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-Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Torquemada en el purgatorio
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: July 17, 2017 [EBook #55139]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta
- obra.
-
- * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente
- de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
- sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
- recientes.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
-
- * Las notas a pie de página se han renumerado y colocado tras el
- párrafo en que se encuentra la llamada.
-
-
-
-
-TORQUEMADA EN EL PURGATORIO
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho
- el depósito que marca la ley.
- Serán furtivos los ejemplares
- que no lleven el sello del
- autor.
-
-
-MADRID.—Imp. Hijos de Tello, C. de San Francisco, 4.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
-
-
- TORQUEMADA
- EN EL
- PURGATORIO
-
- 10.000
-
-
- [Ilustración]
-
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
- Calle del Arenal, núm. 11.
-
- 1920
-
-
-
-
-TORQUEMADA EN EL PURGATORIO
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-
-Cuenta el Licenciado Juan de Madrid, cronista tan diligente como
-malicioso de los _Dichos y Hechos de D. Francisco Torquemada_, que no
-menos de seis meses tardó Cruz del Águila en restablecer en su casa el
-esplendor de otros días, y en rodearse de sociedad honesta y grata,
-demostrando en esto, como en todas las cosas, su consumada discreción,
-para que no se dijera ¡cuidado! que pasaba con famélica prontitud de
-la miseria lacerante al buen comer y al visiteo alegre. Disiente de
-esta opinión otro cronista no menos grave, el _Arcipreste Florián_,
-autor de la _Selva de Comilonas y Laberinto de Tertulias_, que fija en
-el día de Reyes la primera comida de etiqueta que dieron las ilustres
-damas en su domicilio de la calle de Silva. Pero bien pudiera ser esto
-error de fecha, disculpable en quien á tan distintos comedores tenía
-que asistir por ley de su oficio, en el espacio de sol á sol. Y vemos
-corroborada la primera opinión en los eruditísimos _Avisos del Arte
-Culinario_, del Maestro López de Buenafuente, el cual, tratando de
-un novísimo estilo de poner las perdices, sostiene que por primera
-vez se sacó á manteles este guisado en una cena que dieron los nobles
-señores de Torquemada, á los diez días del mes de Febrero del año tal
-de la _reparación cristiana_. No menos escrupuloso en las referencias
-históricas se muestra el _Cachidiablo_ que firma las _Premáticas del
-Buen vestir_, quien relatando unas suntuosas fiestas en la casa y
-jardines de los señores Marqueses de Real Armada, el día de Nuestra
-Señora de las Candelas, afirma que Fidela Torquemada lucía elegante
-atavío de color de orejones á medio pasar, con encajes de Bruselas. Por
-esta y otras noticias, tomadas en las mejores fuentes de información,
-se puede asegurar que hasta los seis meses largos de la boda, no
-empezaron las Águilas á remontar su vuelo fuera del estrecho espacio á
-que su mísera suerte por tanto tiempo las había reducido.
-
-Ni se necesita compulsar prolijamente los tratadistas más autorizados
-de cosas de salones, para adquirir la certidumbre de que las señoras
-del Águila permanecieron algún tiempo en la obscuridad, como
-avergonzadas, después de su cambio de fortuna. _Mieles_ no las cita
-hasta muy entrado Marzo, y el _Pajecillo_ las nombra por primera vez
-enumerando las mesas de petitorio en Jueves Santo, en una de las más
-_aristocráticas iglesias_ de esta Corte. Para encontrar noticias claras
-de épocas más próximas al casamiento, hay que recurrir al ya citado
-Juan de Madrid, uno de los más activos y al propio tiempo más guasones
-historiógrafos de la vida elegante, hombre tan incansable en el comer
-como en el describir opulentas mesas, y saraos espléndidos. Llevaba el
-tal un Centón en que apuntando iba todas las frases y modos de hablar
-que oía á don Francisco Torquemada (con quien trabó amistad por Donoso
-y el Marqués de Taramundi), y señalaba con gran escrúpulo de fechas
-los progresos del transformado usurero en el arte de la conversación.
-Por los papeles del Licenciado sabemos que desde Noviembre decía D.
-Francisco á cada momento: _así se escribe la historia, velis nolis,
-la ola revolucionaria, y seamos justos_. Estas formas retóricas,
-absolutamente corrientes, las afeaba un mes después con nuevas
-adquisiciones de frases y términos no depurados, como _reasumiendo,
-ínsulas, en el actual momento histórico_, y el _maquiavelismo_,
-aplicado á cosas que nada tenían de maquiavélicas. Hacia fin de año
-se daba lustre el hombre corrigiendo con lima segura desatinos usados
-anteriormente, pues observaba y aprendía con pasmosa asimilación todo
-lo bueno que le entraba por los oídos, adquiriendo conceptos muy
-peregrinos, como: _no tengo inconveniente en declarar... me atengo á la
-lógica de los hechos_. Y si bien es cierto que la falta de principios,
-como observa juiciosamente el Licenciado, le hacía meter la pata cuando
-mejor iba discurriendo, también lo es que su aplicación y el cuidado
-que ponía al apropiarse las formas locutorias, le llevaron en poco
-tiempo á realizar verdaderas maravillas gramaticales, y á no hacer
-mal papel en tertulia de personas finas, algunas superiores á él por
-el nacimiento y la educación, pero que no le superaban en garbo para
-sostener cualquier manoseado tema de controversia, _al alcance_, como
-él decía, _de las inteligencias más vulgares_.
-
-Es punto incontrovertible que dejó pasar Cruz todo Septiembre y parte
-de Octubre, sin proponer á su hermano político reforma alguna en la
-disposición arquitectónica de la casa; pero llegó un día en que con
-toda la suavidad del mundo, sabiendo que ponía las primeras paralelas
-para un asedio formidable, lanzó la idea de derribar dos tabiques, con
-objeto de ampliar la sala haciéndola salón, y el comedor _comedorón_...
-Esta palabra empleó D. Francisco, amenizándola con burlas y
-cuchufletas; mas no se acobardó la dama, que al punto, con chispeante
-ingenio, hubo de contestar á su cuñado en esta forma:
-
-—No digo yo que seamos príncipes, ni sostengo que nuestra casa sea
-el _regio alcázar_, como usted dice. Pero la modestia no quita á la
-comodidad, Sr. D. Francisco. Paso porque el comedor sea hoy por hoy de
-capacidad suficiente. ¿Pero me garantiza usted que lo será mañana?
-
-—Si la familia aumentara, como _tenemos derecho á esperar_, no digo que
-no. Venga más comedor y yo seré el primero en agrandarlo cuanto sea
-menester. Pero la sala...
-
-—La sala es simplemente absurda. Anoche, cuando se juntaron los de
-Taramundi con los de Real Armada, y sus amigos de usted el bolsista
-y el cambiante de moneda, estábamos allí como sardinas en banasta.
-Inquieta y sofocadísima, yo aguardaba el momento en que alguno tuviera
-que sentarse sobre las rodillas de otro. Á usted le parecerá que esta
-estrechez es decorosa para un hombre á cuya casa vienen personas de
-la mejor sociedad. ¿Por mí qué me importa? No deseo más que vivir en
-un rincón, sin más trato que el de dos ó tres amigas íntimas... Pero
-usted, un hombre como usted, llamado á...
-
-
-
-
-II
-
-
-—¿Llamado á qué?—preguntó Torquemada, manteniendo ante su boca, sin
-catarlo, el bizcocho mojado en chocolate, con lo cual dicho se está que
-en aquel momento se desayunaba.—¿Llamado á qué?—volvió á decir, viendo
-que Cruz, sonriente, esquivaba la respuesta.
-
-—No digo nada, ni perderé el tiempo en demostrar lo que está bien á
-la vista, la insuficiencia de esta habitación—manifestó la dama, que
-al dar vueltas alrededor de la ovalada mesa, afectaba no hallar fácil
-paso entre el aparador y la silla ocupada por D. Francisco.—Usted,
-como dueño de la casa, hará lo que guste. El día en que tengamos un
-convidado, que bien podríamos tenerlo para corresponder á las finezas
-que otros gastan con nosotros, y quien dice un convidado, dice dos
-ó cuatro..., pues ese día tendré yo que comer en la cocina... No, no
-reirse. Ya sale usted con su tema de siempre: que yo exagero, que yo...
-
-—Es usted la _exageración personificada_—replicó el avaro,
-engulléndose otro bizcocho.—Y como yo _blasono_ de ser el justo medio
-_personificado_, pongo todas las cosas en su lugar, y rebato sus
-argumentos por lo que toca al actual momento histórico. Mañana no
-digo...
-
-—Lo que se ha de hacer mañana de prisa y corriendo, debe hacerse hoy,
-despacio—dijo la dama apoyando las manos en la mesa, á punto que el
-D. Francisco acababa de desayunarse. Ya sabía ella por dónde iba á
-salir en la réplica, y le esperó tranquila, con semblante de risueña
-confianza.
-
-—Mire usted, Crucita... Desde que me casé, vengo _realizando_... sí,
-esa es la palabra, realizando _una serie de transacciones_. Usted me
-propuso reformas que se daban de cachetes con mis costumbres de toda
-la vida, por ejemplo... ¿Pero á qué es poner ejemplos ni verbigracias?
-Ello es que mi cuñada proponía y yo trinaba. Al fin he transigido,
-porque como dice muy bien nuestro amigo Donoso, vivir es transigir.
-He aceptado un poquito de lo que se me proponía, y usted cedía un
-_ápice_, ó dos _ápices_ de sus pretensiones... El justo medio, _vulgo_
-prudencia. No dirán las señoras del Águila que no he procurado hacerles
-el gusto, desmintiéndome, como quien dice. Por tener contenta á mi
-querida esposa y á usted, me privo de venir á comer en mangas de
-camisa, lo que era muy de mi gusto en días de calor. Se empeñaron
-después en traerme una cocinera de doce duros. ¡Qué barbaridad! ¡Ni
-que fuéramos arzobispos! Pues transigí con admitir la que tenemos,
-ocho durazos, que si es verdad nos hace primores, bien pagada estaría
-con cien reales. Para que mi señora y la hermana de mi señora no me
-alboroten, he dejado de comer salpicón á última hora de la noche, antes
-de acostarme, porque, lo reconozco, no está bien que vaya delante de mí
-el olor de cebolla, abriéndome camino como un batidor. Y _reasumiendo_:
-he transigido también con el lacayito ese para recados y limpiarme la
-ropa, aunque á decir verdad, días hay en que para evitarle reprimendas
-al pobre chico, no sólo me limpio yo mi ropa, sino también la suya.
-Pero en fin, pase el chaval de los botones, que si no me equivoco,
-no presta servicios en consonancia con lo que consume. Yo lo observo
-todo, señora mía; suelo darme una vuelta por la cocina cuando está
-comiendo la servidumbre, _vulgo_ criados, y he visto que ese ángel de
-Dios se traga la ración de siete; amén del mal tercio que hace á la
-familia levantando de cascos á las criadas de casa, y á las de toda
-la vecindad. En fin, ustedes lo quieren: sea. _Adopto esta actitud_
-para que no digan que soy la _intransigencia personificada_, y para
-cargarme de razón ahora, negándome, como me niego, al derribo de
-tabiques, _etcétera_... que eso de estropear la finca va contra la
-lógica, contra el sentido común, y contra la conveniencia de _propios_
-y _extraños_.
-
-Contestóle Cruz con gracejo, afectando sumisión á la primera autoridad
-de la familia, y se dirigió á la alcoba de su hermana, que no dejaba
-el lecho hasta más tarde. Ambas charlaron alegremente de la misma
-materia, conviniendo en que aquello y aun más se conseguiría de don
-Francisco, esperando la ocasión favorable, como habían podido observar
-en el tiempo que llevaban de convivencia. Torquemada, después de darse
-un buen atracón de _La Correspondencia_ de la mañana, se fué al lado de
-su esposa, periódico en mano, pisando con suavidad por evitar el ruido,
-y ladeándose la gorra de seda negra, para rascarse el cráneo. No tardó
-Cruz en acudir á despertar al ciego y llevarle el desayuno, y quedó el
-matrimonio solo, acostada ella, él paseándose en la alcoba.
-
-—¿Y qué tal?—le preguntó D. Francisco con cariño no afectado.—¿Te
-sientes hoy más fuerte?
-
-—Me parece que sí.
-
-—Probarás á dar un paseíto á pie... Yo, si te empeñas en darlo
-en coche, no me opongo, ¡cuidado! Pero más te conviene salir de
-_infantería_ con tu hermana.
-
-—Á patita saldremos...—replicó la esposa.—Iremos á casa de las de
-Taramundi, y para la vuelta, ellas nos traerán en su berlina. De este
-modo te ahorras tú ese gasto.
-
-Torquemada no chistó. Siempre que se entablaban discusiones sobre
-reformas que desnivelaran el bien estudiado presupuesto de D.
-Francisco, Fidela se ponía de parte de él, bien porque anhelara cumplir
-fielmente la ley de armonía matrimonial, bien porque con femenil
-instinto, y casi sin saber lo que hacía, cultivara la fuerza en el
-campo de su propia debilidad, cediendo para triunfar, y retirándose
-para vencer. Esto es lo más probable, y casi por seguro lo da el
-historiador, añadiendo que no había sombra de malicia premeditada
-en aquella estrategia, obra pura de la naturaleza femenina, y de
-la situación en que la joven del Águila se encontraba. Á los tres
-meses de matrimonio, no se había disipado en ella la impresión de
-los primeros días, esto es, que su nuevo estado era una liberación,
-un feliz término de la opresora miseria y humillante obscuridad de
-aquellos años maldecidos. Casada, podía vestirse con decencia y asearse
-conforme á su educación, comer cuantas golosinas se le antojaran,
-salir de paseo, ver alguna función de teatro, tener amigas y disfrutar
-aquellos bienes de la vida que menos afectan al orden espiritual.
-Porque lo primero, después de tan larga pobreza y ahogos, era respirar,
-nutrirse, restablecer las funciones animales y vegetativas. El contento
-del cambio de medio, favorable para la vida orgánica y un poco para
-la social, no le permitía ver los vacíos que aquel matrimonio pudiera
-determinar en su alma, vacíos que incipientes existían ya, como las
-cavernas pulmonares del tuberculoso, que apenas hacen padecer cuando
-empiezan á formarse. Debe añadirse que Fidela, con el largo padecer
-en los mejores años de su vida, todo lo que había ganado en sutilezas
-de imaginación, habíalo perdido en delicadeza y sensibilidad, y no se
-hallaba en disposición de apreciar exactamente la barbarie y prosaísmo
-de su cónyuge. Su linfatismo le permitía soportar lo que para otro
-temperamento habría sido insoportable, y su epidermis, en apariencia
-finísima, no era _por dentro_ completamente sensible á la ruda costra
-del que, por compañero de vida, casa y lecho, le había dado la sociedad
-de acuerdo con la Santa Iglesia. Cierto que á ratos creía enterarse
-vagamente de aquellos vacíos ó cavernas que dentro se le criaban; pero
-no hacía caso, ó movida de un instinto reparador (y va de instintos)
-defendíase de aquella molestia premonitoria, ¿con qué creeréis? con
-el mimo. Haciéndose más mimosa de lo que realmente era, fomentando en
-sí hábitos y remilgos infantiles, en lo cual no hacía más que aceptar
-los procedimientos de su hermana y de su marido, se curaba en salud
-de todo aquel mal probable ó posible de los vacíos. Era, pues, de
-casada, más golosa y caprichuda que de soltera; hacía muecas de niño
-llorón; enredaba, variando de sitio las cosas fáciles de transportar;
-entretenía las horas con afectaciones de pereza que agrandaban su
-ingénita debilidad; afectaba también un cierto desdén de todo lo
-práctico, y horror á los trajines duros de la casa; extremaba el aseo
-hasta lo increíble, eternizándose en su tocador; ansiaba los perfumes,
-que eran una nueva golosina, no menos apetecida que los bombones con
-agridulce; gustaba de que su marido la tratase con extremados cariños,
-y ella le llamaba á él _su borriquito_, pasándole la mano por el lomo
-como á un perrazo doméstico y diciéndole: «_Tor_, _Tor_... aquí...
-fuera... ven... la pata... ¡dame la pata!»
-
-Y D. Francisco, por llevarle el genio, le daba la mano, que para
-aquellos casos (y para otros muchos) era pata, recibiendo el hombre
-muchísimo gusto de tan caprichoso estilo de afecto matrimonial. Aquella
-mañana no ocurrió nada de esto; charlaron un rato, encareciendo ambos
-las delicias del pasear á pie, y por fin Fidela le dijo:
-
-—Por mí no necesitas poner coche. No faltaba más. ¡Ese gasto por
-evitarme un poquito de cansancio...! No, no, no lo pienses. Ahora, por
-tí, ya es otra cosa. No está bien que vayas á la Bolsa en clase de
-peatón. Desmereces, cree que desmereces entre los hombres de negocios.
-Y no lo digo yo, lo dice mi hermana, que sabe más que tú... lo dice
-también Donoso. No me gusta que piensen de tí cosas malas, ni que
-te llamen cominero. Yo me paso muy bien sin ese lujo: tú no puedes
-pasarte, porque en realidad no es lujo, sino necesidad. Hay cosas que
-son como el pan...
-
-Don Francisco no pudo contestarle porque le avisaron que le esperaba en
-su despacho el agente de Bolsa, y allá se fué presuroso, revolviendo
-en su caletre estas ó parecidas ideas: «¡El condenado cochecito! Al fin
-habrá que _echarlo_... _velis nolis_. No es idea, no, de esa pastaflora
-de mi mujer, que jamás discurre nada tocante al aumento de gastos. La
-otra, la _dominanta_, es la que quiere andar sobre ruedas. Ni qué falta
-me hace á mí ese armatoste, que... ahora que me acuerdo... se llama
-también _vehículo_. ¡Ah, si yo pudiera gastarlo, sin que esa despótica
-de Cruz lo catara!... Pero no, _¡ñales!_ tiene que ser para todos, y mi
-mujer la primera, sobre cojines muy blandos para que no se me estropee,
-_maxime_ si hay sucesión... Porque, aunque nada han dicho, yo, _atento
-á la lógica del fenómeno_, me digo: sucesión tenemos.»
-
-
-
-
-III
-
-
-¡Qué cosas hace Dios! En todo tenía una suerte loca aquel indino
-de Torquemada, y no ponía mano en ningún negocio que no le saliese
-como una seda, con limpias y seguras ganancias, como si se hubiese
-pasado la vida sembrando beneficios, y quisiera la Divina Providencia
-recompensarle con largueza. ¿Por qué le favorecía la fortuna, habiendo
-sido tan viles sus medios de enriquecerse? ¿Y qué Providencia es ésta,
-que así entiende _la lógica del fenómeno_, como por cosa muy distinta
-decía el avaro? Cualquiera desentraña la relación misteriosa de la
-vida moral con la financiera ó de los negocios, y esto de que las
-corrientes vayan á fecundar los suelos áridos en que no crece ni puede
-crecer la flor del bien. De aquí que la muchedumbre honrada y pobre
-crea que el dinero es loco; de aquí que la santa religión, confundida
-ante la monstruosa inequidad con que se distribuye y encasilla el metal
-acuñado, y no sabiendo cómo consolarnos, nos consuela con el desprecio
-de las riquezas, que es para muchos consuelo de tontos. En fin, sépase
-que la previsora amistad del buen Donoso, había rodeado á D. Francisco
-de personas honradísimas que le ayudaran en el aumento de sus caudales.
-El agente de Bolsa, de quien era comitente para la compra y venta de
-títulos, reunía á su pasmosa diligencia la probidad más acrisolada.
-Otros correveidiles que le proporcionaban descuentos de pagarés,
-pignoraciones de valores y negocios mil, sobre cuya limpieza nadie se
-habría atrevido á poner la mano en el fuego, eran de lo mejorcito de la
-clase. Verdad que ellos, con su buen olfato mercantil, comprendieron
-desde el primer día que á Torquemada no se le engañaba fácilmente, y
-en esto tal vez se afirmaba el cimiento de su moralidad; al paso que
-D. Francisco, hombre de grandísima perspicacia para aquellos tratos,
-les calaba los pensamientos antes que los revelara la palabra. De este
-conocimiento recíproco, de esta compenetración de las voluntades,
-resultaba el acuerdo perfecto entre compinches, y el pingüe fruto
-de las operaciones. Y aquí nos encontramos con un hecho que viene á
-dar explicación á las monstruosas dádivas de la suerte loca, y al
-contrasentido de que se enriquezcan los pillos. No hay que hablar tanto
-de la ciega fortuna, ni creer la pamplina de que ésta va y viene con
-los ojos vendados... ¡invención del simbolismo cursi! No es eso, no.
-Ni se debe admitir que la Providencia protegiera á Torquemada para
-hacer rabiar á tanto honrado sentimental y pobretón. Era... las cosas
-claras, era que D. Francisco poseía un talento de primer orden para
-los negocios, aptitud incubada en treinta años de aprendizaje usurario
-á la menuda, y desarrollada después en más amplio terreno y en esfera
-vastísima. La educación de aquel talento había sido dura, en medio de
-privaciones y luchas horrendas con la humanidad precaria, de donde sacó
-el conocimiento profundísimo de las personas bajo el aspecto exclusivo
-de tener ó no tener, la paciencia, la apreciación clara del tanto por
-ciento, la limadura tenaz, y el cálculo exquisito de la oportunidad.
-Estas cualidades, aplicadas luego á operaciones de mucha cuenta, se
-sutilizaron y adquirieron desarrollo formidable, como observaban Donoso
-y los demás amigos pudientes que se fueron agregando á la tertulia.
-
-Reconocíanle todos por un hombre sin cultura, ordinario y á veces
-brutalmente egoísta; pero al propio tiempo veían en él un magistral
-golpe de vista para los negocios, un tino segurísimo que le daba
-incontestable autoridad de suerte que, teniéndose todos por gente de
-más valía en la vida general, en aquella rama especialísima del _toma y
-daca_ bajaban la cabeza ante el bárbaro, y le oían como á un padre de
-la Iglesia... crematística. Ruiz Ochoa, los sobrinos de Arnáiz y otros
-que por Donoso se fueron introduciendo en la casa de la calle de Silva,
-platicaban con el prestamista aparentando superioridad, pero realmente
-espiaban sus pensamientos para apropiárselos. Eran ellos los pastores,
-y Torquemada el cerdo que olfateando la tierra descubría las escondidas
-trufas, y allí donde le veían hociquear, negocio seguro.
-
-Pues, como digo, fué D. Francisco á su despacho, donde estuvo como un
-cuarto de hora dando instrucciones al agente de Bolsa, y volvió luego
-á engolfarse en los periódicos de la mañana, lectura que le interesaba
-en aquella época, ofreciéndole verdaderas revelaciones en el orden
-intelectual, y abriendo horizontes inmensos ante su vista, hasta
-entonces fija en objetos situados no más allá de sus narices. Leía con
-mediano interés todo lo de política, viendo en ella, como es común
-en hombres aferrados á los negocios no más que una comedia inútil,
-sin más objeto que proporcionar medro y satisfacciones de vanidad á
-unos cuantos centenares de personas; leía con profunda atención los
-telegramas, porque todas aquellas cosas que en el extranjero pasaban
-parecíanle de más fuste que las de por acá, y porque los nombres de
-Gladstone, Goschen, Salisbury, Crispi, Caprivi, Bismarck, le sonaban á
-grande, revelando una raza de personajes de más circunstancias que los
-nuestros; se detenía con delectación en el relato de sucesos del día,
-crímenes, palos, escenas de amor y venganza, fugas de presos, escalos,
-entierros y funerales de personas de viso, estafas, descarrilamientos,
-inundaciones, etcétera. Así se enteraba de todo, y de paso aprendía
-_cláusulas_ nuevas y elegantes para irlas soltando en la conversación.
-
-Por lo que pasaba como gato sobre ascuas era por los artículos
-pertinentes á cosa de literatura y arte, porque allí sí que le
-estorbaba lo negro, es decir, que no entendía palotada, ni le entraba
-en la cabeza la razón de que tales monsergas se escribieran. Pero
-como veía que todo el mundo, en la conversación corriente, daba
-efectiva importancia á tales asuntos, él no decía jamás cosa alguna
-en descrédito de las artes liberales. Eso sí, á discreto no le ganaba
-nadie, en _el nuevo orden de cosas_, y tenía el don inapreciable del
-silencio siempre que se tratara de algún asunto en que se sentía
-lego. Tan sólo daba su asentimiento con monosílabos dejando adivinar
-una inteligencia reconcentrada, que no quiere prodigarse. Para él
-hasta entonces, _artistas_ eran los barberos, albañiles, cajistas de
-imprenta, y maestros de obra prima; y cuando vió que entre gente culta
-sólo eran verdaderos artistas los músicos y danzantes, y algo también
-los que hacen versos y pintan monigotes, hizo mental propósito de
-enterarse detenidamente de todo aquel _fregado_, para poder decir algo
-que le permitiera pasar por hombre de luces. Porque su amor propio se
-fortalecía de hora en hora, y le sublevaba la idea de que le tuvieran
-por un ganso; de donde resultó que últimamente dió en aplicarse á
-la lectura de los artículos de crítica que traían los periódicos,
-procurando sacar jugo de ellos, y sin duda habría pescado algo, si no
-tropezara á cada instante con multitud de términos cuyo sentido se le
-indigestaba. «_¡Ñales!_—decía en cierta ocasión,—¿qué querrá decir esto
-de _clásico_? ¡Vaya unos términos que se traen estos señores! Porque yo
-he oído decir el _clásico_ puchero, la _clásica_ mantilla; pero no se
-me alcanza que lo clásico, hablando de versos ó de comedias, tenga nada
-que ver con los garbanzos, ni con los encajes de Almagro. Es que estos
-tíos que nos sueltan aquí tales _infundios_ sobre el más ó el menos de
-las cosas de literatura, hablan siempre en figurado, y el demonio que
-les entienda... ¿Pues y esto del _romanticismo_, qué será? ¿Con qué se
-come esto? También quisiera yo que me explicaran la _emoción estética_,
-aunque me figuro que es como darle á uno un soponcio. ¿Y qué significa
-_realismo_, que aquí no es cosa del Rey, ni Cristo que lo fundó?»
-
-Por nada de este mundo se aventuraba á exponer sus dudas ante la
-autoridad de su esposa ó cuñada, pues temía que se le rieran en sus
-barbas, como una vez que le tentó el demonio, hallándose en una gran
-confusión, y fué y les dijo: «¿Qué significa _secreciones_?» ¡Dios, qué
-risas, qué chacota, y qué sofoco le hicieron pasar con sus _ínsulas_
-de personas ilustradas!
-
-Interrumpió la lectura para ir al cuarto de su mujer, resuelto á
-ponerla en planta, pues Quevedito recomendaba que se combatiese en
-ella la pereza, favorecedora de su linfatismo; y cuando iba por el
-pasillo, oyó voces un poco alteradas que de la estancia próxima al
-salón venían. Era aquélla la habitación que ocupaba el ciego; y como
-á éste, comúnmente, no se le oía en la casa una palabra más alta que
-otra, siendo tal su laconismo que parecía haber perdido, con el de
-la vista, el uso de la palabra, alarmóse un tanto D. Francisco, y
-aplicó su oído á la puerta. Mayor que su alarma fué su asombro al
-sentir al ciego riendo con gran efusión, y ello debía ser por motivo
-impertinente, pues su hermana le reprendía con severidad, elevando el
-tono de su indignación tanto como él el de sus risotadas. No pudo el
-tacaño comprender de qué demonios provenía júbilo tan estrepitoso,
-porque el tal Rafaelito, desde la boda no se reía ni por muestra, y su
-cara era un puro responso, siempre mirando para su interior y oyéndose
-de orejas adentro. Torquemada se retiró de la puerta, diciendo para sí:
-«Con buen humor amanece hoy el caballero de la Chancla y gran Duque de
-la Birria... Más vale así. Téngale Dios contento, y habrá paz.»
-
-
-
-
-IV
-
-
-Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su
-hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en
-el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de
-casa negocios urgentes.
-
-—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora
-esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido
-el sol?
-
-—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol?
-
-—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan
-gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la
-Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre
-van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de
-la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al
-alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico
-por debajo de la puerta.
-
-—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con
-tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van muchos
-días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que debes
-dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus cálculos y
-entretenerte con los acertijos que á tí mismo te propones.
-
-—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo
-á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño
-perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura,
-mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me
-aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.
-
-—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto.
-La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza,
-insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué
-tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano,
-indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la
-injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.
-
-—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y empezando á
-reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi cabeza la
-disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.
-
-—¿Por qué te ríes?
-
-—Toma, porque estoy contento.
-
-—¿Contento tú?
-
-—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me
-estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me
-entran ganas de reir, porque no me divierto con las mil farsas que
-inventáis para distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete;
-Rafael, ponte de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el
-alma y se me sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?
-
-—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es
-natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.
-
-—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me
-gustaría verte reir conmigo.
-
-—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo que
-has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?
-
-—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á la
-cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma, y
-se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por
-esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no
-te enfades...
-
-—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la bandeja
-en una mano y la rebanada de pan en otra...
-
-—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente,
-necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo
-apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de
-Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta en
-nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio, nos
-levantamos con un humor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario
-no habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás
-si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte
-que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir,
-entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate.
-Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular
-el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados,
-los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la
-lógica...
-
-—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas
-simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo
-que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te
-acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te
-entretenga, te cuente cuentos...
-
-—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no
-hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí
-propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos
-pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito...
-
-—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te acompañe
-de noche, aunque no duerma.
-
-—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al
-descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto
-esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te enfades porque me ría. Me
-sale de muy adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe
-fuerte, se saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una
-cantidad de llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de
-duelo... Deja, deja que me ría mucho, porque si no reviento.
-
-—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar
-severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí?
-
-—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque eres
-mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no son
-de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no te
-rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar,
-que has de padecer horriblemente.
-
-—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto.
-
-—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su merecido,
-no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante mala para
-irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas.
-
-—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada
-por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la
-que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada..
-¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien,
-y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes...
-¡Qué serio te has puesto!... Es que una razón mía basta para hacerte
-recobrar la tuya.
-
-—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero
-dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi
-risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre
-cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él
-palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y
-sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico.
-Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de
-inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin,
-¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar
-del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis,
-y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente,
-¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba
-que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres
-mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le
-vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú
-vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre
-acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende
-á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino
-de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame...
-Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado
-el porvenir... y veo, claro como la luz del alma, única que á mí me
-alumbra..., veo que transigiendo, transigiendo y abandonándome á los
-hechos, sacerdote de la santa inercia, acabaré por conformarme con la
-opulencia infamante de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la
-dignidad... Si esto no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha
-huído de nuestro planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos
-en tanta vileza, y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural
-y necesaria! ¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada
-atmósfera que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto
-es para morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque
-tu alma es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción,
-no en la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del
-mucho _humorismo de la chimenea_.»
-
-Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la
-escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el
-alboroto.
-
-
-
-
-V
-
-
-—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la hermana mayor,
-disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir iba levantando en su
-alma.—Nunca he visto en tí ese humor de chacota, ni esas payasadas de
-mal gusto, Rafael. No te conozco.
-
-—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la
-familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al
-fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás
-retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo
-que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un
-tipo de esos que llaman _serios_, y en nosotros unos pobres cursis, que
-por hambre hacen el mamarracho.
-
-—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso...
-Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la cabeza.
-
-—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar su
-cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que aceptar
-los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la inmundicia que
-tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa. Ya ves que no me
-río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré seriamente, contra lo que
-pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe las inflexiones de sátira
-que se notan... ¿no las has notado?... que se notan, digo, en el acento
-de todas las personas que han vuelto á entablar amistad con nosotros,
-después del paréntesis de desgracia.
-
-—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira más
-que en tu descarriada imaginación.
-
-—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de similor,
-y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo mejor que
-tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la cabeza, y te
-diré una cosa que ha de pasmarte.
-
-—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras juzgando
-de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... Toma la
-toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.
-
-—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el caso
-que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para no
-estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como la
-hemos perdido nosotros...
-
-—¡Rafael, por amor de Dios...!
-
-—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma ese
-estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando
-más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez
-perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no
-lo son... (_Conteniendo la risa_) Tú, autora de todo esto, debes ir ya
-hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera
-delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el
-amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que
-habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.
-
-—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér delicado y enfermo, á quien no
-se puede aplicar el correctivo de una azotaina!
-
-—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que
-harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las
-palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones
-con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social
-con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de
-pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras...,
-á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas,
-renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y
-en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes!
-Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones
-y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de
-lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el
-regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo
-que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que
-continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado!
-Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla
-en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos
-artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis
-dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.
-
-—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus
-disparates con mi santa paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees
-inagotable; por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo
-acompañarte más. Pinto acabará de vestirte... (_Llamando._) Pinto...
-chiquillo... ¿Qué haces?
-
-Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre acababa
-de traer.
-
-—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre dice
-que quiere vérselo puesto.
-
-—Pues que pase. (_Á Rafael._) Ya tienes entretenimiento para un rato.
-Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le
-devuelve para que la reforme. (_Al sastre._) Pase usted, Balboa... Hay
-que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y
-exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste,
-como si pudiera apreciarlos por la vista. (_Á Pinto._) Anda, ¿qué
-haces? Quítale el pantalón.
-
-—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su
-jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el
-tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la
-hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi
-ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y
-yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?
-
-—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.
-
-—No está mal. Pues decía que necesito más trapo, Sr. Balboa. Otro
-terno de entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted?
-y tres ó cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora
-hermana?
-
-—¿Yo? nada.
-
-—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y
-abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de
-fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito?
-Yo me entiendo. Necesito un frac.
-
-—¡Jesús!
-
-—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?
-
-—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.
-
-—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que
-no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente
-apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy
-yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac
-prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?
-
-—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me parece
-que un poquitín incomodada con usted.
-
-Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse de
-aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su
-presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó con
-Pinto y el sastre todo el tiempo que duraron las probaturas y el quita
-y pon de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle,
-y sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.
-
-—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.
-
-—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere
-someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy enfermo.
-
-—Pues si esta mañana se reía como un descosido.
-
-—Precisamente... ese es el síntoma.
-
-—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre uno
-cosas raras en este _nuevo régimen_ á que ustedes me han traído.
-Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo,
-bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna
-parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que
-me quedaba que ver.
-
-—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando
-con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico
-especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto mejor...
-
-—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el
-apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar
-á tu hermano peor que estaba, ponga unos _emolumentos_ que nos partan
-por el eje.
-
-—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz ocupando
-su sitio.
-
-—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, _paparruchosis_... Mire usted, Cruz,
-lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos que se
-dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar de
-cadáveres nuestros _clásicos_ cementerios.
-
-—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay que
-llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.
-
-—Con uno basta—manifestó Cruz.
-
-—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco,
-recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos
-á los Asilos del Pardo.
-
-—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz festivamente.
-
-—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre
-paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava
-maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.
-
-—Si están riquísimos.
-
-—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se
-peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y
-transigiremos...
-
-—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su
-marido.—En vez de llamar los tres especialistas...
-
-—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres plagas de Faraón, y la
-langosta médico-farmacéutica.
-
-—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París para
-que le vea Charcot.
-
-
-
-
-VI
-
-
-—¿Y quién es ese peine?—preguntó Torquemada, cuando hubo tragado el
-pedazo de carne, que al oir _Charcot_ se le atravesó sin querer pasar
-ni para arriba ni para abajo.
-
-—No es peine. Es el primer sabio de Europa en enfermedades cerebrales.
-
-—Pues yo—afirmó el tacaño, dando un golpe en la mesa con el mango del
-tenedor,—yo, yo le digo al primer sabio de Europa que se vaya á freir
-espárragos... y que si quiere enfermos ricos, que vaya á recetarle á la
-gran puerquísima de su madre.
-
-—¡Hombre, qué cosas dices...!—manifestó Fidela con dulce severidad y
-blando mimo.—Francisco, por Dios... Mira, tontín, con el viaje á París
-matamos dos pájaros de un tiro.
-
-—No, si yo no quiero matar pájaros de un tiro, ni de dos.
-
-—Llevamos á Rafael á que le vea Charcot.
-
-—Si no hiciera más que verle... Pues con mandarle el retrato...
-
-—Digo que curaremos á Rafael, y de paso, verás tú á París, que no lo
-has visto.
-
-—Ni falta que me hace.
-
-—¿Que no? ¿Te parece que no es desairado tener que decir, cuando se
-habla de grandes poblaciones, «pues señores, yo no he visto más que
-Madrid... y Villafranca del Bierzo»?... No te hagas el zafio, que no lo
-eres. ¡París! Si tú lo vieras, se ensancharía el círculo de tus ideas.
-
-—_El círculo de mis ideas_—dijo Torquemada, recogiendo con avidez la
-frase, que le pareció bonita, y quedó encasillada en su archivo de
-locuciones,—no es ninguna manga estrecha para que nadie me la ensanche.
-Cada uno en su círculo, y Dios en el de todos.
-
-—Y una vez en París—añadió la esposa con ganas de trastear dulcemente á
-su marido,—no nos volveríamos sin dar una vueltecita por Bélgica, ó por
-el Rhin.
-
-—Sí, para vueltecicas estamos...
-
-—Si es baratísimo... Y también nos llegaríamos á Suiza.
-
-—Sí, y á las Ventas de Alcorcón.
-
-—Ó haríamos la excursión del Palatinado bávaro, de Baden y la Selva
-Negra.
-
-—Sí, y la de la selva blanca; y luego nos llegaremos al Polo Norte y
-á la Patagonia, y volveríamos á casa por la Osa Mayor. Y al llegar
-aquí, yo tendría que pedir un jornal en las obras del Ayuntamiento para
-mantener á la familia, ó una plaza de Orden Público...»
-
-Las dos damas celebraron con francas risas esta ocurrencia, y Cruz puso
-fin á la contienda del modo más razonable:
-
-—Esto del viaje es una broma de Fidela, para asustarle á usted, D.
-Francisco. No necesitamos acudir á Charcot. ¡Buenos están los tiempos
-para gastos de viaje, y consultas con eminencias europeas! Lo que
-Rafael necesita principalmente es distracción, tomar mucho el aire,
-pasear lejos del infernal bullicio de estas calles...
-
-—Vamos, hablando en plata, señora mía, eso es otro memorial para el
-coche. Al fin tendré que apencar con el _vehículo_.
-
-—Pero si no hemos dicho nada de vehículo,—observó Fidela entre veras y
-bromas.
-
-—¡Pasear lejos!... Sí, se va á curar Rafael con el zarandeo de la
-berlina... Bueno... á correrla, y no paréis hasta Móstoles.
-
-—El coche—dijo Cruz con el tono de autoridad que no admitía réplica
-las pocas veces que lo empleaba, mayormente si iba acompañado de la
-vibración del labio,—debe ponerlo usted, y lo pondrá, yo se lo aseguro,
-no por nosotras ni por nuestro hermano, que bien enseñados estamos á
-andar á pie, sino por usted, Sr. D. Francisco Torquemada. Es indecoroso
-que ande hecho un azacán por esas calles un hombre de su crédito y de
-su respetabilidad.
-
-—¡Ah!... ¡ah!... amiga mía—exclamó don Francisco en voz muy alta, y
-en tono que tanto tenía de festivo como de airado.—No me engatusa
-usted á mí con ese jabón que quiere darme. _Seamos justos_: yo soy un
-hombre humilde, no una _entidad_ como usted dice. Fuera _entidades_
-y biblias... Con esa mónita, lo que hace usted es _dar pábulo_ á los
-gastos. Yo no _doy pábulo_ más que á la economía; y por eso tengo
-un pedazo de pan. Pero con _la actitud_ que ustedes toman, pronto
-tendremos que pedirlo prestado, y no te quiero decir... ¡Deudas en
-mi casa!... ¡Oh! nunca... Si viene la bancarrota, _vulgo_ miseria,
-usted, Crucita de mi alma, tiene la culpa... ¡Con que coche! Pues habrá
-coche, no para mí, que sé ganar la santísima rosca andando en el de San
-Francisco mi patrono, sino para ustedes, á fin de que se den todo el
-pisto compatible con su nueva _entidad_...
-
-—Pero yo no he pedido...
-
-—¿Cómo no? ¡Si parece que le hizo la boca un fraile! ¡Si no hay día
-que no me traiga una socaliña! Tirar tabiques, derribarme media finca
-para hacer salones... Que si la modista, que si el sastre, que si el
-tapicero, que si el almacenista, que si la biblia en pasta... Pues
-ahora, con eso de que el hermanito tiene ganas de reir, voy yo á
-tener que llorar, y lloraremos todos. Ya estoy viendo una _serie no
-interrumpida_ de antojos, y _por ende_ de nuevos gastos. Que es preciso
-distraerle; y como le gusta tanto la música, tendremos que traer aquí
-la orquesta del Teatro Real, y al zángano aquél, que con una varita les
-señala el golpe de lo que han de tocar. (_Risas._) Que hay que traer
-un facultativo. Pues venga todo San Carlos, y lluevan honorarios...
-Que hay que convidar á Juan, Pedro y Diego, los amigotes que vienen á
-darle tertulia, poetas los unos, danzantes los otros. Pues allá te van
-doce ó catorce cubiertos, y la mar de platos extraordinarios para que
-saquen el vientre de mal año esos... _pará_...»
-
-Se le atravesó la palabra, que, como de adquisición reciente, no podía
-ser pronunciada sin cierta precaución y estudio.
-
-—_Parásitos_—le dijo Fidela.—Sí que lo son algunos. Pero no hay más
-remedio que convidarles alguna vez, para que no vayan por ahí hablando
-de si en esta casa hay ó no hay tacañería.
-
-—Nuestras relaciones—afirmó Cruz,—no dicen eso. Son personas
-distinguidísimas.
-
-—No pongo en duda su _distinguiduría_—asentó Torquemada;—pero _profeso
-el principio_ de que cada _quisque_ debe comer en su casa. ¿Voy yo á
-comer á casa de nadie?
-
-—Hay que confesar, señor maridito—le dijo Fidela pasándole la mano por
-el lomo,—que hoy estás graciosísimo. Si yo no quiero que gastes; si
-no nos hace falta coche, ni lujo, ni bambolla... Guarda, guarda tus
-ahorritos, bribón... ¿Sabes lo que dijo anoche Ruiz Ochoa? Que en un
-mes habías ganado treinta y tres mil duros.
-
-—¡Qué barbaridad!—exclamó el usurero, levantándose impacientemente
-después de probar el café.—Lo diría en broma. Y con esas cuchufletas
-_da pábulo_... sí, _pábulo_, á vuestras ideas exageradas sobre lo que
-yo tengo. En fin, me voy por no incomodarme. _Reasumiendo_: es preciso
-economizar. La economía es la religión del pobre. Guardaremos _el
-óbolo_; que nadie sabe lo que vendrá el día de mañana, y cosas podrán
-venir que exijan éste y el otro y todos los óbolos del mundo.
-
-Metióse gruñendo en su despacho, cogió sombrero y bastón, que era, por
-más señas, con puño de asta de ciervo bruñida por el uso, y se marchó
-á la calle, á _evacuar_ sus negocios. Hasta más allá de la Puerta del
-Sol le fueron burbujeando en el magín las ideas de la viva disputa con
-su esposa y cuñada, y seguía disparando contra ellas una dialéctica
-irresistible:
-
-—Porque no me sacarán ustedes, con todo su _maquiavelismo_, del
-sistema del gastar sólo una parte mínima, _considerablemente mínima_,
-de lo que se gana. ¡Ya...! como ustedes no tienen que discurrir para
-traerlo á casa, no saben lo que cuesta... Sólo me correría más de lo
-acordado en caso de sucesión... Eso sí, la sucesión merece cualquier
-dispendio _considerable_. Por eso me decía Valentinico anoche, cuando
-me quedé dormido en mi cuarto, caldeada la cabeza de tanto afilar el
-reverendo guarismo... Me decía dice: «Papá, no sueltes un cuarto hasta
-que no sepas si nazco ó no nazco... Esas bribonas de Águilas me están
-engañando... que hoy, que mañana, y así no puedo estar... Un pie en la
-eternidad y otro pie en la vida esa... vamos, que esto cansa... duele
-todo el cuerpo, ó toda el alma; que si el alma no tiene huesos, tiene
-coyunturas... y sin tener carne ni tendones, tiene cosquillas, y sin
-tener sangre, tiene fiebre, y sin tener piel, tiene gana de rascarse.»
-
-
-
-
-VII
-
-
-Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar
-el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra
-descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la
-seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer
-de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder
-sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á
-la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque
-satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido,
-les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron
-á saludarle:
-
-—Hola, Morentín, gracias á Dios...
-
-—¡Pero qué caro se vende usted!
-
-—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted.
-
-Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura
-un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa
-anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y
-correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo
-de un trato frecuente, fué á sentarse junto al ciego, y dándole un
-palmetazo en la rodilla, le dijo:
-
-—Hola, perdido, ¿qué tal?
-
-—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No
-venga usted ya con sus trapacerías de siempre.
-
-—Me esperan en casa de la tía Clarita.
-
-—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No, no le
-soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo acopio
-de resignación.
-
-—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las
-opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado.
-
-—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la
-responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería...
-
-—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor.
-
-—Convenido.
-
-Pepe Serrano Morentín había sido, en otros tiempos, el inseparable
-amigo de Rafael y su compañero de estudios desde las primeras letras
-hasta el grado en la Universidad; y si en la época terrible, aquella
-amistad pareció extinguida, y apenas, de higos á brevas, se veían
-los dos muchachos y refrescaban con cariñosa efusión los recuerdos
-estudiantiles, fué porque las Águilas esquivaban toda visita,
-ocultándose en su triste y solitario albergue, como si creyeran rendir
-tributo, con la ausencia de todo testigo, á la dignidad de su miseria.
-El cambio material de existencia abrió las puertas del escondrijo;
-y de cuantas amistades lentamente se restablecieran entonces por
-mediación de Donoso, de Ruiz Ochoa ó de Taramundi, ninguna era tan
-grata al pobre ciego como la de su caro Morentín, que sabía llevarle el
-genio mejor que nadie, y despertar en él simpatía muy honda en medio de
-la indiferencia ó desdén que hacia todo el género humano sentía.
-
-Conocedoras Fidela y Cruz de esta preferencia, ó más bien absoluto
-imperio de Morentín en la voluntad del pobre ciego, vieron aquel día
-en su visita una providencial aparición. Y como sabían que Rafael
-gustaba de platicar holgadamente con su amigo, referirle sus tristezas,
-provocarle á discusiones en que el humorismo se enredaba con la
-psicología más sutil, corriéndose á veces á terreno un tanto escabroso,
-determinaron, después de los cumplidos de rúbrica, dejarles solos, que
-así descansaban ellas de la guardia, y el ciego estaría más á gusto.
-
-—Querido Pepe—le dijo Rafael haciéndole sentar á su lado.—No sabes con
-cuanta oportunidad vienes. Deseo consultarte una cosa... una idea,
-que ayer apuntó en mí, y hoy, en el momento que entraste, cuando oí
-tu voz, ¡ay! me hirió la mente, así como si entrara de golpe, dándose
-de cabezadas con todas las demás ideas que hay en el cerebro, y
-espantándolas y dispersándolas... no te lo puedo explicar.
-
-—Comprendido.
-
-—¿Á tí te acomete alguna idea en esta forma y con esta insolencia...?
-
-—Ya lo creo.
-
-—No; en tí entran con el capuchón de la hipocresía. No sabes que están
-dentro hasta que se descubren la cara y alzan la voz. Morentín, hoy voy
-á hablarte de un asunto muy delicado.
-
-—¿Muy delicado?
-
-Al decir esto, el amigo de la casa sintió un súbito golpetazo hacia
-la región cardíaca, como de aviso, como de alarma, como de lo que en
-lenguaje truhanesco se designa con el feo vocablo de _escama_. Conviene
-ahora más que nunca dar alguna noticia de este Morentín y registrarle y
-filiarle con la mayor exactitud posible.
-
-Era el tal soltero, plebeyo por parte de padre, aristócrata por la
-materna, socialmente mestizo, como casi toda la generación que corre;
-bien educado, bien avenido con el estado presente de la sociedad, que
-su proporcionada riqueza le hacía ver como el mejor de los mundos
-posibles, satisfecho de haber nacido guapo y de poseer algunas
-cualidades de las que generalmente no excitan envidia; sin bastante
-inteligencia para sentir las atracciones dolorosas de un ideal, sin
-bastante rudeza de espíritu para desconocer los placeres intelectuales;
-privado de las grandes satisfacciones del orgullo triunfante, pero
-también de las tristezas del ambicioso que no llega nunca; hombre que
-no poseía en alto grado ni virtudes ni vicios, pues no era un santo,
-ni tampoco un perdido, y se conceptuaba dichoso viviendo cómodamente
-de sus rentas, representando un distrito rural de los más dóciles,
-disfrutando de preciosa libertad y de un buen caballo inglés para
-pasearse. Bien quisto de todo el mundo, pero sin despertar en nadie
-un cariño muy vivo, veíase libre de toda pasión ardiente, pues ni
-siquiera la pasión política sintió nunca, y aunque afiliado en el
-partido canovista, reconocía que lo mismo lo estaría en el sagastino,
-si á él le hubiera llevado el acaso; ni conocía tampoco la pasión
-viva por ningún arte, ni por el _sport_, pues aunque cabalgaba dos
-ó tres horas cada día, jamás le inflamó el entusiasmo hípico, ni el
-delirio del juego, ni el de las mujeres, fuera de un cierto grado que
-no llega al drama, ni traspasa los límites de un discreto desvarío,
-elegante y urbano. Era hombre, en fin, muy de su época, ó de sus días,
-informado espiritualmente en una vulgaridad sobredorada, con docena y
-media de ideas corrientes, de esas que parecen venir de la fábrica, en
-paquetitos clasificados, sujetos con un elástico.
-
-Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo
-que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió
-escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y
-almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes,
-tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas
-para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su
-existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo
-á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión
-aceptable, siempre dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en
-cuanto á moral, si Morentín defendía en público y en privado las buenas
-costumbres, no por eso se hallaba libre de la relajación mansa que
-apenas sienten los mismos que en ella viven.
-
-Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del
-vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado,
-y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las
-señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la
-investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria.
-Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y
-bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su
-orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno
-afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer
-era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en la
-línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia, y
-todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba el
-drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo mismo
-que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban, ó que
-blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de salir y
-pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para que nada
-le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin catástrofe
-se le había satisfecho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni
-qué pedir á Dios... ó á quien se pidan estas cosas.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante
-todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?
-
-—No, hombre, estamos solos.
-
-—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...
-
-—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.
-
-—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... Y esta
-mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me manifestaron
-en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba loco, no, ni
-lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los condenados
-por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que los
-diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...
-
-—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?
-
-—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero mira,
-Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una lealtad
-á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que te
-pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á
-Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la
-desconoce.
-
-—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en un
-hilo. ¿Qué es ello?
-
-—Apuesto á que te lo figuras.
-
-—¿Yo? Ni remotamente.
-
-—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas demasiado
-fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben espantar
-pronunciadas por esta boca mía?
-
-—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando su
-desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con alguna
-humorada...
-
-—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla
-sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín,
-representante del país, propietario, paseante en corte y _sportman_,
-dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á
-moralidad y buenas costumbres?
-
-Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras veces,
-después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía con
-cualquier cuchufleta.
-
-—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma. Te
-pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo, dentro
-de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos de
-la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de
-hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, _etcétera_.
-Me figuro que no hay variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo,
-que también es el tuyo, allá cuando tú y yo andábamos por el mundo,
-divirtiéndonos todo lo que podíamos, las ideas sobre puntos graves de
-moral eran bastante anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos
-nuestros amigos, no pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que
-el matrimonio no nos imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no?
-
-—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero á
-qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros hubo
-jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos de
-mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue
-siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la
-intención ó con el hecho.
-
-—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á
-los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos
-como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos
-por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación
-hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos
-usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el
-matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te
-rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio.
-
-—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que si
-estuviéramos en aquel momento histórico, como diría quien yo me sé,
-tu santa palabra obraría prodigios sobre las conciencias de tanto
-perdulario. Pero, chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos
-tanta moralidad, que las picardías conyugales han venido á ser un mito.
-
-—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si están
-entre la juventud y la madurez, profesan los principios más contrarios
-á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha de correr
-muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo llamo
-principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio de
-que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo,
-antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de
-su desgracia... con un amante.
-
-—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.
-
-—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis los
-hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, para
-robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias,
-revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la
-situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...
-
-—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y
-sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba
-resultando muy desagradable.—Hablemos de cosas más amenas, más
-oportunas, no traídas por los cabellos, ni...
-
-—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta entonces
-había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, inquieto de
-manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando al punto
-que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar tontamente,
-porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de un hecho,
-Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu valor.
-
-—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín
-sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á pasar un
-rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones quiméricas.
-
-—¿Qué... te vas? (_Levantándose._)
-
-—No, estoy aquí. (_Deteniéndole._)
-
-—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra
-vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.
-
-—Que no... Pero podrían venir...
-
-—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la lógica
-de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, como el hijo
-se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta del árbol, y el
-árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la cual nada puede
-nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz hermana... ¡Triste
-cosa es descubrir estas realidades vergonzosas dentro de nuestra propia
-familia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy ciego
-de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo más
-que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... Pues
-he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge de
-medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la
-indulgencia social, se permite...
-
-—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó
-hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!...
-¿Pero has perdido el juicio?
-
-—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad...
-Confiésalo... Ten grandeza de alma.
-
-—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus locuras?...
-Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni oirte.
-
-—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando con
-tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.
-
-—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? (_Forcejeando._)
-Te digo que me sueltes.
-
-—No te suelto, no. (_Apretando más._) Ven acá... Pues me levanto yo
-también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante,
-libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor
-para confesarlo!...
-
-—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?
-
-—Que mi hermana... no lo repito; no...
-
-—Un amante... ¡qué sandez!
-
-—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si sé
-tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre que
-no se llegue al escándalo...
-
-—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. Merecías...
-
-—Confiésamelo, ten grandeza de alma.
-
-—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... Vamos,
-Rafael, suéltame...
-
-—Pues confiésamelo.
-
-Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos,
-Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro
-defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por
-fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón,
-y sujetándole para que no braceara.
-
-—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con voz
-ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...
-
-—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz cuanto
-podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...
-
-—Es verdad, por lo menos en la intención...
-
-—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus
-hermanas.
-
-—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!
-
-Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún
-eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió
-presurosa, y al entrar hubo de comprender, por la palidez de los
-rostros, y el habla balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos
-había surgido alguna desavenencia, y el motivo era sin duda de
-verdadera gravedad, pues uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó
-de música, ó de cría caballar, no perdían su serenidad ni el acento de
-broma mesurada y de buen tono.
-
-—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las
-preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...
-
-—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño
-mimoso.—¡No querer confesarme...!
-
-—¿Qué?
-
-—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en
-un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería...
-¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?
-
-Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el
-carácter de la disputa.
-
-—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las
-novelas de Zola.
-
-—No era eso.
-
-—¿Pues qué? Necesito saberlo. (_Á Rafael, pasándole la mano por la
-cabeza y sentándole el pelo._) Si tú no me lo dices, me lo dirá Pepe.
-
-—No, lo que es ese no ha de decírtelo...
-
-—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué sé
-yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos,
-por nada. No se hable más del asunto.
-
-—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.
-
-—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy culpable.
-
-—¿De qué?
-
-—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, armando la
-mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy cómplice...
-fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que han dado la razón
-al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de competencia entre
-las dos embajadas. Que traigan el _Diario de Las Sesiones_... ¡Ah! que
-vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que he suscrito el voto
-particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, naturalmente...
-
-—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la fórmula
-de engaño.
-
-—Siempre he pensado lo mismo. _Vaticano for ever._
-
-No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos y
-aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando lo
-dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar
-nuevas complicaciones y desastres.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Al anochecer, encendidas las luces, Serrano Morentín buscaba junto
-á Fidela, en el gabinete de ésta, la compensación de la horrorosa
-tarde que su amigo le había dado. Bien se merecía, después de aquel
-martirio, el goce de un ratito de conversación con la señora de
-Torquemada, afable con él como con todo el mundo, mujer que poseía,
-entre otros encantos, el de un cierto mimo infantil ó candoroso
-abandono de la voluntad, que armonizaba muy bien con su delicada
-figura, con su rostro de porcelana descolorida y transparente.
-
-—¿Qué me ha mandado usted aquí?—dijo desenvolviendo un paquete de
-libros que había recibido por la mañana.
-
-—Pues véalo usted. Es lo único que hay por ahora. Novelas francesas y
-españolas. Lee usted muy á prisa, y para tenerla bien surtida, será
-preciso triplicar la producción del género en España y en Francia.
-
-En efecto, su ingénita afición á las golosinas tomaba en el orden
-espiritual la forma de gusto de las novelas. Después de casada, sin
-tener ninguna ocupación en el hogar doméstico, pues su hermana y esposo
-la querían absolutamente holgazana, se redobló su antigua querencia
-de la lectura narrativa. Leía todo, lo bueno y lo malo, sin hacer
-distinciones muy radicales, devorando lo mismo las obras de enredo que
-las analíticas, pasionales ó de caracteres. Leía velozmente, á veces
-interpretando con fugaz mirada páginas y más páginas, sin que dejara de
-recoger toda la substancia de lo que contenían. Comúnmente se enteraba
-del desenlace antes de llegar al fin, y si este no le ofrecía en su
-tramitación alguna novedad, no terminaba el libro. Lo más extraño
-de su ardiente afición era que dividía en dos campos absolutamente
-distintos la vida real y la novela; es decir, que las novelas,
-aun las de estructura naturalista, constituían un mundo figurado,
-convencional, obra de los forjadores de cosas supuestas, mentirosas y
-fantásticas, sin que por eso dejaran de ser bonitas alguna vez, y de
-parecerse remotamente á la verdad. Entre las novelas que más tiraban á
-lo verdadero, y la verdad de la vida, veía siempre Fidela un abismo.
-Hablando de esto un día con Morentín, el cual, por su cultura en cierto
-modo profesional, oficiaba de oráculo allí donde no había quien le
-superase, sostuvo la dama una tesis que el oráculo celebró como idea
-crítica de primer orden.
-
-—Así como en pintura—había dicho ella,—no debe haber más que retratos,
-y todo lo que no sea retratos es pintura secundaria, en literatura
-no debe haber más que Memorias, es decir, relaciones de lo que le ha
-pasado al que escribe. De mí sé decir que cuando veo un buen retrato de
-mano de maestro, me quedo extática, y cuando leo Memorias, aunque sean
-tan pesadas y tan llenas de fatuidad como las _de Ultratumba_, no sé
-dejar el libro de las manos.
-
-—Muy bien. Pero dígame usted, Fidela. En música, ¿qué encuentra usted
-que pueda ser equivalente á los retratos y á las Memorias?
-
-—¿En música... qué sé yo? No haga usted caso de mí, que soy una
-ignorante... Pues, en música..., la de los pájaros.
-
-Aquella tarde, mejor será decir aquella noche, después que se enteró de
-los títulos de las novelas, y cuando Morentín le encarecía, siguiendo
-la moda á la sazón dominante, la obra última de un autor ruso, Fidela
-cortó bruscamente la perorata del joven ilustrado, interrogándole de
-este modo:
-
-—Dígame, Morentín... ¿qué le parece á usted de nuestro pobre Rafael?
-
-—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de subordinación,
-que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal, sintiendo junto á sí
-á personas que...
-
-—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con las
-mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en
-aborrecimiento.
-
-—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas claras.
-
-—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre él
-un cierto ascendiente, debe inculcarle...
-
-—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño... y como
-si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el fondo. ¿No es
-eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que si D. Francisco
-oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que pagármelos en
-alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería yo que me los
-pagase...
-
-—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros.
-
-—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo... Mi
-riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de
-ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y
-viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de
-despreciar, amiga mía.
-
-—¿Acaso los he despreciado yo?
-
-—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas
-materiales...?
-
-—No dije eso. Tiene usted mala memoria.
-
-—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede olvidar?
-
-—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la
-escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera,
-amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con
-sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu.
-
-—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer el
-dolor más que de oídas, soy un magnífico animal...
-
-—¡Jesús!
-
-—No, no se vuelva usted atrás...
-
-—Sí, dije animal; pero en el sentido de...
-
-—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal.
-
-—Quise decir... (_Riendo._) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que no
-tiene alma.
-
-—Precisamente es lo contrario... _a... ni... mal_, con ánima, con alma.
-
-—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo atrás, me retracto, retiro
-la palabra. ¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso
-¿verdad?
-
-—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de
-injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo
-no conozco el dolor?
-
-—No me he referido al de muelas.
-
-—El dolor moral, del alma...
-
-—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe usted
-lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de seres
-queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha hecho,
-ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto?
-
-—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted,
-no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo
-un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy
-aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha,
-digno de admiración, de veneración...
-
-—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco.
-
-—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido acrisolar
-su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después, bien
-merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno.
-
-—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje razonado
-y justo.
-
-—Y tan justo como es en el caso presente.
-
-—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y digo
-todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una
-grandísima tontería?
-
-—¡La modestia!... (_Desconcertado._) ¿Por qué lo dice usted?
-
-—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder
-decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de
-muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me
-haga usted caso.
-
-—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada
-de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como
-un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su
-extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo
-_amén_, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz
-en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por
-su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable.
-
-—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo
-porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras
-disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara
-modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien
-dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un
-prodigio de hermosura, eso no...
-
-—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento, de un tipo tan
-distinguido, y tan aristocrático...
-
-—¿Verdad que sí?
-
-—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid.
-
-—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso.
-
-—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas
-que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece
-usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la
-felicidad, si no es para usted?
-
-—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree que
-no me la he ganado bien?
-
-—La tiene usted merecida, y ganada... en principio; pero aún no la
-posee.
-
-—¿Y quien se lo ha dicho á usted?
-
-—Me lo digo yo, que lo sé.
-
-—Usted no sabe nada... Bah, perdida ya la vergüenza, le voy á decir
-otra cosa, Morentín.
-
-—¿Qué?
-
-—Que yo tengo mucho talento.
-
-—Noticia fresca.
-
-—Más talento que usted, pero mucho más.
-
-—Infinitamente más. ¡Vaya por Dios!... Como que es usted capaz, con
-tantas perfecciones, de volver loco á todo el género humano, y á mí
-para estrenarse.
-
-—Pues siguiendo usted cuerdo un poco tiempo más, podrá reconocer que no
-sabe en qué consiste la felicidad.
-
-—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué
-puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo?
-
-—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la
-felicidad para mí.
-
-—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted qué
-le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate? Figúrese
-usted que...
-
-Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote, de
-calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada en
-el gabinete, diciendo:
-
-—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle.
-
-
-
-
-X
-
-
-—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo le
-decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy fuera
-de casa más que de costumbre.
-
-—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á
-paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día
-de ceca en meca aguantando fríos y calores _considerables_, y no me
-acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el
-chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues
-estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan.
-
-—Creo que papá vendrá esta noche.
-
-—Me alegro. Tenemos que _evacuar_ un asuntillo... No hay más remedio
-que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades
-crecen como la espuma, y en esta vida... _¡de marqueses!_ cada
-satisfacción cuesta un ojo de la cara...
-
-—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre
-semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra
-los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y
-etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al
-campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy
-tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete
-de mil pesetas, que es mi delicia.
-
-—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D.
-Francisco.
-
-—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha
-platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos
-en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría
-usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y
-que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar
-billetes, y la muñeca que dice _papa_ y _mama_, cambiaba, descontando
-el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.
-
-—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar para
-dentro, á lo platero, _considerablemente_, y barrer para casa.
-
-Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D.
-Francisco de buen temple, decidor y festivo.
-
-—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer
-plato,—puedo _manifestar_ que este principio ó lo que sea... Cruz,
-¿cómo se llama esto?
-
-—_Relevé_ de cordero á la... romana.
-
-—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa
-cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más
-que huesos.
-
-—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.
-
-—El chupar digo yo que no es _meramente_ para principio, ea... En fin,
-tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...
-
-—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.
-
-—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la época.
-Vivimos en plena mendicidad.
-
-—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó
-Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas.
-Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de
-dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del _todo
-para todos_.
-
-—Ese principio ya está _sobre el tapete_—dijo Torquemada,—y á este
-paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo bendito.
-Yo me pinto solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero
-el de hoy, por tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy
-respetable, que pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era
-la puntualidad personificada... pues por ser el chico muy modosito y
-muy aplicadito, me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para
-qué creerán ustedes? Para publicar un tomo de poesías.
-
-—¡Poeta!
-
-—De estos que hacen versos.
-
-—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! La
-verdad, no te has corrido mucho.
-
-—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha
-escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme
-mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.
-
-—Á ver, ¿qué es?
-
-—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido principios,
-y aquí para _inter nos_ confieso mi desconocimiento de muchos
-vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes que
-yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha llamado
-el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues me ha
-dicho que soy su... Mecenas. (_Risas._) Sáquenme, pues, de esta duda
-que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere decir
-eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?
-
-—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el
-hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.
-
-—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean
-las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos...
-Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir,
-convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien...
-¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?
-
-—La gloria...
-
-—Como quien dice, el beneplácito...
-
-—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.
-
-—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza
-mía... _Cúmpleme_ declarar con toda sinceridad, _á fuer_ de hombre
-verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los
-desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con
-la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando
-lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.
-
-Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.
-
-—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!
-
-—¡Qué saber para tan corta edad!
-
-—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le tuvimos
-de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad de
-Ciencias, y nosotros en la de Derecho.
-
-—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una
-admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.
-
-Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, _para dar una
-vuelta_ á su hermano, volvió diciendo:
-
-—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, y
-está conversando con Rafael.
-
-Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. Francisco,
-que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una taza de café,
-ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase al cuarto
-del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de distracción.
-Ofrecióse Morentín á _relevar la guardia_, para que Zárate pudiera
-pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos estuvieron
-los tres amigos, Morentín dijo al sabio:
-
-—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.
-
-—¿Quién?
-
-—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa
-_Mecenas_. Yo creí morir de risa.
-
-—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente repuesto
-del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la calle y...
-Que te lo cuente él.
-
-—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué de la
-atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga con esta
-consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando nacen los
-hijos, mejor dicho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia,
-cuando...?»
-
-Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa:
-
-—Que vaya usted, señor de Zárate.
-
-—Voy.
-
-—Anda, anda; luego lo contarás.
-
-Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:
-
-—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado
-por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en
-la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura,
-pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y
-asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos
-en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (_Estrepitosa
-risa de Morentín._) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una
-idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.
-
-—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He
-comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...
-
-—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no recuerdo
-el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... para que
-los hijos que tenga un hombre, _salgan_ científicos, y en ningún caso
-poetas.
-
-—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa
-desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.
-
-—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz asomando á la puerta del cuarto su
-rostro, en que se pintaba un vivo sobresalto.
-
-Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel
-día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin
-estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín,
-contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer
-disfrutaba de una alegría dulce y sedante.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Zárate... ¿Pero quién es este Zárate?
-
-Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación
-física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van
-desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos
-caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia
-humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes
-de los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía,
-por ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las
-guerras civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se
-vistiese. Otros muchos tipos había, _clavados_, como vulgarmente se
-dice, consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano,
-y de los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía
-rasgos y fisonomía como de casta, y no se le confundía con ninguna
-otra especie de hombres, y lo mismo puede decirse del _Don Juan_, ya
-fuese de los que pican alto, ya de los que se dedican á doncellas de
-servir y amas de cría. Y el beato tenía su cara y andares y ropa á las
-de ningún otro parecidas, y caracterización igual se observaba en los
-encargados de chupar sangre humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo
-eso pasó, y apenas quedan ya tipos de clase, como no sean los toreros.
-En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no
-deja de ser un bien para el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie,
-como no lo estudie bien, familia por familia, y persona por persona.
-
-Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con
-lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la
-industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y
-abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de
-tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y
-la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces
-de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda.
-Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y
-un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les
-cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver
-un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta
-farmacéutico, ó catedrático de derecho canónico. Uno que tiene todas
-las trazas de andar comiéndose los santos y llevando cirios en las
-procesiones, es pintor de marinas, ó concejal del Ayuntamiento.
-
-Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante,
-antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara
-toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su
-tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros,
-ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un
-apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las
-mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo
-domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué
-demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de
-la _Derrota de los Pedantes_? En el limbo de la historia estética. Lo
-que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos
-como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de
-conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con
-su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno
-pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir
-á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología
-y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que
-ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima
-compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que
-el moderno pedante afecta en su exterioridad ó catadura formas muy
-variadas, y los hay que parecen revendedores de billetes, ó _sportmen_,
-ó personas graves de la clase de patronos de cofradía.
-
-Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen
-tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido,
-servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y
-mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de
-consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por
-temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo
-de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo
-de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes
-para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de _tifus_
-á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de
-palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo,
-tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo.
-
-De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco
-era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del
-tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole
-pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas
-se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un
-hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta
-años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de
-prisa y corriendo, á fin de poder encajar en su nueva esfera, el tal
-Zárate no tenía precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba
-con prontitud por cualquier página que se la abriese. Lo de menos era
-el vocabulario, que á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo
-el hombre; ya poseía un capital de locuciones muy saneadito. Pero
-le faltaba esa multitud de conocimientos elementales que posee toda
-persona que anda por el mundo con levita y sombrero, algo de historia,
-una idea no más, para no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de
-física, por lo menos lo bastante para poder decir _la gravedad de los
-cuerpos_ cuando se cae una silla, ó _la evaporación de los líquidos_,
-cuando se seca el suelo.
-
-Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de
-conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía
-que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse
-el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del
-sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre
-puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de
-dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues
-pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín
-enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces
-el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer.
-
-Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate,
-que en medio de la hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos
-granos de agudeza, le trataba con extremada consideración, asintiendo
-á cuantas gansadas decía afectando tenerle por un portento en el
-discurrir, aunque limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría
-cuando se le antojase. Quedáronse aquella noche solos de sobremesa,
-porque Donoso se fué al gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá
-de Morentín y el marqués de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle
-al bruto de Torquemada todo el humo de su adulación, con lo cual
-previamente le adormecía para ganarle luego la voluntad.
-
-—Ya se habrá enterado usted de eso del _home rule_—le dijo. Soltó D.
-Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en lo
-que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y
-nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en
-terreno firme.
-
-—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin con
-la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la
-tradición tiene una fuerza increíble.
-
-—Inmensísima.
-
-—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo digo
-todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un
-golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes
-intereses... Ya sabe usted que Gladstone...
-
-Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrarse, pues por la mañana
-había aprendido en _El Imparcial_ cosas muy chuscas, D. Francisco le
-quitó la palabra de la boca á su consultor, y relumbrando de erudición,
-la cabeza echada atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:
-
-—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del
-chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte
-para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es _una entidad_ de
-mucho empuje.
-
-—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de los
-_Lores_?
-
-—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? _Los lores_, _vulgo los doce pares_,
-entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, _velis
-nolis_, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que Irlanda
-es país de excelentes patatas, que constituyen, _por decirlo así_, la
-principal alimentación de las clases irlandesas, _vulgo_ populares. Y
-esa bebida que llaman _whisky_, tengo entendido que la sacan del maíz,
-del cual grano hacen gran consumo para la crianza de los de la vista
-baja, y también para la alimentación de criaturas y personas mayores.
-
-
-
-
-XII
-
-
-De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una
-disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo
-de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como
-el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron
-ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D.
-Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda
-conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito
-de controversia, pues Torquemada, sin _querer entrar en el fondo
-de la cuestión_ (frase adquirida en aquellos días), abominó de los
-revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro,
-movido de la adulación, diciendo con criterio _modernista_:
-
-—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda
-de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á
-muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los
-caracteres.
-
-—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...
-
-—Los estudios de Tocqueville...
-
-—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos
-hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos
-pillos de marca mayor.
-
-—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine...
-
-—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala
-memoria para _el materialismo_ de cosas de lectura... Y mi cabeza,
-_velis nolis_, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?
-
-—Naturalmente.
-
-—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la
-reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, _vulgo_ Napoleón, el
-que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice,
-hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...
-
-—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de
-Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando
-al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda
-solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada
-con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.
-
-—Creo y sostengo... es una _tesis_ mía, señor de Zárate, creo y
-sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, _considerablemente_
-grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...
-
-Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo
-moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin
-profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo,
-_etcétera_, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate
-fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y
-el genio, y citó el caso del canciller Bacon (_Béicon_) á quien puso en
-las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia.
-
-—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el _Novum organum_.
-
-—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó
-Torquemada, pensando que aquellos _órganos_ debían de ser por el
-estilo de los de Móstoles.
-
-—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo
-aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...
-
-—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las
-ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío
-había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.
-
-El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni
-uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera
-durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más
-graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al
-efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre
-de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada,
-formaron cónclave en el despacho.
-
-Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que
-en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole
-por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él
-como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su
-persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia
-posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el
-chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo
-de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría
-de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez
-y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica
-del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde
-de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales.
-En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta
-con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario,
-que no sabía decir más que: _enteramente_. Era en ella una muletilla
-para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el
-deseo de tomar una taza de té.
-
-Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo
-del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes
-neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada,
-sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que
-tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella
-tarde habíale llenado de zozobra.
-
-Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse.
-Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de
-Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los
-dueños de la casa.
-
-—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.
-
-Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba
-cayéndose de sueño, propuso una partida de _bezigue_ á la marquesa de
-Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia
-que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada
-supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque
-sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del
-despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa
-de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín
-y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino
-dijéronse algo que no debe quedar en secreto.
-
-—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. Lo
-que es ésta no se te escapa, Pepito.
-
-—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (_Refiérele la
-escena en breves palabras._) Yo había tenido, en casos como este, algún
-vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido nunca.
-¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo seguiré en
-mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No por nada...
-por mamá, que es tan amiga...
-
-—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el sonsonete
-de aquel socorrido adverbio.
-
-—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?
-
-—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. Todos
-los caracteres son complejos ó _polimorfos_. Sólo en los idiotas se ve
-el _monomorfismo_, ó sea _caracteres de una pieza_, como suelen usarse
-en el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas
-los artículos que he dado á la _Revista Enciclopédica_.
-
-—¿Cómo se titulan?
-
-—_De la Dinamometría de las Pasiones._
-
-—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para mí.
-
-—Abordo el problema electro-biológico.
-
-—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas esas
-papas!
-
-—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar
-_psico-fidelesco_.
-
-—¿Qué quieres decir?
-
-—Ven acá, ganso. (_Parándose ambos en mitad de la acera, con los
-cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos._) ¿Has
-leído á Braid?
-
-—¿Y quién es Braid?
-
-—El autor de la _Neurypnología_. Si no te enteras de nada. Pues te
-aseguro que veo en Fidela un caso de _auto-sugestionismo_. ¿Te ríes?
-Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.
-
-—Tampoco, hombre, tampoco.
-
-—De modo que no tienes idea de los _fenómenos de inhibición_, ni de los
-que llamamos _dinamogenia_.
-
-—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?
-
-—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta noche?
-Pues se hallaba en _estado de hipotaxia_, que algunos llaman _encanto_,
-y otros _éxtasis_.
-
-—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...
-
-—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre
-ella la influencia _psíquico-mesmérica_?
-
-—Mira, Zárate (_quemado_), vete al cuerno con tus terminachos, que
-tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal
-digerida.
-
-—¡Acéfalo!
-
-—¡Pedantón!
-
-—¡Romancista!
-
-La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café,
-cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...
-
-
-
-
-XIII
-
-
-La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban
-aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos
-y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no
-tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar
-fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre
-cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de
-Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama,
-diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha
-en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización de sus
-proyectos de reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la
-familia, y en particular del jefe de ella.
-
-Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no
-sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una
-mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de
-guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.
-
-—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.
-
-—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en esta
-estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle por la
-rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es una de
-las mejores de la casa.
-
-—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la
-cocina?
-
-—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene usted
-desalquilado el cuarto de la derecha.
-
-—Que renta diez y seis mil reales.
-
-—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted á
-destinar á las oficinas...
-
-Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido,
-balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á
-levantarse del suelo.
-
-—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso el
-Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios
-Extranjeros?
-
-—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy
-bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino.
-Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á
-presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde...
-No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve
-para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (_Sentándose
-familiarmente._) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes
-con la contrata de tabaco _Virginia_ y _Kentucky_, y también con la del
-_Boliche_. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y
-no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me
-he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para
-traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil.
-(_Torquemada la oye estupefacto._) En fin, que usted necesita una
-oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos
-escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto?
-¿en el que tenemos para la ropa?
-
-—Pero...
-
-—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo su
-oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que reciba
-usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á hablarle
-de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo. ¿Y la
-caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el teléfono,
-y el archivo, y los copiadores y el cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted
-como necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser.
-¿Es decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos
-de frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah!
-si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada
-en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura
-(_con gracejo_), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como
-á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no
-permitirle mañas...»
-
-Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su arrogancia,
-por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse de su
-autoridad, que tantas veces había reconocido.
-
-—Pero... _admitiendo la tesis_ de que nos quedemos con los tabacos...
-No hay más si no que yo _acaricio esa idea_ hace tiempo, y bien podría
-ser que cuajara. Bueno; pues _partiendo del principio_ de que convenga
-ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la habitación próxima?
-
-—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar millones—dijo
-la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en insolencia,—porque
-esta pieza y la próxima, las pienso yo unir, derribando el tabique.
-
-—¿Para qué, re-Cristo?
-
-—Para hacer un billar.
-
-Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso
-proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el hombre
-no pudiera contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo
-congestionado y mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y
-al mismo tiempo cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se
-daba palmetazos en la rodilla.
-
-—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se ha
-vuelto loca... loca de remate, _por decirlo así_. ¡Un billar, para que
-cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted que no
-sé ningún juego... no sé _meramente_ más que trabajar.
-
-—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar,
-pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico.
-
-Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas de
-ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton ni
-son, soltó la risa.
-
-—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver el
-billar con los miasmas?
-
-—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en
-la casa de un hombre como usted, llamado á ser _potencia financiera_
-de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por
-banqueros, senadores, ministros...
-
-—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas
-_potencias_... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, _seamos justos_,
-Crucita, y no perdamos de vista el verdadero _objetivo_. Cierto que
-debo ponerme en buen pie, y ya lo he hecho; pero nada de lujo, nada de
-ostentación, nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por
-puertas. Pues digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor?
-
-—También.
-
-—Pues negado, re-Cristo, negado, y _aquí termina la presente historia_.
-No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras. Ea, me atufé.
-Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que... un servidor
-de usted... No hay derribo, _vulgo_ ensanche. Recojamos velas y habrá
-paz. Yo reconozco en usted un talento _sui generis_; pero no me doy
-á partido..., y mantengo _enhiesta_ la bandera de la economía. Punto
-final.
-
-—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la dama
-imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora niega lo
-ha de conceder, es más, lo está deseando.
-
-—¿Yo? Apañada está usted.
-
-—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias?
-
-—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más...
-Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en
-modificar el domicilio, no _al tenor_ que usted pide, sino á otro
-_tenor_ más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado.
-
-—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque si
-para que yo pueda coger _la piqueta demoledora_, es preciso que haya
-esperanzas de sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles.
-
-—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos.
-
-—Ya.
-
-—¿Me lo dice oficialmente?
-
-—Oficialmente.
-
-—Bueno. Pues la realización de ese _desideratum_, que yo veía seguro,
-porque la lógica es lógica, y un hecho trae otro hecho, no es bastante
-motivo para que yo autorice á nadie á coger la piqueta.
-
-—Pero yo no olvido que tengo la responsabilidad del decoro de
-usted—manifestó la dama resueltamente,—y he de ser más papista que el
-Papa, y miraré por la dignidad de su casa, señor mío. Suceda lo que
-quiera, yo he de conseguir que D. Francisco Torquemada tenga ante la
-sociedad la representación que le corresponde. Y para decirlo de una
-vez, por indicación mía le ha metido á usted Donoso en la contrata
-de tabacos; y por mí, sépalo, sépalo usted, exclusivamente por mí,
-por esta genialidad mía de estar en todo, será senador el señor de
-Torquemada, ¡senador! y figurará en la esfera propia de su gran
-talento, y de su saneado capital.
-
-Ni aún con esta rociada se ablandó el hombre, que continuó protestando
-y gruñendo. Pero su hermana política tenía sobre él, sin duda por la
-fineza del ingenio ó la costumbre del gobernar, un poder sugestivo que
-al bárbaro tacaño le domaba la voluntad, sin someter su inteligencia.
-No se daba él por vencido; pero al querer rechazar de hecho las
-determinaciones de su cuñada, sentíase interiormente ligado por una
-coacción inexplicable. Aquella mujer de mirada penetrante, labio
-temblón y palabra elegantísima, ante la cual no había réplica posible,
-se había constituído con singular audacia en dictador de toda la
-familia; era el genio del mando, la autoridad _per se_, y frente á ella
-sucumbía la torpe bestia, sin que nada valiera la superioridad de la
-fuerza bruta contra los fueros augustos del entendimiento.
-
-Cruz mandaba, y mandaría siempre, cualquiera que fuese el rebaño que
-le tocase apacentar; mandaba porque desde el nacer le dió el Cielo
-energías poderosas, y porque luchando con el destino en largos años
-de miseria, aquellas energías se habían templado y vigorizado hasta
-ser colosales, irresistibles. Era el gobierno, la diplomacia, la
-administración, el dogma, la fuerza armada y la fuerza moral, y contra
-esta suma de autoridades ó principios nada podían los infelices que
-caían bajo su férula.
-
-Retiróse, al cabo, la señora, del despacho de don Francisco, con aire
-dictatorial, y el otro se quedó allí ejerciendo, con grave detrimento
-de las alfombras, el derecho del pataleo, y desahogando su coraje con
-erupción de terminachos.
-
-«¡Maldita por jamás amén sea tu alma de _ñales_!... Re-Cristo, á este
-paso, pronto me dejarán en cueros vivos. ¡Biblia, para qué me habré yo
-dejado traer á este _elemento_, y por qué no rompería yo el ronzal,
-cuando ví que tiraban para traerme!... ¡Y no dirán ¡cuidado! que yo
-me porto mal, ni que las dejo pasar hambres!... Eso no, ¡cuidado!...
-Hambres nunca. Economías siempre... Pero esta señora, más soberbia que
-Napoleón, ¿por qué no me dejará que yo gobierne mi casa como me dé la
-gana, y según mi lógica pastelera? ¡Maldita, y cómo impera, y cómo me
-mete en un puño, y me deja sin voluntad, _meramente_ embrujado!... Yo
-no sé que tiene esa figurona, que me corta el resuello; deseo respirar
-por la defensa de mi interés, y no puedo, y hace de mí un chiquillo...
-¡Y ahora quiere engatusarme con la peripecia de que habrá sucesión!
-¡Qué gracia! ¡Pues si eso lo contaba yo como seguro, con cien mil pares
-de _ñales_! ¡Si es el hijo mío que vuelve, por voluntad mía y decreto
-del santo Altísimo, del _Bajísimo_, ó de quien sea!... Despótica,
-mandona, _gran visira_ y capitana generala de toda la gobernación del
-mundo, el mejor día recobro yo el sentido, me desembrujo, y cojo una
-estaca... (_Tirándose de los pelos._) ¡Pero qué estaca he de coger
-yo, triste de mí, si le tengo miedo, y cuando veo que le tiembla el
-labio, ya estoy metiéndome debajo de la mesa! La estaca que yo coja
-será la vara de San José, porque soy un bendito, y no sirvo más que
-para combinar el guarismo y sacar dinero de debajo de las piedras...
-Ese talento no me lo quita nadie... Pero ella me gana en el mando, y
-en inventar razones que le dejan á uno sin sentido... Como despejo
-de hembra, yo no he visto otro caso, ni creo que lo haya bajo el
-sol... ¿Pero con quién me he casado yo, con Fidela ó con Cruz, ó con
-las dos á un tiempo?... porque si la una es propiamente mi mujer...
-con respeto... la otra es mi tirana... y de la tiranía y del mujerío,
-todo junto, se compone esta endiablada máquina del matrimonio... En
-fin, adelante con la procesión, y vivamos para ganar el santísimo
-ochavo, que yo lo guardaré donde no puedan olerlo mis ilustres, mis
-respetables, mis aristocráticas... consortes.»
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-
-Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era
-inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de
-la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños
-del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su
-cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener,
-ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el
-piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz
-todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo
-de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada
-la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la
-intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas
-extrañas.
-
-—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio
-escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que mis
-dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siempre uno de mis
-_objetivos_. Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra
-habitación, para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á
-la otra parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y
-del copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono...,
-yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos
-trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber
-algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el
-departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las
-operaciones!... Yo _profeso la teoría_ de que, por lo mismo que está
-todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar
-de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede
-hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso
-_tiendo_ yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias,
-determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos
-pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos
-por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he
-resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es
-elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo
-lo dispone en casa, desde lo más _considerable_ hasta lo más mínimo,
-llevo unos días de trajín que ya ya...
-
-La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel desparpajo
-con que se expresaba lejos de su autoritaria y despótica persona.
-Pero la dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su
-prepotencia, al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la
-tomó en esta discreta forma:
-
-—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro don
-Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué trastorno,
-qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente como es
-posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las obras. Bien
-ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de sobresalir y
-distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede operar en grande
-y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este. Dios le dé salud para
-que sus proyectos sean realidades... Nosotras le ayudamos, queremos
-ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco... Acostumbradas á la estrechez,
-quisiéramos vivir y morirnos en un rincón. Á la fuerza nos lleva él á
-la esfera altísima de sus vastas ideas... No, no diga usted que no,
-amigo mío. Bien saben todos que es usted la _modestia personificada_...
-Se hace el chiquito... Pero no le valen, no, sus trapacerías de
-hombre extraordinario, cuyo orgullo se cifra en que le tomen por
-un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo? Los entendimientos
-superiores tienen por gala la suma humildad.
-
-Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro de
-asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande hombre,
-y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dientes afuera, y
-poniendo la cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en
-su interior colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima,
-con el peso de su cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á
-carpinteros, albañiles, mueblistas y demás _sanguijuelas del rico_,
-con más la pérdida de la renta del segundo. Y cuando los amigos
-hubieron visto toda la reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz,
-los encarecimientos que habían hecho arriba, el usurero se desahogó á
-solas en su cuarto, con cuatro patadas y otros tantos ternos á media
-voz: «¡Cómo me domina la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una
-labia que enamora y le vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico
-me está sacando los tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto,
-que es economizar... ¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto
-_guano_, y no poder emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver
-un montón tan grande, tan grande que...! Pero con esta casa, y estas
-señoras mías, mis arcas son un cesto. Por un lado entra, por mil partes
-sale... Todo por la suposición, por este hipo de que soy _potencia_...
-¡Dale con la manía de la _potencia_! ¿Pues y la tabarra que me dieron
-anoche ella y el amigo Donoso con que, _velis nolis_, me han de
-sacar senador? ¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera,
-Gran Cruz de la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me
-ría, y que, defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran,
-_inclusive_ encumbrarme como á un monigote para pregonar ante el mundo
-su vanidad...»
-
-Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones. Enseñáronle
-muestras de telas para _portieres_, de hules y alfombras. Pero él no
-quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su criterio suntuario,
-y no diciendo más si no que se prefiriese lo más arregladito. Salió al
-fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano, para ir al Ministerio.
-¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí, y con cuánto gusto iba!
-Y no porque le halagara el servilismo de los porteros, que al verle
-entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas, como si quisieran
-abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de los empleados
-subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos por el olor de
-hombre adinerado que echaba de su persona. No era él vanidoso, ni se
-pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena administrativa
-le encantaba principalmente la reina de las abejas, _vulgo_ ministro,
-hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón, mediano retórico,
-y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en ideas y carácter
-con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la Hacienda pública,
-recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente, en quien veía
-siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á todo trance. No
-había hecho el tal su carrera política exclusivamente con la palabra;
-era más bien hombre de acción, en el bien entendido de que sean acción
-las formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad
-como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal
-de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo
-Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches
-y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto
-se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa.
-Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún
-barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y
-discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba
-mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios
-se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones
-con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía
-escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el
-tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo
-asunto que no fuese _de su cometido_; pero si la conversación entraba
-en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande
-ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la
-boca abierta.
-
-De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares
-condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á
-la adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad
-de que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer
-quería mangas y capirotes del presupuesto de la casa. Creyérase que la
-dama y el Ministro se habían puesto de acuerdo para bailarle el agua,
-con la diferencia de que ella lo hacía con el avieso fin de gastar
-sus _rendimientos_ en vanidades y perendengues, mientras que el otro
-le proporcionaría todo el aumento de ganancias compatible con los
-intereses del Estado.
-
-Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo nombre no
-hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que como hombre
-alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el afán de
-medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su posición
-para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con su
-consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las
-arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia
-del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que
-era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso
-de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y
-escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero
-por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España.
-No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia
-tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de
-las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad
-las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía por
-un grandísimo _hijo de tal_, miraba siempre por el particular, bien
-fuese en el concepto esencial del _yo_, bien bajo la forma altruista y
-humanitaria, como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa,
-ó entidad cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión
-Liberal se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la
-guerra carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo
-que la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano
-se había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de
-una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había
-entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...»)
-en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles
-de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo
-más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la
-pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber
-dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie
-pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta
-le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano
-de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados,
-pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores,
-consejeros y archipámpanos.
-
-Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único que
-hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se acordaban
-para nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus
-labios, y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos
-y queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos
-á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de
-_introducir_ la moralidad en las contratas de tabacos. _Tirios y
-troyanos_ saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de
-las tales contratas _en el pasado momento histórico_.) Pues bien,
-desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno
-de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad
-de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio
-de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases...
-sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que
-acabarle la frase en esta forma: «_Bajo_ la base del negocio limpio
-y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros _tendemos_
-á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado!
-beneficiando al Gobierno más que lo han hecho _tirios_ y _troyanos_,
-llámense Juan, Pedro y Diego; _sin maquiavelismos_ por nuestra parte,
-sin consentir tampoco _maquiavelismos_ del Gobierno, tirando de aquí,
-aflojando de allá, con el _objetivo_ de ir _orillando_ las dificultades
-y _evacuando_ nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de
-la más estricta moralidad... todo muy _estricto_, por decirlo así...
-porqué yo sostengo la tesis de que el _punto de vista_ de la moralidad
-no es incompatible con el _punto de vista_ del negocio.»
-
-
-
-
-II
-
-
-Por haberse metido en aquel amplio terreno del negocio grande, _coram
-populo_, de manos á boca con el mismísimo Estado, no abandonó don
-Francisco los negocios obscuros, más bien subterráneos, que traía el
-hombre desde los tiempos de aprendizaje, cuando confabulado con doña
-Lupe se dedicaba al préstamo personal con réditos que hubieran llevado
-á sus gabetas todo el numerario del mundo, si alguien con estricta
-puntualidad se los pagara. En su nueva vida dió de mano á varios
-chanchullos del género sucio y chalanesco, porque no era cosa de andar
-en tales tratos cuando se veía caballero y persona de circunstancias;
-pero otros los mantuvo religiosamente, porque no había de tirar
-por la ventana el hermoso _líquido_ que arrojaban. Sólo que hacía
-reserva de ellos, ocultándolos como se oculta un defecto vergonzoso,
-ó una deformidad repugnante y ni con el mismo Donoso se clareaba en
-este particular, seguro de que su buen amigo había de ponerle mala
-cara cuando supiese... lo que va á saber el lector en este momento:
-D. Francisco Torquemada era dueño de seis casas de préstamos, las
-más céntricas y acreditadas de Madrid; dícese _acreditadas_, porque
-servían con prontitud y cierta largueza, bajo el canon de real por duro
-mensual, ó sea el sesenta por ciento al año. En cuatro de ellas era
-dueño absoluto, corriendo la gerencia á cargo de un dependiente con
-participación en las ganancias; y en dos socio capitalista, cobrando
-el cincuenta por ciento. Una con otra se embolsaba el hombre, sin más
-trabajo que examinar un sobado y mal escrito libro de cuentas por cada
-casa, la bicoca de mil duros mensuales.
-
-Para examinar estos puercos apuntes y enterarse de la marcha del
-_empeño_, encerrábase en su despacho un par de mañanas cada mes con
-los sujetos que regentaban los _establecimientos_; y para disimular el
-misterio inventaba mil historias, que por algún tiempo mantuvieron el
-engaño en todas las personas de la familia, hasta que al fin Cruz, con
-su agudeza y finísimo olfato, estudiando el cariz de aquellos _puntos_,
-atando cabos, sorprendiendo alguno que otro concepto, y adivinando lo
-demás, descubrió todo el intríngulis. El tacaño, que también era listo
-para ciertas cosas, y olfateaba como un sabueso, comprendió al instante
-que su cuñadita le había desbaratado el tapujo, y se puso en guardia
-muerto de miedo, esperando la embestida que había de venir, en nombre
-de la moral, del decoro, y de otras zarandajas por el estilo.
-
-En efecto, escogida la ocasión favorable, le acometió una mañana, en
-su despacho del segundo, sin testigo. Siempre que la veía entrar, don
-Francisco temblaba, porque en todas sus visitas traía Cruz alguna
-_historia_ para mortificarle y sacarle las entrañas. Y la pícara
-era como un fantasma que se le aparecía cuando más descuidado y
-contento estaba; surgía como por escotillón para ponérsele delante,
-trastornándole con su grave sonrisa, dejándole sin ideas, sin criterio,
-sin habla; tal era la fuerza subyugadora de su semblante y de sus ideas.
-
-Aquella mañana entró con pie de gato; no la vió hasta que la tuvo
-delante de la mesa. Segura de la fascinación que ejercía, la tirana
-no usaba preámbulos; íbase derecha al asunto, siempre con corteses y
-relamidas expresiones, afectando familiaridad y cariño unas veces,
-otras quitándose resueltamente la máscara, y enseñando la faz
-despótica, cuya trágica belleza poníale á D. Francisco los pelos de
-punta.
-
-—Ya sabe á qué vengo... No, no se haga el paleto... Usted es muy listo,
-muy perspicaz y no puede ignorar que sé... lo que sé. Si se lo conozco
-en la cara. La conciencia se le sale por todo los poros.
-
-—Maldito si sé qué quiere usted decirme, Crucita.
-
-—Sí lo sabe... ¡Bah, á mí con esas! Si conmigo no valen tapujos. No
-asustarse. ¿Cree que voy á reñirle? No señor; yo me hago cargo de las
-cosas, comprendo que no se puede romper de golpe con las rutinas, ni
-cambiar de hábitos en poco tiempo... En fin, hablemos claro: esa clase
-de negocios no corresponde á la posición que ahora ocupa usted. No
-discuto si en otros tiempos fueron ó no de ley... Respeto la historia,
-señor mío, y los procederes viles para ganar dinero cuando de otra
-manera no era fácil ganarlo. Admito que lo que fué, debió ser como era;
-pero hoy, Sr. D. Francisco, hoy que no necesita usted descender, fíjese
-bien, _descender_ á tan vil terreno, ¿por qué no traspasa esos...
-establecimientos, dejándolos en las manos puercas que para andar en
-ellas han nacido?... Las de usted son bien limpias hoy, y usted mismo
-lo comprende así. La prueba de que se cree degradado con esa industria
-es el tapadillo en que quiere envolverla. Desde que usted se casó,
-viene haciendo esta comedia para que no nos enteremos. Pues de nada le
-han valido sus disimulos, y aquí me tiene usted enteradita de todo, sin
-que nadie me haya dicho una palabra.
-
-No se atrevió el bárbaro á defenderse con la negativa rotunda, y dando
-un puñetazo sobre la mesa, confesó de plano.
-
-—¿Y qué?... ¿Tiene algo de particular este _arbitrio_? ¿Voy á tirar
-mis intereses por la ventana? ¡Dice usted que traspase! ¿Pero cómo?...
-¿á deprecio? Eso nunca. Cuando se ha ganado lo que se ha ganado con el
-sudor del rostro, no se traspasa con pérdida... Eso que lo hagan los
-tontos... Ea, señora, bastante hemos hablado.
-
-—No se sulfure, pues no hay para qué. Esto no lo sabe nadie. Fidela no
-lo sospecha, y puede usted estar tranquilo, que yo no he de decírselo.
-Si se enterara, la pobrecita tendría un gran disgusto. Tampoco lo sabe
-Donoso.
-
-—Pues que lo sepa, _¡ñales!_ que lo sepa.
-
-—Puede que algún malicioso le haya llevado el cuento; pero él no lo
-habrá creído. Tiene de su amigo concepto tan alto, que no da oídos á
-ninguna especie denigrante de las que corren acerca de usted, puestas
-en circulación por los envidiosos de su prosperidad. Nadie más que yo
-tiene noticia de esas miserias de su pasado, y si usted insiste en
-sostenerlas, yo le guardaré el secreto, hasta le ayudaré á guardarlo,
-para evitarme y evitar á la familia la vergüenza que á todos nos toca...
-
-—Bueno, bueno—dijo Torquemada impaciente, febril, con ganas de coger
-el pesado tintero y estampárselo en la cabeza á su tirana.—Ya estamos
-enterados. Soy dueño de mis arbitrios, y hago con ellos lo que me da la
-gana.
-
-—Me parece justo, y no seré yo quien á ello se oponga. ¿Cómo he de
-oponerme, si yo miro por sus intereses más que usted mismo? Bueno...
-pues aunque no haga usted caso de mí cuando le propongo limpiarse de
-esa lepra del préstamo usurario y vil, continuaré proporcionándole,
-con ayuda del amigo Donoso, los negocios limpios como el sol, los que
-dan tanta honra como provecho. Yo pago mal por bien. No me importa
-que usted relinche cuando le quiero llevar por el camino bueno: que
-quieras que no, por el camino derecho ha de ir usted. ¡Si al fin ha de
-convencerse de que soy un oráculo! ¡Y no tendrá más remedio que seguir
-mis inspiraciones... y concluirá por no respirar sin permiso mío...!
-
-Dijo esto último con tan buena sombra, que el bárbaro no pudo menos de
-echarse á reir, aunque la ira le relampagueaba todavía en los ojos. La
-dama dió bruscamente otro sesgo á la conversación, saliendo por donde
-menos pensaba el tacaño.
-
-—Y á propósito—le dijo:—aunque estoy muy incomodada con usted, porque
-estima sus antiguos manejos de prestamista en más que el decoro de su
-posición actual, voy á darle una buena noticia. No se la merece usted;
-pero yo soy tan buena, tan compasiva, que me vengaré de sus mordiscos
-con un abrazo, un abrazo moral, y si se quiere con un beso, un beso
-moral ¡cuidado!
-
-—¿Á ver, á ver...?
-
-—Pues sepa el Sr. D. Francisco que he encontrado un comprador para los
-terrenos que posee allá por las Ventas del Espíritu Santo.
-
-—¡Pero si ya tenía comprador, criatura! Vaya unas novedades que me trae
-doña Crucita.
-
-—¡Simple, si sabré yo lo que digo! El comprador á que usted se refiere
-es Cristóbal Medina, que ofrece real y cuartillo por pie.
-
-—Cierto; y yo me resisto á dárselo, reservándome hasta encontrar quien
-me ofrezca dos reales.
-
-—Bonito negocio. Usted compró ese terreno, es decir, se lo adjudicó por
-una deuda, á razón de doscientas y tantas pesetas la fanega.
-
-—Justo.
-
-—Y la semana pasada, Cristóbal Medina le ofreció á real y medio el pie,
-y yo... yo, en el _presente momento histórico_, le ofrezco á usted dos
-reales...
-
-—¡Usted!
-
-—No, hombre, no sea usted _materialista_. ¿Yo qué he de ofrecer...?
-¿Voy yo á levantar barrios?
-
-—¡Ah! ¿Su amigo de usted, ese Torres...? Ya, emprendedor, hormiguilla
-como él solo... Me gusta, me gusta ese sujeto.
-
-—Pues anoche le ví en casa de Taramundi. Hablamos; díjome que no tiene
-inconveniente en tomar todo el terreno á dos reales pie, pagando ahora
-la tercera parte al contado, asegurando por medio de escritura el pago
-de los otros dos tercios en las fechas que se acuerden, á medida que
-edifique, y... En fin, me ha escrito esta carta en la cual consigna su
-proposición, y añade que si usted accede, por su parte queda cerrado el
-trato.
-
-—Venga, venga la carta—dijo Torquemada inquieto y ansioso, cogiendo
-de manos de Cruz el papel que ésta con coquetería de mujer negociante
-le mostraba. Y rápidamente pasó la vista por las cuatro carillas del
-pliego, enterándose _en un breve momento histórico_, de los puntos
-principales que contenía. «Pago al contado de la tercera parte...,
-construcción de un palacio entre jardines, que se llamaría _villa
-Torquemada_, el cual, á tasación de arquitecto, se adjudicaría en pago
-del otro tercio... Hipoteca del mismo terreno para responder del tercer
-plazo, _etcétera_...»
-
-—¿Y por el corretaje de ese negocio no merezco nada?—dijo Cruz con
-gracejo.
-
-—El negocio, sin ser considerable, no es malo, no, _en tesis
-general_... Lo examinaré despacio, haré mis cuentas...
-
-—¿No merezco siquiera que el nombre de Torquemada, unido hoy al nombre
-y casa del Águila, sea borrado del infame cartel que dice: _casa de
-préstamos_?
-
-—¿Pero qué tiene que ver...? ¡Bah! Usted ve mosquitos en el
-horizonte... Tan honrado es ese negocio como otro cualquiera, como el
-que hace el reverendísimo Banco de España. La diferencia consiste en
-que en los ventanales magníficos del Banco no se ven capas colgadas.
-¡Vaya una importancia que da usted á las apariencias! Son su _bello
-ideal_. Yo no miro á las apariencias, sino á la substancia...
-
-—Pues le diré á Torres, que renuncie al negocio de los terrenos, porque
-es usted un judío, y le hará cualquier enjuague. Si yo, cuando me
-pongo á ser mala, lo soy de veras. Usted no sabe la que le ha caído
-encima conmigo. Ó marchamos por _la senda constitucional_, esto es, del
-decoro, ó tendremos siete disgustos cada día.
-
-—¡Crucita de todos los demonios, y de la Biblia en pasta, y de la
-Biblia en verso, y de los santísimos _ñales_ del archipiélago..., digo,
-del archipámpano de Sevilla! no le diga usted á Torres sino que se vea
-conmigo esta misma tarde, porque su proposición me ha entrado por el
-ojo derecho, y quiero que tratemos y nos entendamos...
-
-—Bueno, señor... cálmese... siéntese. No rompa la mesa á puñetazos, que
-tendrá que comprar otra, y le sale peor cuenta.
-
-—Es que usted no me deja vivir... á mi modo... _Reasumiendo_: á eso de
-las casas de préstamos, yo le echaré tierra...
-
-—Por mucha tierra que usted le eche, siempre olerá mal el negocio. Á
-traspasar se ha dicho.
-
-—Calma... _seamos justos_. Hay que esperar una buena ocasión...
-Transigiremos. Vaya; déjeme seguir algún tiempo más con esa... con esa
-_viña_, y accedo á que tomen ustedes el abono que, por mor... quiero
-decir, por razón de su luto, dejan los Medinas en la ópera del Príncipe
-Alfonso.
-
-—Pero si el abono lo hemos tomado ya.
-
-—¿Sin mi permiso?
-
-—Sin su permiso... No se tire usted de los pelos, que se va á quedar
-calvo. Pues no faltaba más sino que usted negara tal cosa siendo del
-gusto de Fidela. La pobre necesita expansión, oir buena música, ver á
-sus amigas.
-
-—Maldita sea la ópera y el perro que la inventó... Crucita, no me
-sofoque más... Mire que me voy del seguro, y... Ya no puedo más...
-Me llevan ustedes á la bancarrota. De nada me vale trabajar como un
-negro, porque cuarto ganado, cuarto que ustedes me gastan en pitos y
-en flautas. Para meter en cintura á mis señoras del Águila, debiera yo
-hacerles una trastada del _tenor_ siguiente: darles el abono, sí, pero
-quitándoselo del plato, y de la vestimenta.
-
-—Eso no puede ser, pues no vamos á ir al teatro con los estómagos
-vacíos, ni vestidas de mamarrachos...
-
-—Nada, nada, que me arruinan. Porque el abono á la ópera, trae mil y
-mil goteras... _vulgo_ arrumacos, guantes, qué sé yo. Bueno, hijas,
-bueno, empeñaré mi gabán el mejor día. Á eso vamos.
-
-—El día que sea preciso—dijo Cruz festivamente,—coseré para afuera.
-
-—No, no lo diga en broma. Á este paso la vida es un soplo... Y lo que
-es yo, no me comprometo á la manutención de la familia.
-
-—Yo la mantendré. Sé cómo se vive sin tener de qué vivir.
-
-—Pues podía vivir ahora como entonces.
-
-—Las circunstancias han variado, y ahora somos ricos.
-
-—Tenemos un mediano pasar; _seamos justos_; un buen pasar.
-
-—Pues á eso me atengo, y procuro que lo pasemos bien.
-
-—Déjeme, por Dios. Sus... manifestaciones me vuelven loco.
-
-—Lo dicho, dicho... Prepárese para otra...—dijo la primogénita del
-Águila, risueña y altiva, levantándose para retirarse.
-
-—¡Para otra!... ¡Por San Caralampio bendito, abogado contra las
-suegras! Porque usted es una suegra, _por decirlo así_, la peor y más
-insufrible que hay en familia humana.
-
-—Y la que le tengo preparada es la más gorda, señor yerno.
-
-—La Virgen Santísima me acompañe... ¿Qué es?
-
-—Todavía no es tiempo. Está la víctima muy quebrantada del arrechucho
-de hoy. Y eso que le traje el magnífico negocio de los terrenos. ¡Y no
-me lo agradece el pícaro!
-
-—Sí lo agradezco... Pero á ver, dígame qué nueva dentellada me prepara.
-
-—No, porque se asustará... Otro día. Hoy me doy por satisfecha con lo
-del abono, y con la esperanza de quitar esa ignominia de las casas de
-empeño. En su día continuaremos, Sr. D. Francisco Torquemada, presunto
-senador del Reino, y Gran Cruz de Carlos III.»
-
-Y cuando la vió salir, el tacaño la maldijo entre dientes, al propio
-tiempo que reconocía con brutal sinceridad su absoluto dominio.
-
-
-
-
-III
-
-
-No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila las
-grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición
-noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que
-sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en
-realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y
-si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á
-fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas
-aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de
-raza, como quien mira por la dignidad de los suyos, y también con un
-sentimiento de alta venganza contra parientes aborrecidos, que después
-de haberles negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar
-sobre ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el
-prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de
-persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida,
-y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los
-lanzaban.
-
-Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los comentarios
-de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas, y entre su
-parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó, quien pasada
-la primera impresión, comentara el caso con benevolencia; no faltó
-tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado sainetesco, y
-los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la Torre Auñón y
-su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían en relaciones
-agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron carácter de
-odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la administración
-judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la Alberquilla.
-Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas, poniéndolas
-en las condiciones más favorables para el caso probable de que el
-Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros cogían el
-cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de mal gusto
-sobre las desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar
-de la Torre Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina
-del marqués de Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de
-San Salomó. Eran parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de
-Severiano Rodríguez y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de
-la Torre vivían en Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los
-otros Romeros, los meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se
-comprende que de la casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba,
-salían los dardos envenenados contra las pobres Águilas, y contra el
-ganso que las había librado de la miseria.
-
-Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la
-circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban
-amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas
-maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no
-faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada _el Peor_,
-célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga
-y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado
-amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como
-un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía
-que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana,
-vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras,
-asociadas con aquel siniestro tipo, pensaban establecer una casa de
-préstamos en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando
-Torquemada, ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas
-del _mundo grande_, y le vieron y le trataron muchos que le habían
-despellejado de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan
-horrible como la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes
-polémicas sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel
-Torquemada de los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que
-creer en las reencarnaciones.»
-
-Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las
-murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el
-tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre
-subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los
-Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la
-orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena
-disposición.
-
-Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios, de
-ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico
-urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres
-hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro
-cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de
-los ricos.
-
-¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de que
-D. Francisco se hubo conquistado el aprecio superficial de mucha
-gente, que no ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era
-producto de la rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había
-llenado de suicidas los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban
-por el Viaducto pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar
-la voltereta... Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo
-sobre ropas en buen uso, y que tenía toda la casa llena de capas...
-Que el hombre no había renunciado á sus hábitos de miseria, y que á
-las dos pobres Águilas las mantenía con lentejas y sangre frita...
-Que todas las alhajas que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le
-hacía las levitas á D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que
-volvía del revés... Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz
-participación, y comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados...
-Que Fidela, cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los
-antecedentes de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que
-simple y todo como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes,
-á ciencia y paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso
-(con sus sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora,
-grotesco tipo de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el
-escritorio de Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con
-la hermana mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le
-lavaba la cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes de echarle
-á la calle, para que sacase un buen ver, y le enseñaba la manera de
-saludar, instruyéndole en todo lo que había que decir, según los
-casos... Que á la chita callando, entre Cruz y el usurero habían
-desbalijado á varias familias nobles, un poco apuradas, prestándoles
-dinero á doscientos cuarenta por ciento... Que Cruz recogía las
-colillas de los que fumaban en su casa, para mandarlas al Rastro en
-un costal muy grande, así como juntaba también los mendrugos de pan,
-para venderlos á unos que hacían chocolate de dos reales y medio...
-Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas de juguetes, y
-que al pobre Rafael no le daban de alimento más que puches, y un plato
-de menestra por las noches... Que el ciego había puesto debajo de la
-cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de pólvora, el cual fué
-descubierto con la mecha ya encendida... Que la primogénita del Águila,
-entre otros negocios sucios, tenía parte en un corral de basuras de
-Cuatro Caminos, y _llevaba_ la mitad en los cerdos y gallinas... Que
-Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres y medio por ciento de su
-valor, y que era el socio capitalista de una compañía de estafadores,
-disfrazada con la razón social de _Redención de quintos, y Sustitutos
-de Ultramar_.
-
-Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al
-principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por
-fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuando D. Francisco salió
-á la esfera del mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos,
-su habla corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos,
-codeándose al fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar
-á risa los desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio
-le inspiraba maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y
-de pasarles por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas
-Águilas, y el prestigio claro del _opulento capitalista_; que así le
-nombraba ya la lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse,
-mejor dicho, á levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir
-con él inmensa torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los
-Romeros como miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Aproximábase el verano, y no hubo más remedio que pensar en trasladarse
-á algún sitio fresco, por lo menos durante la canícula. Nueva
-batalla dada por Cruz, en la cual halló al enemigo más resistente y
-envalentonado que de costumbre.
-
-—El verano—decía D. Francisco,—es la estación _por escelencia_
-en Madrid. Yo lo he pasado aquí toda mi vida, y me ha _pintado_
-perfectamente. Nunca se encuentra uno más á gusto que en Julio y
-Agosto, libre de catarros, comiendo bien, durmiendo mejor...
-
-—De usted nada digo—objetó la dama,—porque entre los muchos dones con
-que le agració la divina Providencia, tiene también el de una salud á
-prueba de temperaturas extremadas. Tampoco lo digo por mí, que á todo
-me avengo. Pero Fidela no puede pasar aquí los meses de verano, y es
-usted un bárbaro si lo consiente.
-
-—También á mi pobre Silvia, que de Dios goce, la molestaba el
-_calórico_, sobre todo cuando se hallaba en meses mayores, y aquí nos
-aguantábamos. Con el botijo siempre fresco, los balcones cerrados
-durante el día, y un corto paseíto á las diez de la noche, lo pasábamos
-tan ricamente... No hay que pensar en veraneo, señora. Con todo
-transijo menos con esa _inveterada_ pamplina de los baños de mar ó de
-río, que son el _gravamen_ de tantas familias. En Madrid todo el mundo,
-que en Madrid tengo yo que estarme hecho un caballero, para organizar
-esta tracamundana del tabaco, que, entre paréntesis, me parece no es
-negocio tan claro como al principio me lo pintaron sus amigos de usted.
-Y no se hable más del asunto. Ahora sí que no cedo. Con que... tilín...
-se levanta la sesión.
-
-Resuelta á que el viaje se realizara, Cruz no insistió aquel día; pero
-al siguiente, bien aleccionada Fidela, el baluarte de la avaricia de
-don Francisco fué atacado con fuerzas tan descomunales, que al fin no
-tuvo más remedio que rendirse.
-
-—Muy á disgusto—dijo el tacaño mordiéndose los pelos del bigote,
-y echándoselas de víctima,—cedo, porque Fidela esté contenta. Pero
-tengamos juicio. No saldremos más que veinte ó treinta días, ¡cuidado!
-Y todo ello, señora mía, ha de hacerse con el menor dispendio posible.
-No estamos para echarlas de príncipes. Viajaremos en segunda...
-
-—¡Pero D. Francisco...!
-
-—En segunda, con billete de ida y vuelta.
-
-—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando...
-¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de
-su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á
-San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos
-instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo
-apalabrada.
-
-—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...?
-
-—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora, tiene
-usted que agradecerme. Con que chitón...
-
-—Es que...
-
-—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo...
-Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á
-la opinión, que ve en usted...
-
-—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡_ñales_ en polvo!, más que un
-desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre
-que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir
-en su elemento, ó sea el ahorro... la _mera_ economía del ochavo, que
-se gana con el santo sudor?...
-
-—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que
-gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo
-más. Váyase preparando, pues he de ser implacable.
-
-—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle, y
-me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo.
-
-—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí, quiero
-decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi sér, y
-mis pensamientos...
-
-—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo
-pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en
-paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que
-me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre
-á la cabeza.
-
-—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole
-risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo
-hemos de ver... lo hemos de ver.
-
-Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo
-presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y
-vuelto al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan
-modosito, con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan
-á pechos lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en
-aquella broma, de fijo se habría desvanecido el sortilegio que
-subordinaba una voluntad á otra, y recobrada la libertad, el tacaño
-habría puesto su mano vengativa en la tirana que le atormentaba.
-Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su hijo, su Valentín ser Águila,
-en vez del Torquemadita fino que andaba por los ámbitos de la Gloria,
-esperando su nueva salida al mundo de los vivos! No, hasta ahí podían
-llegar las bromas. Pasóse toda aquella tarde sumergido en tristes
-meditaciones sobre aquel caso, y por la noche, después de trabajar á
-solas en su despacho del segundo, se metió en el gabinete reservado
-del mismo piso, donde conservaba el bargueño de marras, y sobre él
-la imagen fotográfica del chico, aunque ya despojado totalmente de
-las apariencias de altarucho. Paseándose de un ángulo á otro de la
-estancia, dió el usurero todas las vueltas y contorsiones imaginables á
-la idea en mal hora expresada por su hermana política.
-
-—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia?
-
-Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita
-compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde
-que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá,
-Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no
-á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches
-en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre
-numérica.
-
-—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no? (_Creyendo
-ver en el retrato una ligera indicación negativa._) Claro: lo que yo
-decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora.
-
-Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora,
-recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía
-empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de
-en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó
-Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días
-(todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero _dir_ en
-ferrocarril...»
-
-Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y la
-desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia
-atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que
-las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó
-Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres
-veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez
-bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había
-construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en
-ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya
-me lo están echando á perder.»
-
-
-
-
-V
-
-
-Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida á la
-Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata, y con
-ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia, armaron
-toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en los hechos
-á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á Torquemada
-correspondía la alta gerencia del negocio, como principal capitalista.
-Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con el Estado,
-y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las compras del
-artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos, donde tenía
-un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn.
-
-Convinieron en que todo funcionaría ordenadamente antes de partir para
-el veraneo, pues en Diciembre debía hacerse la primera entrega de
-_boliche_ y en Febrero la de _Virginia_. El suministro de ambas _hojas_
-les fué adjudicado, por formal contrata, en Mayo, no sin protesta
-de otros tales, que hicieron ó creían haber hecho á la Hacienda
-proposición más ventajosa; pero como eran gentes desacreditadas y de
-antecedentes deplorables en aquel _fregado_, á nadie sorprendió que el
-ministro les postergara, agarrándose á no sé qué triquiñuelas de la
-ley. Puestas de acuerdo en todo las cuatro principales fichas de aquel
-juego, pues aunque había otros partícipes, no tocaban un pito en la
-gestión, por ser de poca monta el capital impuesto, ya no había más que
-trabajar como fieras, á fin de que el negocio saliese redondo y limpio.
-En los días que precedieron á la expedición veraniega, Torquemada y
-D. Juan Gualberto Serrano se entendieron á solas en algunos puntos
-referentes á las compras de rama en los Estados Unidos, y ello quedó
-entre los dos, sin dar conocimiento á Donoso ni á Taramundi. Era que
-don Francisco, con su instintivo conocimiento de la humanidad, _bajo
-el aspecto del toma y daca_, vió desde el primer instante en qué
-consistía el resorte maestro de aquel arbitrio, comprendiendo que de
-proceder de esta ó de la otra manera, dependía que el _líquido_ fuese
-simplemente bueno, ó que resultase tal que podrían meter el brazo hasta
-más arriba del codo. Apenas hubo el tacaño propulsado la voluntad de D.
-Juan Gualberto, éste respondió con cuatro palabras, que querían decir:
-«aquí está el hombre que se necesita.» Y con estas impresiones, Serrano
-se fué á Londres, donde debía avistarse con su primo, y Torquemada
-partió para Hernani con la familia. La de Taramundi se instaló en San
-Sebastián. Donoso no salía de Madrid, porque su señora, en quien se
-había complicado enormemente la caterva de males, no podía moverse, ni
-había para qué, pues en ninguna parte había de encontrar alivio.
-
-¡Ay, Dios mío, qué aburrimiento el de Torquemada en las Provincias,
-y qué destemplado humor gastaba, siempre disputando con _ellas_ por
-quítame allá esas pajas, renegando de todo, encontrando malas las
-aguas, desabridos los alimentos, cargantes las personas, horrible el
-cielo, dañino el aire! Su centro era Madrid: fuera de aquel Madrid en
-que había vivido los mejores años de su vida y ganado tanto dinero, no
-se encontraba el hombre. Echaba de menos su Puerta del Sol, sus calles
-del Carmen, de Tudescos, y Callejón del Perro; su agua del Lozoya,
-su clima variable, días de fuego y noches de hielo. La nostalgia le
-consumía, y el verse imposibilitado de correr tras el fugaz ochavo,
-de dar órdenes á éste y al otro agente. Aborrecía el descanso; su
-naturaleza exigía la preocupación contínua del negocio, y los infinitos
-trajines que trae consigo, la misma ansiedad azarosa, la rabia de
-perder, la tristeza de ganar poco, el delirio de la ganancia pingüe.
-Contaba los días que iban pasando de aquel suplicio á que le habían
-traído sus malditas consortes; abominaba de la sociedad ociosa que le
-rodeaba, tanto vago insubstancial, tanta gente que no piensa más que
-en arruinarse. Para él, el colmo del despilfarro era dar dinero á los
-fondistas y posaderos, ó á los grandes gandules que agarran en el baño
-á las señoras para que no se ahoguen. San Sebastián le causaba horror:
-todo era un saqueo contínuo, y mil tramoyas para desbalijar á los
-madrileños que iban á gastar en dos meses las rentas de un año. Tres
-días le tuvieron allí Fidela y Cruz, y poco le faltó para caer enfermo
-de tristeza y repugnancia.
-
-En Hernani se paseaba solo, armando en su magín todo el tinglado de
-números que constituía el negocio tabaquil, y otros en embrión, como
-el del arreglo de la arruinada casa de Gravelinas con sus acreedores.
-Fidela, que conocía lo mal que pintaba á su esposo la _villeggiatura_,
-quiso abreviar ésta; pero se opuso Cruz, porque á Rafael le probaba
-muy bien el clima del Norte, y desde que vivía en Hernani no se habían
-repetido los trastornos cerebrales de marras. Dividíase la familia
-en dos parejas: Cruz paseaba con el ciego, Fidela con su esposo, y
-procuraba distraerle haciéndole fijar la atención en las bellezas del
-campo y del paisaje. No era insensible el bárbaro á la bondad ni á los
-mimos de su esposa, y algunos ratos pasaba placenteros charlando con
-ella á lo largo de praderas y bosques. Pero en aquel divagar indolente,
-Torquemada, como el desterrado que sólo piensa en la patria, no hablaba
-de cosa alguna sin que salieran á relucir Madrid y los malditos
-negocios. Alegrábase Fidela de verle en tal terreno, y con infantil
-travesura repetía:
-
-—Sí, Tor, tienes que ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y yo te lo
-guardaré.
-
-Tanto machacó en esta idea, que D. Francisco hubo de espontanearse
-con su mujer, cual nunca lo había hecho, declarándole cuanto sentía y
-pensaba, y las causas de sus goces como de sus pesadumbres. Empezó por
-manifestarse satisfecho del trato de la suerte, porque sus ganancias
-crecían como la espuma. ¿Pero de qué le valía esto, si la familia
-se había puesto en un pie de boato que imposibilitaba el ahorro?
-Cada lunes y cada martes se traía Cruz alguna nueva tarantaina para
-derrochar el dinero. ¿Á qué detallar _aquella serie no interrumpida_
-de locuras, si ya Fidela las conocía? Él no servía para vivir
-entre magnificencias, aunque al fin á ellas por la fuerza de las
-circunstancias se amoldaba. Su _bello ideal_ era emplear de nuevo sus
-considerables ganancias, reservando sólo una parte mínima para el gasto
-diario. Ver entrar el dinero á carretadas, y verle salir á espuertas le
-taladraba el corazón, y le llenaba la cabeza de pensamientos sombríos
-y pesimistas. Entre él y Cruz se había entablado una lucha á muerte;
-reconocíase muy inferior á ella por los recursos de la inteligencia
-y por la palabra, pero se creía, en aquel caso, cargado de razón. Lo
-peor de todo era que Crucita le dominaba y sabía imponerle su criterio
-económico, metiéndole en un puño cada vez que _ponía sobre el tapete_
-la cuestión de un nuevo dispendio. Él se retorcía de rabia, como
-el demonio que pintan á los pies de San Miguel, y la muy indina le
-aplastaba la cabeza, y hacía su santísima voluntad con el dinero de él.
-
-En suma, que se tenía por muy desgraciado, y con aquellas amarguras,
-hasta para alegrarse de ser padre _en su día_, le faltaban ánimos.
-Mostróse Fidela reservada en la contestación, asegurando que por su
-parte no le importaba vivir en la mayor modestia y obscuridad; pero
-puesto que Cruz disponía las cosas de otro modo, sus razones tendría
-para ello.
-
-—Sabe más que nosotros, querido Tor, y lo mejor es dejarla hacer lo que
-quiera. Para tus mismos negocios te conviene respirar una atmósfera
-de esplendidez. Con franqueza, Tor: ¿habrías ganado lo que has ganado
-viviendo como un miserable en la calle de San Blas? ¡Si cada duro que
-te gasta mi hermana es para traerte luego veinte! Y, sobre todo, esa
-que llamas tirana, sabe más que Merlín, y á su despotismo debemos,
-primero, haber salido con vida de aquella pobreza ignominiosa; después,
-el hallarnos en plena abundancia, y tú hecho un hombre de peso. No seas
-tontín, cierra los ojos, y sométete á cuanto te diga y proponga mi
-hermana.
-
-En todo esto y en algo más que dijo, se revelaba el respeto casi
-supersticioso á la autoridad de Cruz, y la imposibilidad de rebelarse
-contra cualquiera cosa grande ó pequeña que dispusiera el autócrata
-de la familia. Suspiró Torquemada oyéndola, y pensaba con hondo
-desaliento que su mujer no le ayudaría en ningún caso á sacudir el
-yugo. Una ligera indicación de esto bastó para que Fidela expresara
-la negativa con infantil temor. ¡Oponerse ella á los juicios y á las
-determinaciones de su hermana! Antes saldría el sol por Occidente:
-
-—No, no, Tor, quien manda manda. Vuelvo á decirte que todo eso que te
-contraría es lo que te conviene, y nos conviene á todos.
-
-De queja en queja, el usurero fué á parar á otra idea que también le
-atormentaba. Antes de expresarla, vaciló un rato, temeroso de que su
-mujer la acogiera con risas. Pero al fin, se lanzó á la espontaneidad
-más delicada:
-
-—Mira, Fidela, cada uno tiene su aquel y su _ideasingracia_, como
-dice el amigo Zárate, y yo te aseguro que no quiero que mi hijo salga
-Águila. Bien sé que Cruz beberá los vientos porque el niño sea como
-vosotras, como ella, gastadorcillo, pinturero, y con muchos humos de
-aristocracia pródiga. Pero más quiero que no nazca si ha de nacer así.
-Por supuesto, yo tengo para mí que os engañáis las dos si esperáis que
-el nuevo Valentín saque uñas y pico de vuestra raza, pues me da el
-corazón que será Torquemada de lo fino, es decir, el auténtico Valentín
-de antes en cuerpo y alma, con el propio despejo y la pinta mismísima
-de la otra vez.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Quedóse Fidela estupefacta, sin poder apoyar ni combatir semejante
-idea, y tan sólo dijo:
-
-—Será lo que Dios disponga. ¿Qué sabemos nosotros de los designios de
-Dios?
-
-—Sí que lo sabemos—replicó Torquemada sulfurándose.—Tiene que haber
-justicia, tiene que haber lógica, porque si no, no habría Sér Supremo
-ni Cristo que lo fundó. El hijo mío vuelve. ¡Ah! no conociste tú aquel
-prodigio; que si lo hubieras conocido, desearías lo mismo que deseo yo,
-y lo tendrías por cierto, dado que deben pasar las cosas conforme á
-una ley de equidad. Verás, verás qué disposición para las matemáticas.
-Como que él es las puras matemáticas, y todos los problemas los sabe
-mejor que el maestro. Si he de hablarte con franqueza, sin ocultarte
-nada de lo que pienso, te diré que no puedo menos de compaginar ciertos
-fenómenos de tu estado con la ciencia de mi hijo Valentín. ¿No nos
-contaste que hace dos noches tuviste unos sueños muy raros, viendo que
-se te ponían delante cifras de ocho y diez guarismos, y que luego ibas
-por un bosque, y te encontraste catorce _nueves_, que te salieron al
-encuentro y te acorralaron sin dejarte pasar adelante?
-
-—Sí, sí, es verdad que soñé eso.
-
-—Pues ahí lo tienes—dijo Torquemada con los ojos fulgurando de
-alegría.—Es él, es él, que te tiene el alma y las venas todas llenas de
-los santísimos números. Y dime, ¿no sientes tú ahora algo como si te
-subieran de la caja del cuerpo á la cabeza, _vulgo_ región cerebral,
-unas enormísimas cantidades, cuatrillones ó cosa así? ¿No sientes un
-endiablado pataleo de multiplicaciones y divisiones, y aquello de la
-raíz cuadrada y la raíz cúbica?
-
-—Algo de eso siento, sí, de una manera vaga—replicó Fidela, dejándose
-sugestionar.—Pero de eso de las raíces no siento nada. Números sí, que
-se me suben á la cabeza.
-
-—¿Ves, ves? ¿No te lo decía yo? Si no me podía equivocar. ¿Y no te pasa
-también que todo lo que calculas te sale exacto? Como que tienes dentro
-de tí el espíritu puro de las matemáticas, y la ciencia de las ciencias.
-
-—¡Tanto como eso...!—repuso Fidela, dudando.—Yo no calculo nada, porque
-no sirvo para el cálculo.
-
-—Pues ponte ahora á combinar cantidades; ponte y verás.
-
-Don Francisco se frotaba las manos, añadiendo por vía de síntesis:
-
-—Quedamos en que no es Águila, en que será quien es, y no puede ser
-otro.
-
-Algo más pensaban decir marido y mujer sobre el extraño caso; pero les
-distrajo de su coloquio un coche cargado de gente que por la carretera
-de San Sebastián venía, en dirección al pueblo, y oyeron alegres voces
-que con estruendo les saludaron. Hallábanse sentados en una pradera
-junto al camino, al pie de un corpulento castaño, y cuando el charabán
-pasó delante de ellos, reconocieron entre la turbamulta que venía en la
-delantera y en los asientos laterales, algunas caras amigas.
-
-—¡Oh! Morentín—dijo don Francisco.
-
-Y Fidela:
-
-—¡Ah! Infante, Malibrán.
-
-Y se encaminaron al pueblo, del cual distaban medio kilómetro, tardando
-bastante en llegar, porque la señora, en aquellos meses, no se
-distinguía por la rapidez de sus movimientos.
-
-En la casa encontraron á los amigos que de San Sebastián habían ido
-de asalto: Morentín con su mamá, Manolo Infante, Jacinto Villalonga,
-Cornelio Malibrán, dos chicos y una chica de Pez, Manuel Peña y su
-mujer Irene, y alguno más que no consta en autos.
-
-—¿Y á toda esta caterva tenemos que darle de comer?—preguntó angustiado
-D. Francisco.
-
-—Hijo, sí; no hay más remedio. Pero se reparten. Verás como algunos se
-van á casa de Severiano Rodríguez ó del General Morla.
-
-—Siempre nos tocarán los más alborotadores en el hablar y los menos
-moderados en el comer. Y no viene Zárate, que es, de toda esta taifa,
-el único que me gusta, por ser muchacho tan científico.
-
-Con las visitas, pasaron las señoras muy entretenidas la tarde, y D.
-Francisco pudo hablar de negocios con Morentín, que le dió noticias
-de su diligente papá, ya dispuesto á salir de Londres en dirección
-á España. Animóse Rafael con la charla de sus amigos, oyendo con
-especial gusto á Infante y á Villalonga, que contaron mil divertidas
-historias de la sociedad de Biarritz y San Sebastián. Hablóse también
-de política, y al anochecer se fueron con la misma algazara que habían
-traído para acá.
-
-Si la tarde fué placentera para el pobre ciego, por la noche notóle su
-hermana muy inquieto, con cierta reversión á las antiguas manías que
-ya parecían olvidadas. Hablaba de carretilla, reía desaforadamente, y
-á cada momento nombraba á Morentín para ridiculizarle y poner en solfa
-sus palabras.
-
-—¿Pero no es el amigo que más quieres?... ¿Por qué te ha entrado ahora
-esa absurda antipatía?—le dijo su hermana Cruz, á solas, dándole de
-cenar.
-
-—Fué mi amigo. Ya no lo es, ni puede serlo. Y no creas; me temía yo que
-recalase por aquí. Era de absoluta lógica que viniese, traído por sus
-malos pensamientos.
-
-Y en lo que siguió diciendo, demostraba, más que antipatía, un
-odio insano tan violento en la forma, que Cruz sintió renovados
-sus temores de otros días, y se dispuso á pasar una mala noche,
-en compañía del infeliz joven. En efecto, no bien se retiraron su
-hermana y D. Francisco, fuese al cuarto de Rafael, que era un gabinete
-bajo con ventana al jardín, rodeada de madreselvas; y hallándole
-muy despabilado, sin ganas de dormir, le propuso quedarse ambos de
-tertulia hasta que les rindiese el sueño. La noche, como de Agosto,
-era calurosa. Mejor que dando vueltas en la cama, la pasarían tomando
-el fresco, respirando el aire embalsamado del jardín, y oyendo cantar
-á las ranas, que en una charca próxima entonaban su gárrulo himno á la
-tibia noche.
-
-Aceptó gozoso Rafael lo propuesto por su hermana. Sentada ésta junto al
-alfeizar, procediendo con rapidez y autoridad, para no darle tiempo á
-pensar sus respuestas, le acometió con bravura desde el primer momento:
-
-—Vamos á ver, Rafael: vas á decirme ahora mismo, clarito, pero muy
-clarito, y sin rodeos ni atenuaciones, por qué se ha trocado en
-aborrecimiento el cariño que tenías á tu amigo Morentín. ¿Qué te ha
-hecho?
-
-—Á mí, nada.
-
-—¿Qué te ha dicho?
-
-—Nada.
-
-—No admito subterfugios. Has de hablarme claro y pronto. Hace tiempo,
-desde mucho antes de salir de Madrid, empecé á notar que te ponías
-muy nervioso siempre que hablabas de él... Vamos á ver; dímelo todo,
-Rafael. Por Dios te lo pido.
-
-—Morentín es un egoísta.
-
-—¿Y nada más que por eso le odias?
-
-—Y un miserable.
-
-—¿Qué te ha dicho?... Algo habéis hablado. No me lo niegues.
-
-—No necesito que Pepe me muestre la fealdad de su alma, porque se la
-veo con los ojos de la mía... y con la luz de mis pensamientos... ¡pero
-tan claro...!
-
-—Ea, ya empiezas á desvariar. Vamos, alguno de los amigos que te han
-visitado hoy, Manolito Infante, Peñita, quizás Malibrán, que es muy
-malo y tiene la peor lengua del mundo, te ha dicho alguna brutalidad
-del pobre Morentín.
-
-—No; nadie me ha dicho nada.
-
-—Haz memoria, Rafael. Malibrán, Malibrán ha sido. Pero, hijo, ¿para qué
-haces caso de ese fatuo, complexión de víbora, lengua venenosa?
-
-—Te juro por la memoria de nuestra madre—dijo Rafael con solemne
-acento,—que Malibrán no me ha dicho absolutamente nada de... vamos,
-del asunto penoso que es la causa de mi aborrecimiento á Morentín...
-Pero ahora comprendo... Hermana querida, tú has venido á interrogarme
-á mí esta noche, y ahora soy yo quien interroga... Respóndeme pronto,
-clarito: Malibrán, en alguna parte, ¿ha dicho algo... de eso?
-
-—¿De qué?
-
-—De eso. No te hagas de nuevas. La idea que á mí me atormenta, te
-atormenta también á tí... Ya lo veo todo muy claro con la luz de mi
-razón. Lo que yo solo adiviné con los recursos de mi lógica, el mundo
-lo dice ya, quizás lo pregona con escándalo, y ese escándalo ha llegado
-á tus oídos. Dímelo, dímelo. Malibrán ó algún otro deslenguado, ha
-dicho algo en casa de los Romeros, en casa de San Salomó, de Orozco tal
-vez...
-
-—¿Pero qué?—preguntó Cruz acongojada, queriendo ocultar sus ideas á la
-perspicacia del ciego.
-
-Éste no veía su palidez mortal; pero notaba en su voz un timbre opaco,
-que para él era dato tan preciso como la blancura del semblante, y la
-voz de Cruz delataba sobresalto, ira, vergüenza.
-
-—Pues bien—añadió Rafael tras breve pausa,—lo diré yo sin rodeos. Á tus
-oídos llegan voces de escándalo. Quien quiera que sea lo propala en
-las casas de los enemigos, también quizás en las de los amigos. Yo,
-sin oirlo, lo sé, como sin verlo lo he visto. ¿Á qué hacer misterio de
-ello? Lo que dicen es que mi hermana Fidela tiene un amante, y que éste
-es Morentín.
-
-—Cállate—gritó Cruz con arranque de ira, poniéndole la mano en la boca
-con tanta fuerza, que parecía que le abofeteaba.
-
-—Digo la verdad... El escándalo ha llegado á tus oídos. No me lo
-niegues.
-
-—Pues bien, no lo niego. Malibrán es quien se ha permitido afrentarnos
-con esta calumnia infame. ¡Y hoy le hemos tenido aquí! Gracias que se
-fué á comer á casa de Cícero, que si le veo en mi mesa, no sé... creo
-que yo misma... En Biarritz lo dijo, y en Cambo y en Fuenterrabía.
-Lo sé por persona que no puede engañarme, y que me ha puesto sobre
-aviso. Triste cosa es la deshonra motivada; pero deshonra que surge por
-generación espontánea, y corre y se propaga sin que exista ni el más
-insignificante hecho que la justifique, es cosa que subleva.
-
-—Es que... te lo diré si no te enfadas... yo no creo que esa deshonra
-sea tan inmotivada como tú la presentas...
-
-—¡Pero tú...! (_Indignada._) ¡Crees... también tú!
-
-Furiosa le cogió del brazo sacudiéndole con brío, única manera de
-contestar á la infame reticencia.
-
-
-
-
-VII
-
-
-—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael
-tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su
-hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico.
-Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la
-corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando
-nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido
-tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo,
-porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada.
-Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos
-para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda
-evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.
-
-—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y
-altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura
-que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta
-honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre
-al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más
-recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo
-que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que
-pueda servir de fundamento á tan vil especie.
-
-—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...
-
-—Ni en ningún otro terreno.
-
-—En el de la intención, en el de la voluntad...
-
-—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. Fidela
-es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su tosquedad es
-muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva yo á oirte
-semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con la blandura
-que acostumbro usar contigo.
-
-—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que á mi
-hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de Morentín?
-
-—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y
-delicado.
-
-—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de
-aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el
-archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que
-la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á
-veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín
-me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la
-victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado
-ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista
-que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza
-el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín
-un modelo de virtudes, el mundo, atento á la composición de este
-matrimonio y á la vida ostentosa que lleváis, tendrá siempre por hecho
-inconcuso lo que Malibrán ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y
-se propague el rumor infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú
-crees error... y lo será por el momento.
-
-—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que
-tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se
-trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia
-de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella
-dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella
-es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del
-Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de
-reconocerla y acatarla.
-
-—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo se
-ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una lógica
-construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza á la
-opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto habría
-convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de esa
-malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio de este
-boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras nuevas,
-no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida hermana.
-La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, las
-satisfacciones de la vanidad; flota también el veneno, el microscópico
-bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y
-guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas;
-marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto
-de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia.
-Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y
-lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa
-constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que
-expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué
-uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana.
-Ahora, sufrir y callar.
-
-—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la turbación
-que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios quiera que
-á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la despreciará
-como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te prohibo
-pensar...
-
-—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso en
-otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el
-trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de
-la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.
-
-—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa y
-con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya,
-de tu pobrecita mente aburrida, holgazana, traviesa. Te lo prohibo,
-Rafael; sí, te prohibo pensar en eso.»
-
-Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba,
-masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir,
-quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un
-mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando
-oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á
-poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió
-Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él
-la tranquilizó diciéndole:
-
-—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con _la_ calor
-y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no
-he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las
-sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.
-
-—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este país—observó
-Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.
-
-—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel
-Madrid tan cómodo...!
-
-Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los
-hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que
-los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio,
-aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de
-D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla, y el
-rechinar del menudo guijo bajo su planta procerosa.
-
-La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y
-como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas
-de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo
-profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado
-de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas,
-prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio
-con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo
-melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del
-péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en
-cielo y tierra.
-
-Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras del
-jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con
-mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima
-de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de
-un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás
-de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima
-ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por
-él había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila,
-ésta debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez
-de procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole
-á grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y á su carácter.
-¿No era más humano y generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en
-ella se gozara, como el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor
-abundamiento, el pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría
-los mordiscos de la calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una
-forma, lo era en otra. ¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á
-encumbradora de gente baja, y por querer hacer de un zafio un caballero
-y un prohombre? Este remusguillo de su conciencia, y la compasión
-vivísima que hacia su hermano político sintió en aquella hora solemne
-de la noche de verano, moviéronla á dirigirle palabras afectuosas.
-Echando su cuerpo fuera de la ventana, le dijo:
-
-—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay que
-fiarse mucho de los calores de esta tierra.
-
-—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.
-
-—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos coja
-usted un reuma, ó un catarro fuerte.
-
-—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito de
-Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese uno á
-enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente acuática.
-
-—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta que
-tengamos sueño.
-
-Rafael se aproximó también á la ventana. En aquel instante, como si
-los sentimientos de Cruz se le comunicaran por misterio magnético,
-sintió asimismo lástima del hombre que odiaba.
-
-—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia
-hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para
-redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle
-infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había
-echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro,
-guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad
-compasiva la protección material que de él recibía.
-
-Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser
-insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando
-peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre
-todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores
-del mundo.
-
-—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera vez
-en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado de
-sus queridos negocios.
-
-Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la
-voluntad á la palabra.
-
-—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?
-
-Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no
-creyó que su cuñada le hablaba formalmente.
-
-—Usted me busca el genio, Crucita.
-
-—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo
-hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores,
-los amigos importunos y mortificantes.
-
-—Eso es hablar como la Biblia.
-
-—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con resolución.—Ea,
-si don Francisco quiere...
-
-—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en esta
-tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia al
-fuero de la puerquísima moda?
-
-—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas.
-
-—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más?
-
-—De verdad, de verdad.
-
-Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que sus
-ojos relumbraban como las estrellas del cielo.
-
-—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma, cosa
-más de mi agrado, ya estaba yo aquí como _el alma de Garibaldi_,
-suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de
-mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que,
-después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del
-infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy
-como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones
-son el santo trabajo. No me divierte esta vida boba del campo, ni le
-encuentro chiste á la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del
-baño y el paseíto se han hecho para mí. El verde para quien lo coma;
-y el campo _natural_ es meramente una tontería. Yo digo que no debe
-haber campiñas, sino todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea
-para las ballenas. ¡Mi Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que
-mañana? Para otro año viene la familia sola, si quiere fresco caro.
-Yo á mi calor barato me atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de
-Agosto, se templa Madrid, _maxime_ de noche, y da gusto salir á tomar
-la fresca por aquellos altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan
-los melones y el riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y
-dejar á Fidela que duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo.
-¿Á qué hora pasa el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto
-amanezca pedimos el coche y salimos pitando... No hay que volverse
-atrás, Crucita. Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas
-de miel, _vulgo_ promesas, que bien me merezco la realidad de esta
-vuelta á Madrid, por la paciencia con que he venido á estas tierras
-chirles, sin más _objetivo_ que zarandear á la familia, y darnos tono
-¡con cien mil Biblias! tono... Siempre el dichoso _buen tono_, que á mí
-me parece un tono muy mal entonado.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la
-colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á
-buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga,
-y _descubriera_ nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello
-es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas.
-¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles
-asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota!
-¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había
-lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser
-cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto,
-Señor, que los pueblos se llamen como las óperas!
-
-Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que
-vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas
-del elemento oficial y del _elemento particular_, no encontró la
-ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era
-grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos planes
-de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se había
-suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear tenerle
-por amigo. Antes del viaje, apenas cambiaban más palabras que las
-generales de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro
-frases insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían
-acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo
-parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer
-sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del
-día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz,
-que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de
-contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando
-sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si
-temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que
-por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el
-estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á
-pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se
-irritaba.
-
-—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía
-Fidela,—¿por qué temes...?
-
-—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero verle
-nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese _spleen_
-sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco que
-habla. En fin, Dios dirá.
-
-En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas
-personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban
-todavía por playas y balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto
-la única excepción de aquella desbandada, Zárate, que por la escasez
-que suele acompañar á la sabiduría, no veraneaba más que quince ó
-veinte días en El Escorial ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el
-tacaño con su amigo y consultor _científico_, casi solos todas las
-noches, platicando sobre temas sabrosísimos, como la cuestión de
-Oriente, los abonos químicos, la redondez de la tierra, el Papado en
-sus relaciones con el Reino de Italia, las pesquerías del Banco de
-Terranova... En aquella temporada de fecundos progresos, aprendió
-D. Francisco dicciones muy chuscas, como _la tela de Penélope_,
-enterándose del por qué tal cosa se decía, _la espada de Damocles_,
-y _las kalendas griegas_. Además leyó por entero _El Quijote_, que á
-trozos conocía desde su mocedad, y se apropió infinidad de ejemplos y
-dichos, como _las monteras de Sancho_, _peor es meneallo_, _la razón de
-la sinrazón_, y otros que el indino aplicaba muy bien, con castellana
-socarronería, en la conversación.
-
-Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que
-sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana
-mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del
-cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran
-_peripecia_.
-
-—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á
-consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opinión
-mía; quizás me equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos
-no me demuestren lo contrario. Yo creo... que _nuestro joven_ no está
-loco, sino que lo finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su
-gusto en el proceso de un drama de familia.
-
-—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, amigo
-Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero
-aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya
-parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más
-vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo
-nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. _Peor
-es meneallo..._ Por lo demás, creo también que en algunos períodos,
-su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan
-oportunamente.
-
-Y se quedó con la duda de quien sería aquel _Jamle_; pero no quiso
-preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y
-lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.
-
-—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo
-Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de
-Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba
-solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo
-_to be or not to be_.
-
-—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo noté, y no se me escaparon
-los _puntos de contacto_. Porque yo observo y callo.
-
-—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.
-
-—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?
-
-—Verdad.
-
-—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.
-
-—Exactamente.
-
-—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se les den
-tantas denominaciones. Les dicen _vates_, les dicen también _bardos_.
-Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un artículo que le
-_dedican_ á ese chiquillo á quien yo protejo, y el condenado crítico le
-llama _bardo_ acá, _bardo_ allá, y le echa unos inciensos que apestan.
-Á los versos que ese chico compone los llamaría yo _bardales_, porque
-aquello no hay cristiano que lo entienda, y se pierde uno entre tanta
-hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, _peor es meneallo_.
-
-Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que
-debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente
-salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias.
-Hallaba _puntos de contacto_ entre ciertas doctrinas y el principio
-evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y
-empleadas con dudosa oportunidad.
-
-Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, trájole
-muy buenas noticias de Londres. Las compras de _rama_ se harían por
-personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que
-sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar
-con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar
-más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado
-en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país,
-y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo
-disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella
-el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo
-práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por
-tan excelente, que le abrazó entusiasmado.
-
-—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único
-aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos
-ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los
-inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré _cómo vé_
-usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos
-pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada
-año.
-
-—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted _mi línea
-de conducta_. En las condiciones que propongo, entro, vaya si entro.
-
-Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de acuerdo en
-todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues almorzaba aquel
-día con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana),
-le dijo con semblante gozoso:
-
-—Aquéllo me parece que es cosa hecha.
-
-—¿Y que es _aquéllo_?
-
-—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?
-
-—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que
-_aquéllo_ era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su
-bolsillo.
-
-—¡Ah! pues téngalo por hecho.
-
-—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!
-
-—¿Es de veras que no tiene noticia?
-
-—Lo que tengo es el alma en un hilo, _¡ñales!_ ¿Apostamos á que ahora
-viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy echando
-setenta llaves á la caja.
-
-—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un almuercito á
-los compromisarios... una docena de telegramas...
-
-—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?
-
-—Que le sacamos á usted senador.
-
-—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?
-
-—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde
-hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra,
-el Bierzo...
-
-—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes
-bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.
-
-—¿Pero no le agrada...?
-
-—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.
-
-—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se pierde,
-y se puede ganar algo...
-
-—¿_Y aun algos_?
-
-—Sí, señor, y aun _muchísimos algos_.
-
-—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, _vulgo Cámara Alta_, y si
-me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi _desideratum_ es la
-reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías
-en todas las esferas sociales. Que se acabe esa _tela de Penélope_
-de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el
-cual está suspendida, como _una espada de Damocles_, la bancarrota. Yo
-me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello
-exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la _condición
-sine qua non_, la única, la principal de todas las _condiciones sine
-qua nones_.
-
-
-
-
-IX
-
-
-No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su cuñada
-sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se desayunaba, la
-interrogó con timidez.
-
-—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel cocido—contestóle
-Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni mucho menos de
-nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes
-y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una
-de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos
-y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé
-yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría
-vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un
-acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo,
-de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte
-por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo
-una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!
-
-—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi senaduría
-vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí ser senador,
-y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el gusto de
-decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? _Por lo demás_, yo no
-lo ambiciono, _ni de cerca ni de lejos_. _Mi línea de conducta_ es
-trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese
-turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.
-
-—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene...
-Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país
-natal.
-
-—Villafranca del Bierzo.
-
-—La provincia de León.
-
-—Ya estoy viendo la nube de parientes con hambre atrasada que van á
-caer sobre mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y
-de irles despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy
-bien su pico de oro.
-
-—Pues sí, yo me encargo de _ese ramo_. ¿Qué no haré yo para tenerle á
-usted contento, y rodeado de satisfacciones?
-
-—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy viendo
-venir la puñalada.
-
-—¿Por qué lo dice?
-
-—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí
-navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.
-
-—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No
-me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas
-ganancias.
-
-—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha
-salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y _por ende_,
-de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen
-truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy
-gorda...
-
-—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí
-(_apuntándose á la frente con su dedo índice_). Es cosa muy grave, y no
-acabo de decidirme.
-
-—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias
-pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que
-usted _acaricia_?
-
-—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del
-comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.
-
-Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno
-proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para
-decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado
-sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que
-se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se
-hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su
-espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á
-la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No
-habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en
-una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro
-paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y
-casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo
-que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que
-el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes
-elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en
-quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida,
-damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor
-las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral.
-
-Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y
-al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino
-trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención
-súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo
-era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas,
-con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo,
-y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se
-excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas,
-cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para
-hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de
-envidiosos.
-
-Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de
-su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado
-á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de
-extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban
-hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su
-apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más
-extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre;
-á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas,
-y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le
-habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba
-de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas
-del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once
-gelatinas y algún bartolillo de añadidura.
-
-Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames
-que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella,
-suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como
-inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas
-no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su
-alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales
-absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que
-tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito
-que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los
-problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio
-superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no
-observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate
-decía:
-
-—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la
-vida orgánica. Desconoce el _elemento_ afectivo. Las pasiones son letra
-muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.
-
-Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices
-para después que _aquéllo_ pasase. Pero Zárate, que era de los pocos
-que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas,
-asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios
-á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de
-ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua
-los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en
-cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.
-
-Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo
-en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban
-todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo.
-Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la
-ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la
-cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con
-la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo.
-No lo expresaba él así; pero tales eran, _mutatis mutandis_, sus
-pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela
-con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de
-afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á
-veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces
-semejante al afecto filial.
-
-Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en
-aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si
-comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados
-de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y
-éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad
-con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro
-cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes
-de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la
-adivinadora Cruz.
-
-Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante,
-encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido
-á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á
-su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de
-ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.
-
-—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis
-pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella
-tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no
-han querido darme la vitalicia? (_Denegación de Fidela._) Bien decía yo
-que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo,
-aunque la verdad, esto de la senaduría no _viene á llenarme ningún
-vacío_... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo
-cosas malas, _Biblias y Cristos_, y todo el palabreo que uso cuando me
-da la corajina.
-
-—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.
-
-—¡Bah! ya te ríes, _de lo cual se desprende_ que no es nada.
-
-—Algo hay; cosas de familia...
-
-—¿Pero qué, por vida de la...?
-
-—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.
-
-—¿Rafaelito, qué?
-
-—Que mi hermano no me quiere ya.
-
-—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya
-vuelve el _punto_ ese con sus necedades?
-
-—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están
-bien en su boca.
-
-—¿Qué te ha dicho?
-
-—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas
-muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que
-habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y
-que yo no te merezco.
-
-—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.
-
-—Que eres digno de lástima.
-
-—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo
-esquilmado que me tiene.
-
-—No es por eso.
-
-—¿Pues por qué, _ñales_?
-
-—Si dices indecencias me callo.
-
-—No, no las digo, _¡ñales, re-ñales!_ Tu hermanito me está cargando
-otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que
-evitemos _todo punto de contacto_ entre él y yo.
-
-
-
-
-X
-
-
-—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación
-trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre
-cuando descubre...
-
-—¿Qué?... ¿Y quién es ese _Jamle_, ¡Cristo!, quién es ese _punto_
-que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á
-relucir á cada triquitraque? ¡_Jamle_, dale con _Jamle_!
-
-—Era un Príncipe de Dinamarca.
-
-—Sí; que andaba averiguando aquello de _ser ó no ser_. ¡Valiente
-bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros?
-
-—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que
-Hamlet á su madre...
-
-—Que también debía de ser una buena ficha.
-
-—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas
-tragedias de Shakespeare.
-
-—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el _Sí de las niñas_.
-
-—No, hombre... ¡Qué bruto eres!
-
-—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa,
-y en sabiendo que ese _Jamle_ es todo invención de poetas, no me
-interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No
-hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras
-llover... ¿Y tu hermana?
-
-—Ha ido á compras.
-
-—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!
-
-—¿Dónde?
-
-—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi _líquido_. Tu hermana y yo
-vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos _abrigará_; qué nuevos _gravámenes_
-me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del
-verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos
-pensando qué será, qué no será.
-
-Fidela se sonreía picarescamente.
-
-—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á
-tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y
-á todo el globo terráqueo.
-
-—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde
-decírtelo. Ella te lo dirá.
-
-—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay
-para mí _momento histórico_ que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no
-respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?
-
-—Hombre, no tanto.
-
-—¿Se trata de _gravamen_, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio,
-así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí
-estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos,
-¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un
-hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi
-cuñadita barre para afuera.
-
-—No exageres, Tor...
-
-—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?
-
-—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la
-sorpresa que quiere darte.
-
-—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.
-
-—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y
-atribuciones que...
-
-—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un _jollín_ en
-casa.
-
-—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te
-pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la
-pata (_tomándole una mano_). Aquí quietecito y hablando á lo caballero,
-sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.
-
-—Pues sácame de dudas.
-
-—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi
-hermana te...?
-
-—Prometido.
-
-—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...
-
-—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.
-
-—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...
-
-—Muy señora mía.
-
-—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.
-
-—Ya me entero, sí.
-
-—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá
-le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra
-desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San
-Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que
-por transmisión de títulos del Reino...
-
-—Demonio, _¡ñales!_ ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu
-hermana...
-
-—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y
-pagar lo que se llama medias annatas...
-
-—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la
-Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo
-que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.
-
-—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el
-título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden.
-¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida.
-Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...
-
-—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el
-sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?
-
-—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia
-del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del
-emperador Carlos V.
-
-—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos...
-Costará... ¿quinientos reales?
-
-—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!
-
-—¿Costará dos mil?
-
-—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su
-título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho
-mil duros.
-
-—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de
-fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá
-estar el título hasta las _kalendas griegas_ por la tarde, si esperan
-que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho
-mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira
-lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa.
-Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al
-límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia,
-y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no
-he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento
-de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser
-Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal,
-que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran
-memorialista con casa abierta?
-
-—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré
-yo, y por consiguiente tú Marqués.
-
-—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que
-yo Marqués!
-
-—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...
-
-—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble
-industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la
-voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!
-
-—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el
-_Becerro_, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en
-línea recta del rey D. Mauregato.
-
-—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera
-bromas. (_Parándose ante ella, en jarras._) ¿Tienes tú el capricho de
-ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? _En una palabra_: ¿es para tí
-cuestión de _ser ó no ser_, como dijo el otro?
-
-—No lo creas: no tengo esa vanidad.
-
-—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó _Juana Particular_?
-
-—Lo mismo.
-
-—Pues si tú no _acaricias esa idea_ de ponerte corona, ni yo tampoco,
-¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?
-
-—_Lanzas y medias annatas._
-
-—Jamás oí tal terminacho.
-
-—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á
-Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de
-Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título
-sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de
-Carlos IV.
-
-—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose
-palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque
-yo las uñas... _En una palabra_, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo...
-Lanzas y medias annatas... (_Con desvarío._) Digo que no... Lanzas...
-San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?...
-Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (_Alzándola voz._)
-Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta
-socaliña, voy y... _en una palabra_, me suicido.
-
-—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.
-
-—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me
-fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (_Repitiéndolo como
-para fijarlo en la memoria._) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si
-quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco
-de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso
-que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de
-faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se
-me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas...
-medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos
-rebelamos, ¿sí ó no?
-
-Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela acudió á
-él, y acariciándole le trajo al sofá.
-
-—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?
-
-—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos hace
-maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... annatas...
-digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que compre
-ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que quiera.
-
-—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo
-serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad,
-te vendrá el título como anillo al dedo...
-
-—Si no costara dinero, no te digo que no.
-
-—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay otra
-razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra el
-brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu hijo?
-
-De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por
-un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el
-buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo,
-dentro de la escasez de sus medios retóricos.
-
-—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués.
-¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que
-sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para
-ellos títulos que tengan algún _punto de contacto_ con la ciencia,
-verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de
-_la cuadratura del círculo_, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad?
-Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese
-gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año...
-Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da
-vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de la
-casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... Cierto
-que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues oye lo que
-se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que aplace el
-asunto del marquesado hasta que el hijo nazca; no, no, hasta que le
-tengamos crecidito.
-
-—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque
-los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una
-vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus
-intrigas.
-
-—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto jicarazo
-me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la sepultura
-en el _momento histórico_ menos pensado. Todo se remediaría poniéndote
-tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi _interés_; porque al
-paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses de la
-_Perra Chica_...
-
-No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla
-que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza.
-Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que
-todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz,
-ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba
-en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la
-calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que
-se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho
-alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de
-comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban.
-Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín...
-marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias annatas.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus altos
-designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas los sapos
-y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran las estrellas
-del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución. Precisamente, en
-el _momento histórico_ de la referida conversación entre D. Francisco
-y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico y el investigador de
-genealogías con las manos en la masa, esto es, fabricándole un escudo
-al tacaño, lo que en verdad no era para ellos difícil, por ser el
-apellido Torquemada de noble sonsonete, de composición castiza, y muy
-propio para buscarle orígenes tan antiguos como los Jerusalem. Cruz no
-se paraba en barras, y antes de hablar con su cuñado, lo dispuso todo
-para la pronta ejecución de su arrogante idea, apretándole á ello el
-ansia de cogerles la delantera á los indecentes Romeros. Encargó en
-Gracia y Justicia que se activase el expediente, dispuso que con la
-mayor brevedad posible se compusiesen todos los árboles genealógicos
-y todas las ejecutorias que fueran menester, y no faltaba más que
-imponer al bárbaro el _gravamen_, con firme voluntad, como la cosa más
-conveniente para la familia y para él mismo.
-
-Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía
-del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa.
-Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las
-ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su
-representación social se acrecía con la corona, _traduciéndose_ tarde ó
-temprano en beneficios _contantes_. No le convenció más que á medias,
-y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á
-la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo
-enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró
-de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle
-y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía;
-figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía
-efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse
-el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar,
-y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda regla.
-
-Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado y los
-conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien hubo
-de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con muy
-buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas como él
-(como el señor de Torquemada) eran las que representaban dignamente
-el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón. Veíase tratado
-con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y
-lo mismo el Presidente que todos los señores _de la Mesa_ le traían
-en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios
-nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los
-efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de
-satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus
-impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con
-gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se
-congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la
-alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce
-adelantos en el más rebelde de sus discípulos.
-
-Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía Cruz
-para empujarle, _velis nolis_, por aquella senda, bastará decir que á
-poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su acta,
-limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario de
-_Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal_, empantanado desde
-la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los
-vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué
-sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias
-del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto
-el que armaron, aclamando al _preclaro hijo del Bierzo_. Algo había
-hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la comisión,
-hablar al Ministro en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía
-por esto autor del milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de
-verse objeto de tales ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas
-rimbombantes que le pusieron de allá, ni de los panegíricos que en
-su honor entonaron el alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en
-su tertulia, el cacique en mitad de la calle, y hasta el cura en el
-púlpito sagrado. Y trajo una carta _El Imparcial_, en que narraba
-el efecto causado por la noticia en aquella sensata población,
-describiendo cómo había perdido el sentido todo el sensatísimo
-vecindario; cómo habían sacado en procesión por las calles, entre ramas
-de laurel, un mal retrato de D. Francisco que se proporcionaron no se
-sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que atronaban los aires expresando
-la gratitud con sus restallidos, y cómo, en fin, le aclamaron con
-roncas voces, llamándole _padre de los pobres, la primera gloria del
-Bierzo y el salvador de la patria leonesa_.
-
-Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo uno.
-
-—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas
-satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen
-los éxitos de debajo de las piedras.
-
-Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron sus
-tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media
-lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor propio satisfecho,
-y el temor de que todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos
-_gravámenes_.
-
-Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los
-vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron
-cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero
-á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta,
-según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube...
-Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba
-engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero
-dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le
-libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que
-por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes
-de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la _Biblia en
-pasta_, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para
-carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros
-aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque
-aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil
-chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte,
-aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más
-allá que se variara el trazado de la carretera.
-
-Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas
-muy extrañas. Cayó asimismo sobre la casa un buen golpe de leoneses
-residentes en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que
-pedían protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á
-sus postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un
-individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado
-por cierto, _del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo
-para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc..._ Y otros enviaban
-versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían
-comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria.
-Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á
-su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y
-les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que se
-fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan alta,
-que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia de
-un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de la
-visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa por
-D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas de la
-Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba determinación
-alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le sentaba á comer
-en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían una idea tan
-hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las carretadas de
-dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de paño pardo y
-refajo verde, vinieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco
-cuando era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de
-Paradaseca; y no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo
-le saludara con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete
-_La Presumida burlada_: «_¡So burro, hijo mío!_»
-
-
-
-
-XII
-
-
-Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba con
-algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su cara un
-aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. Por fin,
-le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó que tan
-sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á los que
-traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran castañas
-y bellotas, que á él le gustaban mucho.
-
-En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido para ésta
-y la comisión, se aventuraba á _ilustrar á sus compañeros_ con alguna
-idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de cuestiones de
-Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde que se sentó en
-los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los sablazos en una ú
-otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento ¡Señor! que no se
-pueda figurar conforme al propio mérito, sin dar sangrías á cada rato
-al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso
-de cualquiera de aquellos _puntos_, ya otra colecta para erigir un
-monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían
-por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando
-por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante
-_víctimas_ por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y
-viudas y huérfanos del _Sursum Corda_! Era un gotear frecuente, que al
-cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio
-no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo
-se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres
-confería! Tan cargado estaba ya de ser _hijo ilustre_, que una noche,
-al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero
-le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral
-de _ñales_, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor
-día tiraba el acta en medio del redondel, _vulgo hemiciclo_, y otro
-que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo
-de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y
-ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de
-convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron
-todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio que
-banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así lo
-reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agradacerlo, y
-alegrarse de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran
-de su dignidad.
-
-Pues señor, por aquel camino pronto llegaría _la de vámonos_. ¡Comidas
-de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde Octubre
-venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un diario
-abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la
-sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia.
-Pues con el _nuevo régimen_ de convites, crecería la suma, hasta llegar
-á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun
-á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor
-día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las
-murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y
-de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de
-sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos
-arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que
-siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por
-un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era
-lo lógico, y lo procedente, y lo que _se caía de su peso_. ¿Á qué tanto
-lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso
-convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos,
-chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de
-la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella
-gente, y los hermanos del ministro, y el general Morla, y otros tantos
-que no hacían más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy
-malo? Verdad que él también lo encontraba todo pésimo, pues política
-que no fuese de economías á raja tabla, _caiga el que caiga_, era una
-política de muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte
-comensales, que concluían por darle la razón.
-
-Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues el
-pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos,
-era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas
-por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas
-sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó
-resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura
-barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese,
-gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas
-era un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas.
-La ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el
-primer año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en
-firme todas las acciones del ferrocarril de _Villafranca_ á _Minas de
-Berrocal_, con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los
-bercianos verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus
-compinches harían una buena jugada _largando_ las acciones después de
-hacerlas subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican,
-hasta las nubes. Esto, y el arreglo con la casa de Gravelinas, á
-la cual se asignó una pensión por la vida del Duque actual y diez
-años más, quedándose Torquemada y compañeros negociantes con todos
-los bienes raíces (que se venderían poco á poco, recibiendo en pago
-las obligaciones emitidas por la casa ducal), la fortuna del tacaño
-iba creciendo como la espuma, en progresión descomunal, amén de sus
-innumerables negocios de otra índole, compra y venta de títulos, con
-tal tino realizadas, que jamás se equivocó en los cálculos de alza y
-baja, y sus órdenes en Bolsa eran la clave de casi todas las jugadas de
-importancia que allí se hacían.
-
-Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que
-esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación
-de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería
-dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre
-endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus
-tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de
-aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, _como tenía derecho
-á esperar_, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero?
-«_Me inclino á creer_ que sí—decía para su capote, con verdadero
-derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida
-Naturaleza _tergiversase la cuestión_, y la criatura me saliese con
-instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me
-devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No hay
-expresión para esta idea. Pronto hemos de salir del _dilema_. Y bien
-podría resultar hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá
-lo veremos. _Me inclino á creer_ que será varón, _y por ende_, otro
-Valentín; _en una palabra_, el mismo Valentín _bajo su propio aspecto_.
-Pero ellas no lo creen así sin duda, y de aquí la expectación que
-_reina_ en todos, como cuando se aguarda la extracción de la Lotería.»
-
-Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los días,
-anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo
-equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena
-de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el
-24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma,
-con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose
-Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de
-Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la
-obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque
-la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos
-doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron
-la colaboración de una tercera eminencia.
-
-Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de la
-casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía más
-que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio
-al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna
-referente á sus vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á
-enterarse y hacerle compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le
-había hecho maldita gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas
-á Quevedito, que oficiaba como ayudante, le dijo:
-
-—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad de
-Cruz, que siempre _tiende_ á hacerlo todo en grande, aunque no sea
-menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en
-gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías
-y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda,
-manda. _Es refractaria_ á la modestia y á la moderación, y con ella no
-valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que
-digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y
-tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo
-confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con
-la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias
-annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, _vulgo_ Jesucristo, ó
-en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te
-separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos
-tres _puntos_ de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo
-que Dios quiera. No vivo hasta no ver...
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y difíciles.
-Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un tris estuvo
-que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se acordó esperar,
-y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro afanado, rindióse
-al temor del peligro, y se manifestó conforme con que se trajera más
-_personal facultativo_, si era menester. Calmóse la parturienta á
-prima noche, sin que desapareciese la gravedad; presentáronse síntomas
-favorables, y aun se aventuraron los comadrones á reanimar con risueñas
-esperanzas á la atribulada familia. La cara de don Francisco era
-de color de cera: creeríase que el bigote no estaba en su sitio, ó
-que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la frente gotas
-gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura para levantar
-el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, en expectativa
-del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar rienda suelta
-á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro que tomase
-la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener que hacer
-cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué á parar al
-cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su sillón,
-hablando con Morentín de cosas literarias.
-
-—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía que
-estaba usted aquí.
-
-—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á
-usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que
-usted espera...
-
-—¿Y segundo?
-
-—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar juntas
-las dos enhorabuenas.
-
-—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San Eloy...
-medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está
-inventando pamplinas para sacarnos del _statu quo_, y meterme á mí, tan
-humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo
-de qué viene ese título?
-
-—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo picado.—Data
-del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas
-de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de
-Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad.
-
-—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh,
-qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con
-qué poner un puchero, como _ciertos y determinados_ títulos que
-viven de trampas... Mi _bello ideal_ no es la nobleza: tengo yo una
-manera _sui generis_ de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me
-despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene
-más _desideratum_ que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un
-pobre que ha logrado asegurarse la _clásica_ rosca, y nada más. Es
-cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni
-qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del
-Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á
-tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos _puntos_
-muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que
-me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea,
-Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted?
-
-Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda
-su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le
-colmaban de júbilo.
-
-—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, _en
-parangón_ del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y
-apechugo con todo, incluso con las medias annatas.
-
-—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y
-le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado.
-
-—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.
-
-—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy,
-sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.
-
-—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo
-desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.
-
-—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo
-me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de
-la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos
-de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy
-el primero en _rendir parias_ á la ciencia... Pero que veamos sus
-resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de
-Morentín?
-
-—Lo mismo digo yo.
-
-—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo
-contrario; y los tratamientos son como _el tejido de Penélope_, que
-hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se
-dejan de pagar las cuentas de los _señores Galenos_... ¡quiá!... Y yo
-_profeso la teoría_ de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos.
-¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van
-ganando... Aquí estamos _en actitud espectante_, diciendo «qué será,
-qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y _les soy á
-ustedes franco_: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las
-manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y
-se sobraba; tal es mi humilde _punto de vista_.»
-
-Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus
-respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á
-quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima
-se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don
-Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios
-de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del
-lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con
-pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el
-cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando
-estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de
-espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en
-el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de
-Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se
-entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si
-estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.»
-
-Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á
-llorar.
-
-—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido
-sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay?
-¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?...
-No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de
-ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la
-mamá de Morentín, _enteramente_... ¿Y el señor de Zárate ha venido?...
-¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde
-está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto,
-y corre á decírmelo. Te espero aquí... Entras haciéndote el tonto,
-creyendo que te han llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que
-salgamos bien, y que sea varón, ¿verdad?
-
-Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se fué
-á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó
-divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el
-suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de
-prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él
-lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento
-que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó
-le ponían furioso.
-
-Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó con
-júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.
-
-—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos angustiadísimos.
-
-—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se le
-puede dar á usted la enhorabuena?
-
-—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, eminencias
-los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo en clase de
-comadrones.
-
-—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el resultado
-de la ciencia.
-
-—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un
-borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.
-
-—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance se presenta dificultoso?
-Será que la familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el
-primer período? ¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la
-pelvis?
-
-—¿Qué dice usted?
-
-—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la _sella
-obstetricalis_?
-
-—Cállese usted, hombre... ¿_Á qué obedecen_ esos aparatos? Dios quiera
-que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se
-despachan sin ayuda de facultativos.
-
-—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición
-sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se
-llamaban _omfalotomis_, fíjese usted, y en Roma _obstetrices_.
-
-No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron
-tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo
-estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó
-malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar
-por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había
-llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»
-
-
-
-
-XIV
-
-
-—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada
-escupiendo las palabras.
-
-—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus alegres semblantes
-divulgaban la buena noticia.»
-
-Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, encontróse
-D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran los de Cruz,
-que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, diciendo:
-
-—Varón, varón.
-
-—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado
-el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias
-annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por
-las tres eminencias.
-
-Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un momentito.
-
-—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre, que
-sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron multitud
-de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota, y llenándole la
-cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus _manifestaciones_...
-San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de la Medicina. Gracias
-mil... estimando... No me ha cogido de nuevas... Ya sabía yo que había
-de ser... del sexo masculino, _vulgo_ macho... Dispensarme, no sé lo
-que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo el mundo. Vete á la
-taberna y que traigan unas copas de Cariñena... ¡Qué disparate...! No
-sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y champañ... Señores, mil y
-mil gracias, por su _actitud_ de simpatía y... beneplácito. Estoy muy
-contento... Seré _Mecenas_ de todo el mundo... Que traigan peleón, digo
-Jerez... Bien sabía yo el resultado de la _peripecia_... Lo calculé.
-Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga otro abrazo. ¡La ciencia...!
-_Lo... or_ á la ciencia. Pero lo dicho: no se necesitaban tantos
-doctores. Ha sido un parto _meramente_ natural y espontáneo, _por
-decirlo así_. Somos felices... Sí señora, felices... _enteramente_;
-tiene usted razón, _enteramente_...
-
-Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y de
-echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir,
-radiante.
-
-—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á
-abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á
-dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que
-nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente.
-
-—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.»
-
-Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones,
-comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de
-Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios.
-
-—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios...
-
-—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de la
-suerte, el niño mimado del Altísimo...
-
-No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de
-Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose
-de que su hermana hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención
-del nuevo sér, que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo
-muy mal á D. Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo:
-
-—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de antaño,
-más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación en los
-siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás.
-
-El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín
-había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas
-y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una
-cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el
-Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del
-Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían
-permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de
-coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión,
-la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.
-
-No le pareció bien á Torquemada _llenar el buche_ á toda la turbamulta,
-y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más íntimos, como
-Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á quien dió
-conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo en materia
-de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo que
-reclamaban las circunstancias. _Reasumiendo_: que celebraron allí
-la Noche Buena, en improvisado banquete, comiendo y bebiendo _como
-fieras_, según dicho de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas
-_largas_, es decir, unas cincuenta personas, en _cifra redonda_.
-Tuvo el buen acuerdo el amo de la casa de no beber _champagne_, sino
-en dosis homeopática, y gracias á esta precaución se portó como
-un caballero, no dejando salir de sus autorizados labios ninguna
-inconveniencia, y hablando con todos el lenguaje fino y grave, que á
-su carácter y posición social correspondía. Menudearon los brindis en
-prosa y verso de madrugada ya, y Zárate concluyó por tratar de _tú_ á
-D. Francisco, profetizándole que sería el dueño de toda la tierra, y
-que bajo su imperio se resolvería el problema de la aerostación, y se
-cortarían todos los istmos _para mayor fraternidad entre los mares_,
-y se unirían todos los continentes por medio de puentes giratorios...
-Brindaron otro por el Marquesado de San Eloy, que muy pronto adquiriría
-mayor lustre con la grandeza de España de primera clase, y no faltó
-quien pidiese á los señores de Torquemada, con el debido respeto, que
-diesen un _gran baile_, el día de Reyes, para celebrar el fausto suceso.
-
-Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de
-cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El
-sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto
-de aquella cena, y de los que vendrían _á renglón seguido_, pues la
-tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta Año nuevo,
-á los allí presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á
-doce cada día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y
-yo el calzonazos _por excelencia_.» Acostóse ya cerca del día con la
-mitad del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles.
-¿Sería broma, aquello del _gran baile_, ó lo dirían en serio? Cruz,
-al oirlo, se había reído; pero sin protestar, como habría protestado
-él, si se atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el
-sueño, porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se
-mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero
-que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto
-reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.
-
-—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?
-
-Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando el encargo
-á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales de lactancia,
-escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y abundante, los ubres
-muy pronunciados, y los andares resueltos. Mientras el tacaño visitaba
-á su esposa y al crío, Cruz estuvo tratando con aquel par de reses, y
-con los montaraces aldeanos que las acompañaban.
-
-—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de todo
-quería enterarse.
-
-—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una _fija_, y
-otra de suplente por si la primera se indispone.
-
-—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza
-y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el
-azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son
-lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.
-
-—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese bendito
-pimpollo que Dios le ha dado?
-
-—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo!
-¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve
-ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!
-
-—Por eso siempre tira usted al monte.
-
-—Pero vamos á ver, Crucita. _Seamos justos_... ¿Quién ha visto usted
-que tenga dos amas?
-
-—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...
-
-—¿Y acaso somos nosotros _testas coronadas, por decirlo así_? ¿Soy
-yo _por casualidad_ Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de
-cartón?
-
-—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos
-y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un
-período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero,
-Príncipe de Asturias...
-
-—Dale con que soy...»
-
-Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre,
-congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse las
-uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan mal temple,
-Cruz se compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo
-período de grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no
-escuchaba más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma
-tan fuerte prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del
-pensamiento á la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre
-él era mayor y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya
-se comprende que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar
-su imperio y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones.
-El pobre tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate,
-y como Cruz le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre
-hablar, y las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer
-á ellos los términos groseramente expresivos que usar solía en su
-vida libre; tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el
-lenguaje de aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido
-por un carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.
-
-—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted
-verá... Yo soy la _economía por excelencia_, y usted el _despilfarro
-personificado_... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites
-diarios... medias annatas... Total, que _pululan_ los gastos.
-
-—Los que _pululan_ son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué supone
-todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría el gasto
-si viera que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le
-ha ido bajo mi dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más
-gloriosos, amigo mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?
-
-El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de
-chocolate.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-
-Entró el año nuevo con buena sombra. Diríase que los Santos Reyes
-le habían traído al tacaño cuantos bienes del orden material puede
-imaginar la fantasía del más ambicioso. Llovía el dinero sobre su
-cabeza; apenas tenía manos para cogerlo; por añadidura, hasta se
-sacó, á medias con Taramundi, el premio gordo de la Lotería de fin
-de Diciembre, y ningún negocio de los emprendidos por él solo ó en
-comandita dejaba de fructificar con lozanos rendimientos. Nunca fué la
-suerte más loca, ni reparó menos en el desorden con que reparte sus
-dádivas. Atribuíanlo algunos á diabólicas artes, y otros á designios
-de Dios, precursores de alguna catástrofe; y si eran muchos los que le
-envidiaban, no faltaba quien le mirase con supersticioso temor, como
-un sér en cuya naturaleza alentaba infernal espíritu. Infinidad de
-personas quisieron confiarle sus intereses, con la esperanza de verlos
-aumentados en corto tiempo; pero él no consentía en manejar fondos de
-nadie, con excepción de tres ó cuatro familias de mucha intimidad.
-
-Pero si, en la esfera de los negocios, motivos tenía para reventar
-de satisfacción, en la propiamente doméstica no pasaba lo mismo, y
-el hombre, desde la entrada de año, se veía devorado por intensas
-melancolías. Los gastos de la casa eran ya como de príncipes: aumento
-de servidumbre de ambos sexos; libreas; otro coche, uno exclusivamente
-destinado á la señora y al ama con el niño; comidas de doce y catorce
-cubiertos; reforma de mueblaje; plantas vivas de gran coste para
-decorado de las habitaciones; abono en la Comedia, además del del Real;
-enormísimo lujo de trajes para el ama, que salía hecha una emperatriz
-á estilo pasiego, con más corales sobre su corpacho que pelos tenía
-en la cabeza. De Valentinico no se diga: á los pocos días de nacido,
-ya tenía en su _Debe_ más gasto de ropa que su papá en los cincuenta
-y pico de años que contaba. Encajes riquísimos, sedas, holandas y
-franelas de lo más fino componían su ajuar, no menos lujoso que el de
-un Rey. Y á estas superfluidades, el usurero no podía oponerse, porque
-sus últimas energías estaban agotadas, y delante de Cruz no se atrevía
-ni á respirar; á tal grado llegaba, en el _nuevo orden de cosas_, el
-predominio de la tirana.
-
-El día de la Epifanía hubo gran comida, y por la noche recepción
-solemne, á que asistieron por centenares las personas de viso. Ya no
-se cabía en la casa, y fué preciso convertir el billar en salón,
-decorándolo con tapices, cuyo valor habría bastado para mantener á dos
-docenas de familias por algunos años. Verdad que tuvo don Francisco
-la satisfacción de ver en su casa ministros de la Corona, senadores y
-diputados, mucha gente titulada, generales y hasta hombres científicos,
-sin que faltaran _bardos_, y algún chico de la prensa, por lo cual
-decía para su sayo el Marqués de San Eloy: «Si buena ínsula me das,
-buenos azotes me cuesta.» El licenciado Juan de Madrid describía con
-pluma de ave de paraíso el espléndido sarao, concluyendo por pedir con
-relamidas expresiones que se repitiera. Á propósito de él, hicieron
-los Romeros un chiste, que corrió por toda la sociedad haciendo reir
-á cuantos le oían. Dijeron que el amo de la casa no pudo asistir
-porque... _había ido á esperar los Reyes_.
-
-Transcurrieron los meses de invierno sin más novedad que algunas
-indisposiciones de Valentinico, propias de la edad. Verdaderamente la
-criatura no parecía de cepa saludable, y algunos íntimos no ocultaban
-su opinión poco favorable á la robustez del heredero de la corona.
-Pero se guardaban muy bien de manifestarla, desde que ocurrió un
-desagradable incidente entre don Francisco y su yerno Quevedito.
-Hallábase éste una mañana hablando con Cruz de si la leche del ama era
-ó no superior, de la complexión raquítica del niño, y desembuchando con
-sinceridad médica todo lo que pensaba, se dejó decir:
-
-—El chico es un fenómeno. ¿Ha reparado usted el tamaño de la cabeza,
-y aquellas orejas que le cuelgan como las de una liebre? Pues no han
-adquirido las piernas su conformación natural, y si vive, que yo lo
-dudo, será patizambo. Me equivocaré mucho, si no tenemos un marquesito
-de San Eloy perfectamente idiota.
-
-—¿De modo que usted cree...?
-
-—Creo y afirmo que el fenómeno...
-
-Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre
-de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su
-cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al
-amparo de un _portier_, y al oir repetida la palabra _fenómeno_, no
-tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo
-del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de
-estrangularle, gritaba:
-
-—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno eres
-tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota mi
-hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo.
-
-Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar su
-furia.
-
-—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento,
-arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su
-suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta
-señora no le trato á usted como merece. Adiós.
-
-—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es fenómeno!...
-La cabeza grande, sí... toda llena de talento macho... El idiota y el
-orejudo eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo?
-
-—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo,
-porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa.
-
-—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin
-aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted
-que decir...!
-
-—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno es
-una broma...
-
-—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le perdonaré.
-
-—Ya se ha ido.
-
-—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón.
-Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser
-para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de
-uñas conmigo _á raíz_ de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa
-mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el
-venir acá?
-
-—¡Oh, no! ¡Pobrecilla!
-
-No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas ideas.
-Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las cosas, no
-insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la mano el asunto
-hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno, se les abriesen de
-nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto, Rufina; mas Quevedito
-cortó relaciones con su suegro, y por no dar su brazo á torcer en
-la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso
-teratológico.
-
-Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo mejor
-de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la noche,
-á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho solía
-leer alguna obra buena, la _Historia de España_, por ejemplo, que
-á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba
-algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las
-cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate,
-que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar
-su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en
-estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su
-evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase
-primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los
-conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de
-fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado
-á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que
-la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había
-perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado
-la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo
-muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta
-una simpleza.»
-
-Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que le
-conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no le
-creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante
-con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual
-las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de
-ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el _tío_ de marras, tan
-villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito
-esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el _coram
-vobis_ ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería
-considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi
-milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban
-de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen
-para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo
-fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre
-extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido
-gansadas, en la suya eran lindezas y donaires.
-
-El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al Santo
-Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por decirlo
-así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la costumbre
-hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación del
-título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del
-público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese
-corona, toda vez que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la
-encasquetaban, por herencia ó real merced, no más airosamente que el
-antiguo prestamista.
-
-
-
-
-II
-
-
-Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni
-otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses
-de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como
-si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza
-nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y
-la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia
-opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus
-ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos,
-y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la
-transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio
-sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de
-San Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que
-una viva muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando
-los meses vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos
-sus afectos, y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más
-serias y hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión
-de madre no se puede tener idea sin haberlo visto. Ninguna existió
-jamás que la superase en cuidado y solicitud, ni que con mayor sentido
-se penetrara de su responsabilidad. De los cariños extremados, que al
-principio producían en ella tensión convulsiva, pasó por gradación
-suave al cariño verdaderamente protector, garantía de vida para los
-seres débiles que amenazados de mil peligros entran en ella. De su
-afición á las golosinas la curó el miedo de enfermar y morirse antes de
-ver crecido á su hijo, y se fué acostumbrando á los alimentos sanos, y
-á poner método en las comidas. Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo
-tenía para ello, pues no había hora del día en que no encadenase su
-atención alguna faena importante, ya el aseo del chico y del ama, ya la
-ropa de ambos; y luego venía el dormirle, y el vigilar el sueño, y ver
-si mamaba ó no, y si todas sus funcioncitas se hacían con regularidad.
-
-Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la
-Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse
-allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil
-ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había
-puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la muy
-gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente porque
-llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las criadas
-más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia servíale
-tan sólo para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta
-y la otra señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la
-monotonía de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en
-cuanto hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma,
-encanto y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia.
-Sobre este particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada:
-
-—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. ¿Qué
-virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le mime
-Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con candil
-otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. ¡Vaya una
-mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el último cabello
-de su cabeza...
-
-—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay queja.
-
-—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara,
-cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su
-bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme
-todas las acciones del ferrocarril leonés.
-
-—Así lo hemos acordado.
-
-—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de la
-colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo qué.
-
-—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo pagan...
-
-—Naturalmente.
-
-Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San
-Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí
-las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba
-de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz.
-Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos
-encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto
-artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por
-las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en
-el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la
-alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa
-de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola
-de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la
-galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más
-comunes.
-
-—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia,
-en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo.
-El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en
-el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la
-criatura selecta, el _non plus ultra_?
-
-—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión me dejé
-decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella jactancia!
-Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo ningún talento.
-No crea usted que lo digo por modestia. La modestia sigue pareciéndome
-una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy grato, de
-muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo que deseo.
-
-—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que
-vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la
-tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.
-
-—¿Qué?
-
-—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura
-desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece
-vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.
-
-—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á
-reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable
-dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?
-
-—Gracias.
-
-—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia,
-diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto
-general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No
-crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de
-saberlo.
-
-—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta
-ahora.
-
-—Es que usted en nada repara. No se fija más que en sí mismo, y como
-se mira tan de cerca, no puede verse bien.
-
-—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.
-
-—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago ese
-favor.
-
-—Pues bien: ¿cómo soy?
-
-—¡Ah! yo no he de decirlo.
-
-—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo juzgando
-á los demás.
-
-—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía
-cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le
-adulo.
-
-—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.
-
-—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará usted
-como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á que
-mis alabanzas le sonrojen.
-
-—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare
-con los ángeles del Cielo.
-
-—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va acertando.
-
-—¿Por la pureza?
-
-—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, y
-galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían los
-compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado usted un
-solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de las personas
-con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado de inocencia, y
-si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de
-gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y la
-clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no lo
-tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da prisa á
-aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la delantera.
-
-Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se
-defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban
-las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba
-ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y
-dándole golpecitos en la espalda.
-
-—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que ya
-no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente se
-puso serio.
-
-—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que
-le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor
-educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de
-treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura
-para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni
-la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien
-vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra
-noche aquí que ya no hay señoras.
-
-—La marquesa de San Salomó.
-
-—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso por lo menos. Lo indudable
-es que ya no hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación
-pasada.
-
-—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la generación
-pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera plagado de
-reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?
-
-—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es vejez.
-No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, si no
-por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.
-
-De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con la
-palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos
-chillidos:
-
-—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la de este
-mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? ¿Conoce
-usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la suya?
-Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se me
-ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más
-que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de
-veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y
-vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque...
-abur. Dile adiós, hombre. (_Cogiéndole la manecita y haciendole
-saludar._) Dile: adiós, adiós, tonto...
-
-Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle, amargado y aburrido. Su
-amor propio era en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que
-un pie salvaje hubiera pisoteado bárbaramente.
-
-
-
-
-III
-
-
-Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal
-acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el
-mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las
-pasiones humanas eran un juego, ó _sport_ destinado al solaz de los
-jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un
-acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena
-ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes,
-nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma
-las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de
-referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se
-arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante,
-refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más
-suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era _el
-compromiso_ en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de
-la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le
-había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con
-un _hombre imposible_, ¿con qué cara le decía él ahora á la pública
-opinión: «Señores, ni conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay
-tal adulterio ni cosa que lo valga, ni en el hecho ni en la intención.
-Desistan ustedes de esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga
-por tan imbéciles como malvados»...?
-
-Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso. Por
-mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de dos: ó
-no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se encastilla
-en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos vejatorio
-para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no gustándole yo,
-es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se lo traigan del
-Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la puntería. Creo,
-como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de las pasiones.
-¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero también lo que
-las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser una hermosa
-muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso que ninguna
-batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando Fidela
-reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es la
-primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una
-estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado
-proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio,
-pues, y me consuelo con que si el dios de las batallas... amorosas no
-me ha dado esta vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro.
-En la casa de San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye
-el hijo de mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano
-Morentín, _adúltero profesional_.»
-
-Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz de
-virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado
-categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de
-conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda
-de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los
-errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la
-dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica
-del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa
-especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la
-rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto
-á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que
-no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero
-nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces
-que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel
-poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para
-los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque
-cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que
-no las desmintiera con la energía y la indignación que la justicia
-demandaba. Dejó correr la especie, siendo falsa, porque creía, como
-en el Evangelio, que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse
-los hechos: luego, éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como
-quiera que fuese, Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy
-con los espíritus enormemente abatidos, pensó que, _en conciencia_, y
-procediendo con hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su
-poquitín), debía hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión
-y arrancarla de cuajo.
-
-No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de Fidela,
-cuando entró Rafael conducido por Pinto.
-
-—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar
-yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos.
-
-—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate. Es
-lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento,
-que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan
-guasoncito el trasto de Dios?
-
-—Déjame que le coja la cara. Acércate.
-
-Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las
-mejillas. Valentinito hizo pucheros.
-
-—¿Qué es eso, ángel? No se llora.
-
-—Se asusta de verme.
-
-—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando
-fijo, fijo, con los ojos muy espantados, como diciendo: «¡qué serio
-está hoy mi tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo
-Pontífice, gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo,
-y te estima y es tu _seguro servidor que besa tu mano_, Valentín
-Torquemada y del Águila.
-
-Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las
-gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría
-un poco.
-
-—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á los
-brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy
-enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (_dándole
-suaves golpes en semejante parte_) le iré yo enseñando á que no se
-entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan
-las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien
-hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para
-hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy
-tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También
-ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No
-creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose
-de verlos rodar...
-
-—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! Si
-persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.
-
-Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto del
-chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre ciego
-sufrían alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo
-hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos
-de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales
-gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la
-maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para
-él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de
-esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la
-familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración.
-Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las
-distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le
-atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos,
-la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo
-con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos
-hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran
-éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues
-si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni
-en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras
-que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había
-que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna
-subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses
-del presente y el porvenir!
-
-Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de amargura negra: «Soy el
-pasado, un pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada
-les ofrece; y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que
-interesa como incógnita.»
-
-Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos usuales
-informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, al ocuparse
-de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que algunos días le
-servían la comida de prisa y corriendo, mientras que se entretenían
-horas y más horas dándole papillas al mocoso. Figurábasele también
-que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo mejor, le faltaban
-botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. Y en cambio, las
-dos señoras y el ama consagraban días enteros á los trapitos del
-crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio absoluto, y antes
-muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz había notado en él una
-tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un suspirar de ese que saca la
-mitad del alma en un aliento. Pero no le interrogaba, por temor á que
-saliese con alguna tecla de las de marras. «Peor es meneallo», se decía
-hablando como Cervantes y como D. Francisco.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo
-el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas,
-convinieron en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le
-echara sin miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no
-disgustar á la señora de Serrano Morentín, una de las amigas más
-adictas y leales. Lo mejor era que Zárate le soltase esta _indirecta_:
-«Mira, Pepe, sea por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y
-se excita siempre que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir
-una temporadita por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no
-lo tomes á mal. Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo,
-_etc..._, _etc..._» Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para
-pedir al pedante su amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien
-su cometido, que el otro no parecía por la casa sino contadas veces, y
-siempre de noche, á la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el
-sabio y el galán cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras,
-no constan en autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión
-muy distinta de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.
-
-Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de que su
-antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no disminuyeron
-por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se explicaba
-porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela tan
-malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael
-parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su
-insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se lo
-confesó á Cruz, añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo
-tocante á Fidela, lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como
-que cifraba su orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las
-familias con discreto escándalo.
-
-—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te diré
-que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y toma
-cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que tira.
-
-—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de eso, y
-desprecia la maledicencia.
-
-—Yo la desprecio; pero siempre existe.
-
-—Basta ya.
-
-—Basta, sí.
-
-Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió
-en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No,
-porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y
-acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el
-mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es
-de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta
-sentina...»
-
-Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su
-hermana Cruz, dijo con énfasis:
-
-—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?
-
-No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un vivo
-desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que el de
-Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta facilidad de las
-caídas, y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más
-profundo de su conciencia.
-
-«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la
-cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas,
-con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón
-diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo.
-¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz,
-y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que
-como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado.
-Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y
-la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este
-monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito...
-¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de
-San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será
-porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice
-toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después.
-(_Dando un gran suspiro._) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy
-obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero,
-sí. ¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas?
-Y si es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de
-caquexia, al menos ha servido para encender en su madre el fuego del
-cariño maternal, que la purificará... Esto es un consuelo... El colmo
-de mis equivocaciones sería que el chico creciera listo y fuerte... No
-me faltaba más que eso para creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y
-en este caso...»
-
-Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el nene
-en brazos:
-
-—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible el
-Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes
-muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy.
-
-—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la
-mano.
-
-Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga conversación
-que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba con su tristeza
-mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él arrojando plomo,
-su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba lánguido, como
-corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de una vez quiso
-Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero Rafael se opuso
-temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando Valentinico apenas
-contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero: le cogía en brazos,
-le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le soltaba hasta que
-el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados, ó rompiendo en
-chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido algún tiempo,
-Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal aversión, que
-con ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia
-para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma
-como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en
-su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un
-padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra
-sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la
-criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de
-barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo.
-
-—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted el
-niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo...
-
-Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante,
-palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar
-la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era
-brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se
-metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad.
-En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél
-fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se
-manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de
-su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión
-y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con
-el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se
-decía, con sinceridad de filósofo solitario,—no puede ser otra que
-un terrible acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el
-alma como un tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le
-quieren más que á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas
-de la conciencia. Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa,
-las grandezas posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil,
-muerto... ¿Pero cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y
-tan nuevo en mí, Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué
-consiste que la envidia _se me quita_ de repente, y vuelvo á querer al
-chiquillo...? No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho,
-siempre me queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es
-verdad que me inspira lástima, también lo es que deseo que se muera.
-Analicemos bien. ¿Alguna vez he deseado que viva? (_Pausa._) Qué sé
-yo. Pocas habrán sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me
-dicen que por lo común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor
-en la Gloria, ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma
-que veo en mí es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy
-mal en mandarle acá, como no haya venido para castigo del bárbaro,
-y para amargar los últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el
-tal Valentinico..., me lo diré claro, como debo decirme las cosas á
-mí mismo, en el confesonario de la conciencia, que es como ponerse
-de rodillas ante Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal
-Valentinico me carga... Reconozco que allá nos vamos él y yo en candor
-infantil. Yo discurro, él no; pero ambos somos igualmente niños. Si
-yo, siendo como soy, estuviese ahora mamando, y tuviera mi nodriza
-correspondiente, no sería más hombre que él, aunque pegado á la teta
-revolviera en mi cabeza todas las filosofías del mundo. (_Pausa._) ¿Por
-qué me causa profunda irritación el ver que mis hermanas no viven más
-que para él, y se preocupan de la ropita, de la teta, de si duerme ó
-no, como si de ello dependiera la suerte de toda la humanidad? ¿Por
-qué, cuando oigo que le miman y le cantan y le saltan en brazos, rabio
-interiormente porque no me hagan á mí lo mismo? Esto es infantil,
-Señor; pero es como me lo digo, y no puedo remediarlo. Me confieso toda
-la verdad, sin omitir nada, y al hacerlo así, siento alivio, el único
-alivio posible...» (_Pausa larguísima. Abstracción._)
-
-«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado ataque.
-Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema nervioso
-en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me coge con
-mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad cinturones
-de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y ahogarle bajo
-mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra la pared con la
-fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde llegué á ponerle
-mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque no está gordo que
-digamos el príncipe de Asturias; apreté un poquitín, nada más que
-un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que
-tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo
-espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del
-grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me
-temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el
-impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está
-consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me
-moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en
-el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de
-por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por
-quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque
-no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los
-albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los
-pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy
-malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras
-vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías
-dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya.
-Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo
-debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse,
-no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la
-Naturaleza... (_Pausa._) Y también te digo que la noche que naciste,
-tuve yo unos celos terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para
-decirme que te había dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle
-de injurias... Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo.
-Ninguno de los dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad
-en esta forma impalpable, divagando por espacios grises sin término,
-sin más distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros
-mismos rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»
-
-
-
-
-V
-
-
-Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el golpe
-seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de
-cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael
-con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho.
-Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca
-de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el
-peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron
-sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le
-contrajeron los brazos.
-
-—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de
-Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele
-pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No
-puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío!
-
-Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse
-éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á
-su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero
-rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los
-músculos y serenar su alterado rostro, decía:
-
-—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me
-crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo
-y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy
-bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y
-el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan
-débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...
-
-Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á
-su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo,
-recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche,
-pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se
-entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:
-
-—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete
-monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.
-
-Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la
-noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la
-_junta organizadora_ había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta
-al _elemento leonés_, sino que podía inscribirse y asistir todo el
-que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional,
-público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus
-capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.
-
-Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún
-comentario, entraron Torquemada y Donoso.
-
-—¿Conque, Tor, te van á dar un _comebú_ muy grande?—le dijo su
-esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los
-literatos y poetas.
-
-—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué
-he de hacer yo? _Mi línea de conducta_ será comer y callar.
-
-—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar.
-
-—¡Yo...!
-
-—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis.
-
-—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!
-
-—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas
-muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera
-elocuencia á estilo inglés.
-
-—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta
-eminencia.
-
-—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir
-cuatro palabras. Por más que se acuerde _que no haya brindis_, alguien
-ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y
-naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación
-sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...
-
-El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero,
-considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil
-alegría.
-
-—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor.
-¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los
-dos á silbarle.
-
-—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la
-adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas
-materias _que agitan la opinión_. Es más, lo esperamos ansiosos, y
-privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los
-que allí hemos de reunirnos.
-
-—Pues _yo parto del principio_ de que al buen callar llaman Sancho.
-Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho
-incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy
-muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!
-
-—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en todas,
-era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo por que le
-dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su composición
-de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, elija las
-palabras, y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la
-atención, y deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.
-
-—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto al
-ciego,—que de esta boca, que es muy torpe _de suyo_, salgan buenas
-oratorias, como las que oimos en las _Cámaras_. Pero, en caso de que no
-tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón
-de la familia.
-
-—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido
-silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á
-revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío,
-crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente,
-el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con
-Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga
-y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas,
-porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis
-indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y
-les diría: «Señores...»
-
-Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero él
-no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba á
-exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:
-
-—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque muchos de
-los que me escuchan se decoren con títulos académicos y con etiquetas
-oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la
-dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido
-el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de
-oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien
-fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las
-virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste,
-la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero,
-porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas,
-unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la
-religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues
-bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos
-de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón;
-pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos,
-y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana
-y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á
-vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré,
-repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo,
-viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os
-agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi
-estiércol es efectivo metálico. Yo _depongo_ monedas de cinco duros
-y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero
-obsequiar á mis admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo;
-vosotros recogéis este maná precioso; vosotros...»
-
-Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo de
-cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, tan
-pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como queriendo
-apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección y
-formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su
-hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador
-palmetazos en la rodilla, le decía:
-
-—Bien, muy bien, Rafaelito. _La síntesis_ del discurso me parece
-excelentísima, y por mi gusto, yo _pronunciaría_ eso, si encontrara un
-vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con
-lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás
-como el pobre becerro no pronuncia más que un _mu_ como una casa.
-
-La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en
-aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo
-la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de
-mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas,
-expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de
-la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas,
-ó los diamantes del _Shah_ de Persia. Á la hora de comer, trataron
-Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces
-de trasladarse al piso segundo, porque su habitación del principal
-era muy calurosa y estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas
-interiores, que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir
-con más independencia. No había querido la hermana mayor consentir en
-la traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar
-de su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta
-con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto
-durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito.
-Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba
-disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con
-holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del
-bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era
-insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:
-
-—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del becerro
-de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del becerro,
-ahora le pido hospitalidad en su sacristía...
-
-
-
-
-VI
-
-
-Á principios de Mayo celebróse el banquete en honor del grande hombre,
-y por Dios que no hay necesidad de investigar los pormenores de la
-fiesta, porque la prensa de Madrid contiene en los números de aquellos
-días descripciones minuciosas de cuanto allí pasó. El local era de los
-más desahogados de Madrid, capaz para que comieran, en tres ó cuatro
-mesas larguísimas, doscientas personas; pero como los inscritos pasaban
-de trescientos, por bien que quiso el fondista colocarles, ello es que
-estaban como sardinas en banasta; y si funcionaban medianamente con
-un brazo, el otro tenían que metérselo en el bolsillo. Á las siete ya
-hervía el salón, y los de la junta organizadora, entre los cuales dicho
-se está que Zárate era uno de los más diligentes, se multiplicaban
-para colocar á todos, y procurar que en la designación de puestos
-_presidiese_ un criterio jerárquico. Sentáronse acá y allá personajes
-de nombradía política, militares de alta graduación, ingenieros, algún
-catedrático, banqueros y hombres adinerados, periodistas pobres de
-bolsillo, si ricos de ingenio, alguno que otro poeta, y entre col
-y col, personas varias no mentadas aún por la fama, propietarios y
-rentistas de cuenta, y en fin, gente distinguidísima, títulos del
-reino, etc... Predominaba, como observó muy bien Donoso, el _elemento
-serio_ de la sociedad.
-
-Mientras se iban acomodando los comensales, picante confusión y
-bullicio reinaban en el local. Estos, sentados y con la servilleta
-prendida, charlaban y reían; aquéllos dejaban un sitio para ponerse
-en otro, cerca del grupo de amigos más de su gusto. El adorno del
-salón era el que para estas solemnidades se usa comúnmente: cenefas
-de hojarasca verde, tarjetones con escudos de las provincias,
-deteriorados del uso que tienen en las verbenas, banderas nacionales
-tendidas en forma de ropa de baño puesta á secar. Todo ello es de la
-guardarropía patriótica del Ayuntamiento, que galantemente lo facilita,
-contribuyendo así al esplendor de la fiesta. Algunos tarjetones se
-añadieron, por iniciativa de Zárate, con los nombres de las cabezas de
-partido en la provincia de León, y en el centro de la anchurosa cuadra,
-hacia la cabecera de las mesas, veíase una laminota de la hermosa
-catedral con el lema, en cintas pintarrajeadas, de _pulchra leonina_.
-
-Concuerdan los diferentes cronistas de aquel estupendo festín en
-la afirmación de que pasaban cinco minutos de las siete y media
-cuando entró D. Francisco, acompañado de su corte, Donoso, Morentín,
-Taramundi, y algún otro que no se menciona. En lo que no hay
-conformidad es en las indicaciones de la cara que llevaba el tacaño,
-pues mientras un periódico habla de su palidez y emoción, otro sostiene
-que entró risueño y con los colores algo subidos. Aunque no conste en
-las relaciones del acto, bien puede afirmarse que al tomar asiento D.
-Francisco en la cabecera, sentáronse todos y empezó el servicio de
-la sopa. Daba gusto ver aquellas mesas, y aquellas filas de señores
-de frac, calvos unos, peludos los otros, casi todos de una gravedad
-chinesca. Escaseaba el _elemento joven_; mas no el bullicio y la
-alegría, pues entre trescientas personas, aunque éstas sean, por su
-edad y circunstancias, del género serio, nunca faltan graciosos que
-saben dar amenidad á los actos más fastidiosos de la vida.
-
-_Achantaditos_ en un extremo de la mesa lateral, á la mayor distancia
-posible de la cabecera, hallábanse Serrano Morentín, Zárate y el
-_Licenciado Juan de Madrid_, éste con la intención más mala del mundo,
-pues preparábase á tomar nota de todas las gansadas y solecismos que
-forzosamente había de decir, en su discurso de gracias, el grotesco
-tacaño, objeto de tan disparatado homenaje. Morentín anticipaba, con
-profético don, algunas ideas que D. Francisco había de emitir, y hasta
-las palabras que emplear debía; Zárate aseguró conocer lo principal
-del discurso, induciéndolo de las preguntas que su amigo le hiciera en
-los días anteriores, y los tres, y otros que al grupo se agregaron, se
-relamían de gusto, esperando el divertidísimo sainete que á la hora
-de los brindis se les preparaba. Por supuesto, mientras más desatinos
-dijese el bárbaro, con más fuerza le aplaudirían ellos, para empujarle
-por el camino de la necedad, y reirse más, y pasar un rato tan
-delicioso como en función de teatro por horas.
-
-Pero no en todos los grupos predominaba este sentimiento de burlona
-hostilidad. Hacia el centro de una de las mesas, Cristóbal Medina,
-Sánchez Botín y compinches expresaban su curiosidad por lo que diría ó
-dejaría de decir _San Eloy_ en su contestación á los brindis.
-
-—Es hombre tosco—afirmaba uno,—hombre de trabajo, y como tal, de
-palabra difícil. ¡Pero qué inteligencia, señores! ¡Qué sentido
-práctico, qué serenidad de juicio, qué puntería para dar en el blanco
-de todos los asuntos!
-
-Y en otra parte:
-
-—Veremos por dónde sale este D. Francisco. Hablará poco. Es _un tío
-muy largo_ que esconde su pensamiento, como todas las inteligencias
-superiores.
-
-En tanto, el Marqués tacaño experimentaba emociones diversas, conforme
-se iba cumpliendo aquel programa de viandas que iban y viandas que
-venían. Comía poco, y no elogió ningún plato. Todos le sabían igual;
-eran, ante su burdo criterio de gastrónomo de patatas y salpicón, las
-porquerías de siempre, lo mismo de su casa guisado con menos arte,
-todo como de batallón. Al principio, no se preocupó poco ni mucho de
-la soflama que tenía que pronunciar. Su vecino un señor viejo, leonés,
-propietario rico, senador y algo beato, le entretuvo charlando de cosas
-y personas del Bierzo, y apartó su pensamiento del empeño literario
-en que le pondrían los brillantes oradores allí reunidos. Pero al
-tercer plato empezó el hombre á pensar en ello, y á refrescar las ideas
-que para el caso había traído de su casa, y que no estaban ya menos
-marchitas que los ramilletes de la mesa. Tan pronto se le escapaban,
-como le volvían al pensamiento, trayendo otras ideas nuevecitas,
-que parecían nacer en el caldeado ambiente del inmenso comedor.
-«¡Re-Cristo!—pensó, dándose ánimos;—que no me falten las palabritas que
-tengo bien estudiadas; que no me equivoque en el término, diciendo
-peras por manzanas, y saldremos bien. De las ideas responde Francisco
-Torquemada, y lo que debo pedir á Dios es que no se me atraviese el
-vocablo.»
-
-Aunque su propósito era no beber gota, para conservar su cabeza en
-absoluto despejo, alguna vez hubo de quebrantar su propósito, y cuando
-le sirvieron el asado, gallina ó pavipollo más duro que la pata de
-un santo, con ensalada sin cebolla, desabrida y lacia, sintió que le
-subían vapores á la cabeza y que la vista se le turbaba. ¡Cosa más
-rara! Vió á doña Lupe, sentada hacia el promedio de una de las mesas
-centrales, y vestida de hombre propiamente, con la pechera de la camisa
-como un pliego de papel satinado, corbata blanca, frac, florecilla en
-el ojal... Apartó de la extraña figura sus ojos, y al poco rato volvió
-á mirar. Doña Lupe se había ido; buscóla, examinando una por una todas
-las caras, y al fin la encontró de nuevo en uno de los mozos que iban
-pasando las fuentes de comida, el cual con servil amabilidad sonreía,
-exactamente lo mismo que ella. No había duda de que era la propia
-señora _de los pavos_, con su boquita plegada, y sus ojos vivarachos.
-Sin duda, al llamamiento patriótico de los leoneses, había salido del
-sepulcro, dejándose en él, por causa de la precipitación, algunas
-partes de su persona, verbigracia: el moño, la teta de algodón y todo
-el cuerpo de la cintura abajo. Visto de cerca el camarero, resultaba
-tan exacto el parecido, que Torquemada sintió algo de miedo. «¡Ay,
-de mí!—pensó,—con estas cosas, se me trastorna la cabeza, y no es mal
-lío el que armaré. Anda, anda: ya se me ha olvidado todito lo que
-escribí anoche. ¡Y cuidado si estaba bien!... Me he lucido, ni una jota
-recuerdo.»
-
-Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en fila
-de honor, como los apóstoles en el cuadro de la _Cena_, y notó vacío el
-puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de gran ayuda,
-pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y con la
-serenidad, la memoria.
-
-—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud.
-
-Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa, porque
-le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte. Contrariedad
-no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á Donoso, las
-ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras finas, y el
-habla elegante, acompasada y ceremoniosa.
-
-Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera.
-Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de
-atender á la charla de los dos _apóstoles_ que á su lado tenía. No
-tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había
-escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres
-formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y
-lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era un
-ciempiés. Por suerte suya recordaba perfectamente diversas formulillas
-retóricas oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes
-á la roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento,
-sí, señor...
-
-Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de hielo,
-ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los dientes
-como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del tiempo, y
-de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha se introducía
-el brazo del mozo con una botella, y que le echaba _champagne_ en la
-copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de taponazos, y una
-algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse uno de aquellos
-_puntos_, y por espacio de medio minuto no se oyó más que el chicheo
-de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio relativo, y...
-ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora, explicando el
-objeto de aquel homenaje.
-
-
-
-
-VII
-
-
-En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no
-hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa
-dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana.
-¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si _hacía uso_ de la palabra,
-_asumiendo la representación_ de la junta organizadora, él tan humilde,
-él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el
-último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que
-se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron
-de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en
-la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á
-rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de
-aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía
-del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía.
-Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su
-retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía...,
-«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de
-nuestros _loores_, _señores_, para que sepa lo que vale, para que la
-sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de
-su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (_Grandes aplausos;
-el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D.
-Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más._)
-
-No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando
-allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que
-debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo
-de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción
-por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio
-del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los
-brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que
-casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante
-congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco,
-con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete
-de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el
-desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello
-dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito.
-¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como
-vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué
-tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había
-gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales
-de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja)
-iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se
-despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y
-constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por
-allá, las espirales de humo _que escribían sobre el azul del cielo el
-poema_ de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de
-las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de
-cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á
-parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar,
-y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y
-á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la
-relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de
-gotas de rocío, dinamos y manivelas.
-
-Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas,
-hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de
-cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos
-para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir.
-Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los _hombres de
-acción_. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna!
-aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era
-el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (_Grandes aplausos
-como salutación al nombre._) Después de un breve panegírico del
-ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones
-de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que
-se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al
-hospital.
-
-Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.
-
-—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.
-
-La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del
-cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á
-cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por
-todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al
-otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y
-calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en
-la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de
-haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las
-mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado
-para _llenar este vacío_ era un antiguo periodista, magistrado por
-poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida
-contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso
-tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.
-
-—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con
-intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido
-al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel.
-(_Risas._) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino
-á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que
-le damos un _menú_ (que algunos llaman _minuta_) de discursos, un
-verdadero _indigestivo_ para que le haga daño la comida.
-
-El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo:
-
-—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy,
-y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un
-pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos.
-(_Risas._) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado
-á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse;
-pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo
-riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo
-un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro,
-porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material.
-(_Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía._)
-
-Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que
-terminó, ofreciendo cómicamente su protección al _administrador de
-la humanidad_, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo
-que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves,
-otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en
-nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando
-que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía,
-¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego.
-Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más
-allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy
-entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio
-de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor
-de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron
-airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando
-que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga,
-llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y
-al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de
-Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D.
-Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á
-un oportunísimo _quite_, se pudo evitar que unos _ñales_ de poetas
-leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención
-más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas,
-y el objeto _serio_ de la solemnidad, no _estaba en carácter_ la
-lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento
-culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su
-mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que
-le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas
-reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en
-concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y
-con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio;
-quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre
-que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre
-ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca
-profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación
-mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de
-Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una
-segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el
-silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes
-taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por
-su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes
-párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y
-vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no
-podría, por causa de mi pobreza... (_murmullos_) de mi pobreza de
-medios oratorios. Soy un individuo rudo, _eminentemente_ trabajador, y
-de la clase del pueblo, artesano _por excelencia_ del negocio honrado
-(_Bien, bien_)... No esperéis de mí discursos más ó menos floreados,
-porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. Pero,
-señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí vuestra
-cortesía y mi gratitud[1], y he de manifestar cuatro mal pergeñadas...
-manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, serán
-la expresión _sincera_ de un corazón agradecido, de un corazón noble,
-de un corazón que late...[2], ahora y siempre, al compás de todo
-sentimiento hidalgo y generoso. (_Muy bien._)
-
- [1] Frase aprendida de Donoso dos días antes.
-
- [2] Procura recordar un final del párrafo que oyó en el Senado, y
- al fin lo enjareta como Dios le da á entender.
-
-»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos
-períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi
-elocuencia... la acción. (_Aplausos._) La acción señores. ¿Y qué es la
-acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida,
-la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más
-que lo que se dice. _Háse dicho_... (_pausa_) háse dicho que la palabra
-es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo
-perlas orientales, y brillantes magníficos. (_Aprobación calurosa._)
-
-»_Cábeme la satisfacción_ de contestar á los señores que me han
-precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (_pausa_) _cúmpleme
-declarar_ que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido
-homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello
-consideraciones de este y el otro linaje, sin que _de cerca ni de
-lejos_ me hayan traído aquí móviles de vanidad...[3], hasta el punto
-de que... mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la
-_línea de conducta_ que he observado siempre, y afirmarme en la tesis
-de que debemos rehuir cuanto _tienda_ al enaltecimiento personal...,
-que ¡harta representación tienen _en el actual momento histórico_ las
-personalidades, señores...![4] y es tiempo ya de que se glorifiquen
-los hechos, no las personas, los principios, no las entidades... que yo
-reconozco su mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que
-por encima del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran
-principio de obrar (_alzando la voz_) cada cual en su propio elemento,
-y en _el círculo_ de sus propias operaciones. (_Muy bien, bravo._)
-
- [3] El orador, que se animaba ya, creyéndose en terreno firme,
- y dominando toda la fraseología del Senado, se embarulla, y no
- acierta á terminar la oración.
-
- [4] Encontrando al fin la salida de aquel laberinto.
-
-»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra en
-este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que todo
-lo debe á su misma iniciativa, á su laboriosidad, á su honradez, á su
-constancia. Nací, como quien dice en la mayor indigencia, y con el
-sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, _orillando_ un día
-y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones, y
-_evacuando_ mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo no he
-hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte con el
-demonio, como _errada y torpemente_[5] creen algunos (_risas_), yo no
-tengo el don del milagro. Si he llegado donde estoy, lo debo á que
-he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito,
-dos virtudes. ¿Cuáles son? _Hélas aquí_: el trabajo, la conciencia.
-He trabajado en una _serie no interrumpida_ de, de... de tareas
-_económico-financieras_, y he practicado el bien, haciendo todos
-los favores posibles á mis semejantes, y _labrando_ la felicidad de
-cuantas personas me encontraba al alcance de mi acción. (_Bien, muy
-bien._) Ese ha sido mi _desideratum_, y la idea que _he abrigado_
-siempre: hacer todo el bien que podía á mis semejantes. Porque el
-negocio, _vulgo_ actividad, fijaos bien, señores, no está reñido
-con la caridad, ni con la humanidad más ó menos doliente. Son dos
-elementos que se completan, dos _objetivos_ que vienen á concurrir en
-un sólo _objetivo_; _objetivo_, señores, del cual tenemos una imagen
-en nuestras conciencias, pero que reside en el Altísimo[6]. (_Grandes,
-ruidosos y entusiastas aplausos._)
-
- [5] Adverbios que pescó en el Senado el día anterior.
-
- [6] Frase tergiversada de otra que leyó el día anterior en un
- periódico.
-
-»Pero si declaro que siempre fué mi _línea de conducta_ hacer el bien á
-todos, sin distinción de clases, á todos, _tirios y troyanos_, también
-os digo que, como trabajador _por excelencia_, nunca, nunca he _dado
-pábulo_ á la ociosidad, ni he protegido á gente viciosa, porque eso
-¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido
-práctico; eso sería _dar el mayor de los pábulos_ á la vagancia. De mí
-se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido
-el Mecenas de la holgazanería. (_Delirantes aplausos._)
-
-»_He partido siempre del principio_ de que cada cual es dueño de su
-propio destino, y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y
-desgraciado el que no sepa labrársela[7]. No hay que quejarse de la
-suerte... ¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, _dilemas_, _antinomias_,
-_maquiavelismos_! No hay más desgracias que las que uno se _acarrea_
-con sus yerros. Todo el que quiere poseer los _intereses_ materiales,
-no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro.
-Sólo que hay sudar, moverse, aguzar la entendedera, _en una palabra_,
-trabajar, _ora_ sea en este, _ora_ en el otro oficio. Pero, lo que es
-dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos, ó
-enredando con las buenas mozas (_risas_), no se gana el pan de cada
-día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí[8]. Pero es menester
-que vayáis á cogerlo; porque él, el pan, no puede venir á buscaros á
-vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya á
-cogerlo el hombre, á quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el
-pan, inteligencia para saber donde está, ojos para verlo, y manos para
-agarrarlo... (_Bravos y palmadas frenéticas._)
-
- [7] El orador, animado por los aplausos, habla con una serenidad
- y un desparpajo que ya quisieran muchos.
-
- [8] Sintiéndose inspirado, y lanzándose sin miedo á la
- improvisación.
-
-»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis
-pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya
-otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que
-supieron emplear todas las horas del día en el _clásico_ trabajo, los
-que supieron _evacuar_ todas sus diligencias en tiempo oportuno, no
-dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión _de comer
-á no comer_, como el otro que vosotros conocéis mejor que yo, y no
-necesito nombrarlo, como el otro, digo, planteó la cuestión de _ser ó
-no ser_. (_Admiración, estrepitosos aplausos._)[9].
-
- [9] En todos los grupos se comenta favorablemente el discurso,
- en algunos con calor y entusiasmo. Óyense aquí y allí alabanzas
- ardientes: «Qué tío más largo. Él será rudo, ¡pero qué juicio tan
- sagaz, qué sentido práctico!»
-
-»Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando á
-un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va
-cayendo á pedazos de nuestros rostros. (_Ruidosos aplausos, y voces de
-sí, sí._) Seamos prácticos, digo, _serlo_ vosotros, y yo, que soy perro
-viejo, os recomiendo que lo seais. _Ser_ prácticos si no queréis que
-vuestra vida _revista los caracteres_ de una _tela de Penélope_. Si
-hoy tejéis el bienestar con _elementos_ superiores á vuestros medios,
-ó _séase_ posibles, mañana el _déficit_ os obligará á destejerlo...
-y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas _la espada de
-Aristóteles_... (_Rumores._) Quiero decir...[10]. He dicho Aristóteles,
-porque... (_se ríe, y ríen todos esperando un chiste_) tengo verdadera
-manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (_Sí, sí._)
-Es mi hombre; le llevo en el pensamiento á todas horas del día. Y como
-_tengo para mí_ que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo de
-tal... ó nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan sabe
-quién era ese Damocles? (_Risas: voces de «no, no... no lo sabemos.»_)
-Pues yo estoy á matar con esas maneras de hablar, y he decidido que
-la famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero,
-porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre
-más grandísimo de la antigua Grecia y del siglo de oro de todos los
-tiempos. (_Bravo, muy bien_)[11].
-
- [10] El orador conoce al instante su error; pero lo enmienda en
- seguida, muy terne.
-
- [11] Comentarios de entusiasmo en la concurrencia. «¡Pero qué
- tuno es! Sabe más que Lepe... ¡Qué gramática parda!»
-
-»Perdonadme la digresión, y volvamos á la tesis. Atendamos más á la
-acción que á la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco.
-Trabajar siempre, de _consuno_ con nuestras necesidades, y con el
-_valioso concurso_ de todos los elementos que _concurran_ á nuestro
-lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia
-en este augusto recinto... (_enmendándose_) y lo llamo augusto,
-porque en él se reunen tantas eminencias científicas, políticas y
-particulares... (_bien, bravo_); hechas estas declaraciones, paso á
-concretar la cuestión. ¿_Á qué obedece_ esta comida? ¿Qué peculiar
-objetivo lleváis al festejarme, á mí, tan humilde? Pues habéis visto
-en mí un hombre activo, de _suyo_, dispuesto á patrocinar los grandes
-adelantos del siglo, á llevarnos al _estadio_ de la práctica. Yo pongo
-mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no
-miro á mi interés, sino al interés general, al interés público de la
-humanidad, que bien necesitada está la pobrecita de que se interesen
-por ella. _Heme_ lanzado á emprender obras muy importantísimas, sin
-ambición alguna de lucro privado, podéis creérmelo, y á favorecer á mi
-patria natal llevando la locomotora _con su penacho de humo_ á través
-de los campos. Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como la
-idolatro, si no fuera mi _bello ideal_ el progreso, yo no patrocinaría
-la locomotora, patrocinaría el carromato, y no vería más _lazo de
-unión_ entre los pueblos que _el ordinario de Astorga_, ó _el ordinario
-de Ponferrada_. Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo
-eminentemente práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la
-ordinaria del mundo entero, la locomotora. (_Frenéticos aplausos._)
-
-»Adelante con la ciencia, adelante con la industria[12]. El mundo se
-transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la claridad
-preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones de aceite,
-velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado[13]. De donde
-saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas. ¡Cuán
-gran verdad es, señores, que _esto matará aquello_... como dijo, y
-dijo muy bien... quien todos sabéis! (_Aplausos prolongados._)
-
- [12] En el grupo de los críticos, á veces se ríen con descaro, á
- veces disimulan su hilaridad, aplaudiendo estrepitosamente, en
- solfa. _Morentín_: «Pues tiene un no sé qué de elocuente este
- animal. Rebuzna oratoriamente.»
-
- [13] El orador, sin dejar de hablar, dice para sí: «Voy muy
- bien. Paréceme que me estoy luciendo. ¡Qué siento que no me oiga
- Donoso!»
-
-»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy
-humildísimo, muy llano, de cortas facultades (_voces de no, no_), de
-pocas luces (_no, no_), de escasa instrucción; pero á formalidad no
-me gana nadie. ¿Queréis que _os defina mi actitud_ moral y religiosa?
-Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (_murmullos de
-aprobación_), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos
-principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar á labrarme
-una posición independiente. Y no creais que doy de lado, _por decirlo
-así_, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar _al César
-lo que es del César_, y al Altísimo... también lo suyo. Porque á buen
-católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las
-_venerandas creencias_. Adoro á mi familia, en cuyo... _foco_, en cuyo
-seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no
-hay más que un paso... (_Con ternura._) Yo no debía hablar de estas
-cosas, que son del _elemento privado_... (_Voces: sí, sí, que siga._)
-Pero mi familia, ó _séase_ el _círculo_ del hogar doméstico, es lo
-primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar
-del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no
-siga... (_Gran emoción en el auditorio._)
-
-»De política nada os digo. (_Voces, sí, sí._) No, no señores. No he
-llegado á saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos sirven.
-(_Risas._) Yo no he de _ser poder_, ni he de repartir credenciales...
-no, no... veo que _pululan_ los empleados, y que no hay nadie que se
-decida á _castigar_ el presupuesto. Claro, no _castigan_ porque á
-los mismos castigadores les duele. (_Risas._) Yo me lavo las manos:
-_blasono_ de obedecer al que manda, y de no _barrenar las leyes_.
-Respeto á _tirios_ y _troyanos_, y no regateo _el óbolo_ de la
-contribución[14]. _Á fuer de_ hombre práctico, no hago la oposición
-sistemática, ni me meto en _maquiavelismos_ de ningún género. Soy
-_refractario_ á la intriga, y no acaricio más idea que el bien de mi
-patria, tráigalo Juan, Pedro ó Diego. (_Muy bien._)
-
- [14] En el grupo de los críticos. _Morentín_: «¿Pero han visto
- ustedes un ganso más delicioso?»—_Juan de Madrid_: «Lo que veo
- es que es un guasón de primera.»—_Zárate_: «Como que nos está
- tomando el pelo á todos los que estamos aquí.»
-
-»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oirme (_no,
-no_), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni
-sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa
-correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de
-mi gratitud por vuestras manifestaciones..., por este _holocausto_[15],
-por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no
-merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que
-no tienen _punto de contacto_ con mis cortos merecimientos. No me
-atribuyáis á mí _rasgos_ que no me pertenecen. La verdad ante todo.
-En la cuestión del ferrocarril no he hecho más que obedecer el impulso
-de un ilustre y particular amigo mío, aquí presente, y á quien no
-nombro por no ofender su _considerable_ modestia (_Todos miran al señor
-Marqués de Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente._)
-Este amigo es el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y á
-él se debe[16] _la coronación_ del éxito, porque aunque no ha figurado
-para nada, _detrás de la cortina_ ha manejado todo muy lindamente,
-de modo que bien puedo deciros que ha sido...[17] pasmaos, señores,
-el _Deus ex machina_ del ferrocarril de Villafranca al Berrocal.
-(_Ruidosísimos aplausos. Los leoneses se rompen las manos._)
-
- [15] Sofocadas risas en el grupo de los críticos.
-
- [16] Prepárase el orador á soltar la frase bonita aprendida días
- antes, y en cuyo efecto confía, si acierta á decirla sin error de
- pronunciación.
-
- [17] Parándose para recordar bien la frase antes de soltarla.
-
-»Pues...[18] ya no me resta que deciros sino que mi gratitud será
-eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los presentes,
-sin distinción de _tirios_ ni de _troyanos_ (_risas_), me tienen
-incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero sé
-distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles en...
-lo que necesiten, quiero decir, que en _cualesquiera_ cosa en que
-necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad
-de que tendrán en mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un
-compañero, dispuesto á prestarles... todo el concurso _desinteresado_,
-todo el favor, todo el apoyo moral y moral, toda la confianza del
-mundo... siempre con el alma, siempre con el corazón... Les ofrezco,
-pues, con fina voluntad mi hacienda, mi persona, y todo cuanto
-soy y cuanto valgo. He dicho.» (_Aplausos frenéticos, delirantes
-aclamaciones, gritos, tumulto. Todo el mundo en pie palmoteando, sin
-cesar, con estrépito formidable. La ovación no tiene término._)
-
- [18] La cara del orador irradia de júbilo, por lo correcta que le
- salió la frase.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante,
-y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué
-sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara
-reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos,
-la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas
-demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los
-comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con
-fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos,
-de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan
-Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la
-gota gorda, no le dijo más que:
-
-—Colosal, amigo mío, colosal.
-
-Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le gustase.
-
-—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un tercero.
-
-—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se
-habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.
-
-—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho
-usted...!
-
-—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de
-esta le hacemos á usted ministro.
-
-—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto
-estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.
-
-—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas,
-estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.
-
-De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y
-sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:
-
-—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted
-á broma; orador y de los grandes...
-
-—Quite usted... por Dios.
-
-—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner
-en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy
-bien parladas. Mi enhorabuena.
-
-Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además de
-pedante, era un consumado histrión, y le dijo:
-
-—¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la
-ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como
-nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡_La ordinaria_ del mundo entero!
-Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.
-
-Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos
-golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco
-llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no,
-no se burlaban, porque en efecto, había hablado _con sentido_, él lo
-conocía y se lo declaraba á sí mismo, _eliminando_ la modestia. No se
-consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.
-
-Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación.
-Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en
-la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y
-Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la
-gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato,
-desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de
-la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de
-plácemes.
-
-—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su esposa.—Bien
-sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún en la cuenta
-de que tienes mucho talento.
-
-—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera
-tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene: el mundo
-entero parece que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?
-
-—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo...
-señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.
-
-—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora
-empezamos... Prepárese.
-
-—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el árbol.
-
-—Mañana hablaremos.
-
-Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante orador,
-que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que le
-pusiera su _apoteosis_, sino por las reticencias amenazadoras de su
-implacable tirana.
-
-Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. Una
-ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, y no
-se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la mañana
-colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole en las
-nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su sentido
-práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon las visitas
-de personajes _propios_ y _extraños_, algún diplomático, Directores
-de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, y dos
-Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había dicho
-cosas _de mucha miga_, y que había logrado _poner los puntos sobre
-las íes_. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el Papa,
-y hasta el propio Emperador de Alemania. La Iglesia no careció de
-representación en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar
-al tacaño, el Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre
-Respaldiza, y el señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el
-vocabulario de la lisonja.
-
-—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los ricos
-que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las
-clases menesterosas.
-
-Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose en
-la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento,
-porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba,
-asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera
-voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso
-lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas
-entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó
-en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva
-dentellada daba la gobernadora á sus considerables _líquidos_, que más
-bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y
-el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le
-sepultaba entre sus ruinas.
-
-En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en
-diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían
-á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como no
-le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la familia
-Real, y se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á
-las oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía
-ser más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de
-aquel demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo
-del hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces
-proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento,
-tragando una saliva más amarga que la hiel.
-
-—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí á
-un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión
-de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre
-el Nuncio...
-
-Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama gobernadora
-que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias difíciles
-de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros momentos, al
-desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y puñetazos sobre la
-mesa habrían infundido pavor en ánimo menos esforzado que el de Cruz.
-
-—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.
-
-—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque,
-comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el
-moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á
-que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte
-por unos seis millones nada más?
-
-—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?
-
-—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?
-
-Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que
-más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su
-avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una
-cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper.
-Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le
-argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de
-aquella compra reportaría.
-
-—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo
-humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos
-contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de
-San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me
-traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que
-me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: _esto matará á aquello_...
-Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos
-á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y
-aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de
-corresponder...
-
-—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que
-ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...
-
-—Sí, señora... ¿y qué?
-
-—Que sale á subasta su galería.
-
-—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?
-
-—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en
-reales museos.
-
-—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto
-golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.
-
-—Usted.
-
-—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que
-Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y
-españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!
-
-—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota.
-
-—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al
-Louvre, ó á la _National Gallery_, que pagarán á peso de oro los de
-Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y
-Van Dick...
-
-—¿Y qué más?
-
-—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del
-Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación
-es bajísima.
-
-—El _Bajísimo_ ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con
-que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo?
-
-—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas
-preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las
-personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de
-hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras;
-serás una especie de Médicis...
-
-—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una
-cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo.
-Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras,
-y de la desgracia que le _acarreáis_.
-
-—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el
-archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere
-comprarlo. ¡Vaya un archivo!
-
-—Como que estará lleno de ratas.
-
-—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas
-autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del
-Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos,
-libros rarísimos...
-
-—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro
-también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que
-manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á
-casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy
-ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren
-creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y
-se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado
-su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya
-no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me
-hubiera secado el _foco_ de las lágrimas.
-
-Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse,
-lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan
-pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de
-la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos
-pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le
-dijo:
-
-—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, _dilapidar_ mi dinero
-estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese,
-que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se
-ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito...,
-quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí!
-me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá...
-
-—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos
-á comer.
-
-—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te
-pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras
-á tí...
-
-—¡Brrrr!...
-
-
-
-
-X
-
-
-Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana
-(la del _tantos_ de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á
-la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza.
-Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no
-pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios
-de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de
-indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que
-no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan
-fecunda en experimentales enseñanzas.
-
-De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se
-convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La
-madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con
-exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael,
-que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales
-ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció
-el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y
-melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba
-estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio
-espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de
-la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa.
-
-Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento,
-si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso
-á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca
-por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina
-charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de
-libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía
-solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en
-cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por
-la escalera de servicio.
-
-Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la
-mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.
-
-—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.
-
-—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías
-ver á nadie. _Por lo demás_, yo tenía ganas de verte, y de echar un
-párrafo contigo.
-
-—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han
-contado muy detalladamente.
-
-—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero
-no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre _artista_ de la
-_cuenta_ y _razón_, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me
-había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante
-de tanta gente culta y _facultativa_! Créelo; mientras hablaba, _para
-entre mí_ me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.
-
-—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la
-barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que
-puedan decir otro tanto.
-
-—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro,
-rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas.
-
-—Es usted el hombre feliz.
-
-—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás.
-No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme
-á su natural. La _opinión pública_ me cree dichoso, me envidia, y
-no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir _del
-Gólgota_, quiero decir, de la _cruz_ de mi casa, ó en otros términos,
-un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición
-ó del Infierno. _Heme aquí_ atado de pies y manos, obligado á dar
-cumplimiento á cuantas ideas _acaricia_ tu hermana, que se ha propuesto
-hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la
-China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe
-más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la
-_Papisa Juana_ en figura de señora.
-
-—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es
-artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted
-maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de
-barro, lo amasa...
-
-—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China,
-siempre saldré puchero de Alcorcón.
-
-—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!
-
-—Se me figura que sí. Porque verás...
-
-Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que
-bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel _momento histórico_, un
-grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro
-del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar
-ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos
-de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido
-á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al
-otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto
-en que se veía, de tener que _hacerse con_ un palacio y _la mar de_
-pinturas antiguas, _diseminando_ el dinero y privándose del gusto
-inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital
-fabuloso, que era su _desideratum_, su _bello ideal_, y su _dogma_,
-etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo
-que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto
-considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el
-tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se
-convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.
-
-—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara
-vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted
-que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy
-próxima la terminación de mis martirios.
-
-Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta
-semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de
-aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.
-
-—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo
-que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero;
-como que es usted avaro...
-
-—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de
-sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.
-
-—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado.
-
-—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la
-imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...
-
-—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es
-puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave.
-Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me
-he equivocado en todo...
-
-—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el
-tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque _este cura_, cuando
-se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de
-guardar la Biblia, y ahora resulta...
-
-—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego
-sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica
-solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de
-la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá
-la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con
-usted, por razones diversas.
-
-—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo.
-
-—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia
-deshonrada, á mis hermanas envilecidas.
-
-—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque
-prestaba dinero á interés.
-
-—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde
-hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.
-
-—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de _ñales_.
-
-—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana
-Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que
-usted le inspiraría asco, aversión...
-
-—Pues me parece que... ¡digo!
-
-—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo
-que intentaban amansar.
-
-—¡Hombre, tanto como monstruo...!
-
-—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la _papisa
-Juana_, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle,
-y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para
-ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.
-
-—Me parece que no desafino...
-
-—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos
-de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores
-años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para
-los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático,
-creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy
-común en nuestra sociedad.
-
-—Hombre, hombre...
-
-—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más
-que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.
-
-—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría...
-Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una
-noche... en confianza _de ella para mí_: «Tor, el día que te aborrezca,
-me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es
-desconocido el adulterio, y lo será siempre.»
-
-—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación.
-Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la
-Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér
-híbrido...
-
-—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.
-
-—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser
-en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran
-petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta
-usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y
-la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no
-ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér
-superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten
-en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican,
-sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la
-Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le
-bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito,
-y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia
-ilustración...
-
-—Eso no, no, Rafaelito.
-
-—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por
-lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme
-seguir; yo bien sé que...
-
-—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que
-soy un bruto... claro, un bruto _sui generis_. Á ganar dinero, eso sí,
-¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.
-
-—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero
-á montones.
-
-—_Seamos justos_: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince
-y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los
-paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, _convengamos_ en que
-soy un animal.
-
-—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va
-identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen
-por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de
-la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con
-la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué
-opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del
-banquete?»
-
-
-
-
-XI
-
-
-Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la
-mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo
-secreto, le dijo:
-
-—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento
-y pienso. Mi discurso no fué más que una _serie no interrumpida_ de
-vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra
-expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del
-buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada...
-Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme
-se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí
-que aplaudían al hombre de dinero, no al _hablista_.
-
-—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era
-un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...
-
-—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo _un núcleo_
-de dos ó tres, eran más tontos que yo.
-
-—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor
-parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y
-tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la
-sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por
-otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero
-de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle
-vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una
-crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.
-
-Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con
-que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus
-ademanes.
-
-—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se trabó
-entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía la
-dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición,
-el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de
-tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido
-luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted,
-y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole,
-depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra
-casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido
-derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado
-con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que polvo. Me
-declaro vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr.
-D. Francisco, yo no puedo estar aquí.
-
-Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, sujetándole
-en el asiento.
-
-—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.
-
-—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he
-concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era
-usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja
-de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un
-altar y adorarla.
-
-—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me
-dejara capitalizar mis ganancias.
-
-—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le
-corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz
-más _objetivo_, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad.
-¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico,
-y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda
-fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en
-usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante
-el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de
-teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo
-su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque lo
-tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y me declaro
-el mayor de los mentecatos... (_Levantándose bruscamente._) Debo
-retirarme..., abur...
-
-Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.
-
-—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las
-manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital...
-Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á
-usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de
-madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia
-en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me
-resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero
-tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á
-confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo
-contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor.
-Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de
-mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba
-en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde
-estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia
-natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he
-de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr.
-D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he
-pedido en mi vida, y el último también?
-
-—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy, alarmado del tono patético que
-iba tomando su hermano político.
-
-—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. Es
-un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me olvidaba
-de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la pared del
-Oeste.
-
-—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la
-seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto
-dispendio.
-
-—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un
-sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.
-
-—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito;
-no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el _llevarte_ á
-Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la _clásica_
-nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite.
-
-—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los
-honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle,
-hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted
-lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas
-sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido
-toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo
-de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me
-da.
-
-—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia,
-ó te has propuesto tomarme el pelo, _por decirlo así_. Si no has de
-morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado!
-yo no habría de reparar...
-
-—Á un muladar, digo.
-
-—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo
-_poético_, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?
-
-—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á
-mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo
-del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo.
-Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero.
-¡Pobre niño!
-
-—Durmiendo está como un ángel.
-
-—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones
-las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de
-Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia
-propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro
-decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de
-la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con
-tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo
-más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas.
-
-Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió
-tentando las paredes.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal
-quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que
-á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á
-la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto
-golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.
-
-—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? _Me inclino á creer_ que no
-estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?
-
-—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud.
-Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me
-da por dormir vestido.
-
-—Hace calor.
-
-—Frío tengo yo.
-
-—Y Pinto, ¿dónde está?
-
-—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.
-
-Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una
-pierna sobre otra.
-
-—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?
-
-—Á que venga Pinto para quitarme las botas.
-
-—Te las quitaré yo si quieres.
-
-—_Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido_—dijo Rafael
-alargando un pie.
-
-—No es así—observó D. Francisco, con alarde de erudición, sacando la
-primera bota.—_De damas_ se dice, no de Reyes.
-
-—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho _de
-Reyes_... _Velay_, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.
-
-—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan
-augusto... Guasón está el tiempo.
-
-—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia una
-sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas,
-_vulgo_ prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas,
-el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé quién dijo
-que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para fecundarse y
-poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver... usted que es
-tan erudito...
-
-—No sé... Lo que sé es que _esto matará aquello_.
-
-—Como dice Séneca, ¿verdad?
-
-—Hombre, Séneca no... No _tergiverses_...—observó el Marqués sacando la
-primera bota.
-
-—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la
-humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí,
-señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo
-que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus
-brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y
-que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas
-de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.
-
-—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco
-festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de
-plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te
-acuestes, y á dormir como un bendito.
-
-—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo á
-usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un señor
-Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en adelante
-seré la misma sumisión, y _la obediencia personificada_, y no daré el
-menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas hermanas.
-
-Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud
-semejante á la de la maja yacente de Goya.
-
-—Me parece bien. Y ahora... á dormir.
-
-—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha de
-ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un
-largo sueño.
-
-—Pues te dejo. Ea, buenas noches.
-
-—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya
-junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual
-el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta imagen
-de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes
-Santo.
-
-—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?
-
-—No... digo, sí... ahora que me acuerdo... (_Incorporándose._) Se me
-olvidó darle un besito á Valentín.
-
-—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós.
-Duérmete.
-
-Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde
-trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos
-de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún
-en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había
-mandado por una taza de te.
-
-—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto hasta
-que veas que está bien dormido.
-
-Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar.
-Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando
-sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que
-próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos
-y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven
-entrar á Pinto desencajado, sin aliento.
-
-—Señor, señor...
-
-—¿Qué, con mil Biblias?
-
-—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!
-
-Bajaron todos... Estrellado, muerto.
-
-
-Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.
-
-
-FIN DE TORQUEMADA EN EL PURGATORIO
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO ***
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-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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- Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-
-<pre>
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-Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Torquemada en el purgatorio
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: July 17, 2017 [EBook #55139]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
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-</div>
-
-
-<div class="aftit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <h1>TORQUEMADA EN EL PURGATORIO</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">[p. 2]</span>Es propiedad.
- Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los
- ejemplares que no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-
- <hr class="imp" />
- <p class="fs90 centra">MADRID.—Imp. Hijos de Tello, C. de San Francisco, 4.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
- <p><span class="large">B. PÉREZ GALDÓS</span></p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs250 mt1">TORQUEMADA<br />
- <span class="small">EN EL</span><br />
- <span class="xl">PURGATORIO</span></p>
- <hr class="sep" />
- <p><b>10.000</b></p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="large lh200 g1 mt2">MADRID</p>
- <p class="fs90">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p>
- <p class="fs90">Calle del Arenal, núm. 11.</p>
- <hr class="min" />
- <p class="large">1920</p>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_1_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <p class="falseh1">TORQUEMADA EN EL PURGATORIO</p>
-
- <hr class="tir" />
-
- <h2 class="inicial">PRIMERA PARTE</h2>
-
- <h3 class="mt2">I</h3>
-</div>
-
-<p>Cuenta el Licenciado Juan de Madrid, cronista tan diligente como
-malicioso de los <i>Dichos y Hechos de D. Francisco Torquemada</i>, que no
-menos de seis meses tardó Cruz del Águila en restablecer en su casa el
-esplendor de otros días, y en rodearse de sociedad honesta y grata,
-demostrando en esto, como en todas las cosas, su consumada discreción,
-para que no se dijera ¡cuidado! que pasaba con famélica prontitud de la
-miseria lacerante al buen comer y al visiteo alegre. Disiente de esta
-opinión otro cronista no menos grave, el <i>Arcipreste Florián</i>, autor de
-la <i>Selva de Comilonas y Laberinto de Tertulias</i>, que fija en el día de
-Reyes la primera comida de etiqueta que dieron las ilustres damas en
-su domicilio de la calle de Silva. Pero bien pudiera ser esto error de
-fecha, disculpable en quien á tan distintos comedores tenía que asistir
-por ley de su oficio, en el espacio de sol á sol. Y vemos corroborada
-la primera opinión en los eru<span class="pagenum" id="Page_6">[p.
-6]</span>ditísimos <i>Avisos del Arte Culinario</i>, del Maestro López de
-Buenafuente, el cual, tratando de un novísimo estilo de poner las
-perdices, sostiene que por primera vez se sacó á manteles este guisado
-en una cena que dieron los nobles señores de Torquemada, á los diez
-días del mes de Febrero del año tal de la <i>reparación cristiana</i>.
-No menos escrupuloso en las referencias históricas se muestra el
-<i>Cachidiablo</i> que firma las <i>Premáticas del Buen vestir</i>, quien
-relatando unas suntuosas fiestas en la casa y jardines de los señores
-Marqueses de Real Armada, el día de Nuestra Señora de las Candelas,
-afirma que Fidela Torquemada lucía elegante atavío de color de orejones
-á medio pasar, con encajes de Bruselas. Por esta y otras noticias,
-tomadas en las mejores fuentes de información, se puede asegurar que
-hasta los seis meses largos de la boda, no empezaron las Águilas á
-remontar su vuelo fuera del estrecho espacio á que su mísera suerte por
-tanto tiempo las había reducido.</p>
-
-<p>Ni se necesita compulsar prolijamente los tratadistas más
-autorizados de cosas de salones, para adquirir la certidumbre de que
-las señoras del Águila permanecieron algún tiempo en la obscuridad,
-como avergonzadas, después de su cambio de fortuna. <i>Mieles</i> no las
-cita hasta muy entrado Marzo, y el <i>Pajecillo</i> las nombra por primera
-vez enumerando las mesas de petitorio en Jueves Santo, en una de las
-más <i>aristocráticas iglesias</i> de esta Corte. Para encontrar noticias
-claras de épocas más próximas al casamien<span class="pagenum"
-id="Page_7">[p. 7]</span>to, hay que recurrir al ya citado Juan
-de Madrid, uno de los más activos y al propio tiempo más guasones
-historiógrafos de la vida elegante, hombre tan incansable en el
-comer como en el describir opulentas mesas, y saraos espléndidos.
-Llevaba el tal un Centón en que apuntando iba todas las frases y
-modos de hablar que oía á don Francisco Torquemada (con quien trabó
-amistad por Donoso y el Marqués de Taramundi), y señalaba con gran
-escrúpulo de fechas los progresos del transformado usurero en el
-arte de la conversación. Por los papeles del Licenciado sabemos que
-desde Noviembre decía D. Francisco á cada momento: <i>así se escribe
-la historia, velis nolis, la ola revolucionaria, y seamos justos</i>.
-Estas formas retóricas, absolutamente corrientes, las afeaba un mes
-después con nuevas adquisiciones de frases y términos no depurados,
-como <i>reasumiendo, ínsulas, en el actual momento histórico</i>, y el
-<i>maquiavelismo</i>, aplicado á cosas que nada tenían de maquiavélicas.
-Hacia fin de año se daba lustre el hombre corrigiendo con lima segura
-desatinos usados anteriormente, pues observaba y aprendía con pasmosa
-asimilación todo lo bueno que le entraba por los oídos, adquiriendo
-conceptos muy peregrinos, como: <i>no tengo inconveniente en declarar...
-me atengo á la lógica de los hechos</i>. Y si bien es cierto que la falta
-de principios, como observa juiciosamente el Licenciado, le hacía meter
-la pata cuando mejor iba discurriendo, también lo es que su aplicación
-y el cuidado que ponía al apropiarse las for<span class="pagenum"
-id="Page_8">[p. 8]</span>mas locutorias, le llevaron en poco tiempo á
-realizar verdaderas maravillas gramaticales, y á no hacer mal papel en
-tertulia de personas finas, algunas superiores á él por el nacimiento y
-la educación, pero que no le superaban en garbo para sostener cualquier
-manoseado tema de controversia, <i>al alcance</i>, como él decía, <i>de las
-inteligencias más vulgares</i>.</p>
-
-<p>Es punto incontrovertible que dejó pasar Cruz todo Septiembre y
-parte de Octubre, sin proponer á su hermano político reforma alguna
-en la disposición arquitectónica de la casa; pero llegó un día en
-que con toda la suavidad del mundo, sabiendo que ponía las primeras
-paralelas para un asedio formidable, lanzó la idea de derribar dos
-tabiques, con objeto de ampliar la sala haciéndola salón, y el comedor
-<i>comedorón</i>... Esta palabra empleó D. Francisco, amenizándola con
-burlas y cuchufletas; mas no se acobardó la dama, que al punto, con
-chispeante ingenio, hubo de contestar á su cuñado en esta forma:</p>
-
-<p>—No digo yo que seamos príncipes, ni sostengo que nuestra casa sea
-el <i>regio alcázar</i>, como usted dice. Pero la modestia no quita á la
-comodidad, Sr. D. Francisco. Paso porque el comedor sea hoy por hoy de
-capacidad suficiente. ¿Pero me garantiza usted que lo será mañana?</p>
-
-<p>—Si la familia aumentara, como <i>tenemos derecho á esperar</i>, no digo
-que no. Venga más comedor y yo seré el primero en agrandarlo cuanto sea
-menester. Pero la sala...</p>
-
-<p>—La sala es simplemente absurda. Anoche,<span class="pagenum"
-id="Page_9">[p. 9]</span> cuando se juntaron los de Taramundi con
-los de Real Armada, y sus amigos de usted el bolsista y el cambiante
-de moneda, estábamos allí como sardinas en banasta. Inquieta y
-sofocadísima, yo aguardaba el momento en que alguno tuviera que
-sentarse sobre las rodillas de otro. Á usted le parecerá que esta
-estrechez es decorosa para un hombre á cuya casa vienen personas de
-la mejor sociedad. ¿Por mí qué me importa? No deseo más que vivir en
-un rincón, sin más trato que el de dos ó tres amigas íntimas... Pero
-usted, un hombre como usted, llamado á...</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_2">
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>—¿Llamado á qué?—preguntó Torquemada, manteniendo ante su boca, sin
-catarlo, el bizcocho mojado en chocolate, con lo cual dicho se está que
-en aquel momento se desayunaba.—¿Llamado á qué?—volvió á decir, viendo
-que Cruz, sonriente, esquivaba la respuesta.</p>
-
-<p>—No digo nada, ni perderé el tiempo en demostrar lo que está bien á
-la vista, la insuficiencia de esta habitación—manifestó la dama, que
-al dar vueltas alrededor de la ovalada mesa, afectaba no hallar fácil
-paso entre el aparador y la silla ocupada por D. Francisco.—Usted,
-como dueño de la casa, hará lo que guste. El día en que tengamos un
-convidado, que bien podríamos tenerlo para corresponder á las finezas
-que<span class="pagenum" id="Page_10">[p. 10]</span> otros gastan con
-nosotros, y quien dice un convidado, dice dos ó cuatro..., pues ese día
-tendré yo que comer en la cocina... No, no reirse. Ya sale usted con su
-tema de siempre: que yo exagero, que yo...</p>
-
-<p>—Es usted la <i>exageración personificada</i>—replicó el avaro,
-engulléndose otro bizcocho.—Y como yo <i>blasono</i> de ser el justo medio
-<i>personificado</i>, pongo todas las cosas en su lugar, y rebato sus
-argumentos por lo que toca al actual momento histórico. Mañana no
-digo...</p>
-
-<p>—Lo que se ha de hacer mañana de prisa y corriendo, debe hacerse
-hoy, despacio—dijo la dama apoyando las manos en la mesa, á punto que
-el D. Francisco acababa de desayunarse. Ya sabía ella por dónde iba á
-salir en la réplica, y le esperó tranquila, con semblante de risueña
-confianza.</p>
-
-<p>—Mire usted, Crucita... Desde que me casé, vengo <i>realizando</i>... sí,
-esa es la palabra, realizando <i>una serie de transacciones</i>. Usted me
-propuso reformas que se daban de cachetes con mis costumbres de toda
-la vida, por ejemplo... ¿Pero á qué es poner ejemplos ni verbigracias?
-Ello es que mi cuñada proponía y yo trinaba. Al fin he transigido,
-porque como dice muy bien nuestro amigo Donoso, vivir es transigir.
-He aceptado un poquito de lo que se me proponía, y usted cedía un
-<i>ápice</i>, ó dos <i>ápices</i> de sus pretensiones... El justo medio, <i>vulgo</i>
-prudencia. No dirán las señoras del Águila que no he procurado hacerles
-el gusto, desmintiéndome, como quien dice.<span class="pagenum"
-id="Page_11">[p. 11]</span> Por tener contenta á mi querida esposa y á
-usted, me privo de venir á comer en mangas de camisa, lo que era muy de
-mi gusto en días de calor. Se empeñaron después en traerme una cocinera
-de doce duros. ¡Qué barbaridad! ¡Ni que fuéramos arzobispos! Pues
-transigí con admitir la que tenemos, ocho durazos, que si es verdad nos
-hace primores, bien pagada estaría con cien reales. Para que mi señora
-y la hermana de mi señora no me alboroten, he dejado de comer salpicón
-á última hora de la noche, antes de acostarme, porque, lo reconozco, no
-está bien que vaya delante de mí el olor de cebolla, abriéndome camino
-como un batidor. Y <i>reasumiendo</i>: he transigido también con el lacayito
-ese para recados y limpiarme la ropa, aunque á decir verdad, días hay
-en que para evitarle reprimendas al pobre chico, no sólo me limpio
-yo mi ropa, sino también la suya. Pero en fin, pase el chaval de los
-botones, que si no me equivoco, no presta servicios en consonancia con
-lo que consume. Yo lo observo todo, señora mía; suelo darme una vuelta
-por la cocina cuando está comiendo la servidumbre, <i>vulgo</i> criados, y
-he visto que ese ángel de Dios se traga la ración de siete; amén del
-mal tercio que hace á la familia levantando de cascos á las criadas de
-casa, y á las de toda la vecindad. En fin, ustedes lo quieren: sea.
-<i>Adopto esta actitud</i> para que no digan que soy la <i>intransigencia
-personificada</i>, y para cargarme de razón ahora, negándome, como
-me niego, al derribo de tabiques, <i>etcétera</i>... que eso<span
-class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span> de estropear la finca va
-contra la lógica, contra el sentido común, y contra la conveniencia de
-<i>propios</i> y <i>extraños</i>.</p>
-
-<p>Contestóle Cruz con gracejo, afectando sumisión á la primera
-autoridad de la familia, y se dirigió á la alcoba de su hermana, que
-no dejaba el lecho hasta más tarde. Ambas charlaron alegremente de la
-misma materia, conviniendo en que aquello y aun más se conseguiría
-de don Francisco, esperando la ocasión favorable, como habían podido
-observar en el tiempo que llevaban de convivencia. Torquemada, después
-de darse un buen atracón de <i>La Correspondencia</i> de la mañana, se fué
-al lado de su esposa, periódico en mano, pisando con suavidad por
-evitar el ruido, y ladeándose la gorra de seda negra, para rascarse
-el cráneo. No tardó Cruz en acudir á despertar al ciego y llevarle el
-desayuno, y quedó el matrimonio solo, acostada ella, él paseándose en
-la alcoba.</p>
-
-<p>—¿Y qué tal?—le preguntó D. Francisco con cariño no afectado.—¿Te
-sientes hoy más fuerte?</p>
-
-<p>—Me parece que sí.</p>
-
-<p>—Probarás á dar un paseíto á pie... Yo, si te empeñas en darlo
-en coche, no me opongo, ¡cuidado! Pero más te conviene salir de
-<i>infantería</i> con tu hermana.</p>
-
-<p>—Á patita saldremos...—replicó la esposa.—Iremos á casa de las de
-Taramundi, y para la vuelta, ellas nos traerán en su berlina. De este
-modo te ahorras tú ese gasto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span></p>
-
-<p>Torquemada no chistó. Siempre que se entablaban discusiones
-sobre reformas que desnivelaran el bien estudiado presupuesto de D.
-Francisco, Fidela se ponía de parte de él, bien porque anhelara cumplir
-fielmente la ley de armonía matrimonial, bien porque con femenil
-instinto, y casi sin saber lo que hacía, cultivara la fuerza en el
-campo de su propia debilidad, cediendo para triunfar, y retirándose
-para vencer. Esto es lo más probable, y casi por seguro lo da el
-historiador, añadiendo que no había sombra de malicia premeditada
-en aquella estrategia, obra pura de la naturaleza femenina, y de
-la situación en que la joven del Águila se encontraba. Á los tres
-meses de matrimonio, no se había disipado en ella la impresión de
-los primeros días, esto es, que su nuevo estado era una liberación,
-un feliz término de la opresora miseria y humillante obscuridad de
-aquellos años maldecidos. Casada, podía vestirse con decencia y asearse
-conforme á su educación, comer cuantas golosinas se le antojaran,
-salir de paseo, ver alguna función de teatro, tener amigas y disfrutar
-aquellos bienes de la vida que menos afectan al orden espiritual.
-Porque lo primero, después de tan larga pobreza y ahogos, era respirar,
-nutrirse, restablecer las funciones animales y vegetativas. El contento
-del cambio de medio, favorable para la vida orgánica y un poco para
-la social, no le permitía ver los vacíos que aquel matrimonio pudiera
-determinar en su alma, vacíos que incipientes existían ya, como las
-caver<span class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span>nas pulmonares
-del tuberculoso, que apenas hacen padecer cuando empiezan á formarse.
-Debe añadirse que Fidela, con el largo padecer en los mejores años de
-su vida, todo lo que había ganado en sutilezas de imaginación, habíalo
-perdido en delicadeza y sensibilidad, y no se hallaba en disposición
-de apreciar exactamente la barbarie y prosaísmo de su cónyuge. Su
-linfatismo le permitía soportar lo que para otro temperamento habría
-sido insoportable, y su epidermis, en apariencia finísima, no era
-<i>por dentro</i> completamente sensible á la ruda costra del que, por
-compañero de vida, casa y lecho, le había dado la sociedad de acuerdo
-con la Santa Iglesia. Cierto que á ratos creía enterarse vagamente
-de aquellos vacíos ó cavernas que dentro se le criaban; pero no
-hacía caso, ó movida de un instinto reparador (y va de instintos)
-defendíase de aquella molestia premonitoria, ¿con qué creeréis? con
-el mimo. Haciéndose más mimosa de lo que realmente era, fomentando en
-sí hábitos y remilgos infantiles, en lo cual no hacía más que aceptar
-los procedimientos de su hermana y de su marido, se curaba en salud
-de todo aquel mal probable ó posible de los vacíos. Era, pues, de
-casada, más golosa y caprichuda que de soltera; hacía muecas de niño
-llorón; enredaba, variando de sitio las cosas fáciles de transportar;
-entretenía las horas con afectaciones de pereza que agrandaban su
-ingénita debilidad; afectaba también un cierto desdén de todo lo
-práctico, y horror á los trajines duros de la<span class="pagenum"
-id="Page_15">[p. 15]</span> casa; extremaba el aseo hasta lo increíble,
-eternizándose en su tocador; ansiaba los perfumes, que eran una nueva
-golosina, no menos apetecida que los bombones con agridulce; gustaba
-de que su marido la tratase con extremados cariños, y ella le llamaba
-á él <i>su borriquito</i>, pasándole la mano por el lomo como á un perrazo
-doméstico y diciéndole: «<i>Tor</i>, <i>Tor</i>... aquí... fuera... ven... la
-pata... ¡dame la pata!»</p>
-
-<p>Y D. Francisco, por llevarle el genio, le daba la mano, que para
-aquellos casos (y para otros muchos) era pata, recibiendo el hombre
-muchísimo gusto de tan caprichoso estilo de afecto matrimonial. Aquella
-mañana no ocurrió nada de esto; charlaron un rato, encareciendo ambos
-las delicias del pasear á pie, y por fin Fidela le dijo:</p>
-
-<p>—Por mí no necesitas poner coche. No faltaba más. ¡Ese gasto por
-evitarme un poquito de cansancio...! No, no, no lo pienses. Ahora, por
-tí, ya es otra cosa. No está bien que vayas á la Bolsa en clase de
-peatón. Desmereces, cree que desmereces entre los hombres de negocios.
-Y no lo digo yo, lo dice mi hermana, que sabe más que tú... lo dice
-también Donoso. No me gusta que piensen de tí cosas malas, ni que
-te llamen cominero. Yo me paso muy bien sin ese lujo: tú no puedes
-pasarte, porque en realidad no es lujo, sino necesidad. Hay cosas que
-son como el pan...</p>
-
-<p>Don Francisco no pudo contestarle porque le avisaron que le esperaba
-en su despacho el agente de Bolsa, y allá se fué presuroso, re<span
-class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span>volviendo en su caletre
-estas ó parecidas ideas: «¡El condenado cochecito! Al fin habrá que
-<i>echarlo</i>... <i>velis nolis</i>. No es idea, no, de esa pastaflora de mi
-mujer, que jamás discurre nada tocante al aumento de gastos. La otra,
-la <i>dominanta</i>, es la que quiere andar sobre ruedas. Ni qué falta
-me hace á mí ese armatoste, que... ahora que me acuerdo... se llama
-también <i>vehículo</i>. ¡Ah, si yo pudiera gastarlo, sin que esa despótica
-de Cruz lo catara!... Pero no, <i>¡ñales!</i> tiene que ser para todos, y mi
-mujer la primera, sobre cojines muy blandos para que no se me estropee,
-<i>maxime</i> si hay sucesión... Porque, aunque nada han dicho, yo, <i>atento
-á la lógica del fenómeno</i>, me digo: sucesión tenemos.»</p>
-
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>¡Qué cosas hace Dios! En todo tenía una suerte loca aquel indino
-de Torquemada, y no ponía mano en ningún negocio que no le saliese
-como una seda, con limpias y seguras ganancias, como si se hubiese
-pasado la vida sembrando beneficios, y quisiera la Divina Providencia
-recompensarle con largueza. ¿Por qué le favorecía la fortuna, habiendo
-sido tan viles sus medios de enriquecerse? ¿Y qué Providencia es ésta,
-que así entiende <i>la lógica del fenómeno</i>, como por cosa muy distinta
-decía el avaro? Cualquiera desentraña la relación misteriosa<span
-class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> de la vida moral con la
-financiera ó de los negocios, y esto de que las corrientes vayan á
-fecundar los suelos áridos en que no crece ni puede crecer la flor del
-bien. De aquí que la muchedumbre honrada y pobre crea que el dinero
-es loco; de aquí que la santa religión, confundida ante la monstruosa
-inequidad con que se distribuye y encasilla el metal acuñado, y no
-sabiendo cómo consolarnos, nos consuela con el desprecio de las
-riquezas, que es para muchos consuelo de tontos. En fin, sépase que
-la previsora amistad del buen Donoso, había rodeado á D. Francisco de
-personas honradísimas que le ayudaran en el aumento de sus caudales.
-El agente de Bolsa, de quien era comitente para la compra y venta de
-títulos, reunía á su pasmosa diligencia la probidad más acrisolada.
-Otros correveidiles que le proporcionaban descuentos de pagarés,
-pignoraciones de valores y negocios mil, sobre cuya limpieza nadie se
-habría atrevido á poner la mano en el fuego, eran de lo mejorcito de la
-clase. Verdad que ellos, con su buen olfato mercantil, comprendieron
-desde el primer día que á Torquemada no se le engañaba fácilmente, y
-en esto tal vez se afirmaba el cimiento de su moralidad; al paso que
-D. Francisco, hombre de grandísima perspicacia para aquellos tratos,
-les calaba los pensamientos antes que los revelara la palabra. De este
-conocimiento recíproco, de esta compenetración de las voluntades,
-resultaba el acuerdo perfecto entre compinches, y el pingüe<span
-class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> fruto de las operaciones.
-Y aquí nos encontramos con un hecho que viene á dar explicación á las
-monstruosas dádivas de la suerte loca, y al contrasentido de que se
-enriquezcan los pillos. No hay que hablar tanto de la ciega fortuna,
-ni creer la pamplina de que ésta va y viene con los ojos vendados...
-¡invención del simbolismo cursi! No es eso, no. Ni se debe admitir
-que la Providencia protegiera á Torquemada para hacer rabiar á tanto
-honrado sentimental y pobretón. Era... las cosas claras, era que D.
-Francisco poseía un talento de primer orden para los negocios, aptitud
-incubada en treinta años de aprendizaje usurario á la menuda, y
-desarrollada después en más amplio terreno y en esfera vastísima. La
-educación de aquel talento había sido dura, en medio de privaciones
-y luchas horrendas con la humanidad precaria, de donde sacó el
-conocimiento profundísimo de las personas bajo el aspecto exclusivo
-de tener ó no tener, la paciencia, la apreciación clara del tanto por
-ciento, la limadura tenaz, y el cálculo exquisito de la oportunidad.
-Estas cualidades, aplicadas luego á operaciones de mucha cuenta, se
-sutilizaron y adquirieron desarrollo formidable, como observaban Donoso
-y los demás amigos pudientes que se fueron agregando á la tertulia.</p>
-
-<p>Reconocíanle todos por un hombre sin cultura, ordinario y á veces
-brutalmente egoísta; pero al propio tiempo veían en él un magistral
-golpe de vista para los negocios, un tino segu<span class="pagenum"
-id="Page_19">[p. 19]</span>rísimo que le daba incontestable autoridad
-de suerte que, teniéndose todos por gente de más valía en la vida
-general, en aquella rama especialísima del <i>toma y daca</i> bajaban la
-cabeza ante el bárbaro, y le oían como á un padre de la Iglesia...
-crematística. Ruiz Ochoa, los sobrinos de Arnáiz y otros que por Donoso
-se fueron introduciendo en la casa de la calle de Silva, platicaban con
-el prestamista aparentando superioridad, pero realmente espiaban sus
-pensamientos para apropiárselos. Eran ellos los pastores, y Torquemada
-el cerdo que olfateando la tierra descubría las escondidas trufas, y
-allí donde le veían hociquear, negocio seguro.</p>
-
-<p>Pues, como digo, fué D. Francisco á su despacho, donde estuvo como
-un cuarto de hora dando instrucciones al agente de Bolsa, y volvió
-luego á engolfarse en los periódicos de la mañana, lectura que le
-interesaba en aquella época, ofreciéndole verdaderas revelaciones en el
-orden intelectual, y abriendo horizontes inmensos ante su vista, hasta
-entonces fija en objetos situados no más allá de sus narices. Leía con
-mediano interés todo lo de política, viendo en ella, como es común
-en hombres aferrados á los negocios no más que una comedia inútil,
-sin más objeto que proporcionar medro y satisfacciones de vanidad
-á unos cuantos centenares de personas; leía con profunda atención
-los telegramas, porque todas aquellas cosas que en el extranjero
-pasaban parecíanle de más fuste que las de por acá, y porque los
-nombres de Gladstone, Goschen,<span class="pagenum" id="Page_20">[p.
-20]</span> Salisbury, Crispi, Caprivi, Bismarck, le sonaban á
-grande, revelando una raza de personajes de más circunstancias que
-los nuestros; se detenía con delectación en el relato de sucesos
-del día, crímenes, palos, escenas de amor y venganza, fugas de
-presos, escalos, entierros y funerales de personas de viso, estafas,
-descarrilamientos, inundaciones, etcétera. Así se enteraba de todo, y
-de paso aprendía <i>cláusulas</i> nuevas y elegantes para irlas soltando en
-la conversación.</p>
-
-<p>Por lo que pasaba como gato sobre ascuas era por los artículos
-pertinentes á cosa de literatura y arte, porque allí sí que le
-estorbaba lo negro, es decir, que no entendía palotada, ni le entraba
-en la cabeza la razón de que tales monsergas se escribieran. Pero
-como veía que todo el mundo, en la conversación corriente, daba
-efectiva importancia á tales asuntos, él no decía jamás cosa alguna
-en descrédito de las artes liberales. Eso sí, á discreto no le ganaba
-nadie, en <i>el nuevo orden de cosas</i>, y tenía el don inapreciable del
-silencio siempre que se tratara de algún asunto en que se sentía
-lego. Tan sólo daba su asentimiento con monosílabos dejando adivinar
-una inteligencia reconcentrada, que no quiere prodigarse. Para él
-hasta entonces, <i>artistas</i> eran los barberos, albañiles, cajistas
-de imprenta, y maestros de obra prima; y cuando vió que entre gente
-culta sólo eran verdaderos artistas los músicos y danzantes, y algo
-también los que hacen versos y pintan monigotes, hizo mental propósito
-de enterarse detenidamente de todo aquel<span class="pagenum"
-id="Page_21">[p. 21]</span> <i>fregado</i>, para poder decir algo que
-le permitiera pasar por hombre de luces. Porque su amor propio se
-fortalecía de hora en hora, y le sublevaba la idea de que le tuvieran
-por un ganso; de donde resultó que últimamente dió en aplicarse á
-la lectura de los artículos de crítica que traían los periódicos,
-procurando sacar jugo de ellos, y sin duda habría pescado algo, si no
-tropezara á cada instante con multitud de términos cuyo sentido se le
-indigestaba. «<i>¡Ñales!</i>—decía en cierta ocasión,—¿qué querrá decir esto
-de <i>clásico</i>? ¡Vaya unos términos que se traen estos señores! Porque yo
-he oído decir el <i>clásico</i> puchero, la <i>clásica</i> mantilla; pero no se
-me alcanza que lo clásico, hablando de versos ó de comedias, tenga nada
-que ver con los garbanzos, ni con los encajes de Almagro. Es que estos
-tíos que nos sueltan aquí tales <i>infundios</i> sobre el más ó el menos de
-las cosas de literatura, hablan siempre en figurado, y el demonio que
-les entienda... ¿Pues y esto del <i>romanticismo</i>, qué será? ¿Con qué se
-come esto? También quisiera yo que me explicaran la <i>emoción estética</i>,
-aunque me figuro que es como darle á uno un soponcio. ¿Y qué significa
-<i>realismo</i>, que aquí no es cosa del Rey, ni Cristo que lo fundó?»</p>
-
-<p>Por nada de este mundo se aventuraba á exponer sus dudas ante la
-autoridad de su esposa ó cuñada, pues temía que se le rieran en sus
-barbas, como una vez que le tentó el demonio, hallándose en una gran
-confusión, y fué y les dijo: «¿Qué significa <i>secreciones</i>?» ¡Dios,
-qué ri<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>sas, qué
-chacota, y qué sofoco le hicieron pasar con sus <i>ínsulas</i> de personas
-ilustradas!</p>
-
-<p>Interrumpió la lectura para ir al cuarto de su mujer, resuelto á
-ponerla en planta, pues Quevedito recomendaba que se combatiese en
-ella la pereza, favorecedora de su linfatismo; y cuando iba por el
-pasillo, oyó voces un poco alteradas que de la estancia próxima al
-salón venían. Era aquélla la habitación que ocupaba el ciego; y como
-á éste, comúnmente, no se le oía en la casa una palabra más alta que
-otra, siendo tal su laconismo que parecía haber perdido, con el de
-la vista, el uso de la palabra, alarmóse un tanto D. Francisco, y
-aplicó su oído á la puerta. Mayor que su alarma fué su asombro al
-sentir al ciego riendo con gran efusión, y ello debía ser por motivo
-impertinente, pues su hermana le reprendía con severidad, elevando el
-tono de su indignación tanto como él el de sus risotadas. No pudo el
-tacaño comprender de qué demonios provenía júbilo tan estrepitoso,
-porque el tal Rafaelito, desde la boda no se reía ni por muestra, y su
-cara era un puro responso, siempre mirando para su interior y oyéndose
-de orejas adentro. Torquemada se retiró de la puerta, diciendo para sí:
-«Con buen humor amanece hoy el caballero de la Chancla y gran Duque de
-la Birria... Más vale así. Téngale Dios contento, y habrá paz.»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span></p>
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su
-hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en
-el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de
-casa negocios urgentes.</p>
-
-<p>—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora
-esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido
-el sol?</p>
-
-<p>—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol?</p>
-
-<p>—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan
-gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la
-Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre
-van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de
-la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al
-alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico
-por debajo de la puerta.</p>
-
-<p>—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con
-tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van
-muchos días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que
-debes dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus<span
-class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span> cálculos y entretenerte con
-los acertijos que á tí mismo te propones.</p>
-
-<p>—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo
-á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño
-perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura,
-mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me
-aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.</p>
-
-<p>—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto.
-La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza,
-insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué
-tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano,
-indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la
-injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.</p>
-
-<p>—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y
-empezando á reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi
-cabeza la disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.</p>
-
-<p>—¿Por qué te ríes?</p>
-
-<p>—Toma, porque estoy contento.</p>
-
-<p>—¿Contento tú?</p>
-
-<p>—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me
-estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me
-entran ganas de reir, porque no me divierto con<span class="pagenum"
-id="Page_25">[p. 25]</span> las mil farsas que inventáis para
-distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete; Rafael, ponte
-de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el alma y se me
-sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?</p>
-
-<p>—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es
-natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.</p>
-
-<p>—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me
-gustaría verte reir conmigo.</p>
-
-<p>—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo
-que has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?</p>
-
-<p>—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á
-la cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma,
-y se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por
-esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no
-te enfades...</p>
-
-<p>—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la
-bandeja en una mano y la rebanada de pan en otra...</p>
-
-<p>—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente,
-necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo
-apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de
-Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta
-en nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio,
-nos levantamos con un hu<span class="pagenum" id="Page_26">[p.
-26]</span>mor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario no
-habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás
-si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte
-que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir,
-entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate.
-Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular
-el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados,
-los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la
-lógica...</p>
-
-<p>—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas
-simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo
-que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te
-acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te
-entretenga, te cuente cuentos...</p>
-
-<p>—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no
-hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí
-propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos
-pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito...</p>
-
-<p>—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te
-acompañe de noche, aunque no duerma.</p>
-
-<p>—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al
-descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto
-esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te<span class="pagenum"
-id="Page_27">[p. 27]</span> enfades porque me ría. Me sale de muy
-adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe fuerte, se
-saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una cantidad de
-llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de duelo... Deja,
-deja que me ría mucho, porque si no reviento.</p>
-
-<p>—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar
-severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí?</p>
-
-<p>—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque
-eres mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no
-son de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no
-te rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar,
-que has de padecer horriblemente.</p>
-
-<p>—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto.</p>
-
-<p>—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su
-merecido, no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante
-mala para irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas.</p>
-
-<p>—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada
-por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la
-que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada..
-¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien,
-y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes...
-¡Qué serio te has puesto!... Es<span class="pagenum" id="Page_28">[p.
-28]</span> que una razón mía basta para hacerte recobrar la tuya.</p>
-
-<p>—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero
-dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi
-risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre
-cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él
-palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y
-sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico.
-Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de
-inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin,
-¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar
-del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis,
-y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente,
-¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba
-que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres
-mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le
-vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú
-vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre
-acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende
-á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino
-de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame...
-Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado
-el porvenir...<span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span> y
-veo, claro como la luz del alma, única que á mí me alumbra..., veo que
-transigiendo, transigiendo y abandonándome á los hechos, sacerdote de
-la santa inercia, acabaré por conformarme con la opulencia infamante
-de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la dignidad... Si esto
-no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha huído de nuestro
-planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos en tanta vileza,
-y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural y necesaria!
-¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada atmósfera
-que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto es para
-morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque tu alma
-es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción, no en
-la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del mucho
-<i>humorismo de la chimenea</i>.»</p>
-
-<p>Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la
-escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el
-alboroto.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la
-hermana mayor, disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir
-iba levantando en su alma.—Nunca he visto en tí ese hu<span
-class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>mor de chacota, ni esas
-payasadas de mal gusto, Rafael. No te conozco.</p>
-
-<p>—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la
-familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al
-fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás
-retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo
-que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un
-tipo de esos que llaman <i>serios</i>, y en nosotros unos pobres cursis, que
-por hambre hacen el mamarracho.</p>
-
-<p>—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso...
-Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la
-cabeza.</p>
-
-<p>—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar
-su cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que
-aceptar los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la
-inmundicia que tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa.
-Ya ves que no me río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré
-seriamente, contra lo que pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe
-las inflexiones de sátira que se notan... ¿no las has notado?... que
-se notan, digo, en el acento de todas las personas que han vuelto á
-entablar amistad con nosotros, después del paréntesis de desgracia.</p>
-
-<p>—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira
-más que en tu descarriada imaginación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span></p>
-
-<p>—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de
-similor, y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo
-mejor que tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la
-cabeza, y te diré una cosa que ha de pasmarte.</p>
-
-<p>—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras
-juzgando de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida...
-Toma la toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.</p>
-
-<p>—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el
-caso que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para
-no estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como
-la hemos perdido nosotros...</p>
-
-<p>—¡Rafael, por amor de Dios...!</p>
-
-<p>—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma
-ese estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando
-más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez
-perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no
-lo son... (<i>Conteniendo la risa</i>) Tú, autora de todo esto, debes ir ya
-hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera
-delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el
-amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que
-habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.</p>
-
-<p>—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér de<span class="pagenum"
-id="Page_32">[p. 32]</span>licado y enfermo, á quien no se puede
-aplicar el correctivo de una azotaina!</p>
-
-<p>—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que
-harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las
-palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones
-con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social
-con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de
-pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras...,
-á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas,
-renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y
-en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes!
-Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones
-y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de
-lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el
-regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo
-que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que
-continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado!
-Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla
-en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos
-artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis
-dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.</p>
-
-<p>—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus
-disparates con mi santa<span class="pagenum" id="Page_33">[p.
-33]</span> paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees inagotable;
-por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo acompañarte más.
-Pinto acabará de vestirte... (<i>Llamando.</i>) Pinto... chiquillo... ¿Qué
-haces?</p>
-
-<p>Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre
-acababa de traer.</p>
-
-<p>—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre
-dice que quiere vérselo puesto.</p>
-
-<p>—Pues que pase. (<i>Á Rafael.</i>) Ya tienes entretenimiento para un
-rato. Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le
-devuelve para que la reforme. (<i>Al sastre.</i>) Pase usted, Balboa... Hay
-que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y
-exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste,
-como si pudiera apreciarlos por la vista. (<i>Á Pinto.</i>) Anda, ¿qué
-haces? Quítale el pantalón.</p>
-
-<p>—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su
-jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el
-tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la
-hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi
-ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y
-yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?</p>
-
-<p>—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.</p>
-
-<p>—No está mal. Pues decía que necesito más<span class="pagenum"
-id="Page_34">[p. 34]</span> trapo, Sr. Balboa. Otro terno de
-entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted? y tres ó
-cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora hermana?</p>
-
-<p>—¿Yo? nada.</p>
-
-<p>—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y
-abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de
-fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito?
-Yo me entiendo. Necesito un frac.</p>
-
-<p>—¡Jesús!</p>
-
-<p>—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?</p>
-
-<p>—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.</p>
-
-<p>—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que
-no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente
-apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy
-yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac
-prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?</p>
-
-<p>—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me
-parece que un poquitín incomodada con usted.</p>
-
-<p>Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse
-de aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su
-presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó
-con Pinto y el sastre todo<span class="pagenum" id="Page_35">[p.
-35]</span> el tiempo que duraron las probaturas y el quita y pon
-de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle, y
-sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.</p>
-
-<p>—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.</p>
-
-<p>—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere
-someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy
-enfermo.</p>
-
-<p>—Pues si esta mañana se reía como un descosido.</p>
-
-<p>—Precisamente... ese es el síntoma.</p>
-
-<p>—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre
-uno cosas raras en este <i>nuevo régimen</i> á que ustedes me han traído.
-Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo,
-bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna
-parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que
-me quedaba que ver.</p>
-
-<p>—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando
-con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico
-especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto
-mejor...</p>
-
-<p>—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el
-apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar
-á tu hermano peor que estaba, ponga unos <i>emolumentos</i> que nos partan
-por el eje.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span></p>
-
-<p>—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz
-ocupando su sitio.</p>
-
-<p>—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, <i>paparruchosis</i>... Mire usted,
-Cruz, lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos
-que se dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar
-de cadáveres nuestros <i>clásicos</i> cementerios.</p>
-
-<p>—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay
-que llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.</p>
-
-<p>—Con uno basta—manifestó Cruz.</p>
-
-<p>—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco,
-recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos
-á los Asilos del Pardo.</p>
-
-<p>—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz
-festivamente.</p>
-
-<p>—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre
-paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava
-maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.</p>
-
-<p>—Si están riquísimos.</p>
-
-<p>—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se
-peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y
-transigiremos...</p>
-
-<p>—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su
-marido.—En vez de llamar los tres especialistas...</p>
-
-<p>—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres pla<span class="pagenum"
-id="Page_37">[p. 37]</span>gas de Faraón, y la langosta
-médico-farmacéutica.</p>
-
-<p>—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París
-para que le vea Charcot.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_6">
- <h3>VI</h3>
-</div>
-
-<p>—¿Y quién es ese peine?—preguntó Torquemada, cuando hubo tragado el
-pedazo de carne, que al oir <i>Charcot</i> se le atravesó sin querer pasar
-ni para arriba ni para abajo.</p>
-
-<p>—No es peine. Es el primer sabio de Europa en enfermedades
-cerebrales.</p>
-
-<p>—Pues yo—afirmó el tacaño, dando un golpe en la mesa con el mango
-del tenedor,—yo, yo le digo al primer sabio de Europa que se vaya
-á freir espárragos... y que si quiere enfermos ricos, que vaya á
-recetarle á la gran puerquísima de su madre.</p>
-
-<p>—¡Hombre, qué cosas dices...!—manifestó Fidela con dulce severidad y
-blando mimo.—Francisco, por Dios... Mira, tontín, con el viaje á París
-matamos dos pájaros de un tiro.</p>
-
-<p>—No, si yo no quiero matar pájaros de un tiro, ni de dos.</p>
-
-<p>—Llevamos á Rafael á que le vea Charcot.</p>
-
-<p>—Si no hiciera más que verle... Pues con mandarle el retrato...</p>
-
-<p>—Digo que curaremos á Rafael, y de paso, verás tú á París, que no lo
-has visto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span></p>
-
-<p>—Ni falta que me hace.</p>
-
-<p>—¿Que no? ¿Te parece que no es desairado tener que decir, cuando
-se habla de grandes poblaciones, «pues señores, yo no he visto más
-que Madrid... y Villafranca del Bierzo»?... No te hagas el zafio, que
-no lo eres. ¡París! Si tú lo vieras, se ensancharía el círculo de tus
-ideas.</p>
-
-<p>—<i>El círculo de mis ideas</i>—dijo Torquemada, recogiendo con avidez
-la frase, que le pareció bonita, y quedó encasillada en su archivo de
-locuciones,—no es ninguna manga estrecha para que nadie me la ensanche.
-Cada uno en su círculo, y Dios en el de todos.</p>
-
-<p>—Y una vez en París—añadió la esposa con ganas de trastear
-dulcemente á su marido,—no nos volveríamos sin dar una vueltecita por
-Bélgica, ó por el Rhin.</p>
-
-<p>—Sí, para vueltecicas estamos...</p>
-
-<p>—Si es baratísimo... Y también nos llegaríamos á Suiza.</p>
-
-<p>—Sí, y á las Ventas de Alcorcón.</p>
-
-<p>—Ó haríamos la excursión del Palatinado bávaro, de Baden y la Selva
-Negra.</p>
-
-<p>—Sí, y la de la selva blanca; y luego nos llegaremos al Polo Norte
-y á la Patagonia, y volveríamos á casa por la Osa Mayor. Y al llegar
-aquí, yo tendría que pedir un jornal en las obras del Ayuntamiento para
-mantener á la familia, ó una plaza de Orden Público...»</p>
-
-<p>Las dos damas celebraron con francas risas esta ocurrencia, y Cruz
-puso fin á la contienda del modo más razonable:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p>
-
-<p>—Esto del viaje es una broma de Fidela, para asustarle á usted, D.
-Francisco. No necesitamos acudir á Charcot. ¡Buenos están los tiempos
-para gastos de viaje, y consultas con eminencias europeas! Lo que
-Rafael necesita principalmente es distracción, tomar mucho el aire,
-pasear lejos del infernal bullicio de estas calles...</p>
-
-<p>—Vamos, hablando en plata, señora mía, eso es otro memorial para el
-coche. Al fin tendré que apencar con el <i>vehículo</i>.</p>
-
-<p>—Pero si no hemos dicho nada de vehículo,—observó Fidela entre veras
-y bromas.</p>
-
-<p>—¡Pasear lejos!... Sí, se va á curar Rafael con el zarandeo de la
-berlina... Bueno... á correrla, y no paréis hasta Móstoles.</p>
-
-<p>—El coche—dijo Cruz con el tono de autoridad que no admitía réplica
-las pocas veces que lo empleaba, mayormente si iba acompañado de la
-vibración del labio,—debe ponerlo usted, y lo pondrá, yo se lo aseguro,
-no por nosotras ni por nuestro hermano, que bien enseñados estamos á
-andar á pie, sino por usted, Sr. D. Francisco Torquemada. Es indecoroso
-que ande hecho un azacán por esas calles un hombre de su crédito y de
-su respetabilidad.</p>
-
-<p>—¡Ah!... ¡ah!... amiga mía—exclamó don Francisco en voz muy alta,
-y en tono que tanto tenía de festivo como de airado.—No me engatusa
-usted á mí con ese jabón que quiere darme. <i>Seamos justos</i>: yo soy
-un hom<span class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span>bre humilde,
-no una <i>entidad</i> como usted dice. Fuera <i>entidades</i> y biblias... Con
-esa mónita, lo que hace usted es <i>dar pábulo</i> á los gastos. Yo no
-<i>doy pábulo</i> más que á la economía; y por eso tengo un pedazo de pan.
-Pero con <i>la actitud</i> que ustedes toman, pronto tendremos que pedirlo
-prestado, y no te quiero decir... ¡Deudas en mi casa!... ¡Oh! nunca...
-Si viene la bancarrota, <i>vulgo</i> miseria, usted, Crucita de mi alma,
-tiene la culpa... ¡Con que coche! Pues habrá coche, no para mí, que sé
-ganar la santísima rosca andando en el de San Francisco mi patrono,
-sino para ustedes, á fin de que se den todo el pisto compatible con su
-nueva <i>entidad</i>...</p>
-
-<p>—Pero yo no he pedido...</p>
-
-<p>—¿Cómo no? ¡Si parece que le hizo la boca un fraile! ¡Si no hay
-día que no me traiga una socaliña! Tirar tabiques, derribarme media
-finca para hacer salones... Que si la modista, que si el sastre, que
-si el tapicero, que si el almacenista, que si la biblia en pasta...
-Pues ahora, con eso de que el hermanito tiene ganas de reir, voy yo á
-tener que llorar, y lloraremos todos. Ya estoy viendo una <i>serie no
-interrumpida</i> de antojos, y <i>por ende</i> de nuevos gastos. Que es preciso
-distraerle; y como le gusta tanto la música, tendremos que traer aquí
-la orquesta del Teatro Real, y al zángano aquél, que con una varita les
-señala el golpe de lo que han de tocar. (<i>Risas.</i>) Que hay que traer
-un facultativo. Pues venga todo San Carlos, y lluevan honorarios...
-Que hay que convidar á Juan, Pedro y Diego,<span class="pagenum"
-id="Page_41">[p. 41]</span> los amigotes que vienen á darle tertulia,
-poetas los unos, danzantes los otros. Pues allá te van doce ó catorce
-cubiertos, y la mar de platos extraordinarios para que saquen el
-vientre de mal año esos... <i>pará</i>...»</p>
-
-<p>Se le atravesó la palabra, que, como de adquisición reciente, no
-podía ser pronunciada sin cierta precaución y estudio.</p>
-
-<p>—<i>Parásitos</i>—le dijo Fidela.—Sí que lo son algunos. Pero no hay más
-remedio que convidarles alguna vez, para que no vayan por ahí hablando
-de si en esta casa hay ó no hay tacañería.</p>
-
-<p>—Nuestras relaciones—afirmó Cruz,—no dicen eso. Son personas
-distinguidísimas.</p>
-
-<p>—No pongo en duda su <i>distinguiduría</i>—asentó Torquemada;—pero
-<i>profeso el principio</i> de que cada <i>quisque</i> debe comer en su casa.
-¿Voy yo á comer á casa de nadie?</p>
-
-<p>—Hay que confesar, señor maridito—le dijo Fidela pasándole la mano
-por el lomo,—que hoy estás graciosísimo. Si yo no quiero que gastes;
-si no nos hace falta coche, ni lujo, ni bambolla... Guarda, guarda tus
-ahorritos, bribón... ¿Sabes lo que dijo anoche Ruiz Ochoa? Que en un
-mes habías ganado treinta y tres mil duros.</p>
-
-<p>—¡Qué barbaridad!—exclamó el usurero, levantándose impacientemente
-después de probar el café.—Lo diría en broma. Y con esas cuchufletas
-<i>da pábulo</i>... sí, <i>pábulo</i>, á vuestras ideas exageradas sobre lo que
-yo tengo. En fin, me<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span>
-voy por no incomodarme. <i>Reasumiendo</i>: es preciso economizar. La
-economía es la religión del pobre. Guardaremos <i>el óbolo</i>; que nadie
-sabe lo que vendrá el día de mañana, y cosas podrán venir que exijan
-éste y el otro y todos los óbolos del mundo.</p>
-
-<p>Metióse gruñendo en su despacho, cogió sombrero y bastón, que era,
-por más señas, con puño de asta de ciervo bruñida por el uso, y se
-marchó á la calle, á <i>evacuar</i> sus negocios. Hasta más allá de la
-Puerta del Sol le fueron burbujeando en el magín las ideas de la viva
-disputa con su esposa y cuñada, y seguía disparando contra ellas una
-dialéctica irresistible:</p>
-
-<p>—Porque no me sacarán ustedes, con todo su <i>maquiavelismo</i>, del
-sistema del gastar sólo una parte mínima, <i>considerablemente mínima</i>,
-de lo que se gana. ¡Ya...! como ustedes no tienen que discurrir para
-traerlo á casa, no saben lo que cuesta... Sólo me correría más de lo
-acordado en caso de sucesión... Eso sí, la sucesión merece cualquier
-dispendio <i>considerable</i>. Por eso me decía Valentinico anoche, cuando
-me quedé dormido en mi cuarto, caldeada la cabeza de tanto afilar el
-reverendo guarismo... Me decía dice: «Papá, no sueltes un cuarto hasta
-que no sepas si nazco ó no nazco... Esas bribonas de Águilas me están
-engañando... que hoy, que mañana, y así no puedo estar... Un pie en
-la eternidad y otro pie en la vida esa... vamos, que esto cansa...
-duele todo el cuerpo, ó toda el alma; que si el alma no tiene huesos,
-tiene coyunturas... y sin tener<span class="pagenum" id="Page_43">[p.
-43]</span> carne ni tendones, tiene cosquillas, y sin tener sangre,
-tiene fiebre, y sin tener piel, tiene gana de rascarse.»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_7">
- <h3>VII</h3>
-</div>
-
-<p>Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar
-el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra
-descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la
-seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer
-de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder
-sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á
-la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque
-satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido,
-les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron
-á saludarle:</p>
-
-<p>—Hola, Morentín, gracias á Dios...</p>
-
-<p>—¡Pero qué caro se vende usted!</p>
-
-<p>—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted.</p>
-
-<p>Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura
-un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa
-anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y
-correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo de
-un trato frecuente, fué á sentarse junto al cie<span class="pagenum"
-id="Page_44">[p. 44]</span>go, y dándole un palmetazo en la rodilla, le
-dijo:</p>
-
-<p>—Hola, perdido, ¿qué tal?</p>
-
-<p>—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No
-venga usted ya con sus trapacerías de siempre.</p>
-
-<p>—Me esperan en casa de la tía Clarita.</p>
-
-<p>—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No,
-no le soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo
-acopio de resignación.</p>
-
-<p>—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las
-opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado.</p>
-
-<p>—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la
-responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería...</p>
-
-<p>—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor.</p>
-
-<p>—Convenido.</p>
-
-<p>Pepe Serrano Morentín había sido, en otros tiempos, el inseparable
-amigo de Rafael y su compañero de estudios desde las primeras letras
-hasta el grado en la Universidad; y si en la época terrible, aquella
-amistad pareció extinguida, y apenas, de higos á brevas, se veían
-los dos muchachos y refrescaban con cariñosa efusión los recuerdos
-estudiantiles, fué porque las Águilas esquivaban toda visita,
-ocultándose en su triste y solitario albergue, como si creyeran
-rendir tributo, con la ausencia de todo testigo, á la dignidad de
-su miseria. El cambio material de existencia abrió las puertas del
-escon<span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span>drijo; y de
-cuantas amistades lentamente se restablecieran entonces por mediación
-de Donoso, de Ruiz Ochoa ó de Taramundi, ninguna era tan grata al
-pobre ciego como la de su caro Morentín, que sabía llevarle el genio
-mejor que nadie, y despertar en él simpatía muy honda en medio de la
-indiferencia ó desdén que hacia todo el género humano sentía.</p>
-
-<p>Conocedoras Fidela y Cruz de esta preferencia, ó más bien absoluto
-imperio de Morentín en la voluntad del pobre ciego, vieron aquel día
-en su visita una providencial aparición. Y como sabían que Rafael
-gustaba de platicar holgadamente con su amigo, referirle sus tristezas,
-provocarle á discusiones en que el humorismo se enredaba con la
-psicología más sutil, corriéndose á veces á terreno un tanto escabroso,
-determinaron, después de los cumplidos de rúbrica, dejarles solos, que
-así descansaban ellas de la guardia, y el ciego estaría más á gusto.</p>
-
-<p>—Querido Pepe—le dijo Rafael haciéndole sentar á su lado.—No sabes
-con cuanta oportunidad vienes. Deseo consultarte una cosa... una idea,
-que ayer apuntó en mí, y hoy, en el momento que entraste, cuando oí
-tu voz, ¡ay! me hirió la mente, así como si entrara de golpe, dándose
-de cabezadas con todas las demás ideas que hay en el cerebro, y
-espantándolas y dispersándolas... no te lo puedo explicar.</p>
-
-<p>—Comprendido.</p>
-
-<p>—¿Á tí te acomete alguna idea en esta forma y con esta
-insolencia...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p>
-
-<p>—Ya lo creo.</p>
-
-<p>—No; en tí entran con el capuchón de la hipocresía. No sabes que
-están dentro hasta que se descubren la cara y alzan la voz. Morentín,
-hoy voy á hablarte de un asunto muy delicado.</p>
-
-<p>—¿Muy delicado?</p>
-
-<p>Al decir esto, el amigo de la casa sintió un súbito golpetazo hacia
-la región cardíaca, como de aviso, como de alarma, como de lo que en
-lenguaje truhanesco se designa con el feo vocablo de <i>escama</i>. Conviene
-ahora más que nunca dar alguna noticia de este Morentín y registrarle y
-filiarle con la mayor exactitud posible.</p>
-
-<p>Era el tal soltero, plebeyo por parte de padre, aristócrata por la
-materna, socialmente mestizo, como casi toda la generación que corre;
-bien educado, bien avenido con el estado presente de la sociedad, que
-su proporcionada riqueza le hacía ver como el mejor de los mundos
-posibles, satisfecho de haber nacido guapo y de poseer algunas
-cualidades de las que generalmente no excitan envidia; sin bastante
-inteligencia para sentir las atracciones dolorosas de un ideal, sin
-bastante rudeza de espíritu para desconocer los placeres intelectuales;
-privado de las grandes satisfacciones del orgullo triunfante, pero
-también de las tristezas del ambicioso que no llega nunca; hombre que
-no poseía en alto grado ni virtudes ni vicios, pues no era un santo,
-ni tampoco un perdido, y se conceptuaba dichoso viviendo cómodamente
-de sus rentas, representando un distrito rural de los más dóciles,
-dis<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span>frutando de
-preciosa libertad y de un buen caballo inglés para pasearse. Bien
-quisto de todo el mundo, pero sin despertar en nadie un cariño muy
-vivo, veíase libre de toda pasión ardiente, pues ni siquiera la pasión
-política sintió nunca, y aunque afiliado en el partido canovista,
-reconocía que lo mismo lo estaría en el sagastino, si á él le hubiera
-llevado el acaso; ni conocía tampoco la pasión viva por ningún arte, ni
-por el <i>sport</i>, pues aunque cabalgaba dos ó tres horas cada día, jamás
-le inflamó el entusiasmo hípico, ni el delirio del juego, ni el de las
-mujeres, fuera de un cierto grado que no llega al drama, ni traspasa
-los límites de un discreto desvarío, elegante y urbano. Era hombre, en
-fin, muy de su época, ó de sus días, informado espiritualmente en una
-vulgaridad sobredorada, con docena y media de ideas corrientes, de esas
-que parecen venir de la fábrica, en paquetitos clasificados, sujetos
-con un elástico.</p>
-
-<p>Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo
-que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió
-escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y
-almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes,
-tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas
-para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su
-existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo
-á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión
-aceptable,<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> siempre
-dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en cuanto á moral, si
-Morentín defendía en público y en privado las buenas costumbres, no
-por eso se hallaba libre de la relajación mansa que apenas sienten los
-mismos que en ella viven.</p>
-
-<p>Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del
-vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado,
-y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las
-señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la
-investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria.
-Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y
-bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su
-orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno
-afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer
-era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en
-la línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia,
-y todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba
-el drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo
-mismo que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban,
-ó que blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de
-salir y pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para
-que nada le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin
-catástrofe se le había satisfe<span class="pagenum" id="Page_49">[p.
-49]</span>cho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni qué pedir á
-Dios... ó á quien se pidan estas cosas.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_8">
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante
-todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?</p>
-
-<p>—No, hombre, estamos solos.</p>
-
-<p>—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...</p>
-
-<p>—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.</p>
-
-<p>—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!...
-Y esta mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me
-manifestaron en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba
-loco, no, ni lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los
-condenados por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que
-los diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...</p>
-
-<p>—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?</p>
-
-<p>—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero
-mira, Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una
-lealtad á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que
-te pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á
-Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la
-desconoce.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span></p>
-
-<p>—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en
-un hilo. ¿Qué es ello?</p>
-
-<p>—Apuesto á que te lo figuras.</p>
-
-<p>—¿Yo? Ni remotamente.</p>
-
-<p>—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas
-demasiado fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben
-espantar pronunciadas por esta boca mía?</p>
-
-<p>—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando
-su desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con
-alguna humorada...</p>
-
-<p>—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla
-sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín,
-representante del país, propietario, paseante en corte y <i>sportman</i>,
-dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á
-moralidad y buenas costumbres?</p>
-
-<p>Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras
-veces, después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía
-con cualquier cuchufleta.</p>
-
-<p>—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma.
-Te pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo,
-dentro de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos
-de la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de
-hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, <i>etcétera</i>.
-Me figuro que no hay<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span>
-variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo, que también es el tuyo,
-allá cuando tú y yo andábamos por el mundo, divirtiéndonos todo lo
-que podíamos, las ideas sobre puntos graves de moral eran bastante
-anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos nuestros amigos, no
-pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que el matrimonio no nos
-imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no?</p>
-
-<p>—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero
-á qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros
-hubo jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos
-de mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue
-siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la
-intención ó con el hecho.</p>
-
-<p>—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á
-los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos
-como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos
-por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación
-hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos
-usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el
-matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te
-rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio.</p>
-
-<p>—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que
-si estuviéramos en<span class="pagenum" id="Page_52">[p. 52]</span>
-aquel momento histórico, como diría quien yo me sé, tu santa palabra
-obraría prodigios sobre las conciencias de tanto perdulario. Pero,
-chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos tanta moralidad, que
-las picardías conyugales han venido á ser un mito.</p>
-
-<p>—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si
-están entre la juventud y la madurez, profesan los principios más
-contrarios á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha
-de correr muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo
-llamo principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio
-de que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo,
-antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de
-su desgracia... con un amante.</p>
-
-<p>—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.</p>
-
-<p>—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis
-los hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar,
-para robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias,
-revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la
-situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...</p>
-
-<p>—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y
-sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba
-resultando muy desagradable.—Hablemos de co<span class="pagenum"
-id="Page_53">[p. 53]</span>sas más amenas, más oportunas, no traídas
-por los cabellos, ni...</p>
-
-<p>—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta
-entonces había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse,
-inquieto de manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando
-al punto que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar
-tontamente, porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de
-un hecho, Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu
-valor.</p>
-
-<p>—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín
-sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á
-pasar un rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones
-quiméricas.</p>
-
-<p>—¿Qué... te vas? (<i>Levantándose.</i>)</p>
-
-<p>—No, estoy aquí. (<i>Deteniéndole.</i>)</p>
-
-<p>—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra
-vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.</p>
-
-<p>—Que no... Pero podrían venir...</p>
-
-<p>—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la
-lógica de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho,
-como el hijo se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta
-del árbol, y el árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la
-cual nada puede nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz
-hermana... ¡Triste cosa es descubrir estas realidades vergonzosas
-dentro de nuestra propia fa<span class="pagenum" id="Page_54">[p.
-54]</span>milia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy
-ciego de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo
-más que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más...
-Pues he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge
-de medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la
-indulgencia social, se permite...</p>
-
-<p>—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó
-hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!...
-¿Pero has perdido el juicio?</p>
-
-<p>—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad...
-Confiésalo... Ten grandeza de alma.</p>
-
-<p>—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus
-locuras?... Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni
-oirte.</p>
-
-<p>—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando
-con tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.</p>
-
-<p>—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste?
-(<i>Forcejeando.</i>) Te digo que me sueltes.</p>
-
-<p>—No te suelto, no. (<i>Apretando más.</i>) Ven acá... Pues me levanto yo
-también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante,
-libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor
-para confesarlo!...</p>
-
-<p>—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?</p>
-
-<p>—Que mi hermana... no lo repito; no...</p>
-
-<p>—Un amante... ¡qué sandez!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span></p>
-
-<p>—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si
-sé tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre
-que no se llegue al escándalo...</p>
-
-<p>—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo.
-Merecías...</p>
-
-<p>—Confiésamelo, ten grandeza de alma.</p>
-
-<p>—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma...
-Vamos, Rafael, suéltame...</p>
-
-<p>—Pues confiésamelo.</p>
-
-<p>Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos,
-Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro
-defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por
-fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón,
-y sujetándole para que no braceara.</p>
-
-<p>—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con
-voz ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...</p>
-
-<p>—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz
-cuanto podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...</p>
-
-<p>—Es verdad, por lo menos en la intención...</p>
-
-<p>—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus
-hermanas.</p>
-
-<p>—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!</p>
-
-<p>Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún
-eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió
-presurosa, y al entrar hubo de comprender, por<span class="pagenum"
-id="Page_56">[p. 56]</span> la palidez de los rostros, y el habla
-balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos había surgido alguna
-desavenencia, y el motivo era sin duda de verdadera gravedad, pues
-uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó de música, ó de cría
-caballar, no perdían su serenidad ni el acento de broma mesurada y de
-buen tono.</p>
-
-<p>—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las
-preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...</p>
-
-<p>—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño
-mimoso.—¡No querer confesarme...!</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en
-un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería...
-¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?</p>
-
-<p>Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el
-carácter de la disputa.</p>
-
-<p>—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las
-novelas de Zola.</p>
-
-<p>—No era eso.</p>
-
-<p>—¿Pues qué? Necesito saberlo. (<i>Á Rafael, pasándole la mano por
-la cabeza y sentándole el pelo.</i>) Si tú no me lo dices, me lo dirá
-Pepe.</p>
-
-<p>—No, lo que es ese no ha de decírtelo...</p>
-
-<p>—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué
-sé yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos,
-por nada. No se hable más del asunto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span></p>
-
-<p>—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.</p>
-
-<p>—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy
-culpable.</p>
-
-<p>—¿De qué?</p>
-
-<p>—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín,
-armando la mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy
-cómplice... fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que
-han dado la razón al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de
-competencia entre las dos embajadas. Que traigan el <i>Diario de Las
-Sesiones</i>... ¡Ah! que vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que
-he suscrito el voto particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo,
-naturalmente...</p>
-
-<p>—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la
-fórmula de engaño.</p>
-
-<p>—Siempre he pensado lo mismo. <i>Vaticano for ever.</i></p>
-
-<p>No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos
-y aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando
-lo dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar
-nuevas complicaciones y desastres.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_9">
- <h3>IX</h3>
-</div>
-
-<p>Al anochecer, encendidas las luces, Serrano Morentín buscaba junto á
-Fidela, en el gabinete de ésta, la compensación de la horrorosa tarde
-que su amigo le había dado. Bien se merecía,<span class="pagenum"
-id="Page_58">[p. 58]</span> después de aquel martirio, el goce de un
-ratito de conversación con la señora de Torquemada, afable con él
-como con todo el mundo, mujer que poseía, entre otros encantos, el
-de un cierto mimo infantil ó candoroso abandono de la voluntad, que
-armonizaba muy bien con su delicada figura, con su rostro de porcelana
-descolorida y transparente.</p>
-
-<p>—¿Qué me ha mandado usted aquí?—dijo desenvolviendo un paquete de
-libros que había recibido por la mañana.</p>
-
-<p>—Pues véalo usted. Es lo único que hay por ahora. Novelas francesas
-y españolas. Lee usted muy á prisa, y para tenerla bien surtida, será
-preciso triplicar la producción del género en España y en Francia.</p>
-
-<p>En efecto, su ingénita afición á las golosinas tomaba en el orden
-espiritual la forma de gusto de las novelas. Después de casada, sin
-tener ninguna ocupación en el hogar doméstico, pues su hermana y esposo
-la querían absolutamente holgazana, se redobló su antigua querencia
-de la lectura narrativa. Leía todo, lo bueno y lo malo, sin hacer
-distinciones muy radicales, devorando lo mismo las obras de enredo
-que las analíticas, pasionales ó de caracteres. Leía velozmente, á
-veces interpretando con fugaz mirada páginas y más páginas, sin que
-dejara de recoger toda la substancia de lo que contenían. Comúnmente
-se enteraba del desenlace antes de llegar al fin, y si este no le
-ofrecía en su tramitación alguna novedad, no terminaba el libro.<span
-class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span> Lo más extraño de su
-ardiente afición era que dividía en dos campos absolutamente distintos
-la vida real y la novela; es decir, que las novelas, aun las de
-estructura naturalista, constituían un mundo figurado, convencional,
-obra de los forjadores de cosas supuestas, mentirosas y fantásticas,
-sin que por eso dejaran de ser bonitas alguna vez, y de parecerse
-remotamente á la verdad. Entre las novelas que más tiraban á lo
-verdadero, y la verdad de la vida, veía siempre Fidela un abismo.
-Hablando de esto un día con Morentín, el cual, por su cultura en cierto
-modo profesional, oficiaba de oráculo allí donde no había quien le
-superase, sostuvo la dama una tesis que el oráculo celebró como idea
-crítica de primer orden.</p>
-
-<p>—Así como en pintura—había dicho ella,—no debe haber más que
-retratos, y todo lo que no sea retratos es pintura secundaria, en
-literatura no debe haber más que Memorias, es decir, relaciones de
-lo que le ha pasado al que escribe. De mí sé decir que cuando veo
-un buen retrato de mano de maestro, me quedo extática, y cuando leo
-Memorias, aunque sean tan pesadas y tan llenas de fatuidad como las <i>de
-Ultratumba</i>, no sé dejar el libro de las manos.</p>
-
-<p>—Muy bien. Pero dígame usted, Fidela. En música, ¿qué encuentra
-usted que pueda ser equivalente á los retratos y á las Memorias?</p>
-
-<p>—¿En música... qué sé yo? No haga usted caso de mí, que soy una
-ignorante... Pues, en música..., la de los pájaros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span></p>
-
-<p>Aquella tarde, mejor será decir aquella noche, después que se
-enteró de los títulos de las novelas, y cuando Morentín le encarecía,
-siguiendo la moda á la sazón dominante, la obra última de un autor
-ruso, Fidela cortó bruscamente la perorata del joven ilustrado,
-interrogándole de este modo:</p>
-
-<p>—Dígame, Morentín... ¿qué le parece á usted de nuestro pobre
-Rafael?</p>
-
-<p>—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de
-subordinación, que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal,
-sintiendo junto á sí á personas que...</p>
-
-<p>—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con
-las mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en
-aborrecimiento.</p>
-
-<p>—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas
-claras.</p>
-
-<p>—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre
-él un cierto ascendiente, debe inculcarle...</p>
-
-<p>—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño...
-y como si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el
-fondo. ¿No es eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que
-si D. Francisco oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que
-pagármelos en alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería
-yo que me los pagase...</p>
-
-<p>—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span></p>
-
-<p>—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo...
-Mi riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de
-ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y
-viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de
-despreciar, amiga mía.</p>
-
-<p>—¿Acaso los he despreciado yo?</p>
-
-<p>—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas
-materiales...?</p>
-
-<p>—No dije eso. Tiene usted mala memoria.</p>
-
-<p>—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede
-olvidar?</p>
-
-<p>—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la
-escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera,
-amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con
-sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu.</p>
-
-<p>—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer
-el dolor más que de oídas, soy un magnífico animal...</p>
-
-<p>—¡Jesús!</p>
-
-<p>—No, no se vuelva usted atrás...</p>
-
-<p>—Sí, dije animal; pero en el sentido de...</p>
-
-<p>—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal.</p>
-
-<p>—Quise decir... (<i>Riendo.</i>) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que
-no tiene alma.</p>
-
-<p>—Precisamente es lo contrario... <i>a... ni... mal</i>, con ánima, con
-alma.</p>
-
-<p>—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo<span class="pagenum"
-id="Page_62">[p. 62]</span> atrás, me retracto, retiro la palabra.
-¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso ¿verdad?</p>
-
-<p>—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de
-injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo
-no conozco el dolor?</p>
-
-<p>—No me he referido al de muelas.</p>
-
-<p>—El dolor moral, del alma...</p>
-
-<p>—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe
-usted lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de
-seres queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha
-hecho, ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto?</p>
-
-<p>—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted,
-no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo
-un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy
-aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha,
-digno de admiración, de veneración...</p>
-
-<p>—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco.</p>
-
-<p>—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido
-acrisolar su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después,
-bien merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno.</p>
-
-<p>—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje
-razonado y justo.</p>
-
-<p>—Y tan justo como es en el caso presente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p>
-
-<p>—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y
-digo todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una
-grandísima tontería?</p>
-
-<p>—¡La modestia!... (<i>Desconcertado.</i>) ¿Por qué lo dice usted?</p>
-
-<p>—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder
-decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de
-muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me
-haga usted caso.</p>
-
-<p>—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada
-de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como
-un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su
-extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo
-<i>amén</i>, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz
-en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por
-su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable.</p>
-
-<p>—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo
-porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras
-disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara
-modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien
-dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un
-prodigio de hermosura, eso no...</p>
-
-<p>—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento,<span class="pagenum"
-id="Page_64">[p. 64]</span> de un tipo tan distinguido, y tan
-aristocrático...</p>
-
-<p>—¿Verdad que sí?</p>
-
-<p>—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid.</p>
-
-<p>—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso.</p>
-
-<p>—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas
-que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece
-usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la
-felicidad, si no es para usted?</p>
-
-<p>—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree
-que no me la he ganado bien?</p>
-
-<p>—La tiene usted merecida, y ganada... en principio; pero aún no la
-posee.</p>
-
-<p>—¿Y quien se lo ha dicho á usted?</p>
-
-<p>—Me lo digo yo, que lo sé.</p>
-
-<p>—Usted no sabe nada... Bah, perdida ya la vergüenza, le voy á decir
-otra cosa, Morentín.</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Que yo tengo mucho talento.</p>
-
-<p>—Noticia fresca.</p>
-
-<p>—Más talento que usted, pero mucho más.</p>
-
-<p>—Infinitamente más. ¡Vaya por Dios!... Como que es usted capaz, con
-tantas perfecciones, de volver loco á todo el género humano, y á mí
-para estrenarse.</p>
-
-<p>—Pues siguiendo usted cuerdo un poco tiempo más, podrá reconocer que
-no sabe en qué consiste la felicidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span></p>
-
-<p>—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué
-puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo?</p>
-
-<p>—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la
-felicidad para mí.</p>
-
-<p>—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted
-qué le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate?
-Figúrese usted que...</p>
-
-<p>Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote,
-de calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada
-en el gabinete, diciendo:</p>
-
-<p>—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_10">
- <h3>X</h3>
-</div>
-
-<p>—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo
-le decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy
-fuera de casa más que de costumbre.</p>
-
-<p>—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á
-paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día
-de ceca en meca aguantando fríos y calores <i>considerables</i>, y no me
-acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el
-chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues
-estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span></p>
-
-<p>—Creo que papá vendrá esta noche.</p>
-
-<p>—Me alegro. Tenemos que <i>evacuar</i> un asuntillo... No hay más remedio
-que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades
-crecen como la espuma, y en esta vida... <i>¡de marqueses!</i> cada
-satisfacción cuesta un ojo de la cara...</p>
-
-<p>—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre
-semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra
-los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y
-etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al
-campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy
-tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete
-de mil pesetas, que es mi delicia.</p>
-
-<p>—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D.
-Francisco.</p>
-
-<p>—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha
-platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos
-en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría
-usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y
-que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar
-billetes, y la muñeca que dice <i>papa</i> y <i>mama</i>, cambiaba, descontando
-el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.</p>
-
-<p>—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar
-para dentro, á lo platero, <i>considerablemente</i>, y barrer para casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span></p>
-
-<p>Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D.
-Francisco de buen temple, decidor y festivo.</p>
-
-<p>—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer
-plato,—puedo <i>manifestar</i> que este principio ó lo que sea... Cruz,
-¿cómo se llama esto?</p>
-
-<p>—<i>Relevé</i> de cordero á la... romana.</p>
-
-<p>—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa
-cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más
-que huesos.</p>
-
-<p>—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.</p>
-
-<p>—El chupar digo yo que no es <i>meramente</i> para principio, ea... En
-fin, tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...</p>
-
-<p>—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.</p>
-
-<p>—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la
-época. Vivimos en plena mendicidad.</p>
-
-<p>—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó
-Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas.
-Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de
-dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del <i>todo
-para todos</i>.</p>
-
-<p>—Ese principio ya está <i>sobre el tapete</i>—dijo Torquemada,—y á
-este paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo
-bendito.<span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> Yo me pinto
-solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero el de hoy, por
-tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy respetable, que
-pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era la puntualidad
-personificada... pues por ser el chico muy modosito y muy aplicadito,
-me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para qué creerán
-ustedes? Para publicar un tomo de poesías.</p>
-
-<p>—¡Poeta!</p>
-
-<p>—De estos que hacen versos.</p>
-
-<p>—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...!
-La verdad, no te has corrido mucho.</p>
-
-<p>—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha
-escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme
-mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.</p>
-
-<p>—Á ver, ¿qué es?</p>
-
-<p>—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido
-principios, y aquí para <i>inter nos</i> confieso mi desconocimiento de
-muchos vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes
-que yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha
-llamado el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues
-me ha dicho que soy su... Mecenas. (<i>Risas.</i>) Sáquenme, pues, de esta
-duda que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere
-decir eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span></p>
-
-<p>—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el
-hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.</p>
-
-<p>—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean
-las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos...
-Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir,
-convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien...
-¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?</p>
-
-<p>—La gloria...</p>
-
-<p>—Como quien dice, el beneplácito...</p>
-
-<p>—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.</p>
-
-<p>—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza
-mía... <i>Cúmpleme</i> declarar con toda sinceridad, <i>á fuer</i> de hombre
-verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los
-desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con
-la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando
-lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.</p>
-
-<p>Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.</p>
-
-<p>—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!</p>
-
-<p>—¡Qué saber para tan corta edad!</p>
-
-<p>—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le
-tuvimos de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad
-de Ciencias, y nosotros en la de Derecho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span></p>
-
-<p>—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una
-admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.</p>
-
-<p>Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, <i>para dar una
-vuelta</i> á su hermano, volvió diciendo:</p>
-
-<p>—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora,
-y está conversando con Rafael.</p>
-
-<p>Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D.
-Francisco, que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una
-taza de café, ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase
-al cuarto del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de
-distracción. Ofrecióse Morentín á <i>relevar la guardia</i>, para que Zárate
-pudiera pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos
-estuvieron los tres amigos, Morentín dijo al sabio:</p>
-
-<p>—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa
-<i>Mecenas</i>. Yo creí morir de risa.</p>
-
-<p>—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente
-repuesto del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la
-calle y... Que te lo cuente él.</p>
-
-<p>—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué
-de la atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga
-con esta consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando
-nacen los hijos, mejor di<span class="pagenum" id="Page_71">[p.
-71]</span>cho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia,
-cuando...?»</p>
-
-<p>Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa:</p>
-
-<p>—Que vaya usted, señor de Zárate.</p>
-
-<p>—Voy.</p>
-
-<p>—Anda, anda; luego lo contarás.</p>
-
-<p>Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:</p>
-
-<p>—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado
-por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en
-la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura,
-pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y
-asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos
-en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (<i>Estrepitosa
-risa de Morentín.</i>) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una
-idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.</p>
-
-<p>—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He
-comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...</p>
-
-<p>—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no
-recuerdo el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así...
-para que los hijos que tenga un hombre, <i>salgan</i> científicos, y en
-ningún caso poetas.</p>
-
-<p>—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa
-desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.</p>
-
-<p>—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz aso<span class="pagenum"
-id="Page_72">[p. 72]</span>mando á la puerta del cuarto su rostro, en
-que se pintaba un vivo sobresalto.</p>
-
-<p>Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel
-día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin
-estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín,
-contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer
-disfrutaba de una alegría dulce y sedante.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_11">
- <h3>XI</h3>
-</div>
-
-<p>Zárate... ¿Pero quién es este Zárate?</p>
-
-<p>Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación
-física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van
-desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos
-caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia
-humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes de
-los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía, por
-ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las guerras
-civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se vistiese.
-Otros muchos tipos había, <i>clavados</i>, como vulgarmente se dice,
-consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano, y de
-los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía rasgos y
-fisonomía como de casta, y no<span class="pagenum" id="Page_73">[p.
-73]</span> se le confundía con ninguna otra especie de hombres, y lo
-mismo puede decirse del <i>Don Juan</i>, ya fuese de los que pican alto,
-ya de los que se dedican á doncellas de servir y amas de cría. Y el
-beato tenía su cara y andares y ropa á las de ningún otro parecidas, y
-caracterización igual se observaba en los encargados de chupar sangre
-humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo eso pasó, y apenas quedan ya
-tipos de clase, como no sean los toreros. En el escenario del mundo
-se va acabando el amaneramiento, lo que no deja de ser un bien para
-el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie, como no lo estudie bien,
-familia por familia, y persona por persona.</p>
-
-<p>Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con
-lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la
-industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y
-abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de
-tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y
-la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces
-de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda.
-Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y
-un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les
-cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver
-un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta
-farmacéutico, ó catedrático de derecho canóni<span class="pagenum"
-id="Page_74">[p. 74]</span>co. Uno que tiene todas las trazas de andar
-comiéndose los santos y llevando cirios en las procesiones, es pintor
-de marinas, ó concejal del Ayuntamiento.</p>
-
-<p>Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante,
-antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara
-toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su
-tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros,
-ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un
-apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las
-mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo
-domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué
-demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de
-la <i>Derrota de los Pedantes</i>? En el limbo de la historia estética. Lo
-que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos
-como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de
-conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con
-su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno
-pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir
-á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología
-y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que
-ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima
-compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que
-el moderno pedan<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span>te
-afecta en su exterioridad ó catadura formas muy variadas, y los hay que
-parecen revendedores de billetes, ó <i>sportmen</i>, ó personas graves de la
-clase de patronos de cofradía.</p>
-
-<p>Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen
-tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido,
-servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y
-mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de
-consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por
-temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo
-de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo
-de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes
-para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de <i>tifus</i>
-á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de
-palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo,
-tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo.</p>
-
-<p>De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco
-era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del
-tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole
-pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas
-se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un
-hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta
-años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de
-prisa y corriendo, á fin de<span class="pagenum" id="Page_76">[p.
-76]</span> poder encajar en su nueva esfera, el tal Zárate no tenía
-precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba con prontitud por
-cualquier página que se la abriese. Lo de menos era el vocabulario, que
-á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo el hombre; ya poseía
-un capital de locuciones muy saneadito. Pero le faltaba esa multitud
-de conocimientos elementales que posee toda persona que anda por el
-mundo con levita y sombrero, algo de historia, una idea no más, para
-no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de física, por lo menos
-lo bastante para poder decir <i>la gravedad de los cuerpos</i> cuando se
-cae una silla, ó <i>la evaporación de los líquidos</i>, cuando se seca el
-suelo.</p>
-
-<p>Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de
-conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía
-que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse
-el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del
-sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre
-puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de
-dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues
-pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín
-enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces
-el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer.</p>
-
-<p>Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate,
-que en medio de la<span class="pagenum" id="Page_77">[p. 77]</span>
-hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos granos de agudeza, le
-trataba con extremada consideración, asintiendo á cuantas gansadas
-decía afectando tenerle por un portento en el discurrir, aunque
-limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría cuando se le antojase.
-Quedáronse aquella noche solos de sobremesa, porque Donoso se fué al
-gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá de Morentín y el marqués
-de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle al bruto de Torquemada todo
-el humo de su adulación, con lo cual previamente le adormecía para
-ganarle luego la voluntad.</p>
-
-<p>—Ya se habrá enterado usted de eso del <i>home rule</i>—le dijo. Soltó
-D. Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en
-lo que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y
-nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en
-terreno firme.</p>
-
-<p>—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin
-con la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la
-tradición tiene una fuerza increíble.</p>
-
-<p>—Inmensísima.</p>
-
-<p>—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo
-digo todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un
-golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes
-intereses... Ya sabe usted que Gladstone...</p>
-
-<p>Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrar<span class="pagenum"
-id="Page_78">[p. 78]</span>se, pues por la mañana había aprendido en
-<i>El Imparcial</i> cosas muy chuscas, D. Francisco le quitó la palabra de
-la boca á su consultor, y relumbrando de erudición, la cabeza echada
-atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:</p>
-
-<p>—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del
-chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte
-para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es <i>una entidad</i> de
-mucho empuje.</p>
-
-<p>—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de
-los <i>Lores</i>?</p>
-
-<p>—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? <i>Los lores</i>, <i>vulgo los doce
-pares</i>, entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado,
-<i>velis nolis</i>, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que
-Irlanda es país de excelentes patatas, que constituyen, <i>por decirlo
-así</i>, la principal alimentación de las clases irlandesas, <i>vulgo</i>
-populares. Y esa bebida que llaman <i>whisky</i>, tengo entendido que la
-sacan del maíz, del cual grano hacen gran consumo para la crianza de
-los de la vista baja, y también para la alimentación de criaturas y
-personas mayores.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_12">
- <h3>XII</h3>
-</div>
-
-<p>De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una
-disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo
-de<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> la patata, lo
-que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como el sabio, en su
-divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron ambos de patitas
-en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D. Francisco, que
-deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda conversación
-fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito de controversia,
-pues Torquemada, sin <i>querer entrar en el fondo de la cuestión</i> (frase
-adquirida en aquellos días), abominó de los revolucionarios y de la
-guillotina. Algo hubo de transigir el otro, movido de la adulación,
-diciendo con criterio <i>modernista</i>:</p>
-
-<p>—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la
-leyenda de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo
-que rodeaba á muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la
-ruindad de los caracteres.</p>
-
-<p>—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...</p>
-
-<p>—Los estudios de Tocqueville...</p>
-
-<p>—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos
-hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos
-pillos de marca mayor.</p>
-
-<p>—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de
-Taine...</p>
-
-<p>—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala
-memoria para <i>el materialismo</i> de cosas de lectura... Y mi cabeza,
-<i>velis nolis</i>, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?</p>
-
-<p>—Naturalmente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span></p>
-
-<p>—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la
-reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, <i>vulgo</i> Napoleón, el
-que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice,
-hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...</p>
-
-<p>—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito
-de Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando
-al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda
-solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada
-con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.</p>
-
-<p>—Creo y sostengo... es una <i>tesis</i> mía, señor de Zárate, creo y
-sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, <i>considerablemente</i>
-grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...</p>
-
-<p>Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de
-lo moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin
-profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo,
-<i>etcétera</i>, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate
-fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral
-y el genio, y citó el caso del canciller Bacon (<i>Béicon</i>) á quien
-puso en las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como
-conciencia.</p>
-
-<p>—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el <i>Novum organum</i>.</p>
-
-<p>—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó
-Torquemada, pensando que<span class="pagenum" id="Page_81">[p.
-81]</span> aquellos <i>órganos</i> debían de ser por el estilo de los de
-Móstoles.</p>
-
-<p>—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo
-aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...</p>
-
-<p>—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las
-ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío
-había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.</p>
-
-<p>El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni
-uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera
-durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más
-graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al
-efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre
-de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada,
-formaron cónclave en el despacho.</p>
-
-<p>Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos
-que en la casa había, siendo de notar que si algunas personas,
-teniéndole por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras
-huían de él como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre
-poner entre su persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la
-mayor distancia posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que
-aguantar el chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó
-con el fonógrafo de Edisson, pasando por las afinidades electivas de
-Goethe, la<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> teoría de
-los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez y
-Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica
-del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde
-de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales.
-En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta
-con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario,
-que no sabía decir más que: <i>enteramente</i>. Era en ella una muletilla
-para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el
-deseo de tomar una taza de té.</p>
-
-<p>Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí
-el ánimo del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los
-desórdenes neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó
-la velada, sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías,
-lo que tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de
-aquella tarde habíale llenado de zozobra.</p>
-
-<p>Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse.
-Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de
-Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los
-dueños de la casa.</p>
-
-<p>—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.</p>
-
-<p>Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba
-cayéndose de sueño, propuso una partida de <i>bezigue</i> á la marquesa
-de<span class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span> Taramundi. Eran
-las doce y media, y no había terminado la conferencia que los padres
-graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada supieron los
-tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque sospechaban
-fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del despacho, los
-conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa de Taramundi
-al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín y Zárate se
-marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino dijéronse algo
-que no debe quedar en secreto.</p>
-
-<p>—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace.
-Lo que es ésta no se te escapa, Pepito.</p>
-
-<p>—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (<i>Refiérele
-la escena en breves palabras.</i>) Yo había tenido, en casos como este,
-algún vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido
-nunca. ¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo
-seguiré en mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No
-por nada... por mamá, que es tan amiga...</p>
-
-<p>—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el
-sonsonete de aquel socorrido adverbio.</p>
-
-<p>—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?</p>
-
-<p>—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras.
-Todos los caracteres son complejos ó <i>polimorfos</i>. Sólo en los
-idiotas<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> se ve el
-<i>monomorfismo</i>, ó sea <i>caracteres de una pieza</i>, como suelen usarse en
-el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas
-los artículos que he dado á la <i>Revista Enciclopédica</i>.</p>
-
-<p>—¿Cómo se titulan?</p>
-
-<p>—<i>De la Dinamometría de las Pasiones.</i></p>
-
-<p>—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para
-mí.</p>
-
-<p>—Abordo el problema electro-biológico.</p>
-
-<p>—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas
-esas papas!</p>
-
-<p>—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar
-<i>psico-fidelesco</i>.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir?</p>
-
-<p>—Ven acá, ganso. (<i>Parándose ambos en mitad de la acera, con los
-cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos.</i>) ¿Has
-leído á Braid?</p>
-
-<p>—¿Y quién es Braid?</p>
-
-<p>—El autor de la <i>Neurypnología</i>. Si no te enteras de nada. Pues te
-aseguro que veo en Fidela un caso de <i>auto-sugestionismo</i>. ¿Te ríes?
-Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.</p>
-
-<p>—Tampoco, hombre, tampoco.</p>
-
-<p>—De modo que no tienes idea de los <i>fenómenos de inhibición</i>, ni de
-los que llamamos <i>dinamogenia</i>.</p>
-
-<p>—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?</p>
-
-<p>—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta
-noche? Pues se hallaba en <i>estado de hipotaxia</i>, que algunos llaman
-<i>encanto</i>, y otros <i>éxtasis</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span></p>
-
-<p>—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...</p>
-
-<p>—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces
-sobre ella la influencia <i>psíquico-mesmérica</i>?</p>
-
-<p>—Mira, Zárate (<i>quemado</i>), vete al cuerno con tus terminachos, que
-tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal
-digerida.</p>
-
-<p>—¡Acéfalo!</p>
-
-<p>—¡Pedantón!</p>
-
-<p>—¡Romancista!</p>
-
-<p>La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café,
-cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_1_13">
- <h3>XIII</h3>
-</div>
-
-<p>La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban
-aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos
-y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no
-tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar
-fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre
-cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de
-Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama,
-diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha
-en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización<span
-class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> de sus proyectos de
-reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la familia, y en
-particular del jefe de ella.</p>
-
-<p>Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no
-sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una
-mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de
-guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.</p>
-
-<p>—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.</p>
-
-<p>—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en
-esta estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle
-por la rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es
-una de las mejores de la casa.</p>
-
-<p>—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la
-cocina?</p>
-
-<p>—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene
-usted desalquilado el cuarto de la derecha.</p>
-
-<p>—Que renta diez y seis mil reales.</p>
-
-<p>—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted
-á destinar á las oficinas...</p>
-
-<p>Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido,
-balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á
-levantarse del suelo.</p>
-
-<p>—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso
-el Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios
-Extranjeros?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_87">[p. 87]</span></p>
-
-<p>—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy
-bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino.
-Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á
-presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde...
-No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve
-para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (<i>Sentándose
-familiarmente.</i>) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes
-con la contrata de tabaco <i>Virginia</i> y <i>Kentucky</i>, y también con la del
-<i>Boliche</i>. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y
-no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me
-he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para
-traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil.
-(<i>Torquemada la oye estupefacto.</i>) En fin, que usted necesita una
-oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos
-escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto?
-¿en el que tenemos para la ropa?</p>
-
-<p>—Pero...</p>
-
-<p>—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo
-su oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que
-reciba usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á
-hablarle de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo.
-¿Y la caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el
-teléfono, y el archivo, y los copiadores y el<span class="pagenum"
-id="Page_88">[p. 88]</span> cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted como
-necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser. ¿Es
-decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos de
-frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah!
-si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada
-en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura
-(<i>con gracejo</i>), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como
-á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no
-permitirle mañas...»</p>
-
-<p>Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su
-arrogancia, por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse
-de su autoridad, que tantas veces había reconocido.</p>
-
-<p>—Pero... <i>admitiendo la tesis</i> de que nos quedemos con los
-tabacos... No hay más si no que yo <i>acaricio esa idea</i> hace tiempo,
-y bien podría ser que cuajara. Bueno; pues <i>partiendo del principio</i>
-de que convenga ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la
-habitación próxima?</p>
-
-<p>—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar
-millones—dijo la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en
-insolencia,—porque esta pieza y la próxima, las pienso yo unir,
-derribando el tabique.</p>
-
-<p>—¿Para qué, re-Cristo?</p>
-
-<p>—Para hacer un billar.</p>
-
-<p>Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso
-proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el
-hombre<span class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> no pudiera
-contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo congestionado y
-mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y al mismo tiempo
-cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se daba palmetazos
-en la rodilla.</p>
-
-<p>—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se
-ha vuelto loca... loca de remate, <i>por decirlo así</i>. ¡Un billar, para
-que cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted
-que no sé ningún juego... no sé <i>meramente</i> más que trabajar.</p>
-
-<p>—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar,
-pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico.</p>
-
-<p>Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas
-de ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton
-ni son, soltó la risa.</p>
-
-<p>—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver
-el billar con los miasmas?</p>
-
-<p>—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en
-la casa de un hombre como usted, llamado á ser <i>potencia financiera</i>
-de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por
-banqueros, senadores, ministros...</p>
-
-<p>—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas
-<i>potencias</i>... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, <i>seamos justos</i>,
-Crucita, y no perdamos de vista el verdadero <i>objetivo</i>. Cierto
-que debo ponerme en buen pie, y ya lo he he<span class="pagenum"
-id="Page_90">[p. 90]</span>cho; pero nada de lujo, nada de ostentación,
-nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por puertas. Pues
-digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor?</p>
-
-<p>—También.</p>
-
-<p>—Pues negado, re-Cristo, negado, y <i>aquí termina la presente
-historia</i>. No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras.
-Ea, me atufé. Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que...
-un servidor de usted... No hay derribo, <i>vulgo</i> ensanche. Recojamos
-velas y habrá paz. Yo reconozco en usted un talento <i>sui generis</i>;
-pero no me doy á partido..., y mantengo <i>enhiesta</i> la bandera de la
-economía. Punto final.</p>
-
-<p>—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la
-dama imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora
-niega lo ha de conceder, es más, lo está deseando.</p>
-
-<p>—¿Yo? Apañada está usted.</p>
-
-<p>—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias?</p>
-
-<p>—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más...
-Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en
-modificar el domicilio, no <i>al tenor</i> que usted pide, sino á otro
-<i>tenor</i> más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado.</p>
-
-<p>—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque
-si para que yo pueda coger <i>la piqueta demoledora</i>, es preci<span
-class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span>so que haya esperanzas de
-sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles.</p>
-
-<p>—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos.</p>
-
-<p>—Ya.</p>
-
-<p>—¿Me lo dice oficialmente?</p>
-
-<p>—Oficialmente.</p>
-
-<p>—Bueno. Pues la realización de ese <i>desideratum</i>, que yo veía
-seguro, porque la lógica es lógica, y un hecho trae otro hecho, no es
-bastante motivo para que yo autorice á nadie á coger la piqueta.</p>
-
-<p>—Pero yo no olvido que tengo la responsabilidad del decoro de
-usted—manifestó la dama resueltamente,—y he de ser más papista que el
-Papa, y miraré por la dignidad de su casa, señor mío. Suceda lo que
-quiera, yo he de conseguir que D. Francisco Torquemada tenga ante la
-sociedad la representación que le corresponde. Y para decirlo de una
-vez, por indicación mía le ha metido á usted Donoso en la contrata
-de tabacos; y por mí, sépalo, sépalo usted, exclusivamente por mí,
-por esta genialidad mía de estar en todo, será senador el señor de
-Torquemada, ¡senador! y figurará en la esfera propia de su gran
-talento, y de su saneado capital.</p>
-
-<p>Ni aún con esta rociada se ablandó el hombre, que continuó
-protestando y gruñendo. Pero su hermana política tenía sobre él, sin
-duda por la fineza del ingenio ó la costumbre del gobernar, un poder
-sugestivo que al bárbaro tacaño le domaba la voluntad, sin someter
-su inteligencia.<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>
-No se daba él por vencido; pero al querer rechazar de hecho las
-determinaciones de su cuñada, sentíase interiormente ligado por una
-coacción inexplicable. Aquella mujer de mirada penetrante, labio
-temblón y palabra elegantísima, ante la cual no había réplica posible,
-se había constituído con singular audacia en dictador de toda la
-familia; era el genio del mando, la autoridad <i>per se</i>, y frente á ella
-sucumbía la torpe bestia, sin que nada valiera la superioridad de la
-fuerza bruta contra los fueros augustos del entendimiento.</p>
-
-<p>Cruz mandaba, y mandaría siempre, cualquiera que fuese el rebaño
-que le tocase apacentar; mandaba porque desde el nacer le dió el Cielo
-energías poderosas, y porque luchando con el destino en largos años
-de miseria, aquellas energías se habían templado y vigorizado hasta
-ser colosales, irresistibles. Era el gobierno, la diplomacia, la
-administración, el dogma, la fuerza armada y la fuerza moral, y contra
-esta suma de autoridades ó principios nada podían los infelices que
-caían bajo su férula.</p>
-
-<p>Retiróse, al cabo, la señora, del despacho de don Francisco, con
-aire dictatorial, y el otro se quedó allí ejerciendo, con grave
-detrimento de las alfombras, el derecho del pataleo, y desahogando su
-coraje con erupción de terminachos.</p>
-
-<p>«¡Maldita por jamás amén sea tu alma de <i>ñales</i>!... Re-Cristo,
-á este paso, pronto me dejarán en cueros vivos. ¡Biblia, para qué
-me habré yo dejado traer á este <i>elemento</i>, y por qué no rom<span
-class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span>pería yo el ronzal, cuando
-ví que tiraban para traerme!... ¡Y no dirán ¡cuidado! que yo me porto
-mal, ni que las dejo pasar hambres!... Eso no, ¡cuidado!... Hambres
-nunca. Economías siempre... Pero esta señora, más soberbia que
-Napoleón, ¿por qué no me dejará que yo gobierne mi casa como me dé la
-gana, y según mi lógica pastelera? ¡Maldita, y cómo impera, y cómo me
-mete en un puño, y me deja sin voluntad, <i>meramente</i> embrujado!... Yo
-no sé que tiene esa figurona, que me corta el resuello; deseo respirar
-por la defensa de mi interés, y no puedo, y hace de mí un chiquillo...
-¡Y ahora quiere engatusarme con la peripecia de que habrá sucesión!
-¡Qué gracia! ¡Pues si eso lo contaba yo como seguro, con cien mil pares
-de <i>ñales</i>! ¡Si es el hijo mío que vuelve, por voluntad mía y decreto
-del santo Altísimo, del <i>Bajísimo</i>, ó de quien sea!... Despótica,
-mandona, <i>gran visira</i> y capitana generala de toda la gobernación del
-mundo, el mejor día recobro yo el sentido, me desembrujo, y cojo una
-estaca... (<i>Tirándose de los pelos.</i>) ¡Pero qué estaca he de coger
-yo, triste de mí, si le tengo miedo, y cuando veo que le tiembla el
-labio, ya estoy metiéndome debajo de la mesa! La estaca que yo coja
-será la vara de San José, porque soy un bendito, y no sirvo más que
-para combinar el guarismo y sacar dinero de debajo de las piedras...
-Ese talento no me lo quita nadie... Pero ella me gana en el mando, y
-en inventar razones que le dejan á uno sin sentido... Como despejo de
-hembra, yo no he<span class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span>
-visto otro caso, ni creo que lo haya bajo el sol... ¿Pero con quién
-me he casado yo, con Fidela ó con Cruz, ó con las dos á un tiempo?...
-porque si la una es propiamente mi mujer... con respeto... la otra es
-mi tirana... y de la tiranía y del mujerío, todo junto, se compone esta
-endiablada máquina del matrimonio... En fin, adelante con la procesión,
-y vivamos para ganar el santísimo ochavo, que yo lo guardaré donde no
-puedan olerlo mis ilustres, mis respetables, mis aristocráticas...
-consortes.»</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_2_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span></p>
- <h2 class="nobreak">SEGUNDA PARTE</h2>
- <hr class="tir" />
-
- <h3 class="mt2">I</h3>
-</div>
-
-<p>Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era
-inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de
-la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños
-del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su
-cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener,
-ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el
-piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz
-todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo
-de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada
-la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la
-intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas
-extrañas.</p>
-
-<p>—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio
-escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que
-mis dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siem<span
-class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span>pre uno de mis <i>objetivos</i>.
-Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra habitación,
-para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á la otra
-parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y del
-copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono...,
-yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos
-trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber
-algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el
-departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las
-operaciones!... Yo <i>profeso la teoría</i> de que, por lo mismo que está
-todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar
-de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede
-hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso
-<i>tiendo</i> yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias,
-determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos
-pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos
-por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he
-resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es
-elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo
-lo dispone en casa, desde lo más <i>considerable</i> hasta lo más mínimo,
-llevo unos días de trajín que ya ya...</p>
-
-<p>La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel
-desparpajo con que se expre<span class="pagenum" id="Page_97">[p.
-97]</span>saba lejos de su autoritaria y despótica persona. Pero la
-dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su prepotencia,
-al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la tomó en esta
-discreta forma:</p>
-
-<p>—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro
-don Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué
-trastorno, qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente
-como es posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las
-obras. Bien ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de
-sobresalir y distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede
-operar en grande y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este.
-Dios le dé salud para que sus proyectos sean realidades... Nosotras
-le ayudamos, queremos ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco...
-Acostumbradas á la estrechez, quisiéramos vivir y morirnos en un
-rincón. Á la fuerza nos lleva él á la esfera altísima de sus vastas
-ideas... No, no diga usted que no, amigo mío. Bien saben todos que es
-usted la <i>modestia personificada</i>... Se hace el chiquito... Pero no le
-valen, no, sus trapacerías de hombre extraordinario, cuyo orgullo se
-cifra en que le tomen por un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo?
-Los entendimientos superiores tienen por gala la suma humildad.</p>
-
-<p>Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro
-de asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande
-hombre, y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dien<span
-class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span>tes afuera, y poniendo la
-cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en su interior
-colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima, con el peso de su
-cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á carpinteros, albañiles,
-mueblistas y demás <i>sanguijuelas del rico</i>, con más la pérdida de
-la renta del segundo. Y cuando los amigos hubieron visto toda la
-reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz, los encarecimientos que
-habían hecho arriba, el usurero se desahogó á solas en su cuarto, con
-cuatro patadas y otros tantos ternos á media voz: «¡Cómo me domina
-la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una labia que enamora y le
-vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico me está sacando los
-tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto, que es economizar...
-¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto <i>guano</i>, y no poder
-emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver un montón tan grande,
-tan grande que...! Pero con esta casa, y estas señoras mías, mis arcas
-son un cesto. Por un lado entra, por mil partes sale... Todo por
-la suposición, por este hipo de que soy <i>potencia</i>... ¡Dale con la
-manía de la <i>potencia</i>! ¿Pues y la tabarra que me dieron anoche ella
-y el amigo Donoso con que, <i>velis nolis</i>, me han de sacar senador?
-¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera, Gran Cruz de
-la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me ría, y que,
-defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran, <i>inclusive</i>
-encumbrarme como á un mo<span class="pagenum" id="Page_99">[p.
-99]</span>nigote para pregonar ante el mundo su vanidad...»</p>
-
-<p>Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones.
-Enseñáronle muestras de telas para <i>portieres</i>, de hules y alfombras.
-Pero él no quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su
-criterio suntuario, y no diciendo más si no que se prefiriese lo más
-arregladito. Salió al fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano,
-para ir al Ministerio. ¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí,
-y con cuánto gusto iba! Y no porque le halagara el servilismo de los
-porteros, que al verle entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas,
-como si quisieran abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de
-los empleados subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos
-por el olor de hombre adinerado que echaba de su persona. No era él
-vanidoso, ni se pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena
-administrativa le encantaba principalmente la reina de las abejas,
-<i>vulgo</i> ministro, hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón,
-mediano retórico, y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en
-ideas y carácter con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la
-Hacienda pública, recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente,
-en quien veía siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á
-todo trance. No había hecho el tal su carrera política exclusivamente
-con la palabra; era más bien hombre de acción, en el bien entendido de
-que sean acción<span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span> las
-formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad
-como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal
-de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo
-Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches
-y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto
-se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa.
-Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún
-barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y
-discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba
-mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios
-se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones
-con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía
-escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el
-tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo
-asunto que no fuese <i>de su cometido</i>; pero si la conversación entraba
-en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande
-ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la
-boca abierta.</p>
-
-<p>De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares
-condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á la
-adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad de
-que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer<span
-class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> quería mangas y capirotes
-del presupuesto de la casa. Creyérase que la dama y el Ministro se
-habían puesto de acuerdo para bailarle el agua, con la diferencia de
-que ella lo hacía con el avieso fin de gastar sus <i>rendimientos</i> en
-vanidades y perendengues, mientras que el otro le proporcionaría todo
-el aumento de ganancias compatible con los intereses del Estado.</p>
-
-<p>Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo
-nombre no hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que
-como hombre alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el
-afán de medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su
-posición para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con
-su consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las
-arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia
-del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que
-era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso
-de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y
-escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero
-por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España.
-No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia
-tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de
-las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad
-las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía
-por un grandísimo <i>hijo de tal</i>, miraba siem<span class="pagenum"
-id="Page_102">[p. 102]</span>pre por el particular, bien fuese en el
-concepto esencial del <i>yo</i>, bien bajo la forma altruista y humanitaria,
-como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa, ó entidad
-cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión Liberal
-se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la guerra
-carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo que
-la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano se
-había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de
-una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había
-entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...»)
-en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles
-de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo
-más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la
-pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber
-dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie
-pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta
-le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano
-de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados,
-pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores,
-consejeros y archipámpanos.</p>
-
-<p>Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único
-que hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se
-acordaban<span class="pagenum" id="Page_103">[p. 103]</span> para
-nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus labios,
-y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos y
-queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos
-á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de
-<i>introducir</i> la moralidad en las contratas de tabacos. <i>Tirios y
-troyanos</i> saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de
-las tales contratas <i>en el pasado momento histórico</i>.) Pues bien,
-desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno
-de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad
-de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio
-de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases...
-sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que
-acabarle la frase en esta forma: «<i>Bajo</i> la base del negocio limpio
-y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros <i>tendemos</i>
-á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado!
-beneficiando al Gobierno más que lo han hecho <i>tirios</i> y <i>troyanos</i>,
-llámense Juan, Pedro y Diego; <i>sin maquiavelismos</i> por nuestra parte,
-sin consentir tampoco <i>maquiavelismos</i> del Gobierno, tirando de aquí,
-aflojando de allá, con el <i>objetivo</i> de ir <i>orillando</i> las dificultades
-y <i>evacuando</i> nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de
-la más estricta moralidad... todo muy <i>estricto</i>, por decirlo así...
-porqué yo sostengo la tesis de que el <i>punto de vista</i> de la moralidad
-no es incompatible con el <i>punto de vista</i> del negocio.»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p>
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>Por haberse metido en aquel amplio terreno del negocio grande,
-<i>coram populo</i>, de manos á boca con el mismísimo Estado, no abandonó
-don Francisco los negocios obscuros, más bien subterráneos, que traía
-el hombre desde los tiempos de aprendizaje, cuando confabulado con doña
-Lupe se dedicaba al préstamo personal con réditos que hubieran llevado
-á sus gabetas todo el numerario del mundo, si alguien con estricta
-puntualidad se los pagara. En su nueva vida dió de mano á varios
-chanchullos del género sucio y chalanesco, porque no era cosa de andar
-en tales tratos cuando se veía caballero y persona de circunstancias;
-pero otros los mantuvo religiosamente, porque no había de tirar
-por la ventana el hermoso <i>líquido</i> que arrojaban. Sólo que hacía
-reserva de ellos, ocultándolos como se oculta un defecto vergonzoso,
-ó una deformidad repugnante y ni con el mismo Donoso se clareaba en
-este particular, seguro de que su buen amigo había de ponerle mala
-cara cuando supiese... lo que va á saber el lector en este momento:
-D. Francisco Torquemada era dueño de seis casas de préstamos, las
-más céntricas y acreditadas de Madrid; dícese <i>acreditadas</i>, porque
-servían con prontitud y cierta largueza, bajo el canon de real por duro
-mensual,<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span> ó sea
-el sesenta por ciento al año. En cuatro de ellas era dueño absoluto,
-corriendo la gerencia á cargo de un dependiente con participación
-en las ganancias; y en dos socio capitalista, cobrando el cincuenta
-por ciento. Una con otra se embolsaba el hombre, sin más trabajo que
-examinar un sobado y mal escrito libro de cuentas por cada casa, la
-bicoca de mil duros mensuales.</p>
-
-<p>Para examinar estos puercos apuntes y enterarse de la marcha del
-<i>empeño</i>, encerrábase en su despacho un par de mañanas cada mes con
-los sujetos que regentaban los <i>establecimientos</i>; y para disimular el
-misterio inventaba mil historias, que por algún tiempo mantuvieron el
-engaño en todas las personas de la familia, hasta que al fin Cruz, con
-su agudeza y finísimo olfato, estudiando el cariz de aquellos <i>puntos</i>,
-atando cabos, sorprendiendo alguno que otro concepto, y adivinando lo
-demás, descubrió todo el intríngulis. El tacaño, que también era listo
-para ciertas cosas, y olfateaba como un sabueso, comprendió al instante
-que su cuñadita le había desbaratado el tapujo, y se puso en guardia
-muerto de miedo, esperando la embestida que había de venir, en nombre
-de la moral, del decoro, y de otras zarandajas por el estilo.</p>
-
-<p>En efecto, escogida la ocasión favorable, le acometió una mañana,
-en su despacho del segundo, sin testigo. Siempre que la veía entrar,
-don Francisco temblaba, porque en todas sus visitas traía Cruz alguna
-<i>historia</i> para mortificarle y sacarle las entrañas. Y la pícara
-era<span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span> como un
-fantasma que se le aparecía cuando más descuidado y contento estaba;
-surgía como por escotillón para ponérsele delante, trastornándole con
-su grave sonrisa, dejándole sin ideas, sin criterio, sin habla; tal era
-la fuerza subyugadora de su semblante y de sus ideas.</p>
-
-<p>Aquella mañana entró con pie de gato; no la vió hasta que la tuvo
-delante de la mesa. Segura de la fascinación que ejercía, la tirana
-no usaba preámbulos; íbase derecha al asunto, siempre con corteses y
-relamidas expresiones, afectando familiaridad y cariño unas veces,
-otras quitándose resueltamente la máscara, y enseñando la faz
-despótica, cuya trágica belleza poníale á D. Francisco los pelos de
-punta.</p>
-
-<p>—Ya sabe á qué vengo... No, no se haga el paleto... Usted es muy
-listo, muy perspicaz y no puede ignorar que sé... lo que sé. Si se lo
-conozco en la cara. La conciencia se le sale por todo los poros.</p>
-
-<p>—Maldito si sé qué quiere usted decirme, Crucita.</p>
-
-<p>—Sí lo sabe... ¡Bah, á mí con esas! Si conmigo no valen tapujos. No
-asustarse. ¿Cree que voy á reñirle? No señor; yo me hago cargo de las
-cosas, comprendo que no se puede romper de golpe con las rutinas, ni
-cambiar de hábitos en poco tiempo... En fin, hablemos claro: esa clase
-de negocios no corresponde á la posición que ahora ocupa usted. No
-discuto si en otros tiempos fueron ó no de ley... Respeto la historia,
-señor mío, y los procederes viles para ganar<span class="pagenum"
-id="Page_107">[p. 107]</span> dinero cuando de otra manera no era
-fácil ganarlo. Admito que lo que fué, debió ser como era; pero
-hoy, Sr. D. Francisco, hoy que no necesita usted descender, fíjese
-bien, <i>descender</i> á tan vil terreno, ¿por qué no traspasa esos...
-establecimientos, dejándolos en las manos puercas que para andar en
-ellas han nacido?... Las de usted son bien limpias hoy, y usted mismo
-lo comprende así. La prueba de que se cree degradado con esa industria
-es el tapadillo en que quiere envolverla. Desde que usted se casó,
-viene haciendo esta comedia para que no nos enteremos. Pues de nada le
-han valido sus disimulos, y aquí me tiene usted enteradita de todo, sin
-que nadie me haya dicho una palabra.</p>
-
-<p>No se atrevió el bárbaro á defenderse con la negativa rotunda, y
-dando un puñetazo sobre la mesa, confesó de plano.</p>
-
-<p>—¿Y qué?... ¿Tiene algo de particular este <i>arbitrio</i>? ¿Voy á tirar
-mis intereses por la ventana? ¡Dice usted que traspase! ¿Pero cómo?...
-¿á deprecio? Eso nunca. Cuando se ha ganado lo que se ha ganado con el
-sudor del rostro, no se traspasa con pérdida... Eso que lo hagan los
-tontos... Ea, señora, bastante hemos hablado.</p>
-
-<p>—No se sulfure, pues no hay para qué. Esto no lo sabe nadie.
-Fidela no lo sospecha, y puede usted estar tranquilo, que yo no he
-de decírselo. Si se enterara, la pobrecita tendría un gran disgusto.
-Tampoco lo sabe Donoso.</p>
-
-<p>—Pues que lo sepa, <i>¡ñales!</i> que lo sepa.</p>
-
-<p>—Puede que algún malicioso le haya llevado<span class="pagenum"
-id="Page_108">[p. 108]</span> el cuento; pero él no lo habrá creído.
-Tiene de su amigo concepto tan alto, que no da oídos á ninguna especie
-denigrante de las que corren acerca de usted, puestas en circulación
-por los envidiosos de su prosperidad. Nadie más que yo tiene noticia
-de esas miserias de su pasado, y si usted insiste en sostenerlas, yo
-le guardaré el secreto, hasta le ayudaré á guardarlo, para evitarme y
-evitar á la familia la vergüenza que á todos nos toca...</p>
-
-<p>—Bueno, bueno—dijo Torquemada impaciente, febril, con ganas de coger
-el pesado tintero y estampárselo en la cabeza á su tirana.—Ya estamos
-enterados. Soy dueño de mis arbitrios, y hago con ellos lo que me da la
-gana.</p>
-
-<p>—Me parece justo, y no seré yo quien á ello se oponga. ¿Cómo he de
-oponerme, si yo miro por sus intereses más que usted mismo? Bueno...
-pues aunque no haga usted caso de mí cuando le propongo limpiarse de
-esa lepra del préstamo usurario y vil, continuaré proporcionándole,
-con ayuda del amigo Donoso, los negocios limpios como el sol, los que
-dan tanta honra como provecho. Yo pago mal por bien. No me importa
-que usted relinche cuando le quiero llevar por el camino bueno: que
-quieras que no, por el camino derecho ha de ir usted. ¡Si al fin ha de
-convencerse de que soy un oráculo! ¡Y no tendrá más remedio que seguir
-mis inspiraciones... y concluirá por no respirar sin permiso mío...!</p>
-
-<p>Dijo esto último con tan buena sombra, que el bárbaro no pudo menos
-de echarse á reir,<span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span>
-aunque la ira le relampagueaba todavía en los ojos. La dama dió
-bruscamente otro sesgo á la conversación, saliendo por donde menos
-pensaba el tacaño.</p>
-
-<p>—Y á propósito—le dijo:—aunque estoy muy incomodada con usted,
-porque estima sus antiguos manejos de prestamista en más que el decoro
-de su posición actual, voy á darle una buena noticia. No se la merece
-usted; pero yo soy tan buena, tan compasiva, que me vengaré de sus
-mordiscos con un abrazo, un abrazo moral, y si se quiere con un beso,
-un beso moral ¡cuidado!</p>
-
-<p>—¿Á ver, á ver...?</p>
-
-<p>—Pues sepa el Sr. D. Francisco que he encontrado un comprador para
-los terrenos que posee allá por las Ventas del Espíritu Santo.</p>
-
-<p>—¡Pero si ya tenía comprador, criatura! Vaya unas novedades que me
-trae doña Crucita.</p>
-
-<p>—¡Simple, si sabré yo lo que digo! El comprador á que usted se
-refiere es Cristóbal Medina, que ofrece real y cuartillo por pie.</p>
-
-<p>—Cierto; y yo me resisto á dárselo, reservándome hasta encontrar
-quien me ofrezca dos reales.</p>
-
-<p>—Bonito negocio. Usted compró ese terreno, es decir, se lo adjudicó
-por una deuda, á razón de doscientas y tantas pesetas la fanega.</p>
-
-<p>—Justo.</p>
-
-<p>—Y la semana pasada, Cristóbal Medina le ofreció á real y medio el
-pie, y yo... yo, en el <i>presente momento histórico</i>, le ofrezco á usted
-dos reales...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p>
-
-<p>—¡Usted!</p>
-
-<p>—No, hombre, no sea usted <i>materialista</i>. ¿Yo qué he de ofrecer...?
-¿Voy yo á levantar barrios?</p>
-
-<p>—¡Ah! ¿Su amigo de usted, ese Torres...? Ya, emprendedor,
-hormiguilla como él solo... Me gusta, me gusta ese sujeto.</p>
-
-<p>—Pues anoche le ví en casa de Taramundi. Hablamos; díjome que no
-tiene inconveniente en tomar todo el terreno á dos reales pie, pagando
-ahora la tercera parte al contado, asegurando por medio de escritura el
-pago de los otros dos tercios en las fechas que se acuerden, á medida
-que edifique, y... En fin, me ha escrito esta carta en la cual consigna
-su proposición, y añade que si usted accede, por su parte queda cerrado
-el trato.</p>
-
-<p>—Venga, venga la carta—dijo Torquemada inquieto y ansioso, cogiendo
-de manos de Cruz el papel que ésta con coquetería de mujer negociante
-le mostraba. Y rápidamente pasó la vista por las cuatro carillas del
-pliego, enterándose <i>en un breve momento histórico</i>, de los puntos
-principales que contenía. «Pago al contado de la tercera parte...,
-construcción de un palacio entre jardines, que se llamaría <i>villa
-Torquemada</i>, el cual, á tasación de arquitecto, se adjudicaría en pago
-del otro tercio... Hipoteca del mismo terreno para responder del tercer
-plazo, <i>etcétera</i>...»</p>
-
-<p>—¿Y por el corretaje de ese negocio no merezco nada?—dijo Cruz con
-gracejo.</p>
-
-<p>—El negocio, sin ser considerable, no es<span class="pagenum"
-id="Page_111">[p. 111]</span> malo, no, <i>en tesis general</i>... Lo
-examinaré despacio, haré mis cuentas...</p>
-
-<p>—¿No merezco siquiera que el nombre de Torquemada, unido hoy al
-nombre y casa del Águila, sea borrado del infame cartel que dice: <i>casa
-de préstamos</i>?</p>
-
-<p>—¿Pero qué tiene que ver...? ¡Bah! Usted ve mosquitos en el
-horizonte... Tan honrado es ese negocio como otro cualquiera, como el
-que hace el reverendísimo Banco de España. La diferencia consiste en
-que en los ventanales magníficos del Banco no se ven capas colgadas.
-¡Vaya una importancia que da usted á las apariencias! Son su <i>bello
-ideal</i>. Yo no miro á las apariencias, sino á la substancia...</p>
-
-<p>—Pues le diré á Torres, que renuncie al negocio de los terrenos,
-porque es usted un judío, y le hará cualquier enjuague. Si yo, cuando
-me pongo á ser mala, lo soy de veras. Usted no sabe la que le ha caído
-encima conmigo. Ó marchamos por <i>la senda constitucional</i>, esto es, del
-decoro, ó tendremos siete disgustos cada día.</p>
-
-<p>—¡Crucita de todos los demonios, y de la Biblia en pasta, y de la
-Biblia en verso, y de los santísimos <i>ñales</i> del archipiélago..., digo,
-del archipámpano de Sevilla! no le diga usted á Torres sino que se vea
-conmigo esta misma tarde, porque su proposición me ha entrado por el
-ojo derecho, y quiero que tratemos y nos entendamos...</p>
-
-<p>—Bueno, señor... cálmese... siéntese. No rompa la mesa á puñetazos,
-que tendrá que comprar otra, y le sale peor cuenta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span></p>
-
-<p>—Es que usted no me deja vivir... á mi modo... <i>Reasumiendo</i>: á eso
-de las casas de préstamos, yo le echaré tierra...</p>
-
-<p>—Por mucha tierra que usted le eche, siempre olerá mal el negocio. Á
-traspasar se ha dicho.</p>
-
-<p>—Calma... <i>seamos justos</i>. Hay que esperar una buena ocasión...
-Transigiremos. Vaya; déjeme seguir algún tiempo más con esa... con esa
-<i>viña</i>, y accedo á que tomen ustedes el abono que, por mor... quiero
-decir, por razón de su luto, dejan los Medinas en la ópera del Príncipe
-Alfonso.</p>
-
-<p>—Pero si el abono lo hemos tomado ya.</p>
-
-<p>—¿Sin mi permiso?</p>
-
-<p>—Sin su permiso... No se tire usted de los pelos, que se va á quedar
-calvo. Pues no faltaba más sino que usted negara tal cosa siendo del
-gusto de Fidela. La pobre necesita expansión, oir buena música, ver á
-sus amigas.</p>
-
-<p>—Maldita sea la ópera y el perro que la inventó... Crucita, no me
-sofoque más... Mire que me voy del seguro, y... Ya no puedo más...
-Me llevan ustedes á la bancarrota. De nada me vale trabajar como un
-negro, porque cuarto ganado, cuarto que ustedes me gastan en pitos y
-en flautas. Para meter en cintura á mis señoras del Águila, debiera yo
-hacerles una trastada del <i>tenor</i> siguiente: darles el abono, sí, pero
-quitándoselo del plato, y de la vestimenta.</p>
-
-<p>—Eso no puede ser, pues no vamos á ir al teatro con los estómagos
-vacíos, ni vestidas de mamarrachos...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span></p>
-
-<p>—Nada, nada, que me arruinan. Porque el abono á la ópera, trae mil
-y mil goteras... <i>vulgo</i> arrumacos, guantes, qué sé yo. Bueno, hijas,
-bueno, empeñaré mi gabán el mejor día. Á eso vamos.</p>
-
-<p>—El día que sea preciso—dijo Cruz festivamente,—coseré para
-afuera.</p>
-
-<p>—No, no lo diga en broma. Á este paso la vida es un soplo... Y lo
-que es yo, no me comprometo á la manutención de la familia.</p>
-
-<p>—Yo la mantendré. Sé cómo se vive sin tener de qué vivir.</p>
-
-<p>—Pues podía vivir ahora como entonces.</p>
-
-<p>—Las circunstancias han variado, y ahora somos ricos.</p>
-
-<p>—Tenemos un mediano pasar; <i>seamos justos</i>; un buen pasar.</p>
-
-<p>—Pues á eso me atengo, y procuro que lo pasemos bien.</p>
-
-<p>—Déjeme, por Dios. Sus... manifestaciones me vuelven loco.</p>
-
-<p>—Lo dicho, dicho... Prepárese para otra...—dijo la primogénita del
-Águila, risueña y altiva, levantándose para retirarse.</p>
-
-<p>—¡Para otra!... ¡Por San Caralampio bendito, abogado contra las
-suegras! Porque usted es una suegra, <i>por decirlo así</i>, la peor y más
-insufrible que hay en familia humana.</p>
-
-<p>—Y la que le tengo preparada es la más gorda, señor yerno.</p>
-
-<p>—La Virgen Santísima me acompañe... ¿Qué es?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_114">[p. 114]</span></p>
-
-<p>—Todavía no es tiempo. Está la víctima muy quebrantada del
-arrechucho de hoy. Y eso que le traje el magnífico negocio de los
-terrenos. ¡Y no me lo agradece el pícaro!</p>
-
-<p>—Sí lo agradezco... Pero á ver, dígame qué nueva dentellada me
-prepara.</p>
-
-<p>—No, porque se asustará... Otro día. Hoy me doy por satisfecha
-con lo del abono, y con la esperanza de quitar esa ignominia de las
-casas de empeño. En su día continuaremos, Sr. D. Francisco Torquemada,
-presunto senador del Reino, y Gran Cruz de Carlos III.»</p>
-
-<p>Y cuando la vió salir, el tacaño la maldijo entre dientes, al propio
-tiempo que reconocía con brutal sinceridad su absoluto dominio.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila
-las grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición
-noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que
-sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en
-realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y
-si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á
-fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas
-aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de
-raza,<span class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> como quien
-mira por la dignidad de los suyos, y también con un sentimiento de
-alta venganza contra parientes aborrecidos, que después de haberles
-negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar sobre
-ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el
-prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de
-persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida,
-y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los
-lanzaban.</p>
-
-<p>Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los
-comentarios de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas,
-y entre su parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó,
-quien pasada la primera impresión, comentara el caso con benevolencia;
-no faltó tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado
-sainetesco, y los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la
-Torre Auñón y su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían
-en relaciones agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron
-carácter de odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la
-administración judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la
-Alberquilla. Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas,
-poniéndolas en las condiciones más favorables para el caso probable de
-que el Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros
-cogían el cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de
-mal<span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span> gusto sobre las
-desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar de la Torre
-Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina del marqués de
-Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de San Salomó. Eran
-parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de Severiano Rodríguez
-y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de la Torre vivían en
-Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los otros Romeros, los
-meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se comprende que de la
-casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba, salían los dardos
-envenenados contra las pobres Águilas, y contra el ganso que las había
-librado de la miseria.</p>
-
-<p>Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la
-circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban
-amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas
-maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no
-faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada <i>el Peor</i>,
-célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga
-y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado
-amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como
-un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía
-que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana,
-vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras,
-asociadas con aquel siniestro tipo, pen<span class="pagenum"
-id="Page_117">[p. 117]</span>saban establecer una casa de préstamos
-en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando Torquemada,
-ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas del <i>mundo
-grande</i>, y le vieron y le trataron muchos que le habían despellejado
-de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan horrible como
-la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes polémicas
-sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel Torquemada de
-los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que creer en las
-reencarnaciones.»</p>
-
-<p>Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las
-murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el
-tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre
-subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los
-Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la
-orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena
-disposición.</p>
-
-<p>Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios,
-de ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico
-urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres
-hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro
-cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de
-los ricos.</p>
-
-<p>¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de
-que D. Francisco se hubo<span class="pagenum" id="Page_118">[p.
-118]</span> conquistado el aprecio superficial de mucha gente, que no
-ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era producto de la
-rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había llenado de suicidas
-los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban por el Viaducto
-pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar la voltereta...
-Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo sobre ropas en buen
-uso, y que tenía toda la casa llena de capas... Que el hombre no había
-renunciado á sus hábitos de miseria, y que á las dos pobres Águilas
-las mantenía con lentejas y sangre frita... Que todas las alhajas
-que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le hacía las levitas á
-D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que volvía del revés...
-Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz participación, y
-comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados... Que Fidela,
-cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los antecedentes
-de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que simple y todo
-como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes, á ciencia y
-paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso (con sus
-sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora, grotesco tipo
-de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el escritorio de
-Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con la hermana
-mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le lavaba la
-cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes<span class="pagenum"
-id="Page_119">[p. 119]</span> de echarle á la calle, para que sacase
-un buen ver, y le enseñaba la manera de saludar, instruyéndole en todo
-lo que había que decir, según los casos... Que á la chita callando,
-entre Cruz y el usurero habían desbalijado á varias familias nobles, un
-poco apuradas, prestándoles dinero á doscientos cuarenta por ciento...
-Que Cruz recogía las colillas de los que fumaban en su casa, para
-mandarlas al Rastro en un costal muy grande, así como juntaba también
-los mendrugos de pan, para venderlos á unos que hacían chocolate de dos
-reales y medio... Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas
-de juguetes, y que al pobre Rafael no le daban de alimento más que
-puches, y un plato de menestra por las noches... Que el ciego había
-puesto debajo de la cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de
-pólvora, el cual fué descubierto con la mecha ya encendida... Que la
-primogénita del Águila, entre otros negocios sucios, tenía parte en
-un corral de basuras de Cuatro Caminos, y <i>llevaba</i> la mitad en los
-cerdos y gallinas... Que Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres
-y medio por ciento de su valor, y que era el socio capitalista de una
-compañía de estafadores, disfrazada con la razón social de <i>Redención
-de quintos, y Sustitutos de Ultramar</i>.</p>
-
-<p>Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al
-principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por
-fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuan<span class="pagenum"
-id="Page_120">[p. 120]</span>do D. Francisco salió á la esfera del
-mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos, su habla
-corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos, codeándose al
-fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar á risa los
-desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio le inspiraba
-maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y de pasarles
-por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas Águilas, y el
-prestigio claro del <i>opulento capitalista</i>; que así le nombraba ya la
-lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse, mejor dicho, á
-levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir con él inmensa
-torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los Romeros como
-miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Aproximábase el verano, y no hubo más remedio que pensar en
-trasladarse á algún sitio fresco, por lo menos durante la canícula.
-Nueva batalla dada por Cruz, en la cual halló al enemigo más resistente
-y envalentonado que de costumbre.</p>
-
-<p>—El verano—decía D. Francisco,—es la estación <i>por escelencia</i>
-en Madrid. Yo lo he pasado aquí toda mi vida, y me ha <i>pintado</i>
-perfectamente. Nunca se encuentra uno más á gusto que en Julio y
-Agosto, libre de catarros, comiendo bien, durmiendo mejor...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span></p>
-
-<p>—De usted nada digo—objetó la dama,—porque entre los muchos dones
-con que le agració la divina Providencia, tiene también el de una salud
-á prueba de temperaturas extremadas. Tampoco lo digo por mí, que á todo
-me avengo. Pero Fidela no puede pasar aquí los meses de verano, y es
-usted un bárbaro si lo consiente.</p>
-
-<p>—También á mi pobre Silvia, que de Dios goce, la molestaba el
-<i>calórico</i>, sobre todo cuando se hallaba en meses mayores, y aquí nos
-aguantábamos. Con el botijo siempre fresco, los balcones cerrados
-durante el día, y un corto paseíto á las diez de la noche, lo pasábamos
-tan ricamente... No hay que pensar en veraneo, señora. Con todo
-transijo menos con esa <i>inveterada</i> pamplina de los baños de mar ó de
-río, que son el <i>gravamen</i> de tantas familias. En Madrid todo el mundo,
-que en Madrid tengo yo que estarme hecho un caballero, para organizar
-esta tracamundana del tabaco, que, entre paréntesis, me parece no es
-negocio tan claro como al principio me lo pintaron sus amigos de usted.
-Y no se hable más del asunto. Ahora sí que no cedo. Con que... tilín...
-se levanta la sesión.</p>
-
-<p>Resuelta á que el viaje se realizara, Cruz no insistió aquel día;
-pero al siguiente, bien aleccionada Fidela, el baluarte de la avaricia
-de don Francisco fué atacado con fuerzas tan descomunales, que al fin
-no tuvo más remedio que rendirse.</p>
-
-<p>—Muy á disgusto—dijo el tacaño mordiéndose<span class="pagenum"
-id="Page_122">[p. 122]</span> los pelos del bigote, y echándoselas de
-víctima,—cedo, porque Fidela esté contenta. Pero tengamos juicio. No
-saldremos más que veinte ó treinta días, ¡cuidado! Y todo ello, señora
-mía, ha de hacerse con el menor dispendio posible. No estamos para
-echarlas de príncipes. Viajaremos en segunda...</p>
-
-<p>—¡Pero D. Francisco...!</p>
-
-<p>—En segunda, con billete de ida y vuelta.</p>
-
-<p>—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando...
-¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de
-su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á
-San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos
-instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo
-apalabrada.</p>
-
-<p>—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...?</p>
-
-<p>—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora,
-tiene usted que agradecerme. Con que chitón...</p>
-
-<p>—Es que...</p>
-
-<p>—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo...
-Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á
-la opinión, que ve en usted...</p>
-
-<p>—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡<i>ñales</i> en polvo!, más que un
-desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre
-que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir
-en su elemento, ó sea el<span class="pagenum" id="Page_123">[p.
-123]</span> ahorro... la <i>mera</i> economía del ochavo, que se gana con el
-santo sudor?...</p>
-
-<p>—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que
-gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo
-más. Váyase preparando, pues he de ser implacable.</p>
-
-<p>—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle,
-y me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo.</p>
-
-<p>—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí,
-quiero decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi
-sér, y mis pensamientos...</p>
-
-<p>—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo
-pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en
-paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que
-me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre
-á la cabeza.</p>
-
-<p>—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole
-risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo
-hemos de ver... lo hemos de ver.</p>
-
-<p>Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo
-presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y vuelto
-al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan modosito,
-con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan á pechos
-lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en aquella
-broma, de fijo se<span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span>
-habría desvanecido el sortilegio que subordinaba una voluntad á otra,
-y recobrada la libertad, el tacaño habría puesto su mano vengativa en
-la tirana que le atormentaba. Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su
-hijo, su Valentín ser Águila, en vez del Torquemadita fino que andaba
-por los ámbitos de la Gloria, esperando su nueva salida al mundo de
-los vivos! No, hasta ahí podían llegar las bromas. Pasóse toda aquella
-tarde sumergido en tristes meditaciones sobre aquel caso, y por la
-noche, después de trabajar á solas en su despacho del segundo, se
-metió en el gabinete reservado del mismo piso, donde conservaba el
-bargueño de marras, y sobre él la imagen fotográfica del chico, aunque
-ya despojado totalmente de las apariencias de altarucho. Paseándose de
-un ángulo á otro de la estancia, dió el usurero todas las vueltas y
-contorsiones imaginables á la idea en mal hora expresada por su hermana
-política.</p>
-
-<p>—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia?</p>
-
-<p>Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita
-compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde
-que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá,
-Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no
-á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches
-en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre
-numérica.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span></p>
-
-<p>—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no?
-(<i>Creyendo ver en el retrato una ligera indicación negativa.</i>) Claro:
-lo que yo decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora.</p>
-
-<p>Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora,
-recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía
-empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de
-en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó
-Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días
-(todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero <i>dir</i> en
-ferrocarril...»</p>
-
-<p>Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y
-la desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia
-atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que
-las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó
-Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres
-veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez
-bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había
-construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en
-ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya
-me lo están echando á perder.»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span></p>
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida
-á la Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata,
-y con ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia,
-armaron toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en
-los hechos á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á
-Torquemada correspondía la alta gerencia del negocio, como principal
-capitalista. Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con
-el Estado, y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las
-compras del artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos,
-donde tenía un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn.</p>
-
-<p>Convinieron en que todo funcionaría ordenadamente antes de partir
-para el veraneo, pues en Diciembre debía hacerse la primera entrega de
-<i>boliche</i> y en Febrero la de <i>Virginia</i>. El suministro de ambas <i>hojas</i>
-les fué adjudicado, por formal contrata, en Mayo, no sin protesta
-de otros tales, que hicieron ó creían haber hecho á la Hacienda
-proposición más ventajosa; pero como eran gentes desacreditadas y de
-antecedentes deplorables en aquel <i>fregado</i>, á nadie sorprendió que
-el ministro les postergara, agarrándose á no sé qué triquiñuelas de
-la ley.<span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> Puestas
-de acuerdo en todo las cuatro principales fichas de aquel juego, pues
-aunque había otros partícipes, no tocaban un pito en la gestión, por
-ser de poca monta el capital impuesto, ya no había más que trabajar
-como fieras, á fin de que el negocio saliese redondo y limpio. En los
-días que precedieron á la expedición veraniega, Torquemada y D. Juan
-Gualberto Serrano se entendieron á solas en algunos puntos referentes á
-las compras de rama en los Estados Unidos, y ello quedó entre los dos,
-sin dar conocimiento á Donoso ni á Taramundi. Era que don Francisco,
-con su instintivo conocimiento de la humanidad, <i>bajo el aspecto del
-toma y daca</i>, vió desde el primer instante en qué consistía el resorte
-maestro de aquel arbitrio, comprendiendo que de proceder de esta ó de
-la otra manera, dependía que el <i>líquido</i> fuese simplemente bueno, ó
-que resultase tal que podrían meter el brazo hasta más arriba del codo.
-Apenas hubo el tacaño propulsado la voluntad de D. Juan Gualberto, éste
-respondió con cuatro palabras, que querían decir: «aquí está el hombre
-que se necesita.» Y con estas impresiones, Serrano se fué á Londres,
-donde debía avistarse con su primo, y Torquemada partió para Hernani
-con la familia. La de Taramundi se instaló en San Sebastián. Donoso
-no salía de Madrid, porque su señora, en quien se había complicado
-enormemente la caterva de males, no podía moverse, ni había para qué,
-pues en ninguna parte había de encontrar alivio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p>
-
-<p>¡Ay, Dios mío, qué aburrimiento el de Torquemada en las Provincias,
-y qué destemplado humor gastaba, siempre disputando con <i>ellas</i> por
-quítame allá esas pajas, renegando de todo, encontrando malas las
-aguas, desabridos los alimentos, cargantes las personas, horrible el
-cielo, dañino el aire! Su centro era Madrid: fuera de aquel Madrid en
-que había vivido los mejores años de su vida y ganado tanto dinero, no
-se encontraba el hombre. Echaba de menos su Puerta del Sol, sus calles
-del Carmen, de Tudescos, y Callejón del Perro; su agua del Lozoya,
-su clima variable, días de fuego y noches de hielo. La nostalgia le
-consumía, y el verse imposibilitado de correr tras el fugaz ochavo,
-de dar órdenes á éste y al otro agente. Aborrecía el descanso; su
-naturaleza exigía la preocupación contínua del negocio, y los infinitos
-trajines que trae consigo, la misma ansiedad azarosa, la rabia de
-perder, la tristeza de ganar poco, el delirio de la ganancia pingüe.
-Contaba los días que iban pasando de aquel suplicio á que le habían
-traído sus malditas consortes; abominaba de la sociedad ociosa que
-le rodeaba, tanto vago insubstancial, tanta gente que no piensa más
-que en arruinarse. Para él, el colmo del despilfarro era dar dinero á
-los fondistas y posaderos, ó á los grandes gandules que agarran en el
-baño á las señoras para que no se ahoguen. San Sebastián le causaba
-horror: todo era un saqueo contínuo, y mil tramoyas para desbalijar á
-los madrileños que iban á gastar en dos meses las<span class="pagenum"
-id="Page_129">[p. 129]</span> rentas de un año. Tres días le tuvieron
-allí Fidela y Cruz, y poco le faltó para caer enfermo de tristeza y
-repugnancia.</p>
-
-<p>En Hernani se paseaba solo, armando en su magín todo el tinglado de
-números que constituía el negocio tabaquil, y otros en embrión, como
-el del arreglo de la arruinada casa de Gravelinas con sus acreedores.
-Fidela, que conocía lo mal que pintaba á su esposo la <i>villeggiatura</i>,
-quiso abreviar ésta; pero se opuso Cruz, porque á Rafael le probaba
-muy bien el clima del Norte, y desde que vivía en Hernani no se habían
-repetido los trastornos cerebrales de marras. Dividíase la familia
-en dos parejas: Cruz paseaba con el ciego, Fidela con su esposo, y
-procuraba distraerle haciéndole fijar la atención en las bellezas del
-campo y del paisaje. No era insensible el bárbaro á la bondad ni á los
-mimos de su esposa, y algunos ratos pasaba placenteros charlando con
-ella á lo largo de praderas y bosques. Pero en aquel divagar indolente,
-Torquemada, como el desterrado que sólo piensa en la patria, no hablaba
-de cosa alguna sin que salieran á relucir Madrid y los malditos
-negocios. Alegrábase Fidela de verle en tal terreno, y con infantil
-travesura repetía:</p>
-
-<p>—Sí, Tor, tienes que ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y yo te
-lo guardaré.</p>
-
-<p>Tanto machacó en esta idea, que D. Francisco hubo de espontanearse
-con su mujer, cual nunca lo había hecho, declarándole cuanto sentía y
-pensaba, y las causas de sus goces como de sus<span class="pagenum"
-id="Page_130">[p. 130]</span> pesadumbres. Empezó por manifestarse
-satisfecho del trato de la suerte, porque sus ganancias crecían como la
-espuma. ¿Pero de qué le valía esto, si la familia se había puesto en
-un pie de boato que imposibilitaba el ahorro? Cada lunes y cada martes
-se traía Cruz alguna nueva tarantaina para derrochar el dinero. ¿Á qué
-detallar <i>aquella serie no interrumpida</i> de locuras, si ya Fidela las
-conocía? Él no servía para vivir entre magnificencias, aunque al fin á
-ellas por la fuerza de las circunstancias se amoldaba. Su <i>bello ideal</i>
-era emplear de nuevo sus considerables ganancias, reservando sólo una
-parte mínima para el gasto diario. Ver entrar el dinero á carretadas,
-y verle salir á espuertas le taladraba el corazón, y le llenaba la
-cabeza de pensamientos sombríos y pesimistas. Entre él y Cruz se había
-entablado una lucha á muerte; reconocíase muy inferior á ella por los
-recursos de la inteligencia y por la palabra, pero se creía, en aquel
-caso, cargado de razón. Lo peor de todo era que Crucita le dominaba y
-sabía imponerle su criterio económico, metiéndole en un puño cada vez
-que <i>ponía sobre el tapete</i> la cuestión de un nuevo dispendio. Él se
-retorcía de rabia, como el demonio que pintan á los pies de San Miguel,
-y la muy indina le aplastaba la cabeza, y hacía su santísima voluntad
-con el dinero de él.</p>
-
-<p>En suma, que se tenía por muy desgraciado, y con aquellas amarguras,
-hasta para alegrarse de ser padre <i>en su día</i>, le faltaban ánimos.
-Mostróse Fidela reservada en la contestación, ase<span class="pagenum"
-id="Page_131">[p. 131]</span>gurando que por su parte no le importaba
-vivir en la mayor modestia y obscuridad; pero puesto que Cruz disponía
-las cosas de otro modo, sus razones tendría para ello.</p>
-
-<p>—Sabe más que nosotros, querido Tor, y lo mejor es dejarla hacer lo
-que quiera. Para tus mismos negocios te conviene respirar una atmósfera
-de esplendidez. Con franqueza, Tor: ¿habrías ganado lo que has ganado
-viviendo como un miserable en la calle de San Blas? ¡Si cada duro que
-te gasta mi hermana es para traerte luego veinte! Y, sobre todo, esa
-que llamas tirana, sabe más que Merlín, y á su despotismo debemos,
-primero, haber salido con vida de aquella pobreza ignominiosa; después,
-el hallarnos en plena abundancia, y tú hecho un hombre de peso. No seas
-tontín, cierra los ojos, y sométete á cuanto te diga y proponga mi
-hermana.</p>
-
-<p>En todo esto y en algo más que dijo, se revelaba el respeto casi
-supersticioso á la autoridad de Cruz, y la imposibilidad de rebelarse
-contra cualquiera cosa grande ó pequeña que dispusiera el autócrata
-de la familia. Suspiró Torquemada oyéndola, y pensaba con hondo
-desaliento que su mujer no le ayudaría en ningún caso á sacudir el
-yugo. Una ligera indicación de esto bastó para que Fidela expresara
-la negativa con infantil temor. ¡Oponerse ella á los juicios y á las
-determinaciones de su hermana! Antes saldría el sol por Occidente:</p>
-
-<p>—No, no, Tor, quien manda manda. Vuelvo á decirte que todo eso que
-te contraría es lo que te conviene, y nos conviene á todos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p>
-
-<p>De queja en queja, el usurero fué á parar á otra idea que también le
-atormentaba. Antes de expresarla, vaciló un rato, temeroso de que su
-mujer la acogiera con risas. Pero al fin, se lanzó á la espontaneidad
-más delicada:</p>
-
-<p>—Mira, Fidela, cada uno tiene su aquel y su <i>ideasingracia</i>, como
-dice el amigo Zárate, y yo te aseguro que no quiero que mi hijo salga
-Águila. Bien sé que Cruz beberá los vientos porque el niño sea como
-vosotras, como ella, gastadorcillo, pinturero, y con muchos humos de
-aristocracia pródiga. Pero más quiero que no nazca si ha de nacer así.
-Por supuesto, yo tengo para mí que os engañáis las dos si esperáis que
-el nuevo Valentín saque uñas y pico de vuestra raza, pues me da el
-corazón que será Torquemada de lo fino, es decir, el auténtico Valentín
-de antes en cuerpo y alma, con el propio despejo y la pinta mismísima
-de la otra vez.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_6">
- <h3>VI</h3>
-</div>
-
-<p>Quedóse Fidela estupefacta, sin poder apoyar ni combatir semejante
-idea, y tan sólo dijo:</p>
-
-<p>—Será lo que Dios disponga. ¿Qué sabemos nosotros de los designios
-de Dios?</p>
-
-<p>—Sí que lo sabemos—replicó Torquemada sulfurándose.—Tiene que
-haber justicia, tiene que haber lógica, porque si no, no habría Sér
-Supremo ni Cristo que lo fundó. El hijo mío<span class="pagenum"
-id="Page_133">[p. 133]</span> vuelve. ¡Ah! no conociste tú aquel
-prodigio; que si lo hubieras conocido, desearías lo mismo que deseo yo,
-y lo tendrías por cierto, dado que deben pasar las cosas conforme á
-una ley de equidad. Verás, verás qué disposición para las matemáticas.
-Como que él es las puras matemáticas, y todos los problemas los sabe
-mejor que el maestro. Si he de hablarte con franqueza, sin ocultarte
-nada de lo que pienso, te diré que no puedo menos de compaginar ciertos
-fenómenos de tu estado con la ciencia de mi hijo Valentín. ¿No nos
-contaste que hace dos noches tuviste unos sueños muy raros, viendo que
-se te ponían delante cifras de ocho y diez guarismos, y que luego ibas
-por un bosque, y te encontraste catorce <i>nueves</i>, que te salieron al
-encuentro y te acorralaron sin dejarte pasar adelante?</p>
-
-<p>—Sí, sí, es verdad que soñé eso.</p>
-
-<p>—Pues ahí lo tienes—dijo Torquemada con los ojos fulgurando de
-alegría.—Es él, es él, que te tiene el alma y las venas todas llenas de
-los santísimos números. Y dime, ¿no sientes tú ahora algo como si te
-subieran de la caja del cuerpo á la cabeza, <i>vulgo</i> región cerebral,
-unas enormísimas cantidades, cuatrillones ó cosa así? ¿No sientes un
-endiablado pataleo de multiplicaciones y divisiones, y aquello de la
-raíz cuadrada y la raíz cúbica?</p>
-
-<p>—Algo de eso siento, sí, de una manera vaga—replicó Fidela,
-dejándose sugestionar.—Pero de eso de las raíces no siento nada.
-Números sí, que se me suben á la cabeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span></p>
-
-<p>—¿Ves, ves? ¿No te lo decía yo? Si no me podía equivocar. ¿Y no te
-pasa también que todo lo que calculas te sale exacto? Como que tienes
-dentro de tí el espíritu puro de las matemáticas, y la ciencia de las
-ciencias.</p>
-
-<p>—¡Tanto como eso...!—repuso Fidela, dudando.—Yo no calculo nada,
-porque no sirvo para el cálculo.</p>
-
-<p>—Pues ponte ahora á combinar cantidades; ponte y verás.</p>
-
-<p>Don Francisco se frotaba las manos, añadiendo por vía de
-síntesis:</p>
-
-<p>—Quedamos en que no es Águila, en que será quien es, y no puede ser
-otro.</p>
-
-<p>Algo más pensaban decir marido y mujer sobre el extraño caso; pero
-les distrajo de su coloquio un coche cargado de gente que por la
-carretera de San Sebastián venía, en dirección al pueblo, y oyeron
-alegres voces que con estruendo les saludaron. Hallábanse sentados en
-una pradera junto al camino, al pie de un corpulento castaño, y cuando
-el charabán pasó delante de ellos, reconocieron entre la turbamulta
-que venía en la delantera y en los asientos laterales, algunas caras
-amigas.</p>
-
-<p>—¡Oh! Morentín—dijo don Francisco.</p>
-
-<p>Y Fidela:</p>
-
-<p>—¡Ah! Infante, Malibrán.</p>
-
-<p>Y se encaminaron al pueblo, del cual distaban medio kilómetro,
-tardando bastante en llegar, porque la señora, en aquellos meses, no se
-distinguía por la rapidez de sus movimientos.</p>
-
-<p>En la casa encontraron á los amigos que de San Sebastián habían ido
-de asalto: Morentín<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span>
-con su mamá, Manolo Infante, Jacinto Villalonga, Cornelio Malibrán, dos
-chicos y una chica de Pez, Manuel Peña y su mujer Irene, y alguno más
-que no consta en autos.</p>
-
-<p>—¿Y á toda esta caterva tenemos que darle de comer?—preguntó
-angustiado D. Francisco.</p>
-
-<p>—Hijo, sí; no hay más remedio. Pero se reparten. Verás como algunos
-se van á casa de Severiano Rodríguez ó del General Morla.</p>
-
-<p>—Siempre nos tocarán los más alborotadores en el hablar y los menos
-moderados en el comer. Y no viene Zárate, que es, de toda esta taifa,
-el único que me gusta, por ser muchacho tan científico.</p>
-
-<p>Con las visitas, pasaron las señoras muy entretenidas la tarde, y
-D. Francisco pudo hablar de negocios con Morentín, que le dió noticias
-de su diligente papá, ya dispuesto á salir de Londres en dirección
-á España. Animóse Rafael con la charla de sus amigos, oyendo con
-especial gusto á Infante y á Villalonga, que contaron mil divertidas
-historias de la sociedad de Biarritz y San Sebastián. Hablóse también
-de política, y al anochecer se fueron con la misma algazara que habían
-traído para acá.</p>
-
-<p>Si la tarde fué placentera para el pobre ciego, por la noche notóle
-su hermana muy inquieto, con cierta reversión á las antiguas manías que
-ya parecían olvidadas. Hablaba de carretilla, reía desaforadamente, y
-á cada momento nombraba á Morentín para ridiculizarle y poner en solfa
-sus palabras.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span></p>
-
-<p>—¿Pero no es el amigo que más quieres?... ¿Por qué te ha entrado
-ahora esa absurda antipatía?—le dijo su hermana Cruz, á solas, dándole
-de cenar.</p>
-
-<p>—Fué mi amigo. Ya no lo es, ni puede serlo. Y no creas; me temía yo
-que recalase por aquí. Era de absoluta lógica que viniese, traído por
-sus malos pensamientos.</p>
-
-<p>Y en lo que siguió diciendo, demostraba, más que antipatía, un
-odio insano tan violento en la forma, que Cruz sintió renovados
-sus temores de otros días, y se dispuso á pasar una mala noche,
-en compañía del infeliz joven. En efecto, no bien se retiraron su
-hermana y D. Francisco, fuese al cuarto de Rafael, que era un gabinete
-bajo con ventana al jardín, rodeada de madreselvas; y hallándole
-muy despabilado, sin ganas de dormir, le propuso quedarse ambos de
-tertulia hasta que les rindiese el sueño. La noche, como de Agosto,
-era calurosa. Mejor que dando vueltas en la cama, la pasarían tomando
-el fresco, respirando el aire embalsamado del jardín, y oyendo cantar
-á las ranas, que en una charca próxima entonaban su gárrulo himno á la
-tibia noche.</p>
-
-<p>Aceptó gozoso Rafael lo propuesto por su hermana. Sentada ésta
-junto al alfeizar, procediendo con rapidez y autoridad, para no darle
-tiempo á pensar sus respuestas, le acometió con bravura desde el primer
-momento:</p>
-
-<p>—Vamos á ver, Rafael: vas á decirme ahora mismo, clarito, pero
-muy clarito, y sin rodeos ni atenuaciones,<span class="pagenum"
-id="Page_137">[p. 137]</span> por qué se ha trocado en aborrecimiento
-el cariño que tenías á tu amigo Morentín. ¿Qué te ha hecho?</p>
-
-<p>—Á mí, nada.</p>
-
-<p>—¿Qué te ha dicho?</p>
-
-<p>—Nada.</p>
-
-<p>—No admito subterfugios. Has de hablarme claro y pronto. Hace
-tiempo, desde mucho antes de salir de Madrid, empecé á notar que te
-ponías muy nervioso siempre que hablabas de él... Vamos á ver; dímelo
-todo, Rafael. Por Dios te lo pido.</p>
-
-<p>—Morentín es un egoísta.</p>
-
-<p>—¿Y nada más que por eso le odias?</p>
-
-<p>—Y un miserable.</p>
-
-<p>—¿Qué te ha dicho?... Algo habéis hablado. No me lo niegues.</p>
-
-<p>—No necesito que Pepe me muestre la fealdad de su alma, porque se la
-veo con los ojos de la mía... y con la luz de mis pensamientos... ¡pero
-tan claro...!</p>
-
-<p>—Ea, ya empiezas á desvariar. Vamos, alguno de los amigos que te han
-visitado hoy, Manolito Infante, Peñita, quizás Malibrán, que es muy
-malo y tiene la peor lengua del mundo, te ha dicho alguna brutalidad
-del pobre Morentín.</p>
-
-<p>—No; nadie me ha dicho nada.</p>
-
-<p>—Haz memoria, Rafael. Malibrán, Malibrán ha sido. Pero, hijo, ¿para
-qué haces caso de ese fatuo, complexión de víbora, lengua venenosa?</p>
-
-<p>—Te juro por la memoria de nuestra ma<span class="pagenum"
-id="Page_138">[p. 138]</span>dre—dijo Rafael con solemne acento,—que
-Malibrán no me ha dicho absolutamente nada de... vamos, del asunto
-penoso que es la causa de mi aborrecimiento á Morentín... Pero ahora
-comprendo... Hermana querida, tú has venido á interrogarme á mí esta
-noche, y ahora soy yo quien interroga... Respóndeme pronto, clarito:
-Malibrán, en alguna parte, ¿ha dicho algo... de eso?</p>
-
-<p>—¿De qué?</p>
-
-<p>—De eso. No te hagas de nuevas. La idea que á mí me atormenta, te
-atormenta también á tí... Ya lo veo todo muy claro con la luz de mi
-razón. Lo que yo solo adiviné con los recursos de mi lógica, el mundo
-lo dice ya, quizás lo pregona con escándalo, y ese escándalo ha llegado
-á tus oídos. Dímelo, dímelo. Malibrán ó algún otro deslenguado, ha
-dicho algo en casa de los Romeros, en casa de San Salomó, de Orozco tal
-vez...</p>
-
-<p>—¿Pero qué?—preguntó Cruz acongojada, queriendo ocultar sus ideas á
-la perspicacia del ciego.</p>
-
-<p>Éste no veía su palidez mortal; pero notaba en su voz un timbre
-opaco, que para él era dato tan preciso como la blancura del semblante,
-y la voz de Cruz delataba sobresalto, ira, vergüenza.</p>
-
-<p>—Pues bien—añadió Rafael tras breve pausa,—lo diré yo sin rodeos. Á
-tus oídos llegan voces de escándalo. Quien quiera que sea lo propala
-en las casas de los enemigos, también quizás en<span class="pagenum"
-id="Page_139">[p. 139]</span> las de los amigos. Yo, sin oirlo, lo sé,
-como sin verlo lo he visto. ¿Á qué hacer misterio de ello? Lo que dicen
-es que mi hermana Fidela tiene un amante, y que éste es Morentín.</p>
-
-<p>—Cállate—gritó Cruz con arranque de ira, poniéndole la mano en la
-boca con tanta fuerza, que parecía que le abofeteaba.</p>
-
-<p>—Digo la verdad... El escándalo ha llegado á tus oídos. No me lo
-niegues.</p>
-
-<p>—Pues bien, no lo niego. Malibrán es quien se ha permitido
-afrentarnos con esta calumnia infame. ¡Y hoy le hemos tenido aquí!
-Gracias que se fué á comer á casa de Cícero, que si le veo en mi mesa,
-no sé... creo que yo misma... En Biarritz lo dijo, y en Cambo y en
-Fuenterrabía. Lo sé por persona que no puede engañarme, y que me ha
-puesto sobre aviso. Triste cosa es la deshonra motivada; pero deshonra
-que surge por generación espontánea, y corre y se propaga sin que
-exista ni el más insignificante hecho que la justifique, es cosa que
-subleva.</p>
-
-<p>—Es que... te lo diré si no te enfadas... yo no creo que esa
-deshonra sea tan inmotivada como tú la presentas...</p>
-
-<p>—¡Pero tú...! (<i>Indignada.</i>) ¡Crees... también tú!</p>
-
-<p>Furiosa le cogió del brazo sacudiéndole con brío, única manera de
-contestar á la infame reticencia.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span></p>
- <h3>VII</h3>
-</div>
-
-<p>—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael
-tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su
-hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico.
-Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la
-corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando
-nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido
-tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo,
-porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada.
-Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos
-para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda
-evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.</p>
-
-<p>—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y
-altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura
-que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta
-honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre
-al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más
-recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo
-que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que
-pueda servir de fundamento á tan vil especie.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span></p>
-
-<p>—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...</p>
-
-<p>—Ni en ningún otro terreno.</p>
-
-<p>—En el de la intención, en el de la voluntad...</p>
-
-<p>—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha.
-Fidela es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su
-tosquedad es muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva
-yo á oirte semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con
-la blandura que acostumbro usar contigo.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que
-á mi hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de
-Morentín?</p>
-
-<p>—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y
-delicado.</p>
-
-<p>—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de
-aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el
-archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que
-la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á
-veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín
-me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la
-victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado
-ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista
-que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza
-el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín<span
-class="pagenum" id="Page_142">[p. 142]</span> un modelo de virtudes, el
-mundo, atento á la composición de este matrimonio y á la vida ostentosa
-que lleváis, tendrá siempre por hecho inconcuso lo que Malibrán
-ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y se propague el rumor
-infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú crees error... y lo será
-por el momento.</p>
-
-<p>—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que
-tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se
-trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia
-de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella
-dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella
-es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del
-Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de
-reconocerla y acatarla.</p>
-
-<p>—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo
-se ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una
-lógica construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza
-á la opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto
-habría convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de
-esa malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio
-de este boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras
-nuevas, no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida
-hermana. La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres,
-las satisfacciones de la vanidad; flota<span class="pagenum"
-id="Page_143">[p. 143]</span> también el veneno, el microscópico
-bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y
-guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas;
-marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto
-de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia.
-Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y
-lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa
-constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que
-expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué
-uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana.
-Ahora, sufrir y callar.</p>
-
-<p>—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la
-turbación que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios
-quiera que á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la
-despreciará como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te
-prohibo pensar...</p>
-
-<p>—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso
-en otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el
-trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de
-la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.</p>
-
-<p>—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa
-y con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya,
-de tu pobrecita mente aburrida,<span class="pagenum" id="Page_144">[p.
-144]</span> holgazana, traviesa. Te lo prohibo, Rafael; sí, te prohibo
-pensar en eso.»</p>
-
-<p>Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba,
-masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir,
-quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un
-mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando
-oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á
-poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió
-Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él
-la tranquilizó diciéndole:</p>
-
-<p>—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con <i>la</i> calor
-y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no
-he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las
-sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.</p>
-
-<p>—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este
-país—observó Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.</p>
-
-<p>—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel
-Madrid tan cómodo...!</p>
-
-<p>Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los
-hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que
-los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio,
-aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de
-D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla,<span
-class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> y el rechinar del menudo
-guijo bajo su planta procerosa.</p>
-
-<p>La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y
-como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas
-de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo
-profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado
-de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas,
-prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio
-con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo
-melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del
-péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en
-cielo y tierra.</p>
-
-<p>Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras
-del jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con
-mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima
-de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de
-un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás
-de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima
-ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por él
-había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila, ésta
-debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez de
-procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole á
-grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y<span class="pagenum"
-id="Page_146">[p. 146]</span> á su carácter. ¿No era más humano y
-generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en ella se gozara, como
-el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor abundamiento, el
-pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría los mordiscos de la
-calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una forma, lo era en otra.
-¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á encumbradora de gente
-baja, y por querer hacer de un zafio un caballero y un prohombre? Este
-remusguillo de su conciencia, y la compasión vivísima que hacia su
-hermano político sintió en aquella hora solemne de la noche de verano,
-moviéronla á dirigirle palabras afectuosas. Echando su cuerpo fuera de
-la ventana, le dijo:</p>
-
-<p>—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay
-que fiarse mucho de los calores de esta tierra.</p>
-
-<p>—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.</p>
-
-<p>—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos
-coja usted un reuma, ó un catarro fuerte.</p>
-
-<p>—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito
-de Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese
-uno á enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente
-acuática.</p>
-
-<p>—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta
-que tengamos sueño.</p>
-
-<p>Rafael se aproximó también á la ventana. En<span class="pagenum"
-id="Page_147">[p. 147]</span> aquel instante, como si los sentimientos
-de Cruz se le comunicaran por misterio magnético, sintió asimismo
-lástima del hombre que odiaba.</p>
-
-<p>—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia
-hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para
-redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle
-infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había
-echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro,
-guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad
-compasiva la protección material que de él recibía.</p>
-
-<p>Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser
-insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando
-peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre
-todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores
-del mundo.</p>
-
-<p>—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera
-vez en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado
-de sus queridos negocios.</p>
-
-<p>Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la
-voluntad á la palabra.</p>
-
-<p>—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?</p>
-
-<p>Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no
-creyó que su cuñada le hablaba formalmente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span></p>
-
-<p>—Usted me busca el genio, Crucita.</p>
-
-<p>—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo
-hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores,
-los amigos importunos y mortificantes.</p>
-
-<p>—Eso es hablar como la Biblia.</p>
-
-<p>—Propongo que salgamos mañana—dijo la hermana mayor con
-resolución.—Ea, si don Francisco quiere...</p>
-
-<p>—¡Que si quiero!... Re-Cristo, ¿pues acaso estoy por mi gusto en
-esta tierra maldecida... ó por contentamiento de ustedes, y obediencia
-al fuero de la puerquísima moda?</p>
-
-<p>—Mañana, sí—repitió el ciego batiendo palmas.</p>
-
-<p>—¿Pero lo dicen de verdad, ó es ganas de marear más?</p>
-
-<p>—De verdad, de verdad.</p>
-
-<p>Y convencido de que no era broma, púsose el tacaño tan gozoso, que
-sus ojos relumbraban como las estrellas del cielo.</p>
-
-<p>—¡Conque mañana! No podía usted determinar, Crucita de mi alma,
-cosa más de mi agrado, ya estaba yo aquí como <i>el alma de Garibaldi</i>,
-suspenso y aburrido, mirando al cielo y á la tierra, y acordándome de
-mis cosas de Madrid, como se acordaría de la gloria divina, el que,
-después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del
-infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy
-como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones
-son el santo trabajo. No me divierte esta vida<span class="pagenum"
-id="Page_149">[p. 149]</span> boba del campo, ni le encuentro chiste á
-la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del baño y el paseíto
-se han hecho para mí. El verde para quien lo coma; y el campo <i>natural</i>
-es meramente una tontería. Yo digo que no debe haber campiñas, sino
-todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea para las ballenas. ¡Mi
-Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que mañana? Para otro año
-viene la familia sola, si quiere fresco caro. Yo á mi calor barato me
-atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de Agosto, se templa Madrid,
-<i>maxime</i> de noche, y da gusto salir á tomar la fresca por aquellos
-altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan los melones y el
-riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y dejar á Fidela que
-duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo. ¿Á qué hora pasa
-el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto amanezca pedimos
-el coche y salimos pitando... No hay que volverse atrás, Crucita.
-Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas de miel, <i>vulgo</i>
-promesas, que bien me merezco la realidad de esta vuelta á Madrid,
-por la paciencia con que he venido á estas tierras chirles, sin más
-<i>objetivo</i> que zarandear á la familia, y darnos tono ¡con cien mil
-Biblias! tono... Siempre el dichoso <i>buen tono</i>, que á mí me parece un
-tono muy mal entonado.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span></p>
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la
-colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á
-buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga,
-y <i>descubriera</i> nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello
-es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas.
-¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles
-asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota!
-¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había
-lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser
-cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto,
-Señor, que los pueblos se llamen como las óperas!</p>
-
-<p>Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que
-vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas
-del elemento oficial y del <i>elemento particular</i>, no encontró la
-ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era
-grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos
-planes de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se
-había suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear
-tenerle por amigo. Antes del viaje, apenas cam<span class="pagenum"
-id="Page_151">[p. 151]</span>biaban más palabras que las generales
-de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro frases
-insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían
-acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo
-parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer
-sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del
-día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz,
-que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de
-contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando
-sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si
-temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que
-por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el
-estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á
-pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se
-irritaba.</p>
-
-<p>—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía
-Fidela,—¿por qué temes...?</p>
-
-<p>—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero
-verle nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese
-<i>spleen</i> sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco
-que habla. En fin, Dios dirá.</p>
-
-<p>En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas
-personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban<span
-class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span> todavía por playas y
-balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto la única excepción de
-aquella desbandada, Zárate, que por la escasez que suele acompañar á
-la sabiduría, no veraneaba más que quince ó veinte días en El Escorial
-ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el tacaño con su amigo y consultor
-<i>científico</i>, casi solos todas las noches, platicando sobre temas
-sabrosísimos, como la cuestión de Oriente, los abonos químicos, la
-redondez de la tierra, el Papado en sus relaciones con el Reino de
-Italia, las pesquerías del Banco de Terranova... En aquella temporada
-de fecundos progresos, aprendió D. Francisco dicciones muy chuscas,
-como <i>la tela de Penélope</i>, enterándose del por qué tal cosa se decía,
-<i>la espada de Damocles</i>, y <i>las kalendas griegas</i>. Además leyó por
-entero <i>El Quijote</i>, que á trozos conocía desde su mocedad, y se
-apropió infinidad de ejemplos y dichos, como <i>las monteras de Sancho</i>,
-<i>peor es meneallo</i>, <i>la razón de la sinrazón</i>, y otros que el indino
-aplicaba muy bien, con castellana socarronería, en la conversación.</p>
-
-<p>Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que
-sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana
-mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del
-cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran
-<i>peripecia</i>.</p>
-
-<p>—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á
-consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opi<span
-class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span>nión mía; quizás me
-equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos no me demuestren
-lo contrario. Yo creo... que <i>nuestro joven</i> no está loco, sino que lo
-finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su gusto en el proceso
-de un drama de familia.</p>
-
-<p>—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia,
-amigo Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero
-aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya
-parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más
-vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo
-nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. <i>Peor
-es meneallo...</i> Por lo demás, creo también que en algunos períodos,
-su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan
-oportunamente.</p>
-
-<p>Y se quedó con la duda de quien sería aquel <i>Jamle</i>; pero no quiso
-preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y
-lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.</p>
-
-<p>—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo
-Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de
-Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba
-solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo
-<i>to be or not to be</i>.</p>
-
-<p>—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo<span class="pagenum"
-id="Page_154">[p. 154]</span> noté, y no se me escaparon los <i>puntos de
-contacto</i>. Porque yo observo y callo.</p>
-
-<p>—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.</p>
-
-<p>—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?</p>
-
-<p>—Verdad.</p>
-
-<p>—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.</p>
-
-<p>—Exactamente.</p>
-
-<p>—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se
-les den tantas denominaciones. Les dicen <i>vates</i>, les dicen también
-<i>bardos</i>. Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un
-artículo que le <i>dedican</i> á ese chiquillo á quien yo protejo, y el
-condenado crítico le llama <i>bardo</i> acá, <i>bardo</i> allá, y le echa unos
-inciensos que apestan. Á los versos que ese chico compone los llamaría
-yo <i>bardales</i>, porque aquello no hay cristiano que lo entienda, y se
-pierde uno entre tanta hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin,
-<i>peor es meneallo</i>.</p>
-
-<p>Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que
-debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente
-salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias.
-Hallaba <i>puntos de contacto</i> entre ciertas doctrinas y el principio
-evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y
-empleadas con dudosa oportunidad.</p>
-
-<p>Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre,
-trájole muy buenas noti<span class="pagenum" id="Page_155">[p.
-155]</span>cias de Londres. Las compras de <i>rama</i> se harían por
-personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que
-sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar
-con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar
-más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado
-en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país,
-y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo
-disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella
-el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo
-práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por
-tan excelente, que le abrazó entusiasmado.</p>
-
-<p>—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único
-aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos
-ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los
-inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré <i>cómo vé</i>
-usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos
-pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada
-año.</p>
-
-<p>—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted <i>mi
-línea de conducta</i>. En las condiciones que propongo, entro, vaya si
-entro.</p>
-
-<p>Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de
-acuerdo en todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues
-almorzaba<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span> aquel día
-con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana), le
-dijo con semblante gozoso:</p>
-
-<p>—Aquéllo me parece que es cosa hecha.</p>
-
-<p>—¿Y que es <i>aquéllo</i>?</p>
-
-<p>—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?</p>
-
-<p>—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que
-<i>aquéllo</i> era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su
-bolsillo.</p>
-
-<p>—¡Ah! pues téngalo por hecho.</p>
-
-<p>—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!</p>
-
-<p>—¿Es de veras que no tiene noticia?</p>
-
-<p>—Lo que tengo es el alma en un hilo, <i>¡ñales!</i> ¿Apostamos á que
-ahora viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy
-echando setenta llaves á la caja.</p>
-
-<p>—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un
-almuercito á los compromisarios... una docena de telegramas...</p>
-
-<p>—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?</p>
-
-<p>—Que le sacamos á usted senador.</p>
-
-<p>—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?</p>
-
-<p>—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde
-hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra,
-el Bierzo...</p>
-
-<p>—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes
-bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.</p>
-
-<p>—¿Pero no le agrada...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span></p>
-
-<p>—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.</p>
-
-<p>—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se
-pierde, y se puede ganar algo...</p>
-
-<p>—¿<i>Y aun algos</i>?</p>
-
-<p>—Sí, señor, y aun <i>muchísimos algos</i>.</p>
-
-<p>—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, <i>vulgo Cámara Alta</i>, y
-si me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi <i>desideratum</i> es la
-reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías
-en todas las esferas sociales. Que se acabe esa <i>tela de Penélope</i>
-de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el
-cual está suspendida, como <i>una espada de Damocles</i>, la bancarrota. Yo
-me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello
-exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la <i>condición
-sine qua non</i>, la única, la principal de todas las <i>condiciones sine
-qua nones</i>.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_9">
- <h3>IX</h3>
-</div>
-
-<p>No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su
-cuñada sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se
-desayunaba, la interrogó con timidez.</p>
-
-<p>—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel
-cocido—contestóle Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni
-mucho menos<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> de
-nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes
-y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una
-de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos
-y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé
-yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría
-vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un
-acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo,
-de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte
-por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo
-una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!</p>
-
-<p>—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi
-senaduría vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí
-ser senador, y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el
-gusto de decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? <i>Por lo demás</i>,
-yo no lo ambiciono, <i>ni de cerca ni de lejos</i>. <i>Mi línea de conducta</i>
-es trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese
-turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.</p>
-
-<p>—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene...
-Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país
-natal.</p>
-
-<p>—Villafranca del Bierzo.</p>
-
-<p>—La provincia de León.</p>
-
-<p>—Ya estoy viendo la nube de parientes con<span class="pagenum"
-id="Page_159">[p. 159]</span> hambre atrasada que van á caer sobre
-mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y de irles
-despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy bien su
-pico de oro.</p>
-
-<p>—Pues sí, yo me encargo de <i>ese ramo</i>. ¿Qué no haré yo para tenerle
-á usted contento, y rodeado de satisfacciones?</p>
-
-<p>—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy
-viendo venir la puñalada.</p>
-
-<p>—¿Por qué lo dice?</p>
-
-<p>—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí
-navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.</p>
-
-<p>—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No
-me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas
-ganancias.</p>
-
-<p>—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no
-ha salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y <i>por
-ende</i>, de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma
-vienen truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy
-gorda...</p>
-
-<p>—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí
-(<i>apuntándose á la frente con su dedo índice</i>). Es cosa muy grave, y no
-acabo de decidirme.</p>
-
-<p>—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias
-pasteleras en pasta y por<span class="pagenum" id="Page_160">[p.
-160]</span> empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que usted
-<i>acaricia</i>?</p>
-
-<p>—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del
-comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.</p>
-
-<p>Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno
-proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para
-decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado
-sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que
-se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se
-hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su
-espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á
-la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No
-habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en
-una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro
-paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y
-casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo
-que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que
-el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes
-elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en
-quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida,
-damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar
-mejor las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación
-moral.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span></p>
-
-<p>Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y
-al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino
-trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención
-súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo
-era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas,
-con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo,
-y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se
-excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas,
-cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para
-hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de
-envidiosos.</p>
-
-<p>Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas
-de su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado
-á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de
-extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban
-hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su
-apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más
-extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre;
-á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas,
-y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le
-habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba
-de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas
-horas del día, piñones tostados para después del chocolate, y<span
-class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> á las once gelatinas y
-algún bartolillo de añadidura.</p>
-
-<p>Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames
-que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella,
-suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como
-inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas
-no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su
-alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales
-absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que
-tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito
-que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los
-problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio
-superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no
-observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate
-decía:</p>
-
-<p>—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea
-la vida orgánica. Desconoce el <i>elemento</i> afectivo. Las pasiones son
-letra muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.</p>
-
-<p>Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy
-felices para después que <i>aquéllo</i> pasase. Pero Zárate, que era de
-los pocos que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro
-las esperanzas, asegurando que la maternidad despertaría en ella
-instintos contrarios á toda distracción, haciéndola estúpidamente<span
-class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span> honrada, é incapaz de
-ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua
-los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en
-cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.</p>
-
-<p>Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo
-en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban
-todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo.
-Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la
-ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la
-cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con
-la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo.
-No lo expresaba él así; pero tales eran, <i>mutatis mutandis</i>, sus
-pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela
-con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de
-afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á
-veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces
-semejante al afecto filial.</p>
-
-<p>Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en
-aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si
-comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados
-de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y
-éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad con
-la señora de Torquemada. Ha<span class="pagenum" id="Page_164">[p.
-164]</span>bíase iniciado entre uno y otro cierto despego, que sólo se
-manifestaba en imperceptibles accidentes de la acción y la palabra, tan
-sólo notados por la agudísima, por la adivinadora Cruz.</p>
-
-<p>Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante,
-encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido
-á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á
-su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de
-ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.</p>
-
-<p>—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis
-pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella
-tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no
-han querido darme la vitalicia? (<i>Denegación de Fidela.</i>) Bien decía yo
-que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo,
-aunque la verdad, esto de la senaduría no <i>viene á llenarme ningún
-vacío</i>... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo
-cosas malas, <i>Biblias y Cristos</i>, y todo el palabreo que uso cuando me
-da la corajina.</p>
-
-<p>—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á
-reir.</p>
-
-<p>—¡Bah! ya te ríes, <i>de lo cual se desprende</i> que no es nada.</p>
-
-<p>—Algo hay; cosas de familia...</p>
-
-<p>—¿Pero qué, por vida de la...?</p>
-
-<p>—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span></p>
-
-<p>—¿Rafaelito, qué?</p>
-
-<p>—Que mi hermano no me quiere ya.</p>
-
-<p>—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya
-vuelve el <i>punto</i> ese con sus necedades?</p>
-
-<p>—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no
-están bien en su boca.</p>
-
-<p>—¿Qué te ha dicho?</p>
-
-<p>—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas
-muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que
-habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y
-que yo no te merezco.</p>
-
-<p>—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.</p>
-
-<p>—Que eres digno de lástima.</p>
-
-<p>—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo
-esquilmado que me tiene.</p>
-
-<p>—No es por eso.</p>
-
-<p>—¿Pues por qué, <i>ñales</i>?</p>
-
-<p>—Si dices indecencias me callo.</p>
-
-<p>—No, no las digo, <i>¡ñales, re-ñales!</i> Tu hermanito me está cargando
-otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que
-evitemos <i>todo punto de contacto</i> entre él y yo.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_10">
- <h3>X</h3>
-</div>
-
-<p>—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con
-entonación trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su
-madre cuando descubre...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span></p>
-
-<p>—¿Qué?... ¿Y quién es ese <i>Jamle</i>, ¡Cristo!, quién es ese <i>punto</i>
-que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á
-relucir á cada triquitraque? ¡<i>Jamle</i>, dale con <i>Jamle</i>!</p>
-
-<p>—Era un Príncipe de Dinamarca.</p>
-
-<p>—Sí; que andaba averiguando aquello de <i>ser ó no ser</i>. ¡Valiente
-bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con
-nosotros?</p>
-
-<p>—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo
-que Hamlet á su madre...</p>
-
-<p>—Que también debía de ser una buena ficha.</p>
-
-<p>—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas
-tragedias de Shakespeare.</p>
-
-<p>—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el <i>Sí de las niñas</i>.</p>
-
-<p>—No, hombre... ¡Qué bruto eres!</p>
-
-<p>—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me
-importa, y en sabiendo que ese <i>Jamle</i> es todo invención de poetas, no
-me interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No
-hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras
-llover... ¿Y tu hermana?</p>
-
-<p>—Ha ido á compras.</p>
-
-<p>—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!</p>
-
-<p>—¿Dónde?</p>
-
-<p>—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi <i>líquido</i>. Tu hermana
-y yo vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos <i>abrigará</i>; qué nuevos
-<i>graváme<span class="pagenum" id="Page_167">[p. 167]</span>nes</i> me
-esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del
-verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos
-pensando qué será, qué no será.</p>
-
-<p>Fidela se sonreía picarescamente.</p>
-
-<p>—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo
-á tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí
-y á todo el globo terráqueo.</p>
-
-<p>—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde
-decírtelo. Ella te lo dirá.</p>
-
-<p>—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay
-para mí <i>momento histórico</i> que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no
-respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?</p>
-
-<p>—Hombre, no tanto.</p>
-
-<p>—¿Se trata de <i>gravamen</i>, y de que yo no pueda economizar?...
-¡Demonio, así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí,
-y aquí estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son
-muchos, ¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos
-de un hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora
-mi cuñadita barre para afuera.</p>
-
-<p>—No exageres, Tor...</p>
-
-<p>—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?</p>
-
-<p>—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la
-sorpresa que quiere darte.</p>
-
-<p>—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso
-natural.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span></p>
-
-<p>—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y
-atribuciones que...</p>
-
-<p>—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un <i>jollín</i> en
-casa.</p>
-
-<p>—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te
-pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la
-pata (<i>tomándole una mano</i>). Aquí quietecito y hablando á lo caballero,
-sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.</p>
-
-<p>—Pues sácame de dudas.</p>
-
-<p>—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi
-hermana te...?</p>
-
-<p>—Prometido.</p>
-
-<p>—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...</p>
-
-<p>—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.</p>
-
-<p>—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...</p>
-
-<p>—Muy señora mía.</p>
-
-<p>—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.</p>
-
-<p>—Ya me entero, sí.</p>
-
-<p>—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á
-mamá le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra
-desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San
-Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que
-por transmisión de títulos del Reino...</p>
-
-<p>—Demonio, <i>¡ñales!</i> ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu
-hermana...</p>
-
-<p>—Es sacar ese título, para lo cual hay que<span class="pagenum"
-id="Page_169">[p. 169]</span> instruir un expediente, y pagar lo que se
-llama medias annatas...</p>
-
-<p>—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la
-Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo
-que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.</p>
-
-<p>—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el
-título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden.
-¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida.
-Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...</p>
-
-<p>—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose
-el sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?</p>
-
-<p>—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia
-del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del
-emperador Carlos V.</p>
-
-<p>—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos...
-Costará... ¿quinientos reales?</p>
-
-<p>—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!</p>
-
-<p>—¿Costará dos mil?</p>
-
-<p>—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por
-su título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho
-mil duros.</p>
-
-<p>—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo
-de fiera por la habita<span class="pagenum" id="Page_170">[p.
-170]</span>ción...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá estar el
-título hasta las <i>kalendas griegas</i> por la tarde, si esperan que yo
-lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho mil
-duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira
-lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa.
-Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al
-límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia,
-y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no
-he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento
-de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser
-Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal,
-que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran
-memorialista con casa abierta?</p>
-
-<p>—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa
-seré yo, y por consiguiente tú Marqués.</p>
-
-<p>—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú
-que yo Marqués!</p>
-
-<p>—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...</p>
-
-<p>—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la
-noble industria de hacer á los señores cerdos una operación que les
-ponía la voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!</p>
-
-<p>—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el
-<i>Becerro</i>, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en
-línea recta del rey D. Mauregato.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span></p>
-
-<p>—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera
-bromas. (<i>Parándose ante ella, en jarras.</i>) ¿Tienes tú el capricho de
-ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? <i>En una palabra</i>: ¿es para tí
-cuestión de <i>ser ó no ser</i>, como dijo el otro?</p>
-
-<p>—No lo creas: no tengo esa vanidad.</p>
-
-<p>—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó <i>Juana Particular</i>?</p>
-
-<p>—Lo mismo.</p>
-
-<p>—Pues si tú no <i>acaricias esa idea</i> de ponerte corona, ni yo
-tampoco, ¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?</p>
-
-<p>—<i>Lanzas y medias annatas.</i></p>
-
-<p>—Jamás oí tal terminacho.</p>
-
-<p>—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo
-á Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de
-Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título
-sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de
-Carlos IV.</p>
-
-<p>—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco,
-dándose palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como
-no saque yo las uñas... <i>En una palabra</i>, ¡no, no, y mil veces no!
-Me rebelo... Lanzas y medias annatas... (<i>Con desvarío.</i>) Digo que
-no... Lanzas... San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando,
-¿no lo ves?... Medias annatas... digo que no... Medias coloradas...
-(<i>Alzándola voz.</i>) Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu her<span
-class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span>mana me ataque con esta
-socaliña, voy y... <i>en una palabra</i>, me suicido.</p>
-
-<p>—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.</p>
-
-<p>—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me
-fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (<i>Repitiéndolo como
-para fijarlo en la memoria.</i>) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si
-quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco
-de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso
-que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de
-faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se
-me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas...
-medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos
-rebelamos, ¿sí ó no?</p>
-
-<p>Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela
-acudió á él, y acariciándole le trajo al sofá.</p>
-
-<p>—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?</p>
-
-<p>—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos
-hace maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy...
-annatas... digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que
-compre ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que
-quiera.</p>
-
-<p>—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo
-serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad,
-te vendrá el título como anillo al dedo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_173">[p. 173]</span></p>
-
-<p>—Si no costara dinero, no te digo que no.</p>
-
-<p>—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay
-otra razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra
-el brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu
-hijo?</p>
-
-<p>De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por
-un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el
-buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo,
-dentro de la escasez de sus medios retóricos.</p>
-
-<p>—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués.
-¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que
-sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para
-ellos títulos que tengan algún <i>punto de contacto</i> con la ciencia,
-verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de
-<i>la cuadratura del círculo</i>, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad?
-Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese
-gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año...
-Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da
-vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de
-la casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca...
-Cierto que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues
-oye lo que se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que
-aplace el asunto del marquesado hasta que el hijo<span class="pagenum"
-id="Page_174">[p. 174]</span> nazca; no, no, hasta que le tengamos
-crecidito.</p>
-
-<p>—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque
-los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una
-vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus
-intrigas.</p>
-
-<p>—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto
-jicarazo me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la
-sepultura en el <i>momento histórico</i> menos pensado. Todo se remediaría
-poniéndote tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi <i>interés</i>;
-porque al paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses
-de la <i>Perra Chica</i>...</p>
-
-<p>No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla
-que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza.
-Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que
-todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz,
-ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba
-en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la
-calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que
-se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho
-alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de
-comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban.
-Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín...
-marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias
-annatas.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span></p>
- <h3>XI</h3>
-</div>
-
-<p>Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus
-altos designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas
-los sapos y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran
-las estrellas del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución.
-Precisamente, en el <i>momento histórico</i> de la referida conversación
-entre D. Francisco y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico
-y el investigador de genealogías con las manos en la masa, esto
-es, fabricándole un escudo al tacaño, lo que en verdad no era para
-ellos difícil, por ser el apellido Torquemada de noble sonsonete, de
-composición castiza, y muy propio para buscarle orígenes tan antiguos
-como los Jerusalem. Cruz no se paraba en barras, y antes de hablar con
-su cuñado, lo dispuso todo para la pronta ejecución de su arrogante
-idea, apretándole á ello el ansia de cogerles la delantera á los
-indecentes Romeros. Encargó en Gracia y Justicia que se activase el
-expediente, dispuso que con la mayor brevedad posible se compusiesen
-todos los árboles genealógicos y todas las ejecutorias que fueran
-menester, y no faltaba más que imponer al bárbaro el <i>gravamen</i>, con
-firme voluntad, como la cosa más conveniente para la familia y para él
-mismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span></p>
-
-<p>Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía
-del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa.
-Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las
-ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su
-representación social se acrecía con la corona, <i>traduciéndose</i> tarde ó
-temprano en beneficios <i>contantes</i>. No le convenció más que á medias,
-y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á
-la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo
-enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró
-de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle
-y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía;
-figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía
-efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse
-el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar,
-y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda
-regla.</p>
-
-<p>Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado
-y los conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien
-hubo de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con
-muy buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas
-como él (como el señor de Torquemada) eran las que representaban
-dignamente el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón.
-Veíase tratado<span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span>
-con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y
-lo mismo el Presidente que todos los señores <i>de la Mesa</i> le traían
-en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios
-nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los
-efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de
-satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus
-impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con
-gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se
-congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la
-alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce
-adelantos en el más rebelde de sus discípulos.</p>
-
-<p>Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía
-Cruz para empujarle, <i>velis nolis</i>, por aquella senda, bastará decir
-que á poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su
-acta, limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario
-de <i>Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal</i>, empantanado desde
-la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los
-vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué
-sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias
-del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto
-el que armaron, aclamando al <i>preclaro hijo del Bierzo</i>. Algo había
-hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la co<span
-class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span>misión, hablar al Ministro
-en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía por esto autor del
-milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de verse objeto de tales
-ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas rimbombantes que le
-pusieron de allá, ni de los panegíricos que en su honor entonaron el
-alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en su tertulia, el cacique en
-mitad de la calle, y hasta el cura en el púlpito sagrado. Y trajo una
-carta <i>El Imparcial</i>, en que narraba el efecto causado por la noticia
-en aquella sensata población, describiendo cómo había perdido el
-sentido todo el sensatísimo vecindario; cómo habían sacado en procesión
-por las calles, entre ramas de laurel, un mal retrato de D. Francisco
-que se proporcionaron no se sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que
-atronaban los aires expresando la gratitud con sus restallidos, y cómo,
-en fin, le aclamaron con roncas voces, llamándole <i>padre de los pobres,
-la primera gloria del Bierzo y el salvador de la patria leonesa</i>.</p>
-
-<p>Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo
-uno.</p>
-
-<p>—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas
-satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen
-los éxitos de debajo de las piedras.</p>
-
-<p>Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron
-sus tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media
-lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor<span class="pagenum"
-id="Page_179">[p. 179]</span> propio satisfecho, y el temor de que
-todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos <i>gravámenes</i>.</p>
-
-<p>Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los
-vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron
-cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero
-á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta,
-según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube...
-Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba
-engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero
-dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le
-libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que
-por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes
-de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la <i>Biblia en
-pasta</i>, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para
-carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros
-aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque
-aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil
-chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte,
-aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más
-allá que se variara el trazado de la carretera.</p>
-
-<p>Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas
-muy extrañas. Cayó asi<span class="pagenum" id="Page_180">[p.
-180]</span>mismo sobre la casa un buen golpe de leoneses residentes
-en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que pedían
-protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á sus
-postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un
-individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado
-por cierto, <i>del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo
-para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc...</i> Y otros enviaban
-versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían
-comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria.
-Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á
-su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y
-les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que
-se fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan
-alta, que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia
-de un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de
-la visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa
-por D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas
-de la Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba
-determinación alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le
-sentaba á comer en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían
-una idea tan hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las
-carretadas de dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de
-paño pardo y refajo verde, vi<span class="pagenum" id="Page_181">[p.
-181]</span>nieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco cuando
-era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de Paradaseca; y
-no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo le saludara
-con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete <i>La Presumida
-burlada</i>: «<i>¡So burro, hijo mío!</i>»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_12">
- <h3>XII</h3>
-</div>
-
-<p>Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba
-con algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su
-cara un aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes.
-Por fin, le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó
-que tan sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á
-los que traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran
-castañas y bellotas, que á él le gustaban mucho.</p>
-
-<p>En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido
-para ésta y la comisión, se aventuraba á <i>ilustrar á sus compañeros</i>
-con alguna idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de
-cuestiones de Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde
-que se sentó en los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los
-sablazos en una ú otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento
-¡Señor! que no se pueda figurar conforme al propio mérito, sin<span
-class="pagenum" id="Page_182">[p. 182]</span> dar sangrías á cada rato
-al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso
-de cualquiera de aquellos <i>puntos</i>, ya otra colecta para erigir un
-monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían
-por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando
-por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante
-<i>víctimas</i> por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y
-viudas y huérfanos del <i>Sursum Corda</i>! Era un gotear frecuente, que al
-cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio
-no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo
-se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres
-confería! Tan cargado estaba ya de ser <i>hijo ilustre</i>, que una noche,
-al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero
-le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral
-de <i>ñales</i>, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor
-día tiraba el acta en medio del redondel, <i>vulgo hemiciclo</i>, y otro
-que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo
-de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y
-ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de
-convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron
-todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio
-que banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así
-lo reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agrada<span
-class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span>cerlo, y alegrarse
-de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran de su
-dignidad.</p>
-
-<p>Pues señor, por aquel camino pronto llegaría <i>la de vámonos</i>.
-¡Comidas de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde
-Octubre venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un
-diario abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la
-sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia.
-Pues con el <i>nuevo régimen</i> de convites, crecería la suma, hasta llegar
-á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun
-á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor
-día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las
-murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y
-de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de
-sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos
-arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que
-siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por
-un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era
-lo lógico, y lo procedente, y lo que <i>se caía de su peso</i>. ¿Á qué tanto
-lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso
-convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos,
-chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de
-la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella
-gente, y los hermanos del ministro, y el gene<span class="pagenum"
-id="Page_184">[p. 184]</span>ral Morla, y otros tantos que no hacían
-más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy malo? Verdad
-que él también lo encontraba todo pésimo, pues política que no fuese
-de economías á raja tabla, <i>caiga el que caiga</i>, era una política de
-muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte comensales,
-que concluían por darle la razón.</p>
-
-<p>Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues
-el pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos,
-era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas
-por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas
-sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó
-resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura
-barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese,
-gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas era
-un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas. La
-ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el primer
-año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en firme todas
-las acciones del ferrocarril de <i>Villafranca</i> á <i>Minas de Berrocal</i>,
-con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los bercianos
-verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus compinches
-harían una buena jugada <i>largando</i> las acciones después de hacerlas
-subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican, hasta las
-nubes. Esto, y el arreglo<span class="pagenum" id="Page_185">[p.
-185]</span> con la casa de Gravelinas, á la cual se asignó una pensión
-por la vida del Duque actual y diez años más, quedándose Torquemada y
-compañeros negociantes con todos los bienes raíces (que se venderían
-poco á poco, recibiendo en pago las obligaciones emitidas por la
-casa ducal), la fortuna del tacaño iba creciendo como la espuma, en
-progresión descomunal, amén de sus innumerables negocios de otra
-índole, compra y venta de títulos, con tal tino realizadas, que jamás
-se equivocó en los cálculos de alza y baja, y sus órdenes en Bolsa
-eran la clave de casi todas las jugadas de importancia que allí se
-hacían.</p>
-
-<p>Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que
-esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación
-de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería
-dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre
-endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus
-tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de
-aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, <i>como tenía derecho
-á esperar</i>, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero?
-«<i>Me inclino á creer</i> que sí—decía para su capote, con verdadero
-derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida
-Naturaleza <i>tergiversase la cuestión</i>, y la criatura me saliese con
-instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me
-devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No
-hay expresión<span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> para
-esta idea. Pronto hemos de salir del <i>dilema</i>. Y bien podría resultar
-hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá lo veremos. <i>Me
-inclino á creer</i> que será varón, <i>y por ende</i>, otro Valentín; <i>en una
-palabra</i>, el mismo Valentín <i>bajo su propio aspecto</i>. Pero ellas no lo
-creen así sin duda, y de aquí la expectación que <i>reina</i> en todos, como
-cuando se aguarda la extracción de la Lotería.»</p>
-
-<p>Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los
-días, anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo
-equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena
-de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el
-24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma,
-con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose
-Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de
-Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la
-obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque
-la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos
-doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron
-la colaboración de una tercera eminencia.</p>
-
-<p>Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de
-la casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía
-más que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio
-al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna
-refe<span class="pagenum" id="Page_187">[p. 187]</span>rente á sus
-vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á enterarse y hacerle
-compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le había hecho maldita
-gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas á Quevedito, que
-oficiaba como ayudante, le dijo:</p>
-
-<p>—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad
-de Cruz, que siempre <i>tiende</i> á hacerlo todo en grande, aunque no sea
-menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en
-gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías
-y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda,
-manda. <i>Es refractaria</i> á la modestia y á la moderación, y con ella no
-valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que
-digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y
-tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo
-confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con
-la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias
-annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, <i>vulgo</i> Jesucristo, ó
-en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te
-separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos
-tres <i>puntos</i> de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo
-que Dios quiera. No vivo hasta no ver...</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span></p>
- <h3>XIII</h3>
-</div>
-
-<p>Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y
-difíciles. Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un
-tris estuvo que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se
-acordó esperar, y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro
-afanado, rindióse al temor del peligro, y se manifestó conforme con
-que se trajera más <i>personal facultativo</i>, si era menester. Calmóse
-la parturienta á prima noche, sin que desapareciese la gravedad;
-presentáronse síntomas favorables, y aun se aventuraron los comadrones
-á reanimar con risueñas esperanzas á la atribulada familia. La cara de
-don Francisco era de color de cera: creeríase que el bigote no estaba
-en su sitio, ó que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la
-frente gotas gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura
-para levantar el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas,
-en expectativa del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar
-rienda suelta á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro
-que tomase la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener
-que hacer cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué
-á parar al cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su
-sillón, hablando con Morentín de cosas literarias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span></p>
-
-<p>—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía
-que estaba usted aquí.</p>
-
-<p>—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á
-usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que
-usted espera...</p>
-
-<p>—¿Y segundo?</p>
-
-<p>—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar
-juntas las dos enhorabuenas.</p>
-
-<p>—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San
-Eloy... medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está
-inventando pamplinas para sacarnos del <i>statu quo</i>, y meterme á mí, tan
-humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo
-de qué viene ese título?</p>
-
-<p>—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo
-picado.—Data del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa
-corona personas de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón,
-gran maestre de Santiago, y capitán general de las galeras de Su
-Majestad.</p>
-
-<p>—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh,
-qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con
-qué poner un puchero, como <i>ciertos y determinados</i> títulos que
-viven de trampas... Mi <i>bello ideal</i> no es la nobleza: tengo yo una
-manera <i>sui generis</i> de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me
-despotrico contra la aristocracia tronada, y con<span class="pagenum"
-id="Page_190">[p. 190]</span>tra la que no tiene más <i>desideratum</i>
-que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un pobre que ha logrado
-asegurarse la <i>clásica</i> rosca, y nada más. Es cosa triste que lo ganado
-tan á pulso se emplee en marquesados. Ni qué tengo yo que ver con ese
-hijo de tal que mandó en las galeras del Rey... No lo tomes á mal,
-Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á tus antepasados... muy
-señores míos... Sin duda fueron unos <i>puntos</i> muy decentes. Pero es
-que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que me cuesta y un diez
-por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea, Morentín, vendo la
-corona. ¿La quiere usted?</p>
-
-<p>Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda
-su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le
-colmaban de júbilo.</p>
-
-<p>—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, <i>en
-parangón</i> del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y
-apechugo con todo, incluso con las medias annatas.</p>
-
-<p>—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena
-convicción,—y le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de
-su cuidado.</p>
-
-<p>—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.</p>
-
-<p>—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de
-hoy, sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.</p>
-
-<p>—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo<span class="pagenum"
-id="Page_191">[p. 191]</span> Morentín, queriendo desvirtuar con sus
-risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.</p>
-
-<p>—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy;
-yo me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen
-de la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos
-de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy
-el primero en <i>rendir parias</i> á la ciencia... Pero que veamos sus
-resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de
-Morentín?</p>
-
-<p>—Lo mismo digo yo.</p>
-
-<p>—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro
-lo contrario; y los tratamientos son como <i>el tejido de Penélope</i>, que
-hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se
-dejan de pagar las cuentas de los <i>señores Galenos</i>... ¡quiá!... Y yo
-<i>profeso la teoría</i> de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos.
-¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van
-ganando... Aquí estamos <i>en actitud espectante</i>, diciendo «qué será,
-qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y <i>les soy á
-ustedes franco</i>: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las
-manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y
-se sobraba; tal es mi humilde <i>punto de vista</i>.»</p>
-
-<p>Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre
-sus respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto,
-á quien atizó varios pescozones, sin que ni<span class="pagenum"
-id="Page_192">[p. 192]</span> el agresor ni la víctima se hicieran
-cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don Francisco
-se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios de su
-insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del lacayo,
-que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con pan. El
-buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el cuerpo,
-le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando estaba de
-buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de espionaje,
-verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en el gabinete?
-¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de Taramundi?...
-Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se entere nadie,
-¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si estoy arriba,
-y tú le dices que tengo gente.»</p>
-
-<p>Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó
-á llorar.</p>
-
-<p>—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido
-sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay?
-¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?...
-No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de
-ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la
-mamá de Morentín, <i>enteramente</i>... ¿Y el señor de Zárate ha venido?...
-¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde
-está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto,
-y corre á decírmelo. Te es<span class="pagenum" id="Page_193">[p.
-193]</span>pero aquí... Entras haciéndote el tonto, creyendo que te han
-llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que salgamos bien, y que
-sea varón, ¿verdad?</p>
-
-<p>Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se
-fué á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó
-divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el
-suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de
-prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él
-lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento
-que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó
-le ponían furioso.</p>
-
-<p>Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó
-con júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.</p>
-
-<p>—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos
-angustiadísimos.</p>
-
-<p>—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se
-le puede dar á usted la enhorabuena?</p>
-
-<p>—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta,
-eminencias los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo
-en clase de comadrones.</p>
-
-<p>—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el
-resultado de la ciencia.</p>
-
-<p>—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un
-borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.</p>
-
-<p>—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance<span class="pagenum"
-id="Page_194">[p. 194]</span> se presenta dificultoso? Será que la
-familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el primer período?
-¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la pelvis?</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la
-<i>sella obstetricalis</i>?</p>
-
-<p>—Cállese usted, hombre... ¿<i>Á qué obedecen</i> esos aparatos? Dios
-quiera que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se
-despachan sin ayuda de facultativos.</p>
-
-<p>—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición
-sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se
-llamaban <i>omfalotomis</i>, fíjese usted, y en Roma <i>obstetrices</i>.</p>
-
-<p>No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron
-tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo
-estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó
-malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar
-por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había
-llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_2_14">
- <h3>XIV</h3>
-</div>
-
-<p>—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada
-escupiendo las palabras.</p>
-
-<p>—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus<span class="pagenum"
-id="Page_195">[p. 195]</span> alegres semblantes divulgaban la buena
-noticia.»</p>
-
-<p>Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación,
-encontróse D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran
-los de Cruz, que en su alegría loca le besó en ambos carrillos,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Varón, varón.</p>
-
-<p>—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado
-el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias
-annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por
-las tres eminencias.</p>
-
-<p>Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un
-momentito.</p>
-
-<p>—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre,
-que sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron
-multitud de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota,
-y llenándole la cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus
-<i>manifestaciones</i>... San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de
-la Medicina. Gracias mil... estimando... No me ha cogido de nuevas...
-Ya sabía yo que había de ser... del sexo masculino, <i>vulgo</i> macho...
-Dispensarme, no sé lo que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo
-el mundo. Vete á la taberna y que traigan unas copas de Cariñena...
-¡Qué disparate...! No sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y
-champañ... Señores, mil y mil gracias, por su <i>actitud</i> de simpatía
-y... beneplácito. Estoy muy contento... Seré <i>Mecenas</i> de todo el
-mundo... Que traigan peleón, digo Jerez... Bien<span class="pagenum"
-id="Page_196">[p. 196]</span> sabía yo el resultado de la
-<i>peripecia</i>... Lo calculé. Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga
-otro abrazo. ¡La ciencia...! <i>Lo... or</i> á la ciencia. Pero lo dicho: no
-se necesitaban tantos doctores. Ha sido un parto <i>meramente</i> natural y
-espontáneo, <i>por decirlo así</i>. Somos felices... Sí señora, felices...
-<i>enteramente</i>; tiene usted razón, <i>enteramente</i>...</p>
-
-<p>Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y
-de echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir,
-radiante.</p>
-
-<p>—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á
-abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á
-dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que
-nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente.</p>
-
-<p>—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.»</p>
-
-<p>Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones,
-comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de
-Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios.</p>
-
-<p>—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios...</p>
-
-<p>—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de
-la suerte, el niño mimado del Altísimo...</p>
-
-<p>No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de
-Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose
-de<span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span> que su hermana
-hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención del nuevo sér,
-que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo muy mal á D.
-Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo:</p>
-
-<p>—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de
-antaño, más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación
-en los siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás.</p>
-
-<p>El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín
-había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas
-y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una
-cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el
-Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del
-Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían
-permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de
-coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión,
-la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.</p>
-
-<p>No le pareció bien á Torquemada <i>llenar el buche</i> á toda la
-turbamulta, y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más
-íntimos, como Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á
-quien dió conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo
-en materia de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo
-que reclamaban las circunstancias. <i>Reasumiendo</i>: que celebraron allí
-la Noche Buena,<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> en
-improvisado banquete, comiendo y bebiendo <i>como fieras</i>, según dicho
-de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas <i>largas</i>, es decir,
-unas cincuenta personas, en <i>cifra redonda</i>. Tuvo el buen acuerdo el
-amo de la casa de no beber <i>champagne</i>, sino en dosis homeopática,
-y gracias á esta precaución se portó como un caballero, no dejando
-salir de sus autorizados labios ninguna inconveniencia, y hablando con
-todos el lenguaje fino y grave, que á su carácter y posición social
-correspondía. Menudearon los brindis en prosa y verso de madrugada ya,
-y Zárate concluyó por tratar de <i>tú</i> á D. Francisco, profetizándole que
-sería el dueño de toda la tierra, y que bajo su imperio se resolvería
-el problema de la aerostación, y se cortarían todos los istmos <i>para
-mayor fraternidad entre los mares</i>, y se unirían todos los continentes
-por medio de puentes giratorios... Brindaron otro por el Marquesado
-de San Eloy, que muy pronto adquiriría mayor lustre con la grandeza
-de España de primera clase, y no faltó quien pidiese á los señores de
-Torquemada, con el debido respeto, que diesen un <i>gran baile</i>, el día
-de Reyes, para celebrar el fausto suceso.</p>
-
-<p>Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de
-cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El
-sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto
-de aquella cena, y de los que vendrían <i>á renglón seguido</i>, pues la
-tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta<span
-class="pagenum" id="Page_199">[p. 199]</span> Año nuevo, á los allí
-presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á doce cada
-día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y yo el
-calzonazos <i>por excelencia</i>.» Acostóse ya cerca del día con la mitad
-del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles. ¿Sería
-broma, aquello del <i>gran baile</i>, ó lo dirían en serio? Cruz, al oirlo,
-se había reído; pero sin protestar, como habría protestado él, si se
-atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el sueño,
-porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se
-mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero
-que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto
-reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.</p>
-
-<p>—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?</p>
-
-<p>Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando
-el encargo á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales
-de lactancia, escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y
-abundante, los ubres muy pronunciados, y los andares resueltos.
-Mientras el tacaño visitaba á su esposa y al crío, Cruz estuvo
-tratando con aquel par de reses, y con los montaraces aldeanos que las
-acompañaban.</p>
-
-<p>—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de
-todo quería enterarse.</p>
-
-<p>—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una <i>fija</i>, y
-otra de suplente por si la primera se indispone.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span></p>
-
-<p>—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza
-y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el
-azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son
-lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.</p>
-
-<p>—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese
-bendito pimpollo que Dios le ha dado?</p>
-
-<p>—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo!
-¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve
-ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!</p>
-
-<p>—Por eso siempre tira usted al monte.</p>
-
-<p>—Pero vamos á ver, Crucita. <i>Seamos justos</i>... ¿Quién ha visto usted
-que tenga dos amas?</p>
-
-<p>—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...</p>
-
-<p>—¿Y acaso somos nosotros <i>testas coronadas, por decirlo así</i>? ¿Soy
-yo <i>por casualidad</i> Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de
-cartón?</p>
-
-<p>—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos
-y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un
-período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero,
-Príncipe de Asturias...</p>
-
-<p>—Dale con que soy...»</p>
-
-<p>Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre,
-congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse
-las uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan<span
-class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span> mal temple, Cruz se
-compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo período de
-grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no escuchaba
-más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma tan fuerte
-prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del pensamiento á
-la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre él era mayor
-y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya se comprende
-que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar su imperio
-y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones. El pobre
-tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate, y como Cruz
-le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre hablar, y
-las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer á ellos
-los términos groseramente expresivos que usar solía en su vida libre;
-tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el lenguaje de
-aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido por un
-carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.</p>
-
-<p>—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted
-verá... Yo soy la <i>economía por excelencia</i>, y usted el <i>despilfarro
-personificado</i>... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites
-diarios... medias annatas... Total, que <i>pululan</i> los gastos.</p>
-
-<p>—Los que <i>pululan</i> son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué
-supone todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría
-el<span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span> gasto si viera
-que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le ha ido bajo mi
-dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más gloriosos, amigo
-mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?</p>
-
-<p>El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de
-chocolate.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch_3_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span></p>
- <h2 class="nobreak">TERCERA PARTE</h2>
- <hr class="tir" />
-
- <h3 class="mt2">I</h3>
-</div>
-
-<p>Entró el año nuevo con buena sombra. Diríase que los Santos Reyes
-le habían traído al tacaño cuantos bienes del orden material puede
-imaginar la fantasía del más ambicioso. Llovía el dinero sobre su
-cabeza; apenas tenía manos para cogerlo; por añadidura, hasta se
-sacó, á medias con Taramundi, el premio gordo de la Lotería de fin
-de Diciembre, y ningún negocio de los emprendidos por él solo ó en
-comandita dejaba de fructificar con lozanos rendimientos. Nunca fué la
-suerte más loca, ni reparó menos en el desorden con que reparte sus
-dádivas. Atribuíanlo algunos á diabólicas artes, y otros á designios
-de Dios, precursores de alguna catástrofe; y si eran muchos los que
-le envidiaban, no faltaba quien le mirase con supersticioso temor,
-como un sér en cuya naturaleza alentaba infernal espíritu. Infinidad
-de personas quisieron confiarle sus intereses, con la esperanza de
-verlos aumentados en corto tiempo; pero él no consentía en manejar
-fondos de nadie, con ex<span class="pagenum" id="Page_204">[p.
-204]</span>cepción de tres ó cuatro familias de mucha intimidad.</p>
-
-<p>Pero si, en la esfera de los negocios, motivos tenía para reventar
-de satisfacción, en la propiamente doméstica no pasaba lo mismo, y
-el hombre, desde la entrada de año, se veía devorado por intensas
-melancolías. Los gastos de la casa eran ya como de príncipes: aumento
-de servidumbre de ambos sexos; libreas; otro coche, uno exclusivamente
-destinado á la señora y al ama con el niño; comidas de doce y catorce
-cubiertos; reforma de mueblaje; plantas vivas de gran coste para
-decorado de las habitaciones; abono en la Comedia, además del del Real;
-enormísimo lujo de trajes para el ama, que salía hecha una emperatriz
-á estilo pasiego, con más corales sobre su corpacho que pelos tenía
-en la cabeza. De Valentinico no se diga: á los pocos días de nacido,
-ya tenía en su <i>Debe</i> más gasto de ropa que su papá en los cincuenta
-y pico de años que contaba. Encajes riquísimos, sedas, holandas y
-franelas de lo más fino componían su ajuar, no menos lujoso que el de
-un Rey. Y á estas superfluidades, el usurero no podía oponerse, porque
-sus últimas energías estaban agotadas, y delante de Cruz no se atrevía
-ni á respirar; á tal grado llegaba, en el <i>nuevo orden de cosas</i>, el
-predominio de la tirana.</p>
-
-<p>El día de la Epifanía hubo gran comida, y por la noche recepción
-solemne, á que asistieron por centenares las personas de viso. Ya
-no se cabía en la casa, y fué preciso convertir el billar<span
-class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span> en salón, decorándolo
-con tapices, cuyo valor habría bastado para mantener á dos docenas
-de familias por algunos años. Verdad que tuvo don Francisco la
-satisfacción de ver en su casa ministros de la Corona, senadores y
-diputados, mucha gente titulada, generales y hasta hombres científicos,
-sin que faltaran <i>bardos</i>, y algún chico de la prensa, por lo cual
-decía para su sayo el Marqués de San Eloy: «Si buena ínsula me das,
-buenos azotes me cuesta.» El licenciado Juan de Madrid describía con
-pluma de ave de paraíso el espléndido sarao, concluyendo por pedir con
-relamidas expresiones que se repitiera. Á propósito de él, hicieron
-los Romeros un chiste, que corrió por toda la sociedad haciendo reir
-á cuantos le oían. Dijeron que el amo de la casa no pudo asistir
-porque... <i>había ido á esperar los Reyes</i>.</p>
-
-<p>Transcurrieron los meses de invierno sin más novedad que algunas
-indisposiciones de Valentinico, propias de la edad. Verdaderamente la
-criatura no parecía de cepa saludable, y algunos íntimos no ocultaban
-su opinión poco favorable á la robustez del heredero de la corona.
-Pero se guardaban muy bien de manifestarla, desde que ocurrió un
-desagradable incidente entre don Francisco y su yerno Quevedito.
-Hallábase éste una mañana hablando con Cruz de si la leche del ama era
-ó no superior, de la complexión raquítica del niño, y desembuchando con
-sinceridad médica todo lo que pensaba, se dejó decir:</p>
-
-<p>—El chico es un fenómeno. ¿Ha reparado usted<span class="pagenum"
-id="Page_206">[p. 206]</span> el tamaño de la cabeza, y aquellas
-orejas que le cuelgan como las de una liebre? Pues no han adquirido
-las piernas su conformación natural, y si vive, que yo lo dudo, será
-patizambo. Me equivocaré mucho, si no tenemos un marquesito de San Eloy
-perfectamente idiota.</p>
-
-<p>—¿De modo que usted cree...?</p>
-
-<p>—Creo y afirmo que el fenómeno...</p>
-
-<p>Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre
-de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su
-cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al
-amparo de un <i>portier</i>, y al oir repetida la palabra <i>fenómeno</i>, no
-tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo
-del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de
-estrangularle, gritaba:</p>
-
-<p>—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno
-eres tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota
-mi hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo.</p>
-
-<p>Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar
-su furia.</p>
-
-<p>—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento,
-arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su
-suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta
-señora no le trato á usted como merece. Adiós.</p>
-
-<p>—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es
-fenómeno!... La cabeza grande,<span class="pagenum" id="Page_207">[p.
-207]</span> sí... toda llena de talento macho... El idiota y el orejudo
-eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo?</p>
-
-<p>—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo,
-porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa.</p>
-
-<p>—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin
-aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted
-que decir...!</p>
-
-<p>—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno
-es una broma...</p>
-
-<p>—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le
-perdonaré.</p>
-
-<p>—Ya se ha ido.</p>
-
-<p>—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón.
-Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser
-para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de
-uñas conmigo <i>á raíz</i> de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa
-mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el
-venir acá?</p>
-
-<p>—¡Oh, no! ¡Pobrecilla!</p>
-
-<p>No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas
-ideas. Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las
-cosas, no insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la
-mano el asunto hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno,
-se les abriesen de nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto,
-Rufina; mas Quevedito cortó relaciones con su<span class="pagenum"
-id="Page_208">[p. 208]</span> suegro, y por no dar su brazo á torcer en
-la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso
-teratológico.</p>
-
-<p>Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo
-mejor de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la
-noche, á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho
-solía leer alguna obra buena, la <i>Historia de España</i>, por ejemplo,
-que á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba
-algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las
-cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate,
-que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar
-su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en
-estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su
-evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase
-primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los
-conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de
-fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado
-á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que
-la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había
-perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado
-la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo
-muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta
-una simpleza.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p>
-
-<p>Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que
-le conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no
-le creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante
-con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual
-las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de
-ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el <i>tío</i> de marras, tan
-villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito
-esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el <i>coram
-vobis</i> ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería
-considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi
-milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban
-de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen
-para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo
-fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre
-extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido
-gansadas, en la suya eran lindezas y donaires.</p>
-
-<p>El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al
-Santo Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por
-decirlo así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la
-costumbre hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación
-del título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del
-público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese
-corona, toda vez<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span>
-que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la encasquetaban,
-por herencia ó real merced, no más airosamente que el antiguo
-prestamista.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_2">
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni
-otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses
-de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como
-si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza
-nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y
-la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia
-opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus
-ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos,
-y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la
-transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio
-sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de San
-Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que una viva
-muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando los meses
-vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos sus afectos,
-y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más serias y
-hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión de ma<span
-class="pagenum" id="Page_211">[p. 211]</span>dre no se puede tener idea
-sin haberlo visto. Ninguna existió jamás que la superase en cuidado y
-solicitud, ni que con mayor sentido se penetrara de su responsabilidad.
-De los cariños extremados, que al principio producían en ella tensión
-convulsiva, pasó por gradación suave al cariño verdaderamente
-protector, garantía de vida para los seres débiles que amenazados de
-mil peligros entran en ella. De su afición á las golosinas la curó el
-miedo de enfermar y morirse antes de ver crecido á su hijo, y se fué
-acostumbrando á los alimentos sanos, y á poner método en las comidas.
-Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo tenía para ello, pues no había
-hora del día en que no encadenase su atención alguna faena importante,
-ya el aseo del chico y del ama, ya la ropa de ambos; y luego venía el
-dormirle, y el vigilar el sueño, y ver si mamaba ó no, y si todas sus
-funcioncitas se hacían con regularidad.</p>
-
-<p>Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la
-Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse
-allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil
-ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había
-puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la
-muy gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente
-porque llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las
-criadas más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia
-servíale tan sólo<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span>
-para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta y la otra
-señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la monotonía
-de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en cuanto
-hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma, encanto
-y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia. Sobre este
-particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada:</p>
-
-<p>—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte.
-¿Qué virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le
-mime Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con
-candil otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar.
-¡Vaya una mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el
-último cabello de su cabeza...</p>
-
-<p>—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay
-queja.</p>
-
-<p>—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara,
-cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su
-bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme
-todas las acciones del ferrocarril leonés.</p>
-
-<p>—Así lo hemos acordado.</p>
-
-<p>—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de
-la colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo
-qué.</p>
-
-<p>—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo
-pagan...</p>
-
-<p>—Naturalmente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span></p>
-
-<p>Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San
-Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí
-las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba
-de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz.
-Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos
-encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto
-artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por
-las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en
-el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la
-alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa
-de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola
-de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la
-galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más
-comunes.</p>
-
-<p>—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia,
-en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo.
-El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en
-el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la
-criatura selecta, el <i>non plus ultra</i>?</p>
-
-<p>—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión
-me dejé decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella
-jactancia! Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo
-ningún talento. No crea<span class="pagenum" id="Page_214">[p.
-214]</span> usted que lo digo por modestia. La modestia sigue
-pareciéndome una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy
-grato, de muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo
-que deseo.</p>
-
-<p>—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que
-vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la
-tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura
-desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece
-vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.</p>
-
-<p>—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á
-reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable
-dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?</p>
-
-<p>—Gracias.</p>
-
-<p>—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia,
-diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto
-general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No
-crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de
-saberlo.</p>
-
-<p>—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta
-ahora.</p>
-
-<p>—Es que usted en nada repara. No se fija más<span class="pagenum"
-id="Page_215">[p. 215]</span> que en sí mismo, y como se mira tan de
-cerca, no puede verse bien.</p>
-
-<p>—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.</p>
-
-<p>—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago
-ese favor.</p>
-
-<p>—Pues bien: ¿cómo soy?</p>
-
-<p>—¡Ah! yo no he de decirlo.</p>
-
-<p>—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo
-juzgando á los demás.</p>
-
-<p>—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía
-cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le
-adulo.</p>
-
-<p>—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.</p>
-
-<p>—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará
-usted como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á
-que mis alabanzas le sonrojen.</p>
-
-<p>—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare
-con los ángeles del Cielo.</p>
-
-<p>—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va
-acertando.</p>
-
-<p>—¿Por la pureza?</p>
-
-<p>—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante,
-y galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían
-los compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado
-usted un solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de
-las personas con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado
-de<span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span> inocencia, y
-si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de
-gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y
-la clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no
-lo tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da
-prisa á aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la
-delantera.</p>
-
-<p>Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se
-defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban
-las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba
-ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y
-dándole golpecitos en la espalda.</p>
-
-<p>—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que
-ya no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente
-se puso serio.</p>
-
-<p>—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que
-le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor
-educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de
-treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura
-para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni
-la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien
-vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra
-noche aquí que ya no hay señoras.</p>
-
-<p>—La marquesa de San Salomó.</p>
-
-<p>—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso<span class="pagenum"
-id="Page_217">[p. 217]</span> por lo menos. Lo indudable es que ya no
-hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación pasada.</p>
-
-<p>—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la
-generación pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera
-plagado de reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?</p>
-
-<p>—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es
-vejez. No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted,
-si no por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.</p>
-
-<p>De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con
-la palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos
-chillidos:</p>
-
-<p>—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la
-de este mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles?
-¿Conoce usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la
-suya? Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se
-me ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más
-que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de
-veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y
-vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque...
-abur. Dile adiós, hombre. (<i>Cogiéndole la manecita y haciendole
-saludar.</i>) Dile: adiós, adiós, tonto...</p>
-
-<p>Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle,<span class="pagenum"
-id="Page_218">[p. 218]</span> amargado y aburrido. Su amor propio era
-en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que un pie salvaje
-hubiera pisoteado bárbaramente.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal
-acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el
-mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las
-pasiones humanas eran un juego, ó <i>sport</i> destinado al solaz de los
-jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un
-acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena
-ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes,
-nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma
-las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de
-referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se
-arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante,
-refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más
-suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era <i>el
-compromiso</i> en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de
-la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le
-había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con un
-<i>hombre imposible</i>, ¿con qué<span class="pagenum" id="Page_219">[p.
-219]</span> cara le decía él ahora á la pública opinión: «Señores, ni
-conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay tal adulterio ni cosa
-que lo valga, ni en el hecho ni en la intención. Desistan ustedes de
-esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga por tan imbéciles
-como malvados»...?</p>
-
-<p>Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso.
-Por mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de
-dos: ó no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se
-encastilla en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos
-vejatorio para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no
-gustándole yo, es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se
-lo traigan del Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la
-puntería. Creo, como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de
-las pasiones. ¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero
-también lo que las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser
-una hermosa muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso
-que ninguna batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando
-Fidela reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es
-la primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una
-estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado
-proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio,
-pues, y me consuelo con que si el dios de las <span class="pagenum"
-id="Page_220">[p. 220]</span>batallas... amorosas no me ha dado esta
-vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro. En la casa de
-San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye el hijo de
-mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano Morentín,
-<i>adúltero profesional</i>.»</p>
-
-<p>Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz
-de virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado
-categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de
-conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda
-de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los
-errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la
-dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica
-del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa
-especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la
-rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto
-á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que
-no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero
-nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces
-que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel
-poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para
-los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque
-cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que
-no las desmintiera con la energía y la indigna<span class="pagenum"
-id="Page_221">[p. 221]</span>ción que la justicia demandaba. Dejó
-correr la especie, siendo falsa, porque creía, como en el Evangelio,
-que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse los hechos: luego,
-éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como quiera que fuese,
-Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy con los espíritus
-enormemente abatidos, pensó que, <i>en conciencia</i>, y procediendo con
-hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su poquitín), debía
-hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión y arrancarla de
-cuajo.</p>
-
-<p>No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de
-Fidela, cuando entró Rafael conducido por Pinto.</p>
-
-<p>—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar
-yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos.</p>
-
-<p>—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate.
-Es lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento,
-que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan
-guasoncito el trasto de Dios?</p>
-
-<p>—Déjame que le coja la cara. Acércate.</p>
-
-<p>Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las
-mejillas. Valentinito hizo pucheros.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso, ángel? No se llora.</p>
-
-<p>—Se asusta de verme.</p>
-
-<p>—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando
-fijo, fijo, con los ojos<span class="pagenum" id="Page_222">[p.
-222]</span> muy espantados, como diciendo: «¡qué serio está hoy mi
-tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo Pontífice,
-gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo, y te estima
-y es tu <i>seguro servidor que besa tu mano</i>, Valentín Torquemada y del
-Águila.</p>
-
-<p>Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las
-gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría
-un poco.</p>
-
-<p>—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á
-los brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy
-enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (<i>dándole
-suaves golpes en semejante parte</i>) le iré yo enseñando á que no se
-entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan
-las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien
-hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para
-hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy
-tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También
-ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No
-creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose
-de verlos rodar...</p>
-
-<p>—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios!
-Si persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.</p>
-
-<p>Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto
-del chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre
-ciego<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> sufrían
-alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo
-hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos
-de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales
-gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la
-maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para
-él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de
-esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la
-familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración.
-Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las
-distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le
-atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos,
-la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo
-con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos
-hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran
-éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues
-si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni
-en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras
-que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había
-que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna
-subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses
-del presente y el porvenir!</p>
-
-<p>Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de<span class="pagenum"
-id="Page_224">[p. 224]</span> amargura negra: «Soy el pasado, un
-pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada les ofrece;
-y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que interesa como
-incógnita.»</p>
-
-<p>Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos
-usuales informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz,
-al ocuparse de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que
-algunos días le servían la comida de prisa y corriendo, mientras
-que se entretenían horas y más horas dándole papillas al mocoso.
-Figurábasele también que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo
-mejor, le faltaban botones, ó aparecían descosidos que le molestaban.
-Y en cambio, las dos señoras y el ama consagraban días enteros á
-los trapitos del crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio
-absoluto, y antes muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz
-había notado en él una tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un
-suspirar de ese que saca la mitad del alma en un aliento. Pero no
-le interrogaba, por temor á que saliese con alguna tecla de las de
-marras. «Peor es meneallo», se decía hablando como Cervantes y como D.
-Francisco.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo
-el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas,
-convi<span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span>nieron
-en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le echara sin
-miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no disgustar á la
-señora de Serrano Morentín, una de las amigas más adictas y leales.
-Lo mejor era que Zárate le soltase esta <i>indirecta</i>: «Mira, Pepe, sea
-por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y se excita siempre
-que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir una temporadita
-por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no lo tomes á mal.
-Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo, <i>etc...</i>, <i>etc...</i>»
-Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para pedir al pedante su
-amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien su cometido, que el
-otro no parecía por la casa sino contadas veces, y siempre de noche, á
-la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el sabio y el galán
-cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras, no constan en
-autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión muy distinta
-de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.</p>
-
-<p>Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de
-que su antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no
-disminuyeron por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se
-explicaba porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela
-tan malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael
-parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su
-insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se<span
-class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span> lo confesó á Cruz,
-añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo tocante á Fidela,
-lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como que cifraba su
-orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las familias con
-discreto escándalo.</p>
-
-<p>—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te
-diré que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y
-toma cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que
-tira.</p>
-
-<p>—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de
-eso, y desprecia la maledicencia.</p>
-
-<p>—Yo la desprecio; pero siempre existe.</p>
-
-<p>—Basta ya.</p>
-
-<p>—Basta, sí.</p>
-
-<p>Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió
-en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No,
-porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y
-acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el
-mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es
-de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta
-sentina...»</p>
-
-<p>Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su
-hermana Cruz, dijo con énfasis:</p>
-
-<p>—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?</p>
-
-<p>No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un
-vivo desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que
-el de Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta<span
-class="pagenum" id="Page_227">[p. 227]</span> facilidad de las caídas,
-y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más profundo de
-su conciencia.</p>
-
-<p>«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la
-cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas,
-con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón
-diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo.
-¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz,
-y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que
-como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado.
-Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y
-la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este
-monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito...
-¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de
-San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será
-porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice
-toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después.
-(<i>Dando un gran suspiro.</i>) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy
-obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero, sí.
-¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas? Y si
-es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de caquexia,
-al menos ha servido para encender en su madre el fuego del cariño
-maternal, que la purificará...<span class="pagenum" id="Page_228">[p.
-228]</span> Esto es un consuelo... El colmo de mis equivocaciones sería
-que el chico creciera listo y fuerte... No me faltaba más que eso para
-creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y en este caso...»</p>
-
-<p>Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el
-nene en brazos:</p>
-
-<p>—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible
-el Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes
-muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy.</p>
-
-<p>—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la
-mano.</p>
-
-<p>Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga
-conversación que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba
-con su tristeza mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él
-arrojando plomo, su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba
-lánguido, como corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de
-una vez quiso Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero
-Rafael se opuso temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando
-Valentinico apenas contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero:
-le cogía en brazos, le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le
-soltaba hasta que el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados,
-ó rompiendo en chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido
-algún tiempo, Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal
-aversión,<span class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span> que con
-ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia
-para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma
-como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en
-su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un
-padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra
-sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la
-criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de
-barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo.</p>
-
-<p>—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted
-el niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo...</p>
-
-<p>Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante,
-palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar
-la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era
-brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se
-metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad.
-En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél
-fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se
-manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de
-su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión
-y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con
-el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se
-decía, con sinceridad de<span class="pagenum" id="Page_230">[p.
-230]</span> filósofo solitario,—no puede ser otra que un terrible
-acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el alma como un
-tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le quieren más que
-á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas de la conciencia.
-Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa, las grandezas
-posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil, muerto... ¿Pero
-cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y tan nuevo en mí,
-Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué consiste que la
-envidia <i>se me quita</i> de repente, y vuelvo á querer al chiquillo...?
-No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho, siempre me
-queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es verdad que me
-inspira lástima, también lo es que deseo que se muera. Analicemos bien.
-¿Alguna vez he deseado que viva? (<i>Pausa.</i>) Qué sé yo. Pocas habrán
-sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me dicen que por lo
-común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor en la Gloria,
-ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma que veo en mí
-es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy mal en mandarle
-acá, como no haya venido para castigo del bárbaro, y para amargar los
-últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el tal Valentinico...,
-me lo diré claro, como debo decirme las cosas á mí mismo, en el
-confesonario de la conciencia, que es como ponerse de rodillas ante
-Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal Valentinico me<span
-class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> carga... Reconozco que
-allá nos vamos él y yo en candor infantil. Yo discurro, él no; pero
-ambos somos igualmente niños. Si yo, siendo como soy, estuviese ahora
-mamando, y tuviera mi nodriza correspondiente, no sería más hombre
-que él, aunque pegado á la teta revolviera en mi cabeza todas las
-filosofías del mundo. (<i>Pausa.</i>) ¿Por qué me causa profunda irritación
-el ver que mis hermanas no viven más que para él, y se preocupan de
-la ropita, de la teta, de si duerme ó no, como si de ello dependiera
-la suerte de toda la humanidad? ¿Por qué, cuando oigo que le miman
-y le cantan y le saltan en brazos, rabio interiormente porque no me
-hagan á mí lo mismo? Esto es infantil, Señor; pero es como me lo digo,
-y no puedo remediarlo. Me confieso toda la verdad, sin omitir nada,
-y al hacerlo así, siento alivio, el único alivio posible...» (<i>Pausa
-larguísima. Abstracción.</i>)</p>
-
-<p>«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado
-ataque. Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema
-nervioso en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me
-coge con mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad
-cinturones de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y
-ahogarle bajo mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra
-la pared con la fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde
-llegué á ponerle mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque
-no está gordo que digamos el príncipe de Asturias; apreté un po<span
-class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span>quitín, nada más que
-un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que
-tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo
-espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del
-grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me
-temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el
-impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está
-consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me
-moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en
-el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de
-por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por
-quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque
-no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los
-albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los
-pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy
-malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras
-vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías
-dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya.
-Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo
-debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse,
-no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la
-Naturaleza... (<i>Pausa.</i>) Y también te digo que la noche que naciste,
-tuve yo unos<span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> celos
-terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para decirme que te había
-dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle de injurias...
-Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo. Ninguno de los
-dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad en esta
-forma impalpable, divagando por espacios grises sin término, sin más
-distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros mismos
-rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el
-golpe seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de
-cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael
-con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho.
-Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca
-de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el
-peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron
-sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le
-contrajeron los brazos.</p>
-
-<p>—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de
-Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele
-pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué ha<span
-class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span>ces? No puedo más...
-Zárate, cógele... ¡Dios mío!</p>
-
-<p>Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño;
-despertóse éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa,
-vió á su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero
-rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los
-músculos y serenar su alterado rostro, decía:</p>
-
-<p>—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece
-que me crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de
-trapo y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy
-bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y
-el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan
-débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...</p>
-
-<p>Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó
-á su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo,
-recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche,
-pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se
-entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:</p>
-
-<p>—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete
-monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.</p>
-
-<p>Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó
-la noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y
-que<span class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span> la <i>junta
-organizadora</i> había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta al
-<i>elemento leonés</i>, sino que podía inscribirse y asistir todo el que
-quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional,
-público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus
-capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.</p>
-
-<p>Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún
-comentario, entraron Torquemada y Donoso.</p>
-
-<p>—¿Conque, Tor, te van á dar un <i>comebú</i> muy grande?—le dijo su
-esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los
-literatos y poetas.</p>
-
-<p>—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y
-qué he de hacer yo? <i>Mi línea de conducta</i> será comer y callar.</p>
-
-<p>—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que
-pronunciar.</p>
-
-<p>—¡Yo...!</p>
-
-<p>—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los
-brindis.</p>
-
-<p>—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!</p>
-
-<p>—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas
-muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera
-elocuencia á estilo inglés.</p>
-
-<p>—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de
-tanta eminencia.</p>
-
-<p>—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir
-cuatro pala<span class="pagenum" id="Page_236">[p. 236]</span>bras.
-Por más que se acuerde <i>que no haya brindis</i>, alguien ha de hablar,
-al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y naturalmente,
-usted tiene que dar las gracias... una manifestación sencilla, sin
-pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...</p>
-
-<p>El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero,
-considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil
-alegría.</p>
-
-<p>—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor.
-¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los
-dos á silbarle.</p>
-
-<p>—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la
-adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas
-materias <i>que agitan la opinión</i>. Es más, lo esperamos ansiosos, y
-privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los
-que allí hemos de reunirnos.</p>
-
-<p>—Pues <i>yo parto del principio</i> de que al buen callar llaman Sancho.
-Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho
-incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy
-muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!</p>
-
-<p>—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en
-todas, era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo
-por que le dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su
-composición de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas,
-elija<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> las palabras,
-y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la atención, y
-deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.</p>
-
-<p>—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto
-al ciego,—que de esta boca, que es muy torpe <i>de suyo</i>, salgan buenas
-oratorias, como las que oimos en las <i>Cámaras</i>. Pero, en caso de que no
-tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón
-de la familia.</p>
-
-<p>—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido
-silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á
-revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío,
-crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente,
-el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con
-Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga
-y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas,
-porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis
-indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y
-les diría: «Señores...»</p>
-
-<p>Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero
-él no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba
-á exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:</p>
-
-<p>—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque
-muchos de los que me escuchan se decoren con títulos acadé<span
-class="pagenum" id="Page_238">[p. 238]</span>micos y con etiquetas
-oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la
-dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido
-el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de
-oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien
-fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las
-virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste,
-la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero,
-porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas,
-unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la
-religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues
-bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos
-de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón;
-pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos,
-y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana
-y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á
-vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré,
-repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo,
-viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os
-agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi
-estiércol es efectivo metálico. Yo <i>depongo</i> monedas de cinco duros
-y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero
-obsequiar á mis<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span>
-admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo; vosotros recogéis
-este maná precioso; vosotros...»</p>
-
-<p>Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo
-de cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían,
-tan pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como
-queriendo apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección
-y formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su
-hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador
-palmetazos en la rodilla, le decía:</p>
-
-<p>—Bien, muy bien, Rafaelito. <i>La síntesis</i> del discurso me parece
-excelentísima, y por mi gusto, yo <i>pronunciaría</i> eso, si encontrara un
-vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con
-lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás
-como el pobre becerro no pronuncia más que un <i>mu</i> como una casa.</p>
-
-<p>La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en
-aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo
-la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de
-mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas,
-expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de
-la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas,
-ó los diamantes del <i>Shah</i> de Persia. Á la hora de comer, trataron
-Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces de
-trasladarse al piso segundo,<span class="pagenum" id="Page_240">[p.
-240]</span> porque su habitación del principal era muy calurosa y
-estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas interiores,
-que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir con más
-independencia. No había querido la hermana mayor consentir en la
-traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar de
-su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta
-con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto
-durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito.
-Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba
-disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con
-holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del
-bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era
-insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:</p>
-
-<p>—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del
-becerro de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del
-becerro, ahora le pido hospitalidad en su sacristía...</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_6">
- <h3>VI</h3>
-</div>
-
-<p>Á principios de Mayo celebróse el banquete en honor del grande
-hombre, y por Dios que no hay necesidad de investigar los pormenores
-de la fiesta, porque la prensa de Madrid contiene en los números de
-aquellos días descripciones<span class="pagenum" id="Page_241">[p.
-241]</span> minuciosas de cuanto allí pasó. El local era de los más
-desahogados de Madrid, capaz para que comieran, en tres ó cuatro mesas
-larguísimas, doscientas personas; pero como los inscritos pasaban de
-trescientos, por bien que quiso el fondista colocarles, ello es que
-estaban como sardinas en banasta; y si funcionaban medianamente con
-un brazo, el otro tenían que metérselo en el bolsillo. Á las siete ya
-hervía el salón, y los de la junta organizadora, entre los cuales dicho
-se está que Zárate era uno de los más diligentes, se multiplicaban
-para colocar á todos, y procurar que en la designación de puestos
-<i>presidiese</i> un criterio jerárquico. Sentáronse acá y allá personajes
-de nombradía política, militares de alta graduación, ingenieros, algún
-catedrático, banqueros y hombres adinerados, periodistas pobres de
-bolsillo, si ricos de ingenio, alguno que otro poeta, y entre col
-y col, personas varias no mentadas aún por la fama, propietarios y
-rentistas de cuenta, y en fin, gente distinguidísima, títulos del
-reino, etc... Predominaba, como observó muy bien Donoso, el <i>elemento
-serio</i> de la sociedad.</p>
-
-<p>Mientras se iban acomodando los comensales, picante confusión y
-bullicio reinaban en el local. Estos, sentados y con la servilleta
-prendida, charlaban y reían; aquéllos dejaban un sitio para ponerse
-en otro, cerca del grupo de amigos más de su gusto. El adorno
-del salón era el que para estas solemnidades se usa comúnmente:
-cenefas de hojarasca verde, tarjetones con es<span class="pagenum"
-id="Page_242">[p. 242]</span>cudos de las provincias, deteriorados
-del uso que tienen en las verbenas, banderas nacionales tendidas en
-forma de ropa de baño puesta á secar. Todo ello es de la guardarropía
-patriótica del Ayuntamiento, que galantemente lo facilita,
-contribuyendo así al esplendor de la fiesta. Algunos tarjetones se
-añadieron, por iniciativa de Zárate, con los nombres de las cabezas
-de partido en la provincia de León, y en el centro de la anchurosa
-cuadra, hacia la cabecera de las mesas, veíase una laminota de la
-hermosa catedral con el lema, en cintas pintarrajeadas, de <i>pulchra
-leonina</i>.</p>
-
-<p>Concuerdan los diferentes cronistas de aquel estupendo festín
-en la afirmación de que pasaban cinco minutos de las siete y media
-cuando entró D. Francisco, acompañado de su corte, Donoso, Morentín,
-Taramundi, y algún otro que no se menciona. En lo que no hay
-conformidad es en las indicaciones de la cara que llevaba el tacaño,
-pues mientras un periódico habla de su palidez y emoción, otro
-sostiene que entró risueño y con los colores algo subidos. Aunque
-no conste en las relaciones del acto, bien puede afirmarse que al
-tomar asiento D. Francisco en la cabecera, sentáronse todos y empezó
-el servicio de la sopa. Daba gusto ver aquellas mesas, y aquellas
-filas de señores de frac, calvos unos, peludos los otros, casi todos
-de una gravedad chinesca. Escaseaba el <i>elemento joven</i>; mas no el
-bullicio y la alegría, pues entre trescientas personas, aunque éstas
-sean, por su edad y circuns<span class="pagenum" id="Page_243">[p.
-243]</span>tancias, del género serio, nunca faltan graciosos que saben
-dar amenidad á los actos más fastidiosos de la vida.</p>
-
-<p><i>Achantaditos</i> en un extremo de la mesa lateral, á la mayor
-distancia posible de la cabecera, hallábanse Serrano Morentín, Zárate
-y el <i>Licenciado Juan de Madrid</i>, éste con la intención más mala del
-mundo, pues preparábase á tomar nota de todas las gansadas y solecismos
-que forzosamente había de decir, en su discurso de gracias, el grotesco
-tacaño, objeto de tan disparatado homenaje. Morentín anticipaba, con
-profético don, algunas ideas que D. Francisco había de emitir, y hasta
-las palabras que emplear debía; Zárate aseguró conocer lo principal
-del discurso, induciéndolo de las preguntas que su amigo le hiciera en
-los días anteriores, y los tres, y otros que al grupo se agregaron, se
-relamían de gusto, esperando el divertidísimo sainete que á la hora
-de los brindis se les preparaba. Por supuesto, mientras más desatinos
-dijese el bárbaro, con más fuerza le aplaudirían ellos, para empujarle
-por el camino de la necedad, y reirse más, y pasar un rato tan
-delicioso como en función de teatro por horas.</p>
-
-<p>Pero no en todos los grupos predominaba este sentimiento de burlona
-hostilidad. Hacia el centro de una de las mesas, Cristóbal Medina,
-Sánchez Botín y compinches expresaban su curiosidad por lo que diría ó
-dejaría de decir <i>San Eloy</i> en su contestación á los brindis.</p>
-
-<p>—Es hombre tosco—afirmaba uno,—hombre de trabajo,<span
-class="pagenum" id="Page_244">[p. 244]</span> y como tal, de palabra
-difícil. ¡Pero qué inteligencia, señores! ¡Qué sentido práctico, qué
-serenidad de juicio, qué puntería para dar en el blanco de todos los
-asuntos!</p>
-
-<p>Y en otra parte:</p>
-
-<p>—Veremos por dónde sale este D. Francisco. Hablará poco. Es <i>un tío
-muy largo</i> que esconde su pensamiento, como todas las inteligencias
-superiores.</p>
-
-<p>En tanto, el Marqués tacaño experimentaba emociones diversas,
-conforme se iba cumpliendo aquel programa de viandas que iban y
-viandas que venían. Comía poco, y no elogió ningún plato. Todos le
-sabían igual; eran, ante su burdo criterio de gastrónomo de patatas y
-salpicón, las porquerías de siempre, lo mismo de su casa guisado con
-menos arte, todo como de batallón. Al principio, no se preocupó poco
-ni mucho de la soflama que tenía que pronunciar. Su vecino un señor
-viejo, leonés, propietario rico, senador y algo beato, le entretuvo
-charlando de cosas y personas del Bierzo, y apartó su pensamiento
-del empeño literario en que le pondrían los brillantes oradores allí
-reunidos. Pero al tercer plato empezó el hombre á pensar en ello,
-y á refrescar las ideas que para el caso había traído de su casa,
-y que no estaban ya menos marchitas que los ramilletes de la mesa.
-Tan pronto se le escapaban, como le volvían al pensamiento, trayendo
-otras ideas nuevecitas, que parecían nacer en el caldeado ambiente
-del inmenso comedor. «¡Re-Cristo!—pensó, dándose ánimos;—que no me
-falten las palabritas que ten<span class="pagenum" id="Page_245">[p.
-245]</span>go bien estudiadas; que no me equivoque en el término,
-diciendo peras por manzanas, y saldremos bien. De las ideas responde
-Francisco Torquemada, y lo que debo pedir á Dios es que no se me
-atraviese el vocablo.»</p>
-
-<p>Aunque su propósito era no beber gota, para conservar su cabeza
-en absoluto despejo, alguna vez hubo de quebrantar su propósito, y
-cuando le sirvieron el asado, gallina ó pavipollo más duro que la
-pata de un santo, con ensalada sin cebolla, desabrida y lacia, sintió
-que le subían vapores á la cabeza y que la vista se le turbaba. ¡Cosa
-más rara! Vió á doña Lupe, sentada hacia el promedio de una de las
-mesas centrales, y vestida de hombre propiamente, con la pechera de
-la camisa como un pliego de papel satinado, corbata blanca, frac,
-florecilla en el ojal... Apartó de la extraña figura sus ojos, y al
-poco rato volvió á mirar. Doña Lupe se había ido; buscóla, examinando
-una por una todas las caras, y al fin la encontró de nuevo en uno de
-los mozos que iban pasando las fuentes de comida, el cual con servil
-amabilidad sonreía, exactamente lo mismo que ella. No había duda de
-que era la propia señora <i>de los pavos</i>, con su boquita plegada,
-y sus ojos vivarachos. Sin duda, al llamamiento patriótico de los
-leoneses, había salido del sepulcro, dejándose en él, por causa de la
-precipitación, algunas partes de su persona, verbigracia: el moño, la
-teta de algodón y todo el cuerpo de la cintura abajo. Visto de cerca
-el camarero, resultaba tan exacto el parecido, que Torquema<span
-class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span>da sintió algo de miedo.
-«¡Ay, de mí!—pensó,—con estas cosas, se me trastorna la cabeza, y no es
-mal lío el que armaré. Anda, anda: ya se me ha olvidado todito lo que
-escribí anoche. ¡Y cuidado si estaba bien!... Me he lucido, ni una jota
-recuerdo.»</p>
-
-<p>Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en
-fila de honor, como los apóstoles en el cuadro de la <i>Cena</i>, y notó
-vacío el puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de
-gran ayuda, pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y
-con la serenidad, la memoria.</p>
-
-<p>—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud.</p>
-
-<p>Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa,
-porque le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte.
-Contrariedad no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á
-Donoso, las ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras
-finas, y el habla elegante, acompasada y ceremoniosa.</p>
-
-<p>Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera.
-Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de
-atender á la charla de los dos <i>apóstoles</i> que á su lado tenía. No
-tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había
-escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres
-formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y
-lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era
-un ciempiés. Por suerte suya<span class="pagenum" id="Page_247">[p.
-247]</span> recordaba perfectamente diversas formulillas retóricas
-oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes á la
-roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento, sí,
-señor...</p>
-
-<p>Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de
-hielo, ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los
-dientes como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del
-tiempo, y de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha
-se introducía el brazo del mozo con una botella, y que le echaba
-<i>champagne</i> en la copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de
-taponazos, y una algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse
-uno de aquellos <i>puntos</i>, y por espacio de medio minuto no se oyó más
-que el chicheo de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio
-relativo, y... ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora,
-explicando el objeto de aquel homenaje.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_7">
- <h3>VII</h3>
-</div>
-
-<p>En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre
-no hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra
-cosa dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la
-mañana. ¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si <i>hacía uso</i> de la
-palabra,<span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> <i>asumiendo
-la representación</i> de la junta organizadora, él tan humilde, él tan
-poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el
-último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que
-se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron
-de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en
-la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á
-rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de
-aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía
-del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía.
-Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su
-retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía...,
-«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de
-nuestros <i>loores</i>, <i>señores</i>, para que sepa lo que vale, para que la
-sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de
-su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (<i>Grandes aplausos;
-el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D.
-Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más.</i>)</p>
-
-<p>No se había calmado el barullo producido por el primer discurso,
-cuando allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y
-seco, que debía tener fama de orador brillante, porque le procedió
-un murmullo de expectación, y todo el grave concurso se relamía de
-satisfacción por las sublimes cosas que pronto se oirían. En<span
-class="pagenum" id="Page_249">[p. 249]</span> efecto, el demonio
-del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los
-brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que
-casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante
-congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco,
-con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete
-de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era
-el desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si
-aquello dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal
-de San Vito. ¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras,
-corriendo como vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas
-sobre otras, qué tono furiosamente altísono, desde el primer momento,
-tanto que no había gradación posible, y su oratoria era una sucesión
-delirante de finales de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por
-Madrid ó por Lieja) iniciador de obras públicas tan grandiosas como
-impracticables, se despotricaba con un lío espantoso de retóricas del
-orden industrial y constructivo, y todo era carbón por allí, calderas
-al rojo cereza por allá, las espirales de humo <i>que escribían sobre el
-azul del cielo el poema</i> de la fabricación, el zumbido de los volantes,
-el chasquido de las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías,
-la fuerza de cohesión, el principio vital, las afinidades químicas,
-para venir á parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen
-el rayo solar, y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de<span
-class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span> aquella boca. Y á todas
-estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la relación que
-el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de gotas de rocío,
-dinamos y manivelas.</p>
-
-<p>Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones
-epilépticas, hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad
-dándose de cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía
-los vientos para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse
-redimir. Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los
-<i>hombres de acción</i>. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por
-fin ¡hosanna! aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán
-ustedes que era el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada.
-(<i>Grandes aplausos como salutación al nombre.</i>) Después de un breve
-panegírico del ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de
-aclamaciones de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un
-obrero que se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que
-llevarle al hospital.</p>
-
-<p>Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.</p>
-
-<p>—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.</p>
-
-<p>La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del
-cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines.
-Á cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba
-por todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste
-y al otro, levantóse, no sin hacerse mucho<span class="pagenum"
-id="Page_251">[p. 251]</span> de rogar, un señor pequeño y calvo.
-Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en la
-solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de
-haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las
-mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado
-para <i>llenar este vacío</i> era un antiguo periodista, magistrado por
-poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida
-contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso
-tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los
-oyentes.</p>
-
-<p>—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos,
-con intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia,
-pido al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la
-cárcel. (<i>Risas.</i>) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él
-vino á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta
-que le damos un <i>menú</i> (que algunos llaman <i>minuta</i>) de discursos, un
-verdadero <i>indigestivo</i> para que le haga daño la comida.</p>
-
-<p>El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia
-diciendo:</p>
-
-<p>—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San
-Eloy, y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es
-un pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos.
-(<i>Risas.</i>) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado
-á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse;
-po<span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>brecito dije
-y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo riquezas, las
-consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo un depositario,
-un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro, porque lo destina
-á mejorar nuestra condición moral y material. (<i>Aplausos, aunque el
-argumento á nadie convencía.</i>)</p>
-
-<p>Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta
-que terminó, ofreciendo cómicamente su protección al <i>administrador
-de la humanidad</i>, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo
-lo que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y
-breves, otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor
-habló en nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León,
-asegurando que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los
-combatía, ¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de
-riego. Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de
-más allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas
-muy entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del
-Colegio de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que
-el señor de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual
-protestaron airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea,
-asegurando que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó
-uno de Astorga, llamando á Madrid su segunda patria, patria primera
-de sus hijos, y al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que
-había ve<span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span>nido de
-Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D.
-Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á
-un oportunísimo <i>quite</i>, se pudo evitar que unos <i>ñales</i> de poetas
-leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención
-más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas,
-y el objeto <i>serio</i> de la solemnidad, no <i>estaba en carácter</i> la
-lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento
-culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su
-mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que
-le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas
-reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en
-concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y
-con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio;
-quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como
-hombre que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como
-sobre ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse
-en boca profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta
-preparación mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario,
-el señor de Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí
-mismo, como una segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se
-produjese el silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á
-los diligentes taquígrafos que el narrador de esta historia llevó<span
-class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> al banquete, por su
-cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes
-párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_8">
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y
-vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no
-podría, por causa de mi pobreza... (<i>murmullos</i>) de mi pobreza de
-medios oratorios. Soy un individuo rudo, <i>eminentemente</i> trabajador,
-y de la clase del pueblo, artesano <i>por excelencia</i> del negocio
-honrado (<i>Bien, bien</i>)... No esperéis de mí discursos más ó menos
-floreados, porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria.
-Pero, señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí
-vuestra cortesía y mi gratitud<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a>, y he de manifestar cuatro mal pergeñadas...
-manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura,
-serán la expresión <i>sincera</i> de un corazón agradecido, de un corazón
-noble, de un corazón que late...<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>, ahora y siempre, al compás de todo
-sentimiento hidalgo y generoso. (<i>Muy bien.</i>)</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_255">[p. 255]</span></p>
-
-<p>»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos
-períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi
-elocuencia... la acción. (<i>Aplausos.</i>) La acción señores. ¿Y qué es la
-acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida,
-la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más
-que lo que se dice. <i>Háse dicho</i>... (<i>pausa</i>) háse dicho que la palabra
-es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo
-perlas orientales, y brillantes magníficos. (<i>Aprobación calurosa.</i>)</p>
-
-<p>»<i>Cábeme la satisfacción</i> de contestar á los señores que me han
-precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (<i>pausa</i>) <i>cúmpleme
-declarar</i> que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido
-homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello
-consideraciones de este y el otro linaje, sin que <i>de cerca ni de
-lejos</i> me hayan traído aquí móviles de vanidad...<a id="FNanchor_3"
-href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>, hasta el punto de que...
-mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la <i>línea
-de conducta</i> que he observado siempre, y afirmarme en la tesis de
-que debemos rehuir cuanto <i>tienda</i> al enaltecimiento personal...,
-que ¡harta representación tienen <i>en el actual momento histórico</i>
-las personalidades, señores...!<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4"
-class="fnanchor">[4]</a> y<span class="pagenum" id="Page_256">[p.
-256]</span> es tiempo ya de que se glorifiquen los hechos, no las
-personas, los principios, no las entidades... que yo reconozco su
-mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que por encima
-del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran principio
-de obrar (<i>alzando la voz</i>) cada cual en su propio elemento, y en <i>el
-círculo</i> de sus propias operaciones. (<i>Muy bien, bravo.</i>)</p>
-
-<p>»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra
-en este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que
-todo lo debe á su misma iniciativa, á su laboriosidad, á su honradez,
-á su constancia. Nací, como quien dice en la mayor indigencia, y con
-el sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, <i>orillando</i> un
-día y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones,
-y <i>evacuando</i> mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo
-no he hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte
-con el demonio, como <i>errada y torpemente</i><a id="FNanchor_5"
-href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a> creen algunos (<i>risas</i>),
-yo no tengo el don del milagro. Si he llegado donde estoy, lo debo á
-que he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito,
-dos virtudes. ¿Cuáles son? <i>Hélas aquí</i>: el trabajo, la conciencia.
-He trabajado en una <i>serie no interrumpida</i> de, de... de tareas
-<i>económico-financieras</i>, y he practicado el bien, haciendo todos
-los favores posibles á mis semejantes, y <i>labrando</i> la felicidad de
-cuantas personas<span class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span>
-me encontraba al alcance de mi acción. (<i>Bien, muy bien.</i>) Ese ha sido
-mi <i>desideratum</i>, y la idea que <i>he abrigado</i> siempre: hacer todo el
-bien que podía á mis semejantes. Porque el negocio, <i>vulgo</i> actividad,
-fijaos bien, señores, no está reñido con la caridad, ni con la
-humanidad más ó menos doliente. Son dos elementos que se completan, dos
-<i>objetivos</i> que vienen á concurrir en un sólo <i>objetivo</i>; <i>objetivo</i>,
-señores, del cual tenemos una imagen en nuestras conciencias, pero
-que reside en el Altísimo<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6"
-class="fnanchor">[6]</a>. (<i>Grandes, ruidosos y entusiastas
-aplausos.</i>)</p>
-
-<p>»Pero si declaro que siempre fué mi <i>línea de conducta</i> hacer el
-bien á todos, sin distinción de clases, á todos, <i>tirios y troyanos</i>,
-también os digo que, como trabajador <i>por excelencia</i>, nunca, nunca he
-<i>dado pábulo</i> á la ociosidad, ni he protegido á gente viciosa, porque
-eso ¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido
-práctico; eso sería <i>dar el mayor de los pábulos</i> á la vagancia. De mí
-se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido
-el Mecenas de la holgazanería. (<i>Delirantes aplausos.</i>)</p>
-
-<p>»<i>He partido siempre del principio</i> de que cada cual es dueño
-de su propio destino, y será feliz el que sepa labrarse su
-felicidad, y desgraciado el que no sepa labrársela<a id="FNanchor_7"
-href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. No hay que que<span
-class="pagenum" id="Page_258">[p. 258]</span>jarse de la suerte...
-¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, <i>dilemas</i>, <i>antinomias</i>,
-<i>maquiavelismos</i>! No hay más desgracias que las que uno se <i>acarrea</i>
-con sus yerros. Todo el que quiere poseer los <i>intereses</i> materiales,
-no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro.
-Sólo que hay sudar, moverse, aguzar la entendedera, <i>en una palabra</i>,
-trabajar, <i>ora</i> sea en este, <i>ora</i> en el otro oficio. Pero, lo que es
-dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos,
-ó enredando con las buenas mozas (<i>risas</i>), no se gana el pan de
-cada día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí<a id="FNanchor_8"
-href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>. Pero es menester que
-vayáis á cogerlo; porque él, el pan, no puede venir á buscaros á
-vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya á
-cogerlo el hombre, á quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el
-pan, inteligencia para saber donde está, ojos para verlo, y manos para
-agarrarlo... (<i>Bravos y palmadas frenéticas.</i>)</p>
-
-<p>»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis
-pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya
-otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que
-supieron emplear todas las horas del día en el <i>clásico</i> trabajo, los
-que supieron <i>evacuar</i> todas sus diligencias en tiempo oportuno, no
-dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión <i>de comer á
-no co<span class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span>mer</i>, como el
-otro que vosotros conocéis mejor que yo, y no necesito nombrarlo, como
-el otro, digo, planteó la cuestión de <i>ser ó no ser</i>. (<i>Admiración,
-estrepitosos aplausos.</i>)<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9"
-class="fnanchor">[9]</a>.</p>
-
-<p>»Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando
-á un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va
-cayendo á pedazos de nuestros rostros. (<i>Ruidosos aplausos, y voces de
-sí, sí.</i>) Seamos prácticos, digo, <i>serlo</i> vosotros, y yo, que soy perro
-viejo, os recomiendo que lo seais. <i>Ser</i> prácticos si no queréis que
-vuestra vida <i>revista los caracteres</i> de una <i>tela de Penélope</i>. Si
-hoy tejéis el bienestar con <i>elementos</i> superiores á vuestros medios,
-ó <i>séase</i> posibles, mañana el <i>déficit</i> os obligará á destejerlo...
-y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas <i>la espada de
-Aristóteles</i>... (<i>Rumores.</i>) Quiero decir...<a id="FNanchor_10"
-href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>. He dicho Aristóteles,
-porque... (<i>se ríe, y ríen todos esperando un chiste</i>) tengo verdadera
-manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (<i>Sí, sí.</i>)
-Es mi hombre; le llevo en el pensamiento á todas horas del día. Y como
-<i>tengo para mí</i> que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo
-de tal... ó nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan
-sabe<span class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span> quién era
-ese Damocles? (<i>Risas: voces de «no, no... no lo sabemos.»</i>) Pues
-yo estoy á matar con esas maneras de hablar, y he decidido que la
-famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero,
-porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre
-más grandísimo de la antigua Grecia y del siglo de oro de todos los
-tiempos. (<i>Bravo, muy bien</i>)<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11"
-class="fnanchor">[11]</a>.</p>
-
-<p>»Perdonadme la digresión, y volvamos á la tesis. Atendamos más á
-la acción que á la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco.
-Trabajar siempre, de <i>consuno</i> con nuestras necesidades, y con el
-<i>valioso concurso</i> de todos los elementos que <i>concurran</i> á nuestro
-lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia
-en este augusto recinto... (<i>enmendándose</i>) y lo llamo augusto,
-porque en él se reunen tantas eminencias científicas, políticas y
-particulares... (<i>bien, bravo</i>); hechas estas declaraciones, paso á
-concretar la cuestión. ¿<i>Á qué obedece</i> esta comida? ¿Qué peculiar
-objetivo lleváis al festejarme, á mí, tan humilde? Pues habéis visto
-en mí un hombre activo, de <i>suyo</i>, dispuesto á patrocinar los grandes
-adelantos del siglo, á llevarnos al <i>estadio</i> de la práctica. Yo pongo
-mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no
-miro á mi interés, sino al interés general, al interés público de la
-humani<span class="pagenum" id="Page_261">[p. 261]</span>dad, que
-bien necesitada está la pobrecita de que se interesen por ella. <i>Heme</i>
-lanzado á emprender obras muy importantísimas, sin ambición alguna
-de lucro privado, podéis creérmelo, y á favorecer á mi patria natal
-llevando la locomotora <i>con su penacho de humo</i> á través de los campos.
-Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como la idolatro, si no
-fuera mi <i>bello ideal</i> el progreso, yo no patrocinaría la locomotora,
-patrocinaría el carromato, y no vería más <i>lazo de unión</i> entre los
-pueblos que <i>el ordinario de Astorga</i>, ó <i>el ordinario de Ponferrada</i>.
-Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo eminentemente
-práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la ordinaria del mundo
-entero, la locomotora. (<i>Frenéticos aplausos.</i>)</p>
-
-<p>»Adelante con la ciencia, adelante con la industria<a
-id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>. El
-mundo se transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la
-claridad preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones
-de aceite, velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado<a
-id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>. De
-donde saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas.
-¡Cuán gran verdad es, señores, que <i>esto matará aquello</i>... como
-dijo,<span class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span> y dijo muy
-bien... quien todos sabéis! (<i>Aplausos prolongados.</i>)</p>
-
-<p>»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy
-humildísimo, muy llano, de cortas facultades (<i>voces de no, no</i>), de
-pocas luces (<i>no, no</i>), de escasa instrucción; pero á formalidad no
-me gana nadie. ¿Queréis que <i>os defina mi actitud</i> moral y religiosa?
-Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (<i>murmullos de
-aprobación</i>), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos
-principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar á labrarme
-una posición independiente. Y no creais que doy de lado, <i>por decirlo
-así</i>, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar <i>al César
-lo que es del César</i>, y al Altísimo... también lo suyo. Porque á buen
-católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las
-<i>venerandas creencias</i>. Adoro á mi familia, en cuyo... <i>foco</i>, en cuyo
-seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no
-hay más que un paso... (<i>Con ternura.</i>) Yo no debía hablar de estas
-cosas, que son del <i>elemento privado</i>... (<i>Voces: sí, sí, que siga.</i>)
-Pero mi familia, ó <i>séase</i> el <i>círculo</i> del hogar doméstico, es lo
-primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar
-del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no
-siga... (<i>Gran emoción en el auditorio.</i>)</p>
-
-<p>»De política nada os digo. (<i>Voces, sí, sí.</i>) No, no señores. No
-he llegado á saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos
-sirven. (<i>Ri<span class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span>sas.</i>)
-Yo no he de <i>ser poder</i>, ni he de repartir credenciales... no, no...
-veo que <i>pululan</i> los empleados, y que no hay nadie que se decida á
-<i>castigar</i> el presupuesto. Claro, no <i>castigan</i> porque á los mismos
-castigadores les duele. (<i>Risas.</i>) Yo me lavo las manos: <i>blasono</i>
-de obedecer al que manda, y de no <i>barrenar las leyes</i>. Respeto á
-<i>tirios</i> y <i>troyanos</i>, y no regateo <i>el óbolo</i> de la contribución<a
-id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>. <i>Á fuer
-de</i> hombre práctico, no hago la oposición sistemática, ni me meto en
-<i>maquiavelismos</i> de ningún género. Soy <i>refractario</i> á la intriga, y
-no acaricio más idea que el bien de mi patria, tráigalo Juan, Pedro ó
-Diego. (<i>Muy bien.</i>)</p>
-
-<p>»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oirme (<i>no,
-no</i>), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni
-sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa
-correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de
-mi gratitud por vuestras manifestaciones..., por este <i>holocausto</i><a
-id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>,
-por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no
-merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que
-no tienen <i>punto de contacto</i> con mis cortos merecimientos. No me
-atribuyáis á mí <i>rasgos</i> que no me pertenecen. La verdad ante<span
-class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span> todo. En la cuestión
-del ferrocarril no he hecho más que obedecer el impulso de un ilustre
-y particular amigo mío, aquí presente, y á quien no nombro por no
-ofender su <i>considerable</i> modestia (<i>Todos miran al señor Marqués de
-Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente.</i>) Este amigo es
-el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y á él se debe<a
-id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> <i>la
-coronación</i> del éxito, porque aunque no ha figurado para nada, <i>detrás
-de la cortina</i> ha manejado todo muy lindamente, de modo que bien
-puedo deciros que ha sido...<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17"
-class="fnanchor">[17]</a> pasmaos, señores, el <i>Deus ex machina</i> del
-ferrocarril de Villafranca al Berrocal. (<i>Ruidosísimos aplausos. Los
-leoneses se rompen las manos.</i>)</p>
-
-<p>»Pues...<a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18"
-class="fnanchor">[18]</a> ya no me resta que deciros sino que mi
-gratitud será eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los
-presentes, sin distinción de <i>tirios</i> ni de <i>troyanos</i> (<i>risas</i>), me
-tienen incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero
-sé distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles
-en... lo que necesiten, quiero decir, que en <i>cualesquiera</i> cosa en
-que necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad
-de<span class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> que tendrán en
-mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un compañero, dispuesto
-á prestarles... todo el concurso <i>desinteresado</i>, todo el favor, todo
-el apoyo moral y moral, toda la confianza del mundo... siempre con el
-alma, siempre con el corazón... Les ofrezco, pues, con fina voluntad
-mi hacienda, mi persona, y todo cuanto soy y cuanto valgo. He dicho.»
-(<i>Aplausos frenéticos, delirantes aclamaciones, gritos, tumulto. Todo
-el mundo en pie palmoteando, sin cesar, con estrépito formidable. La
-ovación no tiene término.</i>)</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_9">
- <h3>IX</h3>
-</div>
-
-<p>Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante,
-y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué
-sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara
-reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos,
-la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas
-demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los
-comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con
-fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos,
-de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan
-Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la
-gota gorda, no le dijo más que:</p>
-
-<p>—Colosal, amigo mío, colosal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span></p>
-
-<p>Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le
-gustase.</p>
-
-<p>—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un
-tercero.</p>
-
-<p>—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se
-habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.</p>
-
-<p>—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho
-usted...!</p>
-
-<p>—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de
-esta le hacemos á usted ministro.</p>
-
-<p>—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de
-tanto estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.</p>
-
-<p>—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas,
-estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.</p>
-
-<p>De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y
-sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:</p>
-
-<p>—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome
-usted á broma; orador y de los grandes...</p>
-
-<p>—Quite usted... por Dios.</p>
-
-<p>—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía
-poner en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y
-muy bien parladas. Mi enhorabuena.</p>
-
-<p>Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además
-de pedante, era un consumado histrión, y le dijo:</p>
-
-<p>—¡Ay, qué noche, qué<span class="pagenum" id="Page_267">[p.
-267]</span> emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la ciencia...
-sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como nadie... ¡Qué
-síntesis tan ingeniosa! ¡<i>La ordinaria</i> del mundo entero! Bien, amigo
-mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.</p>
-
-<p>Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos
-golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco
-llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no,
-no se burlaban, porque en efecto, había hablado <i>con sentido</i>, él lo
-conocía y se lo declaraba á sí mismo, <i>eliminando</i> la modestia. No se
-consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.</p>
-
-<p>Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación.
-Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en
-la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y
-Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la
-gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato,
-desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de
-la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de
-plácemes.</p>
-
-<p>—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su
-esposa.—Bien sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún
-en la cuenta de que tienes mucho talento.</p>
-
-<p>—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera
-tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene:<span
-class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> el mundo entero parece
-que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?</p>
-
-<p>—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo...
-señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.</p>
-
-<p>—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora
-empezamos... Prepárese.</p>
-
-<p>—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el
-árbol.</p>
-
-<p>—Mañana hablaremos.</p>
-
-<p>Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante
-orador, que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que
-le pusiera su <i>apoteosis</i>, sino por las reticencias amenazadoras de su
-implacable tirana.</p>
-
-<p>Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael.
-Una ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso,
-y no se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la
-mañana colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole
-en las nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su
-sentido práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon
-las visitas de personajes <i>propios</i> y <i>extraños</i>, algún diplomático,
-Directores de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores,
-y dos Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había
-dicho cosas <i>de mucha miga</i>, y que había logrado <i>poner los puntos
-sobre las íes</i>. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el
-Papa, y hasta el propio Emperador de Alemania. La<span class="pagenum"
-id="Page_269">[p. 269]</span> Iglesia no careció de representación
-en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar al tacaño, el
-Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre Respaldiza, y el
-señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el vocabulario de la
-lisonja.</p>
-
-<p>—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los
-ricos que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las
-clases menesterosas.</p>
-
-<p>Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose
-en la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento,
-porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba,
-asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera
-voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso
-lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas
-entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó
-en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva
-dentellada daba la gobernadora á sus considerables <i>líquidos</i>, que más
-bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y
-el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le
-sepultaba entre sus ruinas.</p>
-
-<p>En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en
-diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían
-á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como
-no le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la
-familia<span class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span> Real, y
-se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á las
-oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía ser
-más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de aquel
-demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo del
-hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces
-proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento,
-tragando una saliva más amarga que la hiel.</p>
-
-<p>—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí
-á un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión
-de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre
-el Nuncio...</p>
-
-<p>Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama
-gobernadora que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias
-difíciles de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros
-momentos, al desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y
-puñetazos sobre la mesa habrían infundido pavor en ánimo menos
-esforzado que el de Cruz.</p>
-
-<p>—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.</p>
-
-<p>—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque,
-comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el
-moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á
-que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte
-por unos seis millones nada más?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span></p>
-
-<p>—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?</p>
-
-<p>—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?</p>
-
-<p>Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que
-más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su
-avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una
-cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper.
-Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le
-argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de
-aquella compra reportaría.</p>
-
-<p>—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo
-humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos
-contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de
-San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me
-traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que
-me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: <i>esto matará á aquello</i>...
-Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos
-á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y
-aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de
-corresponder...</p>
-
-<p>—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted
-que ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...</p>
-
-<p>—Sí, señora... ¿y qué?</p>
-
-<p>—Que sale á subasta su galería.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span></p>
-
-<p>—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?</p>
-
-<p>—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar
-en reales museos.</p>
-
-<p>—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de
-tanto golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.</p>
-
-<p>—Usted.</p>
-
-<p>—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y
-que Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos
-y españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!</p>
-
-<p>—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como
-idiota.</p>
-
-<p>—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende
-al Louvre, ó á la <i>National Gallery</i>, que pagarán á peso de oro los de
-Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y
-Van Dick...</p>
-
-<p>—¿Y qué más?</p>
-
-<p>—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería
-del Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la
-tasación es bajísima.</p>
-
-<p>—El <i>Bajísimo</i> ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas.
-¡Con que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro
-viejo?</p>
-
-<p>—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer
-esas preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración
-de las personas de gusto. Tendremos un so<span class="pagenum"
-id="Page_273">[p. 273]</span>berbio Museo, y tú gozarás fama de hombre
-ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras; serás
-una especie de Médicis...</p>
-
-<p>—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una
-cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo.
-Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras,
-y de la desgracia que le <i>acarreáis</i>.</p>
-
-<p>—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con
-el archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere
-comprarlo. ¡Vaya un archivo!</p>
-
-<p>—Como que estará lleno de ratas.</p>
-
-<p>—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas
-autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del
-Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos,
-libros rarísimos...</p>
-
-<p>—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro
-también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que
-manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á
-casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy
-ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren
-creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y
-se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado
-su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más,
-ya no más. Lloraría como un chiquillo, si<span class="pagenum"
-id="Page_274">[p. 274]</span> con estos resquemores no se me hubiera
-secado el <i>foco</i> de las lágrimas.</p>
-
-<p>Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera
-desperezarse, lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección
-fea, y tan pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas,
-que de la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los
-últimos pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con
-Cruz le dijo:</p>
-
-<p>—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, <i>dilapidar</i> mi dinero
-estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese,
-que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se
-ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito...,
-quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de
-mí! me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él
-dirá...</p>
-
-<p>—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa
-ya.—Vámonos á comer.</p>
-
-<p>—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te
-pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras
-á tí...</p>
-
-<p>—¡Brrrr!...</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_10">
- <h3>X</h3>
-</div>
-
-<p>Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella
-mañana (la del <i>tantos</i> de Abril, que había de ser día memorable)
-llegaron<span class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> á la
-casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza.
-Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no
-pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios
-de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de
-indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que
-no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan
-fecunda en experimentales enseñanzas.</p>
-
-<p>De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso.
-Se convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo.
-La madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia
-con exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de
-Rafael, que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes
-mentales ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho
-agradeció el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy
-abatido y melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á
-nadie. Anhelaba estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y
-revolver bien su propio espíritu en busca de algún consuelo para la
-tribulación amarguísima de la compra del palacio, y de tanto lienzo
-viejo y armadura roñosa.</p>
-
-<p>Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al
-momento, si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes,
-se puso á trabajar en el gabinete. El chi<span class="pagenum"
-id="Page_276">[p. 276]</span>quitín dormía, custodiado de cerca por
-el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina
-charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de
-libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía
-solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en
-cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por
-la escalera de servicio.</p>
-
-<p>Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la
-mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.</p>
-
-<p>—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.</p>
-
-<p>—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no
-querías ver á nadie. <i>Por lo demás</i>, yo tenía ganas de verte, y de
-echar un párrafo contigo.</p>
-
-<p>—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo
-han contado muy detalladamente.</p>
-
-<p>—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero
-no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre <i>artista</i> de la
-<i>cuenta</i> y <i>razón</i>, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me
-había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante
-de tanta gente culta y <i>facultativa</i>! Créelo; mientras hablaba, <i>para
-entre mí</i> me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.</p>
-
-<p>—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la
-barba.—Ha llegado<span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span>
-usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que puedan decir otro
-tanto.</p>
-
-<p>—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro,
-rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las
-alturas.</p>
-
-<p>—Es usted el hombre feliz.</p>
-
-<p>—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y
-acertarás. No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de
-vivir conforme á su natural. La <i>opinión pública</i> me cree dichoso,
-me envidia, y no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero
-mártir <i>del Gólgota</i>, quiero decir, de la <i>cruz</i> de mi casa, ó en otros
-términos, un atormentado, como los que pintan en las láminas de la
-Inquisición ó del Infierno. <i>Heme aquí</i> atado de pies y manos, obligado
-á dar cumplimiento á cuantas ideas <i>acaricia</i> tu hermana, que se ha
-propuesto hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador
-de la China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana
-sabe más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó
-es la <i>Papisa Juana</i> en figura de señora.</p>
-
-<p>—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el
-ciego.—Es artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con
-usted maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo
-de barro, lo amasa...</p>
-
-<p>—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China,
-siempre saldré puchero de Alcorcón.</p>
-
-<p>—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span></p>
-
-<p>—Se me figura que sí. Porque verás...</p>
-
-<p>Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo
-que bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel <i>momento histórico</i>,
-un grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo
-raro del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á
-desembuchar ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más
-íntimos de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había
-venido á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse
-el uno al otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada
-el conflicto en que se veía, de tener que <i>hacerse con</i> un palacio y
-<i>la mar de</i> pinturas antiguas, <i>diseminando</i> el dinero y privándose
-del gusto inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un
-capital fabuloso, que era su <i>desideratum</i>, su <i>bello ideal</i>, y su
-<i>dogma</i>, etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el
-desconsuelo que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba
-un gasto considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que
-el tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se
-convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.</p>
-
-<p>—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara
-vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted
-que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy
-próxima la terminación de mis martirios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span></p>
-
-<p>Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta
-semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de
-aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.</p>
-
-<p>—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer
-lo que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero;
-como que es usted avaro...</p>
-
-<p>—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de
-sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.</p>
-
-<p>—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser
-respetado.</p>
-
-<p>—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la
-imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...</p>
-
-<p>—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es
-puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave.
-Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me
-he equivocado en todo...</p>
-
-<p>—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el
-tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque <i>este cura</i>, cuando
-se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de
-guardar la Biblia, y ahora resulta...</p>
-
-<p>—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego
-sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica
-solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado
-de la conciencia. Fíjese bien en lo que<span class="pagenum"
-id="Page_280">[p. 280]</span> voy á decirle, y comprenderá la magnitud
-de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con usted, por
-razones diversas.</p>
-
-<p>—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde
-cardenillo.</p>
-
-<p>—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi
-familia deshonrada, á mis hermanas envilecidas.</p>
-
-<p>—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y
-porque prestaba dinero á interés.</p>
-
-<p>—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde
-hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.</p>
-
-<p>—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de <i>ñales</i>.</p>
-
-<p>—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana
-Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que
-usted le inspiraría asco, aversión...</p>
-
-<p>—Pues me parece que... ¡digo!</p>
-
-<p>—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del
-monstruo que intentaban amansar.</p>
-
-<p>—¡Hombre, tanto como monstruo...!</p>
-
-<p>—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la <i>papisa
-Juana</i>, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle,
-y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para
-ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.</p>
-
-<p>—Me parece que no desafino...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span></p>
-
-<p>—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos
-de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores
-años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para
-los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático,
-creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy
-común en nuestra sociedad.</p>
-
-<p>—Hombre, hombre...</p>
-
-<p>—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era
-más que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.</p>
-
-<p>—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría...
-Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una
-noche... en confianza <i>de ella para mí</i>: «Tor, el día que te aborrezca,
-me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es
-desconocido el adulterio, y lo será siempre.»</p>
-
-<p>—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su
-salvación. Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció
-que la Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á
-un sér híbrido...</p>
-
-<p>—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.</p>
-
-<p>—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser
-en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran
-petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta usted
-admirablemen<span class="pagenum" id="Page_282">[p. 282]</span>te
-á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y la sociedad que nada
-agradece tanto como el que le lleven dinero, no ve en usted el hombre
-ordinario que asalta las alturas, sino un sér superior, dotado de gran
-inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten en todas partes, y se
-disputan su amistad, y le aplauden y glorifican, sin distinguir si lo
-que dice es tonto ó discreto, y le mima la Aristocracia, y le aclama la
-Clase Media, y le sostiene el Estado, y le bendice la Iglesia, y cada
-paso que usted da en el mundo es un éxito, y usted mismo llega á creer
-que es finura su rudeza, y su ignorancia ilustración...</p>
-
-<p>—Eso no, no, Rafaelito.</p>
-
-<p>—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por
-lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme
-seguir; yo bien sé que...</p>
-
-<p>—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro
-que soy un bruto... claro, un bruto <i>sui generis</i>. Á ganar dinero, eso
-sí, ¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.</p>
-
-<p>—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar
-dinero á montones.</p>
-
-<p>—<i>Seamos justos</i>: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince
-y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los
-paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, <i>convengamos</i> en que
-soy un animal.</p>
-
-<p>—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va
-identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen
-por<span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span> un prodigio, y
-le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de la otra noche, y
-el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con la mano en el
-corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué opinión tiene
-usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del banquete?»</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_11">
- <h3>XI</h3>
-</div>
-
-<p>Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la
-mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo
-secreto, le dijo:</p>
-
-<p>—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento
-y pienso. Mi discurso no fué más que una <i>serie no interrumpida</i> de
-vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra
-expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del
-buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada...
-Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme
-se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí
-que aplaudían al hombre de dinero, no al <i>hablista</i>.</p>
-
-<p>—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente
-era un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...</p>
-
-<p>—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo <i>un
-núcleo</i> de dos ó tres, eran más tontos que yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span></p>
-
-<p>—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor
-parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y
-tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la
-sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por
-otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero
-de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle
-vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una
-crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.</p>
-
-<p>Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con
-que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus
-ademanes.</p>
-
-<p>—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se
-trabó entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía
-la dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición,
-el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de
-tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido
-luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted,
-y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole,
-depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra
-casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido
-derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado
-con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que<span
-class="pagenum" id="Page_285">[p. 285]</span> polvo. Me declaro
-vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr. D.
-Francisco, yo no puedo estar aquí.</p>
-
-<p>Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él,
-sujetándole en el asiento.</p>
-
-<p>—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.</p>
-
-<p>—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he
-concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era
-usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja
-de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un
-altar y adorarla.</p>
-
-<p>—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me
-dejara capitalizar mis ganancias.</p>
-
-<p>—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le
-corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz
-más <i>objetivo</i>, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad.
-¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico,
-y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda
-fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en
-usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante
-el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de
-teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo
-su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque
-lo tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y<span
-class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> me declaro el mayor de
-los mentecatos... (<i>Levantándose bruscamente.</i>) Debo retirarme...,
-abur...</p>
-
-<p>Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.</p>
-
-<p>—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las
-manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital...
-Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á
-usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de
-madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia
-en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me
-resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero
-tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á
-confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo
-contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor.
-Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de
-mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba
-en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde
-estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia
-natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he
-de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr.
-D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he
-pedido en mi vida, y el último también?</p>
-
-<p>—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy,<span class="pagenum"
-id="Page_287">[p. 287]</span> alarmado del tono patético que iba
-tomando su hermano político.</p>
-
-<p>—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba.
-Es un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me
-olvidaba de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la
-pared del Oeste.</p>
-
-<p>—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la
-seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto
-dispendio.</p>
-
-<p>—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de
-un sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.</p>
-
-<p>—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un
-poquito; no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el
-<i>llevarte</i> á Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú
-de la <i>clásica</i> nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo
-quite.</p>
-
-<p>—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome
-los honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de
-hacerle, hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás
-será usted lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de
-San Blas sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha
-perdido toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del
-panteón y lo de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar:
-lo mismo me da.</p>
-
-<p>—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero,<span class="pagenum"
-id="Page_288">[p. 288]</span> hijo, tú estás en babia, ó te has
-propuesto tomarme el pelo, <i>por decirlo así</i>. Si no has de morirte, ni
-ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado! yo no habría
-de reparar...</p>
-
-<p>—Á un muladar, digo.</p>
-
-<p>—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por
-lo <i>poético</i>, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?</p>
-
-<p>—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á
-mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo
-del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo.
-Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero.
-¡Pobre niño!</p>
-
-<p>—Durmiendo está como un ángel.</p>
-
-<p>—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos
-salones las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro
-de Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su
-iglesia propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser
-un Rastro decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los
-despojos de la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea
-usted—añadió con tétrica amargura,—que es preferible la muerte al
-desconsuelo de ver lo más bello que en el mundo existe en manos de los
-Torquemadas.</p>
-
-<p>Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió
-tentando las paredes.</p>
-
-
-<div class="chapter" id="Ch_3_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span></p>
- <h3>XII</h3>
-</div>
-
-<p>Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el
-principal quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes
-conceptos que á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión
-hubo de pasar á la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió,
-y con discreto golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.</p>
-
-<p>—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? <i>Me inclino á creer</i> que no
-estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?</p>
-
-<p>—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su
-solicitud. Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me
-desnudo. Me da por dormir vestido.</p>
-
-<p>—Hace calor.</p>
-
-<p>—Frío tengo yo.</p>
-
-<p>—Y Pinto, ¿dónde está?</p>
-
-<p>—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.</p>
-
-<p>Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una
-pierna sobre otra.</p>
-
-<p>—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?</p>
-
-<p>—Á que venga Pinto para quitarme las botas.</p>
-
-<p>—Te las quitaré yo si quieres.</p>
-
-<p>—<i>Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido</i>—dijo Rafael
-alargando un pie.</p>
-
-<p>—No es así—observó D. Francisco, con alar<span class="pagenum"
-id="Page_290">[p. 290]</span>de de erudición, sacando la primera
-bota.—<i>De damas</i> se dice, no de Reyes.</p>
-
-<p>—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho <i>de
-Reyes</i>... <i>Velay</i>, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.</p>
-
-<p>—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan
-augusto... Guasón está el tiempo.</p>
-
-<p>—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia
-una sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los
-Torquemadas, <i>vulgo</i> prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los
-capitalistas, el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé
-quién dijo que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para
-fecundarse y poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver...
-usted que es tan erudito...</p>
-
-<p>—No sé... Lo que sé es que <i>esto matará aquello</i>.</p>
-
-<p>—Como dice Séneca, ¿verdad?</p>
-
-<p>—Hombre, Séneca no... No <i>tergiverses</i>...—observó el Marqués sacando
-la primera bota.</p>
-
-<p>—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la
-humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí,
-señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo
-que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus
-brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y
-que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas
-de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span></p>
-
-<p>—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco
-festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de
-plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te
-acuestes, y á dormir como un bendito.</p>
-
-<p>—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo
-á usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un
-señor Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en
-adelante seré la misma sumisión, y <i>la obediencia personificada</i>, y no
-daré el menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas
-hermanas.</p>
-
-<p>Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud
-semejante á la de la maja yacente de Goya.</p>
-
-<p>—Me parece bien. Y ahora... á dormir.</p>
-
-<p>—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha
-de ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un
-largo sueño.</p>
-
-<p>—Pues te dejo. Ea, buenas noches.</p>
-
-<p>—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco,
-ya junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la
-cual el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta
-imagen de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del
-Viernes Santo.</p>
-
-<p>—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?</p>
-
-<p>—No... digo, sí... ahora que me acuerdo...<span class="pagenum"
-id="Page_292">[p. 292]</span> (<i>Incorporándose.</i>) Se me olvidó darle un
-besito á Valentín.</p>
-
-<p>—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós.
-Duérmete.</p>
-
-<p>Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde
-trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos
-de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún
-en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había
-mandado por una taza de te.</p>
-
-<p>—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto
-hasta que veas que está bien dormido.</p>
-
-<p>Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar.
-Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando
-sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que
-próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos
-y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven
-entrar á Pinto desencajado, sin aliento.</p>
-
-<p>—Señor, señor...</p>
-
-<p>—¿Qué, con mil Biblias?</p>
-
-<p>—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!</p>
-
-<p>Bajaron todos... Estrellado, muerto.</p>
-
-<p class="pl1 mt2"><small>Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.</small></p>
-
-
-<p class="centra fs90 mt3">FIN DE TORQUEMADA EN EL PURGATORIO</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="footnotes">
-
-<p class="large centra mt1">NOTAS</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_1"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Frase aprendida de Donoso dos días
-antes.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_2"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Procura recordar un final del
-párrafo que oyó en el Senado, y al fin lo enjareta como Dios le da á
-entender.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_3"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_3">[3]</a></span> El orador, que se animaba ya,
-creyéndose en terreno firme, y dominando toda la fraseología del
-Senado, se embarulla, y no acierta á terminar la oración.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_4"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_4">[4]</a></span> Encontrando al fin la salida de aquel
-laberinto.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_5"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_5">[5]</a></span> Adverbios que pescó en el Senado el
-día anterior.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_6"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_6">[6]</a></span> Frase tergiversada de otra que leyó
-el día anterior en un periódico.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_7"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_7">[7]</a></span> El orador, animado por los aplausos,
-habla con una serenidad y un desparpajo que ya quisieran muchos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_8"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_8">[8]</a></span> Sintiéndose inspirado, y lanzándose
-sin miedo á la improvisación.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_9"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_9">[9]</a></span> En todos los grupos se comenta
-favorablemente el discurso, en algunos con calor y entusiasmo. Óyense
-aquí y allí alabanzas ardientes: «Qué tío más largo. Él será rudo,
-¡pero qué juicio tan sagaz, qué sentido práctico!»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_10"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_10">[10]</a></span> El orador conoce al instante su
-error; pero lo enmienda en seguida, muy terne.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_11"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Comentarios de entusiasmo en la
-concurrencia. «¡Pero qué tuno es! Sabe más que Lepe... ¡Qué gramática
-parda!»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_12"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_12">[12]</a></span> En el grupo de los críticos, á
-veces se ríen con descaro, á veces disimulan su hilaridad, aplaudiendo
-estrepitosamente, en solfa. <i>Morentín</i>: «Pues tiene un no sé qué de
-elocuente este animal. Rebuzna oratoriamente.»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_13"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_13">[13]</a></span> El orador, sin dejar de hablar,
-dice para sí: «Voy muy bien. Paréceme que me estoy luciendo. ¡Qué
-siento que no me oiga Donoso!»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_14"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_14">[14]</a></span> En el grupo de los críticos.
-<i>Morentín</i>: «¿Pero han visto ustedes un ganso más delicioso?»—<i>Juan de
-Madrid</i>: «Lo que veo es que es un guasón de primera.»—<i>Zárate</i>: «Como
-que nos está tomando el pelo á todos los que estamos aquí.»</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_15"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_15">[15]</a></span> Sofocadas risas en el grupo de los
-críticos.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_16"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_16">[16]</a></span> Prepárase el orador á soltar la
-frase bonita aprendida días antes, y en cuyo efecto confía, si acierta
-á decirla sin error de pronunciación.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_17"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_17">[17]</a></span> Parándose para recordar bien la
-frase antes de soltarla.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_18"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_18">[18]</a></span> La cara del orador irradia de
-júbilo, por lo correcta que le salió la frase.</p>
-
-</div>
-
-</div>
-</div>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de
- la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Las comillas que inician intervenciones en diálogos han sido
- sustituidas por rayas largas, tal como hacen las ediciones más
- recientes.</li>
-
- <li>Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final
- del libro.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK TORQUEMADA EN EL PURGATORIO ***
-
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-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
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-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
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