se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por -esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no -te enfades...</p> - -<p>—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la -bandeja en una mano y la rebanada de pan en otra...</p> - -<p>—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente, -necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo -apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de -Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta -en nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio, -nos levantamos con un hu<span class="pagenum" id="Page_26">[p. -26]</span>mor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario no -habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás -si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte -que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir, -entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate. -Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular -el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados, -los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la -lógica...</p> - -<p>—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas -simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo -que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te -acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te -entretenga, te cuente cuentos...</p> - -<p>—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no -hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí -propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos -pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito...</p> - -<p>—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te -acompañe de noche, aunque no duerma.</p> - -<p>—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al -descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto -esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te<span class="pagenum" -id="Page_27">[p. 27]</span> enfades porque me ría. Me sale de muy -adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe fuerte, se -saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una cantidad de -llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de duelo... Deja, -deja que me ría mucho, porque si no reviento.</p> - -<p>—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar -severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí?</p> - -<p>—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque -eres mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no -son de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no -te rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar, -que has de padecer horriblemente.</p> - -<p>—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto.</p> - -<p>—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su -merecido, no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante -mala para irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas.</p> - -<p>—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada -por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la -que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada.. -¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien, -y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes... -¡Qué serio te has puesto!... Es<span class="pagenum" id="Page_28">[p. -28]</span> que una razón mía basta para hacerte recobrar la tuya.</p> - -<p>—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero -dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi -risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre -cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él -palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y -sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico. -Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de -inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin, -¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar -del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis, -y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente, -¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba -que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres -mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le -vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú -vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre -acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende -á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino -de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame... -Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado -el porvenir...<span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span> y -veo, claro como la luz del alma, única que á mí me alumbra..., veo que -transigiendo, transigiendo y abandonándome á los hechos, sacerdote de -la santa inercia, acabaré por conformarme con la opulencia infamante -de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la dignidad... Si esto -no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha huído de nuestro -planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos en tanta vileza, -y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural y necesaria! -¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada atmósfera -que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto es para -morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque tu alma -es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción, no en -la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del mucho -<i>humorismo de la chimenea</i>.»</p> - -<p>Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la -escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el -alboroto.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_5"> - <h3>V</h3> -</div> - -<p>—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la -hermana mayor, disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir -iba levantando en su alma.—Nunca he visto en tí ese hu<span -class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>mor de chacota, ni esas -payasadas de mal gusto, Rafael. No te conozco.</p> - -<p>—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la -familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al -fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás -retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo -que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un -tipo de esos que llaman <i>serios</i>, y en nosotros unos pobres cursis, que -por hambre hacen el mamarracho.</p> - -<p>—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso... -Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la -cabeza.</p> - -<p>—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar -su cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que -aceptar los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la -inmundicia que tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa. -Ya ves que no me río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré -seriamente, contra lo que pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe -las inflexiones de sátira que se notan... ¿no las has notado?... que -se notan, digo, en el acento de todas las personas que han vuelto á -entablar amistad con nosotros, después del paréntesis de desgracia.</p> - -<p>—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira -más que en tu descarriada imaginación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span></p> - -<p>—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de -similor, y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo -mejor que tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la -cabeza, y te diré una cosa que ha de pasmarte.</p> - -<p>—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras -juzgando de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... -Toma la toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.</p> - -<p>—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el -caso que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para -no estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como -la hemos perdido nosotros...</p> - -<p>—¡Rafael, por amor de Dios...!</p> - -<p>—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma -ese estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando -más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez -perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no -lo son... (<i>Conteniendo la risa</i>) Tú, autora de todo esto, debes ir ya -hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera -delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el -amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que -habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.</p> - -<p>—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér de<span class="pagenum" -id="Page_32">[p. 32]</span>licado y enfermo, á quien no se puede -aplicar el correctivo de una azotaina!</p> - -<p>—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que -harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las -palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones -con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social -con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de -pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras..., -á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas, -renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y -en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes! -Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones -y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de -lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el -regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo -que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que -continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado! -Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla -en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos -artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis -dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.</p> - -<p>—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus -disparates con mi santa<span class="pagenum" id="Page_33">[p. -33]</span> paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees inagotable; -por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo acompañarte más. -Pinto acabará de vestirte... (<i>Llamando.</i>) Pinto... chiquillo... ¿Qué -haces?</p> - -<p>Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre -acababa de traer.</p> - -<p>—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre -dice que quiere vérselo puesto.</p> - -<p>—Pues que pase. (<i>Á Rafael.</i>) Ya tienes entretenimiento para un -rato. Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le -devuelve para que la reforme. (<i>Al sastre.</i>) Pase usted, Balboa... Hay -que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y -exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste, -como si pudiera apreciarlos por la vista. (<i>Á Pinto.</i>) Anda, ¿qué -haces? Quítale el pantalón.</p> - -<p>—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su -jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el -tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la -hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi -ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y -yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?</p> - -<p>—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.</p> - -<p>—No está mal. Pues decía que necesito más<span class="pagenum" -id="Page_34">[p. 34]</span> trapo, Sr. Balboa. Otro terno de -entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted? y tres ó -cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora hermana?</p> - -<p>—¿Yo? nada.</p> - -<p>—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y -abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de -fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito? -Yo me entiendo. Necesito un frac.</p> - -<p>—¡Jesús!</p> - -<p>—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?</p> - -<p>—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.</p> - -<p>—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que -no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente -apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy -yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac -prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?</p> - -<p>—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me -parece que un poquitín incomodada con usted.</p> - -<p>Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse -de aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su -presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó -con Pinto y el sastre todo<span class="pagenum" id="Page_35">[p. -35]</span> el tiempo que duraron las probaturas y el quita y pon -de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle, y -sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.</p> - -<p>—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.</p> - -<p>—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere -someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy -enfermo.</p> - -<p>—Pues si esta mañana se reía como un descosido.</p> - -<p>—Precisamente... ese es el síntoma.</p> - -<p>—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre -uno cosas raras en este <i>nuevo régimen</i> á que ustedes me han traído. -Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo, -bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna -parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que -me quedaba que ver.</p> - -<p>—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando -con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico -especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto -mejor...</p> - -<p>—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el -apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar -á tu hermano peor que estaba, ponga unos <i>emolumentos</i> que nos partan -por el eje.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span></p> - -<p>—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz -ocupando su sitio.</p> - -<p>—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, <i>paparruchosis</i>... Mire usted, -Cruz, lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos -que se dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar -de cadáveres nuestros <i>clásicos</i> cementerios.</p> - -<p>—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay -que llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.</p> - -<p>—Con uno basta—manifestó Cruz.</p> - -<p>—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco, -recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos -á los Asilos del Pardo.</p> - -<p>—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz -festivamente.</p> - -<p>—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre -paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava -maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.</p> - -<p>—Si están riquísimos.</p> - -<p>—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se -peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y -transigiremos...</p> - -<p>—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su -marido.—En vez de llamar los tres especialistas...</p> - -<p>—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres pla<span class="pagenum" -id="Page_37">[p. 37]</span>gas de Faraón, y la langosta -médico-farmacéutica.</p> - -<p>—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París -para que le vea Charcot.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_6"> - <h3>VI</h3> -</div> - -<p>—¿Y quién es ese peine?—preguntó Torquemada, cuando hubo tragado el -pedazo de carne, que al oir <i>Charcot</i> se le atravesó sin querer pasar -ni para arriba ni para abajo.</p> - -<p>—No es peine. Es el primer sabio de Europa en enfermedades -cerebrales.</p> - -<p>—Pues yo—afirmó el tacaño, dando un golpe en la mesa con el mango -del tenedor,—yo, yo le digo al primer sabio de Europa que se vaya -á freir espárragos... y que si quiere enfermos ricos, que vaya á -recetarle á la gran puerquísima de su madre.</p> - -<p>—¡Hombre, qué cosas dices...!—manifestó Fidela con dulce severidad y -blando mimo.—Francisco, por Dios... Mira, tontín, con el viaje á París -matamos dos pájaros de un tiro.</p> - -<p>—No, si yo no quiero matar pájaros de un tiro, ni de dos.</p> - -<p>—Llevamos á Rafael á que le vea Charcot.</p> - -<p>—Si no hiciera más que verle... Pues con mandarle el retrato...</p> - -<p>—Digo que curaremos á Rafael, y de paso, verás tú á París, que no lo -has visto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span></p> - -<p>—Ni falta que me hace.</p> - -<p>—¿Que no? ¿Te parece que no es desairado tener que decir, cuando -se habla de grandes poblaciones, «pues señores, yo no he visto más -que Madrid... y Villafranca del Bierzo»?... No te hagas el zafio, que -no lo eres. ¡París! Si tú lo vieras, se ensancharía el círculo de tus -ideas.</p> - -<p>—<i>El círculo de mis ideas</i>—dijo Torquemada, recogiendo con avidez -la frase, que le pareció bonita, y quedó encasillada en su archivo de -locuciones,—no es ninguna manga estrecha para que nadie me la ensanche. -Cada uno en su círculo, y Dios en el de todos.</p> - -<p>—Y una vez en París—añadió la esposa con ganas de trastear -dulcemente á su marido,—no nos volveríamos sin dar una vueltecita por -Bélgica, ó por el Rhin.</p> - -<p>—Sí, para vueltecicas estamos...</p> - -<p>—Si es baratísimo... Y también nos llegaríamos á Suiza.</p> - -<p>—Sí, y á las Ventas de Alcorcón.</p> - -<p>—Ó haríamos la excursión del Palatinado bávaro, de Baden y la Selva -Negra.</p> - -<p>—Sí, y la de la selva blanca; y luego nos llegaremos al Polo Norte -y á la Patagonia, y volveríamos á casa por la Osa Mayor. Y al llegar -aquí, yo tendría que pedir un jornal en las obras del Ayuntamiento para -mantener á la familia, ó una plaza de Orden Público...»</p> - -<p>Las dos damas celebraron con francas risas esta ocurrencia, y Cruz -puso fin á la contienda del modo más razonable:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p> - -<p>—Esto del viaje es una broma de Fidela, para asustarle á usted, D. -Francisco. No necesitamos acudir á Charcot. ¡Buenos están los tiempos -para gastos de viaje, y consultas con eminencias europeas! Lo que -Rafael necesita principalmente es distracción, tomar mucho el aire, -pasear lejos del infernal bullicio de estas calles...</p> - -<p>—Vamos, hablando en plata, señora mía, eso es otro memorial para el -coche. Al fin tendré que apencar con el <i>vehículo</i>.</p> - -<p>—Pero si no hemos dicho nada de vehículo,—observó Fidela entre veras -y bromas.</p> - -<p>—¡Pasear lejos!... Sí, se va á curar Rafael con el zarandeo de la -berlina... Bueno... á correrla, y no paréis hasta Móstoles.</p> - -<p>—El coche—dijo Cruz con el tono de autoridad que no admitía réplica -las pocas veces que lo empleaba, mayormente si iba acompañado de la -vibración del labio,—debe ponerlo usted, y lo pondrá, yo se lo aseguro, -no por nosotras ni por nuestro hermano, que bien enseñados estamos á -andar á pie, sino por usted, Sr. D. Francisco Torquemada. Es indecoroso -que ande hecho un azacán por esas calles un hombre de su crédito y de -su respetabilidad.</p> - -<p>—¡Ah!... ¡ah!... amiga mía—exclamó don Francisco en voz muy alta, -y en tono que tanto tenía de festivo como de airado.—No me engatusa -usted á mí con ese jabón que quiere darme. <i>Seamos justos</i>: yo soy -un hom<span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span>bre humilde, -no una <i>entidad</i> como usted dice. Fuera <i>entidades</i> y biblias... Con -esa mónita, lo que hace usted es <i>dar pábulo</i> á los gastos. Yo no -<i>doy pábulo</i> más que á la economía; y por eso tengo un pedazo de pan. -Pero con <i>la actitud</i> que ustedes toman, pronto tendremos que pedirlo -prestado, y no te quiero decir... ¡Deudas en mi casa!... ¡Oh! nunca... -Si viene la bancarrota, <i>vulgo</i> miseria, usted, Crucita de mi alma, -tiene la culpa... ¡Con que coche! Pues habrá coche, no para mí, que sé -ganar la santísima rosca andando en el de San Francisco mi patrono, -sino para ustedes, á fin de que se den todo el pisto compatible con su -nueva <i>entidad</i>...</p> - -<p>—Pero yo no he pedido...</p> - -<p>—¿Cómo no? ¡Si parece que le hizo la boca un fraile! ¡Si no hay -día que no me traiga una socaliña! Tirar tabiques, derribarme media -finca para hacer salones... Que si la modista, que si el sastre, que -si el tapicero, que si el almacenista, que si la biblia en pasta... -Pues ahora, con eso de que el hermanito tiene ganas de reir, voy yo á -tener que llorar, y lloraremos todos. Ya estoy viendo una <i>serie no -interrumpida</i> de antojos, y <i>por ende</i> de nuevos gastos. Que es preciso -distraerle; y como le gusta tanto la música, tendremos que traer aquí -la orquesta del Teatro Real, y al zángano aquél, que con una varita les -señala el golpe de lo que han de tocar. (<i>Risas.</i>) Que hay que traer -un facultativo. Pues venga todo San Carlos, y lluevan honorarios... -Que hay que convidar á Juan, Pedro y Diego,<span class="pagenum" -id="Page_41">[p. 41]</span> los amigotes que vienen á darle tertulia, -poetas los unos, danzantes los otros. Pues allá te van doce ó catorce -cubiertos, y la mar de platos extraordinarios para que saquen el -vientre de mal año esos... <i>pará</i>...»</p> - -<p>Se le atravesó la palabra, que, como de adquisición reciente, no -podía ser pronunciada sin cierta precaución y estudio.</p> - -<p>—<i>Parásitos</i>—le dijo Fidela.—Sí que lo son algunos. Pero no hay más -remedio que convidarles alguna vez, para que no vayan por ahí hablando -de si en esta casa hay ó no hay tacañería.</p> - -<p>—Nuestras relaciones—afirmó Cruz,—no dicen eso. Son personas -distinguidísimas.</p> - -<p>—No pongo en duda su <i>distinguiduría</i>—asentó Torquemada;—pero -<i>profeso el principio</i> de que cada <i>quisque</i> debe comer en su casa. -¿Voy yo á comer á casa de nadie?</p> - -<p>—Hay que confesar, señor maridito—le dijo Fidela pasándole la mano -por el lomo,—que hoy estás graciosísimo. Si yo no quiero que gastes; -si no nos hace falta coche, ni lujo, ni bambolla... Guarda, guarda tus -ahorritos, bribón... ¿Sabes lo que dijo anoche Ruiz Ochoa? Que en un -mes habías ganado treinta y tres mil duros.</p> - -<p>—¡Qué barbaridad!—exclamó el usurero, levantándose impacientemente -después de probar el café.—Lo diría en broma. Y con esas cuchufletas -<i>da pábulo</i>... sí, <i>pábulo</i>, á vuestras ideas exageradas sobre lo que -yo tengo. En fin, me<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> -voy por no incomodarme. <i>Reasumiendo</i>: es preciso economizar. La -economía es la religión del pobre. Guardaremos <i>el óbolo</i>; que nadie -sabe lo que vendrá el día de mañana, y cosas podrán venir que exijan -éste y el otro y todos los óbolos del mundo.</p> - -<p>Metióse gruñendo en su despacho, cogió sombrero y bastón, que era, -por más señas, con puño de asta de ciervo bruñida por el uso, y se -marchó á la calle, á <i>evacuar</i> sus negocios. Hasta más allá de la -Puerta del Sol le fueron burbujeando en el magín las ideas de la viva -disputa con su esposa y cuñada, y seguía disparando contra ellas una -dialéctica irresistible:</p> - -<p>—Porque no me sacarán ustedes, con todo su <i>maquiavelismo</i>, del -sistema del gastar sólo una parte mínima, <i>considerablemente mínima</i>, -de lo que se gana. ¡Ya...! como ustedes no tienen que discurrir para -traerlo á casa, no saben lo que cuesta... Sólo me correría más de lo -acordado en caso de sucesión... Eso sí, la sucesión merece cualquier -dispendio <i>considerable</i>. Por eso me decía Valentinico anoche, cuando -me quedé dormido en mi cuarto, caldeada la cabeza de tanto afilar el -reverendo guarismo... Me decía dice: «Papá, no sueltes un cuarto hasta -que no sepas si nazco ó no nazco... Esas bribonas de Águilas me están -engañando... que hoy, que mañana, y así no puedo estar... Un pie en -la eternidad y otro pie en la vida esa... vamos, que esto cansa... -duele todo el cuerpo, ó toda el alma; que si el alma no tiene huesos, -tiene coyunturas... y sin tener<span class="pagenum" id="Page_43">[p. -43]</span> carne ni tendones, tiene cosquillas, y sin tener sangre, -tiene fiebre, y sin tener piel, tiene gana de rascarse.»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_7"> - <h3>VII</h3> -</div> - -<p>Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar -el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra -descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la -seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer -de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder -sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á -la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque -satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido, -les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron -á saludarle:</p> - -<p>—Hola, Morentín, gracias á Dios...</p> - -<p>—¡Pero qué caro se vende usted!</p> - -<p>—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted.</p> - -<p>Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura -un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa -anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y -correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo de -un trato frecuente, fué á sentarse junto al cie<span class="pagenum" -id="Page_44">[p. 44]</span>go, y dándole un palmetazo en la rodilla, le -dijo:</p> - -<p>—Hola, perdido, ¿qué tal?</p> - -<p>—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No -venga usted ya con sus trapacerías de siempre.</p> - -<p>—Me esperan en casa de la tía Clarita.</p> - -<p>—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No, -no le soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo -acopio de resignación.</p> - -<p>—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las -opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado.</p> - -<p>—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la -responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería...</p> - -<p>—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor.</p> - -<p>—Convenido.</p> - -<p>Pepe Serrano Morentín había sido, en otros tiempos, el inseparable -amigo de Rafael y su compañero de estudios desde las primeras letras -hasta el grado en la Universidad; y si en la época terrible, aquella -amistad pareció extinguida, y apenas, de higos á brevas, se veían -los dos muchachos y refrescaban con cariñosa efusión los recuerdos -estudiantiles, fué porque las Águilas esquivaban toda visita, -ocultándose en su triste y solitario albergue, como si creyeran -rendir tributo, con la ausencia de todo testigo, á la dignidad de -su miseria. El cambio material de existencia abrió las puertas del -escon<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span>drijo; y de -cuantas amistades lentamente se restablecieran entonces por mediación -de Donoso, de Ruiz Ochoa ó de Taramundi, ninguna era tan grata al -pobre ciego como la de su caro Morentín, que sabía llevarle el genio -mejor que nadie, y despertar en él simpatía muy honda en medio de la -indiferencia ó desdén que hacia todo el género humano sentía.</p> - -<p>Conocedoras Fidela y Cruz de esta preferencia, ó más bien absoluto -imperio de Morentín en la voluntad del pobre ciego, vieron aquel día -en su visita una providencial aparición. Y como sabían que Rafael -gustaba de platicar holgadamente con su amigo, referirle sus tristezas, -provocarle á discusiones en que el humorismo se enredaba con la -psicología más sutil, corriéndose á veces á terreno un tanto escabroso, -determinaron, después de los cumplidos de rúbrica, dejarles solos, que -así descansaban ellas de la guardia, y el ciego estaría más á gusto.</p> - -<p>—Querido Pepe—le dijo Rafael haciéndole sentar á su lado.—No sabes -con cuanta oportunidad vienes. Deseo consultarte una cosa... una idea, -que ayer apuntó en mí, y hoy, en el momento que entraste, cuando oí -tu voz, ¡ay! me hirió la mente, así como si entrara de golpe, dándose -de cabezadas con todas las demás ideas que hay en el cerebro, y -espantándolas y dispersándolas... no te lo puedo explicar.</p> - -<p>—Comprendido.</p> - -<p>—¿Á tí te acomete alguna idea en esta forma y con esta -insolencia...?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>—No; en tí entran con el capuchón de la hipocresía. No sabes que -están dentro hasta que se descubren la cara y alzan la voz. Morentín, -hoy voy á hablarte de un asunto muy delicado.</p> - -<p>—¿Muy delicado?</p> - -<p>Al decir esto, el amigo de la casa sintió un súbito golpetazo hacia -la región cardíaca, como de aviso, como de alarma, como de lo que en -lenguaje truhanesco se designa con el feo vocablo de <i>escama</i>. Conviene -ahora más que nunca dar alguna noticia de este Morentín y registrarle y -filiarle con la mayor exactitud posible.</p> - -<p>Era el tal soltero, plebeyo por parte de padre, aristócrata por la -materna, socialmente mestizo, como casi toda la generación que corre; -bien educado, bien avenido con el estado presente de la sociedad, que -su proporcionada riqueza le hacía ver como el mejor de los mundos -posibles, satisfecho de haber nacido guapo y de poseer algunas -cualidades de las que generalmente no excitan envidia; sin bastante -inteligencia para sentir las atracciones dolorosas de un ideal, sin -bastante rudeza de espíritu para desconocer los placeres intelectuales; -privado de las grandes satisfacciones del orgullo triunfante, pero -también de las tristezas del ambicioso que no llega nunca; hombre que -no poseía en alto grado ni virtudes ni vicios, pues no era un santo, -ni tampoco un perdido, y se conceptuaba dichoso viviendo cómodamente -de sus rentas, representando un distrito rural de los más dóciles, -dis<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span>frutando de -preciosa libertad y de un buen caballo inglés para pasearse. Bien -quisto de todo el mundo, pero sin despertar en nadie un cariño muy -vivo, veíase libre de toda pasión ardiente, pues ni siquiera la pasión -política sintió nunca, y aunque afiliado en el partido canovista, -reconocía que lo mismo lo estaría en el sagastino, si á él le hubiera -llevado el acaso; ni conocía tampoco la pasión viva por ningún arte, ni -por el <i>sport</i>, pues aunque cabalgaba dos ó tres horas cada día, jamás -le inflamó el entusiasmo hípico, ni el delirio del juego, ni el de las -mujeres, fuera de un cierto grado que no llega al drama, ni traspasa -los límites de un discreto desvarío, elegante y urbano. Era hombre, en -fin, muy de su época, ó de sus días, informado espiritualmente en una -vulgaridad sobredorada, con docena y media de ideas corrientes, de esas -que parecen venir de la fábrica, en paquetitos clasificados, sujetos -con un elástico.</p> - -<p>Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo -que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió -escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y -almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes, -tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas -para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su -existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo -á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión -aceptable,<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> siempre -dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en cuanto á moral, si -Morentín defendía en público y en privado las buenas costumbres, no -por eso se hallaba libre de la relajación mansa que apenas sienten los -mismos que en ella viven.</p> - -<p>Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del -vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado, -y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las -señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la -investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria. -Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y -bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su -orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno -afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer -era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en -la línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia, -y todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba -el drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo -mismo que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban, -ó que blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de -salir y pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para -que nada le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin -catástrofe se le había satisfe<span class="pagenum" id="Page_49">[p. -49]</span>cho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni qué pedir á -Dios... ó á quien se pidan estas cosas.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_8"> - <h3>VIII</h3> -</div> - -<p>—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante -todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?</p> - -<p>—No, hombre, estamos solos.</p> - -<p>—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...</p> - -<p>—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.</p> - -<p>—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... -Y esta mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me -manifestaron en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba -loco, no, ni lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los -condenados por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que -los diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...</p> - -<p>—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?</p> - -<p>—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero -mira, Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una -lealtad á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que -te pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á -Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la -desconoce.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span></p> - -<p>—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en -un hilo. ¿Qué es ello?</p> - -<p>—Apuesto á que te lo figuras.</p> - -<p>—¿Yo? Ni remotamente.</p> - -<p>—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas -demasiado fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben -espantar pronunciadas por esta boca mía?</p> - -<p>—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando -su desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con -alguna humorada...</p> - -<p>—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla -sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín, -representante del país, propietario, paseante en corte y <i>sportman</i>, -dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á -moralidad y buenas costumbres?</p> - -<p>Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras -veces, después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía -con cualquier cuchufleta.</p> - -<p>—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma. -Te pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo, -dentro de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos -de la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de -hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, <i>etcétera</i>. -Me figuro que no hay<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> -variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo, que también es el tuyo, -allá cuando tú y yo andábamos por el mundo, divirtiéndonos todo lo -que podíamos, las ideas sobre puntos graves de moral eran bastante -anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos nuestros amigos, no -pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que el matrimonio no nos -imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no?</p> - -<p>—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero -á qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros -hubo jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos -de mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue -siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la -intención ó con el hecho.</p> - -<p>—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á -los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos -como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos -por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación -hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos -usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el -matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te -rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio.</p> - -<p>—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que -si estuviéramos en<span class="pagenum" id="Page_52">[p. 52]</span> -aquel momento histórico, como diría quien yo me sé, tu santa palabra -obraría prodigios sobre las conciencias de tanto perdulario. Pero, -chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos tanta moralidad, que -las picardías conyugales han venido á ser un mito.</p> - -<p>—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si -están entre la juventud y la madurez, profesan los principios más -contrarios á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha -de correr muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo -llamo principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio -de que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo, -antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de -su desgracia... con un amante.</p> - -<p>—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.</p> - -<p>—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis -los hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, -para robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias, -revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la -situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...</p> - -<p>—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y -sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba -resultando muy desagradable.—Hablemos de co<span class="pagenum" -id="Page_53">[p. 53]</span>sas más amenas, más oportunas, no traídas -por los cabellos, ni...</p> - -<p>—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta -entonces había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, -inquieto de manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando -al punto que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar -tontamente, porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de -un hecho, Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu -valor.</p> - -<p>—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín -sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á -pasar un rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones -quiméricas.</p> - -<p>—¿Qué... te vas? (<i>Levantándose.</i>)</p> - -<p>—No, estoy aquí. (<i>Deteniéndole.</i>)</p> - -<p>—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra -vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.</p> - -<p>—Que no... Pero podrían venir...</p> - -<p>—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la -lógica de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, -como el hijo se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta -del árbol, y el árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la -cual nada puede nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz -hermana... ¡Triste cosa es descubrir estas realidades vergonzosas -dentro de nuestra propia fa<span class="pagenum" id="Page_54">[p. -54]</span>milia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy -ciego de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo -más que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... -Pues he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge -de medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la -indulgencia social, se permite...</p> - -<p>—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó -hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!... -¿Pero has perdido el juicio?</p> - -<p>—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad... -Confiésalo... Ten grandeza de alma.</p> - -<p>—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus -locuras?... Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni -oirte.</p> - -<p>—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando -con tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.</p> - -<p>—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? -(<i>Forcejeando.</i>) Te digo que me sueltes.</p> - -<p>—No te suelto, no. (<i>Apretando más.</i>) Ven acá... Pues me levanto yo -también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante, -libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor -para confesarlo!...</p> - -<p>—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?</p> - -<p>—Que mi hermana... no lo repito; no...</p> - -<p>—Un amante... ¡qué sandez!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p> - -<p>—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si -sé tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre -que no se llegue al escándalo...</p> - -<p>—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. -Merecías...</p> - -<p>—Confiésamelo, ten grandeza de alma.</p> - -<p>—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... -Vamos, Rafael, suéltame...</p> - -<p>—Pues confiésamelo.</p> - -<p>Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos, -Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro -defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por -fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón, -y sujetándole para que no braceara.</p> - -<p>—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con -voz ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...</p> - -<p>—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz -cuanto podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...</p> - -<p>—Es verdad, por lo menos en la intención...</p> - -<p>—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus -hermanas.</p> - -<p>—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!</p> - -<p>Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún -eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió -presurosa, y al entrar hubo de comprender, por<span class="pagenum" -id="Page_56">[p. 56]</span> la palidez de los rostros, y el habla -balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos había surgido alguna -desavenencia, y el motivo era sin duda de verdadera gravedad, pues -uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó de música, ó de cría -caballar, no perdían su serenidad ni el acento de broma mesurada y de -buen tono.</p> - -<p>—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las -preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...</p> - -<p>—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño -mimoso.—¡No querer confesarme...!</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en -un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería... -¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?</p> - -<p>Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el -carácter de la disputa.</p> - -<p>—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las -novelas de Zola.</p> - -<p>—No era eso.</p> - -<p>—¿Pues qué? Necesito saberlo. (<i>Á Rafael, pasándole la mano por -la cabeza y sentándole el pelo.</i>) Si tú no me lo dices, me lo dirá -Pepe.</p> - -<p>—No, lo que es ese no ha de decírtelo...</p> - -<p>—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué -sé yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos, -por nada. No se hable más del asunto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span></p> - -<p>—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.</p> - -<p>—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy -culpable.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, -armando la mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy -cómplice... fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que -han dado la razón al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de -competencia entre las dos embajadas. Que traigan el <i>Diario de Las -Sesiones</i>... ¡Ah! que vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que -he suscrito el voto particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, -naturalmente...</p> - -<p>—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la -fórmula de engaño.</p> - -<p>—Siempre he pensado lo mismo. <i>Vaticano for ever.</i></p> - -<p>No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos -y aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando -lo dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar -nuevas complicaciones y desastres.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_9"> - <h3>IX</h3> -</div> - -<p>Al anochecer, encendidas las luces, Serrano Morentín buscaba junto á -Fidela, en el gabinete de ésta, la compensación de la horrorosa tarde -que su amigo le había dado. Bien se merecía,<span class="pagenum" -id="Page_58">[p. 58]</span> después de aquel martirio, el goce de un -ratito de conversación con la señora de Torquemada, afable con él -como con todo el mundo, mujer que poseía, entre otros encantos, el -de un cierto mimo infantil ó candoroso abandono de la voluntad, que -armonizaba muy bien con su delicada figura, con su rostro de porcelana -descolorida y transparente.</p> - -<p>—¿Qué me ha mandado usted aquí?—dijo desenvolviendo un paquete de -libros que había recibido por la mañana.</p> - -<p>—Pues véalo usted. Es lo único que hay por ahora. Novelas francesas -y españolas. Lee usted muy á prisa, y para tenerla bien surtida, será -preciso triplicar la producción del género en España y en Francia.</p> - -<p>En efecto, su ingénita afición á las golosinas tomaba en el orden -espiritual la forma de gusto de las novelas. Después de casada, sin -tener ninguna ocupación en el hogar doméstico, pues su hermana y esposo -la querían absolutamente holgazana, se redobló su antigua querencia -de la lectura narrativa. Leía todo, lo bueno y lo malo, sin hacer -distinciones muy radicales, devorando lo mismo las obras de enredo -que las analíticas, pasionales ó de caracteres. Leía velozmente, á -veces interpretando con fugaz mirada páginas y más páginas, sin que -dejara de recoger toda la substancia de lo que contenían. Comúnmente -se enteraba del desenlace antes de llegar al fin, y si este no le -ofrecía en su tramitación alguna novedad, no terminaba el libro.<span -class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span> Lo más extraño de su -ardiente afición era que dividía en dos campos absolutamente distintos -la vida real y la novela; es decir, que las novelas, aun las de -estructura naturalista, constituían un mundo figurado, convencional, -obra de los forjadores de cosas supuestas, mentirosas y fantásticas, -sin que por eso dejaran de ser bonitas alguna vez, y de parecerse -remotamente á la verdad. Entre las novelas que más tiraban á lo -verdadero, y la verdad de la vida, veía siempre Fidela un abismo. -Hablando de esto un día con Morentín, el cual, por su cultura en cierto -modo profesional, oficiaba de oráculo allí donde no había quien le -superase, sostuvo la dama una tesis que el oráculo celebró como idea -crítica de primer orden.</p> - -<p>—Así como en pintura—había dicho ella,—no debe haber más que -retratos, y todo lo que no sea retratos es pintura secundaria, en -literatura no debe haber más que Memorias, es decir, relaciones de -lo que le ha pasado al que escribe. De mí sé decir que cuando veo -un buen retrato de mano de maestro, me quedo extática, y cuando leo -Memorias, aunque sean tan pesadas y tan llenas de fatuidad como las <i>de -Ultratumba</i>, no sé dejar el libro de las manos.</p> - -<p>—Muy bien. Pero dígame usted, Fidela. En música, ¿qué encuentra -usted que pueda ser equivalente á los retratos y á las Memorias?</p> - -<p>—¿En música... qué sé yo? No haga usted caso de mí, que soy una -ignorante... Pues, en música..., la de los pájaros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span></p> - -<p>Aquella tarde, mejor será decir aquella noche, después que se -enteró de los títulos de las novelas, y cuando Morentín le encarecía, -siguiendo la moda á la sazón dominante, la obra última de un autor -ruso, Fidela cortó bruscamente la perorata del joven ilustrado, -interrogándole de este modo:</p> - -<p>—Dígame, Morentín... ¿qué le parece á usted de nuestro pobre -Rafael?</p> - -<p>—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de -subordinación, que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal, -sintiendo junto á sí á personas que...</p> - -<p>—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con -las mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en -aborrecimiento.</p> - -<p>—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas -claras.</p> - -<p>—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre -él un cierto ascendiente, debe inculcarle...</p> - -<p>—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño... -y como si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el -fondo. ¿No es eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que -si D. Francisco oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que -pagármelos en alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería -yo que me los pagase...</p> - -<p>—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p> - -<p>—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo... -Mi riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de -ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y -viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de -despreciar, amiga mía.</p> - -<p>—¿Acaso los he despreciado yo?</p> - -<p>—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas -materiales...?</p> - -<p>—No dije eso. Tiene usted mala memoria.</p> - -<p>—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede -olvidar?</p> - -<p>—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la -escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera, -amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con -sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu.</p> - -<p>—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer -el dolor más que de oídas, soy un magnífico animal...</p> - -<p>—¡Jesús!</p> - -<p>—No, no se vuelva usted atrás...</p> - -<p>—Sí, dije animal; pero en el sentido de...</p> - -<p>—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal.</p> - -<p>—Quise decir... (<i>Riendo.</i>) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que -no tiene alma.</p> - -<p>—Precisamente es lo contrario... <i>a... ni... mal</i>, con ánima, con -alma.</p> - -<p>—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo<span class="pagenum" -id="Page_62">[p. 62]</span> atrás, me retracto, retiro la palabra. -¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso ¿verdad?</p> - -<p>—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de -injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo -no conozco el dolor?</p> - -<p>—No me he referido al de muelas.</p> - -<p>—El dolor moral, del alma...</p> - -<p>—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe -usted lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de -seres queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha -hecho, ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto?</p> - -<p>—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted, -no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo -un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy -aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha, -digno de admiración, de veneración...</p> - -<p>—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco.</p> - -<p>—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido -acrisolar su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después, -bien merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno.</p> - -<p>—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje -razonado y justo.</p> - -<p>—Y tan justo como es en el caso presente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p> - -<p>—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y -digo todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una -grandísima tontería?</p> - -<p>—¡La modestia!... (<i>Desconcertado.</i>) ¿Por qué lo dice usted?</p> - -<p>—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder -decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de -muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me -haga usted caso.</p> - -<p>—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada -de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como -un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su -extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo -<i>amén</i>, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz -en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por -su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable.</p> - -<p>—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo -porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras -disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara -modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien -dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un -prodigio de hermosura, eso no...</p> - -<p>—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento,<span class="pagenum" -id="Page_64">[p. 64]</span> de un tipo tan distinguido, y tan -aristocrático...</p> - -<p>—¿Verdad que sí?</p> - -<p>—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid.</p> - -<p>—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso.</p> - -<p>—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas -que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece -usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la -felicidad, si no es para usted?</p> - -<p>—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree -que no me la he ganado bien?</p> - -<p>—La tiene usted merecida, y ganada... en principio; pero aún no la -posee.</p> - -<p>—¿Y quien se lo ha dicho á usted?</p> - -<p>—Me lo digo yo, que lo sé.</p> - -<p>—Usted no sabe nada... Bah, perdida ya la vergüenza, le voy á decir -otra cosa, Morentín.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que yo tengo mucho talento.</p> - -<p>—Noticia fresca.</p> - -<p>—Más talento que usted, pero mucho más.</p> - -<p>—Infinitamente más. ¡Vaya por Dios!... Como que es usted capaz, con -tantas perfecciones, de volver loco á todo el género humano, y á mí -para estrenarse.</p> - -<p>—Pues siguiendo usted cuerdo un poco tiempo más, podrá reconocer que -no sabe en qué consiste la felicidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span></p> - -<p>—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué -puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo?</p> - -<p>—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la -felicidad para mí.</p> - -<p>—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted -qué le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate? -Figúrese usted que...</p> - -<p>Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote, -de calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada -en el gabinete, diciendo:</p> - -<p>—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_10"> - <h3>X</h3> -</div> - -<p>—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo -le decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy -fuera de casa más que de costumbre.</p> - -<p>—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á -paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día -de ceca en meca aguantando fríos y calores <i>considerables</i>, y no me -acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el -chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues -estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span></p> - -<p>—Creo que papá vendrá esta noche.</p> - -<p>—Me alegro. Tenemos que <i>evacuar</i> un asuntillo... No hay más remedio -que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades -crecen como la espuma, y en esta vida... <i>¡de marqueses!</i> cada -satisfacción cuesta un ojo de la cara...</p> - -<p>—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre -semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra -los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y -etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al -campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy -tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete -de mil pesetas, que es mi delicia.</p> - -<p>—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D. -Francisco.</p> - -<p>—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha -platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos -en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría -usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y -que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar -billetes, y la muñeca que dice <i>papa</i> y <i>mama</i>, cambiaba, descontando -el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.</p> - -<p>—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar -para dentro, á lo platero, <i>considerablemente</i>, y barrer para casa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span></p> - -<p>Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D. -Francisco de buen temple, decidor y festivo.</p> - -<p>—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer -plato,—puedo <i>manifestar</i> que este principio ó lo que sea... Cruz, -¿cómo se llama esto?</p> - -<p>—<i>Relevé</i> de cordero á la... romana.</p> - -<p>—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa -cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más -que huesos.</p> - -<p>—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.</p> - -<p>—El chupar digo yo que no es <i>meramente</i> para principio, ea... En -fin, tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...</p> - -<p>—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.</p> - -<p>—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la -época. Vivimos en plena mendicidad.</p> - -<p>—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó -Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas. -Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de -dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del <i>todo -para todos</i>.</p> - -<p>—Ese principio ya está <i>sobre el tapete</i>—dijo Torquemada,—y á -este paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo -bendito.<span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> Yo me pinto -solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero el de hoy, por -tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy respetable, que -pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era la puntualidad -personificada... pues por ser el chico muy modosito y muy aplicadito, -me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para qué creerán -ustedes? Para publicar un tomo de poesías.</p> - -<p>—¡Poeta!</p> - -<p>—De estos que hacen versos.</p> - -<p>—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! -La verdad, no te has corrido mucho.</p> - -<p>—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha -escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme -mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.</p> - -<p>—Á ver, ¿qué es?</p> - -<p>—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido -principios, y aquí para <i>inter nos</i> confieso mi desconocimiento de -muchos vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes -que yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha -llamado el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues -me ha dicho que soy su... Mecenas. (<i>Risas.</i>) Sáquenme, pues, de esta -duda que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere -decir eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span></p> - -<p>—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el -hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.</p> - -<p>—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean -las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos... -Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir, -convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien... -¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?</p> - -<p>—La gloria...</p> - -<p>—Como quien dice, el beneplácito...</p> - -<p>—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.</p> - -<p>—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza -mía... <i>Cúmpleme</i> declarar con toda sinceridad, <i>á fuer</i> de hombre -verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los -desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con -la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando -lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.</p> - -<p>Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.</p> - -<p>—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!</p> - -<p>—¡Qué saber para tan corta edad!</p> - -<p>—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le -tuvimos de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad -de Ciencias, y nosotros en la de Derecho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span></p> - -<p>—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una -admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.</p> - -<p>Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, <i>para dar una -vuelta</i> á su hermano, volvió diciendo:</p> - -<p>—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, -y está conversando con Rafael.</p> - -<p>Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. -Francisco, que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una -taza de café, ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase -al cuarto del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de -distracción. Ofrecióse Morentín á <i>relevar la guardia</i>, para que Zárate -pudiera pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos -estuvieron los tres amigos, Morentín dijo al sabio:</p> - -<p>—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa -<i>Mecenas</i>. Yo creí morir de risa.</p> - -<p>—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente -repuesto del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la -calle y... Que te lo cuente él.</p> - -<p>—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué -de la atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga -con esta consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando -nacen los hijos, mejor di<span class="pagenum" id="Page_71">[p. -71]</span>cho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia, -cuando...?»</p> - -<p>Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa:</p> - -<p>—Que vaya usted, señor de Zárate.</p> - -<p>—Voy.</p> - -<p>—Anda, anda; luego lo contarás.</p> - -<p>Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:</p> - -<p>—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado -por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en -la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura, -pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y -asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos -en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (<i>Estrepitosa -risa de Morentín.</i>) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una -idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.</p> - -<p>—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He -comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...</p> - -<p>—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no -recuerdo el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... -para que los hijos que tenga un hombre, <i>salgan</i> científicos, y en -ningún caso poetas.</p> - -<p>—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa -desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.</p> - -<p>—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz aso<span class="pagenum" -id="Page_72">[p. 72]</span>mando á la puerta del cuarto su rostro, en -que se pintaba un vivo sobresalto.</p> - -<p>Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel -día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin -estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín, -contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer -disfrutaba de una alegría dulce y sedante.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_11"> - <h3>XI</h3> -</div> - -<p>Zárate... ¿Pero quién es este Zárate?</p> - -<p>Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación -física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van -desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos -caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia -humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes de -los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía, por -ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las guerras -civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se vistiese. -Otros muchos tipos había, <i>clavados</i>, como vulgarmente se dice, -consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano, y de -los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía rasgos y -fisonomía como de casta, y no<span class="pagenum" id="Page_73">[p. -73]</span> se le confundía con ninguna otra especie de hombres, y lo -mismo puede decirse del <i>Don Juan</i>, ya fuese de los que pican alto, -ya de los que se dedican á doncellas de servir y amas de cría. Y el -beato tenía su cara y andares y ropa á las de ningún otro parecidas, y -caracterización igual se observaba en los encargados de chupar sangre -humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo eso pasó, y apenas quedan ya -tipos de clase, como no sean los toreros. En el escenario del mundo -se va acabando el amaneramiento, lo que no deja de ser un bien para -el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie, como no lo estudie bien, -familia por familia, y persona por persona.</p> - -<p>Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con -lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la -industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y -abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de -tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y -la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces -de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda. -Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y -un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les -cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver -un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta -farmacéutico, ó catedrático de derecho canóni<span class="pagenum" -id="Page_74">[p. 74]</span>co. Uno que tiene todas las trazas de andar -comiéndose los santos y llevando cirios en las procesiones, es pintor -de marinas, ó concejal del Ayuntamiento.</p> - -<p>Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante, -antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara -toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su -tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros, -ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un -apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las -mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo -domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué -demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de -la <i>Derrota de los Pedantes</i>? En el limbo de la historia estética. Lo -que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos -como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de -conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con -su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno -pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir -á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología -y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que -ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima -compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que -el moderno pedan<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span>te -afecta en su exterioridad ó catadura formas muy variadas, y los hay que -parecen revendedores de billetes, ó <i>sportmen</i>, ó personas graves de la -clase de patronos de cofradía.</p> - -<p>Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen -tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido, -servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y -mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de -consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por -temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo -de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo -de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes -para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de <i>tifus</i> -á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de -palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo, -tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo.</p> - -<p>De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco -era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del -tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole -pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas -se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un -hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta -años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de -prisa y corriendo, á fin de<span class="pagenum" id="Page_76">[p. -76]</span> poder encajar en su nueva esfera, el tal Zárate no tenía -precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba con prontitud por -cualquier página que se la abriese. Lo de menos era el vocabulario, que -á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo el hombre; ya poseía -un capital de locuciones muy saneadito. Pero le faltaba esa multitud -de conocimientos elementales que posee toda persona que anda por el -mundo con levita y sombrero, algo de historia, una idea no más, para -no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de física, por lo menos -lo bastante para poder decir <i>la gravedad de los cuerpos</i> cuando se -cae una silla, ó <i>la evaporación de los líquidos</i>, cuando se seca el -suelo.</p> - -<p>Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de -conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía -que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse -el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del -sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre -puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de -dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues -pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín -enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces -el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer.</p> - -<p>Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate, -que en medio de la<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span> -hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos granos de agudeza, le -trataba con extremada consideración, asintiendo á cuantas gansadas -decía afectando tenerle por un portento en el discurrir, aunque -limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría cuando se le antojase. -Quedáronse aquella noche solos de sobremesa, porque Donoso se fué al -gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá de Morentín y el marqués -de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle al bruto de Torquemada todo -el humo de su adulación, con lo cual previamente le adormecía para -ganarle luego la voluntad.</p> - -<p>—Ya se habrá enterado usted de eso del <i>home rule</i>—le dijo. Soltó -D. Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en -lo que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y -nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en -terreno firme.</p> - -<p>—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin -con la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la -tradición tiene una fuerza increíble.</p> - -<p>—Inmensísima.</p> - -<p>—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo -digo todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un -golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes -intereses... Ya sabe usted que Gladstone...</p> - -<p>Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrar<span class="pagenum" -id="Page_78">[p. 78]</span>se, pues por la mañana había aprendido en -<i>El Imparcial</i> cosas muy chuscas, D. Francisco le quitó la palabra de -la boca á su consultor, y relumbrando de erudición, la cabeza echada -atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:</p> - -<p>—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del -chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte -para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es <i>una entidad</i> de -mucho empuje.</p> - -<p>—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de -los <i>Lores</i>?</p> - -<p>—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? <i>Los lores</i>, <i>vulgo los doce -pares</i>, entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, -<i>velis nolis</i>, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que -Irlanda es país de excelentes patatas, que constituyen, <i>por decirlo -así</i>, la principal alimentación de las clases irlandesas, <i>vulgo</i> -populares. Y esa bebida que llaman <i>whisky</i>, tengo entendido que la -sacan del maíz, del cual grano hacen gran consumo para la crianza de -los de la vista baja, y también para la alimentación de criaturas y -personas mayores.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_12"> - <h3>XII</h3> -</div> - -<p>De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una -disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo -de<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> la patata, lo -que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como el sabio, en su -divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron ambos de patitas -en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D. Francisco, que -deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda conversación -fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito de controversia, -pues Torquemada, sin <i>querer entrar en el fondo de la cuestión</i> (frase -adquirida en aquellos días), abominó de los revolucionarios y de la -guillotina. Algo hubo de transigir el otro, movido de la adulación, -diciendo con criterio <i>modernista</i>:</p> - -<p>—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la -leyenda de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo -que rodeaba á muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la -ruindad de los caracteres.</p> - -<p>—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...</p> - -<p>—Los estudios de Tocqueville...</p> - -<p>—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos -hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos -pillos de marca mayor.</p> - -<p>—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de -Taine...</p> - -<p>—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala -memoria para <i>el materialismo</i> de cosas de lectura... Y mi cabeza, -<i>velis nolis</i>, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?</p> - -<p>—Naturalmente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span></p> - -<p>—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la -reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, <i>vulgo</i> Napoleón, el -que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice, -hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...</p> - -<p>—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito -de Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando -al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda -solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada -con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.</p> - -<p>—Creo y sostengo... es una <i>tesis</i> mía, señor de Zárate, creo y -sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, <i>considerablemente</i> -grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...</p> - -<p>Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de -lo moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin -profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo, -<i>etcétera</i>, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate -fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral -y el genio, y citó el caso del canciller Bacon (<i>Béicon</i>) á quien -puso en las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como -conciencia.</p> - -<p>—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el <i>Novum organum</i>.</p> - -<p>—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó -Torquemada, pensando que<span class="pagenum" id="Page_81">[p. -81]</span> aquellos <i>órganos</i> debían de ser por el estilo de los de -Móstoles.</p> - -<p>—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo -aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...</p> - -<p>—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las -ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío -había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.</p> - -<p>El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni -uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera -durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más -graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al -efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre -de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada, -formaron cónclave en el despacho.</p> - -<p>Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos -que en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, -teniéndole por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras -huían de él como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre -poner entre su persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la -mayor distancia posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que -aguantar el chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó -con el fonógrafo de Edisson, pasando por las afinidades electivas de -Goethe, la<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> teoría de -los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez y -Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica -del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde -de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales. -En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta -con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario, -que no sabía decir más que: <i>enteramente</i>. Era en ella una muletilla -para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el -deseo de tomar una taza de té.</p> - -<p>Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí -el ánimo del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los -desórdenes neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó -la velada, sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, -lo que tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de -aquella tarde habíale llenado de zozobra.</p> - -<p>Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse. -Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de -Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los -dueños de la casa.</p> - -<p>—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.</p> - -<p>Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba -cayéndose de sueño, propuso una partida de <i>bezigue</i> á la marquesa -de<span class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span> Taramundi. Eran -las doce y media, y no había terminado la conferencia que los padres -graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada supieron los -tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque sospechaban -fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del despacho, los -conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa de Taramundi -al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín y Zárate se -marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino dijéronse algo -que no debe quedar en secreto.</p> - -<p>—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. -Lo que es ésta no se te escapa, Pepito.</p> - -<p>—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (<i>Refiérele -la escena en breves palabras.</i>) Yo había tenido, en casos como este, -algún vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido -nunca. ¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo -seguiré en mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No -por nada... por mamá, que es tan amiga...</p> - -<p>—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el -sonsonete de aquel socorrido adverbio.</p> - -<p>—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?</p> - -<p>—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. -Todos los caracteres son complejos ó <i>polimorfos</i>. Sólo en los -idiotas<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> se ve el -<i>monomorfismo</i>, ó sea <i>caracteres de una pieza</i>, como suelen usarse en -el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas -los artículos que he dado á la <i>Revista Enciclopédica</i>.</p> - -<p>—¿Cómo se titulan?</p> - -<p>—<i>De la Dinamometría de las Pasiones.</i></p> - -<p>—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para -mí.</p> - -<p>—Abordo el problema electro-biológico.</p> - -<p>—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas -esas papas!</p> - -<p>—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar -<i>psico-fidelesco</i>.</p> - -<p>—¿Qué quieres decir?</p> - -<p>—Ven acá, ganso. (<i>Parándose ambos en mitad de la acera, con los -cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos.</i>) ¿Has -leído á Braid?</p> - -<p>—¿Y quién es Braid?</p> - -<p>—El autor de la <i>Neurypnología</i>. Si no te enteras de nada. Pues te -aseguro que veo en Fidela un caso de <i>auto-sugestionismo</i>. ¿Te ríes? -Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.</p> - -<p>—Tampoco, hombre, tampoco.</p> - -<p>—De modo que no tienes idea de los <i>fenómenos de inhibición</i>, ni de -los que llamamos <i>dinamogenia</i>.</p> - -<p>—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?</p> - -<p>—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta -noche? Pues se hallaba en <i>estado de hipotaxia</i>, que algunos llaman -<i>encanto</i>, y otros <i>éxtasis</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span></p> - -<p>—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...</p> - -<p>—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces -sobre ella la influencia <i>psíquico-mesmérica</i>?</p> - -<p>—Mira, Zárate (<i>quemado</i>), vete al cuerno con tus terminachos, que -tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal -digerida.</p> - -<p>—¡Acéfalo!</p> - -<p>—¡Pedantón!</p> - -<p>—¡Romancista!</p> - -<p>La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café, -cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_1_13"> - <h3>XIII</h3> -</div> - -<p>La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban -aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos -y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no -tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar -fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre -cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de -Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama, -diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha -en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización<span -class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> de sus proyectos de -reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la familia, y en -particular del jefe de ella.</p> - -<p>Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no -sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una -mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de -guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.</p> - -<p>—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.</p> - -<p>—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en -esta estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle -por la rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es -una de las mejores de la casa.</p> - -<p>—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la -cocina?</p> - -<p>—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene -usted desalquilado el cuarto de la derecha.</p> - -<p>—Que renta diez y seis mil reales.</p> - -<p>—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted -á destinar á las oficinas...</p> - -<p>Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido, -balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á -levantarse del suelo.</p> - -<p>—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso -el Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios -Extranjeros?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span></p> - -<p>—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy -bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino. -Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á -presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde... -No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve -para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (<i>Sentándose -familiarmente.</i>) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes -con la contrata de tabaco <i>Virginia</i> y <i>Kentucky</i>, y también con la del -<i>Boliche</i>. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y -no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me -he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para -traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil. -(<i>Torquemada la oye estupefacto.</i>) En fin, que usted necesita una -oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos -escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto? -¿en el que tenemos para la ropa?</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo -su oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que -reciba usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á -hablarle de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo. -¿Y la caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el -teléfono, y el archivo, y los copiadores y el<span class="pagenum" -id="Page_88">[p. 88]</span> cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted como -necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser. ¿Es -decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos de -frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah! -si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada -en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura -(<i>con gracejo</i>), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como -á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no -permitirle mañas...»</p> - -<p>Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su -arrogancia, por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse -de su autoridad, que tantas veces había reconocido.</p> - -<p>—Pero... <i>admitiendo la tesis</i> de que nos quedemos con los -tabacos... No hay más si no que yo <i>acaricio esa idea</i> hace tiempo, -y bien podría ser que cuajara. Bueno; pues <i>partiendo del principio</i> -de que convenga ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la -habitación próxima?</p> - -<p>—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar -millones—dijo la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en -insolencia,—porque esta pieza y la próxima, las pienso yo unir, -derribando el tabique.</p> - -<p>—¿Para qué, re-Cristo?</p> - -<p>—Para hacer un billar.</p> - -<p>Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso -proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el -hombre<span class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> no pudiera -contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo congestionado y -mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y al mismo tiempo -cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se daba palmetazos -en la rodilla.</p> - -<p>—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se -ha vuelto loca... loca de remate, <i>por decirlo así</i>. ¡Un billar, para -que cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted -que no sé ningún juego... no sé <i>meramente</i> más que trabajar.</p> - -<p>—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar, -pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico.</p> - -<p>Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas -de ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton -ni son, soltó la risa.</p> - -<p>—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver -el billar con los miasmas?</p> - -<p>—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en -la casa de un hombre como usted, llamado á ser <i>potencia financiera</i> -de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por -banqueros, senadores, ministros...</p> - -<p>—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas -<i>potencias</i>... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, <i>seamos justos</i>, -Crucita, y no perdamos de vista el verdadero <i>objetivo</i>. Cierto -que debo ponerme en buen pie, y ya lo he he<span class="pagenum" -id="Page_90">[p. 90]</span>cho; pero nada de lujo, nada de ostentación, -nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por puertas. Pues -digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor?</p> - -<p>—También.</p> - -<p>—Pues negado, re-Cristo, negado, y <i>aquí termina la presente -historia</i>. No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras. -Ea, me atufé. Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que... -un servidor de usted... No hay derribo, <i>vulgo</i> ensanche. Recojamos -velas y habrá paz. Yo reconozco en usted un talento <i>sui generis</i>; -pero no me doy á partido..., y mantengo <i>enhiesta</i> la bandera de la -economía. Punto final.</p> - -<p>—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la -dama imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora -niega lo ha de conceder, es más, lo está deseando.</p> - -<p>—¿Yo? Apañada está usted.</p> - -<p>—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias?</p> - -<p>—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más... -Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en -modificar el domicilio, no <i>al tenor</i> que usted pide, sino á otro -<i>tenor</i> más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado.</p> - -<p>—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque -si para que yo pueda coger <i>la piqueta demoledora</i>, es preci<span -class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span>so que haya esperanzas de -sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles.</p> - -<p>—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos.</p> - -<p>—Ya.</p> - -<p>—¿Me lo dice oficialmente?</p> - -<p>—Oficialmente.</p> - -<p>—Bueno. Pues la realización de ese <i>desideratum</i>, que yo veía -seguro, porque la lógica es lógica, y un hecho trae otro hecho, no es -bastante motivo para que yo autorice á nadie á coger la piqueta.</p> - -<p>—Pero yo no olvido que tengo la responsabilidad del decoro de -usted—manifestó la dama resueltamente,—y he de ser más papista que el -Papa, y miraré por la dignidad de su casa, señor mío. Suceda lo que -quiera, yo he de conseguir que D. Francisco Torquemada tenga ante la -sociedad la representación que le corresponde. Y para decirlo de una -vez, por indicación mía le ha metido á usted Donoso en la contrata -de tabacos; y por mí, sépalo, sépalo usted, exclusivamente por mí, -por esta genialidad mía de estar en todo, será senador el señor de -Torquemada, ¡senador! y figurará en la esfera propia de su gran -talento, y de su saneado capital.</p> - -<p>Ni aún con esta rociada se ablandó el hombre, que continuó -protestando y gruñendo. Pero su hermana política tenía sobre él, sin -duda por la fineza del ingenio ó la costumbre del gobernar, un poder -sugestivo que al bárbaro tacaño le domaba la voluntad, sin someter -su inteligencia.<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> -No se daba él por vencido; pero al querer rechazar de hecho las -determinaciones de su cuñada, sentíase interiormente ligado por una -coacción inexplicable. Aquella mujer de mirada penetrante, labio -temblón y palabra elegantísima, ante la cual no había réplica posible, -se había constituído con singular audacia en dictador de toda la -familia; era el genio del mando, la autoridad <i>per se</i>, y frente á ella -sucumbía la torpe bestia, sin que nada valiera la superioridad de la -fuerza bruta contra los fueros augustos del entendimiento.</p> - -<p>Cruz mandaba, y mandaría siempre, cualquiera que fuese el rebaño -que le tocase apacentar; mandaba porque desde el nacer le dió el Cielo -energías poderosas, y porque luchando con el destino en largos años -de miseria, aquellas energías se habían templado y vigorizado hasta -ser colosales, irresistibles. Era el gobierno, la diplomacia, la -administración, el dogma, la fuerza armada y la fuerza moral, y contra -esta suma de autoridades ó principios nada podían los infelices que -caían bajo su férula.</p> - -<p>Retiróse, al cabo, la señora, del despacho de don Francisco, con -aire dictatorial, y el otro se quedó allí ejerciendo, con grave -detrimento de las alfombras, el derecho del pataleo, y desahogando su -coraje con erupción de terminachos.</p> - -<p>«¡Maldita por jamás amén sea tu alma de <i>ñales</i>!... Re-Cristo, -á este paso, pronto me dejarán en cueros vivos. ¡Biblia, para qué -me habré yo dejado traer á este <i>elemento</i>, y por qué no rom<span -class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span>pería yo el ronzal, cuando -ví que tiraban para traerme!... ¡Y no dirán ¡cuidado! que yo me porto -mal, ni que las dejo pasar hambres!... Eso no, ¡cuidado!... Hambres -nunca. Economías siempre... Pero esta señora, más soberbia que -Napoleón, ¿por qué no me dejará que yo gobierne mi casa como me dé la -gana, y según mi lógica pastelera? ¡Maldita, y cómo impera, y cómo me -mete en un puño, y me deja sin voluntad, <i>meramente</i> embrujado!... Yo -no sé que tiene esa figurona, que me corta el resuello; deseo respirar -por la defensa de mi interés, y no puedo, y hace de mí un chiquillo... -¡Y ahora quiere engatusarme con la peripecia de que habrá sucesión! -¡Qué gracia! ¡Pues si eso lo contaba yo como seguro, con cien mil pares -de <i>ñales</i>! ¡Si es el hijo mío que vuelve, por voluntad mía y decreto -del santo Altísimo, del <i>Bajísimo</i>, ó de quien sea!... Despótica, -mandona, <i>gran visira</i> y capitana generala de toda la gobernación del -mundo, el mejor día recobro yo el sentido, me desembrujo, y cojo una -estaca... (<i>Tirándose de los pelos.</i>) ¡Pero qué estaca he de coger -yo, triste de mí, si le tengo miedo, y cuando veo que le tiembla el -labio, ya estoy metiéndome debajo de la mesa! La estaca que yo coja -será la vara de San José, porque soy un bendito, y no sirvo más que -para combinar el guarismo y sacar dinero de debajo de las piedras... -Ese talento no me lo quita nadie... Pero ella me gana en el mando, y -en inventar razones que le dejan á uno sin sentido... Como despejo de -hembra, yo no he<span class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> -visto otro caso, ni creo que lo haya bajo el sol... ¿Pero con quién -me he casado yo, con Fidela ó con Cruz, ó con las dos á un tiempo?... -porque si la una es propiamente mi mujer... con respeto... la otra es -mi tirana... y de la tiranía y del mujerío, todo junto, se compone esta -endiablada máquina del matrimonio... En fin, adelante con la procesión, -y vivamos para ganar el santísimo ochavo, que yo lo guardaré donde no -puedan olerlo mis ilustres, mis respetables, mis aristocráticas... -consortes.»</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_2_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span></p> - <h2 class="nobreak">SEGUNDA PARTE</h2> - <hr class="tir" /> - - <h3 class="mt2">I</h3> -</div> - -<p>Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era -inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de -la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños -del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su -cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener, -ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el -piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz -todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo -de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada -la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la -intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas -extrañas.</p> - -<p>—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio -escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que -mis dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siem<span -class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>pre uno de mis <i>objetivos</i>. -Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra habitación, -para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á la otra -parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y del -copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono..., -yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos -trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber -algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el -departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las -operaciones!... Yo <i>profeso la teoría</i> de que, por lo mismo que está -todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar -de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede -hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso -<i>tiendo</i> yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias, -determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos -pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos -por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he -resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es -elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo -lo dispone en casa, desde lo más <i>considerable</i> hasta lo más mínimo, -llevo unos días de trajín que ya ya...</p> - -<p>La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel -desparpajo con que se expre<span class="pagenum" id="Page_97">[p. -97]</span>saba lejos de su autoritaria y despótica persona. Pero la -dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su prepotencia, -al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la tomó en esta -discreta forma:</p> - -<p>—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro -don Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué -trastorno, qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente -como es posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las -obras. Bien ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de -sobresalir y distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede -operar en grande y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este. -Dios le dé salud para que sus proyectos sean realidades... Nosotras -le ayudamos, queremos ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco... -Acostumbradas á la estrechez, quisiéramos vivir y morirnos en un -rincón. Á la fuerza nos lleva él á la esfera altísima de sus vastas -ideas... No, no diga usted que no, amigo mío. Bien saben todos que es -usted la <i>modestia personificada</i>... Se hace el chiquito... Pero no le -valen, no, sus trapacerías de hombre extraordinario, cuyo orgullo se -cifra en que le tomen por un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo? -Los entendimientos superiores tienen por gala la suma humildad.</p> - -<p>Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro -de asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande -hombre, y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dien<span -class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span>tes afuera, y poniendo la -cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en su interior -colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima, con el peso de su -cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á carpinteros, albañiles, -mueblistas y demás <i>sanguijuelas del rico</i>, con más la pérdida de -la renta del segundo. Y cuando los amigos hubieron visto toda la -reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz, los encarecimientos que -habían hecho arriba, el usurero se desahogó á solas en su cuarto, con -cuatro patadas y otros tantos ternos á media voz: «¡Cómo me domina -la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una labia que enamora y le -vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico me está sacando los -tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto, que es economizar... -¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto <i>guano</i>, y no poder -emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver un montón tan grande, -tan grande que...! Pero con esta casa, y estas señoras mías, mis arcas -son un cesto. Por un lado entra, por mil partes sale... Todo por -la suposición, por este hipo de que soy <i>potencia</i>... ¡Dale con la -manía de la <i>potencia</i>! ¿Pues y la tabarra que me dieron anoche ella -y el amigo Donoso con que, <i>velis nolis</i>, me han de sacar senador? -¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera, Gran Cruz de -la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me ría, y que, -defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran, <i>inclusive</i> -encumbrarme como á un mo<span class="pagenum" id="Page_99">[p. -99]</span>nigote para pregonar ante el mundo su vanidad...»</p> - -<p>Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones. -Enseñáronle muestras de telas para <i>portieres</i>, de hules y alfombras. -Pero él no quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su -criterio suntuario, y no diciendo más si no que se prefiriese lo más -arregladito. Salió al fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano, -para ir al Ministerio. ¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí, -y con cuánto gusto iba! Y no porque le halagara el servilismo de los -porteros, que al verle entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas, -como si quisieran abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de -los empleados subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos -por el olor de hombre adinerado que echaba de su persona. No era él -vanidoso, ni se pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena -administrativa le encantaba principalmente la reina de las abejas, -<i>vulgo</i> ministro, hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón, -mediano retórico, y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en -ideas y carácter con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la -Hacienda pública, recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente, -en quien veía siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á -todo trance. No había hecho el tal su carrera política exclusivamente -con la palabra; era más bien hombre de acción, en el bien entendido de -que sean acción<span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span> las -formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad -como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal -de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo -Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches -y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto -se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa. -Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún -barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y -discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba -mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios -se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones -con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía -escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el -tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo -asunto que no fuese <i>de su cometido</i>; pero si la conversación entraba -en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande -ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la -boca abierta.</p> - -<p>De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares -condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á la -adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad de -que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer<span -class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> quería mangas y capirotes -del presupuesto de la casa. Creyérase que la dama y el Ministro se -habían puesto de acuerdo para bailarle el agua, con la diferencia de -que ella lo hacía con el avieso fin de gastar sus <i>rendimientos</i> en -vanidades y perendengues, mientras que el otro le proporcionaría todo -el aumento de ganancias compatible con los intereses del Estado.</p> - -<p>Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo -nombre no hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que -como hombre alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el -afán de medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su -posición para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con -su consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las -arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia -del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que -era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso -de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y -escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero -por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España. -No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia -tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de -las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad -las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía -por un grandísimo <i>hijo de tal</i>, miraba siem<span class="pagenum" -id="Page_102">[p. 102]</span>pre por el particular, bien fuese en el -concepto esencial del <i>yo</i>, bien bajo la forma altruista y humanitaria, -como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa, ó entidad -cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión Liberal -se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la guerra -carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo que -la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano se -había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de -una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había -entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...») -en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles -de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo -más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la -pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber -dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie -pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta -le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano -de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados, -pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores, -consejeros y archipámpanos.</p> - -<p>Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único -que hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se -acordaban<span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span> para -nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus labios, -y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos y -queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos -á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de -<i>introducir</i> la moralidad en las contratas de tabacos. <i>Tirios y -troyanos</i> saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de -las tales contratas <i>en el pasado momento histórico</i>.) Pues bien, -desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno -de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad -de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio -de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases... -sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que -acabarle la frase en esta forma: «<i>Bajo</i> la base del negocio limpio -y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros <i>tendemos</i> -á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado! -beneficiando al Gobierno más que lo han hecho <i>tirios</i> y <i>troyanos</i>, -llámense Juan, Pedro y Diego; <i>sin maquiavelismos</i> por nuestra parte, -sin consentir tampoco <i>maquiavelismos</i> del Gobierno, tirando de aquí, -aflojando de allá, con el <i>objetivo</i> de ir <i>orillando</i> las dificultades -y <i>evacuando</i> nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de -la más estricta moralidad... todo muy <i>estricto</i>, por decirlo así... -porqué yo sostengo la tesis de que el <i>punto de vista</i> de la moralidad -no es incompatible con el <i>punto de vista</i> del negocio.»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p> - <h3>II</h3> -</div> - -<p>Por haberse metido en aquel amplio terreno del negocio grande, -<i>coram populo</i>, de manos á boca con el mismísimo Estado, no abandonó -don Francisco los negocios obscuros, más bien subterráneos, que traía -el hombre desde los tiempos de aprendizaje, cuando confabulado con doña -Lupe se dedicaba al préstamo personal con réditos que hubieran llevado -á sus gabetas todo el numerario del mundo, si alguien con estricta -puntualidad se los pagara. En su nueva vida dió de mano á varios -chanchullos del género sucio y chalanesco, porque no era cosa de andar -en tales tratos cuando se veía caballero y persona de circunstancias; -pero otros los mantuvo religiosamente, porque no había de tirar -por la ventana el hermoso <i>líquido</i> que arrojaban. Sólo que hacía -reserva de ellos, ocultándolos como se oculta un defecto vergonzoso, -ó una deformidad repugnante y ni con el mismo Donoso se clareaba en -este particular, seguro de que su buen amigo había de ponerle mala -cara cuando supiese... lo que va á saber el lector en este momento: -D. Francisco Torquemada era dueño de seis casas de préstamos, las -más céntricas y acreditadas de Madrid; dícese <i>acreditadas</i>, porque -servían con prontitud y cierta largueza, bajo el canon de real por duro -mensual,<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span> ó sea -el sesenta por ciento al año. En cuatro de ellas era dueño absoluto, -corriendo la gerencia á cargo de un dependiente con participación -en las ganancias; y en dos socio capitalista, cobrando el cincuenta -por ciento. Una con otra se embolsaba el hombre, sin más trabajo que -examinar un sobado y mal escrito libro de cuentas por cada casa, la -bicoca de mil duros mensuales.</p> - -<p>Para examinar estos puercos apuntes y enterarse de la marcha del -<i>empeño</i>, encerrábase en su despacho un par de mañanas cada mes con -los sujetos que regentaban los <i>establecimientos</i>; y para disimular el -misterio inventaba mil historias, que por algún tiempo mantuvieron el -engaño en todas las personas de la familia, hasta que al fin Cruz, con -su agudeza y finísimo olfato, estudiando el cariz de aquellos <i>puntos</i>, -atando cabos, sorprendiendo alguno que otro concepto, y adivinando lo -demás, descubrió todo el intríngulis. El tacaño, que también era listo -para ciertas cosas, y olfateaba como un sabueso, comprendió al instante -que su cuñadita le había desbaratado el tapujo, y se puso en guardia -muerto de miedo, esperando la embestida que había de venir, en nombre -de la moral, del decoro, y de otras zarandajas por el estilo.</p> - -<p>En efecto, escogida la ocasión favorable, le acometió una mañana, -en su despacho del segundo, sin testigo. Siempre que la veía entrar, -don Francisco temblaba, porque en todas sus visitas traía Cruz alguna -<i>historia</i> para mortificarle y sacarle las entrañas. Y la pícara -era<span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span> como un -fantasma que se le aparecía cuando más descuidado y contento estaba; -surgía como por escotillón para ponérsele delante, trastornándole con -su grave sonrisa, dejándole sin ideas, sin criterio, sin habla; tal era -la fuerza subyugadora de su semblante y de sus ideas.</p> - -<p>Aquella mañana entró con pie de gato; no la vió hasta que la tuvo -delante de la mesa. Segura de la fascinación que ejercía, la tirana -no usaba preámbulos; íbase derecha al asunto, siempre con corteses y -relamidas expresiones, afectando familiaridad y cariño unas veces, -otras quitándose resueltamente la máscara, y enseñando la faz -despótica, cuya trágica belleza poníale á D. Francisco los pelos de -punta.</p> - -<p>—Ya sabe á qué vengo... No, no se haga el paleto... Usted es muy -listo, muy perspicaz y no puede ignorar que sé... lo que sé. Si se lo -conozco en la cara. La conciencia se le sale por todo los poros.</p> - -<p>—Maldito si sé qué quiere usted decirme, Crucita.</p> - -<p>—Sí lo sabe... ¡Bah, á mí con esas! Si conmigo no valen tapujos. No -asustarse. ¿Cree que voy á reñirle? No señor; yo me hago cargo de las -cosas, comprendo que no se puede romper de golpe con las rutinas, ni -cambiar de hábitos en poco tiempo... En fin, hablemos claro: esa clase -de negocios no corresponde á la posición que ahora ocupa usted. No -discuto si en otros tiempos fueron ó no de ley... Respeto la historia, -señor mío, y los procederes viles para ganar<span class="pagenum" -id="Page_107">[p. 107]</span> dinero cuando de otra manera no era -fácil ganarlo. Admito que lo que fué, debió ser como era; pero -hoy, Sr. D. Francisco, hoy que no necesita usted descender, fíjese -bien, <i>descender</i> á tan vil terreno, ¿por qué no traspasa esos... -establecimientos, dejándolos en las manos puercas que para andar en -ellas han nacido?... Las de usted son bien limpias hoy, y usted mismo -lo comprende así. La prueba de que se cree degradado con esa industria -es el tapadillo en que quiere envolverla. Desde que usted se casó, -viene haciendo esta comedia para que no nos enteremos. Pues de nada le -han valido sus disimulos, y aquí me tiene usted enteradita de todo, sin -que nadie me haya dicho una palabra.</p> - -<p>No se atrevió el bárbaro á defenderse con la negativa rotunda, y -dando un puñetazo sobre la mesa, confesó de plano.</p> - -<p>—¿Y qué?... ¿Tiene algo de particular este <i>arbitrio</i>? ¿Voy á tirar -mis intereses por la ventana? ¡Dice usted que traspase! ¿Pero cómo?... -¿á deprecio? Eso nunca. Cuando se ha ganado lo que se ha ganado con el -sudor del rostro, no se traspasa con pérdida... Eso que lo hagan los -tontos... Ea, señora, bastante hemos hablado.</p> - -<p>—No se sulfure, pues no hay para qué. Esto no lo sabe nadie. -Fidela no lo sospecha, y puede usted estar tranquilo, que yo no he -de decírselo. Si se enterara, la pobrecita tendría un gran disgusto. -Tampoco lo sabe Donoso.</p> - -<p>—Pues que lo sepa, <i>¡ñales!</i> que lo sepa.</p> - -<p>—Puede que algún malicioso le haya llevado<span class="pagenum" -id="Page_108">[p. 108]</span> el cuento; pero él no lo habrá creído. -Tiene de su amigo concepto tan alto, que no da oídos á ninguna especie -denigrante de las que corren acerca de usted, puestas en circulación -por los envidiosos de su prosperidad. Nadie más que yo tiene noticia -de esas miserias de su pasado, y si usted insiste en sostenerlas, yo -le guardaré el secreto, hasta le ayudaré á guardarlo, para evitarme y -evitar á la familia la vergüenza que á todos nos toca...</p> - -<p>—Bueno, bueno—dijo Torquemada impaciente, febril, con ganas de coger -el pesado tintero y estampárselo en la cabeza á su tirana.—Ya estamos -enterados. Soy dueño de mis arbitrios, y hago con ellos lo que me da la -gana.</p> - -<p>—Me parece justo, y no seré yo quien á ello se oponga. ¿Cómo he de -oponerme, si yo miro por sus intereses más que usted mismo? Bueno... -pues aunque no haga usted caso de mí cuando le propongo limpiarse de -esa lepra del préstamo usurario y vil, continuaré proporcionándole, -con ayuda del amigo Donoso, los negocios limpios como el sol, los que -dan tanta honra como provecho. Yo pago mal por bien. No me importa -que usted relinche cuando le quiero llevar por el camino bueno: que -quieras que no, por el camino derecho ha de ir usted. ¡Si al fin ha de -convencerse de que soy un oráculo! ¡Y no tendrá más remedio que seguir -mis inspiraciones... y concluirá por no respirar sin permiso mío...!</p> - -<p>Dijo esto último con tan buena sombra, que el bárbaro no pudo menos -de echarse á reir,<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span> -aunque la ira le relampagueaba todavía en los ojos. La dama dió -bruscamente otro sesgo á la conversación, saliendo por donde menos -pensaba el tacaño.</p> - -<p>—Y á propósito—le dijo:—aunque estoy muy incomodada con usted, -porque estima sus antiguos manejos de prestamista en más que el decoro -de su posición actual, voy á darle una buena noticia. No se la merece -usted; pero yo soy tan buena, tan compasiva, que me vengaré de sus -mordiscos con un abrazo, un abrazo moral, y si se quiere con un beso, -un beso moral ¡cuidado!</p> - -<p>—¿Á ver, á ver...?</p> - -<p>—Pues sepa el Sr. D. Francisco que he encontrado un comprador para -los terrenos que posee allá por las Ventas del Espíritu Santo.</p> - -<p>—¡Pero si ya tenía comprador, criatura! Vaya unas novedades que me -trae doña Crucita.</p> - -<p>—¡Simple, si sabré yo lo que digo! El comprador á que usted se -refiere es Cristóbal Medina, que ofrece real y cuartillo por pie.</p> - -<p>—Cierto; y yo me resisto á dárselo, reservándome hasta encontrar -quien me ofrezca dos reales.</p> - -<p>—Bonito negocio. Usted compró ese terreno, es decir, se lo adjudicó -por una deuda, á razón de doscientas y tantas pesetas la fanega.</p> - -<p>—Justo.</p> - -<p>—Y la semana pasada, Cristóbal Medina le ofreció á real y medio el -pie, y yo... yo, en el <i>presente momento histórico</i>, le ofrezco á usted -dos reales...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p> - -<p>—¡Usted!</p> - -<p>—No, hombre, no sea usted <i>materialista</i>. ¿Yo qué he de ofrecer...? -¿Voy yo á levantar barrios?</p> - -<p>—¡Ah! ¿Su amigo de usted, ese Torres...? Ya, emprendedor, -hormiguilla como él solo... Me gusta, me gusta ese sujeto.</p> - -<p>—Pues anoche le ví en casa de Taramundi. Hablamos; díjome que no -tiene inconveniente en tomar todo el terreno á dos reales pie, pagando -ahora la tercera parte al contado, asegurando por medio de escritura el -pago de los otros dos tercios en las fechas que se acuerden, á medida -que edifique, y... En fin, me ha escrito esta carta en la cual consigna -su proposición, y añade que si usted accede, por su parte queda cerrado -el trato.</p> - -<p>—Venga, venga la carta—dijo Torquemada inquieto y ansioso, cogiendo -de manos de Cruz el papel que ésta con coquetería de mujer negociante -le mostraba. Y rápidamente pasó la vista por las cuatro carillas del -pliego, enterándose <i>en un breve momento histórico</i>, de los puntos -principales que contenía. «Pago al contado de la tercera parte..., -construcción de un palacio entre jardines, que se llamaría <i>villa -Torquemada</i>, el cual, á tasación de arquitecto, se adjudicaría en pago -del otro tercio... Hipoteca del mismo terreno para responder del tercer -plazo, <i>etcétera</i>...»</p> - -<p>—¿Y por el corretaje de ese negocio no merezco nada?—dijo Cruz con -gracejo.</p> - -<p>—El negocio, sin ser considerable, no es<span class="pagenum" -id="Page_111">[p. 111]</span> malo, no, <i>en tesis general</i>... Lo -examinaré despacio, haré mis cuentas...</p> - -<p>—¿No merezco siquiera que el nombre de Torquemada, unido hoy al -nombre y casa del Águila, sea borrado del infame cartel que dice: <i>casa -de préstamos</i>?</p> - -<p>—¿Pero qué tiene que ver...? ¡Bah! Usted ve mosquitos en el -horizonte... Tan honrado es ese negocio como otro cualquiera, como el -que hace el reverendísimo Banco de España. La diferencia consiste en -que en los ventanales magníficos del Banco no se ven capas colgadas. -¡Vaya una importancia que da usted á las apariencias! Son su <i>bello -ideal</i>. Yo no miro á las apariencias, sino á la substancia...</p> - -<p>—Pues le diré á Torres, que renuncie al negocio de los terrenos, -porque es usted un judío, y le hará cualquier enjuague. Si yo, cuando -me pongo á ser mala, lo soy de veras. Usted no sabe la que le ha caído -encima conmigo. Ó marchamos por <i>la senda constitucional</i>, esto es, del -decoro, ó tendremos siete disgustos cada día.</p> - -<p>—¡Crucita de todos los demonios, y de la Biblia en pasta, y de la -Biblia en verso, y de los santísimos <i>ñales</i> del archipiélago..., digo, -del archipámpano de Sevilla! no le diga usted á Torres sino que se vea -conmigo esta misma tarde, porque su proposición me ha entrado por el -ojo derecho, y quiero que tratemos y nos entendamos...</p> - -<p>—Bueno, señor... cálmese... siéntese. No rompa la mesa á puñetazos, -que tendrá que comprar otra, y le sale peor cuenta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span></p> - -<p>—Es que usted no me deja vivir... á mi modo... <i>Reasumiendo</i>: á eso -de las casas de préstamos, yo le echaré tierra...</p> - -<p>—Por mucha tierra que usted le eche, siempre olerá mal el negocio. Á -traspasar se ha dicho.</p> - -<p>—Calma... <i>seamos justos</i>. Hay que esperar una buena ocasión... -Transigiremos. Vaya; déjeme seguir algún tiempo más con esa... con esa -<i>viña</i>, y accedo á que tomen ustedes el abono que, por mor... quiero -decir, por razón de su luto, dejan los Medinas en la ópera del Príncipe -Alfonso.</p> - -<p>—Pero si el abono lo hemos tomado ya.</p> - -<p>—¿Sin mi permiso?</p> - -<p>—Sin su permiso... No se tire usted de los pelos, que se va á quedar -calvo. Pues no faltaba más sino que usted negara tal cosa siendo del -gusto de Fidela. La pobre necesita expansión, oir buena música, ver á -sus amigas.</p> - -<p>—Maldita sea la ópera y el perro que la inventó... Crucita, no me -sofoque más... Mire que me voy del seguro, y... Ya no puedo más... -Me llevan ustedes á la bancarrota. De nada me vale trabajar como un -negro, porque cuarto ganado, cuarto que ustedes me gastan en pitos y -en flautas. Para meter en cintura á mis señoras del Águila, debiera yo -hacerles una trastada del <i>tenor</i> siguiente: darles el abono, sí, pero -quitándoselo del plato, y de la vestimenta.</p> - -<p>—Eso no puede ser, pues no vamos á ir al teatro con los estómagos -vacíos, ni vestidas de mamarrachos...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p> - -<p>—Nada, nada, que me arruinan. Porque el abono á la ópera, trae mil -y mil goteras... <i>vulgo</i> arrumacos, guantes, qué sé yo. Bueno, hijas, -bueno, empeñaré mi gabán el mejor día. Á eso vamos.</p> - -<p>—El día que sea preciso—dijo Cruz festivamente,—coseré para -afuera.</p> - -<p>—No, no lo diga en broma. Á este paso la vida es un soplo... Y lo -que es yo, no me comprometo á la manutención de la familia.</p> - -<p>—Yo la mantendré. Sé cómo se vive sin tener de qué vivir.</p> - -<p>—Pues podía vivir ahora como entonces.</p> - -<p>—Las circunstancias han variado, y ahora somos ricos.</p> - -<p>—Tenemos un mediano pasar; <i>seamos justos</i>; un buen pasar.</p> - -<p>—Pues á eso me atengo, y procuro que lo pasemos bien.</p> - -<p>—Déjeme, por Dios. Sus... manifestaciones me vuelven loco.</p> - -<p>—Lo dicho, dicho... Prepárese para otra...—dijo la primogénita del -Águila, risueña y altiva, levantándose para retirarse.</p> - -<p>—¡Para otra!... ¡Por San Caralampio bendito, abogado contra las -suegras! Porque usted es una suegra, <i>por decirlo así</i>, la peor y más -insufrible que hay en familia humana.</p> - -<p>—Y la que le tengo preparada es la más gorda, señor yerno.</p> - -<p>—La Virgen Santísima me acompañe... ¿Qué es?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span></p> - -<p>—Todavía no es tiempo. Está la víctima muy quebrantada del -arrechucho de hoy. Y eso que le traje el magnífico negocio de los -terrenos. ¡Y no me lo agradece el pícaro!</p> - -<p>—Sí lo agradezco... Pero á ver, dígame qué nueva dentellada me -prepara.</p> - -<p>—No, porque se asustará... Otro día. Hoy me doy por satisfecha -con lo del abono, y con la esperanza de quitar esa ignominia de las -casas de empeño. En su día continuaremos, Sr. D. Francisco Torquemada, -presunto senador del Reino, y Gran Cruz de Carlos III.»</p> - -<p>Y cuando la vió salir, el tacaño la maldijo entre dientes, al propio -tiempo que reconocía con brutal sinceridad su absoluto dominio.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_3"> - <h3>III</h3> -</div> - -<p>No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila -las grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición -noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que -sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en -realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y -si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á -fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas -aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de -raza,<span class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> como quien -mira por la dignidad de los suyos, y también con un sentimiento de -alta venganza contra parientes aborrecidos, que después de haberles -negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar sobre -ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el -prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de -persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida, -y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los -lanzaban.</p> - -<p>Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los -comentarios de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas, -y entre su parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó, -quien pasada la primera impresión, comentara el caso con benevolencia; -no faltó tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado -sainetesco, y los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la -Torre Auñón y su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían -en relaciones agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron -carácter de odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la -administración judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la -Alberquilla. Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas, -poniéndolas en las condiciones más favorables para el caso probable de -que el Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros -cogían el cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de -mal<span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span> gusto sobre las -desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar de la Torre -Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina del marqués de -Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de San Salomó. Eran -parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de Severiano Rodríguez -y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de la Torre vivían en -Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los otros Romeros, los -meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se comprende que de la -casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba, salían los dardos -envenenados contra las pobres Águilas, y contra el ganso que las había -librado de la miseria.</p> - -<p>Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la -circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban -amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas -maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no -faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada <i>el Peor</i>, -célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga -y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado -amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como -un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía -que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana, -vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras, -asociadas con aquel siniestro tipo, pen<span class="pagenum" -id="Page_117">[p. 117]</span>saban establecer una casa de préstamos -en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando Torquemada, -ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas del <i>mundo -grande</i>, y le vieron y le trataron muchos que le habían despellejado -de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan horrible como -la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes polémicas -sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel Torquemada de -los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que creer en las -reencarnaciones.»</p> - -<p>Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las -murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el -tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre -subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los -Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la -orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena -disposición.</p> - -<p>Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios, -de ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico -urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres -hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro -cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de -los ricos.</p> - -<p>¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de -que D. Francisco se hubo<span class="pagenum" id="Page_118">[p. -118]</span> conquistado el aprecio superficial de mucha gente, que no -ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era producto de la -rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había llenado de suicidas -los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban por el Viaducto -pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar la voltereta... -Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo sobre ropas en buen -uso, y que tenía toda la casa llena de capas... Que el hombre no había -renunciado á sus hábitos de miseria, y que á las dos pobres Águilas -las mantenía con lentejas y sangre frita... Que todas las alhajas -que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le hacía las levitas á -D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que volvía del revés... -Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz participación, y -comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados... Que Fidela, -cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los antecedentes -de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que simple y todo -como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes, á ciencia y -paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso (con sus -sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora, grotesco tipo -de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el escritorio de -Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con la hermana -mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le lavaba la -cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes<span class="pagenum" -id="Page_119">[p. 119]</span> de echarle á la calle, para que sacase -un buen ver, y le enseñaba la manera de saludar, instruyéndole en todo -lo que había que decir, según los casos... Que á la chita callando, -entre Cruz y el usurero habían desbalijado á varias familias nobles, un -poco apuradas, prestándoles dinero á doscientos cuarenta por ciento... -Que Cruz recogía las colillas de los que fumaban en su casa, para -mandarlas al Rastro en un costal muy grande, así como juntaba también -los mendrugos de pan, para venderlos á unos que hacían chocolate de dos -reales y medio... Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas -de juguetes, y que al pobre Rafael no le daban de alimento más que -puches, y un plato de menestra por las noches... Que el ciego había -puesto debajo de la cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de -pólvora, el cual fué descubierto con la mecha ya encendida... Que la -primogénita del Águila, entre otros negocios sucios, tenía parte en -un corral de basuras de Cuatro Caminos, y <i>llevaba</i> la mitad en los -cerdos y gallinas... Que Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres -y medio por ciento de su valor, y que era el socio capitalista de una -compañía de estafadores, disfrazada con la razón social de <i>Redención -de quintos, y Sustitutos de Ultramar</i>.</p> - -<p>Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al -principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por -fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuan<span class="pagenum" -id="Page_120">[p. 120]</span>do D. Francisco salió á la esfera del -mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos, su habla -corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos, codeándose al -fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar á risa los -desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio le inspiraba -maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y de pasarles -por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas Águilas, y el -prestigio claro del <i>opulento capitalista</i>; que así le nombraba ya la -lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse, mejor dicho, á -levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir con él inmensa -torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los Romeros como -miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_4"> - <h3>IV</h3> -</div> - -<p>Aproximábase el verano, y no hubo más remedio que pensar en -trasladarse á algún sitio fresco, por lo menos durante la canícula. -Nueva batalla dada por Cruz, en la cual halló al enemigo más resistente -y envalentonado que de costumbre.</p> - -<p>—El verano—decía D. Francisco,—es la estación <i>por escelencia</i> -en Madrid. Yo lo he pasado aquí toda mi vida, y me ha <i>pintado</i> -perfectamente. Nunca se encuentra uno más á gusto que en Julio y -Agosto, libre de catarros, comiendo bien, durmiendo mejor...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p> - -<p>—De usted nada digo—objetó la dama,—porque entre los muchos dones -con que le agració la divina Providencia, tiene también el de una salud -á prueba de temperaturas extremadas. Tampoco lo digo por mí, que á todo -me avengo. Pero Fidela no puede pasar aquí los meses de verano, y es -usted un bárbaro si lo consiente.</p> - -<p>—También á mi pobre Silvia, que de Dios goce, la molestaba el -<i>calórico</i>, sobre todo cuando se hallaba en meses mayores, y aquí nos -aguantábamos. Con el botijo siempre fresco, los balcones cerrados -durante el día, y un corto paseíto á las diez de la noche, lo pasábamos -tan ricamente... No hay que pensar en veraneo, señora. Con todo -transijo menos con esa <i>inveterada</i> pamplina de los baños de mar ó de -río, que son el <i>gravamen</i> de tantas familias. En Madrid todo el mundo, -que en Madrid tengo yo que estarme hecho un caballero, para organizar -esta tracamundana del tabaco, que, entre paréntesis, me parece no es -negocio tan claro como al principio me lo pintaron sus amigos de usted. -Y no se hable más del asunto. Ahora sí que no cedo. Con que... tilín... -se levanta la sesión.</p> - -<p>Resuelta á que el viaje se realizara, Cruz no insistió aquel día; -pero al siguiente, bien aleccionada Fidela, el baluarte de la avaricia -de don Francisco fué atacado con fuerzas tan descomunales, que al fin -no tuvo más remedio que rendirse.</p> - -<p>—Muy á disgusto—dijo el tacaño mordiéndose<span class="pagenum" -id="Page_122">[p. 122]</span> los pelos del bigote, y echándoselas de -víctima,—cedo, porque Fidela esté contenta. Pero tengamos juicio. No -saldremos más que veinte ó treinta días, ¡cuidado! Y todo ello, señora -mía, ha de hacerse con el menor dispendio posible. No estamos para -echarlas de príncipes. Viajaremos en segunda...</p> - -<p>—¡Pero D. Francisco...!</p> - -<p>—En segunda, con billete de ida y vuelta.</p> - -<p>—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando... -¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de -su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á -San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos -instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo -apalabrada.</p> - -<p>—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...?</p> - -<p>—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora, -tiene usted que agradecerme. Con que chitón...</p> - -<p>—Es que...</p> - -<p>—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo... -Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á -la opinión, que ve en usted...</p> - -<p>—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡<i>ñales</i> en polvo!, más que un -desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre -que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir -en su elemento, ó sea el<span class="pagenum" id="Page_123">[p. -123]</span> ahorro... la <i>mera</i> economía del ochavo, que se gana con el -santo sudor?...</p> - -<p>—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que -gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo -más. Váyase preparando, pues he de ser implacable.</p> - -<p>—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle, -y me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo.</p> - -<p>—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí, -quiero decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi -sér, y mis pensamientos...</p> - -<p>—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo -pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en -paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que -me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre -á la cabeza.</p> - -<p>—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole -risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo -hemos de ver... lo hemos de ver.</p> - -<p>Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo -presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y vuelto -al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan modosito, -con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan á pechos -lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en aquella -broma, de fijo se<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span> -habría desvanecido el sortilegio que subordinaba una voluntad á otra, -y recobrada la libertad, el tacaño habría puesto su mano vengativa en -la tirana que le atormentaba. Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su -hijo, su Valentín ser Águila, en vez del Torquemadita fino que andaba -por los ámbitos de la Gloria, esperando su nueva salida al mundo de -los vivos! No, hasta ahí podían llegar las bromas. Pasóse toda aquella -tarde sumergido en tristes meditaciones sobre aquel caso, y por la -noche, después de trabajar á solas en su despacho del segundo, se -metió en el gabinete reservado del mismo piso, donde conservaba el -bargueño de marras, y sobre él la imagen fotográfica del chico, aunque -ya despojado totalmente de las apariencias de altarucho. Paseándose de -un ángulo á otro de la estancia, dió el usurero todas las vueltas y -contorsiones imaginables á la idea en mal hora expresada por su hermana -política.</p> - -<p>—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia?</p> - -<p>Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita -compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde -que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá, -Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no -á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches -en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre -numérica.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span></p> - -<p>—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no? -(<i>Creyendo ver en el retrato una ligera indicación negativa.</i>) Claro: -lo que yo decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora.</p> - -<p>Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora, -recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía -empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de -en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó -Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días -(todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero <i>dir</i> en -ferrocarril...»</p> - -<p>Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y -la desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia -atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que -las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó -Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres -veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez -bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había -construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en -ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya -me lo están echando á perder.»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span></p> - <h3>V</h3> -</div> - -<p>Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida -á la Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata, -y con ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia, -armaron toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en -los hechos á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á -Torquemada correspondía la alta gerencia del negocio, como principal -capitalista. Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con -el Estado, y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las -compras del artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos, -donde tenía un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn.</p> - -<p>Convinieron en que todo funcionaría ordenadamente antes de partir -para el veraneo, pues en Diciembre debía hacerse la primera entrega de -<i>boliche</i> y en Febrero la de <i>Virginia</i>. El suministro de ambas <i>hojas</i> -les fué adjudicado, por formal contrata, en Mayo, no sin protesta -de otros tales, que hicieron ó creían haber hecho á la Hacienda -proposición más ventajosa; pero como eran gentes desacreditadas y de -antecedentes deplorables en aquel <i>fregado</i>, á nadie sorprendió que -el ministro les postergara, agarrándose á no sé qué triquiñuelas de -la ley.<span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> Puestas -de acuerdo en todo las cuatro principales fichas de aquel juego, pues -aunque había otros partícipes, no tocaban un pito en la gestión, por -ser de poca monta el capital impuesto, ya no había más que trabajar -como fieras, á fin de que el negocio saliese redondo y limpio. En los -días que precedieron á la expedición veraniega, Torquemada y D. Juan -Gualberto Serrano se entendieron á solas en algunos puntos referentes á -las compras de rama en los Estados Unidos, y ello quedó entre los dos, -sin dar conocimiento á Donoso ni á Taramundi. Era que don Francisco, -con su instintivo conocimiento de la humanidad, <i>bajo el aspecto del -toma y daca</i>, vió desde el primer instante en qué consistía el resorte -maestro de aquel arbitrio, comprendiendo que de proceder de esta ó de -la otra manera, dependía que el <i>líquido</i> fuese simplemente bueno, ó -que resultase tal que podrían meter el brazo hasta más arriba del codo. -Apenas hubo el tacaño propulsado la voluntad de D. Juan Gualberto, éste -respondió con cuatro palabras, que querían decir: «aquí está el hombre -que se necesita.» Y con estas impresiones, Serrano se fué á Londres, -donde debía avistarse con su primo, y Torquemada partió para Hernani -con la familia. La de Taramundi se instaló en San Sebastián. Donoso -no salía de Madrid, porque su señora, en quien se había complicado -enormemente la caterva de males, no podía moverse, ni había para qué, -pues en ninguna parte había de encontrar alivio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p> - -<p>¡Ay, Dios mío, qué aburrimiento el de Torquemada en las Provincias, -y qué destemplado humor gastaba, siempre disputando con <i>ellas</i> por -quítame allá esas pajas, renegando de todo, encontrando malas las -aguas, desabridos los alimentos, cargantes las personas, horrible el -cielo, dañino el aire! Su centro era Madrid: fuera de aquel Madrid en -que había vivido los mejores años de su vida y ganado tanto dinero, no -se encontraba el hombre. Echaba de menos su Puerta del Sol, sus calles -del Carmen, de Tudescos, y Callejón del Perro; su agua del Lozoya, -su clima variable, días de fuego y noches de hielo. La nostalgia le -consumía, y el verse imposibilitado de correr tras el fugaz ochavo, -de dar órdenes á éste y al otro agente. Aborrecía el descanso; su -naturaleza exigía la preocupación contínua del negocio, y los infinitos -trajines que trae consigo, la misma ansiedad azarosa, la rabia de -perder, la tristeza de ganar poco, el delirio de la ganancia pingüe. -Contaba los días que iban pasando de aquel suplicio á que le habían -traído sus malditas consortes; abominaba de la sociedad ociosa que -le rodeaba, tanto vago insubstancial, tanta gente que no piensa más -que en arruinarse. Para él, el colmo del despilfarro era dar dinero á -los fondistas y posaderos, ó á los grandes gandules que agarran en el -baño á las señoras para que no se ahoguen. San Sebastián le causaba -horror: todo era un saqueo contínuo, y mil tramoyas para desbalijar á -los madrileños que iban á gastar en dos meses las<span class="pagenum" -id="Page_129">[p. 129]</span> rentas de un año. Tres días le tuvieron -allí Fidela y Cruz, y poco le faltó para caer enfermo de tristeza y -repugnancia.</p> - -<p>En Hernani se paseaba solo, armando en su magín todo el tinglado de -números que constituía el negocio tabaquil, y otros en embrión, como -el del arreglo de la arruinada casa de Gravelinas con sus acreedores. -Fidela, que conocía lo mal que pintaba á su esposo la <i>villeggiatura</i>, -quiso abreviar ésta; pero se opuso Cruz, porque á Rafael le probaba -muy bien el clima del Norte, y desde que vivía en Hernani no se habían -repetido los trastornos cerebrales de marras. Dividíase la familia -en dos parejas: Cruz paseaba con el ciego, Fidela con su esposo, y -procuraba distraerle haciéndole fijar la atención en las bellezas del -campo y del paisaje. No era insensible el bárbaro á la bondad ni á los -mimos de su esposa, y algunos ratos pasaba placenteros charlando con -ella á lo largo de praderas y bosques. Pero en aquel divagar indolente, -Torquemada, como el desterrado que sólo piensa en la patria, no hablaba -de cosa alguna sin que salieran á relucir Madrid y los malditos -negocios. Alegrábase Fidela de verle en tal terreno, y con infantil -travesura repetía:</p> - -<p>—Sí, Tor, tienes que ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y yo te -lo guardaré.</p> - -<p>Tanto machacó en esta idea, que D. Francisco hubo de espontanearse -con su mujer, cual nunca lo había hecho, declarándole cuanto sentía y -pensaba, y las causas de sus goces como de sus<span class="pagenum" -id="Page_130">[p. 130]</span> pesadumbres. Empezó por manifestarse -satisfecho del trato de la suerte, porque sus ganancias crecían como la -espuma. ¿Pero de qué le valía esto, si la familia se había puesto en -un pie de boato que imposibilitaba el ahorro? Cada lunes y cada martes -se traía Cruz alguna nueva tarantaina para derrochar el dinero. ¿Á qué -detallar <i>aquella serie no interrumpida</i> de locuras, si ya Fidela las -conocía? Él no servía para vivir entre magnificencias, aunque al fin á -ellas por la fuerza de las circunstancias se amoldaba. Su <i>bello ideal</i> -era emplear de nuevo sus considerables ganancias, reservando sólo una -parte mínima para el gasto diario. Ver entrar el dinero á carretadas, -y verle salir á espuertas le taladraba el corazón, y le llenaba la -cabeza de pensamientos sombríos y pesimistas. Entre él y Cruz se había -entablado una lucha á muerte; reconocíase muy inferior á ella por los -recursos de la inteligencia y por la palabra, pero se creía, en aquel -caso, cargado de razón. Lo peor de todo era que Crucita le dominaba y -sabía imponerle su criterio económico, metiéndole en un puño cada vez -que <i>ponía sobre el tapete</i> la cuestión de un nuevo dispendio. Él se -retorcía de rabia, como el demonio que pintan á los pies de San Miguel, -y la muy indina le aplastaba la cabeza, y hacía su santísima voluntad -con el dinero de él.</p> - -<p>En suma, que se tenía por muy desgraciado, y con aquellas amarguras, -hasta para alegrarse de ser padre <i>en su día</i>, le faltaban ánimos. -Mostróse Fidela reservada en la contestación, ase<span class="pagenum" -id="Page_131">[p. 131]</span>gurando que por su parte no le importaba -vivir en la mayor modestia y obscuridad; pero puesto que Cruz disponía -las cosas de otro modo, sus razones tendría para ello.</p> - -<p>—Sabe más que nosotros, querido Tor, y lo mejor es dejarla hacer lo -que quiera. Para tus mismos negocios te conviene respirar una atmósfera -de esplendidez. Con franqueza, Tor: ¿habrías ganado lo que has ganado -viviendo como un miserable en la calle de San Blas? ¡Si cada duro que -te gasta mi hermana es para traerte luego veinte! Y, sobre todo, esa -que llamas tirana, sabe más que Merlín, y á su despotismo debemos, -primero, haber salido con vida de aquella pobreza ignominiosa; después, -el hallarnos en plena abundancia, y tú hecho un hombre de peso. No seas -tontín, cierra los ojos, y sométete á cuanto te diga y proponga mi -hermana.</p> - -<p>En todo esto y en algo más que dijo, se revelaba el respeto casi -supersticioso á la autoridad de Cruz, y la imposibilidad de rebelarse -contra cualquiera cosa grande ó pequeña que dispusiera el autócrata -de la familia. Suspiró Torquemada oyéndola, y pensaba con hondo -desaliento que su mujer no le ayudaría en ningún caso á sacudir el -yugo. Una ligera indicación de esto bastó para que Fidela expresara -la negativa con infantil temor. ¡Oponerse ella á los juicios y á las -determinaciones de su hermana! Antes saldría el sol por Occidente:</p> - -<p>—No, no, Tor, quien manda manda. Vuelvo á decirte que todo eso que -te contraría es lo que te conviene, y nos conviene á todos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p> - -<p>De queja en queja, el usurero fué á parar á otra idea que también le -atormentaba. Antes de expresarla, vaciló un rato, temeroso de que su -mujer la acogiera con risas. Pero al fin, se lanzó á la espontaneidad -más delicada:</p> - -<p>—Mira, Fidela, cada uno tiene su aquel y su <i>ideasingracia</i>, como -dice el amigo Zárate, y yo te aseguro que no quiero que mi hijo salga -Águila. Bien sé que Cruz beberá los vientos porque el niño sea como -vosotras, como ella, gastadorcillo, pinturero, y con muchos humos de -aristocracia pródiga. Pero más quiero que no nazca si ha de nacer así. -Por supuesto, yo tengo para mí que os engañáis las dos si esperáis que -el nuevo Valentín saque uñas y pico de vuestra raza, pues me da el -corazón que será Torquemada de lo fino, es decir, el auténtico Valentín -de antes en cuerpo y alma, con el propio despejo y la pinta mismísima -de la otra vez.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_6"> - <h3>VI</h3> -</div> - -<p>Quedóse Fidela estupefacta, sin poder apoyar ni combatir semejante -idea, y tan sólo dijo:</p> - -<p>—Será lo que Dios disponga. ¿Qué sabemos nosotros de los designios -de Dios?</p> - -<p>—Sí que lo sabemos—replicó Torquemada sulfurándose.—Tiene que -haber justicia, tiene que haber lógica, porque si no, no habría Sér -Supremo ni Cristo que lo fundó. El hijo mío<span class="pagenum" -id="Page_133">[p. 133]</span> vuelve. ¡Ah! no conociste tú aquel -prodigio; que si lo hubieras conocido, desearías lo mismo que deseo yo, -y lo tendrías por cierto, dado que deben pasar las cosas conforme á -una ley de equidad. Verás, verás qué disposición para las matemáticas. -Como que él es las puras matemáticas, y todos los problemas los sabe -mejor que el maestro. Si he de hablarte con franqueza, sin ocultarte -nada de lo que pienso, te diré que no puedo menos de compaginar ciertos -fenómenos de tu estado con la ciencia de mi hijo Valentín. ¿No nos -contaste que hace dos noches tuviste unos sueños muy raros, viendo que -se te ponían delante cifras de ocho y diez guarismos, y que luego ibas -por un bosque, y te encontraste catorce <i>nueves</i>, que te salieron al -encuentro y te acorralaron sin dejarte pasar adelante?</p> - -<p>—Sí, sí, es verdad que soñé eso.</p> - -<p>—Pues ahí lo tienes—dijo Torquemada con los ojos fulgurando de -alegría.—Es él, es él, que te tiene el alma y las venas todas llenas de -los santísimos números. Y dime, ¿no sientes tú ahora algo como si te -subieran de la caja del cuerpo á la cabeza, <i>vulgo</i> región cerebral, -unas enormísimas cantidades, cuatrillones ó cosa así? ¿No sientes un -endiablado pataleo de multiplicaciones y divisiones, y aquello de la -raíz cuadrada y la raíz cúbica?</p> - -<p>—Algo de eso siento, sí, de una manera vaga—replicó Fidela, -dejándose sugestionar.—Pero de eso de las raíces no siento nada. -Números sí, que se me suben á la cabeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span></p> - -<p>—¿Ves, ves? ¿No te lo decía yo? Si no me podía equivocar. ¿Y no te -pasa también que todo lo que calculas te sale exacto? Como que tienes -dentro de tí el espíritu puro de las matemáticas, y la ciencia de las -ciencias.</p> - -<p>—¡Tanto como eso...!—repuso Fidela, dudando.—Yo no calculo nada, -porque no sirvo para el cálculo.</p> - -<p>—Pues ponte ahora á combinar cantidades; ponte y verás.</p> - -<p>Don Francisco se frotaba las manos, añadiendo por vía de -síntesis:</p> - -<p>—Quedamos en que no es Águila, en que será quien es, y no puede ser -otro.</p> - -<p>Algo más pensaban decir marido y mujer sobre el extraño caso; pero -les distrajo de su coloquio un coche cargado de gente que por la -carretera de San Sebastián venía, en dirección al pueblo, y oyeron -alegres voces que con estruendo les saludaron. Hallábanse sentados en -una pradera junto al camino, al pie de un corpulento castaño, y cuando -el charabán pasó delante de ellos, reconocieron entre la turbamulta -que venía en la delantera y en los asientos laterales, algunas caras -amigas.</p> - -<p>—¡Oh! Morentín—dijo don Francisco.</p> - -<p>Y Fidela:</p> - -<p>—¡Ah! Infante, Malibrán.</p> - -<p>Y se encaminaron al pueblo, del cual distaban medio kilómetro, -tardando bastante en llegar, porque la señora, en aquellos meses, no se -distinguía por la rapidez de sus movimientos.</p> - -<p>En la casa encontraron á los amigos que de San Sebastián habían ido -de asalto: Morentín<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span> -con su mamá, Manolo Infante, Jacinto Villalonga, Cornelio Malibrán, dos -chicos y una chica de Pez, Manuel Peña y su mujer Irene, y alguno más -que no consta en autos.</p> - -<p>—¿Y á toda esta caterva tenemos que darle de comer?—preguntó -angustiado D. Francisco.</p> - -<p>—Hijo, sí; no hay más remedio. Pero se reparten. Verás como algunos -se van á casa de Severiano Rodríguez ó del General Morla.</p> - -<p>—Siempre nos tocarán los más alborotadores en el hablar y los menos -moderados en el comer. Y no viene Zárate, que es, de toda esta taifa, -el único que me gusta, por ser muchacho tan científico.</p> - -<p>Con las visitas, pasaron las señoras muy entretenidas la tarde, y -D. Francisco pudo hablar de negocios con Morentín, que le dió noticias -de su diligente papá, ya dispuesto á salir de Londres en dirección -á España. Animóse Rafael con la charla de sus amigos, oyendo con -especial gusto á Infante y á Villalonga, que contaron mil divertidas -historias de la sociedad de Biarritz y San Sebastián. Hablóse también -de política, y al anochecer se fueron con la misma algazara que habían -traído para acá.</p> - -<p>Si la tarde fué placentera para el pobre ciego, por la noche notóle -su hermana muy inquieto, con cierta reversión á las antiguas manías que -ya parecían olvidadas. Hablaba de carretilla, reía desaforadamente, y -á cada momento nombraba á Morentín para ridiculizarle y poner en solfa -sus palabras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span></p> - -<p>—¿Pero no es el amigo que más quieres?... ¿Por qué te ha entrado -ahora esa absurda antipatía?—le dijo su hermana Cruz, á solas, dándole -de cenar.</p> - -<p>—Fué mi amigo. Ya no lo es, ni puede serlo. Y no creas; me temía yo -que recalase por aquí. Era de absoluta lógica que viniese, traído por -sus malos pensamientos.</p> - -<p>Y en lo que siguió diciendo, demostraba, más que antipatía, un -odio insano tan violento en la forma, que Cruz sintió renovados -sus temores de otros días, y se dispuso á pasar una mala noche, -en compañía del infeliz joven. En efecto, no bien se retiraron su -hermana y D. Francisco, fuese al cuarto de Rafael, que era un gabinete -bajo con ventana al jardín, rodeada de madreselvas; y hallándole -muy despabilado, sin ganas de dormir, le propuso quedarse ambos de -tertulia hasta que les rindiese el sueño. La noche, como de Agosto, -era calurosa. Mejor que dando vueltas en la cama, la pasarían tomando -el fresco, respirando el aire embalsamado del jardín, y oyendo cantar -á las ranas, que en una charca próxima entonaban su gárrulo himno á la -tibia noche.</p> - -<p>Aceptó gozoso Rafael lo propuesto por su hermana. Sentada ésta -junto al alfeizar, procediendo con rapidez y autoridad, para no darle -tiempo á pensar sus respuestas, le acometió con bravura desde el primer -momento:</p> - -<p>—Vamos á ver, Rafael: vas á decirme ahora mismo, clarito, pero -muy clarito, y sin rodeos ni atenuaciones,<span class="pagenum" -id="Page_137">[p. 137]</span> por qué se ha trocado en aborrecimiento -el cariño que tenías á tu amigo Morentín. ¿Qué te ha hecho?</p> - -<p>—Á mí, nada.</p> - -<p>—¿Qué te ha dicho?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>—No admito subterfugios. Has de hablarme claro y pronto. Hace -tiempo, desde mucho antes de salir de Madrid, empecé á notar que te -ponías muy nervioso siempre que hablabas de él... Vamos á ver; dímelo -todo, Rafael. Por Dios te lo pido.</p> - -<p>—Morentín es un egoísta.</p> - -<p>—¿Y nada más que por eso le odias?</p> - -<p>—Y un miserable.</p> - -<p>—¿Qué te ha dicho?... Algo habéis hablado. No me lo niegues.</p> - -<p>—No necesito que Pepe me muestre la fealdad de su alma, porque se la -veo con los ojos de la mía... y con la luz de mis pensamientos... ¡pero -tan claro...!</p> - -<p>—Ea, ya empiezas á desvariar. Vamos, alguno de los amigos que te han -visitado hoy, Manolito Infante, Peñita, quizás Malibrán, que es muy -malo y tiene la peor lengua del mundo, te ha dicho alguna brutalidad -del pobre Morentín.</p> - -<p>—No; nadie me ha dicho nada.</p> - -<p>—Haz memoria, Rafael. Malibrán, Malibrán ha sido. Pero, hijo, ¿para -qué haces caso de ese fatuo, complexión de víbora, lengua venenosa?</p> - -<p>—Te juro por la memoria de nuestra ma<span class="pagenum" -id="Page_138">[p. 138]</span>dre—dijo Rafael con solemne acento,—que -Malibrán no me ha dicho absolutamente nada de... vamos, del asunto -penoso que es la causa de mi aborrecimiento á Morentín... Pero ahora -comprendo... Hermana querida, tú has venido á interrogarme á mí esta -noche, y ahora soy yo quien interroga... Respóndeme pronto, clarito: -Malibrán, en alguna parte, ¿ha dicho algo... de eso?</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—De eso. No te hagas de nuevas. La idea que á mí me atormenta, te -atormenta también á tí... Ya lo veo todo muy claro con la luz de mi -razón. Lo que yo solo adiviné con los recursos de mi lógica, el mundo -lo dice ya, quizás lo pregona con escándalo, y ese escándalo ha llegado -á tus oídos. Dímelo, dímelo. Malibrán ó algún otro deslenguado, ha -dicho algo en casa de los Romeros, en casa de San Salomó, de Orozco tal -vez...</p> - -<p>—¿Pero qué?—preguntó Cruz acongojada, queriendo ocultar sus ideas á -la perspicacia del ciego.</p> - -<p>Éste no veía su palidez mortal; pero notaba en su voz un timbre -opaco, que para él era dato tan preciso como la blancura del semblante, -y la voz de Cruz delataba sobresalto, ira, vergüenza.</p> - -<p>—Pues bien—añadió Rafael tras breve pausa,—lo diré yo sin rodeos. Á -tus oídos llegan voces de escándalo. Quien quiera que sea lo propala -en las casas de los enemigos, también quizás en<span class="pagenum" -id="Page_139">[p. 139]</span> las de los amigos. Yo, sin oirlo, lo sé, -como sin verlo lo he visto. ¿Á qué hacer misterio de ello? Lo que dicen -es que mi hermana Fidela tiene un amante, y que éste es Morentín.</p> - -<p>—Cállate—gritó Cruz con arranque de ira, poniéndole la mano en la -boca con tanta fuerza, que parecía que le abofeteaba.</p> - -<p>—Digo la verdad... El escándalo ha llegado á tus oídos. No me lo -niegues.</p> - -<p>—Pues bien, no lo niego. Malibrán es quien se ha permitido -afrentarnos con esta calumnia infame. ¡Y hoy le hemos tenido aquí! -Gracias que se fué á comer á casa de Cícero, que si le veo en mi mesa, -no sé... creo que yo misma... En Biarritz lo dijo, y en Cambo y en -Fuenterrabía. Lo sé por persona que no puede engañarme, y que me ha -puesto sobre aviso. Triste cosa es la deshonra motivada; pero deshonra -que surge por generación espontánea, y corre y se propaga sin que -exista ni el más insignificante hecho que la justifique, es cosa que -subleva.</p> - -<p>—Es que... te lo diré si no te enfadas... yo no creo que esa -deshonra sea tan inmotivada como tú la presentas...</p> - -<p>—¡Pero tú...! (<i>Indignada.</i>) ¡Crees... también tú!</p> - -<p>Furiosa le cogió del brazo sacudiéndole con brío, única manera de -contestar á la infame reticencia.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span></p> - <h3>VII</h3> -</div> - -<p>—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael -tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su -hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico. -Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la -corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando -nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido -tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo, -porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada. -Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos -para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda -evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.</p> - -<p>—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y -altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura -que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta -honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre -al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más -recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo -que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que -pueda servir de fundamento á tan vil especie.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span></p> - -<p>—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...</p> - -<p>—Ni en ningún otro terreno.</p> - -<p>—En el de la intención, en el de la voluntad...</p> - -<p>—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. -Fidela es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su -tosquedad es muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva -yo á oirte semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con -la blandura que acostumbro usar contigo.</p> - -<p>—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que -á mi hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de -Morentín?</p> - -<p>—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y -delicado.</p> - -<p>—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de -aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el -archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que -la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á -veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín -me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la -victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado -ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista -que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza -el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín<span -class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span> un modelo de virtudes, el -mundo, atento á la composición de este matrimonio y á la vida ostentosa -que lleváis, tendrá siempre por hecho inconcuso lo que Malibrán -ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y se propague el rumor -infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú crees error... y lo será -por el momento.</p> - -<p>—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que -tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se -trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia -de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella -dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella -es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del -Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de -reconocerla y acatarla.</p> - -<p>—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo -se ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una -lógica construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza -á la opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto -habría convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de -esa malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio -de este boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras -nuevas, no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida -hermana. La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, -las satisfacciones de la vanidad; flota<span class="pagenum" -id="Page_143">[p. 143]</span> también el veneno, el microscópico -bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y -guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas; -marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto -de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia. -Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y -lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa -constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que -expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué -uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana. -Ahora, sufrir y callar.</p> - -<p>—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la -turbación que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios -quiera que á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la -despreciará como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te -prohibo pensar...</p> - -<p>—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso -en otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el -trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de -la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.</p> - -<p>—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa -y con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya, -de tu pobrecita mente aburrida,<span class="pagenum" id="Page_144">[p. -144]</span> holgazana, traviesa. Te lo prohibo, Rafael; sí, te prohibo -pensar en eso.»</p> - -<p>Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba, -masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir, -quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un -mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando -oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á -poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió -Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él -la tranquilizó diciéndole:</p> - -<p>—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con <i>la</i> calor -y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no -he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las -sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.</p> - -<p>—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este -país—observó Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.</p> - -<p>—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel -Madrid tan cómodo...!</p> - -<p>Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los -hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que -los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio, -aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de -D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla,<span -class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> y el rechinar del menudo -guijo bajo su planta procerosa.</p> - -<p>La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y -como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas -de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo -profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado -de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas, -prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio -con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo -melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del -péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en -cielo y tierra.</p> - -<p>Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras -del jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con -mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima -de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de -un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás -de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima -ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por él -había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila, ésta -debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez de -procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole á -grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y<span class="pagenum" -id="Page_146">[p. 146]</span> á su carácter. ¿No era más humano y -generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en ella se gozara, como -el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor abundamiento, el -pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría los mordiscos de la -calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una forma, lo era en otra. -¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á encumbradora de gente -baja, y por querer hacer de un zafio un caballero y un prohombre? Este -remusguillo de su conciencia, y la compasión vivísima que hacia su -hermano político sintió en aquella hora solemne de la noche de verano, -moviéronla á dirigirle palabras afectuosas. Echando su cuerpo fuera de -la ventana, le dijo:</p> - -<p>—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay -que fiarse mucho de los calores de esta tierra.</p> - -<p>—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.</p> - -<p>—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos -coja usted un reuma, ó un catarro fuerte.</p> - -<p>—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito -de Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese -uno á enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente -acuática.</p> - -<p>—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta -que tengamos sueño.</p> - -<p>Rafael se aproximó también á la ventana. En<span class="pagenum" -id="Page_147">[p. 147]</span> aquel instante, como si los sentimientos -de Cruz se le comunicaran por misterio magnético, sintió asimismo -lástima del hombre que odiaba.</p> - -<p>—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia -hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para -redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle -infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había -echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro, -guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad -compasiva la protección material que de él recibía.</p> - -<p>Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser -insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando -peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre -todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores -del mundo.</p> - -<p>—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera -vez en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado -de sus queridos negocios.</p> - -<p>Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la -voluntad á la palabra.</p> - -<p>—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?</p> - -<p>Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no -creyó que su cuñada le hablaba formalmente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span></p> - -<p>—Usted me busca el genio, Crucita.</p> - -<p>—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo -hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores, -los amigos importunos y mortificantes.</p> - -<p>—Eso es hablar como la Biblia.</p> - -<p>—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con -resolución.—Ea, si don Francisco quiere...</p> - -<p>—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en -esta tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia -al fuero de la puerquísima moda?</p> - -<p>—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas.</p> - -<p>—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más?</p> - -<p>—De verdad, de verdad.</p> - -<p>Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que -sus ojos relumbraban como las estrellas del cielo.</p> - -<p>—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma, -cosa más de mi agrado, ya estaba yo aquí como <i>el alma de Garibaldi</i>, -suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de -mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que, -después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del -infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy -como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones -son el santo trabajo. No me divierte esta vida<span class="pagenum" -id="Page_149">[p. 149]</span> boba del campo, ni le encuentro chiste á -la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del baño y el paseíto -se han hecho para mí. El verde para quien lo coma; y el campo <i>natural</i> -es meramente una tontería. Yo digo que no debe haber campiñas, sino -todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea para las ballenas. ¡Mi -Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que mañana? Para otro año -viene la familia sola, si quiere fresco caro. Yo á mi calor barato me -atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de Agosto, se templa Madrid, -<i>maxime</i> de noche, y da gusto salir á tomar la fresca por aquellos -altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan los melones y el -riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y dejar á Fidela que -duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo. ¿Á qué hora pasa -el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto amanezca pedimos -el coche y salimos pitando... No hay que volverse atrás, Crucita. -Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas de miel, <i>vulgo</i> -promesas, que bien me merezco la realidad de esta vuelta á Madrid, -por la paciencia con que he venido á estas tierras chirles, sin más -<i>objetivo</i> que zarandear á la familia, y darnos tono ¡con cien mil -Biblias! tono... Siempre el dichoso <i>buen tono</i>, que á mí me parece un -tono muy mal entonado.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span></p> - <h3>VIII</h3> -</div> - -<p>Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la -colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á -buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga, -y <i>descubriera</i> nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello -es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas. -¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles -asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota! -¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había -lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser -cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto, -Señor, que los pueblos se llamen como las óperas!</p> - -<p>Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que -vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas -del elemento oficial y del <i>elemento particular</i>, no encontró la -ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era -grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos -planes de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se -había suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear -tenerle por amigo. Antes del viaje, apenas cam<span class="pagenum" -id="Page_151">[p. 151]</span>biaban más palabras que las generales -de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro frases -insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían -acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo -parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer -sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del -día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz, -que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de -contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando -sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si -temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que -por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el -estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á -pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se -irritaba.</p> - -<p>—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía -Fidela,—¿por qué temes...?</p> - -<p>—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero -verle nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese -<i>spleen</i> sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco -que habla. En fin, Dios dirá.</p> - -<p>En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas -personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban<span -class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span> todavía por playas y -balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto la única excepción de -aquella desbandada, Zárate, que por la escasez que suele acompañar á -la sabiduría, no veraneaba más que quince ó veinte días en El Escorial -ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el tacaño con su amigo y consultor -<i>científico</i>, casi solos todas las noches, platicando sobre temas -sabrosísimos, como la cuestión de Oriente, los abonos químicos, la -redondez de la tierra, el Papado en sus relaciones con el Reino de -Italia, las pesquerías del Banco de Terranova... En aquella temporada -de fecundos progresos, aprendió D. Francisco dicciones muy chuscas, -como <i>la tela de Penélope</i>, enterándose del por qué tal cosa se decía, -<i>la espada de Damocles</i>, y <i>las kalendas griegas</i>. Además leyó por -entero <i>El Quijote</i>, que á trozos conocía desde su mocedad, y se -apropió infinidad de ejemplos y dichos, como <i>las monteras de Sancho</i>, -<i>peor es meneallo</i>, <i>la razón de la sinrazón</i>, y otros que el indino -aplicaba muy bien, con castellana socarronería, en la conversación.</p> - -<p>Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que -sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana -mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del -cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran -<i>peripecia</i>.</p> - -<p>—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á -consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opi<span -class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span>nión mía; quizás me -equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos no me demuestren -lo contrario. Yo creo... que <i>nuestro joven</i> no está loco, sino que lo -finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su gusto en el proceso -de un drama de familia.</p> - -<p>—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, -amigo Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero -aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya -parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más -vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo -nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. <i>Peor -es meneallo...</i> Por lo demás, creo también que en algunos períodos, -su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan -oportunamente.</p> - -<p>Y se quedó con la duda de quien sería aquel <i>Jamle</i>; pero no quiso -preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y -lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.</p> - -<p>—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo -Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de -Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba -solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo -<i>to be or not to be</i>.</p> - -<p>—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo<span class="pagenum" -id="Page_154">[p. 154]</span> noté, y no se me escaparon los <i>puntos de -contacto</i>. Porque yo observo y callo.</p> - -<p>—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.</p> - -<p>—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?</p> - -<p>—Verdad.</p> - -<p>—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.</p> - -<p>—Exactamente.</p> - -<p>—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se -les den tantas denominaciones. Les dicen <i>vates</i>, les dicen también -<i>bardos</i>. Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un -artículo que le <i>dedican</i> á ese chiquillo á quien yo protejo, y el -condenado crítico le llama <i>bardo</i> acá, <i>bardo</i> allá, y le echa unos -inciensos que apestan. Á los versos que ese chico compone los llamaría -yo <i>bardales</i>, porque aquello no hay cristiano que lo entienda, y se -pierde uno entre tanta hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, -<i>peor es meneallo</i>.</p> - -<p>Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que -debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente -salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias. -Hallaba <i>puntos de contacto</i> entre ciertas doctrinas y el principio -evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y -empleadas con dudosa oportunidad.</p> - -<p>Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, -trájole muy buenas noti<span class="pagenum" id="Page_155">[p. -155]</span>cias de Londres. Las compras de <i>rama</i> se harían por -personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que -sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar -con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar -más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado -en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país, -y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo -disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella -el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo -práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por -tan excelente, que le abrazó entusiasmado.</p> - -<p>—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único -aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos -ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los -inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré <i>cómo vé</i> -usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos -pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada -año.</p> - -<p>—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted <i>mi -línea de conducta</i>. En las condiciones que propongo, entro, vaya si -entro.</p> - -<p>Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de -acuerdo en todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues -almorzaba<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span> aquel día -con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana), le -dijo con semblante gozoso:</p> - -<p>—Aquéllo me parece que es cosa hecha.</p> - -<p>—¿Y que es <i>aquéllo</i>?</p> - -<p>—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?</p> - -<p>—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que -<i>aquéllo</i> era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su -bolsillo.</p> - -<p>—¡Ah! pues téngalo por hecho.</p> - -<p>—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!</p> - -<p>—¿Es de veras que no tiene noticia?</p> - -<p>—Lo que tengo es el alma en un hilo, <i>¡ñales!</i> ¿Apostamos á que -ahora viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy -echando setenta llaves á la caja.</p> - -<p>—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un -almuercito á los compromisarios... una docena de telegramas...</p> - -<p>—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?</p> - -<p>—Que le sacamos á usted senador.</p> - -<p>—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?</p> - -<p>—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde -hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra, -el Bierzo...</p> - -<p>—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes -bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.</p> - -<p>—¿Pero no le agrada...?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span></p> - -<p>—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.</p> - -<p>—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se -pierde, y se puede ganar algo...</p> - -<p>—¿<i>Y aun algos</i>?</p> - -<p>—Sí, señor, y aun <i>muchísimos algos</i>.</p> - -<p>—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, <i>vulgo Cámara Alta</i>, y -si me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi <i>desideratum</i> es la -reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías -en todas las esferas sociales. Que se acabe esa <i>tela de Penélope</i> -de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el -cual está suspendida, como <i>una espada de Damocles</i>, la bancarrota. Yo -me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello -exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la <i>condición -sine qua non</i>, la única, la principal de todas las <i>condiciones sine -qua nones</i>.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_9"> - <h3>IX</h3> -</div> - -<p>No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su -cuñada sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se -desayunaba, la interrogó con timidez.</p> - -<p>—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel -cocido—contestóle Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni -mucho menos<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> de -nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes -y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una -de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos -y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé -yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría -vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un -acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo, -de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte -por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo -una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!</p> - -<p>—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi -senaduría vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí -ser senador, y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el -gusto de decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? <i>Por lo demás</i>, -yo no lo ambiciono, <i>ni de cerca ni de lejos</i>. <i>Mi línea de conducta</i> -es trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese -turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.</p> - -<p>—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene... -Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país -natal.</p> - -<p>—Villafranca del Bierzo.</p> - -<p>—La provincia de León.</p> - -<p>—Ya estoy viendo la nube de parientes con<span class="pagenum" -id="Page_159">[p. 159]</span> hambre atrasada que van á caer sobre -mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y de irles -despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy bien su -pico de oro.</p> - -<p>—Pues sí, yo me encargo de <i>ese ramo</i>. ¿Qué no haré yo para tenerle -á usted contento, y rodeado de satisfacciones?</p> - -<p>—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy -viendo venir la puñalada.</p> - -<p>—¿Por qué lo dice?</p> - -<p>—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí -navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.</p> - -<p>—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No -me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas -ganancias.</p> - -<p>—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no -ha salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y <i>por -ende</i>, de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma -vienen truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy -gorda...</p> - -<p>—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí -(<i>apuntándose á la frente con su dedo índice</i>). Es cosa muy grave, y no -acabo de decidirme.</p> - -<p>—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias -pasteleras en pasta y por<span class="pagenum" id="Page_160">[p. -160]</span> empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que usted -<i>acaricia</i>?</p> - -<p>—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del -comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.</p> - -<p>Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno -proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para -decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado -sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que -se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se -hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su -espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á -la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No -habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en -una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro -paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y -casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo -que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que -el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes -elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en -quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida, -damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar -mejor las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación -moral.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span></p> - -<p>Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y -al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino -trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención -súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo -era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas, -con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo, -y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se -excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas, -cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para -hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de -envidiosos.</p> - -<p>Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas -de su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado -á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de -extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban -hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su -apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más -extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre; -á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas, -y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le -habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba -de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas -horas del día, piñones tostados para después del chocolate, y<span -class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> á las once gelatinas y -algún bartolillo de añadidura.</p> - -<p>Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames -que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella, -suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como -inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas -no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su -alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales -absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que -tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito -que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los -problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio -superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no -observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate -decía:</p> - -<p>—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea -la vida orgánica. Desconoce el <i>elemento</i> afectivo. Las pasiones son -letra muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.</p> - -<p>Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy -felices para después que <i>aquéllo</i> pasase. Pero Zárate, que era de -los pocos que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro -las esperanzas, asegurando que la maternidad despertaría en ella -instintos contrarios á toda distracción, haciéndola estúpidamente<span -class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span> honrada, é incapaz de -ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua -los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en -cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.</p> - -<p>Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo -en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban -todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo. -Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la -ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la -cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con -la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo. -No lo expresaba él así; pero tales eran, <i>mutatis mutandis</i>, sus -pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela -con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de -afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á -veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces -semejante al afecto filial.</p> - -<p>Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en -aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si -comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados -de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y -éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad con -la señora de Torquemada. Ha<span class="pagenum" id="Page_164">[p. -164]</span>bíase iniciado entre uno y otro cierto despego, que sólo se -manifestaba en imperceptibles accidentes de la acción y la palabra, tan -sólo notados por la agudísima, por la adivinadora Cruz.</p> - -<p>Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante, -encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido -á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á -su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de -ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.</p> - -<p>—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis -pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella -tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no -han querido darme la vitalicia? (<i>Denegación de Fidela.</i>) Bien decía yo -que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo, -aunque la verdad, esto de la senaduría no <i>viene á llenarme ningún -vacío</i>... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo -cosas malas, <i>Biblias y Cristos</i>, y todo el palabreo que uso cuando me -da la corajina.</p> - -<p>—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á -reir.</p> - -<p>—¡Bah! ya te ríes, <i>de lo cual se desprende</i> que no es nada.</p> - -<p>—Algo hay; cosas de familia...</p> - -<p>—¿Pero qué, por vida de la...?</p> - -<p>—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span></p> - -<p>—¿Rafaelito, qué?</p> - -<p>—Que mi hermano no me quiere ya.</p> - -<p>—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya -vuelve el <i>punto</i> ese con sus necedades?</p> - -<p>—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no -están bien en su boca.</p> - -<p>—¿Qué te ha dicho?</p> - -<p>—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas -muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que -habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y -que yo no te merezco.</p> - -<p>—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.</p> - -<p>—Que eres digno de lástima.</p> - -<p>—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo -esquilmado que me tiene.</p> - -<p>—No es por eso.</p> - -<p>—¿Pues por qué, <i>ñales</i>?</p> - -<p>—Si dices indecencias me callo.</p> - -<p>—No, no las digo, <i>¡ñales, re-ñales!</i> Tu hermanito me está cargando -otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que -evitemos <i>todo punto de contacto</i> entre él y yo.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_10"> - <h3>X</h3> -</div> - -<p>—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con -entonación trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su -madre cuando descubre...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span></p> - -<p>—¿Qué?... ¿Y quién es ese <i>Jamle</i>, ¡Cristo!, quién es ese <i>punto</i> -que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á -relucir á cada triquitraque? ¡<i>Jamle</i>, dale con <i>Jamle</i>!</p> - -<p>—Era un Príncipe de Dinamarca.</p> - -<p>—Sí; que andaba averiguando aquello de <i>ser ó no ser</i>. ¡Valiente -bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con -nosotros?</p> - -<p>—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo -que Hamlet á su madre...</p> - -<p>—Que también debía de ser una buena ficha.</p> - -<p>—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas -tragedias de Shakespeare.</p> - -<p>—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el <i>Sí de las niñas</i>.</p> - -<p>—No, hombre... ¡Qué bruto eres!</p> - -<p>—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me -importa, y en sabiendo que ese <i>Jamle</i> es todo invención de poetas, no -me interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No -hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras -llover... ¿Y tu hermana?</p> - -<p>—Ha ido á compras.</p> - -<p>—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!</p> - -<p>—¿Dónde?</p> - -<p>—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi <i>líquido</i>. Tu hermana -y yo vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos <i>abrigará</i>; qué nuevos -<i>graváme<span class="pagenum" id="Page_167">[p. 167]</span>nes</i> me -esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del -verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos -pensando qué será, qué no será.</p> - -<p>Fidela se sonreía picarescamente.</p> - -<p>—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo -á tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí -y á todo el globo terráqueo.</p> - -<p>—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde -decírtelo. Ella te lo dirá.</p> - -<p>—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay -para mí <i>momento histórico</i> que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no -respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?</p> - -<p>—Hombre, no tanto.</p> - -<p>—¿Se trata de <i>gravamen</i>, y de que yo no pueda economizar?... -¡Demonio, así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, -y aquí estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son -muchos, ¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos -de un hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora -mi cuñadita barre para afuera.</p> - -<p>—No exageres, Tor...</p> - -<p>—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?</p> - -<p>—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la -sorpresa que quiere darte.</p> - -<p>—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso -natural.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span></p> - -<p>—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y -atribuciones que...</p> - -<p>—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un <i>jollín</i> en -casa.</p> - -<p>—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te -pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la -pata (<i>tomándole una mano</i>). Aquí quietecito y hablando á lo caballero, -sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.</p> - -<p>—Pues sácame de dudas.</p> - -<p>—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi -hermana te...?</p> - -<p>—Prometido.</p> - -<p>—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...</p> - -<p>—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.</p> - -<p>—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...</p> - -<p>—Muy señora mía.</p> - -<p>—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.</p> - -<p>—Ya me entero, sí.</p> - -<p>—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á -mamá le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra -desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San -Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que -por transmisión de títulos del Reino...</p> - -<p>—Demonio, <i>¡ñales!</i> ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu -hermana...</p> - -<p>—Es sacar ese título, para lo cual hay que<span class="pagenum" -id="Page_169">[p. 169]</span> instruir un expediente, y pagar lo que se -llama medias annatas...</p> - -<p>—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la -Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo -que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.</p> - -<p>—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el -título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden. -¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida. -Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...</p> - -<p>—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose -el sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?</p> - -<p>—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia -del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del -emperador Carlos V.</p> - -<p>—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos... -Costará... ¿quinientos reales?</p> - -<p>—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!</p> - -<p>—¿Costará dos mil?</p> - -<p>—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por -su título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho -mil duros.</p> - -<p>—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo -de fiera por la habita<span class="pagenum" id="Page_170">[p. -170]</span>ción...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá estar el -título hasta las <i>kalendas griegas</i> por la tarde, si esperan que yo -lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho mil -duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira -lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa. -Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al -límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia, -y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no -he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento -de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser -Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal, -que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran -memorialista con casa abierta?</p> - -<p>—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa -seré yo, y por consiguiente tú Marqués.</p> - -<p>—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú -que yo Marqués!</p> - -<p>—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...</p> - -<p>—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la -noble industria de hacer á los señores cerdos una operación que les -ponía la voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!</p> - -<p>—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el -<i>Becerro</i>, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en -línea recta del rey D. Mauregato.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span></p> - -<p>—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera -bromas. (<i>Parándose ante ella, en jarras.</i>) ¿Tienes tú el capricho de -ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? <i>En una palabra</i>: ¿es para tí -cuestión de <i>ser ó no ser</i>, como dijo el otro?</p> - -<p>—No lo creas: no tengo esa vanidad.</p> - -<p>—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó <i>Juana Particular</i>?</p> - -<p>—Lo mismo.</p> - -<p>—Pues si tú no <i>acaricias esa idea</i> de ponerte corona, ni yo -tampoco, ¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?</p> - -<p>—<i>Lanzas y medias annatas.</i></p> - -<p>—Jamás oí tal terminacho.</p> - -<p>—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo -á Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de -Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título -sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de -Carlos IV.</p> - -<p>—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, -dándose palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como -no saque yo las uñas... <i>En una palabra</i>, ¡no, no, y mil veces no! -Me rebelo... Lanzas y medias annatas... (<i>Con desvarío.</i>) Digo que -no... Lanzas... San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, -¿no lo ves?... Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... -(<i>Alzándola voz.</i>) Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu her<span -class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span>mana me ataque con esta -socaliña, voy y... <i>en una palabra</i>, me suicido.</p> - -<p>—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.</p> - -<p>—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me -fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (<i>Repitiéndolo como -para fijarlo en la memoria.</i>) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si -quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco -de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso -que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de -faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se -me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas... -medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos -rebelamos, ¿sí ó no?</p> - -<p>Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela -acudió á él, y acariciándole le trajo al sofá.</p> - -<p>—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?</p> - -<p>—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos -hace maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... -annatas... digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que -compre ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que -quiera.</p> - -<p>—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo -serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad, -te vendrá el título como anillo al dedo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span></p> - -<p>—Si no costara dinero, no te digo que no.</p> - -<p>—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay -otra razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra -el brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu -hijo?</p> - -<p>De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por -un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el -buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo, -dentro de la escasez de sus medios retóricos.</p> - -<p>—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués. -¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que -sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para -ellos títulos que tengan algún <i>punto de contacto</i> con la ciencia, -verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de -<i>la cuadratura del círculo</i>, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad? -Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese -gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año... -Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da -vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de -la casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... -Cierto que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues -oye lo que se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que -aplace el asunto del marquesado hasta que el hijo<span class="pagenum" -id="Page_174">[p. 174]</span> nazca; no, no, hasta que le tengamos -crecidito.</p> - -<p>—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque -los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una -vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus -intrigas.</p> - -<p>—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto -jicarazo me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la -sepultura en el <i>momento histórico</i> menos pensado. Todo se remediaría -poniéndote tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi <i>interés</i>; -porque al paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses -de la <i>Perra Chica</i>...</p> - -<p>No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla -que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza. -Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que -todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz, -ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba -en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la -calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que -se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho -alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de -comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban. -Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín... -marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias -annatas.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span></p> - <h3>XI</h3> -</div> - -<p>Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus -altos designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas -los sapos y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran -las estrellas del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución. -Precisamente, en el <i>momento histórico</i> de la referida conversación -entre D. Francisco y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico -y el investigador de genealogías con las manos en la masa, esto -es, fabricándole un escudo al tacaño, lo que en verdad no era para -ellos difícil, por ser el apellido Torquemada de noble sonsonete, de -composición castiza, y muy propio para buscarle orígenes tan antiguos -como los Jerusalem. Cruz no se paraba en barras, y antes de hablar con -su cuñado, lo dispuso todo para la pronta ejecución de su arrogante -idea, apretándole á ello el ansia de cogerles la delantera á los -indecentes Romeros. Encargó en Gracia y Justicia que se activase el -expediente, dispuso que con la mayor brevedad posible se compusiesen -todos los árboles genealógicos y todas las ejecutorias que fueran -menester, y no faltaba más que imponer al bárbaro el <i>gravamen</i>, con -firme voluntad, como la cosa más conveniente para la familia y para él -mismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span></p> - -<p>Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía -del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa. -Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las -ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su -representación social se acrecía con la corona, <i>traduciéndose</i> tarde ó -temprano en beneficios <i>contantes</i>. No le convenció más que á medias, -y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á -la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo -enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró -de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle -y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía; -figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía -efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse -el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar, -y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda -regla.</p> - -<p>Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado -y los conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien -hubo de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con -muy buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas -como él (como el señor de Torquemada) eran las que representaban -dignamente el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón. -Veíase tratado<span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span> -con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y -lo mismo el Presidente que todos los señores <i>de la Mesa</i> le traían -en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios -nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los -efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de -satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus -impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con -gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se -congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la -alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce -adelantos en el más rebelde de sus discípulos.</p> - -<p>Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía -Cruz para empujarle, <i>velis nolis</i>, por aquella senda, bastará decir -que á poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su -acta, limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario -de <i>Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal</i>, empantanado desde -la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los -vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué -sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias -del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto -el que armaron, aclamando al <i>preclaro hijo del Bierzo</i>. Algo había -hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la co<span -class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span>misión, hablar al Ministro -en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía por esto autor del -milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de verse objeto de tales -ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas rimbombantes que le -pusieron de allá, ni de los panegíricos que en su honor entonaron el -alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en su tertulia, el cacique en -mitad de la calle, y hasta el cura en el púlpito sagrado. Y trajo una -carta <i>El Imparcial</i>, en que narraba el efecto causado por la noticia -en aquella sensata población, describiendo cómo había perdido el -sentido todo el sensatísimo vecindario; cómo habían sacado en procesión -por las calles, entre ramas de laurel, un mal retrato de D. Francisco -que se proporcionaron no se sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que -atronaban los aires expresando la gratitud con sus restallidos, y cómo, -en fin, le aclamaron con roncas voces, llamándole <i>padre de los pobres, -la primera gloria del Bierzo y el salvador de la patria leonesa</i>.</p> - -<p>Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo -uno.</p> - -<p>—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas -satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen -los éxitos de debajo de las piedras.</p> - -<p>Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron -sus tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media -lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor<span class="pagenum" -id="Page_179">[p. 179]</span> propio satisfecho, y el temor de que -todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos <i>gravámenes</i>.</p> - -<p>Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los -vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron -cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero -á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta, -según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube... -Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba -engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero -dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le -libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que -por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes -de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la <i>Biblia en -pasta</i>, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para -carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros -aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque -aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil -chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte, -aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más -allá que se variara el trazado de la carretera.</p> - -<p>Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas -muy extrañas. Cayó asi<span class="pagenum" id="Page_180">[p. -180]</span>mismo sobre la casa un buen golpe de leoneses residentes -en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que pedían -protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á sus -postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un -individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado -por cierto, <i>del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo -para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc...</i> Y otros enviaban -versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían -comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria. -Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á -su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y -les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que -se fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan -alta, que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia -de un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de -la visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa -por D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas -de la Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba -determinación alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le -sentaba á comer en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían -una idea tan hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las -carretadas de dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de -paño pardo y refajo verde, vi<span class="pagenum" id="Page_181">[p. -181]</span>nieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco cuando -era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de Paradaseca; y -no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo le saludara -con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete <i>La Presumida -burlada</i>: «<i>¡So burro, hijo mío!</i>»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_12"> - <h3>XII</h3> -</div> - -<p>Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba -con algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su -cara un aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. -Por fin, le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó -que tan sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á -los que traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran -castañas y bellotas, que á él le gustaban mucho.</p> - -<p>En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido -para ésta y la comisión, se aventuraba á <i>ilustrar á sus compañeros</i> -con alguna idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de -cuestiones de Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde -que se sentó en los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los -sablazos en una ú otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento -¡Señor! que no se pueda figurar conforme al propio mérito, sin<span -class="pagenum" id="Page_182">[p. 182]</span> dar sangrías á cada rato -al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso -de cualquiera de aquellos <i>puntos</i>, ya otra colecta para erigir un -monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían -por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando -por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante -<i>víctimas</i> por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y -viudas y huérfanos del <i>Sursum Corda</i>! Era un gotear frecuente, que al -cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio -no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo -se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres -confería! Tan cargado estaba ya de ser <i>hijo ilustre</i>, que una noche, -al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero -le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral -de <i>ñales</i>, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor -día tiraba el acta en medio del redondel, <i>vulgo hemiciclo</i>, y otro -que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo -de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y -ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de -convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron -todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio -que banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así -lo reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agrada<span -class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span>cerlo, y alegrarse -de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran de su -dignidad.</p> - -<p>Pues señor, por aquel camino pronto llegaría <i>la de vámonos</i>. -¡Comidas de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde -Octubre venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un -diario abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la -sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia. -Pues con el <i>nuevo régimen</i> de convites, crecería la suma, hasta llegar -á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun -á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor -día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las -murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y -de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de -sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos -arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que -siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por -un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era -lo lógico, y lo procedente, y lo que <i>se caía de su peso</i>. ¿Á qué tanto -lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso -convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos, -chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de -la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella -gente, y los hermanos del ministro, y el gene<span class="pagenum" -id="Page_184">[p. 184]</span>ral Morla, y otros tantos que no hacían -más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy malo? Verdad -que él también lo encontraba todo pésimo, pues política que no fuese -de economías á raja tabla, <i>caiga el que caiga</i>, era una política de -muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte comensales, -que concluían por darle la razón.</p> - -<p>Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues -el pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos, -era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas -por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas -sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó -resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura -barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese, -gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas era -un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas. La -ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el primer -año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en firme todas -las acciones del ferrocarril de <i>Villafranca</i> á <i>Minas de Berrocal</i>, -con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los bercianos -verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus compinches -harían una buena jugada <i>largando</i> las acciones después de hacerlas -subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican, hasta las -nubes. Esto, y el arreglo<span class="pagenum" id="Page_185">[p. -185]</span> con la casa de Gravelinas, á la cual se asignó una pensión -por la vida del Duque actual y diez años más, quedándose Torquemada y -compañeros negociantes con todos los bienes raíces (que se venderían -poco á poco, recibiendo en pago las obligaciones emitidas por la -casa ducal), la fortuna del tacaño iba creciendo como la espuma, en -progresión descomunal, amén de sus innumerables negocios de otra -índole, compra y venta de títulos, con tal tino realizadas, que jamás -se equivocó en los cálculos de alza y baja, y sus órdenes en Bolsa -eran la clave de casi todas las jugadas de importancia que allí se -hacían.</p> - -<p>Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que -esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación -de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería -dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre -endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus -tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de -aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, <i>como tenía derecho -á esperar</i>, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero? -«<i>Me inclino á creer</i> que sí—decía para su capote, con verdadero -derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida -Naturaleza <i>tergiversase la cuestión</i>, y la criatura me saliese con -instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me -devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No -hay expresión<span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> para -esta idea. Pronto hemos de salir del <i>dilema</i>. Y bien podría resultar -hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá lo veremos. <i>Me -inclino á creer</i> que será varón, <i>y por ende</i>, otro Valentín; <i>en una -palabra</i>, el mismo Valentín <i>bajo su propio aspecto</i>. Pero ellas no lo -creen así sin duda, y de aquí la expectación que <i>reina</i> en todos, como -cuando se aguarda la extracción de la Lotería.»</p> - -<p>Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los -días, anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo -equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena -de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el -24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma, -con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose -Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de -Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la -obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque -la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos -doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron -la colaboración de una tercera eminencia.</p> - -<p>Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de -la casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía -más que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio -al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna -refe<span class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span>rente á sus -vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á enterarse y hacerle -compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le había hecho maldita -gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas á Quevedito, que -oficiaba como ayudante, le dijo:</p> - -<p>—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad -de Cruz, que siempre <i>tiende</i> á hacerlo todo en grande, aunque no sea -menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en -gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías -y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda, -manda. <i>Es refractaria</i> á la modestia y á la moderación, y con ella no -valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que -digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y -tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo -confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con -la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias -annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, <i>vulgo</i> Jesucristo, ó -en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te -separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos -tres <i>puntos</i> de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo -que Dios quiera. No vivo hasta no ver...</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p> - <h3>XIII</h3> -</div> - -<p>Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y -difíciles. Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un -tris estuvo que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se -acordó esperar, y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro -afanado, rindióse al temor del peligro, y se manifestó conforme con -que se trajera más <i>personal facultativo</i>, si era menester. Calmóse -la parturienta á prima noche, sin que desapareciese la gravedad; -presentáronse síntomas favorables, y aun se aventuraron los comadrones -á reanimar con risueñas esperanzas á la atribulada familia. La cara de -don Francisco era de color de cera: creeríase que el bigote no estaba -en su sitio, ó que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la -frente gotas gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura -para levantar el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, -en expectativa del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar -rienda suelta á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro -que tomase la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener -que hacer cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué -á parar al cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su -sillón, hablando con Morentín de cosas literarias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span></p> - -<p>—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía -que estaba usted aquí.</p> - -<p>—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á -usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que -usted espera...</p> - -<p>—¿Y segundo?</p> - -<p>—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar -juntas las dos enhorabuenas.</p> - -<p>—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San -Eloy... medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está -inventando pamplinas para sacarnos del <i>statu quo</i>, y meterme á mí, tan -humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo -de qué viene ese título?</p> - -<p>—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo -picado.—Data del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa -corona personas de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, -gran maestre de Santiago, y capitán general de las galeras de Su -Majestad.</p> - -<p>—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh, -qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con -qué poner un puchero, como <i>ciertos y determinados</i> títulos que -viven de trampas... Mi <i>bello ideal</i> no es la nobleza: tengo yo una -manera <i>sui generis</i> de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me -despotrico contra la aristocracia tronada, y con<span class="pagenum" -id="Page_190">[p. 190]</span>tra la que no tiene más <i>desideratum</i> -que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un pobre que ha logrado -asegurarse la <i>clásica</i> rosca, y nada más. Es cosa triste que lo ganado -tan á pulso se emplee en marquesados. Ni qué tengo yo que ver con ese -hijo de tal que mandó en las galeras del Rey... No lo tomes á mal, -Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á tus antepasados... muy -señores míos... Sin duda fueron unos <i>puntos</i> muy decentes. Pero es -que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que me cuesta y un diez -por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea, Morentín, vendo la -corona. ¿La quiere usted?</p> - -<p>Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda -su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le -colmaban de júbilo.</p> - -<p>—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, <i>en -parangón</i> del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y -apechugo con todo, incluso con las medias annatas.</p> - -<p>—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena -convicción,—y le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de -su cuidado.</p> - -<p>—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.</p> - -<p>—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de -hoy, sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.</p> - -<p>—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo<span class="pagenum" -id="Page_191">[p. 191]</span> Morentín, queriendo desvirtuar con sus -risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.</p> - -<p>—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; -yo me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen -de la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos -de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy -el primero en <i>rendir parias</i> á la ciencia... Pero que veamos sus -resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de -Morentín?</p> - -<p>—Lo mismo digo yo.</p> - -<p>—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro -lo contrario; y los tratamientos son como <i>el tejido de Penélope</i>, que -hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se -dejan de pagar las cuentas de los <i>señores Galenos</i>... ¡quiá!... Y yo -<i>profeso la teoría</i> de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos. -¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van -ganando... Aquí estamos <i>en actitud espectante</i>, diciendo «qué será, -qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y <i>les soy á -ustedes franco</i>: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las -manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y -se sobraba; tal es mi humilde <i>punto de vista</i>.»</p> - -<p>Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre -sus respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, -á quien atizó varios pescozones, sin que ni<span class="pagenum" -id="Page_192">[p. 192]</span> el agresor ni la víctima se hicieran -cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don Francisco -se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios de su -insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del lacayo, -que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con pan. El -buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el cuerpo, -le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando estaba de -buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de espionaje, -verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en el gabinete? -¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de Taramundi?... -Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se entere nadie, -¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si estoy arriba, -y tú le dices que tengo gente.»</p> - -<p>Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó -á llorar.</p> - -<p>—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido -sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay? -¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?... -No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de -ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la -mamá de Morentín, <i>enteramente</i>... ¿Y el señor de Zárate ha venido?... -¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde -está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto, -y corre á decírmelo. Te es<span class="pagenum" id="Page_193">[p. -193]</span>pero aquí... Entras haciéndote el tonto, creyendo que te han -llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que salgamos bien, y que -sea varón, ¿verdad?</p> - -<p>Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se -fué á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó -divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el -suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de -prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él -lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento -que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó -le ponían furioso.</p> - -<p>Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó -con júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.</p> - -<p>—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos -angustiadísimos.</p> - -<p>—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se -le puede dar á usted la enhorabuena?</p> - -<p>—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, -eminencias los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo -en clase de comadrones.</p> - -<p>—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el -resultado de la ciencia.</p> - -<p>—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un -borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.</p> - -<p>—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance<span class="pagenum" -id="Page_194">[p. 194]</span> se presenta dificultoso? Será que la -familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el primer período? -¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la pelvis?</p> - -<p>—¿Qué dice usted?</p> - -<p>—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la -<i>sella obstetricalis</i>?</p> - -<p>—Cállese usted, hombre... ¿<i>Á qué obedecen</i> esos aparatos? Dios -quiera que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se -despachan sin ayuda de facultativos.</p> - -<p>—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición -sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se -llamaban <i>omfalotomis</i>, fíjese usted, y en Roma <i>obstetrices</i>.</p> - -<p>No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron -tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo -estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó -malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar -por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había -llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_2_14"> - <h3>XIV</h3> -</div> - -<p>—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada -escupiendo las palabras.</p> - -<p>—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus<span class="pagenum" -id="Page_195">[p. 195]</span> alegres semblantes divulgaban la buena -noticia.»</p> - -<p>Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, -encontróse D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran -los de Cruz, que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, -diciendo:</p> - -<p>—Varón, varón.</p> - -<p>—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado -el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias -annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por -las tres eminencias.</p> - -<p>Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un -momentito.</p> - -<p>—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre, -que sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron -multitud de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota, -y llenándole la cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus -<i>manifestaciones</i>... San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de -la Medicina. Gracias mil... estimando... No me ha cogido de nuevas... -Ya sabía yo que había de ser... del sexo masculino, <i>vulgo</i> macho... -Dispensarme, no sé lo que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo -el mundo. Vete á la taberna y que traigan unas copas de Cariñena... -¡Qué disparate...! No sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y -champañ... Señores, mil y mil gracias, por su <i>actitud</i> de simpatía -y... beneplácito. Estoy muy contento... Seré <i>Mecenas</i> de todo el -mundo... Que traigan peleón, digo Jerez... Bien<span class="pagenum" -id="Page_196">[p. 196]</span> sabía yo el resultado de la -<i>peripecia</i>... Lo calculé. Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga -otro abrazo. ¡La ciencia...! <i>Lo... or</i> á la ciencia. Pero lo dicho: no -se necesitaban tantos doctores. Ha sido un parto <i>meramente</i> natural y -espontáneo, <i>por decirlo así</i>. Somos felices... Sí señora, felices... -<i>enteramente</i>; tiene usted razón, <i>enteramente</i>...</p> - -<p>Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y -de echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir, -radiante.</p> - -<p>—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á -abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á -dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que -nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente.</p> - -<p>—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.»</p> - -<p>Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones, -comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de -Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios.</p> - -<p>—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios...</p> - -<p>—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de -la suerte, el niño mimado del Altísimo...</p> - -<p>No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de -Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose -de<span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span> que su hermana -hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención del nuevo sér, -que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo muy mal á D. -Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo:</p> - -<p>—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de -antaño, más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación -en los siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás.</p> - -<p>El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín -había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas -y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una -cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el -Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del -Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían -permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de -coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión, -la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.</p> - -<p>No le pareció bien á Torquemada <i>llenar el buche</i> á toda la -turbamulta, y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más -íntimos, como Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á -quien dió conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo -en materia de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo -que reclamaban las circunstancias. <i>Reasumiendo</i>: que celebraron allí -la Noche Buena,<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> en -improvisado banquete, comiendo y bebiendo <i>como fieras</i>, según dicho -de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas <i>largas</i>, es decir, -unas cincuenta personas, en <i>cifra redonda</i>. Tuvo el buen acuerdo el -amo de la casa de no beber <i>champagne</i>, sino en dosis homeopática, -y gracias á esta precaución se portó como un caballero, no dejando -salir de sus autorizados labios ninguna inconveniencia, y hablando con -todos el lenguaje fino y grave, que á su carácter y posición social -correspondía. Menudearon los brindis en prosa y verso de madrugada ya, -y Zárate concluyó por tratar de <i>tú</i> á D. Francisco, profetizándole que -sería el dueño de toda la tierra, y que bajo su imperio se resolvería -el problema de la aerostación, y se cortarían todos los istmos <i>para -mayor fraternidad entre los mares</i>, y se unirían todos los continentes -por medio de puentes giratorios... Brindaron otro por el Marquesado -de San Eloy, que muy pronto adquiriría mayor lustre con la grandeza -de España de primera clase, y no faltó quien pidiese á los señores de -Torquemada, con el debido respeto, que diesen un <i>gran baile</i>, el día -de Reyes, para celebrar el fausto suceso.</p> - -<p>Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de -cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El -sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto -de aquella cena, y de los que vendrían <i>á renglón seguido</i>, pues la -tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta<span -class="pagenum" id="Page_199">[p. 199]</span> Año nuevo, á los allí -presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á doce cada -día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y yo el -calzonazos <i>por excelencia</i>.» Acostóse ya cerca del día con la mitad -del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles. ¿Sería -broma, aquello del <i>gran baile</i>, ó lo dirían en serio? Cruz, al oirlo, -se había reído; pero sin protestar, como habría protestado él, si se -atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el sueño, -porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se -mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero -que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto -reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.</p> - -<p>—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?</p> - -<p>Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando -el encargo á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales -de lactancia, escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y -abundante, los ubres muy pronunciados, y los andares resueltos. -Mientras el tacaño visitaba á su esposa y al crío, Cruz estuvo -tratando con aquel par de reses, y con los montaraces aldeanos que las -acompañaban.</p> - -<p>—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de -todo quería enterarse.</p> - -<p>—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una <i>fija</i>, y -otra de suplente por si la primera se indispone.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span></p> - -<p>—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza -y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el -azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son -lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.</p> - -<p>—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese -bendito pimpollo que Dios le ha dado?</p> - -<p>—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo! -¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve -ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!</p> - -<p>—Por eso siempre tira usted al monte.</p> - -<p>—Pero vamos á ver, Crucita. <i>Seamos justos</i>... ¿Quién ha visto usted -que tenga dos amas?</p> - -<p>—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...</p> - -<p>—¿Y acaso somos nosotros <i>testas coronadas, por decirlo así</i>? ¿Soy -yo <i>por casualidad</i> Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de -cartón?</p> - -<p>—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos -y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un -período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero, -Príncipe de Asturias...</p> - -<p>—Dale con que soy...»</p> - -<p>Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre, -congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse -las uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan<span -class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span> mal temple, Cruz se -compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo período de -grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no escuchaba -más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma tan fuerte -prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del pensamiento á -la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre él era mayor -y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya se comprende -que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar su imperio -y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones. El pobre -tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate, y como Cruz -le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre hablar, y -las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer á ellos -los términos groseramente expresivos que usar solía en su vida libre; -tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el lenguaje de -aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido por un -carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.</p> - -<p>—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted -verá... Yo soy la <i>economía por excelencia</i>, y usted el <i>despilfarro -personificado</i>... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites -diarios... medias annatas... Total, que <i>pululan</i> los gastos.</p> - -<p>—Los que <i>pululan</i> son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué -supone todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría -el<span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span> gasto si viera -que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le ha ido bajo mi -dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más gloriosos, amigo -mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?</p> - -<p>El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de -chocolate.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch_3_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span></p> - <h2 class="nobreak">TERCERA PARTE</h2> - <hr class="tir" /> - - <h3 class="mt2">I</h3> -</div> - -<p>Entró el año nuevo con buena sombra. Diríase que los Santos Reyes -le habían traído al tacaño cuantos bienes del orden material puede -imaginar la fantasía del más ambicioso. Llovía el dinero sobre su -cabeza; apenas tenía manos para cogerlo; por añadidura, hasta se -sacó, á medias con Taramundi, el premio gordo de la Lotería de fin -de Diciembre, y ningún negocio de los emprendidos por él solo ó en -comandita dejaba de fructificar con lozanos rendimientos. Nunca fué la -suerte más loca, ni reparó menos en el desorden con que reparte sus -dádivas. Atribuíanlo algunos á diabólicas artes, y otros á designios -de Dios, precursores de alguna catástrofe; y si eran muchos los que -le envidiaban, no faltaba quien le mirase con supersticioso temor, -como un sér en cuya naturaleza alentaba infernal espíritu. Infinidad -de personas quisieron confiarle sus intereses, con la esperanza de -verlos aumentados en corto tiempo; pero él no consentía en manejar -fondos de nadie, con ex<span class="pagenum" id="Page_204">[p. -204]</span>cepción de tres ó cuatro familias de mucha intimidad.</p> - -<p>Pero si, en la esfera de los negocios, motivos tenía para reventar -de satisfacción, en la propiamente doméstica no pasaba lo mismo, y -el hombre, desde la entrada de año, se veía devorado por intensas -melancolías. Los gastos de la casa eran ya como de príncipes: aumento -de servidumbre de ambos sexos; libreas; otro coche, uno exclusivamente -destinado á la señora y al ama con el niño; comidas de doce y catorce -cubiertos; reforma de mueblaje; plantas vivas de gran coste para -decorado de las habitaciones; abono en la Comedia, además del del Real; -enormísimo lujo de trajes para el ama, que salía hecha una emperatriz -á estilo pasiego, con más corales sobre su corpacho que pelos tenía -en la cabeza. De Valentinico no se diga: á los pocos días de nacido, -ya tenía en su <i>Debe</i> más gasto de ropa que su papá en los cincuenta -y pico de años que contaba. Encajes riquísimos, sedas, holandas y -franelas de lo más fino componían su ajuar, no menos lujoso que el de -un Rey. Y á estas superfluidades, el usurero no podía oponerse, porque -sus últimas energías estaban agotadas, y delante de Cruz no se atrevía -ni á respirar; á tal grado llegaba, en el <i>nuevo orden de cosas</i>, el -predominio de la tirana.</p> - -<p>El día de la Epifanía hubo gran comida, y por la noche recepción -solemne, á que asistieron por centenares las personas de viso. Ya -no se cabía en la casa, y fué preciso convertir el billar<span -class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span> en salón, decorándolo -con tapices, cuyo valor habría bastado para mantener á dos docenas -de familias por algunos años. Verdad que tuvo don Francisco la -satisfacción de ver en su casa ministros de la Corona, senadores y -diputados, mucha gente titulada, generales y hasta hombres científicos, -sin que faltaran <i>bardos</i>, y algún chico de la prensa, por lo cual -decía para su sayo el Marqués de San Eloy: «Si buena ínsula me das, -buenos azotes me cuesta.» El licenciado Juan de Madrid describía con -pluma de ave de paraíso el espléndido sarao, concluyendo por pedir con -relamidas expresiones que se repitiera. Á propósito de él, hicieron -los Romeros un chiste, que corrió por toda la sociedad haciendo reir -á cuantos le oían. Dijeron que el amo de la casa no pudo asistir -porque... <i>había ido á esperar los Reyes</i>.</p> - -<p>Transcurrieron los meses de invierno sin más novedad que algunas -indisposiciones de Valentinico, propias de la edad. Verdaderamente la -criatura no parecía de cepa saludable, y algunos íntimos no ocultaban -su opinión poco favorable á la robustez del heredero de la corona. -Pero se guardaban muy bien de manifestarla, desde que ocurrió un -desagradable incidente entre don Francisco y su yerno Quevedito. -Hallábase éste una mañana hablando con Cruz de si la leche del ama era -ó no superior, de la complexión raquítica del niño, y desembuchando con -sinceridad médica todo lo que pensaba, se dejó decir:</p> - -<p>—El chico es un fenómeno. ¿Ha reparado usted<span class="pagenum" -id="Page_206">[p. 206]</span> el tamaño de la cabeza, y aquellas -orejas que le cuelgan como las de una liebre? Pues no han adquirido -las piernas su conformación natural, y si vive, que yo lo dudo, será -patizambo. Me equivocaré mucho, si no tenemos un marquesito de San Eloy -perfectamente idiota.</p> - -<p>—¿De modo que usted cree...?</p> - -<p>—Creo y afirmo que el fenómeno...</p> - -<p>Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre -de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su -cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al -amparo de un <i>portier</i>, y al oir repetida la palabra <i>fenómeno</i>, no -tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo -del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de -estrangularle, gritaba:</p> - -<p>—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno -eres tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota -mi hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo.</p> - -<p>Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar -su furia.</p> - -<p>—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento, -arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su -suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta -señora no le trato á usted como merece. Adiós.</p> - -<p>—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es -fenómeno!... La cabeza grande,<span class="pagenum" id="Page_207">[p. -207]</span> sí... toda llena de talento macho... El idiota y el orejudo -eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo?</p> - -<p>—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo, -porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa.</p> - -<p>—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin -aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted -que decir...!</p> - -<p>—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno -es una broma...</p> - -<p>—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le -perdonaré.</p> - -<p>—Ya se ha ido.</p> - -<p>—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón. -Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser -para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de -uñas conmigo <i>á raíz</i> de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa -mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el -venir acá?</p> - -<p>—¡Oh, no! ¡Pobrecilla!</p> - -<p>No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas -ideas. Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las -cosas, no insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la -mano el asunto hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno, -se les abriesen de nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto, -Rufina; mas Quevedito cortó relaciones con su<span class="pagenum" -id="Page_208">[p. 208]</span> suegro, y por no dar su brazo á torcer en -la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso -teratológico.</p> - -<p>Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo -mejor de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la -noche, á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho -solía leer alguna obra buena, la <i>Historia de España</i>, por ejemplo, -que á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba -algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las -cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate, -que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar -su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en -estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su -evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase -primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los -conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de -fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado -á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que -la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había -perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado -la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo -muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta -una simpleza.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p> - -<p>Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que -le conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no -le creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante -con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual -las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de -ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el <i>tío</i> de marras, tan -villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito -esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el <i>coram -vobis</i> ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería -considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi -milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban -de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen -para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo -fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre -extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido -gansadas, en la suya eran lindezas y donaires.</p> - -<p>El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al -Santo Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por -decirlo así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la -costumbre hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación -del título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del -público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese -corona, toda vez<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> -que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la encasquetaban, -por herencia ó real merced, no más airosamente que el antiguo -prestamista.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_2"> - <h3>II</h3> -</div> - -<p>Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni -otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses -de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como -si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza -nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y -la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia -opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus -ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos, -y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la -transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio -sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de San -Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que una viva -muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando los meses -vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos sus afectos, -y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más serias y -hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión de ma<span -class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span>dre no se puede tener idea -sin haberlo visto. Ninguna existió jamás que la superase en cuidado y -solicitud, ni que con mayor sentido se penetrara de su responsabilidad. -De los cariños extremados, que al principio producían en ella tensión -convulsiva, pasó por gradación suave al cariño verdaderamente -protector, garantía de vida para los seres débiles que amenazados de -mil peligros entran en ella. De su afición á las golosinas la curó el -miedo de enfermar y morirse antes de ver crecido á su hijo, y se fué -acostumbrando á los alimentos sanos, y á poner método en las comidas. -Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo tenía para ello, pues no había -hora del día en que no encadenase su atención alguna faena importante, -ya el aseo del chico y del ama, ya la ropa de ambos; y luego venía el -dormirle, y el vigilar el sueño, y ver si mamaba ó no, y si todas sus -funcioncitas se hacían con regularidad.</p> - -<p>Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la -Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse -allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil -ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había -puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la -muy gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente -porque llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las -criadas más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia -servíale tan sólo<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span> -para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta y la otra -señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la monotonía -de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en cuanto -hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma, encanto -y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia. Sobre este -particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada:</p> - -<p>—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. -¿Qué virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le -mime Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con -candil otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. -¡Vaya una mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el -último cabello de su cabeza...</p> - -<p>—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay -queja.</p> - -<p>—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara, -cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su -bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme -todas las acciones del ferrocarril leonés.</p> - -<p>—Así lo hemos acordado.</p> - -<p>—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de -la colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo -qué.</p> - -<p>—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo -pagan...</p> - -<p>—Naturalmente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span></p> - -<p>Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San -Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí -las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba -de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz. -Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos -encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto -artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por -las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en -el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la -alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa -de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola -de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la -galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más -comunes.</p> - -<p>—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia, -en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo. -El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en -el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la -criatura selecta, el <i>non plus ultra</i>?</p> - -<p>—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión -me dejé decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella -jactancia! Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo -ningún talento. No crea<span class="pagenum" id="Page_214">[p. -214]</span> usted que lo digo por modestia. La modestia sigue -pareciéndome una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy -grato, de muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo -que deseo.</p> - -<p>—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que -vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la -tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura -desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece -vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.</p> - -<p>—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á -reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable -dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?</p> - -<p>—Gracias.</p> - -<p>—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia, -diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto -general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No -crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de -saberlo.</p> - -<p>—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta -ahora.</p> - -<p>—Es que usted en nada repara. No se fija más<span class="pagenum" -id="Page_215">[p. 215]</span> que en sí mismo, y como se mira tan de -cerca, no puede verse bien.</p> - -<p>—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.</p> - -<p>—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago -ese favor.</p> - -<p>—Pues bien: ¿cómo soy?</p> - -<p>—¡Ah! yo no he de decirlo.</p> - -<p>—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo -juzgando á los demás.</p> - -<p>—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía -cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le -adulo.</p> - -<p>—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.</p> - -<p>—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará -usted como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á -que mis alabanzas le sonrojen.</p> - -<p>—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare -con los ángeles del Cielo.</p> - -<p>—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va -acertando.</p> - -<p>—¿Por la pureza?</p> - -<p>—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, -y galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían -los compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado -usted un solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de -las personas con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado -de<span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span> inocencia, y -si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de -gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y -la clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no -lo tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da -prisa á aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la -delantera.</p> - -<p>Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se -defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban -las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba -ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y -dándole golpecitos en la espalda.</p> - -<p>—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que -ya no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente -se puso serio.</p> - -<p>—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que -le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor -educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de -treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura -para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni -la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien -vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra -noche aquí que ya no hay señoras.</p> - -<p>—La marquesa de San Salomó.</p> - -<p>—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso<span class="pagenum" -id="Page_217">[p. 217]</span> por lo menos. Lo indudable es que ya no -hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación pasada.</p> - -<p>—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la -generación pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera -plagado de reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?</p> - -<p>—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es -vejez. No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, -si no por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.</p> - -<p>De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con -la palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos -chillidos:</p> - -<p>—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la -de este mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? -¿Conoce usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la -suya? Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se -me ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más -que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de -veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y -vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque... -abur. Dile adiós, hombre. (<i>Cogiéndole la manecita y haciendole -saludar.</i>) Dile: adiós, adiós, tonto...</p> - -<p>Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle,<span class="pagenum" -id="Page_218">[p. 218]</span> amargado y aburrido. Su amor propio era -en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que un pie salvaje -hubiera pisoteado bárbaramente.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_3"> - <h3>III</h3> -</div> - -<p>Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal -acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el -mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las -pasiones humanas eran un juego, ó <i>sport</i> destinado al solaz de los -jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un -acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena -ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes, -nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma -las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de -referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se -arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante, -refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más -suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era <i>el -compromiso</i> en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de -la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le -había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con un -<i>hombre imposible</i>, ¿con qué<span class="pagenum" id="Page_219">[p. -219]</span> cara le decía él ahora á la pública opinión: «Señores, ni -conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay tal adulterio ni cosa -que lo valga, ni en el hecho ni en la intención. Desistan ustedes de -esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga por tan imbéciles -como malvados»...?</p> - -<p>Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso. -Por mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de -dos: ó no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se -encastilla en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos -vejatorio para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no -gustándole yo, es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se -lo traigan del Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la -puntería. Creo, como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de -las pasiones. ¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero -también lo que las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser -una hermosa muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso -que ninguna batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando -Fidela reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es -la primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una -estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado -proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio, -pues, y me consuelo con que si el dios de las <span class="pagenum" -id="Page_220">[p. 220]</span>batallas... amorosas no me ha dado esta -vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro. En la casa de -San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye el hijo de -mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano Morentín, -<i>adúltero profesional</i>.»</p> - -<p>Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz -de virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado -categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de -conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda -de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los -errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la -dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica -del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa -especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la -rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto -á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que -no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero -nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces -que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel -poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para -los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque -cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que -no las desmintiera con la energía y la indigna<span class="pagenum" -id="Page_221">[p. 221]</span>ción que la justicia demandaba. Dejó -correr la especie, siendo falsa, porque creía, como en el Evangelio, -que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse los hechos: luego, -éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como quiera que fuese, -Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy con los espíritus -enormemente abatidos, pensó que, <i>en conciencia</i>, y procediendo con -hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su poquitín), debía -hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión y arrancarla de -cuajo.</p> - -<p>No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de -Fidela, cuando entró Rafael conducido por Pinto.</p> - -<p>—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar -yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos.</p> - -<p>—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate. -Es lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento, -que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan -guasoncito el trasto de Dios?</p> - -<p>—Déjame que le coja la cara. Acércate.</p> - -<p>Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las -mejillas. Valentinito hizo pucheros.</p> - -<p>—¿Qué es eso, ángel? No se llora.</p> - -<p>—Se asusta de verme.</p> - -<p>—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando -fijo, fijo, con los ojos<span class="pagenum" id="Page_222">[p. -222]</span> muy espantados, como diciendo: «¡qué serio está hoy mi -tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo Pontífice, -gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo, y te estima -y es tu <i>seguro servidor que besa tu mano</i>, Valentín Torquemada y del -Águila.</p> - -<p>Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las -gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría -un poco.</p> - -<p>—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á -los brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy -enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (<i>dándole -suaves golpes en semejante parte</i>) le iré yo enseñando á que no se -entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan -las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien -hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para -hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy -tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También -ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No -creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose -de verlos rodar...</p> - -<p>—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! -Si persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.</p> - -<p>Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto -del chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre -ciego<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> sufrían -alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo -hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos -de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales -gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la -maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para -él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de -esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la -familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración. -Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las -distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le -atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos, -la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo -con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos -hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran -éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues -si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni -en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras -que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había -que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna -subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses -del presente y el porvenir!</p> - -<p>Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de<span class="pagenum" -id="Page_224">[p. 224]</span> amargura negra: «Soy el pasado, un -pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada les ofrece; -y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que interesa como -incógnita.»</p> - -<p>Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos -usuales informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, -al ocuparse de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que -algunos días le servían la comida de prisa y corriendo, mientras -que se entretenían horas y más horas dándole papillas al mocoso. -Figurábasele también que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo -mejor, le faltaban botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. -Y en cambio, las dos señoras y el ama consagraban días enteros á -los trapitos del crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio -absoluto, y antes muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz -había notado en él una tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un -suspirar de ese que saca la mitad del alma en un aliento. Pero no -le interrogaba, por temor á que saliese con alguna tecla de las de -marras. «Peor es meneallo», se decía hablando como Cervantes y como D. -Francisco.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_4"> - <h3>IV</h3> -</div> - -<p>Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo -el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas, -convi<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span>nieron -en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le echara sin -miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no disgustar á la -señora de Serrano Morentín, una de las amigas más adictas y leales. -Lo mejor era que Zárate le soltase esta <i>indirecta</i>: «Mira, Pepe, sea -por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y se excita siempre -que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir una temporadita -por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no lo tomes á mal. -Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo, <i>etc...</i>, <i>etc...</i>» -Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para pedir al pedante su -amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien su cometido, que el -otro no parecía por la casa sino contadas veces, y siempre de noche, á -la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el sabio y el galán -cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras, no constan en -autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión muy distinta -de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.</p> - -<p>Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de -que su antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no -disminuyeron por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se -explicaba porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela -tan malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael -parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su -insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se<span -class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span> lo confesó á Cruz, -añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo tocante á Fidela, -lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como que cifraba su -orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las familias con -discreto escándalo.</p> - -<p>—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te -diré que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y -toma cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que -tira.</p> - -<p>—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de -eso, y desprecia la maledicencia.</p> - -<p>—Yo la desprecio; pero siempre existe.</p> - -<p>—Basta ya.</p> - -<p>—Basta, sí.</p> - -<p>Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió -en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No, -porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y -acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el -mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es -de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta -sentina...»</p> - -<p>Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su -hermana Cruz, dijo con énfasis:</p> - -<p>—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?</p> - -<p>No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un -vivo desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que -el de Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta<span -class="pagenum" id="Page_227">[p. 227]</span> facilidad de las caídas, -y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más profundo de -su conciencia.</p> - -<p>«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la -cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas, -con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón -diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo. -¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz, -y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que -como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado. -Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y -la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este -monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito... -¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de -San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será -porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice -toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después. -(<i>Dando un gran suspiro.</i>) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy -obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero, sí. -¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas? Y si -es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de caquexia, -al menos ha servido para encender en su madre el fuego del cariño -maternal, que la purificará...<span class="pagenum" id="Page_228">[p. -228]</span> Esto es un consuelo... El colmo de mis equivocaciones sería -que el chico creciera listo y fuerte... No me faltaba más que eso para -creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y en este caso...»</p> - -<p>Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el -nene en brazos:</p> - -<p>—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible -el Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes -muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy.</p> - -<p>—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la -mano.</p> - -<p>Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga -conversación que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba -con su tristeza mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él -arrojando plomo, su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba -lánguido, como corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de -una vez quiso Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero -Rafael se opuso temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando -Valentinico apenas contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero: -le cogía en brazos, le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le -soltaba hasta que el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados, -ó rompiendo en chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido -algún tiempo, Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal -aversión,<span class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span> que con -ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia -para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma -como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en -su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un -padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra -sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la -criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de -barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo.</p> - -<p>—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted -el niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo...</p> - -<p>Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante, -palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar -la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era -brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se -metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad. -En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél -fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se -manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de -su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión -y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con -el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se -decía, con sinceridad de<span class="pagenum" id="Page_230">[p. -230]</span> filósofo solitario,—no puede ser otra que un terrible -acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el alma como un -tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le quieren más que -á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas de la conciencia. -Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa, las grandezas -posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil, muerto... ¿Pero -cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y tan nuevo en mí, -Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué consiste que la -envidia <i>se me quita</i> de repente, y vuelvo á querer al chiquillo...? -No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho, siempre me -queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es verdad que me -inspira lástima, también lo es que deseo que se muera. Analicemos bien. -¿Alguna vez he deseado que viva? (<i>Pausa.</i>) Qué sé yo. Pocas habrán -sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me dicen que por lo -común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor en la Gloria, -ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma que veo en mí -es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy mal en mandarle -acá, como no haya venido para castigo del bárbaro, y para amargar los -últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el tal Valentinico..., -me lo diré claro, como debo decirme las cosas á mí mismo, en el -confesonario de la conciencia, que es como ponerse de rodillas ante -Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal Valentinico me<span -class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> carga... Reconozco que -allá nos vamos él y yo en candor infantil. Yo discurro, él no; pero -ambos somos igualmente niños. Si yo, siendo como soy, estuviese ahora -mamando, y tuviera mi nodriza correspondiente, no sería más hombre -que él, aunque pegado á la teta revolviera en mi cabeza todas las -filosofías del mundo. (<i>Pausa.</i>) ¿Por qué me causa profunda irritación -el ver que mis hermanas no viven más que para él, y se preocupan de -la ropita, de la teta, de si duerme ó no, como si de ello dependiera -la suerte de toda la humanidad? ¿Por qué, cuando oigo que le miman -y le cantan y le saltan en brazos, rabio interiormente porque no me -hagan á mí lo mismo? Esto es infantil, Señor; pero es como me lo digo, -y no puedo remediarlo. Me confieso toda la verdad, sin omitir nada, -y al hacerlo así, siento alivio, el único alivio posible...» (<i>Pausa -larguísima. Abstracción.</i>)</p> - -<p>«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado -ataque. Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema -nervioso en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me -coge con mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad -cinturones de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y -ahogarle bajo mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra -la pared con la fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde -llegué á ponerle mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque -no está gordo que digamos el príncipe de Asturias; apreté un po<span -class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span>quitín, nada más que -un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que -tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo -espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del -grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me -temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el -impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está -consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me -moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en -el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de -por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por -quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque -no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los -albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los -pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy -malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras -vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías -dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya. -Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo -debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse, -no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la -Naturaleza... (<i>Pausa.</i>) Y también te digo que la noche que naciste, -tuve yo unos<span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> celos -terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para decirme que te había -dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle de injurias... -Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo. Ninguno de los -dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad en esta -forma impalpable, divagando por espacios grises sin término, sin más -distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros mismos -rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_5"> - <h3>V</h3> -</div> - -<p>Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el -golpe seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de -cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael -con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho. -Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca -de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el -peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron -sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le -contrajeron los brazos.</p> - -<p>—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de -Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele -pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué ha<span -class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span>ces? No puedo más... -Zárate, cógele... ¡Dios mío!</p> - -<p>Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; -despertóse éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, -vió á su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero -rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los -músculos y serenar su alterado rostro, decía:</p> - -<p>—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece -que me crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de -trapo y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy -bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y -el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan -débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...</p> - -<p>Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó -á su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo, -recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche, -pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se -entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:</p> - -<p>—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete -monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.</p> - -<p>Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó -la noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y -que<span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span> la <i>junta -organizadora</i> había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta al -<i>elemento leonés</i>, sino que podía inscribirse y asistir todo el que -quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional, -público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus -capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.</p> - -<p>Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún -comentario, entraron Torquemada y Donoso.</p> - -<p>—¿Conque, Tor, te van á dar un <i>comebú</i> muy grande?—le dijo su -esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los -literatos y poetas.</p> - -<p>—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y -qué he de hacer yo? <i>Mi línea de conducta</i> será comer y callar.</p> - -<p>—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que -pronunciar.</p> - -<p>—¡Yo...!</p> - -<p>—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los -brindis.</p> - -<p>—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!</p> - -<p>—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas -muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera -elocuencia á estilo inglés.</p> - -<p>—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de -tanta eminencia.</p> - -<p>—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir -cuatro pala<span class="pagenum" id="Page_236">[p. 236]</span>bras. -Por más que se acuerde <i>que no haya brindis</i>, alguien ha de hablar, -al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y naturalmente, -usted tiene que dar las gracias... una manifestación sencilla, sin -pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...</p> - -<p>El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero, -considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil -alegría.</p> - -<p>—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor. -¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los -dos á silbarle.</p> - -<p>—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la -adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas -materias <i>que agitan la opinión</i>. Es más, lo esperamos ansiosos, y -privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los -que allí hemos de reunirnos.</p> - -<p>—Pues <i>yo parto del principio</i> de que al buen callar llaman Sancho. -Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho -incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy -muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!</p> - -<p>—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en -todas, era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo -por que le dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su -composición de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, -elija<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> las palabras, -y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la atención, y -deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.</p> - -<p>—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto -al ciego,—que de esta boca, que es muy torpe <i>de suyo</i>, salgan buenas -oratorias, como las que oimos en las <i>Cámaras</i>. Pero, en caso de que no -tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón -de la familia.</p> - -<p>—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido -silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á -revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío, -crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente, -el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con -Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga -y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas, -porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis -indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y -les diría: «Señores...»</p> - -<p>Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero -él no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba -á exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:</p> - -<p>—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque -muchos de los que me escuchan se decoren con títulos acadé<span -class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span>micos y con etiquetas -oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la -dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido -el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de -oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien -fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las -virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste, -la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero, -porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas, -unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la -religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues -bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos -de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón; -pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos, -y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana -y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á -vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré, -repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo, -viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os -agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi -estiércol es efectivo metálico. Yo <i>depongo</i> monedas de cinco duros -y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero -obsequiar á mis<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span> -admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo; vosotros recogéis -este maná precioso; vosotros...»</p> - -<p>Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo -de cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, -tan pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como -queriendo apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección -y formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su -hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador -palmetazos en la rodilla, le decía:</p> - -<p>—Bien, muy bien, Rafaelito. <i>La síntesis</i> del discurso me parece -excelentísima, y por mi gusto, yo <i>pronunciaría</i> eso, si encontrara un -vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con -lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás -como el pobre becerro no pronuncia más que un <i>mu</i> como una casa.</p> - -<p>La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en -aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo -la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de -mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas, -expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de -la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas, -ó los diamantes del <i>Shah</i> de Persia. Á la hora de comer, trataron -Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces de -trasladarse al piso segundo,<span class="pagenum" id="Page_240">[p. -240]</span> porque su habitación del principal era muy calurosa y -estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas interiores, -que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir con más -independencia. No había querido la hermana mayor consentir en la -traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar de -su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta -con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto -durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito. -Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba -disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con -holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del -bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era -insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:</p> - -<p>—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del -becerro de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del -becerro, ahora le pido hospitalidad en su sacristía...</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_6"> - <h3>VI</h3> -</div> - -<p>Á principios de Mayo celebróse el banquete en honor del grande -hombre, y por Dios que no hay necesidad de investigar los pormenores -de la fiesta, porque la prensa de Madrid contiene en los números de -aquellos días descripciones<span class="pagenum" id="Page_241">[p. -241]</span> minuciosas de cuanto allí pasó. El local era de los más -desahogados de Madrid, capaz para que comieran, en tres ó cuatro mesas -larguísimas, doscientas personas; pero como los inscritos pasaban de -trescientos, por bien que quiso el fondista colocarles, ello es que -estaban como sardinas en banasta; y si funcionaban medianamente con -un brazo, el otro tenían que metérselo en el bolsillo. Á las siete ya -hervía el salón, y los de la junta organizadora, entre los cuales dicho -se está que Zárate era uno de los más diligentes, se multiplicaban -para colocar á todos, y procurar que en la designación de puestos -<i>presidiese</i> un criterio jerárquico. Sentáronse acá y allá personajes -de nombradía política, militares de alta graduación, ingenieros, algún -catedrático, banqueros y hombres adinerados, periodistas pobres de -bolsillo, si ricos de ingenio, alguno que otro poeta, y entre col -y col, personas varias no mentadas aún por la fama, propietarios y -rentistas de cuenta, y en fin, gente distinguidísima, títulos del -reino, etc... Predominaba, como observó muy bien Donoso, el <i>elemento -serio</i> de la sociedad.</p> - -<p>Mientras se iban acomodando los comensales, picante confusión y -bullicio reinaban en el local. Estos, sentados y con la servilleta -prendida, charlaban y reían; aquéllos dejaban un sitio para ponerse -en otro, cerca del grupo de amigos más de su gusto. El adorno -del salón era el que para estas solemnidades se usa comúnmente: -cenefas de hojarasca verde, tarjetones con es<span class="pagenum" -id="Page_242">[p. 242]</span>cudos de las provincias, deteriorados -del uso que tienen en las verbenas, banderas nacionales tendidas en -forma de ropa de baño puesta á secar. Todo ello es de la guardarropía -patriótica del Ayuntamiento, que galantemente lo facilita, -contribuyendo así al esplendor de la fiesta. Algunos tarjetones se -añadieron, por iniciativa de Zárate, con los nombres de las cabezas -de partido en la provincia de León, y en el centro de la anchurosa -cuadra, hacia la cabecera de las mesas, veíase una laminota de la -hermosa catedral con el lema, en cintas pintarrajeadas, de <i>pulchra -leonina</i>.</p> - -<p>Concuerdan los diferentes cronistas de aquel estupendo festín -en la afirmación de que pasaban cinco minutos de las siete y media -cuando entró D. Francisco, acompañado de su corte, Donoso, Morentín, -Taramundi, y algún otro que no se menciona. En lo que no hay -conformidad es en las indicaciones de la cara que llevaba el tacaño, -pues mientras un periódico habla de su palidez y emoción, otro -sostiene que entró risueño y con los colores algo subidos. Aunque -no conste en las relaciones del acto, bien puede afirmarse que al -tomar asiento D. Francisco en la cabecera, sentáronse todos y empezó -el servicio de la sopa. Daba gusto ver aquellas mesas, y aquellas -filas de señores de frac, calvos unos, peludos los otros, casi todos -de una gravedad chinesca. Escaseaba el <i>elemento joven</i>; mas no el -bullicio y la alegría, pues entre trescientas personas, aunque éstas -sean, por su edad y circuns<span class="pagenum" id="Page_243">[p. -243]</span>tancias, del género serio, nunca faltan graciosos que saben -dar amenidad á los actos más fastidiosos de la vida.</p> - -<p><i>Achantaditos</i> en un extremo de la mesa lateral, á la mayor -distancia posible de la cabecera, hallábanse Serrano Morentín, Zárate -y el <i>Licenciado Juan de Madrid</i>, éste con la intención más mala del -mundo, pues preparábase á tomar nota de todas las gansadas y solecismos -que forzosamente había de decir, en su discurso de gracias, el grotesco -tacaño, objeto de tan disparatado homenaje. Morentín anticipaba, con -profético don, algunas ideas que D. Francisco había de emitir, y hasta -las palabras que emplear debía; Zárate aseguró conocer lo principal -del discurso, induciéndolo de las preguntas que su amigo le hiciera en -los días anteriores, y los tres, y otros que al grupo se agregaron, se -relamían de gusto, esperando el divertidísimo sainete que á la hora -de los brindis se les preparaba. Por supuesto, mientras más desatinos -dijese el bárbaro, con más fuerza le aplaudirían ellos, para empujarle -por el camino de la necedad, y reirse más, y pasar un rato tan -delicioso como en función de teatro por horas.</p> - -<p>Pero no en todos los grupos predominaba este sentimiento de burlona -hostilidad. Hacia el centro de una de las mesas, Cristóbal Medina, -Sánchez Botín y compinches expresaban su curiosidad por lo que diría ó -dejaría de decir <i>San Eloy</i> en su contestación á los brindis.</p> - -<p>—Es hombre tosco—afirmaba uno,—hombre de trabajo,<span -class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span> y como tal, de palabra -difícil. ¡Pero qué inteligencia, señores! ¡Qué sentido práctico, qué -serenidad de juicio, qué puntería para dar en el blanco de todos los -asuntos!</p> - -<p>Y en otra parte:</p> - -<p>—Veremos por dónde sale este D. Francisco. Hablará poco. Es <i>un tío -muy largo</i> que esconde su pensamiento, como todas las inteligencias -superiores.</p> - -<p>En tanto, el Marqués tacaño experimentaba emociones diversas, -conforme se iba cumpliendo aquel programa de viandas que iban y -viandas que venían. Comía poco, y no elogió ningún plato. Todos le -sabían igual; eran, ante su burdo criterio de gastrónomo de patatas y -salpicón, las porquerías de siempre, lo mismo de su casa guisado con -menos arte, todo como de batallón. Al principio, no se preocupó poco -ni mucho de la soflama que tenía que pronunciar. Su vecino un señor -viejo, leonés, propietario rico, senador y algo beato, le entretuvo -charlando de cosas y personas del Bierzo, y apartó su pensamiento -del empeño literario en que le pondrían los brillantes oradores allí -reunidos. Pero al tercer plato empezó el hombre á pensar en ello, -y á refrescar las ideas que para el caso había traído de su casa, -y que no estaban ya menos marchitas que los ramilletes de la mesa. -Tan pronto se le escapaban, como le volvían al pensamiento, trayendo -otras ideas nuevecitas, que parecían nacer en el caldeado ambiente -del inmenso comedor. «¡Re-Cristo!—pensó, dándose ánimos;—que no me -falten las palabritas que ten<span class="pagenum" id="Page_245">[p. -245]</span>go bien estudiadas; que no me equivoque en el término, -diciendo peras por manzanas, y saldremos bien. De las ideas responde -Francisco Torquemada, y lo que debo pedir á Dios es que no se me -atraviese el vocablo.»</p> - -<p>Aunque su propósito era no beber gota, para conservar su cabeza -en absoluto despejo, alguna vez hubo de quebrantar su propósito, y -cuando le sirvieron el asado, gallina ó pavipollo más duro que la -pata de un santo, con ensalada sin cebolla, desabrida y lacia, sintió -que le subían vapores á la cabeza y que la vista se le turbaba. ¡Cosa -más rara! Vió á doña Lupe, sentada hacia el promedio de una de las -mesas centrales, y vestida de hombre propiamente, con la pechera de -la camisa como un pliego de papel satinado, corbata blanca, frac, -florecilla en el ojal... Apartó de la extraña figura sus ojos, y al -poco rato volvió á mirar. Doña Lupe se había ido; buscóla, examinando -una por una todas las caras, y al fin la encontró de nuevo en uno de -los mozos que iban pasando las fuentes de comida, el cual con servil -amabilidad sonreía, exactamente lo mismo que ella. No había duda de -que era la propia señora <i>de los pavos</i>, con su boquita plegada, -y sus ojos vivarachos. Sin duda, al llamamiento patriótico de los -leoneses, había salido del sepulcro, dejándose en él, por causa de la -precipitación, algunas partes de su persona, verbigracia: el moño, la -teta de algodón y todo el cuerpo de la cintura abajo. Visto de cerca -el camarero, resultaba tan exacto el parecido, que Torquema<span -class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span>da sintió algo de miedo. -«¡Ay, de mí!—pensó,—con estas cosas, se me trastorna la cabeza, y no es -mal lío el que armaré. Anda, anda: ya se me ha olvidado todito lo que -escribí anoche. ¡Y cuidado si estaba bien!... Me he lucido, ni una jota -recuerdo.»</p> - -<p>Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en -fila de honor, como los apóstoles en el cuadro de la <i>Cena</i>, y notó -vacío el puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de -gran ayuda, pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y -con la serenidad, la memoria.</p> - -<p>—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud.</p> - -<p>Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa, -porque le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte. -Contrariedad no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á -Donoso, las ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras -finas, y el habla elegante, acompasada y ceremoniosa.</p> - -<p>Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera. -Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de -atender á la charla de los dos <i>apóstoles</i> que á su lado tenía. No -tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había -escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres -formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y -lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era -un ciempiés. Por suerte suya<span class="pagenum" id="Page_247">[p. -247]</span> recordaba perfectamente diversas formulillas retóricas -oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes á la -roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento, sí, -señor...</p> - -<p>Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de -hielo, ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los -dientes como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del -tiempo, y de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha -se introducía el brazo del mozo con una botella, y que le echaba -<i>champagne</i> en la copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de -taponazos, y una algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse -uno de aquellos <i>puntos</i>, y por espacio de medio minuto no se oyó más -que el chicheo de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio -relativo, y... ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora, -explicando el objeto de aquel homenaje.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_7"> - <h3>VII</h3> -</div> - -<p>En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre -no hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra -cosa dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la -mañana. ¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si <i>hacía uso</i> de la -palabra,<span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> <i>asumiendo -la representación</i> de la junta organizadora, él tan humilde, él tan -poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el -último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que -se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron -de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en -la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á -rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de -aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía -del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía. -Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su -retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía..., -«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de -nuestros <i>loores</i>, <i>señores</i>, para que sepa lo que vale, para que la -sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de -su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (<i>Grandes aplausos; -el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D. -Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más.</i>)</p> - -<p>No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, -cuando allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y -seco, que debía tener fama de orador brillante, porque le procedió -un murmullo de expectación, y todo el grave concurso se relamía de -satisfacción por las sublimes cosas que pronto se oirían. En<span -class="pagenum" id="Page_249">[p. 249]</span> efecto, el demonio -del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los -brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que -casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante -congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco, -con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete -de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era -el desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si -aquello dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal -de San Vito. ¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, -corriendo como vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas -sobre otras, qué tono furiosamente altísono, desde el primer momento, -tanto que no había gradación posible, y su oratoria era una sucesión -delirante de finales de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por -Madrid ó por Lieja) iniciador de obras públicas tan grandiosas como -impracticables, se despotricaba con un lío espantoso de retóricas del -orden industrial y constructivo, y todo era carbón por allí, calderas -al rojo cereza por allá, las espirales de humo <i>que escribían sobre el -azul del cielo el poema</i> de la fabricación, el zumbido de los volantes, -el chasquido de las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, -la fuerza de cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, -para venir á parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen -el rayo solar, y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de<span -class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span> aquella boca. Y á todas -estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la relación que -el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de gotas de rocío, -dinamos y manivelas.</p> - -<p>Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones -epilépticas, hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad -dándose de cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía -los vientos para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse -redimir. Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los -<i>hombres de acción</i>. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por -fin ¡hosanna! aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán -ustedes que era el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. -(<i>Grandes aplausos como salutación al nombre.</i>) Después de un breve -panegírico del ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de -aclamaciones de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un -obrero que se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que -llevarle al hospital.</p> - -<p>Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.</p> - -<p>—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.</p> - -<p>La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del -cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. -Á cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba -por todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste -y al otro, levantóse, no sin hacerse mucho<span class="pagenum" -id="Page_251">[p. 251]</span> de rogar, un señor pequeño y calvo. -Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en la -solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de -haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las -mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado -para <i>llenar este vacío</i> era un antiguo periodista, magistrado por -poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida -contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso -tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los -oyentes.</p> - -<p>—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, -con intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, -pido al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la -cárcel. (<i>Risas.</i>) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él -vino á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta -que le damos un <i>menú</i> (que algunos llaman <i>minuta</i>) de discursos, un -verdadero <i>indigestivo</i> para que le haga daño la comida.</p> - -<p>El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia -diciendo:</p> - -<p>—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San -Eloy, y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es -un pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos. -(<i>Risas.</i>) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado -á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse; -po<span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>brecito dije -y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo riquezas, las -consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo un depositario, -un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro, porque lo destina -á mejorar nuestra condición moral y material. (<i>Aplausos, aunque el -argumento á nadie convencía.</i>)</p> - -<p>Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta -que terminó, ofreciendo cómicamente su protección al <i>administrador -de la humanidad</i>, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo -lo que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y -breves, otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor -habló en nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, -asegurando que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los -combatía, ¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de -riego. Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de -más allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas -muy entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del -Colegio de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que -el señor de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual -protestaron airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, -asegurando que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó -uno de Astorga, llamando á Madrid su segunda patria, patria primera -de sus hijos, y al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que -había ve<span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span>nido de -Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D. -Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á -un oportunísimo <i>quite</i>, se pudo evitar que unos <i>ñales</i> de poetas -leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención -más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas, -y el objeto <i>serio</i> de la solemnidad, no <i>estaba en carácter</i> la -lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento -culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su -mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que -le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas -reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en -concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y -con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio; -quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como -hombre que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como -sobre ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse -en boca profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta -preparación mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, -el señor de Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí -mismo, como una segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se -produjese el silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á -los diligentes taquígrafos que el narrador de esta historia llevó<span -class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> al banquete, por su -cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes -párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_8"> - <h3>VIII</h3> -</div> - -<p>—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y -vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no -podría, por causa de mi pobreza... (<i>murmullos</i>) de mi pobreza de -medios oratorios. Soy un individuo rudo, <i>eminentemente</i> trabajador, -y de la clase del pueblo, artesano <i>por excelencia</i> del negocio -honrado (<i>Bien, bien</i>)... No esperéis de mí discursos más ó menos -floreados, porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. -Pero, señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí -vuestra cortesía y mi gratitud<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" -class="fnanchor">[1]</a>, y he de manifestar cuatro mal pergeñadas... -manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, -serán la expresión <i>sincera</i> de un corazón agradecido, de un corazón -noble, de un corazón que late...<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a>, ahora y siempre, al compás de todo -sentimiento hidalgo y generoso. (<i>Muy bien.</i>)</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_255">[p. 255]</span></p> - -<p>»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos -períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi -elocuencia... la acción. (<i>Aplausos.</i>) La acción señores. ¿Y qué es la -acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida, -la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más -que lo que se dice. <i>Háse dicho</i>... (<i>pausa</i>) háse dicho que la palabra -es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo -perlas orientales, y brillantes magníficos. (<i>Aprobación calurosa.</i>)</p> - -<p>»<i>Cábeme la satisfacción</i> de contestar á los señores que me han -precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (<i>pausa</i>) <i>cúmpleme -declarar</i> que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido -homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello -consideraciones de este y el otro linaje, sin que <i>de cerca ni de -lejos</i> me hayan traído aquí móviles de vanidad...<a id="FNanchor_3" -href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>, hasta el punto de que... -mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la <i>línea -de conducta</i> que he observado siempre, y afirmarme en la tesis de -que debemos rehuir cuanto <i>tienda</i> al enaltecimiento personal..., -que ¡harta representación tienen <i>en el actual momento histórico</i> -las personalidades, señores...!<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" -class="fnanchor">[4]</a> y<span class="pagenum" id="Page_256">[p. -256]</span> es tiempo ya de que se glorifiquen los hechos, no las -personas, los principios, no las entidades... que yo reconozco su -mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que por encima -del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran principio -de obrar (<i>alzando la voz</i>) cada cual en su propio elemento, y en <i>el -círculo</i> de sus propias operaciones. (<i>Muy bien, bravo.</i>)</p> - -<p>»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra -en este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que -todo lo debe á su misma iniciativa, á su laboriosidad, á su honradez, -á su constancia. Nací, como quien dice en la mayor indigencia, y con -el sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, <i>orillando</i> un -día y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones, -y <i>evacuando</i> mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo -no he hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte -con el demonio, como <i>errada y torpemente</i><a id="FNanchor_5" -href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a> creen algunos (<i>risas</i>), -yo no tengo el don del milagro. Si he llegado donde estoy, lo debo á -que he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito, -dos virtudes. ¿Cuáles son? <i>Hélas aquí</i>: el trabajo, la conciencia. -He trabajado en una <i>serie no interrumpida</i> de, de... de tareas -<i>económico-financieras</i>, y he practicado el bien, haciendo todos -los favores posibles á mis semejantes, y <i>labrando</i> la felicidad de -cuantas personas<span class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span> -me encontraba al alcance de mi acción. (<i>Bien, muy bien.</i>) Ese ha sido -mi <i>desideratum</i>, y la idea que <i>he abrigado</i> siempre: hacer todo el -bien que podía á mis semejantes. Porque el negocio, <i>vulgo</i> actividad, -fijaos bien, señores, no está reñido con la caridad, ni con la -humanidad más ó menos doliente. Son dos elementos que se completan, dos -<i>objetivos</i> que vienen á concurrir en un sólo <i>objetivo</i>; <i>objetivo</i>, -señores, del cual tenemos una imagen en nuestras conciencias, pero -que reside en el Altísimo<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" -class="fnanchor">[6]</a>. (<i>Grandes, ruidosos y entusiastas -aplausos.</i>)</p> - -<p>»Pero si declaro que siempre fué mi <i>línea de conducta</i> hacer el -bien á todos, sin distinción de clases, á todos, <i>tirios y troyanos</i>, -también os digo que, como trabajador <i>por excelencia</i>, nunca, nunca he -<i>dado pábulo</i> á la ociosidad, ni he protegido á gente viciosa, porque -eso ¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido -práctico; eso sería <i>dar el mayor de los pábulos</i> á la vagancia. De mí -se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido -el Mecenas de la holgazanería. (<i>Delirantes aplausos.</i>)</p> - -<p>»<i>He partido siempre del principio</i> de que cada cual es dueño -de su propio destino, y será feliz el que sepa labrarse su -felicidad, y desgraciado el que no sepa labrársela<a id="FNanchor_7" -href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. No hay que que<span -class="pagenum" id="Page_258">[p. 258]</span>jarse de la suerte... -¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, <i>dilemas</i>, <i>antinomias</i>, -<i>maquiavelismos</i>! No hay más desgracias que las que uno se <i>acarrea</i> -con sus yerros. Todo el que quiere poseer los <i>intereses</i> materiales, -no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro. -Sólo que hay sudar, moverse, aguzar la entendedera, <i>en una palabra</i>, -trabajar, <i>ora</i> sea en este, <i>ora</i> en el otro oficio. Pero, lo que es -dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos, -ó enredando con las buenas mozas (<i>risas</i>), no se gana el pan de -cada día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí<a id="FNanchor_8" -href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>. Pero es menester que -vayáis á cogerlo; porque él, el pan, no puede venir á buscaros á -vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya á -cogerlo el hombre, á quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el -pan, inteligencia para saber donde está, ojos para verlo, y manos para -agarrarlo... (<i>Bravos y palmadas frenéticas.</i>)</p> - -<p>»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis -pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya -otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que -supieron emplear todas las horas del día en el <i>clásico</i> trabajo, los -que supieron <i>evacuar</i> todas sus diligencias en tiempo oportuno, no -dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión <i>de comer á -no co<span class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span>mer</i>, como el -otro que vosotros conocéis mejor que yo, y no necesito nombrarlo, como -el otro, digo, planteó la cuestión de <i>ser ó no ser</i>. (<i>Admiración, -estrepitosos aplausos.</i>)<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" -class="fnanchor">[9]</a>.</p> - -<p>»Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando -á un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va -cayendo á pedazos de nuestros rostros. (<i>Ruidosos aplausos, y voces de -sí, sí.</i>) Seamos prácticos, digo, <i>serlo</i> vosotros, y yo, que soy perro -viejo, os recomiendo que lo seais. <i>Ser</i> prácticos si no queréis que -vuestra vida <i>revista los caracteres</i> de una <i>tela de Penélope</i>. Si -hoy tejéis el bienestar con <i>elementos</i> superiores á vuestros medios, -ó <i>séase</i> posibles, mañana el <i>déficit</i> os obligará á destejerlo... -y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas <i>la espada de -Aristóteles</i>... (<i>Rumores.</i>) Quiero decir...<a id="FNanchor_10" -href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>. He dicho Aristóteles, -porque... (<i>se ríe, y ríen todos esperando un chiste</i>) tengo verdadera -manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (<i>Sí, sí.</i>) -Es mi hombre; le llevo en el pensamiento á todas horas del día. Y como -<i>tengo para mí</i> que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo -de tal... ó nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan -sabe<span class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span> quién era -ese Damocles? (<i>Risas: voces de «no, no... no lo sabemos.»</i>) Pues -yo estoy á matar con esas maneras de hablar, y he decidido que la -famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero, -porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre -más grandísimo de la antigua Grecia y del siglo de oro de todos los -tiempos. (<i>Bravo, muy bien</i>)<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" -class="fnanchor">[11]</a>.</p> - -<p>»Perdonadme la digresión, y volvamos á la tesis. Atendamos más á -la acción que á la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco. -Trabajar siempre, de <i>consuno</i> con nuestras necesidades, y con el -<i>valioso concurso</i> de todos los elementos que <i>concurran</i> á nuestro -lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia -en este augusto recinto... (<i>enmendándose</i>) y lo llamo augusto, -porque en él se reunen tantas eminencias científicas, políticas y -particulares... (<i>bien, bravo</i>); hechas estas declaraciones, paso á -concretar la cuestión. ¿<i>Á qué obedece</i> esta comida? ¿Qué peculiar -objetivo lleváis al festejarme, á mí, tan humilde? Pues habéis visto -en mí un hombre activo, de <i>suyo</i>, dispuesto á patrocinar los grandes -adelantos del siglo, á llevarnos al <i>estadio</i> de la práctica. Yo pongo -mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no -miro á mi interés, sino al interés general, al interés público de la -humani<span class="pagenum" id="Page_261">[p. 261]</span>dad, que -bien necesitada está la pobrecita de que se interesen por ella. <i>Heme</i> -lanzado á emprender obras muy importantísimas, sin ambición alguna -de lucro privado, podéis creérmelo, y á favorecer á mi patria natal -llevando la locomotora <i>con su penacho de humo</i> á través de los campos. -Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como la idolatro, si no -fuera mi <i>bello ideal</i> el progreso, yo no patrocinaría la locomotora, -patrocinaría el carromato, y no vería más <i>lazo de unión</i> entre los -pueblos que <i>el ordinario de Astorga</i>, ó <i>el ordinario de Ponferrada</i>. -Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo eminentemente -práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la ordinaria del mundo -entero, la locomotora. (<i>Frenéticos aplausos.</i>)</p> - -<p>»Adelante con la ciencia, adelante con la industria<a -id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>. El -mundo se transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la -claridad preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones -de aceite, velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado<a -id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>. De -donde saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas. -¡Cuán gran verdad es, señores, que <i>esto matará aquello</i>... como -dijo,<span class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span> y dijo muy -bien... quien todos sabéis! (<i>Aplausos prolongados.</i>)</p> - -<p>»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy -humildísimo, muy llano, de cortas facultades (<i>voces de no, no</i>), de -pocas luces (<i>no, no</i>), de escasa instrucción; pero á formalidad no -me gana nadie. ¿Queréis que <i>os defina mi actitud</i> moral y religiosa? -Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (<i>murmullos de -aprobación</i>), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos -principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar á labrarme -una posición independiente. Y no creais que doy de lado, <i>por decirlo -así</i>, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar <i>al César -lo que es del César</i>, y al Altísimo... también lo suyo. Porque á buen -católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las -<i>venerandas creencias</i>. Adoro á mi familia, en cuyo... <i>foco</i>, en cuyo -seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no -hay más que un paso... (<i>Con ternura.</i>) Yo no debía hablar de estas -cosas, que son del <i>elemento privado</i>... (<i>Voces: sí, sí, que siga.</i>) -Pero mi familia, ó <i>séase</i> el <i>círculo</i> del hogar doméstico, es lo -primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar -del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no -siga... (<i>Gran emoción en el auditorio.</i>)</p> - -<p>»De política nada os digo. (<i>Voces, sí, sí.</i>) No, no señores. No -he llegado á saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos -sirven. (<i>Ri<span class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span>sas.</i>) -Yo no he de <i>ser poder</i>, ni he de repartir credenciales... no, no... -veo que <i>pululan</i> los empleados, y que no hay nadie que se decida á -<i>castigar</i> el presupuesto. Claro, no <i>castigan</i> porque á los mismos -castigadores les duele. (<i>Risas.</i>) Yo me lavo las manos: <i>blasono</i> -de obedecer al que manda, y de no <i>barrenar las leyes</i>. Respeto á -<i>tirios</i> y <i>troyanos</i>, y no regateo <i>el óbolo</i> de la contribución<a -id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>. <i>Á fuer -de</i> hombre práctico, no hago la oposición sistemática, ni me meto en -<i>maquiavelismos</i> de ningún género. Soy <i>refractario</i> á la intriga, y -no acaricio más idea que el bien de mi patria, tráigalo Juan, Pedro ó -Diego. (<i>Muy bien.</i>)</p> - -<p>»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oirme (<i>no, -no</i>), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni -sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa -correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de -mi gratitud por vuestras manifestaciones..., por este <i>holocausto</i><a -id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>, -por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no -merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que -no tienen <i>punto de contacto</i> con mis cortos merecimientos. No me -atribuyáis á mí <i>rasgos</i> que no me pertenecen. La verdad ante<span -class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span> todo. En la cuestión -del ferrocarril no he hecho más que obedecer el impulso de un ilustre -y particular amigo mío, aquí presente, y á quien no nombro por no -ofender su <i>considerable</i> modestia (<i>Todos miran al señor Marqués de -Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente.</i>) Este amigo es -el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y á él se debe<a -id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> <i>la -coronación</i> del éxito, porque aunque no ha figurado para nada, <i>detrás -de la cortina</i> ha manejado todo muy lindamente, de modo que bien -puedo deciros que ha sido...<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" -class="fnanchor">[17]</a> pasmaos, señores, el <i>Deus ex machina</i> del -ferrocarril de Villafranca al Berrocal. (<i>Ruidosísimos aplausos. Los -leoneses se rompen las manos.</i>)</p> - -<p>»Pues...<a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" -class="fnanchor">[18]</a> ya no me resta que deciros sino que mi -gratitud será eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los -presentes, sin distinción de <i>tirios</i> ni de <i>troyanos</i> (<i>risas</i>), me -tienen incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero -sé distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles -en... lo que necesiten, quiero decir, que en <i>cualesquiera</i> cosa en -que necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad -de<span class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> que tendrán en -mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un compañero, dispuesto -á prestarles... todo el concurso <i>desinteresado</i>, todo el favor, todo -el apoyo moral y moral, toda la confianza del mundo... siempre con el -alma, siempre con el corazón... Les ofrezco, pues, con fina voluntad -mi hacienda, mi persona, y todo cuanto soy y cuanto valgo. He dicho.» -(<i>Aplausos frenéticos, delirantes aclamaciones, gritos, tumulto. Todo -el mundo en pie palmoteando, sin cesar, con estrépito formidable. La -ovación no tiene término.</i>)</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_9"> - <h3>IX</h3> -</div> - -<p>Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante, -y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué -sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara -reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos, -la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas -demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los -comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con -fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos, -de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan -Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la -gota gorda, no le dijo más que:</p> - -<p>—Colosal, amigo mío, colosal.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span></p> - -<p>Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le -gustase.</p> - -<p>—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un -tercero.</p> - -<p>—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se -habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.</p> - -<p>—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho -usted...!</p> - -<p>—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de -esta le hacemos á usted ministro.</p> - -<p>—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de -tanto estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.</p> - -<p>—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas, -estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.</p> - -<p>De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y -sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:</p> - -<p>—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome -usted á broma; orador y de los grandes...</p> - -<p>—Quite usted... por Dios.</p> - -<p>—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía -poner en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y -muy bien parladas. Mi enhorabuena.</p> - -<p>Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además -de pedante, era un consumado histrión, y le dijo:</p> - -<p>—¡Ay, qué noche, qué<span class="pagenum" id="Page_267">[p. -267]</span> emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la ciencia... -sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como nadie... ¡Qué -síntesis tan ingeniosa! ¡<i>La ordinaria</i> del mundo entero! Bien, amigo -mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.</p> - -<p>Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos -golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco -llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no, -no se burlaban, porque en efecto, había hablado <i>con sentido</i>, él lo -conocía y se lo declaraba á sí mismo, <i>eliminando</i> la modestia. No se -consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.</p> - -<p>Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación. -Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en -la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y -Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la -gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato, -desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de -la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de -plácemes.</p> - -<p>—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su -esposa.—Bien sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún -en la cuenta de que tienes mucho talento.</p> - -<p>—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera -tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene:<span -class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> el mundo entero parece -que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?</p> - -<p>—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo... -señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.</p> - -<p>—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora -empezamos... Prepárese.</p> - -<p>—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el -árbol.</p> - -<p>—Mañana hablaremos.</p> - -<p>Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante -orador, que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que -le pusiera su <i>apoteosis</i>, sino por las reticencias amenazadoras de su -implacable tirana.</p> - -<p>Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. -Una ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, -y no se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la -mañana colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole -en las nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su -sentido práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon -las visitas de personajes <i>propios</i> y <i>extraños</i>, algún diplomático, -Directores de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, -y dos Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había -dicho cosas <i>de mucha miga</i>, y que había logrado <i>poner los puntos -sobre las íes</i>. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el -Papa, y hasta el propio Emperador de Alemania. La<span class="pagenum" -id="Page_269">[p. 269]</span> Iglesia no careció de representación -en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar al tacaño, el -Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre Respaldiza, y el -señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el vocabulario de la -lisonja.</p> - -<p>—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los -ricos que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las -clases menesterosas.</p> - -<p>Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose -en la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento, -porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba, -asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera -voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso -lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas -entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó -en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva -dentellada daba la gobernadora á sus considerables <i>líquidos</i>, que más -bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y -el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le -sepultaba entre sus ruinas.</p> - -<p>En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en -diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían -á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como -no le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la -familia<span class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span> Real, y -se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á las -oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía ser -más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de aquel -demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo del -hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces -proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento, -tragando una saliva más amarga que la hiel.</p> - -<p>—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí -á un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión -de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre -el Nuncio...</p> - -<p>Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama -gobernadora que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias -difíciles de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros -momentos, al desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y -puñetazos sobre la mesa habrían infundido pavor en ánimo menos -esforzado que el de Cruz.</p> - -<p>—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.</p> - -<p>—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque, -comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el -moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á -que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte -por unos seis millones nada más?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span></p> - -<p>—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?</p> - -<p>—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?</p> - -<p>Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que -más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su -avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una -cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper. -Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le -argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de -aquella compra reportaría.</p> - -<p>—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo -humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos -contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de -San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me -traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que -me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: <i>esto matará á aquello</i>... -Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos -á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y -aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de -corresponder...</p> - -<p>—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted -que ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...</p> - -<p>—Sí, señora... ¿y qué?</p> - -<p>—Que sale á subasta su galería.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span></p> - -<p>—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?</p> - -<p>—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar -en reales museos.</p> - -<p>—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de -tanto golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.</p> - -<p>—Usted.</p> - -<p>—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y -que Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos -y españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!</p> - -<p>—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como -idiota.</p> - -<p>—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende -al Louvre, ó á la <i>National Gallery</i>, que pagarán á peso de oro los de -Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y -Van Dick...</p> - -<p>—¿Y qué más?</p> - -<p>—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería -del Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la -tasación es bajísima.</p> - -<p>—El <i>Bajísimo</i> ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. -¡Con que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro -viejo?</p> - -<p>—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer -esas preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración -de las personas de gusto. Tendremos un so<span class="pagenum" -id="Page_273">[p. 273]</span>berbio Museo, y tú gozarás fama de hombre -ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras; serás -una especie de Médicis...</p> - -<p>—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una -cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo. -Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras, -y de la desgracia que le <i>acarreáis</i>.</p> - -<p>—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con -el archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere -comprarlo. ¡Vaya un archivo!</p> - -<p>—Como que estará lleno de ratas.</p> - -<p>—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas -autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del -Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos, -libros rarísimos...</p> - -<p>—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro -también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que -manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á -casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy -ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren -creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y -se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado -su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, -ya no más. Lloraría como un chiquillo, si<span class="pagenum" -id="Page_274">[p. 274]</span> con estos resquemores no se me hubiera -secado el <i>foco</i> de las lágrimas.</p> - -<p>Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera -desperezarse, lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección -fea, y tan pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, -que de la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los -últimos pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con -Cruz le dijo:</p> - -<p>—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, <i>dilapidar</i> mi dinero -estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese, -que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se -ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito..., -quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de -mí! me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él -dirá...</p> - -<p>—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa -ya.—Vámonos á comer.</p> - -<p>—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te -pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras -á tí...</p> - -<p>—¡Brrrr!...</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_10"> - <h3>X</h3> -</div> - -<p>Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella -mañana (la del <i>tantos</i> de Abril, que había de ser día memorable) -llegaron<span class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> á la -casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza. -Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no -pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios -de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de -indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que -no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan -fecunda en experimentales enseñanzas.</p> - -<p>De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. -Se convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. -La madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia -con exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de -Rafael, que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes -mentales ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho -agradeció el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy -abatido y melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á -nadie. Anhelaba estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y -revolver bien su propio espíritu en busca de algún consuelo para la -tribulación amarguísima de la compra del palacio, y de tanto lienzo -viejo y armadura roñosa.</p> - -<p>Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al -momento, si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, -se puso á trabajar en el gabinete. El chi<span class="pagenum" -id="Page_276">[p. 276]</span>quitín dormía, custodiado de cerca por -el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina -charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de -libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía -solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en -cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por -la escalera de servicio.</p> - -<p>Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la -mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.</p> - -<p>—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.</p> - -<p>—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no -querías ver á nadie. <i>Por lo demás</i>, yo tenía ganas de verte, y de -echar un párrafo contigo.</p> - -<p>—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo -han contado muy detalladamente.</p> - -<p>—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero -no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre <i>artista</i> de la -<i>cuenta</i> y <i>razón</i>, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me -había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante -de tanta gente culta y <i>facultativa</i>! Créelo; mientras hablaba, <i>para -entre mí</i> me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.</p> - -<p>—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la -barba.—Ha llegado<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span> -usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que puedan decir otro -tanto.</p> - -<p>—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro, -rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las -alturas.</p> - -<p>—Es usted el hombre feliz.</p> - -<p>—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y -acertarás. No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de -vivir conforme á su natural. La <i>opinión pública</i> me cree dichoso, -me envidia, y no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero -mártir <i>del Gólgota</i>, quiero decir, de la <i>cruz</i> de mi casa, ó en otros -términos, un atormentado, como los que pintan en las láminas de la -Inquisición ó del Infierno. <i>Heme aquí</i> atado de pies y manos, obligado -á dar cumplimiento á cuantas ideas <i>acaricia</i> tu hermana, que se ha -propuesto hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador -de la China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana -sabe más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó -es la <i>Papisa Juana</i> en figura de señora.</p> - -<p>—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el -ciego.—Es artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con -usted maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo -de barro, lo amasa...</p> - -<p>—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China, -siempre saldré puchero de Alcorcón.</p> - -<p>—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span></p> - -<p>—Se me figura que sí. Porque verás...</p> - -<p>Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo -que bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel <i>momento histórico</i>, -un grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo -raro del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á -desembuchar ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más -íntimos de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había -venido á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse -el uno al otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada -el conflicto en que se veía, de tener que <i>hacerse con</i> un palacio y -<i>la mar de</i> pinturas antiguas, <i>diseminando</i> el dinero y privándose -del gusto inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un -capital fabuloso, que era su <i>desideratum</i>, su <i>bello ideal</i>, y su -<i>dogma</i>, etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el -desconsuelo que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba -un gasto considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que -el tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se -convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.</p> - -<p>—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara -vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted -que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy -próxima la terminación de mis martirios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span></p> - -<p>Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta -semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de -aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.</p> - -<p>—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer -lo que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero; -como que es usted avaro...</p> - -<p>—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de -sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.</p> - -<p>—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser -respetado.</p> - -<p>—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la -imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...</p> - -<p>—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es -puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave. -Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me -he equivocado en todo...</p> - -<p>—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el -tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque <i>este cura</i>, cuando -se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de -guardar la Biblia, y ahora resulta...</p> - -<p>—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego -sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica -solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado -de la conciencia. Fíjese bien en lo que<span class="pagenum" -id="Page_280">[p. 280]</span> voy á decirle, y comprenderá la magnitud -de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con usted, por -razones diversas.</p> - -<p>—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde -cardenillo.</p> - -<p>—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi -familia deshonrada, á mis hermanas envilecidas.</p> - -<p>—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y -porque prestaba dinero á interés.</p> - -<p>—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde -hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.</p> - -<p>—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de <i>ñales</i>.</p> - -<p>—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana -Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que -usted le inspiraría asco, aversión...</p> - -<p>—Pues me parece que... ¡digo!</p> - -<p>—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del -monstruo que intentaban amansar.</p> - -<p>—¡Hombre, tanto como monstruo...!</p> - -<p>—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la <i>papisa -Juana</i>, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle, -y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para -ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.</p> - -<p>—Me parece que no desafino...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p> - -<p>—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos -de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores -años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para -los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático, -creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy -común en nuestra sociedad.</p> - -<p>—Hombre, hombre...</p> - -<p>—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era -más que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.</p> - -<p>—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría... -Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una -noche... en confianza <i>de ella para mí</i>: «Tor, el día que te aborrezca, -me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es -desconocido el adulterio, y lo será siempre.»</p> - -<p>—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su -salvación. Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció -que la Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á -un sér híbrido...</p> - -<p>—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.</p> - -<p>—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser -en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran -petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta usted -admirablemen<span class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span>te -á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y la sociedad que nada -agradece tanto como el que le lleven dinero, no ve en usted el hombre -ordinario que asalta las alturas, sino un sér superior, dotado de gran -inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten en todas partes, y se -disputan su amistad, y le aplauden y glorifican, sin distinguir si lo -que dice es tonto ó discreto, y le mima la Aristocracia, y le aclama la -Clase Media, y le sostiene el Estado, y le bendice la Iglesia, y cada -paso que usted da en el mundo es un éxito, y usted mismo llega á creer -que es finura su rudeza, y su ignorancia ilustración...</p> - -<p>—Eso no, no, Rafaelito.</p> - -<p>—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por -lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme -seguir; yo bien sé que...</p> - -<p>—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro -que soy un bruto... claro, un bruto <i>sui generis</i>. Á ganar dinero, eso -sí, ¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.</p> - -<p>—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar -dinero á montones.</p> - -<p>—<i>Seamos justos</i>: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince -y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los -paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, <i>convengamos</i> en que -soy un animal.</p> - -<p>—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va -identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen -por<span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span> un prodigio, y -le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de la otra noche, y -el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con la mano en el -corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué opinión tiene -usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del banquete?»</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_11"> - <h3>XI</h3> -</div> - -<p>Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la -mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo -secreto, le dijo:</p> - -<p>—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento -y pienso. Mi discurso no fué más que una <i>serie no interrumpida</i> de -vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra -expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del -buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada... -Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme -se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí -que aplaudían al hombre de dinero, no al <i>hablista</i>.</p> - -<p>—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente -era un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...</p> - -<p>—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo <i>un -núcleo</i> de dos ó tres, eran más tontos que yo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span></p> - -<p>—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor -parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y -tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la -sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por -otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero -de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle -vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una -crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.</p> - -<p>Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con -que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus -ademanes.</p> - -<p>—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se -trabó entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía -la dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición, -el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de -tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido -luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted, -y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole, -depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra -casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido -derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado -con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que<span -class="pagenum" id="Page_285">[p. 285]</span> polvo. Me declaro -vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr. D. -Francisco, yo no puedo estar aquí.</p> - -<p>Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, -sujetándole en el asiento.</p> - -<p>—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.</p> - -<p>—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he -concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era -usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja -de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un -altar y adorarla.</p> - -<p>—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me -dejara capitalizar mis ganancias.</p> - -<p>—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le -corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz -más <i>objetivo</i>, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad. -¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico, -y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda -fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en -usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante -el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de -teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo -su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque -lo tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y<span -class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> me declaro el mayor de -los mentecatos... (<i>Levantándose bruscamente.</i>) Debo retirarme..., -abur...</p> - -<p>Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.</p> - -<p>—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las -manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital... -Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á -usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de -madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia -en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me -resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero -tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á -confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo -contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor. -Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de -mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba -en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde -estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia -natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he -de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr. -D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he -pedido en mi vida, y el último también?</p> - -<p>—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy,<span class="pagenum" -id="Page_287">[p. 287]</span> alarmado del tono patético que iba -tomando su hermano político.</p> - -<p>—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. -Es un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me -olvidaba de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la -pared del Oeste.</p> - -<p>—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la -seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto -dispendio.</p> - -<p>—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de -un sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.</p> - -<p>—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un -poquito; no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el -<i>llevarte</i> á Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú -de la <i>clásica</i> nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo -quite.</p> - -<p>—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome -los honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de -hacerle, hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás -será usted lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de -San Blas sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha -perdido toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del -panteón y lo de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: -lo mismo me da.</p> - -<p>—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero,<span class="pagenum" -id="Page_288">[p. 288]</span> hijo, tú estás en babia, ó te has -propuesto tomarme el pelo, <i>por decirlo así</i>. Si no has de morirte, ni -ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado! yo no habría -de reparar...</p> - -<p>—Á un muladar, digo.</p> - -<p>—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por -lo <i>poético</i>, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?</p> - -<p>—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á -mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo -del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo. -Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero. -¡Pobre niño!</p> - -<p>—Durmiendo está como un ángel.</p> - -<p>—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos -salones las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro -de Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su -iglesia propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser -un Rastro decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los -despojos de la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea -usted—añadió con tétrica amargura,—que es preferible la muerte al -desconsuelo de ver lo más bello que en el mundo existe en manos de los -Torquemadas.</p> - -<p>Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió -tentando las paredes.</p> - - -<div class="chapter" id="Ch_3_12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span></p> - <h3>XII</h3> -</div> - -<p>Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el -principal quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes -conceptos que á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión -hubo de pasar á la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, -y con discreto golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.</p> - -<p>—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? <i>Me inclino á creer</i> que no -estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?</p> - -<p>—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su -solicitud. Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me -desnudo. Me da por dormir vestido.</p> - -<p>—Hace calor.</p> - -<p>—Frío tengo yo.</p> - -<p>—Y Pinto, ¿dónde está?</p> - -<p>—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.</p> - -<p>Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una -pierna sobre otra.</p> - -<p>—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?</p> - -<p>—Á que venga Pinto para quitarme las botas.</p> - -<p>—Te las quitaré yo si quieres.</p> - -<p>—<i>Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido</i>—dijo Rafael -alargando un pie.</p> - -<p>—No es así—observó D. Francisco, con alar<span class="pagenum" -id="Page_290">[p. 290]</span>de de erudición, sacando la primera -bota.—<i>De damas</i> se dice, no de Reyes.</p> - -<p>—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho <i>de -Reyes</i>... <i>Velay</i>, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.</p> - -<p>—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan -augusto... Guasón está el tiempo.</p> - -<p>—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia -una sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los -Torquemadas, <i>vulgo</i> prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los -capitalistas, el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé -quién dijo que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para -fecundarse y poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver... -usted que es tan erudito...</p> - -<p>—No sé... Lo que sé es que <i>esto matará aquello</i>.</p> - -<p>—Como dice Séneca, ¿verdad?</p> - -<p>—Hombre, Séneca no... No <i>tergiverses</i>...—observó el Marqués sacando -la primera bota.</p> - -<p>—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la -humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí, -señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo -que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus -brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y -que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas -de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span></p> - -<p>—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco -festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de -plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te -acuestes, y á dormir como un bendito.</p> - -<p>—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo -á usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un -señor Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en -adelante seré la misma sumisión, y <i>la obediencia personificada</i>, y no -daré el menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas -hermanas.</p> - -<p>Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud -semejante á la de la maja yacente de Goya.</p> - -<p>—Me parece bien. Y ahora... á dormir.</p> - -<p>—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha -de ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un -largo sueño.</p> - -<p>—Pues te dejo. Ea, buenas noches.</p> - -<p>—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, -ya junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la -cual el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta -imagen de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del -Viernes Santo.</p> - -<p>—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?</p> - -<p>—No... digo, sí... ahora que me acuerdo...<span class="pagenum" -id="Page_292">[p. 292]</span> (<i>Incorporándose.</i>) Se me olvidó darle un -besito á Valentín.</p> - -<p>—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós. -Duérmete.</p> - -<p>Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde -trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos -de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún -en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había -mandado por una taza de te.</p> - -<p>—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto -hasta que veas que está bien dormido.</p> - -<p>Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar. -Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando -sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que -próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos -y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven -entrar á Pinto desencajado, sin aliento.</p> - -<p>—Señor, señor...</p> - -<p>—¿Qué, con mil Biblias?</p> - -<p>—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!</p> - -<p>Bajaron todos... Estrellado, muerto.</p> - -<p class="pl1 mt2"><small>Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.</small></p> - - -<p class="centra fs90 mt3">FIN DE TORQUEMADA EN EL PURGATORIO</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="footnotes"> - -<p class="large centra mt1">NOTAS</p> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_1"><span class="label"><a -href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Frase aprendida de Donoso dos días -antes.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_2"><span class="label"><a -href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Procura recordar un final del -párrafo que oyó en el Senado, y al fin lo enjareta como Dios le da á -entender.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_3"><span class="label"><a -href="#FNanchor_3">[3]</a></span> El orador, que se animaba ya, -creyéndose en terreno firme, y dominando toda la fraseología del -Senado, se embarulla, y no acierta á terminar la oración.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_4"><span class="label"><a -href="#FNanchor_4">[4]</a></span> Encontrando al fin la salida de aquel -laberinto.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_5"><span class="label"><a -href="#FNanchor_5">[5]</a></span> Adverbios que pescó en el Senado el -día anterior.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_6"><span class="label"><a -href="#FNanchor_6">[6]</a></span> Frase tergiversada de otra que leyó -el día anterior en un periódico.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_7"><span class="label"><a -href="#FNanchor_7">[7]</a></span> El orador, animado por los aplausos, -habla con una serenidad y un desparpajo que ya quisieran muchos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_8"><span class="label"><a -href="#FNanchor_8">[8]</a></span> Sintiéndose inspirado, y lanzándose -sin miedo á la improvisación.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_9"><span class="label"><a -href="#FNanchor_9">[9]</a></span> En todos los grupos se comenta -favorablemente el discurso, en algunos con calor y entusiasmo. Óyense -aquí y allí alabanzas ardientes: «Qué tío más largo. Él será rudo, -¡pero qué juicio tan sagaz, qué sentido práctico!»</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_10"><span class="label"><a -href="#FNanchor_10">[10]</a></span> El orador conoce al instante su -error; pero lo enmienda en seguida, muy terne.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_11"><span class="label"><a -href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Comentarios de entusiasmo en la -concurrencia. «¡Pero qué tuno es! Sabe más que Lepe... ¡Qué gramática -parda!»</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_12"><span class="label"><a -href="#FNanchor_12">[12]</a></span> En el grupo de los críticos, á -veces se ríen con descaro, á veces disimulan su hilaridad, aplaudiendo -estrepitosamente, en solfa. <i>Morentín</i>: «Pues tiene un no sé qué de -elocuente este animal. Rebuzna oratoriamente.»</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_13"><span class="label"><a -href="#FNanchor_13">[13]</a></span> El orador, sin dejar de hablar, -dice para sí: «Voy muy bien. Paréceme que me estoy luciendo. ¡Qué -siento que no me oiga Donoso!»</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_14"><span class="label"><a -href="#FNanchor_14">[14]</a></span> En el grupo de los críticos. -<i>Morentín</i>: «¿Pero han visto ustedes un ganso más delicioso?»—<i>Juan de -Madrid</i>: «Lo que veo es que es un guasón de primera.»—<i>Zárate</i>: «Como -que nos está tomando el pelo á todos los que estamos aquí.»</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_15"><span class="label"><a -href="#FNanchor_15">[15]</a></span> Sofocadas risas en el grupo de los -críticos.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_16"><span class="label"><a -href="#FNanchor_16">[16]</a></span> Prepárase el orador á soltar la -frase bonita aprendida días antes, y en cuyo efecto confía, si acierta -á decirla sin error de pronunciación.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_17"><span class="label"><a -href="#FNanchor_17">[17]</a></span> Parándose para recordar bien la -frase antes de soltarla.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_18"><span class="label"><a -href="#FNanchor_18">[18]</a></span> La cara del orador irradia de -júbilo, por lo correcta que le salió la frase.</p> - -</div> - -</div> -</div> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su - detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de - la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido - sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más - recientes.</li> - - <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final - del libro.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO *** - -***** This file should be named 55139-h.htm or 55139-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/5/1/3/55139/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. 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If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/55139-h/images/cover.jpg b/old/55139-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 9e76038..0000000 --- a/old/55139-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/55139-h/images/logo.jpg b/old/55139-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ffbe719..0000000 --- a/old/55139-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
